sábado, mayo 24, 2008

AL VIENTO HERIDO...


Por Ti Soy Papalote Atorado*



Consideremos al viento herido
Como el ejemplo A,
Y a un bosque húmedo
De pinos y encinos
Como el ejemplo B:

Si hacemos una suma,
Corro el riesgo de perderme
A la manera A+B;
Pero si lo que hacemos
Es restarlos:
Tendremos a un lindo
Bosque olvidado.

Pongamos, pues,
Al Sol cansado
Cayendo con fuerza
Sobre el tejado
O al arco iris que ha resbalado
Y reposa sobre tu piel
Como el querido y añorado
Ejemplo Y,
Que si lo multiplicamos
Por las historias
Que invento contigo,
Considerándolas como
El ejemplo X:
Corro tal suerte
Que me es realmente difícil
Quererte del modo XY.

Lo mismo si nos decimos
Trabajadores de la Revolución,
Y vivimos y morimos
Por ver crear al mundo
Una nueva sociedad;
Algo así como el ejemplo W.

Como ves,
En esta historia
Es en la que intentamos amarnos,
Y eso sin mencionar la constante H
O nombrar el ejemplo Ñ,
Que hacen una proeza el amor.

Lo que intento es explicar
Que me resulta difícil quererte
Como podría quererte,
Al menos esto al estilo
a más be por equis-ye
elevado todo a la dobleú:
[(A + B) (X Y)]W

etc., etc., etc.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com






AL VIENTO HERIDO...






Ferocidad*



Entre una sala de espera a la mañana y la mesa del bar ya en la tarde, terminé la lectura de "Sacrificios en días santos" de Antonio Dal Masetto.
Más allá de mi admiración por el maestro y su manera de narrar con palabras sencillas e imágenes contundentes. He quedado impactado por una idea fuerte algo así como quien puede entender cuanta ferocidad puede anidar en el corazón humano, cuanto odio latente esta dispuesto a ser depositado en la "amenaza" del diferente. Este nuevo libro situado en el pueblo de Bosque (los anteriores fueron Siempre es difícil volver a casa" y "Bosque") se desarrolla entre gentes para las cuales todas las facetas de la duplicidad moral del orden burgués son parte de su normalidad. Son la jaula invisible que los contiene y los hace rehenes de un mismo orden de intereses.
"manejados desde el anonimato, desde la hipocresía" dice textualmente Antonio.
En estos días estuve en tres pueblos del interior trabajando y surgió un pequeño botón de muestra que no esta por cierto a la altura de esta historia. Fue en un bar de un club social y deportivo -no me acuerdo el nombre exacto- al que entré a comer algo mientras esperaba a un compañero de trabajo. Era la hora de la siesta y sólo estaban 5 o 6 parroquianos que tomaban vino tinto acodados a la barra. Enfrente se veía una plaza desierta tapizada de hojas secas de plátano.
Observé que se asomaban a la puerta y seguían el paso de una mujer por la vereda de la plaza. Ella no era ni linda ni fea y su andar no era merecedor a mi juicio de ningún comentario.
Pero para esos náufragos del club social era un verdadero suceso que desato comentarios e ironías.
Alguien preguntó -¿Es de Chacabuco?
El pueblo de Haroldo Conti no estaba tan lejos de ese pueblo.
En ese momento asocié lo que estaba ocurriendo con la tremenda frase con la que comienza el cuento Perfumada noche "La vida de un hombre es un miserable borrador, un puñadito de tristezas que cabe en unas cuantas líneas".
Enseguida pude oir a otro parroquiano que estaba más lejos del grupo de arracimados a la puerta,

-claramente-, y para que lo oigan todos:

-Qué puta es esa mina.
Pensé en ella. Que iba a alguna parte cruzando en el aire por la ferocidad a dentelladas de esa gente.
Pensé en esa mujer a quien alguien seguramente ama y espera verla llegar a su hogar desprovista de fantasmas.

Y recordé la frase siguiente de Haroldo: "Pero a veces, así como hay años enteros de una larga y espesa oscuridad, un minuto de la vida de ese hombre es una luz deslumbrante".

Y sentí una enorme pena por esas personas, aparentemente tan parecidas a los habitantes literarios de Bosque. Por ese minuto de vida bajo una luz deslumbrante que todavía no parece haberles llegado.









*De Eduardo Francisco Coiro. inventivasocial@hotmail.com











El cura rural*



"Del polvo venimos y al polvo vamos...".
Repetía como una letanía aquel cura rural mientras caminaba por entre los campos verdes en los que, animadas por la incipiente primavera, ya apuntaban algunas amapolas.
Ya eran muchos años de caminar por los caminos de tierra de pueblo en pueblo, para atender las cinco parroquias que el obispo había tenido a bien asignarle. Él intentaba llegar a todo, pero el trabajo a veces le podía y le agotaba.

"Del polvo venimos y al polvo vamos..."
Hoy estaba un poco deprimido por el servicio en el último pueblo. Le había costado llegar al fondo y su actuación no había pasado de discreta. Se miró los pies, que iba arrastrando por el camino, repitiendo absorto:
"Del polvo venimos..."
Sonrió, sin embargo, al acercarse a la iglesia del segundo pueblo, y más al ver a Lucía que le esperaba sentada y sonriéndole. "...Y al polvo vamos". Murmuró.



*Joan Mateu. joan@cimat.es










Nada que perder*


Teatro

Autor: Dante Schettini. dante.sch@gmail.com
Sobre idea original de Walter Arce





Obra para diez personajes en ocho secuencias.

SITUACION

Zona desértica, pueblo perdido en la llanura. Sobre la ruta, el bar del pueblo. Son las dos de la mañana y hace mucho calor. En el interior están Nacho, el dueño y un parroquiano conocido como el Escorpión. Marta y Silvia están entre el público.




Secuencia 1

Nacho, detrás de la barra, acomoda las copas, mientras conversa con el Escorpión, que está sentado a una de las mesas; cada tanto interrumpe su trabajo y se acoda en el mostrador.

NACHO
– Si... con el circo anduve por Centroamérica... llegamos hasta México... ¿equilibrista? no, nada que ver... titiritero, aunque ahí aprendés un poco de todo... me acuerdo que un par de veces tuve que reemplazar al mago, ¿qué? no... ¡ma qué enfermo! Se agarraba unos pedos de novela... y a veces no podía ni hablar. ¿Por qué me fui?... en realidad se fueron ellos... yo... En México conocí a una mujer... bastante más grande que yo, que cantaba boleros y como yo también tocaba la guitarra... durante algunos meses recorrimos buena parte de México, tocando en cantinas, en pueblos pequeños, hasta que... un día ella desapareció... si... así como te la cuento... desapareció, se esfumó en el desierto... en ese momento no supe que hacer, no tenía un peso... así que me eché a andar, iba de pueblo en pueblo, haciendo changas... hasta que llegué a Buenos Aires, lo que tampoco era gran cosa... porque no tenía que hacer, ni a dónde ir... Un día, estaba trabajando en el Mercado, cargando camiones... y en un descanso me puse a hablar con un tipo, que viajaba todas las semanas al interior, y me ofrecí para acompañarlo en el próximo viaje, pero, le dije, cuando encuentre un pueblo que me guste... ahí me quedo, total... no tengo nada que perder... (Resopla y vuelve a tomar aire) Me acuerdo que paramos en la estación de servicio que está acá enfrente y bajé para estirar un poco las piernas... en eso miro hacia el bar... y sentí una cosa extraña, como si me fuera familiar. A los pocos días estaba trabajando como ayudante... es curioso pero a veces te suceden cosas que te atan para siempre a un lugar y su gente y de pronto sentís que ya no hace falta escapar, que por fin tenés algo que te pertenece y a lo que vos pertenecés... que por fin encontraste tu lugar en el mundo, y que ni siquiera la muerte va a poder arrancarte de ahí. Creo que eso fue lo que me pasó acá, en Perros Muertos... si, creo que todo empezó esa noche...

(De pronto registra al público, lo observa pensativo y dice)

NACHO
– Voy a contarles una historia... una historia reciente... Sucedió aquí mismo. Perros Muertos es un pueblo pequeño, la vida no es un paraíso, pero tampoco un infierno. Sus habitantes no tienen pretensiones desmedidas, pero sus pequeñas ambiciones son invalorables. Sus vidas se entrelazan como el agua del riego que inunda las acequias, confundiendo sus destinos... pero... permítanme que les muestre...
(Se dirige hacia donde está el público)
– Para esto voy a necesitar la ayuda de dos señoritas, dos señoritas del público... (Camina observando a la concurrencia) Las dos agraciadas van a tener la doble fortuna de dar vida a esta historia real y al mismo tiempo darle una oportunidad a su fantasía (dirigiéndose a Marta) ¿No es cierto? (le toma la mano y se la besa delicadamente. Marta se muestra nerviosa) –Era una noche como cualquier otra en Perros Muertos... (camina entre el público) Hacía mucho calor y eran cerca de las dos de la mañana... Me acuerdo que yo estaba limpiando, acomodando las copas... en el baño, en uno de los excusados, Darío y Jorge hacían el amor, como otras tantas veces... (Se acerca a Silvia, que lo mira aterrada y tendiéndole la mano la invita a levantarse) Entra Sandra, la prostituta, que acaba de ser violada por el loquito del pueblo, el hijo del gomero... (la toma del hombro y caminan hacia donde está Marta) Mientras Sandra está contando su mal trance, llega Ely, (se para al lado de Marta y la mira a Silvia como buscando su aprobación, Silvia se ríe nerviosa, Marta se acomoda en su asiento, molesta) ...la adolescente Ely, que como todas las noches viene a fumarse unos cañitos en el baño... (algo se establece, entre los tres, a través de sus miradas, Nacho y Silvia invitan a Marta a acompañarlos, Nacho las lleva a las dos, tomadas por la cintura, hasta la escena) Lo que sigue... ustedes lo saben mejor que nadie... (las suelta, las dos espectadoras se quedan mirándose, interrogantes, mientras Nacho va hasta detrás de la barra y vuelve con dos bolsas) ¿Cómo se llaman?

MARTA
– Yo, Marta.

NACHO
– ¿Y vos?

SILVIA
(Dubitativa)
– Eh... Silvia.

NACHO
– Bueno, acá están sus ropas... cámbiense pronto, que empezamos...

SILVIA
(Desorientada)
– ¿Acá?

NACHO
– Si, vamos no pierdan tiempo.
(Silvia mira a su alrededor, mira al público y la mira a Marta, que le hace un gesto con los hombros. Mientras se cambian cuchichean, Nacho entretanto acomoda la escena).

SILVIA
– ¿Vos de dónde sos?

MARTA
– De la Capital ¿Y vos?

SILVIA
– No... yo... Che, ¿no te parece que está medio sonado este tipo?

MARTA
– ¿Medio?...

SILVIA
– ¿Qué es lo que quiere? No entiendo. Venimos a ver una obra y este loco quiere que actuemos...

MARTA
– A mí me divierte, es como un juego...

SILVIA
– Yo tengo unos nervios ¿Te diste cuenta que nos están mirando? Che, ¿a vos te parece que nos pagarán algo por esto?

MARTA
– ¿Pagar?... noo... ¿No viste la cara de miserable que tiene? ¿Por qué te crees que no vinieron los actores?

(Nacho se acerca)

SILVIA
– Shh... cuidado, ahí viene.

NACHO
– ¿Y? ¿Cómo van? (las observa minuciosamente haciendo algún que otro retoque en el vestuario)

LAS DOS (a coro, con sonrisas nerviosas)
– Ehh, bieen... bien, sí, sí, muy bien...

NACHO
– Bueno, bueno (bate palmas) –Vamos que empezamos. (Marta y Silvia salen de escena por la entrada del bar)



Secuencia 2

Nacho limpiando la barra y acomodando las copas; canturrea "De puro curda".

SANDRA (entrando, con los zapatos en la mano y la ropa desarreglada)
– Good Nigth, Nacho...

NACHO
(Levantando la vista)
– Sandra, querida, ¡qué facha!

SANDRA
(Con naturalidad)
– Ay, no sabés, me acaban de violar...

NACHO
(Sin sorprenderse)
– ¿Ah si, che? ¿Quién?

SANDRA
(Soltando los zapatos)
– El enfermito... el hijo del gomero. El hijo de puta me sorprendió saliendo de atrás de un árbol. ¡Tenías que verlo! con su enorme bocaza babeante, estaba tan excitado, yo quería tranquilizarlo, pero se ponía peor... uhu, uhu, uhu... imaginátelo...

NACHO
– No te puedo creer...

SANDRA
– Entonces sacó esa cosa, ¡ay, no sabés... qué pedazo de poronga! (Nacho la mira entusiasmado) Se me tiró encima y nos caímos al piso y el loquito desesperado: uhu, uhu, uhu... pero, pobrecito, no la embocaba ni por casualidad... tuve que ayudarlo.

NACHO
(Asiente con la cabeza)
– ¡Qué terrible!

SANDRA
– Sí y encima me enchastró toda, mirá... ¡Qué porquería!

NACHO
(Negando con la cabeza)
– Una barbaridad...

SANDRA
– ¿Y sabés qué es lo peor?...

NACHO
– ¿Qué?

SANDRA
(Sigue sin esperar que Nacho le conteste)
– Que cuando le dije que me tenía que pagar, se hizo el pelotudo, se levantó y se fue.

NACHO
– ¡Qué desgraciado!

SANDRA
– Igual que el padre mirá, viejo miserable, nunca quiere pagar... Pero yo me cobré igual.

NACHO
(Intrigado)
– ¿Ah sí?

SANDRA
– Si (ríe divertida) me traje una goma de tractor, te la dejé en el fondo.

(Entra Ely que va derecho al baño. Sandra la observa.)

SANDRA
– ¡¿Hola no?!, por lo menos... (busca con la mirada a Nacho. Ely no contesta, pero antes de entrar al baño le dirige una mirada sugerente a Sandra)

SANDRA
– Bueh...



Secuencia 3

Sandra está sentada a la barra, Nacho, del otro lado, le sirve una copa, mientras canta el mismo tango que al principio, Sandra se le suma, mientras lleva la copa a sus labios; quiere tomar sin dejar de cantar y se chorrea...

SANDRA
(Mientras se levanta sacudiéndose)
– ¡La puta que lo parió! (mira a Nacho y se tientan, ríen a carcajadas. Sandra toma una servilleta y se limpia la boca, pero se le corre el rouge, termina por sacárselo)

(En ese momento Ely sale del baño y se queda apoyada contra la pared, Nacho y Sandra la miran, se miran entre ellos y vuelven a tentarse. Sandra apoya en la barra los elementos para pintarse)

NACHO
– ¿No necesitás un espejo?

SANDRA
– No, me lo sé de memoria... Mi abuela me enseño a pintarme cuando tenía seis años. También me enseñó otras cosas... bah, en realidad casi todo lo que sé me lo enseñó ella... y la calle. (Nacho asiente con la cabeza) Mi mamá no, la veía muy poco y cuando estábamos juntas no hablábamos de eso. ¿Te conté no, que mi abuela regenteaba un prostíbulo?

NACHO
(Dándole pie)
– No me digas... (Ely se desliza por la pared hasta quedar sentada en el piso, saca una libreta y empieza a escribir)

SANDRA
– Si, en el sur... eran épocas duras, ¡los tipos eran duros!, pasaban meses sin ver a sus familias, trabajaban catorce horas por día, dormían en galpones, todos amontonados y a fin de mes, lo poco que cobraban se lo gastaban en copas y putas...

NACHO
(Divertido)
– Muy buena inversión

SANDRA
(Riendo)
– Por supuesto ¿Qué mejor? (apura un trago, apoya el vaso vacío) ¿No me servís otra, Nacho?

NACHO
(Le sirve)
– ¿Y tu vieja?

SANDRA
– Mi vieja era distinta, se cotizaba. Ella se molestaba si la llamaban prostituta, ella era "acompañante" ¿Entendés? Andaba con políticos y fulanos de guita. Aunque sé que en el fondo ella quería otra cosa. En cambio yo... ¡Qué sé yo! A mí me gusta cojer, quiero hacerlo todo el tiempo, me hace sentir viva, pero bueno, tampoco soy boluda, no lo voy a hacer gratis, aunque algún día sí, a lo mejor... si conociera a un tipo que me lleve a vivir al campo...

NACHO
(Se ríe)
– Al campo... ¿Y esto qué es?

SANDRA
– No boludo, a una casa en el campo, con animales: gallinas, patos y todo eso...

NACHO
(Burlón)
– La verdad que no te veo en una granja... como no sea regenteando gallinas... (se ríe estrepitosamente)

SANDRA
(Levantándose)
– Andá a cagar (va hacia donde está Ely) ¿Y vos... qué estás escribiendo... tus memorias?. (Nacho larga otra carcajada; Sandra trata de espiar en la libreta de Ely, que la esconde, y la mira desafiante) Dale, ¿por qué no me lees algo? (va hasta la barra a buscar sus cosas, Ely mientras tanto lee)

ELY
– "Como quien abandona la partida. Como quien se entrega, lentamente al abrazo de las sombras. Como quien hizo de la nada su propio y último silencio"

SANDRA
(Lo mira a Nacho y le hace un gesto como que no entendió nada)
– ¡Qué lo parió!

NACHO
(Desconfiado)
– ¿Eso es tuyo, Ely? (Ely se encoge de hombros)

SANDRA
–Ay, ¡pero que pálida que estás!... A ver, a ver (vuelve con el lápiz de labios en la mano) Vamos a ponerte un poquito de color (Ely se entusiasma, Sandra le pinta los labios, en un momento se detiene y se quedan mirándose fijamente, Sandra apoya sus labios en los de Ely que se deja hacer) Me parece que esta nena tiene futuro...

NACHO
– Es una chiquilina todavía.

SANDRA
– ¿Chiquilina? Yo empecé a esa edad...

NACHO
– Quien sabe lo que vaya a ser...

SANDRA
– Y a lo mejor escritora... (le empolva la cara) ...o bailarina, ¿Nunca la viste bailar?

NACHO
– No... pero si apenas puede mantenerse en pie...

ELY
(Mirándolo de arriba abajo)
– ¡Qué boludo!

SANDRA
– Esperá ya vas a ver (va hasta la fonola y pone un disco, se acerca a Ely invitándola a bailar) Dale, mostrale

ELY
(Se levanta meciéndose al compás de la música, se acerca a Nacho y le da el porro para que se lo tenga)
– No te lo fumes todo ¿eh?

NACHO
– Para nada...

ELY
– Lo único que falta es que digas que no te gusta... (Nacho sonríe y pega una pitada, Sandra agarra a Ely y empiezan a bailar, Nacho se suma, bailan los tres hasta que Sandra se cansa y se sienta a la barra) ¿Y? ¿Qué tal? (Nacho se detiene pero sigue observando, seducido por los movimientos de Ely)

NACHO
– Maravilloso... (Ely le clava la mirada y se quedan enganchados por un momento, luego Ely hace una reverencia y termina la danza).

NACHO
(Aplaude sonoramente)
– Muy bien, muy bien (hace una pausa. Iluminación tenue) Bueno ahora... vos Silvia sos Serena, la esposa del presidente de la sociedad de fomento que, al morir él, ocupó su lugar; y Marta va a ser Lula. Lula se desencontró con Raúl y pensó que él la quería abandonar. Lula y Raúl son dos forasteros y entran al bar peleándose. ¿Se entiende?

MARTA
– ¿Y Raúl? ¿Quién es? (Nacho busca detrás de la barra y vuelve con un muñeco; se lo entrega a Marta)

SILVIA
– ¿Y yo que hago?

NACHO
– Usted tiene que conseguir fondos para la sociedad de fomento. ¿Está claro?

(Nacho va a acomodar algunos elementos de la escena)

SILVIA
(Haciéndole un gesto a Marta)
– Tomá mate, justo yo que no puedo vender ni fósforos.

(Se cambian)

MARTA
– Tratá de divertirte, Silvia, ya no podemos echarnos atrás...

SILVIA
– ¿Y si los actores no vienen?... porque si este mugriento no les paga... Che, ¿No será una joda y nos estarán filmando? A ver si después salimos en televisión...

MARTA
– Ay, Silvia, ¡dejate de joder!.

SILVIA
– Pero mirá si...

NACHO
(Desde la barra)
– ¿Y, chicas? ¿Ya estamos?

Las dos:
(Nerviosas)
– Sí, sí.

(Salen de escena por la entrada del bar)




Secuencia 4

Entra Serena, que viene saludando a la gente que pasa por la calle.

NACHO
– Buenas noches, Serena

SERENA
– Buenas noches, pueblo. Ay... Nacho, vengo deshidratada, ¿no me serviría algún brebaje para recomponerme? (se acerca al Escorpión) Buenas noches señor Escorpión, ¿como dice que le va?, hacía tiempo que no lo veía; espero que no nos falle el próximo sábado ¿Cómo? ¿No le había dicho nada? Ay pero que despistada, claro, el sábado hacemos la gran kermés del año, si, en la sociedad de fomento, por supuesto, para juntar fondos para el nuevo salón ¡Ah!, a propósito, señor Escorpión, me va a comprar una rifa ¿no?, poca plata ¿sabe?, se sortea un ciclomotor. Si, el primer premio es un ciclomotor y el segundo una radio am/fm, ¿qué me dice?; ¿cómo que no? vamos señor Escorpión, no me va a decir que justamente usted no tiene dinero, el hombre más poderoso del pueblo, por supuesto que a nadie le interesa cómo usted hizo su fortuna, pero por eso usted nunca se niega a colaborar con las causas nobles ¿verdad? Y que alguien me diga lo contrario, ah, me olvidaba el tercer premio es una torta de chocolate ¿Hecha por quién? Adivine... si... por mamita, ¡Ay, con lo que me gusta la cocina! Pero le juro que no tengo tiempo para nada. Una se debe a su pueblo, claro, "primero están los que sufren", así decía el finadito, ¿no es cierto Nacho?

(Antes que Nacho pueda contestar entran Lula y Raúl, a las trompadas)

LULA
(Forcejeando)
– Hijo de puta, salí hijo de puta. Te voy a matar. Soltame. Soltame, hijo de puta (peleando caen sentados a una de las mesas; Serena intercambia una mirada interrogante con Nacho que le devuelve una mueca, alzando los hombros; Lula registra que están en un bar y que hay gente observándolos)

SERENA
(Se acerca cautelosa)
– Hola, hola... buenas noches...

LULA
(Avergonzada)
– Perdón, no me di cuenta que...

SERENA
(Tranquilizándola)
– No hay problema, querida, ¡Estás muy tensionada! Necesitás algo fuerte (sin esperar respuesta) Nacho traeme un wisky por favor, con hielo. ¿O prefiere una gaseosa?

LULA
(Negando con la cabeza)
– Un wisky está bien.

SERENA
(Le tiende la mano)
– Mi nombre es Serena. Serena Risolta Yrigoyen, presidenta de la Sociedad de Fomento de Perros Muertos, aunque la verdad, la verdad, a mí nunca me gustó la política, pero la gente del pueblo lo quería tanto al finadito, insistieron tanto... (Lula la mira, interrogante) Mi marido, él era el presidente, hizo tanto por este pueblo hasta que... (se emociona; Lula le apoya una mano en el hombro, Serena reacciona) Ay, pero cierto querida, estábamos hablando de vos... contame... eh... ¿Cómo me dijiste que te llamabas?

LULA
– No se lo dije. Yo soy Lula.

SERENA
– ¿Tula? (lo mira a Raúl)

LULA
– No, Lula... y el es Raúl (se enardece) ¡Cochino!, ¡Miserable! (le tira una cachetada) –¡Hijo de puta!

SERENA
(Le palmea el hombro)
– Bueno, tranquilizate querida, tranquilizate y contame...

LULA
– Ay... no sé por dónde empezar...

SERENA
– Por el principio, angelito. (Se acerca Nacho trayendo el wisky, lo apoya en la mesa y clava sus ojos en Lula que le sonríe sugestivamente, Serena sigue la dirección de las miradas y luego lo mira a Raúl, le sonríe) Nacho (sin dejar de mirar a Raúl) ¿No me traés a mí uno de esos? Ah, y otro para Raúl. (Nacho se aleja, pero Lula lo sigue observando, Serena acerca una silla) Entonces, querida, ¿cómo era el asunto?...

LULA
– No podíamos venir juntos desde la Capital...

SERENA
– ¿Ah usted es capitalina? ¿Escuchaste Nacho?, perdón querida, siga, siga...

LULA
– Si... no podíamos venir juntos así que él se tomaba un micro y yo venía con el auto, nos teníamos que encontrar en la gasolinera, que está acá enfrente... en la parada de micros...
(Nacho le sirve un wisky al Escorpión y luego sigue acomodando las copas, cada tanto dirige su mirada hacia Lula)

SERENA
– Ah, pero entonces... ustedes...

LULA
– Somos amantes, es en lo único que nos podemos entender con este idiota (las dos miran a Raúl, luego Lula busca con la mirada a Nacho que le sonríe desde la barra) Ibamos a pasar el fin de semana juntos en un hotel que está entre las sierras, cerca de Termales, es un lugar hermoso... ¿Conoce?

SERENA
(Asiente con la cabeza)
– La verdad que no... salgo tan poco...

LULA
– Pero el estúpido no venía. Estuve más de dos horas esperándolo, la ansiedad me devoraba, pensé que se había arrepentido.

SERENA
– Ay hijita, ¡Qué momento!

LULA
– Y cuando por fin aparece... el maldito auto que no arranca, y dale que dale, dale que dale, lo ahogó el infeliz. Yo me puse como loca... discutimos y... bueno el resto ya lo sabe.

SERENA
– Si, es cierto... eso pasa por tener auto... yo, en cambio, tengo un carruaje (Lula la mira extrañada) Un carruaje repleto de oropeles, tirado por cuatro caballos blancos, como la nieve, totalmente blancos, lo único que los diferencia son los ojos, Rodolfo con sus ojos color café y el Idelfonso con sus enormes ojos celestes, cual Pegaso cruzando el firmamento y dejando tras de sí una aureola de nubes que...

LULA
(Interrumpiéndola)
– ¿Hace mucho que es viuda?

SERENA
(Saliendo de su delirio)
– ¿Cómo dice?

LULA
– Usted... me dijo que era viuda...

SERENA
– Ah, si... hace tanto ya que...

NACHO
– ¿Tánto?

SERENA
– ¿Cuánto hace Nacho que soy viuda?

NACHO
– ¡Tres meses!

SERENA
– Ay si, tres meses... pero lo recuerdo como si fuera ayer... (recapacita) ¿Tres Meses? ¿Dijiste tres meses, Nacho?

NACHO
– Si, ¿no se acuerda que tuvimos que velarlo acá?...

SERENA
(Tentadísima)
– ¡Tres meses! (Sigue riéndose)

NACHO
(A Lula)
– Tuvimos que velarlo en el bar, porque la sociedad de fomento se la habían alquilado a un director extranjero para filmar una película.

LULA
– ¡No me diga! (Serena sigue riéndose, interrumpiendo la conversación)

NACHO
– Serena, se va a ahogar...

SERENA
– Ay si, Nacho, servime algo para tomar.

LULA
(Suspirando)
– En fin... aquí estamos...

SERENA
– No te hagas problema, querida, todo se va a solucionar.

LULA
– ¿Le parece?

SERENA
– Por supuesto, y ahora reconcíliense... que es lo más lindo... (Serena se acerca a Raúl) Mirá que por acá no vas a conseguir un hombre tan fino, tan elegante, (la respiración de Serena se acelera) tan apuesto, tan... (le toma la mano y la acerca a su cuerpo) tan... (Lula que observa la escena se empieza a excitar) atractivo (de pronto se da cuenta de la situación, la mira a Lula, agarra su mano y la junta con la de Raúl) Con permiso, ¿eh? (Lula empieza a tocar a Raúl, Serena se dirige hacia donde está el Escorpión) Ay, don Escorpión, qué momento terrible ha pasado esa chica, me hace acordar cuando yo me casé ¿Nunca le conté? Porque yo me casé de muy chica, bueno muy, muy, en realidad no... tenía dieciocho, recién cumplidos, era esbelta, rozagante, pura...

NACHO
(Burlón)
– ¿Pura, a los dieciocho?

SERENA
(Ofendida, se acerca a la barra)
– ¡Por supuesto! Yo era muy inocente y después de todo vos que hablás si en esa época todavía no vivías en el pueblo, pero hace veinte años... (camina por la escena, se acerca al Escorpión) ¿Usted se acuerda, don Escorpión lo que era este pueblo hace veinte años?

NACHO
(Riéndose)
– ¿Cómo no se va a acordar si era lo mismo que ahora?
(Lula y Raúl hacen el amor sobre la mesa).

SERENA
– No se agrande usted, Nacho, porque viene de la Capital, que lo suyo siempre fueron los suburbios, si se le nota el barro pegado en el alma...

NACHO
(Como recitando)
– El barro, si, pero con ese barro se amasó el sueño de los orilleros... el verso de los zanjones... la melodía del arrabal.

SERENA
– Chan, Chán. ¡Ay Nacho! Usted es un poeta, las cosas que dice. Hasta me dieron ganas de bailar.

NACHO
(Saca una moneda y se la alcanza a Serena)
– Tome. (Serena va hasta la fonola y elige un bolero. En ese momento Lula y Raúl terminaron de hacer lo suyo y se están arreglando la ropa. Serena va al encuentro de Nacho y lo saca a bailar al mismo tiempo que invita a Lula y Raúl) Vamos, anímense, no nos dejen solos... (Lula lo toma a Raúl y salen a bailar).

(Durante el baile, Raúl sin querer le toca el culo a Serena que se entusiasma)

SERENA
– Ay, Nacho, me están entrando unos calores...

LULA
– Entonces... ¿Qué vamos a hacer? Si el mecánico no viene hasta el lunes...

SERENA (deja de bailar y se acerca a Lula y Raúl, llevando de la mano a Nacho)
– Perdón que interrumpa... él es Nacho, a lo mejor puede ayudarlos... (los junta para que bailen, al tiempo que agarra a Raúl) ¿Por qué no le explica Tulita?

LULA
(Mientras Nacho la toma para bailar)
– Lula.

SERENA
– ¿Qué?

LULA
– Es Lula, Lula no Tula.

SERENA
(Asiente con la cabeza)
– Si... explíquele a Nacho (y apoya la cabeza contra Raúl. Las dos parejas bailan un rato susurrándose cosas, hasta que Nacho hace un ademán invitando a Lula a acompañarlo, Lula lo sigue. Serena y Raúl se sientan. Lula y Nacho se acercan a donde está el Escorpión. Nacho los presenta. Lula coquetea con los dos).

SERENA
– No se haga problema, Raúl, seguro que el Escorpión los puede ayudar. Usted no sabe que clase de hombre es... así, viéndolo de lejos parece un rufián, bueno, en realidad es un rufián, pero si usted lo conociera... Seguro que va a poder ayudarlos, el Escorpión tiene muchas influencias, muchos contactos, es un hombre muy importante. Si, así como lo ve ¿O usted que pensaba? ¿Qué era un borrachín cualquiera? No señor, no se confunda, el señor Escorpión es muy poderoso por eso va a colaborar con una buena suma para la sociedad de fomento... ¿Cómo? ¿No le había comentado? Si, para el nuevo salón... usted me va a comprar una rifa ¿verdad? (Mientras Serena habla, Raúl la manosea y serena se calienta).

NACHO
(Al Escorpión)
– Escuchame... la señora...

LULA
– Señorita... (saludando con un gesto al Escorpión) Lula, mucho gusto.

NACHO
(Asiente con la cabeza)
– La señorita sufrió un percance, su auto se averió y el mecánico no viene hasta el lunes ¿Vos no tenés a alguien que pueda revisarlo hoy?

LULA
– Por el dinero no hay problema... llegado el caso podemos conversar...
(Lula se excita en presencia de los dos hombres. Serena se abanica con un pañuelo)

SERENA
– Raúl, ¿Alguna vez anduvo en ala delta?
(No espera que le conteste. Mira hacia donde está el Escorpión. Al mismo tiempo Lula mira a Raúl. Se miran entre ellas e intercambian posiciones. Se cambian. Son Sandra y Ely).



Secuencia 5


SANDRA
(Caminando hacia el Escorpión)
– Nacho, ¿no me servís una copa?

NACHO
– ¿Adónde?
(Ely, apoyada contra la pared, sigue con la mirada a Sandra y cada tanto mira de reojo, tímidamente a Raúl).

SANDRA
(Sentándose en las rodillas del Escorpión)
– Acá... Acá está bien (se refriega) Humm, si, muy bien (le dice algo al oído y se ríe).

NACHO
– ¿El va a tomar algo Sandra?

SANDRA
(Simulando pasión)
– Si ¡A mí me va a tomar!... ¿cómo? (acerca su cara a la de Escorpión) Pero claro, ¿qué te pensás? (a Nacho) Escuchalo

NACHO
– ¿Qué dice?

SANDRA
(Al Escorpión)
– Por supuesto que tenés que pagar, papito ¿O te crees que yo hago beneficencia? (se levanta, llevándose la copa y va a sentarse a la barra).

NACHO
(Golpeando con el codo en el mostrador)
– ¿No hay caso, no?

SANDRA
– El se lo pierde (toma un trago) – Lo que es yo, gratis... tendría que ser muy chancho un hombre para que no le cobre... tendría que proponerme cochinadas nuevas para mí. Y sinceramente creo que es muy difícil... ¿Y a vos, Nacho ¿te gustan las cochinadas?

NACHO
– Humm... más o menos.

SANDRA
– Dale, no me engrupas, que se te nota la cara de puerquito. (Nacho sonríe, Sandra toma el teléfono y sin marcar habla mirando hacia dónde está Ely) Hola... hola, Ely...

ELY
(Al verse sorprendida baja la cabeza avergonzada)
– Hola...

SANDRA
– ¿Qué estás haciendo Ely?

ELY
– Nada...

SANDRA
– ¿Nada, Ely? ¿Seguro? (Ely niega con la cabeza mirando de reojo a Raúl) ¿Entonces por qué tánta vergüenza? (Ely ríe tímidamente) ¿Querés hacer algo, Ely?

ELY
– Sí...

SANDRA
– ¿Y... no te animás a hacerlo sola? (Ely niega con la cabeza) ¿Necesitás ayuda? (Ely se ríe) Querés que yo te ayude, Ely? (Ely asiente con la cabeza. Sandra se levanta y va hacia ella)

SANDRA
– Contame... ¿Qué te pasa? ¿Eh? (Ely se ríe, se toca el vientre) ¿Te duele la panza? (la acaricia maternalmente) ¿O sentís cosquillas? ¿Sentís una cosquillita acá? (le toca el pubis con la punta de los dedos).

ELY
(Muerta de vergüenza pero excitadísima)
– Sí...

SANDRA
(Abrazándola)
– Vení... (la lleva hasta la mesa de Raúl, Ely hace un ademán de resistencia) Hola, Raúl, ella es Ely... quiere conocerlo... (la ayuda a sentarse, se acuclilla detrás de ella y la acaricia como intentando excitar a Raúl) Trátela bien, está un poco asustada... (Sandra se levanta y se aleja).

ELY
(Tímida)
– Escribo... y también me gusta bailar (se ríe) bueno... le voy a leer algo (mientras lee Raúl la toca) "El delirio, como animal en celo, hincó sus dientes de paria, en el sexo humedecido de la noche" (Raúl la sigue tocando) "Mi locura huérfana copula con la muerte ".
(Raúl no le responde, está concentrado en tocarla; Ely mira hacia dónde están Sandra y Nacho que comparten un porro, se ríen, Ely se saca de encima a Raúl y va hacia ellos, Nacho le convida una pitada)

NACHO
– ¿Querés? (Ely tiende la mano para agarrarlo pero Nacho se lo saca) Antes un beso...

ELY
(Se acerca, recitando)
– "Todo para mí es inaccesible"... (acerca la cara a Nacho, acariciándole el brazo) "Desde la gloria efímera de un beso"... (le saca suavemente el porro y lo deja a Nacho con la boca preparada para recibir el beso) "Hasta la vanidad heroica del suicidio"



Secuencia 6
Entra Dolores, la Perdida.

DOLORES:
– ¿Y yo quién soy? ¿Puede alguien decirme quién soy?

(Silvia y Marta se miran sorprendidas).

MARTA
(A Silvia)
–¿Quién es?

DOLORES:
– Eso es lo que yo quiero saber ¿Quién soy?

SERENA
– ¿Pero usted es de acá?... quiero decir... ¿del pueblo?... de... (a Lula) Ayudame querida ¿¡Qué es esto!?

DOLORES:
– Yo no sé quién soy. ¿Usted sabe quién soy?

LULA
– ¿Quién yo?

DOLORES:
– ¿Usted puede decirme quién soy?

SERENA
(Buscando con la mirada a Nacho)
– ¿Usted sabe quién es?

NACHO
– ¿Quién?

LAS DOS:
– ¡Ella!

DOLORES:
– ¿Dónde estoy?

NACHO
– Ah, no, bueno... en realidad no sé, está perdida. No podemos saber quién es... ni ella misma no sabe. Se llama Dolores.

SERENA
– ¿Y quién es Dolores?

NACHO
– Ella.

DOLORES:
– ¿Dónde estoy? ¿Quién soy?

LULA
– Pero entonces sabe quién es...

NACHO
– No, bueno... este...

SILVIA
– Yo me refiero a... ¿Qué papel tiene en la historia?.

NACHO
– Ah, no sé.

MARTA
– ¡Pero cómo! ¿Usted no la conoce?

NACHO
– No.

SILVIA
– Pero si recién dijo que se llama Dolores...

NACHO
– Eso dicen.

DOLORES
(Como en una letanía)
– ¿Alguien me puede decir quién soy?

MARTA
(A Silvia)
– ¿Y ahora? ¿Qué hacemos?

DOLORES:
– ¿Dónde estoy? ¿De dónde vengo? ¿Dónde estuve? ¿Por qué me fui?

SANDRA
(A Ely)
– ¡Qué mal viaje! ¿No, nena?

ELY
(Soltando una carcajada)
– Si...

DOLORES:
– ¿Usted sabe de dónde vengo? Dígame, por favor... ¿Sabe quién soy?

(Ely y Sandra se ríen).

NACHO
– Chicass...

SANDRA
– ¿Qué pasa Nacho? ¿Te asusta la idea de perderte? ¿Vos nunca te perdiste, Nacho?

ELY
(Cuchicheando)
– Apuesto a que sí.

NACHO
– ¿De qué están hablando ustedes dos?

ELY
(Acercándose a Nacho)
– Vamos Nacho, contame algún viaje.

DOLORES:
– ¿A dónde vamos? ¿Dónde estoy?

SANDRA
– Tené cuidado nena, que te podés quemar.

ELY
(Se acerca más a Nacho y mirándolo fijamente le roza el pecho con la mano)
– ¿Estuviste en México?

Dolores:
– ¡Fuego! ¡Fuego! ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Dónde?

(Ely riéndose se aleja de Nacho).

SANDRA
– Nacho...

NACHO
(Apesadumbrado)
– Ahora vengo (sale).

LULA
– ¿Serena?

SERENA
– Sí, Tula

LULA
(Resignada sigue)
– ¿Trabaja bien el amigo de Escorpión?

SILVIA
– No sé, Marta.

MARTA
– ¡Silvia!

SILVIA
– Ay, perdón.

SANDRA
– Nena ¿Siempre tratás así a los hombres?

ELY
– No, solamente si viajaron...

SANDRA
– ¿Y eso que cambia?

ELY
– Que hay gente que no sabe dónde está.

SANDRA
– ¡Cómo La Perdida!

ELY
– Solamente los que viajan saben dónde están, por lo menos alguna vez. El que no camina se pierde...

DOLORES:
– Y yo... ¿Dónde estoy? ¿Quién soy? ¿Para qué?

SANDRA
– ¡¿Para qué?!

ELY
– ¿Para qué, qué? ¿Por qué? en todo caso...

SERENA
– Ay, ay, ay, ay ... No se puede ya, no saber lo que se sabe...

LULA
– Shhh... ¿Escuchó?

SERENA
(Descontrolada)
– Sí, si, ¡Claro que escuché! ¿Cómo no voy a escuchar? ¡La sarta de pavadas que dice esta mujer... cada vez que aparece!

LULA
(Sorprendida)
– ¡Serena!

SERENA
(A Dolores)
– ¡Váyase! ¡Váyase!

LULA
(Intentando apaciguarla)
– Serena... cálmese, ¿qué le pasa?

SERENA
(Como si nada hubiera pasado)
– ¿A mí? ¿Por qué, querida?

(Dolores se va, Lula y Serena hablan las dos al mismo tiempo).

LULA
– ¿Por qué se descontroló de esa manera?... me asustó... está bien que esa mujer era exasperante... pero no tenía por qué ponerse así... gritándole... a una pobre mujer perdida e indefensa que lo único que quería era saber quién era... o acaso usted sabe que lo sabía y lo estaba haciendo a propósito. Pero... ¿Con qué objeto?... si al fin y al cabo ese es su problema y no sé por qué nosotros, que no sabemos nada, tenemos que alterarnos por tan poca cosa... ¿O acaso alguien lo sabe, y?... A propósito...

SERENA
– ¿Qué se cree, esa? ¿Qué va a venir acá a reclamar qué? Si al fin y al cabo siempre fue una perdida... y ahora viene con esos aires de mosquita muerta... a preguntar quién es... je, como si no lo supiera... porque no me va a decir a mi que alguien que anda por ahí tan alegremente no sabe quien es... y por qué nosotros tendríamos que saberlo... y aunque lo supiera quién dice que se lo tendría que decir a ella... que se aparece así de la nada... tan despistada ella...

(Vuelve a coincidir el diálogo)

LULA
– ¿Dónde está Nacho?

SERENA
– Salió un momento... (retomando su habitual candidez) Digamé, querida ¿A usted le gustan las plantas? Ay, creo que ya se lo pregunté ¿no?

LULA
(Más reposada)
– No... no me preguntó, pero si quiere saber... me gustan los jazmines...

SERENA
– Ah, yo sabía, ¿a quién no le gustan los jazmines?. Aunque... ¿le digo la verdad? a mí me encanta todo lo verde... las margaritas, los helechos, los gladiolos, las cotorras, los dólares, las esmeraldas, los...

LULA
– Pero... Serena, estábamos hablando de plantas...

SERENA
– Ay, si, lo que pasa es que yo, cuando hablo de plantas, me pierdo... me voy a la estratósfera ¿vio? Igual que cuando me preguntan de mis caballos... Rodolfo con sus ojos color café y el Idelfonso, que tiene los ojos tan celestes...

LULA
(Interrumpiéndola)
–Si, ya me contó... que parece Pegaso surcando el firmamento y todo eso...

SERENA
–Ay, si tiene razón,... pero es que esta mujer me puso tan nerviosa...

LULA
(Tratando de escuchar)
–Shhh... ¿Escuchó? Ahí está otra vez

SERENA
(Intrigada)
–¿Qué?



Secuencia 7

Entra la autoridad.

POLICIA
– Quietos todos, ¿Qué pasa acá?
(Serena se sienta apurada al lado del Escorpión, pero enseguida reacciona, se levanta y se acerca a la barra).

SERENA
– Ay...

POLICIA
– ¿De quién es el auto que está afuera? (Mira a todos y se acerca a la mesa de Lula y Raúl) ¿Tienen documentos? ¿De dónde vienen? ¿Por qué están acá?

(Lula que estaba de pie cae sentada en la silla, evita mirar al policía).

POLICIA
– Humjumm... (Lo mira a Raúl inspeccionándolo, luego va hacia la barra, Lula se agita en la silla) Yo sé... (apuntando con el dedo a Serena que se asusta) que ustedes esconden algo... y no me voy a ir de acá sin averiguar qué es... (Pasea la vista por todos)

SERENA
– Una sola cosa es cierta...

POLICIA
– ¿Cómo dice?

SERENA
– No se puede matar lo que no muere... como querer tapar... el cielo con las manos.

POLICIA
(Golpeándola)
– ¿Con quién habla?

SERENA
– ¡No!... No se puede ya... no saber lo que se sabe.

POLICIA
– ¡Cállese!

SERENA
(Asustada)
– Tula, querida Tula... Tulita ¿Por qué no le dice de quién es el auto? (Se escurre por un costado del policía, que en ese momento ve al Escorpión)

POLICIA
– ¿Y ése? ¿Quién es?

SERENA
(Sin mirarlo)
– No lo conozco... ¡Yo no lo conozco!. Le puedo jurar que acá nadie conoce al señor Escorpión...

POLICIA
– ¿Escorpión? (se le acerca, desenfundando el arma).

(Lula se agita en la silla y sale como despedida cayendo sentada en el suelo. Se cambia. Es Ely)

POLICIA
(Registrándola con la mirada)
– ¿Y vos? (Serena pasa por detrás de la barra. Se cambia. Es Sandra. El policía se acerca a Ely) ¡A vos te hablo, mocosa!... (Ely, que ahora no puede ver, trata de identificar de dónde viene la voz. policía llega hasta donde está Ely) ¿No sos demasiado chica vos para estar en un lugar como este? (Ely se sorprende por la proximidad de la voz; el policía acerca su nariz al cuello de Ely, la olfatea) Humm... no tan chica... (apoya su mano sobre un seno de Ely que se pega a la pared) – Ja, ja, jajajaja (ríe groseramente; se separa un poco de ella y Ely se desorienta) –Estás asustada... ¿eh, putita? (le desliza el arma por el interior de los muslos, Ely tiembla)

ELY
(Como si estuviera diciendo un conjuro)
– "La noche en celo descubre, en carne viva, la clandestinidad de los espacios."

(Sandra quiere hablar pero no puede, emite un sonido irregular. el policía se da vuelta y la ve)

POLICIA
– ¡Ah! Pero que tenemos acá... a la puta mayor... (acercándose) – ¿Vos que sos? ¿La maestra? ¿O la puta madre? (la agarra de los pelos) Vení (la empuja hasta donde está el Escorpión, y de un golpe la tira sobre él) A ver, mostrame como la chupás (Sandra lo mira) ¡Chupásela, puta de mierda! (Sandra se acomoda, el policía le dispara al Escorpión que cae; Sandra quiere gritar pero no puede; el policía le da la espalda y va hacia la mesa de Raúl).

ELY
(Desesperada)
– ¡Sandra! ¿Qué pasó Sandra?

POLICIA
(Sobrador)
– Pasó que somos demasiados... (se acerca a Raúl, le agarra la cabeza y le mete un balazo, Ely grita desencajada, llora; Sandra corre a abrazarla; el policía entra al baño, se lo escucha patear una puerta y disparar).

POLICIA
(Saliendo del baño)
– ¡Putos de mierda! (se acerca a Sandra y Ely que están abrazadas) Bueno... ahora sí, chicas, pónganse cómodas que vamos a tener una fiestita... privada, ja, ja, jajaja (Ely tiembla, Sandra no puede contenerla, el policía la empuja separándola de Ely) ¿Y? ¿Te quedaste caliente con el tipo ese? Ja, ja, jaja... pero ya viste... la tenía muerta ¿No? (estalla en una carcajada, mientras guarda el arma en la espalda; Sandra está tirada en el piso y él la manosea) Ahora vas a saber lo que es un hombre, vas a poder chupar hasta cansarte, jeje... (Ely busca a tientas a Sandra, el policía la aparta de un golpe) Pero primero quiero saborear un poco de carne fresca... (se levanta agarrando a Ely que está totalmente perdida) Vení chiquita... (la manosea) Yo te voy a enseñar como tenés que tratar a un hombre (Ely se resiste, la cachetea un par de veces) Yo te voy a convertir en una atorranta de verdad... hasta el orto te voy a hacer... jajaja, jaja (forcejean; Ely cae al piso; el policía ríe; Sandra desesperada se incorpora y le arranca el arma de la cintura, retrocede; el policía se da vuelta sorprendido; Sandra dispara varias veces; el policía cae; Sandra se desploma quedando sentada contra la pared, observando al cadáver; Ely llora).



Secuencia 8


MARTA
– ¿Qué pasó?

SANDRA
– ¿Qué?

MARTA
(Sacudiendo el cuerpo del policía, inmóvil)
– ¿¡Qué pasó!? ¡Silvia! ¿¡Qué pasó!?

SILVIA
(Reaccionando)
– ¿Terminó, Marta?... ¿Ya está?

MARTA
– ¿Ya está qué, boluda? Lo mataste...

SILVIA
– Por eso... es el final... ¿No?

MARTA
(A los gritos, mientras sacude el cuerpo)
– ¡Lo mataste de verdad!... ¡Silviaaa!... ¡Lo mataste de verdad! (se le atragantan las últimas palabras en un sollozo. Silvia sacude la cabeza como no entendiendo. La escena se oscurece, se enciende un reflector que da en la cara de Ely, que ahora está de pie; es lo único iluminado).

ELY
(Con la mirada fija en un punto distante por detrás de los espectadores)
– Voy a contarles una historia... una historia reciente... Sucedió aquí mismo. Perros muertos es un pueblo pequeño, la vida no es un paraíso, pero tampoco un infierno...


APAGON Y FINAL.



Buenos Aires, 1998.
© Dante Schettini. dante.sch@gmail.com



NADA QUE PERDER

Autor: Dante Schettini
Síntesis: El texto narra la historia de Nacho, quien cansado de vagabundear, busca un lugar donde establecerse y lo encuentra en Perros Muertos, donde un acontecimiento trágico lo marcará para siempre. Desde entonces Nacho recrea, noche tras noche, lo sucedido en esa oportunidad; para ello solicita la colaboración de los que concurren al bar, pero algo se trastoca, cuando las espectadoras que colaboran en la representación, demuestran que ellas también tienen algo para decir. Sin embargo los personajes quedan atrapados por el desarrollo de los acontecimientos, sumergiéndose en un drama, del cual no pueden prever el desenlace y del que ignoran sus consecuencias.

Personajes: Once: tres masculinos y ocho femeninos.
Temática: La alteración de la cotidianeidad por un hecho fortuito.
Tipo de dramaturgia: Método de las acciones físicas.
Duración estimada: 70 minutos
Público al que está destinada: Adulto.

Presentada por el Grupo El Imaginario, con dirección de Walter Arce en: Teatro Francisco Alvarez, Lanús y Teatro El Astrolabio, Bs. As. (1998).

Puesta en escena
Nada que Perder

Cooperativa de Teatro El Imaginario

Intérpretes: Mecha Russo, Claudia Frangi, Fabián Maresca
Guitarra, Voz y Música Original: Hernán Lechuga
Escenografía: María Jesús Moriatis, Luciana De Bartolis
Fotografía: Diego Ojeda
Asistente de Dirección: Alejandro Marciano
Puesta en Escena y Dirección General: Walter Arce.

Teatro Francisco Alvarez, Lanús, 1998.
Teatro El Astrolabio, Buenos Aires, 1998.

*Fuente: http://elmutante-nadaqueperder.blogspot.com/2007/12/dante-schettini.html





CORREO:



Convocatoria a escritores de Buenos Aires*

El centro cultural "Las mil y un artes", de la Ciudad de Buenos Aires, Argentina, convoca a escritores a presentar su material para selección (narrativa / prosa / monólogos) el tema debe estar relacionado con el tango/buenos aires, y o/su gente.
El material que quede seleccionado será representado por su staff de artistas, en ciclos culturales que ya están en funcionamiento.
la presentacion se realizara a traves de narradores Y/o actores
Quienes estén interesados en sumarse al equipo de escritores ,deben llamar al teléfono 4865-5596
(de Buenos Aires) en el horario de 12:00 a 19:00 horas.
También pueden escribir a marielaelliot@yahoo.com.ar
ddadpdr@yahoo.com.ar

Convocatoria válida únicamente para residentes en Capital y Gran Buenos Aires.



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lunes, mayo 19, 2008

DUELE LA HUELLA DONDE HA ESTADO EL PIE...


Lucisombra*




Siempre mira atrás

la sombra
plegada
derrapa por los huesos
cuelga
en las cicatrices

de espaldas

La luz
está del otro lado

como un foco distante
un sol a quemarropa

Da voces de claridad

Escarba

con tenacidad de jardinera

La luz ama la sombra
La desea

Se goza
en el encuentro demorado

La sombra en el exilio
le ofrece sus aullidos

y deja huellas
como oraciones frescas

para que la alcance



*de Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com







DUELE LA HUELLA DONDE HA ESTADO EL PIE...






Longevidad*



Los ancianos eran muy mayores, entre los dos superaban los 200 años. El recuerdo de su boda se difuminaba con la niebla del tiempo.
Hoy han comprendido el motivo de su longevidad y que ya no hacía falta seguir resistiendo. La vida había podido con ellos... ¿O fue la muerte?



*Joan Mateu. joan@cimat.es









LA OCTAVA MARAVILLA*



*De Vlady Kociancich.



15.


Ayer también escribí hasta perder toda noción del tiempo.
Hizo tanto calor que me parecía que Buenos Aires jadeaba del otro lado de la pared, arañaba la puerta, quería entrar. cerré las persianas de mi estudio para protegerme, sólo dejé abiertos los postigos. la luz de la lámpara era menos agresiva que la amenenaza de los seis rectángulos de claridad que cortaban las persianas como seis miradas terribles. No recuerdo haber comido nada. tomé litros de agua mineral y unas pavas de mate. El mate -como el cigarrillo- porque necesitaba compañía.
En algún momento se me ocurrió mirar el reloj, que desenterré de una pila de papeles.
No puedo leer, escribir ni pensar con un reloj encima, de modo que siempre estoy expuesto a perderlo, porque me lo quito y lo dejo en cualquier parte. Este es un Bulova muy sencillo, algo anticuado, sin calendario, ni cronómetro, ni hora en Ghana o Pekín, dispositivos que me parecen más adecuados a la muñeca de un robot que a la de un hombre. lo compré, por capricho, en el aeropuerto de Milán.
Deambulaba aburrido por los pasillos del aeropuerto mientras esperaba el avión, cuando vi el Bulova en un escaparate, recatado y muy digno, entre las luces bárbaras de relojes enjoyados, oblongos, triangulares, con letras góticas, con brillantes, de oro, de acrílico, digitales, gigantes, minúsculos, aplanados, esféricos, resistentes a la ingravidez, a la presión del mar. Y ahí estaba el Bulova, con su faz redonda, los números bien figurados, el fino aro de metal, la angosta correa de cuero negro.
Pregunté el precio. El vendedor, con la típica cortesía italiana que exhibe un empleado a la fuerza, mezcla de aburrimiento y de desdén, me informó que era el modelo más barato. Luego, en medio de un bostezo, agregó: "Veinte dólares". Y en seguida, la abulia abrió paso al enojo: "O quiere saber en liras, también".
Lo compré y paqué en dólares. Pero no me llevé el Bulova por intimidación. Largas temporadas de trabajo en Italia me han enseñado que esos aterradores cambios de humor en los nativos anda tienen que ver con las circunstancias ni la agresión es personal. Tampoco fue el precio lo que me decidió.
Desde que leí en alguna parte que a Leonardo lo maltrataron los Sforza (dato inexacto que tuve por cierto durante mucho tiempo), el castillo ducal y la ciudad que lo rodea me deprimen. Rara vez he salido de Milán sin comprarme alguna chuchería, gesto que traduzco a una especie de compensación póstuma por las humillaciones que no sufrió Leonardo, y un consuelo presente por el clima húmedo, el cielo gris y frialdad de los milaneses. El Bulova me levantó el ánimo ese día, y no he perdido aún el placer de mirarlo que sentí durante todo el vuelo, ni la memoria de mi alegría cuando al abrir las valijas en el hotel de Madrid, descubrí que el Seiko, que había marcado con precisión las horas de mis laberínticos itinerarios europeos, se había extraviado para siempre.
El Bolova marcaba las tres. Le di cuerda. El humo de tanto cigarrillo fumado se espesaba bajo la lámpara. El agua de la pava estaba fría y en el último mate flotaban unos palitos sueltos. Abrí las persianas.
La noche no había rebajado el calor. Las sombras de las plantas en el jardín tenían una inmovilidad de cosa muerta, de quietud por estrangulación. Alguien entró en la casa. Oí el golpe de la puerta de calle.
luego unos pasos de hombre, pesados y lentos. La noche era muy oscura y apenas pude distinguir una silueta que cruzó el jardín, una figura no tan bien recortada como el eco de los pasos, única prueba de que algo se movía en este mundo irrealmente detenido.
A painted ship upon a painted ocean. Un barco pintado en un océano pintado.
La similitud, que hoy me estremece, me encantó. Reclinado en la baranda del balcón, repetí varias veces esa línea del poema de Coleridge.
Eran las tres de la mañana. Me sentía exhausto pero no tenía sueño. También estaba triste. En casos como el mío, escribir alivia, pero también despoja. Salgo de los recuerdos a una especie de celda de algodón, a encontrarme conmigo, confidente pésimo, imbécil jactancioso que me aburre con sus pavadas, me humilla con su sensiblería.
La espalda me dolía, tenía el cuello endurecido, el estómago lacerado de tanto mate. Me arrastré hacia el living, me dejé caer en un sillón, traté de aflojarme y de dormir un poco. No pude. ¿Qué hacer? Debía elegir entre miserables opciones: la cama y el insomnio, o una caminata por calles pegajosas de calor, esquivando las bolsas de basura, arriesgándome a la interpelación de un patrullero, a la buca angustiosa en todos los bolsillos, cavidades exploradas por dedos que la presencia de armas y de uniformes vuelve insensibles al tacto de la cédula y en cambio sacan papelitos que uno baraja desesperadamente, pidiendo disculpas, ya seguro de la pérdida, ya viéndose en el Departamento de Policía (para colmo a dos cuadras de mi casa), hasta que la aparición de la tarjeta plástica, el yo-soy-yo, nos devuelve la confianza y la vida.
¿Un bar? Soy de esos tipos a los que un taburete solitario, codo a codo con otros tipos solitarios, frente a frente con un gallego medio dormido que pasa un trapo sobre la fórmica o el zinc, puede hacerlo llorar. Sentirse solo es una cosa. Verme en el espejo tramado de botellas de una barra, uno más en la fila de escolares patéticos que, vaso en mano, parecen aguardar que suenen los compases del himno y se proceda a izar la bandera, es otra. No los critico. Envidio el coraje de esos desesperados Narcisos que se miran en los charcos nocturnos de Buenos Aires. Cobarde para la soledad, me quedo en casa.
Mientras dudaba, me dormí. Y lamentablemente soñé.
Escribo el sueño con la incierta esperanza de aniquilarlo por revelación.



Soñé que me levantaba del sillón y salía a caminar. En el sueño también era de madrugada y me asombró encontrar a mis vecinos reunidos en el vestíbulo de la planta baja. Pero no me pareció extraño que a pesar del calor se abrigaran tanto. Agolpados en el corredor, envueltos en frazadas y ponchos, tiritaban y lloriqueaban. "Qué horas para una reunión de consorcio", me dije, irritado porque me costaba avanzar, porque el calor era insoportable y porque cuando inspiré para tomar el aire que me faltaba, el olor de la basura desgranada en la vereda me provocó un golpe de náusea. El muchacho loco estaba entre la gente que se apelotonaba junto a la puerta de calle. La sirvienta, en puntas de pie, intentaba abotonarle el cuello de un grueso sobretodo amarillo. El, suavemente, le apartaba la mano. Al verme, inclinó la cabeza, dijo: "Buenas noches, señor".
Quise responder al saludo. La vergüenza me lo impidió. Vi mis pies; estaba descalzo. Me palpé el pecho. Sólo tenía puesto el pantalón del piyama. Abochornado, me escurrí entre cuerpos vestidos, decentes, hacia la calle. Pero ahí también había una multitud, encogida y llorosa dentro de sus abrigos. A algunos los reconocí. El chico de la playa de estacionamiento, el panadero, el almacenero, el abogado inválido del quinto.
Un hombre sin camisa y descalzo no hace preguntas. Estaba tan sudado a pesar de mi desnudez, que deseé huir del contacto y de la vista de esa muchedumbre sofocada por ropa de lana y eché a correr en dirección a la Avenida de Mayo. La cantidad de insomnes me escandalizó. Fluían de las puertas, inundaban las calles. En Moreno, por que ahí no me conoce nadie, le pregunté a un gordo de guardapolvo blanco que se acurrucaba contra la cortina metálica de una farmacia:
-¿Por qué es tan corta la vida de un hombre?
-Hoy no estamos de turno -gritó con voz aflautada por el miedo.
Le señalé el cartelito.
-Ahí dice, domingo esta farmacia.
-Hoy no estamos de turno.
Busqué un policía para denunciarlo. Pero no encontré ninguno en aquella calle donde, aparentemente, estaba todo el mundo. "Ah, te molestan, te asustan, pero cuando los necesitás, no aparecen". Harto de la busca, me metí en un bar de la Avenida de Mayo.
Ni un alma adentro, salvo el mozo que, con sombrero de fieltro, bufanda y guantes de lana, lustraba muy tranquilo una coctelera. me moría de sed. Pedí una tónica. El mozo parecía estar al tanto, así que pregunté:
-¿Por qué es tan corta la vida de un hombre?
-Es primero de mes. La gente cobra el sueldo y dispara a gastarlo.
Un repentino griterío me hizo salir del bar. La muchedumbre se arracimaba en abrazos entrecortados, miraba al cielo.
Vi que blandamente, sin ruido, sin víctimas, como una ciudad expuesta al fuego, Buenos Aires se desmoronaba. La Avenida de mayo, como un gran río en una inundación monstruosa, absorbía el derrame de las rojas calles afluentes, la cúpula del Congreso se hundía majestuosamente en el horizonte, con todas las luces encendidas bajo las claras estrellas de febrero. Y una ciudad ya hecha, una ciudad tallada como un diamante, se elevaba simultáneamente del líquido incendio de la otra, en un milagro de tiempo enhebrado al ojo de la aguja con exactitud matemática.
Que la gente, suspendida conmigo y a salvo, en una llanura de nada, aullara de terror, me enfureció. Nadie iba a morir, pero lloraban preocupados por sus pequeñas vidas de un día, lloraban ante la revelación de que se habían soltado y caían los pilotes de su salvaje aldea lacustre. Yo lloraba también. Pero mis lágrimas eran las de un hombre que ha pasado la mitad de su vida encerrado en una celda subterránea y a quien dejan en libertad un día de sol. Lloraba deslumbrado por la luz, por el espacio abierto, por la admirable, extranjera cara del futuro, puertas afuera de mis límites.
Nunca fui tan feliz como en ese instante de mi sueño. La ciudad era un caleidoscopio. Eché a correr hacia mi casa, cubriendo con pasos de kilómetros y de segundos, ese maravilloso túnel de cristales. Corrí. no sé cuánto ni cómo, sin marca de veredas ni otras señales que mi instinto. De pronto refrescó el aire. Oí un trueno. Empezaba a llover.
Bajo el viento y la lluvia, la ciudad nueva se empañaba. El camino se entorpecía de viejos edificios sobrevivientes. Me perdí. Sentí infinito alivio cuando en una esquina vi al farmacéutico. Estaba junto a la cortina metálica, quitándose el guardapolvo blanco. Gritó:
-En la vida de un hombre, que es muy corta...
No quise oírlo. Muerto de frío y desnudo, llegué a mi calle, México. No había vecinos en la vereda. Sólo el chico de la playa de estacionamiento me esperaba.
Ilusionado, lo saludé.
-¿Qué tal? ¿Cómo te fue en Berlín?
Señalo mi casa. ni una luz en las ventanas, ni una voz. Nadie. Supliqué:
-¿No vas a decirme cómo te fue en Berlin?
-En la vida de un hombre, que es muy corta...
Me cubrí los ojos con la mano. cuando la retiré, el chico se había ido. Crucé por fin la calle, entré en la casa.
Ahí estaba la blandura de la vieja escalera de mármol, el jardín que temblaba bajo los golpes de la lluvia. Y el horrible silencio.
Me metí en el ascensor. Y cuando apreté el botón de mi piso, el ruido de los cables que izaban la jaula despaciosamente me estremeció. Reconocía el ruido peculiar, una vez amigo, del ascensor de casa.
Una mano se apoyó levemente en mi hombro. Me di vuelta. Era el loco.
-En la vida de un hombre, que es muy corta -dijo su voz serena- no duele lo que se ha perdido. Duele la huella donde ha estado el pie.
Me abrió la puerta del ascensor para que yo saliera. La idea de encontrar todo como lo había dejado -el agua en la pava, los palos de yerba flotando en el último mate- me aterró. Le rogué que me acompañara. Sonriendo, negó con la cabeza.
-Ah, no puedo. Yo soy mi propia huella.
Entré. Me vi acostado en el sillón, me vi dormido. Grité. El grito me despertó. Una mano sacudía mi hombro suavemente.
Inclinada sobre mí, estaba Alicia Martínez.
-Soñabas -dijo.
-¿Qué hora es?
-Las nueve.
-¿Cómo entraste?
-Con tu llave. Toqué el timbre, pero no contestabas. Me diste la llave. Me dijiste que viniera a las nueve. que te esperara aquí. Me dijiste a las nueve. Son las nueve.
-¿De la mañana?
-De la noche.
-Tengo problemas con el tiempo -dije.
Y sin otra palabra, casi sin transición alguna entre pesadilla y mujer, atraje a aquel cuerpo hermoso y carente de historia hacia mi cuerpo dolorido, me hundí en ella, en Alicia Martínez, en la muchacha de la estación de Villa del Parque, le hice el amor sin gusto, desgarrándome, arrancando a besos y caricias la humanidad de su carne, penetrando, devorando, marcando con boca, mano, sexo, la única, verdadera forma del mundo para este hombre desconsolado que creyó haberlo perdido.




*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-







Espirales*



Espirales
.....ruedan por los ojos
los ojos se derraman
por las paredes del miedo

y el miedo en el medio
......medio miedo
tormenta y locura
una nueva esperanza
silenciada de ausencias
.....y manos
.........sin ojos
que suben
.......y ojos / sin tiempo
que ya no quieren / trepar
por su abandono

y con las mismas manos
estrangulan / la noche.



*Copyright © Dante Schettini. dante.sch@gmail.com


Copyleft: Se permite su reproducción, sin modificaciones, siempre que no sea con fines comerciales y manteniendo, en todos los casos, el presente texto.
http://zonamutante.blogspot.com/search?updated-max=2007-12-02T16%3A33%3A00-03%3A00&max-results=4







Prosapia*


Los dioses mayores dan los dioses menores.

Los dioses menores dan los dioses mortales.

Los dioses mortales dan las civilizaciones.

La madre de los dioses es la amante de los poetas.


*de Horacio C. Rossi.

-Enviado para compartir por Verónica Capellino veroaleph@hotmail.com






CORREO:


Por Horacio*


Acompaño en la lejanía el dolor por la pérdida de Horacio, con quien compartimos unos pocos mails a lo largo de estos últimos años. Vaya mi apoyo y solidaridad para su familia.

Un abrazo

*Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es




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sábado, mayo 10, 2008

EL OTRO CIELO...


El otro cielo ...




*

Al ser que sueña
este sueño que me incluye


*Dante Schettini. dante.sch@gmail.com






Bruno*



*Por Osvaldo Bayer


Treviso (norte de Italia). Camino por el Prato di Fiera, hay aire de primavera aquí. Ya hay flores. Me vienen los recuerdos del sábado pasado. Uno de los momentos más increíbles de mi vida. En la Feria del Libro de Buenos Aires presentamos Carcoveando, un libro de relatos escritos por chicos de la villa de emergencia De la Cárcova, sí, la villa de José León Suárez, que esta ahí nomás, cercana a los basurales de la “Operación Masacre” descripta por nuestro querido Rodolfo Walsh. Sí, los chicos de una de las villas más carecientes, de esa escuela que tiene setecientos alumnos y no cuenta siquiera con un teléfono, fueron capaces de escribir un libro donde se mezclan las fantasías más inesperadas con las realidades fotográficas de la vida diaria. ¿La idea? De Claudia y Myriam, dos maestras de allí que los empujaron, los tomaron de la mano, les mostraron otros horizontes, los sacaron de la vida diaria de la villa y los llevaron al bosque de las ideas, a las alturas de los sueños y a la realidad de que ellos también saben expresar en palabras. Myriam y Claudia, sí, con chicos de ojos brillantes como estrellas y piel morena como la tierra. En la Feria del Libro. Dije allí que el ser humano nunca se va a dar por vencido y va a crear poesía donde los fusiles sólo quisieron la muerte como siempre. En aquel escenario de la masacre comenzaron a brotar las semillas pese a la muerte, al fuego, al egoísmo y los preconceptos. Y de la Feria del Libro, estos autores jóvenes como el amanecer irán “carcoveando” el 5 de junio al salón Jorge Luis Borges de la Biblioteca Nacional. Cuando se entere Borges va a murmurar: “la fantasía se ha adueñado del Barrio Norte”. Y hubiera escrito un cuento: “Los pibes de la esquina celeste”.
Pero de la alegría de lo justo a la profunda tristeza de lo inexplicable. En la madrugada del lunes el llamado: ha muerto Bruno.
Levanto la cabeza. Miro los libros, que me observan en la eterna espera. Los lápices, las hojas en blanco. Ha muerto Bruno, a los veinte años. Veo que hay apenas tres o cuatro hojas escritas. Con frases para el futuro, planes, sueños. Me levanto; sólo puedo insistir, no me rindo. Ya sólo me queda regar las plantas, que me observan, siempre más verdes.
Estoy ya en Treviso, camino por el Prato di Fiera. Todo esto lo vio adolescente a Bruno. El joven increíble que leía, discutía, soñaba y proyectaba. Era el libertario soñado por la utopía. Entusiasta, hacedor, con ganas de meter la vida en todo. También en las sociedades pacatas de intereses y codazos. Sí, él eligió el secundario “científico” y no el humanista aunque solo no podía salvar el mundo y necesitaba para hacerlo el pensamiento humanista. Esa búsqueda lo hizo abandonar sus estudios por un breve tiempo y dedicarse a recorrer Europa para conocer la vida. Lo vieron muchos llegar con miles de jóvenes a Heiligendamm, en Alemania, a protestar contra la reunión de los Ocho, el G-8, de los que manejan el mundo. Lo vieron a Bruno, en el momento en que avanzaban más de 800 policías y soldados contra la protesta juvenil, él, Bruno, en ese momento les salió al encuentro y sin ninguna defensa les gritó a los uniformados –pleno de humor y desprecio– esa palabra italiana que lo dice todo: vaffanculo. Todos se quedaron perplejos ante la valentía de ese muchacho con aire de poeta. Lo hubieran podido destrozar. Pero él se quedó inmutable, sonriente, demostrando que la decisión de un ser humano puede ser más digna y tenaz que mil gatillos y corazas. Esa palabra vaffanculo tendría que utilizarse en cada manifestación popular contra la represión del poder.
Después Bruno recorrió diversos países trabajando en las más humildes labores para ganarse la vida y para conocerla bien desde abajo. Ya en Treviso iba a recibir la injusticia bruta. Los cabezas rapadas fascistas lo iban a sorprender a él y a un amigo y los golpearon con ferocidad. Poco después se iba a repetir lo mismo en una plaza.
Luego reinició sus estudios pero no ya en Treviso, una ciudad cada vez más derechizada donde se vive un constante racismo contra los trabajadores extranjeros. Reinició sus estudios en Trieste, una ciudad distinta, con una población más internacionalizada. Para él fue una nueva vida. Uno de sus amigos lo describe así: “Era un placer ver a Bruno cuando estaba presente. Siempre demostraba alegría. Era inteligente, simpático, hablaba cuatro idiomas, músico, tolerante y amante de la libertad”.
Esa cualidad de amar la libertad iba a ser fatal para él en esa Italia que marchaba hacia el Berlusconismo. Su último viaje fue a Berlín, como intérprete del alemán ante sus propios colegas de estudio y sus profesores. Allí se sentía en el centro del mundo, por la historia de esa ciudad de la historia de la crueldad máxima del nazismo, pero al mismo tiempo, ciudad de la revolución de los obreros, soldados y campesinos del ‘19, con Rosa Luxemburgo, ese ser increíblemente justo y noble, asesinada a culatazos por los esbirros del poder.
De regreso lo esperaba el Norte de Italia con su irreversible retorno a la derecha. El triunfo de Berlusconi y sus aliados fue aplastante. El neofascismo volvió a salir a la calle. Bruno no comprendió cómo en Italia, que había dado tantos pensadores pacifistas que aconsejaban como única salida futura la paz, la sociedad cayera en un racismo tan desnudo y eligiera como líder máximo a un todopoderoso, representante del capitalismo más descarnado. El diario alemán Suddeutsche Zeitung tituló: “Paliza mortal”. Simplemente así: “La extrema derecha italiana no pone ningún límite a sus excesos. Italia teme una nueva ola de violencia política”. E informa la muerte a trompadas y patadas del joven Nicola Tommasoli a manos de cinco miembros de la juventud neofascista. Lo mataron porque sí. Ocurrió esto en Verona, la ciudad de Romeo y Julieta. “La ciudad del amor –dice el diario– que se ha convertido en símbolo del miedo que transita por las calles italianas.” “El miedo ante el odio, la intolerancia, la decadencia social”, explica en sus columnas y prosigue el diario: “Se puede sentir la inseguridad en todas las grandes ciudades italianas, en los míseros barrios pobres de los inmigrantes en las orillas romanas del Tíber, en las orgías alcohólicas en las calles que rodean a la Universidad de Bolonia, y los video-celulares de torturas sadistas entre estudiantes, todo esto hace temer la decadencia italiana.” Para eso, más seguridad, más policía, más Berlusconi. El mismo diario alemán sostiene que “en Italia reina un clima cultural y político en el que florece el odio y la intolerancia con los más débiles”. Ni pobres ni extranjeros es la divisa como si ellos fueran los culpables y no el sistema.
El diario italiano La Repubblica denuncia que el creciente neofascismo tiene como lema: “Caza al distinto” y publica fotos escalofriantes con jóvenes con carteles: “Veneto Fronte”, “Skinheads” y con banderas fascistas con símbolos de imitación de la cruz svástica. Muchos de ellos son fans de clubes de fútbol. Se dicen herederos de los legionarios romanos y son apasionados por el boxeo. El diario La Tribuna titula el 7 de mayo “Alarma negra”. Cruces svásticas, cruces celtas, cabezas rapadas... Lo curioso –o no– es que la mayoría de los neofascistas proviene de escuelas católicas.
Todo este clima fue determinante para Bruno, que no podía comprender la violencia. Estos hechos fueron minando su optimismo y cayó en la melancolía de que tal vez, pese a toda la lucha de parte de la humanidad, es ya imposible de lograr el Paraíso en la Tierra que él soñaba.
Tal vez, si Bruno hubiera conversado con las maestras Claudia y Myriam de la villa de José León Suárez habría desistido de su última voluntad.
Esto fue lo último que Bruno escribió a sus amigos, esta poesía de Hermann Hesse. Que lo dice todo. Todo lo que él nos quiso decir en su adiós.

Noche en vela
Porque no duermes...
Aquello que quieres
decirme en esta hora
¡no lo digas!
–mira abajo el fondo del lago
–que se vuelve oscuro
–y cómo se persiguen las nubes
–reflejándose en el negro terciopelo
¡No lo digas!
Esta es una mala noche
lo sé,
en esta hora aflora
en lo profundo de tu pecho
todo aquello que te apremia.
¡No lo preguntes!
De tu boca aparece
ahora la palabra que te hace infeliz
¡No la digas!
Esta es una mala noche
me lo dirás mañana.
No lo sabemos
quizás, tal vez...
mañana todo será milagrosamente fácil,
esto que ningún corazón puede soportar,
esto que hoy me hace tan infeliz.
¡No lo preguntes!
Esta es una mala noche.

Bruno era mi nieto.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-103937-2008-05-10.html







Plan de Muerte*



No tenía ningunas ganas de morir y había concebido un plan infalible. Llevaba desde los 75 años planeándolo, o sea que eran más de 15 años en los que había estudiado a fondo la estrategia.
Ahora, con 90 años, estaba en la cama esperando la llegada de la muerte, expectante pero tranquilo. Ella se presentó puntual y siguiendo las formas: Túnica negra con capucha (no muy limpia) harapos en los bajos, voz cavernosa y guadaña.

- Buenas tardes, muerte. Te estaba esperando.
- Buenas tardes. ¿Eres de los que esperas?. Eso es que quieres intentar algo.
- Bueno, únicamente tengo una solicitud, pero si no quieres oírla, me muero y en paz.
- Dime qué quieres - preguntó la muerte curiosa.
- He sido afilador toda la vida y me gustaría comprobar el filo de tu guadaña, con la cantidad de trabajo que tienes debe estar muy afilada.

La muerte, sin pensarlo, me entregó la guadaña y en el momento que la tuve en mi poder, sonreí. Mi plan se había cumplido. La muerte sin su guadaña no podría matar.

- Lo siento, muerte, pero sin tu guadaña no puedes hacer tu trabajo - dije sonriendo.
- ¿Crees eso?. Mira lo que hay grabado en el filo.
- ¡Es mi nombre! - exclamé asombrado - Debe ser porque me ibas a herir con ese filo.
- No, te equivocas, yo no trabajo así. También a la muerte le llega la modernización. Mi guadaña no es más que una agenda electrónica donde programo el trabajo pendiente. Yo como mato, es así...

Y me mató.



*Joan Mateu. joan@cimat.es








El otro cielo *



I

Algunos pensarán que es el ensueño
que agita sus alas endiabladas / pero
yo tuve otro cielo
No era un cielo de azules ondulantes
ni de ojos amarillos
ni de nubes
era un cielo amasado
con siglos de silencio
un amasijo de noches
ardiendo en el osario
de una cripta milenaria / dulce atrocidad
de lo imperfecto
húmedo aliento de la sombra
pavoroso amor / exacerbado
candor de lo siniestro.
Yo tuve otro cielo
no este / azul / marítimo / impecable
con sus estrellas que brillan a lo lejos
sino un caos de voces encendidas / soplando
desde el fondo de los vientos
alarido de imágenes
que vuelven
desde la hondura / infinita
de los tiempos.
Si / yo tuve otro cielo
no esta pesadilla que entumece los huesos
sino una boca abierta
al beso
tormentoso
de lo negro.



II

Tinieblas desgarradas
por lluvias de fuego
resplandor eléctrico hiriendo la negrura
convulsión de lenguas metálicas
embraveciendo los mares de mercurio
agitando las moléculas
de nuestros cuerpos ingrávidos / etéreos
y en esas desoladas tierras
de azufre y basalto
te amé
sin palabras
como sólo los dioses pueden hacerlo
no con este laberinto de sílabas huecas
sino con ese estremecimiento atómico
que aceleraba nuestras partículas más íntimas
fue sólo un instante
(eternidad detenida
al borde del misterio.



III

Nacimos / es verdad
del ensueño afiebrado de un mago
un nigromante lúdico
y perverso
que consumó su existencia
entregándose a un delirio sin retorno
Tal es nuestra esencia
imagen que perdura
de una creación alucinada
cosmogonía de la sombra
arquitectura onírica / poblada
por seres ? pensamiento.



IV

Sería imposible determinar algún momento
en este eterno devenir
pero lo hubo
y en esa escena patética / indecible
en que pareció iluminarse el firmamento
estallaron las montañas de esmeralda
escupiendo nitrógeno encendido
las mareas se alzaron en el aire
como queriendo acometer al infinito
y nuestra nave
(idea vaga / telaraña
suspendida por débiles hebras
del silencio
cayó
y fuimos entonces
estrellas huérfanas
multiplicando un universo en extinción.



V

Y así llegamos a la Tierra
(zona desértica del cosmos
tercer planeta del sistema
desierto infestado
de simios arquetípicos
fauna inferior
iluminada
por una luna de estiércol
seres concretos
sin posibilidad de abstraerse
a su rutina alimenticia
Y del polvo suspendido
fabricamos nuestros cuerpos
rígido lodo primigenio
y a semejanza de aquel mago
en su delirio
inventamos movimientos
y nuestro cuerpo se hizo carne
y descubrimos nuestras pieles
y gozamos de las formas
y por las puertas abiertas del instinto
se colaron las sombras
que eclipsaron nuestra esencia
y perdimos el rastro.



VI

Fuimos / desde entonces
prisioneros
en una celda de huesos
condenados al exilio
en un laberinto de puertas
y espejos deformantes
viendo nuestra imagen
repetida / por millones
como minúsculos fragmentos
de la nada
como estandartes marchitos
de una nueva raza
que empezaba a animar
con nuevos rostros
esta esfera estéril y salvaje.



VII

Nos descubrimos por entonces solos
y al encontrarnos separados
no fuimos más que una marea
informe / repleta de temores
y por la herida abierta en el espíritu
se escapó la luz de nuestros ojos
y la angustia
acorraló nuestros sentidos
y empezamos a tantear / a ciegas
entregados al azar
y la intuición
sin encontrar la llave
que nos devuelva
el resplandor de los comienzos.



VIII

Pero no nos resignamos
a no volver jamás a nuestro mundo
desde donde partimos un día
sorteando los abismos estelares
para recalar en esta tierra
pronta a fenecer
porque en ella
somos sólo débiles cristales
atravesados por la furia
de una guerra de titanes
tal es el espectro reflejado
de negro a negro
muerte sobre muerte
supremo arte de los dioses
entregados al frenesí del exterminio
sacrificando marionetas / inmolándolas
en la hoguera de sus sueños de poder
como cuerpos apestados
arrojados al furor
de las piras crepitantes.



IX

Como no soñar / entonces
el regreso
desnudo ya de pieles
y fantasmas
como no buscar
la huella de tu paso
en este camino de siglos
(esas pequeñas muescas
que brotan / como flores tardías
en el alma de los moribundos
en la preñez de las mentes
penetradas por lo turbio
en el salto al abismo
del lúcido suicida acorralado
en el ardor de las vírgenes en celo
en la caída inexorable
de las máscaras humanas
en la ebriedad de los náufragos
en la mirada / ciega
de los recién nacidos.



X

También / en el vino
que te inunda de destellos
mientras quema
con sus moradas llamas invisibles
el asfixiante velo de la muerte
y descorre
las pesadas cortinas / que oscurecen
esa otra conciencia que te habita
y te permite
vislumbrar en pesadillas
aquel cielo que perdimos
y hoy
desde el silencio
de una eternidad ausente
nos reclama.




XI

Y volvemos a buscar el pasadizo
que nos conducirá
desde esta realidad
hacia otro espacio
temporal / hacia otras tierras
aunque sabemos
que en este derrotero milenario
se fueron perdiendo nuestras fuerzas
por eso es necesario
imprescindible
deshacernos del lastre que nos ata
y arrojar nuestros temores
como flechas lanzadas al vacío
y encontrarnos
para componer esa pasión vital / ese deseo
que será la materia / con que habremos
de construir la nave del regreso
una nave hecha de imágenes y sueños
y con ella
podremos / al fin
abandonar / para siempre
nuestros cuerpos
devolverlos / nuevamente / al barro
del que alguna vez salieron.



XII

Y las huellas me guían
por bares inmundos
donde los enigmas
giran como moscas
en torno a las palabras
y el aliento envenenado
es una brisa cósmica
que brota
desde la profunda oscuridad
del inconsciente
como el aroma a polvo
que acompaña a los viajeros
que visitaron
paisajes inhóspitos / indómitas llanuras
y volvieron
con la mueca del espanto
dibujada
en sus rostros opacos.



XIII

Por oscuros asilos
donde moran los espectros
existencias condenadas
a la ausencia y el silencio
ocultando
tras sus ojos mudos
el horror de lo indecible
malabaristas
en las alturas sin tiempo
alquimistas afiebrados
sabedores del misterio
sangres torturadas
por sutiles picanas hipodérmicas
que convierten a los hombres
en andrajos
para borrar / definitivamente
todo resto de memoria.




XIV

Pero de esos pantanos
fangosos / malolientes
se elevan como insectos
los residuos ancestrales
de la mente
y las señales / escapan
sorteando los muros
se filtran en las voces
vacías / en los ecos
y asoman
en la oquedad de las palabras
en la fatalidad mortal
de este mal sueño.


XV

Entonces es posible
recomponer el mapa vislumbrado
como pequeños ensambles
de un gran rompecabezas
e imaginar una ruta
a través de los astros
y eliminar la escoria
para despegar
cuando esté todo preparado
y mi ser
definitivamente libre
de la carne
y de la tierra.



XVI

Partiré / sin despedirme
una mañana cualquiera
mi cuerpo quedará sobre una silla
con la mirada ausente
y una sonrisa tenue
dibujada en los labios
será el último acto
de mi estancia
en este páramo olvidado
cruzaré lentamente
la frontera que impone
la atracción de los que quedan
y volveré a encontrarme
solo
(acaso como siempre
en la inmensa soledad del universo
un poco más cerca
de esa estrella que me atrae
y que me espera
ardiendo en los fulgores
de un cielo de azabache
y seré / por entonces
solamente un recuerdo
(ante lo inminente
del deseado encuentro
cuando me hunda / por fin
en el abrazo
oscuro y palpitante
terriblemente dulce
de aquel otro cielo.



Buenos Aires, 19 de julio de 1991.



*© Dante Schettini.
-FUENTE: http://elmutante-elotrocielo.blogspot.com/






CORREO:



TREN DE LA COSTA: EL PRIMER INÚTIL*


Pero ¿Cómo? ¿Un ascensor horizontal de lujo pidiendo subsidio por transporte? Sí, el Tren de la Costa funcionó desde su principio como el "ascensor horizontal de lujo" de un Shopping abierto.
Antes de pasar a la parte caricaturesca de estas líneas, quiero destacar que, la Concesión por parte del Estado Nacional (FERROCARRILES ARGENTINOS), para el "Tren de la Costa" fue integral de Red Ferroviaria + Inmuebles colindantes y la única excusa por la que pusieron el tren en el proyecto fue porque esa era la única forma de darles la concesión integral de los inmuebles. Tan es así, que en el principio propusieron un coche motor minúsculo sobre una sola mísera vía cada un par de horas para así demostrar el cumplimiento. La separación ante los acreedores de los inmuebles entiendo es una modificación clave del espíritu y tanto más el pedir los subsidios cuando las ganancias de lo inmobiliario deben pagar la explotación (y recién allí sí, si fuera necesario, bien merecerían un subsidio si realmente hiciera falta).
Claro, para que luego de que las cuentas se equilibren y diera un posible déficit, el Estado debería pagar un subsidio a la empresa (INTEGRAL INMUEBLES+EXPLOTACIÓN FC), sí y solo sí se presta un servicio regular de alta frecuencia y de alto atractivo de viajes para los habitantes del lugar (LO QUE ES POSIBLE Y NECESARIO).
Ahora voy al sarcasmo y sin disculpas.
Queridos expertos ferroviarios, inmobiliarios, transporteros y otras yerbas con los que algunos desubicados nos cruzamos en 1989, 90 y 91 en referencia a la recuperación "DEL RAMAL DEL BAJO" (Para los habitantes del País Real más allá de la General Paz, el que ahora llaman Tren de la Costa): ¿Se acuerdan cuando les decíamos que era una locura recuperar la línea para transitar con, apenas, un coche motor diminuto cada dos horas? ¿Se acuerdan cuando les decíamos que no debería ser un adorno de la explotación inmobiliaria pues podría ser lo que más valor le daría a esos inmuebles si lo explotaban como un verdadero servicio de transporte público? ¿Se acuerdan cuando les decíamos que deberían prever la continuidad futura de los trenes eléctricos del Mitre porque lo de ustedes sería un éxito y les iba a convenir que el Mitre volviera a llegar "al Bajo"?
¿Se acuerdan cuando les dijimos que estaban locos al cambiar la trocha del ramal a "trocha standard" porque aislaban definitivamente a la línea Mitre y no lo iban a aprovechar en el futuro? ¿Se acuerdan cuando les dijimos que se estaban equivocando en no proyectar al TREN DE LA COSTA como un servicio de transporte? Claro, vuestra inteligencia y la del Estado era superior a todos los Universitarios, Profesionales, Especialistas y otras yerbas que, ESTANDO DE ACUERDO CON EL PROYECTO INMOBILIARIO, no coincidíamos con el de "ascensor horizontal de lujo" PORQUE SE QUEDABA MUY CORTO EN OBJETIVOS.
Bien, ahora, pasado tanto tiempo y habiendo tanta realidad encima nuestro, y digo nuestro porque yo, desde Bahía Blanca deberé pagar también parte del subsidio para ese mal-armado Tranvía verdoso, NO LES PARECE QUE DEBERÍAN SALIR A PEDIR DISCULPAS? ¿No les parece que deberían salir a contar la mala experiencia que es CAMBIAR LA TROCHA DE UN SISTEMA DENTRO DE SÍ MISMO? ¿No les parece que tendrían que contarle al País que se pierde mucha plata al separar el transporte de lujo del de personas? Ahora que proponen unir el Tren de la Costa al Mitre y que no se puede por el cambio de trocha, no les parecería bueno pensar el transporte para todos y así sí poner algo de lujo encima de lo que es muy rentable para que todos ganemos?
Ahora bien, ustedes, contemporáneos de Puerto Madero, no les parece que deberían contar todo lo que perdieron cuando fueron cerrando locales a lo largo del Tren de la Costa porque la gente se aburrió de viajar para mirar y se perdieron todos los pasajeros de todos los días que hubieran cotizado de lujo SIEMPRE a todos los inmuebles de la línea?
Me niego a que les paguen subsidio sin equilibrar las cuentas con el resto del emprendimiento, pero sí estoy de acuerdo que les paguen si hace falta ante un verdadero transporte público y a condición de que publiquen un libro de cómo se equivocaron en todo esto (Y por Internet y sin costo para nadie).



*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
Ingeniero White – Pcia de Buenos Aires – 9 de Mayo de 2008






"BOLIVIA: POR DEBAJO DE LA FICCION"*


Es el título que he asignado a esta comunicación cuya redaccion he finalizado el dia 9 de mayo de 2008 y que tiene la pretensión, de brindar un esbozo tentativo de contexto para acercarse al acontecer boliviano. La misma esta disponible en el vínculo:
http://members.tripod.com/choloar/BOLI_FICCION2008A.htm
Agradezco la atención que se le pueda dar a la presente


*Alfredo Armando Aguirre. choloar@rocketmail.com

http://choloar.tripod.com/choloar.html








*

Apreciadas amigas, queridos amigos,


El número 83 de nuestro Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL “Estrella Errante”, edición Abril/Junio/2008, puede ser ya consultado en nuestra página de internet www.euroyage.com en el link:

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CONTENIDO:
Poemario: Poemas. Mario Markus
Ensayo: Tomás Carrasquilla. Harold Alvarado Tenorio
Narrativa: Los eunucos inmortales. Oswaldo Reynoso
Austria: Poemas. Peter Paul Wiplinger

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jueves, mayo 08, 2008

Y LAS PALABRAS SE ME ATRAVESARON EN LA GARGANTA...


I*



Algunos pensarán que es el ensueño
que agita sus alas endiabladas / pero
yo tuve otro cielo
No era un cielo de azules ondulantes
ni de ojos amarillos
ni de nubes
era un cielo amasado
con siglos de silencio
un amasijo de noches
ardiendo en el osario
de una cripta milenaria / dulce atrocidad
de lo imperfecto
húmedo aliento de la sombra
pavoroso amor / exacerbado
candor de lo siniestro.
Yo tuve otro cielo
no este / azul / marítimo / impecable
con sus estrellas que brillan a lo lejos
sino un caos de voces encendidas / soplando
desde el fondo de los vientos
alarido de imágenes
que vuelven
desde la hondura / infinita
de los tiempos.
Si / yo tuve otro cielo
no esta pesadilla que entumece los huesos
sino una boca abierta
al beso
tormentoso
de lo negro.



*© Dante Schettini. dante.sch@gmail.com

-El otro cielo. Buenos Aires, 19 de julio de 1991.
-Fuente: http://elmutante-elotrocielo.blogspot.com/







Y LAS PALABRAS SE ME ATRAVESARON EN LA GARGANTA...






Crónicas del Hombre Alto (nº 40)




VEINTICUATRO MINUTOS DE SILENCIO*



"Un cortado", contesto y, apenas el mozo se aleja, vuelvo a abstraerme del bullicio del bar en el que me he refugiado huyendo de la lluvia. Me concentro de nuevo en el paisaje de la calle, en el vaivén nervioso de los transeúntes que, enmarcados fugazmente por los enormes ventanales, realizan apresuradas maniobras para evitar los efectos del súbito temporal que ha agrisado la mañana.
El estrépito de una taza al romperse contra el suelo en el otro extremo del salón me lleva a desviar la mirada por unos segundos hacia el interior del bar. Al hacerlo, mis ojos chocan en forma imprevista contra una pareja que está sentada en una mesa cercana a la mía. Me asombra verla, o más bien comprobar con tardía lucidez que ya estaba allí cuando llegué. Mis ojos miopes me tienen acostumbrado a jugarretas sensoriales de este tipo; sin embargo, intuyo de inmediato que aquí hay algo más, algo que excede mis dificultades visuales. Porque si bien es cierto que no había visto a la pareja, no menos cierto es que tampoco la había escuchado. Sí, esa es la cuestión: no los he escuchado hablar. Por reflejo, miro mi reloj. Calculo que debe hacer unos cinco minutos que estoy aquí. Cinco minutos durante los cuales ese hombre y esa mujer no han emitido un sólo sonido.
El mozo me trae el café. Le echo azúcar, lo revuelvo, bebo un sorbo.
Miro de nuevo hacia la calle pero no logro desentenderme de mis vecinos. Me pongo entonces a observarlos con discreción. Él está recostado levemente en el respaldo de su asiento. Ella, en cambio está apenas inclinada hacia adelante, las manos sobre la mesa, a ambos lados de su taza. Los dos están
mirando hacia afuera, a través del ventanal. Tienen toda la apariencia de esas parejas que salen los sábados por la mañana a pasear por el centro.
Treintañeros, estimo.
Termino mi café y miro la hora: siete minutos. No hay caso; la pareja no pronuncia siquiera monosílabos. Me viene a la memoria una película argentina con Pepe Soriano que vi en mi adolescencia, más concretamente una escena terrible en la que el matrimonio está cenando en medio de un silencio
tan exasperante que se vuelve casi una presencia más en la mesa. Recuerdo haberme quedado azorado, preguntándome cómo una pareja podía llegar a semejante grado de descomposición. Pienso también en un cuento mío (que al final nunca terminé de escribir) en el que la protagonista decide separarse la noche que va a cenar con su marido y descubre que, si no conversan entre ellos como lo hacen las otras parejas que están en el restaurante, es sencillamente porque ya no tienen nada que decirse.
Abandono las digresiones cinematográfico-literarias y regreso al ahora: doce minutos. Trato de imaginar el porqué de ese silencio tan desolador. Podría pensarse que los abruma un problema tremendo; quizás la existencia de un familiar enfermo, o la noticia reciente de una tragedia que los golpeó muy cerca. Pero no. No es preocupación ni tristeza lo que emana de esos rostros. Tampoco dolor. Podría pensarse entonces que están peleados.
Tal vez discutieron un rato antes de que yo me sentara a dos metros de ellos. O tal vez se están reencontrando después de una discusión para reconciliarse y han descubierto que no podrán hacerlo. Pero no, tampoco es enojo lo que revelan esas facciones imperturbables. Es tedio, un profundísimo, insondable tedio.
Quince minutos. Entiendo que no tienen ninguna obligación de hablar (no soy yo precisamente la persona más indicada para cuestionar la escasa locuacidad ajena). Pero se nota que están desinteresados el uno del otro, que no disfrutan de su mutua compañía. No se toman las manos, ni se sonríen.
Su silencio, entonces, no queda redimido por el goce callado de ver llover juntos.
Diecisiete minutos. Recuerdo un caso similar del que también me tocó ser testigo involuntario. Era otro bar, otra ciudad, y era de noche. En la mesa contigua había una pareja que casi no hablaba. El hombre estaba entretenido mirando un teléfono celular presumiblemente nuevo y se limitaba a hacer cada tanto algún comentario sobre las virtudes del aparato. La mujer le contestaba con desgano, ostensiblemente aburrida. Recuerdo que, en un momento dado, ella levantó los ojos y se encontró con los míos. Debió haber adivinado que me parecía atractiva, porque desde ese mismo instante empezó a
desplegar los gestos propios del coqueteo inconsciente: juguetear entre los dedos con el colgante que adornaba su garganta, retorcerse la punta de los cabellos como al descuido, acomodarse la melena con un movimiento suave de la cabeza. Cada tanto se volvía con disimulo hacia mí; era evidente que clamaba por una mirada masculina que la devolviera a su condición de mujer deseable. No parece, sin embargo, el caso de la pareja que tengo ahora cerca de mí. No se miran entre ellos, pero tampoco miran a nadie.
Diecinueve minutos. Conozco parejas que, de tan sociables, dan la impresión de no querer estar a solas el uno con el otro. Es como si necesitaran imperiosamente la presencia de los demás para no hastiarse, para no tener que afrontar el riesgo de un encuentro sin máscaras. Me pregunto si será ésta una de ellas, y la verdad es que me cuesta imaginarlos charlando animadamente con alguien, o riéndose a carcajadas en medio de un grupo de amigos. Hay un aura de inocultable fastidio con la vida o consigo mismos que ronda sobre sus cuerpos inmóviles.
Veintidós minutos. La lluvia ha cesado. Los paraguas se cierran y la peatonal recobra el aspecto que presentaba media hora atrás. Llamo al mozo.
La pareja, no. ¿Entonces no entraron, como yo, para guarecerse del diluvio?
El tomar algo en un bar, ¿formará también parte de sus salidas? Parecen estar allí sin la más mínima convicción, sin saber muy bien el motivo.
Quizás sea esta su rutina de todos los sábados por la mañana pero, en ese caso, ¿por qué la reiteran? ¿Qué invisible pero inflexible mandato los obliga a cumplirla, si es evidente que no la disfrutan?
Pago. El mozo comenta risueño algo acerca del clima y se va. Miro mi reloj: han pasado veinticuatro minutos. Espío por última vez a mis vecinos.
Por un momento, especulo con la caprichosa posibilidad de esgrimir una excusa endeble sólo para hablarles y poder oir sus voces. El pudor me obliga a desechar la idea de inmediato. Me pongo de pie, paso junto a ellos. Salgo.
Frente a la puerta del bar, un hombre cruza la calle de manera imprudente y el conductor que casi lo atropella le dedica una reprimenda soez. El peatón retruca el insulto y sigue su camino como si nada.
Comienzo a remontar la peatonal, sintiendo que me sumerjo lentamente en un mar surcado por otras, muchas, infinitas, irreparables variantes de la incomunicación.




*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar







La nueva vida*




Ya no pudo aguantar más. Vivir de esa manera no era para él, por lo que tomó la decisión de cambiar de vida.

Fue al altillo y sacó dos enormes maletas de cuero que había usado en contadas ocasiones y las abrió sobre la cama. Con parsimonia, pero con decisión, como si se tratara de un rito, fue metiendo en ellas todas aquellas cosas a las que había otorgado algún significado. Lo querido, los recuerdos, lo imprescindible. Una vez llenas, las cerró preguntándose por qué las maletas siempre quedaban pequeñas.

Tomó una con cada mano y bajó la escalera. Una vez en la acera paró un taxi. "A la Estación Central" dijo y contempló el paisaje que iba pasando a su lado como intentando gravar en su memoria cada una de las calles, plazas y fuentes que iban sucediendo por la ventanilla del vehículo.

Cuando llegó a la estación se dirigió directamente al andén 4. El tren estaba detenido engullendo personas y equipajes. Se acercó a la puerta del séptimo vagón, lanzó las dos maletas dentro y dando media vuelta regresó a su casa a vivir su nueva vida.



*Joan Mateu. joan@cimat.es









LA OCTAVA MARAVILLA*



*De Vlady Kociancich.



11



Durante algunos años fui correctamente feliz.
Mi doble personalidad de escritor y abogado me permitía zafarme de las trampas que ya sólo por hábito colocaban los otros a mi paso. Cuando mi jefe en el estudio jurídico preguntaba por qué razón no ambicionaba un puesto más brillante, yo sonreía melancólicamente, extraía mi cédula de identidad literaria. Cuando la familia y los amigos me pedían noticias de la obra, declaraba que la creación es un proceso lento y solitario, les recordaba mi necesidad de ganarme la vida, de respetar el horario de Tribunales.
Me casé con Victoria. Compramos esta casa. Cómo olvidar el día en que la visitamos.
Llovía a cántaros. Victoria, impaciente, sin quitarse el impermeable rojo, con el pelo tan negro, las mejillas húmedas de lluvia, un suéter celeste y el verde de sus ojos más verde que nunca, aleteaba como una diminuta ave del paraíso por aquellas habitaciones sombrías que olían a tierra mojada.
apenas entramos, le dije:
-Es muy grande para dos personas.
-Traje la plata de la seña -contestó riendo y sin mirarme.
-Una oportunidad única -se apuró a decir el vendedor. Era un hombre de unos cincuenta años, enorme y panzón, de cara redonda y bonachona, entristecida por un violento resfrío. Los estornudos y la necesidad de mostrarse jovial para vendernos el departamento lo obligaban a una serie de piruetas grotescas que me habrían divertido mucho si no hubiera sentido pena por él y algo de miedo de que me contagiara la gripe.
-El precio es una ganga. Cinco dormitorios, dos baños, cocina, sala, vestíbulo.
Y abría la boca en una sonrisa gigantesca, cuadraba los hombros, sacaba panza, señalaba esas ruinas oscuras.
-Espacio, luz, buena ubicación y...
Y un desgarrador estornudo. La bocaza invertía su curva, gemía, la mano buscaba el pañuelo, se limpiaba la nariz, doblaba el pañuelo, mientras los ojos lacrimosos lo miraban con infinita tristeza antes de guardarlo en el bolsillo, luego se posaban en nosotros dos, cargados de llanto enfermo y congoja.
Esos cambios de expresión eran tan rápidos y diestros, que desde ese día hasta que firmamos el boleto de compra, lo llamé Las Dos Carátulas.
Las Dos Carátulas insístia:
-No se va a arrepentir, joven. Por supuesto, hay que ponerle unos pesos encima. O sea, una manito de albañilería, un toque de plomería, un llamado al carpintero, alguna pincelada acá y allá. Pero dónde va a conseguir un departamento en pleno centro, o sea, con semejante capacidad habitacional, al precio que se pide.
-Me parece muy grande -repetí.
-No es tan grande -dijo Victoria- si pensamos en tener chicos. Vos necesitás una pieza para escribir la novela, también. Y mucha tranquilidad.
-Ah -exclamó la Comedia-, si es por tranquilidad, le firmamos una garantía. Los vecinos son gente mayor. O sea, viejos al borde de la tumba. ¿Las ventajas? Punto número uno: el anciano tipo cuida el centavo, o sea, que no los van a arruinar con las expensas. Punto número dos: con la edad disminuye la capacidad auditiva. O sea, ustedes ponen música, y los viejos como si nada. O sea, tienen el saludo asegurado para la mañana siguiente. Punto número tres...
-Igual ya la compramos -lo interrumpió Victoria.
Y me sonrió.
-Yo sé cómo va a quedar, cuando se limpie y se arregle y todo eso. Hermosa.
-O sea, que nos va a llevar unos cuantos meses y unos cuantos pesos -suspiré, echando un vistazo al largo canal del pasillo, a las puertas y más puertas, que exigían reparación con alaridos.
-Tenemos la vida por delante -dijo Victoria.
Me tomó del brazo y empezó a arrastrarme en dirección a las piezas del fondo. Las Dos Carátulas estornudó, sacó el pañuelo, se sacudió de pies a cabeza, quiso hablar, no le salió la voz. Encorvado, temblando, dijo que nos esperaría en el vestíbulo.
El brillante impermeable rojo de Victoria flotaba delante de mí por el pasillo en sombras. Lo seguí, extendiendo los brazos como un sonámbulo, hacia una oscuridad aún más gruesa en la que entramos, Victoria rectamente, yo en zig-zag. Choqué contra el marco de la puerta.
-¿No hay luz?
-Arruina el efecto. Vos cerrás los ojos y los abrís cuando te diga.
Sus pasos se alejaron. Oí un ruido de metales oxidados, luego el estrépito de la lluvia.
-Ahora -dijo.
Abrí los ojos.
Una luz de plata sucia, cribada por la lluvia, iluminaba a mi mujer. Si no hubiera estado enamorado de ella, me habría enamorado entonces. La alegría y el orgullo la encendían como una antorcha en la costa desolada de ese cuarto sombrío. Un brazo rojo señalaba al balcón. Yo la miraba a ela. Sentí que en Victoria convergían todos los fuegos: el de un faro en la bruma, el de una aldea en plena jungla, el de una tienda en el desierto, el de una cabaña en la nieve, el de una estufa de gas en una casa de Buenos Aires, de este hombre, de esta mujer y de sus hijos. Victoria, Victoria, yo te amaba.
-Mirá, Alberto.
Ahí estaba lo que justificaba -mucho más que los ciento treinta metros cuadrados, más que la ubicación privilegiada, que los vecinos sordos- la inteligencia de su decisión. Había un jardín.
Un jardín encerrado entre paredes de cemento. Pero a pesar de la lluvia era el lujo inesperado, en este barrio de veredas sórdidas y conventillos siniestros, de un jazmín del país, una hiedra, un cerezo, una estrella federal, un hibiscus y, emergiendo lánguida y firme de un rectángulo de gramilla, una palmera.
-¿Te das cuenta? ¡Un jardín con palmera!
Y se echó en mis brazos.
-Pero Victoria, estás llorando.
-Estoy llorando de felicidad. Debe ser el jardín. Debe ser por el jardín con palmera. No lloro más, ves, no lloro.
Y no lloraba. Los ojos verdes resplandecían ahora. Tenía esa facilidad para pasar de una emoción a otra, que yo envidiaba por que me costaba seguirla. Todavía la consolaba, preocupado y triste, cuando me ordenó, riéndose:
-Ahora me medís bien esas ventanas. Te traje el metro.
¿Tenés donde anotar? ¿Dónde está el vendedor? Seguro que nos puede dar un plano. Ya vengo. Apurate.
Y desapareció. Con el metro que Victoria me había puesto en la mano, me acerqué al balcón.
Victoria tenía razón. El jardín era tan raro como hermoso. Jazmines, hiedras, cerezos, son comunes. Tampoco hay nada curioso en una palmera. Lo raro era verla ahí, entre esos muros grises. La belleza del jardín conmovía porque era obra de la misteriosa perseverancia de los vegetales contra el cemento, la estrechez y la falta de cuidado. Con una terquedad casi humana, el viejo jazmín, la rosa china, la hiedra, trepaban buscando la luz.
Miraba la palmera de Victoria -no alta y esbelta, como se la adjetiva inevitablemente sino desgarbada, ásper, mutante geométrica si la comparo con el roble, el fresno, el álamo, los árboles que a mí me gustan- cuando oí el gemido.
Era una larga, sostenida queja de labios cerrados. Un lamento de sonido puro, sin vocal, sin aire. Me incliné sobre la baranda del balcón. El jardín estaba desierto.
Apenas me asomé, empezó a llover de nuevo, con furia. Una catarata de agua se volcaba sobre el jardín. Durante unos segundos el temporal me impidió oír otro ruido que el de los golpes asestados a persianas abiertas, las plantas flageladas por el viento. Luego, otra vez el grito.
Alguien se lamentaba en algún lugar del edificio. No era llanto ni alarido. Era una interminable ene que viboreaba, como una cinta de dolor, en el hueco abierto entre el jardín y el cielo.
Nacía en un punto invisible, se extendía, se entrelazaba con la hiedra, trepaba la palmera hasta perderse allá en lo alto, y luego reemprendía el camino sinuoso, aterrador en busca de la casa. Una marcha que expresaba, desconsoladamente, todo el dolor del mundo.
Pensé en un cuerpo retorciéndose en una cama, la boca y los ojos sellados. pensé en un cuerpo doblado sobre unamesa, la cabeza escondida en el pecho. Pensé en un cuerpo de pie y contra la pared, aplastándose contra ella, tratando inútilmente de sofocar el grito. No podía decir si ese grito provenía de un hombre o de una mujer. pero no dudé que fuera de soledad y de locura, de impotencia y de horror.
Cuando por fin cesó, me sentí como si despertara de un sueño. Seguía asomado al balcón, tenía las manos aferradas a la reja, medio cuerpo bajo la lluvia. A pesar del frío, estaba acalorado de miedo. El grito no se repitió. me sequé torpemente con el pañuelo, cerré las persianas y fuí en busca de Victoria.
Ni Victoria ni el vendedor habían oído el grito. Los dos me miraron con asombro. Victoria habló de mi imaginación, dijo que yo escribía novelas. las Dos Carátulas temía un regateo. No insistí.
La casa le gustaba a Victoria y se había enamorado de la palmera. A mí, una vez que transigí en mudarnos de Villa del Parque y vivir en el centro, me daba lo mismo. Me pareció infantil asustarme de un grito. E hice bien en disimular mi temor supersticioso, porque como todas las supersticiones, murió de muerte natural en los días felices que siguieron a aquel día de lluvia, a aquel gemido, a aquella casa deprimente. Victoria tenía razón. Los obreros, los muebles, las cortinas, las flores en los balcones, los libros en los estantes, mi estudio, el color de las telas nuevas, la pulcritud doméstica, convirtieron el páramo que compramos en un hogar cálido y hermoso, admirado por la familia, envidiado por los amigos.
En relativamente poco tiempo, Victoria, enérgica y hábil, completó el cuadro que me había pintado. Sólo dos pequeños detalles borraría del diseño original: no quiso tener hijos y la única vez que volvió a mencionar la palmera se rió de su cursilería.
En cuanto al grito que oí entonces, se repite de tanto en tanto, sobre todo en verano, cuando dejan las ventanas abiertas, y me acongoja menos. Es el lamento de un pobre muchacho enloquecido, a quien ni la familia, ni los médicos, ni el sanatorio donde pasa largas temporadas, pueden arrancar del viaje en círculos emprendido hace años.
Un día, el portero me lo señaló. Venía caminando desde el jardín, apoyado en el brazo de una anciana. Es un hombre joven, de cabello castaño y ojos hermosos y muy tristes, alto, delgado, pero con el paso aplomado y flexible de un jugador de tenis. La mujer, baja y rechoncha, muy fea, de cara decidida y amarga, es la única muestra de su enfermedad. La mano del muchacho se aferra al brazo de ella, se deja guiar como un ciego: Viste bien, aunque su ropa tiene algo vagamente pasado de moda, difícil de precisar, una elegancia extranjera, propia de los reclusos, de los enfermos crónicos. El portero me dijo, con su habitual indignación:
-Ahí como lo ve, es un loco orgulloso. No se da con nadie.
Involuntariamente, lo miré cuando pasó a mi lado. El también me miró. La serenidad que había en esos ojos encarcelados me desconcertó. Yo esperaba el reflejo vidrioso de la locura, una crispación muscular en la cara, una boca sin forma. Nunca la sonrisa que, a pesar de la sombra d su irremediable prisión, como el agua que rodea a una isla, era derecha y lúcida. Nunca la cortesía con que inclinó la cabeza y dijo:
-Buenos días, señor.
Quise responder al saludo y las palabras se me atravesaron en la garganta.




*Fragmento de La Octava Maravilla. Seix Barral. Biblioteca Breve-






*

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domingo, mayo 04, 2008

DE LOS HECHOS PUROS Y SIMPLES Y SUS RELATOS AÑADIDOS...


El Beso*



¿Que cómo fue? Todos los ángeles bajaron del cielo con el primer beso. Sentí que lo había logrado, que por fin era mía. Nos abrazamos apasionadamente, como liberando todo el ardor que habíamos retenido hasta llegar a aquel momento. Nos faltaba el aire. Despacio fuimos acercándonos a la cama sin soltarnos, como si el hecho de hacerlo hubiera podido romper el instante. Caí de espaldas sobre la colcha con ella sobre mi, abrazada y apretándose contra mi cuerpo. Sus manos acariciaron mi pecho, sus labios rozaron mi cuello y sentí que la excitación de ella crecía increíblemente. Sólo entonces me di cuenta de mi maldito error, maldito para siempre. El primer mordisco fue doloroso. El segundo desgarrador.



*Joan Mateu. joan@cimat.es






DE LOS HECHOS PUROS Y SIMPLES Y SUS RELATOS AÑADIDOS...






BENDÍGAME PADRE*



El escritor estaba con un grupo de adolescentes en un local, llevando adelante el taller literario. Sentados en círculo, leía una de las chicas una poesía que todos escuchaban; algunos con atención, otros ya con el temblor de saber que serían los próximos en exponerse.
La puerta que daba a la calle estaba entornada, un hombre la abrió y asomó la cabeza. Hacía un rato que miraba hacia adentro por una ventana, pero fue cuando asomó la cabeza que lo vieron.
Era un borracho. Sucio, descalzo, llevaba una botella de plástico en una mano y en la otra una bolsa negra que arrastraba por el suelo. Aferrado al marco de la puerta, oscilaba levemente con una mirada inquisitiva en los ojos semiocultos bajo el desorden de guedejas entrecanas.
Alfredo se puso de pie y se acercó con calma a la puerta. Era un hombre alto, de pulcra barba recortada, pantalones pinzados y camisa abrochada hasta el último botón.
“Bendígame Padre” le dijo el borracho.
Alfredo no era hombre de burlarse de nadie, menos de un pobre linyera que venía a pedir redención aunque fuese a la persona equivocada.
Con su paciencia habitual, Alfredo le explicó que ese era un taller literario, que él era un escritor conduciendo a un grupo de alumnos, que no era sacerdote, ni lo había sido, ni era su intención ordenarse. Pero una y otra vez, tozudamente, el borracho renovaba su pedido “Bendígame Padre”, añadiendo un tono de urgencia y súplica creciente.
La situación se alargaba demasiado, el escritor comenzó a notar las carcajadas contenidas de algún chico, y esto lo hizo sentir incómodo. Para terminar con el episodio, hizo la señal de la cruz en el aire con la mano derecha, bendijo al pobre hombre y le dijo que ya podía retirarse.
Satisfecho, el borracho agradeció y se fue tan silenciosamente como había llegado.
Quedó la anécdota para el recuerdo y para bromear con Alfredo, que se ríe de lo sucedido el día de la falsa bendición de los beodos.
Como sea, la gente no se conforma con los hechos puros y simples, se dan a las hipótesis descabelladas y los relatos añadidos.
Cuentan que ese borracho siempre estaba por el barrio, pidiendo algo de dinero para la bebida o la escasa comida, y que todos los vecinos lo conocían, pero que desde aquella vez nadie lo volvió a ver. Dicen, y no se si será cierto, pero dicen que no bebió más, volvió con su familia que era de Sauce Viejo, retomó el trabajo de pescador, y que lleva una vida decente.
Este tipo de leyenda se crea con facilidad y se propaga.
Cuentan, también, que en tono jocoso los amigos de Alfredo le piden la bendición cuando la desgracia asoma la cabeza por la puerta entornada. Es en broma, claro, que piden a Alfredo que trace la señal de la cruz como espanto de pestes y malos presagios.
Alfredo se presta al chiste, levanta la mano de dedos larguísimos, dibuja el signo invisible, todos nos reímos. Pero funciona.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com









Domingo, 04 de Mayo de 2008
Test de inteligencia*



*Por Ernesto Tenembaum


Cierta gente bien intencionada, sagaz y progresista cree sinceramente en el "relato" del oficialismo, según el cual lo que ha ocurrido en la Argentina en estos últimos dos meses es una reedición de un viejo conflicto entre un gobierno popular que pretende distribuir la riqueza y los sectores del privilegio que, ante tal amenaza, intentan derrocarlo o, al menos, debilitarlo. Es una percepción posible, como tantas otras. Por momentos, llama la atención el tono apodíctico con que se la proclama, tan típico de estos tiempos: como si tal cosa fuera un obviedad que no requiere demostración. Para que esta visión tenga algún tipo de asidero, de vínculo con la realidad, debería sobrevivir al test que se propone en los párrafos que siguen. Son sólo diez preguntas que se responden por sí o por no. En caso de que seis de ellas obtengan una respuesta positiva inmediata, esa percepción -la del conflicto entre el gobierno popular y la oligarquía golpista- puede ser confirmada. En caso de que las respuestas positivas no
superen la mitad, entonces habrá que rever esa percepción y, con ella, gran parte de las conductas y juicios que surgen de ella.
Una mera cuestión matemática.
A saber:
1
¿Sabía el Gobierno sobre qué universo aplicaba las retenciones móviles, es decir, si eran todos piquetes de la abundancia, como se dijo al principio, o en el medio había, digamos, grosso modo, un pequeño ochenta por ciento de productores que sólo poseen el 20 por ciento de la tierra, como dijo después
la misma Presidenta?
2
¿Conocía el Gobierno cuál era la rentabilidad real de todos los productores, discriminados por zona, producto y extensión de la tierra antes de aplicar las retenciones móviles?
3
¿Aplicó en estos cinco años el Gobierno una -al menos una- medida para defender a los pequeños y medianos productores frente a las multinacionales exportadoras o a los grandes intermediarios?
4
¿Hubo alguna medida en todos estos años -al menos una- para evitar que el control de precios sobre la carne y la leche empujara a muchos productores a correrse hacia la soja?
5
¿Se pensó seriamente cómo impulsar el desarrollo ganadero y lácteo -dados los excelentes precios internacionales de esos productos- al tiempo que se controlaban los precios internos?
6
¿Se aplicó alguna medida -al menos una- para distribuir mejor la propiedad de la tierra?
7
¿Contempló el Gobierno previo a las medidas el aumento de los fletes, los agroquímicos y las semillas?
8
¿Hay una política integral para el sector agropecuario, que exceda el sostenimiento del dólar alto para impulsar las exportaciones y las retenciones para recaudar y contener los precios internos?
9
¿Agotó el Gobierno todas las instancias de diálogo, es decir, de ejercicio de la acción política para tener un diagnóstico sobre cuál podía ser la reacción del sector, y contenerla -en la medida de lo posible- privilegiando alianzas con los más cercanos -que deberían ser los más débiles- para aislar
a los más lejanos?
10
¿Es mala la relación del Gobierno con los sectores más concentrados del campo, léase el grupo Irsa -uno de los mayores terratenientes de la provincia de Buenos Aires, que le presta a Néstor Kirchner sus oficinas de Puerto Madero-, o Aceitera General Deheza -uno de los mayores terratenientes de Córdoba, cuyo titular es senador nacional por el kirchnerismo y tenía un hombre propio repartiendo los subsidios de los que era beneficiario-, o Eduardo Eurnekian -uno de los principales terratenientes del Chaco, que
periódicamente le presta su avión privado a los Kirchner-?
Uno puede no querer pensar y está en todo su derecho. Al fin y al cabo, no hay por qué complicarse la vida. Los buenos son buenos siempre, los malos son malos siempre. Es cómodo. Gran parte de la historia del pensamiento humano está marcada por el refugio en la comodidad, y el progresismo no ha sido, en general, la excepción, sino todo lo contrario. Pero si alguien tiene interés en cuestionar los propios preconceptos, debe hacerse esas preguntas y apelar a la matemática. Si la respuesta a la mayoría de
ellas -si no a todas- es negativa, o dudosa, entonces, más allá de la complejidad de lo ocurrido en marzo y de la cantidad de actores que se acumularon de un lado y del otro, lo cierto es que el origen del conflicto fue una serie de malas medidas de Gobierno, la última de las cuales fue la aplicación de las retenciones móviles.
Es decir: no fue una reacción frente al legítimo intento de un gobierno popular de afectar intereses concentrados, sino frente a una mala medida. El Gobierno tiró al voleo, afectó a sectores relativamente débiles, que ya venían siendo golpeados, y éstos reaccionaron: el conflicto estalló por la reacción del ochenta por ciento que tiene sólo el veinte por ciento de la tierra; sin ellos, no hubiera tenido ninguna legitimidad ni efectividad. Es, simplemente, un Gobierno que, en este caso, gobernó mal y al que le ocurrió lo que, a veces, le pasa a los que hacen mal las cosas: encuentran un límite.
Es difícil percibir otra cosa si uno vuelve al test con que comienza esta nota.
Se equivocó el Gobierno: hasta ellos lo admiten hoy.
Y, entonces, la pulseada con la oligarquía queda más difusa.
La protesta juntó increíblemente a personalidades tan disímiles como Víctor De Gennaro y José Miguens, de la misma manera que la resistencia a Carlos Rovira, en Misiones, juntó al obispo Piña con Ramón Puerta.
Algunos habrán protestado por las mejores razones y otros por las peores.
Pero reducir el episodio -sobre todo cuando la política oficial fue desafortunada- a una reacción golpista y oligárquica, es una estupidez o un mero acto de marketing para esconder lo que realmente pasó (y pasa).
Y si la contradicción "pueblo-oligarquía" no fue el eje que permite interpretar el conflicto, todas las caracterizaciones que devienen de esa idea se tornan vacías -los insultos que, por ejemplo, se derramaron contra la Federación Agraria, los dirigentes regionales, o contra muchos periodistas honestos y valientes que en los años noventa denunciaban al menemismo mientras los K. lo apoyaban, indulto y entrega del petróleo incluidos.
Ahora bien, un intelectual, un lector, un militante, un heladero, pueden refugiarse en conceptos cómodos, disparar contra los generales multimediáticos, repetir mecánicamente que el Gobierno quiere afectar
intereses o distribuir el ingreso, sin necesidad de juntar datos que los fundamenten.
Al fin y al cabo, el aire es gratis.
Cuando lo hace un gobernante, es más peligroso. Si se admite el error, es fácil desandar el camino. Se negocia, se destraba, se arregla lo que se rompió. Y la vida sigue. Tanto margen tiene el Gobierno -es tan buena la situación macroeconómica, tan débil la oposición, hay tanta mayoría parlamentaria-, que no pasaría nada si admitiera alguna equivocación alguna vez. La gente se equivoca, los gobiernos también. Y no pasa nada. Se serenarían los ánimos, la gente volvería a sentir que está viviendo en una época de paz y relativa prosperidad. Y, lentamente, todo volvería a la normalidad. Hasta crecería Cristina en las encuestas. En cambio, la persistencia en el error, en la paranoia, en los preconceptos cristalizados,
fuerza al disparate. Empiezan los gritos, las acusaciones de golpistas, incendiarios, avaros contra los que protestan, se organizan manifestaciones, se señala como enemiga "casi cuasimafiosa" a una caricatura, se emprende una confusa -muy confusa- guerra contra los "generales multimediáticos", se
vuelve a gritar, se pone en acción a Hugo Moyano y se envía a Luis D'Elía a romper una manifestación disidente cuerpo a cuerpo.
Se enrarece el clima y se abre la caja de Pandora, pero no para afectar intereses: porque sí.
Es, otra vez, una cuestión matemática.
Todo gobierno tiene enemigos crueles e impiadosos. Con más razón, entonces, sería aconsejable gobernar bien, no aturdir cuando uno se equivoca, no emprender proyectos extravagantes y multimillonarios sin tomarse el trabajo de explicarlos, no tomar medidas que embloquen -como el respaldo a las patoteadas de D'Elía-, no confundir caricaturas con amenazas cuasimafiosas, no guardar plata negra en los baños, no construir gasoductos con sobreprecios, percibir diferencias cuando las hay entre enemigos y gente que simplemente duda y, sobre todo, si se toman decisiones que afectan a un sector, tener mínima información de lo que ocurre entre los afectados.
Se trata, apenas, de gobernar como corresponde, agredir menos, ser amable, no mentir, aceptar errores, enmendarlos.
Si eso no ocurre, en algún momento -alguna gente cree que ya ha comenzado a ocurrir- la cantilena de la derecha, el golpismo y la oligarquía empezará a cansar hasta a los propios, que lentamente percibirán sus grietas.
Hasta los más cercanos, los que ya se impacientan porque el Gobierno no les dicta claramente lo que tienen que pensar, descubrirán que muchas veces se utiliza la "contradicción pueblo-oligarquía golpista" como un intento de manipulación y una cortina de humo frente a los graves defectos de las políticas oficiales. Y lo peor es que se transformará en un "relato" no creíble, aun cuando en algún caso hipotético haya una real conspiración en marcha.
O quizá no.
Quizá estemos realmente ante un golpe de Estado oligárquico contra el gobierno popular.
¿Qué hace entonces Víctor De Gennaro tan mal parado?
¿Y qué hacen Aceitera Deheza, Omar Viviani, Gerardo Martínez, Aeropuertos, Eskenazi, el Banco Macro, British Petroleum, Martín Redrado, SanCor y Techint del lado de los buenos?
¿Serán las famosas contradicciones del campo popular?
¿No suena hasta un poco gracioso sostener eso?
¿No parece demasiado reñido con las matemáticas?



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-103546-2008-05-04.html







“DEAD MAN”*


Llegar antes que las llamaradas
el tren al oeste

Llegar antes que las risotadas
de este oeste
a mi empleo de contador

Llegar antes que los cazadores de mi cuerpo
[baleado
a la bala en mi cuerpo

Llegar antes que mi orín
al espíritu de mis propias balas
con mi puntería.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
“DEAD MAN” de Jim Jarmusch.






“STARMAN”*


Con la desnudez en el aprendizaje
arrancado a un milagro
el mimo no se extingue:
insemina a su Estrella
y a tu Tierra

¡Apunten sobre el fuego de este reanimador!:
el reencontrado al despertar en criatura y
[oriflama

En cincuenta y cuatro idiomas llegando a
[tiempo
a la estación de reconocernos
no es lastimarte lo que quiero

Y aprende a despedirse el invitado.




*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
“STARMAN” de John Carpenter.








3. CONCURSO DE COMPOSICIÓN
XICóATL „ESTRELLA ERRANTE“




BASES DEL CONCURSO:

ÁREAS:
a. Composición para piano solo
b. Composición para piano y electrónica
c. Composición para piano y trío de cuerdas

v Para todas las áreas deberán ser enviadas seis (6) copias de la partitura (eventualmente 6 cds de la parte electrónica). Los ganadores del concurso se comprometen a enviar los materiales necesarios para la ejecución (particellas, material electrónico) hasta el 31 de diciembre 2008, para poder realizar el concierto en la primavera europea del 2009.
v En relación con los medios electrónicos en caso de una ejecución de la obra, los organizadores ponen a disposición los amplificadores en la sala; la compositora / el compositor deberá poner a disposición los demás materiales necesarios para la audición.
INEDICIÓN: No se permiten obras ya publicadas, premiadas en otros concursos, aceptadas para un estreno o ya ejecutadas públicamente.
TEMA: Las composiciones deberán tener base o nexos con la música latinoamericana clásica o experimental.
DURACIÓN DE LA OBRA: Cada obra enviada podrá tener una duración máxima de 20 minutos.
ANEXOS: Adjuntar una breve nota explicando el origen, fuentes, técnicas utilizadas, nexo con la(s) cultura(s) latinoamericana(s) u otras descripciones de la obra de máximo una página. Este texto será usado como nota de programa.

ENVÍO: Enviar SEIS EJEMPLARES de la obra y de la nota explicativa utilizando pseudónimo o palabra clave. En sobre cerrado anexo remitir los datos personales (dirección, fax, teléfono, e-mail, foto de ser posible) y un breve curriculum vitae.

Alternativamente se puede enviar la partitura y demás anexos solicitados (en archivos separados) en formato PDF por correo electrónico a la dirección: euroyage@yahoo.de . La parte electrónica de la obra, en formato WMA o MP3 y máximo 99 MB, debe ser subida (upload) en la página www.rapidshare.com. En el e-mail de participación se debe indicar el link correspondiente donde puede ser descargado (download) tal archivo.

Fecha límite para el envío de los trabajos: 30 de Agosto del 2008.
Las obras premiadas serán estrenadas en la primavera europea del 2009 en Salzburgo. No se retornarán las copias enviadas por los participantes.

PREMIOS:
1. PREMIO: 1.500 Euros
2. PREMIO: 1.000 Euros
3. PREMIO: 500 Euros

* Menciones de Honor para los trabajos sobresalientes.

* Los resultados del concurso serán anunciados en el No. 87 del Magazín Cultural Latinoamericano XICóATL (Abril/Junio 2009).

Remitir las copias y anexos solicitados a:
CONCURSO XICóATL
Schießstattstr. 44/9
A-5020 SALZBURG
- AUSTRIA –
o a: euroyage@yahoo.de

más informaciones encontrará en: www.euroyage.com

EL JURADO ESTÁ INTEGRADO POR:
KLAUS AGER (AUSTRIA)
JORGE ANTUNES (BRASIL)
ALICIA TERZIAN (ARGENTINA)
ROLANDO CORI (CHILE)
ORLANDO JACINTO GARCÍA (CUBA)

El 3. Concurso de Composición XICóATL „Estrella Errante“ es posible gracias al auxilio de:
v El Gobierno del Estado de Salzburgo
v La Alcaldía de la Ciudad de Salzburgo
v La Asociación Música en el Museo (MiM)
v La Asociación pro Arte, Ciencia y Cultura Latinoamericanos YAGE


*


Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 4 de mayo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor peruano José de Orejón y Aparicio. Las poesías que leeremos pertenecen a Yamil Díaz Gómez (Cuba) y la música de fondo será de Uakti (Brasil). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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