Friday, February 27, 2009

PARA LEVANTAR MUROS INVISIBLES...


LAS HOJARASCAS DE LOS CUERPOS*



{.....} el otoño arrastra las tibias hojarascas
que los cuerpos no desean
esconderle al público.
pero las mordaces lenguas rehúsan
o, se pretenden ciegas, y sordas
cuando hipócritas alzan sus voces
condenando sus pasos en frágil.
--nada justifica el silencio abrumante
que deshonra mi espalda.-- responde.
mas ellas ocultan sus manos sucias
entre las inocentes piedras
ungidas para levantar muros invisibles.



*©Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es
http://www.danielmontoly.blogspot.com/









PARA LEVANTAR MUROS INVISIBLES...










Para volver a la historia*



En la alcantarilla no hay una rosa ni un samovar ni la memoria de una estrella ni siquiera un mantel a cuadros. Hay sólo un reloj descuartizado, brillante e inútil; como es inútil el tiempo cuando se estanca. Recordé en Berlín un lugar de un frío despojado e inmenso Descampado desierto de muros caídos donde gente como fantasmas vendía despojos del Ejército Rojo. Relojes.
El viento se infiltraba sobre la piel, sin piedad, sin construcciones, sin el amparo de los bares de Praga, con su promesa caliente de café, sin láminas ni representaciones. Los objetos que se vendían estaban
deshistorizados, no eran.
Encontré uno de esos relojes entrelazado con un collar vienés y otro de semillas americanas. Este había consentido relaciones hasta promiscuas pero siempre fructíferas. Se mecía en las orillas de un gran lago guatemalteco o intimaba en el maravilloso mar de México con gentes de pocas palabras y muchos saberes para la sobrevida se cruzaba en el tiempo con el collar ¿Viena vals o diván? No hay que pulverizar la mirada en éste como con el reloj muerto. Las asociaciones le tejían un alma.
Pienso en los relojes del ejército rojo anteriores al destierro de Trotsky y en el país surrealista donde se amparó; tan Bretón tan Kahlo, tan hermoso de pájaros mitológicos que copulan y ofrecen refugio a los perseguidos. País de indios de pies como una herida desnuda, de poetas con pasamontañas y puertos para el deseo escondido de una luz azul...
Le pido a sus dioses que me alivien con sus plumas suavísimas del frío del tiempo muerto en la alcantarilla. De la desprotección de haber estado en invierno en el cruce sin cantos ni cuentos de la gran avenida vacía de Berlín donde antes desfilaban los nazis y después unas pobres gentes
descuartizaron deshechos de la historia.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar












El Apartamento*




Fue destinado a Irak como corresponsal de guerra sustituyendo a Plumkier, que había desaparecido después de enviar su última crónica. Al tratarse de su primer trabajo en el extranjero, siguió al pie de la letra los consejos que la redacción le había dado: Alquilar un lugar para montar su cuartel general sin importar el precio y mezclarse con la gente del país para obtener noticias de primera mano.

Cuando le informaron que estaba disponible apartamento en uno de los lugares más céntricos por un alquiler irrisorio, decidió aprovechar la oportunidad, ya que no solo cumplía los requisitos, sino que , al disponer de un presupuesto elevado, podría justificar algunos "gastos" y obtener así un ingreso extra.

Después de recorrer las calles llenas de cascotes y toda suerte de cachivaches siguiendo al agente de la inmobiliaria, entró en un edificio lleno de cicatrices, teniendo incluso que apartar algunos jirones de tela con manchas de sangre.

Con horror vio que en el apartamento quedaban despojos de la última incursión aérea. Nadie había limpiado el lugar y los restos de los inquilinos anteriores estaban esparcidos por todas partes. "La limpieza deberá ser a cargo del inquilino" comentó el agente.
Comprendió enseguida porque el alquiler era tan barato.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es














Cuello de Gatito Negro*



*De Julio Cortázar.





Por lo demás no era la primera vez que le pasaba, pero de todos modos siempre había sido Lucho el que llevaba la iniciativa, apoyando la mano como al descuido para rozar la de una rubia o una pelirroja que le caía bien, aprovechando los vaivenes en los virajes del metro y entonces por ahí había respuesta, había gancho, un dedito se quedaba prendido un momento antes de la cara de fastidio o indignación, todo dependía de tantas cosas, a veces salía bien, corría, el resto entraba en el juego como iban entrando las
estaciones en las ventanillas del vagón, pero esa tarde pasaba de otra manera, primero que Lucho estaba helado y con el pelo lleno de nieve que se había derretido en el andén y le resbalaban gotas frías por dentro de la bufanda, había subido al metro en la estación de la rue du Bac sin pensar en nada, un cuerpo pegado a tantos otros esperando que en algún momento fuese la estufa, el vaso de coñac, la lectura del diario antes de ponerse a estudiar alemán entre siete y media y nueve, lo de siempre salvo ese guantecito negro en la barra de apoyo, entre montones de manos y codos y abrigos un guantecito negro prendido en la barra metálica y él con su guante marrón mojado firme en la barra para no írsele encima a la señora de los paquetes y la nena llorona, de golpe la conciencia de que un dedo pequeñito
se estaba como subiendo a caballo por su guante, que eso venía desde una manga de piel de conejo más bien usada, la mulata parecía muy joven y miraba hacia abajo como ajena, un balanceo más entre el balanceo de tantos cuerpos apelmazados; a Lucho le había parecido un desvío de la regla más bien
divertido, dejó la mano suelta, sin responder, imaginando que la chica estaba distraída, que no se daba cuenta de esa leve jineteada en el caballo mojado y quieto. Le hubiera gustado tener sitio suficiente como para sacar el diario del bolsillo y leer los titulares donde se hablaba de Biafra, de Israel y de Estudiantes de la Plata, pero el diario estaba en el bolsillo de la derecha y para sacarlo hubiera tenido que soltar la mano de la barra, perdiendo el apoyo necesario en los virajes, de manera que lo mejor era
mantenerse firme, abriéndole un pequeño hueco precario entre sobretodos y paquetes para que la nena estuviera menos triste y su madre no le siguiera hablando con ese tono de cobrador de impuestos.
Casi no había mirado a la chica mulata. Ahora le sospechó la mata de pelo encrespado bajo la capucha del abrigo y pensó críticamente que con el calor del vagón bien podía haberse echado atrás la capucha, justamente cuando el dedo le acariciaba de nuevo el guante, primero un dedo y luego dos trepándose al caballo húmedo. El viraje antes de Montparnasse-Bienvenue empujó a la chica contra Lucho, su mano resbaló del caballo para apretarse a la barra, tan pequeña y tonta al lado del gran caballo que naturalmente le buscaba ahora las cosquillas con un hocico de dos dedos, sin forzar, divertido y todavía lejano y húmedo. La muchacha pareció darse cuenta de golpe (pero su distracción, antes, también había tenido algo de repentino y de brusco), y apartó un poco más la mano, mirando a Lucho desde el oscuro
hueco que le hacía la capucha para fijarse luego en su propia mano como si no estuviera de acuerdo o estudiara las distancias de la buena educación.
Mucha gente había bajado en Montparnasse-Bienvenue y Lucho ya podía sacar el diario, solamente que en vez de sacarlo se quedó estudiando el comportamiento de la manita enguantada con una atención un poco burlona, sin mirar a la chica que otra vez tenía los ojos puestos en los zapatos ahora bien visibles en el piso sucio donde de golpe faltaban la nena llorona y tanta gente que se estaba bajando en la estación Falguière. El tirón del arranque obligó a los dos guantes a crisparse en la barra, separados y
obrando por su cuenta, pero el tren estaba detenido en la estación Pasteur cuando los dedos de Lucho buscaron el guante negro que no se retiró como la primera vez sino que pareció aflojarse en la barra, volverse todavía más pequeño y blando bajo la presión de dos, de tres dedos, de toda la mano que
se subía en una lenta posesión delicada, sin apoyar demasiado, tomando y dejando a la vez, y en el vagón casi vacío ahora que se abrían las puertas en la estación Volontaires, la muchacha girando poco a poco sobre un pie enfrentó a Lucho sin alzar la cara, como mirándolo desde el guantecito cubierto por toda la mano de Lucho, y cuando al fin lo miró, sacudidos los dos por un barquinazo entre Volontaires y Vaugirard, sus grandes ojos metidos en la sombra de la capucha estaban ahí como esperando, fijos y
graves, sin la menor sonrisa ni reproche,sin nada más que una espera interminable que vagamente le hizo mal a Lucho.
-Es siempre así-dijo la muchacha-. No se puede con ellas.
-Ah -dijo Lucho, aceptando el juego pero preguntándose por qué no era divertido, por qué no lo sentía juego aunque no podía ser otra cosa, no había ninguna razón para imaginar que fuera otra cosa.
-No se puede hacer nada -repitió la chica-. No entienden o no quieren, vaya a saber, pero no se puede hacer nada contra.
Le estaba hablando al guante, mirando a Lucho sin verlo le estaba hablando al guantecito negro casi invisible bajo el gran guante marrón.
-A mí me pasa igual -dijo Lucho-. Son incorregibles, es cierto.
-No es lo mismo -dijo la chica.
-Oh, sí, usted vio.
-No vale la pena hablar -dijo ella, bajando la cabeza-. Discúlpeme, fue culpa mía.
Era el juego, claro, pero por qué no era divertido, por qué él no lo sentía juego aunque no podía ser otra cosa, no había ninguna razón para imaginar que fuera otra cosa.
-Digamos que fue culpa de ellas -dijo Lucho apartando su mano para marcar el plural, para denunciar a las culpables en la barra, las enguantadas silenciosas distantes quietas en la barra.
-Es diferente -dijo la chica-. A usted le parece lo mismo, pero es tan diferente.
-Bueno, siempre hay una que empieza.
-Sí, siempre hay una.
Era el juego, no había más que seguir las reglas sin imaginar que hubiera otra cosa, una especie de verdad o de desesperación. Por qué hacerse el tonto en vez de seguirle la corriente si le daba por ahí.
-Usted tiene razón -dijo Lucho-. Habría que hacer algo en contra, no dejarlas.
-No sirve de nada -dijo la chica.
-Es cierto, apenas uno se distrae, ya ve.
-Sí -dijo ella-. Aunque usted lo esté diciendo en broma.
-Oh no, hablo tan en serio como usted. Mírelas. El guante marrón jugaba a rozar el guantecito negro inmóvil, le pasaba un dedo por la cintura, lo soltaba, iba hasta el extremo de la barra y se quedaba mirándolo, esperando.
La chica agachó aún más la cabeza y Lucho volvió a preguntarse por qué todo eso no era divertido ahora que no quedaba más que seguir jugando.
-Si fuera en serio -dijo la chica, pero no le hablaba a él, no le hablaba a nadie en el vagón casi vacío-. Si fuera en serio, entonces a lo mejor.
-Es en serio -dijo Lucho- y realmente no se puede hacer nada en contra.
Ahora ella lo miró de frente, como despertándose; el metro entraba en la estación Convention.
-La gente no puede comprender -dijo la chica-. Cuando es un hombre, claro, enseguida se imagina que.
Vulgar, desde luego, y además habría que apurarse porque sólo quedaban tres estaciones.
-Y peor todavía si es una mujer -estaba diciendo la chica-. Ya me ha pasado y eso que las vigilo desde que subo, todo el tiempo, pero ya ve.
-Por supuesto -aceptó Lucho-. Llega ese minuto en que uno se distrae, es tan natural, y entonces se aprovechan.
-No hable por usted -dijo la chica-. No es lo mismo. Perdóneme, yo tuve la culpa, me bajo en Corentin Celton.
-Claro que tuvo la culpa -se burló Lucho-. Yo tendría que haber bajado en Vaugirard y ya ve, me ha hecho pasar dos estaciones.
El viraje los tiró contra la puerta, las manos resbalaron hasta juntarse en el extremo de la barra. La chica seguía diciendo algo, disculpándose tontamente; Lucho sintió otra vez los dedos del guante negro que se trepaban a su mano, la ceñían. Cuando ella lo soltó bruscamente murmurando una despedida confusa, no quedaba más que una cosa por hacer, seguirla por el andén de la estación, ponerse a su lado y buscarle la mano como perdida boca abajo al término de la manga, balanceándose sin objeto.
-No -dijo la chica-. Por favor, no. Déjeme seguir sola.
-Por supuesto -dijo Lucho sin soltarle la mano-. Pero no me gusta que se vaya así, ahora. Si hubiéramos tenido más tiempo en el metro.
-¿Para qué? ¿De qué sirve tener más tiempo?
-A lo mejor hubiéramos terminado por encontrar algo, juntos. Algo contra, quiero decir.
-Pero usted no comprende -dijo ella-. Usted piensa que.
-Vaya a saber lo que pienso -dijo honradamente Lucho-. Vaya a saber si en el café de la esquina tienen buen café, y si hay un café en la esquina, porque este barrio no lo conozco casi.
-Hay un café -dijo ella- pero es malo.
-No me niegue que se ha sonreído.
-No lo niego, pero el café es malo.
-De todas maneras hay un café en la esquina.
-Sí -dijo ella, y esta vez le sonrió mirándolo-. Hay un café pero el café es malo, y usted cree que yo.
-Yo no creo nada -dijo él, y era malditamente cierto.
-Gracias -dijo increíblemente la chica. Respiraba como si la escalera la fatigara, y a Lucho le pareció que estaba temblando, pero otra vez el guante negro pequeñito colgante tibio inofensivo ausente, otra vez lo sentía vivir entre sus dedos, retorcerse, apretarse enroscarse bullir estar bien estar tibio estar contento acariciante negro guante pequeñito dedos dos tres cuatro cinco uno, dedos buscando dedos y guante en guante, negro en marrón, dedo entre dedo, uno entre uno y tres, dos entre dos y cuatro. Eso sucedía, se balanceaba ahí cerca de sus rodillas, no se podía hacer nada, era agradable y no se podía hacer nada o era desagradable pero lo mismo no se podía hacer nada, eso ocurría ahí y no era Lucho quien estaba jugando con la mano que metía sus dedos entre los suyos y se enroscaba y bullía, y tampoco
de alguna manera la chica que jadeaba al llegar a lo alto de la escalera y alzaba la cara contra la llovizna como si quisiera lavársela del aire estancado y caliente de las galerías del metro.
-Vivo ahí -dijo la chica, mostrando una ventana alta entre tantas ventanas de tantos altos inmuebles iguales en la acera opuesta-. Podríamos hacer un nescafé, es mejor que ir a un bar, yo creo.
-Oh sí -dijo Lucho, y ahora eran sus dedos los que se iban cerrando lentamente sobre el guante como quien aprieta el cuello de un gatito negro.
La pieza era bastante grande y muy caliente, con una azalea y una lámpara de pie y discos de Nina Simone y una cama revuelta que la chica avergonzadamente y disculpándose rehizo a tirones. Lucho la ayudó a poner tazas y cucharas en la mesa cerca de la ventana, hicieron un nescafé fuerte y azucarado, ella se llamaba Dina y él Lucho. Contenta, como aliviada, Dina hablaba de la Martinica, de Nina Simone, por momentos daba una impresión de apenas núbil dentro de ese vestido liso color lacre, la minifalda le quedaba bien, trabajaba en una notaría, las fracturas de tobillo eran penosas pero esquiar en febrero en la Haute Savoie, ah. Dos veces se había quedado mirándolo, había empezado a decir algo con el tono de la barra en el metro, pero Lucho había bromeado, ya decidido a basta, a otra cosa, inútil insistir
y al mismo tiempo admitiendo que Dina sufría, que a lo mejor le hacía daño renunciar tan pronto a la comedia como si eso tuviera ahora la menor importancia. Y a la tercera vez, cuando Dina se había inclinado para echar el agua caliente en su taza, murmurando de nuevo que no era culpa suya, que
solamente de a ratos le pasaba, que ya veía él como todo era diferente ahora, el agua y la cucharita, la obediencia de cada gesto, entonces Lucho había comprendido pero vaya a saber qué, de golpe había comprendido y era diferente, era del otro lado, la barra valía, el juego no había sido un juego, las fracturas de tobillo y el esquí podían irse al diablo ahora que Dina hablaba de nuevo sin que él la interrumpiera o la desviara, dejándola, sintiéndola, casi esperándola, creyendo porque era absurdo, a menos que sólo fuera porque Dina con su carita triste, sus menudos senos que desmentían el trópico, sencillamente porque Dina. A lo mejor habría que encerrarme, había dicho Dina sin exageración, en cualquier momento ocurre, usted es usted, pero otras veces. Otras veces qué. Otras veces insultos, manotazos a las nalgas, acostarse enseguida, nena, para qué perder tiempo. Pero entonces.
Entonces qué. Pero entonces, Dina.
-Yo pensé que había comprendido -dijo Dina, hosca-. Cuando le digo que a lo mejor habría que encerrarme.
-Tonterías. Pero yo, al principio.
-Ya sé. Cómo no le iba a ocurrir al principio. Justamente es eso, al principio cualquiera se equivoca, es tan lógico. Tan lógico, tan lógico. Y encerrarme también sería lógico.
-No, Dina.
-Pero sí, carajo. Perdóneme. Pero sí. Sería mejor que lo otro, que tantas veces. Ninfo no sé cuánto. Putita, tortillera. Sería bastante mejor al fin y al cabo. O cortármelas yo misma con el hacha de picar carne. Pero no tengo una hacha -dijo Dina sonriéndole como para que la perdonara una vez más, tan
absurda reclinada en el sillón, resbalando cansada, perdida, con la minifalda cada vez más arriba, olvidada de sí misma, mirándolas solamente tomar una taza, echar el nescafé, obedientes hipócritas hacendosas tortilleras putitas ninfo no sé cuánto.
-No diga tonterías -repitió Lucho, perdido en algo que jugaba a cualquier cosa ahora, a deseo, a desconfianza, a protección-. Ya sé que no es normal, habría que encontrar las causas, habría que. De todas maneras para qué ir tan lejos. El encierro o el hacha, quiero decir.
-Quién sabe -dijo ella-. A lo mejor habría que ir muy lejos, hasta el final.
A lo mejor sería la única manera de salir.
-¿Qué quiere decir lejos? -preguntó Lucho, cansado-. ¿Y cuál es el final?
-No sé, no sé nada. Tengo solamente miedo. Yo también me impacientaría si otro me hablara así, pero hay días en que. Sí, días. Y noches.
-Ah -dijo Lucho acercando el fósforo al cigarrillo-. Porque también de noche, claro.
-Sí.
-Pero no cuando está sola.
-También cuando estoy sola.
-También cuando está sola. Ah.
-Entiéndame, quiero decir que.
-Está bien -dijo Lucho, bebiendo el café-. Está muy bueno, muy caliente. Lo que necesitábamos con un día así.
-Gracias -dijo ella simplemente, y Lucho la miró porque no había querido agradecerle nada, simplemente sentía la recompensa de ese momento de reposo, de que la barra hubiera cesado por fin.
-Y eso que no era malo ni desagradable -dijo Dina como si adivinara-. No me importa que no me crea, pero para mí no era malo ni desagradable, por primera vez.
-¿Por primera vez qué?
-Eso, que no fuera malo ni desagradable.
-¿Que se pusieran a.?
-Sí, que de nuevo se pusieran a, y que no fuera ni malo ni desagradable.
-¿Alguna vez la llevaron presa por eso? -preguntó Lucho, bajando la taza hasta el platillo con un movimiento lento y deliberado, guiando su mano para que la taza aterrizara exactamente en el centro del platillo. Contagioso, che.
-No, nunca, pero en cambio. Hay otras cosas. Ya le dije, los que piensan que es a propósito y también ellos empiezan, igual que usted. O se enfurecen, como las mujeres, y hay que bajarse en la primera estación o salir corriendo de la tienda o del café.
-No llores -dijo Lucho-. No vamos a ganar nada si te pones a llorar.
-No quiero llorar -dijo Dina-. Pero nunca había podido hablar con alguien así, después de. Nadie me cree, nadie puede creerme, usted mismo no me cree, solamente es bueno y no quiere hacerme daño.
-Ahora te creo -dijo Lucho-. Hasta hace dos minutos yo era como los otros. A lo mejor deberías reírte en vez de llorar.
-Ya ve -dijo Dina, cerrando los ojos-. Ya ve que es inútil. Tampoco usted, aunque lo diga, aunque lo crea. Es demasiado idiota.
-¿Te has hecho ver?
-Sí. Ya sabés, calmantes y cambio de aire. Unos cuantos días te engañás, pensás que.
-Sí -dijo Lucho, alcanzándole los cigarrillos-. Espera. Así. A ver qué hace.
La mano de Dina tomó el cigarrillo con el pulgar y el índice, y a la vez el anular y el meñique buscaron enroscarse en los dedos de Lucho que mantenía el brazo tendido, mirando fijamente. Libre del cigarrillo, sus cinco dedos bajaron hasta envolver la pequeña mano morena, la ciñeron apenas, empezando una lenta caricia que resbaló hasta dejarla libre, temblando en el aire; el cigarrillo cayó dentro de la taza. Bruscamente las manos subieron hasta la cara de Dina, doblada sobre la mesa, quebrándose en un hipo como de vómito.
-Por favor -dijo Lucho, levantando la taza-. Por favor, no. No llores así, es tan absurdo.
-No quiero llorar -dijo Dina-. No tendría que llorar, al contrario, pero ya ves.
-Toma, te va a hacer bien, está caliente; yo haré otro para mí, espera que lave la taza.
-No, déjame a mí.
Se levantaron al mismo tiempo, se encontraron al borde de la mesa. Lucho volvió a dejar la taza sucia sobre el mantel; las manos les colgaban lacias contra los cuerpos; solamente los labios se rozaron, Lucho mirándola de lleno y Dina con los ojos cerrados, las lágrimas.
-Tal vez -murmuró Lucho-, tal vez sea esto lo que tenemos que hacer, lo único que podemos hacer, y entonces.
-No, no, por favor -dijo Dina, inmóvil y sin abrir los ojos-. Vos no sabes lo que. No, mejor no, mejor no.
Lucho le había ceñido los hombros, la apretaba despacio contra él, la sentía respirar contra su boca, un aliento caliente con olor de café y de piel morena. La besó en plena boca, ahondando en ella, buscándole los dientes y la lengua; el cuerpo de Dina se aflojaba en sus brazos, cuarenta minutos antes su mano había acariciado la suya en la barra de un asiento de metro, cuarenta minutos antes un guante negro pequeñito sobre un guante marrón. La sentía resistir apenas, repetir la negativa en la que había habido como el principio de una prevención, pero todo cedía en ella, en los dos, ahora los dedos de Dina subían lentamente por la espalda de Lucho, su pelo le entraba en los ojos, su olor era un olor sin palabras ni prevenciones, la colcha azul contra sus cuerpos, los dedos obedientes buscando los cierres,
dispersando ropas, cumpliendo las órdenes, las suyas y las de Dina contra la piel, entre los muslos, las manos como las bocas y las rodillas y ahora los vientres y las cinturas, un ruego murmurado, una presión resistida, un echarse atrás, un instantáneo movimiento para trasladar de la boca a los dedos y de los dedos a los sexos esa caliente espuma que lo allanaba todo, que en un mismo movimiento unía sus cuerpos y los lanzaba al juego. Cuando encendieron cigarrillos en la oscuridad (Lucho había querido apagar la
lámpara y la lámpara había caído al suelo con un ruido de vidrios rotos, Dina se había enderezado como aterrada, negándose a la oscuridad, había hablado de encender por lo menos una vela y de bajar a comprar otra bombilla, pero él había vuelto a abrazarla en la sombra y ahora fumaban y se
entreveían a cada aspiración del humo, y se besaban de nuevo), afuera llovía obstinadamente, la habitación recalentada los contenía desnudos y laxos, rozándose con manos y cinturas y cabellos se dejaban estar, se acariciaban interminablemente, se veían con un tacto repetido y húmedo, se olían en la
sombra murmurando una dicha de monosílabos y diástoles. En algún momento las preguntas volverían, las ahuyentadas que la oscuridad guardaba en los rincones o debajo de la cama, pero cuando Lucho quiso saber, ella se le echó encima con su piel empapada y le calló la boca a besos, a blandos mordiscos, sólo mucho más tarde, con otros cigarrillos entre los dedos, le dijo que vivía sola, que nadie le duraba, que era inútil, que había que encender una luz, que del trabajo a su casa, que nunca la habían querido, que había esa enfermedad, todo como si no importara en el fondo o fuese demasiado importante para que las palabras sirvieran de algo, o quizá como si todo aquello no fuera a durar más allá de la noche y pudiera prescindir de explicaciones, algo apenas empezado en una barra de metro, algo en que sobre todo había que encender una luz.
-Hay una vela en alguna parte -había insistido monótonamente, rechazando sus caricias-. Ya es tarde para bajar a comprar una bombilla. Déjame buscarla, debe estar en algún cajón. Dame los fósforos.
-No la enciendas todavía -dijo Lucho-. Se está tan bien así, sin vernos.
-No quiero. Se está bien pero ya sabes, ya sabes. A veces.
-Por favor -dijo Lucho, tanteando en el suelo para encontrar los cigarrillos-, por un rato que nos habíamos olvidado. ¿Por qué volvés a empezar? Estábamos bien, así.
-Déjame buscar la vela -repitió Dina.
-Búscala, da lo mismo -dijo Lucho alcanzándole los fósforos. La llama flotó en el aire estancado de la pieza dibujando el cuerpo apenas menos negro que la oscuridad, un brillo de ojos y de uñas, otra vez tiniebla, frotar de otro fósforo, oscuridad, frotar de otro fósforo, movimiento brusco de la llama que se apagaba en el fondo de la pieza, una breve carrera como sofocada, el peso del cuerpo desnudo cayendo de través sobre el suyo, haciéndole daño contra las costillas, su jadeo. La abrazó estrechamente, besándola sin saber de qué o por qué tenía que calmarla, le murmuró palabras de alivio, la tendió contra él, bajo él, la poseyó dulcemente y casi sin deseo desde una larga fatiga, la entró y la remontó sintiéndola crisparse y ceder y abrirse y ahora, ahora, ya, ahora, así, ya, y la resaca devolviéndolos a un descanso boca arriba mirando la nada, oyendo latir la noche con una sangre de lluvia allí fuera, interminable gran vientre de la noche guardándolos de los miedos, de barras de metro y lámparas rotas y fósforos que la mano de Dina no había querido sostener, que había doblado hacia abajo para quemarse y quemarla, casi como un accidente porque en la oscuridad el espacio y las posiciones cambian y se es torpe como un niño pero después el segundo fósforo aplastado entre dos dedos, cangrejo rabioso quemándose con tal de destruir la luz, entonces Dina había tratado de encender un último fósforo
con la otra mano y había sido peor, no podía ni decirlo a Lucho que la oía desde un miedo vago, un cigarrillo sucio. No te das cuenta que no quieren, es otra vez. Otra vez qué. Eso. Otra vez qué. No, nada, hay que encontrar la vela. Yo la buscaré, dame los fósforos. Se cayeron allá, en el rincón.
Quédate quieta, espera. No, no vayas, por favor no vayas. No, dejame, yo los encontraré. Vamos juntos, es mejor. No, dejame, yo los encontraré, decime dónde puede estar esa maldita vela. Por ahí, en la repisa, si encendieras un fósforo a lo mejor. No se verá nada, dejame ir. Rechazándola despacio, desanudándole las manos que le ceñían la cintura, levantándose poco a poco.
El tirón en el sexo lo hizo gritar más de sorpresa que de dolor, buscó como un látigo el puño que lo ataba a Dina tendida de espaldas y gimiendo, le abrió los dedos y la rechazó violentamente. La oía llamarlo, pedirle que volviera, que no volvería a pasar, que era culpa de él por obstinarse.
Orientándose hacia lo que creía el rincón se agachó junto a la cosa que podía ser la mesa y tanteó buscando los fósforos, le pareció encontrar uno pero era demasiado largo, quizá un escarbadientes, y la caja no estaba ahí, las palmas de las manos recorrían la vieja alfombra, de rodillas se arrastraba bajo la mesa; encontró un fósforo, después otro, pero no la caja; contra el piso parecía todavía más oscuro, olía a encierro y a tiempo.
Sintió los garfios que le corrían por la espalda, subiendo hasta la nuca y el pelo, se enderezó de un salto rechazando a Dina que gritaba contra él y decía algo de la luz en el rellano de la escalera, abrir la puerta y la luz de la escalera, pero claro, cómo no habían pensado antes, dónde estaba la puerta, ahí al frente, no podía ser puesto que la mesa quedaba de lado, bajo la ventana, te digo que ahí, entonces andá vos que sabes, vamos los dos, no quiero quedarme sola ahora, soltame o te pego, no, no, te digo que me
sueltes. El empellón lo dejó solo frente a un jadeo, algo que temblaba ahí al lado, muy cerca; estirando los brazos avanzó buscando una pared, imaginando la puerta; tocó algo caliente que lo evadió con un grito, su otra mano se cerró sobre la garganta de Dina como si apretara un guante o el cuello de un gatito negro, la quemazón le desgarró la mejilla y los labios, rozándole un ojo, se tiró hacia atrás para librarse de eso que seguía aferrando la garganta de Dina, cayó de espaldas en la alfombra, se arrastró
de lado sabiendo lo que iba a ocurrir, un viento caliente sobre él, la maraña de uñas contra su vientre y sus costillas, te dije, te dije que no podía ser, que encendieras la vela, busca la puerta en seguida, la puerta.
Arrastrándose lejos de la voz suspendida en algún punto del aire negro, en un hipo de asfixia que se repetía y repetía, dio con la pared, la recorrió enderezándose hasta sentir un marco, una cortina, el otro marco, la falleba; un aire helado se mezcló con la sangre que le llenaba los labios, tanteó
buscando el botón de la luz, oyó detrás la carrera y el alarido de Dina, su golpe contra la puerta entornada, debía haberse dado con la hoja en la frente, en la nariz, la puerta cerrándose a sus espaldas justo cuando apretaba el botón de la luz. El vecino que espiaba desde la puerta de enfrente lo miró y con una exclamación ahogada se metió dentro y trancó la puerta, Lucho desnudo en el rellano lo maldijo y se pasó los dedos por la cara que le quemaba mientras todo el resto era el frío del rellano, los pasos que subían corriendo desde el primer piso, abrime, abrí en seguida, por Dios abrí, ya hay luz, abrí que ya hay luz. Adentro el silencio y como una espera, la vieja envuelta en la bata violeta mirando desde abajo, un chillido, desvergonzado, a esta hora, vicioso, la policía, todos son iguales, madame Roger, madame Roger! «No me va a abrir», pensó Lucho sentándose en el primer peldaño, sacándose la sangre de la boca y los ojos, «se ha desmayado con el golpe y está ahí en el suelo, no me va a abrir, siempre lo mismo, hace frío, hace frío». Empezó a golpear la puerta mientras escuchaba las voces en el departamento de enfrente, la carrera de la vieja que bajaba llamando a madame Roger, el inmueble que se despertaba en los pisos de abajo, preguntas y rumores, un momento de espera, desnudo y lleno de sangre, un loco furioso, madame Roger, abríme Dina, abríme, no importa que siempre haya sido así pero abríme, éramos otra cosa, Dina, hubiéramos podido encontrar juntos, por qué estás ahí en el suelo, qué te hice yo, por
qué te golpeaste contra la puerta, madame Roger, si me abrieras encontraríamos la salida, ya viste antes, ya viste cómo todo iba tan bien, simplemente encender la luz y seguir buscando los dos, pero no querés abrirme, estás llorando, maullando como un gato lastimado, te oigo, te oigo, oigo a madame Roger, a la policía, y usted hijo de mil putas por qué me espía desde esa puerta, abríme, Dina, todavía podemos encontrar la vela, nos lavaremos, tengo frío, Dina, ahí vienen con una frazada, es típico, a un hombre desnudo se lo envuelve en una frazada, tendré que decirles que estás ahí tirada, que traigan otra frazada, que echen la puerta abajo, que te limpien la cara, que te cuiden y te protejan porque yo ya no estaré ahí, nos separarán enseguida, verás, nos bajarán separados y nos llevarán lejos uno de otro, qué mano buscarás, Dina, qué cara arañarás ahora mientras te llevan entre todos y madame Roger.






*Julio Cortázar -Del libro Octaedro

-Fuente: http://titadixit.wordpress.com/2007/11/16/cuello-de-gatito-negro/













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Ella estaba acostada, el ruido de la puerta al cerrarse, las manos que la recorrían. Freud dijo que uno no es responsable de sus sueños y recordando eso fue más allá de lo que nunca hubiera imaginado. En la cama encontró una nota al despertarse:

-Sueña Ud que es una maravilla, señorita, que sus sueños no queden solo para su psicoanalista -.





*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







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ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
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CONTENIDO:

· ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.
· NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.
· - Cuentos cortos. Joan Mateu i Marti.
· POEMARIO: Poemas. Blanca Helena Muñoz de Escobar.
· AUSTRIA: Poemas. Wolfgang Kauer.


La edición impresa de XICóATL # 86 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


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Thursday, February 26, 2009

DE NUESTRA EDAD SIN ORILLAS...




DE NUESTRA EDAD SIN ORILLAS...



Pequeño adagio de pueblo*

A Diamante, certero en el corazón.



Lo vi tenderse blanco, mansamente.
Por un costado, la bruna vastedad de un mar antiguo,
por el otro, la gracia innumerable de los campos
cuidada por el parpadeo de los girasoles.
Detrás del regio nombre, callejeaban sin llaves
los pormenores descalzos de la infancia.
En él había solapas y baldíos
visteando con ahinco los aires secretos de las siestas.
La casa olía a pan gregario en las mañanas,
a riego en las veredas de la tarde.
En el jardín, la luz colgaba insignias de hojas,
como preseas de una alta condición de astros sin nombre,
y sobre el rumbo lustroso de la galería,
un arpegio de puntuales guardapolvos
se urgía hacia el imán de la campana.
Santiamenes de truenos y aguaceros,
y los barquitos zarpaban con el bauprés cuneta abajo,
de palo mayor algún remoto escarbadientes.
En el verano, la sedosa fruición de los damascos
llenándonos de fiestas a puñados
hasta el íntimo escollo del carozo;
o la insurrección rasposa de la higuera,
que urticaba la piel como una represalia;
o bien el mundo sonriendo en las naranjas,
o también en la sandía, que asomaba en un balde
desde las penumbras vedadas del aljibe.
Para escardar las nubes con cometas
sólo hacía falta volar, y eso era fácil:
había que imitar el estilo fugado
de picaflores, mariposas y vilanos
a bordo de un tapial ingrávido de risas.
También, a veces, los primos y las primas de visita,
nombrando la claridad sencilla de las cosas
a través de un teatrino de locos argumentos.
Entre los nombres que me llegan de improviso,
muy cerca del temblor primero, recuerdo el de Emérita,
que cuidó con paciencias de almidón y sopas
las turbulencias disfónicas de nuestra edad sin orillas.



¡Oh admisiones de bonanza los brazos de mi padre,
las severas ternuras de mi madre!
(Vacilo en los espacios sin brumas ni minúsculas
que estos nombres de elegía me provocan).


Algunos miedos, propensos a nuestras reinos,
nos unían hasta la médula misma del abrazo.
Mas no se apagaban con agua los fuegos de la hora,
el corazón siempre a mano en los bolsillos,
cuando la pobreza no era asunto de importancia
y vivir, en todo caso, una simple cuestión de fidelidades.



¿Cómo nombrar aquella paz que ni siquiera conocíamos,
aquellos espejos que no nos demandaban,
aquel mañana aún no averiguado?
¿Cómo escribir de un solo trazo
una palabra que traduzca sin pérdidas, fisuras ni traiciones
la identidad de la espiga y las albricias?


Con la callada perfección de la rosa,
el tiempo labra sus respuestas privadas,
y la memoria en la nada nos diluye y nos libera.




*de Abel Edgardo Schaller. abelnegroschaller@yahoo.com.ar
Paraná, febrero de 2009






La balada de Haroldo Conti*
A Haroldo Conti



Haroldo sueña que es un árbol que sueña que es un hombre que quiere soñar que no sucede esto. Entonces pájaro, un ave en su verde jaula de fronda. Jaula no, no ésta donde ya es anciano del dolor. Quiere la dulce luz del verano que recubra como un velo los huesos rotos. ”Si no volviese yo, la primavera siempre volverá”, busca florecer. En la memoria ya ha florecido en hojas de libros, de álamos, en caminos de ríos y palabras, camino hijo, su pajarito árbol. Haroldo se piensa hacia atrás, antes de lo que nunca debería haber pasado, cuando era un fresco cuerpo con vida que respiraba la tierra enviándole señales. Busca un
bosque húmedo, los otros árboles – cuerpos soñando un mundo verde. El olor de los hombres, de la tierra, el olor de lo unido, para espantar este olor, este asco de verde uniforme-golpe, este olor de futuro muerto. ¡Y todo por soñar!. Mientras el sueño gira, Ernesto, su hijo, sueña un padre vivo, no esa foto en el pecho de la madre, para crecer amparado por su sombra, un padre árbol para columpiarse con él en los ríos del aire, para encenderse por dentro y descansar los ojos de lo que vio ese día. Nosotros lo soñamos más viejo, desafiante del tiempo detenido, soñamos que leemos su nuevo libro en un país que todavía existe.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar














¿ADÓNDE ESTÁ EL PETISO ARMAND?*





*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







Cuando mi niñez era una florcita de cardo al viento por las calles polvorientas, empecinadamente solitarias de mi pueblo. Cuando aparecen de pronto las primeras identificaciones , los primeros ídolos, es decir, con otro chico más hábil o más diestro o que nosotros veíamos como más hábil o audaz o más independiente, o –no podías ser de otro modo en aquel tiempo- algunos jugadores de fútbol que uno tomaba como ídolos, pero que fueran de carne y hueso, que uno lo viera no sólo jugar, sino fumar, caminar, escupir, bailar con alguna muchacha casadera del pueblo. Alguien que para uno también fuera humano y no esos ídolos al que adheríamos y que jugaban en la primera de Central –como Oscar Massei- sino uno que jugara en el club de los amores de nuestro propio pueblo. Pero, claro, no podía ser cualquiera. Nos tenía que gustar cómo jugaban pero a veces la condición de forasteros ponía un plus de emoción y de adhesión que podía ser fundamental en el esquema de las adhesiones incondicionales.

Yo, como no podía ser menos, tuve un primer ídolo futbolístico en esos primeros años de cuyo nombre no me acuerdo pero sí del apellido y del apodo que se había ganado o ya venía con él, adherido como una estampilla de origen. Era rosarino, de apellido Arman, de sobrenombre Petiso, venía de las huestes del club Sparta, que en aquellos años jugaba, creo, en la Liga Rosarina. Sparta para nosotros, pobres almitas humildes que nunca habíamos pasado del cementerio para el día de los Difuntos, sonaba como el Juventus, el Milan o el Real Madrid, que por otro lado nunca habíamos oído nombrara ni por las tapas.
Apareció un día con la casaca colorada, con el ocho en la espalda, y empezó a volvernos locos con su magia y su inteligencia. Tal vez cuando bajó del tren que llegaba puntual a las 11,30 todos los días hábiles de la estación Rosario Central, algún curioso que lo vio bajar con su cabello rubio que se peinaba hacia arriba como para restar esa baja estatura que habrá sido su estigma, y lo vio caminar como un gallito chueco le dio “placet” de futbolista sin saber quién era, porque tenía toda la traza que en ese tiempo gastaban los futbolistas salidos no de una escuela de fútbol sino del mero potrero de los tantos que pululaban en la ciudad que era, como hoy, semillero de cracks.
El habrá bajado los cuatro escalones de la Estación, cruzado la plazoleta con sus palmeras y sus bancos para enamorados y luego de atravesar la calle subir a la vereda de la tienda Blanco y Negro y por esa misma vereda caminar los casi cien metros que lo separaban del club y entrando sin vacilar por esas grandes puertas de madera de entonces –madera y vidrio y cortinitas rojas- habrá entornado los ojos para acostumbrarse al cambio de luz y se habrá dirigido al mostrador del bar y habrá inquirido por el nombre del presidente del Club, dándose a conocer (o no) y picando la curiosidad de todos los presentes que por otro lado es muy fácil de provocar con la llegada de un extraño en las pequeñas comunidades.
Los contertulios de esa hora lo habrán mirado con curiosidad indisimulada, habrán dejado de jugar a las cartas, mientras los billaristas habrán posado sus tacos en el piso y observado con atención su catadura y cuando el conserje buscaba con la mirada algún muchacho de los tantos que pasan al santo día en el Club, habrá observado curioso toda la instalación de la sede, con sus banderines y sus copas y cuando el muchacho de marras –cuyo rostro olvidaría para siempre- habrá salido presuroso al pedido conminatorio del conserje en busca del presidente que vivía justo enfrente.
Lo cierto es que –como muchas veces sucede- el Petiso Armand pese a ser un jugador muy bueno, que sobresalía por sobre el resto y por sobre muchos de los otros jugadores de la liga de la zona, no llegó a quedarse mucho tiempo como titular de la camiseta número ocho.
Corrían rumores: que parte de la comisión no lo apreciaba, que era un poco díscolo y con una pizca más que tolerable de soberbia, empezó a ser resistido por esa parte de la comisión y que luego –dicen los mayores- esa molestia se trasladó a parte de la masa societaria, en fin, concluyendo que no quedó mucho tiempo formando parte de la escuadra huracanista.
Era, por lo que recuerdo, y los recuerdos de un niño pueden no ser objetivos casi nunca y no tienen por qué, por otro lado, digo que era un jugador de excepción para aquellos años y para nosotros. Por otra parte no se le puede exigir a un coranzoncito arrebatado que no lo recuerde como muy hábil con la pelota, que se desmarcaba con facilidad, que bajaba a buscar la pelota como era función del ocho en ese entonces, que armaba bastante bien el juego en esa tarea del “insider” de esos tiempos.
Pero todo eso no bastó. Se lo empezó a ignorar y hasta que un día negro se cometió el sacrilegio de quitarle la titularidad y como no había banco en ese entonces fue directamente a jugar a la reserva o la Segunda como se le decía.
Esta división estaba compuesta por varias categorías: los jóvenes que constituían una promesa y eran los reemplazantes naturales cuando un titular se lesionaba, los que nunca pasaría de allí por no tener la calidad suficiente o los veteranos que estaban prontos a abandonar el fútbol para siempre, que eran pesados, tenían ya sus mañas y corrían muy poco. Allí se fogueaba a los muy jóvenes que tenían condiciones para saltar al primer equipo.
Tal vez, pienso ahora , lo habrán querida castigar para volverlo humilde y la verdad es que no estuvieron sutiles no a la altura de las circunstancias, sino todo lo contrario. Lo cierto es que ese día fatal en que lo vimos entrar con la camiseta descolorida como era la de la segunda división, camisetas que se habrían heredado luego de muchas campañas en primera división y que tenían que cumplir su ciclo antes de pasar a la categoría de trapo, nos dio una infinita tristeza.
En honor a la verdad lejana y anacrónica, una verdad que a nadie interesa sino a mí, es que él entró jugando con mucho desgano, casi no corría ni hacía todo lo que sabía, pero él se estaba despidiendo, ya estaba claro que era la última vez que se vestía con la roja y ese ocho en la espalda que sólo “Balazo” Renzi llevó años después con tanta o más soltura que él.
El malhumor se había extendido a toda la hinchada que empezó a hostigarlo porque se daba cuenta que no se exigía nada, pero soportaba los insultos con un estoicismo condescendiente y lejano, como un verdadero perdonavidas.
Pero al final, tanta agresión dio sus frutos, porque en un momento sintió que si estaba decidido a irse debía hacerlo de manera que los otros lo recordaran, si para eso existe el amor propio, por otro lado. Ese pequeño hombre, ese muchacho, se transformó de pronto en un David y se prodigó, se multiplicó en la cancha hasta ser el verdugo del pobre equipo que la suerte le puso enfrente ese día y que hoy ya es anécdota porque me olvidé de su nombre.
Yo era el que más contento estaba, porque mi ídolo no me había defraudado. Mi ídolo de quien yo discretamente trataba de estar siempre cerca cuando no estaba en la cancha, cerca de los vestuarios, o cuando bajaba del tren o lo tomaba de regreso. Él, por supuesto, ni me tenía en cuenta.
Faltaban diez minutos o menos, el Negro Durán le puso una pelota en los pies, luego de una pared perfecta y él se la devolvió para que el Negro fusilara al arquero con un golazo. Uno a cero hasta allí. Siguió el juego y al repetir la jugada, el Petiso comenzó a apilar defensores y cuando le salió el arquero queriendo taparle el arco –desesperadamente- con los brazos y las piernas bien abiertas, suavemente, dulcemente, le hizo un “caño” casi con desdén y la mandó a la red. Ganamos dos a cero y cuando la pitada final se produjo ya estábamos todos rodeándolo a él, al Petiso Armand que sólo miraba con tristeza todo ese barullo que había armado y del cual no parecía querer hacerse cargo.
Lo sacaron en andas de la cancha, pero él ni siquiera sonreía, sólo tenía una mirada ausente, la mirada de los tristes, o de los que tienen un dolor intenso y no les importa que el mundo se entere, porque saben que en el fondo nadie puede remediarlo porque para ello se tiene que poner en su lugar, algo que nunca sucede y entonces ese dolor no tiene fin.
Lo cierto es que aquella noche, no exentos de vergüenza los componentes adversos al Petiso de la comisión directiva le habrán prometido restituirlo al primer equipo y aún prometiéndole un aumento en el pago, pero el hombre ya estaba herido en su dignidad y ni se molestó en contestar. Tampoco se molestó en avisar que nunca más volvería a ponerse la camiseta color sangre con ese ocho en la espalda.
Es probable que al tiempo ya haya sido olvidado por todos, salvo por mí, porque era mi ídolo y uno a los ídolos les imita hasta la manera de escupir, como dice Borges para siempre.
Al otro día, cuando esperaba el tren, solitario, como todos los lunes, con un paquete bajo el brazo, cuyo contenido hoy olvidé y viendo que yo lo seguía con poca discreción en sus pasos, sus gestos y su más mínimo movimiento, sacó el papel con que envolvía esa probable muda de ropa y me dijo sin vacilar:
- Tomá pibe.
Yo tomé ese papel satinado, de color blanco, con un tomate tipo “perita”
Que no era sino una propaganda de la fábrica Spat, con suma unción, como si fuera el más preciado regalo del cielo ya que me lo daba mi ídolo.
Cuando subió al tren me saludó con la mano y colijo (o me gustaría pensar) que no se fue tan triste porque un chico, uno sólo, lo fue a despedir a la estación, pero no era cualquier chico, sino alguien en quien dejó una marca indeleble por el resto de la vida, hasta hoy.
Ese papel, recuerdo único de mi astro, anduvo conmigo durante años. Con él forré mi cuaderno de la escuela, cuando se fue desgastando corté prolijamente ese gran tomate rojo que tenía como logo la empresa de tomates y con el tiempo, lo perdí.







LA MORADA DEL ÍNCUBO*



No conocí a mi padre ni a mi madre. Tampoco al padre de mi hija.
Nací el 06/06/06
El día a que voy hacer referencia era día era mi cumpleaños.
Vivía sola en medio del monte en un rancho de chorizo. Como únicos mobiliarios había en el cuarto tres sillas con asiento de cuero de vaca y una mesa y un catre y un baúl de latón. Al medio de la pieza un bracero y al lado una silla petisa de algarrobo rústico.
El cielo estaba poblado de negros nubarrones pero el trabajo de campo no respeta campo no tiene horarios, ni clima.
Había tenido que salir a buscar la cabra negra parida.
No me di cuenta cuando empezó la tormenta de granizo. Caía con tanta furia que los árboles quedaron en un segundo desnudos. Por suerte era conocedora del lugar, la cueva de Diablo estaba muy cerca.
Buscando reparo entre las salientes rocosas encontré el lugar.
Estaba llena de arbustos, enredaderas y espinas. Cansada y con frío, intenté prender un
fueguito pero los fósforos se habían mojado.
Estaba preocupada, había dejado a la beba en la cuna, sola. O mejor dicho su única compañía era el perro negro.
El granizo seguía cayendo con furia, sabía que si salía estaba condenada a morir apedreada.
Me acosté en el suelo La cueva olía a orín y a bosta de caballo. Debo haberme quedado dormida. Me desperté con la sensación de una presencia cercana a mi cuerpo. Moví despacito la mano izquierda y me estremecí al tocar algo helado. Era suave y áspero al mismo tiempo. No tardé mucho en darme cuenta que era un viborón o una serpiente por el peso que sentía en mi vientre.
Paralizada, mi respiración se entrecortaba, traté de recordar que no era un animal peligroso si no se lo atacaba.
Sentí que seguía ascendiendo y que intentaba introducirse por debajo de la camiseta. No pude evitar un movimiento brusco y quedé boca arriba. Los pedregullos se incrustaban en mi espalda, se deslizó hacia mi pecho izquierdo. Al no tener corpiño fue fácil encontrar el pezón.
Succionó suavemente, primero de un pecho luego del otro. La sensación era rara, imposible describirla. Tenía la boca seca y el corazón me palpitaba.
Cuando el animal pareció saciado, con movimientos más lentos se alejó de mi cuerpo. Toda yo, un latido
Afuera el sol enrojecía suavemente el horizonte, el canto de los gallos anunciaban el final de la tormenta.
Me dirigí a casa, apurada, con sensaciones encontradas. Me preocupaba la nena.
Todo estaba en orden

Las cosas como por arte de magia comenzaron a mejorarse.
Me compré un arado nuevo. Después algunas vaquitas y mi tropilla de cabras era la más abundante de la zona.
Aunque la beba nunca caminó, Las cabras parían de a tres y las gallinas solo ponían huevos de dos yemas
No me preocupó que la nena nunca caminara ni su leve joroba.
Hasta contraté tres peones, a veces los veía murmurar tras mis espaldas pero tampoco eso me interesaba.
Jamás faltó dinero y hasta alcanzó para construir un cuarto aledaño al que me dirigía todas las nochecitas.
En la puerta de tablones rústicos sobresalía una cruz de madera, invertida..



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







ANALISIS DE LA INTERSECCION ENTRE HISTORIA ORAL Y PSICOANALISIS

Las verdades que se ocultan*

Freud planteó la división subjetiva entre saber (inconsciente) y verdad, en un momento histórico dominado por el idealismo filosófico y el positivismo científico. Sin embargo siempre fue más allá de eso, e insistió en no caer en lo dogmático.



Por Laura Capella*


El psicoanálisis ha estado siempre preocupado por la historia, inquietándose e incidiendo además en lo que se ha dado en llamar la subjetividad de la época. Heredero del pensamiento cartesiano, el sujeto que se deriva del cogito y que Lacan formaliza en su retorno a Freud, es un sujeto escindido, entre otras escisiones, entre saber y verdad. El sujeto del cogito se presenta en un rechazo a todo saber preconcebido, a todo saber anterior, tanto el que nos provee la razón, como el que nos proveen los sentidos.
Freud, dado el momento histórico en el que descubrió y desarrolló el psicoanálisis, fuertemente dominado por el idealismo filosófico y el positivismo científico debió apoyarse en el cientificismo del ideal de la ciencia, asegurándose, a la manera como las ciencias de la época se iban desplegando, innumerable casuística, el conocimiento de lo desarrollado hasta el momento por otros, etc. No obstante los recaudos y el respeto por el mundo científico, siempre fue más allá de eso. Hubo en Freud una insistencia en no caer en lo dogmático. Esto aparece expresado claramente en la conferencia XXXV (1932) titulada El problema de la concepción del universo. En esta conferencia critica duramente tanto la prohibición de pensar de las religiones, como la de ciertas filosofías políticas, manifestando lo nocivo que esto resulta no sólo para el hombre en general -es particularmente notable como especifica lo perjudicial que resultó para el genero femenino la prohibición a la mujer de siquiera pensar en la sexualidad- sino también para la comunidad de los hombres. En este sentido, Freud ha incluido su obra como parte de la gran obra de la humanidad
Es en este "ir más allá" que queremos detenernos. Lacan ha dicho en varios textos: Marx y Lenin, Freud y Lacan, los hombres de la verdad. Consideramos que es esa verdad uno de los puntos más importantes de intersección de las entrevistas en historia oral y psicoanálisis. ¿Qué podemos decir de esa verdad en disyunción con el saber? ¿Y en qué Marx y Lenin se asocian con Freud y Lacan?
Respecto de la verdad en disyunción con el saber se vincula a la concepción de la verdad como no-toda y también a la concepción de la verdad como causa. Ambas van más allá de los saberes tanto científicos como vivenciales. Por otro lado, lo que comparten Marx y Lenin con Freud y Lacan es que los primeros de cada par descubrieron algo que se ocultaba aun para las ciencias, tan meticulosas en buscar una verdad, que como dice Freud es la coincidencia con la realidad independientemente de nosotros mismos; y los segundos avanzaron en pos de ese descubrimiento y lo sostuvieron.
El marxismo descubre una verdad oculta para aquellos que pensaban la sociedad en relación al paradigma contractualista. Más allá de los grandes pensadores del iluminismo que planteaban la sociedad posible gracias a un pacto social, Marx descubre la dominación de una clase sobre otra, la lucha de clases y el concepto de plusvalía. Freud, por su lado, en pleno auge y optimismo del racionalismo, descubre que tanto a nivel intelectual como afectivo hay un más allá de la conciencia, más allá que constituye la condición misma de lo psíquico: el inconsciente. Y en ello se oculta una verdad. Dice de manera admirable en "El malestar en la cultura": "La verdad oculta detrás de todo esto, que negaríamos de buen grado, es la de que el hombre no es una criatura tierna y necesitada de amor, que sólo osaría defenderse si se le atacara, sino, por el contrario, un ser entre cuyas disposiciones pulsionales también debe incluirse una buena porción de agresividad. Por consiguiente, el prójimo no le representa únicamente un posible colaborador y objeto sexual, sino también un motivo de tentación para satisfacer en él su agresividad, para explotar su capacidad de trabajo sin retribuirla, para aprovecharlo sexualmente sin su consentimiento, para apoderarse de sus bienes, para humillarlo, para ocasionarle sufrimientos, martirizarlo y matarlo. Homo homini lupus".



*Psicóloga, psicoanalista, escritora. Fragmento de un trabajo que será presentado con otros en el II Congreso Argentino-Latinoamericano de Derechos Humanos.


-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-17457-2009-02-26.html







Lluvia*



En el silencio del jardín
solo se oye
el adelantarse de los labios

de la flor
hacia
la transparencia.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






'TEAR and SHARE' *



En tardes como esta quisiera tener
aceitunas negras, aceitunas verdes
verdes como el trigo, verdes como la esperanza
que el vino francés tenga el mismo aroma
del tinto corriente que el abuelo le echaba
a su sopa la vez que le vi.

quisiera más que nada

sentirme una sirena,
saberme ya sin dietas,
caracol con pies.
y más que un 'tear and share',
quisiera comer una pizza grande de cebolla y queso,
mientras que en la plaza la gente paseara
su calor nocturno, quisiera dormir bajo grandes árboles,
entre mis dos padres, verlos sonreír.

más vale si quisieras

tener la sangre por primera vez menstruada,
los ojos perdidos en los cuadros, la canoa sin remo,
el jeep saltando esteros, ranchos de a pedazos, los trinos, y arriba
muy rígida, vestida de corona y manto, la santa, muy Virgen,
junto a la bandera, tan celeste y blanca,
con gritos y en armas, ambas mancilladas.
Quisiera yo ser fugaz y trasnochada,
suspirar entre besos en el cine, despertar
sin luz mala, cruzar el puente ferroviario, jugar al tire diez,
reír y llorar, mirar el río, tomar el bus, ir a la escuela,
dormir y soñar.

todas esas cosas poderlas hacer

Pero mientras los recuerdos vagan,
allá en Argentina los diarios desuellan
la patria encendida

y entonces quisiera volver a pelear:
sin tanto to tear y mucho to share
poder intentarlo, sin nunca olvidar.





*de Marta Zabaleta(C) mzabaletagood@gmail.com

Londres, 2009, 25 febrero.
* nombre de pan italiano Made in England.
Poema de libro inédito: 'Dulce de leche. Pseudo memorias'.




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Tuesday, February 24, 2009

LOS DESPIERTA DEL LETARGO NO QUERIDO...




*

Los sentimientos

saltan al vacío

cuando una mirada

una caricia

una palabra

los despierta del letargo no querido.



Y qué es sentir sino vivir.



Cuando el camino se angosta

y sólo queda la palabra,

la propia,

el sustento de vida

es la significación del sonido

que se hace presente,

como el hálito primero

que vuelve a nosotros

y nos sostiene.



*de Zulma Molaro. zulmamolaro@gigared.com
-Enviado para compartir por Oscar Á. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar






LOS DESPIERTA DEL LETARGO NO QUERIDO...






LA VIDA QUIETA DE SANTIAGO*




Uno, dos, tres y cuatro.
Uno, dos, tres y cuatro.
Cuatro baldosas, más no. Tenía que ser par, debía ser par.
También podían ser dos, pero...
Dos es tan poco. Un trecho más y cuatro...


Así la vida de Santiago iba transcurriendo sobre esas baldosas rojas de la casa. Los atardeceres a veces lo sorprendían con la mirada cuadrada y roja.
Le llegó la jubilación por esas cosas, pero jamás supo si trabajó o lo habían trabajado.

Estaba solo. Vivía solo. Su familia que consistía únicamente en su mujer lo había dejado contando sus baldosas.

Cuantas riñas, cuantos intentos de abrirle los ojos a la vida, cuantas palabras sacudidas tuvo que gastar Rosa diciéndole con una impotencia de años que no podía seguir así.

¡Fue tanto el sufrimiento de esa mujer! ¿Qué otra cosa podía hacer sino marcharse dejándolo en su aniquilante mundo?
Uno, dos, tres y cuatro.
Uno, dos, tres y cuatro.
Cuatro baldosas, más no. Tenía que ser par, debía ser par.
También podían ser dos, pero...
Dos es muy poco. Un trecho más y ... cuatro.


Ese continuo contar parejo quizá consistía en la leve conciencia que se permitía su pacífica locura, el deseo de no estar solo. Por eso par y no sólo dos sino cuatro. Como cuatro pasos caminando hacia un futuro que nunca se pensó y que tal vez en los umbrales de la muerte aparecía aglomerándose desesperadamente inmovilizado.

El sol pegaba sobre las desiertas y viejas baldosas del patio. Ya no eran cuatro sino cuarenta o más como siempre y estaban intactas sin dejar ver el paso de los años. Tan quietas como la vida de Santiago.



*de MARTA BEATRIZ MULTINI.
-mensajes a : zurmy@yahoo.com.ar






LA PATENTE*


Las caras de los componentes de la mesa del Consejo de Patentes, reflejaban desde una indignación contenida hasta una risa manifiesta. Algunos mostraban también verguenza y un cierto rictus de sorpresa y consternación.

Stefany Plumkier, satisfecha de su invento, sonrió abiertamente mientras trataba de explicarles el funcionamiento de aquel artilugio de plástico de treinta centímetros de largo, con forma de cilindro acabado en cúpula que al conectarlo se ponía a vibrar.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es






BATcelona*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO Alegría, alegría, suenen campanas al vuelo y échese el pueblo a las calles: le han dado su Oscar a Pe. Por fin. Parece mentira, que país de naturaleza tan "Yankee Go Home" como España sucumba obnubilado y caiga de rodillas ante el tótem áureo cada vez que uno de sus hijos dilectos tiene posibilidades de recibir uno y volver corriendo a casa para mostrárselo a amiguetes y periodistas. El año pasado fue el turno de Bardem y en ocasiones anteriores tuvimos posibilidades frustradas (cortometrajistas, músicos, Pe por Volver) y triunfos sonados de Almodóvar (dos veces, película extranjera y guión) y Amenábar y Trueba y Garci. Así -en este larguísimo invierno, desde que Pe comenzó a ganar premios internacionales pre-Oscar y más tarde al resultar nominada por su rol de Carmen folklórica posmilenarista en Vicky Cristina Barcelona- lo hemos sabido todo sobre ella y sus idas y vueltas y sus vestidos y peinados, y nos hemos preguntado hasta casi último momento si, de ganar, el encargado de entregarle la estatuilla sería Javier Bardem, supuesto amigovio o lo que sea, y qué lindo quedaría... pero no... pero no importa.
Ahora, mientras escribo esto, los programas de la mañana y los noticieros tempraneros emiten una y otra vez el momento del éxtasis y del agradecimiento a la Academia, y se lo analiza con el mismo grado de obsesión que alguna vez se dedicó a la peliculita esa de un tal Zapruder donde se muestra cómo vuelan los sesos de JFK por el aire de una mañana de Dallas.
Así se elogian su vestido, su peinado, su inglés, su momento en español, y se recuerdan otras alfombras rojas -hay que reconocer que Pe, como se dice por aquí, "se lo ha currado"- desde el triunfo de Belle Epoque, pasando por el alarido primal de "¡Pedroooo!" hasta llegar a las noches como Chica Cruise y candidata frustrada a Mejor Actriz. Y ahora, por fin, Pe ha ganado y, con ella, gana España toda. Todos somos un poco Pe y lo coming soon es sentarse a esperar el anuncio de matrimonio con Bardem y la instauración de una dinastía actoral que nos llevará hasta los confines del universo y más allá, coño.


DOS La otra gran noticia de los últimos días es que el PM británico Gordon Brown le ha enviado una cariñosa misiva al JG ibérico Rodríguez Zapatero para invitarlo a ocupar silla en otra de esas reuniones de impotentes poderosos donde todos se sientan a mirarse a los ojos para después mirar al
suelo mientras ensayan teorías y proponen soluciones cada vez más líricas y románticas a La Crisis. Los medios no han dejado de reproducir el te-invito-a-mi-fiestita y su encabezado (¡manuscrito!) donde se lee Dear José Luis, así como el párrafo donde se especifica que Mrs. Brown estará encantada de recibir a su equivalente Sonsoles, si decidiera prenderse a la caravana. De este modo, otra ocasión para el regocijo de la ciudadanía toda y vamos subiendo la cuesta (la cumbre), que arriba en mi calle empezó la
fiesta (el summit).
El resto es, por desgracia, sonido y furia. Ruido de fondo que no es el que hacen dos submarinos atómicos y ultrasofisticados de Francia y UK al chocar porque no pueden detectarse de tan invisibles que son a los radares, pero se parece bastante. Profundo batifondo electoralista que antecede a las
elecciones del domingo que viene en Galicia y en el País Vasco, y cuyos resultados serán leídos como un triunfo cósmico del PSOE o el derrumbe de buena parte del PP incluido Mariano Rajoy. Cacofonía con la que se intenta disimular el ominoso y ensordecedor silencio de cifras negativas, índices de gente en el paro y los crujidos de una Europa que empieza a mostrar señales de rampante nacionalismo, racismo extremo y "soluciones" como la de las patrullas nocturnas de vecinos con la bendición del César Berlusconi.
En este contexto -cuando las papas queman por la falta de papas y la proliferación de quemados- es cuando el turbio guión de los escandaletes de turno pone de manifiesto el lado oscuro de cada país. Por aquí, el último de ellos -en el contexto de las investigaciones a corruptos dentro del Partido Popular- ha tenido como protagonistas a un juez y a un ministro de Justicia en una cacería. Todo muy Berlanga. El juez no es otro que el superhéroe Baltasar Garzón (quien da perfectamente el tipo, pero lo estropea cuando abre la boca y brota esa vocecita) y el ministro de Justicia es Mariano Fernández Bermejo (quien dimite mientras yo tipeo el próximo punto). Uno y otro se encontraron en una partida de caza en Jaén (en un coto pintorescamente bautizado como Cabeza Prieta) durante el mismo fin de semana
en el que varios detenidos por chanchullos varios permanecían en el calabozo. Desprolijo. Pero lo peor es que el ministro no tenía los permisos de caza en regla y, además, durante la batida se abatieron cinco jabalíes, presa prohibida en el lugar. Días después, el ministro pedía perdón, el juez era hospitalizado por una subida de presión, pico de ansiedad y posible infarto. El domingo que viene -cuando se abran las urnas- se sabrá quién posará rifle en mano y quién sonreirá con ojos de vidrio colgado en una pared.


TRES Mientras tanto, en Barcelona, se leen titulares como "Los barceloneses, preocupados por conflictos 'asociados a la inmigración'", se enjuicia el chico que le pateó la cabeza a una ecuatoriana en el metro porque "iba colocado", y algún malhechor se roba un móvil con Windows Mobile 6.5 con
software ultrasecreto del visitadísimo Mobile World Congress. Diré lo mismo de siempre: jamás entenderé la fascinación por el móvil como signo de prestigio y riqueza porque siempre entendí que el verdadero éxito pasaba por el que no puedan encontrarte y, sobre todo, por no tener que atender el
teléfono. Pero no importa, todos serán casos para Batman, quien -según se ha anunciado- llegará a esta gótica ciudad en una nueva aventura de 48 páginas a publicarse internacionalmente el próximo 29 de mayo con el título de Batman / Barcelona: El Caballero del Dragón. La cosa arranca -parece- con
una serie de asesinatos en la Ciudad Condal, aparecen edificios de Gaudí, y sólo espero que el ayuntamiento no haya tenido que poner dinero para conseguir semejante honor. Suficiente con haber pagado parte de Vicky Cristina Barcelona; lo que derivó en un Oscar para Pe y ahora -seguro- en el
ofrecimiento como villana invitada en alguna película con paladín de la justicia. Es tradición de Hollywood. Parece que Mickey Rourke ya tenía en sus manotas la segunda parte de Iron Man pero, supongo, ahora habrá que reescribir el guión para que el insoportable Sean Penn se ponga en la piel
de alguien llamado Dr. Densus o algo por el estilo. Para Pe, me gustaría una mujer fatal: Dark Gipsy o algo así.
Y descansa en paz, Heath Ledger: el protagónico de reparto, el malo más bueno de todos los tiempos, el malhechor que la hizo mejor que ninguno.
Batcelona no te olvida.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-120439-2009-02-24.html








Abrazo*



Como un antídoto


como un suave remedio

como una ola

como un tsunami barriendo las playas de lo obvio

como un animal nuevo

buscando el sedoso refugio de la piel

como el silencio de lo apenas nacido

el abrazo



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Homenaje a Juan José Saer*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Estamos ante la consternación que nos produce la muerte de un escritor en la plenitud de sus capacidades expresivas y estamos ante la certeza implacable de que su obra queda cerrada para siempre y hace de nosotros seres un poco más desvalidos.
Nuestro ilustre comprovinciano, el que había elegido hace muchos años París para vivir y escribir, Juan José Saer, quien nació el 28 de junio de 1937 en el pequeño pueblo de santafesino de Serodino, que pasó su infancia y su adolescencia y primera juventud en la ciudad de Santa Fe, donde empezó a escribir sus primeros textos memorables, que vivió también en Colastiné Norte y otro poco en Rosario, el que nunca pudo desligarse de su "zona", como llamaba a ese espacio litoraleño que lleva en su corazón y escritura,
ha muerto. Murió el 11 de junio de 2005.
El, como el personaje del texto Discusión sobre el termino zona, perteneciente a su libro La mayor, quien recomendaba que había que ser fiel a una zona, cumplió con esa premisa en su literatura hasta el fin.
Como sus maestros William Faulkner y Juan Carlos Onetti, circunscribió a esa zona el temor de sus pesadillas, la invención de una serie de personajes que se cruzan una y otra vez en todos su libros y que dialogan incesantemente tratando de entender esa finitud de los humanos y, como un fino narrador,
tiene esas delicadas y perfectas filigranas que son sus novelas, sus cuentos y sus poemas y desde allí crea un complejo mundo donde vive y palpita lo insólito de esta llanura que como bien dijo Sarmiento "se parece a un mar".
Pero hay algo más que hemos perdido con su muerte, Nos quedamos un poco más solos para pelear contra "la telaraña de la costumbre", como bien dijo Girondo y sobre todo contra la estupidez invasora. Hasta los campos de la cultura -la literatura en este caso- que debería ser un freno ante lo mediocre, lo chabacano y la confusión donde todo lo mediático subsume.
Saer peleó contra eso hasta el último minuto de su vida. Peleó a favor de la ética donde los hombres y las mujeres verdaderamente preocupados por la cultura deberían defender el valor de los significados, oponerse a toda esa diseminación de los sentidos a que nos somete la esclavitud del mercado.
Alguna vez me dijo con una tristeza que no eludía la ironía: "Antes, los escritores nos reuníamos para hablar de literatura, ahora se reúnen para tirarse uno a otro en cara la venta de sus libros y las veces que los invitan a los programas televisivos".
Como dijo el profesor Martín Prieto, en un homenaje que se le tributara a pocos días de su muerte en el Congreso de Literatura Iberoamericana de Rosario "A Saer no sólo lo lloran sus amigos, sino los amigos de sus personajes: Pocha, Miri, Tomatis, Barco, Angel Leto, Rey, Marcos Rosemberg, los mellizos Garay, Lescano. El Matemático, etc."
Su muerte nos ha dejado sin la posibilidad de seguir disfrutando de nuevos textos que es en el único lugar donde la literatura juega, según siempre le oí decir y que repitió en cuanto reportaje se le hiciera.
Saer es uno de esos escritores de raza de los que ya no quedan, que sólo escriben porque no tienen otra forma de vivir y no como tantos que pueden muy bien abandonar su ejercicio sin muchas consecuencias para la humanidad.
Muchas veces escribió que si no se tenía nada para aportar al telar infinito y maravilloso de la literatura, mejor sería dedicarse, honestamente, a otra cosa.
Lo cierto es que Saer era un grande, quien honró la literatura escrita en español en estos últimos veinte años y sin caer en el rótulo discriminatorio del "regionalismo" donde nos quieren reducir los detentores de cánones hegemónicos; fue fiel a sus personajes, fue fiel a su zona litoraleña que él describió como nadie antes. Con sus hombres y mujeres de la costa, de sus ciudades y de sus pueblos, de la gente de esta zona con sus rituales, sus asados, sus pasiones, sus parsimoniosas conversaciones, su delirios y sus
sueños y sobre todo la imposibilidad humana de conocer "lo real".
Y antes que nada nos dio la enseñanza que había aprendido de Juan L. Ortíz, su maestro, que el escritor debe ser un fancotirador, alejado de los poderes y de toda tiranía incluida la de mercado. Que él detestaba y yo también porque cuando alguien me quiere convencer de la calidad de un libro por la
tabla de los "más vendidos", contesto como su personaje Pichón Garay: "No comparto".
La obra de Saer nos deja a solas con su verdad, sepamos respetarla y ser dignos de sus textos como él siempre fue digno del texto de otros grandes.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-17425-2009-02-24.html






La guerra*



Y latías tierra,


en cada latido parias vida,


la sangre corría loca por los brotes,


el sol se regocijaba planeando calor.


Y las hembras danzaban,


los hijos crecían,


los machos mutaban en frutos.


Y el mundo nacía.


Pero la guerra sangraba... quemaba... borraba.




*De Elsa. elsahuf@yahoo.com.ar




Correo:


Dalter nos necesita*


El poeta Eduardo Dalter está internado en el hospital Lucio Menéndez de Adrogué con un cuadro de aneurisma de aorta abdominal severo y requiere ser derivado con urgencia a un centro me mayor complejidad donde pueda ser asistido dado su delicada condición.

Si alguno de ustedes conoce algún contacto que pueda derivarlo a un centro con atención cardiovascular completa por favor comunicarse con su esposa, Nidia, a su celular 15 6038 9013.

El nombre legal de Dalter es Eduardo Borraccia y se aclara que carece de obra social.

Desde ya muchas gracias.


*Carlos Dariel. carlos_dariel@yahoo.com.ar




*

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El número 86 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Enero/Marzo/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
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CONTENIDO:

· ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.
· NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.
· - Cuentos cortos. Joan Mateu i Marti.
· POEMARIO: Poemas. Blanca Helena Muñoz de Escobar.
· AUSTRIA: Poemas. Wolfgang Kauer.


La edición impresa de XICóATL # 86 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





*


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Friday, February 20, 2009

JUSTO CUANDO ESTÁBAMOS POR APRENDER A GANAR EL CIELO DE LA RAYUELA...





*


Silencio…
Analfabetos sordos
Miran un pueblo que clama
Por sus derechos adquiridos
Y no respetados
Por su derecho al trabajo digno
Al pan de cada día
A la educación libre y gratuita
Al techo propio y la vida feliz
En frente los analfabetos sordos
Miran…
De atrás vienen a “calmarlos”
Con tanques de agua fría
Aunque no estén sucios, los bañan
Con cachiporras que duelen
Y dejan marcas
Con balas de goma
Que a veces matan
Con gases lacrimógenos
Que asfixian

………………..

El espectáculo popular
Termina…
Los analfabetos sordos
Sonríen airosos.


*de M. Milagros Suárez Favier. mmilagros77@gmail.com





JUSTO CUANDO ESTÁBAMOS POR APRENDER A GANAR EL CIELO DE LA RAYUELA...





EL OJO*


El ojo está solo.
Sobre el cubo otea.
Los muertos no
han muerto.
Como no quiere ser cabeza
de prisma
en rincón
del cuadrilátero
calza
su ortopedia de avance.

Lo encontré encajado en una rama
de espinillo por las ráfagas de la leyenda que no fue



*de Judith Guiñazu judith.guinazu@hotmail.com






La reelección de Bush y Cortázar*





Me invitaron a contar cuentos en un homenaje a Cortázar y viajé a Banfield para conocer el lugar y pensar con los organizadores el repertorio.
El emperador había sido reelegido.

Sus crímenes le habrán sumado votos iba pensando en el tren.

Cuando llegué, los árboles hacían un techo, un hombro, un olor, por donde me deslizaba hacia otro mundo. Era un propósito cobijarme en la belleza de esas calles...

Era mi deseo salirme un rato de la realidad donde Bush mostraba su sonrisa triunfante.

La ternura frente al suicidio de una gota, la enredadera que parece arrojarnos glicinas, la infancia que se va justo cuando estábamos por aprender a ganar el cielo de la Rayuela. La irrupción de las Santas rojas flores Ritas, en ese barrio donde creció.


Quiero empujar a Bush fuera de mi.

Que no atormente mi Cortázar interno.

La continuidad de los parques, de los votos, de la historia... Hitler también fue elegido.
Pueblos enteros que toleran masacres por algún disfrute

Una lejana música enlaza.

EL erotismo del gran Cronopio para celebrar el cuerpo del otro, cubrirlo con palabras.


El imperio es pornografía, se trata con pedazos de cuerpo, no hay personas...
Ejército que saca fotos de sus torturas, las envía como postales
¿cuántos votos más?

A la noche un cuento de Bukowski reemplaza el noticiero no quiero ni oír hablar de esas elecciones. Pero igual las encuentro en la metáfora de mi lectura.
En El Malvado, un hombre sin sentir culpa, ni pena, viola a una nena, no pudo evitarlo. Ver esa bombachita con volados, lo puso así, no pudo evitarlo.
Pobre Bush con sus miles de muertos iraquíes. Que para los ciudadanos que lo votaron son nada. Comprenden que no pudo evitarlo, tenían tanto petróleo y ellos tanto autos.
Mientras en el cuento el hombre violaba a la nena, dos chicos que no la defendían ni gritaban, miraban con curiosidad como en la tele. Así como los norteamericanos miran en sus pantallas como los que ellos eligieron ponen en ruinas un país, un mundo ¿el mundo?



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






SEMANARIO “REDACCIÓN”. -ENTRE COLUMNAS.-
¡EL ÚNICO CULPABLE ES EL TURCO ALUD!*



*Por Marcelo O´Connor. marceloconnor@yahoo.com.ar


Tartagal fue azotada por una ola de agua, barro y troncos, estos bien cortaditos. Además de la solidaridad, todos se apresuraron a deslindar responsabilidades.
Que unas pocas picadas hechas por las petroleras, algo de leña extraída por los pobladores, un atraso en la ejecución de las obras de defensa o los desmontes que nunca fueron para ese lado, de ninguna manera podían provocar éste fenómeno, sólo atribuible a la naturaleza.
Por todos los medios posibles se preocuparon en ilustrarnos que la mano del hombre (o de algunos hombres con nombre y apellido) era ajena al suceso. Que todo es un escándalo de Greenpeace, al servicio de las multinacionales. Con lo que nos venimos a enterar que ¡los sojeros habían sido antiimperialistas…!
Dejemos en claro una cosa: estos ecologistas extremos, como en otros órdenes son las feministas, los vegetarianos, los antitabaquistas, los chiítas, los judíos ortodoxos, los televangelistas, el opus dei y también los neoliberales, son fanáticos dogmáticos. Fascistas de una idea única.
Hace tres años, en éste mismo semanario y a raíz del anterior desastre en Tartagal, publiqué una nota que hoy podría plagiar. Contaba allí que luego de quince años había vuelto a visitar esa zona por un camino que antes atravesaba una tupida selva y que ahora parecía, si no fuera por una cadena de cerros allá al fondo, un paisaje de la pampa. Un mar de soja. Basta haber regado alguna vez un cantero con plantas para saber que la vegetación retiene el agua. Tartagal es trópico y llueve hoy ni más ni menos que siempre. Pero antes había selva y ahora nada. No hay argumento con visos de científico que pueda refutar esto. No se convencen ni a sí mismos, pero no sea que a alguien se le ocurra que deberían pagar los daños.
El otro argumento es que ellos producen riqueza. Sí, pero para ellos y sin esfuerzo propio. Tartagal sigue siendo pobre y miserables sus habitantes, sin trabajo, servicios, educación ni porvenir. Los propietarios sólo miran como una empresa siembra, otra fumiga y una tercera cosecha y se van, sin mano de obra local, que no necesitan. Este yuyito, a diferencia del vilipendiado tabaco, no requiere el trabajo de personas. Y las personas de carne y hueso, principalmente aborígenes, criollos y todos los trabajadores rurales, han sido expulsadas de las tierras que eran su hábitat. Lanzados a la indigencia en asentamientos ubicados, casualmente, en zonas inundables de Tartagal, Orán, Embarcación y la misma Salta.
Que los capitalistas tengan afán de lucro y que en ellos carezcan de ética, no me indigna porque forma parte de su naturaleza y así es el sistema. Pero sí me subleva que encima del latrocinio pretendan que los consideremos factores de progreso y bienhechores de la humanidad. Quieren el goce del pecado y los beneficios de la virtud. Y así no es la cosa. Por mí pueden arrasar con todo y sembrar soja en la plaza y hasta en su upite. Pero que son unos hijos de puta que les importa un bledo el ambiente y la suerte de sus congéneres, no tengo dudas. En realidad, habría que aumentarles las retenciones.
Como las argumentaciones de tono científico o los cantos al desarrollo económico no resultan convincentes, les ofrezco gratis la conclusión de una seria investigación para encontrar un chivo expiatorio a quien responsabilizar de ésta y futuras hecatombes. Como todo el mundo repite, el desastre ha sido ocasionado por un Alud. Bueno, hay que encontrarlo, procesarlo y que pague indemnizaciones. Con ese apellido, ¡turco h`ay de ser y seguro es del mismo Tartagal! O de Bichanal.


-El autor vive en Salta. Es columnista de uno de los diarios salteños.
*Enviado para compartir por Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar






Texto en una libreta*



Lo del control de pasajeros surgió -es el caso de decirlo- mientras hablábamos de la indeterminación y de los residuos analíticos. Jorge García Bouza había hecho algunas alusiones al subte de Montreal antes de referirse concretamente a la red del Anglo en Buenos Aires. No me lo dijo pero sospecho que algo había tenido que ver con los estudios técnicos de la empresa -si era la empresa misma la que hizo el control-. Con procedimientos especiales, que mi ignorancia califica así aunque García Bouza insistió en
su eficaz sencillez, se había llevado exacta cuenta de los pasajeros que usaban diariamente el subte dentro de una cierta semana. Como además interesaba conocer el porcentaje de afluencia a las distintas estaciones de la línea, así como el de viajes de extremo a extremo o entre las estaciones intermedias, el control se cumplió con la máxima severidad en todos los accesos y salidas desde Primera Junta a Plaza de Mayo; en aquel entonces, hablo de los años cuarenta, la línea del Anglo no estaba todavía conectada
con las nuevas redes subterráneas, lo cual facilitaba los controles.
El lunes de la semana elegida se obtuvo una cifra global básica; el martes la cifra fue aproximadamente la misma; el miércoles, sobre un total análogo, se produjo lo inesperado: contra 113.987 personas ingresadas, la cifra de los que habían vuelto a la superficie fue de 113.983. El buen
sentido sentenció cuatro errores de cálculo, y los responsables de la operación recorrieron los puestos de control buscando posibles negligencias.
El inspector-jefe Montesano (hablo ahora con datos que García Bouza no conocía y que yo me procuré más tarde) llegó incluso a reforzar el personal adscrito al control. Sobrándole escrúpulos, hizo dragar el subte de extremo a extremo, y los obreros y el personal de los trenes tuvieron que exhibir sus carnets a la salida. Todo esto me hace ver ahora que el inspector-jefe Montesano sospechaba borrosamente el comienzo de lo que ahora nos consta a ambos. Agrego innecesariamente que nadie dio con el supuesto error que acababa de proponer (y eliminar a la vez) cuatro pasajeros inhallables.
El jueves todo funcionó bien; ciento siete mil trescientos veintiocho habitantes de Buenos Aires reaparecieron obedientes luego de su inmersión episódica en el subsuelo. El viernes (ahora, luego de las operaciones precedentes, el control podía considerarse como perfecto), la cifra de los que volvieron a salir excedió en uno a la de los controlados a la entrada.
El sábado se obtuvieron cifras iguales, y la empresa estimó terminada su tarea. Los resultados anómalos no se dieron a conocer al público, y aparte del inspector-jefe Montesano y los técnicos a cargo de las máquinas totalizadoras en la estación Once, pienso que muy poca gente tuvo noticia de lo ocurrido. Creo también que esos pocos (continúo exceptuando al inspector-jefe) razonaron su necesidad de olvido con una simple atribución de un error a las máquinas o a sus operadores.
Esto pasaba en 1946 o a comienzos del 47. En los meses que siguieron me tocó viajar mucho en el Anglo; de a ratos, porque el trayecto era largo, me volvía el recuerdo de aquella charla con García Bouza, y me sorprendía irónicamente mirando a la gente que me rodeaba en los asientos o se colgaba
de las manijas de cuero como reses en los ganchos. Dos veces, en la estación José María Moreno, me pareció irrazonablemente que algunas gentes (un hombre, más tarde dos mujeres viejas) no eran simples pasajeros como los demás. Un jueves por la noche en la estación Medrano, después de ir al box y verlo a Jacinto Llanes ganar por puntos, me pareció que la muchacha casi dormida en el segundo banco del andén no estaba ahí para esperar el tren ascendente. En realidad subió al mismo coche que yo, pero solamente para bajar en Río de Janeiro y quedarse en el andén como si dudara de algo, como si estuviera tan cansada o aburrida.
Todo esto lo digo ahora, cuando ya no me queda nada por saber; así también después del robo la gente se acuerda de que muchachos mal entrazados rondaban la manzana. Y sin embargo, desde el comienzo, algo de esas aparentes fantasías que se tejen en la distracción iba más allá y dejaba como un sedimento de sospecha; por eso la noche en que García Bouza mencionó como un detalle curioso los resultados del control, las dos cosas se asociaron instantáneamente y sentí que algo se coagulaba en extrañeza, casi
en miedo. Quizá, de los de fuera, fui el primero en saber.
A esto sigue un periodo confuso donde se mezclan el creciente deseo de verificar sospechas, una cena en El Pescadito que me acercó a Montesano y a sus recuerdos, y un descenso progresivo y cauteloso al subte entendido como otra cosa, como una lenta respiración diferente, un pulso que de alguna manera casi impensable no latía para la ciudad, no era ya solamente uno de los transportes de la ciudad. Pero antes de empezar realmente a bajar (no me refiero al hecho trivial de circular en el subte como todo el mundo) pasó un tiempo de reflexión y análisis. A lo largo de tres meses, en que preferí viajar en el tranvía 86 para evitar verificaciones o casualidades engañosas, me retuvo en la superficie una atendible teoría de Luis M. Baudizzone. Como le mencionara -casi en broma- el informe de García Bouza, creyó posible explicar el fenómeno por una especie de desgaste atómico previsible en las grandes multitudes. Nadie ha contado jamás a la gente que sale del estadio de River Plate un domingo de clásico, nadie ha cotejado esa cifra con la de la taquilla. Una manada de cinco mil búfalos corriendo por un desfiladero,
¿contiene las mismas unidades al entrar que al salir? El roce de las personas en la calle Florida corroe sutilmente las mangas de los abrigos, el dorso de los guantes. El roce de 113.987 viajeros en trenes atestados que los sacuden y los frotan entre ellos a cada curva y a cada frenada, puede tener como resultado (por anulación de lo individual y acción del desgaste sobre el ente multitud) la anulación de cuatro unidades al cabo de veinte horas. A la segunda anomalía, quiero decir el viernes en que hubo un
pasajero de más, Baudizzone sólo alcanzó a coincidir con Montesano y atribuirlo a un error de cálculo. Al final de estas conjeturas más bien literarias yo me sentía de nuevo muy solo, yo que ni siquiera tenía
conjeturas propias y en cambio un lento calambre en el estómago cada vez que llegaba a una boca del subte. Por eso seguí por mi cuenta un camino en espiral que me fue acercando poco a poco, por eso viajé tanto tiempo en tranvía antes de sentirme capaz de volver al Anglo, de bajar de veras y no solamente para tomar el subte.

Aquí hay que decir que de ellos no he tenido la menor ayuda, muy al contrario; esperarla o buscarla hubiera sido insensato. Ellos están ahí y ni siquiera saben que su historia escrita empieza en este mismo párrafo. Por mi parte no hubiera querido delatarlos, y en todo caso no mencionaré los pocos nombres que me fue dado conocer en esas semanas en que entré en su mundo; si he hecho todo esto, si escribo este informe, creo que mis razones fueron buenas, que quise ayudar a los porteños siempre afligidos por los problemas del transporte. Ahora ya ni siquiera eso cuenta, ahora tengo miedo, ahora ya no me animo a bajar ahí, pero es injusto tener que viajar lenta e incómodamente en tranvía cuando se está a dos pasos del subte que todo el mundo toma porque no tiene miedo. Soy lo bastante honesto para reconocer que
si ellos son expulsados -sin escándalo, claro, sin que nadie se entere demasiado- voy a sentirme más tranquilo. Y no porque mi vida se haya visto amenazada mientras estaba ahí abajo, pero tampoco me sentí seguro un solo instante mientras avanzaba en mi investigación de tantas noches (ahí todo
transcurre en la noche, nada más falso y teatral que los chorros de sol que irrumpen de los tragaluces entre dos estaciones, o ruedan hasta la mitad de las escaleras de acceso a las estaciones); es bien posible que algo haya terminado por delatarme, y que ellos ya sepan por qué paso tantas horas en
el subte, así como yo los distingo inmediatamente entre la muchedumbre apretujada de las estaciones. Son tan pálidos, proceden con tan manifiesta eficiencia; son tan pálidos y están tan tristes, casi todos están tan tristes.

Curiosamente, lo que más me preocupó desde un comienzo fue llegar a saber cómo vivían, sin que las razones de esa vida me parecieran lo más importante. Casi enseguida abandoné una idea de vías muertas o socavones abandonados; la existencia de todos ellos era manifiesta y coincidía con el ir y venir de los pasajeros entre las estaciones. Es cierto que entre Loria y Plaza Once se atisba vagamente un Hades lleno de fraguas, desvíos, depósitos de materiales y raras casillas con vidrios ennegrecidos. Esa
especie de Niebeland se entrevé unos pocos segundos mientras el tren nos sacude casi brutalmente en las curvas de entrada a la estación que tanto brilla por contraste. Pero me bastó pensar en la cantidad de obreros y capataces que comparten esas sucias galerías para desecharlas como reducto aprovechable; ellos no se hubieran expuesto allí, por lo menos en las primeras etapas. Me bastaron unos cuantos viajes de observación para darme cuenta de que en ninguna parte, fuera de la línea misma -quiero decir las estaciones con sus andenes, y los trenes en casi permanente movimiento-, había lugar y condiciones que se prestaban a su vida. Fui eliminando vías muertas, bifurcaciones y depósitos hasta llegar a la clara y horrible verdad por residuo necesario, ahí en ese reino crepuscular donde la noción de residuo volvía una y otra vez. Esa existencia que bosquejo (algunos dirán que propongo) se me dio condicionada por la necesidad más brutal e implacable; del rechazo sucesivo de posibilidades fue surgiendo la única posibilidad restante. Ellos, ahora estaba demasiado claro, no se localizan en parte alguna; viven en el subte, en los trenes del subte, moviéndose continuamente. Su existencia y su circulación de leucocitos -¡son tan pálidos!- favorece el anonimato que hasta hoy los protege.
Llegado a esto, lo demás era evidente. Salvo al amanecer y en la alta noche, los trenes del Anglo no están nunca vacíos, porque los porteños son noctámbulos y siempre hay unos pocos pasajeros que van y vienen antes del cierre de las rejas de las estaciones. Podría imaginarse un último tren ya inútil, que corre cumpliendo el horario aunque ya no lo aborde nadie, pero nunca me fue dado verlo. O más bien sí, alcancé a verlo algunas veces pero sólo para mí estaba realmente vacío; sus raros pasajeros eran una parte de ellos, que continuaban su noche cumpliendo instrucciones inflexibles. Nunca pude ubicar la naturaleza de su refugio forzoso durante las tres horas muertas en que el Anglo se detiene, de dos a cinco de la mañana. O se quedan en un tren que va a una vía muerta (y en ese caso el conductor tiene que ser uno de ellos) o se confunden episódicamente con el personal de limpieza nocturna. Esto último es lo menos probable, por una cuestión de indumentaria y de relaciones personales, y prefiero sospechar la utilización del túnel, desconocido por los pasajeros corrientes, que conecta la estación Once con el puerto. Además, ¿por qué la sala con la advertencia Entrada prohibida en la estación José María Moreno está llena de rollos de papel, sin contar un raro arcón donde pueden guardarse cosas? La fragilidad visible de esa puerta se presta a las peores sospechas; pero con todo, aunque tal vez sea poco
razonable, mi parecer es que ellos continúan de algún modo su existencia ya descrita, sin salir de los trenes o del andén de las estaciones; una necesidad estética me da en el fondo la certidumbre, acaso la razón. No parece haber residuos válidos en esa permanente circulación que los lleva y los trae entre las dos terminales.
He hablado de necesidades estéticas, pero quizá esas razones sean solamente pragmáticas. El plan exige una gran simplicidad para que cada uno de ellos pueda reaccionar mecánicamente y sin errores frente a los momentos sucesivos que comporta su permanente vida bajo tierra. Por ejemplo, como pude verificarlo después de una larga paciencia, cada uno sabe que no debe hacer más de un viaje en el mismo coche para no llamar la atención; en cambio en la terminal de Plaza de Mayo les está dado quedarse en su asiento, ahora que la congestión del transporte hace que mucha gente suba al tren en Florida para ganar un asiento y adelantarse así a los que esperan en la terminal. En Primera Junta la operación es diferente, les basta con descender, caminar unos metros y mezclarse con los pasajeros que ocupan el
tren de la vía opuesta. En todos los casos juegan con la ventaja de que la enorme mayoría de los pasajeros no hacen más que un viaje parcial. Como sólo volverán a tomar el subte mucho después, entre treinta minutos si van a una diligencia corta y ocho horas si son empleados u obreros, es improbable que
puedan reconocer a los que siguen ahí abajo, máxime cambiando continuamente de vagones y de trenes. Este último cambio, que me costó verificar, es mucho más sutil y responde a un esquema inflexible destinado a impedir posibles adherencias visuales en los guardatrenes o los pasajeros que coinciden (dos
veces sobre cinco, según las horas y la afluencia de público) con los mismos trenes. Ahora sé, por ejemplo, que la muchacha que esperaba en Medrano aquella noche había bajado del tren anterior al que yo tomé, y que subió al siguiente luego de viajar conmigo hasta Río de Janeiro; como todos ellos, tenía indicaciones precisas hasta el fin de la semana.

La costumbre les ha enseñado a dormir en los asientos, pero sólo por periodos de un cuarto de hora como máximo. Incluso los que viajamos episódicamente en el Anglo terminamos por poseer una memoria táctil del itinerario, la entrada en las pocas curvas de la línea nos dice infaliblemente si salimos de Congreso hacia Sáenz Peña o remontamos hacia Loria. En ellos el hábito es tal que despiertan en el momento preciso para descender y cambiar de coche o de tren. Duermen con dignidad, erguidos, la
cabeza apenas inclinada sobre el pecho. Veinte cuartos de hora les bastan para descansar, y además tienen a su favor esas tres horas vedadas a mi conocimiento en que el Anglo se cierra al público. Cuando llegué a saber que poseían por lo menos un tren, lo que confirmaba acaso mi hipótesis de la vía muerta en las horas de cierre, me dije que su vida hubiera adquirido un valor de comunidad casi agradable si les hubiera sido dado viajar todos juntos en ese tren. Rápidas y deliciosas comidas colectivas entre estación y estación, sueño ininterrumpido en un viaje de terminal a terminal, incluso la alegría del diálogo y los contactos entre amigos y por qué no parientes.
Pero llegué a comprobar que se abstienen severamente de reunirse en su tren (sí es solamente uno, puesto que sin duda su número aumenta paulatinamente); saben de sobra que cualquier identificación les sería fatal, y que la memoria recuerda mejor tres caras juntas a un tiempo, como dice el destrabalenguas, que a meros individuos aislados.
Su tren les permite un fugaz conciliábulo cuando necesitan recibir e irse pasando la nueva tabulación semanal que el Primero de ellos prepara en hojitas de bloc y distribuye cada domingo a los jefes de grupo; allí también reciben el dinero para la alimentación de la semana, y un emisario del Primero (sin duda el conductor del tren) escucha lo que cada uno tiene que decirle en materia de ropas, mensajes al exterior y estado de salud. El programa consiste en una alteración tal de trenes y de coches que un
encuentro es prácticamente imposible y sus vidas vuelven a distanciarse hasta el fin de la semana. Presumo -todo esto he llegado a entenderlo después de tensas proyecciones mentales, de sentirme ellos y sufrir o alegrarme como ellos- que esperan cada domingo como nosotros allá arriba esperamos la paz del nuestro. Que el Primero haya elegido ese día no responde a un respeto tradicional que me hubiera sorprendido en ellos; simplemente sabe que los domingos hay otro tipo de pasajeros en el subte, y por eso cualquier tren es más anónimo que un lunes o un viernes.
Juntando delicadamente tantos elementos del mosaico pude comprender la fase inicial de la operación y la toma del tren. Los cuatro primeros, como lo prueban las cifras del control, bajaron un martes. Esa tarde, en el andén de Sáenz Peña, estudiaron la cara enjaulada de los conductores que iban pasando. El Primero hizo una señal, y abordaron un tren. Había que esperar la salida de Plaza de Mayo, disponer de trece estaciones por delante, y que el guarda estuviera en otro coche. Lo más difícil era llegar a un momento en que quedaran solos; los ayudó una disposición caballeresca de la Corporación de Transportes de la Ciudad de Buenos Aires, que otorga el primer coche a las señoras y a los niños, y una modalidad porteña consistente en un sensible desprecio hacia ese coche. En Perú viajaban dos señoras hablando de
la liquidación de la Casa Lamota (donde se viste Carlota) y un chico sumido en la inadecuada lectura de Rojo y Negro (la revista, no Stendhal). El guarda estaba hacia la mitad del tren cuando el Primero entró en el coche para señoras y golpeó discretamente en la puerta de la cabina del conductor.
Éste abrió sorprendido pero sin sospechar nada, y ya el tren subía hacia Piedras. Pasaron Lima, Sáenz Peña y Congreso sin novedad. En Pasco hubo alguna demora en salir, pero el guarda estaba en la otra punta del tren y no se preocupó. Antes de llegar a Río de Janeiro el Primero había vuelto al coche donde lo esperaban los otros tres. Cuarenta y ocho horas más tarde un conductor vestido de civil, con ropa un poco grande, se mezclaba con la gente que salía en Medrano, y le daba al inspector-jefe Montesano el
desagrado de aumentarle en una unidad la cifra del viernes. Ya el Primero conducía su tren, con los otros tres ensayando furtivamente para reemplazarlo cuando llegara el momento. Descuento que poco a poco hicieron lo mismo con los guardas correspondientes a los trenes que iban tomando.
Dueños de más de un tren, ellos disponen de un territorio móvil donde pueden operar con alguna seguridad. Probablemente nunca sabré por qué los conductores del Anglo cedieron a la extorsión o al soborno del Primero, ni cómo esquiva éste su posible identificación cuando enfrenta a otros miembros
del personal, cobra su sueldo o firma planillas. Sólo pude proceder periféricamente, descubriendo uno a uno los mecanismos inmediatos de la vida vegetativa, de la conducta exterior. Me fue duro admitir que se alimentaban casi exclusivamente con los productos que se venden en los quioscos de las estaciones, hasta llegar a convencerme de que el más extremo rigor preside esta existencia sin halagos. Compran chocolates y alfajores, barras de dulce de leche y de coco, turrones y caramelos nutritivos. Los comen con el aire indiferente del que se ofrece una golosina, pero cuando viajan en alguno de sus trenes las parejas osan comprar un alfajor de los grandes, con mucho dulce de leche y grageas, y lo van comiendo vergonzosamente, de a trocitos, con la alegría de una verdadera comida. Nunca han podido resolver en paz el problema de la alimentación en común, cuántas veces tendrán mucha hambre, y el dulce les repugnará y el recuerdo de la sal como un golpe de ola cruda en la boca los llenará de horrible delicia, y con la sal el gusto del asado inalcanzable, la sopa oliendo a perejil y a apio. (En esa época se instaló
una churrasquería en la estación del Once, a veces llega hasta el andén del subte el olor humoso de los chorizos y los sándwiches de lomo. Pero ellos no pueden usarla porque está del otro lado de los molinetes, en el andén del tren a Moreno).
Otro duro episodio de sus vidas es la ropa. Se desgastan los pantalones, las faldas, las enaguas. Poco estropean las chaquetas y las blusas, pero después de un tiempo tienen que cambiarse, incluso por razones de seguridad.
Una mañana en que seguía a uno de ellos procurando aprender más de sus costumbres, descubrí las relaciones que mantienen con la superficie. Es así: ellos bajan de a uno en la estación tabulada, en el día y la hora tabulados.
Alguien viene de la superficie con la ropa de recambio (después verifiqué que era un servicio completo; ropa interior limpia en cada caso, y un traje o vestido planchados de tanto en tanto), y los dos suben al mismo coche del tren que sigue. Allí pueden hablar, el paquete pasa del uno al otro y en la estación siguiente ellos se cambian -es la parte más penosa- en los siempre inmundos excusados. Una estación más allá el mismo agente los está esperando en el andén; viajan juntos hasta la próxima estación, y el agente vuelve a la superficie con el paquece de ropa usada.
Por pura casualidad, y después de haberme convencido de que conocía ya casi todas sus posibilidades en ese terreno, descubrí que además de los intercambios periódicos de ropas tienen un depósito donde almacenan precariamente algunas prendas y objetos para casos de emergencia, quizá para cubrir las primeras necesidades cuando llegan los nuevos, cuyo número no puedo calcular pero que imagino grande. Un amigo me presentó en la calle a un viejo que se esfuerza como bouquiniste en las recovas del Cabildo. Yo andaba buscando un número viejo de Sur; para mi sorpresa y quizá mi admisión de lo inevitable el librero me hizo bajar a la estación Perú y torcer a la izquierda del andén donde nace un pasillo muy transitado y con poco aire de subterráneo. Allí tenía su depósito, lleno de pilas confusas de libros y
revistas. No encontré Sur pero en cambio había una puertecita entornada que daba a otra pieza; vi a alguien de espaldas, con la nuca blanquísima que tienen ya todos ellos; a sus pies alcancé a sospechar una cantidad de abrigos, unos pañuelos, una bufanda roja. El librero pensaba que era un minorista o un concesionario como él; se lo dejé creer y le compré Trilce en una bella edición. Pero ya en esto de la ropa supe cosas horribles. Como tienen dinero de sobra y ambicionan gastarlo (pienso que en las cárceles de costumbres amables es lo mismo) satisfacen caprichos inofensivos con una violencia que me conmueve. Yo seguía entonces a un muchacho rubio, lo veía siempre con el mismo traje marrón; sólo le cambiaba la corbata, dos o tres veces al día entraba en los lavatorios para eso. Un mediodía se bajó en Lima para comprar una corbata en el puesto del andén; estuvo largo rato eligiendo, sin decidirse; era su gran escapada, su farra de los sábados. Yo le veía en los bolsillos del saco el bulto de las otras corbatas, y sentí algo que no estaba por debajo del horror.
Ellas se compran pañuelitos, pequeños juguetes, llaveros, todo lo que cabe en los quioscos y los bolsos. A veces bajan en Lima o Perú y se quedan mirando las vitrinas del andén donde se exhiben muebles, miran largamente los armarios y las camas, miran los muebles con un deseo humilde y contenido, y cuando compran el diario o Maribel se demoran absortas en los avisos de liquidaciones, de perfumes, los figurines y los guantes. También están a punto de olvidar sus instrucciones de indiferencia y despego cuando ven subir a las madres que llevan de paseo a sus niños; dos de ellas, las vi con pocos días de diferencia, llegaron a abandonar sus asientos y viajar de pie cerca de los niños, rozándose casi contra ellos; no me hubiera asombrado demasiado que les acariciaran el pelo o les dieran un caramelo, cosas que no se hacen en el subte de Buenos Aires y probablemente en ningún subte.

Mucho tiempo me pregunté por qué el Primero había elegido precisamente uno de los días de control para bajar con los otros tres. Conociendo su método, ya que no a él todavía, creí erróneo atribuirlo a jactancia, al deseo de causar escándalo si se publicaban las diferencias de cifras. Más acorde con su sagacidad reflexiva era sospechar que en esos días la atención del personal del Anglo estaba puesta, directa o inconscientemente, en las operaciones de control. La toma del tren resultaba así más factible; incluso el retorno a la superficie del conductor sustituido no podía traerle consecuencias peligrosas. Sólo tres meses después el encuentro casual en el Parque Lezama del ex conductor con el inspector-jefe Montesano, y las taciturnas inferencias de este último, pudieron acercarlo y acercarme a la verdad.
Para ese entonces -hablo casi de ahora- ellos tenían tres trenes en su posesión y creo, sin seguridad, que un puesto en las cabinas de coordinación de Primera Junta. Un suicidio abrevió mis últimas dudas. Esa tarde había seguido a una de ellas y la vi entrar en la casilla telefónica de la estación José María Moreno. El andén estaba casi vacío, y yo apoyé la cara en el tabique lateral, fingiendo el cansancio de los que vuelven del trabajo. Era la primera vez que veía a uno de ellos en una casilla telefónica, y no me había sorprendido el aire furtivo y como asustado de la muchacha, su instante de vacilación antes de mirar en torno y entrar en la casilla. Oí pocas cosas, llorar, un ruido de bolso abriéndose, sonarse, y
después: "Pero el canario, vos lo cuidás, ¿verdad? ¿Vos le das el alpiste todas las mañanas, y el pedacito de vainilla?". Me asombró esa banalidad, porque esa voz no era una voz que estuviera transmitiendo un mensaje basado en cualquier código, las lágrimas mojaban esa voz, la ahogaban. Subí a un tren antes de que ella pudiera descubrirme y di toda la vuelta, continuando un control de tiempos y de cambio de ropas. Cuando entrábamos otra vez en José María Moreno, ella se tiró después de persignarse (dicen); la reconocí por los zapatos rojos y el bolso claro. Había un gentío enorme, y muchos rodeaban al conductor y al guarda a la espera de la policía. Vi que los dos eran de ellos (son tan pálidos) y pensé que lo ocurrido probaría allí mismo la solidez de los planes del Primero, porque una cosa es suplantar a alguien en las profundidades y otra resistir a un examen policial. Pasó una semana sin novedad, sin la menor secuela de un suicidio banal y casi cotidiano; entonces empecé a tener miedo de bajar.
Ya sé que aún me falta saber muchas cosas, incluso las capitales, pero el miedo es más fuerte que yo. En estos días llego apenas a la boca de Lima, que es mi estación, huelo ese olor caliente, ese olor Anglo que sube hasta la calle; oigo pasar los trenes. Entro en un café y me trato de imbécil, me pregunto cómo es posible renunciar a tan pocos pasos de la revelación total.
Sé tantas cosas, podría ser útil a la sociedad denunciando lo que ocurre. Sé que en las últimas semanas tenían ya ocho trenes, y que su número crece rápidamente. Los nuevos son todavía irreconocibles porque la decoloración de la piel es muy lenta y sin duda extreman las precauciones; los planes del Primero no parecen tener fallas, y me resulta imposible calcular su número.
Sólo el instinto me dijo, cuando todavía me animaba a estar abajo y a seguirlos, que la mayoría de los trenes está ya llena de ellos, que los pasajeros ordinarios encuentran más y más difícil viajar a toda hora; y no puede sorprenderme que los diarios pidan nuevas líneas, más trenes, medidas de emergencia.

Vi a Montesano, le dije algunas cosas y esperé que adivinara otras. Me pareció que desconfiaba de mí, que seguía por su cuenta alguna pista o más bien que prefería desentenderse con elegancia de algo que iba más allá de su imaginación, sin hablar de la de sus jefes. Comprendí que era inútil volver a hablarle, que podría acusarme de complicarle la vida con fantasías acaso paranoicas, sobre todo cuando me dijo golpeándome la espalda: "Usted está cansado, usted debería viajar".
Pero donde yo debería viajar es en el Anglo. Me sorprende un poco que Montesano no se decida a tomar medidas, por lo menos contra el Primero y los otros tres, para cortar por lo alto ese árbol que hunde más y más sus raíces en el asfalto y la tierra. Hay ese olor a encerrado, se oyen los frenos de
un tren y después la bocanada de gente que trepa la escalera con el aire bovino de los que han viajado de pie, hacinados en coches siempre llenos. Yo debería acercarme, llevarlos aparte de a uno y explicarles; entonces oigo entrar otro tren y me vuelve el miedo. Cuando reconozco a alguno de los
agentes que baja o sube con el paquete de ropas, me escondo en el café y no me animo a salir por largo rato. Pienso, entre dos vasos de ginebra, que apenas recobre el valor bajaré para cerciorarme de su número. Yo creo que ahora poseen todos los trenes, la administración de muchas estaciones y parte de los talleres. Ayer pensé que la vendedora del quiosco de golosinas de Lima podría informarme indirectamente sobre el forzoso aumento de sus ventas. Con un esfuerzo apenas superior al calambre que me apretaba el estómago pude bajar al andén, repitiéndome que no se trataba de subir a un tren, de mezclarme con ellos; apenas dos preguntas y volver a la superficie, volver a estar a salvo. Eché la moneda en el molinete y me acerqué al quiosco; iba a comprar un Milkibar cuando vi que la vendedora me estaba mirando fijamente. Hermosa pero tan pálida, tan pálida. Corrí desesperado hacia las escaleras, subí tropezándome. Ahora sé que no podría volver a bajar; me conocen, al final han acabado por conocerme.

He pasado una hora en el café sin decidirme a pisar de nuevo el primer peldaño de la escalera, quedarme ahí entre la gente que sube y baja, ignorando a los que me miran de reojo sin comprender que no me decida a moverme en una zona donde todos se mueven. Me parece casi inconcebible haber llevado a término el análisis de sus métodos generales y no ser capaz de dar el paso final que me permita la revelación de sus identidades y de sus propósitos. Me niego a aceptar que el miedo me apriete de esta manera el pecho; tal vez me decida, tal vez lo mejor sea apoyarme en la barandilla de la escalera y gritar lo que sé de su plan, lo que creo saber sobre el Primero (lo diré, aunque Montesano se disguste si le desbarato su propia pesquisa) y sobre todo las consecuencias de todo esto para la población de
Buenos Aires. Hasta ahora he seguido escribiendo en el café, la tranquilidad de estar en la superficie y en un lugar neutro me llena de una calma que no tenía cuando bajé hasta el quiosco. Siento que de alguna manera voy a volver a bajar, que me obligaré paso a paso a bajar la escalera, pero entre tanto lo mejor será terminar mi informe para mandarlo al Intendente o al jefe de policía, con una copia para Montesano, y después pagaré el café y seguramente bajaré, de eso estoy seguro aunque no sé cómo voy a hacerlo, de dónde voy a sacar fuerzas para bajar peldaño a peldaño ahora que me conocen, ahora que al final han acabado por conocerme, pero ya no importa, antes de bajar tendré listo el borrador, diré señor Intendente o señor jefe de policía, hay alguien allí abajo que camina, alguien que va por los andenes y cuando nadie se da cuenta, cuando solamente yo puedo saber y escuchar, se encierra en una cabina apenas iluminada y abre el bolso. Entonces llora, primero llora un poco y después, señor Intendente, dice: "Pero el canario, vos lo cuidás, verdad? ¿Vos le das el alpiste todas las mañanas, y el
pedacito de vainilla?".


De Queremos tanto a Glenda
Cortázar, Julio; Cuentos completos 2, Buenos Aires, Alfaguara, 1996

*Fuente: http://www.geocities.com/juliocortazar_arg/textolib.htm





VI*


Árbol de luz,
Sombra quemada,
Fuerzas heráldicas atraviesan mi pecho,
Cruzan el anfiteatro del crimen.
Mi alma corre. Oscuros jinetes la persiguen,
Me ahoga el grito de la soledad.
Aves carroñeras arrancan mis entrañas.
Y furiosas escupen sangre negra.



*de Matías Gómez. matiasgomez1009@gmail.com




*


Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 22 de febrero de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de la cantante brasilera Sonia Nascimento. Las poesías que leeremos pertenecen a Claudio Fonseca (Brasil) y la música de fondo será de Sambas do Enredo (Brasil).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*

Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 86 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL "Estrella Errante", edición Enero/Marzo/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-86


CONTENIDO:

· ENSAYO: Onetti: la lección del maestro. Jorge Isaías.
· NARRATIVA: Los sin nombre. Amelia Arellano.
· - Cuentos cortos. Joan Mateu i Marti.
· POEMARIO: Poemas. Blanca Helena Muñoz de Escobar.
· AUSTRIA: Poemas. Wolfgang Kauer.


La edición impresa de XICóATL # 86 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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