jueves, octubre 15, 2026

DIMINUTOS DIAMANTES DE FUEGO

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Noción de verdad*

 

La felicidad nunca es homogénea ni equilibrada

en la diversidad que la constituye, no comparte

la intensidad en sus distintas presentaciones,

es más bien plástica, mansa o violenta,

breve o prolongada.

                                 Aparenta la solidez

del diamante, acaso por lo rara y escasa,

y porque nace de la misma mutación

extrema de una materia oscura y sucia.

Por eso se corta fácil, porque es frágil,

sumamente frágil: un aroma, una voz,

un recuerdo, alcanza para disiparla.

Sólo tiene un rasgo común en toda

la gama de posibilidades, siempre

es la distancia máxima alcanzada

desde el núcleo del dolor del cual parte

y se mantiene alejada mientras dura.

Pero aún en su plenitud nunca olvida

ni pierde la certeza, de la ruta de regreso

ni el lugar del que ha partido, y al cual,

fatalmente, volverá hecha nostalgia.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Hasta cierto punto

lo pienso, es una idea

no es tan malo abandonarse.

Habilito ya, desde ahora

el plagio de los que admiro

la danza

la creencia en Dios.

Si va el intelecto por un mar de metáforas

o confluyen las neuronas en una silla

Van Gogh va a dar al mar, un plagio más

pero esta vez en rojo como las aguas de Moisés.

La conciencia se une a pequeñas mentiras

yo giro sobre mí y cuadro un sol naciente

el artista cuadra un escote

unas nalgas

un pie.

Tanta sobre impresión de significados me hace mal

y si asisto a lo inevitable

y me veo hablando

y soy partícipe de esta lengua escrita

castellano primitivo

son dos segundos

un vidrio

una taza

una cortina

el camino imperfecto

hacia una ataraxia

para tercermundistas.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA FELICIDAD COMO DEBER*

 

 

Tenemos, dicen, el deber de ser felices.

Mirando el campo desde arriba, y constatando la fugacidad de la vida de hormigas y minúsculas existencias con patas y antenas, y torpes colmillitos de frágil ferocidad, es hasta redundante notar que para tan poca existencia es ridículo el malgaste en penas evitables. Sería también de una obviedad

pueril descubrir que las fauces de tigres y osos polares poco son si medimos al animal por la escasa porción de vida en tanta eternidad de años contados por millones. Y nosotros, también, vistos desde arriba apenas representamos un puntito microscópico en el inabarcable universo.

Nuestras penas y afanes son, de acuerdo con esto, absolutamente desproporcionados con el tiempo, ese tiempo tan escaso del que disponemos entre el alumbramiento y el deceso, segundos apenas que podemos dedicar a conseguir la felicidad.

Debemos ser felices.

Noches en vela por gentes que luego nos dan la espalda o bien terminan muriendo de todos modos, cuidados o no. Insomnios diurnos por amores contrariados, por obligaciones vanas, por hijos ingratos o por catástrofes inobjetables. No habría necesidad, no sería justo.

Tenemos el deber de ser felices.

Por sobre guerras y recesiones, por encima de los mendigos de las calles, a pesar de las injusticias y aunque afuera arrecien las violencias.

Aunque nuestros amigos se desesperen o caigan desarmados, contra el viento gélido de los abandonos y a la par de los que soportan yugo ya no de bueyes que no los hay por aquí pero casi pareciera, a su lado pero mirando para arriba, para otro lado, para no verlos en su deprimente sufrimiento.

Felices con sonrisas llenas de dientes y ojos ciegos.

Susan Sontang hablaba de cómo en nuestra época se ve al cáncer como resultado de la represión de emociones, cáncer como salida de aquello enterrado por uno mismo. Cáncer, finalmente, como culpa del paciente. Sida como culpa del paciente, enfermedades que finalmente pertenecerían al enfermo y serían casi una elección. Gente que en vez de escoger la felicidad escoge el dolor y ser víctima de un temible mal. De esto hablaba Susan con horror.

Porque tenemos el deber de ser felices. De otro modo, uno es un actor consciente de la obra de su propia muerte. Eso dicen.

Y no me quedan dudas de que debemos intentar la felicidad, a pesar de, contra dé, aunque sea. Pero no sin esos deberes morales, esos deberes humanos que son inequívocos.

La felicidad no es un estado puro. Sucede mientras uno limpia la mesa para recibir al amigo desgraciado, mientras se trabaja para llevar el sustento a quienes se ama, mientras las cebollas de la comida que se compartirá nos hacen rodar lágrimas.

Y no hay felicidad cuando para tenerla se entierran cadáveres en el jardín. O no debiese haberla. Quien intenta ser un hombre o mujer honestos creo que no puede conocer esa clase de felicidad que se funda en el abandono o la negación de las responsabilidades.

En "El Zoo de cristal" Tenesse Willians contaba cómo el hermano ponía la mayor distancia entre su vida y la triste, desfalleciente penumbra de su hermana y su madre. Se hizo marino mercante para escapar, puso leguas y millas entre su vida y la miseria que abandonó en su ciudad. Pero bastaba un destello de vidrio para recordar las figurillas de cristal de Laura, su hermana, y sentir en la espalda la leve presión de su mano. Escapar es imposible cuando se sabe la existencia de un deber hacia unos seres que se ha abandonado.

Por eso, tenemos el deber de ser felices pero con lo que hemos quedado presos, que presos de algo estamos todos. No adscribo a la culpa judeo cristiana que llama al sufrimiento, pero no puedo descreer de la moral necesaria para que la felicidad sea lo menos espúrea que podamos conseguir en esta vida llena de impurezas y máculas.

Felicidades, entonces, con los bártulos a cuestas y sin renunciar a una mirada abarcadora y lúcida. Lo que se pueda aquí y ahora, y cada tanto lavando ropa que no nos pertenece.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La caja*

 

Era casi hora de cerrar, y el dependiente de aquella tienda de ropa, estaba acabando de recoger los artículos y preparándola de nuevo para el día siguiente.

Por la puerta trasera, sacó toda la basura y cajas de cartón al callejón como cada día. Entre las cajas había una especialmente grande y de grueso cartón que se utilizaba para empaquetar 30 trajes para su transporte. Esta caja enorme quedó en el suelo, abandonada junto a las demás y a la espera del camión de la basura.

En aquel momento, la sombra de Manuel se recortó a contraluz en la entrada del callejón, e inició con esfuerzo su andadura hacia aquel montón de basura.

Manuel era un vagabundo de unos 65 años, cojo a raíz de un accidente y lleno de harapos y mugre muestra de los días a la intemperie. Como cada noche Manuel buscaba un lugar confortable y a resguardo en el que pasarla lo más cómodamente posible y que además le resguardara de aquel frío de febrero, que en el amanecer dejaba lágrimas de rocío sobre su cuerpo y un poco más de reuma sobre sus huesos.

Cuando Manuel vio la gran caja, el rostro se le iluminó, sus ojos parpadearon e inmediatamente aceleró el paso y se dirigió renqueante y apoyándose en su bastón hacia ella. "Esta sí que es una buena caja, hoy dormiremos protegidos...", se dijo.

De pronto, cuando tenía sujeta la hermosa caja por uno de sus extremos advirtió que del otro lado de ella aparecía la figura de otro hombre. Era un hombre corpulento, mal vestido y sin afeitar que ya intuyó enseguida que quería la caja para el mismo menester que él.

Pero esta era su caja y nadie iba a quitársela - pensó.

Después de dormir bajo la lluvia dos días las piernas le hacían mucho daño, el reuma y las secuelas del accidente, hoy dormiría bajo cubierto costara lo que costara - decidió.

Al mismo tiempo que su pensamiento sus manos asieron con más fuerza y determinación la caja. Pero su oponente era muy fuerte, y notó que de un sólo forcejeo era arrojado al suelo. Y casi inmediatamente notó un fuerte dolor en el estómago que dedujo debía ser una patada. Agarró más fuertemente la caja y con la otra mano asió su bastón y lo descargó con todas sus fuerzas sobre su oponente. Noto que había acertado en el blanco por un gruñido sordo de dolor. Intentó de nuevo la estrategia, pero algo muy duro y mojado le dio en la cara, "sería la bota...!". De inmediato empezó a notar el calor de un líquido viscoso que resbaló desde su frente a la boca. Cuando probo su sabor dedujo que era sangre.

"Pero nada ni nadie iba a dejarle sin cobertizo aquella noche".

Blandió de nuevo su bastón y lo descargó con todas las fuerzas que le quedaban hacia el lugar donde creía que estaba su contrincante, pero ahí, solo está la caja que a resultas del impacto se desgarró y se partió en pedazos.

Los dos hombres, sentados en el suelo y con pedazos del botín en las manos se miraron un instante. Ninguno de los dos dijo nada. Manuel vio que el otro hombre se levantaba dolorido, y se iba hacia la entrada del callejón.  Allí no había nada que hacer.

Manuel constató que la caja había quedado inutilizada, y apoyándose en su bastón se irguió con bastante dificultad y fue siguiendo al otro hombre hacia la salida del callejón. Encogió los hombros. Buscaría un sitio que no lloviera mucho, y se protegería lo mejor posible.

El callejón quedó en silencio, solitario y mudo testigo de la reyerta.

No fue hasta al cabo de unos minutos cuando se abrió de nuevo la puerta de la tienda, y el mismo empleado sacó otra caja igual mascullando "Tengo tan mala cabeza, podía haberlas sacado las dos a la vez. Me hubiera ahorrado un viaje" y depositó en el suelo otra caja especialmente grande, y de grueso cartón.

 

*de Joan Mateu I Martí. joan@zarca.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Falsas panaceas: el mito de la innovación*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

En nuestro siglo, la tecnología ha seguido un proceso de endiosamiento, como si sus avances, en manos de grandes compañías internacionales, fueran capaces de resolver todos los problemas de la humanidad. La realidad es otra, pues, como se afirma en este artículo, “la innovación es una ‘invención comercializada’, es decir, un producto comercial que llega de inmediato al mercado global, se difunde con amplitud y cosecha importantes ganancias”.

 

En enero de 2022, la revista The Economist presentó un informe titulado “The World Ahead” en el que ofrecía una serie de innovaciones tecnológicas para el año que recién empezaba. Entre los maravillosos adelantos próximos a implementarse compartidos en México por periodistas como Héctor Aguilar Camín para evidenciar, supuestamente, el atraso científico de nuestro país destacan buques contenedores movidos a vela, taxis eléctricos que vuelan, aviones alimentados con hidrógeno, turismo espacial y el llamado “metaverso” que, en aquel año, parecía imponerse como una plataforma que sería usada por millones de personas.

Cuatro años después, las promesas tecnológicas profetizadas por The Economist no se concretaron. Algunas de ellas, como el turismo espacial, han sido lujos para celebridades y la experiencia no se parece, en absoluto, a los utópicos paraísos artificiales orbitando a la Tierra o la colonización de otros planetas. Los conflictos bélicos, la escasez de recursos y la fragilidad de sistemas demasiado complejos, entre otros problemas, hacen aún más difícil su realización en el futuro.

 

Adiós, invento; bienvenida, innovación

 

No es la primera vez, por supuesto, que las promesas tecnológicas quedan a deber. Por poner un ejemplo: en junio de 1979, el presidente demócrata de Estados Unidos, Jimmy Carter, instaló paneles solares en la Casa Blanca y advirtió que, para el año 2000, veinte por ciento de la energía de ese país provendría de las “energías renovables”. Cuarenta y siete años después del anuncio, las energías renovables tienen una contribución marginal en Estados Unidos y en el mundo y tienen que ser respaldadas por plantas de energía fósil, como muestra el documental de Michael Moore, Planet of the Humans (2020).

 

A pesar de esto, la innovación y la fe que despierta se ha convertido en un fenómeno que cada vez tiene menos contacto con la realidad o el sentido común. El ciudadano del siglo XXI sigue, frenéticamente, las noticias de adelantos tecnológicos que nos cambiarán la vida y acabarán con todos nuestros problemas. Después de la fascinación por los artilugios mecánicos del pasado, llegó la esperanza en el mundo digital, internet y, en los años recientes, la Inteligencia Artificial. La ciencia ficción se encargó de imaginar un futuro en el cual el ser humano conquistaría el espacio y los viajes en el tiempo. En el mejor de los casos, la utopía espacial era contrastada con los desastres provocados por la ambición del hombre.

La innovación y su popularidad es un fenómeno relativamente nuevo. El término se puede rastrear –con la connotación positiva con la que se conoce actualmente– hasta la Revolución Francesa.

Con la llegada del siglo XX, la innovación sustituyó a la invención y se creó la figura del emprendedor quien, gracias a su genio y visión, transformó la vida de mucha gente además de volverse inmensamente rico. Eduard Aibar –catedrático de Estudios de Ciencia y Tecnología en el Departamento de Artes y Humanidades de la Universitat Oberta de Catalunya– publicó en 2023 El culto a la innovación: Estragos de una visión sesgada de la tecnología. El libro elabora una crítica necesaria al dogma tecnoutópico y la ideología que soporta el mito del emprendedor. En primer lugar, destaca que la innovación es una “invención comercializada”, es decir, un producto comercial que llega de inmediato al mercado global, se difunde con amplitud y cosecha importantes ganancias. En segundo lugar, el innovador es, generalmente, un administrador de riesgos, un eficaz vendedor o un empresario que capitaliza el conocimiento de otros. El inventor –pensemos en uno famoso como Leonardo da Vinci– es, por el contrario, un especialista que domina la técnica y que no tiene en mente un mercado para su “producto”. En muchos casos las invenciones se difunden después de un largo proceso de asimilación en el que intervienen muchos factores, entre ellos la utilidad y su apropiación por gente de diversos estratos sociales.

Uno de los mejores ejemplos de invención antes de la innovación propia del capitalismo neoliberal es el camino que debieron recorrer el reloj y otras máquinas dedicadas a medir el tiempo. El historiador italiano Carlo M. Cipolla describe la compleja invención del reloj en Las máquinas del tiempo. Estudios sobre la génesis del capitalismo (1999). Vistos por los europeos por primera vez gracias a un regalo que envió el famoso califa Harún al-Rashid en el 807 dC, los primeros relojes maravillaron por su ingenio, complejidad y, sobre todo, su arte. A partir de ese contacto, los europeos –italianos, franceses e ingleses– dedicaron grandes esfuerzos intelectuales y recursos materiales para replicar y mejorar las máquinas para medir el tiempo que habían inventado los árabes. Sin embargo, durante varios siglos, los relojes fueron solamente objetos de lujo, adquiridos por nobles caprichosos y, por lo tanto, símbolos de estatus. Gracias a la imitación, el conocimiento compartido, la labor de generaciones de técnicos y el comercio, los relojes se convirtieron en objetos de uso común y aprovechados por el capitalismo del siglo XIX para, entre otros objetivos, maximizar y medir el rendimiento de la clase obrera. Sobra decir que la medición del tiempo sería la perdición de los trabajadores en las fábricas, pues ahora su labor no consistía en crear una mercancía, sino que debían entregar su vida hasta que el reloj marcara la hora de salida, algo inconcebible en la era de los talleres artesanales.

Los relojes llegaron hasta nuestra época con numerosos cambios y adaptaciones. Sin embargo, se podría hacer una suerte de museo con todas las invenciones que se saltaron la apropiación social de la tecnología y quisieron imponer un producto pensando solamente en las ganancias. El científico checo-canadiense Vaclav Smil ha estudiado la historia de las innovaciones que no funcionaron, que tuvieron una vida breve o que se han quedado como proyecto. En Invención e innovación. Breve historia de los éxitos y fracasos de la humanidad (2025) nos cuenta sobre grandes adelantos como el famoso Zepelín o globo dirigible inventado por Ferdinand von Zeppelin en el siglo XIX y cuyo recuerdo más famoso es la tragedia del LZ 129 Hindenburg el 6 de mayo de 1937. A este fracaso aéreo siguió el auge y decadencia del avión supersónico Concorde y otros medios de transporte que no han pasado del bosquejo, como los tubos transportadores para personas. Otras innovaciones anteriores como la gasolina o el DDT ocasionaron graves efectos secundarios (por el plomo y los químicos que dañan a la naturaleza, respectivamente). Los reactores nucleares no han logrado abastecer las necesidades energéticas mundiales, a pesar de las promesas y las décadas de investigación en la materia.

 

La trampa del tecnooptimismo

 

En la conclusión del libro, Smil cuestiona el llamado “tecnooptimismo”, es decir, la idea de que el progreso tecnológico es un camino recto por el que la humanidad transita a un ritmo cada vez más veloz. Incluso, hay problemas para los cuales no hay soluciones a la vista, pues los recursos no son suficientes o la ciencia no ha logrado resolver el acertijo. Sin embargo, constantemente nos bombardean con noticias falsas o verdades a medias sobre descubrimientos fabulosos que transformarán el mundo en el que vivimos. Muchos caen en la trampa.

Llegado a este punto convendría hacer preguntas importantes: ¿Se puede aportar algo benéfico para la humanidad cuando la tecnología ha sido capturada por un puñado de corporaciones? ¿Qué ocurre con la invención cuando las instituciones educativas se limitan a repetir un paradigma agotado y cada vez más disfuncional, como el del capitalismo neoliberal de nuestra época? ¿Qué adelanto es más valioso? ¿El tenedor que usamos todos los días, el bolígrafo cuyo funcionamiento apenas ha cambiado a lo largo de las décadas, o los milagros siempre pospuestos de una tecnología cada vez más invasiva, antidemocrática y, al mismo tiempo, opaca?

 

*Fuente:

https://semanal.jornada.com.mx/2026/10/11/falsas-panaceas-el-mito-de-la-innovacion-9060.html?

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela), La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo), y

Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FOGATAS DE OCTUBRE*

 

 “(…) Esta vez no habló, movió los labios y solamente cuando le recordé aquella costumbre de las fogatas en los rastrojos, levantó la cabeza.

CESARE PAVESE

 

 

Y era octubre.

No sé quién fue la yesca y quien el pajonal.

A lo lejos, una voz de fuego, nos reconoce

Nos reconoce y pronuncia nuestros nombres.

En silencio pronuncia nuestros nombres bautismales.

No, no era la primera fogata.

Pero sin embargo, fue la única.

Única raíz, bengalas en el cielo.

Encendieron las noches y los dedos.

Y fuimos bocas, manos y señales.

 

Incendiamos ayeres y calendarios nuevos.

Y bebías el fuego de mi frente.

Y yo, toda yo, era fuente y origen.

Apenas cabías en mis manos.

Pero en sacrosanto perfil te dibujaba.

Y te hacía un lugar en mi lecho.

Castamente, como un niño de otoño.

Encendías luciérnagas en desgarradas noches.

Y éramos una oración, un mantra.

Una gloriosa soledad compartida.

Y era octubre.

 

Y soplamos en azul adversos vientos.

Médanos, goteras en el techo.

Ahora las manos están frías.

Y me pregunto si acaso ronda el miedo.

Y el olvido, y la muerte y la vida.

Escucha, son las fogatas y es octubre.

Y hay un memorial que riega nuestra sangre.

Y en mis pechos, vírgenes de ti.

Aun cabe un llanto, tan antiguo como el viento.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEDOS DE HIERBA*

 

 

*Angelina Weld Grimké

 

Tóquenme, tóquenme,

Pequeños frescos dedos de hierba,

Elusivos, delicados dedos de hierba.

Con sus roces tímidos,

Toquen mí cara,

Mis brazos desnudos,

Mis muslos,

Mis pies.

¿Hay algo acaso que no sea bueno?

No tienen por qué temer de mí.

Pronto voy a estar lejos, debajo de ustedes,

Para que puedan llegarme, también,

Con sus dedos diminutos y tímidos.

 

 

*De la antología "Harlem: los blues de la historia",

Buenos Aires, 2014.

-Traducción: Eduardo Dalter

 

-Angelina Weld Grimké

(1880 - 1958)

Poeta, dramaturga y cronista. Colaboró en las más importantes publicaciones del Harlem, donde también estrenó sus obras y publicó sus libros. Ejerció asimismo la docencia en idiomas.

https://es.wikipedia.org/wiki/Angelina_Weld_Grimk%C3%A9

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Es posible que la finalidad de nuestra vida sea la creación de una conciencia colectiva.

 

*Alejandro Jodorowsky.

https://es.wikipedia.org/wiki/Alejandro_Jodorowsky

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

Oráculos*

 

 

*Por Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

  Me leyeron las líneas de la mano en La Plata. Los posos del café en Villa Mercedes. Una mujer sumamente vieja y delgada, cuyos ojos refulgían como diminutos diamantes de fuego, me echó las cartas en un oscuro tugurio de Buenos Aires.

Todas las predicciones auguraban lo mismo: Debía ir a ese lugar. Tal coincidencia me alarmaba. Las razones nunca estaban claras. Unos decían una cosa, otros, la contraria; los más, esgrimían la consabida excusa de que la adivinación no es una ciencia exacta y de ese modo eludían dar mayores explicaciones.

Les cuento lo más curioso: yo nunca creí en esas patrañas. Fue una amiga quien me persuadió. ¿Qué mal podía hacerme? -preguntó, con esa convicción inocente de la que sólo ellas son capaces. Así pues, lo hice únicamente por complacerla (y de paso, me dije, tal vez ella, alguna de estas noches...)

Si la primera adivina (su cuchitril era un arquetipo de consulta esotérica engañabobos, con gigantescas cartas de tarot en las paredes, a modo de cuadros, y una bola de cristal sobre un tapete de terciopelo negro, colocado encima de la mesa hexagonal que ocupaba el centro de la sala, sobre la cual había una lámpara de gran potencia. El resto del cuarto estaba a media luz, para realzar el misterio, supuse) no hubiese mencionado el nombre, la cosa hubiese terminado ahí. Un juego inocuo, una frivolidad más entre tantas otras. Pero lo hizo. Y luego me miró, leyendo en mis ojos una intranquilidad que le animó a seguir por ese camino. Cuando salimos (mi amiga me acompañaba), mis comentarios acerca de esos lugares de adivinos y mi risa forzada provocaron su curiosidad. Algo había sucedido allá adentro y ella era consciente. Le conté lo sucedido (realmente no todo, sólo lo necesario. Tampoco es cuestión de airear chismes de otro tiempo) y dije que sólo se trataba de una casualidad, pero no quedó convencida. Propuso visitar otro sitio. Ella se ocuparía. Conocía gente. Yo aparentaba estar tranquilo, pero algo había permanecido dando vueltas en mi interior. Así que, entre risas, y sólo por contentarla, volví a aceptar.

La segunda vez fue en Morón. A Rebeca (mi amiga) le hablaron de un hombre anciano, recluido en una casa a las afueras y cuyo contacto con el resto de los vecinos era muy escaso. Se dedicaba a algo llamado libanomancia, un rito mediante el cual se puede adivinar a través de la observación del humo. Jugar con fuego no me atraía en absoluto, pero ya había dado mi consentimiento previo, así que no fue posible echarse atrás. Fuimos hasta allí, vimos cómo el viejo juntaba un montón de ramas secas y las encendía, sentándose luego junto a la hoguera e invitándonos a imitarle. Mientras aguardábamos, él contemplaba el humo, muy atento. Quizá para hacernos más llevadera la espera, nos estuvo hablando de su especialidad (también llamada capnomancia o ignispecia) y de los múltiples éxitos cosechados en más de cuarenta años de práctica. En un momento dado, enmudeció, me miró con una expresión severa y nombró el sitio. Después nos rogó que nos marchásemos. Dejé unos billetes sobre la mesa de la cocina y salimos a la brisa del atardecer. Mi amiga callaba. Dos veces no podía ser una mera coincidencia.

Pero si por un momento pensé que la cosa iba a terminar ahí, no conocía bien a Rebeca. Unos días después se presentó en mi casa, me obligó a vestirme con prisa, nos metimos en el auto y condujo hasta Quilmes. Allí nos recibió Madame Cheirét (o Chouriet, o algo similar). Su técnica era la fisiognomía. Esta especialidad consiste, según me fue explicando Rebeca durante el viaje, en el estudio de las cabezas y las caras. La mujer, ciertamente amable, me ofreció asiento en una silla antigua. Después, se colocó frente a mí, en un sillón situado sobre una especie de pequeña tarima, y se puso a mirarme con insistencia y atención. De cuando en cuando, se levantaba y pasaba sus manos por mi cabeza o mi rostro, como para comprobar la veracidad del testimonio ocular. Me sentía terriblemente incómodo, pero Rebeca estaba radiante. Aguanté casi una hora entera. Después, escuché la palabra que no deseaba (pero temía) oír, pagué, nos despedimos. Regresamos a la ciudad.

 “En Rosario hay un tipo que se dedica a la grafomancia”, dijo Rebeca por teléfono dos días más tarde. “Mañana vamos”, contesté. Mientras yo trataba de fijar una cita para esa misma tarde (cine, cena y unas copas cómplices), ella me explicaba con detalle la “ciencia” en cuestión: Se trataba, según entendí, del estudio de la escritura. Tamaño, forma, inclinación, todo eso. No hubo más discusión. No oyó (u simuló no haber oído) mis razones, casi súplicas, para vernos esa misma noche.

Al día siguiente viajamos hasta Rosario. En tren. No me apetecía conducir tantas horas y, de paso, tenía la esperanza de quedarnos allí a pasar la noche y, ¡quién sabe!

El Doctor Morales –tal era el nombre del grafomante- vestía una bata blanca cuando nos abrió la puerta de su estudio, un lugar atiborrado de objetos de diversa índole, muchos de los cuales desentonaban entre sí, dándole al lugar el aspecto de un trastero, un almacén de antigüedades o la vivienda de un demente. De entrada, me incliné por esta última posibilidad. El tipo nos condujo, a través de aves disecadas, aparatos de radio estropeados y muebles con irreparables desperfectos, hasta su despacho, no muy diferente, en realidad, de lo que habíamos dejado atrás, salvo por la luz, más nítida.

Me sentó a una mesa –previo desalojo del montón de objetos amontonados sin orden sobre ella- y me conminó a escribir. “Cualquier cosa”, dijo. “Da lo mismo si es una idea, unos versos de Dante o una colección de chistes sobre gallegos. Usted escriba. Para ponérselo más fácil, esperaremos aquí al lado. Cuatro o cinco folios bastarán. Lo dejo a su elección”. Después de proveerme de unas cuantas hojas de papel en blanco, lapiceros y una botella de agua, el doctor desapareció con Rebeca por una puerta diferente a la utilizada para entrar. Sospeché que conducía a la casa, a sus habitaciones. Sentí una cruel punzada de celos, cuyo aguijonazo aplaqué escribiendo casi furiosamente.

No me seducía la idea de dejar allí constancia de mis ideas, así que recurrí a los clásicos. Recordaba pasajes del Decamerón, del Quijote, de La Ilíada. También el cuento Ante la Ley, de Kafka. La rememoración de esos textos, leídos tantas veces en la soledad de mi cuarto, me sirvió para olvidar dónde estaba y qué estaba haciendo –y, sobre todo, el temor infundado de que, en ese mismo momento, el supuesto doctor y mi adorable Rebeca estuvieran demasiado juntos-. En el cuarto folio redacté dos sonetos de Borges y el quinto lo usé para reproducir El espejo que huye, relato de Giovanni Papini. Sin omitir una coma. Lo conocía de memoria.

Tardaron más de hora y media en regresar. Para entonces ya había usado otros tres folios, dejando en ellos fragmentos dispersos de Lugones, Poe, Chéjov y Pablo Neruda, el poeta con mayúsculas, como le llamaba cariñosamente uno de mis alumnos. Morales tomó asiento frente a mí y se abismó en la lectura de mis garabatos. Mi amiga se colocó justo detrás de él, leyendo por encima de su hombro. Yo la miraba con amargura y también un poco de ira, pero ella no me prestaba atención, concentrada como estaba en la contemplación de los folios escritos. Deseé estar lejos. Aunque fuera en ese lugar al que todas las señales parecían ligar mi futuro. El “doctor” tomaba notas, subrayaba algunas palabras, hacía círculos rojos alrededor de párrafos enteros. Yo esperaba el veredicto sin interés. La voz de Morales pronunció el nombre como una sentencia. Al oírlo, el rostro de Rebeca resplandeció, o eso creí ver. Fue sólo un chispazo, pero esa sonrisa borró de un plumazo mi malhumor. Caminamos charlando hasta un hotel. El conserje nos recibió con suma amabilidad. Hubo suerte (sin duda apoyada por el billete que deslicé con disimulo sobre el mostrador de recepción): Había, en efecto, dos habitaciones contiguas con puerta de comunicación interior.

En la cena me mostré encantador, conseguí que Rebeca tomase un par de copas de champán tras el postre, le prometí un nuevo viaje para la semana próxima: iríamos a ver al siguiente de su lista (a esa altura ya había confeccionado una vasta nómina de “especialistas” en asuntos esotéricos), pero la puerta de comunicación permaneció cerrada toda la noche. No dormí bien. En la madrugada, creí oír un ruido. Fui hasta la puerta con la esperanza de que ella, por fin… Traté de girar el pomo con precaución, mas no se movió ni un milímetro. Decepcionado y triste, volví a la cama y caí en un sueño entrecortado, repleto de imágenes tenebrosas. En medio de dos pesadillas, me juré terminar con todo aquello de inmediato.

En el desayuno, Rebeca me anunció que debía permanecer en la ciudad un par de días, trámites burocráticos para su madre, quien no andaba bien de salud. El viaje de vuelta fue una tortura. Me encerré en casa y juré no volver a salir en mi vida. Leí furiosamente, escuché música a un volumen que mis vecinos seguramente juzgaron excesivo, jugué al ajedrez contra un rival imaginario, ordené toda mi colección de sellos antiguos. No habían pasado tres días cuando Rebeca se presentó en mi puerta, se declaró asustada ante mi aspecto, me obligó a tomar una ducha, afeitarme, vestirme “decentemente” y acompañarla a un sitio. “Es una sorpresa” dijo. Esa energía suya siempre me desarma, así que obedecí. Sin la menor objeción.

 

Todos padecemos adicciones. Sean graves o insignificantes, nos acompañan a lo largo de nuestra vida y, a veces, ni las percibimos. Puede ser el alcohol, las drogas, el sexo, el ego –la más común y menos diagnosticada-, el chocolate o las bebidas dulces. En esa ocasión, mientras íbamos hacia Trelew, para visitar a un experto en ornitomancia (observación de las aves), descubrí que la adicción de Rebeca eran los gabinetes esotéricos. Y me arrastraba tras ella como a un perrito, con la excusa de hacerme un favor: era yo quien necesitaba “consejo espiritual”. El asunto resultaba muy extraño –no voy a negar lo evidente-, y mi curiosidad crecía con cada nueva respuesta afirmativa. Pero ¿quién necesita conocer el futuro? Bastante tenemos con soportar el peso del pasado y vivir lo mejor posible el presente.

En Corrientes fue la enomancia (lectura de símbolos en el vino).

En Mendoza la numerología.

En Luján, la sicomancia, que utiliza hojas.

Fueron semanas de viajes, escenas sacadas de películas en blanco y negro, habitaciones contiguas pero siempre separadas y esperanzas renovadas por la mañana, que veía arder cada noche en el fuego glacial de la soledad. La boca de Rebeca era una promesa eternamente pospuesta. Y el dinero empezaba a menguar de forma alarmante.

En Bahía Blanca, botanomancia (como se deduce del nombre, usa las plantas).

Xilomancia (madera) en Paraná.

Aluromancia (adivinación practicada con harina) en Junín.

Se ha dicho que la locura es hacer siempre lo mismo esperando un resultado distinto. Nosotros hacíamos justo lo contrario: Probar diferentes medios y obtener un mismo resultado. Llegó un momento en que ya parecía imposible la existencia de otra respuesta. Si eso hubiera sucedido, si se hubiese producido un cambio, tanto Rebeca como yo nos hubiéramos quedado atónitos y, con seguridad, hubiésemos pedido la repetición de la prueba.

Bibliomancia en Córdoba (El libro utilizado fue La Eneida, de Virgilio. Así solían hacerlo, se nos explicó, los romanos).

En Catamarca, ceromancia (se usa la cera de una vela).

 

Si al principio nos guiaba la búsqueda de una comprobación, ahora era más bien la esperanza del error: que en una de esas gravosas visitas, alguien pronunciase otro nombre, abriendo así una ventana a otra realidad, un agujerito minúsculo por el cual escapar de esta condena que se cernía, implacable, sobre mí.

Aeromancia (observación de los fenómenos atmosféricos) en Salta.

Tarot en Resistencia.

Al borde de la extenuación y la ruina, Rebeca insinuó una última posibilidad: En un lugar llamado La Serena, en Chile, existía un viejo cuya habilidad consistía en interpretar los signos de la arena. Tras dos horas caminando por la playa, agachándose de cuando en cuando para observar algún dibujo más de cerca, el anciano meneó la cabeza: Su dictamen fue implacable.

Era el último viaje. O más bien el penúltimo. Faltaba uno, naturalmente. Yo ya no tenía ni para gasolina. A la vuelta, vendí el auto y fui a la estación. Saqué dos pasajes para Ingeniero Williams y llamé a Rebeca, pero no obtuve respuesta. Dos días estuve telefoneando sin resultado. Fui a su casa, pero la portera sólo me informó, secamente, de su ausencia y no condescendió a dar más explicación. Me miraba con desconfianza. Pensé en contactar con la policía y denunciar su desaparición, pero algo me urgía más: Terminar con eso que me estaba calcinando por dentro. A la mañana siguiente, tomé el tren hacia Ingeniero Williams.

Hice la mayor parte del viaje dormido. O abstraído. Al llegar, bajé del vagón con un sentimiento de derrota en mi ánimo. Como si los fantasmas del pasado me hubiesen obligado a regresar. “¿Y ahora?”, me pregunté. En la estación no parecía haber nadie más, lo cual me contrarió, porque charlar dos minutos con el encargado o un viajero cualquiera, me hubiera servido para serenarme. Para sentir el suelo bajo mis pies.

Me senté en un banco, al sol. Recordé, como había venido haciendo durante esas últimas semanas, las escenas de veinte años atrás. Quise razonar que tal vez este regreso era mi expiación. Sin duda, no estaba preparado para lo que ocurrió a continuación.

De un rincón en penumbra, a mi derecha, a unos diez u once metros, surgió una voz que no pude dejar de reconocer.

- Te estaba esperando.

Pensé que se trataba de un espectro, pero el contorno del hombre de quien provenía el sonido parecía muy sólido. No podía verle el rostro (¿era realmente necesario?). Sólo el gabán, el sombrero, los zapatos. Las manos enguantadas.

- Te creía muerto – respondí, con un aplomo que no hubiera supuesto.

- He esperado mucho tiempo –dijo, como si no me hubiera oído.

- Veinte años – susurré.

- Veinte años – repitió él, como un eco acusador.

Podría excusarme alegando que lo ocurrido entonces fue accidental. Que yo no pretendía su ruina ni seducir a su mujer. Y mucho menos hacerle daño a él, a quien consideraba un buen amigo. Simplemente ocurrió así. Sólo defendía mis intereses. Eran las reglas. Pero incluso a mí, tras tanto tiempo, todo eso me sonaba a palabrería sin sentido. Había llegado la hora de la venganza y yo estaba dispuesto a dejarme matar sin una sola queja. Me parecía justo.

Fue entonces cuando percibí el perfume. Miré hacia el rincón. Tras la sombra del hombre, había otra, más pequeña, casi imposible de ver desde la zona soleada donde yo me encontraba. Y lo comprendí todo. Sin decir palabra, fijé la vista en el suelo, ante mí. Otro tren acababa de llegar. Iba en dirección contraria. Nadie bajó. Oí pasos a la derecha. Cuando miré, en el rincón no había nadie. Por un instante, aún tuve la esperanza de haber sufrido una alucinación provocada por el sol. Pero al volver la vista pude ver, como en un destello, un abrigo de mujer desapareciendo en el interior del vagón. La puerta se cerró y el tren echó a rodar sobre las vías. La estación quedó desierta. Pronto, el sol se pondría y la noche austral lo invadiría todo.

 

 

- Sergio Borao LLop.

-Narrador y poeta. Nacido en Mallén (Zaragoza, España) en 1960.

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 


ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

PARADA GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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