*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.
Ray Respall
Rojas.
Ciudad Habana,
Cuba (17 de abril de 1987).
Pintor y
grabador, graduado de la Academia de Bellas Artes San Alejandro, especialidad
de Grabado.
Miembro de la
Asociación Hermanos Saíz. Miembro del registro del creador.
Trabajos de
Ilustración: “Calidoscopio”, Emilse Zorzut. ed. Cumacú, Argentina, 2003. “Tonos
de verde”, Marié Rojas, ed. Yoescribo, 2004. "Imágenes", Santiago
Eximeno, ed. Parnaso, España, 2004. “Antología Poética Arbitraria”, México,
2005. “Adoptando a Mini”, Marié Rojas, ed. Drac, España. 2005. “Los
Maravilladores”, Marcela Sabio, Ed. Ciudad Gótica, Argentina, 2005. “Café
Guadix”, Luis Asenjo y “Antología Ron y Miel”, Ed. Comala, España, 2005.
“Habaneros”, Julio Pino, ed. El Salvaje refinado, E.U, 2009. “Morada del primer
encuentro”, “Morada de los sueños”, Emilse Zorzut, Argentina, 2010. “Otras
condenas inventadas”, Yordán Rey, Inventiva Social, 2011. “Viaje a los astros”,
“Locuras temporales”, “Algoritmos y Ciudades”, “El vuelo del pez”,
“Serendipias”, Marié Rojas, Inventiva Social, Argentina, 2010 al 2013. Ha
ilustrado más de 50 revistas de diversos países del mundo de habla hispana.
Exposiciones
personales: “Dos caras de la moneda”, Unión Francesa de Cuba, 2011. (con
Ricardo Labarca). “Quimera”, Unión Francesa de Cuba, 2008.
“Convergencia”,
Galería 23 y 12, Ciudad Habana, 2007. “Alegantropía de un mundo al revés”,
Fundación Drac, Mallorca, 2004. Exposición dibujos y grabados en Mundoculturalhispano,
España, 2004. Exposiciones de dibujos en Casa da Cultura.org, Brasil (2003 y
2004).
Publicaciones
como escritor: “Un extraño en la cocina”, Inventiva Social, Argentina (texto e
ilustraciones) “Amigo de las doce de la noche”, ed. Yoescribo.com, Mallorca.
“Un verdadero dolor de cabeza”, ed. Extramuros. (texto e ilustraciones)
"El Potro Indomable", ed. el Salvaje Refinado. Colabora con revistas,
periódicos y páginas webs. Sus textos aparecen en 15 antologías literarias. Ha
obtenido más de 50 reconocimientos en concursos literarios y de artes
plásticas.
SOMOS...*
Somos cual sombras,
Ausentes de fulgor.
Una brisa agonizante
Es nuestro devenir.
Sombras somos,
Entre sombras vivimos.
*De Ray Respall Rojas.
EN UN UNIVERSO
HECHO DE PIEDRAS Y DUNAS…
EL GNOMO*
Vestidos de
seda verde como los charcos de los bosques, envueltos en sedas del color de las
ranas y los helechos, ellos esperaban.
Crónicas
Marcianas
Ray Bradbury
Levantó la
mirada. De tanto llorar no lograba enfocar; aun así, reconoció que tenía
delante un anciano diminuto, de larga barba blanca, vestido con traje de seda
verde, con botitas puntiagudas del mismo color.
- ¿Eres tú la
locura, que acude a consolarme?
- No, soy tu
salvación – dijo el hombrecillo, traspasando el umbral y quitándose
respetuosamente el sombrerito -. No te preocupes, tu esposo duerme
profundamente entre sus redomas, no despertará hasta que me haya marchado.
- ¿Qué quieres
de mí? – estaba tan asustada que solo podía aferrarse a los brazos de la silla,
sin fuerzas siquiera para incorporarse.
- Quiero que
escuches una historia…
- Soy todo
oídos – respondió, más relajada, cruzando las manos en su regazo… tanto había
sufrido, tan poco faltaba… ¡qué podía importar una hora de alucinación, si le
traía algo de sosiego!
- Hace muchos
años, tantos que no habías nacido, un hombre se empeñó en ser rico para
conquistar a la mujer de sus sueños… El padre pedía una dote que él no
conseguiría con una vida de trabajo y privaciones. Había leído en un antiguo
texto acerca de los espíritus del fuego, del aire, del agua y de la tierra.
Eran estos últimos los que le interesaban, los guardianes de los tesoros,
conocedores del emplazamiento de las vetas de los minerales nobles, los que
saben dónde se oculta el diamante en bruto. Uno de ellos fue tan incauto que,
por correr junto a su joven esposa al terminar la jornada, no se percató de que
estaba siendo seguido, error imperdonable para nuestra raza…
- ¿Eras tú?
- Así es. El
hombre, sabiendo que sería muy difícil atraparme, esperó mi nueva salida, violó
mis dominios y se llevó mi razón de ser… Areola, mi gnómida de trenzas de oro.
Tuve que ir a postrarme a sus pies, rogándole que me la devolviera. A cambio me
pidió que le mostrara el escondite de los tesoros custodiados por mi pueblo
durante eras. Para liberar a quien amaba, debía traicionar a los míos.
- ¿Y qué
hiciste? – las lágrimas afloraban de nuevo a sus ojos.
- Le pedí que
tomara mi vida a cambio de la suya, pero me dijo que ella había previsto esa
respuesta y le había pedido un veneno, que tomaría al amanecer, convencida de
que era la mejor solución. Sabía que me importaba más su vida que cualquier
otra cosa, y que no podía traicionar a mi pueblo, pero el hombre tenía
esperanzas, sabiendo el amor tan fuerte e indisoluble que une a los gnomos…
Faltaba poco para el amanecer. Supliqué su misericordia. Me dijo la razón por
la cual necesitaba hacerse rico. Imploré de nuevo: “Y tú, que sabes lo que se
siente, ¿me arrancas al ser que amo, para lograr poseer al tuyo? ¿No sabes que
los gnomos tenemos una sola pareja, nuestra alma gemela, con la cual nos
fundimos al incorporarnos a la Gran Madre, una vez concluida nuestra
existencia? ¿A cambio de tu felicidad, me condenas a una vida de dolor?”
- Yo hubiera
renunciado a todo, pero te hubiera devuelto a tu esposa.
- Eso hizo tu
padre. Me dio un farol y me mostró el cobertizo donde la ocultaba.
- ¿Mi padre?
- Por eso estoy
aquí… Pese a todo, logró reunir la dote: Yo llevaba un anillo con una
esmeralda, y el mango de mi cuchillo estaba ornado con rubíes, se los regalé.
Aun así, le dije que un día le devolvería el favor, entregándole un tesoro
mayor que el que me devolvía.
- Pero mi padre
ha muerto, ¿a qué te refieres?
- Ha muerto
solo para ti y para los humanos, tan ciegos como críos recién nacidos. Está
aquí, a tu lado. Te veía llorar sin poder remediar tu dolor y ahora asiente,
feliz y en paz, sabiendo que tengo la solución.
- ¿Sabes por
qué lloro?
- Llevas
demasiado tiempo intentando concebir y has llegado a la conclusión de que no lo
lograrás. El sueño de tu esposo es tener un heredero, ibas a quitarte la vida
para darle una segunda oportunidad, lo mismo que pensó hacer mi esposa por mí.
Esto me demuestra que no todo está perdido para la humanidad. Sonríe, esta
noche no morirás.
- ¿Tienes el
remedio a mi esterilidad? – le tomó las manos.
- Tengo algo
mejor: anoche concebiste al fin. Un minuto más, y por la taza que veo sobre tu
mesa, serían dos almas vagando en el limbo, sin esperanzas de continuación ni
regreso.
- ¡Gracias,
gracias! – abrazó al gnomo.
- Amor con amor
se paga – le dijo él -, solo lo semejante puede curar a lo semejante… Enséñale
esta máxima a tu hijo mientras crece, le será de una enorme utilidad a la hora
de separar lo falso de lo justo.
Se dirigió a la
puerta.
- ¡Espera! –
dijo ella – Dime tu nombre, quiero que mi hijo lo lleve.
- No, ponle el
que desee el padre – se volteó para mirarla por última vez -… si quieres, que
lleve en segundo lugar el de mi esposa.
- ¡Así será!
¿Vendrán al bautizo?
- Imposible,
nuestra raza no puede mezclarse con la tuya – sonrió tristemente, calándose el
sombrerito que se había quitado al entrar -. Además, tengo una cita con mi
amada Areola, al fin concluye la prolongada espera: nos reuniremos en brazos de
la Gran Madre.
- ¿Quieres
decir…? – se resistía a entender lo que las lágrimas dibujaban.
- Tu padre me
la devolvió, pero ella confundió la luz de mi farol en la ventana con las
primeras luces del amanecer.
*De Marié
Rojas.
La Habana.
Cuba.
DUNAS*
Estás parado en
un universo hecho de piedra y dunas.
Nadie ha de
salvarte.
Ni la agonía
del polen, ni el parto de la rosa.
Ni las huellas
en las ardientes colinas.
Ni la saciedad,
ni el hambre.
Ni las ramas
que brotan de tus ojos.
Ni los anillos
de lluvia.
Ni lo negado,
ni lo dado.
... Ni la
pupila cerrada del Bautista.
Ni la espada,
de Damocles.
Ni el oro de
Siddartha ,ni la plata de la traición abrazo.
Ni Lancelot, ni
Gilgamesh. ni el caballo de Troya.
Nada habrá de
salvarte.
Acaso los
salmos de la historia
Que no has de
conocer, hoy. Tal vez, nunca.
*De Amelia
Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar
Tonadas*
El dinero,
cuando no alcanza, tiene una tonada
Cuando alcanza
con lo justo, tiene otra
Cuando alcanzando
te deja unas monedas o unos
/pesitos
es otra la
tonada que tiene
Como es otra
cuando te sobra mucho y empezás a
/ahorrar
o a invertir o
a viajar por el mundo
Pero cuando lo
que te sobra es muchísimo
no hay tonada
en tu montaña de dinero
tu dinero es
áfono, infecta
nos infecta
y enmudece.
Carta a mis
hijos*
*De Antonio Dal Masetto
Este es el hogar que les toco, una pálida ciudad americana, una ciudad sometida a las modas, que les ha transmitido sus costumbres y sus histerias, que los ha saturado con sus músicas, sus pobrezas, sus tristezas, sus crímenes. Quiero que lo sepan: en sus venas hay otros soles y otras fiebres. Sus carnes no están amasadas solamente con olor a nafta y horizontes de cemento. Quiero que lo sepan porque tal vez algún día, cuando les toque hacerse la gran pregunta, esto pueda formar parte de sus respuestas. Recupero imágenes de un tiempo que no les pertenece. Pero seguramente las presencias que lo habitan estén tan vivas en la memoria de vuestras sangres como en la mía.
Hay una casa sobre el lago y un pedazo de tierra con hileras de vides. Vuestro abuelo cuida de esa viña. Llega la estación de la vendimia y lo miro cortar los racimos, transportar los canastos, pisar la uva en la cuba. En los días que siguen, en la penumbra del sótano, el olor del mosto es, para mí, olor a misterio.
Hay otra casa, en la montaña. En la tierra difícil vuestros han sembrado trigo. Los veo, encorvados, manejando la hoz y abriendo surcos en el trigal. Los haces son transportados en carro hasta el molino, en una aldea vecina. Allí se muele y se paga con parte de lo cosechado. Al atardecer vuelven trayendo las bolsas de harina con las que amasaran pan durante todo el año.
Estas son las dos imágenes que quiero rescatar. Una es oscura y subterránea: ese sótano y su fermentar secreto, su actividad viva detrás de la puerta cerrada. La otra esta llena de la luz de los trigales y el trabajo bajo el sol. Tal vez estos recuerdos no signifiquen nada y sean solo el reflejo melancólico de alguien que no se ha acostumbrado a las perdidas y al desarraigo. Pero insisto en creer que en esa luz y en esa sombra existe una enseñanza. No quiero sugerir que aquella fuese gente feliz. Eran tozudos y eran egoístas. Tuvieron hijos y defendieron lo suyo. Duraron. Alimentaban sus vidas con trabajo, con odios y alegrías, con pasiones fuertes y primitivas. Pero nunca con indiferencia, que es uno de nuestros males. Perpetuaban ceremonias que para nosotros perdieron sentido. Esperaban la hora de la cosecha seguros de que llegaría. Trabajaban para que el milagro se repitiese. Confiaban, y la tierra no los defraudaba. No se preguntaban por que. Dos guerras pasaron sobre sus casas. Ellos siguieron sembrando y cosechando.
Mas tarde, vuestros abuelos, trasplantados a tierra americana, seguían aferrados al ritual en los pocos metros de la casa en que vivían. Plantaban hortalizas y frutales, espiaban el devenir de las estaciones. Esos florecimientos y desarrollos parecían contribuir a darles una medida y una razón a sus vidas. Probablemente, para ellos lo importante no fuese la necesidad y el placer de la cosecha, sino la certeza de la cosecha. Sin saberlo, acataron mejor que nadie el papel que a todos nos ha tocado desempeñar.
El ejemplo de esa entrega, que es también elección, que es también participación, nos habla un lenguaje olvidado, pero que reconocemos.
Nos sugiere que quizá no seamos más que intermediarios entre fuerzas que nos superan y un mundo que acepta y necesita nuestra colaboración. Que más allá de nosotros, de nuestra voluntad y conocimientos, existe una alianza entre las cosas, un pacto inalterable que es preciso secundar. Cada día trae su confusión, pero la meta es siempre la misma.
Nuestra tarea es el rescate. Lo perdido, lo oculto es nuestro objetivo. Hay en nosotros una memoria que no proviene solamente del pasado.
Ella nos indica el camino: poner orden en lo invisible. Las herramientas, los elementos de trabajo, igual que la pala y la zapa, están de este lado. Energía, lucidez y paciencia son nuestras cartas de triunfo. Pero también impaciencia, desorden, pasión. Y delicadeza, que es privilegio de la fuerza. Si todo esta en todo, entonces siempre hemos estado cerca de lo que buscamos. Cada día, cada hora, la realidad nos esta repitiendo el mismo estribillo. No hay pistas falsas. En todas partes hay señales y conclusiones. Será necesario recorrer esos senderos para llegar a descubrir lo que en última instancia sabíamos desde el principio.
Aquella luz y aquella sombra no son solo partes opuestas y complementarias de una misma esfera. Son también un espejo de nuestra condición. No nos queda más que confiar en que la tarea visible proyecte sus frutos en lo invisible. ¿Que es el vino sino agua que contiene fuego? ¿Que es el pan sino tierra que levito?
SIN PIEDAD*
Caminan los
pasos
madrugada
embriagada de baile
las luces del
coche ciegan,
brazos
aprisionan y elevan el cuerpo
dentro de la
cajuela,
oscuridad
total,
se mueve veloz
como el corazón
despavorido
Cesa el trueno
del motor
las voces se
acercan,
manos extrañas
tocan violentas,
resistencia
feroz, gritos
callados a
golpes,
el caño de arma
sobre la piel,
espanta,
petrifica,
se desgarra la
ropa como el alma
y los jirones
de tela y piel vuelan
con el viento
frío,
no hay piedad
en la fuerza que aniquila,
avasalla el
pudor, escupe la honra,
la dignidad
rueda
como las
piedras pateadas
esos zapatos
negros
y el asco
y nauseas
convulsionan el momento
las voces
huyen,
quedan las
huellas,
tendido el
ultraje
sangre por
donde se mire
seca
como hasta las
lágrimas, secas.
*De Ruth Ana
López Calderón. anilopez20032000@yahoo.es
Soledades*
Una tarde, mientras íbamos
río abajo en un bote de pescadores, mi padre cerró con furia los puños
alrededor de la caña y de golpe se echó a llorar. Llevábamos un largo rato en
silencio. Yo tenía los remos y trataba de que la corriente no nos alejara demasiado
de la orilla. Hasta entonces su pena me había pasado desapercibida
porque para mí él era fuerte y sin fallas. Me demoré un largo rato antes de
preguntarle qué le pasaba. Confusamente me dijo que había perdido a alguien a
quien quería mucho y aunque era muy católico empezó a cagarse soberanamente en
Dios. En ese momento no me importaron nada Dios ni los seres queridos. Me
irritaba verlo así, aferrado a la caña, con la cabeza hundida en el pecho y el
pelo blanco sacudido por el viento.
Hasta entonces su vida había
sido ordenada, mediocre, patriotera. Fluía mansa y previsible como el agua que
nos llevaba entre islotes y troncos flotadores. Dios era una inteligencia
inasible e inapelable que aparecía cada vez que nos faltaba una explicación.
Yo creía en El: todavía me veo
rezando a oscuras, pequeño y pecador, pidiendo que fueran eternas las cosas que
me hacían dichoso. Era tan joven que sólo pensaba en la muerte como algo lejano
que quizás tuviera solución. Lo que pesaba era la soledad. No la soledad de
estar solo sino esa otra por la que han escrito los mejores libros y cantares
del universo. Ese paréntesis que atrapa una palabra para darle entonación
subterránea. El agujero negro, infinitamente vacío, en el que aquella tarde
había caído mi padre.
En Tierra de sombras un estudiante de letras dice que
leemos para saber que no estamos solos. En Bleu,
la protagonista intenta ocultar lo evidente bajo una máscara de fortaleza e
indiferencia, hasta que algo se rompe. Por fin, en la edad de la inocencia, el hombre que acepta una
vida prejuiciosa y previsible se hunde en las contradicciones de una clase
incapaz de dar a la soledad otra respuesta que el orden cerrado y la
complacencia hedonista. Miré esas películas el fin de semana y al ver llorar a
Anthony Hopkins abrazado al hijo de su esposa muerta, me puse a llorar yo
también y me vino a la cabeza esa imagen de hace tantos años en el río Limay.
Sin duda, también contaba la culpa, pero eso lo comprendí más tarde. Culpa de
estar ahí y ser más joven que él. De no tener todavía nada que amortizar o de
estar pagando por anticipado.
Durante un paseo por el campo,
el profesor enamorado de una mujer agonizante confiesa su dicha efímera y ella
le responde: "La felicidad de hoy anticipa el dolor de mañana." Tierra de sombras habla de Dios
y del alivio que ofrece la fe para insinuar que no hay tal .Que Dios es el
sufrimiento mismo y no su consuelo. Durante siglos el Creador jugó a ser
imprevisible, fuente de amor y verdad, juez supremo incomprobable. Desde que lo
inventaron, los hombres han tratado de explicarse para qué les sirve. Y como lo
suyo es, a los ojos de la mayoría temerosa, sólo castigo, tampoco él sobrevivió
a la oferta y la demanda. Mi padre no podía saber que dios iba a morir tan
pronto y yo mismo nunca lo imaginé. En esos días lo habían intimado a dejar el
cigarrillo. Rechazó las pamplinas de los médicos y apostó a algo superior. Al
Ser Supremo que estaba por encima del bien y del mal.
Naturalmente, perdió. Pero eso
iba a ocurrir años después. Entre tanto está llorando mientras un bagre tira de
su línea y yo no me animo a acercarme para consolarlo. Me digo que en una de
ésas el bote se da vuelta y tenemos que volver nadando.
¿Qué tiene que ver el cigarrillo
con el Reino de los Cielos? Mucho, me parece: al placer corresponde un castigo
de espantosa agonía. Así pasa con todo lo bueno en la tradición de judíos y
cristianos. Más allá, el goce y la dicha no prefiguran el paraíso sino el
infierno. Eso parece decir Richard Attenborough. El amor, si podemos darlo, nos
devolverá lágrimas y castigo.
Palabras más, palabras menos,
Scorsese sugiere lo mismo. Sólo que no hay amor en La edad de la inocencia. No lo hubo en la vida de
Edith Wharton, no podía haberlo en su novela y no es intención de Scorsese
mostrar otra cosa. La película, situada en 1857, habla de hoy y de una
aristocracia con códigos propios: ocio, manjares, hipocresías, hasta que el
amor aparece como una amenaza. Evitarlo preserva el orden social. Eso sugiere,
me parece, el impenetrable mayordomo de Lo
que queda del día. La autoridad de mister Stevens es proporcional a
la negación de sus sentimientos. El dolor, la alegría, la humillación, resbalan
en su alma como gotas de rocío. Todo pasa pero queda la soledad. Para Baruch
Spinoza, en su Ética, el control de los sentimientos es la mayor virtud del
alma: "A la impotencia humana para gobernar y reprimir los afectos la
llamo servidumbre; porque el hombre sometido a los afectos no depende de él,
sino de la fortuna." Con Spinoza se pone en claro, desde 1677, que el
poder, para ser tal, excluye el amor en cualquiera de sus expresiones. Y que la
gente vulgar al mostrar sus afectos los expone a la manipulación y la
demagogia.
En sus Diarios, el narrador John
Cheever apunta en 1979: "Puedo saborear la soledad. La silla que ocupo, el
cuarto, la casa, a todo le falta sustancia (...) Creo que la soledad no es un
absoluto, pero su sabor es el más fuerte." El libro comienza con una
reflexión bella y perturbadora para mí porque sospecho que así sentía la vida
mi padre aquella tarde que salimos de pesca: "En la madurez hay misterio,
hay confusión. Lo que más hallo en este momento es una suerte de soledad. La
belleza misma del mundo visible parece derrumbarse, sí, incluso el amor. Creo
que ha habido un paso en falso, un viraje equivocado, pero no sé cuándo sucedió
ni tengo esperanza de encontrarlo. "
Y bien, mi padre era más que
eso, o ni siquiera eso: "Nada más obsceno y vano que intentar contener la
vida y la obra de un hombre en un puñado de líneas invocadas en el tiempo y la
distancia", escribe Rodrigo Fresán en Trabajos
manuales. Y agrega: "Cuando un hombre se transforma en el
único paisaje posible de sí mismo es cuando alcanza la forma de la soledad. La
soledad como territorio. La soledad como forma alternativa de la geografía y de
lo biográfico."
Estoy tratando de decir, con
imágenes y palabras de otros, que lo esencial de una vida brota en el momento
en que nos enfrentamos a las formas más puras de la verdad. Amor, dolor,
soledad. Ahí estamos solos, sin Dios, sin patria ni sustento. Un paso atrás, un
movimiento en falso y todo está perdido. En la serenidad del bote que bajaba
por el Limay, mi padre percibió de golpe su tierra de sombras. Nada de este
mundo le resultaba ajeno, pero él no era más que una brizna de polen arrastrada
por el viento. Cuando tuvo fuerzas para admitirlo dejó de llorar, recogió la
línea y devolvió el bagre a la correntada.
*De Osvaldo Soriano,
(6 de enero de 1943 – 29 de
enero de 1997)
-Texto incluido en
"Piratas, fantasmas y dinosaurios".
VACÍO*
Se abalanza
sobre mí
Y en el
recorrido de su caída mortal
Yo espero,
Aguardo,
Impaciente
Por sentir su
peso en la garganta.
Los segundos
que transcurren
Parecen horas.
Mis lágrimas
brotan
Y son
arrastradas por el viento del invierno.
Tengo fe de
que,
Cual semillas,
Caerán al suelo
de primavera
Y germinarán,
dando la vida
Que ahora me es
arrebatada.
Su golpe seco
corta
Los conductos
que me dan vida,
Mi cabeza,
Confusa,
Acongojada,
Rueda por el
empedrado de la plaza,
Viendo
inmutable la burla
Y el bochorno
de todos.
¡Mi hija me ha
matado!
Exclama mi alma
Sin aliento.
La guillotina
que he construido
Con precisión
de artista
Me ha quitado
la vida.
Mi cabeza deja
de rodar.
El carpintero
ha muerto.
*De Ray Respall
Rojas.
***
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