lunes, noviembre 22, 2010

NI LEJOS, NI NUNCA...



*Dibujo: Ray Respall Rojas





EN NOCHE DE LUNA LLENA*


Para Ray



Comenzó con la llegada de la luna llena. A partir de ese momento, en cada plenilunio las escenas se repetían en su horror ancestral. El aumento de los aullidos, los rastros de sangre en la nieve, las noticias de avistamientos corriendo como fuego... Era evidente, el antiguo enemigo volvía a las andadas.

Cuesta trabajo creer en lo que no se ha visto. La simple visión de los insondables enigmas de la naturaleza no basta para desarraigar la creencia de que son frutos de la superstición. Pero esta vez el intruso se había cobrado demasiadas víctimas sin preocuparse siquiera por borrar sus huellas. El consejo de ancianos se reunió para tomar una determinación: Era cuestión de creer o no en lo inevitable.

Al final del ciclo astral, antes del advenimiento de la luna llena, habían decidido tomar las necesarias precauciones, evitar a toda costa la muerte de la mermada población. Mas, para ello, era imprescindible convencer a los demás del peligro que los acechaba a cada salida de sus hogares. La voz corrió de hocico en hocico de los miembros de la tribu de licántropos:

Hay hombres en el bosque, y son reales.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.







VÍA 17*


*Por Silvia Milos milossilvia@yahoo.com.ar



El tren estaba por parar. Ya había tocado la bocina estremecedora anunciando su llegada a la estación de Castelar. Antes del cruce de las vías se detuvo, a la espera de que el otro tren, salido de Moreno, libere el paso. La gente estaba muy apretujada, y el calor del verano hacia de ese vagón un horno. Abriéndose paso, el guarda caminó picando los boletos hasta que llegó a nosotros. Una mujer chilló, porque alguien la había pellizcado, mientras un oportunista arrasó con tres carteras en esos cinco minutos infernales. Todos queríamos que de veras arranque, sí, de una maldita vez y poder bajar para respirar aire puro. En Enero del 1993 la temperatura rondaba los 40ª, pero ahí arriba la superaba. Habría dado cualquier cosa con tal de que refresque, de tener algún escalofrío que me libere. Maldecía y maldecía, mientras cabeceaba cerraba los ojos. Después de diez horas de trabajo, estaba extenuada.

El guarda dio una media vuelta, y con esfuerzo, empujando y pisando a más de uno llegó hasta donde estaba el maquinista. Nadie sabe como, pero el tren avanzó sin la señal debida. Horrorizados vimos pasar la luz roja ante nuestras narices, y el estupor de la gente adentro de sus autos enfrentados hacia la barrera, desconocíamos adonde íbamos, porque nos alejábamos cada vez más de la estación.
De inmediato el sopor reinante se diluyó, y enfrió el ambiente. Un viento helado comenzó a sisear por las chapas del tren, colándose entre las juntas del piso, desafortunadamente abierto bajo mis pies.
Celeste me miró y yo miré hacia afuera, apoyando mis manos contra los vidrios para tratar de darle una explicación, que ni ella me había pedido, ni yo se la podría dar. Estaba demasiado oscuro, y las ventanillas tenían barrotes adosados. Poco se podía distinguir ante la inminente noche. Todos, los 688 pasajeros, habíamos perdido la noción del tiempo.
Solo sé que el paisaje era totalmente ajeno. Un campo inhóspito bajo el cielo gris se multiplicaba como en una diapositiva. Poniendo atención pude distinguir algunos carteles escritos en alemán. Al costado del camino desfilaban horcas dispuestas para los partisanos. Un gitano comentó que estábamos en Abril, de 1943. La punzada en el abdomen me hizo notar que hacía dos días que estábamos viajando, yendo hacia una parte del mundo que el resto del mundo desconocía como propia. Los pasajeros amontonados como ratas en vagones de ganado, la nieve que empezaba a formar copitos sobre el techo, mis ojos rojos ya sin lágrimas. Notamos ruidos sobre nuestras cabezas, eran pisadas sobre el techo, un soldado ucraniano apuntando hacia la nada gatilló agujereando la chapa y mató a una pasajera. Parecía divertirse.
Y el guarda desaparecido con su máquina de picar boletos fue reemplazado por otro con metralleta. No sea que alguno quisiera escapar. Cosa que de hecho sucedió. En la desesperación rompieron el piso a patadas y se tiraron bajo las vías, esos fueron arrollados. Otros perecieron de hambre y de sed, no soportaron los seis días de viaje.

Formaba parte de una pesadilla ajena. Casi sin hablar nos consolamos, dudando hasta el extremo cual sería el fin. Pero la incógnita fue develada, sólo para nosotros, los que permanecimos de pie. Para los que abrir los ojos significaría algo peor, y negar la realidad, podía ser la diferencia: sobrevivir.

De golpe una sacudida. La frenada hizo que tambaleara, y sacara mi cabeza doblada hacia delante. Celeste me apuró para bajar, el tren había llegado a la estación. Seguro estuve dormida, parada, sostenida de la manivela, y ajustada sin espacio por los demás a mi alrededor.

En estos tiempos esas cosas no pasan, no se secuestra a la gente adentro del tren, si está lleno de ausentes estudiantes o trabajadores asalariados. A quién le podría interesar, personas comunes con sueños comunes, gente que vota y que quiere a sus mascotas.
Que toma el desayuno a las apuradas, porque pierde el último tren.


*Nota de la autora: El último tren con destino al campo de concentración en Auschwitz partió desde Berlín llevando 688 pasajeros, entre ellos gitanos, judíos, polacos y checoslovacos que estaban todavía en Alemania. Salió desde la vía 17 de la estación de Grunewald en Abril de 1943.







No es la misma lluvia*


Por qué?
El amor de enamorados se va
Lo que fue calido e intenso
Se convierte en mísero y distante
El compartir la risa…
Luego de un tiempo
La compañía se trasmuta en intolerancia.

Por qué la carcajada seductora y tierna
Cómplice de nuestros defectos
Hace trizas el compartir.
En una impronta de malos entendidos
Lo dicho se escucha hiriente,
ajeno y sin motivo aparente
son las mismas palabras de antaño
las que antes saborizadas de sorpresa
ingenuidad y alegría
se vuelven disparatadas, agresivas
e indiferentes.

Será que el amor no dura eternamente?
Seré yo o serás tú
El que comenzó a caminar
Por distintos senderos?

Quizás no quiera darme cuenta
Que la lluvia cambia su semblante
Su sabor, su temperatura
Y su destino.

Sus gotas aunque parezcan del mismo cristal
No desean esclavizarse en el mismo otoño
Su intenso afán de libertad
Las hacen más pesadas y dañinas
Buscan otro seno que las albergue
Necesitan de su propio espacio
Y yo, inocente y romántica
Creía que era la misma lluvia.-


*de Azul. azulaki@hotmail.com







FLORINDA*


*Por Hebe Uhart


¿Que cuánto hace que estoy en Buenos Aires? Seis, un suponer siete años. No llevo la cuenta, si todo lo de allá lo dejo por perimido. Y lo de acá, cada año una novedá, compramos la heladera, oso de peluche, puse el piso de cemento, ando pagando la televisión, si allá no había televisión. Él tenía la conexión, pero decía que era mucho gasto. Todo era mucho gasto para él y eso que tenía vehículo. Cuando yo me compraba un vestido -que le sacaba a él del bolsillo- él me miraba como si me fuera a ojear y me decía:
-Te compraste un vestido nuevo.
Y yo le inventaba, que me lo dio la Dora, que mi hermana, que tal y cual. Y había sido que se quedaba conforme con eso, nomás. Que cuando me casé yo llevaba taco alto y me dijo:
-Sáquese esos zapatos de compadrear que acá no valen.
Y me dio unos botines patrios para andar en el campo, y yo hacía también el pan de los peones y así me quedaron las manos como dos milanesas. Aunque en la ciudad se fueron achicando y volvieron bastante a su tamaño justo; ahora les meto crema, me parece que no hace nada pero tiene tan lindo olor. Los
pies también se me fueron componiendo, que cuando llegué tenía que usar zapatillas cortadas por adelante. Él se quiso separar, y lo que es el destino, salió para bien porque a mí no se me habría ocurrido. ¡Quién me decía que yo iba a estar en Buenos Aires y que la hija menor me iba a salir tan porteña que es un gusto! Eso sí, él me dio un dinero y yo le dije:
-Como padre de tus hijos siempre te espera un lugar en la casa que yo compre.
Y compré raspando, raspando esta casita chota que era de un viejo así nomás.
Pero con el mayor la pintamos y le pusimos muchos adelantos, camitas marineras, cada oveja en su cama, cocina de gas que enciende el fuego en un suspiro, que allá me venía negra del humo porque dale apantallar el fuego, cuantimás en verano, que me venían los mareos. Cuando él vino a la casa la primera vez, entró a gritar: vio a Palomo comer de la taza que yo había traído del campo, porque Elisa me dijo:
-Mamá, esas tazas son de mierda.
Y ahora se las dejamos al perro, que ahora come de la macrobiótica, porque Elisa hace la dieta y también karate. Cuando vio al perro, dijo gritando:
-¡Perro cagonero, perro garronero que ataca al amo y no defiende! ¡Come y caga, nomás!
Y Elisa le dijo:
-Papá, por favor, no vengas acá a gritar.
Y yo volví al Chaco porque vendía un montón de frazadas a los colonos, yo compraba acá en el Once. Los colonos me decían:
-¡Doña Florinda, se sacó diez años de encima!
Y está visto, con la minifalda y el pelo con los canutos, era otra. Qué me van a comparar con esa pollera larga que usaba allá, qué me habría dejado usar minifalda, si él mezquinaba todo.
Y los abogados para hacer las partes me sacaron mucho, pero todo fue para el bien: era el destino. Yo entré a trabajar a tres casas, una de más enseñanza que la otra. Me daban ropa nueva y vieja, la vieja se la vendía a los colonos. También la señora Mirta me dio una alfombrita color canela y las cortinas porque decía que ella quería simplificar la vida, que vendría a ser digamos echar lastre y yo ligué por demás de esa casa. Ella miraba para afuera por el vidrio pelado y me decía:
-Ahora veo con toda claridá.
Y yo le decía:
-La verdá. ¡Qué bien se ve!
Y a embolsar.
La segunda vez que vino él -como padre de los hijos- empezó a gritar porque Jorge tomaba el colectivo por quince cuadras; él se viene caminando desde la estación, ahí se pone zapatillas hasta la casa, así no gasta zapatos, Elisita le dijo:
-Papá, si vas a gritar así mejor que no vengas.
Y yo no sé de dónde saca ella las palabras justas que siempre tiene para todo. Ella en unos años quiere ser empleada, llevar papeles de un lado para otro, que los papeles son cosas limpias, que yo allá no me podía sacar el olor al horno de pan, que es olor a leña, olor a rancho. Ella a mí me dice "Flor" porque Florinda es muy largo y el loro también me dice "Flor". El loro también suele decir "Me duele la cabeza", y es de ver, todo lo que dice, pega con la oportunidá. Y él fue espaciando de venir, a veces avisa que viene y después quién sabe, pero da igual que venga o se quede, ya está perimido. Y Elisita se está preparando para ser empleada, que hace el curso en la propia gobernación. Los otros días vino un auto de la gobernación con chofer a buscarla, de tanto que le quieren. Y a mí la última vez que fui a
vender frazadas, me dijeron en una casa:
-Doña Florinda, ¿no vuelve por acá?
Y les dije:
-Ni lejos, ni nunca.


*FUENTE: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1326074







Es mejor ahora*


Es mejor ahora
que los molinos del alma se aquietaron
y puedo diferenciar todavía
entre el color de tus ojos y el olvido.
Mejor ahora
antes de hablar de alguna utopía
de complicarnos en abrazos que no damos
de sentir que hay puertas en todas las esquinas
y que volver no cuesta porque no existen las murallas.
Mejor ahora
que no hay besos blindados alrededor de tu risa
que la sangre invertida de todos los pájaros huele a setiembre
y los secretos a moho.
Mejor ahora
antes de sentarse a la mesa con los vinos agrios
con esas lluvias que se caen por tus ojeras
antes de que se cuelguen las esperas
y queden pendientes las penumbras y los amaneceres.
Antes de que el café se enfríe
y las copas estallen como jadeos en pleno combate.
Mejor ahora
porque los cerezos aún te nombran
y no se mide con escuadra la peligrosa osadía de la ausencia.
Antes de que el pacto provisorio se hunda como pedazos de vidrios
en los sueños o en la planicie de tu pecho.
Antes de que las preguntas no me alcancen
que me arrebate el delirio
que mi costumbre se dé contra la pared
que soslaye placeres sin bostezos
y otra música oxigene esta piel.


*De MARIA MANETTI. dulcemariam6@hotmail.com
( sin final aún....) 21/11/2010








Daniel, la turquita y Victorio*


Daniel trabajaba en la misma empresa que Victorio. Y la turquita ocupaba un departamento de planta baja al lado del de Daniel. Daniel estudiaba periodismo y en la compañía agropecuaria era poco más que cadete. La turquita era una mujer ordinaria que convivía con un púber lamentable, su hijo; con su mamá, carcajeando exasperada y baldeando calzada con zapatos de hombre, negros los zapatos, bastante nuevos y sin cordones; y con su papá, sólo un jubilado. La turquita trabajaba en la vereda. Tenía una nutrida colección de clientes motorizados. Cobraba poco, conversaba con los vigilantes, festejaba alguna ocurrencia chancha. No usaba cartera y en invierno, más abrigada, se la advertía menos ridícula. Sacaba a Juancho por la cuadra, un galgo ruso, lo cual, claro está, desentonaba. En ocasiones, alguna amiga de su gremio se instalaba con ella. Daniel también se instalaba con ella cada tanto, unos minutitos.
Victorio era el contador de la empresa. En la flor de la edad, naufragaba con su hombría pero no renunciaba (al menos en cierto nivel declamatorio). Así le salió en el comentario analítico del test al que fue sometido por Daniel: una de las materias de la carrera le requería algún entrenamiento psicológico. Había en la oficina quienes sospechaban que Victorio estaba enamorado de Daniel. Era notorio el cambio desfavorable de su humor cuando Daniel, por teléfono, parecía concertar una cita con una chica. Victorio se jactaba de no dormir más de cuatro horas diarias, de bañarse siempre con agua fría “para templarse”, de mantener a la viuda y a los críos de su hermano mayor, de haber obtenido tres títulos universitarios. Se vanagloriaba, además –Daniel registraba los latiguillos en su agenda-, de sus autodenominadas “extrema sensibilidad”, “fuerte temperamento” y así siguiendo. Victorio relataba anécdotas que denotaban encomiables virtudes. Dos ejemplos: dio cobijo y salame de Milán con pan negro y cerveza a un conscripto que le había solicitado unas monedas; donó gran parte de su fastuosa biblioteca a una escuela rural. Promocionaba rectitud, tacto, cordura, ecuanimidad, espíritu de sacrificio, sencillez, hidalguía. Y se embelesaba con el escepticismo y, en algunos aspectos, la falta de escrúpulos de Daniel.
Después del test que Daniel le devolvió con el crudo y técnico informe, empezó Victorio a desbarajustarse. Tuvo abundantes gestos de maltrato para con Daniel (y de rebote para con otros empleados), se fatigaba y aturdía de golpe, apareció una mañana con impresionantes ojeras y eccema, retrasado, sin saludar, con desaliño. Explicó que había recibido en su domicilio un sobre con una fotocopia perfumada del test. Tres empleados habían recibido en sus domicilios, sin perfumar, otras fotocopias. El deterioro físico y psíquico de Victorio se fue agudizando, así como el malestar de Daniel. ¿Cómo combatir la infección?
La turquita se avino a levantarse a Victorio a la salida de la oficina, retribuyendo a Daniel por gauchadas propias de buenos vecinos. Y logró desflorar a Victorio, según Victorio le confesó entre hipos y lágrimas de emoción y gratitud. Y él volvió a ser el triunfador de costumbre, el sabelotodo, el resolutivo. Pero sus embelesos con Daniel fueron más sintéticos. La turquita se convirtió en su remunerada proveedora de afecto de los domingos y los miércoles, se ven alguna película erótica o risueña o sentimental y toman helado o comen hamburguesas. Ahora Victorio menta a mujeres finas que va conociendo en recepciones de la embajada norteamericana o en el hall del Colón, y a otras damas inteligentes con las que alterna, da a entender que a todas enloquece, que es un regio partido, buscado, no hay duda, profesional, soltero, con vivienda, culto, acomodado...



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






TRIGALES*



Se han derretido las nieves del Ártico
En mi mesa nuevamente se ha servido trigo.
El mantel se ha vestido de espigas
Con tallos, con arbustos, con manzanas
Hay risas de poleo, de menta, de albahaca.
Hay rumores de estrellas extraviadas y de grillos.
Hay cuatro soledades y una ausencia.
Hay una fuente con pan y con suspiros.
Una lágrima ríe.
Tiene el raro sabor de las cosas perdidas
Se encuentran cuando octubre florece.
Las neviscas se enredan en la noche.
No hay tiempo para tomar el último verano.
Si embargo los trigales crecen en lo que fueron
Las eternas nieve.
Hay una vocación de vida en los pasos de la montaña azul.
En mi boca nuevamente hay sabor a trigo.
Para renacer hay un tiempo.
Para morir también.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





*


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domingo, noviembre 21, 2010

TODO HABÍA DURADO UN INSTANTE...



*Ilustración: Ray Respall Rojas



FANCY QUIERE VOLAR*


Para mis hijos Sarah y Ray


En realidad se llamaba Patricia, pero hubo en el Acuario Nacional una foquita famosa, que hacía piruetas y se hizo muy popular entre los niños, a la cual llamaron Fancy. Según decían, recordaba en mucho a esa niña que una vez se llamó Patricia. Al principio le gritaban: “¡Fancy, foca!” “¡Fancy, gorda!” “¡Fancy, pelota!”... Poco a poco se fue quedando nada más en Fancy.
Cuando la llamaban así, no se molestaba. Ni siquiera le preocupaba su parecido con la foca – color de la piel, peso corporal y hasta algo en la nariz… -, porque en la clase de inglés se enteró de que Fancy quería decir muchas cosas lindas: preciosa, primorosa, fantástica, fina, ¡fantasía!… ¡Mira lo que le estaban diciendo sin saberlo los que le gritaban! Estaba tan orgullosa de su nuevo nombre, que hasta firmó una vez un examen de ese modo, por suerte la maestra se dio cuenta y se lo devolvió para que hiciera la corrección. Hasta la abuelita le decía: “Estás preciosa, Fancy”, y ella se sentía feliz.
Pero Fancy también significa “imaginar”. Llevaba la razón al adoptar gustosa el apodo, porque ella tenía un sueño, de esos que se sueñan despiertos, en medio de las clases, de los que se colocan entre los ojos y las pantallas de televisión o los libros abiertos, entre ella y la maestra, la mamá, y hasta de los niños que no querían jugar con ella porque era lenta, lenta, lenta en sus movimientos y siempre la pelota se le iba.
Fancy quería volar.
Un día, mientras volaba en su imaginación, escuchó al narrador de un documental decir algo que llamó su atención: Aquel señor decía que no hay sueño imposible, solo hay que trabajar mucho para lograrlo, imaginarlo una y otra vez. De este modo se le va dibujando en un mundo paralelo, definiendo sus contornos como el pintor que va llenando el lienzo y, al final, como el pescador que tiende las redes y tira de ellas, se le iba acercando a este plano, llamado “realidad”, donde vivimos y nos movemos cada día.
Ella no era tonta, sabía que no le iban a crecer alas así porque sí. No era un ángel, ni un hada, ni un elfo – ¡con aquella figura! -, y sabía que aunque se envolviera en seda durante muchos días, no iba a salir convertida en mariposa. Entonces tuvo una genial idea: Primero a escondidas, luego a ojos vistas, comenzó a construir diferentes artilugios que la ayudaran a volar. Con ellos subía al tejado de su casa, que por suerte no era muy alto, y se lanzaba.
Las primeras veces que la recogió entre los maltrechos canteros de flores, la mamá pensó que se quería suicidar: “No le hagas caso a los niños que te dicen cosas, mi niñita, tú eres linda así”. Ella tuvo que aclararle que se encontraba muy bonita, con su cara y su cuerpo redondos, su piel oscura, lisa y brillante y su naricita respingada. ¡Solo estaba intentando volar!
La llevaron a un psicólogo que le hizo dibujar un aeroplano y reconocer que la ley de gravedad existía, y que se las devolvió diciendo con aire muy doctoral: “Despreocúpense. La niña solo tiene una desbordante imaginación”.
Y Fancy siguió construyéndose aparatos para intentar volar, alas de varios tamaños, tipos y colores, viejas bicicletas con alas, capas con alas, carriolas con alas, cazuelas con paracaídas, y más alas… La mamá terminó renunciando a sus marpacíficos y colocando un colchón viejo debajo de la parte por donde ella se lanzaba, siempre mirando al mar – a saber por qué -.
Eso hizo que casi le cambiaran el nombre por “Fancyquierevolar”, pero como ella no pareció molestarse, se olvidaron pronto.
El día que cumplía 15 años, con el fotógrafo cargando el rollo en la cámara, la mesa puesta en el patio con un cake y varias bandejas con delicias para picar, el enorme vestido de vuelos (parecía la carpa de un circo) esperándola en un perchero, la peluquera con la pamela y la plancha para estirarle el pelo en las manos, se descubrió que Fancy no estaba en casa.
Iban a comenzar a buscarla cuando alguien gritó “¡Tornado!” Y se vio venir por el mar un remolino en forma de embudo. Todos corrieron a esconderse y a guardar la mesa, los bocaditos, la ensalada, las croquetas y el cake – Fancy no era la única que pensaba primero en la comida -, pero cuando cerraron la casa y recordaron que Fancy no estaba con ellos, volvieron a abrir una ventana, la que daba al lugar desde donde se lanzaba (no pensaron que fuera a saltar justo el día de su cumpleaños, ¡pero tratándose de ella!). La mamá, aterrorizada por lo que se veía acercase a la línea de la costa, gritó: “¡Muchacha, baja y déjate de fantasías, madura así sea por una vez en tu vida!” Pero la abuela alzó el brazo y, con los ojos y la boca como platos, señaló un punto pegado a la línea en que el mar se une con la arena:
Allá iba Fancy, con su nuevo modelo de alas pegado a la espalda y los brazos, corriendo al encuentro de la tromba marina.
Por más que gritaron todo género de disparates, no les dio tiempo a hacer nada, ni siquiera a inmortalizar el momento porque el carrete se trabó en la cámara: Fancy fue atrapada por el tornado, abrió las alas y alzó el vuelo.
Y el viento se la llevó. Nunca más se supo de ella. Solo recuerdan su manita regordeta diciéndoles adiós y su rostro, feliz, tal como lo vieron cuando la tromba se acercó un poco más, como para permitirle despedirse de los que no la creyeron capaz de hacer su sueño realidad. Ahora Fancy vuela por el mundo, girando, girando como una bailarina y, como siempre, no cree mucho en la ley de gravedad, ni en los que dicen que las gorditas no pueden ser felices así como son, mucho menos en los que aseguran que no pueden volar.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.





SENDEROS*


Llora el cielo
el dolor del humano
que no redime.

La esperanza
en las alas del viento
busca un puerto.

Sin velas de fe
deambula el hombre
por el infierno.

La sangre muerta
deja huellas sombrías
en los rincones.

No serás árbol,
no madurarás frutos.
Serás estéril.

La vida es río,
solo una vez pasa
por la rivera.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar









LA ESQUINA DE LOS VIENTOS*


De cuando en cuando una ráfaga de viento se arremolinaba, en la esquina que daba a ambas calles del frente del solitario edificio de departamentos, haciendo girar nubes de polvo que solían durar poco más que un suspiro. Quizás ocurría tan frecuentemente por la forma del edificio, o tal vez por lo sólo que estaba en medio de un barrio de casas bajas, con la monotonía de sus frentes conservadores, llanos y sencillos; o por la orientación de sus calles, o vaya a saberse bien por qué…
Los remolinos, aunque fugaces, a veces molestaban por el polvo y la suciedad que levantaban, a veces despeinaban o jugaban picarescamente con alguna pollera desprevenida; que hacía recordar aquellos versos del cancionero criollo : …”con su pollerita al viento, que linda va…” Parecía que el viento fuera en verdad un duende travieso, que lo hacía para divertirse, en el momento menos esperado, molestando sagazmente a sus dueñas, y su silenciosa carcajada burlona se perdería seguramente, en las susurrantes volteretas de hojas y papeles, que tras un súbito giro tornaban a posarse ligeros, tras su breve y revoltoso devaneo.
Veloces e inconscientes, quienes eran atrapadas por el juguetón diablillo, malvado y etéreo, invariablemente se apresuraban a sujetar los volátiles pliegos, bajándolos veloces con sus manos, y doblando ligeramente ambas rodillas, en una lucha graciosa y sutil, por recomponer su donaire, y tratar de seguir como si nada hubiera afectado su gallardía femenina.
Juliana, que pasaba por la vereda de la esquina de los vientos, se vio súbitamente envuelta en uno de esos inesperados revuelos, y no fue lo suficientemente rápida en sus reflejos, o su amplia y primaveral pollera era tal vez demasiado liviana e inestable; y antes que pudiera reaccionar, se había levantado tanto que le cubrió la cara con el ruedo, y le pareció que transcurría una eternidad entre suspiros y manotones, para conseguir que bajara flotando alegremente…
Paralizada, miró instintivamente a su alrededor, con sus ojazos verdes muy abiertos, y sus brazos bajos ahora sí, sujetando su díscola pollera, con la secreta esperanza de que nadie lo hubiera reparado, o que nadie estuviera mirándola.
Todo su campo visual permanecía inmutable. La gente entraba y salía del banco en la planta baja, toda vidriada, sin signos de cambio alguno, como si nadie absolutamente, lo hubiera advertido en lo más mínimo.
Se relajó como un resorte soltado de repente, con marcado alivio, exhalando un suspiro tan profundo, que casi podría haber competido con la ráfaga de viento que terminaba de envolverla. Tan sensible era que se sintió culpable sin saber de qué, como si por un instante se hubiera enredado en un grave delito.
Todo había durado un instante, y pasado antes de darse cuenta; pero se le ocurrió la sensación, de que habría podido ser algo asi como un bochorno, un papelón, si alguien cercano la hubiera visto, tan expuesta, en desmedro de su grácil y casi arrogante caminar de gacela, tan prolija y elegantemente bella y delicada.

Un leve temblor en sus labios pretendía delatarla…
Al final, el rubor le agregó hermosura…




*De Celso H Agretti, celsoagr@trcnet.com.ar
5 Octubre 2010. AVELLANEDA, Santa Fe.






*


Tan bello y rico.
duro como la muerte del rencor
ese espejo de impiedad
el río hecho de tiempo y agua
donde la cristalina verdad
confunde el día y la noche
el sueño y la vigilia
el silencio y el zorzal
en el amanecer
húmedo del rocío
la sonora quietud
de descubrir
la armoniosa claridad
de la naturaleza
desfilarse del paisaje urbano
para sentir las luces del rocío
la mirada, si es así,
sueña en los laberintos
del más allá
de los que se cobijan
en el fantástico mundo
de los que atraviesan
el mundo del soñar.-


*de Azul. azulaki@hotmail.com






DIALOGO CON EL INTELECTUAL FRANCES PAUL VIRILIO

"Siempre se infunde miedo en nombre del bien"*


Aun antes de que la extrema velocidad de Internet revolucionara la vida cotidiana de todo el planeta, Virilio teorizaba sobre los riesgos que la velocidad implica para la democracia y los derechos humanos. En su último libro, La administración del miedo, analiza los mecanismos de control político que el poder utiliza para gestionar a la sociedad.




*Por Eduardo Febbro. efebbro@pagina12.com.ar
Desde París


La velocidad destruye. En una suerte de paradoja vinculante donde se combinan el progreso y la catástrofe, la velocidad y su corolario de soportes técnicos han interconectado al mundo al mismo tiempo que creado una peligrosa simultaneidad de emociones. Esta es la tesis central que, con una
anticipación sorprendente, viene argumentando el urbanista y pensador francés Paul Virilio. Antes de que la extrema velocidad de Internet se instalara en la vida cotidiana de casi todo el planeta, Paul Virilio intuyó el riesgo intrínseco en el corazón de esa hipercomunicación y los desarreglos profundos que acarrean el desarrollo tecnológico y la velocidad. La férrea crítica que Paul Virilio despliega le valió el apodo de "pensador y promotor de la catástrofe". El intelectual francés, hijo de un comunista italiano refugiado, no niega sin embargo la validez de los progresos, sino que propone una suerte de reflexión sobre el tiempo, una filosofía política para pensar y controlar la velocidad. Hombre afable, de frases cortas y contundentes, Virilio acota que "la velocidad de las transmisiones reduce el mundo a proporciones ínfimas", al tiempo que la rapidez reemplazó la uniformización de las opiniones por "la uniformización de las emociones". Para Virilio, los conceptos de democracia y derechos humanos están en peligro. El uso actual de la tecnología conduce a una reactualización del totalitarismo. La velocidad es poder, poder de destrucción, poder que inhibe la posibilidad de pensar. En su último libro, La administración del miedo, el ensayista francés apunta hacia otro de los mecanismos de control político con que el poder gestiona las sociedades humanas: el miedo. Miedo a la bomba atómica, miedo al terrorismo, y el miedo verde, el temor ante el agotamiento de los recursos naturales y al desastre
ecológico. Muchas de las ideas enunciadas por Paul Virilio casi a finales de los años '70 se vieron repentinamente actualizadas con los atentados del 11 de septiembre. Las sociedades escatológicas anticipadas por el autor, la camisa de fuerza tecnológica que los Estados pusieron en los individuos, la
velocidad como factor totalitario y adormecedor, la irreflexión de los medios y el flujo interrumpido de imágenes y emociones tan instantáneas como universales pasaron a formar parte de nuestra realidad. Televigilancia, trazabilidad de los individuos, control de la información, procedimiento de simulación de la realidad para tapar lo real no son ideas negras sino la luminosa realidad que nos encandila. Virilio propone un antídoto irónico: crear un "Ministerio del Tempo" para, como en la música, regular los ritmos de la vida.

La dictadura de la velocidad

-Usted se interesó de forma muy temprana en el fenómeno de la velocidad, incluso antes de que su realidad irrumpiera en nuestro mundo. Uno de sus libros más famosos, Velocidad y política, data de 1977. ¿Qué lo llevó a intuir con tanta anticipación que la velocidad iba a convertirse en un actor central de la vida humana, al que usted llama "una potencia de destrucción"?
-Hay dos elementos. Yo nací en el año '38 y, por consiguiente, soy hijo de la Segunda Guerra Mundial. En ese contexto encontramos dos datos que me marcaron mucho. Lo que se llamó "la guerra relámpago" y la Shoá. No se puede comprender nuestra época sin la clarividencia funesta de la guerra total, es
decir la exterminación masiva de las poblaciones civiles durante los bombardeos, y también en los campos de concentración. Lo que vivimos hoy se desprende de la importancia de la velocidad en estos acontecimientos. El revés del ejército polaco, el revés del ejército francés y los países invadidos en pocos días son un reflejo de esa velocidad. Soy entonces un hijo de esa guerra relámpago, de la guerra en alta velocidad. Todo mi trabajo y el interés que presté a la aceleración me llevaron a comprender
hasta qué punto la velocidad era un elemento determinante de la historia moderna, es decir, de la historia de la Revolución Industrial.
-Usted sugiere que hoy estamos bajo una suerte de dictadura de la velocidad.
-Totalmente, y tanto más cuanto que hemos pasado de la velocidad móvil, es decir de la velocidad de los tanques, de los autos y de los aviones supersónicos, a la velocidad de la luz, a la velocidad de las ondas
electromagnéticas. Estas ondas vehiculan la información, las comunicaciones, y, sobre todo, la interactividad. Esto significa que nuestra sociedad no es una sociedad activa sino interactiva, o sea, la sociedad actual pone en funcionamiento la velocidad de las ondas electromagnéticas para interactuar.
No se puede comprender la globalización sin esta aceleración absoluta en todos los campos, incluido el campo financiero. La crisis financiera mundial que estalló en 2008 no es sólo un problema financiero, sino un derivado de la velocidad. Las cotizaciones automatizadas entre bancos, realizadas por
plataformas automáticas, jugaron un papel central en la crisis. El factor de todo esto ha sido la velocidad: la velocidad domina, la velocidad de la luz, de las ondas se impusieron sobre la velocidad de los móviles, del transporte, de los medios de transmisión tradicionales. Es imposible comprender la realidad del mundo sin esta configuración. En los años '40 se hablaba de la aceleración de la historia, hoy estamos ante la aceleración de lo real, la aceleración de la realidad. Todos los sectores de nuestra
civilización están afectados por la aceleración de lo real. Es una evidencia que aún no ha sido reconocida plenamente.
-Hannah Arendt decía que la dictadura se plasma en una suerte de velocidad del movimiento.
-El terror es la concretización de la ley del movimiento. El terror es indisociable de la velocidad. La temática de la velocidad es también la cuestión de la sorpresa, y la sorpresa es el miedo. Cuando alguien nos toma por sorpresa decimos "ay, qué susto me diste". La velocidad absoluta y la sorpresa están íntimamente ligadas. Se trata de un fenómeno de pánico, un fenómeno que se refiere al terror. Nuestra época es muy singular. Nuestra percepción del tiempo y de las distancias ha sido trastornada. La Tierra es demasiado estrecha para cualquier forma de progreso. La velocidad de las transmisiones reduce el mundo a proporciones ínfimas.


La sincronización de las emociones

-Otra de las características que usted pone de relieve en nuestra modernidad, o en nuestra actualidad, es la sincronización de las emociones.
Todos sentimos casi lo mismo, en el mismo momento.
-Absolutamente. Las sociedades de antes estaban bajo el signo de la estandarización de las opiniones. Si tomamos como referencia la Revolución Industrial nos encontramos con la estandarización de los productos, lo que llamamos la industria, y también de las opiniones. A través del desarrollo de la prensa y de los medios de comunicación se operó una uniformización de las opiniones públicas. Ahora, hoy, con la interactividad, ya no se trata más de la uniformización de las opiniones, sino de la sincronización de las emociones. Estamos ante una sociedad en donde la comunidad de emociones reemplaza la comunidad de intereses. Se trata de un acontecimiento político prodigioso. Las sociedades vivieron bajo el régimen de la comunidad de intereses, de allí la estructura de las clases sociales, los ricos y los pobres, el marxismo, etc., etc. Hoy vivimos bajo el régimen de una comunidad de emoción, estamos en lo que he llamado un comunismo de los afectos: resentir la misma emoción, en el mismo instante. El 11 de septiembre de 2001, delante de una catástrofe telúrica equivalente a un terremoto o un tsunami, el planeta estuvo en la misma sintonía de emoción. Es un acontecimiento político inédito en la historia de la humanidad. Se trata de un acontecimiento pánico que pone en tela de juicio la democracia. La tiranía del tiempo real representa una amenaza considerable que no ha sido tomada en cuenta. Se hacen bromas sobre la telerrealidad y esas cosas, pero este fenómeno nada tiene que ver con la telerrealidad. ¡Ocurre que se ha llegado a sincronizar a la misma realidad!
-¿En qué sentido esta sincronización de las emociones pone en peligro la democracia?
-La democracia es la reflexión común y no el reflejo condicionado. No existe opinión política sin una reflexión común. Pero hoy lo que domina no es la reflexión sino el reflejo. Lo propio de la instantaneidad consiste en anular la reflexión en provecho del reflejo. Cuando me invitan a un debate en la televisión, me dicen: "Qué bien, usted trabaja desde el año '77 en los fenómenos de velocidad. Tiene un minuto para explicarme todo eso". No es posible. Estamos ante un fenómeno reflejo, pero la democracia reflejo es una imposibilidad, no existe. Lo mismo ocurre con la confianza. Las Bolsas están en crisis, porque hay una crisis de la confianza. ¿Y por qué hay una crisis de confianza? Porque la confianza no puede ser instantánea. La confianza en un sistema político o financiero no es automática. La opinión tampoco puede ser instantánea. Ahora bien, los sistemas administrados por los políticos, incluido el sistema financiero, son fenómenos que tienden hacia el automatismo. La automatización es todo lo contrario de la democratización.

La lentitud y la aceleración

-Podemos pensar que existen dos mundos paralelos: el mundo de la lentitud, el mundo primitivo, que está fuera de la burbuja tecnológica, y el mundo de la velocidad, el mundo desarrollado expuesto sin freno a la atracción de la velocidad.
-En primer lugar, quiero decir que el mundo de la velocidad instantánea conduce a la inercia. De alguna manera, la lentitud de las sociedades antiguas anuncia la inercia de las sociedades futuras. La rapidez absoluta conduce a la inercia y la parálisis. La interactividad prescinde del desplazamiento físico y de la reflexión, por consiguiente, el incremento constante de la velocidad nos llevará a la inercia. El problema ya no concierne tanto a la lentitud o la velocidad, sino que concierne a la inteligencia del movimiento. Cuando me preguntan "¿Acaso hay que aminorar?, yo respondo: No, hay que reflexionar".
-¿Y cuál es el punto central de esa reflexión?
-Debemos reflexionar sobre el ritmo. Como en la música, nuestra sociedad debe reencontrarse con el ritmo. La música encarna perfectamente una política de la velocidad. A través de los tempos, el ritmo, la música es la encarnación misma de la política de la velocidad. Debemos elaborar una musicología de la vida. El problema no consiste tanto en aminorar la velocidad, sino en inventar ritmos sociales, políticos o económicos que funcionen. De lo contrario terminaremos en la inercia, es decir, en la lentitud y la parálisis más grandes que las de las sociedades del pasado, las sociedades sedentarias, rurales. De hecho, no necesitamos una visión revolucionaria sino una suerte de fuerza de revelación.
-Las reglas del juego planteadas hoy tornan, sin embargo, imposible retroceder ante la velocidad.
-Yo no expongo un trabajo retrospectivo sobre el bienestar del pasado, sino una reflexión sobre el porvenir. Soy un progresista. Por ello no hablo de desacelerar sino de elaborar una inteligencia del movimiento, una suerte de economía política de la velocidad. Esto consiste en reencontrarse con el
tempo. El descontrol del tempo hizo volar en pedazos el sistema de producción y de trabajo. Las consecuencias de esta desregulación del tempo las constatamos en la empresa France Telecom, donde los empleados se suicidan. Nos falta el ritmo. Todas las sociedades antiguas eran rítmicas: estaban la liturgia, las fiestas, las estaciones, la alternancia del día y de la noche, el calendario, etc., etc. Pero con la aceleración de lo real hemos perdido esta organización rítmica. Vivimos en una sociedad caótica. La
velocidad redujo el mundo a nada. El mundo es demasiado pequeño para el progreso, demasiado pequeño para la instantaneidad, la ubicuidad. Esta es una de las grandes cuestiones políticas y uno de los grandes planteos de mañana en materia de derechos humanos.

El control del mundo por el miedo

-Su último libro, La administración del miedo, le agrega a la velocidad otro factor de control: usted afirma allí que el miedo es un arte para gobernar.
-Estamos ante un acontecimiento cósmico. La raíz del miedo es lo que se llamó el equilibrio del terror, el miedo al fin del mundo engendrado durante la Guerra Fría. Podemos decir que el primer gran miedo de destrucción masiva tiene 40 años y remonta al proyecto de instalación de misiles en Cuba, en los años '60. En 2001 entramos en otra fase, que es el desequilibrio del terror. De pronto, con los atentados del 11 de septiembre, el desequilibrio se convierte en un terrorismo ciego, que puede golpear en cualquier momento y en cualquier lugar con una potencia colosal. Aún nos encontramos en ese desequilibrio del terror. Un puñado de individuos desarmados puede causar tanto daño como un ejército. Un grupo de hombres puede así provocar desastres considerables con un mínimo de medios. El tercer gran miedo que
nos acecha es el del agotamiento de los recursos naturales. La Tierra es demasiado pequeña para el progreso y sus recursos pueden ser insuficientes de cara al porvenir. Vivimos con esos miedos. La angustia, la desesperanza, el carácter suicidario de muchos jóvenes tienen mucho que ver con esta
dominación del miedo sobre nuestras conciencias. Nos enfrentamos a un fenómeno de pánico globalizado.
-Usted tiene una interpretación diferente de la ecología, muy crítica. No la califica como una ideología totalitaria, pero sí con los rasgos de un instrumento que está ahí para dar miedo.
-El miedo ecológico se suma al miedo que engendró la Guerra Fría, al miedo que instaló el terrorismo. No estoy en contra de la ecología, para nada. La ecología es necesaria para preservar la Tierra. Pero no se puede aceptar lo que plantea el discurso ecológico actual, es decir, una suerte de difusión de miedo global. No olvidemos que existe una constante: ¡siempre se infunde miedo en nombre del bien! Hay que evitar eso. Los ecologistas están tentados de convencer mediante el miedo. El discurso ecológico debe imperativamente ampliar su campo y relacionar la ciencia del medio ambiente con la filosofía, con las ciencias humanas, con la democracia. Detrás de la ecología hay una ideología amenazante, que es la del espacio vital. Cuando se piensa en el nazismo se lo asocia con el racismo, pero no con la dimensión del espacio vital. Los nazis ponían carteles que decían: "Bosque prohibido a los judíos". Se trataba de un espacio vital. Si queremos una ecología humana, humanitaria, debemos desconfiar de la dimensión vitalista propia al nazismo. No estoy en contra de la ecología, para nada. Pero, como hijo de la guerra total, recuerdo esa noción de espacio vital que fue el resorte de la Segunda Guerra Mundial.
-La gestión del miedo -a la bomba, al desastre ecológico, al terrorismo, al desempleo, al inmigrante, a la inseguridad- se ha vuelto el principal instrumento de gestión política. De esa estrategia nació otra amenaza: la vigilancia, el seguimiento, la trazabilidad de los individuos.
-Ello explica el desarrollo de la televigilancia, las propuestas para recabar las huellas de los individuos. Hasta podemos pensar que, mañana, la noción de identidad, de documento de identidad, será remplazada por la trazabilidad de las personas. Una vez que se controlan todos los movimientos de un individuo, la cuestión de su identidad pierde todo interés. Basta con recabar informaciones sobre sus movimientos y la velocidad para localizar la persona o el producto. La trazabilidad es un elemento inquietante de la
vigilancia. El miedo siempre ha sido un instrumento para gobernar.
-En La administración del miedo usted resalta que la propaganda en torno de ese gran Eldorado que son las nuevas tecnologías es también vector del miedo porque duerme a la gente.
-Albert Einstein decía: "Nuestra tecnología sobrepasó nuestra humanidad".
Resulta obvio que las tecnologías representan hoy una amenaza en la medida en que no controlamos el progreso. Los adelantos tecnológicos han dejado de estar controlados por la humanidad.
-A fuerza de velocidad, de miedo, de tecnología, de metas eficaces, de aspiración a resultados, de estrategias de gestión, el sueño tecnológico de un ser humano mejor desembocó en una humanidad amenazada por las propias máquinas que crea.
-Sí, sin dudas. El hombre empieza a estar de más. Asistimos ahora a una reactivación económica sin empleo. Ya se habla de inactivos crónicos y no de desempleados coyunturales. La carrera hacia la productividad reemplaza a los productores, es decir, el trabajo del ser humano. Nuestra civilización está amenazada. El respeto de los derechos humanos está en tela de juicio.
Necesitamos un esquema de pensamiento distinto para evitar la catástrofe.
Nos hace falta elaborar un pensamiento político de la velocidad.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/especiales/18-157228-2010-11-20.html







MILONGA CON JAPONESES*



*Cuento de Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar




-‘El tango me pone triste porque soy sentimental’ – engolando la voz, desde el primer asiento del ómnibus el pianista burlaba al cantor del grupo.
- Dejame dormir, curda incurable- protestó el otro desde el fondo.

Desde salir de Calafate a Río Gallegos al amanecer en la ruta patagónica el día sombreaba un contorno anaranjado.
- El frío marca dieciséis bajo cero y más al invierno llega a treinta – anunció el chofer como si eso fuera un record propio. Qué disparate, -se afirmó Ricardo el pianista- cuánto paisaje perdido en soledad y un frío para pingüinos. ‘Muchas veces al pensar en las duras madrugadas de mil colores pintadas por paleta singular me dan de encordar mi guitarra abandonada’, entonó con su memoria porque para él, la milonga sureña viene por meditaciones, vacas en la aguada y calderones de silencio. ‘A veces creo escuchar galopear la caballada rumbo a la acequia anhelada en la hora crepuscular’; un ataque gauchesco que al pianista enredaba a la nostalgia y buscó zafar mirando por la ventanilla. Por ahí en setiembre no era zona de nevada, pero las ruedas seguían quebrando escarcha y el desierto sólo cedía ante una majada de ovejas y el picotear de las aves kaukenes. Bicho enamoradón el kaukén, él sabía; de los arbustos enanos cada pareja se remonta inseparable al aire y dicen que los kaukenes al enviudar mueren de pena, algo que por ahí tendría desolaciones de milonga...

Pero de pronto al pianista algo le sobresaltó su meditación: como llegadas de otra representación aparecieron unas figuras con ropa de oficinista corriendo al borde del camino. Un asunto confuso, se dijo porque si él luego de tocar como de costumbre apenas se demoró en el bar a tomar una ginebra, - o dos- sus espectros no eran resaca nocturna y sí japoneses trotando contra el vientazo del sur. Se veían cuatro o cinco tipos bien vestidos de sobretodo a solapa levantada, zapatos con brillo y gente de saludar enarbolando un brazo, - apariciones más propicias a una imaginería de fogón en mitad de la pampa- aunque algo lo tranquilizó: por más que la gimnasia matutina fuera moda, él anoche muy pocos tragos.

Al fin, siguió pensando, por Nuestra Amada Patria Argentina los españoles se pelearon con ingleses y franceses, luego llegaron a protegernos los yankis y ahora por la gélida estepa sureña con dieciseis bajo cero, vienen a invadirnos estos Hijos del Sol Naciente. Y es tiempo de sentir al menos un cachito de orgullo, porque si en el cine del cuarenta los japoneses eran unos sangrientos traicioneros hoy sabemos que además de bien informados ellos son altamente industriosos. Siempre al calificar a un japonés se debe agregar ‘industrioso’- sin olvidar que si estos nipones como Uchima en mi barrio sur eran tintoreros todos iguales, hoy debemos saludarlos con educación. En principio por las dudas y ser gente ajena al peligro chino, esos mil cuatrocientos millones que ante el hambre pueden desenfundar una atómica grandota y no habrá Sociedad Rural que les frene la reforma agraria. Porque los chinos no son japoneses, - son comunistas chinos, no jodamos- y los japoneses son educados floristas que aprecian tararear ‘el tango me pone triste’. Sí, eso mismo que los antropólogos tangueros curten en la feria del pasado adoran estos japoneses invasores a transistor con reproducción automática. ¿Buscarán en el tango quejumbroso y lagrimero a la suerte que es grela fayando y fayando los largue parao, o andar bien en la vía sin rumbo y desesperao..? Qué contradicción, se dijo Ricardo y recordó aquel amigo atorrante que para venderle un viejo bandoneón a un japonés, le agregó un curso para tocar algunos temas bien sencillos. Un negoción, vaya un fuelle Doble A. más veinte clases de enseñanza Menozzi para desparramar arrabal por los bailongos del Social Kioto o el Defensores de Osaka, incitando en dos por cuatro a bailarines de presuroso paso. Sí, nada es casual; estos tipos nos estudiaron antes de entrar por la Patagonia a ocupar la naturaleza más rica del planeta, y como ellos se caen del mapa inventaron su derecho a invadir. Tá bien.

Por ahí el ómnibus se detuvo. El chofer se calzó un abrigo y bajó al borde de la ruta donde había una camioneta con cuatro o cinco japoneses alrededor. Alguno daban saltitos de boxeador y saludaba a todo aquello que se moviera; son invasores bien educados creyó Ricardo si ya reventaron el bar del aeropuerto donde cada trago vale un dineral, bienvenidos kamikazes... Pero cómo, ¿antes nadie se avivó que la vocación japonesa por el tango era un avance del espionaje nipón en la región? Estos se aprendieron desde nuestra inmutable nostalgia a nuestro estilo de cambiar todo a cada rato, y bien se enteraron que para recuperar las Malvinas nosotros no sabíamos que whisky tomaban los kelpers, si preferían jugar póker abierto o cerrado y ni apenas, si las isleñas hacen mejor el amor cuando afuera llueve. El mundo tiene mal hecha la repartija y esta invasión es inevitable, sí señor. Hay millones de hambrientos que hacen artilugios para comer algo y en esta inmensidad repetimos el discurso de la abundancia hace quinientos años. Y aunque estos tipos sean educados y atentos quien parece ser el jefe podría hacernos el harakiri uno por uno; y además de masacranos las ballenas no vinieron a cobrar la bomba de los yankis en Hiroshima. Por lo menos, así que a ensayar ‘Aquel kimono de Armiño’ o ‘Geisha que te manyo de hace rato’ que pronto tendremos gardeles sintetizados cantando ‘silercio er la noche’ mejor que el mismo Gardel. De aquí en adelante afinaremos en escala pentatónica y a comer arroz con cuero. Estos nipones de saludarnos ‘sayonara sayonara’ conocen nuestro silbido a solas y el quejoso llanto que amontonamos dentro. Sí, nos han tomado el tiempo y hasta saben porqué el tango me pone triste...

El chofer volvió del frío y de un respingo retomó el volante.
- Qué mala suerte tuvo mi colega chileno: reventó una cubierta llevando cinco japoneses de excursión y si los tipos no corrían se congelaban – dijo el hombre. Y una repentina mezcla de frescura y vergüenza hundió tanto a Ricardo en el asiento que casi lo desfonda.


*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.







Historia de un Amor*




Supo de mi romance veraniego con mi co-terapeuta. Y del affaire con la acompañante psiquiátrica que trabajó en la Clínica pocos meses, durante la temporada que tuvimos completo el cupo de internados, y en la que llevamos adelante el Congreso sobre psicosis en el auditorio de Johnson y Johnson. Cuando la doctora Julieta W. me dio calce, no especulaba en ligar con ella. Nunca se había dirigido a mí en los grupos de reflexión ni en los ateneos. Un jueves (como todos los jueves desde las veintiuna), en reunión de equipo, advertí que me observaba y me empezaron a latir las orejas. Correspondí, afable.
Daba arranque a su Fiat 600 cuando me pregunta si me acerca. Convinimos que podría hacerlo. Me arrellano al lado de Tito, el terapista ocupacional, en el asiento de atrás. En el de adelante, acompañando a Julieta, estaba Nora, tan graciosa, la médica de los domingos. Fueron dejados primero Nora, en Plaza Italia, luego Tito, en Santa Fe y Agüero. Julieta vivía en la avenida del Libertador y Callao, y yo en Balvanera. Insistió en llevarme hasta mi casa. Y lo hizo. Apagó el motor y fumamos mientras sosteníamos una charla sobre el discurso universitario. Me contó que el padre le bancaba su análisis. La seguimos en mi departamento, bebimos té de manzanilla y le mostré fotografías. Al principio no reconocí su viscosidad. Procuré besarla en la boca (en instancia de franca comunión). Rehusó y continuó parloteando. Nuevo piletazo mío, ahora con ligero aferramiento, y otra vez se me niega. No la dejo pasar: me refiero al “ósculo fallido”. Sonríe, me toma una mano, y como leyéndome la palma, me informa que se va. La acompaño hasta la puerta de calle y despidiéndome con un solemne beso alevoso en la frente, la cual despejo del flequillo, le permito introducirse en su autito y partir.
Fue después de tres jueves que me dio a entender que había quedado esquilmada al cabo de noches pasionales con un seductor abandonante. Desconfiaba de mí aunque aseguraba enigmática que yo era “bueno, bueno”. Se sacaba los anteojos y me instilaba briznas untuosas. Se lo espeté una vez, así como me salió, ya inflado, luego de retomar la ofensiva en el coche y ofertar otro rango de proximidad. “Instilar” y “briznas” entendía, pero “untuosas” le resultaba vocablo desconocido. Y me siguió llevando.
En las supervisiones quincenales de pacientes, apoyaba mis opiniones. Y me buscaba para trasmitirme alguna cosa. Y cuando me invitó a tomar café irlandés en una confitería del barrio de Núñez, evalué que valía la pena acceder. Me la imaginaba como a esas minas que se desatan haciendo el amor, como desquitándose, furiosas y posesivas, y te exclaman loas crudas con referencia anatómica. Ella ya había mentado su “capacidad de entrega”. Ingerimos el irlandés y torta de frambuesa. Estacionados frente al edificio de mi departamento, la mordisqueé en el cuello y en la (también latiente) orejita. Pero no pasamos de ahí.
Más adelante, me avisó de una fiesta para celebrar la inauguración de su consultorio. No fui. Yo la atendía más seco. En otra llevada a mi casa me agarró descuidado, me instó a que subiera con ella y ya en el quinto piso, bailamos, y cuando se espesaba el clima, le vino la fobia y pidió té.
En un mediodía feriado me sorprendió telefoneándome: “¿Vendrías a buscarme para ir juntos a almorzar?”... Acepté. Hice la cama así nomás y mientras daba vueltas a lo marmotón me entretuve en fantasear que la violaba: con el inequívoco y lucidísimo propósito de revelarle las ganas, de trocar en positiva su irradiación, de impedir, aun con coerción, que se malograra tanta energía envasada. Presentificarle el sortilegio. Así seguía yo con mis fundamentaciones. Me atraía, ubicados en tan fronterizas circunstancias, la posibilidad de consumar ese acto reprobable. ¿Qué comimos?: capeletis al roquefort.
El jueves (esto es: ya comenzado el viernes) subió a mi departamento. Por lo espinoso de mis inconfesables inquietudes yo oscilaba entre estar paralizado y salido de la vaina. Probé de inducirla como un caballero, pero en vano. Junté aire, la alcé, la trasladé al dormitorio y la arrojé a la cama. Con mis manos y brazos abrí los suyos y la besé con implacable dulzura. Me noté un poco vil cuando desabotonaba su blusita y deshacía el lazo. No gritaba ella, tensa. Decía “no, no”. Y a mí me salía “sí, sí”. Ya bastante desnudada, sujetándola, logré desnudarme. No fui delicado durante todo el procedimiento, yo estaba improvisando, persuadido de mi pronta redención. Fui brusco sólo lo inevitable. El cunnilingus la arreboló. Me trató de “malo”. Y proseguimos consubstanciándonos hasta el amanecer.
Milagro, portento, prodigio: suceso extraordinario: tras varios años de matrimonio, somos felices. Julieta me ruega a veces que le dé unos chirlos y la zamarree, y asevera henchida de orgullo, anhelante, que soy maravilloso.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar



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miércoles, noviembre 17, 2010

EDICIÓN NOVIEMBRE 2010.



*Ilustración: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.




CAJAS CERRADAS*


Me creía semejante a sí mismo y yo, desgraciadamente, no sé ver un cordero a través de una caja.
EL PRINCIPITO
Antoine De Saint - Exupéry



Estaba de visita en casa de una amiga de sus padres, le impresionaba aquella señora, envuelta en un halo que la hacía inclasificable entre los tipos humanos que intervenían en su vida.
Su anfitriona la condujo ante un estante donde se hallaban dos cajitas: una con primorosas incrustaciones de maderas de diferentes tipos, y otra, que en un tiempo estuvo laqueada de negro, bastante descascarada. "Elije una, quiero hacerte un regalo", le dijo, señalándolas.
No tuvo que pensarlo, escogió la nueva.
- - ¿No vas siquiera a abrirlas? Tal vez halles más de lo que esperas…
Abrió la que había elegido, era un cofrecito de madera, vacío. Se acercó de nuevo al estante y abrió la segunda: era una caja de música. Pidió permiso con la mirada y, al ver que la dueña asentía, le dio cuerda. Las finas notas, saltando gráciles, llegaron a ella, inundándola de emociones inesperadas.
- ¿Pudiera colocarse la música dentro de esta caja? – preguntó.
- No es posible, el delicado mecanismo que la genera no puede moverse, pues forma parte de la otra caja, como el alma del cuerpo.
- ¿Puedo, entonces, modificar mi elección?
- Por supuesto, y recuerda: no es la apariencia lo que debe guiar tus decisiones. Una caja cerrada es un gran enigma a develar, puedes dejarte deslumbrar por su belleza, pero no olvides mirar en su interior. Busca algo más… La vida necesita una segunda mirada. Has sido sabia – le tendió la cajita negra -, no has elegido la caja, sino la melodía.
…………
- Disculpa, ¿he callado por mucho rato? – parpadeó, como despertando.
- De pronto te fuiste a otro universo, estabas a mitad de una frase y…
- Sí, recordé algo… En fin, quería decirte que lo siento, de veras, pero esta relación no puede continuar, no nos lleva a ninguna parte. Me guié por la primera mirada.
- No te entiendo, ¿tiene que ver con lo que recordaste? ¿Otro amor, un engaño, una decepción?
- No me creerías. Solo rememoré un pasaje de mi infancia, una historia de cajas cerradas, algo que nunca debí olvidar… - le dio un beso en la mejilla y se dirigió a la puerta.
- ¡Espera! ¿A dónde vas?
Sintió que nunca había conocido a la mujer que se alejaba, recortándose contra la calle que formaba alas en su silueta a contraluz. Ella se volvió y le sonrió:
- Voy a buscar la melodía.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.




Persecución*



Corro persiguiendo a aquel hombre de complexión atlética que va esquivando los obstáculos de la acera mediante saltos ágiles y fintas increíbles. Por suerte estoy perfectamente entrenado y a pesar de que no puedo alcanzarle, tampoco consigue aumentar su ventaja.

A los diez minutos de persecución sin aflojar el ritmo, me apercibo de que alguien me viene siguiendo a la misma distancia que mantengo yo con el perseguido. Sorprendido por esta circunstancia improviso un plan para descubrir la identidad de mi perseguidor.

Al detenerme escucho que mi perseguidor también lo hace. Vuelvo la cara rápidamente para sorprenderle y poder saber quien es. Al mismo tiempo el individuo vuelve su rostro hacia atrás y queda paralizado por la sorpresa al darse cuenta que quien le persigue soy yo.


*De Joan Mateu. joan@cimat.es







CITA*



Te veré a la hora sin sombras
Bajo el árbol cuya presencia convocamos.

Viajaremos a ese mundo con tres soles
Que visitamos cuando unimos nuestros sueños.

Danzaremos, triples siluetas crepusculares,
Mecidos en cantos de cigarras…

La vieja fuente acogerá en sus aguas nuestros nombres.




*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.




RELOJERO*


No miento si afirmo que llegue a aquel portal por pura causalidad, de andar practicando ese noble ejercicio de la atorrantería.
Una mujer estaca barría la vereda. Le pregunté si el señor del segundo laburaba en algún horario en especial.
Al tiempo que me tildaba de vago la vara color azafrán me dio a elegir entre un llamado a la policía o partirme su escoba en el marote si no me retiraba de allí.
Mi esperanza de recuperar la noción del tiempo era tanta que preferí no ser beligerante con la pobre subnormal. Por aquella época era yo un Crromagnon resignado y ocioso y me retiré en buen orden.
Volvería más tarde cuando la reina del estropajo se hubiera ido de los dominios de su vereda de baldosas vainillas.
Eran las seis de la tarde.
Adjunto al un timbre del edificio de marras un cartel, estilo cuadro, fondo negro y letras en bronce brillantísimo, rezaba: “Relojero- composturas- se arreglan relojes de todo tipo y marca- 2º piso- izq.”, de modo tal que, ascendí los escalones chillones de la escalera a una cadencia de un peldaño por minuto ante la inminente posibilidad de que ésta y todo el edificio se derrumbaran.
Cuando llegué al 2º, verifiqué cuál era mi izquierda y caminé por un pasillo más endeble que la escalera, con la esperanza intacta de que el edificio no se derrumbara y la de recuperar mi noción del tiempo.
Detrás de la puerta entreabierta había un cigarrillo con un tipo detrás; un coso entreverado entre agujas, resortes, minuteros, cuadrantes ferrocarrilescos, campanillas, engranajes, péndulos y un cucú algo idiota que salía a chillar cada dos minutos (que en mi criterio balearía con un 38 antes de intentar repararlo)
Sin levantar la mirada me preguntó en qué podía ayudarme.
Le respondí preguntando qué tan veraz era el cuadrito que afirmaba que se arreglaban relojes de todo tipo y marca.
Con suficiencia me respondió: “Soy bisnieto de relojeros”.
No me quedé atrás en mi abolengo y le comenté: yo soy bisnieto de un vasco loco que se metió en La Legión Extranjera, estuvo en el desierto y me regaló un reloj que se me rompió hace un tiempo.
Con la misma suficiencia de bisnieto de relojero me dijo que se lo dejara y que en la semana siguiente pasase por él.
Dejé sobre su banco de trabajo un puñado de arena y unos pedazos de vidrio.
Este reloj no tenía cuerda, ni engranajes, ni pajaritos idiotas; que sólo era cuestión de darlo vueltas cada tanto.
El tipo puso el cigarrillo entre sus dedos y me dijo:” llévese su pedazo de desierto y retírese, sepa usted disculpar mi autosuficiencia, prometo cambiar el anuncio del cartel que lo trajo hasta aquí, admito no poder reparar todo tipo y marca de relojes”.
Cuando salía comentó: “de todos modos no se desanime, pues el tiempo sólo es tardanza de lo que inexorablemente llegará”.
“Sea la dicha o la desgracia”
Caminé hasta la escollera, tiré el silicio, vidrio y arena, con la idea de que vuelvan a ser puro mineral y volví resignado y ocioso al noble ejercicio de la atorrantería pensando que si le pido tiempo al tiempo. El mismo tiempo, tiempo me dará.



*De Beto Casquero. beto_casquero@hotmail.com






Mi destino*




Mi vida será sencilla.
Naceré al alba
con olor a pan.
El sol decidirá mi nombre
y todas las estrellas
–al ocultarse- jurarán
iluminar mi alma.
Mis padres se irán pronto
dejándome de herencia
tres o cuatro rudimentos y
la conciencia.
Pasará sumiso el tiempo
y llegarás…
Me dirás “Amor
siempre te supe…
blanca, dulce,
colmando mis espacios.
Cuando no te conocía
Cuando todavía no era yo, incluso
Ya te sabía.”
Y yo
enamorada,
besándote los ojos con los míos,
celebraré el recuerdo
de ese día
en el que este destino,
sencillo,
se me daba.


*De Gabriela Meneghini. gabrimeneghini@yahoo.com.ar








ANA Y LA SONRISA*



Ana tiene toda la sonrisa en la cara. Una boca estirada en una inmensa demostración de alegría, como una playa entre dos mares. No hay mentira allí, no cabe la posibilidad de engaño, Ana sonríe con ganas siempre. A veces la risa le hace cerrar los ojitos y uno se contagia naturalmente de esa risa. Es como una pandemia de buenos augurios.
Pero hoy me fui preocupado después del habitual cortadito con sacarina; de esa excusa en un pocillo que sucede casi todos los días, pues los amigos buscamos siempre un motivo para juntarnos y el café es el invento más certero a la hora de buscar la excusa necesaria. Digo que hoy me fui preocupado porque hoy Ana sonreía también, como todos los días pero sus ojos eran un lejano pozo, una profundidad absoluta donde hasta daba vértigo asomarse, una tristeza cristalina, de esas tristezas reposadas y por lo tanto las mas tristes, pues han tenido el tiempo necesario de ya no ser, pero siguen persistiendo como una llovizna de invierno, de las que calan los huesos.
Me pregunto que cosas esconden esos ojos, cual es la pena más allá de la tormenta que azota nuestras vidas y que nos deja después del vendaval, pozos de agua revuelta que se reflejan en nuestra mirada como un oscuro espejo. Porque no solo es Ana a quien he visto sonreír con su boca y mirar desde su alma; más de una vez escucho por la calle sonrisas cansadas y sociales, saludos protocolarios y urbanos pero que esconden otros mensajes, distintos contenidos. Miradas directas a palabras transversales, sonrisas oscuras en rostros angélicos, gestos esquivos a preguntas urgentes. Un compendio de urbanidad para no mandar todo a la mierda, para no gritar hasta que duela el pecho: ”basta”. Una mascarada permanente.
El carnaval eterno.
Lo mas terrible de todo es que la máscara de tanta usarla se funde en nuestro rostro como una segunda piel. Y a veces llegamos hasta a necesitarla para salir a la calle como una señorita coqueta necesita su maquillaje para acudir a una cita. Y he conocido gente que llega a querer a su máscara más que a su propia piel, ese cuero plagado de cicatrices que a veces da vergüenza mostrar o que nos recuerda la historia tras la herida. O el vino que mutó en vinagre. A veces preferimos ser otros, deseamos ser otros; por envidia, por comodidad, pero casi siempre por miedo. Ella eligió sonreír ; otros lloran en la soledad, alguno se rebela asumiendo el riesgo de pasar a ser el loco de la familia y la mayoría… bueno… la mayoría ni se lo plantea, aunque los mascarones que llevan a veces ni los dejan respirar.
Profesionales de la dualidad.
Y Ana sonríe. Y yo le creo. Pero más de una vez no me animo a subir mis ojos hasta los suyos, más que nada por temor a descubrir unos abismos contra los que no se como luchar y que pueden ser capaces de reflejar mi propia máscara.


*De Florencio Romero Diaz. staferomero@hotmail.com









LOS SILENCIOS DEL PECADO*


“...Dudo que alguien pueda leer o escuchar tu historia sin que las lagrimas afloren a sus ojos. Ella ha renovado mis dolores, y la exactitud de cada uno de los detalles que aportas les devuelve toda la violencia pasada...” (Carta de Eloisa a Abelardo)”



Amo el “Jardín de las delicias”
El resultado del cruce de dos rectas.
Imprevisibles e inesperados triángulos.
La fuente de la juventud y el huevo.
Oscuridad y sigilo fecundados. Silencio.
El silencio del inmortal deseo.
La sombra quieta de mi padre.
Las abejas inquietas en el pelo de mi madre.
Amo al silencio. Los ecos del silencio.
De las voces calladas. Antiguas profecías.
De la metamorfosis de una boca.
Del cazador. Cabalgando. Huyendo siempre.
De la manos .Números cardinales. A veces círculos.
De los pies que se van cuando amanece.
El búho y el martín pescador.
Amo los hombres-pez.
Las mujeres desnudas .La tentación.
Los sabores frutales, tan hondos, tan profundos.
Las uvas. El cielo y el infierno.
La bola de cristal craquelada. La inconstancia.
Los álamos. Los jinetes. Los espinos
Los adioses de corcel, patria en el vientre.
Amo la lechuza y la flecha.
Los silencios golpeando mis umbrales.
El abrazo intacto, embriagado, tendido.
Tu fatiga descansada en mi cansado pecho.
El miedo de la lluvia sobre tu piel de jade.
El temor y el milagro y lo dulce y lo amargo.
Las mariposas y los mejillones.
Amo la serpiente, el verde y el azul profundo.
Los campos rojos y los blancos lirios
Y los ojos, ah, amo los ojos.
Y los muertos que veo en los ojos de los gatos.
Los ojos que han mordido mi nombre.
Los ojos que ven alambiques y matraces.
Los ojos que mueren sin mis ojos.
Los ojos que aman los estanques turbios.
Y los ojos de Delfina e Hipólita.
Buscándose, huyendo en su hondo penar.
Y los ojos de Abelardo y Eloisa.
El ojo azorado del infierno de Rimbaud y Verlaine.
De Baudelaire y Louchette.
De Zorba y Bubulina.
De Medea y el hombre con un pié calzado.
Atados a una lira y una cítara.
Los ojos del vacío que apuestan a la vida.
Los ojos de la trasgresión y el pecado.
Amo, los silencios del pecado, entonces.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








LA JARDINERA*


A los doctores Tony y Luz Racela


con la magia de la que vienen envueltas las pequeñas cosas, esas que son capaces de llenar todo un universo.
El Martillo de Plata
Yordán Rey


La idea le surgió cuando recogió por curiosidad un papel amarillento que encontró en el banco. Era una carta de desamor y despedida... ¡Quién sabe cuándo había sido escrita, cuántos vientos la habían barrido!

Le gustaba ir al parque a contemplar el despertar de las flores, su casita era tan pequeña que no le cabía ni un tiesto de margaritas. Estaba la opción de comprar flores arrancadas de sus tallos, pero su aspiración era cultivarlas: verlas nacer, no verlas morir.

Comenzó a pasar sus horas de insomnio escribiendo cartas de amor, variando en estilo, lenguaje y situaciones, imaginando declaraciones, lontananzas, desengaños y perdones, separaciones y reencuentros, rupturas y reconciliaciones, añoranzas, concupiscencias y amores platónicos... Por las mañanas iba a sembrarlas: las dejaba en parques, postes, árboles, las deslizaba bajo puertas cerradas, las pegaba en farolas, las ocultaba bajo piedras en cruces de camino... Al atardecer regresaba, plena de ideas
nuevas.

Una noche llegó a su puerta una carta, no se sabe si la dejó el cartero o una paloma mensajera... apareció a un paso de la entrada. Era una esquela de amor para ella, la primera que recibía en su vida. Alguien la había descubierto colocando una de sus cartas, la había leído y se había dedicado a seguirla por la ciudad, recogiendo las que dejó en tantos rincones anónimos, y al fin se decidía a responderle.

La jardinera sonrió, sus semillas habían germinado.



*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba






Abrazo*



Entre los abrazos elijo el del niño:
aquí estoy abrazándome a tus piernas
qué lejos qué alto estás hazme aúpa.
Elijo para tu risa y para tu llanto un abrazo
de pétalos amigos de pies descalzos
y tu padre que te abraza para tu desconcierto
y el abrazo del vientre de tu madre elijo
para acunarte el desamparo.
Y te abrazo como te abrazara -callejuelas sin tiempo-
en el centro del relámpago.
Te abrazo como caminando sobre las aguas
mientras voy como Jesús
a tu milagro.
Desde el amor de todos
en los abrazos de todos
encuentro la forma de este abrazo
y se libera muta juega crece

apretada inefable

inmensa

la madre de todos
los abrazos.



*De VERÓNICA M. CAPELLINO. veroaleph@hotmail.com









MORADA DE LA NOCHE*


NOCTURNO I



Tejió la noche mis fibras
en su rueca de aventuras,
cubrió mi sangre caliente
tiniéndola de claroscuro.
Le dio forma de gaviota
a mi búsqueda del día,
contrajo mi expectativa,
borró el amanecer.
El retorno inapelable
fue volver al punto de partida.
Los engendros de la noche
se tiñen de oscuridad.



NOCTURNO II



El ocaso, otra distancia.
Guiños azules filtró el firmamento
en un lento goteo de hojarasca.
Las lágrimas lavaron el camino,
imagen le dejaron al recuerdo...
Otro adiós en la mañana...
Revoloteo de tiempo.




NOCTURNO III



Pueden mis manos
clamar contra la muralla
con lacerantes alaridos.
Pueden mis horizontes retorcerse
en rebeldes remolinos.
Llega la noche y me promete el día;
secuencia en ciclos
que alimentan mis espejismos
y solo pregunto: ¿por qué?



NOCTURNO IV


Es la oscuridad
la única compañera,
tú apenas dibujas recuerdos.
Solo la noche
es la envoltura solidaria
que neutraliza el sueño...
Es equidad prolongada
de un permanente
delinear fantasmas
sobre una calle
que se ha quedado sola...




NOCTURNO V



Sobre el altar de la noche
el tributo impuesto
es la golondrina muerta
o el silencio hueco
del viejo aldeano.
Mi mente sedienta
crea el desafío,
mi clamor el viento
que copió mi sombra...




*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





Me detengo*



Traspasado de noticias se ahogan mis sentidos.
El vaho de lo que llamamos mundo
empaña la mirada
la caricia
la sonrisa ...
Y así nos perdemos enredados en nuestra propia/
marcha
si es que marchamos.
La nao perdió rumbo, si alguna vez lo hubo
y todo se derrumba
y vuelta a empezar.
Me detengo en pequeñas cuestiones
que son más sabias.
Allí, retomo el mirar:
un pájaro
una flor
un árbol
un gato visitante
un perro vagabundo
una bolsa que gira en el/
viento...
ahí me quedo, aprendiendo de ellos.



*De Oscar A. Agú. oscarcachoagu@yahoo.com.ar








AUSENCIA*



Cerré los ojos, los abrí. Entonces vi el Aleph.

El Aleph
Jorge Luis Borges



Comprendió que había experimentado una de sus “crisis de ausencia”. Esta vez no le diría a nadie, no soportaba más exámenes médicos, buscando un foco de epilepsia que nunca aparecía... para no hablar de los comentarios de la vecina ante la preocupación de su madre: “Esa muchacha sólo necesita ponerse a trabajar, o casarse y parir, ocupar el tiempo, ¡eso es todo!”

El reloj de la sala marcaba exactamente las cinco de la tarde. Caminó por la casa, comprobando que los relojes estaban en hora. Corrigió su reloj de pulsera, verdadera joya de precisión, regalo de su padre. Por lo menos esta vez la diferencia era solo de media hora, en una ocasión había estado detenido más de dos horas. Lo curioso es que solo se paraba cuando su conciencia de la realidad quedaba suspendida.

A dónde iban en esos lapsos ella y su reloj, era una verdad que aún le quedaba por descubrir, pero algo era seguro: Viajaban a un espacio donde no existía el tiempo.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.










NO MORE DOGS*

a Gabriela Benìtez



La gota transparente que se deslizaba nervadura por nervadura repentinamente tembló, quedó quieta, reflejó el terror del cielo. Los pàjaros hicieron del estrépito un silencio súbito. La tormenta se acerca. La tormenta está aquí, ahora, sobre nuestras cabezas.
Hay una opresión. La temperatura se detiene en medio grado, el suelo transmite la sorda amenaza del trueno en el horizonte. La araña corre de lado sobre el hilo endeble, los caracoles trepan con su lento apuro de caracol por las cortezas.
Truenos lejanos que se acercan. Llegó la tormenta. Llueve para siempre.
Ni hay sol ni hay estrellas.
Es la intemperie y la desesperanza. Nada ni nadie te protege. A Gabriela la siguen los perros.
Los vientos traen tiempo de sufrir, se acumulan las enfermedades, la muerte acecha, los problemas se anudan serpenteando por el cuello. Es el ahogo, la asfixia, es la sofocación de la angustia. Lagartijas y
escolopendras, aguijones, espectros destemplados. No hay salida. Y la siguen, a Gabriela, los perros.
Quién sabe por qué los perros. Quién sabe si para resguardarla, advertirle, si por lástima o como las antiguas manadas seguían al animal que iba a morir, como las manadas terribles que pisaban las huellas de la víctima con la muerte ya escrita en las ancas, en el aliento débil, en el pelaje sin lustre, el animal que ya está destinado al ataque y al desgarro.
Gabriela camina por la ciudad, por el pueblo, por la ruta, y se le suman los cancerberos, la abruman, se hacen enjambre de amenaza y pavor.
Traen las malas noticias, son las moscas que se ensañan en la carne expuesta. Se arremolinan los perros de la adversidad, respiran malos augurios, sonríen con lenguas burlonas. La siguen, la siguen.
Gabriela está vencida. La jauría acecha, toda la negrura del universo se ha acumulado alrededor de su cama insomne.
Y sueña.
Sueña, Gabriela, que es una institutriz inglesa. Hay niños, hay un prado, hay perros. Si. También aquí, en el sueño, hay perros. Hay perros que se acercan, hay colmillos, hay, Gabriela, promesas de desgracia en los ojos amarillos y pardos.
Entonces, dice "no more dogs". Así dice enfrentando a los perros, protegiendo a los niños. No more dogs, firmemente, decidida. Y por qué inglés, claro, era una institutriz inglesa y por eso es "no more dogs". Una clara llamada a que el mundo se ordene, a que salga el sol, a que el jazmín perfume el aire. Es una orden a la muerte, al caos, una advertencia furiosa.
Es una rebelión.
"No more dogs", no más perros. No me rindo, no me dejo morir, no permito que me hagan despojo. No more dogs.
Basta.
Y esa mañana no hubo perros. Y la vida siguió con su costumbre de mezclar lo fasto y lo nefasto. Pero desde esa mañana ya no hubo perros para Gabriela. No se dejó atrapar. Siguió adelante sin el cortejo de angustias.
Y yo, rodeada de perros, pregunto cómo. Cómo se hace, Gabriela, para ahuyentar las muertes que acechan.



*De Monica Russomanno russomannomonica@hotmail.com






Milochocuarenta (linda como Dios)*



Sol redondo y naranja penetrando la última grieta sin tiempo de una tierra que espera al menos una lágrima de humedad.
Dicen que dice sequía dicen que hasta que no deje ese color-calor el verde no ha de inundar estos cerros cuentan que hasta los mosquitos y las pestes desaparecen y vuelven los cuervos a volar sobre los huesos… Y ese largo camino que los separa. Duro tiempo transcurre bajo sus pasos: muertes hermanas persecuciones exilios.
Duro tiempo el milochocuarenta.
Dicen que los pájaros y los niños son los primeros en percibir las catástrofes. A la sombra del chañar extiende sus brazos, manos y ojos al cielo: la mujer agoniza, su niño gime apenas. Es la mujer
naranja sol calor color viento tendido la que deja atendido a su lado a ese niño. Pone la boca pequeña en leche-pezón-único brebaje dulce ante tanta sal. Es ella “linda como Dios”, la Deolinda.



*De Mónica Lucia Diaz. diazmonicalucia@hotmail.com







PROYECCIONES*


El paisaje es un estado del alma
Diario Íntimo
Henri Frédéric Amiel



El sol que se niega a amanecer,
Las penumbras de Umwelt al acecho.


La melodía que anhela mis incurias,
La lluvia que transpone mis espectros.


Las olas que lloran mi abandono,
El laberinto que pierde mi sendero.


Los árboles que encubren mis temores,
Las ventanas que se cierran a mis céfiros.


La luz que ciega tus visiones,
El aroma que roba tus recuerdos.


El reloj que enmascara las horas,
La cita que yerra el día en que te espero.


Las palomas que abandonan sus nidales,
Tu imagen que ocultan los espejos.


Las cartas que extravían mis respuestas,
Los manes que disfrazan el deseo.


La piedra que rueda a tus pies,
Los peces suicidas que muerden el anzuelo.


Tu amor por mí,
¿Tus sueños?



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Verguenzas que afrontar*



Durante el primer tiempo se las arregló sin trabajar, adaptándose, recién llegada de un pueblo del Paraguay donde sus familiares, en condición de propietarios, se dedicaban a tareas de campo, la ganadería, los naranjales. Al nacer había pesado cuatro kilos, y lloraba mucho, lloraba por nada. La operaron, siendo beba, de una hernia de ovario, y ella sí que no se privó de padecer de todas las enfermedades comunes de la infancia. Hermanas y hermanos, mayores y menores, la escudaban. La madre, recia y distante, poco se había ocupado de su crianza. El padre, estrecho.

Olga Griffith tuvo su menarca a los nueve años. Por entonces contrajo esa disposición irracional: aterrarse ante gusanos y víboras aun en dibujos o fotografías. La pronunciación de las formas de Olguita venían anticipándola exuberante. Hermanas suyas la proveían de prendas para robustas informes. Ella, alumna mediocre, tenía una compañera que era, además, su amiga. Y la enuresis fue su condena en la pubertad. No tuvo novio pero tuvo luto, largo, insentido, por su madre. Tuvo simpatías, mozos de a caballo a los que temía. No iba a los bailes, iba a los festivales artísticos y a las quermeses. Maestra rural, enseñaba las primeras letras y manualidades.

Y a nuestro país llegó ávida, y sin embargo cauta y piadosa. Hasta que un hombre, en el Jardín Botánico, se le había acercado y hablado, tosco, sincero. Y ella se dejó conquistar y besar y aferrar por esas manos enormes. A pocas semanas de que comenzara a ocuparse de la facturación de la Compañía Sureña Sociedad de Hecho, la Venus rebosante, la marfilina, se encamaba con él. Los siguientes encuentros culminaron con Olguita abonando las tarifas de los hoteles por hora.

Apareció otro ñato: mejor. Empilchaba en Olazábal, trataba con gente, fumaba cigarrillos ingleses. Mejor por la pinta, por los modales. Curraba, sí, curraba, y vendía terrenos cuando todos vendían terrenos. Un paso adelante, Olga. Con éste ibas al cine. Inclusive al teatro. Gervasio te pedía préstamos; y vos prestabas y él te hacía regalos: biyuterí. Le llegaste a prestar... ¿una vaquita?... Te pasaste tres años con él. La temporada que estuvo haciendo sus negocios en Uruguay se hizo extensa. Demasiado. Sólo por eso te acostaste con un croto al que también (y la historia seguiría reiterándose) le solventaste los gastos, y del que te fue complicado deshacerte. A vos, una treintañera de lujo, caída del cielo, bocado regional, zapatos de tacos altos y polleras tubo. Te morís de sueño bien temprano y tus galanes, generalmente reventados dentro de la gama de los fornidos, te dejan a las ocho de la mañana en la esquina de la oficina. Oficina en la que Amanda colige desde tus ojeras, la noche de un estilo de jolgorio del que ella se permitió con el novio que tuvo (Jaime) antes de casarse con Rosendo. Lo hace mientras vos sonreís, al principio arrebatada; después, como promocionando las liberalidades que de todos modos no explicitás. Las confidencias más jugosas se las formulás a Amanda, quien te aconseja mesura, soslayando la envidia; Amanda, quien nos cuenta a Mercedes y a mí tus andanzas, y vos sabés que nada quedará entre Amanda y vos, somos tus parientes en la Legión Extranjera. Convivimos de lunes a viernes y hasta las seis de la tarde en cuatro ambientes: uno, un jolcito; continúa otro, amplio, dividido por un tabique. En la habitación más oscura apenas caben las muestras de las arcillas, la bentonita, el feldespato, el caolín, cubículo del geólogo. En la más interna están el gerente co-propietario en su escritorio y vos al lado de la ventanita tecleando veinte toneladas de carbonato a Zapala a tanto la tonelada, la cifra final en letras y números, subrayado. ¡Ah, con el detalle de la carta de porte! Sin apuro, sorbiendo el té. Para el señor Klimosky sos como algunos de nosotros, un personaje, una entidad conspicua; aun con tu atroz falta de creatividad o empeño o imaginación. Se nota cuando faltás. Yo te sustituyo: en ciento ochenta minutos facturando y pasando a las fichas, consigo lo que te demandaría la jornada completa. Cuando no venís tu almohadoncito te extraña, tus carbónicos sufridos, traspasados, un espejito, una cinta, horquillas que no te ponés, en tus cajones, una mariposa violeta de cerámica. En el ambiente dividido nos arreglamos los demás: la contadora, Mercedes, Josesito, Amanda y yo.

Quince años tenía cuando empecé en la oficina: atendía a los clientes, archivaba, iba a los bancos, despachaba la correspondencia urgente en el vagón correo del Ferrocarril Roca, comía el superlativo chipá con el que nos convidabas y hablaba por teléfono con las sirvientitas que ya empezaban a fijarse en mí. Y vos me llamaste a algunas, por si atendían patronas restrictivas. Supe que cuando cumplí diecisiete me evaluaste delante de Mercedes, luego de enterarte de que yo estaba saliendo con una casada. Sé que para vos, yo, a contramano, siempre existí, aunque no correspondiese a tu tipología favorita.

Trajiste la expresión “hacerse unos tiritos”, aludiendo al haber fifado más de una vez en una misma noche o hasta por haber dejado babeando a algún perdulario por la recova del barrio del Once. Te envanecés de sólo pensar en tu éxito caminando por esa recova o el que podrías tener si aceptaras proposiciones de prostitución. “Tiritos”, “tirarse unos tiritos”, “parece que hubo tiroteo” te espetan Amanda o Mercedes y a vos se te forman hoyuelos... Falsa, burlona, declarás que es agradable lo que en verdad te horripila: por ejemplo, aquel traje de saco cruzado, a cuadros, marrón con líneas rojas, que me compré entusiasmado hasta que advertí que me amariconaba. Oírte apoyar a los militares en pleno golpe del sesenta y seis me apuran las ganas de estrangularte. Pero es de otras ganas de las que me demoro en hablar. Ganas cuantiosas de oprimir esos fabulosos melones agresivos. Cuántas veces estuvimos solos al mediodía, comiendo yo mi huevo duro en la cocina o mi barra de chocolate de taza en el jolcito mientras leía a Henry Miller que me instigaba desde sus trópicos a arremeter contra esa jactanciosa estantería. ¿Qué podía pasar?... Estuve cerca, me ponía detrás tuyo, vos sentada. Y ahítas mis manos, acechando tu escote. ¿Cómo invitarte a que nos encontráramos en la calle? Y ver, darnos una chance de crear onda fuera de allí. Hubiera podido escribirte un acróstico erótico con todas las letras de Olga Petrona Griffith, no como el estúpido que te hice con Olguita, que me salió defectuoso aunque divertido. Puesto que a la instancia de sorprenderte con mi manual ataque no me atrevía, llegó el día en que me traje tres lombrices en una pequeña caja de cartón. Ya Amanda te había mostrado ilustraciones de serpientes en una edición de “Anaconda y otros cuentos” y vos habías reaccionado atravesada por el pánico y reclamaste llorando que yo o Mercedes o el pergeño de Josesito, que también estaba, le decomisáramos el libro a Amanda. ¡Inextricable Olga sojuzgada por unas figuras en un libro de Horacio Quiroga! Cuánto más por aquellas lombrices con las que transpirando amenacé. Peor que puñales, ellas, una en mi palma, las tuve que ocultar porque tu espanto no daba lugar a la audición de mi solicitud. Vos con tus ursos, yo con las pibas nos encamábamos. Pero vos y yo, ¿eh?, ¿qué te costaba?: unos tiritos conmigo te remozarían, y no lo habría de bocinar, mientras avanzaba hacia vos, arrinconada como Isabel Sarli en sus películas, a quien dicho sea de paso, habías asegurado, holgadamente, Olga, superabas. Me fui afirmando mientras vos, entrecortada, suplicabas que dejara por allí, mejor, que arrojara por el inodoro a esos bichos infames, vianda de pez, y comunicabas que “tocar lo dejo”, “tocar lo dejo” autorizabas, invitabas “tocar lo dejo”. Me dí a entender pero temblaba. Me puse amoroso. Estrábico. Se oiría cuando tragaba, como se oía el silencio, como se oía cuando te desabrochaste y desencorpiñaste y levantaste el pulóver y aparecieron. “Siga”, pensé que ordené. Seguiste, ladina, estuporoso me quedé, humillado, un fuego me subió, hasta que así como estabas de estupenda me los incrustaste en los intercostales, y me desmoroné, fusilado.


Volví en mí en la guardia del hospital Ramos Mejía: tuve espasmos cuando lograron reanimarme. Me había golpeado fuerte la cabeza contra la Olivetti. Hay vergüenzas que afrontar.
Regresaré a la oficina la semana que viene.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







LA NOCHE*


La noche,
Dama bañada
en manto de misterio.
Por momentos
repta sobre piedras
para luego volar
mas allá de viento.


Me entrego
a las quimeras de las sombras
que juegan acertijos
en medio del bosque
armando entre dudas
collares de espuma
para la luna nueva.


Me amparo
en la negación de lo visible,
en el refugio de las formas
que cada árbol inventa
y derrama sobre el suelo
en la búsqueda de amor.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar





ESTABA HABLANDO POR TELÉFONO CUANDO...*



Laura estaba hablando por teléfono cuando la lluvia arreciaba y el cielo se iluminaba con explosiones de luces.
Mario le hablaba de su actual problema pero ella, debido al miedo que le producían las tormentas, no podía seguir prestándole atención. Le explicó sus temores y finalizó la conversación fijándola para otro día.
Pensó que su psicólogo tenía razón, las engramas de su psique no le permitían resolver el problema de la fobia a las tormentas. En eso pensaba cuando de pronto se interrumpió la corriente eléctrica y todo quedó en penumbras.
Le costó recordar dónde había dejado la linterna. A tientas fue recorriendo con sus manos los estantes de la biblioteca donde imaginaba la había dejado. En un rincón la sintió entre sus dedos.
Entre la luz de los relámpagos le pareció ver, en el edificio vecino, a una pareja que discutía. Sacudió la cabeza para borrar la imagen que había observado pensando que su vista, ayudada por las luces le habían producido esa extraña ilusión óptica.
Volvió a la sala y miró nuevamente a la casa del frente. No se había equivocado. Vio con claridad a un hombre que, con furia, clavaba un arma semejante a un cuchillo una y otra vez en el cuerpo de una mujer.
Asustada dio vueltas en círculos. No atinaba a nada. Sentía aumentar su impotencia pero luego reaccionó.
Salió corriendo mientras profería gritos para llamar la atención y lograr que los vecinos la siguieran.
Al llegar a la casa golpeó desesperada con los puños. Luego de unos instantes, que le parecieron eternos, la puerta se abrió.
Apareció una mujer joven y bella que, apoyando el antebrazo sobre el marco y recostándose displicente sobre él, levantó una ceja en señal de asombro y preguntó:

_¡¿ Todos vienen al curso de teatro!?


*De Marta Elena Diaz. martaelenadiaz@hotmail.com





*

Encuentro Literario Café/Birra

Asociación Italiana de Santo Tomé


El jueves 25 de noviembre, a las 19.30, en el bar Let it be (Ob. Gelabert y Centenario) de Santo Tomé, nos estamos encontrando para presentar a los integrantes del Taller Literario El Aleph perteneciente a nuestra Asociación.
Se leerán trabajos de los mismos. Leerán trabajos escritores invitados y, como cierre, se presentará la colección de LuzAzuL: Cuadernos y Palabras –Edición coordinada por el escritor Oscar Agú quien, a su vez, dirige el taller.
Agradecemos su presencia.



InventivaSocial
"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
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Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
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Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.