Saturday, December 27, 2014

UNA SUERTE DE INSTANTE SUBLIMADO...


*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam









Liberar*



Palabras, vuelen lejos. Nombren
Sin ligaduras. Canten.

La estrechez de mi espalda ya
no las contienen.
Fuguen de mí. Busquen
un cielo sin fantasmas.
Sólo cuando puedan darme
la inmanente voz de las cigarras
o una luz singular en la garganta
regresen por momentos
y ayúdenme a decirlo.

Entonces será mi breve cielo,
una suerte de instante sublimado.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar








UNA SUERTE DE INSTANTE SUBLIMADO…







ECLIPSE OCULTO*



El eclipse sucedió allá lejos, muy lejos, tan arriba en esa luna familiar y extraña, la luna siempre la misma, presente en las noches que no vemos y en las que vimos.
Se ha obscurecido la luna, se ha puesto roja, ha revelado su superficie convexa de esfera celeste. Allá detrás de las nubes, para otros ojos, para quien no se halle debajo de las nubes nocturnas que se empeñan en ser garúa para regalar un entramado sutil en los faroles.
Desde aquí y tras las ventanas hemos visto oscuridad y agua, hemos visto la textura móvil de las gotas minúsculas, y hemos apenas presentido que la tierra negó la luz del sol a nuestra siempre luna. Eclipse sin ojos, eclipse ciego.
Sabemos con las yemas de los dedos, con los vellos sensibles del borde del espíritu, con un leve temblor de la piel sabemos que esta noche y para nadie la luna se vistió de largo, se puso pendientes, se engalanó y bailó con gasa transparente. Hoy la luna puso fanal a la bombilla, se soltó la cabellera, se recostó en los cielos y extendió rubor en las mejillas.
Impúdica luna la luna a media luz. Luna de otoño, luna desvelada.
Horadan mis ansias esta lluvia y estas nubes. Detrás ha ocurrido el eclipse, y ya ha acabado. No lo vimos. Pienso que no veré muchos más.
Recuerdo otros.
Inclina a la meditación un hecho único y precioso. Nos deja a solas con los pasados en sepia y los mañanas de incertidumbre.
Siento la precariedad de mi silueta contra el negro de la noche. Ruego que me vea el hombre cuando ponga fanal a mi bombilla, cuando baile a media luz, cuando deje caer los velos.
Que no ciegue la lluvia a mi amor. Que no me oculten de él ni estas nubes ni otras aguas.


*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com










Sobre el dios vengador*



*Por Carolina Quiroga. carolinq73@hotmail.com



De la escuela católica me quedaron ciertos ritos, miedos e ideas. Por ejemplo, aunque yo no crea en dios, no por eso dejo de rezar en ciertas ocasiones; no me doy cuenta, simplemente lo estoy haciendo. O cuando estoy explicando algo de literatura que se relaciona con la Biblia les lanzo a mis alumnos muy de mal humor un: ¿No hicieron el catecismo ustedes?
Pero una de las cosas que nunca me pude sacar de la cabeza es la de idea de un dios vengador. Recuerdo que la madre de un querido amigo solía repetir a modo de amenaza: ¡Pero hay un dios! La idea del castigo me fue difícil de quitar en todos estos años.
Mi relación con la religión estuvo rodeada de muchos momentos de confusión y una curiosidad nunca satisfecha. Yo veía una imagen en mi libro de catequesis y le preguntaba a mis compañeras: ¿Este es Jesús o es dios? -Jesús y dios son el mismo, respondían invariablemente, y yo quedaba con menos certezas que antes. ¿Cómo podía ser que Jesús iba a tener la misma cara que su padre? ¿Pero no era que dios no se veía? ¿Quién había sido el afortunado de haberle visto el rostro?
Por las noches me daba terror pensar en que podían aparecerse ante mí Jesús o la virgen. Pensaba en ese momento, ¿qué haría yo, gritaría, lloraría de emoción o de miedo? Rezaba para que no se me aparecieran nunca, como bien lo había leído en los libros de los santos.
Debo decir que siempre me quejaba mucho de los regalos que me solía hacer mi exsuegra: trapos de piso, juegos de ballerina, bolsas de basura y trapo, jabones, desodorantes y cosas por el estilo. Jamás faltaron a mi cumple, ni ella ni su madre y siempre venían con regalos, fuesen los que fuesen.
Este año fue el único que no festejé con nadie. Mis hijos saben que es mi cumple porque les digo: che, hoy es mi cumple. Mis padres tampoco vinieron, uno porque me ve siempre y el otro, porque no sabía si yo estaba.
Me la pasé sola y sin regalos. Claro que recibí muchas salutaciones por facebook, ¡gracias a dios!
Dios me castigó por haber renegado de aquellos regalos. Si los hubiera aceptado como lo que realmente eran: muestras de cariño y cortesía, hoy los estaría recibiendo gustosa. Y justo mi trapo de piso ahora se arruinó por entero.
No existe un dios para mí, eso está clarísimo, desde el día en que nací. Porque como dijo Vallejo, Yo nací un día...
Y me lo hace pagar.







*


Esa niña

La que mira

extrañada el barro

sobre el cuerpo marcando edades.

La que se desola

se desierta, se arrodilla cansada de fingir,

se enmuda y no sabe y no entiende

porqué la penitencia, porque la vida a veces

viene sin ninguna señal.

Esa niña no es la que todos nombran en los manuales de autoayuda,

esa es la que no ha  crecido  por una anemia de corpúsculos de seda

la escondo, trato de sosegarla.

La otra que disfruta del juego es una mujer que aprendió de grande

Pasa que como los idiomas que no son la lengua madre, a veces  fallan



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







*

Estás dormido.
La breve luz,
al entrar por la ventana,
transparenta
la suave urdimbre
de tu brazo.
Desde la sombra
mi mano trepa
hacia la trama luminosa.
Y soy otra vez
el animal
deslumbrado por el rayo,
instinto
en busca de la luz.

*De MARIANA FINOCHIETTO.






El cementerio de las ilusiones muertas*



Era un cementerio de televisores, celulares y pendrives, cpu y todas esas cosas que se usaron en otras épocas en que la comunicación era material y no telepática como en el presente. Las personas en esa época adoraban esos objetos y destinaban gran parte de sus vidas a poseerlos.
Todos ellos tenían que ver con comunicarse, saber de los otros, unirse.
Porque el gran problema humano siempre había sido la desunión.
Trabajar por unirse y saber del otro, de los otros, colaborar con sus necesidades y disfrutar de sus descubrimientos y logros era el objetivo principal
No obstante todo este ahínco en tan noble interés no lograba solucionar las diferencias entre dos hermanos.
Estos no se habían entendido en su niñez porque sus padres les habían dado diferentes lugares que excluían el juego en común. Habían criado dos desconocidos bajo el mismo techo. Y luego el tiempo se dedicó a alimentar dos enemigos.
Trabajaron para diferentes bandos políticos y llegaron a intentar destruirse mutuamente.
Se dividieron la casa paterna, luego se dividieron la provincia natal y finalmente cada uno partió para lugares opuestos.
La vida parecía haber logrado el objetivo materno de eternizar esa distancia hasta que el azar de eso que llamaban progreso puso en manos de uno de ellos una vieja computadora en los albores de las redes sociales y allí un hermano encontró al otro y no pudo evitar intentar saber de su vida.
Allí se enteró de los últimos años de su madre, y de la absurda muerte de otro hermano.
Todo se puede saber cuando uno insiste.
Llegada la navidad hubo un intento de conciliar la enemistad con cierta nostalgia por el pasado compartido y el deseo de conocer que señales había dejado la vida en cada uno. Pero no hay sistema humano que pueda acercar a dos seres que se dirigen hacia lo opuesto siempre, en eterno desencuentro.
Lo más sofisticado de la comunicación humana debe tejerse siempre sobre el desacuerdo explicito. Otra cosa no es sino obsecuencia. De lo contrario sucede la fatalidad del olvido y el desapego eterno.
Hay seres que pasan su vida trabajando para no encontrarse y así pierden las cosas más importantes de sus vidas.
No hubo encuentro, ni se volvieron a conectar.
Un día uno se enteró de la muerte del otro por el pésame expresado en dicha red.
El celular que fuera pertenencia de uno de ellos estaba siendo depositado por máquinas en el cementerio cybernético.
Las buenas intenciones tienen ese destino: el cementerio de las ilusiones muertas.


*De Marta Giralt. giralt.marta420@gmail.com










ESTACIÓN DE LOS PARTOS*



ESTACIÓN DEL DOLOR


Un nido de cobras reales en mis hemisferios.
Un ratón me lastima la boca.
Escucha, amor. Los perros reptan y aúllan a la noche.
Silencioso vampiro sorbe sed de mis ojos.



ESTACIÓN DEL DELIRIO.


El hombre está solo y espera la piedra del delirio.
No creo en horóscopo chino pero me bufa un toro en las entrañas.
Es en vano la prisa o la pausa. La duda es la certeza.
-A veces cuando duerme los pájaros lloran de ternura-



ESTACIÓN DEL FULGOR


Un oficio de gato. Siglos de desamparos.
Las líneas de sus manos son las mías.
Ambos fuimos “la cría repudiada”
Mas el fanal se apaga y las luces quedan.



ESTACIÓN DE LOS PARTOS


Ya lo siento llegar. Jinete insomne, estremecido.
Entierra crucifijos y un máuser herrumbrado.
Y damos respuesta al sentido de vida, al universo.
Y parimos, juntos, dos congojas y cuarenta hijos.

Dicen, que cuando el sol se pone.
Las abejas, se posan en su boca y sorben…


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar










SEGUNDA
OPORTUNIDAD*



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar




CINCO



“Forbidden love
Are we supposed to be together
Forbidden love - Forbidden love
We seal the destiny forever
Forbidden love” (Madonna)



Abre los ojos en la acogedora luz de la media tarde. Le cuesta recordar dónde se encuentra: las imágenes que percibe se le antojan desconcertantes. Arena, palmeras, rumor de oleaje cercano, algunas nubes en el cielo. Hasta que repara en ese cuerpo a su lado, cálido y de espaldas, y entonces todo cobra sentido otra vez.
Ella duerme plácida sobre la manta, con respiración acompasada, el cabello rubio desgreñado ocultándole parte del rostro, la insolada espalda aún con rastros de sal y arena, y ese cautivante aroma desprendido de su cuerpo que lo perturba, excitándolo de nuevo. Apoya el codo sobre la manta, su cabeza en la mano derecha, y se regocija al contemplarla, acostado junto a ella.
¿Quién es esta mujer? ¿Cómo pudo llevarlo hasta ese límite, haciéndole olvidar todo, dejando atrás aquella imagen suya de profesional exitoso, para convertirlo en apenas unas horas -siendo ella misma el detonante de semejante transformación, más allá de cualquier accidente, ya tan lejano de sus emociones- en un hombre decidido, emprendedor, activo, improvisador, creativo, y por sobre todo, tan pasional? Se recuerda a sí mismo varios años atrás, cuando aún estaba de novio o buscando novia; la imagen que daba de sí era la del tipo serio pero enigmático, afable y divertido, pero al mismo tiempo poseedor de un lado oscuro, con el que más de una mujer quiso tentarse. ¿Dónde habría ido a quedar aquella imagen suya? En su cama matrimonial, seguramente no. Allí imperaba el tedio desde hacía ya algunos años. Y él ya no le encontraba sentido a revertir la situación. ¿O sí?...
Sin pensarlo siquiera, desliza la yema de los dedos de su mano izquierda por sobre el flanco izquierdo de ella, iniciando el recorrido desde la rodilla izquierda, ascendiendo hasta el hermoso promontorio de la cadera, descendiendo por el sugestivo valle de la cintura, tropezando con el arrugado vestido verde, comenzando a ascender nuevamente por el progresivo monte de la espalda, bordeando el abismal costado de la axila, hasta alcanzar un sólido hombro y acariciar con mucho cuidado la tenue curva de su cuello, para finalmente detenerse en el suave lóbulo de su oreja, causando quizá sin proponérselo la cosquilla que motiva que ella abra los ojos y ronronee agradecida, temblando apenas de la emoción.
Gira la cabeza en dirección a él, se aparta el cabello de los ojos, y aún con rastros de sueño en la mirada, le sonríe con frescura y transparencia, libre de toda máscara. Esa sonrisa… ¿Cómo es posible que a él le resulte tan familiar, en un rostro que apenas acaba de conocer? ¿Por qué siente que algo en la esencia de esa bellísima expresión ha sido parte de su vida desde hace mucho tiempo?
Ella parece intuir los pensamientos de él, sintiendo lo mismo. Esos ojos oscuros la escrutan a medio camino entre la calma y la intensidad, como ya lo hiciera alguien más en su pasado, aunque le resulte harto difícil recordar quién. Y sin embargo, experimenta una enorme paz, algo que le resultaba ya casi desconocido en su vida cotidiana, acosada por las responsabilidades laborales y hogareñas, lidiando con un matrimonio devenido en pura forma, causante de las mayores frustraciones, desapasionado y vacío.
Por alguna extraña razón, ninguno de los dos recuerda reproches convencionales de la sociedad de la que provienen, ni se ven acosados por la culpa, ni se torturan pensando con qué cara volverán a contemplar a sus hijas. Un remoto misterio les impide percibir la idea de haber cometido una infidelidad. Como si ya se conociesen desde antes, desde siempre… Como si sólo fuesen un hombre y una mujer que viven ajenos a cualquier otra realidad, y que probablemente vuelvan a desearse dentro de poco.
—Hola… —murmura él, sin dejar de mirarla fijo a los ojos.
—Hola… —responde ella, girando apenas el cuerpo para esconder la cabeza y acurrucarse ronroneando contra su pecho, pasando un brazo por debajo de la axila en alto de él, y luego abrazarlo.
El le besa apenas el cabello, devolviendo el abrazo. Se acomoda sobre la manta hasta quedar ambos acostados, frente a frente, y vuelve a besarla en los labios, esta vez con muchísima dulzura y una creciente pasión, aunque sin imprimirle ningún frenesí. Ella le devuelve el beso con gusto, acariciándole la cabeza, desplazando luego la misma mano libre para acariciarle la cadera desnuda. Vuelven a mirarse.
—Sos hermosa…
—Vos sos hermoso…
—Me enloqueciste…
—Y vos a mí…
Ese sólido contacto visual, las caricias de una infinita ternura, el rumor del oleaje allí cerca y de las hojas de palmera sacudidas sobre sus cabezas… ¿Qué más les hace falta para sentirse en la gloria, ajenos a cualquier problema que pudiera presentárseles?
El rumor del estómago de él los devuelve a la cruda realidad. Necesitan comer. Ambos ríen con agrado.
—Me voy a tener que levantar a cocinar —anuncia él.
—Dejame probar a mí —se entusiasma ella.
Ambos se levantan, se acomodan la escasa ropa que llevan puesta, y mientras él busca la navaja en la mochila, ella se aleja unos metros eligiendo los cocos que llevará para merendar. De rodillas sobre la manta, él la observa fascinado, incrédulo respecto de poder compartir con esta mujer la singular situación que atraviesan. Y por detrás de tan sugestiva imagen, se le impone otra, sobre el horizonte. Una considerable y oscura masa nubosa ha borroneado la línea del océano, augurando lo peor. Una pequeña pero persistente señal de peligro se le instala en la consciencia: deben comenzar a tomar precauciones.
Ella regresa sonriente, con un par de magníficos cocos en cada mano.
—A ver: dame esa navaja —solicita, enfática, mientras se arrodilla junto a él.
—Primero golpealos uno contra el otro —indica él, sin atisbo de sonrisa, ni despegando la vista del horizonte. —Necesitamos cubrirnos los pies. Se acerca una tormenta.
Y mientras se incorpora, señala con el mentón hacia ese paisaje que gradualmente va perdiendo todo su brillo y encanto. Ella gira la cabeza y se muerde el labio, decepcionada. ¿Cómo es posible que en semejante panorama de tarjeta postal irrumpa una furia natural como ésa? Aunque aún se halle a considerable distancia, aparenta avanzar hacia ellos a gran velocidad. Y su aspecto tenebroso no presagia nada bueno.
El recoge hojas de palmera caídas en derredor, seleccionando las más enteras, para luego regresar donde se encuentra ella y cortarlas a lo largo de las nervaduras con la navaja. Una nueva experiencia que jamás ha realizado antes, pero descubrirá en la práctica. Ella se dedica a romper la dura corteza de los cocos, golpeándolos entre sí. Consigue abrir una grieta en uno de ellos, y bebe con avidez, limpiándose los labios con el dorso de la mano en un gesto de inusual delicadeza que a él lo fascina, para luego extender el fruto y convidarle. El toma el coco, bebe con énfasis, y se lo devuelve agradecido.
—Dame uno de tus pies —le pide él. —Veamos cómo resulta esto.
Ella se sienta frente a él sobre la arena y extiende un pie. El toma una de las hojas cortadas y lo envuelve, cubriendo el empeine y la planta, para luego atar los extremos de las nervaduras y colocar una segunda hoja sobre el mismo, cubriendo la superficie aún desnuda. Repite la operación con el pie restante.
—Caminá por sobre aquellas ramas y contame cómo se siente —le pide, mientras comienza a cortar las hojas para su propio calzado.
Ella avanza unos metros, pisa con fuerza, asegura el paso, deja de sentir en la planta de sus pies la sensibilidad percibida durante la expedición anterior. Y se pone a cantar y bailar, feliz, los brazos en alto, saltando alternativamente sobre ambos pies.
—“Like a virgin… Hey! Touched for the very first time…”
El lanza una sonora carcajada, mientras se ata las hojas en sus propios pies. Le encanta estar junto a ella. Le parece que podría llegar a vivir cualquier clase de experiencia a su lado, y jamás se aburriría. Intuye que quizás esta nueva vida no le resulte nada complicada, a pesar de las limitaciones con las que se encuentran a cada instante.
Toma de nuevo la navaja en la mano y abre uno de los cocos, extrayendo la pulpa blanca. Come con los dedos mientras la observa regresar, con andar felino, distendido, y una enorme sonrisa, agradecida y satisfecha. El devuelve la sonrisa, convidándole pulpa de coco extendida sobre sus propios dedos. Ella se arrodilla junto a él, abre la boca y come de sus dedos, chupándoselos, sin dejar de mirarlo, fijamente. Tal vez, al calor de lo vivido, el sabor de este coco sea muy distinto al de los demás. Todo lo que vivan a partir de este momento, quizá resulte harto diferente.
Vuelven a besarse, incansables del sabor del otro. Y terminan de comer los cocos, entre beso y beso, mirándose mucho, cómplices de un sentimiento que avanza a pasos agigantados, sin hablar demasiado, estando quizá todo dicho ya.
La brisa se intensifica con ramalazos gélidos que causan escalofríos, el sol se ha marchado detrás de la densa masa nubosa, la copa de las palmeras rumorea un quejido de presagios, las cáscaras ya han sido roídas en exceso. El contempla el horizonte y suspira, con un manto de honda preocupación en la mirada.
—Tenemos que irnos —señala, plegando la navaja, sacudiendo la manta y arrojando ambas dentro de la mochila, al tiempo que desata la camisa y comienza a ponérsela, abrochándose apenas tres botones.
—¿Ya? —se decepciona ella, volviendo la vista hacia el horizonte borrascoso y mordiéndose un labio, con la angustia avanzando desde lo más remoto de sus recuerdos. Deben ponerse a salvo cuanto antes.
El se calza la mochila en ambos hombros, la ayuda a ponerse de pie y calzarse el arrugado saco del trajecito celeste. Luego le alcanza el bolso y ambos se internan en la espesura, pisando con seguridad, a paso decidido, mirando de reojo hacía la tormenta que se les aproxima. Quizá, transformando sus negras nubes en algo mucho más devastador que un evento natural.


(Continuará…)






***

INVENTREN
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El Reynoso*

(De la estación Emiliano Reynoso)



Es un pesado tren el de la memoria. Así lo siente el hombre mientras viaja acunado por el vaivén del tren de trocha angosta.
El arquitecto es hoy un hombre viejo. Ha dirigido muchas obras, ha visto desfilar delante de su mirada a verdaderos personajes entre los albañiles y gremios que trabajaban en sus obras.

“El Reynoso”. Reynoso era el apellido del peón que se convirtió en una leyenda. Cada tanto cuando le tocaba compartir un almuerzo con los obreros, alguien contaba la historia, modificada con el énfasis y el suspenso que le imprimen los Cuentacuentos a sus narraciones.
Los albañiles son excelentes narradores de historias propias y ajenas.


La obra era una casa de campo que quedaba en el medio del campo y no era una metáfora. El campito quedaba a un par de kilómetros de la ruta y a unos 300 metros del apeadero del ferrocarril, se llegaba por una huella que  se hacía intransitable con una lluvia copiosa. Unas pocas casas perdidas. Un solo vecino con el que se compartía el alambrado y una línea de eucaliptos altos a los fondos.

Para comprar cigarrillos o comida había que ir hasta la ruta. Un solo corralón de materiales para las urgencias “El cóndor” atendido por dos hermanos con apellido inolvidable: los “Cucurulo”.
Costo encontrar un equipo de albañiles que estuvieran dispuestos a viajar horas en tren para llegar hasta el fin del mundo.
Los albañiles trajeron al Reynoso, un correntino fuerte que además de peonar en la jornada laboral acepto quedarse como sereno en el medio de la nada.
Armamos un obrador con chapas bastante grande, una parte se dividió para que sea el dormitorio del Reynoso. Además del catre, ropa y unas pocas cosas el hombre había traído un pequeño altar caserito del gauchito Gil.
El Reynoso hacía las compras para el asado y llevaba los pedidos de materiales al corralón donde teníamos cuenta corriente. En esa época no existían los teléfonos celulares.

Un día aviso que le regalaron una mascota.
-Le puse “Tigui” dijo. Del gato de Reynoso nos olvidamos enseguida,  al hombre se lo vio comprar botellas de leche, juntar los huesos del asado o comprar hueso con carne para el animalito. La mascota se quedaba dentro de un sector alambrado pero bien agreste que ni siquiera fue desmalezado. La única entrada era la puerta del fondo del obrador – casa del sereno.

Esa zona del campito en la que no trabajábamos era el equivalente a una manzana urbana. El proyecto contemplaba en una segunda parte construir allí una amplia pileta de natación, un quincho y parquizar.


En esa mañana de enero había un calor demencial. Era una visita de rutina a una obra que ya estaba en etapa de terminación, estaban los pintores, los albañiles y el Reynoso que recién había vuelto de comprar las provisiones para el mediodía en los comercios de la ruta.
Fue todo muy rápido, como suele ser con los hechos que marcan la memoria para siempre. Escuchamos tiros. Algunos nos silbaron por encima de nuestras cabezas. Uno de los pintores se tiro de la escalera al piso. Se escucho un lamento de animal grande, un ronquido doloroso que venia desde el pastizal. Luego escuchamos el grito que pretendía emular al del Tarzán de Johnny Weissmüller. Ahí ubicamos al tipo trepado al eucalipto blandiendo una carabina con gesto triunfal. No habíamos salido de la sorpresa cuando vimos al Reynoso trepar como su gato al árbol. Sujetó al hombre, lo bajo a los golpes. Desde el piso con el Reynoso golpeándolo ese hombre ya no gritaba como Tarzán sino que pedía auxilio, perdón…
Los albañiles salieron disparados, cruzaron el alambrado, lograron sacarle al Reynoso el cuchillo antes que lo sacara del cinto, creo que lo iba a degollar como a un cordero.

Fue a raíz de esto que días después supimos que ese vecino era un cazador furtivo –denunciado por cuatrerismo- , que tenía a maltraer a varios campos de Saladillo. La noticia podría haber salido en los diarios pero no fue así: el dueño del campo que construía su casa era un empresario exportador de lana que compró un acuerdo de silencio: nadie diría ni una palabra, no habría denuncias policiales. Supe que el acuerdo incluía comprarle su chacra al Tarzán de la carabina un precio increíble con tal de no tener a un chiflado cerca. Reynoso iría a una obra que teníamos en Barracas.

A la mascota la enterramos en los fondos del terreno. Reynoso que era un hombre grande lloraba como un niño. Se había puesto las mejores ropas y tenia un pañuelo colorado anudado al cuello. Le habían matado a la única compañía que había tenido durante dos años en la soledad de ese paraje perdido en la pampa. Ahí nos enteramos de una habilidad de su mascota: como un perrito amaestrado traía en su boca una piedra que colocaba sobre su alpargata, El Reynoso daba la patada con fuerza y entonces el Tigui como un perrito atrapaba la piedra en el aire o la buscaba entre los pastos hasta traerla de vuelta a los pies del hombre.


20 años después en otra obra ubicada en el barrio de Núñez a la hora del relato, el capataz santiagueño volvió a contar la versión que había escuchado, a su vez en otra obra y hace años, pero esta versión era algo mas verosímil que aquellos hechos ocurridos delante de mis ojos: el vecino era un drogadicto que había ahorcado al gato.  El Reynoso había hecho justicia, pues trenzado en lucha lo había degollado sin miramientos.

No dije nada, me limite a escuchar.
Además, lo del tigre de Bengala jamás lo hubieran creído.


*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com


Próxima estación para escribir:
  
J.J. ALMEYRA.

Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***

-Próximas estaciones literarias por visitar en el ferrocarril  Provincial:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar



InventivaSocial
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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

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Tuesday, December 23, 2014

POR LA NOCHE SE DERRAMA UN SILENCIO DE PLUMAS...


*Dibujo de Erika Kuhn.





Pero no lo sabes*


Por la noche se derrama un silencio de plumas.
Digo tu nombre. Pero no lo sabes.
Entonces, tu recuerdo sin fronteras
galopando en mi interior
se despeña en un cielo anticipado.
Y cae.
No puedo salvarlo.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar







POR LA NOCHE SE DERRAMA UN SILENCIO DE PLUMAS…







Atlas del frío en el cuerpo*



*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



El campo de futbol que colindaba con el fraccionamiento había permanecido casi sin cambios a través de los años. Algunos vecinos recordaban los primeros tiempos y la extensión de pradera que iba más allá de las porterías. Los hijos de los primeros colonos descubrieron algunos senderos entre las hierbas y los utilizaron para andar en bicicleta. Sus siluetas se podían ver a lo lejos, ganando velocidad hasta desaparecer por completo. En aquella época había unas granjas que, conforme la ciudad fue creciendo, quedaron abandonadas. Antes de que en la zona se construyeran enjambres de diminutas casas rojas, se podían ver los establos vacíos, con techos de color blanco, derrotados en algunas partes por el óxido.
Cada año el invierno parecía extenderse más. Empezaba en octubre y aún podía sentirse en algunas mañanas de abril, cuando los autos amanecían con las ventanas empañadas. En esos meses el campo de futbol se quedaba sin jugadores apenas declinaba el sol y sólo era habitado por las luces blancas de un par de postes. A Josué le gustaba mirar las luces desde su ventana. Le gustaba mirar al vigilante que revisaba el campo y cerraba con candado la reja de la entrada. Josué dejó de observar. En la cocina el televisor estaba encendido. A esa hora pasaban las noticias. No les ponía demasiada atención, sólo le gustaba escuchar el ruido mientras escribía, leía un libro o cenaba una sopa de fideo. Glenda, su gata, dormía en un rincón, acurrucada sobre un suéter rojo de lana. Josué se preguntaba cómo podía dormir tanto tiempo. La había encontrado en una esquina, cerca de la panadería que acostumbraba visitar en las tardes al regresar del trabajo. En aquella ocasión, después de pagar, enfiló a su casa. La gata, de manchas blancas y negras como las vacas, se lo quedó mirando con sus ojos grandes y amarillos y lo siguió todo el camino. No dudó un instante, como si supiera de antemano la ruta, como si andar tras él fuera una misteriosa necesidad, un acto íntimo y premeditado. A Josué no le gustaban los gatos. Pensaba que estaban llenos de enfermedades y que su penetrante orina hacía imposible cualquier convivencia cercana. Sin embargo, la gata decidió quedarse en el jardín y él, a pesar de su reticencia, no hizo mucho por ahuyentarla. Pronto comprendió que le daba tranquilidad verla en el jardín, bajo un árbol, arañando la corteza o trepando con habilidad por sus ramas. Un día la encontró en la sala, junto a un cojín blanco, profundamente dormida. Trató sin éxito de averiguar por dónde se había metido. Siempre se aseguraba de cerrar las ventanas y no había ningún pasadizo o hueco suficientemente amplio que permitiera el paso del animal. Josué fue al comedor, se sentó en una silla y se la quedó mirando en silencio. Unos minutos más tarde volvió a salir y regresó a casa con comida para gato y un arenero de color amarillo. La gata estaba curioseando sus libros con la cola espesa y alzada. Lo volvió a mirar con sus ojos amarillos, sin parpadear, con interés y confianza, como si estuviera segura de que nunca la echaría, que desde ese momento tendría libertar para ir y venir, explorar el quicio de las ventanas, la mesa del comedor y la jardinera llena de geranios. Entonces Josué dejó un poco de comida en un tazón y comenzó a pensar en un nombre para ella.
Josué llevaba muchos años en el fraccionamiento. No siempre había estado solo en esa casa de dos pisos y un pequeño jardín repleto de geranios y protegido por una reja color verde. Hubo un tiempo en que vivía con Alan, su hijo, y su esposa Mariana. Alan había muerto un par de años antes. En las noches, después de apagar la televisión, pensaba en él, en su cuerpo abandonado en la calle después de ser embestido por un auto. La ausencia estaba ahí, clavada en alguna parte de su cuerpo. A veces se preguntaba qué había pasado con él, dónde estaría en ese momento. Todas las noches, al pasar por la recámara de su hijo, sentía un vacío que parecía salir de las paredes, de objetos que habían quedado como recuerdo y que no se había atrevido a desechar: una pelota de futbol, un álbum de estampas, un carro de juguete. Después de la muerte de Alan, casi sin darse cuenta, empezó a remodelar la casa; cambió los muebles de la cocina, la alfombra de la sala y pintó algunas paredes de color blanco. Sin embargo, la habitación de Alan apenas cambió. En los días posteriores al accidente Mariana había permanecido extrañamente ecuánime. Después de las lágrimas en el funeral se había refugiado en un silencio obsesivo, interrumpido por monosílabos que se repetían hasta volverse un siseo que apenas se diferenciaba del silbido de la cafetera, la estática del radio cuando perdía la señal o el murmullo de un auto en la calle. No hubo ninguna reclamación por la muerte de Alan, sólo una tácita aceptación que se fortalecía al evitar el tema y con el paso del tiempo. Pronto la muerte de Alan dejó de mencionarse y el silencio incluyó a familiares y amistades cercanas. Josué sintió que debía de recuperar la normalidad, así que pidió más horas en la universidad y aceptó dar conferencias en ciudades lejanas. Cuando regresaba la casa le parecía más silenciosa como si ésta, en secreto, aprovechando su ausencia, se despojara de pequeños ruidos, sonidos habituales que, hasta ese momento, cobraban importancia.
Josué miró a Glenda dormida sobre su suéter rojo. Sus orejas triangulares apenas sobresalían en el horizonte del sillón. Le gustaba el nombre por el cuento de Cortázar en el que un grupo de fanáticos de Glenda –una estrella de cine– modificaba en secreto sus películas hasta volverlas, para ellos, perfectas. Le parecía una buena idea ir a la cinta de tu vida, a tu pasado, y cambiar cosas que no te gusten. A veces fantaseaba con enmendar una mala decisión, evitar una frase en apariencia insulsa que, secretamente, había hecho una fisura, una pequeña grieta que con los años se haría más grande. Apenas comenzaba el invierno. En el noticiario había imágenes de ciudades asediadas por el aire helado y nieve cubriendo las zonas altas. Glenda abrió los ojos, bostezó y se estiró hasta despertarse por completo. Se lamió las patas. Josué se asomó por la ventana de la cocina: el frío cubría todo. No había viento y los arbustos en algunas banquetas parecían detenidos en el tiempo. Recordó que estaba por acabarse la comida de la gata. Miró el reloj, se puso una gabardina gruesa, unos guantes, tomó las llaves y salió de casa.
Manejó por calles casi desiertas. El frío traspasaba la tela de los guantes y le entumía los dedos. Recordó que a Mariana no le gustaba el clima de la ciudad. Siempre buscaba algún pretexto para mudarse. Decía que el frío la enfermaba aunque desde hacía mucho no tenía gripe o algún síntoma atribuible a la temperatura. Después de la muerte de Alan la búsqueda se intensificó: consultaba inmobiliarias, avisos en periódicos o recomendaciones de conocidos. Él seguía la rutina con indiferencia: estaba cómodo, quizá porque la ciudad gris, homogénea, con pocos eventos relevantes, le ofrecía el pretexto perfecto para quedarse en casa, prender el calentador eléctrico y ponerse a leer o escribir la reseña de alguna película o libro que después publicaba en el periódico local. Una noche, antes de la cena de Navidad, Mariana le dijo que le habían ofrecido trabajo en otro estado. Él la miró en el quicio de la puerta. Las luces de la habitación estaban apagadas. Los adornos navideños de los vecinos dejaban rastros de color entre las sábanas. Ella se quedó callada, sin decidirse a entrar, como si avanzar más la comprometiera a otras palabras y él supo que debía retener ese momento, la imagen de ella con el camisón azul y los pies descalzos e indecisos. Ella al fin se acercó y se metió entre las sábanas y entonces sólo quedó el olor, el perfume de lavanda que usaba, una esencia primordial que, de alguna forma, le devolvía a una Mariana más joven, cuando la había conocido en la universidad y las cosas habían sucedido demasiado fáciles, sin complicaciones, como un juego resuelto de antemano. Mariana se durmió casi enseguida, como si su única preocupación hubiera sido desahogarse, planear un futuro que no lo incluía. Josué se quedó mirando el techo pensando en que esa ruptura, esa otra desviación en la ruta de sus días, había ocurrido con la misma facilidad con la que había transcurrido, hasta ese momento, su vida.
Josué llegó a la veterinaria y compró una bolsa de comida. La tienda estaba a punto de cerrar. El frío había despoblado las calles y apenas se veían autos recorriendo la avenida. Lo único vivo en la zona eran los anuncios neón de las tiendas. Josué manejó de regreso a casa. Le gustaban esas salidas sin planear: a veces iba por una cerveza, comprar un par de zapatos. Esas decisiones le recordaban sus tiempos de estudiante, cuando se ausentaba de alguna clase para ir por un café y leer un buen libro. Después de cruzar la entrada del fraccionamiento el auto comenzó a perder potencia, expulsó por el escape una espesa nube de humo que se elevó lentamente y, después de un par de vibraciones, dejó de caminar. Intentó encender el motor pero no hubo ninguna reacción. Se bajó contrariado y, tiritando, levantó el cofre: no había ningún desperfecto a la vista. De todas formas, él no conocía de autos. Cuando había algún problema prefería pagar al mecánico antes de intentar algo por su cuenta que, seguramente, terminaría en desastre. Miró alrededor: las luces de los vecinos ya estaban prendidas. Varias calles lo separaban del portón de su casa. Buscó el teléfono en su gabardina para pedir una grúa pero no lo encontró. Era algo que le empezaba a suceder: olvidaba el teléfono en la recámara, las llaves sobre la mesa de centro; también no pagaba el gas o la luz en las fechas adecuadas. Suponía que era por los cambios en la rutina; antes Mariana estaba ahí para auxiliarlo, hacer llamadas, recuperar cosas perdidas, ahora sólo era él y aún no se acostumbraba a esa nueva condición. Suspiró. Su respiración formaba un vaho que ascendía por su rostro y se perdía en la oscuridad. Iba a cerrar el auto para ir caminando a casa cuando escuchó:
–¿Necesita ayuda?
Josué miró en dirección a la voz. Una mujer le hablaba desde una ventana.
–Sólo necesito un teléfono, gracias –dijo Josué.
–Pase, haga la llamada acá. Hace frío.
Josué apenas alcanzó a agradecer. Se acercó a la casa de un solo piso, con un par de ventanas redondas, protegidas por herrería, y un jardín dividido por un camino hecho de piedras blancas. Había pasado muchas veces frente a esa casa y, a pesar del pasto cuidadosamente cortado, del buzón libre de óxido y las cortinas que se adivinaban impecables, siempre le daba una sensación de abandono, de ausencia, como si entre esas paredes viviera un fantasma. Entonces la puerta se abrió con un ligero rechinido y entró.
La mujer que le había abierto aparentaba unos treinta años. Le pareció demasiado delgada, casi frágil. Las clavículas sobresalían y los pómulos le daban un perfil afilado al rostro. Vestía un suéter negro y un pantalón de pana color beige. El frío había disminuido aunque no lo suficiente para despojarse de la gabardina. La mujer le sonrió y le indicó un teléfono sobre una mesa alta de madera oscura. “No tardaré, es una llamada local”, dijo Josué para corresponder a la sonrisa, para llenar el silencio que siempre le incomodaba cuando estaba con un desconocido. Marcó el número de la grúa y miró la sala, el inicio del comedor y una parte de la cocina. Parecía que nadie vivía ahí pero, al contrario de sus suposiciones, no por abandono sino por la pulcritud de los muebles y rincones.
Esa noche, acostado en la cama, mientras la televisión llenaba de voces el cuarto, recordó la despedida de la mujer. Se llamaba María. “María… Mariana”, murmuró sin saber a qué adjudicar la coincidencia. Pasó de canal en canal sin interés. Glenda dormía cerca de él. Cuando apagó la luz sintió la necesidad de reconstruir el interior de aquella casa, de aquellos muebles apenas tocados, como si María no dejara huellas o como si éstas se evaporaran al instante de ser creadas. Después fue inevitable recordar la plática: ella le dijo que era maestra de primaria aunque en ese momento no daba clases. La grúa tardó un poco en llegar y ella, sin preguntarle nada, fue a la cocina por un par de tazas de café. Rodeó la suya con ambas manos, buscando contagiarlas con el calor humeante del líquido. Él le contó, sin abundar demasiado, de sus seminarios y materias que impartía en la universidad. Después comentaron de la inminencia de las fiestas navideñas y generalidades del fraccionamiento. Se dio cuenta de que ella, después de hilar varias frases largas, parecía desgastarse un poco y tenía que hacer una pausa. Entonces sonó el claxon de la grúa, Josué apresuró el último trago de café y le dio las gracias. Antes de salir miró, sobre una repisa, una fila de frascos rojos y blancos. Una fina llovizna enturbiaba las luces de los postes. El operador de la grúa aseguró el cable a la defensa del auto. Josué subió al asiento del copiloto y, mientras se despedía de ella, tuvo la sensación de que esa naturalidad, el tono espontáneo que utilizó para hablarle desde la ventana, habían sido ensayados segundos antes. Quizás, incluso, había dudado en hablarle. ¿Qué la habría convencido al final?
Al siguiente día le habló a otra grúa y llevó el auto a la agencia. Le dijeron que había que cambiar una pieza del motor. No era una contrariedad, le gustaba caminar y también sería una oportunidad para sacar la bicicleta. Tomó un autobús del servicio público y viajó a la universidad para no perder su única clase del día. Más tarde, después de comer, regresó a su casa. Al pasar por la calle de María se preguntó si, en ese momento, ella estaba tras las ventanas, espiándolo tras las cortinas. Recordó su respiración entrecortada antes de dar el primer sorbo al café y supuso que, tal vez, tendría asma o alguna alergia. Sin embargo había algo más que una simple enfermedad, era la manera en que sus manos buscaban el calor de la taza, como si en ella encontrara un refugio ante el frío que la obligaba, de alguna forma, a revelarse, a decir más palabras de las necesarias. Y quizá cada objeto, cada maceta, cada figura de porcelana, tenía el mismo poder y por eso el conjunto reflejaba ese aire impecable, de cosas recién compradas, como si esa casa detuviera el tiempo renovando cada instante a sus pobladores.
Transcurrió un par de días y recuperó el auto. Los exámenes finales estaban cerca y las clases se alargaron resolviendo dudas y recomendando bibliografía. En poco tiempo sería Navidad y no estaba convencido de ir a la acostumbrada cena con sus padres. En realidad estaba gestando una idea: quedarse con Glenda, comprar una botella de vino y mirar los preparativos de la gente de su calle. Brindaría acompañado por su gata y pensaría en el rumbo del siguiente año: más clases, tal vez un empleo nuevo. Sonrió ante las posibilidades que se abrían, las cosas no planeadas que podrían aparecer en el futuro. Miró una vez más el campo de futbol abandonado, cerró las cortinas y fue a su recámara. Era curioso pero, después del encuentro con María, la casa le parecía más grande. Haciendo memoria, esa plática con ella había sido la única, después de un par de semanas, cuyo objetivo no había sido laboral o académico. Sus pasos resonaban con más fuerza en el pasillo y quizá por eso adquirió la costumbre de prender el televisor por más tiempo aunque no estuviera interesado en algún programa en particular. Josué pensó en Alan, se preguntó si él y Glenda, de haberse conocido antes, habrían podido ser buenos amigos. Esa pregunta, importante e inútil al mismo tiempo, lo acercaba al recuerdo de su hijo. Sin embargo había algo en esa frágil memoria que lo alarmaba: la posibilidad de perder su voz. Iba a un álbum de fotografías que Mariana no se había llevado y recorría lentamente las imágenes. En pocas estaban los tres juntos como si, desde aquel entonces, previeran un camino que no seguirían juntos y así evitaran cualquier recuerdo doloroso. Josué se esforzaba en recordar la voz de Alan y maldijo su displicencia, no comprar una cámara de video para tener un saludo, una risa, una pregunta que, en aquel instante, habría pasado desapercibida, pero que ahora sería algo para aferrarse. Alan se diluía con los meses, como una pintura que se erosiona con la lluvia, y a menudo se detenía en medio de una clase o mientras esperaba el cambio de una compra porque esa certeza se hacía más honda. Por eso quizá eran tan importantes el campo de futbol y el frío. Ambos espacios le permitían internarse en la memoria, moldearla, extenderla a un punto del futuro. Una vez, mirando al vigilante mientras cerraba la puerta del campo de futbol, imaginó que Alan había crecido y trabajaba en una oficina en el centro de la ciudad. Lo imaginó más alto que él, vestido de traje y con una barba negra y tupida. Otra vez pensó que Mariana tendría remordimientos por haberlo dejado. Incluso se convenció de que lo llamaría en cualquier momento. Pero pasaron los días y el teléfono no sonó. Ni siquiera se habían divorciado. Ella le dijo que regresaría para dejar todo en orden. Pero a Mariana le gustaba dejar las cosas en suspenso, inacabadas. En eso era extrañamente parecida a él. La llamada prometida era, en realidad, una forma de reafirmar una pausa, un espacio que se iría llenando de pretextos, oportunidades perdidas y, por último, de recuerdos.
La ciudad seguía con su leve bullicio. Había días, sobre todo los fines de semana, en que apenas circulaban autos sobre las calles. Algunas bolsas de basura flotaban en las banquetas y los carritos de los supermercados eran manadas solitarias y brillantes. Quizá la gente prefería quedarse en casa para no tener que soportar las bajas temperaturas. Josué los imaginaba como seres de las cavernas, esperando la estación cálida para salir de su aislamiento. Pensó en María y quiso creer que no tenía nada en común con ellos y que eso la había convencido de hablarle aquella tarde desde la ventana.
Un día amaneció lloviendo: una rara lluvia de invierno. Una densa niebla había ocupado la ciudad. Los autos circulaban con las luces altas. Apenas se distinguía el perfil de las casas y la orilla de las aceras. Josué se puso un suéter de lana y una chamarra para ir a clases. Al terminar su jornada pasó a recoger un pantalón a la tintorería. Iba a regresar al auto cuando descubrió, a pocos metros, un café recién inaugurado. Le pareció una osadía emprender un negocio en esa época y se acercó a curiosear los estantes que ofrecían pan, galletas, mermeladas y harina para hacer pasteles. Cuando estaba por irse, descubrió a María en una de las mesas. Vestía un suéter gris, una falda larga color verde y unas botas altas. La ciudad era lo suficientemente pequeña para que cada cierto lapso de tiempo se encontrara con vecinos o compañeros de la universidad. Generalmente aquellos encuentros duraban pocos minutos y no iban más allá de las acostumbradas frases de cortesía que evidenciaban, en el fondo, desinterés. Se acercó y la llamó por su nombre. Ella aguzó la vista, como si no lo reconociera del todo, pero enseguida le sonrió y lo invitó a sentarse. Le contó que el lugar era propiedad de una amiga de su familia que comercializaba productos orgánicos que, a la postre, eran bastante escasos en la región. Josué pidió un pan de dulce y un café con leche. Estuvieron unos instantes en silencio, mirándose. Hacía unos años, cuando recién se había casado con Mariana, ese encuentro podría haber tenido cierta apariencia romántica, una complicidad lista a confundirse con una infidelidad en ciernes. Ahora, esa mesa compartida, en aquel lugar recién inaugurado, carecía de cualquier complicación y se unía a otras mesas ocupadas, casi anónimas, en la ciudad. María pidió más café y repitió el acto de rodear la taza con ambas manos. Ella parecía cómoda en ese mutismo, un anzuelo para que Josué hablara. Y él, aprovechando la situación, le dijo que su padre alguna vez había intentado poner un negocio parecido pero no prosperó ya que no era un buen comerciante: no tenía orden en sus cuentas y las deudas se acumularon hasta hacer insostenible el proyecto. Quizás él había heredado su inteligencia poco metódica, siempre dispuesta a improvisar, a cambiar de rumbo. Le dijo que su padre había trabajado muchos años como ingeniero especialista en aeropuertos. De aquel tiempo recordaba sus corbatas anchas y las camisas con cuellos largos y puntiagudos. También el vapor de la leche en la mañana, las diminutas llamas azules en los quemadores de la cocina y el frío que sentía en el cuerpo cuando lo despedía, todos los días, en la puerta. En esas despedidas miraba los árboles en la acera de enfrente y sabía que el frío estaba ahí, metiéndose entre las ropas de la gente que caminaba rumbo al trabajo y supo que algún día se uniría a ellos en esa procesión casi interminable que seguía todas las mañanas. Quizá por eso su reticencia a cambiar de ciudad pues sentía que cualquier alejamiento, sin importar la razón, sería un abandono, el rechazo a una identidad que lo mantenía a flote, protegido de eventos no predecibles, amenazantes y extraños. Al terminar sus reflexiones se dio cuenta que había hablado demasiado. Se disculpó con María. Ella respondió que no importaba, le gustaba escuchar. Él le preguntó por su familia pero ella no abundó demasiado, sólo dijo que sus padres y su hermano mayor vivían en Canadá; cada mes le mandaban dinero para mantener los gastos de la casa. Josué se sintió un poco defraudado por el breve comentario, sin embargo le gustó saber esos detalles que, probablemente, se extenderían en un futuro. Le echó un poco de azúcar a su café con leche y le contó de Mariana y de Alan. Le dijo que sólo había llorado una vez por su hijo, unos días después del accidente, cuando vio su número de teléfono en la pantalla de su celular y supo que ya no podría hablarle para rectificar a qué hora salía de la escuela, si había que comprar algo o si tenía partido de futbol en la tarde. Entonces comprendió que no volvería a llorar por él, pero no por desapego sino porque Alan iba a pasar lentamente al ámbito del pensamiento, un territorio amplio, volátil, en el que naufragaría poco a poco, un lugar en el que Josué se internaría todas las madrugadas para tratar, en vano, de recuperarlo. Y así había sido hasta el momento.
Acabaron el café y el pan. Ella pagó la cuenta a pesar de las protestas de Josué. Él, como compensación, se ofreció a llevarla. Subieron al auto y emprendieron el regreso al fraccionamiento.
–No debería estar aquí –dijo ella mientras Josué trataba de sintonizar el radio del auto. Había un poco de interferencia. Quiso replicarle con alguna frase hecha, algo que la hiciera sentir bien o soltar una idea que llevara aquel momento a otro rumbo, pero no pudo. Enfilaron por una avenida amplia. Se detuvieron en una intersección en la que unos trabajadores reparaban un semáforo averiado. Volvieron a avanzar: el paisaje parecía repetirse con su serie de tiendas iguales, anuncios parecidos, puentes del mismo color amarillo. Mientras María miraba con atención el exterior –como si ese trayecto le fuera desconocido–, pensó en la extraña familiaridad que habían alimentado gracias al azar, a una extraña inercia por seguir una conversación, como quien sigue una pista en la oscuridad. Josué le dijo:
–A veces tiendo a clasificar a las personas en grupos. Están los amigos y las personas que no conozco. Apenas descubrí que hay un grupo intermedio: los desconocidos-a-medias. Son personas que he saludado una o dos veces y que después los dejo de ver. Más tarde me los encuentro y no sé cómo tratarlos. Es un asunto que me pone en crisis.
–¿Yo pertenezco a ellos? –preguntó María con curiosidad.
–Tengo que averiguarlo –contestó con una leve sonrisa.
El sol estaba oculto tras una persistente superficie de nubes. El frío se hizo aún más presente y María parecía hacerse más pequeña en el asiento. Pasaron por la escuela en la que Josué había estudiado la primaria. Después, por un nuevo centro comercial. Los autos transitaban lentamente, como animales adormecidos.
–Mariana siempre se quiso mudar. No le gustaba la ciudad –le dijo sin saber si era una confesión, una intimidad apresurada, de mal gusto.
–Tengo cáncer –le dijo ella sin mirarlo, concentrada en un punto indefinible de la avenida. Un camión pasó a un lado y su ruido llenó esos instantes. No hubo incomodidad en la revelación. Después del ruido el radio ya no tuvo interferencia y se escuchó el final de una canción; un locutor anunció las rebajas de una nueva tienda de ropa. Josué se sintió extrañamente tranquilo, como si hubiera esperado esas palabras desde hacía mucho tiempo. Le pareció una locura, pero la confesión de María le restituía, de alguna forma, la despedida que no había podido tener con Alan y las confesiones no hechas a Mariana. Era cierto: algo le devolvía y le quitaba al mismo tiempo. El precio a pagar era que ya no podría mirarla sin pensar en la enfermedad que la iba erosionando desde adentro, volviéndola más frágil, impredecible. No se atrevió a mirarla a los ojos en el resto del trayecto. Pero no había tensión o vergüenza. Acaso, por un momento, volvió a su mente la misma indecisión que sintió cuando abrió la puerta de su casa para llamar a la grúa. Las palabras de María tenían siempre el mismo peso, como si las hubiera pensado desde mucho antes y por esa razón la confesión sobre su enfermedad era extrañamente igual a la solicitud de un café en algún restaurante, un comentario cotidiano sobre el frío o la queja reiterada sobre el viento que, en las noches, arrastraba hojas hasta la entrada de las casas.
–¿Quieres pasar la Navidad en mi casa? –le preguntó Josué.
Ella dejó de indagar el exterior y lo miró directamente a los ojos:
–Sería buena idea.
Pasaron los días. Josué miraba el calendario cada vez que iba por algo a la cocina. Se preguntaba constantemente cómo se había atrevido a hacerle la invitación. Los últimos acontecimientos tenían un aire de irrealidad, como si hubieran sido parte de un sueño. No se tomó la molestia de investigarla en internet: seguramente había varios millones de Marías. Las clases acabaron, entregó los últimos exámenes y firmó actas. A veces leía o miraba la televisión y, al mismo tiempo, pensaba en ella. Seguramente había llegado al fraccionamiento hacía un par de años. Trató de recordar la construcción de la casa de ventanas redondas y techo a dos aguas. En aquellos tiempos no se había interesado en registrar los cambios en el fraccionamiento pues era frecuente la llegada de nuevos colonos que empezaban de inmediato a construir. Cuando iba a comprar pan o la comida de Glenda se hundía en sus pensamientos y apenas reparaba en los cambios en las calles. Ahora, sin clases, con mucho tiempo libre, tenía tiempo de salir e investigar los cambios en las cercanías de su casa pero prefería estar en su sala, acompañado por Glenda, mirando en las noches el campo de futbol mientras la tele empezaba con su perorata. Su creciente retraimiento había hecho que algunos amigos le recomendaran ir con un psicólogo: no querer salir era un claro síntoma de depresión. Él se burlaba de aquellas opiniones y les decía que, últimamente, no se identificaba con nada de lo que le decían sobre él, como si estuviera desapareciendo o como si se estuviera convirtiendo en un fantasma.
Una semana antes de Navidad Josué habló a casa de sus padres para avisarles que no iría a cenar con ellos. Cuando le preguntaron la razón, adujo un nuevo amigo que se había quedado solo en la ciudad y que necesitaba compañía. Colgó el teléfono con la certeza de que no había mentido del todo. El frío aumentaba cada vez más. Fue a la ventana y miró la calle: tres autos estaban estacionados; un perro amarillo ladraba en una azotea. Algunos vecinos habían aprovechado para salir de la ciudad e ir a alguna playa, lejos del gris del cielo y de las bajas temperaturas. Siempre había intentado soñar con Alan. En los días posteriores a su muerte pensó que tendría alguna señal de él, sin embargo no hubo nada, ni una imagen, un sonido, una voz. Con el paso de los años su cuerpo en el asfalto caliente sería algo físico, una escena que sería sustituida por recuerdos más antiguos que le devolverían algo más real, más rescatable y presente.
El 24 de diciembre fue a comprar una botella de vino y pasta para hacer un espagueti. Le pareció, o quiso pensar, que esa cena de Navidad sería un nuevo punto de inicio, un cambio de rumbo que lo llevaría a otro lado. Sin embargo, no estaba seguro de querer cambios. Se sentía ansioso y, por momentos, tranquilo. Tal vez los días seguirían casi iguales y eso estaba bien: se jubilaría en la universidad y estaría con Glenda. Tal vez rescataría a otro gato para que le hiciera compañía.
Después de cocinar la pasta estuvo mirando la televisión. Eran las ocho de la noche. Llegaban a su celular mensajes saludándolo y deseándole felices fiestas. Se arrepintió de no haberle pedido a María su número aunque seguramente no se habría atrevido a marcarle. Se sintió en sus tiempos de estudiante, cuando le gustaba pasar desapercibido por los pasillos de la escuela y veía a sus compañeros como seres ininteligibles, casi inalcanzables.
María llegó a las 9 de la noche con un abrigo rojo y cargando una bolsa de papel. Después del saludo inicial cruzó el pasillo y se encontró con la gata.
–Glenda, ella es María; María ella es Glenda –las presentó Josué.
La gata se acercó con curiosidad pero conservando con celo la distancia. Después fue a echarse sobre una silla.
Prendió las luces del comedor y puso sobre la mesa el espagueti después de calentarlo en el horno. Ambos se sentaron. Glenda miraba la escena desde la altura de un librero, ajena y cómplice al mismo tiempo. Sus ojos amarillos destacaban en la penumbra.
–No debo beber, pero traje vino –dijo ella y sacó de la bolsa de papel un tinto de Argentina.
–Puedes brindar con agua –dijo Josué.
Empezaron a comer en silencio.
–No voy a volver a la quimioterapia. Ya no más.
–¿Cuánto tiempo estuviste en el tratamiento?
–Tres meses.
–¿Y tu familia?
–Mi familia no sabe nada.
Josué se levantó y puso música en el estéreo.
Mientras cenaban y Josué servía agua en la copa de María, no pudo dejar de pensar en la muerte. ¿Cómo sería? Siempre había creído que, cuando muriera alguien cercano a él, no podría sobreponerse. Sin embargo, después de la muerte de Alan siguió una temporada de sosiego que diluyó lentamente la impotencia. María parecía compartir esa cualidad mientras miraba su copa transparente. Era algo más que simple resignación. Era un conocimiento profundo del paso de los días, una nueva conciencia de cada respiración, cada pestañeo. Cada acto, por mínimo que fuera, tenía ese peso y eso hacía que cuando se quedaba callada –como en ese instante en que miraba las cortinas de la cocina– estuviera en otra parte, muy lejos de ahí. ¿Cerca del final las decisiones serían más fáciles o más difíciles?
“Feliz Navidad”, dijeron. Chocaron las copas y el movimiento empujó el vino y el agua a las paredes del cristal dejando una película fina y volátil. Se escuchaba alboroto en las casas vecinas. Seguramente intercambiaban regalos, quizás habían dejado de cenar y estaban en la sala comentando anécdotas familiares. Josué no tenía nada para María. No se le había ocurrido comprar un regalo y era demasiado tarde para remediarlo. Supuso que era demasiado tarde para muchas cosas. Sólo quedaba esperar el fin de la noche, contar los minutos y beber más vino.
El espagueti se acabó. María sugirió caminar por el campo de futbol. Josué asintió. Se pusieron sus abrigos y los guantes. Glenda pasó entre las piernas de María y enfiló a la recámara desentendiéndose del plan recién acordado. El cáncer no volvió a aparecer en las escasas palabras que intercambiaron mientras se acercaban al campo de futbol. En esos minutos habían consolidado un acuerdo silencioso. Era como si él se hubiera extendido con los detalles de la muerte de su hijo o recreado con minucia la abrupta despedida de Mariana. Quizás ambos entendían que había que conservar una parte del dolor, un pedazo íntimo para rescatarlo en las noches de insomnio y, quizá, transformarlo en otra cosa. Eso no lo podrían compartir. Ya estaba cerrado el campo de futbol pero Josué le dijo que había otra entrada, junto a unos arbustos y una pared a medio construir. El pasto resplandecía por las luces de los postes que lo hacían parecer una superficie congelada. Se sentaron en una banca de metal. Él le contó que había recorrido esos senderos en bicicleta, que, en algún lugar, entre aquellos conjuntos de casas rojas, casi infinitas, ahora iluminadas a plenitud, estaban los establos y un área despoblada. Le contó de la vez que él y sus amigos intentaron podar el césped sin mucho éxito; de un par de asadores que compraron gracias a una cooperación entre vecinos y que apenas se usaron. Ya no había nada de eso. Todo se había esfumado y apenas quedaban algunas fotografías maltratadas para darse una idea. Entonces ella se detuvo y le dijo:
–¿Sabes? Te estuve espiando tras las cortinas aquella ocasión en que se te descompuso el auto.
Josué sonrió y alargó la mano hasta su mejilla.
Las dos siluetas siguieron un rato en la banca, iluminadas por las bocanadas blancas de los postes. Después, mientras seguía el barullo en las casas y la celebración llegaba a su fin, regresaron por la calle vacía.













ESTACIÓN DE LAS LLUVIAS SALVAJES*


“Es un privilegio que en el aluvión, el calendario sea una sábana de pétalos y el ensimismamiento, mantel de la sangre…”
Andre Cruchaga.


Una sola estación bastó. Una sola.
Era - como no serlo- la estación de las rosas y salvajes lluvias.
Estación de pájaros alborotados. La muerte huyó, despavorida
Le respiré el pecho con un puñal de luz. Ay, con un puñal de luz.



ESTACIÓN DE LAS EPÍSTOLAS

Entregó sus epístolas de piel, mansamente. Ávido.
Y la lluvia cayó, ferozmente. Brutal ley de los opuestos.
Y bebía gota a gota. Bosque. Bárbaro Humano. Suave.
Alucinado. Los peces se alojan en sus ojos .Atónito.



ESTACIÓN DEL FRAGOR


Y moría al mirarlo. Y vivía. Sus ojos de rodillas.
Entrar. Tirar la llave. Plurales tierras y fragor de lluvia.
-Barro esfumado entre los aguacates de la sed y el hambre-
Y quitar los zapatos del cuerpo. Santos. Putas.



ESTACIÓN DE LAS LLUVIAS SALVAJES


Y aun no saben quien quitó los clavos.
Fruto partido, ojos en las lágrimas. Muslos. Bocas.
Locos. Dioses adúlteros. Mueren los días entre abrazos.
Fragua. Lengua, enrojecida. Látigo.


Y la lluvia golpeándome las ancas.
Golpeándose las ancas, salvajes.
Hoy, no llueve, Venus reluce. Empapado el monte.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar







*


ya no habrá dolor porque no habrá mar
porque la arteria biológica del mundo ya no arderá
y no habrá un pájaro ya nunca
ni una piedra ni un río
ni un apéndice de bosque
ni crepitará una rama
no habrá una sola mariposa ni una sola rosa ni un color
nada dolerá porque no habrá sobrevivido nada
volveremos a habitar en los desiertos
con las bocas abiertas aguardaremos el puño de la lluvia
no habrá dolor porque no habrá lenguaje para nombrarlo,
ni una casa ni un árbol,
no quedará una ceniza que recuerde el hueso rojo donde
saltó la alegría
cuando intentemos recordar no habrá memoria.
los corazones andarán por la tierra buscando la sombra
de un cactus, una puerta secreta, un indicio de vida/


*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar











PUERTAS*



Puertas que parecen cerradas, transparentes,
muestran un mundo que se abre a los ojos,
solamente a la mirada  impedida de escape
sofocada de tanta espera.

Puertas golpeadas, encadenadas a un silencio intolerable.
Nadie acaricia,  no introduce la llave,
la gira, hace un ruido, empuja la hoja,
le habla con palabras sutiles, y la cierra
suavemente,  como si fuera un cristal costoso.

Nada, no sucede lo inesperado, un mudo sollozo las invade,
la madera vieja que las forma, desnuda y desprotegida
del árbol, del bosque, ya no está perfumando su existencia.
Es solo parte de su esencia, una  gota de nostalgia
enmoheciendo sus recuerdos.

Puertas elegantes,  de casas fabulosas,
se abren con cautela, con sigiloso desplante.
Siempre pulcras, aceitadas,  golpeadas con guantes,
esperando abrirse  al buen vestir,
son puertas que parecieran tenerlo todo
mas, al cerrar sus hojas sienten
el rigor  abismante de la soledad.
Atacadas maliciosamente por las inclemencias del tiempo
nunca muestran sus corazones roídos.

Puertas humildes, desmembradas por los dientes
del viento, que las muerde cada vez que pasa
quizás deseando llevarse una de sus partes.
Puertas giratorias,  emborrachadas de prisa,
quién sale quién entra, da lo mismo
solo dejan una ráfaga de inquietud, solo eso,
Una frialdad endulzada de  indiferencia.

Puertas rechinando desamparo
lamidas por  el calendario del olvido,
sin llaves que las abran, sin cerrojos que las cuide,
entregadas a los brazos de inclementes soledades
abren las bocas,  modulan palabras de desconsuelo
y con voces de aserrín claman al cielo
volver a centro de sus raíces.


*Por Marianela Puebla. marianela_puebla@hotmail.com










*



el presente es una piel

estremecida

entre la orilla del mirar

y la proximidad

que no se alcanza



*De alejandra alma. almaalma3h@gmail.com










SEGUNDA
OPORTUNIDAD*



*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar




CUATRO


“Wanting, needing, waiting
For you to justify my love” (Madonna)




Resulta difícil avanzar sin calzado sobre vegetación áspera, sobre todo para quienes se han criado pisando cemento y rara vez se descalzan. Los arbustos y árboles de tronco delgado se van espesando a medida que se internan en el corazón de la isla. Sonoro cantar de aves tropicales, enormes y brillantes mariposas, sedante rumor de hojas en la brisa, infinitos tonos de verde, las flores más coloridas que hayan podido imaginar alguna vez… A cada paso uno de los dos emite un quejido de dolor: astillas y piedritas conspiran desde el suelo contra la improvisada exploración.
—¡No, no! ¡Basta! —protesta ella, aferrándose del hombro y uno de los brazos de él, con expresión dolorida. —Volvamos. Así no podemos seguir.
—Tampoco hay mucho que descubrir —se consuela él, mirando en varias direcciones, aceptando la uniformidad del paisaje y la negativa de ella. —Vamos, pero quedémonos en esa franja de arboleda que hay antes de llegar a la playa. Quizá podamos improvisar alguna choza.
—¿Choza? —se mofa ella. —¿Vos alguna vez construiste una?
—Nunca —sonríe él. —Pero con intentarlo, no perdemos nada. Ya lo hemos perdido casi todo, así que… —y se encoge de hombros.
Regresan por donde vinieron, sosteniéndose mutuamente, escoltados por una bandada de mariposas que revolotean sobre sus cabezas. Ambos dejan los bolsos a pocos metros de donde se inicia la playa, y en un impulso, ella corre hasta el agua. El la sigue, caminando, curioso ante su espontaneidad. Ella se remoja ambos pies donde mueren las olas, echando la cabeza hacia atrás, abriendo los brazos en cruz, y soltando un quejido liberador.
—¡Diosss!!! ¡Muero por un buen par de Nike´s!!! —y agrega, al volverse hacia él, apuntándole con un dedo: —Y mejor que no se te ocurra volver a hacerme sufrir.
—Qué poca resistencia… —critica él, con una media sonrisa, remojándose también los pies, alzando uno de los suyos hasta la altura de la rodilla para masajeárselo, aliviando el escozor causado por el doloroso terreno irregular.
—¿Ah, sí? —exclama ella, de espaldas a la playa, y aprovechando la vulnerabilidad de él, parado sobre un solo pie, lo empuja con todas sus fuerzas hacia las agónicas olas.
El cae aparatoso, agitando con estupor los brazos en el aire, salpicando espuma, hundiéndose pronto en una pendiente costera que se profundiza veloz.
—Turra… —murmura, escupiendo agua mientras gira hacia ella y se incorpora con lentitud. —¿Querés jugar? Ahora vas a ver…
Ella corre divertida al borde de las olas, mirando por sobre su hombro mientras él la sigue de cerca. Con piernas muy largas, muy pronto le da alcance, aunque ella en un solo giro intente escabullirse frenando, agachándose y queriendo correr en otra dirección. La toma veloz por detrás, rodeándole la cintura con un brazo, sosteniendo el peso del cuerpo con su otro brazo, apoyando las nalgas de ella contra su cadera, y avanza tambaleante pero divertido hacia las olas.
—¡Bajame, cobarde!!! ¡Así no vale!!! —ríe ella a carcajadas, forcejeando en su protesta, intentando patearlo mientras se halla en el aire.
—¿Y lo tuyo sí vale?
La pendiente más allá del borde del mar desciende con rapidez. Le resulta difícil calcular la profundidad bajo sus pies mientras las olitas siguen llegando. Así que al dar unos pocos pasos trastabilla y ambos caen en el pozo, salpicando con un estruendo espumoso. Arde la sal sobre las pieles insoladas. Ella se zafa, gira hacia él y lo toma por la cabeza, empujando hacia abajo para hundirlo.
—Me querías ahogar, ¿eh? —exclama muy divertida. —¡Ahí tenés!
El cierra los ojos bajo el agua pero afirma los pies en la arena, avanzando entre las olas con los brazos abiertos, derribándola desde abajo con un tackle de rugby, cayendo sobre ella, quien cae de espaldas sobre la pendiente. El agua en los ojos apenas le permite ver a él, pero sus manos se deslizan hacia arriba sobre el cuerpo de ella, intentado asirla para que no se vaya. Tropieza con sus pechos, y cae sobre ambos codos, su rostro empapado muy cerca del rostro de ella. Parpadea varias veces, mientras ambas risas se extinguen…
…y entonces se contemplan con una mirada que apenas han esbozado desde que se conocen, e intentaron mantener con éxito en secreto. En una fracción de segundo les parece estar en otro lugar, quizá siendo ellos mismos, pero en otra vida, nada paradisíaca como ésta, extrañamente cercana y lejana a la vez, manifestando una intensidad erótica inequívoca, pujante, avasalladora de cualquier prejuicio, que comienzan a experimentar en este preciso instante.
[Otra vez ese parpadeo, ese ajuste de lentes, esa especie de misteriosa transición que ocurre entre los dos, vinculándolos más allá de lo aparente, en una inexplicable comunión que trasciende toda lógica racional]
El beso se impone sin duda alguna. Ambos se buscan, los labios entreabiertos, las bocas ávidas, las lenguas lascivas, una misma respiración. Este beso les recuerda otro… ¿De otra persona? No… De ellos mismos. Tal vez... Pero, …¿cuándo? ...¿cómo?... Si se acaban de conocer...
“No… Es muy pronto… Es imposible que nos pase esto… ¿Qué estamos haciendo?”
“No pienses más… Besá, y no pienses en nada más…”
“Dejate llevar, mi amor… Si te calienta tanto… ¡No te reprimas más! Olvidate de todo… Ya no importa otra cosa…”
“Dejate llevar… ¿Quién te espera en casa? ¿Cuánto hace que no te sentís así???”
“¡No pienses más!!! ¡No pienses más!!!”
¿Es él… es ella…? ¿Dónde están? ¿Quiénes son?
Aquel contacto resulta tan saludable y reconfortante como el hecho mismo de abrir los ojos al sol luego de haber atravesado la agonía del accidente. Señal de que la vida se impone por encima de cualquier obstáculo. De que, por alguna extraña razón, el amor es lo último que se muere. De que ninguno de los dos se hundirá debajo de una ola enorme. De que en el futuro próximo volverán a encontrar y besar a …¿sus niñas?…
Ella lo abraza como si se aferrase al último ser vivo en la Tierra, deseosa de que la proteja contra todo mal. El siente la atracción que perfilara a bordo del avión con una potencia mucho mayor de lo que imaginase al contemplarla por primera vez. Y en el beso eterno, salado, pasional, experimentan la certeza de que ya nunca volverán a separarse del todo.
El apoya una mano contra la arena y la eleva a ella en el aire, sosteniéndola por la espalda con su otro brazo. Ella no deja de besarlo. Se acomodan lentamente, logrando ponerse de pie, con las olas hasta las rodillas, sin q sus bocas se separen demasiado. El abrazo es distinto, más lábil, aunque el beso mantenga su poderosa consistencia. Las manos abiertas de él descienden por la espalda de ella, descansando en su cintura o rodeándole las nalgas, abarcándola toda. Ella se aferra a sus hombros delgados, ascendiendo con una mano hasta su cuello, rodeándole la cintura con la otra. Hasta que por fin se separan, volviendo a mirarse, casi como dos extraños, …¿como lo que son?..., con un intenso deseo expresado sin palabras a través de sus ojos.
—Vení —susurra él, goteando agua de mar, por sobre el sonido del oleaje.
La toma por la cintura y la conduce hasta las palmeras, donde yacen los bolsos, olvidados. Ella respira agitada, dejándose llevar. La excitación le hace olvidar todo, desde dónde se encuentra hasta cómo se llama. Sólo le importa que él esté con ella, como un hombre y una mujer que se atraen mutuamente, amándose por un rato…
…o durante el resto de su nueva vida.
El apura el paso y se agacha junto a la mochila. Recuerda haber visto algo en el fondo, debajo del resto de las cosas, mientras revisaba esta mañana, deseando con el alma no haberse equivocado. Extrae apurado parte del contenido antes de dar con lo que ansiosamente busca.
—¡Bingo! —vuelve a exclamar, por segunda vez en el día, al alzar la mano con una manta de polar, con una cara impermeable, muy prolijamente doblada.
—Dámela —casi le ordena ella, temblando de emoción, desplegando la manta y extendiéndola bajo el conjunto de palmeras que los guarecen de este sol abrasador.
Ni bien acomoda la tela de polar, se acuesta boca arriba sobre ella y lo atrae hacia sí. Aún mojados y salados, se encuentran irresistibles. Y el siguiente beso tiene el efecto de una poderosa descarga eléctrica. Beso que reúne nuevamente a esas lenguas, inquietas y reptantes, que se nutren entre sí, vigorizándose. El, boca abajo sobre ella, comienza a frotar su entrepierna contra la de ella, generando los más diversos suspiros. Luego se deshace del beso y lame profundamente un lado de su cuello, desde la base hasta la oreja izquierda, demorándose dentro de ella. Besa repetidamente la mejilla del mismo lado, mientras va descendiendo con sus labios hacia el mentón, el cuello, la clavícula, la prominencia del pecho derecho, mientras ella gime, le aferra la cabeza con ambas manos y ahoga el gemido al mismo tiempo. El retira la tela del vestido hacia un lado y besa ese pezón oscuro que parece llamarlo, para luego lamerlo con la lengua bien extendida, arriba y abajo, por un costado y por el otro, presionando pero con lentitud, mientras ella gime sin reprimirse, acariciándole la cabeza y dejando la vista vagar entre el alero de hojas de palmera que se forma sobre ellos.
El separa la tela que cubre el otro pecho y reitera la misma operación, sintiendo el sabor de la sal sobre esa piel que ha dejado de estar fresca por efecto de las olas, para ir acalorándose gradualmente al compás de las caricias. Las manos de ella no se quedan quietas, lo tocan en la cabeza, descienden por el cuello, le palpan los hombros, aferrándose a ellos, le buscan los glúteos. ¿Cuánto hace que alguien no la excita de esta manera? ¿Qué ha pasado con su marido en los últimos años? ¿Por qué se desconoce, como si no fuera ella misma quien disfrutase de este placer, sino otra mujer, despreocupada por completo, libre de cualquier atadura?
El se iza sobre ambos brazos y de rodillas le levanta la cortísima falda para besarle y lamerle el ombligo, aún con restos de agua de mar. Continúa lamiéndola toda, como sólo él sabe hacerlo. Del mismo modo que excitaba tanto a su mujer, hace ya demasiado tiempo… ¿Qué le ha ocurrido en los últimos tiempos? ¿Por qué ya no disfruta de hacerle el amor, sintiendo que es apenas un delicioso trámite rutinario? ¿De qué manera podrá recuperar a la fiera erótica y enjaulada que siente que es?
Ensarta los pulgares en los bordes de la bombachita y tira hacia las rodillas, mientras ella eleva las piernas para que se la quite, sin dejar de gemir al separarlas. El se recuesta sobre la manta, aferrándose de los temblorosos muslos de ella, para acercar su cara hasta los labios vaginales de ella y comenzar a lamer, despacio, de abajo hacia arriba, demorándose un instante sobre el clítoris con un círculo de saliva, para luego recomenzar. Los gemidos de ella van en aumento, enloquecida, causándole la sorpresa de una frase que proclama durante semejante éxtasis, y que por algún oscuro motivo remueve recuerdos en los dos.
—¡Así, mi amor!!! ¡Así!!! ¡Sos hermoso…!!!
¿Dónde han escuchado repetidas veces esa frase? ¿Proviene acaso de su otra vida? ¿De un pasado remoto compartido con otros cuerpos, otros climas, otras situaciones? ¿Dónde habita la línea que separa lo actual de lo vivido? ¿Y lo real de lo fantástico? ¿En qué clase de extraña dimensión se han sumergido, que ya nada parece ser dueño de ninguna consistencia, salvo este intenso placer que los arrasa y proyecta hacia el vacío?
El respira agitado, con el torso sudoroso, pero como broche de oro, con el rostro empapado por los jugos de ella, le introduce la lengua dentro de la vagina, tan lejos como pueda llegar, ondulando en su interior como un lascivo pez, ansioso por llegar a la fuente, para luego ascender, presionando con fuerza el clítoris, superlativamente excitado, lamiéndolo repetidamente para volver a introducir la lengua dentro de ella, quien ya cree estar al borde del orgasmo, algo mágico que no le ocurre desde hace muchísimo tiempo.
El incorpora el tronco, aún de rodillas, y se desabrocha el cinturón, el botón y la cremallera. Ella se sienta de un salto, respirando muy agitada, le baja el borde del bóxer elastizado con una mano y toma su miembro con la otra, acercándose hacia él, reptando sobre sus nalgas, hasta alcanzar la hinchada cabeza de su pene e introducírsela con ahínco en la boca, recorriendo el cuerpo de ese pene con los labios, para luego retirar la boca y chupetear esa cabeza ya morada, a punto de estallar, darle un lengüetazo y volver a avanzar con la boca, devorándolo de nuevo. El gime con sonoridad, la frente echada hacia atrás, y una visión caótica de las hojas de palmera por detrás de esa poderosa sensación que lo abarca todo.
Le toma la cabeza de mojados cabellos rubios con la mano izquierda, y con la derecha sostiene su pene, para golpetear el glande contra la lengua de ella, que tiembla y se agita fuera de su boca. Esto la excita como ninguna otra cosa, impulsándola a tocarse el clítoris, buscar chuparlo de nuevo, y emitir un progresivo aullido de pasión.
—¡Hijo de puta…!!! ¡Metemelá!!!
El se baja la ropa hasta las rodillas, para luego sacársela de su pierna derecha, mientras la empuja suavemente hacia atrás, volcándola sobre la manta otra vez. Ella separa las piernas, levantándose bien alto la falda, suplicándole con la mirada, mordiéndose el labio inferior, ardiendo como pocas veces en su vida. El se inclina sobre ella y la penetra despacio, muy despacio, hasta sentir que se halla completamente dentro, como en casa, en el hogar que siempre ansió tener. Y se mueve oscilante, con un suave vaivén que le permite a ella sentirlo y gozarlo, llenándola sin invadirla, acompañándose juntos hasta la gloria.
El levanta una de las piernas de ella hasta calzar el hueco de su codo derecho debajo del hueco de la rodilla izquierda de ella, para luego afirmar mejor la rodilla derecha contra la manta y el muslo derecho contra la nalga de ella, e imprimirle al movimiento un énfasis progresivo, que los excita como nunca. Gemidos, jadeos, respiraciones agitadas… Y una sensación profunda que los eleva en sintonía, que los vuelve uno y a la vez ajenos, hasta hacerlos estallar al mismo tiempo en una vibrante y placentera sacudida orgásmica, gritos y aullidos mediante, sin que a nadie le importe que él haya eyaculado adentro.
El se deja caer, su cabeza sobre el hueco del cuello de ella, ambos agotados en extremo, el corazón desbocado en un galope de latidos, respirando muy profundo para no quedarse sin aire ante el agónico esfuerzo. Ella lo abraza con infinita ternura, aferrándose a esos hombros cuyo aroma la excita tanto como el sexo vivido hasta hace unos momentos. Las palmeras oscilan ese denso follaje por encima de sus cabezas, mientras una brisa cada vez mayor va creciendo en su entorno.
Y de manera casi inadvertida, avasallados por el agotamiento físico causado por el stress del accidente, la tensión de las últimas horas, y el reciente y liberador encuentro sexual, ambos caen dormidos, relajados uno en brazos del otro, respirando en un solo aliento, sintiendo una misma conexión psíquica.




(Continuará…)






***

INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/

De paso*

(De la estación Ingeniero De Madrid)


Lo pensó así en el momento exacto en que se apeaba del tren: "nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto". Intuía o recordaba que era el título de una canción, una película, un libro... Algo que le venía de remotas regiones de su mente, palabras difuminadas por la resaca del tiempo que ahora, sin motivo aparente, habían salido a la superficie para volver a sumergirse en el olvido minutos u horas más tarde. El hombre ya no era joven. Tenía esa edad indefinida de quienes han vivido en muchos sitios o -pensémoslo despacio- en ninguno. Por eso una frase aparecida de repente en su cabeza podría venir de cualquier parte: La edad mezcla palabras y recuerdos, invenciones y vivencias. Todo es una misma argamasa que se amontona, informe, en los anaqueles de la memoria.

Pero ¿a qué venía esa frase justamente ahora? El traje raído, las arrugas delatoras, el exiguo maletín ¿pueden ser, acaso, la respuesta? El hombre miró al frente. Un cartelito despintado anunciaba el nombre de la estación: "Ingeniero de Madrid". Le resultó chocante, porque él había nacido allí, muy cerca de Madrid; en España, esa España ahora tan lejana como las brumas de un entresueño, que se van desvaneciendo poco a poco cuando despertamos y de las que, al final, apenas queda un vago rescoldo, una cicatriz inexistente.

Tal vez fue ese detalle -pero esto lo pensó ahora, mientras contemplaba el letrero-, el nombre de la estación, lo que le trajo a la mente la frase lapidaria. Porque ¿algún ser vivo recordaba todavía quién fue exactamente ese ingeniero? Cierto que en algún libro, en alguna enciclopedia cubierta de polvo, quizá se reflejase no sólo el nombre, sino incluso también el hecho por el cual este lugar que ahora pisaba había adoptado ese nombre, que -a pesar de todo- no dejó de resultarle sumamente curioso. Pero ¿puede una enciclopedia, por exacta y completa que sea, imitar o suplantar eso que llamamos recuerdo? ¿Son esos artículos, esas anotaciones, una forma de seguir existiendo en la memoria de las gentes futuras? Tal vez, pero, en cualquier caso, una forma distorsionada, infinitesimal. Las biografías las escribe gente viva sobre gente muerta (o gente muerta sobre gente muerta, que viene a ser lo mismo) y quienes las escriben no saben nada, absolutamente nada. A lo sumo, una mínima colección de hechos aparentemente importantes, pero que en realidad son irrelevantes o anodinos, puesto que no arrojan ninguna luz sobre la persona biografiada... La única biografía posible la va escribiendo uno mismo, con sus propios actos, y no queda registro en parte alguna...

Vio las vías perdiéndose en el horizonte. Las vías del tren sugieren la infinitud y el desencuentro (Acaso también la infinitud del desencuentro) pero en este caso concreto, además, ese desencuentro resultaba aún más dramático porque dos pares de vías se cruzaban en este punto para ir alejándose después hacia sus respectivos destinos, líneas infinitas que jamás volverían a encontrarse. Y este punto, el único lugar en que esas líneas se encuentran, es una estación erigida en medio de la nada, un punto perdido entre otros puntos igualmente perdidos o inimaginables.
Así sucede -pensó- tantas veces. Tal vez sólo exista un punto, un único punto en todo el inimaginable cosmos, donde sea posible el encuentro. ¡Qué dicha, el encuentro! Y qué tristeza ver alejarse de nuevo los trenes del destino, intuyendo.
Desencuentros... Si lo pensaba con frialdad y atención, fueron precisamente ellos quienes le habían traído hasta este lugar, quienes habían de llevarle adónde iba. Pero ¿dónde iba exactamente? No podía recordar el nombre (si es que tal cosa puede tener importancia en realidad), y no tenía el menor deseo de sacar del bolsillo el papel donde figuraba. Ya habría tiempo para eso cuando el nuevo tren se pusiera en marcha hacia el siguiente destino. La vida es una sucesión de trenes que, en apariencia, nos llevan de un lugar a otro. Sabía que una vez allí tenía que hablar con un tal Pereira o Pereyra, un portugués o brasileño que también -por circunstancias desconocidas y que, en el fondo, no importaban- había venido a dar con sus huesos en ese lugar alejado del mundo y de la historia. (Pero -atinó a pensar más o menos
confusamente- ¿hay algún lugar que no esté alejado del mundo y de la historia? De ser así, el tiempo, juez definitivo, ya vendrá a corregir esa desigualdad momentánea, ese error inocuo). Tampoco recordaba, hecho anecdótico si lo miramos bien, cómo se llamaba el lugar del cual venía. De ese triángulo escaleno, sólo el curioso nombre de esta estación solitaria había echado raíces en su memoria. En la estación no había nadie más. De nuevo, estaba solo.
Los desencuentros, sí... Llegan a ser tantos que es imposible recordarlos todos. Y ¿para qué habríamos de recordarlos si sólo pueden producir dolor, desolación? Amigos que se fueron diluyendo en un pasado cada vez más difuso, amantes cuyos rostros apenas son una neblina inconsistente, familiares a quienes no había visto en dos décadas... Y le vino de nuevo esa frase:

"Hablar de nosotros después de muertos- musitó con una sonrisa amarga-. Si al menos alguien lo hiciese cuando aún estamos vivos, si es que en verdad lo estamos". Si alguien. Porque: ¿Quién le brindó una mano cuando su mundo se desmoronaba? ¿Quién le habló cuando precisaba una palabra? ¿Quién estuvo ahí en esas horas de amarga e interminable soledad, o en esas otras de inasumible derrota? ¿Quién, finalmente, vino a despedirle a la estación -esa otra, ahora disuelta entre las telarañas de un olvido consciente- veinte años atrás, cuando tuvo que partir para no regresar? Para no regresar.

¿Amistad? Palabra casi siempre exagerada para definir relaciones superficiales entre seres humanos. ¿Amor? Ya lo dijo Bécquer: es un rayo de luna. ¿Fidelidad? Palabra horrible y abstracta. Encierra una falacia.

Un día, no muy lejano, de esta estación sólo quedarán ruinas, algunas fotos viejas, tal vez uno que otro recuerdo impreciso como la sombra tenue de un sueño abandonado en las hondonadas del tiempo. De quienes en ella esperaron alguna vez, de quienes tomaron un tren o se apearon de otro, de quienes en ese mismo andén conversaron durante unos minutos, desconocidos atrapados durante un instante en un lugar que ninguno de ellos eligió, ¿Qué será exactamente lo que quede?

Un vacío tan grande como el que ahora veían sus ojos, allí en esa estación inconcebible, era la única respuesta a todas esas preguntas. El hombre suspiró, miró hacia el cielo gris. El cansancio ya conocido vino a posarse sobre sus hombros. Tuvo que sentarse. Tal vez se adormeció. Por eso, no podría decir si vio, o sólo los soñó, a los jinetes que venían cabalgando desde el Sur, lentos, callados, cabizbajos.

De los dos jinetes, el más joven se quedó un buen rato mirando al hombre que dormitaba, sentado en el destartalado banco de madera de la vieja estación.
Hizo un gesto vago de saludo, sin obtener respuesta. Luego miró a su acompañante y preguntó:

- ¿Qué estará haciendo ahí?

Después de un rato, el otro jinete, un viejo de pelo blanco y rostro endurecido por lluvias y sequías y noches durmiendo al raso, contestó sin apartar sus ojos del camino:

- Está esperando.

El joven le mira, incrédulo.

- ¿El tren? Pero entonces tal vez deberíamos decirle...

- Probablemente él sabe.

- Pero si supiera, entonces...

El viejo calla. Deja que la verdad se vaya abriendo paso en la mente del otro. Sólo cuando ya casi le han perdido de vista, cuando el hombre desconocido y la estación abandonada apenas son un recuerdo que se va desdibujando, vuelve a oírse su voz grave, sentenciosa.

- Hay gente que va en busca de su destino; y hay gente que espera. Y también hay gente que hace las dos cosas. Dónde, cuándo, por qué... sólo son detalles circunstanciales, insignificantes. Y ni siquiera podemos hablar de elección. Caminas durante años y un día, sin que se sepa el motivo, los pies se niegan y ya no hay alternativa. Ese hombre -su rostro lo gritaba- se cansó de caminar. Y ahora espera. Nada más.

Y sin mirar atrás, los dos jinetes siguen cabalgando, sin apuro, como si en realidad no fuesen a ningún lugar, como si la única realidad posible fuese el camino que se extiende bajo los cascos de sus caballos. El silencio se ha instaurado de nuevo entre ellos, y sobre la escena, ahora, apenas se oye el rumor de la brisa que recorre, casi con timidez, el inabarcable páramo, rozando al pasar, de forma leve, todo aquello que aun tiene consistencia y que algún día, pronto, sólo será una sombra, un apunte inconcreto en los ajados libros de los hombres.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com




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MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
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