miércoles, mayo 04, 2011

CON AGUAS Y CON BESOS...



-Ilustración: Ray Respall Rojas.




TRISTEZA*


Tener un hijo, amarle hasta el dolor
Y no poder comprarle chocolates;
Pasar de largo por las vidrieras repletas de juguetes;
Saber que no lograremos llenar su estómago;
Tratar de hacerlo crecer
Alimentándolo de historias.
Curarlo con agua y con besos...


Ver partir a los padres
Al lugar donde no podemos seguirles,
Saber que demorará el reencuentro,
Que hemos de permanecer en este mundo loco,
Aunque vivir duela tanto a veces,
Educando a nuestros hijos con cuentos y caricias,
Curándolos con agua y con besos...


Aprender a vivir con tantas penas,
Porque el dolor verdadero nunca pasa.
Aceptar las leyes que nos impone la vida,
Saber que no hicimos felices a nuestros padres,
Ni a nuestros hijos,
Que faltaron juegos, regalos, mimos, dibujos,
Que no alcanzó el tiempo.


Que habremos de partir a nuestra vez,
Sin llegar a ver los frutos que sembramos,
Sabiendo que nos van a llorar, aunque sea en vano,
Que no habrá más auroras,
Ni más garabatos, ni poemas, ni cometas en el cielo,
Que tal vez no haya otra vida más que esta
De la que nos curamos con aguas
Y con besos.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.
(Publicado en el libro arte Mujer, Soledad y Violencia, editorial Gente con Talento, Colombia)









ABUELA TERNURA*



Tenía un carro y un caballo con el que llevaba verduras y frutas de barrio en barrio.
Pero no era “el Verdulero”, era Don Cosme y cuando viejo “El Abuelo Cosme”.
El caballo llevaba una mantita tejida al crochet por Emilia, su mujer, que era “una Santa”: cuidaba los hijos, a él “su marido”, la casa, el carro, el caballo, el perro, la gatita, los canarios de la jaula y hasta la lora del parral.
Don Cosme salía a la madrugada de lunes a sábados, al Mercado Central y detrás de su carro un cartelito vociferaba: “…Mirá mi carro de arriba a bajo, yo lo gané con mi trabajo…”
Mientras un farolito a querosene le daba luz y efecto con su bamboleo.
Emilia le ayudaba a atar el caballo, le ponía la mantita, le acariciaba las crines, mientras le cebaba mate y se quedaba después de un beso ruidoso en la mejilla, con éste en la mano izquierda, apoyada en su corazón y la derecha saludándolo hasta que en la primera curva desaparecía el farolito danzarín.
A la tarde con la caída del sol, Cosme regresaba, ella lo esperaba cronométrica parada en la puerta y otra vez tenía un mate calentito apoyado en su corazón y la mano derecha en alto haciendo señas; descansaba cada tanto para acomodar su peineta, sujetándose el pelo que el viento desordenaba.
En el patio, una silla de paja, una toalla y una palangana con agua y sal, eran el premio de amor a Cosme que llegaba cansado, sudoroso, con los pies hinchados como empanadas.
Él se desmoronaba en la silla y se rascaba las sienes sacándose la gorra.
Emilia liberaba sus pies, retirando las alpargatas y los ponía uno a uno amorosamente en el agua.
Los acariciaba y con el pan de jabón los masajeaba con ternura, agregando de tanto en tanto agua caliente de una pavita negra, que hervía en el brasero.
Y así empezaba el diálogo.
_ Vendí mucho, poco, nada, me estafó la gringa, perdí un manojito de billetes, llovió bastante y paré debajo de un toldo. Luego sequé al caballo.
_ ¿Y vos?
_ Yo seguí así nomás. El caballito es único y si se enferma nos quedamos sin trabajo. La lechuga estaba muy cara, compré medio cajón y vendí dos plantitas; La papa como siempre. Llevé veinte kilos y los vendí todos; la fruta poco, la gente no tiene guita y compra lo justito. En el bolsillo de mi saco está la libretita del fiado.
Emilia revisaba…
_Hay muchos atrasados.
_ Pero yo les vendo igual vieja, porque esa pobre gente tiene chicos y comen mucho. Ya pagarán.
Ella le secaba los pies, le ponía las chancletas y le cebaba mate mientras hervía el puchero con todas las verduras que él separaba, porque no eran vendibles: las machucadas, las semipodridas y las casi resecas de varios días. Pero esa mixtura amorosamente depurada, exhalaba un vapor oloroso que servía de aperitivo para la cena temprana, porque había que acostarse para madrugar.
Pasados muchos años, la vida continuó y en un momento, dialogan con la foto de Emilia, su hija y su nieta…
_ Mamá Emilia, papá cuenta todos los atardeceres lo mismo antes de dormirse “…que un día vendieron el carro y el caballo porque él ya estaba viejo y eran más los días de enfermo que los que salía a vender… que los dos se abrazaron y lloraron mientras el comprador desaparecía en la primera curva y el farolito bailarín ya no se veía…”
_ Abuela Emilia, el abuelo se duerme sosteniendo una vieja fotografía tuya cuando eras su novia, con rozagantes diecisiete años y pone una almohada larga junto a su cuerpo porque dice que extraña que no estés a su lado.


*De Rita Bonfanti. ritabonfanti@yahoo.com.ar









DE MIOPES Y REGENERADOS*



De cerca o de lejos. Es lamentable que sea necesario formular una respuesta; decidir, optar, cuando lo mejor sería no llegar a esa bifurcación de los caminos posibles.
La operación de la vista permite que lo borroso en la distancia tome sustancia, que los árboles tengan hojas precisas y únicas en vez de un follaje indiferenciado, que los colores más allá se decidan a superar la timidez y se revelen por fin en la fuerza de rojos, amarillos, verdes, ocres, perfectamente ellos mismos y no ensuciados por la pátina general de la niebla perpetua.
El retoque en la córnea impide que la distancia sea la excusa para borrar los edificios en la línea del horizonte, atrapa las aves en vuelo, echa fijador en el papel fotográfico. Las gentes tienen rostros, en los rostros esas mismas gentes lucen facciones, y abundan, más aún, en detalles como bolsillos y costuras en las prendas.
Pero tal maravilla se conquista con las necesarias pérdidas. Ahora que lo lejano aparece claro, lo cercano, antes accesible y simple, se torna difuso.
Las personas tienen una forma de caminar, de moverse, un ritmo y un abultamiento que son íntimos pero notorios, como si en cada pequeña acción se mostrase una exclusiva forma de relacionarse con el mundo. Un miope es quizás un entrenado y eficaz observador de esos grandes rasgos. Si no distingue el color de los ojos ni el grosor de las cejas, podrá percibir por las señales inequívocas quién es el amigo, quién el transeúnte ocasional, cuál el vecino que por no saludar finge distracción. Los delatará el largo de las piernas, el balanceo de los brazos, hacia dónde inclinan la cabeza o el bulto del peinado. Señales que irradian del cuerpo y son intransferibles.
Quien ve de lejos, con memorizar los rostros tiene suficiente, y pierde el ejercicio adivinatorio, el diario ejercicio detectivesco del que está obligado a resolver acertijos para individualizar seres y objetos. Esta mancha vertical es un poste, esta mancha horizontal un pozo en la vereda, esa mancha que se mueve es mi primo Armando.
Cuando se adquiere la visión de lo lejano y se detalla el universo, nos dan la noticia de que lo de acá nomás dará un salto a lo desconocido.
Y vuelta a empezar. Ahora para presionar la botonera del teléfono es posible recurrir a secuencias lógicas de alfabeto y numeración, por ejemplo, y para distinguir entre un pedacito de chocolate y un bicho inmóvil se puede probar el objeto, aunque no resulte recomendable.
No se puede ganar sin perder, entonces. Está escrito en la letra pequeña de los contratos.
El que conquista las letras de los carteles es derrotado por las prescripciones de los medicamentos, y si notamos la forma del pico de los gorriones, perdemos las patas filigranadas de los escarabajos.
Quizás sea, al fin de cuentas, la mayor pérdida la de descifrar a las personas por sus andares, y la de ser capaces de imaginar precisión en un mundo fundamentalmente incierto.




*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







A LA EULALIA LE FALTABAN 5 PA´L PESO*


Ha empezado a nevar y es primavera.
Los copos se disuelven en la fonda oscura de la Eulalia.

Claro, siempre se dijo a la Eulalia le faltaban 5 pa´l peso.

Nació silvestre, como las verbenas.
El hombre y sus circunstancias decidieron por ella.
Cuando quedó guacha, como un fardo más, la llevó el patrón
Como el trabajo en la Estancia era mucho.
Decidió que no fuera a la escuela.
Creció como los yuyos, a merced del tiempo.
Cuando el frío le llovía en los ojos se tapaba, toda, toda,
Cobija lana de su abuela, única herencia de su pasado.
Cuando las ubres, comenzaron a hincharse.
La cabrillona fue cabra.
Como caen los chañares maduros, fue pariendo hijos.
Hijos de la sed. Del viento. Del hastío.

Siempre se dijo que a la Eulalia le faltaban 5 pa´ l peso.

Su ley fue contraria a la de las bestias.
"Que nazcan hembras así aumenta la majada."
Esta era la ley del hombre:
"Que nazcan machos para que haya más fuerza de trabajo".
Cuando la única niña se anunció, el parto vino complicado.
Decidieron sacrificar la niña por la hembra reproductora.
Al poco tiempo el vientre fue creciendo, nuevamente, como la luna llena.
-"Que se va en sangre"-
-"Que el aborto es pecado"-

Ahora las 40 primaveras yacen en una caja de madera.
Los copos se disuelven en la fronda ingrávida de la Eulalia.
Las cotorras rezan y murmuran.
No hay lágrimas, ni congojas, ni un te extraño.
Claro, a la Eulalia le faltaban 5 pa´l peso.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Apretados*


*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO, DOS, TRES, ETC. ¡Hagan sitio! ¡Hagan sitio! Pero no. No hay. No queda. Ni siquiera esa línea blanca y muda para separar atronadores párrafos negros en esta contratapa. Tampoco puntos y aparte. No desperdiciarlas, no malgastarlos. Así que todo junto ahora, hoy. Se acabó el espacio y ni siquiera sobra para apellido de escritor. Así que eso es lo primero en salir eyectado, fuera, out, adiós. Un editor ahí. Sobran editores. Tachar con una X. Cut y paste. Se entiende, se comprende, aunque no se avise. Mar picada. No hagan olas. Demasiados tiburones. Al tablón y por la borda. Arrojar a los que osan demostrar cierto arrojo. No invitarlos a la fiesta de todos. Así, no cupo un alfiler de prendedor en Westminster, donde acuden todos aquellos interesados en que los pueblos sigan creyendo en cuentos de hadas, de príncipes, y de plebeyas ascendidas a princesas y –mi favorito– de Harry, que es el que de verdad se sacó la lotería. Tiene coronita sin necesidad de llevarla. Miré en los noticieros –toda esa jabonosa pompa y resbaladiza circunstancia, fenómeno histórico de rating, pastel y circo– y la verdad que me quedo con cualquiera de esas adaptaciones de clásicos victorianos y edwardianos de la BBC. Días antes del bien anudado enlace, otro incómodo, Martin Amis –pluma, espada y palabra– se despachó con gracia y furia contra la familia real. No cupo un clavo en San Pedro. Hostia y circo. Acelerada beatificación de retrógrado (todo) terreno. Curó a una monja, dicen. Ahá. Algo así como que a un escritor le den el Nobel porque a su madre le gustan mucho sus novelas. Y ya saben: movemos a la momia de Inocencio XI para que tenga mejor visibilidad la momia de Juan Pablo II, aquí ponemos un par de botellitas de sangre para venerar, va a quedar de lo más lindo, ya vas a ver. Y la misa continúa, saludos al Legionario Maciel y pídele a ese apetecible niñito rubio que te dibuje un cordero de Dios sentado en tus rodillas... No olvidarlo nunca: ésta es la gente –mudando cadáveres, adorando hemoglobina sobrante de una transfusión– que denuncia y condena los mensajes de sectas best-sellers. Me desintoxico viendo la nueva Furia de titanes. Muy mala. Pero cuánto más creativos, interesantes y mejor escritos eran los dioses antiguos. Y tanto mejores efectos especiales. Y todo el tiempo entre nosotros, bajando desde su olímpico conventillo para pasarla bien, para conocernos, sí, bíblicamente. Y sin necesidad de intermediarios. Así, del otro lado, Benedicto XVI decidió responder a algunas preguntas por televisión. Hubo quien celebró su “modernización”. Y pronto conversará con astronautas en órbita. Eso sí, entre dos mil interrogantes –parece que nadie se interesó por las difusas finanzas divinas o los escándalos de pederastia en el clero o las muchas acciones poco cristianas de la Iglesia durante momentos oscuros de la historia– el Sumo Pontífice escogió apenas siete dudas que le parecieron trascendentes: una de una niña sobre el tsunami japonés, una sobre el estado del alma de un comatoso (“Es como una guitarra con las cuerdas rotas”, explicó, y yo tan sorprendido porque hasta ahora pensaba que el alma era irrompible), otra de unos estudiantes cristianos de Irak que se sentían perseguidos, otra sobre la crisis en Africa, y nadie se jugó a preguntar cuántas plazas de estacionamiento libres quedan en el Cielo y en el Infierno. Pero sí hubo una de esas que me gustan tanto a mí –qué hizo Jesús esas horas entre la muerte y la resurrección– y que le hacen decir a este Santo Padre cosas más raras que las que decía Emmanuel Swedenborg. Así: “En primer lugar, este descenso del alma de Jesús no debe imaginarse como un viaje geográfico, local, de un continente a otro. Es un viaje del alma... El descenso del Señor a los infiernos significa, sobre todo, que Jesús alcanza también el pasado, que la eficacia de la redención no comienza en el año cero o en el año treinta, sino que llega al pasado, abarca el pasado, a todas las personas de todos los tiempos”. Ahá. Esta versión de Jesús como eternauta no causaría mucha gracia en la multitudinaria China donde, me entero, se ha prohibido la difusión de series y películas cuya temática sean los periplos temporales por considerarlas “monstruosas, promotoras de la superstición, el fatalismo y la reencarnación”. Uh. No cupo un puño en alto y abanderado en la Zona Cero y en Times Square –bang y cerco– por la alegría de saber a Bin Laden tocado y hundido. No cupo una aguja vudú en el Bernabeu y no cabrá en el Camp Nou, donde un paranoide Mourinho volverá a denunciar complots varios acusando a todas las personas de todos los tiempos. Messi es la eficacia de la redención. No va a quedarse sin trabajo. Pero faltan sillas en las oficinas para cobrar el paro español con casi 5.000.000 de desempleados. Algunos de ellos (prisioneros del tiempo libre, familias enteras entre paréntesis, comandos sin misión ni objetivo) se doparon con novios reales en el balcón y Papa en la mezzanina ascendiendo hacia a una santidad que no demorará en conseguir. Y me acuerdo de cuando se aseguraba que no se llegaría a los 4.000.000 de gente sin trabajo. Y la marea sube y las cifras crecen y leo en la revista de El País artículo acerca de la superpoblación. Escribe Vicente Verdú: “Más gente es más fiesta. La gente ama a la gente. Hace cola en los estadios, en los museos, al comprar un CD o un iPod, se hacina en los conciertos de rock y se amontona a la intemperie con la conciencia de que esa penalidad es parte importante del suceso... Demasiada gente abruma mucho, pero poca gente deprime. ¿Superpoblación? ¿Cuánta población sería necesaria para desencadenar el odio que las ratas se tienen cuando al multiplicarse se devoran entre sí?”. Me acuerdo del “Bilenio” de Ballard. Hemos estado haciendo el amor desde la Edad de Piedra y, para 1850, apenas éramos 1000 millones. Para 1930 ya éramos el doble. Y, de acuerdo, antibióticos y todo eso. Pero aun así... Este año alcanzaremos los 7000 millones. Los expertos hablan de colapso total. No van a alcanzar la comida, el aire, los metros cuadrados. Todo va a ser como Bombay, como el D. F., como el camarote de los Hermanos Marx en A Night at the Opera pero sin nadie que abra la puerta al final del gag. Otros apuestan a un mundo que se autorregula: cada vez nace menos gente (el contacto de los alimentos con los plásticos parece ser uno de los motivos) y cada vez estamos más enganchados a la electricidad de videogames y aparatitos varios. ¿Para qué acostarte a ejercitar el músculo que no duerme cuando se puede vivir sentado y en trance jugando a ser otro que no se es en otra parte donde todo cabe? “¡Santos Lugares!”, diría Robin. Y me entero –leyendo Alive in Necropolis de Doug Dorst– de la existencia de una ciudad, en California, llamada Colma y donde viven más muertos que vivos. Me explico: una necrópolis compuesta por diecisiete cementerios (diversas religiones, colectividades, clases de mascotas) y habitado por, apenas, unas 1500 personas. El resto –1.500.000 almas– descansa en fosas o en nichos por ordenanza municipal de 1912 que impide plantar cementerios dentro de ciudades llenas de vida. El lema del lugar es “Qué grande es estar vivo en Colma”. Alguien filmó un musical sobre todo el asunto. Y alguien filmó un documental sobre Lily Dale, en la otra costa de Estados Unidos. Nobody Dies in Lily Dale se llama y nos invita a dar una vuelta por este pueblito en un bosque encantado cuya población es una espirituosa comunidad de cuarenta espiritistas. Hay que pagar 10 dólares por entrar el pueblo (la entrada da derecho a asistir a seminarios y conferencias; una consulta individual son 40 o 70 dólares) mientras, al otro lado de las barreras, católicos recalcitrantes acusan a los lugareños de brujos y advierten sobre el pecado de leer demasiado al satanista Harry Po-tter. Esas cosas. Y parece que hay toda una serie de novelas juveniles que transcurren en Lily Dale, algo así como el Vaticano para quienes creen en los fantasmas como variaciones sobre el aria del Espíritu Santo. Los médium de Lily Dale no comulgan con el tarot, con el tablero Ouija, con las bolas de cristal o con las habitaciones a oscuras. No. Cierran los ojos, respiran profundo y comunican lo que sienten. Sentados en cómodas reposeras al aire libre o en soleados estudios con demasiados almohadones forrados con encaje. “Nos limitamos a hablar con difuntos”, sonríe allí alguien con el mismo aire casual de quien explica una receta de cocina. Y cómo era aquella frase famosa de Arthur C. Clarke en cuanto a planeta habitable por cada ser humano que jamás ha nacido. ¿O vivido? ¿O por cada futuro muerto? No me acuerdo. Y no voy a rastrearla vía Google. Demasiada información allí. Demasiada data electrónica –verdadera, falsa, alucinada– que tarde o temprano acabará volviendo irrespirable el oxígeno que respiramos. Así es: mi idea de fin de mundo tiene que ver con la asfixia colectiva y planetaria producida por tanta letra y tecla y search. Y me acuerdo de esa novela. Make Room! Make Room! de Harry Harrison. Entonces, la superpoblación todavía quedaba en la ficción, en el futuro. Ya no. Me acuerdo también de que la adaptaron libremente en una película titulada Soylent Green. Allí, la solución a todos los problemas pasaba por desaparecer en suicidios asistidos y panorámicos, amasar a los muertos como galleta/chicle verde y masticarlos sin conocimiento ni culpa. Como ratas. Al apocalíptico Ernesto Sabato le debe haber gustado mucho. En Argentina se estrenó como Cuando el destino nos alcance. El problema es que ahora, casi alcanzados –al fondo y en el fondo no hay más lugar, pero sobran los aprietes– ya poco y nada nos alcanza. Y ya nunca más nos va a alcanzar. Apretados: estamos en aprietos.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-167507-2011-05-04.html







tango para final*


¿y si no todo está podrido?

(¿aspecto, consistencia u olor?)

¿y si el diagnóstico ha sido tremendista?

¿herpes, dónde?

¿tropas, opio?

¿de ocupación, de los pueblos?


no es que yo sea un canto a la esperanza

ni objeto de plasmación

de solamente algunos delicados especialistas

que pudieran designarme "el poema encarnado"



porque aún pían seres vivos


(el que quedó para contarlo

añade doscientos panes de trotyl)



¿por qué aún pían seres vivos?


¿te amo

o estoy emberretinado?


"mi orgasmo triste fuiste tú"



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar




*

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martes, mayo 03, 2011

HAY TANTA SOLEDAD, TAN SIN REMEDIO...




-Ilustración: Ray Respall Rojas.(Dibujo a plumilla)




Anarquías*



A quien comparte genes de ángel, gato y dinosaurio




Cuando desperté,
Todavía anidabas ahí.





¿Qué vine a aprender?
¿Lo habré logrado?





Nadie recuerda ese instante de orfandad
Anterior al nacimiento.



Exhaustas de amarse, dos libélulas
Inmolan sus alas al crepúsculo.





Vislumbrar otras realidades
Nos convierte en forjadores de universos.





El poder de avizorar el futuro,
¿Es regalo, o maldición?





El pasado no es un desierto, es
Jardín, mariposas y escorpiones.





El presente: mi gato y tú, aguardándome
En el brocal del pozo de los deseos.





¿Cómo puede el eco responder al silencio?





Alguien caminó sobre mi tumba
Y esa frialdad aún me desabriga.





La eterna sensación de ser vistos.
De ser escuchados, de ser un espejismo.





Es cada nombre, anagrama de mil
Vocablos por idearse.





Resonancia, fulgor, bálsamo, arcanos... Padre,
¿A qué me traes a un lugar del cual aún no soy digna?





Desde el fondo del océano una perla escucha
Mi llamado y parte en viaje hacia el anillo.





Prometí que regresaría
Para que pudieras olvidarme.





Juguemos a las transmutaciones.
¡Prueba a sentir lo que yo siento!





La umbrosa dama se posa entre las flores:
Hoy no es tu día, pasé solo a saludarte.





Desde las paredes me miran antepasados ajenos.


...


Llueve silencio sobre mis ventanas,
Permanezco a salvo del amor y las ventiscas.


...


La sombrilla permanece en el zaguán,
Hace un año que no lloro.





Nieva en medio de esta agonía abrasadora.
Las Rosas de Jericó parten en busca de otros suelos.





Presagian un eclipse en la pirámide invertida,
La luz de las tinieblas subyuga toda fluorescencia.





Es la sonrisa de mis manes, el único sendero
Para tornar del reino de los interludios.





¿Existes, cuando no te pienso?
¿Existía, antes de que me imaginaras?





Hay tanta soledad, tan sin remedio,
Que ya ni Dios nos acompaña.





Juego a ser mujer, juego a la realidad y a todo juego,
Con tal de no sucumbir a la vorágine.





Alquimia de las palabras breves,
Ensalmo del espacio sin palabras…






*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.













EN SILENCIO*

De Morada de mi sombra



Me atrae
el rincón más oscuro de mi alcoba
donde los ruidos quedan detenidos
antes de tocar su borde.
Me empequeñezco
como gota de lluvia
que cae en el estanque
y me reencuentro con mi esencia
uniendo sombra y silencio.




FUTURO*


Planté mi sombra al borde del sendero,
se transformó en álamo
y asimiló el paisaje.
El alimento de mis entrañas
nutrirá sus vivencias
talvés por mucho tiempo.
Después será la tierra
con su gracia eterna
quién la mantendrá en pie.



*Poemas de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







La raíz*



Ella se propuso incendiarme el camino
contrastar la roca y el silencio
bordear el horizonte con sus rulos y trinos
desbrozar la soledad y el sol eléctrico

Yo dispuse sus manos sobre toda la herida
de mi látigo terco
ahondé la claridad
la oscuridad
la decidida
inicial de su cuerpo

Ella se deslizó como la gota plena
como una fiebre verde y bienvenida
como un reloj de arena o como arena
y extendida

Yo sepulté la racha de la umbrosa
constelación de pájaros y lenguas
unté sus manos
otra vez
su rosa
constituí en ausencia

No se puede vivir con tanta muerte
ni morir
ni se sabe qué hacer con la sed
y con el hambre
donde ponemos la agonía
algo
no cabe


Otro pájaro (o el mismo)
incrustó su pico
en la única
raíz.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







DESENCANTADOS*



Apenas echados los primeros dientes, a poco de pasar caminando bajo la mesa, a instantes del amamantamiento y el sonajero, un rato después, una nada, el niño ya es un adulto en miniatura. Desencantado, incrédulo, feroz.
Están hartos de todo, todo los aburre.
Transcurren por uno o dos años de infancia para luego, así sin transición, arribar a una espúrea adultez o, peor aún, a una vejez cínica y malhumorada.
Antes del primer amor se interpone la burla por la inexcusable tontería de estar enamorado. Antes del primer real dolor, la insensibilidad confundida con estoicismo
Miedo de ser pueriles a los cinco años, vergüenza, tremenda vergüenza si se los halla disfrutando de alguna bobería. Cómo dejarse sumir en la puerilidad si han pasado casi tres años desde que dejaron los pañales. Ya son grandes.
Con lástima e impaciencia reniegan de las payasadas de los padres, los ponen en su lugar haciéndoles notar que en la vertiginosa altura de sus ocho o nueve años no están ya más para ese tipo de simplezas.
Gusto por la violencia y por la burla. Veo en la página brillante de una revista cuatro pandilleros en actitud desafiante, con rostros que van desde una exagerada mueca maléfica a la inexpresividad del psicópata. Cuatro niños que desde la página brillante publicitan calzado. Cuatro niños.
Que no los molesten con canciones infantiles de osos o ranitas, que no les cuenten cuentitos de hadas con final feliz, que no les pase la mamá la suave mano en suave caricia por el cabello. Eso es para nenes, no para un adolescente de siete pesados años cargados de cien mil imágenes de asesinato, de odio, de la lujuria del sexo sin la ternura del amor.
Cada filme es una enciclopedia, es el in y out, el savoir faire, un código de conducta y el evangelio. Es el compendio de cómo decir la frasecita ingeniosa, cómo burlarse para que duela, cómo ridiculizar cada gesto de buena voluntad y a toda persona demasiado pura. Hasta las películas de dibujos animados se promocionan asegurando que son para todas las edades, que contienen guiños de humor para los padres. ¿Para adultos infantilizados o para niños ancianos?
Les hemos robado la posibilidad de dejar brotar la alegría sin cedazo, esa ternura plena que si no aparece en esa época quizás se seque para siempre. Les robamos la sinceridad, lo espontáneo.
Y creemos que son más inteligentes cuando repiten frases y actitudes machacadas desde las pantallas; que son genios tecnológicos cuando saben responder obedientemente a las señales de las máquinas, como obedientemente salivaba el perro de Pavlov con la campana.
Cuánto daño, cuánto plato roto, cuántos trozos de vidrio por los suelos.
Algún niño sonriendo como niño se entretiene con su autito. Alguna nena feliz dibuja con tizas de todos los colores en el pizarrón de la tristeza, algunos saltan a la cuerda. Aunque el futuro los llegue, habrán disfrutado en su momento justo la justa porción de felicidad.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







MUJER DE ARENA*


Loca. Le llaman loca.
Porque va, viene, arremete, exige.
Se desangra en la lucha.
En conjuros de luna
Se aferra al amor desesperadamente.
Ama. Teme. Se desgarra en el goce.
Un día llora, otro día canta.
Es tormenta que opaca los cristales.
Es lecho improvisado.
Es la mujer de arena. Se desgrana.
Levanta los peñascos, los ata con alambres de púas.
Loca, le llaman loca
No ha seguido el rebaño de las hembras sumisas
Mujer, mortal, amante despojada.
Barcos pesqueros. Aparejos. Trampa .red, sedal.
Jadean en la noche de sílice.
Golpean con furia sus acantilados.
Penetran en astillas de vidrio.
La toman en la mano. La acarician.
La llevan hasta el borde.
Abren su puño y cae.
La pisotean .Sin compasión la pisotean.
La dispersan vendavales. Machos furiosos.

La exilian, la apartan, la fragmentan
Solo el mar infinito la toma entre sus brazos.
Loca suicida, le llaman, loca.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

-Poema seleccionado para "LA MUJER ROTA" presentado en la Feria Internacional
del libro en Guadalajara . MÉXICO.



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lunes, mayo 02, 2011

EN SUEÑOS, A VECES, ADIVINO NUESTROS NOMBRES...



-Ilustración: Ray Respall Rojas.



Disimulo*


Encubro y sonrío cuando estoy contigo
Intento hacerme la tonta
No demuestro mis verdaderos achaques
Para que no me dejes
Para que me quieras.
Voy cubierta de un velo de tul
De cactus, almendras y corales
Que pesan en mi figura
Dejándola torpe y asimétrica.
Las espinas de la rosa del vestido
Van lastimando con el rose, la piel
El collar de perlas y brillantes
Aunque son originales, hunden mi fragancia exquisita
En un mar de incomodidad y arremolinado.
Confundo a tu persona con mi sonrisa
Para ocultar mi sufrimiento.
Estoy sola bamboleando por el río de la mentira
Pues no me ha ido muy bien con la sinceridad.


*De Azul. azulaki@hotmail.com
- 29/4/2011







Robots*



Era un androide de sexta generación, capaz de cálculos exponenciales y especializado en trigonometría espacial, física cuántica y análisis de sistemas. Su capacidad de memoria era de 24 pentrones y la autonomía funcional se estimaba que sería superior a los tres siglos. Sin embargo la característica principal consistía en que su cerebro positrónico era capaz de tener sentimientos.

Hacía muchos años que los experimentos e investigaciones en este sentido habían devenido en fracasos, pero con los adelantos últimos la simulación del "alma" era prácticamente perfecta.

Adán, nombre con el que su creador, Stefen Plumkier, le bautizó estaba llamado a ser el paso definitivo del mundo de la robótica y más teniendo en cuenta la longevidad prevista. En él estaban depositadas todas las esperanzas de futuro, y de él se esperaba que pudiera devolver con creces las enormes inversiones que había requerido su fabricación.

El primer día de funcionamiento en solitario se encontraba a la espera de su presentación a la comunidad científica mundial viendo como su creador terminada de tomar el desayuno en la cocina de su casa.

Adán, miraba a su alrededor compilando datos de su entorno que iba guardando en su memoria. Fue al ver la tostadora que detuvo su mirada quedándose inmóvil e imperceptiblemente tembloroso. Plumkier, desde detrás de su taza de café observaba la reacción del androide ante lo que el llamaba "un robot básico".
Adán, con la lógica inexperiencia de su corto funcionamiento y ávido de iniciarse en las experiencias amorosas, con toda la rapidez de su potente cerebro, se enamoró de la tostadora, se acercó ella y la tomó en sus manos.

El cortocircuito provocado por el primer beso le destruyó completamente la memoria y terminó con el experimento y las esperanzas depositadas en él. Sin embargo, desde aquel instante, Plumkier ha podido disfrutar de las mejores tostadas del universo.




*De Joan MATEU. joan@cimat.es
Barcelona - ESPAÑA






1ro de mayo*


Escribe un verso, alma mía, más que un verso, una misiva
Sobre brújulas y desiertos, sobre rosas amarillas en tu infancia,
Ese rostro que te persigue en la penumbra y ves en los espejos
Y el aroma a misterio que acompaña a las catedrales.

Sobre la lluvia que acude a borrar el caos ordenador de la memoria
Donde anida un invierno que no quiere ser evocado, pero vuelve, en
La respiración entrecortada del pianista, durmiendo junto a mi vigilia,
Y ese matiz arcano que solo tienen los olivos de cien años.


Deja fluir el anima mundi hacia tus dedos, no temas las evocaciones,
Nada es locura en este mundo irracional, nada existe más allá del árbol
Que veo desde mi ventana, hoy mi mente es el vacío que llena todo espacio.


Somos bidimensionales, nuestra esencia anida en otra conjunción,
Esto es una entelequia de lo que pudo haber sido real, si la realidad lo fuese.
En sueños, a veces, adivino nuestros nombres.


*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






LAS HORTENSIAS*


(Parte 10 de 10)



*De Felisberto Hernández.



X


Después de la última sorpresa, María pidió muchas veces a Horacio que la perdonara; pero él guardaba el silencio de un hombre de palo que no representara a ningún santo ni concediera nada. La mayor parte del tiempo lo pasaba encerrado, casi inmóvil, en la pieza de huéspedes. (Sólo sabían que se movía porque vaciaba las botellas del vino de Francia.) A veces salía un rato, al oscurecer. Al volver comía un poco y en seguida se volvía a tirar en la cama con los ojos abiertos. Muchas veces María iba a verle tarde de la noche; y siempre encontraba sus ojos fijos, como si fueran de vidrio y su quietud de muñeco. Una noche se extrañó de ver arrollado cerca de él, al gato. Entonces decidió llamar al médico y le empezaron a poner inyecciones. Horacio les tomó terror; pero tuvo más interés por la vida. Por último María, con la ayuda de los muchachos que habían trabajado en las vitrinas, consiguió que Horacio concurriera a una nueva sesión. Esa noche cenó en el comedor grande, con María, pidió la mostaza y bebió bastante vino de Francia. Después tomó el café en la salita y no tardó en pasar al salón. En la primera vitrina había una escena sin leyenda: en una gran piscina, donde el agua se movía continuamente, aparecían, en medio de plantas y luces de tonos bajos, algunos brazos y piernas sueltas. Horacio vio asomarse, entre unas ramas, la planta de un pie y le pareció una cara; después avanzó toda la pierna; parecía un animal buscando algo; al tropezar con el vidrio quedó quieta un instante y en seguida se fue para otro lado. Después vino otra pierna seguida de una mano con su brazo; se perseguían y se juntaban lentamente como fieras aburridas entre una jaula. Horacio quedó un rato distraído viendo todas las combinaciones que se producían entre los miembros sueltos, hasta que llegaron, juntos, los dedos de un pie y de una mano; de pronto la pierna empezó a enderezarse y a tomar la actitud vulgar de apoyarse sobre el pie; esto desilusionó a Horacio; hizo la seña de la luz, a Walter, y corrió la tarima hacia la segunda vitrina. Allí vio una muñeca sobre una cama, con una corona de reina; y a su lado estaba arrollado el gato de María. Esto le hizo mala impresión y empezó a enfurecerse contra los muchachos que lo habían dejado entrar. A los pies de la cama había tres monjas hincadas en reclinatorios. La leyenda decía: "Esta reina pasó a la muerte en el momento que daba una limosna; no tuvo tiempo de confesarse; pero todo su país ruega por ella". Cuando Horacio la volvió a mirar, el gato no estaba. Sin embargo él tenía angustia y esperaba verlo aparecer por algún lado. Se decidió a entrar a la vitrina; pero no dejaba de estar atento a la mala sorpresa que le daría el gato. Llegó hasta la cama de la reina y al mirar su cara apoyó una mano en los pies de la cama; en ese instante otra mano, la de una de las tres monjas, se posó sobre la de él. Horacio no debe haber oído la voz de María pidiéndole perdón. Apenas sintió aquella mano sobre la suya levantó la cabeza, con el cuerpo rígido y empezó a abrir la boca moviendo las mandíbulas como un bicharraco que no pudiera graznar ni mover las alas. María le tomó un brazo; él lo separó con terror, comenzó a hacer movimientos de los pies para volver su cuerpo, como el día en que María pintada de negra había soltado aquella carcajada. Ella se volvió a asustar y lanzó un grito. Horacio tropezó con una de las monjas y la hizo caer; después se dirigió al salón pero sin atinar a salir por la pequeña puerta. Al tropezar con el cristal de la vitrina sus manos golpeaban el vidrio como pájaros contra una ventana cerrada. María no se animó a tomarle de nuevo los brazos y fue a llamar a Alex. No lo encontraba por ninguna parte. Al fin Alex la vio y creyendo que era una monja le preguntó qué deseaba. Ella le dijo, llorando, que Horacio estaba loco; los dos fueron al salón; pero no encontraron a Horacio. Lo empezaron a buscar y de pronto oyeron sus pasos en el balasto del jardín. Horacio cruzaba por encima de los canteros. Y cuando María y el criado lo alcanzaron, él iba en dirección al ruido de las máquinas.


-Fin de Las Hortensias de Felisberto Hernández-







INDIGNA DERROTA*



Ella se murió, y no sólo murió olvidada de la mano de Dios sino, y esto es lo verdaderamente espantoso, olvidada de la mano de sus semejantes. Si Dios está o no presente, es algo que finalmente podemos suponer o inventar, pero que los semejantes no estén, falten, que los semejantes se hayan retirado como la marea que desnuda las piedrecitas y caracoles en la playa sucia, que los semejantes no estén es algo que se nota, y más cuando el cadáver se descompone lentamente con ese rictus de nada, esa cara de estar en otra parte o no estar, quién sabe.
Varios días estuvo así, muerta y sola, sola y muerta, hasta que la hallaron. Alguien dirá que varios años estuvo muerta y sola, quizás. Alguien podrá decir que casi toda la vida, soledad y muerte, y por fin acabar con la tapa del ataúd tan cerca de la cara, los soldadores, la campana del cementerio repicando impersonal, con el mismo sonido para quienes traen un cortejo doliente que para el que ingresa desnudo y solo, perdida ya su memoria, cesadas las pequeñas ondas de la piedra que estuvo en el aire y ya ahora no se moverá del fondo del estanque.
Yo ni sabía, ella estuvo difusamente en una primera etapa de mi vida, en esa juventud que se ocupa de sí misma y de los jóvenes; los adultos como esos fantasmas que toman cuerpo sólo cuando es deber prestarles un poco de atención en alguna forma. Y ella era, entonces, allá lejos, una figura del decorado, una profesora molesta y de mal carácter, el títere que aparece en el teatrillo provocando la silbatina.
Poco sabíamos de esa profesora malquerida, pero algunos rumores llegaron que le atribuían una gran belleza en el pasado. Decían que en el mismo instituto donde nos enseñaba había estudiado, que entonces y muy atrás fue muy hermosa, que una compañera era, también, muy bella, que ellas dos eran rivales, que se disputaron un hombre, que la otra ganó, que fue la otra quien consiguió enamorarlo, que fue la otra quien se lo llevó, que la otra fue la que se casó con él, que siempre la otra, siempre la otra, fue la otra la que tuvo con el hombre bello hijos bellos, final de Blancanieves, y final de príncipe y etcéteras.
Decían que entonces se quedó despechada, sola, que nunca se casó, nunca se volvió a enamorar, nunca tuvo hijos ni feos ni bellos.
Ella, la muerta, se quedó enseñando en el mismo instituto donde se graduó y perdió el amado, fue allí exigente e injusta; no se hizo querer pero creyó que al menos se la respetaba y haría carrera. La otra, la casada, la feliz, se fue a estudiar lejos y desapareció del relato con sus hijos y la cara sonriendo para el retrato. Pero aquí no acaba.
Ella, la muerta, se regocijó cuando hubo un movimiento en los puestos directivos. Quizás podría ascender, había pasado décadas poniendo el cuerpo a la docencia, era su hora.
En el momento de los reconocimientos y las medallas vino la otra, como depositada por los malos vientos de la peste, como arribada en un barco fantasma de los que de noche atracan, y descienden literas con enfermos o una caja de pino mal clavada. Vino la casada, la feliz, la de eterna sonrisa. Con un título superior vino a ser su superiora, a dar las directivas, a implementar las nuevas prácticas. A decirle que traía, ella, las nuevas teorías y la verdadera renovación. Vino a quitarle lo que apenas le quedaba, sin malicia, olvidando el pasado, con la generosidad de los que a nadie desean el mal. La volvió a matar sin desearlo, acaso sin haberlo notado.
Y fue la vencedora, ayer, la que me lo dijo. Me contó con rostro grave que la hallaron muerta a Graciela, pobre, y que llevaba varios días muerta, qué cosa espantosa. Pobre, pobre. Pobrecita.
Mientras me lo decía anoté en su pizarra el último punto, cien a cero, mil a cero, victoria definitiva.
La otra ganó, le ganó todas las partidas, le ganó hasta en el último juego, el de la supervivencia. Y ni siquiera estaba consciente de que se desarrollase una sucesión de batallas. Acaso siempre y desde la primera vez no la vio siquiera, horror, posiblemente desde siempre deseó ayudarla y le tuvo lástima.
Por esto cuando me derroten, si alguna vez y para mi desgracia alguien me derrota, deseo que haga una fiesta y haya algarabía y panes dulces. Que festeje con cornetines bufos, que se burle, que se lo cuente a todo el mundo a carcajadas, que sus amigos hagan pasacalles y algún verso satírico si se encuentra dentro de sus posibilidades. Si alguien me derrota cuando el conteo, cuando la sumatoria, que el resultado adverso se dé porque alguien se esforzó en vencerme, no un simple aplastamiento por descuido.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







AVENIDA DE LOS CÉSARES*



“Otro pájaro (o el mismo)
Incrustó su pico
en la única
raíz
ROLANDO REVAGLIATTI



En el undécimo y penúltimo mes del año.
-calendario gregoriano, por imposición, no por opción-
En Avenida de los Césares 3315.
Entrando por el Arco del Rincón del Este.
Hay una galaxia azul topacio.
Allí, la taza escribe entre manos de mujer.
Mustia soledad de alambre.
Sin sabor. Sin entrañas. Sin piedad.
La silla se apoya en la mujer,
Como el hambre se apoya en las polillas.
La naftalina no combate la tristeza.
La espalda se arquea en la mujer, como arco de fracaso.
Arco de flecha. Aborto. Plegaria que no llega.
Y los pies...
Ah, los pies. Alguna vez fueron palomas.
Fuego. Rosas inmaculadas.
Los pies. Cruzan la mujer. La atornillan. La amordazan.
Y no hay salmos, ni palabras, ni un te quiero mudo.
Y no hay peces, ni pan, ni un levántate y anda.
Debajo, suspendida en en el suelo.
Una bolsa de desamor que nos espanta.
Posado en la ventana, un zorzal.
“incrustó su pico”, en el poema.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar

-Poema escrito en Rincón del Este. Taller coordinado por el poeta Ángel Darío Oliva .
Noviembre de 2009.









aleaciones*



no escondas las pezuñas de tu padre debajo de la arena
no levantes las enaguas de tu madre más arriba de su garganta
no arrojes demasiado lejos los tradicionales y siempre imprescindibles
botones rosados de tu hermana
no seduzcas aprisa a la sin mácula novia de tu hermano
pon orden en tu memoria y economiza convicciones
déjate amar por tu dinero y mantén tu oro despierto
intimídalos con explosivos roba la nómina de la unión pacific


ansias locas manicomiadas guarecidas acuarteladas
voy a cantar empólvame la trompa
voy a mirar empavóname los ojos
voy a tocar fertilízame los dedos
voy a oír arrepóllame las orejas
voy a pensar impónme en un rincón el característico bonete
(pero también adúlame y alábame
que de característicos y tradicionales estamos
y yo me inflo me inflo)


vegetariano como un caballo
insistente como un murciélago
ataviado como un pavo real
casto castor zorro azorronado ballena vacía
déjate uncir la selva el corral o la gracia
proponte diferido en capítulos
reléete en bocanadas
ve cediendo la estela de contritos virajes
descéntranos hazte remoto
estaño y plomo redimidos
transiciones zoológicas
desazón y cultura
hathayoga tántrico que se deja
converger por la alquimia


estilete
atroz lengua que respira
a la deriva mi pincel
sufro por emma bovary
porque no es a mí a quien desesperadamente necesita
ni por mis australes ni por mis productos
asalto con butch cassidy y sundance kid
discrepo con eliade sobre jung
me asocio con un bebé panda de peluche
voy a dar oscuridad con mis huesos a tu nombre


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








Correo:


Tener Trabajo en el Día del Trabajo*


¿Qué dilema no? Festejar el día del trabajador con millones de argentinos que jamás han tenido un trabajo formal y bien correspondido. Sí, debemos festejarlo porque implica muchas cosas, especialmente aquello de las 8 horas, razón de las ejecuciones. Si en 8 horas bien en blanco, nos pagaran lo justo y correspondido, miles de millones de horas quedarían disponibles para esos millones de desocupados y pseudodesocupados.


Es más, no habría quien tuviera que caer en el bastardeo de los politiqueros de los planes de hambre. Sí, esta es mi reflexión, la lucha por las 8 horas, aquellas que nos permitirían arreglar el cesped de casa, pagar la cuota de la hipoteca, terminar la maqueta con los chicos, mantener el autito de no más de 10 años bien arreglado y listo para ir a pasear al campo, es la misma lucha de aquellos mártires.


Horas suficientes para leer un libro en casa y aprender más sobre el Ser Social, del Deber Ser y mostrar el Buen Camino a nuestros Hijos.


Mayo 1ero de 2011

*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White - Buenos Aires




EL DIA Y TODOS LOS DÍAS*


Como la madre, los muertos y la patria, también los trabajadores tienen su día en el año, que se festeja con mucho fervor. A la madre se le arregla con un regalito, a los muertos con una flor, a la patria cantando el himno, y a los trabajadores con un feriado cargado de intenciones y denuncias que muestran llagas centenarias. Pero al otro día y el resto de los días, igual que a la madre, a los muertos y a la patria, la mueca fatal del “Sistema”, se caga en la justicia, los derechos, y en la dignidad de los trabajadores, porque sus únicos “Dioses” son el poder y los bienes que hacen sus felicidades, como siempre a costa de los más infelices.
Las multinacionales, los grandes manejadores de los créditos mundiales y nacionales, y los grandes o pequeños empresarios de la comarca, que se alimentan con las migajas del imperio, festejan, sonríen y se sienten buenos, porque creen ser ellos los que permiten que exista el día de los trabajadores.
La intención de los trabajadores no es que desaparezcan los ricos, sino que los bienes terrenales que son de todos y de cada uno de los que vienen al mundo, sean con justicia y humanismo repartidos entre todos los habitantes del planeta, pero el capital está seguro que siempre podrá tener a los trabajadores a raya, si regulan los bienes a los qué los pobres puedan acceder.
Porque para ello tienen a su servicio:
*Los medios masivos de comunicación.
*Ser acreedores de lastimosos préstamos.
*Cuentan con el trabajo hormiga de los políticos servidores del imperio.
*Cuentan la inmoralidad de los enemigos de los trabajadores, que tienen a su servicio “modernos tecnicismos colonialistas”.
Pero aún así nuestro PIT-CNT, mostrando sus heridas, su honestidad y su solidaridad, hizo temblar al aparato militar con sus muertos, sus torturados, sus exiliados, que no pudo aguantar y después de trece años tiró la toalla
Los trabajadores están señalando el sendero de paz y justicia al que se podrá acceder con la fuerza de la unidad, teniendo presente el peligroso acercamiento de las cabezas de la extrema derecha y la extrema izquierda.
No está lejos el día en que los trabajadores, como fuerza principal hacedora de la producción nacional, participe en las decisiones políticas y de gobierno, y comparta con el capital las decisiones que marquen el destino de la patria, porque qué puede hacer el capital sin la mano de obra y esta sin el capital, por lo tanto los conductores del país, no solo deben obedecer los mandatos capitalistas, sino que principalmente deben de tener en cuenta las aspiraciones de los trabajadores.
Es hora de terminar con el mal habido concepto de que en los sindicatos no deben hacer política, con ese concepto tampoco debería hacerlo las corporaciones capitalistas. Las organizaciones obreras deben de tener conciencia políticas, porque los alimentos y todos los insumos necesarios para la vida, tienen precio político, como el transporte, la salud, la educación, los salarios y las jubilaciones.
Si estamos en época de bonanza y al país le va bien, que nos vaya bien a todos, que la justicia suplante la caridad.



*De Gabriel Segovia. lebriga32@hotmail.com




*

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domingo, mayo 01, 2011

ESTACIÓN ORDOQUI


InvenTren

Al pueblo de Ordoqui a 100 años de su fundación





LA VOZ HERRUMBROSA*



SOBRE LA TIERRA DEL PATIO.
mañanas como países condensados en racimos:
pequeñas naciones verdes y floridas,
minúsculas pampas de tréboles
y –en la habitación trasera-
el jardín zoológico de mis gatos,
jilgueros nerviosos y perros adoptivos.
Todo el mundo de la infancia converge
hasta que la sed nos doblega la espalda
y el sueño (boxeador experto) nos cubre la boca
con una toalla deshilachada,
que apaga un tanto la sed de estar solos.



TANTAS VECES HAS CREÍDO
que no volverías a ver la luz del día,
que no remontarías la punta de tu dedo
fuera del borde de la ventana
y, ahora, como si nadie te mirase,
encuentras –demorados en el patio-
la brevedad de la tarde, el cansancio
y la huella de salitre que ha calado las paredes.
Sin embargo, no es coherente,
¡si estás muy lejos del mar,
de los salitrales, de toda salina!
¿De qué manera el salobral
podría carcomer los revoques de tu casa,
las punteras de tus zapatos?

Mas, aunque dudes, ahí estás,
comprobando la improbable huella,
el salivazo despiadado
de una sal que no escogiste.



*De Eugenia Cabral. ecabral54@yahoo.com.ar







Estación Ordoqui*



"Y le ofreció la aventura vulgar del encuentro en un cuarto de hotel
Amor no es literatura si no se puede escribir en la piel" (J.M.Serrat)



Descienden del tren casi al mismo tiempo, aunque no llegan a verse hasta pasados varios minutos, cuando la casi totalidad de los pasajeros ya ha abandonado la plataforma. Se encuentran en aquel espacio desierto, descubriéndose en una sonrisa compartida, él de traje sport, ella muy informal, mientras el tren se aleja pitando hacia la próxima parada. Se acercan resueltos, quizá algo temblorosos, para fundirse en un breve pero intenso abrazo. Un reencuentro entre el pasado y el presente, con un secreto
anhelo de futuro.
Caminan uno junto al otro hasta salir de aquella antigua estación, rozándose las manos. Al cruzar la calle encuentran un bar, clásico, con mucha madera.
Se sientan junto a la ventana, al solcito, pudiendo elegir ubicación al haber varias mesas vacías a esa hora de la mañana. Piden dos cafés, sin leche ni crema, y vuelven a mirarse.
Más de quince años de distancia entre ambos se volatilizan en segundos.
Parece como si se hubiesen visto el mes pasado, o tal vez un año antes. La esencia de la relación está allí, inquebrantable, como si ambos la hubiesen preservado para llegar a este momento, como si nunca se hubiese muerto entre los dos. Contemplándose a pocos centímetros, evaluando cada detalle, sorprendidos ante la decantación del tiempo.
La charla comienza con el intercambio habitual de figuritas: ¿en qué estás trabajando?. ¿te casaste?. ¿cuántos hijos tenés?. ¿qué fue de la vida de tus hermanos?. ¿y de tu vieja? El cruce de los relatos se abre paso en la memoria de ambos, cada uno modelando el camino recorrido en su propia vida hasta entonces. Y en medio de tanta frase interrumpida por la emoción de querer contarse todo, silenciando quizá lo más importante, no dejan de contemplarse. El la ve mucho más bonita que en su adolescencia, sin haber perdido la frescura, con los rasgos marcados de haber vivido mucho, con la risa chispeante de siempre. Ella lo ve más calmo, con menos pelo y más canoso, con esa típica profundidad en la mirada que lo atraviesa todo, atento a cada cosa que ella dijese. Y a medida que van pasando los minutos, que el café desaparece o se enfría en el pocillo, que la rigidez inicial que los dominara se va diluyendo, sin darse cuenta comienzan a extrañarse.
De pronto, ya no están más allí. La charla los lleva por caminos transitados en otra época, volviendo atrás en el tiempo, para descubrirse solteros e inexpertos, con la torpeza propia de la juventud para saber qué hacer con ese sentimiento que nace dentro del pecho y se proyecta de diversas maneras hacia el otro. El siempre quiso cortejarla de manera romántica, respetándola por sobre todo, y le escribió extensas cartas que ella releería durante años, volviendo a escuchar a su lado la voz de él -única para ella- al repasar aquellas arrugadas líneas, consiguiendo recrear la magia del primer momento, sintiendo cómo la calmaba con sólo hablarle, contemplando en ella a una persona además de una mujer. Por su parte, ella siempre se maravilló de que alguien pudiese considerarla de esa forma, ya que la diferencia en el trato habitual que mantenía con los demás varones que la rodeaban era abismal, acostumbrada más al lenguaje de los cuerpos que a la palabra. Y generó algo que él jamás había conocido hasta entonces de esa manera: lo excitó. En aquellos veranos que pasaron juntos en las llanuras entrerrianas, rodeados de árboles y caballos, saboreando mates y tortas fritas, a medio camino entre la estancia familiar de él y las estrechas calles del pueblo de ella, el sentimiento fue creciendo y madurando para ambos, quizá con tonos diferentes, pero siempre pujante, con el impostergable deseo de volverse a ver.
Hasta que promediando él los veintiún años, y ella con los dieciocho recién cumplidos, una madrugada de enero el destino los encontró en una bocacalle del pueblo, con varias copas de más, y el desvencijado jeep en el que viajaban con amigos y parientes volcó al morder el ripio de la cuneta en una maniobra desafortunada, y todos a su vez mordieron el polvo, algunos más que otros. Ella rodó y quedó en shock por algunos minutos, afortunadamente ilesa, hasta que escuchó los alaridos de él, atrapado debajo de una de las ruedas del vehículo, y volvió a la realidad sólo para ver cómo su mundo se derrumbaba. De pronto, sintió que a pesar de cada desencuentro amoroso estaba a punto de perderlo, y se le estrujó el corazón. Hizo todos los esfuerzos posibles por acompañarlo mientras estuvo internado, mientras él sufría tendido en aquella cama de hospital, con un brazo y una pierna quebrados -inmovilizados por toda una estructura ortopédica-, canalizado con una botella de suero y aguardando un par de operaciones. Fue en aquella
habitación, una madrugada en que ella se quedó a cuidarlo, dos días después del accidente, cuando se besaron por primera vez. Ella sentía que era la única manera en que podía reconfortarlo, para que sintiera menos dolor y estuviese más vivo. Pero las ilusiones de él se dispararon al infinito.
Volvieron a encontrarse un mes después, ya dado de alta, en casa de él, mientras hacía su rehabilitación física, y ella se tomaba unos días de inesperadas vacaciones en Buenos Aires. Otra madrugada de besos y caricias, de mates y canciones en la cocina, que acrecentaron aún más -si fuera posible- el amor que él le profesaba en solitario desde hacía mucho tiempo.
Se distanciaron por espacio de varios años, entre nuevas idas y venidas cuyo recuerdo se desdibuja, él siempre buscándola, con el corazón en la mano, ella siempre toreándolo, esquiva pero sin desaparecer. Hasta que otro verano, seis años después de aquel accidente, él la invitó a pasar la tarde en la casa quinta que una tía le pidió que cuidase, y ella aceptó gustosa, sabiendo que se reencontraría con su amigo de siempre, cuyo único adjetivo válido que pudiera definirlo correctamente fuera "incondicional". La tarde discurrió en el parque arbolado, entre mates y anécdotas, hasta la noche, cuando ella quiso irse a su casa después de cenar y él no la dejó.
Terminaron jugando de manos y cayendo muertos de risa en una pileta, estrategia que él usara para que ella no pudiera irse, aunque tenía puesta una bikini debajo de la ropa mojada. Pasaron la noche juntos, con un abrazo que comenzó al borde de la pileta y se continuó dentro de su cama, charlando y tarareando canciones, mientras las horas pasaban y la magia inundaba la noche sin que se hubiesen desnudado. La atracción seguía siendo la misma del primer día, pero él ni siquiera se animó a volver a besarla, temeroso de que lo rechazase como con aquel último beso en la puerta de la pensión, seis años antes, él aún calzado con muletas, ella transitando sus primeros meses de vida lejos de su familia, en la capital.
Aquella noche de la zambullida, ella deseó concretamente hacerle el amor, porque el clima gestado entre ambos era el mejor, y sin embargo. . algo la detuvo. Una sombra que quizá se le haya presentado varios años antes, en la cocina de la casa de él, mientras lo veía acurrucado en su silla de ruedas, y se lamentaba de no tenerlo entero y de una pieza para poder abrazarlo y besarlo como a un verdadero hombre, y no como a la estatua enyesada que tenía delante. Una sombra que esa noche de la zambullida se le grabó para siempre: la del sexo imposible. Esa maldita sombra que había marcado la diferencia desde el principio, y que a pesar de llegar a nombrarse como "respeto" o "romanticismo", quedó bautizada desde entonces como "admiración".
Sombra que lo tornara inalcanzable, diferente al resto de los mortales, incorpóreo en su propia idealización.
El permaneció expectante, soñando con el momento preciso en que ella accediera a entregarse por su propia voluntad y sin reservas. Ardiente fantasía que lo consumiera durante eternas noches de insomnio, intentando abrazar en la oscuridad a ese cuerpo que se le escabullía en el recuerdo. Y a pesar de sus caprichosas insistencias, de la muda negativa de ella, de la pujante incomodidad que creció entre ambos luego de aquella madrugada de la casa quinta en la que yacieron juntos en traje de baño, ninguno de los dos supo cómo manejar las sensaciones que les despertara semejante atracción. Y volvieron a dejar de verse, portazo mediante, esta vez de manera definitiva. .¿O no?.
La bruma del recuerdo abre paso a esta realidad de bar de provincia, quince años después, ambos casados, con hijos en edad escolar o aún usando pañales, con responsabilidades propias, maduros y asentados -como los buenos vinos-, contemplándose a los ojos, disfrutando de lo increíble. Una mirada que tiende un puente entre ambas sensibilidades, pero que los sigue incomodando.
Un sentimiento que no debería estar presente, que tendría que haber fluido por su cuenta hacia el olvido, que pertenece a un pasado que ya no existe.
¿Qué estamos haciendo acá?, parecen preguntarse sin decirlo, aunque ninguno se atreva a tomar las manos del otro, sabiéndose en peligro, con el vértigo de estar de pie al filoso borde de un abismo sin retorno.
Ambos lo saben, pero es él, como siempre, quien pone en palabras lo que ambos sienten. Y tararea aquella canción de Serrat, que cuenta de las aventuras vulgares y la literatura sobre la piel. Pero ella baja la mirada, juguetea con la cucharita, suspira hondamente. No sabe qué decir, balbucea incoherencias, y él tampoco se atreve a más. ¿De qué vale insistir con una excitación del pasado, que recuerda erotismos casi ajenos a este producto adulto que la vida ha ido moldeando? Parecen haberse convertido por un instante, desde que se sentasen a la mesa de este bar, en aquellos mismos adolescentes que correteaban bajo el sol a la vera de un arroyo entrerriano, pescaban con red, se iban a bailar las noches del sábado al club del pueblo, y tomaban mate en la galería de la estancia o una cerveza en el pool. Pero vuelven a mirarse, y siguen siendo un hombre y una mujer sentados en un bar, cada uno con su historia y sus romances pasados, con una vida hecha. Ambos saben que la magia se extinguirá ni bien se separen, volviendo cada uno a su vida de siempre. Porque ella, aunque apenas lo diga, prefiere quedarse con su ilusión de un amante fantasma, que la viste como nadie con palabras hermosas, antes que verse frustrada ante la vacuidad de una relación sexual igual a todas, donde la magia se pierde y sólo quedan los cuerpos extenuados. Y quizá él tampoco tenga la valentía, como ya le ocurriese de adolescente, de abordar lascivamente a esta mujer. Algo parece detenerlo, como si aún la sostuviese en aquel altar romántico de su juventud y no pudiese desterrarla hacia la más cruda carnalidad, o simplemente lo devore la culpa de engañar a su mujer por primera vez. ¡Qué odiosas son las primeras veces!, piensa él, y evoca sin quererlo a sus primeras ex novias.
El silencio resulta más incómodo aún que cualquier negativa que pudieran decirse. El ordena la cuenta. Ella extrae una cámara digital y le pide al mozo que los retrate cuando vuelve a darles el cambio. El quiere una copia de esa foto. Ella quisiera que él le garabatee en alguna servilleta una enésima poesía en la que le declare todo su amor. El se conforma con mucho menos: una caricia, un beso que llevarse de recuerdo.. No han tenido más que esto en esta historia compartida. Y sin embargo, es precisamente eso lo que han vivido: una historia. Un romance que se extendió a lo largo del tiempo, con sus vaivenes y anécdotas, sus encuentros y soledades, sus roces y ansiedades, sus palabras y miradas.
¿De qué sirve mantener un contacto posterior a este café?, piensa él, aturdido de no concretar hoy lo que ansiara durante tantos años, sabiendo que por su propia salud mental deberá sumergir todo este sentimiento nuevamente en el arcón de los recuerdos de donde parece haber surgido; o de la cámara criogénica donde se conservara congelado e intacto, dispuesto a resurgir en cuanto las condiciones necesarias estuviesen dadas. Ella tiembla por dentro de solo pensar en acariciarlo desnudo, pero le resultaría imposible, algo prohibido, de lo que quizás se arrepienta por el resto de su vida; ha traspasado la línea sin retorno del matrimonio, se ha civilizado, ya ha cometido sus locuras de muy chica, ¿para qué arriesgarse a algo de lo que no está segura. como quizá nunca lo estuvo de nada? Ambos cargan con sus temores, sus vacilaciones, y un intenso contacto con el otro que no quisieran perder ni aun estando lejos, o muertos.
A paso lento y vacilante se dirigen hacia la puerta. Cada uno lleva una marca en el corazón que los unirá de por vida, y hoy la han descubierto, casi aterrados. La tensión erótica entre los dos permanece inmutable. Y al llegar a la calle, donde sus caminos se bifurcan, ella para tomar el tren de regreso, él para adentrarse en la ciudad, se detienen frente a frente, arrasados por las emociones, conformándose con un reencuentro que ha sido demasiado breve, pero sin lugar en sus conciencias para generar algo más.
El abrazo, cálido, estrecho, cariñoso, los funde en un preciado instante de intimidad. Aunque puedan dejar de verse para siempre, esta despedida tiene un sabor mucho más grato y entrañable que el de la última vez, resentidos y asustados. El se aferra a ella sin deseos de dejarla ir, queriendo retenerla a su lado para cuando tenga ganas de reír, guardándola como un tesoro muy preciado del que desconoce su verdadero valor. Y ella en sus brazos, sencillamente se encuentra en paz, ajena a cualquier tristeza o desilusión que pudiera enfermarla en sus horas de soledad, mientras ordena la casa o espera que sus hijos salgan del colegio. Fantasean con compartir la vida cotidiana del otro, visitándose en familia, conociendo al resto de sus seres queridos. Pero ambos saben que nunca lo harán. Que éste es el final, y que preservan la ilusión, por sobre todas las cosas.
Los únicos besos que se permiten -muchos, que nunca se terminen-, son en la mejilla o en el pelo. Sus embarcaciones zarpan en direcciones distintas, y la sirena de un puerto imaginario ya clama por la partida. Deben irse, por más que se resistan. Y aunque se digan lo contrario, saber que nunca más se
volverán a ver.
Se tienden las manos al alejarse. Al dar la vuelta y seguir su camino, ella se emociona, casi al borde de las lágrimas, que esta vez son de felicidad. Y él, con la mirada perdida en el horizonte, sabe que para encender de nuevo la cámara criogénica.

...tiene que volver a escribir....


"No hay nostalgia peor
que añorar lo que nunca jamás sucedió"
"Por las arrugas de mi voz
se filtra la desolación
de saber que éstos son
los últimos versos que te escribo
para decir con Dios:
¡a los dos nos sobran los motivos!"
(J.Sabina)



*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar
Abril de 2011







EL ÚLTIMO TREN*


“Perdieron el anterior, pero aun queda un tren, uno solo…”



Venían de destierros.
De éxodos sangrientos.
De deshielos de lágrimas.
Candentes. Quemantes.
Les habían colocado mortajas.
Monedas de oro en sus ojos.
Pero la desnudez les salía por el costado izquierdo.
Castos almendros, impúberes trigales.
El viento del otoño les rozaba la frente.
Recorría sus hombros y sus lodos.
Renovaba panes, niños y rebaños.
Simiente y tierra dulce.
Casi sin buscarse se encontraron.
La flor del aire y la paloma.
Los árboles y el nido.


Era el último tren.
El último vagón… y lo tomaron.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







ORDOQUI*



*Por Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com



No quiero demorar en volcar a texto escrito algunos recuerdos y reflexiones basadas en algo que
viví, allá lejos y hace tiempo en Ordoqui, el 19 de noviembre de 1972.
En esos días los argentinos estábamos bajo la conmoción que había producido el regreso del general Perón al país luego de 18 años de forzado exilio.
Pero como que cada uno tiene sus prioridades, ese evento no había podido con la pasión de corredor pedestre, que estimulaba nuestros movimientos de entonces.
Habíamos viajado desde Buenos aires, hasta Henderson para disputar una carrera pedestre. Lo habíamos hecho en colectivo, pero ya sabíamos que volveríamos a la estación Tapiales, con el coche motor que venía de Carhué.
Terminado nuestro ritual atlético, me mandé para la estación. Recuerdo que compré algo de fiambre y
algo así como un jugo de naranja, y me quedé en un banco de la estación ferroviaria a esperar el tren.
Sabía que no volvería sólo. Un grupo de atletas, volverían conmigo, pero como representaban al Club San Lorenzo de Almagro, la gente de la peña sanlorencista local los había invitado a un asado.
Al rato, apareció un tren de carga, traccionado por una locomotora a vapor,
con rumbo a Buenos Aires.
Se acercó a mí un trabajador ferroviario y me sugirió que tomara ese tren, así ahorraba dinero, para cuando lo alcanzara el tren de pasajeros, que pasaría mas tarde. Le agradecí y no acepté el convite. El destino me había reservado otra posibilidad.
Pasó un largo rato, y ya con mis compañeros, nos aprestamos a esperar el coche motor. Vale contar que el servicio era atendido por uno de esos coches motores de procedencia húngara, marca Ganz Mavag, que habían sido comprados por el Ferrocarril del Estado a mediados de la década del treinta y que desde entonces venían prestando eficaces servicios en los ramales de trocha angosta, aunque también se emplearon en los de trocha ancha (En 1934 inauguraron el servicio Viedma- Bariloche).
Los coches eran como los que aun se ven en las películas: tenían compartimiento para seis u ocho pasajeros. Y fue en uno de esos en los que nos ubicamos los corredores y la corredora que volvíamos juntos a Buenos aires. El tren había salido a eso de las 3 de la tarde y debía llegar a eso de las 21.50 a Tapiales...Debía.
De mis acompañantes recuerdo a Iris Fernández, al entrenador Gilberto Miori y aunque, algo desdibujados, creo que venían Adolfo Olivera y Arraigada.
Si uno viene leyendo la saga que se publica por Inventiva social, sabrá que de Henderson hasta Ordoqui hay dos o tres estaciones.
Bueno, a horario llego el tren a Henderson. Arriba venía un empleado del correo con un singular gorrito azul con un escudo de bronce con la leyenda de Correos y Telecomunicaciones. El tren seguía cumpliendo su aun civilizadora función de "vagón postal".
Bueno la cosa que al llegar a Ordoqui, el motor empezó a hacer ruidos raros y al rato tuvimos el diagnóstico: el motor se había roto. Y había que esperar una locomotora a vapor que llegara, vaya a saber de dónde, y nos llevaría lentamente hacia nuestro destino.
Así las cosas, nos bajamos del tren en busca de algo para tomar y comer.
Ordoqui (situado aun, pero sin tren, en el partido de Carlos Casares), tenía calles de tierra. Enseguida llegamos a la sede del Club Atlético Argentino Ordoqui. Recuerdo que en un momento llego un camión con la hinchada del club que venía de un partido de futbol, que le equipo había jugado en otro pueblo de la misma Liga.
En la sede del club (es esas que tantas veces hemos visto en nuestras recorridos por el subyugante interior argentino), había pocas cosas para comprar. Recuerdo que compramos galletitas dulces de hojaldre y vino tinto.
Esa sería nuestra comida hasta las 11 de la mañana del día siguiente, que es cuando me bajé en la estación Tapiales. También recuerdo que los colores del club Ordoqui eran azul y blanco y pienso que el club subsiste y también sus colores.
Unas horas después vino la locomotora de vapor y comenzó la lenta marcha.
El frío apretó a la noche y el vino no calentaba mucho. Veníamos durmiendo dándonos calor con los cuerpos los unos a los otros. Así amanecimos. Con el curso del tiempo, atento a nuestra afición por los transportes y a nuestro amor desembozado por los ferrocarriles, le fuimos dando contexto a nuestros recuerdos. También esas nostalgias, nos incentivaron a profundizar, el porqué de esa retracción de los ferrocarriles, que ya habíamos empezado advertir en 1972, cuando al querer ir por tren a participar en carreras pedestres por el interior, se nos decía que el tren que otrora nos llevaría había dejado de circular.
Miradas holísticamente las cosas, Ordoqui era un minicomponente de un subsistema, concebido a principios del siglo XIX, y el que recibió un mazazo casi terminal (más adelante diré porque digo casi...esperanzadamente), entre fines de 1976 y 1977.
Dicen que es hacer ucronías o contrafactualismo, suponer como las cosas podrían haber sido de otro modo, sino se hubieran adoptado ciertas actitudes o decisiones.



Pero vayamos al principio.

Hubo una Argentina que se montó entre 1880, luego de la federalización a sangre y fuego de la ciudad de Buenos Aires, en 1880 y el comienzo de la Primera guerra Mundial en 1914.
Hay acuerdo entre los estudiosos, que esa Argentina se desarrolló inserta en el esquema del sistema cuya potencia hegemónica era Gran Bretaña. El despliegue de la red ferroviaria era parte de ese esquema. Pero había detalles, que se le escapan a los generalistas, y más aun a los que han estudiado ese periodo con un entendible sesgo anglófobo. Mirado desde las cosas cotidianas y desprovistos de cargas teóricas se puede apreciar diferente. Sobre todo cuando uno tiene la suerte o la intencionalidad de estudiar los documentos concretos y los testimonios de los ancianos memoriosos.
En ese contexto, había dos herramientas muy vertebradoras: el ferrocarril y los puertos, y un ingrediente aun no debidamente ponderado: el telégrafo.
Y como nada se hace en última instancia a máquina, estaban los pioneros u hombres de negocios, que con su avidez animaban todo este movimiento, y daban marco a la inmigración europea como mano de obra para estos "emporios" como así se llamaban.
Poco se conoce de los "pioneers" (salvo sus leyendas negras). Así los D'Abreu, los Devoto, los Bustinza, los Stroeder, los Mulhall. Hay más... Más, enfaticemos en uno: Lavalle. Enrique Lavalle estaba vinculado a la "Utopía" emblemática de la época: la construcción de la ciudad de La Plata (específicamente de su puerto).
La Constitución del 53, les había reconocido a las provincias la facultad de levantar ferrocarriles. Pocas provincias hicieron uso de esta facultad. Los ferrocarriles autorizados por la Nación, terminaron neutralizando esa facultad.
En ese contexto la Legislatura de la provincia de Buenos Aires, sancionó la ley llamada Williams, por el senador Orlando Williams que la alentó. Se trataba de una norma para construir ferrocarriles que fomentaran la creación de nuevas núcleos de producción, debiendo los trazados no pasar por poblaciones ya establecidas, sino para facilitar la creación de nuevos núcleos poblados. Con ese marco, uno de los "pioneros", Lavalle, obtuvo la concesión para un ferrocarril entre Puente Alsina -a la vera del Riachuelo- donde instalaría un puerto y la laguna de Carhue, ya visualizada como un emporio turístico. El puerto se instaló, el ferrocarril también y el lugar para turismo de lo que hoy se llamaría "alta gama" también (Este intento padecería un colapso hacia los 70 por un grave error ambiental de orden antrópico que aún no está del todo esclarecido).
Respecto al puerto debe recordarse que entonces el Riachuelo tenía intensa actividad. El ferrocarril Oeste tenía su propio puerto en una gran Dársena (hoy tapada por la Villa Zabaleta, al lado de la cancha de Huracán). El ferrocarril llego a Carhué, en 1911. Año significativo por demás porque ese
año con el suicidio del gobernador Inocencio Arias, la provincia de Buenos Aires comenzó a declinar sus pretensiones autonómicas, que ya habían sido cercenadas cuando le nacionalizaron el Puerto de la Plata y la Universidad (con su Museo y Observatorio Astronómico incluidos).
El puerto aunque funcionó, corrió la misma o peor suerte que el puerto del Ferrocarril Oeste (al que llegaba desde Villa Luro, por donde hoy corre la Avenida Perito Moreno). Resulta que los servicios suburbanos del Ferrocarril Sur, se las ingeniaron para que se levantara pocas veces el puente, porque
ello perjudicaba sus servicios de pasajeros suburbanos. Y así fueron languideciendo los puertos sobre el Riachuelo, por más que la rectificación del mismo, preveía la navegación aguas arriba (Tal vez el Mercado Central reactive esa posibilidad).
Es curioso pero estos ferrocarriles económicos, ya tenían propuestas de levantamiento a la fecha de la nacionalización entre 1946-1947.
Así no sorprendería que figuraran de la lista de los ramales a levantar, atento el nefasto Plan Larkin, entregado al gobierno de Frondizi en febrero de 1962, pocas semanas antes de su derrocamiento. La caída de Frondizi no impidió que el plan se llevara a cabo, recibiendo sus golpes finales durante
Videla y Menem, curiosamente a manos del mismo responsable Jorge Kogan.
Menem tuvo como asesor a uno de los mentores del Plan Larkin: Ovidio Zabala...
Bueno; pues que este Ordoqui que evocamos desde la nostalgia personal, refleja un país que pudo ser y que dejó de ser. Y ello no fue fruto del azar sino de políticas deliberadas, que han sido nefastas para las posibilidades de la Argentina.
Pero en medio del naufragio, quedaron sembradas aquellas poblaciones, demostrando que la resiliencia es una posibilidad humana.
A la espera de las nuevas oportunidades que induce la triple crisis planetaria (alimentaria, climática y energética), están esos pequeños pueblos que disemino la expansión ferroviaria a fines del siglo XIX y
principios del XX: con sus trazados urbanos, sus infraestructuras públicas y privadas subutilizadas; con aptitud pese a los deteriores experimentados para posibilitar la calidad de vida inexorablemente deteriorada en las metrópolis y grandes ciudades argentinas. Ordoqui y asentamientos como Ordoqui, que se cuentan por cientos, tiene un futuro promisorio.


** Escrito motivado por el proyecto INVENTREN que fogonea el aparcero COIRO.
Buenos Aires, 10 de febrero de 2011.






ESCARCHA DE LUNA*


“Mientras avanzábamos raudamente, veía que el campo giraba como un enorme disco iluminado bajo la luna llena, plateado por la escarcha…”



Mamá me entregó un bolso con la ropa y otras cosas y me acompañó hasta el portoncito batiente de la entrada.
El portillo estaba flanqueado por los dos altos y lozanos cipreses, que semejaban un poco, a dos verdes, gigantescas, y estilizadas espigas; que montaban guardia permanente, vigilantes y quietos, rodeados por un florido conjunto de plantas y plantitas del jardincito del frente. En él resaltaban profusas las enhiestas y copetudas crestas de gallo, de flores verrugosas y aterciopeladas de un furioso color carmín.
El camión azul deslucido de mi tío estaba en marcha y él aguardaba en el volante a que el motor se calentara. Yo le di un beso a mamá y corrí dando un rodeo para subir por el otro lado.
Se terminaba la tarde y comenzó a refrescar de golpe.
El sol, como un disco gigante color naranja pálido, bajaba sobre la quinta de naranjos que daba al oeste, y el cielo se había pintado del granate al rojo intenso; mientras algunas pequeñas nubes amarillentas y oscurecidas se recortaban con ribetes iridiscentes, como ovejas deformes pastando en un campo en llamas.
-Mañana va a helar- dijo mamá, despidiéndose, mientras nos poníamos en marcha.
Me sentí en la gloria.- Un vaho tibio se respiraba dentro de la cabina, emanado por el motor; tenía aromas de aceites cálidos y tan tenues que eran como un perfume metálico, agradable y reconfortante. Además, iniciar este viaje con mi tío era para mí un sueño.
Cruzamos el pueblo, el puente y la ciudad vecina, ambas aún con calles de tierra, y salimos a la ruta, también de tierra.
Enseguida cayó la noche y la oscuridad fue cercándonos. Los faros del camión iluminaban temblorosamente una porción no muy grande delante y un poco a los costados del camino, bañando escasamente de amarillo una pequeña mancha dentro de la inmensa noche cerrada.
Mientras, el ronroneo del motor iba quedando atrás con el camino recorrido; dejando a su paso un eco debilitado que rebotaba en los costados irregulares y nos iba persiguiendo junto con la noche.
Pese a la dicha que sentía, me fui durmiendo sin darme cuenta, acunado por el vibrar suave y parejo, y el regular sonido de la marcha que nos envolvía…
Hicimos así la mitad del camino.
Me desperté al sentir que el camión disminuía la velocidad hasta casi detenerse y el traqueteo de las ruedas sobre los rieles al cruzar las vías del tren. Un poco más allá mi tío se estacionó ante una casa o un tipo de negocio que daba a la calle.
Luego vi que tenía un alero pequeño que sobresalía sobre un surtidor de nafta, de los de aquella vez, altos, con un remate redondo como un caramelo, o una almeja, y una gran palanca con la que bombeaban el combustible.
Por la puerta abierta y por la ventana salía una larga porción de luz que daba un farol muy potente que se conocía como “sol de noche”; y blanca y luminosa cruzaba la calle y alumbraba la garita del guardabarreras del ferrocarril cerca de la vía. Sentí voces, y vi pasar gente en la ventana, e incluso algún chico jugando, quizás más adentro.
Mientras esperaba a mi tío, y terminaba de despertarme, pensaba en esa casa y en esa gente, que en verdad no conocía, ni conocía el lugar, y en realidad tampoco sabía mucho sobre en qué parte del camino estábamos, y hasta pensé que, tal vez habríamos llegado.
¿Cómo sería la casa de mi tío? A mis escasos nueve años era la primera vez que iba. Cada tanto mis primos venían a casa, ya que el negocio se proveía con estos viajes que eran frecuentes, y este coincidió justo con la feria escolar de invierno, así yo al fin puede colarme.
Mi tío volvió y el motor ronroneó de nuevo…
Ahí fue cuando me informé que estábamos a mitad de camino, de modo que enseguida reanudamos la marcha.
De cuando en cuando él encendía un cigarrillo, lo ponía en la boquilla y fumaba quedamente. Las caprichosas espiras de humo azul, como danzantes arabescos, alcanzaban a cautivarme antes de desvanecerse en el interior de la cabina. Cuando terminaba de consumir el cigarrillo, solía mantener la boquilla vacía largo rato entre los labios, y así la sostenía, incorporada y firme, casi todo el tiempo. Decía que era un buen truco para fumar menos.
Yo lo veía recortado contra la penumbra exterior, junto con el resto oscuro de la cabina, donde apenas brillaba tenuemente una pequeña luz en el tablero, casi espartano, propio de los modelos de entonces, de antes de- mediados de siglo. Lo veía pensativo y al mismo tiempo tan sereno, que me cohibía molestarlo o interrumpirlo en sus cavilaciones; hasta que él mismo vio que yo estaba despierto y abrió el fuego con una gran sonrisa, y con un gesto cariñoso soltó el volante y con la mano derecha me revolvió el cabello…
Charlamos larga y despaciosamente, mientras el camión devoraba raudamente buenos tramos del camino.
En realidad hacía apenas cuatro años que se habían asentado en aquella colonia casi virgen, de grandes campos, montes y bañados. También otros colonos habían hecho lo mismo por aquel entonces y se formó una población considerable, además les estaba yendo bastante bien a todos, así que mi tío estaba agrandando sus negocios, y aparte de vender y fletear mercaderías y comestibles, vendía insumos para el campo y estaba iniciando el acopio de cereales y ahora también algodón que estaban comenzando a sembrar como una novedad en aquella latitud agrícola.
Por largos ratos quedábamos en silencio, ensimismados cada uno en sus cosas. Yo mismo trataba de imaginarme cómo sería todo lo que me esperaba, lo que aún no conocía, e iba quedando cada vez más cerca.
De reojo veía que mi tío de cuando en cuando tarareaba una canción en voz tan baja que casi no estaba seguro que estuviera cantando.
Además la soledad de tremendos contornos me intimidaba por momentos. Ahora cruzábamos cerrados e interminables montes que reconocía a nuestros costados y escondidos arroyos que se reflejaban entre la negrura, y la luz de una luna que nacía frente a nosotros.
Pero tenía mucha confianza en él, mi tío era también mi padrino y lo veía como a un héroe, un verdadero paladín. Lo que no estaba al alcance de mi padre, él lo haría accesible, sin dudas, porque sabía que me quería bien.
Mi padre y él tuvieron suertes diferentes. Mi padre vino de Italia de niño y la vida lo trató muy duro. Desde pequeño tuvo que trabajar como único sostén, ya que quedaron huérfanos de padre recién llegados de Europa, y apenas nacidos los hermanitos más chicos. Mi tío era el más joven y accedió a todo más fácilmente, un poco quizás por ser el menor.
Estábamos llegando. Doblamos el último tramo. Se había alzado la luna, grande y ovalada. La teníamos ahora a la derecha y me permitía ver los grandes campos que pasaban corriendo, más fuerte acá cerca, y los grupos de árboles y casas más lejanas apenas se iban moviendo. Parecía que todo girara como en un plato gigantesco, teniendo como eje la luna, mientras bañaba todo con su luz pálida y platinada.
La casa se me apareció entre una extensa arboleda de variados tamaños, negra a trasluz, donde se recortaban altas grevileas y pinos; y los techos metálicos se reflejaron fríos y blanquecinos por la escarcha recién caída y la luz de la luna.
Lo demás estaba en tinieblas, pero enseguida hubo linternas y luz en la cocina, y un par de perros alegres que aullaron y corrieron atropelladamente a saludarnos, antes aún que los demás de la casa.
Así llegué aquella primera vez a aquel lugar, que tanto significaría para mi de ahí en más, especialmente en el transcurso de mi niñez.-


*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar




*
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LIBERTAD. MERLO GÓMEZ. RAFAEL CASTILLO.

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