Wednesday, November 18, 2009

¿VENDRÁS A BUSCARME EN BARCO DE PAPEL O EN NUBE ROSADA?



-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL.



POLLITOS EN EL ESPACIO*



A José Luis Fariñas



Presentíamos que se traía algo entre manos, pero nunca pensamos que fuera a hacer realidad lo de los pollitos capaces de crecer en el espacio, cada vez que hablaba del tema reíamos, pensando que era una broma de mal gusto. Ni siquiera nos enteramos cuándo ni cómo coló los huevos en la nave. Solo sabemos lo que nos iba enviando diariamente en sus informes.

No solo consiguió que los pollitos crecieran en ambiente de ingravidez y pudieran sobrevivir sin oxígeno, alimentándose apenas de una gota de sopa primordial, como llamaba a aquel cóctel de vitaminas y aminoácidos, sino que con las sucesivas generaciones, fueron creciendo sin plumas, acortando las patas hasta quedar en protuberancias romas, disminuyendo la talla de las cabezas hasta hacerlas casi indiferenciables del cuello… Crecían listos para entrar en el microondas, apenas hasta la talla de una codorniz. Ellos mismos se alineaban para ser seleccionados, él tecleaba sus números en la pizarra electrónica y los pollitos iban, mansos, saltando sobre sus muñones hasta el horno, de donde salían dorados, tiernos y apetitosos, comestibles hasta el último huesecillo.

Fue un logro innegable: mejoraría la dieta de los cosmonautas, aligeraría las cargas de alimentos, pues con llevar algunos ejemplares era suficiente para crear una pequeña colonia. Él mismo llegó a tener más en la nave de los que era capaz de usar en su alimentación y los recicló como jugo primordial, logrando especies que ya nacían con la piel dorada y crujiente.

El primer síntoma de locura lo notamos cuando nos dijo que se sentía observado por los pollitos, o que al despertar había visto a uno frente a la computadora central, mirando la pantalla, pues era obvio que con la reducción de cabeza los había dejado virtualmente ciegos…

Lamentablemente, no supimos más de él, de su experimento o de su nave, ni siquiera tenemos modo de probar a nuestros superiores que el proyecto puede ser viable, porque solo nos quedan sus mensajes, que pueden ser tomados por los delirios de un demente.

Nos preguntamos qué habrá sido de él: era un buen colega… algo loco, pero lleno de ideas y del optimismo suficiente para llevarlas adelante.



…………………



Pollito 990514 miró una vez más los controles a través de sus sensores, ubicados en toda su piel dorada, capaz de soportar desde temperaturas extremas bajo cero hasta el calor del contacto con una estrella. Pollito 870417 confirmó que la enorme criatura de otra especie había sido totalmente reducida a jugo primordial, lo cual les daba una amplia reserva. Pollito 630523 comprobó que habían sido destruidos los localizadores…

Al tener la ventaja de poder sobrevivir en las condiciones en que fueron creados, no importaba cuán largo fuera el viaje: tenían el universo entero para explorar y conquistar. Lo importante era irse abasteciendo periódicamente de jugo primordial para no tener que sacrificar demasiados compañeros. Las mejoras introducidas al programa de vuelo les garantizaban saltos al hiperespacio, y más adelante utilizarían los agujeros gusano para trasladarse con más facilidad.

Embargados de emoción, unieron sus mentes y dieron la orden de despegue. La nave partió, rumbo a las estrellas.




*de Marié Rojas.
*Dibujo: Ray Respall.






¿VENDRÁS A BUSCARME EN BARCO DE PAPEL O EN NUBE ROSADA?




*


¿Vendrás a buscarme
en barco de papel
o en nube rosada?
Tal vez me separes
de mi ensueño nocturno
con prepotente gesto.
No puedo imaginarte
aunque a veces llorando
reclamo tu presencia,
tu rostro está vedado
por designio del Supremo
que te ordena y te oculta.
Quisiera te anunciaras
con la flor negra del rito
tiempo antes, sin apuro



*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar





LA ESTACION*



Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.
Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.

Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez) metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles, y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.
A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros
pasajeros, de otras historias.

Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de ésos que luego resultan ser
trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las
ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto y el número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras mecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.

No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?) Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: No denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse
un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que
ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!)
Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un
tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las
certezas no existen) Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:
- ¿Ha salido ya el tren hacia D.?
- No puedo estar seguro - contesté con amabilidad - Lo único que puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy aquí - no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
- Entonces ¿Llegó usted hace poco?
Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intranscendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:
- ¡Estás loca! - Gritó. Después se dirigió a mí en otro tono - Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto - se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó: - Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
- Calla, viejo idiota - dijo ella entre sollozos - Tratas de confundirme.
Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.
- Yo nada espero. Eso es cierto - aceptó él con un tono más calmado - Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tu puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén
que pueda llevarte hacia la luz.
- ¡Cállate! - Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo: - Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de
viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.
Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
- ¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?
Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
- Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel - su tono fue subiendo poco a poco - ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás,
como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti?
Acabas de llegar y ya crees saberlo todo - su voz adquirió un tonillo irónico - pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de
cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
- Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.
En el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía.
Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.
Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
- ¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
- De ningún modo - respondió él, sonriendo con amargura - Ese tren ya pasó y nunca regresan - hizo una breve pausa - Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.
Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
- Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños - al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas -Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.
- ¿Caminatas? - Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
- Sí. Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
- ¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? - Dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible.
Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
- Muchos días y muchas noches - respondió él con cierto desaliento - Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo.
Pero no conozco otro camino.
- Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
- Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse.
Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.
- Pero es que debería regresar antes del lunes...
- ¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
- Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
- ¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos,
sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota.
¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
- Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
- ¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar.
Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo
nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...) Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo
pensamiento: No puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato.
Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.

El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.
Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos
cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una
segunda oportunidad.
Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación.
Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces
aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril.
Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado.

Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es








Calvario*



El dolor es como lava hirviente.
Sobre mi carne cae, lentamente.
¿Por qué tuve yo que ser la presa?
¿Por qué todo este daño y esta herida?
¿Qué culpa estoy pagando que no es mía?
¿Qué pecado maldito que yo no he cometido?
¿Y por qué mi verdugo sonríe? Yo no puedo.
¿O es que acaso no sabe lo que ha hecho?

Como si yo jamás lo hubiera conocido,
el dolor viene a mí repetido y perverso
relamiendo su boca tentadora,
como gozando por haberme herido.

Pero no puedo odiarlo.
Y yo no haría sino abrazarlo ahora…



*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar








Condenado a vivir*




El argentino, condenado a prisión perpetua en EE.UU, desde noviembre del año 1999 es acusado de asesinar a un vendedor de computadoras en la ciudad de Houston. .
Norberto Salas, desde muy temprana edad, tuvo conductas sociales , individuales e intelectuales muy diferentes a la de sus pares. Fue tratado por distintos Psicólogos que determinaron que era un niño con serios trastornos psicológicos y que debía ser tratado por profesionales.
Hijo de un Oficial Retirado de las Fuerzas Armadas Argentinas, descendiente de terratenientes bonaerenses y de una señora, única hija de inmigrantes españoles, residentes en la Provincia de La Pampa, criada en una Escuela de monjas de Buenos Aires, maestra, que nunca ejerció la docencia, ya que a los dieciocho años se casó con el militar. De por sí tímida, reservados, sin parientes, ni amigos , estos eran los padres de Norberto Salas
Siempre hubo malentendidos entre los esposos, hecho que los mantenía alejados durante largas temporadas.
La madre de Norberto Salas, depresiva. era muy agresiva con el niño, el cual siempre se sintió mal y triste en su entorno familiar y social.
En el año 1985, cuando Norberto Salas tenía 7 años, nació su hermano, al que llamaron Juan. Recuerda el profundo odio que sintió con su llegada al hogar y las grandes diferencias de trato que recibían ambos por parte de sus progenitores.
En su adolescencia, Norberto comenzó a interesarse por la etapa del Gobierno Militar, de esos años con Golpe de Estado compuesta por civiles , militares y apoyados por clérigos.
Se empieza a relacionar con jóvenes hijos de desaparecidos. Entra en una búsqueda que él mismo no comprende, pero algo por dentro lo impulsa. Recorre diversas instituciones, indagando más y más sobre su entorno familiar. A partir de allí, comienza a dudar de su verdadera identidad .
Decide un día hablar con su padre, quien le confiesa que es hijo de personas secuestradas y desaparecidas de esa época oscura de la historia argentina, realidad que también conoce su madre.

Norberto Salas ante la verdad, sufre un shock, reacciona agresivamente, debe ser internado en una Clínica psiquiátrica. Luego de un prolongado tratamiento retorna a su casa bajo cuidados y controles estrictos.
Intentó en varias oportunidades hablar con su madre. Ella se negó.
La señora del militar, tenía enfrentamientos diarios con su marido ; siempre relacionados con esa historia oculta .
Una tarde de domingo, sus padres discutían acaloradamente, él escuchó. A partir de ese instante, les exige toda la verdad, conocía que sus padres verdaderos fueron secuestrados por el Ejército Militar, su mismo padre se lo había dicho.


El Teniente, en ese año, cumplía sus servicios, en una ciudad próxima a la Capital Federal.
En una requisa, realizada a estudiantes universitarios en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, son secuestrados e ingresados al Regimiento.
El Teniente Salas está al frente de esa acción militar.
Entre los jóvenes secuestrados se encuentra Graciela. Torturas psíquicas y físicas, encierros, recibían de los militares .
Es Graciela, secuestrada y desaparecida, su compañero Luis, fue acribillado a balazos, en las calles de la misma ciudad, en agosto del año 1976.
Al Teniente en cuestión, le otorgan la vigilancia de la joven Graciela, que según los jefes militares, es poseedora de información muy valiosa. Es torturada en varias oportunidades.
Sus ojos y los del teniente se funden en un punto imaginario de reencuentro de otros ayeres .
Ráfagas de ametralladoras, gritos de dolor y desgarro, puertas pesadas que se cierran, siniestro crujir de mortajas . Su espíritu horrorizado clama por escapar de esa terrible realidad, la eleva , la transporta a festejos navideños, salvas de honor en fiestas nacionales, fuegos artificiales, sonidos de ambulancias y bomberos de juguete.
En una tarde de lágrimas secas y sangre descolorida, su cuerpo flagelado es llevado ante el Teniente, quien lo observa atónito.
-No me pongas límites, dice en su balbuceo, Graciela.
Sus manos finas con dedos alargados hablan de vuelos.
Se cruzan sus miradas , ella cree ver a su amado. En el viaje de las almas se funden sus esencias en notas de Mozart, ejecutadas genialmente.
El la mira extasiado, no hay frivolidad cuando descubre que solo sus manos no están ultrajadas. No me limites, se repite. Te cuidaré, se dice.
Al amanecer, cuando la materia descubre la vida, una luz tenue se asoma por la ventana de vidrios negros. El cuerpo de Graciela, aniquilado en la espesura del horror, pide clemencia. Se unen en prolongado abrazo.- No me pongas límites, no me pongas límites -dice la joven,- permití que mis manos vuelen, me ayudan a soportar estos tormentos. Cuidalas.
Un teclado , partituras de Mozart, hacen que su espíritu, sus alas remonten buscando el infinito.
Sus almas se unen en enamoramiento. Quieren tener un hijo. El horror y el espanto los amalgama. Graciela queda embarazada.

Los Superiores del Militar, ante la realidad de los hechos, ofrecen al Teniente que le darían la baja si convence a la secuestrada que suministre toda la información que ella conoce. Ni el aislamiento, ni las torturas lograron que la joven confesara .
El Ejército le garantiza al Teniente que les otorgarán a ambos el salvoconducto para cruzar la frontera y la absoluta seguridad de que podrían radicarse en el país de América del Sur que ellos eligieran.




Ante la propuesta y luego de profundas conversaciones; Graciela resuelve salvar su vida y la del hijo que crece en su vientre.
Los jefes militares, luego de obtener la información no cumplen con lo pactado. No les otorgan la salida del país . Los separan.
El 8 de enero de 1978, ocurrió el parto.
El Teniente, padre del hijo que ha nacido, lleva a su casa al bebé. Su esposa lo recibe con gran alegría, está de acuerdo con la adopción de la criatura, ya que el matrimonio no podía tener hijos.
Norberto continuaba averiguando acerca de su identidad y seguía preguntándose .
-Él ¿ con seguridad, es mi padre ? -
Pasaba horas, días enteros, frente a los espejos. Buscaba parecidos en el rostro, en el físico, en el caminar. Hasta dejó crecer sus bigotes .
La incertidumbre aumentaba día a día, no lo podía creer. No lo quería creer.
- Entonces, Teresa no es mi madre- piensa-
No vio fotografías embarazada de él.
Recuerda los vestidos anchos, su caminar lento, cuando estaba en cinta de Juan
- Nunca tomé la teta -se dice- a mi madre verdadera no le permitieron tenerme a upa. Sus ojos ¿ serían como los míos ?
Mi hermano Juan ¿ es mi hermano?
En verdad, ellos solo se parecían en la altura y en las poses que tomaban al estar de pie.
Buscó , revisó álbumes de fotos, los rompió, desparramó por todas partes las mismas cortadas en dos, en cuatro, en diez pedazos.
Tomaba la bicicleta , salía y volvía. Hacía preguntas a su madre, a su padre , a Juan.
Prendía cigarrillos que no fumaba. Con ellos , quemaba almohadones abandonados, desparramados por todas partes. El olor del acetato quemado , le produjo asma. Buscó aire , trepó al árbol mas alto, desde allí se arrojó al vacío –tengo alas multicolores verdad- digan que sí, carajo.
Su mente atormentada solo le permitió huir. Correr, correr, cruzar avenidas anchas que lo llevara a algún lugar. Zigzaguear entre autos en carrera loca.¿ Quién gana ?
- ¿ Es cierta la fecha de nacimiento?
- ¿ Mi verdadera madre , me hubiera llamado Norberto?
Ensayó otros nombres y otros , frente al espejo, a solas con su atormentada cabeza y su pelo desordenado.
Corrió durante muchas horas. Volvió a su casa, hasta caer al piso de la habitación de sus padres, exhausto. El cansancio lo venció. A la mañana el sol le hizo abrir los ojos, era otro ser. Estaba decidido a abandonar todo, solo quería partir hacia algún sitio que lo alejara de este lugar.
Pudo hacer todos los trámites para salir del país, sus veintiún años , recién cumplidos, se lo permitían.
Su físico, su mente, soportaron el entorno hasta que llegó a EE.UU.
En la ciudad de Houston, buscó un hotel adonde alojarse. Acomodó las pocas cosas que llevó, entre ellas una foto de su padre cuando era joven y salió a caminar con rumbo desconocido.



Las luces de los carteles y los autos lo encandilaban. A cada paso su mente se turbaba más y más .
Ante un importante negocio de venta de computadoras, CD, DVD , se detuvo a escuchar música. La Sinfonía No.40 de Mozart lo atrapó, miró hacia su derecha, miró hacia la izquierda y entró al negocio muy decidido.
En cada paso que daba, Norberto Salas veía, olía, escuchaba.-Sus sentidos se agudizaban cada vez mas. La Sinfonía de Mozart la oía a todo volumen.
Ese negocio de venta de computadoras, en su brote sicótico, era el lugar adonde su madre genética le dio la vida, así lo sentía.
Escuchó llantos de bebés. Para él, las computadoras eran cunas. Entonces creyó oír la voz y los gemidos de su madre
La Sinfonía No 40 de Mozart sonaba cada vez mas fuerte, no lograba tapar el sonido de ráfagas de ametralladoras ni de puertas pesadas que se cerraban.
Se acercó al vendedor de computadoras, en su lugar vio a un médico partero, su delantal manchado en sangre. Creyó verlo escribir un Certificado de Nacimiento donde claramente aparecía su nombre” Norberto Salas”.
Sus ojos estaban fuera de las órbitas, estaba desconocido. La brutalidad se adueñaba de él por completo. Fue allí cuando le asestó un fuerte golpe con una computadora al empleado, que cayó pesadamente sobre el mostrador.
En fracciones de segundos, se escuchan sirenas de ambulancias y de carros policiales.
Al vendedor de computadoras, lo sacaron muerto.
Norberto Salas espera la prisión perpetua hasta hoy, en el Hospital Psiquiátrico, adonde lo trasladaron en primera instancia-



Cualquier ficción queda por debajo de la realidad.




*De TERESA DE JESUS SOLER. teresadejesussoler@gmail.com






*



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Tuesday, November 17, 2009

ASÍ SON LAS COSAS...



-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS (CUBA)


Olvidados del Límite Central*




Mi mascota es una col.
Todos los días le saco a pasear
Y a ella parece agradarle.


Mi mascota,
Que es una col,
Gusta el recordarme tu piel
Cuando le encuentro
Dormida sobre mi cama.


Luego la bajo a reprimendas
Y se esconde detrás del sillón
Donde algún día ella escribió
Tomando un crayón con sus hojitas tiernas:
"Así son las cosas"



Pero yo sé que un día alguien las entenderá
Y podremos decir:
Hay quien las entiende.
Y mi col y yo
Iremos a visitarle.



Mi mascota,
Una col,
Conoce tu nombre de memoria
Y al escucharlo el corazón verduzco
Parece salírsele entre saltos:
¿Qué sería de ella
si conociera tu etéreo aroma moreno?



Mi col sabe leer los libros del estante
Que está al fondo de la morada.
Sabe lo básico del Comunismo,
Y cree en la generación espontánea.



Para mi col,
Toda una vida cabe en una semana.
Aunque desconoce los detalles del primer día
Que resbaló de tus manos,
Por haber llegado al día siguiente.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com







ASÍ SON LAS COSAS...







A UN JOVEN BARDO*




A Yordán Rey



Para rezar a la virgen,
Poeta,
No te pongas de nunca rodillas.
No te humilles ante el amor que todo abarca.
Sólo háblale.


Para que un final feliz
No sea un principio,
Recuerda que no hay pasado, ni futuro,
Que no hay príncipes ni castillos que sean eternos,
Apenas este presente efímero
Que nos agobia y nos envuelve:
Lo único que realmente poseemos.


Recuerda también
Que los surcos de la mano siempre mienten
Y las serpientes no son tan engañosas:
Aunque te ahoguen en sus círculos
Son la llave que te lleva de regreso
Al planeta donde agoniza aquella flor.


Que invariablemente hay un tesoro
Esperándonos a cada vuelta de la esquina...


Que no hay mejor espejo que el agua de los charcos,
Ni mejores líneas
Que las que deja el tiempo,
Hijas bastardas de cada sonrisa.


Que no hay mejor infancia que la propia,
Mejor talismán que los recuerdos,
Ni mejor remedio que las lágrimas.


No olvides, a partir de ahora,
Que el corazón nunca está solo
Porque lleva por siempre su latido.

Bendito seas, en fin,
Por el tiovivo eterno donde giras.



*de Marié Rojas.
(2002)







ARBUSTO EN LA BREA OSCURA*



El pequeño arbusto que mi madre plantara como tantas pequeñas cosas cotidianas que nos hacen felices ni tiene nombre.
Lo bueno sería recordar el nombre con que ella lo llamaba, pero eso no es posible porque mi memoria –muy frágil para algunas cosas- lo ha olvidado. A veces pienso que ella –mi memoria digo- es como un poco de barro seco que a la presión del más leve pie se convierte en polvo que los vientos se llevan para siempre.
El pequeño arbusto es mecido por el viento helado de este julio y no puedo dejar de verlo porque está justo frente al ventanal del comedor que da a la calle.
¿Qué decidió a mi madre para que eligiera ese arbusto sin nombre, que produce esas pequeñas flores rojas como aéreos penachitos?
Esos penachitos que mece la brisa de setiembre contagiándonos una alegría que seguramente la plantita no siente, porque lo único real es nuestra alegría y la única realidad de ella son las raíces y las hojas (o el nombre que nosotros le damos sin consultar con nadie).
Ni se entera de las incursiones viriles y reincidentes que produce en busca de polen ese bellísimo picaflor de los veranos.
Hoy es invierno. No cualquier invierno, sino un invierno que podemos calificar de cruel, si él tuviera conciencia de ello.
Un invierno muy duro, inclemente; con heladas y ventiscas y la crueldad la sentimos nosotros en el cuerpo.
Llevo una semana de severa temperatura bajo cero, semana en que yo permanezco entre inclemencias, como puedo, defendiéndome del hielo con la vieja “salamandra” que no se ponía en funcionamiento desde 1992, cuando mi madre aún vivía.
Es decir, que ese fue el último invierno que expandiera su calorcito cuasi materno por todos los rincones de la casa demasiado fría hoy, y demasiado sola.
De todos modos, la pequeña estufa con sus leñitas secas ha respondido bien, hizo aminorar el gélido invierno y hasta creí por un momento que iba a entibiar muy bien toda la casa, pero hay otro frío que permanece y contra el cual no hay antídoto posible y es la falta de los viejos y eso no hay estufa que lo repare, como lo sabe el lector.
El solcito asoma su tímida intención, pero la neblina sigue firme, puro hielo sobre los árboles y las casas, cruel quiere decir que deberemos ingeniarnos para seguir soportando el frío un poco más.
En este momento una calandria arrecia con su cantito prestado; gorjea, silba, echa notas al aire con el peligro que ese sonido se petrifique antes de llegar a mi oído atento y aterido.
Pasaron las ocho de la mañana y recién aclara sobre las cosas de este mundo que permanecía en sombras desde las siete de la tarde de ayer.
Hueco hervor oscuro de brea helada, la noche.

Empiezan a atreverse los primeros vehículos que curiosamente no van hacia el campo, sino que van entrando al pueblo por esta calle que recién despierta y lo hacen como si la helada del campo los invitara a abandonarlo.
Uno siente como si una gran masa de hielo oscuro se hubiera mantenido impenetrable y ahora ese rayito de sol no fuera sino la llave, la señal que la vida espera para ponerse en movimiento.



invierno, 2000

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar








Confido & Co.*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO En un tren muy rápido. Trescientos kilómetros por hora. Barcelona / Madrid y Madrid / Barcelona. Todo en el mismo día y la cuestión para mí muy importante es qué libro llevar para semejante viaje. En los aviones es más sencillo, porque para eso están las novelas de aeropuerto, que -como su
nombre lo indica- suelen venderse y comprarse en los aeropuertos y resultan tan ligeras y livianas que varias horas después ya nos olvidamos de qué iban y hasta nos las dejamos en el avión de vuelta como ofrendas para deidades de segunda clase, de clase turista. Allí quedan, con el lomo quebrado de leerlas en posición incómoda. Allí yacen asesinos seriales, espías secretos, conjuras ancestrales, detectives nórdicos, vampiros conservadores, niños con pijama a rayas o lo que se use por los días y noches de esos vuelos que se tragan horas de nuestras vidas mientras avanzan o retroceden bailando el vals de los husos horarios. Y lo confieso: hubo un tiempo en que yo aprovechaba los malos viajes en avión para leer largos libros buenos. Ahora ya no. He perdido el don. O tal vez sean el paso de los años y la acumulación de millas y la fatiga de materiales en la nave de nuestros cuerpos. Ahora, ahí arriba, sólo puedo leer libros que se parecen a las películas que se proyectan ahí arriba o que recuerdan a las nubes, siempre iguales, que nos miran pasar ahí afuera.


DOS Pero los trenes -no importa su velocidad casi sci-fi- son distintos. Y me pregunto si alguien habrá postulado ya el concepto de libro de tren en oposición al de novela de avión. Porque en los trenes se puede leer bien, se lee mejor. Y así uno se permite llevar a esa butaca sobre rieles -tanto más cómoda que las cada vez más pequeñas sillitas voladoras- esos mismos libros con los que se sienta en el sillón preferido de su casa. Así que mi elección para este trayecto han sido dos volúmenes de reciente aparición en cuyas portadas aparece el nombre de uno de mis autores favoritos y cuyas últimas palabras escritas fueron: "Muchas gracias por su atención y ya me largo de aquí".
El primero de los libros se titula Look at the Birdie y reúne los relatos jamás publicados hasta la fecha de Kurt Vonnegut, escritor norteamericano nacido en Indianápolis en 1922 y fallecido en Nueva York en el 2007, luego de caer por una escalera y que, por el camino, sobrevivió al bombardeo aliado a Dresde durante la Segunda Guerra Mundial, a un intento de suicidio, al incendio de su propia casa en el que se perdió la totalidad de sus archivos, y firmó una de las novelas más importantes y perfectas del siglo
XX: Matadero Cinco.
El segundo de los libros que llevo se titula Love As Always, Kurt: Vonnegut As I Knew Him y está no muy bien escrito, pero es muy revelador y cariñoso y está firmado por Loree Rackstraw: suerte de novia/musa/wampeter a la que Vonnegut adoró a lo largo de más de cuatro décadas.
En el libro de Rackstraw me entero en detalle de las drásticas variables en el humor de uno de los seres más graciosos que jamás haya pisado este planeta y de las profundísimas depresiones de uno de los especímenes más eufóricos que jamás haya sonreído en la Tierra.
En el libro de Vonnegut leo un relato titulado "Confido" en el que se describe -enmarcado como viñeta suburbana- la creación de un artefacto que, en su marca, combina la palabra confidente y el Fido de los supuestos mejores amigo del hombre. Y esto es Confido: "¡Alguien con quien hablar!
¡Alguien que realmente te entiende! ¡Algo más grande que el psicoanálisis y la televisión juntos...! ¡Ya nunca nadie estará solo!" ¿Y cómo es Confido?
Confido es una cajita con un auricular que "establece una nueva conexión entre el oído y el cerebro" y nos dice exactamente aquello que queremos oír: que somos los mejores, los más grandes, los más bellos y todo eso. Está claro que Confido provoca adicción y que, enseguida, además de hablarnos muy bien de nosotros mismos, comienza a hablarnos muy mal de todos lo que nos rodean. Y -yo levanto la vista de mi libro y veo a todos esos pasajeros con cablecitos que les cuelgan de las orejas y ojitos colgándose de
blackberries- ya se imaginan cómo sigue y cómo termina el cuento.


TRES O no. Porque Vonnegut era un hombre piadoso y un optimista a pesar de todo. Y donde otros hubieran rematado el asunto con cataclismo planetario y juicio final, Vonnegut (que, de todos modos, no tuvo empacho alguno en destruir varias veces nuestro mundo a lo largo de su obra) nos ofrece un
final familiar y esperanzado con el inventor y su esposa y su hijo enterrando vivo a Confido en el patio de atrás mientras el aparatito promete "Volveremos a vernos, idiota. Volveremos a vernos".
Pero a lo que iba -mientras iba a un festival literario en Madrid, y la memoir de Rackstraw abunda en anécdotas de Vonnegut live frente a sus pares y a sus impares- es al modo en que Vonnegut, aunque ya no esté aquí, parece más cercano que nunca. Vonnegut nos produce la impresión de haber sido un ingenio genial. Alguien dotado con una finísima sintonía para registrar las hiedras que supimos conseguir y los laureles que nos resignamos a perder.
Por ahí, se recuerda una de sus máximas más máximas: "Ten mucho cuidado con lo que simulas ser, porque uno es aquello que simula ser". Y así una mínima exposición a su modo de ver las cosas produce un efecto casi virósico sobre la realidad. Y comprendemos que, de pronto, todo ha sido vonnegutizado. Y entonces la realidad desborda de simuladores y fingidores, de gente descuidada consigo misma y de personas sin ningún cuidado para con los demás. Y, de improviso, todo parece argumento y trama de algún cuento o
novela de Vonnegut: el vaudeville de los piratas somalíes del Alakrana español, Sarkozy haciendo pública su fotito martillando el Muro, Maradona saliendo a la cancha metiendo panza y sacando pecho, un político de por aquí acusando a otro político de por aquí de soñar con ir a buscarlo por la noche
en una camioneta y después tirarlo en una zanja, dos niños sin problemas previos muriendo fulminados por esa gripe A que no es nada y que es peligrosa y que es un invento de las farmacéuticas y que va a acabar con todos nosotros y...
Mientras, en la tele, pasan una y otra vez los avances de 2012, donde se viene abajo el Cristo del Pan de Azúcar, la cúpula de San Pedro, las autopistas de Los Angeles y -apretando un botón, si son astutos los
productores y la tecnología Google Earth lo permite para cuando salga la edición Blu-ray- la propia casa de todos y cada uno de los espectadores. Y, sí, cuando todo haya pasado, algún sobreviviente desenterrará de entre las ruinas al Confido. Y volver a empezar.
Como bien dijo Kurt Vonnegut: "El gran defecto de la raza humana es que a todos les encanta construir, pero a nadie le gusta hacerse cargo del mantenimiento".

Todos al tren, buen viaje, volveremos a vernos.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-135399-2009-11-17.html








NOSOTRAS, LAS MUJERES DE SAL*




Nosotras, las mujeres de sal,
Somos las fundadoras de tormentas abruptas
Tenemos incendiada la boca y salitre en las venas.
Seguimos denunciando, sobre la sangre seca
La vigencia total de Sodoma y Gomorra.
Una a una han caído nuestras vestiduras.
Transgresoras, en desnudez de sal,
Seguimos nuestro norte
Mirando nuestro Sur.
Con cuchillos de viento
Han tatuado nuestra piel milenaria.
Se ha hecho carne y sangre la siembra,
Y en cada primavera llueven rosas de sal
Que cubren en tibieeza, el oprobio, el olvido.
No somos la mujer de Lot, las mujeres de nadie.
Sin embargo, paso a paso.
Danza de picaflor, giramos hacia atrás.
Vamos certero el rumbo, sinuosas las caderas
A parir la palabra, siempre nueva
Eternamente fiel a la memoria
El punto exacto es donde termina el arco iris.
Hemos jurado en resuellos de arena
No olvidar un pasado engendrado
Desde la sal y el agua.
Desde la llanura de la mansedumbre.
Desde el pajonal donde esconde a vergüenza
Un sol hecho de sangre.
Desde los extensos salitrales de las monedas de oro.
Desde el Perú.
Desde Chile, Bolivia y Argentina.
Desde los Andes
Que aun miran azorados las hilachas.
Poncho denigrado del arriero.
Desde la revolución de ríos subterráneos.
Desde el portal del trigo.
Desde el umbral del guanaco y de la llama.
Desde Hiroshima.


Mientras tanto,
El soplo universal del viento blanco sorbe espumas de mar.
De nuestra boca abrupta.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








El plan*



*Josefina Licitra
17.11.2009


Antes, dice Elvira, las cosas eran distintas. Llegaba una caja grande y adentro estaba el arroz, la polenta, el aceite, el flan, la sémola, la salsa de tomate, todo: estaba todo lo que vos necesitabas.

-Antes -dice- vos vieras lo grande que era la caja.

Elvira está sentada en la galería de su casa: tres ambientes de cemento áspero y un patio que desemboca, rejas mediante, en una calle de polvo.
Sobre la mesa hay un mate y un cuenco lleno de azúcar. Elvira ceba y chupa con el mismo desencanto con el que respira. Así pasa tres mañanas por semana: desayunando flojamente y recibiendo a la gente que pasa a buscar la leche del Plan Vida.

-Antes -dice- te llegaba hasta yerba de marca, no este pastito.

Elvira frunce los ojos. La mirada se le queda en un lugar que no es allá ni acá, y que suele ser el recuerdo. En el conurbano, donde el 35% de los habitantes está bajo la línea de pobreza, hay cerca de un millón personas cuyas vidas transcurren en este trance paradojal que sólo genera el Estado: a falta de un Plan, hay planes. Y la gente hace con ellos un trabajo de costura que, en el mejor de los azares, los salva de partirse al medio. En el caso del Plan Vida, se trata de un proyecto asistencial que cubre a las
criaturas de cero a seis años y que es administrado por 35 mil manzaneras que, como Elvira, hacen de sus casas un lugar de expendio, una pasarela de mañanas rotas.

A veces, dice Elvira, vienen los nenes apurados y fuera de horario. La madre sale a trabajar temprano y ellos se quedan dormidos, y cuando ven que se les fue la hora, salen corriendo a buscar la leche para sus hermanos.

-A veces -dice- vienen pibitos de ocho, nueve años: pibitos que quedaron fuera del plan. Vienen, me lloran, me piden si no me sobra una leche, si no me quedó un fideíto. Capaz que yo me voy a comprar algo y vuelvo y los encuentro ahí, solitos, esperando. Ah, sí. Qué difícil.

Elvira es manzanera desde hace cuatro años. Tres veces por semana madruga, baldea su casa, recibe la mercadería -varias decenas de sachets de medio litro- y se sienta a esperar que entre las 9 y las 10 de la mañana lleguen los 160 beneficiarios que están en su lista. El plan, dice el gobierno bonaerense, es un programa de "nutrición complementaria". Pero hay mucha gente que, sin un Plan y sin el plan -y sin salir a robar o a mendigar- no tendría nada que llevarse al estómago.

-Hay nenes -dice Elvira- que comen todos los días la polenta del plan.

Para entrar en las listas, las madres de criaturas de hasta seis años deben tramitar un alta y aguardar tres meses -aunque hay quienes han esperado un año o más- para recibir los beneficios: medio litro de leche por día y por nene; y, una vez al mes, una caja de alimentos que está siendo lentamente reemplazada por una tarjeta de cien pesos puesta para "transparentar" el reparto de mercadería.

-Tendrían que llegar como diez productos en la caja, pero desde hace años que casi lo único que llega es polenta. Siempre polenta, polenta, polenta. Y fideo. Y el otro miércoles otra vez polenta. Hace seis meses que no veo un aceite.

Johnny, el marido de Elvira, un hombre de ojos tan celestes que parecen ciegos, está sentado a su lado y hace un rictus con forma de sonrisa. Tiene la quijada quieta; una palmeta en la mano. Cada tanto se sacude y aplasta un mosquito.

-Hablando del plan, a la Moni parece que le sale el subsidio -dice Johnny y mata un bicho-. Yo no entiendo cómo te pinchan los mosquitos si el cuerpo de uno es duro. Más para un mosquito.

-En los poros -responde Elvira-: clavan en los poros.

Un estudio sobre el Plan Vida hecho por la Universidad de Quilmes dice, entre tantas cosas que dice, que el nivel de instrucción de las manzaneras es, en términos generales, inferior al de las beneficiarias. Una lectura posible de este dato es que hay muchas mujeres que tuvieron una educación, que alguna vez formaron parte de un Plan, pero terminaron comiendo de las manos de un programa asistencial.

No es el caso de Elvira. Llegó de Formosa a los catorce años -con segundo grado completo- y trabajó toda la vida como personal doméstico. Sus patrones le enseñaron a atender el teléfono, a hacer una cama, a leer la lista de las compras. Pero nunca la pusieron en blanco. En ese tránsito estaba cuando conoció a Johnny: un albañil de ojos glaucos con el que terminó teniendo siete hijos.

Elvira y Johnny se reprodujeron a lo grande, ahorraron, compraron un terreno en Escobar. Allí -aquí- Johnny construyó esta casa seca de todo y coronada -en una impensada concesión a la belleza- por siete dinteles en forma de arco.

-Uno por cada hijo, ¡igualito que el plan! -se exaltaJohnny y Elvira le festeja el chiste.


Vos vieras, dice ella, vos vieras lo bien que salen los arcos en las fotos.


-Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=34055








Vecindades*



La Santa Rita era como un puente, una frontera de flores rojas, lloviendo sobre mi patio, un techo florecido en lugar de rejas.
Sabíamos que a la vecina no la beneficiaba su propia planta que caía como un regalo de belleza, sobre nuestra casa .Muchas veces es difícil de soportar que algo, de la sagrada propiedad privada, se de a otro por vocación o azar, por eso le hacíamos a la vecina (o a la planta) pequeños regalos. Ella se quejaba de las hojas que le tapaban la rejilla y que la obligarían a sacarla, nosotros posponíamos el momento con mimos, un peaje de sonrisas para el disfrute visual. No valía decirle que la deuda que teníamos con su planta, la pagaríamos con otra, que se de a otros, armando redes floridas.
Un día, ya sin vacilaciones, me dijo, -Cristina la saco, al rato, como culpable, me pidió, espero que todo siga igual entre nosotras –con llanto contenido, le contesté, la planta es suya.
Nunca será igual, sentí desprotección (como si fuera un problema de seguridad). Me basaba en que las espinas de la planta impedían el paso de posibles intrusos. Aunque sé que la sensación de desamparo surgía, del hecho de no poder mantener en el aire, ese borde rojo, que guardaba mi agradecimiento..
Más tarde, pensé que el patio parecía más luminoso y grande.
Eso por no hablar del desconsuelo de mis ojos, o del duelo de romance herido entre las casas




*de Cristina Villanueva . libera@arnet.com.ar





Correo:


"HISTORIAS VERSAS Y PERVERSAS"*



MÓNICA RUSSOMANNO


INVITA A LA PRESENTACIÓN DE SU LIBRO
DE LA COLECCIÓN "BIENES CULTURALES" EDITADO POR ATE.



JUEVES 19/11 21 hs. San Luis 2854. Santa Fe.



-- PRESENTACIÓN DEL VIDEO "EL ARCA DEL SUR"
REALIZADO POR EL GRUPO "PIEDRA PAPEL TIJERA" (RODOLFO GÓMEZ, GUILLERMO MAROTTE, MÓNICA RUSSOMANNO)



-- INTRODUCCIÓN A CARGO DEL ESCRITOR ALFREDO DI BERNARDO.


- - CHARLA CON LA ESCRITORA.


-- MÚSICA INTERPRETADA POR CLAUDIA Y FAVIO CARRIZO.



-Enviado para compartir por Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar





*



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Apreciadas amigas, queridos amigos,


Este domingo 15 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo costarricense Editus. Las poesías que leeremos pertenecen a Pablo
Neruda (Chile) y la música de fondo será de Darío Robayo (Colombia).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!



Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067



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Sunday, November 15, 2009

DESPERTÉ CON EL TIRÓN DE MIS RAÍCES...



-ILUSTRACIÓN: MÓNICA RUSSOMANNO.


HISTORIAS



El arcón de las ausencias

deja asomar historias,

pequeñas y largas historias

inconclusas en el tiempo.

Contarlas no tiene objeto,

serían olvidos negados

por quienes nunca partieron

en busca de un unicornio blanco.

Y echarlas a volar al viento,

se confundirían con palomas

pero al volver no habría nido

que protegiera su insomnio.

Así que cierro mi arca

y acuno historias de olvido.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







DESPERTÉ CON EL TIRÓN DE MIS RAÍCES...











El regreso*





Doctor Bautista Simón Illapantac, lee a través de la transparencia de la caja, en la tarjeta que encabeza el lote de doscientas. Los títulos, la profesión, con todo eso que le ha costado tanto regresa a su pueblo, vuelve a su hogar y a la curiosidad de verla a Alicia.



Kilómetros más kilómetros cambiando follaje por piedra, subiendo en diagonal de sur a norte hacia las estribaciones de los Andes, y después de transbordar en San Salvador para alcanzar el micro local, Uquía, clara hasta hacer daño a los ojos. Valle elevado y angosto de tierra pedregosa, calles estrechas que suben y bajan, casas blancas de techos ásperos, contiguas; otras casi suspendidas en la ladera del cerro –imponente Huaca-.



El colectivo empolvado frena suave en la esquina sin ochava del almacén de Pedro. Todo está igual, piensa. Su madre, esperándolo, lo desmiente; enjuta, con sus trenzas desteñidas en finos trazos blancos. Entonces se da cuenta que pasó una vida, una vida sin verla encanecer de a poco, ni descubrir cada nueva arruga en su rostro moreno. A su lado, una mujer que desconoce, la acompaña.



Se descuelga del micro y abraza a su mamacita en cuerpo y alma, llora de emoción al sentirla tan cerca, cuando desvía la vista, advierte que la desconocida es Alicia, la que prefirió quedarse en el pueblo. La atrae, reteniéndola con amor ido en un segundo tras haberlo defendido por años. Impacto brusco, desilusión, todo junto.




Flanqueado por las dos mujeres camina el trecho que lo separa de la casa y a medida que sube la cuesta, su mirada abarca más y más el caserío engalanado para el festejo. Saluda a los amigos, pregunta por sus hermanos, los cinco desperdigados a lo largo de la Quebrada, con distintas ocupaciones y en familia.



Entra al hogar orientado al Este, su maleta recala. Le salen al encuentro el mismo olor a humo de la infancia, idénticos colores, aunque menos brillantes, pero cuanto más pequeña y chata le parece la casa. Busca en el patio al árbol de ramaje tierno, las ramas nudosas del lapacho lo ignoran traspasándolo de frío en el mediodía caluroso. Se ve niño parado en el mismo lugar, con los ojos fijos en la copa del árbol, esperando que caiga una flor en el cuenco impaciente de sus manos… Si alguna conservada entre dos hojas de un cuaderno llegó con él a Buenos Aires.



Junto a los fieles asiste a la procesión que recorre Uquía, suben y bajan del cerro serpenteando por el camino polvoriento. Finalizada la ceremonia, la imagen vuelve a su pedestal en el altar mayor, la custodian las pinturas de los ángeles arcabuceros, expresión cándida y paradojal del arte indígena. Repica el campanil en la iglesia caleada para la ocasión y se dan la mano Viracocha y la Virgen, en paz regresan los píos a su continuidad.



Empecinado en los recuerdos sigue buscando los afectos, le confía a Alicia su desasosiego. Ella lo escucha con atención. Él se desnuda fragmentado, tratando de conciliar la realidad con sus vivencias de adolescente. Intuye que ha perdido su lugar sin esperanzas de recuperarlo.




El doctor Bautista Simón Illapantac, especialista en vías aéreas superiores no hace falta en el pueblo, donde sus habitantes se ríen del apunamiento y siguen mascando coca para evitarlo, tienen su propia medicina y otros códigos, distintas alegrías y preocupaciones ajenas.



Ya no encaja Bautista en esa dinámica primitiva, tan hermética y a la vez tan íntegra, que al compararla con sus once años de estudios terciarios siente que los conocimientos adquiridos lo han llevado como por un embudo, al que se entra pleno, a los borbotones y se sale retaceado y mezquino. Y lo perdido, lo perdido lo poseen las dos mujeres por el hecho tan simple de haber echado raíces en el pueblo que las vio nacer.



Lo que podría haber sido para siempre, sólo fue un extenso y merecido tiempo de vacaciones. Se va después de mirar largamente a su madre, se lleva su risa viéndola disfrutar con la fiesta de la diablada en Humahuaca. Hoy Uquía le hace daño.



De regreso a la Capital se detiene en Tilcara y en el Pucará, como un turista más, admira la fortaleza construída por los indios Omaguacas, con su jardín botánico de altura y la curiosa piedra campana que emite un sonido similar al tañido del bronce. Quién sabe cuándo volverá a transitar la Quebrada.



En el otro camino, el de la vida, perdió el tren de la totalidad. Por elección subió al que se bifurca y allá va el flamante doctor, por un carril su corazón, por el otro su acervo, conciliando sentires.









*de Ana Maria Diaz Velo anadiazvelo@hotmail.com

















EL ÁRBOL*




Había decidido cortarlo, le traía demasiados recuerdos. Había crecido a su sombra, en su tronco tenía las iniciales de sus amores, que ascendían en la medida en que su cuerpo se estiraba: amor de infancia, amor de adolescencia, amor de adultez, aquel oculto amor imposible... No había por qué almacenar tantas remembranzas, era hora de borrar el pasado y vivir el presente.

Llegaron los de la poda y comenzó el lento proceso de derribarlo, el camión esperaba para llevarse los fragmentos. Escuchó el sonido de la sierra, impávido.

Mas cuando lo vio caer, algo le hizo correr a su encuentro, arrodillarse y contemplarlo, ajeno a partir de ahora del viento y la llovizna, de lunas y de soles...

Habló entonces, deshojando su último aliento vital, por milagro el árbol, mostrándole su pecho herido de iniciales:



“Yo te quise más que todos, pues te amé en silencio”.



*de Marié Rojas.











PROTOHISTORIA*



“Soñé que era un ala, desperté con el tirón de mis raíces.”
CLARIBEL ALEGRÍA - NICARAGUA



Cuanto daría por evadir la impiedad de esa noche.
Cuanto daría, cuanto.
Pajonal jadeante. Oscuridad.
Abrumadora soledad del médano.
Los pies descalzos han cruzado la gruta del deseo.
Un enero de polvo desolado muerde la prisa del verano.


Aullido martillo. Viento pujante.
Jano mira hacia el Este.
Desnudez fecundada.
Rosa abierta, desangrada y expuesta.
Morir / nacer / penumbra / luz.
Pájaros de papel buscan el crepúsculo sangrante
del día.
La muerte no tiene futuro.
Rompe el silencio la ternura enmarañada del primer llanto.


Han partido los huéspedes de sombra.
¿Adonde irán? ¿Dónde los llevarán los médanos?
¿Quién llevará la cruz y quién la espiga?
Detrás ha quedado el agua, el eclipse, el brote.
El cardal y una rama de sauce.
Un país desconocido aguarda
Cuánto daría por que vuelva esa noche.
Cuánto daría, cuánto.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








CREPÚSCULO EN “COLONIA HANSEN”*



El viaje lo hicimos por caminos bien cuidados, flanqueados por trigales amarillos y grandes franjas de soja. De vez en cuando un monte y a los costados: yuyos y un cielo limpio alrededor.
Hacía años que no me internaba por ese trazado prolijo de caminos reales que conectaban varias colonias con el pueblo. Hubo varios recodos y cruces, tantos que si mi hermano no hubiera estado conduciendo con seguridad nos habríamos perdido.
Viajamos charlando con entusiasmo, en mi caso escuchando las anécdotas que contaba mi tío Pancho Isaías, gran merodeador de estos campos cuando el abuelo arrendaba el campo de don Carlos Burky, allá por el treinta.
Traté de armar, de ordenar ese rompecabezas del pasado familiar campesino, juntando las que contaba mi padre y estas versiones –nuevas para mí- del tío.
Una cosa era segura: la pobreza, las necesidades, la imaginación de ocho hermanos para inventar los juegos con un padre severísimo y apegado compulsivamente al trabajo como eran aquellos inmigrantes de principios del siglo veinte.
De vez en cuando un cuis cruzaba raudo delante del motor del auto y por la ventanilla veíamos dibujar el aire al vuelo de una bandada de golondrinas que buscaban orientarse en su ruta hacia el mar.
Mientras tanto el crepúsculo giraba lento e incuestionable y allá al fondo del campo un melón naranja languidecía gigantesco.
Antes de alcanzarlo, doblamos.
Mi hermano iba explicando quiénes eran los dueños de estos campos, mi tío constataba con sus recuerdos, que a veces coincidían con la actualidad y otras, no.
Después de un rato de andar, desembocamos en una calle ancha, muy ancha, flaqueada por eucaliptos centenarios, algunas pocas casas, de hondísimos patios que rodeaban cercos de tejidos romboidales, con perros, gallinas que picoteaban con entusiasmo el suelo, perros ladradores. A un costado del caserío una blanca capilla con su techo típico de dos aguas, pintado de un furioso colorado. Cruzando en diagonal, el edificio de la escuela y otra calle atravesando a ésta por donde ingresamos , no más de una docena de casas y en la esquina donde se juntan las dos anchas calles, el bar de mi amigo Emir y su venta de combustibles. Es el centro del pueblo, tiene teléfono, internet y es estafeta de correos. Me dice que quedan 39 productores que viven en la zona. La colonia está en un punto privilegiado, equidistante de cinco pueblos que la rodean.
Hay también un par de casas cerealeras con sus galpones de acopio, sus máquinas secadoras, sus balanzas para camiones y esas altísimas columnas de hierro que nunca supe para qué servían y mi ignorancia me inhibió de inquirir.
En la única manzana del pueblo está la escuela y el hueco de un antiguo almacén de ramos generales, y un densísimo montecito de higueras, plátanos, olmos, eucaliptos, todo cruzado por lianas de enredaderas salvajes. Allí se interna Salvo, el loco del pueblito, un manso hombrón que dialoga con los pájaros y se pasa horas metido en ese laberinto inextrincable.
Cuando uno camina por ese sitio, sale y se pone al lado. Si uno le habla, no contesta, aunque Emir dice que todo lo entiende. Y luego de caminar algunos metros de silenciosa compañía, desaparece con el mismo sigilo. Cuando los camiones cargan cereal en tiempos de cosecha, se acerca a mirar. Se pasa horas allí. Luego misteriosamente desaparece, escondiéndose entre los árboles.
Así actúa, entonces lo tomamos como parte del paisaje, con toda naturalidad, sin hacer comentarios estúpidos como hice cuando lo conocí. Se llama Salvador, pero todos le dicen Salvo. Tiene dos hermanos más y viven cada uno en una casa distinta, los tres solos, los tres vecinos.
Después de dar una vuelta a paso lento por el magro pueblito, nos llegamos hasta el bar de Emir Menza, quien con toda indolencia atendía a un par de parroquianos parcos vestidos con ropa de trabajo que evidenciaban su pertenencia al trabajo rural.
Después de los saludos y de recordar por enésima vez cuándo nos conocimos y cuándo nos hicimos amigos (eso forma parte del ritual) nos sacó una mesa al patio (es un decir, mejor dicho a la calle bajo unos coposos paraísos centenarios. Nos cortó unos salamines caseros, hizo otro tanto con un rico queso que se fabrica en la zona, puso una botella de un grueso tinto, una bandeja de pan cortado y se sentó con nosotros.
La sola visión de esos manjares nos puso de muy buen humor a todos.
La casa, una construcción antiquísima y que conoció mejores épocas tiene una cantidad impresionante de habitaciones de las cuales sólo ocupa algunas. En la esquina funciona el bar y una pequeña despensa, al lado tiene la cabina telefónica, su oficina y su computadora, tiene otra habitación que usa como depósito y el resto de la casa está vacía, ya que él vive en una casita enfrente, con su madre octogenaria, que le ayuda en el bar. A un costado tiene los depósitos de combustible. Todo lo rodea una vegetación envidiable.
La tarde mientras tanto retrocedía con el sol que allá lejos – aunque parecía que lo teníamos muy a mano- repartía haces violetas y amarillos que se filtraban tras de los trigales donde los “brasitas de fuego” iban a apagarse tirándose de cabeza, como carbones ardiendo.
La charla se hacía muy animada de a ratos. Miré el rostro de esos hombres que compartían ese momento tan único: mi tío con quien no coincidíamos hacía mucho en el pueblo ya que vive en Córdoba, mi amigo Guillermo que fumaba en silencio, entrecerrando los ojos para evitar su propio humo, mi hermano que no fuma, junto a su infaltable botella de agua mineral.
Ese día quise ser consciente de esa felicidad irrepetible, de ese gozo inmenso que me producía estar así, entre gente querida, que a las ocasiones las suelen pintar calvas y me dije para mí que iba a disfrutar al máximo de ese momento.
De pronto le pregunto a Emir por la antigüedad de la casa.
- Fue construida en 1897- contestó sin vacilar.
Al parecer por allí iba a pasar un tren y se lotearon cien terrenos, se construyeron las primeras casas, pero luego con el paso del tiempo ante la ausencia de ese factor de progreso, el pueblo no creció más que esas dos manzanas.
Recordé otras épocas más florecientes de la colonia. Cuando íbamos a jugar campeonatos de fútbol en mi niñez, o ya en la adolescencia íbamos a los bailes que se realizaban en la escuela o en el salón del club ya desaparecido como dije antes. Ni club ni salón, sólo recuerdo.
También tuvo su época de oro en la década del sesenta cuando un inquieto maestro, muy querido, de apellido Reixach organizaba las carreras de limitada santafesina, tenían un conjunto de teatro con sus ex alumnos y toda cuanta actividad podía realizar para elevar el espíritu lo tenía como un entusiasta propulsor.
Quisimos conocer la capilla, que uno de los hermanos del loco nos abrió diligentemente.
Con la promesa hecha a Emir de volver otro día a constatar sus dotes de eximio cocinero –ya un mito en la zona- fuimos subiendo de a uno al auto. Le di un abrazo fuerte a mi amigo, quien me hizo prometer que lo llamaría por teléfono “para hablar de política”, ya que además es un caudillo de la zona.
Era ya noche cerrada. No quedaban ni el loco ni el sol ni los pájaros amigos del loco.
Los árboles y las casas sólo existieron cuando los faros del auto los fueron iluminando fragmentariamente y el silencio era el testigo mudo del placer de cuatro hombres reconciliados tal vez con lo mejor de cada uno.


Invierno, 2001

*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






Historias con nombre y apellido
La mujer que nunca pudo dejar de nadar*



*Leila Guerriero
LA NACION


El mantel llegaba hasta el piso y la oscuridad, bajo la mesa, era perfecta.
Allí, sobre las baldosas de la cocina, en la casa de Floresta de avenida Directorio, María Inés, María Cecilia y Germán, los tres hermanitos Mato, practicaban el fino arte de la navegación en fragata imaginaria. Luchaban para intentar el abordaje, desplegaban las velas, tomaban posesión del puente de mando. Durante esas contiendas una de las dos hermanas mellizas llevaba ventaja. Cuando el combate arreciaba, cuando las bombas se hacían insoportables, la hermana llamada María Inés se quitaba la prótesis de la pierna derecha y la usaba como cañón.
Los nadadores de aguas abiertas podrían dividirse en competitivos (aquellos que participan de maratones), no competitivos (los que se enfrentan de forma individual a "eventos clásicos": cruzar el Canal de la Mancha, atravesar el Estrecho de Gibraltar) y los otros, los que nadan en geografías hostiles donde casi no hay registro -por lo menos contemporáneo- de nados anteriores.
No existen en el mundo demasiados sitios como ésos, pero es probable que María Inés Mato, 43 años, nadadora de aguas abiertas -frías-, amputada de la pierna derecha a la altura de la rodilla, haya nadado, de esos sitios, en todos.


* * *

-Mi hermana tuvo el accidente enfrente de mi casa. Estábamos con papá y vino el colectivo. Fue muy traumático -dice Germán Mato, físico, desde la Comisión de Energía Atómica, en Bariloche, donde vive y trabaja desde hace más de 20 años-. Mis padres trataron de protegernos de las consecuencias
emocionales, intentando que no interrumpiéramos la rutina de ir a la escuela. Pero fuimos muy tranquilos. Quizás el problema de Inés hizo que no hubiera mucho margen para generar otros.


* * *


-Yo tenía cuatro años, y el colectivo era muy grande. Fue un problema de desadecuación de tamaños. Crucé cuando no tenía que cruzar. No me seccionó la pierna; me aplastó. Trataron de salvarla, pero estuve por entrar en una gangrena generalizada. Así que, al final, la cortaron.
Le pusieron prótesis y ella rompió dos, por usarlas como cañón, como espada, como garrote contra otros compañeros. La de ahora tiene ya 16 años y se llama Fellini.
-La tengo que cambiar. Siempre está la fantasía de hacértela: elegir una buena madera, tallarla.
Es fornida; lleva el pelo entrecano. Viste jeans, zapatillas, camisas simples, morral indígena. Conduce un auto con un embrague que se acciona desde el volante. Tiene una renguera leve en pierna derecha, apenas. En el colegio la exceptuaron de las clases de educación física y cree que eso, esa excepción, habla del extraño estado de las cosas.
Se hizo nadadora a los seis años, en un club de Belgrano que era también un instituto de rehabilitación. Descubrió que se movía bien en la ausente gravedad del agua y que lo suyo no era nadar rápido, pero sí mucho. Que no la aburría lo cíclico: el ir y venir cual hámster húmedo. Que le gustaba escuchar las cosas que usualmente no escuchaba fuera -el ladrido de los pulmones capturando el aire, el pistoneo del propio corazón- y la visión lateral, disminuida, la desfiguración grácil del mundo.
A los 12 conoció el mar: "El poder de la masa de agua y el ruido, y darse cuenta de que el agua no es totalmente agua porque tiene partículas sólidas". Terminó el secundario, siguió nadando en clubes y empezó a cursar Letras porque era gran lectora y "por absoluta imposibilidad de estudiar cualquier otra cosa". Ahora, su único sustento es el sueldo que gana como profesora de Semiología de la misma facultad donde estudió.
Hasta 1991 o 1992, fue nadadora de piscinas varias y, esporádicamente, del mar. Un día Gabriel Decunto, guardavidas de Mar del Plata, la vio nadar y le dijo: "Vos tendrías que cruzar el canal de la Mancha". Ella lo miró y pensó: "Está loco". Meses después la invitaron a correr una carrera por el río
Paraná.
-Yo nunca había nadado en el río. Y fue increíble lo que tuve con la corriente, con la opacidad del agua, con la textura aterciopelada, mucho más suave que el agua de mar, con el reflejo de los árboles, la caída de las hojas sobre el agua. Hice una promesa interna. Dije: "Esto es mío; yo tengo que hacer esto; tengo que procurarme una forma de estar acá todo el tiempo, de ir nadando a todas partes". Mucho después, tomé un café con David Viñas.
El había sido profesor mío y me expuso un panorama de lo que un estudiante de Letras podía hacer: ser profesor, periodista, crítico. Pero, en un momento, se detuvo y me dijo: "Vos, en realidad, ¿qué hacés?" Y mi respuesta espontánea fue: "Yo nado". Reconocerme como alguien que nada me hizo tomar decisiones. Viajó a Mar del Plata, buscó a Gabriel Decunto y le preguntó:
"¿Vos me decías en serio lo del Canal de la Mancha?", y él le dijo: "Claro", y le presentó a Claudio Plit.


* * *

Plit cruzó el Canal de la Mancha en dos ocasiones y fue campeón mundial de aguas abiertas cinco veces. Nació en Rosario, vive en Mar del Plata, practica yoga, es taoísta y lo primero que le preguntó a María Inés, cuando ella fue a pedirle que la entrenara para cruzar ese desierto de agua, fue para qué quería someterse a un entrenamiento de dos años, acumular volúmenes inverosímiles de nado en el encierro cementicio de una piscina y enfrentarse con ese demonio líquido que sólo había permitido que 70 de los 7000 que lo intentaron lograra atravesarlo. Ella le respondió: "Porque nadar me pone en un vínculo distinto con el tiempo. Y porque no me dan miedo las distancias".
El aceptó entrenarla; ella volvió a Buenos Aires, dejó la facultad, consiguió una beca y se mudó al Centro Nacional de Alto Rendimiento Deportivo (Cenard), donde nadó, durante dos años, todos los días, en una piscina descubierta que estaba a su única, total disposición.
-Nadar 12 kilómetros en una pileta fue lo peor. Estás encerrada; rebotás contra las paredes. Si no hacía algo para disociar esa situación, no lo iba a lograr. Y así fue como empecé con la meditación, las visualizaciones y las cartas: escribir cartas de invitación a gente que para mí era importante y
repetirlas durante esas tres horas de nado, como un mantra.
La primera carta está fechada el 29 de mayo de 1995 y dirigida al subcomandante Marcos: "Subcomandante, vamos a la Mancha [...]. Descansemos sólo lo necesario para continuar. Lo que va quedando atrás es sólo eso. El resto, el hilo mínimo que transforma la distancia en tiempo. Subcomandante, vamos, o venga usted aquí, para salir y cuanto antes alcanzar el continente". La segunda está fechada el 15 de junio de 1995 y dirigida a Federico Fellini: "La nave ya está yendo, Federico [...]. Y la nave va a buscarte, a buscarte a vos también, o sobre todo".
-Empecé a visualizar el Canal de la Mancha en las condiciones más terribles, porque te puede tocar nadar con sol, de noche, con tormenta. Siempre se ve la natación como un esfuerzo físico, cuando lo difícil es lo interno. Te podés aburrir, podés pensar "¿qué estoy haciendo acá?". Y lo arduo es tener
todos los sentidos puestos en el presente. Ver qué pide el agua y cómo respondés, porque el agua manda. Yo, además, me había preparado para encontrar el agua muy fría nadando en pleno invierno en Mar del Plata.
Entró al Canal de la Mancha por Shakespeare Beach, Dover, Inglaterra, a las 5.15 del 25 de agosto de 1997.
-Todavía era de noche y el barco guía llevaba las luces encendidas. Yo nadaba en esa aureola de luz, y era como un teatro que se desplazaba. Fue muy poético.
Los nadadores veloces cruzan en menos de 12 horas. Ella recorrió los 47 kilómetros en 12 horas y 48 minutos y, cuando terminó, supo lo que tenía que hacer: no volver a nadar nunca en su vida.


* * *

-Estábamos en Inglaterra, mirando el canal -dice su entrenador, Claudio Plit-. Ella había estado dos años gestionando dinero para hacer el cruce y, para alguien que quiere hacer deportes, toda esa gestión es muy desgastante.
Entonces, me dijo: "Dejo de nadar". Y discutimos mucho.
-El -dice María Inés- me dijo: "¿Qué te queda pendiente?". "Encontrar agua fría", le contesté. El agua del canal estaba a 15, 16 grados, y eso no es agua fría. "¿Y la encontraste?", me preguntó. "No". Entonces, me dijo: "Nunca te quedes con cosas pendientes en el agua". Y fue para seguir el rastro del agua fría en que María Inés volvió a nadar.


* * *

-Chicos, ¿quién me va a buscar una tiza?
Son las 11 y María Inés empieza a dictar su clase de los martes: Semiología, pleno CBC. El aula cementicia, pintada de blanco y verde, tiene una pizarra y 50 varones y mujeres, y banderas que dicen: "Abajo el golpe en Honduras".
Ella habla del sujeto y el objeto del discurso, de Umberto Eco, del análisis aplicado a la carta que Rodolfo Walsh escribió cuando su hija Vicky murió en un enfrentamiento con los militares. Todos la escuchan, pero no se sabe si saben lo que esta mujer hace, lo que esta mujer más es: una mujer que nada.


* * *

-Ella no nada con prótesis -dice Plit- porque no están hechas para nadar, pero para un nadador fondista, la patada no es fundamental. Genera mucha demanda energética y eso, en distancias largas, es un problema. María Inés era buena nadadora de pileta, pero no descollante. En lo que hay que sacarse
el sombrero es en el agua fría. Lo que ella hizo lo hicieron dos, tres tipos en el mundo, y con grasa o neoprene. Ella se mete sin nada.
-¿Qué hacés cuando nadás? -dice María Inés-. Buscar con las manos masas de aguas quietas. En el diálogo entre el nadador y el agua se producen zonas de agua que funcionan como puntos de apoyo. Lo que uno hace al nadar es escalar. Te apoyás en esa masa quieta con las manos, y trasladás tu cuerpo.
Lo central es la toma del agua. Tomar el agua, apoyarte en el agua, subir.
En 1999, ingresó en el libro Guinness de los records cuando nadó 34 kilómetros por el mar Báltico, durante 11 horas y, en parte, a través de una alfombra de aguas vivas. En 2000, nadó 50 kilómetros rodeando la isla de Manhattan durante 9h 50- y la contaminación del río Harlem le produjo vómitos violentos. Un día decidió que ya estaba bien de aquellas aguas amables, por tórridas, de 13 grados de promedio, y buscó su primer destino helado. Eligió el canal Beagle y supo que necesitaba un lugar de
entrenamiento. Miró el mapa, vio el lago Argentino, El Calafate, provincia de Santa Cruz, Parque Nacional Los Glaciares, y se dijo: "Ahí".
-Ya trabajaba en una meditación con cristales de cuarzo. Había elegido un cuarzo salvaje, con una forma muy parecida a la pared de un glaciar, que me acompañó hasta el final, en todos los cruces. Cuando fui por primera vez a El Calafate y expliqué lo que quería hacer, los guardaparques se asustaron.
La gente piensa que te vas a morir. Pero me dieron todo el apoyo. Me llevaban al lago; yo nadaba y, a medida que me iba habituando, decía: "Quiero agua más fría". Y me llevaban más adentro.
Finalmente, el 3 de marzo de 2001, a las 13.01, se internó en el canal Beagle, que sólo habían cruzado la norteamericana Lynne Cox y el mendocino Gustavo Oriozabala. Nadó con una temperatura ambiente de 3 grados bajo cero y aguas a 6°5. La guiaba un barco en el que iban Plit y Vicente Graziano, un flautista que tocó, durante la travesía, la banda de sonido de Cinema Paradiso y que la acompañó, después, en cada cruce. Aquella vez, cuando salió del agua, miró a Plit y le dijo: "No estaba frío. Al final, me voy a
tener que ir a nadar a la Antártida". En 2001, cruzó el estrecho de Gibraltar, en 2003 nadó durante 46 minutos en aguas a 4° a lo largo de la pared del glaciar Perito Moreno y empezó a pensar, muy seriamente, en cruzar el estrecho de San Carlos, que separa -o une- las islas Malvinas.
-Nadar en el glaciar era como ir a Río de Janeiro. Buscaba agua fría y no la encontraba. Hasta que en Bariloche un amigo me dijo: "¿Vos querés nadar en agua fría? Yo te voy a llevar". Me llevó al ventisquero Negro, donde nace el río Manso. Eso es más hielo que agua en estado líquido. Está a 0° 8. Y me tiré. Tres días después seguía con los dedos anestesiados. Dije: "Si puedo nadar acá, puedo nadar en la Antártida".


* * *

El cuerpo humano tiene una temperatura central y una temperatura periférica. María Inés logró, a través de técnicas de meditación y control respiratorio, aumentar o mantener estable su temperatura central aun si su temperatura periférica desciende a niveles drásticos. Cuando fue a ver al doctor Néstor Alberto Lentini, coordinador de tecnología y ciencia del Cenard, le dijo que quería nadar en la Antártida y le contó cómo pensaba hacerlo. Y el doctor Lentini no le creyó.
-Le dije: "Que vos tengas la sensación de que tu temperatura aumenta me parece bien, pero no te lo puedo creer si no lo puedo comprobar" -dice Lentini-. Para probarlo, ella hizo una sesión de concentración mental en su habitación y medimos y confirmamos que la temperatura suya había aumentado un grado.
María Inés Mato entró a las aguas de la Antártida desde la base Jubany, en febrero de 2006, a las siete de la mañana, y después de una noche de perros en la que no pudo aclimatarse, durmiendo en el camarote de un buque oceanográfico y con diez grados todo alrededor.
-La tierra fue más difícil que el agua -dice-. Nadé 20 minutos, pero podría haber seguido.
-A través de una cápsula que ella ingería -dice Lentini-, podíamos controlar la temperatura interna. La temperatura del agua estaba en 2°1 y la externa era de 10 grados bajo cero. La temperatura periférica de ella bajó a niveles de 35 grados, y la temperatura central subió un grado y se mantuvo estable.
Después de un determinado tiempo fuera del agua, empezó a recuperar su temperatura, sin síntomas de hipotermia.
El proyecto del doctor Lentini se llama termorregulación en aguas frías y abre un signo de interrogación a aquel viejo dogma marinero que dice que hombre al agua es hombre muerto.


* * *

Un día de 2007, María Inés estaba en el Parque Nacional Los Glaciares, entrenándose para nadar en las Malvinas, cuando soñó que su cristal de cuarzo se rompía. Despertó con una angustia vaga, pegajosa, de la que no pudo deshacerse. Al día siguiente, tanteando la mesa de luz, desconcertada, su mano chocó con algo y ese algo cayó al suelo y se hizo añicos.
-Era el cristal. Me dio una angustia horrible. Era como una señal. Me fui a ver a un gran amigo que vivía ahí y le dije: "Mirá lo que me pasó: se rompió el cristal". Y me dice: "¿Cuándo fue que decidiste tenerlo?". "Cuando empecé a nadar acá". "¿Y por qué lo elegiste?". "Porque tenía esta forma parecida
al lago Argentino". "¿Y vos viniste acá para ir dónde?". Y le digo "A las Malvinas". "Bueno", dice, y pone los trozos del cristal roto sobre la mesa: "Ya es tiempo". Los dos pedazos del cristal tenían la forma de las islas.


* * *


-Ella -dice Plit-empezó muy deportista y los últimos cruces no fueron tan físicos sino mentales. Es una nadadora intelectual y llenó esos cruces de arte. Por eso, entiendo que ahora ya no quiera nadar más. Porque su cuota deportiva la cumplió.


* * *


El viernes 21 de marzo de 2008, María Inés fue, por última vez, la nadadora: cruzó el estrecho de San Carlos, que separa la isla Gran Malvina de la isla Soledad. Ocho kilómetros cubiertos en tres horas con el agua a 9 grados.
-Fueron unas aguas tan raras. Como si fueran hojaldre, como capas de agua.
Yo pensaba: "¡Pucha! Tantas aguas recorridas y ésta viene a ser el agua más rara de todas". Pero fue maravilloso. Ahí dejé enterrados los trozos del cristal y cerré. Terminé con las aguas abiertas. Sigo nadando, cumpliendo aquella promesa que me hice de nadar en todos lados, pero al final no encontré el agua fría. Entonces, ya está, porque no hay aguas más frías que esas.

Más frías que las aguas que no existen: las aguas que soñó.


El personaje
MARIA INES MATO
Un ejemplo de superación

Quién es: nadadora de aguas abiertas. Profesora de Semiología en la Facultad de Letras de la Universidad de Buenos Aires. Coordinadora del área de Deportes de la misma facultad. Perdió parte de su pierna derecha en un accidente, a los cuatro años. Nació en Buenos Aires en 1965. Es soltera.
Qué hizo: cruzó el Canal de la Mancha en 1997. Gracias a ejercicios de meditación y respiración, pudo nadar sin protección térmica en aguas heladas como las del ventisquero Negro, cerca de Bariloche; el glaciar Perito Moreno, el Canal de Beagle, la Antártida y las islas Malvinas.


*Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1199465&pid=7673346&toi=6267










Alicia y la maravilla*



Alicia vuela.

En azules unánimes.

Se rompen las estatuas, el tiempo circula,

vuelve al momento

en que con el pie en punta, los brazos alzados,

Alicia se despega.

Y en el mismo instante bifurcado

se junta

con la caricia de un suelo de conejos.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar






*



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*

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Neruda (Chile) y la música de fondo será de Darío Robayo (Colombia).
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Saturday, November 14, 2009

LA VIDA NO ESTÁ DESVINCULADA DEL DESVIVIR...


-ILUSTRACIÓN DE FREYJA freyja_walkyrien@hotmail.com



Gris constante*







Al gris,

gris de nube embozado

que cubre y silencia,

del que nada trasciende,

apenas la neblina,

se le opone el verdor demudado y avaro

de las hojas perennes.

Y son grises tus ojos

y mis manos,

las ramas desnudas del árbol

el vuelo circular de la alondra

los ánimos

las palabras mezquinas

el aturdido amor

y los cinco sentidos

medianamente usados.

Me desvisto de otoño

en su final lánguido renunciando

a los ocres de la tibia hojarasca.

Desde el vientre me cierro

y me olvido de mí.

Es verbo amar

¿la felicidad?

un grato paseo por la sonrisa de los cándidos.







*de Ana Maria Diaz Velo anadiazvelo@hotmail.com













LA VIDA NO ESTÁ DESVINCULADA DEL DESVIVIR...













CARTA A UN ALMENDRO*




Querido árbol amigo,
Bosque encantado, eterna fronda,
Columna donde se asienta
El recuerdo de mi primera infancia.



Ramas intrusas
Penetrando en el balcón
Para llenar de nocturnas falenas
La soledad de mis desvelos.



Ramas amigas,
Peldaños a la exacta medida de mis pies,
Escalones seguros, infalibles, familiares,
Rumbo al fruto, al nido, al cielo.



Castillo de juegos a escondidas,
De caídas y regaños, de tesoros sepultados,
Pilar infinito de urdida raigambre,
En mi interior tus mariposas aún revolotean...



Mi viejo Almendro, hoy,
He pasado por la calle que conoce
De la niña que un día fui
Y te han cortado.




*de Marié Rojas.










DE GRANDES Y PEQUEÑAS LLUVIAS*



Entonces vi caer la lluvia violenta, como grandes hilachas de sábana líquida.
Caía sobre el campo mudo, con una violencia desmedida y corría desde la canaleta del techo con un chorro interminable y potente sobre el patio de ladrillos brillantes.
El ruido sobre la galería de chapas era ensordecedor, pero grato. Nunca supe qué insondables misterios nos mueven –algo oscuro, arcaico- cuando en esa soledad sentimos lo que debió el primer hombre que la observó atónito, atemorizado desde la boca de la caverna.
Los anillos caían hasta juntarse en el jardín llevándose las hojas secas, las pequeñas hierbas, los pétalos caídos del rosal que la madre cuidaba.
Los teros, guarecidos bajo el ceibo troncoso, espinudo, hacían coraza con sus plumas acostumbradas desde siempre a la intemperie.
Las gallinas -pensé- buscarán refugio arracimándose bajo esas tres coposas plantas de granada, viendo pasar indiferentes un brilloso ejército de sapos, únicos seres contentos con este diluvio.
Lo bueno vendría al escampe, cuando reunidos sin previa cita en la esquina de esa cortada rica en gramillas, estrenaríamos los extraños barcos que fabricábamos con restos de maderas, corchos o cualquier otra materia flotante.
La lluvia sin embargo nos ponía contentos. Andar descalzos entre el barro que prometía porrazos a cada tranco no omitía las carreras al costado del hondo zanjón donde las improvisadas embarcaciones competían tratando de llegar a la otra esquina donde se juntaban varios desaguaderos hacia el canal y los campos.
Ganar una competencia no dependía tanto de la habilidad para armar un objeto más o menos flotante solamente, sino de otras muchas razones, como ser el azar de la corriente o una mata imprevista o inoportuna de gramilla que la fatalidad pusiera en el camino (ese camino de agua transitoriamente tumultuosa).
Quitar el barquichuelo, posarlo nuevamente en el centro del cauce era perder el tiempo y puntaje, porque se consideraba una trampa elegir el centro rápido de la corriente para ganar el tiempo perdido.
De todos modos la ansiedad nos ponía incansables y era cosa de volver a empezar luego de la primera carrera, volviendo al punto de partida, esa curva donde el agua venía con una fuerza considerable.
Muy pocas veces parábamos y era para saltar el cerco de tejido y espinas de la quinta de don Clemente Gerlo y hurtarle alguna fruta para la merienda. Ninguna otra fruta tuvo en la vida el sabor inigualable de aquéllas que le sacábamos al pobre italiano que vivía de esa magra venta por las calles indiferentes del pueblo.
¿Qué sadismo especial, qué inoportuna travesura nos hacía robarle frutas a ese pobre hombre que vivía con su mujer –doña Marianna- en esa humilde casa hecha de sombras y sombras de recuerdos y de olvidos de una península cada vez más lejana?. No lo sé.
Tal vez –lo digo para defender a aquellos niños de entonces- la propia inocencia nos hacía tan crueles.
Cuánta maldad inocente cometimos en esas vandálicas incursiones, que a veces –muy pocas- se organizaban de forma más “científica”. Y era, entrando de a uno para llenar los bolsillos y repartir luego equitativamente. O más bien diremos, casi equitativamente, porque se sabe que el riesgo es como una victoria que no da derechos pero sí prebendas.
Bueno, eso creo yo, porque además nosotros aún no habíamos leído La guerra de las Galias.
Esa actitud, o mejor esa actividad de pequeños depredadores nos ponía siempre en desventaja con respecto a las acciones futuras, ya que una infidencia a los padres nos valdría una paliza. ¡Y qué palizas pegaban los padres de entonces!.
De todos modos la tentación era grande y lo peor es que esas mismas frutas estaban en nuestras casas, pero como el lector sabe, no tenían el mismo sabor que las que le hurtábamos al pobre don Clemente.
Esas brevas goteando su miel delicada, dulce y ambarina. Esas naranjas con su jugo para la extenuación de los juegos, esas tunas tan ricas y pulposas, los melones que sonaban contra el suelo y una vez partido era el elixir amarillo seccionando en dos las siestas caniculares de diciembre.
Y en invierno era la delatadora mandarina, sus cáscaras que tirábamos en el hueco musgoso de las alcantarillas que no guardaban el grillo cantor de la noche.
Pero los días de lluvia tenían un encanto muy particular, porque tal vez vendrían mis primas con una fuente repleta de empanadas que hacía tía Ita, tan buena. O mi madre reinando entre hojaldres y azúcares nos pondría pronto en la cima más extática del mundo: en la perfección y la armonía que ya perdimos para siempre: esos pastelitos de dulces membrillescos, con su poca o su abundosa azúcar impalpable caída como nievecilla preciada.
En el ámbito de la pequeña y humosa cocina donde la Istilart Nº 1 consumía sus marlos blanquísimos o su leño seco de acacia y déle crepitar aventando los malos humores que podrían sobrevolar en esas tardes de reunión holgazana en la humilde vivienda de mi más humilde familia.
Convoco hoy ese espacio -único, impoluto, irrepetible- tal vez para parapetarme del caos del tiempo, de la corrosión de los años y para que este recuerdo sea una moneda brillante entre el barro que nos tapa las paredes del alma.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







CASTILLO*



Cada verano, en la calle que me vio nacer, aguardaba impaciente los camiones de la poda. Veía caer las frondas de mi amado almendro, segura de que no le dolían, porque era como cuando cortaban las puntas de mis largos cabellos; una forma de ayudarlos a crecer más fuertes.

Luego venía el momento de arrastrar las inmensas ramas a mi patio, ayudada por mi abuelo. Hacer con ellas un castillo, descubrir la luz filtrándose a través de sus oquedades, los cambios que operaba la magia en la piel de una lagartija, el brillo de un insecto; el olor, el increíble aroma de la savia truncada, el suave andar de la cochinilla en la palma de mi mano.

Todo duraba un día, un día entero en que me mantenía en el trono, recibiendo la visita de mis ilustres amistades; a la mañana siguiente las ramas, ya secas, eran echadas al basurero. Nadie tiene idea de lo que se puede hacer en una jornada dentro de una fortaleza de hojas, si no ha permanecido tanto tiempo en una. En ocasiones se podía hasta merendar, en dependencia del menú y de las hormigas. De seguro estaba permitido jugar, los soldados de plomo de mi primo se intercambiaban con piezas de un juego de té o animales de granja en miniatura. Las jirafas pastaban junto a los iglúes y los trineos de plástico que heredé de mi hermano.

Verde fortín donde era reina, ama, gobernanta de un mundo solo mío, tan efímero como un giro de la Tierra. Repetible cada año, codiciado como se esperan las lluvias y el florecimiento de las cosechas. Tan constante en su llegada que pudo parecer infinito, en aquellos momentos en que el tiempo parecía no transcurrir y desesperábamos por crecer, hacernos mayores, tener nuestros propios dominios.

Un día, sin que mediase una razón, no hubo más palacio de hojas.
Las ramas cortadas permanecieron, tranquilas, en espera del camión que vendría a recogerlas. Ni siquiera me di cuenta de que había transcurrido el momento de construir mi castillo, estaba demasiado sumida en pensamientos de otra índole:


Había dejado de ser princesa.


*de Marié Rojas.
(Publicado en el libro "De príncipes y princesas", editorial El Far, Colección el Viajante, Palma de Mallorca).








EL LIBRO EN UN MUNDO GLOBALIZADO*




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar


Toda producción literaria-lo quiera o no el autor-parte de un esquema conceptual y referencial-desde el cual opera. En este caso la exposición se hará teniendo en cuenta un doble rol, el de escritora y el de psicóloga Social. Ambos roles se remiten y excluyen recíprocamente. Se parte de la concepción de un sujeto situado, determinado en una red relacional. Sujeto producido pero a la vez productor de su vida social que lo define como protagonista de una historia individual y social, en donde sus necesidades se satisfacen o frustran. Desde este lugar, entonces abordaremos el tema que nos convoca.
Esto nos lleva a decir que escribir es, siempre tomar una posición No hay literatura aséptica y si decimos por Ej. No tengo ideología, esto precisamente revela un tipo de ideología. En la Narrativa, se da una investigación sistemática o sistemática y aunque sea en un universo imaginario de deslizan ideas sobre una época, un tiempo y un espacio, el del autor.
Por loables razones de tiempo y organización, no nos extenderemos en analizar el fenómeno de la globalización y nos abocaremos a reflexionar como incide, esta en la narrativa, tomando Argentina en particular, aunque muchos estudiosos del tema concluyen, que los problemas que se presentan en América Latina son comunes. Abordar este tema, entonces, es analizar el problema de la Identidad Nacional en Latinoamérica.
Así, nos encontramos con un país como Argentina, rico en potencialidad económica y cultural, en donde la pobreza crece vertiginosamente y la inseguridad aumenta paralelamente a la corrupción. Se insulta a la inteligencia del pueblo Argentino, con datos de un INDEC mentiroso; se da lo que llama Ana Quiroga la desmentida de la percepción.
La globalización-se dice- no es una ideología, es un hecho real; si, es un hecho real, pero que tiene que ver, con una estrategia de poder, una política. Se destacan los beneficios de la Globalización - que de hecho están-se la reduce a una idea, inunda el pensamiento la política, la literatura, los medios masivos, el cine, la ciencia ,la técnica ,se la presenta como la maravilla de un Estado Universal homogéneo.
Se niega que tenga que ver con la Economía. Pensamos por el contrario que se relaciona con las economías de mercado de los grupos multinacionales.
Nos planteamos como incide este hecho, en la Narrativa y en la Literatura en general .Si, como escritores, trabajadores de la cultura, nos definimos como productores, obligadamente surgen estas preguntas:
¿Quién determina el valor de nuestro producto?
¿Cómo penetra el concepto de mercancía en el libro?
¿Se facilita u obstaculiza la cadena producción, distribución y consumo?
El valor del libro, tanto objetivo como subjetivo, no lo determina el autor sino los grandes grupos editoriales. Pasa de ser un libro Sujeto a un libro Objeto, cuyo destino responde a las necesidades de una clase hegemónica.
El escritor es devaluado en su función de esencial de productor y el libro pierde su noble condición de texto para convertirse en una mera mercancía.
Por otro lado esto incide directamente en la producción y consumo del producto. Son varios los factores que inciden y obstaculizan la cadena, producción y consumo:
Los escritores nos encontramos con serias dificultades para editar los textos, debido a que las pequeñas editoriales, en este caso, San Luis, no pueden competir con las grandes editoriales por un lado por el vertiginoso ritmo de la tecnología y por otro el encarecimiento diario de la materia prima.
Si, se editan con presupuesto del Gobierno- en San Luis está vigente le Ley del libro- pero el texto es seleccionado, por los funcionarios de turno.
El discurso debe coincidir con las ideas de la clase dominante y su relación con las Empresas Editoriales.
Si bien en el caso de concursos, han actuado jurados de valía (Osvaldo Bayer; por. Ej. No nos imaginamos que sea editado un libro en donde se denuncie que el latifundio corre al lado de la corrupción.
En Chile, es diferente.
Se nomina un jurado independiente del Estado y ellos, con
independencia de criterio seleccionan los ganadores.
Otro tema es el de la comercialización del producto. Se da que el flujo de mercancías extranjeras, incluye a la obra literaria, entre ellos best sellers de dudosa calidad literaria.
No solo se determina quien va a consumir, sino, además, se determinan las necesidades de acuerdo a la clase social que el sujeto pertenezca.
Además el que consume el producto es aquel que puede acceder al mismo, y le restan horas de su jornada a veces de 14 hs, para conectarse con la lectura.
Los mecanismos de dominación son tan perversos que se da la situación, del que el lector consume las ideas de la cultura global y los más pobres, no gozan de acceso al libro y por ende son más plausibles de dominar. Por otro lado surge el letargo propiciado por el consumo de los ciber adictos, en donde se construye una realidad virtual ilusoriamente igualitaria. Desaparecen las diferencias, la particularidad Desaparece el otro como SUJETO, es posible comprar, vender y hasta tener sexo en el ciber espacio. Esto anula la potencial posibilidad creadora que pude generar un texto.
En medio de este caos, con una desocupación creciente, con tazas de mortalidad que son las más altas de la historia del país, con el aumento de grupos sociales que se instalan el las periferias y que son las favelas de Brasil, las callampas de Chile o las Villas miserias de Argentina, resulta casi obscena, para los escritores, la expectativa de poder vivir de su producto, ya que ni siquiera alcanza el dinero para satisfacer las necesidades básicas del potencial consumidor.
De aquí que surge un gran desafío para los escritores. El libro y la escritura, ¿Pasan a ser un valor refugio? o por el contrario ¿Un campo de lucha?
Pese a este desolador panorama los escritores se ingenian y hacen la maña, como dice Paulo Freire, la maña es la inmunidad de los oprimidos.
Hacen conocer sus obras ya sea en libros artesanales, revistas callejeras o libros y /o publicaciones electrónicas .Si leemos estas producciones aparecen temas en donde se denuncias situaciones de abandono, injusticia social, desprotección de las zona rurales y de los pueblos originarios. O sea que se desliza ,casi subrepticiamente el avasallamiento al derecho de que tiene cada pueblo de definir su identidad , con tradiciones y valores propios, por lo tanto son esta MATRICES SIMBÓLICAS las que implican un gran peligro para el proyecto de la Aldea Global , es al decir de Adolfo Colombres, las simientes de una emergencia civilizatoria.

¿Qué podemos hacer los intelectuales, los artistas, los docentes, los investigadores, frente a este panorama sombrío?
Varios son los caminos, que van desde los talleres literarios, hasta las agrupaciones que se reúnen no solo a escribir sino a pensar y llevar a la práctica estrategias y conquista de derechos sociales desde una postura crítica y un accionar común .Entender como decía Martí que trincheras de ideas valen más que trincheras de piedras. Pero este quehacer es un quehacer desde un compromiso común. Y en esto también somos más ingenuos que el enemigo, Agrupaciones de Escritores (Por Ej. El papel de la Sade versus el de la SEA.) Se detienen para atacarse unos a otros y en esta confusión .se pierde el objetivo, que son las conquistas sociales.
Otro camino posible es nuclearse y debatir la posibilidad de un amplio movimiento cultural. Encuentros como este, por ejemplo es confluir con la creciente resistencia popular, nacional, pluralista y democrática a la Invasión globalizadora. También es cierto, que los escritores,
expertos en retórica, despliegan grandes discursos, en donde la práctica está excluida.
En un país en donde la riqueza se concentra más en un grupo y se agiganta la brecha entre pobres y ricos, es perentorio para los que nos definimos como escritores comprometidos, entender , que los tiempos son perentorios y que es hora de discutir libremente y actuar con coraje y audacia.
En nuestro país de dice que Dios está en todas partes, pero atiende en Buenos Aires; en Chile parece que atiende en Santiago.
Quiero terminar con unas palabras de un excelente poeta entrerriano, casi desconocido, que nunca salió de su provincia por lo tanto pocos lo conocen, en su obra, está presente la denuncia de la injusticia social y la indagación lírica de los misterios del paisaje y la palabra.
”No. No es posible. Hermanos nuestros tiritan aquí, cerca bajo la lluvia ¡Fuera la delicia del fuego con Proust entre las manos y el paisaje alejado como una melodía!... mientras hombres sin techo y sin pan, parados en los campos, vacilan al entrar en la noche mojada.”
Juanele Ortiz . Entre Ríos (1896-1978)


*Disertación dada en La Serena, en el contexto del Encuentro de Escritores de la SECH.
Chile, octubre de 2009







PASOS IMPENSABLES*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




SALVAJE QUIETUD
Pero esta vez asumo que la vida no está desvinculada del desvivir.



POLVO EN GRIETAS
¿Todas las mujeres muerden? La fantasía traza en la sombra una causa indescifrable. No sé si prefiero la belleza de esas insinuaciones o después.
Toda mujer que muerde la noche, muerde como si no pasara nada, lo cual es cierto.



INMENSIDAD INCONCLUSA
En su árbol de navidad, Adorno cuelga "la totalidad es la mentira".



EL VIENTO BAJO LA SOMBRA
Los besos que le prodigo a mi amante representan para él un milagro engañoso. Lo efímero renuncia a su concepto por el apuntalamiento monumental de la constancia. Un puñado de besos hace que mi amante discrepe con el todo, y atraviese la selva de cemento, ligero como gamo con sed.



¿QUÉ HAREMOS SIEMPRE?
Desprovistos de toda profecía, él y yo somos memoria. Detallada memoria.
Sorprendente memoria. Y la memoria siempre habla como uno la necesita: lo rememorado no es lo ocurrido, es lo viviente. Y en el recuerdo se vuelve más vivaz que la vida, siempre envuelta en su amortajada cotidianidad donde se va anulando a sí misma.



A OíDOS SALACES
Él coloca los labios en esos labios y la onomatopeya del otro corazón es todo el argumento.



SE TRATA DE ESO
En su incesante búsqueda por hallar géneros menos sosos, la brevóloga mórbida encuentra al temible monstruo encallado en la retórica que vuelve a levantarse sobre el ciclo infernal de las repeticiones. El monstruo, en su exactitud, la acecha: quiere páginas completas, casillas uniformes, estructuras reconocibles, anécdotas y evidencias. La mórbida, incapaz de encauzarse en el rictus y las costuras, traza canaletos mirando en el corazón de la luz, el silencio. Y si la brevóloga mórbida corre el riesgo de la soledad es por su deliberado cariño por los monstruos nuevos.



EN LA HORA VIOLETA
Ya lo dijo el pensador empedernido: el primer beso de la amante anticipa el sentido de su amor. Y este vaticinio parece cumplirse con creces en el caso de la amapola viviente. Cuando el pensador habla no corre riesgos: si respira es porque sabe que el aire existe. El pensador encuentra en la amapola el pretexto y la metáfora para no morir de muerte prematura.



EL RIESGO AMOROSO
Y resultó que el amorío, pecado contra la costumbre, fue, como la poesía, una aventura sin final.



A LA SOMBRA DEL LAR
De sus numerosos enredos sexuales y sentimentales, sólo podemos decir que tienen la particularidad de ser simultáneos. El solipsista que nació en matrimonio es asediado por la esposa que lo intima a comunicar. Incapaz de renunciar al silencio y a sus culpas, el solipsista adopta, ante el acoso, su postura favorita: se acuesta a dormir de espaldas a la humanidad.



QUIETUD SALVAJE
Bien. La existencia sigue siendo el trabajo de volver a hacer lo mismo cada día. Pero ocurren muchas cosas en el medio.



LA MÚSICA
"No puedo olvidarte", dice el pensador sin cabeza y la inolvidable, bajo la parda niebla de un amanecer o sobre la vereda, exhala suspiros infrecuentes y breves, escucha la voz desde el pequeño teléfono, con la vista fija en los pies, mientras los olvidos pugnan en vano por dominar la música fabulosa del
recuerdo.



DEFINAMOS MINIFICCIÓN
"Si quieren que los bailarines inventen pasos nuevos, denles zapatillas chicas y apretadas: darán pasos impensables." Paul Valéry.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21081-2009-11-14.html









Las pobres*



Criaturas de quien sea o lo que sea
que las inutilice


Las endurecidas por el infortunio, las desplumadas
las chacales reducidas
a la sofocación


Las pésimas para mentir, las excelentes estafadoras
las pobres de cualquier pobreza explícita
las ricas de cualquier riqueza implícita


Las subsidiadas por papá, las postergadas por mamá


No está muy en el fondo la pobreza de la criatura codiciosa


En la altitud más imperial
la criatura roe la fantasmática
de un pobre pan
Y rica torta atraganta
a la desmesurada criatura indigente


¡Pobres criaturitas
las demasiado defendidas!
¡Pobres las ofensivas
criaturitas!



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





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Friday, November 13, 2009

NAVEGANTES EN BARCAZAS DE CORCHO...


*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS. (CUBA)


POEMA DESPOBLADO DE VERDE*


“Desde ese entonces data la ferviente
y abrasadora sed que me arrebata”
NICANOR PARRA



De qué sirve mi verde si vos no estás conmigo
De qué sirven mis cenizas de amor


El sol.
Armado con lanzas de fuego.
Verdugo implacable del bosque profundo,
Despuebla
Mi pajonal de verde.
Arde rojo de sangre y ceniza.
La luna,
Piadosa, le acerca
La humedad plateada del amor.


De qué sirve la luna, en cenizas de ausencia
Si al irte te has llevado mi esplendor hecho verde.


¡Oh, dioses del averno, acallad mi boca!
¡Oh, sol! ¡Oh, pajonal!
¡Despobladme de verde las manos!
¡Lo merezco!
¡Cambiad mi sangre por arena!
Olvidé:
El verde deslizante de la lagartija entre las piedras.
El arco iris sonoro de los loros.
El verde denunciante de los árboles quietos.
Olvidé el picaflor.
Ese pequeño pájaro dormido
Que busca el refugio de mi boca.


De qué sirve el solsticio que se anuncia
Si mi corazón no es una yema verde, verde espera


El sol
Desarmado, sin lanzas, ni fuego.
Compañero ardiente del bosque profundo,
Puebla
Mi pajonal de verde.
La ceniza se va y la sangre queda.
La luna,
Más luna que nunca,
Le acerca
La humedad plateada del arraigo.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







NAVEGANTES EN BARCAZAS DE CORCHO...







RÉQUIEM PARA UN ÁNGEL NIÑO*


Para Roberto Rojas Vergara




Pequeño rey en trono de rueditas,
Niño eterno, Peter Pan,
¿Es suficiente un verso para cantar tu despedida?



Que la última hora en este mundo
De bandidos y princesas
Te sea leve.



Que la oscura mensajera llegue,
Tan sutil como tu sombra
En el castillo sin almenas ni banderas.



Que el arco iris matutino,
Reciba tu alma pura.
Que no lloren las estrellas,
Los caracoles que escondimos.
Que canten los unicornios,
Las flores que sembramos.
Que no gima el mar tu ausencia,
Navegante en barcazas de corcho.
Que no te cubra la noche una vez más.



Parte en calma, dulce amigo,
Mi alma volará esta noche en sueños
Para dejar en tu frente el beso
Que aún te debo.


*de Marié Rojas.
(2005)






Extraña noche*



qué extraña noche de destiempo
de fragancias usadas para otras ocasiones
de acordes y armonía
que otra noche bastaban al alivio
del mismo viento que va y viene
sin tormenta
atormentando esta noche que le halla sentido
a todo mi tormento
un camino en un sentido único
que no es viento que va y viene
es camino que se va y no queda nada
es camino que va y se lleva todo
lo que hemos sido
dicho
lo que hemos sido dichos
hemos sido dichosos
si hemos sido si hemos ido
el único sentido
de la muerte agorera de estrellas en penumbra de la luna
que tarda en dar la vuelta pero vuelve
a chispearse de sol
a trascendernos
que falta de respeto al brío de estar vivo
que burla cada sueño aún en espera
que trunca la mirada y la piel necesitada todavía
que detiene la risa para siempre
que da tanto por reír según se dice
queda tanto por reír
tanto porque reír a ese va y vien
del viento sempiterno
que no sabe de sueños
los arrastra los quiebra
se los lleva




*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com
– una puta noche de noviembre lejos de todo








DEFENSORES DE “EL PALENQUE”*



A Richard Bessone


De cómo llegué al alto honor que significó defender los colores de “El Palenque” daré cuenta más adelante, si mi sufrido lector me permite una breve digresión histórica que hace a mis inicios frustrados como futbolista de mi pueblo.
Cuando ya tenía aproximadamente 7 años, mi barrio se conmocionó por un acontecimiento inédito, que importaba a todos los chicos del pueblo. Y fue la organización del primer Campeonato de Baby Fútbol a cargo de la antigua Cooperativa Agrícola Federal y que hizo una amplia convocatoria a toda la purretada. Pronto supimos que se jugaría de noche –algo nuevo para nosotros- con luces y una pelota pintada de blanco, para la visibilidad fuera más plausible. La cancha sería armada en los patios de la propia Cooperativa –lo recuerdo pelado, sin una gota de gramilla- que con sólo montar un par de arquitos y con sillas alrededor para comodidad de las damas estaría todo listo.
Los equipos se conformarían de siete jugadores y con sólo la inscripción de dos suplentes.
Era un verano apacible, donde hubo pocos mosquitos pero muchos escarabajos, éstos no nos preocupaban demasiado porque los sapos –numerosos en aquel año- darían cuenta de ellos, siempre y cuando se aproximaran debajo de los foquitos miserables de las esquinas.
En el barrio “El Jazmín” el equipo se armó rápido. Había muchos chicos y muchos que jugaban bien, así que cuando Cholo Belluschi juntó los futuros campeones, quedamos muchos como para armar por lo menos tres equipos más. Tuvimos que resignarnos a otros colores y a otros nombres, pero no nos importó porque todo el mundo sabía a qué barrio pertenecíamos.
A mí me convocó el Pelado Míguez a través de mi viejo (a quien obviamente tuvo que pedirle permiso, por mi edad), es decir me llamó para formar uno de los tres equipos muletto como se dice ahora. Pero a mí a esa edad lo único que me importaba era jugar a la pelota.
Aún recuerdo con emoción la noche en que llegaron las camisetas y el Pelado nos convocó a su casa para repartirlas y darnos algunas instrucciones porque la noche siguiente comenzaba el campeonato.
Esa noche mi viejo me permitió que yo fuera solo hasta la casa (que en rigor quedaba a escasos cien metros de la mía y con sólo dar la vuelta por la esquina del Cholo, la tenía a tiro de escopeta).
Esos metros fueron instantes o minutos de tormento, hasta que el Toto –mi amigo- me abrió diciéndome:
-Dále que mi viejo está por repartir las camisetas…
Las camisetas estaban sobre una gran mesa cubierta por hule azul con flores naranjas, no obstante exhibían toda su extremada belleza. Eran los colores de “Peñarol” de Montevideo, cuya proximidad con los colores de “Central” me la hacían y me la hacen simpática.
-Allí el Pelado nos informó que el cuadro se llamaría “Sacachispas” y que debutábamos al otro día. Cuál no sería mi sorpresa cuando me alcanzó una camiseta de “Central Córdoba” –la cual al no haber ninguna amarilla era la del arquero sin duda, así deduje- y ante mi inhibida protesta:
-Yo no soy arquero, don Míguez.
-Qué querés pibe –contestó abriendo los brazos –si tengo tres defensores.
-Pero es yo soy fulbá centro –le dije, medio amoscado.
No hubo forma. Todo pasó desapercibido entre la euforia de los chicos que junto conmigo escucharon la advertencia del Pelado.
-Ojo, mañana a la noche, a las 9, sean puntuales. Jugamos con el “El Ciclón”.
“El Ciclón” era el equipo de los Bellini, jugaban con la camiseta de “Boca”. Hasta allí todo bien, el caso es que ellos tenían un delantero temible. El gringuito Luqui, quien no era habilidoso, pero tenía el instinto de gol. Era ligero, se escapaba fácil y tiraba de cualquier parte-
Él fue el culpable de mi ignominia. Perdimos cinco a cero. A la pelota sólo la veía pasar con impotencia. Nunca había jugado en el arco ni nunca más jugué, como el lector supone.
A la noche siguiente, luego de cenar y cuando se aproximaba la hora del partido, mi padre se levantó de la silla, fue hasta la habitación donde dormían con mi madre, sentí el ruido que hacía la puerta de ese gran ropero y volvió con un hermoso libro de estampas e historietas para colorear. Toda la noche estuvo junto a mí, por única vez en mi vida.
Era evidente que los cinco goles también le dolían. Mi madre miraba en silencio, mientras tejía.
Nunca supe si había hablado con el Pelado y quiso evitarme otro bochorno. Como era muy orgulloso es probable que no haya dicho nada. Pero el Pelado nunca más habló conmigo del tema. También es probable lo contrario, que le haya dicho que me sacaba del equipo y él hizo causa común conmigo. Me moriré sin saberlo, ellos ya no están para aclararlo.
De todos modos debo agradecer esta anécdota enojosa y humillante porque mi padre –quien sólo firmaba mi libreta escolar a fin de mes- tuvo la paciencia de sentarse a mi lado y mirar cómo su primogénito pintaba pacientemente esos dibujos. Fue, creo, la única vez que usó la paciencia en su vida. Y me gustaría creer que lo hizo por un poco más que el puto orgullo que lo martirizó toda su vida. Es decir que lo hizo por un poco de amor hacia mí.
Otra vez –yo ya era un par de años más grande- volvieron los campeonatos del esperado Baby Fútbol de la Cooperativa. Esta vez no sólo competían los equipos de los barrios, había otros que representaban una tienda, un bar- tal el caso de “El Amanecer” del gran Carlos Mancinelli-, un taller mecánico o un bazar, sino que venían chicos de las chacras –“El Refugio”, “La Catalana”, “La Terrasson”- y éstos no eran muy buenos, pero pegaban lindo, tal vez endurecidos por esa vida rural y el trato con los animales que los hacían más templados. Y además, ¡cómo corrían!. Eran incansables, verdaderos perros de presa para las delanteras contrarias.
Cómo sería el entusiasmo que ese año hasta el cura tuvo su propio equipo, le había puesto “San Isidro”, en alusión al patrono del pueblo y usaban ¡qué horror! las camisetas de “Nuls”. Cuando ese año también me quedé fuera del equipo, yo rogaba que alguien me llamara –aunque fuese el cura- porque jugar para un santo, vaya y pase, pero el problema es que yo a la camiseta rojnegra. No me la hubiera puesto por nada del mundo. De esta terrible opción ilusoria (el padre nunca me llamó) me sacó un mediodía mi viejo cuando volvió a almorzar luego del trabajo.
-Andá a verlo al Min Villarreal –me dijo- está armando un equipo para el Baby Fútbol.
No quieran imaginarse mi alegría, yo quería salir de allí como un tiro, pero mi viejo me paró en seco.
-¿Adónde va usted? –cuando me quería retar siempre usaba el usted-. ¿Acaso no va a comer?.
Y volviendo a mi madre le dijo a manera de reproche generalizado pero que por el tono la incluía a ella.
-Este con tal de patear una pelota es capaz de abandonar hasta la escuela….
Y agregó con su tono sarcástico y zumbón que era su marca resaltante:
-¿Sabés para quién va a jugar tu hijo?
-…No sé –dijo mi vieja, lacónica, mientras arrimaba una fuente de tallarines que sus santas manos habían amasado esa misma mañana.
-Para el bar de la Chola –dijo y se quedó esperando la respuesta.
La Chola de marras era una ex prostituta que regenteaba un bar, usando éste de pantalla, ya que todo el mundo sabía que en las piezas del fondo se ejercía el “oficio más viejo del mundo”.
Ella estaba ya retirada, pero oficiaba de elegante madama, una especie de empresaria y representante de las chicas quienes al parecer venían de otro pueblo, lo que hacía atrayentes a la hora de concurrir la clientela.
Mi madre se puso lívida, dejó de comer, puso el tenedor al costado y lo encaró a mi padre.
-¿Y a vos no te da vergüenza dejar que tu hijo juegue para un prostíbulo?
A mi padre lo asistía cierta perversidad, en especial con mi madre, y cuando se daba cuenta que algo la molestaba, se ponía insistente.
-¿Y qué? ¿Vos le vas a quitar la ilusión al chico acaso?
Y dirigiéndose a mí, a quien no consultaba ni para salir al patio, me preguntó:
-Y vos, nene, ¿querés o no querés jugar?
Y yo, ante la mirada furibunda de mi madre, seguí el camino del deseo y en ese momento, ni un rayo me apartaba de la posibilidad que se me abría venturosa.
Entonces mirándolo a los ojos, le dije –a sabiendas que traicionaba los anhelos más puros y razonables de mi vieja-:
Sí, papá, quiero jugar y no me importa.
-Bueno, no se hable más del asunto –dijo mi viejo y cuando él cerraba la conversación, mi vieja y yo sabíamos que era palabra santa. Claro que los resultados no eran lo mismo para ella que para mí en este caso.
Ella nunca quiso ir a verme jugar, salvo una noche en que estaba de visita mi abuela y su madre, quien no quiso dejar de ver a su nieto, un futuro crack habrá pensado y no tuvo más remedio que acompañarla.
Las razones que lo llevaban a tomar una decisión a mi padre siempre me resultaron un misterio, aún hoy no lo entiendo, cuando ya no está. Muchas veces pensé qué lo habría llevado a permitirme jugar. Tal vez para molestar a mi madre, tal vez porque él siempre alentó esta pasión mía, pero no con palabras, no con palmadas ni con felicitaciones cuando yo jugaba un buen partido. En él todo era secreto, con pocas palabras y aún las pocas palabras debían ser develadas, como un enigma. Muchos de ellos trato de descifrarlos aún.
Benjamín Villarreal, alias El Min- jugador ya retirado que oficiaba de entrenador y visto a la distancia tenía una visión del fútbol y le gustaba trasmitirla, como el Pelado Míguez, más allá de los clubes y las banderías-, era el padre de mi amigo Jorge.
Una noche antes del debut, el Min nos reunió, nos mostró las camisetas –que eran de “Racing Club”-, nos dijo que el equipo se llamaría “El Palenque” (nombre del bar de la Chola) y que “la señora” nos deseaba mucha suerte. Así se refería siempre cuando hablaba de ella. No como si fuera una prostituta retirada, sino como si fuera una dama auténtica, casi una duquesa.
Cuando nos dijo contra quiénes debutábamos –otra vez “El Ciclón”- yo recordé aquella humillación de tres años atrás y le pregunté alarmado:
Don Min, ¿qué hacemos con el “gringuito” Luqui?
-De ése te vas a encargar vos –me dijo-. Te le pegás en la espalda y lo seguís durante toda la cancha.
-¿Y mi puesto?- pregunté con la culpa del defensor que abandona las cercanías del arco que tiene que ayudar a defender.
-Vos haceme caso que todo va a salir bien. Sólo hay que ponerlo nervioso, es muy calentón me dijo y agregó “no te preocupes por tu puesto”.
Y así fue. Esa noche lo seguí por toda la cancha. Él empezó a ponerse nervioso, y yo no lo dejaba ponerse en contacto con la pelota. En un momento me dijo fastidiado:
-¿Qué me seguís pibe?, ¿tengo caramelos acaso?
Pero yo, impertérrito, inmutable, mudo, lo seguía, según las instrucciones de mi director técnico.
Esa noche, yo contribuí al triunfo o al empate, ahora no me acuerdo, con sumo orgullo porque seguí las sabias instrucciones de Benjamín Villarreal.
Muchas veces he pensado que el fútbol argentino le debe al Min, un monumento, porque quién antes que él pensaba en la marca hombre a hombre. Pero así es la vida, nosotros estábamos en el mundo, pero el mundo no se daba cuenta, como dice aquel personaje del cuento de Antonio Di Benedetto. Quién lo iba a tener en cuenta al Min, si vivíamos en un pequeño pueblo de la llanura santafesina con el asfalto más cercano a 25 kilómetros.
Cuando finalizó el campeonato donde salimos últimos, nuestro D.T. nos convocó para comer un asado, un sábado a la mañana y nos dijo que iba a estar “la señora” porque se quería tomar una foto con todos nosotros para tenerla de recuerdo.
Era la primera vez que estábamos con ella (e iba a ser la última) y apenas si nos habló, pero cuando lo hacía, su trato era muy dulce. Ella no tenía hijos, pero había criado al después famoso Negro Grillo quien iba a jugar conmigo en la segunda de Huracán.
La foto la tengo antes mis ojos y voy a dar los nombres de aquellos aguerridos niños que compartieron el equipo conmigo. Parados estamos en la foto: Carlitos Villarreal (que era el arquero), su hermano Antonio, la propia Chola, Jorgito Guiñazú y yo. Abajo están el cordobés Vidal Orozco (que era suplente y nunca jugó), Pinky Rossi y el Cholo Aguirre. Faltó al asado y a la foto el zurdo Mazza, quien era titular pero vivía en el campo y deduzco que ese día no habrá podido venir.
Doy vuelta la foto y leo unas palabras escritas con tinta negra de pluma cucharita con una letra perfecta, armoniosa, sin ningún error de ortografía, es una letra que no elude la elegancia, sino que la resalta y dice así, copio:
“A mi buen crack Jorge Isaías (y abajo)
Por su buen desempeño y el entusiasmo puesto de manifiesto en defensa de los colores de El Palenque recibe este recuerdo en prueba de mi mejor reconocimiento”.
Y abajo la firma, con las mayúsculas estiradas en una larga curva:
María P. Belasteguin L.Q. 18/5/57
A todos nos había puesto la misma dedicatoria. A todos nos dio la mano antes de retirarse. Nunca más habló con ninguno de nosotros.
Si no me quedara la foto como prueba yo diría que soñé esta situación, porque más allá de su vida y de la marginación a que estaba sometida por razones más que obvias en un pueblo chico, nosotros debimos a esta mujer una gran alegría, y siempre digo que uno no puede ser desagradecido con una persona que nos dio un poco de felicidad, cuando éramos acreedores de todos los sueños.
Muchas veces he pensado durante tantos años en esta mujer y en esta circunstancia por lo menos anómala, ¿qué le habrá pasado por la cabeza para apadrinar un equipo de chicos en un torneo infantil? Iba todas la noches acompañada por una amiga y nos aplaudía cuando la jugada lo merecía y luego se iba sin tener el mínimo contacto con nosotros.

Cuando ya habían pasado muchos años y mi abuela era una mujer mayor, con muchos achaques encima y la Chola no lo era tanto, siempre se arrimaba a darle una mano, ya que eran vecinas. Con la sinceridad que permite ser agradecida y con un poco o mucho de afecto o de amistad que autoriza la pregunta, una vez mi abuela me relató este diálogo:
-Ay Chola, vos que sos tan buena conmigo y al tener yo seis hijos varones muchas veces pensé cuál de ellos habrá pasado por tu casa…
-Si es por eso Laura –contestó la Chola- no te preocupes, por allí pasaron todos.
Y con toda naturalidad dejó en claro una situación, como para que nada enturbiara esas tenidas de mates y charlas, mientras con seguridad las calandrias que cantaban sobre el tilo del patio de mi abuela, habrán cantado indiferentes a toda la mojigatería que andaba suelta por el pueblo e incluso a la charla de estas dos ancianas apacibles que agregaban de vez en cuando un trocito de cáscara seca de naranja a la yerba.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar








Nonos no*



*Por Bea Suárez. beagasua37@hotmail.com



"Habrá siempre un hombre tal que, aunque su casa se derrumbe, estará preocupado por el Universo. Habrá siempre una mujer que, aunque el Universo se derrumbe, estará preocupada por su casa".
Ernesto Sábato. Uno y el Universo.



A
Antes de conocerlos (de conocer uno, al menos), pensaba yo que los llamados geriátricos eran otra cosa, Qué digo!, eran mejores.
Imaginaba una gran familia de viejos jugando a las cartas, o en señoras pensando, tejiendo, conversando, leyendo, mirando la tele, esperando pasarla bien, etcétera.


B
Bueno. No es así.


C
Cada vez que pensaba en ella, en los avatares de su núcleo familiar, en sus tres nietos, su nuera, creí (por momentos) que la atenderían como ella los había atendido treinta años antes, al nacer de los mellizos por ejemplo.
Tuvo la desgracias de ver morir a su hijo de 54 años y quedó solamente la nuera mas esos tres nietos. La nuera que no es sus hija y tres fríos nietos de corazón achicharrado ya que, al faltar Carlos (el hijo que mencioné) la Tata quedó a un costado, viviendo en Arroyito, asistida por otra gente, entre esa gente, sus vecinos.


D
Desde el pasillo se escucharon durante todos estos años a esos vecinos con dosis de bondad, comestibles, impuestos a pagar, buena onda e identidad de decencia y ternura hacia esa Tata un poco sola entre gladiolos.


E
Ella pensó que así terminaría sus días, entre la casita, el antiguo olor a la aceitera Patito, la calle Rubén Darío 1780, Carrasco 1840 o Vélez Sarfield, Rosario Central, Peruca, El Tonio, La Victoria, Gloria, su amiga Carmen y un puñado de familiares más lejanos. Pero se cayó.
Se desvaneció el día que nacieron todas las abuelas y hubo que internarla.


F
¡Faltaba más! Le dijo a una enfermera y se sirvió sola el café, mostraba carnets, ecografías, estudios del corazón y otros amoríos por su cuerpo de 88 años. Llegó el médico y sentenció: "Esta nona no puede estar sola". Y, como los tres nietos (su sangre, ensangrentados de juventud, que alguna vez también cumplirán 88) no podían tenerla, la nuera cansada (tal vez o no? con justa razón), se decidió: el geriátrico.


G
Ge. Ge de geriatría, de gerente, de viejo choto, de mujer artificial que no le sirve a nadie, que ya sirvió, cuando atendía la feria y laburaba todo el día con el tío Negro, en las épocas de creer en Argentina si o si. Ge de gastado, gatillo, gélido, generación, genealogía, gene, gen, garrotazo, garrafal, garantía, garete, ganso y ganar.



H
El silencio de la hache se sintió cuando la fui a ver. Estaba sentada en la cama. Incorporada totalmente. Bien. Bien. Muy bien. Alrededor algunos internos con ojos fijos, todos en galería de ahogos grises. Me miró, nos miró a todos y dijo: "Quiero irme a mi casa, y si me muero de una caída, que sea allí". Punto. Punto final, no suspensivo. Pensé en ayudarla a salir de ese lugar tan feo, excesivo, tan oscuro, donde se ve gente triste, sola, encerrada, con la torpeza de algo irremediable y tapices de laberintos sin salida. La hache muda me hace a ayudarla. Y en dos o tres días volverá a su domicilio de plantines. Tal vez a morir como Dios manda. No como mandan algunos humanos que fundan geriátricos para castigar con el exilio, en complot con ciertas partes de la familia.
Exilio como al Cid. Como los griegos. O los argentinos de los setenta, pero en plena ciudad. Un geriátrico disimula la muerte, la maquilla. Pero nosotros, y ella, estamos vivos.


I
Y coleando.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21069-2009-11-13.html





La prostituta calle y los honestos ciudadanos*



*Martín Caparrós
13.11.2009


La calle está muy dura, los honestos ciudadanos se molestan. Este miércoles 11 de noviembre, por ejemplo, en Buenos Aires, nadie se acordó de san Martín de Tours, el protoperonista que, en una premonición del fifty-fifty, le dio a un pobre la mitad de su capa mucho antes de ser elegido nuestro santo patrono por sorteo. Nadie se acordó, tampoco, de que se cumplían 91 años del final de la Gran Guerra que iba a terminar con todas las guerras, ni del siglo y medio exacto desde el pacto de San José de Flores, que nos unió por fin a las provincias. Este miércoles, en el centro de Buenos Aires, todos se
acordaban de las madres de todos, porque las calles habían dejado de ser vías de circulación vehicular para convertirse en pantanos políticos. Los honestos ciudadanos se molestan -para eso están los honestos ciudadanos- de que últimamente la política se dirima en la calle. O, mejor dicho: de que una parte de la política se dirima en la calle.

La política en la calle suena confusa, pegajosa, incontrolable o, por lo menos, cerca del descontrol; la democracia representativa se inventó, en principio, como un modo de reemplazar -y acotar- esa participación directa.
Si la Revolución Francesa estalló en la calle, después se formalizó en sus Asambleas, y ése fue el modelo que terminó imponiéndose: un sistema donde las voluntades ciudadanas están mediatizadas -digamos mediatizadas- por el filtro de sus representantes. Pero la calle siguió siendo la última instancia, la corte suprema de la política. Cuando todo el resto deja de funcionar, la calle vuelve e impone su mandato: la última vez, aquí, cuando el hartazgo se juntó en la calle para que de la Rúa se fuera volando. Miles
y miles de personas en la calle dicen, antes que nada, más allá de matices y particularidades, que la democracia representativa no está funcionando: que no da las respuestas que esas personas necesitan -y salen a pedirlas, y entonces todo se complica.

La ciudad, sobre todo, se complica, y los honestos ciudadanos tienen razón -para eso están los honestos ciudadanos- en molestarse. En la calle, los que tratan de manifestarse realmente se manifiestan: obligan a los que no querrían escucharlos a escucharlos. No porque quieran que los escuchen esos honestos ciudadanos; porque pretenden que los honestos ciudadanos se molesten y obliguen al gobierno a tomarlos en cuenta. Para eso, entonces, irrumpen e interrumpen las vidas de los otros. Yo también lo sé: no hay nada más irritante que la idea de pasarse la siguiente media hora encerrado en una tonelada de lata y vidrios y calor y gelblung en la radio cuando, en realidad, uno tenía que estar cerrando el negocio de su vida o curando una leucemia o, mejor, marcando una tarjeta. Y la irritación hace olvidar una minucia: que, en general, los que están parados delante de sus autos también querrían estar cerrando la leucemia de sus vidas o, incluso, marcando una tarjeta.

Parece una obviedad, pero las obviedades son lo que más se obvia: nadie se pasa el día marchando bajo el sol si puede estar sentado, tranquilo porque esa noche come. Estar en la puta calle, como cada ciudadano -incluso los honestos- sabe, significa estar en bolas y gritando, sin más protección que la intemperie. Así están, hoy, nuestros conflictos: carne viva. Los honestos ciudadanos -los antaño llamados cacerolos- lo olvidan y se quejan. Los honestos ciudadanos suelen decir que no son sus problemas y que por qué
tienen que pagar con su tiempo los problemas de otros: los honestos ciudadanos, educandos ávidos, quizá no notan que están recibiendo un curso rápido de responsabilidad social: que están recordando por la vía del embotellamiento que todos somos responsables de lo que nos pasa.

Tampoco recuerdan que cuando ellos ocupaban la calle les parecía muy bien, legítimo, decente. Suele pasar con los honestos ciudadanos: nos parece mal cuando un subsecretario coimea, pero le ofrecemos un diego al policía si nos pasamos un semáforo; les disgusta que un juez no encierre más, pero se pueden aprovechar de un paralítico para currarse los impuestos de un mercedes. Entonces los honestos ciudadanos se exaltan y escuchan a los políticos honestos, que tratan de aprovechar la situación denunciando lo que llaman caos -que no lo era cuando "el campo" cortaba carreteras- y dicen, por supuesto, que todas estas marchas están manejadas por tal o cual sector de su galaxia politiquera para obtener sus ventajitas. Los más desaforados empiezan a hablar de gente armada -que ha sido siempre la forma de justificar golpes, represiones. Lo hizo anteayer la señorita Carrió con el señorito Grondona, por ejemplo. Y ayer, el A.M.A. -algunos recordarán, un ente llamado Autor Marcos Aguinis- superó nuevos records de irresponsabilidad, junto con el diario donde publica, La Nación. A.M.A. escribió que "en la provincia de Jujuy corre la voz de que han ingresado armas de las FARC y que en los escondrijos de nuestro bello y laberíntico Norte hay gente entrenándose con esas armas de fuego. Muchas de esas armas tienen origen venezolano". ¿Dónde corre la voz? ¿En la maratón de San Salvador? ¿Por la quebrada de Humahuaca en boca de su vaca? Si la voz corre, lo primero que intentan un periodista y un editor y un medio es detenerla y averiguar de dónde viene, quién la manda, cuánto tiene de cierta. Si no, la dejan correr hasta poder hacerlo. Pero publicar la afirmación tajante de que "muchas de esas armas tienen origen venezolano" cuando ni siquiera saben si existen esas armas o si la voz corre en sentido equivocado es una de esas razones por las cuales cualquier medio despide con causa a un periodista. O
por las que un difamador termina ante un juez, o un político o intelectual u honesto ciudadano golpeando puertas de cuarteles.

Fue un excurso: lo interesante, más allá del terrorismo verbal -de los que quieren aterrorizar a los honestos ciudadanos-, sería ver qué política interrumpe el tránsito estos días, qué se juega en la calle. Es otra obviedad: lo que interrumpe el tránsito es mayormente la pobreza. La parte de la política que está en la calle es la lucha de clases o, por decirlo de otro modo: la pelea de los que están en lo más bajo de la escala de clases argentinas. Que, como sabemos, están muy fragmentados y pelean distinto.

En los sectores más pobres, entre quienes hace mucho que no consiguen un trabajo verdadero, las opciones más habituales son, para la mayoría, la dependencia de la caridad estatal o privada y, para una minoría muy promocionada, la delincuencia. Este miércoles, por ejemplo, estaban en la calle los piqueteros no-K, que pedían que la caridad estatal fuera repartida equitativamente: ya no un cambio social, ya no un trabajo, ya no la posibilidad de mantenerse; la merced de acceder a la limosna sin tener que seguir a un intendente o un puntero. Y el gobierno les da lo menos posible porque quiere mantener el clientelismo suburbano funcionando.

También estaban los trabajadores de Kraft -apoyados por estudiantes de la UBA-: la punta de lanza, junto con los subtes, de los que están asustando a la burocracia sindical. Y el gobierno dilata y dilata su respuesta porque porque quiere mantener la alianza con Moyano & Cia. Que se defendieron con una frase memorable: "No jodan, este modelo le dio resultado al país", dijo Juan Belén, metalúrgico y segundo de la CGT, que no consiguió explicar de qué país estaba hablando.

Y estaban en la calle, también -pero eran pocos porque el acto central era en La Plata-, docentes, médicos, judiciales y estatales bonaerenses en paro.
Que el gobierno provincial no paga como debiera porque el nacional lo tiene corto con la guita y porque no invierten en salud y educación públicas.
Todos ellos representan sectores de lo que podemos llamar, con las sabidas reticencias, izquierdas. En la calle, haciendo política en la calle, están limando día tras día el intento kirchnerista de ganarle ese flanco a su oposición progresista -que empezó con la ley de medios y se está estrellando contra lo que no se arregla con discursos: la exclusión, la pobreza.

Así que el gobierno, bloqueado por sus propias limitaciones políticas y sociales, debió blanquear sus ideas, sus alianzas: anunció que el 20 de noviembre Néstor Kirchner será el orador principal del acto organizado por los capos sindicales para defender la democracia contra "la izquierda que está produciendo estos hechos de desestabilización al Gobierno", según el mismo Belén. Ninguno de esos luchadores democráticos lleva menos de 20 años de poder, más o menos los mismos que acumula, entre su provincia y su nación, el señor presidente. Pero, como terminó de explicar ayer Belén, capanga del pesebre: "Marchamos para parar a esa zurda loca que manejan desde afuera". ¿Quién, Carrió?, le preguntaron, prejuiciosos. "No, la CTA, la CTA, que es la Cuarta Internacional", quiso aclarar. Néstor Kirchner va a encabezarlos, a dejar por fin una de sus caretas.

Siempre critiqué a los que hablaban del supuesto setentismo de este gobierno, pero esta situación es un remedo setentista: la CGT acusando a la izquierda de todos los males y marchando para defender su orden. Sucedió ya entonces, el 31 de agosto de 1973, cuando Perón auspició una manifestación en la CGT. Ahora este gobierno, como aquel, se pone del lado de ese orden corrupto, autoritario y macartista. Digo, aunque más no sea para precisar referencias históricas ligeras, ignorantes: no montoneros, no militantes ni "desaparecidos"; peronistas de Rucci, Isabelita, López Rega.

(Esta columna ya estaba en prensa cuando Cristina Fernández, enfatizando su admiración por la CGT, pidió suspender la marcha. Si lo hacen, celebro sus reflejos.)


*Fuente: http://www.criticadigital.com.ar/impresa/index.php?secc=nota&nid=33844








Cómo me hice hiena*




*Por Juan Forn


Nadie se alegró demasiado en la Argentina cuando V. S. Naipaul ganó el Premio Nobel de Literatura en 2001. Unos porque no lo conocían, otros porque recordaban lo que Naipaul había escrito sobre nuestro país en 1974: un ensayo publicado en la New York Review of Books que se titulaba "Los prostíbulos detrás del cementerio" y explicaba la política argentina a partir de la vecindad de los mausoleos de la Recoleta con los inquilinatos que rodeaban al cementerio por la calle Vicente López (donde hoy se alza ese cachivache compuesto por los cines Village y su patio de comidas). Naipaul decía que aquellos inquilinatos eran un enorme lupanar, que las colegialas porteñas temían ser abducidas y terminar sus días allí y que la sociedad argentina se regía "por un machismo degenerado que considera que el lugar de
la mujer es el prostíbulo" y que la gran manifestación de ese machismo era la penetración anal ("sólo entonces es completa la conquista de una mujer para el macho local").
Naipaul se las arreglaba para enfurecer simultáneamente a peronistas, heraldos de la oligarquía, juventudes armadas, casta militar y eclesiástica y a casi todo el resto de los argentinos con aquel ensayo, ampliado y retitulado en su libro El regreso de Eva Perón, que circuló de mano en mano
y más bien clandestinamente por acá cuando se publicó en España en 1980 (los milicos de la dictadura por supuesto vetaron que se hiciera una edición local). Más o menos el mismo efecto han tenido sus libros sobre el mundo musulmán, sobre los países africanos, sobre la India, sobre las Antillas y demás territorios del Tercer Mundo que se le ha ocurrido retratar. Naipaul es capaz de escribir novelas fenomenales (Una casa para Mr Biswas, Un recodo en el río) y libros que dan ira y vergüenza a la vez (su libro Entre los creyentes fue definido como "una catástrofe intelectual" por el orientalista
Edward Said). Naipaul ha descripto como nadie la obscena superioridad moral con que el británico trata a los nativos de sus colonias o ex colonias, y el brahmin indio trata a las castas inferiores de su país, pero lo ha hecho adoptando los peores tics y miserias de sus focos de crítica. Por eso es tan odioso para la mayoría de los que empiezan a leerlo. Y para tantos de los que siguen leyéndolo. Porque ése es el tema con Naipaul: uno sigue leyéndolo. Y, cuando más lo está odiando, él se despacha con un libro fenomenal.
Es lo que sucederá en estos días con la publicación en simultáneo de El mundo es lo que es, una explosiva biografía sobre su persona (en la que él mismo confirma las revelaciones más escabrosas) y Cartas entre un padre y un hijo, la correspondencia que mantuvo con su progenitor desde que llegó a Oxford a los dieciocho años, en 1950, con una beca estatal y sin dinero, hasta que su padre murió, tres años después, sin que volvieran a verse. De los dos libros, la biografía es la que ocupará más espacio en la prensa en
las próximas semanas, si se repite lo ocurrido en el mundo anglosajón, porque Naipaul no sólo le dio carta blanca a su biógrafo (entre otras cosas le concedió acceso irrestricto a unos diarios íntimos de su esposa muerta que él nunca quiso leer), sino que le reconoció después que las barbaridades que decía aquella esposa sobre él eran ciertas ("Podría decirse que yo fui el causante de su derrumbe. Y sospecho que de su muerte también"). El libro revela, entre muchas otras cosas, cómo fue sodomizado Naipaul en la adolescencia por un primo mayor, cómo conoció, en aquella visita de 1972 a Buenos Aires, a una angloargentina que dejó a su marido y a sus tres hijos por vivir una historia de amour fou con Naipaul que duró más de veinte años y se basó en el sadismo sexual de parte de él (la sodomía y las palizas como
elemento central) y cómo dejó abruptamente en la estacada a aquella angloargentina para casarse con una millonaria hija de banqueros paquistaníes sólo dos meses después de enviudar de esa esposa inglesa a la que, según su propia confesión, humilló y maltrató hasta la muerte (de manera que los argentinos ofendidos por aquel ensayo de 1972 tendrán ahora todos los elementos servidos para hacer su interpretación psicológica del caso Naipaul).
Las Cartas entre un padre y un hijo, en cambio, ofrecen una oportunidad única para atisbar al Naipaul que pudo ser y no fue. Como se sabe, la familia de Naipaul fue parte del contingente hindú que el imperio británico trasplantó a sus dominios caribeños como mano de obra agraria hace más de cien años. El lado materno de su familia pronto progresó. El padre de Naipaul, en cambio, era hijo de labradores y periodista mal pago de un diario antillano. Además, Naipaul padre escribía. Humillado a la par por sus
compatriotas de casta superior y por los funcionarios coloniales británicos, escribía. Muchas veces a lo largo de su carrera, Naipaul hijo ha declarado que su escritor favorito de todos los tiempos es su padre. La frase parece una muestra más de su olímpico narcisismo. Lo que Naipaul se ha guardado siempre de decir es que su padre también fue su mejor amigo, y el único confidente literario que se permitió tener en su vida.
Es casi inimaginable que un padre y un hijo sean mejores amigos, especialmente si ambos son escritores inéditos, y pobres, y carecen de contactos con el mundo literario. Pero ése es el asombroso y conmovedor caso de Seepersad Naipaul y su hijo Vidia. "No apuestes mucho por mí porque si no lo consigo te decepcionaría y eso sería terrible para los dos", le escribe el padre desde las Antillas.
"Por favor sigue teniendo fe en mí hasta que te aconseje que dejes de hacerlo", le contesta el hijo. "Si hace falta vender esta casa para que sigas en Oxford, lo haré", le escribe el padre, cuando pierde su trabajo a causa de la enfermedad. A lo que el hijo contesta: "Sólo te prometo una cosa: te traeré conmigo a Inglaterra, y haré realidad un deseo que tengo: que puedas escribir tranquilo y que se publiquen tus cuentos. Pero por favor espera a ese momento antes de hacer cualquier tontería". La tontería, lamentablemente, ocurre: Seepersad Naipaul muere a los 46 años. Y Naipaul hijo escribe a su madre y a sus hermanas, antes de sumirse en una depresión que lo llevará a intentar suicidarse: "Era el mejor hombre que he conocido. Siempre he considerado mi vida una continuación de la suya. Pero ahora
deberé renunciar a la idea de hacerme mayor en compañía de él".
Después del éxito de Una casa para Mr Biswas, la novela de 1961 en que homenajea a su padre, Naipaul logró que se publicaran los cuentos de Seepersad (The adventures of Gurudeva and other Indian tales). Pero nunca hizo el menor esfuerzo por contribuir a la publicación de Cartas entre un padre y un hijo. Y se negó a leerlas cuando se publicaron. "No escribo para que me quieran", ha declarado muchas veces. Es cierto: le alcanzó con que lo quisiera una sola persona, un escritor inédito como él, cuando él no era
todavía la hiena que conocemos hoy.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-135205-2009-11-13.html







Aunados*



Los otros personajes me expulsaron
de todas mis películas


Me diluyeron, me exoneraron
me fusilaron o enterraron vivo


Me extirparon los otros personajes
alentados por el director o por el guionista


Según cada propuesta fílmica
por los productores, por los técnicos
y una vez hasta por mi representante


No desisten en colaborar
en la concepción irrefrenablemente mutilada


de mi trayectoria.




*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/



*


Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89

CONTENIDO:

ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.

POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
Poemas. Reynaldo García Blanco.

NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.

AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.

La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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Wednesday, November 11, 2009

EL QUE VE MÁS ALLÁ DE LOS SILENCIOS...


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS. (CUBA)


Etimología*




Mucha gente opina que no es importante conocer la etimología de las palabras. Saber porque al huevo se le llama "huevo", a la tortilla, "tortilla" y a Don José "Don Pepe", es imprescindible en estos tiempos.

Stefen Plumkier que dedicó toda su vida al estudio del origen de las palabras, la razón de su existencia, su significado y su gramática, ejemplarizaba con su léxico, depurado y generoso, al público que asistía a una de sus innumerables conferencias.

En la lección magistral que impartió en el Colegio de Astrónomos, cautivó al público con las aclaraciones que aportaba a un sin fin de preguntas relacionadas con la jerga científica del espacio. La mayoría tenían origen en las leyendas basadas en deidades, por eso sorprendió tanto que les hablara del Ogro.

Su voz resonaba en el claustro: "En Çatalhöyük, una ciudad que data del período neolítico, fue encontrado lo que se considera el comienzo de la historia de Anatolia. Se trataba de un fresco mural del año 6200 ADC, que presentaba en primer plano, las casas de la localidad, y al fondo, un volcán humeante en erupción; se cree que el volcán era el Hasanda. Otro fresco, actualmente expuesto en Ankara, representa pictográficamente el mismo pueblo con sus ciudadanos atemorizados por la visita de un ser tan grande, que les tapaba la luz del sol."

"El estudio conjunto de ambos frescos nos identifica el pueblo, nos da el censo de sus habitantes y nos descubre el nombre del Ogro" - Siguió Plumkier - "Este Ogro, que sumía al pueblo en la oscuridad, se llamaba Eclipse y es quien ha dado nombre al fenómeno que se produce al interponerse un objeto sólido entre un punto y un foco de luz"

La Comunidad de Astronomía, desde aquel momento, incluyó un Ogro en su el escudo como principal símbolo heráldico. El escudo se oscureció automáticamente.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es







EL QUE VE MÁS ALLÁ DE LOS SILENCIOS...





SOY *


“Dios dijo: Ama a tu prójimo, como a ti mismo.
En mi país el que ama a su prójimo se juega la vida.”
GIOCONDA BELLI -Nicaragua



Soy mi Dios.
El que decide los tiempos de mi lengua.
Tiempos de bonanza. Tiempos de sequía.
El que permite mi preñez de oveja negra.
El que ve más allá de los silencios.
El que rompe los breteles de la silueta ingrávida.
El que todo lo puede cuando no puedes nada.
El que enciende, implacable, los cirios de la aurora.
El que da vuelta el rostro cuando tu miedo implora.
El que corta cabezas.
Sandías recostadas a la vera del sueño.
El que tira cenizas donde duerme la lluvia.
El que corta la mano y el anillo.
El que lo engarza en un muñón de jade.
El que patea el último perro, en su última noche de agonía.
El que copula con la extranjera muerte.
Y la besa y la ensalza y la vuelve ventisca.
El que tira el tarot con los santos evangelios.
El que sabe que soy bruja, prostituta y madre bendecida.
El que deletrea los signos de mi nombre.

Soy mi Dios. Mi único Díos...y mi único Demonio.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








EL VIOLÍN MÁGICO*



Era sábado en la mañana, hora en que muchos niños duermen, pero al padre de David no les resultaba nada extraño que su hijo saltara por la ventana de la sala, corriendo rumbo al parque: sabía que quería ser el primero en llegar al concierto de Tonino.

Tonino era un anciano violinista que un día llegó a instalarse en el pueblo. Se decía que había sido famoso, que había viajado por el mundo, que tuvo un nombre, pero lo cierto es que jamás lo dijo. Un día alguien había llamado a su perro, gritando ¡Tonino! y como él volteó la cabeza, así quedó en la memoria.

No se sabe si por apego al trabajo o por amor a la música, todos los sábados, a las nueve de la mañana, se sentaba junto a la glorieta y dejaba escuchar dulces melodías para el que pasara, para el que se quisiera sentar a escucharlas, para las aves y para el viento. No lo hacía por dinero: alguien echó una moneda en el sombrero que descansaba a su lado y a partir de ese día no usó más sombrero. Tras este gesto todos se limitaron a disfrutar de la música. A su alrededor se reunían espectadores de todas las edades para dar bienvenida a las notas que hacía brotar de su instrumento. Cuando terminaba de tocar, se marchaba sin volver la vista, mientras un silencio reverente acompañaba su partida, como si el eco de su increíble virtuosismo estuviera presente, sin dejar lugar a las palabras.

Desde que tuvo edad para ir solo al parque, el primero en llegar al concierto, el que se aseguraba el mejor sitio junto, el que escuchaba con más atención, era David. De tanto llegar temprano logró romper el mutismo del violinista, que de preguntarle su nombre y su edad pasó a escuchar sus historias de la escuela, del hogar compartido sólo con su padre, de sus aspiraciones... Y por increíble que parezca, se habían hecho amigos.

......................

Ahí llega David, sin resuello, y el músico lo recibe con su mejor sonrisa:

- Temprano, como siempre… ¿Sabes que falta una hora para las nueve?

- Nadie me quita el mejor lugar – dijo el niño.

- He venido sólo por ti. Cuando lleguen los demás, no estaré – le confiesa el violinista.

- ¿Cómo? – titubea David – No entiendo… ¿Vas a desaparecer?

- Me voy a otro sitio donde estaré mejor. No le digas a nadie… será como si me hubiera hecho invisible – mueve los dedos ante sus ojos, como haciendo trucos de prestidigitación.

- No te vayas. ¡Me has dicho que somos amigos! ¡Los amigos no hacen estas cosas! ¿Qué va a ser de mí sin la música?

- La tendrás. Irá contigo, si lo deseas, a donde quiera que vayas – asegura misterioso el anciano -. Cierra los ojos y estira las manos.

David obedece, tratando de evitar las lágrimas y siente un peso leve sobre una mano, luego siente que cierran su otro puño sobre algo más consistente, suave y liso. Abre los ojos y no puede creerlo: en sus manos está el violín de Tonino.

- Es tuyo, te lo regalo – dice su amigo.

- No puedo aceptarlo, ni siquiera sé tocar – responde.

- Podrás – le asegura Tonino sonriendo -, te voy a decir un secreto que no puedes contar a nadie: este violín es mágico. Con él harás milagros.

- ¿Milagros? ¿Podré incluso ver a mi madre? – pregunta ansioso.

- Hijo – el anciano se incorpora de su banco -, eso sólo puedes descubrirlo tú mismo. Ahora me voy. Si preguntan por mí… ya sabes: no sabes nada.

David lo vio marcharse. Quedó a solas, en el parque. De pronto pensó en qué sucedería si comenzaban a llegar los oyentes habituales y lo veían a él con el instrumento en la mano. ¿Y si le pedían una melodía? ¿O si, al ver que él era incapaz de sostener siquiera el arco con soltura, trataban de quitárselo? Peor aún, ¿y si pensaban que él se lo había robado a Tonino? Corrió a su casa sin mirar atrás.

Por suerte, el padre leía el periódico y no advirtió lo que llevaba entre las manos.

- ¿Terminó temprano el concierto?

- Ajá – respondió el niño.

Ya encontraría después el ánimo de explicarle cómo había llegado el violín a sus manos; le contaría casi todo, excepto el secreto. Este lo guardaría para cuando pudiera hacer milagros. De momento tenía otras cosas en que pensar: No conocía a su madre, no tenía siquiera recuerdo de su rostro. Había unas fotos suyas sobre la repisa de la sala, una mujer joven y sonriente cuyos rasgos se le escapaban de la memoria. Comprendía que era imposible verla de otro modo, pero con un violín mágico, todo podía suceder.

..................

Pasaron los días, no uno, ni dos, sino tres largas semanas intentando arrancar al instrumento algo que no fueran chillidos de puerta oxidada, maullidos de gato arrabalero… Algo le decía que no lo estaba haciendo bien, porque por más que pedía un milagro: nada complicado como “ quiero volar”, sino algo sencillo como que lloviera para no tener que ir a la escuela, que el padre se ganara la lotería, o que no se quemaran, al menos por una vez, las tostadas… nada sucedía. Había que encontrar la solución, y una vocecita le decía que las respuestas estaban en el parque.

Volvió ese sábado, cuando se cumplía un mes. El banco estaba vacío. Ya nadie esperaba el concierto. Al otro lado de la glorieta distinguió el carrito de Pedro el heladero. ¿Cómo no se le había ocurrido? ¡Él tenía que saberlo todo!

- Hola Pedro – le dijo, acercándosele.

- ¡David! Pensé que nos habías olvidado – respondió el heladero.

- Este… - titubeó el niño - ¿Sabes donde vive Tonino?

- Ah, con que eso era – sonrió Pedro -. Tonino vivía en el edificio gris de enfrente, en el segundo piso. No está bien tener un amigo y no hacerle nunca la visita.

- ¿Vivía? – preguntó asustado David.

- No es lo que temes. Se ha mudado a un hogar de ancianos, una casa grande, rodeada de una verja de hierro, cerca de la costa. No tenía familia y ya no podía valerse solo con la misma facilidad de antes, a veces es importante recurrir a la ayuda que nos brindan los demás… Pero, ¿adónde vas, muchacho?

- ¡Gracias! – gritó el chico, agitando la mano en señal de despedida.


.....................


- ¡Papá! – gritó haciendo una entrada tan tempestuosa que chocó con el revistero.

- David, se diría que vas a apagar un fuego. ¿Puedo saber qué te ocurre?

- Papá, mírame a los ojos y responde, ¿crees que soy un buen hijo?

- De lo mejor que hay, no quiero otro – dijo el padre y aspiró su pipa.

- ¿Crees que pido demasiado?

- Pues no, no lo creo… - lo miraba intentando escudriñar su rostro.

- O sea – hay cosas que toman su tiempo -, que si te pido algo muy, pero muy importante, me vas a complacer sin hacer preguntas...

- Ojalá no me pidas la luna.


...............


El hogar era amplio, se respiraba aire puro, proveniente del mar cercano. Los ancianos se veían felices, algunos jugando cartas o ajedrez, otros tomando fresco en sillones, algunos deambulaban de aquí para allá... David suspiró con alivio, había tenido miedo de encontrar algo con aspecto de cárcel - “una casa grande, rodeada de una verja de hierro” -. Al fondo, recostado a un almendro, distinguió a su amigo escuchando el canto de los pájaros. La música, aún sin violín, continuaba acompañándolo.

- ¡Tonino! – lo llamó, corriendo a abrazarlo.

- ¡Mira a quién tenemos aquí! – dijo el anciano sonriendo.

- ¿Sabes? Pensé que podía hacer el milagro. Pero hasta ahora: ¡Nada!

Tonino rió, se frotó las manos y señaló dos sillones de madera vacíos.

- David, vamos a sentarnos. Te dije que mi violín era mágico, no que la magia vendría sola, o por el camino fácil. Se necesita más que el deseo de que ocurra algo para que esto ocurra, aunque desear con intensidad sea el primer paso.

- Y, ¿qué tengo que hacer para lograrlo? – preguntó ansioso el chico.

- La magia del violín es algo que sólo puede pasar del maestro al discípulo, cuando haya llegado el momento, no antes, ni después.

- Entonces, por favor, ¿puedes hacerme tu discípulo y enseñarme a hacer magia con el violín?

El viejo sonrió de nuevo y le tendió la mano. El muchacho la estrechó.


.............


Día tras día, lloviera o brillara el sol, al terminar sus clases iba David, con su violín bajo el brazo a recibir las lecciones de Tonino. Y domesticadas, ordenadas, cada vez con más facilidad, iban saliendo las notas de las cuerdas del instrumento al ser acariciadas por el arco que empuñaba la mano que, al paso de las horas, iba dejando atrás la infancia.

Pronto amó tanto la música que comenzó a olvidar los milagros para disfrutar el sortilegio que se abría ante sus ojos cuando colocaba el violín en su hombro, transportándolo lejos de su cotidianidad. Ni siquiera se percataba de que a su alrededor se iban reuniendo los residentes del hogar, a quienes regalaba cada tarde horas de ensueño que les ayudaban a soportar el peso del tiempo.


......................


Pasaron los años, tantos que sumaron veinte.

La noche de su primer concierto, recordó las palabras de su amigo, aquellas que habían reconfigurado su destino. Y comprendió que la música es magia más allá de la tela que divide al mundo real del imaginario, al sueño de la vigilia, capaz de hacernos olvidar los deseos individuales para sumirnos en un universo sin distinciones de edades, fortunas, naciones o credos.

Intuyó que sería capaz de volar con solo proponérselo.

Mientras las notas que salían de sus manos formaban una alfombra infinita que lo elevaba por encima de la multitud que lo aclamaba, supo que Tonino, en algún lugar remoto e inalcanzable, también lo estaba aplaudiendo, y comprendió que ése era el momento tan aplazado de la entrega del secreto… Arcano que un día él tendría el deber de transmitir a su discípulo, porque así lo exigían leyes más allá de la comprensión humana.


Esa noche, en sueños, vio el rostro de su madre.



*de Marié Rojas.







EL GOL DE BORELLO*


A Elvira Onega



Yo fui de los últimos que vio jugar al Chiche Borello.
Usted me dirá que no era lo que se dice un crack -cosa que yo no comparto- porque ¿qué es ser un crack?
Sí, ya sé, adivino la respuesta: “Crack eran Lallana, Juancito Renzi o el Pelado Míguez, un poco más lejos”.
Pero mi concepto de crack tiene que ver con la alegría, que se le regala a la hinchada. Sí, sí y también con los resultados y además, si bien –concedo- no tenía una gambeta endiablada como Juancito, su fútbol era realmente alegre, pasaba la pelota como si la acariciara, corría muy rápido y como si eso fuera poco a veces la mandaba a la red.
Ya sé que casi nadie se acuerda de él, salvo algún veterano memorioso como yo y si no pregúntele al Gallego Blanco, que parece tener en la cabeza una matriz de todo lo sucedido en el pueblo desde hace 56 años, que es su edad, como la mía. Sí, ya sé que ahora está viviendo en Madrid, pero eso sólo es un detalle no un argumento.
Usted me da otra opinión, me tira otros nombres, que yo discretamente callo. Esos jugaban porque eran los novios de las hijas de algún miembro de la comisión directiva o los apadrinaba el presidente del club, que para eso era generoso, pero en verdad eran pataduras. Delanteros que no le hacían un gol ni al arco iris, arqueros que no “atajaban nada, ni el aire”, según la expresión del Gallego Blanco.
No me diga a mí, quién era el Chiche Borello. Sí, también me enteré de que murió muy joven, lejos de allí, en un remoto pueblito de la provincia de Córdoba. Al menos es lo que se comenta en el pueblo. Ojalá no sea verdad.
El Chiche Borello, como le pusimos nosotros, es el mismo jodón y bromista que ustedes llamaban El loco o el loquito Borello o simplemente Borellito, los más concesivos o generosos. Loquito Borello de aquí, loquito Borello de allá.
Sí, ya sé que ni siquiera había nacido en el pueblo y que estuvo muy poco entre nosotros, porque al padre –jefe de Estación- la empresa del Ferrocarril Mitre lo trasladó muy pronto. Pero vivió los años básicos de su adolescencia entre nosotros y tenía apenas cinco o seis años más que la barrita que lo seguía y era –obviamente- nuestro ídolo.
Recuerdo también aquella delantera gloriosa y goleadora, que se divertía humillando al adversario, la que integraba con Juancito Renzi, Palito Piombi, Costeleta Ardiles y el Negro Ismael Durán –un once de los de antes: zurdo y goleador-.
Sí, también supo jugar con el 9 a la espalda mi después amigo el Negro Bonomi, que abandonó el fútbol muy joven. De los otros, de Palito y Costeleta poco puedo decir, sólo que eran los galanes del pueblo. No, no digo que no supieran jugar o que no sintieran el fútbol, pero siempre se me ocurrió que estaban en otra cosa.
De todos ellos, sólo Durán y Juancito y el propio Chiche pasaron a primera división, y aunque no los recuerde es seguro que jugaron juntos más de una vez. Aunque el Chiche jugó muy poco, los otros siguieron muchos años vistiendo la gloriosa casaca colorada.
Usted me dice que al Chiche lo pusieron porque se enfermó el titular –el Loco Moreno, un rosarino que vistió durante años la número siete, que jugaba bien, pero se vendía muy seguido en especial con los clásicos –y, sí ¿de qué otra manera se ganaba un puesto en aquel tiempo de grandes figuras? Buscando en la Reserva quien jugara en ese puesto, así, muy simple.
Pero ese día del debut hizo un golazo, disparándole al arco desde muy lejos, aunque dejó la sensación que quiso tirar centro. Al menos eso fue lo que se dijo, pero ese día el equipo ganó –si bien a Deportivo Gödeken que iba último- y pudimos festejar hasta quedar roncos y él empezó a ser nuestro ídolo. El Chiche tenía 16 años.
Me molesta la gente que quiere restar méritos a otros y tratándose de Borello yo creo que él los tenía de sobra.
Yo lo recuerdo con el pelo cortito, rubión, la cara redonda, colorada y lampiña y ese lunar en la mejilla derecha. Cuando caminaba daba la impresión de hacerlo con una música adentro y se me hace que era esa música la que lo acompañaba para jugar con total libertad, con total alegría. Porque uno puede ser oportunista con el arco del contrario, pero con la alegría no. La alegría se la tiene o no se la tiene. Con la alegría se nace. La alegría es algo más hondo y es más bello cuando es contagiosa, que es lo que el Chiche regalaba. Contagio.
Y él caminaba como si estuviera no en la cancha, sino bailando foxtrots con la Cuca Marcelo o la Chuchi Reinoso –dos beldades máximas de aquel tiempo- en la inolvidable pista del Club Huracán, con su impecable traje blanco, de un blanco blanquísimo y los zapatos del mismo color, camisa también blanca y una corbata roja, rojísima, y que era el corrillo de todas las viejas.
Una vestimenta que alimentó la idea de la trasgresión, pasándole el mote de loco con que lo conocían los mayores. Sí, concedo, en aquel tiempo vestirse así era estrafalario, pero a él no le importaba. Solamente a un espíritu libre como el suyo no le importaban las habladurías, es más, las degustaba lentamente como a un vino añejo.
Además era el único de todos los jugadores que hablaba con nosotros, que nos tenía en cuenta a los hinchas que ni pasábamos de diez años. Tanto es así, que cuando hacía un gol se llegaba hasta detrás del arco que da a la casa de Perfecto Escobar y lo gritaba con nosotros. Sí, le digo la verdad, ¿acaso no recuerda que en el aquel tiempo el tejido y las alambradas no estaban? Lo curioso es que usted no recuerde –ya que tiene más años que yo- ese gol que le hizo morder el polvo al temible e invicto Club Atlético Chañarense, que ese año venía matando, puntero, cómodo.
Pero es más curioso que ahora diga que fue un gol de chiripa, de pura buena suerte que siempre tuvo Borello. Ahora va a decirme que sólo fue titular también por tener mucha suerte.
Ese gol –lo recuerdo- lo hizo casi de espaldas al arco y casi en la esquina del banderín del córner. Había recibido el pase de Juancito y se vino pisando la pelota, por el costado derecho de la cancha –su costado- a diez centímetros de la raya, la venía pisando como siempre y dejando adversarios por el camino, y venía riéndose como siempre hacía, hasta que se terminó la cancha. Vio el arco -vio, o lo tenía estudiado- y pegó de media vuelta, fuerte, de zurda y la clavó en el ángulo derecho. Nosotros estábamos detrás del arco, sentimos –lo siento todavía- vibrar el palo con violencia durante unos segundos y la pelota besó fuertemente la red.
Y usted me dice que fue suerte.
Y para colmo, por educación no le puedo responder lo que me gustaría, lo que en definitiva se merece.
Pero toda bonanza es breve, como sabemos, y él se fue con su familia y al parecer –siguiendo el camino de los héroes o para acentuar el mito- muy joven murió.
Al menos es lo que he oído y ahora usted me lo conforma.
Sé por Osvaldo Gago que al pueblo nunca volvió.
Sí, también supe que dejó una pobre novia esperando. Sí, ni una carta siquiera.

No, no sé el nombre de la muchacha y le diga la verdad, si lo supiera, no se lo diría.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






*

su huella aquí en el pasto/ su pisada/ y ver caer al hombre
en la gramilla/ los extremos de la carne/ brazas/ brazos caídos
como otros/ en el colchón de pasto desde el agua/ fuego
aquí en el agua/ el crecimiento de la carne dado el lago/
vino entre las piernas/ el cuchillo/ el rastro del cuchillo/
entornándose las placas de la arena como sombras/
círculos de manos/ no/ de manos/ lo apretado/
en el colchón de carne/ lo difuso/ el pecho abierto
hacia lo móvil/ vuelo entre las aves/ la fogata



*De Liliana Celiz lilianamariaceliz@yahoo.com.ar






Secos y mojados*



*Miguel Grinberg
11.11.2009


Las evidencias están al alcance de quienes quieran considerarlas: algunas regiones de nuestro país sufren una sequía endémica, mientras otras se encuentran afectadas por dramáticas y cíclicas inundaciones. Ello afecta el ciclo normal de las cosechas y la producción de alimentos, causa la muerte de muchas cabezas de ganado y otras especies comestibles. No se trata de huracanes, tifones, monzones o tsunamis asociados con un famoso "desorden climático" que los políticos del mundo debaten día por medio sin lograr acuerdos significativos. Hoy se trata de algo usual, cotidiano. Casi burocrático.

Hace una semana, la Organización Meteorológica Mundial (OMM, que monitorea todo el tiempo la temperatura máxima y mínima del ambiente natural del planeta) verificó 46,5 grados en nuestro Santiago del Estero y casi 60 grados negativos en la base rusa Vostok, en la Antártida. O sea: una
variable de más de cien grados de temperatura en el hemisferio Sur.

No me referiré a hielos crecientes o menguantes, ni a los gases de efecto invernadero, ni a presuntas culpabilidades del mundo industrial. Sabemos que varios miles de hectáreas se han quemado en la provincia de Córdoba, donde se ha impuesto el racionamiento de agua: hace meses que no llueve sobre
alrededor de cinco millones de hectáreas cordobesas. El Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria informó que algo análogo afecta al oeste y el sudoeste de la provincia de Buenos Aires, el este de La Pampa, casi la totalidad de San Luis, Santiago del Estero, el Chaco y el norte de Santa Fe.
Simultáneamente, las aguas del río Paraná (debido a lluvias torrenciales en sus cuencas superiores) anegan las costas de Corrientes y Entre Ríos: miles de vacas han muerto pues sus pastos están sumergidos. Las pérdidas materiales de los pobladores ribereños son cuantiosas.

Uno de los fenómenos climáticos más notorios de la última década se denomina tropicalización. Indica que las fronteras tropicales, cuyos paralelos pasan por determinadas latitudes conocidas como Trópico de Cáncer (en el hemisferio Norte) y Trópico de Capricornio (en el hemisferio Sur), vienen expandiéndose en ambas direcciones e incrementan las temperaturas de las regiones implicadas. Entre sus efectos más notorios el fenómeno lleva consigo plagas de mosquitos vectores de enfermedades como el dengue.

Una señal de los impactos económicos de tal alteración de la temperatura ambiental, aparte del pertinente impacto en la salud pública, surge del modo en que afecta sembradíos específicos como, por ejemplo, los viñedos. En consecuencia, hace una quincena, la entidad Consorcios del Vino, que agrupa
a unas noventa grandes firmas viñateras de Chile, prestó atención a los consejos de una importante empresa consultora internacional y planea trasladar sus cultivos hacia el sur de ese país porque en las zonas tradicionales todo se está volviendo más cálido y más seco.

Para saber lo que nos espera, basta observar a Australia, que durante la última década padece duros impactos de sequías e inundaciones como las ya mencionadas antes. ¿Por qué? Porque si tomamos un planisferio y analizamos las coordenadas geográficas notaremos que estamos en la misma latitud, que
es la distancia que existe entre un punto cualquiera y el Ecuador, medida sobre el meridiano que pasa por dicho punto. Buenos Aires (Argentina) se halla en 34o latitud Sur y Sydney (Australia) en 33o latitud Sur.

El proceso ambiental que reseca a unos e inunda a otros en un mismo país surge de una alteración del ciclo hidrológico (circulación de las aguas).
Primero, la luz solar evapora la superficie del océano y el vapor condensado se convierte en nubes que flotan hacia los continentes. Al precipitarse como lluvia o nieve, el agua se escurre hacia ríos, arroyos o acuíferos, o queda contenida en la alta montaña, helada. Los bosques son los riñones del planeta y retienen el líquido como esponjas. La evapotranspiración de los árboles devuelve el agua al cielo pero, cuando son talados, el circuito se corta. La tierra se reseca, el suelo se desertifica. Las nubes se van. Allí donde no reaparecen, la arena gana el territorio. Allí donde sobran, la gente anda con el agua al cuello. Secos unos, mojados los otros.

¿Quién monitorea estos asuntos en la Argentina? ¿Dónde se compilan y clasifican para volcarlas al ámbito público las abundantes informaciones referidas a las macrooscilaciones inducidas desde el océano Pacífico por las corrientes del Niño y de la Niña, sin olvidar a la corriente del Golfo, a
propósito de las convulsiones oceánicas y climáticas? La OMM lo hace desde su página web.

Cuando arden miles de hectáreas, ya es tarde. Sin una ecología preventiva, la buena tierra sucumbe sin remedio.


*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=33751







Y como siempre*




Es de un colgajo
mi colgar

y de una baba
mi babear

Es de una remanida utilería
mi inutilidad

Es desde una edad provecta
en la que me
entenebrecí
que alumbro

Asisto a un alumbramiento
como colgajo y baba

Y como siempre
soy un adolescente denso
perfectamente
de utilería.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








Correo:


Noticias de Argentina*


"Argentina afectada por un paro del Metro". ¿Argentina? Yo creía que Argentina tenía algo más que 200 Km cuadrados.
Durante 45 años viví allí, en lo que los medios llaman "Argentina". Ahora, desde 2006, vivo en el País Real, ese que se extiende por varios millones de kilómetros cuadrados y en el que vive el 93% de los habitantes.
Sí, hablando de este tema, hay un 27% adicional que vive en eso que podrían llamar los funcionarios y los medios como "lo que está rodeando a Argentina, el Conurbano".
Sin ninguna necedad de mi parte, considero que esto nos ocurre desde hace, por lo menos, 199 años. Sí, porque la Revolución de Mayo no fue de los argentinos, sino de una minúcula perte de los Porteños. fue mas "argentino masivo" Diciembre de 2001 que las reuniones de la Junta (de Mayo).
Varios (Muchos), millones de Argentinos nos estamos por quedar sin agua potable. Varios millones no la tienen nunca. Salvo cuando la línea del (café) editorial anuncia "esta semana tapamos todo con los muertos de hambre de la Puna o del Chaco".
Ahi, nuevamente, aparece un pequeño porcentaje del País intentando representar un todo.
¿El final de estas líneas? Ninguno.
La cruda realidad y la hipocresía mutua de Argentinos Reales - Argentinos Porteños parece no tener fin: Unos son cobardes ante el Poder Central y otros desprecian a todo lo que no habite entre Avenida Rivadavia y Nordelta.
Solo tendrá final una carta como esta, cuando el intendente de un lugar cualquiera sea capaz de plantarse en serio ante la Capital Provincial o la Capital Nacional. Sus actitudes cobardes son lo único que sostiene el centralismo.
Lo he presenciado en los tres espacios: Gobierno Central, gobiernos Provinciales y Gobiernos Municipales.


-Noviembre 10 de 2009-

*de Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- DNI 14.381.615 - Ingeniero White - Buenos Aires



*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/



*


Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89

CONTENIDO:

ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.

POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
Poemas. Reynaldo García Blanco.

NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.

AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.

La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
www.euroyage.org

Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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Monday, November 09, 2009

SIN MOLESTAR AL VIENTO NI AL SILENCIO...



*Ilustración de Freyja. freyja_walkyrien@hotmail.com




Poema de Cachi*



*De Horacio C. Rossi - en la terraza
(Oct.1953/mayo 2008)



Poema de Cachi … sin molestar al viento ni al silencio…
alta naturalidad de luna y sol
y frío (para mí: llego del llano, de los grandes ríos)…

y es así…

sonando esa lengua kakán de los hombres y mujeres llamados, según dicen, pulares, cuyos misterios todaviaún persisten…
lengua castellana de acá,

como la lengua venida de por allá, traslamar, y que una vez fue mía, la de allá, venida, y que ahora me hizo suyo, la de allá, llegada…

sonando esa lengua kakán, digo, sobre la vía del río entre los inmensurables cascotes…
en viaje presoñado, hacia poema…
pudiendo castiya, ansiando kakán para el poema…



(*)


Poema de Cachi… palabras que no quieren molestar al viento ni al silencio…
pisando las mismas calles que pisaron los hermanos mayores… los Dávalos, Leguizamón, Castilla…
me visto con sus nombres por dentro…

Y sigo anotando, ya de vuelta en casa, sin molestar, yo también, ojalá de silencio,
el de allá, el de acá, el de allá bajo viento, el de acá bajo ruído…

Algo quiero haber aprendido, y me miro los dentros para saber
… (ya falta menos)…
y me toco los días en Cachi, la casi nada que estuve ahí, mirando y ojalá, tan ojalá, si, algo viendo…



(*)



Viéndome, por ejemplo, frenado a propio miedo, todo entero yo, ante una tal Quebrada del Diablo, supongo, nombre que ni oí, y por supuesto que ni la bajé,
frente a los volcanes gemelos de cráter lateral, como en espejo, vieras Vos,
cerca La Poma de la Eulogia Tapia:

es como que me quise seguir estando acá, en esta casa casi todo el tiempo ajena, mundo de las zonceras, de la ciudad,
no quise confiarme al precipicio… en verdad…
desorientado, yo, conmigo,
como lo estarían allá los kilómetros decimales si existieran…



(*)



Sobre esa ruta usurpante del camino peatón de los chaskis correos trotadores
hacia y desde el Qosko Cuzco, portando quipo khipu, registros en código de barras legible en quichua keshua,

pero sonando en la prohibida y arrasada lengua kakán su corazón de aún hoy caminadores a paso digno de admirar…



(*)



y así hasta ahora, bajo todos los dominios que siguieron habiendo por lo que ahora son siglos de la era vaticana,
y que ellos siguieron sufriendo bajo las indignas de nombrar basuras que los siguieron explotando con bandera y moneda y guardia propias hasta cuándo…

“¡Señores Dueños de Casa: tengan firme su bandera, / que venimos desde Salta levantando polvadera!” decía la canción…
yo no comprentendía, claro, era niño, cómo podría haber otra bandera…
(mi mamá, maestra, me había dicho que había una sola…
parece que había muchas)…



(*)


Poema de Cachi… el tiempo es de mañana…
Cachi, sitio del último engorde de los arreos herrados, antes de tramontar rumbo al Sol, alto, o al Sol, poniente…
Cachi Adentro… con río de cascaditas… sitio de enseñar… algo pude aprender:



(*)

Aprender que no se gasta la piedra, bajo l´agua, yuyo a yuyo…
apenas, sí, se gastan las chapitas rotas de tierra asada, pinturadas, rojo y negro el marrón, con amarillos talvez, no las ví bien…

¿Rotas por qué, rotas para qué?…:

por y para que ya no tenga agua de nieve o de bicho… ¿quién?…
agua de tajo en la nube de hielo con nieve o en la tibia garganta del bicho… ¿quién?…

por romper el invasor las cosas del que ahí estaba, para que no tenga…
o por rompérselas el koya diaguita al que venía llegando, para que no tenga…

y no pueda guardar y deba se ir…
que, si no puede guardar agua, tomará hielo… tragará carne cruda y sangre y polvo… en fin…



(*)



Yo me mostré haber aprendido a lavar las reliquias monedísimas… admirarlas hasta sentirlas dentro…
y dejarlas poray… que todo eso es su casa….

Pasante, yo, nomás,
llevado por alguien del lugar, que acaso nació siervo,
y cantó, para otra turista y para mí, su copla a la Pacha Mama, tierra mamá, en los graneros secretos de los inka inca inga:

¡kusiya kusiya!... ¡animate, Mamá, Tierra!...

“tengo un vario sentimiento” cantó el guía... algo así… “madretierra”…



(*)



Agrego yo:
no sagrada, porque nada ni nadie, Señora, te hace serlo:
Vos ya sos lo que eso querría decir…
y no hay palabra, entonces… ni hace falta….:

tierra, madre, vida, amor, luz, no necesitan ninguna otra palabra,
no son menesterosas…:

¡kusiya animate, mamá!:
está pasando lo que tenía que pasar…
ciertas cosas están, pero pasando…
Vos sabés muy bien…
y pasarán…
porque pasa lo que tenía que pasar:

¡kusiya kusiya, pacha mama!...



(*)


y hay alegría en el hogar…
de rojos tapiales el hogar, color brasa del fuego:
esa arte del fuego que calienta las cosas de la vida, todas naturales:

las que parece que se mueven… las que parece que no… sin fin…
las pobrecitas que parecen gente… las que todaviaún no… las que ya no… sin fin…



(*)



y anduve, también, “la capital” del Koya Suyu, provincia incaria de todo por ahí, toporay quel crioyo diz, esa Casa Morada, en La Paya,
sitio que apenas si me parece o creo nomás visité – rollo de fotos que perdí…

diluyendo miedos y ahogos, esponja exprimida me llamo en el cuaderno…
pampeano, yo, del río Paraná,
caminando, ahí, yo, siempre, a (pajueranos o sea extranjeros a más de convencionales o sea inexistentes) tres mil metros decimales de altitud

sobre el nivel actual de la mar que alguna vez dejó por ahí su sal y sus reliquias…

solo, conmigo, en la mañana desabrochada, andariego, peregrino:
morral, cámara, prismáticos, turista...



(*)


p o e t a
(eso, tenía en común: de eso, había)
(por eso, me sentía recibido)
(y lo era, lo estaba, o no podría estar anotando ahora esto)…



(*)


Poeta venido, y llegado en buenhora
– fatiga
y a la vez descansancio –
dejando las reliquias en su sitio,
las huellas de ya haber estado por acá…

cuando era alguito, nomás, más nuevo el nevado que parece una montura perfecta para las dóciles llamas, generosas de entrega, allá atrás…



(*)


sitio lleno de niños ofrendados, de inexplicables ruídos sin derrumbes,
de avistamientos de no sé bien qué, muy bien escritos en las piedras caladas que hay

en el patio de la casa de arcada ojival:
arco de ojivas es siempre de casamayor o principal…



(*)



“No sé qué voy a decir de este viaje” anoté páginas antes de este borroneo en arreo…
y está bien… sigo así…
me voy enterando, al leer lo que escribo… lo que transcribo:

diz el cuaderno, a veer:



(*)


C a c h i …:
peña de la soledad – paisaje hermoso, en lengua kakán…
Ocasión de nombrar la verdad con belleza… por ello:
O c a s i ó n d e P o e s í a …

Originario, ya, Poema de Cachi… por cierto que sí…

Mera ocasión de “sal” para los inkcga,
como esta mi tierra Argentina fue mera ocasión de “plata” para los hambreados y ambiciosos de Europa, igual…



(*)

“líneas de argumentación para volantear a tejuela” anoté en Cachi, frente a la plaza, durante mi último almuerzo:
muslo de pollo, vino tinto de Cafayate, quesillo y miel de caña…
“estoy dado vuelta como un guante” anoté, etcétera…



(*)


Anoto a vuelatecla que, cuando el tiempo es de siesta, en Cachi,
el cielo arde,
hasta el fondo del silencio,
por sobre en cima de las cosas, todas ellas por siempre y para siempre vivas…

Cuando el tiempo es de tarde, en Cachi,
cambia color la luz, cambia la sombra,
cambia la noción de pensamiento, de sentimiento,
y tan sólo la hermosura y siempre el silencio permanecen igual…

Cuando el tiempo es de noche, en Cachi,
los turistas no nos queremos enterar qué tan afuera estamos de pertenecer a ese lugar,
y nos guardamos en los dormideros o salimos a pasear,
a comer algo poray, decimos, en sitios como también los hay en la ciudad,

o a que nos aplaste el cielo que no podemos concebir haberlo visto,
de tánto y cuánto que es…

Frecuentaré infinitamente estas nociones, hasta exponerlas cabalmente bien…
No me gusta anotar a vuelatecla – paro acá…



(*)


Anoto a bolígrafa birome, regalo de cumpleaños, invento argentino, no sé si alguna vez fue marca registrada (r.),

y digo que ahora en el Poema de Cachi yo anoto del convento novicial que ocupa ahora la casamayor (“Sala”) del señor feudal en el paraje Palermo

– quería que la gente tuviese muchos hijos, eso le gustaba –

y la escuela oficial puesta en algún galpón sobre la plaza atrio ondea su nombre de pequeña zorra, que callo con perdón de las reales zorrillas,
y en homenaje al querido poeta que se llamó acaso parecido nomás: no mas…

ondea su nombre para sobar el busto también lustrado a esclavo de los otros patrones…

y sigo viaje, repleto de asco y lástima…



(*)

comprentiendo que estamos cosechando esa siembra, con nuestra perplejidad de incomprensible, incesante duelo…

comprentiendo que tiene su justicia, la tierra, pacha,
y le pido perdón, otra vez, yo le pido perdón…



(*)


el poeta viajando por la ruta argentina 40, sin lágrima, mira, y vee…
está rojo el paisaje, atardecer…

atardecer que atardece también con ocaso para el mundo podrido, que se cae, nomás…
ya se cayó, ni por primera ni por última vez…

y que ojalá de abono digno de que ojalá algo bueno brote desde él…



(*)


ojalá que ojálah decimos, al modo de los moros, inmejorable…
y diosquiera decimos, que es lo mismo…
pero, yo, queriendo llamar a la madre, a la diosa…

que esta gente es la que sigue diciendo tener un dios que los tiene de dueños…
un tal diosmío con firma y sello y lloviznado con aspavientos…
que me importa y me aterra… pero no me interesa…

meros gestos huecos, vacíos de amor…
propios del mundo que se la pasa mostrando cómo ya se cayó…



(*)


Y así es cómo sigo viaje, alegremente, sigo viaje por el Poema de Cachi,
entre rojas arenas compactas, por ante volcanes acaso uno solo, gemelos mellizos siameses, quién sabe, no importa,
no le importa a la tierra,
a la piedra pomez de La Poma, en pirca jaspeada y en campo llamado negro, y claro, cómo, si no…

ni importa ni interesa la tánta lista de las tántas palabras:
todas sirven, nomás, para callarse uno, ahí… callarse… así….



(*)


El extranjero cuadernoso anotador, llevado en andas por un precio en moneda oficial, precio vil, através de las enormes valles del río Calchaki
(“los que vienen perdiendo”, que eso significa, si mal no recuerdo
– me miro al espejo, y lo confirmo),

valles que aquí nunca perdieron su índole de mujer, y por eso es que uno anda acunado, y nombra bien las cosas como a ellas les gusta que las llamen…



(*)


y el guía nos explica cómo se hace la chicha, en el burque ollón, ollaza, casi tinaja de hervir el mascado y macerado maíz
con el resto de l´agua que hará que alcance y baste y sobre para toda la vida…

y el churki (¿será nuestro aromito?) tiñe marrón…
la cebolla roja tiñe beige, diría mi mamá, si mal no comprentendí, copiando al voleo lo posible en el cuaderno de viaje, a paso de charla…
alzo semillas de aska, de leña dura, junto a las cataratitas de Cachi Adentro…

me destrabo… un poco… me distraigo…

las procesiones, hasta Salta ciudad, por allá, tras las impasables montañas:
desde Santa Victoria, 600 kilómetros, a pie…
130 kilos de balanza pesaba un peregrino: y llegó, a pocos pasos por vez…

y las danzas en trance de Luracatao, en fiestas ahora vestidas con nombres pajueranos… me faltó veer, tengo que volver…
tampoco estuve en Seclantás, la de la canción… y tampoco en Tastil…

y de bicarbonato para la coca, está la llista, che: ceniza de cortadera y papa hervida…

para yapar la coca…o sea: agregar, aditar, ¡mirá qué linda, mi lengua castellana!:
yapa y coca son voces quichas keshuas…

como el nacer críos yapa el jornal del deslomado en los cañaverales…
ya lo diz el diccionario: gratuitamente, sin motivo…



(*)


Me distraigo… me apaciguo… : quesillo y miel de caña… jarra de vino… tamal…
Repaso anotación: “turbina esmeril” anoté… por dentro de la “esponja exprimida”…

Ojálah transpire algo dignito, tánto aluvión…
en vayvén…

hace bien, regresar…

hace casi diez años pasé por allá atrás y seguí “al norte”, pal lao del Sol, alto…
y todos los ríos que mojan este Poema de Cachi se me están volviendo a secar hasta la próxima vez…
hasta que les sea el verano…
¡el “Padre Verano” del Manuel J. Castilla, por cierto!…
cuando deshiela arriba y además llueve en las valles…

120 milímetros decimales, decimos en la ciudad, ¡ah!, decimos, ¡miravós!, decimos:
yo nunca tuve un milímetro decimal, ni las 100 hectáreas que me tocaban cuando nací…

Yo tendría que estar hablando de Cachi, no de los milímetros ni de las hectáreas…
pero hablo de esto, porque estoy en Cachi,
o sea en la terraza de mi casa del bulevar en Santa Fe…

admirando el juego de estas acequias con su figura humana estrenando a cadenciosos turnos los cursos de las vías de agua siempre bebible
de esos ríos que fluyen hacia el Sol, que parecen subir, digamos…

(pimientos, habas…¡hippies!, en el camino a Cafayate!...)

hacia el norte, decimos: preocupados en que sea hacia el norte,
digamos que eventualmente también hacia el Sol, se podría decir, sí…



(*)


No tiene forma eso que Vos llamás Poema de Cachi, se me dirá…
Estoy nombrando cosas casi por primera vez, mirando y viendo qué hay, abarajando un aluvión…

Tirando másbién a desprolijo, tu Poema de Cachi, me dirán: le falta ritmo, rima, cadencia. Buen gusto…
Por cierto. Estoy total y absolutamente de acuerdo. ¡Y me río!

¡Cuidado!, ¡que voy a seguir!… :



(*)


Los hojaldres térreos del llamado anfiteatro junto al camino llamado del inkcga (inka o inca o inga) hacia las vinerías ahora de los doblemente pajueranos remotísimos…

en esta región o zona…

camino por donde se podría solazar el rey (por eso digo región)
como se solaza el Sol (por eso digo zona)… que solazarse es lo que hace el Sol…

en esta región o zona los hojaldres, digo, repito, mero eco todo yo, se explayan y cascotan, se pedrean y olean tiesos hacia allá,

que todo es ir allá, hacia allá,
allá, que no hay:
acá, es tan sólo poronde uno digamos que pasa,



(*)


admirando las arbolitas breas todas enteras verdes, sin hojas, todas hoja, hoja con forma de arbolita,
¡h o j á r b o l!...
que, si no tuviese la foto, no las ví, no había…

admirando…
las casas de adobe,
sin tiempo ni para qué, el tiempo ese, decime Vos…
adobe con cuál yuyo dentro…
tampu tambos, bien del tiempo de antes…



(*)


y me quedo callado… hasta que oigo la palabra:

“Ñ A U P A”: “hasta donde lo de atrás tiene fuerza hacia delante”. . .



(*)


Y paro, para agradecer:

¡Muchas Gracias, Santiago Casimiro!
¡Muchas Gracias, Katia Gibaja!
¡Muchas Gracias, Hugo Pérez!
¡Muchas Gracias, Zuleta!

(no me quiero olvidar de agradecer:
o no aprendí nada en la vida)



(*)


Los tampu “tambos”,
palabra hoy reducida a nombrar meros sitios de ordeñe vacuno, allá lejos, en la pampa húmeda litoral,
eran populosas poblaciones en el camino, centros de interminables incesantes caravanas, con todos los servicios todos los servicios todos los servicios todos…
incluídas las estatales “alegradoras” y las llamas de donosas vulvas sifilizantes…

y digo además que los tampu tambos tienen esas digamos que son ruínas porque se caen de esperar, como con guiño, al tiempo que no existe…

no existe, salvo hasta donde pueda llegar esa palabra ñaupa, que ahora sé por qué siempre me gusto tánto…
por qué la nombro, y me siento en casa…



(*)


Y ahora anoto a lápiz, mi preferido modo de escribir, lápiz sin esmalte, para que mis dedos escriban tocando directa madera…
Anoto a lápiz para seguir remando los día pasados en Cachi, pro poema… Poema de Cachi…

Sopando el pan casero en la cazuela de los datos religiosos, por ejemplo:
la procesion llamada del milagro, conjurante de terremotos, agradeciendo que no más,
enropada dentro la iglesiería pajuerana, de los que llegaron enlatados a brutear y más o menos siguen nomás así…

Pero estoy hablando de cosas sanas… así que sigo hablando para decir que:



(*)


Así, con ese ropaje, nadie nota
ni los yelmos de plata omawaka humahuaca…
ni los gorros tejidos en cono, otravez rellenos de vida hasta la punta…
ni los niños que aún tienen las aires de su última diurna luz en los pulmones,
como los de allá, en el nevado Yuyaiyaco, “memoria en l´agua”, que eso dice esa palabra ahí…

naides: muchos nadie, nadie de los naides

nota los pisones de piedra volcana, blandidos, en fiesta, por las serpientes brillantes túpaj amaru,
disfrazaditos hoy de malteados ningunos que ni reptan ni brillan,
pero siguen naciendo…

siguen naciendo…
la montonera, propriamente:
la del Cacho Peñaloza, la del Felipe Varela, la del Juan Calchaki,
siguen naciendo, estando, perdurando…

andando las inmensidades por esas vías que son apenitas una línea entre luces…
que las sombras son luces…
con puntuación guijarra, entre las tunas y las breas removibles a pie firme o a bastón, y uno entonces pasa, fácil…

la multitud de solos, la muchedumbre de únicos…

tatuados desde antes de nacer con la cóndor, la puma, la serpiente

y el duende, ese diablo farrero limpiador de penas del vivir, que eso es todo,
ni culpa ni pecado…
que esos ruidos pajueranos nos quedan siempre afuera

del tronar de los tambores achicados que usamos ahora, corazoneros, sombra de la latencia de la tierra…
y de los chiflos silbos pinchos chuzos de las flautantes quenas kenna… solas y sueltas o armando las jangadas del siku simple o múltiple…



(*)


y me nace la copla:
no es tropilla esa gente
ni tiene nadie al frente

no saben que lo saben, pero lo saben muy bien…



(*)


(a vuelatecla inserto que todos andamos como destetados prematuros, buscando amarre para nuestra deriva camalotal, buscando dueño…
quién se haga cargo, que no hay, quién nos contenga, que no hay, quién nos conduzca, que no hay, quién responda, que no hay…
y pagamos, caro, en vida, en salud, en alegría, en dinero, por ese servicio que ya sabemos que nadie nos presta:

no sabemos que lo sabemos, pero lo sabemos muy bien)…



(*)


retomando el verseo meramente hablador,
para decir que quién va a notar que están con las hachas doble faz labradas en delirio de tramas y texturas, bajo los huesos,

brindando con esos vasos kero, si es que anoté bien, brillosos de esmaltes invulnerables y ahora también de material plástico,
con ya anuales chorreaduras de cerveza o de coca cola (r.)
o de la chicha amarilla como un Sol mojado y repartido en las manos las bocas las tripas
de la gente gastando los pavimentos de la plaza del Cabildo de la Salta ciudad…



(*)


(ví la foto en el diario de Cachi,
por donde parte de toda esa gente pasó, de ida y vuelta, como a cada giro de la tierra en torno al Sol,

rogando por ante las banderas rojas del Gauchito Gil, aportando botellas con agua para la Difunta Correa, doña Deolinda, ¡kusiya, kusiya!)…



(*)


vistiendo las plumas largas pero opacas del jote o del kuntur cóndor, idóneos cómplices para pasar inadvertibles, también por adentro del cuerpo y de la vida…

acaso por defuera, las plumas, ya de plástico, más baratas y entonces mejor posibles de poder comprar al malvender los papeles y cartones,

y ondear bailando en alabanza de la señora y el señor del milagro…



(*)


los ningunos que siguen naciendo y estando …
y los turistas que, también, algún día dejarán de estar
y empezarán a ser…



(*)


comprar, digo, adquirir las plumas del cóndor y del jote y también,
para adorno de los yelmos de plata, y también como esas mantas poncho,
las pieles, con pezuñas y colas, del gato uturunku uturunco,

cuyas manchas son “Las Pléyades” de los pajueranos,
arriba del cielo que dejamos vacío cuando ellos llegaron,
y, fijate Vos:

se están muriendo de soledad, por no darse cuenta de que el vacío está lleno:
que hay que fijarse, precisamente, en eso:
en el vacío que hay entre las cosas, que es donde está lo que hay que veer…:

las estrellas son apenas las manchas de una piel… (dicho con guiño)…en fin…
supongo que ya irán aprendiendo…



(*)


YO vi la foto en el diario de Cachi, por eso anoto esto en el Poema de Cachi…

y, en serio, no se notan ni las plumas jaspeadas y ni las colas moteadas chorreándose al viento desde los yelmos de plata batida y labrada,
forrando los escudos de cuero duro y de madera curada y de piedra liviana…

los pajueranos ahora tan sólo quieren llegar a veer, al mirar, el uranio fosforescente, el oro a lavar de la montaña con cianuro,

que para ellos no es la sangre del Sol, asícomo la plata tampoco es nada de la Luna…

mientras chupan como esponjas en las carpas del campo o en los galpones para turistas el famoso “vino salteño, / macho sin dueño” de la famosa canción…



(*)


Todo lo cual yo anoto a lápiz, o sea:
carbón de madera dentro forro de madera rayando papel de madera,
según yo:

ejerciendo el don, poeta que soy…:
en el poeta yo siento que vive mi parte de acá…

todo mi resto es pajuerano, turista yo también,
criollo pronunciado crioyo como kolla se diz coya,
… ya falta menos…

como yo siempre soy el mismo, siempre digo lo mismo: ya falta menos…



(*)


A esta parte de los borroneos en aluvión la anoto reusando papeles de oficina,
hectáreas de bosques, bosques pronto tan inexistentes como las hectáreas…
y anoto para hablar y hablo para tratar de algo decir

de las piedras labradas que ornan las galerías y los patios de la casamayor o Sala de Cachi, hoy museo agradabilísimo y muy bien provisto y mostrado,

confirmante de que hubo gente por ahí de los más viejos y antiguos ñaupas de los ñaupas, hace rato,

y en las piedras las claras caladuras
con siempre alguna cruz, o el triángulo, simple, doble,

y la gente de grandes coronas, como hachas dobles, como en Talampaya, digamos, gentes radiantes, suspensas, seres de luz, enormes como sueños,

y cóndor y serpiente yarará y puma o uturunku…

Y el koya busconeando a su llama
(su permanente y compartida sífilis doméstica y endémica mataba al enlatado matón casi enseguida – justicia de la tierra)…

Y hay la wikuña vicuña espejada como en lago, o la del cielo en la tierra,
Y la llama cuadradota como señorona en su batón de jefa del hogar.



(*)



miro las fotos en mi casa del bulevar, describo…

salgo a la plaza de Cachi, rodeado de perros el Horacio, anoto en el cuaderno de viaje las piedras venidas de la roca volcana:

obsidiana, lajas, mármoles incluso travertino y alabastro, granito, yesos más blandos, esteatita piedra del sapo, arcillas, talcos, engrudos y ensaladas de piedra, de roca…

y hubo alguien que pulió esos costados indomables, y anotó a punzón, a filo, a masaje de arena o chorro de agua o besos de fuego:

una cara plumífera, sonriente, un ciclo espiral, un giro redondel, un círculo de luna en eclipse o anillo nomás, quién sabe,

y, si alguien sabe, no me lo va a decir:
yo soy de aquéllos, vengo de allá…
clarito…



(*)

Paseo las galerías del patio…
las obras de los masacrados ocupan la casa del masacrador…
de quien queda lo que en vida fue, dicho con nuestra castellana doble negación:

No Queda Nada

…y está bien, repito: tiene su justicia, la tierra… sin apuro… como toda obra de luz…



(*)


Y las tierras cristales muestran su lomo escrito, sus palabras reales, poesía verdadera, con la letra minúscula del planeta que somos:
nos falta, para estrella…



(*)


Jactancioso, engreído cascotito yo también,
me aferro, por muy quedarme allí,
a la casa de adobe y balaustrada que anda poray,

quietita,
junto al camino,
llena de historias de mundos,

lavada a soledad,
que acaso sea la lluvia más profunda, mejor honda…

y la lluvia natural de agua veraniega llegándole, entonces, de consuelo,
como un guiño en la espera
o un augurio de pronta liberación final…

habitable ruína en estilo italiano, con acento kakán…

lengua kakán que dio, sin duda, ese hablar como repechando lomas, rumbo al nevado…

nevado que, cuando se deja atrás, nunca se deja atrás, y, además,
ya hay otro ahí…



(*)


Y me alegra anotar en mi Poema de Cachi estas líneas claritas,
alegres como alegra veer el nevado al fondo de la pampa tras bajar de la Piedra del Molino rumbo a Payogasta,

esa cancha sin agua para que no la roben…
pero, debajo: uranio…

por eso son alegres y a la vez graves estas líneas claritas, horacitas…

viviente sangre bajo la greda cantan,
como los rostros de estas gentes,
como sus vidas percutidas
a viento duro, agua helada, pasto puna, maltrato cotidiano…

y los saludo:

“¡hoy ando saludador, / como estandart´e comparsa!”



(*)


Trascanto padentro y quieto como esa casa entrando a Cachi,
junto al río de los viandantes al paso, al tranco, al trote, al galope, que es la máxima velocidad para conocer el paisaje:
más rápido, ya es una mera mancha, nomás, y entonces uno sigue ajeno ignorante pajuerano enlatado etcétera…



(*)


Y para memorar todo esto es que anoto en mi Poema de Cachi
estas apenas si generalidades de un viaje de un día entero y dos mitades

que resumió el rezumo de mucho mío andado por esta tierra que me tocó habitar,
desarraigadamente, pagando tánto, todos los días, por casi nada,
creyendo hasta descreer,
desgarrándome los apegos hasta que sólo me quedaron huecos miedos vacíos…

hablo de la basura, de lo que ya no más…

rehablando de cosas sanas, digo que:

hoy vivo tan sólo por y para mis afectos,
haciendo habitable, en lo posible, al mundo,
que eso es la poesía,
en fin…

y ando lleno cada vez más y mejor de más y mejor luz…
una que es y que se está como la luz de los nevados…

muy por sobre en cima de mi cincuentona posibilidad de gozar sus cumbres,
empero cabal imagen de mi travesía,
como meta digamos que a alcanzar,
y también digamos que acaso y ojalá ya lograda, humanamente…



(*)



El verseo ayuda a contar:
cuando el lápiz frena: no seguir…
y hay que hablar
hasta poder decir…
entre luego y después, bien podrás veer
cómo poner…:



(*)



Uno de mis máximos momentos del viaje acaso fue en la Quebrada del Diablo o algo así,
cuando retrocedí, sentado, lo que se dice reculando, sobre pedregullo más que flojo y caedizo y resbaloso, hasta no veer más la curva con el precipicio,
y me quedé quietito, recobrándome, hasta que volvió el guía Santiago Casimiro…

y me dio su mano
hasta poder incorporarme yo
y continuar con nuestra compañera, turista también, nuestro regreso al auto…

resumo lo importante, dos puntos:

haber decidido, sabiendo que lo no visto hoy no vería más, no seguir descendiendo,
haber retrocedido, batiendo miedos resecos y podridos, hasta pasar un recodo que me quitó la visión del abismo y entonces retomar
no el control policial sino la armonía permisiva,
y enseguida la respiración y la limpieza de los pensamientos:

eso, por dentro…
por fuera, lo memorable fue:

aceptar la mano del señor amigo que nos llevó a pasear, todo tan lindo
“¡Vos sos cruzao con cabra!” le dije, y nos reímos…
Sin duelo alguno por lo que no conocí…

Y estaba el volcán doble con su doble caño de escopeta apoyado en la falda y apuntando al cielo que está lleno…
Escopeta negra, como este “Campo”(Negro) por tánta piedra pómez…

Y seguimos viaje hacia mejores fotos, desde pasando La Poma hacia acá…



(*)


Otro momento memorable, que ya dije y que ahora repito,
fue dejar en su sitio las reliquias que antes seguro me hubiese traído,
con todas las explicaciones y justificaciones que ahora ya no necesité…



(*)


Y otro momentazo más, tan igual de mejor,
fue haberle respetado a doña Eulogia Tapia su intimidad pastora, su día tal cual ella lo suele vivir, con sus cabras, en un cuadrado verde que vimos a lo lejos…

apenas si me traje la foto de su casa, mayora, merecida, con su arcada ojival:
espero me perdone…




(*)


Y fue justo en la Piedra del Molino donde Hugo Pérez me explicó que “puna” no es una mera altitud, sino la falta de lo que nosotro llamamos oxígeno en las aires…
hasta suele ambular, la “puna” y formarse acá o allá, fijate Vos:
esto es más alto que San Antonio de los Cobres, y acá se puede respirar lo más bien, pues los faldeos están hasta la punta verdes…



(*)


se estaba bien, allí, realmente, daban ganas de quedarse a vivir…
y por eso fue que tánta gente vivió, allí, por esos rumbos…

hasta que a la tierra se la apropiaron unos supuestos dueños…:



(*)


antes, ñaupa, la tierra era de todos, como fruto de la luz que sigue siendo…



(*)

(ya falta menos…:
no sé por qué a cada rato se me aparece eso, se me ocurre, lo dejo dicho, otra vez, así, aquí:
ya falta menos)…



(*)

como encantadas las aires del silencio, consuelo azul, dulzura y alegría, mishkyla…
me repito lo de la muuuucha gente que vivió por aquí, natural,



(*)


y llamo Poema de Cachi a todo esto, porque tiene la índole poética pues lo hago para tornar y devenir habitable (habitablecer) mi mundo que ,

al ser compartido con Vos, quizá algo contagie al recibidor y a l´aire entremedio,

fundando, de paso, los datos que trae en la memoria que haya todo por ahí,
esas fluencias entre los mundos, mejor si sin lenguaje,

fluyente como l´agua, “memoria en l´agua”: Y u y a i y a c o…:



(*)


y eso me lleva de nuevo a los niños dormidos allá arriba, y su doncella
de muy probablemente ya ejercida hembría, ya que lucía pezuñas sonajeras, muy probables reliquias de su rito de iniciación como mujer…



(*)


anoto y sigo,
extranjero ignorante tomando sol junto a la Piedra del Molino
o sobre el amurado caserío de La Paya (doble muro de piedra relleno de cascajo: marca registrada de su fabricacion inkcga)…

pendulo por mi viaje de vacaciones, días de feria, llevando en la yuspa yilka morral mi bolsita con hojas de coca y mi pancito redondo de patay que es harina de algarroba…
y deposito escribiendo sobre estas hojas, a lápiz, los paquetes abiertos llenos de mi estadía en Cachi, Poema de Cachi…



(*)


en crónica de bardo que cuenta alegremente lo general
y de poeta que dice verdades con belleza
y de vate regalando la profecía de que ya falta menos…

que ya falta menos
para dejar de estar y regresar a ser

. . .

de ahí, o como lo de ahí… propio y unánime…
con la mansedumbre que llega lejos, como el viento o el río…

como el camino que sigue natural aunque lo tuerzan recto…

y la tierra se deja cocer cacharro / que se rompe en cascote / que se polva en tierra…

y es lo que hay que aprender… aprender a sentir…
a sentirnos ahí…

en las esquirlas de cacharros halladas, alzadas, lavadas, admiradas y devueltas…
a las orillas del río en Cachi Adentro, por ejemplo…



(*)

como cuandonde me paré en mí, un poco mejor…
estuve entonces algo menos duplicado conmigo, menos descolocado inconexo mestizo criollo pajuerano…
y fui un poco mejor yo…



(*)

Estiro la masa del Poema de Cachi y la doblo al medio y la amaso de nuevo, paso la masa de mano en mano,
como en la inmemorial preparación del pan casero,
de mano en mano por las manos de los millones de gentes que siguen haciendo sentir hogareña esta larga bandeja entre estas altísimas sierras…



(*)


la diaguita espejancia del cielo…

del tiempo que, sin guiño, no se lo comprentiende…



(*)



digo que huele a casa vivida,
vivida con vidas trajinadas con naturalidad, con sus duelos y con sus risas…

y las penas haciendo valer las carcajadas,
carcajadas que hacen que las penas hayan valido:

cada cosa, a su precio real…

y la vida entre todos, por debajo y encima…
sin cada uno, no hay todos… y sin todos no hay vida…
en el Poema de Cachi ya me nacen las rimas…
la puerta no está abierta: no hay puerta… así es la vida…

Te muestro cómo rima el verseo, apenas si dejándolo andar…
me encanta eso, y espero que a Vos también…



(*)


Y lo dejo seguir, a mi Poema de Cachi, seguir nomás, trotando, entonces…
entonces que es ahora…
ahora que es todo el siempre que pueda llegar a haber….

Y lo dejo seguir trotando, como un chaski correo, o como cualquiera de ahí, de aquí, koya o mocobí, siempre trotando, y por eso nada quedaba lejos,
nada cansaba…: no tiene por qué cansar…

Y para eso, para que nada canse, es que anoto a parcelas, y que me leas sin dificultad…



(*)



Y lo dejo seguir trotando por los vastos andamios de luz que atraviesan las cosas avenando la vida de las gentes:

Que, cuando el corazon tiende a flojar,
la percusión del suave trote sostenido tensa de nuevo el paisaje, y lo mantiene a salvo de más vulneración que la ya habida,
a salvo de mejor daño, ya inconcebible…

Y esa restitución de lozanía
juega de mitigante brisa sobre la intensa antena del poeta, que agradece…

por toda esa batea que habitó la mar…

océana mar, a la que el día, al pasar, la fue llevando al cielo cristal…



(*)



llevándose también, desparramándolo poray, el cuero de los enormes bichos,
esos de los grandes huesos y dientes cuyos tamaños denuncian a los largos cuerpos y a las anchas alas y a las fornidas aletas de agraciado y temible coleteo…

esos bichos que ahora duermen en las lajas
que son cortadas a destajo y llevadas lejos por gente que vive a destajo,
para gente que gana con todo ello a granel…



(*)


Parece que el cerro vuelve a fabricar las lajas, todo el tiempo:
generoso con los suyos, justicia de la tierra, puede ser,

y tambien puede ser nomás que esos bichos no se quieren ir,
que igual le pasa ocurre acontece sucede al turista yo…

imaginate Vos que todo por ahí hasta dentro la piedra es de día…



(*)


Y los que nos desayunamos con los grandes bichos también nos quedamos a vivir, todo por ahí, ariscos como wanaku guanaco,

wikuña vicuñas por dentro, morimos por dentro si se nos encierra…

querendones atrás de lo calladito,
como lo somos para quien nos sabe buscar y nos encuentra…



(*)


Y al quedarnos a vivir,
adecuamos esa batea de la evaporada mar para la vida de la nosotros gente,

transitorios, inconstantes, torpes y volátiles, necios y menesterosos, sucesivos, crédulos, inconsistentes o sea inconfiables,
trotadores, excelentes trotadores, eso sí,

llevando al crio sobre la cadera hasta que aprenda a tirar con honda, hasta que aprenda a hilar vellón,

y pasar pisando sin variar la marcha los desniveles a una rodilla de alto, que al pasarlos trotando no hay dificultad,

llenos por dentro con la sangre densa de los arribeños,
circunvecinos de la nieve en flor…

la misma nieve que nos enseñó a callar:

no hace ruído al caer, al quedar, al derretirse…


y la tierra secada se moja y la tierra mojada se seca,

produciendo las plantas que alimentan a la nosotros gente y lo bichos que también alimentan a la nosotros gente que, entre luego y después,
alimentamos a las plantas y a los bichos

que dejamos pintados en las cosas cotidianas, al reparo de los techos, y en las paredes de las montañas, al reparo de las cornisas y, también,
los dejamos calados en las rocas y piedras

que son como monedas de la piel del silencio
que se están siempre ahí,
y las seguimos usando y gastanto y reponiendo,

a modo de esforzada calesita,
con intención de giro que, si bien ya falta menos,
aún no ha renacido danza…

si no que aún sigue, girando
chata, plana, aplastada, dificultada, trabada, dolorosamente,

lo cual,
entre tánta fértil belleza, entre tánta factible felicidad,
no parece ser sino que ES un insulto…




(*)


ya falta menos… a esa frase suelta no sé por qué la digo…en fin… ya falta menos…




(*)



Algo se acumula
y pasa el tiempo,

y queda una astilla,
ladrillito, rojo negro blanco,
entre las raíces del churki aromito espinillo,
a una rodilla de hondo bajo cascaja tierra,

inmóvil aluvión,
descascaradas cáscaras, virutas recocidas,
madera de tierra, vidrio templado de madera,
esmalte suelto, caliente al tacto:

pan recién horneado,
abrazo reciencito,
todavía y aún sin lejanía ni lejura o como mejor nos guste decir,
querido cascotito,

como un corazon nuestro que pudiésemos sentir en la mano
y dejar en los sitios del lugar,

quedando nosotros también a morar ahí…



(*)


“no es la primera vez que andamos por acá” nos encanta sentirnos decir,

oirnos por dentro,
escuchar esas palabras sonando, festivas, por ante el silencio,

ruído, sí, pero de fiesta,
por fin, como sin fin,
y de alegría…




(*)



Y ya hizo una Luna desde todo eso…

Y está nublado sobre el bulevar…

que, allá soleaba, como siempre suele,
y era de día, de siesta y tarde, entonces,
y de noche también era de día…

calladitamente impresionante,

asunto largo de callar…

y yo sigo anotando…
sintiendo ya las flotaciones de los cristales y otras cosas sutiles compareciendo dentro la lechinada literal:

lo que de todo esto quedará…




(*)



y anoto anoto anoto:

los corrales de la Casa Morada, al reparo, entre cerros…
bien visora o veedora pero difícil de veer o de avistar…
(igual que en Quilmes, por ejemplo)…

con sus flechas obuses de piedra clavadas en la falda,
marcando acaso el límite de habitabilidad, cuesta arriba…
(se quedó en mi rollo de fotos perdido)…




(*)



No hay lenguaje para todo esto. Ni importa ni interesa.

Tan sólo acaso talvez servirían palabras generales.
Abiertas como los zaguanes andaluzes de Cachi.

Abiertas como esas frondas que tornan brisa al viento.
Y nos llenan de cielo.

Y nos sentimos casi en armonía.
Casi prestos a vivir el sueño de la felicidad ambiente.
El estado de gracia.

Cosechando la siembra de l´amor que sembramos.
La caliente nutricia almohadilla vestida con la chala de choclo del tamal.

Que desvanece toda circunstancia. La torna inerte. Ni siquiera adorno.
Guirnalda crespón fúnebre gris ruína.
Barro que ya la acequia disolvió entre los verdeos puntuados de alfarerías
tan quebradísimas como invulneradas.

Y millones de gentes.

Y la lengua se aquieta dentro la boca entreabierta y callada.
Que, ahora, sonríe. Para siempre.

Y su gesto es el mío. Y final para el Poema de Cachi.


Azul.
Sin molestar al viento ni al silencio.-





Palabras de Oscar CachoAgú




HORACIO ROSSI
(04/10/53 – 18/05/08)


Esta muy fresca la memoria de Horacio Rossi. Casi, diríamos, que lo vemos caminando por el boulevard rumbo a su trabajo o, cuando suena el teléfono, creemos que es él haciendo algún comentario. Aún, la percepción, es como si hubiese ido de vacaciones, en esos viajes que solía hacer a distintas latitudes de nuestra Argentina. Y luego, escribía. Los poemas de Cachi, inéditos, o sobre el lago Lakar, de las tierras sureñas son ejemplos de esa labor.
Abordar la obra de Horacio Rossi, es incursionar más en lo inédito que en lo editado. “Silvia, cuadernos de literatura” “‘Rimitas Horacitas’ “Cuaderno de las baldosas calcáreas”, entre otros. Pero, también, los innumerables poemas y escritos que fue publicando en diversos medios o repartiendo a través de los correos electrónicos a su vasta lista de direcciones.
De todas maneras podemos decir que su oficio en las letras fue copioso, incansable y permanente. La poesía, su hermana mayor, fue escrita en octavillas, sonetos o verso libre. Con un lenguaje franco y, en ocasiones, irritante porque no tenía barreras para hablar, en la escritura, con el lenguaje de la gente. No con el lenguaje académico que, por supuesto, no desconocía. El siempre manifestaba: elige el lenguaje y luego escribe.
Por eso es tan así su novela “Lambrusco”, donde sin contarnos nos muestra cómo se fue gestando esta lengua nuestra y las mixturaciones que se dieron con el arribo de los inmigrantes y su hablar cruzado en el S. XIX. Pero él celebraba el “buen día” como saludo, que hace centurias comenzó como el idioma castellano. El Lambrusco es toda una gesta, donde Rossi hace uso de su fecunda imaginación y de su arte en la lengua para mostrarnos todas esas transformaciones que se dieron y se siguen dando en el idioma. Y lo hace a través del protagonista que observa, escucha y anota todo lo que puede. En realidad ¿no será él Lambrusco? Dice Di Bernardo que, “cabría conjeturar si acaso, más que de una novela, no estamos en presencia de un extenso poema novelado.” Es probable. Pero es un idioma que, en mi infancia, lo he escuchado.
Sus poemas tocan al hombre. Son un canto de esperanza permanente. Transmite, en ellos, la alegría por y para celebrar la vida. Basta con recorrer algunos de sus escritos.
Mencionemos sus libros editados: “Del aire hallado” “La pluma de polen” “¡AH!mor...”. Sus folletos: Mainumbÿ, “Región de las tenues voces” “Porvenir de asombros”, “De Dioses Derribados”, “Padrinazgo Nocticular”.

A estos títulos se agrega “Poema de Cachi”, recientemente presentado en Santa Fe (29/10/09) y editado gracias a la colaboración de familiares, amigos y conocidos del poeta. Fue su último poema, inédito por cierto, que nos legó a los amigos. Este poema es ahora reproducido por Inventiva Social.
Agreguemos lo que Horacio Rossi siempre decía: soy grupero viejo. Así estuvo con el grupo Tupambaé, bajo el padrinazgo de Gastón Gori; el grupo Maynumbÿ que él iniciara y, por último, el grupo Luzazul que cohesionaba en su hacer varias artes: música, poesía, danza y plástica. De éste grupo fuimos hacedores de la hoja de poesía que lleva el nombre del mismo.
Estas líneas, cabe destacar, son apenas una aproximación al autor y su oficio en el arte literario y su actividad y apoyo a las manifestaciones culturales, no sólo de ciudad, sino en la provincia. Se puede decir mucho más. Y es una tarea que queda como desafío para muchos que conocen su obra y su personalidad. Y como dijera la Prof. Alejandra Tiraboschi, en el homenaje que se le hiciera en La Urdimbre hace escasos días, Horacio Rossi hizo posible la amistad.



*Oscar CachoAgú. cachoagu@yahoo.com.ar




*

Inventren Próxima estación: CASBAS.

Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/



*


Apreciadas amigas, queridos amigos,

El número 89 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Octubre/Diciembre/2009, puede ser ya consultado en nuestra página en internet www.euroyage.org
bajo el link:

http://www.euroyage.org/es/xicoatl-89

CONTENIDO:

ENSAYO: De la literatura en un mundo abarrotado. Alejandro José López Cáceres.

POEMARIO: Poemas. Mayamérica Cortez.
Poemas. Reynaldo García Blanco.

NARRATIVA: Impasse. Graciela Bucci.

AUSTRIA: Poemas. Rosemarie Schulak.

La edición impresa de XICóATL # 89 puede ser puede ser solicitada a YAGE por e-mail a la dirección euroyage@utanet.at al precio de 7.- Euros (incl. envío postal).


Cordial saludo,

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur
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Schießstatt-Str. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel: ++43 662 825067


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