Monday, May 25, 2009

SUSPENDIDOS DE LA NIEBLA...



ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.

*


Suspendidos
de la niebla del canal
flotan vaporosos sueños.
Del pasado
y del corazón de la lluvia,
cae tu lágrima
dejando una cicatriz
en el río.


Un silencio cruza
el crepúsculo
y se enhebra
en el tapiz
de la calma.


*de SANTIAGO BAO. santinebao@gesell.com.ar






SUSPENDIDOS DE LA NIEBLA...





PRINCIPIO Y FIN DE UN ARCO IRIS*


- Tienes que ir, papá, debes conocer aquello.
El entusiasmo del hijo abrió la ventana de la fantasía del padre y fue así como comenzó a soñar y a programar todo para que un día, no sabía cuando, pudiera ir a conocer el lugar que su hijo había visto antes que él.
Y el día llegó. Con timidez Agustín y su esposa se acomodaron en el ómnibus que los llevaría a la montaña.
Él conocía la llanura, los esteros, la arena escurridiza y un río que siempre estaba de viaje, conocía las tardes tranquilas que olían a naranjales y los veranos calientes que empujaban hacia la paz de la siesta; lo que su hijo contaba escapaba a su imaginación, había visto fotos, escuchado con atención pero no cabía en su mente.
Eran muchos los que viajaban; sintió vergüenza como si estuviera ocupando un lugar que no le correspondía y se achicó en el asiento para perderse en él, para que nadie lo notara. Su mujer por el contrario, seguía ergida, ella sabía cual era su dimensión, o tal vez no, pero aún así se convertía en una imagen estatuaria para que nadie se la llevara por delante.
Los lugares se ocuparon y todos hablaban al mismo tiempo, menos él y su mujer. Por lo general Agustín era bastante hablador pero cuando estaba en su terreno. Paula en cambio, sólo hablaba para fijar pautas, para indicar qué hacer y era concreta, rotunda. Sus hijos nunca le discutían nada, aunque jamás ordenaba siempre se hacía lo que ella decía.
El ómnibus se puso en movimiento y comenzó el viaje; era largo el camino a recorrer así que Paula con su criterio lógico y realista había aprovisionado en una canasta todo lo necesario: el mate, la yerba, el termo con agua caliente, empanadas de dulce, bizcochos salados para completar la dieta, caramelos para evitar que Agustín fumara en exceso, un turrón de chocolate que era lo que a ella le gustaba y tal vez algo más que en el momento de empacar se le ocurrió pero que se le escapó del casillero de la memoria.
Acunado por el balanceo del transporte Agustín pensaba en la montaña, trataba de recordar las fotografías que su hijo le mostrara y las explicaciones que le diera sobre cada detalle de las mismas.
Era difícil imaginar. ¡Todo en su vida había sido tan simple! Su trabajo fue siempre muy humilde, por años había cuidado los jardines de la Gran Empresa; cuando la secretaria del gerente llegaba por las mañanas le ponderaba las rosas y los alelíes blancos de la entrada. Eso no requería imaginación, cuidaba las plantas como a sus hijos y eso bastaba, claro que él no valoraba el amor que ponía en su tarea porque el amor en Agustín estaba en toda su constitución biológica, sin cuestionamientos ni búsquedas complicadas; amaba porque amar era estar vivo.
Una de las fotografías vistas había quedado adherida a su retina y por momentos se presentaba ante sus ojos, era un monte nevado. La nieve era otra ilusión que no podía concretar en su fantasía. A través de sus ojos entreabiertos se filtraban los últimos rayos del sol de ese día tan esperado.
Paula había comenzado el mate y fue de nuevo el olor a la llanura, a los esteros, al río que siempre estaba de viaje.
Cuando a la mañana siguiente comenzaron a verse las primera elevaciones el corazón de Agustín dio un brinco. ¡Allí estaban! Grandes peñascos lisos, grises, sin nada de vegetación, eran terrones sobre terrones que parecían estar muertos. El tenía su interior lleno de verde de los árboles de la ribera, de las plantas que flotaban sobre los esteros y los ríos, de las hojas anchas y carnosas que en su pueblito costero crecían en cualquier parte. ¿Cómo era posible un lugar sin árboles? Comenzó a experimentar un cierto desencanto, llegó a pensar que el conductor había equivocado el camino; sus pequeños ojos color café querían horadar el horizonte, ver qué había más allá y un suspiro de alivio aligeró sus pulmones cuando vio el primer árbol, luego otro y otro más; montes que resbalaban por las laderas y parecían caerse al lago que apareció de golpe. Su retina revivió, lo invadió una sensación de vida que añadió al verde el rojo de su sangre. No lo podía creer pero sí quería meter ese paisaje para adentro por miedo a que se le escapara.
El cuello del hombre se estiraba, sus ojos se agrandaban cada vez más mientras apoyaba las nalgas en el borde del asiento. ¡Era increíble!
Paula se dejaba estar en su lugar, parecía totalmente relajada, miraba, si, por supuesto, en ella también se sacudían cosas pero diferentes. Había como un cuestionamiento a todos sus años de rutina, como si de pronto se hubiera descorrido un telón y alguién le señalara las cosas que existían más allá del mate de la mañana, los guardapolvos de sus hijos, de los tallarines con tuco de los domingos y del hacer el amor con timidez. La pregunta que asomó, que intentó asomar porque ella enseguida la empujó hacia adentro, fue: ¿qué y cómo viví hasta hoy?
Poco antes de llegar a destino se perfiló a lo lejos el alto cerro nevado.
- ¡Paula, nieve!
Allí estaba la fotografía que el hijo le había mostrado.
Descendieron del transporte frente al hotel.
- ¡Qué lindo lugar lleno de rosas! – pensó Agustín.
- Demasiado lujo para nosotros – pensó ella.
Así entraron, él llenándose los ojos de rosas, la mujer con miedo de estar pecando.
Y comenzó la vorágine, los días que siguieron fueron evaporándose en un rápido ir y venir: el crucero por el lago, la visita a la isla, el ascenso al cerro con las pistas de esquí , la aerosilla, los precipicios y al fin el volcán nevado. Los dos eran arrastrados por el grupo, el hombre siempre adelante entusiasmado, la mujer atrás con su aspecto hermético y sumiso que sólo se modificaba cuando había que tomar una decisión o pagar algo. Por las noches cenaban y se iban a dormir; jamás cambiaron su rutina. El resto del grupo se reunía después de comer en el primer piso a tomar café o jugar al pool.
La última noche todos menos ellos, subieron a escuchar música y a bailar un rato. Cuando a la mañana siguiente alguien les preguntó por qué no habían estado, Agustín contestó:
- No sabíamos que estaba permitido subir al primer piso.

El ómnibus se puso en marcha llevando al grupo de regreso. El paisaje como en una película en retroceso pareció volverse a la sección archivo. Las imágenes se desprendían de la retina de Agustín y se quedaban colgadas a lo lejos y así desapareció el bosque que parecía sumergirse en el lago, los árboles cada vez más aislados, las grandes rocas grises, los pequeños cerros.
Cuando despertó a la mañana siguiente sólo estaba la llanura y pensó que había soñado y ese sentimiento pareció confirmarse cuando vio la ribera y mirando hacia su interior encontró las imágenes de los esteros, de la arena dorada y blanda que acariciaba la planta de los pies allá en su pueblo que olía a naranjales y miraba pasar el río que siempre estaba de viaje.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





LOS HERMANOS PONCIO*



*Por Mariano Abrevaya Dios marianodios@fibertel.com.ar




UNO

El informante les aseguró que dentro del chalet habría por lo menos cien mil dólares. El dueño de casa tenía una financiera en el micro centro y ese fin de semana iba a tener el efectivo con él. Los esperaron dentro de un coche, y cuando su esposa bajó de la camioneta para abrir la puerta del garage, los encañoraron. Entraron dos y un tercero se quedó de campana en el auto.
Era la primera vez que robaban en Villa del Parque. Habían hecho un trabajo de inteligencia breve. Solo tres visitas para conocer los horarios de los dueños de casa, la puerta de entrada, el fondo, los vecinos, las posibles vías de escape. Y contaban con un poroto a su favor que les aseguraba en un noventa y cinco por ciento el éxito de la operación: el comisario de la jurisdicción les liberaba la zona por media hora.
- Dame la guita y nos vamos– le dijo Marcos al financista, un tipo joven, alto, que trataba de mantenerse en calma.
Estaban los cuatro en la cocina, un ambiente amplio, con una mesa de trabajo en el medio, una mesada de mármol en L, alacenas de madera, dos heladeras, y mosaicos blancos en las paredes y en el piso. Habían prendido la luz del comedor diario y cerrado las cortinas de la ventana que tenía vista a la calle. Ya les habían sacado las billeteras, celulares, cadenas y anillos.
- Acá no tengo efectivo –mintió el flaco.
- No me chamuyés porque te quemo–le dijo Marcos, y le puso el caño de la pistola 9 mm en la cien-. Decime dónde está la guita, la concha bien de tu madre –e hizo presión con la punta de la pistola sobre la cien de la victima.
El uruguayo tenía a la señora del financista agarrada de los pelos. Era rubia, flaca, y de cara bonita. Arrodillada en el suelo, reprimía el llanto y el dolor como podía.
- No nos lastimen –rogó el flaco, aterrado.
- Entonces entregá la plata – dijo el uruguayo, y tiró del pelo de la mujer hasta hacerla levantar del suelo.
Los cuatro subieron las escaleras y en el primer piso de la casa, a la derecha, en el escritorio, el financista, después de prender un velador, y pedir permiso para abrir con llave la puerta de un placard, sollozando, con hipo, les pasó unos noventa mil dólares divididos en unos cuantos fajos que tenía guardados dentro de un sobre papel madera.
- Me van a matar por esto –dijo el flaco.
- No llores más, puto –le dijo el uruguayo –por la guita no se llora.
- Encerrálos en el baño –ordenó Marcos, mientras guardaba la plata en un botinero.
El uruguayo los metió en el baño en suit de la habitación matrimonial, y cerró con llave. Se acercó a la ventana, la abrió, y después de mirar para abajo, la dejó caer en el jardín, contra la medianera.
Revolvieron armarios, cómodas y cajones. Levantaron el somier, vaciaron los cajones de las mesitas de luz y buscaron dentro de las cajas de zapatos y entre los vestidos de la mujer que colgaban dentro del vestidor. Metieron joyas, relojes, una lapicera con capuchón de oro, y otro poco de efectivo en el botinero, y camuflados con frazadas y sábanas, también se llevaron un televisor de pantalla plana, dos dvd y una laptop.
Desde el baño el único sonido que llegaba era el hipo de ella. Desde la calle, nada.
Cuando estaban bajando las escaleras el uruguayo pegó un chistido: ya voy. Subió los tres escalones que ya había hecho, dejó los bultos sobre la alfombra, y desapareció. Marcos dudó un segundo, pero dio media vuelta y fue hasta el auto.
A los tres minutos exactos, Marcos abrió la puerta del coche. Cuando puso los dos pies sobre la vereda, el uruguayo salía por la puerta del garage, con el plasma debajo del brazo.
- ¿Dónde te metiste, hermano?
- Les dejé un regalito –dijo, con una sonrisa perversa dibujada en la cara chupada, y pálida.
El que manejaba el auto, el Mono, lo miró por el espejo retrovisor.
- Les dejaste un garco en la cama.
El uruguayo ya se había prendido un cigarro y, recostado sobre el asiento de atrás como si estuviese por irse de vacaciones, tiraba el humo por la ventana.
- En toda mi vida no conocí un tipo tan resentido como vos, uruguayo –le dijo Marcos, con la vista puesta en el frente.
El mono puso primera y arrancó. Cuando dieron la vuelta en la esquina, el uruguayo sacó medio cuerpo por la ventana y pegó un grito de guerra que se escuchó en casi toda la manzana.



DOS


- Ahí vienen.
- ¿Dónde?
- Allá – Marcos estira el brazo -. Ahora van a aparecer por ese caminito que está al costado de la escuela.
- No me digas que viene otra vez con la nena – dice Agustín.
- Sí, te digo – confirma Marcos.
- A ver…
Agustín agarra los binoculares y hace foco. Se separa unos centímetros del aparato, los mira como si anduviesen mal y se los vuelve a calzar frente a los ojos:
- ¡Que vieja de mierda y la concha de su madre! –se aleja unos centímetros de la reja y le pega una patada que la hace vibrar como si fuese de cartón.
Los hermanos Poncio están en el balcón terraza de uno de los tantos edificios levantados frente al parque Las Heras, sobre la avenida Coronel Díaz. En el último piso vive Marcos, el hermano menor, con su novia, una brasilera de veinte años. Son las diez de la noche de un viernes y hace frío. El cielo está taponado por una capa de nubes de color rosado y el viento sopla con fuerza. Una lata de cerveza Quilmes de medio litro se arrastra por las baldosas de la terraza.
- La trae para cubrirse, loco, ¿o vos no sabés como es esto? - Marcos se da vuelta y queda frente al hermano.
- Ya sé, pero no da -Agustín se acomoda con las manos la gorra jamaiquina que le cubre la cabeza-. No me cabe que venga con la nena. Y el otro día se lo dije.
- ¿Y yo que te dije? -retruca Marcos-. ¿Qué te dije? – repite, con el dedo en punta.
Agustín camina hasta la mesa ratona que está en el medio de la terraza. Se llena un vaso de whisky, le pone dos hielos, toma un trago y desde ahí, a unos tres metros de distancia, insiste:
- La nena tendría que estar mirando dibujitos, no caminando de la mano de una tranza a las diez de la noche.
- No empieces de nuevo con esa historia –se queja Marcos, de espaldas, perdido en el paisaje nocturno de los binoculares. Las zapatillas Nike de trescientos pesos, nuevas, brillan.
Suena el celular de Marcos. Lo saca del bolsillo del pantalón y atiende: “Hola, bebé”. Camina hasta donde está su hermano y le pasa los prismáticos. Pasea por la terraza, se ríe, frena, vuelve a avanzar, “te compré un conjuntito rojo”. En el fondo de la terraza se cruza con la lata de cerveza, le pega una patada y la estampa contra la enredadera que cubre la pared del fondo.
Agustín va hasta la baranda, se agacha, apoya la espalda contra los hierros de color verde, y saca de la campera de jean un papel glacé plateado. Lo abre: le queda poco pichi. Con la cédula de identidad que saca de la billetera carga un tirito y se lo aspira de un saque. Cuando se para, pega un nariguetazo que le termina de bajar a la garganta el gusto ácido de la cocaína.
Marcos cierra el teléfono, se lo guarda en el bolsillo y camina hasta la reja. “Limpiáte la nariz, nene”, le dice al hermano. Agustín se pasa la mano por la nariz. Marcos le saca los binoculares de las manos, se apoya contra la baranda y vuelve a enfocar hacia la plaza.
- Ahí están... - con el dedo marca hacia una arboleda que está a la izquierda, al costado de las canchitas de fútbol de Marangoni. Y agrega:- siempre anda con ese bolso del orto del año veinte.
- Bien que cuando muestra lo que hay adentro se te abren los ojitos como a un nene – dice Agustín, y se aleja hacia la mesa de hierro blanco.
- Capaz que a vos no.
Agustín se toma un trago de whisky. Se acomoda la gorra, tira para atrás la cabeza y toma aire fresco: un escalofrío le sacude el cuerpo. Vuelve a la baranda.
- La otra vez le compramos dos kilos de merca, loco, ¡dos kilos!, y no nos quiso bajar ni un solo peso –el grandote se acomoda la gorra-. Y encima se trae a la nena.
- Estás tomando mucha milonga, nene –le dice Marcos.
- ¡Chupáme la pija, guacho! –reacciona el grandote-. ¡No me quemés más la cabeza con el pichi!
- ¡¿Que te pasa grandote salame y la concha de tu madre?! –Marcos se abalanza sobre el hermano y queda a un centímetro de su nariz -: a ver si la entendés de una vez, vieja… –se aleja un poco, mueve el brazo, escupe- esto no es un compra venta de salchichón: la reventada esa es la que corta la pizza; parece un mulo pero no es ninguna gila. Si la llegas a bardear, se pudre todo.
Abajo, en la calle, se escucha el paso de un camión al que le cuesta demasiado hacer la subida de Coronel Díaz. El cielo está cada vez más taponado y espeso.
Agustín, como cada vez que su hermano le pone los puntos, baja la cabeza y mastica odio. Levanta la vista y, sin desafiarlo, pero con tono seguro, le dice -: está bien, pero decile a la vieja que no traiga más a la nena.
Una correntada de aire hace revolotear las copas de los árboles del parque. La lata de cerveza, al fondo, pega saltitos contra las baldosas.
Suena el timbre.



TRES

Los hermanos Poncio son de Villa Urquiza. Agustín vive con la madre en la misma casa donde nació, creció y se educó. Tiene treinta y tres años y no estudia ni trabaja: vende cocaína. Es tan grandote que se lo ve venir desde la otra cuadra. Camina con trancos largos, pausados, y siempre anda con una gorra de hilo con los colores de Jamaica adherida a la cabeza. En la intimidad, dentro de las cuatro paredes de su habitación, parece una morsa, todo el día tirado en la cama, fumando, tomando agua. Pueden pasar dos o tres días enteros en los que no hace otra cosa que dormir, o hablar por teléfono con la mirada perdida en el techo. Sólo sale de su habitación para ir al baño o a la cocina. Pero en la calle es otra cosa: buen humor, chispa, risa fácil. Se hace querer porque es un tipo gamba, nunca te deja tirado, y es el último en irse, siempre.
Nunca tuvo novia. No es el tipo más lindo de la cuadra: ojos saltones, la cara redonda como una galleta paraguaya y con algunos pocitos en la piel, muy alto, con las piernas torcidas para adentro. Su peor enemigo es la timidez. El tiempo fue pasando, los pibes se pusieron grandes –él y sus amigos-, y mal que mal todos terminaron al lado de alguien. A cómo a él le costaba más de la cuenta fue por la fácil: putas. Un tiempo con una, después con otra, rubias, morochas, tanto pendejas de secundario completo, o a punto, con piercings diminutos en la nariz, padre, madre, clase media, lomo de gimnasio, o reventadas de un bulín de Chacarita o la Paternal, no tan duras de piernas y pechos vírgenes, pero sí con mucha calle. A veces se pasa dos días dentro de un telo. Ella, tomándo, mucho, de la mejor. Él, acompañado, física y emocionalmente, también tomando. Durante el último tiempo anduvo enganchado con una mina que tenía un piso sobre la avenida Callao, que no se le despegaba ni un solo minuto, pero de un día para otro lo largó por otro, que también tenía la bolsa, pero también dos boliches en la zona norte.
Agustín Poncio vende falopa hace diez años. Trabajó menos de un mes en un restaurant como ayudante de cocina pero como no le pagaban muy bien se las tomó a las dos semanas. Hace no mucho tiempo atrás su hermano Marcos accedió y le dio trabajo en la pizzería. Pero tampoco se la bancó. El otro no lo dejaba tomar, y éste se quejaba por eso, y también por la paga. Lo suyo es la calle. Ahí sí que el grandote es el grandote. Cuando arrancó era un papel, dos. Después una bolsita de cinco o diez gramos. Y al tiempo cien o directamente panes de medio kilo de merca. Y no lo hacía para hacerse millonario: lo que importó siempre fue –y sigue siendo- tener la bolsa. En una noche puede ganar mil, dos mil o tres mil pesos limpios. Pero se las delira con la misma facilidad con la que las ganó. Hay noches que no le queda ni para los cigarros. De vender papelitos en el pool pasó a recorrerse la ciudad de punta a punta llevando droga de primera a los mejores boliches, casas y fiestas. Lo pasan a buscar en auto, en moto, o le mandan taxis.
El grandote es un imán: se le pegan todos. Lo buscan, lo llaman, lo invitan.
Sus amigos, los pibes con los que creció, también consumen, pero menos. Y no venden. Ninguno estudia pero la mayoría labura. Dos tuvieron hijos. Le hablaron mil veces, se la quisieron hacer entender, dejate ayudar, grandote, vas a explotar como un sapo, porque no te internas un tiempo, le proponen. Pero nunca dio el brazo a torcer.
La madre, Clara de Poncio, hace tiempo que perdió la pelea. La mujer nunca fue de hablar mucho, más bien callaba, pero cada tanto reventaba y lo ponía contra la pared, desesperada. “Sos la sombra de mi hijo”, le gritó una vez en la puerta del baño, tirándose de los pelos. El grandote la abraza, le dice que va a estar todo bien. La señora se cansó y asumió que no iba a poder, que lo mejor era cuidar hasta donde pudiese a su hijo. Le hace la comida, le plancha la ropa, le prepara el bolso cuando se va a desintoxicarse por unos días a lo de un amigo que vive en el campo: te puse unos sándwiches en una bolsa y un buzo para que te abrigues a la noche. Eso si, una tarde, sentada en el living de su casa junto a una hermana, confesó: por lo menos no roba.



CUATRO

- ¿Qué tal, Antonia? –Marcos le marca el camino con el brazo desde el lado de adentro del departamento.
La mujer, de unos cincuenta años –parece de setenta-, menuda, ojos negros chiquitos como dos bolitas de alquitrán, agradece y pasa. En una de sus manos trae el bolso de cuero. En la otra, a la nena.
- Frío, ¿no? –dice el dueño de casa mientras camina hacia el comedor con las dos mujeres a su espalda.
- No se puede creer –se queja la señora, con la voz rasposa, los dientes marrones por el tabaco -, ya tendría que empezar el calor.
La nena trae puesto un vestidito blanco, con unos dados de color rojo pintados a mano. Arriba lleva puesto un saquito de hilo y unas zapatillas de lona. Es alta, espigada. Se acaricia las uñas con la yema del dedo gordo, una por una. Y en ningún momento levanta la vista.
- ¿Cómo andan los pibes? – pregunta Marcos.
- Más o menos –Antonia saca un paquete de Derby suaves de uno de los bolsillos del jean-. A los mellizos parecía que los largaban pero la causa se trabó no sé por qué historia rara. Ahora hay que esperar –prende el cigarro, le pega una pitada, se guarda el encendedor y el paquete, tira el humo hacia el techo -. Anda a esperarme afuera – le ordena a la nena.
A Marcos le suena el celular. Atiende y dice que ahora no puede. Corta. Prende el equipo de audio, y pone cualquier emisora de radio.
La nena da la vuelta por un pasillo y encara para la terraza. Abre la puerta corrediza y sale. Agustín está jugando con los dos hielos de su vaso de whisky. Cuando la ve, le sonríe, y se le acerca.
- ¿Cómo estás?
- Bien.
La nena salta en su lugar. Abre y cierra las piernas como en una clase de gimnasia. Golpea sus manos contra una figura imaginaria de su misma estatura, y tararea una canción. El grandote le saca cuatro cuerpos, parece una heladera industrial. Hace una carpa con una de sus manos y se prende un cigarro. Se agacha y se pone frente a la nena.
- Ya nos vimos dos veces y no sé cómo te llamas –le dice con la cara de costado, tirando el humo.
- Clara – contesta ella, siempre en movimiento. Se distrae con la gorra jamaiquina del grandote.
- ¿Te gusta? –él se toca la gorra, la acomoda con las dos manos.
- No.
- ¿Querés tomar algo? –Agustín pita de nuevo su cigarro.
- Coca.
- Esperáme acá.
Agustín se para, le pega una última pitada a la colilla, la hace volar con los dedos y abre la puerta corrediza. Cuando pasa por el comedor, frena. Su hermano menor y Antonia se dan vuelta para mirarlo. En la mesa de vidrio hay cuatro ladrillos de cocaína de un kilo cada uno, prensados en papel madera, envueltos con cinta aisladora. Con la punta de una navaja, Marcos levanta un poquito de merca, de color rosada, del único paquete que está abierto, y la deja caer sobre el vidrio.
- ¿Qué tal, Antonia? –pregunta Agustín, mirándola a los ojos.
- Acá me tenés, nene, trabajando.
- ¿Vino bien el pichi? -pregunta de mala gana, mientras con un uña rasquetea una mancha que hay en la pared. La merca tiene un color rosa profundo. Y brilla como si fuesen partículas de una piedra preciosa.
- No sé, ¿vos que decís? – y apunta con la pera hacia la mesa.
- Andá, Agustín –ordena el hermano menor, con la punta de la navaja a un centímetro de su nariz, a punto de probar la mercadería.
Agustín da media vuelta y se va.
Entra a la cocina, saca de la heladera la coca de litro y medio, la abre, llena un vaso hasta el tope y lo deja sobre la mesada. La efervescencia de la gaseosa rocía el mármol. Le llega un mensaje del uruguayo. “En una hora estoy”, responde. Cierra el teléfono. Guarda la botella y cierra la puerta de la heladera de un portazo. Saca su papel del bolsillo de la campera, lo abre y carga un toquecito de merca con la uña del dedo meñique. Acerca la uña a la nariz y aspira. Carga de nuevo y toma del otro lado. Se moja la yema el dedo con la lengua, lo apoya sobre la alfombrita blanca y de nuevo a la boca. Se pasa la lengua dormida por los labios. Cierra el papel y lo guarda en la campera. Sale de la cocina y pasa por el comedor sin mirar ni decir nada.
Cuando abre la puerta de la terraza ve a la nena subida a una banqueta, con la baranda a la altura de la cintura, medio cuerpo afuera, mirando hacia el parque con los prismáticos. El saquito se le levanta por la fuerza del viento. Agustín deja el vaso de coca en la mesa ratona y camina rápido hasta la baranda. Agarra a la nena de la panza con las dos manos y le dice que se puede caer.
- Dejáme –se queja ella. Y se despega de las dos manos del gigante.
Él le aprieta la cintura, le arruga el vestidito.
- Bajá – le ordena. La levanta y la pone en el piso. Una ráfaga de viento revolotea los pelos lacios de la nena y le deja un mechón sobre los ojos.
-¿Quién te pensás que sos? – dice ella, con pose de adulta, mientras se agarra el pelo con una hebilla.
- Agustín... ese pienso que soy – dice él con cara de payaso -. No te subas a la baranda. Si querés mirar, hacelo desde acá... mirá – Agustín se agacha y pone la cara detrás de la baranda: - desde acá se ve joya.
- Tenés merca en la nariz –le dice ella mientras se agarra otra parte del pelo, con otra hebilla.
Otra ráfaga de viento, más fuerte que la anterior. Las copas de lo árboles se mueven para todos lados. La lata golpea contra las patas de la mesita de hierro blanco, en el medio de la terraza.
- ¿Cuantos años tenes, Clara? –el grandote se limpia la nariz con la mano.
- Diez.
- Sos muy chiquita para hablar de esas cosas.
- No soy chiquita.
Agustín se para. Apoya las manos en la baranda y mira hacia el parque. Se acomoda la gorra de la cabeza y dice:
- En la mesita te dejé la coca.



CINCO

Marcos también creció en Urquiza. Fue a la misma escuela y al mismo colegio que su hermano, pero no sólo no repitió sino que hizo toda la secundaria de un saque, casi sin pestañar. Hizo amigos, conoció chicas, y, en general, la pasó bien. Cuando estaba en tercer año empezó a parar con los amigos del hermano, y el hermano. Y al poco tiempo tuvo que pagar derecho de piso: una noche, tarde, en la plaza, el Piturro lo bolaceó porque andaba con una minita que ya había pasado por varias manos. El menor de los Poncio se le plantó. Cobró de lo lindo pero también pegó. Agustín no se metió. Al poco tiempo, en un recital de La Renga en la cancha de Platense, y por otra minita, se armó una batalla campal a un costado del escenario. Marcos estuvo al frente de la pelea y le rompió la mandíbula a uno y varias costillas a otro. Chizo, el cantante, frenó el recital para que se calmaran los ánimos. A Marcos le tuvieron que acomodar el tabique y darle un par de puntos en la cabeza pero a partir de esa noche, antes de delirarlo por pendejo, bagallero, o narigón, había que pensarla dos veces. El grandote, a pesar de ser un ropero, casi dos metros de altura, más de cien kilos de peso, pasó a ser su sombra. Dentro y fuera de la casa.
Marcos empezó a trabajar cuando todavía cursaba cuarto año. Le pidió un poco de plata a la madre, un amigo le dio el resto y en menos de una semana se compró una chata con la que hizo fletes en una colchonería. Poncito, le decía el patrón, un tano que le había tomado cariño. Marcos siempre andaba con las pilas puestas, inquieto, ansioso, iba y venía por varios barrios de la capital federal, con la cumbia a todo lo que da dentro de la cabina de la camioneta. Era responsable y cumplidor. Tomaba merca sólo los fines de semana. Y cuando la mezclaba con el alcohol terminaba fajando a cualquiera que lo mirase mal.
La noche que le reventaron la casa marcó un antes y un después: un policía cayó asesinado en Nuñez al intentar frenar un asalto, y a la otra noche la Federal allanó media ciudad. A él le habían dejado el fierro que se había utilizado para el robo, y a las pocas horas, después de las redadas, alguien lo cantó. Estuvo preso un año por tenencia de armas de guerra, encierro que resultó determinante para su vida. Por un lado, sin la ayuda de nadie, y con mucha confianza en si mismo, dejó la falopa. Entendió que lo mejor que podía hacer era traficarla, dedicarse a hacer plata, y para eso, indefectiblemente, tenía que dejar el vicio de lado. Y en segundo lugar, el paso por la tumba le permitió tejer muchas relaciones con tipos que después, al tiempo, serían con los que saldría a robar, en especial, casas y comercios.
A Poncito las minas se le pegaban como moscas. Iba al gimnasio, tomaba anabólicos y comía sano. Con la guita que generó en poco tiempo, lo primero que hizo fue irse a vivir solo. Cambió la camioneta y después de asesorarse con un conocido que era contador, decidió invertir en una pizzería que abrió en el barrio de Palermo –la madre, hoy, es la encargada-.
Agustín es el principal proveedor del hermano. Conoce gente. Consiguió una línea de primera que le vende cocaína de máxima pureza que llega directamente de la provincia de Salta. El que hace negocios con él es un ex comisario que cumple funciones antinarcóticos en un destacamento fronterizo con Bolivia, una zona desoladora a donde fue a para después de una internas entre comisarios de la Federal: te la van a sacar de las manos, le dijo el tipo. Y tenía toda la razón: los dos kilos anteriores se volaron en veinte días. Tanque. Ese es el apodo del contacto. Un ex comisario que tenía dos denuncias penales de parte de su ex mujer por haberle dado una paliza a ella y a dos de sus hijas, corrupto, perdidamente vicioso de la cocaína, y con muchos enemigos dentro y fuera de la fuerza. Más de una vez, cuando cumplía funciones en la capital, le liberó algunas zonas.
La única intermediaria entre Marcos Poncio, y el ex comisario, es Antonia.
Hace ocho meses que Marcos se alquiló un departamento en una de las zonas más paquetas de la ciudad: el parque Las Heras. Se fue a vivir con Camila, una brasilerita que conoció en la noche porteña.



SEIS

Llueve. Los gotones revientan contra las baldosas. El viento se arremolina contra la enredadera del fondo de la terraza y las hojas vuelan enloquecidas.
Agustín abre la puerta corrediza, pone un pie dentro del departamento y le hace señas a Clara para que lo siga. La nena se acerca y pasa. El grandote vuelve a salir y agarra el vaso de whisky de la mesita. Pega la vuelta y cierra la puerta de un tirón. Las gotas golpean contra la puerta de vidrio y caen hasta el piso formando hilos de agua.
Cuando pasan por el comedor, Antonia reacciona:
- ¿No te dije que te quedaras afuera?
- ¡¿No escuchas como llueve, loco?! – reacciona el grandote con el brazo levantado en dirección a la terraza.
Antonia va a pegar el grito pero escucha la tormenta:
- Está bien, pero no quiero que la nena esté acá – y vuelve a lo suyo.
Agustín respira agitado. Le busca los ojos al hermano. Marcos no esquiva la responsabilidad de devolverle la mirada pero no dice ni hace nada. Antonia cuenta la plata.
El grandote toma el último trago de su whisky y lo deja sobre un mueble con un golpe. Agarra a Clara de la mano y encara para la pieza. Pasan por el baño y llegan a un pequeño hall que conecta dos piezas. Clara le tira del brazo mientras mira una foto que hay sobre una repisa: Marcos y su novia están sentados sobre una banana gigante, de goma, sobre la arena; ella, producida para la foto, en pose, sonriendo, labios carnosos, tetas naturales y de buen porte, bikini blanca, el triangulito entre las piernas bronceadas; él, a sus espaldas, mirando por encima de la cámara, distraído, un rolex, crucifijo y soga de oro, el océano de fondo y el cielo limpio, muy azul. Vamos, le dice el grandote. Abre la puerta y pasan.
En la habitación hay una cama de una plaza, una mesita de luz con un velador, un escritorio debajo de la ventana
- ¿Qué es todo eso? –pregunta ella.
Dentro del placard que está frente a la cama, hay apilados, uno encima del otro, unos treinta potes de proteínas y carbohidratos de un litro cada uno.
- Son proteínas –dice Agustín, y se sienta en la cama. Se saca la gorra de jamaica, la calza sobre el dedo índice y empieza a hacerla girar. La gorra da vueltas a toda velocidad. Parece un basquetbolista de la NBA haciendo malabares con la pelota anaranjada. La nena observa con detenimiento la prueba del grandote pero no dice nada.
- ¿Para qué son las proteínas? – dice ella, y se acomoda una de las hebillas del pelo.
- Las usan los que van al gimnasio. Son buenas para los músculos – la gorra sale volando, se estampa contra la puerta del placard y cae sobre la alfombra.
Ella va hasta la ventana, se acomoda al costado del escritorio y, en puntas de pie, mira para afuera.
Nuevo mensaje en el celular del grandote: en un rato estoy por allá, Tano. Aguantame, responde.
- Llueve con todo – dice Clara, de espaldas.
- ¿A qué grado vas? – Agustín levanta la gorra del suelo, vuelve a la cama y apoya la cabeza contra la pared, el cuello torcido. Flexiona las piernas para no manchar la pared con sus zapatillas tamaño lancha. Marcos es un enfermo de la limpieza.
- Quiero probarlas – dice Clara, mientras abre una de las hojas de la ventana.
- ¿Qué cosa?
- Las proteínas – Clara saca la mano y la deja en la intemperie. En pocos segundos se le empapa.
- No podes, Clara, es para grandes.
En el comedor, Antonia le comenta al dueño de casa, en voz baja, y algo divertida, que su hermano está un poco sacado. “No sé por qué se encarajinó con el tema de la nena”, confiesa Marcos. “Qué pasa con la nena”, quiere saber ella, con la voz rasposa. “Nada, que no le gusta que la traigas”. “Ese un tema mío, qué carajo le importa lo que hago con la nena”, escupe Antonia, ahora sí, sin que le importe que la escuchen.
Silencio.
“Escuchame, nene”, le dice ella, al minuto: “me cantaron un lugar, en provincia. Un mayorista. El primer lunes de cada mes, manejan mucha plata porque pagan proveedores y sueldos”. Marcos la mira fijo. Sube dos puntos el volumen de la música.
- ¿El tanque nos puede hacer la segunda ahí, conoce a alguien para que nos dejen laburar tranquilos?
- No –dice ella-. En provincia no tenemos casi nada. Tenés que mandarte por las tuyas. Pero me dijeron que que el boliche está regalado.
Marcos prueba con la navaja un toque más de la merca. Y a los pocos segundos:
- ¡Grandote!
- ¿Qué pasa? –el hermano se asoma por la puerta de la habitación.
- Traéla a la nena que terminamos.
- Ahora vengo –le dice el grandote a Clara, y sale de la habitación.
Cuando pasa por el comedor ve que su hermano está tomando nota en un cuaderno. Sigue de largo y se mete en el baño. Saca el papel del bolsillo de la campera, lo abre, y aspira todo lo que queda. Le pasa la lengua al papel como si fuese un perro. Lo abolla y lo tira al inodoro. Aprieta el botón y sale.
- Dale, papá.
- Ya va.
Cuando Agustín abre la puerta de la habitación, Clara está sentada sobre la cama con las piernas colgando. Y sobre la falda tiene un frasco de proteínas, abierto. Con los dedos de la mano derecha prueba el contenido del pote.
- ¿Qué haces?
Clara se chupa los dedos.
- Dame eso – el grandote le quiere sacar el balde pero ella tuerce su cuerpo y lo esquiva.
Agustín va hasta la ventana y la cierra. Deja caer la persiana de un saque.
- Vamos que tu abuela se va – dice, y se acerca hasta la cama para agarrar su gorra.
- No es mi abuela.
- Ah, ¿no? ¿Y quién es? – el grandote se acomoda la gorra en la cabeza.
- La mamá de uno de mis hermanos.
- Bueno, no importa... vamos – ordena Agustín, y le ofrece la mano. Ella cierra el frasco, se levanta y pasa por al lado del grandote con el balde del lado de la pared para que no se lo quite. Corre por el pasillo hasta el comedor.
Agustín también sale. Mira la foto del hermano y la brasilera sentados en la banana, y encara para el comedor.
- ¿Qué onda? – le pregunta Marcos, inclinando la cabeza hacia su izquierda, donde está parada la nena, el pelo lacio y las hebillas, el vestido de dados rojos, el saquito abierto, el balde de proteínas entre sus brazos, la comisura de los labios blancos.
- Se quiere llevar un balde.
- No hay problema, pero lo tenés que tomar con la leche –le indica Marcos a Clara, con una voz tierna forzada.
Antonia está lista. El bolso, más liviano que hace un rato, cuelga de uno de sus hombros. Se sube el cierre de la campera hasta el cuello. Tiene un derby suave agarrado entre los labios.
- Bueno, Marcos, nos vamos... fijate ese dato que te tiré –le recuerda ella -, cualquier cosita, avisame.
Marcos le hace una caricia en la cabeza a la nena, le repite lo de la leche, y encara para la puerta de salida, con las mujeres unos pasos delante suyo.
- Chau, nene – le dice Antonia a Agustín, cuando pasa frente a él.
Agustín le dice a Clara que se cuide, que se porte bien.



SIETE

- ¿Y? ¿Le dijiste? –aprieta Agustín.
- ¿Qué cosa?
- Que no la traiga más.
Marcos sube el volumen de la música.
- ¿Le dijiste o no le dijiste?
- ¡No le dije un carajo! –reacciona Marcos- ¿está bien? No le dije un carajo.
- Sos un salame, loco – dice Agustín.
Marcos agarra el pan de cocaína abierto y lo levanta en el aire como si fuese un cachorrito:
- ¿Ves esto que tengo acá? –y lo señala con la otra mano-, vas a ver como se te pasa todo, la vieja, la nena, la tormenta, y la concha de tu madre. Antonia me dijo que es mejor que la anterior.
Agustín estira el brazo y le saca el bulto de la mano. Lo mira. Calcula su peso con una mano, después con la otra. Va hasta a la mesa y hace caer una pelota de merca sobre el vidrio. Con la cedula de identidad que saca de la billetera pica y peina una raya enorme. Se agacha, huele. Es rosa, no blanca, y despide un olor tan fuerte como el césped después de una lluvia. Se aprieta una fosa nasal con el dedo gordo y con la otra aspira con alma y vida. De lo larga que es la raya tiene que mover su cuerpo unos centímetros para tomarla entera. Endereza la espalda y toma un aire hasta llenar los pulmones.
- Está rica, no, pedazo de logi –se relaja el hermano-. ¿Viste lo que es ese pichi?
De un cajón del mueble que tiene a su derecha, Marcos saca una caja de habanos Montecristo de tapa dura, con las letras en relieve, trabajadas. La abre. Adentro hay unos cincuenta gramos de flores de marihuana de un color verde selva. La resina de los cogollos despide un perfume muy dulce. Saca dos o tres flores y las pone sobre la mesa. Agarra una seda de la caja, deshace las flores sobre el papelillo, agarra con la navaja un poco de merca y espolvorea el faso con una pequeña lluvia blanca. Agarra la seda con las dos manos, enrolla y arma el porro de un tirón.
- ¿Fuego?
El grandote le da fuego.
El hermano pita, el cigarro cruje, la cabeza colorada que nace en la punta del porro crece y se come una parte del cilindro blanco. El hilo de humo espeso, grisáceo, se eleva hacia el techo, y flota. Marcos levanta la cabeza, cierra los ojos. Fuma dos o tres pitadas más. En la radio suena un tema de Divididos.
- Esto es veneno, papá.
- Viene del norte, loco, de allá para acá, directo, para nosotros -los ojitos de Marcos comienzan a achinarse -.
Agustín va hasta la pieza de las proteínas, saca dos botineros del placard, y vuelve. En el pasillo se lo cruza a Marcos, que entra en su pieza. De nuevo en el comedor apoya el botinero Nike sobre la mesa, lo abre y saca un paquete de bolsas de nylon, una cinta aisladora y una tijera de acero, de las de antes, enorme, pesada. La balanza electrónica, chata y japonesa queda adentro del bolsito. También el rollo de bolsitas y la cinta aisladora. El hermano, en la pieza, prende la televisión y se pone a cantar junto a un conjunto de cumbia que suena en vivo.
- ¿Y los pibes? –grita el menor de los Poncio.
- Deben estar en el pool.
- Como locos deben estar –Marcos se caga de la risa desde la pieza-, ¿sabían que hoy llegaba el pichi?
-Sí. Ahora voy para allá.
Agustín saca una de las bolsas de nylon del paquete y la deja sobre la mesa. Se saca la gorra y la hace volar hasta el sillón de cuerina negra. Agarra el pan de cocaína abierto y con la tijera le recorta el papel madera que le cuelga de los costados. El grandote empieza a transpirar. Agarra la bolsa de nylon, le pone el pan encima y con una de las hojas de la tijera empieza a raspar el cascote. Se le hace agua la boca. No pestañea. Le cae una gota densa desde la frente. Las sienes también comienzan a humedecerse. Putea. Se limpia con el brazo. Raspa un poco más y para terminar hace saltar una piedra del tamaño de una cajita de fósforos. Deja el paquete sobre la mesa, agarra la cinta aisladora, despega la punta, tira, y recién cuando despliega unos treinta centímetros, la corta con la boca. Se limpia de nuevo la frente. Con la faja sella el pan de cocaína abierto. Se arma otra raya, más chiquita que la anterior y se la toma. El resto lo tira en su bolsa. Calcula que debe tener un poco más de doscientos gramos. Corta otro pedazo de cinta y sella por segunda vez el pan.
Aparece Marcos.
- ¿Ya está?
Agustín guarda los dos panes dentro del botinero. El hermano canta, mete un pasito.
- Listo. Me voy a la mierda –Agustín anuda la bolsa de nylon y se la mete en los huevos.
- Decile al gallego que me llame –dice Marcos.
El grandote se pone la campera y la gorra:
- ¿La vieja te tiró algún dato para ir a reventar? –el grandote se calza la gorra, y lo mira serio.
- Andá, hermano –le dice, y le indica la puerta con el brazo.
Agustín da media vuelta, y sale. Marcos agarra su teléfono, encara para su habitación, y le pega un llamado al uruguayo. Le tira la fecha, y el lugar: que vaya preparando todo.



OCHO

Un sábado de hace unos tres fines de semanas atrás, pasadas las dos de la tarde, Marcos encaraba para la cancha de Defensores con veinte tipos atrás. Dos o tres iban armados con elementos cortantes. Era a matar a morir. Por si hiciese falta, Marcos, la noche anterior, había dejado dos fierros en un kiosco que estaba cruzando la avenida Libertador.
Ese sábado, soleado, y de mucho calor, Defensores de Belgrano jugaba de local contra Cambaceres. En la cancha no había mucha gente porque el campeonato recién empezaba, y la mayoría de los socios y simpatizantes del club no tenían idea de la interna que se había desatado dentro de la barra.
- Yo lo encaro al Sandokan –les dijo Marcos a los pibes, a una cuadra de la cancha-. Si ellos no saltan, ustedes tampoco.
El Poncio menor había empezado a ir a ver a Defe con un par de amigos hacía no mucho tiempo atrás. Conocía a dos o tres de la barra. Apareció una tarde, y a partir de ahí no faltó casi ningún partido. Fue a casi todas las canchas, llegaba primero y se iba último, alentó siempre, y enseguida se ganó la confianza de muchos. Por ser pendejo, por la falopa que movía, o por haberse reventado a trompadas con media villa, una tarde que fueron a jugar de visitante a una cancha que estaba clavada en el corazón de un barrio del conurbano bonaerense, tomó notoriedad. Esa noche, en el buffet del club, parte de la barra le marcó la cancha. Pero fue solo esa primera, y única vez.
El que mandaba se llamaba Sandokan. Un tipo de unos cuarenta años, pelado, flaco, que fumaba un cigarro atrás de otro, y que hacía unos quince años atrás se había ganado un espacio de poder en la barra de River a fuerza de algunos golpes y varias traiciones. Pero que ahora estaba en decadencia. Le importaba poco y nada los colores del club. La dirigencia quería deshacerse de él porque era muy ambicioso, desleal, y no cuidaba los intereses del club, ni a su gente. Sólo le importaba hacer plata. Cinco mil pesos por partido, por las entradas, viajes y viandas.
Cuando los que estaban en la tribuna se dieron cuenta de que venían por ellos, no tuvieron tiempo para hacer nada. Los otros aparecieron por un costado, entonados, dispuestos a todo. Varios los enfrentaron pero cobraron para todo el campeonato. Aparte de ser más grandotes, los superaban en cantidad. Marcos encaró derecho hacia Sandokan. Le amagó con la izquierda pero lo acomodó tan bien con la derecha que lo hizo rodar por los escalones de cemento. Los diez o doce pibes que estaban con Sandokan ya estaba fuera de la pelea y nada podían hacer. La gente se apretó contra los vértices de la tribuna. Cuando Marcos bajó los escalones al trote para reventar al viejo. Nadie se movía de su lugar. Zandokan había quedado contra la pared de cemento, debajo del alambrado. Le dijo que se pare y, ni bien se levantó, y se paró de manos, primero lo volvió a hacer caer con un frentazo en la nariz, y después, en el suelo, sentado sobre su pecho hundido, le dio tantas trompadas que le desfiguró la cara. El pelotón de la guardia de infantería, a dos metros de distancia, formada sobre el césped, ni se inmutó.
Esa tarde, Defe perdió tres a cero. Y Marcos, antes de subir los escalones, en dirección a los largos trapos rojos y negros que habían quedado abandonados sobre la tribuna abandonados, le cortó, de un tirón, la cadenita de oro que Sandokan llevaba en su muñeca desde el día que lo había conocido.



NUEVE

La Barrera es un pool tradicional de la avenida Triunvirato -a metros de la estación Villa Urquiza de la línea Mitre-, que sobrevivió el paso de tres décadas, en especial la de los noventa, cuando le edificaron, en la misma cuadra, una confitería a todo trapo, un Mc Donalds y una heladeria Freddo. Tiene las puertas abiertas las veinticuatro horas del día. Y por sus mesas pasaron casi todos los divorciados, cornudos, viudos, miserables e infelices del barrio. Allí se bebieron sus penas, despotricaron a sus parejas y amigos, y repartieron las culpas de sus fracasos durante días y noches interminables. El bar, donde trabajaron muchos empleados, pero pocos dueños, ahí está, intacto, con el mismo mobiliario color ocre, las mesas de pool, los baños de azulejos celestes y los mozos tristes con delantal blanco.
Tiene una barra para acodarse, o dejarse estar sobre unas banquetas, una repisa espejada con licores, whiskys y fernet, el salón principal con unas diez o doce mesas para sentarse a tomar un copetín o una Palermo de 3/4, leer los diarios, las revistas del corazón o el Palermo Rosa, y mirar Crónica tv en la pantalla de tv que cuelga en una de las esquinas, entre dos fotos: la Hiena Barrios de un lado, el chubutense Omar Narváez del otro.
Al fondo hay otro salón, detrás de una mampara, más chico que el que da a la calle. Ahí paran los pibes. Tres mesas de pool de paño bordo con sus tubos de luz amarillenta, mesitas con asientos para tres y con respaldo de madera, enfrentados, y en el techo del sombrío salón, dos lamparones de luz blanca. Los pibes se juntan a las nueve o diez de lo noche y se quedan, no siempre, hasta media mañana del otro día, de lunes a lunes.
El gallego, el uruguayo y marianito juegan en la mesa de fondo, pegada al baño. Hay varios pibes sentados en los bancos, con los brazos sobre la mesa, los cigarros humeando en el cenicero de lata dorada. Uno de los chicos usa su celular para pasar cumbia y reggeaton.
El gallego es el que mejor juega. Una vez, un viejo cliente del bar, petiso, que siempre andaba con el mismo pantalón de vestir color crema, mocasines y anteojos culo de botella, que había jugado muchos años para un club social del barrio de Agronomía, lo tentó para que se profesionalice.
- Te busca el Tucu– marianito le habla al uruguayo al oído.
El uruguayo tira y emboca. La bola entra de lleno, como por un tubo, y hace sonar la ratonera:
- Traélo.
Marianito sale y al minuto aparece con el tucumano.
- ¿Qué haces vos por acá?
- Ya sé, hermano, pero estoy hasta las manos.
- Que tucumano atrevido sos, eh.. –el uruguayo se da vuelta y acomoda para volver a tirar. Saca un golpe seco y emboca de nuevo.
- Aguanta, uru…
- Tomátelas antes de que te rompa todo – el uruguayo se incorpora de un solo movimiento, y se pone a tres o cuatro centímetros de la cara afligida del muchacho. A la altura de la pierna da vuelta el taco y lo agarra como si fuese un bate. Lo mira con tanta determinación que el otro se ve obligado a bajar la vista.
- Copáte, uruguayo – dice, de todas maneras, una vez que retrocedió dos pasos.
- Tomáte el palo.
El tucumano lo mira un segundo, vuelve a bajar la vista, da media vuelta y se va. Marianito mira de reojo al uruguayo y sigue los pasos del tucu.
Durante unos segundos nadie dice nada. Sólo se escucha la canción de turno y, de manera intermitente, el ruido que hace el pibe que lava copas en su piletita de trabajo, adelante.
- ¿Che, dónde está el grandote? –dice el gallego.
- Lo llamé hace un rato y me dijo que venía para acá – comenta el uruguayo, midiendo otro tiro: le pega a una rayada, y pifia. La bola blanca pega en una banda, choca contra otras tres, y termina metiéndose, después de recorrer gran parte del paño, a velocidad crucero, dentro de una boca.
- Te falta, papá –lo chicanea el gallego.
- Hacéte coger, guacho –devuelve un uruguayo fastidiado que deja caer el taco al suelo y se desparrama sobre uno de los asientos.
El Rafa, dueño del bar, un canoso grandote de unos cincuenta años, hace una semana le pidió a los pibes que no hagan entrar y salir a tanta gente, que es un bardo. Ahora hay uno en la puerta que se ocupar de retenerlo en la puerta, o hacerlo pasar.
- Hoy llegaba el pichi –comenta en voz baja el gallego, parado en el vértice de la mesa. Tiene un cigarro en la boca y le pasa la tiza a la punta del taco.
- Hay que ver –interviene el uruguayo, ahora sentado, mientras manotea maní de una bandejita de color plata. Se toma un trago de cerveza y se limpia la sal y la espuma con el antebrazo.
- ¿Y Laurita? – pregunta el gallego.
- No sé: desde que me largaron no la volví a ver –el uruguayo se sirve más cerveza.
- La loca fue la única que te aguantó mientras estuviste guardado.
- Si, pero hoy estás y mañana no –sintetiza el uruguayo, y se baja toda la copa de un trago -, si la busco es para arruinarla. No la quiero ni ver.
El gallego mete dos lisas seguidas. Entre tiro y tiro le vuelve a poner tiza al taco.
- ¿Qué haces, uruguayo? –Emiliano acaba de pasar al salón, y lo saluda con un beso. Con él viene Marianito.
- ¿Cómo andas?
- Estoy con unos pibes de acá del poli que quieren pegar diez mogras.
El uruguayo mira hacia la calle.
- ¿Cuántos son? –se prende un cigarro. Tira el encendedor sobre una de las mesas.
- Seis.
- Decíles que esperen en la esquina. No se junten en la puerta.
Emiliano saca el celular, marca, habla con uno y le dice que lo esperen en la esquina. El gallego le chifla a uno de los mozos y le dibuja una botella de cerveza en el aire. Pajarito, otro de la banda, se acerca, le da la mano a Emiliano, y le dice casi al oído, al uruguayo, si le pasa tres pichis para unas pibas que están afuera.
- Aguanta, guacho, ¿qué te pasa? – el uruguayo se lo saca de encima con el brazo y le hace gestos para que deje correr el aire -. No hay más pichi, ¿está bien? No hay más –abre los brazos, adelanta la pera, agranda los ojos-.
Pajarito vuelve a su mesa.
- Ahora tiene que venir el grandote – le comunica, de mejor manera, a los pocos segundos. Pajarito levanta su pulgar derecho desde la mesa, como un soldado.
Emiliano sale. Marianito lo sigue.
Ni bien el gallego mete la bola negra, y cierra, así, el juego, el uruguayo se para y pone otra ficha. Tira del resorte y las bolas se desparraman en el hueco de adelante. Da la vuelta, se agacha, pone las bolas dentro del triangulo: una lisa, una rayada, una lisa, una rayada… la negra, una lisa, una rayada, una lisa, una rayada. Acomoda las bolas con el pucho en la boca, perdido en sus pensamientos. El gallego le pregunta si quiere abrir él y el uruguayo dice que no con la cabeza. El gallego desliza el taco sobre los nudillos, apunta a la bola quince rayada que está al frente de la pirámide, una, dos veces, y, justo cuando el uruguayo, irritado, le estaba por decir dale, papá, el golpe seco de la bola blanca truena se desparrama dentro del salón.
Suena el celular del uruguayo. Uno de los chicos le pasa el teléfono que está sobre la mesa. Atiende. Es Mariela, una piba del barrio. El uruguayo le dice que venga en media hora, que todavía no. Corta. Deja el teléfono sobre el borde de la mesa. Le pone tiza al taco, se agacha, acomoda la mano y se concentra en el tiro. Tira. Pifia. Putea.
En ese preciso momento, a su derecha, con aire misterioso, enorme, aparece el grandote: la gorra en la cabeza, la campera puesta, despierto, ancho, firme, en excelente estado físico y emocional.



DIEZ

El uruguayo creció junto a su padre en una casita de Villa Adelina, cerca de Munro, que tenía un fondo con piso de tierra, un limonero, una tortuga y una parrilla empotrada en la medianera. El padre no había terminado la primaria completa, y pasaba sus días trabajando en distintos frigoríficos de la provincia de Buenos Aires. Se ocupó del uruguayo como pudo, solo, hasta sus trece o catorce años. Cada tanto fajaba a alguna de las parejas que metía en casa, y también a él. “Son cosas mías”, le decía, con la mano levantada, cuando el nene le preguntaba qué había pasado. Y si insistía, lo encerraba en el baño por varias horas. En el año 92, el hermano menor del padre, un ex policía de la bonaerense que vivía en la zona de Merlo, al enterarse que su mujer le metía los cuernos con otro oficial de la fuerza, preso de una locura que ya había asomado en dos o tres oportunidades, y que la familia no sabía cómo tratar, primero mató a golpes a su propia hija, y después la mato a ella, a su mujer, con dos tiros en la cabeza. Cuando la policía lo cercó dentro de su propio rancho se disparó un balazo de 9mm dentro de la boca, y a otra cosa.
Después de aquel incidente familiar, el padre se desbandó, no lo soportó psicológicamente, y se acercó a unos amigos del hermano que se dedicaban a hacer salideras bancarias en la zona del micro centro porteño. Hoy está prófugo de la justicia, escondido en Paraguay, y el uruguayo, durante el año, y cada tanto, recibe de su parte una carta, y en las fiestas un llamado. No lo ve hace más de diez años. Cuando el uruguayo se remonta a su infancia, rescata algunos momentos que quedarían marcados por siempre. Por ejemplo cuando el padre metía unas pocas cosas en el auto y se lo llevaba a pescar con él. Era una de las pocas actividades que compartían juntos. En general iban a la costa, dos días, no mucho más. El uruguayo brillaba de alegría por el solo hecho de faltar a la escuela y poder correr por la orilla del mar mientras su papá pescaba de pie, descalzo, y en cuero, sobre la arena, en medio de la nada, con los imponentes acantilados de piedra a sus espaldas, pasando el faro, en Mar del Plata. También recuerda con nostalgia cuando el padre le pedía que le diese una mano para prender el fuego del asado, en el fondo de la casa, y ni hablar cuando se le aparecía en la puerta de la escuela, para llevarlo a dar una vuelta al río, en Vicente Lopez.
Los problemas del uruguayo tomaron otra envergadura cuando arrancó al secundario. Para esa época se tuvo que ir a vivir a lo de un tío abuelo que no le ponía ni un poco de límite. Y cayó preso por primera vez cuando tenía quince años. A partir de ahí estuvo varios meses deambulando por diferentes hogares, en lo de unos familiares en Santa Fe, y en dos institutos de menores de la provincia de Buenos Aires. Esos dos años le cambiaron la vida, el carácter y el futuro a corto, mediano y largo plazo. A los diecinueve años fue a parar a al barrio de Villa Urquiza, a un departamento donde vivía un primo, y ahí fue, a comienzos de los noventa, que el uruguayo –apodo que se ganó por jugar al fútbol de último hombre y dejar pasar la pelota pero nunca al hombre-, se juntó con una banda de pibes y pibas de no más de veinte años que andaban en el chiquitaje, robando zapatillas, bicicletas, estéreos, fumando porro y tomando pastillas, sin contención, expuestos a los peligros de la calle y los excesos de la policía. Al año y medio choreaban autos a pedido y un año más tarde, de caño, casas. Nunca robaron en el barrio. Si alguno le robaba a un vecino de la zona lo cagaban a trompadas y le devolvían el botín al dueño. Cada tanto perdía uno de los pibes, pero casi ninguno estaba dispuesto a volver atrás. Cada nuevo ingreso a la tumba, implicaba, forzosamente, aparte del garrón de las rejas y los guardias, un prontuario más pesado, nuevas relaciones y, ante todo, un mayor resentimiento contra cualquier fuerza de seguridad. El cóctel que se revolvía dentro del estómago de cualquiera de estos pibes, estando presos, explotaba en cualquier momento y lugar. Muchos de la banda del uruguayo quedaron en el camino por las balas de la policía, la cárcel, y el HIV. Puede que pase un tiempo dónde se los ve apaciguados, guardados en algún barrio tranquilo del conurbano, o en un campo, y hasta hubo un caso, el Piturro, que se rescató, y ahora trabaja de administrativo en una empresa que exporta aluminio a España; pero ésa no es la regla. Los tipos vuelven a delinquir tarde o temprano porque no saben hacer otra cosa, y porque ésa es la de ellos. Ninguna otra. Chorear, jugarse las pelotas, vivir al palo, tener plata. Ser respetado adentro, y afuera. Se compran buena pilcha, una moto de alta cilindrada, una camioneta, y los más vivos, un departamento. Y andan con unas minitas tan bonitas, y tan putas, que muchos de los vecinos del barrio, en su gran mayoría muertos de ganas de mandarlos presos, los envidian.
Lo hermanos Poncio, y el resto de los chicos, cruzaron sus vidas con la banda del uruguayo a partir de la cocaína, una droga que tiene la capacidad de sentar dentro de una cocina de un departamento cualquiera, a un pibe chorro que no tiene nada que perder, con otro que estudió Marketing, que trabaja en la zona de las torres espejadas de Retiro y que vive en Palermo.
Marcos, el hermano menor de los Poncio, estaba de los dos lados: un poco allá y un poco acá. Del grupo de amigos de la banda del barrio, fue el único que se involucró, a fondo, con estos otros pibes que, aparte de tomar merca durante días enteros, se dedicaban a robar, jugándosela una o dos veces por mes, enfierrados, con la adrenalina cortándoles la respiración y obligándolos a cerrar los cantos del culo por la sensación física de que se iban a hacer caca encima.
El uruguayo salió de la cárcel de Marcos Paz hace veinte días. Y el tipo anda diciendo lo mismo que la vez anterior, hace dos años: no se encuentra, cuando camina por la calle, se da vuelta todo el tiempo, paranoico. No lo reconoce en voz alta, pero los pibes saben cómo funciona: al poco tiempo de haber salido, si no te enganchas en alguna, te agarran ganas de volver al pabellón, al mundo cotidiano, oscuro y denigrante, pero propio.



ONCE

El grandote pasa por las mesas y le da la mano a los pibes, uno por uno. Chocan en el aire las palmas abiertas: el aire fresco de la calle le cambió el ánimo. Mientras avanza, sonríe, y como suele ocurrir con su sola presencia, se genera buen clima.
Cuando salió del departamento de su hermano, todavía atragantado con la vieja que llevaba a la nena para caretear los cuatro kilos de merca del bolso, y el salame de su hermano que no la quería entender, que le hacía la contra, decidió caminar un poco. Bajó hasta Las Heras y, bordeando el parque le dio hasta la altura del zoológico. El cuello de la campera levantado, las manos en el bolsillo, la pelota rosada en el calzoncillo, los pasos seguros a pesar de las piernas torcidas para adentro, el fresco en la cara. Se sentía bien. El virulón de la alita de mosca lo había dejado como nuevo. Sabía que podía tomar por horas, que esa merca lo dejaba duro pero bien, lúcido, despierto, robusto, que tenía un buen rato por delante hasta que se viese a si mismo espiando por la mirilla de una puerta, o enfermo de la cabeza alucinando que lo viene a buscar el viejo ya muerto, la policía, un juez, o un fantasma. La merca de verdad es así: te deja despierto y decidido, sin vacilaciones. Y él sabía que no siempre tenía tan rica mercancía en su poder. También tenía claro que la mano venía por el hermano, que era él quien la traía, pero no por eso se iba a quedar callado. Ya mucha mierda había comido dentro de su casa, con la madre poniéndolo siempre de ejemplo a Marcos, el que estudió, trabajó, y ahora que hizo plata, aunque fuese sucia, había abierto un negocio y hasta le había dado trabajo a la familia.
Con el tachero que lo llevó hasta el bar, charló sobre un cabaret de la Recoleta, donde llevarte una flaca al telo de al lado te cuesta más de quinientos pesos. Cuando bajó, le tiró veinte pesos de propina.
El grandote cuelga la campera de jean en el respaldo de una silla, se apoya en una mesa, se prende un cigarro y lo fuma con los brazos cruzados, con la vista puesta en el paño bordo de la mesa y las bolas de colores, sin perder, ni en un solo momento, la ancha sonrisa de su cara.
- ¿Dónde estabas, papá? –al uruguayo también le cambió el humor, le apoya una mano en el hombro.
Marianito le pide permiso al uruguayo para ocupar su lugar en el juego. Ni bien le da el visto bueno con un movimiento de cabeza, marianito agarra el taco y se para al lado de la mesa. El gallego, a un costado, tararea una de las canciones que él mismo compone cuando se sienta a tocar la guitarra en su cuarto.
- Vengo de lo de mi hermano y viste como es el chabón: siempre pinta alguna historia –el grandote se saca la gorra y la cuelga del respaldo la silla.
- ¿Trajiste el pichi?
- Una pelota traje, nene –y se toca los huevos-: una pelota -repite. El grandote pita, larga el humo.
- Están todos como locos.
- Vos capaz que no… – lo delira el grandote, en voz alta, logrando, con la complicidad de los demás, su objetivo: que todos se caguen de la risa.
Mientras los pibes juegan al pool, toman cerveza, mandan mensajes de texto, salen, entran y fuman, el uruguayo, marianito y pajarito se ocupan de armar los pichis en bolsitas de uno a cinco gramos. Están sentados en la mesa de la punta del salón, camuflados por la flaca luz amarilla, las botellas, los ceniceros de lata y las mochilas. El celular cumbiero sigue sonando. Pajarito pica, muele, y separa, con una única herramienta de trabajo (una extensión Visa que le sacó su papá), marianito arma las bolsitas, y el uruguayo se las guarda en sus bolsillos. El grandote les pasó una buena cantidad, y el resto sigue en su poder, apretada dentro del calzoncillo.
Los que esperan afuera van pasando, pagan, agradecen y se van. Algunos de los pibes, antes de salir, se dan una vuelta por el baño y salen con las fosas nasales anchas y limpias, el gusto ácido en la garganta, ganas de fumar, jugar al pool, hablar de fútbol, de mujeres, de la vida.
Entra Emiliano, el pibe que está con los chicos del poli: gorra Nike, ojos claros, pulovercito de color negro. La ansiedad le domina el cuerpo: se suena los dedos de las dos manos, se pisa un pie con el otro. Uno le pregunta si tiene frío. No, dice. Pega dos bolsas, saca la plata del bolsillo, se la pasa al grandote y antes de irse le dice que su pichi es el mejor. De dónde la sacan, pregunta. Eso no se dice, le dice el grandote, mientras suma al fajo de billetes la plata que le pasa Emiliano.

- Escuchá Agustín –le dice el uruguayo a eso de las tres de la mañana. Le habla bajito, casi al oído. Tiene los ojos vidriados, e inquietos -, ¿vamos a lo del cuervo?
El grandote frunce las cejas, lo mira, pero no le contesta. Se toca el antebrazo izquierdo con la mano derecha. Se sube los mocos de un nariguetazo:
- ¿Te parece? Son más de tres horas de viaje –ahora sí, contesta, sin dejar de frotarse el antebrazo.
- No importa: despeguemos de acá.
- En un rato vamos a estar re duros.
- ¿En un rato? –dice el Uruguayo, que intenta sonreír pero no le sale más que una mueca rígida, la boca cerrada por una línea recta -, el gallego se copa, ya le pregunté: y tiene la rural en la puerta.
El grandote se prende un cigarro.
- Lo podemos llevar a Marianito –propone el uruguayo.
- ¿Te parece? –los dos lo miran al mismo tiempo: habla sin para con otro pibe, en la punta del salón.
- Si, dale. Y aprovechamos, cuando estemos tranqui, que te quiero contar algo.

Aparece Mariela, una pendeja del barrio que tiene una hermana en silla de ruedas, a la que cuida día y noche. La conocen, está todo bien, por eso entró directamente.
- ¿Cómo está tu hermano? –pregunta ella, flaca, de pelito largo, negro, una perla de plata en la fosa nasal izquierda de la nariz, una pollerita de jean, las topper, toda ella muy femenina, y jovial.
- Bien, con sus emprendimientos –se burla el grandote.
- ¿No sale nada para vos?
- Ya me dio una oportunidad pero fue para quilombo –explica el grandote, mientras fuma.
- Bueno, gordo, vos tranquilo. Ya te va a llegar.
- No pasa nada.
Suena el celular del grandote. Atiende y dice que si, que se vengan.
- ¿Y la tuya?
- ¿Mi hermana?
- Sí.
- Bien, es una santa.
- ¿Venís a buscar pichi?
Ella afirma con la cabeza. Le tiembla el labio inferior de la boca, y se pasa una y otra vez la mano por el pelo lacio.
- ¿Dos está bien? –el grandote le pone en la mano blanca las dos bolsitas.
- Sí – y ella le pone la plata sobre la mano del grandote (los dedos gordo y anular tienen impregnada una capa de nicotina en las puntas).

A las cuatro y media de la mañana, el grandote, marianito y el uruguayo salen del bar y se meten en la Falcon rural del gallego: el tren delantero agarrado a la carrocería por una soga, las puertas despintadas, abolladuras, y los vidrios polarizados. Adentro está todo revuelto, y sucio. Tiran los diarios y cartones al baúl, le pegan un par de golpes a los asientos para sacar el polvo, y se acomodan. Casi todos los demás pibes salen detrás de ellos y se pierden en distintas direcciones.
- Tenés los papeles del auto, ¿no? –dice el uruguayo con una botella de cerveza en cada mano.
- Si, papá, tengo todo –el gallego pone en marcha el auto.
El uruguayo abre la puerta del lado de la calle y deja en el cordón una botella de fernet vacía.
Al grandote, que se sentó de acompañante, el asiento le queda chico. La campera la tiene sobre las piernas. Se rasca el codo, sus ojos tienen un relieve más profundo que hace un rato, y las venitas coloradas y violetas alrededor de la pupila de color negro, de a poco, a medida que pasan las horas, se hacen cada vez más espesas.
Aparece un pibe del barrio, se acerca hasta el auto, cuidadoso, como si estuviese por preguntarle a su jefe si es verdad que lo va a echar, y le dice al grandote hola, como te va, te acordás de mi. No, loco, ahora no puedo, contesta el grandote mientras se prende un cigarro.
- Dale, gallego: vamos.



DOCE

Marcos entreabre los ojos, y tarda varios segundos en darse cuenta de que se está despertando. Dentro de la habitación está fresco. Tiene metida la cabeza entre el brazo y las costillas de su novia. El primer sentido que se le activa es el del olfato: con la nariz roza la axila de su chica, y el levísimo olor a transpiración le tensa los músculos de las piernas. Está despatarrado sobre la cama como un nene, con una de las patas colgando en el aire. De la ventana llega la primera luz del día. Levanta el cuello y busca el reloj despertador: las seis de la mañana. Se mueve unos centímetros y pone su boca en el oído de ella. Le corre el pelo negro con la mano: que linda sos, nena. Ella tiene las piernas enredadas en la sábana. La bombachita de algodón color rojo pasión, la diminuta soguita que se le pierde dentro de las nalgas, la piel bronceada, toda depilada: una hembra. Marcos vuelve susurrarle cositas en el oído, le pasa la punta de la lengua por la oreja. Ella se mueve un poco, dice algo que no se entiende, flexiona las piernas y se pone de costado: estás más buena que la siesta, bebé.
El hermano menor de los Poncio también se pone de costado, por detrás de la brasilerita, busca la posición exacta de su pelvis, y la apoya. Crece de inmediato, propulsado por la sangre que le corre a toda velocidad dentro del cuerpo fibroso y tatuado –crece aún más cuando toma conciencia de que se pone duro con solo rozarle la piel-, y se le va al frío. Le corre el pelo del cuello y se lo besa, después pasa a la oreja, a la pera, y a la boca. Camila le devuelve los besos todavía con los ojos cerrados. Sus movimientos son pausados, y sinuosos, propios de una mujer que vive en estado de celo constante. Susurra y gime, mientras le pasa los brazos por detrás de la nuca rapada, y se deja sacar la ropita nueva, tocar, y hacer.

Al rato están los dos acostados boca arriba, mirando el techo. A ella la sabana le llega hasta el la cadenita dorada que le cuelga del ombligo. Él está todo destapado. Son las seis y media de la mañana y hay un poco más de luz.
- ¿Pasado mañana es el trabajo?
- Sí.
- Si a las diez de la mañana no llamaste, le aviso a Antonia, ¿no? –repasa ella.
- Sí.
- Y no me muevo de casa.
- No.
Del parque llega el pío de los pajaritos.
- Bebe –la voz de ella es casi el de una nena.
- ¿Qué? – él tiene la mirada puesta en el techo, el brazo estirado por debajo de la cabeza de su novia
- No quiero que hagas el trabajo.
Él saca el brazo y se pone de costado.
- ¿Otra vez con eso?
- Ya sé, pero me da miedo.
- Hasta que traigo la platita, y te empilchas toda, y le mandas guita a tu vieja.
- No seas boludo.
- No me rompas las pelotas, Camila –dice él, y vuelve a ponerse panza arriba.
Noelia, al rato, después de acariciarle las costillas con la punta de los dedos, después las abdominales, y las tetillas, se sube encima de su novio, le roza la nariz, pierde la mirada en sus ojos, le pone trompita, y le muerde los labios.
Él tuerce la cabeza y ofrece el cuello. Mientras ella se lo humedece con los labios él aprovecha para apoyar la pera sobre el hombro derecho de ella y, mientras le separa los cachetes de la cola con las dos manos, se regocija con la imagen que le devuelve el espejo de la puerta del placard.
- Te quiero, mi amor –gime ella, con el timbre de voz de nena que a él tanto le gusta, mientras se pone en cuatro patas y, arrodillada, se pasea sobre las sabanas y el somier de dos plazas, clavándole la vista con mucha determinación.
A los pocos minutos, el calor de la boca de Noelia hace que Marcos se entregue por completo.
Ésa, andar enfierrado, y la plata –alguna vez lo reconoció en público -, son las tres debilidades que pueden al menor de los hermanos Poncio.

A las nueve de la mañana Marcos abre los ojos. Acostumbra la vista a la luz de la mañana que invade la pieza, apoya los codos sobre la cama, se despega del colchón, pone las almohadas contra el respaldo de la cama y deja caer la cabeza. No puede dormir más. Se conoce. Seis horas como mucho. Mira el placard, la tv, el dvd, las películas apiladas, el espejo de la puerta. Estira un brazo, abre el cajón de la mesita de luz, y agarra el medio porro que tiene ahí tirado. Lo prende, aspira una bocanada profunda, y tira el humo en dirección al ventilador del techo. Se frota los ojos. Vuelve a pitar.
El trabajo que tienen dentro de tres días le inquieta la cabeza. Siempre es igual: la previa le come la cabeza. No puede salir mal, el dato es posta, los sueldos se pagan ese día, a media mañana. Ni siquiera tienen que hacer trabajo de inteligencia previo porque Antonia ya le adelantó todos los detalles. Marcos no es improvisado como otros. Es minucioso y precavido. Hay un pedazo de plata, piensa, plata fácil, en tres o cuatro minutos se reduce al seguridad, al personal, se los hace entrar al baño junto a los pocos clientes que pueda haber a esa hora de la mañana, se abre la caja fuerte de la mano del mandamás, y a otra cosa.
Una figura que aparece de manera recurrente en los días previos a los asaltos, como en este momento, tirado en la cama, es la vieja: la santa madre de los hermanos Poncio. Marcos fuma, traga y expulsa el humo por la nariz. Le pega unas puntaditas con el índice para que la gruesa ceniza caiga dentro del cenicero que descansa sobre su pecho, y piensa, no exento de una culpa que lo persigue desde que hace tiempo –desde el momento que empezó a hacer plata-, en su madre, la mujer que sufrió cada uno de los garrones que se fueron comiendo él y su hermano. Ahora está mejor, piensa, y pita, y se mira en el espejo de la puerta, por encima del lomazo de Noelia, que ahora está mejor porque labura en su pizzería, y pudo salir de su casa, esa cueva con olor a encierro y humedad, las mismas cuatro paredes de los últimos cuarenta años, con el otro pelotudo que la vive, y que es una laucha, una rata de campo, que se deja servir la comida y hacer la cama. La vieja está mejor, piensa, menos resentida, porque lo ve bien a él, el hijo menor, asentado, invirtiendo plata manchada, sucia, pero invirtiéndola al fin, y dándole laburo a ella, y a una prima. Sos de última, gordo, dice, piensa, es cierto que la vieja se comió los mocos y aceptó que yo soy rocho y vos drogadicto, pero eso no quita que vos te duermas en los laureles y te la tires de vago a los treinta y tres años.
Marcos cambia la posición de sus pies cruzados, en la otra punta de la cama: el que estaba arriba pasa abajo, y viceversa. Aplasta la punta del porro en el cenicero que tiene arriba pecho hasta que no le escapa ni una pizca de humo. Deja en cenicero en la mesita de luz. Se sienta, estira los brazos, se suena el cuello con dos movimientos que parecen latigazos. Se levanta y se acerca hasta la ventana, desde donde logra ver, a través de las rendijas de la persiana, el parque Las Heras. Fija la vista en la escuelita, y el caminito que la bordea. El cielo sigue taponado y las ráfagas de viento tampoco se fueron.
Marcos sale de la pieza. La luz de la terraza ilumina el pasillo de punta a punta. Se mete en el baño y mea con una mano apoyada en la pared, la cabeza apuntando al techo y los ojos cerrados. Cuando termina le da un manotazo al botón y sale. Vuelve y en lugar de entrar a su habitación pasa a la otra. Como la pieza está a oscuras prende el velador. Abre el placard. Se cuelga con los baldes de proteínas. Piensa en la nena y en Antonia, y se hace mala sangre pensando en cómo se puso su hermano la tarde anterior. Pone los codos sobre las rodillas, se pasa las manos por la bocha pelada. Saca el botinero Nike, lo abre. El grandote debe estar re zarpado, piensa, nueve y media de la mañana, espiando por la puerta de algún aguantadero, re paranoiqueado, la concha de tu madre como te gusta el pichi, gordo, no te puede gustar tanto, un día te vas a quedar seco.
Marcos acomoda los paquetes, cierra un pliegue que quedó un poco abierto, pone la nariz dentro del botinero, huele. Se vuelve a atormentar con el hermano: nunca aceptaste como son las cosas, papá, ése es tu problema, vos sos vos y yo soy yo, se repartió así, no hay vuelta, te toca la que te toca, y aparte a mi nadie me regaló nada, la hice toda yo solito, le puse el pecho a las balas y me la juego desde hace mucho: vos sos un pancho que lo único que le importa es tomar.
Marcos cierra el botinero con un cuidado de artesano. Se para, lo acomoda en el fondo del placard. Se agacha y acomoda el par de zapatillas Nike nuevas dentro de su caja. Cierra la puerta y se empieza a relajar cuando piensa que ya tienen todo apalabrado: la gente, los autos y los fierros.
Apaga el velador, sale, y encara para su habitación. Está en cuero, slip blanco de marca, los brazos fibrosos, tatuados. Se mete en la cama, abraza a la novia, tapa el cuerpo de los dos con la sábana y una frazadita de algodón. Se pone cucharita, le toca la cola, le dice que es hermosa, le huele el pelo, apoya la cabeza en la almohada, cierra los ojos, piensa unos segundos en la madre, en el uruguayo, en el botinero, y se duerme.



TRECE

Marianito se recuesta en el asiento de atrás. Está un poco cansado, sucio, no muy duro, pero sí un poco paranoico. Se cuelga con la tapa rota de la lamparita del techo de la rural, dividida en dos por una raya. Una de las dos partes está floja, y vibra. Estira el brazo, presiona una parte contra la otra, por el borde, y logra parar el ruido, la vibración del plástico, el movimiento inquieto de la tapa que lo estaba sacando loco. El pesado ruido del motor, adelante, y el reiterado vibrar de la carrocería, detrás, también le comen la cabeza, pero nada puede hacer. Mientras le pega un trago a la botella de Gancia, lo mira de reojo al uruguayo, sentado a su lado, que fuma con la ventanilla abierta y el brazo afuera: cada vez que aparece una persona en la ruta –un gaucho a caballo, uno haciendo dedo, o al costado de un auto averiado-, le pega un grito, y lo saluda con el brazo en alto. Marianito le mira los náuticos, el pulovercito de hilo, el cuerpo muy flaco, los tajos en el brazo izquierdo, la persecuta con la que vive cada una de las cosas que hace cada vez que sale de la tumba, la cavidad de sus ojos, el color de la piel a la que le falta el sol desde hace tiempo; lo piensa guardado en Sierra Chica, en el pabellón, haciéndose valer o poniendo los puntos, pasando las horas como pez en el agua, adaptado a una vida a la que él, Marianito, no se acostumbraría ni en cincuenta años, la represión y las tranzas con los guardias, la oscuridad, la locura. Ahí está, doblado sobre la ventanilla, con la vista perdida en el campo como un nene. Marianito lo mira, al uruguayo, ante todo, con temeroso respeto. Tanto que, una noche de la semana anterior, el otro le dijo que él es rocho, y áspero, porque no tuvo muchas posibilidades para elegir, pero vos, Marianito, sí las tenés: tratá de aprovecharlas.
Marianito le pega un trago más al Gancia, lo pasa para adelante, se apoya contra su ventanilla y se distrae con el casco de una estancia metida campo adentro, a la que se ingresa por un camino de tierra flanqueado por dos hileras de álamos gigantes a los costados. Mira la hora y recuerda que tiene que mandarle un mensaje a la vieja para avisarle que no vuelve a dormir.
- Tomá, uruguayo –el grandote le pasa un cd de B.B. King con dos rayas blanco-rosadas, generosas, en la tapa (el gordo negro toca la guitarra con los ojos cerrados, la nuca tirada para atrás, la sonrisa más grande del mundo).
El uruguayo cierra la ventana:
- Tené –le dice a Marianito. Marianito se pone el disco sobre las piernas. Se queda duro.
El uruguayo se tuerce en el asiento para poder sacar la billetera del bolsillo de atrás de su pantalón color crema. En la solapita de adelante de la billetera de cuero tiene una foto de su nena, delantal amarillo, sala de cuatro, ojitos claros y dos colitas que le cuelgan de la cabeza, y pegada, una figura del Gauchito Gil. Tira la billetera sobre el asiento y con un billete de veinte pesos hace un cilindro.
- Dame –le dice a Marianito. Marianito le pasa el disco.
El motor ocho cilindros de la rural es pesado, ruidoso. Avanza con la fuerza de un tanque. Afuera, el cielo es una capa del color de la ceniza que no termina nunca.
El uruguayo se toma una de las dos rayas. Tira para atrás la cabeza, nariguetea.
- ¿Lo llamaron al cuervo? –dice el grandote, colgado en la ruta y en los pocos camiones que vienen de la mano contraria –cuando pasan por al lado de la rural, la sacuden como si fuese de cartón-.
- No –dice el uruguayo-, a ver si nos corta el rostro.
El uruguayo le pasa el disco a Marianito.
- No tomes más si no querés –le dice el gallego por el espejo retrovisor. Marianito le devuelve la mirada y le dice que está todo bien, que toma un par de saques más y ya fue.
- El cuervo se va a comer un viaje bárbaro –dice el uruguayo desde atrás, una mano sosteniendo el Gancia, el otro brazo fuera de la ventanilla.
- Ni ahí, loco, es una maza el chabón –el grandote se toca el codo del brazo derecho, se estira la piel-, la re hizo: se fue con lo puesto, jugado, y ahora está de primera.
- ¿Te acordas cuando le caímos a las seis de la mañana, re zarpados?
- Cómo hoy –dice el uruguayo, sin mirar: saluda a un baqueano que está cien metros campo adentro, arreando unos animales.
- Se quería matar –el grandote se vuelve a estirar la piel del codo, pero esta vez del brazo izquierdo–no sabes la cara que tenía cuando salió a la puerta: cualquiera.
La rural pasa por arriba de un puentecito: arroyo Río Seco.
- ¿Y qué te dijo? –pregunta Marianito desde atrás, mientras le pasa el disco, con media raya, al grandote.
- Nada: ya estábamos ahí, re zarpados. Yo no podía ni hablar.
- Después se puso a tomar con nosotros –anota el gallego.
- Si, pero nunca más: toma cuando va para el barrio. Y si viene con la mujer no hace ninguna.
El grandote se aspira la media raya del disco del gordo negro, directamente con la nariz, sin billete, ni tubo de platino, ni birome, ni nada, apretando una fosa nasal, como los jugadores de fútbol para hacer salir el moco del otro lado. Deja el disco en la guantera. Le pide la botella al uruguayo, le pega un trago, la cierra y la pone entre los dos asientos delanteros. Abre un marlboro box que saca del bolsillo de su campera de jean y pone el envoltorio del paquete entre sus dedos, por fuera de la ventana, para que se sacudan con la fuerza del viento. Los larga, y desaparecen. Le ofrece un cigarro al gallego, que maneja a su lado.
- ¿Y ahora de qué labura el cuervo? –pregunta Marianito desde atrás.
- Con la mujer se pusieron un almacén y les va re bien. Aparte pusieron un par de cabinas de teléfono, librería, fotocopias, cigarrillos, golosinas: todo.
- Igual se debe querer matar el chabón, allá, solo –el uruguayo se tira sobre el respaldo del asiento.
- Y si, loco, el chabón colgó todo, pero está re bien, sano, tiene una banda –el grandote se prende el pucho, y sin apagar el encendedor hace una carpa con la mano y lo pone en la punta del cigarro que tiene el gallego en la boca: el humo sale disparado para la parte de atrás del auto y se pierde en la ruta 3 por la ventana abierta del uruguayo-, una banda con la que ensaya en su casa y con la que toca cuando tiene ganas.
- Pero no lo va a ver nadie, hermano –dice el uruguayo-, si hay tres gatos locos allá.
- No te creas, papá –ahora interviene el gallego-, tienen dos bares que se re ponen. Vos los conoces.
- Pero yo vine en enero y no había nadie. Las pendejas estaban todas en Mar del Plata.
- El cuervo cambió de vida, Marianito –explica el grandote, ahora dado vuelta, mirándolo de frente-, tiene mujer, una casita con parrilla y parque, un perro, y su sala de ensayo.
Marianito afirma con la cabeza, tieso sobre su asiento, como un muñeco de cera.
Después de varios minutos en silencio, el grandote gira sobre su asiento, y por el lado de la ventana le pregunta en voz baja, al uruguayo, qué le quería contar.
- En lo del cuervo te cuento –dice el otro.

- Esa es la rotonda –dice el gallego, una hora y media después, señalando, doscientos metros más adelante, los postes de luz, los carteles indicadores de color verde, el cemento de la rotonda.
La rural baja de velocidad. Llega a la curva. El gallego le da la vuelta entera, a veinte por hora, pero no se decide por ninguna de las opciones.
- ¿Qué haces, papi?
- Me mareé.
- ¿A dónde tenemos que ir?
- Ruta 50 –el gallego agarra el volante con fuerza, mira para los costados, el pucho en la boca.
- La 50 es por allá, a la izquierda –el uruguayo mete la cabeza entre el gallego y el grandote.
- Es ésa salida, papá –repite el uruguayo, apuntando con el brazo.
- Ya sé, loco, ya sé… estoy yendo para allá.
La rural da una vuelta más, y cuando pasa por segunda vez por unos hormigones de cemento que hay sobre la banquina, los dos gendarmes con la cabeza rapada que están haciendo dedo con unos bolsos deportivos al hombro, borcegos y ropa de fajina, los miran con desconfianza.
- Qué pasa, la concha de tu madre… -el uruguayo toma un trago de Gancia, y le pega un manotazo al techo. La tapita del techo se vuelve a destartalar.
El gallego agarra la ruta 50, pone tercera, cuarta y se pierde de vista a los cinco minutos.



CATORCE

El cuervo estaba sentado del otro lado del mostrador, frente a la computadora, conectado al Messenger, fantaseando con una correntina de dieciocho años que le venía enviando una foto diferente por día - en malla a la orilla de un río, o en ropa interior dentro de su habitación o en el baño-. Entre cada pregunta atrevida que el cuervo enviaba, o respuesta que recibía, atendía a los clientes de su negocio.
Hacía una media hora le había pagado al proveedor de las tarjetas telefónicas y se había quedado sin cambio. Estaba cansado porque la noche anterior habían salido a cenar, y después a tomar algo a lo de su cuñado, y ahora tenía frío. Ya había pedido dos veces que le vengan a revisar el split, pero como sucede con cada trámite que hay que hacer en el pueblo, había que esperar sentado. Esa mañana se había cruzado con el suegro, un gallego más duro que una mula con el que no se dirige la palabra desde hace más de un año y medio, y en el último ensayo de la banda había discutió feo con el nuevo bajista de su trío porque el loco había decidido largar todo para ponerse a estudiar agronomía. Para completar el cuadro, se había quedado sin cuerdas y tenía que ir hasta Tandil para conseguir unas buenas.
Nuevo mensaje de la correntina: “t gusto c m keda el conjuntito nvo, el blanco c bordes amarillos?”
La clientela que llega a paso cansado al local del cuervo, apretados dentro del abrigo en invierno, con boina o sombrero durante el verano, es, en general, previsible y sin vuelo, como casi todo lo que pasa, o dejar de pasar, en General Guido. Las mínimas conversaciones que el cuervo tiene con sus clientes son de lo más banales.
Respuesta del cuervo: “kiero verte de espaldas, c bombachita cola less”
Las tarjetas telefónicas representan el principal ingreso del negocio. Las cabinas no dejan mucha plata pero la compañía de teléfono se las instala gratis. A diario vende mucho pan, fiambre, cigarrillos, cerveza y vino. Internet, como negocio, todavía no funciona porque la conexión llega vía satélite, y se corta: un día anda bien, y al otro mal. Y del kiosco vende variado, y en buenas cantidades.
- ¡Negra! – le gritó a su mujer, que estaba al fondo-, ¿qué hacés?
- ¡Ya voy! –gritó ella, fastidiada.
Un hombre bajito, jean y camisa leñadora, con la cara llena de granos, entró al negocio, y encaró directamente al mostrador: dos Marlboro. El cuervo los bajó del estante, le dijo cuanto era, y el parroquiano le señaló unas pastillas de menta. ¿Las va a llevar?, preguntó el cuervo. Sí, dijo con la cabeza el hombre. El cuervo rehizo la cuenta: siete con cuarenta. El tipo metió las manos en los bolsillos del pantalón de lona, después en los bolsillos delanteros de la camisa, pero nada: no tengo monedas. El cuervo bufó y se puso a revisar la caja registradora de arriba abajo. Nuevo mensaje de la correntina. El hombre estaba distraído con la publicidad de un chocolate en el que se ve un paisaje de montañas y nieve. El cuervo se bajó de la banqueta, volvió a resoplar, vació sus bolsillos sobre el mostrador y, por fin, le dio el vuelto, en monedas. “Buenas tardes”, se despidió el vecino. El cuervo devolvió un “chau” entre dientes, y lo puteó, por dentro, en todos los idiomas.
Apareció la negra, acelerada, y con el pelo revuelto.
- ¿Qué pasa? –le dijo al cuervo, otra vez enchufado a la pc.
- No tenemos cambio –contestó, intercalando la mirada entre su mujer, y el monitor.
Ella es la que tiene los números en la cabeza: cuentas, pagos, precios, fechas de vencimiento. No se le escapa ni un solo detalle. Tiene una memoria envidiable y una gran capacidad para administrar el negocio.
Su suerte fue la misma que la de la mayoría de los chicos y chicas del pueblo: después del colegio, entre irse a estudiar a Mar del Plata, o quedarse a trabajar, se quedó con la segunda. Y no por elección, ya que desde que era chica decía que quería ser abogada, sino porque en la casa necesitaban que ponga el lomo, como lo habían hecho sus tres hermanas. Primero en el restaurant de los padres de una amiga del colegio, como camarera, al tiempo en una perfumería, y por último, antes de dar el salto al comercio propio, como administrativa en la sección Contratos de la Municipalidad de General Guido.
La noche que lo conoció al cuervo, en un cumpleaños, no le pareció lindo tipo. Pero al tiempo se enganchó. El otro andaba solo como perro malo, fumando abajo del árbol. A ella le parecía parco, pero como consecuencia directa de una timidez que él intentaba disimular por todos los medios. La negra se le arrimó cuando él estaba revolviendo las brasas que quedaban alrededor de la cruz dónde se había cocinado un cordero. Quería sacarle unas palabras, pero también para sacar chapa con ese pelado de campera de cuero y cara de pocos amigos que llegaba de la Capital Federal. Hablaron de su Buenos Aires, de la familia desperdigada y de cómo tuvo que remar prácticamente solo cuando era un adolescente, sin padre, la hermana casada, y el cuidado de una madre que le requería tiempo y atención, de sus primeros pasos como guitarrista, las bandas en las que él había tocado, sus laburos y hasta de alguna novia. De ella hablaron menos. Pero si lo hicieron en relación a General Guido, su historia, sus calles y monumentos, la idiosincrasia de su gente y, casi al final, cuando la reunión se apagaba, y ya no quedaba casi nadie, de algunos mambos que ella tenía con su propia familia.
El cuervo había llegado al pueblo con un único objetivo: dejas atrás el barrio. Le habían ofrecido un trabajo en un campo en las afueras de la pequeña ciudad, su madre ya no vivía, con la hermana se llevaba muy mal, y la cocaína le estaba perturbando la cabeza. Decidió empezar de cero, a pesar de que se sentiría un extranjero en una tierra que no le pertenecía.
- Llamó el arquitecto: quiere que nos demos una vuelta –dijo ella, después de partir contra el mostrador el cilindro de cincuenta monedas de diez centavos que sacó de un cajón de la oficina.
- A la tarde vamos –dijo él, mientras dejaba caer las monedas, todas juntas, dentro de la caja registradora-, después de hacer una siestita.
El cuervo y la negra tienen una camioneta cero kilómetro, el local hecho a nuevo, y un terreno sobre el que están construyendo una casa. Se casan a fin de año.

Mientras la negra revuelve unos papeles en la oficina, y maldice por lo bajo, y el cuervo atiende a dos nenas que preguntan qué pueden comprar con un billete de dos pesos, el gallego estaciona la rural a unos diez metros del local, de la mano de enfrente.
- Mirá lo que es el negocio nuevo del chabón, loco –dice el gallego, la pera tirada hacia delante, los ojos muy abiertos, la boca seca y las manos aferradas al volante.
- Sí, papá: hace un tiempo que le alquiló el fondo de comercio al suegro.
- ¿No era que no se hablaban? – dice el uruguayo.
- La movida la hizo la negra –explica el grandote.
El uruguayo abre la puerta de su lado y deja las botellas de gancia y cerveza sobre la vereda. Una cae y rebota su panza marrón contra el pavimento. Gira ruidosamente hasta que Agustín chista desde adentro de la rural, con media cabeza afuera. El uruguayo agarra la botella, la acomoda contra el cordón, y vuelve a su asiento. Dentro del auto hay olor a encierro, escabio y cigarro. Una correntada de aire que atraviesa la desolada calle de lado a lado remueve un poco el caldo del interior del auto. El grandote le dice a los pibes que lo esperen, y sale. Son las 11.00 de la mañana. Se estira como un oso, se suena el cuello y los brazos. Tose. Se pone la campera, se sube las solapas del cuello, se acomoda la gorra jamaiquina, y encara. En dirección contraria pasa un nene en bicicleta con bombitas de diferentes colores en las ruedas. Saluda de muy buen modo a la señora que se cruza por la misma vereda –ella lo mira con mala cara pero contesta por cortesía-, se acomoda la gorra jamaiquina una vez más, mirando para los cuatro costados.
- ¿Qué hace el grandote acá, Alejandro? – dice la negra con un tono de voz que el cuervo conoce muy bien, cuando lo ve al amigote de su novio del otro lado del ventanal. El grandote viene mirando el piso. El cuervo se asoma desde atrás del mostrador. La negra pega media vuelta y se mete en la oficina, puteando.
- ¿Qué haces acá, papá? – lo recrimina el cuervo, ya en la calle.
- Nos vinimos.
- ¿Con quienes? –el cuervo se agarra la cabeza, busca un auto con gente adentro. Individualiza la rural. Mira. Putea.
- Está todo bien, cuervo.
El cuervo lo mira a los ojos:
- Todo mal, gordo. Estás re duro.
- Más o menos –contesta el mayor de los Poncio, con los músculos de la cara tan tensos y estirados que parece recién operado, la carota colorada y gotas de transpiración que le cubren la frente y las sienes.
- Vení un toque, grandote –el cuervo lo agarra del brazo y se lo lleva debajo de la copa casi pelada de un arbolito que crece dentro de un cantero de ladrillos a la vista.
Pasa una camioneta cuatro por cuatro llena de barro y le tocan bocina al cuervo.
- Sos un salame, hermano –le dice el cuervo, no da que vengan duros, loco, no da –repite. El grandote mira por sobre la cabeza de su amigo. Se limpia la transpiración con la mano, y después con el antebrazo-. A la negra no le cabe… y a mí tampoco –el grandote baja la cabeza, y la vuelve a poner en el frente-. Yo no tomo acá, loco, ¿cuándo la van a entender?
- Ya sé, amigo –el grandote le pone la mano en la nuca, le habla a los ojos, casi con súplica - no tomés si no querés. Posta. Nosotros nos acovachamos en la sala y nos quedamos ahí re tranquis.
- Ya me hicieron lo mismo la otra vez, y quedamos que era la última.
- Ya sé.
El cuervo se saca de encima la mano que le agarra el cuello por atrás, pone las manos en la cintura, resopla, baja la cabeza, la vuelve a levantar, y lo mira.
- Cuando terminamos la bolsa, descansamos un rato y nos volvemos –propone el grandote.
- Ya estás acá, hermano: muchas opciones no me dejás.
- Son un par de horas.
El cuervo le devuelve el saludo a un tipo que pasa en bicicleta.
- Dale, cuervo.
El cuervo saca las llaves del bolsillo y se las pasa:
- En un rato voy –dice. Y encara para la rural.
Los pibes bajan, le dan un beso. Con el gallego intercambian un par de palabras, casi al vuelo, sobre la banda.
- Nos vemos en un rato –dice el cuervo, y vuelve al local.
- Gracias, papá –dice el grandote, más relajado, eternamente agradecido-: te guardo un poquito de alita de mosca –y se ríe, y tose.
- No voy a tomar –le grita el otro con un pie ya dentro del local.
El grandote se deja caer en su asiento. Cierra la puerta y se estira la piel, casi obsesivamente, de los codos; un poquito con uno, después con el otro. Estira y suelta. Estira y suelta.
- Con los ratis no pasa nada, acá, ¿no? – pregunta Marianito, con los ojos saltones, acurrucado en su lugar.
- Somos un secuestro, loco, mirá lo que es esto –interviene el gallego-, pero no pasa nada. Son todos panchos los polis de los pueblos.
- Por allá, gaita –le indica el grandote. Y la rural sale derecho para la casa del cuervo.



QUINCE

El hermano menor de los Poncio estaba sentado junto a Camila en la cafetería del “Monumental”, el lavadero donde todos los sábados le dejan la camioneta como nueva, reluciente como un espejo recién lustrado. Habían dormido un rato más, se habían cambiado e ido a desayunar. Ahora eran las doce y veinte del mediodía, afuera hacía frío, y el cielo seguía negándose a mostrar aunque sea una pizca de azul. Solo blancos, grises y negros, licuados entre sí.
Puertas adentro del local había calefacción y olor a café. Sobre el mostrador, una bandeja llena de medialunas de buen porte, frescas y grasosas. Sonaba una estación de radio: Aspen. En las mesas los clientes hojeaban la Gente, Caras, Noticias, Clarín y la Nación. Del otro lado del vidrio, una tropa de siete, ocho pibes del conurbano, con botas amarillas, jean, buzo, o pulover, laburan en silencio, y a dos manos: manguera, jabón, trapos, franelas, aspiradora, potes de cera. Todos los autos y camionetas, cero kilómetro.
Camila levantó la cola de la silla, estiró su cuerpo estilizado, y por encima de la mesa le agarró la cara al novio y le comió la boca. Mientras le jugaba con la lengua, él perdió la mirada en la calle.
- ¿Hablaste con tu vieja estos días? –le dijo él, al ratito.
- Si, está muy bien. Dice que nos espera para finales de septiembre, primeros días de octubre.
- Joya.
Ella volvió a incorporarse para darle otro beso. Reía, brillaba.
Cuando apareció la camarera con el desayuno, él le dio un golpecito a su novia para que vuelva a sentarse en su lugar. La flaca puso las tazas y los platos con las medialunas en la mesa, acomodó el potecito con los sobres de azúcar y sacarina, las servilletas, los vasitos de jugo de naranja exprimida, y se retiró.

Cuando está por pegarle un mordisco a la medialuna, a Marcos le suena el celular. Se pone de pie:
- Uruguayo.
- ¿Podes hablar?
- Si – Camila le mira la espalda.
- Se cayó uno de los pibes.
- …
- ¿Me escuchas, Marcos? –dice el uruguayo con una voz inquieta, y atolondrada, que Marcos reconoce perfectamente.
- ¿Qué pasó?
- Sergio se paleó con la moto.
- ¿Posta?
- Si.
Marcos se para frente al ventanal que da al playón del lavadero.
- ¿Dónde estás? – quiere saber Marcos.
- En lo del cuervo.
- ¡¿Qué hacés ahí, hermano?!– el menor de los Poncio le pega una patada a una silla que tiene a un costado. Varios clientes se dan vuelta. El encargado se asoma por el mostrador. Camila, con la vista puesta en su novio, toma un sorbo de su café.
- …
- Pasado mañana tenemos la excursión.
- Ya sé, papá: no te preocupes.
- ¡Cómo que no me preocupe!
- No pasa nada.
- ¿Estás con mi hermano?
- Si.
- Ustedes son unos giles bárbaros –dice, enfurecido. Se pasa una mano por la cabeza. Acomoda la silla que acaba de tirar. Vuelve a ponerse frente al ventanal.
Afuera, uno de los pibes le da los últimos toques de cera al interior de la chata de su camioneta. Al salir, cierra con un portazo. Marcos le dice al uruguayo que lo aguante un segundo, y encara para el playón.
- Che, loco, más tranquilo con la puerta: ¿sabés lo que sale eso?
El pibe mira para los costados, no termina de entender que le hablan a él. Cuando cae en la cuenta de que sí, que efectivamente lo están encarando a él, levanta los brazos, y pide disculpas.
Marcos entra de nuevo al bar. La novia le busca la mirada pero él no le da pelota. De las tasas de café con leche se levantan dos gruesos hilos de vapor.
- Resolvéme el tema, uruguayo – Marcos vuelve a pegar la cara en el ventanal que da al playón.
- Tengo a uno.
- ¿Quién?
- El grandote.
- ¡¿Vos me estás cargando?! –Marcos grita de nuevo. Y ahora sí se dan vuelta absolutamente todos los clientes del bar.
- No queda otra, loco: ya estamos jugados.
Marcos recorre el bar con la mirada. El encargado lo mira fijo pero como él no le saca la mirada de encima, da vuelta la cara.
- ¿No tenés a nadie más?
- No.
Silencio.
- Yo me ocupo, Marquitos: confiá en mí.
- En vos sí, el problema es mi hermano.
- Sólo tiene que manejar. No es tan complicado.
- Sí, pero el chabón está re loco.
- No hay otro, hermano.
La fila de autos y camionetas que esperan su turno arman una doble fila sobre la calle. La puerta de la entrada del bar se abre y cierra cada cinco segundos.
- …
- Sino tenemos que bajarnos.
- …
- Está bien, loco –concede por fin Marcos, pero en seguida exige que “corten con el jolgorio”.

Uno de los pibes del playón hizo volar por el aire un cepillo en dirección a un balde espumoso que estaba del otro lado de la camioneta, dentro de una pileta, que pasó rozando por encima del capó de la chata del menor de los Poncio.
Marcos salió disparado hacia el playón. El pibe lo vio venir y retrocedió unos pasos, en guardia.
- ¿Qué haces, logi? – y le tiró una mano que el otro esquivó a puro reflejo.
- Aguanta, gato: ¿qué te pasa? – le dijo el flaco, más alto que él, desconcertado, a la defensiva.
Llegaron a las corridas varios de los compañeros del playero. Separaron en medio de un griterío.
- Vos sos un pancho: eso me pasa –le gritó Marcos, sacado, mientras los dos o tres que lo agarraban de atrás le pedían que se tranquilice. Dentro del bar, se dieron vuelta todos, y miraban para con cara de espanto. Una chica joven, rubia, con un bebe en brazos, también rubio, se tapaba la boca con la mano.
- Tranquilizate, amigo –le dijo a Marcos el que mandaba en el playón, un paraguayo duro como el roble, no muy grandote pero de espalda muy ancha, y cuello duro, mirándolo a los ojos, poniéndole una mano, curtida por el frío, el agua, y los años, en el pecho.
Marcos zafó del que lo agarraba de atrás y se sacó de encima el brazo del paraguayo con un manotazo.
- Tranquilo las pelotas.
Aparecieron el encargado del bar, y Camila. Ella, levantándose las solapas de la campera.
- Algún problema, señor – preguntó, dócil, el encargado. Camila se puso detrás del novio y le pasó el brazo por detrás de la cintura.
Los playeros estaban muy tensos.
Marcos tomó aire, una, dos veces, y bajó dos cambios.
- Ya está –dijo- , ya está. No pasa nada –y levantó los brazos-.
Fueron dos segundos eternos.
- Disculpáme, loco –le dijo al que acababa de tirarle un arrebato (si lo agarraba lo lastimaba). El muchacho tenía las venas del cuello hinchadas y los ojos inyectados en sangre. Recién después de que el paraguayo lo tomara del hombro y le dijese “ya está, negro: ya pasó”, el playero, cedió, y aceptó al apretón de manos.
Marcos pidió disculpas de nuevo, saludó (se bancó la cara de perro de varios de los playeros), y encaró de nuevo para el bar. En el camino se fijó si el uruguayo seguía del otro lado de la línea: muerta. Camila entró detrás de él.



DIECISÉIS

La sala mide unos cuatro metros de ancho por otros cuatro de largo. No tiene ventanas y en las paredes alfombradas hay un par de fotos clavadas con chinches: Jagger, Peter Tosh y Marley, los tres juntos, sentados y con los brazos cruzados, sonriendo desinteresadamente, plenos. En otra está el cuervo con anteojos para el sol cantando con una banda detrás, en un parque con cielo despejado. También hay un dibujo de Dalí y una foto con la tribuna de San Lorenzo a reventar, llena de trapos. Del techo cuelga una lámpara roja y a un costado hay una mesita de luz con un velador que al costado tiene varias pilas de discos.
- Suena la banda del cuervo, eh – dice el Gallego. Está frente a la bata de doble bombo, y con los dedos repiquetea sobre los parches. Fuma -. Yo toqué un par de veces con ellos, y acá, en este pueblo, son muy conocidos.
A la derecha de la batería hay un equipo de bajo, a la izquierda el de viola, contra la pared la consola y en las puntas de la habitación, las cajas de sonido. Los instrumentos, dentro de sus fundas, contra la pared. Lo mismo que las dos jirafas con los micrófonos. Varios cables plug cuelgan de un gancho en la pared. Hay algunas partituras y letras de canciones sobre los equipos, tiradas en el piso.
Marianito espía por la cerradura de la puerta que va hacia el comedor. Está agachado hace varios minutos. Aleja la cara de la puerta, vuelve a acercarla. Tiene la cara desencajada, los ojos enormes, brillosos. No puede hablar. Sus labios son tan finos que parecen nacer y morir dentro de la boca.
A pesar de que la habitación está casi a oscuras, por debajo de la puerta por donde espía Marianito, entra una línea de luz. Desde la calle llega el ruido de un auto y dos o tres perros que le ladran. Están encerrados hace más de dos horas, y ya casi van a ser la una de la tarde.
- Sentáte, Mariano –le dice el uruguayo, mientras camina por la habitación con un pucho prendido en la mano, los pantalones arremangados hasta la altura de las rodillas.
Marianito se da vuelta, lo mira. Amaga a sentarse pero vuelve a mirar por la cerradura.
- Una vez vinimos a tocar con los pibes de la banda y el tecladista se dio un palo en la ruta –el gallego le cuenta sus historias de rock a todos, y a nadie. También camina por la sala-, no se lastimó, pero igual no dio para que toque – pita, tira el humo hacia la lamparita roja -, la rompimos esa noche.
Contra una de las paredes de la sala, sobre una banqueta de plástico negro, está la bolsa, todavía con una buena cantidad de merca. En el piso hay una botella de vidrio con agua fría, otra de whisky, vasos, una hielera, y dos ceniceros llenos de colillas.
El grandote está parado frente a la otra puerta, la que conecta con la habitación del cuervo y la negra. Pasa los dedos sobre el marco de madera, en la parte de arriba, y con cuidado, como si fuese de la policía científica. Respira con dificultad, y mete ruido de asma. Se toca el antebrazo. Sus movimientos son lentos, pesados. Le llega un mensaje al celular. Lo saca del bolsillo del pantalón, revisa, y cierra.
El gallego se agacha frente al banquito, enrolla un billete y aspira. Se para, prende otro cigarro.
- Esta alita de mosca no puede ser –le dice al grandote- ¿te acordas cuando el tío del Rulo nos vendió dos mogras de esta gilada?
El mayor de los Poncio se da vuelta. Entre las manos tiene apretada la gorra jamaiquina. Y anudada al cuello, una toalla blanca que se trajo del baño. Mira la bolsa, después a su amigo, afirma con la cabeza, y vuelve a tocar el marco con los dedos.
Suena el celular del uruguayo: los Pibes Chorros a todo volumen. Los cuatro se sobresaltan.
- Hola –dice el uruguayo, la espalda contra la pared, las patas estiradas.
- ¿Uru?
- Si.
- Soy el mono.
- Qué haces, mono –el uruguayo habla bajito, le hace una seña al gallego para que le pase un vaso de whisky.
- Se la dio Sergio.
- ¿Cómo que se la dio?
- Está internado en el Posadas.
El gallego le pasa el vaso y el uruguayo se lo toma de un trago. Marianito espía y mira al uruguayo, debajo suyo.
- La concha de su madre, loco, ¿cómo puede ser que sea tan logi? –el uruguayo se arrodilla, siempre con la espalda contra la pared.
Los pibes fuman, caminan por la habitación, miran el techo, detrás de los equipos, por la cerradura.
- Te quería avisar –le dicen al uruguayo desde el otro lado de la línea -, ¿dónde estás?
- En General Guido.
El uruguayo se despide, se agacha frente a la banqueta, se peina una raya y se la toma de un saque. Se pone de pie y saca la billetera del bolsillo de atrás de su pantalón. La foto de su nena y la imagen del gauchito gil. Busca algo entre los papelitos. No lo encuentra. Abre el celular y se pone a navegar por sus contactos. Cada tecla que presiona hace que el aparato emita un sonido frío y molesto, agudo, de video juego, pero ninguno de los pibes le dice nada. Después de unos minutos, se levanta y va se prende un pucho. Vuelve a dar vueltas por la sala, siempre con el teléfono abierto y el sonido insistente de las teclas del teléfono.
- ¿Cómo te ves pasado mañana haciendo un laburo? –las palabras son para el grandote -: necesito uno que maneje un auto –le dice casi al oído.
El grandote sigue frente a la puerta.
- Grandote –le susurra –, ¿te acordas que te dije que te quería contar algo?
Agustín se da vuelta. Tiene olor a cigarro, chivo y alcohol. Mueve la boca como si fuese un pez al que acaban de sacar del agua.
- No podes hablar, loco.
El otro lo mira fijo.
- Te iba a ofrecer que vengas a laburar con nosotros.
Agustín escucha hablar a su amigo pero no puede emitir palabra.
- Mirá si tendremos suerte, loco. Me acaban de llamar para decirme que se cayó uno –el uruguayo habla muy bajito -, y ahora no hace falta chamuyar a tu hermano.
El grandote tiene los cachetes inflados, los labios y las fosas nasales lastimadas. El uruguayo lo mira fijo. Agustín se vuelve a lo suyo: su puerta. Baja el picaporte con un cuidado de cirujano, y la abre unos centímetros: una gruesa línea de luz vertical invade la sala.
- Loco, dejá esa puerta, ¡y la concha de su madre! –se saca el uruguayo, y el gallego y marianito se sobresaltan-. Escuchame – vuelve a susurrar el uruguayo, y agarra el brazo del grandote.
El gallego está parado frente a la bata. Se mete las manos en el bolsillo del jean, saca unas monedas, las cuenta, las ordena por tamaño, las vuelve a guardar. También mueve la boca como un pez. Quiere agarrar algo de lo que le dice el uruguayo al cuervo pero da vuelta la cara cuando el otro le clava la vista.
Marianito espía. Acerca el ojo a la cerradura, lo aleja, y lo vuelve a poner. Está en cualquier parte menos en el rollo del uruguayo y el grandote.
De la calle llega el sonido de un altoparlante: compro heladeras, cocinas, camas, colchones. De nuevo los perros.
- Ponete las pilas, grandote –le dice el uruguayo-, ¿estás o no?
El grandote dice que sí con su cara enorme, roja, enferma.
- Terminamos el pichi, dormimos unas horas, nos volvemos a casa, descansamos un día entero, y al otro, trabajamos.
Agustín, de espaldas, dice que sí con la cabeza.
El uruguayo le vuelve a agarrar el brazo y el otro se da vuelta:
-Mirá que ese día no podes tomar merca, loco –le da una cachetada, no tan suave, que le mueve la cara –el grandote lo mira, no pestañea-, ¿tamos, amigo?
- Sí – dice, por fin, Agustín.
Desde el comedor se escucha el ruido de unas llaves entrando en la cerradura de la puerta de entrada de la casa. Abren. Marianito se corre de la puerta de la sala de un salto. Se pone de espaldas a la pared, y se lleva una mano al corazón. El grandote se pone la gorra jamaiquina que se había guardado en el bolsillo de atrás del pantalón y se limpia la transpiración de la cara. El gallego se revuelve sobre la banqueta del batero.
Se abre la puerta y aparece el Cuervo, fresco, y endemoniado.
- Peináme un pase, grandote.



DIESICIETE

A las diez en punto del mediodía, Camila marca el número de Antonia. Suena una vez, la señora atiende, la reconoce, y le dice:
- Prendé el televisor, flaca: no puedo creer que no estés enterada.
Camila es la única persona cercana a la banda de ladrones que no sabe lo que miles de televidentes sí: los pibes tomaron diez o doce rehenes después de un intenso tiroteo que dejó como saldo, hasta el momento, dos muertos: un policía y un delincuente. Los medios informan en directo. Los asaltantes negocian, puertas adentro del mayorista, con la policía.
Camila se deja caer en el borde del somier de dos plazas. Sus movimientos son anunciados, como si le acabasen de clavar un somnífero en un brazo. La imagen que devuelve el televisor es demoledora: el frente de vidrio del local, visto de costado, la ventanita de vidrio de la puerta de entrada hecha trizas y, asomado, amenazante, un brazo con una 9mm en la mano, apuntando para todos lados. En la calle, a metros de la puerta de entrada, el cuerpo sin vida del grandote, doblado, sobre un charco de sangre.
Los cuatro canales de aire emiten la misma imagen, al igual que todos los informativos del cable. Los periodistas repasan una y otra vez la misma información. Una mujer mayor y un operario con casco amarillo en la cabeza, que pasaban por la zona, cuentan lo que habían visto. Los títulos ocupan un cuarto de la pantalla, con letras en mayúsculas, y coloradas: toma de rehenes en un mayorista de golosinas, dos muertos, es inminente la intervención del grupo GEO.
Camila marca de nuevo el número de Antonia. Le falta el aire y le tiemblan las manos.
- No me llames más, flaca –le ordena la señora desde el otro lado de la línea.
- ¿Qué vamos a hacer? –Camila llora.
- Nada. No podemos hacer nada - y corta.
Camila marca el número de Marcos. Nada. Otra vez. Nada.
A partir de ese momento, y por el lapso de unos diez minutos, Camila sufre un ataque de nervios. Ya le había pasado una vez, cuando vivía con su madre, en Brasil, al enterarse que su hermano había sido muerto después de un enfrentamiento entre bandas que se disputaban el control de la favela “Doña Flor”, a pocas cuadras de su casa. Pero esta vez es peor. Está enamorada y el futuro para ambos es muy promisorio. Incluso, de a poco, le venía insistiendo con la idea de que largara todo.
Camila decide que lo mejor es ir para allá.

El primero en entrar fue el uruguayo. Con el brazo mantuvo la puerta abierta y permitió que los otros dos pasasen al local. A cara descubierta, campera deportiva, jean, zapatillas y una 9mm en la mano cada uno, Marcos y el Tony, coparon el negocio. Los dos empleados del mostrador enmudecieron y levantaron los brazos ni bien comprendieron que habían perdido.
El de seguridad, un pibe de menos de veinticinco años, morocho, flaco, y disfrazado con un uniforme negro con tiras amarillas, gorra, y hasta una estrella dorada de sheriff, no tuvo tiempo a nada: el uruguayo lo encañonó, le sacó el fierro y le dio un golpe en la cabeza que lo dejó en el suelo. Lo esposó y lo dejó sentado, de espaldas al salón, y con la cabeza gacha.
Eran las 09.30 de la mañana y había dos clientes frente al mostrador. A uno de ellos, de unos cuarenta años, bien vestido, le temblaban los labios. Afirmaba con la cabeza, una y otra vez. El otro hombre, mayor, jubilado, con un maletín en la mano, se quedó piola, sin hacer un solo movimiento.
El uruguayo y el tony saltaron del otro lado del mostrador, y encararon por el pasillo del fondo, donde había dos oficinas por lado. Obligaron a salir a los ocho empleados y los hicieron poner con las manos contra la pared. Les revisaron las axilas, la cintura, las piernas, los tobillos, y los empujaron hacia al mostrador. El uruguayo subió las escaleras del fondo. El botín estaba en la oficina del gerente, una habitación alfombrada, amplia, y discreta, con vista al salón, y una enorme caja fuerte empotrada a la pared.
El tony le ordenó a los empleados que dejen sobre el mostrador las billeteras, anillos, cadenas y celulares. Lo mismo a los dos clientes. La gente entregó sus pertenencias y el tony las encanutó en un botinero.
Marcos, apostado en la puerta, miraba para afuera por la ventanita de vidrio. Estaba tenso pero seguro. Todo venía saliendo bien. Y estaban trabajando a buen ritmo. Dentro del bolsillo izquierdo de su campera inflable, con la mano traspirada, apretaba el celular. Y en la otra mano, levantada en el aire por detrás de la nuca, agarraba el fierro.
El mayorista de golosinas “Karamelo” había inaugurado su local de ventas sobre la ruta 197, en Pacheco, hacía cinco años. Los habían asaltado una sola vez, y los ladrones perdieron porque eran de la zona y se habían mandado sin avisarle a nadie. En el local trabajaban diez empleados, contando al seguridad y al gerente. Era de los mayoristas del rubro que más facturaba en la zona norte y, dos días hábiles antes del fin de mes, hacían la liquidación general, pago de sueldos y proveedores. Ese día contratan a un policía que hace horas adicionales para reforzar la vigilancia. Pero por un piquete de los trabajadores de una industria automotriz de la zona, se había retrasado unos minutos.
Estacionado en la puerta, sentado al volante y con el motor en marcha, con un papel en la mano que se había metido en el bolsillo unos minutos antes de salir de su casa, el grandote traspiraba gotones de agua. Estaba muy nervioso, y hasta arrepentido. Tenía el cuello duro como una piedra, y le dolía la panza. No sabía si tomar un saque o no. Tenía el celular tirado sobre el asiento del acompañante y una pistola 45 mm en la guantera. La respiración agitada y las piernas entumecidas. Desde que se habían bajado los pibes, hacía casi siete minutos, se había fumando tres cigarros al hilo. En ningún momento dejaba de mirar por los tres espejos que le ofrecía el Fiat Palio robado con el que habían llegado hasta el mayorista.
El tony metió a los ocho empleados y dos clientes en un cuarto que estaba debajo de unos estantes con cajas de chupetines y caramelos masticables. Una de las empleadas, una señora con el pelo recogido hacia atrás con un pañuelo de seda, ya con un pie adentro del depósito, le pidió que no los lastimen, que ya les habían dado todo. El tony le gritó que se calle, y ni bien el último pasó del otro lado, cerró la puerta y se guardó la llave.
El uruguayo, en el primer piso, tenía encañonado al gerente, un calvo, petiso, de pantalón y saco, que estaba agachado frente a la caja fuerte. El hombre, temblando, metía los fajos de billetes de cien pesos en un bolso que el asaltante le había puesto sobre la alfombra color caqui. Cuando terminó de vaciar la caja, lo agarró de la solapa del saco y lo hizo bajar al salón.
- Listo, loco –le informó el uruguayo a Marcos.
- Sacále la billetera y guardálo en el depósito –ordenó después.
Ya estaba. Sólo faltaba tomarse el palo.

Recién al séptimo intento tuvo suerte. Y se le cortó la respiración.
- ¡Bicho! ¡Mi amor! ¿Cómo estás? –Camila se revuelve en el asiento de atrás.
- Se pudrió todo, nena –Marcos está abatido, casi sin voz.
- ¿Qué pasó? –ella es una pelota de nervios y angustia.
- No sé. Mi hermano se tiroteó con uno y en seguida teníamos a toda la policía encima.
Camilla llora desconsolada, a los gritos. El taxista la mira por el espejito retrovisor mientras baja en la 197.
- ¿Qué hago?
- Veníte. Buscála a mi vieja, a los familiares del tony. Hagan quilombo.
- Estoy llegando, mi amor.
- ¡La re concha bien de mi madre! –y se escucha un golpe muy fuerte contra un elemento de chapa.
- ¡Estoy llegando! –susurra Camila, mirando el celular, temblando.
A los dos minutos Camila está pagando, y bajando del taxi. La zona es un infierno. Decenas de efectivos de la bonaerense están apostados en el lugar. Patrulleros, camionetas, los medios, y el grupo GEO preparado para matar o morir. Un helicóptero sobrevuela la zona.

El policía de refuerzo había visto movimientos extraños en la puerta del mayorista. Tres masculinos acababan de ingresar a un comercio en actitud sospechosa. Lo primero que hizo fue llamar al 911 para poner en alerta a la bonaerense. Pero no se pudo contener y, a los tres minutos exactos, con el fierro apretado contra la pierna, encaró cuidadoso para el Fiat Palio que estaba estacionado a pocos metros de la puerta del local.
Agustín lo vio venir. Tuvo unos tres segundos para decidir sus movimientos. Y no pudo hacer otra cosa que abrir la guantera, sacar la 45mm, bajar del auto por el lado del acompañante y comenzar a disparar.
A Marcos, apostado dentro del local, en la ventanita, se le subieron los huevos a la garganta con el estampido de los corchazos. Lo vio venir a su hermano hacia la puerta, de espaldas, tirándole al morocho que, con una rodilla en el suelo, le apuntaba al pecho y a la cabeza. Abrió la puerta, agachado a media altura, y mientras tiraba, desaforado, gritaba: ¡Dale, grandote, vení!
Antes de que el hermano pudiese darse vuelta caía por dos balazos a la altura del corazón. Marcos descargó su pistola sobre el policía y logró embocarlo con por lo menos dos disparos. El uruguayo y el tony corrieron hasta la puerta, salieron, y repartieron plomo para los cuatro costados. Recorrieron los cinco metros que los separaban del cuerpo del grandote y, cuando estaban por arrastrarlo al interior del local, aparecieron, quemando llantas, con itakas fuera de la ventanilla, tres camionetas de la policía bonaerense. Volvieron a entrar, sin el grandote.
Había sólo dos personas en la cuadra. Un obrero de una obra de la zona, que se había tirado cuerpo a tierra, debajo de un Renault 12 destartalado, y en la mano de enfrente, una señora a la que hubo que darle oxigeno y calmantes para calmarle la angustia.



DIECIOCHO

- Abuela: se entregaron.
- A ver…
Por la puerta de entrada del mayorista, en fila india, y con las cabezas tapadas con camperas, varios policías de civil llevaban esposados por la espalda, encorvados, y en dirección a un camión celular, a dos de los delincuentes.
El periodista de TN informaba en directo: “el grupo GEO, a las 12.40 horas, y después de más de dos horas de negociación frustrada, y ante una orden indeclinable que bajó de la departamental del partido de Tigre, irrumpió en el local, por el primer piso, abriendo fuego. Martín Rodriguez, alias el uruguayo, resistió el avance del grupo comando y cayó herido de muerte en forma inmediata. Los otros dos secuestradores, se entregaron. Los diez rehenes, gracias a Dios, están a salvo”.
- ¿Cómo se llamaba el chico ese, el que estuvo conmigo en la terraza, que me convidó coca?
- Agustín, nena.
- Lo mataron, ¿no?
- Sí – Antonia mira la televisión de parada. Está cruzada de brazos. Quema el cigarro de tan fuerte que lo aspira.
- ¿Y el hermano?
- Se lo llevan preso. No sale más.
“Recordemos que el saldo de esta trágica jornada de sangre es dos delincuentes, un custodio y un policía muertos. El malviviente abatido dentro del salón, antes de tirotearse con la policía, fusiló, literalmente, al chico de veinticinco años, Carlos Roncaglia, que cumplía funciones de seguridad dentro del local, con un tiro en la cabeza”, informa el cronista, con un constante movimiento de gente a sus espaldas, celulares y agentes del orden hablando por teléfono. Los familiares de los ladrones le tiran trompadas a un comisario y son reprimidos. Un grupo de pibes tira piedras.
- Vamos a buscar a la tía, Clara.
- No quiero – la nena no despega la vista del aparato.
- ¡Apagá eso, te digo! –le saca de un manotazo el control remoto, y lo apaga.
- Vos no sos mi mamá. ¡Dejame tranquila! –Clara tira un manotazo que termina en el antebrazo de Antonia.
La madre de uno de sus hermanos, masticando odio, frunciendo la cara avejentada, la agarra de los pelos y la obliga a pararse de la silla.
- Termináte la leche –le ordena.
Clara hace fuerza para que no se le despeguen de los ojos los lagrimones que le nublan la vista, y casi sin respirar se baja, de un tirón, la leche con proteínas.
Antonia le limpia la boca con una servilleta que arranca de rollo que está en la cocina, y salen.
Recién a la cuadra, y después de que Antonia le prometiese que la iba a llevar por la tarde a los videos de la avenida, Clara afloja su delgado cuerpo, y le da la mano.




*Mariano Abrevaya Dios. marianodios@fibertel.com.ar
Febrero del 2009
http://hermanosdios.wordpress.com:80/2009/05/24/los-hermanos-poncio/




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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

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