jueves, septiembre 22, 2011

LOS CAMINOS SE ABREN O SE CIERRAN...



*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu



Celos*


Buscó debajo de la alfombra infructuosamente. En la maceta, al lado de la puerta, sobre la repisa de la ventana, en la columna del porche… ¡Si, ahí estaba! ¡Esta manía de cambiar la llave de sitio!

Abrió la puerta intentando hacer en menor ruido posible y se encaminó sigilosamente hacia la escalera. Se detuvo un momento a escuchar…¡Nada! ¡Ni un sonido!

Subió lentamente la escalera saltándose el quinto peldaño que siempre crujía. Estaba tenso y expectante. Tenía miedo de lo que se podía encontrar, pero había tomado la decisión de averiguar la verdad y seguiría hasta el final. Recorrió el pasillo de puntillas y aplicó la oreja a la puerta de la habitación de matrimonio. Le pareció escuchar dos respiraciones. Escuchó más atentamente y se convenció de que había dos personas en la habitación.

Con el rostro contraído por la ira sacó la escopeta que había recortado previamente y entró sin importarle que el ruido le delatara. Quería ver sus ojos, su expresión al verse descubierta y su miedo antes de morir.

Al mismo tiempo que entró, la pareja que dormía en la cama despertó sobresaltada y miró hacia el intruso. Si mediar palabra, descargó un disparo en el pecho del hombre que rebotó contra el cabezal y seguidamente, esbozando una sonrisa sarcástica, un segundo disparo impactó en la cabeza de la mujer.

Guardó el arma, dio media vuelta y empezó a bajar la escalera. Se sentía más tranquilo, satisfecho de su acción. Al fin y al cabo ya le había advertido que no le perdonaría otro desliz. Mientras salía por la puerta se hizo el firme propósito de escoger mejor a su próxima amante. Le gustaban las mujeres casadas, pero exigía fidelidad.



*De Joan Mateu. joan@cimat.es










No sé...*


"no sé si alguna vez
les ha pasado a ustedes"
Mario Benedetti



No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
que esa tristeza aciaga que silencian los ecos
se abriga en la quietud envolvente de un cielo
se esconde en el extraño horizonte del tiempo
y estrella laberintos en el aire de pájaros

No sé si alguna vez les ha pasado a ustedes
ver cómo la indecencia se anima a la nobleza
y la victoria mengua encorvada en el agua
en el grito del árbol o en los brazos del sueño
del sueño adormecido en las manos del canto.

Pero a mí me ha pasado
que derroté el cansancio en los ojos del viento
que bordé la coherencia con ánimo de nube
que parí la ternura
que lamí la semilla
y el verbo fue un brevísimo racimo de lluvia

Pero nos ha pasado
que inventamos la risa con dos notas y el alba
que tejimos palabras en idioma costero
que las luces de agosto abrazaron los bordes
que el éxtasis del aire deliraba nostalgias
y soleamos las manos
y el amor se hizo ángel
y el secreto paciencia
y las voces virtud
y la piel arboleda
y el abrazo desvelo

Pero a mí me ha pasado.
que nombrando su nombre con los labios dormidos
que temblando la noche suturada de acordes
con la melancolía del sur en la estrella
el poeta hizo coplas
hizo copla en la siesta
hizo copla y camino
hizo copla en silencio.


*De Ana Lía Gattás. al_gz@yahoo.com.ar
-Mendoza, Argentina-






Salsa*


La infancia no siempre es feliz pero al menos es verdadera.


Ahora casi no hay olores. Un gran desodorante parece llover desde el cielo e iguala. Las cocinas no muestran el secreto, debe ser por el tiempo, una salsa que se cocinaba a lo largo de horas abría su esencia en los aromas. Recuerdo el avance nuestro sobre el terciopelo oscuro, ese rojo oscurecido por la carne, con un pancito como arma. Me mamá se oponía al asalto, había una lucha que ganábamos. En ese tiempo las mamás disponían de tiempo y mientras todos lo elementos largaban sus olores nosotros anticipabamos el gusto. Esos momentos previos, los de la larga cocción, eran como sucede en el amor, quizas los más importantes. Los que alimentan el alma y se extienden hasta acá. Cuando la miga de ese pan rojo hace tanto que se perdió. Las mamás podían dedicarle ese espacio a las comidas porque no trabajaban fuera de la casa. No sé si eso siempre era bueno para los niños, pero seguro era bueno para las salsas.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







MIGAJAS*


Adentrado en los extramuros
alejado de los intocables y sus festines,
escarba los desperdicios, busca migajas,
unas migajas para mitigar el hambre.


Y sus sueños...
¿dónde están?


Tal vez en las astillas
del pupitre que endulzó su infancia, en las escasas hojas de un cuaderno,
y el pedazo de lápiz sin goma de borrar.


El aire lo envuelve en desprecio y abandono
y la soledad desquicia sus harapos:


No hay futuro en sus noches sobre el pavimento sucio.



*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es
12-09-2011







*


De Canciones olvidadas
Buenos Aires, 1995-1996



El tren de las 12.50
viene por Nidia desde Bosques.
Pita entre las rancherías
y los desechos de Ardigó
estremeciendo todo.
Ella lo espera fumando
y mirando los árboles de enfrente
en el viejo andén de tierra.
Así todos los días, como un rezo.



*



Los caminos se abren
o se cierran
según sean tus cauces.
Silban vientos
altos
o silban víboras.
Se arroja
la marea, o apenas
se anilla
en dibujo leve
el charco.
Tú trazas tu mapa,
y lo respiras.



*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
http://www.eduardodalter.com/








LAS TARDES PERDIDAS*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


¿Cuáles eran las tardes aquellas las que de una vez perdimos para siempre?
¿Las que se ocultaban junto al crepúsculo tan ancho como el mismo universo?
¿Las que usábamos en aquellas siestas hueras para los mayores pero riquísimas en aventuras para nosotros?
En esas siestas en que mi madre se ponía severa, entonces yo negociaba el quedarme adentro pero sin dormir. Ponía una esterilla de juncos -industria de la mano paterna- y me quedaba a la sombra de la casa, sombra que ayudaba ese ceibo donde colgaban la hamaca de mi hermano y la jaula de los canarios.
Allí, con una pila de revistas de historietas y una buena cantidad de "El Gráfico", de la colección paterna, me pasaba esas horas donde el sol producía un vaho en el ambiente que nadie se atrevía a hollar. Sólo algunas iguanas o lagartijas pequeñas que asomaban su cabecitas curiosas, sacando la larga lengua nerviosa y cruzaban la gramilla hirviente de la cortada. Tejido de por medio -no sin saltar los canteros de flores de un pequeño jardín- estaba la libertad. Que nunca o casi nunca me atrevía a tomar porque mi padre era más que severo y mi madre era tan buena que faltarle la palabra habría sido traicionar su confianza. Por lo tanto nunca trasgredía esa advertencia, ese trato o esa veda. Por más que la barrita bullanguera viniera a buscarme.
-Hasta las cuatro no salgo, les decía yo, invariable y tenaz. Era el pacto con mi madre si venía uno sólo de ellos -podría ser Roberto, o algún otro- me arrimaba al tejido y como un preso hablaba en voz baja a través de él, sin contar con el millar de mariposas amarillas y blancas que venía del norte y tomaba el embudo verdeazul de esa cortada que bordeaban paraísos añosos y se iban hacia el campo, o tal vez merodearían en los callejones suburbanos donde abundaban las flores silvestres en sus orillas donde los
altos hinojales escondían los alambrados de púas al ojo viajero, ya jinete solitario o sulky veloz con caballito trotador o hipante Ford A con barandas pintadas de color verdinegro. Como ese que usaba el Negro Tolosa, "despensero" de la Estancia Maldonado, imbatible y lejano en el rincón más cálido de toda memoria.
Venía puntual "El Negro" por el camino que empezaba en ese monte de tamariscos, pasaba por el puesto de Juárez y la tapera de don Miguel Bay, al que llamaban "El Ruso", y ya orillando la Cañada del gordo Compañy, entraba en la curva de Vélez, muy orondo hasta el almacén del "Cholo" Belluschi donde lo esperaba un "amargo obrero" fresco con soda al tono y allí desgranaría anécdotas rurales que canjearía por anécdotas o chismes del pueblo.
Sentado con la espalda contra la pared de mi casa, yo lo veía venir desde lejos. Primero aparecía el techo de la chata de color verde cuando pasaba el puente de lo que hoy es el Campo Gallücer, allí se delataba porque en ese lugar la calle formaba una pequeña lomita que hacía más evidente -desde lejos- la presencia de ese puente de madera. El "Negro" Tolosa era alto, delgado, fumaba "Fontanares" sin filtro y andaba siempre de pantalón oscuro, camisa blanca, un breve pañuelito al cuello y un sombrero "Gardel" requintado sobre la frente. Era bastante morocho u hoy me lo parece, lo que es casi segura su filiación santiagueña. Su esposa también era alta, morena y delgada. Tenía dos hijas, la mayor se casó con "Piro" Ortega y la menor con Carlitos Silva. Esto pasó cuando yo estaba todavía en mi pueblo y al
partir no los vi más. Sé que vivían en ese entonces en el casco de la estancia vieja.
Por ese mismo camino, media hora más tarde vería a Inés Lynnen de Joeckers, la popular "doña Inés" hija del dueño del campo, don Guillermo Lynnen. El "doña" le daría la gente como un reconocimiento de autoridad porque era entonces una mujer joven. Conducía un "Vuaturé" negra, pequeña, de dos asientos y en el lugar del baúl un asiento tapizado con su puerta a modo de espaldar donde viajaba sus tres hijas: dos rubias y una pelirroja: Inesita, Tuny y Silvia, respectivamente.
Era como el reloj de mi madre ver ese vehículo tirando tierra hacia el aire denso del verano y me parece oírla a mi madre:
-Ahí viene doña Inés, son las cuatro y media. Tan puntual era esta mujer alemana, que me parece recordar como profesora de matemáticas en el colegio secundario.
Ese trayecto del campo hacia el pueblo lo hacía a diario y en rigor apenas entraba en él. Se dirigía directamente hacia el Club Huracán donde estaba la cancha de tenis en el predio deportivo. Allí jugaba con otras compañeras o amigas. Creo recordar, a doña Leonor Tagliotti, Haydée Parapetti, Nelly Arlt
de Hidalgo, "Chichita" Callegari y es fácil que me olvide de otras, tal vez muchas, porque flotan en ese magma resbaladizo de la memoria que cada vez permanece en una niebla más densa y que se aclara en alguna situación particular. Como en ésta por ejemplo, en que recuerdo aquellas siestas perdidas, aquellas tardes perdidas.
No resisto la tentación de citar una carta de mi amigo Esteban Cárdenas, el popular "Negro", desde su exilio misionero, al comentarle yo de las tardes de nuestra juventud que recordamos y hoy no están, cuánto de horas perdidas. Para siempre, le decía yo.
"¿Están perdidas para siempre aquellas tardes? No creo, nos unen en la memoria, en el recuerdo y nos impulsa a hacer más a no dejar de hacer. No están perdidas Turco, las tenemos nosotros.", concluye casi victorioso y tal vez tenga razón, el Negro, es decir, mi amigo.






Si me querés*


Si me querés
teneme paciencia

A la larga me voy a ir entregando, entregando
y a la corta
iré renunciando por vos y nada más que por vos a los placeres
del desorden, la novedad, la bisexualidad y el merequetengue

Si me querés
sacar bueno.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








La canción en sus cabezas*



*Por Juan Forn



El fue Medalla de Ciencias en tercer grado. Ella fue Miss Preescolar en el colegio de enfrente. Cuando a ella la mandaban al mercado le decían "Cuidado con las gitanas" y ella un poco las temía y otro poco fantaseaba con la idea de que la robaran, de que se la llevaran. En el colegio de enfrente, él tenía montada una compraventa de cochecitos rellenos de plastilina; le faltaban los anillos en los dedos para ser el perfecto gitano en miniatura.
Estaban llamados a cruzarse, y se cruzaron finalmente, a la salida de Tiempo de gitanos, en el viejo cine Arte, un sábado trasnoche. Los dos habían ido con documento falso porque los dos eran menores. Los dos estaban haciendo lo mismo, cuando se vieron, en esa vereda triangular de Diagonal que parece hecha por Roberto Arlt: estaban cantando por lo bajo "Ederlezi", la antiquísima canción romaní que Kusturica puso en su película. Cada uno la tarareaba para sí cuando se vieron y un poco como en el libro de Emannuel Carrère, cuando la joven jueza lisiada por el cáncer entra por primera vez en la oficina del joven juez lisiado por el cáncer y él dice: "Nos reconocimos al instante", así se reconocieron al instante ella y él, así se fueron por Diagonal, abrazados, tarareando "Ederlezi", tratando de rearmar
la melodía entre los dos.
Imaginen una canción que dura, no tres minutos, sino veinte o treinta años seguidos en nuestras cabezas. A veces la escuchamos, a veces creemos que no, pero sigue sonando en el fondo y algo en nosotros la escucha incluso cuando nosotros no. Los aborígenes australianos eran así. Los aborígenes australianos eran nómades. Sus movimientos eran cíclicos y estaban regidos por una canción ancestral, una canción que describía su trayecto y a la vez les decía por dónde ir. Así daban vueltas por Australia, a lo largo de sus vidas. La canción era su mapa y a la vez era su historia, era su geografía y su religión. "Ederlezi" era eso para el vendedor de coches de plastilina y Miss Preescolar. Bruce Chatwin contó la historia de los aborígenes australianos. Bruce Chatwin se pasó la vida escuchando esa canción en su cabeza, y por eso un día renunció a su trabajo de tasador de obras de arte en Sotheby's para irse a recorrer a pie el mundo. Se había quedado ciego de golpe, los médicos le dijeron que era nervioso: "Demasiado mirar de cerca", le diagnosticaron. El se autorrecetó los caminos: perder la mirada en el paisaje hasta recuperarla. Escuchar la cancioncita que sonaba en su cabeza.
El nomadismo no ocurre únicamente en el espacio: el nómade también viaja en el tiempo. Porque, como todo el mundo sabe, la única manera en que nos pasa el tiempo es cuando estamos quietos. ¿O no lo sabemos? Cortázar no estaba haciendo un cuento fantástico en El otro cielo, cuando entraba por el Pasaje Güemes y salía en las galerías Vivienne de París, y Woody Allen menos, en su última película: los nómades saben bien que hay portales de un tiempo a otro, tal como hay pasos de frontera de un territorio a otro. La diferencia es que hay que estar cantando la canción en nuestras cabezas para poder pasar.
Bruce Chatwin los vio aquella noche a aquellos dos adolescentes perdiéndose abrazados por la vereda triangular de Diagonal. Los llamó Lola y Estol y los puso cantando esa canción romaní en una historia de buscadores de oro de Alaska que buscan las famosas putas de la ciudad de Mahagonny. Lo que
intentaban Lola y Estol era cruzar en barco desde Alaska a Vladivostok, y ahí estaban tratando de pagarse el pasaje cantando su canción en la calle, él en guitarra, ella en la voz. Chatwin les dejó unas monedas y se los volvió a encontrar, porque eso le pasaba siempre: se encontraba con todo el mundo en sus trayectos, en ese sentido es un poco como el Corto Maltés. La excusa de Hugo Pratt para viajar por el mundo y por el siglo era el Corto Maltés. Chatwin ni se tomó el trabajo de inventarse otro nombre. Simplemente se dedicó a escuchar la cancioncita en su cabeza, a poner gente real en sus libros y asombrarse cuando después se los encontraba en la vida. Esa clase de cosas despertaron las iras de Osvaldo Bayer cuando leyó el libro de Chatwin sobre la Patagonia y le contestó en una nota buenísima, furibunda, que llegó a salir hasta en el TLS, el venerado suplemento literario del Times de Londres.
Bayer escribió esa nota desde Berlín. Llovía en el barrio de Kreuzberg pero no por eso Bayer cerró su ventana mientras escribía aquella formidable diatriba y así es como pudo oír la música que llegaba desde el portal de abajo, que conectaba con una pérgola de plaza en Shanghai, donde una multitud de gimnastas chinos en uniforme mao hacía acrobacias en sincro perfecto, coreografía asombrosamente idónea para la selección de tangos chinos que interpretaba desde la pérgola una orquesta china con instrumentos chinos. Chatwin oía desde su mesa, en aquel café al aire libre de Shanghai, el ruido de la máquina de escribir de Bayer en el barrio de Kreuzberg. Sabía que su tiempo en la tierra se estaba terminando, aunque se negara a reconocerlo. Sentados a la mesa con él estaban Lola y Estol, que tocarían después de la orquesta para los chinos que quisieran quedarse en la plaza bajo la lluvia. Chatwin les estaba contando que se había infectado con un hongo venenoso que había aspirado sin querer en las catacumbas que guardaban los diez mil guerreros de piedra que custodiaban la Gran Muralla.
Chatwin estaba envuelto en frazadas y temblaba de fiebre pero no creía que fuera a morir por eso. Estol le murmuraba al oído: "De nada sirve escaparse cuando es uno el que persigue". Lola le murmuraba al otro oído: "El que camina arqueado lleva un hacha en la espalda". Estol le susurraba en un oído: "No hay opción, señor". Y Lola completaba por el otro oído: "Revolución o picnic". De fondo sonaba la máquina de escribir de Bayer en Berlín y la cancioncita en la cabeza de Chatwin ya casi no se oía. Estol
dijo entonces: "Hablémosle de las hormigas mentales". Y sacó la guitarra de la funda y Lola se acomodó la flor en el pelo y los chinos empezaron a juntarse cuando ella se puso a cantar: "Hay hormigas mentales que bailan en su cabeza / Vienen de los Balcanes / se meten por una oreja y uno no siente
nada / cierra fuerte los ojos y persigue las manchitas / que huyen de su mirada / y no tiene más aduana y dice lo que todos callan / Y siempre está leyendo el mismo libro / Porque en vez de leerlo ya lo protagoniza / y vive soñando cada día / con poder olvidarse que el que vive agoniza".
Hace años ya que Bayer terminó su nota y Chatwin se murió. Pero si hoy es viernes, seguro que Lola y Estol están tocando en algún lugar de Buenos Aires. Sólo se trata de encontrar el portal que lleve a ellos. Y, para eso, basta dejarse guiar por la cancioncita que suena en el fondo de nuestras
cabezas.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-176863-2011-09-16.html







PRIMAVERA EN EL BARRIO.*



*Por Eduardo Pérsico. epersico@telecentro.com.ar



El setiembre encendido de luz y veintiuno
es un vaso hasta el borde de un vino gusto a ganas.
Disfruta una muchacha el pelo a contraviento
y el pródigo despliegue de su blusa floreada.


Es que el aire deshace casi como al descuido
el nudo abigarrado que tejiera el invierno.
Y el cielo de mi barrio, tan modesto y discreto,
hoy reluce en destellos de adornar el paisaje.


Tras acortar su falda por cortejar el día
mi vecina sonríe a un guiño cuando pasa.
Si el clima o un tal vez pudiera convencerla
de aflojar ya las riendas que luego es el olvido…


Así que en el festejo de soles derramados
aguardo que los duendes sensuales y sanguíneos
le indiquen nuestra arcaica sugestión al cruzarnos:
la erótica mirada de la especie desnuda.



-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.
www.eduardopersico.blogspot.com






Zahorí *


Que te advertiría en la multitud
que te incluiría en violeta en mi agenda
que te cantaría en exclusiva el suave murmullo
que te dilapidaría en mi cama
que te obsequiaría un poemario de Bukowski
que te abandonaría

Que me moriría quince años después
atropellado por el subterráneo.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar




*


Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/


InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

domingo, septiembre 18, 2011

EDICIÓN SEPTIEMBRE 2011.



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.




ESTACIÓN DE LOS PÁJAROS ESQUIVOS *



La niña mira la distancia en los ojos de su padre.
La tristeza le llega a las rodillas.
Sabe, que él piensa en Ella, que no es ella.ni su madre.
La tristeza es una cuerda que ata.

La niña mira el llanto de violetas en su madre.
La madre, tiene un solo tallo en la mano, y se lo da al padre.
El padre devora la mujer, el tallo y las violetas.
La niña muerde sus uñas hasta fundirlas con sus manos.

La mujer mira la niña que transmigró.
El amor es un pájaro esquivo.
Cubre su cuerpo con una manta negra.
El niño llora en el túnel de alba; solo es un pretexto de vida.

El niño tiene una tristeza de pantalones cortos.
Mira a su madre y le pide agua. Ella le señala la lluvia.
Sabe que ella piensa en Él, que no es él.ni su padre.
La tristeza es una pena que desata.


*De la Serie Tiempo de las Estaciones


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





EL LEGADO*


Nos abrió la puerta un anciano gris, marchito, arrugado.
Sus sonrisa fue una mueca vacilante en su cara angulosa, llena de líneas y manchas decenarias.
Nos mostró la casa con un andar sigiloso. Parecía ondularse como una serpiente, pero al mirarlo imaginé una lagartija gigante.
La casa era fría y húmeda, como la piel de los reptiles. Había moho en los rincones y los techos estaban llenos de hongos.
Mi mujer me apretó el brazo con disimulo.”No me gusta. Necesita luz y ventilación”, murmuró.
El anciano se volvió como si la hubiese escuchado, aunque estaba lejos de allí.
“Mi esposa- acotó - dijo lo mismo la primera vez que la vimos”.
En la galería la hiedra y los potus habían ganado los vidrios de la ventana y casi no podía verse el patio.
_”¿Tienen hijos?”- preguntó el viejo.
_”Todavía no”- respondió mi mujer.
Él agregó algo que no pude entender. Su voz lanzaba como un silbido extraño que me ponía los pelos de punta.
_”Miren el patio y luego vuelvan”, indicó.
Al salir le comenté:
_”Hay una cuestión con las garantías…no sé si le dijeron algo en la inmobiliaria…”
El anciano me interrumpió:
_”No hay problema. No las necesito”.
Su espalda encorvada desapareció en la penumbra de la galería.
Cuando regresamos adentro de la casa, no había rastros de él.
Sobre la mesa de la cocina, en un antiguo aro de bronce con una piedra verde, estaban las llaves de la casa.
Las paredes, de pronto, parecían claras y luminosas.
Mi mujer agarró las llaves y sonrió.
Mirándome a los ojos puso su mano sobre las mías.
Su mano fría, gris, marchita, surcada por cientos de quebradas líneas.
En la casa comenzó a escucharse un murmullo lento, viscoso, casi imperceptible, como un reloj de arena que había sido girado por una mano invisible.


*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar







HACIA EL PORTAL*


Mis manos bordean
horizontes imaginarios
que carecen de límites,
que bloquean náufragos
en el mar de las dudas
y en la tierra de nadie.
Mis ojos persiguen huellas
en el mundo de la nada,
quieren inventar matices
de espectros que caducaron
y construir un refugio
para peregrinos tercos
que aún creen que existe
portales hacia la magia.
Pero mis manos regresan,
las distancias se alargan,
las dudas se vuelven flechas
que a matar son disparadas.
El portal lloró en ruinas,
ya no arribó la mañana.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







En el caudal espeso de mi sangre*



Te quedaste a vivir
en el caudal espeso de mi sangre.


Estás allí, escondida,
ciñéndote al redoble acompasado
de un corazón que lentamente va apagándose...
Mas, de pronto, te elevas
sobre el silencio inerte de la noche,
de súbito apareces, exultante;
un trote repentino despereza mis venas
y estás de nuevo ahí, llenando mi recuerdo
con el calor de tu palabra ardiente...
Y por un instante, creería que estoy vivo...


Pero pronto recaigo en el letargo.
Lo demás es quietud, desesperanza
y un reloj incesante que astilla la penumbra.


Te quedaste en mi sangre, a la deriva.
Yo
me he resignado a ser tu laberinto.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/






*


De Bocas baldías
Buenos Aires, 2000-2001



Una botella
rota
en la cuneta,
¿quién la bebió?,
¿quién
la rompió?
Una botella
rota,
con su etiqueta
y su barro.
Su pico
apunta
al cielo,
y si te acercas,
a tu frente,
como un dedo
vacío,
sin uña,
sólo borde.
Una botella
rota,
más allá de todo
olvido,
en la media cuadra
del suburbio.



*


Andén



Un hueco, un vacío
de tormenta
en las miradas,
en la voz, las voces,
y un desierto
precario
en la espera.



*


Ese hombre inclinado con su palo
en medio del basural,
donde las bolsas de nailon
y los olores gruesos,
en marejada,
cubren el paisaje,
no busca la felicidad,
en cualquiera de sus versiones,
o acaso sí
creyó ver un atajo
allá, en los límites
del horizonte,
entre bolsa y bolsa,
o recuerdo y recuerdo;
una felicidad fugaz,
con un palo,
o posible o creíble,
mientras el sol lo alumbra.


*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
http://www.eduardodalter.com/







LA RED*



Con una certeza firme, sin titubeos, mi hijo me dijo:
_Hay un fantasma en la casa.
Me reí, incrédula.
_¡Es cierto, mamá!- se exaltó Sofía- yo lo escuché!.
Inés, la más seria de la casa, la apoyó:
_Yo también lo oí. Y es un nene-
Ahí empecé a tomar el asunto un poco más en serio.
_¿Un nene? ¿Y ustedes cómo saben?
_Hace ruido en la caja de los juguetes. Y ¿no te acordás cuando pintamos la puerta? Había la huella de una manito . Aunque le pasamos varias manos de pintura encima no pudimos taparla.
_Es imposible- repliqué-Desde que ustedes eran chicos me he levantado miles de veces durante la noche y jamás vi ni escuché nada.
_Eso es porque vos sos grande y no deja que lo veas. Debe tenerte miedo.
_Si es un chico debe saber que aquí está seguro- agregué ofendida
_Tal vez quiere que juguemos con él, por eso nos deja oírlo. Seguro que tiene mi edad- dijo Benjamín.
_Tenía_ corrigió Inés.
Un respetuoso silencio cortó la discusión. Nadie dijo nada más.
Pasaron los días y me olvidé del tema, pero Benjamín no pudo.
En cuanto se le presentaba la oportunidad, sacaba la conversación:
_¿Qué le habrá pasado? ¿Extrañará a su mamá?
Lo noté preocupado y un poco triste.
Una noche me levanté al baño y lo encontré parado al lado de la caja de los juguetes.
_¿Qué hacés? ¿Te pasa algo?
_Escuché al pato y al trencito. Estaba seguro de que lo vería…
_Basta, Benja. Volvé a la cama.
Pero, noche tras noche, mi hijo pasaba más tiempo despierto que dormido. A veces, sin poder convencerlo de que regresara a su cama, lo dejaba parado junto a los juguetes y volvía a acostarme, muerta de sueño.
Una mañana lo encontramos dormido en el suelo.
Tuvimos que hacer grandes esfuerzos para despertarlo.
Empezó a quedarse dormido en la escuela, sobre la mesa, hasta parado bajo la ducha.
Perdió el año escolar. Sus amigos ya no venían a visitarlo. Siempre lo encontraban dormido.
Consulté médicos, curanderas, sanadores. Nada pudieron hacer.
Una noche me despertó un sonido inconfundible: risas de niños.
Me levanté rápido, segura de encontrarlos junto a la caja de los juguetes.
Pero el comedor estaba totalmente oscuro y desierto. Dentro del viejo baúl, los juguetes, inmóviles, parecían haber sido abandonados precipitadamente.
Fui hasta la cama de Benjamín. Estaba profundamente dormido.
Me acosté decepcionada, pero desde ese instante me propuse descubrirlos.
Todas las noches, cuando los demás duermen, me despiertan las pequeñas carcajadas.



Y así me paro, junto a la caja, dispuesta a no irme hasta saber qué ocurre.
Ya hace un tiempo que no distingo claramente el día de la noche.
Lo único cierto que he escuchado es la lejana voz de mi hija, diciendo con amargura:
_A ella también la ha atrapado…



*De Cecilia Zanelli. ceciliaines_zanelli@yahoo.com.ar







POR CUATRO DIAS LOCOS*




*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Miguel Ferrari me dice, divertido, que yo ya no recuerdo un pueblo. Que yo no escribo sobre mi pueblo sino una ciudad y amenazo con abarcar un continente.
Me sonrío por su salida y contesto que con seguridad yo también encontré mi Yoknapatawpha y le recuerdo aquel comienzo del texto de Borges, que dice que un hombre se propone describir minuciosamente el universo y al final comprendió que sólo había narrado las arrugas de su rostro y las
líneas de su propia mano.
Conmigo los críticos pueden estar seguros, hace años que no salgo de mi barrio el populoso "Jazmín", de mi pueblo. Arracimado apenas en las afueras, cuando el sur se hace campo a través del "Camino del Diablo".
De aquel tiempo recuerdo sobre todo el frescor de las hondas quintas umbrosas, repletas de ciruelos y duraznos y damascos maduros y goteantes y las tupidas higueras con sus brevas maduras.
En aquél tiempo luminoso y despreocupado, lo mejor era el verano. Los amodorrados y largos veranos de mi pueblo que era el mismo tiempo de las cosechas donde desaparecían las espigas del trigo que eran como la bella espuma de ese mar amarillo que también planeaba bajo el viento como una gran bandera.
La cancha de nuestro club queda a dos cuadras y media de mi casa, y yo para no dar la vuelta y llegar más rápido para ser tenido en cuenta en los picados, ganado por la ansiedad, saltaba dos alambrados, cruzaba la cortada de Spizzo y Altamirano y me quedaba sortear el último, el que cercaba el predio deportivo que aún no tenía pileta de natación, pero con orgullo exhibía dos canchas de tenis, la de paleta y los juegos infantiles: hamacas, subibajas, calesita, trapecios y un cuadrado de ladrillos revocados con arena par los más chicos.
También estaba el edificio del antiguo Tiro Federal que ostentaba en el frontispicio una leyenda en letras azules sobre fondo blanco que decía:
-Acá se aprende a defender a la patria.
Pero en épocas que yo empecé a ir con frecuencia, ya no funcionaba. Se usaban sus instalaciones como vestuarios para los locales. Yo recuerdo que en alguna época lo usábamos como fuerte, y allí un grupo se pertrechaba adentro y otro debía tomarlo desde afuera con grandes lanzas que fabricamos con largas ramas de fresno. Queríamos imitar tal vez las películas de la matinée del cine "La Perla" donde los caballeros intentaba defender el honor de una dama, sólo que allí no había ninguna, salvo en nuestra riquísima imaginación.
En todos los veranos la cancha, o ese conglomerado deportivo al que por síntesis llamábamos así, fue literalmente nuestro hogar, ya que lo pasábamos gran parte del día. En especial por la tarde, ya que en las mañanas dedicábamos un poco de ella a los mandados, que nunca se hicieron tan rápido.
Cuando uno volvía con los demás o solo, esto era menos frecuente, necesariamente pasaba por la casa de los Escobar, concretamente la vereda de don Perfecto Escobar y su esposa doña Amalia, quienes vivían allí con sus hijos, Nancy, Pilar, Miriam y su único varón: Walter Perfecto.
Don Escobar era Secretario del Juzgado de Paz: atildado y siempre haciendo gala a su nombre. Era delgado, muy delgado, moreno, usaba bigotes como todos en ese tiempo y andaba de traje gris, eternamente, y en el cuello un pañuelo rojo y a veces lo trocaba por una corbata. Muy atento y respetuosos con todos, incluidos nosotros, a quien nadie nos tenía en cuenta, él, invariablemente hacía un movimiento de cabeza -la frente con entradas- y nos decía:
-Salú pibe, salú.
Enfrente estaba la casa del Sindicato de Obreros Rurales y al lado de éste la familia Gúbero. Yo conocí al viejito barbado, con sus dos hijos solterones: "Nin" y "Beco". De este último tengo su firma en mi partida de nacimiento como testigo, Américo Gúbero, alías "el Beco". Amigo de mi viejo. Hoy de él no se acuerda nadie pero yo tengo su firma. La de él, que está hecho polvo y por eso lo recuerdo. Escribí en otra parte que el verano no comenzaba si don Juan Ugolini no entraba desde el campo con su carrito
ofreciendo sus sandías. Pero no fui justo, Para que el verano permaneciera (el hermoso verano, diría Pavese) debíamos esperar el paso en esos mediodías inflamantes de sol a plomo, el corpachón del gordo Spina, a quien llamaban "El pobre".
Cerraba su peluquería al lado del bar "El Cometa" de los turquitos Esne y venía por el medio de la calle, con una ramita de paraíso que cortaba al pasar y que pretendía que lo defendiera del sol, a guisa de sombrilla.
Venía siempre cantando el tío Francisco, como yo lo llamaba y al llegar frente a mi casa, se sacaba el pañuelo del bolsillo y se secaba la frente sudorosa.
-Que decís, nene.
Saludaba y seguía cantando a voz de cuello aquella canción que popularizara Alberto Castillo:
"Por cuatro días locos que vamos a vivir".
Por cuatro días locos te tenés que divertir".

Y entonces sí, ahora el verano era perfecto.






El deseo*



De chica tenía una bolsa de deseos en mi diario íntimo.
Allí se prendía en luces fosforescentes el poder bailar con zapatillas de punta y un mágico tutú de color blanco.
También estaba el de ser cristalina y transparente con mis emociones.
La risa estaba en un primer plano y era la protagonista de mi película de ciencia y ficción.
La curiosidad era uno de mis destinos, intentaba averiguar con ojos de científica cómo la araña tejía sus maravillosos caminos de la encrucijada.
Sus tentadores hilos vibrantes y sedosos, fascinaban mi búsqueda. Quería ser la tejedora de esas suaves y potentes líneas que reflejaban con su belleza los rayos del sol.
El amor de colores alilados me guiñaba entre las guirnaldas de las hortensias.
Los picaflores con sus enérgicas alas, parecían estar suspendidos en el aire sin la fuerza de la gravedad.
La rosa estaba enamorada del ruiseñor y el Principito podía domesticar al zorro y a mi amada perra collie.
El tobogán del pizarrón escribía los nombres de mis amigas.
La palabra futuro era tan amplia y cautivadora, que resplandecía cuando iba a jugar con mis hermanos al jardín de la paz, donde se erguía el viejo teatro argentino.
En mi anhelo de ser grande existía la palabra amistad, compañerismo, compartir y confianza.
No pensaba en la muerte, o la sentía como un hecho más y muy lejano.
No creía en la incomprensión ni en el egoísmo.

También añoraba mirando las vidrieras robarme los juguetes sin dueño. Y no sabía que significaba el valor del dinero.
Tenía admiración y respeto por los linyeras, creía que iban pidiendo limosna para poder volver a su hogar. No les tenía miedo.
El lechero que venía dos veces por semana era un señor amable y recto. Mucho no me gustaba tomar la leche. Pero me encantaba mirar la espuma que dejaba cuando vaciaba en nuestra cacerola los litros para nuestros desayunos y meriendas. Me intrigaba ver cómo hervía y subía tres veces como condición
necesaria antes de beberla.
La hora de la siesta era la peor. Mis viejos nos obligaban a dormir. Que aburrimiento.
Y así en el paso del tiempo fueron pasando ilusiones, fantasías y aventuras.

Le contaba a mi abuela ( le decía “la babi “) que: quería tener doce hijos y no entendía por qué ella me sonreía en complicidad. Aún hoy recuerdo y anhelo el color celeste de sus ojos, esa compañía que colaboró tanto en mi crianza y en mis caprichos. Ella me hacía sentir feliz con sus comentarios
cariñosos, con sus aventuras picarescas y sus mimos.
Para mí: “la babi” no tenía edad, no era joven ni vieja, era mi refugio y mi alegría. Con mi abuela pude volar en su sillón mecedor por las travesías y travesuras de mi niñez.



*De Azul. azulaki@hotmail.com





CUENTOS DE LA REALIDAD


La navidad sin Luis*


*Por Carlos Alberto Parodíz Márquez. parodizlaunion@gmail.com



Por el descenso de la oscuridad, y en las inmediaciones del jardín sevillano, se veía llegar el camino de “las trazadoras” que iluminaban el cielo.

Preparativos de una celebración imprecisa que comienza apenas anda diciembre.

Parece ser que el concierto de colores, que estallan en el espacio, con la sensualidad de orgasmos demorados saludan a los globos tradicionales y encendidos, que vuelan rumbo al sur, manteniendo el rumbo, de eso se trata, pese a todo.

Al revés de las golondrinas que, por otras razones, peregrinan desde el norte.

En medio del despilfarro de luces, olor a pólvora y diluvio de corchos, con más o menos abolengo, la navidad parecía una señal no escrita y mucho menos aceptada, mucho menos recordada y reflexionada.

Pero hasta los adalidades cristianos –sobre todo blancos del otro hemisferio- han instalado certezas, para su propio convencimiento, sobre la relación privilegiada que tienen con Dios.

En su nombre han masacrado pueblos (Afganistan, Irak por citar dos) y se les hace agua la boca sobre los que se vienen; genocidios tan negros como los intereses que mueven apóstoles inquisidores de este siglo XXI.

El petróleo todo lo puede y las hermanas (el poder de los poderes) que siguen siendo siete, se abusan del número de Dios.

La brisa con nombre de mujer, Cecilia, se descolgó desde su mirada gris verdosa (mujer con anteojos, mujer que me puede, bah no se debe andar justificando una delicadeza). Ella quería saber todo y con ahínco escucha.
Grave señalador a la hora de presagiar su futuro en la vida.

Trepa los interrogantes, se desliza en preguntas y me pregunta, propietaria de inquietante fijeza; pero el placer de mirarla ( por ahora), me absuelve de eludir su curiosidad cristalina.

El vasco no piensa lo mismo. Pero eso ya es histórico entre él y yo. Su desconfianza se nutre de abordajes temerarios, en todos los terrenos y siempre tengo que llevármelo, en la condición que lo encuentre o lo dejen, aunque luego reciba sus andanadas de reproches.
Pero un largo entrenamiento en la sobrevivencia, nos une casi como un fatalismo congénito.

Pese a todo y con la tercera en armonía -jamás podría ser de discordia-, partimos. Tomamos, como siempre y para empezar, conocimiento de la preocupación precisa que traía Yon, a la mesa del pub, de paredes claras, maderas oscuras, parque verde y aromos conocidos.

Naturalmente, conducía el encuentro, narración y detalles. Su tradicionalismo lo traiciona y, por supuesto, me beneficio de ese respeto por los detalles. Es así que las anchoas que llegaban orgullosas, brillosas, por el aceite de oliva, pasaban altaneras frente a las cuentas impagas que registramos los laburantes.

Trabajar y no cobrar parece ser la exégesis y la acumulación de mentiras - para no pagar-, adquieren alturas colosales.

La pimienta blanca maquillaba, conveniente, duros sabores que requerían un vino duro, porque eso de “picar”, a horas desusadas, cuando la gente está en otros aprestos, requiere sabiduría y oportunidad, además de agua mineral para la pareja incierta de la copa de cristal checo.

El pan casero, saborizado, de buen cuerpo, no tanto como el de Cecilia que miraba asombrada el despliegue, pero sin renunciar a probar cuanto se elija, estaba levemente tostado y los cuadrados perfectos, eran portadores de las
delicias que se hallaban en aduana.

Finalmente, Shirah fue el sabor decidido por Yon, quien dubitó un tanto –tal vez tres segundos-, antes de elegir el rubí, como color para la charla.
¿Que pasa? – le dije como para ocuparlo y poder beber, además de mirar a Cecilia, la mejor combinación. Guardé cierta compostura por la respuesta, casi una sajona atención.

- Se trata de la navidad de Luis – respondió lacónico y críptico. Yo, muchas ganas de averiguar no tenía, pero la curiosidad flamante de nuestra acompañante me invistió de adecuada solemnidad.

- ¿Que Luis ... Barrionuevo – tiré como para empezar, ante la posibilidad de una detención oportuna, por su pleito deportivo. – Tal vez Luis “chapita” - quien en la redacción pasó a cobrar el día de Navidad, con la ilusión absurda de que un Papá Noel, borracho se hubiera equivocado y le dejara "la mitad de la mitad", de lo que presumía cobrar.

Una larga galería de Luises, incluído el de León cantautor de queja eterna, se me cruzaron, veloces, dando el presente. Me quedé interrogando, en silencio.

- Luís es el pibe que lava los parabrisas, en Boedo y la avenida, en Lomas, juega equilibrios tirando palos al aire, pelotas al mediodía, en Portela y trató de convencer - poster mediante – que Boca es el mejor del mundo, después de Japón -, dijo todo de un tirón y sin retorno.

- ¿Y que pasa con él? - , pregunté un tanto fastidiado, por la demora de él y de la segunda botella de Shirah que no superaba los controles del somelier de este puerto enjuto, llamado “Ques”.

- Un presunto hincha de River, en un Gol, blanco y rojo, se lo llevó puesto, cuando le quiso ofertar el poster de Boca. Mala suerte. Está en el Hospital, pero no juntó para llevar a casa la comida de nochebuena -, dejó caer y yo caí.

-¿Y entonces? – yo hago preguntas inadecuadas. Doy respuestas destempladas. Soy una calamidad camino del Guinnes.

- Que nos vamos a la casa de esta gente, porque tengo algunas cosas que junté, por lo menos para que los chicos, la pasen un poco mejor que nunca. ¿Me acompañás? –, lo dijo sin mirarla.

Me ofendí por la omisión, pero sabía que él estaba seguro, que no era la primera vez que, vestidos como fuera, salvo mi remera roja, fuimos visitantes inesperados de muchos, que nunca más nos volvieron a ver. Como se debe.

Ella tenía la mirada iluminada y por supuesto ansiaba llegar a ser Noel...ia. La llevamos en el Alfa gris. Algo me tenía preocupado, por no recordar con claridad, hasta que esa mirada iluminada, trajo otra, dorada y tapada de polvo, por la memoria de escombros que se llevan las reformas de otra iglesia privada. Nos fuimos, para que la Navidad no nos sorprenda. Bebí de apuro, el penúltimo trago con disgusto y nos perdimos en la noche del nacimiento.

-Navidad del 2004







ESTAMPAS*



I


Dejé de llorar por mí,
las lágrimas no restañan
las heridas de la vida.
Cavé un hambriento pozo
que deglutió mis angustias,
les apagué la luz
y las dejé dormidas.
Mi risa en cascabeles
sonaba a campana antigua,
para el afuera insensible
mi nostalgia era alegría,
era azul, anaranjada,
destellos en el espacio
lavados por la llovizna.



II


Las partidas son
viajes sin retorno.
El tiempo es relámpago
que deja secuelas
porque imprime daños,
heridas sin cura
por ninguna magia.
Pero quedan las imágenes
custodiadas por guardianes
que celosamente impiden
que se conviertan en nada.
Y ocurre un raro misterio,
el nombre que le pusimos
a los adioses furtivos
vuelven todas las noches
a velar junto a la cama.



III


Sueño con el eco
que guardó suspendido
entre dos deseos
de alcanzar utopías.
El grito se expande,
golpea y regresa,
nos dice que existe
cuando es solo un grito.
Y nos esforzamos
por buscar respuestas
a preguntas que exigen
que el eco responda.




IV


La gran aventura,
hallar el camino.
Tiene tantas cruces ,
tantos ecos yermos,
tantas fantasías
montando dragones
que no vemos claro
cual es el sentido
de horadar rincones,
barrer los senderos
para hallar la meta
que nos justifique.



V


No puedo pedirte
que esperes regresos,
hice mis valijas
y casi he partido.
¿Por qué me detengo?
Me angustia el olvido,
ese gran gigante
que al cerrar la puerta
tomará mi cama,
quemará mi cofre
sin mirar adentro,
borrará mi nombre
de todas mis huellas.
Por eso he dudado
y postergo el viaje,
me asusta la nada
dueña de la casa
que será anfitriona
cuando yo me vaya.



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







ESTACIÓN DE LOS TREBOLES Y UNA TRISTEZA MENOS*


“Nos morimos, amor, muero en tu vientre que no muerdo ni beso, en tus muslos dulcísimos y vivos, en tu carne sin fin, muero de máscaras, de triángulos oscuros e incesantes”
Jaime Sabines



Un hombre añora tréboles. Tréboles pide.
Clamo por las siemprevivas de tus muslos.
La mano se ahueca en el pecho ingrávido.
El amor, leve sombra, cruza el monte.


Una mujer suspira en tréboles maduros.
Puñal y tropel. Mi gruta umbría espera.
Ofrece la quieta monotonía de sus pechos.
El amor, sol radiante, sigue la raíz del viento.


Un hombre, una mujer y rescoldo de luna.
Lluvia nocturna y cuatro pétalos de trébol.
Perfección de fragancias y estaciones.
El amor es un potro embravecido


Un hombre, una mujer y un niño
Parejos. Semejantes. Desiguales.
La mano se ahueca en el pecho grávido
Madre, padre y trébol de 60º.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







ALLI LEJOS Y HACE TIEMPO*


W.H. Hudson i.m


*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar


Alberto Compañy me escribe diciéndome que el recuerdo más antiguo que tiene de los arroperos es su acampe mientras estaban en el pueblo. Lo hacían en la calle Pacto Federal, que comienza en la ruta detrás de la casa de Hugo Ruiz y atraviesa baldíos, las vías del ferrocarril y el barrio Evita, que es el
primero de casitas sociales y que se sorteó en 1973. Esa calle sale por el galpón de Albanessi donde hubo una fábrica de arados en los años 60, pasa por el caserío de los Villarreal, la carpintería del "Pelado" Bellini y muere en la antigua chacrita de Indelángelo.
Esa calle limita con el campo que en ese tiempo era de la familia Terré y hoy es de la familia Compañy.
"En ese tiempo -me escribe- nosotros no sabíamos que esa calle tenía nombre". Sí, le digo, además estaban esas palmeras centenarias y el chalé que había sido de los Terré y era el viejo Dispensario donde doña Bianco de Broglia nos ponía unas inmensas inyecciones que guardaba
celosamente en una cajita de acero inoxidable.
A mi me traían de la mano- prosigue- mi abuelo Compañy y mi hermano mayor, es decir, Miguel. Mi madre me había peinado a la gomina, yo venía del campo, de la chacra, y mi entrada triunfal era por esa calle".
Cuánta razón tiene Alberto, en ese tiempo remoto nosotros ignorábamos casi todo, yo tampoco sabía el nombre de las calles. Cuando con mi madre arrancábamos por la Juan de Garay doblábamos por la calle de los Terré, como se le decía en ese tiempo a la Pacto Federal, y justo en la casa con galería de Hugo Ruiz enfilábamos hasta la vía y tomábamos el camino que iba hacia Cañada del Ucle, para ir a la casa de mi abuela y mis tíos todavía solteros. Tenía una entrada por esa calle y otra por la que
habitaban los Zinni, los Spizzo y el inefable gringo Félix Maestri, a quien todo el mundo llamaba "Felichón". Tenía un camioncito desvencijado con el cual recorría las chacras comprando gallinas y huevos. En un paso a nivel oscuro un tren lo arrolló en un descuido. Era tan bueno, tan generoso que
todos lo querían. Su esposa usaba unos gruesos lentes y a su nombre se lo llevó el olvido, como al de su único hijo, que después se fue del pueblo.
Si yo seguía por ese camino llegaba a un centenar de metros al Matadero Comunal a cuya inauguración me llevaron mis viejos. Recuerdo un mar de gente, seguramente todo el pueblo, estaba hecho todo de ladrillos, pintadas las aberturas de un rojo violento que contrastaba con el blanco opaco de las paredes. Tenía un gran arcada en la entrada y escrito en letras hechas de material y pintadas de rojo: Matadero Comunal, 1950, año del Libertador General San Martín.
Era el presidente de la Comisión de Fomento, don Cruz Roca, quien había clavado un cartel cerca de la entrada que era imposible no ver: Perón cumple.
El Matadero antes había estado en el paso a nivel alto, en la otra punta del pueblo, enfrente del "Mingo" Giuliano. Allí había dos altos palos de quebracho con otro que los cruzaba horizontal, estaba lleno de moscas y sangre por doquier. Varias roldanas donde se colgaban las redes y el que cuidaba el lugar desde un ranchito. Siempre tomando mate con su mujer, los dos muy ancianos o así los ve mi memoria. No era otro que el chino Bruno, hermano de don Agripino, vecino nuestro.
Pero si yo vuelvo hasta la calle que hoy se llama Pacto Federal, y que nosotros le decíamos la calle del "Zurdo" Peralta, un viejecito que veíamos pasar por la calle con su bolsito de las compras y ese ungido respeto nos venía de la leyenda que lo precedía en el pueblo. Había sido muy guapo y muy ligero con el cuchillo en el barrio Villa Regules de Firmat, digo que si vuelvo es para recordar.
Cuando nosotros nos acercábamos con las tramperas en busca de una bandada de mistos o amarillitos o vistosos paraguayitos, que se zambullían en el trigal de Terré, donde el horizonte giraba en los crepúsculos detrás de la chacra de Rogelio Compañy, en el tiempo remoto donde estallaba el ruido de
los abejorros y los horneros fabricaban sus ingeniosas casitas sobre el palo de la luz de don Arturo Miranda, quien impasiblemente recorría el pueblo con su carrito tirado por un caballo bichoco vendiendo marlos o carbón o zapallo o no sé qué. Su figura atraviesa la tarde con su cara morena, su
sombrero muy negro y su infaltable pañuelo al cuello mientras la brisa lo agita suavemente como si fuera una pequeña bandada de brasita de fuego. Y si nosotros nos acercábamos era simplemente para ser felices.
Mientras que enfrente en el campo Terré, donde ondeaba un trigal amarillo bajo el leve viento de octubre, los pechirrojos caían en bandada como un puñado de fuego.
Y yo también como William H. Hudson podría decir sin equivocarme al recodar que: "mantendré hasta el inexorable final la imagen de una belleza ya desaparecida por la tierra".







La caída de las hojas*



Los pasillos de la biblioteca aparecieron llenos de hojas esparcidas por el suelo. A medida que pasaban los días, el grosor de las hojas iba en aumento, y solo faltó que alguien abriera las ventanas para que se crearan remolinos de hojas que al final se acumularon en los pasillos de la Z y la V.

El sustituto del bibliotecario titular estaba obnubilado por el suceso y no sabía como reaccionar. Se resistía a tirar las hojas, ya que de hacerlo dejaría ejemplares incompletos, pero por otra parte tenía que hacer algo porque, de seguir así, en una semana sería imposible pasar entre las estanterías.

Se resistió hasta donde pudo porque quería que se reconociera su capacidad para llevar la biblioteca pero llegó el momento en que no tuvo más remedio que llamar al viejo bibliotecario oficial.

No esperaba que el anciano no se sorprendiera y aun resuena la carcajada en sus oídos y aquella respuesta "¿Pero, acaso no te has dado cuenta de que estamos en otoño?"


*De Joan Mateu. joan@cimat.es







Cumpliendo décadas*


Se necesitaba la inabarcabilidad
de tu brioso desprecio
por mí

para contraponerlo a la atávica
contumacia de mi depresión:

conyugicidio nuestro
cumpliendo cuatro exitosas décadas
justo hoy.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





En busca de una historia.*


Un adolescente, tras años sin saber de su padre, recibe una misiva que contiene la noticia de su desaparición y una misteriosa llave. Parte en busca de una historia, sin saber que hallará "algo" que cambiará su vida. Le esperan acertijos que abren puertas a su comprensión del mundo de su padre,
al mundo de la magia, tres universos que se entrelazan. En sus manos está resolver los enigmas que lo conducirán al desenlace. Así comienza la aventura de Alex, protagonista de la novela "En Busca de una Historia", de la escritora cubana Marié Rojas, finalista del Premio Andrómeda 2008.

¿Qué mensaje querías transmitir cuando escribiste En busca de una historia?

Aquello en lo que creemos intensamente puede llegar a tornarse realidad.
Sostener la fantasía es un modo de mantener la fe. Ir en busca de una historia cualquiera puede develarnos enigmas de nuestra propia historia.

¿En qué género y temas te sientes más cómoda cuando escribes?

Me gusta el cuento breve, la fantasía especulativa. El engranaje recurrente de mi cosmovisión es lo extraordinario que surge de los pliegues de la realidad aparente. Me fascinan las criaturas mágicas: ángeles, vampiros, gárgolas, brujas, dragones, duendes, quimeras. Pero sobre todo, los saltos
involuntarios a universos paralelos.

¿Qué tres libros y tres películas te llevarías a una isla desierta y por qué?

Para leer el resto de la entrevista:

http://www.libroandromeda.com/PDF/Holopantalla_Marie_Rojas.pdf


La autora.

Marié Rojas Tamayo, cubana, 48 años, Licenciada en Economía del Comercio
Exterior, Inglés y Francés. Miembro de la UNION DE ESCRITORES Y ARTISTAS DE CUBA
Libros publicados: Tonos de Verde, Fundación Drac, Mallorca; Adoptando a Mini, Fundación Drac, Mallorca - en proceso de reedición por la editorial cubana GENTE NUEVA -. De príncipes y princesas, Ed. El Far, Mallorca. Cinco minutos a solas con las musas; Viaje a los astros; Locuras temporales;
Algoritmos y ciudades; Incerteza cuántica, ediciones digitales, Inventiva Social, Argentina. En busca de una historia, Ed. Andrómeda, Colección Mundo Imaginario, España.
Mención Especial Premio Lazarillo de Tormes, OEPLI, España; XX Premio Ana María Matute, Ed. Torremozas, entre otros. Ha participado en más de 50 antologías internacionales, su obra ha sido llevada a la radio, la televisión y el teatro. Colabora con periódicos y revistas del mundo.
Nominada por el American Biographical Institute entre las mujeres destacadas por su relevante aporte a la sociedad. Miembro de la red mundial de escritores REMES.

Enlace para adquirir el libro:
http://tienda.cyberdark.net

Para leer relatos inéditos de la autora:
http://www.libroandromeda.com/PDF/El_Tulpa_Marie_Rojas.pdf
http://www.libroandromeda.com/PDF/El_Sobrino_Marie_Rojas.pdf
http://www.libroandromeda.com/PDF/Solo_un_cafe_Marie_Rojas.pdf




*

Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/


InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

lunes, septiembre 12, 2011

SOBRE EL NAUFRAGIO DE LOS SUEÑOS GRANDES Y LAS PEQUEÑAS COSAS...



-Foto: Eduardo Dalter.
Diario La Unión. http://www.launion.com.ar/?p=59060



DEFENSA DE LA POESÍA*


Palabras con mi hijo



Porque, aunque no lo creas
–plano más concreto–,
la luz de las estrellas
también vuela
y, además, el horizonte
es una línea tan cambiante
de acuerdo a cómo vires
el rumbo de tus pasos.



*


De esta arboleda
tomá tu color
o tu desdicha; y tomá
tu mar, tu vaso...
Todo suena, pareciera,
a nueces secas. Pero
también suena un río
grandioso
que aún no escuchas.




A mis zapatos remendados
yo los quiero;
mis zapatos con cartón debajo
y nylon debajo
para que no entre el agua
de la lluvia
ni el agua de cuando baldean
las veredas.
Mis zapatos húmedos y tibios
de mí y con polvo de camino,
mi camino.
Descansando ahora, debajo
del mueble
–pueden verlos–,
y mirando gozosos cómo escribo
reclinado en la cama todo
esto
y cómo abracé hace un momento
al Caribe hondo y voraz
de Aimé Césaire y Saint-John
Perse.
Zapatos, zapatos excedidos
de mí
hasta deformarse, cuartearse
y agujerearse.
Pero listos y hermanos
y comprendiendo, pareciera,
cuál es la estrella fugaz
y cuál es ésta. Y vamos,
yo adentro de ellos
en la parte que les toca.
Denostados, sin embargo,
torpemente,
por una mujer, ciega mujer,
abandonada mujer, sola mujer.
Dejadme cruzar la calle,
poesía,
poesía de los salones,
las rondas, los concilios,
que vengo de galope yo
con mis zapatos!




Después del poema
el poema debe seguir y seguir
hasta el poema.
Mas si el poema no sigue
después del poema,
el poeta o bien flaquea
o bien es de papel
o bien de tinta.
No le creas al poeta
al que después del poema
se le concluye el poema.
No le creas
o bien creé,
en el mejor de los casos,
que flaquea
o que su ser tiene
interferencias,
mutilaciones, o huesos
indecisos
–sea Neruda o sea Thomas
Eliot–.
Después, después del poema
el poema debe seguir y seguir
hasta el poema.



*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar
De Aguas vivas . Buenos Aires, 1993
http://www.eduardodalter.com/












Naufragio*




Gravemente la lluvia está contando
el pausado suicidio de las gotas
sobre el naufragio de los sueños grandes
y las pequeñas cosas.


De pie entre los despojos, mi sonrisa
acepta las migajas de tus horas
y no ves que, privadas de tu savia,
se desprenden mis hojas.


Angustia de caer pendiente abajo
costumbre de la piel, que se demora
grilletes de miseria compartida…


se nos muere el amor.
Se desmorona.


*De María Amelia Schaller. masch@arnet.com.ar







Lapachos florecidos*



En memoria de Juan Carlos Medina [1]



En una de sus postreras reuniones del Café, Juan Carlos nos había propuesto que escribiéramos sobre el tema de los lapachos en flor, justamente en aquella primavera nefasta, que terminó por llevárselo tan inesperadamente y para siempre… Quería que dejáramos retratada una postal en poesías diversas, de aquellos hermosos colores, de sus aromas, y de los sentires con que podrían motivarnos, a quienes manifestábamos asumir el compromiso de escribir sobre nuestra aldea; pero la mayoría dejamos pasar aquella primavera aquejados por su ausencia, y el tema quedó, al menos para mí, pendiente como un desafío inconcluso…, pero siempre vigente, y renovado en cada primavera que se fue sucediendo.
Si lo esencial es invisible a los ojos, lo bello es gratuito al espíritu; así al menos me hubiera dicho mi abuela, siempre oferente de sus consejos y sus sentencias.
Pero mi abuela en sus tiempos no se hubiera referido a los lapachos, al menos no a nuestros tan erguidos y coposos gigantes en flor; porque en aquellos días cuando ella venía, poquísimas veces, muy de vez en vez, al paso gallardo de los caballos de aquella volanta graciosa y escuálida; lo que veía bordeando las calles hundidas, cubiertas de polvo, eran paraísos amarillentos, y deformes por las podas urbanas, que convertían sus ramas en miembros mutilados, que impotentes, ellos mostraban al cielo como una silenciosa y desgarrante protesta…
Todo aquello duerme en mis recuerdos, y sólo surge entre la niebla del tiempo, cuando por momentos vuelvo a ser aquel niño, y me mezclo entre sus sueños; pero me yergo y contemplo el paisaje, que Dios me regala cada primavera.
¡Qué lejos quedaron aquellos nudosos paraísos!
Hoy cuando pasamos por nuestras calles actuales; no ya portados por mansos caballos de tiro, sino en modernos vehículos confortables y silenciosos, nos sorprenden los gigantescos lapachos, florecidos en una gama esplendorosa, que nos hinchan de alegría el pecho, por el goce de tenerlos en ese arbolado tan sereno y majestuoso.
No es sólo su sombra, no es sólo su porte ornamental e imponente; es sobre todo su generosa compañía, que como diría mi abuela: como todas las cosas que son verdaderamente hermosas, son gratuitas al espíritu…
Deduzco que somos una generación, que obtuvo, y puede exhibir un logro elogiable, al ser posible que caminemos hoy a la sombra de estos soberbios guardianes; y pienso también que adornar nuestros paseos, calles y plazas, con un arbolado que asemeja cortinas luminosas, como una caricia de frescura y color, con ejemplares arraigados como nosotros a este suelo norteño; no sólo denota el cariño tributado a nuestra flora, sino también un mensaje altruista que grita nuestra fe en nosotros mismos. Y por sobre todo, devela un gran respeto humano y ofrece un verdadero mensaje, para cualquiera que nos visite, y transite a través de estas calles y avenidas, vestidas de flores, que en cada primavera, tributan generosamente a la vida.




[1] Juan Carlos Medina. Poeta, docente, comunicador social, Director de Radio Municipal Reconquista. Miembro fundamental en la primera Comisión del Concurso Nacional de Pesca del Surubí. Destacado por su cordial personalidad, suelen recordarlo como “el chef” en sucesivos encuentros. Falleció el 29-10-2004 y en el primer aniversario, familiares y amigos realizaron un homenaje frente al panteón.



*De Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar

El escritor Celso H. Agretti es uno de los integrantes del Café Literario Juan Carlos Medina que periódicamente se reúne en las instalaciones de la Sociedad Italiana de Socorros Mutuos de Reconquista. Desde ese norte santafesino envió “esta breve estampa ciudadana y primaveral”…







VISITANDO CAÑADAS*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Los chicos se alejaron del pueblo llevando sus tramperas en la mano derecha, las hondas al cuello y cruzado por un tirador sobre sus pechos un bolsito de género con sus vitualles de comer, alguna botella con agua y los terribles "recortes" hechos de alambres de hierro aptos para usar como proyectiles.
Cuando iniciaron el avance hacia el campo iban más presurosos, por la ansiedad de alcanzar los bañados más cercanos y aprovechar el tiempo para preparar sus tramperas o tal vez porque en esta oportunidad no habían tenido la venia paterna y esta incursión se hacía a hurtadillas, con la asunción que tal responsabilidad acarrearía a sus pequeñas humanidades.
A medida que ganaban el campo se iban alejando del pueblo, más bien un caserío desflecado que no tenía rutas ni más medio de locomoción para comunicarse con otras localidades que un tren diurno de ida y vuelta Rosario-Río Cuarto y esos caminos de tierra anchos y mal cuidados, que a cada lluvia producían el aislamiento por semanas, caminos que en buen romance eran mal aprovechados gran parte del año, en especial en las épocas de otoño e invierno donde los temporales los hacían realmente
intransitables.
Ese día la intención de esta barrita entusiasta sería cazar algunos ejemplares de pechitos colorados, o jilgueros, o los hermosísimos chilenos o paraguayitos para engrosar la población que moraba en esos
grandes jaulones que metían ruido bajo la sombra de los ceibos añosos.
Tal vez ese día los esperara una bandada de chorlitos, tan mansos, tan tontos para hacer puntería con ellos, aunque su carne no merecía ser comida, y sus cadáveres quedaban para pasto de hormigas.
Lo cierto es que recién cuando se hubieron topado con el final del "Camino del Diablo", en el cruce de la capillita de la familia Cinel divisaron los espejos de agua, con sus orillas festoneadas de juncos y espadañas, sus nidos de "alas de araña" y de "bichofeos" que los esperaban con sus huevitos espesos, prontos a ser perforados con un alambre y ser bebidos así, en crudo como corresponde a los niños que serán hombres fuertes y templados en esa pelea desigual con la vida.
A medida que se van acercando a esos grandes bañados que por comodidad llaman "lagunas", descubren que toda esa población de aves que merodean sus orillas comienza a levantar vuelo con asombro, curiosidad y un poco de precaución, la que tienen siempre los animales salvajes.
La que dio la alarma fue esa bandada de cigüeñas, que hundía sus picos zancudos buscando pececillos minúsculos y de pronto avisada por el instinto levantó vuelo al unísono casi vertical y llenó el cielo de grandes sábanas blancas cubriendo la quietad de noviembre. El griterío que había sido tímido al principio explotó por el aire con el vigor de una máquina que se descompone y estalla.
Los pueblos de llanura como éste son todos calcados, y en aquel tiempo remoto que se trata de resaltar, las ilusiones eran una desmesura que cubría como una nube flotante de acciones módica de todas las vidas.
Decir que todo era más simple es redundar en una notoria verdad, y la diferencia con las gentes que poblaban las grandes ciudades era a simple vista sideral. Nada de las comodidades de hoy existía en ningún pueblo de entonces.
Sin exagerar podríamos asegurar que estos chicos que son mirados a la distancia cuando hay tiempo y ausencia en el medio, vivían en un cuasi abandono inicial. Aunque las travesuras estaban siempre presentes nunca pasaban de lo que hoy sería tildado de ingenuidad, porque los padres de entonces eran severos hasta la temeridad, con un autoritarismo tan exigente que no era óptimo a veces para usar con esos niños sino con algún pelotón de hombres haciendo fajina en un regimiento.
Entonces esta estampa tan antigua no deja de tener una emoción al grato recuerdo.
Apenas entrecerramos los ojos y los veremos volver con sus bolsitos vacíos, sus tramperas repletas de pájaros, y una despreocupación que no resaltaba cuando todos iban hacia los bañados en busca de aves.
También traían algunos patos pequeños y hasta una perdiz colgados de la cintura que aseguraba un piolín grueso. Fruto orgulloso de sus terribles gomeras. Carne que iría con seguridad a engrosar la olla con el guiso que la madre prepararía esa noche y que tal vez mitigara el reto por haber eludido pedir permiso para esta incursión de caza que había surgido otra vez con la espontaneidad que contemple la hora de la siesta, cuando los mayores duermen, y el cielo es más alto y el sol cae más a plomo que nunca sobre la
quietud de los campos, cruzando esos callejones vacíos que solo es hollado por el paso presurosos de las iguanas soñolientas, los hurones rápidos y los más tontos cuises que vieron todos los tiempos.







LAS ENTREVISTAS DE CARLOS ALBERTO PARODÍZ MÁRQUEZ



Un encuentro en invierno*



Eduardo Dalter es también un poeta que ha publicado 25 libros, y dictado cursos en el país y el continente.




Con Dalter nos fuimos al “Trote” allí, para los que no conocen, en el corazón de Adrogué. Nos juntamos para repasar momentos que han marcado buena parte de la poesía y fuerte réplica con huellas que pueden rastrearse en otros idiomas.
Es un hombre cuidadoso, reflexivo, por lo menos lo parece y lo cuenta. De sólidos arraigos, luce su lugar ganado en la historia.



–Eduardo, empezamos por donde quiera…


–Bueno, yo nací en el Barrio de Velez Sarfield, un barrio vecino al de Mataderos, con sus zanjones, sus mejorados y sus barros los días de lluvia. En mi casa, pensaban, soñaban, con que yo, algún día, pudiera ser ingeniero. A mí me resultaba realmente extraño ese gusto familiar.



–¿Alguna señal del rumbo?


–Incluso no sabía, ni de joven ni de adolescente, qué era lo que me atraía. Sí los juegos y ya de adolescente las muchachas.
Eso sí estaba seguro de que me atraía. Siendo muy joven, menos de 20 años, empecé a ir a la Escuela de Bellas Artes, por Cezanne (Paul), por Monnet (Claude), por Renoir (Pierre Auguste). Corría el año, en que se publicó “Cien años de soledad”.



–¿El momento de la fertilidad cultural?


–Y ahí noté que eso tenía que ver realmente con mi vida, con mis sueños, con mis dudas, conmigo mismo, fue una inclinación sin apresuramientos, que yo dejé que se fuera decantando.
En 1971 y 1973 publico dos cuadernos poéticos y comienzo a colaborar en distintos suplementos y revistas literarias y culturales del país. Esos podrían ser mis comienzos.


–¿Por qué eligió el lenguaje poético?


–Siento que yo no elegí a la poesía. Cuando me quise dar cuenta, ya la elección había sido realizada hacía algunos años. Es como en los grandes amores, nadie elige, es un viento que envuelve, es un clima que colma.



–¿Y esa forma?


–Las formas de la cosa, son la cosa misma. Si uno lo dice con otras palabras está diciendo otra cosa. Si alguien tiene algo que decir y le merece alguna duda con cuál lenguaje explicitarlo, no es una cuestión formal lo que le merece dudas. En realidad, lo que está en duda es la esencia del mensaje mismo.



–Si cada libro es un escalón, ¿notó que ascendía?


–A veces me parece que fuera una mentira que yo escribí y publiqué veinticinco libros, pero claro, hay una realidad que lo indica.



–¿Debió enfrentarse consigo?


–A veces me pregunté: “¿Estás contento con todo lo que escribiste?” Y a veces me digo que me estoy haciendo mal la pregunta. Quizás tendría que preguntarme, también equivocadamente: “¿Estás contento con lo que viviste?” La vida fue así, mis poemas fueron así y ni en la vida ni en los poemas publicados hay borradores.


–¿Y cómo le fue?


–Nunca dejé de hacer lo que quise hacer, y siempre amé lo que estaba haciendo, si no, no lo hacía. No estoy en condiciones de pensar, como hubiera sido mi vida sin poesía, cómo hubiera sido mi vida sin los libros, ni tampoco como hubiera sido mi vida si no hubiera vivido en las casas que viví, con los amigos, con las mujeres que amé.



–¿Por qué se exilió?


–Hubo años en que uno era culpable de ser joven, ese sólo hecho merecía desconfianza. Yo celebro estos días que, aún con injusticias, nadie persigue a nadie porque tenga un libro bajo el brazo. Esos años en Venezuela me sirvieron para descubrir otros horizontes.



–¿Y qué descubrió?


–Conocí la poesía del Caribe. La poesía de las colonias de habla francesa, me dediqué a estudiar todos los discursos de Bolívar, que conforman una obra literaria, de pensamiento latinoamericano, que tendría que estar en las aulas de todas las casas de enseñanza del continente.



–¿El viaje a Estados Unidos fue un propósito, una búsqueda?


–Yo desde los años ‘70 me carteaba con un poeta de la historia de la poesía americana como (Irving) Allen Ginsberg. A través de él, una parte de mi producción poética fue traducida al inglés, y cuando muere, al año se le hace un homenaje en el Central Park.
Su secretario hizo que me invitaran a un tributo que se le estaba haciendo en la ciudad de Nueva York. Voy y conozco a jóvenes artistas de teatro del Harlem.


–¿Hubo continuidad con ese escenario?


–Volví al año siguiente con mi esposa y estuvimos revisando libros, obras pictóricas, pero sobre todo la producción poética del Harlem.
Hicimos un trabajo de estudio, de selección y traducción, en un libro que publicamos el año pasado, que se llama “Harlem, los blues de la historia”, traducidos por primera vez al español y de poetas prácticamente desconocidos o soslayados, en los mismos Estados Unidos. Diez poetas negros traducidos al español.


–¿Cómo fue su trabajo en la UBA?


–La UBA se llega a un corralito interno, en la Facultad de Filosofía y Letras se llamaba y se llama “los baches programáticos”, los latinoamericanos, desde la época de la ultima dictadura militar, que fue borrado del horizonte de la enseñanza; es reiterado a partir de estos seminarios que diseñé y dicté durante dos años, eran seminarios cuatrimestrales que abordaban la enseñanza de la poesía del continente.


–¿Un título para esta nota?


–Un encuentro en invierno tras los vidrios.




*


De Estos vientos (1984)


Nadie estuvo en sus ropas, en su
patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó
por estas calles.
El terror derribó puertas y espió
por las mirillas.
Una conmoción de muerte, de la
puerta para afuera
y de los ojos para adentro, nos
exilió del otro
y fuimos gente sola, de mirada
huidiza, en los rincones
como las hojas tristes que los
vientos amontonan



*Fuente: La Unión Espectáculos y Cultura 10/09/11 - http://www.launion.com.ar/?p=59060








INVIERNO EN BUENOS AIRES*



Junio en Buenos Aires
La oscuridad acaricia el semblante frío
De la alborada, pasos largos, temerosos,
Recorren las calzadas rumbo a Rivadavia


El silencio trepado en los edificios y casas
Y las luces automáticas prenden
Y apagan, la ciudad dormida
Comienza a despertar


Doce cuadras y algo más
El miedo traiciona la espalda,
Rostro entumecido, manos congeladas,
El colectivo abre las puertas,
Dificultad en los dedos para insertar
Las monedas y atrapar el boleto que se escapa,
En el fondo, algunos asientos vacíos
Y muchos rostros con sueñonada


Un viaje en silencio
Sólo el ruido del motor
Y la puerta que abre y cierra
-la próxima parada es la mía- piensa,
pasos largos baja del colectivo
y se interna en los pasillos sombríos del hospital


impresionante desfile de abrigos, gorros
y bufandas
y las miradas extrañas poblando el lugar,
en la fila, documento en mano
y obtener la ficha toda una hazaña,
la esperanza asoma las narices
cuando los de blanco inundan los consultorios


ficha número uno
pase por favor...



*De Ruth Ana López Calderón© anilopez20032000@yahoo.es







HAY QUE MATAR EL MENSAJERO*



“Si hay victoria en vencer al enemigo, la hay mayor, cuando el Hombre se vence a si mismo”
JOSÉ DE SAN MARTÍN



Había que matar al mensajero, amor.
Calcinar el mensaje. Lapidarlo.
Vaciar la memoria y las ideas.
Momificar la carne.
Apagar los relojes. Detener el tiempo.
Hoy es hoy. No hay ayer.
Hay que borrar las huellas.
“No hay muertos, solo desaparecidos”
Cerrar los ojos, los oídos, la boca.
No mires, no escuches, no hables.
Hay que talar árboles, raíces, frutos, brotes.
Matar al enemigo, amor.
Dejar vivo al Flautista de Hamelín.
Alimentar hocicos y cuidar el queso.
Apagar el sol. Tapar la luna con las manos.
Detener el río. El mar y las mareas.


Yo te visto, tristeza, de rodillas.
Abatida entre huertos de angustia.
También te he visto, levantarte.
Elevarte entre tristísimas naranjas.
Acariciar la desnudez de los duraznos.
Vencer al enemigo que hay en ti.
La luz, inmensa gira.
Entre molinos, vientos y revoluciones.
Gira, gira.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





*


Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.
-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.

sábado, septiembre 10, 2011

Y LOS OTROS RELATOS PARECEN ESTAR MUERTOS...



*Dibujo: Ray Respall Rojas.
-La Habana. Cuba.



Desde las profundidades de la noche*



Desde las profundidades de la noche
surgimos como un sueño sin banderas.


Resucitados y anhelantes
resolvimos prendernos en el viento
y atravesar las nubes tormentosas
que amenazaban, negras, nuestro sueño.


A un horizonte inmenso nuestros ojos volaron;
como locas gaviotas errantes planeábamos,
pero eran nuestros títeres los que se arracimaban
en la alegre cubierta de un barco que zarpaba.


Toda costa escondía una sorda presencia.


Siempre creímos que el mar nos salvaría
pero el mar resultó una pantomima,
una niebla poblada de fantasmas
que a nadie revelaron su secreto.


Y llegaremos, si llegamos algún día,
a ese horizonte que nos prometieron,
sólo para descubrir, horrorizados,
una tierra en tinieblas, una vasta penumbra,
un hostil territorio que a nadie da cobijo,
una noche terrible sin velas ni azucenas,
un pábilo extinguido sin ventanas ni estrellas.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/









LA OTRA CONFESIÓN: *




*De Guillermo Camacho. info@auroraboreal.dk
Twitter: @INFOBOREAL



¡Lo estamos observando!
Esas tres palabras, simples pero contundentes, estaban escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes. La nota del papelito amarillo venía pegada a la carátula de la última versión del folleto sobre Acoso Sexual que había publicado la oficina unos años atrás.
¡Me quedé helado!
Tuve que sentarme y volver a leer pausadamente la nota.
Me volvió a parecer que las tres palabras eran categóricas, concluyentes.
Todo había pasado muy rápido en los últimos diez días. Esto era curioso, porque si hay algo que caracteriza a nuestra institución, además de ser tal vez la mayor organización internacional del mundo, es la lentitud en el ritmo de las acciones y la toma de decisiones. Dos semanas atrás se había decidido que mi división se mudaría tres pisos más arriba, a las antiguas oficinas del departamento de recursos humanos. A ellos los habían trasladado a un nuevo y hermoso edificio frente al río, donde también estaba ubicada la Secretaría General y los Consejos Generales, de Seguridad, Económicos y de Administración.
Me olvidé por completo de que a la mañana siguiente partiría en misión a un país caribeño. Estuve fácilmente media hora sentado, revisando mis veintitrés años de servicios en la organización. Repasando cuidadosamente episodios que pudieran ser la causa para que hubiera recibido aquella nota insinuante y atrevida con el folleto de pautas y comportamiento sobre Acoso Sexual. Aquel documento ya tenía sus años. Había sido presentado como parte de una serie de manuales sobre formas de actuar y seguridad después del ataque a las Torres Gemelas. Pero todo eso era pasado.
Sentado en aquella silla de mi nueva oficina, aún con la piernas temblorosas y la boca reseca, me vino a la memoria mi época de estudiante universitario y las apasionantes discusiones sobre la conciencia moral. Me enfrasqué una vez más en el concepto de que ciertas personas observan una determinada conducta moral y que otras se conducen de forma inmoral.
Pero yo, ¿cuál principio moral había violado?
No encontré en el archivo de mi memoria durante los años de servicio ningún acto que mi conciencia rechazara. Ninguna obligación a reparar algún mal. Aquella reflexión ayudó a que mis piernas dejaran de temblar, la saliva me volviera a fluir humedeciendo mi boca y la temperatura de mi cuerpo subiera otra vez. Descubrí con placer mi reflejo en el vidrio de la ventana. Ya no estaba lívido. Terminé de desempacar cajas, agarré mis notas para el viaje y me fuí al Caribe a mi misión de trabajo.
Las dos semanas de trabajo en el Caribe fueron intensas, pero gracias al clima tropical marítimo de la isla, que en esos días estuvo influido por unos vientos agradables, y su rica comida, una mezcla de sabores del África y de la India, me hicieron olvidar por completo el papelito amarillo con sus tres palabras contundentes.
Regresé del Caribe a mi nuevo despacho. A pesar de que lo encontré en orden -ya todo el equipo se había mudado a sus respectivos cubículos y lentamente cada cual empezaba a agregarle ese toque personal que humaniza la oficina-, había algo extraño en el ambiente que no pude identificar.
Tal vez al único que le noté un aire distinto, algo nervioso, fue a Huguito, el empleado de menor rango de mi unidad. Lo conocía de antaño. Huguito había estado encargado durante los últimos veintisiete años de los aspectos logísticos de mi unidad, llámese boletos aéreos, suministros de papelería, mantenimiento de fotocopiadoras, el café y hasta las flores de la sala de reuniones por mencionar tan sólo algunas de sus tareas más evidentes. Era querido por todos. Algunos incluso lo apodaban cariñosamente Don Hugo, porque efectivamente era un as para hacer milagros y solucionar problemas de última hora. Y gracias a Huguito siempre quedábamos bien. Con las mujeres del equipo era detallista, especial. Todo un caballero. Se acordaba de sus cumpleaños, les hacía favores personales. Realmente un gran elemento en el grupo. Estuve tentado de preguntarle qué le pasaba, pero me contuve concluyendo que debía estar exhausto después de la mudanza, porque éramos diez y seis hombres y diez y ocho mujeres en toda mi unidad. Supuse que durante mi viaje en misión al Caribe todos habían abusado de sus favores.
Para sorpresa mía, a los dos días de mi regreso Huguito me pidió audiencia. Al entrar a mi oficina se disculpó por interrumpirme, cerró la puerta y me aclaró que me iba a hablar como amigo y no como subalterno.
- Doctor llevo quince días que no pego un ojo, me dijo cuando se desplomó en la poltrona de cuero de mi despacho.
Su cara estaba demacrada. Unas bolsas debajo de los ojos daban fe de que llevaba días sin dormir. Su respiración estaba acelerada. Empezó a hablar, pero a la segunda palabra se deshizo en un llanto que me asustó. Lo dejé llorar en silencio, temiendo que me iba a anunciar lo peor, mientras le servía un poco de agua. Me juró por sus dos hijos a quien yo conocía desde el nacimiento que él no había hecho nada de mala intención. Él era incapaz; y a estas alturas de la vida, si llegaba a perder el puesto sería el fin. Todavía le quedaban doce años por pagar de la hipoteca de la casa. El menor acababa de empezar en la universidad. A la mayor le faltaba un año para graduarse de profesional. De hecho, me había nombrado padrino indirecto de la hija mayor. Me recordó el esfuerzo monumental que estaba haciendo por educar a los hijos, por darles una educación para que tuvieran un futuro mejor que el suyo, que aunque no se quejaba porque el salario era bueno, no le deseaba a los hijos que se quedaran sirviendo el café o preocupados porque el papel para las fotocopiadoras no había llegado a tiempo.
Dijo muchas otras cosas, algunas incongruentes, pero se detuvo y me miró fijo a los ojos cuando me confesó que las palmaditas en las nalgas que le daba a la secretaria de Sandro Trombatore eran de puro cariño. Después de esa confesión le volvió a dar rienda suelta al llanto.
Cuando se calmo abrió el puño y me lo mostró:
Un post-it de color amarillo, arrugado, con tres palabras simples pero contundentes escritas en una caligrafía perfecta y con un estilógrafo de los de antes:
¡Lo estamos observando!
Volvió a llorar a moco tendido como un niño indefenso mientras se le retenía la respiración y se ahogaba en unos suspiros. De repente dijo:
Este post-it me llegó pegado a la carátula del folleto de Acoso Sexual. Pero le juro Doctor que mis palmaditas en las nalgas de la secretaria del Doctor Trombatore son inocentes. ¡Si ella podría ser mi hija!
Cuando Huguito se volvió a calmar me pidió que intercediera ante los grandes jefes. Es más correcto decir que me rogó que abogara por él. No lo podían botar. Confesó que sí era cierto que cuando subía el papel de las fotocopiadoras hablaba con los otros empleados de las piernas de la Doctora Pinto -porque efectivamente las tenía muy buenas- pero que era ella la que le pegaba el culito en el ascensor cuando iba lleno. Él nunca le había dicho nada porque suponía que desde que el italiano la había dejado plantada a la Doctora Pinto le debería hacer falta un macho en casa. Además, él entendía que ella con la cara insinuaba que sí le gustaba ese roce del ascensor. Antes de dejar mi oficina y obligarme a jurar que intercedería por él ante la administración, aceptó que había tenido una aventura con una secretaria, pero que eso había durado unos pocos meses y sólo en una ocasión habían hecho el amor en las oficinas. Además recalcó que esa aventura no valía porque por aquellos años no existía el tal folleto de Acoso Sexual.
La historia de Hugo me dejó perplejo. No pude concentrarme en toda la mañana. Decidí salir a almorzar más temprano que de costumbre. En el ascensor me encontré con Roda, quien me preguntó si me importaba que fuéramos a comer juntos. Quería comentarme algo, pero como yo había estado en misión en el Caribe no había tenido oportunidad. Sugirió que no comiéramos en la cafetería del edificio porque lo que me iba a comentar era delicado y prefería un lugar más discreto y alejado de la oficina. Dijo que él invitaba. Me llevó a un restaurante costoso que usamos cuando tenemos invitados importantes. Ordenó una botella del mejor vino blanco sin preguntar y a pesar de que yo le dije que tenía que volver en la tarde a trabajar a la oficina.
No he hecho nada en toda la mañana. Tengo que volver a terminar el reporte del viaje al Caribe, pero no me escuchó. Cuando iba por la mitad de la botella, ya tenía las mejillas rojas y se había fumado cuatro cigarrillos desde que habíamos llegado, le pregunté:

Bueno Roda, ¿de qué se trata la vaina?
Después de un rodeo, en el cual me dijo que yo sabía que él era un verdadero amigo mío, que podía confiar en mí, que nuestras esposas también eran buenas amigas y que no era sólo porque jugaban al tenis juntas desde hace tantos años, tenía que confesarme que llevaba tres años enredado con la uruguaya de la unidad. Que no pensaba separarse porque eso destruiría a su señora y que él no pensaba dejar a sus hijos. Pero que tampoco estaba en sus planes dejar a la uruguaya. La uruguaya y él habían encontrado un equilibrio que no molestaba a nadie. Sólo se veían cuando estaban juntos de misión en el extranjero y que cuando volvían muy rara vez se veían por fuera de la oficina. Tomó una copa de vino de un sorbo y sacó del bolsillo de la chaqueta un papelito amarillo en el que pude leer claramente:
¡Lo estamos observando!
No había duda. Aquel post-it amarillo también había sido escrito con un estilógrafo de los de antes y con una caligrafía perfecta. Era contundente. Lo volví a leer en silencio y muy despacio. Una vez más me volvió a parecer categórico y concluyente.
Viejo, me dijo cariñosamente, llevo noches sin dormir. No me puedo concentrar. Me irrito por cualquier cosa. Stella se huele algo pero eso lo resuelvo yo. Lo que me tiene preocupado es este papelito de mierda que me llegó con el folleto de Acoso Sexual. Lo curioso es que nadie lo sabía en la oficina. Hemos sido muy cuidadosos conociendo las reglas. Alguien nos tuvo que haber delatado. Algún envidioso. Alguien que no tolera que tenga de amante a una uruguaya quince años más joven que yo. Tal vez es Lucía la del Consejo de Seguridad. Ella quiso tener algo conmigo pero yo la rechacé. Pero ahora creo que ella nunca lo superó y se está vengando. ¡Viejo me tienes que ayudar si hay una investigación!
No me quedé a tomar el café. Inventé cualquier disculpa y me fui asqueado. Desilusionado, sorprendido de mi ceguera. Mi incompetencia quedó demostrada. Durante las siguientes semanas el ambiente de la oficina empeoró. Catorce de los diez y seis hombres de mi unidad desfilaron por mi despacho con diferentes pretextos, pero todos confesaron un mismo delito. Por supuesto que hubo variaciones en los personajes, y en un caso, uno de los personajes era elemento central de varias historias simultáneamente; pero el delito y el detonante fueron siempre el mismo: una nota escrita con un estilógrafo de los de antes en una caligrafía impecable con tres palabras contundentes pegada al viejo folleto de Acoso Sexual de la oficina:
¡Lo estamos observando!
Todos de una u otra forma me pedían lo mismo, que abogara por ellos ante la administración central en el caso de que hubiera una investigación. El único que no había pasado por mi oficina era Sandro Trombatore. A Sandro lo conocía desde la época en que fuimos a Columbia e hicimos un posgrado juntos. Luego el destino nos volvió a juntar en la misma oficina. Desde entonces habíamos consolidado nuestra amistad. Estaba tan decepcionado de todos que no le quise comentar el asunto. Estuve tentado, pero lo vi tan contento y alejado de esa problemática decadente de nuestra unidad que no quise contaminarlo con ese ambiente negativo. Aunque debo confesar que sí le di tiempo, pues para ese momento estaba convencido de que todos los hombres de la unidad, incluido Sandro, habíamos recibido el famoso post-it con las tres palabras.
Pero Sandro Trombatore nunca se presentó en mi oficina. Y en cierta forma fue un descanso para mí. Al menos otro que podría decir que también tenía la conciencia tranquila.

La noticia de la muerte de Huguito nos llegó como un bombazo. Se desplomó una mañana en la sala de las fotocopiadoras. Un infarto fulminante acabó con él. En el entierro su mujer me confesó que su marido llevaba más de un mes sin dormir, preocupado por algo que nunca le quiso confesar.
Volvimos del entierro. Sandro vino a mi oficina a subirme la moral porque me vio muy afectado. Me dijo que esa era la vida, que es corta, que hay que gozarla, que hay que disfrutarla mientras tengamos salud. Que jamás hay que perder el sentido del humor, porque si no le puede pasar a uno lo mismo de Huguito. Quedarse tieso cuando uno menos lo espera. Que había que tener filosofía de vida.
Entonces me confesó la travesura. El día de la mudanza se encontró en su oficina con una pila de dos mil folletos sobre Acoso Sexual que los del departamento de recursos humanos nunca quisieron llevarse a pesar de que se cansó de pedirles el favor de que vinieran a retirarlos. Mientras yo lo miraba atónito me dijo:
Caro, imagino que los has visto. Es un folleto hermoso de cuatro paginas de instrucciones y pautas sobre lo que no se debe hacer y sí se puede hacer. Están impresos en ese papel semi mate fino. Cuando estaba a punto de tirarlos se me ocurrió la idea y escribí diez y seis notas. Hasta te mandé uno a ti.
¡Lo estamos observando!
Pero definitivamente parece que en esta oficina ya nadie tiene sentido del humor porque hasta la fecha de hoy absolutamente nadie me ha hecho un comentario al respecto. Ni siquiera tú, pícaro, que te conozco todo el recorrido.
Luego soltó una carcajada homérica que aún estoy escuchando en mis oídos.







EMBRUJOS MUSICALES*



"Por la música, las pasiones gozan de ellas mismas."
FRIEDRICH NIETCHE



Dolorosos placeres. Incontestables goces.
Embrujos musicales.

Por mi piel desnuda, se deslizan.
Lentamente.
Siento que vienen desde antes del hechizo de enero.
De anticipadas nanas.
Más acá de la negación de mi muerte.
Mas allá del dolor y del goce.
Vienen desde certeza de una entrega.
Desde un fuego entrañable.
Previo al espacio incendiado de mi lengua.
Iniciadas antes del tiempo del primate

Despueblan mi soledad y me nombran.
Y estoy preñada de sones y de tonos.
Y el goce del embrujo musical me posee.
Patrimonio del cuerpo inmaterial que me habita.


*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








La mujer y el relato*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



Lunes. Son las siete y media de la mañana. En Budapest, donde no pasa nunca el camión regador y las calles de cemento ignoran el frescor milagroso. En Budapest la mujer que camina por la vereda a esa hora de la mañana recoge el relato que alguien dejó caer. Los pájaros están sobre los árboles, los
esposos están bajo la ducha y el relato huele a madera de cerezo. La mujer no es una maquinita de vivir, un algo, un aquello. Nunca ha estado más cerca de los hombres que de la luna. Jamás ha leído esa novela rusa en que una joven se casa con un viejo que tiene cuatro hijos y se lleva a vivir con ellos al amante. Tampoco está cubierta de una resina sagrada, pero camina por la vereda como una mujer cubierta de flores.
Martes. Son las siete y media de la mañana. En Bangladesh. La mujer que camina por la vereda toma el relato que dejó la mujer del día anterior y avanza. Cómo le impresiona el tigre del jardín zoológico. Anda de un lado para otro sin detenerse demasiado tiempo en ningún lugar. El tigre. A veces tiene el pelo rojo, a veces negro, la mujer. La mayor parte del tiempo se limita a escuchar las conversaciones ajenas. El tigre. Procura no mirarla a los ojos, el tigre. La mujer piensa que es una pena que esté lloviendo en Niza. En realidad está pensando en otra cosa, pero pensar eso le sirve para no pensar en otra cosa. El tigre camina por un sendero hecho a su medida.
Tiene un hermoso lomo inmensamente cautivo. El tigre. La mujer cierra los ojos en el momento en que el tigre le da por completo la espalda.
Miércoles. Son las siete y media de la mañana. En Dock Sud. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior y se lo mete en el hueco de su existencia. A esa hora de la mañana las moscas ya están libando las moras que crecen en los bordes de los caminos, lejos de Dock Sud. La mujer libada recuerda cómo la noche anterior se contrajo y se dilató. Algo misterioso, menos gris que Dock Sud anida en ella. El perfume de la tierra mojada por el camión regador. Algo más libado
que el lento naufragio cotidiano, por las calles de Dock Sud, anida en ella.
Jueves. Son las siete y media de la mañana. En Kioto. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior sobre el ala de una luciérnaga posada sobre el lomo del tigre. Ligeras brumas, densas nubes se desvanecen en la espalda del animal dorado que dejó la mujer del día anterior. La mujer toma el relato y se lo lleva sin hacer ruido por una vereda de terciopelo, nocturna. Se lo lleva al impresor-librero. Es tan acuciante como caer en un pozo. Tan suave como las dos muchachas que vuelven a besarse bajo la cara diminuta de un pequeño sol en una novela francesa.
Viernes. Son las siete y media de la mañana. En Jerusalén. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior, es un juego que comienza con la cabeza en la noche y termina con el cuerpo en el abismo. La mujer ha mojado los dedos tres veces en agua al despertar
porque los malos espíritus anidan en la segunda y tercera falange, según consta en el diario íntimo de un judío de verdad. Pero el judío cree que este rito ancestral previene que la mujer toque el rostro de su marido apenas despierta, porque en sueños puede haber tocado, sin posibilidad de dominarse, las axilas, el trasero o los órganos genitales.
Sábado. Son las siete y media de la mañana. En Paysandú. La mujer que camina por la vereda toma el relato que la mujer del día anterior sostenía con los dedos. Es un relato de mujer a oscuras. De mujer que se saca el pantalón en el dormitorio y busca un rincón mientras los vellos se le erizan y permanece
unos instantes sin moverse. Amarillo. Un relato de mujer que escucha pasos que suben por la escalera. Se apura. Anaranjado. Un relato de alguien que coloca la mano bruscamente sobre el picaporte. Rojo. Un relato de alguien que enciende la luz. Violeta. Y el relato de la mujer muere en su pequeña muerte. Asfixia.
Domingo. Son las siete y media de la mañana. En Malibú. La mujer que camina por la vereda toma el relato que ha dejado la mujer del día anterior y chasquea la lengua que huele a alcohol. El sol sale echando perfumes de damasco y melón. Con ese sol perfumado todo es más fácil, más difícil. La
mujer piensa fantasías que la fantasía no piensa. Se asusta mucho, poco, nada, mucho. Las diez mil maneras de nombrar a una mujer no alcanzan para nombrar a esta mujer que tiene el hábito de caminar a las siete y media de la mañana por cualquier ciudad del mundo, nos sirve la luna en un plato de azúcar, y llama al hombre para un trato íntimo con ella, y el hombre acude.
Y los otros hombres parecen estar rígidos. Y los otros relatos parecen estar muertos.



*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-30362-2011-09-10.html







Contrasentido*


Licencia
que encabeza
la arbitrariedad
Preludio
que amedrenta
la recuperación
Creencia
que evoca
el orgullo

Mutila
los cuerpos
el sicario
Domina
la soberbia
las vestiduras

El cíclope
agrupa
el instrumental
Desnudo
el nódulo
mendiga.

*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com




*


Inventren Próxima estación: DUDIGNAC.

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/




InventivaSocial
Plaza virtual de escritura

Para compartir escritos dirigirse a : inventivasocial(arroba)yahoo.com.ar
-por favor enviar en texto sin formato dentro del cuerpo del mail-
Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog: http://inventivasocial.blogspot.com/



Edición Mensual de Inventiva.
Para recibir mes a mes esta edición gratuita como boletín despachado por
Yahoo, enviar un correo en blanco a:
inventivaedicionmensual-subscribe@gruposyahoo.com.ar




INVENTREN
Un viaje por vías y estaciones abandonadas de Argentina.
Para viajar gratuitamente enviar un mail en blanco a:
inventren-subscribe@gruposyahoo.com.ar


Inventiva Social publica colaboraciones bajo un principio de intercambio: la libertad de escribir y leer a cambio de la libertad de publicar o no cada escrito. los escritos recibidos no tienen fecha cierta de publicación, y se editan bajo ejes temáticos creados por el editor.

Las opiniones firmadas son responsabilidad de los autores y su publicación en Inventiva Social no implica refrendar dichos, datos ni juicios de valor emitidos.

La protección de los derechos de autor, o resguardo del copyrigt de cada obra queda a cargo de cada autor.

Inventiva social recopila y edita para su difusión virtual textos literarias que cada colaborador desea compartir.
Inventiva Social no puede asegurar la originalidad ni autoria de obras recibidas.

Respuesta a preguntas frecuentes

Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.

Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y noticias que se publican en los medios de comunicación.

Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de cada escrito es un intercambio de libertades entre escritor y editor. cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de estilo ni formato.

Cómo se sostiene la actividad de Inventiva Social ?
Sus socios lectores remuneran con el pago de una cuota anual el tiempo de trabajo del editor.

Cómo ayudar a la tarea de Inventiva Social?
Difundiendo boca a boca (o mail a mail ) este espacio de cooperación y sus propuestas de escritura.