CEREZOS Y RODODENDROS*
Me han enviado unas fotografías. Yo estuve allí, pero no figuro en ellas.
Así como yo pasé; fui un personaje dentro de ese paisaje y me desvanecí por distancia y cambio de continente. El prado sigue allí, la vegetación no se ha dado a la fuga, y hasta las nubes son casi las mismas pues con evaporaciones y lluvias continúan perteneciendo al mismo campo verde, húmedo y gozoso.
Puedo escribir “ciruelo” y “rododendro”. Con las mágicas palabras evoco flores blancas de elegancia oriental, minucia japonesa, arte efímero y magia de delicadeza graciosa. Esas flores se brindan para el cielo cóncavo y el viento que pasa como los buitres, los “putres”, suspendidos ellos por el aire perfumado de bosque lánguido.
Yo no figuro en el paisaje, hoy. El prado verde salpicado de florecillas no será hollado por mis pies, las hortensias no inundarán mis ojos de violetas y rosados de puesta de sol. Apenas el eco me llega por unas fotografias de deslumbrantes colores.
Y los niños sostienen una cesta mostrándome a mí, que estoy tan lejos, un huevo blanco y uno moreno. La abuela sonríe por detrás. Yo les sonrío, desde aquí, a ellos.
Escribir “ciruelo” y “rododendro” me trae reminiscencias literarias. Recuerdo los rododendros de la mansión donde amó y sufrió la heroína de “Rebeca”, esa mujer inolvidable. Los ciruelos de Chejov. Mientras se convierten en imagen y palabra, en sombra de sombras, el ciruelo y los rododendros verdaderos exudan y respiran, crecen y tienen gusanillos, dan sombra y, sin dudas, florecen.
Están vivos del otro lado del mundo, vuelven desde mi recuerdo a recordarme que no son memoria más que en la mía. Los recupero y me sorprende, como siempre, que lo que fue siga siendo cuando no estoy yo, hoy no, en la fotografía.
Detrás de las puertas, dentro de los cajones de la mesita de luz, en sus propias moradas, en otros barrios. En todos aquellos lugares que son recónditos y hemos dejado de frecuentar, en los recodos del adiós los que fueron siguen siendo, quizás nos aguardan. Quién sabe. Quizás hayan, no lo puedo asegurar, pero quizás hasta hayan florecido.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Hasta que la verdad me derrote...
Temas de viaje*
La ciudad siempre me espera
y me recibe en el abrazo
de los mil tumultos
de su alma fría.
Yo me dejo tomar,
no me resisto
porque misteriosamente,
aún la amo.
Y me interno en sus calles
que transito pausada,
casi ajena...
Y me dejo envolver,
sorda a sus ruidos.
Y me dejo invadir
por todas las imágenes
que me llaman,
porque misteriosamente,
aún la amo.
Pero no tanto
como para no volver
a vos.
*de María Rosa León. mrleon003@yahoo.com.ar
"Piedra pequeña". LEO Ediciones Artesanales 2001
La tristeza*
*Anton Chejov
La capital está envuelta en las penumbras vespertinas. La nieve cae lentamente en gruesos copos, gira alrededor de los faroles encendidos, se extiende, en fina, blanda capa, sobre los tejados, sobre los lomos de los caballos, sobre los hombros humanos, sobre los sombreros.
El cochero Yona está todo blanco, como un aparecido. Sentado en el pescante de su trineo, encorvado el cuerpo cuanto puede estarlo un cuerpo humano, permanece inmóvil. Diríase que ni un alud de nieve que le cayese encima lo sacaría de su quietud.
Su caballo está también blanco e inmóvil. Por su inmovilidad, por las líneas rígidas de su cuerpo, por la tiesura de palos de sus patas, parece, aun mirado de cerca, un caballo de dulce de los que se les compran a los chiquillos por un copec. Hállase sumido en sus reflexiones: un hombre o un caballo, arrancados del trabajo campestre y lanzados al infierno de una gran ciudad, como Yona y su caballo, están siempre entregados a tristes pensamientos. Es demasiado grande la diferencia entre la apacible vida rústica y la vida agitada, toda ruido y angustia, de las ciudades relumbrantes de luces.
Hace mucho tiempo que Yona y su caballo permanecen inmóviles. Han salido a la calle antes de almorzar; pero Yona no ha ganado nada.
Las sombras se van adensando. La luz de los faroles se va haciendo más intensa, más brillante. El ruido aumenta.
- ¡Cochero! -oye de pronto Yona-. ¡Llévame a Viborgskaya!
Yona se estremece. A través de las pestañas cubiertas de nieve ve a un militar con impermeable.
- ¿Oyes? ¡A Viborgskaya! ¿Estás dormido?
Yona le da un latigazo al caballo, que se sacude la nieve del lomo. El militar toma asiento en el trineo. El cochero arrea al caballo, estira el cuello como un cisne y agita el látigo. El caballo también estira el cuello, levanta las patas, y, sin apresurarse, se pone en marcha.
- ¡Ten cuidado! -grita otro cochero invisible, con cólera-. ¡Nos vas a atropellar, imbécil! ¡A la derecha!
- ¡Vaya un cochero! -dice el militar-. ¡A la derecha!
Siguen oyéndose los juramenitos del cochero invisible. Un transeúnte que tropieza con el caballo de Yona gruñe amenazador. Yona, confuso, avergonzado, descarga algunos latigazos sobre el lomo del caballo. Parece aturdido, atontado, y mira alrededor como si acabara de despertar de un sueño profundo.
- ¡Se diría que todo el mundo ha organizado una conspiración contra ti! -dice con tono irónico el militar-. Todos procuran fastidiarte, meterse entre las patas de tu caballo. ¡Una verdadera conspiración!
Yona vuelve la cabeza y abre la boca. Se ve que quiere decir algo; pero sus labios están como paralizados, y no puede pronunciar una palabra.
El cliente advierte sus esfuerzos y pregunta:
- ¿Qué hay?
Yona hace un nuevo esfuerzo y contesta con voz ahogada:
- Ya ve usted, señor... He perdido a mi hijo... Murió la semana pasada...
- ¿De veras?... ¿Y de qué murió?
Yona, alentado por esta pregunta, se vuelve aún más hacia el cliente y dice:
- No lo sé... De una de tantas enfermedades... Ha estado tres meses en el hospital y a la postre... Dios que lo ha querido.
- ¡A la derecha! -óyese de nuevo gritar furiosamente-. ¡Parece que estás ciego, imbécil!
- ¡A ver! -dice el militar-. Ve un poco más aprisa. A este paso no llegaremos nunca. ¡Dale algún latigazo al caballo!
Yona estira de nuevo el cuello como un cisne, se levanta un poco, y de un modo torpe, pesado, agita el látigo.
Se vuelve repetidas veces hacia su cliente, deseoso de seguir la conversación; pero el otro ha cerrado los ojos y no parece dispuesto a escucharle.
Por fin, llegan a Viborgskaya. El cochero se detiene ante la casa indicada; el cliente se apea. Yona vuelve a quedarse solo con su caballo. Se estaciona ante una taberna y espera, sentado en el pescante, encorvado, inmóvil. De nuevo la nieve cubre su cuerpo y envuelve en un blanco cendal caballo y
trineo.
Una hora, dos... ¡Nadie! ¡Ni un cliente!
Mas he aquí que Yona torna a estremecerse: ve detenerse ante él a tres jóvenes. Dos son altos, delgados; el tercero, bajo y chepudo.
- ¡Cochero, llévanos al puesto de policía! ¡Veinte copecs por los tres!
Yona coge las riendas, se endereza. Veinte copecs es demasiado poco; pero, no obstante, acepta; lo que a él le importa es tener clientes.
Los tres jóvenes, tropezando y jurando, se acercan al trineo. Como sólo hay dos asientos, discuten largamente cuál de los tres ha de ir de pie. Por fin se decide que vaya de pie el jorobado.
- ¡Bueno; en marcha! -le grita el jorobado a Yona, colocándose a su espalda-. ¡Qué gorro llevas, muchacho! Me apuesto cualquier cosa a que en toda la capital no se puede encontrar un gorro más feo...
- ¡El señor está de buen humor! -dice Yona con risa forzada-. Mi gorro...
- ¡Bueno, bueno! Arrea un poco a tu caballo. A este paso no llegaremos nunca. Si no andas más aprisa te administraré unos cuantos sopapos.
- Me duele la cabeza -dice uno de los jóvenes-. Ayer, yo y Vaska nos bebimos en casa de Dukmasov cuatro botellas de caña.
- ¡Eso no es verdad! -responde el otro- Eres un embustero, amigo, y sabes que nadie te cree.
- ¡Palabra de honor!
- ¡Oh, tu honor! No daría yo por él ni un céntimo.
Yona, deseoso de entablar conversación, vuelve la cabeza, y, enseñando los dientes, ríe atipladamente.
- ¡Ji, ji, ji!... ¡Qué buen humor!
- ¡Vamos, vejestorio! -grita enojado el chepudo-. ¿Quieres ir más aprisa o no? Dale de firme al gandul de tu caballo. ¡Qué diablo!
Yona agita su látigo, agita las manos, agita todo el cuerpo. A pesar de todo, está contento; no está solo. Le riñen, lo insultan; pero, al menos, oye voces humanas. Los jóvenes gritan, juran, hablan de mujeres. En un momento que se le antoja oportuno, Yona se vuelve de nuevo hacia los clientes y dice:
- Y yo, señores, acabo de perder a mi hijo. Murió la semana pasada...
- ¡Todos nos hemos de morir!-contesta el chepudo-. ¿Pero quieres ir más aprisa? ¡Esto es insoportable! Prefiero ir a pie.
- Si quieres que vaya más aprisa dale un sopapo -le aconseja uno de sus camaradas.
- ¿Oye, viejo, estás enfermo?-grita el chepudo-. Te la vas a ganar si esto continúa.
Y, hablando así, le da un puñetazo en la espalda.
- ¡Ji, ji, ji! -ríe, sin ganas, Yona-. ¡Dios les conserve el buen humor, señores!
- Cochero, ¿eres casado? -pregunta uno de los clientes.
- ¿Yo? !Ji, ji, ji! ¡Qué señores más alegres! No, no tengo a nadie... Sólo me espera la sepultura... Mi hijo ha muerto; pero a mí la muerte no me quiere. Se ha equivocado, y en lugar de cargar conmigo ha cargado con mi hijo.
Y vuelve de nuevo la cabeza para contar cómo ha muerto su hijo; pero en este momento el chepudo, lanzando un suspiro de satisfacción, exclama:
- ¡Por fin, hemos llegado!
Yona recibe los veinte copecs convenidos y los clientes se apean. Les sigue con los ojos hasta que desaparecen en un portal.
Torna a quedarse solo con su caballo. La tristeza invade de nuevo, más dura, más cruel, su fatigado corazón. Observa a la multitud que pasa por la calle, como buscando entre los miles de transeúntes alguien que quiera escucharle.
Pero la gente parece tener prisa y pasa sin fijarse en él.
Su tristeza a cada momento es más intensa. Enorme, infinita, si pudiera salir de su pecho inundaría al mundo entero.
Yona ve a un portero que se asoma a la puerta con un paquete y trata de entablar con él conversación.
- ¿Qué hora es? -le pregunta, melifluo.
- Van a dar las diez -contesta el otro-. Aléjese un poco: no debe usted permanecer delante de la puerta.
Yona avanza un poco, se encorva de nuevo y se sume en sus tristes pensamientos. Se ha convencido de que es inútil dirigirse a la gente.
Pasa otra hora. Se siente muy mal y decide retirarse. Se yergue, agita el látigo.
- No puedo más -murmura-. Hay que irse a acostar.
El caballo, como si hubiera entendido las palabras de su viejo amo, emprende un presuroso trote.
Una hora después Yona está en su casa, es decir, en una vasta y sucia habitación, donde, acostados en el suelo o en bancos, duermen docenas de cocheros. La atmósfera es pesada, irrespirable. Suenan ronquidos.
Yona se arrepiente de haber vuelto tan pronto. Además, no ha ganado casi nada. Quizá por eso -piensa- se siente tan desgraciado.
En un rincón, un joven cochero se incorpora. Se rasca el seno y la cabeza y busca algo con la mirada.
- ¿Quieres beber? -le pregunta Yona.
- Sí.
- Aquí tienes agua... He perdido a mi hijo... ¿Lo sabías?... La semana pasada, en el hospital... ¡Qué desgracia!
Pero sus palabras no han producido efecto alguno. El cochero no le ha hecho caso, se ha vuelto a acostar, se ha tapado la cabeza con la colcha y momentos después se le oye roncar.
Yona exhala un suspiro. Experimenta una necesidad imperiosa, irresistible, de hablar de su desgracia. Casi ha transcurrido una semana desde la muerte de su hijo; pero no ha tenido aún ocasión de hablar de ella con una persona de corazón. Quisiera hablar de ella largamente, contarla con todos sus detalles. Necesita referir cómo enfermó su hijo, lo que ha sufrido, las palabras que ha pronunciado al morir. Quisiera también referir cómo ha sido el entierro... Su difunto hijo ha dejado en la aldea una niña de la que también quisiera hablar. ¡Tiene tantas cosas que contar! ¡Qué no daría él por encontrar alguien que se prestase a escucharlo, sacudiendo compasivamente la cabeza, suspirando, compadeciéndolo! Lo mejor sería contárselo todo a cualquier mujer de su aldea; a las mujeres, aunque sean tontas, les gusta eso, y basta decirles dos palabras para que viertan torrentes de lágrimas.
Yona decide ir a ver a su caballo.
Se viste y sale a la cuadra.
El caballo, inmóvil, come heno.
- ¿Comes? -le dice Yona, dándole palmaditas en el lomo-. ¿Qué se le va a hacer, muchacho? Como no hemos ganado para comprar avena hay que contentarse con heno... Soy ya demasiado viejo para ganar mucho... A decir verdad, yo no debía ya trabajar; mi hijo me hubiera reemplazado. Era un verdadero, un
soberbio cochero; conocía su oficio como pocos. Desgraciadamente, ha muerto...
Tras una corta pausa, Yona continúa:
- Sí, amigo..., ha muerto... ¿Comprendes? Es como si tú tuvieras un hijo y se muriera... Naturalmente, sufrirías, ¿verdad?...
El caballo sigue comiendo heno, escucha a su viejo amo y exhala un aliento húmedo y cálido.
Yona, escuchado al cabo por un ser viviente, desahoga su corazón contándoselo todo.
*Fuente: Ciudad Seva
http://www.ciudadseva.com/textos/cuentos/rus/chejov/tristeza.htm
"El viaje no ha sido corto hasta aquí"*
Un tren de 57 vagones
con 56 clausurados
al menos por la biología
Entraré, doméstico
(y confluiré
y lo adoptaré
y lo encarnaré)
en el vagón 58
No diré:
"El viaje hasta aquí
ha sido largo".
"A viagem não foi curta até aqui"*
Um trem de 57 vagões
com 56 clausurados
ao menos pela biologia
Entrarei, doméstico
(e confluirei
e o adotarei
e o encarnarei)
no vagão 58
Não direi:
"A viagem até aqui
tem sido longa"
*de Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar
Traducido al portugués por el poeta brasileño Antonio Miranda.
LLOVÍAN CUERPOS DESNUDOS*
*Lázaro Covadlo
A Magdalena Saavedra
Le había sacudido un bofetón a su mujer a eso de las tres de la tarde. O a las tres y media, o a las cuatro, más o menos. ¿Quién puede controlar la hora cuando está un poco pasado con la bebida y algo alterado y no se le ocurre nada mejor que pegarle a la esposa? En todo caso había sido después de comer, seguro. Una comida opulenta de pescados y mariscos y tal vez un litro y medio de vino blanco de una comarca de Cataluña. Pero antes había bebido dos vasos de whisky. ¿O fueron tres? Después del café dos copas de coñac. ¿O fueron tres? No bebas tanto, Marcelo, había dicho ella. No era la primera vez, hacía más de diez años que se lo repetía. No bebas tanto, Marcelo; no comas tanto, Marcelo. Después venía el sermón: tanta comida y tanta bebida, por fuerza debían de ser nocivas para su salud física y mental. Yo soy médico y sé muy bien qué es bueno y qué es malo para la salud física y para la salud mental, ¿entendés, María del Carmen?, ¿entendés lo que te digo? El diálogo renacía a diario, sin variaciones, desde hacía diez años hasta la fecha. Parecían actores en gira perpetua dedicados a representar en todas partes la misma pieza teatral. Él recordaba muy bien haber discutido sobre lo mismo en Mar del Plata, en Villa Carlos Paz, en Punta del Este, en el hotel de las Cataratas del Iguazú. La última vez en Lisboa, el día anterior.
El vuelo de Lisboa a Barcelona en un aparato de la TAP había transcurrido por un cielo sin nubes, pero fecundado en cuanto a la lluvia de cuerpos. Todos caían desnudos, como de costumbre. Reconoció algunos, la mayoría de aquellas caras las tenía muy acopladas a su memoria visual. De otros recordaba más que nada ciertos detalles del cuerpo: las cicatrices de determinadas operaciones, una pelambrera de excepcional abundancia, ciertas peculiaridades muy notorias de los genitales. Cada uno poseía su propia singularidad. Nunca faltaban dos o tres a quienes una vez que el avión rebasaba los seis mil metros les daba por aplastar la nariz contra la ventanilla para mirarlo a los ojos. Pareciera que durante un rato se resistían a dejarse caer: se pegaban al fuselaje como moscas a las paredes y no aflojaban hasta que el aparato tomaba más altura, sólo entonces desaparecían de su vista. Ése era el momento en el que él podía intentar relajarse —sin consentirlo del todo— y llamaba a la azafata para pedir el primer whisky.
Como trataba de evitar que lo tomaran por loco hacía tiempo que había dejado de informar sobre la lluvia de cuerpos durante los vuelos, ya fueran éstos interprovinciales o internacionales. La primera vez que advirtió el fenómeno dio fuertes voces y se armó un tremendo alboroto en la cabina de pasajeros. Ocurrió en 1983, poco después de su alta del Hospital Naval, donde había estado unos meses como paciente, en neuropsiquiatría. Él y María del Carmen viajaban a Mendoza con la excusa de visitar a la familia. Esa escapada era en realidad la primera de una larga serie de peregrinajes de intención terapéutica. Entonces aún no le habían dado el retiro —faltaba todavía un año para que dejara el Arma—, pero la superioridad tampoco le había designado un destino: lo consideraban un elemento psicológicamente inestable y por lo tanto fue relegado a una suerte de limbo hasta que decidieran qué hacer con él.
Este vuelo entre el Aeroparque de la ciudad de Buenos Aires y El Potrerillo, en Mendoza, había resultado una excursión al centro mismo del infierno. Un infierno a gran altura, o no tanto: nada más rebasar los dos o tres mil metros comenzaron a llover cuerpos hasta hacer que el firmamento se oscureciera. Ya en el sur de la provincia de Córdoba el cielo cobró una consistencia sólida de pieles y huesos humanos. Uno de aquellos hombres al parecer golpeó en su caída el alerón derecho provocando una fuerte sacudida en el aparato. ¡Hay que aterrizar, hay que aterrizar!, gritó Marcelo; ¡avisen al piloto que ellos están cayendo! ¡Díganle que aterrice cuanto antes! Tranquilícese, señor, estamos pasando una zona de tormenta, pero el comandante tiene todo bajo su control, dijo la azafata. ¡Calmate, querido, por lo que más quieras!, le rogó María del Carmen.
Recordaba el tono de voz resignado, urgido y maternal con el que su esposa pretendió aplacarlo en aquel momento crítico. Con la misma apremiada paciencia, con idéntica sufrida dulzura, ella se empeñó en reconfortarlo cada vez que su obsesión volvía a brotar. No debió haberle pegado, se reprochó mientras contemplaba tras los ventanales de la habitación del decimosexto piso, en el hotel Princesa Sofía, el paisaje urbano surcado por la avenida Diagonal y más allá el Tibidabo con su iglesia en la cima. A tan baja altura nunca había observado que llovieran cuerpos desnudos. De todos modos ya estaba haciéndose de noche; jamás vio caer gente en la oscuridad, aunque sí entre la blancura gris de las nubes. Las tinieblas representan un descanso para la vista, se dijo. Miró la hora en la esfera de su reloj y se preguntó cuánto tiempo habría pasado desde que abofeteó a María del Carmen y ella abandonó el cuarto sin preocuparse por cerrar la puerta. Entonces pensó que no tardaría en volver, pero ya eran más de las siete y quién sabe dónde podría estar. Tal vez dando vueltas y más vueltas por los alrededores, igual que la última vez que a él se le fue la mano, en Mar del Plata, y ella se pasó la tarde caminando entre la plaza Colón y las calles San Martín y Santa Fe y regresó al hotel cargada de compras —un montón de pulóveres innecesarios— cuyo importe total produjo un fuerte menoscabo en su economía de marino retirado. De cualquier manera, no le afectaba demasiado que su esposa se resarciera de los malos tratos gastando dinero; algún día no muy lejano dejarían al fin de llover tantos cuerpos y pondría consultorio en Buenos Aires y sería un médico próspero. Pero lo inquietaba imaginarla deambulando por calles inciertas, porque Mar del Plata era una localidad familiar, pero Barcelona era una urbe desconocida y, aunque a través de esos ventanales todavía no viera caer a nadie, no por eso estaba tranquilo, sobre todo porque ya hacía mucho que ella había salido y pronto sería la hora de ir a cenar y otra vez tenía hambre. Lo que vos tenés es apetito, Marcelo, el hambre es otra cosa, solía decirle María del Carmen. Dejame tranquilo, ¿querés?, si te digo que tengo hambre es que tengo hambre... ¡y no se hable más! Pero ella tenía razón, lo sabía. Desde que empezaron a llover cuerpos y más cuerpos no había dejado de atiborrarse de comida y alcohol, así que terminó poniéndose muy gordo y tuvo que cambiar todo su vestuario, lo que sumado a las compras de María del Carmen, las facturas de hotel, los billetes de avión y las abultadas cuentas de los restaurantes hacía que se agrandaran sin cesar los agujeros de los bolsillos. Las herencias familiares de ambos permitían demorar el inevitable quebranto, pero tantos y tantos gastos los acercaban con buen ritmo al derrumbe final. Menos mal que algún día, mejor pronto que tarde, dejarían de llover los cuerpos y entonces se acabarían los viajes y él instalaría en Buenos Aires su consultorio de médico endocrinólogo —la especialidad a la que había pensado dedicarse antes de entrar en la Marina— y ganaría bastante dinero, lo que unido a la paga del retiro permitiría rehacer la fortuna matrimonial, pensó.
Era cierto que habría salido más barato consentir que lo ingresaran en una buena clínica en la que acaso a fuerza de descanso, electroshocks y adecuados consejos, lograrían que cesara el diluvio de cuerpos, pero su colega y superior en el Arma, el capitán de fragata médico —psiquiatra— Leoncio Devalle, sugirió la alternativa de los viajes. Váyase de viaje, Publiani, hágame caso. Viaje mucho, suele ser la mejor cura. Llévela a su mujer, que es una buena compañera. Ya verá que en poco tiempo se convencerá de que cuando llueve sólo cae agua... como mucho, granizo.
Buen tipo el doctor Devalle, lástima que no hubiera estado presente la primera vez, en ese vuelo entre Buenos Aires y Mendoza. Creyó volverse loco. Lo sujetaron entre cuatro y resultó que entre el pasaje se encontraba un colega de Rosario que casualmente llevaba consigo una dosis de sedante inyectable. Pretendieron pincharlo y hasta llegaron a subirle la manga de la camisa, pero él la emprendió a patadas. ¡Soy el teniente de navío médico Marcelo Publiani, de la Armada Argentina, y a mí no me pincha nadie, carajo! ¡Calmate, mi vida, por favor, calmate!, le rogaba María del Carmen. La verdad es que estaba aterrorizado y llegó a creer que lo arrojarían de la nave para contribuir con la lluvia de cuerpos. No pudo dejar de relacionar la situación con aquellos vuelos a seiscientos metros de altura, cuando él mismo inyectaba sedantes a esos pobres diablos desnudos que unos minutos más tarde serían lanzados al Río de la Plata. Por suerte no los veía caer: para evitar el espectáculo y a fin de no vulnerar el principio hipocrático de asistencia a los pacientes iba a esconderse en el retrete, pero los rostros de aquellos infelices se le habían pegado al recuerdo, y era muy extraño; nunca había sido buen fisonomista y algunos días hasta le costaba recordar la cara de su propia madre. Sin embargo esas caras eran inolvidables, algunas mostraban expresiones desesperadas, otras estaban habitadas por el pánico, otras veladas de fúnebre resignación. El tono sermoneante del cura sólo servía para tensar sus nervios más de lo que ya estaban: que ésta es una guerra al servicio de Dios y la Patria, que hay que tener coraje, que hay que saber separar el grano de la paja. Tampoco conseguía olvidarse de esa voz. ¡El cura!
Sí, ya lo sé, doctor, le dijo a Devalle. Yo sé perfectamente que ellos ya no llueven desde el cielo. Me hago cargo de que son visiones mías; conozco muy bien la sintomatología alucinatoria, pero es un saber intelectual que no me consuela. Es que no logro sacármelos de la cabeza, créame. No puedo dejar de ver cómo caen, aun cuando entonces no los vi caer. ¿Sabe usted, doctor, lo que fue aquello? ¿Se imagina lo que significaba salir del retrete y comprobar que esos hombres, que un momento antes estaban tan vivos como ahora lo estamos usted y yo, a esas horas quizá serían alimento de los peces?
El capitán de fragata médico Leoncio Devalle compuso un gesto severo llevándose el dedo índice a los labios, que previamente había juntado muy prietos. No, yo no sé nada ni quiero saberlo, afirmó con acento destemplado. No tengo la menor idea de qué me habla. Y se lo vuelvo a decir, no sé nada de nada. Además, le aconsejaría que usted tampoco supiera nada de nada. Olvídese de todo aquello, hágame el favor, y hágaselo a usted mismo, añadió suavizando la voz, y volvió a aconsejarle que viajara, que viajara mucho en compañía de su mujer, a menos que prefiriera internarse. A él le tocaba decidir.
Estaba claro que prefería viajar; viajar mucho y en compañía de su esposa, como le había recomendado su colega y superior. Pero ¿por qué en avión, querido?, protestó María del Carmen. Ella argumentaba que lo mejor sería desplazarse por tierra, ir en tren o utilizar el coche, para que así él no se viera obligado a contemplar la inevitable caída de tantos cuerpos desnudos. No, tiene que ser en avión, porfió Marcelo. Seguiremos volando hasta que ellos se cansen de llover y yo pueda mirar tranquilo por la ventanilla. Entendelo, María del Carmen, no puedo pasarme la vida huyendo de la realidad. ¡Pero, Marcelo!, esos cuerpos que ves caer no son la realidad real, son meros espejismos. ¡Ya lo sé, ya lo sé, María del Carmen!, le contestó con un suspiro de hastío; pero lo sé sólo intelectualmente. Tengo que convencerme... ¿cómo te diría? Tengo que convencerme con el espíritu. Ella no insistió: se dio cuenta de que, de hacerlo, acabaría recibiendo otra bofetada.
Es que hasta ahora todos nuestros viajes fueron muy cortos, María del Carmen, le dijo Marcelo una semana antes de adquirir los billetes. Creía que había llegado el momento de saltar el charco: en el firmamento de Europa el panorama quizá sería más límpido. Nada más que nubes, cielo y sol, y al regreso los espejismos tal vez habrían desaparecido de su mirada.
A poco de despegar del aeropuerto de Ezeiza comenzó el chaparrón. Se revolvió en el asiento, con el cinturón ajustado a su carnoso vientre, pero no por ello despegó los ojos de la ventanilla. María del Carmen notó su inquietud y lo vio abrir y cerrar los puños. En su interior agradeció que él evitara los comentarios, pero se hizo cargo de su desazón. Tomó las manos de su marido con su mano blanda, en cuyo anular señoreaban el solitario y la alianza. Marcelo tiene mucho aguante, se dijo. Él veía pasar los cuerpos y recordaba los apellidos de algunos: Ahí va Campos, el sindicalista; este es Gálvez, de quien decían que era trotskista; ese jovencito es Mileti: estudiante. Al aterrizar en Río de Janeiro ya era de noche y había cesado el diluvio. La siguiente etapa fue tranquila, ya que el avión cruzó el Atlántico en la oscuridad. Cuando tocaron tierra, en Lisboa, el día anterior, comenzaba a amanecer. Antes Marcelo tuvo tiempo de contemplar de nuevo la caída de Campos y Mileti, aunque no vio a Gálvez y a los otros.
Pero ellos no lo privaron de su visión en el vuelo de esa misma mañana, entre Lisboa y Barcelona. Estaban todos. Marcelo se preguntó por qué caían tan lejos de las aguas del Río de la Plata, sobre el río Tajo, sobre Extremadura y Castilla, en las riberas del Ebro. Temió que seguirían cayendo por cualquier cielo que él atravesara, aunque diese la vuelta al mundo. A las diez de la mañana aterrizaron en el aeropuerto del Prat, veinte minutos más tarde llegaron al hotel, y ahora María del Carmen debía de andar dando vueltas por la ciudad, y todo por una simple bofetada. Hizo mal, se dijo, no debió haberle pegado. Pero ella tampoco tenía por qué ser tan quisquillosa. No sabía lo que era un verdadero castigo; no, su mujer no lo sabía.
Volvió a mirar la hora: ya eran casi las nueve. El hambre lo martirizaba. Decidió cenar solo, en el restaurante del piso decimonoveno. Antes de subir telefoneó a la recepción para solicitar que si volvía su esposa le hicieran saber dónde estaba él.
Se sentó a una mesa junto a la ventana. El maître acudió de inmediato con la carta. Eligió pimientos rellenos de bacalao, escabeche de codorniz y costillas de corzo con cerezas. Para beber, un tinto de Navarra, con mucho cuerpo. De postre biscuit de frambuesas, y después del cuarto coñac pidió un helado de vainilla y chocolate, pero enseguida un fernet que le hizo emitir un eructo largo y cavernoso. En ese momento vio a Mileti con la nariz pegada al ventanal. Fue sólo un segundo, de inmediato éste continuó cayendo. Sin embargo alcanzó a observarle la cicatriz de la operación de apendicitis. No hay derecho, protestó, y menos a estas horas de la noche y a tan baja altura; no estamos a bordo de ningún avión. El camarero acudió solícito. ¿Decía el señor? ¿Usted no vio un tipo que caía del cielo? El camarero inclinó la cabeza a la derecha, después sonrió. ¿Desea un café el señor? Pidió un whisky. Antes de que se lo trajeran tuvo tiempo de ver cómo caían los demás. Las cosas que han sucedido en aquella época no tienen por qué seguir repitiéndose, proclamó en voz muy alta. A fin de cuentas, cada uno de nosotros cumplió con su deber prestando la obediencia que se debía a la superioridad y a la nación. El maître se aproximó a la mesa para pedirle que se calmara, también le preguntó si deseaba ser acompañado hasta su cuarto.
De vuelta en su habitación miró otra vez la hora. Eran casi las once de la noche y María del Carmen aún sin regresar. Estaba a punto de telefonear a la recepción, o a la policía, pero antes de que alcanzara a descolgar empezó un nuevo diluvio. Sufrió un duro sobresalto al descubrir que entre quienes caían se encontraba su esposa. Ella no caía desnuda: llevaba la misma ropa que cuando salió del hotel. Llamó a la policía. Después pidió que le subieran una botella de whisky y un paquete de cigarrillos.
A las tres y media de la madrugada golpearon a la puerta. A las cuatro entró en el depósito de cadáveres acompañado de un oficial de policía y el secretario de un juez. La borrachera de las horas previas se había disipado, de modo que cuando el hombre de la bata blanca levantó la sábana que cubría el rostro de la mujer que yacía en la mesa de acero inoxidable, no tuvo dificultad en reconocer las facciones de María del Carmen. Le dijeron que se había ahogado en el río Besos. Más tarde le dieron a entender que podía haberse suicidado arrojándose desde un puente. Firmó todos los papeles y bebió mucho café. A las diez de la mañana hizo llamar a un taxi para que lo llevara hasta la orilla del Besos, todo para descubrir que se trataba de un riacho contaminado de espuma cuyo mezquino cauce separa las ciudades de Barcelona y Badalona. La habían pescado cerca de la desembocadura. Nada que ver con el Río de la Plata. En aquellas aguas nunca la habrían encontrado. Con excepción de unos pocos que fueron a parar a la playa, la corriente se llevó a casi todos hacia el Atlántico.
Se descubrió a sí mismo pensando de ese modo y juzgó que eran divagaciones estúpidas, pero no lograba impedir que hormiguearan en su cabeza. Pensó también que en tres o cuatro días, a lo sumo en una semana, habría completado las gestiones y volaría de regreso a Buenos Aires llevando consigo a María del Carmen en su ataúd. Y sin embargo, de eso estaba seguro, la vería caer junto con los demás. Esta vez desnuda. Ojalá que al menos a ella no le diera por aplastar su nariz contra la ventanilla.
*
Lázaro Covadlo nació con el primer nombre de Eduardo en la ciudad de Buenos Aires en 1937. Su carrera literaria se inició en 1965 con un libro de cuentos, Los humaneros. En 1970 publicó En este lugar sagrado, pero, después de su incorporación a la secta de Silo, que, afirma, lo llevó a conocer “la génesis de la locura” y le hizo vivir experiencias espeluznantes que amenaza con poner por escrito, puso fin a la primera fase de su carrera literaria, con la excepción de la novela La cámara del silencio (1973). En 1975 se fue a vivir a España, donde la insistencia de su segunda mujer le hizo retomar la escritura y publicó la novela autobiográfica Conversación con el monstruo. Se deshizo de su primer nombre y adoptó el segundo, Lázaro, como nombre de pila. La sucesiva aparición de Agujeros negros (cuentos, 1997), Remington Rand, una infancia extraordinaria (novela, 1997), La casa de Patrick Childers (1999) y Bolero (novela, 2000), entre otros títulos, le valió el reconocimiento de la crítica española y de muchos y notables colegas. Además del cuento seleccionado para esta antología, que pertenece a Animalitos de Dios (2000), se pueden mencionar al menos otros dos relatos de terror: “Relato de carretera”, en ese mismo libro, y “Nunca apagaba la luz”, una miniatura de construcción precisa, en Agujeros negros.
Dentro de los horrores argentinos recientes, uno de los más escalofriantes fue la exposición al conocimiento público de una práctica habitual de la dictadura militar que asoló el país entre 1976 y 1983: arrojar al Río de la Plata, desde un avión, a personas atadas o drogadas. Muchos argentinos sabían que eso sucedía, y a través de los siempre efectivos mecanismos de la negación, ese conocimiento se relegaba a rincones ocultos de la mente. Por eso decimos que el horror surgió cuando la situación tomó conocimiento público: cuando se incorpora a la historia argentina como relato.
*Fuente: abanico revista de letras de la Biblioteca Nacional.
http://www.abanico.edu.ar/2005/03/Covadlo.htm
CANTAMOS*
Sostendré esta canción hasta que la verdad
me derrote y me cierre los labios.
"Cantores"
Gabriel Sopeña
Cantamos porque la vida lo precisa.
Porque al mágico influjo de la música
las piedras del camino devienen girasoles,
porque al cantar se cauterizan las heridas
y nace entre las manos una espiga
que eleva su estatura hacia el sonido
que fluye interminable, que germina
y se expande como un polen de promesas
por la extensión sin límite del cielo.
Cantamos porque el canto es necesario.
Porque en alguna parte, alguien que sufre,
necesita los versos, las notas que tañemos,
los acordes que inventa nuestra lira.
(Pésimo conversador es el silencio,
hay que romper su círculo encantado
y lanzar hacia el viento las palabras
como un cauce perpetuo que no tiembla
ante el rugido atronador de sus sicarios)
Cantamos nuestra dicha y nuestra pena,
el pan que nuestras bocas alimenta
y el vino que nos roba la consciencia.
El canto es una lucha que no ceja,
una herramienta contra las cadenas,
un estandarte imprescindible, una luz plena
que no apagan las noches de derrota
ni el severo fluir de lágrimas doradas.
Mi canto es una bandera de horizontes,
una hoguera de manos enlazadas,
un coro de palomas que despiertan.
En el Día Mundial de la Poesía, con mi saludo a todos los poetas.
*De Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com
*
Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 25 de marzo del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del grupo latinoamericano De las Rosa Latin Music. Las poesías que leeremos pertenecen a Saturnino Rodríguez Riverón (Cuba) y la música de fondo será de Chimizapagua (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar
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jueves, marzo 22, 2007
miércoles, marzo 21, 2007
PODER ELEGIR HACE FELIZ
NUESTRA INFELICIDAD*
Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.
Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.
La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.
Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.
La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Poder elegir hace feliz...
El cielo entre durmientes*
*Humberto Costantini
Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué hacés?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas. Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas ganas locas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un aguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechillas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Esta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin por qué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda.
A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca.
Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt...
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego , vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos te soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo vos!
Otra vez el silencio. La sierra sinfín de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba...
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizás las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita.
Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres... (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco...
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren este. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora!, digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido, Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca. –No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto. –No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho..
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuándo faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
* * *
Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
El silencio que crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora.
Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
¿Te acordás Ernesto, cómo cantaba?
Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio de 1987.
Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.
*Fuente:
http://www.abanico.edu.ar/2004/08/cielo.htm
Miércoles, 21 de Marzo de 2007
La vida, ese tupper*
*Por Celeste Galiano, Fabricio Simeoni y Federico Tinivella
"Quisiera ser tupperware para poder conservarte"
Salvador Trapani
Sin precintos ni avatares, pasarse la vida entre paredes de plástico resulta frágil.
Esperar cierto destape y seguir enhiesto. Sentirse fiambrera, cumplir el ciclo desde un recipiente, nacer, comer, reproducirse y morir en el cubículo inesperado de la conservación de la especie.
El señor Earl S. Tupper no podía imaginar el furor que iba a causar su invento cuando en 1946 pergenió el famoso tazón maravilla. Nada tuvieron que ver -y cabe la aclaración- el joven ni la mujer maravilla. Aunque sabemos perfectamente que don Earl pasaba horas escuchando wonderful world con dos
pocillos de porcelana en las orejas, para amortiguar el eco.
El "tupperware", que significa "mercancías de Tupper", permanece desde entonces entre nosotros, ayudando a la preservación de los alimentos. Y es que sirve para todo: congelar comidas preparadas, no preparadas, no comidas, congelar comidas congeladas y descongelar, sirve también para no congelar
absolutamente nada.
Guardar restos en la nevera y nevera en los restos y transportar los alimentos sin riesgo de que se desparramen. Por esta razón, el tupper cada vez viaja más a la oficina, a tu casa, a la luna y hasta se puede plegar para transportarlo en una riñonera, bolsillo o estuche. Humilde y hermético, comparte el don de los hombres sabios, el silencio.
Quitar el aire es su secreto; así ama, así mata, preserva ocultando.
¿Discreto por convicción? No, opaco por naturaleza.
70 y 30. 70 y 30. Cerrar un tupper con precisión exige pocas artes y mucha ciencia: 70% de fuerza en la mano izquierda y un 30% de la derecha, como disparar una 9 milímetros pero con mayor sutileza.
Danger. El uso de un tupper nuevo sin lavar imprime un sabor a momia irremontable, un gusto empalagoso difícil de explicar parecido a respirar pelusa de aspiradora mezclada con polvo de rincón. No olvidar, los tupper se curan como el mate, las ollas de hierro y las personas -a veces, claro.
Para apoderarse de algo uno debe crearlo cuidadosamente, pensó Confucio. Y Earl S. Tupper, con paciencia, aprendió a conquistar el mercado mundial de la practicidad. Jamás aceptó una campaña demasiado agresiva para promocionar sus ingeniosos ghettos atmosféricos. La guerra no se juzga, se evita.
¡Llame ya y obtenga 1000 tuppers, no causan sobredosis! Ni mangueras para enrollar, ni fajas reductoras, ni baba de caracol se ofrecen por más de dos unidades. Scheherezade y las 1001 noches, usted y los mil tupperware se animan al millar. La magia del vacío. Guardar significa amar, cuidar con
persistencia, exhalar protección y volverse querible. ¡Guarda!
De todos los colores y de ninguno, el tupper juega al espejo, caja de trucos. Camuflaje, supervivencia, en la Naturaleza todo lo importante lleva tiempo.
Earl intuyó que los vacuos eran tan importantes como los llenos y concibió un objeto que ordenara atesorando. Quien ordena es poderoso y el poderoso elige.
Poder elegir hace feliz. Sólo se trata de durar, pensó Earl S Tupper cuando corría presuroso hasta el lavabo. De niño la fobia social lo había tomado de la cintura como lo hacía su novia Caterina Mc Intoch en las tardes chorreadas de crema de maní, en las costura de los campos de Conectitut.
Ella lo aferraba de atrás y al oído solía susurrarle versos de Roco Sumbaba, un poeta africano que había viajado hasta el país del norte escondido en un barril de cacahuates desde Kenia. Le decía entonces Caterina "la selva me quema los labios, la lengua, se quema, se quema, se quema ahí", todos poemas escritos por Sumbaba en su viaje de exilio. Textos que se habían convertido en lectura obligada en el sur de Tenesse, de donde era oriunda Mc Intoch.
Esos poemas habían cavado hondo en el desierto mental de Earl. Entendía que el viaje de Roco, su encierro, lo habían conservado en buena forma. Comenzó a pensar que aquello que es sometido a un encierro perdura. Recordaba ahora a su abuela Murdel que permaneció cinco años en el baúl de un Buick, alimentada solo con insectos verdes. Los ancianos del pueblo dijeron, al verla salir, en un descampado, de aquel baúl abierto, que ella pensó cerrado esos cinco años, que se veía más joven.
Sólo se trata de durar, pensó Tupper una vez en el lavabo y aquella idea tomó forma de envase plástico, aquí todas las bolsas son de cartón, no como en Argentina. El plástico es un polímero que protege los alimentos, no como el cartón que les transfiere su aroma y humedad, sintetizó Earl en su cuaderno de anotaciones. Al instante corrió desnudo hasta el jardín, tropezó con el triciclo de Michael su nuevo amante, que dormía después de una borrachera y gritó "plastic", plástico en castellano. He ahí el comienzo de una relación perdurable entre los humanos y su vianda, hasta la llegada del freezer, asesino del tupper, no de su esencia, que todavía olemos en los poemas de Sumbaba.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7811-2007-03-21.html
Intima*
Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
¡tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mi misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismos:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad; yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
¡Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú sabes que si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a dios, al sol, la flor, el aire
¡la vida toda porque tu eras vida!
Si con angustia yo compre esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
me abriré dulcemente para ti.
*De Delmira Agustini.
*Fuente: http://www.patriagrande.net/uruguay/delmira.agustini/index.html
Correo:
*
Queridos amigos, los invito a enviar uno o dos poemas de su autoría escritos para Frida Khalo, máximo 30 líneas por poema.
Tres líneas de currículum del autor, incluyendo país, ciudad y fecha de nacimiento. Todo en archivo adjunto.
El encabezado deberá decir Poema para Frida Khalo.
Enviar a los correos: linajes-editores@att.net.mx con copia a linazeron@yahoo.com
La recepción máxima de los poemas será el 15 de abril de 2007. .
El libro será en homenaje al centenario del natalicio de la pintora y será editado por una dependencia gubernamental, la cual dará a conocer a los poetas seleccionados en el mes de mayo.
Será presentado en un acto en la Delegación Coyoacán con asistencia y lectura de los poetas que puedan asistir.
Dear friends. I invite you to send 2 poems dedicated to Frida Khalo, if you have. Maximum 30 lines per poem. Please Send a short curriculum of 3 lines with country, city and date of birth, everything in attached mail. the poems sent in English will be translated the Spanish.
The book will be in tribute to the centenary of birth of the painter and will be published by a governmental dependency. The poems you would received until maximum the 15 of April.
Please send all to linajes-editores@att.net.mx with copy to linazeron@yahoo.com
Regards and a lot of hugs
*Lina Zerón
www.linazeron.com
*
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Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.
Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.
La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.
Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.
La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Poder elegir hace feliz...
El cielo entre durmientes*
*Humberto Costantini
Ni un alma por la calle. Como si el sol de la siesta cayendo a pique y después derramándose por todos lados, hubiera empujado a bichos y gente a quién sabe qué escondidos refugios, adonde el sol no puede penetrar, pero ante los cuales se queda montando guardia, rabioso y vigilante como un perro en acecho.
Por la calle vamos Ernesto y yo. Hace cinco minutos, un silbido me arrancó de la sombra de la glicina y me mostró entre dos pilares de la balaustrada un rostro enrojecido y contento. No hubiera sido necesario que me dijera "¿salís?" con un grito breve y exacto como un pelotazo. Yo lo estaba esperando, o mejor dicho yo estaba esperando un pretexto cualquiera para dejar aquella modorra del patio adonde me llegaban ruidos lejanos e incitantes entreverados con el aleteo de algún mangangá.
Por eso no le contesté nada y en seguida estuve con él en la puerta. Se sabe que saldríamos a caminar. Ernesto es así y nuestros doce años no soportan otras tratativas que ese "¿salís?" liso y directo viniendo de un mechón caído sobre los ojos, de una transpirada camiseta amarilla y de unas ganas de hacer muchas cosas que le brillan en la mirada.
Un saludo "¿qué hacés?" y caminamos. El agua de la zanja, un agua barrosa, oscura, caliente, cubierta de protuberancias verdes como el lomo de un sapo, se agita por momentos a impulso de invisibles zambullidas o respira a través de unos globos lentos, pesados, que levantan nuevas ampollas en su pellejo y hacen un extraño ruido de glogloteo como si ya estuviera por soltar el hervor.
Caminamos. La tierra quema en los pies y es lindo sentir ese mordisco cariñoso, de cachorro, con que la tierra nos juguetea por las pantorrillas. Pero más lindo es no sentir nada de eso, sino esas ganas locas de meterse en la tarde como en una selva. ¿No es cierto, Ernesto?
Caminamos. Un aguacil grande y rojo viene a despedirnos, pasa zumbando a nuestro lado y siguiendo la línea de yuyos que bordea la zanja llega hasta el puente de la esquina y vuelve volando a toda máquina amagando un encontrón. —¡A que no lo agarrás!
Caminamos. Las cuadras del barrio quedan atrás. Los paraísos se cambian en plátanos y después otra vez en paraísos. Flechillas, lenguas de vaca, huevitos de gallo. Esta es otra zanja, no la nuestra. ¿Habrá ranones por aquí?
Caminamos. ¡Aquella montaña! ¡A saltarla! La sangre nos golpea en el pecho y en el rostro. La vida es una alegría retenida en los músculos y es ese olor a sol, a sudor y a piel caliente que viene de la ropa de Ernesto.
Caminamos. Ernesto sabe de muchas cosas. De trabajos, de aventuras, de casas abandonadas y de extraños nombres de calles. Mientras caminamos me habla. Me cuenta un disparate y yo me río. Me río como un loco. Me río tanto que Ernesto se contagia de mi propia risa y empieza a reírse él también. Le salen lágrimas de los ojos, se aprieta el costado, no puede parar. Yo lo miro y me da más risa todavía verlo reír. Caminamos tambaleantes, empujándonos, atorándonos de risa. La risa se nos atropella en la boca, nos crece incontenible por todos lados, nos acompaña por cuadras y cuadras esa risa sin por qué, como si una bandada de gorriones enloquecidos nos estuviera siguiendo.
La esquina. Otra cuadra. La risa. Ladridos detrás de un alambre. Otra cuadra. Magnolias, jardines, postes del teléfono. Otra cuadra. Las alpargatas de Ernesto levantando el polvo en las veredas. Otra cuadra. El cielo, la soledad de la siesta, el silbido de una urraca. Otra cuadra, otra cuadra...
Apoyo de pronto mi mano en el hombro de Ernesto y señalo el terraplén del ferrocarril. —¡A ver quién llega primero!
Salimos como balas. Una ametralladora de pasos y el crujido de los terrones resecos. Oigo el jadeo de Ernesto y apenas veo su camiseta amarilla pegada a mi costado. Me pongo enormemente contento cuando dejo de verla y cuando siento que el jadeo va quedando atrás. Apenas por un par de metros, pero llego primero arriba. Y desde arriba lo miro triunfante.
Ernesto tiene la cara negra de tierra y un sudor barroso le forma ríos en la nuca y la espalda. Yo debo estar igual porque en la manga que me pasé por la frente queda una gran mancha negra y húmeda.
A Ernesto se le ocurre caminar por la vía y vamos pisando los durmientes o haciendo equilibrio sobre los rieles. Lo más lindo son los puentes. Cuando allá abajo vemos la calle entre los durmientes deslizándose como un río. Algunos son muy altos y hay que pisar bien para no caerse. Yo camino despacio, aparentando indiferencia, pero sintiendo en todo momento un ligero vértigo que me obliga a clavar la vista en mis pies, a calcular cada pisada, hipnotizado por ese lomo de tierra que se mueve sin cesar debajo mío.
Ernesto, en cambio, se mueve con maravillosa soltura. Me habla, grita, se da vuelta, corre... Es imposible seguirlo. Anda por ese andamiaje de hierro, madera, viento y cielo como por el patio de su casa. No digo nada, pero pienso que estamos a mano con lo de la carrera.
Llegamos a un puente de poca altura y como viene un tren decidimos verlo pasar desde abajo. Descendemos la pequeña cuesta y nos ubicamos a un costado del puente. Oímos el bramido del tren que se acerca y luego un ruido infernal que hace trepidar toda la tablazón. Las vías parecen curvarse bajo las ruedas. Un pandemonio de vapor, chispas, truenos y aullidos que nos sacude hasta las entrañas. La verdad, sentimos un poco de miedo y deseamos que venga otro tren para reivindicarnos.
Las vías pasan a menos de tres metros sobre la calle. Con un buen salto es posible alcanzar los durmientes y colgarse de allí como de un pasamanos. La idea surge como una pedrada y casi de los dos a un tiempo. Quedarnos colgados cuando pase el tren.
La tarde es un desierto de sol y tierra enardecida.
El cascabeleo de algún lejano carro de lechero y el canto metálico de la cigarra no cortan el silencio, sino que lo hacen más denso aún, más expectante.
Esperamos el rumor que nos anuncie la llegada de un tren. Los minutos transcurren lentos en el calor sofocante del reparo que forman las paredes del puente. Se mastica un yuyo o se sube de vez en cuando a mirar el reverbero distante de las vías.
—A no soltarse, ¿eh?
—No, a no soltarse.
De pronto llega. Es apenas un murmullo perdido entre cien murmullos iguales, pero para nosotros imposible de confundir.
Con cierta parsimonia nos preparamos. Frotamos las manos en la tierra, ensayamos un salto, otro salto. Subimos a verlo, ya está cerca.
Tomamos posiciones.
—¡Cuando yo diga saltamos!
El silencio, avasallado ahora por aquel torrente que se agranda y se agranda. Nos miramos y miramos los durmientes allá arriba.
—A no solt...
—¡Ahora!
Me falla un salto. Al segundo estoy arriba balanceándome todavía por el impulso. Ernesto ya está allí, firmemente prendido. Me guiña el ojo. Quiere decir algo, pero no lo escucho porque un ruido ensordecedor me oculta sus palabras. —¿No quemará la locomotora?—. Ya viene. Allí está. Hierros, fuego , vapor y un ruido de pesadilla.
No sabemos cómo fue. Cuando queremos acordarnos los dos estamos a diez metros del puente, mirando cómo los últimos vagones se deslizan haciendo oscilar las vías.
La tarde se nos acuesta entera encima de los hombros. Nos acercamos al puente, cabizbajos, avergonzados.
—¡Vos te soltaste primero!
—¡Tenías una cara de miedo vos!
Otra vez el silencio. La sierra sinfín de la cigarra nos chista y se ríe de nosotros. Estamos agitados, desfigurados por el calor y la excitación pasada.
—Si vos te quedabas, yo me quedaba...
—Yo también, si vos te quedabas, yo me quedaba.
Nos tiramos al suelo para esperar otro tren. La tierra pegándose a la piel mojada. El reverbero de la calle o quizás las gruesas gotas de sudor que me empañan la vista. Ernesto hace garabatos con una ramita.
Y el tiempo que se desliza silencioso sobre las vías como un tren infinito formado por el latido de nuestros corazones.
La cigarra. Un gorrión con el pico entreabierto y las alas separadas. Los ladrillos del puente y allá a lo lejos una pared blanca que nos saluda como un pañuelo.
—Un, dos, tres... (antes de que cuente veinte aparece), cuatro, cinco...
Silencio. Las voces de la siesta.
Ahora sí. Es un tren este. El rumor lejano pero inconfundible. Nos ponemos de pie. Ninguno dice una palabra. El temor de soltarse y la decisión de permanecer hasta el fin. El contacto de la tierra caliente en las palmas de las manos.
—¡Cuando yo diga!
El ruido que crece segundo a segundo. Ernesto se agazapa para saltar. —¡Ahora!, digo, y salto con todas mis fuerzas.
El ennegrecido durmiente queda aprisionado entre mis manos. A un metro de mí, Ernesto se columpia en el suyo.
El ruido ensordecedor. La cara roja de Ernesto entre sus dos brazos en alto. Su camiseta amarilla y su pelo caído sobre la frente.
Terremoto de hierro, vapor y chispas. El ruido infernal. El puente que se hunde con el peso del tren. Un miedo espantoso. Pero estamos colgados todavía.
Me doy cuenta de que estoy gritando a todo lo que doy. Ernesto también grita y patalea y me mira gritando y pataleando como un loco.
El tren no termina nunca de pasar. Las ruedas a medio metro de las manos. Una montaña encima de mi cabeza. El calor, el ruido, Todavía no sé si voy a quedarme hasta que pase todo. Y grito para darme coraje y también porque es necesario gritar. Lo veo a Ernesto congestionado, enloquecido, con las venas del pescuezo hinchadas por los gritos y por el esfuerzo.
Gotas de sudor se me meten en la boca. –No doy más, me quedo hasta que se quede Ernesto. –No doy más, me quedo hasta que se quede Cacho..
¿Cuánto faltará todavía? La cara de Ernesto gesticulando y escupiendo sudor. Sus piernas tirándome patadas. ¿Cuánto faltará todavía? Grito y lo pateo para hacerlo bajar. ¿Cuándo faltará todavía? El ruido. La vibración del puente metiéndose hasta los tuétanos. ¿Cuánto faltará todavía? Los sesos a punto de estallar. Borrachera de ruido, calor, alaridos y miedo. ¿Cuánto faltará todavía?
* * *
Algo dulce que nos acaricia los brazos. El tren que se aleja y el cielo azul a pedazos entre los durmientes.
El silencio que crece de la tierra. El silbido lejano de la locomotora.
Seguimos colgados y nos miramos sonriendo.
La tarde canta en la voz de las cigarras.
¿Te acordás Ernesto, cómo cantaba?
Humberto Costantini nació en Buenos Aires en 1924, y murió en la misma ciudad en junio de 1987.
Poeta, narrador y dramaturgo, Costantini ejerció a lo largo de su vida, junto a su casi secreta labor de investigador científico, los más diversos oficios: veterinario en pueblos de campaña, oficinista, corredor de comercio, ceramista, etc. Estas actividades le ayudaron a profundizar en el conocimiento y los matices que forman las capas medias de nuestra sociedad, con cuyos caracteres y lenguajes enriqueció su prosa.
Heredero del grupo de Boedo y de la preocupación social que lo definiera, Costantini participa y milita en las revistas literarias de izquierda de la década del 50 en las que se manifiesta de manera polémica contra el populismo y el pintoresquismo naturalista. Es por entonces cuando publica sus primeros cuentos, de temática realista y estilo expresionista. A lo largo de su obra, Costantini construye una personalidad literaria definida, la cual se vale de distintos elementos, como ser los símbolos y las alegorías, los monólogos interiores de sus personajes, la literatura fantástica, el realismo mágico, el costumbrismo y hasta la mitología clásica, para abordar la que fuera, en definitiva, su principal obsesión: la alienación del hombre en una sociedad hostil. Una de las características de su estilo es la de llevar a sus personajes a situaciones límite, exasperando la realidad en grotesco.
Costantini fue una influencia notable entre los jóvenes escritores de la década del 60.
De por aquí nomás (1958); Un señor alto, rubio, de bigotes (1963); Tres monólogos (1964); Cuestiones con la vida (1966); Una vieja historia de caminantes (1966) y De dioses, hombrecitos y policías (¿?) son algunas de sus obras más recordadas.
*Fuente:
http://www.abanico.edu.ar/2004/08/cielo.htm
Miércoles, 21 de Marzo de 2007
La vida, ese tupper*
*Por Celeste Galiano, Fabricio Simeoni y Federico Tinivella
"Quisiera ser tupperware para poder conservarte"
Salvador Trapani
Sin precintos ni avatares, pasarse la vida entre paredes de plástico resulta frágil.
Esperar cierto destape y seguir enhiesto. Sentirse fiambrera, cumplir el ciclo desde un recipiente, nacer, comer, reproducirse y morir en el cubículo inesperado de la conservación de la especie.
El señor Earl S. Tupper no podía imaginar el furor que iba a causar su invento cuando en 1946 pergenió el famoso tazón maravilla. Nada tuvieron que ver -y cabe la aclaración- el joven ni la mujer maravilla. Aunque sabemos perfectamente que don Earl pasaba horas escuchando wonderful world con dos
pocillos de porcelana en las orejas, para amortiguar el eco.
El "tupperware", que significa "mercancías de Tupper", permanece desde entonces entre nosotros, ayudando a la preservación de los alimentos. Y es que sirve para todo: congelar comidas preparadas, no preparadas, no comidas, congelar comidas congeladas y descongelar, sirve también para no congelar
absolutamente nada.
Guardar restos en la nevera y nevera en los restos y transportar los alimentos sin riesgo de que se desparramen. Por esta razón, el tupper cada vez viaja más a la oficina, a tu casa, a la luna y hasta se puede plegar para transportarlo en una riñonera, bolsillo o estuche. Humilde y hermético, comparte el don de los hombres sabios, el silencio.
Quitar el aire es su secreto; así ama, así mata, preserva ocultando.
¿Discreto por convicción? No, opaco por naturaleza.
70 y 30. 70 y 30. Cerrar un tupper con precisión exige pocas artes y mucha ciencia: 70% de fuerza en la mano izquierda y un 30% de la derecha, como disparar una 9 milímetros pero con mayor sutileza.
Danger. El uso de un tupper nuevo sin lavar imprime un sabor a momia irremontable, un gusto empalagoso difícil de explicar parecido a respirar pelusa de aspiradora mezclada con polvo de rincón. No olvidar, los tupper se curan como el mate, las ollas de hierro y las personas -a veces, claro.
Para apoderarse de algo uno debe crearlo cuidadosamente, pensó Confucio. Y Earl S. Tupper, con paciencia, aprendió a conquistar el mercado mundial de la practicidad. Jamás aceptó una campaña demasiado agresiva para promocionar sus ingeniosos ghettos atmosféricos. La guerra no se juzga, se evita.
¡Llame ya y obtenga 1000 tuppers, no causan sobredosis! Ni mangueras para enrollar, ni fajas reductoras, ni baba de caracol se ofrecen por más de dos unidades. Scheherezade y las 1001 noches, usted y los mil tupperware se animan al millar. La magia del vacío. Guardar significa amar, cuidar con
persistencia, exhalar protección y volverse querible. ¡Guarda!
De todos los colores y de ninguno, el tupper juega al espejo, caja de trucos. Camuflaje, supervivencia, en la Naturaleza todo lo importante lleva tiempo.
Earl intuyó que los vacuos eran tan importantes como los llenos y concibió un objeto que ordenara atesorando. Quien ordena es poderoso y el poderoso elige.
Poder elegir hace feliz. Sólo se trata de durar, pensó Earl S Tupper cuando corría presuroso hasta el lavabo. De niño la fobia social lo había tomado de la cintura como lo hacía su novia Caterina Mc Intoch en las tardes chorreadas de crema de maní, en las costura de los campos de Conectitut.
Ella lo aferraba de atrás y al oído solía susurrarle versos de Roco Sumbaba, un poeta africano que había viajado hasta el país del norte escondido en un barril de cacahuates desde Kenia. Le decía entonces Caterina "la selva me quema los labios, la lengua, se quema, se quema, se quema ahí", todos poemas escritos por Sumbaba en su viaje de exilio. Textos que se habían convertido en lectura obligada en el sur de Tenesse, de donde era oriunda Mc Intoch.
Esos poemas habían cavado hondo en el desierto mental de Earl. Entendía que el viaje de Roco, su encierro, lo habían conservado en buena forma. Comenzó a pensar que aquello que es sometido a un encierro perdura. Recordaba ahora a su abuela Murdel que permaneció cinco años en el baúl de un Buick, alimentada solo con insectos verdes. Los ancianos del pueblo dijeron, al verla salir, en un descampado, de aquel baúl abierto, que ella pensó cerrado esos cinco años, que se veía más joven.
Sólo se trata de durar, pensó Tupper una vez en el lavabo y aquella idea tomó forma de envase plástico, aquí todas las bolsas son de cartón, no como en Argentina. El plástico es un polímero que protege los alimentos, no como el cartón que les transfiere su aroma y humedad, sintetizó Earl en su cuaderno de anotaciones. Al instante corrió desnudo hasta el jardín, tropezó con el triciclo de Michael su nuevo amante, que dormía después de una borrachera y gritó "plastic", plástico en castellano. He ahí el comienzo de una relación perdurable entre los humanos y su vianda, hasta la llegada del freezer, asesino del tupper, no de su esencia, que todavía olemos en los poemas de Sumbaba.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-7811-2007-03-21.html
Intima*
Yo te diré los sueños de mi vida
en lo más hondo de la noche azul...
Mi alma desnuda temblará en tus manos,
sobre tus hombros pesará mi cruz.
Las cumbres de la vida son tan solas,
¡tan solas y tan frías! Yo encerré
mis ansias en mi misma, y toda entera
como una torre de marfil me alcé.
Hoy abriré a tu alma el gran misterio;
ella es capaz de penetrar en mí.
En el silencio hay vértigos de abismos:
yo vacilaba, me sostengo en ti.
Muero de ensueños; beberé en tus fuentes
puras y frescas la verdad; yo sé
que está en el fondo magno de tu pecho
el manantial que vencerá mi sed.
Y sé que en nuestras vidas se produjo
el milagro inefable del reflejo...
En el silencio de la noche mi alma
llega a la tuya como un gran espejo.
¡Imagina el amor que habré soñado
en la tumba glacial de mi silencio!
Más grande que la vida, más que el sueño,
bajo el azur sin fin se sintió preso.
Imagina mi amor, mi amor que quiere
vida imposible, vida sobrehumana,
tú sabes que si pesan, si consumen
alma y sueños de olimpo en carne humana.
Y cuando frente al alma que sentía
poco el azur para bañar sus alas
como un gran horizonte aurisolado
o una playa de luz, se abrió tu alma:
¡Imagina! ¡Estrechar, vivo, radiante
el imposible! ¡La ilusión vivida!
Bendije a dios, al sol, la flor, el aire
¡la vida toda porque tu eras vida!
Si con angustia yo compre esta dicha,
¡bendito el llanto que manchó mis ojos!
¡Todas las llagas del pasado ríen
al sol naciente por sus labios rojos!
¡Ah! tú sabrás mi amor; mas vamos lejos,
a través de la noche florecida;
acá lo humano asusta, acá se oye,
se ve, se siente sin cesar la vida.
Vamos más lejos en la noche, vamos
donde ni un eco repercuta en mí,
como una flor nocturna allá en la sombra
me abriré dulcemente para ti.
*De Delmira Agustini.
*Fuente: http://www.patriagrande.net/uruguay/delmira.agustini/index.html
Correo:
*
Queridos amigos, los invito a enviar uno o dos poemas de su autoría escritos para Frida Khalo, máximo 30 líneas por poema.
Tres líneas de currículum del autor, incluyendo país, ciudad y fecha de nacimiento. Todo en archivo adjunto.
El encabezado deberá decir Poema para Frida Khalo.
Enviar a los correos: linajes-editores@att.net.mx con copia a linazeron@yahoo.com
La recepción máxima de los poemas será el 15 de abril de 2007. .
El libro será en homenaje al centenario del natalicio de la pintora y será editado por una dependencia gubernamental, la cual dará a conocer a los poetas seleccionados en el mes de mayo.
Será presentado en un acto en la Delegación Coyoacán con asistencia y lectura de los poetas que puedan asistir.
Dear friends. I invite you to send 2 poems dedicated to Frida Khalo, if you have. Maximum 30 lines per poem. Please Send a short curriculum of 3 lines with country, city and date of birth, everything in attached mail. the poems sent in English will be translated the Spanish.
The book will be in tribute to the centenary of birth of the painter and will be published by a governmental dependency. The poems you would received until maximum the 15 of April.
Please send all to linajes-editores@att.net.mx with copy to linazeron@yahoo.com
Regards and a lot of hugs
*Lina Zerón
www.linazeron.com
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martes, marzo 20, 2007
UN ESPEJO EN EL TECHO
FUÉ AL PASAR*
Yo creí que tus ojos anegaban el mundo...
Abiertos como bocas en clamor... Tan dolientes
Que un corazón partido en dos trozos ardientes
Parecieron... Fluían de tu rostro profundo
.
Como dos manantiales graves y venenosos...
Hornos á fuego y sombra tus pupilas !... tan hondas
Que no se desde donde me miraban, redondas
Y oscuras como mundos lontanos y medrosos.
.
¡ Ah tus ojos tristísimos como dos galerías
Abiertas al Poniente !... Y las sendas sombrías
De tus ojeras donde reconocí mis rastros !...
.
Yo envolví en un gran gesto mi horror como en un velo,
Y me alejé creyendo que cuajaba en el cielo
La medianoche húmeda de tu mirar sin astros!
*de Delmira Agustini.
(de Cantos de la Mañana)
-Fuente:
http://www.damisela.com/literatura/pais/uruguay/autores/agustini/cantos/pasar_p2.htm
Un espejo en el techo...
MUJER FELIZ*
Había yo concurrido a una charla dada por un psiquiatra. La charla
trataba sobre la felicidad. El psiquiatra definió el grado de felicidad como
el nivel de aceptación en la relación de la persona con sus aconteceres; la
familia, los amigos, el trabajo, las diarias ocupaciones.
Ocurrió que la mujer sentada a mi lado era una persona feliz, y, para mi
dicha, esa mujer feliz me había otorgado el alto y honorable título de
amiga.
Ahora bien, cómo es que esa mujer es una de esas raras personas que han
incurrido en la extraña fortuna de ser felices. Habría que hacer un estudio,
pero no está en mi mano más que el esbozo de una descripción, incompleta y
externa como todos los intentos de aproximación al misterio.
Esa mujer que gozosamente confirmaba cada rasgo presente en las personas
felices camina con los pies hacia afuera como una bailarina. No es un dato
anecdótico. Como no puede ir por la vida con los brazos abiertos, va por
ella con los pies abiertos, abarcando con un abrazo desde la tierra al
universo y sus criaturas.
Es de esa clase de gente que una quiere tener cerca cuando el cielo
resplandece, y que una necesita cuando llega el otoño y el deshojarse de las
ilusiones. Tiene la incomparable capacidad de estar, de estar para quien la
necesite a la hora del mediodía o de la medianoche, de callar, reír o
hablar, de consolar sin mentir, de sonreír en silencio, de llorar lágrimas
de sal y música melancólica por una amiga en desgracia.
Es hija, madre y hermana, es esposa y amiga. Es decir, que ejerce con
solvencia todos los posibles modos de caricia y de estar en el mundo con y
para otros. De su marido ha dicho "lo quiero tanto", y no se me ocurre frase
más modesta y más hermosa.
Que haya amamantado a sus tres hijos y a sus siete sobrinos la colocan
en el terreno de la Pachamama, de las Venus Esteatopigias, de todas esas
deidades que desde el inicio de los tiempos dieron leche y vida a los
humanos. Que pueda narrarlo con bellas palabras es un encanto añadido.
Es, entonces, una especie de maga.
Si el timbre de su voz lo evoco en la frase ¡Qué-buéno!, así
pronunciada, ¡Qué-buéno!, en las situaciones en que una se daría a todas las
maldiciones que recuerde o pueda inventar. Si esa mujer dice qué-buéno
cuando se pone a cocinar a las once de la noche, y al otro día tiene que
madrugar para ir al trabajo. Si dice que hace falta or-ga-ni-za-ción,
sabiendo que nadie le hará caso, y no se enoja. Si extiende su afecto como
una manta infinita que abriga a todos y a todo. Si hace todo eso, debe de
ser, y es, una mujer feliz.
Descubro entonces que la felicidad no es una cuestión de sucedidos,
fortunas o resguardos. La mujer feliz deja que la felicidad le retoñe en los
pechos y la regala. No protege con muros su jardín, lo abre a los
visitantes. No guarda su felicidad en una cajita de sándalo e incienso, la
derrama, y al derramarla crece.
Es feliz porque nos hace felices. Y hacemos cola para sentarnos un
ratito a su lado en la hamaca.
No puedo decir que Edurne sea un hada. Es una mujer de verdad, y una
mujer feliz. No hay mayor magia que esa.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Martes, 20 de Marzo de 2007
Citas rápidas*
*Por Sandra Russo
En un hotel de diseño del centro de Buenos Aires, hay cierto nerviosismo a
eso de las seis y media. Falta un rato para "las 19", cuando según consta en
las tarjetas de falsa invitación, dará comienzo el juego. Ya se ven por aquí
y por allá mujeres de más o menos cincuenta años tomando cortados, solas o
de a dos. Aparentan esa tranquilidad que cuesta mucho aparentar. Esperan.
Mientras tanto, una especie de Alessandra Rampolla en versión boliviana, muy
sexy y muy correcta, encapsulada en su rol de anfitriona, circula por el
lobby, cuyo centro es una enorme pileta de no natación: en el agua flotan
diversos objetos que la convierten en una instalación. A ambos lados, filas
de mesas y sillas hipermodernas están ya dispuestas; dentro de media hora,
en esas mesas y sillas se sentarán hombres y mujeres durante ocho minutos
exactos: el juego consiste en eso. En conocer a diez personas del sexo
opuesto y conversar con cada una de ellas ocho minutos exactos, que serán
cronometrados por la Venus coordinadora. El juego pertenece a una nueva
modalidad de citas, las citas rápidas. La coordinadora prefiere llamarlas
fast dates. Ella habla un lenguaje curiosamente neutro, y sospecho que no es
porque sea boliviana. Bolivia ha quedado muy atrás en su biografía. Ella es
la cara de una empresa especializada en fast dates, y maneja a la perfección
el monólogo del vendedor del juego.
Dirá, por ejemplo: "Las damas y los caballeros que participan de nuestros
eventos no tienen tiempo para hacer vida social. Imagínate: ir a una
discoteca, bailar, conversar, quedarse tomando un trago, quedar en verse al
día siguiente... Eso lleva mucho tiempo. Aquí tienen la posibilidad de
conocer a diez personas del sexo opuesto en dos horas y de iniciar una bella
relación".
Como se trata de "una empresa seria" que "ante todo garantiza
confidencialidad", mientras esas damas y esos caballeros estén sentados en
el hotel, mesa por medio, conociéndose durante ocho minutos, ignorarán sus
respectivos nombres. Les han dado nicknames que los protegen. Es que el
juego tiene sus vaivenes. Deben ser protegidos de gente que a su vez quiere
ser protegida. La seguridad entra por esa grieta al mundo de las relaciones
personales, haciéndolas impersonales. ¿No será un costo demasiado alto? Para
las damas y los caballeros, no.
El juego se divide por "rangos", y hay eventos especiales para cada "rango".
El "rango" no es más que la franja de edades: si no fuera por el "rango",
las damas de cincuenta como las que hoy están aquí se quedarían sin
candidatos hasta en este juego y pese a haber pagado la inscripción. Los
caballeros de cincuenta y tantos prefieren a las treintañeras.
Les dan tarjetas ya tabuladas y marcadas con la primera impresión que les
provoque cada candidato/a. Son como antiguos carnets de baile. En las
tarjetas hay tres caritas que expresan: 1) satisfacción; 2) duda: merece una
segunda oportunidad; 3) desagrado. Tomándose ese examen mutuo, un rato
después de "las 19", el lobby está lleno de damas y caballeros sonriendo y
conversando, cada pareja en su mesa. A los ocho minutos, suena una campana
que toca la Venus de ojos celestes con un mohín que indica que todos deben
cambiar de mesa y compañero/a. Todos obedecen. Están ansiosos por ver quién
sigue. Quizá mientras conversen con el siguiente seguirán pendientes del
anterior, si es que les ha gustado, y relojeando a la dama con la que él se
ha sentado. Las variables posibles de atracción o rechazo escapan a la
manipulación del juego, así como las pasiones y los arrebatos, los
pensamientos recurrentes, la naturalidad y el azar, en fin, esos pormenores
tan importantes en cualquier historia de amor o deseo. El juego ofrece
seguridad y garantiza "gente para conocer", pero a cambio se reserva el
derecho de enamoramiento súbito, desprolijo y antojadizo. Aquí no se viene a
dejarse llevar, sino a evaluar y a ser evaluado.
Las citas rápidas florecen en un contexto en el que la soledad ya ha
empantanado demasiado a hombres y mujeres que deben convertirse en damas y
caballeros, como si fueran personajes surgidos de alguna trama de amor
cortés, o bien como los carteles de los baños públicos. Visto desde la
puerta del hotel, el juego sigue su curso, aunque ha habido inconvenientes,
que son los de la vida real: hay más damas que caballeros. Ellas deben
relucir más, ser más agudas y divertidas para que ellos marquen 1) o 2).
Afuera paró de llover y sin embargo todavía hace calor. La noche que llega
impregna el algodón de las remeras y las camisas de un sudor mezclado de
humedad y cansancio. Afuera hay embotellamiento, y hay patrulleros pidiendo
documentos a unos pibes. Las bocinas están enfurecidas y los hombres y las
mujeres que salen de sus trabajos caminan rápido para alcanzar el colectivo.
Y aún con la pesadez del clima y el tránsito, afuera de ese hotel todo está
vivo.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-81990-2007-03-20.html
CHISTE TRISTE*
*pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans@yahoo.com.ar
Personajes:
MUJER
ANCIANO
MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE LA CABEZA
MUCHACHA
MONJA
HOMBRE QUE HABLA SOLO
HOMBRE 1
HOMBRE 2
ANCIANA
MUJER 2
MUJERIEGO
MUJER QUE NO HABLA
MUJER 1
HIJO
CABALLERO ESPAÑOL
MOZO
ESCENARIO: A foro, el frente de una confitería. Una amplia puerta,
al medio. En un cartel enorme
sobre la puerta se lee: "Confitería Grand". Delante del decorado,
una confitería de balneario.
Escalinatas. Y en ellas, simétricamente dispuestas, catorce
mesitas redondas con una silla cada una,
todas de frente al espectador. En cada silla un personaje. Otra
mesita, la única desocupada, tiene dos sillas, ambas de frente,
en proscenio y en el medio.
En cada mesita hay lo siguiente:
MUJER: Gran helado.
ANCIANO: Gaseosa.
Mesita Desocupada: Cenicero.
MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE LA CABEZA: Té con leche; apartado,
como si ya lo
hubiese bebido. Un sánguche de pan pebete comido hasta la mitad.
MUCHACHA: Gran copón de cerveza.
MONJA: Merengue con crema. Leche chocolatada.
HOMBRE QUE HABLA SOLO: Platito con aceitunas. Palillero con
escarbadientes. (Y un micrófono.)
HOMBRE 1: Vermut con ingredientes.
HOMBRE 2: Vermut con ingredientes.
ANCIANA: Ginebra.
MUJER 2: Sidra. Pan dulce.
MUJERIEGO: Whisky con hielo.
MUJER QUE NO HABLA: Agua mineral.
MUJER 1: Sidra.
HIJO: Cognac.
Distribución de izquierda a derecha:
Primera hilera: MUJER - ANCIANO - MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE
LA CABEZA - MUCHACHA.
Segunda hilera: MONJA - HOMBRE QUE HABLA SOLO - HOMBRE 1 - HOMBRE
2 -
ANCIANA.
Tercera hilera: MUJER 2 - MUJERIEGO - MUJER QUE NO HABLA - MUJER
1 - HIJO.
Características de algunos personajes, detalles de
indumentaria y de comportamiento:
HOMBRE QUE HABLA SOLO: Sesenta y cinco años. Pucho en la boca.
Habla solo, de modo
ininteligible, durante todo el transcurso de la representación;
excepto, por ejemplo, cuando cree oír a su imaginario
interlocutor -tal vez, más de uno-, con el cual reflexiona y también
discute. Una que otra palabra podría ser captada. Hostilidad y
recelo son los matices predominantes en su actitud. Sin embargo,
aquí y allá, aparecen también fugaces rasgos simpáticos y
cordiales. Está sentado a la única mesa en la que en su centro hay
inserto (como un elemento natural, propio de ella) un micrófono;
(no conectado -a sala- sino recién en instancia determinada).
Desde luego, este personaje "ignora" ese micrófono, "no lo ve",
para él no existe, "no habla por él" ni antes ni después de
conectado.
MUJER 2: Cuarenta y cinco años. Gordita.
MUJERIEGO: Lee un largo pergamino.
MUJER QUE NO HABLA: Acciones que realiza:
a) Se saca los lentes de contacto. Los guarda en el estuche. Se
coloca una gota de colirio en cada ojo. Se pone anteojos de mucho
aumento y con color.
b) Se coloca gotas en la nariz.
c) Consulta el reloj (de hombre). Ingiere una cápsula.
d) Se echa aire con el vaporizador para el asma.
e) Se pone una pastilla en la boca.
f) Seca su transpiración con un pañuelito.
g) Observa detenidamente su rostro en un espejito.
h) Se saca algún anillo con dificultad. Masajea el dedo
dolorido. Guarda el anillo en un monedero. Busca en la cartera.
Saca otro anillo. Se lo pone en el mismo dedo.
i) Saca de la cartera un carretel de hilo de coser. Corta una
porción de hilo. Guarda el carretel en la cartera. Pasa el hilo
entre un par de dientes. Lo observa. Repite la operación. Tira el
hilo. Recorre con la lengua el sitio en cuestión.
MUJER 1: Cuarenta años. Muy gorda.
HIJO: Siete años. Bien vestidito, pulcro, peinado. Serio.
CABALLERO ESPAÑOL: Sesenta años. Atildado. Apuesto. Elegante.
Pero decadente. Corbata lujosa,
algo abuchonada, con alfiler de corbata. Chaleco. Zapatos
relucientes.
Se oye al HOMBRE QUE HABLA SOLO.
MUJER 2: ¡Mozo!
HOMBRE 2: ¡Mozo!
MUJERIEGO: "Teresa Clara A., 31, separada, bien. Olga Zulema H.,
23, soltera, bien.
Mayo 75: Alicia J., unos cuarenta, dos hijas, muy bien.
Estela P., 34, viuda, doble equis.
Junio 75: Esther Olga, unos treinta, soltera, mal. Adriana M.,
49, regular, de pie."
ANCIANO: Es tan inocente. ¿Cómo se los puedo mostrar? Se peina
solo, se alisa. Entro al baño, lo
descubro, y él sigue, está en lo suyo. ¿Les conté lo de los
animales?... ¡Ay, le gusta calcar! Calca. Es lo que más le gusta. Le
piden dos y hace ocho. ¡Qué rico!... La maestra, se ve, él me dice, le
pide un ave y un mamífero, una vaca. O le pide un pescado. Y él
prepara las cosas, los útiles, tiene varias plumas ya, la tinta,
la... la tinta china; se esmera ¿no?, quiere ser prolijo, y el
papel..., con el papel... Es lo único que le gusta. Es una ceremonia,
se ilumina, llena los cuadernos, se aplica, lo hace con un
entusiasmo, que mirá que él no, pero con una aplicación... Es
voluntad, tiene voluntad. Para eso. Los países... Calca países.
Ríos, lagunas... Me salió... Pero mirá, hojas y hojas. Puros
felicitados. Ay... cómo... La maestra debe estar
sorprendida. La maestra debe estar sorprendida.
Aparece el CABALLERO ESPAÑOL por la puerta de la Confitería.
Observa.
MONJA: La Navidad la paso con él. El, organiza el banquete; yo:
como. Yo clavo los dientes, yo muerdo; él bendice el pan y el
puchero; las manzanas y los omeletes, el jamón y la sopa; la tarta
de cada día y el turrón, la soda, las pastas, el borgoña; la
remolacha, la ostia, el dulce de leche del flan. Como si fuera
música yo oigo la comida, el condumio. La paso con él. En paz.
¡Mozo!...
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUJER 2.
CABALLERO ESPAÑOL: Señorita: usted está sola y yo estoy solo.
Me agradaría invitarla a beber... otra copa.
MUJER 2: No, no, muchas gracias, no.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señorita... Usted está sola y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
MUJER 2: No, lo siento, gracias.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted. (Pausa. Al
MUJERIEGO.) Señor: usted está solo y yo estoy solo. Me agradaría
invitarlo a beber una copa.
MUJERIEGO: ¿Eh?... No, mire... Otro día.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señor... Usted está solo y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
MUJERIEGO: Porque... No. Decididamente.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted. (Queda observando a
la MUJER QUE NO HABLA.)
MUJER: ¡Fue una noche espléndida, espléndida, mamá! ¡Nos trataron
tan bien! Más que correctamente. Siempre pensé que así tendría que
ser. Nos pasaron a buscar. A las tres a la casa. Las madres de ellas
los conocieron. Y una hasta lo hizo entrar, mamá. Lástima que vos
no conociste a mi..., a este joven. En buena posición. En muy buena
posición. No, no... A mí me gustaría... No, no, mamá, no, no es... No,
no es... profesional. En buena, en una sólida posición económica.
Me lo dio a entender; no creas que me lo dijo, que se vendió. Y muy
discreto. Los tres. No, no me dejé tocar. No me tocó, nada. Al
cruzar. Eran
amagues, gestos... "Por aquí, así...", al bajar. "Cuidado con el ruedo
del vestido." Por el roce, mamá...: los escalones. Las tres en una
gran confitería. Que no parece de afuera. Confitería. De
muchísimo lujo. Y mozos... Eso es... ¿de librea?... Atildados, de
hablar bajo, de caminar en silencio. Todos. Una verdadera clase
social. Nosotras relucíamos, mamita. ¡Ay, tanto esperar, y no me
viste! Pero no creas, tratamos de que no se notara que era nuestra
primera vez. Tuvimos aplomo, te diré, aunque claro, nos sentíamos
observadas... Pero no creas, ¡estábamos muy elegantes nosotras
también! Las señoras nos miraban... al
entrar. Nosotras. Viste, mamá, siempre miran. Se mira. Estábamos
tan dichosas, ¡tan inmensamente
chochas...! Eh...: gratificadas. ¡Champagne, nos sirvieron
champagne helado maravilloso! Y uno contó el
estacionamiento. Del champagne. La conversación... animada,
ajustada, sobria. Nosotras nos deleitamos. Al principio, un
poquitín tensas. Es lógico. Había que afrontar una conversación.
Todas modulábamos, elegíamos las palabras adecuadas... Sobrias
también. Los modales... Nosotras... Habrías... Te hubieras... ¡Ay, te
hubieras sentido orgullosa de tu hija! Y de las amigas de tu hija.
Y quiero que lo estés. No te amargues..., ya vas a caminar... Vamos a
salir de ésta. Siempre hemos salido adelante. Mientras yo tenga
fuerzas... Y belleza. Una sana belleza. Una clara... actitud. Pero
sí, mamá, me agrada. ¡Cómo no estar agradada! Cómo no estar
ilusionada si volverá a llamarme y concertaremos una nueva
cita, tal vez solos... Pero... no seas así... debemos conversar en
soledad. Mamá: no quiere decir apartados, absolutamente
solos. ¡Oh, soy tu hija!... Quiere decir, que podremos volver a esa
confitería o a... algún otro sitio público similar, y
conversar..., en fin..., se dan otros temas, se es más profundo, en
fin..., se charla más en
particular, en fin..., una está más en todo lo que se dice. ¡Si vos me
vieras!... Atendida, considerada.
Respetada, mamá, lo que vos querés.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUJER 1.
CABALLERO ESPAÑOL: Señorita: usted está sola y yo estoy solo.
Me agradaría invitarla a beber... otra copa.
MUJER 1: Muy gentil. Pero no me será posible aceptarla.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señorita... Usted está sola y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
MUJER 1: Es que no... Le ruego. Créame. Se lo agradezco. Pero no.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted.
MUJER 1: Por favor.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia el HIJO.
CABALLERO ESPAÑOL: Niño: tú estás solo y yo estoy solo. Me
agradaría invitarte a beber otra copa.
HIJO (sin mirarlo): ¡No quiero!
El CABALLERO ESPAÑOL queda turbado.
HOMBRE 1: Va a volver.
HOMBRE 2: Va a necesitar volver algún día.
HOMBRE 1: ¿Está seguro?
HOMBRE 2: Va a necesitar volver un día de estos.
HOMBRE 1: ¿Cómo sabe?
HOMBRE 2: ¡Si no voy a saberlo yo!
HOMBRE 1: ¿Y por qué?
HOMBRE 2: ¡Si lo conoceré!
HOMBRE 1: ¿Usted es pariente?
HOMBRE 2: ¡¡¿Pariente?!!
HOMBRE 1: Sí. ¿Usted, es...?
HOMBRE 2: ¡Habrase visto!
HOMBRE 1: Bueno, ¿es?
HOMBRE 2: Tupé como el suyo... Pero, si yo soy...
HOMBRE 1: ¿A ver?
HOMBRE 2: ¡Ah, no, insolente, no me provoque!
HOMBRE 1: Siga, siga.
HOMBRE 2: ¡Si lo sabré yo!
HOMBRE 1: ¿Qué?
HOMBRE 2: Que va a volver.
HOMBRE 1: Eso dije.
HOMBRE 2: Sí.
HOMBRE 1: Sí.
HOMBRE 2: Lo recuerdo.
HOMBRE 1: Me alegro.
HOMBRE 2: Perfectamente.
HOMBRE 1: Dije sólo que iba a volver.
HOMBRE 2: Me temo...
HOMBRE 1: Yo también.
HOMBRE 2: No... Yo iba a decir... No importa. "Temerás a tu Dios como
a tí mismo."
HOMBRE 1: ¡Mozo!
HOMBRE 2: ¡Mozo!
HOMBRE 1: ¡Mozo!
HOMBRE 2: ¡Mozo!
HOMBRE 1: ¡Este mozo!...
HOMBRE 2: U otro.
HOMBRE 1: Sí.
CABALLERO ESPAÑOL (al HIJO): Pero, niño... Tú estás solo y yo
estoy solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
HIJO (sin mirarlo): ¡No quiero!
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpame tú. Usted. (Pausa. A la
ANCIANA.) Señora: usted está sola y yo estoy solo. Me agradaría
invitarla a beber una copa.
ANCIANA: ¡Otras querrán parir de ustedes!... ¡Machos crueles más
machos dulces! ¡Brrrrhh!... ¡Qué frío! Sólo los viejitos se agolpan en
mi cancel; los muchachitos haraganean, pierden la memoria. ¡Soy
arisca a parir, sépanlo!...
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUCHACHA.
MUCHACHA: Anoche, me hubiera visto correr bajo la lluvia... Bueno,
no sé en qué se transformó.
Empezamos a correr -yo estaba con el mozo de "Orfebre"-, para
correr, por embromar. El me quiere como a una novia, yo andaba
tirada y él estaba simpático, chistoso. Salió lo de las
cosquillas, que oí
decir, se decía en otro tiempo, que quienes tenían más cosquillas
eran más apasionados, más... Salió de eso que se me da por hacerle. Lo
empiezo a correr por la recova. Llovía, no había nadie... Se me
empieza a escapar. Ni lo había agarrado que, de pronto, él se arma
y se pone como yo, me enfrenta como para él correrme y se me viene
encima. Me le escapo; y era desconcertante pero me adapté; no me
gustaba
demasiado pero me era confiable, y todavía con un resto de
divertida, de diversión, le sigo el juego. ¡Qué...! ¡Me avivo!... Me
estaba persiguiendo. El a mí. Sin jue-go. Me estaba persiguiendo de
verdad, me perseguía no sé para qué pero con violencia. Le grité
basta, le dije basta, terminá, cornudo; no muy alto porque ni
podía, y además estaba cansada, todo por la recova, pero ya la
otra cuadra; y bueno, basta, y él seguía... y él seguía obstinado,
había perdido la razón. Corrí hacia la pieza..., digo... plaza;
llovía
fuerte, fue un ratito. Me agarró. Me abrazó por detrás, me apretó.
Primero con furia, como mal. Y por ahí, ¡plafff!..., no sabía qué
hacer conmigo, le dio vergüenza, no aflojó mucho los brazos; ya me
tenía de frente, aflojó, pero los brazos eran dos estacas,
derechos, duros y sin manos; agrandó los ojos, no me podía mirar. En
realidad, estaba fuera de sí, como había estado fuera de sí, pero
ahora con terror.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia el ANCIANO.
CABALLERO ESPAÑOL: Señor: usted está solo y yo estoy solo. Me
agradaría invitarlo a beber una
copa.
ANCIANO: ¡¿Qué?! ¡Ni pienso!...
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señor... Usted está solo y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
ANCIANO: ¡Ya le dije!
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted. (Queda demudado.)
MUJERIEGO: "Julio 78: Dolores S., 35, casada, cuatro hijos, un
balazo, España, doble equis.
Marta G. R., 16, soltera, muy bien.
Agosto 78: Silvina Lilian D., 41, separada, triste.
Vilma Sonia Electra de V., 69, divorciada, maravilloso.
Paulina D. C., 25, soltera, genial, Brasil, doble equis."
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia el HOMBRE 1. (Sostendrá con el
HOMBRE 1 primero y con el
HOMBRE 2 después, diálogos semejantes a los que ya ha
mantenido -en estos casos: cordiales-;
diálogos que se llevan a cabo sin sonido. Esto empezará a ocurrir
al tiempo que se inicia el siguiente
diálogo entre la MUJER 1 y la MUJER 2:)
MUJER 1: Estoy muy apretada, enloquecida de prudencia.
MUJER 2: ¿Fuiste al doctor?
MUJER 1: No me revisó. No me dijo qué tenía.
MUJER 2: ¿Te dio algo?
MUJER 1: Nada.
MUJER 2: ¿Análisis?
MUJER 1: Me miró a los ojos. Tiene lindos ojos el doctor.
MUJER 2: Homeópata.
MUJER 1: Sí, antes análisis. En ayunas. Todavía no sabemos el
resultado. Después la medicación.
¿Querés hora?
MUJER 2: Bueno...; si es bueno...
MUJER 1: Me sube una cosa... No, no me sube... Algo no me baja. El
corsé...
MUJER 2: Hay que aligerarse. Sí, hay que aligerarse.
MUJER 1: Me miré en un espejo. Sorprendida. En el techo.
MUJER 2: ¿Un espejo en el techo?
MUJER 1: En el techo.
MUJER 2: ¿Un espejo?
MUJER 1: La última vez. Hace mucho. Era yo.
MUJER 2: ¿Y cómo?
MUJER 1: ¿Y esa era yo? Sorprendida.
MUJER 2: Aclará.
MUJER 1: ¡Y era yo!... No sentía. No me llegaba bien. O yo.
MUJER 2: Estabas... Ah, vos estabas...
MUJER 1: El: un mimbre.
MUJER 2: Voy a ir.
MUJER 1: Despatarrados. Sonreía. Lo miré.
MUJER 2: Escuchame. Voy a ir.
MUJER 1: Mi corpiño tiene seis broches.
MUJER 2: Pedime hora.
MUJER 1: El me levantó los mundos con los brazos: "¡Qué poema
desmesurado!", me dijo.
MUJER 2: ¿Te vas a acordar?... Los ojos... ¿de qué color?...
MUJER 1: El introito anduvo bien, lo menos específico. Yo
sobresalía de mí. Y ahora no me quepo.
MUJER 2: ¡Seis broches!
MUJER 1: Exacto.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUJER.
CABALLERO ESPAÑOL: Señorita, usted...
MUJER: Muchas gracias. Pero no acostumbro.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señorita... Usted...
MUJER: Por favor, no insista.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted.
El CABALLERO ESPAÑOL se sienta en una de las sillas de la mesa
desocupada.
MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE LA CABEZA: Clavada. Quedaré.
Clavada. Esta cara que se me puso. Con esta cara que se me puso...
Cara de extrañarte. Sucedáneo. Imposible reír. Reaccionar. Los
fantasmas vienen a caballo. Diversos. Nunca llegan y siempre
vienen. (Llama:) ¡Mozo!... Estrellada.
Quedaré. Estrellada. Una estrella.
El CABALLERO ESPAÑOL enciende un cigarrillo. Fuma.
MUJERIEGO: "Diciembre 82: Dora K., 59, viuda, muy bien.
Celina Ch., unos cuarenta y cinco, virgen, bien.
Beatriz Laura R., 34, soltera, bien, doble equis.
Total: Veintinueve.
Enero 83: Mirta Luisa, 27, soltera, intrascendente.
Nené (Adela; nombre falso), 50, regular, doble equis."
HOMBRE 1: Se clama inútilmente.
HOMBRE 2: Eso digo.
HOMBRE 1: Lo solidario, ¿eh? ¿Qué decir de lo solidario? ¿Qué
decir?
HOMBRE 2: Poco. ¿Qué?...
HOMBRE 1: Seguramente.
HOMBRE 2: Y mucho menos de la pedestre generosidad, de la
amplitud del espíritu.
HOMBRE 1: Menos, menos.
HOMBRE 2: La estrechez de miras concomitante de una verdadera
realización humana y lo humano
desarraigado de lo concomitante.
HOMBRE 1: Así será.
HOMBRE 2: Es que... ¿por qué no es de otra manera?
HOMBRE 1: Y...
HOMBRE 2: ¿Por qué?
HOMBRE 1: ¡Ese es el tema!
HOMBRE 2: D. H. Lawrence, Proust, Keyserling, Celine,
Krishnamurti, Rabelais...: ¡Magos! ¡Magos!...
HOMBRE 1: ¡Los leí, los leí!
HOMBRE 2: Le creo.
HOMBRE 1: ¡La tempestuosidad de las pasiones!: obra de la
civilización.
HOMBRE 2: La...
HOMBRE 1: Justamente. ¿Y a qué conduce?... El ardor, la extinción
de lo inmisericorde.
HOMBRE 2: ¿A qué conduce?
HOMBRE 1: No conduce.
HOMBRE 2: Y entonces...: detenidos.
HOMBRE 1: Afincados.
HOMBRE 2: Pesados. Amorfos. Dóciles.
HOMBRE 1: Usted y yo...
HOMBRE 2: Nos queremos.
HOMBRE 1: Parecido.
HOMBRE 2: Débilmente.
HOMBRE 1: Críticos.
HOMBRE 2: ¡Mozo!...
HOMBRE 1: Austeros. Sensatos, exageradamente.
HOMBRE 2: ¡Mozo! De una sola pieza.
HOMBRE 1: ¿No viene?... Inmarcesibles, sin embargo.
HOMBRE 2: No.
Aparece el MOZO por la puerta de la Confitería. Va hacia la
mesa donde está el CABALLERO
ESPAÑOL. Se sienta en la otra silla. Se incorpora. Va hacia la mesa
donde está el HOMBRE QUE
HABLA SOLO. Conecta el micrófono. Vuelve a sentarse. Se oye al
HOMBRE QUE HABLA SOLO
(ahora también por los parlantes que hay colocados en platea).
Disminuye la luz. Hasta la oscuridad
total.
Continúa oyéndose al HOMBRE QUE HABLA SOLO. Telón.
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear
noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono
noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten
el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la
injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple.
Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable)
y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve
(alrededor de 2000 caracteres).
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Yo creí que tus ojos anegaban el mundo...
Abiertos como bocas en clamor... Tan dolientes
Que un corazón partido en dos trozos ardientes
Parecieron... Fluían de tu rostro profundo
.
Como dos manantiales graves y venenosos...
Hornos á fuego y sombra tus pupilas !... tan hondas
Que no se desde donde me miraban, redondas
Y oscuras como mundos lontanos y medrosos.
.
¡ Ah tus ojos tristísimos como dos galerías
Abiertas al Poniente !... Y las sendas sombrías
De tus ojeras donde reconocí mis rastros !...
.
Yo envolví en un gran gesto mi horror como en un velo,
Y me alejé creyendo que cuajaba en el cielo
La medianoche húmeda de tu mirar sin astros!
*de Delmira Agustini.
(de Cantos de la Mañana)
-Fuente:
http://www.damisela.com/literatura/pais/uruguay/autores/agustini/cantos/pasar_p2.htm
Un espejo en el techo...
MUJER FELIZ*
Había yo concurrido a una charla dada por un psiquiatra. La charla
trataba sobre la felicidad. El psiquiatra definió el grado de felicidad como
el nivel de aceptación en la relación de la persona con sus aconteceres; la
familia, los amigos, el trabajo, las diarias ocupaciones.
Ocurrió que la mujer sentada a mi lado era una persona feliz, y, para mi
dicha, esa mujer feliz me había otorgado el alto y honorable título de
amiga.
Ahora bien, cómo es que esa mujer es una de esas raras personas que han
incurrido en la extraña fortuna de ser felices. Habría que hacer un estudio,
pero no está en mi mano más que el esbozo de una descripción, incompleta y
externa como todos los intentos de aproximación al misterio.
Esa mujer que gozosamente confirmaba cada rasgo presente en las personas
felices camina con los pies hacia afuera como una bailarina. No es un dato
anecdótico. Como no puede ir por la vida con los brazos abiertos, va por
ella con los pies abiertos, abarcando con un abrazo desde la tierra al
universo y sus criaturas.
Es de esa clase de gente que una quiere tener cerca cuando el cielo
resplandece, y que una necesita cuando llega el otoño y el deshojarse de las
ilusiones. Tiene la incomparable capacidad de estar, de estar para quien la
necesite a la hora del mediodía o de la medianoche, de callar, reír o
hablar, de consolar sin mentir, de sonreír en silencio, de llorar lágrimas
de sal y música melancólica por una amiga en desgracia.
Es hija, madre y hermana, es esposa y amiga. Es decir, que ejerce con
solvencia todos los posibles modos de caricia y de estar en el mundo con y
para otros. De su marido ha dicho "lo quiero tanto", y no se me ocurre frase
más modesta y más hermosa.
Que haya amamantado a sus tres hijos y a sus siete sobrinos la colocan
en el terreno de la Pachamama, de las Venus Esteatopigias, de todas esas
deidades que desde el inicio de los tiempos dieron leche y vida a los
humanos. Que pueda narrarlo con bellas palabras es un encanto añadido.
Es, entonces, una especie de maga.
Si el timbre de su voz lo evoco en la frase ¡Qué-buéno!, así
pronunciada, ¡Qué-buéno!, en las situaciones en que una se daría a todas las
maldiciones que recuerde o pueda inventar. Si esa mujer dice qué-buéno
cuando se pone a cocinar a las once de la noche, y al otro día tiene que
madrugar para ir al trabajo. Si dice que hace falta or-ga-ni-za-ción,
sabiendo que nadie le hará caso, y no se enoja. Si extiende su afecto como
una manta infinita que abriga a todos y a todo. Si hace todo eso, debe de
ser, y es, una mujer feliz.
Descubro entonces que la felicidad no es una cuestión de sucedidos,
fortunas o resguardos. La mujer feliz deja que la felicidad le retoñe en los
pechos y la regala. No protege con muros su jardín, lo abre a los
visitantes. No guarda su felicidad en una cajita de sándalo e incienso, la
derrama, y al derramarla crece.
Es feliz porque nos hace felices. Y hacemos cola para sentarnos un
ratito a su lado en la hamaca.
No puedo decir que Edurne sea un hada. Es una mujer de verdad, y una
mujer feliz. No hay mayor magia que esa.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Martes, 20 de Marzo de 2007
Citas rápidas*
*Por Sandra Russo
En un hotel de diseño del centro de Buenos Aires, hay cierto nerviosismo a
eso de las seis y media. Falta un rato para "las 19", cuando según consta en
las tarjetas de falsa invitación, dará comienzo el juego. Ya se ven por aquí
y por allá mujeres de más o menos cincuenta años tomando cortados, solas o
de a dos. Aparentan esa tranquilidad que cuesta mucho aparentar. Esperan.
Mientras tanto, una especie de Alessandra Rampolla en versión boliviana, muy
sexy y muy correcta, encapsulada en su rol de anfitriona, circula por el
lobby, cuyo centro es una enorme pileta de no natación: en el agua flotan
diversos objetos que la convierten en una instalación. A ambos lados, filas
de mesas y sillas hipermodernas están ya dispuestas; dentro de media hora,
en esas mesas y sillas se sentarán hombres y mujeres durante ocho minutos
exactos: el juego consiste en eso. En conocer a diez personas del sexo
opuesto y conversar con cada una de ellas ocho minutos exactos, que serán
cronometrados por la Venus coordinadora. El juego pertenece a una nueva
modalidad de citas, las citas rápidas. La coordinadora prefiere llamarlas
fast dates. Ella habla un lenguaje curiosamente neutro, y sospecho que no es
porque sea boliviana. Bolivia ha quedado muy atrás en su biografía. Ella es
la cara de una empresa especializada en fast dates, y maneja a la perfección
el monólogo del vendedor del juego.
Dirá, por ejemplo: "Las damas y los caballeros que participan de nuestros
eventos no tienen tiempo para hacer vida social. Imagínate: ir a una
discoteca, bailar, conversar, quedarse tomando un trago, quedar en verse al
día siguiente... Eso lleva mucho tiempo. Aquí tienen la posibilidad de
conocer a diez personas del sexo opuesto en dos horas y de iniciar una bella
relación".
Como se trata de "una empresa seria" que "ante todo garantiza
confidencialidad", mientras esas damas y esos caballeros estén sentados en
el hotel, mesa por medio, conociéndose durante ocho minutos, ignorarán sus
respectivos nombres. Les han dado nicknames que los protegen. Es que el
juego tiene sus vaivenes. Deben ser protegidos de gente que a su vez quiere
ser protegida. La seguridad entra por esa grieta al mundo de las relaciones
personales, haciéndolas impersonales. ¿No será un costo demasiado alto? Para
las damas y los caballeros, no.
El juego se divide por "rangos", y hay eventos especiales para cada "rango".
El "rango" no es más que la franja de edades: si no fuera por el "rango",
las damas de cincuenta como las que hoy están aquí se quedarían sin
candidatos hasta en este juego y pese a haber pagado la inscripción. Los
caballeros de cincuenta y tantos prefieren a las treintañeras.
Les dan tarjetas ya tabuladas y marcadas con la primera impresión que les
provoque cada candidato/a. Son como antiguos carnets de baile. En las
tarjetas hay tres caritas que expresan: 1) satisfacción; 2) duda: merece una
segunda oportunidad; 3) desagrado. Tomándose ese examen mutuo, un rato
después de "las 19", el lobby está lleno de damas y caballeros sonriendo y
conversando, cada pareja en su mesa. A los ocho minutos, suena una campana
que toca la Venus de ojos celestes con un mohín que indica que todos deben
cambiar de mesa y compañero/a. Todos obedecen. Están ansiosos por ver quién
sigue. Quizá mientras conversen con el siguiente seguirán pendientes del
anterior, si es que les ha gustado, y relojeando a la dama con la que él se
ha sentado. Las variables posibles de atracción o rechazo escapan a la
manipulación del juego, así como las pasiones y los arrebatos, los
pensamientos recurrentes, la naturalidad y el azar, en fin, esos pormenores
tan importantes en cualquier historia de amor o deseo. El juego ofrece
seguridad y garantiza "gente para conocer", pero a cambio se reserva el
derecho de enamoramiento súbito, desprolijo y antojadizo. Aquí no se viene a
dejarse llevar, sino a evaluar y a ser evaluado.
Las citas rápidas florecen en un contexto en el que la soledad ya ha
empantanado demasiado a hombres y mujeres que deben convertirse en damas y
caballeros, como si fueran personajes surgidos de alguna trama de amor
cortés, o bien como los carteles de los baños públicos. Visto desde la
puerta del hotel, el juego sigue su curso, aunque ha habido inconvenientes,
que son los de la vida real: hay más damas que caballeros. Ellas deben
relucir más, ser más agudas y divertidas para que ellos marquen 1) o 2).
Afuera paró de llover y sin embargo todavía hace calor. La noche que llega
impregna el algodón de las remeras y las camisas de un sudor mezclado de
humedad y cansancio. Afuera hay embotellamiento, y hay patrulleros pidiendo
documentos a unos pibes. Las bocinas están enfurecidas y los hombres y las
mujeres que salen de sus trabajos caminan rápido para alcanzar el colectivo.
Y aún con la pesadez del clima y el tránsito, afuera de ese hotel todo está
vivo.
*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-81990-2007-03-20.html
CHISTE TRISTE*
*pieza teatral de ROLANDO REVAGLIATTI. revadans@yahoo.com.ar
Personajes:
MUJER
ANCIANO
MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE LA CABEZA
MUCHACHA
MONJA
HOMBRE QUE HABLA SOLO
HOMBRE 1
HOMBRE 2
ANCIANA
MUJER 2
MUJERIEGO
MUJER QUE NO HABLA
MUJER 1
HIJO
CABALLERO ESPAÑOL
MOZO
ESCENARIO: A foro, el frente de una confitería. Una amplia puerta,
al medio. En un cartel enorme
sobre la puerta se lee: "Confitería Grand". Delante del decorado,
una confitería de balneario.
Escalinatas. Y en ellas, simétricamente dispuestas, catorce
mesitas redondas con una silla cada una,
todas de frente al espectador. En cada silla un personaje. Otra
mesita, la única desocupada, tiene dos sillas, ambas de frente,
en proscenio y en el medio.
En cada mesita hay lo siguiente:
MUJER: Gran helado.
ANCIANO: Gaseosa.
Mesita Desocupada: Cenicero.
MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE LA CABEZA: Té con leche; apartado,
como si ya lo
hubiese bebido. Un sánguche de pan pebete comido hasta la mitad.
MUCHACHA: Gran copón de cerveza.
MONJA: Merengue con crema. Leche chocolatada.
HOMBRE QUE HABLA SOLO: Platito con aceitunas. Palillero con
escarbadientes. (Y un micrófono.)
HOMBRE 1: Vermut con ingredientes.
HOMBRE 2: Vermut con ingredientes.
ANCIANA: Ginebra.
MUJER 2: Sidra. Pan dulce.
MUJERIEGO: Whisky con hielo.
MUJER QUE NO HABLA: Agua mineral.
MUJER 1: Sidra.
HIJO: Cognac.
Distribución de izquierda a derecha:
Primera hilera: MUJER - ANCIANO - MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE
LA CABEZA - MUCHACHA.
Segunda hilera: MONJA - HOMBRE QUE HABLA SOLO - HOMBRE 1 - HOMBRE
2 -
ANCIANA.
Tercera hilera: MUJER 2 - MUJERIEGO - MUJER QUE NO HABLA - MUJER
1 - HIJO.
Características de algunos personajes, detalles de
indumentaria y de comportamiento:
HOMBRE QUE HABLA SOLO: Sesenta y cinco años. Pucho en la boca.
Habla solo, de modo
ininteligible, durante todo el transcurso de la representación;
excepto, por ejemplo, cuando cree oír a su imaginario
interlocutor -tal vez, más de uno-, con el cual reflexiona y también
discute. Una que otra palabra podría ser captada. Hostilidad y
recelo son los matices predominantes en su actitud. Sin embargo,
aquí y allá, aparecen también fugaces rasgos simpáticos y
cordiales. Está sentado a la única mesa en la que en su centro hay
inserto (como un elemento natural, propio de ella) un micrófono;
(no conectado -a sala- sino recién en instancia determinada).
Desde luego, este personaje "ignora" ese micrófono, "no lo ve",
para él no existe, "no habla por él" ni antes ni después de
conectado.
MUJER 2: Cuarenta y cinco años. Gordita.
MUJERIEGO: Lee un largo pergamino.
MUJER QUE NO HABLA: Acciones que realiza:
a) Se saca los lentes de contacto. Los guarda en el estuche. Se
coloca una gota de colirio en cada ojo. Se pone anteojos de mucho
aumento y con color.
b) Se coloca gotas en la nariz.
c) Consulta el reloj (de hombre). Ingiere una cápsula.
d) Se echa aire con el vaporizador para el asma.
e) Se pone una pastilla en la boca.
f) Seca su transpiración con un pañuelito.
g) Observa detenidamente su rostro en un espejito.
h) Se saca algún anillo con dificultad. Masajea el dedo
dolorido. Guarda el anillo en un monedero. Busca en la cartera.
Saca otro anillo. Se lo pone en el mismo dedo.
i) Saca de la cartera un carretel de hilo de coser. Corta una
porción de hilo. Guarda el carretel en la cartera. Pasa el hilo
entre un par de dientes. Lo observa. Repite la operación. Tira el
hilo. Recorre con la lengua el sitio en cuestión.
MUJER 1: Cuarenta años. Muy gorda.
HIJO: Siete años. Bien vestidito, pulcro, peinado. Serio.
CABALLERO ESPAÑOL: Sesenta años. Atildado. Apuesto. Elegante.
Pero decadente. Corbata lujosa,
algo abuchonada, con alfiler de corbata. Chaleco. Zapatos
relucientes.
Se oye al HOMBRE QUE HABLA SOLO.
MUJER 2: ¡Mozo!
HOMBRE 2: ¡Mozo!
MUJERIEGO: "Teresa Clara A., 31, separada, bien. Olga Zulema H.,
23, soltera, bien.
Mayo 75: Alicia J., unos cuarenta, dos hijas, muy bien.
Estela P., 34, viuda, doble equis.
Junio 75: Esther Olga, unos treinta, soltera, mal. Adriana M.,
49, regular, de pie."
ANCIANO: Es tan inocente. ¿Cómo se los puedo mostrar? Se peina
solo, se alisa. Entro al baño, lo
descubro, y él sigue, está en lo suyo. ¿Les conté lo de los
animales?... ¡Ay, le gusta calcar! Calca. Es lo que más le gusta. Le
piden dos y hace ocho. ¡Qué rico!... La maestra, se ve, él me dice, le
pide un ave y un mamífero, una vaca. O le pide un pescado. Y él
prepara las cosas, los útiles, tiene varias plumas ya, la tinta,
la... la tinta china; se esmera ¿no?, quiere ser prolijo, y el
papel..., con el papel... Es lo único que le gusta. Es una ceremonia,
se ilumina, llena los cuadernos, se aplica, lo hace con un
entusiasmo, que mirá que él no, pero con una aplicación... Es
voluntad, tiene voluntad. Para eso. Los países... Calca países.
Ríos, lagunas... Me salió... Pero mirá, hojas y hojas. Puros
felicitados. Ay... cómo... La maestra debe estar
sorprendida. La maestra debe estar sorprendida.
Aparece el CABALLERO ESPAÑOL por la puerta de la Confitería.
Observa.
MONJA: La Navidad la paso con él. El, organiza el banquete; yo:
como. Yo clavo los dientes, yo muerdo; él bendice el pan y el
puchero; las manzanas y los omeletes, el jamón y la sopa; la tarta
de cada día y el turrón, la soda, las pastas, el borgoña; la
remolacha, la ostia, el dulce de leche del flan. Como si fuera
música yo oigo la comida, el condumio. La paso con él. En paz.
¡Mozo!...
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUJER 2.
CABALLERO ESPAÑOL: Señorita: usted está sola y yo estoy solo.
Me agradaría invitarla a beber... otra copa.
MUJER 2: No, no, muchas gracias, no.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señorita... Usted está sola y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
MUJER 2: No, lo siento, gracias.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted. (Pausa. Al
MUJERIEGO.) Señor: usted está solo y yo estoy solo. Me agradaría
invitarlo a beber una copa.
MUJERIEGO: ¿Eh?... No, mire... Otro día.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señor... Usted está solo y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
MUJERIEGO: Porque... No. Decididamente.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted. (Queda observando a
la MUJER QUE NO HABLA.)
MUJER: ¡Fue una noche espléndida, espléndida, mamá! ¡Nos trataron
tan bien! Más que correctamente. Siempre pensé que así tendría que
ser. Nos pasaron a buscar. A las tres a la casa. Las madres de ellas
los conocieron. Y una hasta lo hizo entrar, mamá. Lástima que vos
no conociste a mi..., a este joven. En buena posición. En muy buena
posición. No, no... A mí me gustaría... No, no, mamá, no, no es... No,
no es... profesional. En buena, en una sólida posición económica.
Me lo dio a entender; no creas que me lo dijo, que se vendió. Y muy
discreto. Los tres. No, no me dejé tocar. No me tocó, nada. Al
cruzar. Eran
amagues, gestos... "Por aquí, así...", al bajar. "Cuidado con el ruedo
del vestido." Por el roce, mamá...: los escalones. Las tres en una
gran confitería. Que no parece de afuera. Confitería. De
muchísimo lujo. Y mozos... Eso es... ¿de librea?... Atildados, de
hablar bajo, de caminar en silencio. Todos. Una verdadera clase
social. Nosotras relucíamos, mamita. ¡Ay, tanto esperar, y no me
viste! Pero no creas, tratamos de que no se notara que era nuestra
primera vez. Tuvimos aplomo, te diré, aunque claro, nos sentíamos
observadas... Pero no creas, ¡estábamos muy elegantes nosotras
también! Las señoras nos miraban... al
entrar. Nosotras. Viste, mamá, siempre miran. Se mira. Estábamos
tan dichosas, ¡tan inmensamente
chochas...! Eh...: gratificadas. ¡Champagne, nos sirvieron
champagne helado maravilloso! Y uno contó el
estacionamiento. Del champagne. La conversación... animada,
ajustada, sobria. Nosotras nos deleitamos. Al principio, un
poquitín tensas. Es lógico. Había que afrontar una conversación.
Todas modulábamos, elegíamos las palabras adecuadas... Sobrias
también. Los modales... Nosotras... Habrías... Te hubieras... ¡Ay, te
hubieras sentido orgullosa de tu hija! Y de las amigas de tu hija.
Y quiero que lo estés. No te amargues..., ya vas a caminar... Vamos a
salir de ésta. Siempre hemos salido adelante. Mientras yo tenga
fuerzas... Y belleza. Una sana belleza. Una clara... actitud. Pero
sí, mamá, me agrada. ¡Cómo no estar agradada! Cómo no estar
ilusionada si volverá a llamarme y concertaremos una nueva
cita, tal vez solos... Pero... no seas así... debemos conversar en
soledad. Mamá: no quiere decir apartados, absolutamente
solos. ¡Oh, soy tu hija!... Quiere decir, que podremos volver a esa
confitería o a... algún otro sitio público similar, y
conversar..., en fin..., se dan otros temas, se es más profundo, en
fin..., se charla más en
particular, en fin..., una está más en todo lo que se dice. ¡Si vos me
vieras!... Atendida, considerada.
Respetada, mamá, lo que vos querés.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUJER 1.
CABALLERO ESPAÑOL: Señorita: usted está sola y yo estoy solo.
Me agradaría invitarla a beber... otra copa.
MUJER 1: Muy gentil. Pero no me será posible aceptarla.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señorita... Usted está sola y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
MUJER 1: Es que no... Le ruego. Créame. Se lo agradezco. Pero no.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted.
MUJER 1: Por favor.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia el HIJO.
CABALLERO ESPAÑOL: Niño: tú estás solo y yo estoy solo. Me
agradaría invitarte a beber otra copa.
HIJO (sin mirarlo): ¡No quiero!
El CABALLERO ESPAÑOL queda turbado.
HOMBRE 1: Va a volver.
HOMBRE 2: Va a necesitar volver algún día.
HOMBRE 1: ¿Está seguro?
HOMBRE 2: Va a necesitar volver un día de estos.
HOMBRE 1: ¿Cómo sabe?
HOMBRE 2: ¡Si no voy a saberlo yo!
HOMBRE 1: ¿Y por qué?
HOMBRE 2: ¡Si lo conoceré!
HOMBRE 1: ¿Usted es pariente?
HOMBRE 2: ¡¡¿Pariente?!!
HOMBRE 1: Sí. ¿Usted, es...?
HOMBRE 2: ¡Habrase visto!
HOMBRE 1: Bueno, ¿es?
HOMBRE 2: Tupé como el suyo... Pero, si yo soy...
HOMBRE 1: ¿A ver?
HOMBRE 2: ¡Ah, no, insolente, no me provoque!
HOMBRE 1: Siga, siga.
HOMBRE 2: ¡Si lo sabré yo!
HOMBRE 1: ¿Qué?
HOMBRE 2: Que va a volver.
HOMBRE 1: Eso dije.
HOMBRE 2: Sí.
HOMBRE 1: Sí.
HOMBRE 2: Lo recuerdo.
HOMBRE 1: Me alegro.
HOMBRE 2: Perfectamente.
HOMBRE 1: Dije sólo que iba a volver.
HOMBRE 2: Me temo...
HOMBRE 1: Yo también.
HOMBRE 2: No... Yo iba a decir... No importa. "Temerás a tu Dios como
a tí mismo."
HOMBRE 1: ¡Mozo!
HOMBRE 2: ¡Mozo!
HOMBRE 1: ¡Mozo!
HOMBRE 2: ¡Mozo!
HOMBRE 1: ¡Este mozo!...
HOMBRE 2: U otro.
HOMBRE 1: Sí.
CABALLERO ESPAÑOL (al HIJO): Pero, niño... Tú estás solo y yo
estoy solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
HIJO (sin mirarlo): ¡No quiero!
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpame tú. Usted. (Pausa. A la
ANCIANA.) Señora: usted está sola y yo estoy solo. Me agradaría
invitarla a beber una copa.
ANCIANA: ¡Otras querrán parir de ustedes!... ¡Machos crueles más
machos dulces! ¡Brrrrhh!... ¡Qué frío! Sólo los viejitos se agolpan en
mi cancel; los muchachitos haraganean, pierden la memoria. ¡Soy
arisca a parir, sépanlo!...
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUCHACHA.
MUCHACHA: Anoche, me hubiera visto correr bajo la lluvia... Bueno,
no sé en qué se transformó.
Empezamos a correr -yo estaba con el mozo de "Orfebre"-, para
correr, por embromar. El me quiere como a una novia, yo andaba
tirada y él estaba simpático, chistoso. Salió lo de las
cosquillas, que oí
decir, se decía en otro tiempo, que quienes tenían más cosquillas
eran más apasionados, más... Salió de eso que se me da por hacerle. Lo
empiezo a correr por la recova. Llovía, no había nadie... Se me
empieza a escapar. Ni lo había agarrado que, de pronto, él se arma
y se pone como yo, me enfrenta como para él correrme y se me viene
encima. Me le escapo; y era desconcertante pero me adapté; no me
gustaba
demasiado pero me era confiable, y todavía con un resto de
divertida, de diversión, le sigo el juego. ¡Qué...! ¡Me avivo!... Me
estaba persiguiendo. El a mí. Sin jue-go. Me estaba persiguiendo de
verdad, me perseguía no sé para qué pero con violencia. Le grité
basta, le dije basta, terminá, cornudo; no muy alto porque ni
podía, y además estaba cansada, todo por la recova, pero ya la
otra cuadra; y bueno, basta, y él seguía... y él seguía obstinado,
había perdido la razón. Corrí hacia la pieza..., digo... plaza;
llovía
fuerte, fue un ratito. Me agarró. Me abrazó por detrás, me apretó.
Primero con furia, como mal. Y por ahí, ¡plafff!..., no sabía qué
hacer conmigo, le dio vergüenza, no aflojó mucho los brazos; ya me
tenía de frente, aflojó, pero los brazos eran dos estacas,
derechos, duros y sin manos; agrandó los ojos, no me podía mirar. En
realidad, estaba fuera de sí, como había estado fuera de sí, pero
ahora con terror.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia el ANCIANO.
CABALLERO ESPAÑOL: Señor: usted está solo y yo estoy solo. Me
agradaría invitarlo a beber una
copa.
ANCIANO: ¡¿Qué?! ¡Ni pienso!...
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señor... Usted está solo y yo estoy
solo. ¿Por qué no podríamos beber una copa?
ANCIANO: ¡Ya le dije!
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted. (Queda demudado.)
MUJERIEGO: "Julio 78: Dolores S., 35, casada, cuatro hijos, un
balazo, España, doble equis.
Marta G. R., 16, soltera, muy bien.
Agosto 78: Silvina Lilian D., 41, separada, triste.
Vilma Sonia Electra de V., 69, divorciada, maravilloso.
Paulina D. C., 25, soltera, genial, Brasil, doble equis."
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia el HOMBRE 1. (Sostendrá con el
HOMBRE 1 primero y con el
HOMBRE 2 después, diálogos semejantes a los que ya ha
mantenido -en estos casos: cordiales-;
diálogos que se llevan a cabo sin sonido. Esto empezará a ocurrir
al tiempo que se inicia el siguiente
diálogo entre la MUJER 1 y la MUJER 2:)
MUJER 1: Estoy muy apretada, enloquecida de prudencia.
MUJER 2: ¿Fuiste al doctor?
MUJER 1: No me revisó. No me dijo qué tenía.
MUJER 2: ¿Te dio algo?
MUJER 1: Nada.
MUJER 2: ¿Análisis?
MUJER 1: Me miró a los ojos. Tiene lindos ojos el doctor.
MUJER 2: Homeópata.
MUJER 1: Sí, antes análisis. En ayunas. Todavía no sabemos el
resultado. Después la medicación.
¿Querés hora?
MUJER 2: Bueno...; si es bueno...
MUJER 1: Me sube una cosa... No, no me sube... Algo no me baja. El
corsé...
MUJER 2: Hay que aligerarse. Sí, hay que aligerarse.
MUJER 1: Me miré en un espejo. Sorprendida. En el techo.
MUJER 2: ¿Un espejo en el techo?
MUJER 1: En el techo.
MUJER 2: ¿Un espejo?
MUJER 1: La última vez. Hace mucho. Era yo.
MUJER 2: ¿Y cómo?
MUJER 1: ¿Y esa era yo? Sorprendida.
MUJER 2: Aclará.
MUJER 1: ¡Y era yo!... No sentía. No me llegaba bien. O yo.
MUJER 2: Estabas... Ah, vos estabas...
MUJER 1: El: un mimbre.
MUJER 2: Voy a ir.
MUJER 1: Despatarrados. Sonreía. Lo miré.
MUJER 2: Escuchame. Voy a ir.
MUJER 1: Mi corpiño tiene seis broches.
MUJER 2: Pedime hora.
MUJER 1: El me levantó los mundos con los brazos: "¡Qué poema
desmesurado!", me dijo.
MUJER 2: ¿Te vas a acordar?... Los ojos... ¿de qué color?...
MUJER 1: El introito anduvo bien, lo menos específico. Yo
sobresalía de mí. Y ahora no me quepo.
MUJER 2: ¡Seis broches!
MUJER 1: Exacto.
El CABALLERO ESPAÑOL va hacia la MUJER.
CABALLERO ESPAÑOL: Señorita, usted...
MUJER: Muchas gracias. Pero no acostumbro.
CABALLERO ESPAÑOL: Pero, señorita... Usted...
MUJER: Por favor, no insista.
CABALLERO ESPAÑOL: Pues discúlpeme usted.
El CABALLERO ESPAÑOL se sienta en una de las sillas de la mesa
desocupada.
MUJER DE 50 AÑOS QUE SE SOSTIENE LA CABEZA: Clavada. Quedaré.
Clavada. Esta cara que se me puso. Con esta cara que se me puso...
Cara de extrañarte. Sucedáneo. Imposible reír. Reaccionar. Los
fantasmas vienen a caballo. Diversos. Nunca llegan y siempre
vienen. (Llama:) ¡Mozo!... Estrellada.
Quedaré. Estrellada. Una estrella.
El CABALLERO ESPAÑOL enciende un cigarrillo. Fuma.
MUJERIEGO: "Diciembre 82: Dora K., 59, viuda, muy bien.
Celina Ch., unos cuarenta y cinco, virgen, bien.
Beatriz Laura R., 34, soltera, bien, doble equis.
Total: Veintinueve.
Enero 83: Mirta Luisa, 27, soltera, intrascendente.
Nené (Adela; nombre falso), 50, regular, doble equis."
HOMBRE 1: Se clama inútilmente.
HOMBRE 2: Eso digo.
HOMBRE 1: Lo solidario, ¿eh? ¿Qué decir de lo solidario? ¿Qué
decir?
HOMBRE 2: Poco. ¿Qué?...
HOMBRE 1: Seguramente.
HOMBRE 2: Y mucho menos de la pedestre generosidad, de la
amplitud del espíritu.
HOMBRE 1: Menos, menos.
HOMBRE 2: La estrechez de miras concomitante de una verdadera
realización humana y lo humano
desarraigado de lo concomitante.
HOMBRE 1: Así será.
HOMBRE 2: Es que... ¿por qué no es de otra manera?
HOMBRE 1: Y...
HOMBRE 2: ¿Por qué?
HOMBRE 1: ¡Ese es el tema!
HOMBRE 2: D. H. Lawrence, Proust, Keyserling, Celine,
Krishnamurti, Rabelais...: ¡Magos! ¡Magos!...
HOMBRE 1: ¡Los leí, los leí!
HOMBRE 2: Le creo.
HOMBRE 1: ¡La tempestuosidad de las pasiones!: obra de la
civilización.
HOMBRE 2: La...
HOMBRE 1: Justamente. ¿Y a qué conduce?... El ardor, la extinción
de lo inmisericorde.
HOMBRE 2: ¿A qué conduce?
HOMBRE 1: No conduce.
HOMBRE 2: Y entonces...: detenidos.
HOMBRE 1: Afincados.
HOMBRE 2: Pesados. Amorfos. Dóciles.
HOMBRE 1: Usted y yo...
HOMBRE 2: Nos queremos.
HOMBRE 1: Parecido.
HOMBRE 2: Débilmente.
HOMBRE 1: Críticos.
HOMBRE 2: ¡Mozo!...
HOMBRE 1: Austeros. Sensatos, exageradamente.
HOMBRE 2: ¡Mozo! De una sola pieza.
HOMBRE 1: ¿No viene?... Inmarcesibles, sin embargo.
HOMBRE 2: No.
Aparece el MOZO por la puerta de la Confitería. Va hacia la
mesa donde está el CABALLERO
ESPAÑOL. Se sienta en la otra silla. Se incorpora. Va hacia la mesa
donde está el HOMBRE QUE
HABLA SOLO. Conecta el micrófono. Vuelve a sentarse. Se oye al
HOMBRE QUE HABLA SOLO
(ahora también por los parlantes que hay colocados en platea).
Disminuye la luz. Hasta la oscuridad
total.
Continúa oyéndose al HOMBRE QUE HABLA SOLO. Telón.
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear
noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono
noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten
el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la
injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple.
Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable)
y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve
(alrededor de 2000 caracteres).
Enviar los escritos al correo: inventivasocial( arroba)yahoo. com.ar
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"Un invento argentino que se utiliza para escribir"
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obra queda a cargo de cada autor. Inventiva solo recopila y edita para su
difusión los escritos que cada autor desea compartir.
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recibidas, solo verificar que un autor con nombre Y/o seudonimo , y una
dirección personal de mail nos envia un trabajo.
Respuesta a preguntas frecuentes
Que es Inventiva Social ?
Una publicación virtual editada con cooperación de escritores y lectores.
Cuales son sus contenidos ?
Inventiva Social relaciona en ediciones cotidianas contenidos literarios y
noticias que se publican en los medios de comunicación.
Cuales son los ejes de la propuesta?
Proponer el intercambio sensible desde la literatura.
Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.
Es gratuito publicar ?
En inventiva social no se cobra ni se paga por escribir. La publicación de
cada escrito es un intercambio de libertades entre el escritor y el editor,
cada escritor envia los trabajos que desea compartir sin limitaciones de
estilo ni formato.
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