Sunday, May 31, 2015

ESTACIÓN GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS





Feria*


*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com



Poco antes de mediodía, Mariano bajó del tren.

Siguiendo una vieja costumbre, respiró profundamente. Después de un par de horas encerrado en el vagón, el aire del andén siempre le parecía delicioso, a pesar de la abundante contaminación existente en la Ciudad. Miró a ambos lados, como buscando a alguien, a sabiendas de que nadie podía estar esperándole pero aun así escudriñando todos los rostros, acaso con una secreta esperanza. Al entrar en la zona acristalada, se miró de reojo en un espejo, gesto mecánico que nunca lograba convencerle de que su apariencia era normal, de que no tenía pinta de pueblerino con su traje negro de catorce años atrás y su camisa blanca recién sacada del armario. Nunca pudo soportar la corbata, por lo que tampoco la usó en esta ocasión. Naturalmente, una vez que se vio en marcha, navegando sobre las vías a toda velocidad, le entraron los remordimientos y tuvo nostalgia de la corbata que nunca fue capaz de ponerse.

Pero ahora ya estaba en la ciudad. Como en años anteriores, un joven fornido, tocado con una gorra de visera, se ofreció a llevarle el equipaje. Como siempre, Mariano rehusó con timidez, recordando lo que le ocurrió la primera vez que vino a la Ciudad, cuando un joven muy parecido al que ahora le ofrecía su ayuda desapareció de repente con su maleta y un hatillo repleto de rosquillas que traía para invitar a los otros agricultores. En aquella ocasión, por suerte, Mariano llevaba el dinero encima, por lo que maleta y hatillo fueron encontrados por un anciano a dos manzanas de la estación y restituidos a su legítimo dueño.

Cuando salió de la estación, miró el cielo sin nubes, miró la calle, repleta de peatones y de automóviles que atravesaban raudos la avenida, miró la parada de taxis pensando acaso en tomar uno. Finalmente, con gesto decidido, echó a andar en dirección al hotel de todos los años, del que apenas le separaban cuatro o cinco manzanas. Unos pasos más allá, cuando cruzó el semáforo, ya no recordaba la desagradable impresión de sentirse extraño en la Ciudad, de saberse un aldeano de paso. En ese momento sintió la conocida transformación. De repente le parecía que en realidad había vivido allí siempre, que aquel era su auténtico hogar; aquellas plazas con fuentes y palomas, aquellas avenidas con olor a gasolina, aquellas calles llenas de sombra, aquellas esquinas tras las que podía ocurrir cualquier cosa, eran más suyas que los áridos campos en los que llevaba toda una vida trabajando. "Este año, este año quizá..." pensó. Mas ahuyentó con un encogimiento de hombros la idea que estaba formándose en su mente y aceleró el paso para llegar al hotel con tiempo suficiente para comer algo.

Luego, por la tarde, tras una brevísima siesta, visitó la Feria. Sin intención de comprar nada, apenas cumpliendo un ritual tan antiguo como inútil. Saludó fugazmente a algunos conocidos de años anteriores. Charló con agricultores venidos de otros pueblos, de otras regiones. Se interesó sin el menor interés por los pormenores del funcionamiento de alguna máquina, por el precio del abono, por las innovaciones técnicas. Anotó números de teléfono, aceptó tarjetas y sonrisas mecánicas de los vendedores, hizo acopio de folletos informativos, se aburrió en abundancia. Absurdos paseos entre expositores y corredores iluminados, tediosos minutos cuyo fin no parecía llegar nunca. Cuando estuvo bien seguro de que algunos paisanos le habían visto, se despidió con amabilidad del comerciante que en ese momento trataba de colocarle una buena partida de semillas y tomó el autobús en dirección al hotel.

Al entrar en la habitación consultó el reloj. Sin pérdida de tiempo, tomó una ducha, se afeitó, perfumó su piel y sus ropas y bajó a cenar, solo. Si bien en la aldea toleraba las conversaciones con sus convecinos, aquí en la Ciudad la sola idea de tener que compartir la misma mesa le resultaba insoportable, casi ridícula. Aquí, él era otro. O dicho de otro modo, era él mismo, no el sumiso Mariano que conocían los campesinos, no el callado Mariano que perdía irremediablemente en las partidas de cartas de la sobremesa en el café, no el comprensivo Mariano que aceptaba con humildad las variopintas excusas que su esposa enarbolaba noche tras noche para evitar las embestidas de su cuerpo ansioso. Aquí, sólo aquí, entre estas calles, podía volver a ser el muchacho de veinte años que fuera en otro tiempo, aquel que las almas mezquinas de sus vecinos mataron definitivamente en aquel largo verano que ya no podía borrarse.

Tras la cena, escasa pero sabrosa, salió a dar un paseo. Como en años anteriores, se encaminó al barrio de las prostitutas. Sin la menor vacilación entró en el bar de siempre, tomó asiento en una banqueta junto al mostrador, miró en torno, pidió una copa de anís y se dispuso a esperar. Algunas chicas se le acercaron y él las rechazó con suavidad. La mujer que le había servido el anís le lanzaba de vez en cuando fugaces miradas como tratando de recordarle de alguna otra ocasión, pero, por más que le miraba, no conseguía reconocerle. Sin embargo, una sensación de intranquilidad se iba abriendo paso en su interior. Una joven de unos treinta años, morena, hermosa, tomó asiento junto a Mariano y se puso a mirarle fijamente.

—¿No vas a invitarme a una copita? —preguntó al poco rato.

—Me gustaría mucho —respondió él— pero estoy esperando a una amiga.

—¿Es más guapa que yo? —dijo la chica fingiendo sentir celos.

—Las dos sois muy guapas, pero ella y yo somos amigos desde hace muchos años.

Algo pareció agitarse en los ojos de la chica, ensombreciéndolos, en el momento en que volvió a hablar.

—¿Quién es? ¿Cuál es su nombre?

—¿Qué más da?

—Dímelo, por favor —el ruego de la joven desconcertó a Mariano por la extraña intensidad de su voz, por el límpido brillo aparecido de pronto en sus ojos. La mujer de la barra también se había acercado con una expresión extraña en su mirada.

—Bueno, aquí le dicen "Visi".

Un repentino silencio se extendió entre ellos. Los ojos de la chica buscaban apoyo en la camarera, que tragaba saliva con dificultad y parecía tener algún problema para respirar. Otra de las chicas se había acercado lo suficiente para oír las últimas palabras y se había quedado allí, inmóvil, con los ojos fijos en el entarimado, apoyada sin fuerzas en la barra, amenazando caerse de un momento a otro. Finalmente, cuando ya Mariano empezaba a preguntarse que podía significar la extraña actitud de aquellas mujeres, fue la camarera la que habló, con un hilo de voz que poco a poco se iba rompiendo en sollozo, dijo:

—La "Visi" se mató hace un mes. Se enteró de que había cogido el SIDA y no quiso seguir aguantando. Se tiró a las vías... y el tren, el tren...

No pudo seguir hablando. Un llanto convulsivo e imparable se apoderó de ella.

Las otras también lloraban, aunque con menor desconsuelo. Mariano se quedó inmóvil, como ajeno a las palabras que sus oídos acababan de percibir. Callado e inerte, apoyado en la barra, no terminaba de admitir la realidad de lo escuchado. Su pensamiento se remontó en el tiempo, buscando en el pasado lo que el presente le estaba negando, acaso también como una ineficaz escapatoria a la tragedia sucedida.

Se recordó veinte años atrás, paseando del brazo de la "Visi" (Visitación Crespo, la hija de Marcelino, por aquel entonces) por las calles de su pueblo. Tan sólo eran dos adolescentes, caminando sin prisa bajo la atenta mirada de todas las personas respetables del lugar. Su relación (si podía llamarse de ese modo) consistía en esos largos paseos vespertinos a la vista de todo el pueblo, en las cortas y asfixiantes visitas a la casa de los Crespo los domingos por la tarde, en regalos tradicionales y no menos tradicionales conversaciones hábilmente dirigidas por la señora Ascensión, madre de la "Visi". Pero ya en aquel tiempo borroso, Mariano estaba enamorado de la chica.

Mientras él se pasaba las noches suspirando y soñando con el día en que pudiese tener por fin a Visitación entre sus brazos, Ramón, otro de los mozos de su quinta, fue menos sutil y una noche, durante las fiestas patronales, aprovechando la oscuridad y los efluvios del alcohol y la música, se la llevó al descampado donde la luz de la luna y las falsas promesas deslumbraron a la doncella, que de este modo dejó de serlo, con tan mala suerte que algunos vecinos que paseaban cerca del lugar, por casualidad, no pudieron evitar ver el deshonroso lance.

Los padres de Visitación la repudiaron, las gentes de bien le negaron a partir de entonces el saludo. Ramón, por supuesto, evadió cualquier responsabilidad y escurrió el bulto alegando que la chica no era virgen y él no iba a cargar con ella por un pequeño desliz. En efecto, la chica ya no era virgen, pero nadie le dio la oportunidad de explicar que lo había sido hasta esa noche, lo cual, por otro lado, había dejado de tener la menor importancia. Hasta Mariano, dolido en su amor propio, se apartó de ella, abandonándola a su desdicha.

El pueblo entero se había vuelto de espaldas y Visitación, llena de una inmensa amargura, hubo de marcharse a la Ciudad, sin más equipaje que algunas prendas de vestir y un billete de tren que su padre se apresuró a comprar para perderla de vista lo antes posible. Aquel día, Mariano fue a la estación con intención de despedirse de ella, de ofrecerle su perdón, de rogarle que se quedase, pero nada de eso ocurrió. Mariano, vencido por la timidez o el orgullo herido, acobardado por causas que aún desconocía, permaneció escondido tras unos setos y sólo pudo contemplar, impotente, como la única mujer que había significado algo en su vida se marchaba para siempre a la Ciudad, que por entonces era casi lo mismo que decir al extranjero.

La vida en el pueblo no sufrió cambios significativos. El Paseo había perdido a dos de sus más fieles adeptos. En la mesa de los Crespo había un cubierto de menos. Eso fue todo. Eso y la desesperación de Mariano, que no podía soportar la idea de vivir sin amor. Al principio, incluso pensó en fugarse, en fatigar los caminos y las aldeas en busca de su amada, pero la ignorancia respecto al posible paradero de Visitación logró disuadirle por completo. También soñó inmisericordes venganzas contra Ramón, venganzas que hubo de posponer una y otra vez, debido principalmente a la diferencia de peso y tamaño entre él y su rival.

El tiempo fue pasando y las heridas fueron dejando paso, según suele ocurrir, a las feas cicatrices. Mariano, resignado, se dejó querer por Charito, la hija del alcalde. Con bastante alboroto, se celebró la boda un domingo por la mañana. A partir de entonces, Mariano se refugió en el trabajo. Las enseñanzas de su padre y las fértiles tierras que el alcalde había aportado como dote le convirtieron en uno de los mejores y más respetados agricultores de la zona. Su afán de mejorar fue lo que, un día cualquiera, le llevó a plantearse la necesidad de viajar a la ciudad para visitar la Feria, como hacían otros. A pesar de la inicial oposición de su esposa, cuyo instinto le decía que ese viaje era peligroso, logró convencerla de que no había otro modo de modernizar los aperos y herramientas para poder seguir ofreciendo los mejores productos.

Mientras apuraba el tercer anís, Mariano salió un momento de su ensoñación. La chica morena seguía sentada junto a él, sin turbar su silencio, sólo acompañándole, como una muestra de solidaridad y de duelo. Su mano suave de largas uñas se posó sobre la de él, en un gesto de ternura. A pesar de la aparente impasibilidad del rostro, era evidente que el hombre sufría y que nada, en ese momento terrible, podría mitigar su pena, pero aquella mano que descansaba sobre la suya era como un asidero, algo a lo que aferrarse en los peores momentos. No se trataba de la mano lasciva de la puta Andrea tratando de seducir por el simple contacto o la caricia experta. En esa hora dolorosa no era más que la mano amiga de Andrea, la mujer, que intentaba rescatar de las tinieblas a un hombre al que ni siquiera conocía. Esa noche, sin proponérselo, sin siquiera sospecharlo, Andrea fue Ana, la joven indigente que le salvó la vida a Thomas de Quincey; fue, como tantas otras, un símbolo, pero allí no había ningún intérprete de símbolos, por lo que Andrea, para el mundo, siguió siendo nada más que una prostituta, linda y voluptuosa.

El descubrimiento de la Ciudad cambió algo en el interior de Mariano. La sola visión de los edificios, de las luces, de la gente que llenaba las calles, los almacenes, los modernos bares, le produjo un cálido sentimiento de familiaridad, como si finalmente hubiese llegado al sitio que durante años había estado buscando sin saberlo. El aire olía a gasolina quemada, a plástico, a humanidad, pero permitía respirar la libertad. Fue como si jamás hubiese estado en otro sitio, como si los surcos y las semillas y el sueño inquieto que presagia una aplazada tormenta no fuesen sino el recuerdo de un cuento oído tiempo atrás y ya casi olvidado.

Aquella primera vez, el tiempo corría vertiginoso. La Feria estaba muy bien, había muchas máquinas que podrían ahorrar trabajo y hasta peones, infinidad de artículos que jamás hubiera podido soñar, pero el hábil agricultor había dejado paso al explorador ávido y la estancia de Mariano en la Feria fue más bien breve (más tarde, en el tren, durante el viaje de vuelta, tuvo que estudiar a fondo los folletos para poder explicarle a Charito las cosas que teóricamente había estado viendo durante todo el fin de semana).

Durante la mayor parte del sábado se dedicó a recorrer el centro. Visitó grandes almacenes repletos de ropa, objetos de cocina, artículos deportivos, electrodomésticos y un sinfín de aparatos de dudosa utilidad. Pero no había tiempo para preguntar a los vendedores por sus funciones. La Ciudad era enorme, infinita, y sólo disponía de otro día más. Recorría las calles aspirando el inconfundible aroma, sólo perceptible por quienes vienen del campo. Se adentró en callejuelas estrechas y en zaguanes oscuros. Vagó sin dirección y sin memoria por las interminables avenidas atestadas de gente, de vehículos, de ruido. Se perdió entre setos y glorietas. Se dejó arrastrar por algo que podía ser una intuición innata. De ese modo llegó, insólitamente, frente a la puerta del hotel en que se había hospedado. Pero su ansia urbana no había quedado satisfecha, así que, después de cenar con algunos convecinos que también se alojaban allí, alegó un pretexto banal o increíble y volvió a salir al frescor de las calles y al bullicio de los bares que aún permanecían abiertos.

¿Cómo no evocar, en ese momento en que ya el alcohol empezaba a adueñarse de sus recuerdos, el instante preciso en que divisó a la mujer y creyó reconocerla? Su mano se cerró con fuerza sobre la de Andrea, que permanecía allí, junto a Mariano, silenciosa y ajena al ajetreo del bar y a las solicitudes de los clientes.

Un camarero le había dado unas indicaciones. Mariano tomó por la avenida, cruzó tres calles y una plaza, giró a la izquierda, siguió durante unos cien metros y se introdujo por otra calle lateral, algo más estrecha. Al llegar a una pared que tapiaba el fondo de la calleja, supo que se había equivocado. Volvió sobre sus pasos. Al desembocar de nuevo en la avenida, la vio. Incrédulo, la siguió durante un rato. Finalmente la alcanzó, la tomó de los hombros y se quedó mirándola en los ojos, sin una sola palabra. Para un espectador casual, la seriedad que reflejaba su rostro hubiese contrastado, casi brutalmente, con la franca sonrisa que nació en los labios de la mujer, que se abrazó a él entre agudas exclamaciones y ruidosas carcajadas.

Habían pasado siete años y Visitación estaba mucho más hermosa. Un fondo de tristeza en sus ojos la embellecía aún más si cabe. Allí detenidos bajo el influjo de las luces eléctricas, en medio de la avenida, ruidosa a pesar de la tardía hora, dejaron deslizarse los segundos sin hablar. Sus miradas decían más de lo que hubieran podido decir sus palabras. Pero la gente pasaba junto a ellos contemplándoles con curiosidad. Alguien rompió el silencio y comenzaron a caminar entrelazados. Tomaron asiento en una terraza, consumieron algún licor y charlaron. De pronto, la mujer miró el reloj y respingó involuntariamente. "Debo ir a trabajar" musitó.

El cambio de expresión en su rostro no pasó desapercibido para Mariano. "¿A trabajar? ¿A estas horas?" preguntó él, asombrado. Ella esgrimió evasivas, pero al final, ante la insistencia del hombre, no le quedó otro remedio que confesar la verdad: Servía copas y alternaba con los clientes en un bar de dudosa reputación. No pudo evitar que Mariano la acompañase hasta la puerta del local, donde se despidieron con un beso, no sin intercambiar teléfonos y fijar una cita para el día siguiente.

Pero ése fue un ritual inútil, aunque ella en ese momento no hubiera alcanzado a sospecharlo. Una hora más tarde, Mariano entraba por la puerta del Club. Con aplomo, tomó asiento en la barra, solicitó una copa y buscó a su amiga con la mirada. Sólo unos minutos más tarde se dio cuenta de que todo podía haber sido un engaño. Quizá ella le había conducido a otro lugar sospechando lo que planeaba. Quizá a estas horas se encontraba en el otro extremo de la ciudad. Apuró su copa y pidió otra. Al menos el anís era bueno.

En ese momento, al levantar la vista buscando a la camarera, vio a Visitación. Bajaba por una escalera, de la mano de un hombre que casi le doblaba la edad. Sonreía, pero de una forma muy diferente a como le había sonreído a él un rato antes. Al verle allí sentado, palideció. Se despidió de su acompañante con un beso mecánico y se acercó a Mariano con un destello de furor en la mirada.

—¿Qué estás haciendo aquí?

—Sólo quiero estar contigo —respondió él humildemente.

—Deberías irte. Aquí no hay nada bueno para ti.

—Estás tú. Quiero pasar la noche contigo. Llevo muchos años esperando esto. Si ha de ser de este modo, así sea. Te quiero demasiado para que me importe.

Increíblemente, a ella tampoco le importó. Habló un momento con una compañera algo mayor, volvió junto a Mariano, bebió de su copa mirándole a los ojos y dijo: "Llévame a tu hotel".

Los detalles de ese primer encuentro carecen de importancia. Baste decir que a ella le pareció que ésa había sido su primera vez y que Mariano conoció esa noche el amor físico. (Con su inevitable mezcla de temor, deseo y algo de desesperación. Nada que ver con los fugaces y anodinos encuentros con Charito).

Mariano regresó, no podía ser de otro modo, a su pueblo, a las cosechas, al café, al velado cariño conyugal, a la vida insulsa del invierno en la aldea. Pero ahora tenía algo: Una isla habitable en medio del mar de mediocridad y desconsuelo. Una feria que se celebraba anualmente y que le daba la oportunidad de vivir, siquiera por unas horas, la vida que realmente hubiera deseado. Desde entonces, sus visitas a la capital se repitieron cada doce meses. Durante esos dos o tres días que permanecía allí, Visitación guardaba fiesta y le acompañaba a todas partes. Después, volvía la rutina y el ciclo de la espera recomenzaba.

A causa de algunos cambios bastante evidentes en su marido, Charito supo lo que ocurría desde el primer momento, pero algunas amigas le aconsejaron que hiciera la vista gorda. Al parecer, las escapadas de los agricultores a la Ciudad eran comunes y, según algunas que se las daban de modernas, necesarias para preservar la paz en el matrimonio. Así pues, ignorante de la identidad de la amante de su marido, Charito se encogió de hombros y toleró, como tantas otras, con idéntica resignación, los viajes de Mariano.

También la "Visi", según el testimonio de sus compañeras, sufrió una transformación importante. Seguía siendo la amiga alegre, pero ahora, además, había en sus ojos un fulgor nuevo. Se la veía ilusionada, feliz. Dos días al año no son gran cosa, es cierto, pero son mucho más que nada. Un pequeño remanso donde tomar fuerzas para seguir nadando río arriba, tal vez hacia ninguna parte, pero nadando a pesar de todo, con ayuda del recuerdo de la última Feria y la esperanza de la próxima.

Durante catorce años la vida fue eso, un antes y un después del fin de semana mágico que cada otoño les tenía reservado. En muchas ocasiones Mariano propuso alargar hasta el infinito esas horas, quedarse allí, junto a ella, compartiendo su vida, pero siempre los labios de la "Visi" tapaban los suyos en un cálido beso y no volvía a hablarse del asunto. La ciudad era el escenario perfecto. Nunca dejaron de sentir que, en el fondo, el sórdido incidente del pasado era lo que había propiciado su encuentro lejos de las calles del pueblo. No era posible evitar el sentimiento compartido de que las cosas jamás hubiesen podido ser iguales entre las viejas casas de la aldea, bajo los ojos vigilantes y acusadores de los vecinos. La felicidad se hallaba bajo las circunstancias más extrañas.

Y ahora, la "Visi" se había marchado. Por segunda vez se le había ido sin que él pudiera esbozar siquiera una breve despedida. Y lo peor era esa obstinada voz que, por encima de los efluvios del anís, le repetía que esta vez era para siempre, que esta vez no iba a tener la suerte de encontrársela al filo de los años en las calles de la Ciudad.

Se percató de que Andrea estaba hablándole en voz baja. Supo que las palabras no eran tan importantes como el hecho de que alguien estuviese pronunciándolas. Notó que lloraba y no trató de evitarlo ni de ocultarlo. Dejó que las lágrimas corriesen por su rostro mientras el dolor de la pérdida roía su corazón.

Pagó las copas y se dispuso a marcharse. Andrea, sin que nadie lo pidiese, le acompañó. Caminaron por las estrechas callejas donde la noche, dicen, es peligrosa; sintieron el aire fresco demorándose en sus rostros, tal vez charlaron.

Esa noche, en brazos de Andrea, Mariano consiguió olvidar el dolor, siquiera durante brevísimos momentos. El alcohol y los besos de la chica le transportaron a otras noches y a otros besos. Volvió a sentir la vida bullendo en su interior, el calor y el frenesí de la Ciudad nocturna, la expectación ante cada umbral por trasponer, el fuego de la carne. Se juró que jamás regresaría a las noches vacías de la aldea, a la intolerable madrugada, a la siembra, a las insulsas partidas de cartas, al lecho frío.

Al día siguiente, al despertar, la habitación estaba desierta. A su lado, entre las sábanas, no había nadie. Mariano comprendió, suspiró, se levantó, se duchó, hizo la maleta, bajó a desayunar, pagó la cuenta, caminó hasta la estación, sacó un billete y tomó el tren. Mientras los campos pasaban vertiginosos al otro lado del cristal, con un gesto seco enjugó su última lágrima. Sus tierras le esperaban. Habría otros años y otras ferias. La vida, inconcebiblemente, seguía.

Pero he aquí que en ese instante de suprema renuncia, Mariano recuerda un detalle que había permanecido agazapado en su mente. En su mano, de repente, surge un sobre cerrado. Es una carta que la "Visi" dejó para él. Rasga el sobre, extrae el papel doblado y lee. Su rostro va adquiriendo una expresión diferente. La resignación desaparece, una creciente calma va ganando el pecho del viajero, una vaga sonrisa surca de pronto su cara campesina.

Ignoramos el texto de la carta. Sólo sabemos que Mariano, después de doblarla cuidadosamente y depositar en ella un tierno beso, la guarda en su bolsillo, mira por la ventanilla, se incorpora, no se toma siquiera la molestia de recoger su equipaje y se apea en la primera estación.

Más tarde tomará otro tren que le devuelva a la ciudad, a la que ahora, definitivamente, pertenece.




-Sergio Borao Llop publicó “El alba sin espejos” por el sello eBooks Literatúrame!









ESTACIÓN GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS






El olvido*



(Para E.F.)



Descendió del vagón y corrió a refugiarse bajo el ala del apeadero Ortiz de Rozas. En su momento, la legislación no había permitido que se la denominara estación de ferrocarril, por la proximidad a la estación Saladillo Norte. Las leyes no aceptaban que hubiese menos de una legua de distancia entre una y la otra Por ese motivo la llamaron Apeadero km 202.

El hombre no traía piloto de modo que tuvo, para evitar un resfriado,  que subir el cuello del abrigo y protegerse. El agua caía sin ninguna contemplación.  Rebotaba inclemente sobre el piso desgastado del andén y sobre  los ruidosos techos de los galpones.

Anunciando su partida, el silbato de la locomotora, volvió a perderse en el cielo obsidiano.

Gris como aquel recuerdo obsesivo que volvió a acercarlo a este pueblo, donde la desgracia había caído sobre su vida como esta lluvia que hoy lo recibía y que lo colmaba de nefastos presagios.

Habían pasado no recordaba exactamente cuántos años pero el verdín en el ladrillo, borró el esplendor de aquellas paredes relucientes de la inauguración. El pueblo se vistió de fiesta, el acontecimiento lo ameritaba, La llegada del tren prometía riquezas y progreso ilimitado para ese solitario caserío,  perdido en la pampa, que era el pueblo de Saladillo.

Dos perros empapados se le pegaron como buscando un hueso, el- ¡fuera picho!- sonó para que no se entendiera y los animales siguieron acercándoseles como si por el contrario, les hubiera ofrecido la mano en caricia y limosna.

Nadie más que él había descendido del vagón casi vacío, demasiado oscuro el día para aventurarse a subir a ese montón de hierros. La larga columna de humo se perdía en los nubarrones y la locomotora siguió su camino, cruzando el campo, entre inquietos resoplidos. Lejos estaban los días en que los lugareños,  deslumbrados  por su presencia, corrían a las vías para ver llegar el tren y poder  incorporarlo a sus vidas, lo nuevo por más prometedor necesita tiempo.

Tiempo para incorporar lo novedoso, tiempo para envejecer, tiempo para olvidar lo que obsesiona y eso era exactamente lo que hubiese deseado: tiempo. El suficiente para sanar las heridas de aquel desengaño desafortunado. El tiempo que no pudo compensar detrás de aquellos muros inhóspitos y sus heladas rejas, a las que sabía, tendría que volver.

Así como la esperanza de que esta lluvia torrencial cesara definitivamente, los recuerdos suelen ser como una enredadera que sofoca los ánimos y los años suelen servir para que vayan diluyéndose.

Mal día había elegido para el viaje, tan malo como los rencores que horadaban sin tregua su alma.

El olvido también suele ser como una enredadera pero atempera los recuerdos. No era su caso. Los años y el encierro solo consiguieron exacerbarlos  y ahora cumpliría la promesa que entonces se hiciera.  Solo era cuestión de tiempo.

El tiempo es lo único que sirve- pensó- para el olvido o… para la venganza.


*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell







*


Entre algunos versos
de este libro,
sin ninguna palabra que los nombre,
cruzan trenes en la
noche.
-¿Estás despierta?
-te pregunto,
mientras los árboles
murmuran
y los silbos revuelan
en nosotros.
Entre algunos versos
y olvidos,
el aire trae un tono,
un augurio
-sones y ecos de las sombras-,
que respiramos y se
pierden
en lo lejano y lo
impensado,
sin ninguna palabra
que los nombre.



*de Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
-De "Nidia". Ediciones del Nuevo Cántaro. Buenos Aires. 2007











CANCION DE ADIOS*



Toda la noche ha silbado y no es el viento.
Ha recorrido en silbos circulares tu cuerpo.
Se que vienes del miedo.

El zorro te ha orinado y atacada has sido por los cuervos.
No temas, tu pelambre de hembra está a salvo.

En mi sangre hay un oscuro navío escondido
Creí que tu sangre crecía como savia
Cada púa tuya me confirma que eres solo carne.
Ya es tiempo de dejar la estación del apenas.
-No debería, no; no debería existir el apenas-
- La mentira no debería tener patas cortas-

Los brotes ya borran la plenitud del rastro.
Es tiempo. Tiempo que se va y no vuelve.
De enterrar la locura. Dejar crecer la hierba.
Cerrar de nuevo, la Caja de Pandora.

No obstante el payaso llora y ríe.
Es la hora del verbo, del temblor y del adiós.
Falacia. Invención. Humo de hierba. No importa ya.

Salivaré, de tus flancos, las púas.
Mordisquearé. Una a una hasta morir.
Hincaré los dientes en tus hombros.
Lameré la humedad de tus diversos rostros.
Beberé de tus clepsidras plenas.
Treinta esperas y ciento ochenta estaciones.
Consecutivamente. Una vez, otra vez más.
Luego, amor, te dejaré partir.
Vos y yo seguiremos jugando al camino solitario.
Mas, lo se.
En tus oídos, ámbito del ultrasonido de mi pena.
Esta canción de amor, no morirá. Lo se.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar











Preguntas*




Por esas cosas del azar que determinan la vida más de lo que creemos llegó cuando la película estaba iniciada. Ya ni recuerda el nombre de la película. Fue arriba del renacido Midland. En ese tren había un vagón exclusivo para brindar cine. Falto de cultura cinéfila sólo reconoció al actor que representa el papel de un profesor de religión al que ve escribir en un pizarrón “Tikkun Olam”. El hombre que viajaba con un cuadernito a mano anotó: dice Richard Gere que “Tikkun Olam” significa “Reparar al mundo”.

Hamacado en el movimiento del tren el hombre se duerme. Sueña que arma los pedazos de su vida en un relato amable, en una ficción tolerable, escucha su voz diciendo que esa es la única reparación posible.
Al despertar, la película ha concluido, mira su anotador donde encuentra escritas dos frases más:

“reunir fragmentos”

“amar las cosas de nuevo”

¿Cómo se logra eso? -se preguntó.
¿Cómo se hace para reunir esos pedazos en los que su vida trascurre estallada?
¿Como se hace para amar las cosas de nuevo?
¿Será más sencillo seguir reparando en sueños?


*De Eduardo Francisco Coiro.









*



Y me hablaste de mariposas
y de mares
y de trenes
y yo había visto un color en vos
y una sonrisa que era una luna
que iba de un espacio a otro
dejando en los rincones
bichitos de luz
donde uno podía sentirse en casa
gracias
aunque conozco tu teoría
de que nadie puede hacernos daño
o hacernos bien
sino uno mismo
de todos modos, Amanda, gracias
por eso
por aquello
por el mar
por la mariposa invisible que te nombra
por la luna
por los trenes
por la sonrisa
por los bichitos de luz
por haberme visto protagonista
por haberme dicho que ya estaba en vos
de alguna manera
por haberme alegrado sin saberlo,
por todo lo que debe ser amado
gracias otra vez/



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar





***

Próxima estación por Ferrocarril Midland para escribir:

 GONZÁLEZ RISOS. 

-Continúa parando en todas las estaciones hasta Intercambio Midland-

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


***

Próxima estación por Ferrocarril Provincial para escribir:

 JOSE RAMÓN SOJO. 
-Continúa parando en todas hasta La Plata-

 ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

Monday, May 25, 2015

COMO EL ROCE DE UN CIELO ÍNTIMO...



*Dibujo de Erika Kuhn.






*


Una vez agujereamos la soledad con la punta de una rama. Desde entonces por ahí vemos las estrellas.


*De Valeria Pariso.








COMO EL ROCE DE UN CIELO ÍNTIMO...








El viejo de los barcos*


Cuando ya todos nos habíamos olvidado de doblar papel, apareció el viejo. Se sentó a un costado del universo y comenzó a plegar barcos. Los fue largando, uno a uno, para que naveguen por las estrellas y nos recuerden la niñez.


*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell








*


Nervaduras de lluvia nos tocan ciertos días, como el  roce de un cielo íntimo,  sabio, después nos abrillantamos, las gotas juegan, el desierto se aleja


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar











Florecido*



El hombre la había arrancado de su vida como se arranca a un yuyo indeseable en el jardín.
Con la misma brutalidad en el tirón, tratando de arrancar la raíz de cuajo. Sin sentir nada. Al otro día, justo al otro día, el hombre plantó en su lecho a una muchacha bella como una azalea. Ella se marcho prontamente sin echar raíces en su vida.
No se quedo quieto. Siguió plantando bellas mujeres que se marchitaban antes del amanecer. Nadie pudo crecer ni florecer en ese lugar.
Su vida era un jardín desierto al que regaba inútilmente antes de anochecer.
Hasta que percibió esos movimientos adentro. Esos pujos que sintió por todo su cuerpo  se ramificaban de noche a día con la velocidad implacable de la naturaleza. Eran la luz y esa tibieza que anuncian una primavera cercana.
El hombre que se vio a la mañana en el espejo, comprendió lo que sucedía.
No había logrado extirpar bien las raíces de ella.
Sus brotes se abrían paso por los poros y estaban a punto de estallar en flor.
Casi resignado, escucho su propia voz haciendo ecos en la soledad:

-Sólo pido que sean flores del color de sus ojos.



*De Eduardo Francisco Coiro.









Desencuentros*



Esa que vuela, nada y anida en mi caudal
busca su doble
la que tiene manos y pies.
Quiere comer con su sabor
los frutos que ella elija.
Palpar los plumajes
las cortezas
la fría piedra...
saber el aroma de la tierra
cuando la lluvia comienza.
Quedarse con su lágrima indecisa.
Ser líquida y correr por sus arterias.
Tal vez se equivocaron en su especie
y pueda darse un día ese encuentro
de quien ha soñado ser de agua,
con este otro ser
que no sabe por qué
ni para qué,
le regalaron una nostalgia
que no fue elegida.
Y nunca encontró
el tacto sutil
que la resuelva.


*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar







*


Un hombre vende
relojes de casi oro en una esquina.
Hay personas que
necesitan
la hora medida
con agujas.
Tiempo más valioso
el medido.
En esa misma esquina;
hay un árbol
con un hueco
que espera
el tiempo de las hojas
y los besos
a la sombra


*De Paz Bongiovanni. pazbongio@hotmail.com










LA LUCHA DEL PREJUICIO Y EL LINCE*


La casa es un mordisco de silencio
Una lengua de gato lame el invierno.
En el techo aterriza toda la ternura del mundo.
Por dentro la soga cuelga de un farol encendido.
En el piso de barro una mujer crucificada, reza.
Tiene tres hijos, menos uno.
Uno es loco. Otro está en la cárcel por robar un gato.
El tercero es negro. El otro no nacerá en agosto.
Las brevas en sazón. Ríos de leche.
Una víbora voraz, ávida, insaciable, se acerca.

La casa es mordedura y grito.
El hombre, tiene ojos de lince.
La nieve solo es algodón.
Es una espiga de voces encendidas.
Una astilla dolorosa de amor.
Una llave. Un punzón. Una ganzúa.
Un talón impoluto. No hay cerrojo.

En el hombre germina el huracán.
La pared se abre y la fruta se ofrece.
El deseo puede más que la muerte.
Rompe la cruz en tres. La arroja al fuego.
Y bebe de las maduras brevas.
El corazón es trueno. Tormenta que viene del oeste
Late, palpita, se contrae. Tan hambre. Tan vida.
Es tan loca la pasión. Arde. Incendia noches.

No escucha el susurro del viento entre los pinos.
Del viento entre los pinos, el susurro.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar








*


Abrió la puerta y allí estaba otro mundo.

debían estar los árboles de siempre

el camino de siempre

la columna del tendido eléctrico de siempre

los perros

sin embargo abrió la puerta y vio el mar

y sobre el mar una mujer tendida como un barco

sobre ella los pájaros silbando estaciones/



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar










Bebedero de pájaros*




*Por Miriam Cairo. cairo367@yahoo.com.ar




Bloody Mary


Las mesas del bar que me gusta están ocupadas. Camino pensando en el encanto de los golfos y las penínsulas. Recuerdo aquel verso: "él duerme en un lecho de paramecios". En un charco poblado de protozoos ciliados. La bío-metáfora dañina me zumba en los pies y en los oídos. Doblo a la izquierda por una calle oscura que no conozco. Desde los acantilados barullentos de este laberinto orgánico e inorgánico llega el tambor y las trompetas de una fiesta. Subo siguiendo la calle empedrada. Mascullo estrofas de Perlongher.
Las traiciono. Al masculino lo hago femenino. Al primer verso lo hago último. En un recodo, perros blancos corren tras una perra azul arrojada al asombro. Escucho tambores. Es mismo y otro el amor de hombre con hombre. La calle sigue subiendo hacia la luna. Los perros encorvan el lomo esperando su momento con la hembra azul que se peina con la lengua. Es mismo y otro el amor de perra con perro. Dos marineros corren cuesta arriba. Dos muchachas ríen cuesta abajo. Una mujer de pelo amarillo se asoma por la ventana. Suena más fuerte su corazón que los tambores. Los perros retroceden cuando la perra azul retrocede. La jauría atraviesa de lado a lado la gran noche asfixiada. Pero lo que llena el mundo no es la asfixia, ni el turismo, ni los paramecios, ni los perros, ni los hombres, lo que llena el mundo es el tambor de la mujer que se acorazona junto a la ventana, irrigada por hilos brillantes de Bloody Mary. Lo que llena la noche son los versos carnosos de Perlongher.


Cuatro escritores


Retorna un rumor de versos que por razones de memoria no se comparten. Somos cuatro dentro del coche moviéndonos de un sitio a otro a gran velocidad por una ruta tropical. Las casas son pequeñas. Alguien cree que vamos a estrellarnos contra un camión que viene de frente. Alguien confía en sus
reflejos. Alguien rememora rutas argentinas. Alguien recobra sus miedos infantiles. Los cuatro, dentro del auto andamos en líneas de punto por la memoria. Uno de nosotros recuerda una vieja canción de la infancia. Todas las puertas de las pequeñas casas están abiertas. Uno de nosotros canta La vie en rose. A gran velocidad los pozos nos mueven en una danza africana.
Uno de nosotros mira de adentro hacia fuera, luego de afuera hacia adentro.
Los sacudones mezclan los puntos suspensivos. Bebemos agua. Los cuatro escritores bebemos agua. Cada cual sacia a su propio animal sediento. La luz del sol baja entre los bananeros. Uno de nosotros suspira. Uno de nosotros ve subir a Dios por una pequeña escalera hacia el cielo. Uno de nosotros no confía en lo que ve con sus propios ojos. Uno de nosotros cree que Dios sube para demostrar que existe. Los cuatro escritores tenemos piedad de ese Dios que sufre de vértigo. Dios sube los últimos escalones en cuatro patas y el universo le da vueltas. Cuando Dios intenta ponerse de pie cae sobre las plantaciones de banano. Verlo es un espectáculo escéptico. Los cuatro escritores nos hundimos en un maremágnum de puntos suspensivos.




Ángel sin patas


Una de tus nubes merodea mi casa. Me quedo de pie, en el patio, un largo rato y escucho el viento y los pájaros (tu viento y tus pájaros). Escucho los versos de Billy Collins descender desde tu nube. Reconozco su fórmula íntima y musical. La refrendo como si fuera mía. Los versos y la nube se desvanecen y vuelven a aparecer. Apenas apoyados en sus patas se me acercan cabeza abajo y se repiten como todo lo que no puede tocarse con las manos.
Tu viento y tus pájaros, vuelvo a decir, como si fueran míos. Tu nube peregrina cambia de formas. No sé qué hacer con mis manos, con mi boca devorándose a sí misma. Del vientre de la nube salen tus pájaros. Y los árboles de toda la ciudad podrían irse volando. Uno de ellos toma con su pico un trozo de tu nube y me la entrega. La coloco en una jaula sin barrotes. La alimento con semillas invisibles. Le doy de beber gotitas púrpuras de un ron imaginario. La nube se hamaca, la nube canta tu canción, la nube duerme, la nube habla con palabras que otros no entienden. La nube es un ángel sin patas. La nube pulsa las distancias para que mi boca y la palabra se unan furiosamente.









*


hay una espina clavada
en el dedo índice de mi mano derecha
hay un pequeño rasguño
una gota de sangre
seca
hay ardor...

tengo
un pimpollo de rosa
rojo
sangre
entre mis dedos
que
borra
todo
lo anterior


*De Nora Ledesma norabledesma@hotmail.com










Los Tiraflores*



Cruzo de vez en cuando tiraflores

Que aún hoy me dicen algún piropo:
¿Te muestro mi choripán?
¡Qué lomo para saborear¡
Que florcita para deshojar
Qué buena que está la madurita

¿Pero no ven que estoy marchita?

O acaso los provoco
Con mi delantera danzante
Para que me manden un piropo
Por  atrás y  por adelante

Dios mío por si acaso ruego
Que los Miraflores no sepan
Que sus frases son fuego
Que sus calientes locuciones me inquietan
Ardiendo hasta la punta de los pelos

Medicina para el alma
Vieja maraña de maña
Pues camino más derecha y oportuna
Por si ayuda alguna aventura
A sacarme las telas de araña.

Bendiciones a los tiraflores.











El Último Unicornio*



Estoy casi seguro de ser el único que escucho morir a los pájaros del alba. En el comienzo de la jornada más larga atravesé las ruinas imprecisas de una ciudad arrasada por el fuego. Sobre los muros que aún permanecían en pie observé el bajorrelieve de un anguloso jaguar luchando con unos monos. En mis pensamientos se materializo luego el guerrero que yacía debajo de la piel ensangrentada del jaguar. A pesar de la destrucción circundante, la realidad del orbe otrora civilizado me apabullo y considere reencontrarme nuevamente con la soledad y la aridez de los campos abiertos. Mis pasos tenían esa impaciencia de escapar hacia los horizontes infinitos. Anduve durante mucho tiempo por un camino reseco e infecundo que termino por perderse en unos pajonales inmensos. Descendí entonces hacia un arroyo rumoroso que me guío hacia el frescor de un bosque pequeño. En medio de un claro inundado de intensos colores y flechas de oro vi pastando tranquilamente el pequeño unicornio. Mucho más tarde, por el recitado cadencioso de los narradores me enteré que este, sin saberlo, era el último. Ninguno más fue visto y solo sobrevivieron los mitos arteros donde se lo describe más grande, más equino o fabuloso y su único cuerno de dimensiones y propiedades exageradas. En realidad el animal que yo vi era como un cervatillo rojo con un bellísimo cuerno tricolor. Frágil y delicado como una mariposa de ámbar. Masticaba suavemente tréboles húmedos de rocío y lo rodeaba un grupo de conejos grises de temblorosas orejas. Me pareció observar que el unicornio a pesar de pastar, también dormía. Quizás su mundo también era de sueños y quimeras. Yo seguía la escena desde la frondosidad de unos helechos y de pronto quedé impávido en mi incredulidad. Los conejos extrajeron desde unos ocultos bolsillos unos diminutos puñales de plata y avanzaron hacia el unicornio. Este, con los ojos aún entornados, se estremeció ante el olor acre de los roedores que lo fue envolviendo y quizás (imposible asegurar su razonamiento) presintió el final. En el claro, los tréboles se tornaron en simétricas flores rojas y callaron todos los pájaros del mundo.


*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com







Esa calle*



Yo conocí una calle que está en cualquier lugar

Una calle que da al mar,

a la caída del sol, al incendio

una calle que termina en jardín

un jardín que se abre

una calle que se pierde en la selva

una calle que linda con el grito

con animales de seda innumerables

con barcos que se mueven en la luz

y ceremonias que matan el desierto

Decir yo he conocido

Es decir la presiento.

Esa calle me espera

Desnuda de carteles

alguna vez

voy a reconocerla



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar




***


INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/




Boletos*

(De la Estación Blas Durañona – Ferrocarril Provincial)



A mi amigo Miguel,
que despertó estas palabras



NO NOMBRARÉ LA CIUDAD porque la ciudad es múltiple, y porque lo que allí sucede, bien puede suceder a diario en otra ciudad, en otro país. Acaso cambien los nombres, los rostros, los objetos.
Yo, turista en todas partes, eterno extranjero, pertinaz inhabitante, venía caminando hacia la estación, con mi maleta medio vacía (maleta de nómada incurable, brevísimo catálogo de recuerdos y ausencias, inútil equipaje), y un creciente cansancio que se iba acentuando a medida que mis pies cruzaban más fronteras, a medida que mi pasaporte acumulaba sellos. Puesto que aún faltaba más de una hora para la salida de mi tren, tomé asiento en una terraza sombreada.
Enfrente, al sol, había varios niños jugando. Niños pobres, harapientos, de los que abundan en los alrededores de casi todas las estaciones del Sur. Cuando pasaba alguien con traje, o con aspecto de turista, uno de ellos se separaba del grupo y se acercaba al desconocido, ofreciéndole un billete de lotería. El timo es antiguo. Se trata de billetes viejos, sin premio, que los chicos recogen del suelo o de las papeleras y planchan lo mejor que pueden para darles apariencia de nuevos. A veces, algún despistado compra un billete, pero generalmente hay gritos y amenazas, y a menudo, los chicos tienen que salir corriendo para no caer en manos de la policía.
No muy lejos de allí, las máquinas excavaban lo que muy probablemente se convertiría con el tiempo en un centro comercial o un edificio de oficinas. Quizá a causa del monótono ruido de las excavadoras, me amodorré un poco.
Una voz suave me despertó.
—Señor...
Cuando levanté la vista, una chiquilla morena, con dos trenzas medio deshechas y una mancha oscura en la mejilla, me ofrecía uno de aquellos billetes.
Mi primer impulso fue echarme a reír y despedir a la mocosa con unos céntimos o con la amenaza de la policía, que es el remedio habitual en estos casos, pero algo en su mirada me impedía hacer una cosa así.
—El número es lindo —dijo, tratando de vencer mi indecisión con esas simples palabras.
Entonces la miré con más detenimiento. Sus ojos no eran los de una niñita suplicante, no eran ojos mendicantes, ni ojos víctimas; tampoco eran los ojos pícaros de quien está estafando a un turista crédulo; aquéllos eran los ojos firmes y tranquilos de alguien que sólo pide lo que por derecho le corresponde.
No lo dudé un instante. Conté algunas monedas y puse en su mano el dinero que costaba el billete. Ella me dio las gracias, sonrió dulcemente y regresó junto a sus amigos. Mientras la miraba alejarse correteando alegremente, guarde el papelito en mi cartera, junto a la fotografía de Mariela.
Miré el reloj. Había que irse. Mi tren estaba a punto de llegar.
Sé que es innecesario contar lo que sigue, decir que aquel fue el primero de una larga colección de boletos caducados, que hubo en mi camino otras muchas estaciones, otros niños y otras excusas, que en cada lugar que visité fui atesorando con avidez los boletos que aquellos niños famélicos me ofrecían, siempre ante la atenta y burlona mirada de los testigos, ciegos, incapaces de percibir que todos y cada uno de aquellos papelitos medio arrugados tenían un premio mucho más valioso que el que indicaban los números impresos.
Durante años he llevado conmigo ese primer boleto, prueba irrefutable de que la escena anteriormente narrada no fue un sueño. A veces, contemplo la cifra, («El número es lindo») como si en ella pudiera leerse algo que no fuese una sucesión más o menos armoniosa de dígitos. A veces, contemplo la cifra como esperando que esos signos revelen algo que en realidad no necesita ser revelado.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com






***

Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

GONZÁLEZ RISOS. 

PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


InventivaSocial
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Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar