Wednesday, December 31, 2008

¿HABREMOS DEJADO DE CREER EN ALGO?





Felicitación*




Al hacer Dios el reparto de habilidades me dio a escoger entre querer a mis amigos y tener buena memoria así que os deseo una buena Semana Santa y feliz Verano.



*de Joan Mateu joan@cimat.es








¿HABREMOS DEJADO DE CREER EN ALGO?






*


A veces (y solo a veces) uno corre tal suerte que caer del cielo no es tan desastroso cuando se tiene al menos la esperanza de ser bien recibido en el infierno. Pero cuando uno descubre que donde el cielo tiene hoyos, el infierno ha cerrado sus sucursales, nos damos cuenta que hemos quedado entre humanos... Y justo uno comienza a creerse dueño de sí cuando nos damos cuenta que donde ningún dios y ningún demonio puede ayudarnos, aparecemos solos, y ni aún así somos salvados por nosotros mismos... Y cuando la humanidad parece aplastarnos sin que podamos hacer algo, llega alguien con los mismos pasos, con sus manos, sus brazos, sus ojos, su sonrisa; y nos abraza, nos mira... La libertad se vuelve mortal, y sale de uno para convertirse en alguien más: y somos salvados por un milagro que escribe, crece y muere como todo lo vivo que nos rodea... Y uno entiende cuando dicen que los sueños también tienen pies, y manos, y ojos, y nariz, y esos etcéteras que con el tiempo se tendrán que descubrir...


La vida brinca de un lado para otro: los vientos abrazan los polvos que cierran nuestros ojos, las lluvias se despiden de las tierras... Tu, yo, el tiempo: ¿Qué hacer?... ¿Habremos dejado de creer en algo? ¿Habremos olvidado los temores de un mundo olvidado?... Lo descubriremos pronto, y espero estar
lo más cercano a ti posible cuando eso pase.




*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







La fe*



Se lo habían inculcado en el colegio. Los curas, con sus sermones y sus machaconas parábolas que culminaban en unos "ejercicios espirituales" de los que era imposible salir incólume. De las tres virtudes teologales, Fe, Esperanza y Caridad, la más importante era la Fe. Sin la Fe - decía el Padre Garriga - todo lo demás carecía de importancia.

Cuando acabada la escuela me incorporé a la vida laboral, "al mundo exterior" que decían los curas, nunca olvidé las enseñanzas recibidas, que aunque dormidas por el devenir de cada día en el momento mas inesperado surgían de aquellos lugares en que la escuela los había insertado.

Sin embargo todo el tiempo pasado en el colegio me sirvió para mantener unas relaciones con el clero que posibilitaron que me uniera a la expedición Plumkier (subvencionada por el obispado) que debía viajar desde Los Urales a Kamchatka completando la cartografía de diferentes zonas. Esta circunstancia me proporcionó la posibilidad de vivir una de las mayores experiencias de mi vida:

Aproximadamente a la mitad del camino, en el campamento se montó una de las reuniones habituales en las que todos los expedicionarios nos reuníamos alrededor de una hoguera y se discutía sobre temas religiosos y filosóficos.
El clima que se vivía en estas veladas era similar al que había vivido yo en mi época de estudiante.
Llevábamos ocho días debatiendo el tema de la fe y los rostros parecían iluminados por una fuerza interior, reflejo de la propia creencia. La fe es lo más importante. La fe mueve montañas. Si todo el mundo tuviera fe.

El clímax de la reunión fue subiendo y todos entramos en una fase de éxtasis que nos transportaba a un estadio superior. Todos creíamos en la fe. "La fe mueve montañas". Entonces se produjo el fenómeno. Cuando todos tuvimos fe, las montañas empezaron a moverse y se apartaron, se arrastraron y se
trasladaron, amontonándose en el Himalaya y formando la Siberia.
Todo el trabajo de cartografía realizado hasta la fecha no valía un pimiento.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es









LA HORA DE LA TENTACIÓN*




Para caer en la tentación, cualquier hora es buena, pero algunas son "especialmente buenas". Las tres de la tarde, por ejemplo, es el momento en que se despiertan muchos demonios y salen a flor de piel los deseos de aplacar asuntos pendientes. Es increíble, porque es una hora de plena luz, pero del mismo modo que a unos los llama la siesta y a otros la merienda, a algunas personas se les despierta el bichillo del pecado original. La Biblia no lo aclara, pero no tengo dudas acerca de la hora en que fue consumida la manzana.

El Chino Carloto dijo al jefe del almacén que tenía que ausentarse unas horas para resolver un problema personal; cuando el jefe quiso indagar más, él le respondió que era un asunto vital, alzó las cejas en señal de urgencia - no se sabe qué habrá imaginado el jefe, pero algo importante debió ser - y sin más comentarios le dieron la tarde libre. Era un buen trabajador, no solía ausentarse por gusto, solo faltaba a su puesto laboral unos minutos por día, cuando iba a tomarse la presión.

Se llamaba Carloto en honor a su abuela, que murió minutos antes de que él viniera al mundo y dijo en un último suspiro: "Pónganle mi nombre a la niña". como no hubo tiempo de rectificarle su error y el padre quería cumplir la voluntad de su santa madre, Carloto se quedó, como variante para quedar bien con todos, menos con el bebé, que quedó condenado a arrastrar ese nombre por la vida. Por suerte en Cuba a los que tienen rasgos asiáticos se les llama "el Chino" o "la China", según el caso, por tanto lo de su nombre solo se sabía en papeleos oficiales. Cuando las muchachas preguntaban, respondía: "Me dicen el Chino, pero puedes llamarme Carlo". y le quedaba el diminutivo elegantemente italiano.

Rosa de las Nieves, la enfermerita preciosa a quien llevaba dos semanas enamorando, a pesar de saber que estaba casada, había llamado bien temprano al policlínico - no más ver salir el desvencijado Lada que manejaba su marido, individuo forzudo y lleno de malas pulgas, chofer del almacén donde trabajaba el Chino - pretextando sufrir de "punzadas en el bajo vientre" y como con los asuntos femeninos siempre se tiene compasión, le dieron el día de descanso. Así tuvo tiempo de ir por la mañana a plancharse el pelo y hacerse iluminaciones platinadas, que contrastaban de maravilla con el negro retinto de su piel.

Verdades incuestionables, si bien disfrazadas: lo de Carlo era una cuestión de vida o muerte - había estado a punto varias veces de decirle Nievecita a su novia y la muchacha era cinta negra en kárate, para colmo entrenaba en el gimnasio que quedaba al lado del policlínico, ventana contra ventana, y no entendía "nada de tanta tomadura de presión con la negrita esa que se remenea y enseña hasta el alma cuando se agacha para alcanzar una jeringuilla" -, y a ella le punzaba ya cualquier cosa que tuviera por debajo del ombligo, de tanto roce y frasecitas al oído cada vez que el Chino pasaba a tomarse la presión, que siempre estaba normal, pero era el único pretexto para darle dos vueltas diarias, porque ella se dedicaba a pruebas citológicas, inyecciones, vacunaciones o chequeos de presión sanguínea. Lo
de la prueba era impensable por motivos más que obvios y no era cosa tampoco de dejarse pinchar por amor, a pesar de que las jeringuillas se guardaban en la gaveta más baja del estante.

En fin, que entre punzadas y otras urgencias, consiguieron la anhelada tarde, lejos de los respectivos trabajos; nunca lo suficiente, porque el dinero no les daba para un hotel y tuvieron que contentarse con un cuartico que se alquilaba por horas a la vuelta de la esquina, entre el agro mercado y un atelier de alta costura, lo cual era bueno porque con tanto trasiego de personas pasaron inadvertidos y se sintieron bien a resguardo de las miradas de la novia de él y del esposo de ella. Fueron muy puntuales, rayando las 3, porque si se les iba a cobrar por horas, había que disfrutarlas en su total extensión.

Ella, que pese a lo que se decía de su reputación, no había sido antes infiel, miró con desconsuelo la habitación, adornada en el estilo más antiestético posible, incluyendo una muñeca Loreta de los años sesenta, vestida de novia, con una polvorienta pamela de encaje, sentada en un taburetito de madera, con una flor de plástico en la mano, lo cual le daba cierto aspecto de figurita vudú. Suspiró.

- Mi Chini, había imaginado este encuentro más romántico, ¿y tú?
- ¡No te preocupes! - la tomó él por la cintura, sentándola en la cama - Tú calla, disfruta y observa como te transformo esto en un paraíso - se sacó de los bolsillos varios paquetitos -. Para que la ocasión valga la pena, hay que crear un ambiente único, digno de ser recordado, y en eso vas a reconocer cuando termine que soy un maestro.

Corrió las cortinas para generar penumbra, cubriendo disimuladamente a Loreta con ellas, esparció pétalos de rosa por el suelo, encendió velas de colores, inciensos de varios tipos. Ella sonreía
complacida ante tanto despliegue de recursos y energía en su honor. Había tenido sus resquemores, por "eso que se decía de los chinos y el tamaño reducido del órgano reproductor", pero ahora no le quedaba duda de que sería un amante admirable. Si no daba la talla por un lado, la llevaría al cielo con otros talentos.

Al primer abrazo, ella se quejó del calor y como no había aire acondicionado, él arrastró hasta los pies de la cama un vetusto ventilador de cuando la segunda guerra mundial. Al conectarlo, descubrieron que no solo generaba frescor - fue una buena época para los electrodomésticos, como los refrigeradores General Electric y Westinghouse, que en contra de Dios, de la falta de piezas y de los pronósticos, aún enfrían -, sino emitía un zumbido estilo abejorro que aplacaba los ruidos de la calle. se movía un poquito, pero lo calzaron con ayuda de los cuatro zapatos y lograron que se quedara quieto, silbando bajito y refrescando.

Las 3 de la tarde es la hora en que suele pasar el desfile de los pregoneros característicos de cada barrio habanero, en este caso: el que vende dulces: "¡El pastel a peso!, ¡a peeeeso el pastel!, ¡de coco y de guayaba!", el carrito del granizado con su campanilleo - el granizadero era mudo, pero para el caso hacía bulla con tres campanas -, la florera con su carretilla: "¡Floreeeees!, ¡las flores!, ¡llegó la florera con margaritas, rosas, gladiolos, azucenas, mariposas y girasoles para los vivos, los muertos y los santooooos!", el vendedor de huevos con su mochila al hombro: "Huevo, huevo, huevo" - no gritaba porque temía hasta su sombra, cada tres "huevo", echaba dos miradas a ver si no lo seguía la policía y continuaba - "huevo, huevo, huevo", la mulata que vende fresas, cantando a pleno grito: "¡Freeeesa!. llegó la fresa a la isla de Cuba y viene conmigo, fresa, fresa, ¡freeeesa, para alegrar tu vida y adornar tu meeeesa!", el viejito de las cremitas de leche con su bicicleta y su excelente voz de tenor: "¡Cremitas
de leche!, ¡de leche de vaca!, ¡de leche de vaca legítima! - no se sabe si porque fue hija de un matrimonio legal de vaca y toro o porque no tiene harina en la mezcla -, ¡con garantía!, ¡las prueba y después la paga! ¡y siempre te quedas con ganas!".

Entre zumbidos, aromas, opacidades, medias luces, campanillazos y pregones amortiguados, lograron alcanzar la intimidad deseada. Subieron de tono las caricias, cayeron las ropas, se enlazaron en singular contienda y, como siempre que triunfa el deseo, olvidaron que el mundo existía.

Precisamente en ese mundo que por unos instantes habían logrado ignorar, el ventilador logró vencer la barrera de zapatos y avanzó unos centímetros. Como en las trampas que solo se ven en los dibujos animados, uno de los inciensos, movido por el aire del ventilador, se tambaleó peligrosamente, cayó sobre una vela y ardió de un extremo a otro, generando la energía de activación suficiente para incendiar al resto de sus camaradas; éstos a su vez prendieron fuego a la parte baja las cortinas, que
llevadas y traídas alegremente por el bailoteo del ventilador - se diría que el artefacto se había sumado al entusiasmo de la bestia de dos cabezas que se movía en la cama -, comenzaron a quemar las ropas desparramadas por el suelo. las ropas, ayudadas por las cortinas, encendieron los extremos de las
sábanas, el vestido de novia de Loreta, la alfombra de pajilla y las matrioshkas de cuando se vendían artesanías rusas, el papel de celofán de los caramelos de la ofrenda a Eleguá, el dios de los caminos, el que teje y desteje el porvenir, el que abre y cierra las puertas, el que quita y da la suerte.

Fueron segundos, solo eso basta para cambiar un destino, o dos. De pronto, ella adquirió cierto grado de conciencia y preguntó:

- ¿Mi Chino, no te huelen demasiado fuerte estos inciensos?

Él iba a responder que no, que eran originales de la India, comprados en la Tienda del Oriente, nada de inventos tropicales, y por eso olían tan intensamente, cuando vieron la danza de las llamas a su alrededor.

Trataron de alcanzar la puerta del cuarto, pero el fuego no los dejó.

No les quedó más remedio que saltar por la ventana y ponerse a gritar, pidiendo auxilio, para que les ayudaran a apagar la hoguera que amenazaba con devorar el resto de la casa.

En ese justo momento llegaba Yané - cubanización de Jeannette -, la dueña del cuarto, con una pierna de jamón que se había comprado en el agro mercado gracias a los beneficios del alquiler. Al ver su renta en fuego, no le quedó otro remedio que dejar la pierna en el contén y sumarse a la algarabía, moviendo la cabeza, saltando, quebrando la cintura, agitando los brazos y llevándoselos alternativamente al corazón y a la cabeza, de modo tan rítmico a pesar de sus doscientas libras y sus sesenta años que parecía un baile de los que están de moda, mezcla de rap, reggaetón y hip-hop. Es
una pena que aquí nadie tenga camaritas digitales porque era una coreografía digna de verse en Internet. claro, tampoco tenemos Internet, pero el baile de la gorda valía la pena.

No hubo mayores problemas, vivimos en un país solidario: el mudo comenzó a solicitar ayuda a campanillazo limpio; el vendedor de huevos soltó la mochila cuidando que no se le rompiera ni un huevo, a pesar de las prisas; el de las cremitas arrinconó la bicicleta; el pastelero la cesta; la florera la carretilla; la mulata, más previsora que el resto por haber sido víctima de varios robos, corrió con el pozuelo de fresas bajo el brazo.

Se les sumaron los vecinos, los panaderos de la panadería de la esquina, en parte por el fuego y en parte porque todos habían soñado ver las tetas de Nievecita - cuando se agachaba a recoger las jeringuillas solo mostraba la mitad posterior -, las costureras del atelier de al lado, temiendo por sus telas. Los del agro no podían moverse de sus puestos porque perdían "güiro, calabaza y miel" pero gritaron a los del almacén que les quedaba al fondo, pidiendo que fueran a auxiliarlos. claro, ellos no sabían, de buenas intenciones está el mundo lleno. Hasta algunos que corrieron al escuchar los gritos sin saber para qué o por qué gritaban, dos clientes del atelier con los vestidos llenos de alfileres - con lo cual solo lograron pincharse y llenar de pinchazos a quien se les acercara - y tres taxistas que no tenían nada que ver con el asunto pero acertaron a pasar en el momento justo, se sumaron al bulto de bomberos emergentes. eso de crear "emergentes" siempre nos queda de maravillas. Por cierto, uno de los taxistas llevaba un paciente para la hemodiálisis diaria, casi se le muere en la espera de que su chofer apagara el fuego, pero eso queda para otra historia.

Aunaron fuerzas, cargaron cubos de agua desde la panadería porque nadie encontró una manguera, incluso le echaron el agua de la palangana donde vivía la jicotea de Yané, que se asoleaba en la puerta por las tardes, sin darse cuenta de que iba con tortuga y todo para adentro. Fue algo digno de verse. y por tal motivo, el que pasaba se quedaba, ya fuera arrimando el hombro o mirando.

Finalmente, dejaron el cuarto lleno de humo y cenizas, sin cortinas, ni matrioshkas, ni muebles, ni muñeca vudú vestida de novia, pero con la mampostería intacta. El ventilador de cuando la guerra sobrevivió, no se sabe cómo, y aún echaba aire entre zumbidos, desparramando gotas de agua.
Desde su pozuelito, el dios de los caminos miraba la escena con sus ojos de caracoles ahuecados, el fuego lo había dejado negrito y sin caramelos, pero incólume.

La dueña del inmueble, si bien hubiera querido linchar a los amantes, estaba consciente de que ni siquiera podía reclamar daños y prejuicios porque el alquiler era ilegal - como los pasteles, las cremitas, los huevos, las flores, dos de los taxis, las fresas, el sirope del granizado y casi todo aquí - y se limitó a mirar desconsolada los restos de su negocio, mientras se tomaba una manzanilla que le trajo la chismosa del edificio de enfrente con la intención de sacarle información.

- Son unos primos del campo - decía a la cotilla, que no le quitaba ojo a la pierna de jamón -, pobrecitos, les había prestado el cuarto para que descansaran un poco antes de tomar el tren. ¡angelitos, mírelos como han quedado! - se enjugó una lágrima muy sincera y asomándose para comprobar el destrozo, murmuró entre dientes, mirando de reojo a Eleguá - Ésta tú me la pagas, negro cabezón. ¡te voy a tener un mes a dieta, ni caramelos, ni roncito, ni miel, ni café, ni nada!

Mientras esto sucedía, la pareja de pecadores, sentados en el borde de la acera con el pelo chamuscado y la cara llena de tizne, pasado el susto menor, comprendían que tenían que enfrentarse ahora a los presentes - sumando los curiosos y los que habían llegado tarde a ayudar pero se habían
quedado para el jolgorio, eran bastantes -, a las costureras que querían averiguar "si era cierto lo que se decía de los chinos" mirando con descaro a la entrepierna de Carloto, que entre el susto y su naturaleza espontáneamente reducida casi se sentía "Carlota", a una novia karateka, a un esposo de armas tomar, al personal del almacén que ya venía en camino, y el del policlínico, a donde seguro había volado la noticia, y como si fuera poco: ¡tenían que seguir vestidos de Adán y Eva porque nadie, ni por
conmiseración, les alcanzaba una toalla para cubrirse!

Y todavía eran las tres de la tarde.



*de Marié Rojas.








No me gustan las despedidas*




No me gustan las despedidas. Ese olor a tristeza que flota en el aire. Esa promesa de reencuentro que de antemano se sabe imposible. El gimoteo desesperado de algún pequeño. La mirada ausente de los adultos. Me molesta, sobre todo, el momento en que se produce el quiebre, y la angustia disimulada hasta ese momento se apodera de la escena. Las risas y bromas dan paso a esa incontenible sensación de vacío...
No, decididamente, no me gustan las despedidas; sobre todo cuando, como ahora, me veo en la ventanilla, agitando la mano izquierda, mientras, en el andén, la soledad me envuelve y sólo atino a levantar un poco la vista, que sigue el recorrido de la máquina, esperando que el tren desaparezca, y yo me
pierda, para siempre, tras el horizonte.



*Copyright © Dante Schettini. dante.sch@gmail.com

Copyleft: Se permite su reproducción, sin modificaciones, siempre que no sea con fines comerciales y manteniendo, en todos los casos, el presente texto.
http://zonamutante.blogspot.com/2006/08/no-me-gustan-las-despedidas.html






Zapatos (para todos)*


No todos somos periodistas pero todos tenemos zapatos. Me corrijo no todos. Siempre hay algo que se puede hacer y algo que se puede dejar de hacer para no ser cómplices, calzados o descalzos. Cuando, como ahora pienso, se va el perro al que le tiraron los zapatos, sería barato para EEUU, buen precio
para tanta sangre y destrucción, tirarle solamente a Bush, demasiado barato..
Me gustaría un zapatazo para cada cómplice.
Me temo que todas las fábricas en incesante producción no alcanzarían.
Acaba de morir H. Pinter, él hablo de esa masacre injustificada, cuando tantos se callaron. Porque millones de personas dieron su tácito consentimiento. Me temo que no alcancen los zapatos


*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Soledades*



Una tarde, mientras íbamos río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar.
Llevábamos un largo rato en silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de preguntarle qué le pasaba. Confusamente me
dijo que había perdido a alguien a quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación. Yo creía en El: todavía me veo rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la
soledad de estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que leemos para saber que no estamos solos. En Bleu, la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la complacencia hedonista.
Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay. Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo, el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal. Que Dios es el sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió a la oferta y la
demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el cigarrillo.
Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos, Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese mostrar otra cosa.
La película, situada en 1857, habla de hoy y de una aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere, me parece, el impenetrable mayordomo de Lo que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional a la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él, sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el poder, para ser tal, excluye el amor en
cualquiera de sus expresiones. Y que la gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la demagogia.
En sus Diarios, el narrador John Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio, hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió ni tengo esperanza de encontrarlo."
Y bien, mi padre era más que eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor, soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la línea y devolvió el bagre
a la correntada.




*de Osvaldo Soriano,
- "Piratas, fantasmas y dinosaurios" Editorial Norma, Bs. As. 1996.







Pensamiento 3*



Camino despacio hacia mi muerte...
(de joven corría).



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Año nuevo*



Con un suspiro salvaje
Diciembre se despide,
se lleva las penas,
borra el sufrimiento.
Por un camino florido
Enero apura sus pasos,
trae capullos de esperanza,
derrama el perfume del amor.
Ilusiones, deseos y emociones
recorren la mágica senda,
las pupilas se encienden
con la luz de los sueños.
La noche exalta las almas,
se aproxima la hora esperada,
la dicha se refleja en las miradas,
brota un misterioso encanto.
Con el sonido de las sirenas
los brindis se suceden,
la música de año nuevo
tiene la fuerza de la vida.


*de María Griselda García Cuerva. mg_cuerva@yahoo.com.ar







Mis deseos de fin de año*




A los compañeros socios y amigos desearles lo mejor en cada día. Que la dicha sea un presente tangible y el porvenir un horizonte donde la felicidad no se busca como utopía, sino se encuentra renovada y al alcance de la piel cada mañana.

Y deseo -por si esto no fuera suficiente- que Inventiva Social siga siendo la casa de la palabra de cada uno de nosotros.

Que el dicho popular de "Año nuevo, vida nueva" sea una verdad a la medida de la historia de cada uno.

Salud, y fuerzas para luchar por lo que se ama.

Fraternalmente.


*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






Convocatoria*


El trilingüe Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante" (impreso y digital), que desde hace 17 años se edita en Salzburgo, Austria, convoca a ensayistas, narradores y poetas a colaborar con el trabajo de difusión cultural que llevamos a cabo.

Las colaboraciones deben tener una extensión máxima 4 páginas para ensayo y cuento. Para poesía se ruega enviar una selección de poemas de un máximo de 10 páginas. Los escritos deben acompañarse de un breve curriculum vitae (que contenga la dirección postal) y una foto digital del escritor a la dirección euroyage@utanet.at
Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

Más informaciones sobre nuestra labor cultural sin ánimo de lucro en Europa encontrarán en nuestra página de internet www.euroyage.com
Cordial saludo,



*Dr. Luis Alfredo Duarte-Herrera
Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schiessstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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Tuesday, December 30, 2008

PORQUE TODO PARECE FLOTAR EN UN SINSENTIDO...



Ilustración de Ray Respall Rojas.


¡Tanto me gustaría!*



A las víctimas de los criminales bombardeos
del ejército israelí a la martirizada Gaza.



Me gustaría escribir de tantas cosas.
De la mecedora que entretenía a mi abuela,
del bastón de mi abuelo,
de la portada de mi casa,
del carruaje con imaginarias princesas.
De las primas
que de amor me ahogaban
con nueces y avellanas en cada navidad
o de la perra Cuqui, siempre tan fiel y cariñosa
o del gato que mordisqueaba flores.
Recordar en letras a Torito, aquel burro
indisciplinado, independiente. Tan libre
y soberbio hasta la mala voluntad del jinete.
Escribir, además, con porte de alma celestial.
¡Cuánto me gustaría!
Pero estos malditos desastres naturales
y estas terribles injusticias y guerras
roban mi libertad de pensar
en otras cosas.



*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
Cuba.





PORQUE TODO PARECE FLOTAR EN UN SINSENTIDO...





Volar sin alas*



Viajo en domingo. El cielo se abrió como boca del infinito, celeste casi mar casi cielo. Y quisiera llegar al imposible punto de mirar lejanías. Con la mirada renacida y la esperanza abierta. Salgo, es un largo viaje por inseguros trenes reales para después subir al tren literario y llegar a Marcos Paz. Parto con las indecisiones de vida a cuestas. Como necesito sentir algo más que la soledad llevo conmigo mis cuadernos inconclusos. Son 6 cuadernos de espiral, en ellos viaja un ser fragmentado en palabras y frases. Un sujeto que busca armarse con pedacitos en frases y ser escritura. Raro salir con el alma en viaje metida adentro de una carpeta caja de cartón, pero hay que salir de las cuatro paredes instituidas para ver las cosas y la gente. Cada vez pesan más estos cuadernos. Espero reunirlos como un relato posible, leíble como un viaje por los fragmentos reunidos de otros viajes y otras lejanías que me preceden y me constituyen con vacíos y enigmas imposibles de responder. Tratare de tejer mis palabras en viaje, sentado en un vagón que se hamaca y viaja lento sobre vías destruidas.
Estoy en Gonzaléz Catan, la última estación tangible del viaje. Me cruzo a una vía que se pierde en el pasto hacía la siguiente estación 20 de junio, me siento en una pila de durmientes usados, duermen a la intemperie esperando ser leña después de algún remate, pero me ubico en la estación grande de la imaginación cómodo, con mi carpeta de cartón como único almohadón posible.... ahí se acerca el tren, viene tirado por una locomotora Werkspoor numerada 4613, entre el vapor distingo que es un tren mixto, con dos vagones de pasajeros y dos de carga y encomienda. Los de cargas vienen a continuación de la máquina, me subo en el primer vagón de pasajeros, asientos de madera en varillas, casi como en el subte A, pero con una enorme modestia, y el visible deterioro de la falta de mantenimiento por el cierre de talleres de artesanos y carpinteros. Me llama la atención que todos los asientos miren al pasado, hacia el atrás que deja ver a su paso el tren para ser más precisos. Siento la misma incomodidad de cualquiera que quiere ver el porvenir del trayecto desde la ventanilla y sigo al siguiente vagón. Lo mismo... allí hay dos señoras con un Rosario en las manos, me acerco y casi con el buen día dicho de pie me quieren contar con la urgencia de quienes creen conocerte de toda la vida, aunque no te hayan visto nunca, que viajan para llegar al nacimiento del primer hijo de su sobrina preferida. Me dicen sus nombres: son Manuela y Blanca, dos señoras elegantes de unos 60 años. Hablan arrastrando el tono que siempre oí en aquellos italianos venidos de chicos que conservan siempre un eco de su idioma. Tienen cierta preocupación, el nacimiento lleva tres días demorado de la fecha esperada, -en ese momento se cae de la agenda de Blanca el calendario de ese mes, septiembre de 1958, viene con círculos y llamadas con frases y explicaciones todas en italiano-. No quiero interrumpir más, me disculpo, les doy un beso con cierta emoción, me doy cuenta que Blanca llevará en la mejilla una lágrima mía por algún tiempo. Les deseo suerte. Que sea todo lindo. Me levanto, giro la cabeza y veo que se sumergen en una oración de murmullos con la vista fija en la cruz del rosario. Manuela sostiene fuerte el crucifijo, casi como Dios puesto entre dos cuerpos y el respaldo del asiento siguiente.
Este es el último vagón, solo hay 5 personas, veo un matrimonio con un niño pequeño que viaja a upa de su padre, tiene el pelo muy rubio y sostiene con las manitos un oso de felpa marrón que lo abriga apenas del frío que desciende abajo de pantalones cortos. La madre viaja con la mirada perdida en algún punto del pasillo, como si viera la proyección de su propio viaje interno. Creo, definitivamente que no pueden ver mi presencia, y allí siento la incomoda sensación de ser un ghost. De no estar verdaderamente allí, a pesar de mi carpeta, mis cuadernos y los latidos fuertes que siento en el pulso y en el corazón se sale del pecho por contar que hay allí, en ese vagón, emociones desanudadas. El tren se detiene en la estación 20 de junio, sube una abuela con una bolsa tejida al crochet y su cartera negra con broche dorado, tiene un aspecto frágil, casi trémulo. Se sienta del otro lado del pasillo. Indiferente al paisaje vuelve al trabajo, la veo sacar del bolso un tejido, es algo así como un centro de mesa que se construye con un hilado fino color bronce. Me asombro, por un momento creo reconocer esos ojos color tiempo por debajo de los anteojos de armazón color miel. Teje la abuelita, con una sonrisa apenas dibujada, mientras espera que el mundo le devuelva algunos abrazos perdidos del otro lado del mundo.
Pienso en ese tejido desesperado y paciente a la vez de esa abuela, e imagino la obra terminada, arriba de una mesa rustica de pinotea clavada en tablas, quizá encerada a mano una vez por mes.
La veo tejer para evitar la desnudez fatal de las cosas.
Vestir la humildad de sus muebles con la habilidad de unas manos de mujer. Pienso, recuerdo, el titulo del libro de Benedetti, le doy otra forma: cuanta memoria ella teje a pesar de los agujeros del olvido, que se atraviesan solo de luz y aire. Sin letra posible.

La locomotora se detiene, casi llegando a Marcos Paz faltan casi totalmente las vías y los durmientes, el maquinista con las antiparras levantadas y el rostro tiznado de hollín conversa con el guarda que lleva su impecable chaqueta color beige y la gorra con visera, conversan y piensan. El guarda acaba de colocar el teléfono en el hilo del telégrafo, habla con el capataz de obra. Se ríen, por la respuesta.
-Dice que sigamos, que el va a poner vías imposibles de remover.
El maquinista se conmueve, esta sacudido, aturdido por lo que escucha de voz del guarda:
-Dice Don Nicolás que no tengamos miedo, que sigamos sin temer un descarrilamiento, que el pondrá rieles de letras, durmientes de palabras, y que estas echarán raíces de acero en los terraplenes. Y que hará balasto de vocales duras como piedras de Olavarría.
El maquinista y el guarda se cruzan una breve sonrisa, aceptan la irrealidad absoluta de la situación, van a seguir como debe seguir la vida misma.
Vuelvo a subir pero esta vez en el primer vagón desierto de pasajeros, me siento, me prometo a mi mismo quedarme allí hasta llegar, hacia afuera solo puedo ver nubes de vapor que se disipan contra el celeste cielo y un sol tibio que anuncia primaveras. Un grupo de golondrinas tempranas planea como descansando en el aire.

Llegamos. Sólo yo he bajado en esta estación, estoy bastante desorientado. pienso en buscar un bar, un lugar con dos mesas unidas donde pueda desplegar mis cuadernos y escribir algo, quedarme allí horas enteras para ver atardecer en espectros rojos olvidados por el sol detrás de la silueta de la estación. En el camino veo una estatua, -Es el león alado de San Marcos, -me responde con extrañeza un señor que cruza sin apuro con el diario de domingo enrollado bajo el brazo.
Veo al León y pienso en lo bello que sería volar sin alas.



*de Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com
-Texto del 2003-





¿Y si en el 2009 nos atrevemos todos a desear?*



La vida de todos nosotros está regida tanto por los deseos como por los miedos. Quizá sea el momento de desequilibrar la balanza y apostar en serio por los sueños.



*Por Angela Pradelli
Fuente: ESCRITORA Y DOCENTE, PREMIO CLARIN DE NOVELA



Aquel año, al volver de la escuela después de dar mi última clase de literatura, solía cruzar por la barrera clausurada que está en los fondos de Turdera. El lugar era solitario, pero se cortaba camino. A pocos metros de la barrera hay una plazoleta con forma de triángulo que tiene una pequeña gruta enrejada y la imagen de una virgen que se erige hacia el oeste. La plazoleta está ubicada en forma paralela a las vías y aunque nunca se ve gente allí, siempre hay ramos de flores frescas enganchados a la reja de la gruta.

Un jueves vi a una de mis alumnas del secundario. Estaba con su chico y los dos, sentados sobre el banco de material frente a la virgen, se besaban con una entrega propia de devotos. Había que ver la pasión de la muchacha y la exaltación de ese cuerpo. Así fue cada jueves, durante muchos meses.

En "El beso", Antón Chéjov narra la historia de Riabóvich, quien al entrar a un cuarto a oscuras recibe un beso de una desconocida que luego se marcha.
El beso reformula la vida del personaje en términos de deseo: "se entregó por entero a una sensación nueva, que hasta entonces no había experimentado. Le estaba sucediendo algo raro. En la mejilla, a la izquierda del bigote, donde lo había besado la desconocida, le palpitaba una agradable sensación de frescor. Estaba colmado de un nuevo sentimiento extraño. Sentía ganas de bailar, de hablar, de correr al jardín, de reír a carcajadas. Se olvidó de que era encorvado y gris, de que tenía patillas de lince".

Chejov supo narrar en este cuento la potencia del deseo y el modo en que enciende un cuerpo. Como Riabóvich, mi alumna de Turdera irradiaba la luz de quien está transido por el desear. Un jueves, al cruzar la barrera, mientras la muchacha besaba a su chico devorándoselo, pensé que en algo se parecían
los besos y la escritura. Besar y construir un personaje son dos acciones que implican una exploración en la que indagamos al otro mientras que, al mismo tiempo, el propio cuerpo se revela como un territorio pleno de sentidos.

-¿Así que usted también cruza por la barrera clausurada, profesora? -me preguntó mi alumna una mañana mientras entrábamos al aula. Entonces supe que ella también me veía.

Lo de la paloma sucedió a fin de año. Habíamos dejado la puerta abierta porque hacía calor. Los alumnos estaban escribiendo y había en el aula ese silencio denso que se da mientras los estudiantes escriben. De pronto la muchacha de los besos gritó. Estaba pálida y unas manchas rojas habían empezado a brotarle en el cuello. "¿Qué pasa?", le pregunté. La muchacha se retorcía sobre su banco aterrorizada, con la vista clavada en una paloma que avanzaba por la galería en dirección a la clase. "Profesora, saque esa
paloma, me imploró. Saquelá".

A pesar de los gritos. la paloma llegó hasta el aula, se detuvo bajo el quicio de la puerta y amagó con entrar. Entonces la muchacha volvió a gritar. Ella, que cada jueves se metía en el misterio cavernoso del cuerpo de otro, se aterraba ahora frente a la mansedumbre de un ave de patas delgadas y frágiles.

Pensé entonces que la muchacha encarnaba de algún modo la estructura básica de la vida humana, en el sentido de que ésta se desarrolla sobre estos dos pilares: los deseos más viscerales y los propios terrores. Miedo y deseo son ejes que marcan nuestros días y deciden nuestros actos, mueven nuestros
pasos hacia aquí o hacia allá.

Tal vez incluso toda la literatura pueda dividirse en estos dos temas, ya que los personajes desean -o temen- la muerte, el futuro, lo desconocido, el poder, la gloria, la vida, al otro.

Somos seres deseantes. Pero habitamos un mundo que por momentos nos deja perplejos porque todo parece flotar en un sinsentido que va hundiéndonos.
Son momentos en que el deseo se descompone y la visión de sus restos desintegrados nos enceguecen, nos opacan. Nos transformamos entonces en seres miedosos. Pero salimos de la perplejidad aferrándonos otra vez a un anhelo que nos impulsa hacia adelante. Tejemos nuestra compleja interioridad sobre estas dos columnas que en esencia son el miedo y el deseo.

Hace poco, volviendo en combi hacia Adrogué, me encontré con aquella alumna.
Me contó que le faltaba poco para terminar una carrera universitaria y que ya estaba conviviendo con su pareja.

Entonces recordé la hondura y la avidez de aquellas escenas de descubrimiento y aprendizaje frente a las vías de un suburbio solitario.

-¿Y aquel asunto? -le pregunté.

-¿Cuál? -me inquirió ella. ¿El de las palomas? Ah, profesora -dijo y tiró la cabeza hacia atrás. Estoy cada vez peor.

Cuando la muchacha de los besos y las palomas se bajó en la curva de Turdera, enfiló por una de las calles laterales. Y estaba feliz.

Después me acomodé en el asiento, la combi volvió a arrancar y retomamos el viaje hacia destino. Tuve la certeza de que nunca podremos ahuyentar del todo a las palomas que merodean nuestros cuerpos. Pero, por qué no desear.

Y que los deseos sean una cuestión central en nuestras vidas, que tracen los caminos por los que elegimos andar.

Estamos próximos a estrenar un año. Al brindar, por qué no ponerles las palabras precisas a nuestros deseos para el 2009 y pronunciarlos por fin con todo el aire.



*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/12/29/opinion/o-01830235.htm






The walls*



Una pared es siempre una tentación propicia,
un no laberinto de lisas indulgencias.
Lo saben los pintores,
las humedades y las hiedras,
las fechas y las flechas en los corazones,
las súbitas coreografías de los pájaros y las cometas,
los perros que a menudo la sostienen,
las citas sin nobleza,
algún graffiti del orden de:
"si orino afuera, es mea culpa",
la vocación de los fusiladores.
A veces la interrumpe algún zaguán
para albergar noviazgos de ocasión,
allí, donde no alcanzan
las delaciones del foco de la cuadra.
Una vez un poeta,
apoyando la frente sobre una leyenda que decía:
"prohibido fijar carteles",
lloró de frustración alejandrina.
Se han podido leer en ellas
fusiones memorables:
"VIVAN EL COMUNISMO Y EL SANTO GRIAL"
y debajo, bien a la derecha, una svástica,
impotente ante el desorden general.



*de Abel Schaller. abelnegroschaller@yahoo.com.ar
Paraná, septiembre de 2007





Balancearse*




*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona



UNO Ya lo dije muchas veces: mi época favorita del año son esos días que van del 24 de diciembre al 2 de enero (y, por aquí, porque esta es una monarquía mágico-democrática, hasta el 7 de enero). No es que me gusten especialmente las fiestas, pero sí aprecio el efecto que producen en el inconsciente colectivo y en ese inconsciente individual que soy yo. Un balanceo entre híper-lúcido y zombie mientras el teléfono no suena, nadie llama a la puerta y la casilla del email desborda de felicitaciones findeañeras de gente que nos deseó lo peor durante el resto del año.


DOS Lo del principio: son días raros, son días casi nocturnos, son días en animación suspendida, son días congelados (aquí potenciados por una borrascosa ola de frío y lluvia y granizo que no parece tener fecha de vencimiento), son días donde se piensa mucho. Son días, se supone, donde alegremente se toman decisiones para lo que vendrá y se bebe el fondo amargo de la botella de lo que pudo haber sido pero no fue. Así, está el que en Los Angeles decide vestirse de Papa Noel para hacer volar a toda su familia por los aires (“No podemos creerlo. Era un hombre normal y afable”, vuelven a decir los que se juntan a contemplar las llamas) o los que deciden ponerse a tirar petardos y misiles antes del 31 de diciembre (la historia interminable de Israel & Gaza y alrededores) y estoy yo escuchando las íntimas detonaciones de mi mente y, mejor, antes de que sea demasiado tarde, me pongo a escribir un cuento que transcurre muy lejos, ahí nomás.


TRES Y por la noche –la noche del 24– con el deber cumplido, respetar ciertos ritos locales que ya hice míos. El discurso del Rey (quien dijo cinco veces la palabra crisis) y que, al día siguiente (tuvo menos rating que en el 2008: 200.000 espectadores menos o, quién sabe, 200.000 republicanos más), es analizado por las diferentes formaciones políticas como si se trataran de las palabras de un oráculo infalible. Y no está mal lo que dice. Y a mí el Rey me cae muy bien. Pero, seamos sinceros, los dichos del Rey no tienen la ligereza de los del Rey Palito, pero tampoco alcanzan la sabiduría absoluta de los del rey Salomón. Son palabras sensatas de un hombre sensato, de un rey realista. Dentro de este esquema bíblico/simbólico, Zapatero vendría a ser un Rey Mago que vale por tres: se ha reunido con todos los presidentes autonómicos y les ha prometido que, si se portan bien, todos tendrán sus alcancías llenas para jugar. El problema va a ser (ya lo advierte Rajoy en plan ominoso Padre Tiempo y el saltarín Aznar como la perfecta encarnación del siempre agorero “mensajero malvado” en Proverbios 13:17) cuando haya que cumplir todo lo que prometió. Pero para entonces ya será el 2009 y –se sabe, consenso absoluto– el 2009 será uno de los años más horripilantes de toda la Historia y toda la culpa será suya y nada más que suya. Así que propongo saltearlo y Feliz 2010 para todos.


CUATRO Pero, claro, la cosa no es tan sencilla, pensé entonces, cuando se fue el Rey y entró El Niño. No El Niño Jesús, sino El eterno Niño Raphael, quien todos los 24 de diciembre –mientras buena parte de la humanidad festeja el nacimiento del Mesías– autocelebra su renacimiento con incombustible gozo. Felicidad que, está seguro, todos comparten por su permanencia y por el medio siglo de alegrías que nos ha entregado. No creo que todos sientan eso, pero yo sí. A mí Raphael me ha dado mucho y –todo parece indicarlo– me seguirá dando mucho más. El especial de este año tuvo la pompa añadida de los números redondos, el lanzamiento de un disco autohomenaje en el que lo acompañaron sus amigos de siempre, su hijo cantante y admiradores confesos como Joan Manuel Serrat y Joaquín Sabina y Enrique Bunbury. Y –lo mejor de todo– mucho material de archivo. En especial, de sus películas de los años ’60 y ’70 (jamás olvidaré Póster Boy o aquella otra en que busca a su hermano pianista por los tugurios y callejones de un barrio de La Boca que parece de novela de David Goodis) que, se descubre enseguida, son siempre la misma película. Allí, en unas y otras, se repiten idénticas situaciones: escenas de fans enloquecidas, escenas de Raphael respondiendo con aire iluminado a las preguntas de los periodistas y –momento formidable– Raphael perseguido por multitudes, subiéndose a un auto, y alguien le lanza un “Raphael, ¿usted se droga?” Y El Niño, todo dientes, responde: “¿Drogarme? Pero si yo soy siempre así de divertido”. Y Raphael no mentía, no miente y no mentirá. Una cosa queda clara: Raphael no está –ni estuvo, ni estará– en crisis. Las crisis son para los otros.


CINCO Y la crisis es para los españoles. No hay revista o suplemento que no dedique por estos días primeras planas y suplementos especiales al porqué pasó lo que pasó y cómo fue que no se vio venir. Lo que –entre noticias findeañeras de esas que se refieren a cosas como la sangre de los neandertales– a mí me causa cierta sorpresa. En España se viene anunciando esta crisis desde hace por lo menos ocho años como algo inevitable, cuando bajara la alucinada y alucinante fiebre inmobiliaria. Lo mismo en el resto del mundo con todo eso de las subprimes y valores tóxicos e hipotecas basura. Por suerte, parece que Obama es Dios. Rezo que no lo crucifiquen.


SEIS Y puestos a creer –luego de la lluvia de millones del Gordo caídos en Barcelona– me compré un boleto para la Lotería del Niño. Encomiendo, sí, mi alma a Raphael. Pero no creo que se repita el milagro y, además, se han robado el Jesús del pesebre del Ayuntamiento y eso se paga. Así, seguro que –de nuevo– el premio se lo llevan los habitantes de un pueblo que nadie conoce con nombre como Chupitos del Mogollón o Pantorrillas de Pijos y que –siempre lo he sospechado– no son más que actores saltando frente a una escenografía por unos pocos euros.


SIETE La cosa es así: la Navidad es para los creyentes, los Reyes Magos para los crédulos y el Año Nuevo para aquellos a los que nada les gustaría más que creer en algo. Por lo pronto –mientras dan las doce campanadas– creen que, una vez más, mientras se balancean entre tañidos, no morirán atragantados en el ritual ese de las doce uvas.
Lo que –como están las cosas– no es poco.



*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117495-2008-12-30.html








NOMBRES EN LA NOCHE*




aquí tomando sol de bajo calibre
masticando la casa de una ostra
bebiendo vino fino con arena gruesa
pachorrientos y sin embargo produciendo
[nuestros propios opiáceos
—endorfinas y encefalinas—
y hasta la mesma anfetamina
imprescindibles para todo criollo que se precie

no fue en la antigua grecia (o roma en su
[defecto)
ni fue en una isla —formentera, mayaguana,
[rarotonga— contemporánea de la estupidez
[o el descuido
ni fue en un claro u oscuro del bosque o caballo
ni fue a través de acuerdos moleculares
o de otros naturales frangollos
torrentes como el sanguíneo
popeye balanceando tatuajes
olivia detrás de la concertación de sus pestañas
la espinaca dotando al marinero
cartoon

retomando a la estupidez por sus orejas tóxicas
nos permitiremos reiterar países y provincias
imprecisamente habilitados por indiscernibles
[monigotes
que blanden nuestros nombres en la noche
cerrada a vaticinios



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







Laurel y Hardy*



*Por Osvaldo Soriano


Para reconstruir la historia de Laurel y Hardy hay que contar un tiempo de miseria, ansiedad, fulgor, decadencia y olvido. Es necesario sentir vergüenza y rencor, soslayar la tentación de la pena -ese sentimiento infame-, para recordar las frustraciones de dos hombres vulgares pero estupendos.
Hace cuarenta y cinco años, en un modesto estudio de Hollywood, el productor Hal Roach integró la pareja que revolucionaría la técnica de la comicidad.
Stan Laurel estaba buscando una oportunidad para dirigir una película y Roach se la otorgó. El actor principal sería un obeso comediante de segundo orden, un payaso al que no se concedía demasiado crédito.
En un momento de la filmación, Oliver Hardy, que personificaba a un repostero, cometió una de sus torpezas habituales y se volcó una olla con aceite hirviendo sobre un brazo. Stan corrió en su ayuda: juntos armaron un alboroto que fascinó a Roach. Enseguida supo que estaba ante el comienzo de
un gran negocio.
En enero de 1892 nacieron dos de los protagonistas de esta historia. El 18, en Atlanta, Georgia, Oliver Norvelle Hardy, hijo de un prominente político local. Cuatro días antes, en Elmira, Nueva York, había nacido Hal Eugene Roach. Se encontraron muchos años después pero al parecer tenían demasiadas
cosas en común. Charley Rogers, un director que trabajó con ellos en varias películas, dijo: "Babe (Hardy) y Hal eran enteramente semejantes. Stan, en cambio, no se les parecía en nada, pero entre los tres formaban una curiosa amalgama que era como una moneda de oro puro".
Hardy se recibió de abogado y puso una fiambrería con el dinero que su padre le dio para el bufete. Intolerante, el político lo echó de la casa y Ollie pensó entonces que podía vagar de ciudad en ciudad cantando en cualquier parte. Tenía voz de tenor y quería ser comediante, jugador de fútbol, cantor, golfista, algo que le permitiera vivir en plenitud lejos de la severa mirada de su padre.
En 1913 consiguió un puesto en el cine, más por causa de su físico que por sus cualidades. Parecía un bebé malcriado: su cara era sonrosada, su mirada huidiza, su barriga descomunal. Trabajó en los estudios de Lubin, uno de los fundadores del cine norteamericano, en Florida, pero pronto se cansó de los compromisos y decidió viajar. Se sabe que estuvo en Australia, pero ninguno de los historiadores del cine podría asegurar qué hizo por allí.
Tampoco se sabe a ciencia cierta qué buscaba en Buenos Aires, hacia 1914, cuando trabajó unos meses en el Pabellón de las Rosas, en Palermo, junto a Juan Maglio, Pacho, el bandoneonista. Cuando un argentino se lo preguntó, mucho tiempo después, Hardy bromeó: "Yo pesaba más de trescientas libras y
como el tranvía me dejaba a ocho cuadras del lugar no me sentí capaz de continuar trabajando allí".


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/index-2008-01-03.html








ARTISTAS, LOCOS Y CRIMINALES*



*Por Osvaldo Soriano


Más difícil es hallar algún indicio que recuerde el paso por el teatro Casino, en 1915, de un flaco desgarbado que actuaba como payaso en la troupe de Flynn. Era Stan Laurel y las revistas de la época, aunque comentaron la actuación del grupo, no dedicaron ni una línea al desconocido cómico.
Stan había llegado a Estados Unidos el 2 de octubre de 1912 como integrante de la troupe inglesa de Fred Karno, que iniciaba su segunda gira por ese país.
Con Stan viajó Charles Chaplin, el astro del conjunto. Ambos pensaban quedarse en Norteamérica para buscar trabajo en el cine. Hasta entonces, Laurel era el suplente de Chaplin.
Charlie consiguió su primer trabajo en seis meses. Laurel tardó cinco años en ingresar en el cine. En el ínterin se ganó la vida en circos y cabarets.
Sus primeras películas no tuvieron éxito comercial, pero se lo respetaba como un comediante inteligente, sagaz.
Stan Laurel desplegaba todas las mañanas los diarios para saborear la fama de aquel hombrecillo talentoso que había llegado con él en un barco de ganado. Chaplin era reconocido ya como uno de los más geniales comediantes que habían llegado al cine.
Stan intentó saludarlo varias veces, pero Charlie no lo atendió nunca.
"Estaba muy ocupado", suponía Laurel.
Los últimos días de 1926, Stan se emocionó al saber que iba a dirigir una película. Ese gordo a quien tenía que señalar los pasos de su primera comedia tenía pasta. Era algo despreocupado, torpe y displicente, pero servía. Cuando Stan vio que volcaba el aceite, creyó morir. De pronto, todo iba a parar al demonio. Entonces corrió a ayudarlo.
De aquella idea de Roach surgió Slipping Wives, un éxito con pocos precedentes. El público se dislocó de risa ante la asombrosa plasticidad de esos hombres que destruían todo a su paso. El cataclismo se convertía de pronto en poesía, como si las leyes del mundo se alteraran de pronto y la destrucción del orden fuera, por fin, bienvenida.
Alerta, la Metro Goldwin Mayer contrató al equipo capitaneado por Roach y la serie de filmes de Laurel y Hardy creció hasta ganar todos los mercados.
Parecían tan sólo dos buenos payasos hasta que en 1929 filmaron Big Business, tal vez la película más cómica de la historia del cine (en la Argentina se la conoce como Ojo por ojo).
En adelante, Laurel y Hardy trabajaron en los estudios buscando la perfección. Cada una de sus películas tenía el simple objetivo de hacer reír con un método inédito en Estados Unidos: la destrucción de la propiedad y la burla a la autoridad, los valores más preciados por los norteamericanos de entonces.
Stan era el cerebro de la pareja. Ollie -ya sus amigos preferían llamarlo Babe- se despreocupó de la técnica y del trabajo silencioso. Prefirió jugar al golf y perseguir mujeres, mientras su compañero pasaba horas frente a las moviolas perfeccionando cada detalle.
Nadie, hasta entonces, había dedicado tanto tiempo a la construcción de un gag. Laurel quería que cada situación pudiera desprenderse del contexto del guión como una obra en sí misma. Así, sus películas parecían endemoniadas cajas chinas en las que cada vista era independiente del resto, pero a la vez le daba sentido. Stan Laurel inventó el gag. Le concedió un crescendo, un clímax y una deliciosa caída. Cada gag del Gordo y el Flaco semeja un espléndido orgasmo con toda su furia, su desesperación y su necesario alivio. Como incansables amantes, el Gordo y el Flaco provocaban una y otra vez ese clímax.
Hardy dijo una vez que ellos no necesitaban planes previos; bastaban las instrucciones de Stan para iniciar una toma exitosa. Ocurría que esas instrucciones eran el producto de un paciente estudio. "A veces bastaba un perro para iniciar una toma -contó Ollie-, y llevarla adelante. Stan hacía algo y yo lo seguía y daba pie para que él hiciera otra cosa y yo otra y después Stan hacía el montaje y todo era perfecto."
Cada vez que terminaban una escena, a su alrededor flotaba el desastre.
Casas y autos eran destruidos, los policías violados, los matrimonios traicionados. ¿Y el american way of life? Tal vez Stan no haya querido provocar esos cataclismos en la sociedad, pero todas las películas que creó los contenían como si la anarquía fuera su manera de expresar una sociedad despiadada.
Cuando la demanda del mercado y sus contratos con la Metro los obligaron a filmar largometrajes, comenzó la decadencia de Laurel y Hardy. Pero no sólo la obligación de dosificar los gags en una hora y media de celuloide los llevó al fracaso. El paso de comedia amable, picaresca, no era el fuerte de
Stan. El creciente éxito de los hermanos Marx terminó por apabullarlos. Al comenzar la guerra, Laurel y Hardy estaban terminados.
Stan se recluyó. Hardy marchó al frente. Como un Mambrú insólito, se unió a las tropas que asaltaron el peñón de Gibraltar. Empezó como oficial, terminó como oficinista.
Cuando Ollie retornó a Estados Unidos, se reunió con Stan y firmaron un contrato para rodar algunas películas. Fueron, sin excepción, absolutos fracasos. Toda la grandeza de la pareja había quedado atrás. El desconcierto ante una realidad que los alejaba de su propia historia desencadenó la tragedia. Ningún productor quería ya a esos viejos comediantes vacíos.
La decadencia del Gordo y el Flaco se acentuaba a medida que los historiadores iniciaban el descubrimiento de su genio pasado. Laurel y Hardy eran tan sólo espectros de una época esplendorosa. Sin un dólar en sus bolsillos (nunca reservaron derechos sobre sus filmes), comenzaron a vagar otra vez por los teatros del interior. Quienes los vieron en los escenarios recuerdan sus gags como burdas parodias, como parábolas perfectas de un círculo que se cierra. Hacia 1949 hicieron su primera gira por Europa y trabajaron en París, donde el público los adoraba. Por fin, filmaron Atoll K, una experiencia horrible. "Cada vez que caían al suelo parecía que no podrían levantarse jamás. Se imitaban a sí mismos, pero con un infinito cansancio", escribió un crítico francés.
A su regreso a Estados Unidos, la pareja no tenía otra posibilidad que la vuelta al vodevil.
El hijo de Hal Roach -también productor-, en un intento por recuperar la grandeza de la pareja creada por su padre, les ofreció filmar una serie para la televisión. Parecía, por fin, que la vida les daba otra chance. Entonces Stan, que era diabético, sufrió un ataque y estuvo al borde de la muerte. El plan se frustró y tuvieron que vivir, junto a sus mujeres, en pensiones de segundo orden.
Desesperado, Ollie recordó que John Wayne había sido uno de sus amigos. "El nos ayudará", le dijo a Stan. "Nadie te ayudará ahora", le contestó el Flaco.
Ollie concertó una cita con la secretaria de Wayne, uno de los más influyentes hombres de Hollywood, y una tarde se fue a verlo a su residencia. Ese día recibió la que tal vez sería su última humillación: el
cowboy le dio un papel en una película del Oeste como actor de reparto.
Ese acto de villanía, ese gesto de despreciable beneficencia ensayado por Wayne, hizo exclamar a Buster Keaton (quien también estaba casi en la miseria): "Ellos cometieron el error de hacer reír a un país violento y sin alma, que íntimamente los amaba pero terminó despreciándolos". John Wayne
fue tan sólo el ejecutor de esa reacción.
En 1953, Laurel y Hardy emprendieron viaje a Gran Bretaña, en un intento por olvidar sus penurias. Darían algunas funciones en teatros rurales y el Flaco volvería a ver a su padre, un viejo comediante del teatro de Lancashire. Un periodista inglés, que entrevistó a Laurel, escribió que aquellos hombres
eran los espectros de una historia que podía volver a verse cada día en un cine cualquiera del mundo.
Se sabe que Stan vio a su padre. Los viejos actores cenaron juntos y no hablaron. Un apretón de manos fue la despedida: Stan partía otra vez hacia Estados Unidos, pero ya no buscaba nada.
Un año más tarde, Ollie tuvo un par de ataques al corazón y quedó semiparalítico. Su mujer lo internó en un hospital de Burbank y allí se quedó en un sillón de ruedas, empujando su cuerpo que había perdido sesenta kilos, hasta su muerte, el 7 de agosto de 1957.
Stan, que sufría otro ataque, no pudo ir al entierro. "Tuve suerte -diría más tarde-, porque Ollie murió en la miseria más absoluta. Yo aún puedo pagar mi habitación." En esa pieza de una pensión cercana a Los Angeles pasó sus últimos años, recibiendo apenas la visita de sus tres alumnos, Dick van Dyke, Jerry Lewis y a veces, Danny Kaye. "Dick es el más talentoso -escribió-, me gustaría que si alguien se interesa alguna vez por filmar mi vida, sea él quien lo haga."
El 23 de febrero de 1965, cuando Stan murió, Van Dyke leyó la oración fúnebre en el cementerio de Forest Lawn. "Stan nunca fue aplaudido por su arte porque él se cuidó muy bien de esconderlo. El sólo quería que la gente riera", dijo el actor.
Más de trescientas películas han quedado archivadas en las cinematecas de todo el mundo. La Metro produjo siete antologías de sus obras. Blake Edwards, Pierre Etaix, Jean-Luc Godard, han intentado a partir de la técnica del gag de Laurel y Hardy abrir nuevos caminos para la comicidad. No lo han
conseguido. Tal vez la decadencia de Stan y Ollie, su tragedia, hayan señalado el fin de una época en el cine norteamericano: la de los antihéroes absurdos.



*Este retrato está incluido en Artistas, locos y criminales de Osvaldo Soriano.
-Se reproduce por gentileza de laEditorial Seix Barral (Biblioteca Soriano).



-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/96940-30615-2008-01-03.html





MENÚ*




memeces y naderías banqueros y bancarios
ojos de agujas y ojos de buey
castas y castizas
gentes de capital y de capital federal
mundos e inmundos juntos y aislados
confluyen en el menú con silabeos y gemidillos
[de cómo
cae la lluvia en karaganda y en tacuarembó
para plasmarlo con fondo plúmbeo
de inequiparables extranjerías
o extranjerías equiparables

vuelvo transido de perfil y tres cuartos
y de frente frío o caliente
informó juan que apostó pedro
pedrojuanismo utilitario
lo mismo para un pulido que para un rascado
menú
maní
maná



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







Correo:


*

A todos quienes componen INVENTIVA SOCIAL, mis mas sinceros deseos de un año pleno en Paz, con salud y trabajo!
Nos seguimos viendo, un gran abrazo virtual


*Maritza. maritzapozzi@hotmail.com




*

Hola Eduardo:
Quiero hacer una invitación para participar de un grupo que estamos formando en Argentina, de La Alianza para una Nueva Humanidad.
http://www.anhglobal.org/es/quienes


La Alianza reconoce como su visión medular, la unidad de toda la vida, y abraza las más nobles aspiraciones de la humanidad, tal y como han sido proclamadas por todas las tradiciones espirituales y humanistas, que hacen un llamado a la compasión y celebración de la vida. Los valores y principios
del movimiento emergente de una nueva humanidad y de la Alianza, cuyo propósito es servirle a éste, se fundamentan en el apoyo de leyes, causas, acciones, que favorezcan el respeto por la vida, la dignidad humana, la libertad, el equilibrio ecológico y la paz.
El principio esencial de la Alianza es la conciencia basada en la inseparabilidad de la vida, en donde todo está interconectado, por lo tanto, nuestro bienestar es el bienestar de todos. Creemos que esta conciencia no puede ser pasiva, de lo contrario permanecería irrelevante, tiene que ser expresada para el beneficio de todos a través de un servicio que beneficie la vida de todo ser humano.

Tendremos participación por internet, y para quienes lo deseen reuniones y acciones en conjunto dentro de nuestra comunidad. Las ideas saldrán del grupo.

Pueden comunicarse a través de clarabritos@gmail.com.ar

saludos fraternales.


*Clara Britos. clarabritos@yahoo.es




Convocatoria*


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Los textos seleccionados serán traducidos al alemán y publicados de manera digital e impresa.

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Director de YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Saturday, December 27, 2008

SOBRE LA TRAZA DE PASOS QUE EVITABAN LAS COSAS...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.


SER LA SERPIENTE*



Si pudiera regresar al Edén
A pesar de los ángeles y sus espadas de fuego
Y se me diera a escoger qué personaje encarnar en la tragedia,
Quisiera ser la serpiente.



Conocedora de los secretos de la fruta prohibida,
Lasciva en su mansa postura de espectadora del pecado,
Prefiero ser la serpiente,
Que probó a Aquel que no nos atrevemos a nombrar,
Que todos somos falibles,
Cuando hizo al hombre poseer el objeto de su deseo
Fundido a la medida de sus más umbrosas fantasías.



Quiero, sí, ser la sabia serpiente,
Porque sin ella no habría historia que contar,
Más allá de un jardín abúlico,
Semejante a una pecera de peces aburridos.



Sería, definitivamente, ese monstruo antiguo,
Retador del Alquimista,
Que vio partir, cabizbajos, a los amantes,
Y a Dios marchar al celestial exilio
Tratando de olvidar los labios de su Eva.



Porque, no sé si lo recuerdan
-estos detalles pasan inadvertidos- :
Ella quedó, sonriente,
Viéndolos retirarse de la escena,
Eternamente invasora,
Propietaria definitiva,
Del Jardín que todos añoramos.



*De Marié Rojas.





SOBRE LA TRAZA DE PASOS QUE EVITABAN LAS COSAS...






Ángeles caídos*



Es el tercer ángel que cae del cielo en una semana. El primero cayó en un parterre de tulipanes, el segundo en el puerto y éste ha caído en el campo de fútbol en la media parte del partido.

El Consistorio está preocupado por estos sucesos y ha constituido un Gabinete de Investigación para esclarecer los motivos de tan extraño fenómeno, pero la investigación se demora y los interrogatorios a los ángeles no aportan nada concluyente.

"Estaba tranquilamente en mi nube y sin darme cuenta me vi rodeado de tulipanes" , "Tomaba café sobre un estrato y caí al mar" , "No sé decir qué pasó, yo paseaba por un jardín de nubes y me escurrí cayendo al campo de fútbol".

El denominador común de las declaraciones eran las nubes por lo que se incluyó un equipo de meteorólogos en la investigación. Éstos, concluyeron en la teoría de que el fenómeno se había producido por la mala calidad de las mismas. Como había tanta escasez de agua estaban muy mal formadas, débiles y con baja densidad por lo que eran incapaces de mantener a nadie encima.

El Consistorio no comunicó estas conclusiones al pueblo aduciendo que no podía probarse. Por otra parte, tampoco creyó prudente hacerlo ya que los ciudadanos pasaban sed y cada día caían más ángeles sobre la ciudad.

Se ha iniciado un turno de rogativas para la lluvia con romerías a todas las ermitas que hay alrededor de la ciudad y se ha prohibido caminar por espacios abiertos mientras dure la sequía.



*Joan Mateu. joan@cimat.es








El Año Nuevo y las diferencias*



*Por Sandra Russo


Feliz Año Nuevo, dicen, decimos. Muchas veces. Felicidades, decimos y nos dicen también. En estos días del año, los últimos, así nos saludamos. Con Feliz Año Nuevo o Felicidades reemplazamos el buen día o el buenas noches.
En esta semana de pasaje, todos andamos con el presente y el futuro encimados. Esta semana es la de las expectativas y poco podemos hacer por evitarlo.
Aunque mucha gente quizá disfrute pero también padezca a su familia y esté muy lejos de querer saludar a todos los que los conocen por TN, en esta semana la soledad se vuelve un estado de situación personal amenazante. Los que están juntos, antes de juntarse, compadecen al que la pasará solo. Pasar
un fin de año completamente solo es, la mayoría de las veces, más que algo inevitable. Es una emperrada afirmación de la soledad. Una vez se me ocurrió hacerlo. Todo iba bien hasta las doce menos cuarto, cuando empecé a intentar descorchar la botella de champán con la que tenía pensado emborracharme
sanamente. Ese intento de redundancia autocompasiva fue abortado por mi incapacidad para descorchar una botella. No había pensado en eso. Me agarraron las doce tironeando del corcho. Estuve a punto de ir a tocarle el timbre de los vecinos. Imagínense estar brindando con la familia justo a las doce de la noche del 31 y que les toque el timbre una mujer con el rimel corrido y una botella de champán en la mano que se les larga a llorar en el hombro. Lo descarté enseguida. Así que me tomé un vaso de soda y me fui a
dormir, en una de esas Noches Patéticas que lamentablemente nunca se olvidan.
La doble faz de estos días es increíblemente narrativa. Los narradores suelen buscar esa doble faz que subyace en lo que se ve y se dice, y los mejores de ellos encuentran el modo de transmitirnos qué es lo que está pasando cuando parece que pasa otra cosa o que no pasa nada. Si se pudieran grabar, desgrabar y leer las conversaciones familiares de las cenas de Año Nuevo, nos haríamos un festival con los subtextos, las indirectas, los matices en los tonos de voz. Esa es la doble faz de la familia que promueven estos días: la de una familia con mamá y papá y abuelos y tíos y cuñados y consuegros y primos y cónyuges que forman una coreografía ambientada con ensalada rusa, matambre y tomates cherry. Una familia, además, por encima de la línea de pobreza, esto es: una familia con copas. En esa familia imaginaria que, sin embargo, funciona como el molde en el que muchos no encajan, hubo casamientos como Dios manda. Heterosexuales y con fiesta en un salón. Me viene a la cabeza la propaganda de los saborizadores Alicante. Esa nuera insegura que llama a la suegra para preguntarle cómo le tiene que hacer las milanesas al marido. "¡Probé de todo, pero tu hijo dice que las
mejores milanesas son las tuyas!", le grita por teléfono. "Polvo saborizador Alicante de albahaca y ajo en el pan rallado. ¡Eso es todo!", le contesta una señora orgullosa de haber hecho las cosas como es debido.
El problema con ese tipo de familia es que existe, y en abundancia. Pero existen también muchísimos otros tipos de familias que no salen en las publicidades de desodorizantes de ambientes ni de jabón en polvo. Hay cantidad de madres que disfrutan de que sus hijos sean los que usan las medias más blancas. Y hay cantidad de madres a las que jamás se les pasó por la cabeza qué tan limpias deben estar las medias de sus hijos como para que ellas se sientan "verdaderas" madres. Y el problema con estas fechas es que,
en materia de afectos, la que se impone es la norma y sus menúes habilitados de vínculos. Quiero decir: son días en los que mucha gente siente que es diferente y días en los que mucha gente vive esa diferencia como un déficit.
Como fuere, es inútil sustraerse a algo que tenemos grabado ancestralmente cada vez que termina un ciclo y empieza otro. Frente a estos acontecimientos volvemos a ser adoradores de señales, buscadores de las buenas estrellas, criaturas que comen uvas o ubican el muérdago en lugares energéticos para
protegerse del azar. Esta semana es la de dar vuelta la página, soñar con empezar de nuevo, ponerse metas, hacer balances o planes, tener deseos para uno mismo y para los otros. Y si uno logra perforar esta escena plastificada en la que sólo circulan frases hechas y pecetos agridulces, si uno logra
encontrar un eje en el que esos deseos emerjan de alguna fuente genuina, de algún país emancipado dentro nuestro, esta semana tiene eso de bueno: es el tiempo propicio para desear, un buen deseo es siempre actuar en consecuencia a los deseos.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-117375-2008-12-27.html






Toño*


Toño tenía diecisiete años y seguía virgen. En un pueblo de campo donde a los catorce las muchachas son madres, era una rareza. Como si fuera poco, el padre lo encontró deshojando una margarita… decidió llevarlo esa misma noche a un burdel para que conociera el amor de mujer. No había luchado tanto por tener un hijo macho para que al final le saliera rarillo.

Buscó a Milú, la prostituta de más experiencia, y la llamó aparte. “No solo me preocupa que sea mariquita, tengo miedo de alguna enfermedad cerebral… estaba haciendo cosas románticas con flores”.

Sin decir palabra, Milú se lo llevó para el cuarto. Al día siguiente no hubo manera de sacarlo del burdel, había probado el dulce y aún tenía hambre. “Tranquilo, está fuerte como un toro y con el empuje de los de su raza”, comentó Milú al padre, aceptándole una nueva propina, “tan saludable de abajo y tan cuerdo de arriba que se lo haría de gratis”’… Dos noches después, Toño era sacado a lágrima viva del cuarto de la prostituta, que lo despedía entre suspiros.

A la mañana siguiente, los sorprendió anunciando que se quería casar con Milú.

- ¿Con ese trasto viejo? – dijo la madre, olvidando que eran contemporáneas.
- No tan vieja como para no amar o ser amada – respondió él.
- Pero hijo – meneó la cabeza el padre -, ella es una prostituta, ha estado con todos los hombres del pueblo, te la busqué por la experiencia…
- Para mí es perfecta – terció el muchacho.
- Habrá miles de mujeres en tu vida hasta que encuentres la adecuada – insistió la mayor de las hermanas – hay que probar y probar, hasta que sepas que ha llegado “la que es”.
- Pueden pasarme miles por delante, yo hice mi elección, ¡esa, o ninguna!

Y dio por terminada la conversación calándose el sombrero hasta las orejas, tomando el machete y partiendo para el corte de caña.

Los padres, ayudados por las hermanas mayores, por los tíos y hasta por los amigos, hicieron todo lo que estaba a su alcance para borrarle la idea. Toño transitó pacientemente por presentaciones de solteras, viudas y divorciadas, conoció a cada mujer disponible de los alrededores. No lo llevaron al psiquiatra porque en el campo nadie está tan loco como para pagar para que le recompongan el seso, pero sí lo llevaron al brujo haitiano para ver si Milú le había dado a beber algún tipo de poción, si tenía enterrado algún muñequito con su nombre… “El hechizo es de otro género”, les dijo el brujo devolviéndoselo entre carcajadas, “no lo intenten más, ¡aunque le den a probar cien pozuelos de miel, él va a querer el mismo!”

Un año después de aquella noche que el padre consideraba fatídica y Toño un símbolo de su entrada al paraíso, el muchacho daba por terminada la casita de madera y se iba a buscar a Milú… El pueblo entero le estaba siguiendo los pasos. Antes de sacarla del burdel desenvainó el machete y lo plantó en la puerta, sus músculos endurecidos por el trabajo brillaban al sol:

- ¡Óiganme todos para que quede bien claro! – vociferó - ¡Esta que ven aquí es mi mujer y el que no la trate como una señora va a conocer el gusto de mi machete!

Se alejaron en silencio, tomados de la mano, nadie se atrevió a murmurar, hasta las hojitas tiernas de los álamos dejaron de moverse mientras la pareja caminaba rumbo a su hogar.

Jamás han vuelto la vista para mirar el camino recorrido, prefieren contemplar el que les queda por delante. Los conocí cuando llevaban diez años de vivir juntos. Se les veía tan felices como si acabaran de ganarse una rifa.



*de Marié Rojas.
-Basado en una historia real (se han cambiado los nombres)







POEMA DES-MURADO*



Ya no quiero más muros, corazón
Pircas, de ideas, de silencios
¡Tantos muros, tantos!
Condenada al muro de lamentos:
A un campo santo de ausencias
y distancias.
A una horda de olvidos. A manos separadas,
a un pañuelo blanco.
A la esquizofrenia. A un basilisco
multicéfalo.
A la placidez embriagada
de la adormidera verde.
A un yacuzi sin agua, con algas babosas
y ojos de pescado.
A un galeote. Sin remos. Sin rumbo.
Sin bandera.
A un buitre con cara de rectángulo.
Convidada a comer entre los muertos:
A un viejo verso aprendido en mi infancia
"Piden pan, no le dan; piden queso, les dan hueso
y les cortan el pescuezo"
A una torre de Babel.
Ignorado. Ignorante. Ignoto.
A un feroz león domesticado,
con su lacia melena peinada por Giordano.
A una vaca cansina con sus ubres repletas
y el ternero muerto.
A una actual Sodoma en el mar muerto.
Sin Viagra. Sin Champagne. Sin siliconas.
A un pastor sin rebaño. A una noche sin luna.
A un poeta sin versos.
Cansada de los muros, corazón.
Vida me diste y vida te devuelvo.
Desmuremos mi sol.
Desmuramos.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar











Pensamiento 950*


El rico come cuando tiene ganas
y el pobre cuando tiene que.



*Joan Mateu. joan@cimat.es






SOBRE UN TRINEO DE AIRE REVOLOTEABA...*




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




Estaba concentrada en cosas nunca ocurridas, mientras esperaba la K, como cada atardecer, cuando luego de un imperceptible pestañeo, uno común y corriente, de esos que cualquiera puede pergeñar, ejecutar y concluir, infinitas veces a lo largo de su vida, los párpados se me quedaron soldados.
Hermosa como aquella no habrá jamás hermosa sombra. No podía decir que realmente me había quedado ciega, sino que por una cuestión de mecánica muscular, ajena a mi voluntad, estaba imposibilitada de abrir los ojos.
Por entonces, mi sentido del oído no estaba lo suficientemente desarrollado, puesto que tenía en el cerebro una predisposición natural para escuchar lo que nadie decía, y una facilidad patológica para ensordecer ante la queja.
Las campanas sonaban sin razón y yo también. Podría decir que gozaba de un oído selectivo pero esos episodios de autismo no me privaban de transitar por el mismo territorio real de los seres y las cosas. Incluso tenía grandes responsabilidades adquiridas, como toda estatua. Por entonces estaba en todo
derecho de ostentar un rostro duro y quejumbroso, porque cuando una es importante y principal, no anda sonriendo a tontas y a locas por la vida.
El olfato era el único sentido que tenía altamente desarrollado. Al principio fue un talento que me distinguía entre todas las demás. Yo podía oler a varios pies de distancia el perfume del eureka en el nido de calandrias. Durante la condensación de transeúntes, en la hora pico, divisaba la fragancia inconfundible de la casada infiel que venía de consumar el beso negro en el abismo concupiscente. Obsequios de dulzura contra los peces amargos. Pero también olía ciertas verdades que debían
permanecer ocultas. Por eso, la principal virtud se convirtió en el peor de los defectos.
Volviendo al episodio de la ceguera súbita, lo único que mi habilidad auditiva lograba reconocer en aquella esquina populosa, en la que dejé de mirar el mundo al que pertenecía, eran los berrinches de los automovilistas, las corridas de los que regresaban o huían de su casa, la maraña conversacional.
Creo que aquella primera vez me dejaron ciega las luces de navidad, y sé que sobre un trineo de aire revoloteaba la idea imprudente. Al cabo de enviarle repetidas veces la orden al cerebro para que por fin recordara el acto instintivo de pegar y despegar párpados, con mucho esfuerzo, recuperé el
sentido de la visión, y para entonces, tres o cuatro K, ya habían pasado.
Abundantes venganzas iban y venían contrariadas por el espíritu redentor de diciembre.
Pero no voy a acusar a las luces de navidad por semejante trastorno, porque no fueron ellas, con su intermitencia de luciérnagas fatuas, las que provocaron alguna anomalía física o ciudadana. No tendría caso mentir en una noche hermosa como una mujer hermosa que en el fruto que madura se tiene toda encarnada.
En general diciembre, desde hacía algunos años, me generaba un cierto malestar porque irremediablemente me obligaba a pensar en enero. Y enero era el momento de las vacaciones en el seno de la ampolla familiar. Por entonces, yo no sabía más que vestir groseras veladas inanimadas.
A esa altura de la experiencia, intuía que no era apropiado sugerir que saliéramos en grupos diferenciados. No luciría bien entre los que no huelen el sexo extremo de las mariposas. Mucho viento sopla sobre la santidad del mundo en tiempos navideños. La idea imprudente conducía el trineo sin
reconocer que no habría cuñadas, ni amigas, ni vecinos, ni suegras, ni maridos, ni esposas que avalaran la modalidad de las vacaciones disociadas.
Hay palabras que no llegan a apoderarse de los hechos.
Al llegar a casa, aquella noche de ojos cerrados, no encontré el momento para hablar sobre el repentino amotinamiento de los párpados, porque los momentos hacía años que se habían ido por el desagüe cloacal. Al llegar al techo de la connivencia, lo personal disimulaba generosamente su irreverente potestad.
En aquella época, lo que tenía diciembre de funesto, era que llegaba el momento de la cena y el tema que respetábamos se nos imponía como un catecismo estival: las vacaciones. Por entonces, en enero había que sacar de la ciudad al marido, o a la esposa, aunque el marido o la esposa tuvieran ciertas dificultades para disfrutar de nuestra espléndida compañía. Así, de un relámpago a otro, la felicidad tendía a zozobrar, pero la apuntalábamos.
La segunda ocasión en que de súbito los ojos se me cerraron fue, pocos días después, en el ascensor. Habría podido llegar a la puerta transitando los pasos de memoria, olfateando la falta de deseo, tanteando primero las llaves en la cartera, luego la puerta. Pero no podía entrar al inmarcesible seno de
la ampolla ni con una mínima inquietud emocional. Si algo me tranquilizaba era que adentro del mundo había un paisaje que combinaba con los almohadones.
Quedé a oscuras en el pasillo, enviándole al cerebro el mensaje, suplicándole que no me hiciera parecer desvalida ante los vecinos del A y del B, ante el marido de cristal, ante la realidad de vidrio. Nada escapaba al llamado del relámpago que llamaba. Al escuchar el ruido de una puerta que se abría, fingí estar revisando algo en la cartera. Respondí al saludo de la vecina sin levantar la cabeza y con un tono que impidiera todo contacto verbal, deseé, paz y prosperidad y memoria sin audacia para toda la
humanidad.
En el trance de esperar que la mecánica muscular se recuperara, supe que los párpados no cerraban herméticamente, porque las lágrimas filtraban entre las comisuras, y entonces tuve esperanza de que el agua salada me diera una ayuda técnica al lubricar las membranas ya que de ningún modo el cerebro
estaba dispuesto a colaborar. Aún en las peores situaciones no me privaba de pensar en lubricaciones y membranas. Aquella era una época de poca originalidad.
De pronto, por el líquido deslizante o por la intensidad de la súplica, los párpados se despegaron y finalmente entré a casa para ver toda aquella tranquilidad sempiterna, inalterable. Otra vez se repitió el ritual de la cena en silencio, las conversaciones inteligentes que evitaban todo atisbo de espeluznante sinceridad. En medio de las pastas rellenas con ricota, se definió el destino para el tan merecido descanso familiar. El entusiasmo nos ganó a todos, aunque debimos convencer al hijo mayor para que nos
acompañara. Su aceptación nos llenó de alegría y brindamos con coca-cola y reímos con un alivio revestido de felicidad.
Los ojos siguieron cerrándose sobre la traza de pasos que evitaban las cosas. Estar sorda y ciega se me volvió un hábito saludable y natural. Hasta que una rara noche para ciegos tomé la estrangulada decisión de abrir los ojos y.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-16611-2008-12-27.html







Donde alguna vez fuera feliz...*



A Cristina nunca se le hubiera ocurrido, un par de años antes, por esos avatares del destino, que terminaría trabajando como azafata de una importante aerolínea internacional. Sin embargo, y aunque resultase anacrónico al compararlo con la excelsa técnica aeronáutica en que desempeñaba sus tareas actuales, toda su vida había sentido profunda y emotiva admiración por los trenes.
Varias veces la asaltaba el recuerdo, así, de improviso, evocándole aquellas tardes de su infancia, en las que iba a contemplar esas poderosas locomotoras que pasaban tan cerca del alambrado, atronando con sus bramidos en aquel extremo de calle muerta del barrio de Monte Grande, donde su tío abuelo la llevaba de la mano, después de comprarle un pirulín verde rojo y amarillo, tan dulce como sus ojos de niña, gratamente sorprendida por un mundo que cada día se le develaba asombroso.
Beto… Aquel hermano de su abuela era el hombre de la sonrisa más angelical que hubiera conocido en su vida. La emoción sentida hacia él era tan intensa que, por momentos, olvidaba que hacía ya varios años que había fallecido, tal como había vivido: plácidamente, acostado en su cama, con un semblante sereno y descansado, soñando quizá con alguna tierna imagen de su infancia, allá en las playas de Calabria.
En dichas evocaciones, las escenas de aquellas tardes estivales, abrasadoras con sus soles rojos, la acongojaban sin dolor. Salía a pasear con Beto acompañada por Pancha, su muñeca de trapo, heredada de una prima lejana a quien apenas recordaba haber visto. Pancha tenía unas trenzas muy amarillas, y además de no separarse nunca de su lado, ya sea tomando la merienda con una sabrosa chocolatada o yéndose a dormir juntas por las noches, a veces, la madre de Cristina jugaba con peinarla en forma parecida a la de su muñeca, a fin de parecer mellizas, aunque la tonalidad rubia de Cristina fuese bastante más oscura que los chillones colores artificiales de Pancha.
No siempre Beto conseguía durante sus paseos comprarle pirulines. A veces, éstos podían ser gratamente reemplazados por alfajores "Capitán del Espacio", de sabor chocolate o dulce de leche, verdadero manjar durante sus años infantiles. Lo que permanecía inmutable era el flamante paso del expreso de las 18hs., procedente de Mar del Plata, majestuoso con sus plateados coches de la sección pullman, que volaban sobre las vías como una súbita exhalación. La magia no sólo radicaba en aquella metálica tromba que pasaba a su lado, a escaso metro de distancia, más allá de alambrado, sino en su procedencia: Mar del Plata… Lugar, para ella, misterioso si lo hubiera, tan extraño como Tumbuctú, Tánger o La Quiaca, al que nunca habían podido ir, aunque sus tíos lo prometieran una y otra vez, pero que sólo llegara a conocer en la adultez, y con un sabor muy diferente al que hubiera podido experimentar a los siete u ocho años. La referencia al nombre del "Capitán del Espacio", le motivaba impulsos muy raros a su edad, como el de subirse a un cohete y atravesar las galaxias, bailando a carcajadas entre las estrellas, volando por el aire como cuando se subía al "Twister" del Ital Park, mientras los motores debajo de sus pies vibraban tanto como aquella poderosa locomotora de las 18hs…
Tales recuerdos solían aparecer mientras tomaba el módico trencito que habían reflotado, por iniciativa privada de varias empresas aéreas, a fin de transportar al personal, y realizar una feroz competencia con Manuel Tienda León, fenicio acaparador del mercado de transportes de la zona. Un trencito tan práctico como singular, que le suscitaba reflexiones como ésta: era harto singular que para poder volar, ya no en el cohete de su imaginación, sino ahora en sofisticados 737 que remontaban el cielo hasta alturas considerables, tuviese que tomarse antes un tren que la dejaba en la recientemente inaugurada Estación Aeropuerto de Ezeiza, desde donde luego combinara con la vetusta línea 306 de colectivos, que la dejaba dentro del mismo Aeropuerto, luego de un breve recorrido, más simbólico que efectivo. A la vuelta de los años, trenes y cohetes volvían a unirse, aunque de otra manera, más concreta y menos soñadora…
Y a veces, en días tan nostálgicos como éste, imaginaba que al despegar rumbo a los cielos del mundo, mientras iban ganando altura, perforando esos densos muros de algodón que los circundaban, le fuera posible alcanzar a ver a Beto, saludándola con su mejor sonrisa desde una nube solitaria, mientras debajo suyo se extendían las vastas extensiones del municipio de Esteban Echeverría, donde alguna vez estuviera su casa, muy cercana de aquel extremo de calle muerta del barrio de Monte Grande; donde alguna vez fuera feliz…



*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar









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Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.