Wednesday, July 30, 2008

EN LA BOCA DEL COCODRILO...


Pesadilla*




Estaba en el Circo Plumkier, dentro de una jaula con 10 tigres que se acercaban y tuve que saltar la reja de la jaula para escapar. La desgracia fue caer en el recinto de los cocodrilos. Inmediatamente dos de ellos, enormes y con la fauces muy abiertas, se lanzaron sobre mi con ánimo de comerme. Me zafé del primero mediante un escorzo y del segundo lanzándome al agua. Lamentablemente en el agua estaban los otros tres compañeros que al verme chapotear, nadaron hacia a mí a toda velocidad. Tuve la suerte de poder agarrarme al trapecio y salir volando por los aires. Dando una pirueta extraña uno de mis pies quedó enrollado en la cuerda y caí a plomo desde una altura de 15 metros; reboté en la cama elástica y caí dentro del carromato de los osos. Un oso enorme y peludo se acercó a mí con la fauces abiertas y moviendo las zarpas en actitud agresiva. Parecía enloquecido y rabioso.
En todo este tiempo puedo asegurar que no sentí miedo. Cuando realmente me aterroricé fue al despertar y darme cuenta de que la pesadilla había acabado. A partir de ahí debía enfrentarme con el mundo real.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es







EN LA BOCA DEL COCODRILO...





Palito*



Un palito en la boca del cocodrilo. Es lo que me dicen.
Me dicen que lo dijo lacan.
El cocodrilo es la madre.
Los hijos. -Mis hijos y los hijos de cada cual- están en sus bocas.
El palito es el padre. No queda claro si es su voz, su presencia, su diferencia, el límite sutil o no que hace que la madre no se trague a los hijos en su puro mundo-vientre.


A veces me duelen un poco los colmillos de mi ex-mujer -son muy filosos-
En la espalda que por momentos se tuerce un poco.
O en el pecho que no tiene heridas definitivas.
Pero por ahora aguanto.



*De Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com







El jardín encantado*


*de Italo Calvino


Giovannino y Serenella caminaban por las vías del tren. Abajo había un mar todo escamas azul oscuro azul claro; arriba un cielo apenas estriado de nubes blancas. Los rieles eran relucientes y quemaban. Por las vías se caminaba bien y se podía jugar de muchas maneras: mantener el equilibrio, él sobre un riel y ella sobre el otro, y avanzar tomados de la mano. 0 bien saltar de un durmiente a otro sin apoyar nunca el pie en las piedras. Giovannino y Serenella habían estado cazando cangrejos y ahora habían decidido explorar las vías, incluso dentro del túnel. Jugar con Serenella daba gusto porque no era como las otras niñas, que siempre tienen miedo y se echan a llorar por cualquier cosa. Cuando Giovannino decía: “Vamos allá”, Serenella lo seguía siempre sin discutir.
¡Deng! Sobresaltados miraron hacia arriba. Era el disco de un poste de señales que se había movido. Parecía una cigüeña de hierro que hubiera cerrado bruscamente el pico. Se quedaron un momento con la nariz levantada; ¡qué lástima no haberlo visto! No volvería a repetirse.
-Está a punto de llegar un tren -dijo Giovannino.
Serenella no se movió de la vía.
-¿Por dónde? -preguntó.
Giovannino miró a su alrededor, con aire de saber. Señaló el agujero negro del túnel que se veía ya límpido, ya desenfocado, a través del vapor invisible que temblaba sobre las piedras del camino.
-Por allí -dijo. Parecía oír ya el oscuro resoplido que venía del túnel y vérselo venir encima, escupiendo humo y fuego, las ruedas tragándose los rieles implacablemente.
-¿Dónde vamos, Giovannino?
Había, del lado del mar, grandes pitas grises, erizadas de púas impenetrables. Del lado de la colina corría un seto de ipomeas cargadas de hojas y sin flores. El tren aún no se oía: tal vez corría con la locomotora apagada, sin ruido, y saltaría de pronto sobre ellos. Pero Giovannino había encontrado ya un hueco en el seto.
-Por ahí.
Debajo de las trepadoras había una vieja alambrada en ruinas. En cierto lugar se enroscaba como el ángulo de una hoja de papel. Giovannino había desaparecido casi y se escabullía por el seto.
-¡Dame la mano, Giovannino!
Se hallaron en el rincón de un jardín, los dos a cuatro patas en un arriate, el pelo lleno de hojas secas y de tierra. Alrededor todo callaba, no se movía una hoja. “Vamos” dijo Giovannino y Serenella dijo: “Sí”.
Había grandes y antiguos eucaliptos de color carne y senderos de pedregullo. Giovannino y Serenella iban de puntillas, atentos al crujido de los guijarros bajo sus pasos. ¿Y si en ese momento llegaran los dueños?
Todo era tan hermoso: bóvedas estrechas y altísimas de curvas hojas de eucaliptos y retazos de cielo, sólo que sentían dentro esa ansiedad porque el jardín no era de ellos y porque tal vez fueran expulsados en un instante. Pero no se oía ruido alguno. De un arbusto de madroño, en un recodo, unos gorriones alzaron el vuelo rumorosos. Después volvió el silencio. ¿Sería un jardín abandonado?
Pero en cierto lugar la sombra de los árboles terminaba y se encontraron a cielo abierto, delante de unos bancales de petunias y volúbilis bien cuidados, y senderos y balaustradas y espalderas de boj. Y en lo alto del jardín, una gran casa de cristales relucientes y cortinas amarillo y naranja.
Y todo estaba desierto. Los dos niños subían cautelosos por la grava: tal vez se abrirían las ventanas de par en par y severísimos señores y señoras aparecerían en las terrazas y soltarían grandes perros por las alamedas. Cerca de una cuneta encontraron una carretilla. Giovannino la cogió por las varas y la empujó: chirriaba a cada vuelta de las ruedas con una especie de silbido. Serenella se subió y avanzaron callados, Giovannino empujando la carretilla y ella encima, a lo largo de los arriates y surtidores.
-Esa -decía de vez en cuando Serenella en voz baja, señalando una flor.
Giovannino se detenía, la cortaba y se la daba. Formaban ya un buen ramo. Pero al saltar el seto para escapar, tal vez tendría que tirarlas.
Llegaron así a una explanada y la grava terminaba y el pavimento era de cemento y baldosas. Y en medio de la explanada se abría un gran rectángulo vacío: una piscina. Se acercaron: era de mosaicos azules, llena hasta el borde de agua clara.
-¿Nos zambullimos? -preguntó Giovannino a Serenella.
Debía de ser bastante peligroso si se lo preguntaba y no se limitaba a decir: “¡Al agua!”. Pero el agua era tan límpida y azul y Serenella nunca tenía miedo. Bajó de la carretilla donde dejó el ramo. Llevaban el bañador puesto: antes habían estado cazando cangrejos. Giovannino se arrojó, no desde el trampolín porque la zambullida hubiera sido demasiado ruidosa, sino desde el borde. Llegó al fondo con los ojos abiertos y no veía más que azul, y las manos como peces rosados, no como debajo del agua del mar, llena de informes sombras verdinegras. Una sombra rosada encima: ¡Serenella! Se tomaron de la mano y emergieron en la otra punta, con cierta aprensión. No había absolutamente nadie que los viera. No era la maravilla que imaginaban: quedaba siempre ese fondo de amargura y de ansiedad, nada de todo aquello les pertenecía y de un momento a otro ¡fuera!, podían ser expulsados.
Salieron del agua y justo allí cerca de la piscina encontraron una mesa de ping-pong. Inmediatamente Giovannino golpeó la pelota con la paleta: Serenella, rápida, se la devolvió desde la otra punta. Jugaban así, con golpes ligeros para que no los oyeran desde el interior de la casa. De pronto la pelota dio un gran rebote y para detenerla Giovannino la desvió y la pelota golpeó en un gong colgado entre los pilares de una pérgola, produciendo un sonido sordo y prolongado. Los dos niños se agacharon en un arriate de ranúnculos. En seguida llegaron dos criados de chaqueta blanca con grandes bandejas, las apoyaron en una mesa redonda debajo de un parasol de rayas amarillas y anaranjadas y se marcharon.
Giovannino y Serenella se acercaron a la mesa. Había té, leche y bizcocho. No había más que sentarse y servirse. Llenaron dos tazas y cortaron dos rebanadas. Pero estaban mal sentados, en el borde de la silla, movían las rodillas. Y no lograban saborear los pasteles y el té con leche. En aquel jardín todo era así: bonito e imposible de disfrutar, con esa incomodidad dentro y ese miedo de que fuera sólo una distracción del destino y de que no tardarían en pedirles cuentas.
Se acercaron a la casa de puntillas. Mirando entre las tablillas de una persiana vieron, dentro, una hermosa habitación en penumbra, con colecciones de mariposas en las paredes. Y en la habitación había un chico pálido. Debía de ser el dueño de la casa y del jardín, agraciado de él. Estaba tendido en una mecedora y hojeaba un grueso libro ilustrado. Tenía las manos finas y blancas y un pijama cerrado hasta el cuello, a pesar de que era verano.
A los dos niños que lo espiaban por entre las tablillas de la persiana se les calmaron poco a poco los latidos del corazón. El chico rico parecía pasar las páginas y mirar a su alrededor con más ansiedad e incomodidad que ellos. Y era como si anduviese de puntillas, como temiendo que alguien pudiera venir en cualquier momento a expulsarlo, como si sintiera que el libro, la mecedora, las mariposas enmarcadas y el jardín con juegos y la merienda y la piscina y las alamedas le fueran concedidos por un enorme error y él no pudiera gozarlos y sólo experimentase la amargura de aquel error como una culpa.
El chico pálido daba vueltas por su habitación en penumbra con paso furtivo, acariciaba con sus blancos dedos los bordes de las cajas de vidrio consteladas de mariposas y se detenía a escuchar. A Giovannino y Serenella el corazón les latió aún con más fuerza. Era el miedo de que un sortilegio pesara sobre la casa y el jardín, sobre todas las cosas bellas y cómodas, como una antigua injusticia.
El sol se oscureció de nubes. Muy calladitos, Giovannino y Serenella se marcharon. Recorrieron de vuelta los senderos, con paso rápido pero sin correr. Y atravesaron gateando el seto. Entre las pitas encontraron un sendero que llevaba a la playa pequeña y pedregosa, con montones de algas que dibujaban la orilla del mar. Entonces inventaron un juego espléndido: la batalla de algas. Estuvieron arrojándoselas a la cara a puñados, hasta caer la noche. Lo bueno era que Serenella nunca lloraba.



*Fuente: Ciudad Seva
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/ita/calvino/jardin.htm








PELOTA DE TRAPO*




*Por Eduardo Pavlovsky



El día 25 de julio, Página/12 denunciaba que un adolescente de 16 años que estudiaba en la fundación Pelota de Trapo fue secuestrado por un auto en Gerli por cuatro encapuchados –que lo amenazaron con un arma mientras le decían: “déjense de joder porque les vamos a quemar la imprenta, la panadería y la casa de los niños”. La amenaza se refiere a tres proyectos que desarrolla la fundación en Avellaneda. Allí acude el adolescente todos los días para terminar la escuela primaria.
Anteriormente el 25 de abril, un grupo de ocho personas entró a la Escuela Gráfica Manchita y amenazaron a los chicos que estaban allí. “Es evidente que a alguien le molesta, y mucho, que denunciemos que nuestros chicos se mueren de hambre. Sabemos que el Estado es el máximo responsable, pero si desde él no pueden defender a nuestros pibes de la fundación, tendremos que salir nosotros a hacerlo” (Espósito, sacerdote y director del hogar).
Decía yo hace poco en estos días: el hambre no tiene tiempo. El hambre tiene hambre.
“El hambre es un crimen. Hay que detenerlo. Sí o sí. En nuestro país no faltan alimentos ni platos ni madres ni médicos ni maestros. Falta en cambio la voluntad política, la imaginación institucional, la comprensión cultural y las ganas de construir una sociedad de semejantes que asegure a nuestros hijos las oportunidades vitales para que puedan crecer con dignidad. Es imperativo terminar con un sistema económico que en la mayoría de los casos no da hijos sino hambre, que no da futuro sino paco, que talla caricias olvidadas en cuerpos olvidados. Niños hermosos nacen a la muerte; sin una infancia sana, amasada y entera es impensable una Argentina mejor. Porque un país que mutila a sus niños es un país que se condena a sí mismo” (Alberto Morlachetti, coordinador del movimiento Pelota de Trapo).
“Según el barómetro de la Deuda Social de la Infancia desarrollado por la fundación Arcor y la Universidad Católica, más de cuatro de cada diez chicos entre 0 y 17 años viven en hogares que no pueden acceder a una adecuada alimentación. Tres generaciones de chicos vienen sufriendo la desocupación y la marginalidad y quedaron fuera de la red social en todos sus aspectos: alimentación, salud y educación” (Taffetini. Movimiento Nacional de los chicos del Pueblo – Rev. Tercer Sector).
Los que tienen hambre son invisibles en nuestra vida cotidiana; esta invisibilidad los condena definitivamente a las sombras (Juan Carr de la Red Solidaria).
Pero volvamos por fuera de las estadísticas, a la denuncia inicial, dos veces en menos de tres meses han sido amenazados, a través de “grupos de tarea”, los participantes de la fundación Pelota de Trapo de Morlachetti. Con capuchas y revólveres.
Yo creo que las organizaciones de derechos humanos, que han sido víctimas de las capuchas y las armas, deberían pronunciarse a riesgo de dejar estos hechos en la invisibilidad que menciona Juan Carr. La invisibilidad de las vidas desperdiciadas.
Cada desaparecido era un crimen de Estado durante la dictadura. Pero cada niño muerto por desnutrición en la Argentina es otra perspectiva del crimen de Estado. La indiferencia es criminal también.
Ayer murió en La Rioja un nene que pesaba menos de ocho kilos y tenía 4 años, vivía en Nonogasta, una localidad con otros 400 chicos diagnosticados de desnutrición. En septiembre de 2007, el gobierno le había cortado la ayuda alimentaria de 50 pesos. Esa muerte y las otras son de absoluta responsabilidad del Estado.
No le niego a la Sra. Presidenta sus deseos de lograr un bienestar general para la mayoría de la población. Pero nunca le oí nombrar la palabra indigencia.
La población en general frente al problema de la pobreza e indigencia infantil está bastante indiferente, ha creado una malla social intersticial de complicidad civil. De negación. Como con los desaparecidos del ’76, ’77, ’78.
No puede haber niños desnutridos en la Argentina. No podemos distraernos con el problema de Messi, el psicólogo pedófilo, la pareja presidencial o el carácter de Moreno.
Hablemos de contradicciones fundamentales y la prioridad que ya nos debería dar vergüenza es la falta de respuesta frente a los nuevos encapuchados, a los nuevos criminales que están apareciendo. ¿Quién puede haber atacado a la fundación Pelota de Trapo? ¿Qué grupo? ¿Qué paragrupo?
Como dice el padre Espósito: “Es evidente que a alguien le molesta y mucho que denunciemos que nuestros chicos se mueren de hambre”.
Pensemos y actuemos hoy. No mañana.



-Fuente: CONTRATAPA Página/12.
-Enviado para compartir por Ruben Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar






DE LUNA A SOL*



En el peaje de la ruta que une Buenos Aires con Rosario, ella ya empieza a sentir el agobio de este trabajo a la hora de haber tomado su puesto. El peso del automatismo en un puesto laboral cualquiera se hace sentir casi de inmediato. Su mano izquierda entra y sale de la ventana. Ella puede verse una y otra vez abriendo la palma de la mano para recibir monedas o haciendo pinza con el pulgar y el índice para tomar un billete. Luego viene imprimir el ticket, dar el cambio, y ese sentir un roce azaroso con manos anónimas en su piel cuando se recibe el dinero y se da vuelto.

Sopla entonces el último beso del día al chofer del Flecha Bus.
Algunos pasajeros llegan a ver en el aire como desde el contorno de sus labios ese beso se hace visible en un estallido de brillos y estrellas fugaces que se disipan en el parabrisas del ómnibus. Así, de forma tan efímera y tan eterna, ese beso se clava en el iris del chofer dejando estelas de vuelo mágico como el que dejan las hadas de Disney.

Cierra la cabina del peaje. Esa ruta al norte o al sur se abre en largas distancias, en enormes desconocimientos. Se va a buscar su auto después de saludar a la gente de oficina. Ella cumplió con su rito semanal, la hora que dedica a su voluntariado de seducción y fantasía en la ruta. Se da cuenta que olvido el cartel de la ventanilla pero no vuelve por él. Todavía se puede leer en la ventanilla lateral
-ahora a oscuras- de la cabina nº4: Autopistas de Luna a Sol.

UD. esta siendo atendido por Neumann Nicole.



*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar







DESCUBRIR*



¿Dónde están los pájaros
que despiertan con la aurora?
¿A dónde se fueron
los sonidos todos?

¿Porqué ya nadie
pronuncia mi nombre?
¿A qué se debe tanto silencio?
¿Será que paulatinamente el mundo
se fue extinguiendo, sin darme yo cuenta?

No...los pájaros están ahí
las personas, las cosas, los movimientos...
el silencio.

De pronto lo veo claro,
lo siento claro, pero no lo oigo claro;
es eso: "el sonido"

De pronto descubrí que
no era el mundo el que agonizaba...,
era a mí a quien
se me iban extinguiendo paulatinamente
los sonidos del mundo



*Poema de la artista plástica salteña Stella Maris Farfán (1972).

-Comenzó a perder la audición gradualmente a los 8 años. En la adolescencia se fue haciendo más pronunciado hasta devenir en sordera profunda. El poema se encuentra en el libro "El clamor silencioso". http://www.artistas.org.ar/


-Fuente: Luna no conquistada. hijasdelviento@hotmail.com
http://www.metroflog.com/lunanoconquistada/20080730/?pos=#Msg





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Sunday, July 27, 2008

ENTRE MI DESEO Y LA AUSENCIA...


Incertidumbre‏*



Cuando tus ojos
Tan claros e inmensos
Color del mar sereno
Se empañan de gris
No me gustan
Tu mirada empalagada
Por el humo
Desquiciada por el pasado
Me cohíbe
No son tus ojos
Ni tu nombre
Eclipsado en tinieblas
En derrotas de un
No se qué
Ni hasta cuando
Se pierden
En mi horizonte.-



*de Azul. azulaki@hotmail.com





ENTRE MI DESEO Y LA AUSENCIA...






ALGO SOBRE LA TRAMA*



Según el Diccionario de la RAE, "Trama es un conjunto de hilos que cruzados y enlazados con los de la urdimbre, forman una tela".
En la literatura, la "trama" es una metáfora que caracteriza a la ficción, cualquiera sea su género.
El narrador no es el autor sino una voz que narra, es quien enuncia, desde la ficción misma ese relato.
Entonces si yo desplazo la letra, si la voy extendiendo sobre el papel en una rugosidad extrema, allí hago estallar su colorido, su botoncito opaco, su expansión de red que cubre el intersticio entre mi deseo y la ausencia.
Cuando yo escribo, pongo esa inmensa malla en movimiento, malla que tramaron generaciones sucesivas antes que yo, que fueron tejiendo en la instancia de una paciencia infinita, casi sin esperanzas, porque lo bueno es seguir cuando ya no importe más a nadie, ni siquiera a mí.
Armo la letra entonces. Compacta a veces. No hay fisuras, no hay bordes. Está lisa, grávida sin embargo en su aspecto casi neutro. Es como una granada que al ser golpeada hace saltar todos sus dientecitos rojos y jugosos.
Tal vez esto sea mi vida: tejer sobre una superficie diluida una obsesiva red de figuras donde a veces emergen pequeños promontorios y otras veces hacen un huequito donde guardo cariñosos mentideros para seguir viviendo.
Comprendo entonces que en esa trama he intentado crear un espacio. Que puedo expandir apenitas esa malla, sacudiendo en el lienzo móvil e incierto de la memoria (siempre engañosa como sabemos): un rostro, un gesto, una palabra que suena en los oídos aunque la boca que la pronunció no esté más en el mundo de los vivos, pero dura en mí, dura en nosotros, un instante de inmovilidad que tienen los relámpagos. Fulguran en las huellas de la memoria.
He abierto allí un latido oscuro. En su devenir el intersticio arma un tembladeral de dudas, golpea como un furioso vendaval el entramado donde se aposenta la memoria.
Hace volar los pájaros que allí se habían asentado.
En mi caso esa memoria está poblada de inmigrantes, de sembrados, de sacrificios, de callejones que cruzaban los cuises solitarios, de cacerías sobre el campo lleno de cardos y de alto pájaro en el aire, de un arador que siguen las gaviotas. De las pariciones de animales, de ciclos de las cosechas que pautaban la vida rural y de los pueblos de la campaña de entonces.
Este es el pequeñísimo y humilde hilo que pretendo agregar a la inmensa narrativa de la Historia desde hace casi cuarenta años.
Como diría mi maestro don José Pedroni: "no sé para qué ".
Pido perdón entonces a ustedes, pero no puedo hacer otra cosa.



*de Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar






Carboncito: *




Niñito de Bolivia
Entre tu sombrero
Y tu mantilla de girasoles
Que cuidan tu temperatura
Y el peso tan bajo
Entraste en este hogar
Sos nuestra inquietud
Con tu carita adormecida
De mimitos con guirnaldas
Y ensueños perdidos
De ilusiones anónimas
Hasta que te cobijamos.

Conjeturamos tus deseos
Y tu capital
Esperamos encontrar
Muy pronto
Un destino caliente
Con abrazos y besos
Para tu figura que duerme
Tanto, todavía...



*de Azul. azulaki@hotmail.com







Onetti: la lección del maestro*



La obra del gran escritor Juan Carlos Onetti (Montevideo,1909-Madrid,1994) estuvo signada por los desencuentros -el primero con la crítica ciega, y luego con el público que no estaba preparado para recibir una escritura de esa dimensión- que lo llevaron, pese a ser muy original, a los segundos premios donde se presentara.
En 1939 a instancias de su amigo el poeta Juan Cunha que se improvisó su editor, apareció en Montevideo la primera edición de "El pozo", donde Eladio Linacero, personaje emblemático del sujeto urbano aplastado por la angustia y el anonimato, monologa sobre la sinrazón de la existencia. "La náusea", saldría varios años después, al fin de la guerra, es decir que Onetti pasó desapercibido porque simplemente vivía en el arrabal del mundo. Era latinoamericano.
La patética suerte de este libro que debió modificar el mapa literario del Río de la Plata, quedó sujeto a la falta de interés ya que según Angel Rama, quien años después de su aparición lo reeditó, sostenía que aún quedaban (a 30 años de aquella edición secreta) paquetes de ejemplares de los 500 que se habían tirado.
La tapa tenía la reproducción de un Picasso apócrifo y el papel interior era de estraza celeste.
En estas costas reinaba Eduardo Mallea, de quien hoy nadie se acuerda, ni los distraídos profesores de literatura lo incluyen en sus programas..
No mejor le fue con “La vida breve”, en 1950, ya viviendo en Buenos Aires. No tuvo casi comentarios, pasó desapercibida esta obra verdaderamente de vanguardia, seis años después le pasaría lo mismo a Antonio Di Benedetto con “Zama”, que son junto a “Los siete locos” las tres mejores novelas que se publicaron en la Argentina en el siglo XX según Juan José Saer.
Los “fracasos” no hicieron mella en la obcecación de Onetti. Siguió poniendo en palabras como nadie al ritmo de su respiración de fumador empedernido y de alcohólico contumaz, las insanias de este mundo absurdo. Su galería de putas y de borrachos, su “corte de los milagros” donde pululan los fracasados, los locos, los pirómanos, los proxenetas, los marginales que sólo en sus piadosas palabras tienen un destino, y los únicos seres que se salvan de su mundo atroz: los adolescentes, porque según sus palabras no han perdido aún la pureza que una vida de miserias les va a arrebatar seguramente en la primera de cambio.
Huraño, cascarrabias y escéptico, pasó por este mundo escribiendo “por necesidad, para mí mismo, aunque supiera que nunca nadie me va a leer” como dijo en uno de los pocos reportajes que concedió en su vida a la periodista uruguaya María Esther Giglio.
La obscenidad, que es norte de la vida social de muchos escritores que sólo se empeñan en hablar mal de los colegas en público, como si eso les diera una pátina de genialidad, deberían seguir su ejemplo de ascetismo.
Onetti, como su admirado maestro Faulkner, dejó una larga estela de escritores que sin su obra no hubieran existido. Lo diré sin más vueltas: dejó un montón de discípulos, que aprendieron a escribir gracias a él. Algunos se lo han agradecido (Carlos Fuentes, García Márquez, Vargas Llosa, Saer) y otros se lo guardan y lo niegan si se les pregunta, pero no llegan lejos con su mentira. Eso se percibe fácilmente al leerlos. Pareciera que son “guachos”, como se les dice en el campo a los huérfanos, a los que no tienen padre conocido, a los “hijos de la nada”. Suponen que el mundo los estuvo esperando para comenzar su marcha, son sus modestos aportes a este mundo de miserias. Allá ellos.
Lo cierto es que Onetti nos dejó un puñado considerable de cuentos y por lo menos cuatro novelas que son obras maestras del género: “La vida breve”,”El astillero”,”Los adioses” y “Juntacadáveres”. El “Juntacadáveres” Larsen o simplemente “El Junta”, quien ya había ido apareciendo en novelas anteriores y que en “El Astillero” había sido personaje principal, pero es en “Juntacadáveres” donde hace su aparición que es toda una sinfonía: el sueño de un prostíbulo perfecto. ¿Acaso “el astrólogo” no pensaba lo mismo en la saga arltiana para financiar “su” revolución. ”Juntacadáveres” se instala en la ciudad de Santa María, la ciudad inventada por Juan María Brausen en “La Vida breve” y trata de poner en práctica su plan, elaborado minuciosamente, ya abonado por fracasos anteriores pero se debe enfrentar con el doctor Díaz Grey (otro emblemático personaje onettiano, quien representa las fuerzas vivas de la ciudad. Hay un diálogo entre ambos que no tiene desperdicio. Allí Juntacadáveres intenta convencer al médico que ellos tiene vocaciones diferentes, pero una misma pasión.
Cierta vez se le preguntó a Onetti sobre el origen de este personaje. Y él contó que trabajando para la empresa Reuter en Buenos Aires, una madrugada asomó por la puerta de un bar un sujeto que llamó su atención. Al inquirir por él, le dijeron: ”AH, es el Junta. Le dicen Juntacadáveres porque se dedica a coleccionar prostitutas viejas. Fue suficiente para construir después uno de sus personajes más entrañables, aún en su miseria final y su abyección.
En su magistral cuento “El posible Baldi”, afirma que somos responsables de una lenta vida idiota. ”Porque el doctor Baldi-dice el narrador- no fue capaz de saltar un día sobre la cubierta de una barcaza, pesada de bolsas o maderas. No se había animado a aceptar que la vida es otra cosa, que no puede hacerse en compañía de mujeres fieles ni de hombres sensatos”.
Una vez le preguntaron por qué sólo salvaba a los adolescentes en sus libros. “Porque al ser humano lo destruyen la política y el matrimonio”, contestó. Él, que se casó cuatro veces.
Entre las cosas absurdas de un continente sumido en la represión que orquestaron sus propios Estados contra los pueblos está la dolorosa anécdota que llevó a Onetti a la cárcel por haber participado como jurado en un concurso de la mítica revista “Marcha” y haber premiado un cuento de Nelson Marra donde el personaje era una represor/torturador. Marra estuvo 5 años preso en una cárcel para detenidos de extrema peligrosidad. Onetti, Mercedes Rein, miembros del jurado, seis meses, junto a Carlos Quijano y Hugo Alfaro, director y Jefe de redacción respectivamente de esa publicación donde Onetti había sido su primer secretario en l939. Esto de las detenciones fue en gobierno de Bordabberry, quien disolvió el Congreso y gobernaba con una junta militar. Corría el año 1974.
Cuando lo dejaron libre se cruzó a Buenos Aires con una valija de libros, allí tomó un avión para ir a Madrid donde se lo había invitado para participar como jurado en la editorial Seix Barral. Su última esposa, la argentina Dorotea Muhr lo siguió. Estando privado de la libertad pidieron por él todos los intelectuales dignos de Europa y Latinoamérica. Empezando por Jean Paul Sartre.
Nunca volvieron de allí, ni cuando el presidente Sanguinetti elegido democráticamente lo invitó telefónicamente.
-Gracias, pero no sé qué volvería a hacer yo allí, contestó eludiendo el convite.
Pasó sus últimos años escribiendo cuatro novelas más y algunos cuentos, se empezó a reeditar parte de su obra en España y otros países de Europa, pero él siguió acostado en su cama tomando whisky, fumando varios paquetes de cigarrillos y leyendo interminables novelas policiales. Sin dar ningún reportaje.
Había hecho hacer un cartel que pegó con una chinche en la puerta con la leyenda que decía: “Onetti no está”. Los curiosos o pacientes que lo buscaban infructuosamente se encontraban con el cartel... y el ruido del violín que producían los ensayos de su esposa que era música.
Cuando le concedieron el Premio Cervantes (máximo galardón literario en lengua española), nunca tan bien otorgado valga apuntar, agradeció al rey con un discurso donde aclaraba que él en la vida siempre había pagado “no placé” y cuando ya no esperaba nada le caía esta distinción. Al ser requerido por el periodismo de todo el mundo, un periodista español le preguntó qué significaba el premio para él.
-“Ciento diecisiete mil dólares”, contestó lacónico.
Al periodismo hispano no le cayó muy bien su respuesta.
Se olvidaba que él era Juan Carlos Onetti, un verdadero duro hasta el fin.




*Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar








Muerde el polvo, Carter*



*Por José Pablo Feinmann



El tipo era un traidor. Estaba en Washington. Había hablado en el Congreso.
Había propuesto bombardeos nucleares graduales sobre Irán. Una medida dura digna de un halcón como él. El era el general Scott Davis. No tenía aún cuarenta años. Graduado en West Point. Medalla de Oro. Había participado en Irak. Había ordenado instalar campos de concentración y parecería que gozara
presenciando torturas.
Los de la CIA se acomodaron en la oficina de Carter, en Los Angeles, y le dijeron: "Deberás viajar a Washington, Joe. El tipo no se moverá de ahí por un tiempo perjudicial para nuestros planes. Entre tanto, entregará información al enemigo y peligran objetivos que tenemos en torno de Irán. No nos preguntes cómo sabemos eso. Somos la CIA".
-¿Por que no lo hacen ustedes?
-Porque somos la CIA.
-Entiendo. Denme una foto.
Se la dieron.
-Es guapo el bastardo -elogió Carter. No por criterio estético alguno, sino por maldita envidia.
-Pero no es tanto lo que el sexo le interesa. Para él, lo esencial es...
-La traición. Que será esencial pero no invisible a los ojos. Lo haré partir de este mundo. Con cada traidor que parte, América avanza en su lucha contra el Mal.
-Tú lo has dicho. Toma esta carpeta. Todos sus movimientos están ahí. Tienes que matarlo en 48 hs. De lo contrario será tarde y perderemos misiles y hombres. Lamentamos lo de los misiles.
-Comprendo. Vean, muchachos, si Joe Carter no puede liquidar en 48 hs a un traidor a la causa americana es porque tengo que dedicarme al ballet clásico.
-¿Giselle?
-El lago de los cisnes.
-¿Llenarás aun con dignidad ese bulto envidiable que lucen los bailarines clásicos?
-Si no lo llenara, pondré ahí mi Browning 9 mm.
Los de la CIA se fueron.
El primer lugar fue el Senado. Scott Davis hablaría ahí en menos de 25 minutos. Carter estaba algo fatigado. El vuelo a Washington había ofrecido a sus pasajeros demasiadas turbulencias. Se sentó detrás del asiento del general. Tenía un estilete fino y penetrante. Atravesaría la butaca e introduciría curare en el riñón de Scott Davis. Oh, qué sencillo sería todo.
Pero no: Scott Davis avisó que suspendía su disertación. Un compromiso urgente había surgido.
El segundo lugar fue un fastuoso restaurante. Sabía que Scott Davis almorzaría con su secretaria en la terraza. Se ubicó en el edificio de enfrente con un rifle de tan alta precisión que mataría al general sin
necesidad siquiera de apuntarle. Esperó dos horas. El general no apareció.
Al día siguiente voló a Irak. Carter logró tomar el mismo vuelo. Envenenó el café que -sabía- solía tomar el general. Alegando una súbita acidez, ese día lo rechazó. Scott Davis debía encontrarse con el líder iraquí Amuhd Ahad.
Carter lo mató la noche anterior y estudió largamente su rostro. Luego diseñó su cara como la del líder iraquí. Al día siguiente esperó a Scott Davis. No bien éste entró dijo:
-Tú no eres Amuhd Ahad. Tu disfraz no está mal, pero tampoco está bien.
Scott Davis se reunió con Bin Laden. Carter, desde prudencial distancia, apuntó con su rifle de alta precisión. Disparó pero Bin Laden hizo un movimiento de cortesía y, maldita suerte, cubrió al general para conducirlo hasta la salida. La bala lo hirió en un hombro. Le pareció oír la voz de Bin Laden.
-No importa. Estoy acostumbrado.
Tenía el dato preciso: esa noche, en el Irak Hilton, Scott Davis tendría una cita de amor con una doble de cuerpo de Scarlett Johansson que el Departamento de Estado le había reservado para su deleite, para que olvidara por un momento los arduos problemas mundiales que sin cesar afrontaba y, casi siempre, resolvía. Eran las 2.30 de la madrugada. Habían ido a cenar y, poco antes de que el restaurante volara por los aires a causa de un eficaz operativo de la resistencia iraquí, se retiraron rumbo al hotel. Hicieron el amor como sólo es posible hacerlo en medio de la guerra, con esa sensación de tal vez nunca más esto o gocemos hasta explotar porque muy posiblemente explotemos. Desde la ventana abierta, Carter hizo fuego con su Browning.
Algún dios protegía al senador Scott Davis. Acaso -al devenir un traidor y trabajar para el bando islámico- el mismísimo Alá se había dignado velar por él. No había otra explicación. Porque Carter hizo fuego y precisamente ahí los cuerpos giraron y fue el de la rubia, el de la doble de cuerpo, el que
recibió en su espalda el impacto. El senador salió velozmente de la habitación. Antes de hacerlo dijo:
-Lo siento, Scarlett. Es triste que te ocurra esto en el mejor momento de tu carrera.
Demonios, se dijo Carter, he liquidado a Scarlett Johansson, ¿cómo le diré esto a Woody Allen? Decidió dejarle esa tarea a la CIA. Le sorprendió hasta dónde llegaba el fervor de Scarlett en su participación en la lucha contra el Mal. Con mujeres así, venceremos, se dijo.
Sólo dos días después, desde Frankfurt, Scott Davis abordaba un avión rumbo a Israel. Su misión: informar a Teherán acerca del sistema de defensa nuclear israelí. Media hora antes de la partida, disfrazado de maletero, Carter adhirió al poderoso aparato un ínfimo, cálido anillo de bodas. Era
una bomba con elementos nucleares restringidos, pero no mucho. El avión despegó. Apresurado, con claro fastidio, apareció el general Scott Davis en la pista, rodeado de diez, quince hombres de seguridad.
-¡Detengan ese avión! -exclamaba-. ¡Debo viajar en él!
Le fue imposible. Desde la torre de control le informaron que no podían detener el vuelo. Pero que prepararían uno especial para él. En ese preciso instante el avión estalló en medio de su búsqueda de las alturas. La explosión fue tan desmedida, los colores que despidió tan variados y hasta desconocidos y el pequeño, pero indisimulable, hongo atómico tan estremecedor, que todos juraron no haber visto jamás algo así en el aeropuerto de Frankfurt ni en ningún otro del planeta.
-Demonios, de la que me he salvado -dijo el general Scott Davis. Y sinceramente impresionado, añadió: -¡Qué espectáculo maravilloso! Todos esos pasajeros han muerto, no lo dudemos. Pero nos han ofrecido una visión inolvidable. ¿Tienen listo mi vuelo? No debo perder tiempo. Además, esa explosión fue bellísima pero en menos de media hora va a contaminar de radiaciones a todo el maldito aeropuerto. El que no huya de aquí despertará con tres brazos, cuatro narices y dos agujeros del culo además del que ya tiene, el único necesario.
Carter huyó hacia Londres. Desde ahí, se comunicó con la CIA. Fiel a su estilo, sus palabras fueron escasas, pero definitivas.
-Renuncio. Este hombre se me escapa siempre.
Regresó a Los Angeles. Entró en su oficina. Alguien estaba sentado en su silla giratoria. La hizo girar y se encontró, por fin, con el general Scott Davis. Tenía un orificio entre ceja y ceja y más muerto no podía estar.
-¡Maldito traidor! -exclamó Carter-. Te vengo siguiendo por medio mundo para matarte y te encuentro muerto en mi oficina. ¿Te empeñas en burlarte de mí?
No él, otros. Había un mensaje sobre su pecho, sobre sus múltiples condecoraciones. El mensaje decía: "Carter, pon tu Browning 9 mm entre tus piernas y baila lo mejor que puedas El lago de los cisnes. Tus amigos de la CIA. PD: ¿Serás capaz al menos de deshacerte prudentemente del cadáver?"
Se sirvió un whisky. Pensó: "O estos hijos de perra me han gastado una apestosa broma... o debería pensar seriamente en dedicarme a la jardinería".

Este cuento es un anticipo de Lloraré por ti, Stella Collinwood, y otras historias de Joe Carter, que publicará Planeta a inicios de 2009.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-108524-2008-07-27.html








Postales del paso del tiempo*



1


Desde el primer día / supe que te amaba
con mi alma enamorada
como un vagabundo / no me da respiro.
Porque nunca nunca serás mio
Y no me importa nada / por que no quiero nada

...y aprender como duele el alma
como un adios.
Porque tengo el corazón valiente.
prefiero amarte después de verte.

Mi hija tiene 7 años. Y acaba de cantarme su versión de la novela que protagonizan Natalia Oreiro y Facundo Arana. Al rato vuelve y me cuenta sobre el anticipo del nuevo capítulo del lunes con el cual bombardean a cualquier hora. Me dice que Martin y la Monita se van a dar el primer beso después de huir sobre un caballo blanco. Con las novelas y la televisión tengo una larga polemica, como Padre no logro evitar que mis hijos pasen demasiadas horas delante de un televisor incluso con mi compañia, quejosa pero compañia al fin. Preferible, trato de consolarme, a la soledad delante del monstruo devorador de espacio y tiempo. Trato de mantener un espacio propio de comunicación con pretexto de los programas que ven.
Entonces le pregunto a mi hija de que tratan las novelas, y su respuesta me deja con la boca abierta y desata una risa franca, un alivio ante la complejidad del mundo que tanto me abruma en estos días.

"De cuernos y secretos". -me dice.






2





Un puño cerrado sin luz. El cielo.



Llueve. Cortina fina e interminable. La luz se condensa en las gotitas guirnaldas que se quedan una tras otra en el alambre de colgar la ropa. Recién puedo ver, en mi despresente permanente ante las cosas, un brote de la parra de uva blanca, el primero de esta temporada. Otro aviso del paso del tiempo, para mi no había pasado nada desde la última poda, un domingo, los chicos jugando abajo, corriendo entre las ramas, jugando una guerra donde las escobas y los secadores eran caballos. Debe haber sido en mayo, quizá en principios de junio.

La nena galopaba sobre el secador y llevaba como ariete un palo con sopapa de goma en el extremo. Iba, golpeaba las puertas invisibles del castillo, y volvía a tomar carrera. En el camino gritaba "Esa vieja putaaaa y locaaaa". El grito de guerra había desatado un ataque de risa en el hermano, y de mí mismo que temía caerme de la escalera por la risa o por algún golpe equivocado en ese ataque al castillo.

Luego las ramas gruesas se convirtieron en pequeños atados que serán después del secado del tiempo alimento para el fuego de la parrilla. Ahora veo la cabeza de caballo en la campana de cemento, seguro mi hija se puede ver sobre ese corcel mientras golpea la pared blanca descascarada por el paso del tiempo.

La misma parra que desata la imagen de mi padre en su caminata con el trípode hasta abajo, a ver como estaba la uva negra, a decirme algo acerca de cómo cortar los racimos. Puedo verme en la escalera mirando como elevaba su mirada, temiendo quizá que perdiera el equilibrio, pero no, luego se sentó en una silla a verme cosechar desde el silencio.



Allí, justo allí donde estaba la escalera, bajo la parra de uva negra. La vida me dejo ver en este verano los pies descalzos de mi amor, que todavía no era mi amor, solo mi amiga en su primera visita al patio del fondo de casa.

Todo pasa y todo queda, canta Serrat en su voz a Machado, pero en mi breve presente nostalgioso del otro lado de la cortina de lluvia que todo lo vela, con un cielo bien bajo y gris.

Aparecen esas tres imágenes. La ultima vez que vi a mi padre bajo las ramas brazos de la parra, marzo casi otoño, en el último otoño con nosotros.

La poda con los chicos jugando y riendo en escenarios que solo la magia de la infancia puede construir sin otra escenografía que la imaginación.

Y la primera en que vi a mi amor, desnudando sus blancos pies al sol fuerte de verano.





3



Nuevamente, el tiempo pasa a la velocidad del click, me veo detenido ante cinco esquinas, viendo fugar imagenes, las cosas y la gente.
Sé, que tengo un reloj vital que es más lento que las cosas, que el tiempo externo es fugitivo, voraz, vertiginoso. Hasta su estetica tiene el paso vertiginoso. En la mirada ausente, en la moda. Mi reloj está atormentado en la velocidad de la ansiedad, la externa y la propia que son el signo de una misma temporalidad histórica. Pero ella, desarma mis pasos necesarios, los urge de fin. Y los hace fin antes del comienzo.
Estoy mudo, frente a esas fotos antiguas en blanco y negro, siempre que estoy en una encrucijada me veo repasando esas imagenes, muchas, de los abuelos y tios que nunca conoci, que son relatos tenues, otros mundos de vida que tambien son mi sentir y mi mundo.
Y, allí empiezan a faltarme las palabras para contar, para decir sin traicionarme, sin generar mito y equivoco, sin eludir las claves en el pequeño milagro de existir.
Esa mirada firme de 8 años en un libro de oraciones en la comunión, la sombra gris recorta mi figura contra la cortina, al lado del Berkeley a lamparas se ven los guantes blancos.
El moño tambien blanco, es enorme, ridículo. Trato de recordar algo de esa época y me recuerdo frente al confesionario, dentro de una iglesia fría, el sacerdote con su rostro vedado, apenás visible en poros circulares. Me pregunta cuales son mis pecados, y recuerdo mi desconcierto.... ¿pecado? traté de superar mi incomodidad y le inventé inexistente, esa confesión obligatoria generó la primer mentira de la que soy consciente. El sacerdote me absolvio despues de asignarme varios padrenuestros y avemarías. Todavía recuerdo esa situación y siento enrojecer de vergüenza ajena.
En ese tiempo, mi madre me habia explicado que el mayor compromiso de una persona era con la verdad. Y ha decir verdad, todavía no sabia que la verdad absoluta puede ser intolerable, inaceptable.

Otra foto, en la esquina de la casa de Quequén, las paredes están sin revocar, se ven partes de un andamio, mi padre en camiseta tomando a mi hermana con la mano derecha. Mi hermana y yo tomados en la mano izquierda, tengo un gorro de papel que pretende ser gorra y un palito vertical que es espada.
El tiempo es una aventura irrepetible, un acertijo que uno desafia de perdida a imagen, del estar al no estar. Intento disimular mi desencanto, mi perplejidad ante lo pasado adormecido en mi ser. Escucho los ruidos del mar, son el fondo en el fondo del presente y de arena y sal en la piel. Fui y soy.

Son once como un equipo, mi padre es el segundo a la derecha, tiene la ropa de trabajo grisada por la jornada de engrasador cumplida, el único con una gorra y las botas altas a prueba de la soda caústica. En ese taller, mi padre tenia un pequeño recinto de dos por dos, donde a las 9 de la mañana preparaba sin falta el mate cocido con leche para todos en un pequeño calentador a kerosene. Allí esta, con la misma cara de Rossano Brassi que encandilo a mi madre en ese atardecer lluvioso, cuando ella sintió que él habia salido desde una película a protegerla con su paraguas de ilusión allá por el '56.
Ya eran sobrevivientes, a la guerra, al bombardeo del centro en el '55. A perdidas tempranas y desarraigo. Y siempre los veo en la tormenta, luchando lo mejor posible.

Recuerdo esa tarde, casi al final de la vida de mi padre. Tarde cruda de invierno, ambos metidos en la cama, mi padre con un gorro de lana, muy juntitos viendo una película de Nini Marshall en canal 7, se rien, se apichonan. En un momento se dieron un beso tremulo en la boca. Me emocionaron, me sentí testigo de una dicha.


Paterno, 9 - 6 - 53. casi un año de la partida de mi viejo desde su pueblo italiano. Es una foto pequeña, única. Son los abuelos italianos posando con nieta y nieto de brazos. La abuela con el mismo rostro de mi padre en su vejez, con un pañuelo atado apenás arriba de las cejas. En su mano derecha lleva un recipiente con alimentos. Es pequeña y tremula pero fuerte. El abuelo Antonio con su gorra fiel que lo acompañaba en los senderos de montaña guiando ovejas y cabras. Atrás toda la humildad de una mesa rústica que seguro hizo el mismo. Una puerta abierta es el fondo lejano.
Trato de verme en el lejano espejo de su existencia, trato de imaginar los muñecos de nieve ,el juego de las manos de mi padre, todavía suaves antes de grasas y acidos, con esa nieve en una batalla que algún día sería cuidar la vida y el sentir.
Veo su silencio del otro lado de la vitrina, del relojero del pueblo, su asombro ante los engranajes del cucu, la técnica marcando el paso en sonidos mécanicos.
Su reloj no era digital, tenía raices concretas, sabía esperar. Sabía de siembras y cuidar animales en los senderos del bosque de los lobos camino a Padula.
Hoy, asediado por ese tiempo angustioso que nos lleva más rapido hacia la muerte.
En la inmediatez del "just do it".
Quisiera tener y sentir, al menos en parte, el reloj vital paciente, perseverante, caminante en su propia verdad de mi padre.



*de Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com








Penélope*


“I see no use in wondering
why I cried for you”
John Lennon


Ayer escribí un cuento.
Hoy lo rompí;
me pareció basura pura,
chatarra de primera magnitud.

Es probable
que mañana lo reescriba
para volverlo a romper
al día siguiente.

Y mi corazón
sigue sangrando
por su ausencia.
¡Y Ulises
aún sin regresar!

Y yo muriéndome
de olvido aquí en Ítaca.
¡Y Ulises
aún sin regresar!



*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar
-De “Ayeres y otros poemas” (LEO Ediciones - 2007)







Las ciudades y la memoria. II*



Al hombre que cabalga largamente por tierras agrestes le asalta el deseo de una ciudad. Finalmente llega a Isidora, ciudad donde los palacios tienen escaleras de caracol incrustadas de caracolas marinas, donde se fabrican con todas las reglas del arte largavistas y violines, donde cuando el forastero está indeciso entre dos mujeres siempre encuentra una tercera, donde las riñas de gallos degeneran en peleas sangrientas entre los que apuestan. En todas estas cosas pensaba el hombre cuando deseaba una ciudad. Isidora es, pues, la ciudad de sus sueños; con una diferencia. La ciudad soñada lo contenía joven; a Isidora llega a edad avanzada. En la plaza hay un murete desde donde los viejos miran pasar a la juventud: el hombre está sentado en fila con ellos. Los deseos ya son recuerdos.




*de Italo Calvino. “Las ciudades invisibles”





*


Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 27 de julio del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pedro Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Marjorie Agosín (Chile) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067




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Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Saturday, July 26, 2008

SI HACEMOS ALGO COMO HERMANOS...






Mundo Nuevo*



Vine acá porque creí que sería mejor
Extrañar los campos y los caminos enlodados,
Al igual que las casas hechas de palos y techos de cartón.

Vine, porque creí encontrar lo necesario para trabajar,
Porque creí en lo que se dice:
Que quien trabaja
Tiene para comer.

Y en las noches extraño a mis amigos,
Y a tu cara dulce y pálida,
Morena de entre el frío que hay en las mañanas.

Vine hacia acá porque creí
Que allá la cosa nunca iba a cambiar,
Pero encuentro aquí
Que la cosa anda igual,
Y que si seguimos como vamos,
Es seguro que esto va empeorar.

Que si hacemos algo como hermanos,
Y que si no seguimos esperando
A que alguien más lo haga,
Seguro que la cosa va a mejorar.

Vine acá porque creí lo que dijeron:
Que en este modelo económico
Se tiene libertad.

Pero nadie dijo que mi fuerza de trabajo
La tenía que dar a alguien más.
Que lo que ganas por un salario,
A penas te alcanza para tragar…
Y que si no encuentras a quien se adueñe de tu trabajo,
Que Dios te bendiga y a ver cómo le haces para comer.




*de Hugo Ivan Cruz-Rosas. quetzal.hi@gmail.com








SI HACEMOS ALGO COMO HERMANOS...






La cadenita*



Estaba recogiendo las últimas alhajas que había encontrado en el joyero de la mesita de noche cuando apareció una anciana en el dintel de la puerta que me sorprendió. Se había acercado sin hacer ruido y no me di cuenta de su presencia hasta que me dio las "buenas noches" con voz tranquila.

No sé si me sorprendió más la parición o el tono de voz de la señora, pero me quedé sin saber que hacer. La anciana me dijo con voz pausada y tranquila que la siguiera a la cocina, que parecía tener hambre y que me prepararía un tentempié.

Me encontré sentado en la mesa de la cocina, comiendo una tortilla e intentando esconder el botín debajo de mi suéter. La señora me contó que tenía un hijo que hacía tiempo que no veía, que el vecindario era muy agradable y que era amante del baloncesto. Sin darme cuenta entablamos una conversación tan distendida que no recordaba que había entrado en aquella casa para robar.

En un momento de la conversación miró lo que le había robado y sonriendo me dijo que todo aquello carecía de valor. Se desabrochó una cadenita de oro de su cuello y me insistió en que me la quedara. "Esto es lo único de valor que hay en la casa, además te ayudará a no seguir con este tipo de vida."

Le agradecí el obsequio y me comprometí a no delinquir nunca más. Puedo asegurar que en aquel momento era sincero, pero cuando traspasé la puerta de la calle y me enfrenté de nuevo a las necesidades cotidianas no fue tan fácil. Al cabo de dos días estaba atracando a una joven robándole el bolso y mientras corría alejándome del lugar noté un ahogo que hizo me detener. La joven me alcanzó y cuando le devolví el bolso, entre ahogos, inmediatamente pude volver a respirar.

Esta situación se repitió un par de veces más, hasta que me di cuenta que cada vez que cometía una fechoría la cadenita que me había regalado la anciana se estrechaba ahogándome. No hubo manera de quitármela por lo que decidí buscar un trabajo honrado antes de quedarme asmático crónico.








*de Joan Mateu. joan@cimat.es









GENTILICIO*



Subiré a lo alto
bien alto,
tomaré de brazos y bruces
todas las voces que cruzan
desmesuradamente
y las haré cumplir
que anden
despacio,
lentas,
cada palabra,
sin amontonamiento,
ni lengua dieléctrica,
solo con abrazos,
solo con abrazos.



*Ricardo d. mastrizzo. rdmastrizzo@yahoo.com.ar






Niño autista*



Niño que aplaude
Con ansiedad o agrado
¿Pero será lo que yo pienso?

El enigma está en sus silencios
En sus aleteos de temor
O alegría o comunicación

¿Una encrucijada indescifrable para otros?

No pretendes entrar en el universo
Del lenguaje,
En las convenciones o las señales
Estas en solamente vos,
O en tu mundo conjugado

No puedo ingresar en ese acertijo
aunque quiera, pero
Quizás no te interese
Invadirte de lo cotidiano.




*de Azul. azulaki@hotmail.com










Viernes, 25 de Julio de 2008
ENTREVISTA A LA ESCRITORA PERLA SUEZ

"No tener identidad es la tragedia de los argentinos"



En su último libro, La pasajera, la autora apuesta a la ficcionalización, por un camino oblicuo y sugerente, del clima asfixiante de la última dictadura. "¡Cuántas veces en la vida no podemos ponerle palabras al dolor!", señala Suez.



*Por Silvina Friera


A la escritora cordobesa Perla Suez le gusta "mariposear" por Buenos Aires cada vez que llega para visitar a amigos, pasear o promocionar un nuevo libro. "Soy muy nómada, me gusta mucho viajar, pero cuando escribo una historia, soy una ermitaña", cuenta la autora de La pasajera (Norma), novela
que atraviesa y surca la vida de una vieja y resentida sirvienta, Tránsito, que ha trabajado durante más de cuarenta años, junto a su hermana Lucía, en la casona de un almirante, en las barrancas del río Paraná; un patrón que supo decir, entre otras cosas, "vamos a aplastar a esos hijos de puta", "no
paramos nunca: cuando no hay que limpiar adentro, hay que limpiar afuera". A principios de abril de 1979 y a los 67 años, su patrón ha muerto y Tránsito no se conforma, "quiero otra cosa para mí", dice, y busca escapar de ese encierro, de la aspereza de una existencia que, a pesar de la cercanía con el río, nunca supo lo que es "nadar en la abundancia". Tanta rabia contenida, tanto "negra roñosa" acumulado en el alhajero polvoriento de su cabeza, provoca un estallido. Una ruptura. Tránsito mata a la señora. Pero el crimen es apenas una escena más, quizá, incluso, la de menor importancia en esta narración que fluye por las complejas aguas de la identidad.
En un bar del barrio de Palermo, la escritora acaricia de tanto en tanto un ejemplar de La pasajera, que puso sobre la mesa para que Página/12 la reconociera. "Escribir es un acto íntimo, pero no creo que sea tan aislado.
Cuando el escritor se mete en ese acto tan subjetivo y personal, se está metiendo en un mundo que le pertenece porque hay un compromiso fundamental con la realidad en la que vive. El punto de vista del escritor no es el de mostrar la realidad como aparece porque la literatura no es historia -aclara
Suez-. La ficción es un mundo de alquimias, de exploración, que nos permite navegar por aguas profundas o no, equivocarnos, salir a flote de nuevo y pelearla desde adentro de la palabra. Creo mucho en el lenguaje, en la necesidad de luchar contra las banalidades de la lengua y poder siempre posicionarse en otro lugar. Para escribir una novela o un cuento no podría decir cuál es el camino. Yo parto del no sé. Yo no sé adónde voy ni qué quiero contar; tengo apenas algunos atisbos o indicios con los que voy
trabajando. Y me equivoco y tropiezo."
Tan elíptica como potente, la escritura de Suez cala muy hondo en su apuesta por ficcionalizar, oblicuamente, el clima ominoso y asfixiante de la última dictadura militar con pequeñas escenas domésticas, con frases tan austeras como sugerentes. Como cuando Tránsito le dice a la patrona: "mejor que no aceptó adoptar ese gurisito que le había conseguido", una alusión que sobrevuela, en pocas palabras, el tópico de la apropiación de menores. "Soy larguera para hablar y cortita para escribir", bromea la autora de la Trilogía de Entre Ríos, integrada por las novelas Letargo, El arresto y Complot, por la que acaba de obtener el Premio Grinzane Cavour. La escritora señala que el disparador de La pasajera proviene de sus lecturas. "Estaba releyendo a Juan L. Ortiz, gran poeta del río. Siempre voy a él como voy a los clásicos. No hay una preceptiva para llegar a la escritura de una novela, pero lo que sí manda en mi caso es la lectura de los buenos libros.
La imagen primera que tengo es el río. Siempre me encuentro entre ríos; me crié en Entre Ríos, en Basavilbaso, y creo que en la ficción nunca he podido salir de eso que en la época en que yo era una niña era una isla. Ando siempre entre Oriente y Occidente, porque también en la escritura me muevo así."
Después de la imagen inicial del río, Suez vio una canoa y a una mujer, la vieja Tránsito, llegando de las islas del Delta sin nombre. "No quería contar la época de la dictadura militar porque siempre la historia es mucho más fuerte que lo que se pueda llevar a la ficción. Querer ficcionalizar un hecho tan duro y cruel que nos ha pasado a los argentinos es difícil, pero tampoco quería evitarlo", admite. "La escritura es un desafío: uno nunca sabe hacia dónde va, pero lo que vale es arremeter. El escritor está siempre
luchando contra las banalidades de la lengua, contra los lugares comunes, contra los clichés. Aunque me encasillan dentro de una escritura minimalista, yo misma me sorprendo. A veces con pocas palabras puedo decir algo más sensato y sugerente. Me interesa que lo que escribo sea sugerente y permita al lector meterse en la narración desde su propia mirada."
-¿Cómo fue ese trabajo de ficcionalizar la dictadura?
-Además de lo que nos pasó, que es lo más terrible que le puede pasar a un pueblo, tener una dictadura que mató, que hizo desaparecer a gente, a mí me preocupa saber qué podía haber dentro de las familias donde se cocinaban las cosas más terribles y sucias, qué pasaba en esta familia con dos criadas y un chofer, qué cosas asimiló de esta tragedia una mujer que calló durante tanto tiempo que estalló de una manera brutal. ¿Por qué la mata a la señora?
Es lo menos importante de la novela, porque en realidad ése podría ser el fin. Me parece que con ese crimen se abre la historia. Quizá esta novela, así corta como la ves, me dio mucho más trabajo que la Trilogía. Los espacios que dejé en blanco invitan al lector a hacer dibujos, a garabatear, a completar; es como si el blanco empezara a morder las palabras, cosa que ocurre al revés en la Trilogía, que pareciera que las palabras son las que muerden y dejan para la evocación el espacio en blanco. El chofer del
almirante, un personaje secundario que participó en las horas sucias de la dictadura, dice que ha hecho de todo. Hay otro indicio de la dictadura en la novela, cuando Tránsito le reprocha a la muerta y le dice que menos mal que no tuvo un hijo, qué suerte que no aceptó el gurisito que le ofrecieron. Ahí está la apropiación de los niños, en dos palabras. No quise decir más nada.
-¿Por qué cuando se evoca la escena en que la madre habla con Lucía en voz baja y le cuenta el secreto sobre el origen de Tránsito, que es testigo de esa escena, ella no intenta averiguar?
-Tránsito no quiere saber, ni la hermana se lo quiso decir ni ella quiso averiguar. ¡Cuántas veces en la vida no podemos ponerle palabras al dolor!, es como si intuyéramos que nos ha pasado algo. Tránsito todo el tiempo habla de la madre y recuerda que la madre le dijo que la parió en una canoa. ¿Pero ese recuerdo es real o a veces en los recuerdos mezclamos la ficción? Luis Buñuel dice en su autobiografía que la memoria es muy relativa, que cuando recordamos algo siempre estamos ficcionalizando, que nunca recordamos cómo fue sino cómo quisiéramos que fuera. La exploración que permite la literatura es el privilegio más grande que puede tener un escritor. Lo que uno puede hacer, ese granito de arena que se puede aportar, es subir un escaloncito más en esa búsqueda. La literatura no está separada de lo
social, por eso me niego a creer que el escritor es un ser que está aislado.
Aunque necesito del silencio, cuando trabajo estoy muy bien acompañada de todo este mundo que me pertenece, pero que a su vez deja de pertenecerme una vez que los personajes empiezan a andar y establecen su propia autonomía.
-¿Por qué la novela tiene una estructura teatral, separada en dos actos?
-Quise jugar al teatro con la novela bien plantada. ¿Qué pasaba si entrecruzaba sutilmente géneros? Y fui más allá porque si hubiera sido planteada sólo como una estructura teatral, hubiera puesto el reparto al comienzo, pero yo lo puse al final, como en el cine. También tengo una formación cinematográfica; yo aprendí mucho con los cineastas de Santa Fe, que me enseñaron a leer las imágenes de otro modo. Trato de que la escritura se visualice, tengo que ver las escenas, los puntos de vista, en qué profundidad de campo estoy, dónde estoy situada en relación con el personaje. Si viene caminando Tránsito, a qué distancia como narradora estoy de ella, desde dónde la miro.
-¿En esta historia aparece más subrayado que en la Trilogía el componente trágico?
-Sí, lo trágico aparece de otra manera. Lo único que tenía claro es que detrás de Tránsito había una tragedia que está implícita en su propio nombre. El nombre no tiene género porque puede ser un hombre o una mujer.
Empecé a jugar con el tema de la identidad y ese vaivén de la canoa en el río me acompañó todo el tiempo; la ambivalencia del personaje, quién soy, de dónde vengo... Esta pregunta filosófica de los primeros tiempos del hombre, de la condición humana, es trágica porque sabemos que tenemos un límite y que estamos de paso. Pero no quería hacer una lectura tan directa, ¡ah la pasajera, claro, Tránsito!, por eso me interesó complejizarla. En un momento de la novela hay una pasajera que sube a un ómnibus y se va la frontera. Probablemente es su madre que la dejó abandonada en los baños de la terminal. Ese es el secreto que sabe el lector, pero no sabe ella. No saber quién sos, no tener tu identidad, es una tragedia que nos involucra a todos los argentinos. En toda la historia de la literatura estuvo siempre la
problemática de la identidad. Y la seguimos buscando.
-Y en su caso, como escritora, ¿también sigue buscando su identidad?
-Los escritores estamos siempre en tránsito, buscándonos. El día que dejemos de buscarnos, que creamos que nos encontramos, estamos perdidos. Si creo que escribo bien, para qué voy a seguir escribiendo. Lo más apasionante, lo que sostiene a la escritura como oficio, es cierta inquietud que te mueve a buscar, a pararte en un lugar que no sea seguro. La escritura es un lugar muy inseguro y me parece maravilloso que así sea. Esa inquietud tiene que ver con la realidad social y el compromiso que uno tiene con esa realidad. No existe el escritor descomprometido. El compromiso está en lo que contás.
Pero esto no quiere decir que haya una preceptiva. Me cuesta aceptar las recetas en cuanto a cómo se escribe un cuento o una novela, que es propio de los talleres literarios. Yo le temo a eso. Es tan maravilloso el campo de la lengua... Yo estoy en una búsqueda constante, y a pesar de que tengo unos
cuantos años, aunque no se noten, lo interesante de la escritura es la experimentación, poder explorar, arriesgar. El día que tenga la cosa sabida, me parece, no voy a escribir más.



LA FICHA


Perla Suez nació en Córdoba, pero toda su infancia transcurrió en Basavilbaso, provincia de Entre Ríos, lugar próximo a las tierras donde se radicaron sus abuelos cuando llegaron, a finales del siglo XIX, con la primera corriente de inmigrantes judíos que escaparon de la Rusia zarista.
"Tuve un abuelo rabino y padres lectores, especialmente mi padre, en quien vi por primera vez el gesto caviloso y distante que denotaba el hábito de meditar, con el libro en las manos, sobre el contradictorio corazón del hombre. Por él supe que las palabras no podían corromperse, no eran cosas.
El mundo real era para vivirlo y la ficción para contarlo todo", dice la escritora en su página web www.perlasuez.com.ar
Es licenciada en Letras Modernas y autora de libros infantiles y juveniles como Memorias de
Vladimir, El árbol de los flecos, Dimitri en la tormenta y Los tres pajaritos, y de las novelas para adultos Letargo, El arresto y Complot, reunidas en la Trilogía de Entre Ríos, que fue traducida al inglés y que actualmente está siendo traducida al italiano, alemán y francés. En 2007, la escritora ganó la beca Guggenheim con cuyo apoyo escribió La pasajera. "Yo soy una alondra, me levanto temprano a la mañana, desayuno, preparo el mate, voy dando vueltas por la computadora, acomodo los libros y me siento a escribir", confiesa Suez. "Si no tengo libros alrededor, no puedo escribir.
Incluso arriba de mi escritorio apilo libros de Conrad, de Melville, de Christa Wolf, de Katherine Mansfield, de Carson McCullers, de Flannery O'Connor. Los tengo para decir: 'Si ellos pudieron, yo lo voy a intentar'."



Textual

¡Qué quiere de mí ahora, vieja! ¿Para qué me necesita? ¿Para que le mire esa jeta que me sé de memoria? Jeta de oler mierda. ¿Todavía quiere ver algo? No hay más nada que ver. No hay más tiempo que perder cosiendo o viendo figurines de moda.
Vivió setenta y cinco años, no se puede quejar; no todo el mundo tiene esa suerte. Vivió setenta y cinco años hablando y ahora yo la hice callar. Usted ha nacido en medio de la abundancia y eso la salvó del sufrimiento. Piense en qué ocupó su tiempo, señora, y va a ver que tengo razón. No le importó un cuerno que él tuviera otra mujer en Oro Verde. Le digo más: usted es fría, un hielo por dentro. Tanto, que se casó con el patrón por su dinero. ¿Para qué quiere tanta plata, eh?

Fragmento de La pasajera
(Norma).


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-10726-2008-07-25.html








La yegua y el montañista*



*Por Sandra Russo



En el banco, frente a las ventanillas, había tres colas y ninguna era muy larga, pero la de la izquierda estaba casi desierta. Era la que estaba disponible para los clientes VIP. Llegué y leí los tres letreros: VIP, Personas y Empresas. Hice un rápido repaso mental sobre mi propia condición y me paré en la de Personas. Delante de mí, último en esa fila, acababa de ubicarse un hombre alto, apenas canoso pero de aspecto juvenil, vestido con jeans y campera de montañista. Colgaba de su espalda una mochila de una
marca muy cara, que le daba un aire de turista o extranjero; supuse que era un hombre de paso por ese microcentro atestado de mediodía. Ni tuve tiempo de pararme con todo el peso en una de mis piernas, que es lo que uno hace cuando se autoacomoda en una cola de banco atrás de una docena de personas.
Llegó otro hombre, más viejo y trajeado, que sobre mi oído preguntó:
-¿Las tres colas son iguales? ¿Por qué en ésta no hay nadie?
El hombre alto con campera de montañista se dio vuelta y le dijo:
-Esa es para los giles que pagan quince pesos más por mes para que los atiendan más rápido.
-No me digas -le dijo el viejo trajeado, ubicándose en mi fila. Quedé hecha un sandwich entre ambos, lo cual no habría sido grave si los dos se hubiesen quedado callados como corresponde en una cola de banco, caray, que uno va al banco a hacer un trámite que siempre prefiere obviar, y en todo caso cualquier persona normal comenta o bien que el clima de Buenos Aires está tremendo, o bien que es una vergüenza que haya tan pocos cajeros en todos los bancos. ¿O hay acaso alguien en este mundo que se sienta a sus anchas en una cola de banco? Yo pensaba que no, pero me equivocaba. El montañista era un hombre que se sentía a sus anchas en todas partes, se diría que el mundo era suyo por la seguridad con la que hablaba, y también por el tono de voz elevado que hacía que todos escucháramos lo que decía. Sobre todo yo, que estaba hecha un jamón entre el montañista y el viejo trajeado. El montañista era una de esas personas que no pueden controlar su incontinencia verbal y cerebral. Y su flujo mental era tremendo.
-En Chile esto no pasa -le dijo el montañista al viejo trajeado. Era tan alto y yo soy tan petisa que el tipo ni siquiera tenía que hacer un mínimo gesto para mirar al viejo. Sencillamente, me salteaba.
-¿En Chile? ¡No! ¡Qué va a pasar! -dijo el viejo.
-¿Conocés Chile? -le preguntó el montañista, que debía tener unos treinta años menos que el viejo, pero que como se sentía tan seguro de sí mismo y era tan comunicativo, tuteó al viejo durante toda esa conversación, dándole incluso ánimo, con el tuteo, para que el viejo desenrollara la lengua.
-Sí, estuve muchas veces en Chile. Tengo dos grandes amigos. Viven en Las Condes.
-Yo tengo mi oficina en Las Condes, mirá qué casualidad. ¿A qué se dedican tus amigos? Conozco mucha gente por ahí.
-Son generales. De carabineros.
-¡Ah, qué bien! ¡Generales! -dijo el montañista. Yo ya empezaba a mirar para el costado, a la fila que decía Empresas. Había menos gente. Un jovencito también trajeado y con una escarapela en la solapa revisaba unas boletas. Un cadete, seguro.
-Sí, son dos grandes amigos. Dos caballeros -dijo el viejo-. Si los paran con el auto, ¿vos te creés que sacan la credencial para presentarse como generales? Eso haría un milico de acá. ¡No! Primero escuchan si estuvieron en falta, escuchan con todo respeto y ojo, que los carabineros que los paran también son muy respetuosos. Por favor, señor, si es tan amable, tenga usted la amabilidad, ¿viste? Mucha educación.
-Típico de Chile, claro. Una educación increíble.
-Recién si les están por hacer una boleta o es muy necesario, ahí sí se dan a conocer. Pero no como acá, que todo el mundo saca chapa antes de tiempo.
-Es que este país es el peor del mundo, hermano -le dijo el montañista-. Y que me perdone si hay algún peronista presente, pero el cáncer de este país se llamó Juan Domingo Perón. No sé si estás de acuerdo -dijo, chequeando, aunque era evidente que su "que me perdone" era equivalente a un "me cago en
que haya un peronista en esta fila".
El montañista era, definitivamente, un camorrero. Y yo, que agarro no sólo los guantes que me tiran sino también los que se caen, me empecé a morder la lengua. Y eso que no soy peronista.
-¡Pero sí! -dijo el viejo, creo que sin haber prestado mucha atención a aquello con lo que estaba de acuerdo, incluso más allá de estar de acuerdo, porque estaba perdido en sus evocaciones-. Mis amigos son dos tipos de primera. Qué bien la hemos pasado cada vez que los fui a visitar. Fuimos a Valparaíso un verano.
-Las Condes es el barrio más fashion, diríamos -dijo el montañista, que estaba atrapado a su vez en su propio relato y al que era evidente que el hermoso verano del que amenazaba hablarle el viejo le importaba tres pitos.
-Las Condes. Muy lindo barrio. Fuimos una vez a Reñaca también.
-Yo tengo mi oficina en Las Condes -repitió el montañista-, la abrimos hace poco. Un lujo. En Chile nadie le tiene miedo al lujo, como acá, que hay que pedir disculpas si uno es más capaz que los demás para hacer guita. ¿Vos qué hacés?
-Soy jubilado. Hago trámites -dijo el viejo. Yo pensé que su lugar estaba entonces en la fila de al lado, pero a esa altura no iba a meterme en esa conversación ni aunque bajara Dios en persona a ofrecerme crecer quince centímetros de golpe. Y eso que para mí sería importante.
-Te voy a decir una cosa -le dijo el montañista-. La culpa de cómo nos van las cosas la tenemos todos, todos, todos, todos, todos.
-Todos -sintetizó el viejo.
-Porque no nos ponemos los pantalones largos -agregó el montañista-. Mirá: yo soy sanjuanino, mi familia tiene una calera y estamos trabajando en Chile pero, qué te puedo decir, de maravillas. Vendemos a lo loco. Los chilenos no miran para arriba. Miran todos para abajo. Es un país que tiene mucho que
agradecerle a un señor, a un verdadero señor que se llamó Augusto Pinochet.
A esa altura yo quería ser más petisa de lo que soy. Hundirme en la junta de las baldosas de porcelanato, hacerme engrudo, evaporarme, porque me venían unas ganas feroces de ser varón y de decirle vamos afuera, macho, que te cago a trompadas. Pero últimamente, con todo esto del campo, estoy muy
irritable. Y no sé si ustedes lo advirtieron, pero salvo la gente muy descarada, la gente muy jodida o la gente muy de mierda, en general, hasta en los taxis, reina un silencio de radio para no herir susceptibilidades ajenas o acaso para evitar irse a las manos. Ese clima de distensión que hemos logrado gracias al voto no positivo de Cobos (y del que hablan sobre todo los radicales y Chiche Duhalde) es una escenografía a la que en cualquier momento se le cae el techo o una puerta. Lo que hay es discreción
y hartazgo de estar tan enemistados. Pero queda gente como este montañista, al que me tuve que seguir aguantando. Ya me pasó de levantarme precipitadamente de la mesa de un bar, después de pedirle a un mozo:
-Cobrame pronto porque si esta vieja de la mesa de al lado sigue hablando le parto un sifón en la cabeza.
Vuelvo al banco. Yo estaba haciendo ejercicios de respiración que nunca aprendí en yoga, porque yoga no hice, pero bueno, me imagino cómo serán: uno respira profundo, profundo, con el diafragma, y se concentra en el aire que inspira, y después lo va soltando despacio, tratando de concentrarse sólo en
el aire, tratando de no escuchar a un montañista que dice:
-Tenemos a esta yegua gobernando, ¿te das cuenta? ¡Una yegua! ¿Y no hacemos nada? ¿Por qué aguantamos? -parecía estar interpelando a todo ser viviente que lo escuchara en el banco.
-Y... -dijo el viejo, que a pesar de tener amigos carabineros no había ido al banco a buscar roña. Hasta él se empezó a sentir incómodo. Eran varios los que daban vuelta las cabezas, y cada uno parecía calibrar su reacción, porque ninguno lo miraba asintiendo. Es que más allá de lo que decía el montañista, su prepotencia y su inadecuación lo hacían un blanco perfecto de hipotéticos escupitajos, que yo me imaginaba por millones. El pendejo de la cola de al lado, el de la escarapela, me puso cara de "qué pelotudo" y yo le hice cara de "impresionante".
Por suerte la cola había ido avanzando y le tocó a él. Fue hasta la ventanilla y dijo, fuerte, para que nadie se lo perdiera:
-Quiero retirar diez mil pesos de mi cuenta.
La cajera le dijo algo que no se escuchó. El montañista habló fuerte:
-¿Tanto problema por diez mil pesos? ¿Qué son diez mil pesos? Qué país de mierda.
La cajera acercó la boca a la ventanilla y dijo, también en tono alto:
-Tiene que esperar veinte minutos. Si no va a hacer el trámite déjele el turno al que sigue.
-Bueno, nena, dale. En este país...
-Lo de nena se lo guarda. Ponga el pin -le dijo ella.
El montañista puso el pin y lo mandaron a sentarse y a esperar veinte minutos. Me tocó a mí. Hice mi trámite. Salí de ahí y me fui a terapia.
Cuando llegué le dije a mi analista:
-Yo no sé qué me pasa. Ando con ganas de patear montañistas con la calle.
Mi analista se acomodó en su sillón y preguntó:
-¿En qué sentido?


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-108476-2008-07-26.html








Por la ranura de la memoria*



-Escrito del año 2003-


En estos días me la he pasado echando monedas por la ranura de la memoria. Esperaba escuchar el sonido del tocar fondo. Pero no, abismo sin fin, no concluyen ni las imágenes de la caída ni el silbido del aire desplazado, que cosquillea la piel del tiempo.
El detonante puede haber sido la pregunta de mi hija, que se acerca a los 5 años y que desde los 3 no tiene al papá viviendo en la misma casa:

¿Papá, vos estabas cuando yo era bebe?

Allí esta la memoria cortada en pedacitos, colchón de espuma y nube, sonidos sin voz.
O puede haber sido esa foto, caída, arrugada y húmeda que encontré detrás del escritorio en la casa de los chicos. Estoy en una baranda de troncos casi saliendo de la foto, un perfil leve, viendo un lago quieto, espejo de montañas que descienden en colores de día nublado. Es el sur, la foto la tomo mi amigo Rubén, habíamos terminado una obra y nuestra sociedad laboral, y nos fuimos de viaje al sur, creo que la foto es cerca de San Martín de Los Andes. Compartíamos trabajo y una amistad estrecha, como un tiempo atrás habíamos compartido escuela secundaria, y una militancia que casi nos costo la vida. Todavía no imaginábamos que a poco de andar la amistad quedaría distante por cuestiones menores. Lo cierto es que hoy, me veo en su compañía, dentro del Dodge 1500, cortando el mundo con ironías salvajes, escuchando uno de los tres o cuatro casettes que siempre se llevaron en todos los viajes. Y hasta recuerdo el estribillo y la voz grave, solemne, del tema que siempre generaba mi risa. "...Porque siento que el culo me pesa...", Cantaba Jorge y nosotros reíamos atravesando distancias de Varela a Numancia, mientras sacábamos improvisando en el aire el número de durmientes que necesitábamos para revestir las paredes de la obra. De esa época, tengo borrada la imagen de la estación, pero a unos metros bajo un tinglado estaba la maderera que hacía lo que pidieras en quebracho. Que extrañas esas vías angostas, parecían de un tren de juguete, uno imaginaba un tren idealizado, sin conflictos ni miserias humanas circulando por allí. Son los fines del 81, y a los 21 años cualquier cosa podíamos elaborar con risas, casi un programa de radionovelas hacíamos en esos viajes donde mirábamos el entorno con el ojo indiferente que da la velocidad de un auto.
Pero si, recuerdo las vías, y tenía -y tengo- una extraña sensación cuando uno cruza una barrera en las rutas y ve las vías perderse, fugarse en un punto inalcanzable del horizonte.
Creo que hay algo muy profundo, en eso de atravesar vías viendo las vías achicarse hacia un punto lejano. Ese sobresalto previendo la cercanía de una locomotora que de inercia nos corte el tiempo de andar por nosotros mismos y en nuestras propias cuestiones. Tengo hoy sensaciones indefinibles, mientras escucho y veo la caída de las imágenes, con esa sensación extraña de haber perdido muchos trenes posibles para subirse. Aferrado al silencio y la inmovilidad, sin ver otros destinos posibles, más allá de mis pasos sin ver. Desde ese temor a tomar un tren equivocado. Me ronda la idea de una decisión oculta de aferrarme a lo existente, sin poder ver más allá de la propia estación-escenario.
Sintiendo, eso si, que al abrir de nuevo los ojos me habían cerrado el ferrocarril y las vías no llevaban a ningún lado.

En el 97, volví a la estación Villa Numancia con mi hijo de tres años de la mano, compartíamos una extraña obsesión por el tema de los trenes, y el me acompañaba por estaciones activas o abandonadas, veíamos el enganche de las locomotoras. El me decía -"ahí, baja el tito que engancha", dibujaba los trenes y esas extrañas conexiones de locomotora a vagones: "tubito, arito con cadena, los topes, falta algo...?". La estación estaba muy deteriorada, el reloj sin agujas, la Virgen de Lujan, el techo de tejas con huellas de pequeños meteoritos. Allí cerca una escuela, con niños que juegan y gritan, más cerca una casa con patos, gansos, gallinas, creo que nunca vimos tantas aves detrás de un alambrado.
Y allí mi hijo, hizo toda la fuerza de sus tres años con la palanca del cambio de vía, o de señales?, -Te acordás que lo moviste vos papá... ? -Me dijo hace unos días. Allí encontramos un clavo de riel contra durmiente, muy oxidado y lo trajimos de recuerdo desfondando mi bolsillo del vaquero.

Ya no había trenes, pero uno se sentía atravesado por todos los viajes de un pasado que lentamente se desvanece en la memoria.

Por un momento, imagino a mi padre tomando la letorina hacía el puerto de Nápoles, partiendo de Italia para no volver ni irse del todo.

O puedo verme con mi padre en el oscuro vagón de regreso de Quequén cuando él trataba de explicarme como jugaba a "la Murra" en Italia, (era algo así como piedra, papel y tijera pero más complicado). Del otro lado apenas recortada por la luz de luna llena que llegaba del campo, una anciana italiana empezó a contar las historias de su padre jugando a la Murra. Creo que me quede dormido, escuchando la media lengua de mi padre compartiendo sus recuerdos, agitando las manos en la oscuridad.
Cuando despierto, -y creo que he dormido muchos años sin registrar el paso del tiempo- muchas ausencias se han abierto ante mis ojos, la muerte de mi padre, la prematura partida de Rubén en España. El fin del matrimonio, y del compartir día a día el despertar de mis hijos, menos tiempo también para visitar estaciones abandonadas o tomar trenes reales de la mano cuidando a los chicos de tropezar en el peldaño.
En todo esto pensaba, mientras recordaba aquellas visitas a las estaciónes de tren con mi hijo mayor. Buscando el por qué estoy aquí escribiendo e imaginando vías de vida al futuro.




*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com







*


Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 27 de julio del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pedro Ochoa. Las poesías que leeremos pertenecen a Marjorie Agosín (Chile) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067




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Sunday, July 20, 2008

EL MINUTO POR UN INSTANTE....



*Foto de Valeria Marioni y Florencia Soler Abbate. hijasdelviento@hotmail.com




La elefanta*








Aún no sabía como se había presentado voluntario pero ahí estaba, en el centro de la pista del Circo Plumkier, escoltado por una señorita en mallas, un domador con libreta roja y seis enormes elefantes.

Sin apenas darse cuenta y con la ayuda de aquella belleza sonriente, se encontró tumbado sobre una manta con la cabeza apoyada en el suelo. "Usted tranquilo que lo hacemos todos los días" susurró mientras el domador acercaba al proboscidio más grande.

"Ahora, pedimos la colaboración del público para que guarde mucho silencio, ya que el número que vamos a realizar es sumamente peligroso y cualquier ruido podría atentar contra la vida del artista" retumbaban los altavoces dando emoción al espectáculo.

Mamuta, la elefanta de más de seis toneladas, se acercó conducida por el señor del látigo y siguiendo sus instrucciones, alzó la pata delantera derecha y la puso delicadamente sobre mi cabeza. Debo reconocer que no tuve miedo hasta que vi a mi mujer en nuestras localidades de la primera fila a punto de estornudar.
El crujido me impidió escuchar el estornudo, pero recuerdo que pensé en lo raro que era que estornudara sin estar resfriada.









*de Joan Mateu. joan@cimat.es













EL MINUTO POR UN INSTANTE...













ANOCHECER DE GIRASOLES NEGROS*







I GÉNESIS



Lecho y cielo de piedra.

Mirra. Sándalo Incienso.

Aguay lluvia

Toc-toc-

¿Quién es? El sol

Girasoles!!!!!!!! Amarillos. Rojos Púrpura.

Goce, tallo y semilla se inclinan reverentes.

Tres soles y la tierra los reciben.





II CONQUISTA I





Viracocha esta triste ¿que tendrá Viracocha?

Los tres soles girando ¿Adonde Irán los soles?

El cuarto sol… oscuro alumbramiento

de girasoles negros, en el sol en la luna, en el cielo en la tierra



Toc-toc

¿Quién es? El pícaro portugués

Por la otra puerta que por esta no es

Agua. Tierra!!!!!!

“La princesa esta triste ¿que tendrá la princesa?

Ha perdido la risa ha perdido el color”

“Poncio Pilato las bolas te ato “

Si no me das joyas no te desato

Cuatro soles alumbran el despojo de América.

Lunas de pluma y plata .Un cielo de turquesas.

Alfombra de girasoles rojos





CONQUISTA II



Una rosa de sílice. Arena y agua.

Encerrada en la mezquita trasparente.

Cerrazón. Herrajes acoplados.

Las rejas no se ven pero se escuchan.

Entre las redes entramadas. Busco

El nudo de la telaraña azul del miedo.

Es la primera noche,

Talvez la última.

Quiero escapar

El tenebroso amor del carcelero

Se refleja como sombra siniestra en mi ventana.

Asoman azoradas las hilachas de girasoles negros.

Los golpes en las rejas invisibles

son tan duros tan duros, ay tan duros

como la argamasa del amor y el odio.

Quiero escapar, en mi barco de papel

en el cometa con cola de ratón

o en la parsimoniosa baba del caracol errante

Otra vez la masacre.

Exterminio. Alfombras de girasoles negros.

Genocidio. En masa. Uno a uno caen los girasoles negros

Chorros de sangre. “nanas de la cebolla”

Percepciones negadas, burladas, cercenadas.

Ay como duelen los invisible golpes.

Hay que mojar las toallas

Que no queden huellas, que solo muera el alma





ESPERA



Quiero escapar…

Me aletargo en el patio central de la mezquita

Y ronroneo como un gato al sol de un crudo invierno.

Esta es la última noche,

talvez la primera

Comienzo de nuevo a desandar la telaraña azul del miedo

Elijo de nuevo la sombra siniestra

del tenebroso amor del carcelero.

Amor, amor no temas a las sombras de la noche



A lo lejos, muy lejos verde de girasoles y otra espera.







*De Amelia Arellano. amelia.arellano@yahoo.com.ar












*





Ella dice:
«la luna acaricia el alma
de los demonios».

Si
el mundo
es un lento simulacro de sí mismo,
no le importa.

Levantará un rascacielos
de sal
en el centro
del
silencio.

Vivirá libre.





*de Carlos Cuccaro carloscuccaro68@yahoo.com.ar













*





Despierta, con las pestañas anudadas al cansancio, esperó conocer la sentencia que dividiría las aguas.
Cuando comenzó a cantar y contar la lluvia, el cielo se puso grande, se apagó el silencio treinta y seis segundos que fueron treinta y siete y se dividieron las aguas.






*de Ana Lia Gattás. analia_gattasz@speedy.com.ar















El minuto por un instante‏*





Era un minuto tan intenso, tan bello, que quería acapararlo para siempre.
En ese instante voraz deseaba apropiarme de los de perfiles de la seguridad. Presagiaba que iba a volar a terceros, como así “debe ser”. Pero quería quedarme con esa sensación de frescura y plenitud. Qué egoísta me sentí.
Como en una burbuja de las historietas, tenía secuestrado a ese minuto tan dulce, tan tierno. No deseaba que se disipara de mí.






*De Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com














LA AMISTAD EN EL PLANETA LEJANO*







"Ellos vivían en un lejano planeta, en comarcas muy distintas y distantes; bajo las luces de dos grandes soles refulgentes que hacían que hubiera una noche cada dos días, y las sombras se cruzaban entre ellas. En ese mundo a veces había dos atardeceres, o dos amaneceres en un mismo día, y a veces hasta un amanecer y un atardecer al mismo tiempo; y de tanto en tanto eclipses entre los mismos soles, o entre las lunas, o mezclados, en una espectacular orgía celestial. Había seis lunas, y la gente era o muy lunática o bien muy romántica.
En ese entorno la locura de ellos eran una normalidad; ser amigos durante siglos y nunca llegar a conocerse.
No se conocieron porque temían decepcionarse entre sí.
Temían ser especies distintas, como reptiles y aves, o siendo incompatibles, o enemigos, y terminar comiéndose entre ellos, como los animales salvajes que poblaban las selvas extensas que aún quedaban, después de la última glaciación y el reciente recalentamiento global; que venían una y otra vez después del gran cataclismo que provocó la caída de la luna mayor, que hizo rotar al planeta al revés durante varios siglos.
La gente primero se volvió loca, y luego moría aparentemente sin motivo. Murieron casi todos. Quienes quedaron se temían unos a otros, y se fueron retirando a lo más profundo de esas selvas húmedas y oscuras. Los animales salvajes proliferaron y se fueron adueñando de lo que quedaba del mundo. La naturaleza cubrió rápidamente de leñosas enredaderas, plantas gigantescas y marañas espinosas, todos los signos de las grandes obras de la antigua civilización. Llovía a torrentes con
aterradoras tormentas casi todos los días y los arroyos se hicieron ríos y los ríos verdaderos mares.
Sobrevivir fue un verdadero milagro.
Pero ellos siguieron siendo amigos; aun que no se conocieron nunca.
Dentro de poco, en este mes, en aquel planeta tan soleado y lunático; perdura la antiquísima tradición de celebrar el día del amigo.
Espero que ellos sigan siéndolo".



*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, S.Fe; 19/07/08













Carta Póstuma*




En memoria de Juan Rulfo,
Y al estilo de su "Pedro Páramo"





Querido amigo, te digo así porque te fuiste siéndolo, lo fuiste y así será por este tiempo. No se ha de extrañar la vida como a un amigo, aunque sigue siendo la misma: Siempre tan impredecible.

Sabes, acá las cosas en realidad no han cambiado: el Sol sale y se esconde aún por los mismos sitios, y yo lo observo de vez en cuando aquí acostado, tú lo debes saber bien que llevas tiempo aquí tirado… Aún sigue el olor a tierra mojada y ese sabor que solo la buena lluvia sabe dar al campo, que cuando uno habla parece metérsele entre los dientes, pero de eso debes saber más tú, que llevas tiempo aquí enterrado.

Anoche pasé frente de ti, te saludé de lejos y me detuve para ver si respondías: No lo hiciste… Al principio creí que estuvieras enojado, después entendí que no debo malinterpretar tu silencio, que se trata solo de eso, que solo es que sigues sepultado. Por eso me dije que las cosas aquí no han cambiado: la lluvia sigue cayendo del mismo modo, a veces tanto que aunque uno no se mueva se moja por todos lados, pero eso tú lo debes saber mejor que yo, pues llevas tiempo así acomodado.

La sopa se sigue sirviendo en tu plato, las "mañanitas" aún se cantan en tu cumpleaños… Y cuando el frío llega en invierno, hasta te espero con tu cobija, a veces toda la noche, despierto y sintiendo cómo se me congelan los huesos, aunque de eso tú debes saber más que yo, que llevas tiempo siendo huesos.

Por eso estoy ahora aquí a tu lado, porque las cosas aún no han cambiado: te dejo recados con tus vecinos, me paso las horas hablando contigo... Hasta he dejado mi número telefónico anotado aquí en tu lápida, junto al "Descanse en Paz" y hasta el momento no has respondido... Por eso ahora escribo para asegurarme recibas mi saludo, que te fuiste sin despedir, y espero te comuniques conmigo. Es solo que no se ha de extrañar la vida como se ha de extrañar a un amigo... Aunque aún no sé si el correo llegue allá abajo, me despido.






*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com
... Porque no solo de Pan Vive el Hombre... Sino de Sueños y Esperanzas...















LA CLAVE NIPONA*






*de ROBERTO FONTANARROSA



Acallados los fragores de la Segunda Guerra, comenzaron a tomar conocimiento público diversas versiones demostrativas de que el feroz ataque a Pearl Harbour, se hubiese podido evitar.
Desde aquellos que afirman que dos meses antes del traidor golpe japonés la base norteamericana estaba a punto de cerrarse para ser convertida en un gigantesco parque de diversiones, hasta la versión que sostiene que una semana antes del fatídico domingo 7 de diciembre de 1941 estaba a la firma del presidente Roosevelt el proyecto de vender los predios de Pearl Harbour al consorcio de las hamburguesas Mc Donald, han desfilado innumerables suposiciones que atribuyeron a la fatalidad o a la desidia, el escarnio que sufrió la flota americana aquella trágica madrugada.
Pero recién en estos días sale a la luz el resultado de los prolijos estudios llevados a cabo durante cuatro décadas por el científico holandés Théodore Leendert, apasionado por el suceso bélico, quizás debido a que uno de sus hijos (para ser más precisos, el tercero) lleva el nombre de Pearl.
A continuación, pasamos a las conclusiones de Leendert, publicadas el 8 de junio del actual año, en el periódico "Chicago Voice" de Boston, dentro del suplemento familiar que, todos los domingos, este medio dedica al rubro "Catástrofes".


El Ministerio de Marina, bajo la tutela del almirante Frank Knok, conocía, a los siete días del mes de marzo de 1941, la clave empleada por la marina imperial nipona. Se había dilucidado algo fundamental: cada letra que conformaba una palabra irradiada tenía su correspondencia en un número. La suma de los números que totalizaban una palabra daba la ubicación de una nueva palabra en un libro cualquiera, elegido al azar por el alto mando japonés.
Para el espionaje yanqui, este logro revestía una importancia vital, ya que alcanzarlo le había sido sumamente engorroso. Desde los comienzos de la guerra ruso-japonesa (1904-1905), se había empecinado el almirantazgo americano en descifrar los mensajes nipones, sin éxito.
Ese afán lo llevó a escrutar minuciosamente la guerra austro-húngara, incluso sin que hasta el día de hoy pueda entenderse tal desvelo.
Durante casi una década sus estudiosos en hermenéutica estuvieron descifrando, tomando anotaciones y fatigando una clave que, al final, descubrieron, pertenecía a la flota pesquera coreana y no a los japoneses. Llegaron a tal conclusión al descubrir, por casualidad, que "Chin-tien" significaba "atún" y no "destróyer".
Pero tal vez el recuerdo de ese mismo traspié dio al Centro de Inteligencia Naval, casi una década luego, la punta del ovillo para conseguir la clave de las naves del Sol Naciente, poco tiempo antes de que los Estados Unidos fuesen impelidos a entrar de lleno en la Segunda Gran Guerra.
No se debió el éxito a ninguno de los cerebros más relevantes de los Servicios de Inteligencia, sino a Grover B. Hayes, natural de Delaware y cocinero de la dotación del buque patrulla "Here we go II". Hacía tiempo que el espionaje yanqui había llegado, al menos, a una conclusión importante dentro del desaliento y la confusión que lo atenaceaban: la clave japonesa naval estaba relacionada con un libro de la propia literatura nipona. Aquella precisión se obtuvo tras haber detectado varios mensajes emanados desde el buque-escuela "Hideiyoshi Makura", en los cuales el telegrafista acotaba tras cada frase: "página 8" o "página 27" o bien "Prólogo". La duda cundió entre los especialistas americanos cuando cayeron en la cuenta que el "Hideiyoshi Makura" no sólo era un buque-escuela, sino que era de escuela primaria e incluso hacía las veces de jardín de infantes, cosa que estaba en consonancia con el significado de su nombre: "Dragoncito Picarón" en japonés. Eso hizo pensar a los marinos de Husband E. Kimmel que los mensajes sólo podrían encerrar consignas elementales como "El samurai me ama", "El perro come el arroz" o nimiedades semejantes.
La duda vino a ser despejada por el ya citado cocinero Grover B. Hayes, quien afirmó, ante el reunido alto mando naval aliado, que el libro sobre el cual se descifraba la clave interceptada no era otro que "Cocina nipona para principiantes", del monje budista y maestro repostero Togukawa Okuma.
Hayes, contrito, confesó que él estaba al tanto de dicho detalle desde hacía cuatro años, ya que solía incluir en sus comidas algunas especies recetadas por Okuma, pero que no lo había expuesto ante sus superiores temeroso de ser acusado de simpatizar con el enemigo.
De cualquier manera, el aporte de Hayes (quien fue ascendido a Cocinero Alférez en la prisión militar de Promontory, Utah) tranquilizó al Superior Comando de Asuntos Marítimos, ya que, desde el momento en que habían olfateado que el dilema podía hallar su solución en la literatura nipona, habían estado analizando a fondo toda la obra de Pearl S. Buck, hasta caer en la cuenta de que dicha autora, a pesar de escribir asiduamente sobre las costumbres orientales (chinas, para ser más exactos) era norteamericana.
A partir de este hallazgo y durante casi dos años, la marina norteamericana logró mantener un prudencial control sobre los mensajes cruzados por los navios japoneses, ya éstos en operaciones bélicas. Pero el 3 de octubre de 1941, el almirante Nimitz fue notificado de que los nipones habían cambiado la clave. El Servicio de Prevención Costera había llegado a esa comprobación debido a dos hechos, uno de ellos fortuito: por un lado, la infidencia de un residente japonés radicado en San Francisco, quien propaló la noticia a grito vivo en un local de Burger King adonde se había puesto en total estado de ebriedad al mezclar una bebida cola con "Doctor Pepper"; y por otro, el simple hecho práctico de que en los mensajes interceptados no se entendía absolutamente nada.
Esto perturbó al Comando Estratégico de Operaciones Navales, el que se abocó, de inmediato, a conseguir la nueva clave de la flota de Yamamoto. Como si esto no fuese suficiente, algo más sumó nueva preocupación al ya inquieto Estado Mayor americano: había vestigios, indicios, rumores, de que algo grave estaba por abatirse sobre alguna de las más importantes bases navales yanquis. Desde Hawaii, por ejemplo, se había copiado un radiograma del teniente Calvin K. Polk, donde informaba, entre otros datos: ". . . las gallinas mantienen una conducta extraña. Se ocultan bajo los blindados anfibios, picotean las cargas de profundidad y se la pasan observando el cielo. Los perros se ven inquietos y desasosegados, aullando lúgubremente sin razón aparente. Los pájaros se han retirado desde hace días y las cabras insisten en comerse los carteles indicadores del asentamiento de submarinos".
Mientras algunos observadores atribuían tales señales a la tal vez próxima amenaza del tifón María Elena de los Angeles, los investigadores del Centro de Inteligencia Naval se zambulleron de cabeza sobre las pocas pistas que permitirían alcanzar la flamante clave japonesa.
Y el 28 de octubre de 1941 (a sólo 25 días del cambio de clave) lo consiguieron. Nuevamente gracias a una infidencia y nuevamente debido al residente japonés que volvió a embriagarse, esta vez con cereales Quaker fermentados. El nuevo libro en donde se basaba la clave japonesa era un compendio de poemas de Taisho Satsuma, mandarín de Sapporo, titulado: "La grulla me mira y no sé qué quiere".
No tuvo el Alto Mando casi tiempo de abocarse a estudiar el nuevo sistema cuando una noticia sacudió sus cuadros. La boya espía N-82 "Unsinkable Inkstand III", flotante en aguas del Pacífico cercanas a las islas Marianas, había interceptado un mensaje cifrado. De inmediato la boya radió el descubrimiento al portaaviones "Enterprise", desde donde también detectaron el mensaje que salía al aire, matemáticamente, cada cinco minutos y decía así: "El día domingo 8 de diciembre (1) de 1941, a las 07 de la mañana, atacaremos la base norteamericana de Pearl Harbour y la haremos benkei-go(2)".
Febrilmente, la Inteligencia Naval se lanzó a la intrincada tarea de descifrar el extraño mensaje. Sin duda alguna, encerraba algún comunicado importante y perentorio dado lo obsesivo de su repetición.
Finalmente, a las 2 de la mañana del día 6 de diciembre, los catorce hombres seleccionados para arrancar del libro de Taisho Satsuma la verdadera lectura del misterioso mensaje, habían logrado transcribir un nuevo texto, siguiendo los mecanismos correspondientes. El texto decía así:
El paso
del tigre en la
sombra del lago
triza
el sonido suave de una caña
y
el rostro
de la mujer
de Roosevelt
parece el culo
de un mono
tailandés.
Los componentes del cuerpo investigador comprendieron que se hallaban ante una patraña urdida por la Flota nipona. Era la única posibilidad que explicaba tan directo agravio inmerso en el poema de caprichosa métrica.
Se descartaba estar frente a una edición pirata y falseada del libro de Satsuma. Esa certeza ganó el espíritu de los hombres del Alto Mando. Sólo un detalle permanecía flotando en el desconocimiento." ¿Cómo era un mono tailandés? Decepcionados y ¿por qué no? ofendidos, los americanos desestimaron el mensaje que, pese a todo, continuó irradiándose desde la Flota japonesa durante aquella noche.
Promediando el día siguiente, la mayor parte de los orgullosos navios de superficie norteamericanos lanzaban llamas y humo hacia el cielo de Pearl Harbour.
El verdadero significado del repetido mensaje nunca fue obtenido.



(1) N. del E.: 8 de diciembre para Japón, según los husos horarios, 7 de diciembre para los EE.UU.
(2) N. del E.: "Benkei-go": coreanismo intraducibie. Algo relacionado con el excremento humano o animal.





*Incluido en NO SE SI HE SIDO CLARO Y OTROS CUENTOS
EDICIONES DE LA FLOR. 1985











EL LLANERO SOLITARIO*




Al tío Piruco.





Quizá sea por ese pasaje imperceptible que dan las estaciones, en este día, un 21 de junio donde el calendario impone que ya no es otoño. O es, sólo una pequeña brecha de memoria en el olvido que quedo de las estaciones, umbrales difusos de paso lento e irreversible como ese desvestirse hoja a hoja de los
árboles, en su espera latente para crecer fuerte de primavera.
Veo en el cielo un mar frío, cerrado, y me pregunto a donde va a parar tanta gota evaporada en lágrimas, ausencias esperando un ciclo para llover y renacer sobre las cosas y la gente, recordándoles que están vivos. Nada más fuerte que una lluvia fría en el rostro de cara al cielo para abrir
fisuras de recuerdos.
El invierno, ese gran olvido superficial, máscara lábil de los cambios por venir. O lo antiguo retornando en la mascara de nuevos rostros y brotes verdes. Grandes preguntas en un pasaje imperceptible donde muchos ya no están. Hoy me acorde de aquel invierno donde el tío Aldo se despedía poco a poco, entre ahogos por sus pulmones cerrados al aire, diciendo las verdades que le había dejado toda una vida. A mi me dedicó algunas palabras que no supe entender en ese momento. Ese mismo invierno cuando mi hija que ahora galopa en el patio, nació con su cordón umbilical enroscado al cuello como horca del Far West, sana y salva de la asfixia por una providencial cesárea. Allí estoy en la clínica con mi hijo, sentado en la escalera enfrente de la sala de partos. Chaplin y el Pibe, una misma imagen de indefensión ante cada acontecimiento.
- ¿Me vas a comprar la máscara y el traje...?.
Cuando nazca tu hermanita. -le dije.


Estamos en la habitación de la clínica, con la bebe dormida, el nene hace malabares parado en la cama contigua a la de su madre con el disfraz puesto.
Me parece oír ahora y hoy esa pregunta cuando llegamos solos a casa y le dije que iba a cocinar.
¿Vas a hacer comida extraña, papá...?
- No, apenas mezclar pedacitos de recuerdos e incertezas bajo un mismo fuego. (Quisiera responder hoy después de algunos otoños e inviernos, en el fulgor de un atardecer sin velos).




Están todas esas imágenes mezcladas, mientras sigo viendo el galope de mi hija de 4 años en el patio, escucho atentamente y me parece oír el ruido de cascos por debajo del chirrido del secador sobre las baldosas.
Y es otro invierno, lejano, con lamparita de 25 w en el living para gastar poco, me invade olor de la cocina económica mezclado con el tuco. El Berkeley esta encendido en una esquina, sobre la mesa de tres patas con rueditas, y apenas si puedo recordar esas siluetas, surgidas sin duda de la nada, por detrás de una loma, real como pueblo de vaqueros.
Veo a los dos jinetes recortados en ese cielo ceniza permanente de las series en blanco y negro. El más fornido lleva una mascara y monta un caballo blanco. El otro, flaco y ágil, Lleva ropas de indio norteamericano con flecos y costuras a máquina.
Antes de ser El Llanero él era Clayton Moore, nacido bajo el nombre de Jack en un septiembre de 1914, un hábil equilibrista de circo desde los 8 años.
Toro nació en 1919, como el tío Aldo, con el nombre de Harold Smith, fue boxeador y doble de riesgo. Antes de tomar el nombre artístico de Jay Silverheels y ser el indio Tonto para los americanos.
El Llanero y Toro galoparon juntos entre 1949 a 1957. Mientras el tío andaba navegando y mirando horizontes de cielo yéndose al mar.
Luego de terminada la serie ambos siguieron viviendo de sus personajes el resto de sus días, Silverheels haciendo papeles de indio y Moore haciendo giras como El Llanero Solitario, hasta que una compañía dueña de los derechos del personaje para filmar una película le inicio un juicio obligándolo a dejar de usar la mascara y él nombre del Llanero, al que solo pudo recuperar en 1984.




*
Pienso muchas cosas sin poder explicarlas bien, mientras ando, como Llanero sin rumbo en el vértigo de recuerdos que me traspasan.
Serán esas sensaciones absurdas, desprotegidas de cualquier lógica, las que me hacen caminar las calles y solo ver máscaras en los rostros de la gente.
Entiendan bien, veo máscaras delgadas e invisibles casi calcadas sobre esos poros cerrados al aire. Son rostros sobre los rostros humanamente dados, máscaras para verse en el espejo difuso de los demás.
Allí van los rostros circulantes por las vidrieras, encandilados de objetos que brillan como balas de plata y enmascaran exclusiones sociales que matan.
Creo, abrumado, que la gente dejo de sentir el aire en la piel y sueña ser ese objeto inalterable, rostro de maniquí, breve sonrisa del acto de compra contra la incertidumbre...
Niños enmascarados jugando su ilusión de posesión contra cualquier cambio-pérdida. Puerta abierta que no cierra jamás. Allí van los rostros, afirmando malamente su identidad en un anónimo mercado de fantasías, pagando precios por la máscara de ciudadanía del mercado.
Quizá, por debajo de estas máscaras invisibles no hay representación posible para un mundo social que vive negando y ocultando sus verdades elementales, como ocultan los titulares de los diarios, y me repito en silencio -"los poderosos enmascaran horrores y organizan beneficios en cada acontecimiento
repetido".
Fetichismo trascendente a las mercancías, pregunta profunda por quien es el otro.
Escenas arriba de otras escenas antiguas y repetidas, en una sociedad que solo ve y escucha detrás de cortinas de humo, como en Hamlet, donde la verdad solo puede escucharse, desprovista y oculta de un rostro moviendo los labios, abriendo el sonido de su propia voz.
Pienso en la verdad esencialmente intolerable por uno y otros. En la permanencia de palabras dichas que ya no nos pertenecen: atornilladas como quedan en el oído propio y el de los otros. En esas otras palabras, negadas y hundidas en el cuerpo, fantasmas que agitan aire en alas de mariposa o tornados que abren un después.
Quizá sólo sean imágenes sin relato posible, breves destellos para pensar en una sociedad de brumas donde la regla es no ver, no oír y no saber para siempre la verdad, ni propia ni ajena. Máscaras puestas sobre el deseo de no reconocerse en una historia.


Sigo viendo al Llanero en el galope de mi hija en el patio, ya es de noche, escucho atentamente y me parece oír ruido de cascos.
Allá, esta tío Piruco, dándome consejos con el rostro casi descarnado, y aunque yo no lo entienda, diciendo cosas que le surgen en ese resplandor de última vez:
-Pibe, nunca digas la verdad....
-Porqué tío?
- No van a escucharte y menos entenderte.




El Llanero, único actor que figura en el paseo de las estrellas de Hollywood unido a su personaje de ficción, murió días después del tío, el 28 de de diciembre de 1999, a los 85 años.





*De Eduardo F. Coiro. inventivasocial@hotmail.com












Correo:







DOS CARTAS A OSVALDO BAYER*



Un gobierno popular nunca
podría
equivocarse otra vez
y confundir
a un chacarero
de poncho al viento, con
un hacendado
o estanciero, y empujarlo
ciegamente,
o groseramente, a la
banquina.
Nunca, nunca podría
confundir
a propios con ajenos
y proclamar
y arreciar
con tanta ligereza.
Nunca podría,
nunca, nunca podría,
un gobierno popular
maltratar, herir y
desconocer
a tanto pueblo, y a la
vez
proseguir sin comenzar
un mea culpa.




*


La obediencia debida,
de la que usted
mucho escribió y algo
entiende,
nunca es conveniente,
tampoco
en el Senado; además,
por suerte
o por historia, el pueblo
no la acepta
así como no cree en
esa afiebrada
idea de que por aquí
hubo algún
rumor "destituyente"
o de golpe.
La gente, don Bayer,
está cansada,
eso sí, de mentira y
de soberbia,
de inequidad y necia
propaganda.
La vida, a esta hora
angustiosa,
también es derecho
humano.
Las falacias caen,
las impudicias,
y no basta con decir
o declamar
en este contienente
inclinado
y estafado; es
necesario
siempre un nervio
cierto
para sostener al
viento
las banderas y los
corazones,
que, lo sé, no
cesarán
ni habrán de
abandonarnos.




*de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
Gran Buenos Aires, julio, 2008









*



Queridas amigas, apreciados amigos:



El domingo 20 de julio del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores Cesar Guerra Peixe, Marta García Renart, Carlos A Vázquez und Mariza Rezende. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Mendoza Castaño
(Colombia) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes).

¡Les deseamos una feliz audición!




ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at

(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!




REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo! Cordial saludo!






YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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