Wednesday, May 16, 2018

HABRÁ LO QUE QUEDA CUANDO CESA EL VIENTO…


*Foto de Paula Novoa.










*



La ilusión se apoya en creer que eso

que está sujeto al mástil

desde el día en que nos conocimos,

y el viento mueve,

y golpea con el aire, con los bichos,

con las bolsas plásticas, con el frío,

no es tu corazón,

no es mi corazón.



*De Valeria Pariso. valeriapariso@outlook.com



-Valeria Pariso nació en 1970 en la provincia de Buenos Aires. Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares. Tiene inédita la trilogía: "Uva negra", "Mascarón de proa" y "El castillo de Rouen".
Varios de sus poemas fueron traducidos al portugués y al italiano.
En el año 2014 crea, en Bella Vista, un ciclo de poesía destinado a la lectura de poesía contemporánea entre vecinos que continúa coordinando en la actualidad, incluyendo fotografía a cargo de Karina Giglio y música a cargo de César Jorge.

Coordina talleres de poesía.

Tiene los blogs:









HABRÁ LO QUE QUEDA CUANDO CESA EL VIENTO…







*



Para qué nombro,

al fin,

para qué digo

sino es para encontrar cómo llamarme

desde las cuevas

más hondas del lenguaje;

mi voz

ese color de humo

en la pared

teñido por palabras vegetales.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
















El último día de septiembre*




*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



(Parte 8 de 10)





A R le gustaba mirar los autos desde la ventana de su departamento. Después, iba a su habitación y comenzaba a escribir. Le obsesionaba la muerte. Tenía la sensación, en algunos momentos la certeza, de que la gente permanecía ignorante a su transitoriedad, a su condición frágil, casi fugaz. Por eso, en algunos momentos de su vida, le gustaba escribir, dejar registro de cosas aparentemente inútiles pero que, en el instante de suceder, eran precisas e, incluso, hermosas.
R creía que ella, su vecina, compartía esa visión. Veían los dos, de la misma forma, con el mismo interés, el andar del gato, el cierre de las tiendas cuando ganaba profundidad la noche o las rutas de los peatones en las calles aledañas y que él trataba de repetir en papeles sueltos, carpetas abandonadas y notas adhesivas. Le gustaba pensar que el edificio, ese edificio gris, un poco viejo, como tantos otros de la ciudad, era el centro de algo y que él, tarde o temprano, descubriría esa geografía subterránea y secreta. Y, a veces, después del orgasmo, después de sentir su piel como una superficie lánguida, convertida en un lento pulso de arena, tenía ganas de contarle todo: la muerte de su madre y la imagen de su cuerpo inmóvil, rodeado de sábanas blancas, a punto de entrar en el horno crematorio. Esa vuelta atrás podía ocurrir casi con cualquier detonante. Y estaba de nuevo en la espera, sentado en unas sillas de plástico, con personas llorosas, vestidas de negro, buscando en los azulejos del piso restos de su pasado. Salía del pasado para mirar de nuevo el filo de sus caderas y el contraste del cabello con las sábanas blancas. Le entraban ganas de hablar y decirle, mientras respiraba cerca de sus pechos, por qué prefería mantenerla anónima, recluida en el ámbito de lo material. Decirle que así creaba una confianza inmediata, artificiosa, que permitía alargar la ambigüedad, la esperanza de encontrarla de nueva cuenta en las escaleras o el miedo de que un día, quizás un verano húmedo, una mañana lluviosa, se enterase de su vuelta definitiva a Mérida. Saber que estaría de nuevo recorriendo aquellas calles blancas que él apenas presentía. Saber que no podría rastrearla porque no conocía su nombre y por eso desviaba la vista cuando visitaba su departamento y se topaba con un boleto de camión, un cuaderno escolar o un recibo de luz. Tener conciencia de que las huellas que su cuerpo había dejado en el suyo serían reemplazadas pronto. Él quería dejarla intacta en su ambigüedad, en esa ignorancia que los salvaba y detenía los días para revelar los detalles que escribía en aquellos papeles que luego abandonaba.




***




Ezequiel, ¿puedo llamarlo así? Bien, le informo que su solicitud de empleo ha sido rechazada. Sabemos de su experiencia en la fábrica y de sus años de trabajo. El problema es que no hay plazas disponibles. Sé que es difícil escuchar eso pero tengo que dar estas noticias todos los días. Espero que tenga suerte en el futuro. De verdad es difícil su situación. Yo no quisiera estar en su lugar. Hay noches en que me despierto con el miedo de haber perdido mi empleo. Es cierto. Me levanto empapado en sudor y con una sensación caliente en la garganta. Porque todo lo que he construido, la relación con mi familia, mis planes para el futuro, se derrumbarían. Mis deudas crecerían. Una avalancha de papeles, llamadas telefónicas, avisos notariales. Hay días en que, ocioso tras este escritorio, me pongo a imaginar que hay cientos como usted, medio ocultos entre los arbustos de los camellones y las calles. Hombres y mujeres, con antorchas azules, con palabras como hogueras y el temblor de la sangre en sus labios. Quizás algún día ocurra, no lo sé. Por eso le platico. Por eso intento convencerlo de que soy empático con su situación. Su temor es el mío. Pero ya sabe, así es el mundo. Las cosas tienen que girar. Los días avanzan. Usted, Ezequiel, se irá y será reemplazado por otro a quien le daré una nueva negativa. Hay días en que intento ser menos sincero, les bosquejo escenarios alentadores. “Mire, por el momento no hay vacantes, pero estoy seguro que habrá alguna disponible”. “Déjeme su solicitud de empleo y le llamaremos pronto”. Y dibujo una sonrisa en mi rostro y le extiendo la mano para despedirlo. Por un momento pienso que hice bien y luego deseo que salga lo más pronto posible. Porque pienso que en cualquier momento le diré la verdad, que no hay esperanza porque los puestos son cada vez más escasos, los recortes están a la orden del día y no hay señales de que esto vaya a cambiar. Una vez que controlo esa compulsión y el hombre o mujer se han ido me balanceo en mi sillón y destapo una botella de agua. Me siento acalorado. Inmediatamente pienso en la persona que acabo de despedir y descubro que he olvidado sus palabras, incluso su rostro. Es, aunque usted no lo crea, un fantasma. Y esos seres casi inmateriales, vestidos con ropa barata y zapatos llenos de polvo, son muchos y se acumulan conforme pasan los años. Cuando me retire habré visto miles de fotografías, estrechado miles de manos. Me habré despedido miles de veces y, también, miles de veces, habré atestiguado derrotas, quizás definitivas, humillantes. Es probable que muchos hayan intentado varias veces conseguir el empleo. Quizás han esperado un par de semanas antes de volver a esta oficina de paredes blancas y, al cabo de unos minutos, escuchar mi perorata. Algunos fantasearán con la idea de que soy yo el obstáculo para conseguir el empleo y, antes de dormir, antes de apagar las luces de sus casas miserables, desearán mi muerte.




***




Intento recordar las escaleras del edificio. Intento recordar el rostro de ella cuando le dije: “ahora vuelvo” y enfilé rumbo a la puerta. Intento recordar el último contacto con su cuerpo, como el nadador que intenta remontar la marea hasta llegar a tierra firme. Quizás siga aquí, indefinidamente. Y ella volverá a Mérida. Bajará por las escaleras con su gran maleta. Dejará huellas apenas discernibles en el barandal y en la puerta del edificio. No tiene muchas cosas. No estoy enojado. Acaso percibo, con más intensidad que antes, el carácter oscuro de Dios. Reafirmo, en mis pensamientos, los dedos de ella, inescrutables en la penumbra de su habitación. También pienso en los círculos negros del gato y en el ámbar de las calles. Mi cabeza comienza a pesar. Y sondeo las posibilidades: morir de un balazo, morir de hambre, morir de un golpe que afecte un órgano vital. Pero también puedo morir esperando. La sangre en mis labios tiene un sabor metálico, como si acabara de probar un fruto tóxico, un líquido lleno de veneno que, eventualmente, comenzará a robarme la conciencia, a cerrarme los ojos. Vuelvo de nuevo a Dios. Le quiero decir que no creo en él como lo hace la mayoría. También le quiero decir que creo en las paredes vacías, en el miedo que se precipita, en el agua que se derrama, en una respiración que regresa a su punto de inicio y que se queda ahí, estancada. Pienso en una marea que se retira y que expone al viento, a la bocanada agria del sol, restos de nuestras vidas: fotografías, notas olvidadas en las páginas de un libro, el polvo que se acumula en la curvatura de un foco, una canción que se quedó en el marasmo de las moscas, en el sopor inútil de un verano. Entonces, un poco más seguro, me encomiendo a esa fuerza llena de nada. Intento recordar el rostro de ella y las arrugas de sus sábanas. También la cafetera de color rojo y las sillas de madera. Soy el hombre que se mueve en el pasado. Soy un lápiz que sólo atina a garabatear en una inmensa hoja en blanco. Soy el hombre que espera su condena y que intenta evadir la espera despertando los laberintos de la memoria. Entonces creo que, si Dios existe, debe ser el Dios de las Sombras, el Dios de los Huecos Inaccesibles, el Dios de las Palabras que son Pozos Profundos, el Dios de los Clavos Oxidados, el Dios que Sirve Desperdicios entre las Tropas. Me entretengo un rato con eso. Invento nombres. Cuento los segundos. Pruebo, una vez más, la sangre en mis labios. Es como probar una sombra negra y azul: como probar la orilla cercana de mi muerte. Inicia la cuenta regresiva.




***




Pasaron varios minutos después de su salida. Ella se acercó a una de las ventanas. La lluvia parecía un fino polvo flotando en la ciudad. Sus pasos rodearon un sillón. Intentó distraerse recorriendo con la mirada algunos libros y unos zapatos que estaban en la entrada de la habitación principal. No tenía el número de su celular. Estuvo tentada a prender el televisor, pero le gustaba estar ahí, en la oscuridad apenas rota por la luz de la cocina. No debería tardar. Le pareció estúpido no haberlo acompañarlo a la tienda, no haber insistido. Sentía que estaba al acecho de algo: de una hoja caída, de la promesa roja del vino. Entonces, mientras esperaba, mientras su cuerpo se sumergía en una inmovilidad espesa, pensó en Mérida. Volvió a la habitación de sus padres y al balcón desde donde miraba el paso de un auto o a una pandilla ansiosa de perros. También volvió al descubrimiento de la soledad, cuando sus padres no estaban y ella se quedaba en casa, recorriendo las habitaciones o el jardín que siempre, de alguna manera, conservaba los rastros de la lluvia: tallos rotos, un angelito de cantera con los pies cubiertos de hojas, el minucioso desorden de unas piedras. El calor parecía emerger de las vigas del techo, del suelo, de las hojas de las plantas, como si cada objeto tuviera una fuerza propia, un diminuto generador de energía que dejaba en libertad ondas cálidas y lentas. Después salía en bicicleta para ir a la tienda más cercana. A la mitad del camino se detenía y miraba la casa de dos pisos, blanca, que parecía reflejar el sol como un espejo. Le gustaba pensar que siempre estaría sola, con todo el tiempo disponible para investigar las cosas del mundo. Sin embargo pronto se arrepentía e imaginaba que algún día tendría esposo e hijos. En realidad faltaba mucho tiempo para tomar cualquier tipo de decisión. Estaba conforme con su vida en esa ciudad que había abolido las estaciones y cuyo clima sólo cambiaba cuando llegaba un huracán. Recordaba uno que había golpeado la península y cuya fuerza llegó a tierra adentro. Los días anteriores al impacto cubrieron las ventanas con tablas de madera, guardaron objetos frágiles en cajas y fueron a un refugio que había instalado el gobierno. La zona apenas estaba poblada y el refugio tenía pocas personas. Había colchonetas en el suelo, botellas de agua y cajas de cartón con despensas. Ella jugó con otros niños mientras los adultos estaban pendientes de las noticias en la televisión. Cuando llegó la noche se escuchó el ruido del viento y de las ramas estremeciéndose. El ruido saturó el refugio y hacía necesario hablar en voz muy alta para que los demás escucharan. Sin embargo, no había una sensación de peligro inminente. Con el paso del tiempo todos quedaron en silencio, apenas mirándose, iluminados por la intermitencia de los focos. Ella pensó en sus juguetes, en la enorme casa, solitaria y estremecida. Cuando regresaron se abrieron paso entre hojas de palmera, ramas arrancadas de cuajo y maltrechas bolsas de plástico que parecían haber viajado desde muy lejos. En su cuarto una ventana se había cuarteado. Ella puso un dedo en la superficie transparente e imaginó el momento en que el viento acometió a la casa.




***




Le digo: “ahora vuelvo” y bajo por las escaleras. En la tienda que está cerca del edificio compraré café y una botella de vino. No importa la marca. Al inicio me molestó no ser precavido, olvidar lo necesario para la cena. Es, quizás, la convivencia que se retoma, la familiaridad con su cuerpo, con su voz que echa a andar un complejo mecanismo de sensaciones. Por eso, mientras camino a la tienda, la molestia desaparece. Desaparece porque, ahora mismo, la imagino recorriendo mi hogar, mirando aquellos objetos que sólo vislumbraba desde su departamento. Quizás, al inicio, sigue ocultando la emoción que le provoca descubrir la ropa que uso y que gravita sin orden alguno en un par de armarios. Quizás basta poco tiempo para que la confianza crezca y deambule a sus anchas. Por eso, cuando regrese, se habrá desarrollado un nuevo lazo, tal vez definitivo, que lleve a una nueva dirección el curso de nuestros días. Tal vez –y esto es sólo una enorme especulación– necesitaremos nombres, información, datos que nos obliguen a extrañar el silencio, extrañar el primer encuentro, la idea de no volvernos a ver. Me acerco a la tienda y siento un poco de ansiedad, como si estuviera realizando un acto prohibido, como si, de repente, todo mundo estuviera al tanto de mi situación y regresara a mí cierta vergüenza adolescente, una dosis de timidez que creí abandonada en el pasado.





(Continuará)



*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.










*



Habrá

aún

una tibieza para refugiarnos,

un hueco,

un resquicio,

un nido tejido por manos pequeñas.

Habrá

aún

tu voz en el aire temblada y huida,

tu voz que se escapa,

pájaro en la niebla.

¿Qué persigo,

a solas,

con los pies descalzos

y este cuerpo hambriento?


Habrá
lo que queda
cuando cesa el viento.


*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













Vestigios*



Cae

para que algo acontezca

la tarde

Acechando

el cuerpo

Los fantasmas

susurrando

chillan al oído

Agitada

ella

descubre

la tristeza

y llora.


*De Ana Romano. romano.ana2010@gmail.com

















Querido Bertolt (respuesta de un hombre futuro)*



Cierto que escapamos de un tiempo sombrío, pero siguiendo las implacables leyes de la física, saltamos de la sartén para caer en el fuego. No obstante, también el fuego ha cambiado, queridos antepasados, como todo lo demás. Ya no es una llamarada que destruye lo que toca en cuestión de segundos. Ahora es un fuego frío que va socavando la esencia misma de las cosas sin cambiar apenas su apariencia, pero descomponiendo el interior hasta convertirlo todo en un cascarón hueco.

La injusticia sigue existiendo, pero ha aprendido a vestirse de etiqueta. Se escuda tras la ampulosidad de términos vagos, que la salvaguardan de la humillación pública que en el pasado pudiera provocarle su propia desnudez.

Sigue existiendo la guerra, el más vergonzoso de todos los inventos del hombre, pero también la guerra ha aprendido a mutar, a transformarse, a vestirse con pieles de cordero. También han cambiado las armas: Las ametralladoras, las bombas, el napalm, se nos antojan hoy armas inocentes. Esta era nos ha traído el arma más temible: la publicidad. Así, el control de los medios de difusión se ha convertido en algo estratégico. No es más poderoso quien más mata, sino quien mejor sabe vender la filosofía según la cual esas muertes eran necesarias.

Hoy los rostros de los justos están desfigurados, roncas sus voces, pues ya no es posible ser amables en un mundo en el que la amabilidad se ha convertido en el vehículo de la hipocresía, en un tiempo en que se enarbola la palabra verdad para justificar todas las mentiras, en una era en que todas las palabras finalmente han sido prostituidas por el uso aberrante que los humanos hemos hecho de ellas. Admiro y envidio tu optimismo, amigo Bertolt, pero el tiempo en que el hombre sea amigo del hombre es posiblemente la mayor utopía que puede concebir la mente humana. Tal vez nos quede, paradójicamente, una esperanza que proviene del horror: La deshumanización, el control de todo lo que nos rodea, que ahora ejercen los grandes holdings y que muy pronto estará en manos de las máquinas, puede ser el estallido que nos haga despertar, la piedra sobre la que se edifique una nueva humanidad, en la que aprendamos a vivir de otro modo, a desterrar todas esas palabras y a prescindir de todas esas vanidades que nos han llevado a este punto en el que hoy nos encontramos.

¿Podremos pedir nosotros indulgencia cuando llegue la hora, si es que acaso el futuro es posible, si es que el hombre puede al fin salvarse de sí mismo?




*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com













Lecciones de historia*



Mi nonno Beppo juntaba cadáveres, cosía amputaciones, administraba gasas y alcoholes en las trincheras de la guerra del 14. Era químico e iba en la retaguardia, arreglando lo que se podía. Así conoció a mi nonna, que había sido la novia de un amigo suyo caído en batalla.
 Mi nonno Emilio también estuvo en las trincheras. No se conocieron nunca. No supieron ni se imaginaron que dos generaciones después tendrían los mismos nietos. Mi padre y sus hermanos fueron destinados a cuatro frentes diferentes en la guerra del 39. Todos pasaron por los campos de prisioneros. Mi suegra veía con sus cinco años caer las bombas en los campos de Sicilia. Creía que eran confites de una novia que se casaba. Mi tía vio volar su casa, vio volar también el campo de refugiados en el que hallaba, vio caerse su pelo, escararse su piel y su lengua por la falta de comida y de agua potable.

 La semana pasada, recién, un grupo de padres supo dónde y cómo estaban enterrados sus hijos en Malvinas, otros siguen buscando.

Nada parece haber cambiado en el mundo. Y yo creo que nada va a cambiar. Será, como dice un conocido mío, la historia que se enseña en las escuelas es solamente la historia de la guerra y las conquistas. Será que, entonces, la muerte es lo único que cuenta. Hasta que ya no quede nadie para contarnos ni para contarla. y tal vez eso sea la salvación de un planeta que estamos matando en todas sus formas.


*De Flavia Pantanelli.




-FLAVIA PANTANELLI tiene 51 años. Es terapista del lenguaje y cuentista. Vive en Buenos Aires.

-Se formó con los escritores  Lunazzi, Bermani, Drucaroff, Consiglio y Kupchik, entre otros. Realizó la Formación Intensiva en Escritura Narrativa de Casa de Letras. Sus trabajos fueron distinguidos en  concursos municipales, provinciales y nacionales e internacionales en Argentina, en España y en México. Publica sus trabajos desde 2014 en revistas  y  antologías de Argentina,  Brasil,  España, México y Estados Unidos.
Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 SONRISAS CON HISTORIA (España).

-Traduce del italiano y es editora.

-En 2015 publicó los siguientes libros: HACEME LO QUE QUIERAS (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015) y CARNE ROTA (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la  Fundación Victoria Ocampo).

-Su libro  EL EXTRAÑO LENGUAJE DE LAS CASAS recibió en 2017 la primera mención honorífica en el XIV Certamen internacional Altamirano de la Universidad Autónoma del Estado de México.

-EL EXTRAÑO LENGUAJE DE LAS CASAS ha sido publicado por la U.A.M para México.

-Sus libros HACEME LO QUE QUIERAS y CARNE ROTA fueron reeditados por la editorial Modesto Rimba.

-Su libro FARALLÓN  se encuentra actualmente concursando en nuestro país.

-En este momento trabaja en su primera novela MODOS DE CONVOCAR LA NADA.








*


“Cuando la hipocresía comienza a ser de muy mala calidad, es hora de comenzar a decir la verdad.”


*Bertolt Brecht

-Eugen Berthold Friedrich Brecht
(10 de febrero de 1898 Augsburgo, Alemania - 14 de agosto de 1956 Berlín Este, RDA)









Inventren







Ninguno que mueva el aire un poco*



No pasa el tren. Nunca más desde el puente arrojársele flores ni escupidas ni piedras ni pedir un deseo ni poner sobre los rieles una moneda vieja el andén es ahora el telo de las ratas, no tiembla nuestra mesa como cuando nos casamos tampoco el vaso ni la lámpara ni tu cuerpo el mío se detuvo el metrónomo agudo de la campana los trenes pasaron todos hace rato cayó la basura crecieron los pastos la carcoma socava digiere el quebracho ningún infinito que una las vías ya no pasará ninguno que mueva el aire un poco no hay horarios ni maletas ni escobillón ni bar siquiera no quedan trenes que nos lleven lejos que nos lleven cerca que nos lleven por delante o bajo los cuales tirarse.



*De Flavia Pantanelli.






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JUAN ATUCHA.

–Por Ferrocarril Provincial-





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ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.






***




Km 55


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