lunes, agosto 03, 2026

UNA FUERZA QUE PERSISTE COMO LA GRAMA

 


*Foto de Maria Rapela. @maria_rapela_artviewer

-Retrato de Esther Andradi en su libro de microficciones LUCES DEL CENTRO. Macedonia Ediciones 2026.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

A DESALAMBRAR*

 

 

La ardilla siembra y yo cosecho, podría ser el título.

La ardilla entierra semillas que encuentra por ahí, y al final del invierno germina un roble, germina un arce, germina una gramilla.

Mis plantas, señoras de buena familia, desprecian a estas recién llegadas, nómadas, pibas en tránsito, busconas de la mejor tierra del mundo, arañando - asilo -comprensión – nutrición - casa - comida, en este orden de propiedad privada.

La tierra de quien la hereda- afirman las chicas burguesas engordando el espacio.

Pero no: la tierra es de la semilla, dice la ardilla.

 

Y siembra.

 

*Esther Andradi. esther@andradi.de

-De LUCES DEL CENTRO. Macedonia Ediciones. 2026

 

 

 



 

 

UNA FUERZA QUE PERSISTE COMO LA GRAMA.

-Textos de Esther Andradi.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

DEL TOMATE*

 

Cuando desperté, la planta de tomate estaba aplastada, los gajos por el suelo, sus hojas fruncidas, en estado de shock. La tierra reseca, el sol de punta. La tomé en mis brazos y la llevé al reparo mientras regaba frescas gotas de agua sobre su cabeza. La dejé a la sombra y al rato volvió a sus bríos, verde y lozana. Me parece mentira. Hace dos meses nomás eran tomates deliciosos que probé un mediodía de primavera.

Sequé las semillas sobre una hoja de papel, después las puse en tierra. Y ellas comenzaron a garabatear su historia, lentamente, emergiendo desde una dicotiledónea que hizo sus primeras letras hace unos cuántos siglos en algún lugar de México.

Xitomatl la bautizaron en nahuatl. Desde entonces anda por el mundo con su identidad redonda y roja, sus dulces jugos, su increíble capacidad de sobreviviencia frente a injertos, clones, manipulaciones genéticas, jardines artificiales. Nada de reducciones, ella disfruta de su diversidad.

Mis reverencias para vos, madre tomate.

 

 

*de LUCES DEL CENTRO. Macedonia Ediciones. 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AL ESTE DEL PARAÍSO*

 

Argentina es el lugar del paraíso.

 

No uno sino muchos paraísos. Durante mi infancia los veía florecer en las calles de mi pueblo marcando el inicio de la primavera.

Años más tarde, cuando vivía en la calle Carbajal en Buenos Aires, enfrente de la casa había un paraíso moribundo. Miserable pero verde.

Agonizaba entre el cariño de los gatos vagabundos del barrio, y la poca o nada agua en tiempos de sequía. Cuando llegaba la primavera se alborotaba con nuevos brotes, como una vieja dama digna.

Una tarde de verano salí a la calle y el paraíso estaba envuelto en llamas. No lo pensé ni un momento y comencé a cargar baldes de agua, que arrojaba uno tras otro sobre el paraíso ardiente.

Los de la mansión venida a menos, a quien pertenecía el árbol, se asomaron al balcón para mirarme. Y yo seguía cargando baldes hasta que no pude más.

El paraíso quedó chamuscado.

Alguien lo arrancó por la noche y al día siguiente en su lugar sólo había un hueco. Como una muela removida, en esa esquina sin raíces, murió el paraíso.

 

Mi voluntad no alcanzó para salvarlo.

 

-De Microcósmicas, Macedonia Ediciones, Argentina 2015, 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

ON THE ROCKS*

 

El dolor se tragó mis ideas, mis proyectos, mis locuras.

En su lugar quedó un hueco, una cala donde el mar se acomoda por las noches, despacio. Cuando hay luna, descontrolado, sube a buscarla.

Entonces, me despierta una sirena.

 

*de LUCES DEL CENTRO. Macedonia Ediciones. 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

MIGRANTES*

 

Tenía un rocoto en la heladera, ya comenzado.

Cuando corto un trozo para echarle al guiso que estoy haciendo, salta una arañita. Pequeña. Muy lista, valiente, y me hace frente. Es decir, no corre ni se hace la muerta, no huye, está ahí, sobre la mesada de la cocina, mirándome, como si me conociera. Interpelándome con sus bracitos en jarra: - “Esta era mi casa, ¿adónde te creés que voy a vivir ahora?”

La entiendo perfectamente. Si estaba en la heladera es porque le gusta el frío. Entonces tomo un gajo del abeto que está en el tiesto de la ventana. Ella lee mi intención.

Y se cuelga de la rama nevada.

Ella también está en el aire.

 

*De LUCES DEL CENTRO. Macedonia Ediciones. 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

AGUA VA*

 

En el mar del vientre, todos somos viajeros y migrantes. Del útero al

mundo, del mundo a la tierra, vamos pasando las estaciones de

elemento en elemento. Del agua al aire, del aire al fuego, de ahí a la

tierra y viceversa. Así infinitamente. Desterrados, desuterados, con la

nostalgia de un mar que nos contuvo en la cuna, vamos por el mundo

añorando raíces. Pero el agua no tiene donde aferrarse: hay que 

dejarse llevar con su devaneo.

 

*De Microcósmicas. Macedonia Ediciones, 2015, 2017)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

RAÍZ DICKINSON*

 

La guerra, otra vez la guerra.

Cuántas van, y siempre el mismo esquema.

Un país invade, otro que se defiende, soldados y coroneles por la patria, madres que lloran, niños que mueren, bombas que estallan, escombros por donde mires, dolor sin límites.

La muerte está de cosecha.

Y yo me hundo en el Herbario de Emily.

 

Crece vida, crece.

 

*de LUCES DEL CENTRO. Macedonia Ediciones. 2026

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

FRONTERIZA*

 

Bésame, bésame mucho…

 

Corro, de un lado para el otro y estoy siempre en el mismo lugar.

Me siento al escritorio y no puedo estarme quieta.

Mis glándulas gritan, se ensanchan, muerden.

Mis pies se agitan, mis manos se paralizan.

Sonido de grillos en los oídos, la lengua pesada adherida al paladar

bloquea la palabra.

Todo el cuerpo bajo presión:

una locomotora se asienta en los tobillos, empeñada en tomar el

control. En pocos minutos voy a evaporarme.

Morirá esa criatura célebre por sus extravagancias y su aire pretencioso.

En su lugar nacerá una hiena, un sapo, una medusa, que guay con mirarla.

 

-De Microcósmicas, Macedonia Ediciones. 2015, 2017

 

 

 

 


 

 

 

 

 

REQUIEM POR RIOBAMBA*

 

Esa casa de la calle Riobamba era prefabricada, una miniatura.

En esa casa escribía en el armario. Un espacio entre el baño, la cocina y el dormitorio, que se abría para escribir y se cerraba para guardar.

Era el antecedente del archivo digital, pero entonces yo no lo sabía.

Tipeaba por las noches, culpable por molestar, por no compartir el lecho, por la luz encendida. En esa casa me embaracé, sufrí mi primera pérdida, y los espasmos se fueron sólo cuando permití que la sangre arrasara con todo.

En esa casa pinté lila y blanco los muebles del dormitorio, la alacena verde y amarilla, los muros rosados.

En esa casa fui joven y tuve tres perros: Violeta, Zorba, Bakunin.

A Violeta la atropellaron y debí entregarla al veterinario para su sacrificio. Todavía hoy, cuando siento pena, me acarician sus ojos dulces.

Zorba huyó del estruendo del año nuevo.

Bakunín se quedó hasta la muerte.

Cuidando el lugar de quien no volvería.

Yo.

Miedos, utopías, nacimiento y muerte, la revolución, el amor:

la ascensión del Chimborazo.

Todo permaneció intacto en esa casa que esta noche me visitó en sueños, envuelta en celofán, como un regalo de Christo, anexada a mi vida hasta el fin del mundo.

 

*Hispamérica Nro 137, 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

METAMORFOSIS*

 

Ahora soy una hierba doméstica. Pero supe ser salvaje. Orgías fueron aquellas: no te puedo explicar la de bichos que entonces se balancearon entre mis lianas.

 Nada que ver con el perejil en que me he convertido.

 

-De "Microcósmicas", Macedonia Ediciones, 2015, 2017

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LA GRAMA ENCUBIERTA*

 

O una versión personal del "pastito interior"

 

Mi abuelo el árabe llegó a Argentina sin conocer una palabra de castellano. Dicen las lenguas familiares que en Buenos Aires sus paisanos le dieron una maleta con artículos para vender, que él tiró por ahí, porque le avergonzaba su español insuficiente, y siguiendo las vías del ferrocarril llegó a una colonia de inmigrantes donde iba a conocer a mi abuela. La colonia se llamaba Nuevo Torino, de modo que el castellano por cierto tampoco era su fuerte. Mi abuelo se bastó con una mandolina para enamorar a las mujeres, y todavía hoy no hay hombres en la colonia que no hayan oído hablar del lenguaje de sus brazos, sea para la dura faena del campo o para la pelea, que ganas no le faltaban al árabe, ni susto le daban ni una ni otra. De esa mixtura piamontesa y árabe, dialecto de Oms, nació mi padre y sus diez hermanos, a la sazón los tíos de mi infancia, de las fiestas de la yerra y de los chistes verdes en piamontés. Porque fue la abuela quien legó su lengua a la familia, mientras el abuelo relegaba su idioma y enterraba la nostalgia.

Mi abuelo el anarco-sindicalista llegó de Turín siendo un niño, y la leyenda familiar cuenta que todos servían al rey, y habla de caballos blancos y negros ornados para los desfiles de una pompa, que en las pampas argentinas de esos años, sin asfalto ni agua corriente ni electricidad, sonaban como a historias de aparecidos de cualquier otro planeta. Lo conocí poco, con su altura desorbitante, su blancura casi lunar y sus anteojos de hombre que parecía destinado a actividades del espíritu.

Murió cuando yo todavía era una niña, pero me legó su olor. En los fondos de la casa de la abuela, que hoy ya no existe, estaba la piecita del tesoro que yo visitaba a la hora de la siesta: la abuela guardaba allí los recuerdos de su esposo. En medio de alcanfor y naftalina sobresalía el olor de las revistas, a papel viejo y fotos de colores, que en una época sin televisión acaso alguien pueda comprender la fascinación que ejercían en una niña. Revistas políticas, fotos de los compañeros en el sindicato, recortes de periódicos antiguos, todo se remozaba en los cajones de la cómoda de la piecita, donde también se guardaba el yunque de mi abuelo, que era metalúrgico y como tal, comandó más de una huelga y uno que otro sindicato. La relación entre la abuela con ínfulas aristocráticas y el abuelo anarco provocó la ira patriarcal y la expulsión de la bella Teresa del paraíso familiar. De esa catástrofe nacería mamá y los seis tíos por vía materna. Con todo, la desheredada y el político legaron a sus hijos el dialecto italiano dizque del rey.

Ni qué decir que con esta historia de mezclas y de pérdidas, siendo niña me cuidaba muy bien de pronunciar cualquier palabra que no fuera típicamente “argentina”, si es que algo así existe. El sistema de lenguaje familiar de la infancia era precopernicano: el castellano-argentino era el centro del mundo y aquel que no lo hablase correctamente, merecía el destierro, y la repetición del año escolar, para más humillación. Los demás mundos eran satélites imperfectos cuya vida dependía del idioma oficial. Sin embargo, este idioma era una suerte de castillo, que por acción de los puentes levadizos de los demás idiomas, podía quedar protegido como también aislado de la vida. En otras palabras, cuando mis padres comentaban sus secretos hablaban el idioma periférico. Igual que mi abuelo el árabe, que de tanto en tanto se refugiaba en el jeroglífico con sus paisanos condenando a la abuela María al silencio. El idioma entonces era puente y puerta, así como la periferia podía ser a la vez centro y viceversa, en un movimiento continuo de relaciones, atracciones y oposiciones. Pero eso se me iba a revelar mucho más tarde.

Porque ese universo de mi infancia permaneció encubierto durante años, hasta el encuentro con el idioma alemán. Idioma que, como se sabe, nada tiene que ver con el árabe ni con el piamontés y tampoco con el castellano. En Alemania no sólo el idioma hablado era diferente. Hasta las interjecciones, el idioma gutural de la infancia, venía en otro envase. Así, por ejemplo, los amigos alemanes decían "Ajjj" para expresar la belleza, cuando todo el mundo sabe que en castellano argentino "ajco" -asco- se "dice" con jota. Pero "asco", según el idioma del nuevo mundo se expresaba con una interjección que suena más o menos así:

"iii-guet-iii-guet"... algo que a mí no me decía nada. Y en cuestiones de vida o muerte, si yo decía "ay", para expresar mi dolor, el otro pensaba que se trataba de un juego, porque el "ay" de ellos es "aua", y así hasta el infinito.

¿Qué hacer frente a tamaña diferencia? ¿Refugiarme en el exilio interior o dejar que me lavasen el cerebro? Como mi abuelo el árabe, abrí mis puertas al nuevo sistema solar que se me ofrecía, y me metí de lleno a aprender el idioma, a disfrutar de su sonido, a irritarme con sus incontinencias, a rebelarme con sus diferencias. El riesgo que ofrecía tamaña aventura no me era desconocido. En cualquier momento corría el peligro de ser tragada por el agujero negro teutón, y adiós pampa mía. Pero también tenía la posibilidad de ganar un universo que se conjugara con el mío, y que en el espacio sideral ambos pudiesen convergir y moverse con la distancia que permite la atracción pero no la deglución. Juntos pero no mezclados, como se dice en criollo.

De esa relación contradictoria, tortuosa y por cierto alterada por no pocas desesperaciones y dolores, he ido ganando poco a poco profundidad en el universo de mi mundo de idiomas maternos, los hablados, los callados, los gestuales, y podría decir que a la larga el resultado no deja de ser satisfactorio, aunque de vez en cuando suele arrebatarme la tentación de refugiarme en el castillo y levantar los puentes. ¡Como si el aceptar el nuevo universo fuese cosa a estas alturas de mi voluntad!

Lo único inquietante de toda esta historia es, que mientras gano en profundidad, mientras me sumerjo en el origen y el nombre de las cosas en mi idioma original, buscando la raíz y dejando de lado la espontaneidad y la presunta inocencia del idioma materno, me suele asaltar la nostalgia por la extensión, privilegio que conservan los que viven en el idioma. Quiero decir, que mientras estoy en el castillo alemán, el castellano se me manifiesta con la contundencia del nombre, con la fuerza de lo esencial, de lo originario/original, con la insistencia con que suelen expresarse las periferias. Y por cierto, la nostalgia de perderse en la infinita pampa del lenguaje colectivo, coloquial, vital, permanente, en el que nadan los que están allá, se hace especialmente patente, apenas me rozo con ese lenguaje, sea en el encuentro con el viajero recién llegado de aquellas tierras o en un viaje hacia allá, donde me alcanzan las nuevas palabras. Entonces, por un instante, me baño en el mar del idioma vivo de esos días. Y gracias a la exaltación, se refuerzan en mi alma los giros oídos en la niñez, las risas paternas, los chistes verdes en piamontés, las protestas y ordenanzas e inventos de palabras de esa familia, que un día asumió el castellano-argentino. Pero que a la vez, en un pacto secreto, en sus valijas deshechas, en sus bártulos desarmados, en la nostalgia de un universo que no se resignaba a perder, guardó sus vocales e interjecciones, sus ayes y sus peros, por si alguno de sus descendientes, estimulado por el dolor de la opción, las recuperase algún día. Entonces, descubriría que no hay centro ni periferia que dure cien años, ni gramática y corazón que lo resista. Que hay una fuerza que persiste como la grama, que sigue creciendo bajo la tierra recién removida.

 

 

*1993. En antologías español, alemán, inglés.

 

 

 

 

 

 

 

 

CABRAS*

 

Rompieron las cercas, derrumbaron los muros, desmontaron las jaulas, transgredieron el orden y huyeron hacia el monte. Zumbando por los potreros descubrieron que no todo campo es orégano.


Qué dicha.

 

-De Microcósmicas. Macedonia Ediciones, 2015, 2017

 

 

 

 

 

 

Esther Andradi*

http://www.andradi.de/es/startseite/

 

-Nació en Ataliva, Argentina, y en 1975 emigró al Perú, donde publicó su primer libro sobre la situación de las mujeres. En 1983 se radicó en Berlín (Occidental), en 1995 se mudó a Buenos Aires y desde 2003 vive y escribe entre ambas ciudades. Publicó crónica, ensayo, poesía, microficción, cuento y novela. Sus relatos forman parte de numerosas antologías en diferentes países y lenguas. Sus crónicas sobre cultura, memoria y migración se publican en diversos medios de América, España y Alemania. Tradujo la poesía de la poeta alemana negra May Ayim al español. Editó la antología Vivir en otra lengua, pionera en la construcción de un espacio para la literatura latinoamericana que se escribe fuera de las fronteras de los países de origen.

Ha sido traducida a otros idiomas, últimamente al griego. Sus ensayos reunidos en La lengua de viaje completan su trilogía berlinesa, junto con la novela Berlín es un cuento y el reportaje literario Mi Berlín. Crónicas de una ciudad mutante. (Mirada Malva, Granada, 2015)

La editorial Equidistancias acaba de publicar ANDANTE, una antología personal de su poesía. Luces del centro, su más reciente libro de microficciones, es novedad literaria de Macedonia Ediciones, la editorial argentina especializada en la brevedad.

 

*Fuente bio: https://www.omni-bus.com/n82/Esther%20Andradi.html

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Inventren

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L *

 

Llegué a la estación cuando estaba cayendo el sol. Restos de comida esparcidos por el piso, paquetes de basura, botellas de plástico vacías testimoniaban que antes alguien había estado allí. ¿Fue acaso muy concurrida? ¿Hubo una feria? ¿Autitos de juguete? ¿Una niña corriendo a los brazos de su madre? ¿Castillos en el aire?

Todo eso hubo y más, que no vi, porque llegué cuando el tren había partido. Lo adiviné diluyéndose en el horizonte, mientras el andén se volvía gris, el monte se hacía cargo de los rieles, las vías eran lentamente abrazadas por la maleza. Y dejé que la hierba creciera en mí.

 

*De Esther Andradi. esther@andradi.de

-De su libro Sobre Vivientes

-Simurg Buenos Aires 2001.

-teamArt Zurich 2004.

 

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

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LA PLATA.

 

 

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