martes, abril 07, 2026

RENACER EN EL GESTO IMPENSADO.

 


*Dibujo de Erika Kuhn.

https://obraerikakuhn.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

 

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Renacer en el gesto impensado.

Flecha disparada desde el pecho que sabe.

 

Ser brazo, blanco y arco.

Tensar. Soltar, al fin, el músculo ardiente.

 

Sobrevolar el lago nácar de monstruos en espera.

Alcanzar —flagrante— las ramas de la orilla. No pendular.

 

Hacerlo sin fijar la mirada.

Confianza templada en el fuego.

 

Luego, la pregunta: el método, el qué, el cómo.

Tip de cinco puntos. Paso a paso.

 

Y lo que era magia queda desnudo, vertebrado.

Manía inorgánica de explicar el milagro.

 

¿Y qué es esto de sentirme tan viva?

No lo hagas, Lorena. No se entiende.

 

Nena ingenua de vos…

La flecha está volando.

 

*Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

Lic. en Cs. de la Comunicación / Psicóloga Social

La percepción como máquina. Escritura onírica.

Mentoría de procesos creativos.

Talleres virtuales de lectura y escritura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

GUARDANDO EL JARDÍN DE LAS HESPÉRIDES*

 

 

Mis cabellos matan el sol. Son negros mis cabellos; negros como la boca del traidor, como la nariz de un perro en el bosque, negros son como el centro de tus ojos.

Mis cabellos son negros.

Diría que ensortijados, diría que espléndidos en su derrame móvil sobre mi espalda y mis hombros desnudos. La belleza lisa y bruñida de cada cinta de resumida oscuridad es un fustazo de dicha nunca apropiada, nunca gozada por mortal.

Ah mis cabellos. Ondulo mi cintura blanca, tiendo acuáticos brazos fantasmagóricos. Observo con fascinación mi sombra arbórea y móvil. Y aguardo.

Junto a mis hermanas aguardo, y guardo la puerta del jardín donde los hombres no tienen cobijo.

Yo guardo y aguardo y espero.

Te espero.

Con los ojos del corazón te veo, y no con los del peligro. Detrás de los párpados, detrás de los velos te añora mi frágil corazón de hembra sola.

Te llama mi anhelo. Transparentes vahos de deseo te atraen hasta la puerta que no debes cruzar, que no debo permitir que cruces.

Sé que vendrás.

Sé que por tierra y agua marchas hacia mi destino. Y que más pronto que tarde tu sombra dibujará tu belleza sobre mi tierra yerma. Aquí estarás para cumplir la promesa de la muerte y las espadas. No ruego otra baraja ni otros dados.

Sé que vendrás. Me basta.

Sé que puedo recorrer tu cuerpo duro con mis manos, que puedo atrapar el hombre con mi boca anhelante. Pero sé asimismo que la dicha está contaminada de brevedad, que la fugacidad de la carne tibia se transformará en piedra contra mis senos ansiosos. Te matará mi amor, amor. Mi fatal mirada.

Mi amor te transformará en estatua de piedra. Sólo la dicha de contenerme en tus ojos es mi anhelo, y tal dicha, lo sabemos, sería tu sentencia. Mis cabellos de serpiente se retuercen y anudan en deseo e ira.

Mi amado, debieses comprender que Medusa te ama aunque mi amor confluya con la muerte. No será para nosotros la ternura. Morir o destruir al objeto de mi amor, tal es la torpe suerte que me ha tocado.

Perseo, dejaré que me decapites y te ufanes de tu hazaña.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

https://www.auroraboreal.net/literatura/puro-cuento/2025-relatos-de-monica-graciela-russomanno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Uno de ellos*

 

Al abrir los ojos estaba helada. Tenía la ropa húmeda por partes, y mojada la tela que tocaba el suelo.

Aún no había salido el sol. Oí perros ladrando. Apenas amanecía y los pájaros volvían a sus nidos. La tormenta había terminado.

El viento de la noche había derribado algunas ramas. Algún pichón no habría logrado sobrevivir, eso pensé y me impresioné tanto que alcé el cuerpo sin esfuerzo, decidida a ir por comida. Apoyé las manos sobre el asfalto, a un costado y me incorporé con fuerza.

Empecé a caminar por el borde del cordón, mirando de costado las líneas amarillas a la izquierda, el cordón a la derecha. Alternaba mis ojos de lado a lado.

De lejos vi acercarse al corredor con su ropa de colores y materiales inalterables. Sentí algo de envidia por su persistencia. Pese a todo lo que estábamos viviendo, él repetía una y otra vez su rutina deportiva.

Una rama me hizo tropezar. La sensación de frío y extrañeza que me había provocado la imagen de los nidos y los pichones me impulsaba a andar.

Me sentía mareada. El incipiente dolor de cabeza que volvía a aparecer se atenuaba con los ojos cerrados. Entonces no miré más, decidida a avanzar hacia el árbol de mandarinas para comer alguna. Aún estaba a tres cuadras y se llenaría de gente que, como yo, necesitaba alimento.

La tormenta del día y la noche anterior habían aplazado la comida: restos mojados, incomibles, ríos de agua en las calles. Y el miedo a la inundación que nos paralizaba cuando mirábamos caer el agua, impetuosa y extrema.

Escuchaba los sonidos del amanecer. Zumbidos eléctricos, voces aisladas, pasos. Avanzaba con la confianza que da la costumbre aunque mis pies se movían torpemente. Mis brazos no seguían el ritmo natural de la caminata. Era consciente de mi cuerpo, y el resto de mis sentidos compensaban la falta de visión. Necesitaba alimento.

El corredor pasó cerca de mí. Yo lo reconocí por el olor que exudaba, mezcla de transpiración y desodorante impregnados en la piel. Muy distinto al olor rancio de mi cuerpo.

Seguí caminando tan segura como cuando había cruzado el túnel ferroviario con los ojos cerrados, repitiéndome palabras hipnóticas para convencerme de que era la mejor manera de llegar al árbol de paltas, ahora extinto.

La presencia casi constante del corredor me perseguía, muy de cerca. Al llegar a la esquina volvió a alcanzarme después de dar vuelta a la manzana. No le tenía miedo.

No temí tampoco cuando alguien me gritó una advertencia. Solo entorné los ojos, espié en derredor y continué, custodiada por esa respiración, esa niebla de perfumes que me acechaba. Custodiada también por todas las miradas que me vigilaban desde las casas más altas, infranqueables para nosotros, los inundados sin techo, los olvidados por todos. Éramos invisibles en el sentido humanitario, pero nos espiaban como a monos peleando por bananas.

Me espiaban para presenciar con desdén y entretenimiento mi osadía casi diaria en busca de alimento. En remera y bombacha andando por la calle, trastabillando.

El hambre dolía y el mareo avanzaba. Terminaría desmayada si no me apuraba a comer algo. Tenía que llegar al árbol de mandarinas y trepar hacia las ramas más altas antes de que el sol despertara al resto de la tribu de gente necesitada de alimento, de casa, de todo. Casi no tenía fuerzas y si no me apuraba pasaría otro día difícil.

Algo se rompió. Con uno de mis pies quebré algo. Abrí definitivamente los ojos. Miré las líneas amarillas a mi izquierda, el cordón a mi derecha y me dejé caer. El huevo habría caído de su nido durante la tormenta.

Desde el piso pude ver el fosforescente amarillo de las zapatillas del corredor cada vez más cerca. ¿Cómo es que seguía corriendo? El mundo estaba sumido en el abandono después de la catástrofe. Pero él no se percataba y seguía corriendo, esbelto y perfumado. Seguía mirándome y corriendo.

Desde el piso, y sin pensar, sorbí la yema de huevo esparcida sobre el asfalto. Recuperé fuerzas.

El corredor cruzaba la esquina mirándome incrédulo sin ver el auto eléctrico que doblaba silencioso por detrás del árbol de mandarinas que me esperaba. Alcancé a gritar muy fuerte mientras me miraba. Enseguida pude ver las líneas fotovoltaicas que dibujaban sus zapatillas. Antes de caer sobre el asfalto, la delantera del auto arrasó las baterías que tenía conectadas a su indumentaria.

Entonces, los vecinos comenzaron a cerrar las compuertas y aberturas por las que nos miraban a diario. Sabían que nosotros, los desahuciados, llenaríamos las calles de un alboroto triste, agresivo, impotente.

El corredor estaba muerto.

Antes de que llegara el resto le quité la ropa y me la puse. Sus zapatillas me quedaban grandes, pero eran algo mucho mejor que andar descalza. Me sentí poderosa. A cambio le puse mi remera harapienta.

Salté sobre el árbol de mandarinas con una fuerza animal, recargada. Me atraganté del dulce y el amargo de la cáscara, sorbiendo, tragando el motivo de mi peregrinación inaplazable.

Después corrí con la mirada hacia adelante, con las piernas enérgicas pisoteando las líneas amarillas que hasta hace un rato eran mi guía.

Ahora debería encontrar la casa del corredor antes de que los otros me vieran y se tiraran sobre mí para quitarme lo que había conseguido. Después, huiría hacia lo más alto de la ciudad y me convertiría en uno de ellos.

 

*Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

Lic. en Cs. de la Comunicación / Psicóloga Social

La percepción como máquina. Escritura onírica.

Mentoría de procesos creativos.

Talleres virtuales de lectura y escritura.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

-SEGUNDA PARTE-

 

Mi habitación en el hotel era espaciosa. Al lado derecho había un buró. Enfrente, un espejo rectangular cuyo marco de metal estaba un poco oxidado. Las paredes desnudas creaban la ilusión de un espacio más amplio. La cama tenía una base de madera cuyas cajoneras habían sido retiradas. Me pregunté si habían sido utilizadas para guardar documentos, si el posadero suponía que ningún huésped tendría cosas para guardar. Después de la plática sobre el suicidio decidí quedarme en la habitación. No quería bajar y encontrármelo de nuevo. Aún latía en mi memoria sus ojos y sus palabras demoradas por el insomnio. Al lado derecho había un armario medio apolillado con algunos ganchos de metal. Me senté en la cama y recargué la espalda en la pared. Pasé el tiempo vagabundeando en los archivos de mi computadora. Saltaba de texto en texto, displicente, evitando desarrollar una idea extensa. A veces escribía un par de frases y las borraba inmediatamente. Lo que noté en seguida es que, cada una de las palabras, sonaba artificiosa, como el silencio de las calles, el suicidio de la mujer y las paredes blancas de la habitación que parecían multiplicar, confundir mis pensamientos.

El siguiente texto que encontré fue en una revista. Estaba a punto de salir del hotel cuando, en la recepción, miré debajo de un archivero de cartón. Ahí descubrí un manojo de papeles. Me sorprendió el hallazgo. Desde mi llegada había intentado recopilar cualquier material que estuviera a la mano. Las revistas y otros impresos eran muy escasos, casi inexistentes. Supuse que, además del poco interés por la escritura, la falta de insumos para imprentas había hecho que se detuviera la producción de cualquier tipo de textos. Lo que había, en todo caso, eran hojas de papel sueltas, a veces cosidas en libretas rústicas, de bordes gruesos, que vendían en algunas tiendas. El posadero tenía varias de ellas aunque estaban vacías. Por esta razón, sin importar que me descubriera, levanté el archivero y saqué la revista. Arriba, se escuchaba la Mazurka de Chopin y, confiado, la guardé en mi maleta para leerla con detenimiento. Una vez en la calle miré la portada que estaba comida por el moho. Se veía el fragmento de un rostro femenino y, más abajo, unos tacones color negro. Lo demás no se podía distinguir. En los interiores había anuncios de ropa, electrodomésticos, recetas de cocina y consejos sobre las tendencias más recientes en zapatos. Vagabundeé por las páginas. Algunas estaban pegadas y tenía que tener mucho cuidado para no romperlas. Antes de llegar a la última página que, al estar más expuesta a la intemperie, era ilegible, encontré un pequeño artículo. Estaba firmado por una mujer y su título era: “Consejos para no aburrirte en invierno”. Deduje que la edición había salido al mercado en los últimos meses de un año ya lejano. El texto comenzaba diciendo que el invierno era una buena oportunidad para ordenar la casa y, tal vez, pensar en hacer algunas reparaciones. Si el clima era muy frío recomendaba pasar el tiempo en casa, llamar a los amigos o cocinar recetas nuevas. La autora enfatizaba la necesidad de la compañía y, sobre todo, de pensar en nuevos proyectos para el nuevo año. Otro consejo era escribir largas cartas, hacer proyectos conjuntos con los hijos o con la pareja. Atrás de esas recomendaciones latía la urgencia por combatir algo que, aparentemente, era inocuo. El lenguaje usado, afable, dejaba entrever una creciente preocupación. El aburrimiento, el no pensar en nada, parecía un problema de salud pública. Quizás toda la revista tenía como objetivo combatir los primeros síntomas de desidia y había otras publicaciones repletas de textos de autoayuda, consejos, recomendaciones, actividades, para que la gente saliera de un marasmo que, con el paso del tiempo, se tornaba maligno. Imaginé las calles que recorría cotidianamente con anuncios en los postes de luz, carteles con teléfonos de psicólogos o psicoterapeutas, programas de televisión, festivales escolares, celebraciones religiosas, ceremonias cívicas, lecturas públicas. Todo ello como un esfuerzo desesperado para que la gente no se abandonara, para que se siguiera interesando en la ciudad, en sus vecinos y, sobre todo, en su vida.

Esa noche transcribí el artículo. Mientras lo hacía tenía miedo de un nuevo apagón, que el posadero se diera cuenta de la ausencia de la revista y subiera a preguntarme. Sin embargo, confiaba en que el hombre considerara ese amasijo de papel como un objeto intrascendente, algo para llenar un espacio vacío. Miré la pantalla blanca. Quise copiar, en ese momento, más artículos. Intenté reconstruir algunos párrafos ilegibles de otras secciones de la revista. Sin embargo, me sentí defraudado. Quería transcribir textos completos, como quien coloca en la misma posición una pila de ladrillos después de haberlos sacado de un lugar lejano. Sentía que, cada una de las palabras, incluso los espacios en blanco, los márgenes derruidos de las páginas, eran oportunidades para internarme en la memoria posible del país, en las secretas vidas de sus habitantes.

Después de guardar la revista debajo de la cama, subí a la azotea del hotel. La construcción no era muy alta, pero desde ahí se podía contemplar gran parte de la ciudad. Hacía frío. De mi boca salía un vaho que perduraba algunos segundos. Como podía suponer casi no había gente en las calles. Apenas un par de tiendas estaban abiertas y los escasos transeúntes iban a paso veloz, como si temieran llegar tarde a una cita importante. Miraban a los lados. Uno no despegaba la vista del suelo y apenas ponía atención en el camino. Podía ser que, a pesar de ir bien abrigados, estuvieran huyendo del frío o de alguna amenaza imposible de ver. Iba a seguir observando cuando las luces de algunas casas comenzaron a apagarse. A mi lado derecho la ciudad lucía oscura, como un oasis negro que pronto devoraba sus límites e invadía territorios cercanos. Los postes fueron sólo un recuerdo luminoso y, como oculta por un grueso telón, la ciudad quedó anónima, ciega, como si nunca hubiera existido. El hotel también quedó sin luz. Alcé la vista y miré el resplandor de la luna que era opacado por una nube ligera. Aproveché para regresar a las escaleras que daban a la azotea y entré a mi cuarto. Supuse que el posadero estaba solitario, en su cama, intentando dormir, mirando en dirección a la ventana. Los apagones eran, también, un elemento que endurecía el aburrimiento pues impedían hacer casi cualquier cosa. Tal vez a alguien se le hubiera ocurrido hacer algo con la oscuridad: juegos en los que los participantes recorrieran la casa usando como guía las sombras menguantes de los muebles; retos en los que una pareja de amantes se encontrara por el sonido de su voz. Pasaron varios minutos y perdí la esperanza de que regresara la luz. Me metí en la cama abrigándome con una manta de lana. No pude dormir de inmediato. El silencio del hotel se expandía a toda la ciudad. En ese momento, pensé, todos se habían quedado callados: los esposos habían interrumpido alguna conversación y, acaso, alguna pregunta se había quedado en el aire. Reflexioné en mis preguntas. Era como escarbar en tierra árida, dura, aplanada por el paso de mucha gente. Mi mente comenzó a pesar y, al fin, me quedé dormido.

Al día siguiente, antes de desayunar, y contrario a mi costumbre de escribir en las tardes, después de mis paseos, prendí la computadora y desarrollé brevemente algunas ideas sobre los últimos acontecimientos que había presenciado. Una de las teorías que apunté fue que los habitantes, en efecto, padecían una indolencia que podía percibirse cuando se intercambiaba un saludo o en la falta de interés en las vidas de los otros, incluso de los vecinos más cercanos. En mi archivo escribí que los habitantes de esa región parecían seguir rutas determinadas todos los días. Calles aledañas a sus hogares, rara vez eran visitadas porque no formaban parte de ese itinerario inconsciente y calculado. Una vez resueltas las necesidades más básicas, regresaban a sus casas y las calles permanecían desiertas. Quizás, el único factor que variaba era la hora en que ocurría algún apagón. Entonces iban a cajones y armarios para prender velas. En las noches, sobre todo cuando la oscuridad se prolongaba por varias horas, un hipotético paseante podría recorrer las calles y era rodeado por ventanas iluminadas con diminutas luces, como estrellas perdidas en un cielo inmenso y, al mismo tiempo, vulnerable. En algunas ocasiones, cuando recorría las calles, quedaba de manifiesto mi condición extranjera por mi caminar indeciso, mi falta de rutina, la sensación de quedar inerme en una esquina, como el viajero perdido en un denso bosque.

Intenté crear una rutina partiendo siempre de la plaza principal. Al centro había un quiosco redondo cuya estructura y delgadas columnas tenían una vaga apariencia árabe. Algunos paseantes caminaban silenciosos. La iglesia estaba cerrada y, el campanario vacío estaba ligeramente inclinado. No había cafés sino tiendas donde vendían frutas y algunos productos de manufactura artesanal. Me comencé a mezclar con la gente. Algunos de ellos, reticentes, apenas me respondían el saludo. Recibía un “sí” después de un “buenos días”. El “sí”, por supuesto, era un refunfuño disfrazado. Una mañana, mientras decidía si convenía alejarme de las calles centrales, advertí que un hombre, que trabajaba en una carpintería, cerca de una esquina, me hizo señas para que me acercara.

–¿Cómo está?

El hombre dejó la garlopa y recargó en la pared una gran regla de madera.

–¿Es extranjero?

Asentí.

–Creo que esto le podría interesar.

El hombre me extendió una libreta roja con una liga azul que servía para asegurar las tapas. Cuando le pregunté al hombre el origen de la libreta se limitó a encogerse de hombros y volvió a pasar la garlopa sobre una tabla de madera. Las virutas comenzaron a caer cerca de mis pies. Le di las gracias y traté de recordar la ubicación del negocio para regresar y, tal vez, obtener información adicional. Pensé en las motivaciones del hombre para darme la libreta. Era como una sutil llamada de auxilio. Era la necesidad de compartir esos fragmentos casi ininteligibles con la primera persona que pareciera estar genuinamente interesada.

Llegué a mi habitación. Tenía la idea de que el posadero me estaba esperando. Desde el inicio era evidente su desagrado cuando indagaba el país. Por momentos mostraba curiosidad, pero después evitaba, desconfiado, cualquier contacto prolongado conmigo. Era probable que desconociera gran parte de los hechos pasados del país, pero estaba seguro de que conservaba información adicional, acaso una sospecha, una experiencia íntima que cuidaba a toda costa. El foco comenzó a parpadear. Esperé, desesperanzado, a que la lenta oscuridad llegara y sumergiera todo. Los apagones eran una marea que te dejaba indefenso, enfrentado al anonimato de las cosas. Sin embargo, la luz volvió a estabilizarse y el filamento del foco lanzó una bocanada amarilla que me permitió abrir la libreta y comenzar a leer las primeras líneas. Al parecer, por la sucinta introducción que se hacía –un viaje desde una zona llamada “las estepas”– el autor era un viajero como yo. La libreta no contenía un artículo o ensayo, sino era un diario. El autor, anónimo, contaba sus primeros días en la ciudad y su intención de recorrer todo el país.

Pasé la noche internado en las páginas de la libreta. La escritura, apretada y redonda, describía la muralla. El viajero decía que no había registros de la construcción. Era como si siempre hubiera estado ahí, desde el inicio de los tiempos, como las montañas y los relieves del paisaje. El viajero –que se identificaba con la letra “R”– trataba de calcular la extensión de la muralla. Al inicio daba una cifra pero pronto reflexionaba y la contradecía o la daba por imposible. Después, olvidando cualquier comentario sobre la extensión, especulaba sobre los territorios que rodeaba. Por las informaciones recolectadas entre la gente suponía que la muralla abarcaba el país entero. También esa información era parcial ya que se desconocía lo que ocurría en las partes más lejanas. Si esto era cierto el país sería una especie de reino separado por completo, una isla autónoma. Por un momento pensé que, en realidad, el escritor era una mujer y jugué con nombres femeninos que empezaran con esa letra. Después esos intentos perdieron interés cuando mi atención se volcó a las páginas arrancadas al final de la libreta. Traté de calcular la furia contenida en los pedazos de papel sobrevivientes a la violencia, como banderas rasgadas después de una sangrienta batalla. No pude adivinar las razones para eliminar esas partes del diario. ¿Arrepentimiento? ¿El autor se había internado en aguas demasiado profundas y sentía que la escritura, en ese punto, lo estaba condenando?

A partir de entonces llevé la libreta roja como una especie de amuleto. Me di cuenta de que el país, al menos en la primera región que exploré, era autosuficiente; no había ningún interés por explorar más allá de la muralla y, también, por ir tierra adentro a visitar el resto de las zonas que permanecían casi a oscuras por la falta de energía eléctrica. Lo asombroso es que nadie imaginaba lo que ocurría fuera de los límites conocidos. No había, quizás por la falta de un pensamiento reflexivo, un interés genuino, la idea de un exterior posible, realizable. Las mentes de las personas se reducían a lo simple, a lo fragmentario, a lo inmediato. No había razón para ir al exterior, para construir una escalera de muchos metros e intentar superar la muralla. No había ningún reglamento sino un tabú silencioso, que aceptaban todos. El viajero del diario, en una de las páginas centrales de su texto, se refería a la molicie de los habitantes, un sentimiento que encontraba difícil de analizar. Decía que cuando la persona de esa región –hombre o mujer de forma indistinta y casi simétrica en cuanto a casos– llegaba la barrera de los cuarenta años, comenzaba a sufrir los embates de abulia. Algunos, lo que sobrevivían, ante esas señales, se refugiaban en labores cotidianas: preparar la comida, ir a los sembradíos a trabajar. Pronto supe que el posadero utilizaba mi compañía como una forma de evadir ese destino. Por eso sus nerviosas manos sobre las cartas y sus rutinas que tenían leves variaciones. Sin embargo, aquellos que cedían a aquella marea de desencanto, comenzaban a investigar las formas para acabar con ellos. Algunos, como la señora cuya muerte había presenciado, usaban las armas que tenían mucho tiempo sin usarse y confiaban en que el mecanismo aún funcionara para que el balazo fuera definitivo. No habría una segunda oportunidad. De otra forma, les esperaba una lenta agonía en sus casas, inconscientes, asistidos por familiares que los miraban con pena porque habían fallado en su intento y aún no se atrevían a acabar el trabajo con sus propias manos. Una de las primeras cosas que me pregunté del país fue las costumbres religiosas de sus habitantes. Pronto me di cuenta de que la religión había desaparecido gradualmente: la iglesia que estaba en el centro de la ciudad, una construcción con tímidos rasgos barrocos en la fachada y un interior austero, no era visitada. Las bancas del interior habían desaparecido, al igual que las imágenes y los cuadros. Era una gruta que sólo amplificaba el sonido de los pasos o replicaba, con un eco burlón, las voces de los improbables visitantes. El presente se superponía a casi todo el pensamiento futuro, a la especulación trascendental o filosófica. Quizás eran escépticos a casi todo y se refugiaban en la inmediatez de los sentidos, acaso en los sueños en los que vivían vidas diferentes y que no contaban a nadie, ni siquiera a las personas más cercanas a ellos.

La computadora estaba en mi habitación. Al inicio había tenido dudas de dejarla. Pensé que el posadero habría vencido su indiferencia y que podría aprovechar mis largas salidas para investigar en mis archivos. Sin embargo, decidí confiar en él ya que me daba miedo que el aparato sufriera un golpe o que llamara la atención de la gente durante mis paseos. De vez en cuando, en alguna calle desierta, buscaba algún lugar para sentarme y anotar algunas frases u observaciones en una libreta. No quería usar la libreta roja porque, continuar la escritura ahí, sería suplantar la identidad del viajero, asumir su destino. Lo que sí hacía, quizás buscando una especie de equilibrio en mis observaciones, era leer a intervalos fragmentos de la libreta roja. Apenas eran unas quince hojas escritas, pero confiaba que podría desentrañar más información, completar con lo no dicho las claves que aún faltaban, sobre todo el origen de la muralla y la extraña relación de los habitantes con ella. Después de cada jornada, al llegar al hotel subía con rapidez las escaleras y transcribía mis anotaciones en la computadora. Previendo una falla fatal en mi equipo o que, finalmente, no hubiera suficiente electricidad para cargar la pila, guardaba los papeles en los que escribía. Después copiaba partes de la libreta roja y trataba de encontrar posibles combinaciones. A veces pensaba que estaba ante las piezas de un rompecabezas. Hacía enroques entre frases lejanas, como si buscara sorprender el juego de un enemigo imaginario. Más tarde, con la mente un poco agotada, me sumía en momentos de confusión, de aislamiento sensorial que me alejaba por completo de los sonidos de la calle y de las huellas del posadero en el hotel, huellas que, en otras circunstancias, me hubieran distraído con facilidad. Entonces, me concentraba en la libreta y miraba las orillas irregulares de las páginas arrancadas. ¿Cuál había sido la suerte del viajero? Me dio miedo suponer que se habría contagiado de la enfermedad suicida que sufría gran parte de la población. Tal vez la primera página arrancada era un síntoma de la inestabilidad mental que, acaso de forma incipiente, lo empezaba a atacar. En realidad tuve muchas suposiciones que me servían para disfrazar el ocio con alguna actividad productiva, mover las ideas en cualquier dirección, tratar de vincularlas con algo. Una de las fantasías más recurrentes era que el viajero estaba mezclado entre la gente de la ciudad. Desde ese permanente anonimato vigilaba mis paseos y deducía por mis gestos lo que pasaba por mi cabeza. ¿Cómo reconocerlo? ¿Cómo descubrir a un extraño asimilado a un mosaico desconocido de personas?

El viajero de la libreta roja también escribía sobre las armas. Decía, sin abundar mucho en el tema, que las armas habían disminuido en esa parte del país porque las fábricas que las producían estaban cerradas. La energía, el ingenio y las máquinas debían concentrarse en la alimentación de la gente. Todos los esfuerzos estaban encaminados a no sufrir hambre. Incluso, algunos aparatos de las fábricas se habían adaptado para el uso en la siembra o recolección de cosecha. Quedaban fragmentos de pistolas en los desolados cuarteles de policía. El viajero decía que algunos habitantes coleccionaban esas partes y las intercambiaban con otros para, al fin, tener un arma funcional.

Las pláticas con el posadero, aunque intermitentes, continuaron. Sabía que el dinero que llevaba y que él había aceptado con un poco de inexplicable vergüenza, se acabaría y tendríamos que llegar a un acuerdo para que yo siguiera ahí. De todas formas, las monedas y billetes que le di la primera vez, eran más objetos para acicatear su curiosidad que medios para comprar productos. Además, pronto descubrí que, en realidad, no quería cobrarme. Mi presencia en el hotel justificaba su existencia, lo redimía de una amarga y desconocida culpa. Era sólo una teoría que esperaba comprobar con alguna plática más cercana o, simplemente, con la observación de las actividades del posadero, sobre todo cuando lo veía salir en las mañanas, muy temprano, y regresaba poco después con bastimentos para unos tres días. Mi teoría que incluí en el archivo principal de mi viaje y que tecleé con nervio febril, era que en aquel lugar había una saturación de alimentos –cereales y verduras la mayor parte– daba cierta autosuficiencia. Las herramientas de cultivo, quizás aún impulsadas por un tipo de energía fósil o alguna fuente desconocida, aún funcionaban y permitían cosechas relativamente abundantes. De esa forma, una gran parte de los habitantes tenía la alimentación asegurada sin necesidad de ir a los campos. Esa teoría la tendría que comprobar cuando me aventurara a las zonas lejanas, algunas de las cuales podían verse si uno estaba en un lugar suficientemente alto como la azotea de un edificio o en una casa de más de dos pisos. No me urgía comprobar mis suposiciones; quería ingresar en la vida de la ciudad poco a poco, como el buzo que se sumerge por etapas en un mar profundo hasta llegar a las oscuras zonas abisales.

 Una tarde, mientras transcurría la acostumbrada sesión de Chopin, tocaron la puerta. El hombre apagó el radio y comenzó a bajar las escaleras. El sonido de la aldaba contra la puerta se repitió. Me asomé por la ventana de mi cuarto que daba al frente del hotel y abarcaba gran parte de la calle. Desde la altura pude ver a una joven, con un gorro azul de lana y sosteniendo por el manubrio una bicicleta amarilla. La bicicleta tenía una canasta al frente y, en ella, unas abultadas bolsas de papel. Aparté la cortina para tener una mejor observación, pero el posadero ya había abierto y ella entró. Regresé a mi cama pero de inmediato fui a mi puerta. No era necesario salir pues podía escuchar con claridad que se saludaban y la voz de él preguntándole por su salud. Salí de mi habitación, bajé las escaleras y me dirigí al pasillo principal para aparentar que iba a la cocina. La chica me vio. Sus ojos oscuros se agrandaron y el posadero, un poco a regañadientes, me la presentó.

–Lucrecia.

La luz de la mañana le daba en la espalda y creaba un claroscuro en su silueta. Por esa razón no pude fijarme en los detalles de su rostro, sumergidos a medias en la penumbra. Era menuda de cuerpo y sus brazos, tiesos, transmitían una vaga sensación de vulnerabilidad. La bicicleta amarilla estaba recargada en el alto escritorio de la recepción. Tenía una canastilla al frente. En el escritorio había un par de bolsas con algunas legumbres y otros productos que no pude identificar. Ella alargó la mano para saludarme. Tenía los dedos fríos. Por un momento pensé que me preguntaría qué hacía ahí, como si yo fuera un lejano pariente que se aparece de improviso y trastoca la armonía familiar. Sin embargo, pronto sentí que establecía un lazo de confianza cuando me deseó una feliz estancia y una sonrisa se asomó entre sus labios.

Salí para caminar por las calles cercanas al hotel. Traté de reconstruir su rostro mientras miraba el cielo nublado. Me pregunté si, los pájaros que sobrevolaban los techos de las casas, unos pájaros de plumaje negro y lustroso, eran los únicos que habían sobrevivido a la extinción. Lucrecia se instaló en la habitación que estaba al otro extremo del pasillo, justo frente a la mía. Ese día llevaba pantalones de mezclilla y un suéter blanco con rosas bordadas en la parte inferior. Por alguna razón parecía distinta a los otros. Quizás era cierto carácter impredecible, un temperamento volátil y, al mismo tiempo, afable. Era una persona con la que no podías pelearte porque, al cabo de pocos minutos, habría dejado en un segundo plano el motivo de la discusión.

Seguí apuntando en papeles y transcribiendo, con velocidad en la computadora, mis impresiones. Cada rostro parecía repetirse en la esquina siguiente. Casi nadie reparaba en mí. No había una sensación de peligro y, sin embargo, tenía la necesidad de pasar desapercibido. Imaginaba que, en medio de la calle, los escasos transeúntes se detenían y me apuntaban con los dedos índices, como si estuviera en una secreta obra de teatro cuyos significados, abstractos, mutaban a cada segundo. Pero se rompía esa imagen y, entonces, los rostros de los hombres y mujeres parecían inofensivos, como si yo me estuviera inventando cada uno de sus rasgos. Pasó muy poco tiempo, quizás un par de días, cuando volví a encontrar a Lucrecia. Los dos estábamos en las escaleras. Llegó hasta mi rostro un sutil aroma a lavanda.

–¿Te cuento algo interesante?

Asentí con un movimiento de cabeza.

–Sígueme –y me tomó del brazo.

Bajamos y nos acercamos a la ventana que estaba del lado derecho de la recepción. Había un sillón alargado y una mesa de centro. Me pidió, con una seña, que me acercara.

Nos colocamos en dirección a la ventana y ella, con un gesto de picardía, me señaló el reloj de pulsera que llevaba. Era un reloj plateado con manecillas amarillas.

–Me lo regalaron en mi cumpleaños. No hay muchos como éste por aquí.

El reloj brillaba en su muñeca izquierda.

–Ya casi son las once –me dijo con una expresión de triunfo.

Del otro lado de la ventana, en la calle, se realizaba el habitual desfile de transeúntes. Era, casi podía afirmarlo, una coreografía secreta y calculada. Acaso, también, una migración en círculos. Lucrecia pareció adivinar mis pensamientos y me dijo:

–Mira…

Un hombre, de traje impecable y corbata de rayas diagonales, se acercó al edificio que estaba enfrente de la posada. Me había dado cuenta de esa construcción y, suponía, que era un edificio de oficinas. El hombre, con el aspecto clásico de un burócrata, desapareció por la puerta. El cubo de las escaleras, recorrido por una ventana larga y rectangular, dejó entrever cómo el hombre llegó al último piso, sacó unas llaves y abrió una puerta.

Lucrecia me explicó:

–Desde hace tiempo muchas labores son irrelevantes. Sin embargo, la gente sigue asistiendo a sus lugares de trabajo. Llegan, apuntan su nombre en la libreta de registro y buscan sus oficinas. Ahí, repasan sus planes para el día. Por ejemplo, los oficinistas de la dependencia de tránsito buscan viejas multas y comprueban que, en realidad, se hayan pagado. Si encuentran un error o, incluso, se dan cuenta de algún acto de corrupción, toman nota del asunto y lo registran en gruesas carpetas que guardan en archiveros. Nadie consultará esos documentos, pero ellos tienen la necesidad de hacerlo más allá de las responsabilidades que asumimos cada uno de los habitantes de aquí.

Lucrecia terminó su pequeña historia. Iba a reír aguijoneada por un pensamiento posterior pero su pecho se estremeció y comenzó a toser. Pensé que era el polvo que flotaba en las calles y que parecía lo único vivo en las mañanas desiertas, cuando el aire frío recorría la ciudad, entumía árboles y silenciaba el canto de los pájaros negros. Recordé que el viajero se refería a ellos como unos animales torvos, taimados, de plumaje cenizo, que se refugiaban bajo los tejados de las casas.

–Es para que lo anotes en tu crónica –dijo, mostrando en su rostro un asomo de triunfo.

Me sentí descubierto. Supuse que, en algún momento, ella habría espiado en mi cuarto o que su padre le habría contado nuestras anteriores pláticas.

–¿Quieres algo de comer? –me preguntó.

Asentí en silencio.

En la cocina había una tabla de madera para picar y un cuchillo de filo opaco. El viejo refrigerador se estremecía y daba la impresión de que dejaría de funcionar en cualquier momento. Ella percibió mi incomodidad y sacó de un cajón un par de papas de tamaño mediano. Las sopesó entre sus manos, como si fueran un juguete recuperado de la infancia, y me dijo:

–Las papas son muy fáciles de dar aquí. Incluso, se pueden cosechar en invierno. Hay casi todo el año.

Miré sus ojos y la expresión de triunfo en su rostro. Después fue al fregadero y las empezó a lavar con cuidado. Una vez terminado el desayuno habitual nos quedamos en silencio. Éramos dos adolescentes que no sabían qué hacer con un día libre.

–¿Salimos a caminar? –propuse.

Caminamos por la calle principal de la ciudad. Lucrecia miraba a la gente, se detenía en alguna tienda. Poco a poco, sin planearlo de antemano, nos fuimos alejando del centro de la ciudad. Pensé en leves corrientes de aire que influían en el trayecto de los paseantes como nosotros, personas que, al contrario que el resto, no tenían una ruta definida. Era dejarse ir, guiado por los pasos de Lucrecia. Me sentí bien.

–Dicen que antes las calles tenían nombres de personajes importantes o fechas. Ahora la gente prefiere ponerles números. Esta es la calle “1”. Aumenta gradualmente hasta las últimas casas.

Al acabar de decirlo alzó su brazo y señaló con el dedo índice la calle en la que estábamos y que, de tan vacía, parecía inmensamente profunda, como una línea recta que se extiende hasta tocar el horizonte. Traté de recordar las veces que, en ese escaso tiempo, ella había señalado con su mano derecha, con sus dedos fríos y pálidos. Recordé al grupo de personas que señalaban a la mujer caída en la calle, naufragando en un charco de sangre. Había un par de autos estacionados. Eran modelos antiguos y era evidente que no habían sido movidos durante mucho tiempo. Objetos de museo, se limitaban a interrogar el paisaje con sus cofres sucios y sus ventanas cubiertas de hojas secas y polvo. La parte posterior de algunas camionetas había recolectado capas de tierra y, sobre ese fermento, en apariencia frágil, crecían plantas enredaderas que recorrían los costados y las portezuelas. Lucrecia miró con curiosidad mi interés cada vez más palpable. Yo trataba de tomar nota mentalmente para después escribir mis descubrimientos y suposiciones. Ella, de pronto, deshizo el gesto y nos detuvimos, indecisos del rumbo. Miré las casas y los techos, algunos de ellos de dos aguas. No había basura en las banquetas y un par de transeúntes recorrían su ruta cotidiana. En esa ciudad había espacios huecos. En donde hubo alguna vez aglomeraciones, puestos callejeros de comida, vendedores ambulantes, ahora había corrientes de aire invernal que arreciaban por algunos segundos y que nos obligaban a juntar los brazos al cuerpo y refugiarnos en nuestros abrigos. El cielo, pesado de nubes, parecía estar al alcance la mano.

–¿A dónde se fue la gente? –le dije, de pronto, esperando que la sorpresa me condujera a una respuesta valiosa.

Ella se encogió de hombros y respondió, quizás evasiva:

–Los fines de semana hay más personas. No somos muchos, de todas formas.

El laconismo de su respuesta me dejó sin palabras para poder continuar la charla. Tiempo después me enteraría, por un nuevo documento, esta vez en un papel periódico abandonado en el quicio de una puerta, que en el pasado se había registrado una gran migración. No se tenían datos, pero en la memoria colectiva de esa parte del país, quedaban ecos de los que se habían marchado. No había razones, información detallada, sólo la vaga percepción, como se ven las cosas en un sueño, de espacios cada vez más amplios, parques más silenciosos, bancas sin ocupar, autos dejados en la orilla de la carretera y empleados que, de un día a otro, no se presentaban a trabajar. El viajero no informaba de algo parecido. Pensé que, tal vez, esa historia formaba parte de las hojas perdidas de la libreta roja o de los párrafos incompletos, las letras diluidas por el tiempo o por la lluvia. Quizás, una teoría que no se le había ocurrido al viajero, era que la muralla tenía como objetivo impedir que la gente huyera del país. Sin embargo, al menos hasta ese momento, esa posibilidad era extraña. La edificación de esa alta pared debió haber consumido a varias generaciones y la migración, al parecer, no era tan remota. Por eso preferí anotar que la desolación de la ciudad se explicaba, de inicio, por los suicidios constantes. Las muertes eran como gotas desbastando una piedra, la marea que erosiona una bahía. Pensé que, quizás, durante algún paseo podría entrar a algunas casas e investigar en armarios vacíos, cocinas desoladas, huellas oscuras que indicaban el recuerdo de un mueble. Si el abandono del hogar había sido demasiado repentino encontraría restos cuyas voces fueran más claras: platos amontonados en un fregadero, anotaciones en un pizarrón de corcho, calendarios y relojes detenidos en un día lejano. La comida, por supuesto, habría sido aprovechada por los vecinos, pero confiaba en que la desidia los hubiera alejado de esas ruinas interiores, vestigios que, de alguna forma, contarían una historia para mí o para cualquiera que pudiera desentrañarla.

Ese día, de regreso al hotel, Lucrecia me dijo que tenía 25 años y que muchos le decían que aparentaba más edad. En efecto, cuando inclinaba el cuerpo, cuando su voz iba lenta a explicarme cosas, parecía una mujer mayor. Usualmente vestía pantalones de mezclilla y blusas coloridas de manga larga. En esa época del año el frío le hacía abrigarse con un grueso suéter rojo, con un cierre en la mitad, que le quedaba un poco grande. Iba y venía por el hotel. La veía por la ventana y trataba de distinguir su ruta hasta que se perdía de vista. En esos días ocurrieron dos suicidios más. La gente compartía esa información de boca en boca. Sin embargo, no había miedo en las palabras compartidas, sólo el breve asombro, la curiosidad que pronto daba paso a un mutismo acendrado, a la observación del cielo como una forma de consuelo inconsciente.

Las tardes las usaba para explorar las partes más altas de la ciudad. Quizás, desde esos lugares, podría observar pequeños pueblos o aldeas de unas cuantas casas. Sin embargo, apenas podía distinguir los relieves del paisaje: cerros desapareciendo en la lejanía, el horizonte como una línea de luz que contribuía a desvanecer esa región del mundo. En los límites habitados de la ciudad había chozas rodeadas de reducidos campos de cultivo. El dinero, a pesar de la reticencia de mucha gente, no era aceptado en algunas zonas que preferían el trueque para solventar sus necesidades. Esto era lógico ya que los bienes de consumo eran cada vez menos variados y no existía el comercio con otras ciudades.

 

 

(continuara)

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL DEBER HUMANO*

 

 

La lucha contra la adversidad era la clave. La lucha contra un destino amenazador, el destino como la tormenta que se desatará, que romperá las amarras y devastará la pobre humanidad o el pobre ser sacudido por los inclementes vientos de los años, de la lejanía, de la tristeza. El destino que se ensaña quitando la vista a Borges (eso será mucho después, pero qué es una década o un siglo para la historia), el destino que se ensañó con Beethoven desprendiendo de su ser esencialmente musical la valiosa y magnífica capacidad de escuchar el goteo de la lluvia, una puerta que se queja, los acordes monolíticos de una sinfonía.

Es el deber del ser humano la lucha contra la adversidad. Frase remanida, que no es espectacular por la formulación ni por la novedad, pero que con el contexto de haber sido expresada por Beethoven tiene una fuerza y un impacto que estremece.

Y luchó Beethoven contra la adversidad, contra el destino que en la quinta sinfonía se expresa para siempre en notas musicales, en una sola frase que se repite y muta pero que se alza como un monumento de piedra en la llanura destemplada. Lloraron los oyentes en su momento, nos emocionamos hoy cuando nos golpea ese bloque de música que forma la orquesta a pleno, y esa queja de un único instrumento solo que implora allá en las alturas, único como la plegaria de un inocente.

Ese pa ra pa páaan reconocible y trágico, tres notas cortas y una larga. La “V” en el código morse, la “V” de la victoria final aún cuando la muerte cierre y clausure. La victoria de haber presentado batalla como sea y contra poderosos ejércitos. Es la victoria de la lucha en sí, sin importar los resultados. La victoria del hombre de pie, aunque sea al fin la caída, que no somos inmortales pero la victoria está en la resistencia.

Se había comprado o mandado hacer Beethoven todo lo que el ingenio de la época permitía para amplificar esas ondas elusivas que ya no formaban sonido en su cabeza. Trompetillas, cuernos, hasta una pesadilla de hierro que parecía salida de los sueños enfermizos de los inquisidores; un collar con largas varillas que se introducían en el piano. Vanos intentos. A los treinta años el ejecutante estaba completamente, fatalmente sordo. Y fue después que escribió cada una de sus sinfonías, sordo ya, trabajando con las coloraturas de los instrumentos de memoria, armando acordes poderosos con matemáticas e imaginación. Construyendo catedrales y recintos dibujados a contraluz y con trazos vigorosos. Luchando contra la adversidad, porque lo dijo y lo hizo, era su deber humano luchar contra la adversidad.

Y antes del pa ra pa páaan una aspiración, un silencio. Importante silencio de hache muda delante de la palabra. Impulso que eleva la fuerza y hace que la frase suba. Tomar aire antes del esfuerzo, echar hacia atrás el brazo en tensión para que la flecha llegue hasta ese blanco lejano. Tanto importa la hache, tanto hace un silencio, el vano con la misma contundencia espacial que la pared contundente. La muerte dando sentido a la vida por simple presencia invisible. Esas sutilezas que no se comprenden hasta que nos las explican, pero que sin embargo se pueden presentir en la emoción.

Nos hablan siempre de un hombre colérico de cabello despeinado. Se reducen finalmente los seres a una caricatura vacía. Debiésemos poner el relato en cosas más importantes, como su pasión que como toda pasión es desmedida y arrasa con árboles y edificaciones. Destruye y crea. Beethoven guiando a una orquesta que no escuchaba, nueve horas guiando la orquesta y cantando y gritando mientras los espectadores comían o charlaban, en esas maratones en las que un compositor presentaba su obra y que se llamaban academias. Lo imagino feliz, lo imagino por fin vivo y no como ese busto inmortal (esas inmortalidades de museo, de cámara funeraria, de olvido), ese busto inmortal y ajeno que no es Beethoven sino un pedazo de yeso o acaso mármol o bronce, materia que jamás fue viviente de vida humana, sueño y carne y espíritu desbordado.

Es deber humano luchar contra la adversidad, dijo Beethoven, vivo y viviente y tenaz. Quizás la única forma de construir obras justificadas, poderosas y bellas sea esa batalla desesperada contra la propia imposibilidad. Desde aquí se ve el inmenso edificio, y no notamos, ya, la labor del artesano, las huellas arduas de los cinceles sobre la piedra.

Será por eso que la quinta sinfonía fue la obra seleccionada para representar el sonido de lo humano, cuando se envió un mensaje al espacio. Qué temblor en la yema de los dedos, qué magnífico vacío en las entrañas pensar en esa frase musical resonando allá en medio de la negrura y las infinitas estrellas, viajando por el universo anónimo y llevando el mensaje de la humana esperanza de poder dar lucha al firmamento inabarcable.

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

https://www.auroraboreal.net/literatura/puro-cuento/2025-relatos-de-monica-graciela-russomanno

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Lo intenso es lo que ahora está frente a nuestros ojos. De nosotros depende que se licúe, desaparezca o relumbre hasta enceguecernos.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

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https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

Estación Girondo*

 

 

Vestido con una enorme capa negra que ondula a sus espaldas como las trágicas alas de un desorientado vampiro, con el cabello ensortijado y pálido semblante, Oliverio deambula sin rumbo, alejándose de la ciudad, atormentado por el siniestro recuerdo de la Dama de Blanco.

La había visto a la cara. Podría jurarlo delante de cualquiera. Fue durante una oscura y pegajosa tarde, donde la atmósfera parecía a punto de quebrarse bajo la feroz metralla de los truenos y desatar, a los pocos segundos, la peor de las tormentas que recordara Buenos Aires quizá en décadas. En aquel preciso momento, Ella se había dejado ver, atravesando los añejos muros del Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco, sito en calle Suipacha al 1400.

Por aquel entonces, Oliverio vivía con su esposa Norah en el terreno lindante al Museo, y los ocasionales encuentros con aparecidos ultraterrenos ya no los inquietaban como la primera vez. Una noche habían sido interceptados al regresar de un café literario por el hierático espectro de un jesuita encapuchado que les heló la sangre. En otra oportunidad, vieron cómo se descolgaba la oscura silueta de una esclava negra por las cañerías que descendían de los techos, buscando escapar de sus ya extintos captores. Más tarde, hasta un distinguido Lord británico de raigambre victoriana, con flamante galera y reloj con cadena de oro a la cintura, paseaba de vez en cuando por el patio de su casa en las noches de luna, insinuando acaso un leve gesto con su galera hacia ellos, a modo de saludo.

Sin embargo, ninguna de estas imágenes lo había perturbado tanto como el de la Dama de Blanco. Joven, hermosa, con una extraña simbiosis entre la sensualidad y la virginalidad… Se deslizaba fuera del Museo y entraba a su casa subrepticiamente, mirando en derredor con cierto temor, como si no reconociese el lugar por donde se desplazaba. Y a diferencia de las demás apariciones, Ella, exclusivamente a él, le hablaba…

Oliverio nunca había podido descifrar su lenguaje, entrecortado y confuso, compuesto por irreconocibles jirones de palabras que no alcanzaban a comprenderse del todo, como si le hablase desde el fondo de un pozo anegado, o a una distancia tan vasta que los sonidos no alcanzaran a ser alcanzados.

Pero su mirada, de una tristeza tan profunda como hermosa, era lo que más lo desconcertaba y fascinaba a la vez. Haberla conocido implicaba no poder olvidar jamás esos ojos claros. Quizá fuera eso lo que ansiara recuperar Oliverio luego de la muerte de Norah, hecho que lo dejara al extremo de la desolación: una mirada de amor, proveniente de unos ojos puros, diáfanos como un cielo de verano, que lo atravesaran con su ternura de lado a lado.

Consternado por llegar a concretar el encuentro imposible, Oliverio averiguó durante un buen tiempo acerca de la secreta identidad de la Dama de Blanco. Consiguió saber que había fallecido en 1925, y merodeaba desde un principio el Cementerio de la Recoleta, confundiendo a los incautos varones que la tomaban por una bella joven solitaria y desabrigada a quien cortejar durante las noches de parranda. Los avezados seductores le ofrecían sus abrigos para protegerla del frío, anhelando la posibilidad de un momento erótico y ardiente, pero terminaban desairados, mientras contemplaban incrédulos la manera en que Ella escapaba hacia las profundidades del Cementerio, perdiéndose entre las bóvedas, para luego de dar muchas vueltas en su persecución encontraran el propio abrigo yaciendo sobre uno de los cajones de las bóvedas, recientemente usado por el espectro de la dueña del ataúd…

Años después, la Dama de Blanco se había trasladado a unas diez cuadras, errando a lo largo de la distinguida Avenida Alvear y la calle Arroyo, ignorándose el porqué de semejante trayecto, para recalar en las proximidades del Museo, aposentándose casi entre sus muros y los de las construcciones vecinas. Allí la había descubierto Oliverio, deseoso por un reencuentro que jamás había vuelto a concretar, hipnotizado hasta el fin de sus días por aquella mirada inolvidable…

Muchos años han pasado desde entonces, sumidos en la bruma de los tiempos. Oliverio ha perdido, al fragor de sus poéticos retruécanos y versos delirantes, el sentido del espacio y la localización, extraviado en un lenguaje particular que carece de coordenadas compartidas. Desorientación que lo aleja de las letras y lo conduce hacia los lugares más remotos y estrafalarios, como éste en el que lo descubrimos, a muchos kilómetros de distancia de Buenos Aires y su aire recoleto, sorprendido al llegar durante una helada noche de luna llena a una desierta estación de ferrocarril, perdida en medio del campo, que misteriosamente lleva su propio nombre.

Los rieles se extinguen a pocos metros de allí, devorados por la oscuridad, con apenas un pálido destello lunar con el que delata su metálica presencia. La rústica silueta de la estación se confunde con las extrañas formas de los árboles del monte que la rodea, otorgándole al lugar un toque siniestro que impulsa con fervor a la huida del testigo ocasional. Sin embargo, Oliverio se dirige resuelto hacia allí, casi sin darse cuenta de las asperezas del terreno que lo circunda, causado por el más insondable y urgente de los presentimientos.

Una ráfaga de viento helado revolotea su capa al acercarse al derruido umbral de la ventanilla de la boletería, carcomido por la lenta erosión del tiempo. La reja que separaba al empleado de los futuros pasajeros se encuentra tamizada por mugrientas telarañas, aposentadas allí por espacio de varias décadas. El crujido que producen bajo su tacto las maderas podridas del estante para recoger los boletos no lo sorprende, pero le desagrada. Y entonces, en medio de la escalofriante lobreguez, percibe el níveo destello de una presencia dentro de la habitación, luminosidad que le puebla el alma de esperanza, desbocando su corazón.

Busca a tientas la puerta que conduce al interior del cuarto, y luego de un par de forcejeos con la cerradura oxidada, consigue que la pútrida hoja de madera le ceda el paso. Avanza trémulo hacia dentro, notando que aquel destello aumenta su intensidad, brotando desde la tortuosa grieta de uno de los muros, vecina a un polvoriento archivero. El milagro, informe cual volutas de humo, se expande dentro del cuarto, corporizándose con dificultad, impedido aún de mostrarse tal cual es. Oliverio extiende moroso los dedos de su mano derecha hacia él, alargando su brazo, esbozando una palpitante sonrisa luego de muchísimo tiempo, tan malacostumbrado al rictus de amargura que lo representase desde la triste muerte de Norah.

La aparición culmina de materializarse, definiendo a la recordada silueta de la Dama de Blanco, con un tenue y escotado vestido de nívea gasa que revela unos pálidos hombros delgados y la nítida curva de unos pechos jóvenes, apenas ocultos por los bordes de una rubia cabellera lacia que enmarca su rostro angelical. Y coronando esa dulce carita inocente, aquella perturbadora mirada de ojos claros, profundos e insondables, transportando a quien los contemple hacia territorios inexplorados de la psiquis y el corazón.

Oliverio se estremece ante esos ojos, sin dejar de sostener su mano abierta hacia Ella, extasiado ante la posibilidad de acercarse, abrazarla, acariciarla, besarla… Una sutil ráfaga helada se cuela entra las múltiples rendijas de la ruinosa boletería, ondulando su inquietante capa negra. Hasta que por fin Ella le vuelve a hablar; y para sorpresa de Oliverio, con palabras claras, de un lenguaje definido, con un mensaje inequívoco.

-Quiero que me hagas tuya –le sugiere u ordena.

Infinidad de sensaciones se abalanzan sobre él, confundiéndolo y decidiéndolo a la vez. El cálido y hasta fraternal amor experimentado en vida hacia Norah, el ancestral miedo ante lo desconocido, una inédita tentación al placer más lascivo que pudiera haber imaginado… En un instante las imágenes más representativas o banales de su vida desfilan delante de sus ojos, como si al escuchar esa frase de sus labios hubiese ingresado en el caótico vórtice de un remolino que lo deseara arrastrar hacia el más allá, aunque dejando en su lugar, ajeno a su propia persona, un nombre que le otorgue identidad a este lugar, perdido y quizá olvidado, más no por las evocaciones que pueda suscitar el apellido Girondo.

Entonces, Oliverio descubre en un inesperado rapto de lucidez -que atraviesa la maraña de imágenes discordantes que identifican su obra literaria-, que se le ha ido la vida buscando un amor semejante a éste, que su entidad humana parece haberlo abandonado desde hace ya mucho tiempo, que en un lugar de la Pampa llamado Girondo –dentro de su derruida estación de ferrocarril- parece haber encontrado su propio fin humano, más no el de la leyenda de una enamorada pareja de ultratumba…

Se acerca hacia la Dama de Blanco, quien le sonríe por primera vez, seductora y virginal. Oliverio le rodea los hombros desnudos con su capa azabache, que aletea a su alrededor como si quisiera izarlos en el aire y alejarlos de allí en un huidizo vuelo de murciélago. Y con un gesto aguardado por ambos durante decenios, se buscan las bocas con pasional sutileza, besándose en un abrazo que trasciende la muerte y los eleva hacia la noche.

 

Una imponente luna llena resulta el único testigo del encuentro, donde una capa negra y un vestido de gasa blanca se elevan por encima de las ruinas de una estación ferroviaria y se pierden rumbo a las estrellas, glorificando a los eternos amantes…

 

*De Alberto Di Matteo. licaldima@gmail.com

 

 

-Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.

Escribe desde principios de su escuela secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en diversos certámenes literarios.

-Ha publicado en Inventiva Social cuentos para la serie InvenTren desde los recorridos literarios iniciados en el año 2002.

Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el mundo".

 

 

 

 

 

 

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