*Obra de Ray Respall Rojas.
EGGBERT*
Su hijo lo trajo de una de sus inspecciones
previas a derrumbes de viviendas inhabitables… Era solo un huevo, pero varias
cosas en él llamaban la atención; no era un huevo corriente. Decidió colocarlo
en una cesta, al lado de la lámpara de su mesa de trabajo. Warren, el cachorro
de labrador no paraba de ladrarle, Humphrey el loro le echaba miradas de reojo,
Lauren, la gata barcina, arqueaba el lomo y emitía peculiares maullidos cuando
pasaba por su lado… Algo intrigante había en él: Más grande que el de pato,
cáscara gruesa de color crema con manchas carmelitas y una suerte de pelusilla
recubriéndolo, a saber el tiempo que llevaba en el sótano donde lo encontraron.
En su manía de poner nombres en inglés, le puso Eggbert a su “proyecto de
mascota”.
Pasados tres meses, le pareció advertir
bultos que aparecían y desaparecían en su cáscara, como los movimientos de un
feto en avanzado estado de gestación. ¿Estaría vivo? Decidió colocar la cesta
bajo estricta observación, pasando más tiempo que de costumbre en su estudio.
Esa noche, su curiosidad se vio colmada, el huevo comenzó a agitarse
febrilmente; la cáscara, con una elasticidad no sospechada, se resistía a
romperse, como si en vez de tal, fuera un saco vitelino. Con la ayuda de un
abrecartas hizo una ligera incisión…
Lo que emergió fue algo repugnante y
amorfo, pero vivo, que fue adoptando las formas donde iba posando sus múltiples
ojos: tras copiar a un murciélago disecado, tomó algo de la apariencia de
Humphrey y, sin solar aún el plumaje, comenzó a transmutarse en una versión de
Warren con el pelaje de Lauren…
Horrorizado, levantó el abrecartas para
abatirlo sobre el engendro, cuando algo inesperado congeló su gesto. Aquello se
volvió hacia él y comenzó a semejar un monstruoso embrión humano, cuyo parecido
hacia él aumentaba por segundos, un insólito feto anciano, con su calva
manchada, nariz prominente, manos nudosas y rodillas hinchadas. Se resistía a
matar algo que si bien le infundía terror, iba perfilando hasta las arrugas de
la frente. Dejó caer el arma mientras Eggbert seguía agrandándose hasta
alcanzar su estatura.
—Hola, papá.
El engendro soltó una risa diabólica que
comenzó sonando como una maquinaria infernal y fue afinándose hasta adquirir
tono humano.
—¿Quién eres? —Apenas pudo balbucir.
—Tal vez, soy una especie que lleva tiempo
colonizando tu planeta, tal vez, soy una creación de tu mente senil —dijo
irónico.
—¿Acabas de nacer, y hablas? ¡Has copiado
mi voz, mi ronquera de fumador!
—He tomado tus pautas físicas y mentales.
Venimos al mundo con la memoria de nuestra raza, sabemos que debemos
transmutarnos en la especie superior, conocemos nuestra única enfermedad:
contaminarnos de humanidad y llegar al extremo de olvidar nuestra misión, pero
no será mi caso, he nacido con artritis reumatoide, diabetes y un avanzado
enfisema… No creo que viva cinco años más. No eres ejemplo de cuidado del
templo donde habitas.
—Entonces, ¿por qué? —Su cuerpo se agitaba,
febril.
—No me dejaste opción, pasé por las
entidades presentes, hasta encontrarte. Tengo tus recuerdos, sé dónde fui
encontrado por Kirk, tu hijo mayor, sé que no le hablas hace dos años a Ingrid,
la menor. Conozco tu pasión por el cine, tus manías, los insomnios que pasas
leyendo, rellenando crucigramas o jugando solitarios… En fin, padre, he alcanzado
mi desarrollo total, ergo, puedo matarte.
—Pero… —Las lágrimas le empañaban la
visión, nunca pensó amar tanto la vida—. Notarán la diferencia, en algún
momento has de fallar.
—Claro, y usaré el sentido del humor que
una vez tuviste y has extraviado entre tantas soledades, para salir airoso. Tus
antiguos amigos aplaudirán al “renacido”. Puedo hacer las paces con tu hija… mi
hija. Magnífica oportunidad para dejar mis huevos en su casa, además de en esta
que compartes con Kirk y su esposa, en la biblioteca municipal por donde pasas
cada semana, y en casa del colega jubilado que visitas. Hay que dejarlos en
varios sitios porque no todos llegan a término, ni todos los anfitriones son
tan amables de colocarnos bajo una bombilla para estimular nuestro nacimiento.
No se hable más, para no ser malagradecido, te mataré de modo limpio, un ligero
golpe en el sitio adecuado y, ¡chao!
Intentó retroceder y cayó en el suelo,
presa de agudos e incontrolables temblores. La aberración lo miró e imitó sus
gestos con cinismo.
—¡Alguien encontrará mi cadáver y pagarás
tu crimen! —le gritó.
—Olvidé decirte algo. —Su verdadera risa,
sin pretensiones de humanidad, helaba el alma—: No sé si has escuchado esas
historias de insectos que se alimentan de sus madres, de arañas que se comen a
sus parejas, del clímax de la mantis religiosa… El acto de reproducirse y el de
nacer incrementan de modo salvaje el apetito. Me comería a mí mismo si pudiera,
pero esto es una tautología. No obstante, el destino ha puesto en mi camino una
copia, no muy apetitosa, pero a quien extrañarán menos que al perro, al loro o
a la gatita con nombre de belleza americana. Querido padre, ¡tu Eggbert tiene
hambre!
*De Marié
Rojas Tamayo
El cuento fue escrito hace unos veinte
años, forma parte de El Onceno Mandamiento,
en proceso de reedición.
El origen*
Bien adentro de todas
las cosas está la cosa,
y de tiempo en tiempo
regresamos a ella
por angostos y
asfixiantes corredores,
en los que apenas cabe
nuestro cuerpo.
Igual que en el
interior de una pirámide
están las cámaras
falsas que a su tiempo
edificamos para
confundir a terceros. Como
la tumba de un faraón
el núcleo es nuestro.
Es casi un recinto
sagrado y excluyente,
nuestra necesidad
avanza por lo estrecho,
y nos vamos
comprimiendo a cada paso
hasta arribar a su
centro de nuevo niños,
a ese momento
inequívoco de la tragedia.
Allí nos espera ella,
indiferente a todo eso
que podemos haber
construido por encima
para hacerla
soportable y ocultarla y negarla.
Nos arrasa con la
crueldad de la primera vez.
Lastimados como
entonces la aceptamos.
Diremos que nos tocó
una herida llevadera,
y volvemos siguiendo
el reguero de sangre,
con la llaga renovada
y abierta. El único
beneficio de ese viaje
son las lágrimas
demoradas que algo
alivian.
*De Horacio
Rodio. horaciorodio@hotmail.com
-Horacio
nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana
Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en
cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y
Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras
de piedra (Baobab, 1999), Media baja
(Dunken, 2012) y La insistencia de la
desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy
Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese
mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su
libro de cuentos La oscuridad de los
hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.
Homo
plasticus*
¿Somos conscientes de lo que compone el
entorno que habitamos? El plástico está relacionado con el creciente deterioro
cognitivo
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
En una escena de la multipremiada película
de 1999 Belleza americana, dirigida
por Sam Mendes, Ricky Fitts (Wes Bentley) muestra a su vecina Jane Burnham
(Thora Birch) un video que grabó. En él, una bolsa de plástico blanco asciende,
desciende y se mueve impulsada por el viento en una calle. Ricky siente una
extraña fascinación por la bolsa, y dice a Jane: “Y esta bolsa… bailaba
conmigo. Como un niño pequeño rogándome que jugara con ella. Durante quince
minutos. Y ese día me di cuenta de que había toda una vida… detrás de las
cosas, y una fuerza increíblemente benevolente que quería que supiera que no
había razón para tener miedo, nunca”.
Es curioso que la etimología de la palabra
plástico se remonte al griego plastikos,
que significa formado, modelado, fingido. La idea de fingir, de hecho, remite
de inmediato a la ingente cantidad de objetos hechos de plástico que imitan
materiales costosos o escasos. Ese mundo kitsch, con sus maravillas en los
aparadores, es un catálogo casi infinito de réplicas al alcance del bolsillo.
La bolsa de plástico idealizada por el personaje de Belleza americana se volvió
con el tiempo el enemigo número uno de los activistas y promotores del
ecologismo y el cuidado de la naturaleza.
La periodista Sabrina Duque refiere en Plastificados. De cómo los humanos nos
convertimos en carne, hueso y plástico (Anagrama, 2026) la invención, en
1959, de la bolsa de polietileno –obra del ingeniero sueco Sten Gustaf Thulin–
para sustituir las bolsas de papel, ya que éstas provocaban la tala de árboles
para su fabricación. Como afirma el filósofo francés Paul Virilio, la invención
tecnológica es inseparable de los accidentes que produce.
La guerra contra las bolsas de plástico es,
por supuesto, una guerra perdida: sólo se puede reciclar –usando combustibles
fósiles– un porcentaje marginal de productos desechados. La sociedad de consumo
sigue siendo intocable y ofrece fantasías para disfrazar la obsolescencia
programada. A la utópica expansión del capitalismo no le importa que un vulgar
pedazo de plástico pierda su forma original en un interminable recorrido por
tierra, mar y aire. Al final, quedará como un sedimento con una larga historia
de muerte detrás. Podríamos decir que el antropoceno, el capitaloceno y otros
términos que tratan de capturar la violenta intervención humana en la
naturaleza ofrecerán como recuerdo más perdurable una capa geológica conformada
por plástico.
En Huellas. En busca
del mundo que dejaremos atrás, el escritor David Farrier afirma:
-La mayor parte de los
millones de toneladas de plástico que acaban en los océanos cada año caen hasta
el lecho oceánico, donde se incorporarán al sedimento como una capa más del
estrato geológico, siendo de esta forma una adición permanente –al menos hasta
que el calor y la presión la convierta en petróleo o la sección de lecho marino
se eleve y sea erosionada, procesos que se medirán en decenas de millones de
años–. Incluso el contenido de nuestros sándwiches tiene su propia historia. Se
matan sesenta mil millones de pollos para consumo humano cada año; en el futuro
se encontrarán huesos de pollo fosilizados en todos los continentes
como testimonio de la intromisión de los apetitos humanos en el registro fósil.
-
Algunos investigadores hablan de ceguera
cognitiva para describir la forma en que el habitante del siglo XXI mira el
mundo. No podemos imaginar una realidad diferente a la creada por la
industrialización del pasado y el capitalismo del presente. Somos como peces
que no perciben el medio físico en el que viven. El plástico es tan
omnipresente que sólo los tomamos en cuenta cuando es escaso, sube de precio o
leemos alguna historia escandalosa sobre microplásticos navegando en nuestra
orina o nuestra sangre. Estos fragmentos invisibles al ojo humano son la última
metamorfosis en la lentísima degradación y miniaturización de uno de los
inventos más famosos de la humanidad.
La teoría del saturnismo romano –un mito,
de hecho– imagina que el plomo, usado de forma masiva en la antigua Roma,
envenenó a la gente, volvió locos a los emperadores y contribuyó al colapso del
Imperio. Lo que sí ha podido documentar la ciencia actual es la relación entre
la contaminación por CO₂ atmosférico y la inteligencia humana. Según el
periodista James Bridle, en su libro La
nueva edad oscura, “A la velocidad actual, que no da muestras de
ralentizarse (y que nosotros tampoco damos muestras de ir a detener), el CO₂
atmosférico superará las 1.000 ppm a finales de este siglo. Con 1.000 ppm, la
capacidad cognitiva de los humanos se reduce en un 21 por ciento”.
El plástico también habita el aire que
respiramos y, seguramente, tiene efectos en nuestra inteligencia. La llegada
del auto eléctrico –más pesado, por sus baterías, que un auto de combustión–
provoca que las llantas tengan más fricción con el asfalto, se degraden más
rápido y, por ende, expulsen más partículas plásticas, que se sumarán al coctel
tóxico que oscurece nuestras ciudades. Los mundos virtuales que nos vende la
tecnología son el último intento para que ignoremos el ecosistema que
habitamos.
*Fuente: La Tempestad
https://www.latempestad.mx/tornavoz-homo-plasticus/?
-Alejandro
Badillo. (Ciudad de México, 1977)
-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela), La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo), y
Reconstrucción Ediciones EyC.
*
Daría cualquier cosa
por ser aceptada entre los adultos
batir unas palmas,
abracadabra y que se venzan
ante mí
las puertas de una
madurez sin fisuras.
De lunes, a viernes,
juego a la casa y la oficina
soy correcta:
casi todos los fines
de semana también.
Observo reglas, pago
cuentas y después…
¿qué son todas esas
interacciones,
mis objetos de deseo
el dinero gastado en
todo aquello que es superfluo?
Los años, de todas
formas, me permiten los consejos
un desfile de
adolescentes
niños
adultos jóvenes que
vivirán con sus padres para siempre
entre desidia y crisis
económica. Después hay noches, pocas
son contadas
para dormir de pie.
En esas estoy más
cerca del delirio, de la raya de cocaína extra
de la copa después de
medianoche,
una de más, encima,
debe ser cancerígena.
Los extravagantes me
hacen sentir viva
es por la juventud, es
por la lucha
entre la potencia y la
nada.
Quién puede resistirse
a una vida expansiva, al mecenazgo, a la idea grandilocuente
de ayudar al prójimo.
Pasa siempre
otros lo desconocen
tengo a la niñez de mi
parte
el sexo es un
accidente
la inmadurez el delito
de quien vive
cincuenta años.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
ATRAVESANDO
UNION SQUARE*
Setenta y cinco años después no hallé
siquiera una ínfima señal de ningún obrero
cristiano ni anarquista ni golpeado ni
trotskista;
sólo ardillas que bajaban raudas de los
árboles
y rodeaban a distancia a los transeúntes;
sólo pasto crecido en la plaza más baldía;
ninguna flor, ninguna placa; sólo asientos
vacíos para rememorar quizá la ausencia;
sólo memorias en el aire, y una historia
para rearmar e imaginar cómo se pueda;
todo fue barrido como después de una
guerra;
sólo ardillas graciosas en homenaje a los
obreros
que necesitaron advertir al mundo con sus
cantos
y tristezas, veinte años antes de
Hiroshima.
*De Eduardo
Dalter.
-De "La
realidad me escribe"; ediciones La Carta de Oliver,
Buenos Aires, 2026.
*Eduardo
Dalter (Buenos Aires 1947). Poeta e investigador cultural.
Durante los años de la dictadura vivió en
la ciudad de Maracaibo.
Participó en encuentros como el Ginsberg
Tribute, en el Central Park. En
el 25° festival Internacional de Poesía de Medellín.
En el año 2000 tuvo primera edición su
trabajo de investigación en la
antología Harlem: los blues de la historia.
Entre 1994-2002 dirigió la revista de poesía Cuaderno Carmín.
En su obra poética se cuentan: Silbos (1986), N.Y. Postales para enviar a los amigos (1999), Bocas baldías (2001), Hojas
de ruta (2005), Concierto de los
olvidos (2021), Semeruco (2023),
y Luces de la orilla (2025).
INGRAVIDEZ*
Escribir pintando, con una paleta de
colores en una mano, el pincel en la otra, el lienzo todavía sin trazo. Esa
posibilidad absoluta de decir lo que jamás se dijo, lo que no figura en
catálogos o lo que ha sido dicho miles de veces pero que necesita una nueva
imagen más ajustada a nuestra percepción de época.
Y nada al fin de cuentas, si decir algo es
resumir y recortar.
Y qué decir cuando afuera llueve, cuando el
espejo es irremediable, cuando los cuandos son todos a contrapelo.
La belleza de los reflejos del agua en un
vidrio de cien años, magnífico en sus colores netos, en la sutil complejidad de
flores en relieve. Debería ser motivo de dicha. La seguridad de un ambiente
cálido con las bruñidas superficies de la costumbre. Qué más requerir a la
confusión de lo aleatorio. Nada alcanza hoy cuando la lluvia es el invierno y
la absurda desazón de creer que hay una felicidad que podría estar pero se
aleja, que debería estar pero a la vez es decepcionantemente ilusoria.
Todos han dejado por escrito y por cantado
que la felicidad de uno es el reflejo de los vínculos felices con personas que
nos atañen. Y quememos de una vez para siempre los librejos del ámate a ti
mismo, que no funciona cuando el espacio está vacío y la puerta tiene llave. Quién
soy cuando no ocupo lugar en ninguna vida. Puedo pesar ciento cuarenta kilos,
no habrá gravedad que me retenga sobre el suelo.
Caminata sobre la luna.
Escafandras de buzos en la profundidad.
Trajes neumáticos.
Esa imposibilidad de contacto con gente que
parece estar ahí delante pero que también, esto es así, está protegida de mí
por su propio traje de sospechas, entretejido de pasado y de palabras dichas y
gestos supuestos y capa sobre capa de su propia atmósfera.
Hoy llueve, los cables hacen perceptible el
viento, mi madre escucha abajo y detrás de ventanas cerradas su música
compleja. Hoy es invierno y llueve. Hoy no hay remedio para los destinos
divergentes fuera de esta vinculación monógama y única, lo poco seguro y
estrecho dentro de un mundo absolutamente amenazador. Mi madre y yo, decididas
a perdonarnos cualquier agravio, a presuponer buenas intenciones, a sostener
las penas de la otra para darnos un respiro con el aire compartido.
Seguiremos intentando mañana o la semana
que viene hacer esos esfuerzos por estrechar alguna mano sin guantes. Mientras
tanto, la cocina con el trapito debajo de la mesa para la Gutxi es la cueva
contra la intemperie, el mate tibio y la tostada cristalizan el punto de
reunión a nivel del suelo, el lastre benigno que permite sentir peso y
presencia.
Habrán sido demasiado débiles, será que las
sogas que até a tantas amarras pecaban de fallas de elaboración. No es la
humanidad toda un innumerable conjunto de seres conjurados en contra de una
única buena persona. Mi ingravidez me pertenece y debo de haber elaborado
constante y eficazmente mi propio traje de astronauta. Qué cosa rara, creo que
no me gusta caminar en el aire y sin embargo parece un destino visceralmente
propio.
*De Mónica
Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
NOSOTROS*
Nosotros. Los adoradores de las sombras.
De las lluvias tardías en los ojos.
Los que desabrochamos los botones del
pecho.
Nosotros. Vos. Yo. El otro.
Ruptura sutil de triángulos y prismas.
-Siempre la lluvia de por medio-
Guardar en el bolsillo el pliegue fruncido
de tu frente.
Y digo lluvia y digo sombras y digo parto.
Nada pudiste hacer. No pudiste evitar ser
el cómplice.
Y ella allí. Tan espera. Tan perenne. Tan
siempre.
Y tú aquí. Tan huida...Tan efímero. Tan
nunca.
El vientre de la estatua se hincha.
Huye el niño de pantalones cortos.
Y él allí. Tan torpe. Tan dolido. Tan
hambre.
Y tú aquí. Tan ágil. Tan placebo. Tan pan.
Una conquista. Un desafío. Un duelo.
Esa puerta tan jaula. Tan cerrada.
Esa puerta que a falta de pájaros habita
hombres.
Hombres, habita....
*De Amelia
Arellano.
San Luis.
*
"Lo trascendental
se reparte y se le encuentra, de repente, en los gestos y en las cosas más
triviales, menos sospechosas: una carcajada, una bicicleta, una tela de
araña."
*Norah
Lange (1905-1972)
-Papeles dispersos-
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Lo imborrable*
1
Los golpes a lo karateca del Hermano Miguel
en la nuca de mi padre. Mi padre que trastabilla haciendo unos pasos, aunque
enseguida recupera el equilibrio y sonríe. Luego me toca a mí. Le digo que me
duele el cuello, señalo tocándome en el lado izquierdo. Entonces la mano fuerte
del sanador apretando algo que sería un ganglio pero que dolió lo suficiente
como para dejarlo imborrable por toda la vida.
Mi madre y mi hermana estaban rezagadas en
la larga fila que se había formado para subir a la tarima de madera elevada
donde el hermano Miguel sanaba usando la fuerza de sus manos sumando la fe de
los visitantes. Mamá debe haber pensado
que ni loca se dejaba golpear. Ella sólo creía en médicos como su primo Aldo.
Tomó de la mano a mi hermana, huyó de esa gran carpa donde el sanador atendía.
El afuera era un gran camping donde las familias se preparaban para almorzar
con asado. Era un día espléndido de primavera con el viento que dispersaba
rápido al cielo el humo de las parrillas.
Mi madre buscaba a su hermano Nicolás con
Aintza, la mejor compañera que le conocimos. Luego de dar vueltas y sin
animarse a acercarse a los bordes de la laguna por miedo a víboras o alimañas
encontró a la mujer del sanador, la misma que nos había recibido al lado de la
tranquera. Ella daba números para ordenar por turno la atención del Hermano
Miguel.
-Su hermano dejó dicho que vuelvan en tren.
El tío había hecho otra de las suyas que
enfurecían a mi madre: dejarnos en el medio del campo sin un retorno asegurado
a casa.
**
Habría que decir que el viaje de ida fue
inolvidable para los chicos que fuimos.
La llegada del tío con su mujer en aquel
Fiat 600 casi 0km. Salíamos al paseo por el campo 4 grandes y dos chicos. El
tío 1.90 de altura y más de 100 kilos manejaba como si estuviese al comando del
Studebaker que tuvo que devolver por no poder pagar las cuotas. Pero no, ahora
el tío manejaba su flamante Fiat 600 que había pagado hasta el último peso.
Recién cuando ya estábamos bien lejos de
casa explicó que el destino del paseo era visitar a un sanador.
Mis padres aceptaron más por confianza en
Aintza que en el loco chiflado del tío.
El viaje fue de maravillas mientras fuimos
por ruta asfaltada. Cuando doblamos al camino de tierra el pequeño Fiat empezó
a entrar y salir a paso de hombre por pozos y huellas de tractores. El tío nos
tranquilizaba "falta poco". Faltaba poco cuando el 600 comenzó a
humear. Quedó clavado sin señales de
volver a arrancar. Bajamos. Mi padre y el tío empujaron al Fiat hacía donde se
suponía estaba el campamento del hermano Miguel. Las mujeres y chicos los
seguíamos.
Cuando pasamos el puentecito frágil sobre
un riacho el camino de tierra –que ya era una miserable huella- vimos las
señales: chatas de gente de campo estacionados. Una arboleda tupida. Era allá.
2
El recorrido del pequeño Fiat con su motor
fundido lo supimos días después. Aintza encontró a un matrimonio de su pueblo
que se iban con una camioneta igualita a la del abuelo de Lassie. Los
remolcaron hasta la chacra en Pedernales. El tío había dicho que busquemos una
estación de tren a pocos kilómetros por el mismo camino de tierra
intransitable. Con la furia de mi madre en el aire, los cuatro comenzamos a
caminar. A poco de andar paró un chacarero que nos subió a la caja de su
camioneta. Nos bajó en cercanía de la estación Juan Atucha. Nos despidió con
una frase alentadora: -Hoy es su día de suerte, estará al caer el tren a La
Plata.
La rotura del 600 nos permitió a los chicos
viajar por primera vez en un tren de larga distancia. Aquella locomotora rodeada
de humo era un dragón sin alas que tiraba al tren. Cada tanto una estación
rodeada de pocas casas detenía al asombro del viaje. Conocimos al vagón comedor
donde tomamos chocolatada Vascolet.
Mi Padre -quizás para consolar a mi madre-
dijo que los golpes del hermano Miguel le habían curado el dolor en la nuca.
Para no ser menos asegure palpándome el cuello que la pelotita ya no estaba
más.
*De Eduardo
Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar
-Próxima
estación:
LOMA VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
PARADA GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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