Saturday, December 01, 2018

ESTACIÓN JUAN ATUCHA.


*Foto: Buster Keaton en "El maquinista de la general"  (EE.UU., 1926).










Después de la película*



El jueves pasado fui al cine con mi amigo Marco. Me había llamado unas horas antes, muy excitado porque en el cineclub de la Universidad ponían El maquinista de la general, todo un clásico. Vimos la película y luego nos quedamos a la tertulia, que tradicionalmente se arma en torno a la emisión del día, aunque ni mi amigo ni yo intervinimos en ella. Solo escuchamos. Se habló de Buster Keaton, del origen de su nombre artístico –nacido de un comentario del gran Houdini-, de la guerra de secesión y de otras películas relacionadas con la que acabábamos de presenciar. Al final todos los asistentes fuimos saliendo lentamente, más o menos, según me pareció, satisfechos con el espectáculo.

Marco y yo nos quedamos unos minutos afuera, cerca de la puerta del local, conversando, aunque no sabría explicar el desarrollo de la conversación ni su contenido. Cabe suponer que nuestras palabras versasen sobre el film, sobre Keaton o quizá sobre alguna otra ocasión en la que hubiésemos ido juntos al cine. Lo que recuerdo perfectamente (casi con un escalofrío ahora al contarlo), es lo que ocurrió al separarnos. Me quedé mirando como mi amigo se alejaba por la calle hacia el sur, en dirección a su barrio. Cuando lo perdí de vista, apagué mi cigarrillo y me dispuse a partir en sentido contrario. Justo entonces, de la pared más cercana (así lo sentí, como si el sonido proviniese del propio muro) me llegaron unas palabras:

- Mucha gente no lo sabe, pero…

Al principio me sobresalté. Después miré con atención en dirección al lugar de donde provenía la voz. Un tipo estaba apoyado sobre la fachada. Apenas me era posible distinguirle. Era poco más que una sombra. Dudé si ignorarle y marcharme o, por el contrario, averiguar qué quería de mí. Opté por lo segundo. Me acerqué dos pasos, hasta estar casi junto a él. Pregunté:

- ¿Nos conocemos?

Tardó en responder. Su rostro se veía oscuro, tal vez debido, en parte, a la barba de tres días, pero era más que eso, como una oscuridad procedente del interior de sus ojos impasibles. Su semblante no reflejaba la menor emoción.

- No. Sin embargo, le contaré un secreto.

Me pareció incongruente que un completo desconocido fuese a contarme algo sin motivo alguno. Seguro que después de su revelación iba a pedirme dinero. Por un momento pensé en reanudar mi camino, pero pudo más la curiosidad.

- Usted dirá, entonces.

Me miró con esos ojos fríos, un momento que me pareció muy largo. Después inició su relato:

- Mucha gente no lo sabe, pero Buster Keaton estuvo a punto de rodar una película aquí, en Argentina.

Me pareció muy improbable, pero podría ser divertido escucharle. Involuntariamente, sonreí. Él siguió narrando con lentitud, imperturbable.

- El maquinista, hoy es un clásico, pero en su momento fue un auténtico fracaso en taquilla. Tras aquel fiasco, y en vista de lo caros que resultaban los rodajes de sus películas, la productora decidió que, a partir de ese momento, Keaton ya no gozaría de libertad absoluta. Durante algún tiempo estuvo rodando películas que a él mismo le parecían indignas de su genio.

- Sí, sabía eso. Lo leí en alguna parte – interrumpí.

- Fue entonces – continuó el tipo sin inmutarse - cuando entró en contacto, no se sabe muy bien cómo, con un magnate argentino, un pez gordo de Buenos Aires, que le prometió invertir en su siguiente film. Así que Stone Face (como ya se le conocía en todas partes) se vino a la Argentina, dispuesto a rodar en cuanto todo estuviese listo.

Pensé que la narración se había terminado, pero solo se trataba de una pausa, no sé si dramática o para tomar aire.

- El millonario puso como condición que parte del rodaje tuviese lugar en la estación Juan Atucha, sus razones tendría y nadie le discutió ese punto. Para Keaton, tan bueno era un sitio como otro, siempre y cuando tuviera una buena porción de pampa que atravesar con su tren… Sí, lo ha adivinado. La cosa iba otra vez de trenes. Buster Keaton era un enamorado de los trenes. En el fondo, ya sabe usted… La vida es un tren que circula hacia alguna parte cuyos contornos no son nunca visibles…

- Y ¿qué pasó?

- Durante un tiempo, Keaton estuvo recorriendo diversas partes del país, sobre todo los alrededores de la estación en la que iba a iniciarse el viaje que tendría lugar en la filmación. Cuidaba mucho los detalles y le gustaba hacerlo todo en persona. Así que, acompañado de un guía local, que a la vez le servía de traductor y de secretario, fue encontrando escenarios en los que desarrollar su idea. ¿Le gustaría conocer la idea que tenía para esa película?

- Por supuesto – repuse. A esa altura ya estaba más que interesado en lo que el tipo me contaba, fuese verdad o no.

- Bien. El tema es el desierto.

Tras esa contundente frase, casi una sentencia, el hombre guardó silencio. Creí que ahora venía el momento en que iba a pedirme la voluntad a cambio de su relato. Yo tenía en la cartera algunos pesos y estaba dispuesto a ofrecérselos con tal de seguir escuchando. Pero no demandó nada. Solo había parado un momento para tomar aliento, repasar en su mente toda la historia o cualquier otra cosa. Luego continuó como si ese breve lapso –que se me hizo interminable- jamás hubiese tenido lugar:

- El tema es el desierto. Un tren va avanzando a velocidad reducida por parajes desolados. Afuera, nada parece suceder. En el interior, una mujer y un hombre conversan desapasionadamente. Poco a poco vamos averiguando que se trata de un matrimonio. Hay fragmentos de conversaciones mientras por las ventanillas va pasando un paisaje yermo. Tan yermo, adivinamos, como la relación que vincula a esas dos personas que conversan, unidas acaso por el amor en otro tiempo, pero ahora enormemente distanciadas. Hablan por llenar con algo el viaje. Viajan por llenar con algo sus vidas. Si hubo ilusión en su pasado, ahora yace tras un alud de años compartidos. El presente, cada una de sus palabras lo confirma, es la nada. Desempolvan recuerdos, comentan el clima, las últimas noticias leídas en el diario. En sus voces no hay futuro. El futuro no existe. Es la laguna muerta de un páramo casi idéntico a aquel por el que el tren va discurriendo. Ocasionalmente, un revisor atraviesa el compartimento. Nada más. Finalmente, el tren llega al borde de un barranco (no se sabe qué hace exactamente un barranco en medio del trayecto ferroviario y, en realidad, no importa) y sin que nadie pueda o quiera evitarlo, se despeña. Esa escena final, por medio de la edición, iba a durar más de un minuto. Más de un minuto ese tren despeñándose, cayendo verticalmente sin visos de llegar jamás al final de su caída (metáfora de la relación de los dos personajes).

El tipo hizo una nueva pausa. Le miré, expectante, casi suplicando que continuara.

- Al final no hubo acuerdo porque el coste de esa última escena era inasumible para el presunto mecenas. Después de esa negativa, Keaton se entrevistó con mucha gente en Buenos Aires y otras ciudades, pero no consiguió la financiación imprescindible. La película nunca se hizo, así que supongo que tampoco en su país le avalaron. Eso fue todo. Un proyecto jamás realizado. Un sueño nomás.

Ahí terminó el relato. Su voz dejó de sonar y él desapareció, como una sombra. Pestañeé un par de veces, pero no había rastro de él. Como si se hubiese esfumado. Traté de recuperar sus rasgos, la seriedad de su rostro, la impasibilidad de sus ojos, pero me fue imposible.  La noche se transformó en una escena de cine mudo mientras caminaba hacia mi casa.

Al día siguiente llamé a Marco, muy excitado, para contarle todo lo sucedido. Él me escuchó atentamente. Luego, con un tono de confusión, dijo:

- Ayer no nos vimos. No fuimos al cine. Tal vez fuiste con otra persona…

- No, no. Recuerdo perfectamente que fui contigo.

- Hace casi un mes que fuimos por última vez al cine… Y fue a una reposición de Portero de noche, donde Charlotte Rampling está espléndida, por cierto... Lo estuvimos comentando largamente a la salida…

Guardé silencio. Pensé que, sin duda, Marco me estaba embromando. Entonces añadió:

- Y la última vez que pasaron El maquinista, que yo sepa, fue hace treinta años.

Colgué. Unos ojos inexistentes me miraban desde el recuerdo de una escena que, al parecer, nunca tuvo lugar, o lo tuvo de algún modo que no me es posible siquiera imaginar. Volví a la cama. Traté de dormir. Soñar escenas de cine mudo. Tal vez al despertar el mundo hubiera cambiado nuevamente.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com















EN CAMINO*




Me pregunto cuántas incertidumbres
llevaré conmigo cuando parta
cuánto mundo no habré visto…
qué orfandad de palabras quedará
en los poemas no escritos.

A veces trae el desvelo
inquietudes disfrazadas
que no entiendo. Me cuestiono
si supe vivir, y si podré
transitar este camino con andar leve
redimida de cargas inútiles,
sólo con el sentimiento
y la certeza de mi aprendizaje:
saber que el milagro es constante
en cada flor que se abre,
en el sol, la lluvia, el aire...

¿No vemos acaso brillar estrellas
extinguidas hace siglos?

Tal vez sean como ellas nuestros destinos:

un viaje de transiciones múltiples
a bordo de un tren con arribo impreciso.

Somos parte del juego y del enigma.

.
Al final del sendero
alguien espera.

Le llevo en mi equipaje
el corazón
                              absolutamente
                                                       desguarnecido.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar















EL TREN DE LA NOCHE*



Recuerdo el tren de las cinco de  la tarde, que pasaba por mi pueblo.
Dos trenes alteraban la pesada rutina de ese lugar, sin pasado ni futuro. Uno llegaba, todos los días, a las 5 de la tarde. Lo escuchaba desde la escuela y sabía que pronto sonaría la campana para volver a casa.
Al otro no lo había visto nunca. Pasaba dos veces a la semana, sin detenerse, por aquel viejo caserío que era lo único que yo conocía hasta ese momento. Su sirena era larga y parecía estar siempre lejos.
Heraldo y yo éramos amigos y vecinos y teníamos 12 años cuando ocurrió lo del campanario.
El cura nos permitía ir a pedir monedas en la escalinata de la Iglesia unas horas todos los días, a la mañana en invierno y a la tarde cuando empezaba la primavera.
No era un cura bondadoso o bonachón, como me contaron que había en otros pueblos, pero nos daba permiso para extenderle la mano a las viejitas que iban a la misa del atardecer.
No conseguíamos mucho, pero servía.
En especial a Heraldo, porque sabía que tenía que llegar a su casa con algo, o no entraba.
Cuando lo recaudado era poco, yo le daba parte de lo mío para que su padre no le pegue y después él me lo devolvía en las Fiestas Patronales, cuando la iglesia se llenaba de gente y todos estaban generosos.
Le había comentado a Heraldo acerca de los trenes. Mi curiosidad por el tren nocturno, que no paraba en la estación y que, por el ruido que hacía, parecía interminable. Heraldo me propuso que nos escapáramos una noche, a las 23, para ver pasar a aquél misterioso tren.
Las vías dividían en dos a mi pueblo. De un lado estaba la Iglesia, la Comuna, la Comisaría y la plaza. Del otro lado estaban las casas más humildes, las calles sin mejorado y lo más lindo que tenía para mí el lugar: un enorme monte de eucaliptus.
Nos habíamos hecho amigos del hijo del guardabarrera, que vivía casi al lado de la vía, en una gran casa de madera que les prestaba el Ferrocarril.  El padre de nuestro amigo era un hombre alto, rubio, de serenos ojos claros, que nos trataba muy cordialmente. Sonreía mucho  y había prometido llevarnos a dar un paseo en la “zorrita” con la la que se desplazaba por las vías para solucionar algún problema. Nos gustaba mucho ir a visitar a nuestro amigo. A veces nos animábamos a entrar al bosque de eucaliptus, si había sol y era de día, porque era tan alto y tan tupido que no siempre llegaba la luz hasta el piso y por eso casi no había pasto entre los troncos. Lo cual era una ventaja cuando andábamos en ojotas en el verano, buscando algún pichón caído del nido.. Cada tanto el padre de nuestro amigo nos llamaba con un grito para saber si estaba todo bien, a lo que respondíamos gritando nosotros también y eso nos causaba mucha risa. Cuando regresábamos de esa excursión la madre nos esperaba con la leche y pan con manteca y azúcar y luego nos íbamos corriendo a la iglesia porque ya era la hora de la misa.
Esa noche hacía frío, era invierno y todos se habían ido a dormir temprano. A las 10.30 me escapé por la ventana del lavadero y pasé por la casa de Heraldo, que ya estaba esperándome. Nos fuimos hasta el baldío más cercano, por donde pasaba el tren y nadie pudiera vernos.
El frío era intenso y estaba todo el pueblo silencioso, solamente las ranas y alguna lechuza parecían estar despiertas como nosotros.  Por suerte estaba el cielo despejado y la luna llena iluminaba el campo, pero aún así, yo tenía miedo.
Nos quedamos a pocos metros de la vía, esperando. Minutos antes de las 11 empezaron a vibrar los rieles y la sirena del tren se escuchó a lo lejos. No podíamos ver nada, sólo una luz roja a lo lejos que se acercaba y agrandaba cada vez más.
“¡Ahí viene!”, me dijo Heraldo con un susurro, como si  alguien, o el mismo tren, pudiera escucharnos y descubrirnos.
El tren disminuyó la velocidad y pasó delante nuestro. Conté 34 vagones, duros, oscuros y fríos. El viento que produjo al pasar a nuestro lado nos azotó la cara y se nos voló el pelo y una sensación de pequeñez me provocó escalofríos.
Poco a poco pasaron los vagones, bastante despacio, tal vez porque atravesaba la ciudad. En un momento iba tan lentamente que casi podríamos habernos subido a él, pero no paró. Continuó avanzando con su sirena y se alejó, negro y poderoso, hasta que ya no lo vimos, en el oscuro horizonte.
Volvimos a casa con la curiosidad satisfecha, pero Heraldo estaba pensativo y un poco triste. Yo también sentía un poco de angustia. Y volví a sentirla cada vez que escuchaba, en las siguientes noches, la sirena del tren cuando pasaba.
No se habló más de la visita nocturna y todo siguió más o menos igual, hasta que ocurrió lo del campanario.
Heraldo llegó esa tarde de noviembre a la iglesia con un humor terrible. Estaba enojado y aburrido y se le ocurrió subir hasta el campanario.
El cura nos lo había prohibido, porque las escaleras eran muy viejas, algunas estaban rotas y la caca de las palomas que se metían por las aberturas había corroído la madera.
Yo traté de disuadirlo pero no sé qué le pasaba a él ese día; estaba como desafiante.  Le dije que el cura iba a enojarse.
“No seas cagón, Omar”, me respondió. “El padre Jorge está en el hospital a esta hora. Ni va a enterarse”.
Así empezamos el riesgoso e inolvidable ascenso al campanario.
Atravesamos una puerta angosta que nos llevó a una habitación llena de velas consumidas hasta la mitad, que estaban benditas y no podían tirarse ni usarse en otras celebraciones. Allí estaba la primera escalera, que había sido ya arreglada, y nos llevaba a una terracita, desde donde se tiraban los fuegos artificiales el día de las Fiestas Patronales. Con mucha excitación nos asomamos por encima de la pequeña pared: todo el pueblo se veía desde allí.  La vía del tren trazaba como un dibujo recto que lo dividía en dos y se curvaba al final. Podíamos ver  todos los techos: el de la escuela, el del hospital, el de las casas más lujosas y, a un costado del monte de eucaliptus, nuestro barrio.
El aire puro y la hermosa vista del lugar animaron a Heraldo, que me empujó a seguir subiendo.
La segunda escalera era más larga y ya no estaba en buenas condiciones. Se hamacaba bajo nuestro peso y me dio un momento de pánico.
“¡Vamos Omar, no va a pasar nada!” me alentó Heraldo.
Llegamos casi trepando al cubículo donde estaba el reloj.  Heraldo se paró en el pequeño espacio que quedaba entre la máquina y las paredes, cada una de ellas con un enorme esfera de vidrio donde estaba impresas las horas en números romanos.
Era increíble ver pasar la luz del sol por ahí. Yo podía ver el cuerpo de mi amigo atravesado por luces y sombras que parecían estamparle un dibujo singular.
Parecía algo mágico y hubiese sido totalmente maravilloso pero lo arruinaba el excremento de las palomas seco, que cubría gran parte del piso y parte de la escalera.
Quedaba un  último ascenso y era hasta la última parte de la torre, donde estaban las campanas. Nosotros las habíamos visto desde abajo, a través de unas ventanas ovaladas.
Yo no quise subir más. Me parecía una impertinencia haber desafiado la orden del cura y haber conocido también, desde adentro, la torre prohibida.
Pero Heraldo continuó y, aunque desde abajo  yo advertía su particular silencio de cuando estaba concentrado, pegó un grito de alegría cuando llegó a la cima.
“¡Vení Omar, esto es increíble!” gritó asomándose por la ventana, entre las campanas.
El cura Jorge volvía del hospital y vio a Heraldo, justo cuando se asomaba sonriente, triunfante, espantando a las palomas  que entraban y salían de la torre.
Desde abajo nos llegó su voz, fuerte y colérica, llamándonos.
Empecé a bajar con cautela y le dije a Heraldo que tuviese cuidado, porque las últimas escaleras estaban en un estado lamentable. Le pedí que se agarrara de las sogas de las campanas, porque aunque sonaran, ya habíamos sido descubiertos.
Nunca lo vi tan furioso al cura. Con la cara roja y hablando rápido nos dio un largo sermón sobre la obediencia y nos prohibió volver a pedir limosna en la escalera del templo.
Heraldo, que se había aguantado bastante bien el reto, se puso blanco y no dijo nada, pero tenía una expresión en la cara que nunca voy a olvidar.
Nos volvimos callados a casa caminando y nos despedimos en la puerta.
Fue la última vez que vi a Heraldo. Esa noche pasó el tren, a las 11 y escuché su larga sirena, perdida en el medio de la noche.

Heraldo se fue con él.



*De Cecilia Zanelli. Ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar












Lo imborrable*



Los golpes a lo karateca del Hermano Miguel Amador en la nuca de mi padre. Mi padre que trastabilla dando unos pasos adelante pero enseguida recupera el equilibrio y hasta sonríe. Luego me toca a mí. Le digo que me duele el cuello, señalo tocandome en el lado izquierdo. Entonces la mano fuerte del sanador apretando algo que sería un ganglio pero que dolió lo suficiente como para dejarlo imborrable por toda la vida.

Mi madre y mi hermana estaban rezagadas en la larga fila que se había formado para subir a la tarima de madera elevada donde Miguel Amador atendía usando la fuerza de sus manos más la fe que le otorgaban quienes ya habían experimentado sus curaciones.  Mamá  debe haber pensado que ni loca se dejaba apretar o golpear. Ella sólo creía en médicos como su primo Aldo. Tomó de la mano a mi hermana  y salió de esa gran carpa donde el sanador atendía. El afuera era un gran camping donde las familias se preparaban para almorzar con asados. Era un día esplendido de primavera con el viento que dispersaba rápido al cielo el humo de las parrillas.

Mi madre buscaba a quienes nos habían llevado hasta allí,  su hermano Nicolás con su pareja Aintza, la mejor compañera que le conocimos. Luego de dar vueltas sin animarse a acercarse a los bordes de la laguna "El Esparto" por miedo a víboras o alimañas encontró a la mujer del sanador, la misma que nos había recibido al lado de la tranquera. Ella daba números para ordenar por turno la atención del Hermano Miguel Amador.

-Su hermano dejó dicho que vuelvan en tren. A ellos los están remolcando hacia Pedernales.

El tío había hecho otra de las suyas que enfurecían a mi madre: dejarnos en el medio del campo sin un retorno asegurado a casa.

Habría que decir que el viaje de ida fue inolvidable para los chicos que fuimos.

La llegada del tío con su mujer en aquel Fiat 600 casi 0km. Salíamos a pasar un día de  campo 4 grandes y dos chicos. El tío 1.90 de altura y más de 100 kilos manejaba como si estuviese al comando del Studebaker que tuvo que devolver al no poder pagar las cuotas. Pero no, ahora el tío manejaba su flamante Fiat 600 que había pagado hasta el último peso.
Recién cuando ya estábamos bien lejos de casa explicó que el destino del paseo era visitar a un sanador que curaba con sus manos.
Mis padres aceptaron más por confianza en Aintza que al tío que tenía fama de loco chiflado.
El viaje fue de maravillas mientras fuimos por ruta asfaltada -a pesar de que 4 grandes y dos chicos no entrabamos cómodos en el pequeño auto-. Cuando doblamos al camino de tierra el pequeño Fiat empezó a entrar y salir a paso de hombre por pozos ó huellas de tractores. El tío nos tranquilizaba "falta poco".

Faltaba poco cuando el 600 comenzó a humear,  quedó clavado sin señales de volver a arrancar. Nos bajamos. Mi padre con el tío empezaron a empujar hacía donde se suponía que estaba el campamento de Miguel Amador. Los chicos y las mujeres  los seguíamos.
Cuando pasamos un riacho y la ruta hizo una curva vimos las señales: chatas de gente de campo y autos estacionados. Una arboleda tupida. Era allá.

El tío dijo: vayan ustedes mientras trato de arreglar el auto.

El resto de la historia la supimos días después, Aintza encontró a un matrimonio de su pueblo que se iban en una camioneta igualita a la del abuelo de Lassie. Los remolcaron hasta la chacra de su familia en Pedernales. El tío había dicho que busquemos una estación de tren a pocos kilómetros por el mismo camino de tierra intransitable.
Con la furia de mi madre en el aire, los cuatro comenzamos a caminar. A poco de andar paró un chacarero que nos subió a la caja de su camioneta. Nos bajó justo en la estación Juan Atucha. Nos despidió con una frase alentadora: -Hoy es su día de suerte, estará al caer el tren a La Plata.

El abandono del tío nos permitió a los chicos viajar por primera vez en un tren de larga distancia. Aquella locomotora rodeada de humo como un dragón sin alas tiraba al tren por medio del campo. Cada tanto una estación rodeada de pocas casas detenía el asombro del viaje. Hasta conocimos el vagón comedor y tomamos una chocolatada Vascolet.

Mi Padre -quizás para consolar a mi madre- dijo que los golpes del hermano Miguel Amador le habían curado el dolor en la nuca. Para no ser menos asegure palpándome el cuello que la pelotita ya no estaba más.



*De Eduardo Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/













Estación baldía*


En tu andén se extraviaron viajeros del tiempo.
Pero tren, tú ya no te detienes. Pasa tu silbo vertical, sin miedo.
Y me deja ausente. A la orden de un sueño, espero tu regreso.
Tendré que cultivar el susurro para nombrar los pasos que en tu andén perduran...
A pura luz de atardecer, al oeste, un día oirás  mi corazón decir:
--Aquí desciendo.
Con la simpleza de espigas que maduran.


*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar








InvenTREN


-Próximas estaciones de escritura:



Km 55.

-Por Ferrocarril Midland-


ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.






JUAN TRONCONI.

–Por Ferrocarril Provincial-


   CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.








InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
-Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.




Tuesday, November 27, 2018

COMO OLAS DE MI AMADO MAR...


*Obra de Sandra Caschera.










La mar está en calma*



La mar está en calma y las barcas, fondeadas en medio de la pequeña bahía se mecen atadas a las boyas de color bermellón viejo tirando de ellas suavemente a cada impulso de las olas y haciendo bailar indolentemente las largas barbas verdes que cuelgan filamentosas hacia el fondo, producto del largo tiempo que llevan en el agua.

En total hay unas 10 barcas. Las otras diez o doce están sobre la arena. Son las más pequeñas y el esfuerzo de subirlas y bajarlas cada vez que te haces a la mar no es importante, por ello descansan sobre las "escaleras" de madera encerada, atadas a las pastecas que se usan para subirlas mediante lo que a los ojos de un profano sería un entramado de cuerdas sin sentido.

La "Rosario", con unas nansas en su babor, la "Mariven", algo desconchada y reseca porque Luis sale normalmente con la "Merçé"; la "Maria Luisa", recién pintada de blanco y con el fondo y una raya verde, con su vela latina impresionante y seductora, la "Costa Brava", con un motor tan viejo como las rocas que componen su nombre, la "Formigueta", tan  coqueta, mojando su popa con las olas pequeñas (nunca la acaban de sacar del agua) la "Baldufa", preciosa pequeña de remos con casco amarillo y escálamos de madera, la "Atrevida" de Tomás, la "Rosa de los Vientos" de aquel señor de Pals que va al calamar, la "María", la "Marisu", el "Pablo" que es un bote sin motor para pescar sonsos, "La Cubana"... A su alrededor, redes en sus "cofas" cuerdas y "llivants" de 60 metros, corchos de señalización, banderitas, fondales y toda clase de artilugios de pesca.
En la rada, flotando mansamente sobre el agua, la "Costa Azul", la más grande, con sus bancos y su palo en cruz, la "Paulina", la barca más esbelta que nunca vi, con su color verde tan personal, con su motor tan antiguo que había que calentar durante 5 minutos mediante un soplete antes de intentar arrancarla, "Carlos", un canot de motor interior, rojo y blanco con unos cromados rutilantes que sale únicamente el 15 de Agosto pero que estaba siempre impecablemente cuidado, "Palamós", "Cap de Creus", la "Estrellita del Sur", la "Libertad", y la "Mizar", roja y blanca, con las maderas de la borda perfectamente barnizadas, el tambucho de popa abierto, y los bancos blancos de su bañera que te invitan a sentarte y navegar.
"Viene mar" - alcanza a decir Luis mientras pasa por mi lado.
Luis es el hijo mayor de León, el pescador más viejo y de más rango del lugar. Con la piel curtida por el sol,  su grueso pelo siempre despeinado, la misma camisa azul marino con las mangas arremangadas por debajo del codo y los pantalones por debajo la rodilla.  Luis tiene el rostro surcado por las arrugas más profundas que jamás vi. Recuerdo que un día le dejó a mi hermana, por la que tenía un afecto especial,  ver el fondo de estas arrugas, y cuando ella, con sus deditos,  le separó los costados de una de ellas, apareció el fondo blanco, de un blanco inmaculado, níveo, blanquísimo. Luis era blanco en el fondo.
Y era también lacónico. Pero ¿acaso hacía falta hablar más?. "Viene mar" ya lo decía todo, ¿Para qué gastar más palabras?. Yo, con mis once años, estaba jugando en la arena en un circuito lleno de montañas y complicadas carreteras, haciendo carreras de ciclistas con unos muñecos montados en bicis que salían en los paquetes de Chocolates Torras y llevaban en la espalda la bandera del país al que pertenecían. Levanté la cabeza para ver cómo se alejaba Luis y seguí con mi carrera porque recoger las barcas lo haríamos al día siguiente.
Los pescadores "sabían" con dos y tres días de antelación, cuándo viene el mal tiempo y entonces se preparan y recogen las barcas. Las que están en la playa, las suben más hacia arriba, incluso a veces hasta por encima del camino que rodea la cala, (si el temporal va a ser muy fuerte) y las que están fondeadas las llevan a tierra.
En esta maniobra, participan todos los habitantes del pueblo usando para las barcas pequeñas, las pastecas de cada una, pero para las grandes, se usa el "tambor": En el camino de tierra que circunda la arena de la pequeña cala, hay clavados en el suelo unos tubos de hierro en los que se coloca un cilindro de madera. A ese cilindro se le acoplan cuatro palos a modo de astas donde los pescadores, sus mujeres y cualquiera que esté por allí en este momento se agarran y comienzan a dar vueltas empujando las varas.
Una cuerda atada al cilindro se va enrollando sobre él, despacio, al mismo ritmo de las vueltas que da éste, y arrastra la barca atada en el otro extremo de la cuerda por encima de unas traviesas que van colocando los pescadores y la van subiendo lentamente por encima de la arena hasta donde se sabe que va a estar segura.
Normalmente esta operación se hacía con la calma previa al temporal y era para mí un orgullo que, a mi edad, los pescadores me dejaran ir a recoger las barcas fondeadas y llevarlas a la playa para que fueran trincadas por ellos con el extremo de la cuerda y fueran arrastradas con los "tambores" hasta lugar seguro. Ir hasta la "Estrellita", ponerla en marcha y llevarla a la playa, con la confianza de los que allí esperan incluida la del dueño que está observando, repetir esta maniobra con "Palamós", la "Paulina", mi "Mizar" y las demás me llenaba de un enorme orgullo y me hacía sentir el centro del universo.

Algunas veces, sin embargo, la predicción era más apurada o había un cambio de tiempo por la noche, y la operación se iniciaba cuando ya había empezado el mal tiempo. Eran las menos, pero alguna vez pasaba y entonces había peligro. Había que ser muy hábil y tener los nervios muy templados.  Poner
en marcha el motor de la barca, y esperar el momento adecuando para acercarse a la playa. Entrar en ella a cresta de ola, y depositar con la máxima suavidad la barca sobre la primera traviesa para que la trincaran rápidamente y con el mínimo tiempo hicieran rodar el tambor y la subieran a lugar seguro antes de que rompiera la siguiente ola. En estos casos había que ir nadando a por la siguiente barca, trepar a ella desde el agua (eso era lo más peligroso ya que podías cortarte con la hélice o la barca podía golpearte con el oleaje) poner el motor en marcha y entrar en la cresta de la ola más adecuada.

Muchas veces me he preguntado después cómo era que confiaban para eso en un chaval de 11 años. Y también, cómo era que mi madre me dejaba hacerlo.  Con el tiempo he sabido la respuesta de la segunda pregunta: Mi madre nunca supo que lo hacía y en cuanto a la primera, nunca lo supe.

Pasado el temporal, las barcas se volvían a sus amarres, en una operación mucho más sencilla, en la que se necesitaba mucha menos gente. Las barcas se deslizaban por las pendientes de la arena sobre los travesaños y se llevaban a remo hasta las boyas. No era preciso ni arrancar el motor.

Todo volvía a su sitio, y yo volvía a mis juegos. Alguna vez, cuando estaba de nuevo jugando en la arena con algún amigo a las carreras de ciclistas o a cualquier otro juego, pasaban dos pescadores y uno le decía al otro, cuidando muy bien de que yo lo oyera, pero haciendo ver que no sabía que estaba escuchando: "Parece que el chaval va aprendiendo..." y esa felicitación irónica me llenaba de satisfacción, pero lo que más me gustaba era que siempre me trataron como uno de ellos. Yo no era el niño que ayudaba, era uno más de los pescadores, uno más de ellos.

Y eso, eso me gustaba.



*De Joan Mateu. joan@zarca.es








COMO OLAS DE MI AMADO MAR...

-Textos de Joan Mateu.







*


Estas manos azules transmiten caricias

y enloquecen pausados caminos de amor

estas manos que tiemblan y vician

son la causa de mi desazón

Las intuyo en mi piel paseando

como olas de mi amado mar

ellas son las que estaba esperando

en la pausa de mi caminar


y se tiñen de azul como el cielo

y se vuelven azul como el mar

son azules como el pensamiento

y el amor, cuando se empieza a amar









LA CASTAÑERA



Las hojas caen de los árboles formando en el suelo una alfombra ocre y crujiente y alguna de ellas cae directamente encima del gran fogón.
La mujer, anciana y ataviado con unas viejas zapatillas de fieltro de color negro, una falda que parece demasiado delgada para la estación, un refajo y una manteleta de lana igualmente negros, lleva sobre la cabeza un pañuelo de idéntico color atado en triángulo recogiendo el pelo, y dándole todo ello una apariencia de más vejez que la de su edad real.
Está protegida por un paraviento, que parece que se lo va a llevar el aire, con una silla baja y dos sacos al lado del fogón, uno de castañas y otro de boniatos, y un atillo de periódicos colgados de un alambre.
Es la Castañera. Es la imagen que tengo de la castañera que aparecía en otoño, y asaba las castañas y los boniatos mientras exhalaba un vaho por su boca caso tan copioso como el humo del fogón. La que vendía a "duro" la paperina* de castañas hecha con rara habilidad con las páginas de un periódico cortadas en octavos.
La castañera indicaba el frío, las castañas indicaban que el invierno estaba al caer, y la castañera, no indicaba nada, pero era tan importante que la vida que sin su presencia era inimaginable...y desapareció. Estuvo unos años, en los cuales la mercantilización de las castañas hizo que "no fuera negocio" y dejé de pasar inviernos...
Ahora, por suerte han vuelto. No son tan ancianas ni están ataviadas en negro color, ni hace tanto frío, ni el aliento se convierte en humo, pero han vuelto y por fin, de nuevo podemos tener invierno, y, la verdad, ya era hora.


*paperina: cucurucho hecho habitualmente en papel de periódico.










Etimología



Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos. Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier
- "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"
La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico.

El escudo se oscureció automáticamente.












LA MARCHA



Le había prometido amor eterno y una vida feliz, pero últimamente pasaba más tiempo de viaje que en casa, vivía en otros mundos, desaparecía a la velocidad de la luz y volvía medio hibernado.

- ¿Bafg pkfiibd, Plumkier? ¡Bazlugg ingrfhu daa gorjmekk! * - le dijo con los ojos anegados en lágrimas.

Sin embargo él, partió de nuevo.



***

* (Traducción) ¿Por qué me dejas, Plumkier? ¡Todos los extraterrestres sois iguales!











INDECISION


No debía haber entrado en aquella pequeña habitación en la que se quedó encerrado. Al tacto se dio cuenta de que a pesar de lo reducido de la misma había una puerta en cada pared. A la luz del mechero descubrió que estas tenían un letrero colocado a la altura de los ojos y vio también dos puertas más, una en el techo y otra en el suelo.

Vio claro que era un punto sin retorno porque no había manera de identificar por donde había entrado. Y vio claro también que debería escoger una puerta jugándose su futuro a tenor de la que eligiera. Un dilema de cuatro puntos cardinales mas el techo y el suelo.

En la puerta Norte la leyenda decía:

"La guía, el punto magnético, frío en el alma"

La desechó por no considerarse un líder y por miedo.

En la puerta Sur rezaba:

"Vida escasa, temperatura extrema, soledad"

Ni pensar en esta, sentirse solo siempre fue uno de sus temores.

En la puerta Este se podía leer:

"Especies y aromas, sueños vanos, pasión culpable"

Rechazó esta posibilidad por temor a las culpabilidades, aunque no se sentía culpable de nada.

En la puerta Oeste había escrito:

"Ocaso, mares embravecidos, distancia infinita"

Esta opción le dio más miedo aún que la anterior. Miedo a lo desconocido, a lo oscuro. ¡No!

En la puerta del techo leyó:

"Solamente para almas puras".

Ahí sabía que no tenía opción alguna.

Miró al suelo buscando el letrero y no lo halló.

Supo que tenía que decidirse rápidamente y que no debía escoger el suelo, a pesar de no haber nada escrito y precisamente por eso. Estaba en un mar de dudas y los minutos iban pasando. Se dio prisa a si mismo consciente de que no le quedaba tiempo y tomó una decisión. Se giró y en el momento que estaba delante de la puerta escogida se abrió el suelo y cayó. Cayó irremediablemente en una caída sin fin, cayó hacia la nada infinita mientras pensaba que su indecisión le había llevado a un destino inconcreto y eterno










El escritor



Había publicado varios libros en Estados Unidos con bastante éxito y empezaba a ser conocido en los círculos literarios. El haber sido nominado para el "Premio Plumkier de las Letras" también le ayudó en su carrera, ya que a pesar de no haberlo ganado, el prestigio de un segundo puesto era incuestionable.

Y entonces dejó de escribir y desapareció. La búsqueda llevada a cabo por su editor y por la policía, que investigaba su desaparición, fue infructuosa hasta que, al cabo de dos años, fue visto en una tienda de Oklahoma por un viajero que lo reconoció gracias a una foto de la contraportada de uno de sus libros.

El editor siguió esta pista y descubrió que se había retirado a una cabaña solitaria en los bosques de este estado.

En su visita no pudo convencerle de regresar y menos de que volviera a escribir. El hombre había descubierto su ascendencia Cherokee y no podía seguir escribiendo. Su verdadero nombre era Pluma Rota.










Velociraptor


Los médicos son especialistas en recomendarte aquello que menos ganas tienes de hacer. El mío no es una excepción y después de prohibirme el café, el tabaco y el azúcar me recomendó caminar por lo menos una hora diaria.
En aras a la salud, subí al coche y me dirigí a unas montañas cercanas pensando que si debía caminar, al menos lo haría en un paraje agradable. Al tercer día de caminar por sendas y caminos del bosque me di cuenta de que me aburría soberanamente, por lo que decidí internarme entre los árboles y explorar nuevos lugares "nunca hollados por el hombre". Mi imaginación me ayudaba a mantenerme entretenido, por eso cuando descubrí aquella cueva me alegré tanto, ya que rompía la monotonía de los senderos. Me acerqué a ella y entré para explorarla.
Era profunda y se hacía algo más grande al cabo de unos cinco metros. De pronto, me pareció notar una presencia que deduje sería de algún animalejo ya que por aquellos andurriales no se acercaban mas que cazadores en temporada de jabalí. De pronto, aparecieron dos ojos a un par de metros de altura y un resoplido me erizó los cabellos. En milésimas de segundo di la vuelta y comencé a correr al mismo tiempo que algo enorme me perseguía.
Salí de la cueva y corrí alocadamente. Trastabille y caí el suelo entre piedras y raíces. Me di la vuelta inmediatamente y vi un animal prehistórico, que se dirigía a mi sobre sus dos enormes patas traseras, mostrando una dentadura imponente y con una especie de pantalla alrededor de su cuello. Era, sin duda un velociraptor, el más peligroso de los depredadores Periodo Cretácico.
Se acercó a mi, que estaba indemne en el suelo, y me olisqueó mientras yo esperaba la dentellada fatal. Emitía unos rugidos a través de aquella boca babeante, que me sobrecogían por lo que aun no entiendo como tuve fuerzas para agarrar una rama del suelo y arrojársela. La rama le pasó por el lado de la cabeza e intuí que esto le habría irritado aún más. Cerré los ojos dispuesto a morir y esperé.

Cuando abrí de nuevo los ojos vi al animal a medio metro de mi, con la rama en la boca y moviendo la cola. ¡La había ido a buscar y me la traía!. La tomé aterrorizado y volví a arrojarla. El velociraptor fue a buscarla y correteando me la volvió a traer. ¡Estaba jugando!

Repetimos el juego muchas más veces, hasta que se cansó y se fue a su cueva.

Ahora cada tarde voy a jugar con él lanzando el palo cada vez más lejos y esperando que me lo traiga de nuevo, pero he tenido que volver al médico que no comprende porque el caminar me ha producido un esguince en el codo.









Yeti



Junio 2006


Ha sido avistado  y capturado por una expedición española, el “Abominable Hombre de las Nieves” al pie del Annapurna, tras una persecución de más de una semana por todo el macizo del Himalaya, apresándolo en el desfiladero que forma el río de Kali Gandaki.


Agosto 2006

Después de un par de meses de estudio y aclimatación, el Yeti, es trasladado a la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona, para seguir la investigación de su origen, costumbres y evolución. Los mejores investigadores mundiales se han reunido para contrastar los datos y han llegado a la conclusión de que el famoso espécimen omnívoro es único en su especie, es más, es de una especie única.


Noviembre 2006


La integración a la sociedad será lenta y ardua porque, aparte de las dificultades de comunicación, el ambiente en el que ha vivido durante los años de libertad ha configurado su carácter, que dicho sea de paso es tranquilo y pausado. Estas características han facilitado los avances en su educación y se estima que en el plazo de un par de años podrá establecerse una comunicación fluida con él.


Enero 2007

Los progresos obtenidos en la educación del Yeti han sido espectaculares. El programa de Inmersión Lingüística* de la Generalitat, esponsorizado por Cerveza San Miguel, está dando resultados y su progresión en todas las áreas hace presagiar adelantos insospechados.


Abril 2007


El Yeti (que ha adoptado el nombre de Jordi), ataviado con el traje típico catalán, ha participado en un acto institucional formando parte del “Esbart Dançaire** del Vallès”, llegando a participar en la formación de un "castell*** d'un quatre de vuit amb folra i manilles”. Como colofón del acto cultural posterior, ha dado una conferencia sobre “La integración extranjera en la Catalunya de hoy” bajo el enunciado de “Els altres catalans”


Julio 2007

Jordi Yeti, “Ex-Abominable Hombre de las Nieves”, no ha obtenido el permiso de residencia y se ha visto obligado a dejar el país por falta de documentación. Fuentes fidedignas nos han informado que vaga por las inmediaciones del Kanchenjunga, en el centro del Nepal, recitando versos de Miquel Martí Pol, mientras sus “espardenyes de betes” se hunden en la nieve. Se le puede seguir fácilmente el rastro debido a la “barretina” que juró no quitarse nunca en señal de agradecimiento por la gran acogida que le dieron los catalanes.



* Inmersión Lingüística – Programa acelerado para enseñar catalán a inmigrantes.
**  Esbart Dançaire – Agrupación que baila Bailes Regionales.
*** Castell – Formación típica catalana tradicional.   http://es.wikipedia.org/wiki/Castellers












EL CURA RURAL



"Del polvo venimos y al polvo vamos...".

Repetía como una letanía aquel cura rural mientras caminaba por entre los campos verdes en los que, animadas por la incipiente primavera, ya apuntaban algunas amapolas.
Ya eran muchos años de caminar por los caminos de tierra de pueblo en pueblo, para atender las cinco parroquias que el obispo había tenido a bien asignarle. Él intentaba llegar a todo, pero el trabajo a veces le podía y le agotaba.

"Del polvo venimos y al polvo vamos..."

Hoy estaba un poco deprimido por el servicio último servicio celebrado. Le había costado llegar al fondo y su actuación no había pasado de discreta. Se miró los pies, que iba arrastrando por el camino, repitiendo absorto:

"Del polvo venimos..."

Sonrió, sin embargo, al acercarse a la iglesia del siguiente pueblo, y más al ver a Lucía que le esperaba sentada y sonriéndole. "...Y al polvo vamos", murmuró.









*


Primero le quitó las dudas, las bragas cayeron solas.











BODA DE UN ARCO CONVERGENTE CON LA VARIABLE PURA Y DEFINIDA



Asomaba el sol por el eje de las X cuando los numerosos habitantes de Pitágoras se disponen a acudir a la boda del Arco Convergente, con la Variable Independiente.
El padre de la novia, el ilustre parámetro, era el jefe del partido de incrementos finitos y la madre, una teoría que pasa más tarde a tesis, para degenerar en hipótesis. El día de la ceremonia, salió el cortejo formado por un radical tirado por cuatro hiperboloides, dentro del cual iban los novios detrás venían los logaritmos y diferenciales tocados con la típica mantisa.
También venían las integrales para asistir a la fiesta.

...

En esto, salió el juez, y como primera medida, cogió al novio entre corchetes y lo encerró bajo llaves. Después, cogiendo a la novia por el punto de inflexión la llevó a la sombra de un vector donde se dedicó a la grata tarea de derivarla, con gran asombro y espanto de los asistentes por aquella permutación.
La variable independiente, con la combinación despejada, los senos desarrollados, y las parábolas abiertas hasta el máximo, dejando ver el punto de inflexión, empavorecida, veía como el juez sacaba el factor común entre paréntesis que iba tomando valores crecientes.

La variable independiente quedó diferenciada y con la matriz cuadrada. El público indignado cogió al juez y lo mandó a tomar límites.
Mientras tanto, el novio, cansado de vagar de fracción en fracción y de logaritmo en logaritmo, ingresó en la orden de los neperianos, acogiendo la nueva regla de Cramer.











El iceberg



Aquella mata de pelo negro azabache, ensortijado y largo, que se movía a favor del viento y contrastaba con el blanco casi azulado de aquella masa de hielo enorme pertenecía a la amante. Una belleza pura, que se encontraba montada en lo más alto del iceberg y dirigía sus miradas al mar infinito que se extendía a sus pies.

Los ojos verdes, entornados para paliar el sol del ocaso, pertenecían al amante, que estaba un poco más abajo que la mujer y que mantenía su mirada sobre ella, como intentando acariciarla, protegerla, poseerla.

Los amantes, navegando sobre el buque de hielo, se miraron tiernamente y se juraron amor eterno. Por desgracia el iceberg no duró tanto.











La chica del baile



La conocí en la fiesta de Pedro. Estaba sentada aparte, en una silla junto a la mesita del rincón del comedor, como si intentara pasar desapercibida. Su mirada iba recorriéndolo todo, con una atención que recordaba una niña curiosa descubriendo las cosas por vez primera.
Enseguida me di cuenta que era una mujer especial, que emanaba de ella una aura diferente, misteriosa y lejana.
Tardé una eternidad en decidirme a dirigirle la palabra. Normalmente no soy tímido, pero de esta mujer emanaba algo que te inducía al respeto. En un momento dado me decidí a acercarme y cruzando el salón, tomé una silla sentándome a su lado. Le dirigí una sonrisa, intentando que fuera encantadora y le dije: " Hola, me llamo Luís, ¿Cómo te llamas?" (Siempre había sido muy original).
Me miró lánguidamente y susurró: "Me encantaría bailar".
Estuvimos bailando durante toda la noche. Flotaba entre mis brazos como si de algo incorpóreo se tratara. Era liviana y frágil. Daba la sensación de poder desaparecer en cualquier momento.

Salimos a la calle al acabar la fiesta y sin mediar palabra supe que la estaba acompañando a su casa. La luz de las farolas alargaban nuestras sombras dibujándolas en el asfalto. Al cabo de un rato se detuvo y me miró.

- Es aquí - dijo. Y soltándome la mano, cruzó la calle deslizándose sin mover los pies,  atravesó la verja y desapareció en el cementerio.











40 años después



Cuando era niño y no me dejaban salir a jugar a la calle, el pasillo de casa se convertía en un campo de fútbol, una pista de jockey o un campo de batalla en el que dos ejércitos de soldados de plomo disputaban interminables batallas.
Dentro de la imaginación infantil, los soldados de plomo resucitaban porque hacían falta más y no había dinero para comprarlos o para alargar la batalla. Un dado de corcho de un rompecabezas gigante era la piedra de la catapulta que se lanzaba contra el otro ejército. Un coche de latón era el "obús" que rodando desmembraba a las huestes del contrario. Horas interminables para colocar los ejércitos. Segundos intensísimos para destruirlos.
Ahora me dedico a comprar y vender pisos. Cuando me dijeron que el piso de la Calle Hospital, donde había vivido tantos años y ganado tantas batallas, había sido captado para la venta me ilusionó la posibilidad de volver a verlo. Había marchado de allí hacia más de 35 años pero los recuerdos infantiles quedaron para siempre en mi mente y de vez en cuando en mis sueños.
Di dos vueltas a la llave de aquella puerta tan conocida y entré. El piso era más pequeño. La cocina era diminuta comparada con mis recuerdos. "¿Cómo es posible que mi madre cocinara tantos años aquí?".  El comedor, la galería de cristales emplomados...

Me dirigí a las habitaciones a las que se llegaba a través del pasillo de mis juegos. Este, al contrario que el resto de la casa, seguía siendo enorme y allí, en perfecta formación, estaban esperándome todos mis ejércitos preparados para la gran batalla. Las legiones de romanos, los cowboys, la infantería prusiana,  las unidades autotransportadas...
Tomé despacio el dado de corcho y arrojándolo sobre el ejercito contrario grité: "Tuingggg"












El encantamiento



Tenía la casa llena de ratones. Había probado con raticidas, pesticidas, empresas de fumigación y todo lo que se le había ocurrido. Cuando ya estaba por poner la casa en venta vio un anuncio en el periódico: "Se vende gato encantado para limpiar casas con ratones".
Pensó que era una broma pero, en su desesperación, llamó para informarse. Una señora mayor le contestó al teléfono y, sin apenas darse cuenta, había cerrado el trato.
Subió al coche, y cruzando la ciudad, ya en las afueras, se detuvo delante de una casita de apariencia humilde. Tomó el caminito que iba hasta la puerta y antes de que llamara, salió una señora menuda, con la cara llena de arrugas y ojos amables, que llevaba un cesto en la mano donde presumiblemente estaba el gato. Cobró lo estipulado y desapareció detrás de la puerta.
El hombre regresó a su casa y abrió la cesta. De ella salió un gato parduzco que inmediatamente se puso a su trabajo. En tres días no quedó un ratón.

El hombre estaba tremendamente satisfecho, pero al cuarto día, como no quedaban ratones el gato no tenía comida y tuvo que ir a comprar pienso para felinos. En cuanto el animal probó el pienso se desencantó convirtiéndose en un apuesto príncipe.

El príncipe se quedó a vivir en la casa porque se sentía muy a gusto, pero la casa volvió a llenarse de ratones. Desde entonces, todas las mañanas el hombre y el príncipe leen todos los anuncios del periódico.










La Felipa



A la belleza del lugar nadie le daba importancia por lo habitual. Las trece calas de arena blanca y gorda que componían el litoral del pueblo eran de sobra conocidas por los pocos habitantes, la mayoría pescadores, que componía el censo del pueblo.
Además no alcanzaba ni la categoría de "pueblo". Se limitaba a ser una de las tres Playas de un pueblo principal que estaba a tres kilómetros en el interior y cuya industria taponera era muy reconocida en todo el país.
Esta playa, con 17 pescadores era tranquila por obligación. No había en ella un aspaviento y eran tan pocos sus habitantes y tan pobres que no tenían ni las ganas ni las fuerzas para mantener discusiones. Cada uno iba a su interés y nadie negaba la ayuda a nadie. Esas cosas que son tan aceptadas por la gente de mar.
Las barcas de pesca, ordenadas en la cala del centro, se subían a la arena cada tarde en el mismo sitio y se bajaban a la mar cada mañana por la misma escala, dando después tres paladas de remo y poniendo el viejo motor en marcha.
La "Aurora", adusta, añorada de barnices y de un fondo y quillas que en su días fueron verdes, era de la Felipa (la mujer del Felip) y ocupaba el tercer lugar por la derecha junto a un escaso embarcadero improvisado en su día sobre las rocas negras que la separaban de la otra cala y que se usaba una sola vez al año: Cuando el cura se empeñaba en hacer la procesión de la virgen por mar. En la festividad de la virgen del Carmen.
La Felipa había olvidado su nombre igual que lo habían hecho los demás componentes de la comunidad, el día de la boda. Las cosas eran así, pero por contrapartida desde aquel momento era la propietaria de todo, porque en este mundo los propietarios de las cosas eran las mujeres y los hombres se limitaban a usarlas y trabajarlas.  Podías ir a casa la Felipa a comprar el pescado que el marido pescaba, los mejores remiendos de redes eran los de La Felipa a pesar de que fuera él quien los hiciera, las reuniones al amor de la lumbre en los largos días de tormenta, cuando no se podía uno hacer a la mar, eran en casa de Felipa, incluso el emigrante que se había ido más lejos era "el hijo de la Felipa" que a la vista de las pocas oportunidades que había en la zona un buen día se fue a Cuba a hacer fortuna.

Irse a Cuba estaba considerado como el súmmum de las cosas. De la desesperación y de la suerte. De la locura y de la ambición. Irse a Cuba eran promesas de sol y mujeres de amplios y fáciles favores, de mulatas esplendorosas con poca ropa, de palmeras cargadas de dátiles y de noches de ron a la orilla de la playa.  Nadie conocía a ninguno que hubiera estado en Cuba, pero estaba claro que era un paraíso, que era el lugar al que todo el mundo deseaba ir y al que todo el mundo temía ir; por lo lejano y quizás también porque en el fondo no se acaban de creer estas cosas que nadie había contado pero que todo el mundo sabía a ciencia cierta.

Hoy he visitado a la Felipa. Han pasado más de veinte años desde la última vez que fui a pescar con el Felip y desde que nos comimos el pescado de roca, aquel que no tiene salida en la plaza, frito después de quitarle las tripas en el rompiente de las olas.

La Felipa estaba igual de vieja, igual de sola e igual de silenciosa.
Sentada a un lado del portalón, en una silla baja y tomando la fresca.
En los pueblos, cuando se oculta el sol, en "la hora baja" la gente saca sus sillas a la calle y calma los calores del día con el frescor del atardecer.
Eso es "tomar la fresca" y mientras lo hace , comenta las cosas del día, hace correr los rumores y saluda a los que aprovechan para dar un paseo.

Me he puesto delante de ella en cuclillas, y la he mirado a los ojos, grises y un poco aguados. Me ha mirado sin hacer nada que me hiciera pensar que me hubiera reconocido. He entrado en la casa y he sacando otra silla baja la he puesto a su lado y me sentado.
Hemos tenido una conversación de silencios, interrumpida únicamente con alguna mirada larga, y han pasado las horas. Un mundo. Una vida...

He puesto mi mano sobre la suya y levantándome, después de una larga mirada a los ojos, he empezado a subir la cuesta.

A mis espaldas su voz: "No tardes tanto en volver, siempre me gustó hablar contigo".











Joan por sí mismo*



Nací en un pueblo de la provincia de Girona (entre Barcelona y Francia), Cassá de la Selva. Muy niño mis padres se desplazaron a Barcelona y yo con ellos, pero las raíces familiares quedaron allí y siguen, claro. Estudios: en las Escuelas Pias… con curas y con su educación. Época franquista. A pesar de eso, con el tiempo he conseguido ser bastante normal. Perito mercantil, medicina y otras intentonas, pero acabando con Económicas. Políticas y empresariales. Doctorado en ellas. Viajero desde los 16 a los 31. Después, trabajo y trabajo. Empresas diversas para hacer experiencia y, después, en la familia. Matrimonio, niños. En fin, lo suyo… Empresario siempre, librepensador y contra las reglas. Las reglas hay que contravenirlas desde el momento que se promulgan.



*Fragmento del reportaje a Joan Mateu realizado por Carlos Alberto Parodíz Márquez para el diario La Unión de Lomas de Zamora.
(11 – 3 - 2012)








InvenTREN





La nueva vida*



Ya no pudo aguantar más. Vivir de esa manera no era para él, por lo que tomó la decisión de cambiar de vida.

Fue al altillo y sacó dos enormes maletas de cuero que había usado en contadas ocasiones y las abrió sobre la cama. Con parsimonia, pero con decisión, como si se tratara de un rito, fue metiendo en ellas todas aquellas cosas a las que había otorgado algún significado. Lo querido, los recuerdos, lo imprescindible. Una vez llenas, las cerró preguntándose por qué las maletas siempre quedaban pequeñas.

Tomó una con cada mano y bajó la escalera. Una vez en la acera paró un taxi. "A la Estación Central" dijo y contempló el paisaje que iba pasando a su lado como intentando gravar en su memoria cada una de las calles, plazas y fuentes que iban sucediendo por la ventanilla del vehículo.

Cuando llegó a la estación se dirigió directamente al andén 4. El tren estaba detenido engullendo personas y equipajes. Se acercó a la puerta del séptimo vagón, lanzó las dos maletas dentro y dando media vuelta regresó a su casa a vivir su nueva vida.



*De Joan Mateu. joan@zarca.es







-Próximas estaciones de escritura:



Km 55

-Por Ferrocarril Midland-


ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.






JUAN TRONCONI.

–Por Ferrocarril Provincial-


   CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.








InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
-Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.