jueves, octubre 06, 2011

LA ARENA ES UN CUENTO SIN FIN...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



Del Por qué Decimos Adiós,
Mientras Comemos Bollos de Pan con Miel*


Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y muestra unos tiernos brotes blanquizcos
Como gusanillos cubiertos de tierra...
Con sus primeras hojas verdosas,
Endulza el día
Entre cristales con tu recuerdo.


Tu corazón echa raíces de perejil,
E inunda las noches
Con el aroma de tu mirada,
Para que los antiguos dioses
De la Gran Aztlán
Cobijen con fuego
La ternura de la piel de la Luna.


Tu corazón echa raíces de perejil
En una maceta que es su mundo:
Yo intento explicarle
Que hay más tierra
Que la de aquella maceta,
Que el Sol no se pierde
Cuando se aleja de la ventana,
Que si en un libro sobre la mesa
Mira la palabra “comunismo”,
No se espante
Si la tierra bajo sus raicitas
Se levanta de puro gusto...


Tu corazón echa raíces sobre mi ventana,
Y es difícil quitarlo
Porque cuando me acerco y lo intento,
El mío pretende imitarlo.


*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com








Tiempo y espacio*



La arena es un cuento sin fin

Incontable

Una infinita alfombra de

estrellas o rocas trituradas


Por eso
a veces en las tardes

cuando los niños se sacan los zapatos

queda un brillo de estrellas

casadas con el mar.

Que juegan al verano

Sobre todos los pisos

oscuros de la muerte.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







"LA AMISTAD EN EL PLANETA LEJANO"*



*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar


Ellos vivían en un lejano planeta, en comarcas muy distintas y distantes; bajo las luces de dos grandes soles refulgentes que hacían que hubiera una noche cada dos días, y las sombras se cruzaban entre ellas. En ese mundo a veces había dos atardeceres, o dos amaneceres en un mismo día, y a veces hasta un amanecer y un atardecer al mismo tiempo; y de tanto en tanto eclipses entre los mismos soles, o entre las lunas, o mezclados, en una espectacular orgía celestial. Había seis lunas, y la gente era o muy lunática o bien muy romántica.
En ese entorno la locura de ellos eran una normalidad; ser amigos durante siglos y nunca llegar a conocerse.
No se conocieron porque temían decepcionarse entre sí.
Temían ser especies distintas, como reptiles y aves, o siendo incompatibles, o enemigos, y terminar comiéndose entre ellos, como los animales salvajes que poblaban las selvas extensas que aún quedaban, después de la última glaciación y el reciente recalentamiento global; que venían una y otra vez después del gran cataclismo que provocó la caída de la luna mayor, que hizo rotar al planeta al revés durante varios siglos.
La gente primero se volvió loca, y luego moría aparentemente sin motivo. Murieron casi todos. Quienes quedaron se temían unos a otros, y se fueron retirando a lo más profundo de esas selvas húmedas y oscuras. Los animales salvajes proliferaron y se fueron adueñando de lo que quedaba del mundo. La naturaleza cubrió rápidamente de leñosas enredaderas, plantas gigantescas y marañas espinosas, todos los signos de las grandes obras de la antigua civilización. Llovía a torrentes con aterradoras tormentas casi todos los días y los arroyos se hicieron ríos y los ríos verdaderos mares.
Sobrevivir fue un verdadero milagro.
Pero ellos siguieron siendo amigos; aun que no se conocieron nunca.
Dentro de poco, en este mes, en aquel planeta tan soleado y lunático; perdura la antiquísima tradición de celebrar el día del amigo.

"Espero que ellos sigan siéndolo".


*Texto incluido en el libro "Pintando mi aldea" de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe. 19 julio 2008








Mas no me encontraréis en las batallas*



Mas no me encontraréis en las batallas.

No estaré agazapado en una barricada
ni lamiendo la sangre del cuchillo victorioso.

No empuñaré las armas homicidas
ni la palabra ambigua
ni el rencor permanente del alma embrutecida.

No serán mías las fauces carniceras
ni el estandarte gris del bombardeo.

No seré el cazador
ni ese francotirador de la azotea
que va tachando vidas en la pared funesta
de la ciudad sitiada.

No estaré con aquellos que filtraron
gota a gota la sangre de los pobres
para hacer de cada vena un instrumento
de riqueza enterrada en sus bolsillos.

Tal vez podáis hallarme donde lloran los tigres.

Acaso en la morada del hambriento,
en los ojos del niño moribundo,
en la sangre del ave asesinada.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/
https://www.facebook.com/Sergio.Borao.Llop
http://twitter.com/S_Borao_Llop







EL DEVORADOR DE REALIDADES.*



*Por Jesús Brilanti T. lugburtian@hotmail.com



De repente todo había cambiado, todo se apreciaba tan árido y un espectro en el cielo comenzó a teñir todo de gris; el miedo se transfiguró en horror y ello se sentía en el aire, en el viento que se colaba por entre la piel y se alojaba tímidamente en los huesos. Incrédulo vi allá arriba una grotesca nube tan espesa como el humo más denso, obscenamente se retorcía, tenía vida, serpenteaba por debajo de las demás nubes que forraban la atmósfera como si fuese de plomo. La serpiente de vapor comenzó a avanzar hacía mí, corrí no sé por cuanto tiempo, más sin embargo la nube aquella seguía tras de mí, pareciese que se movía lentamente y ahí estaba observando mis espaldas; de pronto se abalanzó contra mi ser, me arrojé a un costado y la serpiente de vapor se impactó contra el suelo, vomitó una especie de líquido verde oscuro pestilente. Después la culebra aquella desapareció, fue cuando miré alrededor, a mi derecha había una escalinata cual conducía a lo que pareciese un templo, de repente mi visión se detuvo en el primer descanso de aquella, ahí, algo se movía con dificultad, estaba reposado sobre el suelo e intentaba incorporarse, me acerqué, necesitaba saber que era; había subido yo unos quince escalones cuando pude descifrar de qué se trataba, aunque mi mente no lo comprendía, yo era testigo, era una osamenta de elefante con la cabeza aún sin descomponerse, el semi paquidermo trataba inútilmente de incorporarse, parecía que sufría mucho, lo pude ver en sus ojos, la trompa golpeaba el suelo, parecía buscar algo de que asirse, de que aferrarse, algo tangible que le dijera que aquello no estaba sucediendo, que no estaba ocurriendo; me acerqué un poco más y pude ver entre sus costillas un trozo de carne ensangrentado que palpitaba. Me dolía el pecho, me supuraba el alma, pero no sabía que hacer, sólo miraba al animal aquel quien se retorcía de dolor. De pronto un ruido atrás de mí subía las escaleras; al voltear, mi pecho comenzó a golpear más fuerte, un perro enorme cual lucía impresionante por llevar cuernos gigantescos como de macho cabrío, fuego en sus ojos y dientes como navajas se acercaba a mí; cuando estuvo a tan sólo unos centímetros de mi ser me observó directamente a los ojos semejando que me reconocía; su enorme cuerpo color carmesí respiraba bruscamente y producía un ruido cual provocaba a la tierra estremecerse, después pasó junto a mí rozando mi costado y mi costado ardió como si hubiese sido expuesto al fuego, la bestia aquella se dirigió al paquidermo quien con una mirada desorbitada continuaba golpeando al suelo con su trompa sanguinolenta, era obvio que pedía piedad. El cánido se abalanzó contra él, clavó su mandíbula en su columna vertebral, la despedazó, el elefante lanzó un sonido tan horripilante que el cielo vibró y los escalones aquellos se agrietaron, las nubes parecieron respirar y palpitar moviéndose sin sentido alguno; todo estaba mal, yo lo sabía, lo sentía, el sudor inundaba mis ropas y mis uñas perforaban las palmas de mis manos hasta que sangraron, no me dolía, quería sentir si verdaderamente estaba despierto y así era, tan despierto estaba que busqué en todas direcciones la salida de ese lugar, pero no la había, lo único que encontré fue un punto en el horizonte cual parecía moverse, y en efecto, crecía al acercarse cada vez más, de pronto dejó de ser tan sólo un punto para convertirse en algo más complejo, tenía alas, se aproximaba hacia este lugar con gran velocidad, por un instante creí que el olor de mi sangre era lo que lo atraía, el monstruo alado llegó después de unos segundos, comenzó a dar vueltas en círculos por encima de donde estaba, mientras el engendro mitad perro, mitad demonio, continuó devorando la osamenta del elefante moribundo. La bestia alada rugió como león herido, era su anatomía bastante interesante pues resultaba ser como una mezcla de pez con algún arácnido, y las alas en vez de plumas poseían cabellos, lo que era el lomo de la bestia estaba cubierto por un caparazón forrado por algo similar al moho cual crece en los muros de las viejas casas, el vientre del ente aquel asemejaba no tener piel, se apreciaba la carne viva tapizada por millones de gusanos amarillentos cuales caían como lluvia al suelo.
La bestia descendió rápidamente, cogió con sus garras los restos del elefante y al cánido; antes de alejarse lo suficiente, volteó y me observó de manera fija, en ese momento conocí en persona al más puro y profundo odio. Caí de rodillas, me desmayé, no sin antes, al momento de ir cayendo pensar en que estaba justo a la mitad de un sueño y de la realidad, antes de perder el sentido miré hacia arriba al final de la escalinata estaba la puerta del templo cual se abrió, después no supe nada más, me atiborró el vacío, la oscuridad, el silencio… no supe nada más.
No sé cuanto tiempo pasó, lo único fue que al despertar todo estaba como adentro de un remolino, por unos instantes creí haber estado recostado sobre mi cama en mi habitación, pero no era así, estaba acostado sobre un suelo que brillaba y reflejaba al igual que un espejo, miré en todas direcciones, las sombras inundaban todo resquicio de aquel lugar que por sus características asemejaba una catedral desquiciadamente enorme, la nave central poseía las características exactas del estilo ultra barroco y las inmensas columnas provocaban un sentimiento de imposición; no comprendía nada, con anterioridad estaba frente a una serie de espectáculos asquerosos y ahora frente a una brutal y descomunal belleza, pues aunque aquel lugar estaba impregnado de penumbras, la poca luz cual se filtraba por los enormes vitrales permitían admirar el esplendor del sitio, permanecí sentado por varios minutos apreciando la beldad de la estructura, pensé que también era grotesco aquel paraje al pensar en la soberbia de quien construyó tal edificación. Una vez repuesto del impacto me pregunté como habría sido que llegué al interior del templo, no era posible. Comencé a buscar a quien pudo haberme conducido hasta aquel lugar, pero no había nadie, sólo yo y el eco de mis pisadas. En tal recorrido me percaté de otra cosa, en las columnas estaban incrustados nichos y en ellos estaban colocadas figurillas de santos muy extraños, nunca fui religioso, pero cuando veía alguna estatuilla de algún santo, por sus características sabía que encajaban en algún tipo de secta, por el contrario aquellas esculturas parecían tener cierto toque cual provocaba salieran del esquema; en primer plano ninguno de ellas tenía ojos, sólo un par de huecos adornados en su periferia de algo que pude haber jurado se tratase de sangre humana ya seca.
Tenía hambre, demasiada para mi propio gusto, de hecho no recordaba cuando había sido la última vez que probé alimento, en aquel lugar obviamente no había nada que ingerir, me dirigí hacia la puerta cual siempre estuvo abierta, eso lo recuerdo aún antes de desmayarme, una vez en el pórtico admiré el frío paisaje, todo se apreciaba aún más grotesco, más insano y lúgubre; como a media escalinata una masa amarillenta y rojiza se movía, eran los gusanos que había arrojado la bestia alada, me dirigí a ellos, no tuve otra salida, me incliné y con mi mano derecha tomé un puñado de ellos, los llevé a mi boca, el sabor era pútrido pero mi hambre superó todo asco, comí bastante hasta sentirme hostigado y por un momento me sentí satisfecho, pero después de un corto tiempo mi cuerpo comenzó a estremecerse, a ser invadido por un sudor extremo, mi piel comenzó a cambiar de tonalidad y de grosor, el dolor se adueñó de todo mi ser, sentía que algo crecía dentro de mí, pero era mi cuerpo el que estaba sufriendo una especie de metamorfosis a tal grado que de repente me había convertido en una bestia, los gusanos que quedaron sobre el suelo comenzaron a alimentarse de mi cuerpo, me devoraban, no pude escapar de ese lugar hasta que me percaté de que los gusanos habían tragado toda mi piel, mi carne, sólo quedaban mis huesos y mi cabeza quien estaba aún entera al igual que mi corazón cual palpitaba con fuerza extrema, quería incorporarme, mas no podía y con mi trompa azotaba el suelo como tratando de asirme de algo, algo que me dijese que aquello no estaba pasando, ya sólo deseaba la muerte; miré escalinata abajo y vi a un ser humano que incrédulo me veía, se acercaba, las nubes parecían estar enardecidas, el hombre aquel me veía con lástima, yo sólo intentaba decirle que se alejara, que huyera lejos de aquí, pero él no comprendía lo que trataba de decirle, después de un breve lapso, ya era demasiado tarde, un cánido subía las escaleras mientras, atrás de él, allá en el horizonte, una bestia alada se acercaba volando cargada del más profundo y oscuro odio.







NO ES FÁCIL*


La noticia llega -una mañana- cualquiera,
con asombro en la cara, con incrédula,
y temerosa,
con el consultorio médico tornando
a fragmentar la vida,
las ilusiones de los sueños como anestesiados
y escombros giran y caen
en derredor
como urna muda
y la ira camina el corazón que encoge
que no digiere y se niega
al veneno cuando corroe
las entrañas en momentos subvertidas
con miles de pinceles que esbozan sin color
el lienzo futuro de mortaja:

y donde había mariposas, desaparecen
y las flores y los pájaros se han echado a volar
y toda la noche nausea su nuevo aroma de fétido
de agónica carne
de huesos que velan,
entierran y lloran sus astillas
sus macabras rondas cruzadas:
hilando del destino con la muerte ansiosa
cogiendo la mano y acariciando la espalda.

Y ahí quedamos, ahí, acongojados,
ahí agonizando, ahí en la tortuosa espera,
la certidumbre de la próxima hora
ahí,
ahí cuando oprime la garganta
hasta producir el tono mortecino de la piel.

No, no es fácil

aceptar esas palabras:

"no queda más por hacer"

Y el pensamiento estalla
Y lo absorbe la locura
Y fragmenta la cabeza,
Y desorbita el alma.

Las sensaciones: escupen
pero no calma
debaten
pero no calma
niegan
pero no calma:

cómo iniciar carrera a ciegas
hacia la nada
que te triza y machaca.

Días grises, de un cielo ajeno, se suceden.
Un brazo extendido de la noche abraza con frío.
Ese que antes era dulzura:
y vamos peregrinos por tinieblas
navegando un mar que atrapa a la deriva.

Comienza el cuerpo su abandono.
Y el espíritu, su rebeldía.
Y gritan , y se cenizan
y claman -un poco más de tiempo-
un poco más
de tiempo
un poco más.

O enmendar errores,
o pedir perdón
o volver a engullir el chocolate prohibido
y mirar en calma la rosa
y correr detrás de la paz del alma,
a escondidas en el bosque de bayas
donde quedamos atrapados,
donde punzan las espinas
donde contamos gotas
y minutos que marcan de sangre
el reloj de un tiempo que se agota enrojecido.

No, no es fácil mirar otra vez el mundo
si ya no son los mismos ojos de antes:

Si mudos de dolor y de furia
de catacumbas donde la belleza quedó como
cráneos vacíos para el regocijo de turistas
y lo que hace tic tac es el horror:

Tic tac:
noches de pesadillas
Tic tac:
grietas en la cama
Tic tac:
el techo quebrado en dos
Tic tac:
los pies hundidos en lo oscuro
Tic tac:
el abismo en los lamentos.

De la actuación, aprender
representar distintos
en diferentes escenarios
y detrás de la máscara
escondidos
el sufrimiento y la agonía
perforan la piel, la propia máscara
milímetro a llanto
y sudamos fríos centímetros
de sangre.

No. No es fácil recluirse
en santuario inmaculado
a pensamientos inmaculados,
cuando se respira infamia,
y los instintos paranoicos,
esquizofrénicos deseos, devastados,
arrastrando sus pedazos
hasta quedar quieta tiritando en un rincón,
y esperando, y esperando,
y esperando.

No, no es fácil.


*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
24-02-2011







Corriendo en gris*



*De Mario Capasso. mcapasso340@hotmail.com


Otra vez sale de su casa, se detiene bajo el umbral y enseguida le viene a la memoria aquel primer lunes, porque descubre el mismo cielo nublado de ese día, y también porque por unos instantes su cuerpo le parece nuevamente enorme, y entonces otra vez lo recorre la misma obstinación, una mezcla de entusiasmo y bronca que lo impulsa a no claudicar, a no dejarse acobardar por una simple amenaza de tormenta y a decirse una vez más: dale, salí, salí y corré. Y entonces sale, vuelve a cruzar la calle como siempre en la esquina de su casa y encara derecho hacia el parque, cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, como para que el cuerpo se vaya adaptando a lo que luego él le va a exigir, porque ahora que han pasado muchos lunes puede exigirlo y ése es su mayor orgullo, piensa. Y mientras recorre el comienzo de esas cinco cuadras al trotecito, como para ir entrando en calor, se dice que el primer lunes la cosa había sido bien distinta, que la determinación sí era la misma, pero las cinco cuadras las había recorrido caminando despacio, muy despacio, arrastrando el pesado cuerpo de aquel día que ahora, en el recuerdo, se le figura muy lejano. Cinco cuadras caminando, recuerda mientras trota, arriba el repetido cielo nublado y la amenaza de lluvia, y él transpirando ya desde el principio dentro de su jogging gris, sí, gris, lo había comprado el sábado anterior a esa primera salida de aquel lunes, apenas lo vio en la vidriera se dijo que quería ése, por suerte encontró el ultimo que quedaba de su talla, como si lo hubiera estado esperando, si hasta el vendedor le dijo que hacía mucho tiempo que lo guardaban allí, y se lo probó y le quedó perfecto, le queda perfecto, le dijo el vendedor, y él sonrió. Pero ahora no sonríe, ahora trota y se acuerda muy bien de aquel primer lunes cuando su cuerpo lo desbordaba y lo marginaba de todo. Nada que ver con el presente, ahora todo es distinto se dice aunque una mueca de duda se dibuja en su cara al tiempo que ingresa ya a la tercer cuadra. Siempre le había gustado imaginarse en esa situación, que todos le hicieran comentarios del tipo che, pero qué bien estás, cuál es el secreto, cómo lo lograste. Le encantaba imaginarse así. Pero le costó, mucho le costó, y por momentos duda de haberlo conseguido por completo, pero no se deja vencer por las vacilaciones y continúa aunque le sigue costando. Porque en verdad hay que tener esa constancia, hay que persistir en la dieta y salir a correr todos los días, sin dejarse vencer por el desánimo ni la persistente amenaza de lluvia. Y él sigue y sigue y ya recorre el último tramo de esas primeras cinco cuadras. Y cuando llega al parque comienza a trotar más rápido, con saltos ágiles, lástima que no hay nadie allí, pero ya está acostumbrado, nunca hay nadie al comienzo, solamente aquel primer lunes en que tanta gente iba y venía, y a partir de esa jornada nunca vio a nadie más, como si la ciudad se hubiera puesto de acuerdo en dejarlo a él solo, para que corra casi solitario y libre. Los únicos que interrumpen su soledad son cada día los mismos, que ya van a aparecer, falta poco, muy poco, apenas dé la vuelta, lo sabe. Lo sabe, entonces corre hacia su destino. Y mientras tanto su cabeza repite las imágenes. Aquel lunes. Fue la única vez que se cruzó de entrada nomás con gente corriendo o caminando, eso recuerda o al menos tiene esa sensación y no la del actual parque desierto, desierto hasta que se le aparecen ellos, los que ya conoce tanto, los que apenas dé la vuelta se le van a cruzar en el parque siempre envuelto en brumas, en el que el verde es distinto al verde, en el que cada mañana corre y corre para mantenerse así, tan en línea, eso es lo que más disfruta de su nuevo cuerpo logrado tras tanto sacrificio, aunque a veces duda, pero valía la pena el esfuerzo, porque claro que le gustaba imaginarse en reuniones donde se lo hicieran notar, sí, que todos admiraran su figura, sobre todo las mujeres, y sobre todo las mujeres de los otros, porque los otros eran todos los que lo marginaban inclusive de las charlas, como si su gordura fuera contagiosa, o signo de estupidez o ineptitud, por eso creía disfrutar a más no poder de ese presente a partir de ese primer lunes cuando al salir de su casa se detuvo bajo el umbral y vio el cielo nublado y amenazante, recuerda, pero no le importó e igual salió a correr determinado a cambiar su silueta y su destino. Y aquel lunes se cruzó al igual que ahora con el mismo pibe, y el mismo pibe le vuelve a decir lo mismo al hombre que lo acompaña, mirá ese señor gordo, dice, y enseguida ocurren las risas alejándose, tal vez el hombre sea el padre del chico que le dijo eso, supone que sí, y el recuerdo del pibe lo sigue acompañando mientras corre y corre por el parque desierto bajo el cielo nublado, con su jogging gris y sus dudas a cuestas y así continúa corriendo sin dificultad, y poco después de la aparición del chico, apenas termine de atravesar el puente, se va a cruzar con las jovencitas, cuatro o cinco, nunca logra contarlas, y eso que allí vienen otra vez, el puente ya casi quedó atrás y se va a cruzar con ellas que lo van a mirar de reojo, y otra vez se van a alejar murmurando algunas palabras entre risitas entrecortadas, y una va a decir callate, boluda, a ver si te escucha, y lo dice, y luego él no va a escuchar más nada ni verá a nadie más. Pero ya nada de eso le importa, si cada día es lo mismo, pero fue aquel primer lunes en que a partir de esas palabras del chico y las risas de las jóvenes su ánimo se encrespó y lo que hasta ese momento había sido un trotecito leve se fue convirtiendo en una carrera contra su cuerpo, ya van a ver, y al diablo los consejos del médico, y no le importó que era el primer día, ya van a ver, un lunes con el cielo nublado, al igual que ahora que corre pensando en todas estas cosas, y recuerda aquella vez, cuando comenzó a transpirar más y más, cuando el corazón pareció salírsele del pecho, cuando un sudor frío comenzó a recorrerlo y él se obstinó y no se detuvo, ya van a ver, nunca se iba a detener, y eso que por un momento creyó que se moría, tanta era la bronca causada por esos dos encuentros, pero ese lunes se las vio mal, muy mal, ya van a ver, creyó que se moría, recuerda ahora mientras sigue atravesando el tramo final del parque ya de nuevo totalmente desierto y mira el cielo más negro que al principio, igual que ese día, muy mal la pasó, el corazón, casi no lo puede creer ahora que lo recuerda y corre, así, así, con su jogging gris bajo el cielo amenazante, y ese lunes no paró y no paró, ya van a ver, ya nadie más lo iba a menospreciar, a denostar por su gordura, ya basta, nadie más, nunca más, se dijo confusamente aquella vez, o cree ahora que se dijo, ahora que corre y ya sale del parque y siente otra vez la esperanza de que alguna mañana cuando se cruce con el pibe, el pibe lo va a observar con admiración, y de que esas cuatro o cinco jovencitas lo van a mirar de frente y con una sonrisa cómplice y a lo mejor alguna se va a detener a conversar con él, aunque eso será otro día porque ahora ya está regresando y entonces cruza la avenida porque justo el semáforo está en verde, siempre está en verde, cada mañana es igual, ni un auto a la vista, y cada mañana piensa en esta parte del trayecto que si hubiera alguien que lo viera cruzar así la avenida, reventaría de envidia, con estas palabras lo piensa siempre, reventaría de envidia si supiera lo que ha logrado a partir de su determinación del primer lunes cuando al salir de su casa vio el cielo nublado y no le importó, y luego corrió y corrió impulsado por las palabras de ese chico y los murmullos de las cuatro o cinco jovencitas bien metidos en la cabeza, ya van a ver, y corrió y corrió y no se detuvo, no se detuvo nunca, nunca, como tampoco se va a detener ahora que ya está por llegar a la esquina de su casa, y de nuevo dobla la esquina, y ya la ve, y en el umbral de su casa ya está listo el hombre ¿gordo? que mira el cielo nublado y se dice que no importa, que él no se va a dejar acobardar por una simple amenaza de tormenta, y entonces arranca y comienza a recorrer al trote, como para ir entrando en calor, las cinco cuadras que lo separan del parque.






MIEDO*


“El miedo es el padre de la crueldad.”
JAMES ANTHONY FOUDE



El jinete del miedo corcovea.
El abandono es más cruel que la muerte.

EL miedo teme a la libertad.
La libertad teme al castigo.
El castigo teme a la soledad.
La soledad teme al miedo.

El niño mira sus pies descalzos.
Piensa que el miedo solo es una palabra.
Existe, para ocultar lo que no se tiene.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





Correo:

Amig@s!

el próximo domingo 9 de octubre se cumplen 5 años de la publicación de nuestro sitio Haciendo Almas en el portal de la cultura cubana.

Parece poco y es mucho tiempo, promoviendo cada semana un pedacito de cultura, de quehacer comunitario y social,
de ternura infantil, de creaciones jóvenes, de poesía sincera, de nuestra bella isla,
de vivencias cotidianas, en fin, haciendo almas a nuestra manera, peculiar y revolucionaria,
en continuo cambio como la vida misma, y como dice el ludo, siendo fuertes, flexibles y cariñosos!!

Quiero felicitarlos a todos y perdirles que divulguen la noticia,
cada quien a su manera, con sus amigos, familiares, por cualquier medio,

que corra la voz!!!

SEGUIMOS HACIENDO ALMAS otros 5 años más!

desde el corazón

*José Miguel R. Ortiz (iskra) desdelcorazon@cubarte.cult.cu
www.haciendoalmas.cult.cu / www.cubarte.cult.cu



*
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martes, octubre 04, 2011

NADIE SABE EL NOMBRE DE LA VIDA...



*Ilustración: Florencia Soler. florencia.soler90@hotmail.com




LAS INCREDULAS SANGRES*



*De Horacio C. Rossi.
-Poeta santafesino. (4/10/53 - 18/05/08)


que llegaron sobre la incertidumbre de los veleros
por los ríos del viento y de la mar
ya se han convertido en tierra cotidiana y en palabras que esperan
sorteando con milagro toda perplejidad miedo y escombro...

nadie sabe el nombre de la vida...

igualmente
cada uno celebra los ritos que calladamente siguen las sangres
mezcladas con las sangres también incrédulas que fueron destruídas
sumidas habitantes de la color quebrada de las gentes
que perduran hablando obscuras claridades
desde los vastos grumos que ignoran y transcurren
sonando como ecos que albergan las tramadas herencias licuándose
entre las que lo sagrado
sucede por los cantos enmedio del silencio...

incrédulas de forma y jerarquía
las sangres traman su coinsistencia desde los abrazos y luego
la nostalgia de su ausencia que da sitio a los nombres en el lugar de
convivir
mientras la espera se consuma...

nadie sabe el nombre de la vida...

pero todos seguimos perdurando y marchando hacia el río y queriendo creer
hasta que la alegría nos consuela con su milagro desde el gran misterio
al que solamente los cantos atinan
respetuosamente
contagiándose de amor y alimentándonos durante la andadura de los días

premio de toda la existencia

acaso y ojalá
de luz...









TIERRA*



*De Horacio Rossi.



Desandando tus manifestaciones camino, tierra, recorriendo tu vientre...

Me arrodillo sobre tu rostro de fertilidades esparcidas,

porque quiero que me confirmés en la tarea que es describir tu flor
eterna...

En cuyo cumplimiento es que recorro, minucioso, tu cuerpo,

tratando de interpretarte y de hacer que todos mis hermanos sepan

cuál es tu verdadero matrimonio, ese por el cual nos haces existir...

Para eso voy y vengo, siempre convalesciente de mil búsquedas

que llevan tu signo y tu sentido con diferentes nombres...

Naturaleza.. .

que te siento madre, hermana, amiga,

divina plenitud y humana insatisfacció n:

Dije que te recorro pues sos mi misión máxima:

aquella por cuyo cumplimiento vivo.

Y muero. Porque, aveces, también muero...

Mas no te importe, tierra, mi diminuta anécdota:

a Vos sólo te importe la intención de mi esfuerzo

y aquéllo que pueda con él cantar

de tu fogosa fronda acuática de aire,

de tu energía, que sólo sabe de liberación,

de tu estatura, emparentada con lo inmenso...

Mirá, sonriendo, si es fértil mi canción, si contiene semillas germinando,

si no menguó en mí la virulencia esplendorosa de tu amor...

Y llevate éso, Vos.

Al resto, a los errores, dejalos conmigo...

Soy hombre y son mis atributos.

¡Y son el instrumento con que te canto!







CONTEMPLO EL RÍO*


Crónicas del Hombre Alto (n° 71)



Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. La primavera estalla en la mañana como una fruta jugosa que derrama sus colores sobre el paisaje. El viento del norte, suave pero insistente, arroja hacia mí certezas de azahares cercanos y un alboroto de patos que repica en las islas de enfrente.

Contemplo el río. El agua fluye morosa, casi imperceptiblemente, con un andar lento de serpiente perezosa. Sólo el bamboleo tenue de algunos camalotes viajeros delata, aquí y allá, la existencia de la pacífica corriente.

Contemplo el río y siento que su mansedumbre desnuda, sin margen para excusas, la descomunal estupidez de nuestras civilizadas urgencias, la sinrazón monumental de tanta neurosis cotidiana. El río fluye, simplemente fluye. El río no sabe que es río, sólo lo es. No se sobrevalora ni se subestima. No se apura, no se angustia por llegar a su desembocadura. No contamina su propia fluidez con miedos congénitos ni culpas adquiridas. Simplemente, fluye.

Contemplo el río y, en cierta forma, envidio su sabiduría celular, la manera irrazonada en que sabe lo que tiene que hacer. Me gustaría reducir, igual que él, los términos de la ecuación a 1, desanudar la correa de la conciencia, desterrar las palabras y ser uno con el universo, armonizar plenamente con el paisaje. Cierro los ojos, inspiro profundamente el aire templado de septiembre y dejo que el viento me atraviese, que transcurra a través de mi. Es inútil: un instante después, un aleteo entre el follaje me hace pensar “pájaro”, una fragancia silvestre me lleva a nombrar “primavera”, y entonces la efímera unidad se disuelve en múltiples estímulos y sus correspondientes sensaciones. Vuelvo a ser, apenas, un hombre que contempla el río.

Contemplo el río. No hay sitio aquí para las disonancias de la ciudad y los perversos silogismos que ella impone. Todo lo que no está entre este horizonte y yo ha quedado muy lejos, a tantas horas-luz de esta calma de domingo, que su existencia parece no tener más densidad que la borra de un sueño evanescente.

Sentado en la barranquita, a la sombra de unos aromos de ramas lánguidas, contemplo el río. Gozosamente, contemplo el río.



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar






L Á C A R*



*De Horacio C. Rossi.


Como una suela hondísima y feliz
algo ya antiguamente llamado Lácar se está,
sin tiempo menester,
desde un día hasta el otro del vasto alucinante vivir,
con su semillas y sus alas,
con su silencio, también,
y sin palabra menester,
salvo acaso y ojalá la de su nombre,
de letras inútiles
salvo acaso y ojalá como adorno,
adorno tuyo,
niña Lacar de luz,de luz Lácar mujer,
y Vos, entonces, sí, amor música luz,
dejándome rondar por ahí, a toda hora,
destriste a soba de tu clima,
clima de índole feroz feraz salvaje poeta o sea natural,
con sol y luna…






PEQUEÑA HISTORIA DE AMOR*



*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar



I


Seguramente en los años cincuenta, Salta ya era "La Linda", con sus cerros pintorescos tan vestidos de verde, rodeando la ciudad; sus caminos de cornisa donde uno suele humedecerse de nubes, ver los valles ondulados con aquellas vaquitas diminutas como pintadas, pastando; y saliendo de una curva angustiosa los reflejos de un prístino lago, con un dique de juguete.
Entonces ya, como siempre ha sido, el tierno corazón de una colegiala ensaya atropelladamente los primeros escarceos, de un galope estremecedor en un inmaculado pecho infantil, prendado de un primer amor. Amor que nace con la ilusión de ser amada, un amor que nace como un juego que casi no se puede
ocultar, y al compartirlo parece que se agranda, que ocupa todo el mundo.
Eso le pasó a la pequeña Paola, aunque podría ser, o quizás era, a cualquiera de las demás de esa escuela, y de todas las escuelas del mundo; pero sucede que por esto que relato, aquello tan común e inevitable, pasó a trascender en el tiempo de este modo.
Podríamos decir que son cosas de chicos, que es un juego inocente que más o menos nos tocó a todos; pero para las monjas que regían el colegio de varones y niñas anexo a la basílica franciscana de la capital salteña, esas cosas eran censurables e impropias de niñas o niños de bien. Sería una travesura coquetear o presumir, y era posible que el objeto del deseo nunca llegara a enterarse, que no pasara de una sospecha pero aún así, no dejaba de henchir el pecho del elegido. Pero la aventura debía mantenerse sin que las celadoras lo advirtieran. Un caída de ojos, una mirada, una sonrisa; que a esa edad los varones, más lentos en estos lances, no terminaban de interpretar; por eso ellas en sus cabildeos, entre risas y secretitos se decían que los pobres eran unos "babiecas".
Roberto, de quinto grado, no se daba por enterado, y Paola de cuarto, recurría a su grupito de íntimas para pergeñar nuevas estrategias, ya que al estar ellas en cuarto, sólo compartían el recreo, y siempre rigurosamente sobrevoladas por las miradas vigilantes; por lo que todo debía hacerse con el mayor disimulo.
Así que un día, en el aula, durante una aburridísima clase de historia, mientras el almirante Brown disparaba sus cañones en el Río de la Plata; Paola escribió una pequeña esquela de amor, arrebolada y temblorosa, muy lejos ella de la encendida batalla de nuestro máximo héroe naval, soñando más bien, en la hazaña que planeaban ellas: que una del grupito le alcanzara de sorpresa al desprevenido Roberto, aquellos dos renglones en los que confiaba que la advirtiera, que al fin él se avivara de una buena vez. y
desde lejos, ver anhelante qué iría a hacer aquel encumbrado príncipe; seguramente la buscaría con la mirada hasta encontrarla, descubrirla, fijarse en ella, y seguramente, sonreírle amorosamente.


II

De esto y de lo que sigue lo conocimos mi mujer y ya por boca del antiguo sacristán de la esplendorosa basílica de San Francisco en la zona histórica de la ciudad, en una pletórica visita turística. Este hombre, no supimos nunca nosotros por qué estaba tan dispuesto aquella mañana, mientras nos
guiaba por el suntuoso templo, uno de los verdaderos altares de nuestra historia; en la que se entrelaza con la campaña del general Belgrano, donde tras aquella gloriosa batalla, funden las campanas con el bronce de sus cañones, dejándole con fervor a Salta un legado y testimonia de su gran victoria. Campanas que suenan en el alto y pintoresco campanil, que tanto luce al frente en el conjunto barroco colonial del emblemático templo franciscano, de marcados tonos que remarcan sus elegantes líneas, volutas y ornamentos, propios de principios del siglo diecinueve.
En la sacristía, en el centro de una enorme sala, hay una mesa de grandes dimensiones, e inamovible, como enclavada; ya que luce un pesadísimo y grueso mármol que admitiría fácilmente veinte personas sentadas a su alrededor, traída de Europa durante la colonia y de Panamá bajada por el Alto Perú a lomo de mulas, y asentada en seis gruesas patas redondas, también de mármol.
Y este escenario, y por esta preciosa mesa, se desató el relato de la historia de la notita de amor que Roberto nunca llegó a leer. O casi.
­_Ah..¡Sí! Ustedes no saben que pasó con aquel papelito que tenía grabados dos renglones de ansiosas palabras de amor inmaculado y juvenil._
_¿En dónde habíamos quedado?..._



III

Roberto permanecía un poco retraído, casi apartado, ya que se sentía grandecito, como que ya ciertos juegos no le atraían tanto, y quizás un poco distinto a los demás. En eso una de las compañeritas de Paola se le acerca rozándolo y tratando de poner en su mano el mensaje. Como él no estaba atento, ella tuvo que insistir, haciéndolo más evidente. y ¡Zácate!...
Cuando Dios no quiere. Una de las monjas estaba a pocos pasos y de reojo vio algo, y como si hubiera visto al mismísimo diablo, saltó como un resorte, gesticulando a voz en cuello, tratando de obtener aquel objeto que ya era al menos obsceno. Otras monjas corrieron en su auxilio, gritando también aunque
no sabían qué ocurría. Pero Roberto, ya con el papelito se largó a correr, escurridizo como un mono por aquel patio de juegos, se metió en la sacristía y en dos segundos estaba escondido bajo la mesa. Sentía afuera el barullo del revuelo, donde todos se agitaban sin saber qué pasaba.
Vio que entre la pata y la mesada de grueso mármol había un intersticio, y apurado metió la notita tan doblada como se la dieron, y la introdujo hasta que desapareció allí escondido, el cuerpo del delito. Luego salió a enfrentar a la Santa Inquisición. Hubo amonestaciones, suspensiones y notas a los padres; las más severas a las niñas partícipes del delito. Salvo muy pocos aquel día, los demás imaginaron cosas, o las mal interpretaron; los colegiales llevaron el tema a sus casas y la cosa de pequeña pasó a crecer y
a deformarse; las madres estaban horrorizadas, y la ciudad misma terminó escandalizándose de las vejaciones y quizás violaciones que impidieron las santas monjas del prestigioso colegio. La moral misma de algunas familias se mancillaba en voz baja en las tertulias y en las casas.
Tras aquel bochorno, Paola fue llevada por una tía a Córdoba, donde continuó sus estudios, fue desvinculándose de su ciudad natal, y casi no se supo más de ella.
Roberto pasado el revuelo volvió furtivamente bajo su mesa a buscar la nota, pero no pudo sacarla, por más que tratara. Otro día volvió con un estilete y otros enseres para recuperar la notita, pero al insistir sólo consiguió empujarla más profundamente en la ranura; y alzar la mesa, imposible, ni él
ni diez como él. Más adelante también la vida lo llevó a él a vivir muy lejos de su Salta natal.
Pasaron décadas, al menos cinco; y Roberto pudo volver ya hecho un hombre grande y lleno de recuerdos. Nunca olvidó aquella esquela, y pensaba en que mientras envejecía con distintos logros, aquel papelito, quizá amarillento, estaría allí como esperándolo.
Tras los permisos de rigor, y con la ayuda suficiente pudo mover el pesado mármol, alzándolo tan sólo un par de centímetros, y él mismo con sus propios dedos obtuvo tras tanto tiempo, el pequeño trozo de papel, y leer por fin aquellas palabras de amor que tan ilusionada y temblorosa había escrito Paola, aquel lejano día, más de cincuenta años atrás.
Quienes estaban con él en la espaciosa sacristía, asistieron a la emocionada estampa de un rostro compungido, enmarcado por blancos cabellos, de blandas majillas, donde bajaron por un instante, dos gruesas y temblorosas lágrimas, y un hondo e imperceptible suspiro, fue el preludio de un largo y profundo silencio.
Yo me había transportado siguiendo el relato del afable sacristán, tan ensimismado, que también sentí mis ojos humedecidos y en el pecho el corazón como que se me derretía lentamente.
_¡Oh Dios!..._ exclamó, mirando alarmado su reloj, y llevándose una mano a la frente, como asustado._¡Las doce y quince!..., ¡Y yo no toqué las campanas de las doce!..._ y agregó: _¡Sólo me había pasado una vez en treinta años!!!_
Y se fue presuroso a su repique de campanadas de aquel medio día, en que se retrasaron quince minutos. ¡Por una pequeña notita escrita por una jovencita enamorada, hace más de cincuentas años!


FIN

*Texto incluido en el libro "Pintando mi aldea" de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe. 31/05/2011








DEL RESPETO*



*De Horacio C. Rossi.


Porque soy parte de la espiga y la nube,
No puedo no respetarte.. .
Porque soy parte del silencio y la estrella,
No puedo no respetarte.. .
Porque soy parte de la sangre y del tiempo,
No puedo no respetarte.. .

Parte del conocimiento y del cansancio,
Parte de los días y de los ríos,
Parte del amor y de las glicinas,
Parte de las tierras y los esfuerzos,
Parte del clima y de los nombres...

De la mudanza y de los cuerpos,
De las piedras y la sinceridad,
Del trabajo y de los insectos,
Del mar y las claridades,
De la pasión y de los árboles...

Y de los tejidos y de las palabras,
Y de los pensamientos y del sudor,
Y de paisajes y del llanto,
Y de la línea...

Porque soy parte
De la vida...

No puedo
No respetarte.-






Carta a mis hijos*



*de Antonio Dal Masetto



Este es el hogar que les toco, una pálida ciudad americana, una ciudad sometida a las modas, que les ha transmitido sus costumbres y sus histerias, que los ha saturado con sus músicas, sus pobrezas, sus tristezas, sus crímenes. Quiero que lo sepan: en sus venas hay otros soles y otras fiebres. Sus carnes no están amasadas solamente con olor a nafta y horizontes de cemento. Quiero que lo sepan porque tal vez algún día, cuando les toque hacerse la gran pregunta, esto pueda formar parte de sus respuestas. Recupero imágenes de un tiempo que no les pertenece. Pero seguramente las presencias que lo habitan estén tan vivas en la memoria de vuestras sangres como en la mía.
Hay una casa sobre el lago y un pedazo de tierra con hileras de vides. Vuestro abuelo cuida de esa viña. Llega la estación de la vendimia y lo miro cortar los racimos, transportar los canastos, pisar la uva en la cuba. En los días que siguen, en la penumbra del sótano, el olor del mosto es, para mí, olor a misterio.
Hay otra casa, en la montaña. En la tierra difícil vuestros han sembrado trigo. Los veo, encorvados, manejando la hoz y abriendo surcos en el trigal. Los haces son transportados en carro hasta el molino, en una aldea vecina. Allí se muele y se paga con parte de lo cosechado. Al atardecer vuelven trayendo las bolsas de harina con las que amasaran pan durante todo el año.
Estas son las dos imágenes que quiero rescatar. Una es oscura y subterránea: ese sótano y su fermentar secreto, su actividad viva detrás de la puerta cerrada. La otra esta llena de la luz de los trigales y el trabajo bajo el sol. Tal vez estos recuerdos no signifiquen nada y sean solo el reflejo melancólico de alguien que no se ha acostumbrado a las perdidas y al desarraigo. Pero insisto en creer que en esa luz y en esa sombra existe una enseñanza. No quiero sugerir que aquella fuese gente feliz. Eran tozudos y eran egoístas. Tuvieron hijos y defendieron lo suyo. Duraron. Alimentaban sus vidas con trabajo, con odios y alegrías, con pasiones fuertes y primitivas. Pero nunca con indiferencia, que es uno de nuestros males. Perpetuaban ceremonias que para nosotros perdieron sentido. Esperaban la hora de la cosecha seguros de que llegaría. Trabajaban para que el milagro se repitiese. Confiaban, y la tierra no los defraudaba. No se preguntaban por que. Dos guerras pasaron sobre sus casas. Ellos siguieron sembrando y cosechando.
Mas tarde, vuestros abuelos, trasplantados a tierra americana, seguían aferrados al ritual en los pocos metros de la casa en que vivían. Plantaban hortalizas y frutales, espiaban el devenir de las estaciones. Esos florecimientos y desarrollos parecían contribuir a darles una medida y una razón a sus vidas. Probablemente, para ellos lo importante no fuese la necesidad y el placer de la cosecha, sino la certeza de la cosecha. Sin saberlo, acataron mejor que nadie el papel que a todos nos ha tocado desempeñar.
El ejemplo de esa entrega, que es también elección, que es también participación, nos habla un lenguaje olvidado, pero que reconocemos.
Nos sugiere que quizá no seamos mas que intermediarios entre fuerzas que nos superan y un mundo que acepta y necesita nuestra colaboración. Que más allá de nosotros, de nuestra voluntad y conocimientos, existe una alianza entre las cosas, un pacto inalterable que es preciso secundar. Cada día trae su confusión, pero la meta es siempre la misma.
Nuestra tarea es el rescate. Lo perdido, lo oculto es nuestro objetivo. Hay en nosotros una memoria que no proviene solamente del pasado.
Ella nos indica el camino: poner orden en lo invisible. Las herramientas, los elementos de trabajo, igual que la pala y la zapa, están de este lado. Energía, lucidez y paciencia son nuestras cartas de triunfo. Pero también impaciencia, desorden, pasión. Y delicadeza, que es privilegio de la fuerza. Si todo esta en todo, entonces siempre hemos estado cerca de lo que buscamos. Cada día, cada hora, la realidad nos esta repitiendo el mismo estribillo. No hay pistas falsas. En todas partes hay señales y conclusiones. Será necesario recorrer esos senderos para llegar a descubrir lo que en ultima instancia sabíamos desde el principio.
Aquella luz y aquella sombra no son solo partes opuestas y complementarias de una misma esfera. Son también un espejo de nuestra condición. No nos queda mas que confiar en que la tarea visible proyecte sus frutos en lo invisible. ¿ Que es el vino sino agua que contiene fuego? ¿ Que es el pan sino tierra que levito?





Chicharras*



*De Horacio C. Rossi.



Espumas de la siesta,
las chicharras
arrorroan carpinterías de amor por las absortas frondas…

Lejos aún del baño diamantino
el cielo fosforece transmojado de polen en el viento que se dona de brisa, asunto del silencio…

En el franco vastísimo sopor
húmedamente verde y frescamente azul desde la sombra
la insonora chicharra
ara con esmero de molinera su esmeril
labrando rodajas preciosas de descanso
de reposo que es verde y que es azul
de amor como agua...

Oscila de planeta su canto:
de planeta que viaja ensimismado zumbando en el vacío sideral
inventando las aires de un consuelo…

Haciéndonos imaginar la lluvia,
en fin pero sin fin,
la danza…

Fulguran en la siesta
como fermiente espuma
al sur del cielo
todas
las chicharras…

Nos transpiran mensajes de la diosa contenta que sonríe
así posándose en el ritmo de nuestro corazón…




*


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lunes, octubre 03, 2011

COMO EL INSTANTE DE LUCIDEZ...




*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



LA VOZ*




*Por Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar


Nadie comprendía el por qué y comenzaron a incorporarlo como el juego de un niño muy imaginativo. Por eso cuando Ezequiel, a los cinco años rompió el jarrón de porcelana, reliquia de la abuela, y dijo que la voz se lo había ordenado, la reprimenda fue leve.
El tiempo comenzó a gotear tal vez demasiado rápido o convertido en un elemento que mezclaba el accionar familiar con lo problemático del afuera y no permitía reflexionar demasiado sobre las conductas del grupo.
Ezequiel construyó su refugio protegido por una muralla que nadie podía atravesar y menos aún escuchar sus diálogos secretos, situación que fue favorecida por la complicidad inconsciente de sus padres cada uno inmerso en su conflictiva personal.
Su gran inteligencia le permitió sortear los desafíos estudiantiles aunque su ensimismamiento llamó muchas veces la atención de sus profesores. En cuanto a su grupo de pertenencia nunca lo tuvo y nadie se preocupó por saber las causas, simplemente lo catalogaron como el “raro”.
El crecimiento de su cuerpo y su mente también incrementó el volumen de la voz hasta llegar a despertarlo en plena noche, obligarlo a levantarse y salir a la calle.
La primera vez fue solo ese mandato: abandonar la cama, atravesar la puerta de salida y caminar en la oscuridad hasta recibir la orden de volver. Tuvo miedo y el silencio del afuera lo envolvió como un manto de peligro pero supo que no podía negarse. Cada sombra se le ocurría un monstruo que podía devorarlo, pero de todos modos cumplió con el mandato. Ya en su cuarto la voz aprobó su obediencia y autorizó un sueño tranquilo.
Así transcurrió su adolescencia, no eran situaciones continuas pero de todos modos siempre estaba en alerta y eso lo sumió en un estado de introversión que lo alejó de sus pares y de los divertimientos propios de esa etapa de la vida.
Por supuesto interfirió en el trato con las muchachas de su edad, les huía como a los fantasmas de la noche, una tarea muy ardua debido a que su aspecto físico las atraía y su aura de misterio las llevaba a competir en su conquista, lo que determinaba un acoso permanente.
La situación adquirió niveles dramáticos cuando Alcira, la rubia de ojos azules, decidió conquistarlo. Su interferencia ante cada intento de evasión de él, chocaba con su astucia para evadir el cerco y el goce que ella mostraba ante su éxito lo aniquilaba.
El accionar de la voz se llamó a silencio como una prueba para saber hasta donde la inventiva de Ezequiel lo llevaba a eludir el acoso y esa situación lo desconcertaba haciéndolo sentir desamparado.
El tiempo del silencio le pareció demasiado largo aunque sólo duró unos días y lo llevó a llegar hasta el borde del río y preguntar a viva voz:
- ¿Dónde estás ahora que te necesito?
Hubo un silencio que le pareció eterno y al final llegó la respuesta.
-- No necesitas gritar, estoy en ti.
- ¿Qué hago ahora? Siempre me dices lo que debo hacer.
- Tal vez cometí un gran error al no alentar tu iniciativa, pero creo que no es demasiado tarde. Piensa. ¿Qué crees poder hacer al respecto?
El pánico contrajo el rostro de Ezequiel, un frío insoportable recorrió su espalda mientras su musculatura se tensaba impidiendo todo movimiento.
- - No me abandones ahora, por favor, - imploró moviendo sus manos como queriendo asir la otra presencia.
- ¿Por qué no aceptas que soy parte de ti? Siempre te resultó más fácil colocarme fuera que aceptar la responsabilidad de unirme a tu propio yo. Mi error fue no haberte enfrentado a esa realidad antes y evitar seguir tu juego.
Como si un rayo le hubiera perforado su cerebro su interior se iluminó, también su entorno modificó su aspecto y una fuerza desconocida lo empujó a internarse en el río.
- Recuerda, no sabes nadar. – le susurró la voz al oído pero no la escuchó, esta vez siguió adelante hasta que el abrazo del río unió esas dos partes que siempre habían permanecido separadas.









AMARGO*


Un sorbo de mate amargo,
como silencios la madrugada peinan
soledades y ataviadas nostalgias
y las sombras de los árboles
acarician los barrotes de la ventana
pupilas que contemplan al horizonte.

Pensamientos anegan confusos instantes
crepitan realidades penumbras devanan
y sueños seducen irracionales y es negro
y es blanco
y es gris:

¡no!, ¡no!, ¡no!, es de rutilantes colores:

Ojos encandilados y estremecida piel,
perturba, crispa, como truncado el vuelo del pájaro
a lo lejos, y aleteos desesperan rasgar el viento
entremezclando, lágrimas y rocío
besando el marco de la ventana,
y la ironía danza sonriente sobre balcones viejos:


otro sorbo de amargo mate,
y embebidos resquemores y congeladas venas astillan
la piel.

La quietud abraza cada rincón del paisaje
resquebrajado, inhóspito,
vacíos claman presencias lejanas.

El mate amargo,
no tan amargo como el instante de lucidez.



*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
19-05-2011







LA CASA DE LOS JUAREZ*


Lidia Manavella i.m



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


A la casa propiamente, como se dice, no la recuerdo. Sí tengo en la vaguedad del recuerdo la ubicación geográfica, el barrio que tenía por referencia el almacén de ramos generales “El Porvenir”, del buenazo de don Vicente Tallarico. En esa vecindad vivía don Carlos Cavagna, con su imprenta y su clarinete para tocar en la Banda del pueblo, don Manuel Ocariz, a quien llamaban “Gallito”, quien trabajaba, creo, en la Cooperativa o tal vez en la casa Arregui, de encargado. Por allí vivían los Gago, el mismísimo “Manco” Bicoca, con su mal genio y sus varios camiones nafteros. Y el inefable “Gringo” Tetti, su yerno tan entusiasta, con su traje oscuro bailando con Clide, su esposa en el Club Huracán, cuando el mundo estaba en sus comienzos.
La casa donde vivían los Juárez, es decir don Ricardo Laureano y su esposa, doña Blanca Tosini tenía un par de habitaciones extras que históricamente eran alquiladas a las maestras, que no eran del pueblo y se tenían que radicar allí durante el ciclo lectivo.
En mis dos años iniciales de escuela tuve que recurrir a clases particulares e iba todas las mañanas a repasar con mi maestra, la bella e inolvidable señorita Lidia.
Las razones de esta ayuda adicional creo haberla narrado otras veces. Mi escuela como toda escuelita pobre no podía tener otros alumnos que los de esa condición. Por lo tanto sus papás, (los nuestros, digo) vivían básicamente de la recolección del maíz, que justamente se realizaba en los dos primeros meses del inicio de las clases. Y como había que instalar a toda la familia en el campo, se perdía un tiempo precioso, que luego casi nadie podía recuperar. Entonces la inefable señorita Lidia –sin cobrar un centavo, claro- dedicaba a sus alumnos y alumnas en esta condición, su ayuda.
Mañanas enteras pasaba con ella quien me enseñó a contar con botones que sacaba de un costurero de madera oscura, a manera de ábaco. Luego me enseñaba a leer y cuando alcanzaba a mis compañeritos y en la hoja exacta del libro de lectura, yo era feliz.
Esto lo hicimos dos años: primero inferior y primero superior en la antigua nomenclatura. Cuando gracias a ella pasé de nuevo de grado, esta vez a segundo, mi padre tomó una decisión heroica que no terminaré de agradecerle: él solo iría a juntar maíz a la chacra de los Clérici. Iba a pie, se levantaba a las cinco de la mañana y con esas heladas machazas enfilaba a la chacra y luego al rastrojo. Al mediodía paraba a comer algo y volvía al rastrojo. Al atardecer, volvía, cansado. Estaba muy preocupado por si yo repetía un grado. Los sábados –para mi alegría incalculable- íbamos los tres. Entonces mi madre le ayudaba y yo hacía lo que más me gustaba: vagar por esa chacra donde no había niños para competir. Me perdía en los alfalfares, corría cuises con los perros, acompañaba a “Pichón” o a “Chiquín” a buscar pasto subido a un carrito de dos ruedas que cuando volvíamos vacío hacía un estrépito con la horquilla como para asustar a todos los grillos pero no a los perros que ya estaban acostumbrados al ruido.
En días de semana, muy de vez en cuando mi madre acompañaba a mi padre a la chacra y me dejaba en casa de don Juan Peralta, que era nuestro vecino cuando ya el pueblo –semirrural hasta allí- se desflecaba en campo que las gaviotas bordaban detrás del ocaso, donde don Luis Ortali, sembraba.
Allí, en esa casa en cuyo patio había una batea al aire libre, debajo de un añoso paraíso y doña Emilia ponía a orear sobre una silla un sabroso arroz con leche con el cual me despachaba hacia la escuela junto a su hija María Antonia.
Volviendo a la casa de los Juárez, diré que estaba en la calle de por medio frente a las vías del tren, justo enfrente de un monte de eucaliptos en esos terrenos que los hinojales altos cubrían y que nadie podía cortar porque según decían, eran terrenos nacionales.
Esa calle iba hacia la estación de trenes que en ese tiempo festoneaban las cinco tiendas más grandes del pueblo y esa pequeña plazoleta que coqueteaba con su cedro añoso y sus flacas palmeras centenarias. Pero yo no llegaba hasta allí en mi regreso, porque doblaba en el bar “La Primavera” de don Atilio Valvazón, y me internaba por la Nicolás Avellaneda, calle punta de lanza del barrio “El Jazmín”.
Ricardo Laureano y doña Blanquita Tosini, tenían dos hijos: Ricardo y Aldo, a quienes no puedo dejar de vincular fuertemente con el nombre de Juan Perón y con el club Huracán, eso tengo en la memoria.
Cuando yo doblaba la esquina del bar de don Atilio no sabía aún que mis ojos azorados de diez años verían a los últimos cantores camperos que dieron esos pueblos cubiertos de polvo que los defienden de todo el olvido y apenas son tocados por el temblor de las cuerdas de una guitarra, saltan como brasas del rincón más remoto de toda memoria.








EL MUSTANG EN LLAMAS*

Cuento


*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar



A ocho mil quinientos pies, el colorido avión volaba nivelado, en un cielo límpido, profundo y sereno. Una tenue estela de humo azulino, se iba dibujando detrás de él. La transparente carlinga, enteriza, en forma de gota, reflejaba un destello de luz dorada. Adentro, John Fargus, agonizaba, aferrado al timón, caído contra el tablero de control, inconsciente, mientras la asfixia de "la muerte dulce", lo acunaba para que durmiera para siempre.

Una pérdida de aceite había iniciado el incipiente incendio, mientras una fuga imperceptible del escape, iba llenando la cabina hermética del letal monóxido de carbono.
Como una vieja película color sepia, su vida se tornó visible en un torbellino de imágenes. Hacía ya tanto tiempo, y sin embargo le parecía que ayer nomás, volaba en misiones de guerra sobre Vietnam. Volaba con su nuevo "Mustang P51H", el último caza de motor a pistón, El "Cadillac de los cielos" motorizado ahora con un motor Merlín Mk de la Packard de 2200 HP, y hélice de cuatro anchas palas, de casi cuatro metros. A veinte mil pies, sobrevolaba los arrozales buscando columnas o movimientos del Vietcong, a ochocientos kilómetros por hora; lanzándose en picada hasta nivelar al ras del suelo, batiendo la frondosa selva, con sus seis ametralladoras de doce coma siete. Se sentía poderoso e imbatible, inalcanzable, casi un dios, sobre aquellos seres pequeños, de míseras aldeas, que desde el aire se le hacían hormigas. Otras veces volaba con su escuadrón, rociando a baja altura con poderosos defoliantes químicos, grandes extensiones de selva; que por generaciones quedarían yertas, para hacer visibles las escurridizas marchas, de los estoicos: "Hijos del gran Khamer rojo", que se amparaban bajo la tupida techumbre verde, en penosas caravanas, cargando a hombros, provisiones y pertrechos.
Pero lo más vívido, lo que marcó su vida para siempre, eran aquellos bombardeos incendiarios. Bombas prendidas bajo las alas, como tanques aerodinámicos, llenos del cóctel diabólico: gel sódico con gasolina,
conocido como "napalm"; que desprendían, y al chocar el suelo, regaban quemantes llamaradas, que se desparramaban ardiéndolo todo. Si el enemigo estaba mimetizado en una aldea de campesinos, a veces bastaba sospecharlo; se las soltaba aliviando el vuelo, sobre el poblado y quienes estuvieran adentro: Khmer o campesinos. Campesinos, grandes o pequeños, familias enteras, arrasados por las llamas quemantes. Ardían indistintamente como antorchas, junto a sus chozas, bajo la horrible peste del fuego. Lejos, ya elevándose, veían correr, escapando del incendio, pequeñas figuras humanas, que sucumbían indefensas, como trágicas marionetas envueltas en llamas, retorciéndose en el suelo, en una dantesca danza horripilante; castigados por el solo hecho fortuito e impotente, de sobrevivir en un país desolado y maldito. Le parecía escuchar sus gritos inocentes y desgarrantes.
Misión tras misión, varias en la jornada.
Cumplían órdenes, e inconscientes de su arbitrio, solían agregarle, por si fuera poco; su propia cuota de odio y de desprecio.
De noche empezaron las pesadillas, donde se veía a sí mismo envuelto en esas llamas que no se apagan, que se adhieren y te achicharran. Escuchaba los gritos, y llantos de niños, Una estatua de fuego, de toda una aldea ardiendo, mientras helicópteros Hughes verde oliva, vuelan a metros, revolviendo la tétrica humareda sobre las llamas; y él una y otra vez, soltando más y más bombas malditas.
Despertaba sudoroso, asfixiado de terror.
Se fue enfermando de pánico; tenía alucinaciones, se veía él mismo en la macabra escena, como si fuese una de aquellas víctimas, impotente, revolviéndose ardiendo; y espantado jadeaba rogando: no sucumbir jamás de esa espantosa manera.
Durante años el fuego le significó el martirio de todos los días con sus noches.
El tiempo, y el regreso a su patria, fueron aquietándolo, y trató de vivir normalmente, buscando olvidar; de rehacer su vida más allá de aquel infierno. La sociedad los llenaba de gloria, tratándolos como héroes, aunque en su fuero interno, él sabía cosas que iba esconder para siempre, cosas que opacaban aquel dudoso heroísmo y mordían su conciencia.
Optó por callar y llevar esos crímenes a la tumba.
Vivía de su pensión de guerra, y abrazó a este hobby de volar por volar, por amor al viento, al cielo. Era una pasión, una terapia en el fondo; y la concreción de un sueño perdurable, que comenzó siendo niño.
Se crió a la par del auge de la aviación, en la preguerra de los cuarenta; y los hermanos Wright, eran para él, un hito, un símbolo glorioso. Adoraba los modelos a escala que construían con sus compañeros, y no se perdían ferias aéreas, o exhibiciones; donde pudieran ver de cerca, las máquinas verdaderas. Él tenía además un tío, al que adoraba, vivía en Kentucky; dueño de un pequeño doble ala amarillo, biplaza. "El Barón Rojo" decía en la trompa, bajo un logo de una galera, un bastón, y una cadena enlazando el
conjunto, pintado en Rojo y contorneado en negro. Con él venía frecuentemente a la granja de la familia en Arkansas, al oeste de Little Rock. Eran días de ensueño, verlo, tocarlo: y mostrárselo a sus amigos., que venían en tropel, tragándose la envidia inocente de niños. Y montar detrás de su tío, en el fuselaje abierto, volando sobre los sembrados, las casas, los caminos; bordear el río sobre los desplayados del Mississippi; sentir la brisa que le revolvía el pelo, escuchar sólo el trepidar de ese motor radial, tan estridente, sonándole como música celestial, en sus oídos entusiastas. El paisaje se transformaba: el río, los campos, las personas; todo era pequeño y fácil, como al alcance de la mano. Desde allí el mundo
era más comprensible; se le ocurría que era dueño de todo.
_Tío Brad, ¿Por qué lo llamas Barón Rojo, si este es amarillo, y además es un biplano, y el del barón era un triplano?...,¿eh?_
El tío sonreía cómplice, mientras ambos empujaban el pequeño aparato cerca de la casa, y lo anclaban por debajo de las alas enteladas.
_¿Por qué? ¡Por qué sí, nada más!_ Y reía divertido.
Cuando John tuvo edad suficiente, se anotó en la fuerza aérea. Fue un piloto avanzado, y lo destinaron, junto con todo su escuadrón, a combatir en Vietnam. Eran los últimos tiempos de los motores convencionales, junto a los Advenger, y los Corsair de la Marina; apostados éstos en portaviones en el
golfo de Tonkín en las cercanías de Da Nang, junto a los Panter, ya reactores. La era del jet estaba en plenitud, A los Mig 15 y 17 chinos, los combatían con los Sabre F86, F100, y más tarde llegaron los Gruman y los Phantom. Este superaba Mach2, dos veces la velocidad del sonido.
Pero lo excelso, lo irrepetible, fue el Mustang; el imbatible.
Un día sería dueño de uno; aunque fuera una réplica deportiva.
De vuelta, con un grupo de amigos, compraron un kit, versión accesible y se pusieron a trabajar, cada uno el tiempo que podía. Armarlo llevaría unas mil horas de tarea capacitada. Costó casi dos años terminarlo, inscribirlo, hacer pruebas en tierra, y todo lo que requirió, hasta que estuvo listo para
el primer vuelo; pintado con franjas y colores deportivos. Bajo su larga nariz, llevaba ahora un motor lineal, diez veces menos potente que el de combate; y su hélice la mitad.
Ya no estaría artillado, no tendría que cargar blindajes, ni nada bélico, como bombas o tanques suplementarios. En origen, estos aviones llevaban el motor detrás del asiento del piloto, con eje de mando, y por el centro de la enorme hélice, asomaba un cañón calibre veinte. Requería entonces del
compresor ventral de refrigeración. Ahora en realidad no necesitaba ese carenado en forma de buche; pero lo tenía para ser fiel al diseño, añadiéndole al grácil fuselaje, ese aspecto tan elegante y dinámico.
Hicieron cortos vuelos bajos, con giros y contra giros, ascensos y descensos, despegues y aterrizajes. Todo de maravillas. Planeaba como una pluma, respondía raudo, rumoroso. Querían bautizarlo y aún no se habían puesto de acuerdo; entretanto hoy sacaron el aparto del hangar, colorido y reluciente, listo para la prueba final, en mayor distancia y alta cota.
John Fargus no llevaba oxígeno, no lo necesitaba por esos breves momentos, en la mayor altura, antes de descender a mil pies.
El avión se movió en una turbulencia, John, cayó de costado. Debió tocar llaves o palancas de control; ya que la cúpula de la cabina se abrió y salió disparada en el viento. El aire helado fue vital para que volviera a respirar, tosiendo y vomitando; Un milagro y volvió la vida; y sus labios lívidos se tornaron cálidos. Cuando recobró el sentido, el avión se movía como en un fuerte oleaje, ladeándose a uno y otro lado, zigzagueante, Detrás vio la densa estela de humo negro, el motor tosió entrecortado, y en un
estertor final, lanzó afuera grandes llamaradas flameantes.
Antes que el fuego alcanzara la cabina, con fuerzas surgidas de repente, por la adrenalina del pánico, precisamente al fuego. Saltó al espacio y presto abrió su paracaídas; mientras el avión, incendiado iniciaba largos giros en caída lenta. Una y otra vez lo alcanzó el remolino de la nube, cada vez más
densa y más ancha. Saliendo del humo podía ver a su Mustang yendo al suelo en giros más pequeños, hasta que en un tirabuzón final, se estrelló con un trueno, surgiendo de él un gigantesco hongo anaranjado.
La onda expansiva lo envolvió repentinamente, enredándolo contra la tela y las cuerdas de su propio paracaídas.
Se debatió y luchó aterrado, más sin lograr librarse de esa nefasta trampa, que le tendía diabólicamente el destino, y fue tragado por la turbulencia de la estela dejada por el avión en llamas; conduciéndolo finalmente a chocar contra el fuego de los restos fundentes, contra el Mustang en llamas.
Su último pensamiento lo llevó a los arrozales de Vietnam, a las aldeas incendiadas, a aquellas pequeñas figuras humanas, envueltas en las llamas pegadizas del napalm.


FIN


NOTA; el motor Mk era de la Rolls Royce, al final de la segunda guerra mundial, para el P51H, le
otorgó licencia a la fabrica Packard de EEUU.

*Texto incluido en el libro "Pintando mi aldea" de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe. 24/ 06/ 2009







Por esos avatares del destino*



*De ALDIMA. licaldima@yahoo.com.ar


A Cristina nunca se le hubiera ocurrido, un par de años antes, por esos avatares del destino, que terminaría trabajando como azafata de una importante aerolínea internacional. Sin embargo, y aunque resultase anacrónico al compararlo con la excelsa técnica aeronáutica en que desempeñaba sus tareas actuales, toda su vida había sentido profunda y emotiva admiración por los trenes.
Varias veces la asaltaba el recuerdo, así, de improviso, evocándole aquellas tardes de su infancia, en las que iba a contemplar esas poderosas locomotoras que pasaban tan cerca del alambrado, atronando con sus bramidos en aquel extremo de calle muerta del barrio de Monte Grande, donde su tío abuelo la llevaba de la mano, después de comprarle un pirulín verde rojo y amarillo, tan dulce como sus ojos de niña, gratamente sorprendida por un mundo que cada día se le develaba asombroso.
Beto… Aquel hermano de su abuela era el hombre de la sonrisa más angelical que hubiera conocido en su vida. La emoción sentida hacia él era tan intensa que, por momentos, olvidaba que hacía ya varios años que había fallecido, tal como había vivido: plácidamente, acostado en su cama, con un semblante sereno y descansado, soñando quizá con alguna tierna imagen de su infancia, allá en las playas de Calabria.
En dichas evocaciones, las escenas de aquellas tardes estivales, abrasadoras con sus soles rojos, la acongojaban sin dolor. Salía a pasear con Beto acompañada por Pancha, su muñeca de trapo, heredada de una prima lejana a quien apenas recordaba haber visto. Pancha tenía unas trenzas muy amarillas, y además de no separarse nunca de su lado, ya sea tomando la merienda con una sabrosa chocolatada o yéndose a dormir juntas por las noches, a veces, la madre de Cristina jugaba con peinarla en forma parecida a la de su muñeca, a fin de parecer mellizas, aunque la tonalidad rubia de Cristina fuese bastante más oscura que los chillones colores artificiales de Pancha.
No siempre Beto conseguía durante sus paseos comprarle pirulines. A veces, éstos podían ser gratamente reemplazados por alfajores “Capitán del Espacio”, de sabor chocolate o dulce de leche, verdadero manjar durante sus años infantiles. Lo que permanecía inmutable era el flamante paso del expreso de las 18hs., procedente de Mar del Plata, majestuoso con sus plateados coches de la sección pullman, que volaban sobre las vías como una súbita exhalación. La magia no sólo radicaba en aquella metálica tromba que pasaba a su lado, a escaso metro de distancia, más allá de alambrado, sino en su procedencia: Mar del Plata… Lugar, para ella, misterioso si lo hubiera, tan extraño como Tumbuctú, Tánger o La Quiaca, al que nunca habían podido ir, aunque sus tíos lo prometieran una y otra vez, pero que sólo llegara a conocer en la adultez, y con un sabor muy diferente al que hubiera podido experimentar a los siete u ocho años. La referencia al nombre del “Capitán del Espacio”, le motivaba impulsos muy raros a su edad, como el de subirse a un cohete y atravesar las galaxias, bailando a carcajadas entre las estrellas, volando por el aire como cuando se subía al “Twister” del Ital Park, mientras los motores debajo de sus pies vibraban tanto como aquella poderosa locomotora de las 18hs…
Tales recuerdos solían aparecer mientras tomaba el módico trencito que habían reflotado, por iniciativa privada de varias empresas aéreas, a fin de transportar al personal, y realizar una feroz competencia con Manuel Tienda León, fenicio acaparador del mercado de transportes de la zona. Un trencito tan práctico como singular, que le suscitaba reflexiones como ésta: era harto singular que para poder volar, ya no en el cohete de su imaginación, sino ahora en sofisticados 737 que remontaban el cielo hasta alturas considerables, tuviese que tomarse antes un tren que la dejaba en la recientemente inaugurada Estación Aeropuerto de Ezeiza, desde donde luego combinara con la vetusta línea 306 de colectivos, que la dejaba dentro del mismo Aeropuerto, luego de un breve recorrido, más simbólico que efectivo. A la vuelta de los años, trenes y cohetes volvían a unirse, aunque de otra manera, más concreta y menos soñadora…
Y a veces, en días tan nostálgicos como éste, imaginaba que al despegar rumbo a los cielos del mundo, mientras iban ganando altura, perforando esos densos muros de algodón que los circundaban, le fuera posible alcanzar a ver a Beto, saludándola con su mejor sonrisa desde una nube solitaria, mientras debajo suyo se extendían las vastas extensiones del municipio de Esteban Echeverría, donde alguna vez estuviera su casa, muy cercana de aquel extremo de calle muerta del barrio de Monte Grande; donde alguna vez fuera feliz…







Dudas del Mingo Echeverrí con aquellas francesitas...*


*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar


El furor por afrancesar el tango, estragado por cierto aluvión parisino de musetas, mimises, yvetes y manón, al Periodista Especializado Mingo Echeverri le produjo íntimos reparos con algunos extraviados ‘del espíritu popular, con perdón de la palabra’. Aunque siempre se disculpara por rozar de refilón ‘al inigualable José González Castillo’ por aquella mezcla rara de pizpireta que trajera la poesía del Quartier, - más que Barrio digamos Rioba- y francesita que soñaba con Des Grieux sin hallar a su Duval para morirse en París bien ‘Dama de las Camelias’ Margarita Gauthier. Un pena, porque su ‘Griseta’ tango romanza sin canyengue y tragicomedia en broma, mucho más lo celebraría esa engolada especie de frecuentar boliches y tutearse con trasnochadores conocidos, para parlotear luego por su cuenta sobre cada misterio de la madrugada, lo recóndito de cualquier nostalgia y atribuirse ser compadre de los duendes oníricos del vino. Esos nocturnos líderes de Buenos Aires, tan profanos de cualquier apretujón madrugante por no llegar tarde al laburo ni de los apremios a las pibas fabriqueras ‘que cruzan la plaza de Lanús a las cinco de la mañana a veces cuando hace un frío que ni te cuento’. Algo que comprendiera el Mingo Periodista Especializado que nunca vivió engrupido de ser un laburador condenado a bailar siempre con el enemigo, por decir algo, pero a quien agarrarlo malparado para discutir con él ‘cómo somos los naturales de esta comarca’ resulta más difícil que recular en chancletas. Porque este insigne de por aquí, sin jugarla de héroe ni matarse por valores que vaya uno a saber, al sentirse del lado de la razón se prende contra cualquiera de los engreídos ‘referentes’ que por memorizar ante cámaras un incierto ideario de los argentinos, al fin nos repiten la misma patraña que recitaron sus abuelos tiempo atrás que en la dinámica actual es una eternidad o masomenos… Y como nuestro hombre curte cierta mala leche por leer, ligó en un libro de un gomía común cómo por 1874 una partida de milicos iba de trote parejo tras el matrero Juan Moreira: recién despuntaba la mitad del otoño, fin de abril, y en la cuneta de la casa de putas Café Pompadour aún brillaban los cristalitos de la escarcha. Buena señal si uno pretende un invierno llovedor… Si amigo, le dije Café Pompadour; y es que ya nos venía de antes nuestra pretensión de ser extranjeros…


La calentura franchute por el tango existió, no es broma, y semejante fiebre no quedó encerrada en los cabarutes de París donde por 1920 el Ricardo Güiraldes, -‘el mismo del Segundo Sombra que por ahí lucía dotes de bailarìn pero minga de milonguero’, lo calificara el Mingo- y también se expandió por salones, bares, teatros y los grandes hoteles de moda. Al menos eso le contara al Echeverri don Francisco Canaro que con sus músicos que debieron tocar vestidos de gauchos por 1925, actuara en los salones parisinos más costosos con clientes como Rodolfo Valentino, que no aprendió a bailar el tango ni apretado por la cana y distinto al violinista Jascha Heifetz que se la rebuscaba bastante bien. Sí, el fenómeno duró años y en ‘El Garrón’, local de un argentino que se volviera por el año cuarenta, luego que cerraban los dancings conocidos y caros seguía abierto hasta el amanecer. Y quiérase o no esta aceptación francesa por el tango llegó con tanta fuerza a Buenos Aires que escandalizó la selecta revista ‘El Hogar’ antes de 1920, al publicar que ‘los porteños decentes de la buena sociedad se preocupaban porque temían que París nos quisiera imponer el tango argentino’. Y serían muy pelotudos para ignorar que esa música era habitual en todo sainete teatral de Buenos Aires que entonces disponían el éxito popular de los tangos con letra, y en cada presentación era infaltable que el primer acto transcurriera en un conventillo de nuestro arrabal y el siguiente en un cabaret de París. Historia pura.

Pero los tangueros persistieron con la francesidad de cualquier polaquita de Galitzia reclutada y traída por la Varsovia y la Zwig Migdal a putanear en los prostíbulos de Dock Sud, - que fueron muchas y una veintena de ellas hoy engordan el recatado cementerio de la calle Arredondo, en Avellaneda, a cien metros del municipal la calle Agüero. Y aunque en su mayoría fueran rubias y sus ojos celestes no portaban nombres como Germaine o Jacqueline como se difundiera, ¿o la Galleguita del tango también era francesa? alguien lo cargó al Julián Centeya por su ‘a mi Claudinette pequeña y tan querida me la negó la calle de París’. Y aunque el griterío pasado hoy mucho no interese, este asunto encubre cierto doble perfil: uno es el ser nosotros esperando que alguien nos diga quienes somos, por esa aspiración a registrarnos más allá de nuestro mapa. Y el otro, mucho más jodido según el Mingo Periodista Especializado, ´persiste en nuestra comarca por esa gente que viaja mucho y por ahí anda, y padece de ansiedad por sentirse tan extranjero que hasta se envanece por nombrar en francés a un prostíbulo en medio de la pampa’.


-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.





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sábado, octubre 01, 2011

LA SORPRESA DE LO QUE NO ESTÁ ESCRITO...




*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





La vida*


Una rosa, aparición súbita, me sobresalta de belleza. No sé si el encanto se debe a la mirada inocente del descubrimento o prueba una especie de escepticismo que sabe que entre plantar un rosal y la salida victoriosa de la flor, hay una infinidad de peligros sorteados, azares, eslabones perdidos.
La sorpresa de lo que no está escrito, o al menos no del todo escrito, talismanes.



*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com











UNA VIEJA DEUDA*



*Por Celso Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar




En el preciso momento en que se encendían las luces de las altas jirafas del alumbrado, yo estacionaba el auto sobre la calle veintiuno. El cielo ya obscurecido dejaba al poniente un difuso e inmenso telón del color granate, aún más intenso y luminoso hacia el horizonte; que se dibujaba aquí con las siluetas de las casas cercanas, y las diversas plantas que se recortaban renegridas y familiares, como pinos, lapachos, y fresnos.
"La Calandria", se leía en la chapa al costado del portón de ingreso. Un patio a la calle con profusión de plantas, en el centro una bandera argentina en un mástil bajo, cobijada bajo las copas verdes, y un poco más adentro la casa del Profesor; del cual salió a atenderme y me hizo pasar, abriendo las hojas dobles.
-¡Adelante!, pase.- me invitó amable, - lo estaba esperando...
Nos ubicamos en una galería pequeña y confortable.
Debía presentar sutilmente el motivo de mi visita, ya que si bien suponía un acercamiento social, guardaba algo más, y era evidente ya que le había anticipado que deseaba hablar con él, creando seguramente un dejo de misterio.
Don Pablo Alcides Pila es el referente innegable en nuestro limitado universo de las letras. Como poeta y cuentista lleva publicados decenas de títulos y exhibe extenso historial de premios y reconocimientos.
Pero mi móvil iba aún más allá.
Tenía una cuenta personal de larga data, que seguramente no podría saldarla ni aunque quisiera, por su naturaleza; pero a esta altura era buena oportunidad para recordarla y reconocer su nobleza.
-Don Pablo, me gustaría que Ud. me acepte un libro mío, presentado hace ya unos meses.- Dije, mientras le entregaba un ejemplar de "Los días felices", autografiado y dedicado al escritor.
-Quisiera que lo lea y lo conserve.-, dándole a entender que para mí era sumamente gratificante, guardándome la secreta esperanza incluso, de que un día podría decirme que lo leyó con gusto. También le entregué tres hojas en papel tipeado en "Word", una copia de mi último tema, un relato costumbrista
y de una época casi lejana;"La capillita solitaria", que podría ser parte de la saga, el tomo II.
Observó con cuidado el material impreso, sopesó y evaluó el volumen.
-Sí, -dijo- conozco el libro y escuché de él; pero no lo leí, así que ahora lo voy a hacer con gusto.-
Hice una larga pausa.
Respiré despacio un par de veces, cambiando de tema y de tono; y proseguí, yendo de lleno a lo que quería decirle, a la verdadera razón de mi visita, que ya llevaba demorada largos años:
-Don Pablo, no sé si Ud. recordará, pero yo simplemente le debo la vida.-
Torció levemente la cabeza para verme mejor, frunció pensativo el entrecejo, y tras unos instantes de silencio, me preguntó:
-¿Por qué lo dice?- Ahora me miraba realmente intrigado.
-Pensé que podría no recordarlo. Fue hace mucho, mucho tiempo; y para mí fue mucho más trascendental que para Ud., lo comprendo. Usted pudo haberse olvidado al día siguiente, pero no yo. De ningún modo. Incluso nunca tuve ocasión de agradecérselo. Sé que no le iba a dar demasiada importancia, y yo
también lo minimicé. Pero los años me han agigantado ese momento, y hasta puedo decirle que más de una vez, yo mismo me sentí perseguido por tenerlo pendiente. Y creo que ahora es tiempo de traerlo al presente, y yo me sentiré mejor desde esta noche, recordándolo junto a Ud. profesor, que podrá
ver que no he olvidado su gesto tan valioso.-
El profesor me miraba mientras su mente escudriñaba recuerdos, en total silencio, y mientras me miraba, trataba quizás de adelantarse al resto de mi relato; pero era evidente que sólo había recuerdos confusos de los cuales no lograba extraer nada en limpio.
Se rindió, esperando que yo continuara.
-Fue una noche de verano allá por el año setenta.- dije ubicando mi relato en el tiempo.
-¡La pucha!,- se sorprendió.- ¡Nada menos que treinta y seis años!.- y los dos nos perdimos un instante en nuestros propios cálculos.-¡En ese entonces yo.! ¡Ahhhjá.!,-Recordó titubeando- Y Ud. en el Banco, era tesorero, creo; aquí en Belgrano e Iriondo. ¡Claro!, ¡Sí, yo tenía cuenta allí!., Iba casi diariamente. ¿Y qué pasó, entonces?.., Dígame.-
Don Pablo mostraba ahora una chispa de entusiasmo y de sorpresa, en sus ojos expectantes.
-Bueno, hacía mucho calor esa noche. Después de cenar cargamos unas silletas, un reel, y algo fresco para tomar; y todo en el auto, y con mi mujer y los tres pequeños nos fuimos al puerto, a tomar un poco de fresco al lado del agua. Era un lindo lugar para estar en una noche así. Además de tener una brisa reconfortante, había espacio, iluminación, y la posibilidad de pescar algo; mientras tomábamos tereré, pasando un rato todos juntos, con los chicos, charlando, contando cuentos, anécdotas, y jugando con ellos. Los veía tan poco en ese tiempo, vivíamos largas jornadas en el Banco, la tarea era exigente, y el personal siempre escaso. Eran unas horas de descanso, relajantes y reparadoras. Siempre que podíamos lo hacíamos...-
¡Si, si!- me interrumpió, -Yo también era casi adicto a escaparme un rato de cuando en cuando, así a la noche, tranquilo..., llevar el reel, algo para leer., a veces me acompañaba mi familia.


Retomé el hilo del relato:
-Esa noche sí, había unas pocas personas, en las que casi no reparé.
Recuerdo que el río Paraná estaba crecido y el nivel del agua llegaba al borde de los muelles.-
Mientras le contaba esto me parecía ver el anchuroso curso que se perdía en la inmensa oscuridad de la noche, y algunas lucecitas brillaban parpadeantes aquí y allá, lejanas, y nos decían de pescas y de ranchadas, en una beata quietud y un reverente silencio.
-Cuando nos acordamos estábamos casi solos, -continué- de golpe se había hecho tarde. me apuré a guardar las cosas en el auto y disponernos al regreso. Me acerqué al borde del agua para enjuagarme las ojotas, así puestas, con la larga caña recogida en la mano...-
Evoqué la escena: El muro de contención era de piedra, inclinado, no a pique, y remataba un cordón al nivel del piso del puerto. El agua casi llegaba al ras.
-Así que, sin quererlo, pisé ligeramente con un pié el inclinado paredón, resbaloso por el liquen que lo cubría bajo del agua, y desaparecí como un rayo, en una siniestra voltereta, cayendo casi de espaldas, en un inesperado chapuzón dentro del río; emergiendo desesperadamente unos cuantos metros de la orilla. Mi práctica de nado era apenas para mantenerme unos minutos a flote, y con toda la ropa, me era dificilísimo. Manoteando y pataleando conseguí llegar a la orilla, pero la pared inclinada era sumamente
resbalosa, impidiéndome asirme, y la corriente me empujaba debajo del muelle tapado en una espesura de camalotes. Mi situación era apremiante. Sé que alcancé a gritar pidiendo auxilio, pero no creo que me haya salido más que un hilo de voz.-
Recordé el pánico de aquél momento.
Don Pablo seguía atento.
-Mi mujer se dio cuenta, y desesperada gritaba y corría, pero ya no había nadie allí., y en eso aparece usted, profesor, no sé de donde; y veloz como un rayo tomó la caña de mi reel, caída en el suelo, y con ella, sujetada fuertemente, me ayudó a subir la cuesta de la resbalosa pared y así poder salir del agua, en un momento en que mi vida estaba en verdadero peligro.-
Alce la vista y lo miré.
-¿Y don Pablo? ¿No recuerda ahora todo esto?-
Él seguía pensativo.
-Si, creo que algo recuerdo, ahora que me describe aquella noche, se me hace de ver esas escenas, pero las tenía totalmente borradas.- y siguió ya más lúcido: -Creo recordar que esa noche estaba mi familia, Sí, mire, recuerdo cuando decidí llevar los chicos, y sí, yo tenía el auto de este lado ya saliendo, y me volví no sé para qué. y vi, u oí a su esposa, y lo vi en el río. Fue todo junto, vi la caña, la alcé. Todo sucedió tan rápido.-

-Ya ve que para mí no fue tan simple, por más que después quise relativizar el hecho, olvidarme; con el tiempo fui viendo toda la inmensa ayuda que recibí esa noche. Ahora tengo la posibilidad de reconocerle, lo trascendente que fue para mí, aquel momento de sólo un par de minutos. Yo pude vivir hasta hoy el resto de mi vida, viendo crecer a mi familia, gozando muchos años fructíferos; y hasta logré escribir un libro que valoro enormemente; y que todo eso podía haberse truncado aquella vez, de no haber sido por su oportuna y contundente actitud.-
-Por eso vine esta noche, no sólo a obsequiarle el libro y a mostrarle mi trabajo; sino a sentirme mejor, más noble, más humilde. A mostrarle mi tardío reconocimiento, aunque Ud. casi ni lo haya registrado. Y esto precisamente habla de su esencia humana, de su nobleza.-
Me sentí bien porque hacía un siglo quería hacerlo.
Hoy, esta noche, había cumplido mi cometido.
Luego la conversación derivó gentilmente a otros recuerdos. De nuestras coincidencias geográficas, de vivencias correntinas, de conocidos comunes.
De los hijos, de Dacio, que fue uno de los héroes de Malvinas, y de muchas cosas más; hasta que se acabó el tiempo, y nos despedimos.
Me acompañó, y pasando por el patio me indicó la bandera.
-Está aquí desde el día en que me mudé a "La Calandria", mi casa. Era un dos de abril. Aniversario de la Toma de las Islas.-
Yo pensé mirando la bandera: "Cuanto puede significar este símbolo", y dije en voz alta:
-Para nosotros, en casa, Las Malvinas, son más que una causa.-
Y en el portón riéndome, le dije:
-¡Gracias!
Al subir, apenas cabía en el auto.


*Texto incluido en el libro "Pintando mi aldea" de Celso H. Agretti.
Avellaneda, Santa Fe. -20 de octubre 2006-





Miradas*


Lo fantástico se infiltra en los intersticios de la realidad.
Una rosa formando una pintura entre los distintos verdes anuncia

Una herida en el techo anuncia.
el pelo tocando el aire en la vanguardia de la persona resguardada detrás, dice

Una fiesta que espera en la emoción de los cuerpos amuchumbrados, dice

Letreros, cartelitos, cartas.



*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com








LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ


“El perfume de las curtiembres me enseñó mi conciencia de clase”*



*Por CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ. parodizlaunion@gmail.com


El escritor Guillermo Saccomanno cuenta a La Unión sobre su obra y el último libro publicado, en el que fusiona su compromiso por hurgar en la desigualdad, la mentira y el sometimiento.
Nada se compara si todo se comparte. La exigencia del postulado es superlativa. Guillermo Saccomanno, más allá de la fugacidad anterior, suena distante y con razones, sucede que costó dar con él y el todo aludido resulta escaso. Un hijo pequeño y afiebrado traza la frontera de la prisa.
Gessell es el lugar elegido por él y un bastión necesario. Algunas aproximaciones saludables podrán leerse, otras inferirse, pero “Un maestro”, su último libro, fue la concesión fragmentada para una charla polar donde se desliza su profundo compromiso por hurgar en la desigualdad, la mentira, el abuso, el sometimiento.
“Un día ví de pronto que había un espacio, un silencio, que necesitaba ser llenado. Ese silencio tenía que ver con la vida de los desposeídos. Y supe que ese silencio no me permitiría quedarme quieto, que tenía que hacer algo al respecto”, con olor a Berger, pueden coincidir. Saccomanno ha precisado que este no es un libro sobre los ‘70 sino con los 70.


– ¿Una frontera de dónde emerger?

– Entre Mataderos y Parque Avellaneda, donde y cuando el viento del oeste y el perfume de las curtiembres, me enseñó mi conciencia de clase del barrio.


– ¿Cómo, quiénes y de qué forma hurgaste para tu formación?

– Me crié en una casa de trabajadores, padre sastre y madre que trabajaba en una óptica, un padre perseguido político; en la casa familiar había una gran biblioteca abierta, quiero decir sin restricciones, donde se podía encontrar y leer a Salgari y Memorias de una princesa rusa, o a Roberto Arlt y Boccaccio. Acceso a la diversidad.


– ¿Ahí va… la señal?

– Tener una biblioteca fue el inevitable paso previo para convertirme en lector, uno es la suma de dos experiencias, la vital y la del lector, ésta te inclina a leer de determinada manera.


– ¿Hubo un texto iniciático que te influyera?

– Yo creo que el libro que me marcó a los 14 años fue “El juguete rabioso” de Roberto Arlt, por un grado de pertenencia social, descubrirlo fue establecer una suerte de parentezco. Con Arlt tuve idea de su identificación de escarbar y ahondar en el resentimiento, eso me guió fue el señalador del camino.


– ¿Y qué señó tu trabajo de ese descubrimiento?

– Soy de los que piensan que donde no hay igualdad y sí marginación, cuando no hay justicia, hay resentimiento y se convierte en motor de la historia.


– ¿Y los pasos siguientes?


- Empecé a trabajar a los 14, Arlt fue una guía metafísica de la calle, como un guía viajero, después a los veintipico fui creativo y guionista, cosa que valoro porque fue etapa de aprendizaje, la historieta me formó.
Transité la carrera de letras algunos años. Allí recibí la influencia de Oesterheld (Héctor Germán, autor de El Eternauta), con Trillo (Carlos) le hicimos su último reportaje.


– ¿Esa experiencia abrió el camino de la literatura?


– Se me ocurre que el camino literario estuvo siempre, a los 63 no sé si estas son las mismas sensaciones de aquel tiempo.


– ¿Y por casa qué pasa?


– Tengo mi hijo con fiebre –39 grados–, mi mujer lo está atendiendo y yo hoy me hago cargo de la cocina, pero aclaro ser padre de tres mujeres de 35, 23 y 19 y el varón de 3, para ese acto de amor y arrojo, hay que tener ganas.


– ¿Qué podrías decir de “Un Maestro”?


– “Un maestro”… el escritor es el tipo menos indicado para habla de su obra, nunca están en su punto justo sus miradas respecto a las claves y los niveles del libro. Uno se desajusta.
Es el menos literario y el mas literario, tuve que prescindir de la literatura, es una “non fiction”, quise ser fiel a la voz del “Nano” (Orlando Balbo), que es un maestro, compañero de colimba a quien lo reencontré; un maestro y discípulo de Paulo Freire, quien después de la tortura (secuestrado en los ‘70), vuelve y alfabetiza una comunidad mapuche, creo que el libro tendría que funcionar en los colegios. Los maestros han sido muy castigados y esta es una suerte de reivindicación.
Un maestro sordo que pasó toda la represión y piensa en alfabetizar y lograr que el cacicazgo no fuera hereditario y si democrático; lograr formar una cooperativa de trabajo; el “Nano” trabajó en la búsqueda de una mejor condición de vida para la comunidad; hay experiencias que los maestros necesitan conocer.


*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 25/09/11 - 10:26 PM
http://www.launion.com.ar/?p=61484







Mariposa negra*


*Por Juan Forn


Hace diez años conocí a una mujer que debía estar muerta según los cánones de la medicina. Tenía cuarenta, la misma edad que yo, cuando la conocí. A los veintiocho le habían descubierto por puro azar que la absurda cantidad y variedad de enfermedades que había sufrido desde su infancia eran en
realidad una sola: una maldición llamada lupus, que en la jerga médica se conoce como "mariposa negra", porque el menor aleteo que dé en cualquier rincón del cuerpo que la alberga puede generar una catástrofe en el resto de ese organismo. Hasta entonces, los médicos le habían tratado por separado
todas las flaquezas de su sistema inmunológico, porque aparecían en momentos distintos, con períodos considerables de normalidad en el medio. Pero a los veintiocho, un chequeo de rutina desembocó en una batería interminable de análisis y el diagnóstico final (lupus sistémico) explicó retroactivamente
cada uno de aquellos síntomas y comenzaron a tratarla en consecuencia, con muy pocas esperanzas.
En los doce años siguientes había perdido un riñón, después parte del útero, más tarde se le secaron los conductos lagrimales ("Sí, no puedo llorar; hace ya tres años de eso, al final te acostumbrás") y en cualquier momento podía sobrevenirle una septicemia, un aneurisma o un episodio cardíaco, me contó
la noche en que la conocí. Según los parámetros médicos, era una incongruencia en movimiento. La reacción de su organismo al lupus era tan infrecuente que la tomaron como caso testigo y llevaba desde entonces más de diez años yendo una vez por mes a la Academia de Medicina para que los especialistas intentaran decular qué era lo que la mantenía entre nosotros.
Bastaba tener delante a esa mujer para sentir que estaba viva de una manera que uno jamás había visto. Era como si estuviese enferma de vida. Y contagiara a quien tuviera enfrente. No hay mujer hermosa que no tenga conciencia de su belleza, pero hay algunas pocas, poquísimas, que eligen no ofrecer esa información al público: la conservan para una segunda instancia de intimidad. Son mágicas, desde el momento en que dejan de ser invisibles.
Hasta que reparamos en ellas parecen hechas para no llamar la atención, para que las sorteemos inadvertidamente en nuestro camino. Y, de golpe, no podemos parar de mirarlas, no queremos otra cosa que tocarlas, sólo nos importa mantenernos a su lado el tiempo que nos sea posible.
Había algo entre ella y la vida que era hipnótico. Como esos cantos rodados que el mar deposita en la playa, esas pequeñas piedras sometidas durante quién sabe cuánto tiempo a la abrasión marina, hasta que su forma, su textura, su color (es decir, la suma de su hermosura) es efecto de ese desgaste; así era ella. Esa sensación producía: todo lo hermoso en ella había sido tallado por la enfermedad, por su resistencia a esa enfermedad. Y uno sentía que iba a ser cada día iba más hermosa, hasta el último. A su lado, el desgaste de la vida no roía: pulía. A su lado no había lugar para el miedo.
En su Diario, Gombrowicz escribe, después de leer un libro de Simone Weil: "Contemplo a esta mujer con estupor, y me pregunto de qué manera, por qué magia logró el ajuste interior que le permitió enfrentarse con lo que a mí me destroza. Y me encuentro con ella en una casa vacía, por así decirlo, en
un momento en que tan difícil me es huir de mí mismo". Quiero decir que, cuando la conocí, yo era una piltrafa. Venía de zafar por mero azar de un coma pancreático. Técnicamente hablando era un sobreviviente, pero me sentía de manteca. La orden médica era que tenía que limitarme a vivir de manera literalmente opuesta a la que había vivido hasta entonces (es decir, aprender a parar antes de sentir el cansancio; no dejarme llevar nunca; y lo único que yo sabía hacer era dejarme llevar: por los pálpitos, por la adrenalina, por la prepotencia de la voluntad, por el equívoco candor de creerme inmune o al menos lejísimo de la muerte). Mi interpretación de esa maldita consigna médica era una catástrofe: para decirlo mal y pronto, tenía tanto miedo a morirme como a vivir. Eran casi una sola cosa, y eran mucho
más que una sola cosa. Recién cuando uno puede separarlas empieza a volver, fui entendiendo con el tiempo, y no voy a abundar en el tema por razones supersticiosas muy profundas. No se habla de eso sin volver ahí.
Lo cierto es que, hasta el momento en que ella me dirigió la palabra, yo no la había registrado siquiera. Podría alegar que en mi estado de entonces no estaba precisamente para andar mirando minas. Pero no sería cierto: incluso entubado en la sala de terapia intensiva del hospital había sentido esa reverberación tan familiar en cuanto se acercaba a mi cama una enfermera mínimamente atractiva. Pero con ella fue otra cosa. Hay algo peor que nos digan cobarde: que tengan razón. Y la noche en que la conocí ella se acercó porque me olió el miedo. Hay una hermandad de los enfermos, una hermandad de
la desgracia, y desde que pasé por ese trance yo creo fervientemente en ella. A veces nos toca dar, a veces nos toca recibir, en esa hermandad. Y aquella noche yo tuve la suerte de que esa mujer me contara su historia.
Nunca más nos volvimos a ver. Muy de tanto en tanto recibo un mail de ella y me llena de dicha poder decir que sigue viva, tantos años después: viva como sólo ella sabe estar viva. Pero no hemos vuelto a vernos, y dudo que lo hagamos. Ella vive en un mundo y yo en otro. Como me dijo aquella noche:
"Con escribirlo te lo vas a sacar de adentro; lo tuyo se reduce a eso. Yo, mi niño, estoy en otra película, función continua".
Estuve años penando, pero escribí ese libro y ella fue el comodín que me dio la clave, y terminó siendo el personaje central y el sostén emocional de todo lo que pude decir. Por haberla conocido pude escribir ese libro y por escribir ese libro pude desembocar en el que soy. Cuando lo terminé, pensé llamarlo La mala sangre, porque de eso trataba: de mi familia, de mi enfermedad (bilis significa "mala sangre" en griego, el páncreas es el que se encarga de que la bilis no envenene nuestro organismo), de los secretos
familiares que envenenan a las familias. Pero después entendí que en toda familia hay también un talismán que las salva, y ella es mi talismán y mi familia, y supe que el libro debía llevar su nombre, el que le puse para hacerla sangre de mi sangre, el que sigo usando para convocarla en momentos de zozobra: María Domecq, María Domecq, María Domecq.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-177861-2011-09-30.html






Proa al rojo*


Cómo decir desde la terraza de la galería de arte el río tiene el color exacto
del hombrecito del semáforo cuando te impide el paso o algo así como si en tus ojos se
incendiara el sol y volcara su turbado rojo contra el agua.
¿Cómo?
Ese después conversado paisaje es ese mismo río
¿O su memoria?
Cafecito, se te deshace el color -río,
la sfogliatella, hojaldre de lenguaje,
delirio

Creada- ciudad-río –tarde-roja-amigos.
Invento
Locura, deseo, tela.
Así se dice así.
Un instante que nunca sucedió, pero pudo,
En tu cabeza escenario las migas de la sfoglia tela,
Arman la trama golosa, lúdica,
Hasta el teatro griego de Sicilia
Juntando indicios, el mar acosando las columnas,
Desembocando, desembarcando, en un río
Rojo
Que por asociación ilícita de palabras
se disuelve en la Boca.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







Bestiario*


*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



La palabra


Con su naturaleza temperamental y su esperanza nacida de una debilidad momentánea, esta bestia de iluminaciones súbitas, con dos o tres sacudidas se eleva desde el centro y hace que la boca de una se abra en todo su tamaño para luego obligarla a cerrarse en un modo lento y lascivo.
Esta bestia inocente, no tiene conciencia del bien ni del mal, respira desde la asfixia mientras los monstruos de palo juegan a la ronda del amor.
Algo huérfano late dentro de ella, late junto a algo viejo y algo recién nacido. Con su naturaleza de loca incendiada nos anima a decir "éste es el hombre de mi vida", toda vez que una tiene la esperanza de que ése sea el hombre de su vida.



El libro


Es un animal inmenso (como el universo) pero no infinito (como el universo). Si lo fuera, habría infinita materia en infinitas estrellas y no es así (ni en uno ni en el otro). En cuanto a la materia, en este animal inmenso es sobre todo espacio vacío (como en el otro).
Su cuerpo está constituido por galaxias, cúmulos de galaxias y estructuras de mayor tamaño llamadas supercúmulos perceptivos que exceden el propio cuerpo textual de la bestia inasible. Pero además también contiene materia intergaláctica, según los astrónomos, o intertextual según los semióticos.
El material del que se compone este espécimen, como el del universo, no se distribuye de manera uniforme sino que se concentra en lugares concretos: galaxias, estrellas planetas, en el caso del segundo. Ausencias y sigilos, en el caso del primero. Pero a diferencia del universo, que se formó una vez, hace unos 15 mil millones de años, la existencia de esta divinidad inasequible vuelve a suceder cada instante en el que otra bestia, tan brutal y sigilosa como él mismo, lo abre, y se deja atrapar por sus tentáculos o páginas.



Ciertos días


Ciertos Días son siniestros. Las estrellas malas devoran a las estrellas buenas, las flores oscuras devoran a las flores blancas, las hormigas rojas oprimen a las hormigas negras, la flora se hace fauna, la vecina de enfrente es una Erinia Violeta. Ciertos Días son mancos. Tienen una sola mano negra hambrienta de realidad, que nos condena a una vigilia atroz hasta hacernos sentir desarraigados de cualquier mañana.


La metáfora

Esta criatura bestial que vela arropada en las ranuras, guarda el espejo donde duermen los fabulosos signos. Quien escucha su voz de animal desviado, aparece en estratos cargados de infinitos. Quien cae en su mar de olas fosforescentes crece más allá de su propia existencia.
En ocasiones, su hocico penetra en la carne de un modo muy agudo y el mundo es un charco de sangre. A veces es un candelabro de siete brazos y siete ojos; a veces es una mujer desnuda que quiere volver a desnudarse; a veces asciende como un canto radiante por los muros. Esta bestia que tensa y altera el sentido lineal de otras bestias, existe como una voz que despluma.


Los puntos finales


Son de estirpe perturbadora. Contienen aceite en el cerebro y un color infértil en el lugar del sexo.
No se pueden detener en la vasta pradera como una gacela o un punto seguido, porque están condenados a paralizar todo lo que sea movimiento. Incapaces de imbricar peces, melodías, objetos, forzados a no tener nada después de sí mismos, los puntos finales cierran la puerta en las narices a todas las visitas.
Siempre están al final de algo y (por desgraciada obviedad) nunca al comienzo. Sus pies son pies de cementerio. Sus manos son de abismo. Su después es nunca. Su mañana jamás.






Piel de lecturas*



Tu mano acaricia

creando en contra del olvido


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com





*


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