martes, marzo 17, 2026

EDICIÓN MARZO 2026

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro

 

 

 

 



 

 

 

 

 

LA CARRERITA*

 

Había llovido. Cuando la arena se moja, el suelo de las calles pasa del desierto del Sahara, dificultoso y propicio a los camellos, a una superficie compacta y caminable, traidora con sus charcos y ladrillos emergentes, pero más amable en general para quien va, por ejemplo, cargada con una bolsa llena de papas y cebollas, habiendo aprovechado la oferta del verdulero, empeñado en ofrecer rebaja en el precio para quien compra tres kilos.

Molesta por el peso de las verduras, apurándose para poder llegar y dejarlas sobre la mesada de la cocina, vio ese jardín con juveniles gigantes, qué placer, los años que tendrán esas plantas, y en cambio las mías pobrecitas, que no terminan de despegar. Ah qué maravilla la enredadera que trepa ese alambrado, ojo de poeta, erizada de flores amarillas con centro oscuro, tan llamativas, siempre digo que voy a poner una planta y al final termino dejándolo para el año próximo.

La señora parloteaba por dentro, y algunas ideas más difusas apenas asomaban sobre sensaciones, recuerdos, apuntes hechos sobre el agua. Mirándolo todo pero viendo poco, más con la atención puesta en el conjunto que en algo tangible, la señora se encontró caminando por detrás de un chico de nueve o diez años, que llevaba guardapolvos y mochila de escolar.

En la marcha, uno tiende a retrasar o apurar el paso para no quedar apareado a un peatón desconocido. El chico caminaba lentamente, la señora no tuvo que apresurarse demasiado para sobrepasarlo y dejarlo atrás. En el momento de pasar a su lado vio el corte de pelo reciente, los cabellos cortos erizados como un cepillo perfecto, y se imaginó el tacto de la mano pasando por ese pelo, abatiéndolo como cuando el oleaje mueve los juncos, o cuando el viento forma ondas en el trigo. Su mano recordó el lomo de un gato de su casa infantil, y de inmediato se materializó la foto de ese amigo que allá lejos en el tiempo se había rapado para trabajar en el primer restaurante vegetariano de Santa Fe. Revive esa vez que Aldo llegó a su casa con la flacura de un monje oriental, el pelito apenas creciendo de vuelta, y cómo Aldo le dejó pasar la mano por el cepillo de su cabeza, y fijar en la palma esa sensación inolvidable.

Abstraída en recuerdos, de pronto reparó en que el paso moroso del chico a sus espaldas se había reavivado, y que, en vez de quedar atrás, se iba acercando. Cargó el bolso en el hombro derecho, y ella también aceleró. El chico se acercaba, indudablemente decidido a darle alcance.

Quién, de niño, no ha medido sus fuerzas con la gente que inadvertidamente se desplaza por las veredas. Mientras el chico acortaba la distancia, la señora se negó a rendirse. Iniciaron una carrerita disimulada, y ella mantuvo la primera posición acelerando hasta casi trotar. Los dos se apuraban, ella escuchaba la mochila golpeando la espalda del nene, aferrada a su bolsa llena de papas.

Debía aplicar alguna táctica para vencer a la juventud. Acercándose a un poste de luz, se mantuvo justo en el medio del espacio libre, y de ese modo fue utilizando los obstáculos para impedir ser sobrepasada. El poste, un perro dormido, la pila de ramas de una poda. Se desplazaba en zigzag, obturándole el paso a su competidor. Se le fueron acabando los recursos, y, finalmente, con un trote vigoroso, el chico pasó por al lado de la señora, quien, en el momento de ser derrotada, le dijo “me ganaste”. El triunfador volvió la cara hacia ella, la miró brevemente con ojos color miel, y le sonrió sin decir nada.

Hermosa sonrisa; sonrisa amplia de camarada, de amigo, de ser humano extendiendo una mano imaginaria.

Habían coincidido, habían jugado un juego, se vieron por un momento y ahora se alejaban, cada uno retornando a su edad y a sus quehaceres. Quién sabe por qué la alegría se desata cuando ocurren esta clase de cosas.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Cada vida es muchos días, día tras día. Caminamos a través de nosotros mismos, encontrando ladrones, espectros, gigantes, ancianos, jóvenes, esposas, viudas, hermanos en amor. Pero siempre encontrándonos a nosotros mismos. Ulises. James Joyce. Sobre William Shakespeare, la obra y los personajes de Shakespeare. Parece que Ricardo III era tío Ricardo, y Edmundo, era tío Edmundo, y Shilock su propio padre prestamista, y así sucesivamente. Nadie se sueña Shakespeare, pero tranquiliza en cierto modo saberlo.

 

*De Horacio Martín Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio nació en Llavallol, en 1954. Realizó talleres con Laura Massolo y Liliana Díaz Mindurry. Obtuvo más de cien premios nacionales e internacionales en cuento, poesía y novela, con publicaciones en Argentina, España, Colombia y Chile. Es autor de los libros de cuentos Palabras de piedra (Baobab, 1999), Media baja (Dunken, 2012) y La insistencia de la desdicha (Ruinas Circulares, 2018), y de los poemarios El cinturón de Orión (primer premio del 15° Concurso “Adolfo Bioy Casares”, Ediciones Municipalidad de Las Flores, 2022) y El libro de Hopper (Pierre Turcotte Éditeur, Canadá, 2023). Ese mismo año, el sello español Avant Editorial publicó su novela Ausencia y error. -En el 2024 publicó su libro de cuentos La oscuridad de los hechos. -Editorial Esa luna tiene agua.

 

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Las manos de Marina*

 

*Por Vanesa Silvina García.

 

Era una guitarra enorme. En realidad, era una guitarra de un tamaño común y corriente, pero yo era tan pequeña que mis brazos no llegaban a rodearla. Lustrada, muy brillante, de madera oscura. Era un objeto hermoso. Seguramente mi padre la había tenido en mente desde hacía tiempo y me habría imaginado cantando y tocando melodías en el patio. Con apenas cinco años, recién estaba aprendiendo a leer y escribir, lo cual me habilitó, sin mediar palabra, a estar sentada ese mismo sábado, en la clase de Marina, “la sobrina de Coca”, dijo mi papá. Yo no las conocía, a ninguna de las dos. No las había visto en mi vida ni había escuchado sus nombres, pero entendí enseguida que Marina iba a ser mi profesora de guitarra.

Durante sucesivos sábados de largos meses, a las tres de la tarde era la cita, en la que yo me esforzaba por complacer a Marina y a mi padre. De a poco salieron los primeros acordes, pero me costaba mucho unirlos sin detener el rasgueo. Si cantaba no podía tocar, si tocaba no podía leer y me costaba entender el significado de los versos. En más de una oportunidad Marina, teniendo un poco de piedad y escapando a su propia frustración, tomaba mi guitarra y tocaba esas hermosas canciones que a mí no me salían ni parecidas, y dejaba que yo sólo cantara, una y otra vez, la misma y después otra melodía. Yo quería que mis manos fueran las suyas. A veces me preguntaba si nadie se daba cuenta de que la estaba pasando mal. Creo que disimulaba muy bien. Pero un día, uno de esos sábados, el último, dejé de escuchar, dejé de prestar atención y empecé a concentrarme en cómo iba a explicar que no quería ir más. Yo sabía que ése era el último sábado. Cuando papá me vino a buscar y me preguntó cómo me había ido, le respondí rápidamente que me había ido bien, pero enseguida se me hizo un nudo en la garganta. Intenté aguantar las lágrimas, pero no pude, porque me di cuenta que la posibilidad de dejar las clases se alejaba si no podía salir de mi boca simplemente la verdad. ¿No se daba cuenta mi papá de la angustia contenida? ¿Prefería seguir yendo a las clases antes de hacerlo sentir mal? Y estaba dejando ir la oportunidad, si no hubiera sido por la bocanada de oxígeno que me permitió de un tirón, soltar la frase entera sin interrupción: “Hoy fue el último sábado porque no quiero ir más”. Me miró, me preguntó por qué, y le dije que me costaba mucho, aunque hubiera querido decirle que no sabía leer todavía, que me costaba pasar de un acorde al otro sin parar de tocar, que me dolían los dedos, mis manos eran demasiado pequeñas y me pesaba la guitarra, que no llegaba con los pies al suelo cuando me sentaba en el banquito, que se me desafinaba la guitarra y no la sabía afinar y que además de todo tenía una ampolla en el dedo pulgar… pero me largué a llorar y creo que entendió todo. Como si hubiera perdido peso, aliviada, como si no rozara el piso al caminar, llegué al ropero de mi habitación y guardé mi guitarra allí, en un lugar donde no la pudiera ver. La tapé con alguna ropa que colgaba de las perchas, a oscuras, como poniéndola en penitencia, como si la estuviera dejando madurar. Y durmió allí hasta que cumplí los ocho años. De la misma forma que la escondí, la saqué de su funda, leí el cuaderno sin previo aviso, sin señales. La acaricié, la olí, la escuché, y como si mis dedos hubieran estado practicando en mi mente durante tres años en forma secreta y silenciosa mientras yo dormía por las noches, intenté recordar los acordes, el rasgueo de las cuerdas. Y aseguro que tuve que mirar varias veces, porque por momentos mis pequeñas manos eran las de Marina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cansancio*

 

Es cierto que cuando se ha caminado mucho, y aunque a pesar de todo no se haya llegado muy lejos, o quizá precisamente por eso, tiende a apoderarse de nosotros un cansancio que, por desconocido e inesperado, nos desconcierta. En tales casos, uno piensa que tras una larga y apacible noche junto a un hogar cálido, sobre un lecho confortable y al abrigo de las mantas, todo será de nuevo como al principio, que se habrá borrado la fatiga y podrá reanudarse el camino con renovadas energías. Pero en ningún modo es así. Este cansancio es persistente y no bastan la noche, el hogar y las mantas para hacerlo desaparecer. Aun si la noche fuese tan larga como el día que la precedió -ese prolongado día que fue testigo de nuestro arduo caminar- no hay garantía alguna de recuperación. Así, cuando amanece -si hemos de suponer que tal cosa puede ocurrir en realidad- la fatiga es casi tan grande como en el momento en que nos tendimos a descansar. Quisiéramos dormir un rato más, sentarnos junto al fuego, demorarnos un poco aún junto al umbral, pero el Posadero nos ha acompañado hasta la puerta y, con gesto amable, nos mira como invitándonos a partir. Su mirada es tranquila y quizá hasta compasiva, pero el mensaje que se desprende de ella es inequívoco: Debemos reemprender la marcha de inmediato. Y así lo hacemos. Resignadamente. Nos despedimos con un gesto, retomamos el sendero, verificamos la ruta -aun sabiendo que toda ruta es ilusoria- y nos preguntamos si algún día, por fin, llegaremos. Tal vez nos ayudase -pensamos- saber a qué lugar nos dirigimos.

 

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

Neofascismo y posfascismo: historia y construcción de un concepto*

 

 

*Por Alejandro Badillo.  badillo.alejandro@gmail.com

 

Los conceptos con los que se describen fenómenos políticos y sociales tienen una historia propia y un contexto específico, y están sujetos a cambios y matices propiciados por la inevitable evolución de la realidad. El término “fascismo” no es la excepción, ahora matizado como “neofascismo” y “posfascismo”, lo cual implica ciertas consideraciones que son la materia de este artículo.

Vivimos en una época en la que los conceptos tienden a vaciarse y perder su significado original. La manipulación del lenguaje lo pervierte y, en muchos casos, lo transforma en su contrario. La “libertad” –en voz de la extrema derecha– es usada para atacar los derechos de los otros. La perversión del lenguaje retratada en la ficción en 1984 –la obra clásica de George Orwell publicada en 1949– ya se había hecho realidad en la Alemania nazi de esa misma década. El filólogo alemán de origen judío Victor Klemperer describió en LTI. La lengua del Tercer Reich el cambio en la percepción de palabras que tenían una connotación negativa antes del fascismo como “fanático”, que se transformó en una cualidad positiva para el régimen en lugar de su significado original: entusiasmo ciego e irracionalidad.

La llegada del siglo XXI ha acelerado la manipulación de muchos términos. En ocasiones el uso indiscriminado contribuye a inutilizar el lenguaje, pues sirve para caricaturizar a cualquier enemigo. En este escenario, la palabra “fascismo” ha regresado al debate público y a las redes sociales, pero a menudo se usa de forma inexacta y sin conocimiento de la historia. No todos los regímenes autoritarios o dictaduras de derecha son fascistas. Al usar el término sin entender su contexto se corre el riesgo de inutilizarlo.

Robert O. Paxton publicó en 2004 el libro Anatomía del fascismo (editado en español hasta 2019), una exploración histórica de esta ideología que tomó el poder durante la primera mitad del siglo pasado. Paxton, historiador y profesor emérito de la Universidad de Columbia, fue el primer académico que documentó el colaboracionismo del régimen de Vichy con el nazismo en la Francia ocupada por Hitler. Uno de los aspectos centrales de la investigación del académico es entender las contradicciones del fascismo y, quizás lo más importante, su posible regreso en nuestros años. Vivimos tiempos en los que se piensa –muchas veces por pereza intelectual– que la historia puede volver justo como nos la enseñaron en la escuela y en los libros. Es tentador y fácil asumir que la historia se repite. Sin embargo, eventos históricos como el auge del fascismo y su consolidación poco antes de la segunda guerra mundial responden a hechos específicos, coyunturas cocinadas por largos años, decisiones personales e, incluso, dosis de azar. Por esta razón, es muy arriesgado aventurar una simple actualización de la historia. Tenemos, en su lugar, rasgos generales que se ramifican en direcciones diferentes –acaso imprevisibles– y que quizás ameriten nuevos términos. Palabras como “postfascismo” o “neofascismo” pueden ser antecedentes de conceptos que aparezcan en el futuro y que definan mejor lo que pasa en estos momentos con los movimientos políticos de nuestro siglo y sus reacciones virulentas contra la democracia, las minorías étnicas, las mujeres y el progresismo en general.

Es interesante que la primera estrategia para manipular la historia sea vincular al fascismo con el socialismo para demonizar a la izquierda global. También se ha vinculado, por medio de una propaganda que no resiste el mínimo examen, al nazismo con el socialismo por el nombre de la organización que llevó a Hitler al poder: el “nacionalsocialismo”. Hay una verdad a medias detrás de esta manipulación histórica: en efecto, muchos de los primeros fascistas –como el mismo Benito Mussolini en Italia– habían militado en el socialismo, pero después abandonaron esta ideología para conducir a sus seguidores a un nacionalismo cada vez más radical. Declaraciones iniciales y documentos indican, en efecto, que el primer fascismo desconfiaba de los capitalistas tradicionales y asumía su proyecto desde la política reaccionaria, pues no creía en el racionalismo económico de la época. Con el paso del tiempo, los industriales llegaron a acuerdos con los fascistas, pues la economía de guerra les beneficiaba gracias, entre otras ventajas, a la mano de obra esclava generada por el Estado.

El novelista francés Éric Vuillard ganó el premio Goncourt en 2017 con El orden del día, una novela breve que imagina, a partir de material de archivo, la simbiosis entre empresarios y fascistas alemanes. El periodista holandés David de Jong publicó en 2022 Dinero y poder en el Tercer Reich, una investigación que sigue a muchas de las familias más poderosas de Alemania, la acumulación de capital que lograron sus corporativos con Hitler y la impunidad de la cual aún gozan en nuestros días.

Como afirma Robert O. Paxton, el fascismo clásico creía en el Estado, pero no como un modelo democrático sino totalitario. Aun así, Mussolini y Hitler tuvieron que lidiar con innumerables tensiones entre las diferentes estructuras estatales que seguían conservando gran parte de su funcionamiento legal. La violencia política fue, al inicio, selectiva, hasta que se desbordó, particularmente en Alemania. Un buen ejemplo es el desarrollo y evolución de los campos de concentración. En KL: Historia de los campos de concentración nazis, Nikolaus Wachsmann describe cómo estos centros funcionaban de manera poco uniforme y se dedicaban, en sus inicios, a los enemigos políticos de Hitler que incluían, incluso, compañeros de viaje que habían sido víctimas de diferentes purgas. Fue, en su última etapa, cuando los campos de concentración se transformaron en una industria que hacía más eficiente el asesinato en masa. Según muchos estudiosos, el fascismo tiende al colapso por la necesidad continua de expansión, exterminio y búsqueda de un ideal imposible. No hay vuelta atrás cuando se llega a la última etapa.

La discusión sobre la vuelta del fascismo en el siglo XXI se concentra, para algunos investigadores, en la posibilidad o imposibilidad de usar un concepto que tiene un límite histórico muy claro y que acabó con el derrumbe del nazismo. De esta manera, es común encontrar términos que usan algún prefijo para actualizar el término. Más allá del uso de palabras como “neofascismo” o “postfascismo”, convendría enlistar los rasgos de esta ideología (supremacismo racial, violencia política, expansionismo militar, entre otros) para separarlos de dictaduras de facto y gobiernos autoritarios que se han multiplicado en el mundo. El regreso de Donald Trump a la Casa Blanca ha alertado a varios historiadores por el uso de las mismas estrategias fascistas que se creían superadas y encerradas, para su estudio, en los libros. En particular, la toma momentánea del Capitolio de Estados Unidos el 6 de enero de 2021 mostró la capacidad del trumpismo de movilizar a una cantidad no desdeñable de seguidores para ejercer violencia. Fue entonces cuando cobró aún más fuerza la discusión sobre el fascismo y su regreso.

La reacción virulenta al orden (neo)liberal tendrá, seguramente, un nombre que ahora no se puede imaginar. El gran historiador especialista en la Revolución Francesa, Robert Darnton, explica en su libro más reciente, El temperamento revolucionario, las condiciones previas a los grandes eventos que marcan la historia y su iconografía. Una de sus tesis es que la Revolución Francesa se desarrolló años antes de la toma de la Bastilla, el hecho que marca el imaginario popular sobre esa época en Europa. De igual manera, nosotros somos testigos inmediatos de un evento que se desarrolla gradualmente y cuyos efectos más dramáticos aún están por verse. Este “nuevo fascismo” aún sin nombre no es una especulación ociosa, pues se nutre del desequilibro global, parecido al que sufrió el mundo durante la primera mitad del siglo XX. Si el fascismo clásico pudo manipular a poblaciones enteras –que por primera vez podían votar– gracias a la política de masas, un fenómeno que se ponía a prueba por primera vez, esta nueva versión se extiende por medio de la desinformación, el simulacro, la emocionalidad vacía y una fuerza que enmascara un nihilismo que desprecia cualquier utopía.

El nuevo fascismo, contrario a lo que surgió en el pasado, tiene un fuerte componente apocalíptico, pues no ofrece ningún puerto seguro al cual llegar, sólo un medio para expresar la desesperanza y la ira de nuestros tiempos

 

*Fuente:

https://semanal.jornada.com.mx/2026/03/14/neofascismo-y-posfascismo-historia-y-construccion-de-un-concepto-2581.html?

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

FANTASMAS EN LA PIEL*

 

Hace años, Kalman había visitado Sniatyn pueblo de sus abuelos. Luego de días donde lo único que hizo fue caminar, visitó al cementerio judío donde faltaban parientes de sus abuelos que fueron llevados a campos de exterminio.

"Polonia es dolor" le había dicho su padre cuando era niño. Allá no vas a encontrar nada nuestro.  Ahora Sniatyn el pueblo de abuelos, su padre y tíos queda en Ucrania.

Mientras caminaba en soledad sentía que su padre tenía razón una vez más. Había sentido un profundo vacío que coexistía con el dolor invisible de los ausentes. La voraz boca del tiempo los había devorado a todos. Sentía que pisaba sobre las palabras con que su padre había relatado al pueblo. Aquellas palabras eran lo sólido que había encontrado por calles donde se cruzaba con personas amables que vivían aquel presente con expresión feliz.

En todo su viaje no había dejado de pensar en la familia de su padre que se salvó al huir a la Argentina antes de la invasión nazi.

Recordó a su padre cuando le decía que hay que temer a los "vivos nunca a los muertos". El horror en la historia humana siempre lo han realizado tipejos escondidos en ideologías que justifican quitar la condición humana. Son los hundidos en la enfermedad del poder.

La barbarie la realizan los vivos: ni los muertos ni los fantasmas.

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL BOSQUE DE LOS CEREZOS HA PARTIDO*

 

 

Me desperté asustada por el estruendo leve del silencio.

El bosque de los cerezos ha partido.

Ha partido. Ay sin despedirse.

También se ha ido el hombre del sombrero roto.

Se lleva, Ay se lleva la huella de la última nevada.

Los viñedos, inútilmente extendieron sus brazos.

Ay no pudieron, no.

Reclusos crepitan en la pasión dorada del otoño.

El sol, indeciso muerde una manzana de oro.

Ay una manzana de oro.

La esclavitud sonríe en la pausa fresca.

El bosque de los cerezos ha partido.

Ha partido. Ay sin despedirse.

El amor y el olvido, mustios

Caminan aferrados al hombre del sombrero roto

Y se llevan, Ay se llevan la huella de la última nevada.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un caballero errante*

 

Alejandro Badillo sobre la nueva adición a la saga televisiva de ‘Juego de tronos’, la serie ‘El caballero de los Siete Reinos’ (HBO)

 

*Por Alejandro Badillo.

 

George R.R. Martin, creador del famoso universo de Juego de tronos, es quizá víctima de haber escrito un mundo demasiado real para sus numerosos seguidores. En uno de los ensayos reunidos en Juego de tronos. Un libro afilado como el acero valyrio (“¡Ponte a escribir, George R.R. Martin!”), publicado por la editorial española Errata Naturae en 2012, la periodista Laura Miller describe la obsesión de los fans con los libros y el fenómeno cultural generado por la saga, que se mantiene varios años después de la publicación del título más reciente, en 2011, y el final de la serie producida por HBO en 2019.

La creación de Martin ha provocado, como afirma Miller, que muchos fans sean más expertos en Juego de tronos que el autor mismo. Es tal la cantidad de genealogías, símbolos, mensajes encriptados, teorías de la conspiración, polémicas, conocimiento canónico y misterios irresolubles, que George R.R. Martin probablemente dejará inconclusa la saga por dos razones: la imposibilidad de añadir algo más a una creación que lo rebasa en términos de imaginación y memoria y, por supuesto, la tarea de satisfacer a los seguidores de un universo que se ha convertido para ellos en una suerte de religión.

Debido a la sequía creativa de Martin, HBO se ha dedicado a escarbar en los volúmenes de Juego de tronos y en historias publicadas al margen de las narraciones más famosas. Los fans, por su parte, han creado una galería de imágenes y secuencias de video para ilustrar episodios que aparecen en algunos libros o son mencionados de forma indirecta en algún pasaje. Esta imaginería visual es usada en los análisis de especialistas en YouTube, que estrenan sus transmisiones una vez que acaba el capítulo semanal de cualquier serie basada en su universo favorito. Para explotar comercialmente el fenómeno mediático, a Juego de tronos siguió La casa del dragón –precuela con personajes diferentes, estrenada en 2022– y, este año, la primera temporada de El caballero de los Siete Reinos (cocreada por Martin e Ira Parker), historia basada en tres novelas cortas publicadas por el autor entre 1998 y 2010, antes de que la fama de la serie llegara a su vida y se convirtiera en referente global.

No sólo es interesante la trama de El caballero de los Siete Reinos (las aventuras de un caballero errante y un escudero cuya identidad secreta se revela a las primeras de cambio) sino el hecho de que se estrene en medio de una fuerte crítica de la desigualdad y del poder. Si Juego de tronos y La casa del dragón se concentran en las élites de un mundo de fantasía –aunque termina siendo una copia del Medievo, como gran parte de la fantasía épica–, la nueva serie de HBO tiene como personaje principal a Duncan el Alto, un joven sin abolengo que representa, al menos en esta primera temporada, a la gente de a pie que tiene que sobrevivir a una realidad dictada desde el trono.

El contexto es interesante también, pues la historia retrata el declive de una dinastía –los Targaryen– que ha perdido a los dragones, su arma principal. Inmersa en luchas internas, la élite que oprime la tierra ficticia de Westeros tiene que hacer uso de la tradición, la fuerza militar que aún le es fiel y, sobre todo, la capacidad de imponer respeto en los llamados Siete Reinos. El temor, por supuesto, es otro ingrediente para mantener un equilibrio social cada vez más precario. Tiempo después, cuando la dinastía está casi extinta, una de sus descendientes, Daenerys Targaryen, recupera a los dragones y destruye King’s Landing –la capital de Westeros– en el capítulo 5 de la octava temporada de Juego de tronos, cuyas imágenes recuerdan las de un bombardeo nuclear. El final de la serie remite a un determinismo que molestó a muchos espectadores, pues la rebelión que promete libertad a los oprimidos degenera en una orgía de sangre y en el germen de una dictadura con reminiscencias del fascismo del siglo XX.

En medio de la épica trágica de Juego de tronos, la figura de un caballero errante como Duncan el Alto (Peter Claffey) es una reivindicación de los antiguos ideales de la caballería. No sólo eso: el escudero del protagonista es un noble de escasos 8 o 9 años. Aegon “Egg” Targaryen (Dexter Sol Ansell) es un niño que intenta alejarse del poder para no corromperse y encuentra en el caballero un modelo a seguir. La serie, al menos en su primera temporada, apenas recurre a elementos sobrenaturales, pues la intención es mostrar el enfrentamiento entre el idealismo de Duncan el Alto y una sociedad que se ha acostumbrado al sometimiento y es gobernada por tiranos cada vez más alejados de la realidad.

El héroe que inicia su camino desde abajo y enfrenta al poder es un paradigma que se retrata en innumerables narraciones a lo largo del tiempo. En esta nueva aproximación, el contraste entre un caballero que duerme bajo un árbol y una nobleza que ha perdido casi toda su legitimidad encaja muy bien con nuestra época. En el capítulo 5 de la serie, “In the Name of the Mother”, Duncan el Alto se enfrenta a un juicio por combate a causa de su defensa de una mujer agredida por Aerion Targaryen, uno de los herederos al trono y hermano de su escudero. Forzado a obtener un último combatiente para su causa, Duncan el Alto se dirige a la tribuna llena de nobles de distintos rangos y les reclama, mientras algunos guardan silencio y otros se burlan, la falta de honor y la pérdida de principios. Ese reclamo resuena con fuerza en el siglo XXI.

Más allá de lo que suceda con Duncan el Alto, El caballero de los Siete Reinos ofrece una mirada diferente a la idealización de la fantasía épica inspirada en el imaginario asociado a la Edad Media. No es un secreto que la ultraderecha global ha usado la nostalgia por los reinos medievales e, incluso, el Imperio romano para vender la idea de una sociedad patriarcal y jerárquica como remedio al caos de nuestra época. Los grandes emperadores, el determinismo histórico, la jerarquía obtenida por nacimiento y, sobre todo, la idea de una sociedad pura que representa el bien y la civilización enfrentada a una amenaza externa, han sido explotados desde hace mucho tiempo en series y películas. En medio de las grandes historias existen personajes como Duncan el Alto, que rechazan los grandes honores y que van a contracorriente en un mundo en crisis.

Si los grandes reyes del universo de Juego de tronos pueden mandar al matadero a su ejército o ejecutar a alguien por capricho, Duncan el Alto decide perdonar a un rival caído en un duelo y ser amable con los animales, algo que una parte de la sociedad actual no dudaría en calificar de woke, pues va en contra de la política de la crueldad y la deshumanización que se difunde desde diferentes trincheras. La historia de El caballero de los Siete Reinos no es, en absoluto, revolucionaria; sin embargo, muestra que la épica también puede ocurrir en las historias minúsculas –al menos en sus inicios– que contrastan con las leyendas de los grandes hombres. Quizá los fans de George R.R. Martin puedan apreciar este tipo de historias, que ocurren al margen de las grandes batallas.

 

*Fuente:

https://www.latempestad.mx/tornavoz-george-r-r-martin-el-caballero-de-los-siete-reinos/?

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ROLLO DEL TIEMPO*

 

 

1

 

La vida me permitió acceder al fantástico mundo del arquitecto Jerome Ricardo Klepka.

Antes de partir a Corbett, su gran obra, había recibido de manos de su amiga Irene una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.

Mientras viajaba en tren ya sentía que el arquitecto Klepka tenía una lúdica creatividad que le permitió colocar sus esculturas "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su cuaderno explicaba:

 “esta es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.

 

2

 

El hotel se llama "Edward James Corbett Resort". Bien visible a metros de la estación de tren. Es un hotel de tres estrellas con baño privado. Pedí una habitación sin saber cuánto tiempo necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los visitantes.

Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar también en idioma ruso. -Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre. -

La cosa es que el conocimiento común de cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los obreros presentes en la obra.

-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado impecable. -Concluyó el conserje.

 

 

3

 

Un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida pensaba que escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka-. ¿Podría escribir algo más que una crónica sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.

 

 

4

 

Desayuné con vista al verde del parque. Un cielo amplio se elevaba. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me llevaba a permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la atención la leyenda impresa en la remera del hombre de la cabeza afeitada. Tenía menos de cuarenta años, un cuerpo trabajado en horas de gimnasio. Parecía estar en gira de negocios desayunando con socios o clientes. La remera decía en letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".

No quise distraerme más. Llevaba en mi bolso un par de cuadernos donde Jerome describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.

 

En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del comedor está el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de Tigre. Arriba de la cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana que mantenía colmillos y lengua de serpiente.

La estatua tiene el subtítulo de "Metamorfosis". Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.

En el cuaderno dice -textual-: "Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".

 

 

5

 

Alejándose de la estación hacia el norte se llega al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".

Escribe: "Después de la salud, el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa. Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del tiempo"

Me maravilló mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.

Jerome anotó: “están mi padre y mi tío en la guerra, nunca saldrán del todo. Llegaron a la Argentina, no quedaron enterrados en el cementerio polaco. En el oído les quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban al tímpano. Puedo volver a los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por los proyectiles en la batalla de Montecassino”.

 

 

6

 

Retorné del parque bastante cansado. Era plena noche. Había cenado en un pequeño restaurante ubicado en la antigua residencia del comisionado inglés. Volví a la habitación. me bañe con una ducha que no logre regular bien. Aflojé el cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez. Desde la habitación contigua se oía una pareja hacer el amor. En un trance interminable la mujer jadeaba o gritaba. Mi primera idea no fue nada romántica: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido paredes con paneles de yeso que aíslan poco por no decir nada.

Desde el campo empezó a ganar espacio un tren acercándose con el inconfundible sonido de las vaporeras.

En el limbo entre despierto y dormido, se mixturaban en mis oídos las furias: las del vapor de la locomotora con los jadeos de la pareja.

Una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer se enciende, se deshace en vapores, jadea. Hay viajes que crean vida y otros que la llevan de un sitio a otro. Antes de lograr conciliar el sueño pensé en lo apropiado del título de una de las obras de Klepka: "Lo erótico es la vida".

 

*De Eduardo Francisco Coiro.

https://www.facebook.com/CansadoDeTriunfar/

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Una radio. Un dial llevado con urgencia al punto exacto. El sonido se expande y surgen voces, palabras necesarias para acallar otra cosa…

Es la escena de la película de anoche, que volvió esta mañana apilada a pensamientos y sensaciones.

Sostengo el dial. ¿Cuántos puntos hay donde acariciarlo para que el sonido se abra limpio contra el oído?

Lo llevo al punto exacto para oír sin ruido.

Quiero más. ¿Ese sonido existe en otra parte? Porque no deseo otra cosa: solo esto que hallé, esta vibración que amo y me conmueve.

¿Bajar el volumen? A veces hay que hacerlo. Pero otras hay que tomar la vida de las orejas y que escuche, por Dios, que escuche.

No pude volver a dormirme. Me quedé en ese punto exacto, sosteniendo la respiración, con la tensión justa para que la voz no se extinga.

 

*Por Lorena Suez, suezlorena@gmail.com

Escritora / Poeta

Lic. en Ciencias de la Comunicación / Psicóloga Social

-La percepción como máquina. -Mentoría de procesos creativos.

-Talleres de lectura y escritura.

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Colibríes*

 

 

De quién era el alma del colibrí que se detuvo,

es una forma de decir, frente a mi cara, ayer,

apenas a unos veinticinco centímetros casi

durante veinte segundos mientras hablaba

por teléfono, ¿qué fue para él lo extrañó en mí?

De quién es la del que me visita todos los días

cuando riego las plantas y se deleita en mojarse

con las gotitas de agua. O el que me siguió

por la calle dando giros alrededor de mi cabeza

durante una cuadra y media hasta mi puerta.

¿Mi madre dolida del desamor de mis recuerdos,

y atenta a deshoras, después de las ausencias

de sus desvaríos que no puedo olvidar

a pesar del tiempo? ¿Mi padre incrédulo

y orgulloso de que su hijo escriba libros

tratando de asegurarse que soy el mismo?

¿O vos?, de quien no doy referencia.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

 

 

 


 

 

 

*

 

La escritura de un poema o un artefacto verbal como el poema (cualquier otro género literario) trata de un salto. De un movimiento agazapado y del salto que presupone ese inconsciente revelado de súbito. Como tigre, león, pantera, gatos, escondidos, haciéndose los que duermen. Lobos, perros escondidos en el follaje, silencio redondo y perfecto. No parece que hubiera nada en ninguna parte, sólo la calma del viento, los rumores de siempre. Hay una detención del mundo. La mirada está en tensión extrema, en un embudo de aire. Nadie toma nota, puede haber un movimiento ínfimo, pero la presa de palabras no sabe que es presa. Nadie espera el salto. El salto puede ser una palabra repentina, una aparición de frase repentina. El salto puede ser un corte en la vida que no se entiende. Tampoco se entiende el salto. No hay nada que decir: el referente es un vacío que remite a otras palabras. Un vacío por saturación, que es la intensidad.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

Estación San Sebastián*

 

*Por Ana María Broglio.

 

 

Querido hijo:

 

He recibido la carta donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes. Tienes razón, ya no es bueno que viva solo en esta casa donde me crie, desde donde mi madre, apretando sus labios en un rezo, me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío.

¿Qué hubiera hecho yo sin los trenes?

Cuando las piernas me lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que se pierde, más allá del horizonte… en el cielo.

Entonces, miraba las vías de otro modo. Apretaba fuerte las estampitas entre los dedos y subía y bajaba del tren, cuando estaba en movimiento, sin ninguna dificultad.

Eran años difíciles. Los turistas venían desde Buenos Aires y viajaban en plan de baños a Carhué. Por lo que se sabía, allí había las aguas termales más curativas de Argentina. Entonces, la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca ropa, me daban monedas, comida, golosinas y yo volvía a casa feliz y le prometía a mi madre que cuando fuera mayor, le compraría un sombrero y la llevaría a las termas, para que se cure del reuma.

Mi madre acariciaba mi cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía más hombre que nunca.

-Tienes que aprender mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes, los turistas te pagarán la información -  insistía mi maestra. A la señorita le pareció muy buena la idea de que practicara la lectura y me prestó, de la biblioteca escolar, una revista con la historia del tren. Apenas había aprendido a leer y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a practicar en voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y luego memorizar lo escrito:

 “En la línea de rieles, San Sebastián, es la última estación en haber sido levantada, desde Puente Alsina, por la firma constructora Hume Hnos. Esta firma, edificaba las estaciones del FC Midland. Al llegar el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora, quedó en bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con la Compañía General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908) el Ferrocarril del Sud y el Ferrocarril del Oeste, absorbieron al Midland y continuaron la construcción, reemplazando a la Hume por la Clarke, Bradbury y Co., lo que le da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño arquitectónico totalmente distinto, similar a las estaciones del Ferrocarril Sarmiento”.

De pie, en el centro del vagón, cada vez con mayor seguridad, recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi cajita de cartón por todos los asientos y la gente depositaba sus colaboraciones. Los clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé de vender las estampitas y compré, a mi mamá y a la maestra, un bonito adorno para colgar de la pared.

Aquel día, lo recuerdo bien, viajaba una señora, sentada junto a una de las ventanillas. El vagón estaba completo pero el lugar, al lado de ella, vacío, sin ocupar. El viento movía su cabellera, que era del mismo color del sol cuando cae. Un vestido con motitas verdes y sus anteojos ovalados, de ancha armadura blanca. Encendió un cigarrillo, a la vez que escuchaba mis palabras con atención.

Por su aire distinguido, no tuve dudas, venía de la gran ciudad. Sobresalía entre nosotros, la gente del pueblo, pero también era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar casi con desprecio.

El caso es que ella estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a recitar mi memorización de rutina.  Me preguntaba qué hacía esa dama viajando en este tren, indiferente a los susurros y chismes de los pasajeros que no le quitaban la vista de encima. También yo la observaba mientras me escuchaba, sus hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes moños dorados.

No recuerdo de otra persona que no fuera de mi familia o mi maestra, que me haya sonreído con tanta amabilidad, al momento de pasar mi cajita y tan generosa pues, tampoco recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el mismo trabajo.

Ese día como pocos, salté del tren, exultante por la recaudación.

Nunca volví a verla pero mi madre se ruborizó cuando se la mencioné y me dijo que era de las mujeres que venían a trabajar, en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la estación La Rica, unos kilómetros más adelante.

Cuando terminé la primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir un empleo como mozo de carga. La muchedumbre se arremolinaba en el andén y yo debía correr de un lado al otro para cumplir con mi tarea.

Los años me hicieron guardabarreras y jamás me aburrí de ver pasar las formaciones, de esperar que llegaran y de despedirlas al partir.

Ahora que el calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido, mi buen hijo, no me pidas que abandone los trenes.

Ha pasado la vida. Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el viejo banco, debajo del alero de la estación, a esperar el pitido que anuncia su llegada.  El servicio se ha suspendido desde hace años y yo, he aprendido que la soledad, es una estela de humo en el recuerdo, restos de una memoria de papel que el tiempo ha borrado, un desierto sin norte, olas de arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha paralelo, desde mi niñez a la muerte.

 

Tuyo, tu padre.

 


https://cuentosinventren.blogspot.com/2026/03/estacion-san-sebastian.html?

-A la memoria de Ana María Broglio-

 

 

 

 

-Próxima estación:

GOBERNADOR UDAONDO.  

 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

 

LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.   

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 


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