Saturday, October 31, 2015

UN MANUAL PARA HACERLE FRENTE AL MUNDO...


*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina








Los  secretos de tus cartas*



Muchas veces me pregunté por qué lo hacía, hasta que un día me acordé de las cartas. Podían ser hojas manuscritas de una punta a la otra, o tarjetas manchadas con tinta, de birome, de Parker bordó: cuando había algo importante que decir, mi viejo me escribía eso que temía o que deseaba para mí. Yo le contestaba y era un ida y vuelta de papeles. Y pasaba algo cómico: podíamos haber estado largo rato conversando en una sobremesa o en el auto, camino a la escuela, con absoluta conciencia de que nada de todo lo dicho importaba demasiado. Conversando con cierto pudor, un poco avergonzados quizás frente al otro, que entendía que había algo de simulación en esa puesta en escena, en esa sonoridad, en esos gestos visibles, mientras la verdad quedaba oculta en esos sobres. Porque en voz alta funcionábamos como correspondía -él metido en su traje hasta tan tarde, yo cumpliendo mandatos aprendidos, sacando buenas notas, emprolijándome la vincha azul y subiéndome las medias hasta las rodillas lastimadas-, pero en silencio asumíamos nuestras tragedias o eso que queríamos gritar y hacer, y escribíamos como si el papel no pudiera romperse, como si talláramos la roca en la montaña con las uñas. Yo balbuceaba el amor. Él decía qué pensaba de las cosas, y me aconsejaba como si tuviera que dejarme un manual para hacerle frente al mundo.
Un día me acordé de las cartas y entendí esta vida paralela. Esta vida de torpezas silenciosas. Una patria que habito con otros, que tampoco aprendieron a hablar bien. A veces uno lo logra: se planta frente a un teclado y consigue quitarse el disfraz. Hoy lloré con un poema y me acordé de estas cosas.



*De Verónica Abdala. veroabdala@fibertel.com.ar










UN MANUAL PARA HACERLE FRENTE AL MUNDO…








POEMAS DE NOVIEMBRE*


PARA HACERLA BREVE


Ningún veneno es remedio




ESPEJITOS DE COLORES


Vuelven, vuelven a la historia




DETRÁS DE LA FIESTA


No hay, no habrá, ninguna fiesta




LA NOCHE CERRADA


Viene prometedora, encantadora...




HAY UN CANTO DE SIRENAS


Y un pozo ciego en niebla



*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar











*


Sentado
en la cabecera de la mesa,
como
una estatua
de un pequeño hombre de piedra,
te quedabas
estático
frente al vendaval.

Caían los techos,
las ventanas,
el ínfimo mundo cotidiano
sumergido
en el caos,
naufragado
para siempre
y otra vez.

Sólo la puerta
siempre estaba en su lugar,
cerrada.

Yo no supe,
perdida en la tormenta,
mirarte a los ojos.
Yo no supe
abrazarte
y proteger
tu corazón
del agua,
de la helada
circunstancia
que te congelaba
la sangre en las venas.


*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com












LA CASTAÑERA*



Las hojas caen de los árboles formando en el suelo una alfombra ocre y crujiente y alguna de ellas cae directamente encima del gran fogón.

La mujer, anciana y ataviado con unas viejas zapatillas de fieltro de color negro, una falda que parece demasiado delgada para la estación, un refajo y una manteleta de lana igualmente negros, lleva sobre la cabeza un pañuelo de idéntico color atado en triángulo recogiendo el pelo, y dándole todo ello una apariencia de más vejez que la de su edad real.

Está protegida por un paraviento, que parece que se lo va a llevar el aire, con una silla baja y dos sacos al lado del fogón, uno de castañas y otro de boniatos, y un atillo de periódicos colgados de un alambre.

Es la Castañera. Es la imagen que tengo de la castañera que aparecía en otoño, y asaba las castañas y los boniatos mientras exhalaba un vaho por su boca caso tan copioso como el humo del fogón. La que vendía a "duro" la paperina* de castañas hecha con rara habilidad con las páginas de un periódico cortadas en octavos.

La castañera indicaba el frío, las castañas indicaban que el invierno estaba al caer, y la castañera, no indicaba nada, pero era tan importante que la vida que sin su presencia era inimaginable...y desapareció. Estuvo unos años, en los cuales la mercantilización de las castañas hizo que "no fuera negocio" y dejé de pasar inviernos...

Ahora, por suerte han vuelto. No son tan ancianas ni están ataviadas en negro color, ni hace tanto frío, ni el aliento se convierte en humo, pero han vuelto y por fin, de nuevo podemos tener invierno, y, la verdad, ya era hora.



*De Joan Mateu. joan@zarca.es
*paperina: cucurucho hecho habitualmente en papel de periódico.













#1



*Por Leandro Ávalos Blacha


Caí, como se dice, rendida. Los alumnos y las maestras habían dejado la escuela. Solo quedaban las porteras y quise aprovechar esos minutos de tranquilidad para adelantar y ordenar el trabajo. Carpetas de todas las formas y colores posibles se acumulaban en pilas sobre el escritorio. Lo único que no faltaba en la escuela eran problemas. Después llovían las denuncias y las acusaciones: de chicos a maestros, de maestros contra chicos, de padres contra docentes, y viceversa. Por no hablar de las peleas entre los propios maestros. Para mantener de pie este colegio había que pensar como militar más que como docente. Y si había alguien que podía ordenar la peor escuela del distrito era yo. Se trataba de un desafío. Las directoras que me tenían bronca por conservar mi trayectoria impoluta me miraban como a una loca al saber que la había elegido.


A pesar del esfuerzo, aquella tarde no llegué a ocuparme de los pedidos de reparaciones de los baños y me quedé dormida. Desperté de noche. La luz de la dirección era la única prendida en la institución. Tenía llamadas perdidas de mi marido y de mi hija. Les avisé que estaba bien y que me iba a casa de inmediato. Guardé las llaves en el bolso, tomé las cosas y salí a dar una vuelta por los pasillos para asegurarme de que todo estuviera en orden. Mis pasos retumbaron por el edificio vacío.

Lo mejor de esa escuela, lejos, eran las porteras. No sé cómo se las arreglaban para limpiar tan rápido, pero el piso relucía. Se notaba que también ellas apreciaban mi trabajo y los cambios que prometía mi llegada al colegio. Contenta por el orden del establecimiento, me disponía a salir cuando una luz apareció en el patio. Asomada a la ventana, tuve que cubrirme los ojos para soportar su intensidad. Era un círculo luminoso junto al mástil. “¿Quién anda ahí?” grité, mientras buscaba el celular para llamar a Ernesto o al 911. Pero entonces las luces decrecían y reconocí la silueta de una mujer, en el piso, que comenzaba a incorporarse apoyada al mástil. Antes de acercarme medí sus fuerzas, su tamaño, para asegurarme de que podía defenderme si era una ladrona. No se trataba de una jovencita. Más bien tendría mi edad. Pero no podía deducirla con claridad. La intrusa se me hacía visible por partes: unos pies muy pequeños, casi de niña, piernas chuecas y peludas como su entrepierna, un estómago prominente de embarazada, pechos ínfimos, una piel amarillenta, la larga cabellera blanca, la fealdad de unos ojos enormes demasiado separados, una nariz fina y casi ausente. Imaginaba que cada uno de sus rasgos la hacía una criatura horrenda y sin armonía, pero no podía apreciar el conjunto en su totalidad. “¿Está bien? ¿Cómo entró acá?” pregunté. Hablé seria y firme, para que no me creyera asustada. La mujer se volvió y empezó a caminar en mi dirección. Lo hacía con dificultad, arrastrando la pierna izquierda. Me acerqué para ayudarla. Mientras llegaba a ella, hizo el gesto de tomar algo que cargaba encima y lo arrojó hacia mí. Por instinto me cubrí para protegerme la cara, pero no hubo ningún objeto que volara. “Se va ya mismo de esta escuela…” le advertí. Mis amenazas se quedaron sin palabras. Cuando quise moverme noté mi pierna izquierda pesada y torpe. Me había pasado su renguera. Ella avanzaba ahora con total normalidad. Creo que hasta adoptó una expresión sobradora. No me salió un solo grito. Me congeló el miedo.

La extraña, ya cerca, repitió un gesto similar, esta vez más suave, como si se sacudiera el polvo de su hombro y se alejó. Fue apenas un parpadeo. Caí de rodillas ante la aparición en mi cuerpo de la pesada panza y la cabellera que ella llevaba hasta entonces. Grité y la insulté, mientras se iba con mi peinado, con mi andar y con toda la normalidad que le había dado sentido a mi vida.

*

Ernesto acudió a la escuela preocupado por mi demora. Recuerdo la distancia desde la que me miraba intentando reconocerme en ese cuerpo tendido, apuntándome con el arma. “Sí, soy yo” le aseguré y, quizás, lo más fiel que me quedaba era la voz, pues al oírme se convenció. “¿Qué pasó?” quería saber mientras me ayudaba a incorporarme. Entre todo lo extraño, elegí que supiera lo más difícil de explicar: “estoy embarazada”.

Fuimos directo al Sanatorio Modelo donde me hicieron un chequeo de rutina. Salí con una larga lista de estudios para los días siguientes. En líneas generales, mi salud estaba bien. “También la de su hijo” agregó el médico. Hasta que me fui del consultorio, no cambió el tono recriminatorio por ser la primera vez que, con mi edad, me hacía controlar un embarazado tan avanzado. Llegó a decirme negligente. No lo insulté, porque lo conocía a Ernesto. ¿De qué me podían servir todos sus títulos para explicar lo que me había ocurrido? Ni siquiera lo intenté. Le rogué a Ernesto que me llevara a casa. “¿Cómo a casa? ¿Y la denuncia?”. Lo dijo por decir. Nadie iba a querer oír la historia de una loca. En mi interior no pasaba un minuto sin pensar a quién tenía que responsabilizar por ese ataque.

*

La primera noche, Ernesto me vio dormir desde una silla en el rincón. “No te preocupes, todo se va a arreglar” me decía. “El pelo se tiñe, la pierna seguro el médico te la cura y lo otro…”. Me miró en silencio. “¿Y lo otro qué?” lo apuré. “Lo vamos a tener”. Ernesto no se detenía a pensar que no sabíamos de qué criatura hablábamos. Después entendí que la perdida era yo. Los dos vivíamos poniendo el pecho a lo que fuera, él en la policía; yo en la escuela. Al día siguiente llamamos a Isabel y la invitamos a comer. La esperé sentada, para que no me viera caminar y con el pelo envuelto en una toalla. Ernesto fue muy directo. Casi no le dio tiempo a sacarse el abrigo que ya le avisó: “hija, vas a tener un hermanito”.


Isabel nos insultó de arriba abajo por la inconsciencia de traer a un chico al mundo a nuestra edad. Me mordí la lengua para no contestarle. A la hora de criarle al hijo, mientras ella andaba con sus novios de aquí para allá, éramos lo suficientemente buenos. Ernesto no aguantó. Quería a su nieto, pero cada vez que lo veía no podía evitar pensar que de todos los policías con los que su hija se pudo acostar, eligió al más inepto. Claudio salió al padre. Isabel fue directo a la puerta. Dijo que no contáramos con ella para nada, que nos íbamos a morir antes de que el chico creciera y que se tendría que hacer cargo, con todos los compromisos que ya tenía en su vida. Le indiqué a Ernesto que la dejara irse tranquila. Isabel no tardaba más de un par de días en aparecer para pedir algún favor.


Me preocupaba más la escuela. Ernesto dijo que eso no se discutía: tenía que tomarme licencia y descansar. “Bienvenida a la vida de enferma” exclamé mirando mi cabellera suelta en el espejo.


*

Ernesto se equivocó con la pierna y con el pelo. Ninguno tuvo arreglo. No había tintura que le diera color al cabello ni forma de cortarlo. Era una fibra resistente y elástica. Ni siquiera la destruía el fuego. Lo más tortuoso era el calor que me producía.


Me enteré de los chismes que corrían en la escuela sobre mí por algunas conocidas con las que hablé por teléfono y por las porteras. Una de ellas pasó a dejarme una tarjeta de parte de todas esperando mi pronta recuperación. La atendió Ernesto. Le dijo que yo descansaba y que me daría sus saludos. Comencé a mensajearme con ellas casi a diario. Era bueno tenerlas como espías.


Ernesto, más allá de atenderme en todo lo que podía, se puso a trabajar horas extras para afrontar la nueva situación. Pasaba bastante tiempo a solas, dedicada a buscar información sobre apariciones, extraterrestres o cualquier fenómeno paranormal que pudiera asociar a mi caso. Claro que había una infinidad de testimonios de personas que se materializaban de la nada en todo el mundo. Encontré casos de mujeres abducidas que eran devueltas al planeta embarazadas, a veces siglos antes o después del momento que fueron raptadas. No me animaba a juzgar cuáles de ellos podían ser mentira, luego de experimentarlo en carne propia. Lo que era seguro es que ninguno de los relatos se acercaba al mío en la inmediatez con la que se produjo. No me llevaron a ningún lado, no me estudiaron. Solo necesitaron un segundo y un mínimo de proximidad para hundirme en esta realidad. Tras las primeras semanas en las que todo lo veía negativo, me entusiasmé con la posibilidad de que también hubiera recibido algún poder, nuevas aptitudes.


Ernesto seguía buscando en la base de datos cualquier rostro que se pareciera en algo al identikit del atacante. Aunque ninguno lo decía abiertamente, creíamos que ya no lo encontraríamos cuando en una de mis peores noches volví a dar con ella. Hojeaba las noticias de educación del diario El Sol y allí estaba en una foto. Me costó creerlo. No reconocí a la mujer por sus facciones en sí, sino por la imposibilidad de verla. En algún acto, el intendente de Quilmes posaba con gente de los gremios docentes y personas de Educación, entre ellas “la inspectora del distrito María Marta Espínola”. Lucía bien arreglada, formal. Pegué el recorte a mis ojos para apreciar su corte de pelo, que no era otro que el mío. Por algunos segundos se me hacían presentes sus rasgos monstruosos en la cara, pero con idéntica rapidez parecía olvidarme de ellos.


Me puse a buscar noticias sobre aquella arribista. La tal Espínola aparecía en cuanto acto político había, siempre en un lugar cercano al intendente. ¿Cómo había escalado posiciones tan rápido? ¿A qué pobre inspectora pudo despojar de su puesto para llegar allí? Me persigné de solo pensar en Sarita Rivas, la esposa del intendente y quizás la inspectora histórica del distrito. Mi contacto con Sarita, últimamente, había sido por Facebook. Claudio iba al jardín con uno de sus nietos. De todas formas, ella tenía el tacto suficiente para no hablar de los chicos y evitar comparar la brillantez del suyo con las falencias del mío. Hacía tiempo que no sabía de ella. Ya no me mandaba vidas en los juegos ni superaba niveles en el Candy Crush. En su perfil, encontré varias fotos de lo que se decía era su fiesta de jubilación. Sara te mandaba al diablo cada vez que le preguntabas si pensaba en su retiro. Tenía una energía endemoniada para su trabajo y posiblemente era esta la que la mantenía tan joven. Toda esa luz que la caracterizaba, en las fotos, había desaparecido. Sarita estaba vieja y tan seria como nunca la vi en mi vida. En el fondo de las fotos aparecía siempre Espínola como una sombra de Sara y con la mirada clavada en ella. Ansiosa llamé a Ernesto y le pedí que no volviera tarde, que tenía novedades importantes.


Como si lo que llevaba en el vientre hubiese intuido que hablábamos de su verdadera madre y que estaba en peligro, comencé a sentir patadas y golpes de la criatura en el interior. Algo parecido a unas uñas o garras se prendían de mis entrañas. Me tiré en la cama retorcida de dolor. Llegué a pensar en tomar el arma y pegarme un tiro para terminar con el sufrimiento, pero la sola idea de moverme hasta la mesa de luz era un esfuerzo sobrehumano. Tragué unas cuantas pastillas de lo que fuera que encontré a mano y esperé a que todo se nublara.


*

Ernesto me llevó a la ducha, me hizo vomitar y desperté bajo el agua fría. El dolor no se había ido, aunque cambió de forma, era de otro tipo. Me extrañó la palidez de Ernesto, a quien pocas cosas lo impresionaban. Siguiendo su mirada vi que esta se posaba en mi vientre. El agua de la bañera, al igual que mi ropa, estaba teñida de sangre. Intenté incorporarme. Ernesto me pidió que me calmara, casi lo ordenó. Me limpió el rostro y el cuerpo con la esponja, ahora con el agua más tibia. Mi tranquilidad era una farsa. Quería levantarme y correr al espejo a estudiarme. Ernesto me envolvió en el toallón y me llevó en brazos a la cama. Había cambiado las sábanas. Las otras estaban tiradas en el rincón. A pesar de sus negativas, me puse de pie. La alfombra era un charco de sangre del que salían dos pequeñas huellas en dirección al living. Mientras las seguía, tiré el toallón y me observé desnuda en el espejo de la pared. “Se fue” dijo Ernesto a unos pasos. Mi cuerpo era el de antes. Conservaba el cabello blanco, pero el vientre abultado había desaparecido. Las huellas continuaban por el pasillo, trepaban a la pared y desaparecían por el hueco de la ventilación. Ernesto repitió “se fue” y me abrazó, como si todo realmente hubiese terminado.




***


*Leandro Ávalos Blacha nació en Quilmes, en 1980. Estudió Letras en la Universidad de Buenos Aires y asistió al taller de Alberto Laiseca. Publicó Serialismo (Eloísa Cartonera, 2005), Berazachussets (Entropía, 2007), ganadora del Premio Indio Rico de nouvelle, elegida por César Aira, Daniel Link y Alan Pauls, y Medianera (Eduvim, 2011). Este relato formará parte del libro “El gol invisible”.










*


No olvidés
la terrible belleza del silencio
que precede al rompimiento de una ola:

esas dos o tres palabras calladitas en tu miedo.
Esas dos o tres palabras verdaderas.

No olvidés
de dónde nace el grito inmóvil
que no rompe, que no cae,
que no diste.



*De Valeria Pariso.











Aylan Kurdi de tres años*



¿cómo hace esa foto
de un pibe de carne y huesos muertos
para ser lo tierno inasible
y lo insoportable?
claro
no hace, lo hicieron
y aun dicen que cola arriba en la playa
él solito
prueba que hay malvados
para castigar pero
no hablan de
autocastigarse
sino de ese dolor mismo
que vale la pena

lo explicó Madeleine Albright
la secretaria de estado de Clinton
le preguntaron por el costo en niños en Irak (*)
y dijo que era difícil
pero imprescindible
corría mayo del 96
y en Irak por eso fijaron el 12 de mayo
como Día en Memoria del Genocidio


*De Hector Cepol hectorcepol@gmail.com

(*) https://www.youtube.com/watch?v=9O7Htdzm-4c (y si les salta algo así como: “Este video no está disponible. Lo sentimos”, porque lo viven eliminando, guglee Albright, niños, youtube, porque también otros lo viven reponiendo).





InvenTREN





TRENES*


En aquellos tiempos los trenes atravesaban  como un gusano lento el centro mismo de la noche y de la niebla. Pasaban con ese traqueteo indócil con su carga ignorada y sin parar en el pueblo, nos arrancaban dulcemente del sueño, y cando ya el ruido de su pitar ronco atravesaba íntegramente el pueblo y se iba adelgazando hasta desaparecer como una víbora que se esconde entre los yuyos, uno regresaba a la molicie de esa inconsciencia,  mientras se arrebujaba en el calor de la frazada italiana que cosieron las abuelas.
La persistencia de este recuerdo que siempre regresa desde el fondo de los tiempos como n animal dormido, supera tal vez a otros momentos del día en que también pude disfrutar de esa presencia que hizo agradable la pobreza de nuestras infancias sin juguetes pero llenas de ilusiones y de sueños no sólo porque nos ponía alegre verlo cruzar los campos desde lejos sino porque su sola presencia nos metía en la aventura de los viajes que haríamos más de las veces como una fantasía que como la posibilidad concreta donde nos podía conducir ese traqueteo que nos  haría cruzar los campos sembrados, al revuelo de los pájaros, el espejo lejano de una cañada que nos esperaba con sus aves acuáticas y sus peces  esquivos al anzuelo cuando intentáramos la pesca.
También algún jinete que nos miraba absorto, detenido a nuestro paso, saludando con la mano en alto que sostenía el talero y que se permitía esos minutos de recreo mientras arreaba algunas vacas hacia alguna estancia de la zona, por ese camino paralelo a las vías. Y esto podía darse antes o después que cruzáramos ese puente de madera muy cercano al pueblo y que usamos todavía como una referencia.
Viajar en tren era una experiencia que no excluía la aventura mientras a nuestro paso huían las parvas, los postes telegráficos, los arroyuelos, las bandadas de patos por el cielo, o esos chimangos oscuros que torvamente nos miraban encima de los postes. Viajar era una fiesta. Sobre todo a Rosario, que nosotros suponíamos más grande que París.
Rosario era la ciudad de los olores y el grito del canillita voceando los diarios de la tarde en el andén de Rosario Norte.
Dejaron de pasar los trenes y mutilaron de punta a punta mi infancia, y ahora por suerte están volviendo.
Entonces me pregunto qué precio tiene ese ruido oímos desde la cama, por las noches y lo escuchaba de lejos. Y el latigazo dulce de su pitar ronco cuando no salía brevemente del algodón del sueño y caía otra vez en él, cuando había atravesado todo el pueblo mojado por la lluvia.



*De Jorge  Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar








***

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Saturday, October 24, 2015

GOTAS DE LLUVIA EN EL CORAZÓN…


*Dibujo de Erika Kuhn.









Vuelo secreto*



Caminaré despacio,

leves serán mis pisadas.

Sorprenderé tu hombro con mi mano

y  tus ojos se hundirán en los míos.

Desaparecerá el mundo

nos elevaremos mecidos por vientos azules

que irán cambiando

hasta llegar a ser un violento huracán rojo.

Volverá a ser brisa,

abandonará nuestros cuerpos,

desmayados, rendidos.

Me esfumaré

y  nuestro vuelo

será un secreto.


*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar








GOTAS DE LLUVIA EN EL CORAZÓN…







AGUA VA*


En el mar del vientre, todos somos viajeros y migrantes. Del útero al mundo, del mundo a la tierra, vamos pasando las estaciones de elemento en elemento. Del agua al aire, del aire al fuego, de ahí a la tierra y viceversa. Así infinitamente. Desterrados, desuterados, con la nostalgia de un mar que nos contuvo en la cuna, vamos por el mundo añorando raíces. Pero el agua no tiene donde aferrarse: hay que dejarse llevar con su devaneo.






MAMÁ AMASA LA MASA*


El universo se expande. La lucha entre la energía y la materia oscura.
Mientras la materia oscura alienta la vida, el orden, la energía oscura, impaciente, se estira.

Somos la masa de un pastel que no está listo. Una doña Petrona fuera de órbita apronta el horno. Varios millones de años le viene costando esta mezcla. ¿Le resultará esta vez?

Somos obstinados grumos de una masa imperfecta.
Sólo una buena batida nos pondría en forma.
Si es que aún tenemos arreglo.





MALAS COMPAÑÍAS*

ne me quittes pas....
Jacques Brel


No es verdad que el universo se está expandiendo.
Es que se aleja de nosotros, que es otra cosa.






LO MÁS PROFUNDO ES LA PIEL*


Estaba escrito en mi piel que un día iban a descubrirme. Pero ellos, incapaces de leer los mapas, tardaron años en darse cuenta de que lo comestible de mí no eran las flores, ni las hojas, ni el tallo, sino mi raíz, el tubérculo. Pero igual: era Europa, y yo había dado la vuelta al mundo.
Reyes y ejércitos se rindieron a mis pies, literalmente, porque sólo accedían a mí de rodillas sobre los campos. Los indios conocían todos mis parientes, varios centenares y de todos los colores y gustos, porque en casa siempre fuimos promiscuos, gracias a dios.

Ahora la tecnología me quiere reducir a un par de primos, de piel amarillenta y despintada, sosos,  en una norma de laboratorio. Pero yo, que estuve en todas acá abajo, sueño con conocer el universo y no les voy a dar el gusto.

No soy ninguna papafrita.



*Textos de MICROCÓSMICAS
Esther Andradi. Macedonia Ediciones, 2015


-Esther Andradi escritora argentina, reside en Berlín y Buenos Aires. Ha publicado testimonio, cuento, microficción, poesía y novela. Sus ensayos literarios circulan en diferentes medios culturales de América, España y Alemania. Ha sido traducida a varias lenguas, recientemente al islandés.
Es autora de las novelas Tanta Vida, Sobre Vivientes y Berlín es un cuento.










*



Ha de rasgarse
el cielo a la mitad
y caer
en mares de agua,
de ávida
sustancia contenida,
desbordada en sí misma,
oleaje desmadrado,
anárquico,
final.
O ha de arder el sol
sobre la tierra,
hasta que la grieta
se abra
y ya no cierre,
y no haya
en el mundo
más flores
que salvar.
Ha de llover o no.
Pero no esta calma,
dios,
nunca esta calma.


*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com












UTOPÍA*


Una haciéndose mujer, no naciendo. Cabeza erizada de preguntas, polleras indómitas, los pechos siguiendo las lecturas como dedos, para después
volcarse, volcarse, volcarse en esa isla. Una, como isla a la deriva de lo no dicho. Una siempre buscando su propia lengua en la ajena. Internándose en el
amor a primera lectura, en esa isla de utopía, donde íbamos a encontrarnos en una fiesta y fue no.
¿En algún lugar del cuerpo, del tiempo, del espacio ha sido si?
Un sí que todo lo que siguió no puedo destruir. Aunque nadie lo sepa, aunque una tampoco lo sepa.
Aquí se quedan la entrañable trascendencia de tantas queridas presencias, reales y de cuento. Prendidas hacia adentro, cuerpo adentro, bien adentro, fuerza.


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







*


Hemos pasado tanta vida
dando vueltas
en esta torre de Babel.

¿Qué hubo
detrás de tu idioma de agua?
¿Qué símbolos
vedados para mí
nombró tu boca?

¿Cuántas veces
laceré
tu corazón
con mi lengua de fuego?

Tal vez
el amor
deba prescindir
de la brutal sentencia de las palabras.

Y fundarse
en una región deshabitada,
más allá de lo innombrable,
donde mirarnos
sea, apenas, comprendernos.


*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com













LA MARCHA*



Le había prometido amor eterno y una vida feliz, pero últimamente pasaba más tiempo de viaje que en casa, vivía en otros mundos, desaparecía a la velocidad de la luz y volvía medio hibernado.


- ¿Bafg pkfiibd, Plumkier? ¡Bazlugg ingrfhu daa gorjmekk! * - le dijo con los ojos anegados en lágrimas.


Sin embargo él, partió de nuevo.



***

* (Traducción) ¿Por qué me dejas, Plumkier? ¡Todos los extraterrestres sois iguales!




*De Joan Mateu. joan@zarca.es








ADIOSES*


“Disfruté tanto, tanto, cada parte, y gocé tanto, tanto, cada todo, que me duele algo menos cuando partes porque aquí te me quedas de algún modo.”
Silvio Rodríguez



Basta ya, amor. Enterremos nuestros muertos.
Dejemos de horadar en cementerios.
Mira, rotas nuestras uñas, nuestras pausas.
Ya fue, amor, ya fue.
Conjuguemos el verbo amar en pretérito perfecto.
El amor se va. Como se va la vida. Como se va la noche.
El deseo animal. La ternura.
Esperma derramada, solitaria.

Espantemos los búhos para que lleguen las primeras luces.
Ya está. El amor es finito. Efímero. Fugaz.
Breve alondra que parte a otros mundos.
Te amé. Me amaste. ¿O fue el hombre del gallo?
¿Se criaban gallos en Jerusalén?
O la mujer con pechos insepultos, rosas de Luxemburgo.
Quizás fue la avidez. O la leche agria.
Nos mandan a degollar a Dios, y no me animo, ni tú.
Náufragos miserables y sedientos.
Leche. Flor de cannabis. Alcohol. Vómitos atajados.
-No lucho con molinos de viento, no. No más-
Todo en la tierra es una despedida.
El árbol se ha secado. ¿La negación es patrimonio del hombre?
Sabes, soy yegua chúcara que no se doma.
Monedas de dos caras. Cara y seca. Seca.
No hay culpas, corazón, es la vida tirando, siempre.

Hoy fui al barrio del sur, al sur del sur. Pobreza.
¿Que es el olvido frente al hambre?
¿Que es el olvido frente al hambre? Pregunto.
Lloremos un poco amor, para ablandar al mundo.
Solo un poco, amor, solo un poco.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar










Cielo*



En mi cielo, las voces de los autores leen sus textos en lo oscuro. En mi cielo estabas,  te preguntaba algo y contestabas o consultabas los libros, esperaba tu explicación con la sonrisa de la que recibe una joya. En ese mismo cielo los picaflores tomaban de tu mano su leche de azúcar y vos plantabas flores cuidando los colores. Pintor, jardinero de lo efímero. El mundo se  abría en viajes y libros, antes de las pantallas. En ese mismo cielo Benito, Uma y Huayra aprendían de vos la conversación y cierto arte íntimo para cubrir las paredes de belleza. Todos nos sentábamos a ver cuando  por las  noches les leías  cuentos como salía a volar el pájaro azul que, ahora no tanto, se les  pide a los hombres que no muestren. También estaba la Plaza  en el momento más alto de la lucha.  En ese cielo "no pasaran", decíamos y nunca pasaron. Trabajaba de leer diarios y desparramar a cada cual las noticias que les interesaban, el café salía de las  canillas. En lugar de propagandas tiraban en los  umbrales poemas, para que la mañana brille cuando se sale a la calle. Siempre había una mirada enamorada, festejos, la libertad, el contacto. En mi cielo me acunaba en la plaza o lloraba con otros. El cuerpo vivía y contaba, las cirugías no modelaban a las mujeres, la vida si.
Mirá esta es la voz,  tan casi de niña, con la que dije mis verdades y mis dulzuras. Mirá con estos ojos, descubrí a Miguel Hernández, hace tanto, se me llenaron de rojos en la fiesta del sol que se va, en  Kee West,  miré caminar a mis hijas  y las sonrisas del principio.  En mi cielo el cuerpo no es la foto de una estrella de cine, es ese vacío por el que se cuela una mirada. Es un llamado, un regalo, una fiesta,  caer desde la montaña  de arena, un Everest  en  la infancia, y la frescura del  agua, alma acariciante,  para flotar el arte no es lo perfecto es lo que uno hace con lo que le falta. En mi cielo una pequeña flor blanca, se posa sobre el negro fondo de la taza de café olvidada  en el jardín que muestra en su contraste que hay, un luto esperando, un pequeño infierno, que la flor de pétalos abiertos atenúa y sobrevuela. Desde mi cielo no se ve el cielo, pero si se lo escribe que es una manera de curarle las heridas o de verdad soportar que no exista salvo por llamaradas


*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








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Si no cae agua,

¿porqué

tengo gotas de lluvia en el corazón?



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar







InvenTREN




(De la Estación San Sebastián – Ferrocarril Midland)


SAN SEBASTIÁN*



Allá en el fondo Donosti. Allá en el fondo la Donosti que no debe ser invocada porque una vez que se la invoca aparece, y cuando aparece ya se sabe, es tirar de la soguita y no hay caso, el hilito de memoria viene con todo lo que está comprimido y de pronto se despliega y todo está intacto y vívido. Es Donosti y son los abuelos, y el monte y los caseríos, y la niñez con árboles de manzana y las cinco hermanas que cuatro se fueron de monjas y una no, y es el colegio y la monja Imelda puro rencor reconcentrado pobre vieja que ya habrá muerto. Es la Donosti que vocea como en sueños a esta estación que se llama San Sebastián, extemporánea y tan ajena en la pampa sudamericana.
Ya al ver en el recorrido el nombre de la estación San Sebastián, se le recortó en rojo y se dijo que no, que esta es otra San Sebastián tan lejos tan inconmensurablemente lejos de la baska Donosti de edificios delicados y puentes ornamentados. Sabe, ella, que esta San Sebastián argentina no es ni puede parecerse a la Donosti euskera, y sabe por haberlo sufrido que los viajes deben ser hacia adelante, porque el que mira hacia atrás se transforma en sal, en estatua, en lágrima y dolor visceral.
Pero este tren va a hacer parada en San Sebastián, y el no pensar es difícil y el no sentir es imposible. Detrás de las ventanillas se suceden los campos llanos y el pasto mientras se superpone una capa delgada de helechos, de coníferas, de ovejitas blancas con cencerro. Será una niebla quizás la que nubla la vista y hace aparecer montes redondeados, casas blancas con tejados rojos, olor a mar allá donde los barcos se enfrentan con sus hombres al Cantábrico.
Euskadi que ya no es, Euskadi de la niñez que tan ligada está a la muerte, como eso de que la meta y la largada suelen converger en las pistas circulares.
Miedo, ahora. Miedo del tren que es como la luna y las monedas, como la lluvia y la tristeza, imágenes que devienen en metáforas tan exactas que se confunden. El tren y el viaje hacia la muerte, fin de viaje, la vida que traqueteando se precipita en la nada final. Y ahora que el tren llegará a San Sebastián se cierra el círculo sobre la infancia. Miedo. Miedo a desear que de una vez acaben los trabajos y las agitaciones, se pare el péndulo y la San Sebastián ésta sea la Donosti aquella. Miedo a querer estar en la muerte mientras el tren se precipita sobre los rieles negros.
Vuelven los parques y las estatuas, vuelve la nieve derritiéndose en las botas y vuelven los temporales y las galernas que devoraban barcos allá donde el mar es océano poderoso. Vuelven aquellos trenes que, se lo debe decir a si misma, no son éste tren.
Anochece.
Ya casi llega. Las penumbras permiten que el paisaje se levante como un libro troquelado, abetos y robles suplantan los eucaliptus, iglesias de piedra, ríos estrechos con puentes de pretiles gastados y sombras de peregrinos con sus maquillas, esos báculos de andar por el monte. Ya ni hace falta mirar por la ventanilla, si todo está más adentro de la superficie de los ojos, si ya es todo una yuxtaposición de bailes con vestido blanco y cintas verdes y rojas, el gato Holofernes cayendo de la terraza, los jacintos en las macetas, y el desgarro del puerto desapareciendo en el horizonte, tan pequeño, tan pequeño, en la nefasta jornada de la partida.
Ya no hay planos, todo está allí comprimido y necesario, compacto. Un todo en el que la violencia de la partida, el amor de los abuelos, el olor a los lápices de madera, la voz de la radio BBC durante la segunda guerra, las amigas y, también, todo lo malo, son una madeja indistinguible que le está haciendo estallar el pecho.
No le importa morir aquí, hoy, esta noche. En este momento se ha alineado la vía hacia Donosti, y con lágrimas advierte que el tren se detiene.
Baja del vagón sin sentir el suelo bajo los pies. Sabe que la recibirá el mar y el monte, que la querida silueta del abuelo la esperará en el andén. Con ojos fijos mira su propia muerte.
El hijo y el nieto la esperan. Desciende la abuela con un rostro extraña, casi como si no hubiese nadie detrás de esa máscara rígida para responder a la llamada. La llaman. Al hijo le ha temblado un poco la voz.
La abuela vacila levemente, advierte al nieto, ve al hijo ya canoso. Retorna, sonríe, vuelve a entrar en sí. Sale de Donosti, camina hacia ellos por San Sebastián. Ha de vivir un poco más.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com





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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO.

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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