jueves, octubre 08, 2026

EDICIÓN OCTUBRE 2026

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA PALABRA “NO” *

A mi abuela Maruca

 

Ella estuvo en mi nacimiento

yo estuve en su muerte

toda nuestra vida fue un espejo al revés

nunca pudimos mirarnos

cada una, la sombra de la otra

y los días siempre giraban

con torpeza

entre parpadeo y parpadeo.

Fue ella quien inventó para mí

la palabra “no”

entregada como ofrenda.

Por miedo a quedarme sola

me convertí en su eco

entonces el lenguaje entero se comprimió

hasta desembocar

furiosamente

en la palabra inventada, su mejor regalo.

La ternura es una fruta descompuesta

nos negamos a quitarla del plato,

comamos, abuela,

ahoguemos con alimento

el poderío de la palabra “no”.

Juntas habitamos una casa hecha añicos

Juntas habitamos una casa donde el tiempo se destartalaba

Juntas aprendimos a mirar las ventanas llenas de niebla.

Sobre el vidrio empañado

mi mano de niña

quisiera dibujar ahora

el contorno imperfecto de un corazón.

 

*De Irma Verolín. irmaverolin@hotmail.com

 

 

-Irma nació en Ciudad de Buenos Aires en 1953.

Ha publicado los libros de cuentos: "Hay una nena que gira", "La escalera del patio gris", “Una luz que encandila”, “Una foto de Einstein tocando el violín”, “Fervorosas historias de mujeres y hombres” y “Cuentos de mujeres leves” y las novelas: "El puño del tiempo", "El camino de los viajeros" y “La mujer invisible”.

Entre 1989 y 1999 varios títulos del género infanto-juvenil fueron editados por diferentes sellos del rubro. A partir de 2014 publicó en poesía: “De madrugada”, “Los días”, (Primer Premio Fundación Victoria Ocampo) y “Árbol de mis ancestros”. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan Premio Emecé, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur, Primer Premio internacional Macedonio Fernández. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Clarín, Fortabat, La Nación de Novela y Planeta de Argentina. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.  Textos suyos fueron traducidos al inglés, alemán, italiano, ruso y portugués.

  -En 2024 la editorial española Ápeiron con sede en Madrid publicó un libro de cuentos de la autora con título “Relatos del fin del mundo”.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Autómatas de mercado*

 

A diez años de su publicación original, Alejandro Badillo reflexiona sobre las implicaciones de la novela ‘La dependienta’, de Sayaka Murata

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

Keiko Furukura, mujer de 36 años, se dirige a su trabajo en Tokio. Su labor es atender, con sus compañeros, una tienda de conveniencia (llamadas en japonés konbini) que abre todos los días del año, las 24 horas del día. Mientras camina, observa edificios de oficinas deshabitados, pues aún no comienza la jornada laboral. “Aquella sensación de que el mundo se moría poco a poco me resultaba reconfortante”, piensa la mujer y, después, imagina dónde podría estar la gente que compra en la tienda.

Keiko Furukura es el personaje principal de la novela La dependienta (2016; publicada en español por Duomo), bestseller escrito por la escritora japonesa Sayaka Murata, traducido a varias lenguas y con ventas de dos millones de ejemplares a nivel mundial. Los elogios de medios como la revista Vogue –“Brillante, inteligente y dulce”– o The New Yorker –“Un romance gótico, en cierta manera, sobre una inadaptada y una tienda. Tranquilo, soñador, incluso, con cierto corazón sintético”– son, en realidad, un disfraz publicitario para una novela que describe, sin muchos artificios sentimentales, una renuncia, el abandono de la historia por parte –en este caso– de las mujeres.

En Amélie, la famosa película del 2001 dirigida por Jean-Pierre Jeunet con Audrey Tautou como la protagonista, la mujer escapa por medio de su imaginación, ya que su condición de bicho raro le impide relacionarse con otras personas. La ensoñación no obstaculiza la empatía con otros bichos raros en el entorno de postal que el director nos ofrece de París. La personalidad “anormal” de Keiko Furukura es una especie de síndrome que, desde pequeña, desconcierta a sus familiares. En contraste con el cuento de hadas del filme francés, la protagonista carece de cualquier empatía y mira el mundo sin atender los sentimientos de los demás. La narración desapasionada, en ocasiones robótica de Murata, parece una suerte de caso clínico relatado en primera persona.

Después de concluir la educación básica, Keiko cursa la universidad e, incapaz de encontrar algo mejor, termina trabajando por horas en una tienda de conveniencia en Tokio. Nunca nos enteramos qué estudió, pues es irrelevante para la historia. A la autora no le interesa explorar los factores que condujeron a su personaje a la modalidad de trabajo más socorrida en el capitalismo del siglo XXI en Japón, país que ha llevado al límite el capitalismo corporativo después de la Segunda Guerra Mundial: la contratación por horas. La flexibilidad laboral es, por supuesto, una nueva forma para maximizar el rendimiento y, también, como se muestra en toda la novela de Murata, una nueva forma de evasión. Cada vez que Keiko enfrenta una disyuntiva –aislada casi por completo de su entorno familiar y amistades que desean a toda costa que se case y tenga una familia– se presenta en la tienda para trabajar horas extra. Ese lugar es su refugio que necesita ser controlado minuciosamente en una coreografía que nunca termina.

Las reseñas que se han escrito sobre La dependienta abordan dos aspectos importantes: la crítica a las exigentes normas sociales que tienen que cumplir las mujeres y el culto al trabajo en Japón. Sin embargo, creo que se necesitan enmarcar estos dos aspectos en un contexto más amplio. La narración de Murata no pretende mostrar el papel de la mujer japonesa en el siglo XXI para llevar el conflicto al lector. La novela parece fascinada con la empleada que nos describe en primera persona y en presente el funcionamiento de la tienda: las ofertas, la llegada de los productos, las estrategias para atraer a los clientes, la colocación de los productos y, sobre todo, el konbini como un espacio atemporal en el que sólo se realizan una serie de transacciones homogéneas y casi infinitas. Si en los tiempos actuales la automatización se vende como la amenaza más cercana para el mercado laboral, Keiko parece reafirmar la capacidad del ser humano

–alienación– para competir y superar a una máquina. No deja de ser curioso que la autora del libro haya trabajado por temporadas en una tienda de conveniencia.

La dependienta toma un rumbo más extraño, por no decir cruel, cuando un hombre llamado Shiraha entra en el circuito de empleo temporal –en el que Keiko lleva muchos años– de la tienda de conveniencia. Misógino, obsesionado por el sexo e inseguro, llega a un acuerdo con Keiko para que lo deje quedarse en su diminuto departamento. Él se esconderá de su familia, pues le debe dinero; ella lo usará como una suerte de pareja falsa para evitar la presión que obliga a las mujeres a casarse. El contraste entre una adicta al trabajo y un holgazán que busca aprovecharse de los demás no es narrado –como suele suceder en algunas comedias románticas– desde una mirada empática. Los dos personajes continúan su deshumanización. Keiko lo alimenta como si fuera una mascota en un intento por continuar su vida cotidiana con su vida “sentimental” resuelta. Después de una renuncia temporal a la tienda, la mujer sabe que no puede traicionarse y le dice a su compañero: “Antes que humana, soy dependienta. Aunque como humana sea defectuosa, aunque pueda morir si no tengo dinero para comer, no puedo evitarlo: todas las células de mi cuerpo existen para la tienda”.

Japón experimenta de manera aguda el descenso en la natalidad. El fenómeno, según las mediciones recientes, ya es global. Una lectura de este cambio demográfico involucra la emancipación de la mujer gracias a la educación y a su integración en el mercado laboral. Sin embargo, los expertos proponen una causa multifactorial que incluye, por ejemplo, pérdida de fertilidad por contaminación ambiental y comida industrializada. Hay otra idea importante mostrada en novelas como La dependienta que podríamos calificar como distópicas: la renuncia a participar en una sociedad que se percibe como disfuncional e, incluso, agresiva. Despolitizados y absorbidos por una coreografía laboral que vacía sus mentes, los dependientes de estos años –en una economía global volcada a los bienes y servicios– se concentran en el día a día y perciben su humanidad como una máquina cuyo funcionamiento depende de una tienda de conveniencia, una oficina, detrás de una computadora o cualquier otro trabajo de estos tiempos.

 

Sayaka Murata, La dependienta, traducción del japonés de Marina Bornas, décimosegunda edición, Duomo, Barcelona, 2025

 

*Fuente: LA TEMPESTAD

https://www.latempestad.mx/tornavoz-sayaka-murata-la-dependienta/?

 

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela), La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo), y

Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA TIERRA DE LOS DESAMPAROS*

 

 

Ella sueña con los ojos abiertos.

Un hombre. Un pájaro. Un ojo.

Descienden a su cama. Despacio.

Hay rocío y helechos. Y mirra.

-Respírame la nuca, amor-

Un piélago de roedores la cubre.

El hombre se confunde con el viento.

El pájaro se convierte en piedra.

Solo queda el ojo y su mano ciega.

-Me miras y te miro, amor-

¿Dónde van las miradas cuando mueren?

El flautista no viene…

Su cabeza le dice que no está.

Su ánima le grita, volverá.

-El lecho del río está prohibido, amor-

Ella, muñeca rota. Pechos partidos.

La ciudad está desierta.

No es inocente la tierra de los desamparos.

Y no hay savia. Ni abrazos. Ni un destello.

-Bríllame, amor, no dejes que me apague-

¿Adónde va la noche cuando el alba muerde?

¿Las serpientes en las venas, donde?

¿Los labios y los espejos rotos?

¿Las llaves de la lluvia, los relámpagos?

Deja que sueñe con los ojos abiertos,

 

-Respírame la nuca, amor-

 

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Pequeños contratiempos empresariales*

 

Para Violeta, mi querida amiga, compañera de tantos contratiempos y Hugo, mi invalorable comprador.

 

Empezamos con la Feria de Libros Usados. Nos cedieron un espacio en la Plaza Pueyrredón, por única vez, destinado a todo tipo de cuestiones literarias y editoriales

Yo había llevado libros usados que rescaté de mi casa materna y también textos escritos por mi papá, que habían resistido el polvo y la mudanza. Y los míos. Nuevos, flamantes, los primeros.

El puesto estaba bajo unos altísimos árboles. Lo armamos con la ayuda de mis dos hijos más chicos. Era una hermosa tarde de primavera y Violeta había llevado una tela fucsia para poner sobre la madera. El puesto estaba precioso.

Estuvimos toda la tarde. Se acercaron algunos conocidos a charlar y a tomar mate.

Vendimos dos libros: uno usado y otro mío (que compró un amigo)

No nos desanimamos y repetimos el puesto en una feria que se hacía en una vereda del boulevard. Violeta había llevado una guirnalda de grullas de papel hecha por mi hija, con ella decoramos la reja que estaba detrás de la vereda. También era primavera, pero ese día había un viento indomable, que descolgaba las grullas y nos tiraba el pelo sobre la cara. Yo me había puesto una remera de Frida Kahlo que me encantaba. Vendimos un libro.

La siguiente fue en Rincón. Allí no vendimos nada, pero la plaza era una hermosura, y había una banda que puso a bailar a todos los que se habían acercado a curiosear. A la tardecita se prendieron las luces, entre los eucaliptus, y fue tan hermoso que casi no nos importó el fracaso comercial.  Violeta a veces dejaba el puesto y se iba a charlar con los otros feriantes y me traía noticias de futuros lugares a donde podríamos ir más adelante.

Cargábamos y descargábamos todo en la kangoo que ya tenía muchos años encima, y le agregábamos alguna mesa plegable, sillones y un improvisado mantel.

Las experiencias se sumaban, pero las ganancias no aparecían.

Ella soñaba con irse al sur, entre nieves y araucarias. Yo quería ir al norte, selva o playa.

Publiqué mi segundo libro de cuentos y me invitaron a la Feria del Libro de Sauce Viejo. Allí fuimos. Una amiga me dio libros suyos para que también los pusiera en el puesto, porque ella no podía ir.

La feria estaba muy linda. Vendimos tres libros de los de mi amiga, que versaban sobre leyendas irlandesas. El amigo que me había comprado el libro en la primera feria fue a charlar, pero ya no podía volver a adquirirlo.  A la vuelta, nos pusieron una multa por ir a 68 km por hora en la Kangoo. El cartel decía “Máxima 60” y el radar nos delató. Como no tenía otras multas y el exceso era mínimo, me perdonaron la multa.

Desahuciadas con los libros, intentamos con ropa usada.

La organizamos en el patio de mi casa. Las dos teníamos un montón de ropa, que nos había quedado chica o grande. Zapatos, pañuelos, chalinas, recolectamos todo lo que pudimos. La publicitamos en Facebook y dejamos volantes (caseros) en distintos negocios. Habíamos atado un grueso alambre entre dos de las vigas de la glorieta y de ahí colgamos las perchas. Usamos mesitas, banquitos y sillas para acomodarlos accesorios.

Pusimos dos carteles y guirnaldas en la entrada de casa.

Estuvimos toda la tarde. Entró una mujer y su hija. Miraron todo y no compraron nada. Violeta me regaló algunas de sus prendas y yo le regalé algunas mías.

No volvimos a intentar con la ropa.

Mientras esperábamos la avalancha de compradores, en las distintas ferias, nos contábamos todo.

Las dos ya teníamos conflictos con nuestros hijos mayores. Las palabras eran como las semillas de los panaderos. Salían de nuestras bocas y se dispersaban en el aire y ya no pesaba tanto el problema.

Cada vez que poníamos algo sobre un tablón, sacábamos la cuenta de lo que ganaríamos si todo se vendiera, pero ni siquiera cubríamos el combustible del auto.

El último intento ferial fue en la plaza de Santoto. Era una oportunidad sólo para mujeres con emprendimientos.

Yo llevé todas mis plantas. Las que cuidaba todos los días, las que me recordaban un poquito a mi selva. Violeta llevó macetitas hechas en cerámica. Hermosas, diminutas y delicadas. Vendí dos plantas, nada más. Y una la compró el amigo que me había comprado el libro. Las macetitas volvieron a la casa de Violeta.

Así, tomábamos sol, charlábamos con los de al lado o los del puesto de enfrente. A algunos les iba bien, a otros no tanto. Siempre terminábamos envidiando a los de los puestos de comida, que vendían todo.

La kangoo se rompió y las plantas sufrían mucho al ser trasladadas. Hice nuevos intentos, pero ¡tenía que ponerlas a tan bajo precio! y las veía partir en manos de desconocidos que no sabía si las iban a cuidar como yo. Violeta hacía maravillas con sus manos. Pintaba macetas, fabricaba almohaditas de semillas.  Mis plantas eran lindas, sanas. Pero no era valorado, ni su trabajo ni el mío.

Mis libros se seguían curvando por la humedad, en el ropero.

Hoy le dije a Violeta que no nos demos por vencidas. Como Pinky y Cerebro, todos los días volveremos a intentarlo.

Un mes a Neuquén, un mes a Aracaju.  Y los sueños, como las palabras, siguen retozando en el aire, como los panaderos.

 

*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar

Santo Tomé. Santa Fe

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Hacía sus ejercicios matinales puntualmente pasando de visible a invisible con rapidez. Era muy metódico y pese a su depresión por la partida de su amigo, cumplía sus rutinas. El otro había desaparecido dejándole como recuerdo la habitación con todo lo que contenía. Se despidieron con cierta angustia por parte de él y con ansiedad por el cambio el otro. Había vuelto a la soledad Se impuso salir a caminar por las calles, lo cual siempre le había divertido, pero ahora lo hacía con desgano, sin regocijo. No reía en silencio como antes, no daba saltitos graciosos ejercitando su cuerpo invisible para todos los que iban a su lado. Caminaba sin rumbo y volvía al cuarto vacío. Debo hacer algo, pensó. Empezar otra vez a disfrutar solo. Por un momento emitió destellos azules para afirmar su decisión, pero se apagaron en segundos. Irme a otro lugar. Cambiar todo. Eso, pensó, eso es lo que debo hacer. Esa noche descansó inquieto, A la mañana luego de sus ejercicios, partió. Subió a distintos vehículos, instalándose entre la gente, que de pronto se removía inquieta, por un roce inesperado. Fue cambiando para no aburrirse y luego de varias opciones, eligió el móvil conducido por un anciano que llevaba un niño a su lado. Él se sentó atrás. A los pocos minutos notó que el niño lo miraba fijamente con la cabeza ladeada y un ojo azul. No me ve, se dijo. Pero el ojo azul seguía fijo en él. Se removió nervioso y pensó en retirarse, pero no quería hacerlo. De golpe el niño desapareció. Se encontró solo con el conductor que no lo miraba. Sintió una presencia a su lado. Una mano recorría su cara. No pudo reaccionar, estaba atemorizado. La mano terminó su inspección y una voz joven le preguntó hacia dónde iba. A cualquier lado, pensó. Lejos, tanto como pueda. Estaba abrumado y no reaccionaba ante la voz que surgía de la nada. Porqué lo haces, preguntó la voz interesada. Soy muy infeliz, contestó sin palabras. Puedes viajar con nosotros si quieres, dijo la voz con tono invitante. Mi abuelo y yo vivimos en el móvil. Quiénes son ustedes preguntó casi lloroso. El niño apareció de nuevo y sonrió al vacío. Somos como tú. Viajamos todo el tiempo. Adoptamos estos cuerpos porque es más fácil para moverse entre los humanos. Tú deberías tener otro cuerpo también, observó con voz clara.  Él estaba tan desconcertado que tomó su forma natural sin proponérselo. El niño lo saludó gravemente y el conductor emitió un gruñido de bienvenida sin mirarlo. Algo empezó a cambiar en él por primera vez desde que su amigo lo dejara. Estaba emocionado. El otro lo miró y por un momento pasó a su forma real. No era un niño. Era un adulto y muy agraciado. Sus colores naranja y amarillo eran cálidos. Se sonrieron mutuamente y el otro fue un niño otra vez. El conductor por un instante, fue un anciano de color azul. Lo saludó con otro gruñido y volvió a su estado anterior. Había empezado otra etapa. Se sintió reconfortado y comenzó a meditar que forma adoptaría. Una mujer pensó de golpe. Una mujer joven. Será divertido como experiencia. Se acomodó en el asiento del móvil con una sonrisa invisible en la cara. Estaba casi feliz.

 

 

*De Sonia Arismendi Pignataro.

Uruguay. (1939 – 2016)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

VUELO FUERA DE RADAR*

 

 

*Por Miriam Cairo.

 

 

UNO

 

No podríamos decir que la narradora sicalíptica es víctima de su tiempo porque en cualquier otro también se habría sentido expulsada. Ni siquiera es probable que pudiera encontrar espacio en el porvenir, porque lo esencial, en la narradora, es el inconformismo y una inclinación natural por respirar los perfumes de naturaleza escandalosa.

 

DOS

 

Uno la ve, a la sicalíptica, en la mesa del bar, con sus ojos reales, sus dedos taquígrafos y su oído misterioso, escuchando conversaciones ajenas para luego hacer malabares con la historia. De la peripecia no puede salir nada mejor que una excentricidad, una metamorfosis conceptual, una percepción del mundo que alborota.

 

 

TRES

 

A falta de patíbulos donde derramar el vino de la muerte, ella construye un relato cada madrugada. Es probable que todo cuanto escriba sea percibido como no real, pero la sicalíptica tiene otras sospechas. Piensa que lo no real es lo real que al mundo se le escapa. Y así sigue dando vueltas de la manivela de una escritura activamente ensimismada. Bebe, también, pero por el escándalo no se debe culpar al alcohol, como tampoco se debe culpar a la oscuridad por las cópulas apagaditas de los crisálidos y de las crisálidas.

 

 

CUATRO

 

En sus textos de codorniz concibe la realidad como un prisma o un holograma, o un telescopio según las dimensiones o el origen de las criaturas por descubrir. Cualquiera sea la revelación, la sicalíptica escribe con una enorme carga de belleza pero a veces se la va la mano y espanta.

 

 

CINCO

 

Para comprender lo inapropiado de su escritura, convendría no entender nada. Primero, porque la sicalíptica sufre de claustrofobia. Muchas veces, ella misma quisiera cobijarse en una vida de frases hechas, en un lugar común, en una idea de salón, en un poema de manual, en una conducta de código civil para sentir el calor corporativo, social, pero se queda sin aire aunque nadie la ahorque: es sensible a todo tipo de estrangulación sofisticada.

 

 

SEIS

 

Luego de haber ido al bar real, y de escuchar la conversación real de la crisálida real, con la amiga real, la narradora sicalíptica siente un hervidero de hormigas palabras en el corazón cerebro. El pensamiento conventual de coleópteros o de los arácnidos de dos, cuatro u ocho patas, le provoca asma. Entonces, no tiene más remedio que elegir entre una sobredosis de Ventolín, o imaginar culonas, o escribir sobre lo que no ocurre para que al menos ocurra una ilusión antes de que no ocurra nada. (Ella está convencida de que las culonas, no por ser irreales son menos necesarias).

 

 

SIETE

 

También es cierto que, si no tuviera otra cosa que hacer, tal vez la sicalíptica no escribiría. Si le pagaran por hacerlo, de seguro buscaría trabajar en algo más inútil. Nunca haría aquello por lo cual mereciera más del diez por ciento o menos de una migaja. Que nadie piense que le está quitando algo: es ella quien ofrenda su escribir fuera de borda, su vuelo fuera de radar, su sombrero sin cabeza. Y por último, a modo de enmienda, o de "ars poetica", o de pararrayos, digamos que si la sicalíptica erige culonas y no escribe sobre lo que no escribe es porque ella cree que la realidad habla por sí sola. No necesita ventrílocuo.

 

*Fuente: Rosario-12

http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-19677-2009-08-08.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

PROPIEDAD*

 

Hay una expresión bastante usual que suele empujarme hacia el lado cómico. Generalmente, lo que veo y escucho, cuando eso que veo o escucho no me causa tristeza, y, a veces, a pesar de causarme tristeza, me inclina sin embargo a la sonrisa de por adentro que surge frente a lo absurdo.

La expresión es “yo tengo un muchacho que hace jardinería”, “yo tengo una señora que prepara pasteles a pedido”, cosas por el estilo. Cuando alguien enuncia una frase de este tipo, inmediatamente me da por mirar por sobre su hombro o esperar ansiosamente a ver si el muchacho o la señora son extraídos mágica y fantásticamente de un bolsillo o una cartera.

Claro, están diciendo que los conocen, que viven cerca o que mantienen algún trato con esas personas mencionadas. Esa afirmación categórica y decidida, el decir “yo tengo”, implica un grado de apropiación sorprendente y que mueve a imaginar escenas de prestidigitación.

Pero, y aquí vuelvo a encontrar lo absurdo agazapado en los lenguajes, no me siento en falta cuando digo “tengo una amiga”. Y, claro, no está la amiga atada con una cuerdita al respaldo de la silla, ni tiene el tamaño adecuado como para llevarla en un bolso. No vive en mi casa, no pago su alimento ni he obtenido certificado de propiedad sobre su persona. Es decir que, en definitiva y de acuerdo a lo enunciado, no la tengo.

No tengo a mis amigos, mis amigos no me tienen a mí. Hemos dibujado entre nosotros, simplemente, unos tenues hilos de humo que cruzan ciudades y a veces mares o continentes, y que con extrema debilidad logran atar sentimientos e historias con dedos fantasmales.

Son tenues, débiles, fluctuantes hilos que a veces nos impiden caer en precipicios o nos traen justo esa palabra que faltaba en la oración.

Pero, claro, a mis amigos no los llevo en el bolsillo. No los tengo. A veces los sostengo, a veces me sostienen. Sin tenernos en absoluto.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 



 

 

 

 

La cafetera italiana*

 

 

Mientras preparo el café

salen del vapor los abuelos

bajando por la escalera del Cittá di Roma

a principios del siglo XX, al puerto de una ciudad

que imaginan maravillosa.

 

Los que bajan son dos adolescentes y sus sueños

Como mamuskas, tienen dentro suyo otros tantos

Todos contenidos por el gran sueño

El sueño de amor.

 

Sentados a la mesa de la cocina

María Grazia junto a Romano

me dictan un poema

que desaparece al mismo tiempo

que el vapor de la cafetera.

 

*de Andrés Bohoslavsky.

A su memoria

 (Cipolletti 1960 – Buenos Aires 2026)

 

 

 

 

 


 

 

 

 

*

 

Ser la olvidante, / la que quita el abrigo de los hombros, / la que canta con los pájaros del frío, / la que dice no y sigue, / la que dice sí y sigue, / la que traga la lágrima rebelde de la sangre, / la anciana que no puede recordar, / la mujer que comenzó a mecer el silencio en el jardín, / la niña que sonríe.

 

*De Valeria Pariso.

 

- Valeria publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar", Editorial AqL (2021). “Final francés”, AqL ediciones, 2023

Los Cuadros. De todos los mares editorial. (2026)

 

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

Un viaje sorpresivo*

 

*Por Lautaro Lobbosco

 

La estación de trenes estaba casi vacía, era todavía muy temprano. A menudo iba para allí, aunque la razón no fuera la obvia de tomar un tren. Me había mudado hace poco a la ciudad y como había venido en tren, me traía cierta nostalgia.

La estación era relativamente nueva, pero respondía a los cánones de las antiguas estaciones tren, dando así una sensación de viaje al pasado. Me fui a sentar, a la espera del próximo tren. Aunque no lo tomara, me encantaba verlo llegar y que la tierra temblara, como si esta sintiera miedo por la locomotora. Me puse a liar un cigarrillo. Hecha la acción, disfruté del tabaco leyendo un libro, del cual me faltaban unas pocas páginas para finalizar. Al frente del andén, una mujer también leía. Me pareció raro que tampoco llevara equipaje, pero no le di mayor importancia al detalle. No había nadie más en las cercanías. Eso era extraño, ya que las veces que había ido siempre se encontraban varias personas esperando el primer tren de la mañana.

Seguí leyendo, pero un perro interrumpió la lectura. Se me acercó y me lamió la mano. Yo le acaricié la cabeza y el perro, sintiéndose seguro, se recostó en mis fríos pies. Los minutos pasaron y seguía sin aparecer nadie. Pasó un diario bailoteando sobre el viento que aumentó la sensación de abandono. Por este motivo, empecé a repartir la mirada entre el libro y la chica, a veces encontrándome también con su mirada.

El libro estaba llegando a su fin y empecé a sentir el temblor del tren. Segundos después, el tren se hizo visible. Ahí me di cuenta que la mujer también se encontraba en el final de su libro. Ya estaba bastante confundido. Empecé a impacientarme un poco. Miraba a la chica y encontraba una mirada cómplice. Lo razón de mi desconcierto era que el libro que estaba leyendo, estaba describiendo con todo detalle la escena que estaba viviendo. Pensé que a la mujer le pasaba lo mismo porque su nivel de perplejidad era bastante similar al mío. El tren se acercaba cada vez más y me faltaba una página para terminar el libro. La locomotora cortó mi campo de visión, y se me hizo imposible ver a la mujer. Nervioso, me paré y empecé a correr en dirección al tren, sin detener la lectura en ningún momento. El libro terminaba diciendo que me iba a ir de viaje en ese mismo tren con la chica de en frente. Le pregunté al boletero si había lugar en el tren y me dijo que sí. Llegaba el momento de ver si todo había sido una curiosa coincidencia, o si el destino estaba escrito en el libro que tenía en mi mano.

 

 

-Lautaro por sí mismo: nací en Santa fe en 1996. Soy estudiante de filosofía de la UNL. Desde la adolescencia me interesa explorar múltiples mundos artísticos como son el cine, la música y la literatura. Desde hace unos años expandí ese mundo hacia un interés por la pintura y la fotografía, disciplinas para dialogar con mi escritura.

 

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

PARADA GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/