viernes, marzo 14, 2008

UNA BREVE ILUSIÓN DE ETERNIDAD...


Elogio de la nostalgia*


...pues nostalgia es memoria
y Mnemosine era la madre de las musas.

La nostalgia es la cita sutil con el pasado
y una forma del sueño.
Esa corriente oculta y silenciosa
que se opone al olvido con decoro.
Es el domingo triste del recuerdo
y la suave saudade de lo que un claro día
fue tocante, entrañable.
De lo que hubo de hondo y bello
entre tantas cosas...

No sólo es el pasado,
tiene intención de futuro.
Adivina, espera
aquello que mañana no afeará la vida.


*Raúl González Tuñon
DE POEMAS PARA EL ATRIL DE UNA PIANOLA, 1965







UNA BREVE ILUSIÓN DE ETERNIDAD...






NADA NOS DEJA MÁS EN SOLEDAD*

Crónicas del Hombre Alto (nº 38)


"¿Viste que se murió Guinzburg?", me dijeron. "¿Quién?", pregunté por reflejo, como si no hubiese entendido bien, como si en verdad no supiera de quién me estaban hablando. "Guinzburg, Jorge Guinzburg", me confirmaron, derribando así mi incredulidad inicial. "¿Y cómo?", me descubrí balbuceando estúpidamente. Escuché entonces un comentario algo impreciso acerca de una probable afección pulmonar. No era la respuesta adecuada, claro. Mi inquietud no iba dirigida a una cuestión de causas; era una petición de lógica, una búsqueda de sentido. Lo que yo había querido preguntar, en
realidad, era cómo podía ser que esa persona se hubiera muerto.
Toda muerte inesperada de un famoso causa conmoción, pero cuando quien muere es alguien que nos hacía reír, lo imprevisto de la noticia parece golpear mucho más hondo. La muerte temprana de un humorista presenta un matiz obsceno del que otras muertes carecen. Y es que, por naturaleza, la
risa excluye a la muerte. La combate, la empuja, la aleja. No puede cancelarla, es cierto, pero logra el formidable prodigio de mantenerla oculta por un rato. La hace desaparecer de nuestro horizonte y nos obsequia, por lo tanto, una breve ilusión de eternidad. Tal vez sea por eso que, inconscientemente, uno tiende a incurrir en la errónea impresión de que quien nos hace reír no se puede morir nunca. Y hasta nos sorprende que un buen día nos contradiga haciéndolo.
Decía Pitigrilli que "el humorista es un niño que silba al atravesar las habitaciones oscuras para esconderse a sí mismo su propio miedo". A esta aguda observación faltaría agregarle que nosotros vamos caminando a su lado, llevando a cuestas nuestro propio temor, y que son justamente sus gracias y
ocurrencias las que nos alivian el trayecto.
"Nada nos deja más en soledad que la alegría si se va", canta Fito Páez, y tiene razón. Así como el año pasado nos quedamos sin Fontanarrosa, ahora lo perdimos a Guinzburg. Ya no disfrutaremos de su humor inteligente, de su implacable ironía, de sus réplicas demoledoras.
El problema es que la habitación sigue a oscuras y nosotros continuamos pasando a través de ella. ¿Quién habrá de silbar, entonces, para sacarnos el susto?



*De Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@ciudad.com.ar





Cuando crecimos engañados en el país de mamá y papá*



DESDE EL DIVÁN.
-18 de abril de 2004-



*Por Jorge Guinzburg


Entré al consultorio, me quité el piloto, lo colgué en el perchero, miré durante unos segundos cómo se iba mojando la alfombra y avancé hasta el diván. Me senté; no estaba en condiciones de acostarme.
Si en esa sesión no miraba a la cara a mi analista, no hubiera sido capaz de emitir una palabra. Sabía que lo que había descubierto podía cambiar el curso de mi terapia.
Percibía que por primera vez estaba a punto de descifrar por qué me afectaba tanto no entender la realidad, algo que les pasa también a muchos políticos sólo que a ellos no les importa.
Mirándolo a los ojos, le dije a mi terapeuta: “Mi mamá y mi papá me engañaron todo el tiempo”. Y sin dejarlo pestañear fui desarrollando el nudo de mi angustia.
Y no fueron mentiras así nomás.
Yo puedo perdonarles que me hayan asegurado que si tomaba la sopa iba a crecer, pero no esas calumnias que afectaron mi vida para siempre. Con la carga adicional de saber que no estaba recordándolas todas, comencé a enumerar las que aún resonaban en mi atormentado cerebro:
Si te pasa algo en la calle, llamá a un policía, él te va a ayudar. Los ladrones le tienen miedo a la policía.
Juez no es cualquiera, primero tiene que demostrar su honestidad y que es el mejor en lo suyo.
Para integrar un partido político tenés que tener la misma línea de pensamiento que el resto de tus compañeros .
Si querés ganar mucha plata tenés que trabajar muy duro.
El que roba va a la cárcel.
Las Fuerzas Armadas son las encargadas de defendernos en caso de una agresión extranjera.
Los periodistas tienen que ser objetivos y en ningún momento mostrar su ideología, sólo tienen que informar y eso sirve para formar. Si lo dijeron por la tele, es verdad.
Al final siempre ganan los buenos.
La Argentina es un país rico, vos plantás un palo de escoba y crece una planta, por eso acá nadie se muere de hambre. Acá no trabaja el que no quiere.
Éste es un país de inmigrantes, el que llega no se quiere ir más.
El Banco es el lugar más seguro para guardar la plata.
El cliente siempre tiene razón.
Si sos honesto siempre te va a ir bien en la vida.
Mis derechos terminan donde comienzan los de los demás y viceversa.
Los políticos son los representantes del pueblo.
La escuela pública es la mejor, a las privadas van aquellos a los que no les da la cabeza para estudiar.
Un presidente, cuando asume, declara su patrimonio, y cuando termina su mandato no puede tener más que cuando asumió.
Después de las elecciones, el candidato que perdió se pone a disposición del que ganó para ayudarlo.
Ningún país se puede inmiscuir en asuntos internos de otro.
Todos los ciudadanos tienen los mismos derechos y obligaciones.
Nos tienen bronca porque somos los mejores.
Como se come acá no se come en ningún lado.
Los países ricos ayudan a los países pobres.
La esclavitud se terminó hace rato y está prohibido que los chicos trabajen.
Después de trabajar toda la vida, el premio es que podés jubilarte y vivir sin laburar.
Al llegar a ese punto, me arrepentí de verle la cara a mi terapeuta, él también estaba llorando mientras hacía añicos el retrato familiar que hasta ese día cuidaba como un tesoro.


*Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/libros/2006/03/10/sesiones.pdf








NOSTALGIAS DEL PAÍS DONDE SE PODÍA JUGAR EN LA CALLE SIN MIEDO*



DESDE EL DIVÁN.
-25 de abril de 2004-


*Por Jorge Guinzburg



Llegué al consultorio tan ansioso que hasta olvidé mis ganas de abandonar terapia. Apenas se abrió la puerta avancé hasta el diván, me acosté y repitiendo lo que hacía cuando era chico, me saqué el zapato derecho empujándolo con la punta del izquierdo, que aún tenía puesto, haciendo fuerza con el dedo gordo del pie que había quedado descalzo.
Sé que tengo nostalgia -dije mientras miraba las medias- pero no sé desde cuándo. Es más, ni siquiera tengo la certeza de haber vivido el período que añoro. Pienso, por ejemplo, en los tiempos del lejano oeste; una época primitiva en la que los hombres llevaban el revólver en la cintura, siempre dispuestos a usarlo. Imagino un salvaje duelo al sol, a treinta pasos, en una calle de tierra, un poco de viento levantando polvo y haciendo rodar las matas de pasto seco, la gente asomada por las ventanas, en el saloon, el sonido de un piano, y me resulta mucho más civilizado que un titular contando que un vecino le
disparó a un chico que le quería robar el autoestéreo.
Y si hablamos de civilización, ¿qué mejor que cuando los caballeros marchaban a las cruzadas y eran despedidos
por esas damas demacradas que entre faldas, corsés y cinturones de castidad hacían que relatar el momento en que se desnudaban llevara un capítulo entero de una novela de caballería? Es cierto que esos hombres partían a la guerra por intolerancia religiosa.
Pero hoy, para mostrar fanatismo no hace falta part i r a una cruzada: los misiles reemplazaron el viaje y los atentados en poblaciones civiles hacen parecer Mahatma Ghandi al rey Arturo y a todos sus caballeros de la mesa redonda.
Intuyo, sin embargo, que lo que extraño es una etapa que viví, cuando el picado de fútbol se jugaba con una pelota de goma a rayas llamada Pulpo y los arcos, delimitados por un poste de alumbrado y la pared, se ubicaban en diagonal, uno en cada vereda. El partido sólo era interrumpido cuando pasaba un auto, es decir cada tres minutos, y hacían de público unas cuantas tías que miraban sentadas en las sillas que habían sacado hasta la puerta mientras algún vecino preparaba el vermucito
al que estaba invitado medio barrio.
Tengo nostalgia de un tiempo en el que la palabra subdesarrollo no figuraba en nuestro diccionario, éramos felices con lo que teníamos, no había encendedores descartables, bolígrafos a los que no le podés cambiar el repuesto, hojas de afeitar para una sola vez o cepillos de dientes con la pasta incorporada. Por eso tenías tiempo de encariñarte con las cosas; no existía el "úselo y tírelo" tan práctico y desangelado.
Añoro esa época en la que los autos no tenían paragolpes de plástico y era posible ser solidario y empujar al que se había quedado y estaba pidiendo ayuda sin romper el nuestro. En ese entonces no había walkman: si queríamos escuchar música estábamos obligados a compartirla; ni delivery, porque la casa no era un refugio; ni chat, cuando queríamos comunicarnos con un amigo tratábamos de encontrarnos; ni casas de ciberjuegos en las que los pibes juegan uno al lado del otro sin hablarse.
Sí, tengo nostalgia de un momento en el que había ilusiones hasta para el suicidio: por ese entonces muchos jóvenes regalaron su vida, pero imaginando que podían cambiar el mundo; hoy, en cambio, otros muchos jóvenes, algunos triunfadores, eligieron con la droga un suicidio autista y desesperanzado.
Lo entiendo Jorge -interrumpió el analista- y comparto su pensamiento. Lo único que me pregunto es ¿por qué dejó de dedicarse al humor?



*Fuente: http://www.clarin.com/suplementos/libros/2006/03/10/sesiones.pdf









*

Queridas amigas, apreciados amigos:

El domingo 16 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor brasilero Claudio Santoro. Las poesías que leeremos pertenecen a Clara Rebotaro (Argentina) y la música de fondo será de Surazo (Andes).
¡Les deseamos una feliz audición!

ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!

REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067


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domingo, marzo 09, 2008

LE PEDÍA A LOS PAJARITOS QUE NO CANTASEN PORQUE LA BELLA DEBÍA DORMIR...


XLVI*



Una cola de angustia
daba vueltas
mi corazón rugiendo
entre la lluvia
como un monóxido
sin fe.


Casi llorando
duraban las delicias
cuando el mar
tendía
tu amor de espaldas
a la lluvia
y yo empezaba a ser feliz.


*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
DONDE SUPURA EL AIRE. Nos y Otros Editores. Madrid. 2007






LE PEDÍA A LOS PAJARITOS QUE NO CANTASEN PORQUE LA BELLA DEBÍA DORMIR...




La tierra incomparable*


(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



CUARENTA Y CUATRO


Cuando llegó al centro del pueblo y pasó frente a la igle­sia ya era de noche. Casi no se veía gente. Dos muchachos y una chica permanecían parados en un ángulo de la pla­zoleta, en la zona más oscura. Fumaban pasándose el ciga­rrillo y tenían aspecto de personas que estuviesen conspi­rando. En el otro extremo, en un bar, los pocos clientes miraban hacia arriba y en la misma dirección, seguramen­te a la pantalla de un televisor. Agata bajó hacia el lago, pe­ro no por la calle central, que era el camino más directo y donde estaban los principales negocios. Se desvió por las callejuelas laterales y fue dando rodeos, consciente de que ahora, cada imagen con la que se enfrentaba, la estaba viendo por última vez. Iba mirando con mucha atención, interrumpía la caminata, se despedía.
Se detuvo una vez más al oír que alguien cantaba. En la soledad de la callejuela vacía, donde no resonaba otro ru­mor que el eco de sus pasos, alguien cantaba. Era una voz gruesa, pastosa y pese a todo dulce, seguramente de un viejo. Venía desde una ventana entreabierta y enrejada. Agata se acercó. Adentro estaba oscuro. La canción era una de aquellas que los hombres entonaban a coro cuando Agata era joven. La voz repetía todo el tiempo las mismas dos estrofas, esforzándose por afinar:


Le pedía a los pajaritos que no cantasen

porque la bella debía dormir


El farol estaba casi encima de Agata. Alrededor, las lajas del piso brillaban. En la pared de enfrente había una placa de mármol con el nombre de la calle: Via del Falegname. A continuación, un balcón cargado de flores y un arco de piedra que daba a un espacio abierto que podía ser una plazoleta o un patio, con una fuente sin agua en el medio.
Se quedó un rato parada ahí. Era como si estuviese ro­bando. También era como si, desde aquella casa, desde la oscuridad, cantaran para ella. Se sintió agradecida. Cuan­do se alejó, aquella voz seguía intentando. Se despidió también de la voz.
Desembocó en la explanada del lago, a la altura del puerto. Cruzó y se asomó al parapeto. Junto a ella había una escalinata que bajaba. Las olas, breves, silenciosas, la­mían los últimos escalones. Recordó al muchacho negro de la noche anterior, la cabeza sobre la superficie, entran­do y saliendo de la luz, apareciendo y desapareciendo con el movimiento del agua. ¿Dónde estaría? ¿Por dónde ha­bría salido? ¿Habría salido?
Agata vio la fuga de luces opacadas por la bruma que marcaban la costa, vio una vez más un transbordador que llegaba y otro que se iba, el perfil de las cumbres contra el cielo sin estrellas, y cerró los ojos. Los abrió, los cerró y los volvió a abrir varias veces, como lo había hecho con la ca­sa, ahora para fijar estas imágenes de su última noche en Trani. Y cuando creyó que las había apresado se dedicó simplemente a contemplarlas. Pensó que así las recordaría: tiernas, trágicas y difusas. Nada más que un temblor sobre la línea incierta de la memoria. Apenas un temblor.
Pero eso sería después. Mucho después. Después de Ve­necia, de Roma. Después de abordar el avión y volar otra vez sobre el océano. Cuando estuviese de nuevo en la Ar­gentina, junto a los suyos, y los días volviesen a sucederse a los días en la calma de aquel pueblo de llanura. Y ella tratara de recuperar desde allá la patria que por segunda vez había perdido acá.





*Final de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.






XLVII*


Como un sueño
que abandonáramos tarde
mientras el fuego
ardía
con sus llamas altas
para poder precaver
el acecho
la duda
la traición
la nada rastrera
de los asesinos.

Como ese sueño
perdiéndose en ese fuego
cuyas brasas cuidan
hasta el amanecer.


*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
DONDE SUPURA EL AIRE. Nos y Otros Editores. Madrid. 2007







A FONDO: LUIS HORNSTEIN PSICOANALISTA

"Las conductas agresivas encubren sentimientos de tristeza y desvalorización"*


Las depresiones se han convertido en "enfermedades sociales" y requieren una atención sociocultural además de los clásicos tratamientos psicológicos o psiquiátricos.


*Fabián Bosoer. fbosoer@clarin.com


Desde la constante transgresión a las normas de tránsito y el descuido y maltrato en las relaciones interpersonales a la búsqueda de placebos farmacológicos como la "píldora de la felicidad" o los antidepresivos como respuesta mágica o salvadora. Todo estos trastornos en la personalidad, que
observamos y sufrimos a diario, tienen como trasfondo ciertos trastornos del humor. Su tratamiento requiere abordar la noción fundamental de autoestima, la que está determinada por la historia, las realizaciones personales, los vínculos afectivos y los proyectos individuales y colectivos que nutren el
presente.

Es lo que propone Luis Hornstein, destacado médico psicoanalista que preside la Fundación para el Estudio de la Depresión (FUNDEP). Premio Konex en psicoanálisis, es autor de "Las depresiones" (Paidós, 2006).

¿Cuánto hay de síntoma y cuánto de enfermedad en las depresiones?

Los trastornos depresivos son verdaderas "enfermedades sociales" y se presentan como una epidemia característica de este tiempo, al punto que se habla de que vivimos en una "sociedad depresiva", dicho esto sin dramatismos pero sin reduccionismos. Así lo constatan los informes de la OMS (Organización Mundial de la Salud) que ubican a las depresiones, después de las enfermedades cardíacas, como las de mayor carga sanitaria si se calcula la mortalidad prematura y los años que se pierden por incapacidad.

¿Cómo se manifiestan estos trastornos?

En todos los estados depresivos encontramos dos elementos: un sentimiento de pérdida y un retraimiento que agobia a la persona. Los deprimidos presentan una visión pesimista de sí mismos y del mundo, así como un sentimiento de impotencia, fracaso y desesperanza. Hay pérdida de la capacidad de experimentar placer, intelectual, estético, alimentario o sexual. El agobio se expresa en una crisis de la temporalidad, en la desmotivación y en la desvalorización, cuando se piensa "no tengo futuro", "no tengo fuerzas" o "no valgo nada". Y se puede expresar a través de síntomas psíquicos o somatizaciones, como las cefaleas, los trastornos gastrointestinales o cardiovasculares.

¿Qué es lo que permite detectar en estas manifestaciones un cuadro depresivo?

Un denominador común son las decepciones que jaquean la autoestima. En la autoestima confluyen la historia personal, realizaciones, trama de relaciones significativas, así como las expectativas respecto del futuro.

Hablamos de síntomas muy variados y de varios tipos de depresión ¿No cabe el riesgo de atribuir cualquier estado emocional alterado a una depresión?

No hay una depresión, es cierto, sino múltiples formas, por eso hablamos de "trastornos depresivos" o "depresiones". Si bien no toda alteración del humor es una depresión, también ocurre que algunas depresiones llamadas "depresiones enmascaradas" no se manifiestan tanto como tristeza sino más
bien como irritabilidad, consumo de drogas o por actitudes adictivas. Muchos hombres deprimidos no son diagnosticados porque su actitud no consiste en el abatimiento sino en la violencia o la adicción al trabajo.

¿Cómo encaran el problema los tratamientos más conocidos, por el lado de la psiquiatría o del psicoanálisis?

Ningún abordaje aislado puede contrarrestar eficazmente la depresión. La industria farmacéutica suele abogar excluyentemente por la farmacoterapia.
La bioquímica puede aliviar la depresión. Pero los pacientes experimentan la depresión como una alteración de la autoestima en el contexto de sus vínculos y sus logros actuales. Esas frustraciones afectan su amor propio y procesar esas decepciones es el eje de la terapia.

¿Pero no hay un factor biológico importante en los cuadros depresivos?

Postular que las depresiones son solamente biológicas es científicamente falso y humanamente peligroso. Las depresiones tienen que ver también con lo histórico-social y con la crisis en los valores e ideales, con lo que se llama "el crepúsculo del deber" como un signo de nuestra cultura contemporánea. Tampoco en esto disponemos de estadísticas confiables. Pero en la Argentina no es aventurado vincular la depresión a los duelos masivos y traumas devastadores que hicieron zozobrar vínculos, identidades y
proyectos personales y colectivos. Las crisis padecidas en nuestro país han erosionado los valores compartidos. Esta falta de brújula ética afecta los estados de ánimo y genera colapsos narcisistas. Su posible consecuencia es la depresión. Por eso podemos ver a las depresiones como una cara oscura de
la intimidad contemporánea, producto del estrés, el hastío y el vacío de ideales.

Usted atribuye causas sociales -o influencias del entorno social, en este caso- a las depresiones de las personas. Al revés, ¿se podría atribuir a estos trastornos psicológicos problemas sociales como la inseguridad?

Bueno, sí, hay una gama de indicadores, desde las actitudes de maltrato y enojo en el intercambio cotidiano hasta la desaprensión con la que se conduce en las calles y las rutas, los altos niveles de violencia latente o explícita y el consumo de sustancias psicotrópicas, que ha hecho perder ciertos límites que existían en Argentina, donde si bien existía inseguridad, no eran frecuentes los crímenes violentos. Siempre hubo delincuentes profesionales, pero hoy abundan delincuentes cotidianos,
desesperados por lograr los recursos para drogarse. Lo que no se entiende cuando se apela a respuestas reduccionistas es que detrás de las conductas agresivas hay un sentimiento de tristeza y autodesvalorización, por lo cual la violencia es un efecto que debe ser enfocado como un síntoma.

¿El alcoholismo y las adicciones son la otra cara de la depresión?

Depresión y adicción forman un círculo vicioso. Se busca la euforia artificial para escapar de la apatía depresiva, pero el alivio es pasajero. El daño, en cambio, es duradero y acentúa el sentimiento de culpa.

A veces se simplifica el diagnóstico. ¿Influyen los intereses de los laboratorios o la urgencia de pacientes y familiares de tener respuestas rápidas?

Un tema actual en Estados Unidos son las problemáticas del consumo de psicofármacos estimulados por la industria farmacéutica con intenciones de ampliar a todos los individuos el consumo de las llamadas "píldoras de la felicidad". Frente a esta respuesta fácil, debemos poder pensar la depresión no sólo como un problema bioquímico sino como un problema complejo que requiere establecer conexiones entre lo social y la subjetividad. Y al mismo tiempo, alertar a los profesionales de la salud de que cuando están lidiando con problemáticas somáticas, éstas pueden ser la resultante de problemáticas cuyo origen son los trastornos depresivos.

¿Qué es lo que propone este enfoque de diferente al de los tratamientos tradicionales?

Lo que digo es que las depresiones sólo pueden ser abordadas desde el paradigma de la complejidad. Esto significa que el desequilibrio neuroquímico presente en las depresiones es la resultante de una
multiplicidad de factores: la herencia, la historia sociopersonal, las condiciones ambientales, las vivencias y hábitos, el funcionamiento del organismo.

¿Con qué herramientas cuentan sociedades e individuos para enfrentar las depresiones?

Lo primero es tomar conciencia de que éste es un problema serio, no solamente en los países desarrollados sino en países donde la situación personal está puesta en jaque en mucho mayor grado en función de situaciones sociales. Que no está afectando sólo a los indicadores económicos sino que hay indicadores subjetivos que han sido demasiado afectados. Tomar conciencia de que hay cierto tipo de actitudes colectivas que hacen que la convivencia sea menos tolerable; de que muchas de las cuestiones que hoy tienen que ver con el consumo de drogas se relacionan con la imposibilidad para mucha gente joven de imaginar una salida menos destructiva para su vida. Tomar conciencia de que cualquier maltrato a un sector de la sociedad tiene efectos en el resto. Y de que es necesario tener reglas claras, y que
la falta de reglas, más que libertad, a lo que conduce es a una situación de enorme incertidumbre y de mucha angustia. Todo esto tiene que ver con una acción preventiva sobre la depresión, y me refiero a aquellas condiciones que hacen que el amor de las personas por sí mismas no solamente se sostenga
por lo que ellas han vivido en su pasado sino también por aquello que las ayuda a preservar un proyecto de vida deseable.


Copyright Clarín, 2008.


MALESTAR EN LA CULTURA. "LAS DEPRESIONES TIENEN QUE VER CON LA CRISIS DE
VALORES, CON LO QUE SE LLAMA 'EL CREPUSCULO DEL DEBER'", EXPLICA HORNSTEIN.



La depresión es una crisis de futuro

¿Hay conflictos específicos de las depresiones? ¿Cómo lucha el depresivo contra la depresión?

El psicoanalista Luis Hornstein explica que sólo cierta constelación conceptual puede dar cuenta de este padecimiento: "la relación del sujeto con sus valores, los baluartes narcisistas, la tramitación de duelos pasados y presentes, los efectos de la vida actual en las realizaciones anheladas.
El meollo de la depresión está en la relación entre el sujeto y sus valores y metas. La autoestima se alimenta de la cercanía entre el sujeto y sus ideales. Una frustración puede precipitar una depresión al producir un colapso parcial o completo de la autoestima si el sujeto se siente incapaz de vivir acorde con sus aspiraciones".
Cuando se le pregunta si algo de esto puede relacionarse con conductas homicidas o suicidas como la de los chicos que se mataron corriendo picadas en moto en la ciudad de 9 de Julio, Hornstein dice: "Los chicos jugando a la 'ruleta rusa' con las motos, las personas relativamente involucradas sabiendo que iba a pasar una desgracia; las fuerzas vivas, de las cuales muchos de esos chicos son los hijos, paralizadas, sin poder influir como corresponde. Y luego, los chicos desfilando sin casco. Es una metáfora siniestra de una cantidad de otras cosas que están ocurriendo: la crisis de autoridad, la dificultad para cuidar al otro, la confusión entre poner límites y ser represor, la burla sistemática a las reglas de trán sito y de
convivencia. Creo que la pregunta que debemos hacernos es cuánto de esto tiene que ver con la falta de cuidado consigo mismo y de maltrato social que se les ha inculcado como ejemplo. Y otra pregunta clave: ¿cuál es el grado de incertidumbre por encima del cual es imposible imaginar un futuro? Las depresiones son precisamente eso: una crisis de futuro".


*Fuente: Clarín.
http://www.clarin.com/suplementos/zona/2008/03/09/z-03615.htm






Kanashibari*



*De Paola Kaufmann.
(1969-2006).

"I have been sleeping, and now, now I am dead!"
E. A. Poe, The facts in the case of M. Valdemar.


Desde el instante mismo en que leí "Los hechos en el caso M. Valdemar" supe que yo ya conocía el final de ese cuento. Varias veces hice en vano el esfuerzo de recordar, tantas como retomé Historias Extraordinarias para detenerme con minuciosidad en los detalles de Valdemar, y así tratar de reconstruir la identidad de aquella historia, tan evasiva para mí. De que se trataba exactamente, cuándo la había leído y en dónde, eran precisiones que se escurrían de mi memoria como anguilas entre la oscuridad de las rocas.
Sin embargo tenía la impresión muy clara de que la lectura, o lo que fuera que me había acercado esa anécdota, había ocurrido hacía mucho tiempo, lo cual no me dejaba más espacio que aquel más bien improbable de la infancia.
Y un día fortuito, recorriendo los estantes de una librería de usados, encontré la respuesta en un libro de mitos japoneses para niños. Ese libro había llegado a nuestra casa del Valle gracias a mi abuelo, un hombre que solía viajar mucho y casi siempre por países extraños. El que encontré aquel día era el mismo libro, la misma edición de tapas doradas, hojas espesas y algunos dibujos color escarlata y negro. Contenía tres historias solamente; una de ellas resultó ser la que no conseguía recordar, Kanashibari, y tenía que ver con el sueño, aunque no con el hecho de soñar como proceso fisiológico, ni siquiera fantástico, sino como un proceso aberrante. Al igual que buena parte de los mitos en Japón, este pertenece a la Isla de Kyushu, al sur del país, una versión más vasta, geográficamente al menos, del Olimpo. Allí vivía un trabajador humilde llamado Yakumo, hijo a su vez de trabajadores humildes que nunca habían pretendido nada mas allá de procurarse la comida de cada día, y un techo simple para cobijarse. No sabían leer ni escribir, creían en los dioses, y en la bondad infinita del emperador. Yakumo, por el contrario, había nacido rebelde. Trabajaba junto a sus progenitores, pero no por placer, no porque considerara el trabajo una suerte de obligación moral, sino apenas un medio de subsistencia. Tuvo una educación elemental, al igual que sus dos hermanos, y una adolescencia insensata, al igual que todo el mundo, solo que a Yakumo le duró más. No había cumplido diecisiete años cuando se enamoro de la hija de un poderoso del lugar, llamada Aya, y quiso contraer matrimonio de inmediato. No hubo
castigo ni súplica que lo hiciese desistir de su elección, y como resultado de su obstinación Aya fue descastada por su familia, que la dejó librada al cuidado de su esposo rústico y pobre. Cuando se casaron, Aya era poco más que una niña. La juventud de los dos, la fuerza de carácter y la complexión
sana de sus cuerpos los salvaron de la miseria los primeros años. De a poco empezaron a construir un hogar más o menos sólido, rodearon la casa de caminos ramificados para confundir a la mala suerte, y plantaron mimbres y jacintos cerca de la puerta de entrada. A su modo inexperto y laborioso eran
felices. Entonces, cuando ya estaba todo preparado para pensar en un hijo, Yakumo se fue. Una noche dijo a Aya que sentía necesidad de conocer el mundo, y a la mañana siguiente ya no estaba. Aya era muy joven cuando pasó esto. Los padres de Yakumo intentaron consolarla. Sus propios padres, sin embargo, nunca dieron marcha atrás en su decisión de no volver a verla. Yakumo anduvo por las regiones contiguas, y después mas lejos, liviano y necio como un farolito de papel flotando sobre la corriente dócil y que a
la larga se despedazara contra las piedras. Cuando se canso de vagabundear encontró a otra mujer, Maki, y se casó con ella. Fue después del matrimonio que Yakumo empezó a sufrir los embates de un sueño espantoso. El sueño lo embargaba cuando aún no se había dormido, en cualquier lado, incluso en los
brazos de Maki: soñaba que el fantasma de una mujer se sentaba en su pecho y no lo dejaba respirar. La mujer se sentaba de espaldas de modo que no podía verle la cara, pero las guedejas negras de sus cabellos le metían por los ojos, por la nariz y por la boca, impidiéndole respirar o gritar. La mujer
no se movía de su pecho hasta que le daba la gana moverse, no importaba lo que hiciera, pensara o se obligara a dejar de pensar. Nunca aparecía cuando ya se había dormido, sino cuando estaba a punto de hacerlo. Era el kanashibari, la pesadilla de la duermevela, que perseguía a los criminales, a los indiferentes, a los traidores. El kanashibari era un castigo secreto que no podía compartirse con nadie, y duraba tanto como tardara al culpable en pedir perdón, o reparar el error. Durante diez años Yakumo sufrió las visitas, al principio esporádicas, mas tarde regulares y hasta cotidianas, del fantasma de la mujer desconocida. Diez años aplastándole el corazón casi todas las noches. Yakumo envejeció prematuramente. Aún así tardo en darse cuenta de su significado, porque Yakumo no era hombre de reparar en el dolor ajeno, aunque el mismo lo hubiese provocado. Yakumo era naturalmente ingrato, por eso no supo enseguida quién era el fantasma del kanashibari. Y cuando lo supo su arrepentimiento fue como una marea de tristeza, algo que llegaba y se retiraba, pero que no cesaría más. A pesar de eso, el fantasma seguía llegando noche a noche, seguía sentándose sobre su pecho y quitándole un año de aliento cada vez. Diez años mas tarde de su partida súbita y caprichosa, Yakumo era un hombre viejo. Maki no comprendía que pasaba con su marido, hasta que al final se hartó y le preguntó directamente si en su vida pasada había algo que tenía que esconder de ella. Yakumo, agobiado, le contó de Aya, de la región donde vivía, de sus padres, todo abandonado por un antojo imprudente de su juventud. Maki era una buena mujer. Pocos días después, Yakumo partió de regreso a buscar a Aya. En el otro extremo de la
isla las cosas no parecían haber cambiado, al menos no sustancialmente. Pero sus padres no lo reconocieron, ni sus hermanos. Todos ellos vivían y seguían trabajando, inmutables, comiendo las mismas cosas, durmiendo bajo el mismo techo. Yakumo, al ver todo eso, sintió deseos de huir otra vez, pero aquella noche, en la posada anónima donde se alojaba, el kanashibari reapareció con una malevolencia inusitada, el fantasma de la mujer abarcaba ya todo el cuarto, como una montaña, y de su cabello salían insectos que hincaban sus aguijones en los globos de sus ojos, taladraban las membranas de sus oídos y
mordían su lengua esta vez no solo impidiéndole moverse o gritar sino también infligiéndole un dolor atroz que lo atenazaba más que el miedo. Esa noche la mujer se dio la vuelta y lo miro de frente, y en aquella solidez horripilante Yakumo vio en plenitud a su verdugo. Al día siguiente, sin haber dormido, fue a su antigua casa rodeada de mimbres y de jacintos y de senderos interminables. Las varillas cubrían todo el sitio, y los jacintos se habían transformado en flores macilentas, ganados por una gramilla áspera y por macizos de ortigas. Yakumo se abrió paso entre ellas, lastimándose las manos y los brazos, hasta encontrar la puerta, sepultada por el resto, como toda su vida, bajo la espesura del olvido. Para su sorpresa, Aya estaba ahí, sentada en el piso en posición de loto frente a un mantel de seda, donde había además dos platos de comida y una jarra de té. Estaba esperándolo, del mismo modo en que solía esperarlo cuando Yakumo era joven y volvía de trabajar, con el cabello negro y limpio exactamente igual que la última vez que la había visto. Yakumo pensó que ella no lo reconocería, o que lo echaría, pero se equivoco. Aya le hizo un gesto para que se sentara, y después lavó sus manos y sus pies con paños calientes y limpió sus raspaduras con aguas de jazmín. Él le pidió clemencia, le suplicó perdón;
ella no contestaba, se limitaba a mirarlo con una mirada amorosa, de a ratos extraviada, de a ratos nostálgica. Yakumo trató de contarle lo que había pasado pero fue inútil: Aya era una especie de grabado salido de su memoria, mudo, repitiendo un ritual de hacia diez años como si nada hubiese pasado entre ellos, ni siquiera el tiempo. Yakumo se abandonó a ella implorando su perdón, llorando sobre su regazo y rogándole que no lo atormentara mas, que se había arrepentido, que no volvería a irse. Ella, sonriendo, le acariciaba la cabeza y secaba sus lágrimas. Pasó la noche junto a su primera esposa. No
había en ella un solo rasgo diferente de lo que él recordaba, ni la piel fatigada, ni un cambio de estilo de su ropa, ni una mancha en su cuerpo o un signo de cansancio. Nada. Aya se había conservado perfecta e indemne al paso de los años, como embutida en ámbar o en hielo. Yakumo, por el contrario, desde el momento de su traición, había empezado a pagar con su propia vida.
Esa noche en su antigua casa Yakumo durmió por primera vez sin el kanashibari sobre su pecho, creyendo que a la mañana siguiente Aya estaría a su lado, tersa como un durazno a punto de caer del árbol, y que él, rejuvenecido por el descanso, empezaría a vivir otra vez. Yakumo se durmió abrazado a la cintura de su antigua mujer creyendo que la Naturaleza estaba en orden nuevamente. Pero la Naturaleza no estaba en orden. Raramente lo está, y aquella no era una de esas excepciones. Porque Aya, la primer mujer de Yakumo, la casi adolescente esposa de Yakumo, había muerto, o algo cercano a eso, pocos días después de la partida de su marido. Encerrada en la casa como en una crisálida, mientras afuera crecían los mimbres y se marchitaban los jacintos, ella permanecía muerta, sin que un solo centímetro de su piel se alterara con el paso de las horas, ni un solo gramo de su carne, ni las delicadas hebras de cabello negro, con el paso de los meses, y los años. Durante las noches Aya resucitaba a una especie de sueño agitado, y a la mañana reposaba en la paz de su muerte detenida, como si ese sueño la
hubiese tranquilizado de modo misterioso. Los padres de Yakumo sabían de esta muerte en vida, pero para el resto, Aya había muerto definitivamente después de la partida de su esposo. Hasta que Yakumo volvió, arrepentido, avejentado por el sufrimiento que le oprimía el cuerpo. Nadie supo, salvo
Yakumo, que Aya había vuelto a la vida por completo, antes de que la muerte le arrebatara todo. Como el cuerpo de Valdemar, sujeto a la realidad por el delgadísimo hilo de la hipnosis, el cuerpo de Aya fue retenido por el amor, o por el rencor, o tal vez fueron los dos sentimientos los que sustrajeron su cuerpo a la muerte absoluta durante mas de diez años. Por eso Yakumo no despertó abrazado a la cintura de su mujer, sino a una masa podrida de huesos y carne escarbada infinitamente por los gusanos, de la que apenas quedaban, reconocibles, unos manojos de cabello negro despegados del cráneo. Hasta acá el mito japonés. Ignoro si Poe lo conocía, si lo utilizo o lo recreo para su propio relato. Francamente poco importa. Como él mismo dijera un día, cuando le preguntaron acerca de la influencia que tenían sobre su obra los maestros alemanes del terror: "el verdadero horror no proviene de Alemania, ni de ninguna parte, sino del alma".


*Fuente:
http://elmonorojo.blogspot.com/2006/10/kanashibari-de-paola-kaufman.html






Ambas con la vigilia*


Ambas con la vigilia
a hombros
y un airecillo insondable

¡No te nos escaparás!

con nuestros corazones
en tu fibroso trinchante.




Rengueando*


Amanecí ardua
(escasa por el insomnio)
rengueando de la equidad
(mis patitas
del medio).



Enamorada*


Enamorada de mi miedo
es mucho el frío que hace
donde me interno:

la tapa de mis sesos.




A un país*


A un país
súbitamente lejano

se me van
espantadas

la senectud de mi amado
y mi niñez.



*Poemas de "Ardua" de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





*

Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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Sostener la difusión de ideas para pensar sin manipulación.

viernes, marzo 07, 2008

GAVIOTAS...


GUITARRA*


*de Nicolás Guillén


Fueron a cazar guitarras,
bajo la luna llena.
Y trajeron ésta,
pálida, fina, esbelta,
ojos de inagotable mulata,
cintura de abierta madera.
Es joven, apenas vuela.
Pero ya canta
cuando oye en otras jaulas
aletear sones y coplas.
Los sonesombres y las coplasolas.
Hay en su jaula esta inscripción:

“Cuidado: sueña”.



*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar






GAVIOTAS...




EL QUE SIEMPRE DA LA RAZÓN*



*Roberto Arlt.


Hay un tipo de hombre que no tiene color definido, siempre le da a usted la razón, siempre sonríe, siempre está dispuesto a condolerse con su dolor y a sonreír con su alegría, y ni por broma contradice a nadie, ni tampoco habla mal de sus prójimos, y todos son buenos para él, y, aunque se le diga en la
propia cara: "¡Usted es un hipócrita!" es imposible hacerle abandonar su estudiada posición de ecuanimidad.
Incluso cuando habla parece llenarse de satisfacción, y da palmaditas en las espaldas de los que escuchan como si quisiera hacerse perdonar la alegría con que los agasaja.
Esta efigie de hombre me produce una sensación de monstruo gelatinoso, enorme, con más profundidades que el mismo mar.
No por lo que dice, sino por lo que oculta. Obsérvelo.
Siempre busca algo con que halagar la vanidad de sus prójimos. Es especialista en descubrir debilidades, no para vituperarlas o corregirlas, sino para elogiarlas y echarles aceite como a la ensalada.
Es usted haragán. Pues el tipo le dirá:
-¡Qué macanudo "fiacún" es usted! Lo envidio, Jefe...
En cambio, usted tiene la pretensión de ser buen mozo. El fulano lo encuentra, y, parándolo, le pone las dos manos en las coyunturas de los brazos, lo mira dulcemente y exclama:
-¡Qué elegante está usted hoy! ¡Qué bien! ¿Dónde compró esa magnífica corbata? Hombre dichoso.
Usted camina preocupado de encontrarse enfermo. Mi monstruo localiza su obsesión y exclama, casi indignado:
-¿Enfermo usted? No chacotee. ¡Qué va a estar enfermo! Enfermo estoy yo.
E ipso facto desembucha tal colección de enfermedades, que usted casi lo mira con terror... y contento de hallarse doliente de una sola enfermedad.
Se me dirá: "Son características de individuo enfermo, débil".
Más que hombre mi individuo es una enredadera, lenta, inexorable, avanzadora. Puede cortarle todos los retoños que quiera, puede ofender a esta enredadera, del mejor modo que le dé la gana. Es inútil. El monstruo no reaccionará.
Crece con lentitud aterradora. Clava las raíces y crece. Inútil que el medio le sea adverso, que nadie quiera ayudarlo, que lo desprecien, que le den a entender que lo peor puede esperarse de él. Tiempo perdido. La enredadera, a cambio de injurias, le devolverá flores, perfume, caricias. Usted lo
despreció y él se detendrá un día asombrado ante usted, exclamando:
-¿Quién es su sastre? ¡Qué magnífico traje le ha cortado! Sinvergüenza, no hay derecho a ser tan elegante.
Usted dice un mal chiste; el hombre se ríe, lo "lomea" y después de ser casi víctima de una congestión por exceso de risa, dice:
-¡Qué gracioso es usted!... ¡Qué bárbaro!...
Y nuevamente vuelve a ser víctima de un ataque de risa, que le sube desde el vientre hasta la nuca.
Está bien con todos. Algunos lo desprecian, otros lo compadecen, rarísimos lo estiman, y a la mayoría le es indiferente. El, más que nadie, tiene perfecto conocimiento de la repulsión interna que suscita, y avanzacon más precauciones que una araña sobre la red que extrae de su estómago.
Está bien con todos. Puede usted comunicarle un secreto, en la seguridad que él lo embuchará más celosamente que una caja de hierro.
Puede usted hacerle una barrabasada. Antes de que tenga tiempo de disculparse, él le dirá:
-Comprendo. Olvidemos. Somos hombres. Todos fallamos. ¡Ja, ja! ¡Qué rico tipo!
Imperceptiblemente sus gajos van prendiendo. Enroscándose a las defensas fijas. No es necesario verle a él, para comprender dónde se encuentra. Más aceitoso que una biela, se corre de un punto a otro con tal eficacia de elasticidad, que allí donde haya alguien a quien festejar o adular allí tropezaréis con su sonrisa amplia, ojos encandilados y sonrientes, y manos beatíficamente cruzadas sobre el pecho.
No le sorprenderán en ninguna contradicción; salvo las contradicciones inteligentes en que él mismo incurre para darle razón a su adversario y dejarlo más satisfecho de su poder intelectual.
Otros se quejan. Hablan mal de la gente, del destino, de los jefes, de los amigos. El, de la única persona de quien habla mal es de sí mismo. Los demás, para los demás, exuda no sé de qué zona de su cuerpo tal extensión de aceite, que en cuanto alguien encrespa una palabra él ahoga la tempestad del vaso de agua con un barril de grasa.
Dije que este hombre era un monstruo, y que me infundía terror, terror físico, igual que una pesadilla, porque adivinaba en él más profundidades que las que tiene el mar.
Efectivamente: ¿se lo imaginan ustedes a este bicharraco enojado? ¿O tramando una venganza?
"La procesión va por dentro." Exteriormente sonríe como un ídolo chino, eternamente.
¿Qué es lo que desenvuelve dentro de él? ¿Qué tormentas? No me lo imagino... puede estar usted seguro que en la soledad, en ese semblante que siempre sonríe, debe dibujarse una tal fealdad taciturna, que al mismo diablo se le pondrá la piel fría y mirará con prevención a su esperpento sobre la tierra:
el hipócrita.


*Fuente: http://www.elortiba.org/arlt.html






La tierra incomparable*


(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



CUARENTA Y DOS.


Antes del mediodía Agata se dirigió a la casa de Carla.
Habían quedado en almorzar juntas. Tina no estaba, por lo tanto Agata se encargó de cocinar. Le gustó adueñarse du­rante un rato de la cocina de su amiga. Puso la mesa, sirvió y se ubicaron frente a frente. El almuerzo era una ceremo­nia de despedida, pero no hablaron de eso. Charlaron so­bre el viaje de Agata a Venecia. También sobre Silvana y aquella situación con Vito que no se terminaba de definir. Agata se dio cuenta de que ése era un terreno en el que Carla se movía con cautela, se notaba que la preocupaba.
-Lo que más deseo en la vida es verlos juntos. No pido otra cosa -dijo.
Agata ignoraba si estaba enterada de lo que había sucedido en los últimos días y no lo mencionó. Le preguntó: -¿Cómo es Vito?
Carla tardó en volver a hablar. Después solamente dijo: -Para mí son un misterio.
Agata levantó la mesa y se puso a lavar los platos. Carla trató de impedírselo, protestó:
-Tina llega en cualquier momento.
Agata no le hizo caso:
-Son dos minutos.
-Cuando estés en la Argentina te vas a acordar que lo último que hiciste en mi casa fue lavar los platos
-se la­mentó Carla.
Tina apareció cuando estaba terminando y les preparó café. Agata miró la hora y comentó que quería ir a ver su casa.
-Quedáte un poco más -dijo Carla-. Tenés tiempo.
-Mientras voy y vuelvo se va a hacer noche, camino despacio.
Agata se colocó su abrigo y Carla insistió en pararse y acompañarla hasta la puerta.
-Aunque se vayan temprano, mañana pasen a saludar­me -dijo.
-Claro que pasamos.
-De todos modos -ahora Carla sonreía y apretaba con fuerza el brazo de Agata-, hoy o mañana, quiero que nos despidamos así nomás, muy sencillamente, porque estoy segura de que nos volveremos a ver.
Era un domingo plácido y destemplado, sin gente en la calle a esa hora. El cielo estaba cubierto. Agata no eligió el camino de atrás, por donde había ido con Silvana el pri­mer día y después a rescatar el tesoro. Tomó por la calle ancha y recién después del orfanato y algunas construccio­nes nuevas que tapaban la vista pudo ver la casa sobre la loma. Había pasado varias veces por ahí, con Silvana, pero siempre en coche.
Ahora avanzaba por la vereda opuesta a la subida hacia la casa. Cuando llegó a la altura de los escalones de piedra se detuvo para cruzar. Los escalones, el pilar y un par de metros de muro a cada costado
-piedras ennegrecidas, ar­bustos en las grietas- eran de las pocas cosas que no habían cambiado en ese tramo de la calle. En el pilar todavía quedaba el cuadrado de mármol con el número: 77. La pa­ta del segundo siete se había borrado. Desde donde Agata estaba no se veía la casa. Antes de que cruzara apareció un chico, arriba, en el sendero. Bajó saltando y se sentó en el primer escalón. Aquella presencia la detuvo. Fue como si el chico hubiese tomado posesión del lugar, excluyéndola. No quería cruzar con ese testigo ahí, deseaba estar sola cuan­do se acercara a los escalones. El chico se metió un dedo en la nariz, sacó algo del bolsillo -una pastilla, un chi­cle-, y se lo llevó a la boca. Agata decidió esperar a que se fuera. ¿En cuál de las casas de allá arriba viviría? Pasaron algunos minutos. No se veía a nadie más, estaban solos, enfrentados, uno en cada vereda. De tanto en tanto aparecía un coche y la cabeza del chico giraba de un lado al otro y a veces sus ojos se detenían en Agata. En el cielo apare­ció una avioneta, ambos siguieron sus evoluciones y, cuan­do el zumbido se esfumó, el chico volvió a mirada. ¿Qué pensaría de esa anciana detenida del otro lado de la calle? Las nubes se abrieron y un golpe de luz iluminó las ramas, el muro y los escalones. Agata seguía esperando. ¿Va a quedarse todo el día sentado ahí? Después en el sendero apareció una chica, un poco mayor, bajó y ambos se fue­ron por la calle ancha hacia el pueblo. Tal vez el chico hizo algún comentario, porque Agata los vio darse vuelta una vez para mirada.
Esperó que se alejaran aún más y entonces cruzó. Tocó la pared y deslizó los dedos por las piedras. Había subido y bajado esos escalones durante casi cuarenta años: de niña, de adolescente, de mujer. Para ir y volver del colegio, de la fábrica, para ir a casarse, para huir del toque de queda. La última vez para partir a América. Ahora, en esta tarde de domingo, a punto de irse de nuevo, quiso subirlos y bajarlos una vez más. Se paró en el primer escalón, pasó al se­gundo, al tercero. Juntaba los pies en cada uno. Cuatro, cinco, seis, siete, ocho, nueve. Eran nueve. También aquel ritual le devolvía un viejo sabor familiar. Era como si sus piernas hubiesen conservado, al cabo de tanto tiempo, la memoria y la medida exacta de la distancia entre escalón y escalón. Cuando alcanzó el último se dio vuelta y, sin tran­sición, empezó a bajar, lenta, cuidadosa. Pisó la vereda y subió de nuevo: uno, dos, tres, cuatro, cinco. Se demoró unos minutos arriba, para descansar. Miró hacia el fondo de la calle que llevaba al pueblo y otra vez la golpearon los recuerdos. Vio a Mario en la bicicleta nueva, a los chicos regresando del colegio, a las banderas de los partisanos el día de la liberación. Hubiese podido quedarse toda la tarde recuperando y recuperando.
Siguió por el sendero, pasó frente a una casa nueva y a otra de su época que con las refacciones estaba irreconocible. No pudo avanzar más. A su lado, casi tocándola, aso­mandose entre los ligustros y el alambrado, apareció la ca­ra de un perro. Al principio no ladró, emitía gemidos desesperados y todo su esfuerzo estaba dedicado a empu­jar y tratar de salir. Era un animal enorme, negro, la ca­beza tan grande como la de un ternero crecido. El cerco temblaba. Agata retrocedió, dio media vuelta y regresó hacia los escalones. Entonces el perro ladró. Seguía la­drando cuando ella llegó a la calle. Agata permaneció unos minutos con la espalda apoyada al muro, para reponerse del susto. Después buscó un lugar desde donde, aunque fuese de lejos, pudiese mirar la casa.
Camino un trecho corto, calle abajo, bordeando un cer­co de alambre tejido. En su época toda esa zona era terre­no abierto y en el invierno, por la pendiente que bajaba desde la casa, se deslizaban los trineos. Ahora ya casi no se veían espacios libres. Apenas una cuña de tierra con un huerto descuidado, un manzano, un laurel, ropa tendida. Había un feo edificio de cuatro pisos, color ladrillo sucio. Y detrás otras construcciones del mismo estilo. En el decli­ve, muritos de piedra, escalonados, para aprovechar las partes planas. No alcanzaba a distinguir qué habían sem­brado en esos escalones. Y allá arriba estaba su casa. En las paredes, revocadas, sin pintura, se veían grandes man­chas oscuras. Las persianas estaban pintadas de marrón, igual que el alero del techo. Los marcos de las ventanas, color crema. Detrás de los vidrios cerrados se adivinaban cortinas blancas. Sobre el techo, plateada, una antena de televisión. En el frente, las ramas sin hojas de una planta de caquis, cargadas de frutos anaranjados, tocaban la baranda de hierro del balcón. Viéndola desde abajo, la casa aparecía todavía más oprimida por las dos construcciones que la flanqueaban, la superaban en altura y le quitaban espacio y luz. Agata se quedó ahí, con los dedos de una mano enganchados en el alambrado, mientras detrás de ella aparecían, crecían y luego se perdían los motores. De cuando en cuando cerraba los ojos unos segundos y los volvía a abrir para comprobar si había grabado bien la imagen. Después ya no los cerró. Los mantuvo fijos hasta que se le nublaron y entonces sólo existieron la casa y ella. Y comenzó a ver la casa como era en el momento de partir, y antes todavía, cuando ella era joven, cuando era una ne­na. En la figura clara de la casa hubo un parpadeo y allá arriba las ventanas se poblaron de fantasmas. Entonces la casa le habló. Agata se esforzó por identificar la voz. Se quedó quieta, sin moverse, sin distraerse, por temor a que la visión y la voz se esfumaran. Al principio fue un mur­mullo tenue y confuso. Pero después fue creciendo y se impuso a todo. Lo que surgía de la casa era un llamado en el que había cansancio y cosas distantes y nostalgias. Agata prestaba atención. Aquella voz se parecía a la suya. Sintió que era el corazón de la casa el que le hablaba. Y el cora­zón de la casa estaba amasado con tantas cosas: nacimien­tos, muertes, tribulaciones, miedo de los años de guerra. Y trabajo, trabajo: el de sus abuelos, el de su padre, el suyo, el de Mario. Todo eso era la casa. En la tarde de domingo, no hubo más que esa voz. Y entonces Agata percibió que en el largo y uniforme discurso de la casa había, además, un reclamo. Era como si la casa albergara una queja por el abandono de años y años a que había sido sometida. Aho­ra Agata la estaba percibiendo como un ser vivo que había sufrido abandono y olvido. Entonces sintió pena por la ca­sa y por sí misma.
Hubo un silencio que fue como una señal de despedida y otros llamados llenaron el aire quieto de las montañas. Allá arriba, detrás de aquellas ventanas, resonaban otras historias, vivía gente que ignoraba la existencia de ese viejo corazón de la casa. Agata se quedó un tiempo largo miran­do hacia la cima de la loma, mientras los motores seguían pasando y pasando a sus espaldas. En las ramas de la plan­ta de caquis se movían algunos pájaros oscuros. Después Agata regresó hasta los escalones y se sentó a descansar en el primero, igual que el chico un rato antes.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.







Viernes, 07 de Marzo de 2008
Gaviotas*



*Por Rodrigo Fresán
Desde Dublín y Barcelona


UNO

Empiezo a escribir esto en Dublín y voy a terminar de escribirlo en Barcelona, y es lunes por la noche y me doy cuenta de que es el segundo (y último) debate entre Zapatero y Rajoy que me pierdo por estar con un escritor. No me parece una mala situación lo de cambiar a dos políticos por dos escritores. Elijo eso en tiempos de elecciones.


DOS

Mientras el pasado lunes 25 de febrero trece millones de españoles sintonizaban sus televisores para contemplar cómo los candidatos del PSOE y del PP se tiraban por la cabeza datos falsos y estadísticas cuestionables (y Rajoy invocaba eso de "la niña" angelical e ibérica por cuyo futuro hay que velar y cuya fantasmal y jocosa presencia ha llenado páginas y sites y comentarios en los noticieros), yo estaba entrevistando en público al escritor inglés Martin Amis. En un momento le pregunté a Amis si un escritor alguna vez llegaba a alguna parte o si moría, siempre, en el camino. Amis respondió algo así: "Mi padre falleció a los 73 años y hacia el final de su vida estuvo muy enfermo. Digamos que se volvió loco. Se debatía entre la razón y la locura, y hubo un momento en que ya no pudo escribir. Aun así, hasta su último día se sentaba frente a su máquina de escribir. Y sólo tecleaba una palabra: gaviota. Yo ahora tengo 58 años y durante mis 40 tuve la crisis que tenemos todos, la de la madurez. Esa crisis donde descubrimos que la muerte ya no es un rumor. Entonces todo se viene abajo y sufrimos y pensamos que todo terminó. Sin embargo, ya en los 50 descubrimos un empuje inesperado en algo que hasta entonces desconocíamos: el peso del pasado.
Arribamos a un punto de la vida donde nuestro pasado es tan grande que nos revitaliza y conmueve. Luego, al final de los 50, tenemos otra crisis: el miedo a envejecer. Y me imagino que luego viene una última crisis que combina a las dos primeras y que acaba con la muerte. Alguien dijo que la juventud es ese estado en el que te miras al espejo y piensas que todo el mundo envejece menos tú. Pero ese estado no dura. Cuando uno es joven, antes de tener 20 años, llega un momento de la vida donde uno se vuelve muy
consciente de sí mismo y empieza a investigarse a sí mismo y a escribir sobre uno. Se escriben pequeñeces, cuentos, poemas, y hacia los 21 o 22 deja de hacerlo. Los escritores son esa clase de ser que nunca supera esa etapa, que siempre sigue narrándose, que atraviesan todas las crisis y que nunca se
dan por vencidos, aun cuando alcanzan ese momento terrible en que, una y otra vez, sólo pueden escribir nada más que una palabra".
Me acordaba de eso mientras, una semana después, caminaba por las calles de Dublín junto al escritor irlandés John Banville. Había gaviotas en el cielo y -en la tapa del último número de Newsweek- aparecía una foto de Zapatero y un título donde se leía "El fiasco español: de cómo Zapatero pasó de ser una estrella europea a convertirse en desilusión nacional", y yo pensé entonces en que los políticos envejecen tanto más rápido que los escritores y en que, ya desde el principio, repiten una y otra vez la misma cosa. Más como loros que como gaviotas.


TRES

John Banville y yo miramos dos portadas de Time. Una de 1934 y una de 1939, y en las dos está James Joyce. "Eran otros tiempos... Un escritor de verdad era cover-story de un semanario internacional", me dice Banville. "Ahora, cada tanto ponen a un escritor. Pero suele ser un escritor más internacional
que verdadero", comenta.
Banville y yo estamos en el James Joyce Museum, en Sandycove, donde se alza la Martello Tower y transcurren las primeras páginas del Ulysses de James Joyce. Una construcción circular de piedra, no muy alta, erguida allí para contener a una posible invasión napoleónica que nunca tuvo lugar y en cuya
cima ondea una bandera azul con tres coronas doradas. Ahora, ahí adentro, hay una recreación poco fiable del recinto en el que conversan Stephen Dedalus y Buck Mulligan y Haine en el amanecer del 16 de junio de 1904, día en que Joyce salió por primera vez con la arrolladora Nora Barnacle. Más
parafernalia joyceana: primeras ediciones, fotos, manuscritos, una de las dos máscaras mortuorias y postales que se agotan cada junio de cada año cuando hordas de turistas que jamás leyeron ni leerán la novela llegan muy temprano por la mañana del 16 para iniciar, sobrios, la ruta del llamado Bloomsday que concluirán borrachos y abrazando a sus respectivas Penélopes o Mollys Blooms sin siquiera sospechar lo que pasa por las cabezas de esas mujeres que piensan sin puntos ni comas mientras, en España, los machos del país siguen matando hembras. En España casi todos los días son Bloodday.


CUATRO

De regreso en Dublín, Clinton le ganó a Obama y se perpetúa el tenso duelo entre la supuesta novedad y la supuesta experiencia. O algo así. Aunque están los que dicen que Obama es más novedoso que novedad y ya se sabe: los juguetes novedosos duran poco y se rompen rápido. O los rompen. Ulysses, está claro, fue una novedad y sigue siéndolo. Leo que Rajoy -quien ya es añejo y se juega sus últimas cartas- cometió el error (esta vez ante 12 millones de espectadores, Debate II) de sacar el tema de la guerra de Irak y de sacar a pasear a Aznar para sus últimos mitines. Y Aznar no hace otra cosa que lamentarse por la injusticia de su destino y se presenta casi como un mártir de la historia. Aznar. Graznar. Gaviotas y... ¿es una gaviota el pájaro que vuela en el logotipo del Partido Popular? Llamo por teléfono a mi mujer y le pregunto si Rajoy mostró la tapa de Newsweek durante el segundo debate y me contesta que no lo vio, que ya está agotada de todo el asunto, que estuvo viendo a House quien, pienso, sería un gran jefe de gobierno o, lo que es lo mismo, un eficiente y nada piadoso diagnosticador de la crisis económica que ahora padece España y para la que cada candidato propone diferentes tratamientos. Zapatero dice que no es para tanto y sana-sana.
Rajoy dictamina que el paciente se muere y que la cosa no pasa por cambiar de medicina sino por cambiar de médico. Y millones de españoles, cansados, son como esa enfermera que se lleva el dedo a los labios y pide un poco de silencio en las paredes de los hospitales.


CINCO

Y falta menos para el domingo de elecciones y ahora estoy en la terminal del aeropuerto de Madrid esperando que se presente la tripulación (retrasada) del vuelo de Iberia a Barcelona. Llegué aquí vía Dublín y no me sorprendió descubrir que el adaptador de enchufes que en el avión de Aer Lingus (viaje
de ida) costaba 15 euros, en el de Iberia cuesta 25. Y mis amigos ya están preocupados por mi obsesión casi patológica con la línea aérea española. Y, sí, tal vez de aquí a unos años yo termine en un asilo tecleando una y otra vez la palabra Iberia, quién sabe. En cualquier caso, hago tiempo leyendo
Newsweek y hojeando la muy linda edición conmemorativa de Ulysses que me compré en Martello Tower.
Y horas antes, almorzando, Banville me contó que varios años después de la muerte de Joyce, las autoridades del lugar decidieron invitar a los festejos del Bloomsday a su hijo Giorgio. Así que lo llevaron allí, le mostraron la torre y esperaron a que pronunciara unas emotivas palabras por estar en el sitio exacto de uno de los dos más grandes Big Bang literarios del siglo XX.
Parece ser que entonces Giorgio sonrió, agradeció a la concurrencia, dijo que el sitio le parecía hermoso, pero -para pasmo de joycecitas y bloomófilos- añadió algo así como "lo que no entiendo muy bien es por qué me han traído a esta torre... ¿Pasó algo importante aquí? ¿Hay algo interesante para ver?".
Arriba, sobre sus cabezas en crisis, debatían como locas las gaviotas y sí, decían, sí quiero. Sí.


*Fuente: Página/12.
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100252-2008-03-07.html







MÚSICA*


Como se sabe, la música es extremadamente peligrosa: Incita a la evasión. Por eso los presos la tenemos prohibida.
Es cierto que no podemos hablar de una prohibición explícita, pero en ninguna celda hay aparatos capaces de reproducir música ni se recuerda que tales objetos hayan existido aquí alguna vez; tampoco se tiene constancia de que haya sonado entre estos muros una sola nota musical (si omitimos que todo sonido lo es); para los más antiguos en la institución, cuyos recuerdos han ido erosionando a partes desiguales el transcurso del tiempo y la rutina de la reclusión, el mero concepto resulta extraño.
Otro detalle significante es la actitud del carcelero ante la menor amenaza de ejecución musical por mi parte. Siempre que he tarareado algunas notas (principalmente algunas mañanas en que mi estado de ánimo denotaba los evidentes rastros de haber soñado con Ella) ha aparecido en la entrada de la celda con una expresión severa y ha permanecido allí, firme e imperturbable, hasta ver bruscamente truncada mi pequeña serenata privada. Nunca dice una palabra, pero su sola presencia hace que desaparezca cualquier deseo de seguir en el empeño. Así, la música se arrincona de nuevo en su propia celda y el perenne silencio retorna como una maldición. A veces, ni fue necesario que mis labios emitieran sonido alguno: la simple intención de silbar unos compases provocaba la inmediata comparecencia del carcelero.
Por eso supuso una inexplicable sorpresa escuchar, en medio de la tediosa calma que rige nuestras noches -tan parecidas, en el fondo, a nuestros días- unos acordes provenientes del piso de arriba, donde, según los rumores, se halla la habitación del carcelero (si es que hemos de suponer que existe un sitio semejante). Tuve la perturbadora sensación de haber escuchado antes aquellas notas, que no fui capaz de identificar.
Como hecho aislado, resultaba anecdótico, casi gracioso, pues vendría a demostrar que también el carcelero posee cierta sensibilidad, teoría jamás reconocida por el gremio de carceleros ni tenida siquiera en cuenta por el de presos; pero cuando la audición nocturna se convirtió en costumbre, hubo que tomar medidas: Así, cada vez que la noche se llena de música lejana, -tan tenue que resulta imposible disfrutar de ella, pero no lo bastante como para poder ignorarla- me refugio en mi propio claustro interior hasta anular por completo todo sonido.
Entonces, aterrado por el silencio, el carcelero se aleja con tristeza de su tocadiscos y se pierde entre las galerías en busca de las palabras de aliento de cualquier otro funcionario.


Capítulos anteriores en: http://www.aragonesasi.com/sergio/celda.htm



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://sbllop.blogia.com





*

Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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jueves, marzo 06, 2008

POSTALES DE UN ESTADO DE COSAS...


MONOS*



*de Nicolás Guillén


El territorio de los monos.
De acuerdo con los métodos modernos
están en libertad provisional.

El de sombrero profesor.
Con su botella el del anís.
Los generales con sus sables de cola.
En su caballo estatua el héroe mono.
El mono oficinista en bicicleta.
Mono banquero en automóvil.
Decorado mono mariscal.
El monocorde cordio
fásico cotiledón.
Monosacárido.
Monoclinal.
Y todos esos otros que usted ve.

Para agosto
nos llegarán seiscientos monosmonos.
(La monería fundamental).


*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








POSTALES DE UN ESTADO DE COSAS...





Mi amigo Correa*



Por Fidel Castro *


Recuerdo cuando nos visitó, meses antes de la campaña electoral donde pensaba presentarse como candidato a la presidencia de Ecuador. Había sido ministro de Economía del gobierno de Alfredo Palacio, médico cirujano con prestigio profesional que también nos había visitado en su condición de
vicepresidente, antes de acceder a la presidencia, por situaciones imprevistas que se dieron en Ecuador. Este había sido receptivo a un programa de operaciones oftalmológicas que le ofrecimos como forma de
cooperación. Existían buenas relaciones entre ambos gobiernos.
Correa, no hacía mucho, había renunciado al Ministerio de Economía. Estaba inconforme con lo que calificó de corrupción administrativa promovida por Oxy, empresa extranjera que exploró e invirtió importantes sumas, pero que se quedaba con cuatro de cada cinco barriles de petróleo extraído. No habló de nacionalizar, sino de cobrarle elevados impuestos que asignaba de antemano a inversiones sociales pormenorizadas. Ya había aprobado las medidas y un juez las declaró válidas.
Como no mencionaba la palabra nacionalizar, pensé que experimentaba temor al concepto. No me extrañaba, porque era economista graduado con grandes reconocimientos por una conocida universidad de Estados Unidos. No me ocupé mucho en profundizar, lo acosaba con preguntas del arsenal acumulado en la lucha contra la deuda externa de América latina en 1985 y de la propia experiencia cubana.
Existen inversiones de riesgo sumamente altas y de sofisticada tecnología, que ningún país pequeño como Cuba y Ecuador podría asumir.
Como estábamos ya en el año 2006 decididos a impulsar la revolución energética, que fuimos el primer país del planeta en proclamar como cuestión vital para la humanidad, le había abordado el tema con especial énfasis. Me detuve, había comprendido una de sus razones.
Le conté la conversación que hacía poco había sostenido con el presidente de la empresa española Repsol. La misma, asociada a otras empresas internacionales, acometería una operación costosa para perforar en el fondo del mar, a más de 2000 metros de profundidad, con empleo de sofisticadas
tecnologías, dentro de las aguas jurisdiccionales de Cuba. Dije al jefe de la empresa española: ¿Cuánto vale un pozo exploratorio? Le hago la pregunta porque queremos participar aunque sea en el uno por ciento del costo, deseamos saber lo que ustedes quieren hacer con nuestro petróleo.
Correa, por su parte, me había contado que de cada cien dólares que extraían las compañías, solamente veinte iban para el país; ni siquiera entraban en el presupuesto, expresó, se dejaban en un fondo aparte para cualquier cosa menos para mejorar las condiciones de vida del pueblo.
Yo derogué el fondo, me dijo, y asigné 40 por ciento para educación y salud, desarrollo tecnológico y vial, el resto para recomprar la deuda si el precio de la misma nos favorecía, o de lo contrario invertirlo en otra cosa más útil. Antes teníamos que comprar cada año una parte de esa deuda que se encarecía.
En el caso del Ecuador -me añadió- la política petrolera rayaba en traición a la patria. ¿Por qué lo hacen?, le pregunto. ¿Por miedo a los yanquis o presión insoportable? Me responde: Si tienen un ministro de Economía que les dice que privatizando mejora la eficiencia, usted puede imaginarse. Yo no
hice eso.
Lo estimulo a seguir y me explica con calma. La compañía extranjera Oxy es una empresa que ha roto su contrato y de acuerdo con la ley ecuatoriana se requiere la caducidad. Significa que el campo operado por esa empresa tiene que pasar al Estado, pero por presiones de los yanquis el gobierno no se atreve a ocuparlo, se crea una situación no contemplada por la legislación.
La ley dice caducidad y nada más. El juez de primera instancia, que era presidente de Petroecuador, lo hizo así. Yo era miembro de Petroecuador y nos llamaron de urgencia a una reunión para expulsarlo del cargo. Yo no asistí y no pudieron despedirlo. El juez declaró la caducidad.
¿Qué querían los yanquis?, pregunto. Querían una multa, explica él rápido.
Escuchándolo comprendí que lo había subestimado.
Yo estaba apurado por multitud de compromisos. Lo invité a presenciar el encuentro con un numeroso grupo de profesionales cubanos altamente calificados que partirían para Bolivia, a fin de integrarse a la Brigada Médica; esta cuenta con personal para más de 30 hospitales, entre otras actividades 19 posiciones quirúrgicas que pueden realizar más de 130 mil operaciones oftalmológicas por año; todo bajo forma de cooperación gratuita.
Ecuador dispone de tres centros similares con seis posiciones oftalmológicas.
La cena con el economista ecuatoriano fue ya entrada la madrugada del 9 de febrero de 2006. Apenas hubo puntos de vista que yo no abordara. Le hablé hasta del mercurio tan dañino que las industrias modernas esparcen por los mares del planeta. El consumismo fue, por supuesto, un tema enfatizado por
mí; el alto costo del kilowatt/hora en las termoeléctricas; las diferencias entre las formas de distribución socialista y comunista, el papel del dinero, el millón de millones que se gasta en publicidad sufragado forzosamente por los pueblos en los precios de las mercancías, y los estudios realizados por brigadas sociales universitarias que descubrieron, entre los 500 mil núcleos de la capital, el número de personas ancianas que vivían solas. Expliqué la etapa de universalización de los estudios universitarios en que estábamos envueltos.
Quedamos muy amigos, aunque tal vez se llevara la imagen de que yo era autosuficiente. Si eso ocurrió, fue realmente involuntario por mi parte.
Desde entonces observé cada uno de sus pasos: proceso electoral, enfoque de los problemas concretos de los ecuatorianos, y victoria popular sobre la oligarquía.
En la historia de ambos pueblos hay muchas cosas que nos unen. Sucre fue siempre una figura extraordinariamente admirada junto a la del Libertador Bolívar, quien para Martí lo que no hizo en América está por hacer todavía, y como exclamó Neruda, despierta cada cien años.
El imperialismo acaba de cometer un monstruoso crimen en Ecuador. Bombas mortíferas fueron lanzadas en la madrugada contra un grupo de hombres y mujeres que, casi sin excepción, dormían. Eso se deduce de todos los partes oficiales emitidos desde el primer instante. Las acusaciones concretas contra ese grupo de seres humanos no justifican la acción. Fueron bombas yanquis, guiadas por satélites yanquis.
A sangre fría nadie absolutamente tiene derecho a matar. Si aceptamos ese método imperial de guerra y barbarie, bombas yanquis dirigidas por satélites pueden caer sobre cualquier grupo de hombres y mujeres latinoamericanos, en el territorio de cualquier país, haya o no guerra. El hecho de que se
produjera en tierra probadamente ecuatoriana es un agravante.
No somos enemigos de Colombia. Las anteriores reflexiones e intercambios demuestran cuánto nos hemos esforzado, tanto el actual presidente del Consejo de Estado de Cuba como yo, a atenernos a una política declarada de principios y de paz, proclamada desde hace años en nuestras relaciones con los demás Estados de América Latina.
Hoy que todo está en riesgo, no nos convierte en beligerantes. Somos decididos partidarios de la unidad entre los pueblos de lo que Martí llamó Nuestra América.
Guardar silencio nos haría cómplices. Hoy a nuestro amigo, el economista y presidente del Ecuador Rafael Correa, quieren sentarlo en el banquillo de los acusados, algo que no podíamos siquiera concebir aquella madrugada del 9 de febrero de 2006. Parecía entonces que mi imaginación era capaz de abarcar sueños y riesgos de todo tipo, menos algo parecido a lo que ocurrió la madrugada del sábado 1º de marzo de 2008.
Correa tiene en sus manos los pocos sobrevivientes y el resto de los cadáveres. Los dos que faltan demuestran que el territorio de Ecuador fue ocupado por tropas que cruzaron la frontera. Puede exclamar ahora como Emilio Zola: ¡Yo acuso!


- Reflexión del líder cubano publicada en Granma.


-Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/elmundo/subnotas/100206-31596-2008-03-06.html






LYNCH*



*de Nicolás Guillén


Lynch en Alabama.
Rabo en forma de látigo
y pezuñas terciarias.
Suele manifestarse
con una gran cruz en llamas.
Se alimenta de negros, sogas,
fuego, sangre, clavos,
alquitrán.

Capturado
junto a una horca. Macho.
Castrado.



*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







La tierra incomparable*


(fragmento)

*de Antonio Dal Masetto



CUARENTA


Al día siguiente, sábado, Agata y Silvana se encontraron para ir a caminar por el mercado que se armaba una vez por semana en aquella gran plaza frente al departamento de Elvira. Agata pensó que volverían a hablar de Vito. Que­da hacer algunas preguntas y esperaba la oportunidad. Pe­ro Silvana no tocó el tema y ella no se animó a mencionar­lo. Después la atrapó la actividad y el colorido del mercado. Aquello era una fiesta y daba gusto andar entre los puestos y los gritos de los vendedores. Había de todo: comestibles, ropas, artesanías, flores, muebles, zapatos, re­lojes, antigüedades, pájaros. Se detenían acá y allá, conver­saban con los puesteros, saboreaban un pedacito de queso, acariciaban una tela. Agata disfrutaba.
-Me compraría todo -decía. Silvana la alentaba:
-Esto es bonito, está a buen precio. ¿Quiere llevarlo?
-Todavía no. Después volvemos.
Ya tenía los regalos para su regreso. También tenía uno para Carla. Le faltaba el de Silvana. Desde hacía varios
días miraba vidrieras. Quería que fuese un lindo regalo, una cosa especial. Pensó que en el mercado quizá lo en­contraría. De todos modos, si compraba estando Silvana presente se perdía la sorpresa. Así que decidió esperar.
Siguieron caminando y averiguando precios. Silvana se cruzaba con conocidos, se saludaban o se detenían para in­tercambiar un par de frases. Le presentó algunas amigas a Agata. Una se les unió. Agata oyó que preguntaba por Vito y Silvana contestó que lo vería esa tarde.
El mercado seguía por un tramo de calle que desembo­caba en otra plaza, también llena de puestos. Agata se de­tuvo. Algo -una voz, la luz, el empedrado, una pared, no supo qué- le trajo a la memoria una escena de cuando era chica, y que había olvidado. La anécdota carecía de impor­tancia, pero se sintió tentada de contarla por la sorpresa que le causaba haberla recuperado. Cierta vez, le dijo a Sil­vana y a la amiga, su padre y su padrino la habían llevado al parque de diversiones que se instalaba en esa plaza para las fiestas patronales. Había un puesto circular en cuyo centro se exhibían frascos con peces de colores. La gente arrojaba unas pelotitas blancas y los que embocaban en al­guno de los frascos se llevaban un pez como premio. Logró que su padrino le pagara una jugada y fue tirando sus pe­lotas -eran seis- sin acertar. Después, resignada, sabien­do que no habría otra oportunidad, se quedó junto al pues­to mirando cómo la gente probaba y probaba. No era fácil. Casi nadie acertaba. A su lado, una señora le pidió que ti­rara una pelota por ella, a ver si le traía suerte. Agata tiró, embocó, la señora dio un grito, aplaudió, la besó y se llevó su frasco con un pez rojo.
Agata señaló con el dedo:
-Fue justo ahí. Qué frustración.
La amiga de Silvana rió con ella. La historia le causó mucha gracia y volvió a mencionarla y a reírse cuando se despidió y se fue.
Ya habían dado una vuelta completa a las dos plazas cuando oyeron que alguien las llamaba. Era Toni. Agata no había vuelto a verlo después de aquella tarde de los hongos y la discusión con Carla. Tenía el mismo aire socarrón y el mismo entusiasmo en la voz, Dijo:
-¿Cómo están, muchachas?
Las invitó a tomar un café. Se sentaron en un bar que tenía mesas afuera. Desde ahí vieron como la gente aban­donaba poco a poco el mercado, los vendedores comenza­ban a guardar sus mercancías y los puestos se cerraban.
-Al final-dijo Silvana-, no compró nada.
-Igual me divertí -dijo Agata.
-Para compras consulte conmigo -dijo Toni-. Sé dónde están los mejores precios.
Pasó un coche con una bandera cruzada sobre el techo .Y dos muchachos asomados a las ventanillas y gritando:
- Trani, Trani.
Toni levantó una mano y los saludó. Se volvió hacia Agata:
-Señora, hoy hay partido, ¿no le gustaría ir?
-¿Adónde? -preguntó Agata sorprendida.
-A la cancha.
-Nunca fui a una cancha.
-Alguna vez tiene que ser la primera.
-No entiendo nada de fútbol.
-Es el equipo de su pueblo, tiene que vedo.
Agata, divertida, miró a Silvana.
-Jugamos contra Aduino, nuestros rivales eternos, no se lo puede perder -insistió Toni.
Agata movió la cabeza dubitativa. -No sé -dijo.
Toni se dirigió a Silvana: -Se van a entretener.
-¿Quiere? -preguntó Silvana.
Agata se encogió de hombros, todavía indecisa. -Si quiere ir, yo la acompaño -dijo Silvana.
-Entonces vamos.
Silvana fue a buscar el coche.
Tuvieron que estacionar bastante lejos del estadio. Un policía cortaba el tránsito. Después caminaron entre gente muy apurada, algunos corrían. El frente de la cancha no había sufrido modificaciones. El mismo portón, las colum­nas para las banderas, las ventanillas de hierro. Todo esta­ba más o menos igual que antes. Sólo dos cabinas telefóni­cas contra el muro gris marcaban la diferencia de época. Había también tres grandes recipientes para residuos, con las inscripciones: para vidrio, para latas, para papel. La gen­te, amontonada frente a las ventanillas, protestaba y exigía que se apuraran con las entradas porque ya empezaba el partido. Toni hizo cola y discutió con alguien que quiso adelantársele. Por fin entraron. Había una sola tribuna, de cemento, en uno de los costados. Treparon unas gradas y se sentaron.
Agata miró el campo todavía vacío, el césped cuidado, y pensó en lo que había significado ese terreno para ellos, cuando los alemanes se habían instalado con sus tanques y sus cañones. Para el pueblo ésos fueron los peores días, con los rastrilleos, los fusilamientos, las escuelas que fun­cionaban como cárceles, llenas de hombres que después eran deportados a Alemania. Desde ese terreno los cañones disparaban hacia las montañas y alrededor temblaba todo.
Agata se sobresaltó. La gente se había parado y gritaba.
En el campo de juego acababan de aparecer los jugadores. Toni estaba un escalón más abajo. Se dio vuelta e informó:
Los de azul son los nuestros.
Agata asintió.
La gente se calmó. Los jugadores se distribuyeron de un lado y del otro del terreno y después sonó un silbato. -Empezó -dijo Toni.
Agata volvió a asentir.
La pelota iba y venía, de vez en cuando se producía un encontronazo y un jugador o dos quedaban tendidos en el suelo durante un rato. Los otros intercambiaban manota­zos y en la tribuna la gente se enfurecía.
A la izquierda de Agata se produjo un tumulto. Había un grupo de pie, aislado del resto de los espectadores. No eran demasiados, pero hacían mucho ruido.
-La hinchada rival-informó Toni.
Había varios policías rodeándolos, no se sabía si para protegerlos o contenerlos. Se fueron tranquilizando, me­nos uno, que seguía de espaldas al campo e insultaba hacia la parte alta de la tribuna. Un policía lo tomó de un brazo, lo obligó a darse vuelta y le ordenó:
-Mire el juego.
Después, alrededor de Agata hubo más gritos y aplau­sos. Los jugadores de azul se abrazaban. Toni giró hacia la hinchada rival y, sin emitir palabra, les mostró el dedo ín­dice y lo mantuvo en alto, en un gesto que evidentemente queda significar: uno. Se volvió hacia Agata:
-Vamos ganando. Agata asintió.
-¿Cuál le gusta de los nuestros? -preguntó Toni.
Agata buscó con la mirada y señaló a un jugador:
-Ese muchacho de pelo largo. ¿.Por qué ése?
Se parece a mi nieto.
Hubo un nuevo estallido y más abrazos.
-¿Gol? -preguntó Agata.
Toni giró otra vez hacia la hinchada de Aduino, levantó dos dedos y los mantuvo arriba, siempre sin hablar.
En la cancha seguían los encontronazos y las caídas.
Agata estaba impresionada con tantos golpes. Toni, con­tento como un chico, bromeaba, se hacía el gracioso: -¿Por qué se estarán peleando tanto por una pelota? ¿Por que no le dan una pelota a cada uno y así se quedan tranquilos? ¿Verdad, señora?
-Claro -dijo Agata.
Después algo debió andar mal en el partido, porque en el término de minutos, en dos oportunidades, la gente pa­reció volverse loca, bramaba, sacudía la alambrada y algu­nos se trepaban. Agata nunca había oído insultar y blasfe­mar tanto. Detrás de ella, una mujer gritaba:
-Arbitro arruinafamilias.
Le resultó curioso el insulto y se dio vuelta para verle la cara.
Hacia la izquierda, en cambio, los de la hinchada rival habían comenzado a cantar. Parecían ignorar la amenaza que los rodeaba. Cantaban mirando el cielo, agrupados y solemnes, como entonando el himno.
Toni estaba junto a un hombre de lentes, alto y elegan­te, de sombrero, que hasta ese momento se había manteni­do en calma. Ahora los dos se desgañitaban hombro con hombro y el elegante arrojaba el sombrero al piso, lo le­vantaba y lo volvía a tirar. Toni, la cara roja, los ojos extraviados, miró a Agata y dijo: -Señora, los delincuentes más grandes de este mundo son los árbitros de fútbol.
-Sí -dijo Agata.
Inmediatamente los jugadores abandonaron el campo y Agata preguntó si el partido había terminado.
-El primer tiempo -dijo Silvana-. Pero si quiere po­demos irnos.
Saludaron a Toni, que se mostró decepcionado por la deserción, compraron castañas asadas al pie de la tribuna y salieron del estadio.
-En mi época también era así -dijo Agata-. Desde mi casa se oían los gritos. Me acuerdo que cuando termi­naban los partidos la gente se quedaba esperando que sa­liera el árbitro para lincharlo.
Tomaron hacia la derecha y pasaron por el terreno que separaba la cancha de fútbol del cementerio. En el medio, bajo los grandes árboles de hojas doradas, había un carro­mato y un cartel que anunciaba la próxima instalación de un circo. Ahí era donde se fusilaba al finalizar la guerra. Lo hacían junto al cementerio, para no tener que trasladar los cadáveres. El declive que en aquella época bajaba del camino al terreno había sido nivelado. Por ese declive em­pujaban a los hombres antes de dispararles.
Desembocaron en el acceso al puente de hierro. Comen­zaron a cruzarlo y se detuvieron en la mitad. Ahí el río se ensanchaba y se aquietaba en un remanso donde el agua parecía inmóvil. Cincuenta metros más allá, superadas las piedras que formaban un dique de contención, se producía una cascada breve y recomenzaba la correntada. Había una liebre ahogada en aquel remanso. Flotaba de perfil, las pa­tas delanteras encogidas y las traseras estiradas, en la acti­tud del salto. La liebre tenía la misma tonalidad rojiza de los bosques y era una mancha neta en aquel estanque color verde botella. Casi no se movía. Tardaría mucho en llegar a la cascada. Agata y Silvana la miraron durante un rato.
-A las seis cruzo a Coseno -dijo Silvana-. Me quedo hasta mañana. Vito ya está bien. Vaya preparando sus co­sas. El lunes salimos rumbo a Venecia.
Agata tardó en hablar. Por fin dijo: -¿Todavía querés ir?
-Seguro. ¿Usted no?
-Yo sí.
-Entonces vamos.
Nuevamente, Agata esperó que Silvana mencionase a Vito. Pero Silvana no volvió a hablar. Se trepó a la baranda del puente, se paró y se alejó de Agata, haciendo equilibrio con los brazos abiertos. Agata contuvo la respiración y apretó con fuerza los barrotes de la baranda. Silvana llegó hasta una de las gruesas vigas oblicuas, la abrazó y comen­zó a subir. Pasó a otra viga que cruzaba la primera, des­pués a otra y siguió trepando en zigzag. Alcanzó la parte superior del puente, se tomó con ambas manos de la últi­ma viga horizontal, separó el cuerpo y los pies del punto de apoyo y quedó colgando. "¿Qué hace?", se preguntó Agata. No se animaba a moverse, no se animaba a hablar, estaba paralizada. Pasaron los segundos y Silvana seguía allá arri­ba, quieta, colgada de sus brazos, una mancha clara entre la estructura negra del puente. Había mucha calma alrededor, en los bosques, en la monotonía del agua. Agata hu­biese querido gritarle que bajara. Pero tenía miedo. Le pa­recía que, en tanta paz, cualquier señal de desorden, inclusive su voz, hubiese alterado el equilibrio en que se apoyaba la seguridad de Silvana. Seguía apretando los ba­rrotes oxidados y enviaba hacia arriba órdenes mentales. "Basta, basta, ¿hasta cuando vas a resistir?". Por fin, una de las piernas de Silvana se separó de la otra, tanteó y en­contró dónde apoyarse. Silvana se deslizó hacia la viga oblicua y comenzó a bajar. Pisó la baranda en el mismo punto donde había comenzado el ascenso y vino hacia el centro del puente con los brazos abiertos. Saltó al piso y se colocó junto a Agata.
-¿.Por qué hiciste eso? -preguntó Agata.
Silvana no contestó y de nuevo se pusieron a mirar el agua. La liebre seguía en el mismo sitio. Después Silvana dijo:
-Me parece que nunca vaya poder perdonarle a Vito lo que me hizo. Sobre todo que haya tomado las pastillas es­tando yo ahí.
En el puente ya no daba el sol y a Agata le pareció que el silencio se había agrandado todavía más. Ahora su atención estaba dividida entre las recientes palabras de Silvana y el movimiento de la liebre que, muy despacio, había comen­zado a girar sobre sí misma.



*de La tierra incomparable, © Editorial Planeta (1994), © Antonio Dal Masetto.







Jueves, 06 de Marzo de 2008
A PROPOSITO DEL DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER


Postales de un estado de cosas*


La posición actual de la mujer es un claro ejemplo de cómo lo establecido, lo dolorosamente estatuido puede y debe interpelarse. Así, los cambios impactan en la sociedad toda.

Simone de Beauvoir escribió en "El segundo sexo": "No se nace mujer: se llega a serlo". Aspiraba que alguna vez estuviera perimido, pero lamentaba que sostuviera su vigencia.


Por Laura Capella *


El "Día Internacional de la Mujer" fue establecido por las Naciones Unidas en 1975. Su origen se remonta al 8 de marzo de 1857 cuando se produjo la primera huelga de trabajadoras de la industria textil y del vestido en la ciudad de Nueva York. En la misma ciudad, en 1908 las obreras iniciaron una
huelga en la Fábrica Colton y tomaron el establecimiento. Ellas pedían igualdad de salario entre hombres y mujeres, descanso dominical y reducción de la jornada laboral. Las huelguistas fueron encerradas y el edificio fue incendiado. Murieron quemadas ciento veintinueve mujeres.
El año en que esas mujeres fueron masacradas en Nueva York, hace cien, nacía en Francia Simone de Beauvoir. En su obra El segundo sexo, dice: "No se nace mujer: se llega a serlo. Ningún destino biológico, psíquico o económico define la figura que reviste en el seno de la sociedad la hembra humana; es
el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino". Simone de Beauvoir aspiraba que ese libro alguna vez estuviera perimido, pero lamentaba que por el contrario, sostuviera su vigencia.
Del 29 al 31 de diciembre pasados, más de ciento cincuenta voces femeninas y morenas le explicaban al mundo por qué luchan, desde el encuentro de mujeres en La Garrucha, territorio rebelde zapatista. Estas mujeres, en la última década del siglo XX comenzaron a recorrer junto a los hombres de su pueblo, pero también en muchos aspectos, en contra de los mismos, un camino de subjetivación que las colocaba más allá de propios y ajenos; ya que al derecho de pernada que practicaban sobre ellas los patrones se unía a la naturalidad con que el maltrato, violación y desprecio era ejercido por sus padres, maridos y hasta hijos. Ellas cuentan en ese encuentro, que nacer niñas era motivo de desprecio y hasta las comadronas cobraban menos si traían al mundo a una niña que a un niño.
Por otro lado en la ciudad de Montevideo, este carnaval, cincuenta y cuatro mujeres de diversas profesiones, entre ellas una carpintera, integran la primera cuerda de tambores "totalmente femenina". Este grupo, "La melaza" nació cuando un grupo de amigas se reunió en los actos por el día de la mujer en marzo de 2005.
Postales de un estado de cosas que no es simple ni debemos simplificar; creo que la posición de la mujer actualmente es un claro ejemplo de cómo lo establecido, lo dolorosamente estatuido puede y debe interpelarse, de cómo el trabajo del alquimista es una bella metáfora para pensar estos procesos
personales y sociales en los que, como dicen las mujeres zapatistas se ha "transformado en purito gusto lo que antes era vergüenza de hablar".
Que como ocurrió a esas mujeres uruguayas, el 8 de marzo se constituya en punto de partida de un acto de creación y de toma de palabra; sabiendo que los cambios que las mujeres produzcamos en nosotras mismas impactan en la sociedad toda, y pasan a formar parte de la obra colectiva de la humanidad
de la que gustaba sentirse parte Sigmund Freud.


*Psicoanalista. Foro en defensa de los DDHH del Colegio de Psicólogos Rosario.

-Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/21-12612-2008-03-06.html






EL HAMBRE*



*de Nicolás Guillén



Éste es el hambre. Un animal
todo colmillo y ojo.
Nadie le engaña ni distrae.
No se harta en una mesa.
No se contenta
con un almuerzo o una cena.
Anuncia siempre sangre.
Ruge como león, aprieta como boa,
piensa como persona.

El ejemplar que aquí se ofrece
fue cazado en la India (suburbios de Bombay),
pero existe en estado más o menos salvaje
en otras muchas partes.

No acercarse.


*del libro “El Gran Zoo”. Editorial Quetzal, Buenos Aires, 1967
-Enviado para compartir por Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar








Jueves, 06 de Marzo de 2008

Los gatos de Rivadavia*


*Por Enrique Medina


Terminan de jugar al ajedrez y echan una caminata para reacomodar los huesos del atascado cuerpo. La plaza está en su esplendor. Hay gente de todo pelaje y por donde sea. Buscas a la pesca. Colas de dinosaurios reventando colectivos. Maltraído, un arrebatador con portafolios cruza la avenida corrido a los gritos por el asaltado. Otros miserables controlan a sus minas. Minas negras, minas teñidas, minas feas, gordas-regordas, sentadas con la misma hidalguía que las alemanas de Francfurt y Osaka, y en ello el atractivo. Conversan, ríen, se las ve simpáticas. Educados, con elegante discreción los ajedrecistas saludan y ellas les hacen el guiño correspondiente y agradecido. Los amigos son jubilados y con amistad de años. Wilde, uruguayo, harto en toda la vida de tener que aguantar siempre a algún atento pelotudo que le pregunta si Wilde es apellido. Y él que no, que es nombre, y no sé por qué carajo me llamo así y basta. En cambio, Escopeta, que es apodo asimilado en la infancia cuando le decían "Flaco escopeta",
acepta, sin alterar su chicha-calma: Si sigo siendo flaco tengo derecho al apodo, y sonríe. Se sientan en el borde de los canteros, frente al monumento. Son tan veteranos en la plaza que tranquilamente pueden
abstraerse de la existencia misma que agita el caótico espacio. Ven sin ver, eso. Y charlan, cuando charlan. Y están en silencio, cuando ídem. No por nada especial, tienen su propio mundo, como cualquiera. Un chico le pregunta a su madre: "¿Qué es eso que está lleno de gatos?". Y la madre tardando en
la duda, intenta: "Y... una casa... para gatos, como el Jardín Zoológico...".
Acostumbrado a salir en defensa de los símbolos, Wilde mueve su cabeza y explica a la madre y el chico que "eso" es el Mausoleo a Bernardino Rivadavia, primer presidente de nuestro querido país y esos gatos son su guardia pretoriana. La mujer promedia su enjuto rostro, seco y sin gracia, y sigue chupando el helado, como si en ello le fuera el esfuerzo del día. El chico se anima: "Guardia ¿qué?...". Y Wilde se despacha porque el chico le cae bien: "Pre-to-riana..., ¿eh?... Pretoriana, ¿sí?". El chico como que no,
como que es un poco mucho para él, así que, igual que la madre, chupa el helado para hacer tiempo. Y Wilde le dice que el fulano se llamaba Bernardino de la Trinidad González Rivadavia, conocido como Bernardino Rivadavia solamente y mucho más conocido porque la avenida Rivadavia es la más larga del mundo, y dentro del monumento está él; muerto, claro. El chico sonríe, mueve los ojitos y pregunta: "¿Arriba o abajo?". Wilde piensa que si ese chico fuera su hijo podría tallar un ser excepcional: "Arriba, la parte de abajo es la plataforma, el pedestal del monumento, monumento que hizo uno
de los grandes escultores argentinos, Rogelio Yrurtia". Hay un silencio en el que el chico deja que el helado se le derrita por un costado y dice: "¿Y los gatos?"... Wilde se acomoda mejor, como para enseñar, y larga el rollo sobre la guardia pretoriana, el César, el pretorio, el imperio romano y
termina con que los gatos vienen a ser un símbolo, el equivalente de nuestro tiempo, de aquellos valientes soldados que defendían con su vida al César.
"Son 574 gatos, ¡bien contados!, incluidos los 18 que nacieron este fin de semana." El chico lame el costado que se está derritiendo, mira al hombre en silencio, no está seguro si entendió algo o no entendió nada, pero sí sabe que le gustaría tener a ese hombre como padre, o abuelo; y le pregunta cómo sabe tanto. El no contesta, lo hace Escopeta: "Fue maestro y director de escuela". La mujer, que nada ha escuchado porque está pendiente de otra cosa, dice: ya llegaron; y se lleva al chico sin saludar. El chico al menos sacude la mano libre. "Cayeron los evangelistas", advierte Wilde. Se quedan en silencio. Al rato, Escopeta le dice: "¿Hacemos la revancha?". Wilde está de acuerdo: "Dale, vamos...".


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-100201-2008-03-06.html





Jueves, 06 de Marzo de 2008
Legado de sabiduria de Emilio Rodrigue

"Decidí celebrarme todo el día"*



En el recuerdo de Tato Pavlovsky, preciso y emocionado, Emilio Rodrigué se ofrece como el caso de un hombre capaz de dedicar un día entero a la celebración de ese otro que, en tercera persona, es él mismo. Rodrigué, psicoanalista y escritor, falleció el jueves 21 de febrero de este año.

Hernán Kesselman, Tato Pavlovsky y Emilio Rodrigué, en 1980.



*Por Eduardo Pavlovsky


En 1972, vivíamos juntos con el psicoanalista Emilio Rodrigué, en Libertador y Oro. El se iba a su consultorio de Ayacucho muy temprano a la mañana en una bicicleta vieja que se había comprado, y volvía a la noche. Yo trabajaba en Esmeralda y Libertador, y la mitad de la semana iba al teatro Payró a actuar en mi obra El señor Galíndez y volvía tarde. La mayoría de las noches cuando llegaba lo veía a Emilio con alguna señorita en el sillón de nuestro living. Yo pasaba rápidamente, temiendo importunar alguna intimidad. Pero él me saludaba cordialmente, presentándome a la señorita de la noche. Lo que me
asombraba de la situación -Emilio siempre tuvo la facultad de asombrar- era que las jóvenes variaban según los días, pero Emilio mantenía siempre una misma posición física. Piernas cruzadas y su brazo izquierdo tocando suavemente el hombro derecho de la joven. Las jóvenes siempre estaban ubicadas a su derecha. La posición era extraña pero invariable. Lo que variaba eran las jóvenes. Debo aclarar que la posición de Emilio estaba distante de cualquier encuadre erótico. Por sus características yo presumía
que era un juego preerótico de estilo emiliano. Intraducible. Tenía algo de resabios de vieja alcurnia franelera.
Una noche, después de mi función de teatro, al entrar noté con sorpresa que el sillón estaba vacío, y escuché desde el baño la voz de Emilio que me gritaba: "Vení Tato, estoy solo". Emilio estaba totalmente sumergido en la bañadera, colmada de espuma y desde donde sólo emergía su cabeza. La espuma en la bañadera al estilo de Lana Turner o Marilyn Monroe. En un borde de la bañadera había varios Gráficos, la mejor revista deportiva de la época, y él tomaba simultáneamente un gin tonic con una larga pajita que desembocaba en el vaso y que el otro extremo culminaba en su boca. Como los dos somos de Independiente, me empezó a mostrar viejas fotos de aquella inolvidable delantera del '40 -Maril, De la Mata, Erico, Sastre y Zorrilla- pero, como había comprado 40 Gráficos viejos, también teníamos fotos de Michelli, Cecconato, Lacacia, Grillo y Cruz. ¡Era una fiesta roja! De repente Emilio me miró fijamente y me dijo: "Me jubilé por hoy y decidí celebrar a Emilio Rodrigué todo el día". Por la seriedad con que me lo dijo me di cuenta de que había que escucharlo y decidí sentarme en una silla cercana a la bañadera. Algún nuevo contexto de descubrimiento se avecinaba. Habló:
"Hoy me levanté temprano a la mañana y resolví festejar a Emilio Rodrigué. Pensé que se lo merecía después de tantos años de trabajo y con una abultada producción literaria y psicoanalítica. No usé la bicicleta y resolví llevarlo al Plaza Hotel en taxi para desayunar. Me parecía un buen comienzo.
Un buen desayuno siempre es bueno para empezar el día con energías. Después de las lecturas de los diarios, que no fue precipitada sino gozosamente saboreada, y hasta leyendo secciones de los diarios que nunca leo en días de trabajo, por ese apuro imperioso de leer el diario en diez minutos entre paciente y paciente. A las 11 de la mañana lo invité a caminar por la calle Florida pero muy lentamente, como gozando la calle en esa nueva armonía cadenciosa. Respiraba profundamente mientras miraba libremente y sin apuro las bellezas femeninas que pasaban a mi lado. A algunos culos les dedicaba el tiempo que merecían. A las 12 tuve una imperiosa necesidad de leer Gráficos viejos y lo llevé a la calle Azopardo, donde los vendían. El primero que abrí tenía la foto de Capote De la Mata en el famoso gol a River
en el Monumental, de 1937. Era una foto de museo. Ahí fue cuando decidí llevarme todos los Gráficos que podía. La sensualidad de esas hojas amarillentas me enloquecía. El vendedor, un hombre maduro, me señaló al pasar: 'Parece que el señor es de Independiente'; salió rápidamente hacia otra oficina y volvió con una foto de Erico del día que le ganamos 7 a 1 a Boca en Avellaneda. 'Tome, es suya, se la merece, llévela'. Me hizo un enorme paquete y salí de la calle Azopardo emocionado. Tomamos un taxi y
volvimos a casa para dejar los Gráficos bien guardados. Te confieso Tato que tuve miedo de que si llegabas por la tarde me los pudieses robar, una foto de Erico para un hincha fanático como vos es una pieza de museo muy deseable. Guardé todo el paquete y cerré con llave la puerta del cuarto.
"Almorzamos en un restaurante japonés en la calle Mendoza cerca de Libertador. Buen vino, buen postre y un buen coñac. Nunca gocé tanto en no tener que trabajar por la tarde. Fuimos a casa y dormimos una saludable siesta. A las 5 lo invité a correr y accedió. Hablaba muy poco. Casi nada.
Tenía algo de autista funcional que me atraía. No invadía. Sólo acompañaba autísticamente. No hinchando las pelotas con preguntas boludas. Eso es lo mejor de los autistas.
"Al volver a casa a eso de las 7, vimos algún noticiario por televisión y al rato le ofrecí cocinar para los dos un buen lomo que tenía en la heladera con papas fritas y acompañado por un Bianchi Borgoña. Después de la cena estaba contento de haber festejado a Emilio Rodrigué. No es un hombre que
expresara mucho, pero sus ojos delataban la alegría de haber pasado un buen día. Creo que llegó a decir gracias. Mucho para su reserva habitual. Para su autismo funcional e instrumental. Gracias a su autismo instrumental, James Dean se cogió a todas las minas de Hollywood.
"Cuando me quedé solo, llené la bañadera con agua caliente y le puse espuma de baño que una mina me había regalado. Traje todos los Gráficos y los apilé cerca de la bañadera. Traje también una botella de gin y cuatro tónicas y una pajita japonesa de 40 centímetros para ocasiones como ésta y me metí en
la bañadera.
"La lectura de los Gráficos viejos tomando gin tonic sin reserva me producía un éxtasis excepcional. No era éxtasis de yerba. Era éxtasis de gin, Gráficos y espuma. Todo junto. Suspiré profundo y dije: 'Qué bueno haberme celebrado así'. En ese momento llegaste vos y tuve la imperiosa necesidad de relatarte la experiencia. Te veo llegar con cara de soldado del frente de Stalingrado que ha cumplido bien su faena militar. Yo no niego que hacer teatro pueda ser para vos una manera de celebración, pero es todavía
demasiado exigente. Hay que hacerlo bien. Hay que trabajar. Vos te celebrás poco, Tato. Las que saben celebrarse son tus minas, por lo menos las que conozco. A ver si la entendés: Tato tiene que celebrar más a Tato, tiene que festejarlo más, tiene que exigirle menos, tiene que enseñarle a perder el tiempo. Vos no sabés perder el tiempo. Sos un ruso de batalla. Siempre en la línea de combate. Celebrate, amigo mío. Yo necesito que vos te festejes más, te mimes más, como lo hice hoy conmigo. Date un día para vos; sin minas, que exigen tanto. Un tiempo de puro festejo tatista, de celebración pura".
Mientras escribo esto estoy llorando.
Rodrigué continuó:
"Sin exigencias. Dejá Stalingrado por un día, pedí licencia". Yo estaba emocionado. Nunca Emilio me había hablado así, con tanto cariño explícito.
Empezó a buscar entre los Gráficos y sacó la foto de Erico. "Tomá, te la regalo, que la foto sirva para tu primera celebración. Celebrate hermano, que te lo merecés" y, de repente, como si yo no estuviera, tomo un Gráfico y siguió leyendo, ensimismado. Yo me levanté lentamente de la silla, me fui a mi cuarto con la foto de Erico en la mano y me senté en la cama. Pensé: ¿podré realmente celebrarme como este hijo de puta? Me resultaba difícil tanto placer junto. Pero la experiencia fue importantísima en mi vida. Lo mire a Erico en la foto y me puse a llorar. Erico ya había muerto, como hoy está muerto Emilio Rodrigué. Pero sus recuerdos siguen vivos en todos los que lo quisimos tanto.
Celebrarse, ¡qué palabra inventada! ¡Qué palabra tan emiliana!


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/psicologia/9-100180-2008-03-06.html





Más años es tal vez más felicidad*


La conciencia de los límites, el peso de la experiencia e incluso ciertos cambios en la actividad cerebral pueden redundar, en la vejez, en una mayor satisfacción frente a lo cotidiano como también en la capacidad de desestimar emociones negativas.


*Por Ricardo Lacub
Fuente: PROFESOR ASOCIADO DE PSICOLOGIA DE LA TERCERA EDAD Y VEJEZ


Es posible pensar la felicidad por fuera de los ideales sociales que nos auguran logros, reconocimiento y poder? ¿En qué medida la consciencia de los límites nos permite acercarnos al goce de lo cotidiano?
La felicidad, que aparece hoy como un nuevo tópico de investigación científica, aun cuando siga generando suspicacias y dudas por su complejidad conceptual, nos arroja datos cada vez más sustantivos y consolidados que nos acercan a temáticas abordadas desde hace siglos por filósofos y pensadores
que buscaban "ese oscuro objeto del deseo".
Cuando se aborda esta cuestión en relación con el envejecimiento, se produce una especial curiosidad y sorpresa.
Recientemente, en un estudio de la Universidad de Warwick y Dartmouth College, se recolectaron datos de 2 millones de personas, en 80 países (inclusive el nuestro). Los resultados mostraron que las personas de mediana edad disminuían los niveles de felicidad; un dato curioso indicaba que para volver a alcanzar los niveles de los 20 años había que esperar hasta los 70.
Este dato es consistente con otras investigaciones, entre las que se destaca la de Pond Lacey (Journal of Happiness Studies, 2006), donde fueron evaluadas personas de aproximadamente 30 y 70 años y se descubrió que éstas últimas eran más felices. Son resultados que parecen sorprender hasta los
más optimistas.
Las explicaciones son variadas, aunque se remarca el peso de la experiencia y el paso del tiempo, los cuales permitirían un punto de vista diferente de la vida. La intensidad de las emociones parece suavizarse particularmente frente a las experiencias negativas, lo que muchas veces se denominó la
serenidad de la vejez. Esto no implica la no intensidad de los goces, sino un manejo más adecuado de lo molesto o nocivo.
Aun cuando las explicaciones sean predominantemente de orden psicológico, existe una fuerte evidencia sobre los cambios de la actividad cerebral en la percepción de los hechos negativos en las personas mayores. Por ejemplo, imágenes registradas por un resonador magnético revelaron que la amígdala, que es la parte del cerebro responsable de las reacciones emocionales y la memoria, no reacciona con la misma intensidad que en otras edades cuando se muestran escenas negativas.
Los investigadores Stacey Wood y Michael Kisley (Psychological Science, 2007) grabaron la actividad cerebral de adultos a quienes se les mostraron una serie de imágenes positivas y negativas, tales como un helado o un animal muerto. Mientras que los jóvenes (entre 18 y 25) dieron más importancia a las imágenes emocionalmente negativas, los adultos mayores (55 y más) prestaron más atención a las positivas. Otros estudios agregaron a estas conclusiones la más rápida recuperación frente a eventos negativos.
Stacey Wood (Los Angeles Times, 2007) sostiene que se produce un manejo diferente de la información emocional en el procesamiento cerebral. Esto podría remitir a la antigua noción de sabiduría, interpretada como la habilidad para integrar la información que proveen las emociones, siendo más
capaces de sopesar y no hallar tan disruptivo lo negativo o discordante.
Mientras que algunos consideran que "los golpes de la vida" podrían enseñarnos lo esencial -es decir, lo que tiene valor para el sujeto-, otras perspectivas complejizan las explicaciones. La psicóloga estadounidense Laura Carstensen viene desarrollando investigaciones sobre las emociones en la vejez en el Centro de Longevidad de la Universidad de Stanford, tratando de comprender "la predisposición a lo positivo".
La explicación es que el control emocional, que redunda en un más amplio nivel de satisfacción, se debe a la creciente consciencia de finitud y la percepción de un tiempo limitado por vivir, lo que tiende a generar una mayor selectividad emocional, generalmente asociada a objetivos más afectivos, personalizados y con una fuerte focalización en el presente (Psychology and Aging, 2002)
Esta misma perspectiva, en la que la sensación de cierta provisionalidad es más real y palpable, permite darle a la vida más valor y sentir más agradecimiento, así como también enfocarse más sobre los aspectos positivos y promover con ello una mayor satisfacción vital.
La paradoja de la vejez parece radicar, según Carstensen, en que a pesar de que existe cierto declive físico y cognitivo, se incrementa el bienestar psicológico.
Esto no implica que sea una experiencia de todos los mayores. Ciertos niveles de padecimientos físicos o económicos podrían limitar estas vivencias, así como las características neuróticas del sujeto no disminuyen con la edad.
Borges, en el cuento "El inmortal", siguiendo una tradición existencialista, describía el aburrimiento que generaba la falta de prisa de aquellos cuyas vidas carecían de un límite de tiempo. La cercanía del fin puede producir pánico o puede hacer brotar la experiencia más rica del ser humano: el goce
de lo cotidiano.


*Fuente: Clarín
http://www.clarin.com/diario/2008/03/06/opinion/o-03101.htm





*


Aquí
entre algún tunal perdido,
sembrando pájaros al borde del barro
alarmando lágrima.
En su cintura cósmica del paisaje
Horizontal y maíz dice el silencio.
Un vino de su raíz en tu palabra compadre
En el Cuyo que amo
por hembra madre.
Que una gota de este vino dispare futuro,
por el barro frío de tus madrugadas,
sor el sueño país en labios hermanos.
Por grito incomprendido.
Porque Jorge no bebía ginebra,
nosotros áspero vino de jornal.
Porque entre rejas somos y fuimos libres.

Vos,
dura sangre andina
Yo áspero litoral.



*de ricardo d. mastrizzo.






*

Queridas amigas, apreciados amigos:


El domingo 9 de marzo del 2008 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Pablo Espada. Las poesías que leeremos pertenecen a María Elena Solórzano (México) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les
deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!


REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067





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