jueves, febrero 11, 2021

POR UN AZAR INEXPLICABLE...

 


*Obra de Walkala. Dr. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam

http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160

 

 




 

 

 

 

Los caminos*

 


Los caminos tienen eso de llevarnos y traernos,

les adjudicamos esa utilidad o ese don,

y es posible que lo tengan, que de alguna

manera los caminos sirvan para ir y volver.

Si es que se vuelve alguna vez a algún sitio,

y si es esperable y sano volver. Sin embargo,

hay desvíos posibles, grandes o pequeños.

Tal vez en esos desvíos, en esa alteración,

en esa inclemencia de la costumbre está la vida.

Que el resto sea sólo tiempo transcurrido,

pero hay gente, siempre hay, que vive la vida

recorriendo los caminos alternativos.

Esa gente sabe algo que yo no sé,

que acaso quisiera haber sabido

a tiempo.

 

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

 

 

 

 

 

 

Por un azar inexplicable…

-Poesía de Horacio Rodio.









Los recuerdos

 

 

 

Como un francotirador desde la torre de un campanario 

nos acechan. Entramos y salimos de la cruz de la mira

y a veces nos perdonan por un azar inexplicable. 

Creemos que siempre va a ocurrir la absolución 

hasta que un día sentimos el golpe en la espalda, 

el agujero de salida y la brasa en el pecho, 

y el olor a mierda de nuestra propia sangre, 

y nos levantamos como si nada 

y tapamos la herida con el saco

y logramos no morir.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Esta casa y la nada

 

 

 

Qué quedará en esta casa que construyó mi padre, 

en la que vivió y murió mi abuelo y de ellos no hay nada. 

Esta casa que construyó mi padre en la que habito

y que conserva la forma que le dieron sus manos.

Qué quedará en esta casa en que nacieron mis hijos,

y crecieron y partieron y de ellos no queda nada,

sólo recuerdos míos y fantasmas de perros muertos 

y de árboles secos, y de ellos nada, nada de nada.

Qué quedará en ella cuando no la habiten mis recuerdos 

y yo ya no habite más en los recuerdos de nadie.

Quién dirá quién fue mi padre y que la forma que tiene 

esta casa vacía de gente es la forma que le dieron 

las manos de alguien que pasó y del que no queda nada

en el recuerdo de nadie.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Calidoscopio

 

 

 

Era azul, a veces era azul, y a veces negro,

o era verde y era negro, y a veces blanco. 

La risa era blanca, azul era el aire, esa idea

burbujeante sin llanto ni gritos ni horario, 

aunque era solitario, y había mucho negro.

Verde era la distancia, la libertad pasajera 

de alejarse y de creer que al volver habría

un cambio, pero siempre se regresaba al negro

y no había manera de alejarse demasiado.

Blanca era la risa, la sonrisa, la mueca, 

el disimulo ya era amarillo, pero todo

se contaminaba de negro, y no había forma, 

si uno lo intentaba borrar, todo se agrisaba,

y se andaba mal lavado y vestido de un gris delator

que inducía una idea inexacta en los demás. 

Era azul y era verde y a veces era blanco, o esa

idea quedó en el recuerdo, sin embargo

las cosas se volvieron relativas y ajustables,

porque las fotos de aquel tiempo son ocres,

como si el amarillo hubiera intentado

cubrir tanto barro de zanja innecesario,

porque no hay manera de lavar el negro,

el azul se empantanaba de negro fango 

y el verde terminaba encarcelado 

en los márgenes negros de un mapa. 

Nada quedó puro, el azul, se volvió abstracto

la costumbre volvió al negro casi marrón

lo fue aterciopelando, y era evidente 

que el verde se encharcaba, que el marrón,

nacido enfermo, empeoraba y se azulaba,

el amarillo tosió verde y el azul se infestó

de bacilos amarillos y se fue verdeando,

acaso la cura de todo eso fuera el sol, pero el sol

era un Dios y no había que nombrarlo en vano.

Ocurrió como ocurre siempre que con el tiempo

para casi todo hubo un leve consuelo, 

lo que se perdió sin remedio y para siempre 

fue el blanco.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Como en un tango

 

 

 

Las cosas eran contundentes y solo diré eso

para no apelar a demasiadas precisiones,

le daban a mi cuerpo la forma de su carga,

y al esfuerzo de medirlas y llevarlas encima.

Yo las miraba como eran, una materia sólida,

pero hechas de un inevitable y posible olvido,

necesitaba desnudarme de ellas y perderlas.

Ellas se negaban a eso y se aferraban a mí, 

pasamos demasiados años jugando ese juego,

de apuradas jornadas e incómodos encuentros, 

décadas. Acaso fue el cansancio o el desamparo, 

un día empecé a profesarles cierta oscura lealtad,

o me alcanzó el amor por las causas perdidas,

y tuve que reconocer el error de abandonarlas.

Ellas están ahí y me miran, y yo a mi vez las miro, 

a esta distancia absurda y resistida, y me asombra

su persistencia y a ellas el camino andado junto a mí.

A juzgar por los resultados se diría que es muy claro

a esta altura, que las cosas me han vencido.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Lo irremediable

 

 

 

Acaso el verdadero motivo de nuestras conductas

involuntarias nunca lo sabremos: los incontrolables

ataques de ira, el grito, el insulto, un comentario

absurdo y descomedido, o la repetición ocurrida

ya muchas veces de algo que nunca nos importó

y que de repente se transforma en lo insoportable

y provoca el estallido. Por qué esta vez sí y otras no.

Qué serpiente en el pasado nos mordió y nos dejó

en la herida ya cerrada la ponzoña esperando dormida.

Qué dolor fue el que resistió el exorcismo del tiempo,

qué pregunta no nos hicimos en el minuto apropiado,

qué razón se ocultó detrás de una puerta clausurada

cuya llave no está en nuestras manos, y, sin embargo,

puede ser abierta por el viento. Un depósito sin uso

y ya abandonado en cuyo centro nos espera algo que,

a la vista, no es más que una roca cubierta de ceniza,

y que, de pronto, se enciende como un tizón e inflama

el aire contaminado de furia y dolor que la ha rodeado

desde que la dejamos casi extinguida o eso creímos.

Cuál es el verdadero nombre o la palabra que define

lo inexplicable, eso que nos vuelve un niño indefenso

o un criminal sediento de sangre. Un sacerdote sin fe,

sin dios ni religión que maldice las almas y el recuerdo

de los enemigos ya vencidos y enterrados.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Un galgo

 

 

 

A veces siento un cansancio de perro flaco y triste, 

esos perros flacos y sucios que van, lengua afuera, 

siguiendo un carro de ciruja sin ningún sentido,

traspasados de sudor y mugre de todos los caminos, 

quizás porque no tienen otra cosa que hacer y van,

con fidelidad enfermiza, siguiendo algo intangible.

La difusa ilusión del perro de que el tipo que va arriba

o el caballo que tira del carro saben que está con ellos, 

que forma parte del conjunto, y en verdad no lo sabe, 

no sabe nada, no sabe siquiera si les gusta que los sigan.

Ese es mi cansancio y mi soledad y mi sudor y mi mugre

y es todo muy incómodo. ¿Para qué sigo el carro? 

Si yo no soy un caballo que tira de un carro seguido

por un perro que no está atado al carro y que el caballo

ignora que lo sigue. Si no soy un hombre que, en el carro,

conduce un caballo seguido por un perro. Si no soy

el caballo que tira del carro que conduce un hombre

al que nunca le importa que hay un perro que lo sigue.

Qué represento en ese conjunto, qué es un perro flaco

y sucio y cansado que sigue a un carro y al caballo

que tira del carro y lleva al hombre que va arriba, 

y que alimenta el caballo y nunca alimenta al perro.

Qué es un hombre, qué un caballo, y qué un perro

que no está atado al carro y al que no lo alimentan.

¿Por qué sigo abajo del carro y atrás del caballo en el camino,

cansado, sudado, hambriento, y sucio de mugre y duda?

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

No somos

 

 

 

No somos lo que creemos ser, no lo somos y nadie lo es.

Creamos nuestra propia épica, nuestro propio relato,

y una aspiración muy optimista, creemos en esa imagen

y que se sostiene por sí misma. Pero no somos constantes, 

nos diluimos, la contrariedad nos modifica, y, a veces,

mutamos hacía el ser opuesto de lo que intentamos

o pretendemos, y sostener las convicciones cuesta. 

Y los otros nos sorprenden siempre cuando no somos, 

cuando sobrevivimos como podemos. Se decepcionan, 

sin ningún derecho, de nosotros y nos maltratan y se alejan. 

Nunca se miden a sí mismos con la vara que nos miden,

ellos se aferran a su ideal. Son volátiles e inconstantes 

como lo somos nosotros, pero nos toman por idiotas 

y ellos se creen vivos. No soportan perder la ventaja 

que por amor o error les concedimos. Ellos se creyeron

a conciencia nuestras dulces mentiras y son incapaces

de practicar la reciprocidad de mentirnos.

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Temporal

 

 

 

¿Sabrán las ratas que nacen, viven y mueren de viejas en un barco, 

que son una especie bastante extraña de ratas marineras,

que navegan los mares del mundo más allá del horizonte

posible de sus vidas y su andar, confiadas en la pericia

de los hombres que hacen y guían los barcos y que, 

por supuesto, las detestan?

¿Qué pensaran las ratas de un barco que se sacude en la tormenta? 

Quizás olerán el miedo de los hombres, la fragilidad y el temblor

de ese mundo que creen seguro y acotado, y que,

navega en un mundo de agua que sólo es una parte

del mundo que a su vez navega como el mundo

en otro mundo más amplio y así hasta el universo.

Y los hombres que guían el barco del mundo ¿sabrán?, 

que navegan en una frágil embarcación en un mar

que acaso nos detesta.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

La belleza

 

(nunca terminará es infinita esta riqueza

abandonada)

Edgar Bayley

 


Tanta maravilla por ver y yo tantas ganas 

y curiosidad y deseos de entender algo,

y haber nacido así, con esta enfermedad 

tan difícil de llevar y tan extraña, que nunca 

me deja ver lo que hay sino lo que falta, 

y este malestar de sentir hambre en la feria 

y ver los ojos asombrados de los peces muertos, 

y este error de comprender sin aceptarlo, 

el por qué pierden los que siempre pierden,

y por qué ganan los que siempre ganan,

y este oído tan fino para escuchar el silencio

de los que callan, y esta fe inquebrantable 

de saber que siempre me miran y escuchan 

todos mis muertos traicionados. Tanta belleza 

por ver y sentir y gozar, sin estar capacitado 

para apreciarla.

 

 

 

 

 

 

 

**

 

 

 

*Horacio Martín Rodio (1954)

 

Poeta. Narrador.

 

-Ha publicado “Palabras de piedra” Ediciones Baobab año 1999. 

“Media baja” Ediciones Dunken año 2012.

“La insistencia de la desdicha” Editorial Ruinas Circulares año 2018.

-Primer premio Concurso de cuentos J. L. Borges Ciberboock 1996

-Primer premio Concurso de cuentos suburbanos 1997 Ediciones Baobab.

-Primer premio IV concurso de cuentos “Traspasando fronteras” Universidad de Almería (España) 2009

-Primer premio Concurso Jacinto Santamarina Ciudad de Lobos 2010

-Primer Premio Cuento Concurso Mario Nestoroff 2013 San Bernardo. Chaco. Argentina.

-Primer Premio Cuento Concurso EDEA. Avellaneda Pcia, de Buenos Aires 2013

-Primer Premio Cuento Concurso “Villa de Errentería” 2013 España. 

-Primer Premio Cuento Ciudad de Azul 2013

-Primer premio Cuento Floreal Gorini, Centro Cultural de la Cooperación, 2015

-Mención Cuento Premio Julio Cortázar 2015 La Habana Cuba

-Primer Premio Poesía Ciudad de Azul 2015

-Tercer Premio Cuento Bonaventuriano Universidad de Cali Colombia 2016

-Segundo Premio Poesía Alejandra Pizarnik Cañada de Gomez, Santa Fe, Argentina 2017

-Tercer Premio Poesía Centro Cultural Kemkem. Necochea. Argentina 2018.

-Única mención de Honor IV Premio Internacional de Novela Héctor Rojas Herazo 2020. Colombia.

-Primera Mención Poesía. Concurso Adolfo Bioy Casares 2020. Las Flores. Buenos Aires. Argentina.

-Cuentos de su autoría han sido publicados en España, Cuba y Colombia.







Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

Estación Girondo*

 

 

Vestido con una enorme capa negra que ondula a sus espaldas como las trágicas alas de un desorientado vampiro, con el cabello ensortijado y pálido semblante, Oliverio deambula sin rumbo, alejándose de la ciudad, atormentado por el siniestro recuerdo de la Dama de Blanco.

La había visto a la cara. Podría jurarlo delante de cualquiera. Fue durante una oscura y pegajosa tarde, donde la atmósfera parecía a punto de quebrarse bajo la feroz metralla de los truenos y desatar, a los pocos segundos, la peor de las tormentas que recordara Buenos Aires quizá en décadas. En aquel preciso momento, Ella se había dejado ver, atravesando los añejos muros del Museo de Arte Hispanoamericano Fernández Blanco, sito en calle Suipacha al 1400.

Por aquel entonces, Oliverio vivía con su esposa Norah en el terreno lindante al Museo, y los ocasionales encuentros con aparecidos ultraterrenos ya no los inquietaban como la primera vez. Una noche habían sido interceptados al regresar de un café literario por el hierático espectro de un jesuita encapuchado que les heló la sangre. En otra oportunidad, vieron cómo se descolgaba la oscura silueta de una esclava negra por las cañerías que descendían de los techos, buscando escapar de sus ya extintos captores. Más tarde, hasta un distinguido Lord británico de raigambre victoriana, con flamante galera y reloj con cadena de oro a la cintura, paseaba de vez en cuando por el patio de su casa en las noches de luna, insinuando acaso un leve gesto con su galera hacia ellos, a modo de saludo.

Sin embargo, ninguna de estas imágenes lo había perturbado tanto como el de la Dama de Blanco. Joven, hermosa, con una extraña simbiosis entre la sensualidad y la virginalidad… Se deslizaba fuera del Museo y entraba a su casa subrepticiamente, mirando en derredor con cierto temor, como si no reconociese el lugar por donde se desplazaba. Y a diferencia de las demás apariciones, Ella, exclusivamente a él, le hablaba… 

Oliverio nunca había podido descifrar su lenguaje, entrecortado y confuso, compuesto por irreconocibles jirones de palabras que no alcanzaban a comprenderse del todo, como si le hablase desde el fondo de un pozo anegado, o a una distancia tan vasta que los sonidos no alcanzaran a ser alcanzados.

Pero su mirada, de una tristeza tan profunda como hermosa, era lo que más lo desconcertaba y fascinaba a la vez. Haberla conocido implicaba no poder olvidar jamás esos ojos claros. Quizá fuera eso lo que ansiara recuperar Oliverio luego de la muerte de Norah, hecho que lo dejara al extremo de la desolación: una mirada de amor, proveniente de unos ojos puros, diáfanos como un cielo de verano, que lo atravesaran con su ternura de lado a lado.

Consternado por llegar a concretar el encuentro imposible, Oliverio averiguó durante un buen tiempo acerca de la secreta identidad de la Dama de Blanco. Consiguió saber que había fallecido en 1925, y merodeaba desde un principio el Cementerio de la Recoleta, confundiendo a los incautos varones que la tomaban por una bella joven solitaria y desabrigada a quien cortejar durante las noches de parranda. Los avezados seductores le ofrecían sus abrigos para protegerla del frío, anhelando la posibilidad de un momento erótico y ardiente, pero terminaban desairados, mientras contemplaban incrédulos la manera en que Ella escapaba hacia las profundidades del Cementerio, perdiéndose entre las bóvedas, para luego de dar muchas vueltas en su persecución encontraran el propio abrigo yaciendo sobre uno de los cajones de las bóvedas, recientemente usado por el espectro de la dueña del ataúd…

Años después, la Dama de Blanco se había trasladado a unas diez cuadras, errando a lo largo de la distinguida Avenida Alvear y la calle Arroyo, ignorándose el porqué de semejante trayecto, para recalar en las proximidades del Museo, aposentándose casi entre sus muros y los de las construcciones vecinas. Allí la había descubierto Oliverio, deseoso por un reencuentro que jamás había vuelto a concretar, hipnotizado hasta el fin de sus días por aquella mirada inolvidable…

Muchos años han pasado desde entonces, sumidos en la bruma de los tiempos. Oliverio ha perdido, al fragor de sus poéticos retruécanos y versos delirantes, el sentido del espacio y la localización, extraviado en un lenguaje particular que carece de coordenadas compartidas. Desorientación que lo aleja de las letras y lo conduce hacia los lugares más remotos y estrafalarios, como éste en el que lo descubrimos, a muchos kilómetros de distancia de Buenos Aires y su aire recoleto, sorprendido al llegar durante una helada noche de luna llena a una desierta estación de ferrocarril, perdida en medio del campo, que misteriosamente lleva su propio nombre.

Los rieles se extinguen a pocos metros de allí, devorados por la oscuridad, con apenas un pálido destello lunar con el que delata su metálica presencia. La rústica silueta de la estación se confunde con las extrañas formas de los árboles del monte que la rodea, otorgándole al lugar un toque siniestro que impulsa con fervor a la huída del testigo ocasional. Sin embargo, Oliverio se dirige resuelto hacia allí, casi sin darse cuenta de las asperezas del terreno que lo circunda, causado por el más insondable y urgente de los presentimientos.

Una ráfaga de viento helado revolotea su capa al acercarse al derruido umbral de la ventanilla de la boletería, carcomido por la lenta erosión del tiempo. La reja que separaba al empleado de los futuros pasajeros se encuentra tamizada por mugrientas telarañas, aposentadas allí por espacio de varias décadas. El crujido que producen bajo su tacto las maderas podridas del estante para recoger los boletos no lo sorprende, pero le desagrada. Y entonces, en medio de la escalofriante lobreguez, percibe el níveo destello de una presencia dentro de la habitación, luminosidad que le puebla el alma de esperanza, desbocando su corazón.

Busca a tientas la puerta que conduce al interior del cuarto, y luego de un par de forcejeos con la cerradura oxidada, consigue que la pútrida hoja de madera le ceda el paso. Avanza trémulo hacia dentro, notando que aquel destello aumenta su intensidad, brotando desde la tortuosa grieta de uno de los muros, vecina a un polvoriento archivero. El milagro, informe cual volutas de humo, se expande dentro del cuarto, corporizándose con dificultad, impedido aún de mostrarse tal cual es. Oliverio extiende moroso los dedos de su mano derecha hacia él, alargando su brazo, esbozando una palpitante sonrisa luego de muchísimo tiempo, tan malacostumbrado al rictus de amargura que lo representase desde la triste muerte de Norah. 

La aparición culmina de materializarse, definiendo a la recordada silueta de la Dama de Blanco, con un tenue y escotado vestido de nívea gasa que revela unos pálidos hombros delgados y la nítida curva de unos pechos jóvenes, apenas ocultos por los bordes de una rubia cabellera lacia que enmarca su rostro angelical. Y coronando esa dulce carita inocente, aquella perturbadora mirada de ojos claros, profundos e insondables, transportando a quien los contemple hacia territorios inexplorados de la psiquis y el corazón.

Oliverio se estremece ante esos ojos, sin dejar de sostener su mano abierta hacia Ella, extasiado ante la posibilidad de acercarse, abrazarla, acariciarla, besarla… Una sutil ráfaga helada se cuela entra las múltiples rendijas de la ruinosa boletería, ondulando su inquietante capa negra. Hasta que por fin Ella le vuelve a hablar; y para sorpresa de Oliverio, con palabras claras, de un lenguaje definido, con un mensaje inequívoco.

-Quiero que me hagas tuya –le sugiere u ordena. 

Infinidad de sensaciones se abalanzan sobre él, confundiéndolo y decidiéndolo a la vez. El cálido y hasta fraternal amor experimentado en vida hacia Norah, el ancestral miedo ante lo desconocido, una inédita tentación al placer más lascivo que pudiera haber imaginado… En un instante las imágenes más representativas o banales de su vida desfilan delante de sus ojos, como si al escuchar esa frase de sus labios hubiese ingresado en el caótico vórtice de un remolino que lo deseara arrastrar hacia el más allá, aunque dejando en su lugar, ajeno a su propia persona, un nombre que le otorgue identidad a este lugar, perdido y quizá olvidado, más no por las evocaciones que pueda suscitar el apellido Girondo.

Entonces, Oliverio descubre en un inesperado rapto de lucidez -que atraviesa la maraña de imágenes discordantes que identifican su obra literaria-, que se le ha ido la vida buscando un amor semejante a éste, que su entidad humana parece haberlo abandonado desde hace ya mucho tiempo, que en un lugar de la Pampa llamado Girondo –dentro de su derruida estación de ferrocarril- parece haber encontrado su propio fin humano, más no el de la leyenda de una enamorada pareja de ultratumba…

Se acerca hacia la Dama de Blanco, quien le sonríe por primera vez, seductora y virginal. Oliverio le rodea los hombros desnudos con su capa azabache, que aletea a su alrededor como si quisiera izarlos en el aire y alejarlos de allí en un huidizo vuelo de murciélago. Y con un gesto aguardado por ambos durante decenios, se buscan las bocas con pasional sutileza, besándose en un abrazo que trasciende la muerte y los eleva hacia la noche.

Una imponente luna llena resulta el único testigo del encuentro, donde una capa negra y un vestido de gasa blanca se elevan por encima de las ruinas de una estación ferroviaria y se pierden rumbo a las estrellas, glorificando a los eternos amantes…

 

 

 

*De Alberto Di Matteo. licaldima@gmail.com

 

 

Escritor por vocación, y psicólogo de profesión.

 

Escribe desde principios de su escuela secundaria. Su papá le contaba cuentos (inventados por él) antes de dormir, y de allí Alberto intuye que le surgieron las ganas de contar. Ha participado en diversos certámenes literarios.

 

-Ha publicado en Inventiva Social cuentos para la serie InvenTren desde los recorridos literarios iniciados en el año 2002.

 

Hace suyas las palabras de John Cheever, "escribo para entenderme y entender el mundo".

 

 

 

 

 

 

 

 

-Próxima estación.

 

En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Provincial:

 

 

 

CARLOS BEGUERIE. 

 

 

 

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

 

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.  

 

LOMA VERDE.

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.  

 

 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.

 

 INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA. 

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

LA PLATA.

 

 

 

 

*

 

-Siguiente estación.

 

 

 En el recorrido del tren literario por el Ferrocarril Midland:

 

KM. 38.  

 

 

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.

 

MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA. 

 

JUSTO VILLEGAS.

 

JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.

 

 ALDO BONZI.   KM 12.

 

LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.

 

 VILLA CARAZA.

 

VILLA DIAMANTE.  PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.

 

 

 

 

 

 

InventivaSocial

 

Plaza virtual de escritura

 

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

 

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