domingo, septiembre 05, 2010

EN OTRA PARTE...



ILUSTRACIÓN: WALKALA. http://www.walkala.eu/


FRATERNO*



¿Dos tablas
dos clavos
y un martillo
para tu cruz?

No tengo.

¿Un herrero?
No tienes con qué pagarlo.


Pero
no te preocupes:
compartiré la mía.


*De Miguel Crispin Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu




EN OTRA PARTE...




EL CORREDOR DE BIENES RAÍCES*



A Mario Lázaro Quiroga
por su cumpleaños.


¿Quién es y qué es esta criatura que sale de la soledad, se acerca a gentes extrañas y asumiendo la voz y la cara del recuerdo se queda al fin entre nosotros, aceptada y feliz?
El Marciano
Ray Bradbury



Estaba apoyada en la baranda, saboreando un zumo de naranja, cuando lo vio acercarse. Su sonrisa no logró convencerla, ella no se dejaba timar por los vendedores ambulantes; pero como éste le recordaba a su actor favorito, decidió escucharlo para alegrar la vista al tiempo que deleitaba el paladar.

Se hallaba preparada para todo, menos para esto, ¡nada menos que venía a proponerle la compra de un terreno en Marte! No saben qué inventar, pensó mientras le dejaba abrir el portafolio y extraer modelos de contratos, fotos de paisajes marcianos, hablar de las bondades de la nueva colonia que pronto se establecería, rodeada de comodidades, sin impuestos, con cláusulas de protección ciudadana, a cambio de una pequeña inversión: Lo que se perseguía era poblar el planeta, no la obtención de beneficios...

- ¿Y me va a decir que tengo que tragarme su cuento? – le dijo antes de cerrarle la puerta en las narices.

Esa misma tarde vinieron a verla dos de sus vecinas, solteronas como ella, pero que aún no aceptaban su condición con el debido decoro.

- ¿Firmaste el contrato del corredor de bienes raíces? – le dijeron, alborotadas como gallinas en celo.
- ¡No me van a decir que se dejaron convencer de tamaño disparate! ¿Un terreno en Marte?
- Terreno solo no – aclaró la de la casa de la derecha -, por un poco más de efectivo, nos garantizó la construcción de un chalet, elegimos el modelo de uno de sus catálogos, ¡jacuzzi, piscina e invernadero!
- Además, ¿no viste que se parece a Jack Nicholson? – dijo la de la casa de la izquierda, entornando los ojos.
- ¡Ustedes sí están orates! – exclamó, dando por zanjada la cuestión – Dejarse embaucar por un papanatas, todo porque tiene las cejas como Nicholson... ¡Esto es el colmo!

No hubo manera de reanudar las partidas de canasta con sus vecinas... A partir de ese aciago día, todo era hablar de las ventajas de la colonia marciana, aquello parecía un cuento de Bradbury. Optó por ir a pasar unas vacaciones en casa de su hermana, lo suficiente para que se aplacaran los ánimos, las histerias, las vecinas en celo y, sobre todo, que se descubriera la estafa.

Regresó un sábado, dos meses después, justo a tiempo de ver a sus vecinas subir a la lujosa nave espacial, mientras dos azafatas verdes, de enormes ojos sin pestañas, le hacían guiños al corredor de bienes raíces, que entornaba sus cejas estilo Nicholson desde la ventanilla del piso más alto.



*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.






En viaje*



Antonio Dal Masetto vuelve a la novela con una historia tan tenue como firme en sus convicciones narrativas. Relato de un viaje sentimental, de una nostalgia y rabia contenidas, La culpa logra enhebrar con maestría el destino individual y el colectivo. En los años ’90, en el sur de Brasil, alguien repite y recuerda el mismo viaje que realizó en los ’70, en otro mundo y con otra gente. En esta entrevista, Dal Masetto evoca los orígenes de la novela, explica por qué suele haber tanto alcohol en sus libros y por qué cuando era chico, las monjas del colegio le decían “el pequeño Giotto”.



*Por Angel Berlanga



En el mismo puente, en el cruce de una frontera, diecisiete años después. En viaje a dedo por la ruta de entonces, para intentar reproducir sensaciones, rumbo a aquel pueblo del sur de Brasil, junto al Atlántico. Hacia la mole compacta y oscura de un morro acantilado contra el océano. En busca de rearmar una escena: “Lucía detenida al filo de la escollera –-escribe Antonio Dal Masetto–, alta en la claridad, y abajo el mar y luego más mar y allá lejos todavía el mar. Era la misma mujer que andaba con él por los caminos, con la que compartía la mesa y la cama, con la que a veces discutía, pero que ahí se había transformado. Integraba la luz, era una sola cosa con la gran extensión del agua y el cielo y el silencio”.
Así la esboza César, el pintor que protagoniza La culpa, una novela en la que Dal Masetto contornea lo inaprensible: el paso del tiempo, la razón de existir, el sentido de las relaciones con los otros, lo colectivo y la soledad, lo encantador y lo horroroso en perspectiva, en las marcas del recuerdo. “Yo creo que él, en realidad, no sabe qué es lo que va a buscar –dice Dal Masetto en su departamento, Junín y Las Heras–. Pero busca rescatar, vaya a saber con qué intenciones, esa imagen de belleza perdida. Como si pudiera recuperar algo de vida en eso.”
Desde el presente de la narración, situada a comienzos de los ’90, César evoca aquel viaje de once meses por Brasil a mediados de los ’70, cuando él tenía 35 y ella 18. Dal Masetto entrelaza con maestría las historias del pasado de su personaje con las que va viviendo en su regreso y su estadía en aquel sitio, en la búsqueda de la huella tan invisible como indeleble de Lucía, en los cruces con los brasileños que va conociendo: el hacendado prepotente que lo acerca un tramo del camino y pretende aleccionarlo con el verticalismo y el orden que rige una colmena; el panadero con el que se junta a beber y charlar; el librero que le enseña su relato sobre el silencio; el muchachito híper activo que le propone hermanarse y lo invita a la ceremonia de Yemanyá. Aquella vez, a poco de volver a Buenos Aires, se habían separado: seguían pasándola bien, pero la complicidad había quedado atrás.
“Además del placer de estar con Lucía –se lee casi al comienzo de La culpa–, él disfrutaba de esa vida vagabunda, le gustaba andar, no tener metas ni obligaciones. ¿Pero ella? Lucía era diferente. Tenía objetivos precisos, le preocupaban la gente y sus problemas. Su interés por aquel viaje era ver con sus propios ojos qué sucedía en otras partes de Latinoamérica, la realidad social de esos países. Lucía se enardecía cuando abordaba el tema de las injusticias sociales, los millones de explotados, los niños que morían por falta de alimentos y atención médica. Lucía estaba siempre como a punto de entrar en combate. Quería cambiar el mundo. Eso quería. Eso había que hacer.” César la escuchaba en silencio. “Y luego, al fervor de su discurso, contestaba con alguna breve frase escéptica, a veces con una sola palabra, un gesto –escribe Dal Masetto–. Ignoraba a qué se debía esa actitud suya. Se lo preguntaba cada vez que sucedía. Sus respuestas, sus insinuaciones de dudas –totalmente carentes de sentido– indignaban a Lucía. Explotaba. Lo apuntaba con un dedo: ‘Vos pertenecés a una generación vencida, sos un viejo, sos un fracasado’.”
Un año después de la separación supo que había sido secuestrada. “Desde entonces él se repetía que de haberse esforzado podía haber evitado que se fuera, haber encontrado argumentos para retenerla”, escribe Dal Masetto. El curso de las cosas podría haber resultado diferente, piensa César. “No podía dejar de pensar en eso –se lee–. Se torturaba con eso.”



EN OTRA PARTE

Como en algunos otros libros tuyos, se narra un regreso a un sitio en el que se pasó un tiempo, en el que se tuvieron experiencias vitales. El caso de Agata, en La tierra incomparable, por ejemplo. Aunque éste tiene distintas características.
–Sí, Agata vuelve a un mundo de nostalgia. Tienen algo en común: todos los regresos, en general, se pagan caros. Porque resultan siempre un fracaso, uno va a buscar algo que ya no existe, sabiendo que no lo va a encontrar, pero de todos modos con una secreta esperanza. O tal vez ni eso: es como un acto casi desesperado que busca aferrar algo que el tiempo inevitablemente destruyó, anuló. O tal vez el tiempo no haya anulado nada, sino que pasó y uno cambió. Y por lo tanto nunca volverá a ver las cosas como las vio, o como cree que las vio en el recuerdo, porque también el recuerdo se va transformando, con el tiempo. Agata vuelve a un mundo perdido y esto, más bien, me impresiona como una vuelta para intentar exorcizar algo, algo así como la muerte, aunque no con tanta precisión. Este hombre va a un lugar en el que estuvo con alguien que fue desaparecido, una mujer que aparentemente amó; ahí pasó un momento que recuerda como perfecto, ideal, así lo llama: una tarde entera sobre una roca.
“Y también va a saldar una culpa, la que arrastra por no haber conseguido conservar, de alguna manera, aquello –bifurca Dal Masetto–. Pero éste es otro tema, el que da título al libro. La culpa suya y la general, la colectiva. Porque más allá de las anécdotas que contiene, la novela apunta a ese lento deslizamiento hacia ese lugar final. Lo que intenta contar es, primero, su toma de conciencia al cruzar una frontera y mirar al propio país, sus recuerdos, lo que ha vivido en una ciudad que es ésta. Y lo que reaparece más fuerte es lo que tiene que ver con el horror, los crímenes. Está el sentimiento, entonces, del protagonista, de que un país en el que han pasado las cosas que han pasado, es un país manchado, sucio. Inevitablemente, por lo tanto, es un país culpable. No porque todos sus habitantes hayan participado, tal vez participó una mínima minoría de los horrores, pero igual la mancha está, como si el aire se hubiera contaminado. Es como una peste. Creo que él lo dice textualmente, que se mete en las casas, en el sueño de la gente. Está, existe, aunque las personas no se den cuenta.”
Hace unos meses, cuenta, vino a entrevistarlo una periodista joven, de una revista alemana (varios libros de Dal Masetto han sido traducidos y publicados en Alemania). “Y luego, conversando, ella me decía una cosa que me llamó la atención, que tal vez tenga que ver con la culpa colectiva; en la escuela, en lo que supongo la secundaria de acá, y por su edad hace no mucho tiempo, la profesora les decía a sus alumnos que ellos debían sentir vergüenza de su país. Me pareció muy fuerte ese mensaje, ese tipo de enseñanza. Eso no quitaba, en la intención de esa profesora, que además no amaran su país. Pero era un país culpable, que tenía una historia horrible, y por lo tanto debería avergonzarlos. Que era una forma de decir ‘tomen conciencia’; lo que nosotros, de una manera más liviana, decimos con ‘no perder la memoria’.”
¿Por qué a Brasil? ¿Viste ahí algún contraste de idiosincrasia?
–Una novela se construye de muchas maneras. Puede aparecer una idea general, en este caso la culpa. Y alguien que va a buscar algo, aunque no sepa qué encontrará. La imaginación, lo que se te va ocurriendo, acude a aportar material, pero también tiene mucho peso tu propia experiencia real. Hace años hice un viaje a Brasil, con una persona que tenía 15 años menos que yo, una niña de 18, que obviamente no fue secuestrada ni desaparecida. Pero digamos que ciertos elementos de ese viaje servían como referencia, al menos en cuanto a paisajes, personalidad del protagonista. Mezclando, ¿no? Y también ciertos personajes que uno va conociendo sobre el camino, de los cuales tiene memoria, o de los que incluso tomó notas. Todo eso se junta, se mezcla, y bueno: es como hacer una sopa. Uno va seleccionando y tomando lo que por intuición sirve para seguir por ese caminito. Al margen de que Brasil es un país que me gusta mucho, creo que aparece por esa razón: el tránsito ralentado del personaje hacia su destino final, en ese pueblo que tenía muy claro en la cabeza, con personajes que por su forma de ser, brasileños, distantes de esta realidad, aportaban sus valores y también sus culpas a la historia que quería contar.
Dice Dal Masetto que todos sus libros, en el fondo, entremezclando la historia propia y la historia general, apuntan a dar testimonio de lo que ha visto y vivido. “Tu pequeña impronta –dice–. Acá puse el pie, esto es lo que modestamente puedo aportar a quien le interese. Como sacar una fotografía. Y si es posible, dar una opinión, una opinión velada. Porque uno cuando escribe una novela no piensa en opinar, piensa en representar, en exponer, en poner de manifiesto. Y después el lector, si es que hay, que saque sus conclusiones.”
César tenía, a mediados de los ’70, tu misma edad por entonces. Y aparece como escéptico respecto de la pasión de Lucía por la política, el compromiso. ¿Cuál era tu percepción por aquellos años?
–En el libro aparece claro, porque está visto en perspectiva, pero mientras uno lo estaba viviendo no tenía esa posibilidad de claridad. Compartía cosas, pensaba, discutía, si tenía oportunidad de hablar con gente más joven, pero me parece que había bastante confusión, incluso mucha desinformación. En cuanto al personaje, yo creo que él comparte absolutamente el aspecto ideológico de esta jovencita, pero hay algo que lo irrita. Creo que además del análisis que pueda merecer desde lo político o lo social, hay también una especie de celos respecto de esta otra cosa tan pasional, que lo aparta. Como una competencia: con esta proyección de esperanza, de futuro, y en última instancia de Vida, vida con mayúsculas, ella está más involucrada con el futuro que con él. Son situaciones ambiguas, de todos modos, que no es fácil definirlas.



VINO A DISCRECION

Desde hace seis o siete años Dal Masetto pasaba, para evitarse los inviernos aquí, unos cuantos meses en Mallorca, donde viven su hija y su nieto: “Como todos los niños a esa edad, es una luz, y uno tiene ganas de verlo y demás –dice, y aclara que este año se tuvo que quedar–. Cada vez que he ido llevé un borrador de algo y me he vuelto con un paquete potable, que luego, ya de regreso, termino de limpiar. Aquello es un lugar muy tranquilo, que me resultó útil para trabajar con bastante intensidad; los comienzos y los finales los hago acá, pero fueron varios los libros que tomaron el grueso de su forma allá. Es un lugar al que espero seguir yendo”. Más difícil parece que vaya a ir a Alemania, donde lo invitaron varias veces a dar charlas: “No me gustan mucho esas cosas oficiales –dice–. A la mesa redonda digo directamente que no. En alguna oportunidad acepté ir al interior (donde la gente es muy amable), siempre que alguien se siente al lado mío y me haga una suerte de entrevista, o a conversar con el público, que la cosa se deslice como una charla de café, nada solemne. También he ido, con mucho gusto, a alguna escuela secundaria para adultos. Y en cuanto a la presentación de los libros, los nuevos que salen... Al comienzo hice un par, y la verdad es que me parece bastante inútil. Van unos amigos, algunos invitados de la editorial, se toman unos vinos, y ahí se acaba la historia. Y bueno, fundamentalmente, no me gustan”.
A propósito de los vinos: se toma mucho en tus novelas.
–Bastante, sí. Lo que pasa es que mi generación, los que teníamos veinte en los ’60, tomábamos todos, o casi. Nos reuníamos para tomar. No había droga: ésa es la parte saludable del tema. Y lo otro, no tan saludable, es que a los veinte o los treinta el alcohol todavía no te mina demasiado el organismo. Y producía momentos agradables. Me ha quedado esa marca, que es como de origen, como una vacuna. Siempre me gustó tomar; al principio tomaba bastante, sin exagerar. Pero en las reuniones con amigos, uno decía encontrémonos a tomar un café, pero nunca era un café, siempre era un vino. Con el tiempo uno se da cuenta de que es destructivo y lentamente empieza a sentir las consecuencias de ese veneno, si se exagera. Lo que ha aparecido en mis últimos libros, por lo menos en éste, en alguno anterior y también en el próximo, es la lucha del personaje contra el alcohol, la conciencia de que si da un paso queda enganchado.
Cita en el lago Maggiore: así, supone, se llamará el próximo libro. “Es un tercer regreso al pueblo –Trani en la ficción, Intra en la realidad–, pero ahora es la nieta de Agata la que va, en compañía de su padre, el hijo de Agata... Que, bueno, entre paréntesis, vendría a ser yo”, se ríe, Dal Masetto, como quien nota que se le acabaron los escondites. “Y también aparece ese tema, sobre todo frente a la hija –sigue–. Este hombre no quiere tomar una gota, y entonces hay una lucha permanente. Porque en este regreso, que también tiene sus conflictos, como dijimos hace un rato, hay momentos paradisíacos y él se siente tentado a tomarse una copa frente a una puesta de sol, a relajarse, y sabe a la vez que eso es falso, que es una tentación diabólica, si uno creyera en el diablo.”
Algo latente, y pinta al alcohol, y se pone a funcionar. Como un WD40 para los engranajes cerebrales. Es falso, se podría destrabar de otros modos, pero...
–Sí, una comunicación rápida y espontánea. Esto es lo que ocurre, la gente se suelta con el alcohol. En principio es así. La comunicación entre el protagonista de La culpa y el panadero se vuelve mucho más fluida cuando empiezan a compartir las botellas de cerveza. Siempre estuvo eso: la segunda novela que publiqué, Fuego a discreción, está llena de alcohol. Tiene que ver con los ’70, también, y no habla textualmente de la dictadura, pero sí de una ciudad aplastada por el clima de opresión, los personajes deambulan como perdidos, tomando mucho. Al tal punto que un amigo del pueblo en el que viví cuando era adolescente, Salto, se tomó el trabajo de anotar, aparte, cuántos litros se tomaba en cada encuentro; hizo la suma y al final, un día, me lo encontré y me dice: “¡Bah! Al final no eran tantos...”.
El personaje del panadero cuenta una historia que contaba Soriano: la gata que entra por la ventana y tiene cría en su cama.
–Sí, no sé si lo contó Soriano o lo conté yo sobre él. Hay una referencia velada a Osvaldo: le pasó exactamente eso, cuando vivía en La Boca. Y él, respetuoso de los gatos, de su magia y su supuesto poder, los dejó ahí hasta que se fueron. En ese panadero se fusionan ciertos personajes de una generación que conocí, algo mayor que yo, que también se reflejó en personajes como Osvaldo, con cierta actitud hacia la vida, una ética.
¿Estuvo desde el comienzo, como intención, la búsqueda de lo inaprensible? Porque así como parece difusa la culpa y el sentido del retorno, el protagonista cavila sobre sensaciones que quiso o querría volcar a una pintura. En un momento, por citar una situación concreta, él recuerda que ella escribía sus consignas en los muebles, en las caras menos visibles, y se pone a buscarlas.
–Sí, es verdad. Pero eso, seguramente, también tiene que ver con cierta impotencia personal que está trasladada al libro y al personaje al tomar conciencia, al perder seguridad frente al misterio de la vida. Uno, a veces, pensó que podría hacerle frente, embestirlo, o por lo menos... no descifrarlo pero bancársela. Y poco a poco vas tomando conciencia de que el misterio está ahí, que te rodea, que es un don percibirlo, pero que también es absolutamente infranqueable, la barrera que te separa de algo que no se sabe qué es. Y me parece que uno vuelca eso, en esta historia o en cualquiera. Esto de él como pintor, tratando de captar sensaciones inapresables, de lograr físicamente representarlas en una tela, creo que tiene que ver un poco con eso y también con cosas personales. Volvemos a lo mismo: la pintura es una deuda pendiente en mi vida. Una deuda no, un fracaso: yo quería ser pintor. Cuando vine a Buenos Aires, 17 o 18 años, me instalé con la intención de encontrar un maestro, entre comillas, que me encaminara por la senda de las artes plásticas. Pero bueno, mis condiciones de vida de ese momento me imposibilitaron todo acercamiento: carecía de tiempo, espacio, dinero. No es lo mismo escribir, que te las arreglás con un cuaderno y una birome. Había que comprar telas, colores... Bueno, ésta podría ser una excusa para decir que no lo logré. Y la otra es que quizá no tenía condiciones.
No sabía que tu idea inicial era ser pintor.
–En Salto iba a la pinturería a comprar pinceles, hacía cuadritos, unos paisajitos. Pero no tenía dónde aprender. Todo esto lo cuento en el próximo libro, ese que te dije: el padre habla con la hija y le cuenta de ese afán suyo de convertirse en pintor. Porque además yo iba a un colegio de monjas, cuando era chico, en Italia, hasta los doce años, cuando vinimos para América. Y las monjas me habían convencido de que yo iba a ser un gran pintor: me decían el pequeño Giotto. Dibujaría bien en los cuadernos del colegio. Pero además, como mis padres tenían un pedazo de tierra, dos o tres ovejas, una cabra, y el encargado de salir a pastarlas por la orilla del río y la colina era yo, encontraron un parecido con la historia de Giotto, que también era de una familia de pastores y fue descubierto por un famoso pintor que pasaba por ahí y lo vio dibujando sus ovejas con un pedazo de carbón, o de tiza, vaya a saber, sobre una roca. Yo creo que las monjas relacionaron, dijeron “éste dibuja bien y sale a pastar ovejas: se tiene que convertir en Giotto” (se ríe). Tanta coincidencia no podía ser gratis. Y me convencieron.




Nostalgia de qué*



*Por Luciana De Mello



En una de esas charlas de bar donde los amigos pueden iluminar una verdad para siempre, Dal Masetto se apena por no haber escrito poesía más allá de la adolescencia y entonces, Briante, luego de un silencio reflexivo, le contesta: “Finalmente la prosa no es más que nostalgia de poesía”. Cinco años más tarde, evocando esa charla, Dal Masetto se pregunta: “Y la poesía, ¿nostalgia de qué es?”. Briante ya no está para pedir otra vuelta y seguir charlando, pero acaso sea esta vez su propia ausencia la que ilumine una posible respuesta.
¿La poesía nostalgia de qué es? Quizá, nostalgia del instante, el haiku que busca explotar ese lenguaje del silencio, ese silencio de Briante antes de pronunciar su respuesta. La poesía quizá sea el género que mejor comulga con esa dimensión inaprehensible del silencio, porque para ser, debe alimentarse de él. La charla con Briante sobre la poesía vuelve a iluminarlo todo, porque para hablar de la última novela de un autor del tamaño de Dal Masetto es inevitable volver sobre sus propias preguntas.
Así como en Siete de oro –su primera novela–, Siempre es difícil volver a casa, La tierra incomparable, Oscuramente fuerte es la vida y muchos otros relatos de Dal Masetto, el protagonista de La culpa también es un personaje en tránsito. César está viajando a Brasil y las primeras páginas de la novela lo encuentran cruzando a pie ese puente que separa una tierra de la otra. El motivo del viaje es revivir otro viaje anterior donde iba acompañado por Lucía, su pareja, a casi diecisiete años de su secuestro y desaparición. En esa ruta al pasado César recreará a Lucía en su memoria y se encontrará con personajes locales que lo ayudarán a ir descifrando el verdadero motivo que guía su viaje. César no es un turista, mira esa tierra de playas y morros, y entre la vegetación exuberante puede ver toda la violencia que amenaza allí contenida. Cada vida que habita ese paraje costero guarda un secreto que en ningún momento se hará explícito. Hay relatos, como el de la historia del pan, que se evocan todo el tiempo pero jamás serán narrados completos. Hay un librero que escribe un libro sobre la imposibilidad de decir, o la culpa de haber callado, que sería la otra cara del silencio y de lo que también trata esta novela. La culpa está presente en cada uno de los personajes de Dal Masetto, mirada entonces desde diferentes prespectivas. El silencio cala directamente en la llaga de la complicidad civil frente a la dictadura y en este sentido no es inocente la elección del paisaje de esta novela; en Brasil las atrocidades de esos años jamás fueron revisadas de manera colectiva. En la novela, cada personaje tiene algo que contar, hay potencia narrativa en cada uno de ellos y, sin embargo, lo que queda es el sabor de lo no dicho, las preguntas irreformulables, las respuestas imposibles. En ese pueblo sus habitantes perciben la violencia como parte de la vida donde el pasado queda atrás sin más. Sólo César intuye en el vuelo raso de los pájaros alguna señal de mal agüero, el forastero argentino trae pegados a sus espaldas los ojos del horror.
Tanto al comienzo como al final de La culpa, César camina sintiendo que lo que está dejando atrás lo acecha a sus espaldas, entonces se vuelve para corroborar que aunque todo ese dolor que trae sigue allí, él puede oponerle su mirada. En esta imagen se cierra el gesto del propio Dal Masetto, quien se sentó a escribir su silencio más personal, la historia de la emigración de su familia, luego de que hubieran pasado casi cuarenta años de su llegada a la Argentina.
Hay otras preguntas engendrando sus próximos textos y su escritura entonces cambia, se acerca más a esa nostalgia de poesía. En El padre y otras historias cuenta las caminatas en silencio con su padre, la tapa de Piratas, fantasmas y dinosaurios que él encontró para Soriano entre sus libros de Salgari traídos desde Italia, las charlas de café con Briante. ¿De qué está hecha la culpa?, se pregunta César al comienzo de la novela, como Dal Masetto se pregunta en el último relato de El padre y otras historias: “¿Se acumula en alguna parte todo este dolor?”. No hay sólo una respuesta posible, y no hay posibilidad de nombrarlas a todas. El cierre a una charla de café con un amigo del tamaño de su ausencia quizás sea el mismo que aparece en un exilio, en una desaparición de muerte, en la escritura de un libro. Así, Dal Masetto sigue conversando con amigos, prologa El buen dolor, de Guillermo Saccomanno, y retoma su idea de que uno escribe buscando explicaciones pero sólo encuentra incógnitas. Entonces el final sea acaso un interrogante más que nos lleva a seguir escribiendo para dar con “la palabra que se levante sobre sí misma, y, en el punto más alto de su lucidez y desesperación e indignación y belleza, grita que sí, que de alguna manera alcanza, que existe todavía un camino que permite aceptar el desafío contra el dolor y las miserias humanas”.



*Fuente : http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/libros/10-3971-2010-09-05.html












Las Dos*







Madre, no me enseñaste nunca a ordenar mis pedazos

Paulina Vinderman







Una mujer derivándose río.



En Buda otra mujer rescata una muñeca



ni muerta, ni virgen como las que languidecen en las salas.



Una muñeca que resuena de bordados y flores



con el arte de los vendedores de colectivos.



En Pest, abierta hemorragia en la ventana del río



gotea flujo cerebral, insocorridas imágenes escoltada de peces .



Se encontraran o no.



Una tapándose el ojo violado de palabras.



La otra subiendo nubosa-selva-tren



con su muñeca como si estuviera por venir



buscando los quetzales y los jugos que la otra arroja en la orilla de la cita.



Se encontrarán o no



única cabellera que salta, la cárcel de ceniza.







*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar















La escritura diminuta del mundo diminuto*








*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com








DIASPORA




Sacar la realidad del lugar de la realidad. La palabra del lugar de la palabra. El sexo del lugar del sexo. El género del lugar del género. Y ponerlos en el territorio imperceptible. Colocarlos en el escalafón de la leche materna. Milagro que no existe hasta que no bebemos. Colocar todo bien lejos, para empezar a ver algo más de lo que creemos. Sütra escritura. Käma Sütra sensorial. Sütra verbal. Rayos en puntas de pie sobre la diáspora.






MIGRACIONES


A las culonas se les acabaron las palabras. Se comunican como sordomudas con las manos. No guardan más el lugar en sus cosas. Sólo buscan movimiento. ¿A dónde van las partículas con probabilidad de existencia nula? Las culonas son una experiencia de migración del tiempo, del lugar y de otras cosas.
Peregrinan hacia sí mismas bellas hasta la desesperación. ¿Cuánto más harán para desenlazarse?




CUANTICA


Al parecer, cualquier estado físico puede ser expresado por una luminosa secuencia de vectores. ¿Para qué ser poeta? El dominio esencial entre el dios y el diablo sólo lentamente puede averiguarse. Sus magnitudes físicas, inobservables, comienzan a palparse cuando nos enteramos de un accidentado
tejido llamado espacio. La realidad se ha terminado. Su límite es infranqueable. Y las culonas no andan lejos de estas deambulaciones.




BOTELLAS


Lo curioso es que las botellas tomen forma de libro. Ardides de la embriaguez. Queda mucho mejor quedarse dormido con un libro que con una botella. Orión está al pie de las deconstrucciones con su gran nebulosa, con sus dos gatos saltando en el balcón que da a las azaleas. Pero hay algo sorprendente en todo esto: más que plantear la decisiva cuestión de la responsabilidad intelectual de un gato sobre sus lecturas, alguien podría explicar que una y otra embriaguez, la del libro y la de las botellas, irrumpen decisivamente en experiencias levitantes.




BOOM


A Ursula la hizo levitar el boom. A la princesa, no la hizo levitar Darío sino el lobo de otra princesa encabritada. Eros levitó a oscuras en el lecho de Psique. Heisenberg levitó con el orbital atómico en la Universidad de Gotinga, donde antes había levitado Lichtenberg, el viejo coleccionista de tormentas. Tras lo cual, Orión se sacó el cinturón para levitar como un relámpago en el centro del lobo de la princesa culona.






LEVITACIONES


Las culonas levitan al alba. Las culonas levitan sin tiempo ni espacio.
Levitan escondidas en la ternura de la noche, pasmadas, sin ganas de volver a caminar. Levitan con el capullo en la mano. Con el capullo en la boca. Con el capullo abierto. Con el capullo cerrado. Levitan en los ascensores como astronautas. Levitan como recién nacidas en el tracto de una princesa transtextual. Cualquier otro hombre que no fuera princesa, cualquier mujer que no fuera lobo, ¿podría imaginar mutuas y arriesgadas levitaciones? Las culonas como, el universo, no son puntos, sino pequeños hilos vibrando.






MICHAUX


Resulta que la medida siempre acabará perturbando el propio sistema a medir.
Soy el ser que inspira. El ser que tiembla. El ser que Michaux hace levitar con un dedo meñique, aunque el índice rompe la realidad de límites infranqueables y el pulgar insinúa, trepa hasta lo que el mayor restituye como un padre que penetra seis mil láminas de princesa deslumbrante.






LIBRO


Dijo la princesa que los libros están llenos de alimañas. De ahí a su reinado sólo hubo un paso en mi vida. Yo la tomo por el cetro y la acomodo en mi dicha. Cierta noche tomé sus sueños con una pinza para ensueños y los coloqué uno por uno sobre la almohada. La naturaleza del placer es similar a la del libro. El dedo meñique de Michaux nos llevaba hasta el fondo. Lo demás es misterio de princesas y alimañas. El texto diminuto puede conducirnos a la pornografía.






BOLAS


Sin libros embriagados la realidad es desleída. Los astros se chocan entre sí como pastosas bolas de billar. De estos libros embriagados nacen ebrios.
Nacen gatos y poetas. Nacen culonas que se enamoran de poetas. El poeta que golpea la bola del mundo es un experto en embriagadas colisiones. La bola del mundo choca contra otra bola del mismo mundo y con un golpe seco se dispersan en todas direcciones. Ya no se trata de dos bolas de aspecto más o
menos difuminado, sino de una multitud de ellas, todas confusas y vagas.
Dispersión de ondas dicen los libros embriagados y la embriaguez despierta a las culonas.






PELAJE


Decididamente hay una culona aislada que bajo determinadas condiciones de embriaguez llega hasta el balcón de la princesa con nuez de adán, le arranca los tules femeninos y la pone de bruces ante su virilidad. ¿Qué posición ocupa una culona? ¿Qué pelaje textual exhibe? La razón de todo esto es lo
diminuto. El universo diminuto. La escritura diminuta. La muerte diminuta.
El tiempo diminuto en que la princesa transtextual hace el voto masculino y alimenta a la cría con un calostro venido de una literatura proscrita, de un cetro chorreante, de una lectura en complot.




*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-25183-2010-09-04.html














JABALINA*


Segrega
la fístula
encono
Vomita
el boquete
desprecio

Es apresado
el cuerpo
por las arterias
Secciona
el miedo
la rigidez
Vulnera
el balbuceo
la esperanza

Temerosa

del saqueo

gime.




*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com




*


Inventren Próxima estación: HERRERA VEGAS.



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


HORTENSIA.

ORDOQUI. / CORBETT. / SANTOS UNZUÉ.

MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA.

LA RICA. / SAN SEBASTIÁN. / J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55.

ELÍAS ROMERO. / KM. 38. / MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

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viernes, septiembre 03, 2010

LA ILUSIÓN DEL VÍNCULO...



*Ilustración: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.




TODO*


Para Emilse Zorzut


“Todo interpenetra en todo”
Mind and Matter
John Gliedman



Iba rumbo a la oficina de correos. Había concluido la impresión de las tres copias exigidas de su novela casi en el límite del tiempo.

Un perro se enredó entre sus piernas, haciéndole perder el equilibrio; aunque pudo sostenerse de un poste, el sobre cayó al fango.

Entre lágrimas lo recogió, maldiciendo al animal; tuvo la tentación de echar el sobre al primer colector de basura, pero se arrepintió, por lo menos vería si algo se había salvado. Al llegar a casa, escapó de él la caja del CD y se abrió al chocar contra el suelo: estaba vacía. Sorprendida, comprobó el error que le hubiera costado quedar fuera de concurso – “el que no cumpla los requisitos será descalificado” -, había dejado el disco dentro del ordenador.

Recordó aquel niño abatido por una gaviota antes de cruzar la calle, justo a tiempo de no ser atropellado por un coche; aquel amigo a quien un ciervo se le atravesó en la carretera y este segundo “perdido” lo salvó de un accidente unos pasos más adelante… ¿Cuántos no habrían maldecido a estos ángeles investidos de animales que acudieron en su ayuda?

Comprendió que en cada palpitar del universo laten al unísono nuestros corazones, que en el hálito del más simple insecto respira la magia de la creación.

Pasó la noche en vela, imprimiendo las tres copias – ninguna pudo ser salvada del barro -, y por la mañana partió de nuevo rumbo al correo, buscando con la vista al perro callejero (sabiendo que no lo encontraría), agradeciendo esta prueba de que somos parte indisoluble de un Todo que hemos de interpretar en esas señales que solemos pasar de largo sin reconocer.




*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.





LA ILUSIÓN DEL VÍNCULO...





MÁSCARA*



Malgasta
el asombro
el compromiso


Desgarra
el encono
el sosiego


Enardecida
fustiga
la ilusión del vínculo.



*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com








Casa con fantasma*



*Por Juan Forn



Llovía y hacía frío en Río de Janeiro, aunque suene increíble. Frío en serio, casi de los nuestros, y tres días seguidos lloviendo. Y era mi último día allá, y lo tenía libre. Así fui a parar a la casa más linda y más triste que vi en mi vida. Fui porque me dijeron que era un museo y que podría encontrar cosas sobre Ana Cristina Cezar, la Alejandra Pizarnik brasileña.
Lluvia, frío y poeta suicida en la ciudad del sol, el mar y la alegría, ¿cómo me lo iba a perder?
La casa era una mansión con pileta y cascada propia clavada en medio de un morro, modernísima cuando se inauguró en 1951 (vidrio, hormigón y vegetación tropical combinados en grado supremo de elegancia). La mandó construir el banquero y embajador y amante del arte y filántropo Walter Moreira Salles,
quien tuvo tres hijos en esa casa, y fue feliz allí por veinte años con su familia y sus invitados (desde Greta Grabo hasta Juscelino Kubitschek), hasta que un día todo terminó: separación de los padres, los hijos que crecen y se van yendo ellos también, la casa queda abandonada, el tupido bosque tropical que la separaba de la favela Rocinha va adelgazándose cada vez más, hasta que la familia la dona al Estado convertida en el exquisito museo y sala de exposiciones y centro cultural que es hoy. Cuando digo la
familia me refiero a los cuatro hijos que se fueron yendo de aquella casa, que hoy son el cineasta Walter Salles; el banquero Pedro Moreira Salles, capo del poderosísimo Unibanco; el creador de la editorial Companhia das Letras, Fernando Moreira Salles; y el más tímido y menos conocido de los cuatro hermanos, el que importa en esta historia: el documentalista Joao Moreira Salles.
Hay casas que hablan. Hay casas con fantasma, y esa tarde de frío y lluvia en que nadie en su sano juicio se aventuró a ir hasta el Instituto Moreira Salles, yo comprobé que es posible que una casa se convierta en centro cultural y logre que su fantasma siga presente. Me refiero a Santiago Badariotti Merlo, el mayordomo ítalo-argentino de la familia Moreira Salles desde que se inauguró aquella casa hasta que se vació, el mayordomo que tocaba Beethoven en el piano Steinway, declamaba a Ovidio en latín y hacía
los arreglos florales de la casa inspirado en partituras clásicas, hasta que, a principios de los '80, cuando la casa se vació, él se fue a vivir a un departamentito en Leblón. En 1992, cuando Santiago tenía ochenta años y le faltaban menos de dos para morir, el joven Joao intentó hacer un documental con él. Durante cinco días lo filmó obsesivamente en la minúscula cocina de aquel mínimo departamento.
Con el testimonio de Santiago (y escenas adicionales, filmadas en la casa familiar ya abandonada), Joao pretendía hacer una película de una belleza y un rigor absolutos, a la manera de su admirado Ozu. Terminó ahogándose en sus propias exigencias: meses después abandonó el proyecto. Pasaron doce
años, en los cuales Joao se convirtió en un documentalista multipremiado y entró luego en crisis total, con su métier y con su vida. En medio de esas crisis se sentó a ver de nuevo aquellas nueve horas de material fílmico sobre Santiago y la casa de Gávea, y de golpe vio cuál había sido su pecado, cinematográfico y existencial: en ningún momento de esos cinco días había dejado de tratar a Santiago como a un sirviente. Todo lo que le había permitido contar a cámara era lo que él quería oír. Incluso lo poco que le había dejado relatar de su vida anterior o exterior a los Moreira Salles era para explicar cómo había llegado a ser mayordomo y custodio de esa casa.
Pero precisamente por entregarse así a ese rol, Santiago había terminado por encarnar en sí mismo todas las alegrías y tristezas de la casa de la Gávea.
Más que su fantasma, era el espíritu de esa casa.
Joao estuvo más de dos años trabajando hasta convertir aquellas nueve horas de filmación en un hermosísimo documental de 79 minutos. Sólo se permitió agregar su voz en off confesando aquello que la cámara no supo registrar. El resto es Santiago puro. Aunque llevaba cuarenta años viviendo en Brasil
cuando lo filmó Joao, y antes había servido diez años a una familia inglesa, y además escribía con absoluta corrección en cinco idiomas (francés, inglés, italiano, español y portugués), Santiago habló hasta el final de su vida en una mezcla cocoliche de argentino coloquial y portugués, al menos con sus
personas de confianza. Con esa lengua propia rememora para Joao sus años en la Gávea. Cuenta que cuando terminaba de hacer un arreglo floral retrocedía dos pasos y les decía a las flores: "Ahora canten". Y éstas abrían lentamente sus pétalos. Cuenta que su cumpleaños más hermoso lo pasó
trabajando, una noche que había una fiesta muy especial, y de pronto la señora de la casa se le acercó con una copa de champagne y se la tendió y pidió a todos sus invitados que brindaran con ella "porque hoy cumple años mi querido Santiago". Cuenta que una madrugada lo descubrieron tocando el piano vestido de frac, y cuando le preguntaron por qué estaba vestido así, él contestó: "Porque estoy tocando Beethoven".
Cerca del final, en un momento en que cree que no lo están filmando, Santiago dice: "A veces me espanta mi sensibilidad". La pantalla vira entonces a negro y la voz en off dice: "Cuando Santiago me quiso transmitir su revelación más íntima, yo le negué ese derecho. No encendí la cámara.
Quedó grabando el sonido, pero la cámara no". Se oye entonces la voz de Santiago diciendo: "Joaozinho, hay algo que me gustaría decir antes de que te vayas, algo que me gustaría decir con las palabras de un soneto que comienza así". Y su voz cambia por completo y empieza a recitar: "Pertenezco
a un núcleo de seres malditos...". Pero la voz perturbada del joven Joao lo corta en seco: "No hace falta entrar en eso".
A lo largo de cincuenta años, en sus ratos libres, Santiago acumuló más de 30 mil páginas escritas en cinco idiomas y dactilografiadas por él mismo en su Olivetti, que conforman una especie de historia universal de la nobleza, tan infinita como conmovedoramente inútil. Allí transcribe listas comentadas que van desde la civilización hitita hasta Hollywood: seis mil años de historia de todo el mundo, mongoles, mayas, papas y visires, santos y asesinos, reyes y entenados, mártires y artistas, venganzas y milagros.
Santiago guardaba el enorme manuscrito acomodado en varios estantes de una biblioteca, divididos en carpetas atadas con un primoroso lazo rojo que se hacía traer de París. Cada domingo hasta que murió, aireaba esas páginas y volvía acomodarlas en su biblioteca. Hoy están en el Instituto Moreira
Salles, cuidadosamente conservadas. Aquellos que no tengan la suerte de ir alguna vez a la casa de la Gávea, tendrán igual oportunidad de conocer a su fantasma: desde el 18 de septiembre hasta el 30 de octubre, la Fundación Proa proyectará todos los sábados a las 19 el documental de Joao.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-152468-2010-09-03.html






*


Yo venía no existiendo hasta que vos
impusiste lo contrario
Jamás
cesaré
de reprochártelo.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
-OJALÁ QUE TE PISE UN TRANVÍA LLAMADO DESEO-







PACO IBAÑEZ, ANTES DE SU QUINTA VISITA A LA ARGENTINA

"Mis padres son Yupanqui y Brassens, yo estoy en el medio"*


El hombre que convirtió en canción la mejor poesía iberoamericana se muestra tal cual es, con sus amores y sus odios. Reivindica a Atahualpa y a las Madres, despotrica contra el dinero y contra los premios. Y hasta se la agarra con el fútbol, "que idiotiza a las masas".



*Por Karina Micheletto


Hubo una vez un hombre que musicalizó y cantó a García Lorca y a César Vallejo, a Neruda y a José Agustín Goytisolo, a Rafael Alberti y a Luis de Góngora. A León Felipe, Antonio Machado, Nicolás Guillén, Luis Cernuda. Los versos que hasta entonces eran pura poesía se ensancharon en su voz y en su
guitarra. Su obra es, de algún modo, parte del patrimonio de las letras castellanas. Y, sin embargo, Paco Ibáñez nunca escribió poesía: sólo alguna que otra canción, ha dicho. Sin ser poeta, fue el responsable de llevarla a tantos, vueltas canción, casi hechas a su medida. Por algo ha habido quienes, como el mismo Neruda, fueron con sus versos a pedirle que los hiciera suyos. O quienes, como Goytisolo o Alberti, han compartido espectáculos con él. Hoy y mañana, el hombre que volvió canción la poesía actuará en Buenos Aires. Este Paco Ibáñez en concierto -a partir de las 21.30, en el Teatro Coliseo, Marcelo T. de Alvear 1125- sellará su quinta visita a la Argentina.
Paco Ibáñez tiene fama de ser un cabrón encantador -fama que irá encontrando anclajes posibles a lo largo de la entrevista- y Buenos Aires lo recibe con un paisaje a su medida: una lluvia persistente. "Es una lluvia hermosa, parece inventada por Raúl González Tuñón", agradece, y, recién llegado, asegura que ya se siente como en casa. "Aquí es final de invierno y vengo de un final de verano. Es lo único que puedo decir que siento que ha cambiado; por lo demás, me da la impresión de que he salido de casa, he ido a dar un paseo y me encuentro en Buenos Aires. O estoy en una provincia argentina en Barcelona, o en una provincia española dentro de Argentina, no lo sé. Estoy confundido, digamos. Pero de momento sé que estoy en Buenos Aires, no se preocupe."
En el recuento de amigos que lo esperan en Buenos Aires -o en esta provincia española, da igual-, surge enseguida el recuerdo de su primer concierto en el país, en 1971. "Por ese entonces ni siquiera se habían editado mis discos aquí, y para mí el solo placer de venir era una atracción, después de todo lo que me habían contado sobre Argentina, los amigos que tenía en París.
Llegué cargado de ilusión y pensando, bueno, será un teatro pequeño. Y me encontré con que me esperaba el Opera, ¡un teatrón!", describe de aquella visita. "Cuando salí al escenario fue un estruendo, parecía que se hundía el lugar por el recibimiento que me dieron. Tanto, que me quedé casi ahogado, y siempre cuento que no pude empezar por la primera canción, empecé por la segunda. Fue un concierto inolvidable."
-En este Paco Ibáñez en concierto habrá tenido que hacer una selección: de sus 150 canciones, inevitablemente la mayoría quedan afuera. ¿Cómo las elige?
-¡Uf, el trabajo que tengo yo con las canciones! Porque ellas quieren estar todas allí, también se han enterado de que vine a Buenos Aires. Siempre ando con las canciones puestas, y eso me trae problemas: que por qué la vas a cantar a ella, que por qué y a mí no... son celosas. ¡Tengo problemas, eh!
Con algunas, cuando las quiero sacar: ¡ahora no quiero! Tienen sus caprichos y rabietas, así ando con ellas. Las que están acostumbradas a que las cante más a menudo, ésas están más tranquilas. Pero con las que elijo de vez en cuando... ¡Cuidado! Esas son las que se pelean. Hay unas diez que sé que voy a cantar, son las inevitables. Las demás saldrán sobre la marcha... al boleo.
-¿Cómo fue el mecanismo que lo llevó a tomar la poesía castellana y convertirla en estas canciones? ¿Hubo un detonante?
-Si tomamos el hilo para desenrollarlo y seguirlo, si vamos a la fuente, pues debería decir lo que dijo mi madre cuando hice el Olympia, mientras algunos se apretujaban para entrar y otros quedaban afuera. En medio de aquel lío, mi madre, sentada muy tranquila, dice: "¡Ja, éstos no saben que gracias a mí están aquí!". En el vientre de mi madre empezó todo, sí.
-¿Cuál fue, concretamente, su influencia?
-Tenía sensibilidad, y a partir de ahí se abren todos los cielos. Esa fue su gran influencia. Mi madre, que era de lo más vasca, de vez en cuando me decía: "Paquito, cántame esa canción que me gusta tanto". Y ésa es la canción con la que voy a empezar este concierto, "Coplas por la muerte de su padre", de Jorge Manrique, una obra maestra de la poesía española y universal. También me pedía otra de García Lorca, que le encantaba, la de "Mi niña se fue a la mar": le gustaba el verso de "redondas como sortijas".
Esa también va a estar en el concierto.
-En su biografía se menciona el descubrimiento de Atahualpa Yupanqui como decisivo en la carrera que luego desarrollaría. ¿Fue así?
-Hombre, bastante mucho. Es que, estando en París, cada vez que preguntaba: ¿y esta canción, de quién es? Siempre eran de Yupanqui las que me gustaban.
Yo me ganaba los garbanzos en París en un boliche, como le llamáis vosotros, que se llamaba L'Escale, que era un poco el templo de la música latinoamericana. Por allí pasaron todos los grandes escritores -García Márquez, Cortázar, Nicolás Guillén y tantos otros- y los grandes músicos latinoamericanos. De las diez de la noche a las cuatro de la mañana se cantaba, se parrandeaba, y yo vivía en ese ambiente latinoamericano. Y siempre que una canción me retenía, era de Yupanqui: "Recuerdos del Portezuelo", "Chacarera de las piedras"... Parecía que toda Argentina era Yupanqui. Y luego en Francia todo era Brassens, o sea que yo estoy en el medio: mis padres son Yupanqui y Brassens.
-¿Y cómo lo conoció?
-En España decidieron airear un poco el país, porque el monstruo un día u otro iba a desaparecer (tardó mucho en desaparecer, pero al final lo hizo).
Preparaban la entrada de España a la Europa democrática, tenían que hacer sus deberes y, dentro de sus deberes, tenía que abrirse un poco la censura.
Así abrieron una ventanita y por allí la televisión española programó a Yupanqui. Yo también canté y allí nos conocimos, en la televisión.
Terminamos siendo muy amigos, mejor dicho, era como mi padre o mi hermano mayor.
-Y mire que era difícil hacerse amigo de Yupanqui, dicen que era bravo...
-Violeta Parra también era difícil y también la tuve muy cerca. Coincidimos en París viviendo en el mismo hotel, yo en el cuarto piso y ella en el quinto. No aceptaba a todos, pero a mí sí. Iba a verla, hacía sus esculturas de alambre y sus canciones. Así fue como le escuché muchas canciones recién salidas del horno.
-Hay dos versiones de "Palabras para Julia" grabadas en la memoria colectiva: la suya y la de Mercedes Sosa. ¿Cómo la recuerda?
-Como una hermana, la quería mucho. En Madrid cantamos juntos "Palabras para Julia". Siempre la consideré como la voz de un continente, no sólo de Argentina. Desde la Patagonia hasta el río Grande, Mercedes fue la voz de toda la historia, de todos los ancestros del continente.
-¿Está al tanto de la coyuntura política y social que está atravesando la Argentina?
-La seguimos un poco de lejos, y nunca mejor dicho, pero debo decir que hay
datos de Argentina que me alegran. En principio, la valentía que han tenido de sacarse de encima esa nube negra asquerosa que se mete en los cuerpos como un gusano y lo pudre todo, ahora ustedes pueden salir de casa con la cabeza alta, pueden mirar a quien sea a los ojos. Es un proceso de dignidad
y de orgullo que me alegra mucho. Porque los actos de justicia nos dejan respirar mejor. Es algo que he charlado mucho con las queridas Madres de Plaza de Mayo. En España, en cambio, destituimos a Baltasar Garzón. Esa es una vergüenza nacional. Con las Madres, precisamente, hemos apoyado la causa contra esa injusticia. Taparle la boca a Garzón de esa manera es indecente: de un golpe de Estado militar pasaron a un golpe de Estado jurídico.
-¿Esto es algo que hoy se debate públicamente en España, está en el candelero?
-Sí, está en el candelero, pero es la sociedad la que no está en el candelero. Lo peor que le puede pasar a una sociedad es perder su identidad, sus valores, su idioma. Y eso es lo que está pasando. A la juventud le están robando su deseo de conocerse a ella misma, su interés por su propia historia, por su propia existencia. Así se dejan llevar, como un trencito de esos que pasean a los turistas, y así se van a pasar la vida, sin enterarse de que nacieron, vivieron y se fueron. Esa falta de cultura es uno de los grandes crímenes que se están cometiendo en el mundo entero. Estamos sometidos a la voluntad de un imperio, el norteamericano. No lo lograrán totalmente, pero nos dejarán bastante destrozados. Por eso hay que resistir, decirles que no. A los norteamericanos y los ingleses, yo les deseo que vivan mil años, pero lejos de mí.
-Frente a este diagnóstico, ¿qué lugar queda para aquella idea de que la poesía es un arma cargada de futuro?
-Pues, el lugar que le da cada uno. Para mí, es el lugar más importante. Me queda claro cuando hago el recuento de mi historia. Me encuentro con que he llegado a cierta edad, he pasado por una carrera, por éxitos, o llámelo como quiera. Y tengo dinero como para vivir bien dos o tres meses, a lo sumo cuatro. Hasta entonces no me va a faltar, después no sé lo que va a pasar. Y me siento feliz de haber conseguido no tener dinero. No ha sido un afán ni una ambición, pero ocupándome de la poesía y las canciones, no he podido pensar en ir acumulando dinero, como otros lo hacen. Yo soy al revés: si tuviera dinero me ahogaría, abriría todas las ventanas, iría al banco y lo largaría para que lo coja el que quiera. Yo me siento mejor así.
-Otra cosa que no tiene son premios. No porque no se los hayan dado, sino porque no los acepta: dos veces rechazó la Orden de las Letras y las Artes de Francia, por ejemplo. ¿No hay ningún premio que aceptaría? ¿Si se lo dieran las Madres, por ejemplo?
-¡No! Del mismo modo que siento un rechazo a la acumulación de dinero, siento un rechazo a los premios, porque son un montaje político, electoral o comercial. El premio de las Madres ya lo tengo: todas las veces que me han invitado a cantar con ellas. Los aplausos de la gente, sí que son un premio.
Y mi madre, cuando me decía: cántame esta canción.
-¿Cuál es su rutina?
-Estoy ocupado en casa, tengo un taller, tengo una mujer que me quiere y me deja tener el taller. Allí armo la de San Quintín con mis máquinas y mis virutas, trabajo la madera porque es mi oficio, soy ebanista. Lo que hago, lo hago a gusto, siempre estoy ocupado, me siento feliz haciendo cosas, creando y aprendiendo. Hace poco vino a casa un amigo que sabe de artesanía, yo estaba serrando el hierro como la madera y me dijo: no se sierra así recto, hay que columpiar la sierra, prueba. Lo probé y sí, era verdad,
aprendí una cosa más. Pues aquella noche yo dormí como dios manda, me sentí feliz porque sabía una cosa más.
-Usted suele maldecir contra el fútbol. Sabrá que eso le puede traer antipatías por estas tierras: para muchos, el fútbol tiene que ver con la poesía, es poesía.
-Bueno, que lo sea para ellos, para mí no lo es. Antes el fútbol era un deporte y a mí me gustaba. Hace quince o veinte años seguía todos los partidos. Pero poco a poco ha ido perdiendo el fuelle, hasta volverse una herramienta de idiotización de las masas. Tal como está practicado ahora, el fútbol es un puro negocio y una tapadera de mentalidades. No es un capricho que le tenga asco, que me dé náuseas. Hace unos quince años que lo dejé de ver, justamente cuando se cargaron a siete u ocho mil en una noche en la gran masacre de Srebrenica, en Bosnia. Y estaba toda España y toda Francia mirando por televisión las cachas del señor (Miguel) Indurain, en el Tour de France, a ver si cogía el mallot amarillo o no. ¡Todos pendientes de las cachas de una bicicleta! Y me pareció tan obsceno eso, me sacudió de tal
manera que a una sociedad le estén matando su gente y siga mirando la tele, que marcó un antes y un después. Los que me tienen antipatía que me la tengan toda la vida si no comprenden por qué he llegado a esta conclusión.
Comprendo de qué habla usted, y me los imagino (imita el acento porteño): che, qué boludo, qué boludeces dice este tipo, ¡y encima viene a cantar! (risas). Déjeme decirlo de nuevo, dado que me siento como en casa: ¡Puto fútbol!



La ficha


Nacido en Valencia en 1934, hijo de padre valenciano y madre vasca, Paco Ibáñez se exilió con su familia en Francia, luego de un breve paso por Barcelona, en la Guerra Civil. Suele explicar sobre su carácter de "cosmopolita humanista": "yo canto en vasco por mi infancia, en castellano por la escuela, en francés por el exilio, en italiano por placer y en catalán por amistad". Su primer disco es de 1962 y está dedicado a canciones de Atahualpa Yupanqui, a quien menciona entre sus principales referentes,
junto a Leo Ferré y Georges Brassens. Sus primeros pasos en la música los dio como guitarrista, en 1956, en un trío con la cantante Carmela y el pintor venezolano Jesús Soto, con quienes interpretaba canciones latinoamericanas y españolas. Su relación con los poetas fue y es claramente entrañable. Musicalizó a Neruda a pedido del poeta; Alberti escuchó en su voz por primera vez cantado un poema suyo, y con él -así como con Goytisolo- presentó memorables espectáculos conjuntos. También estuvo siempre relacionado con las artes plásticas, desde la fundacional "mancha de tinta" con la que Salvador Dalí ilustró su primer disco. Desde entonces Paco Ibáñez publicó unos treinta discos, entre los que se cuentan el que grabó con Yupanqui, en 1974, y los que registró con Alberti, Goytisolo y el Cuarteto
Cedrón. Tradujo además al español a Brassens, grabó dos de sus discos en vivo en Buenos Aires -el último de ellos en el Luna Park, en 1987-. Dos veces le fue concedida la Orden de las Letras y las Artes, la mayor distinción que otorga la República Francesa. En ambas ocasiones agradeció amablemente y las rechazó.



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/3-19167-2010-09-03.html





Voz*



Sé que me gustó imaginarme tu voz
aquella antigua
sin tiempo
creyendo en ella
qué otra cosa pude hacer
que escucharla al trasluz
divisar una acústica sin vuelo
rodeada de sinónimos
qué cosas pude prever
en la sinceridad de homónimos
construídos con lengua materna
arrullado
en el más común de los sentidos
escuché decir lo grave
de verdades vacías
sobrevenidas del decir
explicando el tacto
la piel
supe de algo que dirime cosas encontradas
para quedarnos ambos
sin voz
sin voces que intentaran la palabra
para apenar esta caída



*De Juan Disante juan.tefuisteporlaletra@gmail.com
http://www.juandisante.blogspot.com






Correo:


CICLO: "Del derecho y del reves de la epoca “
Septiembre


“Eso marcha asi velozmente a su consumacion, eso se consume, hasta su consuncion”.
Jacques Lacan, Discurso capitalista, Milan, 12 de mayo de 1972



Martes 07/ 20:00
“Leyes y cambios en minoridad- Derechos de niños, niñas y adolescentes”
Ps. Delia Maria Boglioli. Integrante del Servicio de Salud Mental de AMEN (Asociación Mutual de la Educacion Nacional ). Integrante del Instituto de adolescente y creadora y coordinadora del Area Subjetividad y Medios de Comunicación del Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da. Circunscripcion.
Partiendo del nuevo e importante escenario que implica la ley de Proteccion integral de niños, niñas y adolescentes, es necesario un replanteo de las practicas y modos de intervencion de todos los recursos humanos e institucionales vinculados al tema; para lograr una verdadera apropiacion subjetiva de dicha ley se requiere desmontar cien años de cultura tutelar. Esto no representa solo un desafio sino una responabilidad colectiva.


Martes 14 / 20:00
“Tu consumes, me consumes, te consumes. Eso consume. Reflexiones sobre el lazo social de la época”
Ps. Laura Capella
Es a todas luces evidente que el lazo social ha cambiado. A partir de conceptos de Jacques Lacan, Hannah Arendt y Andre Gorz se analizara el tipo de lazo social marcado por la logica de consumo: de gadgets, de cirujías, de amores, de sustancias. Y se vera como el planteo de Gorz puede vincularse a una etica psicoanalitica.


Martes 21 / 20:00
"El lugar de las Bibliotecas Populares en el malestar cultural contemporaneo”
Ps. Carlos Nuñez, director de la Biblioteca Popular Pocho Lepratti
El 23 de setiembre es el dia de las Bibliotecas Populares. Aprovecharemos la fecha para realizar algunas reflexiones sobre el papel actual de las mismas en el marco del malestar cultural contemporaneo. El disertante comentara acerca de la experiencia desarrollada en la Biblioteca Pocho Leparatti, nacida despues de los acontecimientos de Diciembre de 2001, haciendo especial referencia a practicas realizadas en la misma en relacion al campo de los derechos humanos, en sus diversos aspectos. Acompañara esta presentación un pequeño video realizado por un grupo de jovenes de la mencionada biblioteca


Martes 28 / 20:00
“Practicas de salud y educacion: algunas reflexiones acerca de sus efectos en la subjetividad infantil”
Ps. Alicia Bertaccini, Psicoanalista, Especialista en Psicologia en Educacion, Docente e Investigadora de la Facultad de Psicologia de la UNR.
La epoca actual asiste a una inevitable transformacion de la infancia que para algunos significa su negacion como tal, la perdida del estatuto que la modernidad construyo con tanto esmero. Deleuze habla de tecnologias de control, como el nuevo dispositivo que no desiste del disciplinamiento pero que desarrolla nuevas formas apropiadas al Mercado y al desarrollo tecnologico.
La infancia no puede verse menos que conmovida ¿cuales son las tecnologias que le dan cuerpo, la conforman, la cualifican? ¿las practicas de salud y educacion forman parte de este dispositivo? ¿si es asi: de que manera?

Creación y coordinación del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Martes 20 hs. Sala “C”
Entrada libre y gratuita
Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Auspician:
· Facultad de Psicología, UNR
· Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
· CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
· IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Ética y Prácticas alternativas "Paulo Freire" - Facultad de Derecho. UNR.)


CENTRO CULTURAL BERNARDINO RIVADAVIA



*Laura Capella. elecapella@yahoo.com.ar
http:// ddhhpsi.blogspot.com



*


Inventren Próxima estación: HERRERA VEGAS.



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

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El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


HORTENSIA.

ORDOQUI. / CORBETT. / SANTOS UNZUÉ.

MOREA. / ORTIZ DE ROSAS. / ARAUJO.

BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA.

LA RICA. / SAN SEBASTIÁN. / J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55.

ELÍAS ROMERO. / KM. 38. / MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

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miércoles, septiembre 01, 2010

EL SOPLO DEL DESTINO...



*Ilustración: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.




LA TIERRA PROMETIDA*

A Fenris, el lobo solitario.



Cuando no se puede tener la realidad, bastan los sueños.
El Marciano
Ray Bradbury


Había vuelto a soñar con ese lugar… Le era familiar, a pesar de sus extraños parajes, sus imposibles colores, el puente cuyo final se perdía en el infinito, el castillo suspendido en la niebla… Llegaba a la playa a la hora del ocaso, cuando los tres pequeños soles tocaban la línea del mar, dibujando semicírculos dorados en el cielo, que le hacían evocar las luces de un escenario teatral… ¿Sería obra de los medicamentos? Le habían advertido que provocaban fuertes reacciones… Algo le decía que no: desde que comenzaron los sueños, apareciendo en el mismo lugar, siempre aventurándose un paso más allá, había comenzado a perder el miedo a la muerte. Describió su experiencia en un poema que comenzó con:


La Tierra Prometida
Tiene el cielo color violeta,
Sus arenas son fosforescentes,
Suaves y finas como azúcar.

Y cerró afirmando:

No importa a dónde me lleve
El soplo del destino.
Otro mundo me espera
Y sé que existe.

Lo colocó en la red, en un foro de poesía muy visitado. Fue a dormir: visitó la playa, el acantilado, el castillo cuyas torres se perdían en las nubes, el puente... Al regresar, recordó los versos y se arrepintió de haberlos publicado. Con el café aún humeante en la mano, se sentó frente al ordenador y buscó el sitio, decidida a borrarlos. Los calmantes le hacían caer a veces en estos delirios…

Para su sorpresa, había mil comentarios a su poema. No se trataba de un mensaje repetido, estaban firmados por remitentes distintos, página tras página... Algo imposible en solo veinticuatro horas. Presa de la curiosidad, se dispuso a leerlos. Diez puede ser fruto de la coincidencia, cincuenta se torna asombroso, cien pudiera ser un inimaginable azar… pero una cifra de tres ceros no puede, en modo alguno, ser obra de la casualidad.

Todos los mensajes decían: “Yo también he estado ahí”.



*de Marié Rojas Tamayo.
La Habana. Cuba.






No man's land*


A Edmond Jabés


Voy de viaje con la nariz
preguntándole a cada fragancia por tu nombre
y estás callada,
mujer de ausencias melancólicas.
Sé que tenemos los orgullos sucios,
y dibujada sobre las raíces
llevamos la lengua dúctil de la diáspora.
He allí, que cuando mis silencios
asumen las veces de sujetos,
te vuelves pequeña y tierna..
Costurera de esperanzas para este náufrago,
que sin abrigo, deambula por tus calles
con una historia reciente y húmeda
debajo de los salobres brazos.



*de Daniel Montoly©. danielmontoly@yahoo.es








"El Maty"*


*Por Victor Turquet victurquet@yahoo.com.ar



Esa noche estábamos con los pibes en la canchita del barrio cuando lo vimos venir; hacía tiempo que Matías "El Maty" como le decíamos, se había borrado de la casa o mejor dicho, los viejos lo habían echado cansados de que vendiera todo lo que encontraba a mano para comprarse el "paco", al
principio cuando empezó a fumar faso lo trataron de ayudar, lo internaron en uno de esos hogares de recuperación, pero no hubo caso; salía y volvía a la suya. La vieja se enfermó de tristeza y los hermanos se cansaron de hablarle; al final un día que estaba muy dado vuelta y se quería llevar el televisor para venderlo el viejo lo agarró del cuello y casi lo mata; lo sacó a patadas a la calle y por un tiempo no se lo vio más. Después empezó a parecer cada tanto, cuando quería transar algo, un dvd, un celu, lo que le
consiguiera metiendo caño o de arrebato, venía y lo ofrecía por dos mangos.
A nosotros que lo conocíamos desde la primaria y de jugar juntos en el equipo del barrio se nos partía la cabeza de verlo así, flaco, los ojos hundidos, acelerado, y cada vez más perseguido; lo jodíamos para que se prendiera en un partido pero El Maty ya no corría una, pensar que de chicos lo envidiábamos por como la movía en el área, era un capo, le salían todas!
Ahora su fama era otra, ya tenía un par de entradas en la yuta por asalto violento, se mandaba cualquiera, estaba para atrás.
Esa tarde cayó con su bolsito y sacó unos celulares para ver si le comprábamos algo, "¡no sean ortivas loco!, copensé que por 50 mangos no lo consiguen en ningún lado!!
Pero ya habíamos tenido quilombo con nuestros viejos, la cana lo venía marcando desde hace rato y lo había amenazado "te salvás porque tenés 15, pero tenemos la fecha de tu cumple aprendida de memoria" El se les reía en la cara pero cuando nos contaba eso se colgaba mal "estos ni bien cumpla 16 me la dan, ¡pero voy a morir en la mía loco!".
Para zafar le dijimos que no teníamos un mango, y nos empezamos a abrir de a uno, no éramos caretas ni los mejores del barrio, pero tampoco nos queríamos comer un garrón tan denso.
Se quedó hablando sólo -puteando- compró una birra con lo que tenía y se tumbó apoyándose en uno de los arcos de la canchita; era la hora en que volvían los pibes que iban a la nocturna y cuando pasaban los empezó a bardear; zarpado con las pibas que para evitarlo apuraban el paso o se cruzaban a la otra vereda.
De repente una se separó de un grupito y se lo quedó mirando; era Belén, había ido a la primaria con nosotros y ahora trabajaba con su vieja en un taller de costura y estudiaba de noche, buenita, tranqui, siempre con buena onda; se le acercó inclinándose para verlo mejor.."Sos Matías no??, te acordás de mí? Soy Belén!" el flaco la miró por entre los mechones de pelo y se le rió, "Uy... que regalito papá!" pero cuando la miró bien a los ojos, algo por allá bien al fondo de su aturdida cabeza lo sacudió. ¡¡Esos ojos!! .Por entre la resaca se le vino la imagen de una morochita re linda con su pelo negro largo, el guardapolvo blanco igual que el moño que le sujetaba el peinado; la había empezado a mirar mejor allá por séptimo grado, cuando empezábamos a ir a los cumples y ya no corríamos a las pibas para empujarlas o burlarnos, hacíamos grupitos a ver quién se animaba a sacarlas a bailar, y El Maty tenía toda su fachita, las pibas le daban vuelta alrededor como palomas; pero él se quedaba bobo mirando a Belén hasta que un día se le acercó con un vaso de gaseosa y ella se animó a bailar por primera vez con
un pibe.
Ahora, apoyado en el arco de la canchita, El Maty trataba como podía de ponerse en pié con lo poco de vergüenza que aún le quedaba; algo más fuerte que la urgencia por seguir matándose con el paco le estaba haciendo ruido y lo confundía una sensación rara, nueva; se sacudió la ropa sucia y bajó la
cabeza, "¡está más linda que nunca!" pensó, mientras una mano de ella le corría los mechones de pelo buscando su mirada.
"Matías!! Estás destruido que te pasó?? Supe que te habías ido de tu casa, me lo contó tu vieja que viene siempre al taller y llora cada vez que lo cuenta; porqué hacés esto con tu vida? El loco tratando de rechazar esa cosa rara que sentía, la miró desafiante "Qué, la vas a venir de pastora evangélica ahora?? Es mi vida y hago la que me cabe nena" . Belén sosteniéndole la mirada pero sin alzar la voz le dijo "No sé si te enteraste, pero mi hermano Juán también andaba en esa, y se lo llevó puesto un camión cuando escapaba de la cana; ahora no corre más, quedamos hechos miérda y sin entender cómo no pudimos pararlo; por eso cuando te ví me animé a hablarte; porque si vos te crees que tu familia está bien mientras vos te matás con el paco te equivocás, esa porquería que te quema la cabeza para que otros hijos de puta se llenen de guita no es la salida; mirame a los ojos y decime que realmente querés morirte.!!
El Maty levantó la cabeza y la miró, otra vez esa cosa rara que le mordía las tripas y hacía que la recuerde en los bailes con esos vestidos tan lindos que le hacía la vieja, en la escuela, en el barrio haciendo los mandados, otra vez esos ojos negros inmensos que se la habían clavado tan adentro que no podía zafar ahora que los tenía de nuevo ahí, tan cerca.
Dicen que es rejodido poder salir de esa, que una vez que el paco te empieza a comer la cabeza no volvés más, durás unos meses y ya está, te fuiste al pozo. Pero debe haber cosas aún más fuertes porque de a poco vimos como El Maty se empezó a rescatar, se metió solito en uno de esos grupos de ayuda,
empezó con changas primero y cuando cumplió los 16 entró a prueba en una carpintería; un día apareció por la casa a pedirle perdón a los viejos y volvió a vivir con su familia; al tiempo se venía a ver los partidos hasta que una tarde nos faltaba uno para el equipo y se animó a jugar, la gastó!!.
Por las noches se lo veía apoyado en el arco de la canchita esperando que Belén saliera de la nocturna. Y lo mejor de todo fue que la Yuta se quedó con las ganas!!






FICCIÓN*



Una lágrima suspendida
en el vértice
hasta que rueda
y cae sobre el papel
Esa mirada
en los ojos apagados
exhibe ausencias
Palabras desdibujadas
circulan
La poeta calla:
y la fantasía
Las estrofas se opacan
Fisurada la magia
ya no quedan espejos
Vacía
espera la muerte.



*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com








ENTREVISTA A MARC AUGE, QUE INAUGURA HOY LA SEGUNDA EDICION DEL FILBA

“El pasado ya no nos interesa, ahora vivimos el presente”*


El creador de la idea de los “no lugares” analiza los vínculos entre la antropología y la ficción, pero en su dimensión temporal. “En la paradoja de no saber utilizar el tiempo, no podemos conjugar el pasado y el futuro”, señala.



*Por Silvina Friera


La mirada de Marc Augé transmite una claridad meridiana. No está en un cine del Barrio Latino de París disfrutando de una vieja película norteamericana. Está en un hotel de Buenos Aires. Sus ojos irradian las chispas cercanas de una travesura, de una evasión. Caminó por la Feria de Mataderos. “Lo que me gustó es que no hay turistas”, dice el antropólogo francés que ha confesado en Casablanca (Gedisa) –un “montaje” de sus recuerdos sobre el famoso film– que su infancia estuvo marcada por el éxodo. Si noche por medio (en sus sueños) se escapa con toda la fuerza de sus piernas por las rutas –siguiendo a su padre o a su fantasma–, parece que tanto en los sueños como en ese “éxodo” hacia el cruce de Lisandro de la Torre y Avenida de los Corrales, las piernas de Augé son buenas para resistir todo tipo de huidas. De emociones, rostros y paisajes. En ese lugar “popular” –como lo define– vivió un momento furtivo de felicidad cuando vio los caballos, por los que siente una atracción irresistible. Algunas imágenes, como en el cine, son más tenaces que otras. Su escritura también pretende fugarse de la antropología hacia las orillas de la literatura. Al menos confirma ese deseo, que algunos lectores intuyen en libros recientes como El metro revisitado (Paidós). También dirá –hoy que inaugurará la segunda edición del Festival Internacional de Literatura en Buenos Aires (Filba), a las 19.30 en el Malba (Figueroa Alcorta 3415)– que “la literatura es más que la ficción”.
–Cuando subraya que “escribir es crear una experiencia ambivalente del tiempo” suena a frase de escritor. ¿Cómo crea el antropólogo esa ambivalencia y cómo cree que lo hace el escritor? ¿Encuentra diferencias?
–Es una pregunta difícil, no debido a la lengua que he maltratado un poco, sino al tiempo (risas). Al parecer no hay una diferencia radical entre el antropólogo y el escritor, debido al hecho de que el antropólogo tiene que escribir. Una buena antropología tiene que ser escrita porque ésa es su dirección última. Y esa escritura tiene una relación con el tiempo. Lo que quiero decir con lo de crear una experiencia ambivalente del tiempo es que hay un pasado de la experiencia de vida que utiliza tanto el antropólogo como el escritor, pero que sólo tiene significación en la perspectiva del fin. Cuando escribo, espero que al menos un lector –uno es suficiente– me lea. Porque si escribo quiero ser leído. La escritura y la lectura son experiencias profundamente antropológicas. No todos los antropólogos tienen una “escritura de escritor”, pero en la medida en que intentan comunicar algo –que es una constatación objetiva, pero también una experiencia subjetiva–, se conectan con el oficio del escritor.
–En Casablanca y en El metro revisitado se percibe una escritura que coquetea mucho con los materiales de la ficción. ¿Aspira a una “escritura de escritor”?
–Sí, creo que aspiro a una “escritura de escritor”. Es posible que en esos textos haya probado con un género pequeño de experiencias que son antropológicas, pero que necesitan una forma de escritura más literaria para comunicar. Lévi Strauss escribió en la Introducción a la obra de Marcel-Mauss que para entender un hecho social total había que comprender a cada uno de los participantes del hecho, lo que no es posible; es más bien un ideal de novelista. Pero se puede tomar uno como sujeto e imaginar, que es lo hice en El metro... o en Casablanca.
–¿Qué importancia le asigna a la imaginación en la antropología?
–La imaginación es importante en todas las disciplinas, incluso en las científicas. No hay ciencia sin imaginación, porque los científicos tienen que elaborar hipótesis. Y una hipótesis es también una proyección. Necesitamos jugar con la imaginación pero cuando interpretamos las palabras y las teorías que atribuimos a los otros debemos ser cuidadosos, porque a veces tenemos demasiada imaginación. Lo más difícil es intentar imaginar lo que los otros están imaginando. Es como imaginar los personajes de una obra de teatro que no hemos creado.
–Define el texto Casablanca como un “montaje” de algunos recuerdos sobre la película. ¿Cómo es el montaje que hace un antropólogo en comparación con el que hace el escritor en torno de los recuerdos y “los pequeños hechos verdaderos”, según Stendhal?
–Cuando se intenta utilizar ciertos recuerdos, hay un efecto de montaje. Es lo que vivimos cada día, cuando ante los mismos hechos no tenemos necesariamente los mismos recuerdos porque hay una selección que hace la memoria. Un escritor hace un montaje y utiliza recuerdos, pero no son necesariamente sus recuerdos, sino recuerdos que imagina. O si habla de él no es solamente el montaje “natural” de la memoria, sino que hace su propio montaje. El problema es que un etnólogo no tiene que hablar necesariamente de sí mismo; no siempre tiene la oportunidad de hacer montajes respecto de su vida como el escritor en una novela. Sin embargo, tengo la intuición de que los recuerdos son siempre importantes, incluso cuando no son explícitamente utilizados tanto por el etnólogo como por el escritor. El etnólogo se mueve en muchos terrenos cuando por un trabajo de campo empieza a hacer comparaciones y generalizaciones. Y cuando intenta hacer eso, hay un trabajo con la memoria, aparentemente objetivo, pero también con la imaginación.
–Las similitudes que hay entre la antropología y la literatura son más de las que se puede intuir...
–Sí, pero hay que preguntarse qué es la literatura. A menudo se entiende por literatura la novela. Pero si uno revisa la historia de la literatura, hay de todo. ¿O no son escritores Voltaire, Rousseau o Montesquieu? Hoy en día serían científicos, humanistas, filósofos. Hemos inventado títulos terribles, pero son escritores que han escrito ficciones, aunque no siempre. Hay una frase del novelista Julien Gracq que se refiere a este problema a propósito de la filosofía. Dice que es evidente que Kant no es un escritor, pero que Nietzsche es un escritor. Los filósofos se han preguntado cuál es la relación entre la filosofía –que se ocupa de la verdad– y el estilo. No es posible oponer un tipo de verdad objetiva que no necesitaría una expresión particular de escritura para la comunicación. No me gusta la palabra comunicación, porque indica una relación sin estilo. No se comunica nada si no hay consistencia; tiene que haber una captación de intereses tal como en la retórica. Se dice que el primer oficio del orador es la captación de la benevolencia; es, sin dudas, un hecho de lengua. Pero hoy tenemos una idea demasiado pobre de la escritura literaria. La literatura es más que la ficción. No es suficiente escribir ficciones para ser un escritor. A menudo se confunde literatura y ficción.
–¿Por qué se produce esa confusión?
–Sería necesario tener una aproximación histórica y no puedo hacerla. Pero esta confusión puede ser una expresión de la sociedad de consumo, porque un libro que tiene interés es un libro que se vende. En Francia es evidente: cuando un libro tiene éxito, el número de ejemplares vendidos aparece como una razón del libro. No hay que leer el libro porque represente algún tipo de interés concreto, sino porque los otros lo han leído. La sociedad de consumo introduce, por intereses propios, esta confusión, sugiriendo que sólo la ficción es literatura. Lo que no es cierto. Cuando pensamos en la literatura del siglo XIX, hay mucha información en las obras de los novelistas, como en Balzac.
–Cuenta que Casablanca fue su primera experiencia del tiempo inducida por una obra de ficción; que esa película le impuso el sentido del pasado y el gusto del futuro. ¿Qué libro le generó un efecto similar?
–Este efecto me produce la lectura de cualquier libro del siglo XIX hasta Proust. Pero lo curioso es que tengo falsos recuerdos de lectura. Tengo el recuerdo de pasajes de La cartuja de Parma, de Stendhal, que no existen. Al borde de una carretera Fabrizio discute con Gina; es una escena muy poética, pero no está en la novela (risas). También Proust, que habla de la memoria en En busca del tiempo perdido. Hay una riqueza de las pequeñas escenas proustianas que no se olvidan nunca. O que se olvidan para poder redescubrirlas. Proust es un autor interesante para los etnólogos, porque nos proporciona reflexiones sobre la permanencia y la transmisión que son intuiciones profundas que pertenecen a la humanidad.
–Resulta curioso que diga que para el cineasta la dificultad de construir un relato es mayor que para el novelista. Muchos novelistas podrían polemizar con usted y plantear lo contrario: que el cineasta resuelve con una o dos imágenes lo que al escritor le puede llevar varias páginas.
–(Cabecea y piensa.) Lo que me llama la atención del cine es su capacidad para descartar lo banal. Un ejemplo muy simple es que el cineasta puede ignorar todos los tiempos muertos de la vida que no le interesan, puede jugar con el tiempo. Es cierto que el novelista también... y diría que ambos tienen la misma dificultad: el tiempo largo. Hay películas que son más largas porque el cineasta lo necesita; si está narrando la vida de una persona, tiene necesidad de una duración mayor cuando se evocan recuerdos. Percibimos el tiempo pasado a través del presente de la película; pero una película también es una escritura, un guión. Una dificultad que comparten el cine y la literatura es hacer sentir el paso del tiempo.
El eco zigzagueante de una extraña musiquita se aproxima. Se multiplica y molesta como un zumbido que distrae los pensamientos del antropólogo. Arruga el entrecejo y se palpa los bolsillos de un saco que le queda un tanto holgado. “Es mi celular”, avisa mientras trata de encontrar ese “trozo de presente” que le arrimará otro presente que dejó atrás por unos días, y pide disculpas porque “puede ser de Francia”. En unos segundos regresa a este presente, el de la entrevista. “La aceleración del tiempo se percibe cuando se tiene cierta edad. Me siento una suerte de personaje histórico. Cuando hablo de mi generación, digo que soy uno de los últimos que ha tomado el tren porque tengo una computadora hace cinco años. No soy un genio, apenas puedo escribir y comunicarme, pero tengo amigos que no se han subido al tren”, bromea. Guarda silencio unos instantes como si intentara encontrar las palabras adecuadas. “Tenemos dificultades para imaginar el futuro. La paradoja es que la ciencia avanza muy rápidamente y no sabemos cuáles van a ser los conocimientos dentro de 30 años, no los podemos imaginar. Hay un efecto de extenuación del futuro. Sé que hay una ‘literatura de anticipación’, pero lo que puede anticipar, lo que puede observar, cambia tan rápido que es muy difícil imaginar las consecuencias, salvo de manera completamente fantástica. En las películas de ciencia ficción se imaginaba a partir del pasado. Pero el pasado no nos interesa más, ahora vivimos en el presente. En esta paradoja de no saber utilizar el tiempo, no podemos conjugar el pasado y el futuro.”
–En El metro revisitado plantea que escribir un libro es una experiencia de muerte, como el amor en Proust; que un libro una vez publicado sigue el camino que le imponen los lectores. ¿Los ensayos de Los no lugares es el libro que más escapó de su control?
–Sí, la expresión no-lugares ha tenido cierta fortuna, pero hay lectores que le han dado un sentido que yo no había pensado. No sé qué pasó con los no lugares... He utilizado una palabra que correspondía a un síntoma y que ha servido para razones diversas, incluso en disciplinas distintas como el urbanismo, la arquitectura, el arte y la literatura. Claro que hay relaciones que se podían establecer, cómo negarlo. Pero es un término que se ha escapado totalmente de mis manos (risas).
Las manos del antropólogo de lo cotidiano, del último hombre que se subió al tren de la tecnología, quedan flotando en el aire. Como un recuerdo que llega de lejos.



La ficha


Marc Augé nació en Poitiers, ciudad del centro de Francia, en 1935. Su objeto de interés va del universo pagano de Africa –las prácticas de brujería, los profetas sanadores y los fetiches, en Costa de Marfil y Togo– a la observación y el estudio de las sociedades occidentales, los mundos contemporáneos, la “sobremodernidad” y los no lugares. Es profesor de antropología y etnología de la Ecole des Hautes Etudes en Sciences Sociales de París y director de investigación del CNRS. Ha trabajado en Africa y en Latinoamérica y es autor de numerosas obras, entre otras Los no lugares, espacios del anonimato, Hacia una antropología de los mundos contemporáneos, El tiempo en ruinas, Ficciones de fin de siglo, La guerra de los sueños, Travesía por los jardines de Luxemburgo y El viajero subterráneo: un etnólogo en el metro, entre otros.



Los gitanos y la xenofobia

¿Qué opina sobre la expulsión de los gitanos que está llevando a cabo Sarkozy?
–Creo que es una peripecia de la vida política interna. Sarkozy está intentando no perder las elecciones y quiere recuperar ciertos votos de la extrema derecha. No le quiero dar demasiada significación porque dentro de un año o dos no hablaremos más del tema. Los expulsados podrán retornar a Francia; no es posible impedir que vuelvan porque hay libre circulación en la zona europea. La Comisión Europea conoce este problema; tiene dinero para organizar los lugares de recepción para los diversos grupos de gitanos de Rumania y de Bulgaria, pero ese dinero no se utiliza. Las expulsiones hablan de la mediocridad del gobierno.
–A la distancia, la impresión es que no hubo una fuerte reacción de la sociedad francesa para impedir las expulsiones.
–Es una cuestión compleja... En el fondo es un problema económico que empezó a fines de los años ’70 cuando muchos trabajadores no especializados se quedaron sin empleo. Y como parte de este problema está la instalación de los inmigrantes en barrios aislados, sin posibilidad de integrarse culturalmente a través de la escuela y el trabajo. Hay mucha gente sin trabajo que está teniendo una vida muy difícil; no es la primera vez en la historia que vemos una parte de la población simpatizando con la extrema derecha debido a su precaria situación. Pero también hay mucha gente integrada. No creo que haya un problema de racismo en la sociedad francesa. Sí hay más xenofobia que racismo.



Reproducción de la ignorancia


Usted advierte la alianza entre juventud, pobreza y modernidad en el metro de París. ¿Qué consecuencias tiene esa alianza en el espacio público?
–La fuerza de la república era el sistema de educación. La III República se levantó a partir de la escuela y de la movilidad social. Ahora hay un problema general de reproducción de la ignorancia. El sistema educativo no es suficiente para formar a los jóvenes y reproduce las desigualdades. En este sentido, estamos a imagen del mundo. Si el mundo se desarrolla tal como se está desarrollando, no vamos hacia una democracia generalizada, sino hacia una oligarquía planetaria con una elite, los consumidores y los excluidos del conocimiento, de la riqueza y de la educación. Si no se hace un esfuerzo enorme, tendremos cosas terribles.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/17-19142-2010-09-01.html








La mujer que yo quiero*



se juega entera,
día a día; noche a noche, así se entrega.
De vientos fuertes está hecha.
De lunas suaves, de río fresco.
Como campana de escuela es su risa:
alegre y argentina, dos veces argentina.
Hecha de mañanas frescas,
y de siestas.
De vino rojo es su abrazo,
que me embriaga y eleva.
Garra y coraje, pasión y locura.
Boca tempestuosa,
lengua atrevida.
La mujer que yo quiero ama sin vueltas.
Me envuelve en sus besos,
me demuele, me derrite.
Entre sus sábanas me fundo,
me excito, me derramo, me enervo,
me disuelvo, me yergo, me muero
y resucito.



*De Udi. udi.cuatro.catorce@gmail.com
Rosario, agosto de 2010





*


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BAUDRIX. / EMITA. / INDACOCHEA.

LA RICA. / SAN SEBASTIÁN. / J.J. ALMEYRA.

INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS. / PARADA KM 79.

ENRIQUE FYNN. / PLOMER. / KM. 55.

ELÍAS ROMERO. / KM. 38. / MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. / VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA.

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