*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro
EL
ABUELO JUGABA*
con su muñeca de porcelana negra
no fue original la llamó negrita
y era su única amiga la cuidaba
en los refugios le tapaba los oídos
cuando caían las bombas
cuando explotaba el mundo
y la gente del pueblo pensaba
si las nuevas ruinas serían
su casa o la de algún familiar
negrita tenía un vestido blanco
la yaya lo había tejido para tapar
sus vergüenzas y también
confeccionó una caja de cartón
con forma de ataúd
no sea cosa que los vecinos
vieran a un niñato cobarde
inventando mundos de nenas
en tiempos machos como estos
mi abuelo jugaba
con su muñeca de porcelana
hizo del féretro acartonado
una camita blanda.
*De Malén
De Felice.
Lanús
VII *
Los padres de Elise Cowen
quemaron sus poemas. Sólo se salvaron
83
que guardó un amigo.
Yo no soy beat, mi amor,
pero quién está a salvo.
Hay que guardar un poema
empapado de lluvia,
por si la locura,
por si los padres,
por si el mundo,
nos queman, mi amor.
*De Valeria
Pariso.
-Del libro "Paula levanta la persiana" (Ediciones AqL)
- Valeria
publicó los libros de poesía: "Cero
sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa",
Ediciones de la Eterna (2015), "Del
otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial
Detodoslosmares, "La trilogía: Uva
negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento
Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía,
del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar",
Editorial AqL (2021). “Final francés”,
AqL ediciones, 2023
RECONSTRUCCION*
*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com
DÉCIMA PARTE
Esa noche soñé con una manada de leones
rodeando el puesto de vigilancia. Los animales rompían la homogeneidad de la
nieve que se acumulaba sobre los arbustos. Un camino casi había desaparecido,
inundado por la dura luz de invierno. Los animales balanceaban las cabezas y
movían con inquietud las colas. Más allá se veían restos de árboles, piedras
que recordaban vagos cráneos amontonados. Los oscuros troncos de los árboles,
aún con fuerza para erigirse y apuntar al cielo, parecían lanzas melladas por
el tiempo, restos de murallas antiguas, derribadas por ejércitos que habían
disuelto sus huellas pero cuyo fragor se adivinaba en los hocicos vibrantes de
los felinos, en sus bostezos ansiosos, en las sombras alimentadas por el
crepúsculo que no alcanzaban a dañar el oro de sus ojos. Soñé que salía de la
cabaña, apenas cubierto por una cobija, que seguía el rastro de Lucrecia –unas
huellas apenas visibles en la nieve– por el adormecido interior del bosque
hasta llegar a un lago rodeado de arenas grises. En el sueño me decía –o al
menos eso recordé mientras despertaba y la veía de espaldas a mí, aún dormida–
que el cáncer, antes de dar el golpe final, parecía ir en retirada, como un
ejército que finge abandonar las posiciones de avanzada. Por eso los últimos
días de vida son extrañamente saludables. La persona tiene más energía que la
habitual, los dolores desaparecen y se tiene la engañosa sensación de recuperar
la salud. Algunos hacen planes y se imaginan en un futuro posible, al alcance
de la mano, como si todo lo anterior hubiera sido un espejismo, una realidad
alterna que les mostraba Dios para que valoraran su vida. En el sueño ella
caminaba rumbo al lago. Iba vestida con los pantalones de mezclilla, la
chamarra roja y las botas negras. Se ponía en cuclillas y tocaba con ambas
manos la superficie helada del agua. En algunas partes había una delgada capa
de hielo que amenazaba con quebrarse. Yo estaba a escasa distancia, casi como
un espía. No había ningún sonido. Las ramas de los árboles no se movían y todo
el ámbito estaba congelado en un segundo estático. Lucrecia se ponía de pie.
Desde donde estaba podía ver su cabello negro, un poco húmedo y desordenado en
su espalda; ella parecía disfrutar de mi observación, de la cercanía que no me
atrevía a romper para tomarla del hombro, mirar su rostro y llevarla de vuelta
a la cabaña. En el sueño parecieron transcurrir segundos pesados que nos
envolvían y eliminaban cualquier necesidad de palabras. Lucrecia comenzó a
internarse en el lago hasta desaparecer. Las huellas de sus botas quedaron en
la arena y esa imagen se deshizo poco a poco hasta que desperté y miré el techo
de la cabaña.
Al siguiente día despertamos muy de mañana.
Comimos de los frascos de conservas. Teníamos la mitad del suministro de agua.
–¿Crees que tu padre haya sido una de las
personas que estuvieron en la bodega? –le dije para no seguir hablando de su
enfermedad.
–Nunca lo pensé –dijo Lucrecia abriendo
mucho los ojos.
Revisamos las fotografías. Nos fijamos en
aquellas en las que estaban muchas personas. Atrás del primer plano había
rostros que, en un inicio, habían pasado desapercibidos. Pensé en su padre,
entre la demás gente, a expensas de la cámara. Por alguna razón habría
extendido los brazos para ocultar su rostro o se había escondido atrás de otra
persona. Me detuve en las imágenes borrosas: ahí aparecían fragmentos de
torsos, unas manos tomando a alguien del hombro, la fugaz visión de unas
piernas. Causaba vértigo el cúmulo de rostros, de miradas que podían tener
cualquier expresión y que estaban sumergidas en una oscuridad pantanosa. Tal
vez, en un futuro, cuando las fotografías perdieran calidad, la sospecha de esa
gente atrás desaparecería y todo quedaría en el ámbito de la imaginación y la
sospecha.
Cansado de buscar, tomé a Lucrecia de la
mano y le dije:
–Vamos a quedarnos.
–¿Para qué?
–Tienes que reponerte.
Ella me miró como a un niño que, de
repente, dice una locura.
–Quiero seguir. De verdad.
Sus palabras tenían más de desesperación
que de súplica. Ella, de alguna forma, había planeado llegar hasta ahí.
Asentí.
Al siguiente día reemprendimos el camino.
El Puesto de Vigilancia, ahora, nos miraba a nosotros. De cuando en cuando
hacía una pausa y volteaba al lugar que dejábamos, como si, de pronto, pudiera
sorprender a alguien en la ventana. El camino era de tierra aplanada y eso nos
dio esperanzas de encontrar alguna población cercana. Cualquier posibilidad, en
ese momento, era positiva.
Mientras caminábamos tuve la sensación de
que el mundo se colapsaba atrás de nosotros. El aire lo sentía, a ratos, tibio.
El invierno, el frío de la ciudad iba desapareciendo. Quizás era una ilusión
por el movimiento de mi cuerpo que generaba un calor adicional al que estaba
acostumbrado. Una nueva estación se inmovilizaba sobre nosotros. El cielo,
completamente gris, se seguía llenando de nubes. Pensé en animales llamando a
otros, aglomerándose para estar más seguros en la colectividad y defenderse de
posibles agresores.
Cuando llegamos a la mitad del día vimos un
valle pequeño. A la mitad, como una ofrenda, encontramos un cuerpo sobre la
hierba. Al acercarnos vimos que era una res muerta. El perfil del animal, los
cuernos oscuros, destacaban. El cadáver, derruido, parecía una especie de
aviso. Aún humeante, estaba en una torsión que había separado el costillar de
los cuartos traseros. Era como un descarrilamiento. Me pregunté por los
carroñeros. Miré el cielo y sólo vi nubes grises, un poco deshilachadas. El
olor era penetrante. El cielo en esa zona, comenzaba, en ratos, a despejarse.
Olía a quemado. Lucrecia empezó a jalar aire. Pensé que, de un momento a otro,
tendría que acompañarla de regreso a la ciudad. Sin embargo ella me hizo señas
de que siguiéramos.
Después de una elevación del terreno, en un
lugar despejado de árboles, vimos una zona quemada. Las hierbas y el pasto eran
elementos de una cicatriz ancha y oscura. Ahí, enfrente, como un mar inmóvil,
aglomerado, yacían decenas de reses, iguales a la primera. Sus figuras negras
se confundían con la leve sombra que proyectaban. Los cuernos eran teas recién
apagadas. Por la formación que tenían, algunas muy juntas, otras desparramadas
en un terreno amplio, parecían haber encontrado la muerte durante una
estampida. Imaginé los ojos desorbitados, los largos bramidos, belfos buscando
aire en de la hirviente humareda.
Miré con ansiedad cómo la respiración de
Lucrecia se iba haciendo más fuerte. Sus pasos eran vacilantes. Se apoyó en mí
y continuamos un trecho más para alejarnos de esa visión. Mientras la ayudaba a
recargarse en un árbol, pensé en el origen de aquel incendio. Imaginé a hombres
primitivos prendiendo fuego al pasto seco. Después, entre gritos, acorralaban a
las bestias que se apretaron en un círculo estrecho y caliente. ¿De dónde
venían aquellos animales? Pensé en una granja devastada, los animales vagando
en las cercanías hasta encontrar el fuego que los habría conducido a la muerte.
Me senté junto a Lucrecia. Ella había
empezado a dormitar. Me tranquilicé. El cuerpo lo sentía cansado. Estiré las
piernas y aflojé los brazos. Sentía mi mente entumida, cansada de examinar los
eventos nuevos a los que me enfrentaba. También era la falta de alimento, pues
las conservas las racionábamos cada vez más. Tendría que dejar lo último para
Lucrecia. Con ese pensamiento comencé a quedarme dormido.
Desperté. Me froté los párpados. Iba a
comprobar si Lucrecia seguía dormida, pero no estaba junto a mí. Sólo encontré
su mochila. Pensé que había decidido regresar al Puesto de Vigilancia. Grité
varias veces su nombre. Emprendí el camino de regreso. Después de unos metros,
distinguí su figura, recargada en otro árbol. Había una planicie verde que se
extendía frente a ella. Era como el escenario de un cuento infantil, el mismo
cuento de la primera cabaña, una continuación. Pensé en llamarla pero decidí
esperar a que estuviera más cerca. Quizás había huido de mí. Recordé que
algunos animales, cuando están heridos de muerte o agonizantes, se alejan del
mundo y buscan un espacio solitario, un hueco lejos de todo para esperar, en
silencio, a la muerte.
Miré su figura recargada en el árbol. Se
había quitado la chamarra. Parecía ensimismada en el paisaje. Quizás, en ese
claro en el bosque, estaba desplegada, en signos irreconocibles para mí,
transparentes, la entera historia del país, con todos sus detalles, sus secretos.
Ahí estaba la biografía de los muertos, de los desaparecidos, el aliento
condensado de la gente en la bodega, el olor a cuerpos amontonados y densos. Me
acerqué deseando que no transcurriera el tiempo, que los metros hasta Lucrecia
fueran parte de un camino muy largo, casi infinito. Llegué hasta ella. Apenas
reparó en mí. Un leve movimiento de su mano derecha buscó mi cuerpo. Percibí, a
la distancia, la fiebre que la cercaba. Tomé su mano y sentí el calor que subía
por la palma y se extendía a los dedos. Había un incendio dentro de ella. Había
llamas caldeándola y desgastándola cada vez más rápido. Se había contagiado del
poco calor que quedaba en el mundo y que echaba raíces en cada uno de sus
órganos, en su piel, en la frente que era recorrida por unas gotas de sudor.
–Perdón –dijo con voz calma y sonrió.
No supe qué decirle. No había decepción.
Quise, inútilmente, acercarme más para contagiarle mi frío. Pero Lucrecia se
mantenía ajena a mi preocupación, como una viajera extraviada que está conforme
con su destino, al igual que las anónimas figuras que habían desaparecido en el
interior del bosque. Traté de sonreír porque la había encontrado y esa certeza
me daría seguridad para seguir explorando o para olvidar el motivo de nuestro
viaje. Estábamos los dos, ahí, y eso era suficiente.
–¿Dónde estamos? –me preguntó.
–No estamos lejos de la cabaña –mentí.
–Pensé que habíamos avanzado más–dijo, con
voz entristecida.
Miré su expresión decepcionada, la quijada
que ya no apretaba con fuerza sino que estaba distendida. Podía ver el brillo
opaco de sus dientes. La luz de la tarde le llenaba el rostro y el mechón negro
en la frente era, quizás, lo único que la vinculaba con la persona que había
sido días atrás, en la ciudad, antes de emprender el viaje.
–Vamos a regresar a la cabaña. Ahí podrás
recuperar las fuerzas.
–No, no lo hagas.
El tono con el que lo dijo fue el de una
niña asustada. Quizás por eso no tomé en cuenta su petición.
La cargué entre mis brazos. La sentí más
ligera de lo que había pensado cuando la conocí. Parecía que la fiebre había
menguado sus huesos, le quitaba sustancia a sus órganos, desbarataba venas,
confundía el recorrido de la sangre mientras su corazón desbocaba los últimos
latidos. Lucrecia, a pesar de su reticencia, se afianzó a mis hombros y a mi
cuello. Las pocas fuerzas que le quedaban las dedicaba a seguir respirando.
Había vuelto el frío, aunque no con la intensidad de antes. Un poco de vaho
salía de nuestras bocas. La iba a cuidar en la cabaña a pesar de que no hubiera
herramientas ni medicamentos. Quizás podría encontrar la manera de disminuir la
fiebre. Después, resistiríamos con los frascos de conservas. Quizás si
regresábamos a la cabaña, la enfermedad estaría de nuevo inmóvil, en un
equilibrio con el funcionamiento del cuerpo. Y el calor de su cuerpo sería
benéfico, como el sol que, alguna vez, nutrió las cosechas de la gente que
había desaparecido. Una vez resguardados, podría buscar ayuda o emprender el
camino de regreso a la ciudad. Tal vez en su cuarto, rodeada de sus cosas,
podría regresar el tiempo. Le comencé a hablar de lo que podríamos hacer en la
ciudad. Le conté más teorías de las imágenes y de la gente de la bodega. Le
dije que podríamos buscar un lugar elevado para comprobar si, hacia el sur,
hacia las tierras profundas que apenas se podían distinguir, aparecía el otro
límite de la muralla. Apenas escuchaba su voz, una especie de murmullo que yo
tomaba como una afirmación a lo que le contaba. Aún faltaba mucho para llegar a
la cabaña y el peso de su cuerpo me estaba venciendo. Sin embargo no quise
detener la marcha. Tenía que resistir hasta llegar bajo techo. Mi frente
comenzó a sudar. El cuerpo de Lucrecia, sus brazos, me contagiaban de su calor.
Sus brazos dejaron de sujetarme con la fuerza de antes. Le dije que resistiera,
que ya faltaba poco. La vereda, apenas visible entre matorrales y hierbas,
parecía cada vez más larga. Escuché un quejido, un sonido casi imperceptible.
Le pregunté qué le pasaba. Era absurda mi pregunta pero combatía mi silencio
que era, en medio de la marcha, una complicidad con la muerte, un testimonio
inútil. Me pregunté por las señales vitales que había mostrado los días
anteriores. Quise decirle que había estado bien, que volviera a enterrar la
enfermedad o, al menos, los síntomas. Pero la destrucción había llegado a un
punto sin retorno y, a partir de entonces, sería una caída libre. La enfermedad
estaba cerrando la trampa. El incendio consumía los últimos restos de vida. Al
final habría sólo humo, la tenaz memoria del fuego. Entonces pensé en renunciar
y, contemplar, como una especie de vínculo final con ella, su muerte. Pero, al
mismo tiempo, me daba miedo estar ahí, mirándola de frente, estableciendo
contacto con su mirada que, probablemente, iría por inercia al cielo cubierto
por nubes. Ahí, en algún lugar, estaba su muerte y la buscaba, afanosa, para
tener una última certeza antes de irse. Quizás, para ese momento, yo era un
elemento ajeno, extraño, casi irrelevante. Ella estaba con la mente perdida, su
cuerpo dejaba escapar la última respiración, como una jarra que está a punto de
vaciarse y que conserva, apenas, una gota de agua, un reflejo diminuto y
efímero. Fue cuando su cabeza comenzó a balancearse cuando entendí no sólo que
había muerto sino que esa muerte me enfrentaba con mi cobardía. Me sentí
culpable no porque mi aventura la había llevado lejos de casa sino por no
haberla dejado junto a aquel árbol, mirando cómo escapaba su vida entre la
vegetación, integrándose, de alguna forma, al paisaje, volviéndolo tranquilo,
fértil, en diálogo constante con una era primigenia.
La bajé de mis brazos. Su cuerpo,
desmadejado, sin fuerza, quedó a mis pies. La abracé. Quise hablarle, pero no
me atreví. Sentí ganas de llorar pero un asomo de vergüenza impidió que lo
hiciera. ¿Qué haría con ella? Recargué su cuerpo en un árbol grande. Entrelacé
sus manos. Traté de guardar en mi memoria una imagen de Lucrecia pero se
amontonaban varias en mi mente: ella, en el Puesto de Vigilancia, con un asomo
de sensualidad, de deseo, cuando la había tocado y su piel pareció despertar de
un larguísimo letargo, de una hibernación inconsciente, alimentada por años de
soledad y rutina. No le había dicho, pero aparecía en varios de mis escritos.
Acaso apenas habría podido descifrar mis letras. Y por eso había guardado las
fotografías. Eran las únicas que podían contar una historia sin palabras. Las
versiones definitivas que estaban en la memoria de la computadora se perderían,
pero aún tenía en papel, al menos para contemplarlas, para leerlas una y otra
vez como si fueran las líneas de un retrato. Las hojas amarillas la tenían para
mí, no de una manera objetiva, como una fotografía, sino vista a través de mis
suposiciones, mis miedos, mis fantasías.
Decidí regresar por las dos mochilas. No
pude evitar la sensación de abandono, de traición. Traté de controlar mi
respiración. Sentí el invierno en mi piel. Para hacer más fácil la última
mirada, preferí pensar en ella hundiéndose en el mar, como si el peso de su
cuerpo se vertiera en una superficie tersa, cálida, que la recibía para
llevarla al otro mundo. En ese lugar, los mismos ojos que ahora miraban un
paisaje compuesto por troncos podridos por la humedad, líquenes, insectos
revoloteando en la tarde, estaban sumergidos en un estanque lleno de formas
luminosas, retazos de recuerdos, esquirlas que sobrevivían el paso de la
muerte. Detuve mis pasos. Mientras la miraba por última vez, sin saber todavía
a dónde ir, preferí pensar en el sueño que había tenido antes: ella rodeada por
leones, acariciando sus cabezas mientras ellos agitaban las colas. Después, los
animales se colocaban a los costados, como si fueran parte de un cortejo
solemne y silencioso. Ellos la conducían en un rito desconocido. Los leones la
acompañaban a través de valles amplísimos, superficies nevadas, siempre hacia
el sur, hasta llegar al límite del mundo, aquel territorio quizás limitado por
el otro extremo de la muralla. Una vez ahí, frente a la enorme construcción, se
quedarían en silencio. Los leones alzaban las cabezas, como si midieran la
altura de lo que tenían enfrente. Quizás, en ese momento, entendían la función
de la muralla, para qué servía, quién la había construido, qué había más allá.
Entonces, el grupo desaparecía, se fundía en cada piedra, en cada borde o
fragmento. No pude seguir imaginando más porque mi fantasía era clausurada por
la muerte de Lucrecia. No había ninguna señal que me sirviera de acicate para
buscar más imágenes.
Imposibilitado para imaginar más, con las
mochilas a cuestas, regresé al Puesto de Vigilancia. Ahí, abrí su mochila. Encontré
un par de blusas, un par de zapatos, guantes, bolsas de plástico vacías,
frascos con residuos de comida. Tendría que deshacerme de eso para aligerar mi
carga. Debajo de esos objetos encontré varias hojas amarillas que había
arrancado de las libretas. Estaban dobladas, como si estuvieran a punto de
entrar a un sobre imaginario. Comencé a leer, con pulso tembloroso, las
palabras de Lucrecia. ¿Cuándo las había escrito? Seguramente había ocupado los
momentos en que yo dormía para escribir. Temerosa, con miedo a que despertara y
la descubriera, había intentado hilvanar palabras en frases que nunca llegaban
a un punto final. La mayor parte de los intentos tenían, como objetivo,
describir los incidentes del viaje. Había una descripción de la cabaña de la mujer.
Un poco después hablaba de las casas abandonadas. Refería, también, la
distancia que, según ella, habíamos recorrido. Tenía problemas cuando se
refería a mí y, por eso, después de algunos intentos, terminaba tachando toda
la frase. Parecía, en esos textos, que no estaba totalmente convencida de mi
existencia y por eso le costaba hablar de mí. Algo que pude ver, casi
enseguida, era que Lucrecia nunca aventuraba una teoría sobre lo que
descubríamos. Para ella no había posibilidad de imaginar el mundo. Acaso, en
algunas parcas observaciones, deslizaba, casi sin querer, una sospecha. Pero
inmediatamente después se aferraba a lo que podía ver y tocar.
Miré el paisaje desde una de las ventanas.
Podría seguir caminando hacia el sur, sin mucha idea y depender de un
improbable encuentro que me salvara la vida. Apostar por esa opción sería un
lento suicidio. ¿Regresar a la cabaña, con la mujer? En ese lugar, rodeados por
objetos de plástico incompletos, fetiches, ofrendas a la nada, apostaríamos por
ver quién desaparecería primero. Le contaría del Puesto de Vigilancia y los
rastros que había encontrado con Lucrecia. Entre sombras, en el pueblo
convertido en un espacio vacío, envejecería con ella. Tal vez, una tarde, como
había sucedido en el pasado, saldría de la cabaña para no volver jamás. Sonreí
pensando en la posibilidad de regresar a la ciudad de Lucrecia. No era una
travesía imposible. Tendría que llevar suficientes provisiones y recuperar
fuerzas. Ahí, me integraría a la población, sin hacer ruido, como si sólo me
hubiera ido por un par de horas.
Decidí quedarme esa jornada en el Puesto de
Vigilancia. Podría resistir algunos días más con el agua y comida que quedaban.
Algún plan podría aparecer en el horizonte. Tenía que registrar todo una vez
más. Ahí, en ese lugar, estaba una clave que se me escapaba. El sol, de color
naranja, empezaba a declinar atrás de la planicie de nubes. Ocupé mi lugar en
el Puesto de Vigilancia. En una silla, con los pies apoyados en la cama y la
vista en la ventana, miré al exterior. Tenía en las manos, como amuletos, un
par de fotografías. Tomé un poco de agua. Lo que más me atemorizaba era que la
falta de alimento empezara a perturbar mi mente. El temor se haría tan grande
que, en un pestañeo, se materializaría la visión de un ejército enemigo afuera
del Puesto de Vigilancia. Pensé en escribir, nunca dejar de hacerlo, para dejar
testimonio de que no había desaparecido, que había estado consciente hasta el
último momento.
Intenté prender la computadora. La pantalla
emitió un destello y, después, se oscureció de nuevo. Miré mi perfil que se
alcanzaba a reflejar en la superficie que, antes, había guiado mis palabras.
Miré los papeles amontonados, algunos arrugados al fondo de mi mochila. ¿Cómo
darle orden a esas hojas a veces inconexas? ¿Cómo seguir sin Lucrecia? El papel
no resistiría el paso del tiempo. Imaginé mi cadáver, abandonado en ese bosque;
mi mano derecha apretando un puñado de papeles, aún dispuesto a transmitir, a
un imposible viajero, la información que había recabado hasta el momento de mi
muerte
Dormí toda la noche. Al día siguiente,
repuesto un poco del esfuerzo de las jornadas anteriores, me dediqué a observar
el horizonte. Traté de establecer alguna relación entre los tipos de árboles
que rodeaban el claro en el que estaba. Aventuré, sin mucho convencimiento,
especies como los álamos, los robles, algunos pinos. No pude registrar pasos o
huellas de animales grandes. Los únicos que poblaban la zona eran diferentes
clases de insectos. Había hormigas, mosquitos, tijerillas. Eran abundantes
diversos tipos de escarabajos. Otros insectos, de colores fosforescentes, eran
especies nuevas para mí. Todos prosperaban porque se nutrían de los residuos de
los árboles: hojas muertas, raíces podridas, cortezas que alfombraban grandes
extensiones del suelo. Intenté algunos dibujos hasta que llegó la tarde. Cuando
me percaté de que la luz del sol declinaba, vino a mi mente el cuerpo
abandonado de Lucrecia. Había llenado el tiempo con registros y dibujos para no
pensar en ella. Sin embargo, bastó detener mi actividad para que me diera
cuenta de que, quizás, era la misma hora en que había muerto Lucrecia. ¿Cómo
podía tener esa certeza? Era la luz de la tarde, su consistencia y cierto tono
ocre que envolvía todas las cosas, lo que me daba seguridad. Me había
acostumbrado, desde hacía tiempo, a medir la luz porque era la única variable
que indicaba el paso de las horas. Si existía gente más allá de mi vista,
quizás habrían desarrollado instrumentos para medirla. Los imaginé elaborando
presagios, discutiendo sobre la influencia de la luz en el clima, en su estado
de ánimo, en los peligros por venir. Serían instrumentos que capturaban la
claridad existente y la transmitían a una serie de complejos engranajes. Yo,
ignorante de casi todo, atenido a las manecillas detenidas del reloj de
Lucrecia, sólo podía mirar la luz, su fuerza y su progresivo debilitamiento.
Sin esa referencia, lo único que me quedaba era el ciclo irregular del sueño,
la desesperada observación de un cielo siempre igual, vivo pero inmóvil como un
mar congelado.
Me acosté en la cama. Recordé la historia
de la mujer en la que contaba cómo, desde su cabaña, acompañada por su esposo,
escuchaba la discusión de los dos extraños. Sin duda, habrían tenido miedo de
que alguno de ellos, el triunfador de la pelea, los descubriera. Mi temor, en
cambio, era encontrar el cuerpo de Lucrecia desgastado, corrupto. Escuché un
murmullo. Cerré los ojos hasta que el sonido desapareció.
Al día siguiente descubrí, a un costado del
Puesto de Vigilancia, una escalera que estaba oculta entre las hierbas
crecidas. Tomé papel y lápiz y la coloqué para subir al techo. Quizás, desde
ahí, podía ver algo más que el claro en el bosque y la frontera casi
impenetrable de árboles. ¿Había murallas? Saqué papel y lápiz que había afilado
con un cuchillo. Comencé a dibujar. Ante la falta de palabras me pareció más
natural dibujar. Hice, primero, un bosquejo y, después, traté de detallar el
paisaje que tenía enfrente. El claro en el bosque era como una isla. El verde
que me rodeaba era un mar secreto, muy profundo. Pensé que, de vez en cuando,
habría señales de alguna criatura mitológica, animales que no podía imaginar y
que recorrían ese territorio en las noches. No encontré el cuerpo de Lucrecia y
eso me dio una sensación de alivio. Estuve un rato mezclando dibujos con textos
que intentaban explicarlos, como un atlas que orientaría a un futuro viajero.
Era una especie de consuelo. Volví a bajar por la mochila y saqué las
fotografías. Miré, una vez más, a la gente atrapada en la bodega. Dibujé atrás
de las imágenes. Después, cuando sentí que había agotado mi capacidad para
capturar el entorno con mis trazos, volvía a bajar. Repartí las fotografías en
distintos puntos del Puesto de Vigilancia. Quería encontrármelas todo el
tiempo, que el contacto con ellas me sugiriera nuevas historias, nuevos puntos
para recomenzar el viaje. Las fotografías, los recuerdos de Lucrecia, eran un
rompecabezas, un acertijo que no iba a resolver pero que siempre estaría ahí,
mientras viviera, interrogándome con sus secuencias truncas, sus palabras no
dichas y sus caminos a ningún lado.
Una noche, entre las sábanas, iluminado por
una vela que había encontrado en un cajón de un escritorio, pensé en Lucrecia.
Era inevitable. Cuando llegaba la oscuridad pensaba en su cuerpo abandonado en
el bosque. Por momentos me recriminaba haberla dejado ahí, expuesta a la
corrupción del aire y los insectos. No duraba mucho ese sentimiento. Mientras
veía el amarillo de la llama pensé que ella estaba por ahí, afuera, merodeando
por el Puesto de Vigilancia. Me decía que había hecho bien en dejarla ahí, que
le gustaba mirar esa parte del bosque. Ese era su Puesto de Vigilancia, un poco
más adelantado que el mío, como una vanguardia que tiene el deber de advertir
el primer movimiento del enemigo. Mientras llegaba, ella me avisaría de los
casi imperceptibles cambios en el clima, de la dirección del viento y de la
tonalidad de las hojas de los árboles. Ahí, en ese lugar sin más límite que la
escasa sombra que proyectaba su cuerpo sin vida, podría calcular el peso de las
nubes, el andar secreto de algún insecto, la interacción de la atmósfera con
cada uno de los relieves montañosos que se extendían en el horizonte. Comencé a
quedarme dormido.
(continuara)
*Alejandro Badillo. (Ciudad de México,
1977)
-Es
autor de los libros de cuento: Ella
sigue dormida
(Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles
(BUAP),
Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad
Veracruzana.
Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),
La
Habitación Amarilla por Editorial BUAP.
-Las
novelas La mujer de los macacos
(Libros Magenta),
Por una cabeza (Premio
Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y
Reconstrucción
Ediciones EyC.
*
Una vez más saliste al
balcón, a respirar
con el dardo de la
ansiedad en el pecho
y la voluntad de vivir
en tela de juicio.
Con los ojos cerrados
la cabeza, a veces,
parece una olla a
presión.
Es todo ese aire
contenido en los
pulmones, que no sale,
el remolino del
corazón en arritmia
el desconcierto frente
a la muerte.
Estás dispuesto a todo
para permanecer
en el mundo hasta el
último minuto
pero a veces te asomás
para ver,
el vacío, de cerca.
El problema es que no
soportás
el asesinato y la
miseria
pero tampoco la
belleza deslumbrante del planeta.
Te obnubila la
destrucción,
la intemperie, la
pobreza,
la marginalidad, la
locura,
tanto como
te fascina la humanidad,
el roce de los cuerpos
el sexo, las frases
certeras
las charlas a tiempos
perdidos.
La humanidad fabrica
cócteles molotov y corta rutas
pero más que nada
enloquece y se arrastra
mientras ghostea en
los celulares todo el día.
Todos, pero todos,
merecemos la grandeza
del barrendero, al
millonario
la escala no significa
nada, la clase social un accidente.
Y a la noche,
absorbiendo el frío glacial en el balcón
cuando los sentidos no
se calman
y los síntomas no son
claros, se trata mantenerse a flote
y es por todo esto que
esperás demasiado
y, al mismo tiempo,
nada.
*De Mercedes
Álvarez. alvamercedes@gmail.com
Escritora. Gestora cultural.
El
amigo imaginario*
*Por Juan
Forn
Había en San Petersburgo, cuando se llamaba
Leningrado, una escuela, que estaba enfrente de una fábrica de armamento, que
estaba al lado de un hospital, que pertenecía a una prisión, la prisión más
famosa de toda Rusia, Las Cruces, con sus 999 celdas. Había en Leningrado, en
aquellos primeros años de posguerra, un pelirrojo llamado Iosip Brodsky que fue
a esa escuela hasta que lo echaron y consiguió trabajo en ese arsenal, de donde
fue a dar con sus huesos en aquella cárcel, donde lo despacharon al pabellón de
enfermos mentales de aquel hospital, donde lo ponían a pasar la noche en
chaleco de fuerza, luego de empaparlo con una manguera (al enfriarse y
contraerse, el chaleco de fuerza iba haciendo cada vez más honor a su nombre).
Antes lo habían llevado a juicio, por parásito, por poeta, por judío. En
determinado momento del proceso, el fiscal le preguntó: “¿Y a usted quién le
dio permiso para decirse poeta?” El pelirrojo Brodsky, que tenía veintiún años,
le contestó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse hombre?”
Lo mandaron a Siberia, por supuesto, pero
en términos soviéticos la sacó barata: apenas tres inviernos, y no en un campo
sino en una granja colectiva. Después lo dejaron volver a Petersburgo hasta que
terminaron cansándose de él y de los poemas que no le dejaban publicar y lo
expulsaron de la URSS. El pelirrojo Brodsky bajó de un avión en Viena, sin
pasaporte y sin una moneda. Las autoridades migratorias le preguntaron si
conocía a alguien en el país. Brodsky sabía que Auden, el gran poeta inglés, su
ídolo absoluto, tenía una casita en algún lugar de las montañas austríacas. Las
autoridades migratorias lo contactaron y el viejo poeta aceptó encantado
hacerse cargo del indeseado apátrida. No sólo se lo hizo traer y lo cobijó en
su cabaña alpina: en setenta y dos horas vertiginosas, le consiguió papeles y
un puesto en una universidad en Estados Unidos y después se lo llevó a Londres,
donde lo presentó al mundo en un legendario festival de poesía.
Durante esas 72 horas, las únicas en que
estuvo frente a frente con Auden, Brodsky sólo pudo escucharlo: su inglés
(aprendido a solas en la URSS con un diccionario y una antología de poesía
inglesa hecha jirones, donde había descubierto a su ídolo), a duras penas le
daba para seguir la legendaria, prodigiosa verba de Auden, y menos que menos
para decirle lo que había significado para él. Un año después, Auden estaba
muerto. Brodsky se enteró por los diarios; no había vuelto a verlo ni a hablar
con él. Ese mismo día empezó a escribir en inglés. Los poemas los siguió
escribiendo en ruso, pero desde ese día empezó a escribir prosa en inglés.
Cuando se animó a publicarla, resultó ser una verba prodigiosa: era su manera
de hablar con Auden, de decirle todo lo que no le había podido decir en
aquellas 72 horas entre las montañas de Austria y Londres. El mismo lo confesó,
cuando le dieron el Nobel. Primero citó unas palabras de su maestro (“Todo
escritor tiene un amigo imaginario”). Después dijo: “Soy un poeta judío, mi
lengua es la rusa, sólo escribo en inglés para encontrarme con él, para hacer
lo único que se puede hacer por un hombre mejor: seguir la conversación. En eso
consisten, creo yo, las civilizaciones”.
Brodsky era una fuerza de la naturaleza. Se
caracterizó toda su vida por llevar la contra a toda advertencia, sensata o de
las otras. Quienes lo conocieron dicen que, en la charla mano a mano, la pura
intensidad de su presencia a veces hacía sangrar por la nariz a su
interlocutor. Cuando estaba en Siberia, juró (y lo dejó asentado en una carta a
sus amigos) que, si alguna vez lograba salir de ahí, se iría a Venecia, “me
conseguiría una habitación en la planta baja de un palazzo, para que las olas
levantadas por las embarcaciones golpearan contra mi ventana, y me dedicaría a
fumar, toser y beber, y mientras las colillas se apagaran solas en el húmedo
piso de piedra, intentaría escribir una elegía o dos. Y con mi último dinero me
compraría una pequeña Browning y me volaría la tapa de los sesos, ya que era
incapaz de morir escribiendo en Venecia”. Lo hizo. Me refiero a conseguirse un
palazzo con vista a los canales, escribir una elegía o dos, fumar, toser y
beber. No logró morir en Venecia, ni por causas naturales ni por balazo, pero
sí logró que su hermosa esposa italiana llevara sus restos a enterrar allá.
También se negó toda su vida al lugar de
víctima (“Hablar de nuestros padecimientos sólo extiende la vida de nuestros
antagonistas”). Para explicar su entereza dijo que el problema de pasarse la
vida tratando de burlar al sistema era que, tanto cuando se lo vencía como
cuando se lo secundaba, uno se sentía igualmente culpable: “Esa ambivalencia es
la característica principal de mi país: no hay verdugo ruso que no tema ser
víctima algún día, como no hay víctima que no tema tener en sí la capacidad de
ser verdugo. Pero esa ambivalencia es sabiduría, en cierto modo: uno entiende
rápido que la vida misma no es ni buena ni mala, es arbitraria”.
Con el paso de los años (que no fueron
muchos, a los 47 ya había ganado el Nobel, a los 56 estaba muerto), descubrió
que la lengua inglesa era el vehículo ideal para entenderse a sí mismo, así
como la lengua rusa era su modo de cantar. En inglés dijo que, cuando trabajaba
en la fábrica de armamento, podía ver por encima del muro cómo trasladaban
presos al hospital, que a la menor distracción de los guardias soltaban cartas
que iban a caer al patio de la fabrica y que él o algún otro recogía
furtivamente y despachaba por correo de regreso a casa. Lo que no lograba
recordar exactamente era si él había sido uno de los que recogía o uno de los
que arrojaba aquellas cartas (no por nada escribió que la memoria es como una
biblioteca sin orden alfabético y sin obras completas de nadie). En inglés dijo
que todo escritor se ve a sí mismo póstumamente, pero que el escritor en el
exilio lo hace más que ningún otro porque es básicamente una criatura
retrospectiva, que cree que su existencia anterior era más genuina, que teme
ser sólo capaz de escribir secuelas de su obra anterior. “El exilio político
pone al escritor en el lado banal de la virtud y nada frena su evolución
estilística más que eso. Porque el estilo de un escritor son sus nervios y el
exilio entumece los nervios. El exilio le enseña que un hombre liberado no es
un hombre libre. Y que, si quiere un papel mejor, el de hombre libre, debe ser
capaz de aceptar, o al menos de imitar, la manera en que fracasa un hombre
libre. Porque cuando un hombre libre fracasa, no culpa a nadie”.
-Fuente: contratapa de Página/12 Viernes, 9
de marzo de 2012
https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-189164-2012-03-09.html?
LA ABUELA VIEJITA*
escapó de un país que ya no existe y
vivió en uno que se está desintegrando
acá perdió un ojo
por haber visto demasiado
perdió un ojo en la fábrica textil
y se dedicó a sus plantas
creo en el poder de las manos
para dar vida sentenciaba
mientras tiraba lejos
la hierba mala y se acomodaba
a su nueva visión de cristal
su ojo de vidrio cuida
la fragilidad del mundo.
*De Malén
De Felice.
Lanús
Parece
una tontería, pero llueve*
Mi vida es un barranco, ya lo dije,
una zona desértica, una asfixia.
Un cable de alta tensión abandonado
al borde de un pantano de petróleo.
Pero llueve y veo caer todas esas gotas,
(todas y cada una, como hermanas
que me sonríen desde su alba líquida)
las veo estrellarse en las baldosas
o en los rostros mojados, en los árboles;
las veo golpear farolas y paraguas,
toldos, ventanas, autos, un buzón, unos
bancos...
Y en el medio estoy yo. Mojándome.
A pesar de todo. Mojándome y pensando
que nadie puede arrebatarme
el placer de esta tarde y esta lluvia.
*De Sergio
Borao Llop.
-De Por
si mañana no amanece.
*
Poeta es el que
arranca con violencia o suavemente cosas inútiles o casi invisibles del bosque
de casas, de personas o de mundos y las lleva a su guarida para mirarlas largo
tiempo, sin pretender comprenderlas.
*De Liliana
Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
El tren de los sueños*
*Andrés
Bohoslavsky.
Aquí, en el tren de los sueños, las cosas
son un tanto diferentes
a los trenes que vos conoces. La diferencia
fundamental
es que entre el momento de partir y llegar
a algún lugar
los sueños se materializan.
El trámite es por demás sencillo. Una vez
que tenés el ticket
en el que constan esos detalles similares a
otros, debes ubicar el vagón que corresponde a tu sueño.
Unos carteles sobre los laterales los
identifican:
sueños de amor / de heroísmo / de guerra /
de aventuras / de gloria
de fama / de prestigio / de hazañas /
deportivos, etc.
Estos vagones siempre parten llenos y las
personas al bajar,
inflamadas de felicidad por haber obtenido
aquello
que tanto se les negara,
me envían fotos de lugares exóticos donde
se los observa
con una sonrisa amplia en sus rostros
y el brillo propio de quien vive una
existencia plena.
Entre los casos más notables ahora que reviso
la caja de fotos
encuentro al oficinista gris que es monje
budista en el Tibet
al vendedor callejero de golosinas que
escaló el monte Everest
la jueza que escapó con su gran amor a un
pueblito en Italia
y atiende un kiosco, o el caso de la chica
más fea del barrio que se
convirtió en estrella de Hollywood y rompió
miles de corazones
desde la pantalla del cine.
Así podría seguir enumerando varios más,
pero no tendría mayor sentido
ni agregaría nada sustancial al relato.
El que, sin dudas, es el suceso que hoy
recuerdo más extraño
es este que va a continuación y que tal vez
puedas ayudarme
a interpretarlo:
Una tarde cuando ya me disponía a cerrar la
boletería
y pensaba llegar pronto a la cabaña, tomar
mi caña de pescar
e irme al río llegó un anciano que con voz
casi imperceptible
me pidió un boleto para cumplir su sueño
Pero algo lo llevó a hablarme de su vida, a
relatarme con detalles
lo que había hecho con ella.
No encontré nada llamativo, es verdad, una
existencia monótona
atiborrada de anécdotas comunes: familia,
trabajos, dineros ganados
o perdidos y finalmente la llegada de esto
que aquí veo:
la vejez
Le pedí, pensando en mis planes que fuera
al grano
que me dijera que clase de sueño era el
suyo
así lo emitía y me liberaba de mis obligaciones
cotidianas
- Hijo, me dijo
lo que necesito no es un sueño en
particular,
necesito una vida nueva o mejor dicho: otra
oportunidad
donde pueda volver a elegir, donde sea el
dueño de mi destino,
pero no a partir de ahora sino desde mi
juventud –
Me quedé callado, sin poder decir palabra
alguna
luego le expliqué que yo solamente vendía
sueños:
aquellos que no se habían concretado por
alguna extraña razón
pero que no poseía la capacidad de volver
el tiempo atrás
ni nada de eso.
El anciano me miró decepcionado, supongo
por mis palabras
y me soltó:
- Entonces, dame un pasaje para cualquier
vagón,
seré muy feliz al estar entre gente que
todavía sueña.
*Andrés Bohoslavsky.
A su memoria
(Cipolletti
1960 – Buenos Aires 2026)
"Deambulo desde aquella primera aparición
hace
cuarenta mil años
inventé
el fuego y aún soy nómade
las
manos, los ojos y el rostro cambian
pero
el alma no."
textos & libros.
El
ghetto de Vincent.
texto adaptado para representación teatral / Amsterdam, 2001.
El río y otros poemas / The River and Other Poems. St. Albans,
Inglaterra: Editorial Verulamium Press, 2003.
El
pianista del Black Cat y otros poemas.
Editorial La carta de Oliver, 2004.
China
ocho milímetros.
Editorial La carta de Oliver, 2009.
Una
noche en bosque-poesía y otros poemas.
Editorial Leviatán, 2014.
La
camarera que se creía Greta Garbo y el plomero que soñaba ser Lenin y otros
poemas.
Editorial “La carta de Oliver, 2016.
Los
ojos de Sasha o El fin de un sueño rojo.
Editorial Leviatán, 2017.
Margot,
la prostituta que leyó a Bakunin y otros poemas.
Editorial Leviatán. 2019
Medianoche
en la plaza de los sueños y otros poemas.
Editorial Leviatán 2021
El
mundo es un poema inconcluso y otros fragmentos oníricos.
Leviatán, 2023
Miniaturas
en el sendero poético.
Editorial Leviatán. 2025
-Próxima
estación:
LOMA
VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
APEADERO INGENIERO RODOLFO MORENO.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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