viernes, mayo 25, 2012

LO QUE NUNCA SE OLVIDA...


*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.




BREVE TESTIMONIO GENERACIONAL*

            
      A mi generación, muchos ya no están, pero estuvieron.


*De MIGUEL CRISPÍN SOTOMAYOR.  arcomar@cubarte.cult.cu
La Habana. Cuba.



Yo conocí a un pueblo sembrado de ignorancia
y me fui a combatirla con libretas y lápices.

Conocí los cañones treinta y siete milímetros, las marchas
y los tiros nocturnos tendido sobre el lodo y arriba un temporal.

Y aprendí a distinguir entre estrellas y aviones,
lo que es un hombre rana y qué las noctilucas, a  controlar el miedo.

Conocí los resbalo en empinadas lomas y el café recogido
voltearse del morral en medio de la lluvia  y truenos estomacales.

Las frías madrugadas
y al mediodía el sol derretir el cerebro en un cañaveral.

Yo conocí el hambre con dos mudas de ropa para vivir el día. Y otra para hospital,
velorios y festejos. Los zapatos de yute con suela de madera, “estilo japonés”.

Conocí a luchadores que fueron guerrilleros y luego asesinados
por fuerzas represivas de alguna dictadura.

Conocí la miseria de los negros africanos, la crónica malaria y su tuberculosis,
y a niños disputarles la comida a los perros, en tachos de basura.

Yo conocí, lo que nunca se olvida.






LO QUE NUNCA SE OLVIDA...






LA BLANQUEADA  (PINAMAR)*

                                                                       
A  Norberto



Niñas sorbiendo el verano.

Picaflores tomando su leche de azúcar de

tus manos.

Sentarse en el jardín a mirar como pasa la gente, la tarde, el tiempo.

Y el universo es ese polvo de luz, esas hijas jugando,

ese hombre domesticando pájaros y el olor de medialunas calientes.

Un pequeño perro abandonado buscando su lugar entre nosotros.

Atrás el fosforescente bosque, adelante el mar.

Como si el paisaje fuera el papel celofán

con ruidito y todo para envolver el momento.


 *De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com







 REDADA*


Íbamos con palos a terminar con el ruido traidor. Vimos a un niño escondido detrás de los contenedores de basura, con un reloj pequeño en su mano.
−Dame el reloj −le dije.
−Es mío, yo lo encontré.
−Su mecanismo se ríe de ti, de todos nosotros. Hay que terminar con ellos, nos están contaminando con sus minutos, nos adormecen con sus cuartos, las horas nos ahogan. Créeme, tú eres pequeño y sabes menos de la vida, yo ya he pasado por muchas dictaduras de esferas y manillas que ahora estarán oxidadas.
−¡Libertad, libertad! −gritaban los aliados−. ¡Abajo los relojes, muerte a los relojes, muerte al tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo!
Mis manos se acercaron al niño, hacia sus manos, luego subieron al cuello. El niño gritaba. Rodeé su cuello con suavidad. Gritos más profundos. Las manos se desligaron de la mente, y ya no sabía si presionaba o no. La voz débil de su garganta infantil me contestó. No la escuché, seguí, seguí, hasta oír un cuerpo contra el suelo. Cogí el reloj, lo tiré, lo pisé, oyendo mi grito:
‒¡Relojes, harpías del tiempo! ¡Relojes, harpías del tiempo! 


*De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es









"De la maldición de la literatura"*



*Fragmentos del ensayo de Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com


***

 Escribir es una actividad producida a partir de la angustia. Escribir es una actividad producida a través del placer: dos proposiciones, al parecer contradictorias. ¿qué verdad puede caber en cada una de ellas? La respuesta más mediocre que se puede intentar: “depende de la personalidad del escritor y su posición ante la vida”. Descartable. Si hablamos de la maldición de la literatura, a partir de este título alguien podría inferir que yo pienso en la escritura desde la angustia. Lo que me parece es que angustia y placer nunca fueron términos opuestos y que el placer de escribir puede nacer de la angustia o que la angustia de escribir puede provenir del placer. Lo que yo creo y alabo es la mala fe del escritor porque sabe que toda su obra es mentira, pero no por situarse en la ficción sino por la misma mala fe de las palabras. Como la mala fe de las palabras es algo indudable, alguien que la pone de manifiesto tiene buena fe y dice una verdad. Semejante acumulación de paradojas es un sufrimiento: el bien que alguien podría concebir de la armonía en términos humanos parece descartada. Pero también semejante acumulación de paradojas da el placer de lo risible y de lo absurdo. ¿Y por qué razón lo absurdo produce la risa? ¿Se trata de un espasmo de llanto, una forma de transmutarlo? ¿O tal vez la tragedia es la forma más perfecta del placer de lo fatal, lo misterioso, lo que parece efímero y ni siquiera se sabe si lo es?
¿Hasta donde el misterio es fuente de placer o es el dolor de lo inentendible? El lenguaje genera como Mal-Decir, ¿sufrimiento o placer? El sufrimiento que acarrea la existencia, ¿no es interesante y fuente de un gozo secreto? ¿El gozo sea secreto o manifiesto no es el eterno generador de la culpa?



***

Lo poético comparte con Eros la sensación de ajenidad. El placer produce una sensación doble: la de estar en la tierra con raíces mucho más profundas (o si se prefiere estar en el unomismo raigal) y además salirse de sí. Estar en el centro ...y afuera. Eros requiere otro: aunque sea un doble imaginario.
Se está más afuera que nunca, se es otro y se es más uno mismo que nunca. La sensación es de tensión y liberación, goce y dolor. En la obra literaria aparece lo abismático, lo extraño. Las cosas son, no sólo algo completamente ajeno sino que forman otro mundo, un mundo lateral de imposible acceso. Las palabras nunca logran de decir ese mundo: esa indecibilidad es precisamente lo poético. En la vida diaria se hace como si se dijera algo, en la poesía se manifiesta de pleno la indecibilidad. Como en la unión erótica: soy y no seré nunca el otro que amo, que será más otro que los otros, por estar al lado, por ser un mundo lateral. Las palabras ya no me sirven ni para la farsa de comunicación: están salidas de sí.

*"De la maldición de la literatura", ensayo que publicara en septiembre en Ruinas Circulares.








ESOS OJOS*



Ya estoy cansada; todas las Nochebuenas lo mismo. Estamos de fiesta en el jardín, divirtiéndonos, lo más bien, y mamá se va. Siempre igual: cuando ya falta poco para las 12 se levanta de la mesa, dice "bueno, me tengo que ir a la Facultad", me da un beso y se va. Yo no entiendo por qué en esa Facultad de porquería se les ocurre que haya examen justo un 24 de diciembre y, encima, a esta hora. A mí no me gusta ni medio que mamá se vaya, me da bronca no poder estar con ella para abrazarla justo cuando suena el pito de la fábrica, y parece que todos tiran petardos al mismo tiempo, y hay un ruido impresionante, y toda la familia hace chin-chin con las copas, y la abuela se pone a llorar pensando en el abuelo, y mis tíos se besan y se dicen Feliz Navidad. Sobre todo me da bronca que no esté cuando Papá Noel se asoma por la terraza, nos saluda desde arriba diciendo "jo-jo-jo" y baja por la escalera con esa bolsa grandota de lona donde están todos los regalos.
¡Pobre mamá! Todo el mundo festejando y ella en la Facultad. Por suerte al rato vuelve y dice "rendí bien" y entonces todos la felicitan, y yo corro para mostrarle mi regalo, y es como si las palabras que le digo se chocaran, porque quiero contarle todo en un ratito: los gritos del tío Néstor cuando ve a Papá Noel, el traje rojo y blanco, la barba suave como de algodón, la bolsa enorme que trae, la voz gruesa con que nos habla, la forma graciosa en que se ríe mientras va bajando...
"Subí la música", dice el tío Oscar, y la tía Tere va hasta el tocadiscos que pusieron en la galería. Los grandes siguen comiendo aunque mamá no esté, y toman cerveza, y se ríen, o hablan de esas cosas aburridas que entienden ellos solos. Mis primos siguen corriendo y dando vueltas al árbol iluminado
que está en el fondo, pero yo no, porque mamá se acaba de ir otra vez. Le
pedí que me dejara acompañarla pero ella me dijo que yo era muy chiquita para ir a la Facultad, que tenía que quedarme, si no Papá Noel no iba a saber a quién darle mi regalo. Después me dijo "no te preocupes; en un ratito vuelvo", me dio un beso en la mejilla y se metió en la casa. Yo iba a seguirla, pero justo en ese momento la tía Susy me distrajo ofreciéndome helado y, cuando quise acordar, mamá ya no estaba.
La tía Susy es buena conmigo y me quiere hacer reír mientras mamá no está.
Igual, a mí no me gusta que mamá me deje sola justo en este momento. No quiero que se vaya; tengo miedo de que le pase algo. Que se muera como papá, por ejemplo, que se murió cuando yo era una beba y ahora está en una estrella que no sé cuál es. No me gusta que me deje porque me pongo a pensar cosas feas, como ahora, y me agarra una cosa adentro como cuando estoy engripada y no puedo respirar bien, o como si tuviera un bicho en la panza, y entonces se me van las ganas de jugar con mis primos, y de correr, y de tirar cohetes, y me quedo callada mirando el cielo, y juego a adivinar en cuál de esas estrellas chiquititas andará mi papá.
"¡Silvita, vení a brindar que van a dar las doce!", grita la tía Tere y todo lo que estaba pensando se borra como cuando apago la tele. Entonces voy a la mesa y el tío Oscar me da una copa llena de jugo de naranja, y yo me enojo con la tonta de Lucy que me quiere meter maní adentro de la copa, y el tío
Oscar lo reta a Pipo porque Pipo no quiere dejar de tirar cohetes, y la abuela vuelve a decir que no seamos salvajes, y la tía Tere mira el reloj y empieza "¡cinco!", y todos la seguimos, contando de adelante para atrás, "¡cuatro!", y yo me pongo nerviosa porque no veo la hora de saber si Papá Noel me trae o no la muñeca que le pedí, "¡tres!", pero también un poquito triste por mamá que se tuvo que ir, "¡dos!", y también por mi papá que está en una estrella y nos debe estar mirando, "¡uno!", y gritamos "¡Feliz Navidad!" todos juntos, y nos abrazamos y besamos, y suena el pito de la fábrica que a mí siempre me da un poquito de miedo, y el perro se asusta y se pone a ladrar, y a la abuela le empiezan a salir lagrimitas de los ojos como siempre que nos juntamos para festejar algo, y los tíos la abrazan
fuerte, y el perro se asusta y se sube a la mesa y se pone a hacer desastres, y entonces la abuela deja de llorar y le empieza a gritar al perro, y todos nos reímos, y el tío Oscar se vuelve a enojar con Pipo porque Pipo no le hace caso y sigue tirando cohetes cerca de nosotros, y el tío Néstor grita: "¡miren, miren, allá arriba, Papá Noel!" y todos vemos al viejito que se asoma por la terraza, y los grandes hacen "¡ooooh!", "¡aaaah!", y los chicos nos quedamos con la boca abierta, y hasta Pipo deja de tirar petardos y se queda él también mirando para arriba. Papá Noel se apoya en la baranda y pregunta: "¿Alguien quiere un regalo?", y todos decimos "¡síííí!", y pregunta si todos nos portamos bien, y le contestamos
"¡síííí!", y va bajando de a poco, y todos los chicos corremos y nos peleamos para que nos dé nuestro regalo antes que a los otros. Papá Noel se ríe con esa voz gruesa que tiene, apoya la bolsa en el suelo y empieza a sacar paquetes: uno para Lucy, otro para Juanse, otro para Pipo... A mí me
deja para el final. "A ver qué tenemos para esta señorita", dice, mete la mano, y revuelve un rato hasta que saca un paquete azul, todo brilloso, con un moño rosado en una esquina, y me lo da, y yo me río, y le doy un beso en la barba y le digo "gracias" como me enseñó mamá que hay que hacer cuando a una le regalan algo. Pero en lugar de salir corriendo como los otros a abrir el paquete, le agarro la mano y me quedo mirándolo, y él también me mira con esos ojos de persona buena que tiene, y por un ratito ninguno de los dos habla, hasta que de golpe a mí me sale una cosa de adentro y se me da por decirle "Señor, usted que anda por el cielo, ¿le puede decir a mi papá cuando lo vea que yo le mando un beso?", y entonces no sé por qué él me mira así, como si estuviera por llorar como la abuela, pero no llora, me abraza y me agarra la cabeza, y me aprieta un rato largo contra su panza, hasta que el tío Oscar hace como que se enoja porque no le dan su regalo, entonces Papá Noel me acaricia el pelo, y yo le digo chau, y ahora sí me voy corriendo hasta la mesa, y abro el paquete y ahí está la muñeca que pedí, y me pongo tan contenta que no sé qué hacer, y lo miro a Papá Noel de nuevo y veo que él también me está mirando, y es raro, porque yo siento como si me quisiera decir algo, y por eso lo saludo desde lejos, y él también mueve la mano, y la tía Susy se para cerca del árbol iluminado y nos pide a todos que le mostremos los regalos, y yo corro para ponerme en la cola, y el tío Oscar muestra las medias, y la tía Tere la malla, y Pipo la pelota, y cuando vuelvo a mirar para el otro lado, Papá Noel ya no está.
Es una lástima que mamá no haya podido verlo, pero ahora no voy a pensar más cosas feas, porque por suerte ya falta poco para que vuelva de la Facultad.
Me voy a ir con mi muñeca nueva a comer turrón y pan dulce y, apenas la vea entrar a mamá, voy a correr para abrazarla y decirle que la quiero muchísimo, le voy a mostrar mi regalo, y después le voy a contar (porque seguro que ella no lo sabe) que Papá Noel también tiene los ojos azules. Tan buenos y tan azules como los de ella.


*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009







*


rio abajo
Aurora, arrullo,
niebla, escarcha,
oxigeno, piedra,
nacimiento, sol.
Un hilo delgado comienza
a unirse con otro,
y una gota de rocío
se descuelga, perezosa
para aumentar su caudal;
inicia el descenso de su vida,
ignorando aún la desventura.
Gime, tropieza, se desvía,
elude con destreza el ignoto escollo,
da un rodeo, no hay apuro;
se alimenta de otra gota mas delgada,
y de otra mas espesa.
Insuflado de coraje y nuevos bríos,
Arremete, ladera abajo,
sin ambages, sin pruritos.
Una nube que se forma en la cima,
le regala una frescura que lo engorda,
y allí va … avasallante! ;
Ya la roca lo respeta,
Y el intrépido torbellino desafiante,
Se hincha de placer y va creciendo,
Su vigor no tiene límites.
De repente lo divisa: allá abajo está el valle,
su destino inexorable.
Ahora es ancho y más profundo,
ya no hay miedos, no hay excusas,
corre rápido, anhelante,
y salpica, y perfuma,
se enamora del paisaje,
ni las flores más hermosas lo detienen.
¡Tiene hambre! , ¡Tiene sed! ,
siente ansias de futuro,
no se olvida del origen,
le apasiona el recorrido, su presente,
pero intuye que más allá
donde el tiempo se eterniza,
ya lo espera y va a su encuentro.
Viborea, se endereza, se apretuja,
y luego de mil vueltas y meandros,
remolinos y remansos de locura y placidez...
... se entrega.
¡Es el mar! que lo abraza ,
que lo sala dulcemente,
y lo vuelve a la vida!!!


*De Hugo Petro. cuentohugo49@yahoo.com.ar






*


Mi padre estaba preocupado por la alimentación de los zorzales. Entre fines de febrero y mediados de marzo él hacía la vendimia casera. Había en esa época dos parras, una de uva negra y otra de la blanca. A los zorzales la uva blanca nunca les gusto. Por eso, cuando cosechaba la uva negra, iba dejando ramilletes con las uvas que no habían madurado a tiempo. Sabía por experiencia que esas uvas estarían con color recién en abril o mayo según el clima.  Mi padre nos explicaba que se puede podar la parra en los meses sin erre, mayo, junio, julio, agosto. Él retardaba la poda anual de la parra hasta bien entrado junio con ramas claramente desnudas y pocas hojas arrugadas como recuerdo del cercano esplendor del verano. Si le preguntábamos porque dejaba esas uvas allí, sin una utilidad aparente, contestaba:

-Son para que los zorzales no pasen hambre.


*De Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar




Tu*

   
Muy lejos del paraíso
en la cumbre de nada
caminaba.

En mitad de mi camino, Tú:
Pequeña sombra de veinticinco años
herida por las brisas del ocaso
y las palabras vanas del asfalto
cayendo abrasadora sobre mis ojos ciegos
con la brutal violencia de un torbellino arcano.

Sobre mi frente quebrada
en millones de pétalos-luz de ardientes amapolas
llovieron despedazados
minuto
             a
                  minuto
diez largos años de ausencia
diez galaxias encendidas
girando vertiginosas
ante mis ojos sin vida.

Y esa mirada tuya mayor que un universo
despertó la aletargada lágrima de fuego,
despedazó mis párpados difuntos,
miríadas de recuerdos fueron desenterrados
y he ahí la presencia irrevocable
de otra mirada, lejana, caída bajo las ruedas
del carromato del tiempo.

¿Qué no hubiera dado entonces por una sola palabra?

Pero hoy tus ojos vencidos
por una inmensa languidez tristísima
se han mirado en los míos y he sentido
una furiosa voz soliviantada
chocando contra mis huesos
golpeando mis sentidos
desbordando los poros de mi cuerpo
pero una voz ahogada.
Yo me acuso
de haber puesto en mis bolsillos
treinta monedas de sangre.

Tú, sombra, tú, cara oculta de mi vida,
ya para siempre en mi retina, tú,
en todos los espejos, tú,
por las vertientes cóncavas del cielo, tú,
con tu mirada yacente de amanecer decapitado
preguntando denunciando interrogando
por tu vida
                  por tu vida
                                      por tu vida.

Sombra, tú, volando en autocares atestados
en los jardines en las pláticas nocturnas
en los suburbios en los árboles dormidos
en la calma de los mares y en las fábricas
en el canto melodioso de las madres
en la lluvia que nutre las cosechas
en el fondo imperfecto de las fuentes
en los versos que silban los abetos
en todos los colegios de la tierra.

Tú con tu tierna mirada
y yo de pie, sin palabras
como un muerto fugaz adivinado
por tus ojos de noche solitaria
presentido quizá soñado solo
que ya nunca sabré...

Pero más allá de las conversaciones urbanas
urdidas con cenizas de otras bocas;
más allá de la frontera de los trenes
que siempre parten después de medianoche;
más allá del refugio del que huye
y el inútil bullicio de las calles;
allende las trincheras violadas por el fuego
y el grito dolorido de los parias
allí donde los gatos ya no lloran
y la noche es un punto de partida
yacerán enterradas para siempre en el barro
treinta monedas turbias treinta cofres de llanto
y una sonrisa encinta nacerá de tus labios
y un universo virgen nacerá del encuentro.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/







Lady Pangolin*



*Por Juan Forn


En un famoso número de la revista Poetry del año 1952, pusieron a Ezra Pound, TS Eliot, Wallace Stevens, William Carlos Williams y Elizabeth Bishop a opinar sobre Marianne Moore. Todos se deshicieron en elogios hacia ella. Cuando Moore leyó la revista dijo que eran como cinco sabios ciegos en presencia de un elefante: uno tocaba la trompa, otro un colmillo, otro abrazaba una pata, otro acariciaba la oreja, otro tanteaba los duros pelos de la cola y cada uno describía un animal diferente. Marianne Moore era una enanita esmirriada de metro cincuenta que alguna vez había sido pelirroja
hasta que el tiempo se apiadó de ella (Moore creía que el color, en la persona o en la ropa, no era de buen gusto) y le dejó el pelo blanco como la nieve. Había llegado a Nueva York del brazo de su madre, en 1916, y siguió viviendo con ella el resto de su vida (de la vida de la madre, quiero decir, a quien todos los amigos poetas de Marianne llamaron siempre Mrs Moore, sin enterarse nunca de su primer nombre). Las dos viejitas, que parecían hermanas, vivían en el cuarto piso de un edificio de ladrillo amarillento en
Brooklyn que tenía en la entrada dos farolas de tulipa redonda (para señalarle al taxista dónde parar, ellas le decían: "En las naftalinas, por favor"). El edificio todavía está, en el 260 de Cumberland Street, y si suben por la escalera van a notar en la baranda, al llegar al cuarto piso, las marcas de quemaduras en la madera hechas por los cigarros de Pound, que dejaba ahí apoyado su puro encendido y salía a pitar en cuanto Mamá Moore se distraía porque adentro no lo dejaban fumar.
Marianne Moore nunca se casó y no se le conocen romances, aunque amó de tal manera a los animales (especialmente a los más raros de todos, prueben googlear al pangolín, por ejemplo) y fue tan correspondida por ellos que no puede decirse que le haya faltado algo en la vida. Darwin llamó "monstruos viables" a aquellas mutaciones de una especie nacidas ligeramente antes de tiempo, cuando el medio en que vivían no estaba del todo listo para recibirlas, razón por la cual esas criaturas solían enmascarar sus rasgos distintivos, para que los demás miembros de su especie no acabaran con ellos. Marianne Moore tuvo siempre un sexto sentido para reconocer a esos seres; le hubiera sorprendido un poco saber que ellos la veían como un igual, que su camuflaje era transparente. Cassius Clay le rogó que lo apadrinara cuando sacó un disco de poemas, el beisbolista loco Yogi Berra le mandaba entradas para que no se perdiera ninguno de sus partidos y repetía como aforismos propios frases de los poemas de Moore, la Ford Motors la contrató para que les pusiera nombre a los nuevos modelos de autos que
fabricaban. La experiencia no tuvo final feliz: cuando estuvo listo el primer prototipo (que fletaron hasta Brooklyn para que Marianne paseara un rato en él) empezaron a recibir una avalancha de nombres delirantes, como Aerundo, Symchromatic, Bullet Lavolta, ArcEnCiel, Turbotorc, Magigravure,
Pastelogram, Astralnaut y Triskelion, enviados por correo por Moore en primorosas tarjetas manuscritas, a razón de una por día ("Madre, creo que ya sé cómo llamar a ese vehículo"), hasta que los de la Ford se rindieron y optaron por el nombre interno que daban al prototipo, el banal "Edsel". El
modelo fracasó estrepitosamente en el mercado. Moore se limitó a decir: "Era un buen auto, sólo salió el año equivocado".
Su concepción del tiempo era de lo más excéntrica: se seguía vistiendo en los años '60 como si estuviera en 1909, y aunque supo ser sufragista de joven y comparó famosamente el matrimonio con una jaula en uno de sus poemas (treinta años antes del feminismo), se estremecía si alguien decía la palabra escupir o inodoro en su presencia, y cuando le enviaban libros que le parecían cochinos (DH Lawrence, Mary McCarthy) bajaba al sótano a quemarlos en el incinerador. Jugaba al tenis en la azotea de su edificio con un negrito del barrio al que despidió porque no respetaba el protocolo del juego: se negaba a ir vestido de blanco. O quizá fuera que Marianne le pagaba poco. Es legendario el enorme bol de vidrio lleno de monedas de cinco centavos que tenía al costado de la puerta: cada vez que despedía a un invitado, le daba una para el viaje en subte. Sus poemas son igual: uno descubre de repente que alguien le ha depositado algo dentro de la mano. Son rarísimos los poemas de Marianne Moore: son endiabladamente rítmicos, pero tienen la misma imprevisible excentricidad de su autora. Se ha dicho de
ellos que avanzan como camina un borracho, que se abren y cierran como un abanico roto. Pero siempre lo dejan a uno con una monedita en la mano para volver a casa.
Moore adjudicaba ese oído absoluto para lo rítmico a que, en sus tiempos de estudiante en Vassar, sólo tomó cursos de escritura imitativa, que consistían en redactar poemas a la manera del siglo quince, dieciséis, diecisiete y dieciocho. Era lo único que leía, y lo venía leyendo desde su infancia. Llegó en 1916 a Nueva York sin el menor contacto con la poesía moderna. Fue a ver a TS Eliot porque ambos eran oriundos de Saint Louis, las familias se conocían. El joven Eliot y luego el joven Pound fliparon con los
mismos poemas manuscritos en letra microscópica que a los miembros de la familia Moore y a las compañeras de cuarto en Vassar les producían una mezcla de vergüenza ajena y compasión. Durante las tres décadas siguientes, Marianne Moore fue, para sus vecinos de Brooklyn y para gran parte del
mundillo literario neoyorquino, la loca del tricornio (su modelo favorito de sombrero, salvo en verano, que optaba por unas capelinas negras de ala ancha que parecían platos voladores y la hacían más diminuta de lo que ya era), hasta que en 1952 ganó, como decía ella, "la triple corona": el Premio
Pultizer, el Bollingen y el National Book Award. Ahí se acabaron sus penurias económicas y empezó otra clase de sofocación: yo creo que Marianne Moore estaba más a gusto cuando era incomprendida. Desde el momento de su consagración empezó a sospechar de su talento. Aceptó reunir en libro sus poemas completos, pero los despedazó. El prólogo que le puso constaba de una sola frase: "Las omisiones no son accidente". Los puristas se agarraron la cabeza ante la carnicería. No dejó poema sin tocar, sin emascular. Al más celebrado de todos, ese que tituló "La Poesía", lo dejó de cuatro renglones, de los cuarenta que tenía. Pero los cuatro renglones son éstos: "A mí también me desagrada. / Leyéndola, sin embargo, con perfecto desdén / Se descubre que hay en ella, después de todo, / lugar para lo genuino". Yo creo que estaba cansada de ser un elefante para sabios ciegos. Prefería hacer como su adorado pangolín, el armadillo más hermoso que existe, que cuando se cierra sobre sí mismo es inexpugnable y sigue siendo igual de hermoso a la vez.


*Fuente:http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-194805-2012-05-25.html







ESTACIÓN DE LOS VIENTOS DE AGOSTO*



Estación de las búsquedas

Ella va y viene. Brama de impotencia. Busca.
El lobo eleva su hocico y aúlla a la luna.
Su mitad, ha perdido su pérdida.
Salen de la noche y a la noche llegan.


Estación del perdón

Los ojos vacíos de no ver.
Los pies entran en la boca del lobo.
Su piel tiene la textura del perdón.
El lobo, levemente la deposita en la leve hierba.


Estación de la tibieza.

Algo toca, roza los dedos del pié.
Nace en la planta y se arraiga. Sube por el empeine.
La tibia soporta el peso del cuerpo. El venir y el devenir
Se acurruca en la tibieza de la pantorrilla.


Estación de los vientos de agosto


El  lobo y  su hembra encienden un círculo de fuego.
Tiemblan los dos. Soplan.
Los vientos de agosto pujan. Espera de 60 a 63 días.
Algo, que puede ser una luz, un lamido.
Intensamente, perfuma la pausa del deseo.


*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar





Correo:


TBA EN UGOFE...
UGOFE: La ratificación del neoliberalismo*

¿Es que está demostrado que el Estado no puede conducir sus propios organismos?

... Por caso, debe ser cierto, siempre y cuando se sigan sumando años a los 23 que llevamos inventando formas de empleo en negro en el propio Estado despreciando la indicación constitucional de estabilidad del empleado público. Un desprecio más a la Constitución Argentina...qué le hace, no?.

Roggio y Romero, ganaron licitación alguna por hacerse cargo del gerenciamiento de los ferrocarriles suburbanos o el Belgrano Cargas o Ferrocentral?. No, en lo absoluto y, encima, ahora, además de decirles a los particulares a qué empresario industrial ferroviario le tienen que comprar las cosas, a esos empresarios industriales ferroviarios se les vuelve a ampliar el derecho a facturación en base a nuestras necesidades.

¿Es que usted, estimado lector, ha visto licitaciones en el Boletín Oficial o en medios de prensa, que tanta publicidad oficial poseen, algún aviso de concurso o licitación como para que esos pulpitos empresarios se queden con todo lo que el Estado construye u ordena construir en materia ferroviaria?. No, seguro que tampoco vió que ayer hubiera salido ganador el equipo Roggio - Romero para gerenciar la UGOFE extendida al Sarmiento y al Mitre.

Sí, desde el público, Ferrovías y Metrovías se sienten ferroviariamente distintos frente a lo que fueron (Y siguen siendo hasta ahora), el San Martín, el Mitre, el Sarmiento, el Roca y el Belgrano Sur.

Si mal no recuerdo, fueron aquellas horas nocturnas de Tiempo Viejo que nos decían una y otra vez que lo privado es mejor que lo público y, quizá por eso, el Decreto del Poder Ejecutivo, en vez de poner en marcha la toma del Mitre y el Sarmiento dentro de la órbita de las dos empresas ferroviarias nacionales ADIF y SOF creadas por este mismo gobierno, RATIFICA el control por parte de quienes solamente reciben su porción por gestionar (y por decidir privadamente a qué empresas le compran los servicios y productos desde un papel hasta una locomotora o 50 Km de vías). A eso, que yo sepa, se le dice que es una actitud del neoliberalismo.

En definitiva, de dos o tres escalones (20 personas), para abajo de la cúpula de UGOFE, fueron son y serán TRABAJADORES FERROVIARIOS. Entonces, cuánto dinero se ahorraría el Estado si no tuviera un paquetito de intermediarios para realizar su propia gestión que, me enseñaron, era indelegable.

UGOFE es una farsa de facturación en favor de sus empresarios industriales ferroviarios beneficiarios, pues el trabajo lo realizan trabajadores ferroviarios jóvenes, medianos y viejos.

Si esos 20 señores bien rentados están para garantizar el buen orden de los servicios que los trabajadores no sabrían por sí solos llevar adelante, PUES YO LES PREGUNTARÍA PORQUÉ SE SIENTE MINUTO A MINUTO Y DÍA A DÍA el parlante de la estación Constitución anunciando cambios de andenes, cancelación de servicios, retrasos de servicios y demás como en las mejores épocas de Metropolitano o de las crisis ferroviarias inducidas desde los gobiernos?

No nos mientan más. Si pienso bonito, entiendo que no entienden nada de ferrocarriles ni esos privados ni los que gobiernan la cosa. Si tenía dudas, el 22-F me sacó las últimas: Ni saben ni les interesa.



Mayo 25 de 2012 -

*De Jorge de Mendonça. jorgedemendonca@gmail.com
- Ingeniero White - Buenos Aires




*

Inventren Próximas estaciones:

ORTIZ DE ROSAS.
-Por Ferrocarril Midland-

SANTIAGO GARBARINI.
-Por Ferrocarril Provincial-


-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


-Editor Responsable del Inventren: Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
 http://urbamanias.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


ARAUJO. BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROSAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

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jueves, mayo 24, 2012

LA AUSENCIA ES UN DOLOR BORDEADO DE POESÍA...


*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.





TRES ESTACIONES DE RABIA Y UNA DE DESAMOR*




Con rabia, amor párteme la roca con todo tu animal desesperado hasta que salten chispas;
me duele más lo intacto que lo roto, con rabia, amor, con rabia
SABINA BERMAN



Apenas ha logrado el arte de escribir.
Le entrega al padre su intacto, primigenio parto.
Es un plagio, dice, la niña calla.
La madre habla con sus ojos, pero su boca calla.
La niña se inclina y mira sus rodillas sucias.


Apenas ha logrado el arte del bosquejo.
Le entrega a su hermana, un sauce verde de esperanza.
No es tu dibujo, dice, la niña calla.
La madre habla con sus  ojos,  testigos. Y su boca calla.
La niña mira sus uñas sucias, y las muerde.


Con rabia escribe, con amor, con goce.
Guarda las letras, teje palabras y con ellas poemas.
La poesía es subversiva, sediciosa, revolucionaria.
La madre teme y piensa en Juana de Arco.
La joven no logra apagar con sus lágrimas el incendio.


La mujer llora y escribe, escribe y llora.
Intacta, dolorosa y gozosa poesía rabia amor.
Poesía oscura, cerrada, tenebrosa, dicen los que saben.
La madre, como animal desesperado rompe la roca.
De la lápida saltan chispas pero su boca, calla.


*De Amelia Arellano.  arellano.amelia@yahoo.com.ar





LA AUSENCIA ES UN DOLOR BORDEADO DE POESÍA...





BLANCO SOBRE NEGRO*


Tenía todo preparado. Los folios, a la izquierda. Bolígrafos, dos de cada color -rojo, azul y negro-, a mi derecha. El ordenador, en el centro. La silla, muy cerca de la mesa, con el cojín para los riñones, dos paquetes de cigarrillos y un vaso de whisky con hielos. Así me imaginaba la mesa de un escritor, aunque todo revuelto. Caótico.
Mezclé los bolígrafos con las hojas. Se cayeron folios y bolígrafos. Les di una patada. Escritor maldito, me dije con sonrisa diabólica. Encendí un cigarrillo, que saqué de uno de los paquetes de Marlboro que había comprado esa mañana. Imaginé que me entrevistaban, para El País o El Mundo, y puse posturas de gran intelectual; ahora con la mano izquierda, en la frente, apretando las sienes, ahora con el cigarrillo en la boca intentando decir algo ingenioso tras la tos. Tiré la ceniza, que cayó dentro y fuera del
cenicero. Cogí el vaso de whisky. Lo moví, circularmente, necesitaba oír el clic, clic de los hielos. Me lo llevé a la nariz y bebí. No me gustó el sabor, tampoco el del tabaco, pero daba un toque especial, de artista.
Dejé que el cigarrillo se consumiese, que los hielos se deshicieran y me acerqué el portátil. Los dedos en el aire, como pianista al comienzo de un concierto. Estaba en tensión; demasiada tensión para una buena escritura. Le di dos sorbos al whisky. El nombre del personaje. Ricardo. Me gustaba, tenía fuerza. Ricardo Corazón de León. Ricardo III.
Di a la «r»; una, dos, tres veces. Mantuve el dedo presionado. Las erres fueron uniéndose hasta llenar la pantalla. Las borré. Pensé en lo difícil que era escribir. Solo sentarse frente a una pantalla tan blanca
atemorizaba; parecía que las palabras, las ideas, huyesen, como esas erres que ya había borrado.
Antes de retirar el ordenador y probar con el papel, di a la «r» y la guardé como documento. Me hizo gracia mi hazaña, que celebré con caladas al cigarrillo y un buen trago de whisky. Cogí folios y el bolígrafo negro.
«Espalda recta, ojos al frente», me dije acordándome de la mili, «al objetivo». El objetivo era escribir algo, lo que fuese, aunque estuviera mal escrito. Sentir que a un sujeto sigue un verbo, que los complementos se van arrimando a la frase, que a una frase sigue otra, que hay armonía entre ellas, que van casi de la mano. Encendí un cigarrillo y contemplé el humo.
Cuántas veces había soñado desaparecer de una manera tan elegante. Adquirir esa materia volátil.
Cómo empezar. Ricardo, a sus treintaicinco años. Horrible. Ricardo, hombre sincero y robusto. Hombre sincero y robusto. ¡Dios! Las taché. Los críticos lo reprobarían. Mientras pensaba en el argumento, dibujé erres; mayúsculas, minúsculas, alargadas. Cuando me cansé, arrugué la hoja y la tiré a la
papelera. Hice una buena canasta. Apagué cigarrillo y portátil, y fui al baño.
Mientras me subía los pantalones, me vi en el espejo. Tenía más ojeras. Lo blanco de los ojos con venas rojas. Me dolía la garganta. Saqué la lengua; amarillenta. No quise seguir indagando.
Fui al salón. Me dejé caer en el sofá. Puse los pies sobre la mesa, pensando que mañana, mañana empezaría la novela.


*De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es







SOY ÁRBOL*


Hunde sus raíces
en ardiente páramo
clavado al sol.


Ese árbol soy
con mis pies enclavados
en mundo yermo.


En mi búsqueda
perforan mis arterias
el suelo gris.


Ya lento surge
la sabia de la tierra
y sigo viva-



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar



       


 LOS  AMANTES  DE  MARITZA*



Aquella mañana Hernández entró a nuestra oficina con inocultable excitación y, confiriéndole a su voz un tono de intriga palaciega, como si nos estuviera por revelar un secreto de Estado, anunció que a partir de la semana siguiente tendríamos una nueva compañera de trabajo. Lo hizo con un dejo de malicia en la mirada, buscando despertar en Emilio o en mí una reacción que diera cabida a alguna de sus acostumbradas bromas.
-¿Ah, sí, y qué tal está la mina, che?- dijo Emilio, aparentando sumo interés.
Hernández me miró de soslayo, gozando intensamente de la situación. Le resultaba imposible a Emilio disimular ese amaneramiento pronunciado que distinguía a cada uno de sus actos, esa delicadeza excesiva que había originado en los demás empleados del cuarto piso malignas dudas acerca de su masculinidad. A pesar de su afán por endilgarse una fama de mujeriego empedernido, la mayoría de nosotros no creía una sola palabra de sus historias, pero nadie tenía pruebas para desmentirlo.
-Es una yegua -ilustró Hernández-. Yo la vi de cruce un par de veces y la verdad que está muy fuerte. Encima, parece que le gusta la guerra. En Planeamiento dicen que desde que entró al Ministerio ya se la voltearon tres o cuatro. Así que a prepararse, muchachos, mucho apio y mucha nuez. Y después no digan que no les avisé.
Cuando Hernández se fue, el golpe de la puerta al cerrarse nos hundió en un silencio incómodo. Mujer u hombre, joven o vieja, lo cierto era que la oficina que Emilio y yo compartíamos -"la oficinita", como solíamos llamarla, con una naturalidad basada más en la costumbre que en el cariño- era un mundo cerrado, un mundo de dos. La idea de que alguien, un tercero, viniera a romper esa armonía rutinaria nos molestaba a ambos. No era para menos: hacía siete años que trabajábamos juntos y, desde un punto de vista estrictamente laboral, nos complementábamos a la perfección. En cuanto a lo personal, si bien no éramos del todo compatibles, habíamos alcanzado cierto grado de camaradería. Sin dudas, dos cosas nos unían por sobre todas las demás: la soledad y el ajedrez. Emilio era un cincuentón soltero, habitaba
la antigua casa de sus padres sin más compañía que la de sus gatos y sus pájaros. Yo, separado tras cuatro años de mediocre convivencia matrimonial, sobrevivía en un departamento pequeño y frío, cuyo desabrido orden clamaba por un toque vital que me consideraba incapaz de insuflarle. Los jueves por
la noche -una semana en cada casa- nos reuníamos para enfrentarnos en arduas partidas, matizadas por buen vino y algo liviano para comer. Por puro gusto, habíamos adoptado el mismo sistema de los matches por el campeonato mundial: nuestros torneos se jugaban a seis puntos, y el que ganaba adquiría el
derecho a que el otro pagara un premio, que variaba según la ocasión: una cena, un libro, una botella de whisky.
A espaldas de Emilio corría el difundido rumor de que estaba enamorado de mí, lo cual me convertía en víctima de ácidas bromas por parte de Hernández y de los otros. Pero era difícil verificarlo porque jamás dejábamos que nuestras angustias, nuestras miserias y nuestros anhelos más profundos
salieran a la superficie. Problemas de trabajo, ajedrez, algunas copas, comentarios sobre la actualidad, las inverosímiles fanfarronadas sexuales de Emilio; eso era todo. Sin embargo, por más gris que fuera el panorama, nos habíamos acostumbrado a él y nos sentíamos cómodos.
Maritza apareció en la oficinita el lunes siguiente. Hernández no había exagerado en lo más mínimo: era alta, tenía una figura espléndida y una larga cabellera enrulada que le otorgaba a su rostro un cautivante toque de sensualidad. Inmediatamente detrás de ella apareció Nicolini y nos la presentó. Emilio me dedicó una miradita feroz que interpreté a la perfección: "seguro que se acostó con él". Tras la partida del jefe, Maritza acomodó sus cosas sobre un escritorio metálico que habían traído el viernes anterior y se quedó expectante, aguardando que le diéramos alguna indicación. Haciendo a un lado todas sus aprehensiones, Emilio tomó la delantera y dio comienzo a su tarea docente. Se mostró amable y tolerante, dispuesto a explicarle las cosas una y otra vez hasta que fuera necesario.
Maritza, impresionada al parecer por semejante despliegue de buena voluntad, lo escuchaba con gran interés. Al verlos tan abstraídos, tuve la desagradable impresión de que habían olvidado que yo también estaba allí, y un fogonazo de contrariedad me atravesó el pecho. "Tené cuidado con lo que te explica, que la arterioesclerosis le hace confundir las cosas", me sorprendí diciendo en tono jocoso pero con una carga agresiva que hasta a mí mismo me turbó por lo inaudita. La frase en sí no tenía nada de brutal, pero dejaba traslucir un veneno insidioso. Emilio debió haberse dado cuenta, debió haber advertido esa mínima alteración en el tono de mi voz porque me miró de forma extraña, con un desdén glacial que apenas lograba disimular su airada reprobación. De algún modo racionalmente inexplicable los dos
sentimos que la broma que yo acababa de hacer rompía el molde de todas las anteriores, transgredía los códigos tácitos que hasta entonces habían regido nuestra apacible convivencia.
Quizás influido negativamente por los comentarios de Hernández, Maritza me pareció al principio un tanto frívola, pero me bastó un par de semanas para asumir que el mío era un prejuicio estúpido basado en la diferencia de edad.
Al fin de cuentas, todas las veinteañeras vestían de forma parecida, practicaban similar estilo de lenguaje y derrochaban idéntica alegría de vivir. Maritza era simpática, nos trataba bien e incluso respetaba nuestros gustos y opiniones, aun cuando en la mayoría de los casos no estuviera de acuerdo con nosotros. Nada en ella autorizaba a suponerla inescrupulosa o calculadora. Había sido, sí, bendecida por la naturaleza con un cuerpo magnífico cuyas virtudes se encargaba de realzar con pavorosas minifaldas y atuendos muy ceñidos, pero esa sola circunstancia no bastaba para reducirla a una máquina de devorar hombres como había sugerido Hernández. No obstante, tal vez por presión de los otros, o por influjo de esas leyes no escritas de la condición humana, desde su llegada Maritza pasó a ser, automáticamente, el objeto latente de nuestros afanes conquistadores. El cuarto piso en pleno estuvo pendiente del modo en que iba evolucionando -o no- nuestra relación con ella. Se corrió incluso el rumor de que había apuestas al respecto.
Vista desde afuera, la nuestra debe haber sido una competencia grotesca, una maratón de lisiados. ¿Qué podía esperar Maritza de semejantes contendientes?
Uno, un solterón amanerado, un homosexual reprimido atormentado por las culpas, que trataba inútilmente de anularlas con historias inventadas. El otro, un cuarentón poco agraciado, tímido e inseguro. Resultaba muy poco razonable suponer que una mujer como Maritza pudiera concedernos algo más que una atención cortés. Vista desde adentro, en cambio, era precisamente en esas circunstancias, en nuestras casi nulas posibilidades, donde residía el atractivo esencial de la contienda. Porque algo era evidente: ya fuera para desmentir maledicencias, ya fuera para obtener algo de celebridad
oficinesca, tanto a Emilio como a mí nos hubiera resultado muy útil consumar la seducción.
Conscientes de nuestras limitaciones, sin embargo, durante los primeros días, ninguno de los dos hizo nada en tal sentido. Actuamos respecto de ella con una naturalidad enteramente ficticia, como si la imposibilidad de conquistarla fuese producto de nuestro desinterés por lograrlo y no de una impotencia descomunal para llevar a cabo semejante empresa. Bromeábamos al respecto con nuestros compañeros, sí, pero nada más. Nos esmerábamos en ser cordiales, caballerosos y simpáticos con Maritza, sí, pero nada más. En nuestras partidas de los jueves, incluso (el único territorio neutral en que podíamos hablar de ella sin testigos), sólo cruzábamos comentarios aparentemente desganados sobre el tema -por lo general más osados de parte de Emilio que de la mía-. En ese marasmo morían todas nuestras débiles
expectativas; ahí quedaba estancado todo. Íntimamente convencidos de que no podríamos ganar, pero amparados al mismo tiempo en el tibio consuelo de saber que tampoco podíamos ser derrotados por el otro, nos conformábamos entonces con un triste empate en cero. Como si no hubiese sido lo mismo que
perder.
Aquella paridad artificial se quebró una noche de agosto, en medio de una de las partidas, con una frase muy sugestiva que Emilio dejó escapar como al descuido.
-Ayer a la tarde estuve tomando un café con Maritza.
Lo dijo sin mirarme, fingiendo desinterés, pero con calculada lentitud, como si hubiese medido de antemano el efecto de cada una de sus palabras. Lo observé por encima del tablero, tratando de no demostrar que había acusado el golpe.
-Yo estaba en uno de los bares de la peatonal y la vi pasar -aclaró-. La llamé, nos saludamos y la invité a sentarse. Estuvimos como media hora, charlando.
Emití una interjección desprovista de significado y no comenté nada. Fijé la vista sobre las piezas, tratando de demostrar concentración en el juego y me sentí un perfecto imbécil haciéndome el indiferente. Supe que la mía debía parecer una reacción infantil, pero me era imposible evitarlo. No quería mirar a Emilio a los ojos y comprobar que, detrás de su máscara apática, detrás de aquella ominosa falta de alardes, estaba paladeando su primer triunfo ostensible sobre mí. Inofensivo, inconducente, pero triunfo al fin.
Seguí obstinado en clavar la mirada sobre el tablero, pero en lugar de alfiles y peones sólo veía las sombrillas coloridas de la peatonal, las figuras de Emilio y de Maritza, sus manos en las tazas, las muecas alegres de sus bocas al hablar.  Por supuesto, tamaño grado de desatención respecto del juego me hizo finalmente perder la partida. Doblemente vencido, aquella noche volví a mi casa y un incontrolable cosquilleo nervioso me obligó a revolverme varias horas entre las sábanas antes de poder dormirme.
La compensación de aquel mal rato, no obstante, llegó rápidamente. Por obra y gracia del azar, el sábado siguiente a la mañana fui a una librería y, mientras revolvía volúmenes polvorientos en busca de algún título que suscitara mi interés, escuché a mi lado la voz de Maritza llamándome. Me sobresalté y, al girar la cabeza, mi cara de estupor se topó con sus ojos de color almendra. Sin poder reponerme de la sorpresa, justifiqué innecesariamente mi presencia en el lugar y mi capacidad de decidir cualquier compra se vio anulada de un momento para el otro. La timidez me impidió hilvanar palabras que sonaran coherentes y no revelaran mi aturdimiento. Maritza enarboló un paquete rectangular y confesó haber
adquirido un ejemplar de "Gabriela, clavo y canela". Con más ánimo de complacencia que sinceridad, aprobé fervientemente su elección.
Intercambiamos un par de frases triviales y, luego de unos segundos, Maritza amagó despedirse. Sobreponiéndome milagrosamente a la turbación, le dije que yo también me iba y conseguí que saliéramos juntos. Ya en la calle, lamenté no haber traído mi auto y hasta pedí absurdas disculpas por ese motivo.
Maritza me indicó cuál era el ómnibus que debía tomar para regresar a su casa y entonces, dando un salto al vacío, mentí, mentí con alevosía y ensañamiento inventando un compromiso familiar sólo para fundamentar la inverosímil casualidad de que yo necesitaba abordar la misma línea de colectivos. Recorrimos un par de cuadras hasta la parada, rodeados por un enjambre de cuerpos que poblaban la estrechez de las veredas. Mientras aguardábamos la llegada del colectivo, unos muchachos que pasaban miraron a Maritza con ojos golosos y alcancé a percibir la mezcla de envidia y admiración que me prodigaron. Me sentí feliz de que me vieran con ella y deseé intensamente que también Emilio nos viera en ese momento, que nos viera desde lejos, sin poder intervenir en la escena, sin poder interrumpir mi felicidad. Viajamos sentados en la fila de atrás, tuvimos una charla divertida y, antes de bajarse, Maritza se despidió de mí con un beso. La seguí con la mirada a través de la ventanilla, la vi sonreír y saludarme con la mano desde la vereda. La seguí mirando hasta que sus propios pasos y el andar del colectivo se confabularon para privarme de su figura.
El lunes, al entrar al Ministerio me crucé con Comelles y Del Río, dos empleados de Legales.
-Ah, picarón, picarón, el sábado te vi en el centro con tu compañerita- me dijo Comelles, y el otro hizo un comentario de doble sentido que ambos festejaron con grosera alegría. Gratamente sorprendido, supe que existía una prueba contundente de mi victoria. Inofensiva, inconducente, pero victoria al fin. No sin escrúpulos, improvisé un silencio cómplice para potenciar mi posición ganadora y fui a la oficinita saboreando el triunfo. Decidí dejar que la dinámica del rumor hiciera su tarea insidiosa y no dije nada a
Emilio. Yo sabía que, más tarde o más temprano, terminaría por enterarse de todo, porque era un hecho que Comelles o Del Río, con tal de reavivar el fuego de las chanzas y sembrar cizaña, habrían de contárselo. Pero pasaron las horas, pasaron los días y Emilio no atinó a hacer referencia alguna al
asunto. Urgido por la necesidad de una reivindicación, decidí entonces, en medio de la partida, vengar el mal momento sufrido la semana anterior.
-El sábado estuve con Maritza en una librería- dije.
Emilio congeló en su boca una sonrisa despectiva.
-¡Bueno, che, ni que te la hubieras llevado a un telo!- contraatacó.
Me asombró la crudeza de su reacción. El tono de broma casual que había pretendido asignarle a su comentario no alcanzaba a disimular que la noticia lo había herido.
-¿Y quién te dijo que no me la llevé?- bravuconeé, sólo por ver qué cara ponía ante la posibilidad de que fuera cierto.
-¿Y para qué habrías vos de llevártela a un telo, eunuco? Para voltearse una hembra como esa hay que tener con qué.
Callé satisfecho. No era la primera vez que notaba en él un empeño denodado por desmerecer la relevancia de cualquier acercamiento de mi parte hacia Maritza y, por oposición, sobredimensionar la de los suyos. Pero nunca como en aquella ocasión me habían resultado tan transparentes sus maniobras, lo
cual hablaba a las claras de cuánto le había molestado la novedad. A pesar de su impavidez facial de jugador de póquer, supe que mis palabras habían hecho blanco en una zona sensible. Casualidad o no, aquella vez fue Emilio el que jugó de manera horrible y yo gané la partida con muy poco esfuerzo.
Sin que nuestra rivalidad quedara planteada en forma explícita, a partir de aquel episodio el desafío que se había entablado entre ambos desde la llegada de Maritza, esa partida sin tablero donde las piezas éramos nosotros mismos, adquirió una aspereza mayor. Nos lanzamos a competir como niños, en
busca de triunfos tácitos, tratando de obtener ventajas microscópicas que nadie, excepto nosotros dos, era capaz de medir. De haber podido contabilizar los minutos que cada uno lograba estar a solas con ella, de haber podido computar con precisión matemática a quién miraba más cuando hablaba, con quién se reía más, o a quién le hacía más confidencias, lo habríamos hecho. Todo era cotizable en esta lucha. Como si no se tratara ya de conquistar a Maritza por el honor, sino de ver quién se quedaba con más
migajas de un banquete inaccesible, reservado para otros.
 Poses huecas para impresionar a los demás, trucos para intimidar al adversario; en ese par de variantes deberían haberse resuelto las cosas. El problema fue que Maritza me empezó a gustar de veras. Una noche me descubrí pensando en ella más de la cuenta y supe que acababa de trasponer la línea
prohibida. En poco tiempo, la presión de los otros pasó a segundo plano y las razones de conveniencia social se confundieron peligrosamente con mis necesidades de naturaleza individual, hasta terminar siendo devoradas por éstas. La soledad se volvió más urgente que el orgullo y comprendí, no sin resquemor, que me internaba de lleno en un camino de fantasías sin retorno.
Una mañana en el trabajo, mientras estampaba con desgano el sello fechador sobre un par de expedientes, se me ocurrió un plan que, dentro de su elemental sencillez, parecía sumamente efectivo: averiguar la fecha del cumpleaños de Maritza y, oportunamente, sorprenderla con un regalo.
Entusiasmado por el proyecto, fui a la oficina de Personal, aduje una excusa creíble y solicité los legajos de los tres para no despertar sospechas.
Examiné el único que en realidad me interesaba y obtuve el dato deseado: 27 de septiembre. "Libriana; cálida, sensible y seductora", pensé. Sentí que los dioses me eran favorables: faltaba apenas un par de semanas. Los días siguientes me dediqué fervientemente a delinear cada paso de la operación con la puntillosidad extrema de un estratega militar. Una cosa estaba clara; para que mi éxito fuera total debía darse un requisito esencial: el tema del cumpleaños no debía ser tratado con anterioridad. En primer lugar, para evitar que un comentario inoportuno de Maritza le brindara a Emilio la posibilidad de tener la misma idea que yo; en segundo y decisivo lugar, para que la sorpresa fuese absoluta y, por lo tanto, el golpe de efecto fuera contundente. Por suerte para mis intereses, ni Maritza hizo mención al tema, ni Emilio dio señales de olfatear lo que yo me traía entre manos.
El día indicado, apenas nos ubicamos en nuestros respectivos puestos de trabajo, puse en marcha la secuencia de actos minuciosamente ensayada y perfeccionada durante todo el fin de semana. Dejé pasar unos minutos para que Maritza terminara de despabilarse tomando un café, esperé a que dispusiera sus papeles sobre el escritorio, me puse de pie, caminé hacia ella con el regalo escondido a mis espaldas y, sin decir una palabra, deposité mi ofrenda sobre la planilla que tenía en aquel momento bajo sus
ojos: el paquete rectangular, la rosa prolijamente adherida a él mediante cinta adhesiva y una pequeña tarjeta que sólo decía "Feliz Cumpleaños".
Maritza levantó la vista sobresaltada y me obsequió la expresión de desconcierto más bella que alguna vez hubiera visto en un rostro de mujer.
Pude sentir, al mismo tiempo, clavado en mi nuca, el estupor de Emilio al presenciar aquella escena.
-¿Cómo sabías? -tartamudeó Maritza, maravillada.
Encogí mis hombros sonriendo y, ocultando mi indecible terror a que no le gustara, la insté a que abriera su regalo. Maritza desgarró el celofán y extrajo el ejemplar de Teresa Batista, cansada de guerra que, después de innumerables dudas, había comprado en la misma librería de nuestro primer encuentro.
-¡Jorge Amado! -se alegró, estrechando su libro contra el pecho-. ¡Qué lindo!
-¿No lo tenés, no? - me atajé, preocupado.
-No, no lo tengo. Gracias, no sé qué decirte, sos un dulce- dijo y me dio un sonoro beso en la mejilla.
No tuve necesidad de mirar a Emilio a los ojos para constatar la magnitud de mi éxito; podía percibir perfectamente su mueca de contrariedad, su embozado desasosiego. Después de una exagerada felicitación con piropo incluido, salió de la oficinita corriendo y volvió unos minutos después con una caja de bombones que Maritza recibió con gran entusiasmo. No me importó. Supe que ya no era lo mismo, que yo había pegado primero, y que su reacción tardía tratando de acomodarse a la situación no hacía más que confirmar mis certezas.
Mi alegría, empero, duró tan sólo diez días. Duró hasta que un lunes de octubre Maritza y Emilio aparecieron en la oficinita con una novedad impactante: la noche del sábado habían ido juntos a un recital. Haciendo desesperados malabares con mis nervios para no delatar mi súbita angustia, dediqué gran parte de la mañana a la tarea de averiguar si había entendido bien, si acaso no se trataba sólo de un encuentro casual del que Emilio se aprovechaba para inventar una cita inexistente. Los resultados de mi solapada pesquisa no podrían haber sido más descorazonadoras: efectivamente, había habido una invitación. Emilio había propuesto la salida a Maritza y ella había dado su aprobación. Quedé como atontado. Comprendí que acababan de despertarme de un sueño para arrojarme de cabeza a la realidad. Ya recompuesto, Emilio estaba empezando a jugar fuerte y yo había estado perdiendo lastimosamente el tiempo. De nada servía ahora preocuparse por analizar cuáles eran sus verdaderas intenciones respecto de Maritza, o cuáles las razones de Maritza para aceptar su invitación. Lo único cierto y concreto era que conformarse con verla en la oficinita de lunes a viernes o aguardar un milagro del azar para encontrarme con ella fuera del trabajo carecía por completo de sentido práctico. Lo había complicado todo sin necesidad. Sólo era cuestión de construir alguna buena excusa para cimentar una invitación y, lo que era más importante, hallar la manera más conveniente de formularla para que no fuera rechazada.
Pero no tuve tiempo. El viernes siguiente, sin poder hacer nada por alterar el curso de los acontecimientos, escuché cómo una conversación trivial entre Emilio y Maritza acerca de comidas y recetas desembocaba imprevistamente en una propuesta muy concreta de Emilio para que Maritza fuera a su casa la noche siguiente, promesa de lasagnas caseras de por medio. Con el amargo escepticismo de un condenado que hasta el último momento conserva la esperanza de una clemencia salvadora, deseé que Maritza se negara a aceptar, que tuviera o inventara otro compromiso para no ir, pero su contestación
afirmativa destrozó mis endebles ilusiones. Me invadió un deseo infantil e irracional de sabotearlo todo, de impedir la realización de aquella cena por cualquier medio, aun exponiéndome al ridículo más patético.
-Vos sí que sos afortunada -dije, sin pensarlo, pretendiendo ser gracioso-. Conmigo nunca pasó de los sandwiches de milanesa.
Lo dije advirtiendo al instante que incurría en una desagradable impertinencia por entrometerme en una conversación que no me concernía. Lo dije buscando quizás forzar una extensión del convite que, en el improbable caso de tener lugar, hubiese resultado totalmente ridícula. Sentí hacia Emilio algo parecido al odio. Recordé que, apenas doce horas atrás, había estado jugando ajedrez conmigo en mi propia casa sin dejar traslucir siquiera un atisbo de un plan que, seguramente, llevaba ya varios días en su cabeza, y tuve miedo de no ser capaz de sobrellevar airosamente la refinada sutileza de sus ardides.
Después de un fin de semana terrible durante el cual mi ánimo navegó sin cesar entre la ansiedad casi morbosa de saber qué había pasado y el pánico a saberlo, tuve que afrontar el lunes tan temido. Desde el ascensor del Ministerio, justo antes de que las puertas se cerraran, alcancé a divisar a Emilio entre la gente que se agolpaba en la cola y, más atrás, a Maritza marcando su tarjeta. Los caprichos de la perspectiva hicieron que los viera uno al lado del otro, rozando sus cabezas. La imagen me acompañó en mi viaje hasta el cuarto piso como un presagio negativo. Un par de minutos más tarde, mis dos compañeros entraron a la oficinita charlando animadamente.
Reprimiendo la curiosidad, me limité a saludarlos como si fuera un comienzo de semana cualquiera. Si mi grosería y mi ridícula intervención del viernes no habían podido desbaratar la cena, ahora que ya todo había pasado, no tenía el menor sentido humillarme deliberadamente incurriendo en una reincidencia que sólo hubiese puesto de manifiesto mi patética situación.
Tampoco Maritza o Emilio hicieron referencia alguna al asunto y creí ver en ese mutismo llamativo la confirmación de mis peores sospechas. Tal vez Maritza consideraba que el asunto carecía de relevancia, o tal vez consideraba prudente callar porque el hecho de que yo no hubiese sido invitado le provocaba algo de culpa. Pero bajo el influjo de mi imaginación desbocada, o del hecho de estar mal predispuesto, el silencio de mis compañeros no me pareció casual, sino hijo de una complicidad. Creí ver en los ojos de Maritza una expresión inédita, un fulgor que la tornaba, al mismo tiempo, más hermosa y distante que otras veces. Emilio, por su parte, se mostraba cómodo manteniendo una actitud enigmática que rozaba el
engreimiento y acrecentaba mi interés.
Alrededor de las diez, Maritza salió a sacar fotocopias. El silencio se volvió entonces más espeso. Emilio se puso de pie y se acercó hasta mi escritorio. Con el corazón sobresaltado y la garganta reseca ante la
inminencia del desastre, me dispuse a enfrentar una verdad que, a pesar de su dolorosa contundencia, ejercía sobre mí una atracción casi suicida.
Mirando de reojo hacia la puerta, como si temiera que Maritza volviera de improviso, se acodó en mi escritorio y comenzó a hablar.
-Esta guacha es puro sexo- dijo, y, sin más preámbulo, se puso a enumerar las cualidades amatorias de Maritza, a enaltecer frenéticamente sus dotes de hembra insaciable, a describir con minuciosidad pornográfica los accidentes de su cuerpo maravilloso.
 Lo escuché azorado, con una repulsión difícil de reprimir. La escena no me resultaba novedosa; Emilio había presumido muchas veces frente a mí de sus aventuras eróticas ostentando idénticas ínfulas de hombre libertino. De hecho, era justamente esa singular conjunción de discurso machista y forma
afeminada de pronunciarlo lo que más solía divertir a Hernández y su séquito. Según mi estado de ánimo, los monólogos ampulosos de Emilio podían inspirarme algo de gracia o solamente compasión. Pero en esta oportunidad, sus bravatas aplicadas a Maritza me resultaron de una obscenidad intolerable. Asistí a su relato sin poder articular palabra, con la conmoción propia de un puritano obligado a presenciar las perversiones más aberrantes.
Lo hubiera podido golpear sin ningún escrúpulo; tal era la hostilidad que su confesión me provocaba. Pero algo me dijo que era todo una farsa, que Emilio estaba mintiendo en forma descarada, quizás más que nunca. Aferrado a este pensamiento, volqué todos mis esfuerzos mentales a la tarea de examinar
meticulosamente cada pliegue de su discurso, tratando de hallar en él alguna contradicción, por mínima que fuera. Pero Emilio era muy astuto y la manera en que iba tejiendo la trama de aquella historieta era de una precisión tan cínica como incomparable. Contaba, claro, con otro elemento a su favor: sabía demasiado bien que la discreción de Maritza jugaría como resguardo de su credibilidad. Había acomodado las cosas de tal forma, que la única manera posible de desmentirlo quedaba virtualmente vedada, no sólo porque nadie habría incurrido en la grosería de preguntarle a Maritza si se había
acostado con él, sino porque, con independencia de lo sucedido aquel sábado, la eventual respuesta de ella habría sido la misma, fuese por decoro o por elemental sinceridad.
Por supuesto, la hazaña de Emilio -o al menos ese simulacro tan perfecto- adquirió una rápida y entusiasta difusión en todo el cuarto piso y el torrente de burlas al que me hice involuntario acreedor dejó mi ya alicaído prestigio por el suelo. Emilio supo sacarle provecho a su momento de esplendor y anduvo toda la semana vanagloriándose de la resonante conquista obtenida, sin que nadie pudiera precisar -más allá de que fuera o no verdad lo que decía- hasta qué punto estaba convencido de que le habíamos creído.
El jueves siguiente nos tocó definir nuestro torneo de ajedrez. Estábamos empatados en cinco puntos y medio, y yo debía jugar de visitante con negras.
Igual que un niño enardecido, deseoso de vengarse mediante el juego del adulto que lo ha desairado, esa noche llegué a casa de Emilio jurándome que ganaría. Mi estado anímico de los momentos previos, sin embargo, distaba de ser el más propicio. Mi nerviosismo, mi extrema ansiedad, en nada ayudaban a
sostener un pronóstico favorable. Máxime cuando con mi adversario sucedía exactamente lo opuesto. Consciente de que los hechos de la semana habían hecho mella en mis reservas anímicas y, por lo tanto, con la inestimable ventaja de tener el control mental de la situación, se mostraba calmo y sonriente, como si se tratara sólo de una partida más.
 El desarrollo de la apertura fue parejo. Obligado moralmente a tomar la iniciativa, me lancé a un juego más agresivo que el habitual, pero Emilio, sabiendo de antemano que ese sería mi plan, estructuró una defensa impecable, sin fisuras, que neutralizó mis embestidas. Comprendí que Emilio no arriesgaría nada aquella noche, que jugaría con paciencia oriental, tratando de desestabilizarme emocionalmente. Su estrategia, estaba claro, consistía en dejar que me desesperara, aguardar mi error y luego asestarme
una estocada certera de una vez y para siempre.
-Esto tiene un olor a tablas...-dijo al cabo de un buen rato, espoleándome.
Apenas si pude controlar mi furia, pero no le contesté; al menos con palabras. Creyendo vislumbrar una posible debilidad en uno de sus flancos, adelanté un alfil con decisión y lo ataqué con incontenible entusiasmo.
-Jaque- dije, casi gritándolo.
Entre perplejo y divertido, Emilio observó mi jugada y se echó a reír con ganas, meneando la cabeza.
-¿Qué te pasa, Kasparov; estás distraído? Eso no es jaque, compañero. Le estás haciendo jaque a la dama.
Miré el tablero y advertí desconsolado que Emilio tenía razón. Enceguecido por mi ambición de triunfo, acababa de cometer una torpeza inexplicable, digna de un principiante, confundiendo el blanco de mi ataque. Avergonzado, gruñí un insulto impersonal y, luego de analizar rápidamente el juego, comprobé con alivio que, al menos, mi paso en falso no había originado ningún perjuicio insanable.
Hicimos unos movimientos más pero no conseguimos sacarnos ventajas.
Estuvimos dos tensas horas frente a frente pero, más allá de mi estúpida confusión, ninguno de los dos se equivocó.
-No le des más vueltas- dijo Emilio, con ademán de cansancio-. Esto es tablas de acá a la China.
-Esperá, esperá- contesté entre dientes, remiso a aceptar la evidencia, mientras mi cerebro giraba a mil revoluciones por minuto tratando de hallar la jugada genial que hiciera trizas el desarrollo equilibrado de la partida y lo volcara a mi favor.
-Dios mío, qué tipo testarudo- dijo Emilio, echándose para atrás y exhalando un suspiro de fastidio. -No sé por qué estás tan interesado hoy en ganarme.
El timbre zumbón de su voz me sacó de quicio.
-Porque estamos definiendo el torneo, no sé si te acordás.
Intenté retribuir con una mirada agria el tono de socarronería con que me estaba tratando, pero fue en vano: no sólo no rehuyó mis ojos, sino que dotó a los suyos de una expresión malévola.
-¿Ya tenés pensado lo que vas a pedir si ganás?
Lo miré con un encono muy mal disimulado.
-Por supuesto- dije, con sequedad.
-Me lo imaginaba- masculló, como si pensara en voz alta.
Sólo por impedir que siguiera hablando, moví una torre y lo insté a que jugara. Sabía que era inútil; a esa altura, cualquier jugador podría haber adivinado lo que iba a suceder en las próximas jugadas. Por supuesto, Emilio reaccionó como correspondía y anuló la eficacia de mi previsible maniobra.
Tuve que reconocer que la partida no daba para más. Con la pesadumbre de quien se ve forzado a renunciar a algo muy codiciado, acepté su enésimo ofrecimiento de tablas. Emilio me tendió la mano por encima del tablero y yo se la estreché con resignado automatismo. Se puso de pie, fue hasta el aparador y regresó enarbolando una botella de whisky sin abrir.
-Este empate histórico bien vale un brindis histórico.
Estaba exultante; su actitud vital contrastaba con mi abatimiento, mi frialdad de cementerio.
-No, mejor dejémoslo para otra ocasión- dije.- Yo me voy; no me siento bien.
Creo que tomé demasiado.
Y no mentí excesivamente al hacerlo; consumido por los nervios, aquella noche había bebido más que de costumbre.

Unos días más tarde, una mañana de fines de noviembre, después de una excursión de rutina a Legales, volví a la oficinita y, al entrar, sorprendí a Maritza en tren de confidencias con un veinteañero de pelo largo y aspecto de deportista.
-Ay, qué susto- dijo sobresaltándose al verme-. Pensé que era Nicolini. Vení que te presento. Este es Daniel, mi novio.
Los concluyentes términos de la novedad me dejaron reducido a una parálisis absoluta. "Ah, mucho gusto", atiné a balbucear, turbado, mientras tendía mi mano al extraño.  Después, completamente confundido, no supe qué decir y terminé felicitando a la flamante pareja con una rigidez espantosa en las palabras. Me hundí en un vértigo infinito de sensaciones. Una pesadez agobiante se apoderó de mí, como si una esfera de plomo hubiera brotado de pronto en el centro mismo de mi pecho, oprimiéndome los pulmones. Temeroso de que mis pensamientos se volvieran transparentes en mi cara, sentí una
imperiosa necesidad de huir. Iba a invocar una supuesta orden del jefe para darle una razón a mi súbita partida, pero justo en ese momento también Emilio regresó a la oficinita y un sentimiento morboso remotamente emparentado con la curiosidad me obligó a quedarme.
-Menos mal que volviste- le dijo Maritza, y presentó a su novio por segunda vez-. No quería que Daniel se fuera sin conocerte. Es una tontería, ya sé, pero a mí se me puso que vos nos trajiste suerte.
-¿Yo?-dijo Emilio, sin poder ocultar su asombro, tratando al mismo tiempo de asimilar la noticia y de averiguar qué grado de injerencia tenía él en el asunto.
- Sí, vos y tus lasagnas. Porque Daniel y yo nos conocimos la noche de las lasagnas.
-La noche de las lasagnas- repetí como un autómata, y alcancé a percibir cómo el rostro de Emilio empezaba a transfigurarse.
-¿Te acordás que yo me fui de tu casa a eso de las dos? Bueno, como a las dos y media me pasaron a buscar unas amigas al departamento y nos fuimos a bailar.
A años luz de la maledicencia que el cuarto piso en pleno había derramado sobre aquella cena, desmintiendo sin siquiera sospecharlo la leyenda bañada en lujuria que se había tejido en torno a ella, Maritza continuó su reveladora explicación con el más absoluto candor, ajena a las consecuencias
devastadoras de sus palabras. Los ojos de Emilio describieron un peregrinar tan desesperado como apenas perceptible; los vi pasearse sobre Daniel, sobre Maritza, sobre mí, sobre el piso, una y otra vez, sin poder detenerse en ninguno de los puntos, como si, forzados a cumplir una condena, recorrieran las distintas estaciones de un mismo desconsuelo. A duras penas consiguió sobreponerse y, en un inútil esfuerzo por rodear a su derrota de una pizca de ilusoria dignidad, hasta se permitió hacerle alguna que otra chanza a nuestro joven adversario. Después de unos minutos de conversación un tanto incómoda, Daniel dio por concluida su fugaz visita y se despidió de nosotros con la amabilidad neutra de quien saluda a dos personas a las que no asigna demasiada importancia y a las que no piensa volver a encontrar. "Lo acompaño hasta el ascensor y vuelvo", nos anunció Maritza y se fue con él.
Nos quedamos con los ojos estúpidamente clavados en la puerta, cada uno contemplando los restos de su naufragio particular.
 -¿Qué me contás? -le dije, sabiendo que hundía el cuchillo en plena herida, más por desatar mi nudo de emociones encontradas y descargarlo con alguien que por un sólido deseo de venganza.
-Y qué querés -masculló Emilio alzándose de hombros.- Estas pendejas son todas unas putas.
El anatema, pronunciado con tanta afectación, me resultó esta vez más grotesco que nunca. Disponía de unas cuantas respuestas posibles para desmentir la falacia de Emilio y hacerlo pedazos, pero preferí callar y no usé ninguna de ellas. De nada habrían servido las palabras a esa altura.
Sólo hubiesen sonado -lo sabía- como el triste anuncio de un jaque mate inofensivo e inconducente.


*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009







Los pensionistas del poema*

                                                                                     
a Luigi Pirandello


Caos - infancia - mar - exilio, arman el regazo

La  belleza intrusiva de las naranjas penetra

por el vacío de la ventana abierta hasta alzar la memoria.

La ausencia es un dolor bordeado de poesía


 *De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com





Conversación*



*De Antonio Dal Masetto.


Es agradable recorrer el pueblo vacío en la hora anónima de la siesta, llegar hasta la ruta y seguir pedaleando parejo como quien tiene un destino preciso. No hay tránsito en esta ruta, a los costados sólo campo y campo, y la luz se devora todo. Nace una figura allá adelante, desdibujada primero, más precisa después: otro ciclista. Avanza y se detiene cuando estamos a punto de cruzarnos, me detengo también, hay un saludo y hablamos un poco, cada cual sobre su bicicleta, un pie en el suelo y otro en el pedal.
-Es raro encontrar a alguien pedaleando en este camino- dice el desconocido.
-Es cierto, hace rato que vengo andando y no he visto a nadie- digo.
-¿Sale seguido a pedalear?
- No muy seguido, casi nunca en realidad.
-Los primeros quince minutos son los más duros, después la bicicleta va sola.
-Entonces hace por lo menos sesenta minutos que estoy en los primeros quince minutos.
-¿Se dirige a alguna parte en especial?
-Solamente pedaleo.
-Eso es bueno. Pedaleando se descubren cosas. Uno llega silenciosamente y toma las cosas por sorpresa.
-Algo de eso percibí.
-No quisiera parecer pretencioso, pero andar por la ruta en bicicleta es una forma de sorprender el mundo.
-Es una buena definición.
-¿Cómo describiría todo esto?
-Es muy grande y hay mucha quietud.
-¿Le gusta la palabra quietud?
-Me gustan todas las palabras.
-¿Vio muchas cosas pedaleando?
-Vi insectos. Vi nubes de mariposas amarillas y negras, y también una blanca, voló delante de mi bicicleta durante un trecho largo y era como si me guiara. También vi una mariposa muerta sobre el asfalto. Evité pisarla con la rueda.
-¿Qué más vio?
-Vi un animalito bastante grande parado al borde del camino. Yo avanzaba hacia él y el animal no se movía. Me esperó hasta que estuve bien cerca, a un par de metros, recién entonces me miró y se fue.
-¿Dice que lo esperó? ¿Está seguro que lo esperó?
-Me dio toda la impresión.
-A esta hora hay mucho silencio, pero si uno presta atención también hay muchos sonidos.
-Tiene razón, hay muchos sonidos en el silencio.
-Al principio son difíciles de captar, uno ni se da cuenta, hasta que empieza a detectarlos y entonces es como un tejido uniforme de sonidos rodeándolo, sonidos lejanos y tenues, son miles.
-Hay pájaros.
-Cantidades de pájaros, una red de trinos en sordina.
-Me pregunto si no serán todos esos sonidos los que hacen el silencio.
-Es la luz la que hace el silencio. Los pájaros se esconden en la luz. La luz esconde todo.
-Empiezo a darme cuenta.
-También hay voces en el silencio, susurros. Dicen que es el lenguaje de las almas de los muertos.
-No sabría identificarlas. Nunca me tocó escuchar las voces de las almas de los muertos.
-Debería prestar atención.
-A veces pasa un coche y el silencio se rompe.
-Cuando el coche pasa junto a uno es como un chocar de agua y después es como un agua que se aleja. También el coche sirve para evidenciar el silencio y los sonidos que se esconden en el silencio.
-Cuando la ruta cruza a través de una arboleda todo cambia.
-Meterse entre árboles es igual que zambullirse en la frescura de un arroyo y buscar el fondo. Hay otros sonidos y otro silencio.
-Venía pensando en esas experiencias, pero todavía no había conseguido ponerles palabras. ¿Usted va a alguna parte en especial?
-¿Ve aquella masa de árboles azules que tienen forma de ballena?
-La veo.
-Me propongo llegar hasta ahí.
-¿Y después?
-Después elijo otra meta. Y después otra. Y sigo.
-¿Hasta cuándo?
-La ruta no se acaba nunca.
Nos despedimos y cada uno se va por su lado. Cuando encaro por la ruta vacía y vibrante de luz elijo también yo mi próxima meta: un árbol solitario, muy lejos, muy alto, muy fino, y con la cima curvada como un anzuelo o un signo de interrogación.






                                                                                                                                                                                                                 
Amanecer desnudo y muerto entre los muertos*


Amanecer desnudo y muerto entre los muertos
que miran a otro lado y canturrean
la canción del olvido mientras duermen
su sueño enmohecido de sirenas.

Despertar cautivo y ciego entre las ruinas
sin guitarra ni espigas ni horizonte;
tan sólo un grito ahogado en las entrañas
y la certeza del caos circundante.

Gota a gota la muerte se va bebiendo el mundo
por las ensangrentadas fauces de sus canes
ataviados con ropas de diseño.
(En su bolsa resuenan las monedas:
los treinta hachazos en el cuello
del venado inocente).

Mientras, los hombres callan
y sólo se oye el son de los demonios
entre un eco de fieras explosiones.

Pido que cese el ruido, que se apaguen
todas las humaredas de la noche;
que termine el estruendo y sólo suene
el humilde tañer de una palabra
rebotando en las esquinas del crepúsculo.

Pido que nazca el hombre, que renazca
de todos sus cadáveres, que surja
su voz sonora, su verdad sincera,
que sea música que tercamente fluya,
arroyo o marejada, nube o yegua,
fiebre de océanos, campana de gaviotas.

Pido que sobrevenga la alborada.


-De Por si mañana no amanece

*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
http://sergioborao2011.blogspot.com/





*

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martes, mayo 22, 2012

ABRIR EL SILENCIO HASTA ARRANCARLE PIELES COMO VOCES INNUMERABLES...


*Dibujo: Ray Respall Rojas.




SOLO FANTASMAS*


Casa sin puerta,
creación suspendida
por la soledad.


No habrá niños,
ni juguetes ni risas
ni malabares.


Solo fantasmas
sorteando aberturas
y mil objetos.


Si dan las fuerzas
tapiaremos las puertas
sin explicación..


*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






ABRIR EL SILENCIO HASTA ARRANCARLE PIELES COMO VOCES INNUMERABLES...





 NOSOTROS LOS NIÑOS*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
           
           
Nosotros, los niños de los pueblos de entonces no podíamos pensar en potreros, como se les dijo en la ciudad alguna vez cuando en esos baldíos se jugaban los famosos picados que daban jugadores –no a un representante sino a los clubes de barrio- .
            Para nosotros la palabra “potrero” connotaba otra cosa, y no lo metafórico que usamos las zonas urbanas. Nosotros no pensábamos en los baldíos para jugar esos partiditos de hacha y tiza, porque todo el pueblo era baldío, y los lugares sobraban aunque eligiéramos la cortada de don Ángel Pichichello, mayormente, o el ex club Olimpia, frente a la carnicería de don Benicio Ardiles, o también la antigua cancha de Huracán Foot Ball Club. Un lugar donde las ovejas de don Atilio Valvazón, el canchero, no dejaba crecer el pasto. Minga de cortadora de césped, o en todo caso estaba formada por veinte bobas y lanudas ovejitas, que de pura tracción a sangre dejaban ese pastito listo  para que la redonda saltara delante de nuestra propia alegría, de nuestro propio alborozo. Hoy resulta imposible, inútil tal vez, pensar cuántos metros o kilómetros corríamos detrás  de una pelota de trapo, de goma o eventualmente de cuero. Cuantas veces la vimos picar delante nuestro o la  pateamos con todo gusto, con todo placer, y en lo posible con toda la fuerza de nuestra respectiva edad.
            Cuando nos reunimos ahora, ya adultos, y recordamos aquellas modestas glorias  a las que adherimos deportivamente, nos sentimos alegres, muy alegres en principio, pero no sin una pizca de nostalgia, la que se abona cuando son media docena de memorias que compiten en fijar aquello tan lábil como puede ser una anécdota que se compartió, pero soporta la ceniza de cincuenta años o más sobre el amoroso rescoldo. De todos modos algunas cosas habrán de permanecer, como permanecen las piedras a la orilla de los caminos que son de suyo solitarios y polvorientos, sólo cruzados por los pasitos breves de los cuises y del hurón que esconde su largo cuerpo oscuro en esos hinojales altos, en esas espadañas y en esas cortaderas que con los juncos, festonean las orillas de los cañadones, esos espejos grandes de agua que sin embargo han empezado a escasear por decisión del hombre que quiere aprovechar al máximo la fertilidad de los terrenos con sus sembrados uniformes, los que cubren todo aquel espacio que Echeverría llamaba “el desierto”, y tal vez fue el primero que lo nombró de esa forma, que le quiso dar carnadura literaria, pero eso es una historia que ya se quedó en los manuales polvorientos, en los márgenes de una patria soñada en otro tiempo.
            Pero este espacio, este campo fue el que sudaron mis mayores y a ellos, cuando lo recordaban se les iluminaban los ojos, aunque nunca les hubiera dejado algo más que sacrificios, o sudor o mala sangre. Pero así, en especial los muy mayores amaban ese trigo amarillo que ondeaba  orondo bajo el viento.
            A Justito Pezzino  hace cincuenta años que no veo, pero él me llama desde Buenos Aires todos los domingos y conversamos. Su memoria es tan feroz e implacable como la de Roberto Escudero.
            Y recordamos cosas.
            Hace poco le tocó el turno a los carnavales de entonces, con sus guerrillas de baldazos mujeres contra varones. Allí nos mezclábamos con nuestros baldecitos en aquellas siestas que no volverán.
            Y al anochecer el corso, las carrozas, los disfraces. Por las noches, el baile que  podía albergar algunos disfrazados, los pomos tirando agua perfumada, las serpentinas, el papel picado que se juntaba con palas al otro día,  tanta era la cantidad que se arrojaba en ese tiempo de ilusiones que se mezcló en ese resto de fiesta pasada.
            Y la familia Sánchez, con sus disfraces originales –un burro con su jinete, un cocodrilo con la lengua y una luz en la boca-, las carrozas que fabricaba el Pato Jeremías y que inevitablemente era acreedor al primer premio.
            A veces pienso que aquel tiempo se fue cuando las últimas notas de la orquesta iban ganando el amanecer y se escondían en los rosales que el rocío perlaba la luz de aquella luna que esa noche admiró una pareja de jovencitos enamorados.






*


Abrir el silencio hasta arrancarle pieles como voces innumerables.


 *De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com






       
LA PRINCESA CELESTE*


Cuando algún Vocero de los Descontentos le hizo saber al Creador que los Hombres se aburrían en su Largo Viaje, el Anciano Supremo, sin perder su sempiterna calma y sin soltar siquiera por un momento los controles del Gran Tren, se limitó a decir: "Pero Yo ya he dado la Imaginación a mis Creaturas.
Que la utilicen, pues, e inventen sus propias Distracciones". Enterados los Hombres de la venia divina, se pusieron entonces manos a la obra y se lanzaron con gran entusiasmo a buscar las formas más eficaces de Entretenimiento. De un día para el otro, florecieron cien, tal vez doscientos proyectos de la más variada índole, todos en busca de la ansiada aprobación general. Uno a uno, sin embargo, fueron rápidamente descartados, hundidos por el dictamen que les reprochó de manera inapelable su excesiva
modestia. "Tenemos que hacer algo majestuoso", argumentaban los más exigentes, "algo que perdure por toda la Eternidad como una Creación Inolvidable, algo que perviva en las Conciencias de las Futuras Especies, un Hito que señale nuestra existencia durante el Largo Viaje, la Marca que permanecerá incólume hasta el Día del Remoto Fin".
La grandeza inconmensurable de semejante propósito dejó sin aliento a la mayoría y durante un tiempo provocó entre los Hombres una aplastante insatisfacción general. Cundió entre ellos la angustia de pensar que no podrían vencer el desafío y que, por lo tanto, seguirían aburriéndose por los siglos de los siglos.
 Hasta que los Precursores, en un momento de única e irrepetible inspiración, tuvieron la Idea, la increíble Idea que habría de alterar todo el Orden establecido del Mundo.
La propuesta fue recibida al principio con cierto escepticismo. Sin embargo, hasta los más dubitativos concluyeron finalmente plegándose a ella. De modo que, al cabo de un corto plazo, todos los Hombres del Gran Tren estuvieron aportando algo de sí para concretar la Obra, desviviéndose por el Nuevo Ideal.  Ninguno sabía demasiado bien de qué se trataba, qué era aquello que estaban contribuyendo a construir, pero lo hicieron con una entrega conmovedora.
Ciento cuatro mil trescientos veintisiete vagones contiguos fueron devastados uno tras otro hasta que llegaron a unificarse y pasaron a constituir un solo y kilométrico recinto, que fue sometido a laboriosos
quehaceres de restauración y embellecimiento. Recibió los beneficios de una renovada iluminación que abarcaba desde los zócalos hasta la arcada de los techos, y se lo dotó de una abundante cantidad de máquinas de fabricar viento. Las paredes laterales fueron recubiertas con paneles erizados de pequeñas lucecitas cuya única función consistía en prenderse y apagarse sin cesar. El piso fue reconstruido con mosaicos hexagonales imbricados a la perfección, tan bien pulidos que en conjunto semejaban un espejo gigantesco.
Se instalaron sillas, bancos y mesas por doquier, y un incalculable número de gabinetes compactos adornados con botones, perillas y palancas tuvo también su lugar.
Cuando las obras llegaron a su fin, el resultado fue descomunal: se había creado un universo dentro del Universo.
La noche prevista para la inauguración, millones de Hombres se congregaron en el acto con gran expectativa. La Ansiedad de toda una Especie Natural estaba allí, materializada en esos seres prendidos de las grandes arañas, sentados a horcajadas sobre los hombros de los más altos, en los audaces que
se encaramaban a precarias torres de sillas apiladas, en esos minúsculos grupos de exaltados que intentaban infructuosamente forzar las máquinas. La atención general estaba concentrada en lo que habría de suceder allá lejos, sobre el escenario, detrás del inmenso telón de color anaranjado brillante,
tan inmenso que servía de horizonte, porque ya el verdadero se había perdido, oculto para siempre a causa de las remodelaciones. Muchos no comprendían qué podía haber allí que fuera tan importante como para retrasar la iniciación de los Juegos, pero la impavidez de las máquinas apagadas instaba a la resignación.
Alguien, micrófono en mano, comenzó a hablar a la concurrencia. Su voz, multiplicada hasta el infinito por centenares de parlantes, llegó hasta los mismísimos confines del Salón. Con gran pompa y disimulando a duras penas su entusiasmo, el maestro de ceremonias anunció que había llegado el momento de dar inicio al Espectáculo. La multitud, al escucharlo, aulló de furor y la unánime exclamación motivó la rotura de numerosos cristales. A nadie le importó demasiado.
-Hombres del Gran Tren -dijo-. Abrid bien vuestros ojos. Lo que vais a presenciar aquí marcará el inicio de una Nueva Fase en el Largo Viaje.
Dicho esto, todas las luces se apagaron de golpe. Apenas un sólo reflector sobrevivió al oscurecimiento general, débil como una pavesa postrera, derramando su mortecina luz blanca de luna artificial sobre el telón anaranjado y brillante que ahora no parecía brillante ni anaranjado. En medio de un silencio casi espacial, el telón se fue descorriendo con suavidad hacia uno y otro lado, y dejó al descubierto unas extrañas construcciones de formas indistinguibles. Hubo unos segundos de respiración contenida, de músculos en tensión, de ojos clavados en el escenario. Luego se oyó un estruendo fenomenal, tan intenso que incluso el Gran Tren pareció por un instante desviarse de su Ruta. Era música, una música potente y
cristalina como jamás antes se había escuchado, una cascada sonora que dejaba caer el fino polvillo de su mágica y delicada esencia en todos y cada uno de los rincones del Salón, una melodía universal que deleitaba con su inmaterial pureza a una sorprendida y fascinada audiencia, mientras las paredes y el techo del escenario se abrían como una flor mecánica, tornándolo aún más gigantesco.
 La música se fatigó en un crescendo apasionado y el acorde final coincidió con un fogonazo extraordinario que asustó a quienes estaban en las posiciones más cercanas e hizo retroceder unos cuantos metros al enjambre de Hombres maravillados, lo cual provocó aplastamientos y algunas escenas de histeria que por suerte no pasaron a mayores.
Cuando los últimos efectos de la ceguera momentánea se esfumaron, los Hombres se atrevieron a reabrir los ojos y pudieron comprobar que un portentoso grupo de Dragones había aparecido sobre el escenario, colmándolo con sus extensas colas de vidrio, sus magníficas alas luminosas, sus ásperos lomos dorados y sus enormes cabezotas color plata, entrecruzando armónicamente en el aire sus impresionantes carcajadas de fuego: primero el de la izquierda, luego el de la otra punta, luego los dos del medio, los
cuatro a la vez y vuelta a empezar.
La música volvió a desgranarse, generosa, por todo el Salón. Entre fogonazos y acordes, la multitud contemplaba el Espectáculo con la boca entreabierta, en ejercicio de un atávico gesto de asombro. "¿Es que aún puede haber algo más majestuoso que esto?", se preguntaban algunos, oscilando entre la
incredulidad y una intuitiva certeza en sentido afirmativo.
Minutos después, tuvieron su respuesta. Los relámpagos multicolores que atravesaban el escenario de lado a lado cesaron de pronto y los sones de la melodía universal se acallaron por segunda vez. El Salón se sumió de un momento a otro en una nueva penumbra silenciosa. En el frente, las siluetas inmóviles -y ahora fantasmales- de los Dragones dormidos parecieron ahogarse en la oscuridad. Fuera del escenario, los Hombres permanecían en estado de éxtasis. No había siquiera un tibio murmullo, un leve rumor. Algo, un hechizo inexplicable, una magia que congelaba el Tiempo, se cernía sobre Hombres y Dragones para mantenerlos estrechados a través de un imaginario y fantástico lazo de deslumbramiento y temor, de amor y terror.
Y entonces, desde el fondo de las sombras y el silencio, surgió Ella.
Hubo un ruido ronco y desgarrador, tan potente como la música que había acabado segundos antes. De inmediato, una pálida luz azulina nació en el escenario, luego otra, y ambas se proyectaron con un suave resplandor hacia el gentío. El aire mismo se volvió azul. Los Hombres advirtieron que esas dos luces tenues que iluminaban el universo como dos farolitos provenían de sus ojos, los ojos de Ella, los ojos tristes y tiernos de la Princesa de los Dragones de Fuego. Que no tenía alas. Que además era celeste (más que la mañana, más que la noche), que era tan pero tan grande que, además de sus ojos, sólo su larga cola y sus patas de animal mitológico estaban a la vista. El resto de su inmenso cuerpo mecánico permanecía enterrado en el fondo del escenario, como una sombra más.
Los Hombres se inmovilizaron en callada y unánime admiración. Sólo reaccionaron cuando Ella parpadeó. La Princesa parpadeó con un movimiento cadencioso, delicado y, con ese desplazamiento sumamente leve de sus ojos (tanto que pareció providencial), levantó una suave onda de un viento pacífico y azul que se propagó hacia los Hombres.
Cuando la brisa terminó de atravesar todo el Salón y quedó al fin desmayada en los rincones, estalló una violenta revolución de color, sonido y movimiento. Cual si fuese una serpiente fulgurante, el sistema lumínico fue adquiriendo vida a ritmo vertiginoso y la música, y las máquinas, y las luciérnagas de artificio, y los artefactos mecánicos comenzaron a funcionar de un modo enloquecido. Los Hombres, sacados abruptamente de su encantamiento, demoraron unos minutos antes de comprender que el parpadeo de la Princesa era el encargado de poner en marcha todo el sistema de Juegos del Kilométrico Salón. El Espectáculo había terminado.
"Hemos presenciado Algo Extraordinario", sentenció alguien. "Hemos presenciado Lo Máximo", lo corrigió otro con premura.
Aquella primera noche, no obstante, los Hombres no lograron concentrarse en el vaivén de las fichas, ni en el trajinar de las máquinas. Todavía perduraba en sus corazones palpitantes la impresión ocasionada por aquello que acababan de presenciar. Jugaban, sí, pero en el fondo sólo pensaban en los Dragones y, especialmente, en su Princesa.
Sin que nadie supiera nunca muy bien por qué, la llamaron Eliana y, desde el primer momento, la veneraron hasta la idolatría.
El éxito de la Idea se hizo palpable de inmediato. Nadie quería permanecer al margen de semejante alarde de imaginación, arte y sentido estético, de manera que, en esos primeros tiempos, el Gran Salón de Diversiones se cubría todas las noches de Hombres que se amontonaban sin preocuparse por la
incomodidad, ansiosos por asistir al Espectáculo una vez más, pugnando por emocionarse con la Música Universal y enceguecer ante la llamarada unánime.
Luego, cuando todo terminaba, jugaban hasta hartarse. Fueron épocas de Gran Alegría en el Gran Tren.
Pero los Hombres eran seres que se aburrían fácilmente.
Disipados los embriagantes efectos de la novedad, no tardaron demasiado en olvidarse por completo de lo que alguna vez habían sentido, desdeñaron sin escrúpulos el esplendor que tanto habían admirado y llegó un momento en que el fastuoso proceso de iniciación terminó por hastiar a la mayoría. Muy a su
pesar, los Precursores debieron reconocer la inutilidad de su esfuerzo; en el fondo, a los Hombres sólo les interesaba la Diversión. Fue necesario, por consiguiente, inventar un mecanismo que independizara los Juegos para que ningún obstáculo los distrajera de su desamorado obnubilamiento. De modo
que, al cabo de un tiempo, sólo un puñado de nostálgicos sentimentales seguía congregándose frente al escenario para emocionarse con Eliana y sus Dragones, mientras el resto de los Hombres, envueltos en un vértigo ciego y arrebatador, se enfrascaba en un delirio de fichas, naipes y ruletas.
Pero la decadencia del Espectáculo no terminó allí, pues los Hombres, cada vez más limitados a su ansia jugadora, comenzaron también a burlarse de estas minorías melancólicas e incluso a amenazarlas; entonces los primeros acabaron por desaparecer, empeñados quizás en pasar inadvertidos por
vergüenza o por temor. Todo daba igual. Los sones se sucedían entre sí, la sombra seguía a la luz, los Dragones bramaban y reían fuego, aparecía Eliana, parpadeaba, levantaba el suave viento azul que ya no acariciaba a nadie y todo recomenzaba inútilmente.
Una noche, el dispositivo se trabó para siempre en el mismo momento en que el telón anaranjado y brillante comenzaba a abrirse en dos ante la indiferencia más absoluta. Nadie se preocupó por repararlo. Los Precursores evitaron asumir la responsabilidad de buscar la solución al desperfecto y
más de uno llegó al extremo de negar enfática y descaradamente su participación en un Acontecimiento que, tiempo atrás, lo había cubierto de Gloria. A nadie le importó demasiado. Tal como el mismísimo Creador pudo comprobar desde los controles, los Hombres estaban aburridamente enfrascados en Otras Cosas.
Tan ocupados estaban que ni siquiera oían el mecánico ruido que provocaban sus cuerpos al moverse.


*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar
-Texto incluido en "Las cosas como somos". Colección Bienes Culturales. ATE CDP Santa Fe - 2009








UNA CAPA DE IRREALIDAD CUBRE LOS OBJETOS*


Miro un escaparate. Los objetos parecen desnudarse, darme su verdadero rostro. Las fotografías enmarcadas, puñales de acero oxidado, que han esperado tanto para saborear el interior de un cuerpo; atravesar piel, venas, órganos cerrados, vísceras tan bien hechas. Cierro los ojos, para no ver los objetos transformándose, ni sentir mis órganos intentando respirar bajo la mirada de esa hoja cierta.
Huyo. Ahora son los objetos de la calle los que mudan, atenazándome. Se difuminan, mezclándose unos con otros, cambiando de forma. La farola se une a la pared, la pared al suelo, el suelo al muro. El suelo se pega a mis zapatos, parece chicle. Tiro y tiro para despegarlo de mis suelas, pero no puedo. Y me doy cuenta de que las paredes de la calle van entrando por los dedos de mis manos. Después el pelo, que se pega al muro como si este fuera cepillo que arrastrase la electricidad estática. Y no puedo hacer nada. Nada para evitarlo. El cemento tira de mí y me dejo llevar. Ahora la pared se acerca al suelo, presiona; pared, suelo, pared, suelo, presionan fuerte, aplastándome.
      


*De Eva María Medina Moreno. evamedina_moreno@yahoo.es







                                                                                                                                                                                                                  El SILENCIO POR SUPRESIÓN*

    
Cuando llegó del supermercado empezó por dejar las bolsas encima de la mesa, y enseguida buscó lo que necesitaba frío; haciendo equilibrio con las salchichas, un corte de cerdo y las bandejitas con pollo trozado, abrió la puerta de la heladera y no se encendió la luz. Pensó que se habría quemado la bombilla, pero en el freezer el hielo era agua dentro de las cubeteras, y las milanesas habían perdido su rigidez. Quizás había dejado de funcionar desde el día anterior, pero recién ahora lo notaba.
      Justo ahora, se dijo, pero siempre el día de hoy es el peor momento para que algo salga mal. Justo ahora, se dijo, justo ahora que hay que comprar la ropa de los chicos para el colegio, los útiles, los libros, y se acumulan los gastos de inscripciones y cuotas. Se recostó contra la mesada, justo ahora.
     Después de suspirar y peinarse con la mano el cabello, le tocó timbre a la vecina y le preguntó si tendría lugar para dejarle algunas cosas en su heladera. Puso todo en una bandeja y volvió. La vecina le objetó que estando los artículos descongelados no era bueno recongelarlos, que hay que consumirlos o tirarlos. Sucedió la argumentación; ella que no, que en un documental explicaron que no es malo volver a congelar los alimentos, que no, que para nada, y había la cosa de la ruptura de las paredes celulares que cambia la textura pero no hace que las cosas se echen a perder, y mientras tanto con la bandeja arriba de la mesada de la vecina, y las cosas tan a la vista, los envases abiertos, esa desprolijidad expuesta a extraños.
     Pero que no importa, de veras, en serio que dijeron que se pueden volver a congelar los alimentos descongelados, y la vecina que no se convencía y ella que se sintió absurda dando explicaciones, casi suplicando que le ponga las cosas de una vez por todas en el freezer, y se hubiese ido si no fuese porque mantenía la sonrisa y la paciencia porque necesitaba salvar la mercadería, más aún ahora que quién sabe cuánto iba a costar el arreglo de la heladera.
     Por fin volvió a su casa y se le endureció el estómago cuando pensó que debería decirle al marido que la heladera no funcionaba. Justamente la heladera, que era una de las cosas que habían perdido su existencia.
     Si lo que no se nombra desaparece, es como si no estuviese o jamás hubiese existido, entonces en su casa había una enorme cantidad de objetos fantasmas.
     Para que ocurriese la desaparición de la heladera había sido lo del hijo menor. Dos años atrás le regalaron un triciclo, y a causa del entusiasmo que le produjo el triciclo rojo, la misma mañana del cumpleaños no esperó a salir a la vereda, se subió a su triciclo y cuando intentó girar en la cocina, la rueda trasera chocó contra la puerta de la heladera y le dejó una dolorosa herida arañada con pintura roja sobre la pintura blanca.
     Desde entonces, hacía ya dos años, la heladera había pasado a formar parte de la casta de los innombrables.
     Una vez que hubo gritos motivados por algo, el lugar o el objeto involucrado quedaba anulado del registro de realidad de la familia. Era una norma jamás enunciada, pero los niños la acataban perfectamente con esa comprensión animal de los niños por los climas espesos, los rostros mudos y las expresiones de los cuerpos torturados. Habían comprendido perfectamente, los niños, que una vez borrado algo de lo visible y señalable, debían obedientemente enceguecer sus propios ojos a lo molesto, a lo acaso peligroso.
     La mujer se dijo que para comunicarle al marido que la heladera no funcionaba, debería nombrarla, decir la heladera no funciona, y ese nombrar la heladera la traería de vuelta a la realidad tangible, y otra vez quedaría expuesta la rayadura roja sobre la pintura blanca, y sería nuevamente el grito, quizás el golpe. Pensó en llamar al service sin decirle al marido, pero jamás lograría que la arreglasen antes de la cena cuando la necesidad de hielo para el vino con soda la dejase expuesta.
      Quizás pudiese llamar al service y guardar silencio, y el marido al abrir la heladera no hiciese comentarios, y la heladera siguiese en modo de fantasma, y el marido quizás se contentase con fruncir el ceño y mantener un silencio más espeso y no otra cosa. Quizás se pudiese sortear el mal trago, quién sabe.
     Y justo ahora, se dijo, justo ahora tiene que aparecer la heladera. El televisor no se nombra desde que la nena se levantó sigilosamente en la noche a ver el final de una novela, y el padre salió de la cama y arrancó el enchufe de la pared. El piletín está armado todavía en el patio, y los chicos lo usan, pero no se habla de él desde que salpicaron demasiado, el agua llegó a la calle y un inspector municipal les levantó una multa.
     La mujer recorrió la casa y faltaban tantas cosas. Tanto sinsabor había desdibujado, uno a uno, el respaldar de una cama, una de las bicicletas, la puerta del placard de los chicos, el piso del baño, un estante del pasillito. Y aquello también, y la azucarera, y tanto más.
     Miraba desde el recuerdo la casa, y veía su hogar cuando todavía no faltaba casi nada, y se podía hablar de la cortina, del colibrí en las flores azules, de la película en el cine y de aquellos amigos que, también, uno tras otro habían ido desapareciendo.
     Abrió la guía telefónica para buscar un service de heladeras y habló resignadamente. Recién mañana pasarán a hacer un presupuesto.
     Sentada con las manos sobre el regazo, la mujer anheló el día en que ella y sus hijos demuestren su absoluta, su inocultable incorrección frente al marido, y puedan desaparecer finalmente, escapando, por fin, de su mirada.


*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com







Una relación fria*


Cuando se trasladaron a vivir a aquel pueblo de la costa se hicieron una casa a su gusto. Su profesión de escritor le mantenía en ella muchas horas y quería estar cómodo. El hecho de que sus libros se vendían muy bien ayudó a dotar a la casa de todo tipo de adelantos y caprichos.

Siguiendo los deseos de su esposa construyeron al lado de la cocina una cámara frigorífica de dos metros cuadrados que les permitía almacenar alimentos y bebidas en cantidades suficientes como para ir a comprar muy espaciadamente.

Cuando su esposa murió, se negó a separarse de ella y después de hacer un entierro falso, la colocó en la cámara frigorífica sentada en un sillón.
Diariamente, vestido con gorotex y anorak iba a leerle los borradores del libro que escribía. Le hablaba y le comentaba sus cosas y de esta manera tenía la sensación de seguir viviendo aquel amor que se truncó inesperadamente.

Al cabo de los años empezó a sentir celos. Su mujer seguía en sus 35 años, con toda su plenitud y belleza y el había ido envejeciendo hasta alcanzar los 70. Esto le deprimía cada día más. Tuvo que hacer un curso de psicología para autoconvencerse de que su mujer le era fiel. Al fin y al cabo estaba
seguro de que no se veía con nadie más porque nunca salía. Con ello su fidelidad quedo más que demostrada y pudieron seguir con su relación.


*de Joan Mateu. joan@cimat.es







Una vértebra*



*Por Juan Forn


Un paquebote cruza el océano rumbo a Buenos Aires en 1929. En él viajan la cantante Josephine Baker con uno de sus maridos y el arquitecto suizo Le Corbusier con una de sus amantes-mecenas. Furioso romance a bordo: la Baker siente que ha encontrado un espíritu afín de complicidad infantil. Le
Corbusier la ve como una clienta potencial y trata de convencerla para construirle un orfanato en el sur de Francia. Aunque estaba viajando a nuestro país con una magna tarea en mente (rediseñar urbanísticamente Buenos Aires, convertirla en un ejemplo para las grandes capitales del mundo), todo
Le Corbusier está en aquel camarote de transatlántico en 1929.
La Baker tenía 23 años y, aunque ya iba por su tercer matrimonio, no había empezado todavía a adoptar su legendaria docena de huérfanos. Le Corbusier le dio la idea, cuando le habló, en la cama de aquel camarote, de la luz y del sol, esos milagros gratuitos de vivir cerca del mar, y de una casa enorme y blanca que recibiera niños que no tenían nada y les diera eso: luz, calor, mar. Le Corbusier es famoso por la frase: "Una casa es una máquina que se habita". Pero yo creo que lo pinta mejor esta otra: "La casa ha de ser un estuche de la vida". Le Corbusier también es famoso por haber podido construir menos de la milésima parte de las cosas que proyectó (y que cambiaron la arquitectura del siglo veinte). Por supuesto, su proyecto de Buenos Aires nunca prosperó. También había fracasado cuatro años antes, en
1925, cuando propuso derribar la Orilla Derecha del Sena para transformar París. En otros países que lo desvelaron, como Brasil, la India y Japón, dejó edificios magníficos, pero lo único que dejó en nuestro país fue una casa, la Casa Curutchet en La Plata, que en realidad hizo Amancio Williams bajo la dirección a distancia del maestro desde París, y eso fue veinte años después, cuando Buenos Aires ya había olvidado por completo su visita de 1929.
En realidad, la casa que iba a hacer Le Corbusier era para Victoria Ocampo.
El amante de Victoria, Julián Martínez, le encargó un proyecto al suizo en aquella visita en 1929. Pero la Ocampo se cansó de Martínez y dejó a un lado los planos de la casa que su amante quería regalarle. Años después, a la Ocampo se le ocurrió que quería una casa Le Corbusier, así que rescató aquellos planos del ropero y se los dio a... Bustillo, para que hiciera la casa. Imaginen una casa Le Corbusier hecha por el arquitecto que hizo el Provincial de Mar del Plata, el Llao-Llao de Bariloche y el Banco Nación de Buenos Aires. A Le Corbusier no le gustó ni medio, ni la casa ni la Ocampo.
La casa le pareció ostentosa y vacua, y la dueña, también: como tantas de esas amantes-mecenas que yo creo que se llevaba a la cama no para conseguir encargos, sino para decidir si aceptaría hacerlos o no.
A mí me resulta mucho más significativa la relación enferma pero indestructible que tuvo con su mujer de toda la vida, Ivonne, un espíritu libre del Mediterráneo, intuitiva, desinhibida, sensual, tempestuosa,
borracha, mannequin fugaz en Montecarlo y confidente única de aquel suizo famoso por no franquearse nunca con nadie, ni en público ni en privado. Le Corbusier la llevaba a su lado a algunas cenas de negocios para que ella verbalizara a su manera salvaje lo que él, con su temperamento helvético, no
podía decir. Cuando se casaron le hizo un famoso dúplex de vidrio y le puso un bidet al lado de la cama; ella le tejió un gigantesco cubretetera de crochet; decía que le daba frío verlo descubierto, aunque se paseaba desnuda y con las cortinas abiertas por todo el departamento. Le Corbusier se pasó la vida aceptando encargos en cualquier parte del mundo para huir de ella, pero volvía siempre a la casa que le hizo en Cap Martin, en las afueras del pueblo donde ella había nacido. No existía para él otro lugar donde franquearse. Y, cuando ella murió, lo dejó vacío, desolado, irreconocible.
Le hizo una tumba en el cementerio marino de Cap Martin que está en la cima de una colina que mira al Mediterráneo. Es una tumba doble, con una lápida casi a ras del piso, en el rincón con mejor vista al mar del pequeño camposanto, y ahí decidió que descansarían también sus restos. Y aunque ahí murió, ocho años después (a los 78, nadando en el mar), antes de que lo enterraran fue despedido con un funeral de Estado en París. Se trasladó el cuerpo, las exequias fueron en el patio cuadrado del Louvre, al anochecer, veinte soldados escoltaron con antorchas el ataúd al ritmo de la marcha fúnebre de Beethoven, una comitiva procedente de la India vertió agua del Ganges sobre las cenizas, otra comitiva procedente del Brasil esparció tierra roja de Brasilia y una tercera comitiva de Japón dejó caer un puñado de hojas de cerezo de Kioto. Malraux, que coordinó los fastos, no quiso privarse de pronunciar unas últimas, bombásticas palabras: "Es hermoso que aquí estén presentes el Oriente y el Occidente, en unión fraternal entre el mundo físico y el mundo espiritual, el agua y la tierra y el fruto de ambos".
Recién entonces se cumplió el deseo de Le Corbusier: se cremaron sus restos (cuando hicieron lo mismo con Ivonne, una vértebra quedó mágicamente intacta del fuego; Le Corbusier la llevaba colgada de un cordón al cuello cuando lo encontraron muerto) y las cenizas fueron por fin a descansar al cementerio
de Cap Martin.
Arquitectos jóvenes y viejos de todo el mundo van en peregrinación hasta allá, a admirar cómo juega la estructura geométrica de la lápida con la sección áurea, pero yo prefiero lo que hizo John Berger, que fue seguir el trayecto que hizo Le Corbusier aquel último día que bajó de su casa al mar y se murió en el agua, tal como había soñado morir desde joven: nadando hacia el sol, de mañana, temprano. Dice Berger que desde la casa de Le Corbusier se sigue un sendero entre matorrales y una vía muerta hasta llegar a un café de madera y techo de chapa, una barraca, pero construida de acuerdo con sus consejos, porque el patrón era viejo amigo. En la pared de madera que da a la cala por donde se internó en el mar esa mañana, Le Corbusier había pintado su famoso emblema del hombre de seis pies de altura, el Modulor que mide toda su arquitectura. El sol y la sal y el rocío marino lo han ido blanqueando y afantasmando. A lo lejos se ve Montecarlo. Toda la línea costera exhorta a la riqueza, pero el Modulor puede mirar hacia otro lado, afortunadamente. Hacia abajo, a la cala donde rompen mansamente las olas, o a lo lejos, hacia el horizonte, donde en ese instante atardece. A un costado de la figura desvaída del Modulor quedó en la madera la huella de una mano en pintura. Todos van a Cap Martin a ver la tumba doble en el camposanto, pero yo creo con Berger que el verdadero monumento funerario de Le Corbusier es esa mano, que podría ser la de alguno de los huerfanitos de Josephine Baker, o la nuestra, o la del Hombre Nuevo.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-191225-2012-04-06.html







*


A donde ira la voz de los que cantan
Cuando siento sus melodías

A donde irá mi voz
Cuando despierte desnuda
Entre tus abrazos.-


*De Azul. azulaki@hotmail.com





*

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