Thursday, June 30, 2016

HACIA ESPACIOS MUDOS DE TODO LO ANTERIOR...


*Dibujo de Erika Kuhn.







*


No pensabas que el desamor
pudiera ser de este modo:
mover la dirección de la luz
hacia espacios mudos
de todo lo anterior.

La misma luz que se concentra
en un racimo de uvas verdes al sol
y que pudiste ver como por hendijas.
La misma luz que te alcanzó
para permanecer en los días desmedidos.

¿Pero acaso no sabías, aún,
que todo el oro de los días
se desvanece también de modo inexplicable?

Hay palabras que son
como una uva opaca
e inmóvil
en el centro de un plato
vacío.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com








HACIA ESPACIOS MUDOS DE TODO LO ANTERIOR…








El culo de Marilyn Monroe*



*De Patricia Suárez. cazadoraoculta@gmail.com



Estoy en un pueblo que se llama Banff, en Canadá. Subo la montaña hasta pasar el bosquecito de cedros. Hay un parador para los turistas. Es un día soleado de primavera, en poco tiempo empezará el frío recio y ya no se podrá subir. Sino que descenderán los alces y los osos. Ahora los alces están en el período de apareamiento y se ponen bravos, hay que tener cuidado de no enfrentarlos. Por el pueblo hay carteles con prevenciones, qué hacer si uno es atacado por un alce. No parece que hablarles pueda hacerlos entrar en razón. Yo apenas si ví algunos de lejos, indiferentes.

Los venados, en cambio, pasan cerca de uno husmeando si hay comida. Igual, al parador no se acercan. Hay un plato especial que es Deer-steak, bife de venado. Deberían ser caníbales o suicidas para andarse rondando por acá. El dependiente es un señor muy viejo, de unos sesenta que le pesan como mil. Viene y me pregunta con cara de pocos amigos qué quiero. Pido café. Hay una bicicleta un poco oxidada aparcada dentro del parador, donde termina el mostrador. Cuando el viejo trae el café, le pregunto si todavía la usa. Sí, responde. Debe darle trabajo pedalear. Un poco, ¿la quiere? Se la puedo dejar en tres quinientos. ¿Tres quinientos qué? Dólares americanos, de los grandes. ¿¿Tres mil quinientos?? ¿Usted sabe acaso quién montó acá? Por ese precio tendría que haber sido la diosa Diana en persona. Acá apoyó su bello culo nada menos que Marilyn Monroe. Ah. Vino el director de la película, paraban al principio en Calgary. Escenas de rodeos. Después vinieron a filmar el Río del No Retorno, que es como se llama la película. No hay un río así, así que entre seis ríos de montaña hicieron uno solo, el del No Retorno. El celuloide hace milagros. Como sea, la estrella se aburre. Quiere estirar las piernas, no le gusta estar en el set. Según me enteré después, Mitchum, el co-protagonista, la cortejaba. Pero ella no quería nada con Mitchum que era una especie de macho cabrío. Ella estaba triste, sí, muy triste porque acababa de romper con el marido, el deportista. Así que viene, sube hasta acá. Yo tengo diez años. Me dice: Me prestas la bici? Yo no podía ni hablar y tenía miedo de hacerme en los pantalones. Sí, tartamudeé. ¿Me acompañas, me enseñas el camino?, pregunta y monta. Esa imagen no puedo quitármela de la cabeza; tengo dos divorcios encima, mis dos ex esposas hablan de esta obsesión. Ni que le cuente. Yo subo en la bici de mi hermano -murió hace diez años- y le muestro cosas del camino. Ella dice: “Mejor no hablemos, tengo que practicar”. Se pone a cantar One silver dollar, que después canta y se acompaña con una guitarrita en el filme. Un dólar de plata, brillante, pasando de mano en mano… Tres quinientos es un buen precio; pero pensándolo mejor no la vendo. Ya estoy viejo; es el último recuerdo de amor verdadero que tengo…

















LA BAILARINA*

Lo que vislumbraba entre parpadeos era un paisaje en el que nada parecía haber escapado a la más total desolación.
El Talismán
Stephen King y Peter Straub


Acaba de despertar y no recuerda nada. Desconoce su nombre, por qué ha dormido en el suelo, por qué esta enorme habitación que en vez de ventanas tiene oquedades que la miran como cuencas vacías. Se incorpora y se asoma a una de ellas. Más allá de una muralla de pequeños escombros y paredes rojizas aún en pie, sin llegar a formar parte de estructura arquitectónica alguna -piezas extraviadas de rompecabezas-, distingue la línea del océano.
Un fragmento de espejo pegado a una pared le devela su imagen. ¿Ese es su rostro y esa su edad? ¿Cuál será su nombre? Importa poco si, como presiente, es el único ser vivo, extraño remanente de una ecuación equivocada. Recorre su cuerpo con la mirada. Lleva un traje de bailarina, zapatillas… Aventura un plié, quiebra la cintura, se alza en puntas… La asalta un inmenso deseo de danzar. La música parece brotar de los retales de ciudad donde ha perdido la memoria. Salta al exterior por el mayor de los agujeros, de cuyo dintel cuelga un rótulo: “Exit”. Leve cual algodón, cabriolea entre las ruinas. Gira, salta, mueve los brazos sintiéndose libre, al fin, sin saber de qué.
Asoma entre pared y pared de las otrora fundaciones del hombre, ahora gañidos que brotan del suelo. Siguiendo el impulso de la coreografía que mana de su interior, se acerca a la costa sorteando raíles que revelan lo que fue la línea de un tren. “Las Tierras Arrasadas”, piensa, sin saber a qué rincón ha ido su alma a extraer esa frase sin sentido. Baila sobre la arena, cada vez más lejos del esqueleto de la civilización. Se acerca al líquido elemento y, justo cuando la ola acude a lamer sus pies, se arremolina dulcemente sobre sí misma, acompañando el giro de un suave balanceo de brazos. Recuerda que tiene el poder de transformarse en cisne y salta al vacío.
Un instante antes de que sea lavada su conciencia de haber llorado tanta muerte, equipaje demasiado atroz para tan largo viaje, recuerda por qué ha sobrevivido a la hecatombe: quería regalar su última danza al mar y el cielo.
En un universo lejano, el primer llanto de un recién nacido arranca la sonrisa de los presentes. Venimos entre lágrimas… y es que no todo puede ser borrado por los que manejan los hilos del destino. Algo subsiste de la mujer y del cisne, imborrable e inquieto, palpitando en la gnosis de la Creación.


*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.













Penumbra de mármol*



Hace quizás, algún tiempo,
en una penumbra de mármol húmedo
y pabilos abatidos, escuche llorar
a un pequeño dios egoísta y vanidoso.

Un dios que ni siquiera era de los primeros
que miraron de soslayo nuestra tierra,
un heredero de símbolos y arquetipos
un ídolo postizo, primigenio y agotado.

Ante el eco de mis pasos terrenales,
mi respiración agitada por el frío sacro
y los roces entre las columnas de pórfido,
vi a la deidad bicorne huir cobardemente.

Por entre los oscuros bancos de cedro,
a la manera de una serpiente antigua,
repto su sombra sorteando cenotafios
sus escamas lamiendo beatos azulejos.

Solo después, de revisadas las naves
y explorados los retablos menores,
logré atisbar finalmente su rostro
en el difuso resplandor del altar mayor.

Difuso en el espejo broncíneo de la patena,
y como una Gorgona sobre el lento bronce
me resultó imposible hacerle las preguntas,
su mudez databa de siglos y persecuciones.

Cansado entonces y desilusionado,
por no haber satisfecho mi curiosidad,
enjuagué mis lágrimas tenaces
y me aleje hacia los caminos del sol.


*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com
- 2016-










*


Ya conocemos
las ceremonias del adiós.
La furia,
el golpe en la puerta.
Una valija
en la que ya no entra nada
para dejar algo.
Un andén tan largo,
tan lento y tan largo
que nos dé el tiempo
para arrepentirnos.

El llanto que nace
para recordarnos
la ternura,
esa maldita costumbre del amor.

El abrazo hondo
y la noche eterna.
Y al abrir los ojos,
las mismas preguntas.

Cuando te despiertes,
sabrás que me fuí,
sin pena
y sin ruido.

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com











Fuego frío*



Un vacío blanco me ha invadido.

Frío.

Apócrifo.

Dañino.

Se ha burlado de todas mis palabras

y se instala como un fuego. Fuego frío.

que avanza como las llamas

sin preguntarse si es bueno

o no

lo que hacen

mientras van quemando.

Este vacío quema.

Como el fuego.

Como la soledad.

Como el frío.


*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar















*


El olor de un puñado de hierba es el del universo entero, la hierba marchita desde tiempos sin memoria, la que crecerá infinitamente en lo por venir y hasta el olor de constelaciones y de mundo microscópicos. Y si de verdad uno lo siente al menos alguna vez así, así como lo digo, entonces vive con intensidad, y de otro modo, es una máquina dormida que sólo se interesa por la baja de acciones en la Bolsa.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
-Del libro "La Maldición de la Literatura", Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012.




***


InvenTREN
http://inventren.blogspot.com/



El Reynoso*



Es un pesado tren el de la memoria. Así lo siente el hombre mientras viaja acunado por el vaivén del tren de trocha angosta.
El arquitecto es hoy un hombre viejo. Ha dirigido muchas obras, ha visto desfilar delante de su mirada a verdaderos personajes entre los albañiles y gremios que trabajaban en sus obras.
Mira el recorrido de la línea y se detiene en la Estación Reynoso.

“El Reynoso”. Reynoso era el apellido del peón que se convirtió en una leyenda que circuló por años en las obras. Cada tanto cuando le tocaba compartir un almuerzo con los obreros, alguien contaba la historia, modificada con el énfasis y el suspenso que le imprimen los Cuentacuentos a sus narraciones.
Los albañiles son excelentes narradores de historias propias y ajenas. Al mediodía se contaban historias, mientras se comía asado y se servía vino tinto.
Las épocas han cambiado, casi no existe el ritual del asado en las obras. “Fuimos un pueblo alegre” –se dice sin poder profundizar en explicaciones.

Pero el arquitecto no quiere perder el hilo de los acontecimientos que fueron el origen de la leyenda del Reynoso:
La obra era una casa de campo que quedaba en el medio del campo y no era una metáfora. El campito quedaba a un par de kilómetros de la ruta y a unos 300 metros del apeadero del ferrocarril, se llegaba por una huella que se hacía intransitable con una lluvia copiosa. Unas pocas casas perdidas. Un solo vecino con el que se compartía el alambrado y una línea de eucaliptos altos a los fondos.
Para comprar cigarrillos o comida había que ir hasta la ruta. Un solo corralón de materiales “El cóndor” atendido por los dos hermanos del apellido inolvidable: los “Cucurulo”.
Costo encontrar un equipo de albañiles que estuvieran dispuestos a viajar horas en tren para llegar hasta el fin del mundo.
Los albañiles trajeron al Reynoso, un correntino fuerte que además de peonar en la jornada laboral acepto quedarse como sereno en el medio de la nada.
Armamos un obrador con chapas bastante grande, una parte se dividió para que sea el dormitorio del Reynoso. Además del catre, ropa y unas pocas cosas el hombre había traído un pequeño altar caserito del gauchito Gil.

El Reynoso hacía las compras para el asado y llevaba los pedidos de materiales al corralón donde teníamos cuenta corriente. En esa época no existían los teléfonos celulares. Un día aviso que le regalaron una mascota.
-Le puse “Tingui” dijo. Del gato de Reynoso nos olvidamos enseguida, al hombre se lo vio comprar botellas de leche, juntar los huesos del asado o comprar hueso con carne para el animalito. La mascota se quedaba dentro de un sector bien alambrado pero agreste que ni siquiera fue desmalezado. La única entrada era la puerta del fondo del obrador – casa del sereno.
Esa zona del campito en la que no trabajábamos era el equivalente a unas 4 hectáreas. El proyecto contemplaba en una segunda parte construir allí una amplia pileta de natación, un quincho y parquizar.

En esa mañana de enero había un calor demencial. Era una visita de rutina a una obra que ya estaba en etapa de terminación, estaban los pintores, los albañiles y el Reynoso que recién había vuelto de comprar las provisiones para el mediodía en los comercios de la ruta.
Fue todo muy rápido, como suele ser con los hechos que marcan la memoria para siempre. Escuchamos tiros. Algunos nos silbaron por encima de nuestras cabezas. Uno de los pintores se tiro de la escalera al piso. Se escucho un lamento de animal grande, un ronquido doloroso que venia desde el pastizal. Luego escuchamos el grito que pretendía emular al del Tarzán de Johnny Weissmüller. Ahí ubicamos al tipo trepado al eucalipto blandiendo una carabina con gesto triunfal. No habíamos salido de la sorpresa cuando vimos al Reynoso trepar como un gato al árbol. Sujetó al hombre, lo bajo a los golpes. Ya en la tierra con el Reynoso golpeándolo ese hombre ya no gritaba como Tarzán sino que pedía auxilio y perdón…
Los albañiles salieron disparados, cruzaron el alambrado, lograron sacarle al Reynoso el cuchillo antes que lo sacara del cinto, creo que lo iba a degollar como a un cordero.

Fue por esto que supimos que ese tipo era un vecino, cazador furtivo –denunciado por cuatrerismo- , que tenía a maltraer a varios campos de Saladillo. La noticia podría haber salido en los diarios pero no fue así: el dueño del campo que construía su casa era un empresario exportador de lana que compró un acuerdo de silencio: nadie diría ni una palabra, no habría denuncias policiales. Supe que el acuerdo incluía comprarle su hectárea a un precio increíble con tal de no tener a un chiflado cerca. Reynoso iría a una obra que teníamos en Barracas.

A la mascota la enterramos en los fondos del terreno. Reynoso que era un hombre grande lloraba como un niño. Se había puesto sus mejores ropas y tenia un pañuelo colorado anudado al cuello. Le habían matado a la única compañía que había tenido durante casi dos años en la soledad de ese paraje perdido en la pampa. Ahí nos enteramos de una habilidad de su mascota: como un perrito amaestrado traía en su boca una piedra que colocaba sobre su alpargata, El Reynoso daba la patada con fuerza y Tingui atrapaba la piedra en el aire o la buscaba entre los pastos hasta traerla de vuelta a los pies del hombre.


***

20 años después en otra obra ubicada en el barrio de Núñez a la hora del relato, el capataz santiagueño volvió a contar la historia pero esta versión era algo mas verosímil que aquellos hechos ocurridos delante de mis ojos: el vecino era un joven drogadicto que había ahorcado al gato. Reynoso había hecho justicia: se había trenzado en lucha y lo degolló sin miramientos.

No dije nada, me limite a escuchar.

Además, lo del tigre de Bengala jamás lo hubieran creído.


*De Eduardo Francisco Coiro.



***
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***
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Saturday, June 25, 2016

LOS ESTRECHOS CAMINOS DE LOS SUEÑOS PERDIDOS…

*Obra de Julián Alpízar Blanca.
La Habana. Cuba







Ayer fuimos arena de desiertos lunares*



Ayer fuimos arena de desiertos lunares,
fuimos bosque que espera los rumores del viento.

Luego nació la era en que se abren las flores,
llegó la primavera con su vértigo eterno.

Fuimos la avena que germina, la naciente alborada,
el tallo que se eleva en busca de la aurora.

Como ángeles indómitos abrimos
nuestra piel al aullido de las olas.

Ciegos, nos embarcamos con rumbo a la aventura,
todo el mar era calma, todo el cielo promesa.

Todo en el horizonte azul era un remanso
sin nubes de alquitrán oscureciendo el alba.

Desde distinto puerto nuestras naves zarparon
cargadas de esperanza, de ilusiones repletas.

Se alejó de la costa nuestro sueño dorado,
mar adentro las olas fueron embraveciéndose.

Navegando entre rocas fuimos perdiendo el rumbo.
La fe de las bodegas se nos fue consumiendo.

La resaca nos trajo veladas decepciones.
La noche se acercaba y el mar era un desierto.

Azotes de la espuma de las playas vacías
fueron preñando el cielo de grises nubarrones.

Hoy todo es abordaje y mar bravía,
todo es fiero oleaje, marejada cruel sobrevenida.

Hoy todo es un relámpago violento y desbocado,
todo un trueno incesante de furia y torbellinos.

Anochece a lo lejos y nada es la respuesta.
¡Sin brújula ni estrellas! ¡Con las velas en llamas!

Hoy somos peregrinos en sendas paralelas
(los estrechos caminos de los sueños perdidos)

Hoy somos los jinetes del agrio desencanto,
las aves que perdieron sus alas en el viento.

¡A la deriva, amor, a la deriva!

Pero el alba se acerca y la tempestad cesa,
se aleja el vendaval hacia nuevos naufragios.

Hay un puerto a lo lejos, nuevas naves esperan
nuestro peso de espiga que aspira a ser paloma.

Nuevas naves celestes ajenas a los restos
de los antiguos sueños ahora desmantelados.

Nuevas naves doradas ansiosas de futuro
sin lastres ni equipaje ni rutas prefijadas.

Es hora de partir, de quemar el velamen
de las viejas goletas que al caos nos guiaron.

Es hora de zarpar, nuestro es el horizonte,
nuestra es la claridad que se derrama.

Es hora de zarpar, todo está en calma.
¡Oh, dulce amor entre las dulces olas!



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

- Publicó “El alba sin espejos”









LOS ESTRECHOS CAMINOS DE LOS SUEÑOS PERDIDOS…










MUJER EN EL BALCÓN*




*De Antonio Dal Masetto.


Asomándose a la ventana, hacia la izquierda, más allá de cables y ramas, el hombre alcanza a divisar el balcón de una vieja construcción de tres pisos, tal vez un hotel de cuarta categoría, tal vez una pensión. En el balcón hay macetas y ropa tendida. A veces, a través de la puerta que da al interior, en la penumbra de la habitación, se adivina el temblor de una llama: un calentador, la hornalla de una cocina. Todos los días, hacia el atardecer, aproximadamente a la misma hora, en el balcón aparece una muchacha embarazada. Mira el cielo y la ciudad como si acabara de descubrirlos. Es muy flaca, morena, de cara aindiada. Debe andar por los nueve meses de embarazo y se desplaza trabajosamente de un lado al otro, lenta, cuidadosa, la espalda echada hacia atrás, contrarrestando el peso de su gran panza. Recorre el balcón de un extremo al otro igual que si estuviera inventariando una vasta propiedad. Con la mano derecha roza la ropa tendida, las plantas de las macetas, el parapeto del balcón. Esta ceremonia, este reconocimiento o saludo diarios, le llevan largos minutos. Después la muchacha desaparece en la habitación y regresa arrastrando una silla. Entonces se sienta.
El hombre sabe que ya no se moverá y permanecerá ahí, la vista fija, las manos abandonadas sobre el regazo, hasta que se haya hecho de noche. En algún momento comenzará a hablar sola. Al hombre le gusta imaginarse el largo discurso de la muchacha. Le pone palabras, inflexiones, fantasías, proyectos. Deja la ventana y vuelve a sus cosas. De tanto en tanto se acuerda, se asoma y comprueba que ella sigue allá, hablando y hablando. Es placentero espiarla discurrir con el aire. Es como usurpar un secreto, como cometer un robo. Alrededor, la ciudad hierve de calor, de motores y bocinas. La muchacha habla. A veces, una de sus manos vence la inercia, se eleva y dibuja en el aire un gesto breve y definitorio. Se iluminan algunas ventanas. La calle se tranquiliza. Ella sigue sentada en la oscuridad. Seguramente hablando. Por fin alguien llega: el compañero de la muchacha embarazada. Se saludan, entran, encienden la luz. Eso es todo. Esa es la historia de cada día.
Esta tarde ocurre algo. Desde un techo, desde una rama, aleteando torpemente, cae un pájaro y aterriza en el balcón. El hombre piensa que se trata de un pichón en su primer intento de vuelo. Después se dice que quizá no sea época de pichones. Lo cierto es que ahora en el balcón se encuentran la muchacha embarazada y el pájaro que acaba de caer. Igualmente asombrados, igualmente torpes. La muchacha levanta el pájaro, desaparece y vuelve con un vaso de agua y un pan. Se sienta. Mete un dedo en el agua y colocándolo sobre el pájaro intenta dejarle caer algunas gotas en el pico. Después le ofrece migas de pan. Finalmente apoya el pájaro sobre su vientre prominente y maduro, y lo acaricia. Y comienza a hablar.
El hombre, desde su ventana permanece atento. Comienza a oscurecer. La figura se desdibuja y es como si llegara de otras épocas, de días lejanos en el pasado, de días por venir: una muchacha intemporal acariciando un pichón de pájaro o un pájaro herido o un pájaro distraído. Hay rubores en el aire cálido de la ciudad. A la memoria del hombre que espía acuden, sin buscarlos, los versos de viejo poeta peninsular (a los que, hace muchos años, el trovador oriental Taco Muñoz le pusiera música). Los recita mentalmente mientras observa el pausado y mecánico movimiento de la mano de la muchacha que acaricia el pájaro: “La dulzura/ el aire duro de esta nueva primavera/ tu presencia que ronda mi vida como un soplo/ ahora que en vos/ inocente/ inexorable como el destino de los mundos/ alienta subterránea/ la vida”.
La última luz del día envuelve el balcón, luz lenta, dulce, silenciosa, luz que indudablemente conoce su camino, luz todavía suficiente para revelar y homenajear, luz que busca a la muchacha, la acaricia y la viste con el ropaje más adecuado. Y pasan los minutos. Y se hace noche. Y después llega el compañero de la mujer que espera un hijo y habla sola.



-De su libro “Gente del Bajo”.














TRES POEMAS AL POEMA TRES*



Madre dijo que no demoraría.

Poema III
César Vallejo





I


Las personas mayores
¿a qué hora volverán?[1]



La nube dibujando un rostro en la penumbra,
El canto de los peces, las piedras, el ocaso.
Ella dijo que no demoraría…

El árbol que crece en el camino,
Se inclina y me susurra:
¿Crees en las promesas, las señales?

Pasa volando una sombra triste,
Es la oscura mensajera de los dioses,
Es el tiempo, es nuestra alma...

Agotada la hora de la espera,
La barca de los elfos se ha marchado.
Un resplandor sonoro recorre el universo.






II


Ya no tengamos pena. Vamos viendo
los barcos ¡el mío es más bonito de todos!
con los cuales jugamos todo el santo día,
sin pelearnos, como debe de ser:
han quedado en el pozo de agua, listos,
fletados de dulces para mañana.[2]


¿A dónde vamos barquito de papel
llevado por la brisa veraniega?
Confío a tus velas mi destino.

Juguemos, sin hacer planes, sin apuros,
Cantemos, trinemos, tres, tris, trill…
Algo tristedulce nos aguarda.

Riamos hasta que muera la inocencia.
Hasta ver la lluvia que deshará tus esloras,
Cubiertas de dibujos infantiles.

Naufragio de golosinas que nadie probará.
El pozo acoge nuestros tesoros.
Madre demora más allá de lo que debe.

El pozo sabe y calla,
No entiendo por qué nos han dejado solos.
El sueño nos trae de regreso a las orillas.





III

de los mayores siempre delanteros
dejándonos en casa a los pequeños,
como si también nosotros
no pudiésemos partir[3]

Llegó la redención tan esperada
Y no supe qué hacer
Sin la triste misión de tanta espera.

Velero obsesionado, asido a la fe cuando no hay nada,
Bogante en brazos de la luna nueva,
Aferrado a la ola de su suerte.

Madre sabe que el reencuentro será muy demorado
Pero no encuentra las palabras necesarias.
Y yo no sé de qué color viste la muerte.

-¿Por qué nos dejan atrás, si ellos saben…?–.
Llegó la salvación, pues todo llega.
Le di la espalda… algo dulce y triste persevera.




*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.
(Todas las citas –en cursiva- son del Poema III, César Vallejo)













SOBREVIVIENTES*



El vértice del sendero se acerca
y aún en la memoria llevo
restos de infancia igual a
trozos de buen pan.
En este viaje hay voces submarinas
que no puedo explicar, me habitan,
duelen como arpones. A veces
caen.

Diluvio impiadoso pidiendo:
espacios/mares/aires/barcas/viajes
que no pude revelarles.

Ya el vértice se acerca.
¿Qué ensenada nos recibirá?
Abrazo a mis sobrevivientes,
les doy mi pan.

(Que no sepan del naufragio).

……………

La tarde se adormece como si
alguien la meciera.

La voz de un canto
nos des-agua



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar











*



Mi hija canta en la cocina
un romance español.
Su voz es dulce y triste,
cuando canta
la historia de un amor
que como todo amor
debe ser imposible.

Su voz de pequeña mujer
repite el manso estribillo:
"que de amor
ande muriendo".

Así se debe amar,
hijita,
así de tanto, nunca menos.

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com









Naturaleza muerta*



Nunca pude liberar la mesa de la cocina por más de dos días seguidos. Primero fue la mesa de mi infancia, después la de la casa que habito. Condimentos verdes y frescos, limones, yerba a veces, frascos de miel, repasadores con olor a sol listos para ser usados, tablas de picar de madera, adaptadores de enchufes, pequeños recipientes de plástico, el mantel de tela a rayas de colores cálidos, pasas y almendras. Los días en que no soporto tanta presencia visual me ocupo de guardar cada objeto en su lugar y, si no lo tiene, de encontrarle un sitio para poder sacarlo de la mesa. Pero con el paso de los días, otros objetos (o los mismos que me encargué de ordenar) van poblando el espacio vacío. Una presencia atiborrada y multiforme me acompaña; no puedo decir que en absoluto silencio, que sería lo mismo que decir ausencia de todo: de forma, de color, de texturas. No puedo hablar de silencio frente a estos elementos difíciles de catalogar, que a veces me molestan y que a veces necesito para enmarcar el mediodía. Que dan fe de mis dedos que sazonan la comida o acomodan un mechón de pelo por detrás de la oreja. Los mismos que ojean el libro de cocina de la alacena, que tantas veces me salva de la falta de imaginación. Pienso en los mecanismos psicológicos que me dejan al borde del silencio y que me hacen ir colocando objetos que funcionan como espectadores de todo lo que no se puede nombrar más que en su presencia. Así es como funciona, a veces, la psicología doméstica. Con lo que tiene a mano. Para que más.



*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com









*


Puede ser que no existas,

que la maleza se plante viva
como una herida abierta
que no rezuma
voces ni pasados.
Puede ser que tu voz
sea un eco de la noche,
un caparazón que esconde los otoños
hasta rehacerlos en verde.

Puede ser que existas,
y que no te haya visto
preocupado como estoy
por la palabra,
que mis manos
no sepan moldear
la arcilla de los dioses,

y entonces te dibujen
con un lápiz infantil,
casi jugando
preguntándote si eres
o si sueñas que eres.


*De Jorge Santkovsky. jsantkovsky@go.org.ar












AROMAS, INVISIBLE RÍO*



No todos los días tienen destinos de luz
ni se dan por enterados de la desolación.

Es la imaginación –no la realidad-
quien suele hacer posibles las cosas.

Hoy elijo una palabra abierta: aromas
para engañar al tiempo y reestrenar la infancia

para vestirme con mi nombre y mi lugar
porque he dejado mucho de mí en este sitio

vengo para recuperar el olor de la tierra mojada
y de algunas voces que ya no cuentan...

está luminosa la glicina de color azul-cielo
y parece el jardín un ademán del tiempo.

aquí la lluvia ya no hace falta. Y el viejo amor
no reconoce los caminos del regreso.

Los aromas abren un espacio extraño.
Es como llegar a casa navegando
sobre un invisible río lento.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar










*



"En algún lugar aparece el pensamiento definiendo sus límites y tiene lugar lo absurdo o si se prefiere, lo irrisorio. Lo absurdo o lo irrisorio suele estar conectado con las palabras, con su sentido doble o triple o múltiple, con la magnitud de lo que se pretende hacer a través de las palabras y la realidad de las mismas. Ese hombre de campo de Kafka que va a golpear las puertas de la Ley y encuentra un guardián que no permite la entrada, ese hombre que se desespera ante una posibilidad cada vez más imposible, ese guardián que permite lo que sea, para que el hombre se tranquilice de no haber omitido ningún esfuerzo, esa puerta que sólo había sido abierta (y cerrada) para sólo ese hombre de campo, ilustran el disparate de la trascendencia, de su búsqueda imposible tan similar al disparate de escribir. En esa esperanza sin esperanza entre la búsqueda del sentido, la Ley, Dios o como lo que se antoje llamar a cada uno a Eso y la posibilidad de decir en la escritura, hay un nexo absoluto. En ambas hay conciencia de lo imposible, pero una terquedad incontrolable. En realidad -lo quiera o no- ese escritor busca la maldición de las palabras o Eso y tanto da una cosa como la otra porque en esencia es lo mismo. Un deseo absurdo que no puede saciarse y en plena conciencia. Un erotismo violento nacido de un sinsentido al que se le busca sentido, sabiendo que no lo tiene, y por eso mismo: porque no lo tiene."


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
-Del libro "La Maldición de la Literatura", Ruinas Circulares, Buenos Aires, 2012.




***


InvenTREN






Estación Hortensia*



“Hermoso día para pasear”, piensa, mientras el sol les arde sobre la piel, gradual pero implacable, en esta calurosa mañana de enero. Su hermosa y vivaz hijita de casi tres años lo toma de la mano y no deja de relatarle lo que ve, excitada y con ojos asombrados.
-¡Papi, unos pajaritos! ¡Uuuuuhhh! -, y agrega con decisión: –Yo voy a volar como los pajaritos.
-¿Y si en lugar de volar por el aire, volamos en un tren? -, propone él, midiendo la distancia que les resta: detrás de la arboleda de araucarias se encuentra la estación.
-¡Un tren, sí! Me encanta viajar en tren-, y se cuelga de su brazo, apurando la marcha.
Una suave brisa mitiga el progresivo calor de la mañana. Mire donde mire, estallan los colores bajo el poderoso sol del verano. Y al acercarse a los límites de la estación, contempla casi como al descuido, a un costado del camino de grava, un enorme macizo de hortensias que lo proyecta abruptamente hacia el pasado…
…¿Cuánto tiempo hace que no piensa en aquellas hortensias del jardín de su casa, en Mar del Plata? En aquel sendero de ladrillos húmedos que llevaban hasta el quincho, donde chirriaban las brasas de la parrilla, su padre acomodaba el fuego, y el asado con los chorizos se iba cocinando lento y parejo debajo de un cartón extendido. En la sombra mohosa de aquel pino centenario, cuya frescura regaba hacia las tres casas vecinas. En las ligustrinas que se desbordaban, aferradas con firmeza al alambre tejido. En la ropa limpia que su abuela había colgado de la soga que cruzaba el parque. En las rejas nuevas que su padre había hecho instalar pocos años antes, a raíz de los robos cometidos en el barrio, incluso en aquel mismo jardín, del que unos malditos rateros se habían llevado durante la noche un secarropas, algunas herramientas, varias reposeras plásticas, y la mesa de tablones de madera que conservaban desde hacía décadas.
¿Cuánto tiempo…? Los recuerdos le resultan extraños, como si perteneciesen a otra vida, o quizás a otra persona. ¿Acaso fuera así? ¿Cuántas cosas le han ocurrido durante aquellos años, desde la última vez que pisara aquel entrañable parque cubierto de hortensias? ¿Cuántas vivencias, compartidas o en soledad? Aunque a él le costara recordar momentos de soledad; siempre había preferido evocar momentos compartidos con sus afectos, tener más presente una risa que un silencio. Recuerdos de sus tres hermanos menores, recorriendo las parquizadas cuadras del Barrio Constitución hasta la playa, mientras cargan con el mate, a veces la sombrilla, y comentan películas vistas, o libros e historietas leídos. De su abuela, quien hoy ya no está, preparando las mismas tortas fritas con grasa vacuna que solían amasar y cocinar a la par en aquel campo de Entre Ríos, escuchándola decir que “al menos, con eso los chicos tenían un alimento para la tarde”. De su padre, acompañándolo a hacer compras a bordo de una vetusta camioneta Datsun, que continúa funcionando de manera inexplicable, escuchándole narrar las mismas anécdotas de siempre, referidas a su pasado familiar o laboral –vinculado de por vida con el ferrocarril-, ayudándolo a terminar las frases y recibiendo como habitual corolario la pregunta: “¿Cómo: ya te lo conté?”.
“¿Dónde se ha ido todo eso?”, se pregunta, hipnotizado por las frondosas hortensias, oyendo muy a lo lejos el incesante parloteo de su hijita, aferrada de su mano mientras ingresan a la estación, recorren el pasillo de la boletería cerrada, se acercan al andén. “¿En qué me convertí?”
Imágenes sin conexión aparente se le presentan delante de sus ojos; escenas editadas de diferentes películas conforman en un caos particular su propia película, la de su vida, tan errática y variada como la de cualquiera, con una enorme cantidad de detalles que la terminan haciendo única. Recuerdos de sus afectos primarios, claro está, pero también de sus amigos, sus ex parejas, sus compañeros y compañeras de trabajo… Todos aquellos que alguna vez, en determinado momento, han sido significativos en su vida y le han dejado una marca, que por pequeña que sea, hace una enorme diferencia: la de que hoy, él sea de esta manera y no de otra…
-Ahí viene el tren -, se escucha decir, al arrodillarse junto a su hijita y señalar con el brazo extendido hacia el horizonte, donde la inconfundible silueta del frente de una locomotora diesel se recorta contra la profundidad de la vía, haciendo sonar su estridente silbato en la distancia.
El se ha convertido en esto: hoy es padre de familia. Además de ser amigo inclaudicable de sus amigos, de atesorar el cariño hacia sus hermanos -aunque se vean poco, y dos de ellos también hayan sido padres-, de agradecerle a sus padres todo lo que han hecho por él –con sus aciertos y sus errores-, de ejercer con su título profesional y poder vivir de eso –algo que hasta hace unos años no le parecía muy tangible-, además de todo eso tiene una familia que adora, una hija que lo enternece como nadie pero que también lo saca de quicio, una mujer a la que considera un par y en quien confía plenamente.
El, de alguna forma, ha dejado de ser hijo y se ha convertido en hombre. Y la evocación de las hortensias se lo recuerda de manera inexorable.
-Vamos a volar…¡en tren! -, grita ella, agitando los brazos, dando emocionados saltitos a su lado.
-Si, hijita -, murmura él, mirando hacia el futuro. –Vamos a volar…



*De Alberto Di Matteo . licaldima@yahoo.com.ar



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