Saturday, July 11, 2009

EDICIÓN JULIO.





Plegaria*


Abrázame con precariedad,
con la premura de la despedida.
Sígueme con la partitura de tu música
Quiéreme cristal, agua, mariposa, viento
Con-vida al amor
cuando mis labios saboreen tu secreto
y te bese deseante.
Abrázame entre mis amigos, mis enemigos
entre mis amores, en el desamor, las despedidas, el pesimismo,
deshabitada, abandonada, en los sueños, entre corales y gaviotas
Humedece mi piel con, menta, chocolate, miel,
perfume de rosas con roció del alba,
Moldea en mi la inquietud y la espera de la pantera
Despiértame en el hastió, alcánzame en la distancia
Acuna en tu vientre al que no te desea
Abrázame para que te abrace y le nombre
Trátame con ternura cuando la noche llegue y cuelgue de ti como el niño
que fui
A pesar de todo..
abrázame vida, siempre abrázame.-



*de Maria Elena Buroni. mariaelenaburoni@hotmail.com






SOÑANDO SUEÑOS DE TRAPO*



*Cuento de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar


Mi viejo y tres amigos armaban la tipografía y en una antigua Minerva imprimían unos volantes a repartir lejos del barrio. Una tarde que entramos al taller con el mate y las medias lunas, los cuatro buscaban resumir que el enemigo nos llenaba a cada uno de egoísmo, un arma impiadosa con la solidaridad. Sin esquivar alguna broma, entre ellos llevaría su tiempo conjugar con brevedad la idea y al irnos mi madre les cuestionó el término enemigo, por estridente. Ella prefería que cada renglón fuera una voz de papel y no panfletos estilo 'madrugada y fábrica sería lindo si nos explotaran menos'. Y menos en época de condecoradas arengas, advertencias a la población y aguas revueltas que exigían hablar en un murmullo.

Hincar los dientes sobre el hueso del tiempo puede ser un ejercicio que aterra y atrae a la vez, que dicho así suena a retórica sentenciosa pero es un modo de empezar. Más bien, mis primeros rastros parecieran diluidos en su índole, estribaciones de la memoria o cadencia condenada en sí misma; aunque podría ser la voz sin después de mi madre, furtivo rescate que se esfuma sin retorno o el cosquilleo que sorprendiera mi mano en la inicial caricia al lomo de un caballo. Aunque de aquel recuerdo dudo bastante por parecerme una desvaída rememoración recibida en la sangre; mis padres habitarían rumor de caballadas, chasquidos de rebenque, ecos de inundaciones suburbanas y silbos vigorosos de trasnochados compadres. Ellos venían de raíces que se iban licuando, inexorables, aunque
aún defendían cada palabra de acercarse al resto de la gente. Y así mi viejo compartía con tres o cuatro 'el tiempo superado es una sombra astuta como una desmemoria de sumergidas lluvias, una intuición apenas de ronda planetaria, cegadora de rostros borradora de nombres'.

Yo hubiese preferido que mi viejo no muriera en un hospital por una angina cualunque, pero y al fin de tanto repaso, entre mis primeros recuerdos brilla un tren allá abajo con sus ventanillas iluminadas en el corazón de una noche lluviosa y mis ojos reinventando aquella imagen tras la ventana de mi casa. ¿Y cómo era aquel rincón del mundo costeado por las vías, mi lugar cuando pibe sin vereda de enfrente? Un recuerdo difuso, pero en la escena brilla un tren chocante sobre sí al arrancar, y luego sus vagones serían veloces fotogramas a esfumarse cual un barco en enigmas de penumbra. Y esa escena cautivando mis ojos tendría un prisma diferente en el asombro, y alumbraría mejor ese muestrario fantasmal de seres infecundos, de rostros ausentes y doblemente solitarios en el silencio de voces humanas en los trenes de la madrugada. Cuerpos llevados por la noche como rehenes de un destino inviolable y al ser uno más, comprendí mejor las voces de papel de mi padre y sus tres camaradas que se llevaron las aguas revueltas del setenta. Tipos dispuestos a imprimir 'los últimos serán los primeros en morirse de hambre', y 'el mejor negocio de los ricos es una pelea entre los pobres'.

Mi madre, fervorosa de la moderación apreciaría 'al entender que éxito y egoísmo son sólo sueños de trapo, ya habremos perdido la última sonrisa', una oración que para mi viejo y sus amigos ya era una moralina frente a los ataques y escondites del enemigo, dentro de nosotros mismos.
(junio 2009)



*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.






Faltan piedras*




Salíamos a la calle a jugar a fútbol con una piedra como pelota y los agujeros de las alcantarillas como porterías. Con cada gol se perdía una piedra, pero no había problema, en la misma calle encontrábamos fácilmente otra.

Mediante un cordel cualquiera, trenzándolo hábilmente y añadiéndole un trozo de tela, o en su versión de lujo, un pedazo de cuero, construíamos una honda y con otra piedra disfrutábamos dándole a todo aquello que no apuntábamos. Con una rama debidamente pulida con la navaja y machacando con una piedra la varilla de un paraguas hacíamos un arco terrible con el que disparábamos a los enemigos de la otra banda del pueblo.

Estaba claro que nuestra base para construir juguetes eran las piedras. Pero hoy en día las piedras han desaparecido de las calles y los niños deben ingeniárselas con otro tipo de juguetes. No es que no tengan imaginación es que les hemos quitado la materia prima.

Pongamos piedras en las calles y así evitaremos los chats, las aburridas play stations, los robots de tercera generación y los aburrimientos supinos de nuestros hijos.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es








ESPEJO*




Voy a contarte todo.
Para que sepas algo de tu especie de tierra.
Para que no me olvides.
Yo, no tengo recuerdos, ni peces, ni banderas.
No tengo olvidos, de simios, de manzanas.
No llevo báculo, ni cruz.
No se de donde vengo, menos adonde voy.


Te sorprendí en remolinos polvorientos.
Tropecé con la huída de otros muertos.
Asistí a tu primer nacimiento.
Observé el primer alegato de tu tajo.
Lloré contigo poniendo nombre al alba
Resolvimos la teoría del binomio.
Desciframos tus huellas dactilares de ave y saurio.
Vi como te crecieron las uñas.
El pelo, los pies, la indefensión.
Oímos voces que venían de otras voces.
Yo fui el primero.
Áspera cizaña. Torpe milagro de los médanos.
Seré el último testimonio de tu reloj de arena.
Tú, volverás al polvo.
Yo seré Cristo. Gilmamesh. Siempreviva.
Acaso… espejo.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





Indiferencia*



Lloro por lo que soy
Por lo que fui
Y lo que quisiera ser
En la lágrima de pulpa salada
Las persianas de mis pestañas
Refuerzan el grito del desaliento.


En el recuerdo de un pasaje
Mucho más placentero y dúctil
El viento se ha tomado un respiro
Me ha dejado sola en el desencuentro
De tus pensares y mis deseos.


Si no percibes mi llanto
Si no entiendes el malestar de mi agonía
Te ruego amado mío
Que sigas tu camino y
Yo seguiré el mío.




*De Nora Azul del Rosario Akimenco azulaki@hotmail.com





RITUAL DEL TIEMPO*



El sol cumple su ritual, lo vemos
a través de nuestro tiempo,
le damos el tono del abismo
o el arco iris hecho resplandor
en sueños.
¿Qué todo es igual?
Es imposible porque nunca
apoyamos nuestro pie
en la misma huella,
al desear “buenos días”
el tono cambia según el instante
y el estado de la casa interna.
Lo mismo el ir a la meta,
no es siempre lineal,
da muchas vueltas.
Si sabemos ver
los árboles saludan
cuando al pasar
rozamos su sombra
y un pájaro canta en nuestro honor.
¡Cuántas ofrendas!
Somos como el arroyo
que a cada minuto alberga
agua nueva en su cuenca.




*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar





*


No es mi mano. No. Es la palabra
habitándola.

Ella se dice a sí misma desde el pié.
Yo, sólo la escribo
una y otra vez.

Su voz no posee sonido. Es solo un trueno
que desbarranca toda certeza
y me abraza.

No es mi mano. No. Es la palabra.



*de CACHO AGÚ. cachoagu@yahoo.com.ar







FOTOS RABIOSAS*


“La injusticia no es anónima,
tiene nombre y dirección.”
BERTOLD BRECHT



Una cámara. Un doloroso flash. Un poema.
Fotos rabiosas.
Realidad congelada.
Niño con ombligo de hambre.
Palomas alquilando sus alas.
Hombre de vidrioso color vino.
Arcas llenas, ollas vacías.
Parajes heredados, piedras penitentes.
Pechos con anagramas de todas las tristezas.
Telar roto.
Mujer golpeando en aspas de furia.
Mí ahijado sin changas y el granero ardiendo.
Mi compadre sin changas y su yegua moribunda
Mi comadre anémica y su niño muerto.
Fotos barrocas. Fotos “barrosas”


Un moderno Guernica.
Fotos en blanco y negro.
Está el toro, el caballo, la paloma.
El sol y la mujer que sostiene el farol.
Están tus hijos, los hijos de tus hijos
Estas vos, estoy yo


Fotomontajes. Sondeo de opinión.
Fotos rabiosas.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





EL AMOR*


Es una cortina,
una niebla densa,
a veces espejo
con cosas deseadas
o estrellas fugaces
que tocan montañas...
Se nos van los miedos,
brillan esmeraldas
dentro del ensueño
que dice "por siempre".


El tiempo implacable
disipa la niebla,
corroe el espejo
que sólo refleja
lo que nos lastima;
no hay piedras que brillen
y crece el "nunca".
El amor no muere,
se convierte en lluvia.




*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar











LLUVIA DE MARZO*



1

Inmerso estoy
en esta llovizna
que de ningún modo
puede llamarse
pasajera.
Es otoño
sin embargo
pero esa persistencia
del ocre
subsiste aún
lacónico
empapado
silencioso
hasta donde puede
serlo esta agonía
de marzo.
El pueblo
es un animal
dormido y húmedo
Por no decir
cubierto
por la inclemencia
del agua.
Sólo un camión
lo cruza
con sus faros
Y su motor ruidoso
que barrena
el sueño de la gente.



2

Ante esta lluvia
que arrincona pájaros
qué puede uno hacer
sino mirar
por la ventana de vidrios
empañados
cómo el silencio
de la madrugada
pasea su orondez
sin más remilgo
que el del pinar
sobrecogido
como quieto monje
cargado de paciencia.


3

Nadie sucumbe
en un marzo
entero
como hoy.
Lo que sucumbe
es el sueño
porque la lluvia golpea
con sus mil patitas,
sobre el techo
de un cinc paciente y entregado.
Nadie se mueve hoy
porque al escapar veremos
las hojitas nuevas
verdes
estallantes
moviéndose en busca
del sol que nacerá de nuevo.


4

Entramado el aire
con las ramas y el cielo
la lluvia penetra
como un relente
limpio
bajo los remolinos
turbios
bajo los troncos chorreantes
en los árboles
donde mueren
los insectos
y la última araña
huye con su tela
destruida.
con su inevitable
sin saber
que hacer
en esta furia del cielo
hasta hace poco tan
límpido y perfecto.



5

En la cornisa
de marzo
silencia el mar
sus arrebatos
en esa playa sucia
donde una botella rota
espera inútilmente
la visita de las algas
hasta que el sol
se filtre
por esos vidrios
que nos protegieron
de aquella madrugada
que la arena sepultó


6

Estoy tumbado
bajo la luna
de agua
como ese arbusto
que recogió las gotas
caídas en la noche.



7

Ya no entramos
a las ciudades
con la paciencia
ardiente.

Ya no asaltaremos
ni la ilusión
ni el cielo.

Apenas viviremos
atados a ese recuerdo
niño
que sólo se agiganta
en la memoria.



8

A lo mejor
el aire
brotaba de luces nuevas
y esa torcaza
era
una ilusión
de marzo.
A lo mejor
los peces nadaron
desovando en la corriente.
A lo mejor
mi canto erguía
tallitos nuevos
acobardando otoños.



9

Un ardiente sol
cae en la tarde
rueda
como una naranja
por las calles
captura sombras
papeles sucios
marquilla de cigarros
un ronco amor
que llora de rodillas



10

Un tero salta
con un grito
en la mañana
de marzo.
un hornerito
llama a su compañero
y le pide atención
una gaviota blanca
se clave en la altura
celeste
un vientito fresco
arrea
vilanos de cardos
en flor
y los va dejando
sobre el campo verde
verde
que traga mariposas
blancas.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar





ESCARCHA DE LUNA*


“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”



Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.-
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente.- En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.-
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara.- Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.-
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.-
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.-
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.-
Me sentí en la gloria.- Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante.- Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.-
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.-
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos.- Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.-
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.-
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…
Hicimos así la mitad del camino.-
Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren.- Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.- Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.-
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía.- Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.-
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.-
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba.- Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.-
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…
Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.-
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente.- Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina.- Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo.- Decía que era un buen truco para fumar menos.-
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo.- Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.-
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados.- También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.-
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas.- Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.-
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.-
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos.- Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.-
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín.- Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.-
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes.- Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro.- Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos.- Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.-
Estábamos llegando.- Doblamos el último tramo.- Se había alzado la luna, grande y ovalada.- La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo.- Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.-
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.-
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.-
Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.-



*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar




Aún Sigues Haciendo Latir mi Corazón*



Entre sangre y arena
El cálido bullicio de la tierra
Se confunde con uno que otro gusano.


Y si digo que lo hice no es que aún lo haga,
Pero lo intento;
Pues sigue confundiéndose aún con el viento.


En otros tiempos pensaba en ti,
Dios sabe que lo hice.
Mientras tanto,
Este descanso
Me sigue entreteniendo
Entre uno que otro gusano.


Y decía que solo era uno que otro
Por no decir que eran más;
Aunque es entre ellos que corría mi carne
Y se iba a pequeñas mordidas
Como de miradas que hacía en otro tiempo de ti.


Aún cuando parece haberme llegado
El momento de ya no sentirte,
Todo esto se confunde entre arena
De olores mojados.


Si así lo digo no sé por qué lo haga,
Pues siempre me dijeron
Que los muertos no dicen cosa alguna
Después de darle a uno
Explícitamente
La instrucción de descansar en paz.


Solo que el que extraña,
Aún extraña cuando ya se ha ido.
Y es que muerte así sentida,
Ni es tanta muerte en realidad.




*de hugo ivan cruz rosas quetzal.hi@gmail.com





El hombre que no soñaba*



Un día Freud se encontró con un ser de piel amarillenta y opaca. Estaba sentado bajo un árbol, formaba parte del paisaje en la quietud del atardecer.
Al acercarse, este señor investigador le quiso hacer cosquillas para que sonriera o diera alguna señal de su vivacidad. Le acercó lentamente su pipa, para que saboreara el olor a tabaco. El hombre, sentado, no lograba dar una respuesta de insatisfacción o placer.
Intrigado por esa conducta tan extraña, le preguntó delicadamente ¿que le sucedía?
En un escaso vocabulario, esa figura tan efímera, le relató que había perdido sus deseos.
No tenia ganas de correr ni de caminar. Sus enojos y emociones y toda su personalidad se la habían arrancado desde lo más profundo de su ser. Le explico fugazmente, que cuando era muy pequeño, un ave de rapiña se había posado en su frente y sin estar al tanto de lo que le ocurría, descubrió, mas tarde, que acarreaba un maleficio: le había sustraído todos sus deseos.
Freud llego a la conclusión que ese individuo no podía fantasear. Le faltaba el enigma de su propia existencia, de su singular verdad...
Se pregunto entonces ¿podría llamarse hombre a ese ser en el cual no existían huellas de sus sentires? o ¿era solamente un robot? o ¿una sombra?
No alcanzó analizarlo, ya que no tenía recuerdos infantiles ni anhelos que lo anclaran a un mundo interior propio y atractivo.
Lentamente, el explorador de sueños, se fue caminando, pensando, qué seria de ese ser en el cual no podría investigar su teoría.




*de Azul. azulaki@hotmail.com





Momentos*


Un dolor inenarrable que se escapa a cualquier intento de donarle un sentido, tan opaco, tan mudo, tan cerrado, tan intenso como una tortura. Macizo y duro, sin tiempo, casi como la representación de la muerte, peor, porque la muerte es piadosa en su anestesia.
No puede durar mucho porque es imposible soportarlo.
Se va casi lentamente y se descubre la vida, no una abstracción, haberlo perdido todo y recobrarlo, el placer de la voz que suena y el cuarto propio se habita y hay un libro, un café, la calma de acostarnos a leer fuera del frío.




*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar




Vamos a contar mentiras*



Acababa de ingresar en el nuevo colegio y estaba en aquel período de observación prudente en el que uno está a la expectativa para saber como funcionan las cosas. Durante las primeras clases estuvo tomando posiciones para ver los alumnos que podían ser más afines a él, y de forma muy gradual fue entablando conversación con los de los pupitres de su lado.

Era un colegio de mucho nivel al que acudían los hijos de gente pudiente. Políticos, industriales, rentistas y nuevos ricos dejaban la formación de sus vástagos en manos de la institución que, dicho sea de paso, estaba reconocida como una de las mejores en la educación de jóvenes.

En el primer recreo se le acercaron un grupo de compañeros que le invitaron a jugar con ellos, a lo que el nuevo se avino con satisfacción por tener una acogida tan cálida como inesperada.

- ¿Quieres jugar con nosotros?
- Claro, muchas gracias, ¿A qué jugáis?
- Jugamos a "vamos a contar mentiras" - le respondió uno espigado.
- Yo no sé jugar a eso...
- Es fácil todo el mundo sabe. A mi me enseñó mi padre.
- Es que en el otro colegio yo jugaba a fútbol, básquet, balonmano…
- Aquí no jugamos a esas cosas, aquí jugamos a "vamos a contar mentiras"
- ¿Sólo jugáis a eso?
- Ten en cuenta que nos estamos preparando para ocupar los puestos de nuestros padres.
- ¡Ah, claro! ¿Y como se juega?
- Es fácil, únicamente basta con hablar. Se aprende con la práctica fácilmente.

Y el grupo entabló una conversación muy animada sobre como conseguir la confianza de los demás.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es





Caminamos*



Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.


Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose ,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.


Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.


Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.


Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.


Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.


Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es







LEJOS*




*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar


El hombre se pregunta si todo aquello que le sale al paso con fuerza de "realidad" pertenece realmente a la memoria.
A veces duda. "No será una construcción de su propia obsesión". No pudiendo creerse como veraz aquellos cielos altos de antaño, aquellos pájaros que empecinadamente perforan el cielo improbable de entonces.
Están adecuadamente previstos por las trampas de la memoria aquellos días que tornaban los soles degollados, que nunca tenían un final preciso y menos aún cuando ese sol que reptaba tras de las últimas casas del pueblo se trocaban en largos temporales de invierno con viento y lluvia; lluvia y viento, con posterior concierto de sapos que desafinaban dando pábulo al temor infantil y a la sonrisa atemperada y comprensiva de los adultos.
Quiero decir, aquellos días -aquellos atardeceres no tenían sorpresas aunque cambiaran abruptamente, esas variaciones no eran tantas, si uno no tenía en cuenta los matices.
Y ahí está la madre del borrego, como decía en aquellos tiempos mi amigo Adolfo Bonomi, más conocido por el "Negro" Bonomi. Los matices, que de ello se trata.
Porque el matiz es el que hace visible e interesante la vida y dentro de ella la literatura, que debe agregar al matiz: el tono y la autenticidad, más aún, cierta nota de pulsión, aquella que nos diferencia de los animales.
También está el matiz en ese paisaje que nos estremece siempre. Cielos altos y soles reptando detrás de aquellos pinos que lloran bajo el viento del sur.
¿Y qué pasaba por nosotros entonces, cuando el galope de un caballo horadaba con sus cascos nerviosos esa negrura, ese silencio, esos pastos que bañaba el rocío? ¿Qué singular emoción nos embargaba entonces, cuando ese ruido pasaba y nosotros estábamos en el lecho tibio del invierno inclemente y
quedaba como un eco, que al otro día creíamos un sueño?
Se acabaron las luces mortecinas que la noche escondía. Hay en esas habitaciones que el progreso arrasó en su desidia y hoy nadie queda y alrededor sólo existen sembrados verdosos sin una flor siquiera para que una mariposa se columpie o una abeja vaya a buscar su alimento.
Y sin embargo, de vez en cuando, es ese galope que vuelve, obstinado, del fondo crucial y perdido de todos los tiempos, que vuelve, una y otra vez.
O es la noche en que la llovizna nos sigue mojando a través de los tiempos, donde también hay otro galope que perfora -un poco menos claro que el otro el sin fin lujurioso de la memoria que persigue sin piedad nuestros pasos.
O está ese silencio que es más grande que todos los ruidos, impotente ante la noche que se viene con su tropilla de yeguas oscuras, con la cegadora guadaña de la luna de marzo, está la noche que es la madre de todas las noches.
La madre íntima, la madre universal y perfecta.
Y en esa noche que un poncho de llovizna finísima cubre, esa noche, repito, cuando el silencio es más que la noche, tenemos en pleno, suave e impasible sueño en que estamos inmersos, arrebujados bajo frazadas maternales, ese ruido, ese ruido que nos viene del fondo central de los tiempos: el traqueteo primero, leve pero inconfundible del tren que está entrando al pueblo y que lo habrá de atravesar impertérrito como un dios indiferente y oscuro.
Y cuando ya uno cree que pasó es que sólo está empezando a pasar. Uno lo infiere por ese largo, ronco e interminable pito que arrasa el temblor sinuoso de todos los sueños. Como si una montaña de algodones blanquísimos nos protegiera del ruido, uno se da vueltas en la cama, al resguardo de la lluvia que el viento arremolina, sacude, tira sobre los techos las hojas de los árboles que el otoño sembró y que gracias al viento se deposita en los techos, junto a esos diarios amarillentos que en las alcantarillas dormían el sueño de los justos.
Tenemos otoño, tren y llovizna, y un sueño tan profundo y tan placentero que no podemos dejar de sonreír al recordar aquellos tiempos de una paz lejana e infinita.
Cuando el alba regrese, cuando surja con su túnica que transparenta fulgores estaremos con los ojos abiertos, como dos platos de lluvia esperando las luces sonoras del día.
Y entonces sí, nos quedará en las pupilas un esplendor de luces de urdidos dolores que trataremos de sortear, un poco indemnes, un poco indefensos, un poco felices también que otra vez estemos en el centro del día disfrutando a pleno el aire del campo a todo pulmón.
Cuando escribo sobre amaneceres, crepúsculos, trenes que horadan la noche y también horadan el sueño, no puedo dejar de pensar en mi pueblo, en aquel pueblo que no existe. Quedó sepultado bajo el pavimento y a la sombra de los arbolitos raquíticos. El pueblo de altos plátanos sombreados quedó muerto para siempre, feliz e imbatible sólo en mi poco concesiva memoria.
Por las vías no pasan sino esporádicos trenes de carga, agusanados y lentos.
Ya casi no me quedan amigos, y hasta los pájaros casi son un recuerdo.
Tampoco queda el amor de mi madre que todo miraba con ojos tiernos y oscuros.
Sólo queda este cielo infinito sobre una planicie unánime y verde como no registra mi obsesivo recuerdo.
Otoño, 2009








JUAN TORPEZA*







“Morir, dormir, no despertar nunca mas, poder decir, todo acabó; en un sueño sepultar los dolores del corazón, los mil y mil quebrantos que heredó nuestra carne ¡Quien no ansiara concluir así!...Morir, dormir ¿Dormir? tal vez soñar”

WILLIAM SHAKESPEARE. “Hamlet”







Torpe.

Le llaman Juan torpeza.

Todo se le cae de las manos.

Tropieza. Choca. Irrumpe. Arremete. Embiste.

La primavera ha caído en invierno.

Tiniebla. Miedo. Canal. Luz.

Sonidos estridentes. Manos ajenas. Mala luz.

Amarillo, morado. Llanto celeste claro.



Se ha caído su infancia.

La pelota. Pelotean. Pelotudo. Sin pelotas.

Los autitos sin freno. Colisión. Impulso.

Se han caído las hojas del calendario niño.

Se cayeron iconos, letanías, milagro.

Se ha caído la Ley, las normas y los mitos.

Hombre de pantalones cortos. Mula

Levantar las orejas. Olfatear el peligro

Alerta. Se ha caído el galope.

Caballo redomón arisco.

Alazán claro, impulso oscuro.

Lámpara ocaso. Jeringa adormecida.



Exclusión. Descarte. Apátrida. Juan torpeza extranjero.

Dormir. Dormir. Dormir. ”Dormir…tal vez partir…”

Torpe.
Juan torpeza. Nadie vendrá a ayudarte.

Salvo tú.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






EL MAIZAL ENCANTADO*



A Samuel Sánchez, por deslumbrarnos con sus invenciones.


Era como viajar entre dos murallones verdes, erectos y en permanente balanceo, sólo la faja negra del asfalto y nosotros rompíamos esa monotonía especial del maizal, que se unían allá, en los confines, con la traza del camino. Ni pájaros, ni cantos, ni trinos, ni zorrino cruzando la ruta, ni lagartijas aplastadas y secas, nada.
-¿Por estos lugares se vino a vivir el Cina-Cina?
-Si. No le quités la mirada al croquis, que en una de esas por charlar nos pasamos.
-Hay que tener ganas y no se qué en la cabeza, para elegir este paraje para vivir y decir, cuando te mandó el croquis o esa especie de semi mapa en la carta, que le encantaba el lugar. Vaya encanto.
-Lo que pasa que vos no lo conocés al Cina-Cina, es un tipo especial, ya vas a ver, te va a encantar.
-Pero debe ser de antaño, si era conocido del Porfirio, tu Viejo, y ya era nombrado, -insistía la mujer del Negro que viajaba incómoda y medio de prepo.
A pesar de los diálogos que mantenía con su mujer, el Negro se andaba rodeando de silencios, orillaba ese territorio, solo eso, por ahora; pensaba, y pensar así, orillando los silencios, era una señal no visible de que en cualquier momento se rajaba, no cualquiera, desde afuera, detectaba ese tránsito. Todo se mezclaba en el Negro, era un revoltijo de cosas pasadas, presentes, el devenir, como si una cinta transportadora los expusiera, cuestiones mixturadas con anhelos, frustraciones, interrogantes.
El silencio avanzaba. Rumiaba. Le molestaba la incomodidad de su mujer, no entendía nada. Decidió, por fin hablarle del Cina-Cina, en una de esas se calma y lo deja masticar los silencios tranquilo más tarde.
-Es un tipo especial, -comenzó- siempre lo fue. Lo conocí por los sesenta.
Se presentó en la oficinas Centrales del Ferrocarril Belgrano. De entrada, como pidiendo contraseña, me preguntó sí yo era hijo del Porfirio y sobrino del Cacho. Al responderle que sí, que lo era, dio media vuelta y se fue. Al rato regresó.
-Fui al mingitorio, no daba más. Tengo derecho a mear, y en definitiva prefiero pasar por guarango y no que se me reviente la vejiga, además, el aguantar te jode la próstata.
Se paró bien de frente a mi escritorio. Estaba trajeado, por esos tiempos fumaba, de piernas abiertas balanceaba el cuerpo, de manera que su badajo cayera a plomo, y se moviera libre. Se vestía como un ciudadano, pero era un tape (gaucho del noreste), la parada lo denunciaba. Me interrogó, preguntó
por mi viejo y mi Tío, sus amigos, eran amigos del pago, San Cristóbal, al norte de la provincia de Santa Fe. Vaya a saber desde cuando, la misma maestra, los tres ferroviarios. Yo escuchaba. Y lo seguí escuchando desde ese día siempre, en sus cuentos, narraciones, invenciones, en sus fantásticas mentiras; toda una cultura, donde se mezcla la imaginación del que escucha con la del que transmite, en su narración o cuento, y que es, seguramente, parte de la imaginación colectiva. El arte de escuchar y acumular, es primario al de inventar, es que por esos parajes, primero se aprende a escuchar y luego, cuando el escuchador se siente pleno habla, todo un encantamiento.
El Cina-Cina, anduvo y vivió por todos lados, se jubiló en Córdoba, se había hecho medio cordobés, pero seguía siendo un tape.
Enriqueció por esos aires su caja de cosas escuchadas, y en una de esas aparece en Mendoza. Los hijos lo convocaron con sabiduría, querían que sus descendientes, es decir, los nietos del Cina-Cina, aprehendieran cosas que sólo el sabía y podía contar.
-No debe ser para tanto, -dijo la mujer del Negro que se llamaba Isabel- debe ser medio charlatán, engrupidor y encima de andar chocheando; también, con los años que calza, como para no.
-Fíjate en el croquis no sea cosa que nos pasemos, el callejón tiene un cartel que dice: Estación El Maizal. -Mirá el nombre que le vino a poner al callejón, original.
-Lo volví a encontrar en tierras mendocinas. Estaba igual, -mi mujer me fastidiaba, así que decidí seguir hablando- parece que de noche dormía dentro de un tonel con grasa, ni una arruga, lisito, la misma percha, pero siempre tape; andaba medio incómodo con los menducos (mendocinos), no lo entendían, decía: -Fijate mi rutina, me levanto temprano, verdeo en la cocina, hojeo el diario "Los Andes", salgo a caminar, al regresar me dedico al jardín, a los pájaros -me miró y prosiguió, yo comenzaba a abrir la boca en trance de ser pitonizado- Les cambio el agua a los pájaros, es que les puse unos tarritos en las horquetas de los árboles junto a otros con alpiste, mijo, maíz partido, cuando termino la preparación ritual, les silbo y se desprenden de los álamos, aguaribay o los eucaliptos en bandadas y es una sinfónica de trinos; aunque yo esté encaramado todavía entre las ramas invaden el árbol, pasan por encima de mi osamenta y si tengo algún granito de suelto lo picotean, no se asustan. Eso sí, ellos esperan mi silbido y recién se largan como escuadrillas en picada. Me bajo, los miro, los escucho y me digo: -No tenés pajarera Cina-Cina... A veces se descuelga algún atrevido gorrión antes que los otros, lo reto, pero no se vuela, me mira con ese rostro plumudo y percibo sus gestos de avergonzado en el movimientos de sus
pequeñas plumas. El otro día, esperando al menduco que camina conmigo todas las mañana encontré a dos perros atorrantes meándome los rosales. Cuando salí por la puerta que da al patio, embocadura por donde mi mujer me indica que la mateada ha terminado y me raja, ya no me soporta, es el momento
cuando comienzo a volar con mis fantasías mañaneras, tantos años escuchando lo mismo, como para no. Bueno, decía que salía y es cuando sorprendo a dos perros callejeros con las patas levantadas meta mear. Me quedo quieto, por eso de que es muy jodido y hace mal interrumpir el meo de golpe, sea perro o
humano. Esperé. Bajaron la pata y salí. Se sorprendieron. Quisieron rajarse. Les grité:
¡Alto!, quedensé donde están. Se quedaron. Se acomodaron frente a mí, patas y manos abiertas, las cabezas medio gachas y con los ojos bien abiertos. Les dije y bien fuerte: se me sientan -se sentaron-, no les da vergüenza andar meando plantas ajenas, esos son mis rosales. Vean, vean como los cuido, tiene hasta un anillo de algodón en el tronco con DDT para las hormigas, ustedes vienen lo mean y a la mierda el DDT, las hormigas agradecidas, no me vengan con el verso de que quieren marcar territorio.
El menduco que camina todas las mañanas con el Cina-Cina presenciaba la escena desde la iniciación con la boca abierta, un rato más y se le llenaba de moscas. Los perros ante cada afirmación del Cina-Cina se miraban de reojo girando un poco el pescuezo, movían sus cejas, gruñían despacio pero escuchaban atentamente, con la cola tiesa.
-Yo nunca los agredí -proseguía el Cina-Cina-, ni les tiré piedras, ni les puse carne envenenada como algunos hijosdeputa de por aquí, que cuando los vi, fui y los putié, la recogí y la enterré, y ustedes vienen ahora y mean mis rosales, que sea la última vez, ahora tomensen el raje. Los chocos se pararon en posición normal, antes de girar contestaron con dos ladridos, esa fue la respuesta, saltaron el cerco de ligustrines y se perdieron por un callejón.
-He visto todo, -dijo el menduco- usted es igual que Esopo, habla con los animales.
-No, yo no soy igual, él escribió sobre animales, yo hablo con ellos, no se si catea cual es la diferencia.
-¿...?
-No me mire así compadre, entienda, todos somos animales, la diferencia está en la palabra, hay que entenderse, esa es la cuestión; algunos tienen plumas, otros ladran, otros tienen escamas y viven en el agua, yo estoy parado, tomo mate y camino con usted. Digo, ¿comprenderán estos plumudos o
ladradores porqué salgo a caminar con usted?, Yo todavía no, pero, a pesar de todo, lo espero todas las mañanas.
-Al otro día, no se porque cuestión, salgo más temprano al jardín, hago la rutina, regreso a la cocina a tomarme otro verde, estaba fresco, el Tunpungatito enviaba un aire seco. Uno veía desde donde yo vivía, Chacras de Coria, el recorte del cerro precordillerano, azul, muy azul. Cuando estaba adentro siento unos ladridos, salgo y veo, los dos perros atorrantes en medio de la calle, me ven, dan dos ladridos más y corren hasta dos enorme eucaliptos, levantan la pata y lo mean, arañan la tierra con las manos, dos
ladridos más, esta vez si mueven la cola, y se van lo más campantes por el callejón.
-Hasta más ver, les contesté, nos vamos entendiendo. Entré de nuevo a la casa, busqué una palangana vieja de aluminio, la llené de agua y la coloqué debajo del eucalipto meado, donde marcaron su territorio.
-¿Eso te contó el Cina-Cina ese? Vos, seguro que lo escuchaste embobado, y te imaginaste perro o pájaro, menos mal que no habló de lagartijas o de iguanas, ya te veo con la cola larga...
Es mi mujer, no es mala, pero no entiende, es una urbana que no comprende que detrás de ese mundo masivo hay otro, distinto y hermoso, pensaba para adentro el Negro, como iniciando un camino. Al hablar de esa forma, la Isabel, daba la sensación de que un pequeño temor la iba penetrando; debía
ser por la convocatoria del Cina-Cina, el maizal y por él mismo, ya que para ella era un desconocido. El temor a sentirse desprotegida, digo, porque la conozco. Es que uno al vivir en esas inmensas ciudades y educado en ellas, cree ser poseedor de grandes y pequeños pensamientos, pero uno no se da
cuenta que no son de uno, sino de la multitud que cree ciegamente en las fuerzas de las instituciones y de su moral, y no percibe el poder de policía de esas instituciones que te moldean el pensamiento y tu opinión a través de la supuesta protección. Por eso, el valor, la compostura, la confianza, las
emociones y los principios están regidos por esa urbanidad que el mismo hombre ha creado para defender sus intereses. Por eso la existencia de Isabel y de otros, y la mía, -a pesar de haber vivido en zonas rurales, y haber sido educado con sus maneras- en las grandes urbes se vuelve insignificante y se puede vivir únicamente dentro la compleja organización de las multitudes organizadas. Por eso el sólo contacto con la naturaleza, a Isabel, le producía súbitas y profundas inquietudes en su corazón. Es que uno se siente solo, aislado de su especie urbana, a ésto se le suma la percepción de soledad, sus propios pensamientos y las sensaciones urbanas que lo abandonan, porque por aquí, por estos parajes, son inútiles. A la negación de lo habitual, que es lo seguro, se añade la afirmación de lo inusual que es lo peligroso. Miraba a Isabel de soslayo y la veía en franca transformación, un rictus distinto aparecía, duro y profundo. Comencé a aflijirme. No sea cosa que por mis locuras encantadas arruine a la otra
persona que vive conmigo, que es mi mujer, pero que no entiende algunas cuestiones. El paisaje le era extraño, hostil, a lo que se le sumaba, la desconocida personalidad del Cina-Cina.
-Este monte de maíz..
-No es un monte, -le contesté.
-Bosque de...
-Tampoco es un bosque.
-¿Entonces, qué es?
-Un maizal, eso, un maizal.
-¿...?
-El maizal es compacto, uniforme, no tiene lugares ralos, es disciplinado, nacen casi todos los granos al mismo tiempo, sus penachos se mecen como una danza, no es un mar verde y tiene una gran vida interior, es silencioso a las brisas, es una de las plantas más antiguas de América. Guarda en sus entrañas toda la sabiduría de las civilizaciones pasadas y seguía con mis desvaríos.
-Parece que vos fueras de maíz. Mirá que hay que tener ganas de venir a vivir en medio de un maizal en la soledad más absoluta, sin televisión, sin vecinos, ni cine, ni teatro, ni revistas...
-Fíjate en el croquis no sea que nos pasemos...
-No nos vamos a pasar, vamos a llegar. Hace horas que vamos dentro de este callejón de maíz. Vos fíjate en la ruta y en los caminos de la izquierda. Se conversaba, como una distracción. Ella era cada vez más consciente de que todo se volvía inexplicable, al maizal misterioso lo sentía, y esa sensación la hacía insignificante. Una fuerte inquietud avanzaba sobre Isabel, más, sabía por el tiempo que en cualquier momento aparecería el cartel que diría: Estación El Maizal. Venía de muy lejos y sentía cada vez más la aprehensión de desamparo, impresión que nunca había avistado en su mundo interior, y la presunción de que una misteriosa vida albergaba en el maizal. El Negro se tornaba cada vez más silencioso, observaba mortificado el asfalto y el maizal. Sabía que el Cina-Cina enfrentó este cambio con entereza, a pesar de ser un tape hecho y derecho. Enfrentarse con la naturaleza, aunque sólo sean problemas materiales, exige una cuota mayor de coraje y serenidad de espíritu. Ellos dos eran incapaces de una lucha semejantes, venían de otro lado. De otra sociedad, que por otras razones, no de ternura precisamente, había cuidado de ambos prohibiéndole todo pensamiento independiente, toda iniciativa, toda desviación de rutina. Solo podían seguir viviendo a condición de ser como máquinas. Y ahora libres, en medio de un maizal inacabable, no sabían como utilizar su libertad, su verdadera libertad. Sus facultades urbanas no funcionaban, eran inútiles, no detentaban otras, y cuando aparecía el desamparo, no sabían qué hacer. Todo ocurría en silencio. Los dos, al no tener práctica, eran incapaces de pensar por sí mismos, de balbucear un pensamiento nuevo. La aflicción ante lo desconocido los iba abrumando, los hacía impenetrables, aunque en forma desigual. Una especie de arrepentimiento invadía al Negro por arrastrar a la Isabel a esta locura de ver al Cina-Cina. Es que la carta invitación más el croquis los había encantado, era como una expedición de esas que se ven en las películas, que ni hormigas hay en el campamento, donde Deborah Kerr se pasea envuelta en gasas, Steward Granger de botas limpias y lustrosas y presume a la pelirroja y un negro les sirve un whisky con hielo, (¿hielo?).
Aquí por el momento no había hormigas, pero los rodeaba una soledad verde del carajo. Iban cada vez más adentro en ese mar de especulaciones, no había contención alguna.
-El cartel, -gritó Isabel- el cartel, doblá, doblá...
Encararon por el callejón de tierra negra, apretada por el peso de los carruajes de llantas de hierro, cóncava, huellas secas. Aquí sí apareció la vida, pájaros revoloteando, cuises corriendo de orilla a orilla, espantados por el ruido del traqueteo de la camioneta; de pronto, la aparición sorpresiva de algún campesino saliendo del interior del maizal como si fuera un desprendimiento, saludaba con el machete en una mano y con la otra hacía flamear un manojo de maloja, estaba desyuyando los surcos. Otros, les hacían señas de que más allá estaba la Estación, como si supieran que ellos vendrían...
La tranquera era un paso a nivel, como Dios manda, con la barrera y el gancho para el farol, los contrapesos y una campana como llamador. Pintada de negro y amarillo como dios manda, o mandaba. Los privados le cambiaron el color.
El Cina-Cina estaba ahí, sonriente, acicalado, lustroso, con su camperita de cuero, parado a lo tape, con el badajo al medio sintiendo el balanceo en el entrepiernas, los recibió con un abrazo de aquellos, bien apretado, lleno de gusto; sin soltarme le dio la mano a Isabel en forma reverencial, bien a lo tape, respetuoso, los invitó a trasponer el paso a nivel, digo, la tranquera.
-Mi señora nos espera, está desde esta mañana temprano metida en la cocina, no quiere que falte nada. Pasemos, yo voy en la bici, son como doscientos metros hasta la casa. Desde lejos se veía a la estación partida en dos en forma longitudinal, se recortaba sobre el verde maizal que daba al norte;
todo era bien nítido, un andén, las palancas de las señales, una balanza para pesar encomiendas, una carretilla para llevar equipaje, campana, dos faroles de barreras y otros enseres. Todo me intrigaba a medida que íbamos cruzando el cuadro de la estación. Al llegar vi dos letreros, uno en cada costado, Estación El Maizal, recién pintados, con letras y medidas reglamentarias.
Una parte del edificio era la estación, el otro, es decir la otra mitad, la casa donde vivía el Cina-Cina. Los ladridos de los perros alertaron a la señora de Cina-Cina que salió refregándose las manos en un repasador.
-Pasen, pasen, refresquensén un poco, en el baño hay agua limpia y fresca, hay una palangana y toallas, apuren, la mesa está servida. Todo pasaba repentino, como si el tiempo se acelerara. La palangana enlozada como los viejos baños de los coches dormitorios, con el contorno labrado con espigas
de trigo en relieve, y en el fondo, una dama envuelta en gasas o una rosa gigante, toallero, inodoro, ducha, era un baño ferroviario; al ver esto me dije y muy afligido, que algo desconocido y no tanto, aparecería. A pesar de ser ferroviario, presagiaba que se venía un viaje fantástico, digo: viaje, porque uno siempre viaja y sabe de los misterios que guarda el tren y lo que lo rodea, es la alienación del ferroviario, incurables.
Isabel, poco a poco entró en la cocina, se preocupó de los aromas nuevos e ingredientes. Lo miré al Cina-Cina, movía la cabeza y éste me respondió con una sonrisa de tape ladino, como diciendo: después viene lo mejor. Comimos humita en chala, choclos asados, otros hervidos, sopa de crema de maíz, un corderito con ensalada de granos de choclos y porotos, todo bien regado. El Cina-Cina ante mi llegada se había pertrechado de un buen vino. Era la ocasión, se festejaban años de amistad y de reencuentros. La
sensación de soledad fue mermando con la presencia de esta gente, el rostro de Isabel mejoraba, pero a mí me entraba otra intriga, despacio, como un puñal de hielo.
El Cina-Cina sonreía. Esperaba el tape, eran sus tiempos, llenos de pausas, en cambio los míos estaban cargados de ansiedad ciudadana. Años cargando comportamientos tabulados, llevándolos a cabo como si fueran propios, personales, opinaba y creía que mi opinión era original, inteligente, independiente; pero no, opinaba como el aparato de la sociedad estipulaba, decía las mismas boludeces que todos pronunciaban y votaba al candidato de todos, aunque portara otro apellido, que lo parió. Estaba libre de toda atadura y no sabía que hacer con mis manos libres. Liberadas. Con Isabel no sabíamos, éramos incapaces de poner en funcionamiento los mecanismos de la verdadera libertad, que estaba allí, en medio de un maizal. Éramos la inutilidad urbana.
Se durmió la siesta, digo, ellos, yo despierto y elucubrando sobre como el Cina-Cina había superado el cambio de la ciudad al campo, y me preguntaba, ¿qué fuerza interior lo empujó y determinó que ése era su lugar? Cuántos interrogantes. El Cina-Cina dormía. Viejo apodo que le venía de niño. Mi viejo comentaba que era tan flaco que se le asomaban los huesos por la piel como espina de cina-cina, un arbusto espinudo. Yo no sé bien si era de San Cristóbal, pero podía haber nacido por ahí cerca, Huanqueros, Ñanducita, Ceres, porque mi viejo nació en San Cristóbal pero mi abuela Elena, que era
toba, lo anotó en Ceres y por las dudas, porque no se acordaba bien, lo anotó también en San Cristóbal, en Ceres como Pedro Alejo y en San Cristóbal como Porfirio. De grande mi viejo eligió, se quedó con el Porfirio, éste tenía historias. También era contador de historias de ajenas, propias, inventadas, mentirosas y de las que raye, era de la zona, por donde dicen , anduvieron mucho los andaluces. Me arrullé pensando en mi viejo; se mezclaba el sueño, el Cina-Cina, el Porfirio, el maizal y me inquietaban las reacciones de Isabel. Siesteamos, luego mateamos, y empezó un largo viaje narrativo del Cina-Cina ante una pregunta, que él ya esperaba.
-No me llevaba con los menducos, no son mala gente, sólo que no me llevaba, sólo éso. Conversé con ella y rumbié para Buenos Aires. Fui a ver a tus amigos de la Administración de los Ferrocarriles, los que manejan los inmuebles, y como estaban vendiendo de todo, escuché que se vendían estaciones, ¿estaciones? ¡qué los parió! Me atendieron bien. Algunas la tienen las municipalidades, funcionan como oficinas de turismo, otras son museos, las conservan y las han arreglado, otras son criadores de chanchos, otras no las quiere nadie, otras se venden por dos mangos.
-El Negro me dijo que ustedes me aconsejaran.
-Bueno, mirá, aquí hay una que se vende con el cuadro de estación y todo, de barrera a barrera, es mucho terreno. -Macanudo, ¿cuánto vale?
-Casi nada, el precio es simbólico, es casi nada.
-¿Cómo que simbólico?.
-Si, tiene la estación partida, partida por la mitad, en forma longitudinal, hay que arreglarla. Mirá el plano. Está cerca de la Estación Monte Maíz, en medio de un maizal, se te puede hacer llegar luz eléctrica como tenía antes.
-¿Por qué se partió la estación? -fue la pregunta de rigor del Cina-Cina.
-A esa estación la construyeron los ingleses. Aquí cargaban la cosecha del maíz, trigo, cebada; todo el cuadro de estación era un lugar de acopio, en tiempos de recolección era un gigantesco campamento de cosechadores, crotos, linyeras bohemios que no eran otros que anarquistas sembrando sus ideas.
Hacían representaciones teatrales con sus conjuntos filodramáticos, donde actuaban los cosechadores y participaban en la construcción de los guiones para la obra. Cuando fueron a construirla se encontraron con un gigantesco magín...
-¿Qué es una magín?
-Es un inmenso agujero en la tierra, más grande que una vizcachera, algunos tienen fin otros no. Por el medio pasaba la traza de la vía, pero los constructores, creyendo que era peligroso la corrieron y en su lugar edificaron la estación con una base antisísmica, es decir un encofrado de cemento y ladrillo bajo tierra, por medio de este sistema construyeron la estación. En cambio si el tren lo atravesaba, por su estrépito y vibración podía hundirse, por eso desplazaron la traza, para evitar accidentes.
-Sí, pero no me dicen porque se partió longitudinalmente y no transversalmente la estación, eso es lo que quiero saber. Sino, no la compro.
-Nadie lo sabe, solo se sabe que justo por entre los dos edificios pasaba el viejo diseño de traza, entre ellos cabe el gálibo de un vagón de trocha ancha... Aquí el Cina-Cina sospechó. Esto no es cosa de humanos simples, aquí anda el duendaje suelto. Esto es cosa de ellos, están volviendo, y no es casual que yo esté justo con estos planos, en este lugar y que me haya enviado el Negro, no, no es casual.
-La compro, hagan el recibo. Todos sonrieron. Mas sospechó el Cina-Cina del duendaje, se habían soltado, era tiempo. Vine a verla, estaba derruida, la medí con los pasos, trancos largos, pedazos de cañas añadidas, me asomé al magín, y me dije aquí me quedo. Otro se hubiera rajado. Un sulky esperaba
con paciencia, su dueño le aflojó el freno al matungo para que pastoreara, mientras observaba, no se le escapó ni uno de mis movimientos. Regresé al pueblo y le envié un telegrama a mi mujer: empacá todo, que el Ñato te haga la mudanza, encontré el lugar. Y aquí estamos, disfrutando de la naturaleza.
Reparé los edificios, los peones de por aquí me ayudaron, cavaron alrededor del magín, corrieron la Estación con rollizo de troncos, ya que se podía desplazar, la calzamos y como ves, le hicimos un andén. Desde Buenos Aires me enviaron una mesa de auxiliar, un manipulador para el telégrafo, el teléfono de pared y el aparato stays para colocar la vía libre, los arcos para dársela a los maquinistas, el mueble portaboletos, un fechador, en fin, como ves está completa.
Lo miraba y lo miraba al Cina-Cina, porque además era cierto, estaba todo reconstruido, e imaginaba a la vez que algo en mi estadía iba a comenzar.
-Al comenzar la reconstrucción, se arrimaron comedidos para ayudarme y contarme, así es, contar era el interés central de éstos ayudantes, narrar sin afirmar, sino diciendo: ¨dicen que...¨
-Fijesé Don, dicen que en temporada el tren del maíz pasa por aquí. -Dejó colgando el fijesé Don, uno de ellos, el más suelto de lengua. Esperó mi reacción, se la manifesté con rapidez, no iba a andar tanteando, si el había jugado fuerte.
-¿Y cuándo es la temporada?, así nos preparamos, que joder, - dije desafiante.
-Para el fin de la cosecha. Cuando ésta termina, el tren cosechero o el maicero aparece; viene recogiendo la siega en las estaciones acopiadoras. Por eso este inmenso playón. En el galpón esa noche, antes de que pase el último tren, se hace una fiesta, una galponeada como le dicen, con choclo
asado, unos corderitos, vino, se viene el canto y los abrazos de los cosechadores que tienen el mono listo y se van para otra colecta: Algunos se separan, y eso es doloroso, laburando de sol a sol juntos, hablando de a sorbos todos los días, y de noche a tragos largos, y ahora la necesidad los separa, es fuerte el desgarro porque ha sido fuerte la amistad, fijesé Don.
-Entonces, cuánto tiempo tengo ¿ah?
-Veamos, se labra la tierra, rastrilla, se surca, se limpia donde se siembra, aparecen los sembradores, y a partir de los primeros brotes cuente, no es el mismo tiempo cada año, según las lluvias, seis meses, depende, aquí el tiempo se mueve de otra forma.
-Comencé a laburar mirando el crecimiento del maíz, este me marcaba los tiempos, todos los días los observaba, el horizonte se alzaba verde lentamente, y yo, meta aflijirme, -nos contaba el Cina-Cina- y la gente de campo que seguía viniendo a echarme una mano. Aparecieron los maquinistas, ferroviarios no, sino los que manejan las cosechadoras, las trilladoras, las sembradoras, esos. Con ellos creció la solidaridad, y cuando la fecha se aproximó dijeron:¨ nos vamos a la cosecha, esté atento cuando vea que
voltean la trinchera del último maizal, que antes se pone amarillento, -es un aviso- justo por donde pasa la traza de la vía, y los loros ya no revolotean por esa zona, son señales, el tren ya se aproxima, repitieron.
Isabel y yo con la boca abierta. Era la primera tarde del primer día, todos los temores de la ruta, el miedo a lo nuevo se fue diluyendo, nos entraba una especie de encantamiento, incrédulos en un principio, luego, crédulos a medias. Isabel se volvió hacendosa, su rostro se enterneció, dejó de rezongar, a mí me entró por pensar de otra manera. Salía a caminar sólo cuando los interrogantes me atoraban, el Cina-Cina, sonreía, siempre sonreía este carajo, algo veía en mí que yo no percataba. Cada vez echaba de menos más y más lo cotidiano de la ciudad, el club, las librerías, algunas charlas de café, monótonas, estériles, los chismes del laburo, las pequeñas enemistades, la cuestiones familiares, todo se diluía. Isabel ni se acordaba de sus amigas. Verla a ella era un poco como verme en un espejo. Nos renació el amor, la pasión y el deseo de estar juntos, ya no nos abarcaba la histeria diaria que anulaba todo acto de ternura. Era como si todo recién empezara...
-¿Cómo fue el primer tren que viste pasar Cina-Cina?
-Dentro de unos días te cuento, todavía no, falta poco para que te cuente y te transmita, y falta poco para que sientas, no para que veas al primer tren. Comenzó la cosecha...
Pasaron unos días y el Cina-Cina comenzó a limpiar toda la estación, silbando, canturreando. Apartado lo observaba, sino me convidaba al silbo yo me quedaba así, haciéndome el distraído. Cayó la última trinchera de maíz, se amarilló el horizonte y se aplanó, se llenó de máquinas y de ruidos metálicos. Los maquinistas pasaron por medio del playón, ¡estense atento Don! en dos días pasa, ¡estense atento! Partían hacia otro maizal.
-A los dos día, por la tarde, el Cina-Cina preparó el arco de la vía libre, llenó los faroles con kerosén, les recortó la mecha, los prendió y al atardecer se fue solo, sin convidarme, primero a la del sur, luego a la barrera norte. Iluminó la estación, regó el andén, todo estaba listo.
-Hoy pasa el tren. Vamos a comer, de paso les digo algo. Nos sentamos en silencio. Él silbaba, su mujer canturreaba y nosotros intrigadísimos.
-Esta noche pasará el primer tren de la cosecha. Cuando esto ocurra, ustedes se quedarán aquí adentro, porque aunque salgan no lo van a ver, y si ellos los ven y ven que son extraños y no gente preparada, se disuelven, porque se va el encanto, yo les explico después. Eso sí, lo van a sentir, cuando pase el tiempo lo podrán ver, pero para éso falta.
El Cina-Cina era de esos ferroviarios que se había tragado al ferrocarril con gente y todo, con sus fantasías, imaginerías y las esperanzas de décadas. Era su sujeto, y el misterio del tren se le incorporó en todo su ser, como a otros muchos, el misterio de adiós que guarda el tren, se le ampliaba. Es cierto, el tren circula de noche lleno de misterios, va cargado de vida y muerte, de noticias amargas o dulces, se nutre y siembra a su paso. Las mejores historias se desarrollan dentro de él, las más grandes
confabulaciones, asesinatos, amores, con música de fondo que es el traqueteo de su rodar. Sino que le pregunten a la Agatha Cristie, si hasta ella es ferroviaria, ningún otro medio está tan lleno de misterio y encantamiento como el tren, ninguno. Y nosotros, los ferroviarios, éramos parte de ese misterio y de ese encanto. Entendí, casi antes de que pasara el tren, que no por casualidad estaba ahí, que no por casualidad me invitó el Cina-Cina a pasar unos días con él en ese lugar y en ese tiempo, si éste hablaba con los perros, yo era cosa fácil.
Terminamos de cenar, bebimos bien, todo medio en silencio; nosotros mudos, el Cina-Cina y la señora normales, sólo nos miraban más de la cuenta.
Nosotros éramos la preocupación, no el tren, él, ya era rutina en tiempos de cosecha.
De repente comenzó a vibrar todo, suavemente, un sonido de cosas rozándose, el poderío crecía y el roce se transformó en tintineo sin interrupciones, era un tembladeral.
-Es el tren, -dijo el Cina-Cina- no salgan, recomendó de nuevo, tomó el arco con la vía libre y un papel enrollado, como si fuera un mensaje, de esos que les dan a los maquinistas con observaciones, y se paró en el andén de la estación con las piernas abiertas, haciendo balancear su badajo de puro tape no más. El jadeo estrepitoso del tren se aproximaba, era como un ronquido que brotaba de la tierra. Cuando pasó el tren parecía que entraba al comedor, todo un estrépito, el silbato a pleno y un olor azufrado penetró
en la habitación como un vapor, pero no era vapor, era humo de caldera, la locomotora era a vapor. Entró el Cina-Cina sonriente, con la otra vía libre en la mano, la que le tiraron los conductores del tren. Se sentó, se calmó, se tomó un largo trago de vino y por fin nos miró y escuchó nuestro silencio. Eso sí, ni nos acordábamos de la sociedad de multitudes, esto nos superaba.
-Pueden salir, -nos dijo. Salimos. La noche estaba clara, fresca, se iba terminando el verano, se doraban las plantas, y el cielo y las estrellas y la miniatura de uno ante tanta inmensidad, y de qué me caliento si sólo soy apenas un grano de maíz y no entiendo un carajo....
-Mañana la seguimos, trabajé mucho hoy, es el primer tren de la temporada, después todo es rutina, hasta mañana.
Cina-Cina, viejo zorro del monte, nos dejó cargados de interrogantes, nunca en mi vida había tenido tantos. Pero eso de la inutilidad ciudadana frente a la naturaleza se iba acabando, y este acabar era obra de él, me la pasaba reflexionando y hurgando mi vida anterior, todos los días me daba pie. Y la
Isabel andaba cavando estacas para armar un gallinero, punteaba la tierra para sembrar verduras; de noche venía cargada de aromas verdes, uno podía adivinar los andares de su día de solo olerla, de hocicar entre sus cabellos, de verla extenuada pidiéndote amor.
-Buenos días, ¿durmieron bien?, preguntó el zorro. Y estaba mateando sentado en la galería de la casa.
-Escúchame Cina-Cina, anoche escuchamos el tren, no lo vimos, pero ¿y las vías?, y el maizal del norte aún está en pie, nadie lo aplastó, ¿cómo es todo ésto?
-Todo esto tiene que ver con la terquedad de la esperanza, como dice mi amigo Luis, que es de Córdoba. Las vías están ahí, debajo del maizal, el maizal no es aplastado porque se acuesta al paso del tren, si te fijás está medio inclinado, recién para el medio día se pone derechito. El tren aparece y se esfuma con la complicidad del maizal, de la gente que lo habita, de los maquinistas de las máquinas agrícolas, de su solidaridad, de soñar juntos, de recrear lo mejor de nuestro pasado, para no olvidarnos, nunca de nuestras raíces; el maíz es el símbolo de la unidad, de la vida y todo esto alimenta nuestra imaginería, se potencia de tal manera que hacemos regresar el tren, a los crotos, a los anarquistas cantando en los fogones como docentes, llenos de fuego y pasión. Es una manera de vivir, la de no dejarse vencer nunca. Escuchar el tren es un paso, verlo es otro. No dejarse arrebatar ni los sonidos, ni los sueños, ni los cantares, ni el anhelo de ser hombres libres, esto tan sencillo es una proeza, como la pretensión de ver al tren. Isabel y yo, casi en ayunas escuchábamos atentos. Absortos ante las palabras del Cina-Cina, embrujados. No éramos los mismos, nunca más lo seríamos, pero las dudas del mundo nos carcomían. ¿Cómo qué es pura pasión?, si yo escuché el pito de la locomotora, la casa trepidó y percibí el olor a
humo de leña. ¿Era el misterio que guarda el tren, el encantamiento del maizal?, o somos nosotros y nuestra terquedad, esa que portan los ferroviarios hace más de cien años.
-Dicen que por Avía Terai, Rincón del Quebracho, Pluma de Pato, Negro Quemado, Añatuya, Chañar Ladeado y otros lugares, anda apareciendo el tren.
Que los tanques y cisternas tienen agua y que sus mangas gotean de nuevo. Que todo recién empieza, que es cuestión de tiempo, el tiempo de la gente. Como siempre, casi todo se inicia por los sueños, luego a uno le renace la esperanza, más tarde la aspiración por concretarlo y aunque parezca lejano, nada es lejano cuando los hombres y mujeres sueñan sueños que tienen que ver con la vida. Por eso, querido Negro, estás en este lugar, nos cobija el encanto del maizal, el encanto de sus habitantes es tan grande que hace
funcionar el tren, como un deseo fuerte que toma cuerpo y forma, aroma y música en su trepidar, como el que tenemos nosotros, los ferrucas, la gente de los pueblos sedientos, los que se quedaron sin agua, sin poder visitar al de más allá: víctimas de la desconexión entre pueblos...
-¡Frená, frená, pará! estás alucinado, ¿no te diste cuenta de todo lo que hablaste? Tenés los ojos vidriosos, estás tieso. Has hablado sin parar todo el viaje ¿Te acordás de lo que contaste sobre el tren fantástico que pasó por el medio de la casa del Cina-Cina? -¿Te acordás? le reclamaba Isabel a
viva voz para hacerlo volver, se había ido el Negro en el relato o monólogo, o lo que sea. El Negro sintió el reclamo, comenzó a volver, abandonaba poco a poco el territorio de los silencios; frenaba pausadamente la camioneta, pestañeaba de nuevo, salía de una rigidez particular, aspiraba profundo;
retornaba lentamente de algún lugar de silencios que solo él conocía.
Porque a pesar de haber parloteado sin parar, no había sido claro, es que no podía ser claro, aquí no había transmisión oral de una imaginación a otra, el que da y el que espera, el intercambio, la mixtura no se producía, la imaginería colectiva no cuajaba, todo era incoherente. Sus palabras estaban llenas de encantamiento, partían de otro sitio, venían de muy adentro, o de muy afuera, adentro estaba él, afuera el maizal. Detuvo la marcha, y le dijo a Isabel: yo vi y sentí el tren que pasó por la casa del Cina-Cina, por el medio de la estación partida. Vi y sentí el tren, olí el vapor de los cilindros y el humo denso de la caldera. Isabel, acordate, todo oscilaba, todo era vaivén...vos estabas conmigo. La miró, abrió más los ojos y se calló.
El Negro temblaba, estaba como afiebrado, apoyó la cabeza sobre el volante, lo aferró fuerte con sus manos, tomó mucho aire y gritó: ¡qué lo parió, era un sueño carajo! y quedó jadeante, se fatigaba, y en cada espasmo, miraba a su mujer solicitando cariño, afecto, tolerancia. Isabel lo miró con una
inmensa ternura, lo acarició y despacio, paso a paso, lo calmó, lo apartó de la excitación, aprovechó ese momento de sosiego y le dijo:
-Tranquilo, calma, aún no llegamos a la casa del Cina-Cina, todavía vamos por entre los murallones del maizal, descansá, es largo el viaje; es que el maizal y el asfalto se parecen a una larga traza de vía, y esto te confundió, es eso, el maizal y el asfalto te desorientaron y te vino el desconcierto; por eso te alucinaste, digo, te confundiste...es eso, nada más que eso; mejor dicho: es por el maizal y los sueños del Cina-Cina.





*de Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar
-Fuente: Crónicas del Terraplen. La Rosa Blindada. 2002




LA CAPILLITA SOLITARIA*



La antigua ruta once, el camino real para nosotros, era ancha, arenosa, polvorienta, y desde nuestro pueblo hacia el norte, habitualmente desolada, casi desierta; haciendo lucir desolado todo lo que lo circundaba. Los arbustos, enredaderas, y pastos de los costados; se veían sucios, cubiertos por el polvo que se levantaba del camino, más por los vientos, que por el escaso tránsito de aquellos tiempos. Muy pocas casas se animaban a asentarse a su vera, sólo algún “boliche” o paraje, muy lejano uno de otro. Las casas de los colonos eran espaciadas, y se presentaban bastante alejadas de la ruta.
En la mitad del siglo veinte éramos niños, y solíamos acompañar a mi padre, en sus cortos viajes, con el traqueteante y pequeño transporte de fletes varios. Solíamos visitar colonos, llevando moderadas cargas de mercaderías, o de insumos, trayendo parte de sus cosechas, especialmente hortalizas y otros productos, que se comercializaban bien en el pueblo.
A un par de kilómetros de las últimas casas, donde un abandonado camino vecinal formaba la esquina de un pequeño lote de campo, yermo y de breves pastos amarillentos, alejado de todo vestigio de vida: se levantaba solitaria una pequeña capillita ornamental, que se erguía, no más alta que una persona, sobre una delgada columnata retorcida, de aspecto neo gótico, símil mármol, y consagrada seguramente a una deidad religiosa, alguna virgen. Nadie sabía qué conmemoraba, ni en honor a quién se había erigido, y sobre todo por qué precisamente allí, alejada de todo.
El tema es que verla siempre tan sola, causaba una sensación incómoda, revestida con algo de inexplicable temor, y nuestra imaginación infantil, nos proponía absurdas relaciones con alguna leyenda, de hechos o personas que desconocíamos; máxime que más de una vez hemos visto, a algún acompañante circunstancial de la zona, persignarse respetuosamente cada vez que pasábamos por el lugar.
Nunca pasé indiferente, ni lo hubiera hecho sin advertirlo; siempre ese resquemor, ese recelo. Y no sólo yo, en casa se contaban cosas curiosas que habían ocurrido, a quienes de noche pasaban por allí, y no guardaron tal vez el debido respeto; aunque no es que lo creyeran del todo, siempre aparecían esos temas en charlas de sobremesa, como algo gracioso, folklórico.
Recuerdo que una noche nublada y muy obscura, nuestro pequeño camión quedó sin nafta, y se detuvo, precisamente enfrente; aunque no podíamos verla, sabíamos nuestra posición, porque ubicábamos las primeras y espaciadas luces del pueblo. No podría decir que me daba miedo, estaba al lado de mi hermano mayor, que si bien todavía era un niño, era una compañía enorme para mí, y además estaba papá, que fue quién se bajó y midió con una pequeña regla, cuanta nafta tendría el tanque. Pero varias veces me descubrí escudriñando en la negrura, a ver si veía la silueta de la capillita, y a veces miraba fijamente. por si alguna cosa extraña se moviera cerca…
Un jinete se acercaba al trote.
Lo escuchábamos desde una buena distancia. Papá le habló cuando estuvo junto a nosotros, aunque ni remotamente lo conociera. Le dio un billete y una damajuana de vidrio, pidiéndole que le consiguiera algo de nafta en un almacén, que estaba sobre la ruta, hacia el norte. El jinete apareció tras un largo rato, con la damajuana a medio llenar, suficiente para llegar a casa. Generoso y honesto el criollo. Luego no sé bien qué pasó. Papá le pasó un billete de poco valor como propina, agradeciéndole “la gauchada”; pero el hombre se indignó, se enojó, y lo expresó a toda voz, y era que consideró escaso el pago por el servicio.
Mi hermano y yo nos decepcionamos, ya que en principio entendimos que era un gesto generoso, y no aceptaría pago alguno por el auxilio; pero no, el hombre entendió que era una changa, y le habían pagado poco…
Todo esto sumado hizo que nuestra avería requiriera bastante tiempo en el lugar, que para mí era apremiante. Me avergonzaba sentir el miedo o resquemor que estaba sintiendo, y por momentos tenía un cosquilleo y escalofríos, hasta que volvía a serenarme viendo que ya nos íbamos y dejábamos atrás aquel oscuro y desolado sitio. Alejándonos, y sintiéndome algo más seguro me animé a voltearme y mirar casi hipnotizado hacia atrás, esperando ver, vaya a saber qué misteriosa aparición.
Tengo en mi memoria ese percance, y aquella noche tan cerrada; donde tuve omnipresente la inquietante cercanía de la misteriosa capillita…
Y esto del halo singular y casi exótico, que emanaba el pequeño santuario, estaba bastante difundido, y amalgamado a una profunda cultura religiosa, que a su vez, de un modo curioso, se ligaba también a un abanico de supersticiones y temores. Era evidente, al menos entre nuestros conocidos y parientes; aunque nadie habría querido reconocerlo, y sólo surgía si se involucraban, como pasó con un primo mayor nuestro, que estaba viviendo temporalmente con nosotros…
Era todavía soltero, así que estaba en la etapa de conocer posibles candidatas casaderas.
Acostumbraban en la zona rural de aquel entonces, acceder a encuentros de muchachos y muchachas, en las fiestas familiares, o en los bailes de colonia, fiestas religiosas o cívicas, y tantos eventos domingueros o casuales. Pero sobre todo de un modo muy recurrido en la zona: las visitas domiciliarias; donde solos, o en compañía de un amigo, o a veces dos, el pretendiente llegaba un sábado por la noche, “a tomar mate”… directamente y sin invitación alguna, a una casa elegida, donde hubiera chicas casaderas;
El juego era ir “tanteando”, a ver cómo eran “recibidos”; y no excluía que también visitaran otras casas, a veces esa misma noche, hurgando en un itinerario de selección, que concluía sólo cuando se formalizaba un compromiso, Esto podía ser una búsqueda de meses o de años, tornándose en algunos casos crónica, y como todo, ir devaluándose con el tiempo, siendo recibidos lógicamente, cada vez con menos expectativas.
No sólo los sábados, también las vísperas de fiestas, donde la otra parte también esperaba con impaciencia, qué podría depararle aquellos encuentros; que por otra parte no siempre eran tan fortuitos, a veces, ya tenían previamente alguna mirada complaciente, como un guiño, o un convite concertado.
Mi primo pertenecía a éstos últimos, visitantes “tomadores de mates”…
Un jueves por la noche, víspera del sagrado viernes santo, en que no podía realizarse ninguna actividad que no fuera de recogimiento, o adoración a Dios y a Cristo crucificado. Mamá no hubiera querido, que ninguno de nosotros saliera de casa esa noche.
-Mirá que tenés que estar de vuelta antes de las doce. No te entretengas. Acordate que pasada la medianoche ya va a ser Viernes Santo…-
-Si tía, quédese tranquila.- dijo mi primo, guiñándonos un ojo a sus espaldas, cancheramente…
Y con esa promesa, mi primo subió a su bicicleta, y partió a su visita romántica, a una legua al norte. Cuando decidió volver vio que ya eran más de las doce; y aunque nada tomaba en serio, se sintió profundamente sólo al volver por la ruta, en una noche alumbrada fantasmagóricamente por la luna llena.
A la mañana siguiente, tartamudeaba, todavía desencajado al contar, lo que él juraba que le había pasado:
Precisamente al llegar a la capillita, vio de reojo como de la misma salía un pequeño perro negro, mostrando una ferocidad rabiosa, y ladrándole furiosamente, arremetía decidido a morderle la pierna. Trató de pedalear más fuerte, pero el camino arenoso le frenaba las ruedas, y el perro lo atacaba más y más fieramente. Comenzó a defenderse arrojándole patadas, pero cada vez que le acertaba una, el perro crecía, y se hacía cada vez más grande y más aguerrido; y en un momento se había convertido en un perrazo enorme que no le daba tregua…
Se acordó entonces de rezar desesperadamente, mientras se concentraba en pedalear, y poco a poco se fue distanciando; del descomunal y fiero animal en que se había convertido, salvándose según él, por muy poco de sus filosos colmillos…
Todos trataron de hacerlo entender, que el perro habrá sido nada más que un perro, y que el miedo hizo el resto…
Pero a él nadie le hizo cambiar nunca, lo que aseguraba haber vivido.
Y muchos de nosotros entonces, sin querer, sentimos un escalofrío….
Y yo, lo vuelvo a sentir cada vez que me acuerdo.



*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar





Digo...*




Otra vez la noche se ofrece como portal.

Navego en ella con mi silencio externo.

Mozart acompaña.

Una débil llama se mece desde siempre.
Oscila en mí, lámpara tenue
que todo lo contiene lo abraza
lo expulsa lo atrae.


Digo lámpara por no decir pájaro
nube avena centelleo
acorazado soles margarita.


Digo lámpara para sostenerme.

Digo Tao ...



*de Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar





Inventren... Próxima estación: J. V. CILLEY.

Colaboraciones a: inventivasocial@yahoo.com.ar

*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 12 de julio de 2009, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, presentaremos música cubana de diferentes compositores e intérpretes. Las poesías que leeremos pertenecen a Horacio Rossi (Argentina) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Las fotos de la inauguración de la exposición de Walkala en Oberndorf se pueden ver en el link http://artistas.euroyage.org/main.php?g2_itemId=1035
Cordial saludo,

Walkala.

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Friday, July 10, 2009

FUE INVENTAR SONRISAS EN CASAS ABANDONADAS...


SIN RESPUESTA*



Sembrar puertas con espera
fue el imán del camino,
fue inventar sonrisas
en casas abandonadas
o colocar guirnaldas
en terrenos baldíos
para cosechar todas las mañanas.
El mensaje se evaporaba,
casi nadie habría las ventanas
y el viento inventado se perdía
en inútiles tramos de hojarasca.
Era lava de vida activada,
ver el amanecer y saborearlo,
abrir puertas al ensueño alado
y si fuera preciso, ser paloma
y águila a la vez por la osadía.
Pero nadie respondió
y el mensaje se durmió sin esperanzas.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






FUE INVENTAR SONRISAS EN CASAS ABANDONADAS...







Elogio de la intolerancia*



*Martín Caparrós
10.07.2009


Un hombre joven cuenta por la radio el problema que tuvo al llegar a BuenosAires desde el Chaco: por un reclamo de taxistas la terminal de micros deRetiro estaba cortada y debió bajarse a quince cuadras, caminar quincecuadras bajo la lluvia cargando su equipaje. Pero el hombre sabe por qué lesucedió:

-Y, estamos en la Argentina.

Fue sólo un comentario -que ya resulta- banal ante un hecho -que ya resulta- banal, pero me impresionó precisamente eso: la naturalidad con que lo dijo.
Y, estamos en la Argentina. Un comentario banal que me devuelve esa sensación que cada vez me impacta más: que hemos aprendido que nuestras vidas de argentinos son mucho peores que lo que hubiéramos querido pensado imaginado y, sobre todo: que nos acostumbramos. Cada vez estoy más sorprendido por el tipo y la cantidad de cosas que aprendimos a soportar, a encajar con un leve movimiento de los hombros. Y, entonces, me pregunto mucho dónde están nuestros límites.

-Bueno, hacia el este el Río de la Plata, el Uruguay.

-Usté sí que me entiende, compañero.

Lo pensaba estos días, cuando acabamos de pasar una de las elecciones más tristes que recuerde, con ideas tan pobres que era una suerte que no hubiera muchas, con tal falta de opciones que los que querían castigar al gobierno votaron a un millonario sonreído que ignoraba la diferencia entre estatizar y nacionalizar, con tal desvergüenza que ciertos ganadores festejaron con los bufones a los que debían -dijeron- parte de sus votos, con tal necedad que los perdedores en jefe siguen sin darse cuenta de que perdieron y persisten en su cardumen de equivocaciones: una pena de ejercicio cada vez más vacío de sentido, que por momentos no deseamos sino que soportamos.

Lo pensaba también recordando todos esos problemas endémicos que ya nos parecen naturales: que haya miles de personas que pasen hambre, que haya chicos que no crecen por hambre, que haya chicos y grandes que se mueren por hambre, que haya millones que no pueden trabajar, que haya millones que
viven como si tuvieran la culpa de algo, que haya más y más chicos que no saben pensar más salida que los caños: tantas cosas que ya no nos sorprenden, que ni siquiera nos sorprenden, que siguen sonando al fondo como un ruido que fue molesto y, por momentos, se vuelve imperceptible.

Lo pensaba cuando quedó claro que nuestros gobiernos -nacional, pero también los provinciales- nos engañaron como a sapos flacos con las cifras de la gripe y, para no perder votos, dejaron de tomar las medidas que deberían haber tomado. Alguna vez quizás el Indec podrá calcular cuántas personas se
enfermaron por esa demora, cuántos se murieron, y la justicia determinar qué pena corresponde a ese delito; mientras tanto, sin números -ya sin creer en los números- alcanzaría con recordar que fue una conducta criminal, intolerable, que todos parecemos tolerar bastante bien.

Y lo pensaba en la víspera de este día extraño en que el país está medio cerrado -y la palabra decisiva es medio: el gobierno nacional decidió que sus empleados debían quedarse en sus casas para aventar el peligro del contagio, pero no tuvo la inteligencia o la convicción o los cojones para obligar a los privados a hacer lo mismo con sus empleados, o sea: decidió proteger a sus trabajadores, no a sus ciudadanos, para no meterse con la libertad de empresa -las ganancias- de los patrones argentinos. Y encima, aquí en Buenos Aires, el gobierno municipal decidió que no era para tanto y que sí hay que trabajar. O la medida es necesaria y debe aplicarse a todos, o a nadie porque es innecesaria. O sea: hay que redistribuirla.

-Lo veo extremista, mi estimado.

-¿Y por casa cómo andamos, señor Alsina Alcorta?

Pero lo pensaba sobre todo cuando me enteré de que aumentaron los precios delos productos que la gripe o el miedo de la gripe ha vuelto indispensables.
Ciertos fabricantes, distribuidores, comerciantes que hace quince días creían que cinco pesos por un alcohol en gel eran un precio justo ahora lo cobran diez porque hay más enfermos y más asustados dispuestos a pagar, aplicando la ley de la oferta y la demanda a la desesperación de sus vecinos. Los mismos -y otros- que pedían 35 centavos por ignotos barbijos ahora los venden a dos pesos porque el pánico es así y a nadie le importa que los expertos se desgañiten diciendo que no sirven para nada.

Solemos echar la culpa de todos nuestros males a nuestros gobernantes, al Estado o, con suerte, a los más ricos poderosos. Los que decidieron estos aumentos son unos cientos de honestos integrantes de la famosa clase media argentina -buenos padres y madres de familia, pagadores puntuales de la cuota del cable, evasores módicos de impuestos, dispépticos callados, respetuosos de su dios cada domingo- que, de pronto, vieron la oportunidad y no quisieron perdérsela. Y que, sospecho, se justifican diciendo que así es la vida, que negocios son negocios, que por una vez que se me da no me voy a hacer el exquisito, que cualquiera en mi lugar haría lo mismo, que esto es la selva y si no comés te comen, que si los de arriba son unos hijos de puta por qué yo voy a ser la madre teresa y si néstor y el turco no están presos acá se puede hacer lo que sea o cualquiera de esas frases más o menos hechas con que tratamos de disimular nuestra bajeza -si es que lo consideraron necesario: porque también cabe la posibilidad de que yo sea un optimista al pensar que justificaron algo, de que estén tan carcomidos que su conducta les haya parecido lo normal.

-Es lo más normal, Caparrós, es lo que hacemos todos.

-Tiene razón: ¿a quién se le ocurre confundir normal con deseable?

Y así vamos. No me sorprende que el famoso gobierno no intervenga para poner precios máximos a esos productos, porque para eso primero tendrían que aprender a atarse los cordones sin caerse. Me sorprende más que la famosa sociedad civil no intervenga para poner, por ejemplo, carteles en las
puertas de esos negocios diciendo que esos señores que se aprovechan de la desgracia común deberían vivir en el Karakorum y que habría que transferirlos ya mismo por la vía más veloz, o circular sus nombres con la promesa de no comprarles nunca más ni un algodón usado -o algo así.

Pero de eso se trata esta mañana: de la sorpresa ante nuestra capacidad de soportar ciertas cosas que, a veces, para un observador un poco lelo, podrían parecer insoportables. Aunque algunos días -cuando veo cómo aumentó el alcohol, un suponer- pienso que soportamos porque estamos esperando nuestra oportunidad de hacer, por fin, lo que nos hacen.

(Postdata: ayer leí que algunos radicales formaron un grupo para contraponer a Carta Abierta, y que entre ellos están Félix Luna, Jorge Vanossi, Daniel Sabsay, Marcos Aguinis, Atilio Alterini, Horacio Sanguinetti. Todavía no dijeron más que una palabra y ya hablaron demasiado: dicen que se llaman
Aurora. Como son dizque intelectuales, gente que debe manejar palabras, sería bueno que alguien les recordara que, en la Argentina, Aurora es antes que nada el nombre de una canción de exaltación militarista, una que empieza diciendo alta en el cielo un águila guerrera. Si ésa es su idea "del debate
y de la república", empezaron con el pie derecho; si no, que lo intenten de nuevo y se llamen, como les corresponde, Noche Triste.)


*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=27275







DEL CONSUELO*



*de Horacio C. Rossi



Las playas topan de arena ambas bandas de la mar.
Mar atravesada en pena. Salada a fuer de llorar…

Podría contar el cielo, si le diera por hablar,
lo que rezan estos versos del Poeta en su cantar:

alguna vez en la vida podra su destino hallar
el hombre, si es que no olvida todo el paisaje mirar…

ni se ilusiona con mundos que talvez no ha de encontrar
ni extraordinarios favores que lo hagan maravillar…

allí encontrará –diría: talvez pueda allí encontrar-
la sed de nueva sequía, la dificultad de amar

restos de antiguos naufragios que no lo han de alimentar,
y templos ya sin sufragios a dioses que hay que olvidar…

“Para esta vida, tan fea, es que crucé tánta mar,
para que nada me sea como amé imaginar?”. . .


-Hágase firme, y espere
total, ya sabe esperar.....
La semilla que trajere,
ya mismo, dése a sembrar


Es, lo que la sangre empuja,
lo que vale asegurar:
el aire de la burbuja:
¡haber cruzado la mar!


Ni el marino ni el velero:
¡el viaje!, va a germinar...
No la piedra ni el hondero:
la caza de su atinar


El son de los instrumentos,
lo que la voz, al cantar,
dice de los sentimientos:
¡la luz!, en el despertar:


¡La mano, ya recibiendo
a los que están por llegar,
con el recibo, tremendo,
de haber fundado un lugar!






Praga te maldecirá*




*Por Juan Forn


Praga le dio todo a Gustav Meyer, y después se lo quitó. Lo recibió con los brazos abiertos cuando Meyer llegó en su adolescencia a la ciudad, acompañando a su madre actriz (el padre era un ministro de la corte de Württenberg que jamás lo reconoció). Cuando la madre se unió a una compañía teatral que partía de gira a Rusia, el quinceañero quedó solo en Praga, pero se las arregló para concluir su bachillerato y la carrera de economía con notas brillantes y especializarse en comercio internacional. A los veintitrés años tenía el mundo a su disposición, pero una pena de amor lo llevó al borde del suicidio. En el preciso momento en que estaba por dispararse un tiro en el pecho, manos anónimas pasaron bajo su puerta un folleto espiritista titulado La vida que vendrá, y su existencia dio un drástico viraje. Dos años después, era uno de los banqueros más exitosos de Praga y un experto en las prácticas mediúmnicas que le causarían la ruina.
Los intereses esotéricos de Meyer abarcaban desde el yoga a la telepatía, las experiencias con alucinógenos y la teletransportación. Comía sólo legumbres y granos, no se permitía dormir más que tres horas por noche, era capaz de permanecer mucho más tiempo en dolorosas posturas asana que, según
él, lo cargaban de energía. Sus prácticas espirituales no le impidieron destacarse como deportista (era un maestro en esgrima y tiro y representó a su país como remero, además de ser el primer propietario de un vehículo en Praga). Para demostrar sus dotes de videncia convocó una noche en su casa a un grupo selecto de amigos financistas, bebió delante de ellos un preparado de hachís (¡treinta gramos disueltos en un tazón de café negro!) y predijo el precio que alcanzarían en la Bolsa las acciones de una docena de empresas. En opinión unánime de todos aquellos expertos, el pronóstico era descabellado. Pero, al cerrar la Bolsa la jornada siguiente, Meyer había acertado en once de sus doce anuncios.
La historia se propagó como un mal olor por la ciudad; la comunidad biempensante exigió escandalizada que se lo arrestara por estafador. Meyer fue juzgado, la corte lo encontró inocente de estafa pero no de ofender el honor de sus colegas de la banca. En los días que duró el juicio, el Banco Meyer & Morgenstern quebró y Meyer quedó en la ruina. Cuando Kafka y Max Brod lo conocieron, en 1901, era un paria que recorría los cafés praguenses retando a duelo a sus enemigos: ilustres juristas, funcionarios públicos y ex colegas de la banca que, con la excusa de que Meyer era bastardo, lograban esquivar el desafío (y la muerte segura, porque Meyer era un espadachín sin par).
Por intermedio de Max Brod, Meyer encontró por fin cómo dar pelea a aquella sociedad que lo había ofendido y humillado. Brod le sugirió poner por escrito los tremendos relatos con los que Meyrink aterrorizaba a los borrachos del Café Continental y enviarlos a la revista satírica alemana Simplizissimus, que comenzó a publicar de inmediato esos retratos vitriólicos de las bajezas del mundo praguense. Meyer adoptó el seudónimo Gustav Meyrink (para simbolizar que hasta su buen nombre le había quitado Praga) y así fue como lo conocieron Thomas Mann, Karl Kraus, Rilke, Strindberg y Hamsun (cuyas firmas acompañaban la de Meyrink en la revista).
Lo que le pagaban por sus cuentos no alcanzaba ni para un cuarto de pensión, pero los admiradores alemanes de Meyrink le consiguieron un pasaporte de salida de Praga: la editorial Fischer le habilitaba un departamentito en su sede de Viena a cambio de que tradujera para ellos, a jornada completa, las
novelas de Dickens. Meyrink aceptó sin dudar la oferta (en los años siguientes llegaría a odiar a su adorado Dickens) y dejó Praga agitando un puño contra ella: "¡No he terminado contigo!", le aseguró.
Diez años después, en 1915, llegó a manos de Kafka, a través de Max Brod, una novela llamada El Gólem. Kafka la leyó en una noche, aterrado, fascinado, literalmente abducido por el retrato de la vieja Praga, en particular del ghetto judío. Meyrink se tomaba venganza de la ciudad, la condenaba al terror y la retrataba despiadadamente en su más abyecto terror.
Pero también había depositado en el libro todos sus conocimientos y creencias sobre la Cábala y la alquimia (es decir: la palabra y la capacidad de transformar el plomo en oro, lo inanimado en vida, tal como hace el viejo rabino Löew de Praga cuando da vida al Gólem, esa enorme criatura hecha de
barro, introduciéndole en la boca un papelito llamado shem, donde está escrito el nombre impronunciable de Dios).
Imaginemos por un instante la escena: mientras afuera retumba la Gran Guerra, Kafka en su dormitorio devora a lo largo de una noche esa novela que exhumaba y entretejía todos los secretos y todas las miserias de Praga.
Imposible imaginar un lector mejor, más idóneo, más perfecto que Kafka para El Gólem. Si Meyrink tuvo algún poder mediúmnico, alquímico, cabalístico, fue el que le permitió ganarse ese lector para su libro. Nunca sabremos lo que Kafka leyó en El Gólem, salvo que fue infinitamente más que lo que podremos leer en ese libro el resto de los mortales por los siglos de los siglos.
Sin embargo, por morir en 1924, Kafka se perdió el último acto del duelo implacable entre Praga y Meyrink: a principios del año 1932, cuando Meyrink y su familia vivían en un chalet en las montañas de Montreux, en Suiza, el único hijo varón del escritor, la luz de sus ojos, un muchacho "que brillaba
por su inteligencia, su gusto artístico, sus cualidades deportivas y su benévola naturaleza", sufrió un terrible accidente mientras esquiaba que lo dejó confinado de por vida a una silla de ruedas. No soportó mucho tiempo.
Una mañana descubrieron que se había arrastrado desde la cama hasta el bosque que había frente a la residencia de los Meyrink y allí se había cortado las venas. La misma horrible muerte que sufría el vivaz estudiante Charousek en El Gólem. Meyrink no supo asimilar el golpe. Poco después, el 4 de diciembre de 1932, dio las buenas noches a toda su familia, se retiró a su dormitorio, se sentó en una silla, con el torso desnudo, "frente a una ventana abierta que apuntaba al Levante" y permaneció así "hasta que sus
ojos vidriosos se posaron para siempre en la única estrella que seguía brillando en el cielo cuando amaneció". Pasó el nazismo, pasó la guerra y luego el comunismo por Praga. Recién en 1989 se publicó por primera vez El Gólem en checo: habían transcurrido exactamente cien años desde el día en que Gustav Meyer, luego Meyrink, fue acusado, juzgado, arruinado y maldecido por Praga.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-128000-2009-07-10.html





DOMINGO Y OTOÑO*



Ahora ya nadie barre las hojas que el Otoño displicente hace caer sobre las grandes lajas del patio.
Esas lajas cuyos intersticios va ganando una gramilla rebelde.
El vientecillo de abril amontona hojitas y palitos secos, flores caídas del ceibo, lo va barriendo todo, hasta tapar el caminito laborioso de las hormigas que tienen como objetivo el verdeante y orgulloso “ibirá pitá”, cuyas hojas parecen cantar en el mismo atardecer.
Yo fumo en ese patio abandonado. Lo hago a espaldas de los limoneros y las ramas de las tuyas moviéndose con un run rún imperceptible. Lo hago bajo los tres fresnos que están casi tocando la galería de chapas (un pobre cobertizo insuficiente para cubrirme de la lluvia cuando aparece finita y persistente).
Dije que ahora nadie barre este patio, que nadie vive en esta casa. Los viejos ya no están, aunque no parezca cierto.
Esta es la irreversibilidad de la cual no tuve noticias antes en mi vida y de cuya presencia creía no percatarme nunca, ahora que la veo en su crudeza real.
Y todo pasó en los últimos seis años. Al morir mi madre, el viejo entró en un simulacro de vida, en un gesto actoral que nos engañó bastante. Nunca creímos por otra parte que semejante roble caería. Pero él estaba ya profundamente muerto cuando se vio solo en esa casa que compartieron durante cincuenta años y a él le parecería como una gran embarcación a la deriva, cuando se dio cuenta que el batón floreado de mi madre nunca más atravesaría la sombra calma del patio.
Ahora sé que es inútil repetir siquiera un gesto que pude gastar cuando ellos estaban.
Todo dejó de tener razón de ser, al menos en aquel sentido en que yo hacía mis visitas por entonces.
Ahora sí que no tengo un perro que me ladre cuando llego a esa casa de la infancia. La que conoció mis primeros pasos, mis primeras lágrimas y mis primeras alegrías, mis juegos, todas las fantasías de niño pobre del pueblo y también muda testigo de mis primeros amores contrariados y sufrientes.
Un gusto amargo me ha quedado en la boca, algo como una cosa inalcanzable . Las palabras que me he callado, las pequeñas y numerosas palabras que pude pronunciar o las cosas que pude haber hecho para hacerlos sentir mejor y no dije ni hice. Esas cosas que dejamos de hacer no por maldad o desamor sino por desidia tal vez, o peor, porque tal vez ni nos dimos cuenta, porque inconscientemente pensamos que había aún tiempo para todo. Hasta para mostrarles un poco más de cariño a nuestros viejos.
Todo aquello que no hicimos ahora queda en la nada, queda muerto para siempre.
Sin embargo ellos están en nosotros como una moneda pequeña, que en la mera oscuridad de la vida nos da su esplendor, su sencillo temblor que refleja sin herir.
Las muestras del paso de un hombre y de una mujer humildes que hicieron en la vida pocas cosas, pero quedaron en la memoria de los otros.
Quedaron en las pocas cosas materiales que dejaron. En un árbol plantado, en un frutal que resiste al viento. O en ese “calisteme” de flores rojizas, como leves y casi etéreas plumas que plantó esperanzada mi madre un día. O en los rosales que tanto cuidaba.
Ella ya no se quedará inmersa en esta bruma, en este remolino de incertidumbre, de voces queridas que la llaman inútilmente ni nosotros podremos escuchar su voz llamándonos a comer, a estar, a arrebujarnos con la frazada más tibia.
No hay formas, ahora todo pertenece a la engañosa memoria, que tiene las alas más frágiles que las de una mariposa.
En mis manos se han quedado los gestos vacíos, ese ademán que quiso tal vez acariciar los rostros ajados por trabajos e intemperies. Esos rostros queridos ya desaparecidos de mí.
¿Qué cosas nos quisimos decir y no nos dijimos?
¿Qué desfiladeros de tonterías, de cosas sin sentido –mezcla de superficialidad y distracción- nos quitó un tiempo que se quedó en el camino o nos dejó en él, solos.?
Tal vez tendremos que sopesar qué cosas eran necesarias a nuestras vidas. Y qué cosas no.
Esa hubiera sido la clave. Esa fue nuestra culpa.
Hoy también es Otoño. Encerrado sin ver una hoja seca ni por asomo, escucho un poco amortiguados los ruidos del tránsito escaso del domingo.
La ciudad se agazapa, acorralada por el tinte del crepúsculo más triste, el crepúsculo del domingo y encima no es el de mi pueblo: tinto en sangres violetas y ocres y amarillas.
No puedo dejar de recordar la frase de Isidoro Blaisten: “es el día y la hora en que sentimos cómo una pata peluda se nos aposenta en el alma”.
Y es terrible, a decir verdad. Terrible.

Otoño de 1999



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






Abismo*



Ni me asomé
y mucho menos me caí

Mi pertenencia a él
y en él mi residencia ininterrumpida

es rescatada
y aun sobrevalorada

por panegiristas
y detractores.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar






*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 12 de julio de 2009, en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, presentaremos música cubana de diferentes compositores e intérpretes. Las poesías que leeremos pertenecen a Horacio Rossi (Argentina) y la música de fondo será de Wankamaru (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Las fotos de la inauguración de la exposición de Walkala en Oberndorf se pueden ver en el link http://artistas.euroyage.org/main.php?g2_itemId=1035
Cordial saludo,

Walkala.

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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Thursday, July 09, 2009

HOJA QUE DESHILACHA DEL SILENCIO AL OLVIDO...



-DE MIGUEL REP. FUENTE: PÁGINA/12
www.miguelrep.com.ar / www.miguelrep.blogspot.com


FUGAZ COMO LA TARDE*



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



Las palabras se pierden.
Ni bien rozan el aire su formato se esfuma,
hoja que deshilacha del silencio al olvido.

Esta ciudad ajena a sus ojos tan claros
y su complejo idioma,
una tarde nos hizo andar el mismo rumbo.

Buenos Aires crecida de cuartos transitorios
es pródiga en romances que hagan pasar el rato.

Algún brillo furtivo habremos visto juntos,
denuedo compartido por mostrarnos el alma.
Y acaso aconteciera, cachorros renacidos.

Al vestirnos y el juego de abrochar su corpiño
adherimos al beso piel abrazo y memoria.
Todo cuanto teníamos.

Minuto inolvidable, por decir de algún modo
sin pesares de tango ni renglones que valgan.

Esa piel vuelve a rachas junto a sus ojos claros.
Y la voz siempre enigma ya confunde su nombre.



*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina. Julio 2009.






HOJA QUE DESHILACHA DEL SILENCIO AL OLVIDO...






EL PASADO NO TIENE TIEMPO*


A Luis Broglia


No hay tiempo para el pasado, me dice mi amigo Luis Broglia, mientras abre los ojos muy grandes, como esperando una aprobación obvia de mi parte.
Y me lo dice él, justamente, que es de los pocos que vuelve por el pueblo, con más asiduidad que yo. Supongo que lo dice en un sentido temporal, es decir que como uno viene de la ciudad con el tiempo justo, no puede quedarse en el club hasta el amanecer, como antes, cuando todo era posible, o, al menos, esa era la ilusión que teníamos entonces. Es probable que lo diga en el sentido que el poco tiempo de encuentro en el pueblo, cuando nos encontramos, no nos permite conversar a gusto. Sin embargo, en el aire me deja sus recuerdos una buena nostalgia para ir tirando esta vida de sombras que llevamos.
No es difícil volver, sin embargo hacia el incierto remoto que Luis llama “el pasado”.
En ocasiones así, pienso en mi viejo. En los días de llovizna (de garúa, como a él le gustaba decir) cuando aprestaba sus cañas para pescar bagres o truchas despistadas. Preparaba sus anzuelos, no sin alcanzarme la cañita con la mosca para “mojarrear” que era mi especialidad. Luego tomaba una pala de punta y con un golpe diestro la volcaba sobre el piso de ladrillo de la galería y allí la multitud de lombrices se retorcían ante mis dedos pequeños, que, hábilmente iban a pasar a una latita de durazno, preparada para la ocasión.
O podría mutar su gusto en un día de caza, una media tarde, ya que el escampe se debía producir en un horario prudente, cuando las luces nos eran propicias.
El cargaba personalmente sus cartuchos, con un aparatito que nunca supe si era comprado o lo habían fabricado sus manos industriosas. Entonces cuando decidía salir “a tirar unos tiros a los patos”, sólo tenía que meter la mano en una lata vieja donde alguna vez hubo bizcochos “Canale”, y de allí tomaba los que pensaba iba a usar. Los ponía prolijamente en la cartuchera que ya le cruzaba el pecho y silbándole al perro abría la puerta de calle y salíamos a la gran aventura de la caza. Mi madre nos acompañaba hasta allí con el mate en una mano y con la recomendación de siempre:
-Tengan cuidado…-
Saltábamos dos alambrados y ya era el campo. El campo con sus telarañas mojadas, con su pinta de pollo arrinconado, de chico pescado en una travesura imposible de esconder.
Quien más excitado estaba con todo el preparativo previo era el perro. Sobre todo si olía la pólvora de la escopeta, porque debía traer a su olfativa memoria el olor a sangre de las liebres, o los patos, que rescataba de los altos pastizales.
Era su tarea, por otro lado, y la cumplía verdaderamente a gusto. De todos modos, si la jornada era de pesca, él disfrutaba lo mismo, ya que el tema era estar saltando a campo abierto, arenque más no sea metiendo la nariz en las osamentas que estaban sembradas por el campo.
Aunque hoy pueda pensar que el azar premiaba los pasos de mi padre y por ende, los míos, no era nunca tan así.
Si él había decidido ir de pesca –y los aparejos eran una prueba entonces- salía hacia algunos de los canales o de las grandes cañadas que pululaban los campos de entonces.
Si en cambio lo orientaba el deseo de una liebre en escabeche o un pato crestón guisado, los caminos la caza eran distintos. Enfilábamos para la tierra arada, los rastrojos o los alfalfares donde saltaban las liebres como el maíz frito y las bandadas de patos venían volando al ras porque salían del bajo de Ortali
La suerte y la pericia darían cuenta de las presas que ese día traíamos hasta la olla pronta de mi madre.
En la pesca primaba la primera y en la caza la segunda, ya que mi padre era un tirador más que regular, tirando a bueno y era difícil que errara el blanco cuando se lo proponía. .
Es probable que mi padre eligiera algún día soleado para estar incursionando, pero como los días lluviosos nunca trabajaba, los aprovechaba para estos pasatiempos que insumieron buena parte de su vida, ya que, según siempre contaba, los había iniciado allá en el campo Burky, cuando apenas rondaba la edad escolar y el padre, es decir, mi abuelo, era la única actividad que le permitía fuera del trabajo. Por ser el mayor de ocho hermanos, tuvo que abandonar pronto la escuela para ayudarle en las duras tareas rurales de entonces.
Cuando termino con mi recuerdo de pesca, caza y mera llovizna, que mi viejo nombraba siempre “garúa” y miro a mi amigo Luis, lo observo en esa cara bonachona y ese gesto respetuoso, me dice:
-Antes todo era distancia- y entonces me cuenta que hasta el fin de la primaria apenas si atravesó unas pocas veces el terreno que separaba la chacra de su abuelo, donde vivían todos, y el pueblo
-¿A cuantos kilómetros estaban…?- Pregunto
-A quinientos metros-, responde
Y ante mi asombro, redondea
-No te equivoques, en aquel tiempo, el mundo, nos contenía en no más de trescientos metros cuadrados-.
Y, entonces, me cuenta su recuerdo.De chico vivía, como dije, en la chacra de su abuelo.
En tiempo de cosecha gruesa, es decir, de maíz, se instalaban allí los juntadores que venían de varias provincias y lo hacían en los galpones y demás dependencias, mientras duraba la recolección, que al ser manual entonces, podría llevar sus buenos dos o tres meses.
Casi todos los años venían las mismas familias, solo uno, me dice, venía con uno de sus hijos. Era criollo, de Villa Dolores y el niño, de uno de diez años, le ayudaba en esas duras tareas.
Terminada “la juntada” de maíz, se volvía con los suyos. Sólo para volver a los dos o tres meses en su oficio de arropero. Venían él y su hijo, montados en una carreta que tiraba una recua de mulas, kilómetros y kilómetros, por polvorientos caminos de tierra ya que evitaba las rutas asfaltadas.
En esa carreta vendía por los pueblos, su preciosa carga de dulces, nueces y castañas. Se instalaba unos días en el campo de los Broglia y mi amigo a veces lo acompañaba al pueblo a vender su mercancía. Cuando éstos se terminaban, se volvía el arropero con su carreta vacía y sus mulas lentísimas y la compañía de su pequeño hijo y algunos perros fieles.
Mi amigo Luis Broglia, recuerda con un placer antiguo este compartir las horas con tan singular personaje y deflagra en rl recuerdo de otros arroperos, venidos estos de Santiago del Estero ya que paraban en la casa de don Pedro Silva, matarife y santiagueño, como su tío, don Benicio Ardiles, titular de la “carnicería de pueblo” que extendía las libretas más largas de todos los tiempos. Esto, es decir los arroperos santiagueños, venían en tres o cuatro carretas y haciendo base en mi pueblo, iban vendiendo su mercadería por los pueblos vecinos.
A nosotros se nos hacía misterio que eligieran viajar como en el siglo XIX.
¿Qué hacían con esos carretones con sus mulas, sus perros, sus ollas colgando de los ejes y las infinitas nostalgias que se les colarían en el ala negra de sus inmensos chambergos como alas negras contra el cielo refulgente de mi pueblo?



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






Cuando pase el fin del mundo*




*Por Beatriz Vignoli


Cuando pase el fin del mundo, saldremos. "Ahora hay más tiempo", me escribe un amigo que nunca tuvo un minuto libre para nada en años. Mi amigo que escribía sus poemas verso a verso en papelitos, en minutos robados al trabajo, ahora es como si se hubiera encontrado un tesoro. Y no tiene con quién compartirlo, porque yo no salgo. Ni ninguno de sus otros amigos sale, ni él mismo. Nadie sale y todos estamos asombrados.
Pero cuando pase el fin del mundo, saldremos de nuestras casas y de las redacciones de los diarios a donde sólo nos llegan noticias de gripe y niebla. Es increíble la cantidad de tiempo y espacio vacío que ahora nos rodea: ¿por qué no hacer de eso, también, una noticia con que llenar las páginas vacías?
"Ahora hay más tiempo", me escribe mi amigo, como avisándome, y es verdad: ahora es como si la materia misma del tiempo hubiese crecido, se hubiera expandido metiéndose por debajo de las rendijas de las puertas de los galpones y los supermercados donde nos atrincheramos. El tiempo, como los monstruos de la película La niebla, proviene ahora de un infundíbulo cronosinclástico, de un desajuste en el universo multidimensional que lo lleva a excederse, a brotar y desbordarse sobre nosotros como un cáncer.
Porque ahora hay más tiempo; de hecho, ahora hay tanto tiempo que ya no sabemos más qué hacer con él.
Sentarnos a tomar aquellos mates tan largamente prometidos en innumerables mensajes de correo electrónico no sería prudente. Sólo cuando pase el fin del mundo saldremos a visitar a los amigos, pero el problema es que, cuando pase el fin del mundo, el tiempo volverá a escasearnos. Ese tiempo que ahora
sobra y se derrama, se instala y se aposenta entre las cuatro paredes que nos rodean y que ahora son lo único que hay.
Y la radio, Internet y los diarios repiten siempre las mismas noticias: gripe, muertos, niebla, accidentes, muertes, nuevo golpe de estado latinoamericano, más muertes. Pero no es la actualidad que conocíamos, se ha adelgazado. Aparte de la muerte y de la niebla nadie nos llama, nadie nos atiborra más de novedades. La redacción del diario está tranquila. Hay tiempo para comer galletitas, para tomar café. Hay tiempo para pensar qué vamos a hacer ahora con todo este tiempo que de pronto nos invade.
Qué vamos a hacer con tanto tiempo disponible si no hay cines ni teatros, ni inauguraciones ni cursos de nada.
Qué vamos a hacer sin la culpa que nos agarraba cuando nos quedábamos en casa, ahora que el gobierno nos dice que nos quedemos en casa.
¿Mirar las noticias?
¿Qué noticias?
La gente que mata la gripe A.
La gente que mató la triple A.
Los muertos por la niebla.
Los perdidos en la niebla.
Newell's.
Central.
Pero la noticia que nadie nos cuenta es esta: el tiempo se expande. Tomen nota, muchachos, el universo mismo está transformándose. La gripe A es sólo una cortina de humo. Detrás de ella nos acecha la realidad metafísica de una sobreabundancia de tiempo: tiempo de sobra, tiempo multiplicándose.
Tiempo para poder hacer al fin las mil cosas que teníamos ganas de hacer y que de todos modos no haremos porque todo está cerrado.
Tiempo para ser amables: ahora que hay más tiempo, hay mucha más amabilidad en el correo electrónico, en los bares, en los taxis, hasta en los chats.
Nadie tiene apuro. Todo tiende a demorarse. Los desconocidos tienden a ponerse a conversar entre sí pero después desaparecen de pronto, por el miedo al contagio.
O será que nos seduce y nos captura esta vasta playa de tiempo inútil, de tiempo sin nada. Vuelve a haber tiempo para escribir sobre la nada.
Ahora hay tiempo hasta para la soledad.
Pero cuando pase el fin del mundo, saldremos.
Y olvidaremos este extraño milagro, no exento de crueldad.


*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-19269-2009-07-09.html





Los intelectuales / Christian Morel
"Los seres humanos insisten en tomar decisiones absurdas"*

Actúan en contra de sus propios objetivos, afirma el economista y sociólogo francés
"El hombre no razona siempre en forma analítica", dice Morel



*Luisa Corradini
Corresponsal en Francia

PARIS.- ¿Y si el accidente del Airbus de Air France que desapareció en el Atlántico el 1° de junio se hubiera debido a una decisión absurda tomada por los pilotos, por la empresa o por algún centro de control a cargo de ese vuelo?
Especialista en la "decisión absurda", el francés Christian Morel se hizo esa pregunta hace algunos días desde las páginas del diario Le Monde.
Licenciado en Economía, doctor en Ciencias Políticas y sociólogo, Morel analiza desde hace más de 30 años la actitud recurrente del ser humano de tomar la decisión equivocada (en forma individual o colectiva) y de "actuar con constancia en un sentido exactamente contrario al objetivo buscado",
según dijo a La Nacion en su casa de las afueras de París.
Autor de un éxito planetario que lleva justamente ese título (Les décisions absurdes, 2002), que acaba de ser publicado en español por Modus Laborandi, ese hombre afable y aparentemente imperturbable de 62 años, se confiesa un "apasionado por la sociología y por los lazos complejos que mantienen las
ideas y la acción".
Porque "el ritmo de una carrera universitaria" siempre le pareció "desesperantemente lento", Morel escogió la vida empresaria, pero sin alejarse de los medios académicos. La mayor parte de su actividad se desarrolló en el sector de recursos humanos de Dunlop, Alcatel y de Renault.
-¿Cómo se llega a tomar una decisión absurda?
-Se pueden distinguir tres grandes situaciones que llevan a tomar una decisión absurda: los errores de razonamiento, los mecanismos colectivos y la pérdida de sentido. La decisión absurda no es únicamente una decisión no pertinente, sino que se caracteriza por una persistencia en el error: se produce cuando un individuo o un grupo actúa en forma durable contra el objetivo buscado. Incluso entre los científicos se cometen errores rudimentarios. La verdad es que el hombre no razona siempre en forma deductiva y analítica. Por otro lado, la vida moderna obliga a ir cada vez más rápido mientras nuestro ritmo de racionalidad tiene límites.
-¿Cuáles pueden ser las consecuencias de un error de razonamiento?
-En mi libro, utilizo el ejemplo del transbordador espacial Challenger, que estalló en el aire en diciembre de 1986. La investigación probó que el accidente fue provocado por unas juntas que no resistieron al frío. La temperatura en cabo Cañaveral había caído a menos de cero. Las juntas del
cohete propulsor dejaron escapar un gas y los tanques de combustible se prendieron fuego. Los ingenieros estaban convencidos de que en Florida jamás haría frío, de modo que analizaron los riesgos que representaban esas juntas en función de esa idea errónea. Sin embargo, ya en un lanzamiento anterior, las juntas no habían resistido. Pese a esa evidencia, los expertos estimaron que ese fenómeno no podría repetirse, aun en un invierno muy riguroso.
-En otras palabras, ¿se trata de errores de representación?
-Así es. Los errores de representación que terminan provocando decisiones absurdas son muy comunes. Se diferencian de los errores de atención, de transgresión o de simple desconocimiento técnico. La misma persona u organización capaz de utilizar un esquema cognitivo rudimentario también puede demostrar competencias científicas sorprendentes. Yo creo que las situaciones de estrés favorecen los modos de razonamiento infantil, perceptivos e intuitivos, que parecen economizar más energía que un
razonamiento analítico.
-¿Por qué los entes colectivos también suelen ser productores de decisiones absurdas?
-El ejemplo típico es un accidente de un avión de British Midland Airways que viajaba entre Londres y Belfast en 1989, en el que se incendió uno de los dos reactores. Debido a un error de interpretación y a una mala comunicación entre el piloto y el copiloto, los dos hombres terminaron parando el motor que funcionaba, en lugar del otro. Si el piloto hubiera estado solo, con toda seguridad hubiera verificado mejor la situación antes de decidir. En determinadas situaciones, el grupo aumenta la capacidad de
cometer errores. El problema es que, en la mayoría de los casos, el hombre debe trabajar en grupo.
-¿El error colectivo se produce por una suerte de desresponsabilización?
-No necesariamente. Hay otros mecanismos que intervienen. Yo utilizo en mi libro el caso de una familia que vivía en un rancho de Texas. Un día de mucho calor, todos pasaban un buen momento a la sombra de la galería, cuando uno de ellos propuso un paseo a una ciudad distante a 150 kilómetros.
Subieron a un auto sin aire acondicionado, atravesaron una parte del desierto y terminaron comiendo mal en un fast food. De regreso, terminaron por darse cuenta de que ninguno de ellos tenía ganas de hacer ese paseo. Sin embargo, la decisión había sido tomada colectivamente. En realidad, cada uno de ellos imaginó que los otros querían ir y nadie se animó a romper la armonía del grupo. El hombre necesita la aceptación del grupo. A nadie le gusta sentirse marginado...
-Para explicar este fenómeno, usted identifica tres papeles principales en toda organización moderna: el dirigente, el experto y el cándido.
-En un modelo de organización jerárquico, el que toma la decisión absurda es el dirigente apoyado por el experto. En el caso de un error mayor, el experto duda en alertar al dirigente, mientras que éste interpreta ese silencio como una confirmación de su buena decisión. En el modelo descentralizado, por el contrario, el cándido produce una solución absurda, mientras que el dirigente y el experto permanecen relativamente pasivos.
-En el artículo de Le Monde, usted se pregunta qué hacía el Airbus de Air France en zona de tormenta. ¿Cree que fue una decisión absurda del piloto?
-No, sólo me pregunto qué hacía ese avión en medio de esa tormenta. Yo no sé cuáles son las consignas de Air France al respecto, pero, según una investigación realizada en 1999 por el Massachussetts Institute of Technology [MIT], las tripulaciones tienen más tendencia a penetrar en células de mal tiempo apenas tienen un atraso de 15 minutos sobre el horario previsto.
-¿Cuál es el mejor método para tomar decisiones?
-Ningún sistema podrá impedir las decisiones absurdas. Pero, como regla general, se puede decir que lo fundamental para disminuir el margen de error reside en la circulación de la información, una formación permanente y una cultura de la no culpabilización, sino del aprendizaje a través del error.
Esa es la regla que rige en sectores altamente complejos, como los submarinos nucleares, los portaaviones y la aeronáutica comercial. En estos casos, los organismos de investigación jamás darán a conocer el nombre del que cometió un error, sino que tratarán de comprender lo que sucedió y hacer
circular la información para que no vuelva a suceder.
-¿Cuál es la característica del dirigente que sabe decidir?
-Sabe escuchar y dialogar. Prefiere hablar del error cometido antes que aplicar sanciones. Da importancia a todas las experiencias, ya sean buenas o malas.


El personaje
CHRISTIAN MOREL
Sociólogo y escritor francés
Edad: 62 años
Primer éxito: su libro La huelga fría, de 1980, se transformó en una obra de referencia para los especialistas en relaciones sociales.
En el campo privado: en 2000, fue nombrado director de Recursos Humanos en la empresa Renault.
Lo más reciente: Publicado en 2007, El infierno de la información ordinaria (Gallimard) es una mirada crítica sobre el carácter críptico de las señales que se ven en los espacios públicos.



*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1148147







Un virus es un virus es un virus es un virus*




Por Mónica Müller *


La crisis que estamos viviendo bajo la dictadura del virus A (H1N1) implica peligros, pero puede ser la oportunidad para modificar errores que por tan rutinarios no se discuten.
La idea implantada por la industria farmacológica de que toda enfermedad tiene un remedio creó el hábito de tomar una droga química para cada síntoma.
Los medicamentos para bajar la fiebre son un ejemplo de esa regla que hoy tenemos la oportunidad de cuestionar. La fiebre es un mecanismo de defensa verdaderamente ingenioso. Si no existiera habría que inventarlo y su inventor entraría con honores a la historia de la medicina. La elevación de la temperatura corporal inhibe el crecimiento y la reproducción de organismos infecciosos y es el protagonista principal de una cascada de reacciones inmunitarias celulares. A los virus, que sobreviven y se reproducen cómodamente en ambientes fríos, se les complica la vida cuando la temperatura de la sangre alcanza los 39 grados; su fantástica capacidad de replicación se hace lenta hasta quedar desactivados.
La fiebre no es una enfermedad. La fiebre no hace daño. La fiebre cura.
Entonces, ¿por qué los médicos recetan rutinariamente antitérmicos? Un residente de un hospital respondió con una honestidad desarmante:
-Porque existen.
Los antigripales son otra invención farmacológica de uso corriente. Combinan antitérmicos con drogas descongestivas o antialérgicas que coartan la fiebre, la congestión y el malestar general. El paciente hace su vida normal como si no estuviera enfermo. No sólo expone a otras personas al contagio, sino que además está más enfermo que antes porque su organismo sigue a merced del virus, pero ahora está maniatado y amordazado. Su ejército de células defensivas duerme tranquilo en los cuarteles. No corre al sitio de la infección porque la alarma está desactivada. Pido disculpas por la metáfora castrense, pero por dentro las cosas funcionan exactamente así. Una perversión suplementaria son las preparaciones que la publicidad y los envases engañosos venden como "té" para que hasta los no creyentes se traten con paracetamol y fenilefrina cuando creen estar tomando el tecito reconfortante de la abuela.
Una de las oportunidades más interesantes que nos presenta esta crisis es la de regular el uso de los antibióticos, drogas que han cambiado la relación histórica de los humanos con las infecciones por su eficacia contra las bacterias.
A los virus, en cambio, un antibiótico los hace reír a carcajadas. La diferencia formal puede medirse en micromicrones, pero desde el punto de vista biológico es una inmensidad. Comparar un virus con una bacteria es como comparar una moto con una mandarina. Los virus no entran en la categoría de seres vivos como el resto de los gérmenes. Una de las definiciones más precisas dice que son maquinarias programadas para la supervivencia. No son animales, plantas, parásitos, hongos ni bacterias; son
meros contenedores de ADN diseñados para obligar a las células vivas a perpetuar su información genética. En el camino hacia ese objetivo los virus infectan, invaden y destruyen células y tejidos sanos, mutando y recombinándose para eludir los radares de la inmunidad. Los antivirales no los matan; sólo retrasan su multiplicación. Y su uso indiscriminado puede estimularlos a mutar para hacerse resistentes a los que se están usando en enfermos de gripe A (H1N1).
Sin embargo, todos los argentinos conocemos a alguien que cuando tiene un dolor de garganta o una gripe va a la farmacia, elige al azar un antibiótico y lo toma como le parece. Esa persona está poniendo en peligro su propia inmunidad y por un efecto de ruleta rusa darwiniana, la de todo el género humano. Los pacientes no tienen la obligación de saber que los antibióticos sólo actúan sobre las bacterias (tampoco todos sobre todas ellas) y que su mal uso puede crear un microorganismo resistente a todos los antibióticos conocidos. Los pacientes saben lo que la publicidad y sus médicos les enseñan. Y demasiados médicos recetan antibióticos cuando son innecesarios.
Los testimonios de personas infectadas por el nuevo virus confirman conductas médicas injustificables: "Le dieron un antibiótico, después otro y otro, hasta que al fin se dieron cuenta de que lo que tenía era viral". La única explicación posible para esto la dio un joven clínico en un ateneo:
-Si viene con una gripe y no le receto el antibiótico más caro, ese paciente cree que no sé nada y no vuelve más.
Estas aberraciones médicas sólo ocurren porque el sistema de salud las avala con el consentimiento o con el silencio. La venta libre de antibióticos es un mensaje. Su venta bajo receta haría comprender a los pacientes que no son drogas inocuas y obligaría a los profesionales a hacerse cargo de la responsabilidad de indicarlos con fundamento científico.

*Médica clínica.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/subnotas/127967-41063-2009-07-09.html







Tengo treinta y un años*


Desenvuelvo caramelos en tu piel
en tu balbuceante ternura sin chalecos.
Me como la noche en tus ojos.
Me como tus besos uno a uno.
Subo cartilago a cartilago la escalera de tu sangre
y armo este último mes de cigueñas mientras pienso que


Tengo treinta y un años
la cama tibia doble mano
una bandada de amigos
y un país que espera
calzar pantalones largos.


Entre otras cosas
Mi ojo izquierdo ve al mundo
como un salvoconducto a la alegría


Pero no una alegría flan
no una alegría en pantuflas


Una alegría de brazos largos
una alegría saludando con el guante.


Mi ojo izquierdo tiene naranjas en el pelo
y una pajarita sobre la varilla de su corazón
Mi ojo derecho
en cambio
lee las malas noticias
habla por telefono
putea
recibe una multa diaria
por dormirse
invariablemente
a las veintiuna horas treintisiete minutos dos segundos
y aunque nunca se mete en el mar
usa salvavidas.


Lo cierto es que prefiero ver
al mundo con un solo ojo


Que Dios me perdone.



*de Adriana Díaz Crosta
(1960 – 1995) Santo Tomé (Santa Fe)
-Del libro "Los puños de la Paloma"
-Enviado para compartir por Elsa. elsahuf@yahoo.com.ar









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Tuesday, July 07, 2009

LA MORALEJA SE QUEDA DE TAREA...


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS.

¿Y Después de Votar?*



“los que viven en el desaliento total, y sólo ven en el problema
la pregunta de si anular o no su voto,
es porque no conocen los movimientos populares
que se gestan actualmente desde el pueblo que se organiza…”
-Octavio Valadéz-

--
“Si el voto cambiara algo, sería ilegal”
-Anónimo-
--


Se levantó sin novedad alguna. La propaganda electoral comenzaba a rondar por las calles, como un adorno impertinente tapando las alcantarillas. Hoy es día de elecciones… ¡Máxima expresión de la democracia! (le habían dicho).

Todo parecía marchar sin mayor novedad: gente, urnas, esperanza… Desde que recuerda a su país, todo ha sido más o menos lo mismo: promesas de campaña que nunca se cumplen, empleos inestables, sobreexplotación de los recursos naturales, corrupción… Una larga lista (pensaba). Pero aún así se disponía a votar: tenía en sus manos ese gran poder de decidir el rumbo de su nación, aunque no le hicieran caso, aunque ninguna de las opciones las hubiera elegido y aún cuando ninguna de las propuestas le identificaban y a lo sumo le prometían una vida menos dura para soportarla en su pobreza. Le habían dicho que esto era el más grande logro de nuestra democracia, y la única manera de ejercer su poder, como una especie de aventura mitológica donde cada seis años (o antes si hay elecciones intermedias), el poder le fuese concedido como por arte de magia mientras, el resto del tiempo, ni le voltearan a ver.

Una vez más, nada fuera de novedad se le presentaba. Caminaba y recordaba a aquel experto en política que criticaba a los inconformes diciendo que aquellos que no estuvieran de acuerdo con las propuestas de los partidos políticos, bien podían hacerse campaña y difusión ellos mismos, empleando la Internet y otros medios de acceso masivo, en lugar de andar promoviendo el “voto en blanco”… Y pensaba en que tenía razón: se pueden elaborar propuestas alternativas a las oficiales, y como inconformes hay más de uno, en lugar de hacerle caso al experto y andar cada uno difundiendo sus propuestas, bien pueden ponerse de acuerdo estos “inconformes” y elaborar propuestas que emanen de intereses comunes a la mayoría de la sociedad… Pero ¿a caso esto no se hace ya, desde los movimientos sociales que se organizan desde abajo, desde lo popular?... El experto no estaba descubriendo algo nuevo, sólo que así lo creía porque tiene pegadas en sus ojos boletas electorales y urnas, y es lo único que puede ver: todo lo que se salga de eso le llama “ilegal”, y le es extraño.

Vagando sin novedad, en un día de elecciones llamadas intermedias (y lo mismo si fuesen presidenciales), aquella persona se preguntaba qué hacer con su boleta electoral: si decidía anular su voto, uniéndose a la protesta que intenta reclamar a los políticos su falta de compromiso con la sociedad, ¿qué le quedaba por hacer después?: parece que esperar a que el “castigo” se evidenciara y los políticos, consternados y preocupados, decidieran poner un remedio y reducir sus excesivos sueldos, sus privilegios, dejar de favorecer las empresas extranjeras para favorecerse a sí mismos con los contratos… ¿A caso el castigo será escuchado?, ya no digamos obedecido ni aprendido, sino tan sólo escuchado, pues sólo queda esperar para constatarlo… Votar por algún partido o propuesta corre con la misma suerte en última instancia: Esperar… Esperar a que un día las promesas sean cumplidas, a que llegue el salvador que nos rescate de todos los males, o esperar nuevas elecciones, para votar y volver a esperar.

Quizá la respuesta no se encuentre en el contexto de las elecciones: ¿Votar o anular el voto?: bien, ya se ha decidido, ¿Y ahora que? ¿Hasta cuándo vamos a esperar?... Puede construirse un movimiento que parta directamente de los intereses de la mayoría de la sociedad, un poder que bien puede ser llamado popular, y para construirlo no hay que esperar, no se necesitan urnas ni anuncios comerciales, y no promete privilegios para algunos, sino para la mayoría.

Se desilusiona quien no ve mayores caminos que el tachar o no una boleta electoral, y todo su problema queda allí. Construir desde abajo las propuestas, y organizarse, mata cualquier desilusión… Se preparaba para “ejercer” su poder mediante el voto, que le habían dicho es una obligación ciudadana, ¿y la obligación social?, ¿dónde se perdió?: ¿son lo mismo un ciudadano comprometido, elección tras elección, que un sujeto social de tiempo completo?, ¿a caso es la única manera de influir en el rumbo histórico de su existencia y de los demás, con un crayón y una boleta electoral?

Todo parecía sin mayor novedad por las calles… Siguió caminando y mirando, en un día de elecciones, que lo único seguro que le dejaban era basura de propagandas entre sus pasos, y uno que otro anuncio espectacular…


Nota: La moraleja se queda de tarea.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com





LA MORALEJA SE QUEDA DE TAREA...






Memoria en la rótula*


Ese hombre sentado

con la cabeza hacia las rodillas

les habla

repite una antigua canción de

cuando subían a los árboles.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






La visión de un poeta en tiempos oscuros*



*Por Gary Vila Ortiz


Aún cuando las circunstancias históricas con respecto a las que a Bertolt Brecht (1898 1956) le tocaron vivir parecen haberse modificado, la vigencia de su obra y las actitudes que sostuvo en su vida siguen siendo ejemplos de lo difícil que es ser poeta en este siglo o en cualquier otro. Hannah Arendt, cuya lucidez para "mirar" el mundo sigue también siendo una guía, dedica a Brecht uno de los capítulos de su imprescindible "Hombres en tiempos de oscuridad" (Men in Dark Times). En un breve, iluminador ensayo sobre Brecht, profundiza en la visión del poeta en tiempos oscuros. Brecht, quien parece haber vivido en un constante exilio (aun en aquellos momentos en que no se lo debería ver como un exilado), comprendió como pocos "la incierta relación entre la poesía y la política".
Según Arendt, "lo primero que hay que señalar es que los poetas no siempre han sido ciudadanos buenos y confiables; el mismo Platón, un gran poeta disfrazado de filósofo, se sentía preocupado y molesto por los poetas". Tal vez deba aclararse, acaso antes que nada, que ni para el poeta ni para los artistas en general debería existir ese privilegio de clerecía acerca del cual escribió páginas inolvidables George Orwell. A eso se refiere también la misma Arendt cuando habla de Pound y Brecht. Si bien los pecados de Pound fueron mucho mayores que los de Brecht no tanto su adhesión al fascismo como su antisemitismo, que data de un tiempo antes, Pound pudo (o pudieron por él) alegar su insania. Incluso, como aclara Arendt, su odio al judaísmo es algo "privado y carece de importancia política", lo que en realidad es bastante discutible. Pero lo cierto es que los pecados de Brecht fueron menores que los de Pound: "sin embargo pecó con mayor fuerza en la medida en que sólo era un poeta y no un insano". Aunque si bien el llamado pecado de Brecht es que se le reclama por su posición frente al stalinismo, sus poemas de alabanza a Stalin han sido "compasivamente" omitidos de una de las ediciones de sus poesías completas. En todo caso, Brecht tenía plena conciencia de lo que estaba haciendo y de por qué lo hacía. Incluso debe recordarse que no tenía interés en regresar a Alemania Oriental, que fue su hogar, pero que en aquellos años era dominada por los comunistas. Cuando se tuvo que ir de los Estados Unidos por el macartismo se instaló en Zurich, donde permaneció desde diciembre de 1947 hasta el otoño de 1949, y luego pidió permiso para establecerse en Munich, autorización que le fue negada.
Cuando no tuvo más remedio que regresar, lo hizo con un pasaporte checo que luego se transformó en uno austríaco, una cuenta bancaria y un editor en Alemania Occidental. Ya en Berlín estuvo a cargo del célebre Berliner Ensemble, pero no dejó de tener problemas. Según algunos estudiosos de su vida y su obra que son muchos , hasta cuando se encontraba en su lecho de muerte pensaba en el exilio, o en una casa en Dinamarca o en Suiza.
Sea como sea, hay que seguir su vida a través de sus poemas, tanto los que publicó en vida como los que se publicaron póstumamente. El sabía que era molesto para los poderes, para todos, del tipo que fueran, por lo cual escribió: "Sólo pude hacer poco. Pero los gobernantes/ estaban más seguros sin mí. Es lo que yo esperaba...". En realidad estaba orgulloso, y por mi parte, que nunca he sido molesto para nadie, me siento orgulloso por él.
Brecht comprendía bien aquello que había dicho Nietzsche sobre Alemania: "El alma alemana tiene pasajes y galerías; hay cavernas, lugares ocultos y calabozos; su desorden posee el mismo encanto que lo misterioso: El alemán está familiarizado con los caminos del caos". En alguno de sus poemas, ahora
no recuerdo en cuál, Brecht decía que la angustia no iba a terminar apagando su cigarro encendido. Una de sus pocas debilidades fueron los cigarros y otra, posiblemente, las mujeres, aunque según algunas de ellas era un "pájaro de paso, se enojaba y abandonaba rápidamente a las mujeres que se encariñaban de él". En alguien como Brecht, que era absolutamente reservado en lo personal, esto que apunto me llega por testimonios de quienes lo conocieron, tanto mujeres como hombres.
Hace poco por la televisión -un milagro- tuve ocasión de ver dos o tres documentales sobre Brecht. Si antes me conmovía el personaje, ahora me enternece: Esa figura alta y desgarbada, con el pelo bien corto y con la ropa que le quedaba sin duda bastante grande, había sido aquel que en mis lecturas de hace mucho pero mucho tiempo me enseñó como ningún otro cosas que yo deseaba saber y que creo haber aprendido. Fue por aquellos años que, gracias al doctor Israel Sterkin, conocí a un miembro del Berliner Ensemble que había venido a Rosario. Había conocido a Brecht y lo entrevisté creo que un par de veces. Fuera de esas entrevistas, volvimos a tocar el tema de Brecht y sus problemas en Alemania Oriental. Sonrió y me dijo que era cierto que tuvo problemas, pero que en ese entonces -se refería al momento en que estuvo de visita en nuestra ciudad- ya no los tendría (había muerto Stalin).
Me pidió que no lo agregara a la entrevista escrita (no a la de televisión, que ya había sido hecha) y le prometí no hacerlo. Tanto tiempo después, lo cuento. Además, me regaló algunos folletos del Berliner y fotografías que se han perdido para siempre, y eso lo siento mucho.
Llevado por los documentales sobre Brecht, vuelvo a ese hombre que no despertaba confianza en los sectores comunistas ni en los más reaccionarios grupos anticomunistas. Entre los primeros, como bien lo expresa Hans Mayer en sus "Recuerdo de Brecht": "...en Moscú, por muchas razones, nunca le tuvieron confianza al camarada Brecht. No habían olvidado su discurso disidente en el congreso de París en 1935; y en las esferas (un tanto siniestras) de los asesores literarios y estéticos de Stalin tampoco
aprobaban que Brecht no escogiera como país de exilio a la patria de los trabajadores". Que despertara recelo entre los macartistas, por ejemplo, no puede llamarnos la atención y es de suponer que, si bien hay que recordar lo ominoso de lo que ocurrió, es probable que eso no se repita. ¿O acaso podría
repetirse con nuevas modalidades?


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-19212-2009-07-05.html






El trabajo de la vida*



El miedo a cruzar la calle

esa tentación brillante como los faros

imaginar la noticia en los diarios.

Pero no, siempre cuentan la edad,

me digo, mientras

me devuelvo a la vida



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








Virus*




*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO El otro día leí que el exceso de higiene reduce la posibilidad decontraer una enfermedad infecciosa pero, en cambio, debilita las defensasdel sistema inmunológico. Parece que si nos lavamos y desinfectamosdemasiado acabamos con ciertas bacterias útiles y amigas y somos máspropensos a alergias, diabetes, obesidad, dermatitis y otras pestes. Enresumen: un poco de mugre no hace mal y hasta hace bien. No esbueno -especialmente en lo que hace a los bebés, en un período donde organizan y fortalecen sus sistemas de defensas- vivir en ambientes controlados y envasados al vacío. De ahí que, de tanto en tanto, también sea bueno ver una película tonta.


DOS Pagafantas es la expresión que designa a ese pobre tipo que todo eltiempo le paga las copas a la chica con la que sueña con dormir (después de acostarse, claro) mientras la chica pide una vuelta más y le dice que él es para ella su mejor amigo, como un hermano, bah.
Pagafantas es también el título de una película recién estrenada. Una película -debut en el largo de Borja Cobeaga- que se inscribe dentro del cine español de más éxito por estas matinés, trasnoches y horarios intermedios. Nada que ver con la declamación manchega, el esteticismo catalán o la new-age vasca. No: Almodóvar y Coixet y Medem ya fueron; y los jóvenes prefieren ver estudiantinas que descienden más o menos directamente del linaje de Porky's o American Pie, protagonizadas por actores jóvenes de la tele y que, de tanto en tanto, resultan una sorpresa agradable. Hace años fue Krampack, y lo que me decidió a ir a ver Pagafantas -luego de ver los avances en un noticiero- fueron tres cosas: (a) el aire acondicionado en un sábado de lo que por aquí se conoce como "calor africano"; (b) el que el
acento de la chica protagonista fuera argentino (lo que hizo que me preguntara cómo y de qué manera ardería la carne argentina en la parrilla de la trama) y (c) Jordi Costa la había definido con las siguientes palabras: "Pagafantas no es sólo una buena comedia. Como tal, es una película extraordinaria". Jordi Costa es el único crítico español en el que confío a ciegas y, por las dudas, cuando anden por aquí, salir corriendo sin mirar atrás cada vez que lean las expresiones "cine total" o "cine en estado puro"
refiriéndose a la última joya del cine croata-iraní ganadora del Cetro de Oro en el último Festival de Ottokar. Así que me lavé la cara pero no las manos y yo y mis bacterias nos fuimos a ver Pagafantas.


TRES Y la verdad que no estaba nada mal. Pagafantas era algo más cercano a las primeras películas de/con John Cusack. Un buen guión, filmado con gracia y un par de chistes impagables a costa de Enrique Bunbury y Stanley Kubrick.
Y, sí, estaba la chica argentina que hacía de argentina. De argentina virósica. De argentina histérica y calentadora climática atormentando hasta al delirio febril a un pobre tipo de Bilbao. La actriz se llamaba Sabrina Garciarena y -leí en el programa- salió de un programa de televisión llamado Rebelde Way. Seguro que la conocen. Yo no la conocía, a pesar de que alguna vez me crucé con el programa en cuestión y aguantaba un par de minutos aterrorizado por el modo en que todos esos adolescentes gritaban al mismo tiempo con voces muy finitas. Bueno, la cuestión es que la nena fatal va sometiendo al antihéroe a humillaciones cada vez más terribles y yo pensaba:
"Ay, aquí está, otro nuevo arquetipo de exportación a ser disfrutado por millones... Agotado por psicoanalistas y chantas patrios en sit-coms ibéricas, ahora viene esto y ésta...". Y la verdad que Sabrina Graciarena lo hace bien, da miedo, y se parece mucho a la de American Beauty y...


CUATRO ...seguro que en cualquier momento la tenemos por acá. Lo que no queda del todo claro en Pagafantas es cómo llegó a España y por qué salió de Argentina su personaje tentacular y parasitario. Por ahí se menciona que "no tiene papeles". Pero no me da la impresión de que esté girando por aquí
desde el gran éxodo del 2002.
Y la edición de El País en la que me fijé a qué hora daban Pagafantas traía en primera plana el título "La gripe A desborda Argentina con 100.000 posibles afectados". Así que -alguien me había dicho que se había contagiado en masa el síntoma de la venta de pasajes Buenos Aires/Madrid para huir de la peste- se me ocurrió pensar que tal vez Pagafantas se había adelantado a los tiempos. Era la avanzada, la flamante mutación de un viejo bacilo. Esa chica era una fugitiva viral que llegaba aquí para -con sus escotes, sus minifaldas y su sonrisa tiburona- subir la temperatura de pobres machos locales y ponerlos a bailar el wadu-wadu hasta la deshidratación seminal.
Adentro, había una foto de la presidenta argentina en un hospital. A su alrededor llevaban barbijos, pero ella no. Ella lleva una especie de coqueta bata semitransparente de papel sobre su ropa. Y -al gran pueblo argentino, salud- saluda. Es una foto que dice más que mil palabras, pero la foto tiene la boca cubierta -por si las moscas, por si los virus- y no se entiende muy bien lo que dice.


CINCO Ese mismo diario traía la noticia de que -superados los oasis-vacuna de la Feria del Libro de Madrid y del Día de Sant Jordi- ahora llegaba la hora de la sequía y los editores se enfrentaban a un 6 por ciento de descenso de ventas en el primer semestre del 2009. Las devoluciones de las librerías a las editoriales son mucho mayores de las esperadas y se acabó el espejismo de pensar en el papel impreso como "refugio de ocio barato en tiempos de crisis". Los efectos, está claro, no demorarán en llegar a la
ciudad de donde llegó la devastadora chica de Pagafantas. Cada vez se lee menos y ese es un mal de nuestro tiempo, un síndrome que ayuda a explicar tantas cosas que, de ponerse por escrito, dentro de poco, nadie podrá decodificar. Las únicas letras serán las que el oculista señalará con su puntero. Y se verán tan borrosas, como entre estornudos. Pero esas son otras historias, otra historia.
Mientras tanto, me informo en El País de las torpezas, contradicciones y medidas que se han tomado o se han dejado de tomar en Argentina a la hora de atajar la gripe. Tiemblo. Y es ciencia, es ciencia médica: Los directores del hospital de hoy siempre serán los enfermos terminales de mañana. Y me queda claro que no es lo mismo tener las manos limpias que lavarse las manos.
Y -nunca tomar de la misma botella- marche otra Fanta.
Pagamos todos.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-127835-2009-07-07.html







Contar muertos*



*Alejandra Folgarait
07.07.2009


Los argentinos juegan a los numeritos de los muertos como si fuera la Quiniela. Antes fue el dengue, ahora la gripe A, mañana acaso vuelvan las llamadas "víctimas de la inseguridad". Contar muertos es el nuevo deporte nacional.

Tempranito a la mañana, suena el teléfono. Es una prima con una pregunta urgente, impostergable, de vida o muerte.

-Vos que sabés, ¿me podés decir cuántos muertos por este nuevo virus hay?
Porque el hermano de un compañero de la oficina me dice que en una clínica de Quilmes se murieron 18, por e-mail me llegó que hay otros seis muertos en San Miguel, y además están las dos enfermeras de las que nadie habla. Así que, por favor, contame la posta.

De nada vale ofrecerle el último número confirmado por los análisis de laboratorio del Instituto Malbrán. Sean 55 o 100, no me cree. Y no es la única que desconfía por default de los números de las epidemias en la Argentina.

La desorientación es comprensible. Empezando por la cifra de la deuda externa, muchas veces se han tapado números en este país. Lo que sorprende es que los medios ahora se ensañen con un presunto ocultamiento de cifras sobre la pandemia de influenza A H1N1 en la Argentina. Estamos de acuerdo: a
todo el mundo le encantan las teorías paranoicas. Pero buscar conspiraciones detrás de la incertidumbre de una epidemia es un juego estúpido y peligroso.

Basta hurgar en las páginas de diarios norteamericanos, canadienses y británicos -países donde la gripe A se extiende sin pruritos- para notar que ninguno lleva a diario la cuenta de enfermos y muertos como acá. Publican cada tanto las cifras oficiales, dan cuenta de algún contagiado famoso, como el actor pelirrojo de la saga de Harry Potter, incluso se alarman cuando el CDC (el Centro de Control de Enfermedades de los Estados Unidos) hace pública la estimación de un millón de infectados por gripe A en ese país.
Pero en ningún caso deslizan sospechas sobre los números emitidos por los organismos sanitarios de sus respectivos países. ¿Qué pasa en la Argentina, entonces, para que todos desconfiemos tanto?

Es cierto que no nos faltan razones históricas para dudar de la buena fe con que nos informan desde el poder de turno. La negación de la existencia de desaparecidos y fusilados durante la dictadura militar, la manipulación de las bajas en Malvinas, el consejo de que "el que apuesta al dólar pierde", el corralito, "la casa está en orden", tanta hipocresía política tienen que haber alimentado el recelo de los argentinos hacia sus gobernantes. Pero, hasta poco tiempo atrás, la suspicacia no se derramaba públicamente sobre
los problemas sanitarios. Se suponía que con la salud -y con los muertos- no se jode.

Pero el antiguo temor a un fraude electoral parece haber alcanzado ahora a la epidemiología. Quizás sea el efecto INDEC. Pero sospecho que esta pasión por contar los muertos -un morbo que alimenta la televisión minuto a minuto- viene de mucho más atrás.

En Diario del año de la peste, el escritor Daniel Defoe dejó testimonio obsesivo del número de muertos causados por la peste de 1665 en Londres.
Aunque no se privó de anotar escrupulosamente las cifras de apestados, barrio por barrio y día tras día, Defoe centró su crónica en la reconstrucción de las vivencias de los millares que pasaron meses
conviviendo con la muerte. Nada que ver con nuestro enfoque de la epidemia.
La cuestión de los números -su escatimación porfiada y adrede- parece ser una obsesión nacional.

Recuerdo la amarga discusión por el número de desaparecidos en la Argentina.
Que si son 30 mil, que si fueron seis mil. Todavía hay quienes dirimen si los nazis asesinaron a seis millones de judíos o fueron un puñado menos, de acuerdo con los censos poblacionales. Me dan asco.

Cada muerto por una enfermedad como la gripe debería preocuparnos.
Especialmente, cuando estamos en medio de una pandemia de la que todavía se sabe poco y que lo último que necesita es el pánico generado por la competencia de los numeritos y los rumores de ocultamiento.

Que quede claro: conocer en tiempo y forma los números de una epidemia es fundamental para los que tienen que tomar decisiones sanitarias en una población. Todos tenemos, además, derecho a contar con información transparente. Pero hacer de eso pan y circo es, sencillamente, una canallada.

*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=27120





CORREO:



DECLARACIÓN DEL CONSEJO DIRECTIVO DE LA ULAPSI*

El Consejo Directivo de La Unión Latinoamericana de Entidades de Psicología (ULAPSI) conmovido ante el desarrollo de la “epidemia de influenza tipo A” y habiendo recepcionado numerosos aportes teóricos, académicos y científicos acerca de este suceso enviado por psicólogos e instituciones adheridas, hace
pública sus consideraciones.
Entendemos la necesidad de tomar medidas de control sanitario, de asumir responsablemente el reto de acorrarlar el brote epidémico y circunscribirlo a un espacio de más fácil manejo y erradicación. Nos sumamos a la acción movilizadora de toda la población en nuestros países encaminada a observar los
comportamientos que disminuyen sensiblemente la posibilidad de contagio y propagación de la llamada influenza tipo “A” (también “H1N1”, o antes “fiebre porcina”). Coincidimos en la necesidad de movilizar recursos financieros, científicos, profesionales para encontrar en breve tiempo una solución definitiva.
La salud integral de las mujeres y hombres, niños y niñas, ancianos y ancianas de todo el mundo es un deber sagrado y un derecho fundamental al que con vocación humanista y sentido del deber nos consagramos.
Pero el cuidado responsable y científicamente sustentado, como deber elemental de todos los gobiernos, no debe transgredir bajo ningún concepto los límites del ejercicio de la prevención sanitaria, la intervención salutogénica o la acción curativa. No puede convertirse en argumento para la exclusión de personas, grupos o instituciones por razones de nacionalidad o residencia (transitoria o definitoria). Esto sería no sólo una violación de derechos y justicias elementales, sino una práctica de profundo sentido discriminatorio y segregacionista. ULAPSI rechaza enérgicamente tales posturas sean conscientes o no. No es momento para el aislamiento, sino para la unión. Es en la interacción de los gobiernos, los sistemas de salud y los centros de investigación, que podrá ser encontrada una solución contundente y definitiva al dañino brote de influenza.
Así mismo nos pronunciamos contra los “excesos mediáticos” que en países como México, y en la mayoría de los que componen nuestra América Latina, han generado verdaderas epidemias de pánico, que lejos de favorecer la movilización social resolutiva, crean una profunda incapacidad psicológica para el
afrontamiento eficaz y solidario de la epidemia viral, pudiendo igualmente aumentar la ansiedad de grupos vulnerables en lugar de disminuirla. Rechazamos cualquier forma de manejo político de la difícil situación en aras de mezquinos intereses de partidos, fracciones políticas, funcionarios gubernamentales. Con la salud de los pueblos no se puede hacer politiquería. Una crisis que azota la vida no puede ser peldaño de campañas mediáticas de los intereses hegemónicos del poder en ninguna de sus manifestaciones.
Entendemos que una vez más, junto a la búsqueda inmediata de una solución, se hace imprescindible el análisis de las condiciones de insalubridad, desatención sanitaria, en la que vive buena parte de la población en nuestros países. Es en la desatención sostenida a la salud del pueblo, es en las prácticas sanitarias exclusivistas, solo para los que pueden, es en la despreocupación por las condiciones de vida de millones de latinoamericanos donde podemos, sin duda alguna, encontrar la tierra fértil para la aparición y eclosión de epidemias miméticas que son síntoma de la profundamente deteriorada situación en las que vive la mayor parte de los pobladores de nuestro continente.
ULAPSI tiende su mano solidaria a todos los gobiernos y pueblos de América Latina en la búsqueda de una solución inmediata a la epidemia y en la promoción de comportamientos salutogénicos más adecuados. Consideramos necesaria la incorporación de psicólogos especializados a los consejos y equipos encargados del manejo de la crisis para cuidar también la salud psicológica, para que la información que se emita promueva acciones y actitudes preventivas y correctivas pertinentes tanto como contribuya al mejor clima de calma, cordialidad, solidaridad y acciones organizadas entre personas, comunidades y países.
ULAPSI denuncia y condena la razón profundamente clasista de la epidemia y exige respeto a los derechos humanos de todos los latinoamericanos.
SÍ a la unidad. NO a la exclusión.

-Enviado para compartir por María Elena. mariaelenaburoni@hotmail.com,








Inventren. Próxima estación: J. V. CILLEY.

Colaboraciones a: inventivasocial@yahoo.com.ar


*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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Monday, July 06, 2009

TRATANDO DE CONVERTIRSE EN PÉTALO...




DEMOSTRACIÓN*



Los automóviles pasaban a toda velocidad por la avenida. Le recordaban las películas mudas de Carlitos. La gente causaba la misma impresión.
Asomada a la baranda miraba con los ojos muy abiertos. Allá en la esquina estaba su madre. La oía a pesar de la distancia.
- No sé por qué comienzas cosas que no vas a terminar. Siempre eres la misma.
También vio como llegaba su marido y se unía a su madre.
- No se preocupe, Dora, no va a hacer nada. Nunca lo hace, le faltan agallas.
Esa fue la palabra clave. Ella tenía agallas y había resuelto demostrarlo.
Abrió los brazos, su cuerpo se elevó. ¡ Si, podía volar!
- Adiós, - le dijo el piso 15.
- ¡Bravo! ¡Bravo! – Se unieron a coro el 14, el 13, el 12 y el 11.
El piso 10 cerró sus ventanas. El nueve hizo una reverencia, luego hubo un silencio entre el octavo y el segundo.
- No sé si tienes razón – susurró el primero.
La planta baja musitó algo ininteligible cuando la calle se abrió en cruz tratando de convertirse en pétalo



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





TRATANDO DE CONVERTIRSE EN PÉTALO...





Crónicas del Hombre Alto (nº 52)

DE GENERACIONES*


El técnico veinteañero que iba a actualizar mi computadora me preguntó si la necesitaba de vuelta con urgencia. Contesté que sí y justifiqué mi apuro con una humorada: "no sé por qué, pero la Olivetti no me deja mandar mails". El muchacho se sonrió, pero yo advertí que no había entendido el chiste y al instante comprendí por qué: jamás en su vida había usado una máquina de escribir.
Un amigo de mi hijo hablaba con entusiasmo acerca de iPhones, iPods y otras maravillas tecnológicas por el estilo. Irónicamente, le pregunté si los reproductores de mp3 eran compatibles con un Winco. Mi interlocutor se rió con gran diplomacia, pero yo advertí que no había entendido el chiste y al instante comprendí por qué: jamás en su vida había visto un tocadiscos.
Informé a mis alumnos de secundaria que debian redactar un texto utilizando solamente palabras que empezaran con la letra H. Protestaron, alegando que se trataba de una consigna de cumplimiento imposible. "Escriban tipo telegrama y van a ver que se puede", aconsejé, pero la suficiencia de mi comentario quedó anulada apenas uno de ellos formuló la pregunta que todos estaban rumiando: "Profe, ¿qué es un telegrama?". Comprendí al instante por qué: jamás en su vida habían enviado o recibido uno.
En una clase posterior, con la intención de relacionar la literatura con esas escasas porciones de la realidad que a los adolescentes les resultan reconocibles, pronuncié una maravillosa reflexión de neto corte rockero para introducirlos en el tema del día y anoté sobre el pizarrón el nombre de su autor: Kurt Cobain. Para mi gran asombro, sólo uno de ellos sabía quién era. El resto no tenía demasiada idea de la existencia de un grupo llamado Nirvana.
Seamos francos. Verse involucrado en cuatro episodios de esta naturaleza en el curso de dos meses, sólo puede conducir a la poderosa sospecha de que uno se ha vuelto viejo. ¿A qué otra conclusión se puede arribar después de advertir que hay gente 20 o 30 años más joven que ya no entiende algunos de los términos que uno emplea con naturalidad al hablar? ¿No es esa, acaso, la dinámica de las diferencias generacionales? Un buen día nos levantamos y resulta que estamos del otro lado del mostrador. Ayer nomás éramos hijos cuestionadores; hoy somos padres cuestionados. Ayer nomás éramos alumnos oprimidos y hoy somos docentes opresores. Ayer éramos la novedad, la vanguardia; hoy representamos el retraso. No tendría nada de extraño, entonces, descubrir que hemos empezado a padecer los desfasajes generacionales desde el otro lado.
Permítanme, sin embargo, atenuar la depresión que provocan estas melancólicas reflexiones aventurando una conjetura acaso carente de imparcialidad. El fenómeno no se agota en una explicación tan simplista como la del mero transcurso del tiempo, sino que hay que analizarlo en función del modo particular en que cada generación afronta la brecha que la separa de las anteriores. Porque convengamos que hay una diferencia notable entre aquella etapa en que el joven era yo y esta otra en que los roles juveniles son ajenos. Una diferencia que se me antoja esencial. A mí también, alguna vez, me resultaron extrañas ciertas expresiones pasadas de moda que usaban mis mayores. Confieso también haber perpetrado insolentes sonrisas burlonas ante ciertos hábitos y actitudes que allá por los '70 olían a cosa apolillada. No obstante, para los que hoy andamos transitando la cuarentena, lo "anterior" (aun cuando fuera objeto de nuestros cuestionamientos) guardaba una significación. Cultural o afectiva, pero significación al fin. Había una línea imaginaria que atravesaba los años y nos unía con nuestros mayores. Las cosas -los objetos, los hábitos, las palabras- duraban más, permanecían en el tiempo y esa continuidad nos brindaba (nos incomodara o no) una sensación de pertenencia. De allí veníamos, y saberlo nos ayudaba a reconocernos, a construir nuestra identidad. El pasado era pasado, sí, pero de algún modo mantenía su vigencia. El pasado tenía también una arista de presente. O mejor dicho; nuestro presente estaba formado también por retazos importantes del pasado de los otros. Yo veía televisión, claro, pero entendía lo que habían representado para mis mayores el "Glostora Tango Club" o "Los Pérez García". Yo veía jugar al Beto Alonso y al Loco Gatti, pero sabía quiénes habían sido Labruna y Boyé. Las películas de vaqueros, las épicas de romanos, las de Fred Astaire y Ginger Rogers formaron parte de mi infancia, a pesar de haberlas visto treinta años después de su estreno.
Permanencia y pertenencia. Esto, obviamente, hoy no sucede. Se ha sacralizado el presente hasta el punto de absolutizarlo, se ha hecho del ahora un tirano omnipotente, creado sólo para vendernos productos. El hiperconsumismo exige novedades constantes, aunque sólo sean ficticias. Lo viejo se tira; lo no tan nuevo también. Todo es efímero, evanescente. Y como el ritmo de nuestra vida se acelera cada vez más, y lo "actual" dura cada vez menos, es cada vez más fácil quedarse atrás, perder el tren, convertirse en nada. Las brechas generacionales han perdido permeabilidad, parecen custodiadas por muros acorazados. Salvo raras excepciones -pienso por ejemplo en fenómenos puntuales como "El Chavo" o los Rolling- los jóvenes del siglo XXI no tienen acceso directo a testimonios del ayer de sus mayores y entonces el pasado se diluye, se vuelve casi inexistente, pierde toda significación posible. Contagiados tal vez por esa cultura de lo descartable, las nuevas generaciones profesan hacia él una manifiesta indiferencia. No lo conocen, no se preocupan por conocerlo y tampoco les molesta su desconocimiento al respecto. El pasado es para ellos una melaza informe en la que la década del '70 resulta tan lejana y carente de sentido como el Precámbrico.
Por supuesto, estas consideraciones son vanas. Aun cuando mi hipótesis resultara correcta, en nada contribuirá su enunciación a corregir el problema. La dinámica de las generaciones, queda dicho, es así. Sería inútil, entonces, tratar de explicarles al técnico veinteañero, al amigo de mi hijo o a mis alumnos de secundaria que a ellos también les va a pasar lo mismo, que algún día hablarán confiadamente acerca de "la Play" o de "postear en el blog" y descubrirán en la mirada de sus jóvenes interlocutores un destello de extrañamiento,. de sarcasmo, de malicia por haber incurrido en un anacronismo imperdonable.
Porque les va a pasar. Seguro les va a pasar.
Lo digo -por supuesto- sin el menor resentimiento hacia esos mocosos de porquería.




*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar







Y QUEDARÉ*



Tu escote
-de todos nosotros-
abusa
Yo
no preveo
tomar
distancia
de tu escote
La mantendré
y quedaré
espectante.




*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






CONFESIONES DE AUTORES FAMOSOS EN EL FESTIVAL LITERARIO DE PARATY
"Supe que anda escribiendo versos. ¿Usted es marica?"*
Lobo Antunes contó cómo reaccionó su abuelo ante su vocación de escritor.


*Por Eleonora Gosman egosman@clarin.com



Supe que anda escribiendo versos. Dígame ¿usted es marica?". La pregunta, a quemarropa del abuelo de Antonio Lobo Antunes a su nieto amedrentó al joven aspirante a poeta. "Tenía solo 12 años y empecé a escribir en pequeños papeles que escondía debajo de los libros cuando escuchaba los pasos de mi madre". Pero Antunes, uno de los grandes de la lengua portuguesa, no terminó por allí el relato sin frenos de sus andanzas adolescentes y adultas, frente a una sala para 850 personas donde ya no cabía un alfiler. Fue el fin de semana en Paraty, la capital de la Fiesta Literaria Internacional (FLIP) por
donde pasaron durante cinco días intelectuales y artistas de la primera línea en el escenario mundial.

Escucharlos fue como asistir a un "reality show" cultural. Antunes, nacido en Lisboa hace 67 años no disimuló cuánto cuesta estar delante de una página en blanco sin que la inspiración llegue. Autor de 21 novelas entre ellas Memoria de Elefante, donde cuenta su experiencia en la guerra de Angola, confesó sin avergonzarse: "Escribir es un trabajo imposible porque se trabaja con cosas intraducibles, anteriores a las palabras. Y así, en las dos primeras horas, funciona la policía política literaria. Luego, una vez cansado, de algún lado las cosas comienzan a aparecer desde regiones de uno mismo absolutamente insospechadas".

En tren de contar sus verdades a Mario Bellatin, mexicano por nacimiento y opción (y peruano por origen familiar) no le molestó exhibir, a los 49 años y ante más de 1.500 personas que lo escuchaban absortas, su calamitosa relación con el entorno hogareño "convencional". Sus primeros intentos fueron tortuosos, en parte porque era un niño de 10 años. "Es de entonces mi primera novela, si se la puede llamar así. Mis padres creyeron que se trataba de un trabajo escolar y se ofrecieron a ayudarme. Pero cuando descubrieron que se trataba de un libro, no pararon de burlarse. Me decían: '¿Cómo es que se te ocurre escribir si tienes pésimas notas en lengua española?'". Fue su abuela quien lo salvó del marasmo. Sacó aquella ópera prima de circulación y la guardó encuadernada prolijamente durante años.
"Después vinieron años negros, espantosos, donde solo escuchaba sentencias fatales: 'Te vas a morir de hambre, y si no, terminarás en un loquero'". Hoy es un "exitoso" que lleva acumuladas 16 obras -quizá la más impactante es Salón de Belleza- que fue traducido en varios idiomas y publicado por editoriales de primera línea.

El norteamericano Talese, hijo de un sastre calabrés que emigró a Estados Unidos es reconocido como uno de los padres del "nuevo periodismo". Hoy tiene 76 años y sigue tan vital como en sus inicios. Talese habló y mucho de sus años de cronista "cuando todo el mundo sabía de los romances de Robert Kennedy. Entonces, nadie se animaba a publicar historias que hoy son grandes titulares en todos los diarios". Su próximo proyecto es cuanto menos polémico para su relación de 50 años con la misma mujer. "Voy a contar la historia de mi matrimonio con Nan", un libro donde no faltarán las escenas de adulterio. Cuando hace casi 30 años publicó La mujer del prójimo, Talese se convirtió en gerente de una "casa de masajes". Confesó: "Se que humillé a mi mujer, pero no fue intencional. Quería saber la verdad".


Los músicos y la historia
Alex Ross, un americano de 41 años, fue conmovedor al relatar qué lo llevó a escribir "El resto es ruido". La obra abarca las relaciones entre la música clásica y los grandes capítulos de la historia del siglo XX. Allí muestra las contradicciones de figuras musicales que hicieron escuela. "Richard
Strauss, judío, era un compositor romántico. Respetado por Hitler ni él ni su familia fueron atacados por el régimen nazi. Cuando terminó la guerra, los soldados estadounidenses llegaron a la casa del músico y le exigieron que la entregara. Strauss salió con su partituras en mano y les dijo quién era. Un teniente, que lo conocía, le pidió disculpas".

Shostakovich era, en los años 20, un joven héroe soviético, cuya música era amada. Cuando estrenó su quinta sinfonía Stalin apareció en el teatro y salió antes de que terminara. Desde ese día, el compositor pasó a dormir en el pasillo de su casa. No quería que la familia viera cuando la policía lo arrastrara para llevárselo. Shostakovich sobrevivió sin que lo molestaran. Y en 1960 se afilió al Partido Comunista Soviético.


*Fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/07/06/sociedad/s-01953285.htm






Las menopáusicas (Cuerpo de mujer y locura II)*




*Por Sonia Catela. soniacatela@yahoo.com.ar



Prácticas médicas como el enclaustramiento en psiquiátricos y el sometimiento a electroshocks, se descargaron sobre las menopáusicas casi hasta arañar las costas del siglo XXI. Las medidas se fundamentaron en teorías canonizadas como verdades científicas que respaldaron el encierro judicial. En "La Ley", biblia de abogados, jueces y todos los personajes que miden la cordura de una y deciden si una debe ser recluida o no, se expone una recopilación, hecha por Manuel Oruz, de definiciones de catedráticos prestigiosos del mundo entero. Así, Levy Valensi, autor del Manual de Psiquiatría, 1930, revela: "Menopausia. Se nota la hipocondría genital, las obsesiones, ideas fijas, impulsiones al robo, al homicidio, al incendio, al suicidio". "La psicosis menopáusica legítima es una confusión mental con
delirio de persecución, de forma celosa a menudo, o erótica, o mística".
Oswald Bumke, en "Enfermedades mentales", mete uña: "la menopausia y el climaterio son épocas de la vida de la mujer en que está más expuesta a sufrir la locura".
Y suma: "El climaterio reúne multiformes psicosis. Podemos decir con seguridad que las enfermedades mentales del sexo femenino aumentan notablemente de frecuencia al principiar la involución sexual".
Rogues Furzac, facultad de Medicina de París, en su Tratado de Psiquiatría, Madrid 1921, tampoco se privó de manifestarse: "No todas las edades predisponen por igual a la psicosis. Su frecuencia alcanza el máximo desde los 45 a los 65 años en la mujer, durante la involución menopáusica".
Todavía en 1998, el ginecólogo José Pacheco, por encargo de la Sociedad Peruana del Climaterio, presentó ponencia para la creación de un Registro Nacional de Menopausia, "cuyas razones continúan teniendo vigencia", según dice. Y trae a cuento una descripción de 1887 sobre la villanía del climaterio: "Los ovarios, luego de largos años de servicio, no tienen la habilidad de retirarse de manera graciosa en la edad mayor, sino que se irritan y transmiten su irritación a los ganglios abdominales, los que a su
vez la transmiten al cerebro, produciendo alteraciones en el tejido cerebral, que se manifiestan como nerviosismo extermo o como un verdadero ataque de locura". Y agrega Pacheco, ginecólogo, en 1998: "Los conocimientos actuales no hacen sino corroborar muchas de las pintorescas creencias de hace cien años, aunque todavía no conozcamos toda la verdad".
Esa era ¿es? la palabra científica y en ella se albergaban los juristas.
Como se sabe, a lo largo del siglo XIX y parte del XX, a las mujeres sólo se las consideró sujetos de derecho en tanto madres de ciudadanos. En ese encadenamiento se sustentó una poderosa vinculación entre climaterio y locura. Se termina la fertilidad, se acaba la entidad de sujeto de derecho.
Al manicomio, entonces.

*Teleteatro: Cómo se declara loca a una mujer. Hablan los que saben:
Un fallo judicial de 1952 declaró demente a Miriam de Magalhaes*. La acción contra la joven, de veintitrés años de edad, fue iniciada por sus padres ya que la rebelde había tomado un rumbo propio marchándose de la casita de los viejos.
La sentencia de locura reproduce las detallistas apreciaciones del prestigioso profesor Dr A. C. Pacheco y Silva, quien, para movilizar la sentencia, establece: "la examinada se encuadra en el grupo de las
constituciones paranoicas, con: aumento de la perversión del sentido de la personalidad. Amor propio y egocentrismo exagerado; orgullo y vanidad desmedidos; trastornos de autocrítica; incapacidad de adaptación al medio familiar, desconfianza y falsedad de juzgamiento de su situación, rigidez de
carácter, irreductibilidad en sus opiniones con tendencia a la filantropía, al altruismo y al misticismo". Fin del diagnóstico. Eso es una loca. Para cualquiera de nosotros se limitaría a una suerte de radiografía de una misma, de un hijo/hija, de cualquier conocido.
En la misma senda, los peritos llegaron a la sabia conclusión de que Miriam "presenta una psicopatía de tipo predominantemente fanático, con trazos aparentes (sic) de los tipos esquizoide y paranoide, encuadrables en la expresión "locos de todo género" del código civil".
Y como Miriam podría empeorar por el "grave compromiso de sus facultades afectivas dados sus antecedentes hereditarios (¿antecedentes hereditarios?) se concluye que la paciente no está en condiciones de dirigir su propio destino y escoger y orientar su propia vida, por lo que debe quedar bajo la guarda de sus padres y bajo cuidados médicos".
En la apelación, Miriam aprovechó para despacharse denunciando la sentencia como un simple acomodamiento de una situación familiar, "pues" dijo, " toda la familia reunida, con el poderío y proyección que les proporciona la tradición, la posición social, el cargo de magistrado, todos se "ufanaron en salvar a su pobre "enfermita" del poder diabólico de alguien, de manera tal que esa actitud influyó en los peritos y el juzgamiento de la causa".
Ofendido, el tribunal calificó de "temeraria" esa "insinuación" y avaló el tratamiento psiquiátrico como terapia contra su rebeldía.
¿De qué se trata todo esto? ¿Quizá del manejo del que hablaba Vezzetti? En otro caso, de octubre de 1960**, Januário Borelli, pidió la ratificación de demencia de la esposa, Marina Costa Borelli.
¿Qué dijeron esos médicos sobre Marina? "Su apariencia es de normalidad; fácilmente reporta los datos de su vida, acompañando los pensamientos de gesticulación adecuada, con buenas maneras, mostrándose bien educada, y en franca sintonía a las normas sociales comunes del trato personal".
¿Lenguaje jurídico o de señorita de escuela con delantal blanco Ala? Pese a las buenas maneras de Marina, su gesticulación adecuada, su franca sintonía con las normas sociales del trato personal, el juez consideró que esos profesionales: "procedieron a un examen ligero, de pocos días, cuando debieron observar por algún tiempo los mínimos detalles". Se nombraron otros peritos que en giro de mil grados concluyeron que "Marina sufre de facultades mentales alteradas, y que por eso no puede manejar su vida ni sus bienes". Ni sus bienes... Directa a internación y tratamiento.
* Las apariencias no engañan: María Laura Torres trabajó cuatro años en un Neurosiquiátrico de Mendoza. Ahí comprobó que aspecto e internación pueden resultar equivalentes.
Démosle la palabra a los protagonistas del espectáculo: "Llegan una mujer de 30 años (que llora, angustiada), el ex marido y sus hijas. Estas, aterradas.
Califican al hombre como golpeador. "Un monstruo". La presunta loca se separó porque él la golpeaba, le retiene el documento, hace pocos días la violó, reiteradamente la somete a actividades sadomasoquistas y la obliga a tomar vino.
La única que puede darle el alta es una médica que recién llegará el lunes.
Ahora es sábado. Se le pide al hombre los documentos de la esposa y los devuelve. Acusa a su ex de alcohólica. Ella ratifica que yacía en una acequia luego de haber sido abusada por él durante toda la noche en su casa, donde la encerró a la fuerza.
Se llama a la policía; se hace la denuncia.
Día lunes. Las enfermeras ya han hablado con la médica y la médica con la paciente. La trabajadora social le comenta a la profesional lo hecho. La doctora rechaza: esa mujer es una "histérica", diagnostica. Por qué.
Contesta... "¿no ves cómo está vestida? con pantalón corto ¿vos irías al médico en short?" Era verano; en Mendoza el verano es serio y la mujer salió de su casa en medio de una crisis no muy propicia para detenerse a seleccionar vestuario. "Además" (siguió la médica) "esta mujer toma. Según Schneider una personalidad anormal es la que se aparta de la media estadística. Esta mujer se aparta de la media. Cualquiera se da cuenta de cómo es el paciente cuando entra nomás... ¿y cómo entró?... vestida con un
short."
Se le objeta que el marido la viola sistemáticamente, le pega, no la deja salir de la casa... La mujer bebe, pero si hay alcoholismo, puede ser secundario a un problema más grande. Respuesta: "la internada es la mujer, mi paciente es la mujer y por algo está internada".
De eso se trata. Del manejo.
¿La seguimos la próxima con el castigo puertas adentro?
*(Tribunales de San Pablo, Brasil).
**( Tribunales de Curitiba, Brasil)


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/13-19227-2009-07-06.html






Adopción*


Suena el teléfono y el hombre atiende. La voz de Esteban le informa que en un diario de 1927, en la página de policiales, descubrió una noticia fuera de serie. El hombre lo escucha y piensa: "seguro que es todo mentira". Esteban es un apasionado investigador de archivos, bibliotecas, hemerotecas. Es conocido por eso y por ser un gran mentiroso.
Esteban anuncia: "te leo el comienzo de la nota: en el día de ayer se dieron a conocer algunos curiosos detalles relacionados con el luctuoso hecho ocurrido a mediados del mes de marzo último en una mansión del barrio de Belgrano y cuyos protagonistas fueron, como se informara oportunamente, el señor Ramiro Altacerviz y la señora Clara Sáenz de Altacerviz."
"¿me seguís?", pregunta. "te sigo", contesta el hombre. Y piensa: "todo inventado". "resumo un poco -dice Esteban-. Después de la introducción, la nota aclara que estos dos personajes constituían un matrimonio feliz, de mucho dinero, muy conocidos y muy bien conceptuados en las altas esferas de la sociedad de la época. Pero no habían podido tener hijos. Y este es precisamente el punto a partir del cual comienza a desarrollarse la trama de esta tragedia. ¿Me estas siguiendo?" "perfectamente" , contesta el hombre. Y piensa: "es un mentiroso".
"Te sigo contando. Resulta que un día esta gente resuelve adoptar un niño. No era una decisión simple y analizaron cuidadosamente otros casos. Consultaron con abogados, con médicos, con sacerdotes. Pero, al parecer, a medida que avanzaban crecían las dudas. ¿Como seria finalmente esa criatura? pese a la privilegiada educación que le impartirían no existía garantía de que con el tiempo el chico no se descarriase arrastrado por alguna tendencia hereditaria e imprevisible. Y así, más avanzaban, más consultaban, más complicado se les volvía el panorama. Por lo tanto, al cabo de unos meses de titubeos, optaron por adoptar un hermoso, joven, fuerte e inteligente chimpancé. ¿Que te parece?". "Fantástico", exclama el hombre. Y piensa: "mentiroso, mentiroso."
"El animal entro a formar parte de la familia. Lo bautizaron con el nombre de Adolfito. Tenía su propio cuarto, andaba por la mansión, compartía almuerzos y cenas, les brindaba afecto. Bastaron pocas semanas para que los esposos Altacerviz se felicitaran mutuamente por la elección. La más entusiasta era la señora. Se encariño de tal manera que ya no quería salir sin el chimpancé y con frecuencia prefería quedarse en casa, antes que concurrir a las periódicas reuniones de la hora del té. El mono adquirió cierta fama. Los amigos de la familia conocían sus hazañas. Cuando se tocaba el tema -cito textualmente del diario-, la señora Altacerviz, sin advertir seguramente la sutileza del juego de palabras, afirmaba invariablemente que Adolfito era una monada." "¿me oís bien?" "bien". Y piensa: "mentiroso". "A partir de ahora leo directamente de la publicación, escucha: una tarde, el señor Altacerviz regreso en un horario no habitual y al entrar al dormitorio encontró a Adolfito y a su esposa sobre la cama en posición inequívoca. Al advertir su presencia, la señora comenzó a sollozar y a quejarse de que la estaban violando. El señor altacerviz abrió un cajón, saco un arma y empezó a los tiros contra el chimpancé. Si bien sus declaraciones posteriores se limitaron a consignar los hechos, es posible suponer que varios factores debieron influir en su actitud. No solamente la evidencia de la violación, sino también de la ingratitud y, quizá más oscuramente, del incesto. Lo cierto es que empezó a los tiros. Pero si algo poseía Adolfito, además de simpatía, era astucia y ligereza. Anduvo a los saltos de pared a pared y en cuanto pudo desapareció por una ventana."
"¿Estas escuchando?" "atentamente. " "¿que te parece?" "extraordinario" . Y piensa: "todo inventado." "Sigo leyendo del diario, atende: de los seis balazos disparados, cinco se alojaron fatalmente en el pálido cuerpo de clara Sáenz de Altacerviz. Murió inmediatamente. Exasperado, el señor Altacerviz se apoyo el caño en la sien y apretó el gatillo. Pero se había quedado sin balas. Entonces se trepo al techo de la casa y saltó. Trasladado de urgencia a un sanatorio logró salvar la vida, aunque los médicos aseguran que por el resto de sus días no podrá abandonar la cama en que se halla postrado. En esas penosas condiciones, el martes último, balbuceo su declaración ante la presencia del juez, echando así un rayo de claridad sobre estos acontecimientos que habían intrigado a la opinión pública y a las autoridades intervinientes. "
"¿Que me decís?", pregunta Esteban. "Una tragedia", contesta el hombre. "Hay un párrafo mas, presta atención: en cuanto al chimpancé, se supo que cruzando campos alcanzo la provincia de Misiones, pasó al Brasil y continuó desplazándose hacia el norte, logrando finalmente adentrarse en la selva amazónica, donde vive actualmente en concubinato con la hija de un cacique." "Sensacional" , exclama el hombre. Y piensa: "esta vez se le fue la mano."




*de Antonio Dal Masetto.
"Ni perros ni gatos" Torres Agüero editor, Buenos Aires 1º edición 1987



*

Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 5 de julio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores chilenos Carlos Isamitt, Acario Cotapos, Ramón Campbell y Miguel Aguilar Ahumada. Las poesías que leeremos pertenecen a Vicente Girarte Martínez (México) y la música de fondo será de Rikchariy (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!



ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
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Thursday, July 02, 2009

ESTACIÓN CARHUE.




TODAVÍA. *



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar




No todos los instantes ya pasaron y aún aguardan tenaces.

Imprevistos. Furtivos.



Ocultos en la lluvia que enjuaga la ventana,

o en la invicta añoranza que irrumpe cada tanto

si algo ya nos dejó camino arriba.



No son sólo un ayer de gorriones quebrando

el aire transparente de una tarde lejana.

Ni el sol febril curtiendo la sangre adolescente.



Tal vez cada futuro es también una ausencia.

Sin el dulce regusto de niñez y nostalgia,

un posible que ausente no alcanzó su destino.



Sin aguardo de magia o resplandores

cada fugacidad será un acaso

muy íntimo y final. Sueño y milagro.


Entonces. Todavía.



*Eduardo Pérsico, escritor, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.






ESTACIÓN CARHUE.





Las aguas y los dioses*



En este lugar, aquí, en este hermoso lugar hay verde. Aquí, en este sitio existe el verdor. Aquí es bello, aquí hay plantas. Eso decíamos.
Nosotros, los mapuches, nosotros, los salvajes ignaros decíamos Carhué y era decir nuestra casa, era decir la tierra, era decir mi familia, mi ancestro más remoto, mi vida. Decíamos Carhué y decíamos amo la tierra verde.
Y el lago Epecuén nuestro lago Epecuén era salado. Salado como el mar más reconcentrado, tan salado como si el océano hubiese sido puesto al fuego en una olla de barro y hubiese hervido despacito hasta que el agua fuese casi sal. Así era el lago, así lo extendieron los dioses oscuros sobre la tierra verde. Y era el límite del verde. Mas allá venía la pradera que se tornaba páramo, hasta allí las pasturas y la facilidad. Hasta allí lo cálido y amable, a partir de allí ese límite, ese exterior, esa felicidad que se
consigue con mayor dolor. Porque, debo decirlo, también esa era nuestra casa, y así como se ama al hijo obediente, se ama inevitable y dolorosamente al hijo que se eriza en espinas y baldío.

Era Carhué y era el lago de sal. Y fueron los hombres que ya estaban pero estaban todavía lejos. Eran los hombres del color de la blanca muerte, que nos habían dejado tranquilos hasta que su codicia los forzó a extender los brazos más lejos que el corazón. La codicia les dio hierros en los brazos y les dio hierros en los pies, y Carhué que era mi hogar fue mi tumba, y mis lugares tomaron nombres que nunca les casaron, nombres que se resbalan porque no los pertenecen. Pueblo Adolfo Alsina, lago San Lucas,
nombres extranjeros, nombres que se desvanecen bajo el cielo de la América y que mi boca no puede pronunciar sin hacerse violencia.

Llegaron los hombres de hierro. Se quedaron los hombres de hierro.
Vinieron en su propia bestia humeante como quien llega montado en una pesadilla. Le dicen ferrocarril a la bestia de fuego, a ese monstruo negro y temible. En tres grandes bestias llegaban los hombres blancos y seguían trabajando para su codicia.
No les bastaba la laguna de sal. Ya no estábamos nosotros, yo era ya polvo de huesos bajo mi tierra verde cuando los intrusos que vendían baratijas y habitaciones y bañadores a rayas quisieron obligar a la tierra a dar más de si. No les bastó ver nuestra tierra, se la apropiaron; no les bastó apropiarse de la tierra, la quisieron doblegar con sus canales y sus terraplenes. No era suficiente con el nuestro lago, no. Hicieron un lago ellos, un lago dulce, trajeron el agua desde otros lados que no son este lado, que no pertenecen a este lado, y con ese agua extranjera hicieron ese nuevo lago y cambiaron la historia de la nuestra tierra.

Y el diez de noviembre uno de los dioses oscuros miró la tierra que era verde, abominó el lago dulce, tomó una palabra, pronunció una nube de ceniza, y el terraplén cedió, y la ciudad conoció el olvido del agua silenciosa. Y el agua avanzó como un ejército en marcha, y las puertas se hincharon en sus marcos, y el inexorable pasado se acumuló sobre los ladrillos de la ignominia. No tañe la campana bajo el agua, no acuden los niños a las escuelas, diez metros de agua se comprimen sobre las plazas y los tejados.
Me duermo en mi tumba ahora. Mientras me adormezco canto quedo una melodía que ya no encuentra cuerdas para sonar. Siento la luz de la luna quebrada sobre el pueblo sumergido. Descanso ahora. Los dioses juegan sus juegos, un pez desprende silenciosa, lentamente, una escama de madera de una
silla que se pudre.



*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






Estación invierno*


Hay trenes que van
gente sedienta de prisa
el que yo espero
es tren de nostalgias
dicen que ese ramal ya no existe.

La estación sugiere
que el tren que esperaba
ya pasó
silencioso y escarchando.



*De © diana poblet. soydian@yahoo.com.ar







Dudando*


Está justo detrás de mi, al fondo del vagón. Ha cambiado su ubicación habitual y ahora estoy obligado a girar la cabeza de una manera un tanto ridícula. Sólo espero que ella no se de cuenta de que la observo. Hoy quería acercarme a decirle algo, pero... ¡está tan lejos!
Mañana sin falta la abordo y entablaré conversación con ella.

Mientras ella baja del vagón mira de reojo a aquel chico con el que se encuentra desde hace dos años cada mañana. En muchas ocasiones ha tenido la sensación de que iba a dirigirle la palabra, pero no ha sido así. Bien es cierto que se ha encontrado con su mirada en muchas ocasiones, pero nunca se ha acercado. Quizás debería ser un poco más coqueta, quizás debería insinuarse de alguna forma.
Mañana será el día en que se decida, de mañana no pasa...



*de Joan Mateu. joan@cimat.es







EL TREN DE LAS 18 *



Con su estertor
como un punto o una peca negra
una mancha voraz ocupando la planicie
o bien como un cimbronazo del horizontes
irrumpía el tren de las dieciocho

columpiando sus distancias en uno y otro ojo.
El asunto estaba en ese acontecer de la tarde
donde bajaban y subían saludos
bultos varios y uno que otro grito de andén

como si todo la congoja y la nostalgia
la risa y los temores
se detuviesen un instante en los umbrales
para, luego, salir cual arcón mágico por la pampa.



*


Siempre que menciono el tema me retrotrae a algunas experiencias vividas en mi infancia, hasta mi adolescencia, inclusive. Y me lleva a los cuadernos que tengo escritos con anotaciones varias y poemas que acompañan el día. Algunos de ellos están llenos de esas emociones que me fortalecen, que desmienten las torpezas cotidianas, las dudas de la rutina.
Habíamos caminado, antes, por las vías muertas del ferrocarril que pasaba por Capilla del Monte. El tren es algo muy difícil de explicar para aquellos que no tuvieron la oportunidad de vivirlo tan cerca. En la pampa sinfin era una fuerte presencia que anudaba y desanudaba los decires de todos los pueblos por donde pasaba. Sus vías, que aún están, nos acercaban las distancias. Me paraba, recuerdo, en medio de ellas y miraba absorto una y otra lejanía y las dejaba posar en mi imaginación de niño. Los guardas de los trenes siempre me contaban historias de lugares extraños que se aquerenciaban en mis no olvidos. Y no les digo lo que era subirse a una de esas viejas locomotoras, con su vientre al rojo vivo, de carbón ardiente:

- ya vas a manejar una de estas, me decía el maquinista, y dejaba que agarre una manija.

- Manejé el tren hoy, mamá. Y le contaba la historia.



*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar













Soledad del Silencio*







Hay silencios de muertos y de vivos…

de los que te aturden y te crispan

Hay silencio que no escuchas

Hay silencio de rostros

Hay silencios de día que casi entran en la incertidumbre

Hay un silencio entre una palabra y la otra

Hay un silencio que se asoma en la espera

Hay un silencio que vuela alrededor de la vida

Hay una soledad del silencio que no se puede derrotar

Hay silencios que se ocultan detrás de todos los ruidos

Hay silencios de penas que las han callado

Hay silencios de lágrimas, de miradas

Hay silencios prudentes y compulsivos, amordazados

Hay silencios acordados en pactos

Hay silencios transgresores

Hay silencios que no se pueden oír

Hay un silencio del silencio que se deja a la conciencia.

Hay un silencio de armonía y de espanto

Hay una monotonía de él, una amenaza del silencio en la urbe

Hay una comunión humana del silencio

Hay silencios que hay que dejar que sean

Hay silencios que romper con un grito que duela

Hay silencios de voces y de piel

Hay un silencio todo, de nosotros….

Hay una historia del silencio y un silencio de la historia.-







*de Maria Elena Buroni. mariaelenaburoni@hotmail.com

















EL PARAGUAS*


-Mayo del 76-





Frío de mayo. Lluvia. Malabarismos del paraguas contra el viento y el agua congelada.
Un programa calentito y reparador, chocolate con churros en La Giralda y cine con mi amiga, la de todas las tardes de parvas de tostadas bien finitas con manteca y confesiones al borde de la
chimenea, legado de mi nonno. Dos películas seguidas de Dustin Hoffman. Imperdible.
Pero igual, demasiadas cuadras para tanta lluvia, y ese paraguas tan incómodo, y ese frío.
Después, la charla agradable con mi amiga en el tren a Constitución, una carreta irrespetuosa.
Irrespetuosa como el verde militar perturbador de mi otoño. Unimogs y pobres diablos con cascos protectores para las cabezas rapadas por la soberbia.
Ay, ese paraguas. Media cuadra nomás, el tren y el chocolate calentito entre las manos heladas. Suficiente.
Y para esa puerta tan pesada del único edificio de Burzaco, la fuerza puntiaguda del paraguas en el picaporte y basta por fin de lluvia en la antesala del ascensor.
Pero no.
Un casco más gigante que los otros, el FAL cruzado en diagonal al corazón sobre la capa verde, tan verde oscuro, tan oscuro.
Horror. Un sudor frío, más que la lluvia de doce cuadras atrás, latidos desprolijos delatores del pánico.
Documentos?. Conocida?. Familiar?. Averiguación de antecedentes y un carro más irrespetuoso que el tren. Inmundo. Siniestro.
Silencio.
Preguntas, invectivas. Portación de armas?.
El paraguas.
Manoseo. Ni una lágrima siquiera. La garganta anegada del pánico.
Y al poco tiempo, la novia del amigo del hermano de mi amiga, la del único edificio de Burzaco, nunca más.






*de Lucía. luciaguionbajo@yahoo.com.ar













Trenvidando*




Trenes de sabor metálico
aplauso de latas
sombra recorrida
ventanillas mínimas
manos pequeñas
atrapaban sueños gigantes.

Tren del regreso
brazo de fierro confiable
que me devolvía a casa.

Y bajar en la última estación
nariz fría de surestes
con ojos acuosos
sentir al instante
un perfume a romero
inconfundible
cartel de bienvenida.




*de © diana poblet . soydian@yahoo.com.ar











AMBIVALENCIA*





Cuando yo me haya ido,
regresaré en silencio.
Y buscaré en las sombras
el dolor que llevé,
el llanto de mis horas,
la soledad, la ausencia,
las vigilias sin sueño
y el horror de creer
que me llena el vacío,
que me inunda la pena
y me embriaga el delirio
de vivir ¡y estar muerta!...

Quizás mi suerte sea
estar muerta y ¡vivir!...







*de María Rosa León. mariarosaleon@yahoo.com
de "Lugar común". Ediciones Amaru - Buenos Aires - 1996















POEMA HALLADO EN UNA LOCOMOTORA...

EL RELOJ DE LA ESTACIÓN*






Hace casi una centuria

en la lejana parís

fue allá en la casa matriz

donde la forma te dieron

y en un barco te trajeron

a mi querido País.



Con leyendas de "muy frágil"

en un seguro cajón

Llegaste en un vagón

fue la vía tu camino

Navarro fue tu destino

Y la "trocha" tu estación



Una vez que te instalaron

tu fama tocó la cima

la gente a verte se arrima

y no saben de que forma

das hora a la plataforma

y también a la oficina.



De todos la admiración

así empezas a ganarte

hora exacta de tu parte

da confianza y precisión

y en esa hermosa Estación

nadie pasó sin mirarte.



Fuíste el orgullo del jefe

que parado en el andén

supo mirarte en el andén

supo mirarte muy bien

y de tu exactitud se jacta

cuando dabas la hora exacta

para despachar el tren.



Te observa el guarda y coteja

con su reloj de bolsillo

y en aquel acto sencillo

te demostró su confianza

y de acuerdo a tu ordenanza

hizo sonar su silvido.



Resopló la vaporera

con poder extraordinario

encabezando el tren diario

que hizo progresar la zona

el maquinista se asoma

y al mirarte dice A horario!



El cambista te controla

porque el tiempo no le sobra

siente al ponerse la gorra

que de la playa es el dueño

y pone todo su empeño

en activar la maniobra.



Y el capataz de cuadrilla

con su mirada muy pronta

con el suyo la confronta

y la zorrita acelera

llegar a destino espera

sin que venga tren en contra.



Y así a tu dulce compás

con ese ritmo profundo

sin descansar un segundo

con trabajo y con amor

mi patria tuvo el honor

de ser granero del mundo.



Pero un día los cipayos

que no conocen decencia

con mezquinas apetencias

empezaron a destruirnos

y con engaños a hundirnos

en la fatal decadencia.



Comenzaron por cerrar

"Ramales improductivos"

ferroviarios serían "chivos"

que expiarían sus codicias

y con brutal avaricia

armaron lo destructivo.



Revolotearon caranchos

sobre tu vieja Estación

y viste con desazón

que robaban y destruían

y tu corazón herían

sin ninguna compasión.



Así un día te paraste

y de injusticias ya harto

diciendo yo no comparto

lo de estos malvados

te quedaste bien parado

a las cinco menos cuarto.



Pasó talvez mucho tiempo

por tu justa rebeldía

pero observaste un día

con esperanza y asombro

que alguien puso el hombro

porque arreglarte quería.



Desde puntos muy lejanos

turistas y visitantes

que mucho admiran el arte

vienen a ver el museo

y expresan con su deseo

funcionando contemplarte.



Y casi igual que a pinocho

vino a salvarte el doctor

y poniendo lo mejor

artesanía y paciencia

pero además de su ciencia

sobre todo puso amor.



Pues todos querrán saber

como se llama ese hombre

pero que nadie se asombre

ya agradezco su gauchada

y sepan que no cobró nada

Marcos Brunoldi es su nombre.





*Autor: Carlos Alberto Martino (Beto)

-Este poema fue encontrado en una locomotora por Carlos Antonio Dinamarca. carlosadina@hotmail.com

-Maquinista de oficio-













*





Pasaron 32 años del último tren. Hoy lo estamos reinaugurando. Pero no viajamos a Carhue. No tenemos recursos. Nos reunimos al pie de una estatua en la ciudad de Buenos Aires. El autor grabo su nombre y el año: Aime Millet. París 1880. La base de granito avisa que Adolfo Alsina vivió de 1829 a 1877. Fue gobernador de la provincia y quien ordenó la construcción de la "zanja de Alsina" destinada a contener y avanzar sobre las tierras de los pueblos originarios. El hombre murió en Carhue y le dió su nombre al partido de la provincia de Buenos Aires desde el que hoy parte el inventren.

Al pie de esta estatua nos reunimos unas pocas personas.

Son amigos con los que he compartido cosas en estas tres décadas.

En 32 años pasamos del terror de la dictadura al terror difuso de los virus y de la desidia.

De Martínez de Hoz enviando a una empresa amiga para que los rieles sean prontamente levantados a este presente del gobierno cuya especialidad es la negación sistemática seguimos siendo un país de víctimas, de corrupción, de impunidad.

En camino a la plaza Libertad veía restos de los afiches de la campaña que concluyo en las elecciones del 28 de junio. En uno de ellos la candidata con su rostro afinado por los prodigios del arte en la fotografía dice: "No te subas al tren fantasma". Curiosa frase. Me hace dudar del sentido de realidad de la clase política en su conjunto. Es el país y la fuerza de la buena gente que resiste la devastación y el saqueo y hasta la falta de sentido común de sus gobiernos. No somos nosotros los que estamos subidos al tren fantasma. Son ellos que no se bajan de su oficio de comerciar con la ilusión y empeorar la vida de la gente.



Aun sea una tarea imposible más de las que he emprendido en mi vida, elijo subirme al tren de la escritura e intentar un improbable recorrido por 52 estaciones y alrededor de tres años de duración.

Me acompañan amigos y recuerdos.

Los invito a seguir escribiendo.





*Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com









Próxima estación: J. V. CILLEY.


ROLITO.
SATURNO.
SAN FERMÍN.
CASBAS.
EDUARDO CASEY.
ANDANT.
CORONEL M. FREYRE.
ENRIQUE LAVALLE.
CORACEROS.
HENDERSON.
MARÍA LUCILA.
HERRERA VEGA.
HORTENSIA.
ORDOQUI.
CORBETT.
SANTOS UNZUÉ.
MOREA.
ORTIZ DE ROSAS.
ARAUJO.
BAUDRIX.
EMITA.
INDACOCHEA.
LA RICA.
SAN SEBASTIÁN.
J.J. ALMEYRA.
INGENIERO WILLIAMS.
GONZÁLEZ RISOS.
PARADA KM 79.
ENRIQUE FYNN.
PLOMER.
KM. 55.
ELÍAS ROMERO.
KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.
JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.
ALDO BONZI.
KM 12.
LA SALADA.
INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO.
VILLA CARAZA.
VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA.
INTERCAMBIO MIDLAND.



*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
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El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

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Monday, June 29, 2009

EL LABERINTO DE LA RAÍZ...



-ILUSTRACIÓN DE FREYJA. freyja_walkyrien@hotmail.com


HARAPOS DE ABANDONO*



Petrificado en el exilio de la noche,
el gnomo de membranas hambrientas
y heridas coaguladas por el látigo del sol,
suplica silencioso y a la intemperie por su huérfana inocencia.

Golpeado sobre la lozana piel naciente
desgarra sus sueños sobre el fango.

Querubín a la espera del retorno, desnuca a la justicia
tras el peso de una lágrima,
gestada desde las entrañas de su orfandad.

Vestido con harapos de abandono,
busca encontrar la esquina de su infancia,
atravesando angustias con sabor a prepotencia
que anule cicatrices, marchite lo imposible y destiña ausencias.

Metamorfosis de verbos, vigilan el “pienso” carcomido,
fantasma encadenado al sordo murmullo de los días,
que dañan crucifijos pintados de esperanza
entre las tenazas abiertas y dolosas de un germinado desafío.

Con resignados pasos,
cruza la frontera del destino al ritmo de los ciclos de la luna.

Atento a sus treguas sin color, rescata las siglas de los sueños
que suspendidas quedaron en el buzón del tiempo.
En búsqueda de Dios,
un par de sonrosadas mejillas sombrea la vida,
en reclamo justo por el dorso edénico de su inocencia.



*De Mary Acosta poemasdemary@hotmail.com





EL LABERINTO DE LA RAÍZ...





Fatalidad de los Espejos de la Lluvia*



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://www.aragonesasi.com/sergio
http://sbllop.blogia.com
http://es.groups.yahoo.com/group/Camino-Al-Andar/



Afanosamente llovía sobre los innumerables paraguas que poblaban las avenidas y se abrían hacia el cielo gris, como un gesto desafiante. El rítmico redoble de la lluvia trabajaba con paciencia las aceras, las copas oscilantes de los árboles, el colapsado tráfico, las solitarias chimeneas que habitan los tejados, los verdes setos que flanquean la glorieta. Caía de costado contra los ventanales de los pisos altos, tras los cuales podían verse, espaciadamente, rostros confortados al sentirse inmunes al caprichoso trajín de la naturaleza. Envolviendo la ciudad en un húmedo abrazo ineludible, llovía aquella tarde en que descubrí a Irene.
(Sí, porque más que un encuentro, fue un descubrimiento, un abrir los ojos a una luz desconocida, casi un deslumbramiento. Fue como si la multitud apresurada de pronto no existiera, como si en toda la plaza no hubiera nadie más, nada más que ella y las baldosas blanquinegras, brillantes a causa del agua que corría vertiginosa sobre ellas, buscando los desagües; ella abandonadamente sola, pequeña, majestuosa, improbable, caminando sin prisa y sin paraguas bajo la furiosa calma del agua que caía.)
Llevaba el pelo mojado; gruesas gotas de agua resbalaban por su rostro, hermoso y acaso algo triste, uniéndose después en la caída al torbellino de las otras gotas y estallando con ellas al contacto del suelo, frío e inflexible, formando una misteriosa melodía que se propagaba por el aire fresco del atardecer urbano.
(Su pelo corto y empapado, sus ojos asombradamente abiertos y mirándome. A mí, que tampoco llevaba paraguas; a mí, con el pelo lánguidamente pegado a las sienes y a las orejas; a mí, que al igual que ella, caminaba con calma dejándome llevar por la irreprimible nostalgia de las tardes lluviosas; a mí que la miraba con idéntico asombro.)
En una tarde tan oscura, tan llena de nubes, un paraguas parece la más elemental de las precauciones. Pudo ser, entonces, un alarde de indiferencia o de temeraria arrogancia lo que nos unió bajo los porches de unos grandes almacenes. Nos miramos sin poder, sin querer evitar la risa, sin esforzarnos en sofocar la carcajada que nos provocó la visión de nuestro propio aspecto de perritos mojados y vagabundos.
(Pero era otra cosa, algo más trascendente, más sutil; era un devorar de ojos, un tratar de disimular la propia turbación, un disfrazar con risas aquello que, indescifrable aún, ya nos estaba incendiando por dentro)

Después, como un violento ataque de vergüenza, sobrevino el silencio. Fue el momento de las miradas esquivas, de los gestos delatores del naciente nerviosismo. Con impotente resignación, observamos la multitud embozada que surcaba con impaciencia las aceras en dirección a sus casas, a
sus trabajos, a sus diversiones. Nuestra espera nos brindó el deleite de la contemplación de esas escenas que suceden todos los días y a las que, por desgracia, somos casi siempre ajenos: La tarde que declinaba, las calles vaciándose, las farolas llenándose de luz y alumbrando la imperturbable cortina de agua que no cesaba, las puertas de los almacenes cerrándose, la noche llegando con todas sus promesas y todas sus decepciones y todas aquellas ventanas iluminadas allá arriba. Y aquí, tan sólo nuestras sombras,
conscientes de la inutilidad de la espera (porque se adivinaba en el cielo cargado de nubarrones la inutilidad de tan larga espera) y a pesar de todo (pero sabíamos el motivo, íntimamente lo sabíamos, como se sabe de repente que alguien, al otro lado del mundo o del tiempo, está llorando)
prolongando nuestra estancia allí, como si algo impalpable y certero nos retuviese bajo la protección de los ensombrecidos porches. En un momento impreciso, nuestras bocas se abrieron simultáneamente sin llegar a emitir sonido alguno, y fue otra vez la risa, el tibio temblor de sentirse,
por un instante, reflejo de otros actos. Después, inesperadamente, nos besamos.
(no la besé, no me besó; fue un acercamiento mutuo, una llamada paralela que juntó nuestras bocas, y nuestros destinos, frente al sonido monótono de la lluvia golpeando inquebrantable el asfalto por el que, a esa hora, no circulaba nadie)
Un beso largo, cálido, desesperado; un hundirnos en mares inesperados y abismos confortables; un despertar, acaso. Sentí, como un desgarramiento, su lengua abandonando mi boca, sus labios separándose de los míos, sus ojos que me miraban con gratitud, con infinito cariño, con incurable tristeza.
Cuando quise hablar, su mano se posó suavemente sobre mi boca. Luego, sólo pude contemplarla mientras se alejaba bajo la lluvia sin un adiós.

En días sucesivos, busqué con ansia su adorada figura entre las multitudes.
Frecuenté monstruosos hipermercados, tranquilos parques, bulliciosos bares nocturnos, calles insoportablemente transitadas y calles vacías. En vano fatigué librerías, hoteles. Sin mayor fortuna, inspeccioné tiendas de paraguas, perfumes o flores. A veces, creí adivinarla al fondo de atestados
corredores o en algún restaurante, tras las vidrieras.
Otras tardes lluviosas, tuve la dicha de compartir con ella improvisados refugios, cálidos besos, interminables silencios de ojos atrapados sin salida. Luego, solíamos caminar bajo la lluvia sin preocuparnos de evitar los gruesos chorros de agua que se precipitaban desde arriba, desde los desagües de los tejados, y se deshacían en violentas embestidas contra el empedrado gris de las aceras. Ibamos dejando atrás las calles sin nadie, las tiendas cerradas, los bares repletos de gentes que
charlaban y reían bulliciosamente prolongando al máximo el retorno, el temido regreso a sus casas, a los cotidianos problemas domésticos, a la incomparable sensación del hogar-dulce-hogar.
La costumbre nos hacía caminar sin rumbo, acaso dando vueltas a una plaza, o deslizándonos por callejas mal iluminadas que desembocaban en avenidas infernales, que cruzábamos con rapidez en busca del sosiego de las otras calles, menos concurridas, más acordes con nuestro propio deambular
enmudecido. No podría decirse quién elegía los itinerarios. Era como si el azar nos guiase a su antojo, para separarnos inequívocamente en una esquina, al borde de un semáforo parpadeante o en la puerta de alguna discoteca de moda.
Fue una de aquellas tardes cuando, no sin asombro, me fue deparado el placer de escuchar la añorada melodía de su voz. Frente a una pequeña puerta acristalada, clavó sus negros ojos en los míos y, con mucha dulzura, con innegable pasión y tal vez algo de miedo, dijo:
- Aquí es donde vivo. Me gustaría que subieras.
(¿Habré de confesar que ese tan deseado sonido consiguió turbarme?
¿Me atreveré a declarar que despertó en mi alma fuegos que jamás ardieron antes de ese instante y esa voz? ¿Diré, finalmente, que un maremoto de música inundó mi mundo, sordo e indiferente hasta entonces?)
Y naturalmente, subí. Me maravilló el alegre apartamento de aquella muchacha frágil que tanto me enternecía, y cuya presencia tanto lograba pacificar mi atormentado espíritu. Incoherente, anacrónicamente, osé pronunciar palabras, intentando elogiar la decoración, mostrar mi fascinación nacida de aquellos colores, de aquellos cuadros, de aquel silencio cargado de melodías anunciadas. Pero fue su mano la que tomó mis manos; fueron sus labios los que apagaron, elocuentes, las vacías frases que
comenzaban a formarse en mi boca herética, y volvieron a sumirme en las profundidades de un cielo húmedo y dulce.
Sin embargo, nuestras ropas y nuestros cuerpos estaban mojados y nos hacían sentir las punzadas del frío.
(frío de soledad, frío de círculo de tiza alrededor, frío de atardeceres sin nadie y sin esperanza de nadie)

Una ducha tibia, relajante; un ponche caliente, unas suaves caricias, un desatar las antiguas ligaduras que nos aprisionaban al suelo cotidiano de quienes vagan sin rumbo por las inclementes calles de la vida, y supe que me quedaría allí, que no regresaría más a la insufrible humedad de mi triste habitación. Todos los fantasmas del pasado, toda la incomprensión, todas las heridas, quedaban definitivamente atrás. Ahora,
Irene me abría las puertas de un nuevo sendero, tan diferente que hasta los más íntimos recuerdos habían de ser desterrados sin posibilidad alguna de regreso.
Asistí, casi con incredulidad, al nacimiento de nuestra propia primavera, hecha de miradas cargadas de promesas, de caricias llenas de ternura, plenas de suavidad y de cariño, de música. Todo era mágico: el delicado gesto de desvestirnos con la timidez del primer encuentro, el arduo descubrimiento de nuestros cuerpos, como un juego, la incomparable languidez del primer beso al abrigo de las sábanas, el pulso acelerándose lenta e inexorablemente, el fuego desatado devorando labios, mejillas, hombros,
incandescentes curvas, maravillosos recodos de carne palpitante, las manos recorriendo con avidez y algo de torpeza incontrolable cada centímetro de piel, convirtiendo en hogueras nocturnas nuestros cuerpos; cuerpos que se buscaban sin descanso entre mares de sudor y ternura, cuerpos que se
estrellaban y rendían, cuerpos que se arracimaban sobre el blanco cuadrilátero sin conceder la mínima tregua, cuerpos sedientos y entregados cuya sed no pudo ser saciada.
(Y entonces lo supe; lo supe en la incomparable perfección de sus besos, en el cálido contacto de sus labios, en el dulcísimo aroma de su cuerpo tibio y frágil, en el sabor excitante de su piel enardecida, en la cadencia melancólica de la música que llenaba el ámbito de la acogedora habitación; lo supe en el empapelado azul de las paredes, en el pausado repiqueteo de la lluvia sobre el alféizar de la ventana, en el llanto desconsolado que resonaba blandamente en el piso superior. Con infinito pesar, lo supe, y ella también debió intuirlo porque, de repente, nos miramos y en nuestros ojos brillaban lágrimas gemelas, irreales afluentes de un amor condenado por los dioses. Entonces nos abrazamos con fuerza. Un llanto violento, convulsivo, azotó nuestros cuerpos hasta que el cansancio se nos apoderó de la consciencia y nos condujo hacia las vastas regiones del sueño, dejándonos en la más completa indefensión frente al alba futura)
Después, los días se precipitaron en veloz carrusel. Cada instante compartido lograba unirnos un poco más, al tiempo que nos iba separando del resto del mundo. Cada noche, nuestros cuerpos se buscaban con frenesí sin conseguir hallarse, como si perteneciésemos a dimensiones diferentes, como
si estuviésemos tratando de amarnos a través de un cristal odioso e indestructible, lo mismo que si una invisible barrera alejase brusca e irremediablemente nuestros cuerpos ávidos de pasión, hambrientos de placer, deseosos de dar y de recibir ese amor que crecía desproporcionado en nuestro interior y que, a pesar de todo, no llegaba nunca a consumarse de forma definitiva.
Pero todos estos desencuentros, en contra de lo esperado, nos acercaban más y más, nos forjaban diferentes a esas otras personas que pueden sonreír con satisfacción tras el vertiginoso instante del orgasmo que les arrebata, nos otorgaban un doloroso e indeseado privilegio que lograba unirnos de una forma brutal que descartaba de antemano la idea de una separación que, acaso, hubiese resultado aún más insoportable.
(Pero todas aquellas flamígeras miradas de amor
todas las palabras susurradas
todas las caricias recibidas
las descontroladas lenguas deslizándose por la tibieza de las pieles y
entrelazándose, repentinamente vivas, en nuestras bocas lujuriosas
la temerosa ejecución de otros juegos eróticos de innecesaria
enumeración y doloroso recuerdo
las otras palabras, atroces e inútiles...)
NADA.
Lo mismo que el saldo definitivo de una caja registradora estropeada. Pero nos retenía la esclavitud a ese amor que se nos escapaba por los ojos y en cada gesto de nuestras manos, que se desbordaba en nuestra sangre (que alguna vez vergonzosamente derramamos) y que nunca acababa de definirse, de
concretarse en algo real, en algo que pudiésemos llamar nuestro, en algo que poder recordar años después, cuando sólo la soledad y el tedio viniesen a ocupar los infinitos atardeceres de encierro en habitaciones frías, silenciosas, insoportablemente luminosas y sin nadie.
(Curioso que fuese a llamarse Irene. Y qué bonito nombre, pero ¡qué cruel! Porque Ire y después ne. IRE, como un ofrecimiento, como una caída voluntaria y vertiginosa en el tan deseado torbellino de pasión, en el mágico caleidoscopio de manos, labios y sonrisas uniéndose en extrañas figuras y desatándose contra la tristeza de los atardeceres otoñales...
Y después NE, como una negación, como una falaz contradicción, un inexplicable rechazo que consiguió herirnos con una intensidad jamás presentida. Curioso también que yo (¡a pesar de todo!) nunca me hubiese parado a pensarlo, a examinarlo en esta forma dolorosa, acorde, en cierto modo, con la realidad, con nuestra propia y cruda realidad de amantes sin esperanza y sin posible consuelo)
Una noche lluviosa, abominable, nos separamos para siempre.
Tal vez fue la vida (porque encontramos en otros lugares, con otras gentes, aquello que no habíamos podido hallar en nuestro desmesurado y fallido amour fou) quien nos arrancó (como se arrancan los pétalos de las flores, como se podan los árboles, como se mata) de los únicos brazos
capaces de proporcionarnos un pequeño destello de felicidad, esos mismos brazos en los que no nos fue permitido encontrar el placer. Sí, fue la vida quien nos empujó por caminos distintos e irreconciliables; por caminos que se fueron distanciando más y más a medida que en nuestros corazones crecía
intolerable la nostalgia, y también la certeza implacable de que nada merecería la pena en medio de esa soledad multiplicada de las multitudes refugiadas en el ruido.
Hoy sé que acaso fue posible otro desenlace, pero entonces éramos demasiado jóvenes, demasiado impacientes. Ahora que el tiempo ha pasado y la insatisfacción se ha asentado definitivamente en mi carne, tan sólo me resta la vaga esperanza de que alguna tarde lluviosa, una de esas tardes lluviosas
que aprovecho para salir a pasear sin paraguas por las calles de la ciudad, ella se pare frente a mí y me estreche entre sus brazos empapados, me bese con sus labios húmedos y me conduzca de nuevo a su casa (si es que aún existe, si alguna vez existió) donde ambas nos debatiremos una vez más bajo la blancura imperfecta de las sábanas, en busca de ese momento increíble que sabemos no ha de llegar, y nos fundiremos en un solidario abrazo de impotencia, de saladas y ardientes lágrimas, de amargo sabor a derrota prevista de antemano, hasta que el sueño venga de nuevo a liberarnos, a traernos de vuelta de ese mundo pretendidamente real en el que cada una de nosotras es un reflejo difuminado de la otra (hasta en el nombre, ¡cruel coincidencia! hasta en el nombre) y en el que no podemos, en el que nunca
podríamos ser plenamente felices.
Tan sólo la esperanza, las preguntas sin respuesta, el obstinado recuerdo del único amor; y acaso una sorda rabia que ya casi ni siento, un despiadado rencor hacia los dioses de la lluvia inconsistente, que me condujeron hasta Irene para arrebatármela luego como un siniestro juego, como una burla sádica. Pero ya está anocheciendo y mi marido no tardará en llegar. Como cada tarde, debo secar estas lágrimas, estas saladas lágrimas que cualquier día van a ahogarme, y preparar la cena; una sopa caliente, unas tortillas, un soportar abrazos, caricias y besos no deseados, una fatigada entrega, el sueño llegando poco a poco...






Silvio Ambrogi: "la poesía y el significado"*



*Por Julio Pino Miyar. isla_59_1999@yahoo.com
27/6/009
http://juliopinomiyar.blogspot.com



Enviado por correo postal desde algún lugar de los Estados Unidos, tengo sobre mi escritorio un modesto volumen del poeta nicaragüense Silvio Ambrogi, el cual constituye el breve opúsculo de su poesía: La saga del jazmín.
Hay algo en los títulos, con los que Ambrogi adorna sus creaciones, que termina sorprendiéndome, sutil e imperativamente, por ser como inusuales catálogos de lúdica, variada y prolífica invención. Títulos como Thánatos alucinada, El laberinto de la raíz, y, El arquero invisible. acompañan al poeta en su particular existencia, configurando capítulos de ensoñada verbofanía. Es decir, como ese impreciso lugar donde la palabra busca descender de su recinto amurallado -la fortaleza hierática del signo- para seducir a los comensales reunidos gracias a los mundanos placeres de la música y la forma.
Al afirmar lo anterior, ¿estoy definiendo esta poesía como algo estrictamente formal? ¿Qué es forma en realidad? Si nos atenemos a Aristóteles, es aquello que hace que las cosas sean y por eso es la
condición más esencial de la naturaleza. ¿Habitan esencias en Silvio Ambrogi?
Respondería a esa pregunta dando un largo rodeo: una de las últimas veces que he visto al poeta se encontraba seducido por lo que él llamaba el mundo mítico de Urantia -una curiosa noción extraída de la literatura esotérica, la astrología e incluso los naipes del tarot. Urantia es una saga sideral, relativa a la metempsicosis, donde a las almas predestinadas les son revelados, por vía ascensional, los más íntimos secretos del universo. En ese viaje cósmico el alma escogida realiza la decantación suprema del sentido y el significado de su verdad. O sea, al alma le es dado aprehender una esencia que, incorporándose a su propio destino, se traduce bajo la noción de forma, porque forma es aquello "que hace que una cosa sea lo que es".
Para el pensador medieval no sólo el alma era perceptible, al ser captada a la luz de las ideas, sino porque aparecía ante nuestra inteligencia como el fruto formal más preciado de la intuición sensible. Esa intuición es la precondición indispensable para la existencia de la realidad, según lo entiende el alma del artista que es el reflejo individual de la verdad y el significado del mundo.
Sin embargo, uno de los más graves problemas que presenta el pensamiento contemporáneo, es el de no comprender a cabalidad las relaciones intrínsecas existentes entre la percepción sensible y la apercepción intelectual; relaciones que se unifican bajo la forma pura de una intuición que concibe la unidad formal de la idea y el mundo. La poesía habla así desde el corazón de la intuición y en su expresión se revela el sentido que entrega configuración al mundo. Porque sólo a la poesía le es dado acercarse a los misterios que rondan desde adentro a la creación, modernamente doblada -torcida- entre el sentido y su expresión; la realidad y su concepto; aquello que decimos y cómo lo decimos. De este modo la noción de forma, en cuanto tal, ha resultado desvinculada de significado. Y, ateniéndonos a estos presupuestos abstractos, originalmente estrechamente entrelazados, pudiera decirse que Ambrogi es esencialmente un poeta de la expresión, no del significado. Sin embargo, nos dice el poeta envuelto en
las sutilezas de la significación:
"(.) un eclipsado lamento va pasándonos
tras el croar de ranas diminutas
no convidadas al festivo vergel, que abre sus pasos
de brevedad entretejida de múltiples seres
que van poblando los ramajes entremecidos".
¿Cuál es aquí el significado? O, ¿cómo aislar aquí el significado de la expresión? ¿Son las ranas -"como brevedad entretejida de múltiples seres"- las que pueblan los ramajes? ¿Son ellas las que croan al modo de un "eclipsado lamento"? ¿Cuál es la causa de ese lamento? ¿No haber sido convidadas al "festivo vergel"? ¿Se remonta quizás, ese vergel, a la memoria de la especie degradada que busca remontar su experiencia hacia un tiempo perdido y fabuloso que ahora anuncia su nostalgia -su reprimida vocación de naturaleza- en el canto vocinglero de las ranas sobre el ramaje entremecido?
¿No es acaso la naturaleza misma la que canta y al poeta revela, como secreta intuición, el inquieto periplo por el que debe transitar con paciencia, aprehendiendo aquello que, desde milenios, su alma sabía?
No obstante, no parece ser el canto nostálgico a la naturaleza perdida -virginal e intacta y dispuesta según la ley semítica- lo que alienta el contenido de estos poemas. Por el contrario, creo ver en el poeta
una obscura intención de abrir las puertas del paraíso a todo cuanto originalmente fuera degradado, -¿el vergel original debería así flanquear sus murallas a los catálogos más vastos del deseo? O, ¿lo que nos propone Ambrogi, a la manera de los poetas místicos, es hacer retornar el mundo a su añorado vergel? O a la inversa, ¿subvertir el mundo gracias a los placeres sin límites que se esconden en su vergel íntimo? O sea, ¿se dispone esta poesía a anunciar el fin de la prohibición mosaica en aras del gozoso disfrute? Lo que sí parece ser cierto, es que las palabras, con que el poeta nicaragüense construye sus poemas, simbolizan, en sus particulares sonoridades y caprichosas morfologías, los frutos más exquisitos para ser probados, u ofrecidos por él, bajo las frondas hechizadas de un paraíso
recién descubierto.
Nos dice nuevamente el poeta:
"(.) se agita tu cabellera coronada de insectos
a la noche aquella: sin astros, preñadas de lluvias heladas,
arrastra tu cuerpo por las verdes ramas del rosal maduro
tu sangre pujante se confunde con las rosas rojas
que bordan tu piel de durazno reseco".
¿Qué es lo que Ambrogi desea para su amante? -porque estamos (es necesario prevenir al lector) frente a un canto homosexual: una "cabellera coronada de insectos", una "lluvia helada" que le arrastre sobre las ramas del "rosal maduro" y donde su sangre se confunda con "las rosas rojas" y su piel sea como la del "durazno reseco". ¿Es éste el jardín verborante donde se escenifica el triunfo de la naturaleza pletórica? ¿La revancha del tiempo sobre la eternidad? ¿de la naturaleza sobre la idea? y, ¿de la sexualidad sobre las obscuras tablas del Decálogo?
Según el poeta cubano José Lezama Lima, un santo tuvo en una ocasión una visión del infierno, pero lo encontró vacío. ¿Es posible un universo sin culpa, sin prohibiciones donde, por tanto, las transgresiones carezcan de significado? Sin embargo, en el universo poemático de Ambrogi, la prohibición es necesaria porque sin ella no podría tener sentido ni lugar la transgresión; el mefítico goce de la insurrección. Para Ambrogi, como para Lezama, la concupiscencia, para ser perfecta, debe construirse con la sustancia misma de la prohibición.
El poeta nos pinta un paisaje, a ratos bucólico, donde el árbol, la fruta, la hierba, la lluvia, los insectos. participan al unísono de una cósmica rebelión, pues han sido implicados como parte del catálogo natural de su prohibido deseo. ¿Habita un contenido irracional en los textos de Ambrogi?
El vergel del poeta no es el jardín volteriano -dieciochesco- donde la razón se encontraba jerarquizada y se agotaba en constantes figuraciones geométricas, es, por el contrario, la representación festiva -el vergel barroco, copioso, exuberante- de la fábula invertida de la Creación. Lo que nos fue prohibido en ese jardín fue el placer, y, es eso lo que el alma no quiere perdonarle a Dios. Regresar al jardín de los ejercicios prohibidos promete el retorno tenaz de la subversión. Los insectos que pueblan la cabellera de su amado hablan con elocuencia de la enorme fuerza lúdica de ese deseo, aunque inscrito dentro de los límites que fija el placer que es a la vez, el límite natural de cuánto y por qué se desea: habitar por siempre el insólito jardín, el selecto paraninfo de la prohibición.
Pero, acerquémonos un poco más al texto, La saga del jazmín provocativamente ilustrado por Omar d' León: un dibujo realizado a plumilla prefigura los poemas, el cual, en el borde inferior, posee la siguiente leyenda: "El poeta Silvio Ambrogi recibe de su Ángel la revelación Lírica, al fondo Cronos guía al poeta desnudo hacia la Posteridad".
La herencia grecolatina ronda la poesía de Jinotepe, pequeño pueblo nicaragüense cargado de tradiciones y situado en la fresca meseta de Carazo, del cual nuestro poeta es oriundo. En esta apacible y humilde región de Mesoamérica el legado clásico se contextualiza entre una noción arielina -docta, hipercivilizada- de cultura y otra calibanesca -autóctona, popular. Ambrogi es un poeta arielino que aboga por una Nicaragua ilustrada, la cual posee una específica historicidad que no sólo vibra en el verso plateresco de Rubén Darío, en la vocación civil de Salomón de la Selva y en las postulaciones metafísicas de Alfonso Cortes, sino además, en las magníficas confluencias con la gran poesía occidental y la mejor tradición de la poesía continental: Lezama Lima, Isidoro Ducasse. "tú, pequeño
Isidoro, regresas a solas con tu capa roja." Le saluda el poeta en un tuteo que se vuelve esencial.
Ambrogi es un poeta en el que se perciben claras resonancias grecolatinas; no quisiera negarle al lector el disfrute de estos breves versos virgilianos:
"(.) leve pecho de Artemisa: platina platos
pétalos puñales
plañe la sombra
hasta el octavo día de los cumplimientos."
¿Por qué plañe la sombra? ¿Acaso tiembla el leve pecho de Artemisa? ¿Se cumplirá el destino del poeta, y la poesía, hacia el octavo día? La poesía de Ambrogi es un texto en busca de su mejor significado y un largo viaje hacia esa región de la intimidad donde eros -al decir de Darío- es la religión definitiva. Entre tanto, la idea de la posteridad, si es que ésta realmente existe, tiene que ver mucho más con la noción infranqueable de la eternidad que con un veredicto puramente humano.
Pero, ¿cuál es la órbita histórica - cultural de Ambrogi? ¿Su poética nace de una visión eminentemente pagana del mundo? O, ¿acaso como esos poetas latinoamericanos que han ido a beber de las fuentes primordiales del saber, ha llegado a la intuida certeza de que el gran péndulo de la civilización
occidental -que oscila entre lo pagano y lo cristiano- se unifica hacia un centro de mayores esperanzas, y que el mismo proceso histórico que separa a Atenas -la civilización helénica- de Roma -católica e imperial- es el que las une?
¿Qué es, entonces, lo que le pide el poeta al mundo como una manera de resarcirse del enorme pasado cultural que sobre él pesa? Le pide que sea verdadero; es decir, que posea una forma y que esa forma sea hija de una expresión que albergue un significado. La poesía, la forma y el significado componen así el credo del artista, su trinidad devocional. La verdad del poeta descansa, por tanto, en la intuición en el secreto orden del mundo, en su significado y en su mejor expresión.
Veamos lo que, sin dejar de ser un texto erótico, se convierte para Ambrogi en un llamado a la complicidad cultural, al amor fiel que nace de su fijeza:
"No morderá la dura frialdad de la distancia
el visitado rumor de tu imagen
dulce tenacidad en la memoria
que ha guardado tu sonrisa (.)"
Hay algo que siempre nos une en la tela más invisible. ¿Qué es en realidad esa imagen que nos visita como un rumor, aunque invocada por la "dulce tenacidad" de la memoria? ¿El pasado rehecho por las manos de la poesía? ¿La memoria de Grecia transfigurada en su imagen?:
"Si el cántaro está roto, se ha derramado el canto.
Ceremonias de lunas en las bordadas nubes
rebasan los senderos del santuario de mármol (.)"
Grecia, tal como lo expresa Ambrogi, es un cántaro roto que ha derramado su canto en vías de encontrar en el tiempo otra forma posible, mensurable. La Modernidad representa un período de la humanidad que agoniza por su propia configuración histórica y en el que la noción del significado no debería de ser, en modo alguno, ajena a esa forma oportuna que la propia época quisiera deducir de sí. Nuestra Modernidad se debate así entre una expresión que no acaba de constituir la plenitud de su forma y un significado que parece volverse ajeno a su propia expresión. De ahí la enorme importancia del papel que pudieran desempeñar los poetas, quienes, mediante la intuición sensible, llegaran a avizorar, en el horizonte universal de la cultura, otra forma posible, deseable, y que vendría a contener el canto -una vez roto el cántaro milenario- en el que habita no sólo el alma extraviada de Grecia, sino aquellos antiguos significados que hablan de nuestras libertades y que, concebidos a partir de una poética del mundo, nos trasladasen al ágora pública; a los menesteres cívicos - ciudadanos.
Como formulación de inevitable optimismo el poeta, y la poesía, en tiempos de la Modernidad parecen destinados a asistir a una progresiva helenización de la vida y la cultura. El artista se encuentra llamado a convertirse en copartícipe y gestor de un nuevo espacio civil en el que la socialización del poder y la economía implique además, la socialización del arte; o sea, la reinscripción del artista, como sujeto autónomo y actuante, en el entramado social que en un momento determinado de la historia le diera nacimiento. La redefinición sociocultural de la sexualidad se encuentra, de este modo, inserta en uno de los núcleos neurálgicos de la Modernidad política, en su inevitable proyecto democrático, el cual sólo sería posible sobre la base de la restauración en el individuo de la soberanía de su conciencia y de un pacto social que le garantice con plenitud la capacidad de elegir.
Silvio Ambrogi nos ha dejado en La saga del jazmín esclarecido testimonio de su sexualidad homoerotica. El develamiento explícito de su intimidad se traduce así en circunstancia civil. Una sexualidad la cual, mediante su propia enunciación, pugna no sólo por ampliar los marcos jurídicos de su aceptación social, puesto que es la propia intimidad la que exige su reconocimiento; la otredad esencial en que esa sexualidad se manifiesta; el lado soterrado, indiviso, -su sentido y racionalidad- que compone su
subjetividad y la dimensión moral en que esa develación se produce.
La sexualidad en sus formas más variadas, como toda actividad eminentemente humana, debería fundamentarse en una nueva escala de valores que condicione, no sólo la conducta de los individuos, sino, además, la forma en que esa sexualidad se manifiesta en la intimidad del pensamiento. Cuando en
ocasiones nos entregamos a contemplar el tumultuoso y entrelazado devenir de la historia y la cultura, podemos pensar en cosas tan dispares, o ajenas, como el asesinato de un poeta, o en la curiosa elección que hiciera Zeus, metamorfoseado en un águila, del joven Ganimedes, leyenda que devino en uno de los más controvertidos paradigmas del amor griego. Muchos años después del asesinato de Federico García Lorca uno de sus asesinos puso de manifiesto uno de los motivos contextuales del crimen: humillar su
sexualidad y socavar, con eso, la dignidad de su poesía. Tenemos también la opción de releer en silencio a Herman Hesse y recordar lo que él escribiera de los poetas, que ellos eran portadores "del más lejano y legítimo anhelo del hombre": un mundo y una sensibilidad correctamente humanizados.






deber cívico*



hoy voté.
entré al aula oscura
y me vi sentado frente a la maestra.
el manual Estrada
los lápices de colores, la goma dos banderas,
nos contaba de las invasiones inglesas
del pueblo defendiéndose con aceite hirviendo.
después me fui a casa
herví el aceite
y me hice unas buenas papas fritas.-



*de aldo luis novelli aldonovelli@yahoo.com

Un furibundo abrazo patagónico.-
/desde los bordes de la matria.
http://www.agonistas-del-fin-del-mundo.blogspot.com








Salida del Inventren...


Invito a los amigos y lectores a enviar poemas, colaboraciones, mensajes de saludo - aliento para la salida del Tren literario prevista para el 1 de julio (32 años después del último tren) desde la estación Carhue.


Inventren 2009, el recorrido:


CARHUÉ.

J. V. CILLEY.

ROLITO.

SATURNO.

SAN FERMÍN.

CASBAS.

EDUARDO CASEY.

ANDANT.

CORONEL M. FREYRE.

ENRIQUE LAVALLE.

CORACEROS.

HENDERSON.

MARÍA LUCILA.

HERRERA VEGA.

HORTENSIA.

ORDOQUI.

CORBETT.

SANTOS UNZUÉ.

MOREA.

ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO.

BAUDRIX.

EMITA.

INDACOCHEA.

LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.

KM. 55.

ELÍAS ROMERO.

KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.

MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.

JUSTO VILLEGAS.

JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

ALDO BONZI.

KM 12.

LA SALADA.

INGENIERO BUDGE.

VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA.

VILLA DIAMANTE.

PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.



*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 28 de junio de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Gabriel Senanes. Las poesías que leeremos pertenecen a Marga López Díaz (Colombia) y la música de fondo será de Surazo (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).



REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





*


Exposición de
Walkala
(Luis Alfredo Duarte-Herrera)
en Oberndorf bei Salzburg

"Walkala, la fuerza de la imagen"

Invitación a la inauguración
El lunes 22 de Junio 2009, 19:30 horas

Lugar:
Librería "Buchgarten"
Römerweg 3
A-5110 Oberndorf bei Salzburg
Tel: +43 (0)6272 20632

Más informaciones en:
www.walkala.eu
www.galeria.walkala.eu

Duración de la exposición:
22 de Junio a 28 de agosto 2009
(Del 3 al 17 de agosto estará cerrada la librería por vacaciones)

Horarios:
Lu. - Vi. 8:00 a 12:00 y 14:00 a 18:00 horas
Sábados: 10:00 a 14:00 horas


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst,Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067




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INVITACIÓN


El día 2 de Julio 2009, a las 18:30 horas, se realizará el concierto de premiación del 3. Concurso de Composición XICöATL „Ziehender Stern“, para piano.

Lugar: Museo Barroco
(Mirabellgarten, Salzburgo)

(Serán interpretadas las obras ganadoras y también las que merecieron una Mención de Honor.)

Obras:

„Muwieri“, para piano, de Laura Puras Braceras (España),

„Erosiones“, para piano y electrónica, de Jorge Sad (Argentina),

„Paisaje aéreo“, para piano y trío de cuerdas, de Víctor Ibarra Cárdenas (México),

„Fragmento para dominar el silencio“, para piano y trío de cuerdas, de Juan Pablo Carreño (Colombia),

„Una Visita nocturna a través de Ciudad de México: o cómo asustarse a morir“, para piano, de Andrew Glover (Inglaterra),

„Tumbao“, para piano y electrónica, de Miguel Farías Vásquez (Chile).

Más informaciones en: http://www.euroyage.org/es/xicoatl-87


Cordial invitación de:

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org
Schießstatt Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067





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