Saturday, June 15, 2019

DESDE ESTE BOSQUE DEL SILENCIO EL VIENTO GOLPEA MUROS...


*De Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010). Una de sus obras que firmaba como Walkala.







Kalman soñó a su padre*


Su padre había muerto. Sabía que había muerto pero no podía verlo. Tampoco recordar sus últimos días. Desde el sueño, un padre invisible le reclamaba que lo rescatara del olvido. Su padre susurraba palabras de su idioma madre: Mury….; Cisza…; Wiatr…; Las, Wiatr, Cisza, Mury…

Ahí Kalman despertó en la noche profunda, mientras afuera la lluvia castigaba los edificios.
A la mañana. Sentado frente al ventanal viendo la furia de una tormenta interminable intentó armar una frase del rompecabezas de palabras sueltas que su padre le había dicho en polaco:

“Desde este bosque del silencio el viento golpea muros”


*De Eduardo Francisco Coiro.









DESDE ESTE BOSQUE DEL SILENCIO EL VIENTO GOLPEA MUROS...

-Textos de Eduardo Francisco Coiro.








Érase una vez un Dios solitario.



Quizá no fuese un dios, sino un desterrado desde una lejana civilización. Lo dejaron a la deriva en un artefacto. Su vida dependía del azar o de su habilidad para llegar a un planeta habitable. Ese artefacto era una nave pero el desterrado que fue Dios prefería definirla como "mi balsa de real ilusión".

De los muchos náufragos del universo este tuvo a la providencia a favor.
Llegó a un planeta habitable y compatible con su condición física.
Necesitaba oxigeno para respirar, agua para beber y plantas para alimentarse.
En el mundo del que provenía no se consumían proteínas de animales. Sólo alimentos de origen vegetal.

El desterrado tuvo que aprender a reconocer sus alimentos, a construir un habitus acorde a sus necesidades. Todo le llevaba su buen tiempo pero él no tenía apuro. El tiempo en aquella época no corría del mismo modo que en un futuro que no podía imaginar.

Cuando logró organizar sus medios de subsistencia. Lo inmediato que todavía no se llamaba lo urgente. Aquel ser comenzó a percibir la soledad. No tenía amenazas en ese mundo nuevo. Le habían dejado en el artefacto unas pocas herramientas. Quizá algún arma letal para civilizaciones hostiles.

Entonces, el desterrado, que quizá ya había olvidado su nombre o el código de identificación con el que se lo reconocía en su mundo, si recordaba un oficio: sabía tallar la madera. Ese mundo era un verdadero paraíso para él.
Con los troncos de los árboles armo primero refugios a su gusto para no estar encerrado en su artefacto ante la adversidad del clima.
Más tarde comenzó a tallar los seres que recordaba haber visto en su mundo y otros que figuraban en los archivos del universo cercano.

Eran esculturas de madera. Seres inertes que parecían reales.

Cada vez más confiado en su habilidad había logrado tallar en el tronco mismo sin alterar la vida del árbol.
Desde las raíces corría la savia por ese ser vegetal vivo pero tallado.
Árboles tallados fueron creciendo bien alto hacia la luz abundante de ese planeta.
Por algún milagro o un prodigio los seres tallados empezaron a querer una parte de ese oxigeno que producían sus padres.
Fueron los rayos, el fuego o catástrofes indefinibles tal vez las que separaron a esos seres de su vida original.
Sin raíces salieron a modificar el mundo. Fueron hostiles con sus ancestros.
De aquella creación del desterrado o naufrago espacial surgió una nueva forma de vida.
Ese ser solitario murió sin ver las consecuencias. Sus rastros se perdieron al abrirse abismos en las tierras del paraíso primitivo.

Nunca imaginó que futuras civilizaciones lo nombrarían Dios creador.










ELLOS Y EL UNIVERSO.



Entonces cuando la imagen de la desdicha de una familia puesta delante de nuestros ojos era irreversible, le pregunte a Kalman si tenía alguna buena historia que dejara pequeña a la soberanía de la muerte.

Kalman se quedo pensativo, había pasado muchas horas de vuelo para apenas llegar a ver a Esteban su amigo de juventud adentro de un ataúd. A punto de ser enterrado en un cementerio privado.

Estábamos pisando lápidas con nombres de personas desconocidas bajo un cielo gris que por momentos se acercaba como llovizna.

-Sí. Tengo una historia justa para achicar la importancia de la muerte.

Lo relato un arqueólogo que colabora con un equipo interdisciplinario que trabaja actualmente en unas cuevas situadas en islas a las que se accede desde la ciudad de Dubrovnik. Son cuevas que ya habían sido estudiadas en el pasado. La data de actividad humana realizada por carbono 14 muestra presencia desde veinte mil años atrás.
En este nuevo estudio se realizaron dos sorprendentes hallazgos que fueron interpretados como independientes pero ahora están siendo interpretados -al menos como hipótesis- en conjunto.
Las excavaciones que se realizaron hace más de una década habían hallado piezas de cerámica de 15.000 años atrás o más antiguas aun. Uno de esos pedazos había quedado bajo la mirada curiosa de aquel equipo científico, era parte de un objeto desconocido y aparentemente inútil para aquel grupo humano primitivo que habitaba allí, no era una vasija ni una urna funeraria.

La reconstrucción digital de los pedazos daba una imagen similar a una mascara con aperturas para ver y respirar. Quizá era el primer casco inventado como forma de defensa de los primitivos ante presumibles garrotazos de otros grupos hostiles.

El grupo en el que colabora el arqueólogo amigo hizo otro descubrimiento que resignifica la lectura de los trozos de cerámica.

En otra cueva, cuya ubicación se mantiene discretamente oculta para preservarla se hallaron pinturas, algunos huesos tallados con imágenes con la misma data AP de los pedazos de cerámica en cuestión.
Son imágenes de la vida de esos primitivos: escenas de cacería de animales, mujeres talladas tipo Venus. Lo sorprendente fue el hallazgo de pinturas de humanos teniendo sexo montándose como lo hacen los mamíferos de cuatro patas. Las mujeres representadas con enormes pechos colgantes. Los científicos quedaron admirados por el interés de este remoto grupo humano en representar al sexo y la procreación de nuestra especie como forma de derrotar a la muerte individual.

El gran descubrimiento fue observar que algunas de esas figuras humanas representadas en el coito llevaban puesta en su cabeza ese casco -o lo que fuese- similar al que se reconstruyo a partir de los pedazos de cerámica.

La lectura inicial de los antropólogos podría suponer que hombres considerados de un grupo de "vencedores" podían tener sexo con las mujeres del grupo "vencido".
Un detalle falseaba esta hipótesis, también había mujeres representadas con ese ¿casco? puesto teniendo sexo con hombres desprovistos de ese objeto en su cabeza.

La duda inicial los llevo al tiempo a descartar que esa cerámica fuese parte de una defensa de guerreros o una máscara ritual.

La siguiente hipótesis los llevaba a pensar que ese grupo humano que vivió allí representaba su relación -incluso sexual- con otros seres provenientes de una civilización "técnica" La cerámica sería entonces una imitación -digamos- de una escafandra. Parte del equipamiento de seres llegados del espacio sideral. O del atuendo de viajeros en el tiempo provenientes de este mismo planeta.

No hay cómo te imaginaras, ninguna conclusión definitiva en los estudios en marcha. A Esteban le hubiera gustado conocer esta historia. Mas aún el título del proyecto bajo el cual siguen investigando ese grupo interdisciplinario de científicos: "Ellos y el universo"











La Czarodziejka



Hace años mientras imaginábamos formas fantásticas en los hilos de humo del cigarrillo le pregunté a Kalman si creía en hadas del humo.
Hadas que apenas se dejan ver antes de hacerse plenamente invisibles en el aire.
Antes de ser sólo parte del viento.

Kalman tenía padres y abuelos nacidos en la Europa central. Ha escuchado de ellos algunas leyendas populares que se transmiten en forma oral. Sus abuelos vivieron en Sniatyn que al tiempo del nacimiento de sus padres quedaba en Polonia.

En aquella geografía se mezclaban en extraordinario sincretismo creencias, leyendas, idiomas. Sus abuelos paternos hablaban Idish pero las hadas que los mayores del pueblo relataban a los niños para encantarlos o asustarlos eran polacas.

-Si no recuerdo mal - dice Kalman- había un Hada que podía transformarse en lo que quisiera, ¡incluso ser humo!

La Czarodziejka podía estar en cualquier parte sin ser reconocida incluso salir de un repollo o vivir en el tronco de un árbol.

Una vez, el viejo Wojciech les dijo a unos chicos -entre los que estaba el padre de Kalman- que si se reunían hombres a fumar con sus pipas en un claro del bosque bajo la luz de las estrellas. Ella tomaba la forma de una seductora mujer y desprendida del humo les dejaba ver su sonrisa. Los hombres de la pipa sabían desde niños que era un maravilloso acontecimiento. Quizás una única vez en la vida.
Pero la leyenda les advertía que si la buscaban por el bosque se extraviarían sin remedio a un tiempo desconocido.
Así que se quedaban allí mismo sin moverse fumando sus pipas, dejaban que la Czarodziejka siguiera su paso de encantamientos bajo una noche estrellada por aquel bosque que ahora queda en Ucrania.












LLEGAR AL FUTURO




El tío abuelo de Kalman bajó de "El pampeano" en Polvaredas a las 0.35 de un viernes. Al día siguiente era su cumpleaños número 58.

Unos minutos antes el tren había salido de la estación Atucha. El tío no podía conciliar el sueño. Miraba por la ventanilla ese cielo tremendo tan diáfanamente estrellado. Tan derramado en estrellas sobre un campo que se parecía al infinito.

El tío tenía como objetivo ver loteos pasando la estación 9 de julio. Había sacado pasaje hasta Mirapampa pero pensaba bajarse donde viera anuncios de lotes en venta. Como en un parpadeo se borró la continuidad del paisaje de cielo a campo que venía admirando. Cuando abrió la ventanilla recibió el golpe de una densa nube de polvo en el rostro. Era polvo con brillos -como de luciérnagas- que se encendían y apagaban velozmente. Quizás era polvo de estrellas que impactaban en una velocidad incalculable en relación a la marcha del tren.

El tío se atemorizó. Cerró la ventanilla. Pensó que quedaría ciego pero tras unos instantes su vista se volvió normal. Afuera la nube oscura con brillos siguió unos instantes más, y  de nuevo la noche estrellada, ni rastros de esa polvareda. Fuese lo que fuese lo que había rodeado al tren había desaparecido.
Miró al interior del vagón, vio pasajeros que dormían u otros que no habían notado nada anormal en ese transcurrir del tren.
Algo que no supo explicar bien le dijo que tenía que salir de ese tren lo antes posible. En la primera estación en que se detuvo el tren tomó su pequeña valija y bajó. Casi al pie de los peldaños vio dos hombres que se aprestaban a subir. "No suban. Este tren esta maldito" les dijo con ojos seguramente desorbitados por el miedo.

No sabe si les hablo en un español que no manejaba bien o en su lengua madre polaca.

La cuestión es que los tipos lo miraron como si fuese un borracho trasnochado y subieron por los mismos peldaños que el tío había pisado segundos antes para sentir la solidez del andén.

El asombro del tío siguió cuando al verse en el espejo de la sala de espera vio su cabellera tiznada de polvillo. Se sacudió pero al quitar la polvareda descubrió sus pelos poblados por canas que no tenía al subir en La Plata.

Lo asombroso -según Kalman- es la flexibilidad demencial con la cual su tío abuelo se adapto a una situación totalmente impensable.

Se quedo un tiempo en Polvaredas, busco trabajo en un campo cercano. Decidió no decir ni palabra de lo ocurrido en ese tren.

Más o menos dos años después de bajar en Polvaredas el tío reencontró a su hermana menor con marido e hijos recién instalados en la Argentina. Hartos de guerras y miserias humanas arribaron a Ensenada, última referencia que tenían por una antigua carta donde el tío les dejaba un domicilio. No esperaban encontrarlo con vida. A ese tío abuelo además de llegarle familia le llovieron lágrimas, abrazos y reproches.

Las lágrimas se secaron con el paso de los meses, los abrazos se aflojaron por costumbre, pero los reproches de su hermana siguieron y hasta se hicieron encarnizados. El tío escuchaba todo sin enojarse ni justificarse.
-¿Por qué no contestaste las cartas? -Papá y mamá murieron sin tener noticia tuya, pensaron que habías muerto o lo que es peor que no te interesaba saber nada de tu familia.

Un día, quizás cansado de visitar a su hermana en la casita de Ensenada para recibir ese clima tenso de reproche hasta en los silencios. De no poder ni sostenerle la mirada. El tío abuelo de Kalman habló. Llevó una valijita de cuero rígido - la misma con la que había subido al tren aquella noche en la terminal de La Plata y la abrió.

Primero puso sobre la mesa un pasaje de tren: que decía La Plata - Mirapampa fechado claramente el 24 de septiembre de 1917.

Ese día fue un Lunes -se extendió en un detalle al que nadie le dio importancia-

Luego puso un ejemplar del diario La Nación sobre la mesa con la misma fecha.
-¡Que me queres decir, le dijo su hermana con una mirada que pasó de ser severa a echar chispas de indignación... que desde que subiste a ese tren decidiste olvidarnos. No contestar cartas o irte a vivir a otro planeta...!

-Estuve viajando adentro de ese tren 30 años. Seguí con mi vida como pude o mejor aún -aclaró-: agradecido de no seguir allí adentro vaya a saber por cuantos siglos más. No le creyeron. Era como decirles que las hojas alguna vez fueron plumas. Que lo trataran como un mentiroso absurdo generó una pelea familiar que duro un tiempo.

Muchos años después Kalman recibió de manos de su tío las únicas pruebas de no haber faltado a la verdad aquel día con su familia. El pasaje del tren y ese diario donde se leía entre las noticias destacadas que el ministro de defensa Elpidio González solicitaba el estado de excepción para enfrentar la huelga ferroviaria de 1917.

La madre de Kalman, sobrina menor del tío, siempre le creyó. El misterio de los 30 años fue algo que Kalman reconoció como fuente iniciática de dos vocaciones: tanto de investigador científico como de escritor vocacional. Si hubiese sido una verdad comprobable  la experiencia del tío merecía un libro similar al de "Física de lo imposible". Si era una mentira urdida para encubrir su desamor o el desapego a su gente era un portal a literatura pura.

En sus indagaciones Kalman encontró unos pocos elementos a favor de la historia tal como la relataba el tío: No había ningún rastro de su permanencia en esas tres décadas previas a establecerse en Polvaredas, de 1917 a 1947 no había nada de nada. A pesar de estar encanecido era inusualmente joven por tener los años que tenía. Los que lo conocieron en esa época posterior a su viaje en tren no le daban no mucho más de 30 y pico de años.

De tanto ir a visitar a su hermana conoció a una muchacha llamada Haydee y se casó. Se los veía felices, se prodigaban en arrumacos con palabras de amor. Después unos meses surgió algo que el tío se había esmerado por negar: había una secuela o una rareza más atribuible a su viaje en el tren. La mujer le decía cariñosamente "mi bichito de luz".  En confianza le dijo a su cuñada que en la intimidad de la noche, cuando se emocionaba o excitaba el tío se encendía como una luciérnaga.

El tío se instalo con su mujer en Ensenada pero cerca del río pues amaba pescar. Hizo amigos raros como él con los cuales compartía noche de pesca con charla hasta amanecer. Ellos le aceptaban su historia, cada tanto, si el tío se emocionaba con algún recuerdo fuerte se encendía e iluminaba como un foquito hacia la lejana oscuridad del río. Sus amigos le decían señor de la luz o el iluminado según la ocasión.

Ya ostensiblemente viejo, hablaba mucho de su infancia en aquel pueblo de Europa central del cual partió antes de llegar a la edad necesaria para ser convocado al servicio militar. Su padre era carpintero pero quería un futuro militar en la familia. Más aun siendo el hijo mayor. Una vez, caminando con su padre por el bosque mientras iban a elegir un roble para hacerlo madera de mueble. Su padre lo obligo a marchar delante de él como lo hacen los soldados. El tío era apenas un muchacho de 14 años que intentó cumplir pero de mala gana. Esa falta de vocación enfureció a su padre que comenzó a patearle los talones cuando no marchaba correctamente llevando la punta del pie bien alto. Así. A pataditas correctoras tuvo que marchar hasta retornar a las afueras del pueblo donde seguramente por vergüenza su padre suspendió la instrucción de marcha para su futuro militar al servicio del imperio.

Desde aquella tarde detestó para siempre a su padre, a los militares, al imperio austrohúngaro. Ese día empezó a gestarse su idea de irse bien lejos donde no hubiera ni imperio ni guerras ni un padre que esperara tener un buen hijo militar en la familia. Así fue. Dos años antes del comienzo de la primera gran guerra dejó una nota "me voy, ya escribiré cuando este establecido"

Según parece trabajo embarcado apenas un año hasta que llego a un puerto argentino. Se radicó.


***


Kalman siguió pensando en lo sucedido con su tío abuelo hasta que él mismo cumplió sus 58 años. Ese día se dijo que ya era el momento para aceptar lo inexplicable en esta historia de su tío.

Era muy pobre como explicación decir que había sucedido una anomalía en el espacio-tiempo. Que su tío abuelo había sido un testigo privilegiado cuya mayor maravilla era haber desplegado una enorme fuerza psíquica para adaptarse, como el mismo decía a "esa gran patada al futuro" que había recibido.

En esos 30 años en el tren evitó enterarse del final de la primera guerra. De la guerra civil española. De la segunda gran guerra. De tremendas e increíbles matanzas. El siglo XX se desplegaba en horrores. Su pueblo natal fue devastado. Hijos y nietos de sus vecinos fueron enviados a campos de exterminio por los nazis.

De última, cuanta gente que vivió realmente día por día todos esos años que el tío abuelo pasó por alto adentro de un tren dirán si les preguntan que todo paso muy rápido. Que  30 años de vida fueron parpadeos.  Unos pocos suspiros. Kalman mismo sintió eso al cumplir sus 58 años cuando decidió abandonar las investigaciones teóricas que había intentado construir obstinada e inútilmente por años. Hasta una vez -ridículamente- llevó un diente de su tío a un científico colega para hacer una prueba con isótopos de estroncio y así rastrear las geografías por donde transcurrió la vida del tío en esas décadas adentro del limbo.


Lo que Kalman pudo comprender daría sus frutos de ahí en más en su escritura. Ejercitar ficción contra lo real que va muy adelante sorprendiendo con su implacable soberanía del acontecimiento.

Le quedó una imagen grabada por otras tantas que irán al olvido.  Era fin de año. Cuando todos estuvieron de acuerdo con el reloj en que indudablemente comenzaba un año nuevo.
El tío -que ya era un ancianito sin dientes- levantó la copa de sidra  y mientras la hacia chocar en el aire con otras copas pidió con su voz por encima de otras voces

“paz y felicidad para el mundo”.












WRÓZKA




La lluvia golpeaba con furia el vidrio. Hilitos de agua chorreaban e inundaban el piso. Enseguida mis zapatillas gastadas comenzaron a chapotear en agua.
Me levanté  resignando la ventana y busqué una mesa del lado de la pared ciega.
Y allí, justo arriba de esa mesa doble algo escondida, sólo equipada de un cenicero de lata con la marca "Cinzano" grabada. Estaba la placa de bronce y una foto.

En la placa se leía: En esta mesa se sentaba Slawek Klepka. Un hombre de bien. Un inventor.
Tus amigos. Noviembre de 1997.

La foto donde el hombre -altísimo por cierto- posaba junto a sus amigos con un invento cuya utilidad no pude discernir. Más tarde le pregunte al mozo: -Es una moledora de café a cuerda- estuvo unos años, después la hija del inventor la vino a pedir, estaba reuniendo inventos para hacer un museo en su casa.


El mundo a veces es sorprendentemente chico. En uno de sus viajes anuales a visitar a la familia Kalman sacó un cajón lleno de fotos y nos armo a los amigos presentes su árbol genealógico.  Hasta que llegó a esa foto…

-Este es uno de los tíos de mi madre.

Y era el mismo. El mismo hombre que compartió habitación con mi padre cuando lo habían operado de hernia. No pude evitar compartir ahí mismo el recuerdo de aquella larga noche. Mi padre estaba saliendo de la anestesia, mi tarea consistía en que no intentara levantarse y se cayera de la cama. Estaba bien. Ni siquiera le habían puesto un suero.
Al tío abuelo inventor de kalman lo cuidaba su única hija. La mujer necesitaba contarle a alguien quien era, o más bien quien había sido su padre.
-Se esta muriendo. -Me dijo respondiendo a una mirada mía que la invito a hablar.
Ese hombre gigante que estaba casi sentado en la cama y que por momentos llamaba a su hija y luego entraba en un sopor y luego volvía una y otra vez a hablar en un idioma que yo jamás había oído.
Era una letanía. Parecía -luego su hija lo confirmó- una misma frase dicha una y otra vez.
Esta hablando en Polaco. -Me dijo.
Después sin que yo la pudiera ayudar con alguna pregunta, comenzó a relatarme cosas que con enorme dificultad pude sacar del abismo del olvido. El hombre había sido artillero durante la segunda guerra mundial. Condecorado por su ingenio para reparar armas y cualquier engendro mecánico que estuviera a su alcance. Luego de la guerra el hombre preparo su maleta y se vino a la Argentina.
Entro a trabajar en una fábrica y más adelante en otra. Conoció a su mujer, se casó y de esa unión había nacido ella a quien ahora le tocaba acompañarlo en su despedida.
Hasta la jubilación había sido el mecánico de la fábrica, el que resolvía casi todo. No solo trabajaba de lunes a sábado sino algunos domingos cuando hacía extras y lo esperaban hasta media tarde para almorzar en familia.
No sólo trabajaba en la fábrica, como mi padre cuando llegaba a su casa seguía trabajando.
El hombre tenía un taller en su casa donde reparaba motos y cuando no tenía trabajo con las motos armaba sus invenciones. Su última creación había sido un triciclo motor con sidecar que le permitía viajar por el barrio superando el menor equilibrio que tenia por su edad. Lograba que su nieto lo lleve a dar una vuelta o lo acompañe a hacer las compras.

Sus invenciones tenían un eje: el hombre odiaba a las pilas por contaminantes y desconfiaba de la electricidad como fuente de casi todos los equipamientos domésticos, así que él quería que los artefactos funcionaran con un complejo sistema de engranajes y a cuerda -al menos esa es la idea rudimentaria que entendí en su momento-.
En aquella larga noche, en un momento me atrevía a preguntar que quería decir en su lengua madre.
-Esta llamando. Pide que lo vengan a buscar. -Me contestó la mujer.

Recordé que le pedí que anotará en uno de los cuadernos que viajan conmigo la frase escrita en polaco.

Cuando volví a casa después reencontrarme en ese bar con la placa al tío abuelo de Kalman revolví estantes hasta que encontré aquel cuaderno con su fecha escrita en la tapa: septiembre/octubre del 97. Y ahí estaba, casi imposible de reproducir con la tipografía disponible en el teclado: "WRÓZKA SZCZESCIA" pero la Z de WRÓZKA tenía un puntito como el que lleva la "i"; y en SZCZESCIA la "E" tiene una colita que serpentea hacia el renglón de abajo, y sobre la última "S" hay un acento que la máquina no me acepta. Más abajo dice con mi letra "en polaco no hay artículos".


Una y otra vez puedo volver a escuchar a ese hombre diciendo su letanía entre gemidos.

Recuerdo cuando la luz del amanecer se filtraba por las persianas, y con la voz en angustia la mujer se animo a traducir a su padre para que lo supiera, e inesperadamente alguna vez lo pudiera escribir:

-Quiere que lo vengan a buscar. No quiere a la muerte, sino a la "WRÓZKA SZCZESCIA":
"El Hada de la Felicidad"











El ciruelo del mundial




Cada mundial vuelvo a recordar la historia del árbol en el fondo de la casa de los padres de kalman.
Porque el secuestro ocurrió al principio del mundial de la dictadura.
Quizá será por la tapa del libro, que conservo desde aquella época.

La hoja suelta y maltrecha de la tapa de papel de "EL ESTADO Y LA REVOLUCION " V.I. LENIN. PEQUEÑA BIBLIOTECA MARXISTA LENINISTA

En la desesperación el padre polaco de Kalman había enterrado todo lo que encontró en la pieza de sus hijos.
Solo se había salvado la colección de mecánica popular y el diccionario.

La imagen de su rostro recién retornado del chupadero. Su cara, nunca voy a olvidar su cara aunque la imagen este desgastada por las décadas transcurridas.
A los 20 años Kalman había envejecido de golpe: era un muchacho ojeroso con una tristeza madre instalada en la mirada. Me recibió sentado en una habitación deliberadamente sombría, como si sus ojos acostumbrados a semanas en la mazmorra no toleraran la luz.

Me dio la hoja suelta: -Llevalo de recuerdo, es lo único que quedo de la biblioteca.
De su biblioteca enterrada yo sólo había leído "Para leer al Pato Donald"

Después se largo con el relato del secuestro y lo que soportó en ese campo clandestino.
A menudo pienso en él, más aun cuando se acerca un mundial.

Cuando volvió a su casa, fueron con los viejos a un vivero y compraron un ciruelo bastante crecido.
Fue una ceremonia familiar plantar el ciruelo sobre el bulto de los libros enterrados en la quinta.
La dictadura pasó, años después volvieron a discutir si tenían que desenterrar los libros, el árbol había crecido y ya daba sombra.

Fue Kalman el que decidió: -dejémoslo tal cual, parece que las raíces están bien alimentadas.











LA REPARACIÓN



He soñado una y otra vez en tantos años con el tren que debía tomar y no tome a mediados de 1978.

No tenía un buen minuto. Hacía una semana que me habían liberado de un campo de concentración de la dictadura. Caminaba aterrado de que me volvieran a meter adentro.
Sabía de memoria que tenía que tomar el tren en La Plata y el nombre de la estación en la que debía bajar. En un bollo de papel tenía la dirección de la casa de los viejos de Eleonora. No tenía un buen minuto, si me paraban en la estación los milicos solo por la cara de miedo o preguntaban porque iba a ir a un lugar en medio del campo llamado Álvarez de Toledo no sabía ni que decirles. Mi casi novia esta secuestrada y voy a avisarles a los padres que sigue adentro en tal campo no era muy acorde a la época.
Sólo tenía decidido tirar el bollo de papel si veía tipos de uniformes pidiendo documentos, el resto era la mente en blanco o peor aún: llevar las imágenes y el olor de la mazmorra que seguía impregnado en mi cuerpo.

Pero no fui. Apenas vi el edificio de la terminal del Provincial con un Falcón verde estacionado pegue la vuelta. Me quede en casa encerrado durante meses. Como un buen niño de casi 18 años obedecí el ruego de mis padres de estar bajo su mirada protectora.

Después vinieron la universidad, la beca para irme a Estados Unidos. Allá estoy. Establecido en Bonita un pequeño pueblo de California y con un buen trabajo.

Supe años más adelante que Eleonora estaba viva, que había egresado de su carrera. También se había ido del país. Trabajaba para un organismo internacional en un programa para el rescate y la protección del orangután en Tailandia.

Pero es como si el tiempo no hubiera pasado. Es Eleonora y su rostro de niña riéndose de cualquier pavada incluso de mis chistes malos.

Un día, -de la nada- me dijo: -vos sos pasto para las histéricas.
No hubo otra explicación de ella ni preguntas de mi parte -solo un pequeño silencio- luego seguimos leyendo el texto de Pitirim Sorokin cuyo nombre y apellido nos generaba risueños malentendidos.

Pero lo de "pasto para las histéricas" quedo inamovible, tantas otras cosas fueron a parar al abismo o al olvido, pero aquella frase no. Como un gran enigma sin solución o una profecía que se corroboro con los años en mi propia vida.

Una vez, ya instalado en el centro de investigación y desarrollo genético, propuse la idea de modificar el pasto para lograr una leche con propiedades para cambiar o suavizar la histeria tanto de hombres como de mujeres.

Mis colegas se rieron largamente, estaban acostumbrados a mis chistes, ni consideraron la posibilidad de que sea un delirio.

-No hay conexión entre perfiles genéticos e histeria.
Además con tantos desafíos por delante quien iba a respaldar que se incluyera un tema como la histeria que parece bien claro de la psicología.

Sin embargo cada tanto y contra casi toda la evidencia disponible vuelvo a insistir con trabajar esa línea. Por esa fe que me quedo en Eleonora a quien le otorgo una lucidez maravillosa o porque creo en las ocurrencias imaginativas y delirantes como fuente de inspiración del conocimiento científico.

Ahora voy a intentar reparar esa parte de mi historia que sigue clavada como una astilla de dolorosa culpa en mi cuerpo. Y verla a Eleonora, dando una charla sobre su experiencia en la preservación del orangután. Es en la ciudad cabecera cercana a su pueblo natal.
Tengo una disculpa para darle y -si puedo- le preguntare por lo de "pasto para las histéricas".

Ya saque el pasaje. El tren sale de la terminal del Provincial en la ciudad de La Plata con el curioso nombre de "El amante ingenuo y sentimental"













El Tano



Cuando Kalman volvió se abrazo a su familia. Espero unos días, invitó a Esteban para relatarle durante toda una tarde lo que pasó en ese campo de concentración.
No solo le contó lo vivido en ese campo de concentración sino que le pidió que avisara a los padres del tanito no había sido liberado junto con él y otros compañeros.

El tano sólo le había dicho: “rezale a San Cono en Varela” en un susurro mientras se daban un abrazo a oscuras, cada cual con su capucha, ante la vista atenta de los guardias.

Kalman suponía que a él lo seguirían vigilando por si intentaba contactarse con algún militante y entonces le encargo la tarea a su amigo Esteban.
Él había estado afuera de cualquier militancia, lejos de cualquier sospecha.

Un muchacho de vida ejemplar que se había permitido ir a festejar al obelisco el triunfo de Argentina en el mundial sin saber que su amigo e innumerables personas a las que no conocía estaban secuestrados en ese momento.
Aquella tarea estaba a la medida de la ilusión de Esteban por las causas justas.
Kalman no era un gran retratista: dibujó el rostro del tano con el cigarrillo colgando de sus labios. Esteban no pudo contener la risa: dibujaste a Humphrey Bogart,  solo le falta el sombrero típico que Bogart uso en Casablanca y salgo con un afiche de la película…
¿Cómo se llamaba el tano?
Imposible, la deducción era que la frase de rezo a San Cono para que salgamos debía incluir algún mensaje: podría llamarse “Cono” o sus padres ser devotos del santo o provenir de algún pueblo de Italia donde se venere al santo. Averiguar lo del santo fue sencillo, alcanzó con ver al cura de la parroquia que a esa altura ya había quemado hasta los ejemplares de “contracultura” y ya no leía los textos de Helder Cámara al grupo de jóvenes catequistas. El padre Elvio no tardó demasiado en resolver una parte sencilla del enigma: San Cono es venerado en un pequeño pueblo llamado Teggiano que queda en Salerno.

Con esos pocos elementos Esteban se largo a cumplir su misión, empezó a tomarse el tren hasta Florencio Varela, conversar con la gente, caminar las calles, buscar familias italianas, siempre evitando utilizar la palabra “desaparecido” se trataba de una búsqueda cautelosa. De algún modo había que arriesgarse para reparar el sufrimiento de una familia.

Kalman superó las cosas lo mejor que pudo. Con su familia se unieron como nunca, no hubo reproches de sus padres ni de su hermano mayor. No lo culparon de malos momentos.  Él siguió adelante. Estudió ciencias biológicas en la universidad, ni bien pudo fue a California para hacer un postgrado en Genética. Allí consiguió trabajo. Una mujer, después tuvo hijos. Vive en Bonita, una pequeña localidad cuya tranquilidad que le permite investigar sus propios temas con libertad.










La obstinada guerra del amor


En aquella noche del verano argentino Esteban le leyó a Kalman el título del reportaje a Hawking: "En el futuro habrá súper humanos genéticamente modificados".
Cenaron en casa de Esteban con su mujer Leticia, Kalman estaba por unos días en Buenos Aires para visitar a su última tía paterna. Los hijos de la pareja no estaban. Hablaron mucho sobre las consecuencias de las técnicas de modificación genética.

De esa noche Kalman se llevo la foto de la hostilidad que demostraba Leticia hacia Esteban. Parecía que era algo muy naturalizado por ambos de tal manera que ella no sentía pudor ni inhibición alguna por actuar delante de un antiguo amigo común que los visitaba después de años desde California.
Esteban fingía ignorar el enojo de su mujer, hasta que bien bajito –casi un susurro- para que no lo escuche Leticia dijo: "esta mujer es terrible".

Más tarde hubo un brindis con sidra helada en el jardín. La noche estaba bien abierta al universo visible de pequeñas luces brillantes que titilaban.
Hubo otras quejas de Leticia porque su marido se dedicaba a sus cosas en vez de hacer lo necesario para la casa como por ejemplo cuidar el jardín.

Kalman intento descomprimir con una ironía:

-Te casaste con un filósofo no con un jardinero...

Pero no resultó.

-¡Pero de que filosofo me hablas... es un vivo!!!! –Respondió con tono indignado.


Pasaron años. Esteban esta muerto. Leticia es viuda.

Una vez, quizá por última vez, Kalman volvió a pisar aquel cementerio.
Él, que solo tuvo fotos aisladas separadas en años. Que no vio esa película interna en la que cada pareja es un mundo.
Se dijo: habría que poner en el granito "A una victima en la obstinada guerra del amor"









**

-Eduardo Francisco Coiro, Argentina, Lomas de Zamora, 1958. Licenciado en Sociología de la Universidad de Buenos Aires y escritor.
Editor de la publicación virtual Inventiva Social.





Inventren




EL MAIZAL ENCANTADO*



A Samuel Sánchez, por deslumbrarnos con sus invenciones.


Era como viajar entre dos murallones verdes, erectos y en permanente balanceo, sólo la faja negra del asfalto y nosotros rompíamos esa monotonía especial del maizal, que se unían allá, en los confines, con la traza del camino. Ni pájaros, ni cantos, ni trinos, ni zorrino cruzando la ruta, ni lagartijas aplastadas y secas, nada.
-¿Por estos lugares se vino a vivir el Cina-Cina?
-Si. No le quités la mirada al croquis, que en una de esas por charlar nos pasamos.
-Hay que tener ganas y no se qué en la cabeza, para elegir este paraje para vivir y decir, cuando te mandó el croquis o esa especie de semi mapa en la carta, que le encantaba el lugar. Vaya encanto.
-Lo que pasa que vos no lo conocés al Cina-Cina, es un tipo especial, ya vas a ver, te va a encantar.
-Pero debe ser de antaño, si era conocido del Porfirio, tu Viejo, y ya era nombrado, -insistía la mujer del Negro que viajaba incómoda y medio de prepo.
A pesar de los diálogos que mantenía con su mujer, el Negro se andaba rodeando de silencios, orillaba ese territorio, solo eso, por ahora; pensaba, y pensar así, orillando los silencios, era una señal no visible de que en cualquier momento se rajaba, no cualquiera, desde afuera, detectaba ese tránsito. Todo se mezclaba en el Negro, era un revoltijo de cosas pasadas, presentes, el devenir, como si una cinta transportadora los expusiera, cuestiones mixturadas con anhelos, frustraciones, interrogantes.
El silencio avanzaba. Rumiaba. Le molestaba la incomodidad de su mujer, no entendía nada. Decidió, por fin hablarle del Cina-Cina, en una de esas se calma y lo deja masticar silencios tranquilo más tarde.
-Es un tipo especial, -comenzó- siempre lo fue. Lo conocí por los sesenta.
Se presentó en la oficinas Centrales del Ferrocarril Belgrano. De entrada, como pidiendo contraseña, me preguntó sí yo era hijo del Porfirio y sobrino del Cacho. Al responderle que sí, que lo era, dio media vuelta y se fue. Al rato regresó.
-Fui al mingitorio, no daba más. Tengo derecho a mear, y en definitiva prefiero pasar por guarango y no que se me reviente la vejiga, además, el aguantar te jode la próstata.
Se paró bien de frente a mi escritorio. Estaba trajeado, por esos tiempos fumaba, de piernas abiertas balanceaba el cuerpo, de manera que su badajo cayera a plomo, y se moviera libre. Se vestía como un ciudadano, pero era un tape (gaucho del noreste), la parada lo denunciaba. Me interrogó, preguntó
por mi viejo y mi Tío, sus amigos, eran amigos del pago, San Cristóbal, al norte de la provincia de Santa Fe. Vaya a saber desde cuando, la misma maestra, los tres ferroviarios. Yo escuchaba. Y lo seguí escuchando desde ese día siempre, en sus cuentos, narraciones, invenciones, en sus fantásticas mentiras; toda una cultura, donde se mezcla la imaginación del que escucha con la del que transmite, en su narración o cuento, y que es, seguramente, parte de la imaginación colectiva. El arte de escuchar y acumular, es primario al de inventar, es que por esos parajes, primero se aprende a escuchar y luego, cuando el escuchador se siente pleno habla, todo un encantamiento.
El Cina-Cina, anduvo y vivió por todos lados, se jubiló en Córdoba, se había hecho medio cordobés, pero seguía siendo un tape.
Enriqueció por esos aires su caja de cosas escuchadas, y en una de esas aparece en Mendoza. Los hijos lo convocaron con sabiduría, querían que sus descendientes, es decir, los nietos del Cina-Cina, aprehendieran cosas que sólo el sabía y podía contar.
-No debe ser para tanto, -dijo la mujer del Negro que se llamaba Isabel- debe ser medio charlatán, engrupidor y encima de andar chocheando; también, con los años que calza, como para no.
-Fíjate en el croquis no sea cosa que nos pasemos, el callejón tiene un cartel que dice: Estación El Maizal. -Mirá el nombre que le vino a poner al callejón, original.
-Lo volví a encontrar en tierras mendocinas. Estaba igual, -mi mujer me fastidiaba, así que decidí seguir hablando- parece que de noche dormía dentro de un tonel con grasa, ni una arruga, lisito, la misma percha, pero siempre tape; andaba medio incómodo con los menducos (mendocinos), no lo entendían, decía: -Fijate mi rutina, me levanto temprano, verdeo en la cocina, hojeo el diario "Los Andes", salgo a caminar, al regresar me dedico al jardín, a los pájaros -me miró y prosiguió, yo comenzaba a abrir la boca en trance de ser pitonizado- Les cambio el agua a los pájaros, es que les puse unos tarritos en las horquetas de los árboles junto a otros con alpiste, mijo, maíz partido, cuando termino la preparación ritual, les silbo y se desprenden de los álamos, aguaribay o los eucaliptos en bandadas y es una sinfónica de trinos; aunque yo esté encaramado todavía entre las ramas invaden el árbol, pasan por encima de mi osamenta y si tengo algún granito de suelto lo picotean, no se asustan. Eso sí, ellos esperan mi silbido y recién se largan como escuadrillas en picada. Me bajo, los miro, los escucho y me digo: -No tenés pajarera Cina-Cina... A veces se descuelga algún atrevido gorrión antes que los otros, lo reto, pero no se vuela, me mira con ese rostro plumudo y percibo sus gestos de avergonzado en el movimientos de sus pequeñas plumas. El otro día, esperando al menduco que camina conmigo todas las mañana encontré a dos perros atorrantes meándome los rosales. Cuando salí por la puerta que da al patio, embocadura por donde mi mujer me indica que la mateada ha terminado y me raja, ya no me soporta, es el momento
cuando comienzo a volar con mis fantasías mañaneras, tantos años escuchando lo mismo, como para no. Bueno, decía que salía y es cuando sorprendo a dos perros callejeros con las patas levantadas meta mear. Me quedo quieto, por eso de que es muy jodido y hace mal interrumpir el meo de golpe, sea perro o
humano. Esperé. Bajaron la pata y salí. Se sorprendieron. Quisieron rajarse. Les grité:
¡Alto!, quedensé donde están. Se quedaron. Se acomodaron frente a mí, patas y manos abiertas, las cabezas medio gachas y con los ojos bien abiertos. Les dije y bien fuerte: se me sientan -se sentaron-, no les da vergüenza andar meando plantas ajenas, esos son mis rosales. Vean, vean como los cuido, tiene hasta un anillo de algodón en el tronco con DDT para las hormigas, ustedes vienen lo mean y a la mierda el DDT, las hormigas agradecidas, no me vengan con el verso de que quieren marcar territorio.
El menduco que camina todas las mañanas con el Cina-Cina presenciaba la escena desde la iniciación con la boca abierta, un rato más y se le llenaba de moscas. Los perros ante cada afirmación del Cina-Cina se miraban de reojo girando un poco el pescuezo, movían sus cejas, gruñían despacio pero escuchaban atentamente, con la cola tiesa.
-Yo nunca los agredí -proseguía el Cina-Cina-, ni les tiré piedras, ni les puse carne envenenada como algunos hijosdeputa de por aquí, que cuando los vi, fui y los putié, la recogí y la enterré, y ustedes vienen ahora y mean mis rosales, que sea la última vez, ahora tomensen el raje. Los chocos se pararon en posición normal, antes de girar contestaron con dos ladridos, esa fue la respuesta, saltaron el cerco de ligustrines y se perdieron por un callejón.
-He visto todo, -dijo el menduco- usted es igual que Esopo, habla con los animales.
-No, yo no soy igual, él escribió sobre animales, yo hablo con ellos, no se si catea cual es la diferencia.
-¿...?
-No me mire así compadre, entienda, todos somos animales, la diferencia está en la palabra, hay que entenderse, esa es la cuestión; algunos tienen plumas, otros ladran, otros tienen escamas y viven en el agua, yo estoy parado, tomo mate y camino con usted. Digo, ¿comprenderán estos plumudos o
ladradores porqué salgo a caminar con usted?, Yo todavía no, pero, a pesar de todo, lo espero todas las mañanas.
-Al otro día, no se porque cuestión, salgo más temprano al jardín, hago la rutina, regreso a la cocina a tomarme otro verde, estaba fresco, el Tunpungatito enviaba un aire seco. Uno veía desde donde yo vivía, Chacras de Coria, el recorte del cerro precordillerano, azul, muy azul. Cuando estaba adentro siento unos ladridos, salgo y veo, los dos perros atorrantes en medio de la calle, me ven, dan dos ladridos más y corren hasta dos enorme eucaliptos, levantan la pata y lo mean, arañan la tierra con las manos, dos ladridos más, esta vez si mueven la cola, y se van lo más campantes por el callejón.
-Hasta más ver, les contesté, nos vamos entendiendo. Entré de nuevo a la casa, busqué una palangana vieja de aluminio, la llené de agua y la coloqué debajo del eucalipto meado, donde marcaron su territorio.
-¿Eso te contó el Cina-Cina ese? Vos, seguro que lo escuchaste embobado, y te imaginaste perro o pájaro, menos mal que no habló de lagartijas o de iguanas, ya te veo con la cola larga...
Es mi mujer, no es mala, pero no entiende, es una urbana que no comprende que detrás de ese mundo masivo hay otro, distinto y hermoso, pensaba para adentro el Negro, como iniciando un camino. Al hablar de esa forma, la Isabel, daba la sensación de que un pequeño temor la iba penetrando; debía
ser por la convocatoria del Cina-Cina, el maizal y por él mismo, ya que para ella era un desconocido. El temor a sentirse desprotegida, digo, porque la conozco. Es que uno al vivir en esas inmensas ciudades y educado en ellas, cree ser poseedor de grandes y pequeños pensamientos, pero uno no se da
cuenta que no son de uno, sino de la multitud que cree ciegamente en las fuerzas de las instituciones y de su moral, y no percibe el poder de policía de esas instituciones que te moldean el pensamiento y tu opinión a través de la supuesta protección. Por eso, el valor, la compostura, la confianza, las
emociones y los principios están regidos por esa urbanidad que el mismo hombre ha creado para defender sus intereses. Por eso la existencia de Isabel y de otros, y la mía, -a pesar de haber vivido en zonas rurales, y haber sido educado con sus maneras- en las grandes urbes se vuelve insignificante y se puede vivir únicamente dentro la compleja organización de las multitudes organizadas. Por eso el sólo contacto con la naturaleza, a Isabel, le producía súbitas y profundas inquietudes en su corazón. Es que uno se siente solo, aislado de su especie urbana, a ésto se le suma la percepción de soledad, sus propios pensamientos y las sensaciones urbanas que lo abandonan, porque por aquí, por estos parajes, son inútiles. A la negación de lo habitual, que es lo seguro, se añade la afirmación de lo inusual que es lo peligroso. Miraba a Isabel de soslayo y la veía en franca transformación, un rictus distinto aparecía, duro y profundo. Comencé a aflijirme. No sea cosa que por mis locuras encantadas arruine a la otra persona que vive conmigo, que es mi mujer, pero que no entiende algunas cuestiones. El paisaje le era extraño, hostil, a lo que se le sumaba, la desconocida personalidad del Cina-Cina.
-Este monte de maíz..
-No es un monte, -le contesté.
-Bosque de...
-Tampoco es un bosque.
-¿Entonces, qué es?
-Un maizal, eso, un maizal.
-¿...?
-El maizal es compacto, uniforme, no tiene lugares ralos, es disciplinado, nacen casi todos los granos al mismo tiempo, sus penachos se mecen como una danza, no es un mar verde y tiene una gran vida interior, es silencioso a las brisas, es una de las plantas más antiguas de América. Guarda en sus entrañas toda la sabiduría de las civilizaciones pasadas y seguía con mis desvaríos.
-Parece que vos fueras de maíz. Mirá que hay que tener ganas de venir a vivir en medio de un maizal en la soledad más absoluta, sin televisión, sin vecinos, ni cine, ni teatro, ni revistas...
-Fíjate en el croquis no sea que nos pasemos...
-No nos vamos a pasar, vamos a llegar. Hace horas que vamos dentro de este callejón de maíz. Vos fíjate en la ruta y en los caminos de la izquierda. Se conversaba, como una distracción. Ella era cada vez más consciente de que todo se volvía inexplicable, al maizal misterioso lo sentía, y esa sensación la hacía insignificante. Una fuerte inquietud avanzaba sobre Isabel, más, sabía por el tiempo que en cualquier momento aparecería el cartel que diría: Estación El Maizal. Venía de muy lejos y sentía cada vez más la aprehensión de desamparo, impresión que nunca había avistado en su mundo interior, y la presunción de que una misteriosa vida albergaba en el maizal. El Negro se tornaba cada vez más silencioso, observaba mortificado el asfalto y el maizal. Sabía que el Cina-Cina enfrentó este cambio con entereza, a pesar de ser un tape hecho y derecho. Enfrentarse con la naturaleza, aunque sólo sean problemas materiales, exige una cuota mayor de coraje y serenidad de espíritu. Ellos dos eran incapaces de una lucha semejantes, venían de otro lado. De otra sociedad, que por otras razones, no de ternura precisamente, había cuidado de ambos prohibiéndole todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de rutina. Solo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y ahora libres, en medio de un maizal inacabable, no sabían como utilizar su libertad, su verdadera libertad. Sus facultades urbanas no funcionaban, eran inútiles, no detentaban otras, y cuando aparecía el desamparo, no sabían qué hacer. Todo ocurría en silencio. Los dos, al no tener práctica, eran incapaces de pensar por sí mismos, de balbucear un pensamiento nuevo. La aflicción ante lo desconocido los iba abrumando, los hacía impenetrables, aunque en forma desigual. Una especie de arrepentimiento invadía al Negro por arrastrar a la Isabel a esta locura de ver al Cina-Cina. Es que la carta invitación más el croquis los había encantado, era como una expedición de esas que se ven en las películas, que ni hormigas hay en el campamento, donde Deborah Kerr se pasea envuelta en gasas, Steward Granger de botas limpias y lustrosas y presume a la pelirroja y un negro les sirve un whisky con hielo, (¿hielo?).
Aquí por el momento no había hormigas, pero los rodeaba una soledad verde del carajo. Iban cada vez más adentro en ese mar de especulaciones, no había contención alguna.
-El cartel, -gritó Isabel- el cartel, doblá, doblá...
Encararon por el callejón de tierra negra, apretada por el peso de los carruajes de llantas de hierro, cóncava, huellas secas. Aquí sí apareció la vida, pájaros revoloteando, cuises corriendo de orilla a orilla, espantados por el ruido del traqueteo de la camioneta; de pronto, la aparición sorpresiva de algún campesino saliendo del interior del maizal como si fuera un desprendimiento, saludaba con el machete en una mano y con la otra hacía flamear un manojo de maloja, estaba desyuyando los surcos. Otros, les hacían señas de que más allá estaba la Estación, como si supieran que ellos vendrían...
La tranquera era un paso a nivel, como Dios manda, con la barrera y el gancho para el farol, los contrapesos y una campana como llamador. Pintada de negro y amarillo como dios manda, o mandaba. Los privados le cambiaron el color.
El Cina-Cina estaba ahí, sonriente, acicalado, lustroso, con su camperita de cuero, parado a lo tape, con el badajo al medio sintiendo el balanceo en el entrepiernas, los recibió con un abrazo de aquellos, bien apretado, lleno de gusto; sin soltarme le dio la mano a Isabel en forma reverencial, bien a lo tape, respetuoso, los invitó a trasponer el paso a nivel, digo, la tranquera.
-Mi señora nos espera, está desde esta mañana temprano metida en la cocina, no quiere que falte nada. Pasemos, yo voy en la bici, son como doscientos metros hasta la casa. Desde lejos se veía a la estación partida en dos en forma longitudinal, se recortaba sobre el verde maizal que daba al norte;
todo era bien nítido, un andén, las palancas de las señales, una balanza para pesar encomiendas, una carretilla para llevar equipaje, campana, dos faroles de barreras y otros enseres. Todo me intrigaba a medida que íbamos cruzando el cuadro de la estación. Al llegar vi dos letreros, uno en cada costado, Estación El Maizal, recién pintados, con letras y medidas reglamentarias.
Una parte del edificio era la estación, el otro, es decir la otra mitad, la casa donde vivía el Cina-Cina. Los ladridos de los perros alertaron a la señora de Cina-Cina que salió refregándose las manos en un repasador.
-Pasen, pasen, refresquensén un poco, en el baño hay agua limpia y fresca, hay una palangana y toallas, apuren, la mesa está servida. Todo pasaba repentino, como si el tiempo se acelerara. La palangana enlozada como los viejos baños de los coches dormitorios, con el contorno labrado con espigas
de trigo en relieve, y en el fondo, una dama envuelta en gasas o una rosa gigante, toallero, inodoro, ducha, era un baño ferroviario; al ver esto me dije y muy afligido, que algo desconocido y no tanto, aparecería. A pesar de ser ferroviario, presagiaba que se venía un viaje fantástico, digo: viaje, porque uno siempre viaja y sabe de los misterios que guarda el tren y lo que lo rodea, es la alienación del ferroviario, incurables.
Isabel, poco a poco entró en la cocina, se preocupó de los aromas nuevos e ingredientes. Lo miré al Cina-Cina, movía la cabeza y éste me respondió con una sonrisa de tape ladino, como diciendo: después viene lo mejor. Comimos humita en chala, choclos asados, otros hervidos, sopa de crema de maíz, un corderito con ensalada de granos de choclos y porotos, todo bien regado. El Cina-Cina ante mi llegada se había pertrechado de un buen vino. Era la ocasión, se festejaban años de amistad y de reencuentros. La sensación de soledad fue mermando con la presencia de esta gente, el rostro de Isabel mejoraba, pero a mí me entraba otra intriga, despacio, como un puñal de hielo.
El Cina-Cina sonreía. Esperaba el tape, eran sus tiempos, llenos de pausas, en cambio los míos estaban cargados de ansiedad ciudadana. Años cargando comportamientos tabulados, llevándolos a cabo como si fueran propios, personales, opinaba y creía que mi opinión era original, inteligente, independiente; pero no, opinaba como el aparato de la sociedad estipulaba, decía las mismas boludeces que todos pronunciaban y votaba al candidato de todos, aunque portara otro apellido, que lo parió. Estaba libre de toda atadura y no sabía que hacer con mis manos libres. Liberadas. Con Isabel no sabíamos, éramos incapaces de poner en funcionamiento los mecanismos de la verdadera libertad, que estaba allí, en medio de un maizal. Éramos la inutilidad urbana.
Se durmió la siesta, digo, ellos, yo despierto y elucubrando sobre como el Cina-Cina había superado el cambio de la ciudad al campo, y me preguntaba, ¿qué fuerza interior lo empujó y determinó que ése era su lugar? Cuántos interrogantes. El Cina-Cina dormía. Viejo apodo que le venía de niño. Mi viejo comentaba que era tan flaco que se le asomaban los huesos por la piel como espina de cina-cina, un arbusto espinudo. Yo no sé bien si era de San Cristóbal, pero podía haber nacido por ahí cerca, Huanqueros, Ñanducita, Ceres, porque mi viejo nació en San Cristóbal pero mi abuela Elena, que era toba, lo anotó en Ceres y por las dudas, porque no se acordaba bien, lo anotó también en San Cristóbal, en Ceres como Pedro Alejo y en San Cristóbal como Porfirio. De grande mi viejo eligió, se quedó con el Porfirio, éste tenía historias. También era contador de historias de ajenas, propias, inventadas, mentirosas y de las que raye, era de la zona, por donde dicen , anduvieron mucho los andaluces. Me arrullé pensando en mi viejo; se mezclaba el sueño, el Cina-Cina, el Porfirio, el maizal y me inquietaban las reacciones de Isabel. Siesteamos, luego mateamos, y empezó un largo viaje narrativo del Cina-Cina ante una pregunta, que él ya esperaba.
-No me llevaba con los menducos, no son mala gente, sólo que no me llevaba, sólo éso. Conversé con ella y rumbié para Buenos Aires. Fui a ver a tus amigos de la Administración de los Ferrocarriles, los que manejan los inmuebles, y como estaban vendiendo de todo, escuché que se vendían estaciones, ¿estaciones? ¡qué los parió! Me atendieron bien. Algunas la tienen las municipalidades, funcionan como oficinas de turismo, otras son museos, las conservan y las han arreglado, otras son criadores de chanchos, otras no las quiere nadie, otras se venden por dos mangos.
-El Negro me dijo que ustedes me aconsejaran.
-Bueno, mirá, aquí hay una que se vende con el cuadro de estación y todo, de barrera a barrera, es mucho terreno. -Macanudo, ¿cuánto vale?
-Casi nada, el precio es simbólico, es casi nada.
-¿Cómo que simbólico?.
-Si, tiene la estación partida, partida por la mitad, en forma longitudinal, hay que arreglarla. Mirá el plano. Está cerca de la Estación Monte Maíz, en medio de un maizal, se te puede hacer llegar luz eléctrica como tenía antes.
-¿Por qué se partió la estación? -fue la pregunta de rigor del Cina-Cina.
-A esa estación la construyeron los ingleses. Aquí cargaban la cosecha del maíz, trigo, cebada; todo el cuadro de estación era un lugar de acopio, en tiempos de recolección era un gigantesco campamento de cosechadores, crotos, linyeras bohemios que no eran otros que anarquistas sembrando sus ideas.
Hacían representaciones teatrales con sus conjuntos filodramáticos, donde actuaban los cosechadores y participaban en la construcción de los guiones para la obra. Cuando fueron a construirla se encontraron con un gigantesco magín...
-¿Qué es una magín?
-Es un inmenso agujero en la tierra, más grande que una vizcachera, algunos tienen fin otros no. Por el medio pasaba la traza de la vía, pero los constructores, creyendo que era peligroso la corrieron y en su lugar edificaron la estación con una base antisísmica, es decir un encofrado de cemento y ladrillo bajo tierra, por medio de este sistema construyeron la estación. En cambio si el tren lo atravesaba, por su estrépito y vibración podía hundirse, por eso desplazaron la traza, para evitar accidentes.
-Sí, pero no me dicen porque se partió longitudinalmente y no transversalmente la estación, eso es lo que quiero saber. Sino, no la compro.
-Nadie lo sabe, solo se sabe que justo por entre los dos edificios pasaba el viejo diseño de traza, entre ellos cabe el gálibo de un vagón de trocha ancha... Aquí el Cina-Cina sospechó. Esto no es cosa de humanos simples, aquí anda el duendaje suelto. Esto es cosa de ellos, están volviendo, y no es casual que yo esté justo con estos planos, en este lugar y que me haya enviado el Negro, no, no es casual.
-La compro, hagan el recibo. Todos sonrieron. Más sospechó el Cina-Cina del duendaje, se habían soltado, era tiempo. Vine a verla, estaba derruida, la medí con los pasos, trancos largos, pedazos de cañas añadidas, me asomé al magín, y me dije aquí me quedo. Otro se hubiera rajado. Un sulky esperaba con paciencia, su dueño le aflojó el freno al matungo para que pastoreara, mientras observaba, no se le escapó ni uno de mis movimientos. Regresé al pueblo y le envié un telegrama a mi mujer: empacá todo, que el Ñato te haga la mudanza, encontré el lugar. Y aquí estamos, disfrutando de la naturaleza.
Reparé los edificios, los peones de por aquí me ayudaron, cavaron alrededor del magín, corrieron la Estación con rollizo de troncos, ya que se podía desplazar, la calzamos y como ves, le hicimos un andén. Desde Buenos Aires me enviaron una mesa de auxiliar, un manipulador para el telégrafo, el teléfono de pared y el aparato stays para colocar la vía libre, los arcos para dársela a los maquinistas, el mueble portaboletos, un fechador, en fin, como ves está completa.
Lo miraba y lo miraba al Cina-Cina, porque además era cierto, estaba todo reconstruido, e imaginaba a la vez que algo en mi estadía iba a comenzar.
-Al comenzar la reconstrucción, se arrimaron comedidos para ayudarme y contarme, así es, contar era el interés central de éstos ayudantes, narrar sin afirmar, sino diciendo: ¨dicen que...¨
-Fijesé Don, dicen que en temporada el tren del maíz pasa por aquí. -Dejó colgando el fijesé Don, uno de ellos, el más suelto de lengua. Esperó mi reacción, se la manifesté con rapidez, no iba a andar tanteando, si el había jugado fuerte.
-¿Y cuándo es la temporada?, así nos preparamos, que joder, - dije desafiante.
-Para el fin de la cosecha. Cuando ésta termina, el tren cosechero o el maicero aparece; viene recogiendo la siega en las estaciones acopiadoras. Por eso este inmenso playón. En el galpón esa noche, antes de que pase el último tren, se hace una fiesta, una galponeada como le dicen, con choclo asado, unos corderitos, vino, se viene el canto y los abrazos de los cosechadores que tienen el mono listo y se van para otra colecta: Algunos se separan, y eso es doloroso, laburando de sol a sol juntos, hablando de a sorbos todos los días, y de noche a tragos largos, y ahora la necesidad los separa, es fuerte el desgarro porque ha sido fuerte la amistad, fijesé Don.
-Entonces, cuánto tiempo tengo ¿ah?
-Veamos, se labra la tierra, rastrilla, se surca, se limpia donde se siembra, aparecen los sembradores, y a partir de los primeros brotes cuente, no es el mismo tiempo cada año, según las lluvias, seis meses, depende, aquí el tiempo se mueve de otra forma.
-Comencé a laburar mirando el crecimiento del maíz, este me marcaba los tiempos, todos los días los observaba, el horizonte se alzaba verde lentamente, y yo, meta aflijirme, -nos contaba el Cina-Cina- y la gente de campo que seguía viniendo a echarme una mano. Aparecieron los maquinistas, ferroviarios no, sino los que manejan las cosechadoras, las trilladoras, las sembradoras, esos. Con ellos creció la solidaridad, y cuando la fecha se aproximó dijeron:¨ nos vamos a la cosecha, esté atento cuando vea que voltean la trinchera del último maizal, que antes se pone amarillento, -es un aviso- justo por donde pasa la traza de la vía, y los loros ya no revolotean por esa zona, son señales, el tren ya se aproxima, repitieron.
Isabel y yo con la boca abierta. Era la primera tarde del primer día, todos los temores de la ruta, el miedo a lo nuevo se fue diluyendo, nos entraba una especie de encantamiento, incrédulos en un principio, luego, crédulos a medias. Isabel se volvió hacendosa, su rostro se enterneció, dejó de rezongar, a mí me entró por pensar de otra manera. Salía a caminar sólo cuando los interrogantes me atoraban, el Cina-Cina, sonreía, siempre sonreía este carajo, algo veía en mí que yo no percataba. Cada vez echaba de menos más y más lo cotidiano de la ciudad, el club, las librerías, algunas charlas de café, monótonas, estériles, los chismes del laburo, las pequeñas enemistades, la cuestiones familiares, todo se diluía. Isabel ni se acordaba de sus amigas. Verla a ella era un poco como verme en un espejo. Nos renació el amor, la pasión y el deseo de estar juntos, ya no nos abarcaba la histeria diaria que anulaba todo acto de ternura. Era como si todo recién empezara...
-¿Cómo fue el primer tren que viste pasar Cina-Cina?
-Dentro de unos días te cuento, todavía no, falta poco para que te cuente y te transmita, y falta poco para que sientas, no para que veas al primer tren. Comenzó la cosecha...
Pasaron unos días y el Cina-Cina comenzó a limpiar toda la estación, silbando, canturreando. Apartado lo observaba, sino me convidaba al silbo yo me quedaba así, haciéndome el distraído. Cayó la última trinchera de maíz, se amarilló el horizonte y se aplanó, se llenó de máquinas y de ruidos metálicos. Los maquinistas pasaron por medio del playón, ¡estense atento Don! en dos días pasa, ¡estense atento! Partían hacia otro maizal.
-A los dos día, por la tarde, el Cina-Cina preparó el arco de la vía libre, llenó los faroles con kerosén, les recortó la mecha, los prendió y al atardecer se fue solo, sin convidarme, primero a la del sur, luego a la barrera norte. Iluminó la estación, regó el andén, todo estaba listo.
-Hoy pasa el tren. Vamos a comer, de paso les digo algo. Nos sentamos en silencio. Él silbaba, su mujer canturreaba y nosotros intrigadísimos.
-Esta noche pasará el primer tren de la cosecha. Cuando esto ocurra, ustedes se quedarán aquí adentro, porque aunque salgan no lo van a ver, y si ellos los ven y ven que son extraños y no gente preparada, se disuelven, porque se va el encanto, yo les explico después. Eso sí, lo van a sentir, cuando pase el tiempo lo podrán ver, pero para éso falta.
El Cina-Cina era de esos ferroviarios que se había tragado al ferrocarril con gente y todo, con sus fantasías, imaginerías y las esperanzas de décadas. Era su sujeto, y el misterio del tren se le incorporó en todo su ser, como a otros muchos, el misterio de adiós que guarda el tren, se le ampliaba. Es cierto, el tren circula de noche lleno de misterios, va cargado de vida y muerte, de noticias amargas o dulces, se nutre y siembra a su paso. Las mejores historias se desarrollan dentro de él, las más grandes confabulaciones, asesinatos, amores, con música de fondo que es el traqueteo de su rodar. Sino que le pregunten a la Agatha Cristie, si hasta ella es ferroviaria, ningún otro medio está tan lleno de misterio y encantamiento como el tren, ninguno. Y nosotros, los ferroviarios, éramos parte de ese misterio y de ese encanto. Entendí, casi antes de que pasara el tren, que no por casualidad estaba ahí, que no por casualidad me invitó el Cina-Cina a pasar unos días con él en ese lugar y en ese tiempo, si éste hablaba con los perros, yo era cosa fácil.
Terminamos de cenar, bebimos bien, todo medio en silencio; nosotros mudos, el Cina-Cina y la señora normales, sólo nos miraban más de la cuenta.
Nosotros éramos la preocupación, no el tren, él, ya era rutina en tiempos de cosecha.
De repente comenzó a vibrar todo, suavemente, un sonido de cosas rozándose, el poderío crecía y el roce se transformó en tintineo sin interrupciones, era un tembladeral.
-Es el tren, -dijo el Cina-Cina- no salgan, recomendó de nuevo, tomó el arco con la vía libre y un papel enrollado, como si fuera un mensaje, de esos que les dan a los maquinistas con observaciones, y se paró en el andén de la estación con las piernas abiertas, haciendo balancear su badajo de puro tape no más. El jadeo estrepitoso del tren se aproximaba, era como un ronquido que brotaba de la tierra. Cuando pasó el tren parecía que entraba al comedor, todo un estrépito, el silbato a pleno y un olor azufrado penetró en la habitación como un vapor, pero no era vapor, era humo de caldera, la locomotora era a vapor. Entró el Cina-Cina sonriente, con la otra vía libre en la mano, la que le tiraron los conductores del tren. Se sentó, se calmó, se tomó un largo trago de vino y por fin nos miró y escuchó nuestro silencio. Eso sí, ni nos acordábamos de la sociedad de multitudes, esto nos superaba.
-Pueden salir, -nos dijo. Salimos. La noche estaba clara, fresca, se iba terminando el verano, se doraban las plantas, y el cielo y las estrellas y la miniatura de uno ante tanta inmensidad, y de qué me caliento si sólo soy apenas un grano de maíz y no entiendo un carajo....
-Mañana la seguimos, trabajé mucho hoy, es el primer tren de la temporada, después todo es rutina, hasta mañana.
Cina-Cina, viejo zorro del monte, nos dejó cargados de interrogantes, nunca en mi vida había tenido tantos. Pero eso de la inutilidad ciudadana frente a la naturaleza se iba acabando, y este acabar era obra de él, me la pasaba reflexionando y hurgando mi vida anterior, todos los días me daba pie. Y la Isabel andaba cavando estacas para armar un gallinero, punteaba la tierra para sembrar verduras; de noche venía cargada de aromas verdes, uno podía adivinar los andares de su día de solo olerla, de hocicar entre sus cabellos, de verla extenuada pidiéndote amor.
-Buenos días, ¿durmieron bien?, preguntó el zorro. Y estaba mateando sentado en la galería de la casa.
-Escúchame Cina-Cina, anoche escuchamos el tren, no lo vimos, pero ¿y las vías?, y el maizal del norte aún está en pie, nadie lo aplastó, ¿cómo es todo ésto?
-Todo esto tiene que ver con la terquedad de la esperanza, como dice mi amigo Luis, que es de Córdoba. Las vías están ahí, debajo del maizal, el maizal no es aplastado porque se acuesta al paso del tren, si te fijás está medio inclinado, recién para el medio día se pone derechito. El tren aparece y se esfuma con la complicidad del maizal, de la gente que lo habita, de los maquinistas de las máquinas agrícolas, de su solidaridad, de soñar juntos, de recrear lo mejor de nuestro pasado, para no olvidarnos, nunca de nuestras raíces; el maíz es el símbolo de la unidad, de la vida y todo esto alimenta nuestra imaginería, se potencia de tal manera que hacemos regresar el tren, a los crotos, a los anarquistas cantando en los fogones como docentes, llenos de fuego y pasión. Es una manera de vivir, la de no dejarse vencer nunca. Escuchar el tren es un paso, verlo es otro. No dejarse arrebatar ni los sonidos, ni los sueños, ni los cantares, ni el anhelo de ser hombres libres, esto tan sencillo es una proeza, como la pretensión de ver al tren. Isabel y yo, casi en ayunas escuchábamos atentos. Absortos ante las palabras del Cina-Cina, embrujados. No éramos los mismos, nunca más lo seríamos, pero las dudas del mundo nos carcomían. ¿Cómo qué es pura pasión?, si yo escuché el pito de la locomotora, la casa trepidó y percibí el olor a humo de leña. ¿Era el misterio que guarda el tren, el encantamiento del maizal?, o somos nosotros y nuestra terquedad, esa que portan los ferroviarios hace más de cien años.
-Dicen que por Avía Terai, Rincón del Quebracho, Pluma de Pato, Negro Quemado, Añatuya, Chañar Ladeado y otros lugares, anda apareciendo el tren.
Que los tanques y cisternas tienen agua y que sus mangas gotean de nuevo. Que todo recién empieza, que es cuestión de tiempo, el tiempo de la gente. Como siempre, casi todo se inicia por los sueños, luego a uno le renace la esperanza, más tarde la aspiración por concretarlo y aunque parezca lejano, nada es lejano cuando los hombres y mujeres sueñan sueños que tienen que ver con la vida. Por eso, querido Negro, estás en este lugar, nos cobija el encanto del maizal, el encanto de sus habitantes es tan grande que hace funcionar el tren, como un deseo fuerte que toma cuerpo y forma, aroma y música en su trepidar, como el que tenemos nosotros, los ferrucas, la gente de los pueblos sedientos, los que se quedaron sin agua, sin poder visitar al de más allá: víctimas de la desconexión entre pueblos...
-¡Frená, frená, pará! estás alucinado, ¿no te diste cuenta de todo lo que hablaste? Tenés los ojos vidriosos, estás tieso. Has hablado sin parar todo el viaje ¿Te acordás de lo que contaste sobre el tren fantástico que pasó por el medio de la casa del Cina-Cina? -¿Te acordás? le reclamaba Isabel a viva voz para hacerlo volver, se había ido el Negro en el relato o monólogo, o lo que sea. El Negro sintió el reclamo, comenzó a volver, abandonaba poco a poco el territorio de los silencios; frenaba pausadamente la camioneta, pestañeaba de nuevo, salía de una rigidez particular, aspiraba profundo; retornaba lentamente de algún lugar de silencios que solo él conocía.
Porque a pesar de haber parloteado sin parar, no había sido claro, es que no podía ser claro, aquí no había transmisión oral de una imaginación a otra, el que da y el que espera, el intercambio, la mixtura no se producía, la imaginería colectiva no cuajaba, todo era incoherente. Sus palabras estaban llenas de encantamiento, partían de otro sitio, venían de muy adentro, o de muy afuera, adentro estaba él, afuera el maizal. Detuvo la marcha, y le dijo a Isabel: yo vi y sentí el tren que pasó por la casa del Cina-Cina, por el medio de la estación partida. Vi y sentí el tren, olí el vapor de los cilindros y el humo denso de la caldera. Isabel, acordate, todo oscilaba, todo era vaivén...vos estabas conmigo. La miró, abrió más los ojos y se calló.
El Negro temblaba, estaba como afiebrado, apoyó la cabeza sobre el volante, lo aferró fuerte con sus manos, tomó mucho aire y gritó: ¡qué lo parió, era un sueño carajo! y quedó jadeante, se fatigaba, y en cada espasmo, miraba a su mujer solicitando cariño, afecto, tolerancia. Isabel lo miró con una inmensa ternura, lo acarició y despacio, paso a paso, lo calmó, lo apartó de la excitación, aprovechó ese momento de sosiego y le dijo:
-Tranquilo, calma, aún no llegamos a la casa del Cina-Cina, todavía vamos por entre los murallones del maizal, descansá, es largo el viaje; es que el maizal y el asfalto se parecen a una larga traza de vía, y esto te confundió, es eso, el maizal y el asfalto te desorientaron y te vino el desconcierto; por eso te alucinaste, digo, te confundiste...es eso, nada más que eso; mejor dicho: es por el maizal y los sueños del Cina-Cina.



*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar

-Fuente: Crónicas del Terraplén. La Rosa Blindada. 2002





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