domingo, agosto 22, 2010

SOBRE LA PIEDRA DEL SUEÑO...



ILUSTRACIÓN: WALKALA. http://www.walkala.eu/


Paseo*



Hoy quisiera que un ser extraterrestre me llevara por el espacio en su nave.
Recorrería con él las ciudades más importantes. Intentaría apropiarme de la luz templos sagrados como el Tahal Majal y ser iluminada por la sabiduría de la meditación. En ese estado, descubriría los misterios de la reencarnación.
Despojada de mis primitivas y odiosas emociones primitivas, intentaría adentrarme en la jugosa pulpa de las flores de loto. Flotaría por los lagos cristalinos de la paz y la humildad.
Tendría una charla cara a cara con Borges y quizás podría, a pesar de su ceguera contemplar el Aleph con esos ojos mudos, sagaces y tan sarcásticos. Con la inteligencia de sus ficciones me dejaría llevar por los laberintos del género humano.
Observaría paulatinamente el tiempo de la metamorfosis de los huevos de los gusanos que producen la extraordinaria suavidad de la seda. Me confortaría palpar la delicada tela oriental, dejándola deslizar por mis manos.
Me internaría en las oceánicas profundidades de los guiones de los sueños. Me sumergiría plácidamente en los diversos niveles de montaje de la alucinación. Las imágenes visuales rodarían con personajes difusos y condensados. Circularían por las lumbreras de la atemporalidad. El espacio tiempo unido en sus apariciones acoplaría el calor de mi abuela con su exclusivo perfume. Acariciaría a mi perra collie con aquella inexperiencia que no le interesa solamente la verdad. Dialogaría con mis amigos del barrio y en el mismo plano estaría jugando con ellos a las escondidas. Buscaría el mejor lugar para ocultarme. Podría palpar el entretejido de las formas simétricas de las telarañas y sentir el vibrar de sus hilos, despojada del miedo a lo desconocido.
Viajaría, luego a Verona para presenciar las escenas de amor de Romeo y Julieta. Bebería un sorbo de la pócima que preparó fray Lorenzo para fingir por dos horas la muerte falsa de un amante.
Al despertar, embriagada recorrería las pirámides de Egipto: Keops, Kefrén y Micerino y observaría, también la pintura egipcia sin perspectiva, para que la escena se mantuviera exacta en el más allá.
Luego de recorrer tantos paisajes, me recostaría a descansar en una playa. Hundiría mis pies en la arena. Con mis ojos entrecerrados contemplaría el atardecer respirando profundo el aire puro del mar.
Luego, reposaría un tiempo para emprender nuevamente el viaje.-



*de Azul. azulaki@hotmail.com





SOBRE LA PIEDRA DEL SUEÑO...




La luna*



La luna me sigue
Por detrás del ventanal
Esta observando con su sonrisa
Cada uno de mis sentimientos
Distingue mis pasos
Mis locuras y delirios.


En la reserva de la noche
Cuando asoma por el vidrio
De mi ventana
Está allí luminosa
Tierna y distante
Cómplice de mis insomnios
Mis sueños y mis amores.-



*de Azul. azulaki@hotmail.com






EL PESEBRE DEL HERMANO ROGELIO*




Todos los años en navidad gozábamos de un espectáculo gratuito en el templo parroquial, colorido y espléndido: el pesebre. Armado con verdadera pasión y solvencia por el sacristán, Hno. Rogelio Scortagagna. Empleaba una semiala donde estaba uno de los altares laterales, en este se veneraba a San Antonio, el santo más amplio y de mayor cobijo. Aparte de los enamorados, protegía a las aves de corral y animales de granja; por lo que los colonos de la comarca le imploraban protección, y porque no, también sabían reconocerle sus favores. Al lado de este pequeño altar de marmolado barandal y balaustrada, siempre hubo una importante alcancía, donde algún colono se acordaba de agradecer poniendo una limosna, para “el pan de los pobres”. Entonces desde mediados de diciembre hasta mediados de enero, el santo se tomaba licencia, o al menos atendía en otra parte.
Pero el Pesebre valía la pena. Todo el mundo acudía en navidad a ver el pesebre que se mostraba hasta después de Reyes, cuando le agregaba al nacimiento la llegada de los magos y sus camellos. El pesebre tenía cientos de piezas, aparte de las centrales como San José, la Virgen y el Niño; personajes como pastores o viandantes, que se movían por senderos entre lomadas y llanos, ovejas, vacas, burritos y otros animales, todos a una escala armónica. Las pequeñas casas tenían lucecitas que iluminaban sus interiores, y pequeños pueblitos se divisaban en las montañas más lejanas. Las saltarinas corrientes de agua bajaban entre las piedras, y puentecitos de cuentos se veían en sus cursos. Los complejos mecanismos necesarios para los distintos movimientos, eran en su conjunto una obra artística y de verdadera ingeniería. Todos los años se permitía variantes que maravillaban a los visitantes, tanto niños como mayores. No sólo del pueblo, sino de otras partes, se llegaban como una escapada, un pequeño turismo, para ver el pesebre del hermano Rogelio.
Él tenía tanto gozo con su puesta en escena, que durante todo el año se iba ocupando en planear el próximo, de conseguir nuevas piezas, de restaurar las que iban sufriendo algún deterioro.
Había piezas que pegar, rellenar, repintar, en fin, ir renovando casi todos los años. Por eso un día tenía en mi casa unas veinte o treinta piezas; algunas de yeso, otras de loza, de un tamaño que podría compararse a una botella de litro. Todas delicadas, que requerían manejarlas con el debido cuidado.
Una noche quedó a dormir en casa un primo que nos visitaba, que yo conocía por su particularidad de ser sonámbulo, pero no pasivo, no de levantarse y caminar; sino de moverse violentamente, tirando manotazos, saltando… Yo pensé en mis figuras del pesebre, que tenía una al lado de otra, paraditas sobre la mesada del toilette. (Qué desparramo podría hacer si esta noche le diera por levantarse así como yo pensaba…, tendría que juntar los pedazos con cucharita)
Me apuré a bajar los bichos y personajes, y los amontoné bajo el mueble, lo más protegidos posible. Hombre prevenido vale por dos…
Más tarde, todos dormidos, en el silencio y la quietud de la noche; mi primo saltó en la cama, guiando un coche imaginario, tratando de controlar unos caballos desbocados, a voz en cuello, agitadísimo, saltaba de la cama al suelo, y del suelo a la cama, mientras a grandes manotazos arrasó con la lámpara, algún vaso, y todo lo que había sobre el mueble, donde podrían haber estado las preciadas piezas del pesebre. La cama de hierro se desarmó y se derrumbó con tal estrépito, que él se despertó y vio cómo se encendían luces y los de casa acudíamos estupefactos, tanto como mi primo mismo, que nos miraba tratando de entender que hacíamos todos allí, observándolo entre el colchón y los respaldos caídos de la cama…y el desparramo de vidrios en el suelo.
Pero ninguna de las piezas resultó dañada.
El Hno. Nunca supo como peligraron sus figuras del pesebre, sólo tenía ojos para apreciar las mejoras que veía en las restauraciones.
-Celso, esta vez te salieron mejor que nunca…-




*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, Santa fe; 21 de julio de 2010.







Características de los padres que quieren adoptar*



Idem que los demás papás

- Paciencia

- respeto por el pasado del niño y su familia de origen

- deseo real de la pareja (ambos)

- flexibilidad y apertura frente a situaciones críticas

- persistencia en la búsqueda de lo que desean

- haberse recuperado de las situaciones traumáticas, en lo posible a raíz de la infertilidad o embarazos frustrados.

- conocimiento de la ley de adopción

- apertura a tratamientos psicológicos

- sentirse verdaderos padres, después de un período de relación, no idealizando la maternidad-paternidad ni tampoco al hijo; pues luego de un tiempo de convivencia los hijos ideales caen para convertirse en hijos reales
Además:

- hay familias que tienen hijos biológicos y que desean, además, incluir en su matriz a niños que necesitan ser insertados en un grupo que ejerza las funciones parentales

- familias que han adoptado niños y desean incorporar otros que pueden tener o no una relación biológica con los que ya han acogido

- capacidad de brindar amor y proyectar un futuro con ellos “para siempre”.

- reconocimiento y afirmación en la educación que les van a brindar

- poder implementar el ejercicio de las funciones maternas y paternas con dedicación y autoridad bien entendida ( respetar las características personales de cada niño y reconocer sus potencialidades )


Consideraciones: en los trabajos de vinculación que he realizado, aún hoy después de años de experiencia me asombra y emociona el potencial de afecto de las personas que están dispuestas a adoptar.




*De Azul. azulaki@hotmail.com









El hijo que salvó a su padre del olvido*



*Jorge Fernández Díaz
LA NACION


Todavía sueña con su padre. Y son, invariablemente, sueños conversados.
Discuten sobre literatura y sobre la vida. Como antes, como siempre. Julio murió hace ocho años entrando en su casa, en brazos de una hermana de Guillermo y por culpa de un enfisema que le produjo un brusco paro cardiorrespiratorio.
La mala noticia le llegó al hijo en el aeropuerto de Jujuy, donde había viajado para dar una conferencia. "Volé a Buenos Aires y de ahí me tomé un ómnibus hasta Bahía Blanca -me cuenta-. Es la persona que más quise en el mundo. Mi gran interlocutor."
Guillermo Martínez se ha convertido en uno de los narradores más destacados de la nueva generación y es, actualmente, el escritor argentino más traducido en el mundo después de Julio Cortázar. Escribió de joven una obra maestra de la novela breve: Acerca de Roderer . Ganó el Premio Planeta por Crímenes imperceptibles y logró que Alex de la Iglesia la filmara con un casting en el que lucía John Hurt.
Esa historia, que transcurre en Oxford, se tradujo a 35 idiomas y se transformó en un robusto best seller en Gran Bretaña. "Guillermo logró algo único -confiesa su editor local-. Venderles novelas de enigma a los ingleses es como venderles bifes a los argentinos o naranjas a los paraguayos."
Aunque no era una intriga tradicional, estaba combinada con la otra gran pasión de Martínez: las matemáticas. "A mi padre le encantaba que yo amara por igual las matemáticas y la literatura -recuerda-. Pero esperaba que eligiera ingeniería, una carrera seria con la que podía ganarme la vida.
Cuando elegí matemáticas se asustó. Pero fijate, al final las matemáticas me llevaron dos años a Oxford y luego a recorrer el mundo. Y ser matemático me permitió comprarme mi primera casa."
No hubo, sin embargo, la clásica tensión entre padre e hijo. Guillermo nunca tuvo la pulsión adolescente de "matar al padre". Y Julio se corrió siempre del lugar de castrador. Ocho años después de su muerte, el hijo emprende una tarea titánica y conmovedora: probar que su padre era un gran escritor secreto. Dentro de unos días llegará a las librerías Un mito familiar , que reunirá una nouvelle y varios de los doscientos cuentos que Julio escribió a lo largo de varias décadas sin preocuparse jamás por publicarlos. Julio pertenecía a esa extraña y fantasmal comunidad de escritores que escriben por auténtico amor al arte, sin anhelos de exhibición.
Cuando Guillermo puso manos a la obra tuvo que vérselas con varias cajas donde además había poemas, cinco obras de teatro, un libreto para cine, tres guiones de historietas y cuatro novelas, que su padre escribió como resultado de haberse sentido de algún modo desafiado por el éxito de Acerca de Roderer . De vez en cuando recibía premios y menciones en algunos concursos, y ciertos textos formaban parte de antologías de cuentistas argentinos, pero Julio G. Martínez centralmente fue un escritor anónimo con un hijo célebre.
Recuerda Guillermo que su padre nació en 1928, que pasó parte de su niñez en el campo y que después se mudó con su familia a Bahía Blanca. La dura formación católica no le impidió el ateísmo socarrón: mientras estudiaba ingeniería agraria en La Plata leyó y subrayó rabiosamente El capital y se convirtió al marxismo-leninismo. Era ingeniero agrónomo a los 22 años, pero eso no le resultaba suficiente. A lo largo de los años cursó materias de Letras, Matemáticas, Filosofía y Economía. Fundó el primer cine-club de Bahía Blanca, se afilió al Partido Comunista y militó gremialmente en la Federación Agraria: durante el plan Conintes allanaron su casa, desvalijaron su biblioteca y lo metieron preso dos meses.
Escribe Guillermo las claves con que Julio crió y educó a sus hijos: "Nos enseñó a jugar al ajedrez a los cuatro hermanos, y mientras estábamos en la escuela primaria compró los libros Papi de matemática moderna para lo que llamaba la «educación complementaria». También, para asegurarse de que no
pudiéramos escapar a la lectura, se negó a comprar televisor durante toda nuestra infancia. Los domingos nos reunía a la mañana para leernos un cuento y a continuación debíamos escribir una redacción en un certamen literario de entre casa. Nos calificaba en cinco ítems: originalidad, resolución, redacción, prolijidad y ortografía. El premio era un chocolate y el honor de ser pasado a máquina en su vieja Olivetti de teclas restallantes, donde escribió buena parte de su obra".
Durante la última dictadura militar fue despedido de la Escuela de Agricultura y Ganadería bajo la acusación de "peligrosidad subversiva", y contrajo depresión y buscó como medicina fundamental escribir todos los días. En un momento, se impuso la obligación de redactar un microcuento diario. El resultado de ese extenuante ejercicio se llamó Golpes bajos , y cuando estuvo terminado Julio lo metió en un cajón y lo olvidó.
Además de la infatigable lectura, que iba desde el Séptimo Círculo hasta Hegel, pasando por Sartre, Ballard, Nabokov, Lispector y tantísimos más, el patriarca de los Martínez gozaba con la piscicultura. Llenaba la casa de peceras, criaba Carassius , buscaba técnicas de inseminación artificial para una variedad determinada de lebistes, se escribía con piscicultores de todo el mundo y tenía en el campo un tanque australiano acondicionado para sus reproductores. Dice su hijo que en los tiempos difíciles de la dictadura y la depresión se deshizo de todo y dejó la casa llena de peceras vacías. "No había pregunta para la que no tuviera respuesta, pero a la vez, le gustaba a veces fingir que vacilaba, porque era la excusa para llevarnos a la biblioteca a rastrear en los estantes y abrirnos un libro y un mundo -escribe Guillermo en su prólogo-. Su pasatiempo favorito era contar a la hora de la cena historias de las que era imposible saber cuánto era verdad y cuánto ficción. Y cuando volvía del cine-club recreaba escena por
escena para los cuatros hijos absortos la película que acababa de ver."
Ya de grande tenía la costumbre de advertir al matemático de la familia, cuando éste le contaba el argumento de un proyecto literario, que eso "ya estaba hecho". Los eruditos son implacables con la imaginación literaria juvenil, en esa particular época cuando uno cree que las ocurrencias son absolutamente originales y que puede inventar de nuevo la pólvora. Los hijos y la esposa le rogaban siempre que publicara su obra, pero Julio no se movía de su ostracismo. En consejo familiar, mucho después de su muerte, los hermanos Martínez decidieron que publicarían en un primer volumen "sus
cuentos infalibles". Guillermo tuvo la misión de buscarlos, seleccionarlos, pasarlos a su versión digital y dejarlos listos para su edición. "Traté de ponerme en su lugar -dice-. Elegí cosas que fueran lo mejor de lo mejor y que representaran sus distintos temas." En este impresionante proceso, el hijo descubrió muchas cosas acerca de su padre: el cruce entre lo sexual y lo filosófico, su gusto por un estilo difícil y arriesgado, la variedad de tonos que buscaba y también un registro evocativo que estaba alejado del
escepticismo profesional o la mirada esnob. Como escritor, Julio G. Martínez podía ser cínico pero también sentimental.
Cuando el libro estuvo terminado, Guillermo lo dio a leer: los editores de Planeta quedaron sorprendidos por la calidad de esos textos, como si hubieran encontrado a un genio oculto de la literatura argentina, como si hubiera nacido un nuevo clásico. Jura el autor de Crímenes imperceptibles que no se manejó, para esta tarea que hubiera interesado a Freud, con el corazón sino con el cerebro. Pero al leer su prólogo me saltaron las lágrimas. Allí reproduce una discusión epistolar que tuvieron alguna vez
padre e hijo. El primero era más experimental que el segundo, y en una carta defendía a Carver y Cheever, los exquisitos cuentistas del minimalismo norteamericano. Decía textualmente Julio Martínez: "He encontrado en ellos lo fundamental para que el arte exista. La humanitas , el sentido apasionado
de la condición humana". Guillermo Martínez le responde recién ahora: "Yo también encontré siempre eso en tus cuentos, papá. Mucha suerte, y que tengas una larga vida literaria".
Aseveraba Pitágoras, el primer matemático, que el hombre es inmortal por sus deseos. Lo es también por sus hijos.



*Fuente: La Nación
http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1296751








UN INTENTO DE RETRATO...
UN FRAGMENTO DE VIDA...*



La foto ya ajada por el tiempo, y las humedades de esta Santa Fe acuosa la habían deteriorado bastante , la belleza de su rostro me decía todo...No era sólo un rostro en una gran foto...ella era la mujer que me dio la vida, con su juventud de cabellos a lo actriz de esa època y sus labios carnosos, una blusa delicada que cubría el cuello, blanca por supuesto inmaculada...Sin embargo su mirada extendía la posible visión de un futuro que tal vez previó en aquel entonces...O no?. No. En realidad nada fue como lo soñó, yo lo sé, porque la retratada tuvo la confianza y el cariño para contármelo ...
Sin embargo, cada vez que mi mirada posa largamente su visión en este cuadro u otros que tengo, me preguntó siempre: Si ella hubiese optado por otra vida; de lujos y tranquilos momentos, rodeada de amistades, tés y paseos, y con viajes a Europa... pero por supuesto que semejante mujer con la belleza que tenía debió haber tenido otros candidatos mejores, y no es por desmerecer a mi propio padre..
Ahora en asuntos del amor y las elecciones... quién puede saber?...nadie.
Los días de su vida que fueron pasando la llevaron a destinos jamás imaginados por su mente de mujer sí inteligente, incluso gran lectora, pero una cuestión son las aventuras noveladas o la filosofía o las obras de los grandes y otra muy distinta la vida misma, rodeada de todos los dolores y penas que una Srta. de su educación tal vez no estaba preparada para asumir...
Lo que siempre me revelan esos cuadros grandes, hechos con poses un poco irreales, fotos que eran pintadas o arregladas por el fotógrafo, es que las señoritas eran como modelos de las familias que luego estaban en el recuerdo de los comedores de sus padres...
Y partían, a realizar su vida...buena o mala, hipócrita o verdadera, no se sabía, pero partían con los deseos y abrazos de todos porque la joven comenzaba esa vida nueva para la cual toda la educación brindada debía servirle, a saber: desde el manejo de la casa, es decir la cocina diaria, las compras, ocuparse del llamado en aquel entonces servicio doméstico, una cena muy bien atendida con las copas que correspondían, amenizar con charlas cultas y también profundas de autores conocidos, ser en fin la perfecta anfitriona de un esposo que perfilaba su carrera de abogado y político, y de una familia que aún cuando austera conocida en la otra provincia por sus luchas en las filas de los radicales...
Lo increíble a tener en cuenta para los lectores de esta especie de crónica de vida, es que aún cuando ella sufrió mucho y como madre tal vez más que otras, ya que la vida la golpeó en todos los frentes posibles, y en el más duro: el saber, entender que su hijo más pequeño nunca iba a poder escuchar, es decir era sordo...tenacidad y sacrificio que abrazó como causa de vida, dejó todo por educar al niño...
Las interminables luchas posteriores durante su vida de mujer joven y luego madura...jamás ese rostro en la vida real, con sus alumnos y sus amigos... perdió la tenaz belleza del candor y la esperanza de vida...
Sus ojos venidos de abuela y padre suizo-germánico-, verdes pero de delicadeza felina marcaban el mismo derrotero en la estatura del que la fotografió y lo que ella luego significó para nosotros:su familia, sus hijos:Una bella y ejemplar mujer abrazándonos desde el cuadro y desde el privilegio de haber compartido sus ideales de igualdad y solidaria fraternidad...



Para mi madre a 7 años de su viaje sin regreso...
fallecida por causas colaterales -inundación 2003-



*de Mónica Nora Laurencena Berraz. monilaurencena@hotmail.com







UNO EN UNA*
(cuatro)




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com


Si una no estuviera sola, el jardín no estaría solo. Fin del mundo atlántico sobre el espesor de la lengua. Una mira alrededor pero hay un lirio que intenta retenernos los ojos y una teme que de él nos venga otra vez la propensión al caos. Porque una está lejos de los estados visionarios pero muy cerca de la confusión.


*

Desde el remoto punto de partida hasta el amuleto del entuerte, una vive de a ratos con Breton en la textura, de a ratos en los primeros pelos de la sombra y casi siempre en las advertencias de Marguerite: "Las mujeres no deben hacer leer a sus amantes los libros que escriben". Y la misma regla se aplica para las mujeres que tienen un marido y un amante. Una, que ha frotado tres veces el ojo de Breton sobre la piedra del sueño, se da cuenta de que después de decir "nunca me iré", siempre sale corriendo.


*


Para leer sí, pero para vivir, uno no puede taparse las orejas, porque las orejas son necesarias para oír que los otros tienen hambre de nuestra carne y nuestra alma humanas. Hambre de masticación. Hambre de deglución. Hambre de evacuación. Hambre de empezar todo otra vez, a la misma hora, en la misma
casa. Y uno, que conserva ciertos datos sobre sí mismo, distingue el hambre consumidor del hambre perceptivo. Entonces, uno no deja de servir su carne a los hambrientos, pero se reserva para sí la intimidad de los huesos.


*

Después de las sobremesas, una se envuelve en el papel de fumar y se toca tímidamente las rodillas. El lobo tiembla. El lobo nace en el tembladeral.
Una frunce la escotilla y llora. El lobo vuelve a nacer. Si una quisiera, lo podría hacer nacer a toda hora, pero una no siempre tiene su permiso, porque una, que es la hija del relámpago, tiene miedo de ser tan feliz y tiene gracia para no serlo.


*


Una, que no ha leído la literatura magrebí, sabe que un encuentro de huesos puede modificar su destino cierto y convertirlo en movimiento. Movimiento de huesos. Una tiene que estar decidida a ser una criatura nacida de Breton. A sentirse perdida. A llevar los huesos hasta el balcón donde otro le trae
noticias de sí misma. Una, que no siempre lee con los ojos ni escribe con la lengua, confiesa que ha conservado la esfera de los primeros gemidos, la esfera que se fragmenta, se desgrana. Y otra vez una se envuelve en papel de fumar y se hunde en el espesor de la boca que la inspira y la exhala.


*

Uno, que practica las dos respiraciones, la involuntaria y la voluntaria, experimenta la asfixia cuando siente que todo alrededor, todo en su interior, está inmóvil. Pero uno, no está buscando el fervor de los
externos. Uno quiere que su hueso emperador se empale en el mismo centro del lobo, y que el movimiento empiece desde adentro.


*


A una le viene de chica la pulsión por ir hacia el interior. Al interior de las muñecas, al interior de la habitación, al interior de los libros, al interior del cuerpo. Y en ese movimiento precoz una ha conocido al lobo. Una ha mordido las uvas. Una se ha sumergido en las violentas potencias subterráneas y ha sostenido con las manos el aullido.


*


Una necesita lo lejano. Una necesita retirarse de lo próximo para acercarse a lo lejano. Entonces junta los huesos y los mete en un bolso. Se va con los huesos a lo lejano que es próximo para separarse de lo próximo que es ya tan lejano. Y así, una vive un encuentro con la cercanía de lo lejano. Una tiene
huesos de variados calibres porque una es una criatura nacida de un espasmo de Breton.


*

Uno, que se da de comer en cuatro comidas, en los días laborables y las noches asuetas, puede concederse el desplazamiento, el desvío. Puede pensarse hacia delante, aunque haya tanto detrás, pues todo lo que está detrás lo empuja hacia delante. Uno por más que esté detrás de sí mismo va hacia delante porque ha abierto un ojo de lobo, y siente que el lobo lo empuja hacia el espasmo de Breton. Hay un hecho lucero. Hay un espasmo que a uno lo fecunda.


*

Una sabe que no podría vivir de la escritura a causa de la extraña aberración de sus labores y de su carácter insólito, pero una también sabe que no podría vivir sin su escritura como un monstruo no podría vivir sin sus malformaciones. No escribir es la cuestión más peligrosa que una podría plantearse.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-24967-2010-08-21.html







A él, ella*



Ella me dice que no
o me dice no sé
o no me dice nada


A él, ella le dice que no
o le dice que no sabe
o calla



A él
que no dice nada
o calla lo que sabe
o no.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

*En bastardilla: Algo así declara el personaje protagónico del filme "Lars and the Real Girl".





Correo:



"Piedra, Ferrocarril, Lechería y Metalurgia en la historia de Tandil"*


Organizada por la Secretaría de Extensión y Transferencia de la Facultad de Ciencias Humanas, el programa Adultos Mayores de la Secretaría de Cultura de la UNCPBA y la Dirección de Cultura del Municipio de Tandil, se llevará a cabo un acto denominado "Piedra, Ferrocarril, Lechería y Metalurgia en la historia de Tandil". Tendrá lugar el domingo 29 de agosto a las 17 en el Teatro de la Confraternidad y la entrada será libre y gratuita.

Cuatro expositores, apoyados por fotos, música y vídeos, expondrán sobre otras tantas actividades laborales que han resultado emblemáticas para la historia y la configuración social de Tandil. Ellas han sido la actividad de la piedra, de la metalurgia, la industria lechera y el ferrocarril. Interrelacionados a veces, autónomas en otros momentos, las funciones que desplegaron, no sólo sirvieron a su expansión económica sino a su propio desarrollo social y cultural, a partir de sus trabajadores, tanto en el plano de la convivencia vecinal como en sus luchas reivindicatorias.


Los expositores y sus temas

La Facultad de Ciencias Humanas ha requerido el concurso de los profesores e investigadores Ana Fernández, Hugo Mengascini, Daniel Dicósimo y Hugo Nario, que han profundizado respectivamente en los aspectos laborales mencionados.

Ana Fernández abordará el tema de la industria lechera. La lechería es una de las actividades emblemáticas de Tandil. Condiciones naturales y tradición en la actividad, cimientan esta vocación tandilense por la producción lechera que se mantiene hasta nuestros días. Ha sufrido profundas transformaciones, de los cientos de pequeños tambos manuales a las modernas explotaciones actuales. Pero, siempre ha marcado la historia de muchos tandilenses y de la ciudad.

La actividad pedrera estará a cargo de Hugo Nario. Con la llegada del ferrocarril a Tandil, la colocación de adoquines y cordones en la capital federal y otras ciudades fue de un crecimiento espectacular y motivó el nacimiento y expansión de las canteras de granito. No sólo se incorporaron tecnologías extractivas y artesanales sino que se produjo un aluvión de obreros italianos, españoles y eslavos. Ellos trajeron sus costumbres pero también sus ideas de mejoramiento social y sus luchas, con lo que generaron un mundo socio-cultural de irrepetibles contornos.

A partir de 1883, el ferrocarril unió a Tandil con las redes ferroviarias entonces en expansión. El historiador Hugo Mengascini ofrecerá una reseña de las circunstancias históricas que condujeron a los trabajadores del riel a llevar a cabo el movimiento huelguístico de 1961. La actuación de los obreros ferroviarios de Tandil durante la "Gran Huelga", la respuesta del gobierno a la protesta obrera y los alcances del plan de reestructuración de los ferrocarriles implementado en tiempos de Frondizi.

La otra gran actividad laboral de Tandil ha sido la metalurgia, panorama que estará a cargo del profesor Daniel Dicósimo. La historia de la metalurgia local tiene una imagen memorable en los hermanos Bariffi, oriundos del norte de Italia, que realizaron la primera colada de hierro gris en su taller de la Avenida Colón, durante 1918. Unos veinte años después el sector que trabaja el metal se ha multiplicado, son casi 150 talleres de fundición y mecánica, herrerías y carpinterías, cuya expansión es tributaria de la renovación tecnológica del campo durante la década de 1920. A mediados de los 40 el taller se transforma en Bariffi Industria Metalúrgica Argentina (BIMA), la primera fábrica local y la primera que produce autopartes, un antecedente de los productos metálicos que van a distinguir a la ciudad y que tendrá su continuadora en Metalúrgica Tandil y muchas fábricas y talleres. Tales establecimientos son el espacio de experiencias de agremiación y luchas sindicales, provocadas por las condiciones de trabajo y remuneración, y estimuladas por las corrientes políticas e ideológicas del escenario nacional.

Documentación de fotos de familia

Una hora antes, es decir, a las 16 Hs, los organizadores van a recibir fotografías familiares vinculadas a los cuatro temas. Las fotos presentadas serán escaneadas y devueltas en el acto, en tanto se filmarán detalles que cada portador de esas fotografías pueda brindar. Se trata de documentar gráficamente temas de tanto interés y significación para los tandilenses.


*Enviado para compartir por Hugo Mengascini hugomengascini@gmail.com





*


Inventren Próxima estación: MARÍA LUCILA



Colaboraciones a inventivasocial@yahoo.com.ar

http://inventren.blogspot.com/

El Inventren sigue su recorrido por las siguientes estaciones:


HERRERA VEGA.

HORTENSIA. / ORDOQUI. / CORBETT.

SANTOS UNZUÉ. / MOREA. / ORTIZ DE ROSAS.

ARAUJO. / BAUDRIX. / EMITA.

INDACOCHEA. / LA RICA. / SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA. / INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79. / ENRIQUE FYNN. / PLOMER.

KM. 55. / ELÍAS ROMERO. / KM. 38.

MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.

LIBERTAD. / MERLO GÓMEZ. / RAFAEL CASTILLO.

ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

LA SALADA. / INGENIERO BUDGE. / VILLA FIORITO.

VILLA CARAZA. / VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA.

INTERCAMBIO MIDLAND.


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viernes, agosto 20, 2010

EN CINCO MINUTOS LEVÁNTATE...



ILUSTRACIÓN: WALKALA. http://www.walkala.eu/
*


Manos creadas para ahuecarse.

Tiemblan (como sonrisas tímidas)

en la mitad de las montañas blancas.


Encuentran

frutillas o poemas o florcitas

timbres rosados

para llamar a las puertas del cielo.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








EL MILAGRO*



Para Eli


Se había detenido en medio de la habitación, todas sus pertenencias estaban desparramadas sin ningún orden o destino, todo lo que le había costado conseguir durante su vida estaba allí y ni siquiera podía experimentar el goce de haberlo obtenido con su solo esfuerzo, sin ayuda ni aliento de alguien.
Los años se le habían ido acumulando y era consciente de que el fin del camino no estaba muy lejano.
Mirando sus cosas pensó que no tenía sentido conservarlas. ¿Para qué? ¿Para quién? No tenía a nadie y era posible que fueran ofrecidas al mejor postor o tiradas al basurero.
Esa idea sacudió su inmovilidad como si hubiera recibido una descarga eléctrica, comenzó a embolsar cosas, a apilarlas en su living y dejó a un costado unos pocos objetos de los que no podía desprenderse.
Con la misma decisión fue hasta el teléfono y marcó un número, dio unas consignas y fijó un horario que equivalía a decir ya.
No pasó ni media hora cuando arribó una camioneta y un joven muy solícito cargó todo en el vehículo que pertenecía a una Sociedad Benéfica.
Luego entró a la casa, se dejó caer en el sofá, apretó contra su pecho esas pocas joyas según su afecto y cerró los ojos.
- Si desapareciera en este momento, estaría bien, - se dijo, - lo consideraría justo.
La ventana se abrió, un rayo de luz violeta cayó sobre ella y la convirtió en estatua que poco a poco fue empujada hacia la puerta de calle.
Atardecía cuando Raúl, el pintor loco según los vecinos, volvía a su casa caminando displicente por la vereda, al enfrentarse con la estatua quedó inmóvil.
-¡ Qué hermosa! – exclamó. - ¿Quién la pudo abandonar aquí?
Su instinto lo obligó a recorrer con su mirada la calle que permanecía totalmente desierta y la tentación pudo más, la tomó con cuidado y con paso presuroso siguió su rumbo.
Ya en su habitación plagada de caballetes, cuadros apoyados en cualquier parte y todo un arsenal de elementos acordes con su actividad, procedió con sumo cuidado y con ojos de experto a buscar un lugar para apoyar su trofeo, ya ubicado la miró en silencio disfrutando la imagen que le ofreció.
- Eres un milagro, - dijo como en susurro, - serás una excelente compañía que atenuará mi soledad.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar








EL CAMPANARIO DE LA IGLESIA*



Hacia 1950 aproximadamente, yo tenía unos diez años; demolieron la vieja torre de la iglesia parroquial. Una mañana, para mí muy especial, acompañaba a mi padrino Berto en el sulki, y tengo grabada la imagen de cuando levanté la vista, y vi la torre decapitada, y obreros trabajando en aquella demolición, requerida para el renacimiento que surgiría luego, tras la remodelación; de una torre de mayor altura y elegancia, de un estilo más depurado, con grandes relojes, afilado perfil y una gran cruz montada en una pequeña esfera, en su cúspide.
Vislumbro aquel taller de Marcón frente a la esquina suroeste de la plaza, donde montaron el armazón con perfiles de hierro soldados, una pirámide o más bien un cono facetado, un esqueleto metálico con aristas, que revestido luego sería el pináculo de la torre.
Mucho tiempo estuvo afuera, en la vereda, pero nosotros entonces ignorábamos cual era su destino.
Otro episodio, ya escolar, se vincula a esa magna obra, por aquella época; y tiene que ver con el colegio parroquial: al año siguiente, yo estaba en quinto, y sucedió algo que aún no termino de comprender. Teníamos compañeros que se comportaban terriblemente, y el Hno. Vittorio, maestro de maestros, al que yo veneraba, profesor de matemáticas, dibujo, gimnasia; estaba inusualmente furioso, no contra mí, que no mataba una mosca; pero dije algo indebido y me echó del aula. Creo que al ver que era yo, decepcionado, y doblemente enojado, me dijo furioso:
-¡No, mejor, no!... ¡Toma tus útiles y vete a tu casa!...-
Esto era grave, gravísimo, me ligué esto gratuitamente, yo que jamás tuve una inconducta… Pero tomé mis útiles y cabizbajo salí al patio, sabiendo que a casa no podría ir, ya que faltaban dos horas para la salida… Se ve que fue un arrebato momentáneo del maestro, porque ese mes mi boletín no acusó ninguna nota baja, ni observaciones de mala conducta. Pero en ese momento confuso, sin saber qué hacer, crucé la iglesia hasta la escalera del campanario, y entre el ir y venir de albañiles, fui escalando hasta asomar al vano de los relojes, que aún no estaban en su lugar, y viendo la obra y el paisaje a vuelo de pájaro, me quedé hasta el horario en que salían mis compañeros; conversando con oficiales y peones, mientras proseguían con sus labores.
Uno de ellos sobresalía como oficial principal, era diligente, fortachón, y muy divertido. De nombre Atilio, un prestigioso albañil de la empresa ejecutora de la obra: S.J. Agustini Hnos, donde yo mismo trabajaría muchos años después.
Quizás pasó un año, tal vez más, no recuerdo bien cuanto duraron los trabajo de la torre, pero entonces ya estaban en las terminaciones. Faltaba montar la enorme cruz en la cúspide, sobre la pequeña esfera que sería su base. Me gustaba ver los detalles que iban surgiendo, cada vez que volvía a pasar, como las aristas se iban cubriendo de pequeñas molduras como gárgolas, que enriquecían aquella afilada pirámide, último tramo de la torre. Distraído iba a cruzar la calle hacia la plaza, cuando escuché una voz fuerte y lejana, que venía de muy arriba, llamándome por mi apellido…
“-¡Hey…, Agretti, aquí…!!! ¡Mirame!”- y al levantar la vista casi me caigo del vértigo, aun estando en el suelo…
Aquel afable oficial, Atilio; estaba sobre la pequeña esfera, parado allí, sin tenerse a nada, a más de cincuenta metros del suelo, rodeado de vacío y de nada…¡Haciendo alarde de su templanza!
Escuché otro grito, que me pareció de puro gozo, y una fuerte carcajada, mientras agitaba las manos en un ostentoso saludo, mostrándome que no se sostenía más que en sus pies, que apenas cabían en aquella pequeña bola de cemento, facetada como una gema.
Tengo como una foto en mi mente, inmovilizado aquel genial momento; para él seguramente de gloria, y para mí de ejemplo de su bizarro coraje, que guardaré para siempre. Estimo que esa fue la mejor prueba de trabajar con entrega, con alegría, de hacer con gusto el trabajo que el hombre hace, sea donde sea...
Pasó el tiempo, y en aquella empresa tuve ocasión de conocerlo aún mejor, desde mi puesto administrativo, y él de responsable capataz de obras. Armonizaba con todos sus colaboradores, siempre de un inmejorable buen humor, y sobre todo su responsabilidad y su hombría de bien.
Pero la vida nos da sorpresas a cada vuelta de esquina, y ni la ficción supera la realidad, cuando el libro de los dioses devela las páginas que tiene escritas para cada uno…
Poco tiempo después, aquel hombre tan querible y ejemplar, perdió la vida injusta e inocentemente, en un homicidio preparado para otro; donde él fue elegido por el destino, para quizás evitarle la muerte a otro destinatario.
Fue una trampa preparada para asesinar a un vecino, agente de policía;, pero el que apareció inesperadamente en aquella puerta, fue Atilio, que recibió una cuchillada mortal, equivocada, de quienes lo habían confundido miserablemente.




*de Celso H. Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
Avellaneda, Santa fe; 21 de julio de 2010.







"Quiero que mi madre reciba mi novela como un ramo de rosas"*



La saga de Gabriel, su personaje duro y conmovedor, termina con "En cinco minutos levántate María".


*Por Marina Navarro


CARIÑO. "SOY UNA PERSONA CON UN EGO APLASTADO, NECESITO QUE ME QUIERAN",
DICE EL AUTOR PABLO RAMOS.


Es de noche, el barrio de La Paternal está oscuro y poco concurrido. Pablo Ramos, abre de par en par las puertas de su casa sin preguntar siquiera quién es. Saluda afectuosamente, invita a sentarse mientras él cambia en la cocina la yerba del mate. Ésta, también es la casa de Gabriel Reyes, el protagonista de sus dos novelas anteriores: El origen de la tristeza , que repasa el fin de la infancia y transita la adolescencia de Gabriel, un pibe de clase baja que vive en Avellaneda y La ley de la ferocidad , donde
Gabriel, ya adulto, se entera que su padre, con quien siempre tuvo una relación conflictiva, ha muerto.
Esos personajes vuelven en su nueva novela, que saldrá en septiembre.
En cinco minutos levántate María transcurre en la madrugada previa a la muerte del padre de Gabriel y le pone punto final a una trilogía autobiográfica. Esta vez, Ramos relata el cierre de la historia de los Reyes desde la voz de María, la madre de Gabriel. Un relato descarnado y sin concesiones, en primera persona, en la voz de la mujer que mejor conoce a Gabriel.
¿Por qué eligió a María para contar el final? Porque no podía cerrar la historia de Gabriel desde el resentimiento. Ese amor-odio al padre mezclado.
Necesitaba contar todo desde el amor más profundo que es el de una madre y una mujer. La novela es un repaso por la historia de los Reyes y María es la conexión para el acercamiento entre Gabriel y su padre. Era necesario que la contara ella. Si esta es la última palabra, dejémosla en manos de los que
saben.
Está escrita casi en tiempo real.
Sí. Lo único que espera un lector mío es que lo dé todo, lo mejor posible, pero todo. Por eso lo ubico en un lugar preferencial. La historia transcurre por completo en el dormitorio de María. Ella se despierta en medio de madrugada, se da cuenta de no se va a poder volver a dormir y empieza a pensar. De repente percibe algo diferente, algo denso y frío como una sombra más oscura que se agacha sobre su marido y ella la ve. Se enfría la pieza.
Todavía no sabe que su marido va a morir esa misma noche, pero puede adivinarlo.
¿Cómo definirías a tu madre? Mi madre es un espíritu complejo. Es una mujer que lo hizo todo sola, que nos protegió de todo y de todos y que siempre estuvo ahí, firme. Que puede ser delicada y amorosa o mostrarse retraída y desconfiada, como un animal acorralado.
Ella tiene un diario que empezó cuando vos naciste.
Hay mucho de los diarios de mi madre en la novela. Cuando decidí que iba a ser ella la protagonista, le pedí permiso para leerlos y le pregunté qué de eso quería que estuviera en la novela. Hay una conexión muy física con mi vieja. Soy el mayor de mis hermanos. Ella construyó a la persona que yo soy, tan comunicativa y con tanto miedo. Con tanta necesidad de mujeres y de afecto.
¿María es la mujer que mejor conoce a Gabriel? Es la única que puede pintar un retrato del alma de Gabriel. Es, de alguna manera, escribir un retrato de mi alma para mirarla yo. Pero un retrato de mi alma sería injusto sin la visión de mi madre.
¿Qué pensás que va a decir cuando la lea? No sé. Me da mucho miedo, escribí aterrado por momentos. Yo soy una persona con un ego aplastado, necesito que me quieran. Pero me gustaría que la reciba como el ramo de rosas de su vida.
Eso intento que sea la novela, un ramo de rosas para mi madre y un ramo de rosas para la mujer, para todas las mujeres de mi vida que de alguna manera resumo en María.
Pensaste un montón de dedicatorias y finalmente quedó, "Para mi madre".
Pasé por veinte mil dedicatorias, quedó esa. Lo que pasa es que sigo siendo un impotente a la hora de decirle cuánto la quiero. Por eso escribo. El lenguaje es impotente, nada alcanza. Al final uno queda ahí, como un niño atrapado, tratando de poder contarlo.



*Fuente: Clarín.
http://www.clarin.com/sociedad/Quiero-madre-reciba-novela-rosas_0_319768105.html







El paranoico que tenía razón*




*Por Juan Forn.


En el origen de toda gran revista hay un loco. Y en casi todos los casos es el primero en irse de la revista, peleado con todos, haciendo honor a su fama de loco, aun cuando tenga razón. Harold "Doc" Humes no fue la excepción: inventó The Paris Review pero fue degradado a último pinche de la dirección ("encargado de Suscripciones y Publicidad") en el primer número de la revista. El no sabía nada: se enteró en el puerto de Nueva York, cuando retiró de aduana los paquetes impresos que venían de París. Y le dio tanta ira que arrastró los paquetes hasta una papelería, se hizo hacer un sello que decía "Fundador: Doc Humes", lo estampó en la portada de cada uno de los ejemplares de la revista, dejó los paquetes en manos del distribuidor y se volvió a París. Dos números después ya se había ido de Paris Review, harto de que ninguno de sus compañeros le creyera que estaba siendo vigilado por el gobierno norteamericano.
Era el año 1953. Los miembros fundadores del Paris Review (George Plimpton, Peter Mathiessen, William Styron y Humes) eran todos jóvenes veteranos de la Segunda Guerra que al volver a su patria terminaron lo más rápido que pudieron la universidad para volverse a Europa, con la ilusión de que París
fuese para ellos lo que había sido para Hemingway y Fitzgerald en los años '20.
¿Por qué habría de preocuparse por ellos y vigilarlos el gobierno norteamericano? Humes había conocido y encandilado a Plimpton y Mathiessen en los cafés parisinos, donde jugaba por plata al ajedrez para mantenerse (en realidad malvivía de una renta que le pasaba su padre) y trataba de
reunir fondos para crear una revista literaria. Plimpton y Mathiessen eran niños bien que venían de Yale y Harvard. No les costó nada reunir el dinero que hacía falta pidiéndolo a sus padres y a los amigos de sus padres, pero no se animaron a poner a Humes como editor. Tampoco se animaron a decírselo,
razón por la cual Humes se enteró como se enteró de la noticia en el puerto de Nueva York, adonde había viajado especialmente para lanzar "su" revista.
Bajo la dirección de Plimpton, Paris Review se convirtió en la mejor revista literaria del mundo, pero Humes ya se había bajado hacía rato del barco.
Prefirió irse a Londres con su mujer y sus hijas, donde escribió dos novelas que recibieron muy buenas críticas, que a su vez alimentaron aun más su paranoia: el New York Times dijo de la primera (un thriller ambientado en el París bohemio y pro-comunista de posguerra) que era de un "talento alarmante"; el Washington Post dijo de la segunda (una novela de mercenarios afroamericanos en una isla del Caribe) que "su vividez daba escalofríos". Las cosas empeoraron a principios de los '60, cuando Timothy Leary llegó a Londres con una valija llena de LSD, y Humes lo convenció de que le diera cinco dosis juntas (era legendaria su tolerancia a los químicos). El trip fue una catástrofe: le produjo su primer brote psicótico.
Mientras sus amigos lo internaban en un psiquiátrico, su esposa escapó a Nueva York con las cuatro hijas.
Con los años, Humes volvería a su país convertido en "un neo-profeta eléctrico" (la definición es de Paul Auster, que era estudiante en Columbia cuando cayó bajo su influjo en 1969). Para entonces se decía de él que había inventado y patentado una casa hecha enteramente de papel que resistía lluvias e incendios; que había asegurado su cerebro en un millón de dólares; que había sido el jefe de campaña de Norman Mailer cuando éste se postuló a alcalde de Nueva York; que había filmado (y perdido) una película-verité llamada Don Peyote, en la que un junkie llamado Ojo de Vidrio hacía de Quijote por las calles del Village completamente colocado, mientras Ornette Coleman seguía sus pasos y proveía música de fondo. Cuando no estaba internado, Humes dormía en las oficinas de la editorial Random House, o en los campus donde estudiaban sus hijas (NYU, Harvard y Columbia) y donde nunca le faltaban fans que se sumaran a sus protestas callejeras. Sostenía que el gobierno vigilaba cada uno de sus pasos y dominaba a la población a través de mensajes subliminales en las nubes. Su último hogar fue el Hospicio Saint Rose, creado un siglo antes por la hermana de Nathaniel Hawthorne. Hasta su muerte escribió una novela eterna (que por supuesto se perdió) donde contaba la historia de un científico que descubría que lo
estaban convirtiendo en otra persona o se estaba volviendo loco, y trataba desesperadamente de transferir a las cabezas de los demás toda la información que almacenaba en la suya antes de enloquecer del todo.
Casi nadie se acordaba ya de Humes cuando su hija Immy reveló, en su documental Doc, que Paris Review estuvo infiltrada por la CIA y que el topo era uno de sus fundadores, Peter Mathiessen. El propio Mathiessen confiesa a cámara, presionado por la voz en off de Immy, que la CIA lo reclutó cuando
egresó de Yale después de la guerra, que le pagaron el viaje a París, que su fachada era la revista y su trabajo consistía en informar sobre los americanos con los cuales trataba (una vez a la semana debía encontrarse en el Jeu de Paume con su contacto). Aunque "aún no eran los tiempos en que la agencia comenzó a dedicarse al asesinato político", dice Mathiessen, el asunto terminó por asquearlo y renunció, y también se mantuvo alejado de Paris Review unos años, hasta que un día, al enterarse de lo mal que estaba Humes en Londres, viajó hasta allá para confesarle todo. Mathiessen creía de buena fe que la revelación aliviaría la paranoia de Doc y quizás "hasta lo liberara de sus fantasmas". En cambio, Humes se cruzó con Timothy Leary y se fritó la cabeza con aquellas cinco dosis de LSD. Antes de hacerlo escribió una larga carta a Plimpton, donde le relataba todo lo que le había contado Mathiessen y exigía ("es el que vomita el responsable de limpiar la vomitada") que el propio traidor escribiera de su puño y letra un relato de los hechos y que el texto completo se publicara en Paris Review. La carta nunca llegó a destino. Terminó dentro de una valija que los amigos de Humes enviaron a su esposa a Nueva York después de internarlo y que ésta dejó arrumbada en un altillo hasta que Immy la descubrió, cuarenta años después.
La revelación no parece haberle movido un pelo a nadie. Mathiessen es hoy un venerable activista ecológico y defensor de los indios americanos. Plimpton murió con honores en 2003. Immy estrenó su documental en 2008, presionó hasta que se reeditaron las dos novelas de su padre (The Underground City y Men Die), exigió al FBI que diera a conocer el voluminoso archivo que tenía sobre Doc (donde figuran desde la aprobación de la beca Marshall con la que se fue a París en 1949 hasta el certificado de defunción firmado por personal del hospicio en 1992), incluso colgó en la web aquella tremenda
carta que su padre escribió a Plimpton en 1965. Pero lo único que logró hasta ahora es que la crítica declare a Doc Humes "un interesante antecedente de ficción paranoica".



*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-151616-2010-08-19.html








LOS ENAMORADOS*



Esta carta es tuya.
Te ha aparecido durante varias etapas de tu vida,
Y al parecer cuando se te impregna el sudor
De cansadas dudas,
Eliges de tal modo,
Que andas errante por los caminos.
Cuando me elegiste,
para mi fue el milagro
Pedido desde antes de mi existencia y,
Tu rostro insertado en la ciénaga
Con el solo hecho de hacer contacto sutil en mi morada,
hizo sentir que estaba viva
Y como cualquier criatura que vive y exhala,
Ese instante coincidió con la comunión infinita
Prometida a los seres que invocan
este extraño y anómalo sentimiento.
Mas, para ti, era un pasar como tantos otros,
Quizás utilizado como bote de salvavidas que te rescataba de un anterior naufragio.
Y los naufragios eran auto inducidos, dejando dolor y miseria,
Rencor y odio misógeno, a la vez que nuevamente
Te tocaba elegir entre dos amantes,
Y tu sudor estaba impregnado de tormentosas y mortales dudas.
Quizás desde un principio buscabas el amor infantil
Enseñado en los cuentos de hadas,
Pero la realidad exigió mucho mas de ti
Y no podías quedar en menos con la petición de la naturaleza.
El amor es para la razón
Y tu, eres irracional: el llamado de la selva es tu consigna,
Dejando descendencia sin el menor pudor,
Culpando tu miseria de vida a quienes engendraron tu amor
Y con desdicha despertamos al horror de tu vanidad.
Quisiera que esta carta hoy fuera mía
Pero con alevosa dedicatoria
Invertida,
A ti la regalo.



*de Daniela Wallffiguer. danielawallffiguer@gmail.com






*


Inventren Próxima estación: MARÍA LUCILA



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INDACOCHEA. / LA RICA. / SAN SEBASTIÁN.

J.J. ALMEYRA. / INGENIERO WILLIAMS. / GONZÁLEZ RISOS.

PARADA KM 79. / ENRIQUE FYNN. / PLOMER.

KM. 55. / ELÍAS ROMERO. / KM. 38.

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ISIDRO CASANOVA. / JUSTO VILLEGAS. / JOSÉ INGENIEROS.

MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. / ALDO BONZI. / KM 12.

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VILLA CARAZA. / VILLA DIAMANTE. / PUENTE ALSINA.

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miércoles, agosto 18, 2010

ES INFINITA ESTA RIQUEZA ABANDONADA...



-ILUSTRACIÓN : RAY RESPALL ROJAS.


INTERROGANTE*



El deseo era
llenar mis ojos de cielo,
unir el transitar de mi alma
al vuelo de los pájaros.
Sería el gran secreto
amparado en el silencio
cuando el día amanece.
Nadie me lastimaría,
porque todos dormían,
nadie me perseguiría,
sus ojos estarían ciegos.
Y vagué sin apuro
bajo la arboleda
sintiéndome dueña al fin
de todos los espejos.
Mi imagen transitó furtiva
por años de encierro;
era el único modo
de dar vida a mi credo.
¿Quién estaría esperándome
al fin de ese sendero?
¿Mi sombra, mi soledad
o el último infierno?



*De Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







ES INFINITA ESTA RIQUEZA ABANDONADA...





JOSECITO EL CARPINTERO*



Su carpintería estaba a unas ocho cuadras sobre nuestra misma calle. Papá me había mandado con una pequeña notita, me parece que a cobrar un flete de maderas. Me iba de mala gana y refunfuñando, ya que hubiera querido quedarme con mi hermano mayor, Audino, ayudándole a pintar las llantas del camión, que comenzaban a lucir rabiosamente amarillas; pero una vez en camino me divertía ir entretenido con el paseo, en aquella mañana radiante de sol.
Era la penúltima calle del pueblo, de tierra, con no más de una docena de casas a lo largo. Las cuadras estaban alambradas o con tejidos, casi todas sembradas como pequeñas chacras: media cuadra de algodón, un sitio de maíz, huertas con zapallos, mandiocas, arvejas, o pequeñas quintas de duraznos, pomelos, o naranjas. El paisaje se completaba con la brisa y un silencio salpicado de trinos dispersos y apagados. Escuchaba en un ir y venir la propaladora del centro, con frases traslapadas, con un parloteo de ecos inentendibles y lejanos.
El galpón parecía pequeño debajo aquella morera gigantesca y umbrosa, con su copa tan verde y tupida, rodeados además por plantas de pomelos y limoneros, en el sitio detrás de la casa. Empujé el portillo, y no vi de donde surgió un enorme perrazo que en un instante estuvo sobre mí, ladrando embravecido, con sus fauces abiertas, dispuesto a tragarme. Yo con mis ocho años no atiné a nada, paralizado por el terror… Pero, en el salto final quedó congelado en el aire, sujetado por la cadena, que corría a lo largo de una maroma que atravesaba el patio. Luego de forcejear, quejumbroso se volvió al trotecito, a tirarse entre los pomelos caídos debajo de las plantas.
Allí he visto la colosal silueta del carpintero recortada en la puerta, en su acudir presuroso, con sus herramientas en la mano. Adentro un banco de gruesas maderas, mazas, formones, y por todos lados: tablas, tirantes, tacos y sobre todo virutas y aserrín… El polvo en suspenso de tan denso, reflejaba los chorros de luz que entraban por la ventana, por la puerta y por algunos agujeros del techo de chapas…No sé que me dijo mientras volvía a su trabajo. Yo lo miraba cepillar un grueso tirante, ejercitando sus fuertes brazos sin mangas, con brillos de sudor. Detrás en el suelo, una cabriada a medio armar, esperaba seguramente el madero que Josecito estaba aprestando, con tanto fervor que yo lo miraba embelesado, mientras finos rulos surgían del alisado, e iban cubriendo el banco.
Hoy diría que se parecía a Antony Queen, por su aspecto de gigante rubio, pelo ralo, de gesto aquietado, y su modo afable, imponente y campechano. No hablaba mucho, ceñudo, parecía enfadado, pero sorprendía con una risa escueta, que mezquinaba. Esa mañana lo vi reírse, y mucho. Sin querer tropezó con el gato que se había agazapado entre los retazos del suelo. Debe haberle aplastado la cola al pobre. El maullido fue interminable y estremecedor, mientras saltaba como un resorte, del suelo al banco, al estante, y de allí a la ventanita trasera por donde salió como un relámpago, pero antes tumbó un tarro de pintura colorada, que se hizo una pasta en el suelo con el aserrín amontonado. Afuera se debe haber topado con el perrazo, por los ladridos y las disparadas. Josecito entró a reírse sin poder parar por un buen rato, pese a la pérdida de la pintura. Y yo con él; y creo que desde ese día, nos hicimos amigos…
Se advertía que no estaba él muy en armonía con la sociedad, al menos con la más cercana; la gente que tenía preeminencia en los estamentos de aquel entonces, en nuestro pueblo, para él acusaba de fallas imperdonables. Que la cooperativa agrícola, que asociaba a más de mil familias de productores agropecuarias, según él estaba arbitrariamente dirigida y había quienes eran perjudicados, mientras que había otros con privilegios de amistad, o de familia, o de otros intereses. Lo mismo pensaba del párroco, que con un par de familias transcendían sobre la moral de todo el pueblo y la colonia, y se inmiscuía en todas las decisiones. Esto era como estar en contra de todo, por la absoluta incidencia que tenía en la vida del común de la gente.
Tendría entonces unos cincuenta años, pero manifestaba la inconformidad y rebeldía de la más briosa juventud. Creo que volcaba esa adrenalina en el trabajo, que encaraba con dureza y responsabilidad.
Para los desbastes más gruesos, los cortes más grandes, contaba con el aserradero de la familia de su mujer. Los cuñados disponían de herramientas más pesadas e industriales, por lo que solía ir allí a hacer esas labores, casi a diario. Pasaba por casa, temprano en las mañanas, a grandes pasos; cargando al hombro un par de tirantes, tablones o distintas maderas, ya que el otro taller estaba a otro tanto de casa, pero al otro lado del pueblo. Para cualquiera hubiera sido una carga más que pesada, pero para su tamaño y su fortaleza, parecía no afectarlo en lo más mínimo, ya que caminaba presto y como si no pesara gran cosa.
Pero había otra razón para tomarse todo ese trabajo. Entre taller y taller, él hacía un pequeño rodeo, tres o cuatro cuadras y pasaba por el bar del Club de bochas, donde Vicente atendía el bar, y si bien a esa hora estaba cerrado, tocaba dos o tres golpecitos, y le abrían para que se desayunara, mandándose al coleto tres copas grandes de fernet Branca, fuerte y puro; que era el combustible imprescindible para iniciar su jornada. Al regreso hacía lo mismo. Su alcoholismo se hizo más y más exigente, se fue agravando; y en pocos años cayó a lo más profundo del pozo. Estuvo muy enfermo y terminó hospitalizado un buen tiempo, de donde salió renovado y haciendo votos de que nunca más probaría bebidas blancas… Y poco a poco las fue reemplazando por cervezas. La cantidad que tomaba era proporcional a su tamaño, o a su fuerza. Era increíble. Vaciaba decenas de botellas por día. Pero la verdad parecía que para él eso era el mejor remedio, nunca lo he visto ebrio, ni que le afectara, o al menos, no que se notara.
De tanto en tanto me llamaba para que lo ayudara con sus liquidaciones de impuestos y demás anotaciones. Iba a su casa a la noche, y mientras yo peleaba con sus apuntes, él acarreaba porrones de cerveza desde el “boliche” de la esquina. Me consta que en esas horas tomaba más de una docena. Yo tenía que acompañarlo, pero no le llegaba ni a un décimo. Y él seguía tan fresco y lúcido como siempre.
Era a fines de los años cincuenta y tomó el trabajo de hacer la nueva puerta principal interna del templo parroquial, que casi toda la década estuvo refaccionándose, junto al nuevo campanario que agregaba la nueva elegancia de su afilado pináculo, lo que le confería un depurado estilo neo-gótico, con los relojes y la gran cruz del remate en lo alto. En la inmensa puerta de madera clara, de Raulí chileno, tuvo Josecito que labrar sus ornamentos en relieve: un par de escudos, columnas y capiteles, que cinceló con maestría. Necesitaba que yo le dibujara las formas y los perfiles, para seguirlos luego con sus formones y gubias, y así labrado un perfil dibujaba yo el otro lado, y él los iba terminando. Puse mi pequeño grano de arena, al lado de él, que perdurará creo en ese monumento, por muchísimo tiempo, aunque no lleve allí ninguna firma.
El párroco de aquellos tiempos, el Pbro. Celso Milanessio, patriarca indiscutido de la comarca, en sus gentes y en sus bienes, era el artífice de lo que lograba la comunidad, de él y de los colaboradores más cercanos. Siguiendo su concepción de la remozada imagen del templo, externo e interno en detalles, le ayudé dibujando distintos artefactos, entre ellos candelabros de pared, de lo que aún algo queda; no en sus sitios ni ornamentos, y sin las tulipas originales.
No sé por qué Josecito se cansó de tan noble profesión, un verdadero carpintero y ebanista; como dice la zamba… “lindo oficio, ¡Quien lo pudiera tener!”
Así que, un día, decidido, cambió de rubro. Se planteó un giro, una actividad distinta. Fabricar mosaicos. Pasó del día a la noche. ¿Qué podría atraerle un trabajo doblemente duro, exigente, tosco; pasar de la madera tan noble y cálida, a la cal, cemento, arena y a accionar una prensa manual de hacer mosaicos, tirando a músculo puro, el volante de tornillo, para el moldeado de cada pieza; unas doscientas o trescientas veces en el día, para ganar un módico sustento?
La prensa que compró era una máquina vetusta, que reemplazaba la empresa donde yo trabajaba entonces No sólo por vetusta, sino porque esos mosaicos calcáreos ya eran reemplazados por los graníticos y luego por las cerámicas. Pero él siguió con verdadero tesón adelante con su nueva actividad, en buena hora ya que los cambios se dieron despacio, y lo suyo tuvo vigencia muchísimo tiempo.
Hubo veces en que me hizo confidencias de sus años mozos, y de aún después. Confidente yo…, que aún no cumplía los veinte; pero lo escuchaba, porque veía que debía decírselo a alguien… Tenía su lado blando, romántico. Me habló de un gran amor, no sé si de soltero o de casado, sé que por algo aquello era “non sancto”, con una directora de una escuela señera; pero hacía años ella volvió a sus pagos de origen y sólo quedó el olvido. Volvió una vez en un acto conmemorativo de la escuela, muchos años después, por unas pocas horas. Yo la vi en el palco, una señora elegante, distinguida, pero entonces yo no sabía quién era. Era un chico todavía. En cambio él no pudo, no recuerdo por qué; pero lo lamentaba todavía profundamente. Conocer ese aspecto del hombre tan duro que yo veía en el, desde aquella mañana que pisó el gato, me desconcertaba, y al mismo tiempo me alegraba, porque adivinaba un espíritu sensible y en el fondo triste, totalmente humano…
Una tarde me mostró dos varillas de madera dura, secas y griseadas por la intemperie, que estaban entre otras maderas en la pared trasera de la casa, madurándose al sol.
-Son de lapacho- me dijo- lleva años para hacer lo que quiero.- De estos palos van a salir dos tacos de billar que van a ser únicos…, uno es para vos, y el otro para mí…-
Sopesé la madera, me imaginé cómo sería desbastada, pulida, y contrapesada; pero íntimamente dudé que aquello pudiera llegar a ser lo que él prometía…
-Tanteá el peso, cuando esté balanceado, vas a ver…- me decía con los ojos brillantes, ilusionados. Y volvió a depositar las maderas contra la pared… -Pero requieren estacionarse más todavía…-
Pasó mucho, mucho tiempo, y un día los tacos, estuvieron listos; me los enseñó terminados, como había predicho: eran de una sola pieza, no desarmables; pero prometían un golpe como a veces soñamos tener los billaristas, en un taco ideal
-Elegí el tuyo…- dijo pasándome ambos. Pero yo no acepté, y tuvo que darme él uno de los dos.
Jugamos algunas veces juntos en el Círculo, gozándolos ambos. El mío era ligeramente más fino, con más peso atrás. Me dio el mejor. Otro lado suyo era la nobleza…
Pero al tiempo sus salidas no eran más que promesas, excusas, postergaciones. Josecito estaba decayendo. Sé que no se sentía bien, y dejó su empeño para más adelante, cuando volviera a sentirse mejor.
Hasta que un día, años después, me dio también el otro taco.
-Tenelo vos, en cualquier momento te lo pediré prestado…- Sentí un gusto amargo, no en la boca, sino en medio del alma...,-A veces vas a querer cambiar… tenelos, siempre…-
Y siempre fueron mis tacos. Jugué años. A Josecito lo empecé a ver cada vez menos. Luego entré al banco, y tuve que irme y radicarme en otras ciudades, en otras provincias. Fui dejando de jugar, absorbido cada vez más por nuevas obligaciones y otras amistades.
Josecito murió estando yo lejos, incluso me enteré mucho después. Lo sentí mucho, pobre amigo, quizás haya querido verme por última vez, y tal vez yo estaba muy ocupado…
Los tacos los perdí, hace años, y no pude recuperarlos, por más que sigo intentando rastrear su derrotero, le he pedido a amigos que me ayuden, pero sin lograrlo. Habían quedado en la parroquia, en poder del hermano Rogelio; pero un día las mesas se vendieron con todos los tacos. No sólo los míos, varios amigos tenían los suyos en las mismas condiciones. Las mesas y los tacos cambiaron de dueños, una y otra vez, y por el momento no logramos localizarlos.
Me gustaría volver a tener mis tacos, SUS TACOS, como trofeos de amistad, como trofeos de la vida. El hubiera querido que los tuviera SIEMPRE, aquellas maderas nobles, labradas con sus manos toscas, curtidas con honradez.




*De Celso H Agretti. celsoagr@trcnet.com.ar
– Avellaneda. Santa Fe; 20 de julio de 2010. (Día del amigo)










¡VIVA SÍVORI!*



*Por Hugo Mengascini. hugomengascini@gmail.com



En 1946, bajo este título se daba a conocer en el escenario político de Tandil una proclama que hacía alusión a la candidatura de uno de los más dignos gremialistas y mutualistas que diese esta ciudad: Don Agustín Sívori.
Al año siguiente, se realizaba en el distrito la primera compulsa electoral interna en el peronismo. Los sectores peronistas en pugna por el control de la fuerza partidaria estaban representados por Enrique Pizzorno -abogado italiano recientemente llegado al país- y, por otro lado, el caudillo Juan Adolfo Figueroa, quien aferrado a los viejos métodos paternalistas tenía a su favor al electorado del ámbito rural. Procedía del radicalismo y había sido amigo de los jefes del ejército que participaron del movimiento del 4 de junio de 1943, cediendo muchas veces espacio en su estancia Los Bosques para maniobras militares.
En las listas presentadas para las elecciones internas figuraban obreros pertenecientes a la Unión Ferroviaria. Como precandidato a concejal sobresalía el dirigente Silverio Serrano, uno de los pocos dirigentes sindicales que había conservado su relación con Juan A. Figueroa; mientras que el pizzornismo llevaba como precandidato a Intendente Municipal al dirigente ferroviario Agustín Sívori.
Como resultado de la contienda electoral, la lista liderada por Figueroa se impuso con la obtención de 1.050 votos sobre 526 logrados por su opositor. De acuerdo a lo expresado por el diario El Eco de Tandil, los adherentes a la candidatura de Sívori procedían del sector obrero urbano. De modo que, a partir de este comentario, puede inferirse que el electorado de Sívori congregaba a numerosos trabajadores ferroviarios debido a la buena imagen conseguida entre los obreros de la Unión Ferroviaria. Sin embargo, este sería su único y ligero paso por la política partidaria, “de pura casualidad” manifestaría años más tarde Don Agustín.
Nacido en Ayacucho, en 1898, pasó luego por Mar del Plata donde cursó sus estudios primarios. Allí, cuando tenía 14 años comenzó a trabajar como mozo y después como guarda de los viejos tranvías a caballo que en aquella época existían en esa ciudad. Posteriormente, en 1918, se incorporaba en el ferrocarril como controlador de vagones participando, además, en la Comisión de Reclamos de la Unión Ferroviaria.
A Tandil llegó en octubre de 1929, donde ocuparía en la Unión Ferroviaria distintos cargos hasta ser designado presidente de la comisión ejecutiva de la organización gremial en los años 1939 y 1942. Sus últimas actuaciones como personal activo las desarrolló en la comisión administradora de la Casa Social de las entidades sindicales ferroviarias (la Confraternidad Ferroviaria).
Poco después de alcanzar la jubilación, en 1951, junto a otros compañeros creó la Agrupación de Jubilados y Pensionados ferroviarios. “Además de los ferroviarios, llegan muchas veces hasta mi casa otros compañeros de gremios diversos de Tandil. Siempre trato de ayudarlos”, solía decir.
Durante muchos años fue presidente de la comisión de jubilados ferroviarios que agrupaba, en los años sesenta, a más de 400 miembros pasivos a quienes le dedicó todos los momentos de su vida militante.
Con José Lebonatto, Silverio Serrano, Francisco Saux, Nicasio Murias, José Fernández (hijo) y Juan Papini impulsó la iniciativa del Policlínico Ferroviario, organismo sanitario de relevancia y una de las obras de carácter social de más trascendencia de la ciudad y de la región de aquellos tiempos.
En el sanatorio regional para ferroviarios, Don Agustín desplegaría una actividad solidaria inconmensurable. “Visito a los compañeros en el policlínico…luego voy a los bancos y a realizar otras diligencias que los compañeros no pueden realizar, y regreso al policlínico. Voy dos o tres veces por día…”, afirmaba en una nota periodística.
De modo tal, que en 1967 los gremios ferroviarios resolvieron que había que “motorizar a Sívori”, un automóvil (un Fiat 600) para que Don Agustín pudiera continuar brindando -sin esfuerzos físicos- la ayuda solidaria y la atención a los compañeros pasivos internados en el Policlínico Ferroviario procedentes de la zona, así como a aquellos que no tenían familiares. Pero Sívori no aceptó la oferta, sino que solicitó que el dinero fuese entregado a la Cruz Roja para socorrer a las víctimas de las inundaciones que, por entonces, había asolado al Gran Buenos Aires.
En esa ocasión, más de 300 personas colmaron el Salón de la Confraternidad Ferroviaria para brindar a Don Agustín un afectuoso homenaje con prolongados discursos y aplausos que demostraban a ese hombre la desinteresada tarea que a través de muchos años venía desarrollando en beneficio de la comunidad. Se le entregó una medalla de oro, una plaqueta y un pergamino. También una flamante bicicleta que relevaba a la que hasta ese momento lo había acompañado. “La bicicleta es parte de mi vida. Cuando estoy fuera de Tandil la añoro”, declaraba Don Agustín en una entrevista publicada en el diario El Eco de Tandil.
A menudo, cuando el periodismo local lo entrevistaba para exaltar su trayectoria gremial y mutualista, expresaba con humildad: “No vale la pena. No creo que todo esto tenga alguna importancia. Me parece que le están dando mucha trascendencia”. Alguna vez se le preguntó acerca del poder y de sus ideales, ante lo cual sostuvo que “mi ideal es combatir la miseria, ayudar a la gente humilde. Cuidar a los niños que representan el futuro del país. Tratar de orientarlos. Bueno…poder nunca he tenido y tampoco lo he deseado, ni siquiera se me ocurrió pensarlo”.
Ferviente luchador por los derechos sociales, su lectura favorita tenía relación con las cuestiones jurídicas, dado que se debían “conocer las leyes para poder defenderse de todo”, expresaba. Participó activamente en los debates acerca de la problemática situación que atravesaban los jubilados y las pensionadas. Del mismo modo, cuando en 1961 se dio a conocer el plan extranjero de reestructuración de los ferrocarriles, que tenía la intención de favorecer a la industria automotriz, intervino en las discusiones y en la lucha para poner freno a ese tren destructor puesto en marcha durante el gobierno de Frondizi.
El 25 de junio de 1977, la prensa local tituló: “Murió un auténtico dirigente gremial: Agustín Sívori.” Aquel hombre que se entregó de lleno a su trabajo en la Mutual Ferroviaria y con pasión puso sus energías donde las necesidades del pueblo trabajador se tornaban más flagelantes. El hombre de los “cabellos de plata”, de figura delgada, en su bicicleta, con su libreta y sus minuciosas anotaciones, dejaría de transitar las calles de Tandil. Tenía 79 años.
Como muy bien lo reflejó aquel día un cronista de El Eco de Tandil: “…Su figura poseía calor y destino. El amor a la humanidad le iluminaba juvenilmente su viejo rostro. Es posible que al verlo -como dijo el poeta- la primera sorprendida haya sido la muerte.”








PUNTOS DE VISTA*



- ¿Crees en los ángeles?
- ¿A qué viene esa pregunta? No me digas que estás ganando tiempo...
- No, es que ayer le dije a mi psiquiatra que tenía un ángel metido en el cuarto, aconsejándome que me tirara por la ventana.
- ¿Y...?
- Se limitó a decirme que yo era demasiado gordo para caber por esa ventana, que lo tuviera en cuenta la próxima vez que me pasara la idea por la mente… Pero no respondes a mi pregunta, ¿crees en los ángeles?
- ¿Y tú?
- No en el angelito de la guarda que enseñan en el catecismo, al modo cristiano del intermediario entre Dios y los hombres, ni en los nueve coros de serafines, querubines, tronos, dominaciones, potestades, virtudes... Más bien como poderes cósmicos entre la divinidad y el humano. Muy a mi modo, pero creo. Y sigues sin contestar.
- No es fácil, hay muchas teorías, tendría que pensar en el origen de la palabra, viene del griego aggelos, mensajero… tal vez yendo por ahí, aunque también me gusta el truco cristiano de usar a los ángeles como medio para degradar a las religiones politeístas, reduciendo a los dioses menores a hijos de Dios, súbditos, meros cortesanos…
- No teorices más, la respuesta es sí o no, ya tienes la mía.
- El mundo no se reduce a sí o no, creer y no creer son categorías que se funden, son sólo puntos de vista...
- ¿Soy tu amigo?
- Sí.
- ¿Te gusta el póquer?
- Sí.
- ¿Crees en los ángeles?
- No. Es definitivo.
- Así se habla - y exponiendo las cartas -. A ver si me superas este Full House.
- Escalera de color, he vuelto a ganar.
- Oye, es todo lo que me queda de la pensión, dame un crédito hasta el domingo, para terminar el mes con cierto decoro.
- Si no quieres perder, no juegues. ¿Has oído hablar de la nueva masajista que se instaló en el Barrio Chino? Tiene unos tatuajes admirables. ¡Y unas manos!… Tu dinero me paga un tratamiento completo.

Recogió los arrugados billetes, se agazapó en el borde de la ventana, desplegó sus alas y se lanzó al vacío, haciendo una increíble pirueta antes de elevarse sobre los rascacielos.




*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.
-Publicado en el libro “Tonos de Verde”, editorial Yoescribo, Mallorca.









“Es infinita esta riqueza abandonada”

LAS 200 OMISIONES*
de la antología “200 años de poesía argentina”


Por cierto, las antologías poéticas del país dejaron de ser motivo de interés en los circuitos literarios y culturales por razones más que obvias. Una serie de objetos voladores no identificados, para ser ilustrativos, arreció estos años sin piedad sobre la credibilidad y el sentido. Y entre esos objetos hubo ejemplos, valga la redundancia, de verdad antológicos: una muestra de poesía argentina de finales de siglo, editada en la ciudad en 1995, y presentada con discursos y platillos, que incluyó a 23 autores nacionales, 21 de ellos de Buenos Aires. Y otra, para decir sólo de dos ejemplos, más cercana, también preparada en la ciudad, y editada en Santiago de Chile, que terminó siendo más conocida, y comentada, por los piedrazos y palos chilenos que recibió.

Pero por estos días el interés parece haber regresado, por un nuevo ejemplo, sobre el tema antología (que es todo un tema). Más bien se fue gestando una corriente de monólogos, por decirlo de alguna forma, donde intervienen, observo, tanto escritores como docentes, y que se incluye ya en algunas “cartas de lectores”. La aparición de la antología “200 años de poesía argentina”, en el año del bicentenario, tiene ese mérito. Un tomo editado por la editorial Alfaguara, de un millar de páginas, que se presenta como un verdadero documento histórico (que incluye la letra del Himno Nacional), y que fue precedido de una avanzada publicitaria y de un abanico de auspicios varios, comprendió a unos y a otros, y no podía ser para menos.

Porque la falta de interés en la edición de libros de poesía por la industria editorial; la apatía o el descuido, para lo mismo, por las instituciones oficiales, ya nacionales o provinciales; la carencia de obras ensayísticas que aborden la cosa poética nacional y la poesía en su historicidad, ya como letra y voz de nuestros creadores; y, en definitiva, la necesidad cultural de un compendio del horizonte de voces, también para su incidencia en el quehacer docente, creaban un deseo, una expectativa, en torno de esta muestra que se anunciaba bajo el nombre ostentoso de “200 años de poesía argentina”.

Pero será el propio Licenciado Monteleone, firmante de la antología citada y crítico del matutino La Nación, quien en los comienzos mismos del prólogo nos va a advertir, contraviniendo en rigor al propio título, y abriendo el paraguas, para que no queden dudas, lo que sigue acerca de la obra: “Tal vez no sea un conjunto más o menos razonado o azaroso de inclusiones, sino un sistema de ausencias, porque la acosa el fantasma de la totalidad. No sólo porque hay poetas que no están, que deberían haberse incluido y que, aun por motivos extraliterarios, cuya peripecia es irrelevante, no figuran en esta selección”.

Entonces uno no puede sino preguntarse ante tan voluminoso y pesado tomo, ¿en qué quedamos? ¿”200 años de poesía argentina”?, ¿o el acoso del fantasma de la totalidad?; ¿”200 años de poesía argentina”?, ¿o los poetas no incluidos por motivos extraliterarios? Y ¿cuáles son esos motivos? Porque aquí quedaron desdeñadas, o en olvido, las producciones poéticas de provincias enteras, en no pocos casos en las voces de poetas referenciales, o de verdaderos hitos (¿acaso Carlos Alberto Álvarez, Bernardo Canal Feijóo y Roberto Themis Speroni no lo son?, ¿y Felipe Aldana?, ¿y la santiagueña María Adela Agudo?), que desvanecen o tiran por tierra el publicitado sentido documental de la obra. Ciertamente, hay toda una provincia copiosa de omisiones, de identidades y obras soslayadas –recordamos a propósito algunos poemas de Felipe Rojas, de Lucía Carmona, entre otros–, que dan a esos aires latido y carnadura. Porque podrá afirmarse que están presentes tales voces y tales otras, amadas siempre y leídas (bueno sería que tampoco lo estuvieran), pero faltan esas geografías, esos poetas, de los que por ejemplo habla esa docente en las “cartas de lectores” del diario El Día, de La Plata, con tanta razón y elocuencia.

No están excluidos dos, tres o diez poetas, cuyas ausencias podrían tratarse de un juicio o de un olvido del antólogo; aquí queda en entredicho el título mismo de la obra, ya que los 200 años de la poesía argentina fueron y siguen siendo otra cosa, con una diversidad honda y una vitalidad que el Licenciado Monteleone, parece, no ha comprendido, y una apertura y una promesa que los tornan ejemplares. Caben numerosas preguntas, entre tantas sorpresas que tejen las ausencias, en un tema inclusive que a nivel ensayístico, a nivel de la fecundidad e incidencia de la propia historia en sus dos siglos, esta obra no alcanza siquiera a rozar con sus escasas y ligeras veinticuatro páginas de prólogo.

Las ausencias son más que significativas, y van, por acercar sólo algunos ejemplos, desde Álvaro Yunque a Julio Huasi, o desde Armando Tejada Gómez a Alberto Vanasco, nombres a los que se suman el cordobés Osvaldo Guevara, autor de ese legendario canto al sapo, que es probable que el Licenciado Monteleone aún no haya leído, y el platense Horacio Preler, con sus estremecedores poemas de Oscura memoria (1992). Pero lo que también sorprende, y deja pensando, en estos ríos de exclusiones, es que esas aguas también atañen a numerosas voces de referencia actual en sus provincias, que han contribuido con sus obras, escritas en el lapso de estas tres décadas, para la extensión de un mapa lo suficientemente cierto e identificable. La lista es importante; pero baste citar a cuatro muy apreciados poetas: Jorge Isaías (Los Quirquinchos, 1946), autor de una singular Crónica gringa, con numerosas ediciones; César Cantoni (La Plata, 1951); Alejandro Schmidt (Villa María, 1955) y Roberto Malatesta (Santa Fe, 1961), creador del recordado poemario Por encima de los techos (2003), entre otras obras. Y además de ello los duros poemas de Soldados, de Gustavo Caso Rosendi (Esquel, 1962), vivenciados en el campo de batalla, en Malvinas.

Pero avanzando y volviendo sobre esas mil páginas son más y más los pozos de olvido, los huecos, de modo increíble, desde el entrañable Marasso (de “Dichoso aquel que vive en mansión heredada…”) hasta el inspirado Romilio Ribero, creador de un Libro de bodas… (1963), que aún canta y maravilla. Y más, mucho más, porque los viejos maestros modernistas tampoco la sacaron barata: desde Leopoldo Díaz al polémico Manuel Ugarte; como si una podadora automática hubiera pasado zumbando con todo su filo. De modo parecido se obró, entendemos, en relación a la poesía de Buenos Aires de estos años, con intensos poemas de referencia, en su mayoría ignorados o desechados.

Preguntamos: ¿estaba el Licenciado Monteleone, aun con el aporte de su ayudante Saavedra, en condiciones intelectuales para intentar abordar una obra de tal magnitud? ¿O se trató, en verdad, que la editorial Alfaguara entrevió un mercado propicio con la poesía, a propósito del bicentenario, y tuvo en cercanía o a mano al Licenciado Monteleone para redondear un libro, aunque fuera sin mucha investigación, que llegara a las librerías alrededor de mediados de año? Porque, además de cualquier presunción o crítica, fue el propio Licenciado que en reportaje escrito declaró que le llevó un año, un solo año, terminar un libro que trata de una historia de dos siglos. Todo un verdadero record Guinness, para figurar en los anuarios, pero no en las páginas que entiendan del territorio vasto y profundo de la Poesía Argentina, que sigue siendo posible.

Por momentos siento que ésta es una antología, básicamente, para circular y afirmarse en los cenáculos de los selectos grupos del denominado “canon porteño”, y para su difusión y confirmación más allá de sus fronteras, y decididamente para la facturación y caja de la empresa editorial. A propósito, una vez me tocó escuchar en una reunión informal de poetas, en cercanía del Centro Cultural Rivadavia, de Rosario, unas palabras que a nadie sorprendieron, y que decían, si recuerdo bien: “En Buenos Aires cualquiera hace una antología de poesía argentina, que después aparece comentada en los diarios…” Otras veces, en otros encuentros, me tocó escuchar cosas por el estilo, que ahora no puedo sino recordar.

Hay un mapa concreto y amplio de la poesía argentina –y no una pirámide, como afirma extrañamente el Licenciado firmante–, en nombres y en títulos, que en esta obra aparece lastimado, entre nieblas y agujeros negros; en mucho, también, por los numerosos poemas referenciales, inclusive de los poetas seleccionados, en que esta antología no reparó. “Esto sucede –escuché exponer a una profesora de letras– por la falta de un equipo de investigación, con tiempo y espacio, y porque todo recayó en una sola persona y en una empresa editorial comercial, aun tratándose de un segmento sensible de la producción cultural del país.”
Copio a continuación algunas palabras de otra docente, en este caso del diario El Día, también críticas a partir de la no inclusión de Roberto Themis Speroni y de otros poetas platenses, que firma Laura Santoro y que asevera, entre otras cosas: “Hay omisiones que son inexplicables en la antología de Monteleone (...). Habrá que explicar a los alumnos de las muchas escuelas y universidades argentinas”. Para concluir: “es imperdonable para la memoria de la literatura argentina”. Y a tal punto, creo, que el Licenciado Monteleone les debe una disculpa a los poetas del país, inclusive, y mucho más, a los seleccionados, por haberlos enrumbado en una aventura precaria y sin destino. Y a la editorial Alfaguara, que entrevió en la poesía la posibilidad de una concreción rápida y jugosa, no creo que le quede más que reparar lo hecho, y, mientras, reintegrar a los lectores los importes embolsados.

Una antología, siento, muy propia de este tiempo que corre, y muy representativa de él, con toda su arrogancia, sin dudas, su olvido, su desdén y sus vacíos.




*De EDUARDO DALTER.

Buenos Aires, agosto de 2010

-Eduardo Dalter nació en Buenos Aires en 1947. Poeta e investigador cultural. Parte de su obra está reunida en la antología Hojas de ruta, 1984-2004, que tuvo edición en 2005. En el bienio 2004/2005 diseñó y dictó los seminarios de poesía latinoamericana en la Facultad de Filosofía y Letras de la UBA.




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