sábado, octubre 24, 2026

DE LAS LLUVIAS TARDÍAS EN LOS OJOS.

 


*Obra de Ray Respall Rojas.

 

 

 






 

EGGBERT*

 

Su hijo lo trajo de una de sus inspecciones previas a derrumbes de viviendas inhabitables… Era solo un huevo, pero varias cosas en él llamaban la atención; no era un huevo corriente. Decidió colocarlo en una cesta, al lado de la lámpara de su mesa de trabajo. Warren, el cachorro de labrador no paraba de ladrarle, Humphrey el loro le echaba miradas de reojo, Lauren, la gata barcina, arqueaba el lomo y emitía peculiares maullidos cuando pasaba por su lado… Algo intrigante había en él: Más grande que el de pato, cáscara gruesa de color crema con manchas carmelitas y una suerte de pelusilla recubriéndolo, a saber el tiempo que llevaba en el sótano donde lo encontraron. En su manía de poner nombres en inglés, le puso Eggbert a su “proyecto de mascota”.

Pasados tres meses, le pareció advertir bultos que aparecían y desaparecían en su cáscara, como los movimientos de un feto en avanzado estado de gestación. ¿Estaría vivo? Decidió colocar la cesta bajo estricta observación, pasando más tiempo que de costumbre en su estudio. Esa noche, su curiosidad se vio colmada, el huevo comenzó a agitarse febrilmente; la cáscara, con una elasticidad no sospechada, se resistía a romperse, como si en vez de tal, fuera un saco vitelino. Con la ayuda de un abrecartas hizo una ligera incisión…

Lo que emergió fue algo repugnante y amorfo, pero vivo, que fue adoptando las formas donde iba posando sus múltiples ojos: tras copiar a un murciélago disecado, tomó algo de la apariencia de Humphrey y, sin solar aún el plumaje, comenzó a transmutarse en una versión de Warren con el pelaje de Lauren…

Horrorizado, levantó el abrecartas para abatirlo sobre el engendro, cuando algo inesperado congeló su gesto. Aquello se volvió hacia él y comenzó a semejar un monstruoso embrión humano, cuyo parecido hacia él aumentaba por segundos, un insólito feto anciano, con su calva manchada, nariz prominente, manos nudosas y rodillas hinchadas. Se resistía a matar algo que si bien le infundía terror, iba perfilando hasta las arrugas de la frente. Dejó caer el arma mientras Eggbert seguía agrandándose hasta alcanzar su estatura.

—Hola, papá.

El engendro soltó una risa diabólica que comenzó sonando como una maquinaria infernal y fue afinándose hasta adquirir tono humano.

—¿Quién eres? —Apenas pudo balbucir.

—Tal vez, soy una especie que lleva tiempo colonizando tu planeta, tal vez, soy una creación de tu mente senil —dijo irónico.

—¿Acabas de nacer, y hablas? ¡Has copiado mi voz, mi ronquera de fumador!

—He tomado tus pautas físicas y mentales. Venimos al mundo con la memoria de nuestra raza, sabemos que debemos transmutarnos en la especie superior, conocemos nuestra única enfermedad: contaminarnos de humanidad y llegar al extremo de olvidar nuestra misión, pero no será mi caso, he nacido con artritis reumatoide, diabetes y un avanzado enfisema… No creo que viva cinco años más. No eres ejemplo de cuidado del templo donde habitas.

—Entonces, ¿por qué? —Su cuerpo se agitaba, febril.

—No me dejaste opción, pasé por las entidades presentes, hasta encontrarte. Tengo tus recuerdos, sé dónde fui encontrado por Kirk, tu hijo mayor, sé que no le hablas hace dos años a Ingrid, la menor. Conozco tu pasión por el cine, tus manías, los insomnios que pasas leyendo, rellenando crucigramas o jugando solitarios… En fin, padre, he alcanzado mi desarrollo total, ergo, puedo matarte.

—Pero… —Las lágrimas le empañaban la visión, nunca pensó amar tanto la vida—. Notarán la diferencia, en algún momento has de fallar.

—Claro, y usaré el sentido del humor que una vez tuviste y has extraviado entre tantas soledades, para salir airoso. Tus antiguos amigos aplaudirán al “renacido”. Puedo hacer las paces con tu hija… mi hija. Magnífica oportunidad para dejar mis huevos en su casa, además de en esta que compartes con Kirk y su esposa, en la biblioteca municipal por donde pasas cada semana, y en casa del colega jubilado que visitas. Hay que dejarlos en varios sitios porque no todos llegan a término, ni todos los anfitriones son tan amables de colocarnos bajo una bombilla para estimular nuestro nacimiento. No se hable más, para no ser malagradecido, te mataré de modo limpio, un ligero golpe en el sitio adecuado y, ¡chao!

Intentó retroceder y cayó en el suelo, presa de agudos e incontrolables temblores. La aberración lo miró e imitó sus gestos con cinismo.

—¡Alguien encontrará mi cadáver y pagarás tu crimen! —le gritó.

—Olvidé decirte algo. —Su verdadera risa, sin pretensiones de humanidad, helaba el alma—: No sé si has escuchado esas historias de insectos que se alimentan de sus madres, de arañas que se comen a sus parejas, del clímax de la mantis religiosa… El acto de reproducirse y el de nacer incrementan de modo salvaje el apetito. Me comería a mí mismo si pudiera, pero esto es una tautología. No obstante, el destino ha puesto en mi camino una copia, no muy apetitosa, pero a quien extrañarán menos que al perro, al loro o a la gatita con nombre de belleza americana. Querido padre, ¡tu Eggbert tiene hambre!

 

 

*De Marié Rojas Tamayo

El cuento fue escrito hace unos veinte años, forma parte de El Onceno Mandamiento, en proceso de reedición.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El origen*

 

Bien adentro de todas las cosas está la cosa,

y de tiempo en tiempo regresamos a ella

por angostos y asfixiantes corredores,

en los que apenas cabe nuestro cuerpo.

Igual que en el interior de una pirámide

están las cámaras falsas que a su tiempo

edificamos para confundir a terceros. Como

la tumba de un faraón el núcleo es nuestro.

Es casi un recinto sagrado y excluyente,

nuestra necesidad avanza por lo estrecho,

y nos vamos comprimiendo a cada paso

hasta arribar a su centro de nuevo niños,

a ese momento inequívoco de la tragedia.

Allí nos espera ella, indiferente a todo eso

que podemos haber construido por encima

para hacerla soportable y ocultarla y negarla.

Nos arrasa con la crueldad de la primera vez.

Lastimados como entonces la aceptamos.

Diremos que nos tocó una herida llevadera,

y volvemos siguiendo el reguero de sangre,

con la llaga renovada y abierta. El único

beneficio de ese viaje son las lágrimas

demoradas que algo alivian.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Homo plasticus*

 

¿Somos conscientes de lo que compone el entorno que habitamos? El plástico está relacionado con el creciente deterioro cognitivo

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

En una escena de la multipremiada película de 1999 Belleza americana, dirigida por Sam Mendes, Ricky Fitts (Wes Bentley) muestra a su vecina Jane Burnham (Thora Birch) un video que grabó. En él, una bolsa de plástico blanco asciende, desciende y se mueve impulsada por el viento en una calle. Ricky siente una extraña fascinación por la bolsa, y dice a Jane: “Y esta bolsa… bailaba conmigo. Como un niño pequeño rogándome que jugara con ella. Durante quince minutos. Y ese día me di cuenta de que había toda una vida… detrás de las cosas, y una fuerza increíblemente benevolente que quería que supiera que no había razón para tener miedo, nunca”.

 

Es curioso que la etimología de la palabra plástico se remonte al griego plastikos, que significa formado, modelado, fingido. La idea de fingir, de hecho, remite de inmediato a la ingente cantidad de objetos hechos de plástico que imitan materiales costosos o escasos. Ese mundo kitsch, con sus maravillas en los aparadores, es un catálogo casi infinito de réplicas al alcance del bolsillo. La bolsa de plástico idealizada por el personaje de Belleza americana se volvió con el tiempo el enemigo número uno de los activistas y promotores del ecologismo y el cuidado de la naturaleza.

La periodista Sabrina Duque refiere en Plastificados. De cómo los humanos nos convertimos en carne, hueso y plástico (Anagrama, 2026) la invención, en 1959, de la bolsa de polietileno –obra del ingeniero sueco Sten Gustaf Thulin– para sustituir las bolsas de papel, ya que éstas provocaban la tala de árboles para su fabricación. Como afirma el filósofo francés Paul Virilio, la invención tecnológica es inseparable de los accidentes que produce.

La guerra contra las bolsas de plástico es, por supuesto, una guerra perdida: sólo se puede reciclar –usando combustibles fósiles– un porcentaje marginal de productos desechados. La sociedad de consumo sigue siendo intocable y ofrece fantasías para disfrazar la obsolescencia programada. A la utópica expansión del capitalismo no le importa que un vulgar pedazo de plástico pierda su forma original en un interminable recorrido por tierra, mar y aire. Al final, quedará como un sedimento con una larga historia de muerte detrás. Podríamos decir que el antropoceno, el capitaloceno y otros términos que tratan de capturar la violenta intervención humana en la naturaleza ofrecerán como recuerdo más perdurable una capa geológica conformada por plástico.

En Huellas. En busca del mundo que dejaremos atrás, el escritor David Farrier afirma:

-La mayor parte de los millones de toneladas de plástico que acaban en los océanos cada año caen hasta el lecho oceánico, donde se incorporarán al sedimento como una capa más del estrato geológico, siendo de esta forma una adición permanente –al menos hasta que el calor y la presión la convierta en petróleo o la sección de lecho marino se eleve y sea erosionada, procesos que se medirán en decenas de millones de años–. Incluso el contenido de nuestros sándwiches tiene su propia historia. Se matan sesenta mil millones de pollos para consumo humano cada año; en el futuro se encontrarán huesos de pollo fosilizados en todos los continentes como testimonio de la intromisión de los apetitos humanos en el registro fósil. -

Algunos investigadores hablan de ceguera cognitiva para describir la forma en que el habitante del siglo XXI mira el mundo. No podemos imaginar una realidad diferente a la creada por la industrialización del pasado y el capitalismo del presente. Somos como peces que no perciben el medio físico en el que viven. El plástico es tan omnipresente que sólo los tomamos en cuenta cuando es escaso, sube de precio o leemos alguna historia escandalosa sobre microplásticos navegando en nuestra orina o nuestra sangre. Estos fragmentos invisibles al ojo humano son la última metamorfosis en la lentísima degradación y miniaturización de uno de los inventos más famosos de la humanidad.

La teoría del saturnismo romano –un mito, de hecho– imagina que el plomo, usado de forma masiva en la antigua Roma, envenenó a la gente, volvió locos a los emperadores y contribuyó al colapso del Imperio. Lo que sí ha podido documentar la ciencia actual es la relación entre la contaminación por CO₂ atmosférico y la inteligencia humana. Según el periodista James Bridle, en su libro La nueva edad oscura, “A la velocidad actual, que no da muestras de ralentizarse (y que nosotros tampoco damos muestras de ir a detener), el CO₂ atmosférico superará las 1.000 ppm a finales de este siglo. Con 1.000 ppm, la capacidad cognitiva de los humanos se reduce en un 21 por ciento”.

El plástico también habita el aire que respiramos y, seguramente, tiene efectos en nuestra inteligencia. La llegada del auto eléctrico –más pesado, por sus baterías, que un auto de combustión– provoca que las llantas tengan más fricción con el asfalto, se degraden más rápido y, por ende, expulsen más partículas plásticas, que se sumarán al coctel tóxico que oscurece nuestras ciudades. Los mundos virtuales que nos vende la tecnología son el último intento para que ignoremos el ecosistema que habitamos.

 

*Fuente: La Tempestad

https://www.latempestad.mx/tornavoz-homo-plasticus/?

 

 

-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela), La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta), Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo), y

Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Daría cualquier cosa por ser aceptada entre los adultos

batir unas palmas, abracadabra y que se venzan

ante mí

las puertas de una madurez sin fisuras.

De lunes, a viernes, juego a la casa y la oficina

soy correcta:

casi todos los fines de semana también.

Observo reglas, pago cuentas y después…

¿qué son todas esas interacciones,

mis objetos de deseo

el dinero gastado en todo aquello que es superfluo?

Los años, de todas formas, me permiten los consejos

un desfile de adolescentes

niños

adultos jóvenes que vivirán con sus padres para siempre

entre desidia y crisis económica. Después hay noches, pocas

son contadas

para dormir de pie.

En esas estoy más cerca del delirio, de la raya de cocaína extra

de la copa después de medianoche,

una de más, encima,

debe ser cancerígena.

Los extravagantes me hacen sentir viva

es por la juventud, es por la lucha

entre la potencia y la nada.

Quién puede resistirse a una vida expansiva, al mecenazgo, a la idea grandilocuente

de ayudar al prójimo.

Pasa siempre

otros lo desconocen

tengo a la niñez de mi parte

el sexo es un accidente

la inmadurez el delito

de quien vive cincuenta años.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ATRAVESANDO UNION SQUARE*

 

 

Setenta y cinco años después no hallé

siquiera una ínfima señal de ningún obrero

cristiano ni anarquista ni golpeado ni trotskista;

sólo ardillas que bajaban raudas de los árboles

y rodeaban a distancia a los transeúntes;

sólo pasto crecido en la plaza más baldía;

ninguna flor, ninguna placa; sólo asientos

vacíos para rememorar quizá la ausencia;

sólo memorias en el aire, y una historia

para rearmar e imaginar cómo se pueda;

todo fue barrido como después de una guerra;

sólo ardillas graciosas en homenaje a los obreros

que necesitaron advertir al mundo con sus cantos

y tristezas, veinte años antes de Hiroshima.

 

 

*De Eduardo Dalter.

-De "La realidad me escribe"; ediciones La Carta de Oliver,

Buenos Aires, 2026.

 

*Eduardo Dalter (Buenos Aires 1947). Poeta e investigador cultural.

Durante los años de la dictadura vivió en la ciudad de Maracaibo.

Participó en encuentros como el Ginsberg Tribute, en el Central Park. En

el 25° festival Internacional de Poesía de Medellín.

En el año 2000 tuvo primera edición su trabajo de investigación en la

antología Harlem: los blues de la historia.

Entre 1994-2002 dirigió la revista de poesía Cuaderno Carmín.

En su obra poética se cuentan: Silbos (1986), N.Y. Postales para enviar a los amigos (1999), Bocas baldías (2001), Hojas de ruta (2005), Concierto de los olvidos (2021), Semeruco (2023), y Luces de la orilla (2025).

 

 

 

 

 




 

 

 

 

 

 

INGRAVIDEZ*

 

 

Escribir pintando, con una paleta de colores en una mano, el pincel en la otra, el lienzo todavía sin trazo. Esa posibilidad absoluta de decir lo que jamás se dijo, lo que no figura en catálogos o lo que ha sido dicho miles de veces pero que necesita una nueva imagen más ajustada a nuestra percepción de época.

Y nada al fin de cuentas, si decir algo es resumir y recortar.

Y qué decir cuando afuera llueve, cuando el espejo es irremediable, cuando los cuandos son todos a contrapelo.

La belleza de los reflejos del agua en un vidrio de cien años, magnífico en sus colores netos, en la sutil complejidad de flores en relieve. Debería ser motivo de dicha. La seguridad de un ambiente cálido con las bruñidas superficies de la costumbre. Qué más requerir a la confusión de lo aleatorio. Nada alcanza hoy cuando la lluvia es el invierno y la absurda desazón de creer que hay una felicidad que podría estar pero se aleja, que debería estar pero a la vez es decepcionantemente ilusoria.

Todos han dejado por escrito y por cantado que la felicidad de uno es el reflejo de los vínculos felices con personas que nos atañen. Y quememos de una vez para siempre los librejos del ámate a ti mismo, que no funciona cuando el espacio está vacío y la puerta tiene llave. Quién soy cuando no ocupo lugar en ninguna vida. Puedo pesar ciento cuarenta kilos, no habrá gravedad que me retenga sobre el suelo.

Caminata sobre la luna.

Escafandras de buzos en la profundidad. Trajes neumáticos.

Esa imposibilidad de contacto con gente que parece estar ahí delante pero que también, esto es así, está protegida de mí por su propio traje de sospechas, entretejido de pasado y de palabras dichas y gestos supuestos y capa sobre capa de su propia atmósfera.

Hoy llueve, los cables hacen perceptible el viento, mi madre escucha abajo y detrás de ventanas cerradas su música compleja. Hoy es invierno y llueve. Hoy no hay remedio para los destinos divergentes fuera de esta vinculación monógama y única, lo poco seguro y estrecho dentro de un mundo absolutamente amenazador. Mi madre y yo, decididas a perdonarnos cualquier agravio, a presuponer buenas intenciones, a sostener las penas de la otra para darnos un respiro con el aire compartido.

Seguiremos intentando mañana o la semana que viene hacer esos esfuerzos por estrechar alguna mano sin guantes. Mientras tanto, la cocina con el trapito debajo de la mesa para la Gutxi es la cueva contra la intemperie, el mate tibio y la tostada cristalizan el punto de reunión a nivel del suelo, el lastre benigno que permite sentir peso y presencia.

Habrán sido demasiado débiles, será que las sogas que até a tantas amarras pecaban de fallas de elaboración. No es la humanidad toda un innumerable conjunto de seres conjurados en contra de una única buena persona. Mi ingravidez me pertenece y debo de haber elaborado constante y eficazmente mi propio traje de astronauta. Qué cosa rara, creo que no me gusta caminar en el aire y sin embargo parece un destino visceralmente propio.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

NOSOTROS*

 

 

Nosotros. Los adoradores de las sombras.

De las lluvias tardías en los ojos.

Los que desabrochamos los botones del pecho.

Nosotros. Vos. Yo. El otro.

Ruptura sutil de triángulos y prismas.

-Siempre la lluvia de por medio-

Guardar en el bolsillo el pliegue fruncido de tu frente.

Y digo lluvia y digo sombras y digo parto.

Nada pudiste hacer. No pudiste evitar ser el cómplice.

Y ella allí. Tan espera. Tan perenne. Tan siempre.

Y tú aquí. Tan huida...Tan efímero. Tan nunca.

El vientre de la estatua se hincha.

Huye el niño de pantalones cortos.

Y él allí. Tan torpe. Tan dolido. Tan hambre.

Y tú aquí. Tan ágil. Tan placebo. Tan pan.

Una conquista. Un desafío. Un duelo.

Esa puerta tan jaula. Tan cerrada.

Esa puerta que a falta de pájaros habita hombres.

Hombres, habita....

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

"Lo trascendental se reparte y se le encuentra, de repente, en los gestos y en las cosas más triviales, menos sospechosas: una carcajada, una bicicleta, una tela de araña."

 

*Norah Lange (1905-1972)

-Papeles dispersos-

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

Lo imborrable*

 

 

 

1

 

 

Los golpes a lo karateca del Hermano Miguel en la nuca de mi padre. Mi padre que trastabilla haciendo unos pasos, aunque enseguida recupera el equilibrio y sonríe. Luego me toca a mí. Le digo que me duele el cuello, señalo tocándome en el lado izquierdo. Entonces la mano fuerte del sanador apretando algo que sería un ganglio pero que dolió lo suficiente como para dejarlo imborrable por toda la vida.

Mi madre y mi hermana estaban rezagadas en la larga fila que se había formado para subir a la tarima de madera elevada donde el hermano Miguel sanaba usando la fuerza de sus manos sumando la fe de los visitantes.  Mamá debe haber pensado que ni loca se dejaba golpear. Ella sólo creía en médicos como su primo Aldo. Tomó de la mano a mi hermana, huyó de esa gran carpa donde el sanador atendía. El afuera era un gran camping donde las familias se preparaban para almorzar con asado. Era un día espléndido de primavera con el viento que dispersaba rápido al cielo el humo de las parrillas.

Mi madre buscaba a su hermano Nicolás con Aintza, la mejor compañera que le conocimos. Luego de dar vueltas y sin animarse a acercarse a los bordes de la laguna por miedo a víboras o alimañas encontró a la mujer del sanador, la misma que nos había recibido al lado de la tranquera. Ella daba números para ordenar por turno la atención del Hermano Miguel.

-Su hermano dejó dicho que vuelvan en tren.

El tío había hecho otra de las suyas que enfurecían a mi madre: dejarnos en el medio del campo sin un retorno asegurado a casa.

 

 **

 

Habría que decir que el viaje de ida fue inolvidable para los chicos que fuimos.

La llegada del tío con su mujer en aquel Fiat 600 casi 0km. Salíamos al paseo por el campo 4 grandes y dos chicos. El tío 1.90 de altura y más de 100 kilos manejaba como si estuviese al comando del Studebaker que tuvo que devolver por no poder pagar las cuotas. Pero no, ahora el tío manejaba su flamante Fiat 600 que había pagado hasta el último peso.

Recién cuando ya estábamos bien lejos de casa explicó que el destino del paseo era visitar a un sanador.

Mis padres aceptaron más por confianza en Aintza que en el loco chiflado del tío.

El viaje fue de maravillas mientras fuimos por ruta asfaltada. Cuando doblamos al camino de tierra el pequeño Fiat empezó a entrar y salir a paso de hombre por pozos y huellas de tractores. El tío nos tranquilizaba "falta poco". Faltaba poco cuando el 600 comenzó a humear.  Quedó clavado sin señales de volver a arrancar. Bajamos. Mi padre y el tío empujaron al Fiat hacía donde se suponía estaba el campamento del hermano Miguel. Las mujeres y chicos los seguíamos.

Cuando pasamos el puentecito frágil sobre un riacho el camino de tierra –que ya era una miserable huella- vimos las señales: chatas de gente de campo estacionados. Una arboleda tupida. Era allá.

 

 

2

 

El recorrido del pequeño Fiat con su motor fundido lo supimos días después. Aintza encontró a un matrimonio de su pueblo que se iban con una camioneta igualita a la del abuelo de Lassie. Los remolcaron hasta la chacra en Pedernales. El tío había dicho que busquemos una estación de tren a pocos kilómetros por el mismo camino de tierra intransitable. Con la furia de mi madre en el aire, los cuatro comenzamos a caminar. A poco de andar paró un chacarero que nos subió a la caja de su camioneta. Nos bajó en cercanía de la estación Juan Atucha. Nos despidió con una frase alentadora: -Hoy es su día de suerte, estará al caer el tren a La Plata.

La rotura del 600 nos permitió a los chicos viajar por primera vez en un tren de larga distancia. Aquella locomotora rodeada de humo era un dragón sin alas que tiraba al tren. Cada tanto una estación rodeada de pocas casas detenía al asombro del viaje. Conocimos al vagón comedor donde tomamos chocolatada Vascolet.

Mi Padre -quizás para consolar a mi madre- dijo que los golpes del hermano Miguel le habían curado el dolor en la nuca. Para no ser menos asegure palpándome el cuello que la pelotita ya no estaba más.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

PARADA GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

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