viernes, agosto 10, 2012

LA LUZ DE LA DERIVA QUE VA MÁS ALLÁ...

*Obra: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




FULGORES*


Entre la maleza que el Otoño percude
encontraré tal vez tu aterido corazón,
la cinta leve que robé de tu cabello.


Todo deviene en silencios, en dulcificados
equívocos que no quisimos ver. En ese temblor
que se amontona en sus dedos, la parquedad del cielo
resplandece en tus ojos.
De más está decir que el tiempo puede ser
un entramado de raíces muertas, una explosión
de pájaros con las alas cortadas
y las plumas secretas.


Apenas puntos desflecados que hacia el horizonte
se queman para siempre.



1983, verano
Seis poetas santafesinos


*De JORGE ISAÍAS. jisaias46@yahoo.com.ar
- El pan en llamas. Antología. Editorial Ciudad Gótica. Rosario. 2011







LA LUZ DE LA DERIVA QUE VA MÁS ALLÁ...






Huayra y la sushi night*




No hay que entender todo, siempre digo, hay que dejarse llevar, levantar, caer, abrir en las palabras. Sucede que a menudo lo que no se entiende y parece oscuro, tiene la luz de la deriva que va más allá, más adentro, buceo en un mar de sentidos. Claro hay que poder, algunos en lugar de dejarse hamacar en los sonidos se inquietan. por lo que falta. ¿Acaso no es la ausencia, la imcompletud lo que arma el viaje ?. 

Huayra un año y 8 meses dice triunfante sushi night, nos reimos, festejamos, eso que dice sin saber del todo lo qué es. Una comida japonesa, una palabra inglesa, no, no sabe. Cuando el timbre suena y todos nos ponemos contentos, entiende que hay aire de fiesta. La fiesta es una reunión de amores cruzados y un lujo.
Huayra entiende eso, lo más importante. El placer que hay que darse y no siempre, lo que envuelve a las  palabras. Más tarde sabrá el resto.
Hay que tener paciencia para comprender lo verdadero, lo que nos busca a nosotros para completarlo.
Cuando todo está claro y no hay preguntas, penumbras, oscuridades, se acaba pronto, no gira dando vueltas hasta perderse y reencontrarnos.
Mañana es sushi night y desde que Huayra lo dice aumenta la alegría. A veces olvidamos que nombrar es una forma del milagro.


*De Cristina Villanueva. cristinavillanueva.villanueva@gmail.com








MÍNIMO VITAL*




Estos son los peces que dios ha enviado
estos los panes
este el vino agrio y clandestino

He aquí la mesa
los mimbres y las cucharas

Nosotros dos
un sábado
a pocos días del equinoccio de primavera
en un país
con nubes
y vecinos que oyen la música demasiado alta.


*De Reynaldo García Blanco  centrosoler@cultstgo.cult.cu









REDONDELES*



*Por Alejandra Zina. alejandra.zina@gmail.com



Rosa era joven, negrita y me hablaba como si yo fuera más grande. Un día salimos para el jardín y unos metros antes de llegar me hizo cruzar la calle. Entramos a una de esas tantas casas que había en el barrio, con paredes sucias de hollín y la puerta doble hoja de hierro forjado. Rosa vivía en la pieza que daba a la calle. Paredes verde hospital, dos camas, un placard inmenso, una cómo...
da petisa y larga con un espejo rectangular en donde Rosa podía verse hasta los tobillos. La ventana daba a Julián Alvarez, más exactamente a la entrada de mi jardín.
No le cuentes a tu mamá que te traje acá. Tener un secreto con ella me gustó más que su pieza. A ver, vení que te pongo colorete.
Rosa abrió un cajón de la cómoda y sacó un tubo de plástico negro que hizo girar sobre sí mismo hasta que apareció una superficie color terracota. Después se agachó y apoyó el tubo de plástico sobre mis cachetes blanquísimos. Mirate. Cuando me vi en el espejo tenía dos redondeles oscuros como la piel de Rosa debajo de los ojos. ¿Te gusta?
Bueno, ya está, ahora vamos que se hizo tarde. Me restregó la cara con un pañuelo húmedo, cruzamos la calle otra vez y entramos al jardín.
Rosa no duró mucho tiempo más. Mi mamá la echó porque estropeó un cubrecama en el lavarropa. Según ella, no era lo primero que estropeaba. Cada vez que pasábamos por la casa, miraba la ventana de la pieza de Rosa. Hasta que me enteré que en esa misma cuadra vivían unas mujeres con polleras de bambula, tacos y pañuelos en la cabeza que sacaban las sillas a la vereda y se pasaban la tarde oteando la calle. Mis viejos me las mostraron desde el auto. Nunca pases cerca. Son gitanas y roban chicos.






*



Es tanta la desesperación
De no tenerte
Que la noche se hace infierno
Entre las sabanas
Quiero tener entre mis dedos
Tus caricias
Y mis sueños  no concilian sin tus abrazos
Es mi corazón tan difícil de aquietarse
Ante el vacío que ha dejado tu ausencia
No soporto el mundo sin tu luz
Ni las noches sin tu aliento resoplando
El desvelo se hace carne sin tus gestos
Y la ansiedad carcome mis entrañas
Desesperada busco donde encontrarte
Pues sin ti ya no soy nada
Ni silencio ni rencores ni palabras
Soy un ave que grita en un desierto
Quiero el agua de tu risa cobijando
Muero por tenerte entre mis labios.




*De Azul. azulaki@hotmail.com






*


Sin apenas darme cuenta que pasaba
Te has metido en los pliegues de mi alma
Consiguiendo que no pueda estar sin ti
Formas parte de mi vida, eres mi calma
Te busco , si no estás, sin darme cuenta


...


Y en un sueño te dibujo lentamente...
apareces en la noche en mi almohada
y mirándome me besas es la frente
cuando estás ya no me importa nada.

Hay un antes y un después de aquella noche,
las estrellas y la luna son testigos
de partida empezamos siendo amigos
con el tiempo acabamos en amores
y ahora eres la mujer a la que amo
La que se adueñó de mi con sus cariños
Aquella que se hizo imprescindible
La que ahora forma parte de mi mismo

Te miro y sólo pienso en tus caricias,
En aquellos dulces besos en la boca
En las punta de mis dedos en tu pelo
Las caricias que yo sé te vuelven loca
Y recuerdo tus manos en mi pecho
Y esos dulces mordiscos en el cuello
Puedo decirte susurrando muy despacio
Que nunca conocí nada tan bello



*De Joan Mateu. joan@cimat.es







Una historia roja*


 *Por Juan Forn


Esta historia empieza con un cuadro todo pintado de rojo, que se titula La pintura se ha suicidado o, según versiones más moderadas, La última imagen ya ha sido pintada. Lo hizo Rodchenko. En realidad era un tríptico, las otras dos telas estaban igual de uniformemente pintadas, una amarilla y la otra azul, pero la roja, dice Bruce Chatwin (que logró verlas en Moscú, en 1973, después de mucho insistirle a la hija de Rodchenko, que las tenía sin bastidor, enrolladas y archivadas en un ropero de su infame departamento moscovita, el mismo donde había muerto su padre), ah, la roja era especial. Es cierto que nada le gustaba más a Chatwin que hacer como que encontraba perlas en el barro, y que en el Moscú de los años ’70 la única manera de ver una pieza de constructivismo ruso era pidiéndole a alguien que la tuviera escondida en el fondo de un ropero, razón por la cual después costó fortunas restaurarlas. Pero Rodchenko es inmortal por ese rojo, por haberle dado a ese rojo el mismo protagonismo del blanco y negro en la iconografía más potente de este siglo: la de la primera época de la revolución bolchevique.
Rodchenko creía que los pintores eran un prejuicio del pasado cuando expuso su tríptico, que en realidad era un ajuste de cuentas dentro de la Guerra de los Ismos que hubo en ese período extraordinariamente fructífero del arte que fueron los años 1915-1925 en Moscú. Rodchenko, que era constructivista, se la tenía jurada a Malevich, que era suprematista. Malevich había expuesto una tela blanca con un cuadrado pintado de negro en el medio y se había autoproclamado padre de la abstracción. Rodchenko y su compadre Maiacovski, la nube en pantalones, no podían soportar que nadie fuera más vanguardista que ellos, así que urdieron aquel suicidio de la pintura, y así fue cómo el constructivismo borró del mapa al suprematismo y ganó la Guerra de los Ismos en la URSS y fue elegido para representar a la URSS en la Exposición de París de 1925.
La Exposición Universal de 1925 fue la gran oportunidad de los soviéticos para mostrarse al mundo después de la revolución, la guerra civil, la hambruna posterior y el bloqueo occidental. Había que mostrar que, en el Sueño Socialista, la utopía era realidad. Y allá fueron Rodchenko y el arquitecto Melnikov y el loco Tatlin en un tren con dos toneladas de madera barata de los Urales, porque la URSS no estaba para gastos: necesitaba máximo impacto con mínimo presupuesto, la especialidad de Rodchenko. El Pabellón Soviético, hecho enteramente de vidrio por fuera y de esa madera de los Urales por dentro, incluido todo el mobiliario, y pintado en sólo tres colores (rojo, gris y blanco), causó sensación, o quizás habría que decir estupor, en aquella exposición que era un canto a la opulencia kitsch. Hicieron todo en tres meses, hasta los muebles, serruchando y pintando como energúmenos, al menos Rodchenko y el loco Tatlin, que creían de verdad que el arte debía ser colectivo. Ejemplo hermoso de eso es cuando, en su parada en Berlín, antes de París, se enteran de que el Káiser va a pasar con su comitiva delante de la estación, y el loco Tatlin saca su balalaika, se hace el ciego y se pone a tocar melodías delante de la carroza del monarca. El Káiser, que adora el folklore ucraniano, se emociona y le tira al músico ciego su reloj de oro. Tatlin lo vende para que Rodchenko pueda comprar la cámara Leica con la que revolucionará la fotografía y después se condenará a sí mismo. Pero no nos adelantemos.
Además de decorar trenes, envolver monumentos zaristas con trapos rojos, cubrir frontispicios de palacios con carteles monumentales y hacer que saliera música por las sirenas de las fábricas, Rodchenko había hecho cosas asombrosas en collage. Esa misma maestría compositiva aplicó a sus fotos, en cuanto el loco Tatlin le dio la plata para comprar la Leica en París. Mientras sus compañeros de delegación peregrinaban del atelier de Picasso al de Léger, Rodchenko descubría por las suyas que el ojo de la cámara era la forma perfecta para mostrar las cosas desde un ángulo socialista, es decir desde un ángulo nuevo. Fascinado por la manuabilidad de la Leica, que permitía hacer tomas desde ángulos insospechados, explotó al máximo la toma cenital, desde arriba, o poniéndose a los pies del retratado. Sus fotos parecían esculturas, eran casi tridimensionales, se venían encima. Y, cuando les agregaba tipografía y las convertía en propaganda revolucionaria, convencía hasta a las piedras de que se venía el Hombre Nuevo, la realidad detrás de la utopía.
Pero Marx ya alertaba sobre los desvaríos del pensamiento abstracto. Y a Lenin le empezó a pasar lo mismo con el arte abstracto cuando los avangardistas pintaron de colores brillantes (e indelebles) los árboles del Paseo Alexandrovski frente al Kremlin, y por supuesto los secaron. El constructivismo ruso fue a París sabiendo ya que era póstumo. Tenían los días contados antes de que muriera Lenin, Stalin no se ocupó de ellos antes porque estaba dedicado a Trotsky, pero los tenía inequívocamente en la mira. Maiacovski le ganó de mano. Su suicidio es la fecha oficial de defunción del constructivismo. Fue apenas volvió Rodchenko de la Expo de París. La foto que le hizo a su compañero de correrías es archiconocida: Maiacovski parado con las piernas muy abiertas y un tormento en la cara que mete miedo. Antes de volarse los sesos dejó estas líneas junto a su cadáver: “Lo difícil no es morir sino seguir viviendo”. Rodchenko no pensaba lo mismo. Es más: creía ilusamente que la frase de Stalin (“La URSS necesita que sus artistas sean ingenieros de almas”) se basaba en una frase suya (“El Hombre Nuevo vendrá de la unión del arte con la ingeniería”). Logró clemencia, cuando fueron por él, a cambio de fotos. Sus imágenes fueron el equivalente soviético de lo que habían sido las imágenes de Leni Riefenstahl para el Reich: la verdadera estatuaria del régimen, su propaganda más contundente. Cuando uno piensa en las proezas hidráulicas, eléctricas, arquitectónicas y atléticas del stalinismo, son fotos de Rodchenko lo que está viendo en su cabeza.
Nadie se miraba mucho a los ojos en la URSS en aquella época. Como escribió Ajmátova: “Fue la época en que sólo los muertos podían sonreír, felices de descansar al fin”. Así que Rodchenko pasó más o menos inadvertido en su ignominia, desde 1926 hasta que murió, treinta años después. Vaya a saberse si como autocastigo, en los años finales de su vida, cuando ya no lo dejaban ni sacar fotos, volvió a pintar. A pintar figurativo: pintaba payasos. El hombre que le puso la lápida a la pintura, el hombre que reformuló la fotografía y la propaganda política, el iconoclasta por excelencia de su tiempo, terminó sus días pintando payasos tristes que no se atrevía a mostrar a nadie, en el mismo departamento moscovita donde tenía enrollado en el fondo de un ropero el lienzo en rojo que dejaría a Chatwin sin respiración veinte años después.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-200696-2012-08-10.html







Exclusionista*


No hay paisaje

En verdad, sólo pinta
su propia exclusión del paisaje

el pintor.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
Pictórica. 4º Edición. La Luna Que. Buenos Aires 2011



***


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jueves, agosto 09, 2012

TAN FUGAZ COMO EL AIRE...

*Dibujo: Ray Respall Rojas.
La Habana. Cuba.




AMANECER*


A mi Anam Cara


La gota de rocío guarda las estrellas que la vieron nacer,
aprisiona reflejos del lucero del alba.
Esfera que se deshace entre mis manos
en vez de morir en ciclo interminable,
renacer siendo nube
y luego lluvia.
Universo en miniatura
que impregna los dedos con su memoria cósmica:
A partir de esta mañana, mis dedos no serán los mismos.

Mi gato azul - enorme y poderoso -, desde la ventana
canta a los pájaros que trae el árbol del vecino.
Mi gatita gris, pequeña e inocente,
confunde insectos con aves - todo vuela -,
canta a las moscas, y a la sombra de las moscas.
Rey y Reina, herederos de un lenguaje antiguo
común a todas las criaturas
tratan de llevarme de regreso hacia mi esencia.

Al conjuro de este amanecer de ventana y colibríes
despliego mis alas al canto de los gatos,
escribo en el aire con dedos armados de rocío.

Despertando el eco de tus pasos en mis sueños,
espero tu retorno, mi Anam Cara.
Tantas vidas hallado,
tantas veces perdido.


*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba


-Nota de la autora: Anam es la palabra gaélica que significa "alma"; Cara es
"amigo". Anam Cara significa "alma gemela". Cuando se tenía un Anam Cara,
esa amistad trascendía todas las convenciones y categorías. Los amigos
espirituales estaban unidos de una manera antigua y eterna.





TAN FUGAZ COMO EL AIRE...





PRIMAVERA EN AGOSTO*


A Marina M., que conoce la compasión.


*De Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com


La conoció en pleno mes de enero.  Ella no tenía nada especial: menuda, tez
mate, el cabello oscuro recogido en una cola de caballo.  Prolija, de ojos
grandes, castaños y atentos.  Manos pequeñas, huesos delicados.  Poco más.
La necesitaba.  En principio, los fines de semana, en especial los sábados.
Los sábados eran días clave para Antonio: la soledad se le imponía como una
mortaja, y él desfallecía, ahogado en ese silencio sólido, insomne.
Después le pidió que se quedara a pasar la noche, hasta el domingo.  No tuvo
que insistir, ella lo intuía.  La primera vez, simplemente se quedó
esperando que él hablara;  era como si recibiera su pedido desde muy atrás,
dentro de sus ojos.  Y se le abrieron los labios en una sonrisa iluminada.
En febrero Celia colgó en el armario su bata de verano, y él desocupó uno de
los cajones ella: ropa interior, una remera blanca, y el saquito de hilo
color lila que le sentaba tan bien, que la hacía parecer una adolescente.
Cierto que era  muy joven, pero sus brazos delgados -él pronto lo supo- eran
fuertes, capaces de sostenerlo con una firmeza que a Antonio lo hacía sentir
seguro.  Le gustaba su forma de abrazarlo.  Sin darse cuenta, empezó a
rendirse.
A ella no parecía importarle la diferencia de edad entre ambos: le hablaba
con soltura confiada de cualquier tema, como a su par más íntimo.  Eso lo
sorprendía: Antonio siempre había temido el rechazo de los demás, la mirada
ajena se le imponía como las rejas de una celda.  Junto a Celia, los límites
se fueron borroneando.

En abril, la ventana enmarcó la belleza de los árboles transformados por el
sol del otoño en oro viejo.  Antonio, convencido, quiso renovar la compañía
de Celia  y le pidió que viniera más a menudo, durante la semana.  Era el
frío, que madrugaba cada día más y, por las noches, cuando quería dormir, se
metía entre sus piernas como una serpiente helada y temible.  Eso le dijo y
ella accedió, igual que antes, sin palabras.  Esta vez trajo un bolso y él
le concedió dos perchas más para que ubicara sus prendas junto a las suyas,
pasadas de moda.
El desayuno se tornó amable: a veces Celia le traía el diario y él hacía que
leía, para complacerla, mientras ella se calentaba las mejillas frotándolas
con sus manos.  Un día, ella se soltó el pelo; a Antonio le pareció verlo
brillar como un cielo oscuro cargado de relámpagos.  Su perfume fresco,
húmedo, llenaba su  habitación de reminiscencias.
Ella simulaba no percibir su respiración agitada, sus manos temblorosas, la
transpiración fervorosa de su piel, a su contacto.  Como si todo fuera
normal, lo de costumbre.  Celia conversaba de sus cosas, que eran, para
Antonio, las únicas posibles todavía.  Así se fue mayo.
En junio, decidieron esperar todavía: algunos días él estaba mejor
dispuesto, más seguro; se mostraba independiente y hasta brusco: le pedía
que se fuera antes, que necesitaba estar solo, que lo abrumaba con sus
cuidados.  Insistía, incluso, en salir.  Ella lo dejaba hacer; a veces lo
acompañaba hasta el banco de la plaza donde Antonio solía sentarse, antes de
conocerla, a leer algún libro.  Una mañana lo siguió dos cuadras, hasta el
bar cercano a la casa; desde lejos vio cómo se acomodaba en la mesa de la
vereda, al sol, y leía el diario que Celia había llevado muy temprano.  Se
lo veía tan sólido.  Pero ella conocía los límites de su vulnerabilidad; no
era la primera vez que pasaba por aquello.  Se sabía necesaria, pronto sería
imprescindible.  Esperó, simplemente; dejó que él se probara un poco más.
Fue, volvió, le dio aire.  Un poco de tiempo, había dicho Antonio:
necesitaba más espacio.
Sin embargo, nunca desocupó su parte en el armario.
En julio, el frío pudo más que la prudencia y Celia volvió a visitarlo un
sábado.
Antes que el aire helado dentro del cuarto, la conmovió la tristeza amarilla
en el rostro de Antonio, su desolación pegada a la piel, el mal presagio en
cada uno de sus gestos.   Él recogió su visita con humildad, agradecido,
como un inválido.
Por fin, Celia se instaló en la casa.  Ambos lo decidieron una tarde fría
pero brillante, en el que sol dolía en la ventana y parecía querer
astillarse en signos incandescentes.  Ella había descorrido las cortinas; la
luz le bañaba el rostro, la garganta, y le pintaba la piel de color té bajo
el pijama de invierno, abierto en el escote.  Antonio la contemplaba desde
la cama, con un cosquilleo porfiado en el bajo vientre, la invencible
urgencia del sentir su contacto.
Seguía siendo un hombre, a pesar de todo.  Y ella era una mujer hermosa,
ahora podía apreciarlo.
A las doce menos cuarto del último día de su vida, el anciano moribundo le
pidió a su enfermera que se acercara.  Ella, menuda, ligera, nada especial,
acudió a él con la misma sumisa sencillez, tan cálida, sin embargo, de aquel
primer encuentro, en verano, en que él había decidido contratarla.
- Te quiero, muchachita.
Celia tomó la mano de él, su mano flaca revestida de venas azules y se dejó
conducir debajo de las frazadas, hasta la entrepierna caliente del viejo.
Para ayudarlo, una vez más apoyó su cabeza en el pecho de Antonio, para que
recibiera el perfume de su pelo recién lavado, suelto, al caer sobre su
cuerpo.
La respiración de él era ancha y profunda.  Su rostro, a la luz del
mediodía, era el de un hombre feliz, un hombre que gozaba.  Bajo la mano,
fulguró ligeramente el sexo del viejo, humedeciéndola con su postrer gesto
de amor, de reconocimiento.
- Yo también te quiero.
Antonio no la oyó.  Fue en agosto.






EL GOMERO*



*Por Alejandra Zina. alejandra.zina@gmail.com


En mi casa había un gomero. Cuando la compraron a principios de los 70, el
gomero era un árbol joven y ocupaba un rincón del patio. Mi viejo lo quiso
sacar porque decía que las raíces son destructivas, crecen horizontales y
levantan las baldosas, pero mi mamá quiso dejarlo. Así que el gomero se
quedó 26 años en el mismo lugar. El tronco y la copa crecieron a lo alto y a
lo ancho hasta alcanzar el segundo piso y llegar a la ventana del
escritorio, que cuando cumplí trece se transformó en mi primera habitación.
Un cuarto desde donde se podía estirar la mano y tocar las hojas duras del
gomero.
En verano la sombra era deliciosa, pero papá tenía razón. Con el tiempo, el
tronco y las raíces destrozaron el cantero y las baldosas de alrededor.
Los lugares se impregnan de la vida de quienes los habitan. Son organismos
que se enferman y se curan, nacen y mueren, igual que las personas. Mi casa
brilló y se oscureció al ritmo de nuestra historia familiar. Cuando en 1999
tuvimos que ponerla en venta, les pedí a dos amigos que me ayudaran a sacar
las cosas que íbamos a tirar en el conteiner que esperaba en la calle. Ellos
también se encargaron de serruchar las ramas del gomero, que a esa altura
tenía el aspecto de un árbol salvaje. Abandonado en el tiempo. Como la casa
toda.





*


Ando suelta
Mi alma se detiene en mil cristales
Es tanto el amor que te tengo
Que no puedo soportarlo todo en mi cuerpo.
Si supieras querido lo que siento
Es un palpitar inquieto y sostenido
Mis manos tiemblan en lo que escribo
Con un  rumbo desesperado
Busco a tientas tus olores
Entre tus obsequios del presente
Y sin un remedio adecuado
Palpita el silencio desafinado
En una turbulencia enardecida

Donde estás amado mío
Mis ojos están vestidos de tinieblas
Busco desesperadamente alguna señal
Para encontrarte
No quiero que te vayas todavía vida mía
Porque contigo mi vida tanbien se escapa
En las letras en los autos en la calle
Tu figura se esfuma sigilosa
Aunque intente amarrarla con mis manos
Como espuma de agua jabonosa
Pierdo el color de tu presencia.-


*De Azul. azulaki@hotmail.com






AL PRINCIPIO TODO ERA BELLO*


                         A Enoel Rey



Llegué yo y comenzó a nevar

En las tiendas de estímulos ofrecían lo necesario
desde armadillos de verdad
hasta licuadoras de juguetes

Pero el monstruo tiene labios finos
y nos quedamos a la expectativa
a descubrir un nuevo sol
otros árboles
otros pájaros cantores en el amanecer

Atrás quedaban  los amigos
las mujeres de humo
los piélagos del mar cuando niños

Hay que rehacer las cartas de navegación
hilar los cigarrillos de siempre
dejar que los salmos nos salven y predigan

Al principio todo era bello
terrible como la belleza de Rilke
pero sencillamente bello
lejos de las voces amadas
y los abrazos.


*De Reynaldo García Blanco  centrosoler@cultstgo.cult.cu






*


tan fugaz como el aire
impreciso el instante
dobla el rostro su imagen
de una inútil cobarde
y los pasos se mueren

...


tibiamente en la tarde
y la piel se descubre
tan desnuda tan frágil
porque a veces
perdemos un sueño
una palabra un gesto
y un corazón de apenas vulnerable



*De alba estrella gutiérrez. alba.estrella@gmail.com







La mujer y el pintor*


Mujer conmovedora sentada frente a mí
pinto a esta mujer conmovedora sentada frente a mí
designo conmovedora a esta mujer sentada
esta mujer conmovedora me designa pintor


Soy nombrado.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
Pictórica. 4º Edición. La Luna Que. Buenos Aires 2011







*


Es tan nada,
esa
que nunca estuvo
en vos.

...


Es tan pequeña
llorando
arrodillada
de espaldas a si misma.

Una foto,
un dibujo,
un espejo
implacable
que le recuerda
que aún se puede morir más.


*De Alejandra Morales.




***


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lunes, agosto 06, 2012

AL NÁUFRAGO LE CABÍA PINTAR Y AMAR...


*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu




LOS PAJAROS DE LA VILLA*



Los pájaros de la villa, no saben
       que son
pájaros de la villa, mientras
       revolotean y cantan
y por sus charcos toman agua.
       Están siempre
por encima de los techos de
       zinc
y por lo saludables que lucen
       no sufren
de complejos ni de hambre.
       En ese sentido
son como los pájaros altivos
       de Puerto
Madero, Belgrano R, Olivos
        y Recoleta,
que están por encima de las
        razones
humanas, que enrarecen y
        sacrifican
todo, todo, y no saben volar.
       

                        
*De Eduardo Dalter. eduardodalter@yahoo.com.ar





AL NÁUFRAGO LE CABÍA PINTAR Y AMAR...





¿CUÁNTO VALE ESE LIBRO DE  KIPLING?*



En Kipling Book hasta las vendedoras parecen obscenas
Peter Hanke obsceno
Pamela Anderson también

Los cantores del imperio están de moda
vuelven  las ruletas rusas
los dísticos de la guerra

En medio de una gran nostalgia
las señoritas de Wilko
pasean su monótona existencia entre los anaqueles

Estoy levemente existencialista
reviso  mis denarios de viajero ocasional
frívolo comprador en decadencia

¿ Cuánto vale ese libro de Kipling?
y la vendedora me sonríe con malicia
Pamela Anderson también.


*De Reynaldo García Blanco  centrosoler@cultstgo.cult.cu







Senos de tahitianas*


Se diría que los recuerdo
y que hasta estuve allí


Me exhibía entonces al natural
con ellos todo es más simple


Al ciudadano le di
el olivo que es el olvido


Mis construcciones insistían
en situarme al fresco


Descalzo, mis valores de siempre
tendían a disiparse


Al náufrago le cabía
pintar y amar


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
Pictórica. 4º Edición. La Luna Que. Buenos Aires 2011







CALLES*


*Por Alejandra Zina. alejandra.zina@gmail.com


Cuando mis viejos se separaron en 1983, la casa en donde me crié y donde viví hasta los 21, pasó a llamarse Julián Alvarez, como la calle. El nombre de varón sonaba protector, como un reemplazo imaginario. Desde que se fue, mi papá le empezó a decir así, y nosotras también. Con el tiempo, cada lugar que habitamos juntos o separados empezó a llevar el nombre de la calle. Así, sobre el mapa de la ciudad se fue dibujando el mapa de mi familia. Nueva esposa, ex esposa, hijas, abuelos, tíos, todos entrábamos en ese mapa.
Juncal, Independencia, Córdoba, Bulnes, Charcas, Gascón, Lavalle, Corrientes, Uriburu, Ramos Mejía, Laprida. Como los apellidos de un cuadro de fútbol, nuestras viviendas también formaban un equipo, un conjunto de individualidades reunidas. Con un frágil equilibrio, por supuesto.







El grado oscuro de la escritura*



*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



A favor de los ahorcados es un libro que data más o menos de un tiempo a esta parte. Ha nacido, de eso estoy segura, como estoy segura de la invisibilidad de los átomos y de los vendavales. Existe, de eso estoy segura, como existen los maniquíes inconclusos. Y crece, de eso estoy segura como crecen las barbas del diablo. Pero también se sale de las casillas (o de los catálogos) de eso estoy segura, porque es un perro callejero antes que un gato amaestrado.
A lo largo de estos años, A favor de los ahorcados se ha ido haciendo a sí mismo sin escritura. Durante mucho tiempo fue sólo un rumor, hasta que por fin adquirió todas las propiedades de un libro fantasma: sale de las cavernas de la noche, golpea con sus manos invisibles las puertas del viento, atraviesa las paredes, atraviesa las páginas, se atraviesa a sí mismo. Y, como buen fantasma, jamás puede ser reflejado en las palabras por esa vieja cuestión que tiene con los espejos.
Cualquier crítico podría caer en el lugar común de decir que este libro corresponde a un género inasible, pero por mi parte creo que pertenece a un género anarquista porque se escapa de esa horrible manía o herencia que nos inclina a creer que todo se compra, desde un diario hasta una banca de diputados. A su modo rehúye de la arcaica creencia que lleva, a cada vez más gente, al capricho de sacar boletos para viajar, de comprar vino para embriagarse, de implantarse labios para besar.
Este libro viene a romper con la peste adquisitiva. Viene a romper también con la ilusión de que un libro sólo es libro si tiene formato de libro, circulación de libro, páginas de libro, premios de libro, abandono de libro, recomendación de libro. Las cosas no son siempre así. Los libros no son siempre así. A favor de los ahorcados viene de una larga travesía. Viene, como quien no quiere la cosa, a instalar la realidad de su quimera. Viene con su escándalo. Con su espíritu de grulla, con su edición de origami. Con su ausencia.
Pero, como cualquier libro, este libro consta de un comienzo y de una continuidad. No es el libro de arena de Borges, ni el libro invisible de Silvina. Es apenas un libro fantasma, un libro que no se ha materializado.
Una sobrenaturaleza literaria. Una surrealidad física. Una cosa rara.
Las pruebas de su existencia inexistente son tan irrefutables como imposibles, porque obviamente se trata de un libro sin lomo, sin ficha, sin tapas, pero de cita obligada para echar luz en algunos de mis textos que, por sí solos, podrían resultar herméticos, incomprensibles o fantasmagóricos.
Este libro no sólo habla de los ahorcados sobre el cadalso de la oficina, sobre el cadalso del matrimonio, o sobre el cadalso de los trenes. Habla de los ahorcados con su propia baba, con su propia saliva. Habla de los ahorcados como experimento, como arte combinatoria, como escenario en el cual las palabras tienden sus valencias hacia arriba, hacia abajo, hacia adentro y hacia los costados. Habla de los ahorcados como ese sol que no nace. Como un fardo cósmico que se va envolviendo con hilos de rubí. Como una claridad amarilla que cae sobre las flores que mueren por sí solas.
A favor de los ahorcados no es un libro que no existe sino un libro que crea su propia inexistencia. Por ello, y por cosas que no quiero ni pensar, es un libro que no le está dado a todo el mundo, aunque no por mezquindad sino porque no todo el mundo todavía ha pasado por la experiencia del patíbulo.
Demás está decir, que no he considerado pertinente comprobarlo a ciencia cierta, pero se cae de maduro que al frotar las hojas de este libro inexistente, lo sutil de las sílabas de tiempo sin espacio y de espacio sin tiempo, se derrite en la boca del lector hasta disolver la historia atormentada del mundo.
Demás está decir, también, que al llegar al punto azul de los anillos, del libro no sale ningún esplendor sino más bien una brea invisible. Pero es tan fortísima la emanación que no habrá memoria capaz de recordarlo. Y el lector estará en todo su derecho de afirmar que A favor de los ahorcados es un
extraño libro que jamás ha sido escrito.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-34960-2012-08-04.html







UNA BUENA PERSONA*



*De Horacio Bascuñán. luneslunes@argentina.com


Don Manuel era una buena persona.
Y lo siguió siendo después de la noche en que le pegó la bofetada a doña Clarita, su mujer. Mientras ella dormía.
El ojo y una parte del pómulo amoratado fueron la vergonzosa evidencia que ella (ni por más que se esmeró), no pudo ocultar ante las vecinas durante varios días.

- Fue que yo - ¡mire que tonta! - me llevé la puerta por delante. Me está haciendo falta cambiar los lentes..., - dijo a quienes se interesaron.

La vergüenza de don Manuel no fue menor: Volvía de trabajar en la pequeña chacra herencia de sus padres que en ella también habían dejado su vida, y se encerraba. Se puso triste. No hablaba. Y quienes vemos siempre desde afuera la vida de un hombre que tiene adentro de él, - sólo de él - la que vive, diríamos que se  merecía el remordimiento. ¡Haberle pegado a su mujer!

No dio explicaciones de nada. Y nadie se las pidió, no sólo porque esas cosas no se preguntan, sino porque ¡venir don Manuel a pegarle a su mujer! (“mi compañera”, según siempre él la había tratado, otras veces simplemente “Clarita”) A esta edad, después de toda una vida...!

Don Manuel y doña Clarita se habían quedado solos después de criar los hijos, dos varones y una mujer. Como corresponde, cada uno había hecho nido propio. La niña y el menor vivían con sus familias cerca de allí, y del mayor casi no se tenían noticias. Andaría ya por los 35 años y estaría como siempre en algún lugar que nunca se sabía. De La Plata habían traído noticias que lo habían visto. Otra vez llegó una carta que noticiaba haberlo visto en Tucumán. Nunca de Neuquén que queda aquí tan cerca. Así...

- Nunca se sabe – decía don Manuel. Y no se quejaba. No decía, por ejemplo “debe estar bien” o un “ojalá que un día se acuerde de nosotros y nos venga a ver..”. No.

Nunca decía nada de su hijo. Manuel también, como él. El mayor, sano y fuerte desde chico. Que a los 18 había entrado en el Ejército (desde entonces era la única fotografía que por ahí estaría, en algún cajón de la cómoda).

Primero le habían llegado rumores que él no quería creer. Después él mismo empezó a sospechar. Y finalmente alguien le enrostró, directo y brutal:

-         No me diga que no sabe: ¿No sabe que su hijo anda torturando gente?

Ya lo habían dicho en el pueblo dos o tres que la patrulla se había llevado a la fuerza. Y que aseguraban haberlo encontrado tan diferente de cómo había sido. Ni el  mismo nombre tenía. Manolo los había golpeado (¡Ni siquiera nos saludó..! dijo uno...echándolo a la risa, mucho después) “Sin siquiera saludarlos” (porque sin duda que los conocía. ¡si habían jugado juntos tantas veces!). Los había picaneado sin piedad y después con sus puños ¡a demoler gente....! Preguntando, a gritos, por los otros – ¡nosotros! - que un día éramos niños. Por los nombres. ¡ Los nombres, mierda...!!  Daban ganas de decir: ¡Nosotros...somos nosotros, Manolo! Pero no era un lugar para decir nada...!

Por eso don Manuel le pegó semejante bofetada a la señora Clarita esa noche.

Porque Don Manuel tardaba en dormirse por las noches, a pesar del cansancio. Tenía el sueño inquieto y hablaba durmiendo. Sollozaba...! – diría alguna vez doña Clarita. Se despertaba y no decía nada: se iba a la cocina a tomar un vaso de agua. Y sin decir nada volvía a acostarse. A pesar que a poco amanecería.

Esa noche que estoy contando, don Manuel por primera vez golpeó a su mujer, su compañera.

Esa noche, otra vez don Manuel dormía viviendo su atormentado adentro:
- ¡Déjalo ...déjalo! - ¡Por dios, suéltalo...! gritó en sueños.
Más fuerte, todavía, como si estuviera despierto:
- ¡Déjenlos, mierdas...!, aulló sin poder despertarse.
- ¡Manolo! No!

Y ahí fue que su puño de pacífico labriego, se levantó en la oscuridad –en todo sentido- se apropió de la noche y la rabia, se agitó en el medio del oscuro sueño y fue a azotarlo contra la realidad que dormía a su lado: en plena cara de su compañera.

Despertó con un torbellino. Su propio grito y el quejido de ella. Se dio cuenta. Y se le vino todo el dolor: lúcido, desgarrado, de muerte.

Y la abrazó sintiendo dos llantos. La abrazó. Se oyó a sí mismo llorando con un aullido animal que no se conocía. Talvez no la abrazó: se abrazó de ella...! Como quien se abraza a la vida cuando se nos va escapando a veces. En el pómulo ya se formaba la tumefacción que a ambos les dolía. Y que siguió doliendo.    

Conociendo a don Manuel, (una buena persona), es justo pensar que del mismo modo habría abrazado a su hijo después del puñetazo si hubiera sido a su hijo a quien se lo hubiera dado. Solo que Manolo andaba a esa hora en quizás que puta mala parte.








Monjas chinas*



*Por Leonardo Novak


A Miriam Centurión



La comida la sirven a eso de las doce o doce y media. La merienda siempre la traen como a las cuatro. Para cenar una ya se pone lista a eso de las siete, porque entre esa hora y las ocho, ya te dan lo que
tengan preparado. Ah, sí, el desayuno también. Temprano, y también entre las siete y las ocho, pero de la mañana. Eso está firme. Lo demás se mueve bastante. Es raro, porque es como si todo estuviera quieto y todo cambiara a la vez. No sé cómo explicarme, pero es así. Las paredes, las camas, los pacientes y hasta las moscas, diría, son siempre las mismas. Esa cruz de ahí arriba también, siempre está. No sé si es linda, pero está bien que esté. Es un Jesús un poco raro porque desde acá parece que tuviera el pelo corto, pero bueno, tampoco una se puede quejar. Bastante que lo clavaron ahí al pobre, no va a andar pidiendo que lo hagan más así o más de esta otra manera. Lo que yo veo es que todo eso se mantiene igual y a una le da la sensación de que no pasa nada. Ah, otra cosa que siempre viene son esas monjas, que son como chinas o coreanas o no sé bien qué, pero están siempre, como si fueran parte del lugar, como si en realidad ellas fueran la razón para que el hospital esté funcionando, para que puedan tener un lugar donde repartir la palabra de Dios. A mí no me molestan, la verdad. Pero la señora que estaba en la cama de enfrente, por ejemplo, no las aguantaba.
Yo me río cuando ellas vienen así, en silencio, como si no hicieran nada y una las ve que así, calladas, parece que tuvieran al diablo adentro en vez de a Dios, porque tienen mucha energía y hacen un montón
de cosas, y para mí la energía siempre tiene más que ver con el diablo que con Dios. La señora de enfrente se tapaba toda o giraba y les daba la espalda. No quería saber nada. Está bien, cada una con lo suyo, ¿no? Y sí, a esta altura, para qué estar metiéndose con las cosas de los demás si total. Por suerte, ya la dejaron ir.
Parece que yo no mejoro mucho. Lo que se dice mejorar, mejorar.
Digamos que no estoy segura, pero es por lo que veo en la cara de los doctores. La doctora Marina, por ejemplo, era a la que más se le podía leer la cara. Está bien que no era de expresar mucho, pero había que verle los gestos cuando levantaba la frazada, me miraba y preguntaba.
Siempre era como que chistaba, se iba toda caminando rápido y volvía como si hubiera retado a alguien. Sus razones tenía un poco. Pero bueno, a ella era a la que más se le notaba, antes de que se fuera. El
otro, el doctor Ariel, es todo buenito, todo así como lleno de granitos, y sonríe y muestra esos dientes grandes y esas entradas blancas que tiene en los rulos negros, y sonríe, pero cuando se va hasta la otra
cama ahí nomás ya le cambia la cara. Yo lo gastaba siempre con que se empezó a quedar pelado de joven porque ser médico no es para cualquiera. Le digo que vaya a tomar sol, que salga a buscar chicas
que después, cuando sea más grande, ya va a tener tiempo para estar serio y hacerse problema. Él se mata de la risa y ni caso me hace, pero bueno. Hay unas que vienen de a dos. Yo no sé si nacieron juntas o qué, pero la cuestión es que siempre vienen una pegada a la otra. Esas dos son enfermeras. Una es gordita y la otra no, la otra es petisa, pero flaca. Tienen el pelo medio naranja. Para mí que se lo tiñen juntas, no sé. Ellas están en la semana. Los sábados y los domingos no hay nadie.
Bah, no está ninguno de esos. Está el enfermero Germán, que es grandote y todos los trajes verdes que se pone le quedan chicos y entonces se le ven la panza y los tobillos. Están otras enfermeras, que siempre son distintas, y las monjas chinas. Yo les digo así, aunque no sé si son de un país o de otro, pero para mí es lo mismo.
Hoy es el día que los doctores vienen diciendo que es importante. De todo el tiempo que llevo acá, que será un mes y medio, ya casi dos, me lo dijeron varias veces, y por eso yo no le doy tanta bolilla. No es que no les quiera creer o que piense que me están mintiendo, no es eso.
Pero ellos insisten con que hoy es el día más importante. Creo que por eso vino tanta gente a verme. Tampoco fue tanta, en realidad. Vinieron los que vienen de a ratos los días de la semana, como si se turnaran, nada más que hoy vinieron todos juntos. Se ve que los doctores les dijeron lo mismo que a mí. A mí no me importaba casi ninguno, y no es que no los quiera, pero yo sólo quería ver a mi Eugenito. No
estuvo muy contento hoy, se ve que algo le pasaba. Nomás llegó se sentó al lado de la cama y se puso a jugar con el teléfono, sin mirarme, como si no quisiera, mientras los demás me preguntaban cosas. Yo les
veía flotar la cabeza arriba mío. Unos sonreían y hablaban despacio como si yo no los entendiera. Los que no se reían de vez en cuando me movían la frazada o me subían y bajaban el respaldo de la cama,
preguntándole a los otros si así estaba bien, pero nunca parecían estar de acuerdo. Después esos se iban y venían con una bolsa de algo, de galletitas o golosinas y se las repartían mientras me miraban. El único
que no me miraba era mi Eugenito, tan serio, tan enojado parecía con el teléfono que me hacía acordar a su papá. Yo me puse a pensar que él podría haber heredado algunas cosas suyas, aunque no lo hubiese
visto nunca y tenía ganas de decirle que sí, que se parecía y que me pregunte por ese hombre que se fue, que nos dejó cuando él todavía era una cosa rara adentro de mi panza. Pero él no me miraba y se pasó
el día, me dio un beso en la frente y se fue con los demás.
Ahora que es de noche y encendieron las luces puedo ver las migas de las galletitas en mi frazada y me acuerdo de que ellos estuvieron. Todo es muy blanco y muy luminoso acá. Una le puede ver hasta los
puntitos negros de la nariz a la gente. Para mí que es para que los doctores nos puedan revisar bien. O no sé. Creo que ya estoy inventando.
Pero lo de la luz es importante. En la cama de al lado hay una viejita que siempre está con la boca muy abierta, seca, como si alguna vez hubiera tenido en la espalda algo que le molestaba y hubiera tenido
que acomodarse, pero de repente hubiera pasado un aire y la dejó dura así, para todos los días. La tarde que llegó pensé que estaba muerta. Al rato me di cuenta de que no. Ya la primera noche empezó con unos
gritos horribles, unos gritos sin desesperación, todos iguales, igual de largos, igual de fuertes, igual de feos. Las primeras veces la enfermera de la noche trataba de hacer algo, de calmarla, y ella seguía igual. Era probable que no le gustara la oscuridad, porque a la mañana cuando yo me despertaba después de haber logrado dormir un poco, ella estaba otra vez con la boca abierta y dura, como si lo único que quisiera fuera beber la luz del día o de los tubos. Entonces yo me acostumbré a sus gritos, a ver como su cuerpo se movía muy despacito en la oscuridad, hecha un bulto negro de frazadas. La enfermera ya no vino las noches que siguieron. Me parece que sabía que su tarea no era necesaria ahí. De a poco, también empecé a quererla a la viejita porque era una especie de protección. Sus gritos les daban miedo a las otras internadas y cuando fue lo de la mujer esa que se decía que era ladrona, a mí me ayudó estar al lado de la viejita seca, porque la ladrona no se animaba a llegar hasta mi cama y sacarme algo de lo que me hubieran dejado mis visitas. Yo creo que los gritos de la viejita eran tan horribles de ser tan insistentes que ahuyentaban hasta a la más mala. Esa que decían que era ladrona no duró mucho, porque a cada rato tenía un policía o dos haciéndole preguntas o diciéndole que no se acercara a ninguna paciente, que se quedara en su cama. Y para mí que se cansaron y la dejaron ir tuviera lo que tuviera, sin importar todos los brazos morados y las vendas, porque ya no la aguantaban más ni las enfermeras, ni las pacientes, ni los policías. Entonces, a mí la viejita un poco me ayudó y desde ahí le empecé a tener más cariño, aunque sus gritos sean difíciles de aguantar.
Ahora es de noche y es cuando todo parece más igual y más movido, no sé cómo explicarme bien. Una de las monjas chinas está tratando de darle de comer a la viejita y otra está con el hombre que está dos
camas para la izquierda. Pobre señor, hoy es el primer día que vino y que la señora que venía a ver ya no estaba. Él parece bondadoso. Nunca hizo ningún problema cada vez que le pedían que saliera o que le
decían que ya no era horario de visita o que necesitaban lavar a las pacientes. Él salía y esperaba en el pasillo, vaya una a saber haciendo qué, y no bien le daban la señal para que volviera a entrar él agradecía mucho y volvía a sentarse al lado de la cama de la señora. No hablaban mucho. Ella se ponía para un costado y en la cara parecía juntar todo lo que le dolía. Él ubicaba la silla del lado que la mujer dejaba las manos al aire, así las podía agarrar. Apoyaba la cabeza contra la baranda de la cama y se ponía a hablar en voz bajita como si le estuviera contando cosas que ella pudiera escuchar de una manera misteriosa que no le hacía modificar la cara. Muchas veces me preguntaba si él no tenía nada que hacer o si había decidido que lo único que quedaba para su vida era acompañar la de la señora. Algunas tardes él parecía más afectado que la mujer. Su cara era muy carnosa, tenía muchos pelos y unos anteojos de marco grueso en los que se veía la tristeza de una manera limpia y como para toda la vida. Cuando a la señora la llevaban a hacer un estudio, como él no se quería ir, se quedaba hablando con otras pacientes o con los familiares de esas pacientes.
Cuando fue el día que a mí no me pudieron llevar al otro hospital porque no había ambulancia para trasladarme adonde funcionara el aparato con el que me tenían que hacer el estudio, él vino y me dijo que yo no tenía que preocuparme, que en algún momento los problemas en el hospital se iban a solucionar. Desde ahí me empezó a resultar muy simpático y siempre me saludaba y a mí me ponía contenta que él
viniera, aunque él no estuviera contento, o sí, pero a su manera triste.
Ahora la monja le está hablando y él se pasa los dedos gruesos en la cara toda llena de anteojos y parece que está llorando.
Una vez la doctora Marina me contó que las monjas chinas trabajaban en la capilla del hospital y cuando yo podía hablar le pregunté que por qué eran chinas y ella me dijo que no eran chinas, sino coreanas, y me dijo que eran así porque habían nacido en Corea, pero que no sabía por qué todas las monjas de la capilla del hospital eran coreanas y también me dijo que no le importaba saberlo. La doctora Marina era
así, buena y bruta. Era firme y todo le parecía muy serio. Pero también sabía lo que a mí me gustaba y, una vez, se me puso a hablar del hijo porque yo le había contado de mi Eugenito y de su adolescencia. Ella me contó que se le hacía difícil ver al suyo también, porque tenía mucho trabajo y que estaba cansada. A mí me gusta que la gente me cuente cosas y no que me haga tantas preguntas y la doctora Marina hacía eso, y por ahí hasta se inventaba las anécdotas para darme charla.
También le daba conversación a la señora de la cama de enfrente, a la que no le gustaban las monjas. Parecían entenderse a la perfección.
Yo las veía mover la cabeza a la dos juntas o morderse el labio de abajo al mismo tiempo, como si estuvieran de acuerdo tanto en lo que les parecía bien como en lo que les parecía mal. Qué linda la doctora Marina. Me dio mucha pena cuando ella se fue y vino el doctor Ariel a reemplazarla, que no es que no sea bueno, pero yo quisiera que estén los dos juntos. Uno de los últimos días que yo podía hablar le pregunté al doctor Ariel qué había pasado con la doctora Marina y él me dijo que renunció, y yo le pregunté por qué, y él me dijo que porque tenía problemas, entonces yo le volví a preguntar si era porque tenía ganas de ver al hijo, y el doctor Ariel sonrió con esos dientes grandes que
tiene en esa cara de estar cansado o con susto, y me dijo que la doctora Marina no tenía hijos, que era soltera, y entonces le pregunté otra vez por qué se había ido y me dijo que por problemas en el hospital y cuando quise saber qué problemas el doctor Ariel me dijo que yo no tenía que preocuparme, que era mejor que descansara y que pensase en recuperarme, que no importaba quién me atendiera, que total la
medicina era una sola y los médicos no importaban o algo así.
En cualquier momento está por llegar el enfermero Germán para llevarme adonde los doctores dicen que está lo importante. Yo no sé bien cómo va a hacer para pasar con la camilla porque ahí están de nuevo,
justo abajo de donde está el Cristo de pelo corto, todos esos chicos estudiando. Siempre se ponen el escritorio ahí, entre las camas, a la altura de la puerta y todas las nochecitas pasa lo mismo, los enfermeros discutiendo con ellos, diciéndoles que cómo van a estorbar el paso, que no saben nada, que para qué estudian. Esta es la hora más ruidosa porque ellos se gritan, porque se ve a los familiares entrar y salir de la hora de visita, porque se escuchan las canillas de las enfermeras lavando cosas o las rueditas del carrito de comidas. Y los chicos esos ahí en el medio. El doctor Ariel, que es casi de la misma edad, dice que no hace mucho él estaba en el lugar de ellos, que hay que saber entenderlos, que son las cosas que tienen que hacer para aprobar lo que estudian. Yo me acordé de cuando estudiaba en la escuela y eso un poco me gustó y hablé con el doctor Ariel sobre aquellos años. A mí no me caen mal esos chicos y esta hora es una de las que más me gusta porque, a pesar del alboroto y de que siempre es igual, es cuando hay más movimiento. Lo que sí no me gustan son esas enfermeras y enfermeros que yo no sé de dónde salen, si estudian o qué, pero que vienen a querer hacerla reír a una, como si una estuviera acá de gusto.
No es que me queje, porque me atienden muy bien y los doctores son muy buenos, aunque se vayan y aunque en el hospital algunas cosas no salgan como tendrían que salir, pero esa gente viene disfrazada de
payaso. Para mí, que soy un poco chapada a la antigua, pero yo creo que no está bien. Algún día de la semana siempre aparecen. Vienen caminando despacito por el pasillo, con pasos largos, como si ya vinieran haciendo de payasos desde antes de llegar a la sala y van recorriendo cama por cama, se quedan un ratito con cada una, y están ahí, haciendo monerías con sus pelucas de colores y sus narices de payaso
y hablan todo con palabras así, chiquitas, como si le hablaran a chicos en vez de a mujeres grandes. Yo no sé qué pensar sobre ellos, pero un día, cuando estaban alrededor de mi cama, unos estaban tocando la
manguerita que me entraba a la nariz, porque yo estaba un poquito débil para comer, haciendo como que había hormigas o animales que caminaban por el tubito y justo apareció la doctora Marina. Ay, qué
risa. Los sacó carpiendo a todos y ellos se fueron haciendo sus payasadas. Esa doctora Marina, qué más buena que era, aunque tan dura.
Yo le pregunté que quiénes eran y ella fue tan directa que me hizo reír. Unos imbéciles, me dijo y yo casi escupo, porque no me podía imaginar que alguien así, como la doctora Marina, tan seria y tan de
guardapolvo pudiera decir una palabrota, pero la dijo y yo casi, ay, esa doctora. Entonces, le pregunté que por qué venían, si los mandaba alguien del hospital, y se ve que la doctora ese día estaba enojada,
porque me dijo que esas ratas no iban a mandar nada nunca, porque no les importaba, y yo no sabía bien de qué estaba hablando, pero me di cuenta de que no quería seguir el tema, entonces, ella se fue a hablar
con la mujer que estaba en la cama de enfrente que, de a poco, se iba sintiendo mejor y hasta ya se sentaba y todo. Yo las veía a las dos charlar, a las dos mirando por la ventana, como si esperaran alguna
misma cosa que compartían. Se las veía lindas a las dos juntas. Pero bueno, ya no están.
Cómo se tarda el enfermero Germán, debe estar hasta el cuello de trabajo. Pobre, siempre lo dejan a cargo los domingos que son los días que hay menos doctores y menos enfermeras, y él con ese cuerpo gigante puede hacerse cargo de todo solito, aunque yo me doy cuenta de que a él le gustaría un poco más de ayuda. Una mañana de un domingo él se sentó, ni bien llegado a trabajar, entre la cama de la viejita
seca y la mía. Yo justo ese día andaba medio triste o dormida, no me acuerdo bien, porque la noche anterior me habían querido hacer un estudio y finalmente no se pudo. Yo ya estaba bien flaca, entonces los doctores me movían con cuidado, me habían puesto una tabla de madera en uno de los brazos y la habían atado a la camilla y me dijeron que era para que el cuerpo no se moviera o algo así, pero bien que
dolía, eh, y la camilla era de metal y estaba más fría que no sé qué y desde ahí que no me acuerdo de nada hasta que me desperté ese domingo en que el enfermero Germán se sentó al lado mío y por primera
vez le conocí esa voz finita que no se parece en nada al cuerpo que tiene, pero sí se parece al flequillo que tiene porque las dos cosas son como de chico. Fue él el que me contó que no me habían podido hacer
los análisis porque las enfermeras que me tenían que haber dado algo para que yo tomara y para que descargara todo lo que tenía adentro del cuerpo, esas dos que me parecían iguales, no me habían dado nada, o porque se habían olvidado o porque habían renunciado, él no sabía bien, pero algo de eso había pasado, y me iba a informar cuando hablara con el encargado de la sala, con quien todavía no tenía una
buena relación porque era nuevo desde hacía unas semanas. Yo lo miraba al enfermero Germán y me acuerdo de que ese día él tenía un traje naranja que le quedaba mejor en la parte de arriba del cuerpo,
aunque todavía le dejaba afuera los tobillos. Él me hablaba aunque supiera que yo no iba a responderle, no porque no quisiera, sino porque estaba muy cansada. Ahí me contó que a él no le gustaba el fútbol,
pero que le gustaba el karate, y no sólo le gustaba, sino que además practicaba, aunque dijo que no le gustaba la violencia para nada. Me contó que en el karate una de las principales cosas que se aprende es a controlar la violencia, y que a él ese tema y el fútbol no le gustaban para nada, porque una vez en una cancha de fútbol, a la salida de un partido que fue a ver, a un amigo lo mataron a trompadas. Me dio una
lástima cuando me dijo eso. Pero para él todas las cosas que se iban terminaban volviendo de alguna manera, porque fue así como él había decidido tratar de ser enfermero y que por eso había hecho un curso, en el que si bien le parecía que no había aprendido mucho, sí sentía que podía conseguir un trabajo y ayudar a la gente. Él no me lo dijo así, pero yo entendí que él, desde que se había muerto el amigo, quería ayudar a la gente que se estaba por morir, como si con eso pudiera impedir que el amigo se fuera del todo. De los enfermeros, el que mejor me caía era el enfermero Germán.
Esa mañana había un sol tan lindo que parecía que entraba por la ventana como pidiendo permiso, como si supiera que yo estaba triste, y quisiera darme algo de calor. Creo que al enfermero Germán también
le parecía lindo y por eso se había quedado conversando conmigo mientras las demás se despertaban. Justo ese día había más monjas chinas que nunca. Yo estaba mirando para otro lado, pero me di cuenta
de que empezaron a llegar cuando la señora que estaba enfrente se dio vuelta. Entonces miré y había casi una monja por cama. Yo no sabía que eran tantas, había pensado que eran sólo dos, y ahora que las
veía a todas juntas me daba cuenta de que, en realidad, todas se parecían bastante. Eran carnosas, muchas tenían unos anteojitos casi invisibles y muchos dientes blancos que los mostraban cuando una les
decía algo y ellas no sabían bien qué responder. Nunca hablaban más que cuando se iban juntas e iban diciendo algo que una ni entendía.
Yo pensé que alguna se iba a poner a tocar la guitarra como hacían casi todos los domingos, pero supe que algo raro iba a pasar cuando el enfermero Germán se puso derecho en la silla. El hombre que estaba
con la mujer de dos camas para la izquierda, que parecía estar desde temprano, también se levantó para prestar atención. Entonces empecé a escuchar unos tacos que venían por el pasillo, mientras las monjas
terminaban de despertar a las pacientes y les acomodaban las sábanas y las frazadas y les mostraban todos los dientes que tenían. Y de pronto los tacos no hicieron más ruido y en la sala apareció un hombre,
con guardapolvo blanco y pantalón negro, que en cuanto se dio vuelta para ver cuanta gente había le vi el alzacuello y me di cuenta de que era el cura de la parroquia. El enfermero Germán se acordó y me dijo
que ese domingo la misa la hacían en la sala, así que yo me alegré un poco, porque además era una mañana tan linda, que las palabras del cura me iban a levantar el ánimo por completo.
En la pared del pabellón que se veía por la ventana el sol daba de una manera tan colorida que a mí me parecía ver manchones de un amarillo fosforescente. Me gustaba mirar hacia la pared y meter los ojos en la sala todos confundidos por la luz. Vi que el cura tenía un librito en la mano y se había parado justo hasta donde uno de los brazos del sol podía llegar, que era el medio de la sala. Él se puso a hablar, leyendo del librito y el enfermero Germán se acercó hasta mi oreja y me dijo que se trataba de la oración de la última ultreya, lléname hasta el borde de ti, pero yo no tenía la más pálida idea de lo que me hablaba y me alegré porque iba a aprender algo nuevo y porque, de alguna manera, esas palabras, sin saber por qué, me habían hecho pensar en mi Eugenito.
Yo lo escuchaba al cura, atenta, con ganas de que hablara un poco más fuerte, porque a veces giraba y parecía que la voz se iba por el pasillo y no regresaba. Mientras lo miraba, me puse a pensar que,
así vestido, era un cura, un maestro y un doctor, que él era como una mezcla de todo, de las monjas chinas, de los chicos que estudiaban y hasta de los médicos. Y yo pensé que ni una cosa ni la otra eran muy diferentes, aunque no sé. Con los brazos abiertos giraba despacito, como si fuera un trompo en el medio del pasillo de luz que entraba por la ventana y con la blancura de su guardapolvo y su alzacuello nos hiciera llegar a todas la fuerza del sol y el amparo de Dios. La viejita de al lado, boquiabierta y dura, sin ningún tipo de expresión, parecía más seca que nunca y por eso más feliz. El hombre triste que acompañaba a la otra mujer se había parado delante de la cama de la señora, como si se hubiera puesto entre el cura y la mujer para que las palabras le dieran de lleno a él y lo reconfortaran o para no dejar que tocaran a su querida, tal vez por miedo o alguna otra cosa, no sé. La mujer de enfrente se había tapado toda, no quería ni luz ni cura ni nada. Y las monjas, cada una sentada derechita al lado de una cama, llenas de carne, anteojitos y dientes entre las telas celestes y blancas que tenían en la cabeza, escuchaban muy divertidas, aunque yo no sabía bien si entendían siquiera una palabra. Pensé en Eugenito, en la doctora Marina, en el doctor Ariel y en algunos que me habían venido a ver unos días y me hubiera gustado que estuvieran sentados al lado del enfermero Germán para que disfrutaran tanto de esa mañana como yo, que me había levantado tan triste o dolorida. No duró mucho. El cura se fue rápido quizá porque tenía que dar misa en alguna otra sala, aunque yo no sabía bien si un cura podía dar más de una misa por domingo.
Las monjas chinas se quedaron dándole el desayuno a las que no se podían mover y el enfermero Germán se fue corriendo detrás del cura sin decirme para qué.
Una de las monjas nos repartió a todas la oración que el cura había leído. A la señora de enfrente le dejaron el papelito sobre una silla porque seguía tapada y sabían que si le hablaban les iba a ladrar. No
es que fuera mala. Para mí que había tenido algún problema de chiquita con alguna monja. Cuando se empezó a sentir bien, cada vez que las monjas se iban, ella hacía el mismo recorrido, cama por cama, pero al revés, tratando de que todas desconfiáramos de la caridad de las monjas chinas. Quizá también por eso todo siempre parece más o menos igual. Hay unos que quieren una cosa y otros, otra. La sala es un lugar adonde se encuentran esas dos cosas, que no sé bien qué son, pero que chocan; entonces parece que el mundo se quedara siempre en el mismo lugar, aunque cambiando, como los doctores, y esos cambios son tan pequeños, tan casi nada, que a una le da la sensación de que todo es igual, como el desayuno o la cena o las monjas. Yo no sé. A mí me gustaría que todos se lleven bien. Pero no pasa. Después de esa mañana tan linda, casi al mediodía, cuando las monjas se fueron, la señora de la cama de enfrente vino y se sentó al lado, donde había estado el enfermero Germán. Nosotras no habíamos hecho una gran relación, pero yo creo que a ella yo le agradaba por cómo me llevaba con la doctora Marina, con quien ella parecía tener una muy buena amistad.
Me empezó a hablar bajito, revoleando los ojos grandes como platos para todos lados, como si creyera que la estaban escuchando, y me decía, mirá vos cómo son estos tipos. ¿Te parece a vos?, me decía, ¿te
parece a vos? Y como yo no le podía responder ella se respondía a sí misma y seguía la conversación: unos caraduras, unos caraduras, repetía y agarraba el papel que habían dejado y decía, a ver qué mierda nos están dando, y entonces levantaba la cabeza y miraba al señor de dos camas a la izquierda, quien también la miraba desde atrás de los anteojos que de tan gruesos parecían empañados y no se le veían los ojos, y la mujer casi que le gritaba ¿le parece a usted? Y el hombre no decía nada y volvía a hablarle a la mujer que acompañaba. Entonces, se puso a leer el papelito y decía señor, vacíame de mí y lléname de ti, vacíame de mis ideas y lléname de tus proyectos, vacíame de mi saber y lléname de tu ciencia, señor, vacíame de mis ambiciones y lléname de tu humildad, vacíame de mis apegos y lléname de tu amor, vacíame de mis deseos y haz que cumpla tu voluntad, señor, cuando me haya vaciado totalmente de mí, estaré, al fin, lleno hasta el borde de ti. Me acuerdo tan bien porque los días siguientes leí el papelito unas cuantas veces, porque me parecía tan lindo lo que decía. Pero qué hijo de puta, decía ella, con esas palabrotas, que no es que me asombraran, pero bueno, no sé si teníamos tanta confianza, aunque para ella sí. ¿Te parece a vos?, repetía y negaba y decía mirá, nada describe mejor lo que están haciendo, vaciamiento, decía. Yo no sé qué le parecía tan mal y ella decía que teníamos que pensar que éramos soldados, que había un bando y otro. Todo me sonaba muy ridículo y le quería decir que, para mí, las cosas no eran ni muy de esta manera, ni muy de la otra, y ella, como si hubiera escuchado lo que no podía decir, decía que yo no lo podía ver con claridad ahora, pero que no me preocupara, que en cuanto me recuperase yo iba a poder tomar conciencia de las cosas y ahí le daría la razón. No sé si le entendí bien lo que me quería decir, pero yo creía en sus palabras bajitas que me daban una sensación de buena persona, un poco peleona, pero buena al fin. En un momento se enojó tanto que se fue y se puso a hablar con otra de una cama allá lejos y yo imaginaba que seguiría insultando y eso me hizo acordar un
poco a la doctora Marina, entonces me alegré.
El enfermero Germán debe estar por venir en cualquier momento, yo no creo que él se haya ido, así como se fueron algunos un poco cansados de que no se funcionara de la mejor manera posible. Y creo que
no se fue porque él, según dijo, es de las personas que tiene valores, que sabe esperar, que no cree que haya que estar quejándose todo el tiempo para conseguir cosas. Esto me lo dijo el día después de esa
mañana con el cura, al mediodía siguiente, un día que ya no tenía nada de lindo, ni el sol, ni la luz en la pared de enfrente, nada. Había una lluvia finita, finita, que se dejaba mover para todos lados por el viento que estaba más loco que de costumbre y, a cada rato, se escuchaba cómo todo un grupito de gotas chocaba contra el vidrio como si alguien hubiera hecho un movimiento rápido con un cepillo mojado.
Tan feo estaba el día que hasta tuvieron que prender las luces y el mediodía era como la noche, aunque una podía darse cuenta de que no, porque no estaban los estudiantes y porque todavía no habían llegado
los parientes de las demás mujeres. Y tan feo estaba que no venía nadie y por eso le habían pedido al enfermero Germán si podía trabajar hasta que consiguieran a alguien. Él, chocho, porque según me
contaba a veces mientras me acomodaba las sábanas, en la casa, solo, se pegaba unos sustos de aquellos. Decía que la soledad lo volvía loco, que se ponía a pensar en lo peor y eso a él, que la violencia le parecía
algo horrible, le hacía mal, porque se enojaba mucho consigo mismo.
Como a la hora del almuerzo, también vino un hombre, justo el día después del cura, y a mí se me había ocurrido pensar que al hospital se le había hecho costumbre mandar a alguien a que hablara. Pero este
hombre o no era del hospital o, si era, bastante mal lo parecía. Primero porque andaba con el guardapolvo abierto. Segundo porque era un
hombre peludo, de barba gris, y para mí que no sabía mucho porque un médico, más bien, tiene que andar sin pelos para no andar llevando cosas que afecten a los pacientes, aunque el doctor Ariel me diría que
todos los médicos son iguales. Ay, ese Ariel, así no va a dejar de trabajar nunca. Y eso que yo le digo, pero allá él. Este hombre que había entrado también se había puesto en el medio del pasillo, pero no tenía ningún camino de sol que le llegara hasta los pies, ni siquiera una monja al lado de cada una de nosotras que nos hiciera prestar atención.
Como nadie se había dado cuenta de que estaba, salvo la señora de enfrente que pareció sentarse para escucharlo, el hombre se puso a aplaudir para que lo miráramos y algunas se movieron, no todas. El
hombre empezó a hablar con voz fuerte y clara, como si tuviera un micrófono en la barba. Arrancó diciéndonos compañeras, y a cada rato decía esa palabra, compañeros, tanto para nosotras, que estábamos internadas, como para los que no estaban o estaban en otro lado. Me llamaba la atención que hablara tan fuerte. Yo creo que al no tener ninguna monja eso hacía que tuviera que hacerse notar más. Seguía con lo de los compañeros, que unos y otros debían apoyarse, porque había algo en juego: todo. Repetía eso muchas veces, lo de compañeros y lo de que todo estaba en juego, y decía algo así como histórico, que ese era un momento histórico, y a mí esa palabra sólo me hacía acordar a la historia que estudiaba en los años de escuela y también me hacía acordar a los chicos que venían a sentarse al escritorio que ponían en la sala todas las tardes. En un momento ya estaba casi gritando, pero bajó el tono cuando empezó a tomar como ejemplo a la compañera, y señalaba a la mujer de la cama de enfrente, que al parecer, cuando no estaba internada, hacía algo que merecía mucho orgullo.
Yo ni enterada estaba de lo que ella hacía, pero me dio una alegría muy grande que la felicitaran, me parecía que estaban felicitando a la doctora Marina, a quien yo quería tanto. Yo me perdí en lo que decía pensando en la mujer de enfrente y cuando traté de volver a escuchar, el hombre estaba diciendo que en el hospital no había ni enfermeros, ni médicos, ni personal de limpieza, sino que sólo había trabajadores de la salud y que por eso debían estar todos juntos. No me quedaba muy claro, porque yo había entendido que todos se habían ido como la doctora Marina y habían traído a estos otros, los trabajadores de la salud, pero después el enfermero Germán me dijo otra cosa, dijo que éste no entiende nada, si somos todos iguales, por qué a mí no me pagan lo que a él. Yo tenía un gran matete, y más porque no podía preguntar nada. El hombre volvió a levantar la voz y dijo que nosotras también éramos parte de los trabajadores de la salud porque también podíamos apoyarlos, pero para mí una cosa iba para un lado y otra cosa, iba para otro. Porque yo a la doctora Marina la quería por lo que me contaba, al enfermero Germán porque se queda conmigo los domingos y a las enfermeras porque me limpiaban y me parecía que ese amor no era igual. Pero el hombre parecía tener un gran espíritu de comunión, aunque pareció no irse muy contento. Terminó de hablar, fue, le dio un beso a la mujer de enfrente y se largó con cara de enojado, como si fuera a buscar otro lugar donde hablar porque acá no lo habíamos entendido.
Ahí viene el enfermero Germán. Yo sabía que iba a venir. No, si acá todo siempre es igual, pero un poco distinto. Se ve que debe haber estado solo en la casa porque trae una cara de susto que pareciera que
una ni lo conoce. Y hasta se corrió el flequillo de la frente, ese flequillo que no pega nada con su cuerpo, y que se parece más al cuerpo de mi Eugenito, en realidad, que lo extraño tanto y que anda con ese teléfono de un lado para otro, sin levantar la cara. Yo creo que al enfermero Germán un día le va a llegar la hora en que lo recompensen, en que ya no tenga que estar pensando en cómo ayudar a los demás, en cómo estar moviendo a una mujer toda maltrecha, pero digna, eh, eso sí, de una camilla a otra como está haciendo. Para mí que él se merece otra cosa, se merece que a él también lo cuiden, y hasta me animo a decir que se merece todo, como decía ese hombre de barba que vino a hablar el otro día que caía agua como si fuera el principio del fin del mundo. Allá está ese pobre hombre dele pasarse las manos por la cara y por los anteojos. Ojalá que se recupere pronto. Yo lo consideraba una de nosotras ya, y me da tanta pena no saber qué va a hacer ahora, sin la señora a la que venía a ver y con la que parecían descansar juntos, aunque no durmieran. Cómo debían quererse. No me puedo ni imaginar qué le estará diciendo la monja, pero puedo ver que le muestra todos los dientes redondos y blancos. Ahora que las rueditas empiezan a chillar por la sala siento que puedo devolverle algo a la viejita seca. Me gustaría poder girar la cabeza para verla. Igual, imagino que debe estar en la misma posición de siempre y que en unas horas ya se pondrá a quejarse por la falta de luz. Es lindo ver cómo pasamos por abajo del Cristo de pelo corto. Desde abajo se ve que es un muñequito medio raro, pero bueno, yo soy de las que creen que la gente hace lo que puede. Eso me gustaría transmitirle al enfermero Germán, que haga lo que pueda, que no se preocupe más de la cuenta, y también quisiera decírselo al doctor Ariel, tan joven y tan cansado, que yo ni sé. Siempre me gustó la virgen de Nuestra Señora de Luján que está en la cajita de vidrio del pasillo. Qué pena que alguien se llevara el rosario que tenía colgando la virgencita en una de las manos, pero el enfermero Germán me dijo que seguramente lo iban a reponer, aunque no sabía bien cuándo. La camilla tiene una parte rota y se le escapa un poco de goma espuma y un alambre, que se ve que rompió la sábana que le pusieron para que yo me acueste y no tenga frío. Lo malo es que se me engancha en la cinta que me pega el tubito al brazo y me gustaría decirle al enfermero Germán, pero bueno, menos mal que ya no puedo sumarle más problemas al pobre. Las rueditas giran y parece que hay unos ratones o unas liebres en el suelo que van cuchicheando en el piso. Hay personas que nunca vi en mi vida apoyadas contra las paredes del pasillo. El enfermero Germán me agarra la mano y dice algo encima de mi cabeza, algo de un viaje y que, si a mí me toca ir, ojalá que me lo encuentre al amigo. Nada me gustaría más que encontrarme al amigo del enfermero Germán y felicitarlo por el compañero que se había conseguido. Al fondo suena como si viniesen los primeros ruidos de una guitarra. Para mí que son las monjas. Los párpados se me ponen un poquito calientes y me pesan, entonces se me cierran
despacio y los abro, y el enfermero Germán mueve la mandíbula y yo no entiendo lo que dice porque se me cierran los párpados, pero no se lo ve contento. Yo quisiera decirle que no se preocupe, que no piense
más en lo que queda atrás, que lo que dejamos no es mucho más que eso, unas monjas chinas cantando en algo que a veces es un hospital, una iglesia o una escuela, para mí es lo mismo.



  -Leonardo Novak (1983) estudió Ciencias de la Comunicación en la Universidad de Buenos Aires. Abocado al periodismo, coordinó la oficina de Prensa de la Secretaría de Agricultura de la Nación y se ha desempeñado en agencias de consultoría en comunicación. Ha colaborado en Clarín, La Nación,
Viva y Rumbos. Ha realizado producción de contenidos para el canal Encuentro.

*Fuente: Abánico - Biblioteca Nacional de la República Argentina
http://www.bn.gov.ar/abanico/A90312/novak-monjas.html







NUEVO GÉNESIS*


Y la humanidad nació a medianoche,
entremedio de truenos e intensa lluvia helada.
no sabe de luz y tropieza de piedra en piedra hasta un abismo.
unos se quedan largos instantes postrados pensando en las heridas,
otros, despiertan sobresaltados agarrándose del muro
que tiene algún relieve
y que solo algunos han distinguido.
otro mas avezado se agarra de la pierna del último
y le grita: ¿ y por qué no nos ayudas a todos?
sin distinguir nada mas que esa temperatura de los dedos apretados,
se sacude y se va.
no encuentra otro calor igual al que lo tocó hace mas de 5000 años.


*De Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com








Para leer en Aurora Boreal.

-Selección de poemas de Lauren Mendinueta.
http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1288:lauren-mendinueta-&catid=82:poesia&Itemid=199



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jueves, agosto 02, 2012

ESE SUSPIRO DE TIEMPO MILAGROSO...

*Ilustración: Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera- http://galeria.walkala.eu





Postal en julio*



Lo que más me hace falta de vos es tu alegría,
La forma febril de llamar a mi puerta
Tu voz demasiado grave para un niño
Y aún desafinada para un hombre
Tus brazos largos desmedidos
Con su final de dedos flacos y nerviosos

Lo que más me hace falta de vos es tu ansiedad
Las ganas en el cuerpo a toda hora
La caricia enredada
La lentitud y la prisa al entregarte
La sabiduría aprendida para complacerme
La letanía musical de tus jadeos
La piel a punto de hervor
La boca suplicante

Lo que me hace falta de vos
                                                  apenas
Es el amor bizarro que tuvimos
Ese suspiro de tiempo milagroso
Que a lo mejor no supe o no supimos
Enderezar del todo
Abonar
O darle crédito
Y se perdió diluido en transparencias
Hasta ser olvido casi todos los días
Salvo este de hoy
                                                tu cumpleaños

Lo que me hace falta de vos son tus señales
Tu voz atemporal en el teléfono
Tus manos en la vergüenza de mi edad presente
Tu cuerpo abrazando esta vejez que inauguro
A finales de julio
Cada año que pasa sin vos
                                                Alejandro



*De Martha Valiente. puertopegaso@gmail.com





ESE SUSPIRO DE TIEMPO MILAGROSO...





El Trastero*


Mi hermano tiene la mesa que se compró para el apartamento, el equipo de submarinismo con todos los complementos y montones de trastos en una habitación en casa de la tía y debajo de la cama de mi madre tenemos cajas de ruedas, discos de vinilo, videos y un montón de cajas con una etiqueta de "varios". Por supuesto mi madre guarda su maquina de coser que nunca usará, aparte de otras cajas que no me atrevo a preguntar que contienen pero de las que no quiere desprenderse.

Ni que decir tiene que nunca usamos todas estas cosas y que la posibilidad de hacerlo es tan remota como mi regreso a la pubertad. Al final es un engorro para limpiar y todo son trastos y más trastos que se van acumulando.

Hemos decidido alquilar uno de estos "Trasteros por metros" que han proliferado últimamente con gran éxito y que denuncian que nuestro problema es compartido por la mayoría de las familias. Eso genera demanda y la demanda, aumento de precios.  Esos trasteros son carísimos y si uno es capaz de hacer abstracción y pensar desapasionadamente llega a la conclusión de que va a pagar por guardar algo que jamás usará.

He pensado en una solución alternativa, pero no acabo de decidirme. Si algún día tengo el valor suficiente lo embarcaré todo en un tren. Será más barato y aún tendré más seguridad de que no lo usaré nunca jamás.


*De Joan Mateu joan@cimat.es







SOY FANGIO*



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar

           
Antes las cosas eran más simples porque tal vez el mundo de algún modo lo fuera.
Éramos de Boca o de River; de Racing o Independiente; de Central o de Ñuls; de Huracán o de Federación; de  Fangio o de los hermanos Gálvez; de Chevrolet o de Ford.
Y a propósito  del automovilismo,  en ese tiempo se dividía en turismo de carretera y circuitos cerrados como el que estuvo en esos años en el Parque de la Independencia, aquí en Rosario.
            Confieso que nunca fui un aficionado a este deporte,  pero en mi pueblo, como todo pueblo que tuvo inmigración  europea fueron  adictos a los fierros como dice la vulgata.
            Estos hijos de inmigrantes, hechos en la contingencia eran muy creativos y empezaban con sus humildes tallercitos a arreglar máquinas agrícolas y luego pasaron a preparar con más ingenio que medios esos maravillosos autitos que hacían el entusiasmo con sus simpatizantes de la zona, tal el querido Marcos Ciani, de Venado Tuerto a quien le decíamos Marquitos  en un exceso de confianza que sólo habilita el afecto.
      Nosotros también tuvimos corredores en el pueblo. En los años cuarenta a don Emilio Barbalarga y mucho más acá, al inolvidable Pedrito Sciarini.
            En mi familia todos éramos hinchas de Juan Manuel Fangio (o Fanyio como decían mis tíos abuelos italianos), salvo mi padre que lo era de manera escéptica con todo lo que fuera deporte. Pero yo, particularmente, era muy entusiasta, no de los fierros, pero sí de Fangio.
            En los primeros tiempos en que mi madre me llevaba a hacer mandados (época en que mi padre trabajaba, de lo contrario los hacía él), me iba como tirando a la rastra porque yo detenía los pasos a observar el color de alguna mariposa, el temblor de algún pájaro sobre un tejido o simplemente mirando el movimiento de la gente y los vehículos.
            -Lo tengo que llevar arrastrando a este chico –decía mi madre- a las ocasionales mujeres con las cuales nos cruzábamos. Cuando ya había pasado un tiempo, era yo el que corría adelante y la esperaba en la esquina para cruzar las calles por lo general pacíficas pero no exentas de polvo la mayor parte del año.
            Y un día al salir de la carnicería de don Benicio Ardiles, emprendí una carrera veloz que me fue interceptada por la voz de Pepe Peiró, quien estaba sentado en el cordón de la vereda.  Pepe era uno de los hermanos de Taio, y tenían la panadería justo enfrente, en la ochava con el negocio de don Benicio. Decir tenían es una falacia, la panadería de la familia Peiró ya tiene cien años y es el negocio más antiguo del pueblo que sigue vigente, ahora con otras generaciones, obvio.
            Pero vuelvo a ese momento, cuando yo había salido solo corriendo, Pepe me preguntó a boca de jarro.
-¿Pibe, de quien sos?
         -Y yo sin dudar una centésima de segundos y frenando el principio de lo que iba a ser una impetuosa carrera, respondí:
- ¡De Fangio!
            Lo cual produjo una carcajada en mi interlocutor. Cuando apareció mi madre, le preguntó, sonriendo.
-Señora,  ¿este pibe es hijo de Fangio?
Palabras que hicieron sonreír a mi madre.
                        Mi confusión fue  ignorar que en ese tiempo cuando alguien pretendía una filiación del infante usaba esa frase. Que no era sino un apócope de la otra:
-Vos, de quien sos hijo?
Esto me lo aclaró  mi madre por el camino.
               Y una vez pasó una carrera por el pueblo que  se agolpó en masa a la calle donde pasaban los autos para no perderse el acontecimiento, que me parece no se repitió. Yo estaba con mis padres en la puerta de mi escuela con un grupo grande, es decir frente al cine La Perla  y sobre su techo muy alto albergaba un grupo de arriesgados muchachos que pudieron ver esos míticos autitos venir del camino a Gödeken y habían podido apreciar mejor las alternativas de esa memorable carrera que ignoro quien ganó. Sé que dos, solo dos, de los muchos que pasaron sacaron una mano para saludar. Uno, fue el querido Marquitos  Ciani y el otro Eusebio Marcilla, apodado por los periodistas de la época El Caballero del camino, porque al parecer cuando un automovilista tenía un desperfecto, él se detenía a darle una mano en desmedro de su ubicación en la carrera. Este corredor murió en un desvío de su auto en Esperanza, yo vi la foto en la revista El Gráfico, el autito estaba como abrazado a una columna del alumbrado público.
            Don José Pedroni, le escribió un bello poema, que está en su libro Cantos
del Hombre y se llama justamente El Caballero del camino que comienza así:


“El Caballero del camino,
el de Junín ha muerto,
vino a morir a mi provincia
iba tan rápido a su fin
que nadie pudo verlo”


Yo tenía diez años y leí este poema en El Gráfico, revista que mi viejo compraba desde sus inicios. Yo no sabía quien era Pedroni, ni qué era la poesía (hoy tampoco lo sé) pero me produjo un estremecimiento extraño y mientras se lo leía a mi amigo Miguel Correa, es decir al Chajá, a ambos se nos cayó una lágrima porque ese hombre había pasado por el pueblo y nosotros estuvimos de acuerdo, sin decírnoslo que esa mano rápida que sacó por la ventanilla de su pequeño Chevrolet era para nosotros.
            Nosotros, es decir, dos plumitas de cardo perdidos en la mitad de ese pueblito de la llanura nuestra, tan proclive a los hombres de trabajo, humildes, pero capaces de armar un autito de carrera con cuatro tuercas locas y toda la fe del mundo en sus pupilas.





*


¿Quién puede librarse de su sombra?
Sombra en las sombras.
Conjuro de insustancialidades.
El no me nombra.
El tiene un nombre impronunciable.
... Yo no me acuerdo de como me llamaba.
¿Cómo me convoco?
¿Quién dará una foto de mi?
un dibujo para que pueda reconocerme,
no un dibujo del disfraz,
sino de ésta que soy, que fui una vez
y que ya apenas si recuerdo.
¿Quién podrá decir con certeza, yo la conozco?
¿Quién dará una clara descripción de mi,
de mi sombra, de mi que soy mi sombra,
de mi sombra que cree ser yo.
De mi que me persigo en las paredes
y no me alcanzo.

El podría haberme sabido.

El silencio me supo,
pero no dirá nada.
La oscuridad me sabe,
pero quién verá donde no se puede ver.
Donde no hay nada que ver.

El vacío me circunda,
me toma la mano, jugamos
a una extraña ronda
y nadie distingue donde sus dedos terminan,
donde comienzan los míos.
El vacío me desdibuja...
o es que quizás debo admitir
que yo soy un dibujo del vacío.

¿Quién me verá?

¿Quién encontrará la aguja en el pajar?
si ya no hay pajar
y desde hace unos días que no encuentro más agujas.

A cuestas de mi misma me llevo,
me cargo sobre mi espalda,
coso mi sombra a mi nombre para que no me abandone.

Yo me miro entre el asco y la lástima transitar
por el filo, equilibrista feroz
en la cuerda del fracaso,
yo me miro escalar la noche a diario.

Necesito un nombre amado que me rescate.
Una de esas muertes con maternas manos,
algo que se parezca a la ternura,
un ultimo, un único gesto...

¿Quién se acordará de mi cuando yo termine de olvidarme?



*De Alejandra Morales.









EL SECRETO*


Llevo toda la vida guardando el secreto. Ahora hará más de sesenta años. ¿O quizás sean sesenta y cinco? A mi edad los años se cuentan de cinco en cinco, importan poco las fracciones.

Alguien me hizo prometer guardarlo; no me hagáis decir quién fue porque no lo recuerdo. Lo que sí recuerdo es mi compromiso de conservarlo al menos cincuenta años. Creo que ya han pasado sobradamente. Que puedo ya desvelarlo, contarlo, confesarlo.
... Mañana lo haré.

¡Imposible!. Una vez he tomado la decisión de darlo a conocer no he podido recordar de qué se trataba. He intentado guardar tan bien el secreto que ahora que ya puedo contarlo. No lo recuerdo.

He decidido guardar en secreto que no me acuerdo del secreto.
Será lo más prudente. Este secreto lo guardaré para siempre, no sea que alguien se entere y acaben por reírse de mi. En secreto.


*De Joan Mateu joan@cimat.es






*


Si llamo a las cosas por su nombre
cuando digo -grafito- por ejemplo.
Y antes de sentir el contacto del lápiz en mi mano,
ese punzón que gira con gracia entre los dedos en la pausa.
Mucho antes de que aparezcan los signos enlazándose
... en las hojas del cuaderno, ignorando renglones
desbordando los márgenes.
En el salto anterior hacia otro tiempo, la niñez,
el colegio, aquella cartuchera mi caja de Pandora.
Un día de junio repetido y vacío que aún no entiendo.
Como entonces el mar en el crepúsculo, el incendio del mar
y tantos cielos.
El abismo sin fondo del infierno, y más ...
Si insiste el fractal de la memoria, mi antigua
cicatriz escribirá en la orilla de aquel hombre,
en mérito al grafito sensorial,
cuánto valió la ausencia.


*De Ana María Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com







El secreto*


Hay un secreto que te dije al oído, en voz baja, casi inaudible.
Era algo tan escondido, por eso era un secreto.

... Es un tesoro que te lo conté solamente a vos, porque sabía que lo entenderías. Al relatártelo, cruce los dedos, vos no te diste cuenta, estabas preocupado en escucharlo…Era imposible, era increíble creerlo.

Pues era, solamente, mío y de las estrellas. Ellas en su idioma de luz me confirmaron la existencia de la amistad, esa preciosa obra maestra que se encuentra entre pocas personas, en esa que se animan a confiar y a creer. Las que se acurrucan para espiar por el agujero de la cerradura porque las vence la curiosidad.

El secreto esta en no decirlo, en tenerlo y protegerlo. No importa el tiempo. Es necesario el compromiso y el saber que alguien que esta en otro lado del planeta también cree que puede guardarlo.-


*De Azul. azulaki@hotmail.com






Correo:



Agosto 2012 en
“Museo de la Memoria”
Córdoba 2019, 2000 Rosario (SF), Argentina
54 0341 4802060/62

Ciclo: "Del derecho y del reves de las voces de la memoria”
Declarado de interés Municipal por el Honorable Concejo Deliberante


“…en la vida psiquica nada de lo una vez formado
puede desaparecer jamas; todo se conserva de alguna manera
y puede volver a surgir en circunstancias favorables…”
Sigmund Freud, El malestar en la cultura



Lunes 06/20:00

“Mi nombre era Sabina Spielrein”, debate con el publico sobre una de las primeras mujeres teoricas en la historia del psicoanalisis: medica psiquiatra y psicoanalista rusa, discipula de Sigmund Freud, y pionera del psicoanalisis infantil.
          A cargo del Centro Educativo Terapeutico “Dra. Sabina Spielrein”. Directora psicologa y pedagoga  Noemí Marchetti.
          A partir de los multiples temas que abre el documental expuesto la semana anterior, en relacion a la historia del psicoanalisis, el contexto historico de su surgimiento y desarrollo, cuestiones de genero, de tecnica y etica, la contratransferencia, las persecuciones ideologicas, la expropiacion intelectual, etc. las integrantes del CET.”Dra.  Sabina  Spielrein”, se referiran a quien fuera una de las primeras mujeres teoricas en la historia del psicoanalisis: la medica psiquiatra y psicoanalista rusa, discipula de Sigmund Freud, Sabina Spielrein (1885-1942). Quien no haya visto el documental puede asistir igual porque se hara el racconto del mismo y por ende de lo que se conoce acerca de la vida de esta mujer,  quien centro sus investigaciones -a partir de 1912- en la psicologia infantil y fue pionera del psicoanálisis infantil. Fue la primera en vincular las teorias freudianas con el lenguaje, publicando investigaciones sobre el desarrollo temprano en el niño y  -especialmente- sobre el desarrollo del lenguaje; llegando a conclusiones que se encuentran en las obras de otros autores en fechas posteriores.
Sabina Spielrein publico durante todo su desarrollo profesional un total de 29 obras sobre psicologia infantil, lingüistica y desarrollo del lenguaje; dedicandose no solamente a la investigacion sino además a la asistencia infantil, con la fundacion y direccion -en Rusia- del primer hogar para el abordaje psicoanalítico de lactantes y niños, de que se tenga noticia en la historia del psicoanálisis.
En 1942, durante la Segunda Guerra Mundial, fue fusilada junto a sus dos hijas y un grupo de personas, en las afueras de su Rostov natal –Rusia- por soldados alemanes del ejercito nazi, del frente del este. Todos sus familiares habían corrido, con anterioridad, similar suerte.


Lunes 13/20:00

“La etica de Freud ante a un padecimiento real”

Ps. Jose Manuel Ramirez,  Psicoanalista. Coordinador Grupo de Estudio sobre Psicoanálisis en Marcos Juárez (Córdoba). Coordinador de la Pagina de Psicologia del diario Rosario/12. Consejero Directivo del Claustro Graduados de la Facultad de Psicologia UNR. Integrante Directorio del Colegio de Psicologos.
          Respuesta al escritor Juan Forn a una nota publicada en contratapa del diario Página/12 el 13/01/12 titulada “Medio centimetro de tristeza” a proposito del destino de la Princesa Marie Bonaparte que fuera analizada por Freud. La respuesta fue publicada en Rosario/12 el 02/02/12 en la página de Psicologia. En esta ocasion profundizaremos sobre ese padecimiento y la relacion de la Princesa con Freud primero en su analisis y luego institucional con Jacques Lacan.


Lunes 27 /20:00

“Voces para la inclusión en el aula”

Maria Jose Borsani. Terapista Ocupacional en Salud Mental. UNR. Profesora Especializada en Educacion diferencial. Se ha desempeñado en la Escuela de Educación integral Fisherton y en ILAR. Actualmente se  halla abocada a la practica clínica privada, al diagnostico y tratamiento de niños con dificultades de aprendizaje. Se dedica al estudio y difusion de programas de integracion de niños con necesidades educativas especiales (N.E.E.) a la escuela comun, a las adecuaciones curriculares y demás tematicas afines.
         Tomando como disparador lo expuesto en su ultimo libro: “Construir un aula inclusiva. Estrategias e intervenciones” Paidos 2011, el cual recibio Mención de Honor del Premio: Isay Klasse al Libro de Educación 2010/11 de la Fundación El Libro.  La autora interactuara con los asistentes tomando como eje que la escuela puede ser considerada como un nucleo que acepta la pluralidad y puede trabajar con ella. La propuesta de la autora es generar un espacio de dialogo abierto con docentes, estudiantes de profesorados y profesionales del ambito respecto a considerar posibles intervenciones “no tradicionales” en pos de la integracion escolar.


Creación y coordinación del ciclo: Ps. Laura Capella, psicoanalista
Lunes 20 hs. Salón Auditorio. Museo de La memoria.
 Córdoba 2019 (Córdoba y Moreno)
Entrada libre y gratuita

Se entregan certificados con el 75% de asistencia
Consultas: delderechoreves@yahoo.com.ar
Blog: http://delderechoreves.com.ar/
Cuenta facebook: Ciclo Delderechorevés
Auspician:
• Facultad de Psicología, UNR
• Colegio de Psicólogos de la Prov. de Santa Fe, 2da Circ. y su Foro en Defensa de los Derechos Humanos (FODEHUPSI)
• CEIDH (Centro de Estudios e Investigación en Derechos Humanos-Facultad de Derecho. UNR)
• IPF (Instituto de Investigaciones en Cs. Sociales, Ética y Prácticas alternativas "Paulo Freire" - Facultad  de Derecho. UNR.)




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Inventren Próximas estaciones:

ARAUJO.
-Por Ferrocarril Midland-


BLAS DURAÑONA.
-Por Ferrocarril Provincial-

-Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar
http://inventren.blogspot.com/


Al salir de la Estación de empalme Ingeniero de Madrid, el Inventren sigue un doble recorrido por vías del ferrocarril Midland con destino a Puente Alsina, y por vías del ferrocarril provincial con destino a La Plata.


-las estaciones por venir en el ferrocarril Midland:


 BAUDRIX.  EMITA.  INDACOCHEA.  LA RICA.

SAN SEBASTIÁN.  J.J. ALMEYRA.  INGENIERO WILLIAMS.

GONZÁLEZ RISOS.  PARADA KM 79.  ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.

KM. 38. MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI. 

KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.

 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.  

PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



-las estaciones por venir en el ferrocarril  Provincial:


BLAS DURAÑONA.   LUCAS MONTEVERDE.   EMILIANO REYNOSO.

SALADILLO NORTE.   GOBERNADOR ORTIZ DE ROZAS.

JOSE RAMÓN SOJO.  ÁLVAREZ DE TOLEDO.    POLVAREDAS.

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.

FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.

ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.   GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.

D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.

  ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.

ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.


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