martes, noviembre 24, 2009

UNA HISTORIA ES COMO UN RÍO: IRREPETIBLE, ÚNICA...





EVOCACIÓN DE LA TIERRA MEDIA*



When Bilbo opened his eyes, he wondered if he had.

The Hobbit
J. R. R. Tolkien



Soñoliento, el sol se iba tras las colinas.
Las hogueras comenzaban a llenar los agujeros negros
Dejados por el éxodo de la claridad.


Enormes mariposas sobrevolaban los rosales.
El trigo, al ser mecido por el viento,
Generaba una melodía plena de nostalgia.


Alguien se preparaba para contar una antigua romanza
Con palabras siempre nuevas.


Al calor de las llamaradas, nos prestábamos a escucharle
Con oídos siempre nuevos.


Una historia es como un río: irrepetible,
Única,
Aunque cambie de nombre al pasar de pueblo en pueblo.


Pensé: "Si pudiese retener una imagen
Eterna en mis pupilas, sería ésta.
Si me fuera dado elegir el momento
Para abandonar el mundo, sería
Este atardecer perfecto, rodeado de alas,
rosas, trigo, brisa,
De palabras en fuga al compás de la danza de las flamas".


Cerré los ojos, aspiré el humo de mi pipa.
Y los abrí naciendo en esta vida.



*de Marié Rojas
-Dibujo: Ray Respall.





UNA HISTORIA ES COMO UN RÍO: IRREPETIBLE, ÚNICA...






Un amor especial*



Apareció en el umbral de la puerta enfundado en aquel traje de una sola pieza y las botas enormes cuyas suelas de plomo dejaban marcas en el suelo de madera. Brillaba con los reflejos de la lámpara del salón cuando asustada vi como se adentraba en la habitación.

Levantó la visera de aquel casco parecido a una burbuja y me miró desde detrás del cristal con unos ojos lánguidos que denotaban el cansancio por el esfuerzo de arrastrar aquel traje tan pesado.

Estaba alucinada con la aparición. Un astronauta en mi puerta, en mi salón, en mi casa. El hombre con traje espacial, se acercó para abrazarme y yo me retiré asustada. Se detuvo sorprendido y me preguntó con la mirada el motivo de mi reacción.

Sus ojos se ensombrecieron cuando se aclaró la situación. Entiendo que se entristeciera porque creía haber encontrado el verdadero amor. Aquel que nos habíamos jurado en nuestras largas conversaciones en el chat. Dio media vuelta y se marchó con los hombros caídos y arrastrando los pies. Yo me senté aliviada haciendo el firme propósito de apuntarme a un curso de mecanografía. No quería que se repitiera el error y tener ilusiones vanas. Yo quería un amor especial - es-pe-cial - y sólo era mi culpa ya que tecleé equívocamente cuando se lo escribí en el chat.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es






LAS MUJERES DE PIEDRA *



Nosotras las mujeres de piedra vivimos en cavernas sombrías
Dormimos. Lecho diurno de cactus que florece de noche.
Vivimos y morimos en la Sima de los Huesos
Un cóndor moribundo llora su soledad partida en dos.


Llora el tajo en la roca.
Varias rocas. Varios tajos. La misma roca, el mismo tajo.
Nosotras las mujeres de piedra sangramos en arena impoluta.
Dura Madre Roca madre, las mujeres de piedra.
La herida del amor tiñe las verbenas azules.
Grandes grietas parten de nuestro ombligo.
Desgarran la placenta de piedra
El agua bautismal desciende de las cumbres,
Cubre de carmín y desdibuja las montanas azules
Atraviesan los llanos, los valles de la muerte.
Alumbramiento.
Roja luna se refleja en los pequeños charcos.


Nos ha tatuado el tiempo y el hombre.
Las mujeres de piedra llevamos en el útero secretos milenarios.
En nuestro vientre se inscribe la historia de los siglos.
Cantamos Aleluya. Cicatrices y huellas.
Voces previas a la palabra escrita.
Bendita seas flecha que desanda los pasos de la tierra.


Las mujeres de piedra albergamos en abrazo de tierra
El polvo de los árboles, del animal, del hombre
Por eso las mujeres de piedra, vivimos, gozosas, en cavernas sombrías.



-Del libro “NOSOTRAS” .

*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar











Saliendo de la escuela nocturna*


El frío ganó las calles
habita el silencio
roto por asincrónicos ronroneos de vehículos
rumbo a mejor cobijo.
La ciudad duerme.


Unas muchachas ofrecen sus servicios
-no estoy excluido del ofrecimiento-
en esquinas precisas de la urbe.
Años que paso y están.
¿Qué habrá sido de aquellas, hace 20/ años?
¿Qué será de estas en 20 años?


Un grupo de niños, sobrevivientes
anudan la noche y el frío
inhalando el espíritu oculto en bolsitas
¿Qué cuántos son? Quince, uno más o menos.
Y yo en medio de ellos
¿Qué puedo hacer?


La ciudad, duerme.


*de Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar
Santo Tomé - Sta Fe -









PROHIBIDO DECIR ADIÓS*

Crónicas del Hombre Alto (n° 56)



La peña terminó hace un rato y, lentamente, La Urdimbre se va deshojando de público. Son casi las 6 de la mañana del domingo, y el sueño se me instala en la cara como un par de anteojos de pesados cristales. Pero cuesta irse. Cuesta animarse a disolver la borra de una noche en la que hubo charla, música, cerveza y amigos arriba y abajo del escenario. Cuesta aceptar que el reggae que escuchamos media hora atrás fue el último tema, pero el último de veras, porque pronto este será un salón vacío y mudo, un paisaje deshabitado a la espera de vaya a saber qué nuevas historias que lo pueblen. Cuesta, más que nada, recordar que mañana a la siesta habrá que volver para desarmar todo y empezar con la mudanza provisoria, esa que nos dejará suspendidos en una especie de Purgatorio hasta que se defina un nuevo lugar donde podamos seguir adelante con los proyectos de El Puente. Cuesta y duele saber que habrá que deshacer lo que con tanto amor y esfuerzo se logró construir. Y cómo no va a costar, si aún sobrevuela el recuerdo de tres años atrás, el de aquel sábado épico en que, a sólo cuatro horas de la inauguración, el lugar todavía parecía una obra en construcción, pero una cuadrilla improvisada de catorce o quince voluntarios trabajamos contra reloj, atornillando, clavando, conectando, limpiando, baldeando, acomodando, decorando, hasta conseguir lo que a las seis de la tarde parecía imposible: que todo quedara prolijo y presentable, listo para recibir al público justo cuando el público empezaba a llegar.
Cuesta irse, claro que sí. Y me viene a la memoria "El largo adiós", de Raymond Chandler, con aquello de "Hasta la vista, amigo. No le digo adiós. Se lo dije cuando tenía algún significado. Se lo dije cuando era triste, solitario y final". No cabe decir adiós, entonces. Porque es triste irse de acá, por supuesto, pero la gente que colmó la sala para estar en la peña de despedida demostró que de ninguna manera es solitario. En cuanto a lo de final, sabemos que, más tarde o más temprano, aparecerá un nuevo lugar y entonces proseguiremos, tercos y felices, nuestra tarea de militancia cultural. "Lo mejor está por venir", decían los viejos animadores de televisión. Me río de la muletilla, tan gastada, pero no puedo dejar de reconocerle esa dosis de razón que tienen todos los lugares comunes.
Me pongo de pie y saludo a los que están más cerca. Resisto la tentación de darme vuelta para ver nuestro centro cultural vivo por última vez. Tengo demasiadas postales hermosas de La Urdimbre en la memoria como para permitir que la última, justo la última opaque a las anteriores con una pincelada de melancolía que sería inevitable. "No le digo adiós", insiste Philip Marlowe en mi cabeza, y me incita a atravesar la puerta de una buena vez. Me recibe la claridad atenuada de un amanecer sucio de nubes. Empiezo a caminar sin apuro, silbando "La canción de la ciudad".


*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar






Teodo y El Principito*


Teodo se dio cuenta que había errado el camino. En el largo trayecto recorrido, no había encontrado ni una planta de trébol como para esconder su flequillo y su timidez. Tampoco encontraba su latita
de azafrán - pintada verde oscuro -para esconderse en ella. Buscó el malvón, pero sólo veía rosas, que con sus espinas, enganchaban sus medias y sus pequeñas sandalias. Entre las plantas vio a un niño. Le oyó llorar. Debe estar perdido como yo, pensó. Se acercó despacito, se paró a su lado y le dijo: - ao, ao, ao, que es como saludan los odos. El niño, muy rubio, se secó las lágrimas con la manga de su saco y miró con curiosidad el pequeño ser que le hablaba. - Quién eres? eres un hombre? quieres ser mi amigo?
Teodo se ruborizó - Busco el fondo del jardín, estoy perdido - Quieres ser mi amigo? estoy solo
-insistió el pequeño niño rubio. - No soy un hombre, -dijo Teodo-, soy un odo, pero quiero ser tu amigo. - Pero yo busco hombres, un zorro me pidió que lo domesticara y lloramos al despedirnos -dijo el niño. - Y ahora es tu zorro entre mil zorros. Bien podría ser tu odo entre mil odos -dijo Teodo sintiendo el calor en sus mejillas. Me ayudas a encontrar el fondo del jardín? Teodo y el niño rubio se sentaron a la sombra de los rosales. - Hay hombres en el fondo del jardín? -insistió el niño - No, en el jardín sólo hay odos, afirmó Teodo impacientándose. - Estamos ante un enigma, dijo el niño. Pero conozco a alguien que los resuelve. Teodo y el niño se abrazaron y partieron juntos hacia el desierto, en busca de la serpiente.



*de Iris iris_neuquen@yahoo.com.ar






Sueños y materia*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Barcelona


UNO "Estamos hechos de la misma materia de los sueños y nuestra pequeña vida termina durmiendo", dijo Shakespeare con los ojos más abiertos que cualquiera de nosotros. Y, como de costumbre, tenía razón. Empezamos dormidos, terminamos dormidos, dormimos una tercera parte de nuestras vidas y alguna vez yo sentí que no había nada más absurdo que dormir. Calculaba horas soñadas como horas perdidas. Me torturaba con todo lo que podría hacer y no hacía en esas horas en suspensión. Me acostaba tarde y me levantaba temprano. Ahora no. Ahora soy feliz en pijama desde las 7 de la tarde y me froto las manos ante la horizontal de lo vertical y el placer único de ese instante en el que, sosteniendo un libro, las letras comienzan a bailar frente a tus pupilas y de pronto (to be continued...).


DOS De ahí que ahora cada vez que veo ese popular videoclip de la banda Black Eyed Peas para su popular canción "I Gotta Feeling", sienta unas impostergables ganas de cerrar la puerta por dentro con llave y meterme debajo de la cama. Es decir: en mis tiempos nocturnos yo nunca fui a una fiesta así, como la que se muestra en ese clip; pero sí fui a otras que funcionaban como variaciones sobre ese aria de andar pegando saltos contra las estrellas y estrellarte contra el techo. "Tengo la sensación de que esta noche va a ser una buena noche", cantan los muchachos y muchachas que, seguro, durante el día, leen novelas de vampiros románticos. Saludos a todos ellos. Yo ya di.


TRES Dormidos, en la profundidad de la noche, se supone que somos más vulnerables que nunca. Y de eso va Paranormal Activity de un tal Oren Pelli: el nuevo triunfo del cine dinfra-indie con apenas 15 mil dólares de inversión y comprada por Steven Spielberg para su millonaria distribución mundial. Y pocas cosas más rentables y más baratas que dar miedo, y la película ya recaudó mucho y lo que ofrece -tras la estela de aquella The Blair Witch Project, cámara de video y a otra cosa- es la vulnerabilidad
absoluta de un matrimonio durmiendo. Y, por supuesto, los inexplicables ruidos que los despiertan. Después, enseguida, ya se sabe: se acaba el sueño para que empiece la pesadilla. Paranormal Activity no está mal, aunque no sea nada del otro mundo. Lo mejor, en realidad, son sus avances: vistas del público viendo la película, filmados con lente infrarroja, dando gritos y pegando saltos en sus butacas. Así, lo que se muestra allí no es la causa sino el efecto. Y, sí, nada produce más terror que te despierten cuando todos duermen y, si no, pregúntenselo a ese teléfono sonando en el centro de la noche. Y los padres y las madres del mundo saben que el terror es otra cosa, que no es que el terror no te deje dormir sino que el terror no duerme. Nunca.


CUATRO Y la otra noche me fui a dormir y, cuando me desperté, Europa ya tenía nuevo presidente y "ministra" de Asuntos Exteriores. A nadie le importaba demasiado el asunto (en los más de diez años que llevo viviendo en este continente, el único momento de conjunción continental y euforia multieuropea que he experimentado ha sido la llegada del euro), se optó por representantes "grises y de bajo perfil" (para tristeza de los que aspiraban a líderes con más prensa como el un tanto quemado Tony Blair o el incombustible Felipe González), y conozcan ustedes al conservador belga adicto a la escritura de haikus, Herman von Rumpuy (con todo el look de uno de esos graciosos secundarios de Tintín), y a la baronesa laborista británica Catherine Ashton (que parece surgida de alguna comarca de Little Britain) de la que, se dice, no tiene ninguna experiencia diplomática para semejante cargo. Lo cierto de todo esto es que Merkel y Sarkozy pactaron darles diplomas a estos dos y repartirse los despachos y carteras
verdaderamente importantes, pactando un eje franco-alemán. Zapatero -de quien se dice fue vital para conseguir estos nombramientos por unanimidad- se mostró satisfecho, se sintió protagonista por la velocidad y el consenso (como si éstos fueran garantía de algo) y expresó su satisfacción porque "como responsable de un gobierno con más ministras que ministros, me resultaba difícilmente entendible y aceptable que no hubiera ninguna en los principales cargos de la Unión". Y yo me pregunto -con todo respeto y cautela- si nombrar a una mujer para un puesto que no sirve no es, también, una forma de discriminación. Zapatero piensa que no, y lo explicó de este modo: "Yo he llegado a presidente sin haber sido ministro ni ostentado ningún cargo ejecutivo". Ah... Ahí nomás, Daniel Cohn-Bendit definió a Van
Rompuy como "insulso" y a Ashton como "insignificante", y aseguró que Europa "ha tocado fondo". Sarkozy, por su parte, gesticuló mucho, palmeó muchas espaldas, volvió a consagrarse como el mejor imitador de Louis De Funès, pidió disculpas al primer ministro irlandés por el gol clasificatorio con
main de dieu, pero agregó que ni sueñen con que se vaya a repetir el partido. Merkel sonreía esa giocondesca sonrisa suya. Y uno y otro, después de la fiesta, no tenían cara de sueño: tenían cara de sueños, que no es lo mismo.


CINCO Otras noticias de esa mañana eran la liberación del pesquero "Alakrana" previo pago de rescate (con el Partido Popular exigiendo exigencias) y Obama admitiendo que Guantánamo no sólo no se iba a cerrar en los plazos establecidos sino que, además, prefería no aventurar nueva fecha de clausura. "En Washington las cosas van más lentas de lo que yo pensaba", se excusó. Y me temo que habría que ir degradando ese Nobel de la Paz por un Nobel de la Tregua. Días atrás -ante los bombardeos en Afganistán y los incumplimientos en políticas medioambientales-, alguien comentaba que cualquier día de éstos a Obama lo va a agarrar un chaparrón en los jardines de la Casa Blanca y descubriremos que el hombre destiñe, que no era negro, que era igual al que lo precedió e igual al que vendrá: gris. Y yo entonces corrí las cortinas y, bostezando, me volví a la camita.


SEIS Actividad anormal: la bailarina portuguesa Rita Marcalo -subvencionada por el Arts Council británico- presentó su última performance. A saber: privarse de sueño, ingerir estimulantes a lo largo de 24 horas y provocarse una crisis epiléptica en público. Para los que disfruten con este tipo de
numeritos: la gripe A ha mutado. Para peor. El resto -la gente normal-, al sobre: expresos y certificados.


SIETE Paranormal Activity -como El bebé de Rosemary, La noche de los muertos vivientes, El exorcista, El inquilino, Poltergeist, El resplandor y las recientes REC y REC 2- es, también, digno exponente de lo que podría definirse como terror inmobiliario y descendiente directo de las casas
embrujadas decimonónicas. Ya saben: gente encerrada sin poder salir o gente encerrada para que no entren. Así que aquí va otra de terror inmobiliario, otra perfecta razón para quedarse nadando entre sábanas y no salir. Una noche de julio de 2008, una pareja y su hijo interrumpieron sus vacaciones
y, advertidos por sus vecinos, volvieron rápidamente a su hogar de los últimos veintiún años para encontrarse con que sus llaves ya no servían para sus cerraduras y que allí adentro se había instalado una tribu de okupas.
Y -actividad paranormal fuera de la ley pero en toda regla, una de las dos ocupaciones ilegales que se producen al día en Barcelona y alrededores- allí se quedaron los fantasmas, amparándose en su "precariedad económica", con la anuencia de un juez sensible, explicando que la vivienda estaba vacía... La cuestión es que la familia continúa pagando el alquiler para no perder el ventajoso contrato (pagan 148 euros), los intrusos siguen allí, el expediente crece y crece y el mismo magistrado de antes multó a los invasores con un euro de fianza. ¿No les da miedo? ¿Y cómo era aquella otra cita? Ah sí: "Mucho tiempo he estado acostándome temprano".
Genio.

*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-135810-2009-11-24.html




Correo:
FESTIVAL TREN PARA TODOS*


DOMINGO 29 DE NOVIEMBRE 18 horas


ESTACIÓN DE TRENES
SANTA ROSA - LA PAMPA



18:00 Hs TEATRO
Los Okupas del Andén (La Plata)
"Historias Anchas de Trocha Angosta"



18:45 Hs
Murgón Amalaya



19:00 Hs TEATRO
Patricios Unidos de Pie
"Nuestros Recuerdos"



20:00 Hs EN VIVO
MARÍA JOSÉ CARRIZO Y PABLO WEHT
y bailarines de tango (Entrelazados)



20:30 Hs EN VIVO
JUANI DE PIAN Y MARIO CEJAS



21:00 Hs EN VIVO
MARCELA EIJO Y FEDERICO CAMILETTI
y bailarines de folklore



22:00 Hs EN VIVO
TIERRA PLANA - ROCK
'Negro' Vilchez Diego Lucero Luciano Kollman Francisco Taramarca y 'Tajo'
Morettini

EXPOSICIÓN DE ARTES VISUALES

BAR ÁNGELES Y FRIDA

DARÍO 'TIKI' EYHERAMONHO
CAROLA FERRERO
RAQUEL PUMILLA
RICARDO VALERGA
DANIELA FURCH

Un verdadero paseo por la zona ferroviaria

POR LA RECUPERACIÓN DEL SISTEMA
FERROVIARIO ESTATAL Y FEDERAL



*Enviado para compartir por Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com



*



Inventren Próxima estación: CASBAS.

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sábado, noviembre 21, 2009

TIRITANDO DE ESPERA...





-Ilustración: "AMORFOSIS" de Ray Respall. (Cuba)



La caricia*




Estaba en la cama con el camisón blanco de seda que era el preferido de su marido. Le gustaba esperarle mientras se lavaba los dientes, completaba su higiene y se ponía el pijama en el cuarto de baño. Reconocía cada uno de los sonidos y mentalmente los iba identificando como si de un ritual se tratara.

El hombre asomaba por la puerta y se acercaba a la cama, la besaba dulcemente en la frente y bordeaba el lecho hasta su lado que tenía las sábanas primorosamente abiertas en un triangulo perfecto. Se introducía en la cama y se acercaba a ella con aquel aplomo y sensualidad que le hacía desearlo y entregarse.

Una vez compartido su amor, se retiraba a su lado y apoyaba suavemente el codo sobre ella. Este gesto la complacía tanto que no hubiera podido dormir sin que lo hiciera. Tener el brazo de su marido sobre ella la confortaba porque entendía que era algo natural, íntimo y que establecía una complicidad entre los dos.

El hombre cerraba los ojos descansando el cuerpo sobre el mullido colchón, y pensaba en la suerte que tenía de estar casado con aquella mujer que nunca había protestado porque le apoyara el codo en su vientre. Se lo agradecía en silencio cada noche porque era la única manera de calmar los dolores de aquella lesión que se hizo en el codo jugando a tenis con su amante.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es





TIRITANDO DE ESPERA...





LAS MADRES DEL CORAJE*



Somos nosotras, las madres del coraje
Desdichadas
Ese es nuestro su oficio, la desdicha.
Piel oscura, oscura vida, pena negra.
Amontonar piedras, penas, hijos.


Ultrajadas
Este en nuestro oficio, el ultraje
Cuando el pasto llegaba a las rodillas
Hemos sido palomas deshonradas.


Nosotras. Las de memoria de humo.
Este es nuestro oficio, la desmemoria.
Ahorrar el olvido.
Ignorar el nombre del padre,
Y del padre del hijo.


Somos las herejes.
Este es nuestro oficio, la herejía.
Injuriar día a día a un dios ignoto e ignorado.
Nosotras, las madres despojadas.
Este es nuestro oficio parir carne de guerra.
No hay cruz en la ceniza, ni en la nieve, ni en el agua


Sólo quedan las piedras, los espejos y la cruz del Sur.
También queda el coraje.
Abrazarse. Lamerse las heridas.


Los quebrachales lloran.
Nosotras, las madres del coraje cantamos tiritando de espera.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








PRONÓSTICO DE CORTA VIDA*



Cuando Rafael fue a pedir permiso para llevarse a Olga, el padre le soltó la misteriosa frase: "¡Pero ella tiene un pronóstico de corta vida!".
Sin ser de muchas letras, entendió claramente lo que se le decía. No obstante, dijo que se la llevaba y la familia con gusto se la dio - habían perdido las esperanzas de casarla -, aclarándole todavía en la puerta que no podrían tener descendencia debido a la insuficiencia cardiaca congénita de la muchacha. "Ya entendí, no soy tonto", respondió él antes de montarla en su caballo.

Pasados cinco años de felicidad; sin avisar con ningún otro síntoma que sus habituales fatigas y resuellos, Olga apareció muerta en su lecho. El velorio, bien concurrido, duró toda la noche. Rafael rogaba, deshecho en llanto, que Dios tuviera piedad y le quitara la vida, pedía un milagro. No lo sabía, pero le esperaba un regalo:

Cuando llegó la hora de cargar el féretro, observó que Olga se había volteado de lado y colocado ambas manos bajo la cabeza, gesto harto conocido tras un quinquenio de soñar juntos. Levantó la tapa y la trasladó dulcemente hasta el lecho, donde ella terminó de dormir la mañana, sin notar la diferencia.

Si bien fue cierto que no pudo traer hijos al mundo, Olga disfrutó de una larga estancia en este planeta. Al sentirse morir pidió ser enterrada junto a Rafael, a quien, como para que no le fuera a dar por solicitar un nuevo milagro, el Supremo Hacedor se había llevado un año antes.



(Es una historia real)

*de Marié Rojas.







POEMA I*



El amor con un guiño
me indica que aún está
en los portales.
No murió,
aunque ya agoniza
y me dice un adiós lastimero.
No quiero sentirme vacía,
intento buscar en mi adentro
recuerdos de algunos “Te quiero”,
un roce de piel con ternura,
recuerdos del calor de besos.
Pero sola camino
en el tiempo
donde nadie me ve
ni me espera…




POEMA II*


El tiempo me susurra
historias repetidas.
Creo que no aprendo;
huellas equivocadas reciben
varias veces mi marca.
Me confunde el otro
con demandas tan necias
y el NO se diluye
entre dudas y culpas.




POEMA III*



Poseo cavernas secretas
donde no entra
ni la luz del infierno.
Allí soy verdad, íntegra,
invulnerable,
resistente a todo asedio
y a cualquier halago.
No espero que regreses,
no atravesaste la entrada
ni en la época del paraíso
cuando intentamos tejer
una senda compartida
proyectada al infinito.





POEMA IV*


Calles abigarradas
que mezclan verde de árbol
con vapor de sal
que gotea humedad.
Palabras que brotan
y caen en cascadas
que aceleran significados
para volar
sin ser comprendidas.
En medio estoy
arrasada por un huracán
de palpitaciones humanas
que se chocan,
que nos acompañan
pero nos dejan solos.
Porque nacen en soledad
no saben como
retener la compañía.



*Poemas de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








Lo que mata*




*Martín Caparrós
20.11.2009



El cambio, todo el tiempo el cambio: el cambio ha pasado a ser el enemigo.
Ayer se presentó un trabajo en que participé: el informe anual sobre el Estado de la Población Mundial que publica el Fondo de Población de Naciones Unidas. El Informe encara, cada año, un tema diferente: en los últimos cuatro trabajamos sobre migraciones, crecimiento urbano, culturas tradicionales y, ahora, cambio climático, el tema del momento: en las próximas semanas, la cumbre de Copenhague lo llevará a las tapas de los diarios del mundo.

El trabajo fue apasionante: debía contar las vidas de siete jóvenes -potencialmente- afectados por el calentamiento global: una paisana paupérrima en Níger, una estudiante entusiasta en Nigeria, un príncipe ecologista en las islas Marshall, un inundado refugiado en Marruecos, una pescadora de caracoles en Filipinas, un líder campesino en el Amazonas, una gay feminista post-Katrina en Nueva Orleans. No fue fácil: el cambio climático es, sobre todo, un pronóstico y sus efectos actuales son
menguados, pero la mayoría de los científicos está convencida de que, en el mediano plazo, puede ser muy dañino: que los gases de efecto invernadero -sobre todo el dióxido de carbono- que estamos lanzando a la atmósfera pueden aumentar un par de grados la temperatura promedio de la Tierra y causar desertificación, subida de las aguas, derretimiento de los hielos, sequías, desastres muy variados. Algunos todavía suponen que la amenaza no es real; son los menos.

La reacción frente al posible calentamiento aparece como una causa noble, necesaria; lo que me resulta inquietante es que recibe tanta más atención que otras que parecen urgentísimas. En Dalweye, su pueblito de chozas de barro, Mariama me preguntaba si yo creía que el cambio climático era
culpable de su hambre.

-¿Por qué?

-No sé, me dijeron las chicas de la oenegé que era por eso.

En los pueblos del Níger los campesinos nunca comen lo que necesitan: su dieta de cada día -la misma cada día- está hecha de mijo pisado con -a veces- un chorrito de leche. Hasta que llega junio, los granos se terminan, algunos hombres y mujeres y chicos mueren, otros sobreviven hasta la próxima cosecha. En Níger se ve demasiado claro lo que le pasa, de una u otra forma, a mil millones de personas. Esta semana, en la Cumbre por la "Seguridad Alimentaria" de la FAO en Roma, el secretario general de la ONU dijo que el hambre mata a diez chicos por minuto: diez cada minuto. El cambio climático, si acaso, puede empezar a causar víctimas dentro de algunos años.

Es obvio que la batalla contra el cambio climático y la guerra contra el hambre no deberían excluirse, pero se ve muy bien qué les importa -y qué no- a los dueños del mundo y, sobre todo, dónde van los dineros. La cumbre de Copenhague recibirá a los jefes de los países más potentes -que ya saben que
no van a conseguir acuerdos significativos pero van a mostrarse preocupados.
En cambio la cumbre de Roma no atrajo a ningún grande: los más conocidos eran Lula, Lugo, Mubarak, Mugabe y Gaddafi, y seguía una lista conmovedora de presidentes africanos; ni un jefe de Estado europeo, norteamericano, asiático de peso. El conclave romano terminó con una declaración que decía
que habría que bajar la cantidad de hambrientos a la mitad antes de 2015 -tres chicos por minuto-, pero no daba datos sobre cómo lograrlo: ni un plan, ni fondos, ni unas bolsas de harina. O, según el slogan consagrado: caviar en mesa propia, retórica en la ajena. En cambio, el clima se lleva la preocupación y los millones.

-Bueno, usted sabe que lo que mata es la humedad.

Hay explicaciones posibles: entre ellas, que el cambio amenaza también a los ricos de los países ricos -mientras que el hambre siempre es para los mismos. Que el cambio climático podría eventualmente modificar la forma en que vivimos, mientras que el hambre de millones de otros es, precisamente,
la forma en que vivimos. Pero, además, nadie gana mucha plata con el hambre; los que venden comida prefieren vendérsela a los que tienen comida -o, como nosotros, a los chanchos chinos. En cambio, el mercado que se deriva del miedo al calentamiento es uno de los grandes negocios del futuro.

El mercado de los créditos de carbono, que hace diez años no existía, ya mueve más de 120.000 millones cada año y crece sin parar. Parece simple: los acuerdos internacionales basados en Kyoto determinan cuánto gas de efecto invernadero puede mandar a la atmósfera cada país firmante, y los gobiernos
de los países ricos reparten esa cuota entre sus empresas. Entonces las que prefieren emitir más gas para seguir haciendo sus negocios compran "créditos de carbono": derecho a poluir que les venden las empresas y comunidades que no usan toda su cuota. En teoría, esto sirve para que las compañías que se
preocupan por reducir sus emisiones -moderando su consumo, modernizando sus procedimientos- reciban algún beneficio; en la práctica, las empresas despilfarrantes suelen comprar sus créditos a las nuevas compañías especializadas que los consiguen a través de supuestas inversiones verdes en el tercer mundo.

El green business explota y ya lo están copando los grandes jugadores, las finanzas globales, los dueños de este mundo. Un ejemplo reciente: los hornitos africanos certificados ecológicos de los que J.P. Morgan -la famosa banca Morgan, quintaesencia del capitalismo americano- va a distribuir diez millones en Kenya, Uganda, Ghana. Cada horno les cuesta unos cinco dólares; se supone que cada uno reduce las emisiones en dos o tres toneladas por año; cada tonelada menos es un crédito de carbono que la banca Morgan puede vender entre 10 y 15 dólares en el nuevo mercado internacional, o sea: con una inversión inicial de 50 millones puede obtener entre 200 y 450 millones de dólares anuales. Y encima pueden decir que ayudaron a esa pobre gente, que es su meta en la vida.

-La caridad bien entendida empieza por casa, mi estimado.

Mientras tanto aparecen quejas, aquí y allá, en países pobres, sobre fábricas que basan su rentabilidad en aparentar que reducen su emisión de gases pero que en realidad no lo hacen -y sobornan a los auditores encargados de certificarlas- o lo hacen y poluyen de otros modos - envenenando las aguas, por ejemplo- o lo hacen y no producen mucho más que su ingreso por vender los créditos. Los créditos de carbono pueden convertirse en un gran deformador de las economías subdesarrolladas, otra forma de la corrupción institucionalizada. Y, también, en uno de los mayores esquemas de especulación financiera global: otra timba extraordinaria, burbuja subprime verde. Pero el gran negocio, como siempre, necesita a América para ser realmente grande.

Estados Unidos no aceptó los protocolos de Kyoto, y por lo tanto no limita sus emisiones de gases invernadero. Así que sus empresas que compran créditos para compensar sus emisiones lo hacen porque queda cool bonito y les permite presentarse como buena gente y vender más. Pero si el gobierno Obama finalmente regula sus gases, todas tendrán que hacerlo y las financieras que ya empezaron a invertir en el mercado del carbono van a ganar miles de millones adicionales. Al Gore tiene un magnífico futuro por
delante.

Gore es el gran lobbysta de la lucha contra el cambio climático -y un hombre afortunado. En 2000, cuando consiguió perder aquellas elecciones, declaró que tenía dos millones de dólares. Ahora, tras diez años de campaña contra el cambio, se le calculan cien. Además de cobrar decenas de miles por esa
conferencia que ya repitió cientos de veces, Al Gore es accionista de varias empresas exitosas relacionadas con su militancia: energías renovables y créditos de carbono, sobre todo. En 2007 le dijo a Fortune que su empresa Generation Investment Management encaraba una transformación social "mayor que la Revolución Industrial, y mucho más rápida": la conversión del mercado global de energía "para contener el calentamiento global" a través de tecnologías limpias, verdes, sustentables -y, también, por qué no, nucleares. Dicho de otra manera: la tentativa gigantesca de abandonar la dependencia occidental del petróleo -caro y ajeno- y el carbón, y forrarse con lo que vendrá.

Al Gore dice que la única forma de conseguir que las emisiones se reduzcan es aplicarles las famosas fuerzas del mercado: que los que poluyen paguen, que los que no poluyen cobren. Y, de paso, que los intermediarios financieros ganen más y más. En síntesis: tratar el problema según el mismo modelo que creó ese problema, entre tantos otros; el mismo modelo que también produce el hambre de millones. Hace muy poco un socio de Gore en una de estas nuevas empresas verdes, Capricorn Investment, lo dijo tan clarito: "Nuestro objetivo es hacer más dinero que los demás de un modo que los supera en impacto y en ética".

El negocio es redondo. Y lo será mucho más si el gobierno Obama por fin regula sus emisiones de CO2: la causa a la que Al Gore dedica tanto esfuerzo, militancia tan esperanzada. Si es así, Fortune calcula que el mercado del cambio climático llegará a un billón -un millón de millones- de dólares dentro de diez años, y todo por la buena causa.


Mientras tanto, el hambre sigue muy bien gracias.



*Fuente: http://criticadigital.com/impresa/index.php?secc=nota&nid=34222







Como quieras*



como quieras
podrás malear un corazón
en lo que quieras
es como convertir un páramo agreste
en mañana que despierta florecida en la ventana
dar un pincel de luz ocre alimonado
a la rama que cae derrotada de furia
atinar el brusco ataque de un cachorro malherido
tornándolo en vaivén expectante
de colita sumisa y entregada
con sólo una mirada o un talante
resucitar la magia del silencio
enrocar las palabras las de siempre
y armar otra palabra
dar la vuelta
ver el rayo omnipotente
que viene a deshacer la frágil fuerza
de las manos torpes
hacer de un corazón
un eco inagotable de fractales
y aún en la empatía de saber
de ver en ese misceláneo ardid de variaciones
el reflejo del semen que has servido
verás que nada cambia alrededor
que nada es suficiente



*de Lucía Cinquepalmi luciaguionbajo@gmail.com








SOBRE DESTRUCCIÓN MASIVA, CREACIÓN, MISERIA Y MERCADO DEL ARTE*



El poliédrico tema de la belleza, de la paz, de la libertad, de la justicia y del amor me interesa desde hace años, como hombre y como poeta que se cree más sensible a la vida y a la creatividad que al negocio de la destructividad y la muerte.
Yo he podido desarrollar, aún con esfuerzo de mis maestras y de mi familia y mío propio, el maravilloso hábito de la lectura, con el interés creciente en lo literario: dramaturgia, cuentos, novelas, poesía. Durante más de cuarenta años he leído miles de libros.
Y desde hace quince años cuento con una computadora propia, cosa que no tenía Homero cuando escribió LA ILÍDA y LA ODISEA ni Moisés cuando necesitó poner por escrito en libros la historia sagrada y jurídica de su pueblo y de su dios.
Miguel de Cervantes no tuvo siquiera una secretaria o una práctica birome o máquina de escribir de esas que nosotros usábamos en el siglo XX.
El genial e infeliz Antonín Artaud no tenía siquiera muchas veces un cuaderno a mano y la punta de un lápiz para infundirse algo de luz en su locura, rodeado de enfermos mentales, de gente que no comprendía su necesidad extrema y que le rompía los lápices o le destrozaba lo escrito cuando al pobre escribir era lo último que le quedaba y en eso se le iban el alma y la vida cuando el infierno del electroshock o los dolores del cáncer le daban un poco de respiro en el psiquiátrico.

Yo y muchos otros hoy podemos acceder a variadas clases, a instrumentos y medios de expresión; un buen piano, una guitarra, un taller donde esculpir, dibujar o pintar; un lugar y un grupo donde hacer teatro, un coro donde integrarnos para cantar, un ballet, un grabador, una filmadora, una revista, etc.
Puedo más o menos regularmente darme tiempo y espacio personal para sentir, para pensar y para sintetizar por escrito en la pantalla una pregunta, un párrafo, unos versos, una carta, cuando siglos atrás a muchos eso les costaba la vida.
Puedo experimentar que, más allá de su valor objetivo, cuyo juicio está fuera de mi alcance, no se pierde esa aventura de sentir y pensar en versos, sino que parte de ella deviene forma comunicable y entra en formatos que llegan a otros; un disco, un libro, un video, etc.
Y entre esos otros lectores, inter-actuantes u oyentes, no pocas veces nos llega comentario sobre lo que uno escribió, sobre lo que uno lee por radio, o lo que uno pudo ir a decir en algún espacio de televisión por cable o en una mesa pública de poesía.

Pero la historia del arte es una galería interminable de malentendidos, de intentos frustrados, de planes inconclusos y borroneos y tachaduras y enmiendas y olvidos y actos fallidos que no logran dar plena expresión a su idea o ideal, mil intentos y un invento, como dicen.
Lo que después otros explotan como cultura es antes una galería de tipos anónimos que se rompieron el alma para lograr una obra en piedra u otra materia y que vivieron y murieron en la miseria. Y cantidades y calidades increíbles de obras que se destruyeron por terremotos, por inundaciones, por invasiones de fanáticos religiosos; por robos, por caer en manos que lo encierran en una caja fuerte como si fuera oro o diamante, o abandonan y dejan deteriorar, o se destruyen artistas y obras por bombardeos en tantas guerras.
Detrás de lo que hoy millones de consumidores pueden sentarse cómodamente en un sillón de su living a disfrutar como películas o libros o discos compactos de blues en equipos que hoy suenan con la más alta fidelidad, detrás de esa diletante fortuna nuestra está el infortunio de miles de negros esclavos cuyo único consuelo era cantar Gospel en la escuela evangélica dominical, o escuchar al pastor leer pasajes de la Biblia.
Negros con las espaldas destrozadas por la esclavitud y el látigo y el racismo que caían a saco de noche sin avisar a la cabaña o barraca o choza o casucha e incendiaban y acribiollaban y degollaban y ahorcaban, violaban y quemaban vivos a sus padres y hermanos.
De esa escuela de arte viene el blues, de esa universidad del horror viene el jazz,
de manos estropeadas por trabajar desde niños picando piedras o cosechando en el campo para el amo, o talando bosques o revolviendo tachaos de basura para buscar algo que comer o vomitando sangre y dientes y tripas contra las paredes del calabozo o retorciéndose de cirrosis hepática en un hospital de pobres, tiritando con el cuerpo quemado por el delirium tremens del alcohol que tomaban para aliviar su condena.
De tener como raíces el haber sido arrancados del África y amontonados en la bodega de un barco esclavista portugués, holandés, inglés o francés, sin comida durante días, sin el agua suficiente para beber durante muchas horas, encadenados en la oscuridad hedionda, teniendo que oler el cuerpo enfermo de otro encadenado a su lado o el cuerpo muerto de otro o el alma rota del que llora impotencia hasta morir. De no poder volver a su geografía natal y de no tener otro futuro ni presente que cadenas, látigos, palos, llamas o balas, de todo eso viene el blues a la garganta y al corazón de ese negro mal dormido y andrajoso que se sienta en un cajón destartalado arrojado a la basura por la sociedad de consumo, y hace de miseria maravilla, y sopla una flauta y nos toca el alma con algo que no podemos poner en palabras, o escarba entre las cuerdas del banjo o de la guitarra o contrabajo un sentir que viene de lejos y nos desgarra.

Nuestra cultura del orden, de los cánones clásicos o iluministas por nosotros impuestos o a nosotros impuestos por la civilización de Europa occidental, necesita una buena dosis de esa raíz salvaje, de ese grito destemplado, de ese bailotear como si lo estuvieran quemando o como si tuviera diablos en el cuerpo.
Y más aun, necesitamos soñar como negros, besar, acariciar y hacer el amor como si nos estuviéramos quemando vivos o tuviéramos diablos salvajes en el cuerpo.
Estas cosas me hizo sentir y pensar haber visto en un film documental de Martin Scorcese y Wim Wender sobre los años treinta y el músico negro J.B.Lenoir, sobre Skipy, sobre la cantante negra Casandra Wilson y tantos otros pioneros del blues.
Porque todavía hoy, en las afueras del luminoso hiper-shopping del city center, lejos de las Catedrales Financieras con su avaricia delirante por las movidas de los depósitos,
más hacia la periferia todavía hay vida salvaje, indiecitos que comen de los basurales, que duermen en los basurales, indias y negras que paren hijos en los basurales de nuestra sociedad de consumo, y que cuando logran reponerse de los golpes de la Inquisición o del Ku Flux Klan, de los golpes de la policía o del patrón esclavista o del cafishhio prostitutor o el negrero explotador y del que les vende la droga más sucia, todavía hoy, en las peores condiciones, esos arrojados a miseria se ponen a bailar, a formar murgas, a cantar, a disfrazarse, a dibujar, a pintar, a escribir versos, a crear arte y cultura que otros haremos moda y explotaremos, que otros podremos comprar y vender, como comodity.
Ahí están haciendo sus tinajas y telares después que desde hace siglos los venimos corriendo de todas partes, les rompemos sus telares y les imponemos morirse de hambre o vestir nuestras ropas y modas bajadas de los barcos, venidas de las grandes textiles de la revolución industrial, de Florencia, de Inglaterra.


Todavía los civilizados no hemos logrado un “Orden Mundial” que incluya a todas las artes, a todas las manifestaciones culturales, y sobre todo, a los artistas, a los creadores, a los que todavía tienen que pasar la gorra si quieren hacer teatro, o si quieren hacer su música en los subtes, en los trenes, en la vía pública, hasta que viene el policía municipal y…
Ellos aprenden de niños esos juegos malabares con palotes y pelotas y nosotros los miramos sentados dentro del auto. A veces al pasar les tiramos migajas o les ofrecemos unos pesos por una chupada de pene y después los dejamos más sucios y abandonados que antes y seguimos nuestro negocio, porque no tenemos tiempo ni para el amor ni para el sexo.
O peor aún, les mentimos nuestra Biblia o les vendemos las ilusiones de nuestros partidos políticos o de nuestros tristes deportes olímpicos y nuestros blancos sorteos de la danza de la blanca fortuna y orgasmo de loterías y casinos de los blancos y sus blancas líneas de cocaína.


Hemos dejado que Tanguito se reventara muy solo y triste en este mundo abandonado
y después cantamos El amor es más fuerte mirando la película de su vida y agonía espantosa.
Hemos dejado que Charly Parker muriera espantosamente, y era un genio no menor que Mozart o Beethoven o Piazzolla.
Hemos dejado que Violeta Parra, que Van Gogh, que Alejandra Pizarnik, murieran en la impotencia, en la incomprensión, en el infierno de no reconocer su sensibilidad expuesta como fractura.
Hemos dejado morir en los basurales o barriales a millones de negros que cantaban, que tocaban maravillosamente el piano, la trompeta, el saxo o la guitarra.
Alguien los llevaba a grabar o los filmaba, les tiraba cuatro dólares y con esos registros hacían millones en el mercado blanco. La barbarie sigue dando de comer a la civilización. Los exhibimos como animales de zoológico y hacemos dinero con todo eso.
Hemos dejado que más de un Favaloro se pegara un tiro sabiendo que no vamos a cambiar, que siempre la vamos a ver cómodamente sentados en la tele-platea de los que tenemos lo poco o mucho que tenemos, en la cómoda banca de los que podemos, lo poco o mucho que podemos en un mundo donde mil millones de rotosos no pueden ni sobrevivir y todos los días mueren de hambre no en sentido figurado sino en sus propias carnes consumidas por la desnutrición y el abandono y las pestes.
Algunos blancos civilizados, como Martin Heidegger o Jean Paul Sartre, pueden sentarse a pensar hasta desarrollar todo un sistema filosófico, o desarrollar todo un análisis de interpretación del psicoanálisis freudiano, como Jacques Lacan, Algunos logran un subsidio, una beca a tiempo, un premio, una cátedra, una chapa oficial de esto o lo otro, el concurso que salva una obra de arte y permite a un artista seguir creando.
Algunos logran dedicarse a la investigación científica con libertad y amor y serenidad de conciencia, sin tener que someterse a lo que les manda investigar una empresa privada o un Estado controlador o manipulador o una Fundación supuestamente interesada en el desarrollo de las Ciencias y las Artes.
Pero es más fácil que fracasen, que no lleguen, que mueran alcohólicos, que alguien pongan en tus manos un paquee de drogas y te encaje una patada en el culo y te manden a traficar antes que ayudarte a completar tu escolaridad y darte empleo digno y salario digno o ayudarte a desarrollar plenamente tu capacidad y vocación como deportista, como artista, como investigador, ingeniero, médico o filósofo.

Nos preocupa nuestra inseguridad, no la que le hemos endosado por milenios a ellos.
Algunos hemos podido darnos un espacio y un tiempo para sentir y poner por escrito lo que pensamos, lo que vivimos y deseamos o tememos, con la esperanza de que nunca falten otros que van a vernos bailar a nosotros, que van a escuchar nuestra música, que van a cantar con nosotros o que van a leer nuestros versos. Pero allá en las afueras hay agua podrida, hay olor a peste, aires de muerte, fuegos de Guerras cada vez más sucias y masacres y catástrofes que nunca se acaban y en donde se siguen quemando vivos millones de niños que nunca llegaran a vivir no digo plenamente, ni siquiera con la mínima dignidad.




*de Rubén Vedovaldi. rubenvedovaldi@netcoop.com.ar











TRASTORNOS*



Soy lo único que Ifigenia alucina


¡Qué pobreza ridícula
la extremada circunscripción
de su trastorno!


Preferiría ella alucinar
a Gregory Peck o a Cacho Castaña
(adora a los hombres)
Entonces
¿por qué a mí, relamido e inhóspito
alucina Ifigenia?


Preferiría, además de famosos del pasado o actuales
alucinar a inteligentes, entretenidos, aventureros
y en cambio debe conformarse con esta
veinteava parte de alguna proyección
o proyecto masculino potable y deseable
¿Qué hago sin proponérmelo
sojuzgándola
imponiéndome a su multitud
de potables y deseables?


Recíprocamente nos resultamos inconsistentes


Si me hubiera tocado padecer su acotado trastorno
me intoxicaría de ignominia debiendo
conformarme con ella, Ifigenia
cuando entre tantas prefiero a las adúlteras esposas de mis amigos
a mi única sobrina
a las damitas jóvenes de las compañías teatrales de los capocómicos de mi
infancia


pero sobre todo venerando yo a alguien de la absoluta ficción
en las antípodas de Ifigenia:
La Pequeña Lulú.




*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







La rosa púrpura*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com




Alma que se ahueca
Un dolor atónito, consciente apenas de la partida de su amante, anda por el universo, extraviado, y yo lo busco para enterrar su esqueleto de mariposa, en el jardín de agapantos dormidos.


Desplegando el suspiro
A veces, cuando estoy en un suspiro y me acuerdo de que en aquel bar se reúnen a leer mis viejos amigos, quisiera ir hasta allá, porque soy muy aficionada a las grandes expediciones. Pero siempre es la una de la madrugada, y yo no estoy lejos, en otra ciudad, no tengo que atravesar insalvables distancias. Entonces, me quedo en casa y ocurre algo extraño y frecuente: empiezan a invadirme las palabras, esas que empujan hacia adentro del misterio, esas que necesitan mis manos para crear sus sueños.


Lo humanísimo
Llamemos a esto lo bellísimo. Puede resultar severo pero lo bellísimo sería aquello que no podemos explicar todavía. Como una bella mujer que cae en lo insensato y a solas pasea por su cuarto, y mientras se alisa el cabello distraídamente, pone un disco de Martirio.
Lo bellísimo sería una manera de percibir que no puede ser apreciado por los ojos trillados del mundo. Un beso desautomatizado que nos arranca del tedio. Una manera de llenar la tinaja gris del cuerpo. Un recurso para ser excluidos de las inhumanas felicidades del cielo.


La hija inalterable
Yo no creo en la vida de los que escriben ni en la muerte de los que no escriben. Digo que soy un escribir.


Un corazón como una nervadura
Antes de quedarme dormida, el cuerpo que habito se pone a mascullar ¿me ama? ¿no me ama? Examino los crímenes del sueño, repito las canciones que ese hombre me hace escuchar, busco reposo para el pensamiento, envío un mail a Dios pero lo recibe el demonio y acude.
Desde un rincón del alma, el demonio me observa dando sendos sorbos del ron. Llamo por su nombre a todos mis fantasmas. Me rodean con ampulosos gestos de ternura y admiración mientras el alma come el cuerpo bocado a bocado, como un dios que se nutre de su propia gloria.


Penumbra y ensueño
Para bajar al pozo donde duermo con la luna, bebo una botella de ron. Entre subidas y bajadas recuerdo a aquel que estuvo aquí vivo y ahora está muerto en su silencio. Mi luna es el principio de todas las cosas. Cuando pregunta: ¿quién es ese tercero que anda siempre a tu lado? Se refiere a mi amante del que siempre le hablo, vuelto a ser el hombre del que no hablo.
La luna suelta su largo pelo negro después del atardecer. Es el manto de la noche con el que cubre mi sueño. Los sueños de amor no dañan a nadie. Los tremendos sueños de amor no dañan a nadie. La amorosa luna ardiente no daña a nadie. En ella dibujo mi huella de corriente submarina.


El camino del héroe
Conocer la felicidad, glotonamente, segundo a segundo. Milímetro a milímetro. Asirla en el instante que viene desde la otra ciudad, con una mentira a cuestas. Pagarle el taxi, darle de beber, desnudarla al son de la garganta de Martirio, descorrer las cortinas como una amante dulce descorre el prepucio pertinaz. Inclinarse como una contorsionista extasiada que boca abajo bebe la felicidad que sale a borbotones.


Cuerpo bordeado por un sueño
Lo que yo guardo para mí, es la idea de que en cualquier momento pueda darme un dolor de cabeza, un hechizo glorioso, un desmayo de muerte, un deletreo final.
Desde el silencio al que siempre retorno, desde las sombras de las que nunca salí, sueño con que siempre haré una escritura como obra de mi deseo.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21178-2009-11-21.html








*

Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 22 de noviembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores argentinos Carlos Guastavino y Alberto Ginastera, interpretada por la soprano colombiana Patricia Caicedo. Las poesías que leeremos pertenecen a Rolando Revagliatti (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067



*



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miércoles, noviembre 18, 2009

¿VENDRÁS A BUSCARME EN BARCO DE PAPEL O EN NUBE ROSADA?



-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL.



POLLITOS EN EL ESPACIO*



A José Luis Fariñas



Presentíamos que se traía algo entre manos, pero nunca pensamos que fuera a hacer realidad lo de los pollitos capaces de crecer en el espacio, cada vez que hablaba del tema reíamos, pensando que era una broma de mal gusto. Ni siquiera nos enteramos cuándo ni cómo coló los huevos en la nave. Solo sabemos lo que nos iba enviando diariamente en sus informes.

No solo consiguió que los pollitos crecieran en ambiente de ingravidez y pudieran sobrevivir sin oxígeno, alimentándose apenas de una gota de sopa primordial, como llamaba a aquel cóctel de vitaminas y aminoácidos, sino que con las sucesivas generaciones, fueron creciendo sin plumas, acortando las patas hasta quedar en protuberancias romas, disminuyendo la talla de las cabezas hasta hacerlas casi indiferenciables del cuello… Crecían listos para entrar en el microondas, apenas hasta la talla de una codorniz. Ellos mismos se alineaban para ser seleccionados, él tecleaba sus números en la pizarra electrónica y los pollitos iban, mansos, saltando sobre sus muñones hasta el horno, de donde salían dorados, tiernos y apetitosos, comestibles hasta el último huesecillo.

Fue un logro innegable: mejoraría la dieta de los cosmonautas, aligeraría las cargas de alimentos, pues con llevar algunos ejemplares era suficiente para crear una pequeña colonia. Él mismo llegó a tener más en la nave de los que era capaz de usar en su alimentación y los recicló como jugo primordial, logrando especies que ya nacían con la piel dorada y crujiente.

El primer síntoma de locura lo notamos cuando nos dijo que se sentía observado por los pollitos, o que al despertar había visto a uno frente a la computadora central, mirando la pantalla, pues era obvio que con la reducción de cabeza los había dejado virtualmente ciegos…

Lamentablemente, no supimos más de él, de su experimento o de su nave, ni siquiera tenemos modo de probar a nuestros superiores que el proyecto puede ser viable, porque solo nos quedan sus mensajes, que pueden ser tomados por los delirios de un demente.

Nos preguntamos qué habrá sido de él: era un buen colega… algo loco, pero lleno de ideas y del optimismo suficiente para llevarlas adelante.



…………………



Pollito 990514 miró una vez más los controles a través de sus sensores, ubicados en toda su piel dorada, capaz de soportar desde temperaturas extremas bajo cero hasta el calor del contacto con una estrella. Pollito 870417 confirmó que la enorme criatura de otra especie había sido totalmente reducida a jugo primordial, lo cual les daba una amplia reserva. Pollito 630523 comprobó que habían sido destruidos los localizadores…

Al tener la ventaja de poder sobrevivir en las condiciones en que fueron creados, no importaba cuán largo fuera el viaje: tenían el universo entero para explorar y conquistar. Lo importante era irse abasteciendo periódicamente de jugo primordial para no tener que sacrificar demasiados compañeros. Las mejoras introducidas al programa de vuelo les garantizaban saltos al hiperespacio, y más adelante utilizarían los agujeros gusano para trasladarse con más facilidad.

Embargados de emoción, unieron sus mentes y dieron la orden de despegue. La nave partió, rumbo a las estrellas.




*de Marié Rojas.
*Dibujo: Ray Respall.






¿VENDRÁS A BUSCARME EN BARCO DE PAPEL O EN NUBE ROSADA?




*


¿Vendrás a buscarme
en barco de papel
o en nube rosada?
Tal vez me separes
de mi ensueño nocturno
con prepotente gesto.
No puedo imaginarte
aunque a veces llorando
reclamo tu presencia,
tu rostro está vedado
por designio del Supremo
que te ordena y te oculta.
Quisiera te anunciaras
con la flor negra del rito
tiempo antes, sin apuro



*de EMILSE ZORZUT. zurmy@yahoo.com.ar





LA ESTACION*



Salí al aire frío de las calles, abandonando la oscuridad del almacén. Alguien que no reconocí me despidió con un extraño ademán. Recordé confusamente que debía tomar un tren.
Pocos días antes me había sido enviada una carta en la que se me recomendaba un viaje. Adjunto venía un billete de ferrocarril, que ahora descansaba sobre la mesilla de la solitaria habitación en la que cada noche me entrego a los despóticos juegos del sueño. No me tomé siquiera la elemental molestia de averiguar quién era el remitente de tan curioso envío, ni busqué en una guía cualquiera el lugar de destino. Pero ¿Quién hubiese vacilado ante un reto semejante? ¿Quién se hubiese resistido a ese instinto que siempre nos lanza hacia lo inesperado con tanta decisión como desprecio ante los posibles peligros? Conjeturé que sólo la cobardía hubiera podido impedir que recogiese el guante que el destino había tenido a bien lanzar contra mi rostro. Y nunca fui cobarde.

Así, poco después de las cinco de la tarde, tras una corta pero intensa siesta, me puse mi único traje (que apenas había utilizado una vez) metí en una maleta adquirida dos días antes mis escasas pertenencias y partí hacia la estación, dejándome azotar por las continuas ráfagas de un viento helado que hería inclemente las esquinas, los árboles, y el tránsito fugaz de los peatones que surcaban con rapidez las avenidas.
A causa de la menuda e impertinente lluvia que había comenzado a desgranarse sobre la ciudad, me vi obligado a tomar un taxi. Muy pronto, el automóvil se detuvo frente a un moderno edificio de dos plantas, ante el que otros autos vomitaban su carga humana, partiendo raudos en busca de otros
pasajeros, de otras historias.

Antes de entrar en la estación, me detuve un instante, con la viva sensación de haber pasado algo por alto, de no haber prestado la debida atención a algún ínfimo detalle, de ésos que luego resultan ser
trascendentales, pero, no siendo capaz de concretar en que pudiera consistir ese olvido, me encogí de hombros y penetré en el edificio entre una muchedumbre de rostros desconocidos y bonitas muchachas uniformadas y empleados siempre dispuestos a la oportuna indicación, al breve diálogo.
Ya en el interior, me sentí invadido por un reconfortante calorcillo, más agradable, si cabe, teniendo en cuenta el frío que la llovizna había traído consigo allá afuera. Al fondo, al otro lado de las
ventanillas ante las que el gentío formaba largas colas esperando su turno, pude ver una gran sala en la que multitud de personas charlaban, gesticulando. Un poderoso rumor se extendía a lo largo de toda la nave. Era la suma de las conversaciones de los presuntos viajeros, el eco de las despedidas, de las tópicas recomendaciones y las frases cariñosas. A la izquierda, un enorme mural representaba el mapa del país, cruzado por innumerables líneas rojas, como tantas otras arterias surcando el espacio, entrecruzándose, uniéndose, mezclándose y formando un complejo entramado que llegaba hasta los más recónditos rincones de la patria. Al lado, un cartel electrónico indicaba las próximas entradas y salidas, el horario previsto y el número del andén correspondiente. De cuando en cuando, se oía por los altavoces repartidos por todo el recinto una muy bien modulada voz femenina, anunciando la inminente partida de algún tren. Podían verse entonces algunas personas corriendo en todas direcciones, abalanzándose hacia las escaleras mecánicas que llevaban a los andenes. Otros paseaban con impaciencia frente a las ventanillas, lanzando insistentes miradas al electrónico, y escuchando con desmesurada atención cada uno de los mensajes que los altavoces vertían sobre el aire cálido de la sala espaciosa.

No dejó de llamar mi atención la aparente ausencia de escaleras ascendentes, ya que había, en efecto, un piso superior, que se veía a través de grandes cristales, y en el cual podían distinguirse varios grupos de personas, saboreando sus bebidas y riendo despreocupadamente. Otros, por el contrario, contemplaban con aire apesadumbrado el piso en el que yo me encontraba y callaban; sólo callaban ignorantes de las alegres risas que brotaban a su alrededor. (¿Habré de decir que en este lugar toda risa es forzada; toda alegría, aparente?) Enajenándome a esas tristes miradas, supuse que habría alguna escalera en el interior de la cafetería, pero esto aún no me preocupaba, puesto que mi intención no era subir a aquella atalaya acristalada, sino tomar un tren.
Sí, subir a ese vagón que el destino había puesto en mi camino y que ya no podía tardar mucho en hacer su entrada. Volví a consultar la lista de horarios sin hallar referencia alguna al tren que debía tomar, al itinerario que muy pronto había de emprender. Caminando con tranquilidad, me aproximé a uno de los numerosos bancos que ocupaban el centro de la enorme nave y me senté en él, situándome frente al letrero en el que, de un momento a otro, surgirían las mágicas palabras anunciando la llegada de mi tren, anunciando el comienzo de algo quizá maravilloso y excitante.
A mi lado, una mujer gorda dormitaba apaciblemente, y un poco más allá, un anciano miraba como hipnotizado, con expresión de ciego incapaz de admitir la ceguera, hacia el gigantesco mural. Niños ruidosos correteaban entre los bancos, pero, no sé por qué, en sus juegos se adivinaba como una falta: No denotaban la natural alegría que suelen atesorar la mayoría de los niños. Me dio la impresión de que ni siquiera estaban jugando sus propios juegos, sino cumpliendo un ritual insoportable y absurdo. No eran risas infantiles lo que llenaba el ámbito, no eran reales; y además, en sus rostros podía percibirse
un deje de rutina y melancolía, como si tales carreras, tales saltos y gritos, no hiciesen sino aburrirles y fastidiarles. (¡Cómo no lo vi entonces! ¡Cómo no salí corriendo de aquel lugar, de este lugar en el que
ahora estoy sentado y escribiendo estas agónicas frases que se han venido repitiendo una y otra vez en mi atormentada mente!)
Sonó la campanilla. De inmediato, oyóse la dulce y acariciante voz de mujer, recitando la aprendida lección de entradas y salidas. Escuché con atención, sólo para comprobar que tampoco era éste el tren que esperaba. Volví a mirar el billete, para prevenir cualquier posible error por mi parte. Tomar un
tren equivocado solía acarrear, según había oído decir, tremendas molestias e incontables transbordos posteriores, e incluso existía un rumor que aseguraba que, en caso de confusión, se hacía prácticamente imposible regresar a la estación de origen, descartando así toda probabilidad de emprender algún día el viaje proyectado, dada la gran complejidad de la red ferroviaria. (En algún momento, en el pasado, tuve la sensación de haber tomado un tren erróneo, pero eso ahora no es más que un vago recuerdo y las
certezas no existen) Sin embargo, no es menos cierto que si procedemos con atención es en verdad difícil equivocarse, debido en gran medida a la asombrosa exactitud de las informaciones proporcionadas por los altavoces y por el cartel de horarios.
La mujer gorda respingó, miró en todas direcciones, se incorporó de un salto, se frotó los ojos con el dorso de la mano y leyó frenéticamente las ocho líneas electrónicas que resplandecían frente a ella. Después respiró con fuerza y volvió a sentarse, tal vez algo desalentada. Fue entonces cuando se percató de mi presencia. Me contempló con curiosidad durante un segundo. Luego preguntó sin protocolo alguno:
- ¿Ha salido ya el tren hacia D.?
- No puedo estar seguro - contesté con amabilidad - Lo único que puedo asegurar que no lo ha hecho desde que estoy aquí - no dije nada más, tratando de rehuir el diálogo. Pero ella, ya más despierta, ensanchó un punto su sonrisa y dijo:
- Entonces ¿Llegó usted hace poco?
Iba a responderle con una escueta afirmación, demostrativa de mi escasa predisposición a entablar una conversación intranscendente, cuando me vi bruscamente interrumpido por el anciano que, con gran descortesía, increpó a la mujer:
- ¡Estás loca! - Gritó. Después se dirigió a mí en otro tono - Se lo he repetido cientos de veces. Su tren partió hace mucho. Pero ella se empeña en seguir esperando, aun cuando sabe de sobra que soy yo quien está en lo cierto - se volvió de nuevo hacia ella y con voz chillona agregó: - Nunca volverá ese tren ¡Nunca!
- Calla, viejo idiota - dijo ella entre sollozos - Tratas de confundirme.
Este amable caballero acaba de decir que aún no ha pasado. Yo sé que llegará y me marcharé en él, mientras tú te quedas ahí sentado, refunfuñando y soñando con un destino que jamás estuvo a tu alcance. A mí me queda la esperanza. A ti, nada más que la resignación o la locura.
- Yo nada espero. Eso es cierto - aceptó él con un tono más calmado - Hace tiempo que comprendí mi derrota. Pero tu esperanza ha de transformarse, ya lo verás, en una larga espera baldía, en sufrimiento y agonía, pues no quedan trenes que tu puedas coger, no hay destino que te reclame, ni andén
que pueda llevarte hacia la luz.
- ¡Cállate! - Gritó la mujer en dirección al viejo. Luego, mirándome con los ojos arrasados en lágrimas, dijo: - Es insoportable. Siempre está gritando lo mismo. Siempre ahí sentado, malhumorado e insultante, como si su único fin fuese destrozar mis esperanzas. Siempre descargando sobre mí su odio de
viejo egoísta, su desesperación de hombre abandonado. Pero no vaya a pensar que puedo huir de sus reconvenciones. No importa dónde vaya, allí está él para seguir machacándome. No deja de perseguirme, todo el santo día, de acá para allá. No sé si tendré fuerzas para seguir esperando mucho más.
Algo en las palabras de la mujer, en la actitud del anciano, hizo que, por un momento, me sintiera descolocado, como viviendo una situación irreal, un sueño absurdo del que no había escapatoria. Tratando de serenarme un poco, de superar con rapidez la confusión, miré al anciano a los ojos y, sin acritud, le espeté:
- ¿No le avergüenza tratar así a la señora? ¿Acaso carece del menor escrúpulo? ¿Es insensible al dolor que le causa con sus palabras?
Tras unos segundos de silencio, bajó los ojos, incapaz de soportar la hostilidad que se reflejaba en los míos. En voz baja, respondió:
- Tú también lo serás, cuando llegues a mi edad. Si hubieses estado aquí tanto tiempo como yo, quizá fueses más cruel - su tono fue subiendo poco a poco - ¿Qué derecho tienes tú a reprocharme nada? Te queda una larga vida, y se nota que no te falta ilusión. Tu tren llegará muy pronto y te marcharás,
como tantos otros, sin recordar nunca más esta escena, ni a ninguno de nosotros. No, muchacho, no tienes ningún derecho a juzgarme ¿Con qué propósito, pues, te inmiscuyes en asuntos que son completamente ajenos a ti?
Acabas de llegar y ya crees saberlo todo - su voz adquirió un tonillo irónico - pero no tienes la menor idea... Está bien, quédate ahí con esa chiflada. Así aprenderás. Yo me voy a otro lado.
Presa de una gran excitación, fingida al menos en parte, sacó de debajo del asiento unas muletas y se alejó con dificultad hacia otro banco próximo, desde el que también podía ver el luminoso. De nuevo esa sensación de irrealidad me fue subiendo por dentro, mezclada con un poco de frío, procedente de los andenes. En el exterior estaba anocheciendo y el viento castigaba con dureza las copas de los árboles y también a los pocos viandantes que circulaban a esa hora por las calles. Dentro se notaban, de
cuando en cuando, pequeñas bocanadas de aire fresco que hacían bajar, lenta pero inevitablemente, la temperatura. Anochecía y mi tren no llegaba, y una sorda preocupación se iba abriendo paso en mi interior.
La mujer gorda, que había cesado en sus sollozos y secado las lágrimas, se apretó un poco contra mí, musitando en mi oído:
- Tal vez el tren que estamos esperando va a llegar pronto.
Por algún motivo que entonces no supe precisar, esas palabras me produjeron una intensa desazón, pero el calor de su cuerpo a mi lado, y el suave aroma que de él se desprendía, consiguieron adormecerme.
En el sueño, vi miles de trenes entrecruzándose, entrando, saliendo, cambiando de vía.
Vi trenes lanzados a toda velocidad, galopando por extensas llanuras desiertas; vi trenes que descendían interminablemente, máquinas que arrastraban un número infinito de vagones vacíos y silenciosos; vi vagones repletos de gente y detenidos en medio de la vía, abandonados a su suerte entre los páramos. También pude ver, al fondo, allá en lo más profundo de mi sueño, un trenecito muy pequeño, antiguo, uno de esos que hace tiempo cayeron en desuso, algo desvaído por el paso de los años, aparentemente fuera de servicio. Pero una suave dulzura emanaba de sus gastadas maderas, de sus oxidados remaches, de sus cansadas ruedas. Y supe que ése era mi tren y que no debía perderlo. Y entonces recordé que estaba soñando; desperté sobresaltado, con la vista fija en el cartel, releyendo con precipitación cada una de sus líneas, sólo para comprobar con desaliento que mi tren seguía sin haber llegado a la estación.
Sentí un frío intenso. La mujer había desaparecido. En su lugar, aunque algo más alejado, estaba el anciano, contemplándome con curiosidad. Aturdido aún por el violento despertar, pregunté:
- ¿Qué ha sido de ella? ¿Llegó por fin su tren?
- De ningún modo - respondió él, sonriendo con amargura - Ese tren ya pasó y nunca regresan - hizo una breve pausa - Yo traté de avisarla cuando sucedió, pero se burló de mí, me insultó y desoyó mis consejos. No sé dónde habrá ido ahora. Lo más probable es que esté en la cafetería, tratando de subir al piso de arriba. Por la noche, cuando llega el frío, todo el mundo trata de resguardarse.
Algo se debatía en mis entrañas, como una inconcebible certeza de estar viviendo una situación que desafiaba toda razón. La increíble sospecha que se había ido asentando en mi mente desde el momento en que llegué, comenzaba a tomar forma; las palabras del viejo delineaban los contornos precisos de la pesadilla:
- Se dice que allá arriba no hace frío y que la gente es más amable, y la vida, más confortable. Pero nadie sabe cómo subir. A mí ha dejado de importarme. Apenas sería capaz de subir dos peldaños - al decir esto, remangó sus pantalones, dejando al descubierto dos piernecillas algo deformes y, sin duda, enfermas -Es por la humedad que viene cada noche desde los andenes y quizá también por las caminatas.
- ¿Caminatas? - Pregunté. Cada nueva revelación me iba arrastrando más y más hacia las desoladas regiones del pánico.
- Sí. Es preciso caminar mucho, para combatir el entumecimiento. De lo contrario, se corre el peligro de morir congelado. No ponga esa cara. Yo sé que todos se burlan de mis consejos, pero hágame caso: camine, camine todo lo que pueda. Todas las mañanas, los empleados tienen que retirar los cuerpos congelados de quienes no tomaron las debidas precauciones. Lo hacen con sigilo, fingiendo que nada ocurre, pero yo llevo demasiado tiempo en este lugar y nada se me escapa.
- ¿Sugiere usted que hay personas que pasan aquí la noche? - Dije. Algo en mi interior se resistía a creer en lo que estaba oyendo. No era posible.
Nada era verdad. Pronto despertaría en mi habitación, entre mis libros. Todo habría sido un sueño, desayunaría, me asearía y saldría hacia el trabajo, como cada mañana...
- Muchos días y muchas noches - respondió él con cierto desaliento - Hace años que espero, obstinado, la llegada de ese tren en el que ya no creo.
Pero no conozco otro camino.
- Sin embargo, yo no puedo esperar. Debo...
- Nadie puede, en realidad. Pero no me haga demasiado caso. No desespere. No es imposible que su tren llegue, en efecto, esta misma noche. En muchos casos sucede así. Permanezca atento a los altavoces. Trate de no dormirse.
Sea amable con los funcionarios, y ellos le corresponderán gestionando con rapidez los trámites de su partida. Pero, ante todo, deseche la prisa, reprima la ansiedad. Nada sucede antes de tiempo.
- Pero es que debería regresar antes del lunes...
- ¿Regresar? ¿Cómo ha de regresar?
- Tengo que acudir al trabajo, o seré despedido. Son muy estrictos.
- ¡Vamos! ¡No sea hipócrita! Usted conoce perfectamente su situación. Sabe de sobra que no hay sitio al que regresar. ¿Acaso no lleva en su maleta todo aquello que considera imprescindible? ¿No arrojó la llave de su casa en una sucia alcantarilla? ¡Pues claro que lo hizo! Igual que lo hicimos todos,
sabedores de que no hay regreso. Porque regresar equivale a fracasar ¿Y quién tiene el valor de reconocer el fracaso, de admitir el error? Antes la muerte, antes el sufrimiento más horroroso, que la confesión de la derrota.
¿No es, en rigor, la más completa verdad cuanto estoy diciendo? ¿Sería capaz de negarlo, de negármelo a mí?
Me sentí derrotado, desenmascarado. Con algo de vergüenza, admití:
- Sí... Es cierto. Eso es exactamente lo que hice... Pero en el fondo, yo esperaba regresar... ¿Cómo hubiese tenido, de lo contrario, el valor de partir? Es verdad. Sabía que el regreso no es posible, pero todo hombre necesita algo a lo que aferrarse, una referencia, un punto de apoyo para superar la terrible realidad... De modo que no me resta sino la espera. La espera que, según sus palabras, puede llegar a ser insoportable. Mas... siempre puedo bajar al andén y tomar el primer tren que llegue, aunque no sea el indicado...
- ¡De ningún modo! No hay dos trenes que puedan conducirle al mismo lugar.
Hay que atenerse al billete. Es imposible sospechar siquiera dónde podría terminar quien hubiese tomado un tren equivocado. Además, sepa que si baja al andén es muy posible que no pueda volver a subir, del mismo modo que resulta prácticamente imposible acceder desde aquí al piso de arriba.
Pensé en un número ilimitado de pisos, desconocidos entre sí. Un infinito edificio de incontables pisos desde cada uno de los cuales no fuese posible ver sino el superior y el inferior. Y en cada una de esas plantas, hombres idénticos a nosotros, hablando con nuestras palabras, compartiendo
nuestros pensamientos, hasta los más íntimos; siendo, en suma, perfectas imitaciones nuestras (o lo que es peor: nosotros imitándoles, siendo meras caricaturas, marionetas cuyos hilos...) Preferí no pensar más, escuchar en todo caso al anciano, que seguía hablando, pero la idea infernal de la multiplicación infinita de los pisos me había conmocionado de tal modo, que ya no me sentía con ánimos para seguir oyéndole. Sólo una voz interior que me repetía una y otra vez la completa imposibilidad de tan absurdo
pensamiento: No puede haber más que tres plantas, tres únicos niveles. Pero mi mente dudaba, y acaso...
La mujer gorda se aproximaba a nosotros, con la sombra de una aguda decepción oscureciendo su rostro. Sin una palabra, tomó asiento a mi lado y recostó su cabeza en mi hombro, disponiéndose, sin duda, a dormir un rato.
Yo, sin esperanza, hice lo mismo, pero mis oídos permanecieron atentos a los altavoces, mis ojos se abrían de cuando en cuando, vigilantes incansables del cartel electrónico. Esa noche no vino mi tren. Tampoco las siguientes.

El tiempo ha ido desgranándose y mi tren no ha llegado. Hay momentos de desesperación en los que pienso que no es imposible que haya descuidado la vigilancia durante unos minutos, quizá los necesarios para que ese tren hiciese, raudo, su entrada, reclamándome y partiendo sin respuesta, vacío de mí, corriendo inútilmente por una vía muerta.
Como todos he intentado en vano el ascenso al piso superior. Como todos, he pensado en bajar a los andenes y tomar un tren cualquiera, para terminar de una vez por todas con esta exasperante espera, pero siempre me fallan las fuerzas, y permanezco aquí, sentado en este viejo banco, con los ojos
cansados de tanto mirar en la misma dirección, con el corazón atormentado y apagándose.
Miles de trenes han partido y ninguno era el que yo esperaba. La mujer y el anciano, simples sombras en mi memoria, desaparecieron hace tiempo. Tal vez llegó su tren; tal vez hayan muerto sin haber llegado a tomarlo, anónimos figurantes en una siniestra farsa que se nos va llevando sin concedernos una
segunda oportunidad.
Pero también los demás han ido diluyéndose hasta dejar vacía la estación.
Los niños y sus fingidos juegos son ahora pasto del olvido y hasta los mendigos que solían estacionarse en la entrada han abandonado su antigua costumbre y han emigrado a otros lugares donde quizá haga menos frío, donde quizá haya limosnas.
La cafetería fue cerrada, y con ella se perdió mi última esperanza de ascender al piso de arriba, que ya ni siquiera puedo ver, y que tampoco me importa, si es que alguna vez me importó. Este nivel se ha quedado desierto por completo, a excepción de uno de los empleados, que permanece ahí, parapetado tras la rejilla y el cristal, que no habla ni responde a mis preguntas, que parece condenado a la eternidad sin fondo de las ventanillas.
Y la voz. La voz interminable, intolerable, anunciando trenes para nadie, melódicas burlas del destino, incongruentes frases sin destinatario. Es como si toda la estación estuviese aún abierta sólo por mí, únicamente para que yo pueda tomar mi tren y alejarme hacia otra quimera respirable. Y a veces
aun creo que acaso sea posible, como si todo este tiempo no hubiese transcurrido, como si aún se pudiesen construir nuevas ciudades, edificar otras realidades menos lamentables, calles habitables, nítidas, parques de sol, fuentes de esperanza sincera y real, monasterios...
Y sin embargo, sé que todo es mentira, ¿por qué no confesarlo de una vez? Sé que mi tren no ha de pasar, que mi espera ha de ser forzosamente estéril.
Pienso que un viento frío, una de estas noches, apagará para siempre mis esperanzas, congelándome, y así el ciclo se habrá completado y la estación perderá definitivamente su razón de ser y desaparecerá, como todo lo que un día hubo en ella. Porque ese tren que espero es algo que nunca existió, una sórdida invención de mi cansado corazón urbano; porque fui yo mismo quien envió aquella carta, buscando un pretexto para escapar a la insufrible rutina de las tardes sin nadie y sin nada en el monótono horizonte de la casa vacía. Hay otras estaciones desiertas, otros hombres iguales a mí, igualmente abandonados por la suerte, idénticamente solos, esperando a un tren que saben no ha de llegar, aguardando sin fe un destino que no existe, sabiendo con implacable certeza que todo es inútil, que ya nada va a ocurrir...
Pero he aquí que la campanilla suena de nuevo, y aunque conozco de antemano la inutilidad de mi acción, escucho atento, y lo que oigo me llena de desconcierto y de alegría, porque esta vez, desafiando todas las leyes de la razón, es mi tren el que está entrando con poderosa lentitud en la estación abandonada. El letrero luminoso así lo atestigua, y acaso también la leve sonrisa que me ha parecido sorprender en el pétreo semblante del empleado.

Asombrado aún, con las piernas temblando de emoción, cojo mi maleta y corro hacia la escalera descendente para hundirme en las profundidades del andén, sabiendo ahora que hay, en efecto, una escalera que sube y sube hasta perderse en el infinito, sabiendo que es esta misma escalera por la que voy bajando hacia el andén desierto. Pero eso ha dejado de importar, y corro sin descanso hacia ese tren que viene a buscarme exclusivamente a mí, corro incansable hacia ese destino que viene a reclamarme.



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es








Calvario*



El dolor es como lava hirviente.
Sobre mi carne cae, lentamente.
¿Por qué tuve yo que ser la presa?
¿Por qué todo este daño y esta herida?
¿Qué culpa estoy pagando que no es mía?
¿Qué pecado maldito que yo no he cometido?
¿Y por qué mi verdugo sonríe? Yo no puedo.
¿O es que acaso no sabe lo que ha hecho?

Como si yo jamás lo hubiera conocido,
el dolor viene a mí repetido y perverso
relamiendo su boca tentadora,
como gozando por haberme herido.

Pero no puedo odiarlo.
Y yo no haría sino abrazarlo ahora…



*de Celina Vautier. celka@arnet.com.ar








Condenado a vivir*




El argentino, condenado a prisión perpetua en EE.UU, desde noviembre del año 1999 es acusado de asesinar a un vendedor de computadoras en la ciudad de Houston. .
Norberto Salas, desde muy temprana edad, tuvo conductas sociales , individuales e intelectuales muy diferentes a la de sus pares. Fue tratado por distintos Psicólogos que determinaron que era un niño con serios trastornos psicológicos y que debía ser tratado por profesionales.
Hijo de un Oficial Retirado de las Fuerzas Armadas Argentinas, descendiente de terratenientes bonaerenses y de una señora, única hija de inmigrantes españoles, residentes en la Provincia de La Pampa, criada en una Escuela de monjas de Buenos Aires, maestra, que nunca ejerció la docencia, ya que a los dieciocho años se casó con el militar. De por sí tímida, reservados, sin parientes, ni amigos , estos eran los padres de Norberto Salas
Siempre hubo malentendidos entre los esposos, hecho que los mantenía alejados durante largas temporadas.
La madre de Norberto Salas, depresiva. era muy agresiva con el niño, el cual siempre se sintió mal y triste en su entorno familiar y social.
En el año 1985, cuando Norberto Salas tenía 7 años, nació su hermano, al que llamaron Juan. Recuerda el profundo odio que sintió con su llegada al hogar y las grandes diferencias de trato que recibían ambos por parte de sus progenitores.
En su adolescencia, Norberto comenzó a interesarse por la etapa del Gobierno Militar, de esos años con Golpe de Estado compuesta por civiles , militares y apoyados por clérigos.
Se empieza a relacionar con jóvenes hijos de desaparecidos. Entra en una búsqueda que él mismo no comprende, pero algo por dentro lo impulsa. Recorre diversas instituciones, indagando más y más sobre su entorno familiar. A partir de allí, comienza a dudar de su verdadera identidad .
Decide un día hablar con su padre, quien le confiesa que es hijo de personas secuestradas y desaparecidas de esa época oscura de la historia argentina, realidad que también conoce su madre.

Norberto Salas ante la verdad, sufre un shock, reacciona agresivamente, debe ser internado en una Clínica psiquiátrica. Luego de un prolongado tratamiento retorna a su casa bajo cuidados y controles estrictos.
Intentó en varias oportunidades hablar con su madre. Ella se negó.
La señora del militar, tenía enfrentamientos diarios con su marido ; siempre relacionados con esa historia oculta .
Una tarde de domingo, sus padres discutían acaloradamente, él escuchó. A partir de ese instante, les exige toda la verdad, conocía que sus padres verdaderos fueron secuestrados por el Ejército Militar, su mismo padre se lo había dicho.


El Teniente, en ese año, cumplía sus servicios, en una ciudad próxima a la Capital Federal.
En una requisa, realizada a estudiantes universitarios en la ciudad de La Plata, provincia de Buenos Aires, son secuestrados e ingresados al Regimiento.
El Teniente Salas está al frente de esa acción militar.
Entre los jóvenes secuestrados se encuentra Graciela. Torturas psíquicas y físicas, encierros, recibían de los militares .
Es Graciela, secuestrada y desaparecida, su compañero Luis, fue acribillado a balazos, en las calles de la misma ciudad, en agosto del año 1976.
Al Teniente en cuestión, le otorgan la vigilancia de la joven Graciela, que según los jefes militares, es poseedora de información muy valiosa. Es torturada en varias oportunidades.
Sus ojos y los del teniente se funden en un punto imaginario de reencuentro de otros ayeres .
Ráfagas de ametralladoras, gritos de dolor y desgarro, puertas pesadas que se cierran, siniestro crujir de mortajas . Su espíritu horrorizado clama por escapar de esa terrible realidad, la eleva , la transporta a festejos navideños, salvas de honor en fiestas nacionales, fuegos artificiales, sonidos de ambulancias y bomberos de juguete.
En una tarde de lágrimas secas y sangre descolorida, su cuerpo flagelado es llevado ante el Teniente, quien lo observa atónito.
-No me pongas límites, dice en su balbuceo, Graciela.
Sus manos finas con dedos alargados hablan de vuelos.
Se cruzan sus miradas , ella cree ver a su amado. En el viaje de las almas se funden sus esencias en notas de Mozart, ejecutadas genialmente.
El la mira extasiado, no hay frivolidad cuando descubre que solo sus manos no están ultrajadas. No me limites, se repite. Te cuidaré, se dice.
Al amanecer, cuando la materia descubre la vida, una luz tenue se asoma por la ventana de vidrios negros. El cuerpo de Graciela, aniquilado en la espesura del horror, pide clemencia. Se unen en prolongado abrazo.- No me pongas límites, no me pongas límites -dice la joven,- permití que mis manos vuelen, me ayudan a soportar estos tormentos. Cuidalas.
Un teclado , partituras de Mozart, hacen que su espíritu, sus alas remonten buscando el infinito.
Sus almas se unen en enamoramiento. Quieren tener un hijo. El horror y el espanto los amalgama. Graciela queda embarazada.

Los Superiores del Militar, ante la realidad de los hechos, ofrecen al Teniente que le darían la baja si convence a la secuestrada que suministre toda la información que ella conoce. Ni el aislamiento, ni las torturas lograron que la joven confesara .
El Ejército le garantiza al Teniente que les otorgarán a ambos el salvoconducto para cruzar la frontera y la absoluta seguridad de que podrían radicarse en el país de América del Sur que ellos eligieran.




Ante la propuesta y luego de profundas conversaciones; Graciela resuelve salvar su vida y la del hijo que crece en su vientre.
Los jefes militares, luego de obtener la información no cumplen con lo pactado. No les otorgan la salida del país . Los separan.
El 8 de enero de 1978, ocurrió el parto.
El Teniente, padre del hijo que ha nacido, lleva a su casa al bebé. Su esposa lo recibe con gran alegría, está de acuerdo con la adopción de la criatura, ya que el matrimonio no podía tener hijos.
Norberto continuaba averiguando acerca de su identidad y seguía preguntándose .
-Él ¿ con seguridad, es mi padre ? -
Pasaba horas, días enteros, frente a los espejos. Buscaba parecidos en el rostro, en el físico, en el caminar. Hasta dejó crecer sus bigotes .
La incertidumbre aumentaba día a día, no lo podía creer. No lo quería creer.
- Entonces, Teresa no es mi madre- piensa-
No vio fotografías embarazada de él.
Recuerda los vestidos anchos, su caminar lento, cuando estaba en cinta de Juan
- Nunca tomé la teta -se dice- a mi madre verdadera no le permitieron tenerme a upa. Sus ojos ¿ serían como los míos ?
Mi hermano Juan ¿ es mi hermano?
En verdad, ellos solo se parecían en la altura y en las poses que tomaban al estar de pie.
Buscó , revisó álbumes de fotos, los rompió, desparramó por todas partes las mismas cortadas en dos, en cuatro, en diez pedazos.
Tomaba la bicicleta , salía y volvía. Hacía preguntas a su madre, a su padre , a Juan.
Prendía cigarrillos que no fumaba. Con ellos , quemaba almohadones abandonados, desparramados por todas partes. El olor del acetato quemado , le produjo asma. Buscó aire , trepó al árbol mas alto, desde allí se arrojó al vacío –tengo alas multicolores verdad- digan que sí, carajo.
Su mente atormentada solo le permitió huir. Correr, correr, cruzar avenidas anchas que lo llevara a algún lugar. Zigzaguear entre autos en carrera loca.¿ Quién gana ?
- ¿ Es cierta la fecha de nacimiento?
- ¿ Mi verdadera madre , me hubiera llamado Norberto?
Ensayó otros nombres y otros , frente al espejo, a solas con su atormentada cabeza y su pelo desordenado.
Corrió durante muchas horas. Volvió a su casa, hasta caer al piso de la habitación de sus padres, exhausto. El cansancio lo venció. A la mañana el sol le hizo abrir los ojos, era otro ser. Estaba decidido a abandonar todo, solo quería partir hacia algún sitio que lo alejara de este lugar.
Pudo hacer todos los trámites para salir del país, sus veintiún años , recién cumplidos, se lo permitían.
Su físico, su mente, soportaron el entorno hasta que llegó a EE.UU.
En la ciudad de Houston, buscó un hotel adonde alojarse. Acomodó las pocas cosas que llevó, entre ellas una foto de su padre cuando era joven y salió a caminar con rumbo desconocido.



Las luces de los carteles y los autos lo encandilaban. A cada paso su mente se turbaba más y más .
Ante un importante negocio de venta de computadoras, CD, DVD , se detuvo a escuchar música. La Sinfonía No.40 de Mozart lo atrapó, miró hacia su derecha, miró hacia la izquierda y entró al negocio muy decidido.
En cada paso que daba, Norberto Salas veía, olía, escuchaba.-Sus sentidos se agudizaban cada vez mas. La Sinfonía de Mozart la oía a todo volumen.
Ese negocio de venta de computadoras, en su brote sicótico, era el lugar adonde su madre genética le dio la vida, así lo sentía.
Escuchó llantos de bebés. Para él, las computadoras eran cunas. Entonces creyó oír la voz y los gemidos de su madre
La Sinfonía No 40 de Mozart sonaba cada vez mas fuerte, no lograba tapar el sonido de ráfagas de ametralladoras ni de puertas pesadas que se cerraban.
Se acercó al vendedor de computadoras, en su lugar vio a un médico partero, su delantal manchado en sangre. Creyó verlo escribir un Certificado de Nacimiento donde claramente aparecía su nombre” Norberto Salas”.
Sus ojos estaban fuera de las órbitas, estaba desconocido. La brutalidad se adueñaba de él por completo. Fue allí cuando le asestó un fuerte golpe con una computadora al empleado, que cayó pesadamente sobre el mostrador.
En fracciones de segundos, se escuchan sirenas de ambulancias y de carros policiales.
Al vendedor de computadoras, lo sacaron muerto.
Norberto Salas espera la prisión perpetua hasta hoy, en el Hospital Psiquiátrico, adonde lo trasladaron en primera instancia-



Cualquier ficción queda por debajo de la realidad.




*De TERESA DE JESUS SOLER. teresadejesussoler@gmail.com






*



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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.
Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.
La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su difusión las colaboraciones literarias que cada autor desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor, cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.