domingo, diciembre 06, 2009

¿DÓNDE CRECE LA RAÍZ DEL MIEDO?



-Ilustración de Ray Respall. (Cuba)


ELLOS USAN ZAPATOS DE DOS TONOS*



No importa si salen con el pie derecho
O con el izquierdo


Lo de ellos es trazar el territorio
La comarca que les pertenece
Revalidar la asignatura pendiente


Ellos hacen el país
La postguerra
La economía y las rondas nocturnas


Tentados por la hoja que silba
Se han sentado en las aceras
Miran pasar el cadáver de sus amigos
Y se juran la sangre
Que a veces mancha
Los zapatos de dos tonos.



*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu







¿DÓNDE CRECE LA RAÍZ DEL MIEDO?






DIVA*


¿De dónde vino esta diosa?
pecadora
alcahueta.

(Ojos que maltratan, matan
con tan sólo una mirada).

Canta como una sirena
y dos tambores mellizos
llaman
desde el final de su espalda.


*de Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu








¿QUIÉN NO HA VISTO AMAR A UNA MUJER?*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



CIRUELO

Si toda creación es inferior al sueño, ¿cómo puede Dios no soñar este amor mirífico? Cuando se levantaron el cabello, fueron felices juntas. El rocío se evaporó antes de la aurora y la naturaleza irradió una especie de gloria.
Una a otra limpiaron las nubes de los ojos y se dieron de beber almíbares bajo el ciruelo. No resultó el beso un narcótico adormecedor, sino vino generoso para la acción y el secreto. Se levantaron el cabello y la noche se hizo interminable. ¿Y si vinieran a buscarlas todos los hombres del mundo?
Ellas dirían sí, a todo el amor de los hombres, pero esa ternura carnal es otra cosa. Un ejercicio divino.
Una y otra sintieron el corazón latir como una espada contra el escudo. La noche las cobijaba con su oscura ternura de ángeles. Soltaron los cabellos y un coro de sombras hizo luz en el jardín sin cielo. ¿Cuántos latidos serán necesarios para que una mujer no ame a otra mujer? En brazos de los hombres,
una y otra han visto los pétalos del ciruelo ser arrastrados por el viento, pero esa noche, una y otra han podido ver cómo vuelven a las ramas los mismos pétalos.


LEVE

Las ciruelas caídas no pueden numerarse pero resulta muy fácil amar a una mujer porque una mujer desea lo mismo que otra mujer. Porque habla el mismo lenguaje y la misma sombra. Todo es traslúcido, incluso lo que acostumbrara ser opaco. Pero esto no impone la transparencia de los ángeles, sino la luz
cerífera de los agapantos.
Es fácil amar a una mujer, porque no todo en ella se comprende. Porque no todo es claro y preciso, sino que uno debe conducirse a tientas en su media luz o en su media sombra. Fácil es amarla porque a pesar del prodigio, una mujer vive, naturalmente a la vista de otra mujer. Se la puede ver bajo el blando velo de la luna, distraída de las voces de las estatuas, caminando por las veredas y sus bordes, o levitando en su cuarto. Si otra mujer la ama es porque no cree que sea posible que haya en el mundo otro ser tan firme, voluptuoso y leve. Que una mujer viva a la vista de todos la hace reconocible y nos permite la esperanza de verla llegar por el camino del insomnio dispuesta a reparar las canciones rotas. Una mujer anda suelta por ahí, atraída por la sangre dulce de otra mujer y que Dios nos libre del final de ese instante.


SOL DESNUDO

Qué decir de una mujer que da un brinco, se abraza a la rodilla de otra mujer y se duerme. Qué decir cuando otra mujer abre los dedos de una mujer y la mano se convierte en flor. Qué decir cuando entre las dos crean un jardín de perfumadas falanges. Una estrella cae desde la noche como un regalo que
nadie espera. Una mujer se arroja fuera de un mundo saturado de quietudes y otra mujer la recoge y la acuna. Qué decir cuando un hilo de luz se filtra para imaginar mañanas. Todo caer exige desnudez y así se hace una mujer desnuda.
Lo que brota en la noche de una mujer es puro deslumbramiento. Un volver a la memoria. Un volver al propio cuerpo desde el cuerpo de otra mujer. Qué decir cuando una mujer se acerca y la imagen de un sueño no deja de pasar por el espejo de la aurora. Qué decir cuando la noche negra libera sus pájaros amarillos y una constelación de ojos orbita en torno a otro sol desnudo, que estira en la oscuridad el cuerpo recién amado.


SE ESPARCE

Una mujer habla en primera persona cuando se refiere a las aves peregrinas.
Cuando un ave canta, es con su voz, cuando parte es con su vuelo. Un ave que anida en un círculo azul, no es otra cosa que una mujer dedicada a perderse en una imagen presentida. Cuando un ave va en busca de quién es, una mujer se encuentra a sí misma. Por eso habla de todo lo que no es, porque el ser necesita su silencio. Necesita un mirar hacia las aves peregrinas, no hacia los dientes de un lobo. Cuando una mujer afloja las clavijas ágatas de su laúd y no hay músico que coloque la flauta de jade en su sitio, la luna se
abre paso entre las nubes, lustrosa y perfumada, para darle de beber de sus manantiales ocultos. Una mujer en brazos de la luna se pierde en la corriente del viento, pero vuelve por el jade, como las aves migratorias regresan siempre al mismo árbol.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21371-2009-12-05.html








ELA O’FARRYL ESTÁ CANTANDO ADIOS FELICIDAD*



Aun no tenemos catorce provincias ni médanos de aire para empinar pájaros de papel estraza. Somos la lumbre detenida allí donde cuelga la cimitarra, el arcabuz. No ha llegado el humo que mata los pájaros. No ha llegado mi padre con su diente de morder cebollas y escupir al cielo. La primavera se confunde con una mujer fluvial que se voltea y me muestra los pechos. Soy el que dibuja la rayuela en el mapa de la patria. La que salta es mi hermana. Al otro lado del patio conversan los difuntos que esperan a los ciclones, las guerras chiquitas y mundiales. En el brasero del vecino se hunde la carne que un día fue sangre caliente del bosque. En las tendederas ondean las sábanas que en su día fueron las franjas blancas de la bandera. Del huerto familiar llega a un olor que no saben los hospitales. Las frutas en ristre pasan en trenes veloces rumbo a la memoria. En el cuaderno de bitácora mi madre apunta los abortos, los nacimientos, los eclipses. Yo estoy al centro de la nada y bebo un agua nutricia mitad sangre mitad resurrección.



*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu
centrosoler@cultstgo.cult.cu




El camino de regreso*


*De Dashiell Hammett.


[The Road Home, 1922]

Primera publicación en Black Mask


Publicado bajo el seudónimo de Peter Collinson



—¡Está loco si deja pasar esta oportunidad! Le concederán el mismo mérito y la misma recompensa por llevar las pruebas de mi muerte que por llevarme a mí. Le daré los documentos y las cosas que tengo encerrados cerca de la frontera de Yunnan para respaldar su historia, y le aseguro que jamás apareceré para estropearle el juego.

El hombre vestido de caqui frunció el ceño con paciente fastidio y desvió la mirada de los inflamados ojos pardos que tenía frente a sí para posarlos más allá de la borda del jahaz, donde el arrugado hocico de un muggar agitaba la superficie del rio. Cuando el pequeño cocodrilo volvió a sumergirse, los grises ojos de Hagerdorn se clavaron nuevamente en los del hombre que le suplicaba, y habló con cansancio, como alguien que ha contestado a los mismos argumentos una y otra vez.

—No puedo hacerlo, Barnes. Salí de Nueva York hace dos años con el fin de atraparle, y durante dos años he estado en este maldito país —aquí en Yunnan— siguiendo sus huellas. Prometí a los míos que me quedaría hasta encontrarle, y he mantenido mi palabra. ¡Vamos, hombre! —añadió, con una pizca de exasperación—. Después de todo lo que he pasado, no esperará que ahora lo eche todo a rodar... ¡ahora que el trabajo ya está casi terminado!

El hombre moreno, ataviado como un nativo, esbozó una sonrisa untuosa y zalamera y restó importancia a las palabras de su captor con un ademán de la mano.

—No le estoy ofreciendo un par de miles de dólares; le ofrezco una parte de uno de los yacimientos de piedras preciosas más ricos de Asia, un yacimiento que el Mran-ma ocultó cuando los británicos invadieron el pais. Acompáñeme hasta allí y le enseñaré unos rubíes, zafiros y topacios que le dejarán boquiabierto. Lo único que le pido es que me acompañe hasta allí y les dé un vistazo. Si no le gustaran, siempre estaría a tiempo de llevarme a Nueva York.

Hagedorn meneó lentamente la cabeza.

—Volverá a Nueva York conmigo. Es posible que la caza de hombres no sea el mejor oficio del mundo, pero es el único que tengo, y ese yacimiento de piedras preciosas me suena a engaño. No le culpo por no querer volver... pero le llevaré de todos modos.

Barnes dirigió al detective una mirada de exasperación.

—¡Es usted un imbécil! ¡Por su culpa perderé miles de dólares! ¡Maldita sea!

Escupió con rabia por encima de la borda —como un nativo— y se acomodó en su esquina de la alfombrilla de bambú.

Hagedorn miraba más allá de la vela latina, río abajo —el principio del camino a Nueva York—, a lo largo del cual una brisa miasmática impulsaba al barco de quince metros con asombrosa velocidad. Al cabo de cuatro días estarían a bordo de un vapor con destino a Rangún; otro vapor les llevaría a Calcuta, y finalmente, otro a Nueva York... a casa, ¡después de dos años!.

Dos años en un país desconocido, persiguiendo lo que hasta el mismo día de la captura no había sido más que una sombra. A través de Yunnan y Birmania, batiendo la selva con minuciosidad microscópica —jugando al escondite por los ríos, las colinas y las junglas— a veces un año, a veces dos meses y después seis detrás de su presa. ¡Y ahora volvería triunfalmente a casa! Betty tendría quince años... toda una señorita.

Barnes se inclinó hacia adelante y reanudó sus súplicas con voz lastimera.

—Vamos, Hagedorn, ¿por qué no escucha a la razón? Es absurdo que perdamos todo ese dinero por algo que ocurrió hace más de dos años. De todos modos, yo no quería matar a aquel tipo. Ya sabe lo que pasa; yo era joven y alocado —pero no malo— y me mezclé con gente poco recomendable. Aquel atraco me pareció una simple travesura cuando lo planeamos. Y después aquel hombre gritó y supongo que yo estaba excitado, y disparé sin darme cuenta. No quería matarlo y a él no le servirá de nada que usted me lleve a Nueva York y me cuelguen por aquello. La compañía de transportes no perdió ni un centavo. ¿Por qué me persiguen de este modo? Yo he hecho todo lo posible para olvidarlo.

El detective contestó con bastante calma, pero toda la benevolencia anterior había desaparecido de su voz.

—Ya sé... ¡la vieja historia! Y las contusiones de la mujer birmana con la que estaba viviendo también demuestran que no es malo, ¿verdad? Basta ya, Barnes; afróntelo de una vez: usted y yo volvemos a Nueva York.

—¡Ni hablar de eso!

Barnes se puso lentamente en pie y dio un paso atrás.

—¡Preferiría morirme...!

Hagedorn desenfundó la automática una fracción de segundo demasiado tarde. Su prisionero había saltado por la borda y nadaba hacia la orilla. El detective cogió el rifle que había dejado a su espalda y se lanzó hacia la barandilla. La cabeza de Barnes apareció un momento y después volvió a sumergirse, emergiendo de nuevo unos cinco metros más cerca de la orilla. Río arriba, el hombre del barco vio los arrugados hocicos de tres muggars que se dirigían hacía el fugitivo. Se apoyó en la barandilla de teca y evaluó la situación.

«Parece ser que, después de todo, no podré llevarmelo con vida... pero he hecho mi trabajo. Puedo disparar cuando vuelva a aparecer, o dejarle en paz y esperar a que los muggars acaben con él.»

Después, el súbito pero lógico instinto de solidaridad con el miembro de su propia especie contra enemigos de otra borró todas las demás consideraciones, y se echó el rifle al hombro para enviar una andanada de proyectiles contra los muggars.

Barnes se encaramó a la orilla del río, agitó una mano por encima de la cabeza sin mirar hacia atrás, y se internó en la jungla.

Hagedorn se volvió hacia el barbudo propietario del jahaz, que había acudido a su lado, y le hablo en su chapurreado birmano.

—Lléveme a la orilla —yu nga apau mye— y espere —thaing— hasta que le traiga: thu yughe.

El capitán meneó la negra barba en señal de protesta.

—Mahok! En esta jungla, sahib, un hombre es como una hoja. Veinte hombres podrían tardar una semana o un mes en encontrarle. Quizá tardaran cinco años. No puedo esperar tanto.

El hombre blanco se mordió el labio inferior y miró río abajo... el camino a Nueva York.

—Dos años... —dijo para sí, en voz alta—. Me costó dos años encontrarle cuando no sabía que le perseguía. Ahora... ¡Oh, demonios! Quizá tarde cinco. Me preguntó que hay de cierto en eso de las joyas.

Se volvió hacia el barquero.

—Iré tras él. Usted espere tres horas. —Señaló al cielo—. Hasta el mediodía, ne apomha. Si entonces no he vuelto, márchese: malotu thaing, thwa. Thi?

El capitán asintió.

—Hokhe!

El capitán aguardó cinco horas en el jahaz anclado, y después, cuando la sombra de los árboles de la orilla oeste empezó a cernerse sobre el río, ordenó que izaran la vela latina y la embarcación de teca se desvaneció tras un recodo del río.



-Enviado para compartir por Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com










EL DIA DE GLORIA DE CARLITOS SALINAS*







Al Negro Esteban





Esta parada sí que la tallo yo compañero.

No, pasa que la fama le llegó después, si, confieso, coincido con usted que fue tempranamente, si, ya sé que era joven, si apenas me llevaba un par de años, yo si que lo conocí naranjo, como decía el General.

La cosa fue así. Estaba la barra como todas las santas tardes, peloteando con esa inmensa número cinco, en la cancha del club, cuando se asomó, mejor dicho se arrimó, tímido, silencioso. Como a esa edad las inhibiciones inter pares no existen, lo invitamos a jugar enseguida.

Apenas empezó era torpe, no sabía jugar en equipo ni siquiera en ese picado, hasta que nos enteramos que era del campo. Tampoco recuerdo si había jugado alguna vez al fútbol.

Venía de las colonias, no sé si de la Terrassón, de Hansen, pero me inclino más por la Catalana, ahora que usted me dice.

Era zurdo, duro, no gritaba ni para pedir un pase, pero no se cansaba nunca. Era más duro que cualquiera de nosotros. Pero llevaba el fútbol en la sangre, como los cracks verdaderos.

¡Su historia! ¿Usted sabe cuál fue su verdadera historia? ¡Ah¡ Yo tampoco y eso que fui contemporáneo y no le digo que aprendió a jugar con nosotros, no, no que le hayamos enseñado, simplemente que empezó a probarse como crack con nosotros.

Pocos datos, sí, hijo menor –dos hermanas mayores, si solteras, la menor se casó con Osvaldo Gago, creo- y los padres muy mayores, creo que la madre aún vive, y sí, debe tener más de noventa.

Íntimamente nada sé de él. Tampoco si amó o lo amaron. Siempre fue extremadamente reservado.

Ahí lo veo, ahora en el Club, con su perro y su cerveza, solitario. Ah, sí, excelente tipo, no caben dudas. Incapaz de una maldad, sí, derecho y sin vueltas, como se era antes de que todo se pudriera.

Espere, espere, déjeme que le cuente, que yo conozco mejor la historia, yo andaba cerca de él en ese tiempo, si andar cerca significa que uno haya compartido tarde a tarde su tiempo dándole sin cesar a la de cuero.

Lo cierto es que una vez fichado, el Club lo puso directamente en la reserva, tampoco tenía ya edad para jugar en las inferiores.

Y allá íbamos detrás del equipo cuando por fin uno de los nuestros transpiraba la camiseta roja y ponía alma y vida, como se decía en ese tiempo, en cada partido, no importaba el rival, sin amilanarse. Sí, lo que tuvo de bueno es que nunca se le achicaba a las defensas contrarias.

Le pegaban, lo bajaban y él se levantaba, duro, impertérrito, insensible a los golpes.

El día de su debut en primera, lo vimos entrar a la cancha con la sensación de que completaba el equipo. Iba flaco, desgarbado, con la cabeza baja, último, como pidiendo permiso detrás de todo el equipo. Pero cuando jugaba sí que levantaba la cabeza, era puro instinto.

Toda la barra lo siguió porque de algún modo –el más legítimo por otra parte- él encarnaba nuestros sueños, el más alto anhelo de ese tiempo: vestir la camiseta roja, ponerse los pantaloncitos blancos, esas medias rojiblancas, y con ese globito en el pecho, gallardo.

Y sobre todo, la frente muy alta, no se defendía cualquier color, se defendían los colores del glorioso Huracán.

Caminos polvorientos, pueblos tristes, con caballos sueltos cruzando sus calles de tierra, crepúsculos agónicos, la gloria de los trigales cuando volvíamos con una victoria, o llenos de sangre triste cuando perdíamos. Todos eso vimos. Todo eso vivimos.

Todo ese paisaje nos vio en ese tiempo que no vuelve, en ese tiempo en que la vida era un camino polvoriento, ninguna novia que nos esperara para tomar algo en el club.

Para ver jugar a nuestro símbolo, porque no podíamos considerarlo un ídolo como a Juancito Renzi, porque el gringo Salinas era uno de los nuestros. Él seguía, como siempre, humilde, venía a pelotear con nosotros tarde a tarde incluso después de su debut de gloria máxima, y por lo que recuerdo, única en la historia del Club y la vez de todos los clubes del mundo.

Y sí, seguramente compartíamos una cerveza en el club, el venía con nosotros, no se iba con los grandes, pero ese es un detalle.

Pasa con muchos jugadores que hacen banco toda la vida y nunca tienen su oportunidad y si la tienen no la aprovechan, pero no fue el caso de Carlitos. Él la tuvo y supo aprovecharla, porque ese día además alguna diosa griega puso su dedo invisible sobre su pelo lacio o sobre sus hombros delgados y dijo simplemente: éste.

El que se debe acordar es el Gallego Blanco, pero él está en Madrid ahora. Porque el Gallego lo sabía todo, lo de antes, que nadie lo discutía un dato y lo de ahora que sí todo el mundo le discute sólo por verlo rabiar como un condenado.

Olvidé decir a esta altura de mi relato que su puesto era el once –si bien ignoro quién lo eligió o si fue decisión propia, ya que en los picados jugaba en cualquier parte-.

Y acá viene cómo se le presentó su día de gloria, a él que si la buscaba no era precisamente con ostentación, si vivía como pidiendo permiso siempre.

Se había lesionado el once de la primera división, o se había enfermado, que para el caso es lo mismo. No sé, tampoco recuerdo quién era. ¿El Titi Latini dice usted? No sé. También pudieron ser el Lalo Negrini o el Negro Durán, pero esas son precisiones que sólo tiene el Gallego Blanco en la cabeza, pero por razones más que obvias no lo podemos consultar.

El tema es que no era cualquier partido, diremos por empezar. Era un clásico. Debutar en primera en un clásico no es moco de pavo. Sí, ahora se hacen llamar los raneros, pero para nosotros en ese tiempo eran los gringos. Para agregar, ese clásico se jugó en la cancha de ellos. Doble compromiso entonces.

Ese día se ganó la titularidad del once para siempre, ese día dejó la sensación que se lo ponía ”para completar el cuadro” y ese día empezó a ser respetado como un crack verdadero.

El partido iba desparejo cuando digo desparejo quiero decir que iba en contra nuestra, a los pocos minutos nos había hecho un gol y todo porque Toti Sciarini, nuestro arquero entonces, se quiso hacer el Gatti (¿o Gatti fue posterior y el Toti fue un precursor?). No sé, lo cierto es que acostumbraba sacar “de codito” como decíamos, con los pies, con la cabeza, salía jugando y hasta pateaba penales y tiros libres, iba a cabecear los centros. En fin. Hacía todo lo posible para que a cualquier hincha le diera un infarto.

Lo bueno hubiera sido que usara también las manos, si para eso era arquero.

Lo cierto es que calculó mal un pelotazo envenenado del Buzón Méliga, pateador temible que tenían los celestes de Federación y pretendió sacarla con el codo. Golazo.

La hinchada lo quería linchar, en especial algunos pesados que habían apostado plata al equipo.

Desde allí ya estábamos directamente para recibir cachetadas.

El partido se nos puso difícil, ellos estaban muy agrandados.

Al final del primer tiempo frente al arco que da al campo Delmaschio, pasó un tiro rasante tirado no sé por quien, tal vez por el Petiso Peiretti, nuestro número 7 ese día, que cruzó toda la defensa al sesgo, hacia la izquierda, que nadie tocó, ni ellos ni nosotros, hasta que salido no se sabe de dónde, cruzó como una saeta Carlitos Salinas y de un certero zurdazo la mandó a la red. Basualdo, un veterano arquero que jugó años para ellos, se quedó parado, con su gorrita de visera, su inútil camiseta amarilla y sus manos a los costados como dos desperdicios. Era la gran alegría que nadie esperaba ya, Empatamos. Gritamos hasta enronquecer, por lo inesperado y convengamos, porque lo había hecho Carlitos.

En el segundo tiempo nos agrandamos bastante, comenzamos a presionar, se intuyó que si había otro gol, ganábamos, ya que ellos no se habían repuesto.

Las cosas no se daban, hasta que la diosa Atenea que mimaba a nuestro héroe de esa jornada indudablemente instruyó a Mirandita para que tirara un centro muy sobrado, que tampoco nadie cabeceaba, hasta que apareció Salinas, tampoco sabemos de dónde, saltó y le pegó un frentazo que besó la red.

Lo demás fue previsible. El Delirio, sólo había que esperar la pitada final, que desde allí fue un trámite a esperar.

Llevamos a Carlitos Salinas en andas cruzando todo el pueblo hasta llegar a la sede del Club, y toda la alegría nuestra, porque él no salía de su asombro si hasta pensaría que nosotros exagerábamos, ya que no relacionaba todo ese jolgorio que lo tenía a él como protagonista con su propia hazaña.

La gloria no es fácil y es imposible en un debut, menos para Carlitos Salinas quien el Toti con su voz ronca, muchas veces le dijo -humilde y agradecido-

-Pibe, vos sí que me salvaste la vida.

Quedamos nosotros para dar fe de esa verdad.




*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar








Cuando volví de Cuba*


La Habana está tan linda, el mar penetra en los ojos como una caricia .La música y las palabras lo invaden todo.

En este marco se hizo el primer encuentro internacional de cultura, arte y turismo Cultur Ar que unió a plásticos, músicos, cuentacuentos y mujeres viajeras.


Intenso, pleno de experiencias.

Siempre en mis anteriores viajes a Cuba hubo un momento de un llanto aborbotonado, colorido, sin tristezas. Como si llorando se pudiera celebrar la alegría de estar vivo. Un llanto que no se puede llorar a solas que busca el abrazo del otro, juntarse, expresar.

Esta vez, me dije, amurallada habitante de territorios violentos, no te va a pasar. Todo cambió, el mundo, Cuba y vos cambiaste nena. Ya no te encontrará esa explosión de sentimientos.
Me equivoqué. Cuando conté en el hogar donde viven adultos mayores, cuando vi como reaccionaron a mis historias, la emoción me ganó. Como me gusta explicarlo todo, quería ponerle palabras a eso casi intransmisible. A lo mejor lo que me parecía maravilloso era que estaban vivos y abiertos al juego, a la picardía, a la reflexión. Distintos a los que tantas veces me escucharon en mi país y en otros , en lugares que parecían una antesala para esperar la muerte..
Tan diferentes a los que el año pasado visité en Barcelona, fantasmas que habían dejado el alma en alguna parte y ya no se acordaban cómo podían recuperarla. Algunos de mis compañeros esbozaban la palabra amor como explicación. Pienso que es algo distinto que incluye el amor pero abarca más. Me pasó también en mi primera visita al neuropsiquiátrico de La Habana en el año 1983, tratan a los internados como personas. A las personas que más lo necesitan les dan más. Es tan sencillo.
En la sociedad en la que vivimos, lo único que importa es el dinero y el consumo, cuando la gente deja de estar por algún motivo en la cadena productiva se desmerece, se cae.

Cuando me fui, miré en el piso los pedazos de plástico. Por el momento mi alma no iba a necesitar la cobertura con la que uno se recubre (sin darse cuenta) para soportar tanto maltrato en las grandes, violentas ciudades.

Caminé pateando los restos de mi envoltura como una niña recuperando el placer de jugar. Ah, me olvidaba, cuando uno se aisla para no sentir el dolor, también se le desluce la alegría.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
-Coordinadora del grupo de cuentacuentos-






IV*


¿dónde crece la raíz del miedo?
crece en silenciosos
cuadrantes de la noche.
entre hierbas de espino azul.
en lagrimales secos
a la sombra del incesto
en sobrevuelo de cuervos
en la silla de un juzgado.
marcada por relojes infernales.
crece en pequeños mares arrugados.
junto a cuerpos
devueltos por las olas
nido de infausto arcano.
en las alas del tiempo
que voló.



*De Silvia Loustau. syllous@yahoo.com.ar
De: Metabolismo de la Lágrima
http://www.silvialoustau.blogspot.com/




*


Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 6 de diciembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Víctor Varela. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Pedro Nel Martínez (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





*







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