miércoles, febrero 04, 2015

LA LENGUA DEL VIENTO...

*Obra de Claudia Marting.
Rosario. Argentina.







*

La inutilidad de la poesía es su resplandor agregado, su secreta sabiduría, lo que la sustrae como la gracia de un mundo pragmático y capitalista, regido por la violencia como forma de eficacia.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com






LA LENGUA DEL VIENTO…









PAJAROS*



No siempre los pájaros que buscaban refugio al atardecer, como para buscar el sueño tenían lugares fijos. En nuestra  despreocupada atención los estudiábamos con minuciosidad. Era difícil que se nos escapara un hábito, una costumbre, una modalidad que difería de otros, que ostentaban tal vez algunos plumajes más vistosos, que aquellos que eran de nuestra preferencia .Los humildes y laboriosos horneros que tan bien pintó Leopoldo Lugones en páginas que tal vez hoy son el olvido, porque sería bueno que los niños volvieran a esas páginas, a esas observaciones  del poeta simple que, como todo grande, también fue. Estos poemas sobre pájaros está en su Libro de los paisajes, que salió en 1917, donde con exquisito encanto y no poca gracia hace un largo inventario de los pájaros que acompañaron nuestra niñez, y mis preferidos son: El Chingolo y obviamente, El hornero.
Ignoro cuántos quedarán hoy volando los libres, porque ya en el siglo XIX, W.H. Hudson se lamentaba cómo se iban perdiendo las especies, y cómo él se jactaba de ser uno de los últimos que podía admirar esa “última belleza que reinaba sobre la tierra”. Tal vez por eso los estudió con obsesividad  amorosa que hoy le agradecemos. Un gran poeta nuestro que nos acaba de dejar, Arnaldo Calveyra, lo homenajeó en 2012, en su libro Allá en lo verde Hudson.
El que sabe mucho de pájaros es mi amigo, entrerriano de Federación, que mora en Santa Fe, quien graba sus cantos y sigue con la mirada celeste de sus ojos tranquilos el vuelo nervioso  o calmo con que suelen cortar esa pátina “que no es cielo ni es azul” como escribió una vez uno de los hermanos Argensola, allá lejos y hace tiempo, diré parafraseando a Hudson.
Yo no sé nada de pájaros, sólo que me gusta cómo hacen sus nidos, y cómo vuelan libres, mientras nosotros estamos encadenados”  escribió José Pedroni para siempre.
En el devenir  de mi vida tuve diversas relaciones con los pájaros que formaban nuestro entorno, muy natural junto a lo sembrados, las pocas calles polvorientas  y los perros vagabundos  que las recorrían en toda su extensión. Primeramente sólo queríamos matarlos con nuestras hondas asesinas, cosa que yo logré bastante tarde, porque era muy torpe y tomaba mal la horqueta que cortábamos de los gajos de los paraísos .Hasta que Toto Míguez me instruyó un día, y ya mis tiros no salieron tan desviados. En la adolescencia tuve una pasión corta por cazarlos y meterlos dentro de un jaulón  que me habían regalado, y que estaba bajo la sombra de un ceibo que ya no existe en mi casa paterna. Las pasiones en esa edad temprana mutan rápido y un día me sentí bueno y los liberé a todos. Y arrojé ese jaulón al gallinero donde las lluvias, el sol y el tiempo lo destruyeron no sin dejar en mi memoria el color rojo con que lo habían pintado.
La matanza de pájaros de mi primera infancia y la prisión posterior son dos de las culpas de las cuales intento liberarme. Lo diré para autoexculparme: era corta mi edad e imitaba a los más grandes para ser aceptado.
Hoy, cuando la oportunidad es propicia disfruto de ellos, de sus vuelos, de sus nidos sobre lo árboles que por suerte hay en la ciudad. A veces voy a verlos cruzar el río, cómo van a refugiarse en las islas, como lo hacían en los  numerosos cañadones  que rodeaban mi pueblo antiguo de entonces.
Lo cierto es que cuando vuelvo a mis pagos –lo digo con culpa- ya casi no los reconozco , salvo  los más obvios, es decir las insoportables calandrias, los industriosos horneritos, las corbatitas , las pirinchas bochincheras y algunos más. Si trigo a colación a los pájaros aquí, es porque son d mi experiencia, los que habitan mi provincia y ayer justamente buscando en internet se aparecen tres nombres que tenía  olvidados. La viudita, blanca con sus alas y su cola negras, el carpecho –negro con su trazo rojo como una gran herida sobre el pecho- y la tijereta con esa larga cola abierta en dos que cruzó impoluta todos los cielos de mi infancia. Con ese vuelo rápido, como cortando en dos el aire, desapareciendo alto, muy alto hasta ser un puntito que es más ilusión que realidad o recuerdo. Y ya que estamos con el recuerdo, una tarde que volvíamos de casa con mi padre en uno de esos crepúsculos únicos que tiene mi pueblo, cayó no sé de donde un bracita de fuego sobre un inmenso mar de trigo que lo tragó como si nada.
Casi, casi como una ilusión óptica y que hoy me permite haber escrito sobre los pájaros de mi infancia.


*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar









*


La piel busca  piel

con la gula del tacto

y  una  memoria  verde

entre los flecos del bosque lejano.


La piel  reaviva interiores.

tantea bordes

humedades o luces


Roces entre el silencio y la palabra.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar









*


ejercer el pleno derecho a la melancolía.
otros no tienen ciertamente qué comer
qué dormir
qué soñar
pero quiero declarar que uno
aunque tenga todos sus dientes en su lugar
aunque tenga pan que morder
aunque goce de lecho tibio donde tirar de noche los huesos
uno aunque sea un burgués consumado
y posea su propia biblioteca
y sus albricias de pájaros que mordisquean el cielo
uno tiene, por acción y gracia del espíritu santo,
uno tiene el pleno derecho cívico
de ejercer, como mejor le quepa, su melancolía.
la alegría es una lamparita intermitente.
una luz de giro que a veces hay que golpear para que funcione/



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar










Muchos emprendieron este viaje*



Muchos emprendieron este viaje
pero llegar
no es sólo una cuestión de fe
o de resistencia,
no es tan sólo el deseo de arribar
o la esperanza ingenua
de un puerto que finalmente nos acoja.

La ruta es muy compleja
y los viajes no son lo que parecen.

Por el camino
vas dejando jirones de tu esencia
y tras unas etapas ya eres otro.

Y comprendes entonces
que ya no sabrás nunca
si vas a terminar lo que empezaste,
no sabrás nunca
si allá en el horizonte existen Ítacas
o fue sólo una ilusión desdibujada
por las certeras llagas
que adornan tu costado.

Pero la fiera voz de tus entrañas
exige un nuevo paso, pues no en vano
hay sangre nómada corriendo por tus venas.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
-De Por si mañana no amanece









Un canto para ser devorado, y devuelto*



La lengua del viento
afilada
como el cabello de tus sueños,
de tus pensamientos
nos humedece verde musgo.

La lengua del viento
se embarra en la cara
lame tus ojos,
los llena con su saliva.

Saliva fina,
desempleo,
tarjetas de crédito.

Canta en las tardes
que tan sólo tenemos
una oportunidad para hacerlo bien,
aún cuando esta oportunidad
dure toda una vida.

Lengua de viento
chupa y embadurna rocas,
cuerpos
que salen a las calles
sabiendo que una avalancha
es capaz de cambiar la historia,
girar aquel arrullo
que devasta nuestras vidas.

La lengua del viento
no será más lengua,
cuando comprendamos
que no necesitamos presidentes,
será garganta
y un pulmón y medio
construyendo consejos comunitarios
hablando de autogobierno.

Es ahora o nunca.

Siempre ha sido ahora o nunca.

Lengua del viento,
existe en un sol atrapado
entre corteza mojada.

Es idioma originario,
carnoso coágulo de aire
que nos llena de tierras por dentro
para enfrentar un gobierno
que sólo voltea a vernos
cuando reclama
que hay qué pagar impuestos:
existencia deforme de nuestros nombres.



*De hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com



Nota del autor: Los acontecimientos recientes en México, de la desaparición de los 43 estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa por elementos del estado mexicano; así como los casos de corrupción por parte del presidente Peña Nieto entre otros, no son casos nuevos que evidencian la corrupción y prácticas ilegales en el gobierno mexicano actual. Son la reiterada confirmación de la putrefacción de la clase dominante que se ha instaurado en el gobierno y son la clara dirección que tiene el desarrollo capitalista de México desde hace ya varias décadas. El proceso organizativo NO puede detenerse, pues si lo hace, seguirá tras de sí el asesinato de los demás estudiantes de la Normal Rural de Ayotzinapa, de los padres de los ahora desaparecidos, el cierre de las Escuelas Normales Rurales... Incluso no les sorprenda que, si esto se detiene, si somos derrotados por el gobierno, quizás en algunos años, quien escribe esta nota les esté avisando que lo están amenazando de muerte, como lo han hecho ya con escritores críticos al desarrollo capitalista: http://martinmartinezpoesia.blogspot.mx/


-Seguirán los fraudes electorales: http://www.losangelespress.org/fraude-electoral-en-mexico-un-problema-economico/

-La corrupción del “gobierno”: http://aristeguinoticias.com/0911/mexico/la-casa-blanca-de-enrique-pena-nieto/

-Los policías corruptos: http://www.jornada.unam.mx/ultimas/2014/10/14/exhiben-en-redes-presunta-extorsion-de-policias-de-cuautitlan-izcalli-a-jovenes-8671.html

-Asesinatos políticos: http://www.animalpolitico.com/2014/02/encuentran-muerto-al-periodista-veracruzano-gregorio-jimenez/

-Represión policíaca: http://www.animalpolitico.com/2015/01/por-falta-de-pruebas-liberan-tres-estudiantes-detenidos-durante-protesta-contra-pena-nieto-en-puebla/

-Impunidad en los asesinatos de los manifestantes: http://plumaslibres.com.mx/2015/01/08/liberan-policias-involucrados-en-muerte-de-menor-de-chalchihuapan-puebla/

-Despojo de tierras y espacios comunitarios para favorecer intereses de empresarios:
http://subversiones.org/archivos/112566

https://www.youtube.com/watch?v=YZ4MtvGRsJI

http://www.critica.com.mx/vernoticias.php?artid=57122&mas=1

-Asesinato y desaparición de activistas y de estudiantes:
http://www.jornada.unam.mx/2013/05/19/edito
http://revoluciontrespuntocero.com/las-autoridades-y-la-delincuencia-organizada-asesinan-y-desaparecen-coinciden-miles-de-ciudadanos/






***
INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/



Estación San Sebastián*

(De la Estación San Sebastián – ferrocarril Midland)


Querido hijo:

He recibido la carta donde me sugieres que vaya a vivir con ustedes. Tienes razón, ya no es bueno que viva solo en esta casa donde me crié, desde donde mi madre,  apretando sus labios en un rezo,  me veía correr para subir al tren y luego saltar al vacío.


¿Qué hubiera hecho yo sin los trenes?
Cuando las piernas me lo permiten, me acerco a ver ese camino de hierro que se pierde,  más allá del horizonte… en el cielo.
Entonces,  miraba las vías de otro modo.  Apretaba fuerte las estampitas entre los dedos y subía y bajaba del tren,  cuando estaba en movimiento,  sin ninguna dificultad.
Eran años difíciles. Los turistas venían desde  Buenos Aires y viajaban en plan de baños a Carhué. Por lo que se sabía, allí había las aguas termales más curativas de  Argentina. Entonces,  la gente era compasiva. Al verme descalzo, con poca ropa,  me daban monedas, comida,  golosinas y yo volvía a casa feliz y le prometía a mi madre que cuando fuera mayor, le compraría un sombrero y la llevaría a las termas,  para que se cure del reuma.
Mi madre acariciaba mi cabeza y me miraba con ternura y yo me sentía más hombre que nunca.
-Tienes que aprender mucho sobre el ferrocarril, así cuando se los cuentes, los turistas te pagarán la información -  insistía mi maestra. A la señorita le pareció muy buena la idea de que practicara la lectura y me prestó,  de la biblioteca escolar,  una revista con la historia del tren. Apenas había aprendido a leer  y por eso me costaba bastante hilvanar las palabras y el sentido de las frases. Me hacía pasar al frente y me obligaba a practicar en voz alta, hasta que conseguí hacerlo de corrido y  luego memorizar lo escrito:

“En la línea de rieles, San Sebastián,  es la última estación en haber sido levantada,  desde Puente Alsina,  por la firma constructora Hume Hnos. Esta firma,  edificaba las estaciones del FC Midland. Al llegar el tendido a San Sebastián, la sociedad constructora,  quedó en bancarrota como resultado de largas disputas, por intereses, con la Compañía General Buenos Aires. En ese momento (mediados de 1908) el Ferrocarril del Sud y el Ferrocarril del Oeste,  absorbieron al Midland y continuaron la construcción, reemplazando a la Hume por la Clarke, Bradbury y Co., lo que le da a las estaciones de aquí a Carhué, un diseño arquitectónico totalmente distinto, similar a las estaciones del Ferrocarril Sarmiento”

De pie,  en el centro del vagón, cada vez con mayor seguridad,  recitaba lo aprendido. Luego pasaba mi cajita de cartón por todos los asientos y la gente depositaba sus colaboraciones. Los clientes me respetaban y las ganancias eran mayores. Dejé de vender las estampitas y  compré,  a mi mamá y a la maestra,  un bonito adorno para colgar de la pared.

Aquel día,  lo recuerdo bien, viajaba una señora,  sentada  junto a una de las ventanillas. El vagón estaba completo pero el lugar, al lado de ella,  vacío, sin ocupar. El viento movía su cabellera,  que era  del mismo color del  sol cuando cae. Un vestido con motitas verdes y sus anteojos ovalados,  de ancha armadura blanca. Encendió un cigarrillo, a la vez que escuchaba mis palabras con atención.
Por su aire distinguido,  no tuve dudas,  venía de la gran ciudad.  Sobresalía entre nosotros, la gente del pueblo  pero también, era diferente a los otros viajeros que la miraban fumar casi con desprecio.
El caso es que ella estaba en el tren cuando yo lo abordé y me puse a recitar, mi memorización de rutina.  Me preguntaba qué hacía esa dama viajando en este tren,  indiferente a los susurros y chismes de los pasajeros que no le quitaban la vista de encima. También yo la observaba mientras me escuchaba,   sus hermosas uñas pintadas y su bolso adornado, de resplandecientes moños dorados.
No recuerdo de  otra persona que no fuera de mi familia o mi maestra,  que me haya sonreído, con tanta amabilidad,  al momento de pasar mi cajita y tan generosa pues,  tampoco  recuerdo, haber recibido tamaña cantidad de dinero por el mismo trabajo.
Ese día  como pocos,  salté del tren, exultante por la recaudación.
Nunca volví a verla pero mi madre,  se ruborizó cuando se la mencioné y me dijo que era de las mujeres que venían a trabajar,  en un lugar de lucecitas rojas, detrás de la estación  La Rica, unos kilómetros más adelante.
Cuando terminé la primaria ya estaba hecho al ferrocarril y pude conseguir un empleo como mozo de carga. La muchedumbre se arremolinaba en el andén y yo debía correr de un lado al otro para cumplir con mi tarea.
Los años me hicieron guardabarreras  y jamás me aburrí  de ver pasar las formaciones, de esperar que llegaran  y de despedirlas al  partir.

Ahora que el calendario de mi vida consume sus últimas hojas, mi querido, mi buen hijo, no me pidas que abandone los trenes.
Ha pasado la vida. Aunque el tren ya no regrese, sigo sentándome en el viejo banco, debajo del alero de la estación,  a esperar  el pitido que anuncia su llegada.  El servicio se ha suspendido desde hace  años y yo,  he aprendido que la soledad,  es una estela de humo en el recuerdo, restos de una memoria  de papel que el tiempo ha borrado,  un desierto sin norte, olas de arena en un mar seco, un extenso camino de hierro que marcha paralelo, desde mi niñez a la muerte.

Tuyo, tu padre.



*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
República Argentina


Próxima estación para escribir:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

 INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

***


InventivaSocial
Plaza virtual de escritura
Para compartir escritos escribir a: inventivasocial@yahoo.com.ar


domingo, febrero 01, 2015

COMO SI FUERA LA PRIMERA VEZ...


*Dibujo de Erika Kuhn.








CIUDAD Y AGUA*



Alguna vez
escribí un poema
en el que tu voz fue la protagonista, tu voz
de cueva sumergida en el mar
donde naufragó el Titanic, entonces
ya habíamos atravesado la lluvia
y lo que vino después. Caminábamos
en puntas de pie sobre el agua
-agua que bebieron madres de pechos violentados
y vientres secos-
caminábamos y la lluvia fue
una sola palabra que nos tragó antes
de que llegara la noche
y la proa del Titanic se asomara sobre la superficie
para hacernos creer que nada había ocurrido. Nada ocurrió:
seguimos siendo dos niñas en medio de la ciudad inundada
con los pies ligeros
hundiendo nuestros cuerpos hasta el pubis
en el tembladeral de las aguas

*De Irma  Verolín. irmaverolin@hotmail.com







COMO SI FUERA LA PRIMERA VEZ…






*


Para sembrarme
en tierra,
para dejar
la frágil huella
de mi raíz,
vivo en la perenne
instancia
del fruto.

Arriba,
donde los pájaros
tejen
la red del aire,
está el único destino
de la vanidad.

¿Es acaso posible
escapar a este azar?


*De MARIANA FINOCHIETTO. mares.finochietto@gmail.com











La casa en el bosque*




*PABLO DE SANTIS



Una mañana una mujer salió a caminar sola por el bosque. Llevaba un vestido verde con lunares rojos y unas zapatillas blancas. Siempre se perdía, pero ese día se perdió más que de costumbre. No se preocupó, porque tenía una botella de agua en la mochila, y un chaleco de lana, y la noche estaba lejos.

Poco después del mediodía encontró un claro rodeado de árboles altos. El sol dibujaba un círculo perfecto. Apenas pisó el claro, un cansancio desconocido –como si hubiera entrado en un campo de flores narcóticas– la derrumbó. Fue como un lento tropiezo, porque tuvo tiempo de mirar una rama caída, unas flores blancas y una abeja que las visitaba. También llegó a notar que tenía sueltos los cordones de las zapatillas.

Cuando despertó de su sueño sin sueños, creyó que estaba en muchas partes a la vez. Las ciegas raíces de los árboles la tocaban con sus dedos helados, mientras las tejas rojas se calentaban con el sol de la tarde. Una pared se descascaraba y una grieta la cruzaba con caligrafía temblorosa. El altillo: muebles cubiertos con sábanas y valijas rotas de las que colgaban etiquetas de líneas aéreas. En un instante ella había conquistado una parcela del mundo. No tenía labios, pero de algún modo se dijo que ya no era una mujer, que era una casa, una casa en un bosque.

Hubo algo de alarma, pero fue reemplazada enseguida por la certeza de que siempre había querido ser eso: una casa en un lugar tranquilo. Había vivido como si su vida fueran episodios sin relación entre sí, pero ahora estaba entera y completa. Desde que era niña había añorado algo que no sabía qué era, un vago llamado que venía de lejos. Ahora lo sabía: lo que había deseado era un plano que la organizara en el espacio y en el tiempo, disponiendo de cuartos y escaleras y rincones. Se acomodó a la nueva geometría: las paralelas que trazaban las tablas en el piso, los cuadros que colgaban torcidos, la ventanita redonda encima de la puerta.

Temió la llegada de la noche, temió que la oscuridad y el silencio provocaran un solitario cataclismo. Pero cuando el sol se apagó se apagó el miedo. Comprendió que el silencio y la oscuridad eran las mentiras de la noche. La casa se confundía con los árboles que la rodeaban. Bajo las tablas del piso, escarabajos y lombrices recorrían improvisados laberintos. Afuera se oía a unos grillos incansables, y a unos pájaros que se llamaban a lo lejos. Las estrellas y la luna se turnaban para iluminar el bosque según una agenda rigurosa.

Pasaron los días y empezó el frío. Los árboles, al principio tímidos, terminaron de vaciar su cargamento de hojas sobre el tejado. Ella era la casa pero no tenía la memoria de la casa, y no sabía quiénes habían sido sus habitantes ni si algún día volverían. Una mañana oyó que alguien se acercaba (los pasos aplastaban las hojas secas). Era un mendigo de cara roja y manos como garras. El hombre se había puesto encima toda la ropa que había encontrado, como si fuera su propio equipaje. En la cumbre de la montaña un sombrero gris. A ella nunca le habían gustado los mendigos y se asustó, como si fuera una mujer y no una casa. Cuando el hombre probó con la puerta y luego con los postigos, ella, que era también la puerta y era los postigos, no cedió. El hombre vio en lo alto una ventana abierta e hizo el intento de trepar por un caño de cinc que servía para desagotar el agua de los techos. Había tomado demasiado vino como para acometer tales acrobacias y a la tercera caída se rindió. Protestó contra la injusta vida que le daba una casa, pero no la llave. Mientras lo miraba irse entre los árboles ella sintió un ligero remordimiento. Hacía frío. El hombre, que ya no era joven, tal vez encontraría la muerte en un rincón del bosque. Pero eran tantas las cosas a las que había que prestar atención –un nido en el tejado, una rama a punto de romper un vidrio, el tic tac de un reloj de pared que había vuelto a la vida– que el remordimiento poco duró.

Con el verano vinieron una chica y dos chicos armados con gomeras; uno tenía una brújula de bronce que le habían traído los Reyes Magos. La brújula era la culpable de que estuvieran allí. Admiraron la casa unos segundos y la proclamaron como un territorio a conquistar; luego se pusieron a tirar piedras contra las tejas coloradas. Ganaría el primero que le acertara a la chimenea. El reglamento del juego iba cambiando de acuerdo a los provisorios resultados, y al final se cansaron del juego y sus continuas reformas. Después de dar una vuelta alrededor de la casa decidieron entrar por una ventana del fondo, que tenía el postigo roto.

Los dos varones querían lucirse ante la única chica, y estudiaron el riesgo del asunto, hasta que uno dijo que sería el primero. Tiró de una hoja del postigo, que se abrió con un ruido de rama rota. Entonces ella, la casa, lo cerró con un golpe seco. El chico sacó la mano herida con un grito. Mientras se frotaba los dedos machucados les dijo a los otros: “Hay alguien adentro”. Los tres se preguntaron qué clase de persona podía vivir en una casa abandonada, y la imagen borrosa del terrible habitante los despidió de regreso al hogar. Por un rato se siguieron oyendo sus voces, como si no encontraran el camino para alejarse del todo de la casa. La brújula quedó tirada junto a la ventana.

Pasaron más días, y las hojas cubrieron la brújula, y pareció que no iba a llegar nadie nunca más. A veces le parecía escuchar voces que venían del bosque, caminantes que pasaban a cierta distancia. No quería más visitas, pero le hubiera gustado escuchar sus conversaciones, saber cómo era ella misma desde fuera.

Las voces dejaron de oírse. Hubo una tormenta que arrancó unas tejas y derribó un árbol. Ella pensó que esa tormenta había cerrado las puertas del bosque para siempre. Si quería conversar, debía aprender a hablar consigo misma; podía partirse en dos para hacer más llevadera la conversación. La parte de abajo –la sala, con el hogar lleno de ceniza, la cocina– sería más seria y formal. La parte de arriba (los dos dormitorios, el altillo) más atrevida, más íntima.

Pero no hubo necesidad de muchas conversaciones entre abajo y arriba, porque cuatro días después de la tormenta apareció un nuevo visitante. Era joven. Al principio le pareció que era también un mendigo, con el jean gastado y la camisa azul y las botas de suela agujereada. Traía una mochila en la espalda y un bulto de forma rectangular envuelto en papel madera. Ella pensó en dejarlo afuera pero el hombre hizo algo que no habían hecho el mendigo ni los niños: golpeó la puerta. Le gustó cómo sonaron esos siete golpes, leves y musicales, y decidió dejarlo entrar. Apenas el hombre puso la mano sobre el picaporte la puerta se abrió con un susurro de bienvenida.

Ella pensó que él iba a explorar cuarto tras cuarto, y que se iba a aventurar por las escaleras. Estaba dispuesta a explicarle todo aunque él no pudiera oírla, como si fuera la guía de un museo, la minuciosa guía de sí misma. Pero apenas el hombre entró se sentó a la mesa y empezó a comer un pedazo de pan que sacó de su mochila. Tomó un trago de una botella de vino que llevaba con él. Después se acostó a dormir en un rincón, en el suelo, sin preocuparse por ver si en la casa había una cama, como si fuera una caverna en la montaña.

A la mañana el visitante abrió las ventanas y puso sobre la mesa una hoja de cartón. En una lata de té llevaba sus pomos de colores y sus pinceles. Pintó una ciudad, con sus altos edificios, cada uno de un color diferente. Las nubes eran amarillas, rojas, verdes. No se detenía más que unos segundos en decidir de qué color sería cada cosa; a veces pintaba de un color u otro, según la pintura que había quedado en la paleta, para no desperdiciarla.

La rutina se repitió durante varios días: pintaba a la mañana, para aprovechar la luz del sol, después paseaba por el bosque. A veces iba a la ciudad. Ella pensó que el hombre encontraría compañía, algún amigo o alguna mujer, pero siempre estaba solo. Cuando iba a la ciudad, llevaba un par de sus cuadros con él. Pero así como salían volvían a entrar, en sus mortajas de papel madera. Sólo dos veces vendió alguno y así consiguió una botella de vino y algo de comida. Pronto dejó de intentar con los cuadros y probó con los pinceles. No le quedó más que uno.

Tampoco tenía dinero para comprar sus óleos, y sus pinturas abandonaron el azul cobalto, el rojo de cadmio y el amarillo limón. Empezó a pintar con una tinta aguada en papeles que recogía en la calle. Los edificios de colores se volvieron siluetas de humo. Ella pensaba: “Me hubiera gustado que me hiciera un retrato. Una casa verde con lunares rojos. Se podría llamar La casa en el bosque. Pero ya es tarde. El gris no está hecho para mí”.

Ella quería hacerle saber que no estaba solo. Hacía crujir las tablas del piso o abría de pronto una ventana. Pero el pintor no le prestaba atención a nada. Otro se hubiera asustado. Otro habría dicho: hay fantasmas. Es lo que hubiera dicho yo, pensaba ella, si estuviera en una casa donde las cosas se mueven solas. Pero ahora sabía que los fantasmas no existen, que si las escaleras crujen de noche y se abren solas las puertas o se apaga una vela, es porque la casa quiere conversar.

El pintor estaba tan desesperado que no le quedaban fuerzas para asustarse por esos enigmas domésticos. Su desesperación había hecho un círculo de unos dos metros a su alrededor, un país fúnebre del que era único habitante.

El no la entendía a ella pero ella sí lo entendía a él. Bastaba ver un cuadro y otro y otro, y luego sus aguadas, en el orden en que habían sido pintados, para saber que iba hacia la muerte. Se estaba despidiendo de un mundo que había perdido el color y ya estaba perdiendo la forma.

Ella quería salvarlo. Probó con mensajes cada vez más complicados. Tiró libros de los estantes, y procuró que todos cayeran abiertos en la página 17. Hizo volar de los cajones de una cómoda unas cartas amarillas y tristísimas. Atrapó a una paloma negra en el cuarto de arriba, y esperó que sus aleteos desesperados despertaran al pintor. Pero él no notó ni uno solo de todos los mensajes, o los atribuyó a la casualidad, las pesadillas y las corrientes de aire.

Una mañana lo vio partir rumbo a la ciudad con el último pincel que le quedaba y temió no volver a verlo. Pero a la tarde regresó sin su pincel y con un paquete. Ella pensó que era comida, y se alegró, porque el pintor ya era piel y huesos. Pero lo que traía era una cuerda de algodón de color amarillo. Morirá en mi interior, se dijo ella, va a pender de una viga y voy a estar obligada a sostenerlo mientras se asfixia. Puedo mover una ventana pero no una viga. Soy una casa y pronto seré una tumba.

Y entonces se sintió cansada de crujidos, golpes y pájaros, todo su repertorio de mensajes fallidos. Quería volver a hablar. Antes, cuando era una mujer y dueña de infinitas palabras, todas le parecían pobres. Ahora hubiera dado todo a cambio de un idioma que constara de una sola palabra, aunque fuera mínima, aunque pudiera pronunciarse sólo una vez en la vida.

El pintor hizo el nudo corredizo y luego, subido a la mesa, afirmó el cabo a la viga. Se puso la soga al cuello, ajustándose el nudo como si se tratara de una corbata. Vaciló unos segundos antes de saltar. A ella le gustó que vacilara, porque si algo le parecía más terrible que su muerte, era que se matara sin contemplar por un segundo las posibilidades infinitas de la vida.

Buscó en el fondo de sí misma aquel idioma de una sola palabra; recorrió los rincones y los techos, el altillo y el sótano, exploró la chimenea, llena de ramitas y huesos de paloma.

No quería dejar de ser una casa, no quería volver a pensar, a cada instante, si ir en una dirección o en otra, no quería volver a buscar lugares que eran siempre el sitio equivocado. Pero quería salvar al pintor. Ojalá no le hubiera abierto la puerta, pensó. Ojalá lo hubiera echado, como a los otros. A medida que se recorría a sí misma se dio cuenta de que todo eso ya estaba en el pasado; que el paseo era una despedida. Había encontrado el modo de decir.

Y entonces, en el momento en que él se dejó caer de la mesa, ella pudo gritar No. Pero pudo gritar porque ya no era una casa. La casa había desaparecido. Le dolió que se fuera del todo, sin dejar siquiera una silla. En las mudanzas la gente siempre se olvida alguna cosa, pero las casas, cuando se van, no dejan nada.

Estaban los dos solos en el claro del bosque. El con la soga al cuello y ella con su vestido verde con lunares rojos y las zapatillas blancas. El desató el nudo de la soga y ella se ató los cordones de las zapatillas. El la miró como si la conociera desde siempre y ella lo miró como si fuera la primera vez.

Se internaron juntos en el bosque. Todavía siguen allí.










El cuento por su autor*


La casa en el bosque



*Por Pablo De Santis


Una de las preguntas más frecuentes que hacen los lectores a los escritores es “¿se inspiró alguna vez en un sueño?”. En mis sueños, nunca aparecen los libros que realmente escribí (tal vez porque, como dice el escritor Gonzalo Carranza, “el sueño siempre es más inteligente que uno”. Y probablemente tenga mejor gusto literario). Pero aparecen otros libros. A veces están publicados y otras son apenas tenues manuscritos.

Una vez soñé que había escrito un largo poema narrativo, que se llamaba Londres. Mi padre decía: “Lo escribió en Londres. Es un poema sobre su odio contra Londres. Lo escribió de un tirón, con trazos salvajes, como si rezara”. Otro de mis libros oníricos era una novela llamada Bruno Díaz: yo le explicaba a alguien que era una historia sobre los dioses de la ciudad, y que Batman no aparecía en ningún momento.

Unas cuantas veces soñé argumentos de los que tomé nota en cuadernos. Por ejemplo: “Seres invisibles se desplazan a través de las líneas de los libros. Hay que quemar los libros para detenerlos”. “En un parque hay estatuas vivas y malvadas. El protagonista debe ir a destruir una estatua de mujer. El secreto está en romperle la nariz. Así lo hace, y la estatua se deshace en un montón de barro.”

También soñé alguna vez el argumento del cuento que habita estas páginas, “La casa en el bosque”, cuyo borrador escribí en noviembre de 2014.









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“Seguramente hay otro lugar más allá de este pozo y de este horizonte seco
y quebradizo…”

EDUARDO DALTER
(Hojas De Sábila)


LLAGAS*


A dentelladas cortadas mis trompas de de Falopio
Toda la oscuridad del mundo en mis cipreses.
En mi sexo. En mis campos de sal
En las mareas de vinagre de mi vientre yerto.
Pájaros del estínfalo. Campana rota. Víbora cascabel.
Yo, la abandonada, láminas moradas en los parpados.
Yo, la abandónica. Un látigo y una balanza en mi mano diestra.
-Hay que odiar para amarse. Hay que amar pera odiar-
He sido presa fácil de un dios furioso.

Esperma en sus tentáculos. Cerilla que no alumbra.
Boca de ceniza. Pavorosas manos.
Vestida de lagarto lo asesiné en el páramo. Flecha roma.
Era él o yo. Boca sabor a leche y amargo en las entrañas.
Nadie dibujó el contorno de mi enero. Menos el de mi nombre.
Solo crucificándome pude crucificarte.
Hombre. Dios. Pradera de inconfesables goces.
Los ángeles caían. Me cedían el paso. ¡Pobre de mi y tu fiebre!
-hablo sola en el huerto de olivos-
La hiedra venenosa alimenta a Teseo. Ariadna huye.
Nadie advierte que la pestaña de la noche es un cuervo hueco.
De un soplo. Uno. Uno solo. Exhalar mi vida. Quiero.
Dintel donde se esconden ruinas. Ruines. Runas.

Yo, la abandonada. ¿Donde está la posada de la palabra infiel?
Una mano, trémula se acerca. Le indago. Le inquiero.
Miro ese rostro incrustado en el olvido. Mueve la cabeza.
Mi madre. Mi padre. ¿Dónde están?
El hombre está sordo, o solo, que más da.
Mi grito es una lengua de vieja tenebrosa.
Clausurados capítulos responden en una lengua oscura.
-Aun no nacía y ya me esperaba una cruz de palo-
“Hormigas de la mandíbula trampa” esperaban mis ojos.
El viento de los médanos. El lodazal. La niña no deseada.
Vuelve a tu laberinto de pajas y lagartos.
Aloe vera, quiero, quiero.

Jano tiene dos caras, solo dos. No, tres…


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar

 (Para vos Eduardo Dalter, con agradecimiento, con admiración)








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Lo que yo veo, cuando miro, o sea: con escasa frecuencia porque, aunque el médico no lo sepa, padezco de vista cansada, y es que en tantos años uno ha visto ya muchas cosas, tal vez demasiadas, lo que veo, decía, es que los teléfonos móviles han venido a demostrar, por si hacía falta, nuestra inmensa e irresoluble soledad.

Parece lo contrario, es cierto. Pero el uso de estos objetos (no lo olvidemos: herramientas) así como las redes sociales (aunque este es otro campo y lo dejo para otro día, que hoy no tengo ganas), lo único que crean es una ilusión de no estar solo. En el autobús, en la consulta del dentista, en la calle, en mitad de un acto donde (paradoja) no se permite el uso de móviles... los lugares y las situaciones son múltiples: Todos hemos sido testigos cuando no partícipes. De repente hay como una urgencia de consultar si hay mensajes, llamadas perdidas, una necesidad irrefrenable de mirar la pantalla, de llevarnos el móvil a la oreja y escuchar las voces al otro lado. De recibir nuestro preciado chute de comunicación.

Pero en el fondo lo sabemos. Somos conscientes, aunque nunca lo confesaremos. La soledad es la misma. Siempre fue. En el siglo II, en el X y en el XXI. Lo que ahora tenemos es una ilusión. Y quizá una esperanza loca: La de que finalmente, el mundo termine por ser mera ilusión (como ya sospechaba alguno de nuestros antiguos filósofos), y dentro de esa ilusión compartida la soledad termine por convertirse en otra cosa, que aún, comprensiblemente, no somos capaces de entrever ni, por tanto, de definir.


*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com











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un caballo atraviesa la calzada
un caballo invisible como el viento
azul en el aire de la noche
sus pisadas desarman la nieve que no existe
la piedra que no ha nacido todavía
el humor inocente de tierra desaparecida
inexistentes perros le lanzan inexistentes dentelladas
desde mi ventana puedo verlo andar
inconmensurable atravesando el mundo
masticando la hierba donde duermen los insectos
un caballo invisible azul corre o vuela pero
nadie lo escucha
en sus casas la gente levanta su copa a la salud de
algún familiar enfermo
a la ausencia de algún ser amado
desde mi ventana puedo verlo andar
pasa lento como una mujer que se desnuda/



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar









La barca*

Así como la mano escribe un verso,
en esa letanía temblorosa
con que la lluvia lava la baldosa
tal vez se escriba el quid del Universo.
Si el secreto estuviera en el reverso
de esa mano que escribe laboriosa
o en el perfil turgente de la rosa
que bajo el agua simula ser más terso.
El tic-tac del reloj que el tiempo marca,
La brújula, el sonido de las olas.
Con esta vana mente no discierno
y espero simplemente ver la barca
que al fin me lleve, íntegra y a solas,
desnuda y sin apremio, ante el Eterno.

*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
República Argentina








*


Aquel señor antiguo
que creó nuestra tierra
a veces dormía muy mal.
Ese día creaba tiranos, huracanes,
guerras, langostas y terremotos.
Después de dormir a pata ancha
toda una noche, arrepentido,
decidió iluminar la tierra con belleza.
Y creo las orquídeas.
Le ordeno todos los colores, todas las formas.
Fueron terrestres, acuáticas y aéreas
pero especialmente hermosas.
Su misión era dar luz a la selva, colgar de los grandes árboles
en un abrazo colosal y enraizado.
Algún fin de semana, no con grandes ilusiones
crearía alguna pareja de humanos para que gozaran,
envidiosos, la grandiosa belleza de las orquídeas.


*De Elsa Hufschmid. elsifumi@yahoo.com.ar





***
INVENTREN
http://inventren.blogspot.com/



Pequeña reseña sobre una obra de Jerome Klepka*


(De la estación Corbett –ferrocarril Midland)


De pronto me había inventado un oficio (es probable que mi ocurrencia fuese algo común). Pero preferí imaginarme fundando una praxis, la antropología de las subjetividades ó dicho de modo sencillo de una persona y su obra. La vida me permitió acceder al fantástico mundo del arquitecto Jerome Ricardo Klepka.
Antes de partir a Corbett, su gran obra, había recibido de su amiga Irene una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.

Mientras viajaba en el tren me daba cuenta que el arquitecto Klepka tenia lúdica creatividad: se permitió colocar sus esculturas "Como los 109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su cuaderno explicaba: “esta es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una materialidad”.

El hotel se llama "Edward James Corbett Resort" y queda a metros de la estación de tren. Es un hotel de tres estrellas con baño privado. Pedí una habitación sin saber cuanto tiempo necesitaría para recorrer el parque natural y las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que sean vistas e interpretadas por los visitantes.
Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insulto en ruso y Klepka le contesto con otro insulto similar también en idioma ruso. -Irene me había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como segundo idioma; ya en su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a Gorki en su idioma madre.-
La cosa es que el conocimiento común de un idioma y de cultura eslava los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los obreros presentes en la obra.
-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado impecable. -Remató el conserje.

Me di cuenta durante un buen rato antes de lograr dormir en una cama desconocida que la idea de escribir sobre un hombre y su obra no es tarea sencilla -al menos con Klepka- . Una segunda idea que había tenido durante el viaje en tren estaba en cuestión, ¿Podría escribir algo más que una crónica sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente aclarara con su luz las cosas.
Desayune mirando al verde del parque un cielo amplio y celeste hasta el horizonte. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me llevaba a llegar y permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me llamó la atención la remera que usaba un hombre con la pelada artificial en su cabeza. Tenía menos de cuarenta años, y el aspecto de un cuerpo trabajado en horas y horas de gimnasio. Parecía estar en una gira de negocios desayunado con socios. La remera decía en español y letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a mí".

No quise distraerme más. Llevaba en mi bolso un par de cuadernos donde Jerome Klepka describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me animara a salir al afuera del hotel.
En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del comedor esta el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de Tigre. Arriba de la cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas llevar a los cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana que mantenía colmillos y lengua de serpiente.
La estatua tiene el subtítulo de "Metamorfosis". Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de autoría: JEROME RICARDO KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.

En el cuaderno dice -textual- : "Metamorfosis". Fue con la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba. Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".

Alejándose de la estación y el hotel hacia el norte esta la entrada al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La primera obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".
Escribe: "Después de la salud, el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa. Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del tiempo"

Me gusto mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras traslucidas apiladas como un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda guerra.
Jerome anotó: están mi padre y mi tío en la guerra, nunca saldrán del todo. En el oído les quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban el tímpano. Por un instante puedo volver a ver los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche iluminada por los proyectiles en la batalla de Montecassino.
Cuando retorné del parque estaba bastante cansado, era de noche, había comido algo en un pequeño restaurante ubicado en la antigua residencia del comisionado inglés. Volví a la habitación, me bañe con una ducha que no logre regular bien, con el agua casi fría afloje el cansancio y me dispuse a dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de lo lejano y lo inmediato a la vez. En la habitación contigua una pareja había comenzado a hacer el amor. Se escuchaba como la mujer jadeaba. Dije: este Jerome, ha sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido estas paredes con paneles de yeso que no aíslan nada.
Desde el campo empezó a ganar espacio el sonido de un tren acercándose. Por momentos el sonido del tren se mezclaba con los jadeos de la pareja de la habitación lindera. Cuando llego a la estación se escucharon los sonidos del vapor de la locomotora. Ese ruido inconfundible de las vaporeras. ¿Será una North British o una Vulcan Iron Works? El tren partió, su sonido se alejaba mientras el de la pareja que hacía el amor sin agotarse se mantenía constante.

En cualquier lugar, una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer que se enciende, hecha vapor, jadea. Hay viajes que crean la vida y otros que la llevan de un sitio a otro. Antes de entrar en el sueño arrullado por los sonidos del amor. Se impone la necesidad de que alguna enseñanza para mi vida. Pensé en lo apropiado que era el título de una de las obras de Jerome Ricardo Klepka: "Lo erótico es la vida".


*De Eduardo Francisco Coiro.



Próxima estación para escribir:

GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS

 JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


Estaciones literarias por visitar en el Ferrocarril Midland:

 INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.
PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO. 
KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

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InventivaSocial
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