viernes, febrero 12, 2016

A TUS LEVES PÁJAROS AZULES…


*Dibujo de Erika Kuhn.







Elegía a tus leves pájaros azules*



Tengo miedo del instante previo a tu belleza
cuando el capricho asedia todos los sentidos
y un dragón bruñido y de suaves escamas
comienza a habitar el ardor de tus pupilas.

Como hablar de poesía sin tus labios vivos
carcomidos por miles de perplejos besos.
Hubo un tiempo de caricias y desespero
bajo árboles que hoy, ya están muriendo.

Tengo miedo del laberinto de tus pasos
bajo el crepúsculo que solo intuye el sol
y de la danza nupcial de tus pestañas,
en ese vuelo que lapidaría a un poeta.

Como romper todos los versos de este día,
y escapar con palabras desde las sombras.
Hubo un tiempo de gravísimas utopías
en el cual aprendí a pronunciar tu nombre.

Tengo miedo de tus leves pájaros azules
que yo entiendo solo son viejos poemas,
a los cuales tu vuelves siempre recurrente
las tarde bastas de tus domingos bisiestos.

Sí, en verdad digo, yo nunca sentí culpa,
por tu pereza de amarme, tus vanos juegos.
Así como reconozco la soledad del hombre,
rescato mis poesías breves y mis silencios.

Tengo miedo del instante previo a tu belleza
cuando el capricho asedia todos los sentidos
y un dragón bruñido y de suaves escamas
comienza a habitar el ardor de tus pupilas.


*De Jorge Lacuadra. jorgelacuadra@hotmail.com






A TUS LEVES PÁJAROS AZULES…








EL NORTE DE LAS COSAS*



El norte de las cosas
siempre nos llevará hasta la incertidumbre
a ese no saber
quien nos espera del otro lado
del futuro,
a donde la luz difusa
es prolongada agonía del vacío;
el norte ocupa el vértice del recelo
que nos enceguece
borrando las huellas fértiles
sembradas en la aridez nocturna
de la nostalgia.



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es









*


como las alas
de una mariposa
coloridas y frágiles

así te veo, amor,
así te veo



*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com









ESTACIÓN DEL ABSURDO*


“Nada os pertenece en propiedad más que vuestros sueños”.
(Nietzsche)



ESTACIÓN DE LA ESPERA


Intentó mirar las sombras tras espejos trizados.
Estaba allí, agazapado, toro negro a la espera.
-En la segunda noche, lo soñó-
-En la tercera noche, ella durmió sobre la barba de la piedra.



ESTACIÓN DE LOS SUEÑOS ROBADOS


Lo soñó tanto y tanto, hasta robar su sueño.
Día y noche. Ojos. Ojos y una terrible espera.
Dulce y amarga muerte hasta doblar la esquina.
De los bosques sagrados surgen las manos húmedas.



ESTACIÓN DEL DESEO

Y lo amó tanto y tanto hasta robar su amor.
Y no había tú y yo. Macho ni hembra. Me amas y te amo.
Los ojos aterrados de deseo. Enfermos. Locos. Espectrales.
Solo queda esto: subsistencia. Y soñaban, que es un sueño la muerte.



ESTACIÓN DEL ABSURDO

¿Y los sueños donde el musgo estalla? ¿Las revoluciones de la carne?
¿El costo devaluado de las utopías?
¿Los vientres arrancados de cuajo? ¿Los dientes?
Lluvia verde de mierda. Verde mierda. Un solo, absurdo, desolado grito.
Y lloraban besando sus voces con sus cuerpos, cabalgando esqueletos.
-Quizás un grito de fusil baste, si apuntas en el pecho.-


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar








*


La mañana
entra en la cocina.
La mujer,
bajito y hondo,
canta.

El ruido del agua
la acompaña.
Lleva la loza al agua,
la sumerge,
la ve brillar
atravesada por la luz,
en una vaga ilusión
de la pureza.

Canta.
Y guarda la loza
en la alacena,
lejos de la muerte
que anda cerca.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com








DETRÁS DE LA MÁSCARA*



Aquí estoy con la máscara cubriendo el rostro
para no espantarte, para que no salgas corriendo

¡cuán débiles son las carnes desgarradas,
como seda atrapada en espinos blancos!
Y sus hilos trémulos,
y la humedad de los ojos, buscan con ansias tu imagen,
y me aferro para no caer en el vacío, en el lóbrego agujero
que succiona mi esqueleto


y siento frío
y desespero
y la soledad corroe los pensamientos,
y la tristeza, ¡Sí!, la tristeza adherida al aliento
empaña el espejo donde veo al espectro

las pesadillas asoman, el temblor acaricia los dedos

el viento viene a jugar
con el fantasma de los cabellos, jirones del alma
vuelan esquizofrénicos, vuelan y se retuercen: culebras
intoxicadas con su propio veneno

¿dónde están los cabos sueltos?

agitado el pecho convulsiona
y lágrimas bañan el rostro
inundan los ojos que te buscan en el firmamento ficticio

una voz sofocada grita desde el interior
y las manos aladas tapan la boca
- es la conciencia que emerge de su grieta-
y exasperada clama:

¿sabes lo que es ser mujer y no poder serlo?

y la lucha infernal comienza
y la lucha terrenal no acaba

no reconozco lo que muestra el espejo
esos ojos hundidos, mustio el semblante,
la palidez de la muerte
y su alarido
y de pronto el corazón salta, en el cuerpo de otro,
y te leo de nuevo, te siento cercano,
eres el único que despavorido no huye,
el único que conoce la locura palmo a palmo

la luz apagada de los ojos te mira
y del corazón brotan pétalos negros
como la noche cubre con su manto la vida

la sombra luminosa del abrazo sale a tu encuentro
y quedo ahí fundida con el eco silencioso de tus palabras
con el arrullo mudo de un no sé qué
que espero.



*De Ruth Ana López Calderón. Lopezcalderon20013@gmail.com
-Poema del libro "Sin óbolos para Caronte"
Editorial El País, 2014









*


Una mujer de la que no recuerdo el nombre cosecha frutillas debajo de un sol implacable que da, justo, justo, sobre su joroba. Las manos siempre casi al ras del piso. Los pasos cortos para ir divisando las frutas entre la maleza. Todo es amarillo luz, verde y rojo a la vez.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com











*


habrás dejado junto al río
tu voz hecha de arenas
y de arcillas
y habrás hundido
en ese lecho
semejante al aliento
de una ardilla
un cuerpo dócil y absoluto
pequeño como un punto en la nada
atroz abeja iracunda ciega e histórica
habrás olvidado acaso el patio
los gallineros
la grisácea ternura de la madre
o el impresionismo de la lluvia
tras los cristales
el harapiento ulular del aire que no
dejabas hundir en mis silencios
para que no creyera, por si acaso,
que era la ternura una ciudad en movimiento
habrás agujereado el testamento de flores
la barricada de lenguaje, el inerte dios,
por mi parte dejo que la ceniza
y la simbología de la ceniza
y la ceniza de la ceniza crezcan
enérgico remolino
en esta parte del mundo, en este ombligo,
donde el amor todavía pájaro/



*De León Peredo. gustavojlperedo@yahoo.com.ar










ESTOY DEMASIADO CERCA PARA QUE ÉL
SUEÑE CONMIGO*



*De Wislawa Szymborska.


Estoy demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
No vuelo sobre él, de él no huyo
Entre las raíces arbóreas. Estoy demasiado cerca.
No es mi voz el canto del pez en la red.
Ni de mi dedo rueda el anillo.
Estoy demasiado cerca. La gran casa arde
Sin mí gritando socorro. Demasiado cerca
para que taña la campana en mi cabello.
Estoy demasiado cerca para que pueda entrar como un huésped
que abriera las paredes a su paso.
Ya jamás volveré a morir tan levemente,
tan fuera del cuerpo, tan inconsciente,
como antaño en su sueño. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca. Oigo el silbido
y veo la escama reluciente de esta palabra,
petrificada en abrazo. Él duerme,
en este momento, más al alcance de la cajera de un circo
ambulante con un solo león, vista una vez en la vida,
que de mí que estoy a su lado.
Ahora, para ella crece en él el valle
de hojas rojas cerrado por una montaña nevada
en el aire azul. Estoy demasiado cerca,
para caer del cielo. Mi grito
sólo podría despertarle. Pobre,
limitada a mi propia figura,
mas he sido abedul, he sido lagarto,
y salía de tiempos y damascos
mudando los colores de mi piel. Y tenía
el don de desaparecer de sus ojos asombrados,
lo cual es la riqueza de las riquezas. Estoy demasiado cerca,
demasiado cerca para que él sueñe conmigo.
Saco mi brazo que está debajo de su cabeza dormida,
Mi brazo dormido, lleno de agujas imaginarias.
En la punta de cada una de ellas, para su recuento,
Se han sentado ángeles caídos.



-Wislawa Szymborska . Polonia. Prowent, actual Kórnik, 2 de julio de 1923 - Cracovia, 1 de febrero de 2012)
-Traducción al español: Elzbieta Borkiewicz










*


Cualquier detalle ínfimo que falta (y siempre falta más de uno) invalida nuestras sensaciones más plenas. Vivimos de lo que nos falta y de ese modo la belleza siempre se escapa.


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com









InvenTREN





La Rica*


A Antonio Dal Masetto.


El hombre lee en su asiento una carta escrita sobre papel verde. Se inclina un poco tratando que el sol que ingresa por la ventanilla ilumine de lleno en esas letras de birome azul. Tiene sus ojos cansados y la presbicia lo obliga a distanciar bastante la carta, a punto de temer con incomodar con la extensión de su brazo a la señora sentada enfrente en la que puede ver una mirada curiosa detrás de esos anteojos redondos con bastante aumento.
En realidad, no le importa que esa señora de mediana edad y pelo rubio enmarañado se interese por su carta. Ella solo podría haber leído la fecha y el lugar que están en letra visible e imprenta, arriba a la derecha de la primera hoja. Luego viene la letra manuscrita, pequeña y encriptada de Gabriela que se hace imposible de descifrar si la persona no esta familiarizada con ella.
Y además, que importancia tiene que esa señora sepa de su felicidad, de su ir y venir por el amor y la distancia.
Ella iba y venía, en su trabajo por los aires, en sus ensueños o en amores fugaces de cada aeropuerto que no lograban desplazarlo a él. Su hombre. Él, que iba y venia todos los fines de semana para compartir su lecho, sus labios. Para caminar con ella de la manito o en el abrazo de hombro de ella a cadera de él que tanto les gustaba, como a los eternos amantes, novios o compañeros de vida, aunque nunca supieron definirse, no les interesaba otra cosa más que llevarse de la mano o del abrazo por la vida que era una sucesión de instantes o una eternidad bajo una misma luz, pisándose a veces con mutua torpeza los pies en aquellas estrechas veredas del centro antiguo de la ciudad, para luego retornar al departamento de ella y fundirse en un solo cuerpo a luz de luna o estrellas, a sol que entibia la piel o a cielos de acero sin grietas. Aun parece sentir el ruido de la lluvia cayendo a gotones de sonido persistente por los techos, mientras adentro los cuerpos se encendían bajo cobijas del frío invierno.
Sentados en la cama, los domingos a la tarde él le leía cuentos de Dal Masetto y ella a él a Borges o Cortázar. Una vez, le leyó "Romance" y él sabía, que era apenas un pretexto para llegar a la frase final que tanto lo oprimía como presagio, como una anticipación acechante a la vuelta de la esquina, o en cada ir y venir a la estación de trenes, para llegar o partir de los brazos de ella, su amor, su compañera.
Recuerda haberle leído esa frase final del cuento de Antonio que ahora ronda en su cabeza: “el destino es insondable y no existe felicidad que no este amenazada”.
Su piel lo enloquecía. Su blanca piel casi transparente en la que podía ver rutas celestes que no parecían venas sino mapas de cielo como los que ella surcaba primero en Aerolíneas Argentinas y más tarde en Lufthansa.
Él sentía cada encuentro y cada despedida como si fueran una misma imagen superpuesta de ese intento imperfecto de volver una y otra vez al placer, o al contacto de la piel, la fusión de los cuerpos, el orgasmo de cada cual a su tiempo y modo, la sonrisa del después y el dormir abrazados para entrar en la noche del sueño bien juntitos. Gabriela y su parecido a  Bette Davis. Sobre todo la expresión de su mirada. Fue un descubrimiento mientras en una madrugada vieron “La extraña pasajera”. Como les pego esa frase que adoptaron casi como un lema propio: "tenemos las estrellas, no pidamos la luna".


*

Vuelve a doblar en dos las tres o cuatro hojas de la carta sin dejar de echar una última mirada con los ojos húmedos sobre el encabezado, que seguramente la señora que esta allí enfrente ya ha leído, aun fingiendo desinterés y con la mirada perdida en algún punto de la estación que de una vez están por dejar cuando la fuerza de la máquina logre romper la inercia y el viaje se desate sin atenuantes.
No importa que esa señora sentada enfrente haya leído la fecha: Hamburgo, 15 de abril de 1992.
Y más abajo el Querido Javier: y luego el texto que conoce de memoria y ha leído una y otra vez durante estos años a bordo del tren.
“A los tristes no los quiere nadie” se dice a modo de explicación.
Entonces el tren arranca y el hombre rompe la carta en cuatro con expresión de angustia marcada en el rostro, aunque ya maldice su impulso, su inútil esfuerzo por doblegar ese pequeño hilo de ilusión que lo mantiene ahí, no queriendo preguntarse sin respuesta, y entonces guarda esos grandes pedazos en el bolsillo derecho de su campera, quizá ya mismo piensa en pegarlos con cinta transparente al llegar a su casa.
Intenta disimular su rostro desencajado. Se levanta y se va al otro vagón, no quiere testigos, que nadie sospeche ni se pregunte por que él sigue yendo y viniendo en ese tren. Como si el tiempo no hubiera pasado.



*De Eduardo Francisco Coiro.



***

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***

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sábado, febrero 06, 2016

LA ANGUSTIA NO ES UNA MARIPOSA…


*Obra de Cecilia Aguado.
Villa Gesell. Argentina





*


No alcanza con tomar la angustia
de un ala y quitarla del vidrio.

La angustia no es una mariposa.

La angustia vuelve, trae nombres,
evoca sangre amada, me sigue,
me sigue, me sigue, me sigue
y no hay lugar
sin vos
donde esconderse.



*De Valeria Pariso.
 ("Del otro lado de la noche", Ediciones El Mono Armado, 2015)






LA ANGUSTIA NO ES UNA MARIPOSA…







Mujer mirando al vacío*




Parada frente al mar
con un reflejo gris en su mirada.
(Se diría perdida en la nostalgia,
la nostalgia del mar, que no se agota)


Parada frente al mar.
La ciudad a su espalda
(esa ciudad que antaño fue promesa
y hoy es sólo glacial encrucijada)
y una muda tempestad de arena
bajo sus pies descalzos.


Ante ella hay un mar incomparable
que sus ojos no ven, un cielo transparente,
una distancia,
la levedad impronunciable de la brisa.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
-De Por si mañana no amanece.










Con su voz...*



el alba canta sin partituras ni instrumentos

se deja llevar por la luz

por los ciclos.

Sólo calla cuando las tinieblas están de pie

y las rodillas de los cipreses

no la dejan subir.

Está tan bonita con su solo de luz

tal, que parece

exclusivamente dirigido a mí...

Descuelgo el corazón guardado

en los armarios

y lo expongo.

Sin amparo.

Con su herrumbre.

Vulnerable a su voz.



*De Miryam Colombotto de Seia. miryamseia@cablenet.com.ar













EXILIO*


Hormigas melodiosas transitan por su sangre,
Y todo, todo es nada: solamente un recuerdo
ARIEL FERRARO



Nunca te dije que me quedé por miedo
Por un brutal. Feroz, insustituible miedo.
Coloque en tu valija tu jean, una foto y mi gastado miedo
Partiste en plena noche. Como un bandido.
La muerte silabeaba con boca de zafiro.
Me dejaste libros, despedidas.
Y el miedo, animal, impío, sanguinario.
Prefería la muerte a la partida.
Pero quedó la herida. De muerte, herida.
Herida miedo. Estaba en todas partes, en todas, todas.
En tu silla vacía. En la guitarra.
En el perro llorando. Lastimeramente.
En la mesa con mantel de desvelo.
En los diez mandamientos de mi manos.
En mi boca cocida. En mis ojos atados.
En el mapa de tu cuerpo en mi lecho.


Quedaron sacos rotos.
Olor a patria. Sabor a viento claro.
Tierra natal. Muertos. Crujidos.
Disparos que ahuyentan las palomas.
Te has llevado mi pena, ay mi pena.
Y has dejado la tuya. La tuya mía, corazón.
Un pedazo mío tuyo te has llevado.
Un clavel. Un malvón. Un café.
Un pájaro de bruma. Un dragón. Una tijera.

Corto la espera, sentada en el umbral.
Como ayer, anteayer, mañana, nunca.


*De Amelia Arellano. amelia.arellano01@yahoo.com.ar








*



Éramos niños
bajo las higueras.
Así
se hace el amor
-me dijo-
y su mano
desarmó mis trenzas.

Mi madre nos llamó.
Corrimos
por el patio
hacia la casa
cubierta por las enredaderas.

Nos reímos
mientras mi madre
nos daba la merienda.

Él no quitaba los ojos
de mis trenzas sueltas.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com









26 *



Un día comprendimos
que era necesario
construir esta casa.

Debíamos guardar/
muchos caracoles.
Realmente muchos.

Todos los que la ira del mundo
separó del mar.



*De Valeria Pariso.
 ("Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna, 2015)










SUPERFICIES BRUÑIDAS*



En un rincón la Santa Rita alarga brazos espinosos con un color violento, un rosado que ha tenido comercio con el rojo más sangriento y en algún momento ha tenido azul en sus ancestros. La madreselva le disputa el lugar, embalsamando el aire con el perfume dulce que exhalan sus flores. Éstas son espigadas. De largos pistilos vacilantes; se abren blancas pero luego se resignan a un tono cerúleo que les anuncia la proximidad del fin de su pequeño tiempo, la caída, la disolución en una tierra aparentemente inerte pero viva de insectos delicados con antenas temblorosas.
Hay, también, un ligustro que florece apretadamente, con otro aroma menos de botellita de cristal de Baccarat que de prado esmeralda con ovejitas. Más modesto el aroma del ligustro que el de la exquisita madreselva, pero quizás es por eso que se instala entre las emociones más profundas, y perdura fresco e inocente en la memoria.
Del seibo se arrojan por cientos las flores con forma de cabeza de pájaro. Rojas sin matiz, duras, tan sin dulzura como el árbol retorcido del que proceden, y sin embargo el ceibo uno de los árboles más honestos del parque, sincero en su rusticidad, sin los alardes del álamo plateado que hace trucos de magia con el viento, mostrando sus hojas ahora verdes, ahora de plata.
Llueven bolitas amarillas del paraíso, y llueven estrellitas blancas, que crean un firmamento espejado sobre el césped. Hay calma.
La mujer en la reposera toma delicadamente, con los dedos índice y pulgar, un pellizco de la capa superficial de la realidad y la levanta un poco, con cuidado de no romperla. Le ha sucedido que se forme un agujerito, y al quedar sin piel, con la herida húmeda, se dejaban ver en ese sector los colores crudos y las formas precisas que la piel atenúa y difumina.
No quiere que su realidad tenga lamparones que le produzcan escozor, lleva un trabajo de muchos meses para que se regenere una piel nueva, y suele quedar más gruesa o más delgada, pero en todo caso diferente y acusando un parche.
Con el índice y el pulgar separa la fina capa translúcida, que al estirarse se torna más transparente. Ya puede adivinar los monstruos. Una forma gelatinosa palpita unos segundos y luego se sumerge en las profundidades.
El corazón de la mujer se hace notar en su pecho, y una opresión se va instalando, se va expandiendo desde la garganta. Hay una sensación de peligro, de estar en equilibrio a gran altura. Sensación de proximidad de lo irreparable.
Inmóvil para que no se derrumben paredes de papel, siente la atracción del abismo. Imperceptiblemente, estira un milímetro más la piel de la realidad anticipando la rotura, el quedar con un trozo de epidermis entre los dedos. Tira otro milímetro con los oídos, con los ojos, con todo el ser fijado en las profundidades que empiezan a distinguirse con mayor claridad.
Sobre su cabeza un benteveo de pecho amarillo llama a su compañero, las calandrias buscan insectos dentro de los laberintos verticales de las enredaderas, el follaje de los álamos imita el mar. A su alrededor se afanan las hormigas, libélulas negras y libélulas turquesa se sostienen inmóviles en el aire. Ranas minúsculas flotan en la piscina con las patas extendidas.
Ella no escucha los pájaros, ni nota que el sol se ha ido corriendo, que la sombra se ha alejado de su reposera y ha quedado totalmente expuesta al sol feroz del verano. Respira por la nariz el aire que exhala por la boca, está toda cerrada sobre el instante elástico del miedo, de la expectación, de esa cornisa aterradora que invita al salto.
Un milímetro más que estire la película hacia arriba, un minuto más que prolongue el esfuerzo de la piel por no desgarrarse, y acaso sea entonces la herida, la visión exacta del campo de las pesadillas, y sea, otra vez, una época de dolor, vendajes, desilusiones.
De muy pequeña, cuando iba a la iglesia, miraba fijamente al sacerdote, hasta que veía alrededor una especie de doble imagen que coincidía o no al mover las pupilas. Cerraba los párpados y ahí estaba, iluminada y precisa, la silueta del cura recortada con una tijera de luz. De niña jugaba ya con los anversos y reversos, con las ilusiones ópticas, con lo ilusorio en general, con lo aparente que hace incognoscible lo real.
Entre el índice y el pulgar la piel de lo aceptable, lo cotidiano, lo seguro. Esa película dejando ver el dibujo de la hoja de abajo como papel de calcar, papel manteca, papel aceitado. Esa película hecha cristal esmerilado que permite y no permite ver, que apenas deja entrever lo oculto cuando ella la estira audazmente con el riesgo de que se rompa, y algunas fauces dentadas, algún tentáculo inaceptablemente nocturno irrumpa en este lado de sol, de sombra concreta, de previsible monotonía.
Pero qué hay allá abajo, cuáles son los monstruos y cuál constituye su materia crepuscular. En qué momento el pellizco fue brusco, se rompió la piel, quedó el hueco como cuando en el hielo los osos polares hacen un agujero para que alguna foca emerja la cabeza perruna.
Cuando alguno de sus espantos ha acercado el rostro al límite. Peor. Cuando ella rompió la piel y dejó abierto un hoyo en la fina barrera entre esto y aquello, el rostro de su pesadilla ha tenido mueca burlona. El temible rostro se ha reído con el hocico lleno de dientes afilados, la ha mirado directo, fijamente y con satisfecha malignidad, señalándole sin necesidad de palabras cada incongruencia injustificable, cada penosa bajeza, todas las excusas que usa, ella, convincentemente con los demás pero que sabe, ella, que son útiles maneras de no verse obligada a modificar el orden de las cosas.
Ahora, en este momento suspendido de intolerable lucidez reconoce frente a sí y en soledad, únicamente para sí y para su propia vergüenza, que esa mujer que es su hija, pero que es una mujer y un ser separado de ella, independiente y ya ajeno, reconoce que esa mujer su hija le desagrada visceralmente, desde el centro del cual emanan implacablemente todas las manifestaciones que hacen la presentación de la persona.
Ve a su hija con la minuciosa imagen compuesta de sensaciones, retratos, recuerdos ligados, historia presente, olores y connotaciones insoslayables.
La ve nítida, fotográfica, y a la vez esquematizada y cubista. Como los imposibles objetos de Picasso, que presentan a un tiempo el plano superior, la base, el anverso y el reverso.
Y lo que ve no la satisface.
Sabe que el sentimiento de rechazo es inaceptable, totalmente contra natura. Y sabe, esta mujer, que sólo hoy, sólo ahora, solamente en esta suspensión de lo ordinario se puede permitir la formulación de su desagrado.
Con el índice y el pulgar mantiene estirada la piel de la realidad. Se ha transparentado este espanto, esta lacra infame que debe estibarse en despensas polvorientas, viejos cuartitos clausurados. Ha podido ver, bajo la traslúcida piel de la realidad, una yegua de la noche a pleno día.
Todo está allí, en ubicua simultaneidad. En este estado de suspensión puede permitirse ver de frente al monstruo.
Una langosta verde y marrón frota entre sí las patitas velludas. Los ojos vacíos, de espejo negro, reflejan a la mujer en la reposera. Salta sin aviso y desaparece entre el pasto.
Una bandada de pajarillos gris celeste se posa en el espinillo por un segundo y sigue su vuelo.
La mujer ve, sabe y siente que su hija le es desagradable.
Allá adelante alguien abre el portón, se produce un desbande de palomas torcazas que baten pesadamente las alas. La mujer suelta de pronto la piel de la realidad que elásticamente vuelve a su sitio. Apenas está un poco arrugada en el lugar por donde la retenía entre los dedos. La mujer se conecta con el presente, siente ahora el sol en el cuerpo, escucha los pequeños sonidos, advierte que la radio perdió la onda y es apenas un ruido pastoso de voces con interferencia, se nota en el cuerpo la transpiración, nota su cuerpo, se da cuenta de que tiene hambre, escucha sonido de pasos, conecta el sonido de los pasos al anterior ruido del portón del frente, ve a la hija que viene por el camino de ladrillos, la saluda con una sonrisa ancha y luminosa. Le sonríe con alegría sin simulación.
Está feliz, como siempre, de recibir a su hija en la quinta.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com











Alicia y la maravilla*



Alicia vuela.

En azules unánimes.

Se rompen las estatuas, el tiempo circula,

vuelve al momento

en que con el pie en punta, los brazos alzados,

Alicia se despega.

Y en el mismo instante bifurcado

se junta

con la caricia de un suelo de conejos.




*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar









*


“Hay días en que todo duele, pero también son días de grandes revelaciones.”


*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com










InvenTREN







Algo había sucedido*


*De Dino Buzzati.


El tren había recorrido sólo pocos kilómetros (y el camino era largo, nos detendríamos recién en la lejanísima estación de llegada, después de correr durante casi diez horas) cuando vi por la ventanilla, en un paso a nivel, a una muchacha. Fue una casualidad, podía haber mirado tantas otras cosas y en cambio mi mirada cayó sobre ella, que no era hermosa ni tenía nada de extraordinario. ¡Quién sabe por qué había reparado en ella! Era evidente que estaba apoyada en la barrera para disfrutar de la vista de nuestro tren, superdirecto, expreso al norte, símbolo -para aquella gente inculta- de vida fácil, aventureros, espléndidas valijas de cuero, celebridades, estrellas cinematográficas... Una vez al día este maravilloso espectáculo y absolutamente gratuito, por añadidura.

Pero cuando el tren pasó frente a la muchacha, en vez de mirar en nuestra dirección se dio vuelta para atender a un hombre que llegaba corriendo y le gritaba algo que nosotros, naturalmente, no pudimos oír, como si acudiera a prevenirla de un peligro. Solamente fue un instante: la escena voló, quedó atrás y yo me quedé preguntándome qué preocupación le había traído aquel hombre a la muchacha que había venido a contemplarnos. Y ya estaba por adormecerme, al rítmico bamboleo del tren, cuando quiso la casualidad -se trataba seguramente de una pura y simple casualidad- que reparara en un campesino parado sobre un murito, que llamaba y llamaba hacia el campo, haciéndose bocina con las manos. También esta vez fue un momento porque el expreso siguió su camino, aunque me dio tiempo de ver a seis o siete personas que corrían a través de las praderas, los cultivos, la hierba medicinal, pisoteándola sin miramientos. Debía ser algo importante. Venían de diferentes lugares -de una casa, de una fila de viñas, de una abertura en la maleza- pero todos corrían directamente al murito, acudiendo alarmados, al llamado del muchacho. Corrían, sí, ¡por Dios cómo corrían!, espantados por alguna inesperada noticia que los intrigaba terriblemente, quebrando la paz de sus vidas. Pero fue sólo un instante, lo repito apenas un relámpago; no tuvimos tiempo de observar nada más.

"¡Qué extraño!", pensé, "en pocos kilómetros ya dos casos de gente que recibe, de golpe, una noticia" (eso, al menos, era lo que yo presumía). Ahora, vagamente sugestionado, escrutaba el campo, las carreteras, los paisajes, con presentimiento e inquietud. Seguramente estaba influido por el especial estado de ánimo, pero lo cierto es que cuanto más observaba a la gente, más me parecía encontrar en todos lados una inusitada animación. ¿Por qué aquel ir y venir en los patios, aquellas afanadas mujeres, aquellos carros...? En todos los lados era lo mismo. Aunque a esa velocidad era imposible distinguir bien, hubiera jurado que toda esa agitación respondía a una misma causa. ¿Se celebraría alguna procesión en la zona? ¿O los hombres se dispondrían a ir al mercado? El tren continuaba adelante y todo seguía igual, a juzgar por la confusión. Era evidente que todo se relacionaba: la muchacha del paso a nivel, el joven sobre el muro, el ir y venir de los campesinos: algo había sucedido y nosotros, en el tren, no sabíamos nada.

Miré a mis compañeros de viaje, algunos en el compartimiento, otros en el corredor. No se habían dado cuenta de nada. Parecían tranquilos y una señora de unos sesenta años, frente a mí, estaba a punto de dormirse. ¿O acaso sospechaban? Sí, sí, también ellos estaban inquietos y no se atrevían a hablar. Más de una vez los sorprendí echando rápidas miradas hacia fuera. Especialmente la señora somnolienta, sobre todo ella, miraba de reojo, entreabriendo apenas los párpados y después me examinaba cuidadosamente para ver si la había descubierto. Pero, ¿de qué teníamos miedo?

Nápoles. Aquí, habitualmente, el tren se detiene. Pero nuestro expreso, no, hoy no. Desfilaron cerca las viejas casas y en los patios oscuros se veían ventanas iluminadas. En aquellos cuartos -fue un instante- hombres y mujeres aparecían inclinados, haciendo paquetes y cerrando valijas. ¿O me engañaba y todo era producto de mi fantasía?

Se preparaban para marcharse. "¿Adónde?", me preguntaba. Evidentemente no era una noticia feliz, pues había como una especie de alarma generalizada tanto en la campaña como en la ciudad. Una amenaza, un peligro, el anuncio de un desastre. Después me decía: "Si fuera una desgracia se habría detenido el tren; en cambio, el tren encontraba todo en orden, señales de vía libre, cambios perfectos, como para un viaje inaugural.

Un joven a mi lado, simulando que se desperezaba, se había puesto de pie. En realidad quería ver mejor y se inclinaba sobre mí para estar más cerca del vidrio. Afuera, el campo, el sol, los caminos blancos; sobre los caminos, carros, camiones, grupos de gente a pie, largas caravanas, semejantes a las que marchan en dirección a la iglesia el día del santo patrón de la ciudad. Ya eran cientos, cada vez más gentío a medida que el tren se acercaba al norte. Y todos llevaban la misma dirección, descendían hacia el mediodía, huían del peligro mientras nosotros íbamos directamente a su encuentro; a velocidad enloquecida nos precipitábamos, corríamos hacia la guerra, la revolución, la peste, el fuego... ¿Qué más podía pasarnos? No lo sabríamos hasta dentro de cinco horas, en el momento de llegar, y seguramente sería demasiado tarde.

Nadie decía nada. Ninguno quería ser el primero en ceder. Cada uno quizás dudara de sí mismo, como yo, y en la incertidumbre se preguntara si toda aquella alarma sería real o simplemente una idea loca, una alucinación, una de esas ocurrencias absurdas que suelen asaltarnos en el tren, cuando ya se está un poco cansado. La señora de enfrente lanzó un suspiro, aparentando que recién se despertaba, e igual que aquel que saliendo efectivamente del sueño levanta la mirada mecánicamente, así ella levantó las pupilas, fijándolas, casi por azar, en la manija de la señal de alarma. Y también todos nosotros miramos el aparato, con idéntico pensamiento. Nadie se atrevió a hablar o tuvo la audacia de romper el silencio o simplemente osó preguntar a los otros si habían advertido, afuera, algo alarmante.

Ahora las carreteras hormigueaban de vehículos y gente, todos en dirección al sur. Nos cruzábamos con trenes repletos de gente. Los que nos veían pasar, volando con tanta prisa hacia el norte, nos miraban desconcertados. Un multitud había invadido las estaciones. Algunos nos hacían señales, otros nos gritaban frases de las cuales se percibían solamente las voces, como ecos de la montaña.

La señora de enfrente empezó a mirarme. Con las manos enjoyadas estrujaba nerviosamente un pañuelo, mientras suplicaba con la mirada. Parecía decir: si alguien hablaba... si alguno de ustedes rompiera al fin este silencio y pronunciara la pregunta que todos estamos esperando como una gracia y ninguno se atreve a formular...

Otra ciudad. Como al entrar en la estación el tren disminuyó su velocidad, dos o tres se levantaron con la esperanza de que se detuviera. No lo hizo y siguió adelante como una estruendosa turbonada a lo largo de los andenes donde, en medio de un caótico montón de valijas, un gentío se enardecía, esperando, seguramente, un convoy que partiera. Un muchacho intentó seguirnos con un paquete de diarios y agitaba uno que tenía un gran titular negro en la primera página. Entonces, con un gesto repentino, la señora que estaba frente a mí se asomó, logrando detener por un momento el periódico, pero el viento se lo arrancó impetuosamente. Entre los dedos le quedó un pedacito. Advertí que sus manos temblaban al desplegarlo. Era un papelito casi triangular. Del enorme título, sólo quedaban tres letras: ION, se leía. Nada más. Sobre el reverso aparecían indiferentes noticias periodísticas.

Sin decir palabra, la señora levantó un poco el fragmento, a fin de que pudiéramos verlo. Todos lo habíamos visto, aunque ella aparentaba ignorarlo. A medida que crecía el miedo, nos volvíamos más cautelosos. Corríamos como locos hacia una cosa que terminaba en ION y debía de tratarse de algo espeluznante; poblaciones enteras se daban a la fuga. Un hecho nuevo y poderoso había roto la vida del país, hombres y mujeres solamente pensaban en salvarse, abandonando casas, trabajos, negocios, todo, pero nuestro tren no, el maldito aparato, del cual ya nos sentíamos parte como un pasamano más, como un asiento, marchaba con la regularidad de un reloj, a la manera de un soldado honesto que se separa del grueso del ejército derrotado para llegar a su trinchera, donde ya la ha cercado el enemigo. Y por decencia, por un respeto humano miserable, ninguno de nosotros tenía el coraje de reaccionar. ¡Oh los trenes, cómo se parecen a la vida!

Faltaban dos horas. Dos horas más tarde, a la llegada, ya sabríamos la suerte que nos esperaba a todos. Dos horas. Una hora y media. Una hora. Ya descendía la oscuridad. Vimos a lo lejos las luces de nuestra anhelada ciudad y su inmóvil resplandor reverberante, un halo amarillo en el cielo, nos volvió a dar un poco de coraje.

La locomotora emitió un silbido, las ruedas resonaron sobre el laberinto de los cambios. La estación, la superficie -ahora oscura- del techo de vidrio, las lámparas, los carteles, todo estaba como de costumbre. Pero, ¡horror! Aún el tren se movía, cuando vi que la estación estaba desierta, los andenes vacíos y desnudos. Por más que busqué no pude encontrar una figura humana. El tren se detuvo, al fin. Corrimos por el andén hacia la salida, a la caza de alguno de nuestros semejantes. Me pareció entrever al fondo, en el ángulo derecho, casi en la penumbra, a un ferroviario con su gorro que desaparecía por una puerta, aterrorizado. ¿Qué habría pasado? ¿No encontraríamos un alma en la ciudad? De pronto, la voz de una mujer, altísima y violenta como un disparo, nos hizo estremecer. "¡Socorro! ¡Socorro!", gritaba y el grito repercutió bajo el techo de vidrio con la vacía sonoridad de los lugares abandonados para siempre.









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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

 JOSE RAMÓN SOJO.

ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.
JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.
 ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.

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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

PARADA KM 79

ENRIQUE FYNN.  PLOMER.  
KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.
ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.
KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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