Wednesday, August 27, 2014

ESTACIÓN SALADILLO NORTE

 

 
 
 
Escucha mi tren*
 
 
 
Partió el viejo tren, tal vez en un sueño;
solo niebla y viento, esa antigua caricia
envolviendo esos recuerdos postergados,
y música infinita en el posterior silencio....
 
Dormir, bajo un lecho de piedras suaves,
para no escuchar el eco tardío, el grito,
del metal alejándose, meciendo su rostro,
quizás callar como creo que vos callaste.
 
Nunca habrá más héroes bajo el cielo,
solo hombres y máquinas, solo el mar,
salpicando un vaivén de hierro corroído
y frío de despedida barriendo el andén.
 
 
El azul eléctrico y el corazón recóndito
del sílice feroz reducido a herramienta,
lágrimas por un tren que partió, tal vez,
la desolación en el mundo sin un tren.
 
La trama complicada, el diseño esquivo,
me asustó, destruyo mi táctica de árbol
y cualquier mención fugaz de tu nombre
se insinúa aún, en el brillo de mis ojos.
 
Juegos de niños sobre los rieles viejos,
como destinos que quedaron muy atrás
para forjar distintos tintes de caminos,
reflexiones para nuestros otros sueños.
 
El principio de la filosofía de lo distinto
emblema de lo por siempre en el origen
para obtener un estandarte de pasiones
y ser así el primer hombre equivocado.
 
Tu fuego también escapó con ese tren,
las enseres de la vida se fueron con él,
la chispa de la combustión más simple,
el rechazo a la risotada de la entropía.
 
¿Dónde apresaré hoy, ese otro nuevo sol?
¿En qué pensabas amor cuando fue amor?
¿Qué lágrima es ya huella que se aleja?
El tiempo, aguja de oro, tortura mi piel.
 
Escucha mi tren, desespera hacia otras latitudes
y el dolor es como un niño pálido, sin gorriones
o un gorrión sin alas, sin la prisa del mañana,
y la estación desierta, una migaja del pasado.
 
En mis manos, una sola rosa perdura, tu sonrisa
y en tu pelo el viento cansado de esperar, partió.
Este silencio es el recipiente cálido de mi agua,
vertida por la desierta sensación, de ya no verte.
 
*De Jorge Lacuadrajorgelacuadra@hotmail.com
– 03/08/14.-
 
 
 
 
 
ESTACIÓN DE LAS MADRESELVAS ESCONDIDAS*
 
 
 
Un banco de la Estación, sostiene la pausa y la mujer.
La sustenta como el amor sostiene al tiempo.
Una maleta llena de incertidumbres.
Y un hueco de ausencia redondo como el mundo
 
El tren se acerca ¿o se aleja? Es una boa de plata.
La mujer se pregunta si la cola de la boa está roja por el llanto.
Arranca sus raíces y le duelen hasta las huellas de sus pasos.
Levita en una butaca con olor a distancia.
 
El tren desarraiga su sollozo en aceros solitarios.
La mujer se deja mecer suavemente.
En sus sueños, aparece su madre.
Cuando despierta siente en su boca un sabor lejano.
Leche dulce de madreselvas blancas.
 
El tren llega a destino. No sabe si va o viene.
La mujer comprende que partir es llegar.
Y el tren arraiga entre maternos pechos.
Madreselvas de escondidos aceros.
La sustentan como el amor sostiene el tiempo.
 
 
*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
 
 
 
 
 
Saladillo Norte*
 
 
 
Cuando el tren se inauguró, la estación fue paso intermedio hacia Mira Pampa y su cabecera estaba en la ciudad de La Plata.  Por Saladillo Norte, iban y regresaban, los transportes de pasajeros y los cargueros que luego  trasladaban  las riquezas que se producían en la zona.  Desde el Salado hasta los bañados de Tapalqué, muchas de las estancias se fraccionaron en chacras, al punto de que, en poco tiempo,  había más de ochenta rodeando a la nueva  estación. El ferrocarril pudo ser una realidad, a partir del apoyo económico  de los estancieros que donaron  tierras y de la ayuda de políticos y de los vecinos.
El pueblo se inició con la estación de ferrocarril, un almacén de ramos generales, una cancha de bochas y de pelota y las chacras que se dedicaban,  a las tareas agrícolas-ganaderas. De esta manera se integraba por medio de las vías,  un extenso territorio  incomunicado, abaratando los fletes con su presencia.
Alrededor del ferrocarril se desarrollaba la vida comercial y social de los habitantes y no había nadie que alguna vez,  no hubiese viajado en el tren: familias, gobernantes, curas, actores, payadores, guitarreros.
La empresa fue vendida a capitales ingleses que impulsaron a mayor escala,  el transporte de semillas, animales, correspondencia e inmigrantes que venían  a trabajar al campo y también a aumentar la población urbana.
Luego de nacionalizaciones y vueltas a privatizar,  muchos ramales fueron cerrados,  entre ellos,  la estación Saladillo Norte. Casi desaparecidos por completo, en la actualidad solo un vagón detrás de la antigua locomotora, pasa de vez en cuando, arrastrando con ella la nostalgia y el empobrecimiento de una zona,  ayer resplandeciente.
Abuela decía que ver pasar a  un tren es como ver pasar el agua de un río, así de hermoso y de productivo y decía también que un pueblo sin ferrocarril, es un pueblo muerto.  Yo le creí porque nada fue igual desde aquel día, en que no volvimos a escuchar  a lo lejos,  el silbato anunciando su llegada  y no volvimos a ver a ese monstruo oscuro, recortándose en la niebla, la hermosa columna de humo blanco  y sus luces avasallantes acercándose a la estación.
Nuestras caminatas y juegos en las proximidades del predio no fueron los mismos y, sin alejarnos de las vías, dimos más importancia a otros entretenimientos.
Entrecerrábamos un poquitito un ojo y mirábamos al tras luz las bolitas de colores, contra el sol, desafiando la ceguera pero era el único modo de saber, cual era la más bonita y a esa la guardábamos en el botellón de “mejores”. Las mejores eran las que más valían y se usaban en los campeonatos. No podían estar cachadas, tenían que ser perfectas. En el mismo lugar guardábamos las quemadoras, esas canicas más chiquitas que bochaban lindo a las demás y entraban  al hoyo,  sin necesidad de ensuciarnos los dedos para quitarle la tierra. Un bolillón, más bonito que los otros,  podía cambiarse por una quemadora.  Una quemadora valía cinco de las bolitas comunes o  tres de las de colores, medianas.
Mi vieja nos llamaba para tomar la leche y nos reñía porque teníamos las manos y las mangas de los abrigos, negros hasta el codo y las rodillas de los pantalones que no se salvaban ni con las rodilleras.
Cuando me enamoré por primera vez nunca pensé que Martita iba a ser tan buena jugadora. Le regalé una de las bolitas más nuevas. La había ganado en un campeonato y la tenía de preferida pero no lo pude evitar y se la di. Aprendió a jugar. Ponía una rodilla en el piso y el codo y apuntaba sacando la lengua por el costado de los labios. Rara era la  vez que no bochara a alguna y no acertara al hoyo.
Un día tuve que romperle la nariz a un grandote que la miraba cuando ella se inclinaba y no recordaba que tenía pollera pero después,  todos se olvidaron de que era mujer,  por lo bien que jugaba y no había uno, que no la quisiera de compañera en la competencia  pero Martita, firme, en agradecimiento del regalo que le hice cuando le enseñé el  juego, competía solo conmigo.
Nos volvimos imbatibles, juntamos dos frascos llenos de bolitas y todas ganadas en buena ley y para que a Martita no la regañaran, los escondíamos en un pozo,  detrás de los galpones de la estación.
Después la mamá le prohibió,  a pesar de los llantos y ruegos,  venir a jugar por no ser actividad de “señoritas”.  Creí que se me caía el mundo y una tarde,  me presenté en la casa de mi novia con los dos botellones y se los regalé porque, a pesar del esfuerzo por desprenderme del tesoro,  no sentía de hombres el quedarme con ellos.
Martita me dio el primer beso y yo toqué el cielo con las manos. Cuando empezamos la secundaria nos anotamos en el mismo colegio para estudiar juntos. Ella era mejor alumna y en casi todos los exámenes, a espalda de los profesores,  me soplaba las respuestas.
Nos pusimos de novios en serio. A pesar de lo restringido de los horarios el padre, me autorizó para que fuera a buscarla los sábados. No duró mucho el gusto por los bailes y preferimos cambiar por ir a ver buenas películas. Quedamos fascinados con Romeo y Julieta y ahí germinó la semilla del matrimonio pero todavía, éramos demasiado jóvenes.
Abuela murió. Martita empezó la facu,  yo puse un negocio y a ambos nos fue bien.  Ella se recibió y compramos un departamento, aquí mismo, en Saladillo. Ahora estamos esperando a nuestro segundo hijo. Ya tenemos los botellones y esta historia de trenes,  preparados para dárselos.  Después de todo, si nos enamoramos fue porque el  ferrocarril cerró y nosotros nos dedicamos a jugar a las bolitas.
 
 
*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
República Argentina
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Ya sé
que es mi destino de mujer
esperarte
con paciencia en los andenes,
con un bolso marrón,
sucio y ajado
que contraste
con mi cara de esperanza.
 
Ya sé
que te subís a trenes
que tienen
seguro de regreso.
Pero debo confesarte
que no tengo vocaciones
de Penélope,
y hay un tren,
en la estación
que está partiendo
con destinos inciertos.
Yo te quiero.
Prometo
enviarte una postal
de cada puerto.
 
 
*De MARIANA FINOCHIETTO.
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Manos*
 
 
 
Se miró una vez más las manos. Lo hacía constantemente en los últimos días. Desde lo del tren, las sentía como algo ajeno, algo que en realidad no formaba parte de él pero que estaba ahí, como una especie de entidad parasitaria, un virus que amenazase con propagarse de forma fulminante al resto de su cuerpo, pero que, en cualquier caso, no podía ser exterminado ni aislado. Sólo quedaba entonces una especie de resignada desconfianza y ese gesto ya casi mecánico de contemplar con insistencia sus propias manos como si en realidad fuesen las de un desconocido, y hubiese que estar atento para saber qué hacía con ellas.
No puede negarse que, después de lo ocurrido, las manos habían vuelto a comportarse normalmente, sin apartarse un ápice de su rol establecido. Igual que antes de ese frío día del carbón y los muchachos corriendo, sus manos tocaban, aplaudían, acariciaban, sujetaban, escribían cartas y palmeaban espaldas como siempre habían hecho.
Pero ese día, cuando sus ojos vieron venir a los chicos corriendo (eran rostros de frío, eran cuerpos de hambre, eran manos heridas de miseria, eran piernas enfermas de injusticia, eran ojos de muertos que caminaban, de muertos que corrían en busca de una pequeña brizna de esperanza, encerrada esta vez en ese negro carbón que viajaba silencioso por las vías) las manos obedecieron órdenes que su cerebro no había pronunciado. Con implacable lentitud montaron el arma, apuntaron, hicieron fuego. Cuando el chico cayó al suelo, no hubo remordimiento. No podía haberlo. Él no había hecho nada. Fueron las malditas manos, como gobernadas por alguien que de repente hubiera asumido el control, quienes hicieron todo eso de forma tan eficiente como rutinaria. Por eso ahora se mira tenazmente las manos, como tratando de descubrir algo que sabe imposible. Por eso casi no duerme, temiendo que alguna de estas noches las manos vuelvan a actuar por su cuenta, temiendo que esas manos de otro se deslicen furtivamente por su pecho y sigan subiendo, con infinito sigilo sigan subiendo hasta cerrarse blandamente en torno a su cuello, privándole poco a poco del aire y haciendo que el sueño se transforme en otra cosa aún más nebulosa, quizá un territorio de trenes y muchachos famélicos con ojos de hambre antiguo buscando un poco de carbón para calentarse en ese otro lado del que no se regresa.
 
 
*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
 
 
 
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Todos los años
a la misma hora
el mismo día del mismo mes
se vestía de fiesta
se ponia perfume
y caminaba hacia la estación de tren
el andén desierto
como siempre desde hace años
con su cartel ilegible de destinos
de arribos y salidas
el soporte de lo que un día
sostuvo una campana por demás de pulida
(ahora es ausencia, gracias anda a saber a quién)
los bancos de granito
que alguien confundió con pizarrones
y los fantasmas...
el día del último beso ya con el tren en marcha
él le prometió que volvería
el 26 de agosto a medianoche
ella creyó, y prometió estar esperando
las vías vacías no se apiadan
el tren no pasa
ella espera
por
amor
 
 
*De Nora Ledesma. norabledesma@hotmail.com
 
 
 
 
 
 
*
 
 
Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.
 
Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.
 
El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!
 
Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.
 
El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:
 
-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…
 
Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:
 
-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…
 
Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.
 
A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando un protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…
 
-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.
 
-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.
 
La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.
 
Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:
 
-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……
 
La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.
 
Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.
 
Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.
 
Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:
 
“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”
 
Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…
 
La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.
 
Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.
 
Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:
 
-“¿Qué estás haciendo acá vos???”
 
Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…
 
Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 
Tren del destino*
 
 
Viajo en un tren abandonado
Donde chirrían las vías oxidadas
Del desconsuelo y la soledad
El guarda es un señor con gesto adusto
Y los pasajeros parecen mutantes
Tengo tantas heridas abiertas
Que no las logro hilvanar
Cicatrices que se abren por el sentimiento
Tan opaco que brinda la soledad
Muchas veces he utilizado mascaras
para fingir lo que siento
con una apariencia agradable y
Desmesuradamente alegre
Intentando esconder la loca melancolía
que recorro día tras día
noche a noche sin dejarme tranquilizar
si alguna vez pudiera hablar de mis enojos,
de mis inquietudes y
también de mis reclamos y reproches
quizás este viaje sería más ameno,
para mí y para otros acaso también.-
 
 
 
 
 
***
 
 
INVENTREN
Próximas estaciones:
 
J.J. ALMEYRA.
-Por Ferrocarril Midland-
 
 
GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS
-Por Ferrocarril Provincial-
 
-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
 
Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.
 
-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.
 
-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:
 
 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.
 
 
 
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Para compartir escritos dirigirse a: inventivasocial@yahoo.com.ar