sábado, junio 06, 2026

EDICIÓN JUNIO 2026

 


*Foto de Eduardo Francisco Coiro. @educoiro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

EL ABUELO JUGABA*

 

con su muñeca de porcelana negra

no fue original la llamó negrita

y era su única amiga la cuidaba

en los refugios le tapaba los oídos

cuando caían las bombas

cuando explotaba el mundo

y la gente del pueblo pensaba

si las nuevas ruinas serían

su casa o la de algún familiar

negrita tenía un vestido blanco

la yaya lo había tejido para tapar

sus vergüenzas y también

confeccionó una caja de cartón

con forma de ataúd

no sea cosa que los vecinos

vieran a un niñato cobarde

inventando mundos de nenas

en tiempos machos como estos

mi abuelo jugaba

con su muñeca de porcelana

hizo del féretro acartonado

una camita blanda.

 

*De Malén De Felice.

Lanús

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

 

 

VII *

 

Los padres de Elise Cowen

quemaron sus poemas. Sólo se salvaron

83

que guardó un amigo.

Yo no soy beat, mi amor,

pero quién está a salvo.

Hay que guardar un poema

empapado de lluvia,

por si la locura,

por si los padres,

por si el mundo,

nos queman, mi amor.

 

*De Valeria Pariso.

-Del libro "Paula levanta la persiana" (Ediciones AqL)

 

- Valeria publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar", Editorial AqL (2021). “Final francés”, AqL ediciones, 2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RECONSTRUCCION*

 

 

*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 

DÉCIMA PARTE

 

Esa noche soñé con una manada de leones rodeando el puesto de vigilancia. Los animales rompían la homogeneidad de la nieve que se acumulaba sobre los arbustos. Un camino casi había desaparecido, inundado por la dura luz de invierno. Los animales balanceaban las cabezas y movían con inquietud las colas. Más allá se veían restos de árboles, piedras que recordaban vagos cráneos amontonados. Los oscuros troncos de los árboles, aún con fuerza para erigirse y apuntar al cielo, parecían lanzas melladas por el tiempo, restos de murallas antiguas, derribadas por ejércitos que habían disuelto sus huellas pero cuyo fragor se adivinaba en los hocicos vibrantes de los felinos, en sus bostezos ansiosos, en las sombras alimentadas por el crepúsculo que no alcanzaban a dañar el oro de sus ojos. Soñé que salía de la cabaña, apenas cubierto por una cobija, que seguía el rastro de Lucrecia –unas huellas apenas visibles en la nieve– por el adormecido interior del bosque hasta llegar a un lago rodeado de arenas grises. En el sueño me decía –o al menos eso recordé mientras despertaba y la veía de espaldas a mí, aún dormida– que el cáncer, antes de dar el golpe final, parecía ir en retirada, como un ejército que finge abandonar las posiciones de avanzada. Por eso los últimos días de vida son extrañamente saludables. La persona tiene más energía que la habitual, los dolores desaparecen y se tiene la engañosa sensación de recuperar la salud. Algunos hacen planes y se imaginan en un futuro posible, al alcance de la mano, como si todo lo anterior hubiera sido un espejismo, una realidad alterna que les mostraba Dios para que valoraran su vida. En el sueño ella caminaba rumbo al lago. Iba vestida con los pantalones de mezclilla, la chamarra roja y las botas negras. Se ponía en cuclillas y tocaba con ambas manos la superficie helada del agua. En algunas partes había una delgada capa de hielo que amenazaba con quebrarse. Yo estaba a escasa distancia, casi como un espía. No había ningún sonido. Las ramas de los árboles no se movían y todo el ámbito estaba congelado en un segundo estático. Lucrecia se ponía de pie. Desde donde estaba podía ver su cabello negro, un poco húmedo y desordenado en su espalda; ella parecía disfrutar de mi observación, de la cercanía que no me atrevía a romper para tomarla del hombro, mirar su rostro y llevarla de vuelta a la cabaña. En el sueño parecieron transcurrir segundos pesados que nos envolvían y eliminaban cualquier necesidad de palabras. Lucrecia comenzó a internarse en el lago hasta desaparecer. Las huellas de sus botas quedaron en la arena y esa imagen se deshizo poco a poco hasta que desperté y miré el techo de la cabaña.

Al siguiente día despertamos muy de mañana. Comimos de los frascos de conservas. Teníamos la mitad del suministro de agua.

–¿Crees que tu padre haya sido una de las personas que estuvieron en la bodega? –le dije para no seguir hablando de su enfermedad.

–Nunca lo pensé –dijo Lucrecia abriendo mucho los ojos.

Revisamos las fotografías. Nos fijamos en aquellas en las que estaban muchas personas. Atrás del primer plano había rostros que, en un inicio, habían pasado desapercibidos. Pensé en su padre, entre la demás gente, a expensas de la cámara. Por alguna razón habría extendido los brazos para ocultar su rostro o se había escondido atrás de otra persona. Me detuve en las imágenes borrosas: ahí aparecían fragmentos de torsos, unas manos tomando a alguien del hombro, la fugaz visión de unas piernas. Causaba vértigo el cúmulo de rostros, de miradas que podían tener cualquier expresión y que estaban sumergidas en una oscuridad pantanosa. Tal vez, en un futuro, cuando las fotografías perdieran calidad, la sospecha de esa gente atrás desaparecería y todo quedaría en el ámbito de la imaginación y la sospecha.

Cansado de buscar, tomé a Lucrecia de la mano y le dije:

–Vamos a quedarnos.

–¿Para qué?

–Tienes que reponerte.

Ella me miró como a un niño que, de repente, dice una locura.

–Quiero seguir. De verdad.

Sus palabras tenían más de desesperación que de súplica. Ella, de alguna forma, había planeado llegar hasta ahí.

Asentí.

Al siguiente día reemprendimos el camino. El Puesto de Vigilancia, ahora, nos miraba a nosotros. De cuando en cuando hacía una pausa y volteaba al lugar que dejábamos, como si, de pronto, pudiera sorprender a alguien en la ventana. El camino era de tierra aplanada y eso nos dio esperanzas de encontrar alguna población cercana. Cualquier posibilidad, en ese momento, era positiva.

Mientras caminábamos tuve la sensación de que el mundo se colapsaba atrás de nosotros. El aire lo sentía, a ratos, tibio. El invierno, el frío de la ciudad iba desapareciendo. Quizás era una ilusión por el movimiento de mi cuerpo que generaba un calor adicional al que estaba acostumbrado. Una nueva estación se inmovilizaba sobre nosotros. El cielo, completamente gris, se seguía llenando de nubes. Pensé en animales llamando a otros, aglomerándose para estar más seguros en la colectividad y defenderse de posibles agresores.

Cuando llegamos a la mitad del día vimos un valle pequeño. A la mitad, como una ofrenda, encontramos un cuerpo sobre la hierba. Al acercarnos vimos que era una res muerta. El perfil del animal, los cuernos oscuros, destacaban. El cadáver, derruido, parecía una especie de aviso. Aún humeante, estaba en una torsión que había separado el costillar de los cuartos traseros. Era como un descarrilamiento. Me pregunté por los carroñeros. Miré el cielo y sólo vi nubes grises, un poco deshilachadas. El olor era penetrante. El cielo en esa zona, comenzaba, en ratos, a despejarse. Olía a quemado. Lucrecia empezó a jalar aire. Pensé que, de un momento a otro, tendría que acompañarla de regreso a la ciudad. Sin embargo ella me hizo señas de que siguiéramos.

Después de una elevación del terreno, en un lugar despejado de árboles, vimos una zona quemada. Las hierbas y el pasto eran elementos de una cicatriz ancha y oscura. Ahí, enfrente, como un mar inmóvil, aglomerado, yacían decenas de reses, iguales a la primera. Sus figuras negras se confundían con la leve sombra que proyectaban. Los cuernos eran teas recién apagadas. Por la formación que tenían, algunas muy juntas, otras desparramadas en un terreno amplio, parecían haber encontrado la muerte durante una estampida. Imaginé los ojos desorbitados, los largos bramidos, belfos buscando aire en de la hirviente humareda.

Miré con ansiedad cómo la respiración de Lucrecia se iba haciendo más fuerte. Sus pasos eran vacilantes. Se apoyó en mí y continuamos un trecho más para alejarnos de esa visión. Mientras la ayudaba a recargarse en un árbol, pensé en el origen de aquel incendio. Imaginé a hombres primitivos prendiendo fuego al pasto seco. Después, entre gritos, acorralaban a las bestias que se apretaron en un círculo estrecho y caliente. ¿De dónde venían aquellos animales? Pensé en una granja devastada, los animales vagando en las cercanías hasta encontrar el fuego que los habría conducido a la muerte.

Me senté junto a Lucrecia. Ella había empezado a dormitar. Me tranquilicé. El cuerpo lo sentía cansado. Estiré las piernas y aflojé los brazos. Sentía mi mente entumida, cansada de examinar los eventos nuevos a los que me enfrentaba. También era la falta de alimento, pues las conservas las racionábamos cada vez más. Tendría que dejar lo último para Lucrecia. Con ese pensamiento comencé a quedarme dormido.

Desperté. Me froté los párpados. Iba a comprobar si Lucrecia seguía dormida, pero no estaba junto a mí. Sólo encontré su mochila. Pensé que había decidido regresar al Puesto de Vigilancia. Grité varias veces su nombre. Emprendí el camino de regreso. Después de unos metros, distinguí su figura, recargada en otro árbol. Había una planicie verde que se extendía frente a ella. Era como el escenario de un cuento infantil, el mismo cuento de la primera cabaña, una continuación. Pensé en llamarla pero decidí esperar a que estuviera más cerca. Quizás había huido de mí. Recordé que algunos animales, cuando están heridos de muerte o agonizantes, se alejan del mundo y buscan un espacio solitario, un hueco lejos de todo para esperar, en silencio, a la muerte.

Miré su figura recargada en el árbol. Se había quitado la chamarra. Parecía ensimismada en el paisaje. Quizás, en ese claro en el bosque, estaba desplegada, en signos irreconocibles para mí, transparentes, la entera historia del país, con todos sus detalles, sus secretos. Ahí estaba la biografía de los muertos, de los desaparecidos, el aliento condensado de la gente en la bodega, el olor a cuerpos amontonados y densos. Me acerqué deseando que no transcurriera el tiempo, que los metros hasta Lucrecia fueran parte de un camino muy largo, casi infinito. Llegué hasta ella. Apenas reparó en mí. Un leve movimiento de su mano derecha buscó mi cuerpo. Percibí, a la distancia, la fiebre que la cercaba. Tomé su mano y sentí el calor que subía por la palma y se extendía a los dedos. Había un incendio dentro de ella. Había llamas caldeándola y desgastándola cada vez más rápido. Se había contagiado del poco calor que quedaba en el mundo y que echaba raíces en cada uno de sus órganos, en su piel, en la frente que era recorrida por unas gotas de sudor.

–Perdón –dijo con voz calma y sonrió.

No supe qué decirle. No había decepción. Quise, inútilmente, acercarme más para contagiarle mi frío. Pero Lucrecia se mantenía ajena a mi preocupación, como una viajera extraviada que está conforme con su destino, al igual que las anónimas figuras que habían desaparecido en el interior del bosque. Traté de sonreír porque la había encontrado y esa certeza me daría seguridad para seguir explorando o para olvidar el motivo de nuestro viaje. Estábamos los dos, ahí, y eso era suficiente.

–¿Dónde estamos? –me preguntó.

–No estamos lejos de la cabaña –mentí.

–Pensé que habíamos avanzado más–dijo, con voz entristecida.

Miré su expresión decepcionada, la quijada que ya no apretaba con fuerza sino que estaba distendida. Podía ver el brillo opaco de sus dientes. La luz de la tarde le llenaba el rostro y el mechón negro en la frente era, quizás, lo único que la vinculaba con la persona que había sido días atrás, en la ciudad, antes de emprender el viaje.

–Vamos a regresar a la cabaña. Ahí podrás recuperar las fuerzas.

–No, no lo hagas.

El tono con el que lo dijo fue el de una niña asustada. Quizás por eso no tomé en cuenta su petición.

La cargué entre mis brazos. La sentí más ligera de lo que había pensado cuando la conocí. Parecía que la fiebre había menguado sus huesos, le quitaba sustancia a sus órganos, desbarataba venas, confundía el recorrido de la sangre mientras su corazón desbocaba los últimos latidos. Lucrecia, a pesar de su reticencia, se afianzó a mis hombros y a mi cuello. Las pocas fuerzas que le quedaban las dedicaba a seguir respirando. Había vuelto el frío, aunque no con la intensidad de antes. Un poco de vaho salía de nuestras bocas. La iba a cuidar en la cabaña a pesar de que no hubiera herramientas ni medicamentos. Quizás podría encontrar la manera de disminuir la fiebre. Después, resistiríamos con los frascos de conservas. Quizás si regresábamos a la cabaña, la enfermedad estaría de nuevo inmóvil, en un equilibrio con el funcionamiento del cuerpo. Y el calor de su cuerpo sería benéfico, como el sol que, alguna vez, nutrió las cosechas de la gente que había desaparecido. Una vez resguardados, podría buscar ayuda o emprender el camino de regreso a la ciudad. Tal vez en su cuarto, rodeada de sus cosas, podría regresar el tiempo. Le comencé a hablar de lo que podríamos hacer en la ciudad. Le conté más teorías de las imágenes y de la gente de la bodega. Le dije que podríamos buscar un lugar elevado para comprobar si, hacia el sur, hacia las tierras profundas que apenas se podían distinguir, aparecía el otro límite de la muralla. Apenas escuchaba su voz, una especie de murmullo que yo tomaba como una afirmación a lo que le contaba. Aún faltaba mucho para llegar a la cabaña y el peso de su cuerpo me estaba venciendo. Sin embargo no quise detener la marcha. Tenía que resistir hasta llegar bajo techo. Mi frente comenzó a sudar. El cuerpo de Lucrecia, sus brazos, me contagiaban de su calor. Sus brazos dejaron de sujetarme con la fuerza de antes. Le dije que resistiera, que ya faltaba poco. La vereda, apenas visible entre matorrales y hierbas, parecía cada vez más larga. Escuché un quejido, un sonido casi imperceptible. Le pregunté qué le pasaba. Era absurda mi pregunta pero combatía mi silencio que era, en medio de la marcha, una complicidad con la muerte, un testimonio inútil. Me pregunté por las señales vitales que había mostrado los días anteriores. Quise decirle que había estado bien, que volviera a enterrar la enfermedad o, al menos, los síntomas. Pero la destrucción había llegado a un punto sin retorno y, a partir de entonces, sería una caída libre. La enfermedad estaba cerrando la trampa. El incendio consumía los últimos restos de vida. Al final habría sólo humo, la tenaz memoria del fuego. Entonces pensé en renunciar y, contemplar, como una especie de vínculo final con ella, su muerte. Pero, al mismo tiempo, me daba miedo estar ahí, mirándola de frente, estableciendo contacto con su mirada que, probablemente, iría por inercia al cielo cubierto por nubes. Ahí, en algún lugar, estaba su muerte y la buscaba, afanosa, para tener una última certeza antes de irse. Quizás, para ese momento, yo era un elemento ajeno, extraño, casi irrelevante. Ella estaba con la mente perdida, su cuerpo dejaba escapar la última respiración, como una jarra que está a punto de vaciarse y que conserva, apenas, una gota de agua, un reflejo diminuto y efímero. Fue cuando su cabeza comenzó a balancearse cuando entendí no sólo que había muerto sino que esa muerte me enfrentaba con mi cobardía. Me sentí culpable no porque mi aventura la había llevado lejos de casa sino por no haberla dejado junto a aquel árbol, mirando cómo escapaba su vida entre la vegetación, integrándose, de alguna forma, al paisaje, volviéndolo tranquilo, fértil, en diálogo constante con una era primigenia.

La bajé de mis brazos. Su cuerpo, desmadejado, sin fuerza, quedó a mis pies. La abracé. Quise hablarle, pero no me atreví. Sentí ganas de llorar pero un asomo de vergüenza impidió que lo hiciera. ¿Qué haría con ella? Recargué su cuerpo en un árbol grande. Entrelacé sus manos. Traté de guardar en mi memoria una imagen de Lucrecia pero se amontonaban varias en mi mente: ella, en el Puesto de Vigilancia, con un asomo de sensualidad, de deseo, cuando la había tocado y su piel pareció despertar de un larguísimo letargo, de una hibernación inconsciente, alimentada por años de soledad y rutina. No le había dicho, pero aparecía en varios de mis escritos. Acaso apenas habría podido descifrar mis letras. Y por eso había guardado las fotografías. Eran las únicas que podían contar una historia sin palabras. Las versiones definitivas que estaban en la memoria de la computadora se perderían, pero aún tenía en papel, al menos para contemplarlas, para leerlas una y otra vez como si fueran las líneas de un retrato. Las hojas amarillas la tenían para mí, no de una manera objetiva, como una fotografía, sino vista a través de mis suposiciones, mis miedos, mis fantasías.

Decidí regresar por las dos mochilas. No pude evitar la sensación de abandono, de traición. Traté de controlar mi respiración. Sentí el invierno en mi piel. Para hacer más fácil la última mirada, preferí pensar en ella hundiéndose en el mar, como si el peso de su cuerpo se vertiera en una superficie tersa, cálida, que la recibía para llevarla al otro mundo. En ese lugar, los mismos ojos que ahora miraban un paisaje compuesto por troncos podridos por la humedad, líquenes, insectos revoloteando en la tarde, estaban sumergidos en un estanque lleno de formas luminosas, retazos de recuerdos, esquirlas que sobrevivían el paso de la muerte. Detuve mis pasos. Mientras la miraba por última vez, sin saber todavía a dónde ir, preferí pensar en el sueño que había tenido antes: ella rodeada por leones, acariciando sus cabezas mientras ellos agitaban las colas. Después, los animales se colocaban a los costados, como si fueran parte de un cortejo solemne y silencioso. Ellos la conducían en un rito desconocido. Los leones la acompañaban a través de valles amplísimos, superficies nevadas, siempre hacia el sur, hasta llegar al límite del mundo, aquel territorio quizás limitado por el otro extremo de la muralla. Una vez ahí, frente a la enorme construcción, se quedarían en silencio. Los leones alzaban las cabezas, como si midieran la altura de lo que tenían enfrente. Quizás, en ese momento, entendían la función de la muralla, para qué servía, quién la había construido, qué había más allá. Entonces, el grupo desaparecía, se fundía en cada piedra, en cada borde o fragmento. No pude seguir imaginando más porque mi fantasía era clausurada por la muerte de Lucrecia. No había ninguna señal que me sirviera de acicate para buscar más imágenes.

Imposibilitado para imaginar más, con las mochilas a cuestas, regresé al Puesto de Vigilancia. Ahí, abrí su mochila. Encontré un par de blusas, un par de zapatos, guantes, bolsas de plástico vacías, frascos con residuos de comida. Tendría que deshacerme de eso para aligerar mi carga. Debajo de esos objetos encontré varias hojas amarillas que había arrancado de las libretas. Estaban dobladas, como si estuvieran a punto de entrar a un sobre imaginario. Comencé a leer, con pulso tembloroso, las palabras de Lucrecia. ¿Cuándo las había escrito? Seguramente había ocupado los momentos en que yo dormía para escribir. Temerosa, con miedo a que despertara y la descubriera, había intentado hilvanar palabras en frases que nunca llegaban a un punto final. La mayor parte de los intentos tenían, como objetivo, describir los incidentes del viaje. Había una descripción de la cabaña de la mujer. Un poco después hablaba de las casas abandonadas. Refería, también, la distancia que, según ella, habíamos recorrido. Tenía problemas cuando se refería a mí y, por eso, después de algunos intentos, terminaba tachando toda la frase. Parecía, en esos textos, que no estaba totalmente convencida de mi existencia y por eso le costaba hablar de mí. Algo que pude ver, casi enseguida, era que Lucrecia nunca aventuraba una teoría sobre lo que descubríamos. Para ella no había posibilidad de imaginar el mundo. Acaso, en algunas parcas observaciones, deslizaba, casi sin querer, una sospecha. Pero inmediatamente después se aferraba a lo que podía ver y tocar.

Miré el paisaje desde una de las ventanas. Podría seguir caminando hacia el sur, sin mucha idea y depender de un improbable encuentro que me salvara la vida. Apostar por esa opción sería un lento suicidio. ¿Regresar a la cabaña, con la mujer? En ese lugar, rodeados por objetos de plástico incompletos, fetiches, ofrendas a la nada, apostaríamos por ver quién desaparecería primero. Le contaría del Puesto de Vigilancia y los rastros que había encontrado con Lucrecia. Entre sombras, en el pueblo convertido en un espacio vacío, envejecería con ella. Tal vez, una tarde, como había sucedido en el pasado, saldría de la cabaña para no volver jamás. Sonreí pensando en la posibilidad de regresar a la ciudad de Lucrecia. No era una travesía imposible. Tendría que llevar suficientes provisiones y recuperar fuerzas. Ahí, me integraría a la población, sin hacer ruido, como si sólo me hubiera ido por un par de horas.

Decidí quedarme esa jornada en el Puesto de Vigilancia. Podría resistir algunos días más con el agua y comida que quedaban. Algún plan podría aparecer en el horizonte. Tenía que registrar todo una vez más. Ahí, en ese lugar, estaba una clave que se me escapaba. El sol, de color naranja, empezaba a declinar atrás de la planicie de nubes. Ocupé mi lugar en el Puesto de Vigilancia. En una silla, con los pies apoyados en la cama y la vista en la ventana, miré al exterior. Tenía en las manos, como amuletos, un par de fotografías. Tomé un poco de agua. Lo que más me atemorizaba era que la falta de alimento empezara a perturbar mi mente. El temor se haría tan grande que, en un pestañeo, se materializaría la visión de un ejército enemigo afuera del Puesto de Vigilancia. Pensé en escribir, nunca dejar de hacerlo, para dejar testimonio de que no había desaparecido, que había estado consciente hasta el último momento.

Intenté prender la computadora. La pantalla emitió un destello y, después, se oscureció de nuevo. Miré mi perfil que se alcanzaba a reflejar en la superficie que, antes, había guiado mis palabras. Miré los papeles amontonados, algunos arrugados al fondo de mi mochila. ¿Cómo darle orden a esas hojas a veces inconexas? ¿Cómo seguir sin Lucrecia? El papel no resistiría el paso del tiempo. Imaginé mi cadáver, abandonado en ese bosque; mi mano derecha apretando un puñado de papeles, aún dispuesto a transmitir, a un imposible viajero, la información que había recabado hasta el momento de mi muerte

Dormí toda la noche. Al día siguiente, repuesto un poco del esfuerzo de las jornadas anteriores, me dediqué a observar el horizonte. Traté de establecer alguna relación entre los tipos de árboles que rodeaban el claro en el que estaba. Aventuré, sin mucho convencimiento, especies como los álamos, los robles, algunos pinos. No pude registrar pasos o huellas de animales grandes. Los únicos que poblaban la zona eran diferentes clases de insectos. Había hormigas, mosquitos, tijerillas. Eran abundantes diversos tipos de escarabajos. Otros insectos, de colores fosforescentes, eran especies nuevas para mí. Todos prosperaban porque se nutrían de los residuos de los árboles: hojas muertas, raíces podridas, cortezas que alfombraban grandes extensiones del suelo. Intenté algunos dibujos hasta que llegó la tarde. Cuando me percaté de que la luz del sol declinaba, vino a mi mente el cuerpo abandonado de Lucrecia. Había llenado el tiempo con registros y dibujos para no pensar en ella. Sin embargo, bastó detener mi actividad para que me diera cuenta de que, quizás, era la misma hora en que había muerto Lucrecia. ¿Cómo podía tener esa certeza? Era la luz de la tarde, su consistencia y cierto tono ocre que envolvía todas las cosas, lo que me daba seguridad. Me había acostumbrado, desde hacía tiempo, a medir la luz porque era la única variable que indicaba el paso de las horas. Si existía gente más allá de mi vista, quizás habrían desarrollado instrumentos para medirla. Los imaginé elaborando presagios, discutiendo sobre la influencia de la luz en el clima, en su estado de ánimo, en los peligros por venir. Serían instrumentos que capturaban la claridad existente y la transmitían a una serie de complejos engranajes. Yo, ignorante de casi todo, atenido a las manecillas detenidas del reloj de Lucrecia, sólo podía mirar la luz, su fuerza y su progresivo debilitamiento. Sin esa referencia, lo único que me quedaba era el ciclo irregular del sueño, la desesperada observación de un cielo siempre igual, vivo pero inmóvil como un mar congelado.

Me acosté en la cama. Recordé la historia de la mujer en la que contaba cómo, desde su cabaña, acompañada por su esposo, escuchaba la discusión de los dos extraños. Sin duda, habrían tenido miedo de que alguno de ellos, el triunfador de la pelea, los descubriera. Mi temor, en cambio, era encontrar el cuerpo de Lucrecia desgastado, corrupto. Escuché un murmullo. Cerré los ojos hasta que el sonido desapareció.

Al día siguiente descubrí, a un costado del Puesto de Vigilancia, una escalera que estaba oculta entre las hierbas crecidas. Tomé papel y lápiz y la coloqué para subir al techo. Quizás, desde ahí, podía ver algo más que el claro en el bosque y la frontera casi impenetrable de árboles. ¿Había murallas? Saqué papel y lápiz que había afilado con un cuchillo. Comencé a dibujar. Ante la falta de palabras me pareció más natural dibujar. Hice, primero, un bosquejo y, después, traté de detallar el paisaje que tenía enfrente. El claro en el bosque era como una isla. El verde que me rodeaba era un mar secreto, muy profundo. Pensé que, de vez en cuando, habría señales de alguna criatura mitológica, animales que no podía imaginar y que recorrían ese territorio en las noches. No encontré el cuerpo de Lucrecia y eso me dio una sensación de alivio. Estuve un rato mezclando dibujos con textos que intentaban explicarlos, como un atlas que orientaría a un futuro viajero. Era una especie de consuelo. Volví a bajar por la mochila y saqué las fotografías. Miré, una vez más, a la gente atrapada en la bodega. Dibujé atrás de las imágenes. Después, cuando sentí que había agotado mi capacidad para capturar el entorno con mis trazos, volvía a bajar. Repartí las fotografías en distintos puntos del Puesto de Vigilancia. Quería encontrármelas todo el tiempo, que el contacto con ellas me sugiriera nuevas historias, nuevos puntos para recomenzar el viaje. Las fotografías, los recuerdos de Lucrecia, eran un rompecabezas, un acertijo que no iba a resolver pero que siempre estaría ahí, mientras viviera, interrogándome con sus secuencias truncas, sus palabras no dichas y sus caminos a ningún lado.

Una noche, entre las sábanas, iluminado por una vela que había encontrado en un cajón de un escritorio, pensé en Lucrecia. Era inevitable. Cuando llegaba la oscuridad pensaba en su cuerpo abandonado en el bosque. Por momentos me recriminaba haberla dejado ahí, expuesta a la corrupción del aire y los insectos. No duraba mucho ese sentimiento. Mientras veía el amarillo de la llama pensé que ella estaba por ahí, afuera, merodeando por el Puesto de Vigilancia. Me decía que había hecho bien en dejarla ahí, que le gustaba mirar esa parte del bosque. Ese era su Puesto de Vigilancia, un poco más adelantado que el mío, como una vanguardia que tiene el deber de advertir el primer movimiento del enemigo. Mientras llegaba, ella me avisaría de los casi imperceptibles cambios en el clima, de la dirección del viento y de la tonalidad de las hojas de los árboles. Ahí, en ese lugar sin más límite que la escasa sombra que proyectaba su cuerpo sin vida, podría calcular el peso de las nubes, el andar secreto de algún insecto, la interacción de la atmósfera con cada uno de los relieves montañosos que se extendían en el horizonte. Comencé a quedarme dormido.

 

(continuara)

 

*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela),

 La Habitación Amarilla por Editorial BUAP.

-Las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta),

Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Y

 Reconstrucción Ediciones EyC.

 

 

 







 

 

*

 

 

Una vez más saliste al balcón, a respirar

con el dardo de la ansiedad en el pecho

y la voluntad de vivir en tela de juicio.

Con los ojos cerrados la cabeza, a veces,

parece una olla a presión.

Es todo ese aire

contenido en los pulmones, que no sale,

el remolino del corazón en arritmia

el desconcierto frente a la muerte.

Estás dispuesto a todo para permanecer

en el mundo hasta el último minuto

pero a veces te asomás para ver,

el vacío, de cerca.

El problema es que no soportás

el asesinato y la miseria

pero tampoco la belleza deslumbrante del planeta.

Te obnubila la destrucción,

la intemperie, la pobreza,

la marginalidad, la locura, 

tanto como

te fascina la humanidad,

el roce de los cuerpos

el sexo, las frases certeras

las charlas a tiempos perdidos.

La humanidad fabrica cócteles molotov y corta rutas

pero más que nada enloquece y se arrastra

mientras ghostea en los celulares todo el día.

Todos, pero todos, merecemos la grandeza

del barrendero, al millonario

la escala no significa nada, la clase social un accidente.

Y a la noche, absorbiendo el frío glacial en el balcón

cuando los sentidos no se calman

y los síntomas no son claros, se trata mantenerse a flote

y es por todo esto que esperás demasiado

y, al mismo tiempo, nada.

 

*De Mercedes Álvarez. alvamercedes@gmail.com

Escritora. Gestora cultural.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El amigo imaginario*

 

 

*Por Juan Forn

 

Había en San Petersburgo, cuando se llamaba Leningrado, una escuela, que estaba enfrente de una fábrica de armamento, que estaba al lado de un hospital, que pertenecía a una prisión, la prisión más famosa de toda Rusia, Las Cruces, con sus 999 celdas. Había en Leningrado, en aquellos primeros años de posguerra, un pelirrojo llamado Iosip Brodsky que fue a esa escuela hasta que lo echaron y consiguió trabajo en ese arsenal, de donde fue a dar con sus huesos en aquella cárcel, donde lo despacharon al pabellón de enfermos mentales de aquel hospital, donde lo ponían a pasar la noche en chaleco de fuerza, luego de empaparlo con una manguera (al enfriarse y contraerse, el chaleco de fuerza iba haciendo cada vez más honor a su nombre). Antes lo habían llevado a juicio, por parásito, por poeta, por judío. En determinado momento del proceso, el fiscal le preguntó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse poeta?” El pelirrojo Brodsky, que tenía veintiún años, le contestó: “¿Y a usted quién le dio permiso para decirse hombre?”

Lo mandaron a Siberia, por supuesto, pero en términos soviéticos la sacó barata: apenas tres inviernos, y no en un campo sino en una granja colectiva. Después lo dejaron volver a Petersburgo hasta que terminaron cansándose de él y de los poemas que no le dejaban publicar y lo expulsaron de la URSS. El pelirrojo Brodsky bajó de un avión en Viena, sin pasaporte y sin una moneda. Las autoridades migratorias le preguntaron si conocía a alguien en el país. Brodsky sabía que Auden, el gran poeta inglés, su ídolo absoluto, tenía una casita en algún lugar de las montañas austríacas. Las autoridades migratorias lo contactaron y el viejo poeta aceptó encantado hacerse cargo del indeseado apátrida. No sólo se lo hizo traer y lo cobijó en su cabaña alpina: en setenta y dos horas vertiginosas, le consiguió papeles y un puesto en una universidad en Estados Unidos y después se lo llevó a Londres, donde lo presentó al mundo en un legendario festival de poesía.

Durante esas 72 horas, las únicas en que estuvo frente a frente con Auden, Brodsky sólo pudo escucharlo: su inglés (aprendido a solas en la URSS con un diccionario y una antología de poesía inglesa hecha jirones, donde había descubierto a su ídolo), a duras penas le daba para seguir la legendaria, prodigiosa verba de Auden, y menos que menos para decirle lo que había significado para él. Un año después, Auden estaba muerto. Brodsky se enteró por los diarios; no había vuelto a verlo ni a hablar con él. Ese mismo día empezó a escribir en inglés. Los poemas los siguió escribiendo en ruso, pero desde ese día empezó a escribir prosa en inglés. Cuando se animó a publicarla, resultó ser una verba prodigiosa: era su manera de hablar con Auden, de decirle todo lo que no le había podido decir en aquellas 72 horas entre las montañas de Austria y Londres. El mismo lo confesó, cuando le dieron el Nobel. Primero citó unas palabras de su maestro (“Todo escritor tiene un amigo imaginario”). Después dijo: “Soy un poeta judío, mi lengua es la rusa, sólo escribo en inglés para encontrarme con él, para hacer lo único que se puede hacer por un hombre mejor: seguir la conversación. En eso consisten, creo yo, las civilizaciones”.

Brodsky era una fuerza de la naturaleza. Se caracterizó toda su vida por llevar la contra a toda advertencia, sensata o de las otras. Quienes lo conocieron dicen que, en la charla mano a mano, la pura intensidad de su presencia a veces hacía sangrar por la nariz a su interlocutor. Cuando estaba en Siberia, juró (y lo dejó asentado en una carta a sus amigos) que, si alguna vez lograba salir de ahí, se iría a Venecia, “me conseguiría una habitación en la planta baja de un palazzo, para que las olas levantadas por las embarcaciones golpearan contra mi ventana, y me dedicaría a fumar, toser y beber, y mientras las colillas se apagaran solas en el húmedo piso de piedra, intentaría escribir una elegía o dos. Y con mi último dinero me compraría una pequeña Browning y me volaría la tapa de los sesos, ya que era incapaz de morir escribiendo en Venecia”. Lo hizo. Me refiero a conseguirse un palazzo con vista a los canales, escribir una elegía o dos, fumar, toser y beber. No logró morir en Venecia, ni por causas naturales ni por balazo, pero sí logró que su hermosa esposa italiana llevara sus restos a enterrar allá.

También se negó toda su vida al lugar de víctima (“Hablar de nuestros padecimientos sólo extiende la vida de nuestros antagonistas”). Para explicar su entereza dijo que el problema de pasarse la vida tratando de burlar al sistema era que, tanto cuando se lo vencía como cuando se lo secundaba, uno se sentía igualmente culpable: “Esa ambivalencia es la característica principal de mi país: no hay verdugo ruso que no tema ser víctima algún día, como no hay víctima que no tema tener en sí la capacidad de ser verdugo. Pero esa ambivalencia es sabiduría, en cierto modo: uno entiende rápido que la vida misma no es ni buena ni mala, es arbitraria”.

Con el paso de los años (que no fueron muchos, a los 47 ya había ganado el Nobel, a los 56 estaba muerto), descubrió que la lengua inglesa era el vehículo ideal para entenderse a sí mismo, así como la lengua rusa era su modo de cantar. En inglés dijo que, cuando trabajaba en la fábrica de armamento, podía ver por encima del muro cómo trasladaban presos al hospital, que a la menor distracción de los guardias soltaban cartas que iban a caer al patio de la fabrica y que él o algún otro recogía furtivamente y despachaba por correo de regreso a casa. Lo que no lograba recordar exactamente era si él había sido uno de los que recogía o uno de los que arrojaba aquellas cartas (no por nada escribió que la memoria es como una biblioteca sin orden alfabético y sin obras completas de nadie). En inglés dijo que todo escritor se ve a sí mismo póstumamente, pero que el escritor en el exilio lo hace más que ningún otro porque es básicamente una criatura retrospectiva, que cree que su existencia anterior era más genuina, que teme ser sólo capaz de escribir secuelas de su obra anterior. “El exilio político pone al escritor en el lado banal de la virtud y nada frena su evolución estilística más que eso. Porque el estilo de un escritor son sus nervios y el exilio entumece los nervios. El exilio le enseña que un hombre liberado no es un hombre libre. Y que, si quiere un papel mejor, el de hombre libre, debe ser capaz de aceptar, o al menos de imitar, la manera en que fracasa un hombre libre. Porque cuando un hombre libre fracasa, no culpa a nadie”.

 

-Fuente: contratapa de Página/12 Viernes, 9 de marzo de 2012

https://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-189164-2012-03-09.html?

 

 

 

 



 

 

 

 

 

LA ABUELA VIEJITA*

 

escapó de un país que ya no existe y

vivió en uno que se está desintegrando

acá perdió un ojo

por haber visto demasiado

perdió un ojo en la fábrica textil

y se dedicó a sus plantas

creo en el poder de las manos

para dar vida sentenciaba

mientras tiraba lejos

la hierba mala y se acomodaba

a su nueva visión de cristal

su ojo de vidrio cuida

la fragilidad del mundo.

 

*De Malén De Felice.

Lanús

 

 

 

 


 

 

 

 

Parece una tontería, pero llueve*

 

 

Mi vida es un barranco, ya lo dije,

una zona desértica, una asfixia.

Un cable de alta tensión abandonado

al borde de un pantano de petróleo.

 

Pero llueve y veo caer todas esas gotas,

(todas y cada una, como hermanas

que me sonríen desde su alba líquida)

las veo estrellarse en las baldosas

o en los rostros mojados, en los árboles;

las veo golpear farolas y paraguas,

toldos, ventanas, autos, un buzón, unos bancos...

 

Y en el medio estoy yo. Mojándome.

A pesar de todo. Mojándome y pensando

que nadie puede arrebatarme

el placer de esta tarde y esta lluvia.

 

*De Sergio Borao Llop.

-De Por si mañana no amanece.

 

 




 

 

 

*

 

Poeta es el que arranca con violencia o suavemente cosas inútiles o casi invisibles del bosque de casas, de personas o de mundos y las lleva a su guarida para mirarlas largo tiempo, sin pretender comprenderlas.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

 

El tren de los sueños*

 

*Andrés Bohoslavsky

 

 

Aquí, en el tren de los sueños, las cosas son un tanto diferentes

a los trenes que vos conoces. La diferencia fundamental

es que entre el momento de partir y llegar a algún lugar

los sueños se materializan.

 

El trámite es por demás sencillo. Una vez que tenés el ticket

en el que constan esos detalles similares a otros, debes ubicar el vagón que corresponde a tu sueño.

Unos carteles sobre los laterales los identifican:

sueños de amor / de heroísmo / de guerra / de aventuras / de gloria

de fama / de prestigio / de hazañas / deportivos, etc.

 

Estos vagones siempre parten llenos y las personas al bajar,

inflamadas de felicidad por haber obtenido aquello

 que tanto se les negara,

me envían fotos de lugares exóticos donde se los observa

con una sonrisa amplia en sus rostros

y el brillo propio de quien vive una existencia plena.

 

Entre los casos más notables ahora que reviso la caja de fotos

encuentro al oficinista gris que es monje budista en el Tibet

al vendedor callejero de golosinas que escaló el monte Everest

la jueza que escapó con su gran amor a un pueblito en Italia

y atiende un kiosco, o el caso de la chica más fea del barrio que se

convirtió en estrella de Hollywood y rompió miles de corazones

desde la pantalla del cine.

 

Así podría seguir enumerando varios más, pero no tendría mayor sentido

ni agregaría nada sustancial al relato.

 

El que, sin dudas, es el suceso que hoy recuerdo más extraño

es este que va a continuación y que tal vez puedas ayudarme

a interpretarlo:

 

Una tarde cuando ya me disponía a cerrar la boletería

y pensaba llegar pronto a la cabaña, tomar mi caña de pescar

e irme al río llegó un anciano que con voz casi imperceptible

me pidió un boleto para cumplir su sueño

 

Pero algo lo llevó a hablarme de su vida, a relatarme con detalles

lo que había hecho con ella.

 

No encontré nada llamativo, es verdad, una existencia monótona

atiborrada de anécdotas comunes: familia, trabajos, dineros ganados

o perdidos y finalmente la llegada de esto que aquí veo:

la vejez

 

Le pedí, pensando en mis planes que fuera al grano

que me dijera que clase de sueño era el suyo

así lo emitía y me liberaba de mis obligaciones cotidianas

 

- Hijo, me dijo

lo que necesito no es un sueño en particular,

necesito una vida nueva o mejor dicho: otra oportunidad

donde pueda volver a elegir, donde sea el dueño de mi destino,

pero no a partir de ahora sino desde mi juventud –

 

Me quedé callado, sin poder decir palabra alguna

luego le expliqué que yo solamente vendía sueños:

aquellos que no se habían concretado por alguna extraña razón

pero que no poseía la capacidad de volver el tiempo atrás

ni nada de eso.

El anciano me miró decepcionado, supongo por mis palabras

y me soltó:

 

- Entonces, dame un pasaje para cualquier vagón,

seré muy feliz al estar entre gente que todavía sueña.

 

 

*Andrés Bohoslavsky.

A su memoria

 (Cipolletti 1960 – Buenos Aires 2026)

 

 "Deambulo desde aquella primera aparición

hace cuarenta mil años

 

inventé el fuego y aún soy nómade

las manos, los ojos y el rostro cambian

pero el alma no."

 


textos & libros.

El ghetto de Vincent. texto adaptado para representación teatral / Amsterdam, 2001.

El río y otros poemas  / The River and Other Poems. St. Albans, Inglaterra: Editorial Verulamium Press, 2003.

El pianista del Black Cat y otros poemas.

Editorial La carta de Oliver, 2004.

China ocho milímetros.

Editorial La carta de Oliver, 2009.

Una noche en bosque-poesía y otros poemas.

Editorial Leviatán, 2014.

La camarera que se creía Greta Garbo y el plomero que soñaba ser Lenin y otros poemas.

Editorial “La carta de Oliver, 2016.

Los ojos de Sasha o El fin de un sueño rojo.

Editorial Leviatán, 2017.

Margot, la prostituta que leyó a Bakunin y otros poemas.

Editorial Leviatán. 2019

Medianoche en la plaza de los sueños y otros poemas.

Editorial Leviatán 2021

El mundo es un poema inconcluso y otros fragmentos oníricos.

Leviatán, 2023

Miniaturas en el sendero poético.

Editorial Leviatán. 2025






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-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

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