viernes, julio 17, 2026

A LA CLARIDAD INSOPORTABLE DEL SILENCIO.

 



 

*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam

http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160

 

 

 

 




 

 

 

La dificultad de ser*

 

 

Mañana dijiste ayer y lo dirás de nuevo

hoy que es el mañana de ayer.

Nadie lo sabe aún, nadie lo sabrá ya.

Nadie lo supo en otras incontables veces.

Dignamente lo guardaste en el silencio

que sangra entre los crepúsculos del día.

Lo que no se nombró no fue nunca nada.

Lo que se ignora no existe ni existirá nunca.

Sólo está el problema del insomnio.

Mal dormir le da forma a eso que siempre es hoy.

Ese ahora posible siempre demorado.

Ansiedad, desesperación casi llanto.

La irritación de encontrar la voluntad

de ese primer paso que no inicia nada.

La pesadilla es despertar a este mañana de ayer.

A este hoy que es el ayer vacío de mañana.

Al recuerdo de las formas nítidas del insomnio.

A la claridad insoportable del silencio.

A estas imperfectas formas ajenas

que te impone el silencio.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

INFIMO Y SIDERAL*

 

*Por Miriam Cairo.

 

Sé demasiado sobre mí misma.

Sé todo lo que no sé sobre mí misma. No saber es lo que mejor hago, a veces.

Qué hermoso es este paisaje. Si una flor me llamara por mi nombre, acudiría. Estas rocas nacaradas, este musgo blanco, esta polución celeste, estas partículas estáticas, qué hermoso es este paisaje. En los pozos se oyen croar las ranas de la luna a esta hora de la noche. Más de una vez me ha parecido que flotaba, en el aire lunar, un olor a fieras terrestres. Sé que si doy curso a mis lucubraciones la fiera me devorará. Sé demasiado sobre los posibles de los imposibles.

Aquí hay muy poco ruido, muy poco aire y mucho espacio.

Extiendo el brazo y acerco una estrella o caracola. Abro el libro o la memoria mientras lucho con los mínimos remolinos de atmósfera que me quitan las páginas de las manos. Acerco la estrella un poco más como si fuera una lámpara. Me demoro un rato en esta ilusión. No se me quitan los hábitos terrestres. Lejano como una invención veo el viejo planeta flotando en una gigantesca y cósmica taza de café.

No hace ni un mes, ni un año, ni un minuto, pensaba que jamás llegaría tan alto, o tan lejos, o tan adentro, hasta que vi aquella mujer subiendo una escalera de hierro o lana. Cuando llegué, pensé que la iba a encontrar aquí, pero no fue así. O mejor dicho, sé bien que esa mujer fue producto de mi imaginación porque es imposible llegar a la luna desde una escalera de lana, menos aún de hierro, por eso saqué un boleto en el Estrella del Norte.

Al principio el paisaje del cielo ocupaba toda mi atención, pero al cabo de unos días, minutos, o años, el paso de los cometas resulta tan habitual como mariposas en el jardín. No menos bello que mariposas en el jardín. Ni menos milagroso. Ni menos excitante.

Es cierto que el viaje en micro es muy largo. Por ello lo elegí. No hubiera tenido ningún sentido tomar un avión o un cohete espacial para llegar antes. Sé demasiado sobre mí misma, me gusta el tiempo de llegar.

El viaje fue largísimo. Atravesamos rutas desoladas, ciudades histéricas, valles apacibles, montañas crujientes, pueblos remotos, selvas hervidas al vapor.

El micro se detuvo por primera vez en un parador del desierto. La gente se agolpaba en el mostrador para sacar su ticket de comida rápida. Sé demasiado sobre mí. Nunca comeré rápido la comida rápida. Aquí, en la luna, puedo tardar dos o tres días en comer, mientras disfruto de la vista del paisaje con su vegetación plateada, cubierta de un polvillo estelar que al paso de los meteoritos desprende infinitos destellos dorados, violetas, azules. Son las flores de la luna. No menos bellas que las flores de mi jardín. Ni menos milagrosas. Ni menos excitantes.

Desde muy temprana edad mis pensamientos me han llevado a los alrededores de la luna. Diría que para nadie fue una sorpresa mi viaje. Por supuesto, todos coincidían en que era un recorrido demasiado largo para hacerlo en micro.

El viaje a la luna fue como todo viaje en colectivo. En cada pueblo, desierto, calabozo o ciudad, descendían los pasajeros que llegaban a su destino y el coche se volvía cada vez más liviano y aéreo.

Por las noches, en la luna hay luciérnagas y grillos ensordecedores. No menos brillantes que las luciérnagas del bosque ni menos bulliciosos que los grillos del estanque de mi memoria. Sobre los altísimos árboles transparentes, duermen las grullas provenientes de las llanuras de Rusia. Otra vez cometo el error de pensar que esas enormes flores blancas son grullas procedentes de la llanura. Me conozco bien. No se me quitan los hábitos terrestres.

A medida que el viaje se prolongaba, el aire se volvía espeso. No hace falta que lo describa. No hace falta hablar de ciertas cosas. Uno llega a la luna y nada más. Como una habita la tierra y nada más. Lo cierto es que a cierta altura del viaje, cuando había pasado el tiempo suficiente para llegar, el chofer se detuvo, en medio de una oscuridad nebulosa y resplandeciente. Hasta aquí llegamos, dijo el guarda, y apretó el botón con el que se abrió la compuerta del colectivo o nave espacial. Comencé a caminar. A medida que avanzaba iba perdiendo peso. Rayos cósmicos iluminaban el camino. El viento solar me agitaba el cabello. Caminar o flotar, eran lo mismo.

Al principio del camino me entretenía haciendo comparaciones, entre el tiempo terrestre y el tiempo sideral. Entre el ecuador terrestre y el ecuador lunar. Entre los mares de la luna y los ánimos terrenos. Durante mucho tiempo, ya establecida en mi nuevo hogar, hice lo mismo. Pero ahora me dedico a otras cosas. Pienso, por ejemplo, que sé demasiado sobre mí misma. Que me basta una cabeza de alfiler para vivir. Que en una cabeza de alfiler pueden entrar dos o tres universos, un jardín botánico, un laberinto, una cordillera, dos minotauros, todos los colores, todos mis libros, todas mis flores. De un tiempo a esta parte sospecho que la luna en la que vivo y desvivo está dentro de uno de los universos que giran en la cabeza de alfiler que desde siempre habito.

 

Rosario/12 sábado, 8 de diciembre de 2012

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-36771-2012-12-08.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

JUGANDO A LOS DADOS*

 

DIOS juega a la generala

con dados redondos.

El diablo juega

con dados de fuego.

El indiferente juega

con dados de hielo.

El olvidado juega

con dados de niebla.

El enamorado juega

con dados de colores.

El avaro juega

con dados invisibles.

El charlatán juega

con dados de saliva.

El poeta juega

con dados de eclipses.

El verdugo juega

con dados de sangre.

El recuerdo juega

con dados de sopas.

El niño juega

con dados imaginarios.

El egoísta No,

ese no juega.

 

*De Carlos Norberto Carbone.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

MINOTAUROS*

 

 

*Por Miriam Cairo.

 

 

I.

 

Uno de nosotros es la pata de la silla que se escapa para vivir su vida. El resto del mobiliario lo condena: dice que destruyó el asiento tan necesario para que el mundo descanse de su propia nulidad. Pero la silla no ha dejado de ser silla, sino que es silla de tres patas. La pata que quiere vivir su vida, ha decidido no sostener más el pesado trasero del mundo. Todo aquel que se siente sobre la butaca de tres patas caerá, se fracturará el tronco y las monedas se le caerán de los bolsillos. Uno de nosotros sentirá el alivio de no formar parte ya de ese living tapizado de gris oscuro.

 

 

II.

 

Este cielo me desmiente, me obliga a recordar al inocente amado fugitivo que se recostó más allá de cualquier zona prohibida en la arena roja de mi alma.

 

 

III.

 

Una de nosotras raramente ve alguna cosa sin experimentar ese sentimiento tan especial de haber sido alguna vez lo mirado. Pero las experiencias no le sirven para nada, esa es la razón por la cual a una de nosotras le gustan tanto las pinturas de Matisse.

 

 

IV.

 

Hay un espejo donde sabios animales nostálgicos visitan nuestra flamante transparencia de cuerpos calientes, doblados en una hoja nervada, donde los amantes comen lentamente su corazón de medianoche hasta pulverizarse el sexo.

 

 

V.

 

Uno de nosotros ha de volver con sus huesos a la memoria del cuerpo y dejará que su crepúsculo esté lleno de sudores. La noche temblará llena decontentos. Nada de fotos íntimas en la portada del diario. Uno de nosotros cree que debieran estar prohibidas las noticias y entrega a la señora de al lado sus ahorros y su sangre. El alma humana es una bomba de tiempo. Pero en tanto haya carne viva de uno de nosotros para que la señora de al lado camine sobre el sangrado parquet y pague los impuestos, habrá paz en el living de su casa aunque no haya amor en el mundo.

 

 

VI.

 

Doblemente iluminado ciega sus miembros con en salmos de luz. Dice que abolirá la mañana ostentosa. Dice que las colosales intimidades lo abrigan de las hogueras frías de sus noches. Dice que se ahogó, como Sansón, en un rodete de su propio pelo. Dice que como una reina loca aulló desnudo y solo. Dice que su fornicación de misántropo esposo no le trae ninguna gestación humana. Dice que ya no es un espejo incendiado. Dice que sobre sus hilos rígidos se duerme y se llora en sus propios funerales.

 

 

 

VII.

 

Una de nosotras podría morirse de una vez, pero como siempre pasa, una de nosotras juzga que merece una vida nueva y no obstante, una de nosotras no hace más que meter la pata y conducir la nueva vida hacia la más deslumbrada perdición.

 

 

 

VIII.

 

En sus horas profanas de bestia eternamente anónima, ejerce el oficio de sonámbulo y de transparente. Desacostumbrado ya del aleteo que para su orgullo lo llevaba a sucumbir como un hombre, apenas si logra rememorar aquellos momentos en que gozó a la luna tanto como quiso.

 

 

 

IX.

 

Uno de nosotros dijo vos y yo pero se refería a un silencio perfecto. Qué broma cuando uno de nosotros dice vos y yo, pero nunca se decide a hacerse hombre. Uno de nosotros tiene que ser sutil, tiene que reservarse los calificativos porque de lo contrario uno de nosotros sería tan ínfimo que ni siquiera podría emparentarse con el último aullido del último lobo.

 

 

 

X.

 

Alguien lo come y lo bebe. Alguien es fiel a un lecho malo en la nochebuena. Alguien es el oceánico amante solitario. Alguien tiene miedo de ser el animal liberado del laberinto. Alguien trata de despertar sus atontados sentidos. Alguien no quiere ver que la estrella lo aguarda solitaria y móvil. Alguien es un barco que parte de sí llevándolo dormido. Alguien está a punto de entrar por el umbral de la noche que cae sin nombres.

 

 

 

XI.

 

Una de nosotras acepta trocarse siempre en animal que duerme en el país del viento, y no habla. No es abortadora de silencios, ni de niños, ni de esperanzas. Una de nosotras desapareció con entusiasmo. Y cuando todo ya andaba dorándose al sol, se le ocurrió pensar que la otra era una oveja encapuchada que da órdenes al carnero del rebaño. Aún antes de pensar esto, una de nosotras, como quien no quiere la cosa, desapareció con entusiasmo.

 

 

 

XII.

 

No entres dócilmente en mi memoria. Estos recuerdos como piedras preciosas, como huesos que brillan en la oscuridad, tienen que dejar de ensartarme relámpagos, tienen que dejarme dormir dentro del cerebro de las flores pequeñas.

 

 

XIII.

 

Uno de nosotros está parado sobre un mundo paralelo. Que el otro, pues, lance un suspiro de alivio. También hubiera podido ser que uno de nosotros fuera un sonámbulo en pleno día. Eso explicaría por qué uno de nosotros no ve que la jornada es un campo de maniobras donde los hombres aprenden a estar muertos. Uno de nosotros está parado sobre su propia amargura. ¿Qué puede hacer el otro? ¿Pompones de urutaú? Uno de nosotros es blando, más blando que el agua blanda y tiene un corazón de oro, una libación de oro, un galope de oro, un chorreo de oro. Uno de nosotros no leyó a Krishnamurti o bien lo leyó pero lo ha olvidado, o bien lo ejercita con matices raros. Para uno de nosotros no hay espíritu más bello que un cuerpo desnudo.

 

 

XIV.

 

Por un minuto caerá la lluvia y borrará los pesares conyugales. Ya que la luz relampagueó primero en la tormenta, estás a tiempo de cuidarte de la sed y del silencio. A tiempo de ver la tristeza de lo que no nace. Por un minuto tu hebra de agua, tu estrella polar, te traerá la memoria de la puntual amazona iluminada por un sol de tu propio mundo. Por un minuto tirarás de los rayos y distinguirás un enemigo entre muchos.

 

 

Rosario/12. sábado, 3 de abril de 2010

*Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23004-2010-04-03.html

 

 

 

 





 

 

 

Escenografía*

 

Sentada

en la escalera

de la casa vacía

miro

cómo es que el agua

cae

 

Escucho

adormecida

cómo es que enuncian

las gotas dispersas

la tristeza del día

 

que se escurre

en el cenicero.

 

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

 

 

 


 

 

 

 

Retazos*

 

 

La mano engarza mostacillas

 

Resplandecen

espejadas alas de los pies

 

Arrastra retazos

la cacería.

 

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alguien sostiene un suspiro*

 

 

*Por Miriam Cairo

 

 

I. El tono de este texto no es recomendable. Pero tampoco es una opción la intransigencia de aquellos que tienen el consentimiento de una multitud.

 

II. La felicidad de ellos se transporta en un carruaje tirado por linces, seguido de estruendosos tambores, pífanos y panderos. Mi felicidad, en cambio, viene en taxi y con una tristeza a cuestas.

 

III. La felicidad de aquellos llega siempre a la misma hora, todos los días de sus vidas. Por su parte, mi felicidad llega cuando puede y es preciso asirla en ese instante, antes de que se evapore su mínimo suspiro. No conoce a mis vecinos. No atiende el teléfono fijo. Sus pasos dejan huellas invisibles en mi jardín y escondo su aliento en el aire que respiro.

 

IV. El carruaje tirado por linces, conduce a la felicidad de los otros, hasta que la muerte los separe, en cambio mi felicidad dura hasta que el próximo taxi la retire. Aquel carruaje empuja una felicidad tan absoluta, tan obvia, que ninguno de quienes la poseen atina a verificar si está viva. Pueden pasar toda una vida durmiendo con su cadáver en el costado de la cama porque en esa falta de vitalidad encuentran el alivio que necesitan.

 

V. La felicidad de los otros ostenta una impávida naturaleza de molusco. El recorrido de sus días es una línea recta. Su atadura es un cordón umbilical inextinguible. En su territorio, nunca se hunden los cielos ni emergen los abismos. No hay ni siquiera un pliegue en la corriente inmóvil de sus días. La felicidad que poseen es tan inocua que no necesita preservativos.

 

VI. A ellos, ningún sueño impúdico los sobresalta. Jamás les ha hecho falta tampoco, apoyar los talones contra un mueble para embestir con más fuerza un ano ceñido. Nunca han padecido un fuego abrasador que les dilate las pupilas, ni han encontrado un motivo febril que les haga perder el colectivo. Aclaro esto como una advertencia a muchas cosas improbables que se nos pudieran ocurrir: la máquina perfecta de esa felicidad no se masturba en las tardes de domingo.

 

VII. Por su parte, a mi felicidad le gusta la música y el vino. En el mundo de los otros, esto es bien notorio, pero los otros no saben hasta qué punto este placer puede convertirse en un encantamiento. A mi felicidad urgente, la desvisto al son de la garganta de Martirio. Mi felicidad me obsequia la imagen desnuda de su cuerpo y el olor inflamado de sus ingles. En mis huecos mantecosos, ella derrama el jarabe del olvido. Como una pluma flota en la punta de mi lengua. Bebemos lágrimas, sudores y orines. En pocos segundos ya no quedan rastros de aquella cotidiana y tranquilizadora necrofilia.

 

VIII. El duro esqueleto de la felicidad de los otros es imperturbable. Nada lo rompe. Ni una tristeza lo derrumba. Ni una sospecha de infidelidad lo resquebraja. Se sostiene a sí mismo como una armadura mental. Quien posee esa clase de dicha forma parte del mundo. Tiene los dos pies enterrados en el mundo. Todos los relojes giran en torno a sus horas. Su poderío es extraordinario. Ni siquiera necesitan decir algo encantador, lúbrico o festivo, porque las palabras que prefieren petrifican el glacé antes de que se chorree por debajo del ombligo. Mi felicidad, en cambio, me quita los pies del mundo y me hunde el enterito de modal hasta el abismo.

 

IX. Cuando llega a casa, mi felicidad se hace fuerte. Se reconoce a sí misma. Se permite la propia luminiscencia. Bebe mi vino, se desnuda y no tiembla. La pesada osamenta de la felicidad ajena se vuelve fina y volátil. La felicidad de los otros es de arena. Y por más golpee la pared con la cabeza, por más que chille detrás de la puerta y nos quiera inhibir con el resplandor de su alianza perpetua, mi felicidad no se inmuta. No profana el momento en que es reina.

 

X. La gran felicidad de los otros, que sea para los otros. Yo sólo quiero la mía, la pequeña y resplandeciente mía, la que inhala mis efluvios de amor y perdición, la que sofoca mis temblores finales con nuevos comienzos. Hay un mundo que está donde está ella y un mundo fuera de ella. Pero fuera de ella, el mundo con sus lloronas, sus consortes y sus bellas durmientes, ni siquiera es una cosa fiable o valedera.

 

Rosario/12. martes, 18 de septiembre de 2007

*Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-10302-2007-09-18.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

En el espejo*

 

 

Alumbro huellas

y escarbo sombras

en el espejo

simulado

de un holograma.

 

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Canción de tulipanes*

 

 

*Por Miriam Cairo.

 

--Arderás como tulipanes calientes, como tulipanes calientes.

--No sé de dónde te viene esa seguridad.

--Me viene de los pájaros que van perdiendo la luz, van perdiendo la luz, y porque siempre lo has hecho.

--Estuve quieta, hasta muy tarde, en la punta de tus dedos, en la punta de tus dedos.

--No es la primera vez que te has quedado quieta, que te has quedado quieta.

--En la punta de los dedos.

--Quince días quieta en la punta de mis dedos.

Cómo vas a hacer para escribirme, para escribirme? --

--Si es preciso dejaré de escribirte, dejaré de escribirte.

--No juegues otra vez este juego de pájaro que va perdiendo la luz, porque voy a darme cuenta de que soy una granada, de que soy una granada.

--Sos la fruta del relato, la fruta del relato que se para en dos patas sobre la lámpara verde.

--Soy esta granada en dos patas sobre la lámpara verde.

--Vas a quemarte.

--Voy a quemarme con el tulipán caliente.

--Voy a quedarme quieto.

--Vas a quedarte quieto sobre la lengua de la mariposa, de la mariposa.

--Voy a quedarme quieto en la lengua de tu mariposa.

--Eso digo yo cuando hablo su lengua.

--Voz de fruta desgranada, desgranada.

--Los nudos en la garganta condenados a desaparecer.

--Los ejércitos enemigos condenados a desaparecer.

--Las damajuanas llenas de odio condenadas a desaparecer.

--Los sembradores de desgracias condenados a desaparecer.

--Los predicadores del miedo condenados a desaparecer.

--Te daré el gusto.

--Te daré fuerzas.

--Te daré el gusto.

--Arriba, la luna intrincada con los pájaros ciegos que van perdiendo la luz de tanto leer debajo del agua, debajo del agua, el relato de los náufragos, el relato de los náufragos.

--Quince noches quieta en la punta de mis dedos.

--Quince tulipanes calientes.

--Quince es el número infinito de los tulipanes infinitos.

--A que no es posible.

--A que no es posible que no sea posible.

--Que no me imagino la noche si no es así.

--Que no sería noche la noche, si no fuera así...

--Esta granada derrama sangre mezclada con agua, mezclada con agua.

--La noche es un tulipán negro.

--Un tulipán negro es la noche rojiza mezclada con agua.

--No te muevas de la punta de mis dedos.

--No me muevo del agua.

--Viene un temblor general, bajando por la palma de la mano.

--Viene una oquedad, un siglo, un naufragio, un relato debajo del agua.

--Mano izquierda muy clara y femenina, agitando el cubilete de las constelaciones.

--Suavemente.

--Agitando el cubilete.

--El cubilete.

--De las constelaciones.

--Agitando.

--Suavemente.

--Y de pronto, o más bien poco a poco, no, más bien súbitamente, quince tulipanes negros, repetidos, negros, repetidos, quince tulipanes como quince salvaciones de repetidos naufragios, naufragios, naufragios.

--Y los nudos en la garganta condenados a desaparecer.

--Y los ejércitos enemigos condenados a desaparecer.

--Y las damajuanas llenas de odio condenadas a desaparecer.

--Y los sembradores de desgracias condenados a desaparecer.

--Y los predicadores del miedo condenados a desaparecer.

--Y te daré el gusto.

--Y te daré fuerzas.

--Y te daré ganas.

 

 

-Rosario/12. sábado, 17 de mayo de 2014

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-44021-2014-05-17.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Elevación*

 

Como notas

resbalan

barriletes

 

Un crisol

 

Y es que flotan

los cuerpos.

 

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El beso hondo cae*

 

*Por Miriam Cairo.

 

Esencia. Yo elaboraba pensamientos embriagadores, perforaba luceros hondísimos para extasiarte, para distraerte del camino que te condujera a cualquier otra alma que no fuera la mía y sin saberlo, le dictaba a mi vida su propósito.

Umbral. Hubiera sido más prudente, más seguro, fundar mi motivación en un ser menos real, menos respirable. Me hubiera ahorrado todas las tendencias a caer en la ensoñación de lo posible. Unas pocas palabras me habrían dicho que temerle tanto al acostumbramiento es oscuro.

Con mis lentas piernas puedo dibujar un trayecto en línea recta hacia el asombro. Un recorrido en espiral hacia la calma. Un extravío hacia tus tierras temblorosas. Pero es cierto también que esta inclinación por los distintos recorridos, traza en la conciencia un designio circular: vuelve con toda su fuerza al origen y me estalla en las manos.

Lobos. Tu mano hecha enfermedad deja huella en mi muslo. Antes solías esconderla en cualquier cuerpo húmedo, como una babosa, inofensiva. Ahora tu mano es una jauría, una ferocidad. Más te hubiera valido no haberme estimulado.

Silencio. El hueso de tu flauta lo ha tensado todo. Ha empenachado con silbidos el camino de mi soledad. Yo ya no sé dónde han quedado mis fronteras. Hablo de tu cuerpo como si hablara de mi corazón. ¿Qué provoca tus viajes hacia mis infiernos? ¿Por qué escucho tu voz en todos mis silencios? ¿Por qué el hueso de tu flauta canta siempre mi canción?

Desasosiego. Aclarámelo por mail o por teléfono, cuando me hablás de la culona cuerpo de rana, de la tetona que te muestra sus delicias por cam, de tus desnudas inclinaciones viriles ¿me ves cómo al capitán del equipo de hockey? ¿cómo un eclipse de luna? ¿o cómo alguien que se enciende con tu llama?

Me siento una manivela que gira como loca en torno a sí misma. Yo estoy dispuesta a padecer mi amor por tus tropiezos. A engrudarme con tus azúcares. A fabricar mi propio error. A verter sobre tu boca mi tormento.

Pero vos, querido idealizado, inventado, desconocido, no dejes de hacerme conocer tu espanto. Decíme, una y otra vez: "estoy horriblemente inclinado hacia vos", y yo te aseguro que no te dejaré caer porque desde que tengo uso de razón he fortalecido todo lo que he tocado.

Sima. Un beso no existe así como se da. A su alrededor se necesita tiempo, gente, historias y lo inesperado. A lo largo de un beso hay un camino recorrido para que lo previo no deje de existir. Todos los besos están habitados.

Durante mucho tiempo creí que un beso era algo maquinal. Que había un lugar donde poner la cara, la lengua, el mordisco. Lo reconocía como una conducta adquirida, como una señal de pertenencia, como un acto de sumisión.

Cuando empecé a besar sólo a quién deseaba, el beso obtuvo una razón renovadora. Un sabor a existencia. Se convirtió en un pasaje directo hacia el eco de todos los besos soñados. Por la boca entraba y salía el alma enloquecida. Y sobre todo, se destruían, en explosiones de desolación, los peores recuerdos. Desde entonces, no malgastar besos se me hizo una costumbre. El besar lleva a esto. Es inevitable. También se puede caer en la sinrazón. Lo creo. La boca es una cueva oscura que puede tragar la noche definitiva.

Razones. Si no fuera por esos rayos que salen de tus ojos, las cosas no podrían ser tan mortales ni bellas.

Fulminación. Uno a uno vienen tus gestos a entretejer mis dichas.

Ya te he dicho, en otras páginas, en otros sueños, que mientras moría hice una proclamación terrible de lo que existe. Un presente despacio y un después con humo. ¿Ardió el verso? ¿Quemó los labios?

Nombre o soplo, volví a nacer como sed impura del agua que no he bebido.

Bajo el temblor de tu sexo nocturno, edénico, incendiado, es fácil cerrar la memoria. Pero en el reposo, todas las puertas se vuelven a abrir. Estoy luchando. Un corazón no es una cavidad cerrada al puñal ni al relámpago.

Ergo. He aquí la paradoja. ¿Cómo podrías ser parte de la realidad si estás armado de sueños?

Lámparas. Yo te voy a dar trajes lavados en las orillas del río. Ahora que te vez cansado, suavemente voy a dejar que se vuelque el chorro divino de mis dioses sobre tu prematura vejez. Hay un día, una hora, en que nos volvemos irremediablemente lúcidos y viejos. Es el día en que nos preguntamos qué será de nosotros, y si supiéramos volver a lo que hemos sido, no volveríamos.

Voy a nadar hasta tu orilla, toda la noche, con un puñal entre los dientes, aunque no haya monstruos marinos por matar. Iré igual, amenazante, porque esta es mi noche para el heroísmo.

Esta es la noche del primer juramento. De la primera vaharada del corazón.

Es el momento en que por fin somos viejos y libres.

Si yo no pudiera, si algún antiguo temor me atara las manos y no lograra atravesar la vida, entonces vos podrías traerme vestidos recién lavados en la orilla del río. Podrías volcar sobre mí el chorro divino de tus dioses.

El futuro no existe. El pasado está muerto. La eternidad es una estúpida carcajada. Cada noche que nace soy una criatura reciente.

Las lámparas de la calle están encendidas. Nada humano les es ajeno. Estoy avanzando. La ciudad es un océano de asfalto. Será muy fácil. Como sacarse los guantes. Como ver un niño flotando en la dicha. Como llevar escondido dentro de la carne el latido que entregamos.

Teros. Escribo por tantas razones. Por tantas sinrazones. ¿Qué otra cosa podría hacer? Los teros cantan para espantar el miedo. Los teros cantan para confundir a los cazadores. Los teros cantan para proteger sus crías. Los teros cantan.

 

Rosario/12. miércoles, 27 de septiembre de 2006

https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-5484-2006-09-27.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Magdalena*

 

 

Claudican cintas

en la maraña de rizos

 

En el pañuelo, pájaros

 

Pétalos multicolores

destacan el delantal

 

Magdalena se contonea

frente a las hornallas.

 

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Saudades*

 

*Por Miriam Cairo.

 

Cuando fui amaneciendo, cuando me iba alzando a la vez que la noche se cerraba con siete llaves, me recosté sobre el muro. Metí los dedos entre las grietas y me quedé allí, tibiamente apoyada sobre palabras irrepetibles. Luego, trepé hasta el árbol y descansé en un nido o una cáscara de nuez esperando otro giro del mundo.

Cuando fui caracol tenía deseos de pasarme la vida averiguando por qué el corazón de las flores me palpitaba en la garganta y por qué la noche era la capital de mi cuerpo. Pero, sobre todo, cuando fui caracol, me gustaba ir abajo por debajo, recorriendo las galerías oscuras, al tacto, y construyendo el diagrama de la soledad y de las sombras.

Cuando fui libro, inventé un rumor que siguió murmurándose de un modo tan hermoso que el viento se quedó sin alas. Las palabras no creían que yo fuera libro porque tenía manos, labios, ojos, piernas. Pero las palabras y los ojos, y las manos, y las piernas no importaban. Yo era el libro que había creado su rumor de anémonas desnudas.

Cuando fui sueño acerado en el respaldar del gladiolo, pude articular esa palabra desarticulada, y los poros se dilataron en el parpadeo. Las cosas venían de todas partes, y si no venían yo las buscaba en alguna página del libro que había inventado su rumor desnudo. En algún lugar, allá arriba, las esferas de los relojes y los planetas abrían los atajos por bruma, por amor y por sombra.

Cuando fui la figura del árbol, y no el árbol, cuando me uní otra vez a las alturas, un color desmentido brotó de la inspiración de las hojas como una constelación de soles. Un fugaz deseo de tempestad azotó las ramas y dejó una mancha mojada en la tierra. Al borde de mi figura se iban juntando los pájaros que eran figuras de otros pájaros, que se sostenían en las ramas de mis dedos, que eran figuras de mis manos.

Cuando fui noche, algo acudía al centro de la oscuridad y yo me ponía terrible de tanta calma y tanta dulzura. Siendo noche estaba a punto de encontrar un pequeño lugar solitario propicio para que los peces me cruzaran de lado a lado, pero fui sorprendida por el colmillo de la luna que rasgó la madrugada y se fueron los peces.

Cuando fui atrás sentí entre las piernas lo que había aprendido con el alma. No era por ahí, seguramente, por donde pasaba la memoria pero ese lugar era tan imaginario como éste. Un pino caído obstruía el paso de la noche cargada de fantasmas.

Cuando fui siempre el nunca me perdió de vista y señaló los límites en vano. El tiempo surgía del fondo de un canasto lleno de manzanas. El tiempo y yo nos parecíamos. Por entonces, habré tenido más o menos diez años de edad, que es la edad en la que una se da cuenta de que ha sido siempre.

Cuando fui dragón, habité detrás de un cortinado de flores de fondo blanco porque todos creían que yo era un prodigio, una realidad que nacía de los cuentos. De aquella época, no recuerdo nada más que una lágrima y una canción muy suave que sonaba en la radio.

Cuando fui flor de pétalos satinados y me colocaron dentro del libro, entre esas páginas, creí que nunca más volvería a ver la luz del jardín, que la luna entristecería, que las violas y los crisantemos soltarían lágrimas desde las corolas. Imaginé un fúnebre cortejo de hormigas, un coro de abejas, un dolor de hierbas, pero nada de esto ocurrió. Porque un libro no es una sepultura.

Cuando fui musa andaba por el mundo encendiendo los cielos que acaban de apagarse. Guardaba entre las piernas el lenguaje prohibido y una lámpara demasiado intensa. Noche tras noche cargaba mi barca de sueños y los llevaba, irresistiblemente, de orilla en orilla. Hice lluvias, amasé nubes, poblé el río de pájaros y el aire, de peces. Y todo muy simplemente...

 

Rosario/12. sábado, 2 de junio de 2012.

*Fuente: https://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-34046-2012-06-02.html?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

SIOFN*

 

"Después de haber pasado varias veces por el planeta Siofn los seres tienen una vida sin pasión. Los supera saber que su nuevo cuerpo tiene fecha de vencimiento; ya no sienten estar en una vida verdadera con peligros y desafíos, incertidumbres, frustraciones.... se limitan a administrar su tiempo en redes psicofísicas en las que confirman su pertenencia con gestos tan automáticos, tan naturalizados en su inconsciencia (...)"

 

Por eso el hombre ruega que lo transfieran a un planeta de "sangre caliente" donde la vida merezca ser vivida. Donde pueda sentir de nuevo -como aquella remota vez- que cada instante es un principio y un final.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Rumbos*

 

 

*Por Miriam Cairo.

 

Día 1

 

Hace apenas unos instantes, la mujer gaviota desplegó el mapa o laberinto. Una hoja de higuera se desprendió de su memoria y cayó en la palma de mi mano. De mi mano se desprendió convertida en amapola. Como pájara del mar se hundió en el laberinto. Por los corredores rodó como corsaria. Del extravío emergió perla. Como perla giró sobre su eje y cayó otra vez en el mapa o laberinto fijando por rumbo el azar, o el azar por rumbo.

 

 

Día 2

 

A los nuevos tripulantes los recibimos desnudos de repulgues, desnudos de ayer, de hoy y de mañana.

Los recibimos cubiertos de señales.

Los recibimos con lágrimas de júbilo.

A cada uno clavamos una magnolia en el corazón para que el torrente de esperanzas no siguiera drenando hacia un mar sin fondo.

 

 

Día 3

 

La mujer cabeza abajo, podría haberse metido algo allá, un tentáculo de calamar, un rayo de este mismo sol, un acento prosódico, pero optó por llenarlo de viento.

 

 

Día 4

 

Navegamos en un barco tembloroso.

 

 

Día 5

 

"Cada vez tenemos más problemas para definir el espacio, para medir el tiempo", dije. Y la mujer con sombrero me creyó. "Los tripulantes están ebrios de lluvias y naufragios", dijo, y yo le creí.

 

 

Día 6

 

 Por obra del azar o del destino, por obra del deseo o de la bruma, llegamos al Océano de las Tormentas. Nuestro fotógrafo a bordo registró el denso oleaje de sodio, las finas correntadas de helio y argón. Retrató las medusas invisibles, los peces incorpóreos, las algas sulfúricas. Captó el instante preciso en que las tres mujeres desnudas corrieron en puntas de pie a los tórridos brazos de Poseidón.

 

 

Día 7

 

Llegamos al Mar de la Humedad. Los náufragos que recogimos en el camino, lloraron contra el suelo. Una voluptuosidad cósmica se derramó en esas lágrimas color marfil. Cargamos reposeras, capelinas, frutos celestes, sombrillas, protector y nos fuimos a La Perla, la playa más popular y parrandera de la luna. La foto panorámica nos tiene a todos con anteojos oscuros, abrazados a un monstruo marino de origen lunar.

 

 

Día 8

 

A veces las penas se mezclan. Entonces, un largo y desnudo grito desgarra el barco tembloroso, y cinco, diez, treinta, mil estrellas se quedan mudas.

 

 

Día 9

 

La noche, no es la única alegría de estos rellanos tormentosos. Alguien recién venido de su mundo trajo consigo el tamborilear de los dedos y un murmullo profano de relatos brevísimos.

 

 

Día 10

 

Por el oeste o por las dudas, llegamos al Mar de las Nubes. Orión atiende el camping, las canchas de tenis y la cantina. Besa muchachas sin nombre. "No habría marido mejor que él", dicen las que quedan con una espuma plateada en la boca.

 

 

Día 11

 

En la Bahía del Rocío, al norte del Océano de las Tormentas, el ánima vital desplegó su rosa delicada y el jardinero de los cuatro vientos recogió, con paciencia sideral, el almíbar de sus cuatro pétalos.

 

 

Día 12

 

El barco es una hoja de papel negro cruzando el Mar de las Lluvias.

 

 

Día 13

 

Una cordillera de más de 7000 metros, sorteamos con nuestro bergantín todo terreno y llegamos al más famoso de los centros lunares: el Mar de la Tranquilidad. Aquí, nuestro viaje tomó inspiración épica: arrancamos la bandera imperial y emplazamos la bandera pirata.

 

 

Día 14

 

El fotógrafo a bordo se pasa los días cabeza abajo admirando el musgo gris con sus mínimas flores negras. Siente que hace años viene cayendo, cayendo, cayendo como un vino negro en la garganta de una mujer.

 

 

Día 15

 

Anoche, mientras paseaba por cubierta, escuchaba el rumor callejero que subía desde el mundo.

Antes de dar mi discurso anduve revoloteando con mi voz en torno a las palabras pronunciables. Intentaba penetrar en sus aspectos. En sus brillos y tonalidades. Pero la mujer con sombrero vino con un papel lleno de palabras mejores: "Llevamos mucho tiempo transitando otros caminos y hemos perdido el camino de regreso, en caso de que deseáramos regresar", dije, con el suspiro último.

 

 -Rosario/12. sábado, 26 de enero de 2013

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-37410-2013-01-26.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Cada uno tiene un límite de cosas que puede afrontar. Pero ese límite uno está muy lejos de conocerlo. Generalmente es más ancho ese límite que el imaginado.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

 

Inventren

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Desconexiones*

 

¿Cómo he llegado aquí?

Y ¿Dónde es aquí?

El cartel dice Udaondo, pero eso no significa nada para mí. A ver, esfuérzate. Trata de recordar.

Estaba… Eso es: Estaba en mi habitación, leyendo una novela de Murakami, en esa página había algo sobre un gato… Y no recuerdo más. Debí quedarme dormido. ¿Y he despertado aquí? Eso es imposible. Piensa un poco más.

El sitio es, evidentemente, una estación de tren. Pero no recuerdo haber tomado el tren. ¿O sí?

Sí. Ahora me acuerdo. Me había dormido. Y luego desperté. En mi cama, claro. Y me levanté. Tomé una taza de té. Eso debió de ser: El té. Tenía algo. Creo que me dormí otra vez.

Pregunto a alguien que tiene toda la pinta de estar esperando el tren o a alguien que viene en él. Me dice que la estación se llama Gobernador Udaondo, en honor de algún político de muchos años atrás. Pero eso no me aclara nada. ¿Por qué estoy aquí?

Alguien vino a visitarme. Recuerdo el sonido del timbre, la sensación de caminar pesadamente hacia la puerta… Y nada más.

Sentado en este banco, medito acerca de la posibilidad de haber sido secuestrado, pero me parece una idea descabellada. ¿Quién iba a querer secuestrarme y por qué? Soy pobre como una rata y no tengo familia a quien poder pedir un rescate. Un gato (pero ¿es real?) se pasea en las proximidades del banco y, de vez en cuando, me mira con sus ojos verdes y ligeramente achinados.

Al abrir la puerta, Gutiérrez estaba allí, con una sonrisa que se apagó nada más verme. ¿Cómo aún sin vestir?, dijo. ¿Vestirme? Sólo entonces me percaté de que estaba casi desnudo. Pero ¿qué hacía allí Gutiérrez? ¿Yo le había invitado? Volví a perder la noción de las cosas.

Tal vez el tal Gutiérrez me ha traído aquí, a Udaondo. Pero ¿con qué objeto? Por otra parte, no hay nadie más en el banco conmigo. No. Estoy solo. Y el tren no aparece. ¿Por qué me importa eso? ¿Acaso tengo intención de tomarlo?

Lo siguiente que recuerdo es estar vistiéndome ante el espejo del armario de dos puertas de mi habitación. ¡Qué aspecto tan desastroso! Debía asearme con urgencia. Y tomar algo, un analgésico, porque sentía un leve dolor de cabeza que por experiencia sabía que iría a más. 

Una mujer, de unos cuarenta años, vestida con una elegancia impropia de una estación como esta, camina arriba y abajo del andén. No parece impaciente. Diríase que sólo está paseando, lo hace por la zona soleada. Como si no tuviera otra cosa que hacer en el mundo. Me sorprendo envidiándola.

Cuando salí del baño (ahí adentro debí de quedarme dormido nuevamente), Gutiérrez había desaparecido. ¿Entonces? Me puse la americana y me fui (aunque no supiera adónde). En la calle había poco ruido y eso me sorprendió. Un mendigo se acercó a mí y… ¿qué pasó después?

El jefe de estación mira el reloj. Pienso que ya debe de estar al llegar el tren. ¿Qué haré entonces? (Y ¿dónde he visto antes a este gato o uno muy parecido?).

Lo que vino después es raro: Yo iba caminando por una calle asfaltada y de pronto me vi en otra calle, de tierra. Los edificios también habían cambiado. A lo lejos se adivinaba una gran ciudad, pero donde yo estaba era un pueblecito rural, sin duda. Volví a extraviarme.

Escucho el traqueteo del tren, todavía no se ve, pero ya está cerca. La mujer hace visera con la mano y mira hacia el oeste. El jefe de estación se acerca a las vías. El gato, de repente, sube de un salto al banco y me ofrece su cabecita para que lo acaricie. Lo hago y maúlla, agradecido. Y ese maullido lo escucho más con el corazón que con los oídos. ¡Ahora lo comprendo todo! Pero, al mismo tiempo, me doy cuenta, con tristeza, de que tampoco esto importa.

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

Zaragoza – España.

 

 

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

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