martes, marzo 16, 2010

EDICIÓN MARZO 2010.



-Ilustración de Walkala. www.walkala.eu




Madrugada*



Madrugada.
Algunos ronroneos
no muy precisos
resuenan calle afuera.


El llamador de ángeles anuncia viento
y la leve llovizna,
que el día ocupará su hacer en desmalezar la luz.
En tanto, el silencio ronda mi estancia.
Mis mundos giran
con la lentitud necesaria del estar.


Estoy celebrando, con la palabra, este ritual
- muy íntimo, por cierto -
que me permite percibir
la distancia de los vuelos
la mirada de los pájaros
el leve crecimiento
de un pétalo
unos ojos de soledad
un paso al vacío
una sonrisa clara
una llanura de voces
el crecimiento de las manos
el arco del dolor no
dicho.


Estoy celebrando con la palabra este ritual
del simple estar en la luz
de sus cadencias.



*de Oscar Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar






ESCRITOR FANTASMA*



"Deja la ira en la ceniza muerta."
María Magdalena Álvarez



Nace la sombra del sol en la ventana.
Apenas lo nota el ojo
difícilmente parpadea
y pesado cae sobre la hoja.


El cuerpo de palabra
desnuda un grito en la boca,
inicia el encabalgamiento de voces
entre la soledad y el goce inmaterial de tinta.


Escribe y fuma. Duelen sus manos.
Ha dejado agonizar el canto de las cerraduras
en el gris de lluvia de la página.


Sepultada su ira en ceniceros
habla consigo mismo. es un fantasma.
Nadie lo reconoce.


En su boca la alegría es irreal como su vida
como su muerte.






ELEGÍA*

A Paola Kaufmann, in memoriam

"Era como si le hubieran estado dadas todas las cosas:
la belleza, la inteligencia, el amor por las letras, el humor."
Abelardo Castillo


Lago de primavera
descalza noche
de túnica blanca
lágrima negra.

La Muerte no repara
en la belleza.

Letra a letra
cerró tu mente
el libro en sepia
de la vida no-velada
y el cuento breve
de tu risa.



*Poemas de Darío Oliva. oliva_angeldario@hotmail.com
-Los textos pertenecen al libro "Epígrafes", publicado en 2008.

http://arcadiavillamercedina.blogspot.com
http://elojoenlacornisa.blogspot.com








REGALO DE NO CUMPLEAÑOS*




Un toque como aleteo de mariposa, lo saca del sueño a duras penas conquistado después de una noche de trabajo.

- Papá... Papá, despierta, te tengo un regalo de cumpleaños...
- Pero Anita, ¿de dónde has sacado que hoy es mi cumpleaños? - responde desperezándose.
- Ayer me dijiste que... que…
- Bueno, lo que vale es la intención, a ver ese regalo.

Ella le tiende un papel con un garabato informe. Él lo mira desde todos los ángulos posibles.

- Voy a necesitar tu ayuda, está muy lindo tu dibujo, pero... ¿qué es?
- Una silla.
- Mira, amor, ayer me dijiste que querías ser pintora como papá, ¿recuerdas?
- Ajá - asiente ella muy atenta.
- Pues los pintores antes de dibujar tienen que hacer una detallada observación del objeto que van a pintar, ¿me entiendes?

Ella mira cariacontecida su dibujo.

- ¿No te gustó mi regalo, papi?
- ¡Me gustó mucho! Pero quiero enseñarte a hacer una silla. Vamos a hacerlo de otra manera. Ve al comedor, mira bien la silla y dime qué es lo primero de ella que te llama la atención.

Obedece, contenta con el juego.

- Tiene dos cositas para poner los brazos y una cosa para poner la espalda.
- Vamos bien, esos son los brazos y el espaldar. Vuelve y dime qué más ves...
- Tiene algo rojo para sentarse y patitas para pararse...
- ¡Bravo! Eso rojo es el cojín, y las patitas... ¿cuántas me dijiste que eran?

Corre de nuevo y vuelve jadeando con cuatro dedos en alto.

- Eso es: una silla tiene cuatro patas, un espaldar, un asiento y dos brazos. Ahora que sabes todo esto... ¿Qué vas a pintar para complacer a papá?

Anita toma un papel en blanco, un lápiz y se marcha. Al rato vuelve y le entrega al padre un papel con un nuevo garabato.

- Pero, amor mío, ¿qué es esto?
- ¡Una rosa!



*de Marié Rojas Tamayo.
-La Habana. Cuba.
-Del libro “De príncipes y princesas”, Editorial El Far.










El vecino*





Así que escritor, y de los buenos, a juzgar por la novela que encontré en la librería de usados. Un ogro que no se deja abordar pese a que somos vecinos.



Firpo, el vigilador, me puso al tanto de las costumbres del viejo. Sale a diario con el perro, a la mañana y a la tarde. La mucama se encarga de los mandados y, cuando se va, saca la bolsa de residuos a la vereda, todas las noches, menos los sábados.



Este buen señor debe tener algo con que entretenerse, demasiado tiempo adentro. Es probable que siga escribiendo, seguro, por eso es un ogro.



La clave está en la basura, pero, ¿cómo hago para distraer a Firpo?



-Firpo, ¿un vino? Venga pase, dese un gusto yo le cuido la cuadra.



Puntapié y adentro la primera ¡puafff! ¡qué asco! restos de comida, cáscaras de frutas, yerba usada, saquitos de té, botellas descartables y … papeles. ¡No, si soy Gardel! Menos mal que tiene buena letra… Lástima que la agarré empezada.



Quince días, un mes, dos. Todas las noches al pie del cañón. Los sábados no, me tomo franco. Seis, ocho, diez meses, un año… Paciencia que ya falta poco.



Llamada a esta hora ¿quién será?, temprano para marketing telefónico. – ¿Siii? Si. ¿Qué? Que se murió… No, no puede ser, si no terminó la novela. No, digo, que se le terminó la novela. ¿Un infarto? Y parecía tan sano. Si, se cuidaba, comía mucha fruta, la carne bien desgrasada. ¿Tiene parientes? Una hija que viaja, no la ví nunca. Entonces, no va a haber velorio. Y, a mi me gustan, no digo que duren tres días como en Irlanda, pero unas horas… Se charla, se conoce gente. Que se le va´cer, no somos nada. A propósito, Firpo ¿no sabe si la mucama va a sacar la basura esta noche? ¿cómo porqué? ella y el perro comen, ¿no? Si, ya sé, hoy es sábado y los recolectores no pasan. Lo que es la vida, ¡bah! lo que es la muerte.



Delia me contó que su patrón se ponía a escribir ni bien se levantaba, que casi no corregía y por la tarde leía y releía lo escrito, por gusto nomás o para aprendérselo de memoria y antes de sacar a pasear al perro, tiraba las hojas en el cesto que ella misma se encargaba de vaciar. Si lo sabré, por las hojas, digo. En las bolsas de los domingos encontraba el doble de papeles y los lunes tenía el doble de trabajo. Pero a quién le importa, como a nadie puede importarle lo que voy a hacer ni bien tenga elaborado un buen remate. No como los finales de Kafka que no dicen nada.



¡Al diablo! con los escritores, los linotipistas, los editores. ¡Al diablo! con el gremio en pleno y con la literatura también. Devolverme la novela a mí, estudiante avanzado de Letras con un brillante futuro, probablemente becado en el extranjero. Y lo ridículo de la explicación en la absurda notita.







Señor Tomás Ligero

De mi mayor consideración:



Atento a la novela que nos enviara, destaco el argumento que ha sido tramado con suma habilidad. La pluma se luce, especialmente a partir del segundo capítulo y líneas antes del desenlace. Entiendo que la obra es valiosa y lo sería aún más, si se animara a repensar una nueva apertura y un cierre acorde al desarrollo armonioso del texto.



A la espera de su resolución, saludo a usted muy respetuosamente.





Firmado

por Editorial “El Buen Libro”

Lic. Máximo Malaespina

Gerente Comercial







*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com












REFUGIO*




“He leído muchos poemas en mi vida, pero nunca había visitado uno.
Las palabras eran, las de una habitación, que me acogía”
John Berger (Gracias por el epígrafe a mi amigo T C A)



Traigo una piedra temblándome en los siglos.
Un talismán. Espacio de los santuarios de todos los azules.
De todos los arroyos. De todos los jirones de mi cuerpo.



El llegó porque si. Como llega la lluvia.
Nos encontramos en un rincón de la palabra nueva.
Venía de trenes de cemento. De vagones de moho.
Yo, iba buscando de nuevo, las acacias.
Una metamorfosis de Eva y de manzana.


Abrió la puerta. Y en esa puerta, desnuda, lo saludo.
Desnudez más casta que una niña en el páramo.
El llega, ardiendo en lejanías.
Con un vino callado. Tan callado.
Como un toro .Como una plaza. Como un niño dormido.
...Y recordamos juntos...
Antiguas osamentas .Enlutado país, en renuncia de trigo.
Inservibles monedas, de indescifrables signos.
Viejos profanados en delirio de escarcha.
Jóvenes amordazados de purgatorios tristes.
Niños muertos sobre maderas vírgenes.



...Y aquí estamos. Fundando otra vez, refugios.
Un oasis, una pared de pircas. Una barricada.
Con boca amarga, con resaca.
Desmenuzando una tristeza en migas.


Con una cruel costumbre. Una necesidad. Un hambre.
De sur, de norte. De vida.
Sobretodo, de vida.


*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.






ALMA MÍA*


Mi alma es una casa sin hilachas de niebla.
Vigila colgada del silencio
Cerrada a los ayeres
Abierta al río de peces incesantes
Que fluye de los ojos desgastados del tiempo
Y me roba las horas detrás de los espejos
Alegría y sosiego
Que pretendo retener en mi cuenco.
Mi alma es esa casa
Con el amor en cascada
Derramando luces en la ira del mundo.



*de Teresita Morán. teresitavalcheff@yahoo.com.ar





LA FE DE LOS INCRÉDULOS*



Cuando arrecian los malos tiempos y no alcanza el placard del dormitorio para esconderse, cuando pasan esas cosas que nos desgarran la tela y despintan las paredes. En esos decisivos tiempos difíciles de expectación y desánimo, de sueño revuelto y de dolor, cuando la vida es una mesa que nos ponen con la base en el suelo y los apoyos al aire. Entonces.
Justo entonces. Justo en lo más alto o lo más bajo, en el punto justo del vértigo. Entonces hay quien enciende velas a los santos, reza a San Expedito, acude a su Pastor o simplemente ora en lo recóndito. Y encomienda su alma a su Dios, y cree en lo justo y lo destinado a cumplirse desde lo desde siempre decidido desde siempre escrito, desde lo eterno.
Y es la paz del espíritu, el aplacarse de las pasiones. Es la resignación y lo horizontal. La oración, el pedido, el agradecimiento por la prueba que encaja como una pieza necesaria en el rompecabezas de lo Eterno.
El alma puede descansar, las manos se aquietan en el regazo, un ser paternal o maternal extiende su velo sobre la criatura frágil.

Pero y qué hay de los incrédulos. Qué de aquellos que no tienen la dirección a dónde enviar sus reclamos, sus lágrimas certificadas, su carta documento de protesta e intimación.
Qué pasa con quienes en lo alto del trapecio, con las manos resbalosas, saben que en el otro trapecio no hay ninguna figura alada para recibirlos. A quién le piden clemencia. A nadie.
Es propio de la condición humana sin embargo esa cosa oscura de torcer la lógica. Y se ven arrojados los incrédulos a una maraña sospechosa de cábalas, supersticiones, costumbres propiciatorias. No encenderá una vela a un santo, pero se alegrará de que yendo al sanatorio un perro defecaba de
frente; es buena señal. No rezará a San Expedito el hombre de ciencia que no cree en fantasmas ni Espíritus Santos, pero no usará la remera roja en este día, que le resulta agorera y atracción de catástrofes indecibles. No acudirá a ningún Pastor la señora racional que mantiene que el cosmos es
caótico y casual, pero le dará una moneda a un mendigo para prevenir maldiciones soterradas.
Será que somos tan pequeños, tan efímeros, tan frágiles, que alguna magia nos hace falta para enfrentar un mundo tan adverso.
No me burlo entonces ni de los mantras ni de los rosarios, ni de los sermones ni de las procesiones. Son recordatorios de que le tenemos miedo a nuestra propia muerte y pánico a la desaparición de quienes amamos.
Si alguna fe tienen los incrédulos, no se la quiten. Que eludan las escaleras, que no se den a la traición de los gatos negros, que no pisen las juntas de las baldosas o que usen la pulserita roja en el bracito gordo del bebé. Es una oración en lo recóndito. Aunque no hubiese quien la reciba. No
burlarse, digo nuevamente, de una oración en lo recóndito.




*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com






LA TELEFONIA CELULAR CONTRA LA POESIA*



En ese océano inapresable que es la lengua, el poeta es apenas responsable de crear algún islote a la deriva.
Desde esa estructura heredada -cuenco, matriz y por que no, causa de fuerza- el hombre que quiere unir el hilo invisible de la expresión y el sentimiento está más solo que el último naufrago. No tiene la tierra firme a la vista -escribe sin saber si la tendrá, si va a ser leído alguna vez -escribe para que el otro -ese invisible- tome esa botella que arrojó en alta mar.
¿Hasta qué punto al hacer uso de un bien social está cumpliendo su cometido, esa misión que nadie le confirió expresamente? Y, ¿hasta qué punto no hace sino expresar un sentimiento intransferible -único como hablante- con la esperanza de no serlo?
Son dos preguntas que siempre vuelvo a formularme y nunca le encuentro una respuesta.
¿Puede el mundo vivir sin la poesía? Si nos llevamos por las estadísticas editoriales y el soterrado (a veces expreso) desprecio que provoca en los ámbitos de la propia cultura yo diría que es un producto tan descartable como un envase de gaseosa, perdón, es más descartable que ese recipiente que se tira luego de usar su contenido. Da la impresión muchas veces -por no decir siempre- que pasa la mayor parte de esa producción sin ser siquiera percibida.
¿Es tan apocalíptico el panorama?
Los que practicamos de manera militante este vicio de leer poesía que otros escriben, nos hemos acercado a ella en plena adolescencia, y no importa cuál fue el motivo o el rito iniciático que lo provocó. En este acto inaugural casi nunca está presente la mediación del docente, "de lengua y literatura" -la jerga dixit- Y ya que viene a cuento me permitiré una pequeña digresión al respecto. No sin estupor leí en un libro "de texto" al uso para las escuelas que hasta hace poco llamaban "media" y ahora han sido
suplantado por siglas engorrosas para el lector y para mí.
No sin estupor sigo asombrándome al encontrar en esos palimpuestos que cubren el aguachento ámbito de la enseñanza. Digo este estupor (el más flamante) tiene que ver con una "explicación" que encontré en un libro de este tipo. Esto se refería a los engorrosos trámites que sufrió Ulises perdido por los dioses luego de la guerra de Troya y que al parecer le sucedió así de tan mal modo porque carecía de un teléfono celular. Recurso anacrónico si lo hay para esta historia. Todo hubiera sido más fácil si el
barbado rey de Itaca hubiera llamado a medianoche a Penélope y con breve enunciado de este tipo: Mi amor, dejá de tejer, que me saco de encima a Circe y voy para allá" hubiera estado todo en orden. Pero claro, el mundo hubiera sido mucho más horrible de lo que es, ya que la maravillosa poesía homérica que tantas generaciones de hombres y mujeres gozaron nos habría sido vedada.
Y ya que estamos con los griegos, me pregunto, ¿no fue acaso este pueblo el que se hizo famoso desde la antigüedad porque se formuló preguntas que el hombre tal vez nunca se las había sistemáticamente hecho antes?
¿No fue la madre de todo el genio griego la curiosidad por respondérselo todo? ¿Se puede alguien dedicar la poesía si no tiene dentro de sí la bacteria de la curiosidad carcomiéndolo? ¿Se puede escribir desde la nada? ¿Sin leer una línea de la rica tradición que nos precede?
Seguro que no. Esto ya lo sabía Quintiliano en el 36 a. de Cristo quien recomendaba leer mucho, escribir mucho y corregir mucho.
Mucha gente que escribe poesía y publica libros todavía no lo sabe.
Volviendo a la telefonía celular -formidable negocio del capitalismo finisecular- ¿nos hubiera llevado más cerca de la belleza esa práctica si la hubiese inventado "aquel infantil mundo griego" como asombrado llamó Marx aquella magnifica civilización?
No creo que la tecnología acerque a los jóvenes a la literatura. Ni el "muchachismo" docente o adulto, ni el "cancherismo" que lleva implícito un desprecio, una desvalorización del alumno o del joven.
Borges (¡cuando no!) escribió alguna vez y para siempre: "Yo quería que los alumnos evitaran la bibliografía, la critica, porque alejan de los textos".
Mi viejo decía "más claro echale agua".
Si usted lector quiere participar de alguna de las maravillas del genio humano, tome algunas de las tragedias de Sófocles, por ejemplo, (no me diga que no tiene plata para libros, eso no es una excusa, los hay baratos hoy, incluso con traducciones pasables y hasta buenas), digo tome Edipo en Colono, Edipo rey o Antígona y después que haya leído esas páginas que un hombre excepcional escribió hace más de dos millares de años le importará poco si Sófocles perdió la "civilización" porque carecería de una buena computadora para "procesar textos" , como dice la jerga actual y a veces es sólo una eufemismo para tapar la idiotez de este mundo cada vez más idiota.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






Atardecer de otoño en las ventanas*



Atardecer de otoño en las ventanas.


Desconsoladas ráfagas de viento
como caricias somnolientas de la tarde.


Siempre en este minuto me hiere tu memoria
como ávida cuchilla de negro terciopelo.


Una música triste llena el ámbito
pero, ¿qué música no es monotonía
cuando añoro tus manos, tan lejanas ahora?


Atardecer de otoño en los cristales
y en el alma la flor de una nostalgia
desbocándose hacia todos los rincones.


Un trueno, unas gotas de agua,
luego la calma de la lluvia que no cae.
Sólo el otoño atardeciendo en los cristales,
coloreando en gris el horizonte
y grabando en mi pecho las huellas de tu ausencia.


*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es





NIÑA DE TRÉBOL*


“...Me traspasa la luz. No me conozco.
Soy apenas un soplo de la tarde....”
SUSANA MARCH



Vuelvo el rostro para mirar mis rastros.
¿Cual es el animal que me precede?
Me persigue. Me hostiga. Me vigila.
Entra la sombra y se abren los párpados.
Miro el espejo.
No reconozco la figura triangular que me observa.
Me recuerda vagamente a alguien u algo.
Quizás a las huellas de mi madre
O a los confusos vestigios de mi padre.
También a las migajas de una niña de trébol
Niña que destrenza naufragios y palomas muertas.
Habla la figura triangular Me habla.
Su código es extraño. Insólito. Peregrino.
Desciende en sed y en noche y en olvido.
Me arrodillo y me beso y me respiro.
Y me hostigo y me lloro y me persigo.


¿Qué dirán las mudas pupilas del espejo?
Sus palabras quedan detrás del naufragio de palomas muertas.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.





Todos van al cielo. Pero hay quienes lo hacen primero*



“Aunque no aspiro a un tan grande atrevimiento en este pueblo,
no le permito que ame mejor a una no sé qué
especie de seguridad de vivir cómodamente […]
Los hombres nacen bajo el yugo, y después,
nutridos y educados en la servidumbre, sin mirar más allá,
se contentan con vivir como han nacido,
y no piensan jamás en tener otro derecho
ni otro bien que éste que han encontrado,
y consideran como natural la situación de su nacimiento […]
Aún cuando la libertad estuviera enteramente perdida
y totalmente fuera del mundo, ellos,
imaginándola y sintiéndola en su espíritu y saboreándola aún,
consideran que la servidumbre no es nunca digna de su aprecio,
por bien que se la adorne […]” Etienne de la Boëtie (1576).



Hasta ahora nadie puede decir
Que han elevado al trono
A alguien de entre las muchas que hay.


No le han otorgado poder alguno
A alguien igual a ellas,
Y la idea de un gobierno que les rija
Ni siquiera se ha asomado por sus cabezas,
Pues comprenden perfectamente la diferencia
Entre representantes y gobernantes…


Los libros sugieren
Que son superiores a la humanidad,
Y en verdad así parece:
Su Dios
Es más bondadoso y misericordioso
Que el nuestro,
Y su Demonio
Infunde tanto temor
Que aún no hay manera para nombrarlo.


De entre ellas
Todas tienen los mismos derechos,
Y los medios para subsistir
Son de uso común para la colonia.


No necesitan democracia,
Porque ni siquiera tienen
Conflictos de intereses.


El Estado les es inútil,
Porque no tienen diferencias sociales
Ni clases económicas entre ellas…


En verdad son superiores a nosotros:
Sobrevivirían al estallido
De una bomba nuclear,
Porque ni siquiera han tenido
Necesidad de crear alguna.


La evidencia sugiere
Que no tienen prejuicios raciales,
Su avance en las ciencias
Les ha permitido comprender
La teoría de conjuntos
Y definir al infinito
Mucho mejor que nosotros.


Su arte es tan moderno,
Que no somos capaces de comprenderlo
Y los ideales de amor y libertad
Seguramente fueron
Entendidos y alcanzados
Tan rápido por ellas,
Que no hay alguna que trabaje para otra
Y ni así lo desean en lo más mínimo…
Verdaderamente son algo superior
En comparación nuestra…


Y pensar que tan sólo son cucarachas.


*de hugo ivan cruz-rosas. queztal.hi@gmail.com






CHILE LLORA (27 de febrero de 2010)*




“Una columna ciega de ceniza se tambaleaba en medio de la noche.
Yo te pregunto: he muerto? Dame la mano en esta ruptura del planeta
mientras la cicatriz del cielo morado, se hace estrella”
PABLO NERUDA



Chile me mira con sus ojos profundos y llora.
Con su mirada tierna de araucaria, de cactus, de gaviota.
Y llora, otra vez, llora.
No te vaya tan lejos, poeta a buscar el llanto.
Está aquí. Rojo llanto de ceniza y lodo.
Llora Santiago a los pies del Huelén.
Llora Michimalonco, Lautaro, Caupolicán.
Gabriela, Allende, Neftalí.
Valdivia se revuelca en su propio espanto
La tierra clama y estalla y detona su furia.
Huyen los obreros, los mineros, los niños.
Pálidas mujeres de rostros macilentos.
El guanaco y el puma. La alpaca y la vicuña.
Huye el verano y su violento olor a primavera.
Es reemplazado por el olor de muerte.
Las voces del Arauco son un grito de piedra.
Los Andes. Magníficos. Soberbios. Se desgajan.
El cobre es una antorcha ciega.
La luna un temporal de sangre.
Vuelve el caballo desbocado del miedo.
Desafila la espada del relincho.
Corta las riendas, abre catacumbas.
Se levantan y caen, mapuches y pehuenches.
Hay una congoja de adobe que estremece
En medio del Desierto, María Elena, cubre sus llagas con salitre.
Chile me mira. Y me nombra y te nombra... y espera.
Amor, hermano, polen americano. Ave Fénix.
Sube tu sol por mi garganta, rasgúñame en el pecho...
Y lloremos hermano. No ha de ser el primero.
Tampoco él último lloro... ni el último, apasionado, canto.





*de AMELIA ARELLANO. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-SAN LUIS-ARGENTINA









EL MILAGRO*


No llevaba el otoño en la mirada,
Su sonrisa mostraba descalabros
Y al hablar, trastabillaba.
Nunca pudo escribirle la epístola perfecta.
Se pinchó y sangró al tomar aquella rosa.
No era siquiera aventurero,
Rapsoda o bailarín.
Al cantar, desafinaba.


Sólo sabía amar.


Amaba con desconsuelo de náufrago,
Imploraba una caricia
Con desolada expresión de ángel caído.
Daba amor con la entrega de los niños y los locos...


Y a pesar de todo,
O tal vez por todo eso,
Ella, por primera vez,
Amó de veras.



*de Marié Rojas.
-La Habana. Cuba.





"ROSA LUXEMBURG"*



Apuntan a ese fuego
de la paciencia
que derriba


espartaquista que no excluye
la serenidad


Apuntan a ese fuego
que despierta
desatado


a ese fuego que arma
y deriva en las luchas
que vendrán


Apuntan a esa Roja
bandera


a los tilos apuntan con genocidio
a los herrerillos con lo único que conocen
apuntan a la música


Apuntan
con inflamados militares


A ese jardín de presidio
disparan
a la cabeza


Así se mata
lo que no cesa de nacer.



*de Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar





LA MARCA*



“Plantarás un árbol,
escribirás un libro
y tendrás un hijo…”


Las palabras en sentencia como adagio
adquirieron la potencia del destino,
señalaron el camino con la orden
como si sólo así el ciclo culminara.
Pero en lo no dicho estaba la clave
de lo que realmente era la exigencia
para que el humano pagara el tributo
y dejara su marca sobre la tierra.
El plantar el árbol tenía su rito
impregnado en signos de leyendas antiguas:
era necesario verter sangre fresca
sobre el surco abierto como eterna cuna.
Era necesario regarlo con lágrimas
por fracasos diarios de inútil ofrenda.
Era obligatorio dedicarle horas
de amor que matara toda la maleza.
Pero aún seguían los riesgos abiertos:
faltaba el oxígeno, desidia secaba la tierra,
la mano del otro cortaba sus brotes,
veneno subía por sus venas nuevas…



Y puestos a darle palabras al libro
se abrieron heridas que ya estaban muertas,
los nidos internos vacíos yacían,
helaban sus cuencas los ríos de sangre.
El triste decir se hundía oscuro
en pozos repletos de tinieblas y angustias…
Y nos preguntamos si era necesario
dejar escrita toda esa miseria…



Y así nos volvimos al hijo pedido,
el último reto de esa exigencia…
Era más sensible que el árbol y el libro,
era más marcada toda su flaqueza…
Sólo en el vientre estaba seguro,
fuera de él quedaban abiertas sus llagas
y ya no era posible salvarlo de nada,
era carne pura echada a las fieras.
La trampa surgía ansiosa esperando:
el vicio, la peste, la hiel y la guerra,
los falsos profetas, la compra del alma,
la muerte con todas las fauces abiertas.



Y al fin preguntamos si era preciso
poner tanta angustia, crear tanta pena
por el solo hecho de dejar la marca
en nuestro andar penoso por la tierra.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar




*


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sábado, marzo 13, 2010

LE BROTAN ALAS AL OLVIDO...



*Ilustración de Ray Respall. (Cuba)



AMANECER*




No sé qué de increíble tiene esta mañana
Que los pájaros abandonan de golpe el nido
Transformados en claves, anagramas circunscritos…


¿Será porque no aguardo tu regreso?
Porque no espero que el mundo cambie el ritmo.
Quizás he descubierto, al fin, que soy efímera.
Ya no miro el horizonte en vano acecho:
Bajo mis pasos trasluzco el rocío,
Aprendo a disfrutar las gotas-gemas
Suspendidas en el manto de las hojas,
Reflejando mi rostro cada una,
Reconociéndome en ellas infinita...


¿Cómo hacerte entender que el dolor muere?
Que las heridas sanan
Cuando dejamos de pensar en ellas,
Cuando desdibujamos la impaciencia
Por admirar la magia de un amanecer
En que le brotan alas al olvido.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.
(2003)





LE BROTAN ALAS AL OLVIDO...





ATARDECER*



Un pájaro de polvo
Se deshizo en el viento
Breve nota gris
En el agrio silencio de la fronda.
Perforó el ocaso
La flecha de unas alas
Y en el póstumo rayo
Aromado de estrellas tempraneras
Una lluvia de plumas inauditas
Coronó la roja cabellera de la tarde.



*de Teresita Morán. teresitavalcheff@yahoo.com.ar







ALICIA PLANCHA SU PAÑUELO*



*Cuento de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar


Sólo algo no existe; es el olvido. Jorge Luis Borges.


Tal vez fuera la Madre Superiora quien dijera ´las alumnas reclaman por el gusto de hacerlo', y en aquel atardecer de víspera increíble Daniela quince años. Ayer nadie la vio, mejor es no hablar de cosas tristes, o 'por algo será'; pero ella no aparece y en herencia de sueño que mantienen las hembras, la cepa de la espera les crece cada hora. Y a viento atravesado o en el mar más profundo, ninguna madre olvida ni un minuto su cría...
Así que pronto anduvo Alicia por la Plaza de Mayo y de blanco pañuelo en la cabeza, junto a otras apretada del brazo afirmando el mandato de la sangre. En ellas no valen cobardías ni palabras menores y recorren la Plaza sin el mínimo rezo, contrariando amenazas milicas o la cobarde frase 'yo no me meto en nada'. '¿Qué quieren esas locas desvelando a la gente que desconoce culpas?' - aullaron los 'valientes diarios de la patria' y otros palabreríos anunciando que nada sucediera. Pero, ¿hijos de quienes fueron
los muchachos sin rastro tras letales pinchazos y tirados al río?
Daniela no aparece y ni recuerda Alicia cómo aprendió a llorar en tono bajo sin inquietar los ruidos de la calle. Alguien se ha detenido pero sigue en la noche, el resonar de un timbre solamente es deseo y los autos que pasan se llevan la noticia, en tanto para Alicia no es verdad ese sueño de monstruos asesinos y sellados cuarteles.
No regresa Daniela y Alicia carga entero su fusil de recuerdo. Con proyectil de tiempo ella orienta su búsqueda, si nada más que el aire con su manera antigua puede contar la historia sin rendirse un instante. Y a pesar de todos los pesares Alicia imagina a cada rato el rostro de quien robó a su hija; y lo trae de ida y vuelta con la furiosa pena de no olvidarlo nunca.
Porque al fin, distraído en menesteres del cielo y esas cosas anduvo dios por esos días, sordo ajeno al minuto cuando Daniela quince años, de los pelos y en andas entre voces de mando y brutal reglamento, derrumbada en un piso de orín y violaciones. Y ha de seguir Alicia requiriendo a quién confió dios conducir la manada...
Pero cada pregunta clavándose las uñas ha sido derrotada de tanto preguntarse. ¿Quién dispuso que Daniela quince años no volviera a decirle que unos tipos de anteojos apagados por cumplir unas órdenes bestiales, la arrastraron y luego lo demás igual de miserable? Hoy Daniela no está y Alicia plancha su pañuelo. Ya vuelta de los años sin consuelo anda su pena visceral contra las voces muertas de los comunicados. 'Señoras, investigaremos hasta las últimas consecuencias' y otras jaranas que tanto han divertido a tipos de uniforme y de sotana. Pero Alicia pervive, ya sabe quién amenazara 'las alumnas no deben reclamar ni sonreír a destiempo', infamia que también le duele cada hora. Y el nombre de pretores de astrales intereses al ordenar 'ni una sonrisa adolescente puede quitar al rezo de su sitio'; y más tarde Daniela aullara en medio del tormento.
Han de seguir el sol clareando grises y el perfil del jazmín bajo la lluvia; nadie esquiva el fusil de la memoria aunque cambie su aspecto cada día. Sólo algo no existe, es el olvido, y el aire prosigue su relato si Alicia plancha el pañuelo que llevará a la Plaza.


-Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.







ROSA DE ÉBANO*


“Tu me dijiste: no lloró mi padre tu me dijiste no lloró mi abuelo.
No han llorado los hombres de mi raza, eran de acero...”
ALFONSINA STORNI



Pampa con cicatrices de destierro.
Flores de sal.
Espejo trizado por hielos de silencio.
Agua quieta dormida.
Agazapada, una rosa de ébano.
Sagrario oscuro semiabierto.
En la puerta, al acecho, la indefensión aguarda.
La indefensión es un lagarto negro que devora los pájaros sin sueño.
Paisaje duro.
Sábanas blandas de alhucemas fragantes.
Anidan las preguntas, la lluvia y el tintero.


Siete años de respuestas ausentes.
Una respuesta ausente es un collar de zarzas incendiadas.
Una zarza incendiada electrocuta las preguntas
Las preguntas cortan los hilos de acero de la noche.


La niña, una mitad salvaje, otra, jazmín de lluvia.
Obstinadamente se balancea en el topacio de los ríos de enero.



*De Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Declaración de intenciones*



Amigo mío: No sé bien si imaginabas que preveo en nuestras próximas vidas, seducirte. Es con la esperanza de lograrlo que en nuestras próximas vidas estaré atenta a volver a conocerte y tratarte, tempranamente, acaso en nuestras respectivas adolescencias. Ansío que en nuestras próximas vidas
sostengamos nuestros buenos humores. Habré de preferirte más crítico que en ésta, menos voluntarista y bien pensado. Opino que mi influencia será rotunda, por no decir arrasadora. Y el así inferirlo, me hace feliz.
Amigo mío que habrás de quedar en nuestras actuales vidas, ya en curso y muy avanzadas, en amigo mío, te acaricio el alma con mi confeso platonismo, en este larguísimo mensaje de texto, que dentro de unos minutos te alcanzará en tu celular, y deseo, te sorprenderá. Es entonces, mientras me despido, cuando juguetona y anónimamente te saludo con afecto.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar














LOS GÉNEROS COMPUESTOS*




*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com



FICCIONARIAS


Entonces me digo que si hay mujeres del nuevo milenio pueden vivir apoyadas sobre cosas muertas que fingen estar vivas, yo también puedo existir, apoyada sobre mis cosas vivas que fingen estar muertas. La única realidad es la irrealidad, dijo el poeta, por eso sigo caminando por la ciudad como un rayo misterioso sin que me tiemblen las piernas. En el mundo hay tantas maneras de hacer lo incorrecto. Pero todas las comparaciones son odiosas. El problema no es el cuerpo de la copa ni el cerebelo del aire. El problema es que las porciones de eternidad son demasiado grandes y las tristezas sexuales atan un moño de señor en las canicas carnosas. No sé, no sé, me parece que el otro poeta también tiene razón: ningún pájaro se eleva demasiado alto si vuela con sus propias alas. Ahora que le quité mis alas, ya no podrá volar más el pájaro. La excesiva piedad es tan mala como la crueldad extrema. No sé, no sé, por más que me esmere, no puedo caer como toro sangrante sobre mi presa. ¿Qué hará el pájaro triste sin mis alas? De sólo pensarlo me impresiono. No hay nada más gris que un pájaro sin alas. Ya no podrá menear su cola, confiar en su mosquete y sacudir su osadía. Los pájaros sin alas, como los poetas y los enamorados, están condenados al infierno. La vida está hecha de irrealidades. Por eso digo adiós cuando debiera decir hasta mañana: pero admito que no es cierto. Si no fuera por esa mínima diferencia, yo sería como cualquier mujer modelo by siglo XXI.
Somos tan parecidas que si nos pusieran en una rueda de reconocimiento, nadie podría reconocer a la culpable.


LA PRINCESA Y LA NUEZ

De pronto se hizo el milagro: apareció la princesa. Con nuez de Adán, barba de Dylan Thomas, nudillos de cerrajero, ojos de pájaro y zapatos de cruzador de puentes. Cuando la encontré, no estaba en la zarza ardiente hablando palabras que después se extinguen, sino parada sobre sus pies de hombre.
Este varón princesa reposaba como una oscuridad detenida en los dedos de la noche. Extendía sus alas de luna inexistente y llegaba hasta mí como río bravo poblado de peces.
La princesa varón, como toda princesa que se precie, tiene un costado prohibido. Esta criatura del asombro sabe que en el fondo de la palabra está el silencio pero no se tatúa en la espalda el nombre del miedo. Esta mujer testicular, erguida sobre las trémulas medias de un hombre, no se siente débil cuando la recojo del mundo como una frágil amapola y la acuesto en mi cama.
El camino del exceso conduce a la sabiduría. El de la prudencia, al fastidio. Mi princesa masculina, antes de irse a vivir con los búhos y los murciélagos, se llena el corazón de una indescriptible transparencia. Desde que la vi llegar con el molino en la mente supe que esa princesa podía embotellar nubes y beberlas. Luego, cuando llegó la noche con su elemento nupcial, al verla de pie, con el cetro espléndido, presentí que los astros ya nunca más mendigarían la chispeante emulsión de las estrellas.


EL CRIMEN SERIAL

La cuestión es embutir el espíritu para encerrarlo en un cuerpo incapaz de contenerlo. Nada más seguro que un sangrado de nariz para conocer el espíritu de un hombre. Pero el cuerpo es lo que primero se ve y los sangrados son esporádicos. Ese es el problema del cuerpo: su intemperie.
Pocos saben que el cuerpo y el interior del cuerpo son dos valvas indivisibles y se quedan con lo próximo posible. Nadie mejor que yo para confirmarlo: creí ver un hombre cuando era una centella ardiente. Aquel que permite que lo hagas morir, conoce tus cualidades de asesina. El cuerpo es un pájaro que vuela a ras de suelo y a ras de luna. Él y su espíritu son hermanos gemelos: ninguno sabe cuándo es suficiente. Ese es otro problema del cuerpo: su transparencia. El cuerpo deja ver cómo se debate el alma para
embutirse entre las vísceras. Los contorneos de iguana, los espasmos de ángel, el ronroneo de pez. Pero un cuerpo también tiene sus tretas: el collar dibujado alrededor del cuello con el filo de una botella no alcanza para presumir un suicidio fallido. A veces, esas marcas tratan de disimular los rastros del collar que lo mantuvo atado a la obediencia. Por ello, cuando el cuerpo amarrado encuentra en otro cuerpo sus alas, chorrea la hemorragia del más profundo deslumbramiento. Ese es el problema del cuerpo: su belleza no escatima en derrames y riesgos. Y una, que lleva la señal del crimen en cada molécula, no tiene más remedio que convertirse todas las noches en asesina serial del mismo hombre. Así es que los días de verano cuando aún no es verano y los días de fiesta cuando aún no son días de fiesta, pasan de ser tormentos a tormentas. Y sé bien que esto no tiene que ver con el erotismo forense, pero tiene que ver con las alas, los líquidos, las hemorragias, las estrellas.


*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-22700-2010-03-13.html






*


Decir exilio es decir ausencia
Ausencia de vos
Blindar mi corazón para no pensarte
Pintar de vacío todas las sospechas
Que me enlazan a viejos orgasmos.
Sigue haciendo ruido todo mi útero
Cuando sin querer provocas disturbios en mi mente
Y sobre mi muerte de cada noche.
Busco huellas que dividan las lunas
Busco huellas que me dejen amar sin el dolor eterno
Busco bocas con vocales fugaces
Busco bocas nómades
Donde se caigan los besos
Y se pierdan en la humedad desnuda de todos mis latidos.




*de María Manetti. dulcemariam6@hotmail.com
01-02-010






*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 14 de marzo del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del cantante brasilero Marlucio Mareco. Las poesías que leeremos pertenecen a Jorge Corcho Padrón (Cuba) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



*


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jueves, marzo 11, 2010

QUE SE LO DIGAN A LOS MÍOS...




-Ilustración de Walkala. www.walkala.eu




QUE SE LO DIGAN A LOS MÍOS...
*Antología de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







Inclemencias


En tierras de pan llevar se instalaron mis mayores.
En comarcas donde el rigor fue rey y la escarcha su corona.
Acá, donde no se quién fue tan feroz
con las criaturas.
Arropado de invierno, puro viento y acero al grito emotivo
yo llamo y ejecuto.
Sólo de llanto hablan mis tristes mayores.
Sólo de sudor sin más esperanzas que los hijos
que con los años se suman.
Mi misión es de cantor, lo sé, qué sería
de mis graves hermanos si mi voz no sonara baja, humilde,
pero orgullosamente gringa sobre la pampa.
Iban a trabajar sobre los campos. Iban a golpear
tarros vacíos hasta el cansancio cuando llegaban las langostas.
Sin dormir con la sequía. Sobresaltados bajo tormentas
de agosto partiendo sin piedad los árboles
que con amor plantaran. Adiós sombra del verano, adiós frutos
para el fulgor inocente de los hijos.
Pero alguna vez alguien cantó internado
en los rastrojos, con la “aguja” en una mano
y la espiga como un arma madura en la siniestra,
y la cintura quebrada bajo el peso
mazorquero y sin perdón de la “maleta”.
Allí anduvo mi padre. Y el rostro moreno
y silencioso de mi madre.
Persecuciones del chamico y la chinchilla,
y las chalas que cortan las manos a mansalva.
Por eso odié el invierno. El maizal era verde
y todo ternura en el verano, pero en junio
era altura amarilla y escarcha y desafío.
He visto a los míos inclinados en la tierra y el alfalfar blanqueado
por torpes mariposas y los cantos de la abuela invitándonos al llanto.
Se acostaban a hacer los hijos con gravedad y alegría,
con el canto de los grillos y el silencio del campo
acompañándolos...
Brilló un lucero grande en Octubre.
Iba a ser día de fiesta, pero mi abuelo moría.
Se detuvo el tordo sobre el aire. Sin hallar consuelo
tendidos en el pasto lo lloramos. Era Octubre, pero ¿quién
vio flores en el campo ese día?

“Morir es una costumbre
que suele tener la gente”



Que se lo digan a los míos, desolados de estas tierras
con sus mayores alimentando raíces bajo tierra.
Que se lo digan a mi canto, donde el sudor sobra
y no alcanza el llanto para toda nuestra pena.


-1976, Otoño-







UNA TRISTE HISTORIA DE AMOR


Lo que nunca sabremos es exactamente en qué momento comienza esta historia, porque como sabemos, los hechos a veces se producen por azar y no entran en los cálculos o no quedan registrados como a conciencia en la cabeza de la gente. Lo que sí sabemos, al día de hoy, es el final, pero mejor no adelantarse, porque para eso existe la cronología, aunque bien sabemos que la literatura tiene otros códigos y puede quedar adscripto a la mirada ya desvalorizadora que se llamó “realista”, y los críticos más duros insisten en llamar “la ilusión del realismo”.
Esta historia es una historia de amor, pero los más cáusticos, lo que están más cerca del positivismo llaman un “platonismo acorde a los tiempos”, o un “romanticismo rancio que no debe tenerse en cuenta”.
Cuando esta historia sucedió, -si es que sucedió alguna vez- mi abuelo estaba por cruzar el mar Tenebroso, el Atlántico inmenso en un barco que lo dejó en Buenos Aires, con quince años y sin saber una palabra del espléndido español (que él luego denominaría “la castilla”) con el nombre de un pariente lejano o amigo de su padre o apenas un paisano de la aldea europea desde donde se largó, con el coraje, coraje con que lo impulsaba el hambre, como tantos miles en su situación, o peor, porque eran ya padres de familia.
Quiero poner entonces la distancia necesaria como para no hacerme enteramente cargo de esta historia, pongamos provisoriamente “de amor”, ya que las sucesivas veces que yo fui oyendo el relato de los mayores, todos lo hacían –en mayor o menor grado- no exentos de ironía, que podía ser fina o grosera según correspondiera al temperamento de cada uno.
La historia que relato (que trato de relatar) sucedió en mi pueblo en los fines de la primera década del siglo XX y está protagonizado por un hombre muy bueno, italiano, no recuerdo de qué lugar, y certificar esa marca de origen se me vuelve difícil porque hoy tendría ciento veinte años, lo cual hace imposible encontrarle algún contemporáneo.
La primera historia que oí de don Juan Galli –de él se trata- refiere al más contundente romanticismo y lo hace inmigrante, chacarero arrendatario en principio, y luego asociado con sus dos hermanos tan solteros y atravesados en el habla “de Castilla” como el comprar una panadería, que a la postre lo dejará dueño único previo pago de la parte a sus hermanos quienes regresan a la Península para no volver.
Están los paseos entonces con esa niña cuasi púber o adolescente o demasiado joven y más delgada y pálida que lo acostumbrado, esos largos paseos por el Veredón del Ferrocarril: ella toda de blanco, con capellina del mismo color, breves botitas oscuras y una sombrilla celeste. Él tieso, envarado, de traje impecable, botín con polainas y un leve bombín en la testa de lacio pelo rubión y muy fino, un bastón de caña y los dedos de la mano libre encastrado en los bolsillos del breve chaleco azul. Iría recitándole a Páscoli o D´Annunzio en italiano.
En la esquina, él descendía, muy caballeresco, le tomaba las manos enguantadas a la señorita delgada y entonces ella saltaba sonriendo y ruborosa, hacia la calle cargada de un fino y fastidioso polvillo.
Esta leyenda, lo advertí, termina con la muerte de ella, muy joven, hecho que, antes de producirse, provoca la promesa de él de permanecer en soltería perpetua. Se dedicó a las lecturas silenciosas cuando el arduo trabajo de la panadería se lo permitía, y de grande -ya pasados largamente los setenta– emprendió el aprendizaje de la guitarra, no recuerdo si con maestro o provisto de un manual con lecciones, cuando algún vecino (molesto tal vez por sus prácticas con las cuerdas lloronas del amanecer) le inquiriera, indiscreto, por qué siendo tan mayor le daba por la música, él muy jovial y pedagógico, explicó que Sócrates tomó lecciones de flauta hasta su último día.
Recuerdo todavía, ya adolescente, trabajando en su panadería, alquilada a Alfredo Paggi, oía su guitarra monótona, ya que él ocupaba una de las habitaciones del fondo.
Era, un hombre tranquilo, minucioso, hablaba bastante bien el castellano y hacía un esfuerzo por pronunciar bien las palabras aprendidas no sólo en el trato cotidiano sino en los libros que consultaba constantemente y leía en idioma español, amén de los diarios o revistas italianas que se hacía traer.
Tenía –lo recuerdo –una transparente mirada cariñosa en esos pequeños ojos celestes.
La otra versión, que puede incluir todas estas conjeturas y aproximaciones y la salvedad hecha que sólo oí siempre por referencias de terceros esta historia, es que en la relación con esta señorita de quien nadie recuerda su nombre o apellido, no tuvo otra relación que el de clienta, en su tarea cotidiana de vender el pan y las facturas y los bizcochos, casa por casa, con esa alta jardinera que arrastraba un caballo moro que don Juan Galli manejaba con silbidos.
Y tal vez él le escribiera cartas de amor que no se animaría nunca a hacerle llegar, y que en ese tal vez podríamos conjeturar alguna serenata, con su desafinada guitarra, homenajeándola con un valsecito o un fox-trot melancólico, a ella y a su indiferencia de las persianas cerradas.
Dicen que ni una vez –ni una sola vez- la señorita se dignó mirar a ese gringo, que se deshacía en galanterías lejanas y que ella consideraba ridículas.
Y él, tan discreto, jamás habló de ella, o de su desolado amor sin compartir con ella y ese fracaso con ningún ser de este, para él, desolado planeta.
Y sin embargo, nunca perdió ese modo caballeresco y atento, casi ceremonioso con todos los que lo conocieron, tan buena persona, tan pintoresco.
A mi me queda la imagen de su jardinera cuando con su silbido distinto detenía el moro frente a mi casa y mi madre salía con la cesta para comprarle el pan del día y él antes de partir con otro silbido, (era el momento más esperado por mis cuatro años ansiosos) introducía la mano en un pequeño canasto y alcanzaba a mi niñez asombrada esa rica jesuita azucarada como auténtica y nunca tan bien preciada yapa.







LA PATRIA



Se fue haciendo con el dibujo
memorioso de las cabalgaduras
que cruzaron la pampa,
el valor desvelado de unos hombres
a quienes ganó la demencia,
el deseo y algún que otro sueño
entrevisto en las noches.
La Cruz del Sur los guiaba
en sus peleas y en su rencor combatiendo
tal vez por una cosa inasible, la patria,
que tal vez no fuera más que un montón
de ganado y una mujer esperando
con el vientre poblado
y las trenzas cayendo en la espalda.
Tal vez pidieron muy poco.
Tal vez fueron ingenuos
en pretender que es posible
asir aquello que fue inabarcable:
la libertad, el cielo infinito,
el verde enceguecedor de los pastos
bajo el sol de los enero.
Dejaron todo en esa empresa
que los fue absorbiendo
como una inmensa campana de vidrio
que se quebraba al son del corneta
y su toque a degüello.

Hoy sólo son unos rostros adustos
donde un daguerrotipo resiste
al olvido infame de todos los óxidos.



- 1997, otoño







DOMÉSTICAS



Primero es como una luz que va entrando de a poco por la ventana cuya cortina está un poco corrida, no sabemos si ex profeso, o por una corriente de aire, o debido a la desidia de los días en que nadie puso la mano sobre ella.
Dije que primero es la luz, que se filtra subrepticia, lenta, la luz del sol, la pura luz que viene de esa lejanísima estrella deflagra bajo los fresnos, repta con su esplendor entre la gramilla y pinta de un rojo vivísimo la larga hilera de pimientos que mi madre cuida con extremado amor, como hizo toda la vida: con la humanidad, con los animales, aún los más humildes, y con sus pimientos que era su orgullo expuesto a todo jurado aún el más riguroso, aún el más severo.
Si ella entreabría la ventana, aunque sea un poco, la brisa de mayo ligeramente fría entraba y se iba adueñando de los objetos, y tal vez el polvillo de las calles aún sin asfaltar aprovechaban ese vehículo apto, generoso y gratuito para ir aposentándose de a poco en los rincones más lejanos y las muescas barrocas de algunos muebles, y aún en los pliegues de las cortinas, o las sillas vacías de la mañana.
Dije antes o escribí mejor, que la luz se iba filtrando de a poco, cuando el alba moría en su rosado y daba lugar a esa luz brillante que el sol suscribía sin ambages, pero si en cambio el día era gris, se aproximaba una amenaza de lluvia, o, amanecía lloviznoso, el cristal permanecía cerrado, porque el frío o la humedad no eran tesoros preciados por mi madre, que amaba el sol esplendoroso, el que le traía recuerdos de su italiana aldea en la montaña.
Precisamente, no se cansaba de ponderar esta bendita tierra donde todo verdor crecía de maravilla, mientra en su aldea natal todo había que pelearle palmo a palmo al terreno pedregoso. Sólo aquella claridad del sol montañés tenía siempre en su memoria y el discurso de su reiterado recuerdo en rémoras familiares donde mi abuela pensativa, dulcemente, adhería y asentía a su recuerdo niño, con alguno suyo, así poco más conciente, ya de adulta.
Cuando pienso en mi madre sé que voy a pérdida entera con el recuerdo, que de todas las pocas astillas que extraigo de la memoria debo construirme su imagen, plagada de gestos generosos y humildes, que retenía la elocuencia ostentosa, yo, como Pedroni podría decir que era “toda silencio, propensa al llanto y muy hermosa” y que yo la recuerdo siempre transitando ese espacio de verdes, donde orlaban esos inmensos pimientos rojos que ella cultivaba con recatado orgullo y cuando eran ponderados, se le abría el rostro moreno en una gran sonrisa de satisfacción.
Cuando pienso en mi madre es cuando la veo cruzando ese gran patio de tierra que ella barría con generoso esmero, en una mano un plato camino al gallinero, llevando tal vez restos de comida o maíz, para arrojarlo a sus pollos. Hasta en los sueños aparece con su batón celeste, floreado de amarillas pintitas, y ella muy señorona con ese plato en la mano derecha, oronda cruzando el patio y mi sueño.
De todos modos armo ese recuerdo de ella con un amor inmenso, pero en verdad lleno de impotencia.
El día en que íbamos con mi hermano hacia la sala velatoria donde estaban sus restos, caminando por una calle cercana, nos alcanzó con su bicicleta “Cañita” Aquilano, cartero eterno del pueblo, con un telegrama que nos enviaban los empleados del Correo, Allí leí una frase que hasta ese momento era sólo eso: una frase. Pero que tuvo luego una feroz e implacable verdad.
-“Acompañamos vuestro dolor, ante tan irreparable pérdida”, decía.
Allí supe que los lugares comunes, las frases de cortesía acompañado socialmente un dolor individual, tienen su sentido. Al menos para el que sufre, aunque casi nunca para el que la pronuncia. Es decir, las frases comunes en algún momento dejan de serlo y son fundamentales y drásticas. Pegan como un inmenso martillo en la cabeza, doblan de dolor ante el desamparo y la incertidumbre a que nos somete ese mismo –desconocido antes- desamparo.
De todos modos no quiero ser triste aquí. Quiero retener esa humilde humanidad suya, esa timidez que hacía lo posible por permanecer invisible, pero atenta y poderosa, imprescindible en su amor por los suyos, una fiera cuando debía defenderlos.
La prima Gladys me contaba una discusión que habían tenido con mi padre y ella, furiosa, le decía:
-Le permito todo, menos que se meta con mis muchachos.
Sus “muchachos”, éramos mis hermano y yo
Hace muchos años que nos dejó, y les digo la verdad, me gustaría verla caminar entre esos altos tomatales que eran su orgullo, o en el esplendor de sus rosas o amasando esos tallarines sobre la pequeña mesa llena de heridas y de recuerdos infantiles, de cuando –sin querer- volcaba el café con leche y ella, rápida, solícita limpiaba todo antes que la irascibilidad de mi padre lo advirtiera.
Ahora debo consolarme con ese ceibo que plantó y con ese rosal que resiste todas las intemperies.
Y, de vez en cuando, aparece en mi sueño donde cruza ese patio de tierra con un plato en la mano para siempre.







LUCIO VICTORIO



Siempre lo vi
en viejas fotos
muy parecido a Búfalo Hill.
Cruzó la pampa bruta
por quinientas leguas
de solazos, rastrilladas y pastizales
con poca compañía y el alerta del chajá.
Ese hombre que se internó casi desarmado
con su breve escolta y sus dos curas
hasta los toldos de Mariano y abrazó
en un alarde fanfarrón al estrábico
y ladino Epumer, alzándolo en vilo
ayudado por el alcohol machazo del ranquel.
Ese hombre a quien su tío
le hizo comer los siete platos de arroz
con leche, mientras Urquiza se aprestaba
a pasar el río con treinta mil hombres
y un boletinero loco
de todos modos menos loco que este coronel
que no llegó a Ministro ni a presidente
de la República, pero fue un dandy
un seductor de niñas de la nobleza
de Francia que lo creía un indio
de las pampas del sur,
pero él era un romántico
a quien apasionaban los duelos.
Un hombre que rogaba prudencia
–él que no la tuvo nunca-
“para que no se nos pudra
la lengua (la de él, la de su clase)
ante tanto extranjero”.
Ese hombre del gesto ampuloso
y el vestir estrafalario
nos sirve hoy
por algunas páginas
imborrables que nos dejó
–sin buscarlo- para todos.


-1994, verano






DOS HILERAS DE CASUARINAS OSCURAS



Venía por un camino polvoriento que unía chacras y estancias, en lo más profundo del campo, lejos de las rutas asfaltadas que llevan a las grandes ciudades.
Las ropas gastadas, como sus zapatillas de un color mugre y de la que alguna vez se pudo colegir el color, pero ahora era una tarea concedida a la magia, a la conjetura o a la especulación poco productiva , casi como su camisa, pero al menos ésta tenía una levísima y muy tenue coloración verdeagua. El pantalón era negro como su gorra y guardaba en su visera el polvo escrupuloso de todos los caminos y los kilómetros que venía caminando en busca de caza, a juzgar por esa escopeta que iba cambiando de mano cada tanto y a veces se servía de una correa que unía el caño y la culata para echarla al hombro y llevarla así más cómodamente.
Hacía mucho tiempo que había divisado ese grupo de árboles que formaban a lo lejos una línea borrosa, como un grueso hilo verde y cuando se fue acercando notó que eran dos hileras de árboles y al verlo más nítido , supo, es un decir, porque siempre lo había sabido, que era el “callejón de Cinel” como lo llamaba la gente por la proximidad del dueño del campo, aunque eran tan antiguos los árboles que tal vez no fuera Cinel el que lo había plantado pero para el caso era lo mismo.
Cuando llegó al cruce de caminos, justo donde comenzaba esa larga hilera de casuarinas oscuras se sintió bien, sintió el placer acogedor de la sombra, algo como un abrazo del cielo que allí dejó de ser añil para convertirse en un verde oscuro y que pegaba primero en los ojos y luego iba entrando en todo el cuerpo con una presencia casi física de sombra propicia.
Luego de haber caminado tantos kilómetros bajo un sol depredador sintió que había valido la pena todo ese esfuerzo que nadie le había pedido, pero sortear la insolencia de la luz por tanto rato bien valía aún agradecer ese premio de todos los dioses.
Tenía sobre sí un cansancio de siglos así que quiso –a conciencia- disfrutar lo máximo de esa sombra que era como una bendición bajo la canícula tan parecida al infierno y se paró de golpe. Respiró hondo, mientras alzaba hacia lo alto la cabeza, hacia esa malla tupida de hojas que apenas dejaba filtrar los rayos del sol y luego se sentó, apoyó la escopeta en el suelo, sacó un paquete de cigarrillos, encendió uno con lentitud y exhaló el humo con placer, sentándose junto a una de las casuarinas que prestó generosa e indiferente su tronco para que apoyara la espalda cansada. Se estuvo un rato largo así, pensando quién sabe qué cosas o tal vez –lo más probable- con la mente en blanco, como quien dice, para expresar la ausencia de imágenes en el cerebro.
Había pasado un largo rato y decidió transitar ese leve Paraíso que se le ofrecía a sus sentidos, independientemente de si a su interés de cazador le proporcionara alguna ventaja, ya que éste casi no estaba vinculado al cobro de piezas que vagamente buscaba. Podrían ser liebres, perdices o patos, animales que como cualquiera sabe no elegirían pasearse por ese callejón, cuanto mucho lo cruzarían presurosos. Elegirían más los pastizales, los cañadones, la mera llanura poblada de yuyales, de cardos, de espartillos y juncos.
Tal vez en ese momento menos le importara la caza que ese placer que le proporcionaba siempre ese grupo de árboles que formaban una avenida larga y sombreada, con esos árboles que alguien alguna vez plantó y a quien él siempre agradecería cada vez que disfrutaba de su sombra generosa, aunque tal vez nunca se enteraría del nombre del pionero, de ese lejano benefactor, de ese adelantado. Pero siempre pensó que eso ya no tenía la menor importancia, él era sólo un cazador aficionado y furtivo y se avenía a todo aquello que encontrara en esas incursiones anárquicas que de vez en cuando acometía.
Con ese criterio habría tenido que averiguar –para agradecer convenientemente, cortésmente- cada puente de madera o cemento que le evitaba mojarse los pies y que encontrara en esos largos peregrinajes de horas en busca de azarosas piezas ubicuas.
Siguió un largo rato transitando ese camino, agradeciendo –como una bendición- que estuviera allí, como están también los pájaros, el aire, la volátil semilla del cardo y ese sol cuyos rayos mediatizan con toda eficacia la sombra protectora que dan las dos hileras de casuarinas oscuras.
Divisó al fondo una breve nube de polvo y cuando se fue acercando, creyó notar que se trataba de un automóvil y cuando lo tuvo más cerca comprobó que era una chata último modelo y que venía a una velocidad más que respetable y al acercarse aminoró la marcha para no llenarlo de tierra, como un signo de respeto y cuando él se corrió a un costado para dejarlo pasar poniendo los pies en la alfombra de gramilla que listaba los costados del camino y sin detener el paso vio cómo del vehículo salía una mano que lo saludaba y entonces comprobó que no era un conocido, ya que de lo contrario hubiera hecho sonar la bocina.
Apenas lo hubo cruzado, la chata aceleró a fondo y produjo una inmensa nube de polvo pero no se dignó volverse, porque apenas la nube se produjo en su mente la chata, la mano y el encuentro eran ya un recuerdo borroso, hundido en el magma sin fin de ninguna memoria.
Antes de llegar al final del camino arbolado se cruzó con otro vehículo, esta vez sí reconoció al camioncito de modelo antiguo, cuyo ruido de hierros golpeándose se adelantaba a sus ruedas. El conductor detuvo la marcha, se saludaron y éste le pidió un cigarrillo y fuego que le fue concedido a través de una llama que produjo un antiguo encendedor de los llamados “Carucitas”, a bencina, de los que ya tal vez no vengan.
Luego de darle algunas precisiones sobre el lugar óptimo para una buena caza, puso primera y se alejó con un ruido no sólo de hierros sueltos sino con el que producían un par de tanques para gasoil vacíos que llevaba apoyados contra la baranda de la caja del vehículo, y que al golpear contra la madera hacían un ruido de “bongó” desafinado.
Caminó unos trescientos metros más ya desprotegido de la sombra que lo había acompañado hasta allí y se paró para orientarse.
Vio hacia su izquierda, por fin ese grupo informe de juncos que prefiguraba el cañadón donde según la promesa de su amigo que acababa de cruzar en su camión destartalado lo estaría esperando una inmensa bandada de patos que “casi se pueden cazar con la mano”, había exagerado.
Él, el cazador, sabía que nunca era así y que el animal más desconfiado es el pato, aún con esas cabezas pequeñas y que parecen poco inteligentes, pero que nunca son tan recelosos como cuando deambulan cercanos a un espejo de agua.
Subió los cuatro hilos del alambrado, pisó uno de los postes de ñandubay que estaba clavado firme a la orilla casi del camino, y saltó hacia el campo que lo esperaba con sus cardos y sus yuyos ya que no era más que potrero, por ahora ausente de vacas. Menos de doscientos metros lo separaban de ese manchón informe de espartillo, juncos y otras malezas acuáticas y a medida que se iba acercando, vio la superficie plana del agua, con una luz coruscante, pero inmóvil, ya que no había ni una brisa miserable en el aire detenido y perfecto.
Se agazapó, con precaución, y se fue ocultando como pudo entre yuyales que se hacían tupidos cuando iba aproximándose al agua.
Algunas bandurrias levantaron vuelo indiscriminadamente al verlo aproximarse, seguidas por una bandada de chorlitos y dos cigüeñas que alzaron como dos sábanas sus alas del suelo, pesadamente hasta formar una sombra errátil que fue alejándose del pasto desparejo e hirsuto.
Fue una señal que “removió el avispero” como suele decirse y toda la fauna acuática empezó a inquietarse, entonces disparó los dos cartuchos que tenía su escopeta ya que antes que cargara de nuevo no habría quedado un pato a la vista para apuntarle. Tiró a la bandada –o al resto de ella- que todavía nadaba, no sin inquietud, en la cañada que se había llenado de ruidos de vuelos y alas y graznidos al que no se podía individualizar.
En la confusión vio un plumerío en el aire, un ruido y un desorden de patos, entonces se introdujo sin pensarlo, en el agua que le fue comiendo desde los pies hasta la cintura, cuando pudo por fin apresar un pato muy malherido y creyó ver otros dos que se escondían, heridos, en el juncal hechos una madeja mojada.
Desistió de buscarlos como denostó no haber traído un perro prestado, ya que el suyo había muerto hacía un tiempo y se preguntó por qué no se había agenciado de otro, tan aficionado a la caza como era. Lo pensó como una culpa, como una incertidumbre a la que no le encontraba respuesta y se contentó con justificar esa falta de interés en recordar cuán bueno era el que se le había muerto y que no era fácil reemplazarlo. Aunque tal vez la razón o las razones fueran otras, de todos modos se contentó con ese razonamiento, mientras caminaba por el campo, con medio cuerpo empapado, chorreando agua barrosa, preso de un olor espantoso a agua estancada.
Desistió de los patos, porque con los disparos era muy difícil que volviera esa bandada u otra a aproximarse siquiera a la cañada y tal vez no volvieran ya ese día.
Deambuló un par de horas por los campos aledaños tratando de avistar una liebre, con resultado infructuoso. Parecía que hacía un siglo que no había una por allí, así que emprendió el regreso, encaminándose otra vez hacia esa hilera de árboles que lo habían homenajeado con su sombra un rato antes.
En algún momento se paró en medio del campo, entonces lo fue rodeando un grupo de vacas curiosas y aprovechó para encender un cigarrillo cuyo humo se deshizo prontamente en el aire.
Sólo cuando divisó la avenida que formaba el callejón con las casuarinas se sintió mejor.
Entonces no le importó la caza miserable y menguada, más que magra, que llevaba atada al cinturón y que le golpeaba manchando su pantalón de una sangre espesa y oscura ni la escopeta inútil que le colgaba de su hombro derecho como un desperdicio.


-Primavera 2005









LA MADRE




¿Por qué será
que siempre aparece
joven en los sueños?
¿Por qué tendría
esa manera tan sutil
de no abandonarnos
nunca?
¿Por qué será
que siento aún
que me arropa
en la noche
más fría de los tiempos
reales?





EL PADRE




¿Cómo fue
que no lloraste
nunca?
Eras el más fuerte
siempre
y el más duro
y también
el más intolerante
¿Cómo fue
que no lloraste
nunca?
Sólo una vez
me dicen
cuando murió
Perón
te quebraste
y lloraste como un
chico.
Yo también
pero yo lloraba lejos
de vos.
Yo estaba en otra parte.








AQUÉL MEDIODÍA


Pablo Zöpke


Se sentaba al atardecer para ver pasar las garzas hacia la laguna lejana.
Su casa era la última del pueblo y los altos hinojales no le permitían ver el tren hasta que el estrépito de hierros se lo mostraba casi enfrente de sus narices, cuando era tal el ruido que daba las sensación de aparecerse el mismísimo expreso a Río Cuarto en el patio de tierra que él cada mañana regaba con esmero.
Vivía solo, de una magra jubilación de obrero rural, rodeado de sus perros. Una quinta oliendo siempre a pimientos y a humedad le proveía sus buenos alimentos frescos.
Menos porque le gustaran que por guardar la memoria de su mujer que las había plantado y cuidado con obsesión es que devotamente regaba esas azaleas cada amanecer, tal como se lo había visto hacer a ella durante años.
El camino al viejo matadero municipal pasaba frente a su casa, por lo tanto era de rigor que tarde a tarde los cinco carniceros que iban a buscar sus reses muertas lo saludaran con metódica formalidad, tocándose apenas el ala del sombrero con el índice mientras los carros metían un infierno de ruidos en la tarde quieta y los perros numerosos corrían acompañándolos con sus ijares y sus fauces abiertas.
Tal vez era esa mirada perdida la que lo separaba de los otros hombres y lo adentraba cada vez más en ese paisaje chato, que apenas salpicaban unos pocos sauces y unos metros más allá ese manchón de trigo ondeando bajo la brisa de octubre como una bandera dorada.
Lo demás eran potreros, con sus cardos dispersos por aquí y allá y el rigor de los alambrados con sus bandadas de tordos y sus colgantes babas de araña.
Una vez por semana tomaba su bolsito de lona y silbando a un cuzco negro, algo cimarrón y garronero, enfilaba hacia el pueblo.
Se llegaba hasta el almacén del Turco Alé, aunque le quedara lejos. La gente decía que iba allí porque nadie le hacía preguntas ni le buscaba conversación, cosas que él evitaba con su fama de huraño. Compraba un poco de fideos, algo de yerba, azúcar, de vez en cuando un cuarto de café y de lo que nunca prescindía era del paquete de tabaco Suiza, para armar sus cigarrillos. Tampoco se olvidaba de su par de botellas de vino barato.
Muy de vez en cuando cambiaba sus viejas bombachas batarazas por unas menos usadas, se ponía el sombrero negro, un pañuelo Gardel al cuello, las alpargatas menos viejas y encaminaba sus pasos hasta el boliche El Amanecer, de don Atilio Mancinelli.
Elegía un domingo por la tarde porque era le día en que las barras bochófilas estaban en pleno apogeo y ocupaban las cuatro canchas laterales al despacho de bebidas.
Miraba con mucha atención el juego durante horas sin intervenir por más que amablemente lo invitaran. Tampoco hacía comentarios. Si lo instaban a beber una copa se apuraba a devolver el convite y aunque se fuera un poco más entonado jamás perdía esa lejana dignidad que lo separaba de los demás.
Volvía en un silencio, que casi no había trasgredido, después de una larga tarde en la cual a tantos se les soltaba la lengua y se volvían dicharacheros y hasta agresivos con el calor pendenciero trasegándoles las tripas.
Entraba al patio de tierra apisonada donde todos los perros lo esperaban para agasajar su regreso y buscaba esa vieja lámpara a querosén colgada de una viga de la galería. Después se ponía a pelar unas papas para hacerse la cena.
Todas las tardes se llegaba hasta el último paso a nivel, frente al Dispensario viejo, que por otra parte estaba a tiro de escopeta de su casa. Se paraba en las vías y las miraba brillar, veía como la sangre del crepúsculo las iba tiñendo hasta que las hacía dos largos cabellos oscuros metiéndose en sus viejas y cansadas retinas.
Luego volvía con el paso cansino.
Si alguien hubiera estado observando de lejos podría pensar que había estado buscando algo, un objeto perdido o la aparición de un expreso que a esas horas era imposible, ya que como todo el mundo sabía su horario era del mediodía y nunca había venido con tanto retraso.
Su parquedad casi absoluta hacía difícil el trato con los transeúntes y demás habitantes del pueblo que se lo cruzaran alguna vez. Los propios vecinos que hubieran querido ayudarlo a sobreponerse al dolor de su viudez no sabían cómo actuar con un hombre que casi había perdido el habla en los últimos meses. Era pasar por el camino y verlo fumar y matear, siempre bajo ese sauce copudo, con los perros dormitando a sus pies.
Esa imagen formaba ya parte del mismo paisaje.
Aquél mediodía, como siempre, muchos curiosos y algunos ocasionales viajeros que esperaban el expreso que venía de Rosario.
El cartero, los vendedores de diarios, los vagos y los chicos estábamos allí como para saltear por algunos minutos el tedio oprobioso del pueblo.
Era ver detenerse el tren, mirar alguna muchacha de ojos fugaces y soñar con ellos algunos días hasta que todo se desvaneciera en el aire.
Después de la campanada: la dispersión y nuevamente los andenes desiertos.
Miramos hacia donde venía y creímos ver algo caído ante la máquina, tal vez un trapo blanco que era arrojado desde los hinojales. El lugar era justo frente al Dispensario viejo.
Mi padre corrió.
Nunca supo si fue por una intuición o un reflejo, pero nos ganó varios metros a todos en la carrera y luego contó.
Cuando a las cansadas llegó el forense agitado y golpeado por los yuyos y las ramas ya mi padre había tomado las vísceras destrozadas y las había introducido –con ayuda de Mito Tossini que lo sucedió- en el hueco del cuerpo.
El despojo de ese hombre silencioso yacía al costado.
Mucho más lejos, casi sobre la estación el tren con un gran estruendo frenaba.
Los perros se aproximaron oliendo la sangre y llorando.
El lugar pronto se llenó de curiosos y de comentarios inútiles.
Los alambrados estaban cubiertos de babas de araña.


-1992, primavera






LA EMPECINADA AUSENCIA DE JUAN RENZI



La mirada astuta, las medias caídas, la camiseta fuera del pantalón, con la mano derecha aplastándose el pelo que llevaba siempre corto. Desgarbado, jugando sin correr, parado en mitad de la cancha, con su mirada de lince, sus pases puestos como si los depositara una mano. Así, clavado como una mariposa de obsidiana está Juan Renzi en la memoria de todos.
Ídolo a pesar suyo, callado, siempre con esa pintita humilde, alegró nuestra vida de muchachitos ingenuos que buscábamos imitarlo para merecer esa admiración que le profesábamos. Nunca nos acercábamos ni por asomo al original, aunque no valga la pena aclararlo.
Desde aquel lejano día lleno de Otoño y de niebla en que se nos fue del pueblo jamás volvió. Nunca. Y me consta porque su amigo Osvaldo Gago fue hasta su refugio en un pueblecito cordobés donde vive retirado del mundo. Siempre se negó a volver.
Como no es de hablar mucho que digamos, los motivos los sabrá él, si es que los tiene, si es que los sabe, ya que a nosotros nunca nos expuso ninguna razón para no volver más por el pueblo. Nunca. Ni una sola vez siquiera, en estos cuarenta y cinco años en que sólo pensarlo da vértigo.
¿Tendrá miedo de comprometer esta realidad de hoy con aquella gloria lejana, con aquella alegría que sin querer casi nos regalaba?
No lo sé. Con Juancito Renzi nunca se sabe, dicen sus amigos, y lo digo yo que no lo veo desde el día en que se subió a ese tren y yo fui testigo único y privilegiado de esa partida que nunca imaginamos para siempre.
¿Y él pensará alguna vez que en el recuerdo de por lo menos una generación quedan las hazañas imborrables, con la alegría como una estela de fuego, como un relámpago de emoción en el cerebro?. ¿Se acordará de cuando la hinchada le empezó a llamar “Balazo” cuando el siete a dos del clásico?
Es probable que el fútbol de hoy lo aburra. ¡Si él nunca corrió más de tres o cuatro pasos por partido!. Él, que ponía los pases como si los hiciera con las manos, tan milimétricos eran. ¡Cuántas defensas humilló con ese juego vistoso!. Hecho de caños, de paredes, de bicicletas, de taquitos, de bajadas con el pecho y la rodilla y el pie sobre la pelota, siempre pisándola y mirando, sin apuro para armar el juego.
¿Se acordará alguna vez de nosotros?. De sus hinchas, de los que jugábamos al billar o al truco con él, de los que le festejábamos ese cansino humor macabro que gastaba mientras fumaba esos eternos cigarrillos rubios, sin filtro, uno a uno, chupándolos con devoción hasta el fin?
¿Por su mente habrá pasado alguna vez la sombra de una duda cuando definía con ese cabezazo impecable que golpeaba la red mientras miraba indiferente la desesperación del arquero?
Él era así, instintivo, un creador nato, de los que ya no pisan las canchas argentinas. Con un poco de dedicación hubiera llegado al fútbol profesional.
Si alguna vez le plantearon esa posibilidad, no lo sé, pero colijo que él habrá mirado incrédulo al interlocutor y es seguro que respondiera:
-Me estás jodiendo, salí...
Y juntando los dedos de una mano haría un movimiento hacia arriba y hacia adentro y se encogería de hombros –muy de él ese gesto- y le daría la espalda al chistoso que le hacía broma tan pesada.
Escribo estas palabras porque nada sé de él y los pocos recuerdos que tengo son hilachas, son como pequeños fragmentos que se agrandan al convocarlos y sería aventurado suponer que aquella abulia de su juventud pudo haberse vuelto energía con los años.
Pero, digo, ¿no? por las noches, cuando “Balazo” espera el sueño, ¿no recordará una vez, una sola vez, una, siquiera cuando era el terror de los arqueros, de los defensores que no lo podían parar ni cometiéndole falta porque su vista era tan privilegiada que hasta esquivaba las patadas?
A veces saltaba sobre las piernas de dos adversarios que trataban de parar la humillación de sus incursiones en el área grande, pero él ni siquiera era consciente, porque jugaba con una naturalidad como si fuera su propia respiración.
No me apenan los años que pasaron porque uno siempre recuerda aquellos seres que provocaron en la vida una alegría, sino este empecinamiento por no volver al pueblo donde todos alguna vez, volvemos.
Es seguro que es responsable no poco de su abulia, porque no es que tenga algo contra nosotros, si fue tal vez el jugador más mimado por la hinchada y la dirigencia que tuvo el club en toda su historia.
Pero no. Él contesta con amables evasivas cada vez que se lo invita y responde con una ausencia tan larga que se hizo ya costumbre y mito para los jóvenes que nos escuchan hablar a nosotros y quieren conocerlo.
Una larga ausencia de cuarenta y cinco años, que son, sumadas las horas y los minutos uno sobre otro, una verdadera eternidad. Es como un inmenso y ancho mar lleno de algas, de caracoles y toda una fauna completa y desconocida la que pone entre él y nosotros, allí naufragan todos los barcos que se oxidan en esa indiferencia y ese óxido maldito se nos mete en las venas, nos pudre la sangre de a poco, como sin querer y nos deja melancólicos, tristes, secos. Porque Juan Renzi, o Juancito o simplemente “Balazo” se nos fue de nosotros y al parecer no quiere volvernos a ver, ni siquiera para que le demos un ancho abrazo más grande que esa distancia que puso entre él y nosotros y que nos pone cada vez más tristes, cada vez más viejos, cada vez más solos aunque tratemos de ponerlo con nuestras palabras en mera presencia en nuestras numerosas conversaciones donde nunca está ausente.







EL ABUELO




Mi abuelo
roturaba la tierra
con un arado de dos rejas
que tiraban ocho
percherones oscuros.
Ni para un tractorcito Pampa
le dió el cuero,
y cambió los arneses
por un boliche
de mala muerte
en un barrio
que habitaban borrachos.
Un día
la Muerte
se acercó al mostrador
y pidió una ginebra
y la bebió diciendo
"está paga"
y se sentó a esperarlo.









VOCES



Cuando pienso en mi padre, ese hombre silencioso, altivo, arbitrario y en extremo irascible casi no lo pienso como mi padre, porque su relación con el mundo era de rechazo y conflicto, a veces incluida su propia familia. Algún sufrimiento muy grande, algo verdadero y definitivo alguna vez lo marcó para siempre o, era una sucesión de heridas que se acumularon en su sangre hasta producirle un hiato que no tenía forma de suturar, sólo estar, sólo permanecer, sólo sangrar por esa herida como si fuera única.
Alguna vez habrá tenido “una edad misericordiosa”, dijera el “Cholo” Vallejo, para aislar un rasgo de humanidad, alguna vez alguien pudo rescatar un poco esa figura lejana, de presencia siempre esquiva y huraña.
De todos modos no se puede negar que alguna vez tuvo alguna alegría, como por ejemplo cuando se aproximaba el tiempo de la cosecha fina, como se le decía a la recolección del trigo, que comenzaba casi puntual, a principios de noviembre. Él, mi padre, iniciaba sus preparativos que comenzarían justo un mes después ya que iba a la provincia de Buenos Aires, al “Sur” como gustaba decir. Allí por ser zona un poco más fría el trigo se sembraba después y se cosechaba también después como es obvio..
Aproximándose el fin de año, casi a finales de noviembre, mi padre aumentaba su ansiedad, de suyo muy marcada siempre, esperando el telegrama que lo citaría para comenzar la cosecha. Eso lo ponía en una situación que oscilaba entre la euforia y el malestar, hasta que finalmente el día esperado llegaba y entonces en un horario extemporáneo, llegaba también el eterno cartero, Pepe Faravelli, quien aproximaría primero su gorra entre las ramas de las tamariscos, y luego su bicicleta de anchas ruedas italianas y antes de llegar a la vereda alta, cubierta de gramilla pegaría el grito:
-Isáiasss, telegrama.
Así estirando la ese final y dándole como con un martillo el acento equivocado.
No resulta para nada relevante aclarar que cuando Faravelli traía el telegrama donde la familia Trentini (Albino y Rafael, dos hermanos) lo citaban un día equis en la estación de González Chávez, él, mi viejo sólo tenía que cerrar esas dos correas de cuero que abrazaban esa inmensa valija y disponerse a partir.
Esa valija que sólo usaba para esa ocasión y que aún descansa encima de ese gran ropero, ahora para siempre. De esa gran valija traería y nos acercaría con un gesto falto de teatralidad, un género para un vestido de mi madre y una camiseta de Rosario Central para mí, o un par de botines o una pelota de fútbol. Pero sería ya pasadas las fiestas, y muy cerca del día de reyes y a veces regresaba varios días después. A mi padre le gustaba el mar, entonces visitaba a mi tío Kelo, quién vivía en esa época en Punta Alta y aprovechaba el regreso para visitarlo y darse un chapuzón..
De una de las pocas cosas que se jactó en la vida, una fue ésa: su habilidad para nadar.
No muchas cosas recuerdo de él, y a veces, todo cuanto recuerdo de él es en los mediodías cuando mi madre me mandaba a la vereda para ver si venía del trabajo, es decir de los galpones de la Cooperativa Agrícola Federal, para entonces sí echar los fideos para la sopa cuya agua hervía en un gran olla de hierro fundido, sobre la amorosa cocina económica. De lejos lo conocía por su caminar a grandes trancos y con la cabeza gacha, mirando el suelo. Forma que hemos heredado con mi hermano y producía el fastidio sonriente de nuestra madre que al vernos salir nos recomendaba no mirar al suelo, que no van a encontrar plata, nos decía.
Esas cosas recuerdo de mi padre, con mayor insistencia cuando me veo más niño y más desprotegido. Cuando yo era una breve hoja a la intemperie.
Algunas hilachas de recuerdos me lo traen de pronto joven y sonriente subido a una alta cosechadora (para mi recuerdo niño mucho más alta, tal vez, que en la realidad) o, cuando saca unas monedas del bolsillo y me manda a comprarle el diario a la estación del ferrocarril, al paso del tren que venía de Rosario e iba hasta Río Cuarto. Y allí un canillita hacía su reparto desde, una de las ventanillas. Recuerdo que llevaba inmensas pilas de diarios y revistas en los dos asientos enfrentados, los jueves debía comprarle también “El Gráfico”.
Estaban además los días de caza o de pesca, una aventura inmensa para mí, porque andar por el campo me gustaba tanto como a él, aunque yo tuviera que contentarme con mi gomera de espantar pájaros, porque él era muy remiso a dejarme tocar las armas de fuego. Alguna vez permitió que yo tirara con su 32 largo, Orbea, contra alguna lata vacía que poníamos a manera de blanco sobre el poste de ñandubay que sostenía los hilos tensos del alambrado. Arma que mostraba orgulloso a la escasa gente que nos visitaba.
Era un hermoso revólver, que el había comprado con el niquelado en avería, pero que había hecho empavonar en la casa Sachetti, de la calle San Luis, en Rosario.
Mi fiel e infatigable perro no se perdía estas incursiones que aprovechaba para perseguir todo cuis que se nos cruzara por el camino y revolcarse sobre las osamentas, juntar sobre su pelaje blanco sin prestigio ni heráldica los abrojos, las “cola de zorro” que se le adherían inevitablemente. También me subía a esos destartalados camioncitos de entonces (de Roque De Vincentis o de Armando Bellini) para acompañar con otros hinchas y alentar al equipo cuando nos tocaba de visitante. Allá íbamos eufóricos y volvíamos felices si ganábamos. Algunos rostros vuelven en ese traqueteo inclemente del vehículo por los caminos de tierra, con el polvillo y el sol dándonos en los ojos: Armando Mateucci, Fermín Castillo, mi tío Berto Spagnolo, “Tubito” Barco, Roberto Vega, Roberto Escudero, Justito Pezzino y tantos otros que se tragó el olvido irremediable.
De mi viejo me quedan también algunas frases, que yo repito, cuando viene al caso, siempre citando la fuente como corresponde:
“Se me ató la rama” solía decir cuando algo se le complicaba, o “tiene la rueda descentrada” o, “no es muy seguro para la carambola”, cuando alguien no estaba en sus cabales o no era confiable.
Sobre todo una anécdota que había leído y siempre repetía, cuando venía al caso, claro de un boxeador cubano, campeón mundial de los años veinte, que respondía al nombre de Kid Chocolate, evidente seudónimo para el ring, y ganó mucho dinero, y al parecer se patinó un millón de dólares de entonces en menos de dos años.
Terminó abriendo coches en la puerta de un hotel lujoso en una calle de Nueva York. Cuando un antiguo admirador, lo reconoció y ante su sorprendida pregunta si era el mismísimo ex campeón mundial y qué hacia allí, en menester tan humilde. El morocho se encogió de hombros y le dijo con tristeza resignada:
-¿Sabe qué pasa amigo? Me enteré tarde que en este país nadie se divierte gratis.






MI ABUELO II



Mi abuelo
y Perón
tenían la misma
edad
según siempre
oí decir a mi padre.
Perón fue Perón
y mi abuelo
no fue nadie
sólo un
inmigrante analfabeto
arrendatario pobre
que fracasó también
con un boliche y almacén.
Mucho tiempo antes
me había dicho que estaba
listo para irse.
Ante mi protesta
me dijo lacónico
y amargo como era
su estilo
“que no iba a quedar
para semilla”
Y era una ocasión
para echar al
aire
una bocanada
de humo.
Pero para ese tiempo
hacía rato
que mi abuelo
había abandonado
el tabaco

Como así también
el alcohol
el truco
y las mujeres.





QUE SE LO DIGAN A LOS MÍOS...
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*


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miércoles, marzo 10, 2010

¿CUÁL ES, EXACTAMENTE, SU MUNDO? NO LO SÉ...



-Ilustración de Walkala. www.walkala.eu





MORADA MIRANDO AL SUR*



I

Quiero descansar.
Pon tu mano sobre mi corazón y no la retires hasta que adviertas que él también duerme.
Luego transfórmate en esencia que se diluya en un rayo de luna y sin ruidos penetra el universo, desde allí podrás poseerme.


II
Las estrellas fugaces son intentos de libertad que caen al vacío, desfallecen en el silencio que nos habla de fracasos, se adormecen en el infinito sin amas nodrizas ni cobertores tibios.
La libertad perdió su madre el día que abrió sus ojos a la realidad.



III
Me tiendo sobre un páramo de ruidos para invocar los sonidos del silencio.
Me descubro fragmentada, sin rumbo y no escucho mi propia voz interior porque perdí el camino del reencuentro.
Tal vez duendes maliciosos dibujan su negrura en mis oídos, destruyan el canto de los pájaros, amordacen el Violonchelo del mar, conviertan el seseo de la brisa en un zumbido despiadado.


*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar






¿CUÁL ES, EXACTAMENTE, SU MUNDO? NO LO SÉ...





Marea anti poetas*




*De Horacio C. Rossi.


Los que nos obligaron a vivir en corral se encaramaron a componenda...
Y prohibieron todo lo de salud, de abiertas puertas, de alegría, de amor...
Y se vienen portando bastante torpes con los que no acatamos su
zonza pretensión. Y seguimos haciendo habitable al mundo, cocinando, sembrando,
industriando, cantando, anotando, abrazando, amando...

Y si bien no tuvieron ningún tipo de éxito, al menos en los
últimos cinco mil años, sus ejecutores nos queman vivos, nos cortan los dedos,
nos matan a tiros o de hambre, nos culpan de todo, tratan de que nos
identifiquen con el vicio, el asco, el suicidio:
"¿tu hijo es poeta?: ¡pobre de él, y pobres de ustedes!"...
creando una onda artificial de choque, aveces hasta sutil, pero
nomás imbécil, a la que, con el perdón de las palabras, llamaré: marea anti poetas...

La marea anti poetas logró que muchos se obligaran a creerse otra
cosa, y vivieran toda su vida en casa ajena...
En sus obras, la Poesía habita, campea y esplende, dueña y, lamentablemente, desdeñada
por su teniente entonces infeliz...

Con ella nos miramos, y, sonriendo, algo tristes, pero serenos en
el fondo, proseguimos...

hablar de la marea anti poetas es nombrar la campaña anti hembra,
anti fertilidad desabrochada, anti danza, anti fiesta...
es tan obvia que ni la vemos... es como hablar de estos fresnos,
que, si los sacamos, desaparece Santa Fe...

es hablar de la siembra del miedo...
de alimentar el miedo que nacemos teniendo...
aunque la voz popular distingue, al poeta, del loco, el negocio de
cierta gente es insistir hasta que la meneada gente nos confunda a los poetas,
con locos...
degenerados, enfermos, suicidas, adictos, flagelantes,
antisociales...
es hablar de la siembra del miedo...
de alimentar el miedo que nacemos teniendo...



estos subversivos, los poetas, dicen que la puerta del corral está
abierta... y lo muestran... dicen que no hay puerta... y lo muestran...
dicen que un mundo mejor, un mundo habitable, es posible... y lo muestran...
y enseñan cómo hacerlo... fácil, gratis, lindo, sano, bueno, factible...

entonces, algún colega, se mira, mira su entorno, y dice: lo mío es la prosa...
yo soy un escritor... haré relatos, cuentos, novelas, ensayos...
la poesía es la infancia del arte, y yo soy una persona adulta,
madura, objetiva, reflexiva, científica, a más de ciudadano...
mi aporte a la sociedad será condigna a mi estatura humana de
hombre mayor -si es mujer, dirá: mujer mayor o mayora, como prefiera decir...

Así pienso, dice, porque cree que piensa...
Piensa que así siente, como si sentir se pudiese pensar...
Y anota unos hermosos poemas y los titula cuentos o los mete
dentro y los firma como Julio Cortázar o Marguérite Duras o cuántos más. O se
busca un pseudo nombre, y escribe poemas ahora firmados por un tal Saint-John
Perse o por un tal Gastón Gori...

En la casa o la iglesia o el partido o los amigos les ponían cara
rara, por decir lo menos, si se enteraban que escribían poemas, versitos,
palabritas lindas puestas en hilera... Sin permiso de cada uno de todos ellos.
Entonces, les decían, a coscorrones:
Eso no es la debida obediencia. No es lo que esta hora de la
historia necesita. Debilita el frente interno. Es una claudicación
retardataria. Esto llama al demonio, alimenta la concupiscencia y los malos
instintos, bah, el instinto, que con uno solo ya es más que suficiente. Queda
feo, imaginate. En el barrio se va a comentar, y ya sabés lo que van a decir...

yo, quedé escibiendo, poemas... y ando lo más bien...
también anoté relatos y marginalia y una novelita me llevó 20
años... lo más bien...
ni pude ni quise parar, y sigo...
y casi ni me enteré de la marea anti poetas...

que te llena de ejemplos de extremismo y moralina:
Van Gogh se cortó la oreja. Oscar Wilde se colgó un girasol de la
solapa. Ghandi puede haber liberado la India, pero ¡con qué cataplasmas en la cama!: "viejo,
pero no pellejo" el desgraciado...
Por suerte, uno es sanito, y, en casa, nada de eso.
Salvo los pecadillos de juventud, ya se sabe...

ni esperemos que los parásitos de la marea anti poetas nos
muestren ejemplos sanos, contagiosos, de índole íntima, doméstica, fraterna,
como Johann Sebastian Bach, por ejemplo...
o los anónimos que construímos Alhambra y las Catedrales...

sin apuro... calidad... en el todo y en la parte... calidad... sin apuro...

tenía razón, parece, ese que dijo: yo hablo en prosa...
errados vivieron en las cuevas y en las llanuras, en las selvas y
en las costas... los pueblos sin registro oficial, sin historia...
errados vivieron los pueblos felices...
cantando, danzando, fiestando...
bajo el sol, la luna, la lluvia, el cielo, las frondas, el viento, la vida...
por eso nos los tragamos, los mantenemos dentro, no los mostramos...
salvo algunos, sin querer, quienes no siempre... ni pedimos... ni
permiso... ni disculpas... a nadie...

no somos nosotros, los diferentes:
nos seguimos reuniendo en torno al fuego, de leña o de pabilo...
no cobramos por nacer, casar, morir...
ni por naturalmente participar en la divinidad sagrada existente...
cantamos, o pronto cantaremos...
danzamos, o pronto danzaremos...
nosotros seguimos siendo, como siempre:

pronto, de nuevo, hasta viviremos, inexorablemente...
y nos lo enseñamos a hacer, también, con bien entre los bien
dispuestos, cuando es el tiempo de nos encontrar...

nosotros seguimos siendo los mismos, lo mismo...
"Vos sos peor que los guerrilleros, porque Vos sos de
fondo", me piropearon un día: eso seguimos siendo: de fondo...
donde todo surge, nace, vive, riendo...
somos lo mismo que eso del fondo, inconcebibles...

y la marea anti poetas viene y llega y piala
y siempre a alguno enlaza y se lo lleva:
nada se pierde: esta avulsión acá dará aluvión allá...
y, en su obra, la Poesía campea para siempre:
amén y gracias, buen viaje, mar calma y sotavento...

el cielo no existe, el tiempo no existe, la muerte no existe...
la magia vale solamente si para alguien sirve de algo bueno...
"¡ están locos!", aúlla la marea antí poetas...

nosotros seguimos cantando que hacer lo que nos gusta es sin permiso,
que hacer lo que nacimos para hacer es alegría. es salud, es amor...
siempre es bueno y siempre está bien...

nosotros conectamos con el fondo que somos...
del que estamos hechos todos...
directamente, conectamos...
a los carísimos pseudo intermediarios encaramados, no les gustamos

La marea anti poetas está hecha de miedo. Y, el miedo, no es zonzo.
Además, las ventajas materiales -de seguir vivo, en adelante-
están de su parte, sin duda.
Yo escribía. Pero cuando era joven. Apenas envejezca, ya no más.
Lo prometo.

Y estoy convenciendo a algunos colegas de que, en realidad, ellos
son poetas.
Por cierto que ellos no serán convencidos de tal cosa ni por mí ni
por nadie.
Y seguirán adelante, nomás, con sus poemas...

Interín, nos tomamos, como decimos acá, unos cuantos mates, y
vinos varios, en torno a mesas con abuelos, padres, hijos, nietos, y sus
correspondientes dueñas.
Riendo. Cantando. Fiestando.
Y el fuego de un fogón asador.
O la serena llama de una vela bujía vuelta, entonces, vela navía
del común individual ensueño.
Y la luna y el sol.
Y el tiempo que existe para que charlemos por turnos.
Respetando al silencio...


Así que, ahora, me callo. Pero, no más, hasta luego...


*Enviado para compartir por Oscar A. Agú. cachoagu@yahoo.com.ar







JUAN MANUEL INCHAUSPE*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Contrariamente a la poesía que algunos publican en este tiempo olvidable (chatarra, ignorancia, desidia) sin escribir casi, por puro desgano y sin leer una línea que otros escribieron. Juan Manuel Inchauspe hizo el camino inverso. Lector asiduo (no se consideraba un poeta, sólo un atento lector) de la mejor poesía universal, puesto en la línea de René Char y de Raúl Gustavo Aguirre, escribió una obra muy breve en su corta vida. La escribió a su pesar casi, cuando ya las palabras lo invadían como una marea.
No escribió sobre los grandes destinos de la Humanidad ni fue afecto a los temas tenidos por universales y clásicos. Escribió sobre su propia intemperie pero sin pedir piedad por su evidente desamparo.
Sus poemas nos producen un raro sentimiento y la sensación flagrante de estar ante el único poeta de la Argentina de los últimos años que antes de escribir o publicar, optaba por el silencio. Cuando uno recorre los pocos poemas que nos legó (es un decir, creo que no se preocupó por tenernos en cuenta), siente ese extrañamiento que él mismo habrá sentido al escribir el poema La Araña ("¿Cuál es, exactamente, su mundo? No lo sé".)
De las "liviandades" de todos los días extrajo su poesía más honda, de esa imposibilidad de vivir y no estar conforme con las palabras que encontraba para expresarla.
Salvo la filiación antes apuntada -muy sutil y abonada por las referencias a la obra de esos dos grandes poetas- nada lo ataba al mundo literario ni a las escuelas, ni a los grupos.
Nació en Santa Fe en 1940, ciudad donde lo encontró a la muerte en 1991. Había vivido algunos años en nuestra ciudad donde cursó parcialmente la Carrera de Letras en la vieja Facultad de Filosofía y donde alcanzó a editar un único número de la revista "Alto Aire", con Gary Vila Ortiz y Luis María Castellanos, y donde publicó algunos poemas.
En 1976 Orlando Calgaro le dio su sello fraterno de Ediciones "La Ventana" para su primer poemario: Poemas (1964-1975), en l985 la Universidad Nacional del Litoral le editó Trabajo Nocturno, libros que este mismo sello editorial reunió junto a 20 poemas inéditos bajo el título de Poesía Completa (1994) con prólogo de la poeta Estela Figueroa.
El este último sello editorial ha encargado a Francisco Bitar y Sergio Delgado la reedición de esta obra que incluirá poemas inéditos y un archivo de imágenes.



1


Me voy temprano y regreso muy tarde
cuando la noche ha hecho ya
gran parte de su trabajo
y no queda tiempo para detenerse a mirar.

Así paso los días. Como si lo mejor de mi
estuviera paralizado y muerto
o mejor como si no hubiera existido nunca.

Entiendo que debo quemar mis manos una vez más.

Abro el cuaderno y escribo rápidamente.

Todo arde.


(1969)



2



Esta mañana al despertar
al abandonar el lecho de cenizas del sueño
me incliné como siempre en el jardín,
pero no encontré la ayuda de mis palabras.

Quiero saber por qué las aguas de aquella mañana
iban por encima de mí
más lejos de lo que yo esperaba
pero no encontré respuesta. En el lugar
donde todos los días mi rostro va a reflejarse
encontré una piedra oscura
de afiladas puntas.




¿Acaso
valieron de algo aquel candor
a entrega
los años apostados?
Acaso
valieron los días
las noches lejanas
las palabras?

Para salvar la vida
hay un momento
en que es necesario
mirar a través
del velo de lo vivido.




La araña


La veo asomarse en el orificio de un tronco podrido.
¿Cual es, exactamente su mundo?. No lo sé.
Quizá sea ese tenso cordaje
entre ramas y hojas,
sobre el cual pretende ahora avanzar.
Alrededor nada se mueve.


Pero ella debe haber escuchado un oscuro llamado:
¿Mide realmente
la distancia que lo separa del centro?
¿O se siente poderosamente atraída
por ese vacío cargado de peligros?


Como nosotros, a veces, en medio de la oscuridad
y de las palabras,
ella, la araña, emerge de pronto hacia la luz
y se aquieta de golpe
atenta a todas las vibraciones
de la red.




El viento del otoño
sopló toda la noche



El viento del otoño sopló toda la noche
Por la mañana
detrás de las macetas del patio
encontré las hojas del álamo
ocultando su última palidez.






Si lo sé
no conozco nada del dolor horrendo
que recorre las calles.
Pero me basta con lo que conozco.

Basta
basta
dejenme dormir
sobre esta arena caliente.




Viento


Alto
demasiado alto
estaba esta mañana
el cielo de las palabras
Tan alto
que ni siquiera lo miré.
Ni siquiera me importó saber
si el viento que lo recorría
terminaría al fin
trayéndolo hasta aquí
o se lo llevaría
más lejos
aún.





En mi vida
me jugué por la suavidad y la fragancia de una pequeña
planta de salvia y en su lugar, creció una ortiga




7


No puedo hablar. No puedo escribir..
Más allá del círculo invisible de mis palabras
el círculo de mi desorden se ensancha.
Busco a mis amigos. Busco a mi amada
en quién la noche abrió sus labios.
Busco un lugar virgen fuera del área
de estas ciudades donde todos los días
muchos entierran su corazón.
Ha comenzado a llover. Tú me señalas
el rostro encendido de nuestro hijo
detrás de los vidrios y todo vuelve
a entrar en la nebulosa. Amor mío:
esta rabia secreta, hundida
aquí, que aflora de noche tras la palabras,
es nuestro verdadero cielo.






¿Y seguiré gritando cuando debo callar
y callar cuando las venas
debieran salirseme por la boca?
Seguiré traspasando el espectáculo
con los ojos llenos de miedo?
El miedo, ciudad podrida y perfumada,
el miedo siempre sonriente.




Tres poemas inéditos de Juan Manuel Inchauspe.

"Lo necesario, las perlas", obra en mi poder -manuscrito por el autor- gracias a una fotocopia que me regalara uno de los destinatarios, mi amigo Héctor Medina. Inchauspe paraba en su casa cuando venía a Rosario. Héctor, Gigí y la hija de ambos, Julia, eran sus anfitriones privilegiados aquí.
Los otros dos poemas fueron hallados en mi desordenado archivo personal, seguramente cedidos por el propio autor ante mi insistencia para alguna abortada antología de poetas de Santa Fe. En el volumen "Poesía completa" de Inchauspe que reuniera y prologara la poeta Estela Figueroa y
editara la Universidad Nacional del Litoral, no figuran. Debo suponerlos entonces también inéditos.


Jorge Isaías
-Otoño 2001



Lo necesario, las perlas



Como esas gotas de rocío
descubiertas, suspendidas
en las pequeñas y rubias y escondidas
/ telarañas del jardín
así fue mi amor por ti.


Después vino el padre sol
iluminó, evaporó, limpió
no dejó más que lo
/ necesario.
Así es ahora mi amor entre las flores.


-12 de septiembre de 1987
Para Julia, Gigí y Héctor
Con todo mi amor

En la calle Ricchieri 2571. Rosario
-Tomado de la Revista de Literatura Ciudad Gótica. Nº 24. Año 7, página 32.






La rosa de Rilke*



*Por Julio Pino Miyar isla_59_1999@yahoo.com
http://juliopinomiyar.blogspot.com



Resulta verdaderamente llamativo que el notable poeta y ensayista Roberto Fernández Retamar (Cuba y 1930) hace escasos años escribiera el poema, “Alguien me pidió una rosa de Rilke”, el cual contiene unos versos de desasosegado acento autobiográfico: “(…) En La Víbora lejana, mi total cercanía. / Registro viejos papeles amados y escojo estas rosas / Escritas por la mano absoluta del poeta. / Luego sería la rosa final, la de la espina”. ¿Es el mismo poeta de estos versos el absolutamente prendado de una utopía política, para quien el discurso esteticista debía ceder paso al sueño más insurgente y quien aclamara ardientemente el impacto de todas las exenciones de la Revolución de 1959 sobre nuestras letras?
Previendo los peligros que acechaban a la poesía a partir de la proclamación de una impositiva cultura popular, el poeta alemán Heinrich Heine, simpatizante de las ideas socialistas, le confesó a su contemporáneo y amigo Carlos Marx, que tenía miedo que los obreros “terminaran por sembrar patatas en su jardín de rosas.” ¿Fue entonces una reacción eminentemente tardía ante supuestos desmanes cometidos en el territorio de la poesía, lo que hizo a Retamar salir a defender casi al final de su vida su amado jardín de rosas e invocar a Rilke, uno de los supremos representantes de una culta elite europea? ¿Un regreso, acaso un signo de admisión, a esa lejanía esencial, al parecer irreductible, que viene padeciendo desde siglos la poesía, y que es, sin embargo, su “escudo de nobleza”, su privativa e insoslayable condición? La cual alude sin afectaciones a la naturaleza exiliada del poeta y sus palabras; a la escabrosa situación de inmigrante perpetuo para quien, encerrado en su sueño moral, en su arcano utopos político, en su intransferible desasosiego existencial, comprende que ya no es posible el retorno, y su fe asume entonces la anchura de las certezas metafísicas y el regusto amargo y nostálgico que sólo pueden traer las batallas perdidas.
La batalla perdida, pues fue a la que nuestra abstracta existencia nunca asistió. Retamar asume como propia la culpa por esa incapacidad proverbial del poeta para llegar a tiempo a las citas concertadas con la historia, mientras fue otro el que estuvo en su lugar. ¿Dónde estaban en ese momento el poeta y la poesía? En el exilio, en el inxilio; en el exilio indistinto de la geografía o la cultura; en el inxilio equívoco -interior- donde el poeta enumera, como las cuentas de un rosario, el algebra imposible de su alma. Pero es 1ro de Enero de 1959 y Retamar saluda la llegada de la joven Revolución con estos versos:
“Nosotros, los sobrevivientes, / ¿A quiénes debemos la sobrevida?” / ¿Quién se murió por mí en la ergástula, / Quién recibió la bala mía, / La para mí, en su corazón? (…)”
Es el canto de Jeremías bíblico. Sin embargo, no debería caber duda que lo dicho en ese momento fue sustancialmente honesto, y que la honestidad es la precondición existencial que nos exige desde siempre la poesía. Si siguiéramos la línea de un pensamiento políticamente comprometido como el de Retamar, e hiciéramos además uso de las alegorías bíblicas, podríamos decir que la poesía había estado en cautiverio en Babilonia por todos los años de la República de 1902, y la Revolución parecía liberarla, haciéndola regresar de un éxodo de lustros, al convocar a los poetas para reconstruir juntos el gran proyecto histórico de la nación. Para Retamar el Deseo -fuerza matérica de la poesía-, eros entretejido en la distancia, se hacía tangible, se objetivaba y dejaba atrás su vocación lúdica para colocarse al alcance de las manos que trabajaban: “(estoy construyendo esta escuela) con las mismas manos de acariciarte”. Era como si hubiésemos llegado al fin de todos los exilios, a la tierra feliz de promisión, levantado nuevamente el Templo y haber hecho resurgir a Jerusalén sobre las antiguas ruinas de la dispersión. Nuestro deseo, largamente alimentado en el destierro, volvía así a su condición fundamental: ser la materia de la creación; la sustancia indivisa para ejecutar la arquitectura del sueño.
Pero, ¿qué sucedió en nuestra historia nacional, en la vida del poeta, para que en el ocaso de su poesía volviera a invocar la bienamada rosa de Rilke, su exquisito perfume como una añeja necesidad que buscaba expresar la sensibilidad trasgredida del artista por el paso devastador de los años y las utopías? ¿Por qué entre sus poemas se lee ahora al ambiguo arte conjetural y le hace decir a Jorge Luis Borges lo que pudo muy bien decirse a sí mismo, como tanteando con eso los pequeños resortes metafísicos de la existencia? “Lamenté no haber tenido el valor de mis mayores, (…) / No se olvide que no soy quien escribe estos versos. / No los escribe nadie”. El bibliógrafo cubano Rafael Rojas curiosamente ha sintetizado el peligro que se cierne sobre Cuba a las alturas del siglo XXI, cuando se encuentra singularmente inerme frente al impacto desmedido de la globalización capitalista: “(llegar a ser) una democracia sin nación, un mercado sin república”. Mientras que un devenir personal “inquebrantablemente entrelazado con el destino de la nación”, haría que esos males históricos atenazaran la existencia del artista convirtiendo su arte en un credo sin posibilidad de comunión, y a su propia vida en la memoria abstracta de una antigua raza. ¿Un nuevo exilio nos espera más tenaz y definitivo que el anterior? ¿un nuevo exilio al que no le ha bastado usufructuar porciones enteras de nuestro pasado, ya que parece erigirse desde el futuro para señalar donde hubo promisión, la tierra yerma y baldía? ¿Qué significado posee en definitiva Jerusalén como metáfora del exilio, del hombre trashumante en la tierra, abandonado de la Ciudad de Dios? El fin del mundo de los significados trasvalorado en la postulación exclusiva de la fe. Y la ausencia de abrigo bajo el rigor último de la intemperie.
Tres
(Cambiar la vida)
“En un rincón de la Plaza Furstenberg en París he dejado una pequeña maleta invisible que acostumbro a mirar a través de un espejo de grano muy unido que encontrara en el sitio en que la maleta reposa A muy pocos pasos de ese lugar absoluto he vivido algún tiempo (…)”. Nos dice el poeta cubano José Álvarez Baragaño, (1932 - 1962) ¿Bordea el creador los linderos de la estética surrealista? Podría suponerse, en esas ocasiones en que la realidad parece alterarse ante nuestra mirada, yuxtaponerse en planos de diferente origen y difícil ordenamiento, creando raras composiciones y explorando áreas hasta esos momentos poco visitadas del vívido entorno. El surrealismo no es otra cosa que un experimentalismo -ese “lugar absoluto”, esa “maleta invisible”- de fuerte registro existencial. No sabe cómo situarse ante el problema de la tradición y por eso la deja en suspenso, en un gesto enfáticamente romántico de desencanto y rechazo.
Cuando el singular personaje de la Maga le afirma a su pareja en un lugar de Rayuela, “Hay ríos metafísicos, Horacio, vos te vas a lanzar un día a uno de esos ríos”, nos está indicando la precondición existencial padecida por esos habitantes metafóricos de París que son los poetas, la Maga, Horacio y el propio Cortázar; sus irrevocables talentos suicidas como buscadores in extremis de significados. Fue en su novela – problema, Rayuela donde Julio Cortázar describió a París como una “inmensa metáfora”, porque hay un modo marcadamente ficcional de operar de la cultura, y la metáfora alude a ese formidable desplazamiento metonímico, a esa alteración radical de la realidad que la propia cultura provoca. Es decir, la Ciudad del Sena no sólo existe como realidad urbana, como puro conglomerado humano, sino además, como un lugar que se distingue entre las inquietudes más legítimas y soberanas del espíritu. Mas, si nos dedicáramos a la comparación crítica de grandes ciudades metafóricas como París y Jerusalén, las cuales comportan cualidades muy disímiles a la hora de experimentar lo mítico, veríamos que, en la primera se vive el agónico cruce entre la realidad y el sueño, mientras, en la segunda, la actitud es de una abstracta actitud de espera -no menos agónica- por algo que no sabemos qué es y sobre lo que no hay asomo alguno de certeza. La imagen que en París percibe nuestra sensibilidad, es algo interior, subjetiva, latente. En Jerusalén, en cambio, es externa y se erige al modo de un “enemigo rumor” que desde una distancia infranqueable nos observa. Para ambos casos se proponen la soledad y la fe como únicas verdades alternativas; ese “permanecer tranquilo en la obra” que pedía en sus epístolas Van Gogh, en su doble condición de hombre de arte y de religión. París, en resumen, es aquella Ciudad privilegiada en el que la historia moderna situó el profano e irresuelto programa de la liberación; Jerusalén, la Ciudad escogida por la tradición milenaria en la que asistimos a los problemas sagrados de la redención y la inculpación. De esta manera, los dilemas que plantea existencialmente el exilio son como una madeja que se enreda entre la realidad y la ficción, la culpa y la ensoñación.
¿A qué región particular de nuestra sensibilidad apuntan con su existencia los poetas que mueren asombrosamente jóvenes? No el más grande pero sí quizás el más radical de los poetas cubanos, Baragaño escribió a los veinte años el poemario, Cambiar la vida. El poeta nos dejó dicho allí que había que aspirar a aquella imagen que poseyera enteramente la realidad de las cosas. Él fue nuestro gran poeta surrealista, aunque al entender la evidente insuficiencia de las palabras al nombrar la realidad como el apartamiento más inicuo experimentado por el hombre, asumió, paradójicamente, un punto de vista teológico. Apartamiento y éxodo, de raíces metafísicas, al que el creador se ve condenado y desde donde clama por la imagen preciada que volviera a expresar, de una vez por todas, la antigua realidad, la copiosa plenitud.
Para Baragaño, el poeta se exilia voluntariamente del mundo persiguiendo una intensa visión interior que pudiera devolverlo a su condición originaria, a la plenitud de su experiencia humana. No obstante, es en el miedo a quedarse sin imágenes, en el horror a un mundo carente de significados, donde se produce la revancha de las cosas y por ende, la angustiosa cosificación de la existencia, la cual se nos aparece entonces bajo las formas críticas de la locura y la muerte extrema. Nos abunda sobre eso el poeta en su “Himno a la muerte”, tomado de su poemario, Poesía, Revolución del Ser (La Habana, 1960):
“(…) Morir es caminar por tus abismos/ Es consolar la palidez de nuestro rostro/ En el único cambio verdadero/ (…) En tiempos oscuros de miedo y de locura/ (…) No sé qué rectitud ideal me la recuerda/ Qué reposo innombrable/ Qué peso que no pesa…”
La Ciudad del poeta no es así el París al que canta en sus versos Fayad Jamís, porque la Ciudad que éste evoca en sus poemas tiene un ligero acento de manifiesto cívico, y desde él expresa su hermoso sueño político, el matiz social que le acompaña y delinea, no sólo para brindarle una forma oportuna, sino también, para dejar bien establecidos sus inexcusables límites. La poética de Baragaño, si fuese remitida al escenario y al amplio ámbito cultural donde se inscriben Los puentes, sería el París de las andanzas nocturnas bordeando las ciénagas del Sena, donde el alma es llevada en bandolera, descendiendo con ella a los ínferos de la soledad y la concupiscencia, perdida y recobrada por medio de esos raros contubernios a los que, a veces, suele ser proclive la palabra. Nuestro poeta, muy a diferencia de Fayad, no se encuentra ubicado dentro de los límites convencionalmente preestablecidos de la existencia, su poesía es así mucho más imperfecta, sin embargo, por eso más intensa, sobre todo porque nos recuerda el apotegma que André Breton hiciera de la belleza: “será convulsa o no será”. Baragaño se ve ubicado en el borde exterior de todos los límites, colocado siempre más allá de cualquier rasgo de prudencia, y, desde ese extrañamiento fundamental, desde ese exilio irreductible, nos habla, mientras recorre sin descanso los peligrosos bordes exteriores de una ciudad amurallada, lo cual se convierte para él en el único modo o gestión humana permisibles. Y esa señalada ineptitud parece establecer el contenido sustancial de su obra y de su extraordinario periclitar. Por tanto, la poemática de Baragaño admite ser leída como una experiencia límite de la existencia y la palabra, pues nace de la mirada en lontananza hacia las planicies indiferenciadas del desierto donde se sitúan las amargas certezas, el gesto iracundo del Job bíblico ante una inhóspita Jerusalén, o frente a un dios que ha negado a los hombres toda bienaventuranza.
Indudablemente, José Álvarez Baragaño fue nuestro gran poeta maldito. Su poesía recorre en círculos el camino que va del drama de la existencia individual a la Ciudad de los hombres, a los grandes intereses y necesidades colectivas, aunque percibe que hay en él un golpe irreparable, una herida severa y tangencial que nada ni nadie podrá reparar. La certeza de esa enorme carencia labra su poesía, acaso su razón de ser, y se siente destinado a una Revolución en solitario que, según el primer Octavio Paz, es la revolución del verdadero artista de hoy para luego cargar consigo, “el peso desgarrador de la felicidad”.
Cuando pensamos en la muerte en 1930 del gran poeta vanguardista ruso, Vladimir Maiakoski, estamos tocando no sólo un hecho paradigmático, sino una de las regiones más sensibles de la intimidad del artista contemporáneo: ¿Por qué se suicidó Maiakoski? Hay sólo dos opciones, la primera es decir que esa pregunta no tiene respuesta, pues enuncia ese hito de vacío, de absoluta incertidumbre, que se suspende como un misterio sobre la vida de ciertas naturalezas privilegiadas: el poeta se suicidó por la angustia pura de vivir, una suprema insatisfacción que jamás podría resolverse. Sin embargo, la segunda opción nos dice que su muerte pudo ser evitada, que su descenso revela el fracaso de una específica política cultural en tiempos del Poder de los Soviet. Y supongo es la respuesta verdadera, la que nos deja opciones, la que no se traduce en mera instancia metafísica, ya que parte de la absoluta terrenalidad del artista y de los problemas que, en cada momento particular de la historia, le conciernen.
Cuando llegó la Revolución de 1959 se pensó en un mundo nuevo en el que el socialismo resolvería los problemas que para el artista plantea la existencia, y que la propia filosofía del hombre encontraría, en la práctica más vivificante, la respuesta a todas sus preguntas. Hoy sabemos que no fue así. El Che, probablemente en el más conocido de sus textos, El socialismo y el hombre en Cuba, intentó sortear la aguda contradicción que creaba el binomio de un Estado del pueblo y una sociedad asalariada, donde el artista sería un becario estatal y donde, por tanto, su sensibilidad y su inteligencia estarían transadas, de antemano, con todas las bulas que a diario diseña el poder. El socialismo, hasta donde hoy lo conocemos, no ha resuelto los problemas que proyecta desde milenios el tema de la liberación humana -por el contrario, los ha enrarecido-, y el Che fue uno de los escasos líderes revolucionarios mundiales en creer con honestidad en la necesidad real de pensar y resolver ese inobjetable dilema.
Si nos atenemos a los Manuscritos económicos – filosóficos de 1844 de Carlos Marx, veríamos que el ateísmo filosófico que allí se proclama, sólo puede verificarse en la práctica coherente de una filosofía política la cual vindique la soberanía de la autoconciencia no sólo en un plano cósmico, sino en los renglones tanto económicos como políticos de la sociedad. Lo que llamamos angustia metafísica puede ser sólo un modo de cómo encaramos la reflexión sobre nuestro destino individual y el valor que para la vida poseen los significados; mientras la Revolución social que todos esperamos, solamente sería viable si la sentimos cumplirse en cada uno de nosotros; en ese espacio íntimo, discreto pero medular, donde acostumbra a latir la acuciosa sensibilidad del artista y se fragua la soberanía política de la autoconciencia; su antitotalitario ateísmo moral y el fundamento socioeconómico que, sin duda, la sostiene.
Cuando André Breton en el México de los años treinta firmó junto a León Trosky y Diego Rivera el “Manifiesto por un Arte Revolucionario Independiente” estaba intentando tocar las puntas de un triángulo equilátero. ¿Es posible todavía cambiar la vida? Es la pregunta que se hizo Baragaño, es la frase formulada por Rimbaud, es el Rimbaud traducido por Vitier, es el gran proyecto surrealista y las jornadas estudiantiles y obreras del París de Mayo del 68’; es el sueño dadaísta de Tristán Tzará en sus interminables partidas de ajedrez con Lenin en el legendario exilio de Zúrich de la segunda década del siglo XX. ¿Por qué, y a pesar de todo, persistimos en apoyar la Revolución de Enero? Porque es nuestra única opción, no hay otras, no habrá otras. Lo que puede haber de carne de mi vida, lo que pude constatar en el corazón de las esencias, es ese sueño postergado, es esa excusa que no acaba, (a pesar de la mirada extraviada de los burócratas del mundo, los grises pontificadores de “la verdad revelada”, los adocenados del gesto, el pensamiento y la palabra). Esa teodicea que no llega, esa aventura solar y estos borbotones de sangre jacobina. Ese lejano exilio irremediable -prudente, antiguo, cómodo, burgués- que mi propia mano me deparó un día. Esa vida preterida, ese exilio que no cesa... esa rosa de Rilke deshojada.





Punto de lectura*


Angélica Gorodischer


Estoy leyendo en la librería en un diván. Casi sin darme cuenta me voy quedando sola. Sé que se acerca el momento del cierre, cuento las hojas que faltan para terminar el cuento de la Gorodisher. No sé si llego y el alma se acelera. Es una hermosa sensación de suspenso, disfrutar antes que den las doce o antes de la muerte, disfrutar el placer clandestino del libro. Ahora se ha dado vuelta todo, se revuelve la narración y el personaje sometido triunfa. La justicia poética llega cuando me avisan que se termina, el tiempo, pago la cuenta, junto los libros y me voy. El poder, las mujeres, los oprimidos, la justicia, el deseo de saber, de saltar los encierros, revivido en esa lectura. Vuelvo al patio de mi infancia cuando, con los ojos brillantes del voyeur, penetraba esa colección, todos los libros iguales vestidos de verde, todos me llevaban lejos de lo permitido, todos me hacían pensar, imaginar, rebelar de la sujeción a tantas fórmulas no compartidas. Como triunfar en la vida ese era el nombre del cuento de Angélica. Ahora lo sé triunfar en la vida es escaparse por una rendija del destino prometido..



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar




Correo:

*

Eduardo: me pides que hable de mi experiencia con este terremoto brutal que nos sacudió la madrugada del 28 de febrero, como dice un periodista acá, nada hacía presagiar que esa noche del Viernes iba a ser diferente a cualquier otro fin de semana, me había acostado tarde viendo el Festival de Viña, mis hijos habían salido y sabía que regresarían de madrugada, así que la siberiana en una pieza y yo en otra dormíamos felices cuando me desperté bruscamente por el tremendo movimiento que remecía mi departamento; vivo en un piso doce, a lo primero que atiné fue a ir a buscar a la perra, pobrecita se moriría de susto si la dejaba sola.



Ella me imagino corriendo y yo como pude nos quedamos juntas en mi pieza yo la calmaba a ella pero inconscientemente me decía a mi misma esas mismas palabras, tranquila, ya va a pasar... No era un temblor, era un terremoto con mayúsculas, he, como todos los chilenos, vivido otros terremotos y miles de temblores, este iba de izquierda a derechas, y viceversa para después saltar violentamente, más unas ondulaciones, todos esos movimientos se repetían durante mucho, mucho tiempo, fue eterno, casi dos minutos, y cuando durante dos minutos no puedes estar de pie es una eternidad. Aparte de este movimiento errático, violento e incesante el ruido…El ruido era horroroso, sordo, fuerte, como truenos, pero no uno, sino muchos entrecruzando sus sonidos, para completar la sinfonía acústica el edificio en construcción tenía a bien soltar al vacío vigas de acero que retumbaban en el pavimento y que por supuesto contribuían a aumentar la sensación de que en cualquier momento el piso se podría romper y llegaríamos al suelo.



Finalmente en medio de la obscuridad, ya se había cortado la electricidad y se veía por las ventanas solo el negro de la noche, terminó el ruido, terminaron los temblores y quedó solamente un silencio profundo y pesado, soy una mujer grande, he vivido algunas situaciones límites en mi vida, pero jamás me habían quedado tiritando las manos de la forma en que lo hacían esa noche, la costumbre, la deformación profesional o lo que fuere me hizo reaccionar en cuanto paró, lo más importante vestirme rogando para que no empezara de nuevo antes de estar lista con algo abrigado, después gateando buscar las llaves del departamento, el teléfono, celular, los cigarrillos y encendedor que en medio de la debacle habían salido junto con la laptop volando y estaban esparcidos por el suelo.



Obvio el ascensor no funcionaba y si lo hubiera hecho no se puede usar en circunstancias como estas, así que perra en mano a bajar los doce pisos al igual que mis vecinos, ya el hall del edificio estaba lleno de gente con caras pálidas y rastros de lágrimas en algunos rostros, gente que jamás se había saludado se mostraban los dientes por ser compañeros de la misma desgracia, yo en una esquina trataba de llamar a mis hijos y mi madre en primer lugar, uno de ellos logró llamarme diciendo que estaba bien ufff que alivio, con las líneas abarrotadas de llamadas logar comunicarse era tarea de titanes, por suerte mi compañía fue de las que pudo seguir prestando servicios, logré saber de mi madre, también asustada pero bien y de ahí en adelante nada de nadie.



Alguien avisó que se había roto una cañería en el subterráneo, merde tenía que volver a subir para buscar las llaves del auto que no quería que quedara nadando si era grave, vuelta perra en mano ( nunca estuvo más dócil) a subir los 12 pisos, que con ese sistema ahorrativo apenas prendes una luz parece que suponen que eres un triatleta y se corta antes de que llegues a otro interruptor, mientras subía me encomendaba a Dios para que no se pusiera a temblar de nuevo cuando ya había estado a salvo, logré llegar y a obscuras empezar a rastrear las llaves y de pasada cortar el gas, no fuera que por algún escape lo que no se había roto tuviera ganas de estallar cuando llegara la luz, vuelta a bajar los doce pisos y pude sacar el auto a la superficie donde al menos no se inundaría. No faltaban los pseudos expertos que miraban el puente grúa del edificio del frente en construcción que vaticinaban que se iba a caer sobre nosotros ( me mordí las uñas para no mandarlos a ya saben donde por catastrofistas, salía otro trago en mano muerto de la risa que encontraba que todo esto era genial ( ¿Los vecinicidios en tiempos de emergencias tendrán menos años de cárcel?, en fin finalmente llegaron mis hijos y me entró el alma al cuerpo, estaban bien y tranquilos.

Se que nos miraron como si fuéramos ET, pero decidimos que si no se había caído el edificio con ese terremoto ya era confiable y subimos de nuevo los doce pisos (juraba mientras subía no fumar nunca más…ya se me olvidó, los ascensores funcionan), les juro que miraba los muros y ventanales y los encontraba amorosos, alguien había hecho bien su trabajo, alguien había cumplido con las normas antisísmicas y el edificio estaba perfecto. Pasábamos a otra etapa, recuento de daños, bucear linternas, tratar de encontrar la única radio con pilas que nos pudiera contar ¿De qué magnitud había sido? ¿Dónde fue el epicentro? Y todos esos detalles que al final nos hicieron sentir muy afortunados. Daños casi nada, una copa rota, los cuadros que habían decidido bajarse de las murallas y mucho desorden, todo lo que se podía caer estaba en el suelo, luego prendimos la única vela que había y nos sentamos mirando la noche tomando el café más malo del mundo (con agua tibia) pero que en ese momento estaba exquisito.



Cuando por la radio empezamos a oír las trasmisiones desde la zona Central nos quedó más que claro que lo nuestro había sido nada, pero la verdad nada, allá estaba el drama, en una zona muy extensa, cinco de trece Provincias habían sufrido este terremoto, más o menos esto afecta al 80% de la población, con un gran agravante, todo el borde costero además del terremoto sufrió el efecto del tsunami que se formó por haber sido el epicentro en el fondo marino, cuento corto lo que no se cayó ( muchas de las construcciones en esa zona son de adobe, algunas eran patrimonio nacional, podían llegar a tener 200 años), casi todo quedó destruido o inhabitable, y después lo arrasó el mar, no con olas gigantes, sino entrando con fuerza por todas las caletas, puertos y playas arrasando con todo a su paso y llegando a alturas insospechadas.



Ya saben por las noticias el caos inicial, que si hay alerta de tsunami, que si no hay, que si llamamos a confirmar, que si damos la alerta se puede morir gente de susto etc., excusas, en caso de terremotos sobre los 7,0 grados de magnitud se debe subir a terrenos altos en todo el borde costero, los que no esperaron a que les avisaran se salvaron, los pescadores viejos saben que “la mar” se va a enojar y vendrá con toda su fuerza llevándose todas las casas de los que viven todo el año y por supuesto las de veraneo que en ese momento estaban llenas. Me dirán es que si no avisan que es de 7.0 grados o más como sabremos si “no nos avisan” si un terremoto te impide tenerte en pie es de más de 7 grados, receta casera pero totalmente efectiva. No funcionó nuestro súper sistema de alerta temprana esa es la verdad, los que se salvaron fue por su propio conocimiento e intuición amén de los muchos carabineros y bomberos del lugar que expusieron sus vidas avisando a gritos o con un megáfono! Tenemos una tarea inmediata y urgente, se deberá reformular el sistema de manera que el próximo terremoto - triste decirlo pero sabemos que siempre habrá un próximo- nos pille mejor preparados.



Hoy nos queda encontrar a los aún desaparecidos, enterrar nuestros muertos, consolar a sus deudos, remover los escombros para poder reconstruir todo lo que está en el suelo, con prioridad para las casas, hospitales y escuelas. En paralelo se investigará todos los derrumbes de edificios nuevos que debieron igual que el mío haber resultado sin daño y le caerá todo el peso de la ley civil y penal.



El otro día pensaba cómo sería mi Chile si cada 10 años no tuviéramos que reconstruir algún pedazo de nuestra larga y angosta faja de tierra , seguramente sería mejor económicamente, pero nunca habríamos forjado el carácter como nos ha tocado hacerlo, oír los testimonios de quienes perdieron todo, todo…no importa, los pescadores somos duros, vamos a salir adelante, solo necesitamos unos créditos para recuperar nuestras lanchas y aparejos y están dispuestos a adentrarse a ese mismo mar que enfurecido recobró su terreno para lograr su sustento y el de sus familias. Sinceramente me emociona ver los testimonios de miles de héroes anónimos que arriesgaron sus vidas por salvar sus familias o mucho peor, por salvar a desconocidos, ellos merecen ser honrados por todo el país y merecen que se destaque su grandeza y entrega con la misma fruición con que la prensa cubría los saqueos, saqueos puntuales de gente que aprovechó el momentáneo vacío de poder para robar lo que fuere, a las grandes tiendas ,a las medianas, a sus vecinos, a todos, hoy restablecido el orden se allanan sectores donde existen verdaderas multitiendas de objetos robados, puedo entender robar por hambre o frío, no me pidan que disculpe a los simples ladrones que en camiones y autos cruzaban raudamente con sus botines y que hoy no saben donde esconderse pues ya están detenidos.



Este terremoto ha logrado cambios profundos, los militares controlando el orden en las calles eran vitoreados por moros y cristianos, ya se acabó el complejo que las FF.AA. son lo que fueron en los aciagos días de la dictadura, se han reencontrado con el pueblo y han recuperado el lugar que nunca debieron perder. Este terremoto también logró que Presidenta saliente y Presidente entrante se fundieran finalmente en un abrazo muy simbólico, no queda tiempo para la política chica, es el tiempo en que Chile necesita todos sus ciudadanos comprometidos con la reconstrucción, sin distinción de colores, el único color vigente es el tricolor. También les cambió el escenario a los políticos, ya no podrá existir un programa de gobierno que no sea reconstrucción y una Oposición que no sea reconstrucción, porque de otro modo seremos muchos, la mayoría los que les pasaremos la cuenta y tendrán que oírnos. También cambió la relación o no relación social, si todos somos al fin y al cabo seres humanos y punto, nada mejor que un desastre como este para mostrarnos que el consumismo, el elitismo, la discriminación son conceptos añejos… solo vale que estamos vivos y que tenemos que ponerle el hombro.



No me queda más que agradecer a todos los países que nos han mandado ayuda en alimentos, remedios, hospitales de campaña, médicos enfermeras, aviones, helicópteros, equipos de comunicación, plantas desalinizadoras y un largo etc., gracias, muchas gracias.





*María Teresa.

-Desde Chile-




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