sábado, julio 02, 2022

EL CORAZÓN ES UN DESAMPARO DE GAVIOTAS.

 


*Foto de Noelia Ceballos.

https://www.instagram.com/noe_ce_arte/

 

 

 

 


 

 

 

 

*

 

 

Me voy,

hombre

incunable,

porque no sé

porque me falta

porque te sobro

porque no llego

porque muy alto

porque muy pequeña.

Me voy.

Porque

nieva

cada

cien

años

y ya somos viejos.

 

*De Paula Novoa. novoapaula8@gmail.com

-En “El año que fui homeless”.

@cavelibrumeditorial. año 2012

 

 

 

 





 

 

 

SIN MÁS*

 

 

*Por Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

De pronto un día se fue mi padre. Simplemente, no volvió; dejándonos, además del asombro: la casa, su ropa, las herramientas y los pájaros. Alguna vez, contrariado, había dicho: “Me voy a ir de acá, ya van a ver”. Estamos viendo.

Mi madre lo aceptó con el fatalismo de siempre, acaso fortalecida en su habitual desapego de la alegría. Lo mismo hubiera sido que muriera en la fábrica o que lo matara un ómnibus al cruzar la avenida en bicicleta. Para ella, ésta era sólo otra más de las desgracias que habrían de ocurrirle sin remedio a lo largo de la vida.

─ Déjame ir a preguntarle a sus compañeros qué saben de él ─le pedí.

─ Si vas a ir a humillarnos, es mejor que no vuelvas más a esta casa.

Al parecer ella no necesitaba una explicación o ya la conocía, pero se cuidó bien de compartirla. Yo sentía un cariño contenido por mi padre, acaso por eso no cesaba de buscar en nuestras pasadas conductas una culpa que justificara su actitud. En un principio, me esmeré por conservar todo como si él no faltara, respetando su orden y su impronta e imitando sus modos para siempre. Acaso soñaba que un día se habría de agotar su sed de ausencia y decidiría volver para comprobar si era capaz de sostenerme solo.

─No sé para qué te preocupas tanto. Para él estamos muertos. Es mejor que lo entiendas pronto para tu bien.

Pero mi padre no estaba muerto, y la ausencia de los vivos nos lastima, nos acusa, nos ofende. Es un lazo invisible que entorpece nuestros pasos, que nos obliga a detenernos y nos retrasa. Un estorbo del que nunca nos podemos librar del todo porque siempre vuelve, tantas veces como momentos de infelicidad debamos afrontar: cada hora, cada día, cada año.

Yo entonces ya trabajaba, pero era sólo un aprendiz, y con lo poco que ganaba, aunque mal, nos manteníamos. Mi madre se encerró en la casa con un único objetivo en la vida, ir borrando sin prisa y sin pausa las huellas de mi padre. Ella tiró, entre otras cosas, la tranca de asegurar la puerta que era, desde que recuerdo, la ceremonia ineludible de cada noche. Uno termina pareciéndose a sus hábitos y la interrupción de cada rutina me hizo sentir una progresiva sensación de desnudez. Hasta acabar abochornado como si estuviera haciendo mis necesidades delante de la gente en plena calle.

Un día, al volver más temprano del trabajo, la descubrí espantando a todos los pájaros con el pretexto de que eran un gasto inútil. Como algunos canarios confundidos se negaban a marcharse la emprendió con ellos a escobazos. Daba pena y vergüenza verla gastar tanta furia en tan leves enemigos. Incluso el patriarca del jaulón regresó a morir en sus manos de un ataque, los pobres ya estaban viejos y desacostumbrados a semejantes vuelos. Ni siquiera este triste detalle la detuvo.

Lo único que le interesó del mundo fue el grito de los botelleros, a los que gratis, fue entregando las cosas que acumuló mi padre en el inmenso galpón a lo largo de una vida de sueños incumplidos. A duras penas y tras necios alegatos, logré rescatar las herramientas de su anterior oficio de albañil y debí guardarlas bajo llave. Todo eso tenía valor y, en medio de nuestra desdicha, le recriminé su desinterés. Ella tuvo la mala idea de responderme, y lo hizo trayendo al presente la memoria idealizada de mi hermano muerto a los diez años. Nos miramos, y en nuestras miradas había fundamentos que excedían los motivos del enojo; porque en cada uno de ellos estaba latente la ausencia de mi padre.

Desde ese día nunca más volvió a mentar al angelito, pero sirvió para desnudar la raíz de su encono: la ausencia de mi padre no cumplía esa condición tan amable de los muertos de concedernos la última palabra, de acomodarse a nuestra conciencia y liberarnos de culpas, de dar por descontado su perdón, y de dejarse querer en nuestros términos.

Hasta que no la vi arremeter contra la ropa de él para quemarla, aun la que yo podía aprovechar, no caí en la cuenta de que, del galpón, sólo quedaba un cascarón de paredes desoladas. El fuego era su pasatiempo excluyente. Acaso buscara en él un exorcismo con su alucinada pretensión de reducir todo a cenizas, hasta las cosas que no eran combustibles.

A veces la naturaleza jugó a su favor, como cuando cedió la bóveda del pozo ciego tragándose el horno de barro que mi padre había construido, y que ahora ella se negaba a usar, argumentando que ya nada le salía bien en ese engendro. El colmo fue descubrir una noche, al regresar del trabajo, que no estaban más la cocina a gas, la heladera y el televisor; sólo porque fueron comprados por iniciativa de mi padre, pero sin el acuerdo de ella.

─Todo eso era innecesario. Nos arreglaremos igual. Siempre he vivido mejor sin lujos.

Esa fue toda su explicación a mi contrariedad. También me tiró el espejo y los enseres de afeitarme por ser del “ausente”. Así lo llamaba ahora cuando no tenía más remedio que referirse a él.

─ Te quedará bien la barba, al menos ocultará esa cara de susto.

Así nos fuimos quedando cada vez más solos. Ya no me saludaban los compañeros de trabajo de mi padre o los vecinos que lo habían tratado. Los pocos parientes que nos visitaban, muy de cuando en cuando, dejaron de hacerlo por completo, aun los de mi madre.

Los pájaros, vaya y pase, exigen dedicación; pero lo que me dolió fue que corriera al perro con su dieta de hambre y palos hasta hacerlo desistir de su fidelidad enfermiza.  Nunca fui muy tenaz para el enojo, o tal vez el abandono haya consumido el poco carácter que me quedaba. Lo cierto es, que terminé por aceptar sus desmedidas decisiones sin resistencia. Pero a solas me pregunto, por qué un hombre puede llegar a renegar así de su pasado. Ese pasado donde yo había estado. Cómo sería su vida ahora o cuán lejos de nosotros se habría ido. Por qué el azar nunca volvió a enfrentarnos, o qué sentiría al recordarnos, si es que lo hacía.

Llegó inevitable el día en que ya nada quedó por tirar, la casa se transformó en una celda franciscana: solo dos sillas, una mesa, dos camas, dos platos, dos vasos, un calentador a kerosén y estas sombras que somos, transitando silenciosas entre paredes mal blanqueadas. Fue entonces que mi madre descubrió que se ahogaba allí dentro; en esa cárcel rodeada de malas gentes.

─Mejor sería irnos de este sitio para no darles el gusto de vernos sucumbir ante sus ojos.

Hasta que al fin nos vinimos a este lugar alejado, en los confines del suburbio, más pobre y hostil que aquel que antes habitábamos, donde ya nadie nos conoce ni podrá dar razón de nosotros a quién nos busque y adonde ya nada queda de mi padre, ni siquiera una fotografía. Sólo yo, que de tanto en tanto, persisto en recordarlo; incluso repitiendo en forma involuntaria alguno de sus gestos tan remotos.

Mi madre lo ha notado. También advierte que, con los años, aumenta mi parecido con él y se lo recuerdo cada vez más.

Yo también me he dado cuenta de que ella lo ha notado.

 

 

 

-Horacio Martín Rodio (Buenos Aires Argentina, 1954), escritor.

Ha publicado los siguientes libros de cuentos Palabras de piedra. Ediciones Baobab (1999), Media baja. Ediciones Dunken (2012), La insistencia de la desdicha. Editorial las Ruinas Circulares (2018) y El cinturón de Orión. Editorial del Municipio de Las Flores. Entre los varios reconocimientos que ha recibido se pueden mencionar los siguientes: Primer premio Concurso de cuentos J. L. Borges Ciberboock 1996, Primer premio Concurso de cuentos suburbanos 1997 Ediciones Baobab, Primer premio IV concurso de cuentos “Traspasando fronteras” Universidad de Almería (España) 2009, Primer Premio Concurso de cuentos El Zorza. Argentina.l 2012, Primer Premio Cuento Concurso Mario Nestoroff 2013 San Bernardo. Chaco. Argentina, Primer premio Cuento Floreal Gorini, Centro Cultural de la Cooperación, 2015, Mención Cuento Premio Julio Cortázar La Habana. Cuba. 2015, Única mención de Honor IV Premio Internacional de Novela Héctor Rojas Herazo. Colombia 2020, Primer premio de cuentos Ciudad de Pupiales Fundación Gabriel García Márquez, Nariño, Colombia. 2021, y Primer premio libro de poesía. XV Concurso Nacional Adolfo Bioy Casares. Las Flores. Provincia Bs. As. 2021.

 

*Fuente: Revista Montaje.

http://revistamontaje.cl/index.php/2022/06/18/cuentos-de-rodio-sin-mas/

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Estamos solos.

Siempre

estamos solos,

con los ojos abiertos como puertos,

con las manos tendidas hacia el mar.

Llegan los vientos.

Llegan

hasta la orilla donde duerme el alba

y el corazón es un desamparo de gaviotas

buscando en el aire la felicidad.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El tío en su nube*

 

 

Una nube de polvillo expandiéndose por el aire de la habitación. Esa era la imagen más antigua que el hombre -en aquel entonces un niño- retenía de su tío Nicolás.

El tío había salido de darse una ducha. Había colocado una toalla sobre la cama y se había sentado a llenar de talco sus genitales. Sacudía aquel envase cilíndrico con una energía demencial dejando al aire una nube de polvo que no deja de expandirse en el recuerdo.

La pensión donde se hospedaba se llamaba «La Esperanza». El tío estrenaba a los 40 años una nueva soltería. Era un hombre joven. faltaba mucho tiempo para que en su humilde casa con la compañía de un canario amarillo que se prodigaba en trinos, repitiera una y otra vez como una gracia que niega la tristeza:

“tengo dos pajaritos. Uno canta y el otro está triste”

Pero aquella noche iba al club Sportivo Alsina, donde actuaban Sandro y Los de Fuego. No le interesaba la música ni quien estuviera en el escenario, iba porque las mujeres de Lanús “son mucho más que un fuego”. Y luego esa imagen que se niega al olvido: el tío que no paró de reír con ese estruendo tan suyo para festejarse sus chistes sin esperar una risa ajena, sino más bien contagiándola.

Años después su tío repetirá una y otra vez la historia de cómo llegó a esa pensión sólo con lo puesto: Al volver de su trabajo en la fábrica encontró a su primera mujer en la cama con un tipo “entrando y saliendo… entrando y saliendo”. No lo vieron, volvió sigiloso sobre sus pasos llevándose el juego de llaves que ella había dejado sobre el bargueño. Entonces dio dos vueltas de llave a la puerta de calle para que se queden allí encerrados para siempre o tengan que saltar el tapial del fondo y salir de manera indecorosa por la casa del vecino.

El tío tenía esa especie de desapego, no le importo nada de lo que había en su casa, si su mujer no sería más su mujer no quiso llevarse ni un par de medias.

A lo largo de los años esa imagen iba a permanecer como un interrogante a descifrar. Un tío despreocupado y alegre, llenando de talco sus testículos para salir a buscar una nueva mujer a pocos días de haber perdido hasta sus ropas.

Como lo demostró obstinadamente una y otra vez en su larga vida, no quería estar solo. Su tío necesitaba una mujer o la ilusión de una mujer para vivir.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

 


 

 

*

 

Y si un día me faltás,

y si mañana desaparecés,

si pierdo

la esquina donde te encuentro cada tarde,

y el árbol donde te escondí para que fueras parte de mí,

para tenerte:

un pedacito de vos entre mis manos,

un temblor de viento, así, fugado de la tierra,

qué haría, yo,

qué haría para salir a caminar sobre mis piernas

y no llegar a vos,

dónde buscarte si un día me faltaras,

si no estuvieras con tus ojos de amor esperando los míos,

inaugurándome.

Ya sé,

vos me decís que amar así es como la eternidad

y yo te creo,

porque he rozado a dios cuando te toco,

pero no sé, mi amor,

a veces me despierto de mí,

como quien vuelve en la mañana de una pesadilla

y pienso

en mi vida extendida como un mapa

lleno de accidentes felices

y bahías donde los barcos llegan y reposan.

Y qué suerte que estés.

Qué suerte.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell. Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014). Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015) La hija del pescador (La Magdalena, 2016).  Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018). El orden del agua, GPU Ediciones (2019)

-Su libro MADURA, ha sido editado por Editorial Sudestada (2021)-

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

   BLUES DEL PAJARO SIN ALAS*

 

“hay por hacer un poema sobre un pájaro

que no tiene más que un ala”

 Guillaume Apollinaire

 

Hay por hacer un poema sobre un pájaro

que no tiene más que un ala, decía

Guillaume, el acrobático Apollinaire,

nuestro hermano mayor, herido en la cabeza

por la triste gracia de un obús.

Hay que hacer un poema monotemático

sobre un pájaro; decir por ejemplo:

“Hoy ha entrado a mi cuarto

por el costado izquierdo de la sin razón

un pájaro herido”

Hay que hacer un poema que no tenga

más que un ala.

Sigue siendo pájaro,

como la mesa de tres patas

sigue siendo mesa,

y el perro mutilado,

sigue siendo perro.

Para hacer un poema sobre un pájaro

que no tenga más que un ala

hay que empezar por creer

que es posible que un pájaro vuele

solo con un ala, es decir:

hay que inclinar la frente

hacia el lado derecho de la vida

donde canta el ruiseñor

y la luna duerme durante el día

en un garaje abandonado

de un suburbio.

Hay que seguir creyendo

que los truenos son pesados muebles

que alguien mueve en el cielo.

Que la lluvia es agua

que salpican las cabelleras

de los ángeles.

Que basta con soplar el pecho

de una mujer, para que nazca

la primavera.

Un insensato habría dicho:

“Cuidado con las ensoñaciones diurnas”

“De hacerle caso, iríamos todos

a la guerra”, agregó un hombre

con monóculo, que pasaba por

esa calle en su coche descapotable.

Hagamos entonces un poema

sobre un pájaro

que no tenga más que un ala.

Y de un hombre

con una sola pierna

que escala catedrales.

Y de una mujer con un seno

que da de comer

a una multitud.

Hagamos olas pequeñas que solas

entren todas en un bolsillo,

y guarden los truenos

en botellas de vino de aguja

y coloquen relámpagos

en frascos de mermelada,

para que los niños del barrio

los pongan al atardecer

encima de los muros.

Un insensato volvió a decir:

“Cuidado con las ensoñaciones diurnas”

“Naturalmente”, dijimos al unísono

al mirarnos con Apollinaire.

 

*De Jorge Palma. jpalma@adinet.com.uy

 

 

 

 

 

 

 

*

 

-Lo inconsciente está servido.

¿Vamos a comernos?

¿Con voracidad, como el caníbal hambriento que duerme en el cerebro reptiliano?

¿O lentamente, como esos matrimonios que cuelgan en sus telas de araña acumulando años y polvillo?

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

 

 

En el vagón del cineclub*

 

 

Otra vez aquí, con el olor a cerrado, a fierro, a butacas de relleno de gomaespuma; los pocos espectadores en lo obscuro, la pantalla que arroja luces caprichosas alumbrando nucas, rostros en blanco y negro, y el film transcurriendo allá adelante.

La película es bastante nueva, el Joker, por lo que supuse que estaría Batman y sería infantil.

No aparece Batman, en todo el tiempo que dura la proyección no recuerdo al hombre murciélago, sólo me encuentro con el Joker, ese fantoche atormentado que se ríe por la violencia, por la falta de simpatía, porque no puede evitarlo, por esa terrible deshumanización de gente que transcurre sin notar las vidas que fluyen alrededor, sumidas en abismos inexplicables.

No me importa que la actuación sea hermosa o dificultosa o meditada. No me interesa cuántos kilos bajó el actor o cómo se entrenó para el papel. Ha surtido efecto, ha logrado conectar conmigo. Joaquín Phoenix habrá pensado en el Oscar, o no, realmente no me importa ahora que leo esa frase espantosa que no escribo en el momento pero recuerdo en esencia, dolorosamente. Lo peor de una enfermedad mental es que la gente espera que te comportes como si no la tuvieses. Es terrible, es cierta, está escrita en los retorcidos jirones de alma de quienes deben aparentar normalidad, o sea todos, aunque más esos seres cuyos lastimados cerebros pugnan por ajustarse a lo canónigo, a lo usual, lo aceptable. Y se quiebran, y sangran, y no pueden separar lo real para otros de su propia percepción del universo frío, cruel, distante, inalcanzable. Están solos, más solos que un hombre en el polo, más solos que el criminal en el cadalso, espantosamente solos en la celda de su mente blanca y deslumbrante, desmantelada.

Como no soy seguidora de Marvel o de Batman o de ningún superhéroe en general, como soy una pobre mujer de mediana edad con las emociones rojas y tibias, dulces y amargas, veo una persona desvalida y rota, decepcionada, arrojada a lo incognoscible, lo inasible, lo incomprensible, arrojada a un mundo que pide una corrección, un ajuste imposible, y lloro a lágrima viva, a moqueo despiadado, a sollozo y a hipo. No me importa, puedo hacer el ridículo de gemir desde mi asiento.

Me enamoro del personaje sabiendo que es insostenible, una pura negación de lo que puede hacerme bien. Me enamoro como quinceañera, como mi amiga Myriam cuando éramos tan jóvenes y me dijo que quería amar a un muchacho triste, complicado, difícil. Amo a esa figura rota que baila con orgullo porque sabe que se está muriendo y ya nada más importa, ese hombre que baila su propia disolución. El baile es importante; los hombros alzados, la cabeza erguida, la mirada vuelta hacia sí mismo. Baila consigo mismo, nadie baila con él, se complace en su compañía por ese momento de magia y peligro. Acepta su insania, en ese momento está orgulloso de respirar, de estar vivo, toma un baño de yo, como quien deja la barandilla del balcón, vuela, aún no se estrella en el pavimento.

No advierto nada salvo la dulzura del derrumbamiento, la malsana alegría de los finales y las despedidas, me miro allí, me saludo, me encuentro. Pero diferencio muy bien este sentimiento de la locura verdadera, de lo atroz de estar derrumbado de veras, desleído en el frágil ser que pierde el control del propio entendimiento. Basta de estupidez y de falta de respeto, que la locura ni es romántica ni es literaria, duele y es imposible mirarla a los ojos porque aterra. Pero aquí veo y me conduelo y lloro por lo injusto, lo irremediable, esa tristeza abisal de la soledad perfecta en lo más hondo de las simas oceánicas.

Puedo amarlo y puedo saber que nada está en mi poder para rescatarlo de su infierno. Sé que tender la mano a quien está en caída libre es como ahogarse cuando se trata de sacar del mar a quien ya está en plena tarea de morir de asfixia.

Ah Joker, ah personaje siniestro, dulce, roto, deconstruido. Ah los locos, ah nosotros que hacemos como que no estuviesen allí, aquí, cociéndose en sus propios jugos, riendo incontrolable, dolorosamente, como aquel poeta que decía que había que llorar por todo, por todos, por todo. Y una llora, y ríe, y nada… el mundo sigue doliendo.

Me llevo la película, me ha transformado, me hizo una muesca más. Confirma lo que ya sabía, veo lo que estoy preparada para ver, interpreto lo que puedo, lo sé, es mi película, me la llevo intransferiblemente tatuada en un rincón de mi tristeza.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

Próxima estación por antiguo ferrocarril Midland:

 

LIBERTAD.

 

-Final del recorrido literario por el Ferrocarril Midland-

 

En Libertad, la antigua sede de los talleres ferroviarios estará terminada la aventura literaria del antiguo Midland. Desde Marinos –una estación relativamente joven- hay un tren real –el Belgrano Sur- que puede recorrerse hasta Aldo Bonzi en el tramo original del Midland para continuar por las vías que fueron alguna vez del Compañía General Buenos Aires hasta la estación Sáenz.

Queda renovada la invitación a participar en las últimas estaciones del Midland. Que la utopía del tren literario no se detenga y haya fuerza demencial literaria para seguir adelante con el extenso recorrido del Provincial. El cierre del Midland se acompañará en sucesivas ediciones con escritos de los amigos que han participado en esta hermosa aventura.

 

 

 

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