viernes, enero 15, 2021

EDICIÓN ENERO 2021.

 

*Foto de Mercedes Araujo.

 

 

 

 


 

Ese árbol. *

 

Sí, ese árbol habló.

Habló con el murmullo de sus hojas,

-desvanecidas de amarillo-

mientras el otoño trepa en el aire.

Habló con todas las voces que lo habitan

invitando al sosiego de su ramaje extendido;

largos brazos buscando la luz, indicándola,

sugiriendo esa tenacidad que vislumbra un maestro.

Habló en el lenguaje maderamen,

que llena los fogones de quien fuere sin preguntar.

Habló desde la quilla de un bote pescador

desde el silencio creciente de sus raíces.

 

Habló desde el mirador fortinero de las pampas

desde los altares de los dioses diseminados en el hombre

desde todos los teatros del mundo

desde todas las mesas, cucharas, ruedas, cascos de roble

durmientes ferroviarios, barcazas, flechas cautivas, bancos de plaza y de

/los otros.

 

....................................

 

 

El árbol habló.

Fui semilla, dijo.

 

Fui semilla, dijo el árbol.

Fui semilla adormecida y germinal.

Fui semilla de bolsillo, de agujerito, de pico de pájaro

y del viento, de la nube y de la hormiga.

Fui semilla rodando por doquier

adormecida en el tiempo, lo necesario, para que

esa preñez de árbol creciera en mí.

No soy más que esto. Y no es poco serlo.

 

*De Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

 

 




 

 

 

*

 

 

Si dura un día.

Si dura dos.

Si dura tanto como reír,

si cae, apenas,

como una música sobre las calles

y enciende estrellas en la mirada.

Por una vez.

Acaso dos.

Hay tantas tristezas

entre los pliegues del mantel,

deberías ver

como me arreglo para esconderlas:

una puntada acá,

un lazo azul

para cerrar con perfección

las cuatro puntas de la alegría.

Que dure un día.

Que dure dos.

Que sea posible

celebrar la luz

que nos rescata de la oscuridad,

el abrazo que rompe con los males del mundo.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.

Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador  (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018)

Su último libro publicado es El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.

 

 

 

 

 



 

 

 

 

DUB AAN*

 

 

Lother arrojó su manojo de llaves sobre la mesa. Me miró directamente y sin dudar me dijo: ¿Andas preguntando por Dub Aan? ¿Por la Ciudad sin tiempo?

Lo miré sin bajar la vista, medio perplejo, dejando de manipular lo que estaba haciendo. Si, contesté. Por Dub Aan, simplemente. Eso de la Ciudad sin Tiempo es un mote que desconozco.

Qué raro. Respondió.

¿Raro? Lother. No. Nunca supe. Simplemente me llegó esa referencia de esa ciudad: Dub Aan. Y nada más. ¿Por qué sin tiempo?

Querido y joven amigo Kihel. Así es la referencia. Así es el mote. Ciudad sin Tiempo. ¿Se puede llegar? Si. Si se habla de ella es porque alguien llegó.

Eso lo dudo, Lother. Hablar no es lo mismo que verificar. ¿Estuviste tú allí? Si así fuera, ¿alguna muestra mínima de su existencia? Algo, cualquier cosa, mínima, que ayude a vencer la duda.

No la tengo, Kihel. No. Sólo puedo decirte que estuve, levemente, pero estuve.

Mira. Ésta es una discusión de creer o no. Yo quiero algo cierto. Un dato cualquiera. ¿La ciudad sin Tiempo? ¿Sabes lo que significaría eso, Lother? Si no hay tiempo, no hay antes ni después. No habría movimiento. No habría memoria. Sería algo estático, siempre presente. A modo de comparación, te diría Lother, es una ciudad de estatuas imperecederas. Es pobre la imagen que digo. Pero es para entender algo.

Es más, Lother -yo mismo me estaba sorprendiendo de mi decir- esa supuesta ciudad no sería de éste universo. Tal vez de otro, pero no de éste. En éste necesitamos el tiempo, necesitamos espacio para ordenar y ordenarnos, necesitamos energía para movernos, necesitamos materia para todo: desde los objetos a nuestro cuerpo. Si alguno de éstos falta, el universo se derrumba.

Kihel, me dice Lother. Yo no niego lo que dices. Es muy real, muy cierto. Pero, ¿es este el único universo? Tal vez, especulando un poco, Dub Aan no sea más que otro universo. Y al ser otro, no necesite de esos cuatro elementos para serlo. Puede necesitar de otros. Los viejos sabios ya lo dijeron. Manuscritos, grabaciones pétreas, mitos y leyendas en antiguos pueblos ya se mencionaba. Y se sigue mencionando. Dub Aan, la ciudad que anhelamos.

Pero, Lother, ¡tú dijiste que allí estuviste!

Sí, Kihel. Si. Levemente. Y no recuerdo la senda que tomé. Fue casual y no la registré. Tal vez. Dub Aan me habitó. Y sentí que lo hizo desde siempre.

¿Buscamos la senda?, me dice Lother. Y yo, Kihel, el buscador de perlas, el que duda, el que cuestiona, tomó la mochila, la cargó al hombro y, vacilante primero, pero a paso firme después, caminó junto a Lother a la busca de la senda que lo lleve a Dub Aan, la Ciudad sin Tiempo.

 

 

 

*De Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Si algunas cosas,

aún,

pueden hallarse

escondidas debajo de las piedras,

las hojas en hilos atravesadas por el tiempo,

bichitos de colores,

las plumas abandonadas por los pájaros,

esas cosas,

esas pequeñas cosas

que se toman en la mano y que se miran

con una devoción antigua,

con la fe de la mujer oscura que alguna vez

bailó bajo la luna

lejos de la tribu

para ser feliz.

Si esas cosas,

esos tesoros blandos

como la luz

que duerme en la piel de las luciérnagas,

aún andan sueltos por el mundo,

habrá que cederse al asombro.

Y esperar.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 




 




 

 

Historia del durmiente despierto*

 


*De Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

  

Con calma, casi con familiaridad, tomándolo en sus manos

comprendió la profundidad de los sueños y la suerte de las lágrimas.

Estaba a punto de besarlo cuando recordó la advertencia del ángel Gabriel: – Si entras en este sueño, Amaril, dejarás de soñar.

Mario Satz.  “Azahar”

 

 

 

Uno

 

 

Al inicio de la tarde tuvo ganas de fumar.  Tomó la pipa de agua y distrajo la mirada en el humo que salía de su boca y que formaba nubes amarillas, ámbar rescatado del cielo  Abou-Hassán, comerciante de seda y dátiles, recordó el verso del profeta: “El mundo es una gota de agua, el azahar que se desvanece en el tiempo”.  La aspereza del tabaco le devolvió las fatigas del viaje, la imagen de un ave teñida de rojo; un aleteo que le transmitía una somnolencia pegajosa, producida –tal vez– por una comida abundante.  Sus labios exhalaron una tenue colina de humo, la última.  Afuera, el harmattan –producto del invierno sahariano– soplaba del noreste, bajo su influjo la corteza de los árboles se agrietaba y las plantas desvanecían sus colores.  En las noches, Abou-Hassán acostumbraba subir al torreón en el centro del patio para vigilar los diminutos reptiles que salían de sus madrigueras en busca de presas.  El torrente de huellas dejado en la arena recordaba el tránsito de las estrellas y en las mañanas el desierto parecía una superficie viva, surcada por venas.  Abou-Hassán regresó al diván, dejó escapar un bostezo, se tapó con una manta de pelo de cabra y durmió.

 

 

 

Dos

 

Abrió los ojos.  En los párpados pudo sentir las patas heladas de un par de mariposas blancas.     Un poco de aire frío se filtraba bajo la puerta, traía los restos de una canción, la gesta de los amantes, sus besos de humo.  Pidió vino de dátiles pero sus sirvientes no acudieron.  Repitió el llamado en vano.  Al fondo del cuarto bailaban sombras.  El ritmo de una respiración removía el silencio, hacía temblar las sombras como a las hojas de un árbol.   Abou-Hassán examinó su cuarto y descubrió varios objetos de madera, nuevos a su vista y oscurecidos por el tiempo.   Ánforas y vasijas se alineaban sobre una mesa baja.  Cuando volvió la mirada encontró que la luz incidía en las sombras y les daba forma.  Así, una mujer surgió de la penumbra, sin reparar en él, alcanzó uno de los recipientes, le quitó la tapa y revolvió el interior buscando las hojas de naranjo que Abou-Hassán usaba para el té.  Las pulseras en sus brazos tintineaban.  Sus ojos eran brillantes y negros; manojos de arrugas permanecían estancados en la frente y en las mejillas.  Quiso preguntarle qué hacía en su cuarto pero no se atrevió.  La luz se movía por el piso, entretenida en el vislumbre del fuego descubrió por accidente más objetos: un sillón encorvado, cojines dispersos en las esquinas, repitiendo en sus arrugas lejanos vestigios de hombres.  Un gran espejo duplicaba paredes, encaminaba al mundo a una consistencia de naturaleza muerta.  Abou-Hassán se levantó, pasó junto a la mujer que lo miró en silencio y contempló su reflejo con perplejidad infantil, le hizo votos solemnes.  Un examen más detenido reveló que la superficie no era inerte sino que se esforzaba en imitar la piel del invierno, sus formas de agua.  Se miró hasta observar que el reflejo envejecía, como si el tiempo pasara de ave en reposo a una en continua migración, entretenida en las líneas de su rostro y  pensó –en el desfiguro– que su memoria comenzaba a inventar.  Sintió oleadas de vértigo.  Advirtió una revuelta de lunas en el techo.  En los ojos duplicados manaban transparencias.  Abou-Hassán intentó hablar pero una voz le murmuró que aún no estaba preparado: su mente era demasiado elemental para la fantasía, su pensamiento el torpe dibujo de un niño.  La somnolencia volvió; el sopor fue un vaso de agua rebosante.  Bostezó.  La mujer lo guió con calma al diván.  Volvió a dormir.

 

 

 

 

Tres

 

 

No supo cuánto tiempo había pasado.  Esta vez no quiso abrir inmediatamente los ojos sino que se mantuvo atento en su oscuridad, expectante.  Afuera seguía la inmovilidad de la tarde, recorrida por instantes de frío.  Podía escuchar la pesada respiración de los camellos, los hocicos abrevando en las tinajas del patio: las fosas nasales se dilataban y de ellas emergían vahos circulares que al elevarse en la tarde adquirían una intensa luminosidad verdosa.  Abrió los ojos.  El remedo de una nube dejó en las ventanas su impronta de humedad y río.  Se apoyó con dificultad sobre los codos: brazos y piernas estaban entumecidos.  En el desconcierto pensó que había dormido largo tiempo, que diminutos insectos se reproducían en sus articulaciones.  La mujer seguía en el cuarto, esta vez acompañada por una joven.  Abou-Hassán alzó la cabeza para verla mejor: estaba ataviada con un sencillo vestido de algodón, de mangas largas, sin ningún estampado.  El cabello castaño –suelto y largo– oscilaba en la mitad de la espalda.  Observó con detenimiento la redondez de los hombros, el largo perfil del cuello iluminado tenuemente por los restos de luz esparcidos en el suelo.  Apretó los párpados al sentir un montón de plumas flotar en su cabeza.  La joven se acercó a él, sonrió mientras detenía una mano tibia cerca de la barba.  Movió ligeramente el cuello, lo suficiente para que la luz ascendiera en el rostro y los ojos se volvieran profundos y acuosos.  Un lunar  sobre la ceja derecha brillaba en la penumbra de la frente.  En su mirada habitaba la seda y el olvido y esa deficiencia en la memoria la tornaba vulnerable, dispuesta a los espacios blancos.  Abou-Hassán se preguntó por el origen de la sensación voluptuosa que lo envolvía y que al no poderle darle cauce se transformaba en un sentimiento de tristeza.  La mujer habló:

–Al fin abres los ojos.

–¿Qué hacen aquí?

La mujer fingió no oírlo y encendió un brasero.  Hilillos de humo buscaron el techo.  Las aletas de su nariz se dilataron al recibir el olor que despedían las hojas de naranjo.

–Has tardado mucho, debes estar cansado –dijo con afabilidad mientras tomaba un cuenco y lo llenaba con agua –pero no te preocupes, pronto te recuperarás– las hojas de naranjo se ablandaron al contacto con el agua, le dieron tiempo para mirarlo, retrasar las palabras como si encontrara un placer secreto en ellas

Abou-Hassán se estiró para desentumecerse, dedicó unos minutos a justificar un desvío de la mente, la posible alucinación del tabaco; aunque la fatiga en los miembros –perenne desde que había abierto los ojos– le sugirió una larga caminata, la pendiente de la locura, el combate prolongado contra las arenas viscosas del sueño.

–Estás despierto, muy despierto –dijo la mujer con una sonrisa.

Con el sonido de la última palabra llegó un alivio prematuro: la voz perduraba con una sabiduría lejana, tal vez antigua, que unida a la reiteración de su vigilia le obsequiaba liviandades, el poder de controlar el agua.  La mujer se sentó junto a una mesa, con gesto cansado limpió las hojas de naranjo restantes; el cuerpo de la luz, en medio de sus manos, se esparció en la vejez de la madera, la volvió el fragmento brillante de una playa.  Abou-Hassán recordó las playas de su infancia, verdes y azules, repletas de caparazones abandonados.  La joven, asombrada, acercó las manos al fuego que reaccionó con azules y ríos de chispas.  Burbujas emergieron de inmediato en la superficie del cuenco, se reunieron en una espuma compacta que recordaba la molicie de los barcos.  La mujer se sentó, entrelazó las manos sobre el regazo mientras el humo del brasero terminaba de envolver el cuenco.  La joven lo contempló con curiosidad, al flexionar las piernas el vestido había subido unos centímetros dejando al descubierto sus pies calzados con sandalias púrpuras, decoradas al frente con pavo reales en vuelo; pulseras plateadas alrededor de los tobillos.  Los pájaros, antes ruidosos, se mantuvieron en silencio, esperando el ocaso en las ramas de un pino.  Abou-Hassán entreabrió la boca, varios puntos de humedad se acumularon en la frente, uno de ellos se separó del resto y descendió con pereza hasta la mejilla.  La mujer retiró el cuenco del fuego, las burbujas perdieron fuerza y culminaron su alboroto con un siseo apagado.

–Té de azahar, te quitará la somnolencia.

–¿Estoy en mi casa? –preguntó Abou-Hassán, esmerado en recuperar una certeza que se le escapaba.

–No... vienes de muy lejos –le respondió mientras soplaba al cuenco y la superficie del agua se estremecía entre delgados brazos de humo.

Abou-Hassán enderezó la cabeza.  La mujer inclinó el cuenco sobre su boca, la mano temblaba y en el temblor las venas azules que descendían a los lados se abultaron, invadidas de pronto por diminutos ríos de sangre.  Bebió con la mirada fija en sus ojos.  El té recorrió su garganta dejando una cadena de palpitaciones.  Una oleada de calor bajó por su pecho, diseminó el aire frío entre sus pies.

En medio de mareos se sentó en el borde del diván.  La habitación parecía distinta a cada momento: las vigas del techo eran imprecisas en sus colores, los motivos geométricos de una alfombra mudaron a las paredes, el polvo que flotaba y se hacía turbio recordaba un banco de arena submarino, agitado por la tormenta    La joven, después de pasearse por la habitación, de observar el frágil pabilo de una vela como si no lo comprendiera del todo, le tocó la frente.  El contacto prolongó una extraña sensación de pesadez que culminó con un bostezo, ella pareció darse cuenta del efecto que causaba y se volvió, al hacerlo, la cinta que ceñía el vestido al cuerpo quedó flotando un instante y al descender se atoró en la esquina de una mesa; la inercia del movimiento hizo que la cinta se desanudara y el vestido resbaló lentamente por el talle hasta yacer en el piso como una segunda piel abandonada, aún con restos de perfume en las costuras.  La joven dejó que el resplandor de las ventanas descubriera el relieve de las costillas, el suave hueco del ombligo que parecía alargar la parte inferior del torso.  Se acercó a él con una sonrisa calma.  Abou-Hassán rodeó con el dedo índice la incipiente rigidez del ombligo, usándolo como pretexto para aventurarse a la extensión cercana a los senos.  Varios lunares desperdigados en el vientre le recordaron granos de arroz, arrojados al azar en una planicie nevada.  Extendió la mano y sintió escalofríos cuando sus dedos llegaron al espacio entre los senos y cruzaban con un ligero temblor la breve línea de sombra que se desplazaba entre ellos.  La joven respiró profundamente, pudo sentir cómo su respiración se trasladaba a él, cómo se tensaba un momento, guardando impulso, como si tuviera que esperar algo, quizás una palabra desconocida, aguardando ser dicha por cualquiera de los dos.  La mujer asistía la escena con ojos quietos, los labios apretados y firmes.  La joven le ofrecía su cuerpo desnudo como una historia latente, en espera de ser escrita para así poder ser fuente de otras; historias tristes, historias contadas una y otra vez hasta lograr que las palabras perdieran paulatinamente el significado y el perderse en ellas fuera algo inevitable.  Mientras su mano derecha vagaba por las caderas imaginó que el vestido no se había enganchado por accidente, que todo, desde las palabras intercambiadas, hasta la mano de ella que ahora bajaba para guiar la suya a la zona interior de los muslos, había sido ensayado meticulosamente.  Imaginó a la joven repitiendo frente al gran espejo cada uno de los movimientos que formaban parte de esa puesta en escena; una coreografía que ignoraba, pero que después, al tomar conciencia de la importancia de sus palabras, de su peso específico, se obligara a adoptar una sabiduría escondida y engañosa.  La trató de encontrar mientras las manos, enlazadas, volvían a subir por las caderas, como si la primera exploración no hubiera sido suficiente y necesitara reafirmarse en la invención de formas circulares sobre el vientre.  Abou-Hassán vio a la joven en la pausa de la madrugada, con la luna roja en la cara, imaginándolo a él y a la estela de frío dejada en su piel cuando por fin el vestido cayera.  Se vio ignorante, atenido al tacto de las manos que, unidas, parecían ser las de una persona dependiente de impulsos largos, uniformados en el deseo.  Su ignorancia le hizo sentirse como un impostor, alguien sujeto al azar de las tormentas de arena y que trasladado a un escenario desconocido sintiera la falsedad de una vida para la cual aún no estaba preparado.  La joven pareció entender su inquietud y estrechó los ojos dándole a entender que era el indicado, que la incertidumbre cedería con el tiempo, la torpeza de sus manos estaba a salvo en las suyas.  En medio de la confianza pudo intuir un engaño sutil, aludido en el aura de frío que perduraba y que parecía bosquejada por una inteligencia tenaz e inexperta.  Las puntas de los dedos humedecieron el inicio del sexo, y cuando llegaron a su depresión se separaron, comprendiendo que su llegada obedecía a una búsqueda individual.  La joven cerró los ojos para seguir a ciegas el endurecimiento de los muslos, de los senos.  Abandonada, acercó la boca esperando un beso.  Juntó los labios.  Abou-Hassán trató de encontrarla pero los labios se hacían de aire y las mejillas perdían consistencia hasta dejar juegos de luz sobre la piel.  La respiración de la joven se perdía como el viajero que se obstina en un imposible laberinto.

–¿Qué pasa? preguntó Abou-Hassán a la mujer.

–Ella está de paso.  Mira, ahora está por despertar.

La joven fue invadida por fragancias dulces, fosforescencias amarillas.  Sus ojos se llenaron de nubes y un poco de azahar impregnó el lugar donde habían estado los labios.  Aún pudo verla, estremecida, como si presintiera la ilusión del invierno, como si su perfil fuera el cuerpo de una llama y alguien, en secreto, intentara apagarla.  Antes de desaparecer dirigió una mirada de sorpresa a su alrededor.

 

 

Cuatro

 

 

Consumió las horas obstinado e insomne.  Recorrió salones, fatigó el movimiento de los pájaros y el transcurrir de los relojes.  La mujer le advirtió la inutilidad de sus esfuerzos, le explicó que ese sueño en particular no era pausa ni arribo, sino un punto de partida interminable; él –como ella– tendría que afrontar la postergación, la espera de otros viajeros, espejismos que al desvanecerse lo recordarían con la vaguedad de un trazo borroso.  Uno de ellos, cuyo sueño tuviera la lucidez suficiente, sería su reemplazo.  Al acabar su explicación, con gesto satisfecho, se desvaneció.  Abou-Hassán no le hizo caso y siguió alumbrando los rincones con lámparas de aceite, vigilando el polvo de los corredores.  Al tercer día, derrotado, fue por la manta de pelo de cabra y durmió; pero cada vez que abría los ojos no podía despertar y pasaba de un sueño a otro, como quien recorre las habitaciones de una mansión infinita.

 

 

*Texto incluido en “El caso Max Power y otros cuentos”.

 

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Caminamos

bajo la sombra amable de los eucaliptos.

Vos querías correr.

Yo iba despacio,

completando

el círculo de asfalto de la plaza,

el aire perfumado entrándome en el cuerpo.

Yo iba despacio.

Mi paso te alcanzaba

a duras penas.

Se es tan joven, a veces,

y es tan veloz

el ansia de la juventud.

Me esperabas,

en el acto de amor

que empieza a ser

esperar a los padres,

ese cambio sutil en el hijo

que comienza a ser adulto

y ve a sus padres

caminar más lento.

Yo te dije: mirá.  Y detuviste el paso

para mirar la luz del sol

entrar entre las hojas,

esa belleza de redes sobre el pasto,

los pájaros hilvanando el mediodía.

La última lección es la serenidad,

recién ahora lo comprendo.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

 


 

 




 

 

Hojas de remolacha*

 

 

En esa casa vivía la polaca. Si nos ponemos a describirla ahora, podemos decir que sobre el muro descascarado una Santa Rita se desborda en fucsia y espinas, con esa belleza traicionera de las enredaderas que dicen te abrazo y lastiman a traición con sus ferocidades ocultas. Delante del muro, una vereda estrecha de césped sin cortar y un basurero de hierro oxidado, que está hecho con una vara de cosa de un metro de alto y un canasto encima para que los perros no destrocen las bolsas.

Detrás del paredón se ven algunos pinos, naranjos y un limonero. Más atrás todavía otros árboles y el techo de chapa de la casa, con cenefas del tipo de las que tenían los andenes del ferrocarril, hojalata con recortes que recuerdan puntas de flecha vueltas hacia abajo.

La polaca había venido huyendo de la guerra, como tantos, y conservó el acento extranjero hasta el último día. La señora la conoció, en los últimos tiempos le hacía los mandados y la ayudó a la sobrina cuando hubo que hacerle la mudanza final.

Se queda un momento mirando el muro, la señora, recuerda.

La Polaca no tenía nombre, era La Polaca; tenía los ojos muy claros y unas manos con venas en relieve y callos como los de un albañil. El marido trabajaba en los ferrocarriles, ella hacía huerta y cosía para afuera cosas sencillas en una máquina negra, Singer, que funcionaba a pedales.

En la huerta lograba zapallitos, tomates, arvejas en sus chauchas de papel de felpa, pimientos, zanahorias. Se encorvaba trabajando, siempre en lucha contra los yuyos, los caracoles, las hormigas, las heladas. De día en la cocina y en la huerta, a la nochecita con los carreteles de hilo y las tijeras. Recuerda, la señora, las sopas de La Polaca, las tortas suculentas, el pan recién sacado del horno.

Había venido huyendo del hambre europea. Cuando vio la arena no podía creer que de este extraño suelo brotase la vida, floreciesen los naranjales y prosperasen los nísperos y las hortalizas. Asombrada y escandalizada veía cómo caían las moras, eran pisoteadas y se creaba un barro espeso. Eso es un pecado, decía, tirar comida es un pecado, y con las cáscaras de las papas hacía abono para las plantas, con la cáscara de los huevos disuelta en vinagre procuraba calcio para los huesos débiles.

Después fue que murió el marido. No se abandonó La Polaca, siempre con los batones limpios, el pasto cortado, su mantel en la mesa y las carpetas tejidas al crochet, blancas de toda blancura, sobre el bahiut de roble lustrado.

Pero el tiempo no solamente despintó los muros, desgastó las puertas, se le marcó en la cara, también y además de todo esto La Polaca se fue doblando. Despacio.

La señora se acuerda de haberla visto mucho tiempo con bastón, caminando cada vez más lentamente y con pasitos más cortos, la espalda cada vez con un ángulo más cerrado, hasta que quedó mirando el suelo. Y lo último ya fue que para trasladarse usaba dos botellas, se apoyaba con una mano en cada una y era casi como caminar en cuatro patas. Resultaba demasiado penoso y así ya no podía vivir sola.

Entonces vino la sobrina y la llevó al geriátrico.

La señora recuerda todo esto en medio segundo, porque contar lleva tiempo, recordar es un viento que pasa por el corazón. Cien imágenes cien sentimientos, una polka en la radio, el aroma de las flores de ligustro, levadura en una masa a contraluz, una fotografía en un marco oval, el chirrido de una mecedora, un gato en un alféizar. Fotos y fotos y fotos vistas todas a la vez, humo en los ojos, algo que parece nítido pero se desvanece entre las manos.

Saca la llave de la cartera, la señora, hace girar la llave en la cerradura, penetra en el predio.

La Polaca murió en el geriátrico.

La sobrina puso en venta la casa, y la vende con todo. No tiene el interés o el ánimo para enfrentar los objetos huérfanos. Hay demasiado silencio aquí, la tristeza de las cosas sin dueño es desoladora. Cómo defenderse de un peine con una hebra de cabello blanco, cómo no contagiarse de la angustia de la mecedora vacía junto a la ventana. Hay que huir, buscar una plaza donde jueguen chicos de risas agudas, ponerse una coraza de luz solar.

Con un estremecimiento, la señora habla al vacío, pide perdón por la intrusión, va abriendo los cajones y reuniendo todos los papeles, las cartas, las fotografías. A las fotografías las guarda en su bolso, a los papeles, sin desdoblarlos, sin leerlos, los quema en el asador de la galería. Después toma un objeto, sólo uno, de recuerdo, y vuelve a su casa.

La señora tiene sobre la mesada cinco remolachas con sus tallos y sus hojas. Toma la cuchilla, corta los tallos al ras de los tubérculos, limpia las hojas y las cocina con cebolla y morrón. Ves Polaca, dice. Ves, Polaca, no voy a tirar nada, Polaquita. Nada, viejita, hoy hay tarta de hojas de remolacha por vos, para no cometer pecado el día de tu entierro.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FANTASMAS EN LA PIEL*

 

 

 

1

 

Kalman había visitado Sniatyn el pueblo de sus abuelos. Luego de días donde lo único que hizo fue caminar, visitó un cementerio judío donde faltaban parientes y vecinos de sus abuelos que fueron llevados a campos de exterminio.

"Polonia es dolor" le había dicho su padre cuando era niño. Allá no vas a encontrar nada nuestro.  Ahora Sniatyn el pueblo de abuelos, su padre y tíos quedaba en Ucrania. Mientras caminaba en soledad sentía que su padre tenía razón una vez más. Había sentido un profundo vacío que se llenaba del dolor de invisible de los ausentes. La voraz boca del tiempo los había devorado a todos. Sentía que pisaba sobre las palabras con que su padre había relatado al pueblo. Aquellas palabras eran lo sólido que había encontrado por calles donde se cruzaba con gente muy amable que Vivian su presente con expresión feliz.

Kalman tenía tiempo antes del vuelo programado desde Cracovia. Le recomendaron visitar al castillo "embrujado" de Niedzica. Después de tremenda catarata de emociones con que vivió su recorrido por Sniatyn la leyenda de la princesa Inca asesinada cuyo fantasma reaparece no le movió "un pelo". Pero el paisaje. Las vistas del río Dunajec. Todo era de una maravilla indecible con palabras.

 

En todo su viaje no había dejado de pensar en la familia de su padre que se salvó al huir a la Argentina antes de la invasión nazi.

Recordó a su padre cuando le decía que hay que temer a los "vivos nunca a los muertos". El horror de la historia humana lo han realizado gente "viva". Por ideologías que justificaban quitar la identidad humana a otros seres humanos. Pero la barbarie siempre la realizaban los vivos: ni los muertos ni los fantasmas.

La tía Raquel fue la última en vivir y morir en aquella casa familiar original. Hacía esa casa volvía una vez más.

 

 

 

2

 

 

Los primos de Kalman tenían sus motivos para creer en fantasmas, pero no quisieron preocuparlo antes de su llegada. Trataron de solucionar el problema a su modo. Lo primero que aceptaron es que los inquilinos se iban porque la casa estaba embrujada.

Les habían dicho que había fantasmas en la casa de los abuelos.

Contrataron a un metafísico especialista en alejar presencias indeseables.

El tipo cobraría un dineral, pero la situación lo justificaba. El especialista Llegó. Tomó fotos de la casa, de los jardines, del tanque australiano, del molino de viento, hasta de los enanos de jardín que estaban hace décadas en el mismo sitio. Preguntó cómo al pasar si en la puerta principal habían visto montañitas de “tierra extraña” a veces tiran tierra de cementerio para preceder el retorno de un alma en pena –se explicó-

Luego recorrió al interior con una especie de varita mágica. Dijo que era para percibir la mala energía. Caminó las habitaciones llevando la palma de la mano derecha pegada a las paredes por todo el perímetro.

-Parece que estas paredes tienen humedad desde los cimientos -dijo al pasar.

Rato después emprendió la búsqueda por el gran parque. Caminaba en diagonal buscando ir de norte a sur y de sur a norte con sus ojos cerrados guiado por su varita. Hasta que tropezó con la maceta donde crecía el Aloe. Con la pulpa de las hojas del aloe la tía Raquel se fregaba las piernas para aliviar dolores en sus varices.

Cuando el metafísico tropezó -y cayó torpemente- hizo gestos de que ese era el lugar indicado. Comenzó por buscar removiendo cuidadosamente con una palita la planta del aloe.

Dio instrucciones: planten al aloe lejos de aquí en tierra.

Hurgando en la maceta sacó algo cubierto de tierra mojada.

Era la cabeza de un pequeño muñeco de cerámica. Su hallazgo podría tener muchos años allí. Quizás era parte de un juguete de los niños que crecieron en la casa.

-Este es el daño que no deja descansar al alma de sus ancestros.

Colocó la cabeza en una bolsa traslucida con cierre y la guardo en su maletín junto con sus herramientas.

-Ya está -dijo.

Durante el resto del año en los ambientes colocar recipientes con agua, una medida de vinagre y sal gruesa. Renovarlos todos los días. Los frascos dejarlos debajo de los muebles. En la habitación donde dormía la tía, uno en cada esquina. Todos los días abrir puertas y ventanas para que sol y viento hagan su trabajo purificador.

-A fin de año pueden volver a alquilarla.

El metafísico cobró su honorario y se marchó.

 

 

 

 

3.

 

Para su visita de vacaciones Kalman ya sabía por sus primos que habían "limpiado" la casa. Kalman no creía en curanderos de maleficios que buscan daños en macetas. No quiso cuestionar nada. Viviendo en otro país no le quedaba otra que aceptar las decisiones de quienes resuelven las cosas como pueden. Pago su parte del rescate esotérico sin esperar nada.

Como un regalo de navidad, llegó Azul. “Umina Azul Del Cerro” pero pedía que la llamaran sólo “Azul”. El mismo día que visitó la casa dejo una seña y alquiló.

La inquilina se portaba increíblemente bien. Ninguna queja. Pintaba toda la casa. Mantenía el parque impecable. Disfrutaba de la casa con amantes que cambiaba o alternaba de acuerdo a sus necesidades.

Sus primos ya estaban definitivamente aliviados del trauma de la casa embrujada de la familia. Kalman pidió conocer a Luz, la curiosidad lo desbordaba. Tomaron mate bajo la galería mirando al parque.

Azul una mujer de menos de 40 años. De mirada atrapante. Si se cruzaban las miradas era ver un infinito de verdes que invitaba a perderse sin vueltas en una galaxia desconocida.

Kalman le habló de su trabajo de investigador genetista. De Bonita su pequeña ciudad en California. Azul cebaba mates con destreza uruguaya.

Kalman tuvo un atrevimiento. Preguntó cómo siendo como es: bella, evidentemente sensible, no había formado una pareja estable. La mujer quedo pensativa. Evidentemente sorprendida.

-Quizás no llegó a mi vida una persona adecuada que me ame tal cual soy, más allá de la belleza que alguna vez será una foto antigua.

Vienen. Gozo a morir con ellos… Se van o los echo.

 

Te llevas bien con la soledad. -dijo Kalman por decir algo.

No me siento sola. Tengo gatos que gritan de amor o furia en las noches. Y estoy bajo la protección de la abuela María Luisa.

¿Eras la nieta preferida de tu abuela? -preguntó Kalman

Lo era. María Luisa murió cuando yo no había cumplido los 12 años. Me decía que era la "luz de sus ojos". Que podía ver desde mis ojos azules -más allá del mar que alguna vez cruzó- una eternidad de mundos de vida.

La historia dejo con ojos húmedos, casi llorados a Kalman.

-Pero ella sigue conmigo, viaja conmigo por donde voy. No es sólo memoria.

Mis novios han pensado que estoy loca. Recién creyeron cuando María Luisa se les aparecía brevemente en la habitación mientras hacíamos el amor.

Prefiero el acompañamiento de mi abuelita para el resto de mi vida. -Dijo Lola con una firmeza que desató rayos desde sus ojos.

Kalman quedo mudo. Sacudido en su racionalidad.

Sabes -dijo Luz en un tono de completa confesión. Cuando llegué a esta casa encontré la foto de mi abuelita en un cajón vacío del armario de la cocina. De cuando joven. Con un Baton floreado. Extendida en una reposera con su mirada clavada para la eternidad del ojo abierto de aquella cámara.

¿Tenés la foto? -preguntó Kalman.

La foto vibraba como alita de colibrí desde su mano emocionada.

"Mi abuelita dejó esta foto de juventud para que me quede a vivir aquí. Fue una señal. La acepte. Me quede encantada a vivir en esta casa".

 

Kalman sintió una ráfaga de frío inexplicable.

La foto de la joven en la reposera era indudablemente la de su tía Raquel.

 

*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA MENDIGA*

 

Traía el universo

en la mano extendida.

Credulidad. Desamparo.

 

*BEATRIZ VALLEJOS.

(Santa Fe 1922 / Rosario 2007)

-De su libro "La rama del seibo"

 

 

 


 

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En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Midland:

 

 

ELÍAS ROMERO.

 

 

KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.  

 

LIBERTAD.

 

MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA. 

 

JUSTO VILLEGAS.

 

JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

 

 ALDO BONZI.   KM 12.

 

LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO. 

 

VILLA CARAZA.

 

VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

 

 

 

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En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Provincial:

 

 

 

CARLOS BEGUERIE.

 

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

 

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.  

 

LOMA VERDE.  ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.   

 

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS. 

 

INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.

 

LA PLATA.

 

 

 

 

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