martes, diciembre 25, 2007

ESCENARIOS DE SOMBRA COLECTIVA...


II*




Tal vez cuando la noche
atropelle con sus sombras
estos sueños últimos
los que reculan
en el odio
masticando
un resentimiento oscuro
como el dios pequeño
que nos odia sin motivo
porque todos saben
que nunca molestamos
que tal vez nuestro pecado
sea esta costumbre
eterna de plañir
como al chico
al que le sacan
la teta de golpe
y sin aviso.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
-Donde supura el aire. Poemas.
Nos y Otros Editores. Madrid. 2007.





ESCENARIOS DE SOMBRA COLECTIVA...





¿Podemos ser tolerantes?*


Navidad, Año Nuevo... el momento ideal para una pregunta que plantea el desafío más urgente: aprender a aceptar al otro
Domingo 23 de diciembre de 2007 | Publicado en la Edición impresa


En un libro publicado en 1980 (Guerra de trincheras 1914-1918: el sistema de vivir y dejar vivir), el historiador inglés Tony Asworth cuenta un fenómeno poco divulgado de la Primera Guerra Mundial. La cercanía de las trincheras enemigas, que a veces no distaban más de 15 metros, hizo que en un momento
los soldados de uno y otro bando empezaran a ver en sus contrarios a alguien muy parecido a ellos mismos. Cuando dejaron de ser anónimos, cuando tuvieron rostros y voces, les resultó difícil odiarse porque sí. Ante esta comprobación, en lugar de aniquilarse rápidamente, cosa que la corta distancia hubiese permitido, comenzaron a desarrollar sentimientos amistosos y hasta acabaron por celebrar en forma conjunta las Navidades. Había largos períodos de calma y una especie de acuerdo tácito y mutuo de no atacarse.
Esto desconcertó y enfureció a los jefes, a tal punto que, en febrero de 1917, el comandante de la decimosexta división de la infantería británica emitió un bando por el cual prohibía terminantemente entrar en contacto con el enemigo (a menos que fuera para liquidarlo) y prometía severos castigos
para los infractores.
Han transcurrido desde entonces noventa y un años. Hoy y aquí, la vida cotidiana parece a menudo una guerra de trincheras. La calle, los espacios laborales, los lugares públicos, las relaciones sociales y a menudo también las íntimas, la arena política, los campos deportivos, e incluso, con inquietante frecuencia, las tramas familiares o los vínculos de pareja semejan escenarios de permanentes batallas. Y parecería, además, que aquel bando del comandante británico tuviera plena vigencia y obediencia. El
armamento más común incluye la descalificación, la impaciencia, el prejuicio, el juzgamiento rápido y sin pruebas, la indiferencia, la manipulación, el ventajismo, el desprecio hacia las necesidades o prioridades ajenas. Todo esto puede sintetizarse, finalmente, en una sola palabra: intolerancia.

Sujetos y objetos
Tolerancia, define la Real Academia de la Lengua, es el respeto y la consideración hacia las opiniones y las prácticas de los demás aunque sean diferentes de las nuestras. La intolerancia, su opuesto, suele ser
distintiva de aquellos entornos en los cuales el otro es visto como ajeno, como amenazante, como un obstáculo o, en el mejor de los casos, como un simple medio para la obtención de un fin. Según señalaba el gran pensador humanista austríaco Viktor Frankl, autor de El hombre en busca de sentido y creador de la logoterapia, en ese entorno se deterioran las relaciones de sujeto a sujeto (en las que cada persona es registrada y aceptada por la otra como quien es y cada sujeto resulta, para el otro sujeto, un fin en sí mismo) y se instalan, en su reemplazo, los vínculos de sujeto a objeto (en los que el otro sólo es percibido en función de si "me es útil o no me es útil"). Así, cuando alguien no es "útil" (como socio, como amigo, como conciudadano, como pareja, como vecino, como coparticipante de una misma actividad), interfiere, estorba, molesta, distrae, resulta intolerable. Se instala la intolerancia.
¿Cómo se llega a esto? La psicoterapeuta Connie Zweig, especializada en la obra de Carl Jung (figura fundante de la psicología contemporánea) y estudiosa de los aspectos oscuros de la naturaleza humana, dice que basta con leer los diarios de cada mañana, ver los noticieros de la televisión, observar el comportamiento de las personas, para llegar a la conclusión de que "el mundo se ha convertido en el escenario de la sombra colectiva".

Sombras y algo más
La sombra, recuerda Zweig, es aquello que, como definió Jung, expulsamos de nuestra conciencia, no aceptamos como parte de nosotros mismos y depositamos en otros. La sombra es la cara opuesta del ego. El ego es nuestra identidad pública y "oficial", aquello que aspiramos a ser, la imagen que deseamos que
los otros tengan de nosotros. ¿Qué hacer, entonces, con nuestros aspectos no deseados? Se los atribuimos sólo a los otros y, cuando los advertimos en ellos, nos volvemos intolerantes hacia esas personas.
La clásica novela del escritor escocés Robert L. Stevenson El extraño caso del doctor Jekyll y Mister Hyde es un planteo visionario sobre esta cuestión. El doctor Jekyll, un científico intachable, encierra en sí al señor Hyde, un epítome de la maldad, y hasta desea ser como él, cosa que sólo consigue a través de una pócima de su invención que lo transforma y le hace perder el dominio de sí. Cuando está lúcido y consciente, Jekyll aborrece a Hyde, no lo acepta, lo odia hasta desearle la muerte. "Los conflictos externos son manifestaciones de conflictos internos. Si alguien odia a otro, si no lo tolera, es porque de alguna forma se odia a sí mismo, no tolera aspectos propios que ve en aquél", explica al respecto Lou
Marinoff, asesor filosófico y autor de Más Platón y menos Prozac.
Zweig, Jung, Stevenson y Marinoff parecen coincidir, desde diferentes lugares, en que la intolerancia tiene un origen interno. Es decir, en que "como es adentro es afuera", según se suele afirmar. Y en esta misma dirección se mueve Daniel Goleman, divulgador científico y creador de la categoría inteligencia emocional. Goleman lo observa desde la empatía. Aún más que la tolerancia, sería la empatía el verdadero opuesto de la intolerancia.
Empatía es la capacidad de una persona para participar y resonar afectivamente en la realidad de otra, para vibrar en una misma longitud de onda emocional. De allí nace la comprensión y deviene la aceptación. Es imposible empatizar si primero no se registra a la otra persona, si no se la observa con una mirada abierta y receptiva, no mecanizada, no automatizada.
Como cada uno de los pasos y de los ingredientes con que se construyen y sostienen los vínculos humanos sólidos y enraizados, la empatía requiere tiempo y dedicación, presencia activa, no virtual ni formal, no espasmódica ni superficial.

Sordera emocional
"La empatía se construye sobre la conciencia de uno mismo; cuanto más abiertos estamos a nuestras propias emociones, más hábiles seremos para interpretar los sentimientos -sostiene Goleman-. Quienes no pueden interpretar sus propios sentimientos, se sienten totalmente perdidos cuando se trata de saber lo que siente alguien que está con ellos. Son emocionalmente sordos." Desde esta perspectiva, entonces, la intolerancia podría ser definida como una suerte de sordera emocional.
Así como el exceso de ruido puede derivar en sordera, también la desproporción de bullicio exterior puede contribuir a esa marcada hipoacusia emocional que Goleman define como alexitimia. Cuando más se desentienden las personas de sus necesidades profundas y trascendentes, necesidades de orden afectivo y espiritual (no necesariamente religioso) que no pueden tocarse, pesarse, medirse ni valorarse en términos económicos, cuando se diluye la conciencia de que cada vida es parte de un todo, que la incluye y le da significado, se quiebra un sutil equilibrio existencial y el ruido exterior invade todo el ámbito del ser. A esto aluden y aludieron con insistencia agudos y lúcidos pensadores y observadores del paisaje humano, como el propio Frankl, Erich Fromm, Zygmunt Bauman (con su concepto de vida líquida,
como vida sin consistencia ni permanencia), Sam Keen, Ernesto Sabato, Albert Camus, entre tantos más.
El ruido exterior es producido por el consumo ansioso y obsesivo (de bienes, de experiencias, incluso de personas), por la sucesión de vivencias inconclusas (no hay tiempo para permanecer hasta el final de los procesos, para conocer a las personas), por la carrera detrás de medios convertidos en fines (como el dinero, el éxito, la figuración social, el poder). Se trata de un bullicio paradójico. Cuanto menos contacto con el espacio interior (psíquico, emocional, espiritual y afectivo), mayor vacío en ese espacio,
mayor angustia existencial. Y, para tapar el efecto desolador de esta angustia, se busca aun más bullicio. Insertadas en ese círculo angustioso, las personas se desconocen, no se reconocen como semejantes, sucumbe la empatía, se entroniza la intolerancia.
De esto trata, en parte, la muy bella novela Elizabeth Costello, del autor sudafricano J. M. Coetzee, premio Nobel de Literatura en 2003. Elizabeth, la escritora protagonista (un álter ego del autor), reflexiona acerca de las grandes tragedias humanas, acerca de la intolerancia, el genocidio, los desencuentros entre las personas, tanto en lo social como en lo cotidiano. Y piensa que ocurren porque olvidamos una pregunta sencilla, profunda y grandiosa: "¿Cómo sería yo si eso me estuviera pasando a mí?". Cuando la omitimos, dice, cerramos nuestro corazón. El olvido de esa pregunta es, en efecto, un salvoconducto hacia la intolerancia.
En el espacio que dicho interrogante deja vacío, se suele afianzar un concepto que Jaume Soler y Mercé Conangla, mentores de la ecología emocional, consideran consigna básica del intolerante: "Así soy yo, así es el mundo". Es decir, cuando nuestra visión del mundo, nuestros pensamientos, nuestros deseos, nuestro ego son el patrón de medida, todo el que no entra en él descalifica. Y es descalificado. Se trata de un modelo de comportamiento tan riesgoso como extendido, ya que al no existir dos personas iguales, los márgenes de aceptación se reducen al mínimo.

La tolerancia intolerante
Como antítesis aparece una clásica frase que se le suele atribuir a Voltaire (seudónimo de François Marie Arouet), el filósofo iluminista francés del siglo diecisiete: "No estoy de acuerdo con lo que usted dice, pero lucharé hasta la muerte para que tenga el derecho de decirlo". Más allá de que Voltaire haya dicho o no esas palabras (que no aparecen escritas en sus obras), sin duda reflejan una clara idea de la aceptación del otro. Y Voltaire sufrió crudamente, en carne propia, las consecuencias de la intolerancia y el fanatismo.
¿Es entonces la tolerancia el obvio camino de salida? La respuesta no resulta tan fácil como parece. "No me gusta la palabra tolerancia, pero no encuentro otra mejor. La tolerancia puede llevar implícita la suposición injustificada de que la fe de los demás es inferior a la nuestra", escribía el Mahatma Gandhi, líder de la revolución pacífica que derivó en la independencia de la India, en una carta enviada a sus discípulos en 1930, mientras estaba encarcelado. Con sutileza, Gandhi daba en un punto sensible
de la cuestión. Tolerar conlleva, de alguna manera, cierto germen de superioridad. Hay un tolerante y un tolerado. En la tolerancia queda aún un matiz de juicio ("Soy mejor que tú, por eso te tolero a pesar de tus defectos"). El vínculo se mantiene en un plano inclinado; no alcanza aún la paridad.
Acaso por esto se escucha con tanta frecuencia la frase: "Soy una persona tolerante". Es que autodefinirse como tolerante equivale a tener un pensamiento "políticamente correcto". Y en las últimas dos décadas el pensamiento políticamente correcto (aplicado al trato entre las personas, al uso o no de ciertas palabras, a la defensa de ciertas causas) ha tenido un auge notable. Y riesgoso, al menos según el doctor en filosofía francés Vladimir Volkoff (especialista en manipulación informativa, autor de La
désinformation par l'image). "Lo políticamente correcto consiste en la observación de la sociedad y de la historia en términos maniqueos. Lo políticamente correcto representa el bien y lo políticamente incorrecto representa el mal", señala Volkoff. Según su mirada, esta modalidad anula la posibilidad de la discrepancia, exige alinearse en torno de lo que se considera "bueno" y acarrea el riesgo cierto de crear una nueva intolerancia, esta vez hacia quienes no se proclamen "tolerantes".
El profesor de Etica y Economía de la Universidad de Barcelona, Félix Ovejero Lucas, describe a los cultores de esta modalidad como "intolerantes de segundo tipo", los que "no pueden admitir su condición de tales y hasta se muestran como los campeones de la flexibilidad mental". Eso no evita que el germen de la intolerancia perdure en su interior. Pablo Latapí, educador e investigador de la Universidad Nacional Autónoma de México, escribe al respecto: "No quiero imaginarme una sociedad democrática -definida por este concepto- como un conjunto de personas que se aguantan unas a otras, que se
soportan porque no les queda otro remedio y que están reprimiendo sus antipatías y animosidades recíprocamente".

Sobre la aceptación
¿Es imposible, finalmente, ser tolerante? Quizá, después de todo, no se trate de ser tolerante, sino de aprender a aceptar. La aceptación, a diferencia del plano inclinado de la tolerancia, es una interacción que se da en un nivel de paridad. En su Diccionario del uso del español (una de las más bellas herramientas para explorar el idioma), la filóloga María Moliner describe la acción de aceptar como "recibir algo considerándolo bueno". Nada más alejado del prejuicio. Aceptar, en el caso de los vínculos humanos, es tomar al otro sin juzgarlo, acercarse a él como quien se interna en un universo que ofrece infinitos misterios y dimensiones, escucharlo y mirarlo con la intención de percibir en sus palabras y en sus aspectos su singularidad. Aceptar es, también, saber que no se puede cambiar al otro, y que quizá no se debe. Es respetar del mismo modo en que aspiramos a ser respetados, tener en cuenta del mismo modo en el que queremos ser registrados.
En un planeta con más de seis mil millones de habitantes humanos, no existe la obligación para cada uno de tener vínculos con todos los demás. Sería, por otro lado, imposible. Las relaciones interpersonales se establecen a partir de la elección. Elegimos con quién nos vinculamos, y el elegir nos hace responsables de nuestra participación en esa relación. Esto necesita observación, atención, disposición, apertura de mente y de corazón, presencia y tiempo. Los mismos ingredientes forman parte del acto por el cual elegimos no vincularnos con alguien o desvincularnos de esa persona. Y los mismos seis componentes constituyen el más poderoso antídoto contra la intolerancia.
Queda mucho trabajo, personal y colectivo, en el camino hacia la erradicación de la intolerancia en las relaciones interpersonales. Aguarda la tarea de acercar las trincheras de las batallas cotidianas hasta observar los rostros de los demás y empezar a descubrir que se parecen mucho al nuestro. Hay un camino por recorrer para conocer al otro y admitirlo en su identidad. La intolerancia es hija de la ignorancia y madre de las guerras, públicas y privadas, grandes y pequeñas. Aquellos soldados que menciona el historiador Asworth habían hecho ese "peligroso" descubrimiento y los obligaron a olvidarlo. Cristóbal Garro, ex profesor del Colegio Mariano Acosta de Buenos Aires, socio de honor de la Asociación Argentina para la Infancia, dice: "Practicar la tolerancia no significa renunciar a las convicciones personales ni atemperarlas. Significa que toda persona es libre de adherir a sus convicciones individuales y aceptar que los demás adhieran a las suyas propias. Significa aceptar el hecho de que los seres humanos, naturalmente caracterizados por la diversidad de su aspecto, su situación, su forma de expresarse, su comportamiento y sus valores, tienen derecho a vivir en paz y
a ser como son".
Para salir de la intolerancia es preciso aprender una tarea que requiere de las herramientas más valiosas de la inteligencia humana: la de usar los zapatos del otro y sentarse en su silla. Desde allí se asiste a una experiencia siempre deslumbrante y enriquecedora. La experiencia del encuentro.


*Por Sergio Sinay revista@lanacion.com.ar

Para saber más:
www.inadi.gov.ar
www.humanrightsfirst.org
www.intolerantesanonimos.org

De todos
Desde 1995, y por iniciativa de la Unesco, cada 16 de noviembre se conmemora en todo el mundo el Día Internacional de la Tolerancia. En los fundamentos se recuerda que el desarrollo de la tolerancia y la confianza es algo que requiere tiempo y esfuerzos, y que fomentarla supone el acceso a la educación, mientras que la intolerancia suele tener sus raíces en la ignorancia y el temor a lo desconocido, al "otro", a otras culturas, religiones y naciones. También, falsas nociones acerca del orgullo y una
baja autoestima son factores que estimulan la intolerancia, se argumenta.
La intolerancia es un inquietante fenómeno de alcance mundial -se reconoce en la Unesco- que toma características locales y nacionales específicas. Su erradicación depende en mucho, por lo tanto, de las medidas locales, nacionales e individuales que se adopten. Se trata de una responsabilidad de la que nadie escapa.

Intolerantes anónimos
Intolerantes Anónimos (IA) es un organismo auspiciado por el Consejo de la Juventud de España (CJE) que reúne entidades juveniles y fue creado en 1983 por los Consejos de Juventud de las Comunidades Autónomas y organizaciones juveniles del ámbito estatal. A través de IA se puede ayudar a erradicar la intolerancia en los aspectos sociales y personales, y también se puede pedir ayuda para combatirla en uno mismo. Intolerantes Anónimos propone el siguiente decálogo:

1.- Educar en el respeto a los derechos humanos.
2.- Respetar el derecho a la propia identidad, compatibilizándolo con la igualdad de oportunidades.
3.- Superar la tendencia a buscar certezas absolutas, aprendiendo a relativizar el significado que damos a la realidad.
4.- Predecir y comprender las propias emociones y las de las otras personas de nuestro entorno.
5.- Adaptar la educación a la diversidad de las personas, luchando así contra la exclusión.
6.- Fomentar el aprendizaje cooperativo para que el éxito de los demás sea el propio éxito.
7.- Resaltar los valores y los aspectos más positivos de las diversas culturas.
8.- Superar los modelos etnocéntricos para que la cultura mayoritaria no se sobrevalore en detrimento de otras culturas.
9.- Promover la participación social de todos los ciudadanos colaborando, desde un status de igualdad, en objetivos compartidos.
10.- Propiciar modelos básicos de convivencia seguros y empáticos que permitan construir sobre ellos la igualdad y la tolerancia.

Delitos
Los delitos por intolerancia aumentaron el año pasado en Estados Unidos al menos un 8%, según el FBI. La policía estadounidense reportó 7722 incidentes criminales durante 2006, en todo el país, contra personas o contra la propiedad, como resultado de intolerancia hacia una raza, religión, orientación sexual, etnia, origen nacional o incapacidad física o mental.
Eso marca un incremento del 7,8% respecto de 2005. A su vez, la organización Human Rights First presentó un informe inquietante que abarca desde 1984, cuando comenzó el monitoreo del crecimiento de la intolerancia, hasta el año pasado. Los crímenes que tienen esa motivación no han cesado de crecer.
Los datos no son más tranquilizadores en Europa, donde las autoridades de la Unión Europea ven cómo se incrementan, en número y en violencia, las agresiones motivadas por intolerancia étnica, sexual, de género, religiosa o económica. No hay datos específicos en la Argentina, aunque bajo los efectos
de la globalización la pregunta sobre lo que éstos mostrarían merece explorarse.


*Fuente: LA NACIÓN
http://www.lanacion.com.ar/edicionimpresa/suplementos/revista/nota.asp?nota_id=972201





Sí, existe*


*Por Diana Baccaro dbaccaro@clarin.com


¿Má, Papá Noel existe? Estos días, como sucede desde hace miles de años, chicos de todo el mundo hacen la misma pregunta, y no es un engaño decirles que sí, que existe. Es un juego, una ceremonia lúdica en la que participa toda la familia. En 1897 una nena le escribió a un diario: "Estimado director: Tengo 8 años. Algunos de mis amiguitos dicen que Santa Claus no existe. Mi papá me ha dicho que si lo dice el diario, existe". Francis Pharcellus Church fue el editorialista del New York Sun encargado de
responderle: "Tus amiguitos se equivocan, sólo creen en lo que ven (...) Sí, existe; de lo contrario no existirán las fantasías que vuelven tolerables nuestra existencia".
No, no es un engaño. ¿O acaso lo son los libros que hacen hablar a las hadas?


*FUENTE: http://www.clarin.com/diario/2007/12/23/sociedad/s-04605.htm






ANGELICA GORODISCHER: ESCRITORA
Aún extraño a Jap, mi perro de la bolsa*


No voy a decir qué año ni qué década ni qué momento ni nada, pero todo era muy distinto. ¡Qué Papá Noel ni qué camarones fritos! ¡Qué arbolito de Navidad ni qué ombú de las pampas! Todo era mucho más calmo y silencioso.
Casi secreto. Armábamos el pesebre. Las figuras y los decorados estaban guardados en una caja en la parte de arriba del placard del dormitorio de huéspedes que no se usaba casi nunca y había que subirse a una escalerita y sacarla. Abrir la tapa: uy, qué olor a naftalina. Llevar todo al sol.
Reparar la piel de la vaca que estaba medio pelada y el manto de María que se había descolorido en los bordes. Armar, por fin el escenario y quedarse arrobada mirándolo: pastores, reyes, animales, estrellas, montañas, casi de todo. Casi un mundo.
A ese mundo le habíamos pedido cosas: muñecas, bicicletas. Una vez pedí un perro pero no hubo nada que hacer: me trajeron uno de juguete. Lo extraño fue que yo lo quise como si fuera de verdad y que todavía lo recuerdo: Perico Jap se llamaba y tenía orejas largas y peludas.
Esa noche no había grandes mesas familiares ni brindis a las doce. Una se iba a dormir temprano, comiéndose los codos de impaciencia. A la mañana siguiente era la cosa, cuando nos encontrábamos con nuestros regalos. Y a mediodía venían las tías viejas a almorzar. Después, con el perro de juguete o la muñeca apretada junto al pecho, nos íbamos a jugar y a esperar otra vez a que pasara otro año y llegara otra Navidad llena de esperanzas y de contento.


*FUENTE: http://www.clarin.com/diario/2007/12/23/sociedad/s-04708.htm






Ese día en que todo lo perdido vuelve*



La juventud termina, dice Isak Dinesen, cuando comprendemos que nuestro destino es exactamente igual al de los otros. Entonces empiezan a importar los ritos.
El año pasado, para las fiestas, yo me fui, solo, a Lisboa. Anduve largamente por callejones empinados, bajo guirnaldas de lucecitas; me sentaba melancólico a tomar café con la estatua de Fernando Pessoa; veía pasar familias con regalos y coros de niños que interrumpían sus villancicos bajo el abucheo de la llovizna y, aunque me preguntaba qué cuernos hacía tan lejos, no conseguía comprender. Hasta que una mañana, mientras buscaba la salida del laberinto del barrio árabe, se desató una tormenta y sin saber bien lo que hacía me refugié en la Iglesia de la Concepción, la más antigua de la ciudad, la única que se salvó del terremoto de 1775. Estaban celebrando misa. Como era día laborable, en la inmensa nave en sombras y ante un cura vestido de dorado y blanco, tiritaban sólo unos cuantos ancianitos. Pero cuando uno de ellos avanzó hasta el púlpito y empezó a leer las Escrituras, tratando de imponer su voz por sobre el trueno y el diluvio, de pronto, digo, comprendí. Arrullado por la música de los versículos me distraje de lo que decían; y pensé en el Cristo lacerado de la entrada, pensé en el Cristo lacerado de la entrada, pensé en la tormenta y en la ciudad inhóspita, pensé en los barcos azotados contra el muelle y pensé en el mar que más de cien años atrás habían cruzado mis bisabuelos portugueses. Pensé, en fin, en ese rito que como durante siglos seguía acogiendo a ancianos y extranjeros, a aquellos que no tienen con quién compartir su memoria, y me dije, de pronto: "Esto es la poesía". Y no me pregunten por qué, pero también pensé: "Esto soy yo". Comprendí, digo, y fue mi forma de comulgar.
Por favor, entiéndanme: aquí, en la Argentina, Jamás piso una iglesia: soy, si Borges no me engaña, agnóstico. Y la mayoría de los curas me parecen similares a aquel sacerdote lisboeta que se impacientaba a cada vacilación del viejito lector y que luego recitó la liturgia con la desgana de cualquier burócrata. Tampoco hablo de las ceremonias patrióticas. Después del genocidio, de la guerra de Malvinas, de las leyes que consagraron la impunidad, me repugna toda fiesta que incluya a los culpables, y si alguna vez me llevan por confusión o por fuerza, seré aquellos que arriman la silla vacía a la mesa de los saciados, quienes devuelven a su fuente "la fruta podrida con que lacayos quieren envenenar mendigos".
Hablo de los ritos privados, secretos, que inventamos cuando volvemos de los pocos sitios en que el recuerdo revive, un jueves en Plaza de Mayo, una madrugada en el boliche cuando nuestra misma conversación parece una manta de retazos, el cumpleaños de un hijo huérfano que se vuelve, de pronto, la celebración de un antiguo deseo de dos. Hablo, en fin, de esos ritos que nos inventamos para que en nuestra soledad, como en el día de la creación, vuelva a escucharse el Verbo, porque nos sentíamos perdidos y estalló la tormenta, porque acabó la juventud y ya no tenemos con quién compartir nuestros recuerdos, y porque sólo volver a actuar como antes da sentido a esto que somos.
Sé de gente que pone a girar viejos discos de vinilo, y hay quien arregla su jardín y reparte en macetitas gajos de árbol antiguo. Hay quien prepara pan dulce tan sólo para resucitar una antigua artesanía y hay quienes se preocupan por conseguir uvas para comerlas una a una a las doce del 31 al ritmo del viejo reloj de un abuelo gallego que inició la tradición. En cuanto a mí, este año que tengo menos dinero y menos trabajo también, he estado desarmando y limpiando, pintando y volviendo a armar una cajita de madera balsa, tapa de vidrio y fondo de corcho, que un estudiante de zoología fabricó para clasificar insectos hacia 1975, y que su madre me ofreció hace un tiempo y yo acepté para guardar mis lápices. Bajo la caricia de la lija, tantos años después, la madera estuvo soltando para mí, como un secreto, su perfume de savia, y yo me acordé de aquel fin de año en que él y sus compañeros se preguntaban cuál sería la bandera que empuñarían el día de los grandes festejos, el Día de la Revolución, y un amigo proponía izar el delantal con que su madre, cada mes, limpiaba la silla donde se sentaba brevemente el patrón que venía a cobrar el alquiler. Yo, en cambio, para la fiesta eterna elijo, no el dolor que protejo en mí con el pudor del amor y el cuerpo, sino la breve fajita de letras blancas que identifica a la caja con un nombre científico: Familia Chrisomelidae.
La elijo como bandera, digo, sin saber si la cajita guardó insectos o mariposas, porque siento que es una buena forma de nombrar esta nueva familia que fuimos construyendo, este lazo que nos reúne en la tormenta como un templo disperso, este rito en el que todo lo perdido vuelve, vuelve, desde allí en donde esté. Familia Crisomelidea, sí: vos, yo, nuestros muertos y nuestros hijos, nuestra poesía y nuestro inmenso silencio. No un museo: un antiguo deseo en marcha. Familia Chrisomelidae, y ya no importan nuestros nombres.
El año pasado, en Lisboa, conocí mi primer fin de año en invierno. Mientras iba solo, recorriendo monumentos llovidos con una guía turística y un paraguas maltrecho, comprendí con cierta envidia para qué se sirven turrones, nueces, chocolates, en las fiestas: para esperar, para invitar, para acoger a las visitas ateridas de frío y de misterio. Y ahora que dejo de escribir y vuelvo a poner mi lápiz en la caja, ahora que cierro su tapa de vidrio, siento que escribo, sí, para volver a esperar, que acabo de tender mi mesa y la fiesta recomienza.
Y llaman a la puerta.




*De Leopoldo Brizuela.
Publicado en la edición de Clarín del viernes 29 de diciembre del 2000.






Incendios*

Es una vieja promesa: tenemos el desierto por delante y dos motos que responden bien. La mía es una ruidosa Tehuelche de industria nacional. Mi padre, desde su Vespa, se vuelve y me grita que ahí el general Roca chocó con los indios. No sé si es verdad porque mi padre es un mistificador de la
historia nacional, un mentiroso de aquellos. Va con el pucho en los labios y las antiparras blanqueadas por el polvo, estira el cuello como si se asomara por encima de la historia. En el maletín lleva pastelitos de dulce de membrillo y tortas fritas que compramos en Acha antes de internarnos en el puro desierto. Para mí es como estar en un cuento de Kipling, pero sin árboles africanos.
Mi padre había prometido volver a su mocedad de motores y distancias y esa aventura calzaba bien al esplendor de mi juventud. Ahí donde él dice que fusilaron a los indios hay como un paredón de piedras que han llegado de otro sitio pero cómo, para qué. Vamos por el huellón que años después será una ruta y al entrarle a la curva, cerca de los abrojos, mi padre hunde las ruedas en el polvo y sale lanzado por encima de los matorrales. Es un polvillo liviano y traicionero que cualquier buen piloto habría tomado en
diagonal, como se encaran los rieles o las grandes verdades. Pero mi padre no es el avezado rutero que dice ser. A tantos nos pasa. Sus consejos son siempre buenos pero no hay manera de que los ponga en práctica a la hora de necesitarlos. Y ahí va, volando como una gigantesca águila blanca, planeando
sobre el campo y los lejanos tiempos en que estuvo enamorado por primera vez. La caída es estrepitosa y ridícula; una rodada de anchos pantalones de sarga a los que van a pegarse los abrojos y los malos recuerdos. Lo jodido de ser joven, supongo que piensa mi padre mientras me mira avergonzado, es
que lo peor todavía está por venir. Creo que habrá pensado así mientras se sacaba los abrojos como si fueran pulgas.
La cantimplora se ha volcado, la moto no deja de bramar ahí tirada; el matorral de espinillos petisos se inclina con el viento. Dejo la Tehuelche en la hondonada y voy a buscarlo. Tiene una sonrisa boba, metida para adentro, como si lo hubieran sorprendido robando naranjas. Se levanta las antiparras y me dice que un golpe de aire le torció el manubrio justo cuando buscaba la diagonal. Si fuera a creer todo lo que dice no estaría detrás suyo, en esas fronteras que ahora vuelven a mí para cruzarse con otras que
intuyo adelante. Le paso las manos por debajo de los brazos y lo levanto hasta que al fin hace pie. Le da una patada furiosa a la Vespa y de pronto me señala un resplandor: una mancha roja que se abre paso por debajo de las nubes, allá donde nuestro camino se pierde en el horizonte. Ya había visto otros incendios me dice, pero en el río, cerca de Campana, nunca en el desierto.
Levanta la moto, comprueba que está bien y me indica unos arbustos que pueden darnos un rato de sombra. saca los pastelitos y prepara el mate en silencio. Al rato me doy cuenta de que se está devanando los sesos para encontrar una manera de atravesar el incendio sin quemarse el bigote. Le
digo como al pasar que tal vez sería mejor volver a Acha con el fresco de la noche. Enseguida se le tuerce la boca en un gesto sobrador. Otra vez me quiere mostrar su omnipotencia. Sólo que ya soy grande y no me creo lo suyo.
De chico me impresionaba porque sabía hacer cálculos complejos y se conocía de memoria las capitales de todo el mundo, pero después empezamos a alejarnos, a mirarnos con respeto, pero sin ternura. Ahora me daba cuenta de que ya venía jugado. Andaba buscando incendios no para apagarlos, sino para
desafiarse a sí mismo; cruzaba ríos por el gusto de ganarle a la correntada y si le inventaba historias a los próceres era porque anhelaba haberlas vivido en carne propia. Como si fuera Roca peleando contra los indios. Así le iba: desde que salió a las provincias llevaba rotos un brazo, la cabeza y varias costillas. Piloteaba cualquier cacharro a toda velocidad sin enterarse de que era pésimo al volante. A veces iba preso o lo trasladaban por irrespetuoso. Casi siempre terminaba mal. Por eso, quizá, rumiaba la idea de irle de frente al incendio y al caer la noche trazó la hipótesis, escuchada en alguna parte, de que la mejor manera de combatir el fuego es ponerle más fuego.
Insisto en volver a Acha y él se pone furioso. Un tipo joven y que lleva su apellido no puede ser tan cagón, me grita y enumera imposibles blasones familiares. Sabe que no vamos a cruzar entre las llamas, pero un día podrá contar que fui yo quien se lo impidió. Al rato abre el bidón de nafta que llevamos de emergencia y se sienta a dibujar en la tierra el círculo de seguridad que se propone crear quemando un kilómetro de arbustos. Lo dejo hacer, lo escucho y me digo que nunca ha dejado de ser un chico. Todo lo
hace sin pensar en las consecuencias. Esa clase de tipos que salen a comprar cigarrillos y tardan cinco años en volver.
A la hora de la cena el fuego aparece allá enfrente y una humareda negra cubre la luna. También, por fortuna, se ven relámpagos y pronto empiezan los truenos y las primeras gotas. Supongo que ha estado rezando para que Dios lo saque del apuro, pero lo primero que le oigo murmurar es que así debe ser el
Apocalipsis. Fuego y agua, vientos cruzados; víboras que huyen y pájaros incendiados. Mi padre levanta los puños como un poseído, recita salmos de desastre y corre en círculo vaciando el bidón. Me dice que lleve las motos bien lejos y cuando vuelvo prende el encendedor. Un par de veces se lo apaga
la lluvia hasta que por fin una mata toma fuego. En ese momento no pienso en el peligro, sino en el ridículo. Para que no entren las víboras, dice, por eso hizo un redondel de llamas. Furioso, lo agarro de las solapas y le grito que basta, que se deje de joder. Ya está lloviendo a cántaros y no tenemos
con qué cubrirnos. Al fin me pega un empujón, tose y se sienta a contemplar el desierto que ha elegido para medirse con sus fantasmas. Ya es tarde para salir de ahí porque el agua ha embarrado el camino. Igual, nunca me había pasado de sentirme tan dispuesto a romper con él y sus manías. Fui corriendo
a buscar la Tehuelche y empecé a desandar el camino, entre relámpagos. no me importaba abandonarlo a su suerte. Sin público que impresionar iba a volverse más razonable, supuse en ese momento y todavía pensaba lo mismo cuando escampó y me senté a esperarlo en una estación de servicio.
Pero no vino. Pasaron helicópteros, bomberos, tropas de auxilio y mi padre no llegó. Pregunté si habían encontrado gente atrapada allá y me dijeron que a dos alemanes y un viajante de comercio. Dormí un rato en el galpón de la gomería, cargué nafta y me largué de nuevo por el desierto. El campo tenía
una extraña tersura esmeralda que fulguraba con el sol. Los arbustos habían ardido hasta que el buen dios que acompañaba a mi padre les mandó un chaparrón. Sobre los huellones había grandes pájaros quemados y eso sí que no pude olvidarlo nunca.
Volví muchas veces a la llanura y siempre pensé en mi padre y en mí, en aquel que era entonces. Ahora el niño soy yo y mi juguete es la palabra: puedo hacer que ardan de nuevo aquellos pájaros y trazar un arco iris al amanecer. Ahí está mi padre, en un boliche a la entrada del pueblo. Lleva un piloto largo y parece Clint Eastwood al final de Los imperdonables. Está un poco borracho y al verme llegar se le dibuja en los labios una mueca de desdén. Me siento frente a él y pasamos una hora en silencio. De tanto en tanto, tose hasta ahogarse. Por fin, cuando se le terminan los cigarrillos, me mira a los ojos y me pregunta a dónde voy.
Al mismo lugar que él, le contesto. A comprarle juguetes para que crezca y de una vez por todas aprenda a andar solo por el mundo.


*de Osvaldo Soriano. Incluido en "Piratas, fantasmas y dinosaurios"
Editorial Norma. Bs. As. edición de 1996.






*

Queridas amigas, queridos amigos:

El domingo 23 de diciembre del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor argentino Ariel Ramírez (La Misa Criolla). La música de fondo serán villancicos del Coro de Lia Molina. Comentarios sobre la navidad en Latinoamérica y Austria de Walkala, Maximilian Schönberger y Johannes Rössler.
¡Les deseamos una feliz audición, unas alegres fiestas de fin de año y un feliz inicio del 2008!



ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!



REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067




Los escritos del año...*



Les propongo que cada cual elija un texto.
Uno solito de aquellos textos que le hayan conmovido más entre aquellos publicados en Inventiva durante el 2007. Asi despedimos y recibimos un año con una antología construida entre todos.

(Hasta el 30 de diciembre inclusive, espero vuestra elección)

Abrazo fuerte y lo mejor al porvenir para cada uno.


*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com







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sábado, diciembre 22, 2007

LO QUE SUCEDE CUANDO NO SUCEDE NADA...


VII*



Estamos fuera del camino
como la lechuza
que observa
con indiferente
impotencia
parada sobre un poste
que sostiene los hilos tensos
de un alambrado.
Nosotros creemos
que será pasajero;
sin querer
reconocer que es el destino
que tenemos
asignado para siempre.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
-Donde supura el aire. Poemas.
Nos y Otros Editores. Madrid. 2007.






LO QUE SUCEDE CUANDO NO SUCEDE NADA...





Sábado, 22 de Diciembre de 2007
Occidentales, cristianos y moderados*



*Por Osvaldo Bayer


El capitalismo y las democracias parlamentarias lo iban a solucionar todo.
Este optimismo interesado se pronunciaba con voz grave en la década del cincuenta. Estoy en Alemania, en la que he residido en varias oportunidades justamente desde esa década. La regla era aquello de la "libertad de competencia". El ansia de ganancia nos llevaría al progreso porque así todos debían dar lo mejor de sí si querían llevar una vida cómoda. Es decir, en otras palabras, el progreso venía si se luchaba por más poder. Y a eso está llegando el primer mundo. Están los que cada vez tienen más poder al poseer más dinero, pero también los que se van quedando al margen, a pesar de la advertencia de los que pregonan una repartición justa y viven con la humildad que enseña la sabiduría.
Las últimas estadísticas demuestran a lo que se ha llegado en Alemania, sin duda alguna el país capitalista mejor organizado. Comencemos por lo que ganan los ejecutivos de las grandes empresas germanas. (Hagamos la aclaración que ganan menos que los ejecutivos de las empresas norteamericanas y de muchas británicas y francesas.) Son cifras tan descabelladas que cabe la pregunta: ¿qué hacen con tanto dinero? Estos son los datos oficiales: Harry Roels, el titular de la firma energética RWE ganó
en el 2006, 16.560.000 euros de sueldo. Josef Ackermann, presidente del Deutsche Bank (Banco Alemán), 13.210.000 de euros en el 2006 y 11,9 millones, en el 2005. Dieter Zetsche, titular de Daimler-Chrysler; 5,09 millones. Ulrich Lehner, de Henkel, 6,10 millones; Wolfgang Mayrhuber, de
Lufthansa, 4,62 millones. Jürgen Hambrecht, de BAFS, 6,06 millones; Reithofer, de BMW, 2,8 millones; Werner Wenning, de Bayer, 3,47 millones; Bernd Pietschrieder, de Volkswagen, 3,53 millones; Klaus Kleinfeld, de Siemens, 3,62 millones (2006) y 3,27 millones (2005); Herbert Hainer, de Adidas, 3,79 millones (2006) y 4,17 millones,(2005); y sigue la larga lista.
Una verdadera afrenta en un país que tuvo a grandes pensadores de la Etica y que lleva a sus espaldas la infame experiencia de las guerras, de las cuales debería haber aprendido. Porque la primera pregunta que se hicieron todos los que leyeron estas estadísticas oficiales fue: ¿y qué hacen con tanto dinero?, porque ya si ganaran "apenas" un millón de euros por año no sabrían dónde gastar esas enormes sumas. Ya con un sueldo de treinta mil euros, es decir, 360.000 al año podrían permitirse residencias y los mejores autos, más viajes turísticos, etc., etc. ¿A dónde van a parar esas verdaderas grandes fortunas anuales? Compran propiedades y acciones en todas partes y ahora, la última, está de moda comprarse una estancia en la Patagonia. Total es fácil quitárselas a "los indios". Todo muy parecido al caso de los
jeques, aquellos que eran -y son- dueños de todo y hasta del destino, la vida y la muerte de las mujeres.
Es el más claro producto de la irracionalidad, porque ante cada nueva propiedad -lugar que tal vez conozcan una sola vez- deben procurarse custodias, cuidadores y representantes. Es, sin duda el ansia de poder, de tener más, de demostrar que se es poderoso, que se es capaz de dar órdenes con apenas un gesto.
Y ahora vamos al otro aspecto de esta sociedad que, como decimos, es el caso de las otras sociedades del denominado primer mundo. Hablemos de la pobreza de los niños. Los niños, que tendrían que ser sagrados para todos los pueblos, sagrados en sus derechos, porque son los que labrarán el futuro del mundo. Pero bien, veamos lo que pasa con los niños en ese país del primer mundo, Alemania, donde los ejecutivos ganan millones por año. Voy a reproducir un trabajo de uno de los que más conocen el tema, Uli Hauser,
publicado por Stern. Allí se dice textualmente: "Alemania rica, con niños pobres. Cada sexto niño en Alemania vive hoy bajo el nivel de pobreza. Más de 2,5 millones de niñas y niños no reciben lo necesario para alimentarse, vestirse y tener juguetes. Existe una tendencia que asusta: en Alemania nacen cada vez menos niños. Y al mismo tiempo cada vez más niños caen en la pobreza. El número de los nacimientos se ha reducido de 1.300.000 en 1965, a 680.000, es decir casi a la mitad. Pero el número de niños que son considerados pobres ha subido desde 1965 dieciséis veces". En números: 16 veces. Y el autor pasa a los detalles: Muchos de ellos van a la escuela sin desayunar y no pueden pagar las excursiones escolares. Y otros tantos tienen pocas esperanzas en un futuro mejor: alrededor de un tercio de los quinceañeros parte de la base que más tarde no van a encontrar ningún trabajo calificado. Este es el resultado del reciente estudio de Unicef, la obra social para niños de Naciones Unidas.
Todo esto viene desde que se redujo la ayuda a los desocupados. Ya en los tiempos de Bismarck, un conservador inteligente, todo desocupado alemán recibía una ayuda con la cual podía vivir en la decencia y criar a sus hijos. Esto fue reducido por una regla que se conoce por Hartz IV, el apellido de un ejecutivo de la Volkswagen que por esas vueltas de la historia ahora está siendo juzgado por un delito económico. Las realidades definen a este señor que se prestó a disminuir esa ayuda que fue siempre
tradicional en el Estado alemán. Por ejemplo, por ese plan que se aplica ahora, a cada padre desocupado, si tiene niños, se le da 1,76 euro para material escolar; y 0,86 centavos para juguetes por mes. Con lo primero puede comprar una birome y media, y con 0,86 centavos no puede comprar ni una figurita de chocolatín.
La pregunta es: ¿qué hacen los sindicatos sobre esto? ¿Y las Iglesias? ¿Por qué el papa Ratzinger, que es alemán, no le envía una carta a la primera ministra Merkel, que es demócrata cristiana, remarco: cristiana, para que el ejecutivo Ackermann, presidente del Deutsche Bank, done por lo menos un millón de los 13 que ganó en el 2006, para que los niños pobres de su país puedan comprarse una figurita por mes? ¿O acaso -hablo de Ratzinger- le parece mejor que formen cola para pedirle eso a San Cayetano?
El estudio que hemos mencionado, agrega: "Las entradas de los alemanes más pobres son, desde 1992, en un 13 por ciento menores. No son sólo los desocupados los que reciben menos", sostiene Bernd Sigellow, fundador del Proyecto de Ayuda infantil "El Arca".
Lo acaba de decir el propio presidente alemán Horst Köhler, quien en un discurso a fines de noviembre señaló: "En la población reina la sensación comprensible que las entradas de algunos suben mientras las de otros más bien quedan congeladas". Una forma suave de advertir. Es que el mandatario hizo notar que hay una separación virtual entre las empresas y la población.
Y lo dijo: "Se me ocurre que la economía tiene el deber de no crear diferencias. Los consejos empresariales -agregó- tienen que ocuparse que los managers de sus empresas no pierdan el sentido de saber quedar con los pies en la tierra". Para finalmente señalar: "Necesitamos la cultura de la
moderación y del ejemplo por parte de los conductores de nuestras empresas".
Más que cultura y moderación de los "managers" se necesita en el mundo emplear definitivamente la palabra Justicia. Justicia siempre viene rodeada de conceptos como Solidaridad y Grandeza. Las sociedades tienen que enseñar que un niño con hambre es culpa de cada uno de sus integrantes adultos. No hay disculpas para los "managers" que ganan millones y saben muy bien que en sus sociedades hay niños que no pueden cumplir con sus sueños, y jóvenes que ya no podrán soñar con nada.
¿Y los gobiernos qué hacen? Se basan en aquel principio capitalista que si hay restricciones el capital se va para otro lado. Un concepto inmoral que no respeta en absoluto a la Etica. Por eso, para un mundo sin violencias, comencemos por imprimir nuestro deber ineludible en nuestras conciencias.
Que los maestros enseñen en todas las aulas: "Un país donde hay niños con hambre no es una verdadera democracia". Un país donde hay gente que gana millones de euros o dólares por mes, no es una democracia. Ni humano.



*FUENTE: PÁGINA/12

http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-96557-2007-12-22.html







PANORAMA INTERNACIONAL

Fanatismos liberales, en busca de salvataje estatal*



La crisis de los mercados financieros empujada por la burbuja inmobiliaria llena de temores a los apologistas del capitalismo a ultranza, que ahora piden más regulación.



*Por Oscar Raúl Cardoso. ocardoso@clarin.com


MALOS PRONOSTICOS. ALAN GREENSPAN, EX PRESIDENTE DE LA RESERVA FEDERAL


Menos de una década después de haberla publicado -lo hizo en 1957- la suprema sacerdotisa literaria del capitalismo, Ayn Rand, explicaba el sentido de la larga parrafada de su libro más conocido, la novela "La rebelión de Atlas" del siguiente modo: se trataba de confrontar dos visiones antagónicas de la organización social. La primera estaba basada, dijo, en el eje "razón-individualismo-capitalismo" versus el trípode "misticismo-altruismo-colectivismo".
Su contenido en muchos momentos fatigoso -con 600.000 palabras es uno de los textos de ficción más largos que se conocen- es una oda al primero de aquellos ejes. La narrativa muestra a los hombres que pertenecen al mismo -inteligentes, educados, ávidos de hacer lo suyo bien- sumirse en el desánimo frente a la asfixia que producía en sus vidas el Estado y luego retirarse de la vida pública, negándose a contribuir más a una situación que deploraban.
Estados Unidos se derrumba bajo el peso de la ausencia de sus miembros más creativos y laboriosos, los "no saqueadores", por oposición a la clase política, los "saqueadores". Empresarios, científicos e intelectuales de la razón inician una huelga bajo el liderazgo de un personaje central -John Galt- que luego deviene en un retiro en una montaña y aun más tarde en un movimiento contra el orden establecido que termina por recuperar el control y marchar sobre Wall Street bajo el símbolo de lucha elegido, un billete de un dólar.
Entre otros créditos "La rebelión de Atlas" es considerado el acto fundacional de una escuela filosófica -la del "objetivismo"- que Rand alimentaría después, con una larga serie de ensayos de crítica y panfletos que han tenido un amplio y fuerte impacto sobre sucesivas generaciones de dirigentes estadounidenses.
El resultado de "Atlas" y lo que le siguió demoró más de dos décadas en fructificar y está en la base misma del giro a la derecha que hizo la sociedad estadounidense, cuyo primer resultado fue la elección de Ronald Reagan en 1980; un giro del que hasta ahora no ha regresado.
Pero quizá estemos a punto de descubrir que el verdadero momento de gloria del objetivismo han sido las dos presidencias de George W. Bush.
Hay varios indicadores que apuntan en esa dirección: la embestida contra el Estado nunca antes había sido tan fuerte como ahora y la disminución de su capacidad para cumplir la tarea puede hallarse detrás de algunos de los grandes desaguisados económicos y financieros de esta época; desde la quiebra de Enron en el 2000, pasando por el colapso de la "nueva economía" que debía generar Internet, hasta el veneno del presente, la crisis de los mercados financieros que empujó la burbuja inmobiliaria.
Según sea el grupo de economistas que uno consulte, las pérdidas totales se ubicarán, en el final, entre 200 mil y 400 mil millones de dólares, lo que hace que algunos comparen este tiempo con la Gran Depresión que siguió al derrumbe del mercado accionario de 1929. No es, ni remotamente, seguro que
este paralelo vaya a sustentarse pero de lo que no hay duda es que las consecuencias se están haciendo sentir ya sobre la economía global, a través de los agujeros negros de pérdida de instituciones financieras que golpean sobre el crédito internacional. Esto, sin contar el número aun impreciso de
familias que perderán sus casas o quedarán endeudados por montos muy superiores a su patrimonio.
La ausencia del Estado en el proceso de préstamos inmobiliarios hiede en cada costado de este problema. Préstamos concedidos sin pensarlo dos veces a tomadores sin capacidad de pago, inicialmente a tasas bajas, variables y mentirosas que se multiplicaban en sucesivas cuotas. Atraer inversores asegurándoles que poner su dinero en este sistema crediticio equivalía a garantizarse un rédito creciente hasta la eternidad. Los malabares de fraccionar las acreencias y venderlas bajo la misma mentira. El rol
creciente de los fondos de inversión cuyas prácticas comparadas con la de los bancos tradicionales tienen el signo de la piratería.
Todo aparece ahora como el producto de una falta evidente de regulación que, en este caso, no tuvo el efecto benéfico que le adjudicó Rand. Uno de sus discípulos más leales, el ex presidente de la Reserva Federal Alan Greenspan, defendió en el 2003 -cuando todo empezaba- el sistema, asegurando que la posibilidad de hacer nuevos propietarios era superior al riesgo.
Los cálculos de hoy dicen que cuando Bush termine su actual período, los dueños de su hogar serán los mismos o menos que los que había en el año en que Greenspan hizo aquella afirmación. Desde el retiro, Greenspan demanda hoy que el dinero público cierre la brecha haciendo que las cuentas de firmas como Merrill Lynch, Bear Stearns, HSBC y Citigroup recaigan sobre las espaldas del contribuyente que, además, puede ser una víctima del problema.
Es interesante notar que hace dos semanas el gobierno estadounidense destinó otros 40.000 millones de dólares al salvataje -el tercero en otros tantos meses- de las instituciones y que, en un giro de 180 grados, el gobierno no pudo evitar que el Congreso introdujera algunas nuevas regulaciones a la
actividad bancaria.
Desde los 80, el planeta ha sido aturdido con el mensaje sobre la inevitable muerte del estado-nación, pero a la hora del incendio no habrá otro bombero que una acción colectiva de los estados, le guste o no a Atlas.

Copyright Clarín, 2007.


*FUENTE: CLARÍN
http://www.clarin.com/diario/2007/12/22/opinion/o-04301.htm






"Gas, Food & Lodging"*



El mejor lugar para conocer
a un hombre, ahora lo sé
no es en un bar
no es en la cabina de un camión
no es en un espacio
que resulte su departamento
aunque sin la esposa

El mejor lugar para conocer
a un hombre, ahora lo sé
no es en el interior de una patota
no es dentro de un sobre
de papel manila de ochenta gramos
no es en la vidriera de un negocio
elegante de mi pueblo

El mejor lugar para conocer
a un hombre, ahora lo sé
no es entre los pastizales
no es entre músicos de rock
no lo es
ni asesorándome
con mi madre o mi hermana
no lo es
ni hallando
a mi padre

El mejor lugar para conocer
a un hombre, ahora lo sé
no es en una matinée
de cine en idioma español

Y si no
que atestigüe su estrella:
Elvia Rivero.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar

-"GAS, FOOD & LODGING" ("Nafta, comida y alojamiento"), filme dirigido por Alison Anders.






Entrevista | John Berger
"Soy un hombre que cuenta historias"*


Siempre lúcido, el autor inglés habla de la relación entre literatura y política y ofrece un poético relato sobre el arte de mirar
Sábado 22 de diciembre de 2007 | Publicado en la Edición impresa


"¿La política le hace mal a la literatura?" Silencio. Sus ojos azules escrutan al interlocutor con asombro, inocentes, después se aprieta la cara entre las manos, con una expresión casi de sufrimiento, se golpea la cabeza, levanta la vista como para buscar la palabra justa, el modo más preciso para describir una idea, para enfocar el sentido de las cosas. Continúa el silencio. Después, un río en crecida. John Berger, clase 1926, londinense, pero trasplantado a una aldea de los Alpes franceses, ha visto y contado muchas historias: crítico de arte, escritor, pintor, periodista, autor de guiones, ensayos, textos teatrales, poesías. Berger está conmocionado por el hecho de que se lo considere un maestro, por lo menos, de dos generaciones. Pero no se sustrae a las preguntas. Tampoco ahora: "¿Qué significa la política?", dice de repente. "Pongámonos de acuerdo. Si por política entendemos los partidos, entonces la política le hace mucho mal a la literatura. Pero si por político entendemos la historia de las personas que combatieron para sobrevivir, entonces la literatura tiene una necesidad vital de ella. Sin esa política, la literatura se muere."
Así como en sus relatos su mirada acaricia el mundo, puede ser cortante para tomar posiciones de compromiso cívico: en 1972, cuando ganó el Booker Prize en literatura declaró que quería dividir el reconocimiento con las Panteras Negras, organización política afroamericana creada en los años 60: "Quien escribe novelas -precisó- se ocupa de la interacción entre el destino del individuo y el destino histórico".
Por cierto, Berger es una figura única en el panorama cultural europeo. "Soy solo un hombre que cuenta historias", susurra sonriendo, consciente de que la fascinación que ejerce sobre sus numerosos lectores reside precisamente en la natural capacidad para encontrar las voces interiores apropiadas para establecer un contacto inmediato con el sentimiento ético de la gente. Un ejemplo de ello ha sido el extraordinario éxito de una transmisión televisiva de la BBC sobre el sentido de la vista, que después se convirtió en un libro: Modos de ver . El tema del consumo de imágenes es en verdad uno de los puntos centrales de la búsqueda de Berger, encarados en los volúmenes Mirar y El sentido de la vista .

Lo encontramos en Milán, en casa de Maria Nadotti, curadora y traductora de muchos de sus textos y aguda acompañante en los encuentros públicos del escritor con sus lectores. "¿Con qué ojos se debe mirar el mundo?" Berger se encierra en uno de sus silencios. Después, casi en voz baja: "Ahora voy a contarles una historia".

"En París, tengo un amigo serbio que es ciego", comienza Berger. "Se llama Efgen Bavcan, tiene cerca de sesenta años y es ciego desde los catorce. Tiene una gran pasión: la fotografía, el arte, y le pide siempre a sus amigos que lo acompañen a las muestras. Sabe muchísimo de arte y es capaz de hablar durante horas de las técnicas pictóricas de Renoir. Es un hombre increíble. En resumen, un día me pide que lo acompañe a una exposición de Georges de La Tour, que lo acerque a un cuadro que conocía y en el que aparece representado un ciego. Me pregunta a qué distancia estamos (alrededor de cuatro metros). Me pide que nos aproximemos y me pide también que le describa la cara del ciego pintado por De La Tour. Lo hago y me hace otra pregunta: «¿Tiene la cara sucia?» «No», respondo. E insiste: «¿Estás seguro? ¿No tiene la cara sucia? Sabes -agrega fastidiado-, todos piensan que los ciegos son sucios.» Después, de pronto, saca una máquina fotográfica y toma una foto. Entonces interviene un guardia del museo y se crea una situación surrealista en la que a un ciego se le impide que haga una foto que jamás podrá ver. Este amigo toma continuamente fotografías y para elegirlas las hace comentar por un grupo de niños. Miran juntos las pruebas, discuten, describen lo que ven sin prejuicios estéticos. ¿No es una hermosa manera de usar los ojos?"
No hay solo poesía en el "ver" de Berger: hay un momento en el que los ojos sirven también para defenderse. Berger es duro con la "espectacularización" de la información televisiva o de los sistemas publicitarios: "Es como el infierno descrito por Bosch en su Tríptico del milenio , la misma incoherencia, la misma jungla de emociones inconexas entre ellas, el mismo paroxismo".

Berger es también un mago de las conexiones: crea extrañas energías entre las personas, "bolsas de resistencia" (la palabra "resistencia" aparece en el título de uno de sus libros más recientes: Hold Everything Dear. Dispatches on Survival and Resistance ). "Desde las montañas donde vivo, descienden hacia Ginebra todas las mañanas millares de personas que toman la autopista para ir a trabajar. Son gente humilde que hace tareas humildes que la gente de ciudad no quiere hacer. Cuando estas personas llegan a las casilla de peaje cruzan sus miradas con los cajeros estibados en un metro cuadrado, que respiran el gas de los automóviles, también gente humilde, mal pagada. Hay un momento, unos pocos segundos apenas, que esas existencias distintas cruzan sus miradas. Entre ellos, hay silencio; pero los ojos dicen: «Coraje». En esos pocos segundos cuando los ojos parecen tocarse, en esa comunión reside toda la fuerza para seguir adelante. No es una cuestión política. Es solo lo que sucede entre los seres humanos cuando no sucede nada."



*Por Gianluigi Colin
Corriere della Sera

[Traducción: Hugo Beccacece]

*Fuente: LA NACIÓN.
http://adncultura.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=972248







El deber de la Belleza*



*Por Cristina Castello. christinacastello@yahoo.fr




No nacimos para estruendos de misiles.
Ni para ruidos de voces infraternas.
No nacimos para sueños devastados
Ni para llantos propios de niños ni de ancianos.
Ni para ahogar en lágrimas el alma con llantos hacia adentro.
No nacimos para sofocar el desamparo en la garganta.
Nacimos para que la Vida sea esplendor y no vacío.
Para la sed y para el agua.

Pienso que los sonidos de la campiña
Permitieron a Mahler explicar la polifonía.
Llueve en Buenos Aires.
Escucho unos solos para piano de Debussy.
¿Manos que se transmutan en música
O mariposas que danzan sobre el teclado?
Música de agua cristalina en el silencio.
Aunque el gris y aunque la llovizna.
Y Girondo me acontece.
Resurgido del abismo
Donde la vivencia lo convirtió en olvido.
Provisorio.
Y me dice que
"Nadie escuchó con mayor provecho que Debussy
Los arpegios que las manos traslúcidas de la lluvia
Improvisan contra el teclado de las persianas"
La Belleza está en pie.
Llueve y Debussy.
Y en víspera de esta noche gris
Gabriel Fauré y Saint Colombe.
Y antes y después
Di Lasso y Bach y Chopin.
Y con la delicadeza de un colibrí
Que danza sobre las lavandas
La música conmueve nuestro ser
Como latencias de naturaleza
Y de amor.

El Poder niega la Música.
Y hay Música.
Porque el Arte.
Porque no podrán.
Porque nadie matará la música.
Ni la poesía.
Ni la pintura.
Los artistas en este ¿país?
Están a la intemperie.
Las personas todas estamos a la intemperie.
Sin arte no hay alegría.
Sin arte no hay luz.
Sin arte no hay dignidad.
Sin arte no hay vida.
Y el Poder brinda con lágrimas de Orfeo.
Pero no podrá contra lo inasible.
El arte.
"...Mi amor y mi corazón eran grandes pájaros
que volaban en medio de una multitud de astros"
Escribió Robert Desnos.
Y si así volamos
Unidos
Dios
Unidos
Todos en el Mundo en el Universo todo.
Nadie matará la música.
Nadie matará la vida.
Siento vergüenza y hastío.
Por los desalmados.
Pero es más grande la fuerza del adentro
Siento Sed.
Bendita sed.
Que anticipa el agua.
Agua. Música. Arte. Vida. Igualdad. Justicia. Libertad.
Transparencia.
Sed.
Sed como pájaro que vuela
Entre la multitud de astros.
Por el deber de la Belleza.



-Del libro «Soif», («Sed»)
Francés – español. Publicado París en octubre de 2004
www.cristinacastello.com







Los escritos del año...*



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viernes, diciembre 21, 2007

ENTRE ILUSIONES Y DERRUMBES...


XXII*




No pudo ser
que estuviéramos
alguna vez
entre uno de dos
iguales
no pudo ser
que el aire
fuera aire
sino ese fuego
ardiente
que nos caló los huesos.



*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
-Donde supura el aire. Poemas.
Nos y Otros Editores. Madrid. 2007.






ENTRE ILUSIONES Y DERRUMBES...






Mediterránea*


No la veía hacía seis años. Estaba un poquito más flaca, espigada, y tenía los brazos y las piernas tonificadas, bronceadas, como si las hubiese trabajado en un gimnasio. Me impresionó verla tan arreglada, con los labios pintados, un collar de piedras de colores bailándole sobre el escote, camisita de color salmón y pollera blanca, toda una secretaria del micro centro, sin medias, tacos, un andar sólido, seguro, muy femenino. Lo que no había cambiado ni un poco era su polenta: seguía intacta, avasallante. Nos pasamos los teléfonos y arreglamos para almorzar.

- ¿Cuando fue la última vez que nos vimos? - se vino de ejecutiva de nuevo, colores claros, todos al tono. Estamos frente a frente en una mesa pegada a la ventana.
- A ver, pará -dice, y arruga la cara, piensa, las pupilas de sus ojos claros se contraen, parecen de plomo, con el dedo índice se toca la nariz -, el primero de enero del 2002.
- ¿El día que asumió Duhalde?
- Si, no te acordas que en un momento fuimos al comedor a mirar la tele - dice, y toma un trago de sprite.
- Si, es verdad.
- Y yo me fui al día siguiente - con los dedos de la mano se acaricia los pelitos rubios del brazo, apoyado sobre la mesa -, cinco presidentes en diez días, coño, ¿donde se ha visto?
- ¿Qué te decían allá cuando les contabas?
- No entendían - dice, y se corre el mechón de pelo rubio que le cae sobre la cara: en el cuello tiene tatuados un par símbolos, me parece, incas o mayas -, no les entra en la cabeza semejante cuadro institucional.
La confitería queda sobre la Diagonal Sur, justo en la esquina, frente al Cabildo, a metros de la Plaza de Mayo. "El baño es para uso exclusivo de los clientes", avisa un cartel pegado en el vértice de la ventana. Son las dos de la tarde de un jueves.
- Qué van a entender los gallegos si ni siquiera nosotros podíamos hacer una lectura de todo lo que nos estaba pasando - está más rubia que antes, y los ¿treinta?, ¿treinta y uno? le quedan justos.
- Y en el medio de todo eso nuestro viaje -dice, como a la pasada. Sus pestañas negras son enormes: parecen los toldos de una tienda de ropa para mujer.
- Que limados, ¿no? -reflexiono.
- ¿Limados? -pone carita como de asco.
- Que bolados, digo, el país se venía abajo y vos y yo enroscados como dos nenes.
Le hago una seña al mozo para que nos traiga la carta. El diminuto piercing que tiene del lado izquierdo de la nariz, cuando mira hacia la calle, y me muestra su perfil, saca destellos de luz.
La conocí la semana que le siguió a esos dos días de furia que fueron el diecinueve y veinte de diciembre. En Colegiales, donde yo vivía, alguien imprimió unos folletos con dos o tres consignas, los pegaron en los
semáforos y a la primera convocatoria fuimos casi doscientas personas. Nos juntamos en Lacroze y Zapiola.
El clima estaba enrarecido como nunca, la gente andaba sacada, irreconocible, verborragica: el pueblo unido jamás será vencido. Casi todos le habían pegado a las cacerolas desde el balcón, todos habían puteado a Cavallo y algunos habían cortado las calles y pedido por sus ahorros. La sensación generalizada era que nos podíamos llevar puesto a cualquiera, que el destino del país estaba en nuestras manos y ya no en la de los políticos, una figura desprestigiada, enemiga del ciudadano común que trabajaba y pagaba sus impuestos. En lo personal, y a pesar de que esos días caminé por el aire, tanta catarsis clase mediera me intranquilizaba.
- ¿Qué querés comer? -ella está atenta al menú, abierto de par en par sobre la mesa.
- Ésta ensalada - me señala con el dedo la Mediterránea: queso, palmitos, rúcula, aceitunas verdes y negras, salsa golf.
- ¿Todavía sos vegetariana? -tiene ojos levemente achinados, verdes, la boca grande, los labios gruesos. Está tostada por el sol.
- Todavía -dice. Me mira y se vuelve a reír. En lugar del collar de piedras del otro día, hoy se vino con una soga llena de semillas rojas y negras, muy sobria, de feria de buen nivel.
- Volviendo a aquel primero de enero del 2002, ¿tenías conciencia de lo que estabas haciendo o te mandaste de kamikaze que eras -que sos-?
- Ya lo venía pensando, no tenía demasiado para dejar acá, y cuando la mierda explotó para todos lados, pues me decidí.
- No fuiste la única.
- Ya sé, hombre -su tonadita gallega me resulta muy exótica.
Hacemos el pedido: una ensalada mediterránea, un bife a la romana, dos sprite -la de ella con limón-, y hielo.
- Y un poquito pan, ¿puede ser, buen hombre?
El mozo dice como no, señorita, y se aleja hacia la barra.

El diecinueve a la noche salimos a la calle con mis viejos y mis hermanos: prácticamente todo el barrio, incluidos aquellos y aquellas que nunca habían movido un dedo por nadie, ni por nada, participaba de un acontecimiento que, de mínima, era diferente, exuberante, nunca visto, y de máxima, histórico, nacional y popular. Cortamos Cabildo y Lacroze. Llegaba gente de los cuatro costados con retazos de sabanas pintadas a mano, banderas argentinas, silbatos, cacerolas, tachos de basura del gobierno de la ciudad: era como el mundial pero con una carga de bronca muy fuerte. Era emocionante la reacción de la gente, la piel de gallina con cada canto, la recepción con aplausos cuando aparecía un grupo de gente, vivas, gritos, confianza, poder. Al rato unas dos mil personas marchamos hasta la puerta del departamento de Videla y lo puteamos como una hora: increíble. Muchos y muchas pasaron por debajo del puente de Carranza hacia el lado de Plaza Italia: ahí se juntaban con los vecinos de Palermo y arrancaban para la Plaza de Mayo, sumando gente a medida que la columna avanzase por avenida Santa Fe.
Ya de madrugada, en casa, todavía en estado de ebullición, comiendo un par de salchichas frías que saqué de la heladera, vi por la televisión la represión en la plaza de mayo, los gases, las corridas, el fuego, la
indignación.
Al otro día fui a trabajar: programaba para una empresa que estaba por la zona de Retiro, frente a las torres vidriadas de Movicom e IBM. Mis compañeros y compañeras contaron la experiencia de la noche anterior: yo estuve acá, no sabés lo que fue por allá, en mi barrio salieron a la calle hasta los más conchetos, con mí mujer encarábamos para la plaza cuando tiraron los gases. La charla duró los diez minutos que tardamos en bajarnos la tacita de café de la maquina expendedora. Al rato cada uno sumergió la cabeza en su código fuente.
A las doce del mediodía no aguanté más y arranqué para la plaza.

- ¿Qué onda Barcelona? -Vanesa sonríe, como si guardase muchos secretos.
Come su ensalada con mucha parsimonia: un dado de queso, una rodajita de palmito.
- Barcelona es maravillosa -vuelve a sonreír, suspira, infla el escote-, todo el mundo está en la suya, nadie te jode, el trabajo se corta a la seis de la tarde y a las siete están todos los bares llenos, hay arte en todos los rincones, hay mucha noche, y nos ves miseria.
- El problema de ellos es la inmigración -me mando un pedazo de bife que me obliga a masticar varios segundos sin poder abrir la boca.
- Si, principalmente los que llegan del África. También desde Sudamérica.
- ¿Dónde paraste los primeros meses?
- Estuve un mes exacto en lo de una prima de mamá y después me alquilé algo con dos colombianas.
Silencio.
Los dos a la vez, como en una coreografía, la nuca estirada para atrás, el codo en el aire, tomamos de nuestros vasos -el de ella con su rodaja de limón-: hubo un segundo en el nos cruzamos la mirada. Pusimos los vasos sobre la mesa y nos reímos.

El veinte hacía mucho calor, yo estaba con una camisa blanca de mangas largas. Cuando llegué a la plaza, una hilera de vallas de hierro negro fundido impedía el paso hacia la Casa de Gobierno. De un lado de las vallas, un ejercito de uniformados con los bastones cruzados en el pecho, del otro, en la zona de la pirámide de Mayo, dos mil personas, en su mayoría gente suelta, oficinistas que habían decidido, como yo, darse una vuelta, todavía calientes por los sucesos de la noche anterior. También había gente que se
había venido desde su casa con escarapelas, banderitas argentinas, carteles escritos a mano, cacerolas, cucharas soperas gigantes. Había mucha bronca, se cantaba el himno, se puteaba a Ruckauf, a Duhalde, a Menem, a la corte suprema y a De La Rua: que se vayan todos.
En un momento, de la nada, porque si, por la Diagonal Sur, desde la casa Rosada, apareció un camión hidrante que enfiló decidido hacia la gente. El chorro de agua dispersó a muchos y a otros los dejó tirados sobre el pavimento. El ruido del motor del camión era infernal. Empezaron a volar las primeras piedras.
Corrí unos metros hacia la Avenida de Mayo, frené y me di vuelta. La gente estaba enfurecida, se acercaban al hidrante por atrás y lo cascoteaban hasta quedarse sin fuerza. Todos corrían de un lado para el otro, había gente grande, nenes. Un tipo que tenía una cruz de bronce del tamaño de una caja
de naranjas se arrodilló sobre la calle y enfrentó al camión, otros lo acompañaron: resistieron la primera embestida de agua, pero en seguida apareció un grupo de policías de civil que se llevó a los manifestantes de los pelos. La gente les gritaba que se vayan a la concha de su madre, asesinos, ustedes son como nosotros, trabajadores, no repriman al pueblo. Un pelotón de la infantería se adelantó a paso firme y empezó con las balas de goma y las bombas de gases lacrimógenos: tiraron como diez en menos de un minuto. Parecía la guerra. Retrocedimos a las corridas, la gente se caía al suelo. Uno de los proyectiles cayó a mis pies y la nube de humo me cerró el pecho: corrí con los ojos cerrados, sin aire, los pulmones intoxicados.
Pensé que no iba a resistir.
Encaré para el local político de unos conocidos, sobre la calle Venezuela.
En el camino me paré a ver los televisores prendidos dentro de los bares, almacenes, casa de quiniela: la represión era feroz. En el local la temperatura ambiente era agobiante, todos a las corridas, a los gritos, algunos recién llegaban de la plaza con los ojos irritados, la presión baja, lastimaduras en las piernas y brazos: reinaba el temor y el desconcierto.
Llegaban voces que hablaban de balas de plomo, heridos y hasta muertos. Me senté en el suelo, la espalda contra la pared, me mojé la cabeza, tomé agua, cerré los ojos unos minutos.
Cuando alguien entró gritando que les estaban pegando a las madres de Plaza de Mayo, fuimos todos hasta el bar de al lado. Las imágenes eran durísimas, los caballos, los rebenques, las viejas superadas, la paliza desmedida a la gente: no lo podíamos creer. Algunos comensales, parados al costado de la
mesa, se agarraban la cabeza, como podía ser, hijos de mil puta, la puta que los parió.
Encaramos para la plaza. Los vecinos de San Telmo bajaban de los conventillos con el torso desnudo, la remera atada a la cabeza, algo en la mano para hacer ruido. Por la avenida Belgrano venían columnas enormes de gente. Miré mi reloj: eran más de las tres de la tarde. Entre el nudo en la garganta, pecho y panza por el cagazo, la obligación de volver al trabajo, decidí volver a la oficina -nunca me perdoné esa concesión-.
Los televisores mostraban a la policía llevándose de los pelos a la gente, apuntando al cuerpo, los tiros, la sangre, desesperación, la locura: una hora más tarde, todo el centro y micro centro de la ciudad sería un polvorín, un campo de batalla.
En la puerta de mi oficina, sobre la avenida L.N.Alem, me crucé con un cuerpo de la policía montada que enfilaba para la plaza de mayo: rígidos, armados, dispuestos a todo. En mi trabajo nadie estaba enterado de nada: al rato, haciendo un círculo en el medio de la oficina, el dueño de la empresa,
sonriente, levantó la copa y deseó un buen 2002: feliz año para todos.

- ¿Seguís tocando la batería? - dice ella.
Vanesa se fue a España aquel primero de enero y nunca más supe de ella. Sólo una vez me llegó el dato por una conocida suya de que estaba viviendo en un playita perdida, cerca de Málaga.
Uno de los mozos sale a calle y baja el toldo de la confitería: la sombra se come al sol.
- Ya no me dedico a la música: cambié por la escritura.
- Que linda la literatura, joder, me alegro por ti - dice, y se manda las últimas hojitas de rúcula con el tenedor, los labios grasosos con aceite de oliva -, ¿y se te puede leer?
- Podes entrar a mi blog.
- Casi no uso la Internet -se disculpa-, sólo para cuestiones de trabajo: prefiero la presencia, el cara a cara.
- Muy bien.
Le hace una seña al mozo y le pide el menú:
-Tengo ganas de comer algo dulce -me confía, casi al oído, medio cuerpo sobre la mesa: colonia de verano, suave, fresco.
- El resto, que se yo -hablo rápido, de mi, mis pasos durante estos años que pasaron-, me casé en el 2003 y me separé en el 2004, de la relación quedó una nena que se llama Violeta -ella se enternece, sonríe -, va a una sala de tres -hago una pausa, limpio con un pedacito de pan francés mi plato pelado, ella me mira, espera que siga con mi relato, dejo entre mis dedos el pancito -, trabajo en la Secretaría de Desarrollo Social de Nación, hago terapia, y estoy militando.
- Qué energía, hombre, te felicito -tiene las manos sobre la mesa, juega con sus dedos llenos de anillos, algunos de verdad, otros tatuados -, cuando me fui estabas un poco más aplacado.
- Es cierto -asumo, y ahora sí me mando el pancito a la boca.
- Que bueno lo de la militancia -dice. Se agarra el mecho de pelo rubio y lo ajusta con una hebillita de nena, austera, de color plata.
- Si, es un buen momento para hacer cosas.
- ¿Muy diferente a la experiencia de la asamblea?
- Bastante.

Vanesa, el veinte de diciembre, encaró para la plaza después del mediodía, como la mayoría de la gente. No se aguantó un minuto más sentada en el comedor de la casa de la tía, se tomó un colectivo que la dejó en el Congreso. De ahí caminó por Avenida de Mayo en dirección a la Casa de Gobierno. Cuando desde adentro del HSBC que está en el cruce de la calle Chacabuco, dispararon impunemente contra los manifestantes, ella estaba ahí: no le pegaron de casualidad, pero a pocos metros de ella caía asesinado
Gustavo Bennedeto, uno de los chicos que cayeron bajas las balas policiales esa tarde.
La conocí en la primera asamblea que se hizo en Lacroze y Zapiola. Ella estaba viviendo en el departamento de su tía, por ahí cerquita, y fue. Se armó una lista de oradores, de todo tipo y color: militantes de los setenta con caras y gestos de haber vuelto a nacer, chicos y chicas que provenían de
organizaciones sociales y culturales, o bandas de rock, señoras que querían que les arreglen las calles, parejas jóvenes que venían a escuchar, a sacar conclusiones, y Vanesa.
Se acercó hasta el muchacho que armaba la lista de oradores, y se anotó.
Fueron pasando de a uno, expusieron, arengaron, pensaron en voz alta.
Algunos estuvieron más lúcidos que otros, tenían cancha, no era la primera vez que hablaban en público, otros, en cambio, salieron a decir algunas cosas impresentables, nada inclusivas, o estructurales, problemas de alumbrado y limpieza, ruidos molestos, que los yanquis se vayan de Afganistán. Cuando le tocó el turno a Vanesa, a penas agarró el micrófono y se dispuso a hablar, temí sentir vergüenza ajena, pero a medida que fue hablando, gesticulando, me enterneció. A los tres o cuatro minutos algunas
personas la empezaron a retrucar, a bajarle línea: se armó tal cruce de opiniones a los gritos que hubo que hacer un parate: ella, en ningún momento se achicó ni cambió de idea. Era rubia, como ahora, y tenía puesto un vestidito negro, muy suelto, y sandalias de cuero: "tenemos que pensar en el futuro, en el medio ambiente, en la ecología, empezar a separar la basura, reciclar, darle trabajo a la gente, yo vengo de hacer algunos viajes y en muchos de esos lugares incorporaron la práctica con resultados muy positivos".
Esa noche terminamos durmiendo juntos: fue un sueño, pegarle a esa mitológica posibilidad dentro de un millón. La encaré, le dije que me había gustado lo que había dicho, y al rato nos estábamos contando nuestras vidas en el umbral de una casa antigua, de techos altos, ya de noche. A partir de ahí, lo único que hice fue dejarme llevar: una mina con tal determinación y auto suficiencia que quedé dando vueltas como un trompo por varios meses.

Le suena el teléfono con una canción de los Beatles. Saca el juguete de la cartera, se lo lleva al oído, arruga la cara, de repente se da vuelta, mira hacia la calle, la ve parada en la esquina y le hace señas, exagerada, contenta.
- ¿Quién es? - una chica de rasgos orientales, me parece, menudita, con la cabeza rapada, un pantalón de tipo capri, remerita de tipo musculosa, hojotas.
- Una amiga -dice-, quedamos en vernos por acá.
La amiga de Vanesa entra a la confitería, el mozo la mira de arriba abajo, encara hacia la mesa, sonríe, me da un beso, Vanesa me presenta, se saludan entre ellas con un beso en la boca, se abrazan, se acarician la espalda, se vuelven a reír. La japonesa -me di cuenta por los ojos bien grandes, redondos, sus rasgos finos, su tono de voz pausado, su sonrisa tímida - toma asiento, frente a mí, pegada a Vanesa.
- La conocí acá -me cuenta Vanesa, mientras le acaricia el pelo -en el hostel de Palermo donde estoy parando.
- Che, y no me contaste que estás haciendo allá -tengo mucho calor, siento la transpiración de mis piernas, debajo del jean-, nada que ver con lo que hacías antes, supongo.
- Trabajo con una gente que tiene una web de turismo alternativo, aproveché que traíamos un contingente de europeos para Buenos Aires y me vine. No tengo a nadie aquí, pero la verdad es que extrañaba un poco el calor de la gente.
- ¿Y antes que hiciste?
- Estudié unos dos años, trabajé en algunos restaurantes y después encaré un emprendimiento propio de preparación de comidas con harina integral, a domicilio
- Bárbaro, ¿no?
- La verdad que si, no me puedo quejar.
Pequeño silencio.
- ¿Cómo está la situación, aquí, en la Argentina? -dice la japonesa, en un perfecto español.
- Mucho mejor que antes.
- Si, algo nos han contado.
- Cuando tu amiga se las tomó esto era el infierno.
- Muy mal no me fue -dice Vanesa, y le da un pico a su amiga, se ríen.
- Ya veo.

Al rato el mozo nos trae la cuenta, Vanesa dice que paga ella, ni siquiera permite que saque mi billetera, nos levantamos, me tomo el culo de sprite que queda en mi vaso, saludamos al mozo, adios, hasta la próxima, y salimos.
- Che, hablemos antes de que te vayas, quizás te podes venir, se pueden venir -me rectifico - a una peña buenísima que se hace en el río, en Vicente Lopez.
- Ay, sería genial -le dice una a la otra.
La gente camina a nuestro lado, estamos entorpeciendo la circulación. Abre el semáforo de la esquina y un colectivo y varios autos salen hacia el bajo.
En la plaza, un importante número de turistas preparan las camaritas digitales para llevarse una foto de las Madres de Plaza de Mayo, que en un rato hacen su ronda.
- Muy lindo encontarte, Vane - le acaricio los brazos, siento la delicada alfombra de pelitos rubios-, estas muy linda -digo a modo de despedida.
- Gracias, vos también -me abraza, apoya su cara en uno de mis hombros, su respiración sobre mi cuello. Por encima del hombro de Vanesa la veo a la japonesa: mira hacia la plaza, los edificios públicos, enormes, la bandera argentina flameando al sol.
Nos soltamos, las vuelvo a saludar. Antes de irse, me dice:
- La próxima, tráeme alguno de tus escritos.
- Vale.
Me hace chau con la manito y se van.
- Aguante la asamblea de Colegiales - me grita Vanesa a los pocos segundos, dada vuelta, un brazo levantado, el otro sobre los hombros de su amiga.
- Aguante -levanto mi brazo, los dedos en V.



*de Mariano Abrevaya Dios. marianodios@hotmail.com









Viernes, 21 de Diciembre de 2007
daniel guebel y las ideas que motorizaron "derrumbe", una novela que investiga el mundo interno de un autor
"Soy completamente afín al mito del escritor fracasado"*


"Sabía que estaba rozando ciertas 'zonas prohibidas' de la intimidad del escritor", señala Guebel, aunque tiene claro que el límite fue "la intimidad de los demás". A partir de hechos de la vida de un personaje, Derrumbe indaga sobre las imposibilidades del lenguaje para reproducir y representar
el dolor.

"El que narra expone lo peor de sí de una manera tan exasperada y grotesca que causa risa", dice Guebel del protagonista de Derrumbe.
Imagen: Alfredo Srur



*Por Silvina Friera


La mañana siguiente a la Navidad todo se desmorona en la vida del protagonista de Derrumbe (Mondadori), la nueva novela de Daniel Guebel. En una semana su mujer y su hija se irán; no es la mejor manera de terminar el año. El dolor por la separación lo convierte en "un animal ciego que choca contra todo". Con una entonación rabiosa y descontrolada, ese animal ciego expone sin rodeos su intimidad; registra, como si se tratara de un diario, sus percepciones inmediatas de la hecatombe: su desconcierto, su angustia, su soledad. "Soy un escritor fracasado, eso ya se sabe", dice. "Pienso que el talento a lo sumo me alcanza para escribir una obra maestra de segunda categoría. Y hasta llego a creer que incluso esa pretensión es absurda." No para de pensar, de lamentarse, y de contar bajo un impulso emocional que sorprende por la contundencia con la que se mantiene de principio a fin.
"Soy una versión metafísica del judío religioso que gimotea ante el Muro de los Lamentos después de que se lo retiraron; ahora ni siquiera tiene dónde apoyarse y ganó un nuevo motivo para llorar y tirarse de las barbas. A la hora de la queja, no hay nadie como yo." No puede evitar afligirse ante la paradoja de que aunque escribe para todos, no es leído por nadie; confiesa que siempre supo que su mujer lo abandonaría, "desde el primer día en que vino a vivir conmigo"; que ha perdido las esperanzas y, por lo tanto, la ilusión ("en la lápida de mi tumba debería escribirse: 'No soy'"). Sólo su hija es capaz de conectarlo con la vida, la única que puede sustraerlo de la basura en la que se hunde.
Guebel señala a Página/12 que empezó a escribir Derrumbe apenas su mujer y su hija se fueron de su casa. "Me moría, quería gritar y no podía", recuerda. "Me senté a escribir la verdad de los hechos; quería hacer una especie de registro completamente torrencial y demencial de cada momento de mi vida cotidiana de recién separado. Cinco minutos después, me di cuenta de que el texto se desviaba en otra dirección, que aparecía el mito del escritor fracasado porque ese dolor arrastraba las bajas pasiones de mi vida." Guebel aclara que utiliza el material confesional de manera estética.
"En el primer capítulo, ante la inminencia de su ruptura matrimonial, el personaje se exaspera contra su propio yo y contra las expectativas que tuvo a lo largo de su vida. Es como un animal ciego que choca contra todo lo que ve: contra su posición de escritor, contra su universo sentimental, contra los demás escritores, contra la propia insignificancia de su yo. El marco general de la novela es: la mierda está afuera, la mierda está adentro; el hombre que lo da todo y se convierte en el peor de los desechos, el hombre como resto, un escritor genial que se considera nada, y a la vez esa nada está carcomida por los gusanos de la ambición y del reconocimiento."
-En un momento se cuentan dos historias: la del saxofonista Paul Desmond, más cercano al mito romántico del artista, y la de Primm Ramírez, que responde al mito del artista fracasado. ¿Con qué mito siente más afinidad?
-Soy completamente afín al mito del escritor fracasado. El fracaso es el lugar desde el cual se puede escribir, independientemente de los resultados personales. Me parece que el mejor lugar para escribir es el lugar donde no hay nada que perder. Después, si el propalador de la ética del fracaso gana el Premio Nobel, ya es otro asunto, en el sentido de que el premio recae sobre el autor, no sobre la materia con la que trabaja el artista.
-¿Por qué el narrador afirma que es imposible contar el dolor, que sólo se puede contar a través de escenas?
-En la novela esbozo una teoría sobre la imposibilidad de que el lenguaje reproduzca el dolor, porque el lenguaje es una articulación convencional, no es fonética, y porque la narración es estructura de hechos. En mi novela, el dolor se articula en una sucesión que respeta bastante la cronología de los hechos, no importa si es mi separación o la de cualquier otro. Por otra parte, se expone el dolor del artista en sus distintas expresiones por no haber sido quien quiso, o por haber descubierto que hay otro que hizo más de lo que él quería o podía. Los límites del dolor son la ley del lenguaje, pero mi novela lo que articula es la incapacidad del lenguaje para "expresar" ese dolor.
-¿Serían variaciones sobre el dolor de la separación?
-Sí, creo que el libro es una serie de variaciones sobre el dolor sentimental y la pérdida. Cuando lo escribí, pensaba en música todo el tiempo. Estaba trabajando un tema principal, la sucesión melódica, la
historia de la separación, los encuentros con la hija, las reflexiones sobre el derrumbe matrimonial y, por otro lado, las variaciones, las improvisaciones sobre el tema del fracaso en el arte.
-¿En qué tipo de música pensaba?
-En el jazz, en Miles Davis, en Chet Baker, músicos de pocas notas. Cuando estoy escribiendo, tengo la impresión de que soy un saxofonista que toca rápido porque en el momento en que aparece un punto se tiene que detener y ya no puede seguir. Estaba escribiendo el derrumbe íntimo, y las variaciones, las improvisaciones, eran los sonidos particulares.
-La novela elude el riesgo de caer en lo sentimental y lacrimógeno que puede generar el tema. ¿Qué decisiones tomó para evitar ese peligro?
-No me importaba nada de lo que fuera a pensar la gente. Tenía la impresión de estar trabajando de manera cruda sobre mi autobiografía, sin ningún deseo de construir a mi alter ego como un personaje "mejor que yo", sin tratar de generar ninguna especie de imagen exaltatoria de mí. Sabía que estaba
rozando ciertas "zonas prohibidas" de la intimidad del escritor: la ambición, el deseo de reconocimiento, la competencia, el egoísmo, la envidia, la zona basura de la intimidad de un escritor. Al mismo tiempo que estaba trabajando sobre la zona dolorosa de la pérdida sentimental, era plenamente consciente de que en ese momento terrible estaba escribiendo un texto que disfrutaba, y donde se condensó, además, buena parte de mis deseos de los últimos años, que era escribir una novela en constante tensión emocional respecto del material con el que estaba trabajando. El que narra expone lo peor de sí de una manera tan exasperada y grotesca que causa risa, y lo que cuenta es tan desesperante y está tan llevado al extremo, que conmueve.
-Por eso, al final, la hija le dice: "Por favor, papá, dejá de dar lástima".
-Sí, en ese sentido es un texto impúdico sobre la exasperación de un sujeto dolido.
-¿Se planteó algún límite?
-Dentro del marco de una novela impúdica, el límite era la intimidad de los demás, pero no la mía. Sí la intimidad de mi ex mujer, no la de mi hija, porque en el momento en que escribí el libro no había un yo que exigiera reservas.
Guebel admite que Derrumbe es una obra rara. "Se lee más como un texto confesional que como una novela", dice. Siempre resulta sorprendente escuchar los primeros comentarios de los lectores. "Cuando mi vieja leyó la novela, muy discretamente, me dijo: 'Me mataste'. En un blog alguien dijo que escribí ese capítulo del viaje a Mar de Ajó, donde aparecen mi vieja y mi viejo, como una especie de Céline reblandecido. Y un primo mío que lo leyó me comentó: 'Muy lindo tu capítulo Harry Potter'. Son los efectos de la lectura, y en ese sentido este texto genera fuerte identificación o rechazo", sintetiza el escritor.
-Se podría decir que Derrumbe genera un efecto similar al de las novelas de Fernando Vallejo...
-La verdad es que leí media página del libro sobre la Iglesia y me pareció un enfático profesional de la indignación, un texto encabalgado, donde no veía nada puesto en juego, salvo la máquina de la injuria, lo cual no quiere decir que defienda a la Iglesia católica. Tampoco leí nada de Kureishi, por lo tanto tampoco sé si mi novela se parece o no a Intimidad, como dijeron.
-Hay una coincidencia con la última novela de Sergio Bizzio, también sobre una separación. El narrador de Era el cielo plantea que un hijo es una industria de producir miedos. El protagonista de Derrumbe dice que es evidente que el amor a los hijos produce ideología, y que la paternidad es como instruirse en "las aulas de la escuela de la angustia y el terror".
¿Cómo explicaría este punto de contacto?
-El mayor temor de la vida adulta es que los padres entierren a los hijos, ¿no? Con la paternidad, los terrores sobre la propia identidad se desplazan al miedo sobre el destino de los hijos. Desde que soy padre, no me importa nada de mí, simplemente pienso mi vida en términos del tiempo en que con suerte voy a existir para ver crecer a mi hija, no en términos de mi propia duración. Cuando el narrador dice que la paternidad produce ideología, es porque cumple una función en la novela: invierte la perspectiva sobre la relación entre el arte y la vida.
-Para el artista no habría futuro, para el padre sí.
-Esa sería la conclusión de la ética del narrador, lo cual es un efecto novelesco. En ese sentido a mí no me importa nada si creo lo mismo que el narrador. Las creencias del escritor son insignificantes y, en general, son bastante cínicas, porque el escritor construye una ideología a posteriori de los libros que escribe. Soy un escritor bastante programático que está escribiendo los libros que siempre quiso escribir en términos secuenciales.
Hay un programa que está formulado en Derrumbe: escribir infinitos libros, perderme detrás de esa variedad, recuperar esa variedad con mi firma, pero producir libros infinitamente diversos. Al menos como lectura hay que aceptar que casi ninguno de mis libros anticipa el que va a venir. No estoy
trabajando el condado de Yoknapatawpha, no soy faulkneriano. Mi apuesta, si se la piensa en términos épicos, es un triple salto mortal, y si se la piensa en términos peyorativos, es siempre una pirueta nueva, aunque en la serie se vea que hay algunas figuras que se espejan entre sí. Mi programa es la indeterminación, la indistinción, siempre más allá, siempre más lejos, hasta no aparecer. Es curioso que siendo ése mi programa todo el tiempo me comparen con otros escritores, lo cual, en el mejor de los casos, demuestra que no soy un lector atento a lo que se produce en mi época.
Guebel subraya que en la novela trabaja a la vez la singularidad extrema de una obra y la posibilidad de que esa obra haya sido hecha antes por otro.
"La condición epigonal es más o menos consciente respecto de una producción anterior. La anécdota que cuento en la novela sobre Henry James está en la biografía de León Edel. Lo único que aporté -precisa el escritor- fue mi percepción de que lo que estaba escribiendo James en su momento de desvarío era la estructura, infinitamente comatosa, pero jamesiana, del monólogo interior de Joyce. Estaba anticipando a otro escritor, había creado un salto mortal en su delirio; su escritura se había disparado a otro lado". El escritor observa que en la novela el narrador se ubica en condición epigonal. "Dice que es la sombra de otro, casi una textualidad borgeana, y cita la frase, que no sé si es cierta o apócrifa, de Esquilo: 'Escarbo en los restos del festín de Homero', y se pregunta: '¿Con qué sobras puedo alimentarme yo?', que en realidad es una paráfrasis de La angustia de las influencias, de Bloom", ejemplifica Guebel. "Una constante es la ilusión de la extraordinaria singularidad de la obra y también la evidencia de la
condición epigonal, una tensión no resuelta. Y en ese sentido me parece que mi libro trabaja, mal o bien, las tensiones y oposiciones no resueltas."



*FUENTE: PÁGINA/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/2-8710-2007-12-21.html



LA FICHA

Daniel Guebel (1956), escritor y periodista, publicó, entre otras, las novelas Arnulfo o los infortunios de un príncipe (1987), La perla del emperador (Premio Emecé, 1991), Los elementales (1992), Matilde (1994), El terrorista (1998), Nina (2000), El perseguido (2001), La vida por Perón (2004, realizada en cine por Sergio Bellotti), Carrera y Fracassi (2005), El día feliz de Charlie Feiling (2006, en coautoría con Sergio Bizzio); los cuentos de El ser querido (1992) y la obra de teatro Adiós mein Führer (1999). Escribió el guión de la película Los aventureros de Rosario, basada en un hecho policial de la vida real. Este año debutó como director con Dos cirujas, pieza de su autoría, protagonizada por Romina Ricci y Azul Lombardía.



TEXTUAL

Me derrumbo. Me derrumbo. Me derrumbo. Copiaría y pegaría la frase eternamente, pero no soporto esa facilidad. Una posición cómoda: el sufrimiento injustificado. Claro que mi mujer acaba de abandonarme. Pero yo siempre supe que eso ocurriría, desde el mismo día en que vino a vivir conmigo. De hecho, me esforcé como un condenado para producir su partida y enterrarme luego en este infierno de dolor. ¿Y? Hay maneras y maneras de morir en la vida y yo elegí la mía. Lo pienso. Lo acepto, al menos. Querría otra cosa, seguro que sí. Pero no sé cómo hacer. El fracaso despliega sus alas gigantescas sobre todos los rincones de mi vida. Oscuro, oscuro. Ser para llorar.
(...) Estoy solo y tengo que sobrevivir. Entro en mi casa, me tiembla la mandíbula. Empiezo a llorar, quiero gritar pero que no me escuchen los vecinos. Abrazo la pared, de golpe el dolor desaparece. Mi hija y mi ex mujer se borran en el aire. Siempre estuve solo, no hay nada, nunca hubo nada. Ese cuerpito frágil y alegre diciéndome adiós. Mi hija tiende el puente de plata con la vida. Tengo que ir a comprar cosas: la casa no debe estar vacía cuando ella venga a visitarme.


*Fragmentos de Derrumbe (Mondadori).







Semillas*



*Por Cristina Castello. christinacastello@yahoo.fr




Presas. Van a encarcelarnos. A ellas y a mí.
Ellas. Las miles más miles de almas esbeltas
que conmigo son contrabandistas.
De valores. De utopías posibles. De Arte.
Arte. Negación de la finitud humana.
Vivir sin máscara es un deseo de belleza.

Es mi sueño de siempre vigilia por los sueños.
Es sed de manos abiertas.
Esta sed mía grande tanto ya que ahoga.
Quiero que cada ventana alumbre un violín un piano un arpa.
Que en todas las avenidas del mundo
esculturas de Giacometti miren en deleite a La Piedad.
Quiero que en todas las sedes de los gobiernos todos
un Cristo de Velázquez aborte el horror.

Esta sed. Sed bendita que agosta y reverdece el alma.
Vida ésta prodigiosa que alarga el deseo de asirla. Toda.
Y la tregua que viene con pasos demorados.
Quiero que Fra Angélico escape de El Prado
y su Anunciación recorra al mundo en Luz.
Quiero que Redon y Mantegna, Ucello, Leonardo y Monet
sean huella. Faro. Y deroguen verdugos para que Nunca Más.

Quiero que sepamos de una vez por Dios ya es hora
que en amor la entrega absoluta es certidumbre de libertad.
Que por las mañanas en lugar de noticias de almas sin ángeles
Bach, Poulenc, Mahler, Debussy, Schubert y Chopin
estallen sobre un Río de la Plata que se transmute en mar.

Mar azul de amor que en noche arrulle almohadas
con madrigales, adagios y claros de luna.

Quiero. Quiero y siembro. Quiero.
Que enseñemos bondad con bondad.
Que el cielo esté siempre pecoso de estrellas.
Quiero adultos con risa virgen
y ángeles que retraten en niños.
Que los impiadosos respiren a Blake.
Que Rilke exorcice la obviedad.
Que los viejitos vivan en honor.
Que el País el Continente el Mundo el Universo
sean para iguales y sin discriminación.

Quiero. Quiero que Eluard, Desnos y Rimbaud, Quasimodo, Yeats,
Lorca, Kavafis y Celan dancen en poesía sobre todas las almas.
Y que entonces la Canción de la Alegría de Schiller
La Oda a la Libertad la Novena de Beethoven
sean el Himno de todos los Justos de la Tierra.
Para vivir con sed sagrada sed.
Para amanecer en víspera.
Para sembrar arte y amor.
Para no ver ya.
Máscaras.

Sólo luz sólo verdad.



-Del libro «Soif», («Sed»)
Francés – español. Publicado París en octubre de 2004
www.cristinacastello.com






Los escritos del año...*



Les propongo que cada cual elija un texto.
Uno solito de aquellos textos que le hayan conmovido más entre aquellos publicados en Inventiva durante el 2007. Asi despedimos y recibimos un año con una antología construida entre todos.

(Hasta el 30 de diciembre inclusive, espero vuestra elección)

Abrazo fuerte y lo mejor al porvenir para cada uno.


*Eduardo F. Coiro inventivasocial(arroba)hotmail.com







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