domingo, diciembre 06, 2009

¿DÓNDE CRECE LA RAÍZ DEL MIEDO?



-Ilustración de Ray Respall. (Cuba)


ELLOS USAN ZAPATOS DE DOS TONOS*



No importa si salen con el pie derecho
O con el izquierdo


Lo de ellos es trazar el territorio
La comarca que les pertenece
Revalidar la asignatura pendiente


Ellos hacen el país
La postguerra
La economía y las rondas nocturnas


Tentados por la hoja que silba
Se han sentado en las aceras
Miran pasar el cadáver de sus amigos
Y se juran la sangre
Que a veces mancha
Los zapatos de dos tonos.



*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu







¿DÓNDE CRECE LA RAÍZ DEL MIEDO?






DIVA*


¿De dónde vino esta diosa?
pecadora
alcahueta.

(Ojos que maltratan, matan
con tan sólo una mirada).

Canta como una sirena
y dos tambores mellizos
llaman
desde el final de su espalda.


*de Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu








¿QUIÉN NO HA VISTO AMAR A UNA MUJER?*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



CIRUELO

Si toda creación es inferior al sueño, ¿cómo puede Dios no soñar este amor mirífico? Cuando se levantaron el cabello, fueron felices juntas. El rocío se evaporó antes de la aurora y la naturaleza irradió una especie de gloria.
Una a otra limpiaron las nubes de los ojos y se dieron de beber almíbares bajo el ciruelo. No resultó el beso un narcótico adormecedor, sino vino generoso para la acción y el secreto. Se levantaron el cabello y la noche se hizo interminable. ¿Y si vinieran a buscarlas todos los hombres del mundo?
Ellas dirían sí, a todo el amor de los hombres, pero esa ternura carnal es otra cosa. Un ejercicio divino.
Una y otra sintieron el corazón latir como una espada contra el escudo. La noche las cobijaba con su oscura ternura de ángeles. Soltaron los cabellos y un coro de sombras hizo luz en el jardín sin cielo. ¿Cuántos latidos serán necesarios para que una mujer no ame a otra mujer? En brazos de los hombres,
una y otra han visto los pétalos del ciruelo ser arrastrados por el viento, pero esa noche, una y otra han podido ver cómo vuelven a las ramas los mismos pétalos.


LEVE

Las ciruelas caídas no pueden numerarse pero resulta muy fácil amar a una mujer porque una mujer desea lo mismo que otra mujer. Porque habla el mismo lenguaje y la misma sombra. Todo es traslúcido, incluso lo que acostumbrara ser opaco. Pero esto no impone la transparencia de los ángeles, sino la luz
cerífera de los agapantos.
Es fácil amar a una mujer, porque no todo en ella se comprende. Porque no todo es claro y preciso, sino que uno debe conducirse a tientas en su media luz o en su media sombra. Fácil es amarla porque a pesar del prodigio, una mujer vive, naturalmente a la vista de otra mujer. Se la puede ver bajo el blando velo de la luna, distraída de las voces de las estatuas, caminando por las veredas y sus bordes, o levitando en su cuarto. Si otra mujer la ama es porque no cree que sea posible que haya en el mundo otro ser tan firme, voluptuoso y leve. Que una mujer viva a la vista de todos la hace reconocible y nos permite la esperanza de verla llegar por el camino del insomnio dispuesta a reparar las canciones rotas. Una mujer anda suelta por ahí, atraída por la sangre dulce de otra mujer y que Dios nos libre del final de ese instante.


SOL DESNUDO

Qué decir de una mujer que da un brinco, se abraza a la rodilla de otra mujer y se duerme. Qué decir cuando otra mujer abre los dedos de una mujer y la mano se convierte en flor. Qué decir cuando entre las dos crean un jardín de perfumadas falanges. Una estrella cae desde la noche como un regalo que
nadie espera. Una mujer se arroja fuera de un mundo saturado de quietudes y otra mujer la recoge y la acuna. Qué decir cuando un hilo de luz se filtra para imaginar mañanas. Todo caer exige desnudez y así se hace una mujer desnuda.
Lo que brota en la noche de una mujer es puro deslumbramiento. Un volver a la memoria. Un volver al propio cuerpo desde el cuerpo de otra mujer. Qué decir cuando una mujer se acerca y la imagen de un sueño no deja de pasar por el espejo de la aurora. Qué decir cuando la noche negra libera sus pájaros amarillos y una constelación de ojos orbita en torno a otro sol desnudo, que estira en la oscuridad el cuerpo recién amado.


SE ESPARCE

Una mujer habla en primera persona cuando se refiere a las aves peregrinas.
Cuando un ave canta, es con su voz, cuando parte es con su vuelo. Un ave que anida en un círculo azul, no es otra cosa que una mujer dedicada a perderse en una imagen presentida. Cuando un ave va en busca de quién es, una mujer se encuentra a sí misma. Por eso habla de todo lo que no es, porque el ser necesita su silencio. Necesita un mirar hacia las aves peregrinas, no hacia los dientes de un lobo. Cuando una mujer afloja las clavijas ágatas de su laúd y no hay músico que coloque la flauta de jade en su sitio, la luna se
abre paso entre las nubes, lustrosa y perfumada, para darle de beber de sus manantiales ocultos. Una mujer en brazos de la luna se pierde en la corriente del viento, pero vuelve por el jade, como las aves migratorias regresan siempre al mismo árbol.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-21371-2009-12-05.html








ELA O’FARRYL ESTÁ CANTANDO ADIOS FELICIDAD*



Aun no tenemos catorce provincias ni médanos de aire para empinar pájaros de papel estraza. Somos la lumbre detenida allí donde cuelga la cimitarra, el arcabuz. No ha llegado el humo que mata los pájaros. No ha llegado mi padre con su diente de morder cebollas y escupir al cielo. La primavera se confunde con una mujer fluvial que se voltea y me muestra los pechos. Soy el que dibuja la rayuela en el mapa de la patria. La que salta es mi hermana. Al otro lado del patio conversan los difuntos que esperan a los ciclones, las guerras chiquitas y mundiales. En el brasero del vecino se hunde la carne que un día fue sangre caliente del bosque. En las tendederas ondean las sábanas que en su día fueron las franjas blancas de la bandera. Del huerto familiar llega a un olor que no saben los hospitales. Las frutas en ristre pasan en trenes veloces rumbo a la memoria. En el cuaderno de bitácora mi madre apunta los abortos, los nacimientos, los eclipses. Yo estoy al centro de la nada y bebo un agua nutricia mitad sangre mitad resurrección.



*de Reynaldo García Blanco. regabla@cultstgo.cult.cu
centrosoler@cultstgo.cult.cu




El camino de regreso*


*De Dashiell Hammett.


[The Road Home, 1922]

Primera publicación en Black Mask


Publicado bajo el seudónimo de Peter Collinson



—¡Está loco si deja pasar esta oportunidad! Le concederán el mismo mérito y la misma recompensa por llevar las pruebas de mi muerte que por llevarme a mí. Le daré los documentos y las cosas que tengo encerrados cerca de la frontera de Yunnan para respaldar su historia, y le aseguro que jamás apareceré para estropearle el juego.

El hombre vestido de caqui frunció el ceño con paciente fastidio y desvió la mirada de los inflamados ojos pardos que tenía frente a sí para posarlos más allá de la borda del jahaz, donde el arrugado hocico de un muggar agitaba la superficie del rio. Cuando el pequeño cocodrilo volvió a sumergirse, los grises ojos de Hagerdorn se clavaron nuevamente en los del hombre que le suplicaba, y habló con cansancio, como alguien que ha contestado a los mismos argumentos una y otra vez.

—No puedo hacerlo, Barnes. Salí de Nueva York hace dos años con el fin de atraparle, y durante dos años he estado en este maldito país —aquí en Yunnan— siguiendo sus huellas. Prometí a los míos que me quedaría hasta encontrarle, y he mantenido mi palabra. ¡Vamos, hombre! —añadió, con una pizca de exasperación—. Después de todo lo que he pasado, no esperará que ahora lo eche todo a rodar... ¡ahora que el trabajo ya está casi terminado!

El hombre moreno, ataviado como un nativo, esbozó una sonrisa untuosa y zalamera y restó importancia a las palabras de su captor con un ademán de la mano.

—No le estoy ofreciendo un par de miles de dólares; le ofrezco una parte de uno de los yacimientos de piedras preciosas más ricos de Asia, un yacimiento que el Mran-ma ocultó cuando los británicos invadieron el pais. Acompáñeme hasta allí y le enseñaré unos rubíes, zafiros y topacios que le dejarán boquiabierto. Lo único que le pido es que me acompañe hasta allí y les dé un vistazo. Si no le gustaran, siempre estaría a tiempo de llevarme a Nueva York.

Hagedorn meneó lentamente la cabeza.

—Volverá a Nueva York conmigo. Es posible que la caza de hombres no sea el mejor oficio del mundo, pero es el único que tengo, y ese yacimiento de piedras preciosas me suena a engaño. No le culpo por no querer volver... pero le llevaré de todos modos.

Barnes dirigió al detective una mirada de exasperación.

—¡Es usted un imbécil! ¡Por su culpa perderé miles de dólares! ¡Maldita sea!

Escupió con rabia por encima de la borda —como un nativo— y se acomodó en su esquina de la alfombrilla de bambú.

Hagedorn miraba más allá de la vela latina, río abajo —el principio del camino a Nueva York—, a lo largo del cual una brisa miasmática impulsaba al barco de quince metros con asombrosa velocidad. Al cabo de cuatro días estarían a bordo de un vapor con destino a Rangún; otro vapor les llevaría a Calcuta, y finalmente, otro a Nueva York... a casa, ¡después de dos años!.

Dos años en un país desconocido, persiguiendo lo que hasta el mismo día de la captura no había sido más que una sombra. A través de Yunnan y Birmania, batiendo la selva con minuciosidad microscópica —jugando al escondite por los ríos, las colinas y las junglas— a veces un año, a veces dos meses y después seis detrás de su presa. ¡Y ahora volvería triunfalmente a casa! Betty tendría quince años... toda una señorita.

Barnes se inclinó hacia adelante y reanudó sus súplicas con voz lastimera.

—Vamos, Hagedorn, ¿por qué no escucha a la razón? Es absurdo que perdamos todo ese dinero por algo que ocurrió hace más de dos años. De todos modos, yo no quería matar a aquel tipo. Ya sabe lo que pasa; yo era joven y alocado —pero no malo— y me mezclé con gente poco recomendable. Aquel atraco me pareció una simple travesura cuando lo planeamos. Y después aquel hombre gritó y supongo que yo estaba excitado, y disparé sin darme cuenta. No quería matarlo y a él no le servirá de nada que usted me lleve a Nueva York y me cuelguen por aquello. La compañía de transportes no perdió ni un centavo. ¿Por qué me persiguen de este modo? Yo he hecho todo lo posible para olvidarlo.

El detective contestó con bastante calma, pero toda la benevolencia anterior había desaparecido de su voz.

—Ya sé... ¡la vieja historia! Y las contusiones de la mujer birmana con la que estaba viviendo también demuestran que no es malo, ¿verdad? Basta ya, Barnes; afróntelo de una vez: usted y yo volvemos a Nueva York.

—¡Ni hablar de eso!

Barnes se puso lentamente en pie y dio un paso atrás.

—¡Preferiría morirme...!

Hagedorn desenfundó la automática una fracción de segundo demasiado tarde. Su prisionero había saltado por la borda y nadaba hacia la orilla. El detective cogió el rifle que había dejado a su espalda y se lanzó hacia la barandilla. La cabeza de Barnes apareció un momento y después volvió a sumergirse, emergiendo de nuevo unos cinco metros más cerca de la orilla. Río arriba, el hombre del barco vio los arrugados hocicos de tres muggars que se dirigían hacía el fugitivo. Se apoyó en la barandilla de teca y evaluó la situación.

«Parece ser que, después de todo, no podré llevarmelo con vida... pero he hecho mi trabajo. Puedo disparar cuando vuelva a aparecer, o dejarle en paz y esperar a que los muggars acaben con él.»

Después, el súbito pero lógico instinto de solidaridad con el miembro de su propia especie contra enemigos de otra borró todas las demás consideraciones, y se echó el rifle al hombro para enviar una andanada de proyectiles contra los muggars.

Barnes se encaramó a la orilla del río, agitó una mano por encima de la cabeza sin mirar hacia atrás, y se internó en la jungla.

Hagedorn se volvió hacia el barbudo propietario del jahaz, que había acudido a su lado, y le hablo en su chapurreado birmano.

—Lléveme a la orilla —yu nga apau mye— y espere —thaing— hasta que le traiga: thu yughe.

El capitán meneó la negra barba en señal de protesta.

—Mahok! En esta jungla, sahib, un hombre es como una hoja. Veinte hombres podrían tardar una semana o un mes en encontrarle. Quizá tardaran cinco años. No puedo esperar tanto.

El hombre blanco se mordió el labio inferior y miró río abajo... el camino a Nueva York.

—Dos años... —dijo para sí, en voz alta—. Me costó dos años encontrarle cuando no sabía que le perseguía. Ahora... ¡Oh, demonios! Quizá tarde cinco. Me preguntó que hay de cierto en eso de las joyas.

Se volvió hacia el barquero.

—Iré tras él. Usted espere tres horas. —Señaló al cielo—. Hasta el mediodía, ne apomha. Si entonces no he vuelto, márchese: malotu thaing, thwa. Thi?

El capitán asintió.

—Hokhe!

El capitán aguardó cinco horas en el jahaz anclado, y después, cuando la sombra de los árboles de la orilla oeste empezó a cernerse sobre el río, ordenó que izaran la vela latina y la embarcación de teca se desvaneció tras un recodo del río.



-Enviado para compartir por Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com










EL DIA DE GLORIA DE CARLITOS SALINAS*







Al Negro Esteban





Esta parada sí que la tallo yo compañero.

No, pasa que la fama le llegó después, si, confieso, coincido con usted que fue tempranamente, si, ya sé que era joven, si apenas me llevaba un par de años, yo si que lo conocí naranjo, como decía el General.

La cosa fue así. Estaba la barra como todas las santas tardes, peloteando con esa inmensa número cinco, en la cancha del club, cuando se asomó, mejor dicho se arrimó, tímido, silencioso. Como a esa edad las inhibiciones inter pares no existen, lo invitamos a jugar enseguida.

Apenas empezó era torpe, no sabía jugar en equipo ni siquiera en ese picado, hasta que nos enteramos que era del campo. Tampoco recuerdo si había jugado alguna vez al fútbol.

Venía de las colonias, no sé si de la Terrassón, de Hansen, pero me inclino más por la Catalana, ahora que usted me dice.

Era zurdo, duro, no gritaba ni para pedir un pase, pero no se cansaba nunca. Era más duro que cualquiera de nosotros. Pero llevaba el fútbol en la sangre, como los cracks verdaderos.

¡Su historia! ¿Usted sabe cuál fue su verdadera historia? ¡Ah¡ Yo tampoco y eso que fui contemporáneo y no le digo que aprendió a jugar con nosotros, no, no que le hayamos enseñado, simplemente que empezó a probarse como crack con nosotros.

Pocos datos, sí, hijo menor –dos hermanas mayores, si solteras, la menor se casó con Osvaldo Gago, creo- y los padres muy mayores, creo que la madre aún vive, y sí, debe tener más de noventa.

Íntimamente nada sé de él. Tampoco si amó o lo amaron. Siempre fue extremadamente reservado.

Ahí lo veo, ahora en el Club, con su perro y su cerveza, solitario. Ah, sí, excelente tipo, no caben dudas. Incapaz de una maldad, sí, derecho y sin vueltas, como se era antes de que todo se pudriera.

Espere, espere, déjeme que le cuente, que yo conozco mejor la historia, yo andaba cerca de él en ese tiempo, si andar cerca significa que uno haya compartido tarde a tarde su tiempo dándole sin cesar a la de cuero.

Lo cierto es que una vez fichado, el Club lo puso directamente en la reserva, tampoco tenía ya edad para jugar en las inferiores.

Y allá íbamos detrás del equipo cuando por fin uno de los nuestros transpiraba la camiseta roja y ponía alma y vida, como se decía en ese tiempo, en cada partido, no importaba el rival, sin amilanarse. Sí, lo que tuvo de bueno es que nunca se le achicaba a las defensas contrarias.

Le pegaban, lo bajaban y él se levantaba, duro, impertérrito, insensible a los golpes.

El día de su debut en primera, lo vimos entrar a la cancha con la sensación de que completaba el equipo. Iba flaco, desgarbado, con la cabeza baja, último, como pidiendo permiso detrás de todo el equipo. Pero cuando jugaba sí que levantaba la cabeza, era puro instinto.

Toda la barra lo siguió porque de algún modo –el más legítimo por otra parte- él encarnaba nuestros sueños, el más alto anhelo de ese tiempo: vestir la camiseta roja, ponerse los pantaloncitos blancos, esas medias rojiblancas, y con ese globito en el pecho, gallardo.

Y sobre todo, la frente muy alta, no se defendía cualquier color, se defendían los colores del glorioso Huracán.

Caminos polvorientos, pueblos tristes, con caballos sueltos cruzando sus calles de tierra, crepúsculos agónicos, la gloria de los trigales cuando volvíamos con una victoria, o llenos de sangre triste cuando perdíamos. Todos eso vimos. Todo eso vivimos.

Todo ese paisaje nos vio en ese tiempo que no vuelve, en ese tiempo en que la vida era un camino polvoriento, ninguna novia que nos esperara para tomar algo en el club.

Para ver jugar a nuestro símbolo, porque no podíamos considerarlo un ídolo como a Juancito Renzi, porque el gringo Salinas era uno de los nuestros. Él seguía, como siempre, humilde, venía a pelotear con nosotros tarde a tarde incluso después de su debut de gloria máxima, y por lo que recuerdo, única en la historia del Club y la vez de todos los clubes del mundo.

Y sí, seguramente compartíamos una cerveza en el club, el venía con nosotros, no se iba con los grandes, pero ese es un detalle.

Pasa con muchos jugadores que hacen banco toda la vida y nunca tienen su oportunidad y si la tienen no la aprovechan, pero no fue el caso de Carlitos. Él la tuvo y supo aprovecharla, porque ese día además alguna diosa griega puso su dedo invisible sobre su pelo lacio o sobre sus hombros delgados y dijo simplemente: éste.

El que se debe acordar es el Gallego Blanco, pero él está en Madrid ahora. Porque el Gallego lo sabía todo, lo de antes, que nadie lo discutía un dato y lo de ahora que sí todo el mundo le discute sólo por verlo rabiar como un condenado.

Olvidé decir a esta altura de mi relato que su puesto era el once –si bien ignoro quién lo eligió o si fue decisión propia, ya que en los picados jugaba en cualquier parte-.

Y acá viene cómo se le presentó su día de gloria, a él que si la buscaba no era precisamente con ostentación, si vivía como pidiendo permiso siempre.

Se había lesionado el once de la primera división, o se había enfermado, que para el caso es lo mismo. No sé, tampoco recuerdo quién era. ¿El Titi Latini dice usted? No sé. También pudieron ser el Lalo Negrini o el Negro Durán, pero esas son precisiones que sólo tiene el Gallego Blanco en la cabeza, pero por razones más que obvias no lo podemos consultar.

El tema es que no era cualquier partido, diremos por empezar. Era un clásico. Debutar en primera en un clásico no es moco de pavo. Sí, ahora se hacen llamar los raneros, pero para nosotros en ese tiempo eran los gringos. Para agregar, ese clásico se jugó en la cancha de ellos. Doble compromiso entonces.

Ese día se ganó la titularidad del once para siempre, ese día dejó la sensación que se lo ponía ”para completar el cuadro” y ese día empezó a ser respetado como un crack verdadero.

El partido iba desparejo cuando digo desparejo quiero decir que iba en contra nuestra, a los pocos minutos nos había hecho un gol y todo porque Toti Sciarini, nuestro arquero entonces, se quiso hacer el Gatti (¿o Gatti fue posterior y el Toti fue un precursor?). No sé, lo cierto es que acostumbraba sacar “de codito” como decíamos, con los pies, con la cabeza, salía jugando y hasta pateaba penales y tiros libres, iba a cabecear los centros. En fin. Hacía todo lo posible para que a cualquier hincha le diera un infarto.

Lo bueno hubiera sido que usara también las manos, si para eso era arquero.

Lo cierto es que calculó mal un pelotazo envenenado del Buzón Méliga, pateador temible que tenían los celestes de Federación y pretendió sacarla con el codo. Golazo.

La hinchada lo quería linchar, en especial algunos pesados que habían apostado plata al equipo.

Desde allí ya estábamos directamente para recibir cachetadas.

El partido se nos puso difícil, ellos estaban muy agrandados.

Al final del primer tiempo frente al arco que da al campo Delmaschio, pasó un tiro rasante tirado no sé por quien, tal vez por el Petiso Peiretti, nuestro número 7 ese día, que cruzó toda la defensa al sesgo, hacia la izquierda, que nadie tocó, ni ellos ni nosotros, hasta que salido no se sabe de dónde, cruzó como una saeta Carlitos Salinas y de un certero zurdazo la mandó a la red. Basualdo, un veterano arquero que jugó años para ellos, se quedó parado, con su gorrita de visera, su inútil camiseta amarilla y sus manos a los costados como dos desperdicios. Era la gran alegría que nadie esperaba ya, Empatamos. Gritamos hasta enronquecer, por lo inesperado y convengamos, porque lo había hecho Carlitos.

En el segundo tiempo nos agrandamos bastante, comenzamos a presionar, se intuyó que si había otro gol, ganábamos, ya que ellos no se habían repuesto.

Las cosas no se daban, hasta que la diosa Atenea que mimaba a nuestro héroe de esa jornada indudablemente instruyó a Mirandita para que tirara un centro muy sobrado, que tampoco nadie cabeceaba, hasta que apareció Salinas, tampoco sabemos de dónde, saltó y le pegó un frentazo que besó la red.

Lo demás fue previsible. El Delirio, sólo había que esperar la pitada final, que desde allí fue un trámite a esperar.

Llevamos a Carlitos Salinas en andas cruzando todo el pueblo hasta llegar a la sede del Club, y toda la alegría nuestra, porque él no salía de su asombro si hasta pensaría que nosotros exagerábamos, ya que no relacionaba todo ese jolgorio que lo tenía a él como protagonista con su propia hazaña.

La gloria no es fácil y es imposible en un debut, menos para Carlitos Salinas quien el Toti con su voz ronca, muchas veces le dijo -humilde y agradecido-

-Pibe, vos sí que me salvaste la vida.

Quedamos nosotros para dar fe de esa verdad.




*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar








Cuando volví de Cuba*


La Habana está tan linda, el mar penetra en los ojos como una caricia .La música y las palabras lo invaden todo.

En este marco se hizo el primer encuentro internacional de cultura, arte y turismo Cultur Ar que unió a plásticos, músicos, cuentacuentos y mujeres viajeras.


Intenso, pleno de experiencias.

Siempre en mis anteriores viajes a Cuba hubo un momento de un llanto aborbotonado, colorido, sin tristezas. Como si llorando se pudiera celebrar la alegría de estar vivo. Un llanto que no se puede llorar a solas que busca el abrazo del otro, juntarse, expresar.

Esta vez, me dije, amurallada habitante de territorios violentos, no te va a pasar. Todo cambió, el mundo, Cuba y vos cambiaste nena. Ya no te encontrará esa explosión de sentimientos.
Me equivoqué. Cuando conté en el hogar donde viven adultos mayores, cuando vi como reaccionaron a mis historias, la emoción me ganó. Como me gusta explicarlo todo, quería ponerle palabras a eso casi intransmisible. A lo mejor lo que me parecía maravilloso era que estaban vivos y abiertos al juego, a la picardía, a la reflexión. Distintos a los que tantas veces me escucharon en mi país y en otros , en lugares que parecían una antesala para esperar la muerte..
Tan diferentes a los que el año pasado visité en Barcelona, fantasmas que habían dejado el alma en alguna parte y ya no se acordaban cómo podían recuperarla. Algunos de mis compañeros esbozaban la palabra amor como explicación. Pienso que es algo distinto que incluye el amor pero abarca más. Me pasó también en mi primera visita al neuropsiquiátrico de La Habana en el año 1983, tratan a los internados como personas. A las personas que más lo necesitan les dan más. Es tan sencillo.
En la sociedad en la que vivimos, lo único que importa es el dinero y el consumo, cuando la gente deja de estar por algún motivo en la cadena productiva se desmerece, se cae.

Cuando me fui, miré en el piso los pedazos de plástico. Por el momento mi alma no iba a necesitar la cobertura con la que uno se recubre (sin darse cuenta) para soportar tanto maltrato en las grandes, violentas ciudades.

Caminé pateando los restos de mi envoltura como una niña recuperando el placer de jugar. Ah, me olvidaba, cuando uno se aisla para no sentir el dolor, también se le desluce la alegría.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar
-Coordinadora del grupo de cuentacuentos-






IV*


¿dónde crece la raíz del miedo?
crece en silenciosos
cuadrantes de la noche.
entre hierbas de espino azul.
en lagrimales secos
a la sombra del incesto
en sobrevuelo de cuervos
en la silla de un juzgado.
marcada por relojes infernales.
crece en pequeños mares arrugados.
junto a cuerpos
devueltos por las olas
nido de infausto arcano.
en las alas del tiempo
que voló.



*De Silvia Loustau. syllous@yahoo.com.ar
De: Metabolismo de la Lágrima
http://www.silvialoustau.blogspot.com/




*


Queridas amigas, apreciados amigos:



Este domingo 6 de diciembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Víctor Varela. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Pedro Nel Martínez (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





*







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viernes, diciembre 04, 2009

DE ZOOILÓGICOS...


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL.


SUSANA Y EL UNICORNIO*


A Eduardo Coiro y su hija Paula



Ese amanecer, cuando fue con su padre a la cuadra, se sorprendió al ver un unicornio pastando entre los caballos.

Le gustaba ir bien temprano para escoger el animal de su gusto; le complacía ver como los ensillaban y ayudaba a cepillar sus crines. Pero esa mañana se había quedado sin palabras, contemplando el brillo de nube de aquel ser de leyenda, mezclado entre los caballos que se alquilaban para hacer prácticas de equitación.

- A esta niña parece que los ratones le comieron anoche la lengua – le dijo el granjero - ¿A quién te ensillo hoy?
- Por favor, quiero que me ensille al unicornio.
- ¿Qué? – dijeron su padre y el granjero al unísono.
- Aquel blanco, brillante...

Iba a decir “del cuerno en la frente”; pero se percató de que nadie más lo veía.

- ¿El nuevo? – sonrió el granjero - No le habíamos puesto nombre; el dueño lo vendió porque no sirve como animal de tiro... las patas muy finas. Le pondremos Unicornio, si te parece bien, aunque no sé si se deje montar por una niña, es un poco rebelde.

Susana corrió junto al unicornio.

“Lo has visto, ¿verdad?”, le dijo él con voz que ella comprendió que nadie más escuchaba.

- Pero... ¿por qué yo?

“El hombre solamente puede ver aquello en lo que cree, por eso ha dejado de ver ángeles, demonios, hadas y unicornios. Al ser ignorados nos vamos adocenando, terminamos trabajando para él, hasta que un día nos llega el olvido. Cada vez somos menos, apenas quedan dos hadas, excelentes niñeras; un demonio se alquila en fiestas como tragafuegos, conozco un ángel trapecista... Soy el último de mi especie. Si alguien nos ve, nuestra tristeza aumenta, una niña que aún cree en la magia no puede torcer el rumbo de lo ya escrito”.

Susana no tenía palabras, se acercó y le acarició las crines. Él posó mansamente la cabeza en su hombro.

- ¿Quién lo diría? – dijo el granjero acercándose – ¿Probamos a ensillarlo?
- No sé... – dudó ella, mirando al unicornio.

“Acéptalo. Mejor que sea contigo”.

Hasta que el sol le anunció que era hora de regresar, cabalgó en el unicornio, sintiendo su paso que apenas rozaba la hierba, disfrutando su voz como música, descansando para verle beber del arroyuelo, sin saber como agradecer aquel regalo que le llegaba en los umbrales de su adolescencia, momento en que sería obligada a incorporarse al mundo de los mayores, mundo que su madre no supo aceptar y que ella tendría que asumir, aunque para ello tuviera que admitir que donde veía unicornios había caballos, que donde hadas, señoras paseando cochecitos de bebés, que donde ángeles vendedores de globos... “Dales lo que te pidan, amor mío”, le parecía escuchar la frase de despedida de su madre antes de emprender el vuelo.

“No querrás terminar como ella”, le decía alevosamente la vecina cuando la veía hablarle a las muñecas. Pero sabía que su madre no era aquella mujer sin expresión que languidecía en un asilo de dementes, aquello era sólo la cáscara que había quedado cuando voló su alma. Su madre, compañera de las hijas del aire, disfrutaba al verla cabalgar en un unicornio.

Su felicidad se mezclaba con lo irremediable: Al terminar sus vacaciones tendría que volver a su rutina y el unicornio sería un simple caballo de alquiler. Éste era un lujo que apenas podía permitirse dos meses al año, y esos dos meses tocaban a su fin.

- Te quiero - le dijo mientras marchaban en trote suave.

“Si de veras me amas, hay una cosa que puedes hacer por mí: trae mañana una lima resistente, de las que cortan las más gruesas cadenas”.

No dijo más, se encerró en un triste mutismo mientras era desensillado, llevado a la cuadra y encerrado en su cuartón. Allí quedó resplandeciente, inconfundible entre los caballos. Susana había comprendido.

- Vendré temprano – le susurró antes de marcharse.

Una vez en casa, comió apresurada y dijo que tenía sueño; el padre lo entendió, había estado todo el día cabalgando. Era un alivio la afición de su hija por los caballos, así podía adelantar los trabajos de mantenimiento del parque, sabiendo que ella estaba en buena compañía... La de él, a pesar de todo su amor, no era la mejor desde el día en que tomaron la decisión irrevocable.

La niña sintió los pasos alejarse de su cuarto y saltó de la cama, para ir de puntillas hacia la caja de herramientas. Tomó lo que había ido a buscar y regresó a dormir.

Era noche aún cuando abrió los ojos, sabía que los peones y el granjero llegaban al romper el alba, así que debía apresurarse. Con una linterna en la mano emprendió el camino, tan conocido que podía haberlo hecho a oscuras. Saltó la cerca con facilidad y se encaminó a la puerta por donde asomaba aquella cabeza tan distinta de las otras. No temía a las reprimendas, estaba saldando una antigua deuda del hombre con sus creaciones... Sin decir palabra, comenzó a limar la pesada cadena.

“Susana, ¿recuerdas que nuestra mayor tristeza es ser reconocidos?”

Ella asintió sin dejar de limar.

“Detente y mírame: serás el último ser humano en ver un unicornio”.

Ella obedeció, con lágrimas en los ojos, comprendiendo que la lima no estaba destinada a cadena alguna. Pensando en lo que sucedería si un poeta, un músico, un pintor, o quizás otro niño que había crecido entre cuentos de hadas, llegara un día a esta cuadra, o a cualquier otra - siempre sería atrapado - y distinguiera aquel unicornio ensillado, cabizbajo, trotando en círculos alrededor de la pista... “No se trata de ver unicornios donde caballos”, sentía la voz de su madre, “sino de ver en cada corcel el sortilegio del unicornio”.

- Entonces... – dijo, conservando aún una gota de esperanza.


“¿Te importaría cortarme el cuerno?”



*de Marié Rojas.





DE ZOOILÓGICOS...







LAS OTRAS PUERTAS*



En el umbral de la puerta
abierta por la noche,
el gato llueve.
Lo único que yo hice
fue cerrarla.
Ahora,
el gato maúlla.





LUBRICACIÓN PESADA*



Para los que convirtieron
a la espera
en una profesión
y una costumbre
acechar a lo oportuno,
a los que no se conforman
con lo que cabe
en una mano,
a los que impidieron
a los sueños
-glotones empedernidos-
a encontrar una salida,
para ellos:
lubricación pesada,
aceite de elefante.





JARABE DE ARAÑAS*



Paciencias
huecos de la realidad
para atrapar
la imagen de la eternidad,
mientras llueve
en la orilla del mundo.
Perseverancias
del acechador
de la existencia,
los inevitables límites:
el viento,
las ramitas que mueven
la tela de las esperas,
paciencia infinita,
jarabe de arañas.





POLVO DE MARIPOSAS*



Para la angustia
de las puertas abiertas
de par en par
en las casas abandonadas,
del derrumbe incesante
en las habitaciones vacías,
para los que están afuera
y todas las puertas
dan al misterio,
para aquella mesa
y esas sillas desiertas
para siempre:
golpes de vuelo,
polvo de mariposas.





LÁGRIMAS DE COCODRILO*



Para quienes
la conquista de algún ingenio
fue a expensas
de la ingenuidad
-las ilusiones
del zonzo cuidadoso-,
nada como el cinismo
de la industria
del talento:
el furtivo engaño
de las lágrimas
de cocodrilo.





CANTOS DE GALLO*




El gallo
cantó no tres
sino seis veces,
yo me quedé quieto
esperé un poco
y seguí durmiendo,
el gallo
hizo lo mismo.
Cuando desperté
la canilla permanecía
con su gotera
el pasto asomándose
por la ventana
y el gallo
picoteaba invisibles larvas
en el piso polvoriento.





ALAS DE ABEJA*



Desciende la penumbra
con sus párpados cerrados
y su inclinación
de alas quietas.
Desde una puerta misteriosa
que se abre a un paisaje
de nubes que pasan
desciende una abeja
que deposita un polen
invisible sobre los ojos
que despiertan.





CANTOS DE MURCIÉLAGO*



Poseo sombras y tinieblas
que como cataratas destilan
en el espacio
una lluvia de terciopelo
y de una oscuridad blanda
construyo mis túneles
de luces distintas
que mis ojos no ven,
transcurro cerca
de la risa de ciertos ángeles
mientras la noche
me recibe con un temblor
desnudo
cuelgo como nave de polvo
tras el espanto
que se arrastra
desde el otoño antiguo
de mis alas.





MOTIVOS DEL ZORZAL*



Me distraigo en mi canto
zurciendo mañanas imperfectas
picoteando el rostro
de la aurora
en bosques y pantanos
sin saber del propósito
de mi canción al aire
de la encendida alabanza
a la transparencia de la brisa
o al río inmemorial.
Los recuerdos y los amantes
se multiplican en el placer
de un cielo abierto.
Casi nada. La insistencia
de un canto, que, aunque breve
completa el sentido
de los días a la deriva.





EL DESVÁN DEL ORNITORRINCO*




Resabios del esplendor
de la tierra
de unicornios, dragones
y sirenas,
en su desván el ornitorrinco
con retazos diversos
entrama su compostura
y se burla de la evolución.
Se mueve feliz
y desde su ventana exigua
contempla el mundo,
pero, como en la industria
humana añora algo:
volar, poca cosa,
modestia de ornitorrinco
considerando nuestro anhelo
de eternidad
que las raciones del tiempo
disipan.






LA COMPLACENCIA DEL CAÍ*



Muy pocos aún
deambulan con organilleros
eligiendo en un azar
aparente los doblados
papelitos coloreados
de los destinos ilusorios.
No dudan, ágiles
en las orillas suburbanas.
Los que permanecen
en las horas del bosque,
vagan alegres
comiendo frutos y caracoles.
Como buenos sabios
aman los ríos
y en sus orillas
se complacen en descifrar
los diminutos guijarros
del destino.





ANIMALES DEL JARDÍN*



De poseer
un jardín privado,
albergue del ocio
y las memorias vulnerables,
lo habitaría con el bandicut,
el escuerquers, el nombats,
el tenrec que bosteza
inagotablemente
y el pequeño noolbenger
que se alimenta sólo
de polen, néctar
e insectos diminutos.
Huéspedes dilectos
para la intimidad
del murmullo de la hojarasca.






HOMO*



Mamífero que prefiere los trópicos
donde se encuentra con agrado.
Si de conductas se trata
no es muy distinto a los primates,
se halla a gusto con la poligamia
y la naturaleza para complacerlo
hace que las hembras sean más numerosas,
las crías nacen inmaduras y dependen
mucho tiempo de sus padres,
tendencia que se incrementó
con los siglos y la tecnología.
Son más cooperadores afuera
que dentro de su propia casa.
En general de naturaleza agresiva
se disipan en ambiciones y quimeras.
Construyen traiciones, olvidos,
castillos en el aire
y regresos imposibles.
Esencialmente son terrestres.






PAN DE COLIBRÍ*




Mi alimento singular
ha sido el pan
del néctar de tus sueños
en las tardes complacientes
de tus labios de fábulas
y breves abismos.
En las despedidas abiertas
he libado en el suspenso
de un tiempo diminuto
la dulzura susurrante
de un abanico de guirnaldas.
Pan de colibrí
que brota de la garganta
de la primavera
y en un aleteo inverosímil
se esparce
y me mantiene suspendido
como una canción inolvidable.



*Poemas de Santiago Bao. santinebao@gesell.com.ar

- De MEMORIAS DEL ZOO (Selección)
Ediciones Suárez, Mar del Plata, noviembre de 2005





Carnívoros*



“No sólo de pan vive el hombre……también come carne”, ironizaba Julián Bustos mientras el último ternero culminaba de trepar al último vagón jaula de “FÉNIX”. El cargamento debía llegar esa misma noche a Mercedes, ya que desde allí partirían con rumbo urgente, aunque desconocido para Bustos. Más allá de donde finalizara su misión, el destino del ganado en pie sólo era determinado por los responsables del frigorífico “Santa Anita”, quienes aguardaban con ansia aquel lote de vacunos desde hacía ya tres infinitos días.
Los terneros se agitaban inquietos a bordo de los tres vagones jaula, pero con el correr del tiempo Bustos ya se había acostumbrado a ese detalle. Con lo que no se podía familiarizar era con expresiones taciturnas y distantes como las que esa tarde presentaba el maquinista titular de “FÉNIX”, un Leandro Benítez apagado y acaso rencoroso. Bustos había oído como al pasar que Benítez la “venía piloteando” bastante mal desde hacía un par de meses, cuando comenzaron a investigarlo por un crimen que parecía no haber cometido, vinculado con su trabajo……pero que nunca se aclaró del todo. Sus compañeros habían ido apartándose de su lado, y Bustos sentía hasta cierta piedad por el pobre tipo. Sin embargo, ello no impedía que su talante sombrío le inspirara cierto temor, que crecía a medida que compartían las horas transcurridas durante los transportes.
Eran pasadas las siete cuando la formación reanudó la marcha hacia Mercedes, luego de una breve parada en Estación Pergamino. La tarde tenía un neto corte primaveral. Y Bustos disfrutaba en silencio del paisaje, mientras cebaba unos regios mates, que Benítez aceptaba sin despegar los ojos de la vía, ni acotar palabra alguna.
Lo hechos que se sucedieron a partir de la mitad del trayecto le evocaron a Leandro Benítez la siniestra repetición de una escena traumática, que lo obligó a renunciar a su puesto sin titubeos, y a Julián Bustos lo embargaron de un miedo y una indignación que –a pesar de haberlo intentado infructuosamente- no se le borraron durante lo que le quedó de vida.
Lo primero que vieron, al doblar una curva, fue un par de vetustas y oxidadas camionetas Dodge que apenas si podían moverse, cruzadas sobre los rieles. Benítez movió la palanca con destreza, deteniendo a tiempo a “FÉNIX”, haciendo chirriar los frenos con un estallido de chispas. La locomotora se quejó en un último estertor al detenerse, rozando apenas con su enorme parachoques uno de los abollados flancos de las camionetas.
-¿Pero quién mierda……? -, estalló Benítez, despertando de su letargo.
No consiguió terminar la frase. Una impensada horda de indigentes, entre quienes se hallaban varias decenas de infiltrados, evidentes punteros políticos que comandaban su errático y famélico accionar, surgió de la densa arboleda que se erigía sobre una de las cunetas y saltó hacia la formación armada de filosos cuchillos, trepando hacia los vagones jaula en medio de un colosal griterío de guerra, algunos con increíble agilidad, otros con notorias dificultades en la locomoción, producto de una vida plena de privaciones y falta de atención médica. Rostros desencajados, pieles escamadas, bocas desdentadas, miradas alucinadas… Todos ellos parecían vampiros, aunque sin la menor cuota de palidez, ávidos de sangre……y de carne, a fin de llevarse codiciosos hacia la olla o la parrilla. El ganado olfateó el peligro en el ambiente y comenzó a mugir desesperado, pataleando contra los flancos de los vagones y haciendo vibrar la formación, que al ser abordada por la horda amenazó con volcarse y descarrilar, arrastrando a “FÉNIX” consigo.
Bustos se asomó a la ventanilla de la locomotora sin conseguir articular palabra, estupefacto, dejando caer el mate recién cebado al piso de la cabina de “FÉNIX”, intimidado ante tamaña aparición espectral. Sabía que su misión era proteger el cargamento vacuno de cualquier contratiempo, pero jamás lo habían preparado para repeler un ataque como aquél, y menos aún había podido imaginar por su cuenta algo por el estilo. Así como nunca se había sentido tan impotente frente a una situación de peligro como en aquél momento. Benítez, por su cuenta, reaccionó de manera inversa; con el pavoroso recuerdo del frustrado asalto de la caja fuerte británica del siglo pasado delante de sus ojos, se desbordó de furia, no tanto frente a la injusticia de aquel acto –su responsabilidad lo limitaba exclusivamente a conducir la formación hasta destino-, como ante su propia frustración, y el funesto panorama que inconscientemente avecinaba para sí mismo.
-¡Loco!!! ¿Qué mierda se creen que están haciendo!!! -, chilló desde uno de los balcones laterales de “FÉNIX”, dando un par de pasos hacia la multitud, que ni siquiera lo oyó.
-Quedate piola, chabón, que la cosa no es con vos -, le indicó a escasos cinco metros sobre la cuneta un tipo grueso, con una visera de la Municipalidad de Mercedes calzada hasta las cejas, mientras sopesaba un enorme palo entre sus manos, a manera de garrote.
-¡Pero me están cagando el laburo!!! -, protestó Benítez, deseoso de sacarse de encima con sólo chasquear sus dedos a toda aquella gentuza.
El tipo no le contestó, ni dejó de izar y dejar caer el garrote sobre su palma izquierda, mientras contemplaba parsimonioso el vibrante y efusivo accionar de la gente que habían trasladado hacia allí desde territorios no tan vecinos. La emboscada había sido todo un éxito. Quizá, todo respondiese a un brutal política asistencialista suscripta por el municipio –o por la provincia toda, quién sabe…-; sólo que esta vez no les regalaban empaquetada la carne para el guiso o el asado, sino que se la tenían que procurar de inmediato por sus propios medios…
Los chillidos de los animales, así como de los hombres y las mujeres que asestaban cuchilladas a diestra y siniestra, parecían similares. La ferocidad de aquel ataque parecía denotar algo más que hambre; se asemejaba más a una venganza muda, cuyo destinatario principal ni siquiera era una persona o una corporación. El tren no hacía más que vibrar; varios terneros agonizantes trastabillaban y caían sobre el suelo irregular, cruzado por las vigas de acero de todo vagón jaula, generando temblores y estruendos que le ponían al maquinista y al encargado del frigorífico los nervios de punta. Luego de unos minutos, comprobaron que varias mujeres ensangrentadas se alejaban de la escena munidas por toscos trozos de carne faenada, aún con el peludo cuero pegado sobre sus costados. La sangre vacuna se derramaba indolente sobre los enrejados flancos de los vagones jaula, cayendo sobre los cantos rodados de la vía con un sello ciertamente horroroso.
Entonces, cuando la masacre parecía haber alcanzado su punto de mayor fragor, con el primaveral aire de la tarde impregnado por el fétido olor de la muerte -coronado por el de la sangre, el miedo y la bosta-, una abominación mayor tuvo lugar ante los incrédulos ojos de Julián Bustos y Leandro Benítez.
Los ángeles vengadores del sistema surgieron casi de la nada, sin que nadie reparase en su existencia, sobre la explanada opuesta a la arboleda. Cubiertos por el más cómplice de los silencios, habían llegado a bordo de sus patrulleros blancos y azules sin encender ninguna sirena o baliza, sabedores de su impunidad. Se habían apostado en hilera, protegidos detrás de sus vehículos, todos ellos enfundados en sus uniformes oficiales, sin pronunciar palabra, ejecutando órdenes tan precisas como los punteros que minutos antes comandaran el asalto. Como dos ejércitos enfrentados -uno de ellos probablemente financiado por el frigorífico “Santa Anita”, encargado de hacer un seguimiento muy próximo al cargamento, ante los reiterados rumores de un ataque de cuatreros, según los rumores de pasillo que Bustos consiguió milagrosamente evocar en aquel instante-, aunque ambos bandos sostuvieran en alto la misma bandera de la pobreza.
Alguien gritó, de pie sobre el techo de uno de los camiones jaula, queriendo alertar a sus compañeros en el último segundo. Aunque pocos lo supieran, en la barrabrava de Boca Juniors y en su barrio platense de Los Hornos lo conocían como el Gordo Nacho, muchacho dispuesto como pocos para el desorden y el beneficio sin esfuerzo alguno; extraña clase de gato salvaje que siempre caía de pie, cualquiera fuese la situación que le tocase enfrentar. Sólo unos pocos consiguieron escucharlo, demasiado tarde para reaccionar.
En aquel último instante, lo único que consiguieron distinguir el maquinista y el encargado del frigorífico, en medio del caos y la confusión generados por el griterío humano y animal –aunque ya casi no pudiesen diferenciarse entre sí-, fue el sostenido pero breve pitido de un silbato, iniciando las maniobras consistentes en repeler a los invasores. Sólo que, evocando por su ausencia a las oscuras y anchas bocas de los lanza-gases antimotines, las decenas de cañones de pistolas y escopetas que se parapetaban detrás de los patrulleros, sumados a igual número de ojos fijos a través de sus miras sobre blancos móviles precisos, presagiaban mucho más que lo peor.
Las últimas luces de la tarde agonizaron en medio de un ensordecedor y sincopado estruendo de disparos, que vomitaron fuego y muerte a discreción sobre aquel malogrado convoy ferroviario. Cápsulas y cartuchos servidos volaron por doquier alrededor de las fuerzas del orden, impregnando el espacio de la cuneta de las vías por el acre aroma de la pólvora. Fue un fusilamiento casi a quemarropa, sin contemplaciones. Nadie preguntó ni se cuestionó nada; todos obedecieron en bloque, disparando y recargando sin pensar. Mientras sus víctimas, humanas y –por desgracia, en el fragor de la contienda- también animales, caían al suelo entre alaridos de sorpresa y de dolor, cubiertos de sangre de pies a cabeza, tajeados por las cuchilladas, agujerados por los balazos, con los brazos en alto en un inútil y postrero intento de rendición, derramando vísceras sobre cada camión jaula y los cantos rodados de las vías, implorando en vano como sus congéneres entre los desolados muros del matadero.
Bustos se arrojó al suelo de la cabina ni bien sonaron los primeros disparos, que derribaron al tipo del garrote y la visera casi de espaldas, sin que se diese cuenta que estaba muriendo, mientras Benítez se zambullía detrás del encargado del frigorífico desde el balconcito lateral de “FÉNIX”. Desesperados reptaron sobre sus vientres hasta alcanzar la puerta del otro lateral, abriéndola hacia la arboleda, donde parecían querer escapar los últimos asaltantes -entre ellos, un aterrado Gordo Nacho-, seguidos de cerca por el silbido de los proyectiles. Las balas arrancaban fragmentos de corteza de los árboles en busca de los recién fugados, mientras las fuerzas policiales avanzaban en bloque, abandonando la protección de los patrulleros sin dejar de apuntar hacia la ya abatida multitud, yendo a la caza de los escasos heridos y moribundos……y de todo aquel que pudiese oficiar como solitario pero peligroso testigo del hecho.
Varios cañones los apuntaron cuando ambos se arrojaban desde “FÉNIX” hacia la cuneta de la arboleda. Sólo una milagrosa orden del oficial a cargo consiguió salvarles el pellejo, al reconocer en el último segundo a Julián Bustos como uno de los empleados del frigorífico “Santa Anita”. Algunos uniformados se adentraron entre los árboles disparando a ciegas, mientras la mayoría de los demás se encargaban de rematar a los caídos, y los pocos restantes se ocupaban de levantar a los empujones al maquinista y al encargado, apoyarlos de cara contra el costado de la locomotora, y esposarlos, a pesar de las vacilantes y quejumbrosas quejas de Benítez, sin apartar de sus cabezas los humeantes cañones de las armas.
Bustos se apoyó de espaldas contra la locomotora, dejándose caer al suelo hasta quedar sentado sobre el canto rodado, y vomitó hacia un costado, orinándose al mismo tiempo en los pantalones. Benítez temblaba, manteniéndose apenas en pie, con la mirada perdida a fin de evitar contemplar el rostro del horror, y el semblante desolado frente a su incierto futuro. Más allá, los últimos terneros mugían en estridente agonía, erizándoles la piel. Y decenas de cadáveres teñían de rojo la pampa húmeda.
Los orificios de bala de distintos calibres permanecieran sobre el lateral de “FÉNIX” durante el resto de su campaña ferroviaria, como cruel y mudo testimonio de aquella tarde de masacre. Sus eventos jamás se dieron a conocer en los medios de prensa, y sólo un par de aterrorizados testigos recordaron por siempre, aunque incapaces de relatarlos ante auditorio alguno.
“No sólo de pan vive el hombre……también come carne”, recordó –muchos meses después, con unas cuantas copas encima- haber pensado aquella misma tarde, como en un sueño, antes de emprender el viaje, el empleado Julián Bustos. “Carne de res faenada”, musitó con un inconfundible vaho etílico, sobre una anónima mesa del restorán “Fronteras”, antiguo boliche de los que se apeaban en la Estación Tambo Nuevo, dos o tres décadas antes; “carne que nos alimenta a todos, y que nos acostumbramos a comer desde bien chicos”.

Aunque, claro, rara vez esa carne faenada con la que se alimenta una nación… termine siendo humana.



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar









UNIDOS*



Yo y Platero
nos la pasamos
decepcionándonos


Ni yo ni Platero
confiamos en que
pudiera otro vínculo
animal o humano
resultarnos posible


y mucho menos
yo con otro humano
o él
con otro animal.


*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar






Dueño del viento*



La voz de Ray Bradbury resuena como eco lejano. La secretaria recrea y ordena sus archivos de textos mientras deja sonidos para que caigan en el aire y se pierdan en la nada, aunque algunas frases llegan a mis oídos atravesando varios metros y esa puerta cerrada que comunica su oficina con la mía.
La voz de Ray. Recuerdo difuso que aparece en mi memoria, ¿será un cuento de "El país de octubre”?
No estoy seguro. Mi mirada busca por un momento las calles. El ventanal comunica directamente con una enorme avenida por la que circulan vehículos con sus respectivas bestias clónicas de tiro.
No esta demas aclarar que en este mundo ya no hay combustible fósil, ni sólido ni líquido.
Pero la ciencia logro recrear genéticamente enormes bestias de tiro. Para construir aspecto exterior y propiedades se ha recurrido a formas y nombres de dinosaurios y a los monstruos de la mitología griega. Cada uno de ellos se ha constituido en marca registrada y logo de los grandes monopolios de la industria clónica. Los dinosaurios de mayor porte son utilizados por empresas parar tirar trenes y transportes colectivos. Minotauros para tirar coches individuales. Los Coelophysis conectan el sur y el norte de la ciudad sólo en horario de resplandor diurno.
La ciencia de la bioenergía clónica hizo posible estas bestias de tiro modificadas genéticamente para consumir solo el hidrogeno que extraen y separan del aire o el agua con sus propios organismos, filtrando el aire viciado con sus branquias y produciendo el oxigeno vital para nuestra especie mientras ellos se alimentan y beben de vientos huracanados, lluvias y mares.
El más grande Dinosaurio clónico disponible fue rebautizado como "Dueño del viento" por los habitantes de esta ciudad que producen poesía como principal ocupación globalmente reconocida.
Todos estos hallazgos se iniciaron hace muchos muchos años, cuando el Oil llegó a cotizarse a 6499 petroros por barril, entonces la bioenergia comenzó a ser económicamente viable. El costo de las guerras de ocupación por los recursos naturales se hizo imposible. Esos aviones que recuerdan a sus F18 de última generación no tenían suficiente combustible y el costo de operarlos empezó a ser superior a la riqueza posible de obtener con guerras de aniquilamiento y colonización.
Atrás pasaron todas las guerras imaginables o no.
La guerra de los bosques y la amazonia.
La guerra de los hielos y el agua.
La guerra por la conquista del fondo del mar
La exploración y conquista de la energía dormida en la fuerza volcánica del centro de la Verne Terrae.

El cielo del ocaso esta definitivamente gris. Cielos grises y huracanados preceden a noches oscuras donde solo brillan los televisores que han sido arrojados encendidos a unas calles que no conducen a ninguna parte. Después de la hora del toque de queda lumínico, el caminante solo puede desprenderse de las penumbras con el brillo de los televisores y el fuego que se desprende de enormes tambores de 200 litros, los mismos que antes llevaban combustible fósil y en los que ahora -al antiguo modo haitiano de supervivencia- los Home Less queman rezagos de papel, ramas secas, sólo cenizas de fuegos del ayer.

Esto pasa, en este año, el 3623 cuando desde cierta confusión entre realidad y virtualidad, les escribo estas improvisadas líneas.



*de Urbano Powell. urbanopowell@yahoo.com.ar
Copynigh. Permitida la copia y reproducción del presente texto sólo en horario nocturno.






Correo:


*

Estimado amigo:

Queremos informarle de la publicación en Candaya del libro Paseador de perros, de Sergio Galarza (Lima 1976), elegido por esta novela Nuevo Talento FNAC.
Paseador de perros es la historia de un tour de force por las calles de Madrid y su periferia, una novela sobre aquello que no se ve en las postales turísticas, el relato de una vida contaminada por el odio y la desesperanza. Pero también hay lugar para otros sentimientos. Y para la música. Sergio Galarza rescata del anonimato las tragedias y los placeres de una ciudad que tiene mucho que contar, desde Malasaña hasta Coslada, desde Alcorcón hasta La Moraleja.

El narrador, un joven inmigrante, viaja en metro y en autobús de un lado a otro para llegar a tiempo a su trabajo: pasea perros. Así sobrevive. Parece un oficio sencillo, pero el desamor y la sensación de esclavitud del que trabaja de lunes a domingo, lo hacen tan vulnerable y frágil como lo son, por otros motivos, algunos de los personajes con los que se cruza: un anciano con un mapache enjaulado, una mujer adicta a la autoayuda y aterrada por su rostro, un matrimonio que espera su final y, sobre todo, perros, de todas las razas y tamaños.

Sergio Galarza reflexiona sobre los cambios que se han producido en las grandes ciudades tras la llegada masiva de nuevos vecinos de otras latitudes. La suya no es una visión “políticamente correcta”, pero se acerca a la verdad que se respira en las calles. Paseador de perros es la primera novela de lo que Galarza ha llamado su “Trilogía Madrileña”.

Sergio Galarza Puente nació en Lima en 1976. Estudió Derecho pero nunca ejerció dicha profesión. Trabajó en una universidad, fue redactor de noticias para un canal de televisión y editor de cultura para una revista. Su primer libro de cuentos es Matacabros y el último La soledad de los aviones. El reportaje Los Rolling Stones en Perú, coescrito con Cucho Peñaloza, fue reeditado en España por la editorial Periférica (2007). Vive en el barrio de Malasaña, Madrid. Colabora con las revistas Room y Letras Libres. Los domingos se transforma en un mediocentro rabioso en una liga amateur de fútbol. Y trabaja en una librería donde se permite la entrada a los perros. Le gustan las camisas de leñador.
Si desea adquirir el libro directamente de la editorial (14€, gastos de envío gratis para toda España), sólo tiene que responder a este mensaje, indicando la dirección donde quiere recibirlo y el número de ejemplares. En http://www.candaya.com/paseadordeperros.htm puede ampliar la información, así como consultar algunas de las noticias y comentarios que vayan apareciendo en la prensa.


*Olga Martínez y Paco Robles. candaya@candaya.com
Editorial Candaya
Tfs. 654095854 / 938970376


*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 6 de diciembre de 2009 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor venezolano Víctor Varela. Las poesías que leeremos pertenecen a Gerardo Contreras (Costa Rica) y la música de fondo será de Pedro Nel Martínez (Colombia). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar
http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!

YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.org
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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jueves, diciembre 03, 2009

DONDE EN LO PROFUNDO DE LA NOCHE ESCUCHO UNA VOZ...


-ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL (CUBA)

OCTAEDROS*


“El mar no es mas que un pozo de agua amarga…”
IDEA VILARIÑO



Una navaja.
Raspa la garganta de la noche.


Un pensamiento de cristales octaedros
Rueda por la pendiente de la desolación.
Nítidos contornos.
Aguas claras. Amor oscuro.
Una iguana con precario equilibrio
Incrustado tatuaje de ocho triángulos equiláteros
Ocho triángulos equiláteros iguales.


Y una duda, amor, miénteme.


El pensamiento se hace carne y sangre
Atraviesa el precario equilibrio.
Afuera, solo queda la cola de la iguana.
Y una voz.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






DONDE EN LO PROFUNDO DE LA NOCHE ESCUCHO UNA VOZ...




PARAÍSOS TERRENALES*



Y en cualquier piso
aquel cuarto sumado
que habita un hombre
esclavo
o esa pocilga multiplicada
de pensiones
en donde sufre una mujer
esclava
para que el poderoso
pueda permanecer
sintiendo
la brisa placentera
en los jardines
del Paraíso
y bañarse pueda
en los ríos cristalinos
no de agua no
sino de lágrimas
de todos
los que padecen.





FORTUNA*



La vida
nunca nos deja ilesos
pero el no haber extraviado
la llave que despliega
el mundo de los sueños
hace más soportable
mi permanencia
en este exilio.




BAILES *



Recuerdo cuando bailabas conmigo
«I 'be got my love» grabación de Benny Goodman
y orquesta sobre el rojo embaldosado
del patio colonial,
ahora entre algunas sombras del cuarto menguante,
recuerdas,
noche de verano,
las puertas del living abiertas
desde la que contemplaban los retratos de Apollinaire
con la cabeza vendada,
Pound con sombrero, bufanda y bastón
caminando en las calzadas de Venecia,
Fijman 1971 en el Borda
enfrentando el misterio total,
los dibujos que Sabat hizo de Cortázar y Discépolo,
las hermosas estampas japonesas.
Qué bien entraban los saxos
y respondían los metales,
2 minutos 26 segundos, contrapunto exacto
en que se deslizaban nuestros cuerpos
a una rejilla del tiempo inolvidable,
perfume de las violetas en el jardín,
recuerdas,
la grabación de la orquesta del Hotel Savoy
de Londres cantando Anne Lenard
«Buenas noches mi amor».
Islas, cuadernos envejecidos
que incendian las antiguas pastas,
tapitas de cerveza, mesas al aire libre,
«Sueño de juventud», «La puñalada»,
filo de bandoneones que iluminan geranios
y jazmines,
bailes de la noche cristalina,
tu cintura, tus manos,
la quebradiza humedad
que en espirales de rocío
se desvanecía en tu pelo.





LIBERTAD*


"La libertad es un perro vagabundo"
Millor Fernandes


un pobre perro sarnoso,
mordiéndose la cola
comiendo de las sobras
durmiendo a los sobresaltos
en la intemperie
apaleado en todos los límites
sin distinciones sociales,
que orina en troncos de utilería,
que no puede siquiera morder
porque le quitan el bozal
sólo para que rebusque
su sustento en los basurales,
que hunde sus patas
en barros demasiado humanos,
que se sacude las pulgas indecentes
en “donde empiezan los otros límites”;
la libertad es un perro abandonado
que alguna vez he visto
huyendo con la cola entre las patas,
babeando una rabia
que no contagia,
corriendo infatigable
hacia una frontera misteriosa
como la vida misma.





SOBREVIVIENTE*



No me salvé de morir
ahogado en el mar
porque nunca intenté cruzarlo
nadando y hacerlo finito
sino porque me dejé llevar
por las corrientes infinitas,
hábil nadador consecuente
con las mareas.
También me salvé del manicomio,
mar en el que casi naufragué,
cuando pude dejar a un lado
el peligroso hábito
de tratar de medir todas las cosas.
No vayan a creer,
no hay tantos poetas locos,
no es la imaginación
lo que nos pierde
sino la rutina de los inventarios,
la lógica constante,
el imperio de los balances
o el intelecto invulnerable.



*Poemas de Santiago Bao. santinebao@gesell.com.ar
-De “Pendientes”, Ed. Salido, 2002






LAS INFINITAS FORMAS DE "ENFERMAR" DE ESTOS TIEMPOS
Sobre el discurso científico*

La representación científica del cuerpo humano, creada por la comunidad científica, no es más que un modelo ideal: procura sustituir la imagen que cada uno posee de su propio cuerpo. El sujeto cautivo expresa en su organismo, la lógica del enunciado.



*Por Jorge Ballario


Si a un niño relativamente sano se lo rotula como enfermizo, probablemente lo será. Tal el sugestivo efecto de la nominación en la mente infantil, dado el desvalimiento que experimenta la criatura frente al omnipotente mundo adulto. En paralelo, muchos hombres y mujeres contemporáneos sufren de manera solapada una similar asimetría sugestiva, pero en relación al hiperjerarquizado discurso científico.
La representación científica del cuerpo humano, creada por la comunidad científica, no es más que un modelo ideal: procura sustituir la imagen que cada uno de nosotros posee de su propio cuerpo. Esa sacralizada ficción lingüística es capaz de influenciar, a través de sus enunciados, en los cuerpos concretos de los afectados. En determinadas circunstancias, el sujeto cautivo expresa en su organismo, mediante una enfermedad o disfunción, la lógica del enunciado.
Sabemos que el cerebro produce lo mental, y esto no puede reducirse a los pocos y simples mecanismos cerebrales observados por la ciencia. Procurar entender a la mente humana sólo con el estudio del cerebro, sería equivalente a pretender comprender una obra de arte valiéndose del desmenuzamiento y análisis microscópico de las partículas químicas que la componen.
Parte de la alienación actual en este terreno está vinculada a la divulgación científica sensacionalista, al exceso de importancia de ciertos descubrimientos científicos y a la megalomanía de algunos investigadores, que ven en sus trabajos resultados más abarcadores de lo que realmente son.
Es así entonces como ciertos posicionamientos cientificistas, más su habitual divulgación sensacionalista, suelen desestimar las vivencias identificatorias, y las estructurantes adquisiciones simbólicas de la
historia psicológica del sujeto.
Algunos mecanismos de influencia de la ciencia biologicista en la gente, especialmente en el terreno de la salud/enfermedad, son: la simple sugestión; el sentimiento de culpa del afectado, al sentir que transgredió algún "mandamiento" de la ciencia; la/s identificación/es con las descripciones científicas, etc.
Las infinitas formas de enfermar de estos tiempos, se deben, en parte, a las crecientemente complejas formas de "caricaturizar" al cuerpo con sus componentes y funciones, mediante el lenguaje de la ciencia. Este discurso, al resaltar y relacionar de manera causal, múltiples aspectos y procesos orgánicos con determinadas circunstancias, conductas o estilos de vida, amplía el espectro psíquico de opciones para psicosomatizar.
Ahora, frente al gran avance del saber científico, la enfermedad se vincula a la simbología que dicho saber produce mediante sus investigaciones, observaciones y conceptualizaciones. La nueva simbología haría de soporte a los antiguos mitos: lo monstruoso o diabólico ya no es la supuesta posesión demoníaca del enfermo, sino por ejemplo, un tumor maligno. El infierno ya no es un castigo posterior a la muerte, sino que se puede sufrir aquí mismo, en esta vida y en este mundo, a través de la enfermedad y/o la muerte, si desacatamos los mandamientos de la ciencia.
Además, sabemos que gran parte de la herencia genética de alguien no alcanza por sí sola a desplegarse, sino que requiere ser activada mediante determinadas vivencias significativas u otros estímulos. Es decir, que mucho de lo heredado genéticamente en cada uno de nosotros puede permanecer en estado potencial, toda la vida, sin ser nunca activado. Mucho me temo que, paradójicamente, la influencia del discurso médico haga posible que gran parte de ese potencial genético patógeno se despliegue.
Humildemente debería aceptarse que todo conocimiento científico depende siempre de un procedimiento imperfecto, y su interpretación está vinculada al paradigma de la ciencia, prevaleciente en una determinada época y cultura.


* Psicoanalista. Escritor. Mail: jballario@coyspu.com.ar

-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-21336-2009-12-03.html






Carnicería*


*De Charles Simic.


A veces caminando en la noche, tarde
me detengo ante la carnicería cerrada.
Hay una sola luz en el negocio
como la que usa el preso para cavar su túnel.
Un delantal cuelga de un gancho:
la sangre le untó un mapa
de los grandes continentes de la sangre;
los grandes ríos y océanos de la sangre.
Ahí están los cuchillos que brillan como altares
en una iglesia oscura donde traen al lisiado y al imbécil
para sanarlos.
Ahí está la tabla de madera donde se rompen los huesos,
y se pelan a fondo —el río disecado hasta su cauce
donde me alimentan,
donde en lo profundo de la noche escucho una voz.


*Fuente: http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena%2049/Paper%20army/Charles.html








ACERCA DEL MOBBING O ACOSO LABORAL

Trabajo del perverso*

El autor examina el acoso moral en el trabajo, "esa exposición repetida y persistente a un tenaz envilecimiento por parte de quien detenta posiciones laborales superiores": tras la imagen del acosador, discierne la figura del perverso y la acción del "elenco" que permite su accionar.




Por Carlos Enrique Barbato*


El llamado "acoso moral en el trabajo", mobbing, "psicoterror" o "violencia laboral" consiste en una exposición y sometimiento repetido y persistente a un paulatino y tenaz envilecimiento de las condiciones de trabajo por parte de quien detenta apoyo o posiciones laborales superiores. Con intención de causarle -en forma a veces sutil o poco notoria- daño, sufrimiento o lograr su deserción del ámbito del trabajo. Lo que a menudo provoca perjuicios en la subjetividad del acosado y también de forma mediata, a la organización en la que se comete. Actos que son más difíciles de advertir cuanto más alto es el nivel cultural y social de los involucrados. Tal como es afirmado desde diversos dominios, lo anterior parece ser consecuencia de cómo se han establecido globalmente las relaciones laborales en las últimas décadas: basadas en competitividad, eficientismo y lábil apego a la ética. Pero hemos reparado en el hecho de que, a pesar de la vastísima bibliografía que circula en relación con el tema, escasos aportes provienen del campo del psicoanálisis. Intentaremos sumar con este ensayo nuestra opinión al
respecto.
El proceso tiene un cierto ritmo, una cadencia, una forma bajo la cual habitualmente se presenta. En primer lugar, es escogida una víctima, la cual es aislada, segregada, hostilizada, humillada, culpabilizada y desacreditada frente a sus pares. En segundo término, hay que advertir que el acosador no puede lograr su propósito si no es con ayuda de un elenco. El acosador necesita, para segregar al sujeto así elegido, inacción o colaboración de parte del grupo, de quienes, por acción u omisión, participan en este acto de marginación. Generalmente la vergüenza o el temor a pasar él a ocupar ese lugar, en caso de no participar, vale como incentivo suficiente para permitir al acosador continuar con su tarea. Se establece de esta manera un pacto, la mayoría de las veces no explicitado, no formulado: un pacto de
hecho cuya primera cláusula es el silencio tolerante o cómplice. En tercer término, entonces, un ingrediente fundamental que acompaña todo el proceso: el silencio. La palabra es lo que permite desarticular el juego, como generalmente ocurre cuando la víctima se decide a hacer pública su
situación.
Ese proceso de acoso revela una gran eficacia para constituirse en factor desencadenante de diversos síntomas: el padecer del sujeto acosado ha sido descripto habitualmente como pérdida de interés en el trabajo y en las cosas que del mundo le interesaban, con episodios de depresión, vergüenza,
retraimiento del entorno, dolor moral, irritabilidad, insomnio, sentimientos de ira, fantasías de venganza, rencor e incluso reacciones agresivas.
Asimismo, estrés y síntomas y síndromes físicos, que pueden redundar en infartos y enfermedades graves. Como también alteraciones del confort en las relaciones sociales en general, lo cual indica que el sufrimiento nace en el ámbito de trabajo pero lo desborda, en tanto se instala sintomáticamente en
cada sujeto.

Acoso y perversión
Partimos de la suposición de que, sin perjuicio de tener en cuenta el caso por caso -lo cual es insoslayable- no cualquier sujeto actúa con persistente voluntad de infringir daño o acosar en el ámbito del trabajo. Supondremos que se trata de actos provenientes a menudo de sujetos con una estructura
psíquica perversa, los cuales se manifiestan con una "voluntad de goce" -como la designa Jacques Lacan- que es ejercida sobre un sujeto con una modalidad de posicionamiento claramente diversa en cuanto a su adhesión a la ley.
Respecto de la modalidad de estructuración perversa: recordemos que se trata de un sujeto que logra, con gran pericia, conmover al otro y movilizarlo hacia la angustia. Se desempeña con celeridad y eficacia, sin arrepentimientos y sin la torpeza y las dudas que surgen en el neurótico.
Mientras éste duda, aquél lo lleva hacia un punto que se encuentra más allá de sus deseos reconocidos. Ya que como es sabido, "la neurosis es el negativo de la perversión" tal como Freud lo planteó ya en 1896 (carta 52 a Fliess).
En el neurótico, el fantasma es esencialmente perverso; es de esta manera como se imagina asiduamente a sí mismo, pero en secreto, en su mundo privado, solitario. Un secreto modo de goce con el que no hace lazo. Para el perverso, en cambio, el fantasma es antes que nada público, compartido con otro, hace lazo con él; se relaciona para singularizarse, y lo logra si incluye un partenaire en su escenificación, en la seducción, en la corrupción o en el quiebre del otro en su convicción moral o ética, cuando le es concedido o no.
El acosador, por su parte, se plantea el problema de cómo angustiar, herir al otro, para lo cual se afana en estrategias y tácticas que sigue religiosamente. El otro elegido para acosar suele ser considerado por el agresor como un obstáculo a sus propósitos y/o como envidiable. Es decir, considera a la víctima en algún aspecto como excepcional. Pero esa "excepcionalidad" es la carnada que el neurótico muerde con deleite. La falta de reacción o la reacción demorada, procrastinada, de este último, tiene que ver con esa posición en que ha sido colocado inicialmente por el agresor pero también por otros, en los albores de su vida. Posición que espera poder conservar o recuperar.
La angustia incontrolable en que suele redundar el acoso para el neurótico es una tácita aceptación e identificación con el objeto dilecto que es para el Otro, lo cual se le presenta en este contexto sin mediación simbólica, en medio del fracaso en que ha caído cualquier intervención simbólica.
Ahora bien, si al acosado, neurótico, le corresponde actuar conforme y a sabiendas de su responsabilidad de sujeto deseante, al acosador, del mismo modo que al perverso, no siempre le queda claro a qué amo presta servicio cuando hostiga en el ámbito del trabajo. Como sostuvo Lacan, "el perverso no sabe al servicio de qué goce ejerce su actividad. En ningún caso es al servicio suyo" (Seminario "La angustia", 1963). Su sensación puede ser la de que "está liberado", pero es un engaño. Está preso de su cometido: realizar el goce del Otro, tarea que se le impone como premisa ineludible y por la que milita sin desmayo. Lacan lo designa, por esta causa, como el último gran creyente. Cree en el goce del Otro, en el goce de un Dios que exige el sacrificio; pero con esta creencia fanática, esta voluntad de goce, logra escabullirse del reconocimiento de la castración de ese Otro. Su Otro es así sin tacha, sin barra.
Es muy probable que esto mismo sea lo que ignora el acosador, quien quizá presumirá, disociándose, de que presta en su función una inestimable tarea; así puede haberlo supuesto también cualquier torturador durante la dictadura. Por otro lado, el perverso transforma su sufrimiento en goce y su falta en plenitud. Triunfa sobre las desdichadas condiciones de su nacimiento, sobre su derrota inicial; es, en definitiva, un sobreviviente, como todos, pero él, además, lo sabe.
Accede a una erotización de esa derrota inicial. La función paterna funcionó con el déficit que le propinó quien cumplió con la función materna.
Condenado a una errancia ante la Ley, se aferra a la gracia de un goce, se inventa una Ley del Goce. Se inventa un deseo de vivir donde sólo hubo para él deseo de muerte, pura pulsión de muerte. Metamorfosea las amenazas de muerte en promesa de goce y el horror a la castración -que amilana al neurótico- en más goce por venir. Esta es su desmentida ante la castración.
El que pierde, gana, podría ser su lema. No hay interrupción, hay continuidad, movimiento infinito.
Para el neurótico, se trata de la aceptación de la Ley -fidelidad- a cambio de protección. En cambio, en el perverso la protección ha fallado, lo que provoca que se afirme en su falta de fidelidad y en larenegación. El otro le es necesario para sentirse un sujeto, pero unsujeto que es militante de la
continuidad entre deseo y goce. Lo suyo es avergonzar, asquear, desmoralizar y asegurarle al otro que asco, vergüenza y moral no son construcciones firmes. Ya que para él un deseo que no termina en goce -es decir, ignorando el límite que le permitió constituirse como deseo- no es verdadero, es una mentira. De esta manera, el neurótico es subestimado y considerado como mentiroso, porque no se atreve a gozar verdaderamente, hasta el final.
El valor máximo está asentado en el goce, porque le permitió sobrevivir. Por el goce admite cualquier sacrificio y rechaza cualquier debilidad o desfallecimiento. No se trata de una Ley humana, es una ley natural que dice: es obligatorio gozar; se trata de una exigencia de goce.
"Disculpe, pero..."
El acosador así como el perverso tienen habitualmente una altísima consideración de sí mismos; suponen que el mundo y su propio entorno deberían estarle agradecidos. Esta arrogancia y esta autocomplacencia les permiten disociarse y ponerse a sostener un semblante de bien fingida comprensión del dolor ajeno. No es raro que, en momentos en que sienten máxima autocomplacencia, den lecciones de moralidad y de actos correctos, lo cual no es más que otro recurso utilizado para provocar la división subjetiva de su víctima.
Como resultado de lo anterior, suelen lograr eficacia con respecto al manejo de lo formal de las normas de la institución en la que se desempeñan. Esto nos recuerda la exterioridad que la ley tiene para el perverso. Sólo en el momento del juicio, o como consecuencia de ser increpados por el entorno, comienzan a considerar que quizás se hayan excedido, que han cometido un error de estrategia. El pedido de disculpas que pronuncian muchas veces sólo busca morigerar el entorno para continuar, infinitamente si es posible, su cometido.
El deseo de reconocimiento, admiración y protagonismo los lleva muchas veces a realizar grandes concesiones al entorno: a veces es difícil imaginarlos en su accionar agresivo.
El acoso moral constituye en todos los casos un abuso de poder, algo que afecta la ética concebida en el seno de una institución; resulta perjudicial para los sujetos que la integran y para la misma institución, por su carácter disgregante. Es la instalación de la inseguridad, la amenaza y el miedo, que se extienden eventualmente más allá de los límites de la institución. Por eso, la institución que toma recaudos con respecto a este fenómeno salvaguarda a sus integrantes, se protege a sí misma y, en forma mediata, favorece al entorno social. Es algo a lo que hay que ponerle palabras, denunciar: poner palabras al acto es la única manera de establecer una ética que permita la convivencia.


Bibliografía específica
Barbato, C., Escritos fuera de sus archivos, Ed. Universidad Nacional de Rosario (UNR), 2003.
Barreto, M., "Uma Jornada de Humilhaçoes". En: www.assediomoral.org, 2003
Braunstein, N., Goce, Argentina. Siglo Veintiuno Editores, 1990.
Fernández A., "El acoso moral en el trabajo". En: www.conaduargentina.org.ar.
Hirigoyen, MF., El acoso moral en el trabajo, Ed. Paidós, 2006.


* Psicólogo; Facultad de Psicología, Universidad Nacional de Rosario.
Extractado de un artículo publicado en la Revista Argentina de Psicología, editada por la Asociación de Psicólogos de Buenos Aires (APBA). www.apbarap.com.ar


-Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-136334-2009-12-03.html





Guerra*


*De Charles Simic.


El dedo tembloroso de una mujer
recorre la lista de bajas
en la tarde de la primera nevada.
La casa es fría y la lista es larga.
Todos nuestros nombres están ahí.




*Fuente: http://www.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena%2049/Paper%20army/Charles.html











Correo:







PIQUETES ESTRUCTURALES*



Allá por 2003 escribí "Cuasimodos en la acera". Buscaba que entendiéramos que esas personas que reclamaban de mil maneras distintas a lo largo de las Avenidas del Centro Porteño, eran nada más ni nada menos que personas como nosotros y qué, para el caso, habían quedado mucho más afuera del Sistema que nosotros mismos a lo largo de los sucesos desde la Libertadora, el Videlato, el Menemato y otros argentinicidios intermedios.

Hoy, el reclamo piquetero para que los intendentes no manejen las cajas sociales es, nada más ni nada menos, que un reclamo K Vertical y Centralmente Estructural.

A la acción social de modo punteril y "municipalera" impuesta desde Buenos Aires hacia todos los rincones del País, y del Gran Buenos Aires en particular, necesitan fortalecerla terminando de eliminar "los impedimentos que la estructura Democrática y Federal les impone a los Gobiernos Centrales".

Sí, la más perversa y latrocínea actitud de un intendente municipal es, lejos, mas cercana a ser parte del federalismo y la democracia que la dádiva proveniente de hermosas asistentes sociales remitidas por la aerolínea estatal a sobrepasar las obligaciones de un intendente de Tinogasta, El Dorado o Río Grande. Es el camino del Gobierno central sin estructuras democráticas y federales intermedias. Es el Sistema de los Delegados Provinciales, Municipales y Barriales.

Es la estructura globalizante que solo puede funcionar con el hambre a la cintura y "el arte del manejo del hambre de los demás" como máxima filosofía del hacer politiquero.

Sí, culpables o no, inocentes o no, el reclamo vigente esta semana de puentear a los intendentes con los planes sociales es, nada más ni nada menos, que una expresión porteñamente centralista de controlar las voluntades de todos los rincones del País desde un escritorio Capitalino.





*de Jorge de Mendonça jorgedemendonca@gmail.com

- Ingeniero White - Buenos Aires















REMEMORANDO ANIVERSARIOS ESCOLARES*





Me asiste la duda, si lo que sigue es algo publicable, o si debe ser algo, digno que formar parte de aquellos diarios personales, que parecieran estar pasados de moda, al menos en nuestro entorno. Me queda claro que lo que sigue, se encuadra en aquella sentencia de Goethe, que "todo escrito es autobiográfico". Vaya pues transitando esta comunicación por el sendero de lo testimonial. Y de suyo de
lo subjetivo. Frisando los 63 años, uno tiene muchas reservas con esa asepsia que el método experimental matemáticamente formalizado, intentó imponer como monopólico camino hacia el conocimiento. Resulta que semanas atrás, vino a mi mente la circunstancia de que el 1ero de diciembre del año en curso, se
cumplirían cuarenta años de nuestra graduación universitaria. Así las cosas, lo primero que se me ocurrió fue saludar por correo electrónico al compañero con el que compartimos esa graduación ese día, a la sazón cumpliendo funciones diplomáticas fuera de Argentina; así como a otros tres compañeros de Facultad, con los que conservaba algún contacto. Me puse luego a meditar sobre esas cuatro décadas, y en el decurso de la meditación caí en cuanta que ese aniversario, coincidía con otro: el medio siglo de la
finalización de mis estudios primarios, en la Escuela Nº 1, de mi natal Ensenada de Barragán. A esta altura de mi parábola vital, al menos en lo que hace a educación, sea formal o informal, estoy persuadido de que los niveles son iguales en importancia en cuanto a la formación de cada persona. Es más;
los niveles últimos, sólo son viables por el completamiento de los anteriores. Todo se ha ido almacenando en nuestra mente, y se ha integrado dinámicamente, aunque esto recién se esta reconociendo. Y en ese sentido, ya lanzado a la meditación, caí en cuenta que no podía dejar de lado otro aniversario, tal vez obvio: con diferencia de pocas semanas al medio siglo de la finalización de los estudios primarios, se cumple medio siglo del inicio de los estudios medios, que mi familia decidió que fueran en el Liceo Naval
de río Santiago, instituto entonces "de moda", aunque hoy hasta resulta "políticamente incorrecto" decir que uno completó sus estudios medios allí. Parece una obviedad, pero caigo en cuenta que salvo alguna otra esporádica incursión; cursé los estudios primarios, medios y universitarios, en una solo institución educativa en cada ciclo. Así transcurrió mi educación formal entre 1954 y 1969. Con ese bagaje me inserté en el mundo laboral hacia fines de 1968. Con la jubilación, instalada ya sobre mi horizonte existencial, uno no puede dejar de meditar sobre este tránsito en lo que se conoce, como integrante de la "población económicamente activa", inmerso en el acontecer argentino. Si uno se toma el trabajo de leer la información censal disponible (El ultimo censo es del 2001), se percata que una pequeña minoría de la franja etárea en la que esta incluido, alcanzó la calificación formal de estudios universitarios completos. A veces la pertenencia a ciertos ámbitos laborales o localizaciones geográficas, hace perder esta perspectiva. Y eso lleva a confusiones, en la que me esfuerzo en no caer (aunque caiga...). Y lo primero que me viene a cuenta, es que ese logro, fue posible porque había familias que hacían sacrificios, pero en un contexto donde esos sacrificios, tenían traducciones prácticas. Eso es valido para el grueso de aquellos que pudimos realizar esos trayectos educativos, provenientes de familias humildes, en las que eran frecuentes abuelos analfabetos o que a duras penas habían podido completar algún año del
primario. No se trata de nostalgias de edades doradas; vivimos una realidad distinta, donde estadísticamente es creciente la cantidad de personas con calificaciones formales del sistema educativo, pero donde las posibilidades objetivas y subjetivas de realización laboral o profesional, se han achicado en manera ostensible. Uno podría conjeturar que el proyecto que tenían en mente los que desencadenaron esas oleadas de gente formalmente instruida o bien no se pudo plasmar, o bien la estimación fue exagerada. La gente que se tuvo que exiliar por diversas razones, es una suerte de mecanismo de exclusión que testimonia ese desgarrador desajuste. Las cuotas de frustración multidimensionales, que uno comparte con su franja etárea y las vecinas, es otra de las caras de ese cuadro, que es un componente de este estado de cosas que nos deja con un regusto muy amargo en nuestras sensibilidades. Tal vez quien lea esto (si finalmente decido publicarlo) dirá que estoy "tirando pálidas". Puede ser. Lo que yo percibo, considerándome un privilegiado, en cuanto a las posiciones laborales que he podido alcanzar con esos niveles de educación formal, es que en materia de conocimientos percibo un gran
desequilibrio entre lo que he podio aprender y lo que he podido hasta ahora aplicar de lo aprendido. Ya instalado en el sendero que conduce a la jubilación, hago explicito mi propósito de volcar en instituciones de bien publico (como en parte ya lo vengo haciendo) todo ese acervo de nociones, que
se ira conmigo en el momento que emprenda el viaje hacia lo insondable.







*de Alfredo Armando Aguirre. choloar47@rocketmail.com



(02/12/2009)







*





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