viernes, junio 12, 2026

DE LO PRECARIAMENTE VERDADERO

 


* Nebulosas cunas del universo.

-Fuente: https://www.iac.es/

Instituto de Astrofísica de Canarias.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Presentes en la ausencia*

 

Ya no hay tranvías

que recorran la ciudad,

ya no hay gente

 

Las soledades se esconden

en las miradas que se cruzan

 

Ya no hay más trenes

ni pasajeros dueños

de su única historia

 

Las palomas mueren

como los versos

de un poeta dormido

 

Ya no hay esperanzas,

ni banderas, ni cafés

 

Las plazas se llevaron

el único pasado

que alguna vez tuvimos

 

La gente se fue

como se van los tiempos

 

Ya no hay carambolas

ni palabras impresas,

no hay carteles

ni fachadas

 

Se nos fue el siglo,

y todo lo que eso implica

 

 

*De Lautaro Lobbosco.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DE LA EROTICA CUANTICA*

 

 

*Por Miriam Cairo.

 

 

SER Y EXTREMO

 

Como los peces que eluden el destino de morir en las redes, o como el néctar del gladiolo que sólo existe en la lengua de las mariposas, la culona odalisca entra y sale del harem del viento, entusiasmada por el arrullo de sus disparates sexuales. Hasta una mínima partícula del universo comprende, que sería irracional destrozar esa red de velos con meros fines espirituales. La odalisca ignora que hay un mundo ínfimo al acecho y creyéndose sola, sin remilgos guarda y quita, guarda y quita un tallo de varón en su otro corazón extremo.

 

PARTICULA Y ABISMO

 

Alguien busca algo encima del abismo. Algo que pueda explicar por qué las ondas deben transportar energía sólo en arandelas nimias. Alguien no cree que esos ínfimos objetos puedan ser algo más que un artificio poético, matemático o religioso.

Desde un punto de vista filosófico, las partículas podrían discutir eternamente: ¿los que caen en el cenicero transparente sin hacer pie, las dobladoras de sombras, los hombres caracol y las odaliscas culonas son reales o son seres ideales que esconden una especie de as bajo la manga?

 

 

SER Y CREPUSCULO

La dobladora de sombras agita el pañuelo de la oscuridad con ademanes de sueñera empedernida que no ve en lo soñado una antítesis de lo vivido. Tal vez por eso, sea tan cuidadosa con los pliegues de la noche, tan paciente en el conteo de lágrimas. Si ella empuña el corazón extremo, es porque no busca la palabra acomodada. Hacia el final de las inquietudes y las brumas, la dobladora no se jacta de crepúsculos porque su arte se alborea de manera pudorosa.

 

 

ATOMO Y ESPEJISMO

 

A medida que transcurre el tiempo, las partículas, guiadas por los resultados de ciertos experimentos, comprenden que su vida en el universo se volvería más atractiva si empezaran a parecerse a los seres que esconden una especie de as bajo la manga. Así, comienzan a emitir destellos cuando son iluminados por una luz humana. La razón por la cual algunas de estas criaturas provocan electricidad es porque están aptas para moverse saltando desde un átomo hacia un espejismo. Desde una molécula hacia una esperanza.

 

 

SER Y SUSTANCIA

 

El que cae en el cenicero transparente sin hacer pie se siente incómodo y débil en los relatos del campo, de laboratorios o de montaña. Cree que la naturaleza y la ciencia, como las mujeres, son bellas pero incomprensibles.

Tampoco es hábil para mover una pila de escombros, piedra por piedra, porque está harto del cliché, pero sigue confiando en la dopamina. Por la misma razón ignora aquella regla de tres por la cual "un gigante invisible quitando sólo un día por vez, poco a poco termina llevándose la vida."

 

 

CUANTOS Y ENAGUAS

 

Para los fotones, es un hecho comprobado que los seres no están firmemente ligados a la realidad, como a otras sustancias. Por lo tanto, cuando alguien de la misma especie, pero con faldas, se agita la energía debajo de las enaguas, pueden salir en tropel a golpetear electrones y sacar corpúsculos del confinamiento. Para el fenómeno, existen una serie de detalles epilépticos que eluden explicaciones morales. Los fotones, boquiabiertos, necesitan de una poética cuántica para explicar este costado del universo.

 

 

SER Y BANDERA

 

El hombre caracol recorre el mundo con pasos que apenas pueden sostenerse sobre la fuerza áspera de lo precariamente verdadero. Es impresionante cómo ese movimiento tan pequeño, desata el pensamiento y ahonda la confusión. El hombre caracol es sensible a los estragos y a los besos, pero eso no impide que siga buscando los rastros de plenitud fuera del surco de los días. Agita la bandera del sexo endulzado con sexo que vuelve transitoriamente habitable el generalizado error de la existencia.

 

 

CORPUSCULO Y ENSUEÑO

 

Las partículas, desde los macroscopios, miran el enorme mundo que a simple vista las ciega, y detectan que, una vez comenzada la liberación de calzones, se incrementa la energía de los seres que esconden un as bajo la manga. Y aunque el mundo se halle en estado de cornisa, aunque los últimos estén muy lejos de aceptar el lugar de los primeros, aunque el pájaro no cante hasta morir y prefiera el silencio, las partículas, trémulas, a veces herméticas en su lirismo impenetrable, se abren paso en una suerte de búsqueda de vida amorosa que dé más fuego al orden y desorden de su dialéctica existencia.

 

 

*Fuente: Rosario/12.  Sábado, 6 de junio de 2009

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-18820-2009-06-06.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

UNDÉCIMA PARTE

 

Una mañana, comprobando que quedaba poca comida y agua, decidí salir a explorar un poco más. Empaqué sólo lo indispensable en la mochila. Dejé la computadora. No tenía caso arrastrar su peso por el bosque. Había tenido la idea de arrojarla desde alguna loma para que rodara hasta romperse entre las rocas. Otra posibilidad era buscar el curso del río y, ahí, dejar que fuera arrastrada por la corriente. Se hundiría con rapidez hasta desaparecer. Sus piezas sobrevivirían mucho tiempo, quizás miles de años. En el viaje hacia el sur algunas piezas se desprenderían, como los herrajes y coyunturas de un barco torpedeado por el enemigo y que se desangra lentamente en su curso. Guardé todo lo que me podría ser útil. Tenía las libretas, agua y los frascos de conservas restantes.

Comencé a alejarme del Puesto de Vigilancia. Miré el sendero por el que habíamos llegado. ¿Quién lo había hecho? ¿Qué pasos, repetidos una y otra vez, habían abierto esa brecha angosta, que parecía desaparecer en cualquier momento? Seguí caminando unos metros más. De pronto pensé, como una especie de sabotaje, que sería suficiente dar un pequeño rodeo para tener la posibilidad de regresar al Puesto de Vigilancia. Si un animal me emboscara podría refugiarme. A pesar de la indecisión seguí caminando y, cuando me di cuenta, el Puesto de Vigilancia se veía lejano. Era un rectángulo minúsculo y de color rojo. Un poco más y desaparecería de mi vista. El claro en el bosque también quedó atrás. Suspiré y seguí caminando.

Después de un rato de marcha escuché un murmullo acuático. Me di cuenta de que el sonido correspondía a una caída de agua o un río tumultuoso. Pensé en el río tóxico y en su curso que, de alguna manera, había replicado mi viaje con Lucrecia. Era un guardián que siempre había estado ahí, lejos para verlo, pero con la suficiente presencia para que nosotros, sin estar conscientes del todo, quisiéramos continuar, como bestias inmersas en una migración ciega. Sentía la fuerza del agua. Miré de nuevo atrás, justo como lo había hecho con el último contacto visual de Lucrecia. Me sentí como un náufrago que abandona, casi sin querer, quizás motivado por la esperanza disfrazada de curiosidad, su isla. Lo que me guiaba, en mi caso, era un canto abstracto de sirena, un canto lleno de signos ocultos, encriptados en cada una de las gotas que conformaban la corriente impetuosa, agresiva, que erosionaba piedras, cuerpos, todo. Era encontrar, de nuevo, la imagen que había tenido en la ciudad de Lucrecia. De alguna forma el río representaba el nervio vivo de ese lugar, un demonio que reptaba atrás de las casas y que susurraba en los oídos de la gente.

Seguí caminando. Ya no era la idea de encontrar u olvidar a Lucrecia; tampoco quería comprobar una de mis muchas fantasías. Era, simplemente, el hecho de avanzar por el mundo, de perder el miedo, no pensar más que en el río y en algún posible final. Me interné en la profundidad del bosque. Me sentía extrañamente fuerte. Era la adrenalina que se hacía presente a través de los latidos que recorrían mi cuerpo. Después de un rato de marcha pude ver otro claro. Saqué una libreta. ¿Valdría la pena detenerme para intentar un nuevo mapa, uno en el que el protagonista principal fuera el río, su curso que semejaba una larga cicatriz, una grieta que dividía en dos el mundo? La visión del río me llevó, otra vez, a Lucrecia. Quizás estaba oculta entre la vegetación, asomándose de cuando en cuando tras un árbol, mirando mi deambular. El “no somos eternos” seguía flotando en mi mente. Era una clave más, la más pura y la más críptica que había encontrado hasta entonces. Pensé en llenar cada una de las hojas que me quedaban con letra pequeña y ordenada. “No somos eternos”. ¿Qué quería decir eso?

Me detuve y me sequé el sudor con las mangas de mi camisa. Era un sudor que se enfriaba, de inmediato, en mi piel. Podía escuchar los latidos de mi corazón. Era un repiqueteo esforzado, rápido y constante. Traté de distinguir la respiración de Lucrecia, sus pasos entre las hierbas, sus manos apartando matorrales para encontrar un camino más fácil de transitar. La respiración de ella era como escuchar un sonido bajo el mar. La enfermedad era agua que la llenaba lentamente, invadiendo sus pulmones, haciendo más lentos los latidos de su corazón, sumergiendo su vida, ensimismándola para que no peleara y se rindiera a una pereza engañosa, a la necesidad de contemplar, con sorpresa, el mundo, como si éste se renovara cada instante, un regalo único antes de la muerte y eso le otorgaba, de alguna forma, una dignidad desconocida para mí, que no podía apreciar y que acaso sospechaba cuando, en medio de una respiración entrecortada, le preguntaba si estaba bien y ella sólo podía sonreír.

Escuché el murmullo del río. El sonido se acercaba. Era una bestia nutrida por la lluvia que había caído en la historia de la mujer. Millones de gotas se habían unido en el flujo poderoso del río. La lluvia que alguna vez había caído en el pueblo seguía impulsando la corriente. Tuve miedo de encontrar el cuerpo de Lucrecia incendiado, flotando boca arriba, con las manos entrelazadas sobre el pecho. Su rostro estaría oculto por el humo. No estaba dispuesto a verla así porque esa imagen me atormentaría hasta el último momento. Pensé que me acercaba a la desembocadura del río. Quizás no había más murallas sino un mar inmenso y despoblado. El más allá era una superficie estéril de agua. Ahí iban los cadáveres y la basura. Era un viaje sin retorno, como una flecha que siempre va hacia adelante, que nunca pierde la fuerza. Ahora, el misterio, sería el origen del río, saber dónde nacía, si su curso atravesaba la muralla o nacía en ella, como un brote mágico o una sustancia que emergía del centro del mundo. También, por qué no, estarían los desaparecidos y ellos me contarían, con voces temblorosas, sus historias, la imposibilidad de volver con sus familiares. Encadenaba mis fantasías para sacar fuerzas y seguir caminando. Pensé que, si alguien entraba al Puesto de Vigilancia, podría encontrar las huellas de mi tiempo ahí. Después utilizaría esas claves para buscarme en el bosque. Un nuevo viajero seguiría mis pasos.

Supe que había llegado al final de mi viaje cuando, después de pasar una leve colina miré, a lo lejos, la estela del río y una cascada. Al lado este de la corriente destacaba la alta figura de la muralla. La mole se alzaba en medio de otra parte del bosque y se perdía en una neblina densa y compacta. La cascada se despeñaba como una avalancha de vapor. Matorrales y plantas que estaban en los costados se agitaban por el embiste de la corriente. La caída era estruendosa y después el río recuperaba su calma. La ruta seguía hasta que se perdía de vista. La muralla era tan alta que parecía cubrir esa parte del mundo. Me pregunté cómo no la había visto desde el Puesto de Vigilancia. Me sentí en el interior de un inmenso caparazón. Las nubes, menos densas en ese punto, eran lo único que podía sobrevolar la construcción. Mi atención se concentró, de nuevo, en el río: miles de pedazos de plástico fluían. El ruido que había escuchado era el entrechocar de los fragmentos. Creaban un sonido intenso, como el de una multitud de tambores anunciando la guerra. Quizás, de vez en cuando, era arrastrado un objeto muy grande. Ese viajero derribaría todo a su paso, como un meteorito que no se desintegra y que sigue su camino de manera artificial. Intenté en vano distinguir cadáveres entre los desperdicios. La desintegración, en ese punto, los había llevado a un naufragio completo. Los huesos, únicos sobrevivientes, estaban en un trayecto anterior, hundidos en el lecho del río para seguir ahí, anónimos y pacientes, retando al tiempo y contando, entre el polvo flotante, su historia. El olor no era intenso, quizás porque muchos desechos eran piezas de plástico pequeñas, blancas, como piedras decoloradas por el largo viaje y la interacción con sustancias salidas de quién sabe dónde.

Una característica interesante era que no todos los fragmentos continuaban su trayecto hacia el sur. Había un remolino, causado por el cruce de corrientes profundas, que impulsaba a que algunos pedazos salieran del cauce. De esta forma abandonaban el viaje y caían en tierra. El paso del tiempo había dejado, en la ribera, pedazos de llantas, puertas incompletas, cilindros, vidrios que habían resistido el combate con sus compañeros de viaje y que, milagrosamente, no estaban hechos polvo. Los restos llenaban una parte del paisaje y ofrecían un territorio multicolor, lleno de relieves. No tenía fuerzas para intentar una aproximación. El piso estaba resbaloso. Era un espacio saturado, como muchas voces hablando al mismo tiempo, buscando confundirte, hacerte caer para terminar como uno de los cadáveres flotantes que zarpaban tierra arriba, con los ojos profundos y las bocas devoradas por el fuego.

Me detuve para tomar aliento.

Me di cuenta que, en las cercanías de la caída de agua, se daban cita los pájaros negros que hacía mucho no había visto. Eran parvadas enteras las que graznaban y disputaban, entre picotazos nerviosos, las ramas de los árboles. Algunos pájaros sobrevolaban la zona, como si tuvieran la misión de espiar a los viajeros que se aproximaban a sus territorios. Recordé el primer texto que había leído y quise sacar el pedazo de revista que aún conservaba en mi mochila para continuar con el trabajo que, de alguna manera, había quedado inconcluso. El texto continuaría, con mi aportación, esbozando una extensión de la genealogía de las aves. Escribiría que, los únicos pájaros sobrevivientes a la extinción, eran aquellos animales oscuros y nerviosos. ¿Cómo habían podido perdurar? ¿Cuál era la diferencia con las otras aves? Quizás era la avaricia que se podía advertir en los ojos relampagueantes, en la manera en que peleaban por la mejor rama de los árboles. Seguía pensando en esto cuando pude ver a un hombre que se acercaba a la orilla del río. Por un momento tuve una sensación de incomodidad. Él, sin darse cuenta de que alguien lo observaba, comenzó a recoger los pedazos de basura que tenía más cerca. Agucé la vista: el hombre, ligeramente encorvado, tenía la cabeza blanca y estaba vestido con harapos. Guardaba sus descubrimientos en una gran bolsa de tela. Me acuclillé por temor a que me descubriera. No sabía la razón exacta de mi desazón. Quizás era, simplemente, no saber qué hacer, cómo actuar. Prefería mantenerme a la expectativa, medio oculto por la distancia y por los relieves de la zona.

Decidí acercarme un poco más para observar mejor. El hombre seguía seleccionando pedazos. Su búsqueda no era al azar. Cada objeto, al parecer, por la inclinación de la cabeza y el movimiento de los brazos, era sometido a una cuidadosa inspección. Algunos fragmentos eran descartados por su tamaño. Mientras el hombre evaluaba un nuevo tesoro, imaginé a cientos de recolectores como él, armados con canastas o bolsas de plástico, recorriendo las orillas del río. Adentro del bosque habría una comunidad construida, acaso fundada, con aquella materia prima. Deberían tener una buena organización para evitar peleas por los objetos más valiosos. Habría castas, divisiones sociales, ritos. Me pregunté si el hombre buscaba sólo las piezas de determinados aparatos para intentar una reconstrucción casi imposible. Tal vez sólo se dejaba guiar por el color blanco, por las formas geométricas, por la posibilidad de que una encajara con otra. Otra hipótesis era que la actividad del hombre fuera totalmente irreflexiva: movía los brazos y sus manos como alguien que respira, que bracea en un mar espeso y oscuro. Sólo se detenía cuando necesitaba un descanso. El resto del tiempo era una hormiga laboriosa, demasiado enfrascada en sus asuntos como para darse cuenta de otras cosas. Era la vida simple que había visto en la ciudad de Lucrecia y en el pueblo donde desaparecía la gente. Los cronistas de esas experiencias, como el viajero de la libreta roja y yo, éramos testigos impotentes, incapaces de trascender entre la gente, descifrar a cabalidad todos sus gestos.

Me alejé del punto de observación. Necesitaba pensar con más claridad. Me dolían las piernas. El río seguía fluyendo. El punto final era la muralla, es cierto, pero eso no explicaba mucho. Era, simplemente, la frontera. El río, a un costado de ella, era una frase infinita; alguien contando, hasta el cansancio, variaciones de la misma historia. Quizás, un poco más adelante, estaría una muralla que, a su vez, sería el límite de una ciudad muy parecida a la de Lucrecia. Murallas encerrando murallas hasta llegar a un centro, un punto primordial y tal vez inexistente. Me pregunté si, en realidad, esa “ciudad muy parecida a la de Lucrecia” sería la misma que había visitado. Sentí escalofrío cuando pensé en la posibilidad de haber hecho un rodeo y estar a punto de encontrar, de nuevo, el punto de inicio. El mundo, en este caso, era un círculo que te atrapa, te asfixia lentamente hasta llevarte a la locura. Esa suposición, que ganaba fuerza con los segundos, me sirvió para no regresar al río. La opción que restaba era seguir internándome en el bosque. Era probable que el viejo recolector no estuviera solo. Él me contaría una historia diferente. Pensé en él como una forma de darme ánimos. Abrí la libreta y escribí que el hombre era el fundador de una ciudad. Después de él llegaron mujeres y niños. Empezaron a construir sus viviendas de los residuos que transportaba el río. Millones de pedazos de plástico habían sido utilizados para fundar toda una civilización. Algunos muy pequeños, eran casi inservibles. Pero, a intervalos, bajaban por el río grandes pedazos, partes de artilugios cuya apariencia apenas se podía imaginar. Algunos desechos habían perdido su forma por el golpeteo con otros. Por esta razón ellos aprendieron a juntar esos pedazos para hacer cosas útiles. El plástico, casi eterno, era la materia prima para hacer cualquier cosa. Guardé la libreta.

Me interné por el bosque. No podía ver el río, pero el sonido me hacía sentir su presencia. El cielo, desde mi punto de observación entre las ramas de los árboles, comenzaba a tener fisuras. Las nubes perdían peso, se volvían vulnerables, como si la presencia de la muralla las debilitara lentamente. Pensé en el cielo como un puño inmenso, abriéndose para dejar que la luz se filtrara entre los dedos. Estaba inmerso en esa contemplación, cuando escuché la voz de un hombre.

–¿Está perdido?

Respingué y me puse a la defensiva. A escasos metros, el viejo recolector me sonreía.

–Estoy conociendo el lugar –murmuré.

El viejo se rascó la cabeza blanca. Iba vestido con un overol azul y unas botas negras de plástico.

–Bienvenido –dijo.

–¿Dónde estoy?

El viejo miró las puntas de sus botas. A su lado descansaba la bolsa de tela. Estaba llena. Le había costado un gran esfuerzo arrastrarla por el bosque. Yo me había acercado a él, sin poder distinguirlo. Sentí que estaba en una trampa.

–No hay nombre para este lugar –me dijo con un suspiro– tal vez sea momento de encontrarle uno.

Sonreí. Pensé que estaba bromeando. Le dije, para seguir con el juego.

–¿Cómo lo llamamos?

–Tenemos mucho tiempo para pensar –respondió con una extraña seriedad en la voz.

En la bolsa se arracimaban innumerables pedazos de plástico.

–¿Qué va a hacer con ellos? –le dije, señalando su tesoro.

–No sé aún. Sólo los junto. Lo hago por costumbre. Es una larga historia. El viejo, en la penumbra del bosque, parecía una criatura salida de él, nutrida por la vejez de los árboles, las ramas muertas, el follaje casi gris. El viejo me señaló:

–¿Sabe? Creo que soñé, en algún momento, con este instante.

Antes de seguir con el pensamiento, miró la muralla y dijo:

–Es maravillosa, ¿no es así?

Asentí en silencio. En algo estábamos de acuerdo. El viejo buscó en una bolsa lateral de su overol y extrajo una libreta.

–Siempre cargo con ella por si un día encontraba a alguien. Estoy emocionado. Siempre que salgo la llevo conmigo.

Me la dio con sus manos de dedos flacos, uñas cubiertas por una pátina de lodo. Era una libreta de tapas plastificadas. El tamaño era similar a la libreta roja que aún guardaba en mi mochila.

–La encontré en un recipiente de metal. Era una caja grande que tenía más cosas. Es difícil encontrar metal en el río. Casi siempre es plástico.

Imaginé una llamada de auxilio, la botella al mar lanzada por un náufrago esperando encontrar a la persona adecuada. Abrí la libreta. Lo primero que llamó mi atención fue la letra, apretada y concisa. No pude saber, de inicio, si el texto había sido escrito con pulso desesperado o con tiempo para revisar detalles, añadir descripciones, datos. Lo cierto es que, al menos esa primera página, no había frases enmendadas, todo había sido escrito de un solo impulso, como si el entero texto hubiera sido ensayado previamente hasta lograr una ejecución perfecta. La crónica, si es que puedo llamarla así, sin ninguna identificación ni pista del autor, tampoco tenía fecha. Eran diez hojas escritas por ambos lados. No pude resistir, tenía que leer todo, así que empecé sin importar la presencia del viejo.

 

(continuara)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

“A LOS CIEGOS NO LES GUSTAN LOS SORDOS” *

" Patricio y Los redonditos de ricota"

 

Soy lo que soy. A veces sombra, a veces luz.

Lo que soy, lo que era. A veces luna, a veces sol.

A veces soy, otras, existo.

Merodeando. Nuevos dioses vendrán.

Ya nada temo. He visto el balanceo fugitivas cuerdas.

Más de un siglo en mis huesos, no es cierto, sin embargo.

Y aun elijo esta América y monto en pelo la noche

Yegua verde que no baja al jagüel del miedo.

Soy lo que pude ser: Vuelo al viento o desgarro.

Hubo un tiempo frutal. Lluvia. Abuela. Refugio. Redención.

Luego, el holocausto y la zozobra y la risa sin dientes

.

Soy lo que quise ser, a veces río, a veces mar.

O quizás solo un vaso con agua y areniscas yertas.

Y un volver, a los brazos del páramo, volver.

A veces loca, a veces cuerda.

“Pero a los ciegos no les gustan los sordos

y un corazón no se endurece porque si” (*)

 

*De Amelia Arellano.

(*) Patricio y los Redonditos de Ricota.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Mundial ya no es lo que era*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Hace unos días veía un video en YouTube en el que se analizaba la poca influencia cultural de Kylo Ren, personaje interpretado por Adam Driver y villano de los episodios VII, VIII, IX de la Guerra de las Galaxias estrenados a partir del año 2015. Esta nueva entrega del universo imaginado por George Lucas, en particular El despertar de la fuerza —la primera de esa trilogía—, rompió récords de taquilla. Sin embargo, como analiza el creador del video, Kylo Ren no ha trascendido en el imaginario popular y se ha diluido. El diagnóstico del creador del video es que los personajes de las películas y series estrenadas en los años recientes han naufragado en la era de la inmediatez. Los íconos culturales del siglo pasado —exportados por Estados Unidos a casi todo el mundo— eran generados por películas como Indiana Jones, Star Wars, Rocky o Terminator, entre otros. Ahora los referentes son los llamados influencers y cualquier fenómeno viral que se evapora casi al instante para dar paso a otro.

La actual banalización y mercantilización de gran parte de la experiencia humana hace que extrañemos los viejos tiempos. Por esta razón el mercado nos ofrece la nostalgia como única ancla ante una realidad sometida a una hipervelocidad que degrada lo que experimentamos. La llegada del Mundial de Futbol de este año —un espectáculo global desde México 70, cuando llegaron las primeras transmisiones en vivo gracias a los satélites— también se ha convertido en un evento que será recordado por el difícil contexto global del 2026 y no por crear una huella que trascienda en el tiempo. El Mundial ofrecerá grandes jugadas, polémicas y récords; sin embargo, no podrá despojarse de la pátina de artificialidad que impregna los fenómenos mediáticos de ahora. Si la Olimpiada de México 1968 y el Mundial de 1970 dejaron una marca en el diseño gráfico e, incluso, en la arquitectura y espacios públicos, el de 2026 tendrá una vida útil muy corta en el imaginario popular. Los nombres de las mascotas de los tres países organizadores —Maple, Zayu y Clutch, un alce, un jaguar y un águila calva, respectivamente— tendrán poca resonancia en los medios de comunicación dominados por algoritmos que ofrecen un nuevo estímulo todos los días. La organización compartida del Mundial ha convertido un fenómeno que, usualmente, se aprovecha para crear una ilusión de unidad nacional, en un producto multiplataforma. El hecho de que en México se celebrarán sólo 13 de los 104 partidos totales abona al poco interés de la afición. En un estudio de opinión reciente hecho por Alejandro Moreno para El Financiero, sólo el 29 por ciento de los encuestados expresó estar “algo o muy interesados” en la competencia.

La industria de la nostalgia, como suele suceder, intenta otorgar algún peso a un evento deportivo que generará muchas ganancias y poca trascendencia. En los días pasados se estrenó la película México 86 dirigida por Gabriel Ripstein, con guion de Daniel Krauze y protagonizada por Diego Luna. Como apunta Efraín Navarro Granados en una reseña, el Mundial retratado en esta parodia inofensiva es una suerte de reivindicación de tiempos mejores, cuando México se hizo cargo del torneo en 1986. Éramos corruptos, pero capaces de organizar una gran competencia después de un sismo devastador. Todo se resuelve si le echas ganas y si estás dispuesto a embaucar a quien sea. Sin embargo, la nostalgia sólo trasciende cuando se participa en una experiencia colectiva más allá de los objetos coleccionables, como el famoso álbum Panini. En este aspecto —al menos en los estadios—, el Mundial dejó de ser un evento popular para volverse una transacción comercial para los que se permitan pagar precios sujetos a la oferta y la demanda. El filósofo Michael Sandel en su libro Lo que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, cuenta que en el 2009 el músico Bruce Springsteen dio dos conciertos en New Jersey con un precio máximo de entrada de 95 dólares. Pudo haber cobrado y ganado más, pero el hecho de haber integrado a un público más amplio —el de la clase trabajadora— volvió auténtica la experiencia, más allá del interés financiero de cualquier concierto.

El futbol profesional se ha alejado cada vez más del origen popular que lo llevó a las masas. La famosa “mano de Dios” de Maradona no podrá ocurrir en una cancha que evita cualquier injusticia gracias a la tecnología, aunque la organización del Mundial —que tuvo el buen tino de darle un premio prefabricado a Donald Trump por sus esfuerzos por la paz mundial— nos enseñe que la justicia sale sobrando cuando el dinero y el poder han capturado un espectáculo que pierde credibilidad cada cuatro años. Las escenas de una multitud entrando al Estadio Azteca para vitorear y cargar en hombros a Pelé en México 70 son impensables en la realidad actual dominada por la hipervigilancia y el miedo al terrorismo. Otra arista de esta realidad —incómoda para la FIFA y el gobierno mexicano— es el cúmulo de demandas y luchas populares que ya ocurren en la Ciudad de México y otros lugares del país.

Sea como fuere, cuando el árbitro pite el final del último partido, el Mundial de este año será sustituido por el siguiente estímulo proyectado en las pantallas globales. Sobrevivirán algunas anécdotas e imágenes, pero la épica de los antiguos torneos se habrá desvanecido, pues vivimos en una sociedad que descarta lo que aprovechó —jugadores, público, transmisiones— una vez que logró su máximo rendimiento.

 

 

*Fuente: Revista Común

https://revistacomun.com/blog/el-mundial-ya-no-es-lo-que-era/?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Caverna*

 

No es que seamos del todo inconscientes

de nuestra heredada condición de oscuros

y resignados habitantes sedentarios

en la caverna que pintó el filósofo.

 

(Aunque disimulemos, no ignoramos

que sombras sólo son, y no otra cosa)

 

Pero es más fácil permanecer quietos

sentados en silencio frente al muro

contemplando esas figuras móviles

y sus exuberantes maniobras.

 

Es más cómodo ver pasar las horas

sin esbozar un gesto, sin silbar una nota,

sin mirar hacia el sol -siquiera de reojo-

(porque la luz abrasa la retina).

 

Y si alguno levanta la cabeza,

si alguien susurra o canturrea,

si alguien grita que existen las estrellas,

entonces le miramos con desprecio,

le escupimos con furia, le arrojamos

las virulentas piedras de la ira

o el amargado esputo del silencio.

 

(No importará si el díscolo insurgente

es nuestro propio hijo, nuestra sangre,

el magma inmaterial de nuestra entraña).

 

Para preservar nuestra mentira

-nuestra tiniebla de imágenes fugaces-

le acuchillaremos ritualmente;

después veremos su sangre derramada

como si fuese otra, como si sólo fuese

la lava redentora de los dioses,

el fulgente licor de sus ensueños

-otra figura más en la pared bailando-.

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

-De Por si mañana no amanece.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

El hombre habló con el viento de las seis direcciones/ tocó sus alas para que llenaran el vacío del mundo./ A su lado/ emergieron las primeras piedras/ y rozaron sus manos./ Seguido/ sopló en un puñado de polvo al aire/ creando las grandes aves sagrados/ para que llenaran su soledad con color y canto./ Abajo/ en el mundo de los dioses oscuros/ se hizo la luz/ y éstos ascendieron al cielo/ iluminando la cabeza del hombre/ surgiendo así el lenguaje de las cosas con el hombre./ Luego/ éste enterró los pies en el vientre de la tierra/ sintió el calor del fuego/ que le urgía a caminar con rumbo hacia las seis direcciones del viento./

 

*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es

Columbus. Ohio

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

Un misterioso tren*

 

*Por Lautaro Lobbosco

 

De repente me encontraba en un tren. No sabía cómo había llegado, ni me acordaba de nada de lo acontecido en mi vida hasta ese instante. Sin embargo me encontraba muy lúcido, con el único detalle que no tenía conocimiento de quién era.

Lo más curioso de aquel peculiar tren eran sus pasajeros. Estaban allí, pero parecían ausentes con sus miradas convergiendo respectivos vacíos. Nadie se miraba. Daba la impresión que tenían la inocencia de un recién nacido, con la excepción que no tenían esa curiosidad característica. Algunos leían diarios, libros o revistas; si a eso se le puede llamar leer, porque en sus ojos observé una inmovilidad de la que nunca había sido testigo.

De súbito me dio la impresión de que ellos tampoco sabían de dónde venían, ni adónde iban, ni siquiera quiénes eran. Eran como yo, en principio, ya que no tomaban estos hechos como sorprendentes, más bien lo tomaban como algo habitual e indiferente. Concentré la vista en un viejo que estaba acostado sobre los asientos. Me di cuenta que habían centenares de moscas e insectos en su piel, devorándolo. No pude distinguir si aún seguía con vida.

Luego de esto, miré a las ventanas. Estaba muy oscuro afuera. Era la definición perfecta de oscuridad. ¿Sería un túnel, una noche de la más lúgubre o simplemente vagábamos por el vacío? Pensé en preguntarle a algún pasajero sobre el paradero de este misterioso tren, pero rechacé esta idea al instante. ¿Qué podían saber ellos? Traté de ver mi reflejo en la ventana, para así, quizás, recordar algo. Fue en vano, se reflejaba mi traje azul oscuro, mi corbata, pero en lugar de mi cara había un negro que se mezclaba con aquel extraño fondo. Las preguntas me inundaban la cabeza hasta tal punto que sentí que me iba a explotar. Traté de relajarme, aunque se me hizo bastante difícil. Esto simplemente no podía estar pasando. Era todo un sueño, una pesadilla, una alucinación. Pero las pesadillas siempre terminan. Acá, sea lo que fuese, estaba totalmente atrapado por el resto de la eternamente. Lo sabía perfectamente. De hecho era lo único que sabía con certeza.

Bueno, algo tenía que hacer. Si me quedaba quieto por un segundo más, las piernas ya no me responderían. Me moví. Fue sólo un paso, pero qué paso. Lo relacioné con el paso que hizo Neil Armstrong en la luna. Como era que me acordaba de aquello me resultaba imposible de responder. En fin, alguna pista de mi pasado tenía. Pero, ¿había llegado el hombre a la luna realmente? Bueno cómo se supone que iba a saberlo. Hice un gran esfuerzo por frenar mis pensamientos. Ya habría tiempo de pensar. Y demasiado.

Fui hacia otro vagón. Todo igual. Me refiero al tipo de miradas, las personas eran distintas, pero tampoco ayudaba demasiado. Seguí pasando vagones, con los mismos resultados. Durante horas, días, en realidad no sé cómo se mide el tiempo en la eternidad. Llegué a la conclusión que no habría caso, pero lo seguí haciendo por inercia. Capaz que todos los pasajeros habían hecho lo mismo hasta darse por vencido. Y yo llegué a lo mismo. Me estaba por perder en el abismo. No. No podía. No aún. Y puse mi mente en funcionamiento. Pensar en cosas absurdas y sin sentido no era muy útil, pero no me quería convertir en uno más de ellos. Al fin y al cabo en qué otra cosa se podía pensar en este tren. En un lugar donde no existe la lógica ni la razón. ¿Qué era aquello? ¿El purgatorio, el infierno, o simplemente este tren abarcaba toda la inmensidad del universo?

De repente un sonido musical llegó a mi oído. Era frío y distante, pero inconfundible. Se trataba, según creía, de una banda de jazz interpretando “Take Five”. Fue comparable a los cantos angelicales, o a un canto de sirena. Me hipnotizó. Emprendí la persecución a aquel increíble saxo. Pero cuando lo tenía más cerca, el sonido cambió de dirección. Justamente el solo provenía del lado en que yo venía. No podía ser que me haya confundido. Me estaba volviendo loco. No tuve más opción que correr a la dirección de la cual había venido. Y de nuevo cambió. Y así se repitió. ¿El sonido estaba en mi cabeza? ¿Me lo había inventado con el fin de tener esperanza en algo? Otra sensación extraña me atacó justo en la espina dorsal, como un rápido látigo. Esta vez no oí el sonido del saxo, sino que lo sentí. En todo el cuerpo y con todos los demás sentidos. En el ambiente se palpaba, se saboreaba, se olía a jazz. Estaba más presente que todas las personas del vagón juntas, aunque eso no era tan difícil. Decidí abstraerme de todas aquellas sensaciones. Traté de volver al vagón inicial. Ahí iba a poder poner en funcionamiento a mi memoria. Pensaba que podría ser como ir al inicio de mi vida, aunque estaba claro que no había nacido ahí en el tren, aunque nada estaba claro.

Repentinamente vi a una chica. Había muchas muchachas, pero esta era claramente diferente. Su mirada era de otro mundo. No tenía el tinte gris que se encontraba en resto del tren. Sus ojos parecían un arco iris. Luego de cruzar miradas, comprendí que ella sentía lo que yo. O ella era yo, no lo sabía. Aquella sensación me calmó inmensamente. Por primera vez me encontraba totalmente relajado, en aguas calmas. Teníamos dudas de si era o no necesario hablarnos. Yo tenía esa duda. Pero de lo que tenía duda es que ella dudaba lo mismo. Mirarla durante tanto tiempo me había alejado de la realidad. Simplemente tendría que volver la cabeza hacia la ventana y la realidad se haría presente al instante. Pero aquel negro profundo que antes inundaba el exterior del tren, ya no se encontraba. A cambio había una luz blanca que me encegueció por completo. No distinguía si la ceguera era momentánea, a causa de la diferencia de luz con el anterior fondo, o por el contrario, se quedaría en esta condición para siempre. El hecho me estremeció. ¿Por qué fui tan estúpido de desviar la mirada de lo único que valía la pena en aquel asqueroso tren? Un segundo fue suficiente para perderlo. Ya no quería saber nada más. Quería olvidarme de todo. Me eché en el suelo a dormir. Nunca lo había hecho. Era lógico, de esta forma despertaría en el mundo al que pertenecía. Y todo aquel tormento que sufrió desaparecería tan de repente como había llegado. Soñé. Estaba en un inmenso desierto. El calor era abrumador. El sol estaba en la cúspide. No lo miré. No quería perder de nuevo la visión. Por lo menos la retendría en sueños. No me encontraba ni bien ni mal, aunque ciertamente era mejor que el tren. Aún así, mis pensamientos sólo se encargaban de recordarme de los ojos de aquella mujer. Estaba allí. Reitero que no me encontraba incómodo en la infinitud del desierto, al contrario, era un respiro que me daba. Pero era consciente de que me encontraba en un sueño. El dilema era si tenía que despertar o no. Había varias posibilidades. Despertarme en una cama, en mi antigua vida. Quizá al lado de mi esposa, o sólo, daba igual. Pero la posibilidad de despertar en la nueva blancura del tren, me hacía no querer despertar nunca. Si la realidad era aquel tren, no la quería seguir viviendo. ¿Por qué el hecho de que la realidad fuese mala es mejor que una irrealidad mejor? Era un sueño. Yo lo manejaba. Podía tener lo que quisiese. Probé hacer aparecer una botella de agua. Excavé un poco en la arena y la encontré. Me la bebí de un largo y refrescante sorbo. Repetí esta acción como seis veces. Pero aquellas percepciones no eran más imaginaciones de mi mente. Me estaba engañando a mí mismo. Tendría que enfrentar la realidad, fuese cual fuese. A lo mejor me despertaría en el tren, pero con mi vista, y me encontraría con la chica de mis sueños. Había que ser optimista.

En fin, desperté. Seguía en el tren. Mi vista estaba intacta, aunque difusa a causa del sueño. Pero el tren era distinto, algo había cambiado. Tardé en darme cuenta que no era el tren en sí lo que había cambiado, sino el exterior de las ventanas. Esta vez no era ni blanco ni negro. Era un paisaje montañoso. También había lagos. Era realmente bonito y agradable. Esto sin dudas me había cambiado el ánimo. Lo que podía hacer una simple imagen del afuera.

Sentí una mano en mi hombro. Al instante supe de quién se trataba, quién sino. Me di vuelta. Y esta vez la cara no sólo eran sus ojos, también había una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si estaba bien. Sí, me habló. Era la primera vez que escuchaba una voz humana. Le respondí que sí, y no mentía, estaba mejor que nunca.

 

 

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-Lautaro por sí mismo: nací en Santa fe en 1996. Soy estudiante de filosofía de la UNL. Desde la adolescencia me interesa explorar múltiples mundos artísticos como son el cine, la música y la literatura. Desde hace unos años expandí ese mundo hacia un interés por la pintura y la fotografía, disciplinas para dialogar con mi escritura.

 

 


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