* Nebulosas cunas del
universo.
-Fuente: https://www.iac.es/
Instituto de
Astrofísica de Canarias.
Presentes en la
ausencia*
Ya no hay tranvías
que recorran la ciudad,
ya no hay gente
Las soledades se esconden
en las miradas que se cruzan
Ya no hay más trenes
ni pasajeros dueños
de su única historia
Las palomas mueren
como los versos
de un poeta dormido
Ya no hay esperanzas,
ni banderas, ni cafés
Las plazas se llevaron
el único pasado
que alguna vez tuvimos
La gente se fue
como se van los tiempos
Ya no hay carambolas
ni palabras impresas,
no hay carteles
ni fachadas
Se nos fue el siglo,
y todo lo que eso implica
*De Lautaro
Lobbosco.
DE LA EROTICA CUANTICA*
*Por Miriam
Cairo.
SER Y EXTREMO
Como los peces que eluden el destino de
morir en las redes, o como el néctar del gladiolo que sólo existe en la lengua
de las mariposas, la culona odalisca entra y sale del harem del viento,
entusiasmada por el arrullo de sus disparates sexuales. Hasta una mínima
partícula del universo comprende, que sería irracional destrozar esa red de
velos con meros fines espirituales. La odalisca ignora que hay un mundo ínfimo
al acecho y creyéndose sola, sin remilgos guarda y quita, guarda y quita un
tallo de varón en su otro corazón extremo.
PARTICULA Y ABISMO
Alguien busca algo encima del abismo. Algo
que pueda explicar por qué las ondas deben transportar energía sólo en
arandelas nimias. Alguien no cree que esos ínfimos objetos puedan ser algo más
que un artificio poético, matemático o religioso.
Desde un punto de vista filosófico, las
partículas podrían discutir eternamente: ¿los que caen en el cenicero
transparente sin hacer pie, las dobladoras de sombras, los hombres caracol y
las odaliscas culonas son reales o son seres ideales que esconden una especie
de as bajo la manga?
SER Y CREPUSCULO
La dobladora de sombras agita el pañuelo de
la oscuridad con ademanes de sueñera empedernida que no ve en lo soñado una
antítesis de lo vivido. Tal vez por eso, sea tan cuidadosa con los pliegues de
la noche, tan paciente en el conteo de lágrimas. Si ella empuña el corazón
extremo, es porque no busca la palabra acomodada. Hacia el final de las
inquietudes y las brumas, la dobladora no se jacta de crepúsculos porque su
arte se alborea de manera pudorosa.
ATOMO Y ESPEJISMO
A medida que transcurre el tiempo, las
partículas, guiadas por los resultados de ciertos experimentos, comprenden que
su vida en el universo se volvería más atractiva si empezaran a parecerse a los
seres que esconden una especie de as bajo la manga. Así, comienzan a emitir
destellos cuando son iluminados por una luz humana. La razón por la cual
algunas de estas criaturas provocan electricidad es porque están aptas para
moverse saltando desde un átomo hacia un espejismo. Desde una molécula hacia
una esperanza.
SER Y SUSTANCIA
El que cae en el cenicero transparente sin
hacer pie se siente incómodo y débil en los relatos del campo, de laboratorios
o de montaña. Cree que la naturaleza y la ciencia, como las mujeres, son bellas
pero incomprensibles.
Tampoco es hábil para mover una pila de
escombros, piedra por piedra, porque está harto del cliché, pero sigue
confiando en la dopamina. Por la misma razón ignora aquella regla de tres por
la cual "un gigante invisible quitando sólo un día por vez, poco a poco
termina llevándose la vida."
CUANTOS Y ENAGUAS
Para los fotones, es un hecho comprobado
que los seres no están firmemente ligados a la realidad, como a otras
sustancias. Por lo tanto, cuando alguien de la misma especie, pero con faldas,
se agita la energía debajo de las enaguas, pueden salir en tropel a golpetear
electrones y sacar corpúsculos del confinamiento. Para el fenómeno, existen una
serie de detalles epilépticos que eluden explicaciones morales. Los fotones,
boquiabiertos, necesitan de una poética cuántica para explicar este costado del
universo.
SER Y BANDERA
El hombre caracol recorre el mundo con
pasos que apenas pueden sostenerse sobre la fuerza áspera de lo precariamente
verdadero. Es impresionante cómo ese movimiento tan pequeño, desata el
pensamiento y ahonda la confusión. El hombre caracol es sensible a los estragos
y a los besos, pero eso no impide que siga buscando los rastros de plenitud
fuera del surco de los días. Agita la bandera del sexo endulzado con sexo que
vuelve transitoriamente habitable el generalizado error de la existencia.
CORPUSCULO Y ENSUEÑO
Las partículas, desde los macroscopios,
miran el enorme mundo que a simple vista las ciega, y detectan que, una vez
comenzada la liberación de calzones, se incrementa la energía de los seres que
esconden un as bajo la manga. Y aunque el mundo se halle en estado de cornisa,
aunque los últimos estén muy lejos de aceptar el lugar de los primeros, aunque
el pájaro no cante hasta morir y prefiera el silencio, las partículas,
trémulas, a veces herméticas en su lirismo impenetrable, se abren paso en una
suerte de búsqueda de vida amorosa que dé más fuego al orden y desorden de su
dialéctica existencia.
*Fuente: Rosario/12. Sábado, 6 de junio de 2009
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-18820-2009-06-06.html
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
UNDÉCIMA PARTE
Una mañana, comprobando que quedaba poca
comida y agua, decidí salir a explorar un poco más. Empaqué sólo lo
indispensable en la mochila. Dejé la computadora. No tenía caso arrastrar su
peso por el bosque. Había tenido la idea de arrojarla desde alguna loma para
que rodara hasta romperse entre las rocas. Otra posibilidad era buscar el curso
del río y, ahí, dejar que fuera arrastrada por la corriente. Se hundiría con
rapidez hasta desaparecer. Sus piezas sobrevivirían mucho tiempo, quizás miles
de años. En el viaje hacia el sur algunas piezas se desprenderían, como los
herrajes y coyunturas de un barco torpedeado por el enemigo y que se desangra
lentamente en su curso. Guardé todo lo que me podría ser útil. Tenía las
libretas, agua y los frascos de conservas restantes.
Comencé a alejarme del Puesto de
Vigilancia. Miré el sendero por el que habíamos llegado. ¿Quién lo había hecho?
¿Qué pasos, repetidos una y otra vez, habían abierto esa brecha angosta, que
parecía desaparecer en cualquier momento? Seguí caminando unos metros más. De
pronto pensé, como una especie de sabotaje, que sería suficiente dar un pequeño
rodeo para tener la posibilidad de regresar al Puesto de Vigilancia. Si un
animal me emboscara podría refugiarme. A pesar de la indecisión seguí caminando
y, cuando me di cuenta, el Puesto de Vigilancia se veía lejano. Era un
rectángulo minúsculo y de color rojo. Un poco más y desaparecería de mi vista.
El claro en el bosque también quedó atrás. Suspiré y seguí caminando.
Después de un rato de marcha escuché un
murmullo acuático. Me di cuenta de que el sonido correspondía a una caída de
agua o un río tumultuoso. Pensé en el río tóxico y en su curso que, de alguna
manera, había replicado mi viaje con Lucrecia. Era un guardián que siempre
había estado ahí, lejos para verlo, pero con la suficiente presencia para que
nosotros, sin estar conscientes del todo, quisiéramos continuar, como bestias
inmersas en una migración ciega. Sentía la fuerza del agua. Miré de nuevo
atrás, justo como lo había hecho con el último contacto visual de Lucrecia. Me
sentí como un náufrago que abandona, casi sin querer, quizás motivado por la
esperanza disfrazada de curiosidad, su isla. Lo que me guiaba, en mi caso, era
un canto abstracto de sirena, un canto lleno de signos ocultos, encriptados en
cada una de las gotas que conformaban la corriente impetuosa, agresiva, que
erosionaba piedras, cuerpos, todo. Era encontrar, de nuevo, la imagen que había
tenido en la ciudad de Lucrecia. De alguna forma el río representaba el nervio
vivo de ese lugar, un demonio que reptaba atrás de las casas y que susurraba en
los oídos de la gente.
Seguí caminando. Ya no era la idea de
encontrar u olvidar a Lucrecia; tampoco quería comprobar una de mis muchas fantasías.
Era, simplemente, el hecho de avanzar por el mundo, de perder el miedo, no
pensar más que en el río y en algún posible final. Me interné en la profundidad
del bosque. Me sentía extrañamente fuerte. Era la adrenalina que se hacía
presente a través de los latidos que recorrían mi cuerpo. Después de un rato de
marcha pude ver otro claro. Saqué una libreta. ¿Valdría la pena detenerme para
intentar un nuevo mapa, uno en el que el protagonista principal fuera el río,
su curso que semejaba una larga cicatriz, una grieta que dividía en dos el
mundo? La visión del río me llevó, otra vez, a Lucrecia. Quizás estaba oculta
entre la vegetación, asomándose de cuando en cuando tras un árbol, mirando mi
deambular. El “no somos eternos” seguía flotando en mi mente. Era una clave
más, la más pura y la más críptica que había encontrado hasta entonces. Pensé
en llenar cada una de las hojas que me quedaban con letra pequeña y ordenada.
“No somos eternos”. ¿Qué quería decir eso?
Me detuve y me sequé el sudor con las mangas
de mi camisa. Era un sudor que se enfriaba, de inmediato, en mi piel. Podía
escuchar los latidos de mi corazón. Era un repiqueteo esforzado, rápido y
constante. Traté de distinguir la respiración de Lucrecia, sus pasos entre las
hierbas, sus manos apartando matorrales para encontrar un camino más fácil de
transitar. La respiración de ella era como escuchar un sonido bajo el mar. La
enfermedad era agua que la llenaba lentamente, invadiendo sus pulmones,
haciendo más lentos los latidos de su corazón, sumergiendo su vida,
ensimismándola para que no peleara y se rindiera a una pereza engañosa, a la
necesidad de contemplar, con sorpresa, el mundo, como si éste se renovara cada
instante, un regalo único antes de la muerte y eso le otorgaba, de alguna
forma, una dignidad desconocida para mí, que no podía apreciar y que acaso
sospechaba cuando, en medio de una respiración entrecortada, le preguntaba si
estaba bien y ella sólo podía sonreír.
Escuché el murmullo del río. El sonido se
acercaba. Era una bestia nutrida por la lluvia que había caído en la historia
de la mujer. Millones de gotas se habían unido en el flujo poderoso del río. La
lluvia que alguna vez había caído en el pueblo seguía impulsando la corriente.
Tuve miedo de encontrar el cuerpo de Lucrecia incendiado, flotando boca arriba,
con las manos entrelazadas sobre el pecho. Su rostro estaría oculto por el
humo. No estaba dispuesto a verla así porque esa imagen me atormentaría hasta
el último momento. Pensé que me acercaba a la desembocadura del río. Quizás no
había más murallas sino un mar inmenso y despoblado. El más allá era una
superficie estéril de agua. Ahí iban los cadáveres y la basura. Era un viaje
sin retorno, como una flecha que siempre va hacia adelante, que nunca pierde la
fuerza. Ahora, el misterio, sería el origen del río, saber dónde nacía, si su
curso atravesaba la muralla o nacía en ella, como un brote mágico o una
sustancia que emergía del centro del mundo. También, por qué no, estarían los
desaparecidos y ellos me contarían, con voces temblorosas, sus historias, la
imposibilidad de volver con sus familiares. Encadenaba mis fantasías para sacar
fuerzas y seguir caminando. Pensé que, si alguien entraba al Puesto de
Vigilancia, podría encontrar las huellas de mi tiempo ahí. Después utilizaría
esas claves para buscarme en el bosque. Un nuevo viajero seguiría mis pasos.
Supe que había llegado al final de mi viaje
cuando, después de pasar una leve colina miré, a lo lejos, la estela del río y
una cascada. Al lado este de la corriente destacaba la alta figura de la
muralla. La mole se alzaba en medio de otra parte del bosque y se perdía en una
neblina densa y compacta. La cascada se despeñaba como una avalancha de vapor.
Matorrales y plantas que estaban en los costados se agitaban por el embiste de la
corriente. La caída era estruendosa y después el río recuperaba su calma. La
ruta seguía hasta que se perdía de vista. La muralla era tan alta que parecía
cubrir esa parte del mundo. Me pregunté cómo no la había visto desde el Puesto
de Vigilancia. Me sentí en el interior de un inmenso caparazón. Las nubes,
menos densas en ese punto, eran lo único que podía sobrevolar la construcción.
Mi atención se concentró, de nuevo, en el río: miles de pedazos de plástico
fluían. El ruido que había escuchado era el entrechocar de los fragmentos.
Creaban un sonido intenso, como el de una multitud de tambores anunciando la
guerra. Quizás, de vez en cuando, era arrastrado un objeto muy grande. Ese
viajero derribaría todo a su paso, como un meteorito que no se desintegra y que
sigue su camino de manera artificial. Intenté en vano distinguir cadáveres
entre los desperdicios. La desintegración, en ese punto, los había llevado a un
naufragio completo. Los huesos, únicos sobrevivientes, estaban en un trayecto
anterior, hundidos en el lecho del río para seguir ahí, anónimos y pacientes,
retando al tiempo y contando, entre el polvo flotante, su historia. El olor no
era intenso, quizás porque muchos desechos eran piezas de plástico pequeñas,
blancas, como piedras decoloradas por el largo viaje y la interacción con
sustancias salidas de quién sabe dónde.
Una característica interesante era que no
todos los fragmentos continuaban su trayecto hacia el sur. Había un remolino,
causado por el cruce de corrientes profundas, que impulsaba a que algunos
pedazos salieran del cauce. De esta forma abandonaban el viaje y caían en
tierra. El paso del tiempo había dejado, en la ribera, pedazos de llantas,
puertas incompletas, cilindros, vidrios que habían resistido el combate con sus
compañeros de viaje y que, milagrosamente, no estaban hechos polvo. Los restos
llenaban una parte del paisaje y ofrecían un territorio multicolor, lleno de
relieves. No tenía fuerzas para intentar una aproximación. El piso estaba
resbaloso. Era un espacio saturado, como muchas voces hablando al mismo tiempo,
buscando confundirte, hacerte caer para terminar como uno de los cadáveres
flotantes que zarpaban tierra arriba, con los ojos profundos y las bocas
devoradas por el fuego.
Me detuve para tomar aliento.
Me di cuenta que, en las cercanías de la
caída de agua, se daban cita los pájaros negros que hacía mucho no había visto.
Eran parvadas enteras las que graznaban y disputaban, entre picotazos
nerviosos, las ramas de los árboles. Algunos pájaros sobrevolaban la zona, como
si tuvieran la misión de espiar a los viajeros que se aproximaban a sus
territorios. Recordé el primer texto que había leído y quise sacar el pedazo de
revista que aún conservaba en mi mochila para continuar con el trabajo que, de
alguna manera, había quedado inconcluso. El texto continuaría, con mi
aportación, esbozando una extensión de la genealogía de las aves. Escribiría
que, los únicos pájaros sobrevivientes a la extinción, eran aquellos animales
oscuros y nerviosos. ¿Cómo habían podido perdurar? ¿Cuál era la diferencia con
las otras aves? Quizás era la avaricia que se podía advertir en los ojos
relampagueantes, en la manera en que peleaban por la mejor rama de los árboles.
Seguía pensando en esto cuando pude ver a un hombre que se acercaba a la orilla
del río. Por un momento tuve una sensación de incomodidad. Él, sin darse cuenta
de que alguien lo observaba, comenzó a recoger los pedazos de basura que tenía
más cerca. Agucé la vista: el hombre, ligeramente encorvado, tenía la cabeza
blanca y estaba vestido con harapos. Guardaba sus descubrimientos en una gran
bolsa de tela. Me acuclillé por temor a que me descubriera. No sabía la razón
exacta de mi desazón. Quizás era, simplemente, no saber qué hacer, cómo actuar.
Prefería mantenerme a la expectativa, medio oculto por la distancia y por los
relieves de la zona.
Decidí acercarme un poco más para observar
mejor. El hombre seguía seleccionando pedazos. Su búsqueda no era al azar. Cada
objeto, al parecer, por la inclinación de la cabeza y el movimiento de los
brazos, era sometido a una cuidadosa inspección. Algunos fragmentos eran
descartados por su tamaño. Mientras el hombre evaluaba un nuevo tesoro, imaginé
a cientos de recolectores como él, armados con canastas o bolsas de plástico,
recorriendo las orillas del río. Adentro del bosque habría una comunidad
construida, acaso fundada, con aquella materia prima. Deberían tener una buena
organización para evitar peleas por los objetos más valiosos. Habría castas,
divisiones sociales, ritos. Me pregunté si el hombre buscaba sólo las piezas de
determinados aparatos para intentar una reconstrucción casi imposible. Tal vez
sólo se dejaba guiar por el color blanco, por las formas geométricas, por la
posibilidad de que una encajara con otra. Otra hipótesis era que la actividad
del hombre fuera totalmente irreflexiva: movía los brazos y sus manos como
alguien que respira, que bracea en un mar espeso y oscuro. Sólo se detenía
cuando necesitaba un descanso. El resto del tiempo era una hormiga laboriosa,
demasiado enfrascada en sus asuntos como para darse cuenta de otras cosas. Era
la vida simple que había visto en la ciudad de Lucrecia y en el pueblo donde
desaparecía la gente. Los cronistas de esas experiencias, como el viajero de la
libreta roja y yo, éramos testigos impotentes, incapaces de trascender entre la
gente, descifrar a cabalidad todos sus gestos.
Me alejé del punto de observación.
Necesitaba pensar con más claridad. Me dolían las piernas. El río seguía
fluyendo. El punto final era la muralla, es cierto, pero eso no explicaba
mucho. Era, simplemente, la frontera. El río, a un costado de ella, era una
frase infinita; alguien contando, hasta el cansancio, variaciones de la misma
historia. Quizás, un poco más adelante, estaría una muralla que, a su vez, sería
el límite de una ciudad muy parecida a la de Lucrecia. Murallas encerrando
murallas hasta llegar a un centro, un punto primordial y tal vez inexistente.
Me pregunté si, en realidad, esa “ciudad muy parecida a la de Lucrecia” sería
la misma que había visitado. Sentí escalofrío cuando pensé en la posibilidad de
haber hecho un rodeo y estar a punto de encontrar, de nuevo, el punto de
inicio. El mundo, en este caso, era un círculo que te atrapa, te asfixia
lentamente hasta llevarte a la locura. Esa suposición, que ganaba fuerza con
los segundos, me sirvió para no regresar al río. La opción que restaba era
seguir internándome en el bosque. Era probable que el viejo recolector no
estuviera solo. Él me contaría una historia diferente. Pensé en él como una forma
de darme ánimos. Abrí la libreta y escribí que el hombre era el fundador de una
ciudad. Después de él llegaron mujeres y niños. Empezaron a construir sus
viviendas de los residuos que transportaba el río. Millones de pedazos de
plástico habían sido utilizados para fundar toda una civilización. Algunos muy
pequeños, eran casi inservibles. Pero, a intervalos, bajaban por el río grandes
pedazos, partes de artilugios cuya apariencia apenas se podía imaginar. Algunos
desechos habían perdido su forma por el golpeteo con otros. Por esta razón
ellos aprendieron a juntar esos pedazos para hacer cosas útiles. El plástico,
casi eterno, era la materia prima para hacer cualquier cosa. Guardé la libreta.
Me interné por el bosque. No podía ver el
río, pero el sonido me hacía sentir su presencia. El cielo, desde mi punto de
observación entre las ramas de los árboles, comenzaba a tener fisuras. Las
nubes perdían peso, se volvían vulnerables, como si la presencia de la muralla
las debilitara lentamente. Pensé en el cielo como un puño inmenso, abriéndose
para dejar que la luz se filtrara entre los dedos. Estaba inmerso en esa
contemplación, cuando escuché la voz de un hombre.
–¿Está perdido?
Respingué y me puse a la defensiva. A
escasos metros, el viejo recolector me sonreía.
–Estoy conociendo el lugar –murmuré.
El viejo se rascó la cabeza blanca. Iba
vestido con un overol azul y unas botas negras de plástico.
–Bienvenido –dijo.
–¿Dónde estoy?
El viejo miró las puntas de sus botas. A su
lado descansaba la bolsa de tela. Estaba llena. Le había costado un gran
esfuerzo arrastrarla por el bosque. Yo me había acercado a él, sin poder
distinguirlo. Sentí que estaba en una trampa.
–No hay nombre para este lugar –me dijo con
un suspiro– tal vez sea momento de encontrarle uno.
Sonreí. Pensé que estaba bromeando. Le
dije, para seguir con el juego.
–¿Cómo lo llamamos?
–Tenemos mucho tiempo para pensar
–respondió con una extraña seriedad en la voz.
En la bolsa se arracimaban innumerables
pedazos de plástico.
–¿Qué va a hacer con ellos? –le dije,
señalando su tesoro.
–No sé aún. Sólo los junto. Lo hago por costumbre.
Es una larga historia. El viejo, en la penumbra del bosque, parecía una
criatura salida de él, nutrida por la vejez de los árboles, las ramas muertas,
el follaje casi gris. El viejo me señaló:
–¿Sabe? Creo que soñé, en algún momento,
con este instante.
Antes de seguir con el pensamiento, miró la
muralla y dijo:
–Es maravillosa, ¿no es así?
Asentí en silencio. En algo estábamos de
acuerdo. El viejo buscó en una bolsa lateral de su overol y extrajo una
libreta.
–Siempre cargo con ella por si un día
encontraba a alguien. Estoy emocionado. Siempre que salgo la llevo conmigo.
Me la dio con sus manos de dedos flacos,
uñas cubiertas por una pátina de lodo. Era una libreta de tapas plastificadas.
El tamaño era similar a la libreta roja que aún guardaba en mi mochila.
–La encontré en un recipiente de metal. Era
una caja grande que tenía más cosas. Es difícil encontrar metal en el río. Casi
siempre es plástico.
Imaginé una llamada de auxilio, la botella
al mar lanzada por un náufrago esperando encontrar a la persona adecuada. Abrí
la libreta. Lo primero que llamó mi atención fue la letra, apretada y concisa.
No pude saber, de inicio, si el texto había sido escrito con pulso desesperado
o con tiempo para revisar detalles, añadir descripciones, datos. Lo cierto es
que, al menos esa primera página, no había frases enmendadas, todo había sido
escrito de un solo impulso, como si el entero texto hubiera sido ensayado
previamente hasta lograr una ejecución perfecta. La crónica, si es que puedo
llamarla así, sin ninguna identificación ni pista del autor, tampoco tenía
fecha. Eran diez hojas escritas por ambos lados. No pude resistir, tenía que
leer todo, así que empecé sin importar la presencia del viejo.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
“A LOS CIEGOS NO LES
GUSTAN LOS SORDOS” *
" Patricio y Los redonditos de ricota"
Soy lo que soy. A veces sombra, a veces
luz.
Lo que soy, lo que era. A veces luna, a veces
sol.
A veces soy, otras, existo.
Merodeando. Nuevos dioses vendrán.
Ya nada temo. He visto el balanceo
fugitivas cuerdas.
Más de un siglo en mis huesos, no es cierto,
sin embargo.
Y aun elijo esta América y monto en pelo la
noche
Yegua verde que no baja al jagüel del
miedo.
Soy lo que pude ser: Vuelo al viento o
desgarro.
Hubo un tiempo frutal. Lluvia. Abuela.
Refugio. Redención.
Luego, el holocausto y la zozobra y la risa
sin dientes
.
Soy lo que quise ser, a veces río, a veces
mar.
O quizás solo un vaso con agua y areniscas
yertas.
Y un volver, a los brazos del páramo,
volver.
A veces loca, a veces cuerda.
“Pero a los ciegos no les gustan los sordos
y un corazón no se endurece porque si” (*)
*De Amelia
Arellano.
(*) Patricio y los Redonditos de Ricota.
El
Mundial ya no es lo que era*
*Por Alejandro
Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
Hace unos días veía un video en YouTube en
el que se analizaba la poca influencia cultural de Kylo Ren, personaje
interpretado por Adam Driver y villano de los episodios VII, VIII, IX de la
Guerra de las Galaxias estrenados a partir del año 2015. Esta nueva entrega del
universo imaginado por George Lucas, en particular El despertar de la fuerza —la primera de esa trilogía—, rompió
récords de taquilla. Sin embargo, como analiza el creador del video, Kylo Ren
no ha trascendido en el imaginario popular y se ha diluido. El diagnóstico del
creador del video es que los personajes de las películas y series estrenadas en
los años recientes han naufragado en la era de la inmediatez. Los íconos
culturales del siglo pasado —exportados por Estados Unidos a casi todo el mundo—
eran generados por películas como Indiana
Jones, Star Wars, Rocky o Terminator, entre otros. Ahora los referentes son los llamados
influencers y cualquier fenómeno viral que se evapora casi al instante para dar
paso a otro.
La actual banalización y mercantilización
de gran parte de la experiencia humana hace que extrañemos los viejos tiempos.
Por esta razón el mercado nos ofrece la nostalgia como única ancla ante una
realidad sometida a una hipervelocidad que degrada lo que experimentamos. La
llegada del Mundial de Futbol de este año —un espectáculo global desde México
70, cuando llegaron las primeras transmisiones en vivo gracias a los satélites—
también se ha convertido en un evento que será recordado por el difícil
contexto global del 2026 y no por crear una huella que trascienda en el tiempo.
El Mundial ofrecerá grandes jugadas, polémicas y récords; sin embargo, no podrá
despojarse de la pátina de artificialidad que impregna los fenómenos mediáticos
de ahora. Si la Olimpiada de México 1968 y el Mundial de 1970 dejaron una marca
en el diseño gráfico e, incluso, en la arquitectura y espacios públicos, el de
2026 tendrá una vida útil muy corta en el imaginario popular. Los nombres de
las mascotas de los tres países organizadores —Maple, Zayu y Clutch, un alce,
un jaguar y un águila calva, respectivamente— tendrán poca resonancia en los
medios de comunicación dominados por algoritmos que ofrecen un nuevo estímulo
todos los días. La organización compartida del Mundial ha convertido un
fenómeno que, usualmente, se aprovecha para crear una ilusión de unidad
nacional, en un producto multiplataforma. El hecho de que en México se
celebrarán sólo 13 de los 104 partidos totales abona al poco interés de la
afición. En un estudio de opinión reciente hecho por Alejandro Moreno para El
Financiero, sólo el 29 por ciento de los encuestados expresó estar “algo o muy
interesados” en la competencia.
La industria de la nostalgia, como suele
suceder, intenta otorgar algún peso a un evento deportivo que generará muchas
ganancias y poca trascendencia. En los días pasados se estrenó la película
México 86 dirigida por Gabriel Ripstein, con guion de Daniel Krauze y
protagonizada por Diego Luna. Como apunta Efraín Navarro Granados en una
reseña, el Mundial retratado en esta parodia inofensiva es una suerte de
reivindicación de tiempos mejores, cuando México se hizo cargo del torneo en
1986. Éramos corruptos, pero capaces de organizar una gran competencia después
de un sismo devastador. Todo se resuelve si le echas ganas y si estás dispuesto
a embaucar a quien sea. Sin embargo, la nostalgia sólo trasciende cuando se
participa en una experiencia colectiva más allá de los objetos coleccionables,
como el famoso álbum Panini. En este aspecto —al menos en los estadios—, el
Mundial dejó de ser un evento popular para volverse una transacción comercial
para los que se permitan pagar precios sujetos a la oferta y la demanda. El
filósofo Michael Sandel en su libro Lo
que el dinero no puede comprar. Los límites morales del mercado, cuenta que
en el 2009 el músico Bruce Springsteen dio dos conciertos en New Jersey con un
precio máximo de entrada de 95 dólares. Pudo haber cobrado y ganado más, pero
el hecho de haber integrado a un público más amplio —el de la clase
trabajadora— volvió auténtica la experiencia, más allá del interés financiero
de cualquier concierto.
El futbol profesional se ha alejado cada
vez más del origen popular que lo llevó a las masas. La famosa “mano de Dios”
de Maradona no podrá ocurrir en una cancha que evita cualquier injusticia
gracias a la tecnología, aunque la organización del Mundial —que tuvo el buen
tino de darle un premio prefabricado a Donald Trump por sus esfuerzos por la
paz mundial— nos enseñe que la justicia sale sobrando cuando el dinero y el
poder han capturado un espectáculo que pierde credibilidad cada cuatro años.
Las escenas de una multitud entrando al Estadio Azteca para vitorear y cargar
en hombros a Pelé en México 70 son impensables en la realidad actual dominada
por la hipervigilancia y el miedo al terrorismo. Otra arista de esta realidad
—incómoda para la FIFA y el gobierno mexicano— es el cúmulo de demandas y
luchas populares que ya ocurren en la Ciudad de México y otros lugares del
país.
Sea como fuere, cuando el árbitro pite el
final del último partido, el Mundial de este año será sustituido por el
siguiente estímulo proyectado en las pantallas globales. Sobrevivirán algunas
anécdotas e imágenes, pero la épica de los antiguos torneos se habrá
desvanecido, pues vivimos en una sociedad que descarta lo que aprovechó
—jugadores, público, transmisiones— una vez que logró su máximo rendimiento.
*Fuente: Revista Común
https://revistacomun.com/blog/el-mundial-ya-no-es-lo-que-era/?
Caverna*
No es que seamos del todo inconscientes
de nuestra heredada condición de oscuros
y resignados habitantes sedentarios
en la caverna que pintó el filósofo.
(Aunque disimulemos, no ignoramos
que sombras sólo son, y no otra cosa)
Pero es más fácil permanecer quietos
sentados en silencio frente al muro
contemplando esas figuras móviles
y sus exuberantes maniobras.
Es más cómodo ver pasar las horas
sin esbozar un gesto, sin silbar una nota,
sin mirar hacia el sol -siquiera de reojo-
(porque la luz abrasa la retina).
Y si alguno levanta la cabeza,
si alguien susurra o canturrea,
si alguien grita que existen las estrellas,
entonces le miramos con desprecio,
le escupimos con furia, le arrojamos
las virulentas piedras de la ira
o el amargado esputo del silencio.
(No importará si el díscolo insurgente
es nuestro propio hijo, nuestra sangre,
el magma inmaterial de nuestra entraña).
Para preservar nuestra mentira
-nuestra tiniebla de imágenes fugaces-
le acuchillaremos ritualmente;
después veremos su sangre derramada
como si fuese otra, como si sólo fuese
la lava redentora de los dioses,
el fulgente licor de sus ensueños
-otra figura más en la pared bailando-.
*De Sergio
Borao Llop. sbllop@gmail.com
-De Por
si mañana no amanece.
*
El hombre habló con el
viento de las seis direcciones/ tocó sus alas para que llenaran el vacío del
mundo./ A su lado/ emergieron las primeras piedras/ y rozaron sus manos./
Seguido/ sopló en un puñado de polvo al aire/ creando las grandes aves
sagrados/ para que llenaran su soledad con color y canto./ Abajo/ en el mundo
de los dioses oscuros/ se hizo la luz/ y éstos ascendieron al cielo/ iluminando
la cabeza del hombre/ surgiendo así el lenguaje de las cosas con el hombre./
Luego/ éste enterró los pies en el vientre de la tierra/ sintió el calor del
fuego/ que le urgía a caminar con rumbo hacia las seis direcciones del viento./
*De Daniel
Montoly. danielmontoly@yahoo.es
Columbus. Ohio
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Un misterioso
tren*
*Por Lautaro
Lobbosco
De repente me encontraba en un tren. No
sabía cómo había llegado, ni me acordaba de nada de lo acontecido en mi vida
hasta ese instante. Sin embargo me encontraba muy lúcido, con el único detalle
que no tenía conocimiento de quién era.
Lo más curioso de aquel peculiar tren eran
sus pasajeros. Estaban allí, pero parecían ausentes con sus miradas
convergiendo respectivos vacíos. Nadie se miraba. Daba la impresión que tenían
la inocencia de un recién nacido, con la excepción que no tenían esa curiosidad
característica. Algunos leían diarios, libros o revistas; si a eso se le puede
llamar leer, porque en sus ojos observé una inmovilidad de la que nunca había
sido testigo.
De súbito me dio la impresión de que ellos
tampoco sabían de dónde venían, ni adónde iban, ni siquiera quiénes eran. Eran
como yo, en principio, ya que no tomaban estos hechos como sorprendentes, más
bien lo tomaban como algo habitual e indiferente. Concentré la vista en un
viejo que estaba acostado sobre los asientos. Me di cuenta que habían
centenares de moscas e insectos en su piel, devorándolo. No pude distinguir si
aún seguía con vida.
Luego de esto, miré a las ventanas. Estaba
muy oscuro afuera. Era la definición perfecta de oscuridad. ¿Sería un túnel,
una noche de la más lúgubre o simplemente vagábamos por el vacío? Pensé en
preguntarle a algún pasajero sobre el paradero de este misterioso tren, pero
rechacé esta idea al instante. ¿Qué podían saber ellos? Traté de ver mi reflejo
en la ventana, para así, quizás, recordar algo. Fue en vano, se reflejaba mi
traje azul oscuro, mi corbata, pero en lugar de mi cara había un negro que se
mezclaba con aquel extraño fondo. Las preguntas me inundaban la cabeza hasta
tal punto que sentí que me iba a explotar. Traté de relajarme, aunque se me hizo
bastante difícil. Esto simplemente no podía estar pasando. Era todo un sueño,
una pesadilla, una alucinación. Pero las pesadillas siempre terminan. Acá, sea
lo que fuese, estaba totalmente atrapado por el resto de la eternamente. Lo
sabía perfectamente. De hecho era lo único que sabía con certeza.
Bueno, algo tenía que hacer. Si me quedaba
quieto por un segundo más, las piernas ya no me responderían. Me moví. Fue sólo
un paso, pero qué paso. Lo relacioné con el paso que hizo Neil Armstrong en la
luna. Como era que me acordaba de aquello me resultaba imposible de responder.
En fin, alguna pista de mi pasado tenía. Pero, ¿había llegado el hombre a la
luna realmente? Bueno cómo se supone que iba a saberlo. Hice un gran esfuerzo
por frenar mis pensamientos. Ya habría tiempo de pensar. Y demasiado.
Fui hacia otro vagón. Todo igual. Me
refiero al tipo de miradas, las personas eran distintas, pero tampoco ayudaba
demasiado. Seguí pasando vagones, con los mismos resultados. Durante horas,
días, en realidad no sé cómo se mide el tiempo en la eternidad. Llegué a la
conclusión que no habría caso, pero lo seguí haciendo por inercia. Capaz que
todos los pasajeros habían hecho lo mismo hasta darse por vencido. Y yo llegué
a lo mismo. Me estaba por perder en el abismo. No. No podía. No aún. Y puse mi
mente en funcionamiento. Pensar en cosas absurdas y sin sentido no era muy
útil, pero no me quería convertir en uno más de ellos. Al fin y al cabo en qué
otra cosa se podía pensar en este tren. En un lugar donde no existe la lógica
ni la razón. ¿Qué era aquello? ¿El purgatorio, el infierno, o simplemente este
tren abarcaba toda la inmensidad del universo?
De repente un sonido musical llegó a mi
oído. Era frío y distante, pero inconfundible. Se trataba, según creía, de una
banda de jazz interpretando “Take Five”. Fue comparable a los cantos
angelicales, o a un canto de sirena. Me hipnotizó. Emprendí la persecución a
aquel increíble saxo. Pero cuando lo tenía más cerca, el sonido cambió de
dirección. Justamente el solo provenía del lado en que yo venía. No podía ser
que me haya confundido. Me estaba volviendo loco. No tuve más opción que correr
a la dirección de la cual había venido. Y de nuevo cambió. Y así se repitió.
¿El sonido estaba en mi cabeza? ¿Me lo había inventado con el fin de tener
esperanza en algo? Otra sensación extraña me atacó justo en la espina dorsal,
como un rápido látigo. Esta vez no oí el sonido del saxo, sino que lo sentí. En
todo el cuerpo y con todos los demás sentidos. En el ambiente se palpaba, se
saboreaba, se olía a jazz. Estaba más presente que todas las personas del vagón
juntas, aunque eso no era tan difícil. Decidí abstraerme de todas aquellas
sensaciones. Traté de volver al vagón inicial. Ahí iba a poder poner en
funcionamiento a mi memoria. Pensaba que podría ser como ir al inicio de mi
vida, aunque estaba claro que no había nacido ahí en el tren, aunque nada
estaba claro.
Repentinamente vi a una chica. Había muchas
muchachas, pero esta era claramente diferente. Su mirada era de otro mundo. No
tenía el tinte gris que se encontraba en resto del tren. Sus ojos parecían un
arco iris. Luego de cruzar miradas, comprendí que ella sentía lo que yo. O ella
era yo, no lo sabía. Aquella sensación me calmó inmensamente. Por primera vez
me encontraba totalmente relajado, en aguas calmas. Teníamos dudas de si era o
no necesario hablarnos. Yo tenía esa duda. Pero de lo que tenía duda es que
ella dudaba lo mismo. Mirarla durante tanto tiempo me había alejado de la
realidad. Simplemente tendría que volver la cabeza hacia la ventana y la
realidad se haría presente al instante. Pero aquel negro profundo que antes
inundaba el exterior del tren, ya no se encontraba. A cambio había una luz
blanca que me encegueció por completo. No distinguía si la ceguera era
momentánea, a causa de la diferencia de luz con el anterior fondo, o por el
contrario, se quedaría en esta condición para siempre. El hecho me estremeció.
¿Por qué fui tan estúpido de desviar la mirada de lo único que valía la pena en
aquel asqueroso tren? Un segundo fue suficiente para perderlo. Ya no quería
saber nada más. Quería olvidarme de todo. Me eché en el suelo a dormir. Nunca
lo había hecho. Era lógico, de esta forma despertaría en el mundo al que
pertenecía. Y todo aquel tormento que sufrió desaparecería tan de repente como
había llegado. Soñé. Estaba en un inmenso desierto. El calor era abrumador. El
sol estaba en la cúspide. No lo miré. No quería perder de nuevo la visión. Por
lo menos la retendría en sueños. No me encontraba ni bien ni mal, aunque ciertamente
era mejor que el tren. Aún así, mis pensamientos sólo se encargaban de
recordarme de los ojos de aquella mujer. Estaba allí. Reitero que no me
encontraba incómodo en la infinitud del desierto, al contrario, era un respiro
que me daba. Pero era consciente de que me encontraba en un sueño. El dilema
era si tenía que despertar o no. Había varias posibilidades. Despertarme en una
cama, en mi antigua vida. Quizá al lado de mi esposa, o sólo, daba igual. Pero
la posibilidad de despertar en la nueva blancura del tren, me hacía no querer
despertar nunca. Si la realidad era aquel tren, no la quería seguir viviendo.
¿Por qué el hecho de que la realidad fuese mala es mejor que una irrealidad
mejor? Era un sueño. Yo lo manejaba. Podía tener lo que quisiese. Probé hacer
aparecer una botella de agua. Excavé un poco en la arena y la encontré. Me la
bebí de un largo y refrescante sorbo. Repetí esta acción como seis veces. Pero
aquellas percepciones no eran más imaginaciones de mi mente. Me estaba
engañando a mí mismo. Tendría que enfrentar la realidad, fuese cual fuese. A lo
mejor me despertaría en el tren, pero con mi vista, y me encontraría con la
chica de mis sueños. Había que ser optimista.
En fin, desperté. Seguía en el tren. Mi
vista estaba intacta, aunque difusa a causa del sueño. Pero el tren era
distinto, algo había cambiado. Tardé en darme cuenta que no era el tren en sí
lo que había cambiado, sino el exterior de las ventanas. Esta vez no era ni
blanco ni negro. Era un paisaje montañoso. También había lagos. Era realmente
bonito y agradable. Esto sin dudas me había cambiado el ánimo. Lo que podía
hacer una simple imagen del afuera.
Sentí una mano en mi hombro. Al instante
supe de quién se trataba, quién sino. Me di vuelta. Y esta vez la cara no sólo
eran sus ojos, también había una sonrisa de oreja a oreja. Me preguntó si
estaba bien. Sí, me habló. Era la primera vez que escuchaba una voz humana. Le
respondí que sí, y no mentía, estaba mejor que nunca.
**
-Lautaro por sí mismo: nací en Santa fe en 1996. Soy estudiante de filosofía de la UNL. Desde
la adolescencia me interesa explorar múltiples mundos artísticos como son el
cine, la música y la literatura. Desde hace unos años expandí ese mundo hacia
un interés por la pintura y la fotografía, disciplinas para dialogar con mi
escritura.
-Próxima
estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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