*Foto de Franco Coiro Di Marco.
PERFUME*
En la ciudad todo tiene tu perfume/
inolvidable perfume de la más amada/ perfume inmaculado de altas cumbres/
infinitamente mágico/ tu perfume en un campo abierto a las más maravillosa
imaginación/ es un candil torrentoso/ es un frágil salto al vacío/ hoy que todo
huele a muerte/ sangre más sangre/ tu perfume es una salvación eterna/ gracias
a él aún la nariz se justifica ante el mundo/ y después de él nada será igual
para los mortales/ en la ciudad/ frágil ciudad/ si se me permite/ tu perfume es
una salvaje manera de decir/ no todo está perdido/ ni siquiera algo parecido/
tu perfume es como amanecer dos veces.
*De Carlos Norberto Carbone.
Como
lágrimas en la lluvia*
Vine a gritar y me pobló el silencio.
Del son, sólo fantasmas nuestras voces.
Pues todas las palabras:
las que un día cantamos,
aquellas que callamos,
las que nunca debimos haber dicho,
también las que escuchamos,
pensamos inventamos escribimos,
las que en algún otoño nos dañaron
y las que despertaron un lánguido suspiro,
las que pintaron una sonrisa en nuestros labios
y las que no dejaron ningún poso en nuestro espíritu;
y aun éstas que ahora escribo,
éstas que acaso estás leyendo,
también se perderán en los pliegues del tiempo.
Sólo seremos ecos,
provisionales ecos rebotando
hacia un sol extinguido.
*©De Sergio Borao Llop.
sbllop@gmail.com
-De Por si mañana no amanece
ARRIBO*
Venía con diez jazmines en la mano.
¿Adónde vas?
-Toda la sequía del mundo en mi mirada-
Al mar. Me espera el mar. El mar irremediable.
¿Cómo lo sabes?
-Páramo salobre en mis entrañas-
Una sombra ha cruzado los cardales.
Me espera una geometría de cosas y de nombres.
Vuelve en marejadas.
Patria misteriosa de los hondos secretos.
Una hembra latiendo en maduro fruto.
Un macho con corceles negros en los ojos.
Una alondra y un toro.
Gritos de cobre. De violeta. De clavel ausente.
Una pradera quieta y un halcón.
El niño duerme, envuelto en pañales de viento.
Laberintos. Estrellas. Delfines. Arrecifes.
Huésped de un arcano laberinto de agua.
Arribo.
Puerto de mar o páramo.
Puerto que florece en algas y cardales.
Puerto de un enero de amor.
Un hombre con los brazos extendidos.
Una mujer con diez jazmines en la mano.
*De Amelia Arellano.
San Luis.
HOY,
EL FUTURO*
Lo hemos visto en los filmes más antiguos de ciencia ficción. Era ese
futuro lejano de plexiglás y personas uniformadas. Mientras tomábamos el café
con leche, alguna tarde de sábado nuestros ojos infantiles se asombraron frente
a imágenes de atrayente y repulsiva limpieza, donde los hombres y mujeres
sonreían con dentaduras perfectas y viajaban en vehículos de cristal.
Pero ese futuro ya está aquí.
La Défense es un sitio donde los lisos edificios de acero y vidrio se
elevan sobre explanadas de cemento; imponente como las catedrales de la
contrarreforma, con el deber de transmitir desde su concepto estético un orden
del universo.
Bradbury en los años cincuenta se quejaba de que los arquitectos habían
quitado los porches a las viviendas, para que la gente no pudiese declinar el
ocio en charlas con los vecinos, en la contemplación del árbol de la vereda, en
la suave magia de un ocaso. Las casas sin porche llevaban a la sala, al
televisor, a la soledad. Individuos aislados, virtualizando ya entonces el
contacto con el resto del mundo.
En los edificios de la Défense no existen cambios de humedad ni
temperatura, se han abolido las estaciones, los olores, el polvo. Y la gente
demuestra su pertenencia a ese contexto con la extrema contención; no vestirán
telas estampadas, renunciarán con minucia a los colores llamativos, ordenarán
sus cabellos lacios, y solamente se permitirán fragancias sutiles. Son los que se
quitan los olores, se cepillan las lenguas, aspiran a la delgadez para emular
la bruñida superficie que los contiene. El caótico mundo de la diversidad no
ingresa en esas salas, donde se maneja el mundo.
Cifras y estadísticas, fantasmas de la realidad, datos y porcentajes. Ese
es el universo que digitan los operadores, quienes llegan en el tren
aerodinámico, brillo plateado y velocidad. La rapidez, la asepsia, la falta de
asideros nos anuncian que todos están de paso, que cada uno es una pieza
reemplazable.
En el filme de Jean-Marc Moutout “Violencia en tiempos de calma”, el joven
ejecutivo no ha completado su formación. Se vincula a una mujer común, y vemos
a Philippe tan extraño en un departamento abigarrado, pleno de colores y
objetos, muebles antiguos y adornitos. Demasiado humano ese departamento,
demasiado humana esa mujer con una hija, con una madre, con la calidez de quien
se siente conectada a personas con peso y besos e historia propia.
Lo envía la consultora a Philippe a la provincia; a una fábrica de verdad,
con el encargo de refuncionalizarla y despedir al personal sobrante. No hay
lugar para las antiguas fábricas donde se conserva al empleado que es viejo y
ya no produce óptimamente, ni hay lugar para producciones diversificadas u
operarios problemáticos. Hay que comprimir. Y Philippe se debate entre los dos
mundos, entre las torres de la Défense y el cuarto de su novia, entre las
personas reales y las estadísticas.
Existe la transición desgarradora, la culpa, el sufrimiento.
Pero en el final lo veremos descender de su automóvil sin aristas, con su
nueva novia sin aristas, y habrá alquilado una vivienda amplia y blanca,
despojada. Habrá ingresado plenamente al relato de la realidad del poder, una
realidad lisa y matemática, virtual.
El resto del mundo continuará sobreviviendo con historias particulares, con
personas que se debaten con el desempleo y la explotación, en casas con fotos y
cuadritos en las paredes. Pero no serán la realidad. Aportarán, eso si, un
número en alguna planilla.
La Défense se clona en Tokio, en Dublín, en Buenos Aires. Las nuevas
catedrales de acero y vidrio nos explican estéticamente el relato de nuestra
época. Y vemos, con asombro y horror, hombres y mujeres que sonríen con
dentaduras perfectas, lisos y bruñidos, de acero y cristal.
*De Mónica Russomanno.
russomannomonica@hotmail.com
*
Escribir es una actividad producida a partir
de la angustia. Escribir es una actividad producida a través del placer: dos
proposiciones, al parecer contradictorias.
¿qué verdad puede caber en cada una de ellas? La respuesta más mediocre
que se puede intentar: “depende de la personalidad del escritor y su posición
ante la vida”. Descartable. Si hablamos de la maldición de la literatura, a
partir de este título alguien podría inferir que yo pienso en la escritura
desde la angustia. Lo que me parece es que angustia y placer nunca fueron
términos opuestos y que el placer de escribir puede nacer de la angustia o que
la angustia de escribir puede provenir del placer. Lo que yo creo y alabo es la
mala fe del escritor porque sabe que toda su obra es mentira, pero no por
situarse en la ficción sino por la misma mala fe de las palabras. Como la mala
fe de las palabras es algo indudable, alguien que la pone de manifiesto tiene
buena fe y dice una verdad. Semejante acumulación de paradojas es un
sufrimiento: el bien que alguien podría concebir de la armonía en términos
humanos parece descartada. Pero también semejante acumulación de paradojas da
el placer de lo risible y de lo absurdo. ¿Y por qué razón lo absurdo produce la
risa? ¿Se trata de un espasmo de llanto, una forma de transmutarlo? ¿O tal vez
la tragedia es la forma más perfecta del placer de lo fatal, lo misterioso, lo
que parece efímero y ni siquiera se sabe si lo es?
¿Hasta dónde el misterio es fuente de placer o
es el dolor de lo inentendible? El lenguaje genera como Mal-Decir, ¿sufrimiento
o placer? El sufrimiento que acarrea la existencia, ¿no es interesante y fuente
de un gozo secreto? ¿El gozo sea secreto o manifiesto no es el eterno generador
de la culpa?
*De Liliana Díaz Mindurry.
lidimienator@gmail.com
-Fragmento de "La Maldición de
la Literatura", Huso, Madrid, 2017.
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
-PRIMERA PARTE-
Desde hacía tiempo había visto la muralla. A lo lejos se puede ver su
figura asomándose entre un par de cerros. En las noches, en medio del silencio,
se perciben bocanadas de luz y un leve murmullo eléctrico. La muralla está
compuesta por ladrillos y piedras de diversos tamaños. No hay un orden
discernible en la construcción. Es como si una mano gigante hubiera lanzado al
azar restos encontrados en la espesura del bosque. El alto muro, de un metro de
ancho, parece frágil y, al mismo tiempo, con la fortaleza necesaria para
mantenerse en pie durante muchos siglos. Cuando alguien se acerca y mira su
composición parece que está frente a las formas escondidas de una nube. Tal
vez, en esas formas, se puede leer el futuro o, simplemente, son eslabones que
conducen a la nada. No hay viajeros que se acerquen a este lado del mundo.
Apenas hay caminos, medio cubiertos por la vegetación, que trazan una ruta
hasta esta parte. Quizás alguien visitó el país que protege la muralla, pero no
hay ningún rastro, ningún documento.
Es invierno. El cielo emite un latido denso y gris. A la distancia, un
pájaro negro.
El país que protege la muralla es amplio. Quizás fue próspero en un tiempo
remoto. Desde la altura se distingue un ancho camino de tierra aplanada, se
pueden ver algunas casas que se agrupan en círculos irregulares. El camino,
después de avanzar un par de kilómetros, deja ver algunos asomos de asfalto.
Cuando se llega a las primeras casas los trozos de asfalto son más visibles y
se tiene la sensación de asistir a un descubrimiento. Las casas, en este punto,
son más numerosas y se pueden ver antenas herrumbradas: esqueletos
desvencijados apuntando al cielo. Más allá se vislumbra una larga extensión
habitada: algunos edificios cuyos perfiles emergen de entre la niebla de la
madrugada y calles que serpentean alimentadas por postes que derraman una luz
amarilla e intermitente. Casi no hay autos.
Me hospedé en un pequeño hotel de dos pisos y un puñado de cuartos. El
dueño ofrecía siempre, antes de las siete de la mañana, un magro desayuno
compuesto por frijoles, un par de tortillas y un jarro de café humeante. En las
noches subía a su habitación y prendía el radio hasta sintonizar una estación
de música clásica. Suponía que estaba acostado, mirando el techo, tarareando
con voz muy baja algunas notas. Tal vez intentaba captar mis ruidos, cualquier
señal que viniera de los cuartos inferiores. Cuando avanzaba la madrugada la
música desaparecía y se podía escuchar el correr del agua en las tuberías. Era
un sonido metálico que repiqueteaba y distraía los pensamientos. A veces
imaginaba un montón de canicas en caída libre tras los muros y desapareciendo
en un espacio imposible de ubicar. Desde mi ventana se podía ver la parte más
alta de la muralla, el borde irregular y pedazos de tabique medio destruidos,
como arrancados con furia. Imaginaba que el país había sufrido algún intento de
invasión y que los enemigos habían sido derrotados. Nadie sabía quién había
construido la muralla, tampoco se sabía cuál era su extensión aunque se especulaba
que era de cientos y cientos de kilómetros. Por estas razones llegué al país.
Quería investigar su historia, escribir un libro en mi computadora sobre sus
costumbres y anécdotas más importantes. Cargaba mi aparato en una maleta de
cuero negro. Me invadía el temor de que, en cualquier momento, se averiara y
tuviera que hacer notas en libretas o papeles sueltos. El cargador lo tenía
siempre a la mano porque había que aprovechar el suministro de electricidad ya,
según el posadero, había constantes apagones. Algunas zonas del país se
sumergían en la oscuridad por varios días. En las calles se veían puntos
luminosos que resplandecían con irregularidad: tal vez antorchas o fogatas
improvisadas. Nadie se quejaba. No había advertencias sobre los cortes de luz;
las escasas televisiones que aún funcionaban, transmitían programas antiguos
que, alguna lejana estación, repetía constantemente.
No me gusta escribir a mano. Prefiero la rapidez de las teclas, la
posibilidad de modificar frases, hacer interpolaciones, trabajar obsesivamente
un párrafo hasta sentir que cada parte tiene vida propia. Cada trecho de
escritura, con el paso del tiempo, tiene que alejarse de mí lo suficiente hasta
que parezca la obra de un extraño. Por eso evito la escritura manual: tengo que
evitar cualquier rastro en el que me reconozca, cualquier señal dejada de
manera inconsciente y que pueda revelarse en el futuro. Las veces en que tengo
que garrapatear algunas palabras lo hago tratando de disfrazar mi caligrafía.
Sin embargo, es imposible, pronto emerge del papel mi letra de niño, demasiado
simétrica, como si aún estuviera en el aula y me esforzara por complacer a la
maestra. Hay algo en la redondez impostada de una vocal que somete mis
pensamientos a un lento escrutinio que no puedo soportar. Por esta razón,
cuando regresaba al hotel, prendía rápidamente la computadora y transcribía,
impaciente, línea tras línea. Después, volvía a leer con detenimiento y hacía
cambios hasta que estaba más satisfecho. Sé que algún día fallará un componente
esencial del aparato y mi escritura quedará oculta, obsoleta para quien la
encuentre a menos que pueda extraer toda la información. Lo más probable es que
los pulsos eléctricos que laten en la pantalla, almacenados en minúsculos
chips, brillen cada vez menos hasta desvanecerse. Por eso pienso que mi labor
es un ejercicio para la nada, para mí mismo, para mantener a raya el paso de
las horas y el asombro.
El hotel, más allá del desayuno, casi no tenía servicios. En una alacena
había legumbres y papas para acompañar los frijoles. Una pequeña estufa de leña
servía para calentar y cocer las cosas. Casi no se podía encontrar carne. El
dueño apenas cambiaba las sábanas una vez a la semana. Yo tenía que lavar mi
ropa. En el patio trasero había una gruesa barra de jabón y un lavadero de
cemento. La llave siempre goteaba. El agua helada entumía y entorpecía el
movimiento de las manos. Sin embargo, mientras estaba en esa labor, tenía una
vaga sensación de tranquilidad generada, quizás por el cielo inmóvil o por el
escaso barullo en las banquetas y la gente que salía a trabajar. Iban con
gabardinas oscuras y guantes para soportar el frío de las mañanas aunque, más
tarde, el sol calentaba un poco el ambiente. El dueño me miraba desde la
ventana de su cuarto. Yo podía ver, de reojo, su silueta y presentía el momento
en que corría la cortina para regresar a la recepción o alguna otra parte del
hotel que, a la sazón, estaba desierto. Cuando llegué al país, después de
caminar por casi un par de horas hasta llegar a las primeras calles y
construcciones, me fijé en la puerta de madera del hotel y en una aldaba en
forma de león dorado que recordaba un pasado señorial. Toqué la puerta. Un
hombre de cabello entrecano me preguntó con voz extrañada:
–¿Es usted periodista? ¿De dónde viene?
–No –le contesté mientras dejaba mi maleta en el piso –sólo quiero recorrer
el país. Ignoré la segunda pregunta.
Un pájaro oscuro pasó encima de nosotros.
El hombre se rascó la cabeza y me dejó entrar. Después apuntó mi nombre en
un libro de registro vacío y, sin hacer más preguntas, me dio una llave
plateada que tenía grabado el número de la habitación. También me dio la llave
principal para que pudiera entrar y salir sin necesidad de tocar la puerta. Me
dijo que después acordaríamos el pago.
Una de las primeras tareas que me propuse fue recobrar la historia de los
lugares que recorriera. Ese objetivo, en apariencia fácil, se antojaba casi
imposible por la ausencia en el país de librerías, bibliotecas y escuelas. En
cada casa el conocimiento –basado en gran parte en habilidades prácticas– se
reduce a una precaria alfabetización inculcada por los padres, rudimentos que
no van más allá de construir algunas frases compuestas por un reducido
vocabulario. En algunas zonas, sobre todo en las escasas zonas industriales, se
refuerza un conocimiento técnico indispensable para las labores a las que se
dedicarán toda la vida. Al transcurrir mis indagaciones me di cuenta de que
cada una de las ocupaciones es de naturaleza práctica. En las zonas de cultivo
no hay más interés que el aseguramiento de la cosecha y, en las zonas urbanas,
la actividad se concentra en la fabricación de enseres de primera necesidad. La
cultura escrita del país es casi inexistente. Lo que se puede encontrar, de
manera fragmentaria, perdidas en los salones vacíos de antiguas escuelas o en
los desolados archivos, son noticias, crónicas incompletas de un tiempo
perdido. Uno de los primeros textos que encontré, un poco corroído por la
humedad, en una pequeña tienda de legumbres, fue la reconstrucción detallada de
algunas especies de aves. La portada de la revista había desaparecido hacía
mucho y las páginas interiores se habían conservado relativamente legibles. Le
pedí permiso a la mujer que me atendía para llevarme la revista. Ella apenas
reparó en mi petición y asintió en silencio mientras escuchaba la consulta de
un cliente. Regresé a mi cuarto con la convicción de haber hallado algo
importante. El autor, cuyo nombre en la parte superior de la página apenas
podía descifrar, hablaba de la importancia de tres especies endémicas de la
zona: el pinzón, la golondrina común y el colibrí Lucifer. Con paciencia
detallaba cada una de sus características, su área de distribución y sus
hábitos más reconocibles. En el caso de la golondrina común daba algunos datos
de sus elaboradas rutas migratorias. Leí con pereza los primeros párrafos,
pensando que había encontrado un estudio que no tenía más que detalles asépticos
y pormenorizados. Sin embargo, conforme avanzaba en la lectura, pude darme
cuenta de una intención escondida en cada una de las palabras. El autor
trataba, a toda costa, de continuar bosquejando cada una de las peculiaridades
de las aves. Las enumeraciones parecían no tener fin. Su mirada iba a las vetas
de color en el vientre del pinzón macho y al aleteo instantáneo del colibrí
Lucifer. Esa necesidad de desentrañar cada peculiaridad del ave era un disfraz
de una realidad que se quería evadir a toda costa: las especies, probablemente,
ya no existían en el momento de la escritura del texto o estaban en un avanzado
proceso de extinción. El autor, como en un monólogo febril, enlazaba datos,
zonas geográficas, hábitos de apareamiento, alimentación, entre otras
características, con la intención de aparentar una normalidad que se
desbarataba segundo a segundo. El texto era un ejercicio, desesperado, por
dejar una huella y, al mismo tiempo, no perder la cordura. Esos “ejercicios de
evasión”, como los nombré en los primeros archivos en mi computadora, los
encontré –dispersos y casi ignorados– en casas, tiendas y oficinas. Todos
describían de forma minuciosa, como si fueran una prioridad ineludible,
aspectos zoológicos y botánicos: las alas de las mariposas, el ciclo de vida de
un hormiguero o el calendario de floración de los girasoles. Miraba los dibujos
que acompañaban los textos y completaba mis transcripciones con comentarios
sobre las sutiles formas de ignorar la realidad, comunes, al parecer, en los
primeros escritos con los que tuve contacto. Pronto descubrí más artículos y
textos de otros temas que la gente del país daba por abandonados o utilizaba,
de forma somera, para practicar la lectura y las primeras letras.
Desde mi llegada descubrí que las computadoras, desde hacía mucho, son casi
inexistentes. La producción del país se sustenta en máquinas simples y aparatos
que prescinden de la informática para funcionar. La sociedad, podía adivinar
por algunas señales (urbanización, construcción de algunos edificios, anuncios
electrónicos apagados), había alcanzado un alto desarrollo tecnológico, similar
al de cualquier país moderno, pero, por alguna razón, en algún punto de su
historia este avance se había detenido. En ese tiempo sin memoria lo único que
quedaba eran recuerdos, rastros, objetos ya inservibles que algunos guardaban
por una nostalgia desconocida, inconsciente se podría decir, y que perduraba de
generación en generación. Sin embargo, en el tiempo que pasé en esa parte del
país, no percibí que los habitantes asumieran esa interrupción como una
desgracia. Al contrario: había una tranquilidad escondida en cada uno de los
rostros que encontraba en las calles. Los más jóvenes, apenas conscientes de
ese pasado, se limitaban a vivir sus vidas con lo que el país les ofrecía y
ninguno se interesaba por los eventos que habían moldeado el presente. El dueño
del hotel, por ejemplo, de unos sesenta años de edad, tenía arrumbado un pesado
monitor en una esquina de la recepción. La unidad de procesamiento, un rectángulo
negro con entradas para diversos dispositivos, tenía su armadura despostillada;
en las orillas se podían ver marcas causadas por el reiterado uso de
desarmadores y otras herramientas. El aparato había sido abierto una y otra
vez. En toda su superficie se descubrían los intentos obsesivos y prolongados
por desentrañar sus misterios y echar a andar los engranajes electrónicos.
Ahora, el aparato lucía abandonado y sus recovecos interiores, los circuitos
que alguna vez lanzaron pulsos veloces, criaban larvas de diminutos insectos.
Esa carencia tecnológica asilaba esa parte del país, era una muralla invisible
que los mantenía ignorantes y a la vez protegidos de cualquier contaminación
exterior. Esta seguridad, que a mí se me antojaba falsa, era la principal razón
para que muy pocos tuvieran la iniciativa de resucitar los viejos aparatos,
restaurar la herrumbrada tecnología, y restablecer lazos de comunicación con
las demás zonas habitadas, si es que había.
Una mañana, durante la primera semana de mi estancia y antes de salir para
iniciar mis recorridos, escuché al posadero sintonizar un radio portátil. El
hotel casi siempre estaba en silencio. Las paredes blancas y los muebles de
madera actuaban como una eficaz caja de resonancia. Pude distinguir sus
esfuerzos por sintonizar un cuadrante que no estuviera lleno de interferencia o
de estática. Al fin, después de unos minutos, se escuchó la Mazurka número 17
de Chopin. El piano, de repente, llenó los espacios vacíos que, por momentos,
me rodeaban y hacían más grandes los objetos: una jarra con agua, el vaivén de
una lámpara, una mosca que orbitaba una solitaria maceta de barro. Mientras la
pieza seguía pensé en cada una de las cosas que podía ver. Pensé en su historia
y en la cadena de sucesos que las habían llevado hasta ahí. La música emergía,
tímidamente, de la puerta del posadero. Supe, con seguridad, que el hombre no
tenía conocimiento del compositor, ni del contexto de creación de la obra. Se
dejaba guiar, simplemente, como un niño ante el lenguaje abstracto de las
notas. Casi lo podía ver cerrando los ojos, imaginando las turbias sombras de
un bosque o la neblina de las mañanas invernales que se estrellaba, como las
olas de un mar inasible, en la frontera de la muralla. Desde entonces y durante
mi estancia en esa ciudad fue una costumbre escucharlo apagar el aparato de
radio después de una sesión de música. Si la acción ocurría durante el desayuno
podía adivinar sus pasos sobre el piso de madera. Los pasos parecían ir en
círculos, como si estuviera inquieto o como si pensara demasiado sus
actividades de la jornada. Después se escuchaba el rechinido de su puerta y sus
pasos secos, solemnes, al bajar las escaleras. Sabía que sus labores eran muy
sencillas y casi idénticas día a día: barrer cada uno de los cuartos vacíos y
sacudir las cobijas para eliminar insectos y el polvo que se podría haber
acumulado. Después, limpiaba los baños con vinagre diluido en agua. El resto
del tiempo lo pasaba en la recepción ordenando papeles viejos y haciendo trucos
con una baraja vieja. Una mañana, después de su rito con el radio y su descenso
por las escaleras, se acercó al pequeño comedor en donde desayunaba. Llevaba
guantes en las manos para combatir el frío. Arrastró un banco de madera, se
sentó y me contempló por unos instantes. Llevé la cuchara a los frijoles y
correspondí a la observación con un gesto que trató de ser amable para que él
diera el primer paso y se soltara a hablar. No era timidez, sin duda. Era un
cálculo demorado que buscaba precisión y, también, controlar la información que
podía darme si entraba en confianza demasiado pronto. Mientras se decidía me
percaté de los acabados en la cocina, los azulejos de grecas azules que estaban
a un lado de la estufa, el refrigerador que zumbaba en una esquina. Adiviné
que, cada uno de ellos, había sido reparado o dado algún tipo de mantenimiento
para prolongar su vida útil. El desgaste se combatía en cada uno de los cuartos
y rincones del hotel. Algunas partes, que en el pasado habían sido de otro
material, quizás derivados de plástico o alguna especie de resina, ahora eran
una reconstrucción de madera. Sin embargo, asumí que la necesidad de combatir
el tiempo no era para atraer clientes sino para dar una sensación de
estabilidad, de normalidad y, seguramente, para mantener ocupado al posadero,
que no sucumbiera a la molicie de los días. La transición a la madera le daba
al interior del hotel una composición ámbar oscuro, orgánica y, podría decir,
palpitante. Las vetas que delineaban laberintos en mesas y bancos; las partes
donde coincidía alguna rama y que habían sido pulidas con ahínco hasta semejar
ojos grandes y oscuros, invitaban a la contemplación y a la demora. Iba a
interpelarlo, cansado de su mutismo, cuando vi que observaba la maleta en la
que guardaba mi computadora. Por un momento tuve miedo de que me fuera a robar
o que me exigiera el aparato como pago por la estancia.
–No se preocupe, no corre peligro –me dijo adivinando mi expresión y
esbozando una leve sonrisa. Las arrugas de su frente se hicieron más profundas.
Sus ojos, por alguna razón, me parecieron cansados, opacos por un persistente
insomnio.
–¿Para qué la necesita? –me preguntó mientras se acomodaba en la silla. La
pregunta no era una amenaza velada ni una intromisión. Era, simplemente, la
curiosidad natural de un hombre que nunca había visto una computadora portátil
funcionando. Pasó un trago de saliva y continuó:
–Antes, unos años atrás, lograron echar a andar una computadora como la de
usted. Fue una proeza sin sentido porque esos aparatos no tienen utilidad aquí.
No hay cables que lleguen lejos ni tampoco antenas transmisoras que superen las
últimas colonias de la ciudad. La única estación que funciona sólo pone discos
viejos y, en la televisión, retransmiten programas que muchos ya no ven.
–Cuénteme más –le dije saliendo de mi mutismo y abriendo el cierre de la
maleta.
Mientras el hombre se decidía imaginé al país entero como una enorme
embarcación de náufragos, hombres y mujeres estoicos dirigiéndose a ninguna
parte.
El posadero se arremangó la camisa a cuadros. Miró la ventana que daba a la
calle. El tiempo no parecía transcurrir mientras la luz helada del invierno
iluminaba la mesa.
–Encontraron el aparato portátil en el desván de una casa. El hijo menor de
la familia que vivía ahí había tratado de encenderlo pero no tenía el cargador.
La batería, como puede suponer, estaba descargada. Sus padres no hicieron mayor
caso al descubrimiento. Era como si hubiera encontrado un pedazo de plástico
inservible, una curiosidad sin uso. Nadie recordaba haber visto uno. El chico
comentó del aparato con sus amigos y, uno de ellos, dijo que había un cable
grueso en la casa de sus abuelos. Supuso que podría servir porque la entrada
parecía coincidir, así que investigó un poco y lo llevó con la esperanza de que
funcionara. Después de algunos intentos el aparato prendió.
–¿Y qué descubrieron?
–Parece que la información estaba dañada. Apenas pudieron mirar algunas
fotografías y partes de un texto sobre la contabilidad de una empresa. Ya sabe,
números, cosas que no tienen mucho sentido. Le repito, fue mera curiosidad. En
caso de haber descubierto algo más importante hubiera sido olvidado al no tener
aplicación. El aparato, supongo, volvió al desván y nadie más se interesó por
él.
–Tal vez se podría usar esa información para conocer cómo se vivía hace
muchos años –le dije.
Nos quedamos, de nuevo, en silencio. El hombre bajó la vista, quizás
avergonzado por las limitaciones de su historia. Pensé que, efectivamente, el
país estaba rodeado de fronteras: cosas que no se podían saber, lugares a los
que no se podía ir, registros que permanecerían, para siempre, en un territorio
desconocido. Sin embargo se había establecido un lazo de confianza y decidí
profundizarlo esperando que me fuera de utilidad para mis futuras indagaciones.
Saqué mi computadora portátil de la maleta y la coloqué en la mesa. El hombre,
sin poder ocultar la curiosidad, acercó su silla y esperó, paciente, a que
sacara el cargador. Me indicó con un dedo el lugar de conexión y me dijo:
–En las mañanas casi siempre hay suministro de luz por algunas horas. En la
noche, cuando más la necesitamos, va y viene. Las máquinas que proporcionan
energía tienen muchas fallas. Quizás, algún día, nos quedaremos a oscuras para
siempre.
Asentí en silencio, solidarizándome con un problema que también me
incumbía. Ya entrada la noche esa parte del país comenzaba a parpadear. Las
luces de los postes se apagaban gradualmente y prendían pocos minutos después,
como si fueran bestias luchando por no extinguirse.
La pantalla azul comenzó a brillar con más intensidad. Le mostré el
escritorio del sistema operativo. El hombre aguzó la vista y llevó la mano
derecha a la barbilla. Sus ojos pardos se iluminaron con el pálido destello de
la pantalla. Estuve algunos minutos, explicándole cómo utilizaba el aparato. Él
asentía con gestos cada vez más seguros, como si estuviera recordando un
procedimiento olvidado hacía mucho. Sin embargo sabía que fingía. Le seguí
mostrando algunas aplicaciones y el procesador de texto que usaba para apuntar
la relación de mi visita. No quise enseñarle lo que llevaba escrito por un resabio
de pudor mezclado con el temor de que tomara a mal mis primeras observaciones
sobre la ciudad y sus habitantes. Para alejar su curiosidad, le pregunté:
–¿Y por qué no les interesa lo que sucedió antes en el país?
El hombre me miró fijamente y, de un solo impulso y con una sinceridad que
pocas veces le noté, me dijo:
–No lo sé.
Uno de los primeros acontecimientos importantes que presencié en mi primera
semana de estancia en el país fue el suicidio de una mujer. Caminaba por una de
las calles aledañas al centro de la ciudad, cuando me fijé en una señora de
edad madura que salía de una casa de una sola planta. La escasez de transeúntes
en las calles hacía que me concentrara en cada persona que caminaba por la
banqueta o en el asfalto libre de autos. Supongo que estos descubrimientos eran
mutuos considerando que yo, como forastero, llamaba la atención de inmediato.
La mujer, en efecto, abrigada con una gabardina roja, se detuvo y me miró con
una mezcla de desdén y curiosidad. Supuse que, con una población reducida, los
chismes sobre mi llegada habrían despertado la antipatía de unos cuantos. El
frío hacía que su cuerpo temblara ligeramente. El ambiente era húmedo y el
cielo estaba cubierto por nubes largas y espesas. La mujer pronto dejó de
prestarme atención y metió su mano derecha en el bolso que colgaba de su
antebrazo. Entonces, sin dudarlo un segundo, de un solo movimiento, sacó un
revólver y lo apuntó directo a la cabeza, justo detrás de la oreja derecha. El
resto fue el giro fugaz del cilindro, el estruendo que impulsó la bala y el
cuerpo de ella abandonado en el piso, bocarriba, con los brazos extendidos y
las piernas con un leve atisbo de vida que terminó pronto. El sonido hizo que
se acercara un peatón que estaba al final de la calle. Se puso en cuclillas y
revisó a la mujer. Yo, aún incrédulo por lo que había visto, me quedé en mi
lugar con temor, sin decidir si acercarme o alejarme de ahí. Un par de minutos
después comenzaron a salir algunos vecinos. Escuché sus murmullos y sus pasos
sobre el asfalto. No acudió ningún policía. No había visto ninguno desde mi
llegada. La mancha roja en el piso aumentaba. Di un par de pasos a la derecha
hasta bajar de la banqueta para tener un mejor punto de observación. Tenía la
boca seca. Los vecinos murmuraban. Me era difícil sacar algo inteligible de
todo eso y sólo podía suponer lo que decían. Un hombre joven que vestía traje
dejó su portafolio y se inclinó para esculcar la bolsa de la mujer. Extrajo un
monedero y buscó hasta encontrar una identificación. Los demás lo miraron. Todo
parecía una coreografía repetida demasiadas veces. No había asombro y la
expresión de hombres y mujeres era neutra. Era un sobrio coro de curiosos. Era
una eventualidad esperada. La mujer fue levantada por tres hombres. A la distancia
semejaban enterradores. Alguien sacó de su bolsa unas llaves y abrió la puerta
de su casa.
El día siguiente al suicidio, después del desayuno, fui a la recepción y le
comenté el suceso al posadero. Él dejó a un lado la baraja. En el mostrador
había un As de Diamantes y un cuatro de Tréboles. Los miró como si buscara una
respuesta en ellos y, al fin, me dijo:
–Es como una enfermedad…
Iba a decir algo más, pero enterró la mirada en la baraja. Pronto recobró
confianza y añadió:
–Mire, la gente a veces guarda armas y las usan cuando se deprimen.
–¿Así de fácil?
–Son armas viejas, pistolas la mayoría. Ya sabe, alguien se separa o es
abandonado y sólo le ronda por la cabeza meterse un tiro.
–Me fijé que metieron el cuerpo de la mujer a su casa. No llegó ninguna
autoridad; nadie tomó nota del asunto.
El posadero repasó con los dedos gruesos que asomaban por la punta de los
guantes la orilla de una carta. Carraspeó un poco y dijo:
–No hay autoridades para eso y para muchas otras cosas.
Miré en dirección a la calle. No quise preguntar más porque sentía que
seguir ahondando en el tema tensaría la plática. No pasaba gente. En ese
momento me di cuenta de que, desde mi llegada, no había visto perros callejeros
deambulando. La atmósfera de la ciudad, sobre todo de las calles pertenecientes
al primer cuadro, era, por así decirlo, aséptica. Todo se ordenaba como un
reloj silencioso y eficiente. La gente sabía qué hacer en cada una de las
situaciones, por más imprevistas que fueran. Los imaginé en sus casas,
silenciosos, sentados en televisiones que repetían programas de hacía mucho
tiempo. Imaginé, también, la luz parpadeante de los televisores en sus rostros.
En armarios, bajo la cama, cajones, cajas de herramientas, habría armas. El posadero
me miró y volvió a escudarse en sus cartas. Después supe que las armas eran de
una época en que eran usadas por la delincuencia y por la policía. Esas armas,
deduje por los comentarios poco asombrados que escuché a lo largo de los días,
eran guardadas con celo por muchos habitantes por si había necesidad de usarlas
contra sí mismos. Podría decirse que pensaban cotidianamente en su muerte.
Quizás algunas causas eran familiares: divorcios, malos entendidos, depresión.
Pero lo más común, al parecer, eran suicidios sin una razón aparente.
–¿Usted se aburre? –dijo, de pronto. Ahora le tocaba hacer las preguntas.
–¿Aburrimiento? – rectifiqué.
–Sí, aburrimiento. La gente se aburre de tantas muertes. No vale la pena ir
más allá de eso.
“Aburrimiento” era la palabra clave.
No admitía ningún tipo de sinónimo. Esa palabra, trivial en otro tipo de
contexto, adquiría un cariz íntimo en la ciudad y, quizás, en todo el país.
Entendí que el asombro pudo estar presente en los testigos de los primeros
suicidios. Hubo lágrimas en los familiares y un aturdimiento en las personas
que, involuntariamente, habían presenciado el suicidio. Sin embargo, con la
repetición constante de aquel fenómeno, la gente pasó de la incredulidad a la
aceptación disfrazada de desesperanza. ¿Cuántos hechos repetidos de nuestras
vidas se vuelven costumbres casi invisibles? ¿Cuántos pensamientos terribles se
convierten en un asunto cotidiano a fuerza de visitarlos, machacarlos una y
otra vez en la mente? Las razones dejaron de importar ante la inevitabilidad de
cada uno de los suicidios. Los hechos, vistos desde esa perspectiva, tenían
semejanza con el primer texto que encontré en mi recorrido, el del articulista
obsesionado con las tres especies de pájaros. La disminución de los animales
comenzó a percibirse en los cielos y en las ramas de los árboles. La gente se
alarmó y, quizás, trató de solucionar el problema. Pudo haber sido la
contaminación del ambiente o diminutos cambios en otras especies que, a largo
plazo, terminaron por afectar el número de ejemplares. Ante la falta de
resultados y la extinción inexorable de otras especies de pájaros, se optó por
llevar un registro de sus costumbres, alimentación y movimientos. Quizás
pensaban que ese esfuerzo los redimía ante un fenómeno irrevocable y sólo
quedaba la aceptación de los hechos. De la misma forma, los primeros suicidios
se registraron con angustia y, tal vez, se especuló que no sería un fenómeno
masivo. Sin embargo, el problema creció. Quizás –y esto lo recordé con fuerza
mientras el posadero esperaba más palabras mías– habría por ahí, sepultados
entre una pila de papeles próximos a desintegrarse, escritos que daban cuenta
de las primeras muertes, sus tendencias y los intentos del gobierno por
controlarlas. Las políticas para combatirlos pronto cederían a un diagnóstico
puntual, prolijo, de los sectores de la población más vulnerables, las causas y
los mecanismos más usados para quitarse la vida. Era sólo un ejercicio
descriptivo. De texto en texto podría encontrar una evasión sostenida, organizada,
hecha para aparentar que el problema era un inocuo objeto de estudio antes que
un problema real, que cercaba lentamente a la población, como un ejército
enemigo debilitando, con paciencia, las defensas de una ciudad.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
Los caminos*
Los caminos tienen eso de llevarnos y
traernos,
les adjudicamos esa utilidad o ese don,
y es posible que lo tengan, que de alguna
manera los caminos sirvan para ir y volver.
Si es que se vuelve alguna vez a algún sitio,
y si es esperable y sano volver. Sin embargo,
hay desvíos posibles, grandes o pequeños.
Tal vez en esos desvíos, en esa alteración,
en esa inclemencia de la costumbre está la
vida.
Que el resto sea sólo tiempo transcurrido,
pero hay gente, siempre hay, que vive la vida
recorriendo los caminos alternativos.
Esa gente sabe algo que yo no sé,
que acaso quisiera haber sabido
a tiempo.
*De Horacio Rodio.
horaciorodio@hotmail.com
Miedo
al futuro*
Vi a la vecina caminar al revés. Sí. Caminaba hacia la esquina de espaldas.
Pensé que iba a tropezar. Sentí desesperación. Pero no, avanzaba con una
seguridad demencial sin perder el equilibrio. Cuando llegué a su lado por un
momento supuse que debía sujetarla, hablarle o al menos preguntarle el porqué.
No me animé. La vi despierta -no en trance- con los ojos muy grandes mirando al
pasado. En su mano derecha llevaba un ramo de jazmines y en la izquierda
apretaba algo invisible en el puño.
*De Eduardo Francisco Coiro.
https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/
*
Llega un momento en que te das cuenta. Te das
cuenta de que sufrir es una decisión, la tuya; de que escuchar al miedo siempre
es una opción, y no la más sabia; de que si alguien habla de vos no te define,
se define; de que haber amado nunca fue un error, aunque te haya costado el
corazón; de que mientras estás vivo estás tan vivo como cualquiera, sin
importar los pronósticos; de que sos liviano, y lo que te pesa no sos vos, sino
lo que cargás encima. Llega un momento en que te das cuenta, y el mundo cambia
aunque siga siendo el mismo. Y vos... Bueno, vos tenés que querer darte cuenta.
¿Querés?
*De Lucas Berruezo.
-Lucas Berruezo (Buenos Aires,
1982) es Licenciado en Letras (UBA), escritor, crítico literario y profesor.
Sus cuentos y artículos circulan en antologías, revistas y sitios web. Es autor
de los libros Los hombres malos usan
sombrero (2015), Frente al abismo
(2017), Enfermos de oscuridad (2020),
Colimba (2023), La edición
conmemorativa de Los hombres malos usan
sombrero (2025) y La logia del libro
(2026).
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Saladillo
Norte*
*Por Ana María Broglio.
Cuando el tren se inauguró, la estación fue paso intermedio hacia Mira
Pampa y su cabecera estaba en la ciudad de La Plata. Por Saladillo Norte iban y
regresaban los transportes de pasajeros y los cargueros que luego trasladaban las
riquezas que se producían en la zona.
Desde el Salado hasta los bañados de Tapalqué, muchas de las estancias
se fraccionaron en chacras, al punto de que, en poco tiempo, había más de
ochenta rodeando a la nueva estación. El ferrocarril pudo ser una realidad, a
partir del apoyo económico de los estancieros que donaron tierras y de la ayuda
de políticos y de los vecinos.
El pueblo se inició con la estación de ferrocarril, un almacén de ramos
generales, una cancha de bochas y de pelota y las chacras que se dedicaban, a
las tareas agrícolas-ganaderas. De esta manera se integraba por medio de las
vías, un extenso territorio incomunicado, abaratando los fletes con su
presencia.
Alrededor del ferrocarril se desarrollaba la vida comercial y social de los
habitantes y no había nadie que alguna vez no hubiese viajado en el tren:
familias, gobernantes, curas, actores, payadores, guitarreros.
La empresa fue vendida a capitales ingleses que impulsaron a mayor escala
el transporte de semillas, animales, correspondencia e inmigrantes que venían a
trabajar al campo y también a aumentar la población urbana.
Luego de nacionalizaciones y vueltas a privatizar, muchos ramales fueron cerrados,
entre ellos, la estación Saladillo Norte. Casi desaparecidos por completo, en
la actualidad solo un vagón detrás de la antigua locomotora, pasa de vez en
cuando, arrastrando con ella la nostalgia y el empobrecimiento de una zona ayer
resplandeciente.
Abuela decía que ver pasar a un tren es como ver pasar el agua de un río,
así de hermoso y de productivo y decía también que un pueblo sin ferrocarril,
es un pueblo muerto. Yo le creí porque
nada fue igual desde aquel día en que no volvimos a escuchar a lo lejos el
silbato anunciando su llegada y no volvimos a ver a ese monstruo oscuro,
recortándose en la niebla, la hermosa columna de humo blanco y sus luces
avasallantes acercándose a la estación.
Nuestras caminatas y juegos en las proximidades del predio no fueron los
mismos y, sin alejarnos de las vías, dimos más importancia a otros
entretenimientos.
Entrecerrábamos un poquitito un ojo y mirábamos al trasluz las bolitas de
colores, contra el sol, desafiando la ceguera pero era el único modo de saber cuál
era la más bonita y a esa la guardábamos en el botellón de “mejores”. Las
mejores eran las que más valían y se usaban en los campeonatos. No podían estar
cachadas, tenían que ser perfectas. En el mismo lugar guardábamos las
quemadoras, esas canicas más chiquitas que bochaban lindo a las demás y
entraban al hoyo, sin necesidad de ensuciarnos los dedos para quitarle la
tierra. Un bolillón, más bonito que los otros, podía cambiarse por una
quemadora. Una quemadora valía cinco de las bolitas comunes o tres de las de
colores, medianas.
Mi vieja nos llamaba para tomar la leche y nos reñía porque teníamos las
manos y las mangas de los abrigos negros hasta el codo y las rodillas de los
pantalones que no se salvaban ni con las rodilleras.
Cuando me enamoré por primera vez nunca pensé que Martita iba a ser tan
buena jugadora. Le regalé una de las bolitas más nuevas. La había ganado en un
campeonato y la tenía de preferida pero no lo pude evitar y se la di. Aprendió
a jugar. Ponía una rodilla en el piso y el codo y apuntaba sacando la lengua
por el costado de los labios. Rara era la vez que no bochara a alguna y no
acertara al hoyo.
Un día tuve que romperle la nariz a un grandote que la miraba cuando ella
se inclinaba y no recordaba que tenía pollera pero después todos se olvidaron
de que era mujer, por lo bien que jugaba, y no había uno que no la quisiera de
compañera en la competencia pero Martita, firme, en agradecimiento del regalo que
le hice cuando le enseñé el juego, competía solo conmigo.
Nos volvimos imbatibles, juntamos dos frascos llenos de bolitas y todas
ganadas en buena ley y para que a Martita no la regañaran, los escondíamos en
un pozo, detrás de los galpones de la estación.
Después la mamá le prohibió, a pesar de los llantos y ruegos, venir a jugar
por no ser actividad de “señoritas”.
Creí que se me caía el mundo y una tarde me presenté en la casa de mi
novia con los dos botellones y se los regalé porque, a pesar del esfuerzo por
desprenderme del tesoro, no sentía de hombres el quedarme con ellos.
Martita me dio el primer beso y yo toqué el cielo con las manos. Cuando
empezamos la secundaria nos anotamos en el mismo colegio para estudiar juntos.
Ella era mejor alumna y en casi todos los exámenes, a espalda de los
profesores, me soplaba las respuestas.
Nos pusimos de novios en serio. A pesar de lo restringido de los horarios,
el padre me autorizó para que fuera a buscarla los sábados. No duró mucho el
gusto por los bailes y preferimos cambiar por ir a ver buenas películas.
Quedamos fascinados con Romeo y Julieta y ahí germinó la semilla del
matrimonio, pero todavía éramos demasiado jóvenes.
Abuela murió. Martita empezó la facu, yo puse un negocio y a ambos nos fue
bien. Ella se recibió y compramos un
departamento, aquí mismo, en Saladillo. Ahora estamos esperando a nuestro
segundo hijo. Ya tenemos los botellones y esta historia de trenes, preparados
para dárselos. Después de todo, si nos
enamoramos fue porque el ferrocarril cerró y nosotros nos dedicamos a jugar a
las bolitas.
-A la memoria de Ana María Broglio.
https://cuentosinventren.blogspot.com/2026/04/saladillo-norte.html
-Próxima
estación:
GOBERNADOR
UDAONDO.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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