domingo, julio 07, 2024

EDICIÓN JULIO 2024

 


*Foto de Noelia Ceballos @noe_ce_arte

 

 

 

 



 

 

 

PAÍS DE AUSENCIA*

 

Estoy en el rincón de las cosas perdidas.

Perdida alma. Alma perdida.

Quiero decirte que siento nostalgias de ti.

Que se me vuelven los pasos de extrañarte.

Que soy una ojera que camina.

Que soy un ojo seco y una mirada húmeda.

Daría todo lo que tengo por estar contigo.

Por supuesto -tú lo sabes, elegiría el mar-.

Puede ser en las dunas. En el acantilado.

En los tugurios donde se juntan los marineros con las putas.

Daría todo. Todo. Lo que más amo.

Daría mis libros. Mi colección de cajas.

Mi cama -tu bien sabes cómo quiero mi cama-

Mi computadora. Mi elefante de ébano.

El rosario de la abuela.

Mi anillo de amatista. El caracol de mar.

Fíjate, hasta daría el sombrero de paja, cinta azul.

Solo una noche amor.

Te preguntaría tantas cosas.

Recorrería con la yema de mis dedos las marcas de tu ausencia.

No, no me importaría llegar a la cima.

Sería tu nana, tu nodriza. Tu hermana.

Me volvería pasionaria. Junco. Jarillal en flor.

Mordería tu silencio y tu grito.

Anegaría el huerto con tus ojos moros.

Miro hacia fuera Es verano y los brotes explotan.

Sin embargo, tengo frío. Tengo frío de ti.

¿Recuerdas nuestras calles?

Son ahora, una larga avenida de lamentos.

Tampoco está la luna.

A medida que escribo los dedos se adormecen

Adormecida, alma.

No sé si es nochería. Llovizna Ausencia.

No sé si vivo porque muero.

Pero me duele el frío.

Hasta los huesos, amor. Hasta los huesos.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Toda la lluvia dejo

en el cuenco de tu mano,

todos los ríos, cada arroyo de este mundo,

cada gota que la niebla deja entre las hojas,

la humedad de los besos,

toda el agua te ofrendo, toda el agua

si pudiera

recordar

alguna vez

como era andar sedienta

de tu cuerpo

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

-Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires.

Actualmente vive en City Bell.

-Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014).

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016).

Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018).

El orden del agua, (GPU Ediciones 2019).

MADURA, Editorial Sudestada (2021)

-Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche.

Halley ediciones (2022)

Patio.  elandamio ediciones. 2023

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LLAMANDO A LAS MINORÍAS SILENCIOSAS*

 

Hey

 

Vengan

Salgan

 

Dondequiera que estén

 

Necesitamos tener un encuentro

en torno de este árbol

 

Que no ha sido

plantado

todavía.

 

* June Jordan

(1936-2002)

 

-Fuente: Antología de poetas del Harlem.

 Traducción y selección de Eduardo Dalter.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El blues de los pájaros*

 

 

Sobre el río flotaba el piano

y sobre el piano, sin rostros,

dos personas cruzadas de piernas

hablaban en voz baja

la charla giraba en torno a un poeta chino

que leía sus textos a los pájaros

si no volaban el poema era posible

atrás, el piano ardía sin extenderse al resto

últimamente recuerdo este sueño, esos detalles

y a ese extraño poeta chino

ahora sé quiénes son

los rostros aparecen sobre el piano

sin los cuerpos, los pájaros tocan blues

y yo estoy quieto, extasiado

sin poder volar

 

*De Andrés Bohoslavsky.

-Del libro Una noche en bosque-poesía y otros poemas.

(Leviatán, 2014).

 

 

 

 

 



 

 

 

Atrapar un cóndor*

 

 

*Por Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

Para atrapar un cóndor es necesario encontrar a alguien que pueda explicarnos cómo hacerlo. Casi siempre es un anciano, ya que el modo de atrapar un cóndor suele ser un secreto custodiado por los viejos; pero sucede que los viejos, en estas cosas, se vuelven muy ladinos, lo mezquinan: primero, porque para saber, el que escucha debe merecerlo; y después, porque haber atrapado un cóndor es algo que los hombres admiten sólo cuando están despidiéndose. Tampoco es cuestión de andar escuchando las pavadas de cualquier viejo fabulador. Haber atrapado un cóndor es algo que se siente, se ve, se lleva. Hay que estar atento. Siempre es algo que le ha sucedido a otro, un ajeno. En esto no existe el amigo del amigo del amigo. Si alguien es hijo de quien atrapó un cóndor será por siempre nada más que eso: el hijo del que atrapó el cóndor; por lo menos hasta que sea capaz de atrapar el suyo. No tiene remedio. Es pesado andar en la vida siendo el hermano, el cuñado, el padre, o el hijo, del que atrapó el cóndor; por eso, casi siempre, todos los hombres de una familia comparten la proeza. Pero no lo cuentan. No se anda haciendo alarde de haber atrapado un cóndor. Acá todos se conocen y nadie quiere ser el hijo de un fanfarrón, el padre de un botarate, o el hermano de un personaje poco serio. Las mujeres sospechan de los tipos que andan contando que atraparon un cóndor. No creen que puedan ser hombres que sirvan para siempre. Cuando alguien ha atrapado un cóndor, se sabe; pero por otros medios. Porque si hay algo que tiene de importante el hecho de atrapar un cóndor, es hacerlo sin testigos. Uno tiene que agenciarse de un potrillo, de ser posible criarlo para ese fin; o puede comprarlo también, pero no es lo mismo. El potrillo que nació para atrapar un cóndor lo muestra desde chico, es distinto; o tal vez el que lo cría lo ve distinto. Hay que esperarlo seis meses, el animal debe poder llegar hasta los dos mil metros de altura por sus propios medios, y obedecer al bozal. No se puede andar tironeando de un potrillo hasta los dos mil metros de altura. Hay que elegir un lugar amplio, tiene que haber cancha para correrlo al cóndor, una pampa es lo mejor; pero hay pocas a esa altura.  Hay que refregarse al animal durante el viaje, uno debe oler igual que la presa, es importante el olor; el cóndor es bicho muy oledor, y visteador también: es desconfiado el pajarraco. Por eso lo mejor es un potrillo, un animal inusual a sus costumbres, podría ser un ternero también; pero ¿quién sube un ternero hasta esa altura? Una llama, un venado, una oveja o una cabra no sirven. El bicho sospecha. Y, además, no alcanzan una oveja o una cabra para someterlo. Al potrillo hay que matarlo de un tajo en el cogote, para que sangre mucho y sufra menos. Y sí, qué se va a hacer, nunca es barato ni amable atrapar un cóndor. Hay que hacer correr mucha sangre. El olor de la sangre disipa las sospechas. El olor de la sangre en el aire de las alturas corre como el sonido entre las montañas. Entonces el cóndor viene. Quietas las alas, mudo en el aire, sin agitar el silencio, planeando en círculos, el cóndor baja. Su sombra llega primero. Su sombra pasa prudente entre las montañas. Su sombra nos advierte de la mirada que la sostiene. Uno debe ir cubierto con un poncho, de ser posible pardo o sin colores llamativos. Uno debe simular ser una roca inmóvil debajo del poncho. Ni respirar debe. Muy bicho es el pájaro. Además, de carácter firme; un atisbo de sospecha y se va sin dar un picotón siquiera. Hay que dejarlo comer al cóndor, debe comer hasta hartarse, hasta que la pereza lo demore entre bocado y bocado, hasta que sólo la gula le impida marcharse. Pero hay que estar atento. Cuando empieza a mirar para el lugar desde dónde se ha llegado, hay que desatar todo junto el deseo de agarrarlo, hay que aturdirlo, atorarlo, asustarlo. Hay que irse encima de él, brazos abiertos, poncho al viento: todo grito y coraje. Primero el animal va a tratar de volar, hasta que entiende que no puede, que el peso no lo deja; pero abrirá las alas para hacerlo: tres metros de alas abiertas, tres metros o más. Alas que son capaces de cancelar la ley de gravedad; por eso es importante prenderlo en esos primeros intentos, cuando se encuentra aturdido y no piensa con claridad, porque toda la sangre se encuentra ocupada en el proceso digestivo, cuando el viento se le enreda en las plumas como la culpa se enreda en las polleras de las viejas. Después de eso hay que correr, hay que correr mucho y más rápido que él, convencidos que nuestras ganas de agarrarlo cansan menos que su miedo a ser atrapado. El cóndor no nació para correr, es terriblemente torpe corriendo, puede incluso dar risa; pero no hay que confiarse, algunos se escapan. El cóndor es un rey. Muchos pueden alcanzar y atrapar a un rey, pero no a todos les cabe en las manos un rey. El problema es alcanzarlo, hay que arrojarle el poncho, saltarle encima, inmovilizarlo; pero sin hacerle daño, eso es lo peliagudo. Tener ese inmenso animal entre las manos, que lucha, que no se entrega, al que no se lo puede dañar y que a su vez puede lastimarnos seriamente. Para evitarlo, hay que llevar un delantal de cuero, sujeto en las piernas y en el cuello; sabe usar las garras el cóndor, y sabe dónde están las partes blandas de todos los mamíferos. Hay que cuidarse mucho de las garras y el pico. Agarrar, se agarra un cóndor, el tema son las ganas de mantenerlo sujeto, la convicción de sostenerse en la empresa. Con él en los brazos, muchos flaquean. No es para cualquiera el cóndor. El pájaro también es consciente de eso. Por eso hay que inmovilizarlo, para que entienda que ha sido vencido. Sin dañarlo. No se daña un pájaro que vuela tan alto. Alguien puede extrañarlo allá arriba. Alguien puede preguntar por él. Ése es el sentido del juego, saber que al soltarlo algo de nosotros volará, se elevará y se perderá en el cielo con el cóndor. Después de todo, uno suele perder las cosas para volver a encontrarlas alguna vez. Pero antes hay que mirarlo a lo profundo de su ojo de asombro, él debe vernos, debe entender que no es el único rey; luego hay que darle vuelta la cara y mirarle el ojo de miedo; él debe sentir en nuestra mirada que no se daña un cóndor. Él debe saberlo. El mensaje que se lleve cuando se marche debe ser claro. No se debe soltar nunca el cóndor con miedo, hay que ser paciente y firme. Cuando se ha calmado, cuando ya está tranquilo porque entiende que todo es un juego, con mucho cuidado, de golpe, hay que dejarlo libre. Se parará y defecará el cóndor, y probará sus alas, tomará carrera uno o dos veces; pero al fin lo habrá de lograr, siempre lo logra, el cóndor nunca se muere en las vísperas. Se irá entonces el cóndor, dando giros cada vez más amplios para elevarse, alejándose y volviendo. Aunque parezca extraño, nos usará de referencia; pero mirando hacia abajo de otra manera. Se irá sabiendo algo nuevo. 50 Uno también se quedará mirando hacia arriba de otra manera. Sin querer, levantará una mano cuando el cóndor venga. Él verá esa mano, el cóndor todo lo ve. Eso es todo. Uno ya es alguien que ha atrapado un cóndor. Así dicho, no es gran cosa; pero, al volver al pueblo, la gente sabrá en el tranco, en la mirada, en las palabras que distraen sin negar, y en los silencios que omiten confirmar, si se ha tenido éxito. Eso se ve, se siente, se lleva. Nadie dice. Nadie pregunta. Pero al otro día se comenta que hay alguien más que ha atrapado un cóndor, alguien distinto; o un pobre payaso que ha fracasado en el intento de algo que le quedaba muy grande. Así visto, parece poco; pero hay que sostenerse en el empeño, hay que animarse a matar por un sueño, tener la sangre fría, la decisión, la paciencia y el cuidado. Un sueño que, bien visto, no agrega ni quita. Se puede pasar la vida sin desmedro y tranquilamente sin atrapar un cóndor, pero no es lo mismo. Incluso, en esta pobreza, sin ponerlo en palabras, en palabras con sonido, tímidamente al principio, algunos, con el tiempo, suelen llegar a preguntarse si ha valido la pena la muerte de un potrillo todo el asunto ese. Sin embargo, la vida insolente jamás ha omitido despejar esa duda en quienes lo han logrado y en los que no. Los primeros suelen ser más propicios a las buenas despedidas. A los otros, cuando les llegó la mala hora, les escuché decir más de una vez que sentían no haber vivido lo suficiente, o que tenían la sensación de no haber aprovechado su tiempo. Eso nomás les digo.

 

 

*

-Cuento ganador en la modalidad de castellano del XXXIII “Concurso de Cuentos Villa de Errenteria” organizado por Ereintza Elkartea, con el patrocinio del Ayuntamiento de Errenteria.

 

-Horacio Rodio nació en Llavallol, provincia de Buenos Aires, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error.

-Nuevo libro de cuentos de Horacio Rodio-

La oscuridad de los hechos .

-Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 



 

 

 

 

ECOS DE LA CALLE BREWER*

 

Desde la ventana del piso alto

del edificio

de la esquina, no tan lejos de

la bulliciosa

calle Oxford, el viejo Marx

derrama

unas pocas flacas lágrimas

por las cosas

de la historia y por los

ensueños

desvalidos, mientras consume

su momento

mirando hacia la calle.

Engels,

ya muy serio, lo acompaña,

entre los ecos

de lo que parece una

asamblea

de obreros, que se acercaron

desde

Shoreditch y otros barrios

para saludarlo y

escucharlo

con sus miradas heridas y

sus boinas viejas.

Porque la historia ya pasó,

y está pasando,

como un tren repleto entre

la noche,

que nunca puede saberse

adónde va.

 

*De Eduardo Dalter.

-Del poemario "Dos cigarrillos para Eliot" (2015)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ÉDOUARD LOUIS Y LA AUTOFICCIÓN DESDE EL MARGEN*

 

Alejandro Badillo lee dos libros del autor francés, en los que identifica posibilidades críticas de la escritura autobiográfica

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Quizá para algunos lectores sea familiar el nombre del escritor noruego Karl Ove Knausgård. La serie de libros agrupados bajo el polémico título de Mi lucha es un ejemplo representativo de autoficción, un género cuyas características fueron establecidas por teóricos como Serge Doubrovsky, que las puso en práctica en su obra creativa. No es necesario leer la serie completa de Knausgård para reconocer la apuesta principal de la autoficción en el siglo XXI: la exposición de la vida de una persona –en este caso un escritor de clase media– vista no a través del lente de la biografía sino con la ambigüedad como estrategia principal. Es decir, sin dejar claro hasta qué punto estamos leyendo, sin filtro, los entretelones de una autobiografía clásica y hasta qué punto somos cómplices de un ejercicio voyeurista al que sucumbimos por la adicción de mirar, en apariencia, la intimidad de una persona. La autoficción de nuestros días ha sido catapultada por la obsesión –ansiedad, se podría decir– de realidad, pues el ejercicio imaginativo se presenta a menudo como un modelo de evasión y superficialidad. Pensemos, por ejemplo, en las películas del llamado Universo Marvel y sus muestras de agotamiento.

Hago esta introducción para hablar de la obra del escritor francés Édouard Louis –en particular sus obras Para acabar con Eddy Bellegueule (2014) y Quién mató a mi padre (2018)–, porque representa una suerte de contrapuesta a la autoficción comercial que encabeza las listas de los libros más vendidos. Louis se mueve en una suerte de paradoja: explora las raíces de su vida desde la periferia y, al mismo tiempo, se ha convertido en un bestseller en Francia y otros países. Hijo de una familia obrera, nacido en 1992 Hallencourt, un pueblo en la región de Picardía, retrata el destino de una persona cuando su origen marginal lo condena a la pobreza, la violencia y el abandono progresivo del Estado.

Las obras de Louis son vistas no sólo como una radiografía de la desigualdad en el llamado Norte Global –punta de lanza de las políticas neoliberales exportadas a todo el mundo– sino como un antecedente de los movimientos de protesta ante el statu quo que se expresan a través de la izquierda –los chalecos amarillos y sindicatos, por ejemplo–, pero también han sido combustible para la ultraderecha que pretende responder las demandas de la población empobrecida por las políticas de las décadas recientes. Su estrategia, como es sabido, consiste no en resolver la desigualdad sino demonizar la migración, impulsar la guerra cultural contra el fantasma del comunismo y, recientemente, a partir del genocidio en Gaza, la islamofobia.

En Para acabar con Eddy Bellegueule, suerte de exorcismo personal a través de la biografía, Édouard Louis recupera varios tópicos conocidos de la memoria desde los márgenes: el descubrimiento de su homosexualidad en un entorno en el que debe ser reprimida; el intento por escapar a la pobreza y, por supuesto, la violencia cotidiana que funciona como una válvula de escape ante las difíciles condiciones de vida en un pueblo, lejos de las urbes en las que vive la élite francesa. La narrativa sobre la pobreza no es nueva. El naturalismo francés, cuyo exponente más conocido es Émile Zola, describía a las víctimas de la desigualdad en el marco de una sociedad determinista que condenaba a los habitantes de la periferia desde su nacimiento. La obra de Louis es una suerte de actualización de esta propuesta mediante la confesión en primera persona, lejos de las pretensiones sociológicas –asépticas– de la literatura del siglo XIX.

En muchos casos la autoficción pretende sumergir al lector en una esfera de autocomplacencia. A contracorriente, los textos de Édouard Louis recurren a un close up para mirar el mundo interior del protagonista, pero también para hacer un inventario del desastre social que se vive en Francia, a través de una narrativa descarnada. No hay final feliz más allá de la aceptación del autor-personaje en una escuela lejos de su familia para que pueda estudiar artes. Sin embargo, a pesar del escape, sabe que la pobreza es una marca en un entorno en el que la meritocracia no existe y en el que los engranajes que procesan a la población se parecen, cada vez más, a la sociedad estamental de antaño.

En Quién mató a mi padre explora la dinámica familiar a partir de la violencia que se ejerce a diferentes niveles, en una opresión que se vuelca desde las políticas de gobierno hasta los miembros más pequeños de las familias llevadas al límite. El ejercicio se aleja de la autobiografía tradicional y se presenta como episodios fragmentarios en los que se narra el accidente que tuvo el padre de Louis en la fábrica en la que trabajaba, y que lo discapacitó. A partir de ahí la familia comprueba los diferentes niveles de abandono estatal: la burocratización de la pobreza; la degradación de las ayudas sociales –entre ellas el acceso a medicinas– y el ataque desde la cúspide del gobierno a los sectores que no se pudieron unir a la fiesta de la globalización y la utopía del libre mercado.

En Quién mató a mi padre hay un episodio en el que se condensa el reclamo de Édouard Louis a lo largo de su obra: en un diálogo imaginario con el padre le dice que es consciente de que la política es una cuestión de vida o muerte. Acto seguido recuerda un pequeño milagro: un otoño la ayuda del gobierno francés para material escolar aumentó casi cien euros. Entonces la familia viaja en su diminuto auto a la playa para conocer, al fin, el mar. Es la celebración de una acción política que para la élite es intrascendente, cotidiano. Después afirma: “las clases dominantes pueden quejarse de un gobierno de izquierdas, pueden quejarse de un gobierno de derechas, pero un gobierno nunca les causa problemas digestivos, un gobierno nunca les destroza la espalda, un gobierno nunca los lleva a ver el mar. La política no cambia sus vidas, o lo hace bastante poco. Esto también es curioso, ellos hacen la política, pero la política apenas tiene un ningún efecto sobre sus vidas. Para las clases dominantes, la política es a menudo una cuestión estética: una manera de pensarse, una manera de ver el mundo, de construirse como individuos. Para nosotros, era vivir o morir”.

 

*Fuente: La Tempestad

https://www.latempestad.mx/edouard-louis-y-la-autoficcion-desde-el-margen/?

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las

novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza

 (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).

Recientemente ha publicado:

“La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Límites*

 

Se arroja la araña al vacío confiada

en la resistencia del hilo primordial.

Lo ha tejido sin experiencia previa

con un saber heredado sin escuela.

En el punto límite final se balancea

y toma un punto lateral de sujeción.  

Entiende cuando la tela se completa,

orbícula los bordes y presiente algo.

O SEA, DIGAMOS, duda, pero es sabia.

Los cuatrocientos millones de años de ver

extinguirse miles de especies la detienen,

y, prudente, espera cada día su bocado.

Si las arañas fueran capitalistas el mundo

estaría atrapado, inmóvil, y esperando,

exhausto y optimista, que la desgracia

le toque al de al lado.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

 

 

 


 

 

 

 

 

SUEÑOS*

 

Aférrate a tus sueños

Porque si los sueños mueren

La vida es un pájaro de alas rotas

Que no puede volar.

Aférrate a tus sueños

Porque cuando los sueños se van

La vida es un campo estéril

Congelado por la nieve.

 

*Langston Hughes.

(1902-1967)

-Fuente: Antología de poetas del Harlem.

 Traducción y selección de Eduardo Dalter.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Cuando

te atraviese

el rayo

de la felicidad,

no te resistas.

 

En el precario

refugio

de los días

es el relámpago

que ilumina

las sombras.

 

Luego,

habrá

tiempo

para noches oscuras.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

 

 

 

 


 

 

 

Ella no era atea de maravillas*

 

Ella frota la maravillosa lámpara. Surge un genio alto y fuerte que se tiende a su lado, se expande para olvidar la estrechez en que estuvo guardado tanto tiempo, la roza apenas de mil y una forma y le dice:

“No te preocupes tanto en pensar los deseos, esta vez van a ser más de tres”

 

*De Cristina Villanueva.

-A SU MEMORIA-

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

 

Que todos los dioses te acompañen, excepto uno*

 

 

Transportamos la tierra en los zapatos:

Hemos revuelto el polvo

Y las estaciones del tren han quedado

En desorden por todas partes.

 

También la tierra de los pueblos

Se acumula en nuestros hogares:

Traemos los zapatos cubiertos

Con diminutas partículas de donde pasamos.

 

En unos cuantos días

Una persona

Sería capaz de acumular

Todas las estaciones ferroviarias bajo su cama,

Si no fuera

Porque de regreso a las vías,

La tierra de los zapatos

Se despide en silencio.

 

Si pudieran ser como los polvos de tierra

La gente que vive olvidada en cada pueblo,

Sin duda se bajarían del zapato que las transporta,

Las gira y las revuelve,

Para buscar una historia que incluya sus nombres.

 

Y parecieran sabias

Las partículas de polvo,

Que no pierden oportunidad

De viajar con nosotros…

Pero se pierden en los ascensos y los descensos,

Se equivocan de estación,

Y ninguna de ellas

Logra regresar a su lugar de origen.

 

Parecieran sabios

Los letreros con los nombres de las estaciones

Colocados en su debido lugar…

Pero la tierra a la que nombran

Nunca es la misma:

Viaja siempre en tren,

Y no sabe leer los letreros, ni dónde bajarse…

 

Del mismo modo,

Pareciera sumamente sabia

La decisión de nombrar a los países

Como “desarrollados” y a otros “subdesarrollados”,

Cuando el desarrollo y el subdesarrollo

Sólo se conservan

Si se hace depender del primer mundo

A la economía de los demás países.

 

… Y la tierra viaja en trenes,

Se confunde de estación de origen y de llegada,

Se pierde en el tercer mundo,

Y nadie le mira,

Hasta que los zapatos están demasiado sucios,

Y se les limpia con un trapo

Que también tiene su historia…

 

*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Coyoacán. México.

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

FRANCISCO A. BERRA.

 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN GOYENECHE.   

 

GOBERNADOR UDAONDO. 

 

LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

ESTACIÓN DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

D. SÁEZ.   

 

J. R. MORENO.   

 

 EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

LISANDRO OLMOS.

 

 INGENIERO VILLANUEVA.

 

 ARANA.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

 

 

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