Wednesday, April 29, 2009

DEMASIADA REALIDAD MATA...




Demasiada realidad*



El hombre entra al bar cuando ya ha transcurrido gran parte del día. Ya ha sobrellevado acontecimientos. Tropiezos. Horas de trámites que no solucionan nada o casi nada de las cuestiones pendientes. Estuvo 6 horas esperando su turno. Después el empleado le explicó que falta este papel y el otro, y que por ejemplo no figura su número de documento en la constancia de cuenta bancaria.
Cuando sale de esa oficina va hacia el banco, una nueva espera y un nuevo tramite para agregar al anterior que quedará nuevamente inconcluso por hoy. En la calle peatonal la gente esta ocupada en comentar una pelea entre dos gitanas. Una de ellas mordió a otra y esta maldice y jura venganzas mientras se seca sangre en su rostro. -Se pelearon porque compartían un hombre. -Explica la vendedora ambulante de los títeres.

De la jornada que ha vivido hasta llegar al refugio del bar le quedan sensaciones que no logra procesar del todo bien. No encuentra la palabra justa: desasociego, opresión, stress...
Antonio -el pequeño mozo italiano que ya trabajaba por estos lugares en el año en que el hombre nació, ya fue a la barra y volvió con el café.
El hombre necesita que alguien lo escuche.
-Sabés Antonio... le dice tratando que el mozo no se vaya, que no lo distraigan de la frase que necesita hacerle oir.
Antonio se queda ahí, mirandolo con los ojitos chiquitos que no han envejecido nada, poniendo cara de máxima atención.
-Demasiada realidad....
-Demasiada realidad, Tonio.
-Eso es lo que mata a la gente..!!!, -Contesta el mozo.
Cierto. Era eso, lo que faltaba para completar la frase y la sensación del día.
"Demasiada realidad mata..."


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com






DEMASIADA REALIDAD MATA...





Martes, 28 de Abril de 2009
JUAN JOSE MILLAS Y LOS RELATOS DE LOS OBJETOS NOS LLAMAN

"Se escribe para resolver algo, para desatar un nudo"*


Para el autor español, la escritura significa una forma de autoanálisis, "y a medida que uno hace ese autoanálisis también va cambiando e interactuando con su propia escritura". Su libro permite asomarse a un curioso doblez de la realidad.



*Por Silvina Friera


Cuando Juan José Millás saluda, fresco y radiante como si recién se hubiera despertado de la siesta, dan ganas de pedirle que se saque inmediatamente los zapatos para comprobar si lleva dos pares de calcetines, uno de lana y otro de nailon, para llevar "mejor sujetos los pies", como uno de los protagonistas de su reciente libro de cuentos, Los objetos nos llaman (Seix Barral), que presentó en la Feria del Libro. Aunque el escritor español toma la materia prima de la realidad y la convierte en literatura para hacerla más digerible, Página/12 no se anima a hacer un pedido tan estrafalario. Los
breves relatos, 75 en total, tienen el poder de hacernos viajar por el revés de la realidad. Hay personajes que ven maniquíes que sudan y mujeres grandes que sueñan con hombrecillos; una caja de fósforos heredada alumbra un fantasma familiar, una puerta encontrada en la calle se convierte en una
especie de tótem. Pero también aparece un escritor asediado por un amigo invisible que es crítico literario, otro señor que soñó que se comió unas bragas con cuchillo y tenedor, una viuda que no puede desprenderse de la ropa de su marido muerto y un taxista que se jacta de haber leído a Kant y las obras completas de Borges. Visitar el mundo de Millás, un arquitecto de la mirada oblicua, es caminar por calles conocidas como si fuera la primera vez. El lector se desplaza por un territorio amable, aunque en cualquier esquina pueda encontrarse, sin previo aviso, con lo siniestro.
Estructurados en dos partes, "Los orígenes" y "La vida", los cuentos de Los objetos nos llaman podrían conformar una especie de novela subterránea.
"Todo libro de cuentos que vale la pena esconde una novela secreta. Para que un libro de cuentos sea un auténtico libro de cuentos, esos cuentos tienen que relacionarse entre sí, de manera que siendo cada cuento una unidad autónoma, la suma de todo dé lugar a otra unidad de signo mayor", explica Millás. "El origen de este libro lo soñé. Yo trabajo mucho en esa zona del despertar donde tienes un pie en la vigilia y otro en el sueño. Me gusta ese estado, me resulta muy creativo. En uno de esos estados pensé en un libro de cuentos que tuviera la relación que tienen las calles en el casco antiguo de una ciudad medieval; cuentos que formaran una red por la cual el lector se puede perder como el caminante se pierde en la red de calles de una ciudad medieval."
-¿Por qué aparecen en varios cuentos personajes que ven "muertos en vida"?
-No sabría explicarlo con toda certeza. A lo mejor lo que es muerte es vida, o lo que es vida es muerte. Siempre me ha obsesionado mucho este tema, y porque no lo he resuelto lo sigo trabajando. Hoy me ha ocurrido una cosa curiosa en el avión, que seguramente dará lugar a un texto. Cuando me he despertado, la azafata me había dejado el papel de inmigración que hay que rellenar. Puse la fecha de nacimiento y a continuación imaginé que ponía la fecha de muerte. Me gustó fantasear con la idea de que en ese vuelo ya estábamos todos muertos y nos obligaban a poner la fecha de nuestra muerte, a pesar de que estábamos aterrizando en Buenos Aires. No sabría explicar esta idea, pero tiene que ver con esta tendencia mía a ver siempre del otro lado, a ver el forro de las cosas. Quizás el forro de la vida sea la muerte, o quizás el forro de la muerte sea la vida, vete a saber.
-¿Cómo explica el hecho de que muchas veces los objetos hablan más de las personas que lo que cuentan las mismas personas?
-Los objetos que nos rodean se contagian de nuestra personalidad, de nuestra identidad. Es verdad que si tú quieres describir a una persona, serás más veraz si describes sus objetos. Pero hay algo más inquietante todavía y es la permanencia de la persona en el objeto. Por eso no sabemos qué hacer con
los objetos de los muertos. No hay nada más desolador que llegar a casa, después de haber enterrado a un ser querido, y enfrentarse a sus zapatos.
Porque tienes el sentimiento de que el muerto sigue ahí, por lo menos durante un tiempo. No somos conscientes de la relación que tenemos con los objetos y que ellos tienen con nosotros. A mí me fascina mucho la idea de que los objetos tienen una pequeña vida y que desde esa pequeña vida intentan comunicarse con nosotros. Esto lo ha trabajado muy bien Felisberto Hernández, que me encanta, y creo que es uno de los grandes cuentistas del siglo.
-Se anticipó a mi pregunta, justamente le iba a preguntar si le gustaba Felisberto: se nota en sus cuentos que sobrevuela el aura del escritor uruguayo.
-Sí, alguien que haya leído a Felisberto lo notará. Hay un libro de Tomás Eloy Martínez, Lugar común la muerte, donde hay un ensayo sobre Felisberto.
Y cuenta una cosa increíble. En sus últimos días estaba pendiente del teléfono porque estaba esperando que lo llamaran para decirle que le habían dado el Premio Nobel (risas). Es un personaje muy curioso porque es uno de los pocos escritores que no tuvo un solo día de felicidad en su vida. Es curioso que siendo un escritor tan grande, sea tan poco conocido.
Seguramente Cortázar y parte de Borges sería inexplicable sin Felisberto.
-A propósito de la felicidad, en uno de los relatos el narrador dice que no puede escribir una línea cuando está feliz, en cambio sí cuando tiene una sensación de malestar. ¿Usted también necesita del malestar para escribir?
-La escritura surge del conflicto: si no hay conflicto, no hay escritura.
Igual que la lectura. Uno empieza a leer porque está mal. Por eso siempre digo que las campañas de lectura que se hacen son bien inútiles, porque un adolescente que está bien no lee, anda por ahí (risas). Se escribe para resolver algo, para desatar un nudo, para curar una herida, para entender algo, para entenderte a ti mismo. Por eso alguien que no tenga desacuerdo ninguno con el mundo podrá hacer otras cosas pero no escribirá. En ese sentido, es cierto que tiene que haber un malestar, o llámelo desacuerdo,
extrañeza, inquietud, que es lo que te empuja a escribir.
-¿La escritura le permitió explorar, parafraseando uno de sus cuentos, a todos los "juanjos" que hay en usted?
-Bueno, en eso estamos, ¿no? (risas). Uno se pasa gran parte de la vida construyéndose, pero hay un punto en que se empieza a deconstruir, un punto en que uno deja de ser. Esta es una impresión que todavía no tengo muy bien verbalizada. Yo he hecho de la literatura un ejercicio de autoanálisis, de
autoconocimiento. Lo que pasa es que a medida que uno hace ese autoanálisis también va cambiando e interactuando con su propia escritura.
-¿Por qué en Los objetos nos llaman hay muchos viajes en taxi, pero no aparece el autobús o el metro?
-Lo hago por mi madre, a ella le daba mucha culpa utilizarlos porque, claro, su economía no era como para coger taxis, entonces lo ocultaba. Cuando iba con ella me decía: "a papá dile que hemos ido en metro" (risas). El sueño de mi madre era ir en taxis a todas partes. Creo que yo voy en taxi por ella,
para que lo que hay en mí de ella lo disfrute. El taxi es un espacio muy extraño. Es una burbuja en la que dos personas que no se han visto nunca, y que seguramente no se van a volver a encontrar, conviven durante veinte minutos o media hora. Y además hablan estando uno de espaldas al otro y tratan de comunicarse a través de un espejo retrovisor. Siempre encuentro material para escribir un relato sobre taxis y taxistas.
-En esos relatos de taxis a veces aparece un tono irónico hacia la erudición, el taxista que lee a Kant y le pregunta al pasajero si conoce a Borges, pero también en otros cuentos los narradores dicen que no leyeron al Quijote o que no entendieron del todo a Shakespeare. ¿Cómo explica esta recurrencia?
-Hay una ironía sobre la sacralización y las unanimidades literarias. No hay cosa que me genere más rechazo que la unanimidad. La unanimidad es una de las cosas que perjudica mucho la lectura. Cuando empecé a leer, la lectura no estaba bien vista. Además, había libros oficialmente malditos que
figuraban en el índice del Vaticano. Yo hacía de la lectura algo de ejercicio clandestino. Recuerdo haber leído bajo las sábanas, con una linterna, por las noches. Ahora está de acuerdo en que leer es bueno hasta el ministro del Interior. Si yo fuera adolescente en un mundo en que los docentes, los padres y el ministro del Interior estuvieran de acuerdo acerca de las bondades de la lectura, creo que no leería. Me fugaría a los videojuegos. Esa unanimidad que se manifiesta en torno de un libro hace un daño tremendo. Entonces ironizo un poco sobre esto. La lectura es un ejercicio privado y enormemente subjetivo, de manera que uno puede reconocer que hay obras maestras que emocionalmente no le llegan, y obras que sin ser maestras pueden haberte modificado la existencia. El canon es demasiado rígido y hay que aceptar siempre la posibilidad de un canon privado que haya tenido efectos mejores en uno que si hubieras seguido el canon público.
-Felisberto no está en el canon público, pero sí en su canon privado.
-No creo que Felisberto esté en ningún canon, y sin embargo a mí me amputas a Felisberto de mi biografía lectora y me has hecho polvo.
-En uno de los cuentos, "La metamorfosis", el tío del protagonista lo llama para contarle que su mujer se ha convertido en hombre. ¿Es un homenaje o relectura del texto de Kafka, un autor muy importante en su biografía lectora?
-Conscientemente no. No lo había pensado... Puede que inconscientemente lo haya hecho, pero en ningún momento lo asocié con Kafka. Es una buena lectura que a mí no se me hubiera ocurrido.
-Además de Felisberto y Kafka, ¿qué otros autores conforman su canon privado?
-Cuando se tiene una biografía lectora larga es muy difícil resumir. Seguro que digo algunos nombres y después me voy a olvidar de otros. Cuando me hacen esta pregunta, nunca me sale Felisberto Hernández, quizá porque intento darle más satisfacciones a quien me pregunta. Tengo muchísimas lecturas que sin estar en el canon para mí han sido fundamentales, como es el caso de Patricia Highsmith, una autora importantísima, o John Le Carré, que cuando lo empecé a leer estaba mal visto, había que leerlo a escondidas, porque era un best seller. A veces cae sobre determinadas obras el estigma de ser un best seller y hace que mucha gente se prive de su lectura. Me estoy acordando de una novela que me gusta mucho, pero que nadie de mi entorno ha leído, El turista accidental, de Anne Tyler, una novela prodigiosa, pero sobre la que cayó también el estigma de best seller. Hay una historia de la literatura que está por escribirse, donde estaría Bartleby, el escribiente, El corazón de las tinieblas, Pedro Páramo, La metamorfosis, Los muertos, el cuento de Joyce...
Millás, entusiasmado por el tema, recuerda una conferencia que tituló Mamíferos e insectos. "El mamífero es un ser imperfecto que está siempre evolucionando en busca de la perfección. Por lo tanto, está mutando continuamente y tiene zonas necrosadas. El insecto, en cambio, es un animal que no evoluciona porque era perfecto hace tres millones de años. La cucaracha y el mosquito que encontrás en tu casa son idénticos a los que había hace tres millones de años. En este sentido, opongo el Ulises de Joyce versus La metamorfosis de Kafka. Son dos obras contemporáneas, publicadas con cuatro años de diferencia, y cada una parece el negativo de la otra. A nadie se le ocurriría hacer una edición que no fuera crítica del Ulises, con notas al pie de página, porque es un mamífero lleno de zonas necrosadas. No hay nada más contradictorio que una novela con notas al pie de página. Los mamíferos acaban siendo pasto de la academia, no del lector ingenuo. Y el lector que busca novelas es el lector ingenuo. Hay un estudio de la literatura sin escribir, que sería el de los insectos", plantea el escritor.
-A propósito del cuento "Una vocación de clase media", sobre un escritor que tiene un crítico imaginario, ¿qué le dice a usted su crítico imaginario?
-No es muy amable, y no debe serlo porque a veces me dice verdades, me dice lo que no está funcionando en medio del desconcierto. Cuando terminamos un libro es curioso la falta de discurso que tenemos. Lo vamos generando a medida que nos preguntan. En el trabajo narrativo, a diferencia del ensayo, hay mucho de impresión, de ir hacia un sitio porque me dice el olfato que vaya hacia ahí, pero me puedo equivocar. Siempre pienso lo diferente que es esta actividad respecto de otras. Ningún constructor de puentes puede dudar, tiene que estar seguro para que la gente pueda caminar y no se caiga, pero
nosotros vemos qué pasa y a lo mejor el lector intenta pasar por nuestro puente y se hunde.
-Es la incertidumbre y el azar que no manejan el escritor ni el lector...
-Ni tampoco el crítico, porque esto es inherente a la historia de la literatura. Hay obras que no se escribieron con intención literaria y pasaron a la historia de la literatura, como la Biblia; la obra de Freud, que merecería estar en la historia de la literatura además de estar en la historia de la ciencia; El origen de las especies, que aparte de sus virtudes científicas es literaria. Además, lo que en una época resulta malo en otra es bueno. La literatura es un territorio muy inestable.



La ficha


Juan José Millás nació en Valencia en 1946. En 1974 publicó su primera novela, Cerbero son las sombras, con la que ganó el Premio Sésamo. Entre sus novelas se destacan Visión del ahogado (1977), El jardín vacío (1981), Papel mojado (1983), Letra muerta (1984), El desorden de tu nombre (1988), La
soledad era esto (1990), Premio Nadal; Tonto, muerto, bastardo e invisible (1995), No mires debajo de la cama (1999), Dos mujeres en Praga (2002) y El mundo (2007), Premio Planeta de Novela. También ha publicado los libros de relatos Primavera de luto (1989), Ella imagina (1994), Articuentos (2001) y
Cuentos de adúlteros y desorientados (2003). Es columnista del diario El País, de España, y su obra narrativa ha sido traducida a 23 idiomas.


La responsabilidad de la derecha

En España hay cuatro millones de desocupados. ¿Cómo vive usted esta crisis?
-Hay una situación de desconcierto y de miedo. Hemos vivido en un espejismo; tengo la impresión de que ahora estamos regresando a la realidad, lo que pasa es que no sabemos dónde queda porque nos hemos alejado tanto de ella.
Parte de esa riqueza en la que hemos vivido era un delirio, un sueño, y ahora hemos despertado. Y es un despertar muy brusco. El drama es tremendo.
Esta crisis la ha provocado la derecha, pero la que está pagando el pato en las encuestas es la izquierda. La izquierda no se atreve a tomar decisiones de izquierda, cuando sería un momento excelente para tomarlas. La izquierda está poniendo parches para ver si pasa el temporal. En la cabeza de la gente
empieza a aparecer un razonamiento que es que si vamos a salir de la crisis con las recetas de la derecha, mejor que la aplique la derecha, que tiene experiencia, y la aplica además sin escrúpulos. Con lo cual la debacle electoral puede ser brutal. No se ve un horizonte y no se están tomando decisiones de izquierda. Por ejemplo, sería un momento excelente para nacionalizar bancos porque nadie se quejaría, sería un momento excelente para subir los impuestos a partir de determinada renta, pero la izquierda a
veces adopta posiciones de la derecha por miedo. La derecha no tiene ningún pudor ni ningún complejo en decir que ellos pueden arreglar la situación. Ya sabemos cómo la arreglan, pero la izquierda no se atreve. Es una situación que me tiene sobrecogido.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-13681-2009-04-28.html







JUAN*

A “Balazo” Renzi


En aquel tiempo era un muchacho delgado, tímido y desgarbado que pretendía –sin éxito-pasar desapercibido.
En las reuniones estaba siempre en silencio, como si fuera mudo, pero apenas abría la boca para insertar una broma a guisa de bocadillo, ésta se convertía en un misil que daba en el blanco, porque aún la más inocente de sus intervenciones adquiría un carácter de crítica que la hacia aguda, frente a las conversaciones romas e insulsas del resto.
En el curso de una reunión danzante –como eufemísticamente se nombraba a los bailes- podía pasar invisible, ya que se negaba a bailar, sistemáticamente, aduciendo que no sabía. Pero quienes lo conocían bien aseguraban que tomaba esta actitud para estudiar las reacciones que los demás ofrecían a la sociedad cuando se soltaban al ritmo más que relajado de la música de moda. En su mesa del bar del club, donde lo más chicos nos arrimábamos tan sólo para festejar sus chuscadas, sus ironías filosas dichas con esa cara simple de chacarero (que era lo que había sido hasta hacia muy poco) es decir una cara como de asombro, pero de un asombro que ya era un rictus de costumbre en é, nunca estaba sólo.
Cuando tenía público (en especial un público entusiasta, que era casi como su cohorte personal) se ponía más fino y más lúcido, allí desgranaba sus humoradas ácidas para que esa media docena de adolescentes incondicionales le festejáramos todo, hasta los gestos cómicos que armaba casi sin mover las cejas, frunciéndolas en una levedad que sólo nosotros éramos capaces de interpretar y que dejaba más al descubierto al blanco de ese día, quien sería algún atribulado y arrepentido que lo habría querido contradecir o –lo que es peor- tomándole un poco el pelo, intentar revertir ese papel de tonto que hacía desde mucho tiempo, horas a veces, sometido a la inplacabilidad de su saña.
Y cuando entraba a la cancha, con las medias caídas, la camiseta afuera, el pantalón descolorido y su caminar cansino, con la impresión que un pie no podía moverse si el otro no lo autorizaba, todos sonreíamos felices.
El solamente corría en los clásicos –me asegura Osvaldo Gago- pero no estoy seguro que él, Juan, alguna vez corriera, que se dignara tomar velocidad con ese cuerpo bastante flaco, por otra parte, donde los huesos parecían navegar en un pequeño arroyo de aguas revueltas, como tratando de reacomodarse entre esas piedras gastadas por la corriente de todos sus años. Hasta que no tocara una pelota podría parecer que su puesto estaba cubierto allí por una convención, ya que el equipo se debe completar de cualquier modo. Pero cuando la tenía dominada, muerta y enamorada sobre su empeine, el mundo cambiaba de forma, todas las estrellas se cambiaban de lugar y los ríos detenían su curso.
Era como una sinfonía que no había sido escrita, pero ante sus desplantes hecho a los adversarios sonaba como una orquesta cuya partitura leía sin cesar en el aire.
A partir de allí, se jugaba el partido donde él estaba, lo demás (es decir todo el equipo adversario) dejaba de tener sentido aunque luego el partido se perdiera por alguna contingencia. Ese día los astros habían brillado ante su sola constelación y su única batuta. Con el tiempo su fama se fue extendiendo y podía jugar en los cinco puestos de la delantera de entonces, pero mi memoria lo planta en su número ocho en la espalda, haciendo de nexo, jugando un poco retrasado, no porque se lo imponía la responsabilidad de su puesto sino su propia pereza.
Con el tiempo hasta los adversarios empezaron a encariñarse con su delicada gambetas primero y luego ese muchacho de apariencia simple, de gestos humildes que de vez en cuando podía exhibir un inesperado gesto que lo acercaba a una acción despiadada. Pero no siempre era así.
Y tal vez todo dependiera de su humor cambiante de depresivo crónico, o de la inspiración del momento y allí sí, uno que lo conocía un poco sabía que podía estirar el límite de la habilidad hasta la humillación de los pobres desdichados que se le pusieran enfrente y hubiesen pretendido golpearlo, a cometer alguna mala intervención con ese cuerpo desgarbado y cansino, esas piernas que los dioses habían dotado de una coordinación con su mente que lo podía convertir en alguien parecido al genio que siempre admiramos en otro.
Algunas muchachas (la expresión es anacrónica) casaderas gustaron de él y hasta es plausible suponer que tuvieron cierto grado de enamoramiento. Pero él no dio un paso para entrar a esas fortalezas con las puertas bien bajas.
El lo sabrá a estas alturas, no sé.
Y un día se fue.
Un día gris, de llovizna, sin decir nada a nadie sin equipaje, se fue con lo puesto. No saludó a nadie tal vez para no prometer volver.
Cosa que no hizo hasta hoy, Se resistió a todos los acercamientos que han hecho sus amigos para traerlo al pueblo.
Cada uno sabrá sus cosas, allá él.
Pero sería bueno que los pibes que se criaron oyendo sus anécdotas antes de empezar a ser leyenda lo conocieran.
Y comprendieran por fin que Juan es de carne y hueso, que un día nos hizo muy, pero muy felices.
Como cuando dirigía con una de sus piernas imbatibles la pelota contra ese ángulo esquivo y la clavaba directamente en la red, que se quedaba temblando en el fondo de nuestras retinas.
Y allí están para siempre “esas muchas veces” que batió la valla del adversario casual, que ese día ponía su pobre humanidad bajo el implacable golpe de genio de Juan.
El mismo que se quedó sin volver.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







Parejas y confianza, en baja*



*Por Linsey Hanley
Fuente: ESCRITORA BRITANICA


Si no confiamos mucho unos en otros, difícilmente se pueda esperar que nos casemos, En muchos países occidentales la cantidad de casamientos experimenta una marcada caída, como así también el porcentaje de gente que considera que se puede confiar en los demás. Tal vez si se reformularan los votos matrimoniales y se les incorporara una frase como "¿Piensa que este sujeto se va a escapar con su dinero pasados diez años?", más gente podría sentirse inclinada a aceptar la oferta.

Es posible que sean menos las personas que se casan porque experimentaron en carne propia lo que la destrucción de la confianza en un matrimonio le ocasiona a la gente. Pero hay un aspecto más de esta doble declinación de la confianza y el matrimonio, y es que ambos se están transformando en patrimonio exclusivo de aquellos que pueden permitírselos. En un reciente ensayo sobre la clase trabajadora inglesa, el novelista Andrew O Haagan se queja de que "toman su alienación como algo por completo natural". No es eso lo que veo en los rostros de los hombres jóvenes en los pueblos y ciudades
de Gran Bretaña, Francia y los Estados Unidos, por ejemplo, que están desocupados o subempleados y apenas pueden subsistir, para no hablar de mantener a alguien más. Lo que veo es una furia permanente, un rechazo indignado, ya que saben que la vida no debería ser así, y con "así" me refiero a lo que sea que los haya golpeado ese día.
Por otra parte, en Gran Bretaña, la mayor parte del 24 % de las mujeres que crían solas a sus hijos es tan vulnerable como antes de que disminuyera la cantidad de matrimonios. Muchas están solas porque los hombres que conocen no tienen la suficiente confianza en sí mismos como para que pueda, a su vez, depositarse la confianza en ellos. Son demasiados los hombres que parece que no pueden sobreponerse a su furia, y eso no hace más que hacerlos sentirse más inseguros. Si tan sólo pudieran reprimir esa rabia durante un día, descubrirían que cuando uno sonríe los demás nos devuelven la sonrisa.

Copyright Clarín y The Guardian, 2009. Traducción de Joaquín Ibarburu.

*Fuente: Clarín





Corazón de oro*


Todos le aconsejaban que se casara con él. Para ellos el tenía un corazón de oro, ella lo sentía un poco frío. Le encantaba el pelo que le caía sobre la frente y sobre todo el del pecho, una curiosa selva. Se casaron. Un día, para sorprenderlo, entró en el estudio sin golpear. En el escritorio estaba el limpia metales, en la mano de él la pequeña gamuza, apenas visible detrás del vello del pecho, el cierre que abierto mostraba el sello dieciocho quilates, bien a la izquierda. Comprendió que lo que no le gustaba de él, era esa siniestra falta de metáfora.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








El raro caso de la pianista feroz*




*Por Marcelo A. Moreno. mmoreno@clarin.com



En medio de tanta peste echada a rodar por el planeta, pasó casi desapercibida la difusión por parte del Senado de EE.UU. de un informe que precisa que el vicepresidente de Bush, Dick Cheney y la entonces consejera de Seguridad Nacional -luego Secretaria de Estado-, Condoleezza Rice autorizaron en el 2002 el uso de lo que llamaron "técnicas brutales" de interrogatorio, es decir la tortura.
De Cheney, nada sorprende mucho. Ni siquiera que se haya quejado que la revelación ordenada por Barack Obama no haya incluido la lista de atentados que esos persuasivos métodos habrían evitado. El vice de Bush -situado a su derecha, si eso fuera posible- ostenta un currículum récord en opacidad
lleno de operaciones secretas y hasta de una acusación por fraude cuando dirigía una empresa petrolera.
Muy distinto parece el extraño caso de Condy Rice. Doctorada en Ciencias Políticas, miembro de la American Academy of Arts and Sciencies, autora de libros como La era Gorvachov, con Philip Zelikow, es también catedrádica en Ciencias Políticas y recibió por su labor docente premios a la Excelencia en
la Enseñanza y la Enseñanza Distinguida. También fue directora de la facultad de Stanford.
Negra, soltera, devota presbiteriana, Rice es una eximia intérpetre del piano y ha brindado numerosos conciertos aún cuando era Secretaria de Estado.
Pero en julio del 2002, se reunió con el entonces jefe de la CIA, George Tenet y aprobó que martirizaran a Abu Zuybaydah, sospechoso de ser un alto jefe de Al Qaeda. El presunto terrorista fue sometido unas 80 sesiones, en las que lo sometieron al "submarino", espanto que consiste en colocar a una persona al borde mismo de la asfixia por inmersión.
Entre otras "técnicas" admitidas por Rice figuran la humillación sexual, el acoso con animales y la exposición a música ensordecedora, luces despiadadas y temperaturas extremas.
De tan altas autoridades provino el permiso para ejercer el horror que hoy el presidente "progresista" Obama puede con toda comodidad prometerle a los torturadores de la CIA que no serán juzgados. Ni ellos, ni nadie. Eso sí, nada de andar reincidiendo.
Todo lo cual confirma que ni una esmerada educación ni una inteligencia esclarecida ni una práctica religiosa ni una marcada sensibilidad artística garantizan no convertirse en un depravado.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2009/04/29/sociedad/s-01908093.htm








Flores para mi viejo*



*Por Luciano Trangoni



Acababa de comprar, sin estar del todo convencida, un ramo de flores para mi viejo. Los médicos habían sido claros cuando dijeron que a partir de entonces tenía prohibido beber una sola copa de alcohol. Ni una sola, habían dicho, aunque se muera de ganas, porque de ganas no se iba a morir nunca, en cambio, la próxima copa podía ser la última, y eso nos quedó bien clarito a mamá y a mí, que mirábamos al doctor sin atrevernos a pronunciar una palabra, como si todo aquello fuera culpa nuestra. Y nada de chocolate,
agregó después mientras nos despedía con un apretón de manos. Por eso le compré flores a mi viejo.
Llegué a la casa cerca del mediodía. No hacía demasiado frío pero antes de tocar el timbre sentí un temblor en todo el cuerpo. Mamá demoró en atender y eso me permitió tomar aire y pensar con más claridad.
La puerta de entrada parecía otra. Ya no era la puerta que guardaba en mi memoria. Era otra. Esta estaba despintada y se le notaba el paso del tiempo.
Es una lástima, pensé. Una lástima volver a verla así, tan vieja y arruinada, tan descolorida.
Cuando mamá se asomó yo le sonreí. No pude sonreírle con la mirada pero sí estiré mis labios cuanto pude y me incliné para abrazarla. Ella también intentó una sonrisa.
-¿Viniste sola?, dijo quitándome de las manos el ramo de flores.
-Es que Marcelo tenía muchas cosas que hacer y...
-Sí, ya sé. No me digas nada.
-¿Qué importa?, pensé. ¿Qué importa que Marcelo no haya venido? ¿Qué podría hacer él, de todos modos, por cambiar la salud del viejo? Eso pensé, pero no le dije nada. No tenía ganas de discutir.
-Andá a saludarlo que está en la pieza -dijo ella mientras me ayudaba a quitar el abrigo. Nosotras después charlamos.
Antes de atravesar el pasillo que conducía a la habitación de mi viejo sentí que estaba a punto de internarme en un túnel oscuro y húmedo. Las paredes amarillas comenzaban a descascararse, pero aún así había algo que las salvaba de la ruina. Aquellas paredes seguían, a pesar de los años, cubiertas por las fotos. Las mismas fotos de siempre.
Rechacé, al principio, la idea de contemplarlas, la idea de hacer un alto en el camino y contemplarlas, porque supuse que aquello me haría daño. Sin embargo no pude evitar disminuir la velocidad de mis pasos hasta llegar a una inmovilidad casi completa.
Mis viejos abrazándose, en blanco y negro cuando eran novios y estaban delgados y eran ágiles, cuando el cuerpo aún no habría de dolerles, cuando los fracasos eran pocos o no merecían la menor importancia. Y en esta otra, yo, con los ojos cerrados en brazos de mamá y sin una media, junto a mi madrina que está irreconocible en el departamento de calle Mitre, también en blanco y negro. Y en la de al lado, otra vez yo, aprendiendo a caminar, mirando hacia arriba como si quisiera que me alzaran, con el pantaloncito
color rosa, sucio en las rodillas y despeinada. O la otra, donde estoy con el guardapolvo blanco. Me acuerdo bien que me daba vergüenza posar para esa foto porque mamá me había cortado el flequillo y era el primer día de clases y yo estrenaba zapatos nuevos, unos zapatos dos números más grandes para que me durasen todo el año. Y aquella otra junto a toda la familia en el cumpleaños de la abuela. Acá el viejo está más gordito, más maduro. Y mamá también está más gordita, aunque salió divina, inclinada sobre la torta encendiendo las velitas sin mirar a la cámara. Y ésta otra, siempre me gustó esta, con el vestido blanco de los quince, o la de al lado, en el viaje a Córdoba que hicimos en el Peugeot, o en el Renault, no me acuerdo. Y acá, otra vez de blanco, pero ahora junto a Marcelo, que vestía de negro y se
había peinado hacia atrás y estaba nervioso y salió tan ridículo con las manos cruzadas por delante, como si quisiera ocultar el anillo o algo por el estilo.
Mi viejo estaba recostado, con el cuerpo cubierto hasta los hombros por una frazada. Hacía días que no se levantaba más que para ir al baño. Estaba delgado y parecía tener el rostro recién afeitado. Sentí deseos de estornudar, pero me contuve para no hacer ruido, para no alterar la paz en la que se encontraba.
Junto a su cama había una silla vacía, y sobre la mesita de luz un vaso de agua y un par de cajitas de remedios. Un rayo de luz atravesó las cortinas y cayó en forma oblicua sobre las frazadas que cubrían el cuerpo de mi viejo.
Me senté junto a él, sobre la silla que minutos antes había ocupado mamá.
Una mosca revoloteó en círculos recorriendo la habitación, la misma en que dormí años atrás, antes de irme para siempre, del mismo modo en que en ese preciso instante estaba yéndose también mi viejo.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-18292-2009-04-28.html





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Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

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