Wednesday, May 30, 2012

LO DEMASIADO HERMOSO NUNCA ES EFICAZ...


*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.





Barrio Chino*


Corría el año del dragón. Desfiles, risas, bandas, demasiado ruido. El barrio chino era un destello de color. El hombre entró al negocio: “leemos hojas de té” decía el cartel.  Atravesó la cortina de hilos dorados que llevaba al interior de la tienda. Si lo hubiera pensado un segundo seguramente no hubiera entrado pero detestaba el ruido. Adentro, una mujer pequeña,  lo miró rápido  y  bajó la vista.
De inmediato se arrodilló frente a él y le sacó el calzado.
Sin zapatos todo parecía raro, tan cómodo como si ya se hubieran conocido. Una mesa baja, dos almohadones y el servicio con tazas de porcelana, daba el toque místico al ambiente. Se calmó. El aroma a algo oriental lo trasportó a otro lugar.
Ella sonrió al verlo relajado y se alejó a paso corto, entre las cabezas de dos dragones rojos que bajaban por su espalda hasta la cintura. Era un kimono precioso. Le miró los pies pequeños , bellos.  La mujer era muy joven.
Al regresar le cubrió los ojos con un pañuelo de gasa, parte de la ceremonia, dijo.
Sin luz, la alfombra se le hundía entre los dedos de los pies. A ciegas, el aire sabía a jengibre y a otras especias. Ella puso el tazón tibio entre sus dos manos y se las contuvo un instante hasta asegurarse de que él lo sostuviera. Cuando ella se le acercó,  pudo olerla. De cerca olía a vainilla y a leche tibia. Igual que su nana negra, la que lo crio, dulce y acaramelada, siempre en la cocina. Recordó la primera vez que le había tocado la piel. Cuando venía de la escuela y le servía la leche que él bebía con los ojos cerrados, mientras le exploraba las nalgas hasta el terreno húmedo de entre las piernas,  hasta la última gota de la taza, que se le desparramaba en un  fluido tibio y le  quedaba por horas  entre sus dedos. Ella lo embriagaba de aroma a Centroamérica, a humedad de  bosque, a sudor de timbales cubanos, mientras le regalaba sus gemidos profundos y le  repetía el canto de sus antepasados negros.
Sólo que hoy, en ese pequeño lugar del barrio chino, el sonido de los ancestros era diferente, liviano como un arpa, el aletear de alas de colibrí,  una pincelada aguda como la risa de una geisha hamacándose en el cuarto, donde él, además, tomaba el té.

- Te vas a enamorar - le dijo la china a modo de presagio.

Pero él ya se había dado cuenta en las manos, aún antes de abrir los ojos.




*De Graciela Tubino. gtubino@fibertel.com.ar





LO DEMASIADO HERMOSO NUNCA ES EFICAZ...




SOMBRAS*


Camino. De noche. En una calle, frente a mí, dos sombras. La oscura, alta, arrogante; la clara, débil. Y yo, más sombra que ellas, detrás. Entonces pienso que deberían salir muchas sombras para abarcar todo lo que somos.
Me imagino que algunas de ellas van mudando como lo hacen las serpientes con su piel. Veo que la sombra de la inocencia cambia de color, de un violeta claro a uno más oscuro, con matices, con sombras dentro de sombras. La de la inquietud, sonrojada. La del dolor se endurece; opaca, con menos aberturas. La sombra del deseo, encogida, muda, añeja. Pero hay momentos en que besa sin saber qué pasará, se embrutece como antes, se aferra a un vínculo; soplo de vida, aliento.


*De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es







PERO ES MI MADRE*


     Todos los años, la profesora de literatura de la escuela de Arte realiza un encuentro entre los chicos de quinto año de la secundaria con orientación artística, y los escritores que se convocan y asisten una siesta de fin de semana, cada uno con sus razones y perplejidades para no quedarse, por ejemplo, en la cama mirando la televisión.
     Una de las actividades es previa al encuentro. Los chicos leen algunos poemas o cuentos y extrayendo una frase realizan un dibujo o una fotografía a modo de ilustración. Literales en general, algunas veces tomando erróneamente el sentido, con agudeza muchas otras veces; no olvidemos que los asistentes a una escuela con orientación artística son adolescentes bastante extraños.
     El chico explicaba su dibujo. En la tinta sobre papel, una mujer se hallaba dramáticamente atravesada por una especie de lanza. Era un cuerpo delgado en un vasto espacio blanco con líneas oblicuas, que me remitía vagamente a un insecto sobre un brazo desnudo. Había más lanzas que la que atravesaba el cuerpecito; yo pensaba en vellos erizados sobre la piel, todo mirado muy de cerca y por lo tanto irreconocible; sabemos que lo que miramos en detalle se fragmenta y desaparece, y suele ser un poco atemorizante.
     El chico, muy serio, quizás tímido o quizás cargado por esa obligación molesta de poner palabras sobre algo que nació como imagen, habló del sufrimiento. De alguna manera la mujer era su madre, las lanzas simbolizaban el sufrimiento, y esa oblicuidad venía de ser, esas lanzas, descargadas desde el cielo.
     Le pregunté, dada la inflexión religiosa del asunto, si él era creyente. “Yo no, pero es mi madre” me contestó. En el mismo momento Alfredo Di Bernardo que estaba sentado a mi lado y escuchaba la explicación realizó la misma exclamación que yo. No me acuerdo qué dijimos, pero sí que fue un momento de descubrimiento maravilloso. Una frase tan literaria, tan bella, escueta y cargada de sentido, lanzada inconscientemente en una siesta de domingo.
     Nos pusimos muy contentos con la frase. Yo no soy creyente, pero esa mujer es mi madre.
     Tratamos de explicar al chico por qué nuestro entusiasmo, pero resultó imposible, tendríamos que haber charlado sólo con él, y ponernos de acuerdo tanto Alfredo como yo sobre qué era lo impactante de esas palabras, que al adolescente no le parecieron nada interesantes.
     Yo no soy creyente… pero es mi madre. El tema de la fe, el tema de la maternidad, el tema de un cierto mandato, de un respeto a su estirpe (no dijo mamá, dijo madre y esto fue intencionalmente solemne porque lo que estaba diciendo era importante).
     Qué fue lo feliz de la frase. Me lo pregunto.
     Tuve después ocasión de charlar, en el mismo encuentro, con una chica de padres chinos, ella nacida aquí pero con la lengua trabada por un idioma que le es extraño, y padres que creen “en los budas” según dijo, aunque ella tampoco es creyente, y tampoco sabe mucho de la religión de sus mayores. Y hablé con otra chica de padres islámicos, de la religión sufí, y ella no sabe demasiado en qué creen sus padres, arrojada a la orilla de una vasta explicación del mundo y una tradición compleja como un castillo de alabastro tallado.
     Pero es mi madre, dijo el chico, y con cuatro palabras anuncia tiempos por venir en los cuales esa religión le pasará cuentas, viejas facturas impagas, le mostrará en ciertas ocasiones la cabeza debajo del agua de su piscina. Pero es mi madre. Y sus familias vivirán en ellos, les dejarán marcas y en los espejos verán quizás en veinte, en treinta años, la barbilla del abuelo o esas arrugas debajo de los ojos del tío que ya fue enterrado hace tanto.
     Pero es mi madre. Marca y mandato, una mujer para despegarse, parecerse, odiar y admirar. Como la religión en la que cada uno fue criado, como la cultura que nos cobija y nos moldea, como las creencias que son parte de lo primordial, la ética que nos pertenece o a la cual pertenecemos.
     Alfredo y yo ya pasamos los cuarenta años. La frase se escribió con rojo en el aire cuando el chico la dijo, todos los significados, toda la crudeza de un desnudo, toda la magnífica simpleza de cuatro palabras sin énfasis pero con el marco de la humanidad desangrándose, maravillándose, levantando monumentos y poniendo lápidas a partir de, por, a causa de las madres, de los mandatos, las religiones, las creencias, el hecho de ser hijos siempre y sin retorno.
     Me queda la mujer-insecto atravesada por la lanza que cae del cielo, el universo vacío y a la vez piel humana erizada, un chico moreno y serio que dijo "pero es mi madre"

                                                                                                                                                                             
*De MÓNICA RUSSOMANNO. russomannomonica@hotmail.com






*


En este nuestro universo de mentiras lo demasiado hermoso nunca es eficaz y lo erróneo suele ser irrefutable.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com








PECECITOS ANARANJADOS*


Dicen quienes presenciaron el incidente que el hombre se parecía a cualquiera de los que pululan a la mañana por el microcentro: traje y corbata de marca, paso urgente, gesto adusto, maletín en una mano, celular pegado al oído en la otra. Dicen que su comportamiento cuando empezó a cruzar el parque por uno de los senderos diagonales era absolutamente normal.
Dicen que el primer síntoma lo aquejó justo cuando pasaba al lado del palomar. Que una bandada se puso a revolotear en torno a él y que el espectáculo lo dejó petrificado. Que detuvo su marcha y se quedó mirando el alegre vaivén de la nube gris y blanca con expresión fascinada, una expresión que, de no haber sido tan tierna, hubiese pasado por ridícula.
Dicen, incluso, que cuando las palomas se posaron a sus pies, se puso a juntar miguitas para darles de comer.
Dicen que al cabo de un par de minutos el hombre pareció tomar conciencia del extraño perfil que había adquirido su conducta y su boca se descompuso en una mueca de disgusto. Que las palomas levantaron súbito vuelo, y él se enredó en confusas explicaciones al intentar reiniciar la conversación telefónica interrumpida minutos atrás. Dicen que caminó unos pasos con firmeza, tratando de recomponer su imagen, mientras con disimulo buscaba detectar miradas inquisidoras posadas sobre él.
Dicen que fue un esfuerzo inútil, que cuando llegó a la fuente de los pececitos anaranjados sobrevino el desquicio. Que su rostro se transfiguró definitivamente. Que dejó caer el celular y el maletín, se trepó al borde de la fuente y se largó a corretear con los brazos extendidos como si planeara por un cielo invisible. Que revoleó el saco y se arrancó la corbata. Que miró la arboleda del parque como si la viera por primera vez, o como si volviera a verla después de muchos, muchos años. Dicen también que reía y
parecía un niño.
Dicen que los paramédicos hablaron de colapso nervioso, de ataque de pánico, de estrés laboral. Que cuando se lo llevaron a la rastra hasta la ambulancia, el hombre estiraba sus manos con desesperación en dirección a la fuente. Que tenía los ojos desorbitados y gritaba: "¡déjenme ver los pececitos, los pececitos anaranjados!".
Dicen que el episodio tuvo mucho que ver con la decisión municipal de modificar el trazado de los senderos del parque. Que quisieron prevenir futuros incidentes evitando que la gente camine cerca de la fuente y del palomar. Fundamentaron la remodelación hablando de contexto paisajístico y lineamientos generales de urbanismo, pero lo cierto es que a la inauguración sólo asistió un funcionario de segunda línea.
Dicen que fue por las dudas, que hubiese sido un bochorno ver al intendente o a algún concejal trepándose intempestivamente a los toboganes, justo en un año electoral.



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009








  AQUELLOS CAMINOS*
           


*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Hubo un  escritor a quien supongo nadie lee hoy que escribía sobre caminos. Los describía como si la civilización no los hubiera rozado pero a ellos le agregaba siempre unos esforzados hombres solitarios que están siempre intentando sacarle un poco de jugo a la tierra, es decir, alguna módica ganancia que les permita sobrevivir.
            Eso casi nunca sucede pero mientras tanto nos enteramos cómo se vivía hace cincuenta o sesenta o setenta años en los campos del norte de Santa Fe. Otra característica de este escritor es que uno siempre se queda con la impresión de que todo lo que narra hubiera sido vivido por él, aunque nosotros sabemos que a los efectos de la literatura eso carezca de toda importancia.
            Todo esto es para dejar en claro que mis impresiones de los caminos tienen una variante más contemplativa ya que nunca trabajé en el campo. Pero mis mayores sí, yo los he visto –he sufrido por ello, pese a mi corta edad-  adheridos a esa tierra que no les dio más que disgustos. Ninguno fue dueño de un mísero  palmo de tierra, pero también es cierto que las condiciones de producción y la tecnología ni remotamente tenían los beneficios actuales.
            Pero así fueron, así son las cosas.
            Los caminos que don Luis Gudiño Kramer describe tienen alrededor campos áridos. También lo hace con las costas, las islas, las estancias hondas de entonces, los pueblos.
            “Pueblos muy pocos. Ruinas. Nombres en los itinerarios, en los mapas y en la memoria de los troperos, sin realidad en la época presente”, escribe.
            Mis caminos son más alegres en el recuerdo, tal vez lo fueron en la realidad, pero lo cruzaron ejércitos de pájaros que han disminuido drásticamente la cantidad  y la diversidad de especies. También las abejas han desaparecido y las mariposas. Dicen los entendidos que esto es  por el uso indiscriminado de agroquímicos.
            Pero mis caminos, esos anchos, polvorientos y solitarios caminos rurales de mi infancia, eran la libertad del sol cuando había sol y buen tiempo y eran un gran pollo mojado cuando llovía o una arañita encogida bajo la tenue llovizna.
            El primero que recuerdo porque lo tenía cerca de mi casa es el “Del Diablo”. Pero hay otros. El de “Maldonado”, como se le decía al que iba a la estancia de ese nombre. Allí había otros, digo, dentro del mismo campo inmenso: el “de los Eucaliptos”, el “De las abejas”, el de “Los troperos”,  “El noventa”. También había uno muy hermoso, que llamaban el camino “De los tamariscos”, con su cañadón y su puente ancho de madera para sentarse a pescar bagres.
            Están otros caminos en mi memoria: el de la Estancia La Riviere, que llevaba por el camino viejo a Cañada del Ucle, como estaba el de la Estancia Vollenweider que iban en sentido contrario a Beravebú,  como otro iba a Gödeken y pasaba por la escuelita de la Terrassón.
            También pululaban los caminos internos: a Hansen, la Catalana, Los Arbolitos, el boliche de La Lata, que era el mismo que iba hacia la Chispa, y más lejos uno que solo conocí de mentas: el camino al Boliche de Santos Ferrara, donde una vez hubo un duelo criollo que hizo crecer nuestra imaginación  exacerbadas por las revistas de historietas, las novelas de aventuras y las películas de “acción” que veíamos en el cine “La Perla”. Estas historias eran las que le oíamos a los mayores.
            También estaba el camino al “Boliche de la Legua”, pero era el que llevaba al cementerio y estaba poblado de cuentos de aparecidos, de luces malas, de  puertas que rechinaban bajo las tormentas.
            A ninguno de estos lugares uno iba sin que un mayor lo llevara, claro.
            Por eso me sonrío cuando “Tago” Sánchez, me pregunta extrañado porque no me recuerda entre los habitúes del baldío  grande, que aún existe, frente a la casa de Hugo Ruiz. Allí se juntaron los mejores jugadores de ese tiempo: “Chocho” Faravelli, los hermanos Míguez,  Mirandita, todos más grandes que nosotros.
            Ese lugar paradisíaco, donde nunca jugué, donde muere la calle Juan de Garay que se encuentra con la Pacto Federal, que cierra el pueblo. Del otro lado estaba el campo de Terré, hoy de la familia Compañy.
            Mi madre me tenía prohibido moverme más allá del cruce la Garay con la Avellaneda, a cincuenta metros de mi casa. Ella tenía que salir a la vereda de tierra y controlarme. Cuando desobedecí, cobré.
            Enfrente de esos baldíos vivían los Escudero y los Balquinta y los Sánchez, que lideraban don Alejo y doña Gregoria, con sus nueve hijos y sus no sé cuántos nietos, entre los que estaba mi amigo “Tago”.
            Pero esto era otro tiempo. Un tiempo sostenido por el vuelo alto de las garzas y las cigüeñas que se levantaban  del Cañadón de Compañy, cuando todavía el mundo se sostenía en un grupo de chicos corriendo felices tras una humilde pelota de fútbol.








TREN DE VIDA*

           

  Del
árbol lloran  o
llueven o transitan,

                                             manzanas, peces, voces.

                                Ella trafica todo en su interior.

                Fluyentes pólenes -rios surcan los puertos

                                                 de la cintura al sur-.

             Siente un balanceo de paz, como una paz

                                       que se mueve a borbotones.

                Desecha todo lo que se aleja de cualquier

                                                                       paraíso.

                 Se mueve como llevando un tren de vida.

                        La pollera lo esconde en

               enhebrados

                               vagones para vagar lo nuevo.



              De tanto pajarito en la cabeza,

        confundió hasta  a la  biología.

         dicen las vecinas,

   y la dan casi casi por perdida.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







Correo:



*


Queridos amigos

Les envío el enlace a la ficha técnica de Aurora Boreal® en el Instituto Cervantes en la edición Nr. 10

http://hispanismo.cervantes.es/revista.asp?DOCN=4219


Un abrazo

Guillermo.
http://www.auroraboreal.net/




*


Junio 2012 en
“Museo de la Memoria”
Cordoba 2019, 2000 Rosario (SF), Argentina
54 0341 4802060/62

Ciclo: "Del derecho y del reves de los lager”
Declarado de interés Municipal por el Honorable Concejo Deliberante


…y el juez Halevi le interrumpio :”Dr. Servatius, supongo que
ha cometido Ud. un lapsus linguae al decir que las muertes
por gas eran un asunto medico”.
 A lo que Servatius replico: “Era realmente un asunto medico
 puesto que fue dispuesto por medicos.
Era una cuestion de matar. Y matar tambien era un asunto medico”
Hannah Arendt, Eichman en Jerusalen



Lunes 04/20:00
“El proyecto pedagogico “Marcha a Polonia” en las vivencias de un joven participante.
Dialogo en publico”
Gadi Fuks y Ps. David Alberto Fuks
       
  Tambien denominado “Marcha por la Vida “ consiste en un programa educativo cuyo objetivo es enseñar a los jovenes desde la edad de 18 años acerca de los hechos tan importantes y significativos en la historia moderna que constituyeron la Shoáa. Hacia fines de 1944, la inminencia de la entrada del ejercito aliado hizo que los nazis aceleraran el proceso exterminador. Así se crearon las tristemente famosas "marchas de la muerte" que consistian en el traslado de las victimas de un campo a otro a pie, desnutridos, enfermos, moribundos, para evitar que fuesen liberados por los aliados. Las condiciones eran tortuosas, infrahumanas, y en la inmensa mayoria de los casos mortales. Hoy, la marcha de la muerte se ha resignificado, convirtiendose en Marcha por la Vida: se realiza desde Auschwitz hasta Birkenau, el campo de concentracion mas grande creado por los nazis durante la segunda guerra mundial. Durante la conversacion se expondran imagenes ilustrativas.



Lunes 11/20:00
“Los textos postumos en la Shoa”.
Ps. David Alberto Fuks, docente, escritor, editor.
        
 “No nos queda nada: nos quitaron la ropa, los zapatos y no nos dejaron ni siquiera nuestros cabellos. Si hablasemos no nos escucharian, y si nos escucharan no entenderian nuestras palabras. Pronto nos despojaran hasta de nuestros nombres; y si queremos conservarlos, deberemos encontrar en nosotros la fuerza para que perviva algo nuestro, algo de lo que hemos sido”. Dijo Primo Levi en Si esto es un hombre. Y asi fue. Con la ultima bala de resistencia. Ante de los ametrallamientos masivos. Durante el apresamiento y la deportación, en los trenes, durante las frias esperas o en las largas marchas, cuando comenzo la extenuación y la inanicion y la muerte dejo de ser incertidumbre. Cuando en los campos, los nombres de los hombres se transformaron en números tatuados y las voces enmudecieron junto con la prohibicion de llorar…aparecio la escritura.



Lunes 18 /20:00

“De Dachau a Apaydin: Cuando un lager no es un feld”
Ps. David Alberto Fuks, docente, escritor, editor.
      
    Consideraciones generales acerca del surgimiento de los campos de internacion (paradigma biopolítico de lo moderno y modelo por excelencia del estado de excepcion), como expresion del estallido de la modernidad capitalista. Campo de exterminio. Campo de trabajo. Prision y campo de trabajo. Punto de reunion. Punto de agrupamiento. Campo de transito. Campo de detencion policial. Gueto y campo de transito. Campo de prisioneros. Subcampos. Campo de concentracion. Judenhäuser (casas concentracionarias urbanas). Campo de “refugiados”.Pais de tránsito. Granja-prision. Campos de desplazados internos. Centros clandestinos de detencion.


Lunes 25 /20:00
“¿América para la humanidad?”
Ps. David Alberto Fuks, docente, escritor, editor.
        
 Contradicciones en el rescate de perseguidos del nazismo en America. Los refugiados entre la admision y la devolución. El caso de los desterrados judios del nazismo en regimenes totalitarios de America Latina y en los campos de internacion en las Antillas Holandesas.


Creación y coordinación del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs. Salon Auditorio. Museo de La memoria.
 Córdoba 2019 (Cordoba y Moreno)
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Blog: http://delderechoreves.com.ar
Cuenta facebook: Ciclo Delderechoreves

Auspician:
·         Facultad de Psicologia, UNR
·         Colegio de Psicologos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
·         CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
·         IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Etica y Practicas alternativas "Paulo Freire" - Facultad  de Derecho. UNR.)


*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar



*

Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
 http://urbamanias.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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Monday, May 28, 2012

EL FUTURO JAMÁS NOS ALCANZARÁ...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.





Doña Merenguito*


         Vestía siempre sayas amplias y blusas de óvalos, no la recordaban con otro atuendo. Los niños imaginaban sus escaparates como poblados de ecos, donde cada saya y cada blusa de lunares tendría su igual, repetido hasta el infinito.

         Tuvo dos hijas, cuando eran niñas les cosía y bordaba preciosos vestidos, a modo de tener ocupadas sus manos inquietas. En las tardes se sentaba con ellas en las piernas, en su sillón de amplios brazos y se dedicaba a tejerles trenzas en forma de carrileras, atando trenza con trenza, de modo que cada una encontrara su perfecto orden.

         Pero las hijas crecieron y fueron a construir sus propios hogares. En el pueblo de Quita y Pon es muy fácil hacer un hogar. Solo hay que buscar un espacio vacío, en un lugar lindo y sombreado en las márgenes del río y comenzar a colocar piedras. Porque con piedras se hacen las casitas de Quita y Pon. Luego, si alguien quiere mudarse a otro pueblo, o hacerse una casa nueva, solo tiene que quitar las piedras, dejando el espacio disponible para cualquier otro.

         Doña Merenguito quedó sola. Su esposo era carpintero y venía apenas en las Navidades, para marcharse luego de la celebración de Fin de Año, ya que en Quita y Pon no había necesidad de muebles de madera; con tantas piedras disponibles se podían hacer camas, mesas y asientos. El único mueble de madera del pueblo era el sillón de Doña Merenguito. 

         Al quedar sin niñas a quienes peinar y hacer vestiditos, ella no supo qué hacer con sus manos, tan habilidosas y siempre intranquilas.

         Una tarde, sus gallinas pusieron más huevos de los que podía comer en una semana. Se sentó en el sillón con una fuente llena de claras de huevo y comenzó a batirlas.

         El merengue comenzó a crecer como una torre, poniéndose cada vez más lindo y consistente. Ella formó pequeñas montañitas terminadas en espirales y las puso a dorar en su horno de piedras.

         Cuando salieron, descubrió que, aunque sólo les había echado azúcar blanca, algunos merengues eran rosados, otros azules, otros verdes... los había dorados, marrones, algunos en preciosos tonos malva.

         Como de todos modos no podía comerse tanto merengue ella solita, llamó a los niños del pueblo y comenzó a regalárselos. Eran los merengues más ricos que habían probado en su vida, crujientes por fuera y espumosos por dentro, como comerse la cola de un cometa.

         A partir de ese día recogía los huevos de sus gallinas, que cada vez ponían más, y hacía merengues para obsequiar. Lo mejor era el misterio de los colores. Aunque casi siempre la bandeja emergía plena de tonalidades, a veces salían todos en tonos de rosa, decidía ella entonces hacer una fiesta a las niñas, otras eran azules y había fiesta para los varones. Cuando eran verdes, la comelata era sentados en el pasto; si venían amarillos, eran comidos a la luz del sol; si dorado oscuro, al atardecer; si salían rojos, ella los colgaba con hilitos de los árboles para que los pequeños los encontraran al salir de la escuela.

         Fue por eso que le pusieron Doña Merenguito, de eso hace ya bastante tiempo, tanto que nadie recuerda su nombre anterior. Ni siquiera sus hijas cuando la visitan.

         Pero un día, el carpintero se retiró y regresó a la casa. Hasta el momento no había parado mientes en las ocupaciones de la esposa. Como solo venía por días festivos, pensaba que tanto afán era un antojo para hacer obsequios por Navidades o Año Nuevo, mas al ver que ella se dedicaba día a día  a recolectar huevos, batir claras y hornear, para luego regalar aquellas maravillosas golosinas, se le ocurrió lo que llamó “una genial idea”.

         A la mañana siguiente estaba con una caja en las manos, listo para guardar los merengues apenas salieran del horno. Los colocó con mucho cuidado y salió a venderlos.

         Los niños se extrañaron mucho, ¿para qué querría el dinero Doña Merenguito? Ninguno de ellos había comprado nunca nada, ni sabía cómo se hacía...

         Pero como los merengues eran tan ricos y ya se habían acostumbrado a deleitarse con su sabor, pidieron a sus padres una moneda. Esto originó un pequeño problema, pues en Quita y Pon no había tiendas, ni siquiera de víveres, ya que la naturaleza les obsequiaba lo que necesitaban. Por tanto, si alguna vez tuvieron dinero, no sabían dónde lo habían guardado.

         Los padres, con tal de ver felices a sus hijos, intentaron recordar. Aquellos que lo lograron, le dieron monedas a sus hijos y a los amigos de sus hijos para que fueran a comprar los merengues.

         Al otro día, feliz como una margarita, estaba el esposo de Doña Merenguito con una caja mayor aún en la mano, pregonando por el pueblo.

         Corrieron a él los niños, moneda en mano, para escoger aquellos de su color preferido, y ¡cual fue su sorpresa, cuando al abrir la caja, descubrieron que todos eran blancos!

-         ¡Esos no son los merengues de Doña Merenguito! – dijo una niña de cabellos rojos que parecía la jefa de la pandilla - ¡Los de ella tienen muchos colores, uno por cada uno de nosotros! ¡El mío es de color cobre! ¡No quiero esos dulces, ni regalados!

          Y se marchó con cara de disgusto. Uno por uno fueron acercándose los niños y, al comprobar que no estaba su merengue favorito esperándolo en la caja, se alejaban llamando falsificador al vendedor frustrado, quien viró para el hogar donde lo esperaba Doña Merenguito, con su saya amplia y su blusa de óvalos, batiendo una pequeña fuente de merengue.

-         ¿Por qué no me dijiste lo de los colorantes?
-         Nunca hubo colorantes – respondió ella -, desde el primer día cada merengue eligió su color...
        
         Y le contó, mientras colocaba cinco torrecitas terminadas en espiral en una bandeja y la depositaba en el horno, de las fiestas del pasto, de la puesta de sol, de los merengues colgando como frutos maduros.

         Mientras él negaba con la cabeza y le decía que tenía que estar escondiendo un secreto, ella aguardaba el tiempo de cocción, que como sabemos, es muy corto.

-         Nunca hubo tintes, era magia... magia simple, como la de hacer casas con piedras de río, o las gallinas poniendo tantos huevos – sacó la bandeja y la colocó a la sombra para que se refrescara –. Cuando terminé de hacer los que me encargaste, vino Francisquita y me pidió que le hiciera unos merenguitos de regalo a sus hijas, pues no lograba recordar donde había guardado las monedas. ¿No lo ves?

         El esposo, carpintero retirado y vendedor de merengues malogrado, se quedó boquiabierto, contemplando como cada merenguito había adquirido preciosos colores. ¡Y él podía jurar que nunca se añadió ningún colorante!

-         Quiero tratar de entender eso que llamas magia simple – dijo a su esposa, sentándose frente a ella en un asiento hecho con piedras lisas.
-         Francisquita tiene cinco hijas, por eso hice cinco merengues. Cada merengue escogió a su dueña, pues fue hecho con amor, que es la más sencilla de las magias, también la más poderosa.

         Fue señalando los merengues que iba colocando en una cajita adornada con cintas de papel.

-         La mayor de las hijas se llama Rosalinda, por eso éste, un poco más grande, salió de color rosa. Le sigue Marina, que tiene aquí el suyo en tonos de azul, con las cresticas blancas como las olas. Vienen luego las gemelas Ámbar y Jade, que tendrán estos de igual forma y tamaño, uno dorado y otro verde. Y la más pequeña, Violeta, se deleitará con un merenguito del mismo color de su nombre.

         Vio él que aquellos dulces habían sido concebidos para ser obsequiados, no para ser vendidos. Del mismo modo que en Quita y Pon el río regalaba agua y piedras, las enredaderas flores, las gallinas huevos y plumas para edredones y almohadas, los árboles frutos y sombra, su esposa tenía la misión de hacer felices a los niños con sus creaciones multicolores.

         ¡Cuán a tiempo estuvo! De haber seguido intentando venderlos, al día siguiente la espuma no habría subido igual, ni hubiera tomado la misma consistencia, y al otro, los merengues ya no hubieran sido dulces, sino agrios o amargos. En cambio, ahora entendía la magia de hacer un regalo.

         Cuentan que al salir el sol, estaba el esposo de Doña Merenguito recogiendo huevos y más huevos, como si las gallinas hubieran adivinado la fiesta que se preparaba.

         Hubo que hornear varias tandas. Los merengues salían a cuadritos, a rayas, con  serpentinas, rombos, estrellitas o chispas, porque era la fiesta de todos y no podían ponerse de acuerdo en qué color llevar. Al final quedó un huevo enorme, no de gallina, sino de pata, y el esposo de Doña Merenguito quiso aprender a hacer merengue con su clara.

         Le salió un merengue rechoncho con óvalos multicolores. Todos comprendieron que era su regalo para Doña Merenguito, que se sintió feliz como nunca porque por primera vez era obsequiada con un dulce.

         Y dicen que la celebración duró hasta el amanecer, que todos comieron hasta hartarse y bailaron hasta sentir mareos.

         Esto me lo contó un caracol de río que me trajeron ayer, él es el único que sabe donde queda el pueblo de  Quita y Pon, aquel donde las casas cambian de lugar según el antojo de sus habitantes y el dinero importa tan poco que nadie recuerda donde lo ha guardado. Allí una pareja de ancianos regala cada día merengues de colores.

         Le he pedido que en las vacaciones me lleve a visitarlo.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.






EL FUTURO JAMÁS NOS ALCANZARÁ...






MI CORAZÓN HA HABLADO*


“El corazón nos corre a veces por todo el cuerpo, como si fuera un perro perseguido”.

 F. García Lorca



Mi corazón ha dicho  que soy noche,
Que soy noche y mujer en un caballo alado.
Que mis pechos se prodigan en magnolias blancas.
Que limpio tus cabellos de piojos y de liendres del miedo.
Que quiebro en tu cristal el grito moribundo del cuervo.
Mi corazón ha hablado y quizá me ha engañado.
Pero, he sentido en el pecho la resurrección de la paloma.
He conjugado en sangre el temblor de tu cuerpo.

La mujer habla por mi estómago y está hecha de sudor y grito.
Y besa con las piernas y duerme con la boca.
Entreabre la brecha por donde escapa la turbación y la cordura.

Te ha hecho un lugar en su manto de ausencia.
Y has dormido con ella, aun en lechos vacíos.
Mi corazón me ha dicho, que en el espejo de tu copa, la has visto
Que tus ojos no caben en la inmensidad de su fiebre
Que en un vino empecinado, la desnudas... y  bebes.
Que la consumes en resacas y  la ejecutas en el mar infinito, de tu cuerpo.
Que la has liberado pero vuelve en constelación boreal.
Mi corazón me ha dicho que la mujer ha elegido ser jinete de la noche.
Y se acopla a ti en un caballo rojo. En vid. En llamarada.

Tu corazón es una garganta de perros degollada.
Me ha dicho que sigue en ti, esa certeza tuya, tan desmesurada.
Que solo cabe en ti, tu insoportable amor, aullido a solas.
Mi corazón me ha dicho que la mujer huye, de la noche.
Inadvertidamente. Tan despacio, como una gota de agua en el desierto.
Dejándote la duda y la ilusión, tristísima ilusión.
Un sueño, un ladrido. Noches de fiebre,  un delirio, un deseo.
Un deseo.


*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar







NUEVE  MINUTOS*

Crónicas del Hombre Alto (n° 78)


Los viajes en el tiempo son posibles. Brevísimos, es cierto, casi imperceptibles, tan modestos que ni siquiera provocan efecto verificable alguno, pero son posibles. Lo sé por experiencia; lo sé porque los hago habitualmente desde aquella mañana soleada de julio en que descubrí por casualidad el secreto para llevarlos a cabo.

Ignoro por completo las razones científicas que los sustentan, pero me consta que realizarlos es mucho más sencillo de lo que podría suponerse investigando las teorías que versan sobre tan compleja materia. Mucho más simple, incluso, que lo que se podría fantasear viendo películas de ciencia-ficción referidas al tema. No hay involucradas aquí máquinas estrambóticas, ni es necesario contar con un vehículo o un dispositivo específicamente diseñados para la ocasión. Cualquier persona puede hacer estos viajes sin tener que prepararse para ellos. De hecho, involuntariamente, cada día hay miles de viajeros que los cumplen; lo que sucede es que, al parecer, hasta ahora nadie, excepto yo, se ha dado cuenta.

La cosa funciona así. Uno va caminando por la peatonal de Santa Fe en dirección norte-sur y, unos metros antes de llegar a Primera Junta, mira el reloj electrónico que está plantado a la altura del Banco de Galicia. Al hacerlo, comprueba sin mayores sobresaltos que son, pongamos, las 8.07. Cruza la calle y camina una cuadra más sin que nada extraño acontezca. Pero al mirar el reloj electrónico (idéntico al anterior) que está ubicado unos metros antes de llegar a calle Mendoza, uno descubre con gran sorpresa que son las 7.58.

Seguramente, los espíritus cínicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de lo fantástico en sus ordenadas vidas cotidianas, argumentarán –con intachable lógica, habrá que reconocerlo- que se trata simplemente de una falla de sincronización entre los distintos relojes digitales instalados en la peatonal de Santa Fe. No voy a negar que la primera vez pensé lo mismo; al fin y al cabo, si uno sigue caminando un par de cuadras más hacia el sur, el próximo reloj con el que uno se topa, el que está ubicado  cerca de Lisandro de la Torre, se encarga de marcar, impertérrito, las 8.13, como si el desatino de su hermano mellizo le resultara completamente ajeno. Pero sucede también que, desde entonces, cada vez que cumplo con este recorrido -y conste que, de lunes a viernes, lo hago prácticamente todas las mañanas- compruebo que el desajuste se mantiene inalterable, independientemente de la hora, el día o el mes en que uno pase por el lugar. Y como soy de esos espíritus lúdicos que siempre se muestran renuentes a aceptar la irrupción de las explicaciones cotidianas en el terreno de lo fantástico, tamaña persistencia me ha llevado a conjeturar que no se trata de un mero desperfecto técnico, sino que efectivamente todos los que circulamos de norte a sur por esa cuadra logramos el efímero prodigio de retroceder nueve minutos en el tiempo.

Confieso, no obstante, que aún no he podido desentrañar cuál es el sentido de tan asombroso fenómeno. Las personas que llegan desde el norte dispuestas a cruzar Mendoza no se dan cuenta de que han rejuvenecido nueve minutos. Me pregunto entonces de qué sirve un viaje en el tiempo tan minúsculo que nadie es capaz de advertirlo. Por otra parte, ¿qué tan significativos pueden ser para alguien los nueve minutos previos a ese tránsito anodino por la cuadra de San Martín al 2300? ¿Qué terrible omisión podría ser salvada viviéndolos por segunda vez, qué tremendo desacierto podría enmendarse? ¿Qué amores vencidos podrían ser resucitados, qué decisiones existenciales podrían reverse?

La imposibilidad de obtener respuestas satisfactorias autoriza a concluir que estos fugaces regresos constituyen una hazaña demasiado pobre, tan intrascendente como improductiva, una broma del universo. Y sin embargo, por más mínimos que sean estos retrocesos, cada vez que recorro los cien metros que van desde el Banco de Galicia al Gran Doria, experimento cierto vértigo. No por el retroceso en sí, que es tan minúsculo que no se nota, sino porque invariablemente me pongo a hacer cálculos y pienso que, si la ruta mantuviera ese parámetro de nueve minutos por cuadra, uno podría llegar a la Plaza de Mayo habiendo retrocedido el nada despreciable lapso de una hora y doce minutos. De ahí a enredarme en problemas matemáticos de regla de tres simple hay un solo paso: ¿cuántas cuadras más hacia el sur debería entonces caminar una persona para reencontrarse con su adolescencia perdida? ¿Y para regresar a aquel abrazo bajo aquella lluvia? ¿Y para retornar al punto fundacional desde el cual reedificar toda su vida?  

Se trata, por supuesto, de especulaciones vanas. Si lograra precisar con exactitud milimétrica el sector de la ciudad por donde pasa el meridiano que le da continuidad a esta falla cronológica, podría tal vez corroborar mis hipótesis y aspirar a proezas más notables. Día a día, con terca esperanza, emprendo mi marcha hacia el sur pensando que esta vez sí, que esta vez ocurrirá la maravilla. Sin embargo, con idéntica tenacidad, los números rojos del reloj que está situado cerca de Lisandro de la Torre me informan sistemáticamente, con insobornable rectitud, que son las 8.13, que el viaje ha concluido sin pena ni gloria, que estoy de vuelta en el presente.

Cada tanto siento la tentación de recorrer la cuadra de San Martín al 2300 en sentido inverso para ver qué pasa. Aunque nunca he percibido alteración alguna en los rostros de quienes se cruzan conmigo a lo largo de esos cien metros, todo conduce a suponer que los transeúntes que lo hacen también viajan en el tiempo, pero hacia adelante. No puedo asegurarlo, pues jamás me animé a comprobarlo. Cuando tengo que caminar de sur a norte evito la peatonal, prefiero tomar por San Jerónimo o 25 de Mayo. Tal vez sea sólo un estúpido gesto de superstición, pero uno nunca sabe. La vida es demasiado corta como para, encima, andar robándole nueve minutos al futuro cada mañana.



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar







AQUELLA TARDE DE CIRCO*



Me estaba meando, necesitaba ir al servicio. Me escabullí por debajo de los asientos buscando el lavabo. Entonces descubrí que el que hacía de león se fumaba un cigarrillo con la princesa rusa, a la que echaba el humo a la cara y cogía por la cintura; princesa, barriobajera, que acababa de hacer acrobacias encima de los elefantes. La cabeza de león estaba en el suelo, al lado de ellos. Iba a preguntar cómo ir al servicio, pero antes de hacerlo oí un «quítate niño» de uno de los payasos que discutía con el presentador, quien a su vez estaba comiéndose un bocadillo de chorizo y se limpiaba la grasa en la capa negra brillante. Aquello fue peor que enterarme de que los reyes eran los padres, peor que si se hubiera descubierto que la bella durmiente se drogaba, que el hada madrina y el príncipe eran amantes, y que la madre de Bambi había fingido su muerte para librarse del hijo.
Todo el encanto del circo se desplomó; el hombre-bala, el domador de leones, los equilibristas, los payasos. Toda esa magia. Había algo obsceno en el descubrimiento. El mal olor de los animales, las cagadas de los elefantes, el chihuahua del domador ladrándome, el domador escupiendo, sin hacerme caso. «El servicio, por favor». Y la mirada diabólica del payaso triste. Me meé encima.
No quise volver al circo. Mi madre nunca supo el porqué. Creo que fue desde ese día que empecé a bucear en el mundo real, con maquillajes descoloridos, y sin las máscaras de la infancia. El mundo del circo estaba podrido, la vida estaba podrida. Era como pasar a otra dimensión, en una edad en que querías aferrarte a los sueños, en que confiabas en un mundo fantástico, aunque supieses que no existía.
Aquella tarde se me cayó la carpa encima, todavía no me la le quitado. Hoy voy con mis hijos al circo y rezo para que no les entren ganas de mear.


  *De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es







Apenas un poema*


En su regazo

se descifran las señales.

nombres de un jardín inabarcable.

El cielo acaba de abismarse,

 sobre la extranjera.

Vestigios,
memoria de lo por venir,
balbuceo.


apenas un poema


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com




Sustos*



*Por Osvaldo Soriano.


Nunca volví a tener tanto miedo como aquella lejana mañana en que mi padre me llevó al bautismo de vuelo. Era tal el susto de estar en el ai­re que se me olvidó de toser y la fie­bre desapareció tan rápido como ha­bía llegado. El piloto del avión pare­cía el de los dibujos animados, con su bigote francés y el casco de cuero ne­gro que le cubría la engominada melena justicialista. Bajaba y subía a lo tirones y se dejaba caer en tirabuzón mientras el motor balbuceaba y yo te mía que la hélice se detuviera de golpe.
Era la Semana Santa del año cuarenta y nueve, tal vez la del cincuenta, cuando la tos convulsa me tuvo un mes sin ir al colegio. Tosía día y noche sin parar y mi madre aceptaba comprarme historietas de precio inal­canzable como El Tony y Patoruzito. Recuerdo que. las leía de la primera a la última letra. Empezaba por la fecha impre­sa en la tapa y terminaba por el aviso de la Es­cuela Panamericana de Arte que venía en la contratapa. En ese tiempo mi padre me esta­ba enseñando a leer con los titulares de La Prensa, que eran de una parquedad sospecho­samente antiperonista. Todavía lo veo: acari­ciaba las frases del editorial con las yemas de los dedos al tiempo que abría enormes los ojos y murmuraba odiosos improperios contra la esposa del General. El peronismo ya se había hecho una Constitución a medida y los contreras como mi padre se refugiaban en la pa­labra de los Gainza como si de entre ellas pu­diera surgir, fulgurante y vengativa, la glorio­sa espada del Manco Paz.
Pero el Manco escondía la mano, acaricia­ba la vaina y yo me retorcía en la cama, aho­gado por la tos. Mi madre me había dado to­dos los remedios recetados por el doctor Dí­az Grey y al ver que no me hacían ningún efec­to me envolvió en una cobija y me llevó a ver a una bruja que atendía en un rancho de ado­be. Mi padre simulaba un racionalismo bur­gués y si lo toleraba era porque ya no tenía na­da que perder. ¿Por qué si la bruja es tan vi­va, y habla con los espíritus, no ha podido sa­lir de pobre?, preguntaba. Igual, una noche mi madre me metió en un taxi, que en aquel tiem­po llamaban coche de alquiler, y fuimos al rancho en las afueras de San Luis.
No recuerdo los detalles, pero sí a la bruja: era escueta como una nena y caminaba miran­do siempre el suelo. En alguna parte había un fuego de leña seca azuzado por el viento. La vieja me acarició la cabeza, me aflojó la ropa y le pidió a mi madre que me acostara sobre una mesa entre cien gatos y un aroma de al­garrobos. Todavía tengo en la nariz ese olor chúcaro y sentimental y en el oído la voz ron­ca de la mujer que alzaba los brazos para invocar la ayuda del diablo.  No me acuerdo si la ceremonia duró mucho, pero tuve que tragar­me una cucharada de ceniza y el almí­bar rosado que salía de entre unas corte­zas calientes. Igual, la tos no se calmaba.                          
Me reventaba el pe­cho, me retorcía las tripas, me quemaba la gar­ganta. La bruja hizo inciensos y oraciones que llamaban a todas las tormentas del averno, pe­ro no hubo caso, yo me revolcaba y me iba de escena, esfumado en el brillo vacilante que se agolpaba en los ojos de mi madre.
Al volver a casa mi padre nos esperaba dor­mido en el living. Una patilla de los anteojos se le había desprendido de la oreja y a cada ronquido los vidrios se bamboleaban bajo el bigote manchado. Mi madre me dio una cu­charada de jarabe y me acostó. Después los oí discutir y creo que ella se echó a llorar en los brazos de él. En una larga ensoñación oí de nuevo los salmos de la bruja y los sibilinos chorrilleros que golpeaban las persianas. En algún momento mi padre mencionó el cam­bio de aire, el avión y las alturas y luego no escuché otra cosa que la tos y el jadeo.
El doctor Díaz Grey era un socialista que cobraba caro. Algunas visitas las pasaba por alto pero las otras devastaban la flaca billete­ra de mi padre. Aún la recuerdo: era de cuero oscuro, forrada en seda de Paquistán. Muchos años después se la robaron en el tren que va a Morón, pero en la época que trata esta histo­ria todavía le brillaban las guardas doradas y mi padre la rellenaba con pedazos de papel secante para que no pareciera tan vacía. El médico aceptó la deuda pero al tiempo el combinado de  músi­ca desapareció de mi casa y tengo para mí, que mi padre se lo entregó como parte de pago.
Él avión, en cam­bio, fue gratis. En la cabina llevaba los acartonados retratos de Perón y su esposa que repartían en el co­rreo y venían de la flamante Fundación Eva Perón. Mi padre conocía a un tipo en el dis­pensario y vaya a saber con qué ardid, con qué humillación, consiguió una orden para que yo cambiara el aire con un bautismo aé­reo. Tampoco mi padre había subido nunca a un avión y creo que en ese tiempo todos guar­dábamos en un rincón del inconsciente la trá­gica voltereta del trimotor gardeliano. Por me­jor que sonaran las voces de Ángel Vargas y Carlitos Dante, el avión del Zorzal seguía ahí, chamuscado y patético como un guiñol ar­gentino.
Mi padre me tenía abrazado contra su hom­bro y también él tosía su parte de rubios sin filtro. El avión empezó a elevarse sobre los hangares y fue tal el horror que sentí que ha­bía de tardar veinte años en subir a otro. No sé de qué se reía el piloto del bigote francés, si del escudo justicialista que mi padre se ha­bía abrochado a la solapa o de mi llanto con­vulsionado. Yo sentía que el aparato flotaba sin avanzar y que algo lo llamaba inexorable­mente hacia la tierra. Mi padre parecía emo­cionado, quizá perturbado por su disfraz pe­ronista, y se inclinaba hacia el piloto para pre­guntarle sobre vientos y coordenadas de equilibrio. En el tacómetro bailaba una bolilla plateada y el retrato de Perón temblaba tanto como yo. Mirar a Evita, su plácida sonrisa, me volvía el alma al cuerpo, pero ese atisbo duraba apenas instante porque el casco negro del piloto me lo tapaba con sacudones y corcovos. Los tirabuzones tenían un maldito nombre inglés que el piloto gritaba con la misma furia con que la bruja había invocado al satán de los bronquios. Lo cierto es que allá arriba aterrado y sin consuelo, empecé a olvidarme de la tos y a respirar a todo pulmón. Sentí de nuevo el olor del tabaco que mi padre llevaba impregnado en el traje, el sudor de varios días que corría bajo el uniforme del piloto y mi corazón que palpitaba de trote a galope.
Fue entonces que, obnubilado por botones, luces intermitentes y palancas de nácar, mi padre sucumbió al influjo de la navegación aérea. Olvidado de mi tos y del vergonzante prendedor peronista, le preguntó al otro si el avión era manejable cuesta abajo y sin motor. Para habrá dicho: ahí nomás, tocado en su orgullo, el piloto se inclinó y apagó el contacto como quien cierra la hornalla del gas o llave de luz. A mí se me encogió el cuerpo. No se me olvida la imagen de la hélice detenida. No hay en el mundo nada más inútil que una hélice detenida. Aquella que mi padre miraba con aire embelesado estaba clavada en una vertical tan recta como una plomada, más tarde en Cuba, en Nicaragua y en tierras de pasada ilusión, estuve a punto de renegar de mi fe en el luminoso destino de los pueblos para no tener que subir a uno de esos cascarones a hélice que volaban rozando las montañas y las copas de los árboles. Parece que el Che les tenía tanto miedo como yo, con su asma y su mirada de futuro inconcluso. Perón, que prefería la placidez del tren.
Pero mi historia era de tos convulsa, no de aviones. De noches con la luz encendida y el Rayo Rojo pispeado entre las sábanas. Relatos principescos que contaba mi madre vestida de enagua, con un chal sobre los hombros. Querría terminar este cuento con su risa nerviosa y feliz cuando me vio regresar casa sin nada de tos, pálido de terror, con un avioncito de lata que me había comprado mi padre. Se sentó a hablarme al oído mientras mi padre se quitaba el escudo justicialista y lo tiraba con desdén sobre la mesa. Esa noche nos costó dormir. Mi madre de miedo que me volviera la tos, yo imaginando aventuras con mi avión de juguete y mi padre en el escritorio, en calzoncillos, frente a una figura del Cristo resucitado, la cuenta del doctor Díaz Grey y el prendedor del General su esposa. Sin saber a quién agradecerle primero.

*Publicado en el diario Página/12. el domingo 3 de abril de 1994.





PENSAMIENTO 6*


El futuro jamás nos alcanzará.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es






EL LOBO DE VIAN*
      


  Como  un amor impune

                 para la lucidez de la tarde.
               
            Debelar lobo azul
            
amigo Vian.

          
   No a la llanura de la nada
 
            donde la gente se enferma de desierto.


Buscar un bosque - luz

donde vivan los narcisos azules,

para atenuar el odio.
              
Linde donde se escribe con murmullos.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com




*

Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
 http://urbamanias.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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Sunday, May 27, 2012

Y SERÁ MARAVILLA PODER NOMBRARNOS...


*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.





EL PLANETA AZUL*
 

        
Muy lejos de aquí está situado un mundo donde todas las criaturas solían ser azules.  Azules eran no sólo el cielo y las aguas, sino las plantas, las mariposas, las aves, los elefantes, las jirafas, los gatos, los perros y los Índigos, que era como se llamaban las personas que lo poblaban. 
         Conocían los demás colores, y a veces los usaban en sus casas, en las portadas de sus libros, en sus adornos o en sus pinturas, pero no concebían un ser vivo que no fuera azul, porque era lo que habían visto desde el principio de los tiempos. 
         Un día nació un niño de color rosa. Por lo demás era parecido a cualquier otro Índigo, incluso en la sonrisa, pero esto no lo notaron sus compañeros de escuela, ni sus maestros, ni sus vecinos o amigos del barrio, que siempre lo trataban como si fuera un ser inferior o diferente, por esa tontería del color.
         Se les olvidaba pensar que cada uno de nosotros – y de ellos – es diferente al otro, porque no nos gustan los mismos libros, o los mismos juegos, o pensamos distinto: a algunos nos gusta bailar, a otros pintar, a otros ir al cine, a otros cantar, a otros coleccionar sellos, a otros mirar a las estrellas... Y esta diferencia, en cambio nadie la nota, ni aquí, ni allá.
         El caso es que Rosado – así le pusieron sus padres, que no encontraron mejor modo de llamarlo, a pesar de que lo amaban mucho porque el amor de los padres es incondicional -, siempre se sintió discriminado por su color, y esto era muy triste, porque era un muchacho muy despierto e inteligente.
         A pesar de que estudió botánica y se graduó con honores en la Universidad, no se le permitió trabajar como investigador sino como jardinero. No obstante, fue tan bueno en su profesión, tan original y creativo, que terminó trabajando de jardinero en el palacio real.
         Todos los días miraba, mientras plantaba, podaba y regaba las lindas flores de los jardines reales, a la princesa Celeste pasearse por los laberintos de árboles que él construía con precisión, semejando islas, corceles, figuras mitológicas como grifos, dragones o esfinges, o gigantescas mariposas que al golpe del viento movían sus alas compuestas de hojas azules. 
         La princesa era muy bella y el jardinero la amaba en silencio, pero no se atrevía a confesarle sus sentimientos, porque sabía que por la diferencia de su color nunca sería aceptado. Ella no parecía notar mucho su color rosado, pues se sentaba y conversaba con él largo rato; hablaban no sólo de las flores y las plantas, sino de la inmensidad del Universo, de la amistad y de las maravillas aún por descubrir en mundos inexplorados. 
         Mas el muchacho, a pesar de que disfrutaba enormemente estos ratos junto a ella, sabía que de ser descubierta su amistad, le sería prohibido mirar siquiera a su amada...
         Un día, una extraña epidemia comenzó a azotar a los niños y niñas del reino Índigo. Extrañas manchas de color rojo les salían en la piel, ardiéndoles y dándoles mucha picazón, si las rascaban, era peor, porque se convertían en ronchas... Así no se podía ir a la escuela, ni salir a pasear o a hacer visitas; peor aún, los padres no podían ir a trabajar porque tenían que quedarse en casa a cuidar a sus hijos enfermos. 
         Si la enfermedad seguía extendiéndose, el reino iría a la ruina, nadie asistía a las fábricas, a las oficinas o a los centros comerciales;  hasta los parques estaban vacíos, ¿quién va a querer jugar con esas manchas tan molestas y piconas?
         El rey ordenó a sus médicos, científicos y farmacéuticos que buscaran entre las medicinas existentes alguna que curara el mal de las manchitas rojas. Muchos de ellos se excusaron, porque tenían que cuidar que sus niños no se rascaran demasiado o se le infectaran las ronchas, pero los que quedaron disponibles tampoco pudieron hallar la solución. El soberano lanzó entonces una proclama, anunciando que aquel que descubriera el remedio para la enfermedad que azotaba a los pequeños, se casaría con la princesa Celeste. 
         Pasaron tres días sin que nadie respondiera a su llamado, ya todos los niños del reino se rascaban sin cesar y estaban llenos de pequeñas ronchas rojas... ¡Y pensar que hasta no hace mucho sus padres despreciaban todo lo que no tuviera color azul!
         Al amanecer del cuarto día tocó a las puertas de palacio el joven Rosado, pidiendo ser llevado inmediatamente ante el monarca: ¡había descubierto el remedio para las manchas rojas en una flor que crecía en todos los jardines! Un simple cocimiento con sus hojas y en 24 horas los niños estarían curados.
         Mientras los heraldos reales cabalgaban por el reino anunciando la solución y los padres corrían a hacer cocimientos con aquellas flores, el rey de los Índigo enfrentaba un dilema: Hasta el momento había despreciado a Rosado por su color, había hecho que trabajara de jardinero a pesar de saber que era un excelente botánico, y ahora debía cumplir la promesa de casarlo con su hija... Por ironías del destino, el futuro del reino estaría en manos de alguien de piel distinta a la suya.
         Consultó con su hija, y para su sorpresa, la princesa Celeste le dijo que había aprendido a amar al joven Rosado por la belleza de su alma, por su inteligencia y por sus buenos sentimientos, sin mirar jamás el color de su piel. 
         Rosado casi se desmaya de alegría al oír tal confesión, pero se aconsejó mejor y corrió a abrazar a su novia. De este modo, el rey no tuvo más remedio que aceptarlo como su yerno y anunció la boda para el día siguiente.
         Al otro día, todos los niños del reino estaban en las puertas del palacio, pidiendo ver a Rosado, para agradecerle por su rápida curación. Los padres habían tenido que reincorporarse a sus puestos de trabajo, pero no paraban de enviar telegramas, cartas, tarjetas y flores para el salvador de sus hijos. De este modo la ceremonia estuvo plena de alegría, con muchos pequeños invitados correteando por los jardines.
         Cuando Rosado y Celeste tuvieron un hijo, y vieron que era un precioso bebé de color violeta, lo abrazaron y dijeron que era el niño más lindo que puede imaginarse. El rey estuvo de acuerdo en que su nieto era una preciosidad.
         Al poco tiempo nació en una familia cualquiera otro niño color de rosa, y luego una niña, y en otra nacieron gemelos, y pronto hubo muchos niños rosados en el planeta azul. Mas no tenía importancia, porque lo que los hacía especiales era la película preferida, el libro más leído, lo que habían soñado la noche anterior, si les gustaba jugar con pelotas o a los escondidos, coleccionar sellos, minerales, postales, monedas, o papelitos de caramelos...
         De esto que les cuento hace mucho, mucho tiempo. Ahora en ese planeta lejano todos son de color violeta, aunque a veces todavía nace un bebé de tonos rosados o azules... Pero eso ya no sorprende a nadie.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.





Y SERÁ MARAVILLA PODER NOMBRARNOS...






AUN ES TIEMPO*

“Tu casa tiene un nombre de tristeza:
un leve nombre de ceniza y frío.
Toca el fértil azul del nombre mío
y es noche oculta en que tu voz tropieza….”

CLAUDIA LARS


No dejes que te desdibuje, amor. Refugio. Casa.
No dejes que me desdibuje.
Aun hay mariposas incendiando  campos
No dejes que se alejen las azules noches.
Pude que vuelen buscando el misterio del agua.
Y no regresen, o mueran o agonicen.
He visto inaugurarse palabras en mis manos.
Y no quiero cimientos en las viviendas viejas.
Quiero sentir, sostenerme y crecer en tu oficio.

A veces leo la  brasa pensativa y la rama quebrada.
Y   siento el frío compartido,  pese al fuego.
Y en tus fogones y en fragantes cabañas agonizamos juntos.
Y, se,  te he rescatado de sepulcros.
Y, sabes, mis sepulturas se han convertido en  lecho.

Aquí, nos cerca octubre.
 Brillan de nuevo vísperas dormidas.
Aun es tiempo, amor.
Aun es tiempo de reconstruir la flor.
 Aunque el tallo es débil y la raíz es parca
Aun es tiempo, y será de día.
 y será maravilla poder nombrarnos.
Y poder nombrarnos será maravilla.


*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar








VICKY*



La mujer teñida de rubio fumaba casi con desgano, recostada contra el caño del cartel indicador de calles. Todo en ella resultaba llamativo: su pose vagamente desafiante, sus nalgas prominentes, su cabello largo recogido en una cola, su minifalda roja de lycra. Sin embargo, cuando el señor Silvestre
la vio, calle de por medio, ese lunes por la noche al regresar del trabajo, el único pensamiento que atinó a formularse fue un mudo lamento por el modo escandaloso en que se visten ciertas mujeres hoy en día. Nada más. Luego, subió hasta su departamento del primer piso y, apenas encendió el televisor para ver el noticiero, la olvidó por completo.
Sólo cuando la vio por tercera noche consecutiva parada en el mismo lugar, cayó en la cuenta de que aquella mujer no estaba ahí para esperar ningún ómnibus. Se sintió un poco tonto por no haberlo advertido antes, sobre todo porque la señora de García ya se lo había anticipado el sábado anterior en
la verdulería, anunciándole con enfático dramatismo que el barrio ya no era el lugar tranquilo y familiar de años atrás, que las costumbres se estaban degenerando, que ahora las esquinas estaban plagadas de mujerzuelas descaradas cuya presencia ofendía la moral de los vecinos decentes como ellos, que...
Esa tercera noche, apenas entró a su departamento, un inexplicable pero irreprimible impulso llevó al señor Silvestre hasta la ventana de su dormitorio. Sin encender ninguna luz, subió la persiana unos centímetros, descorrió un poco la cortina y, amparado en las sombras de su escondite, se puso a observar a la mujer parada en la vereda de enfrente. Tenía puesto un top negro ajustado que resaltaba la redondez contundente de sus senos y unas calzas color crema que la luz de sodio suspendida sobre su cabeza tornaba aún más brillosas. En su flanco derecho descansaba una carterita fucsia cuya delgada correa le cruzaba el torso en diagonal. El señor Silvestre la estuvo mirando durante un par de minutos, en cuyo transcurso la mujer no hizo otra cosa que permanecer apoyada en el caño azul, desviando cada tanto la vista en una y otra dirección, acomodándose el cabello a intervalos regulares. De pronto, lo asaltó la sensación de estar cometiendo un acto imperdonable, y una súbita vergüenza lo obligó a interrumpir su contemplación. Decidido a retomar su rutina, se alejó avergonzado de la ventana, encendió el televisor y se sentó a mirar el noticiero.
Desde entonces, y prácticamente sin excepción, cada vez que el señor Silvestre volvía a su casa después del trabajo -a las ocho y cuarto de la noche, minutos más, minutos menos- veía a la mujer teñida de rubio apostada allí, justo enfrente de su edificio, como un elemento más del paisaje. El señor Silvestre, no obstante, se preocupaba por esquivarla casi pudorosamente. Apenas distinguía desde lejos su silueta insinuante clavada en la esquina, cruzaba la calle por mitad de cuadra y continuaba su aséptico
recorrido por la vereda opuesta, casi sin mirarla. Se sentía seguro haciéndolo, como si mediante ese calculado distanciamiento físico cumpliera con una estricta regla sanitaria que era indispensable no violar. A lo sumo, una vez en el palier, se permitía atisbar fugazmente la figura de la mujer a través del vidrio mientras cerraba la puerta; apenas eso. Sin embargo, después remontaba la escalera hasta el primer piso, entraba a su departamento, dejaba el portafolios sobre la mesa del comedor, iba hasta la
ventana de su dormitorio a oscuras y dedicaba unos minutos a la tarea de quedarse mirándola.
El señor Silvestre no sabía bien a qué atribuir esa actitud que él mismo calificaba de malsana. A veces pensaba que lo movía el interés detectivesco de ver si podía reconocer a algún vecino entre los hombres que se acercaran a la mujer (estaba seguro de que, en este sentido, la señora de García envidiaba rabiosamente la privilegiada ubicación de su departamento). Otras veces pensaba que lo movía la curiosidad meramente intelectual de conocer cómo funcionaba ese mundo tan ajeno a él, poblado de sórdidas transacciones concretadas en voz baja junto a la ventanilla de un automóvil. Sea como
fuere, sus observaciones clandestinas solían sumirlo en cierto grado de insatisfacción, ya que no era mucho lo que ocurría ante sus ojos. Más allá de algunos autos que frenaban y arrancaban después de un inaudible cruce de palabras, más allá de las miradas hambrientas de algunos transeúntes que volteaban la cabeza atraídos por las caderas ampulosas de la mujer, más allá de los piropos obscenos emanados de alguna camioneta, lo cierto era que nunca había presenciado ningún suceso digno de destacar y, quizás sin ser plenamente consciente de ello (porque no sabía bien qué era lo que esperaba ver), tanta inacción lo hacía sentirse levemente decepcionado.
Tan desmoralizante ausencia de emociones se prolongó durante las primeras tres semanas, hasta que una noche de abril, volviendo a casa, el señor Silvestre se encontró con la desagradable novedad de que la Municipalidad estaba realizando unos arreglos en el pavimento, lo cual le impedía cruzar por el lugar habitual. Luego de un rápido análisis de la situación, comprobó que no tendría más remedio que seguir caminando hasta la esquina donde estaba parada la mujer teñida de rubio. Resignado, se puso en movimiento y, al cabo de unos segundos que se le antojaron terribles, pasó a medio metro de ella. Fue entonces cuando escuchó su voz por primera vez. "¿Querés que hagamos algo, mi amor?", le disparó ella a quemarropa, con una modulación insinuante que rezumaba lujuria profesional. Fue casi una violación.
Súbitamente ruborizado, sin terminar de creer lo que acababan de preguntarle -o el hecho de que se lo hubiesen preguntado a él- el señor Silvestre apresuró su marcha y cruzó la calle casi sin prestar atención al tráfico. Cuando entró a su departamento estaba transpirando. Esa noche no se atrevió a espiarla, como si temiera que la mujer tuviese la capacidad de afectarlo aún a la distancia. Menos aún se animó a pensar que era la primera vez en más de treinta años que una mujer le decía "mi amor".
El sábado siguiente, a la salida del supermercado, el señor Silvestre se encontró con la señora de García, quien, muy indignada, lo puso al tanto del terrible incidente que había coprotagonizado días atrás con la mujer de la esquina. Según explicó con lujo de detalles, el jueves a la noche había
tomado la resolución de acercarse a ella en representación de la gente decente del barrio para exponerle sus quejas, repudiar su presencia en el lugar y, en nombre de la moral y las buenas costumbres, conminarla a retirarse. Sin embargo, la mujer teñida de rubio, lejos de aceptar dócilmente los términos de semejante petitorio, había tenido el desparpajo de responderle que no la molestara, que ella estaba trabajando. La señora de García, azorada, había hecho un comentario sarcástico sobre los respectivos conceptos de trabajo que ambas tenían, y la mujer había incurrido en la osadía de reírsele en la cara, tras lo cual la había cubierto de improperios, utilizando un lenguaje procaz, plagado de términos descomedidos cuyo cabal significado la señora de García desconocía pero que, según suponía dado el contexto semántico en que habían sido pronunciados, estaban impregnados de indecorosas alusiones sexuales. Quizás a raíz de lo ocurrido la noche anterior, el señor Silvestre fue sincero al manifestar su solidaridad con la vecina damnificada. Sin embargo, al mismo tiempo, una minúscula parte de él se alegró ante la evidencia de que la señora de García hubiese encontrado al fin la horma de su zapato.
El lunes siguiente, superada la impresión del traumático episodio, el señor Silvestre se animó a retomar su rutina de observaciones nocturnas. Más aún -y aunque no fue consciente de ello hasta un par de semanas después-, a partir de entonces empezó a prolongar cada vez más sus estadías junto a la
ventana, como un vicio que se va adquiriendo de modo imperceptible.
Una noche, una lluvia torrencial tomó por sorpresa al señor Silvestre en su trayecto de regreso. Luego de bajarse del colectivo, corrió una cuadra azotado por el aguacero y comprobó con fastidio que, tal como solía suceder en ocasiones como esa, su calle se había inundado de vereda a vereda, por lo que resultaba imposible cruzar sin tener que hundirse en el agua hasta la altura de las rodillas. Hecho sopa, decidió que lo más prudente era refugiarse bajo el toldo metálico de la pinturería que quedaba a mitad de cuadra y aguardar que la lluvia amainara, de manera que caminó hacia allí con premura, tan concentrado en la tarea de esquivar charcos y baldosas flojas, que sólo cuando llegó y alzó la mirada advirtió, horrorizado, que la mujer teñida de rubio había tenido la misma idea que él. Superado a duras
penas el sobresalto inicial, evaluó con urgencia la posibilidad de largarse a cruzar y no tuvo dudas: cualquier alternativa le parecía preferible a tener que compartir un refugio con esa mujer, aunque ello significara tener que sumergirse en aquel río urbano y arruinar la mitad de su ropa. Dio unos pasos hacia adelante, hasta llegar al cordón de la vereda y, justo cuando estaba a punto de internarse en el agua, sintió que una mano lo retenía tomándolo del brazo. "¡No, no cruces por ahí, que del otro lado hay un cable suelto!", lo urgió la voz temida. El señor Silvestre giró su cabeza hacia la mujer teñida de rubio y la miró durante un segundo con expresión de absoluto desconcierto. "¿Ah, sí?", balbuceó estúpidamente, y volvió sobre sus pasos hasta quedar de nuevo a salvo de la lluvia. Se mantuvo callado un momento, sin saber qué hacer. "Gracias", dijo, de pronto, con una voz tan débil que no supo si la mujer lo había escuchado o no. Después, clavó la vista hacia el frente, como si jamás antes en su vida hubiese visto llover. Sólo después de permanecer un buen rato amarrado a ese incómodo mutismo se animó a
mirarla furtivamente: la mujer fumaba con expresión neutra, perdida en insondables pensamientos, tratando infructuosamente de protegerse del frío, arrebujada en su campera de jean empapada. Fue una visión efímera -una mujer sola temblando en una noche de lluvia, no más que eso (después de todo, no
la había mirado más que de reojo)- pero el señor Silvestre sintió que descubría en ella un costado inimaginado, como si -paradójicamente- hasta entonces jamás hubiese pensado que ese ser que lo desvelaba era, antes que nada, una mujer. Su cadena de sensaciones se hizo trizas cuando un taxi se
detuvo en forma imprevista justo frente a la pinturería, levantando una ola considerable que salpicó sus pantalones y acabó con todos sus pensamientos abstractos. La puerta trasera del auto se abrió y de ella emergió la cabeza de una mujer morocha que gritó "Dale, Vicky, subí". La mujer teñida de rubio aceptó la invitación de inmediato y el auto arrancó, dejando al señor Silvestre solo, mojado y envuelto en el eco dulzón del nombre revelado.
Un par de semanas más tarde, mientras se dirigía hacia el trabajo, el señor Silvestre escuchó en el colectivo una conversación plagada de alusiones obscenas entre dos hombres que viajaban sentados a sus espaldas. Así fue como, sin querer, se enteró de que en los avisos clasificados de los diarios existía un rubro hasta entonces impensado para él. La novedad le causó un notable asombro, tanto que a la hora del almuerzo, llevado por la curiosidad, le dedicó una atención especial a esa sección del diario que él jamás leía. Comprobó conmocionado que el rubro en cuestión contenía muchos más avisos de los que él hubiera podido imaginar. Los revisó con una mueca de pudor y sorpresa crecientes, hasta que se topó entre los últimos con uno en el que una tal Vicky prometía "inolvidables placeres para hombres muy exigentes" y daba luego un número de teléfono celular. Apenas terminó de leerlo, se formuló la pregunta obvia. Pensó en las carteritas que solían componer el atuendo habitual de Vicky -una fucsia y otra negra- y constató
que un celular cabía perfectamente en ellas. Como un relámpago pecaminoso, se le cruzó por la mente la inconveniente idea de llamar y sacarse la duda.
La desechó de inmediato. Abandonó el diario diciéndose que era una locura y continuó abocado a asuntos del trabajo. Sin embargo, la cuestión siguió dando vueltas en su cabeza durante el resto del día. Para refrenar tan perturbadora tentación, pensó en la infinita cadena de consecuencias a que su llamado podía dar lugar. Imaginó y repasó todas las alternativas, desde hipotéticos diálogos hasta las derivaciones más extremas e insólitas. La mayoría de esas posibilidades lo intimidaba. Básicamente, lo aterraba que la mujer teñida de rubio -en caso de que fuera ella la del aviso- lograra identificarlo y que al día siguiente le dijera algo comprometedor, poniéndolo en evidencia delante de todo el barrio. Preocupado por el carácter obsesivo que estaba adquiriendo el tema, se juró a sí mismo cortar el problema de raíz: no llamaría. Esa noche, no obstante, después de espiar a Vicky, un indescifrable impulso lo condujo a hacerlo. Consumido por sus propias contradicciones, marcó el número con una febril alienación, sintiéndose un poseso. "Hola", lo atendió una voz sensual y sumamente joven.
"¿Con quién hablo?", preguntó él, impersonal. "¿Con quién querés hablar?", llegó defensiva, desde el otro lado, la voz de la mujer. "Con Vicky", dijo él, controlando a duras penas el temblequeo de su voz. "Soy yo. ¿Te conozco?". "No, no", se apresuró a aclarar él, sin saber si era cierto, y se quedó cortado, sin saber qué agregar. "¿Qué andás necesitando, mi cielo?", lo ayudó la voz de ella. En medio de su embarazo, el señor Silvestre fue consciente de que era inviable preguntarle a esa desconocida lo que
realmente quería saber, pero tampoco sabía cuáles eran las palabras adecuadas para acceder a otro tipo de diálogo. Estuvo a punto de cortar pero una frase salvadora lo sacó del embrollo que él mismo se había construido.
"El precio", dijo un poco cortante y, acto seguido, recibió avergonzado el menú completo de servicios y sus respectivas retribuciones. Tragó saliva, hizo un esfuerzo inmenso para que su voz no delatara el nerviosismo que lo colmaba, se excusó diciendo "bueno, en otro momento te llamo" y colgó con
brusquedad. Quizás como inconsciente castigo, recordó que desde los celulares se puede rastrear llamados, y se le heló la sangre temiendo que, en adelante, la mujer se dedicara, con perversa fruición, a acosarlo sistemáticamente. Sólo el lentísimo paso de los minutos siguientes y una ducha tibia lograron calmar sus nervios.
El sábado siguiente volvió a encontrarse en la verdulería con la señora de García. Semejante coincidencia hizo nacer en él ciertas especulaciones levemente paranoicas. Absurdamente, supuso que su vecina estaba al tanto de sus contemplaciones secretas y deseaba desenmascararlo. El señor Silvestre
no estaba en condiciones de precisar si sus sospechas eran fundadas o si sólo ocurría que su vecina lo consideraba un adalid de su cruzada moralista.
Lo cierto era que, cada vez que se cruzaban, la señora de García aprovechaba la oportunidad para arremeter a gusto contra la mujer teñida de rubio, dedicándole venenosas diatribas. Esa vez no fue la excepción y la señora de García se puso a despotricar contra el pésimo ejemplo que la presencia de
esa viciosa representaba para los niños del barrio que, con toda inocencia -como ya lo había constatado alarmada en uno de sus propios nietos-, se veían incitados a formularle incómodas preguntas a sus mayores.
Después, deploró que la policía no hubiera hecho nada a pesar de la vibrante denuncia que ella en persona había radicado días atrás en la seccional.
Culminó contando entusiasmada que había empezado a levantar firmas para presionar a las autoridades y lograr así, al fin, que se llevaran a la mujer de la esquina de una vez por todas, para poder restaurar en el barrio la paz perdida. Acto seguido, la mujer extrajo una carpeta y una birome de su bolsa de compras, e instó al señor Silvestre a sumarse a la iniciativa. El señor Silvestre se limitó a asentir en todo, un poco por cortesía, y otro poco por miedo a que una intervención demasiado amplia de su parte en la conversación le infundiera a su vecina nuevos bríos para continuar su discurso abrumador.
Aún así, cuando finalmente logró desembarazarse de ella, se sintió ligeramente irritado y no supo explicarse por qué.
Los propósitos de la señora de García parecieron cumplirse en el transcurso de la semana posterior. El señor Silvestre no vio a Vicky en la esquina ni el martes, ni el miércoles ni el jueves. A la cuarta noche, esa ausencia persistente e inédita que parecía exceder los márgenes de lo casual hizo nacer en él una vaga sensación de contrariedad. Le llevó un buen rato llegar a sospechar que la causa de su malestar estaba en la posibilidad concreta de no volver a verla. Le llevó varias horas más terminar de aceptar que la sospecha era cierta: él no quería que Vicky se fuera. Recordó que había consentido en firmar la nota de la señora de García y el ardor de la traición le recorrió el pecho. Se preguntó enojado consigo mismo por qué siempre aceptaba todas las cosas pasivamente, sin rebelarse, y no encontró respuestas razonables. Sólo una humillante sensación de pusilanimidad.
Paradójicamente, la ausencia de Vicky agudizó su adicción. Durante los días siguientes, la mujer teñida de rubio adquirió en su pensamiento una hegemonía despótica. El señor Silvestre ya no se limitaba a sus -ahora infructuosos- espionajes nocturnos. A menudo se descubría pensando en ella también por la mañana y por la tarde. Abatido por la culpa, ansiaba comprobar que nada le había sucedido. Pero Vicky no volvía y su desaparición le resultaba preocupante. Mal predispuesto como estaba, diseñó mentalmente un ominoso repertorio de eventuales desgracias, sustentado tanto en lo que escuchaba a diario en los noticieros como en las amenazas de la señora de García. Se alarmó imaginando a Vicky detenida en una seccional, internada después de una golpiza, estrangulada por algún loco suelto, embarazada sin
desearlo por un hombre anónimo al que jamás volvería a ver. No entendía qué le pasaba, no entendía por qué una desconocida como esa provocaba semejante grieta en su reiteración casi maniática de actos cotidianos. Hacía años que no lograba interesarse en algo ajeno a su insulso carrusel de días solitarios. Era como un deshielo vital, como si sus emociones largamente entumecidas se estuvieran desperezando. Sólo para ver la nada, sólo para constatar un aluvión intolerable de días mal vividos. Porque, ¿qué quedaba sin Vicky? Quedaba su propio encierro, el vacío de sus horas, su cabeza gacha al caminar, la monotonía oficinesca, el peso de su portafolios gastado, su vestimenta ajada y gris, su apego compulsivo a la rutina, la estrechez asfixiante de su mundo y sus prejuicios, la falta absoluta de calor humano en su vida.
Una noche de fines de mayo, mientras miraba con desgano una película en el cable, el señor Silvestre advirtió que había olvidado sacar la basura. Miró la hora, comprobó que todavía faltaban unos minutos para que pasara el camión recolector y se apresuró a cumplir con la tarea omitida. Cuando llegó al palier, la imagen que apareció ante sus ojos a través del vidrio lo dejó paralizado: Vicky había vuelto. Estaba en la esquina de siempre, hablando con un hombre de campera negra que parecía haberse bajado de un automóvil que aguardaba sobre la avenida, con el motor en marcha. Ganado por el alivio de saber que no le había pasado nada, el señor Silvestre salió a la vereda y depositó su bolsa de residuos en el canasto correspondiente. En ese momento, un agrio intercambio de insultos proveniente de la vereda de enfrente le reveló que el presunto diálogo entre Vicky y el desconocido era en realidad una discusión de creciente intensidad. Inmóvil y espantado, el señor Silvestre vio cómo el hombre estampaba una enérgica cachetada en el rostro de la mujer, haciéndola caer. El hombre se agachó, le arrancó la carterita negra de las manos, la abrió, sacó algo de su interior y se la arrojó a la cara. Luego subió al auto, que se perdió por la avenida. El señor Silvestre permaneció quieto durante unos segundos sin saber qué hacer. Finalmente, luego de comprobar que no había nadie a quien recurrir, se animó a cruzar la
calle. Con una indecible mezcla de temor y pudor, se acercó a la mujer. "¿Se siente bien?", le preguntó, con incorregible formalidad. Resoplando de furia, o de indignación, o de dolor, ella lo miró a través de una niebla de lágrimas apenas contenidas y masculló un "sí" que no podía convencer a nadie. Tenía la mejilla colorada y un hilo de sangre le corría desde el labio inferior hasta el mentón. El golpe le había desordenado los cabellos y ese detalle le confería a su imagen un aura mayor de desamparo. Además, notó el señor Silvestre, era más joven de lo que él siempre había pensado. Vicky se puso a juntar los objetos que habían quedado diseminados a su alrededor y los guardó nuevamente en su carterita (el señor Silvestre contabilizó algunas monedas, una cajita cuadrada, un lápiz labial, pero no alcanzó a
divisar ningún teléfono celular). Después, lentamente, como si todavía se sintiera algo aturdida, se fue incorporando hasta ponerse de pie. Se pasó el dorso de la mano por la boca y descubrió que todavía estaba sangrando. En medio de su confusión, el señor Silvestre atinó a prestarle un pañuelo, que ella aplicó sobre el labio herido mientras él permanecía a su lado, guardando prudente distancia. "Te lo ensucié todo", le dijo un instante después al devolvérselo, observando las manchas bermejas de sangre y de rouge plasmadas sobre la tela. "No importa", dijo él, tomándolo con la punta de los dedos. "Gracias", dijo Vicky, y el señor Silvestre quizás algo aturdido por la infrecuente experiencia de sentir desde tan cerca el perfume de una mujer (aunque fuese tan espantosamente barato) no pudo evitar que sus
ojos tristes terminaran estrellados contra la ondulada silueta de sus pechos. La expresión de Vicky al notarlo cambió súbitamente. Como si de golpe retomara conciencia de un límite que por unos segundos se había borrado, se alisó los cabellos, se acomodó el escote y preguntó, melosa: "¿Qué pasa? ¿Querés jugar un ratito conmigo?". El señor Silvestre retrocedió espantado. Envuelto en una oleada de rubor que surcaba sus mejillas, tropezó con las palabras tratando de explicar que él de ninguna manera había
intentado sacar provecho de la situación, que su auxilio había sido meramente humanitario, que... "Pará, ¿por qué te ponés así?", inquirió Vicky, incrédula, y no encontró respuesta. Una ráfaga feroz de remordimiento y vergüenza transportó al señor Silvestre de vuelta hacia su departamento, encarcelado en una atadura de infinitos miedos.
El día siguiente le resultó asfixiante. La certeza horrenda de haber hecho el ridículo mantuvo su ánimo ensombrecido a lo largo de toda la jornada. Mortificado por haberse comportado de manera tan infantil, revivió el episodio docenas de veces, detalle por detalle, ensayando estériles modificaciones mentales de imposible aplicación retroactiva. No sabía bien qué tendría que haber dicho o hecho, pero estaba seguro de que esa conducta deseable estaba muy lejos del papelón que había perpetrado la noche anterior. Hasta la alegría culposa de saber que seguiría viendo a Vicky resultaba insuficiente para rescatarlo, quedaba aplastada por el terror de tener que enfrentar su mirada noche tras noche -una mirada a la que él, neuróticamente, le adjudicaba una carga crítica descomunal y devastadora, como si de allí en adelante la actividad central en la vida de Vicky fuera a consistir en enjuiciarlo-.
Supuso, no sin argumentos, que le resultaría tremendo tolerar semejante humillación. Por eso se pasó todo el viaje de regreso diseñando estrategias para poder entrar en su casa sin que ella lo viera. Cuando se bajó del colectivo, las había descartado a todas, tal era el grado de desatino que las caracterizaba. Divisó a lo lejos la esquina temida y comprobó que, efectivamente, la mujer teñida de rubio estaba allí. Intentó caminar con la mayor naturalidad posible; sin embargo, le pareció sentir que esa noche el
portafolios pesaba mucho más. Resignado a afrontar el silencioso oprobio, cruzó la calle por el lugar habitual y continuó avanzando con esa inercia algo suicida de quien presume inminente un desastre y quiere acelerar el final para detener la agonía. Tal como sucedia con frecuencia, la figura de la señora de García asomaba vigilante en el umbral de su casa. El señor Silvestre pasó frente a ella temiendo algún comentario incriminatorio de su parte, pero nada de eso ocurrió. "¿Qué me cuenta? Parece que volvió la fulana", dijo su vecina, acompañando su ponzoñosa declaración con un ligero movimiento de la cabeza en dirección a la esquina. Fue casi una violación.
El señor Silvestre sintió unas profundas, inexplicables ganas de hacer a un lado sus buenos modales e insultarla de pies a cabeza. Sin embargo, no lo hizo. Se mordió los labios, improvisó una mueca ambigua a modo de saludo y siguió adelante sin detenerse siquiera un instante. Caóticos fragmentos de imágenes y sonidos acompañaban ahora su marcha: una boca sangrante, una campera empapada, un papel infame firmado en una verdulería casi sin pensarlo, un departamento triste, una voz sensual, un niño viejo y asustado negándose el derecho a confesarse que sólo quería que le volvieran a decir "mi amor". Lo acompañaba también el parloteo exasperante de la señora de García que, ajena por completo al estado de ánimo que lo aquejaba en aquel momento, seguía caminando a su lado, infligiéndole, como quien descarga una metralla, una interminable retahíla de frases indignadas a las que él no podía ni quería prestar la más mínima atención. "Hay que hacer algo urgente, ¿no le parece?", dijo la señora de García cuando llegaron finalmente a la puerta del edificio. El señor Silvestre no contestó. Sólo la miró como si
una enorme distancia los separara, la contempló desde el fondo de un hartazgo histórico que ya a duras penas podía controlar. Una revelación feroz, rabiosa, surcó su alma cansada y le permitió comprender lo que necesitaba. "Sí, hay que hacer algo urgente", se dijo mentalmente a sí mismo. Entonces, en vez de abrir la puerta, dio media vuelta, dejó a su vecina hablando sola y salió disparado hacia la calle. Atravesó el asfalto con decisión, en busca de la mujer teñida de rubio que -ahora podía comprobarlo- fumaba recostada en el caño azul y seguía sus movimientos con una expresión de recelo y curiosidad al mismo tiempo. Se paró frente a ella y la miró con firmeza.
"¿Qué tal, Vicky?", le preguntó en voz exageradamente alta, mientras se dejaba envolver por su perfume barato.
Después, desentendiéndose de una vez y para siempre de los ojos azorados de la señora de García clavados en su nuca, agregó, con incorregible formalidad: "¿Se siente mejor hoy?".



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009








TAN FRÁGIL COMO UNA HORMIGA SECA*


La puerta de la habitación se abrió. «El desayuno», gritaron. Daniel, tumbado sobre la cama deshecha; sábanas y colcha en desorden. Se levantó con dolor de huesos y arrastró los pies hasta el comedor. Tenía el vaso de leche sobre la mesa. Una enfermera le dio las pastillas. Mientras se las tomaba, clavó los ojos en el hule azul claro. Recordó la primera vez que vio el mar; un niño frente a ese azul impenetrable. Por la noche, soñaba que su cuerpo y el de sus padres chocaban contra las rocas, despedazándose. La madre se quedaba con él hasta que se volvía a dormir; regustillo a melocotón entre las sábanas. En el desayuno ella le guiñaba el ojo, como si lo ocurrido durante la noche fuera su secreto.
Por la tarde, la luz era tersa, acogedora. La madre le contaba historias en el porche. El aire, con olor a mar, impregnando su piel, y el cuento del gato con botas mientras lo acariciaba. «Mi señor el Marqués de Carabás», oía desde una distancia de treinta y cinco años.
Tras el desayuno, iba a la consulta del psiquiatra. Era un hombre pequeño, serio, ordenado. Le pedía que recordase. Daniel lo miraba desde unos ojos grandes en una cara consumida. Le costaba articular palabra, como si algo en su interior se lo impidiese, una voz que le decía «no lo cuentes, si lo haces nunca saldrás de aquí».
Aquella tarde salió al jardín. Se sentó en un banco de madera y fijó la vista en el suelo. Había hojas secas, piedras de distintos colores, unas grises, otras azules. Detrás de las hojas, distinguió una hilera de hormigas. En la fila, una de ellas arrastraba una hormiga muerta. Miró hacia la izquierda y vio el cadáver de otra. Lo cogió. La hormiga estaba seca y al tocarla se deshizo como si fuera polvo. Un olor extraño se apoderó de él; era una mezcla de aguas estancadas, árboles frutales y salitre. Olor que abrió una herida que supuraba.
Recordó un domingo en el parque. Los padres le animaron a que jugase con chicos de su edad. Daniel se apoyó en un árbol, detrás de los columpios, y esperó a que el tiempo pasara. Unos minutos más tarde notó un picor. Miró al suelo y vio muchas hormigas. Algunas subían por las piernas; otras estaban en los zapatos. Gritó con fuerza. Una de ellas había llegado al brazo. Tres bolas negras a punto de reventar y unas patas de hilo. Se imaginó que las aplastaba, triturando su ligero caparazón; el jugo gris bajo las suelas. No se dio cuenta de que el padre estaba allí. «Están nerviosas porque has pisado el hormiguero», le dijo mientras le quitaba los insectos del cuerpo. «Acuérdate, ve con más cuidado, es su territorio y lo defienden». Después, le cogió la mano y caminaron juntos.
Mientras Daniel se duchaba, las hormigas se adentraron en la retina. Esas figuras negras ahora corrían por los azulejos. Brotó de nuevo aquel olor extraño. Un olor que, aunque lo aborrecía, le cautivaba. Cerró los ojos con fuerza y escuchó caer el agua. Ese ruido lo llevó a la bañera de patas de la infancia. Le gustaba llenarla hasta arriba, con agua muy caliente; después llamaba a la madre para que le enjabonara el cuerpo o le frotase la espalda, pero ella, «ya eres mayor para que te bañe, tu padre está al llegar y no tengo la cena, termina pronto». Cuando ella se marchaba, cogía su esponja y la retorcía entre las manos hasta dejar trozos muy pequeños flotando en el agua.
Aunque las horas se detuvieran, el tiempo pasaba rápido. Daniel fue al comedor y se sentó a la mesa. El blanco de la leche le repugnó. Fijó la vista en el cristal de una de las ventanas. Las esquinas de abajo tenían vaho. La imagen de una noche muy fría.
Nadie probó bocado. El padre gritaba a la madre. Ella intentaba calmarlo, pero él no quería escuchar. Se levantó bruscamente y dio un portazo al marcharse. «A la taberna», dijo la madre, «eso es, vete a la taberna», y salió de la cocina llorando. Pasaron minutos hasta que Daniel subió las escaleras. Se quedó junto a la puerta del dormitorio de los padres, y, tras su respiración entrecortada, oyó sollozos. Vio la figura de una mujer que en ese momento se le hacía pequeña, indefensa. Un cuerpo encogido sobre la cama. Se acercó, le acarició el pelo y le dijo «no te preocupes mamá, es un borracho». Ella se irguió mostrando un rostro severo. «¡Hablar así de tu padre!». Él se quedó inmóvil. Cuando salió, no sentía el peso de los zapatos. Parecía un personaje de ficción desdibujado. Entró en su cuarto y clavó los ojos en la fotografía que estaba frente al cabecero: la madre con un vestido de lino azul claro. Su estómago comenzó a girar y girar. «¿Por qué me haces esto?», le dijo. Notó pinchazos y olor a peces muertos; como si tuviera larvas de insectos en los intestinos y segregasen un líquido ácido. Los pinchazos eran agudos, su cuerpo se retorcía formando un ovillo. «¿Por qué me tratas así?», decía mientras se acunaba. Cuando los mordiscos de la tripa cesaron, se acercó a la ventana. Apoyó la cara en el cristal helado y sintió que su piel quemaba.
 «Las peleas eran cada vez más frecuentes», se escuchó decirle al psiquiatra, «él estaba menos en casa, y mi madre empezó a beber. No quería verme, como si mis ojos la delataran». ¿A quién llamaría?, pensó. Siempre que la madre hablaba por teléfono, sentada en el sofá del salón, él vigilaba receloso detrás de la puerta. ¡Cómo le dolía ese tono de voz tan falso, tan ingrato! Cuando salía, ella se inquietaba, ruborizándose como si la hubiera descubierto. «¡Déjame en paz! ¡Déjame!», y esas palabras, cuñas en el cerebro.
«Algunas noches iban juntos a la taberna y volvían a casa borrachos», le dijo al psiquiatra. Él veía, desde la ventana del cuarto, como los padres se tambaleaban. Luego, las risas al subir las escaleras; latigazos en su piel desnuda.
Al terminar la consulta fue a la habitación y cayó en la cama. El sueño lo abrazó. Ahora se encuentra en un lugar árido. Está en el suelo, boca abajo. Arrastra un cuerpo roto. Las piedras rasgan su piel, pero no siente nada. Sigue adelante. Las vértebras dibujan el camino como anillos de gusano. «No te pares», le dice una voz débil, ahogada. Trozos de arena se incrustan entre las uñas. El polvo se mete en sus ojos; una capa fina los nubla. Sigue recto. Se adentra en unos arbustos. Avanza despacio. Los pantalones quedan enganchados en unas ramas. Tira de ellos con fuerza, pero no logra desprenderse. Impulsa el cuerpo hacia delante. «Inútil, es inútil». Huele a sudor y sangre. Las ramas lo oprimen. «Quiero salir», grita. Al abrir los ojos, dos enfermeras lo sujetaban. Notó un pinchazo dulce. 
Sala de televisión. Imágenes en la pantalla. Daniel miraba al techo. El sol se filtraba a través de la cortina. Como aquel día, pensó. Se vio tumbado en el sofá, apoyando la cabeza en las piernas de la madre. Notó la calidez de los muslos. Ella lo empujó irritada. Daniel se levantó con brusquedad. Subió las escaleras con gangrena en la boca y mordeduras en la tripa. Los insectos lo invadían. Sintió que las hormigas se apoderaban del hígado, recubriéndolo de una capa negra. Las chinches despedazaban los intestinos. Tarántulas venenosas sobre los pulmones. Le costaba respirar. Las patas de un ciempiés salían por la nariz. Supuraba los olores fétidos de la putrefacción.

Llevaba tres días sin dormir. La cabeza le pesaba como si las distintas partes del cerebro fuesen de acero y no se comunicaran. Ansiaba el vacío, la nada. Las palabras «a levantarse, el desayuno» lo violentaron. No quería desayunar, pero le obligarían. Tardó en incorporarse; los músculos se aferraban a la cama, como si estuvieran atados al colchón con cuerdas transparentes. Se levantó a coger la ropa, que estaba encima de una silla, junto a la ventana. Miró tras el cristal. El jardín estaba sereno. Su vista empezó a nublarse.
Se vio con catorce años en la cocina. No estaba solo. La madre, sentada en una silla, con la cabeza hacia delante, dormía. En el suelo, botellas vacías. Daniel la miraba con desprecio, con odio. Fue hacia la llave del gas, la abrió y cerró la puerta al salir. El golpe de la puerta se unió al silbido de alas de insectos. Se tapó la cabeza con los brazos, pero el ruido era cada vez más fuerte. Abejas y hormigas voladoras zumbaban en sus oídos. El crujido de alas se adentró en el tímpano hasta llegar al cerebro. Olía a pantano, melocotón y mar. Olor que hizo brotar esas olas que engullían unos cuerpos descuartizados. «No me dejes aquí, no me dejes aquí», gritó golpeando la puerta hasta caer al suelo. «Ese olor nos separó, mamá, ese olor nos separó».


 *De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es






Cuento sin Hadas*

                                                                  A victoria recuperando


BarbaAzul y su cuartito secreto.

      Polvo entre los dedos de Hansel y Gretel,
               sin las señales del regreso.

Y todo tan al sur.

La Bella enamorada de la Bestia,
                              con su uniforme de gala.
Hasta que el cuartito,
                             no azul
tan cerca de, tan
tan, tan tan , cómo decir tanto.

Frontera, bandoneón, país.

Cenicienta sin siquiera cenizas de los huesos.

Blanca nieves  a los pies de los soldados en el hielo

¿Perdimos de verdad todas las marcas?


 Volver al sur,
 al antes del cuartito.

Del  Reino  del “no te metas”,

y el grito.
                             y nadie se imagina la infinita tristeza
Volver al antes
                              de los gritos sin auxilio
a las posibles maravillas de lo humano
                         

  Después es como si un bosque, 

como si un  mundo se hubiera desvanecido.

Dolor  de todo                                                
 Frontera, tango.
   

*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com








Voces*


***

La voz que escucho en mi interior
Será solamente mía
O tendrá las huellas de mis antepasados


***

Donde irá la voz
De los que ya no están
Seguirán en otros cuerpos
Colmados de melodías
O permanecerán en el sonido
De las caracolas


*De Azul. azulaki@hotmail.com







*

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