martes, junio 25, 2019

TODAS LAS HOJAS SON DEL VIENTO...



* Foto de Verónica Merli.









NOSOTRAS DOS *



Ella está siempre allí

con su cara de luna,

la misma que aparece en las fotografías

pero hay un resplandor sobre sus ojos

que no alcanzo a ver.

Su cuerpo gira

en  los entreactos

del inconmensurable tiempo, su cuerpo

sabe de mí

se abanica con mi sombra.

Guardaremos en el cofre

con su tapa cuarteada

los escasos pensamientos que nos sobrevendrán:

estamos unidas por el mismo alambre que atraviesa

un paisaje de cactus y cielos desmoronados.

Ahora es su cara blanquecina la que ocupa

el ángulo más abierto del espacio

y me mira

me mira largamente,

su cabeza y su cuerpo están en sitios muy alejados,

es una mujer degollada mi madre

la que me está mirando como si yo acabara de nacer

y ella no tuviese ninguna participación  en el asunto.

Son dos gotas de agua- dice una voz

que atraviesa complemente el escenario,

y se refiere a nosotras,

madre e hija

las que se están mirando.

Nuestras miradas son otro lazo,

una continuidad de telarañas

babas del Diablo

hilos destrenzados del porvenir.

No hay palabras

ni las habrá,

habrá  sin embargo una muñeca

con los dedos comidos

que mi madre acunará desde mis brazos

cuando la noche se prolongue

y nos mire a las dos.



*De Irma Verolín  irmaverolin@hotmail.com







Todas las hojas son del viento…

-Textos de Irma Verolín.







MI TÍA HA ENVIUDADO



Jamás pude imaginarme a mi tía Adelina viuda. Y digo “viuda” y es como si dijera “desnuda”. Desnuda o hueca, vacía, sin el menor atributo de su adelinidad. Aunque ahora, en cierto sentido podría decirse que no está vacía, sino que está llena de viudez: el tío gordo se murió hace unas semanas. Han sido semanas muy largas, muy largas y muy huecas, muy viudas.
Miro a mi tía y me desmorono por dentro. Algo parecido me sucedía cuando ella vivía con nosotros en el barrio de Floresta y usaba esos corpiños puntiagudos que le daban un aspecto chocante. En aquel entonces, mientras la miraba cruzar el gran patio  yendo y viniendo con el mate a cuestas desde la cocina hasta el negocio, nunca pude imaginármela casada. Nunca. Pero un día llegó el hombre gordo y se casó con mi tía, que acababa de cumplir cincuenta años. Y el mundo cayó boca abajo. Abrigados por el clima jocoso con que una mujer de esa edad es mirada por la parentela, vimos a Adelina perder su soltería con bastante naturalidad. Ahora, que me ceba mate en este pequeño departamento del barrio de Balvanera, me parece que entre aquella soltería y esta viudez existió desde siempre un círculo que la unió delicada y tirantemente, en medio del cual los veinte años de casamiento con el tío gordo fueron una pequeña flor marchita que se fue cerrando.
Tía hace girar la bombilla dentro del charco de yerba, conozco ese gesto demasiado. El mate es de plástico y ella habla de su viudez filosóficamente. Habla y no dice nada. Pienso que sólo es posible hablar así de la viudez. Tía Adelina, de tanto en tanto y haciendo un hueco dilatado en la conversación, me comenta:
- Parece mentira.
Y no hay nada más que agregar. El tiempo se estira entre nosotras, busca desesperadamente algún resquicio sólido donde asirse y sigue de largo. El agua se escurre entre las grietas de una roca y el mar retrocede hacia el infinito.
Antes, en la cocina oscura de la casa grande, tía hablaba hasta por los codos, contaba historias de otros en las que ella irrumpía como protagonista: empujaba a los demás y los echaba del escenario cautivándolos con los atractivos de su seducción. Eran historias que jamás habían sucedido y que ella cambiaba un poco cada vez, las iba embelleciendo con el tiempo, mejoraba sus actitudes, adornaba su imagen, condimentaba sus palabras. Era como si tía se hubiese pasado la vida trabajando para favorecer su recuerdo en el porvenir. Sin embargo ya no habla, se deja estar, aunque es lo mismo de antes, ella o su viudez ocupan todos los espacios y a mí no me queda nada. Escuchar su silencio o dejarse tragar por su viudez son una misma cosa. Creo que para sacarla de ese lugar central en el escenario le hablo de mí, de la cantidad industriosa de análisis que tengo que hacerme: colposcopía, papanicolao, ecografía. Me mira sin expresión, sin la menor expresión. Cualquiera diría que ella no tiene vagina ni aparato reproductor. Y mientras trato de imaginar qué puede hacer una persona frente a semejante falta de expresión, se me ocurre que si volviera a escribir un cuento sobre mi tía, ella se quejaría como de costumbre de la forma en que la presento. Que la pinte mejor, me pide, siempre me pide que vuelva a escribir un cuento sobre ella, pero “mejor”, mejor que el otro. Prefiero no hablar de ese dichoso cuento. Fue traducido al inglés con un título raro. Cuando mi tía se enteró puso el grito en el Cielo: “¡Qué pensarán de mí en Norteamérica!”
Noto, con cierto espanto, que el aspecto de mi tía ha empeorado muchísimo en estos últimos años. Es como si el tiempo hubiera pasado y vuelto a pasar, como si el tiempo volviera a acontecer de distinto modo, igual que las historias que mi tía inventa y reinventa con ligeras variantes. Sin embargo  debo reconocer que mi aspecto también deja bastante que desear: tengo las canas sin teñir y ando muy mal vestida. Tía se ha quedado sin historias  o ya no las puede mejorar más. Entonces no hay nada que hacer entre ella y yo. Nuestro ritual de veinte años atrás está roto. Las olas del mar retroceden y se precipitan en el abismo.
Con los ojos fijos en el mantel cuadriculado sobre el que mi tía ha apoyado una mano suelta, blanda, olvidada de sí, me animo a pensar que la edad de mí tía es una edad irreal. Y todo  por la dichosa viudez que, en realidad, no empezó el mes pasado sino hace más o menos veinte años, una viudez preparada poco a poco, muy anunciada, tan vieja y bien forjada que casi se ha vuelto blanca. Pero no es así. Por más que una se empeñe, la viudez nunca podrá ser blanca. La viudez es un pozo profundo, negro, interminable, un pozo que atraviesa la tierra y la agujerea y continúa más allá y aventaja al Universo que se estira, se estira hacia los cuatro puntos cardinales. Y lo supera.
Creo que a mi tía la viudez le queda grande. Igual que la ropa de su ex marido con la que no sabe qué hacer. Se la pone, se la prueba y la deja otra vez colgada, grande, hueca y vaciada del cuerpo de mi tía y del difunto: habría que pensar que la ropa enviuda a cada rato. Cada cosa se ha vuelto viuda aquí desde hace un mes. El tiempo, por empezar a detallar los asuntos, el tiempo digo, se estira inconsistentemente hacia todas partes, como el Universo, aunque el Universo es compacto y enérgico, está lleno de sí mismo igual que un dios. Mi tía, en cambio, está hecha de viudez se la mire desde donde se la mire. Mirada de perfil se ha afinado tanto que da pena mirarla. De frente los ojos se le salen de la cara. Yo diría que especialmente sus ojos están cargados de esa condición viuda que no tiene peso, ni cuerpo ni sostén, los ojos, digo, se le van de la cara, huyen contagiados por esa imagen que mi tía y yo hemos visto hace un momento en la televisión.
- Fijate vos ¡Big Bang! Bah, puros macanazos  – me dijo ella, absorta ante la imagen arremolinada que apenas  entraba en la pantalla de la televisión – a las teorías científicas les ponen ahora nombres que son ruidos o musiquitas para bailar en una comparsa. ¡Big Bang! Bah, puros macanazos.
La idea del Big Bang nos aturde en la cabeza, nos deslumbra, nos asusta. Es demasiado grande para nosotras, es una viudez científica, una vestimenta extremadamente holgada para nuestras flacas entendederas. Si una entra en ella se pierde para siempre y no deja de enviudar infinitamente. En eso, justo eso pensábamos las dos, mientras el mate iba de mano en mano, ya frío y deslavado, cuando sonó el teléfono. Mi tía, lenta y amarga, caminó algunos pasos, apoyó una mano en la mesita enclenque y, con la otra, agarró el tubo de color naranja con forma de manubrio de bicicleta que le trajeron de regalo.
-¡Hola! – dijo.
Silencio. El rostro de mi tía empalideció. Sus ojos agrandados iban de un lado a otro de una manera mecánica. Ella escuchaba con indignación.
-¡Callesé! ¡callesé!- gritó mi tía.
De repente colgó el tubo y se quedó parada ahí, con la mano todavía apoyada en la mesita.
- Un degenerado –sentenció.
No se habló una sola palabra del asunto por un largo rato. Y de nuevo el mate frío de mano en mano y nada más. Nada para ver, nada para decir. Nada que se pudiera agregar. Cuando sonó el teléfono otra vez, los ojos de mi tía se alargaron, se volvieron despavoridos.  Esta vez atendí yo. Una gangosa  voz masculina me murmuró al oído.
-Soy un hombre apasionado.
Y jadeó, jadeó, jadeó. No dijo nada más, sólo eso: “Soy un hombre apasionado”.  Después siguió jadeando.
Colgué el tubo de inmediato y me volví a sentar. Después el teléfono sonó ininterrumpidamente sin que lo atendiéramos. El sonido del teléfono nos arrastró hasta un lugar donde no había mundo, ni Universo, ni hombres,  así quedamos suspendidas en un punto, en silencio, apretando los labios. O acaso nos acurrucamos junto al hombre de voz apasionada  para ser atrapadas o convertidas en un ruido sin forma, en un jadeo de metal.
De pronto me acordé de una película, una de esas tantas películas sobre las mujeres solas que viven en Nueva York, donde en cada rendija, huequito o agujero se apiñan voces, ojos y manos voluptuosas o asesinas en busca de una víctima. En la película la mujer era un poco ciega,  claro que más joven que mi tía y rubia,  se la pasaba subiendo y bajando una escalera cubierta con una alfombra mullida y la voz que la acechaba desde el teléfono terminó por volvérsele familiar. Por suerte la película tenía final feliz. Aunque no se casa ni se encuentra con nadie, la mujer no muere, lo que en Nueva York ya es prácticamente un milagro, sino que permanece sentada al pie de la escalera oyendo los ruidos de la ciudad, sus brazos laxos y en sus ojos una mirada suave y sugestiva que no mira nada. La mujer que lucía más joven que nosotras, muy rubia, estaba impecablemente maquillada,  sin embargo se nos parecía en la manera de mirar.
Toda la tarde mi tía y yo seguimos escuchando el sonido del timbre del teléfono sin dejar de pensar en el hombre, en la voz del hombre y en algo más que la vida de aquel hombre de lo que no nos atrevimos a mencionar. Mi tía había cruzado los brazos sobre su falda. Resguardaba su pubis de la intemperie del mundo, con una expresión perpleja en la cara, quizá esperando que la tierra dejara de girar o las horas se estancasen, cesaran o estallaran. Varias veces tuve ganas de interrumpir el sonido del teléfono que llamaba y llamaba, tuve ganas de levantar el tubo, para que la voz del hombre me rescatase, para que me salvara de ese mar que retrocedía, de la imagen de ese abismo que se devoraba todos los males. En el instante en que el teléfono dejó de enloquecernos con su timbre, el recuerdo del hombre, o de su voz o su jadeo impregnaron la habitación hasta el punto de sofocarnos, mucho, muchísimo. La viudez de mi tía se había achicado tanto desde entonces que no había dónde meter la voz del hombre, su jadeo o el recuerdo de los dos. La luz que entraba por las hendijas de la persiana se había ido esfumando. Sólo el cuadrado del televisor iluminaba las cosas que nos rodeaban, nuestras manos, la cara desencajada de mi tía que, inesperadamente, dijo:

- Qué extraña que es la vida ¿no?

Lo repitió dos o tres veces mientras alisaba el mantel de  hule, incansable, como tratando de estirarlo, como queriendo que fuera igual a esa imagen que pasaron hace un rato por televisión donde el estallido brillante crecía a una velocidad increíble haciendo un ruido muy leve, muy, muy leve, demasiado leve para llamarse Big Bang, estallando en silencio, sin interrupción, prolongando el presente hasta hacerlo futuro, para que, enseguida, de un modo abrupto, apareciera la mujer del flequillo quien, igual que cada noche, nos dio el informe meteorológico: lluvias intermitentes durante el fin de semana. Además nos detalló, con su voz pastosa, los pormenores del  estado del tránsito en las calles de esta ciudad sin mar, en este día que enviudó de sí mismo junto a nosotras, al borde de la mesa cubierta con el mantel cuadriculado.










MANZANAS DE CARAMELO



No  visitaba a mi tía sólo para comer aquellas manzanas, ni siquiera para contemplar de qué modo ella ocultaba el verde agua bajo una íntegra capa de marrón dorado. Iba a su pieza también para escucharla. O tal vez para escucharla nada más.  Los sábados, especialmente los sábados, yo aparecía por la pensión. La encontraba, por lo general, recostada en su cama, abanicándose con un papel de diario en verano o emponchada con la manta gris en invierno. Sobre la mesa ella ya había puesto,  junto al Primus, un paquete de azúcar y unas cuantas manzanas. Me daba un beso, ridiculizaba mi acné y luego decía la frase de costumbre: “Los granitos se van si viene un novio;  de lo contrario hay que esperar que termine la adolescencia”. Después ella permanecía de espaldas a mí, frente a la pequeña olla sometida al fuego debilucho del Primus que oscurecía lentamente la precipitada lluvia de azúcar.
Primero mis dientes atentaban contra la película endurecida. El ruido resquebrajoso, casi igual al de las puertas de goznes desaceitados, me repercutía en la cabeza. A veces algunas esquirlas puntiagudas me lastimaban el paladar, pero por suerte la saliva no tardaba en deshacerlas. Entonces mi mano, la que sostenía el palillo pegajoso, se aflojaba un poco. Después masticaba el centro. Yo detestaba aquel centro blanco, brillante, ácido, que no hacía otra cosa que estirarme la línea de los ojos y fruncir mi nariz. En fin, me apresuraba a devorarla y le entregaba a mi tía el palillo que ella introducía en la segunda manzana.
Más de tres manzanas, o quizá cuatro, me era imposible comer. Tía agitaba la cabeza con movimientos chiquitos, hacia la derecha y la izquierda, como diciendo: “Mirá qué estómago insignificante tenés ¿eh?... ¿no comés más?”.  Del movimiento de cabeza pasaba a la pregunta consabida: “¿Estaban ricas?”  “Sí, tía riquísimas.” Y yo ya no dudaba de que ella iba a hablar a más no poder. Sabía, además, que sus relatos repetirían un orden que comenzaba con la evocación del carnaval del cuarenta y nueve. Con una mano libre para adornar sus palabras y con la otra haciendo jarra sobre su cintura, rememoraba, entonces, aquel carnaval. En media hora se había inventado, con un vestido viejo, un traje de mascarita. Todo era cuestión de ingenio. De más está decir que el vecino, el de la otra cuadra, no sospechó, ni por asomo, que la mascarita que enronqueció durante toda la noche su voz había sido ella. Es que los antifaces tenían un velo. Cuando tía llegaba a esa parte de la historia, la sonrisa, iniciada en su boca, se le desparramaba por la cara. “Le coqueteé, sí, le coqueteé, me decía levantando los hombros, el muy atolondrado no se dio cuenta, ¿sabés por qué no me casé con él? Porque era petiso. No me gustan los petisos, vos lo sabés. A pesar de lo jovencita que yo era en el cuarenta y nueve, ya estaba enterada de que un petiso te quiere mandar. Acordate de lo que te digo, un petiso es un inseguro de tres por cinco. Mirá lo alta que soy”. Enseguida yo veía las piernas largas de mi tía subiendo a la mesa. Desde allí, blandiendo el palillo pegajoso, lanzaba carcajadas. Carcajadas de puta de baja estofa, diría mi abuelo. Se reía mucho y sin bajarse de la mesa enumeraba la lista de pretendientes que desechó: El judío con plata, blanco igual que un papel secante y, por si fuera poco, lampiño.  El fesa que amasaba los ravioles con cara de galleta de campo. Don Juan, el ferretero, oxidado como los tornillos que vendía. El capataz de nariz colorada. Y el chacarero. “¿Cuál chacarero, tía?” “¡Cómo no te acordás! Es el que tenía la hermana paralítica”. “Ah, sí, ya me acuerdo”.
De la vida de tía toda la familia estaba al tanto. Ella misma se encargaba de divulgarla. Que trabajó en la fábrica desde los quince años, que la echaron, que fue empleada doméstica, que cobró para acostarse, que un folklorista la engrupió con la promesa de ponerle una casa: muebles, cortinas, vajilla, todo lo necesario, hasta que se esfumó con guitarra y bombo y nunca más se supo. También que tuvo que hacerse once abortos. Yo conocía los pormenores, ella me los contó: “Cada uno duró ocho minutos exactos. Duele, sí, y yo miraba el reloj. Un reloj cuadrado con números romanos. Por eso sabía cuándo el asunto estaba por terminar. Ocho minutos. A la madrugada y en ayunas.”
Los gestos de mi tía fueron siempre exagerados. Cejas alzadas, ojos en blanco, manos hacia cualquier parte. Tengo la impresión de que sus conversaciones lograron atraparme durante los últimos años de mi adolescencia, casi todos los sábados, porque con esos gestos ella creaba la intriga y el suspenso. Hasta se me ocurre que sus tonos de voz no significaban demasiado. Una tarde me dijo: “A veces pienso que si me hubiera casado mi vida no sería así”. “¿Cómo así?”, le pregunté. “Así”, me contestó  mientras, separando una mano de la otra, miraba la distancia entre mano y mano. De esta confesión hará más o menos seis meses, la última vez que la visité. Ahora, con los ojos clavados en el aluminio percudido de la pava, acaba de decirme: “Estoy en amoríos con un separado, quince años menor que yo, qué me contás. Es locutor de radio, horario nocturno. Viene aquí a la mañana tempranito. La dueña de la pensión anda pregonando que me va a echar, que este no es lugar para esas cosas. Tendrías que verla, dice ‘esas cosas’ y arruga la nariz como si estuviera oliendo mierda”. Tía, ahora, hace silencio y yo miro la jaula y advierto que, desde que se le murió el canario, a ella le ha recrudecido el mal humor. La observo: agarra la manija de la pava como resistiéndose a acariciarla. Sus uñas, en las que restos de esmalte diseñan contornos de mapa, desaparecen detrás de la manija negra. Su cara, en un segundo plano y allá, del otro lado de la puerta, el patio con las macetas vacías. Ahora el pico de la pava se inclina medio desesperado y los ojos de mi tía le lanzan guiños imperceptibles a la jaula desocupada del canario. Estoy viéndole la punta de los dedos en un primer plano que pone en evidencia que se le terminó la acetona hace, por lo menos, dos semanas. La pava echa por el pico vapores desconsolados mientras los ojos de mi tía se estiran, de tanto en tanto, hacia el patio.
Yo sigo mirando la pava o sus uñas. Ella me está diciendo que recibe cartas de un admirador. Es un antiguo admirador que no anda escaso de recursos. Tiene dos casas alquiladas y un coche. “No te voy a mentir - me dice- no es un coche último modelo, pero lo tiene hecho un primor”. Hace años que le escribe y a veces la viene a visitar. “¿Es morocho, tía? A vos siempre te gustaron los morochos”, le digo. “Es castaño, digamos” -me contesta- tiene canas en las sienes; eso le da un aire interesante”.
Tía, ahora, ceba el mate con una parsimonia casi trágica. Vuelvo a mirarle las uñas y me acaricio automáticamente la mejilla. Para esquivar el espectáculo deplorable de sus uñas le miro la cabeza; no se peinó. Son las cuatro de la tarde y todavía no se peinó. Y me dice:”Se vienen los calores, estamos en octubre. ¿Y vos en qué andás?” “En lo de siempre  -le contesto- escribo”. Inventa una mirada de simulado horror y dice: “¿escribir? ¿Se puede saber qué escribís?”. “Cuentos, escribo cuentos”, me escucho decir. “Entonces escribís mentiritas, mentiritas... ¿otro mate?” “Sí, tía gracias.” Descubro en su cara una sonrisa plácida., de labios pegados, dulce, apenas insinuada; una sonrisa que junto con las cejas levemente alzadas ponen en mi tía algo parecido a un mensaje que podría ser el siguiente: ya comprendo, ya no hay nada que hacer, así todo está bien. Me doy cuenta de que ha hervido el agua y se lo digo. Ella, con la pava en la mano, busca en el cajoncito de la mesa de luz la llave del baño, abre la puerta y se va.
(Antes ella me aseguraba que una mujer a los treinta años consigue cualquier cosa, siempre y cuando no sea un bagayo. Cómo lo voy a olvidar: ella entonces tenía treinta años y solía acariciarse la mejilla con el dorso de la mano pegajosa por el caramelo. Acordate, a los treinta una mujer ya tiene experiencia y no está fané todavía. “No hay pergamino acá”, me decía, señalándose la cara). Tía está otra vez sentada frente a mí. Ha hecho un batifondo terrible con la puerta, con la silla, con el Primus. “El me manda cartas, escucho que me dice, me escribe cartas. Pero yo no se las contesto”. “¿Por qué no se las contestás, tía?”. “No hay que darle demasiada bolilla a los tipos - me asegura- porque se engrupen.” Le pregunto cómo se llama el tipo y tarda en responderme. Después dice: “Se llama Pedro”. Pienso que en el caso de que Pedro exista debe escribir con faltas de ortografía.
Ahora tía mira el mate con cierta consternación, pero sin perder demasiado tiempo suelta un gritito histérico y con una actitud desafiante me dice: “No te conté que el verdulero anda chusco detrás de mí.”  “¿Cuál verdulero?”  “¡Mirá la pregunta que me hacés! El verdulero de la esquina”, me aclara, como dándome a entender que soy estúpida, desmemoriada o no sé qué. “¿El viejo?”, le pregunto. “No es viejo, che, es un tipo maduro”, me dice, enojada. Y no es que quiera hacerla rabiar, en realidad no tengo la menor idea de qué verdulera habla, por eso insisto: “¿Cuál? -y agrego- “¿el turco que vive con la madre?” “Sí, sí, sí -me dice con fastidio- turco es pero la vieja no tiene para mucho, está consumidísima la pobre”. Como no puedo compadecerme de la madre de quien no conozco, le pido a mi tía que no le ponga tanta azúcar al mate. Creo que nada más que para devolverme el reproche me pregunta: “¿Y se puede saber qué vas a conseguir escribiendo?” La miro y no le contesto. Ella se levanta, camina, me da la espalda y se apoya suavemente en el marco de la puerta. No hay un solo malvón en las macetas y yo imagino que ella está pensando en eso. Le adivino los ojos buscando algún malvón en las macetas despintadas. No mueve la cabeza, supongo que ni siquiera pestañea, pero sé que dentro de  un rato, sin darse vuelta y con un tono de voz entre maravillado e interrogativo,   va a decirme si me acuerdo de cuánto me gustaban las manzanas de caramelo.












VIAJE EN TAXI




Yo no sabía que a mi abuelo sólo le quedaban dos dientes que eran el sostén de sus otros dientes artificiales, pagados por él mismo en una dependencia del Servicio Social. Mi abuelo jamás había hablado de sus dos últimos dientes con orgullo o sin orgullo. Sencillamente se había acostumbrado a llevarlos pegados a la encía y cubiertos de metal plateado. Empezó a hablar de ellos por primera vez cuando sintió que se le movían y lo fastidiaban. Sí, los dos dientes se le movían mucho dentro de su boca roja y húmeda, especialmente cuando masticaba. Y en el vaivén se le movía toda la dentadura que había sido enganchada a los dos dientes de metal cuando los dos dientes no eran aún lo que terminaron siendo: dos temblequeos que a veces brillaban. Vaya a saber cómo un buen día mi abuelo dedujo que lo mejor que podía hacer era quitárselos. Sucedió durante la hora de comer. Así se lo dijo a mi abuela, secamente, sin rodeos, y con tono de decisión final. Después enarcó las cejas y corrió con suavidad el plato hacia el centro de la mesa. A mi abuela ese gesto tan típico de mi abuelo, le provocaba tirria, porque quería significar lisa y llanamente: no más comida por hoy. Para mi abuela que alguien no dejara el plato limpio era poco menos que un desprecio al sentido primordial de su vida. Lo cierto es que mi abuela se quedó mirando el plato a medio vaciar sin decir esta boca es mía. Y no se habló más del asunto.
Los dos dientes plateados continuaron moviéndose dentro de la boca de mi abuelo arrastrando en su vaivén a los artificiales, que se defendían bastante bien porque estaban unidos entre sí. Y, por si esto fuera poco, además estaban sujetos por un paladar rosado, muy rosado, de ese color con que se pintan las flores que ilustran los almanaques y que contrastaba con el color natural de la boca de mi abuelo, hecha de carne rojiza, de esa carne bien rojiza y resbalosa que todo el mundo tiene en el interior de su boca.
La mañana en que fuimos al consultorio del dentista llovía. Mi abuelo entró en el taxi como si entrara en una cueva. Yo lo ayudé a doblar la cabeza y los tobillos para que su cuerpo se plegara. Enseguida vi su torso acurrucado, blandito, en el asiento. De inmediato el taxi arrancó. La lluvia platinaba el asfalto y los techos niquelados de los automóviles. El taxista escuchaba la radio, parecía atento, interesado en lo que decían esas voces bien templadas. Le imaginé los ojos soñadores. En la radio alguien hablaba del mundo, de ese dichoso mundo desquiciado del que mi abuelo se iba retirando lenta y astutamente gracias a la estratagema de envejecer. El taxista movía la cabeza para asentir o disentir mientras la lluvia continuaba cayendo y mi abuelo se dejaba llevar con sus dos dientes puestos.
Antes de que mi abuelo se sentara en el sillón, el dentista lo miró de arriba abajo. Enseguida dijo:
- Anestesia a un hombre tan anciano yo no le pongo- y se cruzó de brazos.
Cuando mi abuelo abrió la boca descubrimos que, además de los dos dientes plateados, tenía una llaguita. Era una llaguita insignificante con los bordes de hilo blanco. Mi abuelo cerró la boca y el dentista dijo:
- No.
Al darse cuenta de que tendría que volver a su casa con los dos dientes puestos, mi abuelo se puso a hacer pucheros.
Volvimos en otro taxi escuchando otra emisora de radio. Y de nuevo la lluvia. El taxista, que giraba continuamente la cabeza hacia atrás para darle a nuestra conversación un toque más íntimo, tenía una expresión dura en los ojos. No dejó de darnos consejos sobre la higiene y la anestesia bucal ni de jactarse de no haber pisado jamás el consultorio de un dentista. Si le dolía alguna muela él se arreglaba solo. Eso dijo. Y lo recalcó tres veces. Los dientes se le caían de pronto, así, inesperadamente, y después tenía que vivir con las raíces dentro de la encía y soportar el dolor. Pero ir a lamerle el culo a un dentista, nunca, a Dios gracias, por lo demás estaba bien conforme con su vida, terminó diciendo el taxista sin dejar de mirarnos intermitentemente con sus ojos inexpresivos.
A mi abuela la descorazonó muchísimo ver todavía los dos dientes tambaleantes dentro de la boca de mi abuelo. Hablamos de la llaguita. Hablamos por hablar, para decir algo, pero el tema se agotó enseguida. Fuera de su ubicación cercana a los dos dientes y de su borde blanco poco quedaba por decir. Entonces mi abuela se puso a preparar sopa y papilla. La vi manotear con una arandela de plástico y con el delantal marrón que, a esas alturas de la vida, estaba plagado de manchas indelebles y tenía roturas que nadie sería capaz de explicarse. Después mi abuela y yo hablamos de los buches con “Filocin” mientras mi abuelo se iba aflojando y aflojando en la silla porque se caía de sueño.
- Abuela –dije- hay que llevarlo a la cama.
- Sí –contestó ella- Fijate, parece un flancito.
Yo me figuré que, poco a poco, desde la silla, mi abuelo iba a ir resbalándose por el mundo hasta desaparecer.
De repente mi abuela dijo:
- Si en vez de aflojársele el cuerpo a este hombre, se le aflojaran de una vez los dos dientes, esa sí que sería una gran suerte.
Moví la cabeza hacia delante y me acordé del taxista y de sus ojos soñadores. Y de la lluvia. También me acordé de que la lluvia hacía brillar el mundo, como seguramente estaban brillando ahora en la oscuridad de la boca cerrada de mi abuelo sus dos dientes y el hilo blanco de los bordes de la llaguita que acabábamos de  descubrir. Enseguida, en un ramalazo de la memoria, volví a aquella tarde remota en la que con las piernas sueltas en la silla de comer, me balanceé con entusiasmo. Mi abuelo, con cincuenta años, sonreía desde un rincón. Una de mis manos apretaba el sonajero, la otra estaba suelta en el aire.  Me balanceé con mayor fuerza hacia delante, hacia atrás, hacia delante, buscando que la sonrisa cómplice de mi abuelo se ampliara más y más. Una, dos veces, y otra y otra y entonces en el mismo instante en el que vi levantarse a mi abuelo con los brazos extendidos y la cara roja de susto para socorrerme, caí de boca. Después vi un charco de sangre con mis dos dientecitos nadando en aquel mar rojo, y me puse a llorar a los gritos sin sospechar que más allá me esperaban los dentistas, los taxis, la vejez, la lluvia, el mundo.










DESLICES



Si él hubiera considerado que cualquier balcón es apenas una superficie pequeña, sostenida por la buena voluntad de unos cuantos barrotes de hierro, quizá ella no hubiera podido hacer lo que hizo; y quién sabe si lo hubiera hecho en el caso de haber comprobado que los pesados camiones cuando pasaban producían un temblor sólo verificable al contacto de su baranda. Si él hubiera dejado de sentir confianza que es –nadie lo niega- algo necesario, aunque a la larga –como dice el refrán- mate al hombre (él mismo, quien en alguna ocasión sintió el frío de la baranda al apoyarse y, acaso, pensar que todo cuerpo tiene inevitablemente un rumbo hacia abajo, sobre todo si debajo de los pies hay algo hueco) no habría aflojado su atención. Y no nos olvidemos que todo cuerpo o cosa ocupa un lugar en el espacio y que este, al fin de cuentas, tiene un fondo, aún cuando se trata de un barril que, como también dice el refrán, suele no tenerlo, no hay en este ni en casos parecidos artilugios posibles, pues bien sabido es que yéndose por el hueco lo que está descendiendo, en algún instante, encuentra el fondo. Y más aún, si ella hubiera manifestado su gusto por coquetear con el vértigo a la manera de un trapecista que, hay que decirlo, por lo general no pesa los setenta y cinco kilos ochenta gramos que ella pesa, a nadie,  y menos a él, el hecho lo hubiera encontrado inadvertido.
Más seguro es, todavía, que si ella no lo hubiera distraído escondiendo gillettes en su cartera, razón por la cual se las robaba a él, saboteándole de ese modo su constancia matinal de rasurarse la barba, y si, además y por si fuera poco, ella (ella misma, la que fue capaz de hacer lo que hizo) no hubiera hurgado en la caja de artículos de limpieza, llevándose a posteriori el raticida para ocultarlo debajo de la cama (¡vaya lugar para ocultar un raticida!), él no hubiera estado tan desprevenido con aquel balcón. El, sobre todo él, que ha sido siempre tan atento con ella desde la noche en que vino a conocerla para su dolor y su desgracia en aquel banco de plaza, donde ella juró que pasaría la noche asegurando entre lamento y lamento que, entre otras cosas, el frío le estropearía la piel –una piel un poco vieja, no nos vamos a mentir, pero que ella cuidaba con cremas especiales- él, quien le prestó su pulóver y que por ir a buscarlo a la mañana siguiente quedó enredado con ella y con su piel, nunca creyó que sería aquello y no esto lo que ella haría de golpe y porrazo. Esto, precisamente esto, causa indiscutible de que nunca, nunca jamás –lo que ya es mucho decir-  él olvidaría que una mujer, un banco de plaza y un pulóver en mancomunión, tienen la virtud de atrapar de modo tan contundente. Porque aquella noche –según la confidencia que él mismo le hizo a un primo político con aire embelesado- ella, en aquel banco de plaza, le pareció frágil e inofensiva como una docena de huevos. Y no lo era. No. Y es de no creer que, ahora, si ella, la misma de aquella noche, aunque más gorda que entonces, hoy por hoy y en este exacto momento clamara por la presencia de él para pedirle una miserable aspirina, él se haría el tonto, el dormido, el muerto o no existido.
Tratemos de entender que él pudo –como hombre comprensivo que de por sí es- perdonarle a ella muchas cosas, pero no toda una vida de equivocaciones. Pues quién se atreve a negar que al final ella, la que  creyendo que fuera de sí misma se hallaba lo que en verdad estaba en su interior, buscó el vacío para no encontrarlo. Es cierto, él puede hasta perdonarle incluso las angustias que gillettes y raticidas le provocaron, porque raticidas y gillettes cumplieron un papel fundamental en este desenlace. Ya que, si no hubiera sido habido gillettes ni raticidas despistadores, él no hubiera apartado sus ojos avizores de aquel maldito balcón, tan abierto a lo que no debía ser. Y mejor aún, si ella misma, la que le mintió tantas veces, no hubiera tenido el don del disimulo, él mismo hubiera comprado una tabla de madera para clausurar aquel balcón;  aunque de cualquier forma ya estaba cansado de espiarla a troche y moche todo el santo día.
Pero si ella no hubiera dejado de hablarle de aquellos sueños, por lo demás bastante aburridos, a él, un hombre ciertamente cuidadoso, no se le hubiera pasado por alto la posibilidad de semejante ocurrencia con la que ella, como era su costumbre y su obsesión, deseaba encauzar sus desatinos. Ella misma, una mujer llorona y pusilánime, la que montones de veces fue sacada de una camilla de esa y de otras tantas piezas, con los ojos abotagados por deslices medianamente previsibles, ha sido siempre, ni más ni menos, una mujer abrupta. Sólo así se explica cómo él pudo desatender, sin perder la paciencia, la pista acertada. Sólo así se entiende cómo dedicó sus horas y sus ojos a desentrañar cuestiones menudas, falsas. De lo contrario, por lo menos, le hubiera puesto un candado a la ventana que separaba la pieza de aquel balcón, uno de esos candados que se compran en la ferretería.
Porque él, un hombre metódico y previsor, sabía que no era aconsejable andar ahorrando en problemas de importancia. No perdiendo el tino, se hubiera atrevido una vez más a llevar la vigilancia hasta sus últimas consecuencias, ya que, dicho sea de paso, ella instigada por sus propios delirios, no hubiera dejado  ni por asomo de insistir con su manía. Sí, no hay duda, en ese caso él hubiera comprado el candado, la tabla de madera o algo. Aunque habría que pensar –ya que en estos casos él tenía la seguridad de que pensando tozudamente iba a salvarla otra vez- que él no actuó con la debida cautela. Sí, habría que pensarlo porque no habían transcurrido tres meses desde que ella, mostrando sus muñecas cortadas, juró en el hospital que él era el causante, justamente él, un hombre respetuoso de la vida en cada una de sus facetas, hay que decirlo, incapaz de aplastar una mosca con una de esas palmetas que pueden comprarse módicamente y de ocasión en cualquier negocio del ramo. Cómo entonces iba él a pensar que esta vez sería el balcón y que ella juraría y recontrajuraría que él la empujó y él, lamentablemente sin testigos para demostrar lo contrario y todos diciéndole con los ojos: a quién quiere usted hacerle creer que su mujer es suicida, ¡por favor! O algo así, y encima la dueña de la pensión dándole la razón a ella, apiadándose de esta loca a la que él, desde hace diez años, durante los cuales le escondió gillettes y raticidas, la aguantó y aguantó, él mismo, un hombre bien intencionado, hay que decirlo, incapaz de aplastar una mosca con una palmeta.










REGRESO A CASA




Una mañana me vino a buscar. La abuela me acompañó hasta la puerta tocándome suavemente la cabeza; en un último gesto me apretó la nuca. Desde el pasillo lo vi vestido con un traje gris que bajo el sol parecía plateado. Su cara, cuando se agachó para besarme, tuvo una expresión rara. Me asombraron sus ojos: estaban endurecidos.
Apenas empezamos a caminar me di vuelta y vi a la abuela con la mano extendida, la hamacaba con lentitud a un costado de su mejilla. Ya más lejos percibí desdibujadas sus facciones, en parte cubiertas con la mano que había dejado de balancear. A ella, detenida en el umbral, la luz del sol también la volvía plateada. Desde la internación de mamá, por primera vez en muchos meses, iba abandonar aquel barrio. Busqué, para despedirme, una señal, pero sólo logré un molesto parpadeo.
Nos paramos junto al poste. Las fachadas de enfrente mostraban una blancura de guardapolvo. Las ondas luminosas vibraban hasta ahogarse en lo oscuro de una puerta o el amarillo de las baldosas. Más arriba, continuando las terrazas, un lienzo transparente. De pronto, todos los árboles no estuvieron, el resplandor me encegueció. Por un instante la calle fue blanca, hasta que recuperó sus colores.
Sentí el roce de la manga en mi mano apretada por la suya, la curiosidad intermitente de su mirada y el frío de un anillo. Quise adivinar si había decidido ponerse aquel traje con la corbata al tono sólo para venir a buscarme y no pude saberlo. Por su modo de caminar pensé que ese traje debía  sentirse agobiado. Tal vez había pasado la noche en vela. Si se empeñaba en sonreír adquiría el aire de un payaso a medio maquillar. Al rato me dijo: Subí. Había llegado el trole.
El guarda tenía un lunar velludo cerca de la boca, me sonrió. Fue un movimiento rápido. Las comisuras de sus labios se arrugaron durante escasísimos segundos y bruscamente volvieron a su posición normal. Se trataba de uno de esos hombres que consideran un deber tratar con dulzura a los niños.
Nos sentamos en los asientos de adelante, enfrentados a la ventanilla. Volvimos a pasar por los sitios donde antes habíamos caminado. El umbral estaba vacío, pero tres hojas con forma de corazón se asomaban por el enrejado de alambre, no tardarían en enroscarse a él. Ante el paso del trole, en una esquina, se alzó hacia nosotros el esqueleto de un edifico. Fuimos andando por una avenida anchísima, ribeteada de plátanos. El sonido del viento no tenía nada en común con el sol reluciente. Aspiré un olor mezclado con nafta, se desprendía de la cuerina de los asientos. Luego bordeamos el límite del gran baldío de yuyos altos con el arco de fútbol destartalado, que hacía equilibrios en un rincón. Y otra vez la claridad cubrió la ventanilla como si le hubieran colgado una cortina de papel manteca. Giré la cabeza: en primer plano su acartonado perfil resaltaba sobre un fondo de asientos desocupados. No me dijo nada durante todo el viaje, sin embargo en la vereda me comentó que volveríamos a vivir en la casa grande.
La casa se mantenía en el mismo lugar, a mitad de cuadra. Su frente seguía cubierto con las piedritas color plomo. La puerta de hierro no había perdido su actitud de encasquetada sobre el alto umbral. La vecina asomó la cabeza por la ventana y la inclinó. Me pareció descubrirle la misma sonrisa que había tenido el guarda del trole.
-Buenos días, en casita otra vez- dijo con una voz chillona que lastimaba.
Después dejó escapar algunas palabras más en diminutivo.
-Ya era hora- le contestó él.
Y abrió la puerta de calle. Primero cruzamos el zaguán: un rectángulo estirado con la maceta de helechos en un ángulo. Supuse que él estrenaba un par de zapatos nuevos porque se resbalaba. Se quedó sosteniendo la puerta cancel para que pasara yo.
El patio estaba totalmente iluminado, creí que se había instalado un relámpago. En medio de esa diafanidad  lo vi avanzar hacia la cocina y sacarse el saco. Mientras abría la heladera me preguntó si quería comer algo. El  vaho del congelador le llegó hasta la cara, ni aún así sus ojos, casi despavoridos ahora, se aplacaron. Volvió a hacerme la pregunta y yo le contesté que no. Una luz titubeante no se animaba a atravesar la claraboya opaca. Los cajones beige del armario y frascos de vidrio peleaban contra la penumbra. Despacio se acercó a la radio. Los zapatos, que seguro eran nuevos, crujieron repetidamente. Al girar la perilla de la radio hizo salir la voz de Nat King Colle: “…si Adelita se fuera con otro la seguiría por tierra y por maaaar...” Tuve que estirarme para cambiar el dial. Con la caja de fósforos en una mano se arrimó hasta la hornalla de la cocina. El fuego lo atrajo de inmediato igual que un imán y su cara quedó impregnada de un rojo azulado. Enseguida guardó la caja de fósforos en un bolsillo. Detrás de él reconocí una silla que alguna vez estuvo a la intemperie. Apoyada en la puerta de la cocina llegué a verlo leyendo el diario en el comedor. No pude explicarme de qué manera alcanzaba a distinguir las letras en aquella oscuridad. Sin embargo me llamó la atención la fluorescencia de las paredes: contrastaban con el resto de la casa en la que reinaba un apaciguamiento de iglesia. Di unos pocos pasos. Mis sandalias de charol se dejaron llevar tímidamente sobre el parqué encerado. Entretanto se escucharon los cantos de la vecina que, atravesando el tapial, llegaban hasta allí envueltos en su propia letanía. Las cortinas, la araña de caireles, los pequeños adornos de loza estaban intactos en sus lugares de costumbre, pero parecía que los habían destinado a permanecer ajenos al movimiento de las manos por mucho tiempo. El silencio me dio la impresión de que desde ahora en adelante debía acostumbrarme a andar en puntas de pie. Entonces papá dejó el diario, se dirigió a la repisa y lentamente fue acercando un fósforo encendido  a la vela que estaba frente al retrato de mamá. Ni él ni yo nos movimos durante aquel largo tiempo en el que, varias veces, se hicieron escuchar los cantos de la vecina. Quietos mirábamos la llama de la vela, que titilaba, que tenía la base azul y la cresta de nácar y la mecha negra transparentándose, que se estiraba, que parecía una perforación en el cuero blando de la oscuridad.














COLORES DE UNA SOBREMESA




Fue un domingo casi igual a otros. Mamá se dedicó a restregarse las manos sobre un fondo de delantal engrasado, para convencerse de que en ellas no había nada. Nada. Los chicos jugaron con la computadora, un aparato abominable. Los vi hipnotizados por el teclado horizontal o atentos a la pantalla donde aparecían dibujos de trazo simples y escrituras en inglés. Papá observaba el borde de la manga de su saco como si lo hubiese considerado el límite que separaba la desgracia de la buena suerte. Durante mucho tiempo mi hermano le ofreció su mirada a un trozo del mantel, que era gris  y tenía un estampado de flores celestes, turquesas y azules. De modo que sus brazos, caídos sobre el mantel, no sólo recortaban el espacio de su mirada, sino que interrumpían algo parecido a un crepúsculo en el campo. Mi hermano levaba puesta una camisa roja; así que, además, sus brazos diseñaban sobre ese crepúsculo dos posibles relámpagos, lo suficientemente inmutables como para asustar o aburrir. Comentó que creía tener caries en una muela, por eso, de vez en cuando, se escapaba de su boca un ruidito extraño. Mientras tanto mi cuñada, con exagerada preocupación por su futuro vestuario invernal, repartía suspiros. Yo la secundé de a ratos hablando de los reducidos colores impuestos por la moda; y la invitada me recordó por momentos a mi maestra de tercer grado, que una vez me había dado un cachetazo.
Habían lustrado con esmero los bronces de las lámparas de pie y también los pisos. La cortina de algodón, tupida, rojiza, impecable, apenas  dejaba entrever un fragmento de la calle. Por otra parte, entre aquellas cortinas y yo se interponía una puerta que proyectaba su sombra de ele invertida en el parqué.  El parqué brillaba, la sombra no. Tendríamos que salir a dar un paseo, sugirió la invitada. Alguien contestó  “bueno…”, como reprochándose a sí mismo no  haber tenido las ganas o la ocurrencia de proponerlo. El café tuvo gusto a jugo de media. Los pocillos semivacíos, apoyados en los platitos, me parecieron hostias agujereadas sobre flores turquesas, nubes, pedazos de bandera. ¿Pasear en  un día como este? Vi los talones de mamá yéndose; la tira negra de las sandalias les daban un toque siniestro. Me imaginé un pasillo y mis pies. Un pasillo largo, donde mis pies se cansaban.
Mi hermano bostezó, aunque solamente vi la abertura de su boca y luego giré la cabeza hacia el lado opuesto, creí contemplar una lluvia delgada de saliva cayendo dentro de un pozo redondo sin café.
Los chicos gritaron. ¿Gritaron con entusiasmo? Supongo que sí. Cuiden ese aparato, no sale dos chirolas, dijo mamá. Estos chicos, caramba. Mi sobrina, la menor, cruzó la arcada haciendo pac pac pac con las zapatillas y estiró la mano a pocos centímetros de la cara de su padre. Su mano chata, y semejante a un mapa desleído, recibió un billete que era del color de alguna de las flores del mantel. Serían, más o menos, las dos de la tarde. ¿Y el paseo? Mi cuñada maltrató una revista con sus uñas rojas. A excepción del crujido de las páginas, que mostraron escenas de personas felices, escuchamos el silencio; pero sólo por un instante porque los chicos gritaron otra vez. Creo que cada uno de nosotros era consciente, en aquel momento, de que la propia respiración debía de producir algún ruido. ¿Pero si uno no podía percibir el ruido de la propia respiración cómo creer entonces que los otros respiraban? Pasear ayuda a bajar la comida, la voz de la invitada se remontado por el aire hasta culminar en un hiriente matiz agudo. Los tendones abultados de su cuello me intranquilizaron bastante. Tuve la impresión de que cuando papá escuchó la palabra paseo miró hacia alguna parte, como si en alguna parte ocurriera algo muy difícil de comprender. Sus ojos, inmóviles, evitaron parpadear. El gato se acariciaba con la pata de una silla: parecía aburrido de ser gato. Una puerta, al golpearse, dejó que entrara un airecito fresco.
Mi cuñada abrió la revista y señaló a una mujer enfundada en un vestido verde. Su uña roja cubrió el torso verde, amputando así el cuerpo de la aplanada mujer, una verdadera rana elegante. La uña nos obligó a todos a estirar los cuellos hacia aquella página, que finalmente congregó ojos abúlicos. Mi  cuñada dijo: Un vestido igual a este le voy a encargar a la modista. La invitada pidió verlo más de cerca, a lo mejor para olvidarse de su frustrada propuesta de paseo. La revista abierta, al pasar delante de mí, cortó cara, hombros, vajilla, de una manera cruel.
La tarde dejó de ser nublada cuando el sol atravesó las cortinas del ventanal que daban al patio interno. De pronto había sol. Y todos, con un repentino aspecto conmovido, alzaron los ojos para mirar la cara de la mujer que el domingo siguiente no iba a estar allí. Los chicos hicieron barullo y alguien les pidió que se callaran, Mamá invitó: ¿Más café? Miré las tacitas, qué blancas eran. Tan blancas como las paredes. ¿Por qué habían pintado de blanco las paredes? No debieron haberlo hecho: el blanco hace sobresalir los cuerpos, les da un relieve excesivo. Cualquier cuerpo delante de una pared blanca me da lástima. Sin embargo no pensé en eso en aquel momento, lo pienso ahora, que recuerdo la curva de la espalda de mamá perfectamente visible contra la pared, cuando se levantó vaya a saber por qué motivo. Ella entonces exclamó: ¡Cuidado!, agarrá mejor ese platito. Mi hermano obedeció, pero su boca, en desacuerdo con la sumisión de sus dedos, hizo una mueca. ¿Qué día es hoy?, le pregunta, soltada con ansiedad por papá, impulsó a mamá a restregarse las manos histéricamente. Mamá, si no dejás esas manos tranquilas vas a terminar por borrarte las huellas digitales, ironicé. Con lentitud, mi hermano inclinó la cabeza hacia el calendario de su reloj pulsera. Yo adiviné que no quiso responderle a papá. Su boca volvió a sugerir un desprecio, que se mantuvo en las comisuras de sus labios y que no desapareció hasta que la tacita rozó su mentón. Domingo –dije- hoy es domingo, papá. Mi respuesta lo dejó insatisfecho. El día, el mes, me exigió él. Cuando su cara perdió apenas la fatiga y esbozó un gesto candoroso, me di cuenta de que yo también quería hacer preguntas.
La invitada habló, sin ocultar su falta de entusiasmo, de un reciente paseo en un posible día feriado y de un picnic en un recreo del Tigre. Ah, esos tendones de su cuello le daban un aire frenético que contrastaba con su languidez. Era una mujer alta, con atuendo juvenil y el pelo teñido de castaño claro.
Mi cuñada, ahora, ponía todo su empeño en abrazarse a la revista. Lanzando una sonrisa cumplida en dirección a la invitada, deslizó sus dedos por la contratapa, donde el dibujo de un tobogán me llamó la atención. Se me ocurrió que el papel estaría tibio, que el tobogán iba a ser curvado y a ajarse por el roce de los dedos. Entonces recordé que una vez yo había soñado con toboganes, quise acordarme de qué otras cosas sucedieron en aquel sueño. Me vi subiendo, flotando, cayendo y de golpe me dije: Por qué. Por qué cuando ciertos sueños se cumplen enseguida se ajan y se curvan como si la realidad fuera de cartulina, como si la realidad fuera un diploma o un premio en pago a nuestros sueños. ¿Cómo si fuera un premio? Sí, como si fuera un premio pero un premio consuelo. Así son las cosas. La voz de papá, agotada, había dicho: Así son las cosas. Le contestaba a su nuera. Así son las cosas, dijo nuevamente e insistió en el asunto de la fecha. Alguien le pidió que se dejara de decir estupideces. Vi a papá de espaldas, caminando hacia el almanaque. Vi que luego se detuvo y que con un dedo punteó números del color de las hormigas.
La invitada balbuceó y o tuve la sensación de que quiso hablar otra vez del paseo y de que por algún motivo se arrepintió. Me divertí pensando que la palabra paseo podía ser igual a una comida y decidí que era la comida más sustanciosa de todas. Mientras miraba a la invitada recordé que el cachetazo, regalo de mi maestra de tercer grado me había hecho salir sangre de la nariz. Mi hermano estuvo un rato empujando las miguitas caídas sobre el mantel. Después miró con desprecio sus dedos. Ciertamente no le resultaban simpáticas esas miguitas. Su  boca se atrevió a  insinuar una sonrisa tensa. Aquella sonrisa –pienso ahora- tradujo sus pensamientos, porque supe que sus pensamientos se le presentaban sólo en blanco y negro. Supe también que, de entre todos, uno se le había vuelto transparente: era preciso desechar algo de su vida. Pero qué. De repente miró a mi cuñada y le recriminó la falta de condimento del arroz y la miguitas tenían algo en común: su color era blanco sucio.
La computadora de los chicos hizo Pssst; y eso a mi cuñada le crispó los nervios. Ella dio un salto, abandonó la silla y se puso a buscar una lima de uña o un pañuelo o un anillo en una caja color tabaco que no contenía ninguna de las tres cosas. Cuando papá preguntó la fecha otra vez casi todos lo miraron con fastidio. Mamá estaba intentando sacarse el delantal y lo que había sido un moño, atrás, en su cintura, se transformó en un nudo. Por eso, cuando papá preguntó la fecha, ella no lo miró. Si no hubiese estado ocupada con la tirita lo hubiese mirado a papá con su clásico gesto de escena final de Chejov. Hoy no es día de luto, papá. ¿El día de la muerte de Pepe? Fue en agosto, papá. Sentate y no dejes enfriar ese café.
Sonó el teléfono. Siempre ha sonado el teléfono cuando nadie quiso que sonara. Siempre hubo teléfonos en casa de mis padres. Mientras la campanilla tijereteaba nuestras respiraciones llegué a una conclusión: papá no hizo más que restar y sumar números en toda su vida y mamá tiene dos manos inútiles. A mi edad estas conclusiones resultan demoledoras. Una quiebra. Mi hermano había dicho la palabra quiebra. Trozos, objetos partidos, rastros de lo que estuvo entero. Yo lo miré y entendí: La quiebra del negocio de Marito. Ese negocio nunca dio ganancias. Número equivocado, anunció mi cuñada, yo no sé por qué la gente no disca bien. Mi hermano la miró como diciendo vos nunca das buenas noticias. La invitada alisó su falda. Se iba. Dijo que todo había estado muy lindo, que volvería, que yo era muy simpática y, al despedirse, su cuello rozó mi cara fláccida.
El sol convirtió fugazmente a la cortina en un espectáculo interesante y después el gato rompió un pocillo de café y, enseguida, mamá lo echó con malos modos de arriba de la mesa y más tarde, en la cocina, la vi inclinarse hasta el tacho de basura, y los chicos gritaron y nadie les pidió que se callaran y una voz dentro de mi cabeza dijo: ya tengo cincuenta y siete años.














Tres fragmentos en torno a mi nacimiento



Llovía escandalosamente la tarde en que mi madre abrió sus piernas para parirme. Las sábanas requetelavadas le rasparon la piel, especialmente en las pantorrillas y en los talones. Con las piernas abiertas, sin la menor elegancia, mi madre  se dejó estar, largo y tendido. En cierto momento alguien arrastró una camilla que chirrió eternos minutos por el pasillo. Así, entre el ruido de la lluvia y el chirriar de las ruedas, mi madre, con sus piernas velludas muy abiertas, trató de pensar algo trascendente. Para cerrar sus ojos arrugó toda la cara, apretó los puños y arqueó los pies. La lluvia agobiaba los vidrios tensos de las ventanas y también los pensamientos de mamá que, con las piernas abiertas, inició un gemido. Aquel gemido, tan mal imitado por las actrices en las películas, vino desde el fondo hacia mí, desde el fondo, sí, desde el fondo que siempre es un lugar oscuro donde no hay nada. En medio de esta disonancia de lluvia, rueditas y gemidos, va y viene una enfermera.  Es una mujer de labios despintados, que lleva encasquetada una cofia que se ha puesto con muy mala voluntad hace un instante. Allí está de pie, huesuda y larga la enfermera; alienta e insulta a mi madre alternativamente mientras su cofia blanquísima fulgura en la habitación gris, mientras espía cada tanto su reloj de pulsera y bosteza y hace cuentas para calcular cuándo finalizará su turno. Mi madre, entonces, piensa que el tiempo es un intríngulis y las rueditas llegan al final del pasillo y la lluvia continúa pegando en los vidrios de las ventanas del inmenso hospital y el bombardeo incesante del único y promiscuo corazón de mi madre se agita y se agita y se agita y se agita y se agita y se agita hasta que nazco yo.



En el momento en que yo nací, papá estaba en el cuartel contemplando desde su oficina la bandera que caía, sin el menor movimiento, toda mojada, adherida al mástil. Tal había sido la distracción de papá aquel día, que se había olvidado por completo de sus tareas primordiales. Sobre su escritorio, una hoja muy blanca en la que aparecían algunas palabras, se extendía lisa y plácida. Papá bajó los ojos y leyó: Alejandro, César, Aníbal. Como el teléfono estuvo prácticamente mudo, la exasperación de mi padre no conoció límites, al punto de que llegó a abrir el cuarto atado de cigarrillos. Por fin, después de un golpeteo de nudillos en la puerta y un "¡Adelante!" entró un conscripto que, con voz forzada, dijo:
-Si me permite, mi capitán, quisiera recordarle que ha olvidado dar la orden de arriar la bandera.  Además me han dado esto para usted.
Con torpeza, el conscripto le entregó un papel que mi padre desdobló rápidamente. La nota había sido escrita por mi abuelo, quien se atrevió a llenar tres renglones con su letra despareja.
"Tu mujer ha dado a luz.
Nació chancleta.
Apurate."

Parecía un versito. La nota estaba sin firma: El carácter anónimo de las malas noticias perturbó a mi padre, que sólo unas cuantas horas después entró en una magnánima resignación.
Lo interesante del asunto fue que al día siguiente, agotada la lluvia y seca la bandera, la tropa notó que el celeste de las franjas se había dignificado No obstante los malos tiempos que corrían para papá, el simple hecho de haber visto de nuevo aquel celeste inconfundible, genuino ciento por ciento, auténtico, puso a mi padre de muy buen humor.

Toda la noche siguiente al día de mi nacimiento papá permaneció sentado, fumando. La titilación luminosa de su cigarrillo le pone cada tanto los ojos radiantes, Papá se traga esa luz que cuelga del cigarrillo Saratoga, y la luz, al instante, se le fuga por los ojos. La casa lo rodea  en  silencio  mientras   sus ojos   intermitentemente se embellecen  y   quedan en sombra.
Ahora papa ha tirado el cigarrillo al suelo y lo apaga con el pie o, mejor, con la suela de sus insuperables zapatos blancos. Busca otro cigarrillo en el paquete envuelto en un celofán que suaviza el contacto. La llama del fósforo se le niega tres veces, hasta que por fin una nube deshilachada emprende el camino hacia arriba. Luego es una pequeña explosión sorda, un poco trágica, que supera la altura de su cabeza de cabello cortísimo, y se va, se va, huye al alto techo de la casa. Y ahora sus ojos, otra vez, se convierten en algo digno de mirar. Pero papá no puede ver sus ojos, no hay ningún espejo cerca. Todo está oscuro en el silencio que lo rodea junto con la casa.
Papá divisa los zócalos que dibujan un larguísimo rectángulo y ahora, que tiene los ojos cerrados, los reproduce en su memoria; y piensa en una playa, en el borde variable de las playas; e imagina cualquier cosa, un trole bufando en la esquina, una mujer que se rasca el mentón, un par de sandalias embarradas, el movimiento de una melena, vaivenes de polleras que crujen por el almidón. Papá imagina e imagina allí, en el centro del larguísimo rectángulo, del silencio, de la humareda, mientras deja pasar la noche que, por supuesto, pasa, pasa, mientras se consume la luz de su Saratoga que le alimenta el brillo de los ojos.


(De la novela “El puño del tiempo” Emecé, Bs As. 1994.)















Un suceso verídico




Todos decían que mi abuela, al ponerse vieja, empezó a respetar más la siesta de lo que había respetado el mandato de custodiar su virginidad cuatro décadas antes, durante el brevísimo noviazgo en el que ya, empeñosa, fue amasando su prematura viudez. Me resultaba especialmente difícil imaginar joven a mi abuela, con el vientre chato, primorosa y alegre, quizás porque la conocí bien entrada en años, cuando tenía instalado en la cara ese gesto de estar chupando fruta agria y caminaba como si tuviera una vaca sujeta a la cintura. Por otra parte ahora sé que la viudez de mi abuela no sólo fue prematura sino que fue, también, sospechosa, ya que luego de pésames y lutos quedaron flotando serias dudas: ¿Era mi abuela damnificada o asesina? Fue, además, una viudez fundacional o –cómo decirlo- contagiosa, dado que  inició en nuestra familia la costumbre de morirse. No sólo enviudaron muy los esposos de sus esposas y viceversa sino que también los hijos perdieron a sus padres, los padres a sus hijos, los primos a sus primos, etcétera. Y así, con el contagio y el correr del tiempo, llegó un momento en el que la única pariente que le quedó a mi abuela fui yo. Claro que  estos hechos me eran desconocidos a los nueve años, cuando fui llevada por mi abuela a una casa a la que le sobraban piezas, ubicada en un barrio en el que la gente aseguraba no querer morirse. Sin embargo todos sin excepción se echaban sobre las camas tendidas con infinito cansancio y, cerrando los ojos de una a cinco de la tarde, desaparecían del barrio, de la ciudad, del mundo entero.
Después del almuerzo, igual que los otros vecinos, mi abuela se preparaba para cortar el día por la mitad restregándose los ojos, estirando los brazos afectadamente y lanzando unos bostezos que a mí me parecían fingidos. Luego, cuando la veía cruzar el patio en dirección a su pieza, algo adentro se me desmoronaba,  Y ya el mundo no podía girar alrededor del sol o yo creía eso, que el mundo no giraba y que si, en todo caso, dada vueltas alrededor del sol, lo hacía con asco. Como yo no podía salir a la calle hasta las cinco de la tarde, me quedaba de pie, en silencio, frente a la ventana del comedor. Entonces el barrio, la ciudad, el mundo entero, eran para mí nada más que un rectángulo distorsionado por los pliegues estupefactos de la cortina de voile. Lo que podía verse a través de aquella cortina, de tan lento, resultaba casi fotográfico. El viento apenas hamacaba  los árboles, unos pocos, siempre los mismos, a los que ni siquiera el paso de las estaciones les cambiaba la fisonomía porque estaban secos o incendiados. Detrás de ellos, formando otro rectángulo, las casas de enfrente se dejaban despintar por las lluvias.
De este lado, los muebles parecían adherirse a las paredes o echar raíces en el piso, mientras el silencio otorgaba a los objetos extrañas fuerzas.
Nada, ni el menor ruido. Sólo un rectángulo y una cortina de voile. Caen a los costados de mi cuerpo mis brazos flojos que terminan justo en el ruedo de la pollera y ahora la calle de enfrente se distancia y allá, también no hay nada, nadie, ni un ruido y mi abuela duerme la siesta en la pieza que está en el fondo y ya no doy más, camino rápido, camino rápido, me he escapado del comedor, estoy cruzando el patio cubierto por el toldo que mi abuela ha corrido con el fin de simular una noche que, según ella, traerá la calma. Debido a que el toldo no es muy noble que digamos, algunos haces de luz clara se filtran; así es que sobre las mejillas de mi abuela encuentro líneas, puntos tramposos que terminan denunciando la verdadera hora del día. Contemplo su horizontalidad de caderas amplias y en el centro del esforzado silencio: una mujer vieja encerrada en una habitación en penumbras. Su cara distendida, plácida, demuestra que mi abuela confía demasiado en la sombra traicionera de un toldo. Nada en ella se mueve, ni las manos cruzadas sobre la panza ni esas dos líneas medio oblicuas debajo de dos cejas melancólicas. Cerca de su cabeza blanca y alborotada quiero gritar ¡Abuela! ¡Abuela! Creo que lo haré. Ya estoy muy cerca de su cabeza y grito ¡Abuela! ¡Abuela! Pero ella no se mueve, no. ¡Abuela!, vuelvo a gritar. Y el aire se pone negro, espeso, compacto y yo la toco y mi abuela es algo plano dentro de un rectángulo. Y he sentido que pasaban los años, todos los años, estoy segura de que juntos y velozmente fueron pasando los años hasta hoy, mientras una voz, que no sé de dónde se escapaba, iba diciendo: Había una vez















LA CASA 


(Fragmento)


1.


Mamá empezó a comprarse revistas de decoración como quien compra caramelos. Eran revistas lujuriosas: no sólo las tapas sino todas sus páginas, del derecho y del revés, tenían un barniz opaco. Alguien, al parecer, las había lamido con delicadeza, dejando adheridas a ellas su saliva. Mamá apoyaba sus dedos de uñas esmaltadas sobre las páginas de aquellas revistas para que los dedos se contaminaran con el alborozo de las ilustraciones. Entonces su cara se transformaba. La visión del futuro imaginado, puesto allí, bajo sus dedos, le permitía saldar algunas cuentas con el tiempo, así por fin podría ella establecer un convenio sensato con el presente. Parecía que el rostro de mamá, ubicado a escasos centímetros de las ilustraciones, ya tuviera plasmado aquel porvenir. Claro que lo real no era más que una traición. Mama era únicamente una mujer absorbida por sucesiones de escenografías chatas, de cuadrados que emitían cuadrados falsos, luces de mentiritas. Toqué algunas de esas imágenes y descubrí que tenían una suavidad inesperada. Enseguida toqué las facciones de mi madre. Y no encontré diferencia. Sin embargo a mi mano, el rostro o las imágenes le resultaron inabarcables. De pronto la palma de mi mano y mis dedos empezaron a crecer bajo el repentino recuerdo que estaba oculto bajo la cara de mamá. Mi mano crecía, vehemente. Y no encontré límites, ni rostro ni imágenes: mi mano se iba de mi cuerpo para siempre.
Mamá siguió mirando las páginas de la revista totalmente cautivada. Las imágenes la deslumbraban, la enceguecían, la mataban. Yo también las miraba: eran ambientes tan recargados que con sólo mirarlos de refilón se sentía asfixia. Pero seguramente para mamá era otra cosa. La vi transformarse íntegramente cada vez que abría una de aquellas revistas. Tarde a tarde la vi, subyugada por escenarios en los que era imposible entrar pero que, gracias a la despatarrada abertura de una revista, se le ponían delante de los ojos.

La casa grande tendrá luces incluso dentro de los aparadores y escaleras que suban y bajen y pisos sobre los cuales las sombras de las arañas de caireles serán montones de manchas oscuras. Oscuras, profundas, admirables. Negros, distinguidos, serán los azulejos del baño y dorados todos los picaportes de las puertas, que repetirán dentro de sí formas abovedadas con varillas de nácar. En la casa habrá un patio inmenso. Y vamos a tener mucama y una habitación para cosa y una terraza rojo púrpura. Y una sala de espera y un comedor y más de un baño y un balcón largo como un chorizo, de lado a lado, con balaustradas igual que botellas henchidas de leche. Sobre el alto umbral de color marrón con pintitas blancas nos sentaremos a saludar a los vecinos. Luego, en el extendido zaguán pondremos un gran espejo con el dibujo cincelado de una iguana. Ah, y en el rincón, un macetero con flores de plástico. Mamá sigue hablando mientras miro el espejo falseado del ropero de tres cuerpos. También me mira a mí, con excesiva pena y sigue hablando de la casa que tendremos para que todo se empequeñezca alrededor de nosotras. Los labios de mamá echan granduras hacia cualquier parte y no hay dónde meter tanta cosa, tanto despilfarro: no, ya no hay sitio en la cocina ni en la pieza de al lado ni en nuestra imaginación para todo eso. La casa va a tener también alfombras con dibujos de dromedarios y hombres vestidos con sábanas donde predominen los colores verde botella, violeta y rojo punzó. Y las palabras salen, salen, salen hasta enviciarnos el aire. La casa tendrá lámparas de pie y muebles voluminosos cerca de los cuales nuestros cuerpos se volverán más chiquitos aún. Y las paredes tendrán telas adheridas y habrá ceniceros grandes como escupideras y carpetas tejidas al croché de tonos naturales y cortinas pesadas y mullidas como telones de teatro para la sala principal y almohadones de espuma y cuadros con perros de caza y caballos y naturalezas muertas y un aparato de radio  con una cobertura de hule que ubicaremos en el sitio más visible de la sala. Y sobre el aparato de radio pondremos a una negra tallada en ébano bailando el cha cha chá.

Y fuimos a ver la casa. Era de no creer: la casa existía. De una vez y para siempre se había desprendido de los labios de mamá y, con un salto magnífico, había cobrado cuerpo. La realidad se había acercado con tanto apego a las aspiraciones de mamá que tuve miedo. Era una casa enorme, tal como mamá lo anticipó, enorme y blanca; pero deshabitada. Mamá, que la había nombrado con gente, cortinados y muebles, echó a andar sus ojos que recorrieron paredes demanteladas, zócalos que sostenían la dudosa verticalidad de las paredes y rincones donde la capa de mago de las sombras se cerraba. Yo todo lo vi con un poco de dificultad porque, sin querer, mis ojos se achicaban.
Nos resultó difícil aceptar las formas de la casa, reconocerla como propia, por eso preferimos caminar en círculo: perseguimos nuestros propios pasos con obstinación, hasta que, confundidas, nos paramos una frente a la otra sin decirnos ni media palabra. El piso era frío y sólido, no había grietas en ninguna parte. Las rejillas parecían querer abrirse en el inicio de sus bocas y las ventanas, que habían estado cerradas, no tenían rendijas, ni poros ni mínimas aberturas. Pero el patio, aquel patio vacío sin forma reconocible en el que todo desembocaba, me maravilló.
Habíamos estado caminando y caminando sin hablar, sin rozar nada con las manos, durante un tiempo largo, casi imposible de calcular. Era mamá la que se había aventurado a entrar en una nueva habitación. Y yo la seguía. De pronto mamá se apoyó en el marco de la puerta. Algo me dijo que a partir de allí empezaba otra clase de recorrido. Entonces noté que mamá alzaba su brazo y capturaba una visión de seda: en el diagrama que describía círculos concéntricos, atravesados por diagonales, estaba atrapada una mosca. La mano de mamá se cerró de golpe y yo creí oír un deshacerse de mosca  y visión extraña: el ángulo quedó liberado para que la puerta se abriera. La mirada de mamá corrió hacia el lado opuesto y mi nuca, de repente se estremeció, sin sentir el peso de la cabeza. Algo había sucedido, yo estaba desmayada por dentro, guillotinada. Así subí las escaleras camino a la terraza.
Era una escalera de portland, angosta, que tenía la baranda oxidada. Al final de todo empezaba la terraza: un rectángulo color rojo-ladrillo, un precipicio al revés cuyo fondo era un cielo de cartulina. Varias veces los taquitos aguja de los zapatos de mamá quedaron adheridos a las angostas franjas de bleque. Luego ella hacía presión con sus rodillas, apenas un suave además como para acuclillarse, hasta que los pasos menos sonoros, amortiguados por la adherencia del bleque que, al final terminaba repartido por el suelo en trocitos que parecían pasas de uva. Mamá podía dar después algunos pasos sonoros, con resolución, hasta que otra franja de bleque la atrapaba desde la punta de sus tacos. Pero no fue para desprenderse del bleque de sus zapatos, que mamá empezó a girar y a girar, sino que lo hizo para que la campana plato de su pollera flotara en el aire. Y por el aire se resbalaba la tela tapándole durante brevísimos instantes el rostro, la sonrisa. La pollera hacía tris tras tristrastris con el cuerpo de mamá dentro. En la parte de arriba de sus muslos un vello imperceptible color beige se crispaba porque el aire era limpio y fresco en la terraza. Tris tras tris tras tris. Muy pronto yo supe que aquella pollera alzándose era el cuerpo del tiempo. En los pliegues de su tela el tiempo mismo se abullonaba, formando acordeones, grandes espacios de trozos superpuestos. Y mamá se reía. De vez en cuando el ruedo de la pollera le llegaba hasta la frente, le rozaba la melena revuelta o me hacía cosquillas a mí, invitándome a girar. Mamá me tomó de las manos y entre las dos hicimos un fideo fino. Tris tras tris tras tras.





2.


Después de la mudanza a la casa grande tuvimos que aguantarnos algunos días porque aún no había instalado la luz eléctrica. Al llegar la noche nos veíamos obligados a tantear a la bartola, sin poder ocultar que todavía no habíamos encontrado tiempo para construir una memoria capaz de reconocer un espacio como aquél. Mamá se ocupó de distribuir velas en platos y pocillos de café Los fue repartiendo por el piso en intervalos más o menos regulares siguiendo la línea de los zócalos. El olor a vela, los platos blancos como hostias sobre el parqué oscuro y esa inexplicable tendencia a hablar en voz baja, coo musitando, le dieron a nuestra casa un aire sacramental. Al rato me di cuenta de que hablábamos imitando aquella luz pobretona para acompañar con nuestras voces su escasa intensidad. De modo que cuando las velas dejaban de arder, achanchadas en el plato, ahogadas en su propia cera, no teníamos más remedio que irnos a dormir, tan sólo para hacer silencio.
Una mañana tempranísimo aparecieron los albañiles. Papá los había elegido de entre el montón de conscriptos según sus músculos evidentes y los testimonios que ellos mismos dieron sobre sus habilidades. Pudimos verlos arrastrar de aquí para allá muchos baldes que despedían, en el apuro de sus corridas, transparencias repletas de gránulos insignificantes. La evaporación del tiempo se escapaba de ellos dejándonos a nosotros con unas inconsolables ganas de estornudar.
Al cabo de varias semanas las paredes alcanzaron un blanco fulgurante, sobre ellas, con impecable ceremoniosidad, mamá hizo colgar un cuadro al óleo que representaba la cabeza de un caballo de raza, a su lado otro en el que se podía apreciar un magnífico jarrón chino con rosas rozagantes. En la pared de enfrente puso un decálogo del buen vivir inscripto sobre imitación de pergamino. En otra, un mapamundi rodeado por franjas con dibujos alegóricos de cada país; en su mayoría eran mujeres disfrazadas a la usanza nativa y su tamaño era demasiado grande en relación con el mapa,  así el pobre mapa parecía asediado por un anacrónico desfile de modas. Creo que a mamá le encantaban los paisajes al atardecer porque llenó las restantes paredes con puestas de sol sobre el mar, claroscuros en la nieve, ciudades tornasoladas y campiñas repletas de contrastes luminosos.
Los albañiles conscriptos eran jóvenes y enamoradizos. Descuidaban la densidad de la mezcla, la limpieza de los pinceles o los detalles primordiales de la buena decoración porque se quedaban mirando las piernas de mamá. O, precisamente, para disimular sus miradas, terminaban dando a los cachetazos limpios, manos de pintura a zócalos y vidrios. Muchas veces se quedaban con la boca abierta. Y no era para menos, mamá está en el apogeo de su vida, circunstancia que ella misma se ocupaba de destacar con aros, pulseras, tintineos, tacos altos, vestidos a la moda y un movimiento de caderas quizá un poco lento para las pautas de la época. Después hubo una fiesta con bastante vino y los conscriptos se fueron. Mamá, que había tenido a su propia casa como escenario, cayó en franco anonimato, entonces fue hasta el estudio de un fotógrafo para compensarse.
La casa logró arrimarse un poco más a lo anticipado por mamá luego de transcurridos tres meses. Sin embargo, las cortinas de la única ventana que daba a la calle fueron distintas a aquellas que mamá señalaba con toda la mano puesta sobre la acerada página de una revista de decoración.  Habían sido confeccionadas con un voile del color de los colmillos de los elefantes y llevaban sobreimpresa una cantidad de tréboles del mismo tono. Era tan densa la trama de la tela en el sitio de los tréboles, que no resultaba fácil saber qué había del otro lado. Tarde o temprano íbamos a arrepentirnos de haber elegido justamente aquella tela. Por culpa de semejantes cortinas, la imagen de la calle nos llegaba interrumpida por una ficción. Y, como no podía ser de otra manera, no faltó la visita envidiosa o descortés que, para fastidiarnos, comentara al mirarlas:
-En la naturaleza los tréboles no son blancos.
Tanto me atraían a mí aquellas dichosas cortinas que empecé a sentarme en el comedor con la mirada fija en ella.
-A esta chica le gusta la calle- decía mamá.
El simple hecho de que yo me sentara frente a una ventana hizo que entre los pensamientos de mi madre apareciera el siguiente: ¿Y si esta chica termina pareciéndose a Betty Boop?
Pero yo no miraba la calle sino la cortina. Me fascinaba la transparencia que había entre trébol y trébol, las formas ondulantes, imprevistas, que podían observarse si una no le prestaba atención al contorno de los tréboles sino a la figura que sus límites describían,  lo que en resumidas cuentas no era más que el desecho de aquel diseño, un supuesto fondo gracias al cual las imágenes de la calle se transparentaban como en un sueño. Cuando la luz del sol daba sobre el frente de casa, aquella transparencia se esfumaba del todo, la trama del tul era aniquilada por la luz potente. Entonces los tréboles del apretado hilo claro quedaban suspendidos en el aire. Y yo sentía que a mis ojos, dentro de mi cara, les sucedía lo mismo.
La casa grande era, sin lugar a dudas, muy grande, porque tenía lugares insospechados. Mamá estaba ansiosa por demostrar sus dones que parecían haberse fortalecido con la mudanza. Las cosas empezaban a pasar porque sí, de un momento a otro. Al principio se creyó que era pura casualidad; pero después cuando mamá abría la boca para opinar sobre esto y aquello, y esto y aquello dejaban de ser simple opinión, nos rendíamos frente a la evidencia. Que me gustaría una cortina aquí, que una rejilla con mucho bronce allá. Que un elefante con la trompa alzada para poner acá arriba. Bastaba que ella abriese su boca pidiendo, para que, de modos explicables o no, aparecieran los objetos, ya sea porque los traía alguien de regalo o porque los encontrábamos por casualidad en la calle o salíamos ganadores de una rifa. La cuestión es que muy pronto la casa se asemejó a las ilustraciones de las revistas.



(De  la novela  “El puño del tiempo”- Emecé, Bs. As. 1994)











El hospital 


(Fragmento)



Permanecer en el hospital me dio un gran alivio. Para los médicos, las enfermeras  y también  para los pacientes, nosotros, los que estábamos allí cuidando a parientes o amigos, éramos personas sin identidad. Apenas teníamos un rostro, un nombre, nos parecíamos de un modo indiferenciado, especialmente cuando empezaban a transcurrir los días. Se nos iban lavando las facciones, apagando los ojos y la piel adquiría el mismo color bajo  el halo de las luces artificiales. De esta manera mi persona   se desdibujaba frente a la repetición y el peso del anonimato. No ser vista ni reconocida me hacía invulnerable. Ya no era la profesora recubierta de apodos y de mañas. Tal vez esto se debía a que los cuerpos de los enfermos tenían una contundencia tal, que opacaban hasta las cosas más prominentes que los rodeaban.  Eso explica que se hablara sin descanso  de esos cuerpos y de cómo, en su proceso de deterioro, habían llegado a ser lo que eran. También, después de hablar tanto de lo mismo, quizá  intentando  escapar de la rotundez de aquellas conversaciones, se hablaba de  cuestiones muy lejanas a esos cuerpos.  Así, por un brevísimo lapso la vida se volvía deliciosa. En realidad lo que volvía deliciosa a la vida no era esa huida a tontas y a locas sino el viraje, el deslizamiento veloz que centraba el tema de conversación en un polo exactamente opuesto a la tragedia de esos cuerpos, que amenazaban con convertirse cada vez menos en un cuerpo en un sentido cabal.
Resultaba  interesante observar de qué manera las palabras pronunciadas en aquella sala vecina al pasillo modificaban los recuerdos, la evidencia de los hechos y a veces hasta la percepción de los olores. De más está  decir que los olores tenían una importancia fundamental, adquirían una visibilidad auténtica y duradera y hasta se diría que les daban a los cuerpos una real envergadura, por el simple hecho de inscribirlos en un recuerdo muy poderoso.
Claro que los silencios adquirían el mismo valor que las palabras y entre ambos se balanceaban, de un modo  insustancial, los días lisos y llanos.  Las palabras debían aparecer para que el silencio tuviera cabida, pero sin el silencio las palabras se gastaban, perdían su resonancia, atenuando la visibilidad de los cuerpos. Qué mundo tan quieto y tan perdurable el del hospital. Era un purgatorio entre la vida y la muerte que nos iba  ablandando los huesos. Era un sitio donde el mundo quedaba vaciado de mundo. Qué extraño: el mundo entero era sólo la ciudad adormecida por el verano. A veces el simple hecho de estar allí lo dulcificaba todo porque la vida de afuera, esa que se adivinaba o apenas venía a la memoria, perdía trascendencia. Una cambiaba la moneda de la vida por una de mayor valor y la guardaba en el bolsillo del debe o del haber. Sorprendía descubrir que los cuerpos enfermos hubieran logrado un prodigio que ni las religiones ni la filosofía habían sido capaces de alcanzar en época alguna. Como en el hospital el tiempo se desarrollaba fuera del tiempo, nos encontrábamos sumergidos en una dimensión homogénea e impersonal, una franja de duración que hasta casi se parecía al de las computadoras aunque con menos de perfección. Claro que, por lo común, lo imprevisto resultaba fatal. Estábamos allí esperando que los médicos lograran imponer su voluntad sobre la vida, torcer el  trayecto que ese cuerpo había comenzado a transitar hacia  el lugar indebido. Antes de lo imaginado  la espera se convertía en un sitio habitable al que finalmente terminábamos acostumbrándonos con cierto gusto y hasta con un poco de fascinación.
La vida en el hospital se regía por un principio  simétrico que me ponía la carne de gallina. Las habitaciones tenían números pares e impares. Esto podría haberse considerado  intrascendente si no hubiera sido porque en las habitaciones con números impares la gente se moría con mayor facilidad y, como los médicos y las enfermeras lo sabían, cambiaban la actitud al cruzar las puertas de esas habitaciones. Los cuerpos al ir por el pasillo e incluso las camillas desviaban su rumbo  sin espontaneidad como escapando de lo impar. Hubiera sido lindo que los números impares no existieran. Lamentablemente eso no podía ser posible, las simetrías necesitaban de las oposiciones, sin ella el hospital entero se hubiera desmoronado en un abrir y cerrar de ojos.
Los números pares funcionaban  circularmente  recordándonos el  desenvolvimiento de la vida y, por lo tanto, se complementaban armoniosamente con aquel pasillo recto. Los impares, en cambio,  desacomodaban las nociones más  elementales.
Otras veces el hospital demostraba una fuerza y un calor que nos arremolinaba el alma. Cuando alguien moría, la frecuencia entre los silencios y las palabras se aceleraba, entonces el mundo de afuera, el que se avizoraba en la ventana, se volvía denso y opaco. Después, inmediatamente,  sucedían cosas que borroneaban el acontecimiento y los cuerpos enfermos se convertían en un  incidente que nos cortaba la respiración.
Pero lo más importante del hospital eran sus olores. Y sus olores se concentraban en un solo olor o, mejor dicho, una mezcla de diferencias que terminaban componiendo un  aroma indefinido. El alcohol, el desinfectante, los plásticos de pañales, los orines, se confundían con el perfume de las enfermeras y el de las flores que envejecían en los jarrones. El olor se vivía, se respiraba, era tan poderoso,  estaba tan presente como la tonalidad de las paredes. Sin querer  una se llevaba ese olor a su casa y no se lo podía sacar de la nariz ni de la ropa. Así, como en la rueda del destino, el olor persistente vigorizaba las imágenes y los recuerdos siempre inalterables del hospital.


(De la novela “La mujer invisible”. Moglia ediciones. Corrientes 2018)












El camino de los viajeros


(Fragmentos)


Viajábamos con voracidad, como si la tierra estuviera a punto de acabarse y hubiera que recorrerla toda, de un extremo al otro, sin darle tiempo siquiera a que continuara girando. Viajábamos sin medida, descontroladamente, para no llegar a ninguna parte, para no quedarnos ni aquí ni allá. Y eso era bueno porque viajando no había ni aquí ni allá, el espacio se convertía en tiempo, las cosas no estaban quietas, por lo tanto no nos aburrían con su fijeza, además no había que esperar que terminara la noche o comenzara el día para que el paisaje cambiara. Ese vértigo de arrastrar el cuerpo a ras del mundo era lo único que parecía justificarnos, claro que es verdad que hablábamos más de los viajes de lo que viajábamos. Él me decía:
- Mirá bien el paisaje. Ya vas a ver que cuando estemos en Egipto será muy diferente.
Su tono irónico no apagaba el colorido tropical de tanto monte desparramado sobre las serranías. Su tono, en realidad, no apagaba nada, sino que era su voz la que se iba apagando dijera lo que dijese, como si un viento lo agobiara o el paisaje la aspirara desde todos los ángulos. Su voz siempre perdió intensidad aún cuando hablaba de los viajes. Su voz no era dulce, ni tampoco firme. Era una de esas voces que dan la impresión de que les falta temple o consistencia, una voz un poco desmantelada o sin esa especie de médula que la sostenga  por dentro  para que sea capaz de  atravesar una parte del mundo  sin sucumbir. De cualquier modo su voz o sus palabras poco importaban. Quizá únicamente importaba el hecho de viajar o, en tal caso, la idea de viajar. El resto, los  asuntos de cada día, se acomodaban o giraban en torno a nuestros viajes con demasiada sencillez. Éramos simplemente dos personas que viajaban y viajaban y viajaban. A lo mejor sólo necesitábamos que algo cambiara por los alrededores. Por ejemplo aquel paisaje: altas araucarias, monte y unos cuantos rostros oscuros con sus miradas duras. Supongo que viajábamos para salir de allí, siempre queríamos salir de allí. Y allí estábamos nosotros dos, sólo nosotros dos. Viajábamos pero todos los lugares eran allí. Lo cierto es que no hacíamos más que extender los límites del allí, ese sitio abrumador, privado de privacidad. El número dos nos sofocaba, salíamos a buscar cualquier cosa diferente, sin adivinar que arrastrábamos un espejo que nos multiplicaba y llenaba el mundo con la sombra de nuestras imágenes.
Sí, viajábamos con desesperación, aturdidamente.


Por lo general iniciábamos nuestros viajes escapándoles a las tormentas. Curiosamente las tormentas no parecían desatarse sobre las serranías, en algún punto remoto que arremolinaba nubes sino dentro de la tierra, dentro, bien adentro, igual que un terremoto. O en el monte. Era tan raro. Yo a veces hasta tenía la sensación de que la tormenta surgía de la boca de mi estómago. Teníamos tormentas a montones, así que, de tanto en tanto, entre tormenta y tormenta, armábamos un viaje. Antes habíamos equipado el coche como para cruzar un desierto. Siempre teníamos esa idea de que debíamos atravesar un espacio extremadamente grande, a lo mejor lo hacíamos para creer que el viaje era una proeza, un desafío, algo que nosotros nos decidíamos a encarar y no eso de lo que estábamos huyendo: el comienzo de la tormenta.
No bien nos acomodábamos en el asiento del coche, empezábamos a hablar de kilómetros y kilómetros, de inmensos tramos de camino, de cruces de provincias, como si habláramos de tiempo. Se nos llenaba la boca pensando en el sur. Y mientras decíamos todo esto yo estaba segura de que el sur no existía.
Un nerviosismo contagioso se desprendía del cuerpo de Marcos cuando salíamos de viaje. Comenzar un viaje era una promesa de atrapar la vida. Está de más decir que la vida iba siempre delante de nosotros. La vida se escurría, estaba hecha de humo y eso nos volvía frenéticos. Yo también había viajado desde la ciudad hasta la frontera movida por el mismo impulso. Claro que no tenía en mente el viaje infinito que Marcos parecía querer resucitar a cada rato. Podría decirse que el viaje se iniciaba porque se había despertado nuestra hambre de tiempo. Y cada kilómetro era un tramo que nos tragábamos o que perdíamos. En realidad  íbamos contra el tiempo o al revés de la vida, muy atentos a las flechas de color amarillo que, cada tanto, reaparecían en la ruta y que siempre apuntaban hacia delante. A Marcos se le ponían muy claros sus ojos celestes. Y se volvía más distante, más lejano. Yo cebaba mate y él hablaba de kilómetros y de los nombres de los pueblos y ciudades que creía recordar o haber visto en el mapa. Una vez que estábamos allí sobre el coche, todo se veía demasiado simple, recto, sin contradicción, igual que el camino. Nos  dejábamos llevar, no éramos responsables de nada: la vida, que iba delante de nosotros, nos empujaba. Tan cambiante resultaba todo que hasta teníamos la sensación de que ni siquiera necesitábamos respirar. Si abríamos las ventanillas el vértigo del aire nos embriagaba. Y a las pocas horas de andar estábamos tan olvidados de nosotros mismos que hubiera sido sencillo dejar a un lado nuestro amor turbulento en un abrir y cerrar de ojos. Pero nuestro olvido era un olvido muy cuidadoso, lo que veíamos afuera y lo que rescatábamos de nosotros quebraba la más fuerte de las conexiones; el mundo desmentía nuestra historia pasada, era menos perfecto, menos adaptable a nuestros deseos, por eso hablábamos sin cesar, hablábamos de la misma forma en que viajábamos, hablábamos hasta más no poder, destempladamente, agotadoramente. Y al final la lengua nos quedaba seca y gastada.


Vaya a saber por qué desde el principio siempre tuve la sensación de que viajando creábamos espacio, de que el aire ampliaba el mundo alrededor de nosotros inventando a la vez una distancia mayor. Y hasta podría haber jurado que al viajar le sacábamos jugo a las dimensiones con tanto aprovechamiento que casi avizorábamos una realidad distinta. Viajando devorábamos porciones de mundo de la misma manera intempestiva en que otra gente se inyecta droga o comete un asesinato. Nunca quise pensar que el mundo pudiera viajarse de otra forma o que la distancia entre una ciudad y otra, entre un paisaje y otro no fuese elástica o desproporcionada. Así debía de ser siempre para nosotros y para el resto de la gente. Del mismo modo yo me convertí secretamente en Alicia en el País de las maravillas empequeñeciéndome o agrandándome y, en alguna parte dentro de mí,  los desastres de estas distorsiones me afectaban en forma dolorosa. Pero esa parte estaba también lejos de mí, se había ido alejando gracias a los viajes. ¿Si viajando lográbamos que el aire creciera desmesuradamente por qué no continuar haciéndolo?
Recuerdo que una vez Marcos y yo avanzábamos por una larguísima ruta. No había nada por delante ni nada por detrás, sólo esa franja blancuzca que adormecía los ojos. De pronto nos pusimos a discutir y mientras me ofuscaba y decía cosas sin sentido, empecé a fumar. O mejor dicho volví a fumar. Una de las personas que solíamos levantar por el camino había dejado caer en el asiento de atrás un paquete de cigarrillos. Fue instantáneo: el humo se desperdigó en torno a nosotros hasta contornear una atmósfera intrigante. Fue el toque de gracia. En aquel momento tuve la certeza de que una fuerza oscura se agazapaba en mi interior   amenazando estallar y que cualquier cosa, por más leve que fuese, sería como empujar a Alicia para que cayera por la madriguera o se extraviara del otro lado del espejo.

El viaje resultó más largo de lo que yo esperaba. Los campos inundados se deslizaron por la ventanilla  suavemente. Las aves y las plantas estaban confundidas, trataban de incorporar a su memoria grandes lagos que reflejaban el ascenso del sol, la luna y sus propios vuelos, una sombra rasante sobre una aureola de agua. Cada tanto, a veces, entre la superficie lisa y clara, se asomaba una casa o un árbol. Entonces, inesperadamente, la visión del campo se me presentó como una imagen apocalíptica y el orden de la ciudad que acababa de dejar, una ficción: un sitio donde todo puede desvanecerse de un momento a otro. Si la ciudad estaba rodeada por agua donde no debía haber agua, ¿qué podíamos esperar de eso que habíamos construido con impaciencia? Me esforcé en asomar la cabeza por la ventanilla y mirar hacia atrás: ya no quedaban rastros de la ciudad. Qué sencillo había sido todo al fin de cuentas. No tenía otro remedio que mirar lo único que había para ver. El ejercicio de quemar mis diarios me había dejado un gran cansancio. Por otra parte, recordar carecía de sentido. Mirar parecía tan simple y recordar, tan escabroso. Quise convencerme de que lo único que realmente importaba era esa percepción del paisaje y no la interminable cadena de acontecimientos que me había arrastrado hasta allí. Mi cuerpo era el personaje de una historia ajena, porque mi memoria se había ajado de repente.

El paisaje fue cambiando. La lisura exasperante trazada por una línea temblorosa y suave, que no lograba separar del todo cielo y tierra, se fue desvaneciendo con el acecho de contornos más intensos. La línea empezó a ondular, a curvarse caprichosamente, poco a poco el paisaje se volvió agresivo y, desde algún lugar nuevo que el cuadrado de la ventanilla me impedía ver, cada tanto se fugaban pájaros con plumas que llamaban la atención. El tiempo se había escurrido a mis espaldas, deslizado a mis espaldas o dentro de mí. O acaso el mundo había girado con cierto ímpetu y bastante cansancio como si una mano lo hubiese impulsado dando vuelta una manivela. Alguien tosió en el fondo del micro y otra vez el olor a plástico y gas oil me recluyó en una zona conocida. Finalmente el micro se detuvo en una especie de gran corralón. Me encontré en medio de gente rubia con el cuerpo manchado de barro, vendedores de helado con las uñas sucias, chicos descalzos, y canastos con chipas calientes y mujeres que arrastraban bultos bajo un tinglado
-¿Sabe cuándo sale el próximo micro a San Pedro? – le dije al hombre de la ventanilla.
El hombre me miró.
- Eso es en la frontera –dijo él.
Yo me quedé sopesando la intención que se escondía detrás de la palabra “frontera”. Pero poco llegué a hurgar, la palabra “frontera” es una palabra chata y lisa, transparente. De modo que no pregunté más. Cuando mi silencio fue lo suficientemente largo, el hombre habló:
- Sale un solo micro por día.
Sentí que el corazón me daba un vuelco y me bajaba a los pies.  Después me di cuenta de que la información no era tan terrible sino que lo amenazante había sido la forma lapidaria en la que el hombre habló.
Luego de unos cuantos silencios y algunas preguntas supe que el micro de aquel día todavía no había salido. Así que me senté a esperar. Al rato de estar así, sin hacer nada o  mirando lo que había para mirar, bajé los ojos a mis manos. Yo también tenía las uñas sucias.
El sol era potente y amarillo. “Por eso  -pensé- la gente inclina la cabeza hacia el suelo y usa sombrero. Por eso han crecido tanto las plantas de esa manera desmesurada y se ha vuelto casi roja la tierra”. A las cuatro y cuarto apareció un colectivo desvencijado. Subí.
El traqueteo me repercutía en la cabeza. Enseguida el colectivo se llenó de mujeres con pollos, loros y coatíes. Nadie hablaba y el sol empezó a descender. Después íbamos a subir por  la ladera de un monte cubierto de selva. Pero entonces yo no iba a saber que se trataba de un monte y una selva. Vería oscuridad y, entre la oscuridad grande, las altas oscuridades de las araucarias taparían el borde del precipicio. Tuve mucho miedo.  Muchísimo miedo. Miré hacia atrás una y mil veces hasta que me empezó a doler la cabeza.
Mi cabeza obligó al mundo a girar a una enorme velocidad, al punto que creí perder la cordura. El colectivo fue vaciándose y vaciándose de mujeres. En el momento en el que me animé a preguntar qué estaba haciendo yo allí, por qué no regresaba, el conductor me dijo que habíamos llegado a San Pedro. Era  de noche. La noche había ido creciendo alrededor de mí. La noche era un molusco, pero no un molusco oscuro sino transparente. Lo oscuro en realidad era el monte y su presencia resultaba tan cierta, tan verdadera, que ni la noche le hacía sombra. Nada ni nadie podía oscurecer más ese monte que estaba lleno de ruidos, que palpitaba en alguna parte, cerca y lejos al mismo tiempo. Bajé del micro y puse el pie en la tierra blanda. Marcos me esperaba allí, en medio de la nada, en medio de la oscuridad, recortado en un abismo negro, él  ya no tenía  color, ni siquiera era rubio ni sus ojos  seguían siendo claros. Empezamos a caminar. Caminamos y caminamos. Nada alrededor y sin embargo la sensación de estar rodeada de todo, absolutamente todo. Un ruido poderoso, disperso e impreciso, pretendía darle forma a la noche o al monte o a la nada mientras nosotros caminábamos y caminábamos y caminábamos. Caminamos mucho, mucho, mucho. Allá lejos temblaba una luz. Continuamos caminando hasta que apareció un nítido rectángulo  de luz y, alrededor del rectángulo de luz, una vieja casa de madera. Cuando entramos, la luz se hizo más grande y se desvaneció el monte. En la luz Marcos empezó a parecerse un poco al muchacho de Tilcara. Me sonreía constantemente. Pregunté dónde había un baño. Él señaló una puerta sin dejar de sonreír.
-A esta hora ya no hay agua- dijo.
No pensé en el baño de mi casa, no pensé en nada. No pude pensar ni siquiera en que me convenía pensar en algo. Tampoco atiné a mirar mis uñas sucias ni a olerme la transpiración. La luz era estridente y Marcos no dejaba de sonreír.






**




-Irma Verolín ha publicado los libros de cuentos: "Hay una nena que gira", "La escalera del patio gris", “Una luz que encandila” y “Una foto de Einstein tocando el violín”. Novelas: "El puño del tiempo", "El camino de los viajeros" y “La mujer invisible”. Y también una serie de títulos en literatura infantil en distintas editoriales. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan Premio Emecé 1993-94, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires Eduardo Mallea, Primer Premio Internacional “Horacio Silvestre Quiroga”, Primer Premio Nacional Macedonio Fernández, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Fortabat, La Nación de Novela, Planeta de Argentina y Clarín. Algunos de sus relatos fueron traducidos al idioma inglés y alemán. En poesía publicó “De madrugada” en Ediciones del Dock y “Los días”, editorial de la Fundación Victoria Ocampo, Primer Premio Horacio Armani 2014 otorgado por la misma fundación y  “Árbol de mis ancestros”, Editorial Palabrava 2018. Algunos de sus poemas fueron traducidos al ruso, portugués e italiano. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.









Inventren







Lo imborrable*



Los golpes a lo karateca del Hermano Miguel Amador en la nuca de mi padre. Mi padre que trastabilla haciendo unos pasos adelante pero enseguida recupera el equilibrio y hasta sonríe. Luego me toca a mí. Le digo que me duele el cuello, señalo tocandome en el lado izquierdo. Entonces la mano fuerte del sanador apretando algo que sería un ganglio pero que dolió lo suficiente como para dejarlo imborrable por toda la vida.

Mi madre con mi hermana estaban rezagadas en la larga fila que se había formado para subir a la tarima de madera elevada donde  Miguel Amador atendía usando la  fuerza de sus manos con la fe que le otorgaban quienes ya habían experimentado sus curaciones.  Mamá  debe haber pensado que ni loca se dejaba apretar o golpear. Ella sólo creía en médicos como su primo Aldo. Tomó de la mano a mi hermana  y salió afuera de esa carpa donde el sanador atendía. El afuera era un gran camping donde las familias se preparaban para almorzar con asado. Era un día esplendido de primavera con el viento que dispersaba rápido al cielo el humo de las parrillas.

Mi madre buscaba a su hermano Nicolás que estaba en pareja con Aintza, la mejor compañera que le conocimos. Luego de dar vueltas y sin animarse a acercarse a los bordes de la laguna por miedo a víboras o alimañas encontró a la mujer del sanador, la misma que nos había recibido al lado de la tranquera. Ella daba números para ordenar por turno la atención del Hermano Miguel Amador.

-Su hermano dejó dicho que vuelvan en tren. A ellos los están remolcando hacia Pedernales.

El tío había hecho otra de las suyas que enfurecían a mi madre: dejarnos en el medio del campo sin un retorno asegurado a casa.

Habría que decir que el viaje de ida fue inolvidable para los chicos que fuimos.

La llegada del tío con su mujer en aquel Fiat 600 casi 0km. Salíamos al paseo por el campo 4 grandes y dos chicos. El tío 1.90 de altura y más de 100 kilos manejaba como si estuviese al comando de aquel Studebaker que tuvo que devolver  por no poder pagar las cuotas. Pero no, ahora el tío manejaba su flamante Fiat que había pagado hasta el último peso.
Recién cuando ya estábamos bien lejos de casa explicó que el destino del paseo era visitar a un sanador que curaba con sus manos.
Mis padres aceptaron más por confianza en Aintza que al tío que tenía fama de loco chiflado.
El viaje fue de maravillas mientras fuimos por ruta asfaltada. Cuando doblamos al camino de tierra el pequeño Fiat empezó a entrar y salir a paso de hombre por pozos ó huellas de tractores. El tío nos tranquilizaba "falta poco".

Faltaba poco cuando el 600 comenzó a humear,  quedó clavado sin señales de volver a arrancar. Nos bajamos. Mi padre con el tío empezaron a empujar hacía donde se suponía que estaba el campamento de Miguel Amador. Los chicos y las mujeres  los seguíamos.
Cuando pasamos un riacho y la ruta hizo una curva vimos las señales: chatas de gente de campo y autos estacionados. Una arboleda tupida. Era allá.

El tío dijo: vayan ustedes mientras trato de arreglar el auto.

El resto de la historia la supimos días después, Aintza encontró a un matrimonio de su pueblo que se iban en una camioneta igualita a la del abuelo de Lassie. Los remolcaron hasta la chacra de su familia en Pedernales. El tío había dicho que busquemos una estación de tren a pocos kilómetros por el mismo camino de tierra intransitable.
Con la furia de mi madre en el aire, los cuatro comenzamos a caminar. A poco de andar paró un chacarero que nos subió a la caja de su camioneta. Nos bajó justo en la estación Juan Atucha. Nos despidió con una frase alentadora: -Hoy es su día de suerte, estará al caer el tren a La Plata.

El abandono del tío nos permitió a los chicos viajar por primera vez en un tren de larga distancia. Aquella locomotora rodeada de humo como un dragón sin alas tiraba al tren por medio del campo. Cada tanto una estación rodeada de pocas casas detenía el asombro del viaje. Hasta conocimos el vagón comedor donde tomamos la chocolatada Vascolet.

Mi Padre -quizás para consolar a mi madre- dijo que los golpes del hermano Miguel Amador le habían curado el dolor en la nuca. Para no ser menos asegure palpándome el cuello que la pelotita ya no estaba más.



*De Eduardo Francisco Coiro.






-Próximas estaciones de escritura:

KM. 55.  

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:

  ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



JUAN TRONCONI.

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

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