sábado, febrero 12, 2011

LOS VIENTOS DEL DESTIEMPO VAN LLEGANDO...




*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



Nudos de amor Poemas Des-nudos*


Nudos de libertad y amor, son como dos columnas en andamio, sostienen,
mas no se encuentran nunca.

Cuando la procesión de estrellas
apagaba su brillo
des-nudando la luz
un pájaro cantaba.

Ay, mi pájaro espino,
Des-nudos nos encontró la noche.
Tan des-nudos, amor.
Tan desnudos.
Tan desnuda la tierra, mi sombra fugitiva.
Tu voz y mi mirada.
Tan desnudo mi cántaro escanciado de vino.
Tu boca y mi asombro.
Tan des-nudo mi cuerpo. Des-nudo y desangrado.
Tus trinos. El destiempo.

Canta, pájaro canta,
que el azul malhadado nos anuncia
el exilio del día, del canto
y del amor.

Ay, mi pájaro espino, cuando el dolor lacere, ayer, mañana, nunca.
Me hallarás indefensa desnuda a tu palabra,
a tu canto desnuda.



I
Nudos de Libertad*


Des-nudando tus manos de mi pelo,
cabellera en tristeza despeinada,
los vientos del destiempo van llegando.

La ventisca salada des-nuda de palabras el oído
y devuelve a los pájaros sus trinos
golondrina en invierno, mi cintura
des-nuda de tu abrazo
emigra, felina, rastreando en huellasde agua
Ay, mi pájaro espino.
No cantes, vuelve al monte.
Cuando oscura de adioses veas la luna roja
ayer, mañana, nunca, en silencio o en canto
me hallarás indefensa,
des-nuda, libre y mía.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar










Meditaciones matinales*


V


Aquí, nuevamente, en este incierto mundo. ¿Qué hacemos o debemos hacer en él? Notoria pregunta que no sabemos deshilvanar ni hilvanar la respuesta. Sabemos, no con mayor certeza, que estamos vivos. Que no somos la vida, que pertenecemos a ella. Y obramos al revés. Obramos como dadores de vida. Como que la vida nos pertenece, incluida la del otro.
En estos ciclos, toda la literatura se debate. No importa la altura de quien escriba. Los ciclos aparecen. Ante ellos, nos quedamos ateridos, sin capacidad de respuesta.
Creíamos que habíamos aprendido ciertas lecciones dolorosas de la historia. Pero no. Insistimos en el equívoco. Creíamos que Hitler fue una pesadilla, una mala escritura de la historia, entonces Bosnia, entonces los procesos militares en A.L., entonces África y miles muertos en guerras étnicas, entonces Hiroshima, entonces Nagasaky. Y todo lo que no nombro.
Sin embargo, aquí estamos, escribiendo. Y escribiendo poesía. Como reducto último de un gesto humano. Atreviéndonos a tocar, a acariciar lo vedado para muchos y muchas veces vedado para quien escribe y que, de tanto abrir la puerta para ir a jugar, puede hacerlo.
En eso consiste la tarea. La reiterada y constante tarea. Como profetas anunciamos lo humano, lo bello, el dolor, los estados de felicidad, lo acontecido. Y, a veces, nos pesa. Nos aleja del mundo porque no sabemos cómo decirlo, cómo expresarlo, cómo compartirlo.
Entonces, escribimos.


*De Cacho Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar




*


Ella la que imaginaba barcos imaginarios para salvarnos de la tristeza sabe, recién ahora sabe, que los barcos de sueños también naufragan.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





Juego de letras*



*De Walter Benjamin.


Jamás podremos rescatar del todo lo que olvidamos. Quizás esté bien así. El choque que produciría recuperarlo sería tan destructor que al instante deberíamos dejar de comprender nuestra nostalgia. De otra manera la comprendemos, y tanto mejor, cuando más profundo yace en nosotros lo olvidado. Del mismo modo que la palabra perdida, que acaba de huir de nuestros labios, nos infundiría la elocuencia de Demóstenes, así lo olvidado nos parece pesar por toda la vida vivida que nos promete. Lo que hace molesto y grávido lo olvidado tal vez no sea sino un resto de costumbres perdidas que nos resultan difíciles de recuperar. Quizás sea la mezcla con el polvo de nuestras moradas derrumbadas lo que constituye el secreto por el que pervive. Como quiera que sea, para cada cual existen cosas que forman en él costumbres, unas más duraderas que otras. Por medio de ellas se van desarrollando facultades que serán condicionantes de su existencia. Para la mía propia lo fueron leer y escribir, y por eso, nada de
lo que me ocupaba en mis años mozos evoca mayor nostalgia que el juego de letras. Contenía, en unas pequeñas tablillas, unos caracteres que eran más menudos y también más femeninos que las impresas. Se colocaban, gráciles, sobre un pequeño atril inclinado, cada perfecto, y fijado uno tras otro por las reglas de su Orden, cual es la palabra a la que pertenecían por ser ésta su patrón. Me admiraba cómo podía existir tanta sencillez unida a tan grande majestuosidad. Era un estado de gracia. Y mi mano derecha que, obediente, lo buscaba con empeño, no lo encontraba. Tuvo que quedarse fuera, como el
portero que debe dejar pasar a los elegidos. De esta manera su trato con las letras estaba lleno de resignación. La nostalgia que despierta en mí demuestra cuán estrechamente ligado estaba a mi infancia. Lo que busco realmente es ella misma, toda la infancia, tal y como sabía manejarla la mano que colocaba las letras en el atril, donde se enlazaban las unas con las otras. La mano aún puede soñar el manejo, pero nunca podrá despertar para realizarlo realmente. Así, más de uno soñará en cómo aprendió a andar.
Pero no le sirve de nada. Ahora sabe andar, pero nunca jamás volverá a aprenderlo.

-Fuente: Infancia en Berlin hacia 1900. Alfaguara. 1990.



*

Este libro - objeto esta unido al sentimiento por quien me lo regaló en mano.
Tiene dedicatoria: "A través de Benjamin nos encontraremos, como en radio".
Quedo la fecha escrita para evitar el previsible olvido: 18 - XII - 92.
Y esta la firma indescifrable con muchos rulos, de quien admire por su trabajo, acompañando soledades, difundiendo cultura: Carlos Rodari.
A través de este pequeño texto, que se lea mi recuerdo afectuoso.


*Eduardo F. Coiro inventivasocial@hotmail.com






PAREDES AMPOLLADAS*


*De Beto Casquero. beto_casquero@hotmail.com


Que mejor que escudarse en un barrio para decir algo. En el reflejarse de esos cordones gordos de verdín y agua podrida que ni las nubes devuelven.
En el pronombrarnos "nosotros", cielo e infierno, para correr a dios a gomerazos de rodillas mugrientas. En el adverbiarnos "contra","con". Para jugar a las figuritas con las hojas del diccionario; o ¿"cuando"?, ¿"como"?, para hacer barquitos de papel con el recibo de sueldo del viejo que nunca alcanzaba para llenar la olla. En el adjetivarnos "soñadores" de vuelo efímero, para bajar de las antenas barriletes rebalsados de cañas, engrudo, clarines clasificados y piolines cortos. En el sustantivarnos "atorrantes", para ensayar nuestras absurdas construcciones gramaticales. "Un pretérito de viejas odiosas que devolverán pinchadas nuestras caídas desde el almacigo de goma, tras la verja apuñalada por un juguete colectivo". Que mejor que escudarse en el paredón ampollado de una esquina que exploto de un pelotazo. Y nos dejo esa "tinta roja en el gris del ayer".






PAREDES QUE HABLAN*


*De Marta Díaz Petenatti. martaelenadiaz@hotmail.com


El día cerraba sus ojos. Las sombras comenzaban a aferrarse a todo aquello que ocupaba un lugar.
Juan caminaba con displicencia hacia su casa, disfrutaba de la luz mortecina.
Llegar le causaba angustia. No soportaba estar solo entre esas paredes que las sentía tristes y no podía internalizarlas como suyas.
Llegó a la ciudad para completar sus estudios. Tanta magnificencia lo asombró, comenzando a sentirse solo entre tanta gente.
Esa soledad envolvía sus días, lo asfixiaba hasta producirle un dolor constante que no podía explicar, sólo sentirlo y padecerlo.
Entró, fue hacia la heladera, tomó una botella con agua y siguió hasta el patio. Se sentó y fue como si todo su cuerpo se desmoronara. El cansancio hacía estragos en él.
Bebía de a sorbos saciando en parte su sed. El agua fresca y cristalina le reinauguraba energías. Al mirar hacia arriba sus ojos vieron las primeras estrellas. Tuvo un momento de plenitud espiritual donde el silencio, el infinito y él eran los protagonistas.
Se recostó apoyándose en la pared, fue perdiendo noción del tiempo cuando una voz visiblemente contrariada lo increpó diciéndole:
_¡ No te apoyes!, ¿no ves que me lastimás?
_¡Perdón!_ dijo tímidamente_ no sabía que te molestara.
_¡Claro, nadie sabe nada. nunca! ¿Sabés lo que es aguantar las cabezas apoyadas en mí desde que nací? Y el motivo es siempre el mismo: están tristes, borrachos, delirantes, desahuciados. Muy pocos están alegres, eso hace que mis energías estén siempre alertas para padecer, escuchar, contener.
_¡Nunca imaginé que tuvieras sensibilidad!
_¡Claro que la tengo. y mucha! Todos estos años he conocido muchas realidades, he sido partícipe de amores nuevos, rencores viejos, desilusiones, pasiones, peleas, y todo aquello que la vida regala a personas como vos que no saben cómo manejar sus problemas.
Viven lamentándose sin saber aprovechar lo que la vida les brinda. En lugar de amar, odian; no ríen por llorar; son soberbios debiendo ser humildes, pero especialmente nunca están conformes con lo que tienen, y en lugar de mejorar copian, imitan, envidian. La mediocridad es una de sus mayores defectos.
_¡Hablas con tanta convicción!, me cuesta creer en tu sapiencia pero veo la realidad de todo lo que decís y me estás haciendo pensar en ello.
_¿Aún tenés que pensar? En lugar de pensar ponete alegre, alejá de vos la tristeza y agradecé que estás solo porque sos uno de los elegidos que pueden estudiar aunque debas pagar el precio con soledad, sacrificio, adrenalina, pero que el resultado es el objetivo logrado, la convicción de que uno es capaz y puede, que los sacrificios valieron la pena y que se debe agradecer por las oportunidades y por las aptitudes que nos dio la vida. Más no voy a decirte, analizalo vos.
El maullido de un gato hizo que se despertara sobresaltado. Al abrir los ojos, sintió seca la boca. Extendió el brazo para tomar la botella de agua y ahí mismo se dio cuenta de que su tristeza y angustia habían desaparecido.
Recordó lo sucedido y pensó que evidentemente había soñado, ¡pero le había hecho tanto bien! ¡qué diferente veía su vida ahora!
Se levantó presuroso a buscar los libros. Iba a estudiar en el patio, la noche estaba hermosa.
Mientras caminaba pensó qué importante sería si todos tuvieran "paredes que hablan".
Tomó los libros y se fue a estudiar.







el cuerpo es el señuelo*



pende ahorcado manuel por una soga afirmado en un tirante:
"me agito no me agito me alargo me estiro
me desperezo sin pausa sin...
sin pausa sin... intercalaciones
exclamadores amateurs...
putona tirándome una de sus pestañas
yo sufro no tengo secretos
la pérdida de la noción de las migajas"

pende ahorcado gracián por una soga afirmada en un tirante al lado de
manuel:
"sacar el monstruo no sólo anunciarte que está
y van a venir los de la autopsia
¿qué averiguarían? ¿si además arsénico?
¿eso que cuelga?: el cuerpo es el señuelo
¿los atraepájaros?: el cuerpo es el señuelo
¿'los hubiéramos dejado picotearnos'?: el cuerpo es el señuelo
y me vendo al mejor impostor"

pende manuel: "tenemos
aspecto
sangre (aunque algunos de horchata otros azul)
proas y popas
ojos que no ven

no duermo
indudablemente lloro
out"


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






WALTER BENJAMIN Y LA EXPERIENCIA DEL VIAJERO

“Sueños de nubes”*


Una cosa es viajar; otra cosa es hacer del viaje una experiencia. El gran Walter Benjamin enseña esa otra cosa: desde París, que “quiebra en mil pedazos las ofrendas”, hasta el pueblito italiano que sólo se hace verdad cuando es nombrado; y, en los altos del viaje, reflexiones sobre el recordar, el relatar, el aconsejar y la felicidad del olvido.



Por Walter Benjamin *


No existe ninguna ciudad que esté más íntimamente ligada a los libros que París. Si Giraudoux tiene razón cuando dice que el sentimiento de libertad humano más acabado es el de seguir el curso de un río caminando lentamente, entonces aquí el ocio más perfecto, es decir, la libertad más dichosa, conduce al libro y se sumerge en él. Pues hace siglos que la hiedra de hojas sabias se prendió de los muelles despojados del Sena: París es un gran salón de biblioteca atravesado por el río.
No hay monumento alguno en esta ciudad que no haya servido de inspiración a una obra maestra de la poesía. Nôtre Dame –pensamos en la novela de Victor Hugo–; la Torre Eiffel –Los novios de la Torre Eiffel de Cocteau, y, con Plegaria en la Torre Eiffel, de Giraudoux, llegamos a la altura vertiginosa de la literatura más moderna–; la Opera –con la famosa novela policial de Leroux El fantasma de la Opera, llegamos al sótano del edificio y al de la literatura–. El Arco de Triunfo se extiende alrededor de la tierra con Le Tombeau sous l’Arc de Triomphe, de Raynal. Esta ciudad se inscribió indeleble en la literatura porque tiene un espíritu afín a los libros. ¿No fue ella quien proyectó desde hace tiempo, cual un novelista versado, los cautivantes argumentos de su construcción? Ahí están las anchas avenidas militares, cuya función, antiguamente, era asegurarles a las tropas el acceso a París desde Porte Maillot, Porte de Vincennes, Porte de Versailles. Y un día, de la noche a la mañana, París tuvo las mejores autopistas de todas las ciudades de Europa. Está, por ejemplo, la Torre Eiffel –un monumento puro y libre de la tecnología construido con espíritu deportivo– convertido un día, de la noche a la mañana, en una estación de radio europea. Y los inmensos espacios vacíos: ¿no son hojas festivas, láminas en los tomos de la historia universal? En números rojos brilla el año 1789 en la Place de Grèves. En la Place des Vosges, rodeado de techos angulares, donde él halló la muerte: Enrique II. Con rasgos borroneados, una letra indescifrable en aquella Place Maubert, antiguamente el acceso al París tenebroso. En el intercambio entre ciudad y libro existe una de estas plazas que encontró su lugar en las bibliotecas: las famosas ediciones de Didot del siglo pasado llevan como marca de imprenta la Place du Panthéon.
La ciudad se refleja en miles de ojos, en miles de objetivos. Porque no sólo el cielo y el ambiente, sino también las propagandas luminosas en los bulevares nocturnos hicieron de París la Ville Lumière. París es la ciudad-espejo: liso como un espejo, el asfalto de sus calles. Vidrieras delante de todos los bistrots: aquí las mujeres se miran más que en otras partes. De estos espejos surgió la belleza de la mujer parisina. Antes de que la vea el hombre, ya la juzgaron diez espejos. También al hombre lo envuelve un exceso de espejos, especialmente en los cafés (para parecer más luminosos y dar aspecto de agradable amplitud a todos los ínfimos recintos y espacios mínimos en que se dividen los bares de París). Los espejos son el elemento espiritual de esta ciudad, su escudo, en el que todavía se inscriben los emblemas de todas las escuelas literarias.
Así como los espejos devuelven todos los reflejos de inmediato pero invertidos en su simetría, lo mismo sucede con la técnica de la oratoria de las comedias de Marivaux: así como a un Hugo o a un Vigny les gustaba atrapar ambientes y darles a sus relatos un “trasfondo histórico”, los espejos traen el exterior animado, la calle, hacia el interior del café.
Los espejos que cuelgan, opacos y descuidados, en las tabernas son el símbolo del naturalismo de Zola; reflejándose unos a otros en una hilera interminable, son un equivalente del infinito recuerdo del recuerdo en el que se convirtió la vida de Marcel Proust bajo su propia pluma. Aquella reciente colección de fotos “París” cierra con la imagen del Sena. El es el gran espejo siempre despierto de París. Día a día, la ciudad arroja como imágenes sus edificios sólidos y sus sueños de nubes a este río, que acepta las ofrendas con misericordia y, como signo de su benevolencia, las quiebra en mil pedazos.


De rosa los jorobados

Marsella. Dentadura amarilla y cariada de lobo marino, a la que el agua salada le chorrea entre los dientes. Y cuando su garganta se apodera de los cuerpos negros y morenos de los proletarios con que las compañías navieras la alimentan respetando su horario, exhala olores de aceite, de orina y de tinta de impresión que vienen del sarro que se le pega a los maxilares impetuosos: quioscos de diario, baños y puestos de mariscos. Los habitantes del puerto parecen un cultivo de bacilos; changarines y prostitutas, productos de la podredumbre que semejan hombres. Pero el paladar es rosado. Aquí el rosado es el color de la deshonra, de la miseria. De rosa se visten los jorobados y las mendigas. Y las mujeres desteñidas de la rue Bouterie dan ese único color a su único atuendo: camisas rosadas.


Pequeños martillos

San Gimignano, Italia. Qué difícil puede llegar a ser encontrar las palabras para lo que se tiene ante la vista. Pero cuando finalmente se encuentran, golpean contra lo real con sus pequeños martillos hasta que repujan la imagen como si la realidad fuera una planchuela de cobre. “A la noche las mujeres se reúnen en la fuente ante la puerta de la ciudad para buscar agua en grandes cántaros”: recién cuando encontré estas palabras surgió el cuadro con elevaciones duras y sombras profundas de entre las vivencias que me habían deslumbrado. ¿Qué sabía yo antes de los prados blanco chispeante que montan guardia a la tarde con sus pequeñas llamas ante el muro de la ciudad? En qué estrechez debían arreglárselas antes las trece torres y con qué circunspección ocupó cada una su sitio desde entonces. Y entre ellas todavía quedaba mucho espacio.
Si se viene de lejos, la ciudad da la sensación de haber entrado al paisaje de pronto, imperceptiblemente, como a través de una puerta. No parece que uno pudiera llegar a acercársele jamás. Pero una vez que esto se logra, uno cae en su regazo y no puede encontrarse a sí mismo entre tanto canto de grillos y griterío de niños.


Café crème

Quien se haga traer el desayuno a la habitación de su hotel de París en bandeja de plata, acompañado por bolitas de manteca y mermelada, no sabrá nada de él. El desayuno tiene que tomarse en el bistró, donde, entre los espejos, el petit déjeuner es él mismo un espejo cóncavo entre espejos, que refleja la imagen en miniatura de esta ciudad. En ninguna comida los ritmos son tan diferentes, desde el gesto mecánico del empleado que toma su vaso de café con leche de un solo trago en el mostrador hasta el placer contemplativo con que un viajero vacía lentamente su taza en el intervalo entre dos trenes. Y tú mismo, tal vez, te sientes a su lado, a la misma mesa, en el mismo banco y, sin embargo, estás lejos y solo. Sacrificas tu ayuno matinal para tomar o comer algo. Y junto con el café tomas quién sabe cuántas cosas: tomas toda la mañana, la mañana de ese día y a veces también la mañana perdida de la vida. Si de niño te hubieras sentado a esta mesa, cuántos barcos habrían cruzado el mar de hielo de la losa de mármol. Habrías sabido cómo es el mar de Mármara. Mirando un iceberg o un velero, habrías tomado un trago para papá y otro para el tío y otro para tu hermano hasta el borde grueso de tu taza, precordillera ancha sobre la que reposaban los labios; la nata se habría acercado flotando. Qué débil se ha vuelto tu asco. Qué higiénico y rápido es todo ahora: bebes; no remojas el pan en el café, no lo desmigas. Dormido, tomas la madelaine de la panera, la partes y ni siquiera te das cuenta cuán triste te pone no poder compartirla.


La memoria, la azada

Así como la tierra es el medio en el que yacen enterradas las viejas ciudades, la memoria es el medio de lo vivido. Quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava. Ante todo, no debe temer volver una y otra vez a la misma circunstancia, esparcirla como se esparce la tierra, revolverla como se revuelve la tierra. Porque las “circunstancias” no son más que capas que sólo después de una investigación minuciosa dan a luz aquello que hace que la excavación valga la pena, es decir, las imágenes que, arrancadas de todos sus contextos anteriores, aparecen como objetos de valor en los aposentos sobrios de nuestra comprensión tardía, como torsos en la galería del coleccionista. Sin lugar a dudas, es útil usar planos en las excavaciones. Pero también es indispensable la incursión de la azada, cautelosa y a tientas, en la tierra oscura. Quien sólo haga el inventario de sus hallazgos sin poder señalar en qué lugar del suelo actual conserva sus recuerdos, se perderá lo mejor. Por eso los auténticos recuerdos no deberán exponerse en forma de relato, sino señalando con exactitud el lugar en que el investigador logró atraparlos. Epico y rapsódico en sentido estricto, el recuerdo verdadero deberá proporcionar, por lo tanto, al mismo tiempo una imagen de quien recuerda, así como un buen informe arqueológico debe indicar no sólo de qué capa provienen los hallazgos sino, ante todo, qué capas hubo que atravesar para encontrarlos.


Lo cortés

Se sabe que las auténticas exigencias de la ética, la sinceridad, la humildad, el amor al prójimo, la compasión y muchas otras quedan relegadas a un segundo plano en la lucha cotidiana de intereses. De ahí que resulte tanto más sorprendente que se haya reflexionado tan pocas veces acerca de la mediación que el hombre buscó y encontró a ese conflicto hace milenios. Es la cortesía el verdadero punto medio, el resultado entre esos dos componentes contradictorios: la ética y la lucha por la existencia. La cortesía no es ni lo uno ni lo otro: ni exigencia moral ni arma en la lucha y, sin embargo, es ambas cosas. Con otras palabras: no es nada y lo es todo, según de qué lado se la mire. No es nada en cuanto es sólo una apariencia bella, una forma dispuesta a hacer olvidar la crueldad de la pelea que se disputa entre las partes. Y así como no llega a ser una norma moral estricta (sino sólo la representación de la norma que dejó de estar vigente), así también su valor para la lucha por la existencia (representación de su irresolución) es ficticio. Sin embargo, la cortesía lo es todo, allí donde libera de la convención tanto a la situación como a sí misma. Si la habitación donde se delibera está rodeada por las barreras de la convención como por vallas, la verdadera cortesía actuará derribando esas barreras, es decir, extendiendo la lucha hasta lo ilimitado, llamando en su ayuda a todas aquellas fuerzas e instancias que la lucha excluía, ya sea para la mediación o para la reconciliación. Quien se deje dominar por el cuadro abstracto de la situación en que se encuentra con su interlocutor, sólo podrá intentar triunfar en esta lucha mediante la violencia y, probablemente, quede como el descortés. La alta escuela de la cortesía requiere, en cambio, un sentido vigilante para detectar lo extremo, lo cómico, lo privado o lo sorprendente de la situación. Quien se valga de ese sentido vigilante podrá adueñarse de la negociación y, al final, también de los intereses; y será él, finalmente, quien, ante los ojos asombrados de su interlocutor, logrará cambiar de sitio los elementos contradictorios de la situación como si se tratara de los naipes de un solitario. Sin lugar a dudas, la paciencia es el ingrediente esencial de la cortesía y, tal vez, la única virtud que ésta toma sin transformarla. Pero la cortesía, que es la musa del término medio, ya les ha dado lo que les corresponde a las demás virtudes, de las que una convención maldita supone que sólo pueden ser satisfechas en un “conflicto de obligaciones”: le ha dado la próxima oportunidad al derrotado.


Buen consejo

Cuando a uno se le pide consejo, hará bien en averiguar en primer lugar la opinión de quien lo pide, para corroborarla luego. Nadie se convence fácilmente de la mayor inteligencia del otro y casi nadie pediría consejo si la intención fuera hacerle caso a un extraño. Es más bien la propia decisión, ya tomada en el fuero íntimo, la que se quiere volver a escuchar una vez más, por así decirlo, del revés, en forma de “consejo”. Lo que se espera de quien aconseja es justamente esta repetición de la propia idea y quienes piden consejo tienen razón. Porque lo más peligroso es concretar lo que se decidió solo, sin someterlo al intercambio de palabras como a un filtro. Por eso, quien pide un consejo ya resolvió la mitad del asunto y si se propusiera algo equivocado, será mejor ratificar su opinión con cierto escepticismo que contradecirlo con convicción.


Ese silbido

Según Goethe, la primera de todas las cualidades es la atención. Sin embargo, comparte su primacía con la costumbre, que le disputa el terreno desde el primer día. Toda atención debe desembocar en costumbre para no hacer estallar al hombre, toda costumbre debe ser alterada por la atención para no paralizarlo. La atención y el acostumbramiento, el escandalizarse y el aceptar, son la cresta y el valle de la ola en el mar del espíritu. Pero este mar tiene sus momentos de calma. No cabe duda de que alguien que se concentra totalmente en un pensamiento tortuoso, en un dolor y sus puntadas, puede caer en manos de un sonido débil, de un murmullo, del vuelo de un insecto que un oído más atento y más fino tal vez ni siquiera habría percibido. El espíritu, así se cree, se deja distraer más fácilmente cuanto más concentrado esté. Pero esta escucha atenta, ¿no es más bien el despliegue extremo de la atención y no su pérdida, no es el momento en que del seno de la atención parte la costumbre? Ese silbido o zumbido es un umbral y, sin que nos demos cuenta, el espíritu lo ha atravesado. Y pareciera que ahora no quiere volver nunca más al mundo habitual, ahora vive en uno nuevo, donde el dolor lo alberga. La atención y el dolor se complementan. Pero también la costumbre tiene un complemento, cuyo umbral atravesamos en el sueño. Porque lo que nos pasa en sueños es un descubrimiento nuevo y singular que surge del seno de la costumbre. Las vivencias cotidianas, los discursos triviales, el sedimento que nos quedó en la vista, el latido de nuestra propia sangre, eso que antes no notábamos, convierte al material, distorsionado y extremadamente nítido, en sueño. No hay asombro en el sueño ni olvido en el dolor porque ambos ya llevan su contrario en sí, igual como la cresta y el valle de la ola se funden en los momentos de calma.


El olvido feliz

El niño está enfermo. La madre lo acuesta y se sienta a su lado. Y después comienza a contarle cuentos. ¿Cómo se explica esto? Lo presentí cuando N. me contó de la extraordinaria virtud curativa que habían tenido las manos de su mujer. De esas manos decía: “Sus movimientos eran muy expresivos. Pero no habría sido posible describir su expresión. Era como si estuvieran contando un cuento”. Los Conjuros de Merseburg ya nos hablan de la curación mediante la narración. No es que sólo repitan la fórmula de Odin, sino que narran el contexto en el cual éste usó la fórmula por primera vez. También se sabe que el relato que el enfermo hace al médico al iniciar el tratamiento puede convertirse en el comienzo de un proceso de curación. Se plantea entonces la pregunta si no será la narración la atmósfera propicia y la condición más favorable para muchas curaciones. Sí, ¿no podría curarse incluso cualquier enfermedad si se la dejara fluir lo suficiente hasta la desembocadura sobre la corriente de la narración? Si se considera que el dolor es un dique que se opone a esta corriente, se ve claramente que este dique será desbordado cuando la corriente sea lo suficientemente fuerte como para conducir al mar del olvido feliz todo lo que encuentre en su camino. Las caricias le dibujan un lecho a esa corriente.



* Fragmentos de Denkbilder, epifanías en viajes, que se publicará a principios de marzo (ed. El Cuenco de Plata).

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-162063-2011-02-10.html






*


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lunes, febrero 07, 2011

HOMBRE FELIZ ES QUIEN TIENE AVIONETA...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




FEBRERO SE DESHACE*



Desconcertados los árboles
maduran semillas anticipando
el oro de marzo.
Un líquen de cigarras gotea
de las ramas. Alternan espacios
de sonidos superponiendo cantos.


En el patio, el llamador de ónix
imita pequeñas campanas
cuando el viento toca sus cristales.


El aire tiene
conciencia de su aire,
de tarde irrepetible...
El ojo del sol persigue
una bandada de pájaros
y deviene mago
vistiéndolos de eternidad
para no olvidarlos.
Febrero se deshace. He pintado
una de sus tardes.


Nadie me ha visto. Yo estaba
moliendo la harina de sus males
en el peso de la sombra
de una acacia
para que todo fuera
de una belleza inexpugnable.


*De Miryam Colombotto de Seia miryamseia@cablenet.com.ar
Del libro: NAVEGO PALABRAS










LOS TIEMPOS DE SATURNO*


“...he aquí que retornan los tiempos de Saturno”
VIRGILIO



Insobornables nubarrones, tapan los cielos y la tierra.
El viento no ha cesado.
La noche ha llorado toda la casa. Toda.
Toda una lágrima viva, la casa.
El amor y el odio .La ira y la locura.
Heridas las penumbras más puras.
Las ventanas miran a la mujer.
Quebradizas escarchas en sus ojos.
Vallada.
En los hombros, todos los otoños pasados
Las puertas han flaqueado y los brocales y las sienes.
Un latigazo flagela el agrio espino de su pecho.
Toda una lágrima, la casa. Una pena viva.
Y no hay campanas, ni semillas, ni violetas nuevas.
La lámpara del mundo está apagada y nada queda.
Las flautas y tambores opacan sacrificios y gritos.
Han partido la infancia, los siete mares, los amados muertos.
El dragón ha huido y las trenzas.

Saturno no ha cantado tres veces.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







EL EMPACADOR*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


A Mario Compañy



Era en aquellos callejones donde sucedían las cosas. En los que rodeaban los márgenes del pueblo y también en los más alejados, aquellos que estaban festoneados de altos y añosos paraísos, que se abrazaban en sus ramas más altas o también podían ser pinos, verdísimos pinos o dos hileras de
casualinas oscuras.
Si era invierno, estos callejones oscurecían un paisaje muy triste y si llovía, los cuises que tenían sus cuevas a los costados, y en sus zanjones que cubrían los yuyos, esos callejones que casi siempre estaban con sus altos colchones de polvo, prestos a levantar polvareda si pasaba cualquier vehículo o un solitario jinete que se perdía en la bruma y más allá, un poco más lejos torcía su andar y se perdía en esos hondos caminos internos que llevaban a chacras y estancias. Casi con seguridad -si era verano de esos callejones salían abejas y mariposas a inundar los campos con sus zumbidos y sus colores, respectivamente y aún las calles no menos polvorientas del pueblo ni menos solitarias.
Algunos de estos callejones -según mi amigo el "Tigre" Compañy se supo llamar "El camino de las abejas", porque los apicultores lo usaban para traer la miel al pueblo cuando existía la Estancia de Maldonado y entre su variada y vasta gama de productos también se contaba este elixir de la niñez
ya olvidada.
Otro de estos callejones llevaba a la estancia del alemán Gallucer, papá de Martín y Nanet. Era un hombre con mucho "firulete", el decir de mi padre, es decir: plagado de anécdotas. Entre las numerosas que circulan, inventadas o reales, rescato tres aquí.
Don Gallucer tenía como primo a Guillermo Heuse al que todos cordialmente llamaban "don Bily". También estanciero. Como eran dos hombres a los que no les gustaba llamar la atención, los autos que compraban no tenían nada extraño. En general apostaban por un humilde y rendidor Citröen. En una
oportunidad "don Bily" compró uno de color gris sufrido, como lavado por las lluvias. Sin tener en cuenta que su primo tenía uno idéntico. Una tarde, luego del vermout, don Gallucer salió del club con su chofer y secretario, Jorge Rodríguez y se metió en el auto equivocado, sin querer escuchar las
responsables palabras de su ayudante. El resultado fue que una vez en el campo cayó en la cuenta que el suyo estaba en el garaje.
Nunca se supo si fue una distracción o una picardía. Pero Jorge Rodríguez quien fue el encargado de devolver el coche, y se tuvo que volver caminando desde el pueblo.
La otra anécdota es que una noche de naipes, cuando las sombras estaban más alta en el cielo, y don Gallucer se habría tomado unos cuantos whiskeys, se había fumado unos cuantos puros recayó en su veta preferida: el humor. Llamó a silencio e hizo una pregunta sobre la dicha humana.
¿Cuál es hombre más feliz? preguntó con una inquisitiva ironía y cada uno expuso las razones que creyó más pertinentes:
El amor
El dinero
Los viajes
La vejez tranquila
El fue conmiserativo y atento, hasta que dio su veredicto que estimó inapelable.
Hombre feliz es quien tiene avioneta.
A sabiendas que en toda la colonia y las colonias vecinas el único feliz poseedor de una era precisamente don Gallucer.
La última anécdota de este singular estanciero radicado en la llanura del sur santafesino me fue referida por mi amigo Mario Compañy en nuestro último encuentro. De los muchos empleados y peones que el establecimiento disponía para las duras tareas rurales había uno que contaba con las simpatías de tan original patrón y era nada más ni nada menos que el "Ñato" Pessi, el mejor artesano de cuchillos que tuvo mi pueblo en toda su historia según los memoriosos cuentan.
Todas las mañanas un par de vehículos -dos pic up- imagino recorrían el pueblo recogiendo a los trabajadores que no vivían directamente en la estancia. Irían en esos amaneceres cuando el alba destiñe sus sombras en claroscuros y entre cantos de gallos y mates recién tomados, irían saltado de a uno en esas cajas llenas de restos de bostas, pasto o un simple y miserable barro seco.
Pero al "Ñato" Pessi -ignoramos e ignoraremos siempre por qué el mismísimo alemán Gallucer lo pasaba a buscar por su casa humilde, de solterón solitario de pueblo. Allí estacionaba todos los amaneceres frente a la casa del "Ñato" y no tenía necesidad de tocar siquiera bocina porque el hombre lo esperaba con su atuendo, que no excluía un sombrero negro de alas muy grandes y su inevitable bombacha bataraza que le cubría las alpargatas muy azules, que parecían siempre flamantes, ya que las de trabajo las llevaba en su bolso.
Nosotros suponemos que esta costumbre era una manera silenciosa y nada vehemente de mostrarle su preferencia. Cuando el sol se ponía sobre los campos feraces, él, don Gallucer, invitaba a su peón a subir al vehículo y pegaban la vuelta.
Uno de estos atardeceres, el patrón previno al "Ñato": -Don Pessi, mañana se va a tener que arreglar solo, porque yo viajo a Buenos Aires.
Este viaje a último momento no se hizo y entonces el hombre en su rutina pasó a buscar a su empleado. Al no encontrarlo tomó el camino del establecimiento. A mitad de camino vio una sombra que lo precedía y al enfocarlo con los faros del auto lo reconoció. El "Ñato" iba con su bolsito al hombro, entre la sombra mimosa del amanecer, a paso vivo. Aminoró la marcha como para que el hombre subiera. Pero como hacía caso omiso y seguía con su tranco le gritó desde la ventanilla, y el grito sonó como una orden:
Hombre, súbase
El "Ñato" recién se paró y le dijo entre amoscado y firme:
¿No me dijo usted que me arreglara solo? Es lo que hago y siguió.
Pucha que había sido "empacador" el amigo Pessi-, comentó el patrón cuando contaba la insólita anécdota en la mesa del club.
Y "El empacador" fue el mote que lo acompañó hasta la tumba.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27272-2011-02-04.html







La noche del cometa*



*Por Liliana Heker
a Sylvia Iparraguirre




Del cometa sabíamos que hubo quien se arrojó al vacío para esquivar su llegada, que su cola hendió de luz ciertas noches del año del centenario, que, como la Exposición de París o la Gran Guerra, su travesía por el mundo alumbró inolvidablemente la aurora del siglo. El de la silla de caña había hablado de una foto que vio no sabía dónde, en la que unos hombres con rancho de paja y unas mujeres de capellina emplumada miraban hechizados un punto en el cielo, punto que lamentablemente (dijo) no aparecía en la foto.
Yo había recordado la ilustración de un libro de lectura de cuarto grado: una familia petrificada por la reciente visión de su cruce por el cielo; en el dibujo se los veía sentados a la mesa, muy erectos, los ojos
despavoridos, sin atreverse a girar la cabeza hacia la ventana por el temor de volver a verlo. (Apenas lo dije tuve la impresión de que la lectura se refería más bien a un Globo Montgolfier, pero como no sabía muy bien qué era un Globo Montgolfier -ni siquiera estaba segura de que existiese algo con ese nombre- e igual me parecía sugestivo que, ya en cuarto grado y cualquiera fuese el fenómeno real que lo causó, yo hubiese atribuido el estupor de esa familia a la venida del cometa, no aclaré mi posible error y en todos -también en mí- perduró la sensación de que el cometa era capaz de pasmar a la gente, de dejarla cristalizada en su sitio.)
Teníamos algunas dudas: ¿de qué tamaño se lo había visto la última vez?, ¿de qué tamaño se lo iba a ver ahora?, ¿cuánto tardaba en surcar el cielo? El que estaba junto a la mesita de la lámpara opinó que a la velocidad de un avión y si uno no andaba muy atento en el momento en que pasaba, zas, se lo iba a perder. El del taburete dijo que no: que aparecía sobre el río a la caída de la noche y se ponía sobre los edificios del oeste al amanecer. Eso es imposible, dijo la apoyada contra la puerta ventana; porque entonces parecería fijo en el cielo. Y algo que parece fijo no puede dejar estela, ni en el mar ni en el cielo ni en nada. Era ilógico pero verosímil, así que varios estuvimos de acuerdo. En lo que no nos poníamos de acuerdo era en el tamaño. El tamaño de la luna, dijo la del sillón más claro. El de una estrella muy pequeña, habló el que ponía el cassette de la Pequeña música nocturna, y que sólo se distinguía de la estrella por la cola. ¿Y de qué largo es la cola? Las preguntas no se terminaban nunca. Mi abuelo contaba que lo vio, dijo el que fumaba en pipa. El estaba en el patio, sentado en un banquito de tres patas (yo pensé que lo del banquito era aleatorio y por anticipado puse en duda el testimonio) y el cometa pasó, ni muy lento ni muy rápido; era como una bufanda de luz. No: una bufanda de aire de luz, creo que dijo. Pero naturalmente el dato era demasiado impreciso: por la edad del de pipa el abuelo debía haber muerto hacía bastante. Aunque no hubiese sido un charlatán (como dejaba entrever el detalle del banquito), ¿quién podía jurar que el nieto recordaba exactamente sus palabras?, ¿y estaría en condiciones de separar la paja del trigo? De hecho había repetido lo del banquito sin siquiera deslizar una ironía sobre lo superfluo del pormenor.
¿Pero acaso iba a importarnos lo que vio ese abuelo? No necesitábamos abuelos: nos había tocado a nosotros al fin, por el cielo de nuestro tiempo iba a pasar. Y nos sentíamos afortunados en esta época sin fortuna por el mero hecho de estar vivos, de ser todavía capaces de movernos con alegría, y de esperar con alegría, en la noche del cometa.
En rigor todo ese año había sido el año del cometa pero desde la semana anterior la esperanza general se había desbocado. Los diarios vaticinaban circunstancias dichosas: esta vez pasaría más cerca de la tierra que a principios de siglo, se lo vería más bien rojo, se lo vería casi blanco pero con la cola anaranjada, tendría el tamaño aparente de un melón pequeño, la longitud de una serpiente estandar, cubriría el setenta por ciento del cielo visible. Esto último era lo que más nos intrigaba. Cómo el setenta por ciento del cielo, preguntó la que tomaba café. Pero entonces casi todo el cielo va a ser el cometa, dijo el que vino con la novia. De noche se va a hacer de día (la que encendía un cigarrillo). Mejor que de día (el del almohadón en el suelo); como si la luna, con toda su luz reflejada, se pusiera a cien metros de la tierra. Abajo, en un rincón, uno ve el cielo negro de la noche, pero todo lo demás es luna, ¿se dan cuenta?, luna maciza.
Hubo un silencio, como si todos estuviésemos tratando de imaginar un cielo de luna maciza. ¿Y cuánto tiempo va a quedarse así?, preguntó al fin el que miraba por la ventana. ¿Quedarse? No, no puede quedarse (el que clavaba los ojos en la mujer que vino sola); el cometa se mueve todo el tiempo. Se va a
ir desplazando y la franja de noche va a ser cada vez más ancha hasta que no quede más que un hilito, un largo hilito de luz en el horizonte, que entonces va a desaparecer, y de nuevo va a ser de noche. Sentí una especie de tristeza; recién me daba cuenta de que eso que alguna vez me había parecido irrecuperable -como el aceite hirviendo de las Invasiones Inglesas o la pelea Firpo-Dempsey- no sólo me estaba ocurriendo: también se iba a ir.
Pero, ¿a qué velocidad se va a ir? Nadie lo sabía. La de la espalda apoyada en unas rodillas de hombre se golpeó la frente con la palma: Ahora que lo pienso, no, dijo; no puede ser a lo ancho. El cometa va a ocupar el setenta por ciento del cielo a lo largo. ¿Se dan cuenta?: la cola. La cola es la que va a ocupar el setenta por ciento. Como un arco iris que va de acá para allá (y abarcaba un gran sector de circunferencia con el brazo extendido) pero acaba antes de llegar al horizonte. Pensó un momento. Un treinta por ciento antes, agregó con cierto rigor científico.
No estaba mal, aunque yo seguía prefiriendo la gran luna desplegada a cien metros de la tierra. ¿Y a qué velocidad cruzaría el cielo ese gran arco de luz? Siempre nos quedaba esa pregunta -y muchas otras- sin respuesta.
Pero no estábamos intranquilos. Intranquilos habíamos estado a principios de semana, cuando los diarios anunciaron que el cometa ya estaba sobre el mundo. Siempre nos habíamos figurado que saldríamos a la calle a saludar su venida. Ahí llega, ahí llega el cometa. Pero nada de eso sucedía: mirábamos el cielo y no veíamos nada.
Estaban los de los telescopios, claro. Los de los telescopios hacían cálculos y determinaban horarios y lugares estratégicos. Al parecer, el cuñado de la que acariciaba la oreja de un hombre, luego de consultar varios tratados, había encontrado las condiciones óptimas: el balcón de un primo suyo a las tres y veinticinco de la madrugada del miércoles y con el telescopio a 40 grados respecto de la dirección del Centauro. ¿Pero tu cuñado lo vio?, le preguntamos al mismo tiempo el que estaba jugando con el gato y yo. El dice que le parece que lo vio, fue la desvaída respuesta.
Teníamos cierta información de gente que había viajado a Chascomús o hasta un lugar entre San Miguel del Monte y Las Flores, o de unos que se habían corrido hasta Tandil, a un montículo cercano a la Piedra Movediza. Pero como no tuvimos oportunidad de hablar con ninguno ignorábamos si tanto desplazamiento había dado sus frutos. Sabíamos por los avisos que se habían organizado charters de diversas categorías. Desde un viaje en jet a San Martín de los Andes que incluía cena con champagne, suite diplomática, sauna y desayuno americano, hasta excursiones en combi a diversas zonas del conurbano, algunas acompañadas de fogón criollo y guitarreada bajo la luz del cometa. No conocíamos los resultados. Pero tres líneas muy precisas en un diario del jueves nos hicieron desestimar tanto telescopio y travesía nocturna. Y así tenía que ser. Porque lo que siempre habíamos soñado, lo que de verdad deseábamos, era mirar hacia arriba y simplemente verlo. Y eso, decían las tres líneas del diario, iba a ser posible la noche del viernes, cuando ya fuera totalmente de noche; ahí el cometa se acercaría como nunca antes a la Tierra. Entonces, y sólo entonces, podría ser visto como lo vieron los de rancho de paja y las de capellina, el abuelo en su banquito de tres patas y la familia embrujada de mi libro de lectura. Ahí nomás, en la Costanera Sur. Y para mayor gloria de ese momento único que habíamos
ambicionado en los tiempos de Sandokan y que con suerte volvería a ocurrir para los nietos de nuestros hijos, ese viernes a la noche se apagarían todas las luces de la Costanera.
Por eso esta espera en la casa de San Telmo, entre lámparas y taburetes, tenía algo de vela de armas. Cada tanto alguno salía al balcón para ver si ya era de noche. No vale la pena ir antes (la que tomaba vino), la luz no permite ver nada. Y el del balcón: No, no es por la luz, lo que pasa es que recién cuando esté oscuro va a aparecer sobre el horizonte. Eso dice el diario. ¿Pero a qué hora exacta? Tampoco lo sabíamos. La oscuridad no es algo que cae sobre el mundo en un solo instante. Cierto. Pero hay un
instante en que uno, mirando intempestivamente la calle, puede afirmar: ya es de noche. Lo dijo el que comía maníes y todos salimos al balcón a verificarlo.
En el camino hablamos poco. Estábamos cruzando Azopardo cuando el que iba cerca del cordón preguntó: ¿Ya habrá aparecido? Y la del lado de la pared: Mejor si ya apareció. Así cuando llegamos lo vemos de golpe, sobre el río.
-¿El río?
No sé quién lo preguntó. Tampoco importaba demasiado. Me di cuenta de que también yo, desde que había leído el anuncio en el diario, lo había imaginado así: con su cola de polvo de estrellas prolongándose en el río.
Pero ya no hay río en Buenos Aires. Pasto y mosquitos, eso es lo único que hay en la Costanera Sur, dijo el de mi derecha. Igual tiene magia (la que iba atrás); es como si le quedara el recuerdo del río. Pensé en el majestuoso espectro del Balneario Municipal, en la glorieta que celebra el arribo triunfal del Navegante Solitario, en Luis Viale con su salvavidas de piedra, a punto de arrojarse (hacia un barrial donde hoy sólo chillan las cotorras) a salvar a los náufragos del Vapor de la Carrera. Pensé en el
puente giratorio: el mismo puente que crucé en el tranvía 14 cuando mi madre me llevaba al Balneario; tan familiar que yo sabía calcular el anchor de la playa por la altura a la que el agua golpeaba el murallón de piedra. Yo amaba ese puente, la palpitante espera los días en que se abría pausado para
que pasase un barco de carga, el suspenso cuando se cerraba, ya que un mínimo error en la posición de las vías (yo sospechaba) podría desencadenar un descarrilamiento atroz. Y la felicidad cuando el tranvía salía indemne y a mí me esperaba el río. El río era como la vida. El cometa era otra cosa: el cometa era una de esas felicidades que sólo se pueden atrapar en los libros. Distraídamente yo sabía que un día iba a volver, pero no lo esperaba. Porque en el tiempo en que la dicha consistía en amasar el barro del Balneario, cualquier cometa o paraíso vislumbrado más allá de mis veinte años no merecía ni ser soñado.
Y heme aquí caminando sobre este puente, me dije, ni tan extraña a la que un día lo cruzó en tranvía como para no amarlo de nuevo, ni tan desmejorada como para no estar por aullar de alegría mientras marcho con esta manga de locos al encuentro del cometa, como en una procesión.
Tardé en darme cuenta de que la palabra procesión venía motivada por la ola de gente que, a pie o en auto o en camiones o hasta en un tractor, se amontonaba cada vez más a medida que nos acercábamos a la Costanera.
La Costanera en sí era una pared virtual. Entre la multitud que trataba de conseguir una buena ubicación para ver el cielo, el humo de los puestos improvisados de choripán, y la ausencia de focos, todo lo que se distinguía desde el Boulevard de los Italianos (donde estábamos ahora) era una dilatada ameba de consistencia más bien humana en la que estábamos embebidos y que no dejaba de moverse y ronronear.
Allí, allí. Cerca de mí, una voz decidida había conseguido emerger de la ameba. Varios miramos. Detecté un índice flaco y nudoso que señalaba el noreste.
-¿Dónde? No veo nada.
-Allí, ¿no lo ve?, un poco al costado de esas dos estrellas que están juntas. A un poquito así del horizonte.
-¿Pero sube? -preguntó a mi izquierda una voz desesperada.
-Bueno, sube despacio.
Creí verlo, despegándose lentamente de la lucecita de una casilla o de algo cerca del horizonte, cuando detrás de mí un ronco gritó.
-No, está ahí, bien arriba. Justo a la derecha de las Tres Marías.
No me costó enfocar las Tres Marías y estaba revisándoles el flanco derecho cuando escuché una voz de niño, realmente entusiasmada:
-¡Ya lo veo, ahí está! ¡Es enorme!
Busqué el dedo infantil y, con cierta esperanza, algo enorme en la dirección del dedo. Fue inútil.
-¿Sabe lo que pasa? -una voz casi en mi oreja-. Que uno lo mira a simple vista. Y no hay nada que hacerle: así a simple vista no se lo puede ver. La cosa es ponerse de costado y mirarlo de reojo.
Di medio giro sobre mí misma. Noté que varios a mi alrededor hacían lo mismo, sólo que se ponían de costado respecto de cosas distintas. Me encogí de hombros y de reojo miré hacia arriba, primero con el ojo derecho y después con el ojo izquierdo. Una mano me tocó el tobillo. Me sacudí ligeramente y miré hacia el suelo. Había varios acostados.
-¿Le doy un consejo? -vino una voz desde mis pies-. Acuéstese en el pasto.
Así boca arriba uno mira de un saque toda la bóveda y me parece que lo encuentra en seguida.
Dócilmente me acosté junto a varios desconocidos y otra vez miré para arriba. En la noche sin lámparas ni luna, bajo la improfanada música del Universo, estuve a punto de descubrir algo que tal vez me habría ayudado a proseguir la vida con cierta paz. Entonces, a unos metros sobre mi cabeza, alguien habló:
-¿No se dan cuenta de que no sirve de nada mirar desde el suelo? La cosa es hacer una retícula con los dedos. ¿No leyeron que el efecto retícula aumenta la visión? Es igual que tener un microscopio.
El del microscopio me pareció poco confiable, así que el efecto retícula no lo llegué a probar. Con cierto desaliento me puse de pie. Eché una mirada a mi alrededor. Púberes, jorobados, parturientas, hipotensos, poligriyos y matronas señalaban simultánea y fragorosamente el cenit, el horizonte, la fuente de Lola Mora, los aviones que despegaban en Aeroparque, ciertas estrellas fugaces, unas cañitas voladoras, la Vía Láctea o el fantasma inesperado del viejo Vapor de la Carrera. Bizcos, enrollados, con retícula,
moviendo las orejas, saltando en un pie, basculando la pelvis, valiéndose de telescopios, microscopios, periscopios o caleidoscopios, a través de anillitos, de cánulas, de ojos de aguja o de caños maestros, todos miraban el cielo. Cada uno, entre la avalancha de estrellas -frías y hermosas desde el despertar del mundo, frías y hermosas cuando el último brillito de nuestro planeta se apagara-, cada uno buscaba entre esas estrellas una única luz indefinible. Ni siquiera nos dimos cuenta de que estábamos descubriendo la muerte. Pero era eso: se nos había perdido -otra vez- una última oportunidad. Un día, como un melón, como una serpiente, como una bufanda de luz, como todo lo redondo o coludo o resplandeciente que es posible urdir por el mero deseo de ser feliz, el cometa de cola áurea giraría otra vez por el que había sido nuestro cielo. Pero nosotros, los que esa noche nos afánabamos y aguardábamos bajo las estrellas impasibles, nosotros, los de esta costanera, ya no agitaríamos la suave bruma nocturna para perseguirlo.





El cuento por su autor*



Un llamado de Sylvia Iparraguirre fue el desencadenante: me pedía un cuento para una antología del humor. Había pensado (me dijo) en "La sinfonía pastoral", pero tal vez yo querría escribir algo especialmente para la antología. Ciertas presiones externas provocan en mí un estallido. Puede explicarse así: el universo, con sus infinitas vetas de lo-que-puede-ser-narrado, me provoca una especie de terror cósmico. A veces, un mandato interno bien fuerte clausura toda otra posibilidad y me pongo a
escribir, pero cuando ese mandato falta, o se me oculta, los demasiados grados de libertad de lo narrable me provocan una especie de vértigo que termina pareciéndose a la parálisis. En cambio, si es un requerimiento de afuera el que se toma por mí el trabajo de circunscribirme el universo, puedo sin más trámite apuntar la energía y la imaginación hacia ese sector y entonces (y siempre que el encargo de afuera coincida de algún modo con un encargo de adentro) soy una fiera. O sea que recogí el guante. Acudí a mi registro mental de "cuentos que algún día voy a escribir": situaciones que he vivido, cosas que me contaron o, simplemente, ocurrencias súbitas que, en su momento, han producido en mi cabeza el tintineo típico de acá-hay-un-cuento y que aguardan algún hecho afortunado que me saque de mi natural estado de ¿indecisión?, ¿haraganería? y me ponga en acción. El llamado de Sylvia, en este caso, fue el hecho afortunado.
Rastreé entre lo registrado las situaciones esencialmente cómicas. Brillaron dos: un episodio con un colchón y la noche del cometa, que ocurrió en el transcurso de la semana en que el cometa Halley pasó cerca de nuestro mundo.
Para esa noche, los diarios anunciaban la cercanía inusual del cometa y un lugar de privilegio para el avistaje: la Costanera Sur. Por la proximidad con la Costanera (Ernesto y yo vivimos en San Telmo) varios amigos vinieron a nuestra casa para que emprendiéramos juntos la caminata hacia el espacio señalado. No voy a contar los pormenores de la excursión: varios de ellos están entretejidos en "La noche del cometa". Sí voy a decir que, desde que cruzamos el puente, nos encontramos inmersos en un absurdo de comicidad imparable; que a la madrugada, casi exhaustos de tanto reírnos, terminamos comiendo tallarines en Pippo, y que, mientras comíamos, yo pensé que iba a escribir un cuento con los hechos de esa noche.
Volviendo a la historia, debo decir que, de entrada, elegí el colchón. Tal vez porque el episodio me resultó demasiado lineal, o porque no le veía la punta, la cuestión es que intenté varios comienzos y la cosa no fraguaba.
Por descarte o por desesperación acudí al cometa. Una maniobra sencilla: sólo abrir un archivo nuevo. En esa época escribía con el nunca superado Word Perfect. Y ante la pantalla en negro, sin saber cómo iba a arrancar ni desde dónde iba a contar, escribí: "Del cometa sabíamos que...". Debo decir que, habitualmente, encontrar la persona narrativa, la frase inicial y la música de un cuento suele implicar para mí un largo proceso de prueba y error; a partir del momento en que los encuentro, la escritura tiende a convertírseme en un acto dichoso pero, hasta entonces, soy pura búsqueda y distracciones. Esta vez, la cosa salió de entrada, así que todo iba marchando sobre rieles con el cometa. Salvo un pequeño accidente. A medida que avanzaba, y aunque los hechos cómicos de esa noche estaban (están) allí, yo iba percibiendo que el cuento tomaba por un derrotero no previsto y de comicidad dudosa. Que una presencia inesperada (y sin embargo insoslayable) se había colado por algún resquicio de los acontecimientos y amenazaba con quedarse.
A Sylvia tuve que darle "La sinfonía pastoral". Y al asunto no previsto lo dejé nomás que se abriera paso. Sigue ahí, como una advertencia. O como un faro que alumbrara la vida con una luz que, hasta ese momento, había pasado inadvertida.


*Fuente: Página/12 http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-159546-2010-12-30.html







BROTHER AND SISTERS*



Hermanos y hermanas
hijos del látigo:
Ustedes
con sangre
hicieron un blues
de rabia
para no dar lugar
a la tristeza,
ante la burla
u opresión
del amo.
Yo también
conozco el dolor
de la vértebra.
He temblado
descalzo
al recorrer
los campos
en busca
del sustento
de mi madre, e hija:

Jornalero
tras la ciega.

Brothers
and sisters:
Su sed,
es también mi sed.
Vengo del sol,
y en estos
ojos negros,
el espíritu
de la rebelión
no murió
con Boutman
Toussaint
o con Lemba.


*De Daniel Montoly© danielmontoly@yahoo.es
Delaware, Ohio 2007






*


la estrellita del capitalismo alumbra el empeño del asalariado cuyo pecho
expansivo es un pueblo que canta, o (más rigurosamente): a partir de dichos del obispo watson



"las leyes son buenas pero, desgraciadamente, están siendo
burladas por las clases más bajas. por cierto, las clases más altas tampoco
las tienen mucho en consideración, pero esto no tendría mucha importancia si
no fuese que las clases más altas sirven de ejemplo para las más bajas."
"os pido que sigáis las leyes aun cuando no hayan sido hechas
para vosotros, porque así al menos se podrá controlar y vigilar a las clases
más pobres."

(en mil ochocientos cuatro,
ante la "sociedad para la supresión de los vicios")



los pobres son bajos
lo bajo está abajo
los pobres pisan el abajo
se aglutinan en el abajo y en el bajo
(que están debajo)

los ricos son obviamente altos
lo alto no se pisa
no es pisar
el aposentamiento en lo alto
lo alto es un bien
los ricos son la sustancia bienhechora de la altitud


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





Correo:



HOMENAJE A
Raúl Scalabrini Ortiz*


POR LA RECUPERACION DE LOS FERROCARRILES EN MANOS DEL ESTADO

14 DE FEBRERO A LAS 19 HORAS
JUAN B. ALBERDI 1164 OLIVOS.

Participan:


JUAN CARLOS CENA (ex ferroviario)
ELADIO TATE MARTINEZ (Ate)
JORGE VAZQUEZ (ex telefónico
LUIS DONIKIAN (ex telefónico)
ENRIQUE GUSSONI Proyecto Sur- ATE

Conducción JAPO SANTACRUZ
Proyecto Sur San Fernando (ATE Senasa)

CONVOCAN:
ASOCIACION CULTURAL CATULO CASTILLO
MONAREFA

-EN CASO DE LLUVIA -HIPOLITO YRIGOYEN 1678 VICENTE LOPEZ

*Enviado para compartir por Juan Carlos Cena. ferrocena2003@yahoo.com.ar




*


Inventren Próxima estación: HORTENSIA



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

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ORDOQUI.

CORBETT. / SANTOS UNZUÉ. / MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA. / LA RICA. / SAN SEBASTIÁN.

/ J.J. ALMEYRA. / INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55. / ELÍAS ROMERO. / KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO. / LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO. / ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO. / VILLA CARAZA.

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sábado, febrero 05, 2011

UN AMOR, UN DOLOR SIN LÍMITE, UN DESEO...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





SOY*



Soy mi historia,
secreta, confusa,
dificil de contar.
Dicha diariamente
por retazos
como si de sobrantes
se concretara algo.
Nadie entiende,
yo no entiendo.
Soy siempre un ¿qué más?
o millares de ¿por qué?,
la respuesta es mi historia,
confusa, secreta,
difícil de contar...




DOLOR*


Las palabras juegan a esconderse,
asoman a medias sus significados
dejando en la oscuridad
lo que bulle dentro.
Me duele tu ocaso.
Me duele el ocaso de cada día,
es parte de mí que se aniquila.
No puedo ver qué existe
detrás del comienzo de la noche
donde los designios
potencian su poder.




QUISIERA ESPERAR*


Mis espectativas
se crispan hacia arriba,
se escarchan en el cielo.
Ningún pájaro volvió
como emisario de rastreo.
Acumulo preguntas
que se disgregan al chocar
contra el límite del tiempo.
Quisiera esperar aún
pero me pierdo en acertijos
que oscurecen y confunden
los caminos sin regresos.
Quisiera volver a distenderme
en la alcoba del amor,
aunque no puedo precisar.
si alguna vez
lo recibí como ofrenda...



*Poemas de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar
-De "MORADA DE MI SER"









ESPINA*


“Un amor, un dolor sin límite, un deseo.
Los címbalos solares y el esplendor y el miedo...”
GABRIEL CELAYA




Siempre estuvo conmigo.
Antes de ser la piel bajo mi piel.
Astilla sobre astilla. Espina. Silicio.
Sustancia de barro y de madera.
Aguijón que penetra y palpitando, calla.
Se dilata y contrae, se oyen gritos de huesos
Hay tantas confesiones en este antiguo prisma.
Tiempo inmemorial que acompaña.
La cuido. La preservo. La escondo.
Si no se toca, no duele, no lastima.

Y ahora que la tarde ya cae.
Aparece la botella y el naufrago.
Y me hundo y me sumerjo y me pierdo.
Y la espina silente es un grito inaudible.
Es un pez. Un niño. Un latido. Un miedo.
Trae un amor de años, anterior al pulgar.
Anterior a las formas, a los sexos.

Acaso, por vez primera, vaya a su encuentro, la libere.
Y te atraviese y florezca en rosa.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








GÉNESIS SACRÍLEGO*




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



1. Separó Lacan la luz de la sombra y pobló de fantasmas el mundo, porque el mundo estaba vaciado de sentidos.

2. El espíritu de Lacan se movía sobre el haz del mundo. Dijo: sea lo real, y fue lo real. Y dijo Lacan que lo real era aquello que no podía representarse como lenguaje. Y vio que eso era bueno.

3. Apartó Lacan lo real de lo imaginario, y dijo: lo que se designe como "yo" estará formado a través de lo que es el otro. Y vio Lacan que eso era bueno.

4. E hizo Lacan la expansión del lenguaje, el territorio simbólico. Y dijo Lacan: que estas tres dimensiones se hallen imbricadas. Entonces creó el nudo Borromeo. Y agregó Lacan: el desanudamiento de cualquiera de las tres provocará el desanudamiento de las otras dos, se tratará de una torcedura, como la Banda de Moebius. Tomó Lacan una cinta de papel, pegó los extremos, tomó el lápiz y la tijera y vio que eso era bueno.

5. Tan ocupado estaba Lacan que perdió la noción del tiempo. Varios días habían pasado, y Lacan creó el habano para solazarse de sus logros y vio que eso era bueno. Mientras fumaba distraído, las horas pasaban como bala y a Lacan se le llenó el mundo de chucherías.

6. Y fue la tarde de un día cualquiera, cuando Lacan dijo: hagamos un fantasma a nuestra imagen y semejanza, para que nos lea. (Sin dudas, para que Lacan existiera, ya había otro que justificara su existencia).

7. El primer fantasma hombre fue hecho a imagen y semejanza de su creador. Como primer fantasma del mundo, recién hecho, dormía plácidamente una siesta bajo la sombra de un árbol. Entonces Lacan pensó que sería estúpido tener un mundo con único fantasma, tan estúpido como pensar en una Antropología Psicoanalítica.

8. Entonces, Lacan pensó, pensó, pensó, yendo y viniendo una y otra vez desde el sol a la luna, desde la cama al living. Meditabundo daba pasos largos, cabizbajo, Lacan, con las manos tomadas en la espalda.

9. Lacan observaba a su primer fantasma recién creado. Sentado en el suelo, el fantasma hombre recién creado intentaba calzarse, incluso cuando Lacan todavía no había inventado los zapatos. Al fantasma hombre le colgaba la simiente entre las piernas y le dio por nombre Estragón, aun antes de que Beckett creara un mundo para esperar a Godot.

10. El primer fantasma se esforzaba tratando de calzarse con las dos manos, fatigosamente. Se detenía, agotado, descansaba, jadeaba, volvía a empezar. Lacan le llenó la cabeza con sus teorías y vio que eso era bueno. Entonces Lacan, dijo: no es bueno que el fantasma esté solo: voy a obsequiarle otro fantasma con su mismo surco para su entretenimiento.

11. Y Lacan tomó una costilla del primer fantasma, amasó la porcelana fría, lo llenó de las mismas teorías psicoanalíticas que al primero y le hizo un surco en la parte final de la espalda, igual al surco del primer hombre fantasma.

12. Lindos jueguitos hacían el primer fantasma y su partenaire, a cualquier hora de la noche o el día. Entonces Lacan pensó en crear la galería de porno gay, para los futuros usuarios fantasmas. La equidad era perfecta: ambos tenían sembrador, ambos tenían surco. No se adivinaba ni por asomo el complejo de la castración.

13. Tan felices estaban en el paraíso los primeros fantasmas, que ninguno pensaba en Lacan, ni en sus seminarios. Uno más uno era dos en un mundo lleno de chucherías. Nada podía ser menos confuso.

14. Entonces Lacan consideró apropiado hacer algunas modificaciones. Tanta felicidad iba en contra de sus propósitos. Era necesario introducir la fisura, el misterio, lo negro del mundo. Rebanó Lacan la simiente que pendía de las piernas del segundo hombre fantasma, y le alargó la raya del horizonte. Extendió el surco, lo ahuecó de nuevo y creó el fantasma mujer, para extrañamiento y exploración del primer fantasma hombre.

15. Con el sobrante, Lacan hizo dos agarraderas y las abultó en el frente superior del segundo fantasma para que el primer hombre fantasma se agarrara de ellas en los momentos de siembra desenfrenada.

16. La agricultura fue la floreciente actividad del mundo y se cosecharon pequeños fantasmas prometedores, capaces de hacer el mundo cada vez más agrícola y más fantasmagórico.

17. Luego, Lacan puso a prueba a sus creados, y redefinió algunas chucherías del mundo. Dijo, el inconsciente no es más que la medida del afuera del sentido de los propósitos, y los fantasmas creyeron que eso era bueno.

18. Luego dijo a sus fantasmas que al decir "llueve" la lluvia sería un acto del pensamiento. Por ello, cada uno de sus fantasmas podría darle a la lluvia su sentido. Incluso confundir la lluvia con el meteoro, con el agua pluvial, con el agua que de ella se recogiera. Y los fantasmas creyeron que eso también era bueno.

19. Y Lacan, con un pie en la luz y otro pie en la sombra dijo que el meteoro era propicio a la metáfora. Así, Lacan dio vía libre al fantasma mujer, al fantasma hombre y a la metáfora. Y fue así que muchas chucherías del mundo cobraron sentido.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-27286-2011-02-05.html






*


La arena es un cuento sin fin

Incontable

Una infinita alfombra de

estrellas o rocas trituradas


Por eso
a veces en las tardes

cuando los niños se sacan los zapatos

queda un brillo de estrellas

casadas con el mar.

Que juegan al verano

Sobre todos los pisos oscuros de las muerte.




*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







Nadie encendía las lámparas*



*De Felisberto Hernández.



Hace mucho tiempo leía yo un cuento en una sala antigua. Al principio entraba por una de las persianas un poco de sol. Después se iba echando lentamente encima de algunas personas hasta alcanzar una mesa que tenía retratos de muertos queridos. A mí me costaba sacar las palabras del cuerpo como de un instrumento de fuelles rotos. En las primeras sillas estaban dos viudas dueñas de casa; tenían mucha edad, pero todavía les abultaba bastante el pelo de los moños. Yo leía con desgano y levantaba a menudo la cabeza del papel; pero tenía que cuidar de no mirar siempre a una misma persona; ya mis ojos se habían acostumbrado a ir a cada momento a la región pálida que quedaba entre el vestido y el moño de una de las viudas. Era una cara quieta que todavía seguiría recordando por algún tiempo un mismo pasado. En algunos instantes sus ojos parecían vidrios ahumados detrás de los cuales no había nadie. De pronto yo pensaba en la importancia de algunos concurrentes y me esforzaba por entrar en la vida del cuento. Una de las veces que me distraje vi a través de las persianas moverse palomas encima de una estatua. Después vi, en el fondo de la sala, una mujer joven que había recostado la cabeza contra la pared; su melena ondulada estaba muy esparcida y yo pasaba los ojos por ella como si viera una planta que hubiera crecido contra el muro de una casa abandonada. A mí me daba pereza tener que comprender de nuevo aquel cuento y transmitir su significado; pero a veces las palabras solas y la costumbre de decirlas producían efecto sin que yo interviniera y me sorprendía la risa de los oyentes. Ya había vuelto a pasar los ojos por la cabeza que estaba recostada en la pared y pensé que la mujer acaso se
hubiera dado cuenta; entonces, para no ser indiscreto, miré hacia la estatua. Aunque seguía leyendo, pensaba en la inocencia con que la estatua tenía que representar un personaje que ella misma no comprendería. Tal vez ella se entendería mejor con las palomas: parecía consentir que ellas dieran
vueltas en su cabeza y se posaran en el cilindro que el personaje tenía recostado al cuerpo. De pronto me encontré con que había vuelto a mirar la cabeza que estaba recostada contra la pared y que en ese instante ella había cerrado los ojos. Después hice el esfuerzo de recordar el entusiasmo que yo tenía las primeras veces que había leído aquel cuento; en él había una mujer que todos los días iba a un puente con la esperanza de poder suicidarse.
Pero todos los días surgían obstáculos. Mis oyentes se rieron cuando en una de las noches alguien le hizo una proposición y la mujer, asustada, se había ido corriendo para su casa.
La mujer de la pared también se reía y daba vuelta la cabeza en el muro como si estuviera recostada en una almohada. Yo ya me había acostumbrado a sacar la vista de aquella cabeza y ponerla en la estatua. Quise pensar en el personaje que la estatua representaba; pero no se me ocurría nada serio; tal vez el alma del personaje también habría perdido la seriedad que tuvo en vida y ahora andaría jugando con las palomas. Me sorprendí cuando algunas de mis palabras volvieron a causar gracia; miré a las viudas y vi que alguien se había asomado a los ojos ahumados de la que parecía más triste. En una de las oportunidades que saqué la vista de la cabeza recostada en la pared, no miré la estatua sino a otra habitación en la que creí ver llamas encima de una mesa; algunas personas siguieron mi movimiento; pero encima de la mesa sólo había una jarra con flores rojas y amarillas sobre las que daba un poco de sol.
Al terminar mi cuento se encendió el barullo y la gente me rodeó; hacían comentarios y un señor empezó a contarme un cuento de otra mujer que se había suicidado. Él quería expresarse bien pero tardaba en encontrar las palabras; y además hacía rodeos y digresiones. Yo miré a los demás y vi que escuchaban impacientes; todos estábamos parados y no sabíamos qué hacer con las manos. Se había acercado la mujer que usaba esparcidas las ondas del pelo. Después de mirarla a ella, miré la estatua. Yo no quería el cuento porque me hacía sufrir el esfuerzo de aquel hombre persiguiendo palabras: era como si la estatua se hubiera puesto a manotear las palomas.
La gente que me rodeaba no podía dejar de oír al señor del cuento; él lo hacía con empecinamiento torpe y como si quisiera decir: "soy un político, sé improvisar un discurso y también contar un cuento que tenga su interés".
Entre los que oíamos había un joven que tenía algo extraño en la frente: era una franja oscura en el lugar donde aparece el pelo; y ese mismo color -como el de una barba tupida que ha sido recién afeitada y cubierta de polvos- le hacía grandes entradas en la frente. Miré a la mujer del pelo esparcido y vi
con sorpresa que ella también me miraba el pelo a mí. Y fue entonces cuando el político terminó el cuento y todos aplaudieron. Yo no me animé a felicitarlo y una de las viudas dijo: "siéntense, por favor" Todos lo hicimos y se sintió un suspiro bastante general; pero yo me tuve que levantar de nuevo porque una de las viudas me presentó a la joven del pelo ondeado: resultó ser sobrina de ella. Me invitaron a sentarme en un gran sofá para tres; de un lado se puso la sobrina y del otro el joven de la frente pelada. Iba a hablar la sobrina, pero el joven la interrumpió. Había levantado una mano con los dedos hacia arriba -como el esqueleto de un paraguas que el viento hubiera doblado- y dijo:
-Adivino en usted un personaje solitario que se conformaría con la amistad de un árbol.
Yo pensé que se había afeitado así para que la frente fuera más amplia, y sentí maldad de contestarle:
-No crea; a un árbol, no podría invitarlo a pasear.
Los tres nos reímos. Él echó hacia atrás su frente pelada y siguió:
-Es verdad; el árbol es el amigo que siempre se queda.
Las viudas llamaron a la sobrina. Ella se levantó haciendo un gesto de desagrado; yo la miraba mientras se iba, y sólo entonces me di cuenta que era fornida y violenta. Al volver la cabeza me encontré con un joven que me fue presentado por el de la frente pelada. Estaba recién peinado y tenía gotas de agua en las puntas del pelo. Una vez yo me peiné así, cuando era niño, y mi abuela me dijo: "Parece que te hubieran lambido las vacas." El recién llegado se sentó en el lugar de la sobrina y se puso a hablar.
-¡Ah, Dios mío, ese señor del cuento, tan recalcitrante!
De buena gana yo le hubiera dicho: "¿Y usted?, ¿tan femenino?" Pero le pregunté:
-¿Cómo se llama?
-¿Quién?
-El señor... recalcitrante.
-Ah, no recuerdo. Tiene un nombre patricio. Es un político y siempre lo ponen de miembro en los certámenes literarios.
Yo miré al de la frente pelada y él me hizo un gesto como diciendo: "'¡Y qué le vamos a hacer!"
Cuando vino la sobrina de las viudas sacó del sofá al "femenino"
sacudiéndolo de un brazo y haciéndole caer gotas de agua en el saco. Y enseguida dijo:
-No estoy de acuerdo con ustedes.
-¿Por qué?
-...y me extraña que ustedes no sepan cómo hace el árbol para pasear con nosotros.
-¿Cómo?
-Se repite a largos pasos.
Le elogiamos la idea y ella se entusiasmó:
-Se repite en una avenida indicándonos el camino; después todos se juntan a lo lejos y se asoman para vernos; y a medida que nos acercamos se separan y nos dejan pasar.
Ella dijo todo esto con cierta afectación de broma y como disimulando una idea romántica. El pudor y el placer la hicieron enrojecer. Aquel encanto fue interrumpido por el femenino:
-Sin embargo, cuando es la noche en el bosque, los árboles nos asaltan por todas partes; algunos se inclinan como para dar un paso y echársenos encima; y todavía nos interrumpen el camino y nos asustan abriendo y cerrando las ramas.
La sobrina de las viudas no se pudo contener.
-¡Jesús, pareces Blancanieves!
Y mientras nos reíamos, ella me dijo que deseaba hacerme una pregunta y fuimos a la habitación donde estaba la jarra con flores. Ella se recostó en la mesa hasta hundirse la tabla en el cuerpo; y mientras se metía las manos entre el pelo, me preguntó:
-Dígame la verdad: ¿por qué se suicidó la mujer de su cuento?
-¡Oh!, habría que preguntárselo a ella.
-Y usted, ¿no lo podría hacer?
-Sería tan imposible como preguntarle algo a la imagen de un sueño.
Ella sonrió y bajó los ojos. Entonces yo pude mirarle toda la boca, que era muy grande. El movimiento de los labios, estirándose hacia los costados, parecía que no terminaría más; pero mis ojos recorrían con gusto toda aquella distancia de rojo húmedo. Tal vez ella viera a través de los párpados; o pensara que en aquel silencio yo no estuviera haciendo nada bueno, porque bajó mucho la cabeza y escondió la cara. Ahora mostraba toda la masa del pelo; en un remolino de las ondas se le veía un poco de la piel, y yo recordé a una gallina que el viento le había revuelto las plumas y se le veía la carne. Yo sentía placer en imaginar que aquella cabeza era una gallina humana, grande y caliente; su calor sería muy delicado y el pelo era una manera muy fina de las plumas.
Vino una de las tías -la que no tenía los ojos ahumados- a traernos copitas de licor. La sobrina levantó la cabeza y la tía le dijo:
-Hay que tener cuidado con éste; mira que tiene ojos de zorro.
Volví a pensar en la gallina y le contesté:
-¡Señora! ¡No estamos en un gallinero!
Cuando nos volvimos a quedar solos y mientras yo probaba el licor -era demasiado dulce y me daba náuseas-, ella me preguntó:
-¿Usted nunca tuvo curiosidad por el porvenir?
Había encogido la boca como si la quisiera guardar dentro de la copita.
-No, tengo más curiosidad por saber lo que le ocurre en este mismo instante a otra persona; o en saber qué haría yo ahora si estuviera en otra parte.
-Dígame, ¿qué haría usted ahora si yo no estuviera aquí?
-Casualmente lo sé: volcaría este licor en la jarra de las flores.
Me pidieron que tocara el piano. Al volver a la sala la viuda de los ojos ahumados estaba con la cabeza baja y recibía en el oído lo que la hermana le decía con insistencia. El piano era pequeño, viejo y desafinado. Yo no sabía qué hacer; pero apenas empecé a probarlo la viuda de los ojos ahumados soltó el llanto y todos nos callamos. La hermana y la sobrina la llevaron para adentro; y al ratito vino la sobrina y nos dijo que su tía no quería oír música desde la muerte de su esposo -se habían amado hasta llegar a la inocencia.
Los invitados empezaron a irse. Y los que quedamos hablábamos en voz cada vez más baja a medida que la luz se iba. Nadie encendía las lámparas.
Yo me iba entre los últimos, tropezando con los muebles, cuando la sobrina me detuvo:
-Tengo que hacerle un encargo.
Pero no me dijo nada: recostó la cabeza en la pared del zaguán y me tomó la manga del saco.


*Fuente: http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/esp/hndz/nadieen.htm







ONE HORSE & FOUR HORSEMEN*


Estos ladrillos manchados
de arte rupestre,
testifican
amores paganos
apócrifos.
Amores arabescos
pervertidos
por los orines
y los abrazos
semánticos,
urgentes,
calle abajo
ante las sirenas
y los curiosos
transeúntes.
Pechos brutales,
desnudos
por el hambre y el dolor,
falos enfermos
por masturbarse
con el neón
los viernes.
Las flores
de los muros
recobran su matiz
con la caída
del sol.
Heridos por el semen,
los rincones
se orean exhaustos,
débiles ángulos
y el viejo bar,
vierten su sombra
sobre los sudorosos
cuerpos:
Árbol del vicio
sin rastros,
o huellas de ausencia.


*De Daniel Montoly© danielmontoly@yahoo.es
Delaware, Ohio 2007





*


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/ J.J. ALMEYRA. / INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55. / ELÍAS ROMERO. / KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO. / LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ.

RAFAEL CASTILLO. / ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO. / VILLA CARAZA.

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martes, febrero 01, 2011

A CADA SUEÑO LE CORRESPONDE UNA CRUZ...



-Dibujo: Sueño de perro alado
de Ray Respall Rojas.





ALMAS GEMELAS*


A Marié Rojas


Todos los viernes, a las trece horas, Endrina coloca en un cordel del balcón trasero, bien sujetado con pinzas, su mantel del té; casi al mismo tiempo pasa el barredor de hojas, con sus zapatos gastados y su escoba siempre nueva, cantando canciones que nadie oye, dos minutos antes la vecina de los altos le gritaba a su hijo por tercera vez que subiera a almorzar, que la comida se pondría helada y no la calentaría más y yo, el fantasma de un perro atropellado, lo miro todo desde este rincón del parque, esperando mi momento...

Son las 13 y 16, Endrina ha terminado de lavar la tetera bajo el chorro tibio del grifo, enciende una vela frente al retrato del Marinero y se sienta en el sillón a rascarle la cabeza al gato. Ni ella, ni los otros, saben de mí, pero estoy aquí por algo importante, hoy viernes, justo a las 13 y 46, un extraño pasará por su puerta siempre abierta, para que ella le escriba una carta de amor.

A los 15 años Endrina puso un anuncio en el periódico. “Se escriben cartas de amor gratis” le agregó la dirección de su casa más abajo y firmó como Madame Beatriz. Pero nadie fue, porque era gratis, solo un hombre desesperado se había atrevido a ir dos meses después de salido el anuncio, pero ella, con solo una mirada supo que el visitante era un suicida. Así que tomaron el té de las 12, pusieron juntos la vela al Marinero, y luego ella lo invitó a sentarse en la mesa de cinco patas; consultaría primero los Arcanos del tarot.

-¿El nombre de ella?

- Emilse... se llama Emilse.

Endrina le advirtió que con ese nombre sería una carta muy larga, pero sin post data, usaría tinta roja, para la ternura, perfumaría el papel con albahaca para las buenas intenciones, y el sobre sería de papel de china...

- Pasa por ella mañana.

Y la carta quedó, como muchas, en promesa. El suicida nunca más volvió, pero se marchó silbando de felicidad esa tarde en su bicicleta azul.

El anuncio siguió saliendo, por fuerza de costumbre, en la sección de clasificados del diario local.

Son ahora las 13 y 45 con 58 segundos; yo, el fantasma de un perro atropellado, sonrío cuando veo llegar al extraño...

- Vengo por una carta de amor.

El gato saltó de las piernas de Endrina al dejar ella de rascarle, en el balcón trasero el mantel de té, casi seco, dejó de ser agitado por el viento y Endrina, espantando a las mariposas nocturnas que comenzaban a posarse entre su pelo, le ofreció una taza de té al extraño. Yo, el fantasma del perro, lo miro todo ahora desde la ventana. Pude ver como a Endrina le temblaban los dedos al inclinar la tetera, para el extraño no fue evidente, estaba demasiado ocupado en disimular el poderoso escalofrío que me ha dado al verte, Endrina, estas ganas de decirte que soy yo, que llevo trescientas tres vidas buscándote, que llevo meses, largos como siglos, tratando de decidirme a venir a verte, estas ganas de apretarte contra mí, ahora mismo, de decirte lo mucho que te he extrañado...

Pero él, el extraño, enmudece, teme romper el silencio, teme que ella se asuste y derrame el té sobre la mesa sin mantel, sobre las cartas del tarot, arrugadas de pronto, como las manos de un anciano.

- “Tantos siglos, tanto mundo y tanto espacio....” - canta el barredor de hojas mientras pasa su escoba, pero nadie lo escucha.

Endrina va en busca de incienso y sabe que algo pasa detrás de esos ojos enormes de él, que me miran así, como en el sueño, como si de pronto estuviera frente a un proyector de juguete y su vida pasara como pasa el rollo de film por la lupa, y se siente desnuda, aliviada y a la vez tensa, le da náuseas pensar, la vela del Marinero se ha apagado, y el barredor de hojas sigue su canto, tantas vidas, tanto espacio...

Y el mundo es muy grande para que seas tú, hay tanta gente que puedes dormir contándolas como ovejas, hay tanto mundo para que vengas a echarme en cara tu existencia, para gritarme sin hablar que eres tú, y aunque yo lo sepa muy bien, aunque vea las señales, y aunque te haya estado esperando desde siempre... Endrina sigue pensando. Regresa con el incienso, se sienta frente al extraño y abre el mazo de los Arcanos.

- ¿Cómo se llama ella? - disimula de pronto al comprobar que los naipes están en blanco por ambos lados, sólo la Reina de Copas la mira, sarcástica.

Pero él insiste en callar, solo mirarla, mirarla y pensar. Ella tose, sacude su cabello, mira el reloj detenido desde hace dos años en la hora nona, y le pregunta de nuevo. De pronto él se levanta, le agarra las manos, casi que se las besa, pero yo, el fantasma del perro atropellado aprovecho para colarme por la ventana abierta espantando al gato que se sube a las piernas de Endrina huyendo de mi boca vacía, y ella comienza a rascarle la cabeza... Justo en ese momento, y por primera vez, comienza a escucharse al barredor de hojas que ha dejado de cantar, el hijo de la vecina tuvo que comerse la comida helada y ahora, mientras hace la siesta tiene pesadillas, el mantel de té ya está seco y la puerta, siempre abierta, se ha cerrado tras la espalda del extraño.

Son las 14 horas en punto. Endrina ha cerrado las ventanas, ya colocó el mantel sobre la mesa de cinco patas y sale a la calle a comprarse un collar de cuentas, dos pasteles de queso y leche para el gato. Mañana, a las seis y 16 de la mañana, cuando el primer lector del diario llegue a la página de clasificados mientras fuma un tabaco rancio, notará que hay un espacio vacío. “Un error de imprenta”, pensará. A lo lejos en la radio, alguien con voz gangosa de disco viejo, cantará una canción que nadie oye.



*De Yordán Rey Oliva. cartasylibelulas@gmail.com
Ciudad Habana, Cuba






MOEBIUS*


Tengo en mis manos tres cristales circulares
Como el destino, transparentes como el sueño,
Como el soplo de los dioses, caprichoso,
Que regresa y se repite, soplo eterno.

En uno, claro como las almas,
Atrapé el bosque, el amarillo sendero,
Nuestro árbol, sus guardianes, mi trébol de cuatro hojas,
Mis duendes y mis tapices, el oráculo del viento.

En otro, de colores turbios,
Guardé todo nuestro océano,
Tu rosa en la que cabe el desierto, el mechón de tus cabellos,
Tu barquito hecho de nueces, tus remos de marinero.

En el tercero, el más amado,
He capturado la nube que vimos aquel mes de enero
Bajel de elfos donde comenzaste el viaje de regreso,
A la isla en que te espero.




*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.





Endrina*


Tus aguas saben a primavera,
A té de milenrama,
A viernes con un beso.
Quien beba de ti se marchará sin sed.

¿Conjurarás la lluvia
para danzar entre naranjos?



*De Yordán Rey Oliva. cartasylibelulas@gmail.com
La Habana, Cuba






A CADA SUEÑO LE CORRESPONDE UNA CRUZ...






CACERÍA*


Era día de caza. Preparamos los arneses necesarios, no sin recelo. Debíamos ser rápidos y contundentes. La intemperie era malsana, entre otras cosas, por los hedores. Visualizamos la presa y en diez minutos estábamos celebrando.
Fuimos recibidos como siempre: aplausos y que se repita. Comimos hasta saciarnos. Guardamos el resto, ya cocido. No hay, en esta época, refrigeradores; no hay bosques, no hay animales ni aves y pocos insectos.
Escasea el agua sana.
Debemos estar atentos, dijo el líder del grupo. En cualquier momento somos presa de alguien.


*De cacho agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar








¿Se está muriendo la Naturaleza?*



*Por Juan Gelman


Es misterioso y todavía no hay explicación científica: desde los últimos días del año pasado se registran muertes casi simultáneas de peces, aves y otras especies en cuatro continentes. El primero de estos fenómenos que se hizo público aconteció en Maryland, a fines de diciembre: dos millones de peces aparecieron muertos en las playas de la bahía de Chesapeake. Días después, en Arkansas: amanecieron 5000 mirlos muertos en las calles y 200.000 peces muertos en el río Arkansas. Noticias parecidas comenzaron a venir de diferentes rincones del mundo.
En la playa inglesa de Thantet, condado de Kent, se encontraron estrellas de mar, cangrejos, esponjas, langostas, caracoles y anémonas sin vida; en Nueva Zelanda, centenares de peces y decenas de pingüinos; en el sur de Vietnam, 150 toneladas de peces; pulpos en el puerto de Vila Nova, Portugal, centenares cada mañana desde el 3 de enero; 400 tórtolas caídas de los árboles, muertas, en Faenza, al norte de Italia, el 6 de enero; pérdidas similares en Argentina (100 toneladas de peces en el río Paraná), Brasil (15 toneladas de sardinas, corvinas y peces gato), en Chile (más de un millón y medio de langostinos en la playa de Quenchi, Chiloé), en Canadá, Alemania y otros países. Son hechos que se han registrado antes. Lo que hoy llama la atención es su coincidencia en el tiempo.
Abundan las explicaciones más diversas de esta supuesta anomalía, aunque lo cierto es que las investigaciones no han arrojado resultados firmes. Más bien al revés: despiertan nuevas preguntas. ¿Una suerte de envenenamiento general? No se han hallado hasta ahora elementos que confirmen esta hipótesis. ¿El uso de pesticidas? Esto se podría aplicar a las aves, difícilmente a los peces. Hay inferencias místicas: se acerca el año 2012, portador del Apocalipsis. Otras son francamente disparatadas. Un veterinario sueco explicó así las muerte de unos cien grajos en Suecia: "Nuestra teoría principal es que los fuegos artificiales asustaron a las aves y éstas se posaron en la ruta, pero el cansancio les impidió levantar vuelo y las atropelló un coche" (www.rawstory.com, 5-1-11). Debe haber sido un automóvil formidable.
Algunos expertos proponen que la causa radica en la brecha abierta en el polo norte del campo magnético de la Tierra, que la envuelve y protege de los vientos solares y de la caída de asteroides y otros objetos que vagan en el espacio (//earthfrenzyradio.com, 6-1-11). Para las aves, va. ¿Y los
peces? El vocero de la Comisión de Pesca de Arkansas, Keith Stephens, opina que los peces tambor que terminaron en Chesapeake podrían haber sido víctimas de una enfermedad, dado que todos pertenecían a la misma especie.
No deja de ser una especulación. También se menciona el calentamiento global y es bien probable que todos esos factores influyan. Pero el problema de base radica en otro lugar.
El Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF, por sus siglas en inglés) acaba de dar a conocer una lista de las diez especies que corren el mayor peligro de extinción: el tigre, el oso polar, el gorila de la montaña, el pingüino magallánico, el rinoceronte de Java, entre otras (www.tlegraph.co.uk, 25-1-11). Son víctimas desde hace años, siglos, de la depredación humana. La tortuga laúd, la más grande de todas, que ha logrado sobrevivir 100 millones de años sobre este planeta, está diezmada por la caza y su hábitat corre peligro por el aumento del nivel de los mares. Hay peces cuyo destino es convertirse en sushi: "Un solo ejemplar de atún rojo se subastó en Tokio al precio record de 32,49 millones de yenes, aproximadamente 400.000 dólares por un solo pescado" (www.treehugger.com, 15-1-10). ¿Cuánto tiempo le quedará al atún rojo antes de desaparecer?
Unas 900 especies vegetales y animales se han extinguido en los últimos 500 años, según una infografía del sitio Mother Nature Network, y más de otras 10.000 corren el peligro de seguir su suerte (www.mnn.com, 5-3-10). Pero es de un siglo a esta parte que este lance se acelera: la acción del hombre es más rápida que el ritmo de reproducción natural de la flora y la fauna. La ballena gris no está precisamente a salvo y tampoco ecosistemas como el mayor arrecife de coral del mundo, la Gran Barrera de Coral, a veces calificada como el ser animal vivo más grande del planeta. Ubicado frente a la costa australiana de Queensland, se extiende a lo largo de 2600 kilómetros y es visible desde el aire. La Unesco lo declaró Patrimonio de la Humanidad en 1981, pero no faltan los que prefieren el patrimonio propio.
La súbita muerte de aves y de peces era en la antigüedad un presagio seguro de catástrofe que no siempre se cumplía. En el siglo XXI es una realidad tangible. La Naturaleza, ¿se muere o la están matando?


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-161241-2011-01-27.html





*


La lluvia
Se cuela por los agujeritos del alma
vuelve hermosa la tristeza.




*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








Rojo, amarillo y negro*



*Por Liliana Bodoc


Descubrimiento de pinturas rupestres en la cueva de Altamira, y rechazo de la ciencia oficial hasta varios años después de la muerte de su descubridor.
Ultimos años del siglo XIX, Santander, España.
–Se nos murió don Marcelino, mire qué pena.
–El buen don Marcelino, tan loco.
–Quién lo iba a decir, todo un señor de hacienda con la cabeza al revés.
–Ojalá allá arriba se le quite el peso de la locura, y deje de andar hablando de hombres monos que dibujaron animales en la cueva del barranco.
–Así sea.
Marcelino Sautuola murió cuando terminaba el siglo diecinueve, en una hacienda de Santander. Cerrada para el mundo la entrada de la cueva en la que, años atrás, había encontrado dibujos de bisontes pintados en tres colores.
–Como le cuento, el finado decía que los monos pintaban mejor que maestro de escuela. Muy de rojo, y de amarillo azafrán y de negro; tal cual este luto que llevamos por él. En paz descanse.
Marcelino Sautuola murió loco. O por lo menos, más loco que viejo. Y más triste.
Todo había empezado nueve años antes, cuando don Marcelino era un señor de hacienda con la cabeza al derecho.
Santander es una tierra de cavernas, pasadizos y cuevas que se disimulan entre grandes rocas de cal.
Una de esas cuevas, oculta en el fondo de un barranco, era parte de la hacienda de Altamira, propiedad de Marcelino Sautuola quien, en ratos libres, se entregaba a su afición por las nuevas ciencias.
La cueva se enredaba en tres largas galerías de techo muy bajo; tan bajo que don Marcelino estaba obligado a recorrerlas agachado, casi de rodillas.
–¡Y ya estaría mal para ese entonces...! Porque mire que andar a gatas todo un señor.
Don Marcelino iba por las tardes a la caverna y la andaba despacio, deteniéndose con curiosidad en cada grieta. Ya casi había terminado con la galería más grande, sin encontrar más que algunas piedras en forma de hojas de laurel.
–Y él, emperrado en que eran puntas de flecha.
Una tarde de esas, Sautuola llegó hasta la cueva con su hija. La misma María que encabezaba el entierro, lo siguió aquel día por los estrechos pasillos de piedra, a la luz de una lámpara. La niña, a diferencia de su padre, podía andar de pie, y aun así quedaba espacio entre su cabeza y el techo.
–Si apenas se levantaba del suelo, la chiquitina. Y usted, don Marcelino, qué poco seso. ¡Entrar con la criatura a semejante oscuro! Y a ver si deja de hablar frente a la niña de monazos que tiran flechas, que después la tenemos con pesadillas.
María con espacio sobre la cabeza, de a pasos cortos y entretenidos, se fue demorando. Entonces hizo lo que su padre no había podido, porque era un hombre muy alto que sólo podía andar agachado por la cueva: miró para arriba. Desparramadas por el techo, y apenas alumbradas por la lámpara que avanzaba, María vio figuras de colores.
Corrió hasta don Marcelino para contarle que había dibujos bonitos allá encima. Sautuola volvió sobre su camino de mala gana, creyendo que el asunto era algo entre el susto y la buena imaginación. Pero cuando llegó y consiguió acomodarse para mirar el techo, pudo ver lo que no había alcanzado a soñar. Alguien que sabía trazar había dibujado animales severos, orgullosos de sus tres colores. Revisó trabajosamente todo el techo de la galería: eran doce bisontes echados sobre sus patas, dos caballos, un lobo y tres ciervos.
Don Marcelino temía que fuera un engaño de esos que le venían con el cansancio. Don Marcelino no podía creer lo que veía porque don Marcelino estaba empezando a entender –era hombre de ciencia en los ratos de ocio– que esos bisontes llevaban más de diez mil años echados a la sombra.
Cuando salieron de la cueva era de noche, y Altamira parecía más bella con su viejo secreto.
–Cómo no recordarlo... Desde ese punto se nos puso lunático. Y fue decir cosas extravagantes, y mirar para el lado de la cueva como si allá se le hubiese quedado el corazón.
El señor Sautuola buscó de inmediato a los hombres de ciencia. Cuando notó que no alcanzaba con describirles los hallazgos de Altamira, decidió llevarlos para que pudieran ver por sí mismos. Así lo hizo, en espera de que se les llenaran los ojos de lágrimas frente a los viejos bisontes. Esperó en vano.
Los sabios movieron la cabeza y se pusieron de acuerdo. Falso, jamás había pasado por allí un pintor de otras Edades. En todos los idiomas dijeron inexacto, afirmaron irracional, sentenciaron estafa.
–Ya ve, don Marcelino. No es que lo diga una, que ni lee de corrido. Olvídese de esos mamarrachos y ocúpese de lo suyo: la hacienda y la niña.
Años pasó don Marcelino buscando quien le creyera que la cueva de Altamira guardaba dibujos más viejos que la historia. No pudo encontrarlo. Las lupas de Europa se volvieron sobre él con el ceño fruncido. Por fin, cuando la ciencia se llevó un dedo a los labios, don Marcelino se quedó callado.
Tapó la entrada de la cueva con grandes piedras y no habló nunca más de bisontes echados sobre sus patas. Pero tampoco le duró la vida. Sentado en una mecedora, frente a la ventana, repartió su agonía entre el amarillo de los girasoles, el rojo de allá y los ojitos negros de María.
Más loco que viejo. Más triste que loco.
–Tantos libros, don Marcelino, y, ¿para qué? Ni siquiera le valió para saber que a cada sueño le corresponde una cruz.





Salomón Adret*


* Por Liliana Bodoc

Expulsión de los judíos de España por decreto de los Reyes Católicos. Año 1492.
Tu locura también me pertenece, Salomón Adret. Y deseo contarla.
Loco como cualquiera se hubiese vuelto después de sufrir la traición más inesperada. Porque no fue la cárcel ni la expulsión, eso hubieses podido soportarlo. Fue la traición de alguien a quien amaste como a un hijo.
Cuando salía yo para visitar a los pacientes, me pediste un tazón de caldo; el tercero que tomabas esa tarde. Dejé mis cosas sobre el banco y fui al pasillo ennegrecido donde teníamos el fogón. Mientras esperaba el hervor, me acomodé contra el marco de una puerta que faltaba para mirarte en tu sillón de cuero.
Encorvado y sombrío, en el único mueble importante de la casa, dormitabas de a ratos, Salomón Adret, y te despertabas repitiendo la última palabra que habías dicho.
–Caldo. Pero no tan salado como el de ayer. A propósito, Yehiel, ya podrías enjuagar el salivero. Y a ver qué hacemos, porque esta saliva no tiene buen color. Necesito una purga... Aunque va a ser para peor si es como la que preparaste el mes pasado. Mal hecha, muy mal hecha.
Yo era un médico joven y tú un médico viejo, así que me senté a esperar que bebieras tu caldo sin dormirte. Entonces, y como siempre sucedía, recordaste a tu antiguo ayudante.
–Tampoco él consiguió hacer purgas como las mías. Y eso que le enseñé hasta los últimos secretos. Pero no aprendió. Las cargaba demasiado, igual que tú.
Sorbiste el caldo con ruido. Luego continuaste.
–Cómo no iba a enseñarle si lo tuve conmigo desde los seis años, y lo seguí queriendo cuando se hizo cristiano. Hasta lo defendí diciendo: Dios lo juzgará y no nosotros. Y agregué para quien quiso escucharme que si el pobrecito había cambiado su nombre judío pudo ser por miedo.
Me adelanté antes de que el caldo se volcara, y te sequé las chorreaduras.
–Empezó limpiando los morteros, y al poco tiempo ya sabía hacer purgas mejores que las mías. Mejores que las tuyas, porque a ti, Yehiel, te salen demasiado cargadas. A los ocho años me acompañaba en la recorrida por los enfermos. A los diez, era capaz de realizar sangrías y emplastos para forúnculos.
Me di cuenta de que juntabas fuerzas para seguir recordando.
–A los doce años declaró en mi contra ante la Inquisición. “Blasfemias contra la virgen y crímenes rituales”, decía el documento que había firmado con su nuevo nombre cristiano.
Llegué a tu puerta recién acreditado como médico y buscando trabajo. Para ese entonces, hacía ya algunos años que te habían expulsado de España. Los pacientes que tenías en Portugal eran pocos, pero porfié para quedarme porque tu fama era grande y, aunque tu cordura ya estaba resquebrajada, tenías mucho por enseñar a un médico inexperto. Por fin logré que me aceptaras y aquí estoy, sirviéndote caldo y oyendo la misma historia a cada momento.
Me devolviste el tazón vacío.
–Este caldo no puede tomarse de tan salado, Yehiel. Ya ves, tú tienes un buen nombre. El también lo tenía. Un dulce nombre judío que cambió por aquel otro nombre cristiano que nunca pude pronunciar. ¡Eso no!, nunca pude. Cuando se convirtió lo dejé conmigo; pero jamás pronuncié su nuevo nombre. ¿Qué hubieras hecho tú? Fue en los años que siguieron a la nueva Inquisición. Lo recuerdo perfectamente, como tenerlo delante, como mirar la lluvia por la ventana. ¡Yehiel!, ¿vas a traerme ese caldo?
Me contaste que habías salido de España cuando el decreto aprobado por los Reyes Católicos el 31 de marzo de 1492, obligó a los judíos a dejar de serlo o partir.
–El 9 de agosto nos vencía el plazo. Y ahí estaba yo, con algunos libros. Fui de los últimos que cruzaron la frontera. Me dejaron pasar los de medicina, pero mi Biblia se quedó allí.
Me contaste que en la frontera con Portugal retenían los libros sagrados y cobraban ocho cruzados por cabeza.
–Ocho, ni más ni menos. Dime, Yehiel, ¿has visto un viejo que tenga esta memoria? Cuando nos ganemos un día de descanso, voy a contarte todo sobre los años que pasé en la celda. Se van soportando detalle por detalle, lo mismo que cualquier dolor. Pero con un día de descanso no alcanzaría para contarlo todo... Aunque yo hablase sin parar apenas si llegaría al decreto de piedad: destierro a cambio de calabozo. No les di las gracias, Yehiel. ¿Qué hubieras hecho tú?
El día de tu exilio terminó un encierro que había durado cinco años.
–Y tres meses. Cinco años, tres meses y dos días. Es importante la exactitud, Yehiel, si quieres ser un buen médico.
La Inquisición encontró causa, cuando tu ayudante testificó en tu contra bajo los cargos de hechicería y firmó el pliego de la declaración con su nuevo nombre.
–No quiero recordar aquella declaración que leí, o me leyeron.
En el pliego se te acusaba de blasfemar contra la virgen y practicar ritos diabólicos.
–¡Mentir así! Me habían advertido que podía esperarse cualquier cosa de quien cambia su nombre. Pero yo les decía que el nombre no es el alma. Yehiel, corre la cortina, que este frío portugués me hace tiritar como un viejo.
Me levanté para cumplir tu deseo.
–Yehiel, ¿adónde vas?
Volví a sentarme.
–¿Te sientas sin traerme un tazón de caldo? A veces, no sé en qué me ayudas. A veces, lo perdono. Tuvo miedo. También recuerdo el miedo... Bien pensado, era un niño contra una montaña, y Dios sabrá qué palabras le dijeron.
Te sacudiste por un tiritón de frío. Te cubrí con una manta y te anuncié que debía marcharme porque tenía muchos pacientes que ver y quería estar de regreso para acostarte.
–Vete, Yehiel. ¿Quién te detiene?
Llegué un día para ofrecerme como asistente pero ese título te pareció muy pretencioso y me tomaste como discípulo, advirtiéndome que aún no estaba listo para llamarme médico. Y tenías razón. Desde entonces he aprendido mucho, también he escuchado a diario la historia de la traición que te arrebató la cordura.
–Vete ya... y regresa cuando te parezca. Me las arreglaré para hacerme un caldo.
Como era habitual me detuviste una vez más antes de que lograra partir.
–Aguarda, Yehiel, y escucha. Es verdad que nunca lo llamé por su nombre cristiano y, tal vez, el pequeño esperaba que lo hiciera. Quizás esperaba su nombre como una absolución. ¿Qué hubieras hecho tú como buen judío?
No esperabas respuesta así que salí al frío. Tenía mucho por andar y debía darme prisa si quería estar de regreso para acostarte.
Es posible que, al quedarte solo, volvieras a dormirte murmurando el nombre que nunca me dijiste.
–No demores en regresar, Santiago.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/23-161138-2011-01-26.html







El cuento por su autor*


Elegí estos dos relatos, pensados y escritos bajo un mismo plan, porque tienen dos cosas en común: la historia y la locura.
Siempre me ha interesado hacer ficción literaria partiendo de una situación histórica, de unas coordenadas espaciales y temporales, sociales y políticas. En todo caso, mentir desde una verdad. Suponer episodios que jamás ocurrieron pero que hubiesen podido ocurrir.
Para hacerlo, proyecto desde una situación que me conmueva (creo muy difícil hacerlo de otro modo) y le agrego a eso la premisa de unas constantes en los comportamientos humanos (reconocibles, al menos de una buena parte de nuestras sociedades). Leyendo la antigüedad se puede verificar que nuestras reacciones y nuestra emocionalidad se han modificado infinitamente menos que nuestros contextos materiales. Del vapor a la cibernética, ¿cuánto habrán cambiado el miedo, la furia, la codicia, la ternura?
Quizás sea bueno aclarar que cuando hablo de leer la antigüedad no me refiero solamente a las muy idolatradas Grecia y Roma. Me refiero también al clasicismo azteca, a las épicas orientales, a la lírica oral de algunas etnias africanas, etc.
Y después está la locura. Esa que en palabras del extraordinario maestro Antonio Machado sirve para purgar un pecado ajeno: la cordura. “La terrible cordura del idiota”. La locura por soledad, por traición, por desesperanza. La locura que a todos nos pisa los talones. La que ya preparó el café cuando nos levantamos.
Los personajes de estos dos cuentos, Marcelino Sautuola y Salomón Adret, provienen de la historia. Uno de ellos, el primero, fue de “carne y hueso” y yace entre las tantas injusticias que se le pueden endilgar a la soberbia. El otro, en cambio, es un hombre posible en una situación real que yace, también, entre las tantas injusticias que se le pueden endilgar a la soberbia.
Como suele ocurrirme, no me detengo demasiado a pensar en la edad de los lectores. Prefiero detenerme a pensar en mi propia edad y decirme que, a los cincuenta y dos años, lo mejor es deshacerse de los rótulos, caminar al ritmo del alma, obrar por convicción apasionada.
Y es así como procuro escribir.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/verano12/subnotas/161138-51646-2011-01-26.html




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