Thursday, May 24, 2018

EDICIÓN MAYO 2018.


*Dibujo de Erika Kuhn.












Vintage.*



Cuando fuimos niñas
tras la abuela íbamos pasando
los rosales ,el ciruelo
la parra , la flor del naranjo
hasta llegar a la higuera .

Como si fuera un árbol navideño
cargado de adornos nos recibía.

La abuela hacía girar
su peineta de carey y su cuello al sol.
A juntar en el balde cantando.
Llegaba prontísimo el canto.

"Una niñita madrugadora
fue a juntar flores a su mamá
y es tan hermosa que hasta la aurora
vierte sobre ella más claridad.
Tras unas matas de clavelinas
de pensamientos y de arrayán
gira su traje de muselina ,
su sombrerito y su delantal."

A veces la abuela vuelve.
Y traspasa el vidrio
húmedo de la ventana.

Y dice dónde, niñas, están
la higuera, la flor del naranjo besando
las frutas del ciruelo. Los tallos verdes
languideciendo en el agua
de las violetas dulces de invierno.
Sus narices sobre los higos abiertos
y sobre los ramos dulces de la flor.

Y el canto el canto, niña, dónde está.
Cuando llueve sobre mojado
la abuela suele traspasar
ventanas y hacer preguntas.
Se pega su rostro en el vidrio empañado.


*De Adriana Saliche. adrianasaliche@hotmail.com
Chivilcoy.



















LA LLUVIA EN LA GRAMILLA*



Pichón Bucelli i.m.




Esa mañana cuando me levanté, los mayores hacía horas que andaban en sus tareas. Luego del tazón abundante de leche recién ordeñada, que ostentaba su gordura con su crema nadando sobre el café, y rodajas de pan casero y manteca batida por la tía, salí hacia el patio que rodeaban unas hileras simétricas de naranjos. Había llovido mucho a la noche, yo lo había oído sobre el techo de chapas delatoras y arrullantes. En un espacio amplio entre dos potreros, la profusa gramilla había retenido el agua y la llovizna que pugnaba por aparecer creaba un paisaje bello y fantasmagórico al que se iba sumando el sol que con su sangre producía una cremallera roja sobre el alfalfar tan verde y presuntuoso.
El exceso de lluvia nocturna, la monotonía en el cinc que arrulla y adormece, ponen en movimiento un mecanismo que activa la memoria y la asocia a esa gramilla que luego pisarían los potrillos cuando los cambiaran de corral, para separarlos de sus madres para que estas pastaran más libres sin las urgencias de las crías colgándose de sus tetas, que manaban una leche cristalina que nos hacían beber tibia para quitarnos el catarro las abuelas.
Es una asociación tal vez no tan libre, más bien ya automatizada en una lluvia, cinc y gramilla, como la que dejaba a esos potrillitos corriendo y trizando el agua por el aire como un puñado de vidrio que haría una implosión de gorriones sobre la quinta verde y roja de pimientos; esa quinta con su bomba que chorreaba, con su charco donde libaban las mariposas, los surcos de esos tomatales que iban en rodajas a la fuente con sus hojas fragantes de lechuga verde o rúcula amarga y presurosa.
Hacia el norte una larga hilera de conejeras, con sus ruidosas familias de conejos blancos o grises, inmensos como liebres patagónicas. El resto del reino de esa pequeña chacra que fue mi mundo, mi universo maravilloso que no me abandonará mientras esté caminando este mundo y con seguridad esas imágenes bucólicas con sus chiqueros de cerdos gritones y el balar cansino de las ovejas, el ladrido de los perros o el relincho de un caballo saltando la niebla del potrero y del recuerdo como un cuchillo alegre antes de que cayéramos bajo el sueño como esas brevas que no dan más de maduras y caen de su propio peso como senos maravillados de existir con su goteo de leche esplendorosa.



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
















Rehén*



Salgo al encuentro de las palabras no dichas.
Exigen su libertad.
El miedo es un animal furioso.
Es media tarde. No llueve, no hay sol, no hay ánimos ni ánimas... simplemente no hay.
Sólo grises bien determinados a quedarse. Es la realidad.

Cuando reuní valor ellas -las palabras- me mostraron
el rostro
(desconocido ya para mí)
el idioma
(negado, desgastado en el tiempo)
Pero yo estoy aquí!

.
Están llegando las sombras (en otoño al atardecer, ya se encienden las luces)
Más que nunca algo me llama, ya de cerca... Ya de lejos. Pero insiste.

Y sé que en algún lugar del mundo
hay una ciudad que me habita y desconozco. Soy su rehén.

¿La palabra negada?



*De Miryam Colombotto Seia.  miryamseia@cablenet.com.ar
















El último día de septiembre*




*Novela de Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com



(Parte 9 de 10)





El gato dormía casi todo el día. A veces se aventuraba a la planta baja del edificio y dedicaba algunos minutos en examinar un par de macetas. En las tardes sus ojos parecían cambiar de color. El amarillo vivo se transformaba en un ámbar apagado que horadaba la oscuridad. En las noches subía a la azotea y se entretenía en la visión de cúmulos de insectos nocturnos. Después, un poco aburrido, recorría los departamentos. En una puerta, la de ella, tenía una bandeja circular con agua. Le daba lametazos rápidos y constantes. Una vez terminada la operación subía al quicio de la ventana, la que daba a la sala. Desde ahí se podía ver una parte de la cocina y el inicio del pasillo que conducía a la recámara principal. El gato se quedaba muy quieto, con los ojos profundos y atentos, como el paciente espectador de algo que está por comenzar: una escena, un impulso teatral, el malabar instantáneo de una polilla. Sin embargo, durante algunos minutos, sólo existía el silencio apenas quebrado por el ruido de los autos y el murmullo homogéneo de la ciudad. Era septiembre, el inicio de otoño, pero parecía invierno. La gente caminaba lentamente por las calles. El gato se rascó la oreja derecha y, justo cuando parecía que bajaría del quicio para seguir su devaneo, ellos aparecieron por las escaleras. Él iba vestido con una gabardina color marrón y ella tenía un impermeable color rojo que le quedaba un poco grande. Lo descubrieron. Él hombre le sonrió y ella se acercó para acariciarle la cabeza y la cola. Entraron al departamento. Transcurrió poco tiempo y la puerta se volvió a abrir. Ella salió con un recipiente lleno de croquetas. Lo dejó en el piso. Estuvieron unos instantes sin hacer otra cosa que mirarse: un duelo entre amarillo y pardo oscuro. Ella entró al departamento. El ruido de la puerta tuvo algo de clausura, pero también un tono, casi imperceptible, de promesa. El gato comió algunas croquetas y subió de nuevo al quicio de la ventana. Miró muy atento al hombre y a la mujer, como si estuviera vigilando un par de tranquilos reflejos en el agua. Después las figuras se movieron y toda la escena quedó en la oscuridad. Los ojos del gato, impasibles pero también un poco dubitativos, alumbraron su ámbito, prendieron un diminuto fuego a su alrededor, dieron cuerda a una minúscula luz de relojería, una bocanada que pulsaba el inicio de la noche y que resonaba como las cuerdas de un instrumento inmenso.





***




Recuerdo que me gustaba contar las señales de tránsito. Me gustaba imaginar que los autos que venían en sentido contrario eran naves enemigas. Cuando viajaba a la ciudad de México el juego era más importante y no me alejaba de mi ventanilla. ¿Quiénes eran esos seres anónimos que pasaban a un lado, a toda velocidad, y cuyas características apenas podía notar? ¿Cuánto tiempo durarían esos juegos infantiles? ¿Cuándo era el tiempo de madurar? Me gustaba pensar en una casa que fuera mía. Me gustaba pensar que el sismo de 1985 se repetiría, idéntico, muchos años después. Y que en esa fecha hipotética, un 19 de septiembre perdido en el futuro, yo también estaría en una ventana, mirando un estacionamiento poblado de autos brillantes, iluminados por un sol que aún no dejaba en libertad sus rayos más intensos. En esa ocasión estaría solo pero no tendría miedo porque sabría, de antemano, que el edificio no tendría afectaciones. Los objetos se estremecerían en sus estantes y nada más. Casi podía ver ese lugar proyectado mucho tiempo después, en un departamento desconocido pero tranquilo y predecible. Me gustaba pensar en el tiempo en que dura un temblor. ¿Dos minutos? ¿Un minuto y medio? ¿Algunos segundos? Sería un día de aire, un día cubierto de arena. Rememoraba aquellos viajes a la ciudad de México. Casi deseaba que el auto se detuviera para que yo me internara por las breves colinas y los cerros que parecían reinos verdes a la distancia. El temblor, en todo caso, tendría que terminar en algún momento. Las actividades seguirían su ritmo habitual: los comerciantes, los taxistas, el tráfico que reanuda su hirviente serpenteo. En el primer septiembre, en el de 1985, regresamos a la cocina o me gusta imaginar que eso hicimos. No fuimos a la escuela y nos dedicamos a escuchar las noticias por el radio. Las palabras, al menos en esa mañana, parecieron adquirir un significado distinto: como si alguien quisiera decir “miedo” y, sin pensarlo, sin extrañarse, dijera “anzuelo”, “nubes”, “monolitos hundidos en la niebla”. Ese mismo día abandonamos la ciudad. Es extraño, pero no recuerdo ese trayecto. Sólo recuerdo que nos hospedamos en casa de mi abuela que vivía en el Estado de México. Llegamos a su casa de dos pisos y al jardín que, en ese entonces, me parecía muy grande y que tenía un durazno en una de sus esquinas. Al día siguiente, creo que en la noche, se sintió una fuerte réplica. Y ahí el recuerdo se solidifica en las venas congestionadas de la abuela que juntaba sus manos en un rezo que parecía, más que una petición, una temblorosa llamada de auxilio.





***




Un evento detona reacciones impredecibles, inesperadas. La fila en la tienda para pagar la botella de vino y el café parece, en su cotidianidad, en su movimiento lento y predecible, la menos indicada para generar ramificaciones, cambios definitivos en la vida de una persona. R cree que pudo haber una señal para no ir a ese lugar, no entregarse a esos hombres. Tal vez un brillo en los ojos de ella o el largo rechinido que soltó la puerta del edificio al ser abierta. Sólo recuerda rostros oscuros, iguales en la luz blanquísima de la tienda. Alguno de ellos lo vio dudar, lo supuso frágil, vulnerable. Es probable que haya sido el gesto, el titubeo cuando tuvo que decidir entre pagar con cambio o con un billete de 200 pesos. Fue el tono de su voz al dar las gracias o la manera de guardar las monedas en los bolsillos. Fueron la botella de vino y el paquete con café molido los que construyeron, contra su voluntad, la imagen de un hombre al que valía la pena secuestrar. Fue todo, en realidad: su pasado, las decisiones tomadas en su adolescencia, las películas que vio cuando no asistía a algunas clases de la universidad, la primera borrachera que concluyó con su tambaleante llegada a casa, con la cabeza dándole vueltas y una inminente sensación de vómito. Todo el tiempo desperdiciado, los eventos irrelevantes que parecían ocupar la mayor parte de sus días. La vida que, en un punto lejano, más allá de esa tienda, de su anuncio triste y luminoso, había comenzado a escapar. Entonces los días se hacían más cortos. La vida se redujo a una esencia, a un juego en el que había sólo una oportunidad. Él estaba en ese juego y había llegado a la última casilla, pero no se dio cuenta. Simplemente pagó y miró el uniforme deslavado del dependiente. No hubo ningún presentimiento. Sólo salir y encontrar, de nuevo, los rostros que había observado minutos antes en la fila para pagar.






***




Durante varios años el cáncer permaneció oculto en su cuerpo. Le habían operado el pecho izquierdo. En un inicio un doctor le había propuesto extirpar el tumor de inmediato. Sin embargo, ella sintió desconfianza y consultó una segunda opinión. El nuevo doctor le dijo que tenían que reducir primero el tumor para después operarlo. “Está muy avanzado, es la única opción”, les dijo en su consultorio. (Tiempo después estarían en ese mismo consultorio vigilando radiografías en el que se mostraba el pulmón derecho invadido de una opacidad, una mancha oscura y uniforme). Así lo hicieron y vinieron las radiaciones que le arrasaron el cuerpo. Vinieron el vómito y el asco. También vinieron las ganas de rendirse o de que, al menos, los días transcurrieran muy rápido. Después, la operación: se extirpó el pecho entero y las glándulas linfáticas de la axila. Habían cortado nervios, seccionado fibras musculares, devastado piel que ahora parecía víctima de un fugaz incendio. Su vida, a partir de ese momento, sería un lago cuya superficie, a pesar de estar en calma, podría perturbarse con cualquier graznido, cualquier aleteo de gaviota. De haber confiado en el primer médico las células malignas se habrían desperdigado por su cuerpo como un rebaño enfebrecido, como piedras llenas de incendio, cayendo por una pendiente. Sus células, insaciables, habrían devorado oxígeno, agua, tiempo. Así vivió esos años, con la revisión anual en la que le extraían sangre para vigilar cualquier anomalía. Antes de esos exámenes ella pensaba que había llegado al final de la línea, que de nuevo estaba en la orilla de un abismo. Al menos, por algunos años, esos exámenes fueron negativos. Quizás era una trampa, una estrategia para sentir confianza, para no tener las lanzas en ristre. Ella siempre tuvo presente el riesgo, pero nosotros optamos por ignorar, cubrir la memoria con un lienzo oscuro. La enfermedad estaba ahí, nunca se había ido. El cáncer era un conteo que había quedado en suspenso. ¿Qué mecanismo podría echarlo a andar de nuevo? ¿Un resfriado? ¿Un día muy soleado? ¿Una rabieta? Quizás el evento que sacaría a las células de su pasividad, de su letargo, era algo tan minúsculo, tan inocuo, que ni siquiera tenía nombre. Sólo habría que esperar. Esperar.




***




R baja de la azotea. Hace unos minutos acaba de hacer el amor con ella. Esta mañana han anunciado otro desastre aéreo. Los aviones, de pronto, parecen aves en declive, enfermas de tanto aire. Por eso deciden fallar, perder altura, convocar entre risas sus alarmas anti-incendio. Los chalecos salvavidas están bajo los asientos y las mascarillas con oxígeno se desprenden frente a cada uno de los pasajeros. Pero no hay nada que hacer, sólo esperar la desintegración y, después, el encuentro con el suelo. Septiembre y los años siguientes pasarán a la historia por sus accidentes de aviación. No importa que las autoridades, apoyadas por amplias estadísticas, declaren que los percances han disminuido. Hay una conjura silenciosa para acabar con los pasajeros. R, después de escuchar cada noticia, imagina el terror en los ojos de un pasajero que se acaba de dar cuenta de su final irremediable. ¿A quién orar? ¿Cómo administrar la locura en esos segundos? ¿Cómo preveer la pronta combustión de la carne y los huesos? R entra a su departamento. Mira sus notas. Desde que la conoce, desde que recorre su cintura, desde que delinea con un dedo una ruta imaginaria en su vientre, ha espaciado la escritura. Se da cuenta, mientras acomoda una lata de frijoles y un par de cervezas, que la escritura ha sido, desde el inicio, una tabla en medio del naufragio. Las palabras son una voz para seguir, una llama que brota de pronto y que acaba con la ambigüedad de una sombra. Por eso la displicencia, la lasitud que va más allá de lo físico. Sin embargo, en tardes como ésta, cuando la ciudad –sus edificios más altos– parecen sumergirse en las nubes. Ella, también, parece hecha de nubes. Ella parece de barro fresco. Ella parece un murmullo. Desprende una hoja de una libreta y escribe “Septiembre”. Está a punto de escribir algo más pero escucha ruido en las escaleras. Deja la hoja en el escritorio. Los pasos pierden fuerza, señal de que la persona está bajando. Se asoma a la calle y mira que un hombre con sombrero sale de la puerta principal del edificio. Nunca lo ha visto. No sabe si lo volverá a ver. “Un interesado en los departamentos que, como casi todos, no regresará”, escribe casi por inercia y deja el papel abandonado.





***





Ese último día de septiembre pudieron pasar muchas cosas. R pudo haberse escondido y no encontrarla en ninguna parte del edificio. Pudo haber olvidado su regreso. Pudo haber estado en un café mientras esperaba que las nubes ganaran consistencia y elaborar entre bramidos una lluvia que entorpecería el ritmo de la ciudad. Pudo, en ese café, leer un libro. Pudo leer muchas páginas mientras, a su alrededor, la gente charlaba, escenificaba gestas mínimas y cotidianas. Pudo escuchar sus voces y sentirse cazador entre ellas. Pudo salir del café y mirar la ciudad como un conjunto de brillos metálicos, de luces monótonas y vacías. Pudo sentirse, es verdad, ensimismado por el incendio en los ojos de alguna mujer que esperaba el cambio del semáforo para cruzar la calle. Pudo, incluso, esperar el regreso de Mérida en las escaleras del edificio, evitar el café, evitar cualquier salida, cualquier excursión que pareciera demasiado premeditada. Pudo estar ahí, sentado en los escalones, esperando que entrara algún interesado en los departamentos que anunciaban, desde hacía mucho, con letras rojas e inútiles, que estaban en renta. Pudo salir a la banqueta y contar los taxis que pasaban. Pudo decidir, mientras buscaba algún rastro del gato, que le preguntaría su nombre. Pero tendría que hacerlo ahí, en el espacio neutral del edificio, en el descanso de las escaleras, mientras ella le contaba del viaje de vuelta, de las dos ciudades y sus climas opuestos. Tendría que hacerlo ahí porque, si dejaba pasar la oportunidad, volvería a tenerla desnuda en la cama, volvería a sentir, a plenitud, la invasión de su cabello entre las sábanas, su mirada en el blanco límite de las cortinas, al acecho de algo que sólo ella podía ver y, esa cualidad, esa destreza, la volvía inmune a las preguntas, al agua que anega, a las palabras que buscan un antes o un ahora. Pudo haber evitado esa colisión en el tiempo, la que lo puso en la fila de esa tienda. En una de las posibilidades abortadas, él acaba el café y cierra el libro. Se siente extrañamente tranquilo en esa tarde paralela, como si con el último sorbo, con el tintineo de la cucharita contra la taza, se hubiera reestablecido algo y llegaron algunas imágenes confortantes: una mano ordenando espigas; el brinco calculado de una liebre; el universo reciente y sostenido de una gota; un pestañeo que pende en la oscuridad y que deja su huella en un espejo.




***



Estrechó entre los brazos, como un último malabar, la botella de vino. Manos extrañas sujetaron sus hombros. La botella cayó y el vidrio se fragmentó. El piso resplandeció, un instante, por el licor que serpenteaba, oscuro, por el asfalto. La calle, en ese momento, parecía un lugar muerto. La calle era una zona que absorbía las voces, succionaba las respiraciones hasta crear un gran vacío. Por eso la escena transcurrió muda, como un acto irreal, un instante que se consumía lentamente bajo las luces de los postes. R manoteó mientras brazos extraños parecían ramificarse y concentrar la fuerza de una bestia mitológica que comenzaba a engullirlo. El paquete con café también terminó en el piso. Intentó gritar cuando vino el primer golpe en la cabeza. Sintió temor pero, también, ganas de luchar. Sin embargo la cabeza aún resonaba por el golpe. Era un martillazo que dejaba reminiscencias. Sus piernas perdieron fuerza. Pensó en un títere al cual le cortan los hilos y queda a la deriva, expuesto a cualquier tipo de influjo. Alcanzó a balbucear algo. Escuchó voces que, al paso de los segundos, se volvieron ininteligibles. Tal vez porque el miedo fue mayor y el desconcierto inicial fue sustituido por un escalofrío, un recorrido helado en los labios.




***



Debo salir de aquí. Yo, el más cobarde de los ladrones. Yo, el que tiene nombre de profeta pero que se atemoriza de su poder y queda como mero espectador, mera comparsa. Jonás y Roberto discuten y sus voces son serpientes, una sustancia que, en realidad, envenena su miedo, lo hace dúctil, impredecible: “Cabrón, vamos a matarlo y después vamos a sacar dinero de sus tarjetas. ¿Y si nos engañó? ¿Qué quieres? ¿Esperar aquí hasta que alguien venga? Seguramente ya notaron su ausencia. Alguien lo debe de estar buscando. Alguien debe estar gritando su nombre en las calles. Hablaron a la policía. Andan por aquí, recorriendo la colonia, tocando puertas para hacer preguntas. ¿Recuerdas algo de la tienda? No lo recuerdas, no podemos porque aún estábamos borrachos. El alcohol. El maldito alcohol. No, no puede ser, nadie pudo vernos. También pudieron espiarnos mientras lo llevábamos a rastras. La gente no se mete en problemas, pero alguien puede hacerse el héroe y contar algo. Alguien pudo estar por ahí y ya dio aviso a la policía”. Roberto niega las palabras de Jonás sistemáticamente. Se lleva las manos a los bolsillos buscando ahogar los nervios. Yo estoy entre ellos, como un juez ciego e inútil. Jonás da unos pasos, se encara con el hombre y mira la herida en su boca: “¿Quién te espera en tu casa? ¿Tienes familia? ¿Por qué no contestas?”. El hombre no se inmuta, apenas balancea la cabeza y acomoda los pies. No parece, su ecuanimidad, un gesto de valentía, ni de resignación. Simplemente parece que habita otra órbita, un más allá donde no hay promesas y las esperanzas son eventos pasados. Suena el celular del hombre. El aparato está en una silla. Todos respingamos. El sonido es el de una diminuta campana, vibrante e insistente. El sonido es una voz que deletrea este instante. No hay nombres en la pantalla. Roberto se lleva las manos a las sienes. El teléfono vibra y parece un pez explorando su agonía. La noche se cierra sobre nosotros, nos juzga con su aliento a charcos y podredumbre. Camino rumbo a la puerta aprovechando el desconcierto y huyo.




***



Antes de salir a la tienda. Cerré la puerta, dejé las llaves del departamento en la mesa de centro y la fui a buscar en la recámara. No me escuchó, absorta como estaba en el equilibro de una pila de libros y en adivinar los pasos del gato tras una de las ventanas. Instantes después pudo sentir el aire que removía mi cuerpo y que llegaba al límite impreciso de sus cabellos. Ya no hubo palabras. Ya no más aquellas frases vacías hechas para ganar tiempo, llenar el enorme silencio de las habitaciones. Era, tal vez, un nuevo punto de inicio: como ignorar un mapa y creer que se desembarca en una tierra desconocida. La tomé de la cintura y llevé mi mano hasta su cuello. Apenas llegaba la presencia de la lámpara en el buró. El viento se aquietó en la ciudad y disminuyó la violencia de las sombras. El gato se movía en el quicio de la ventana y sus ojos amarillos capturaban el hervor nocturno de la ciudad. Ambos lo notamos, lo sé, porque hicimos una pausa que sirvió para encontrar la ruta correcta a la cama. Ahí estaba la maleta y pensé en las cosas que guardaba: Fue recorrer su cuerpo con más seguridad. Sentí entre los labios, antes del primer beso, el aliento tibio que precedió al deseo. Era entrar en un bosque y tener la capacidad de nombrar, una a una, cada especie de planta. Adentro de ella había una reconciliación. Era como si, a partir de entonces, nada pudiera avergonzarla.





***



Le dije que algún día acabaría septiembre. Le dije que algún día llegaría un poco de calor a la ciudad para que todo se impregnara de pereza, para que no hubiera urgencia de nada y los rostros en las calles ya no fueran manchas de contornos ambiguos, parecidas a la ceniza o a la humedad que deja la noche en la madrugada. Ella, a su manera, adivinaba la historia de mi madre a pesar de mis vaguedades. Cuando murió no anuncié nada, apenas comenté el hecho a algunos amigos cercanos que me ofrecieron algunas palabras y un abrazo solidario. No estaba negando nada. Me sumergí en un estoicismo seco que no buscaba ninguna redención. Quizá de ahí venía mi tranquilidad. Porque la impotencia pudo ser mayor: estar en otra ciudad, manejar en una autopista atestada y recibir el anuncio de su agonía. Tocar el cláxon, insultar a los otros conductores, decirles que es una urgencia, que necesitas despedirte, tener una última imagen, un último sonido en la memoria. Sólo quería que transcurriera septiembre sin más sobresaltos y que los días se encadenaran sin exigir demasiadas revisiones ni razonamientos. Seguí en el trabajo. Llené papeles y clasifiqué documentos. Lo que nunca le conté a ella, incluso cuando sentía más confianza, es que la muerte de mi madre me acercó a una vida más efímera y volátil. A partir de ese momento tenían un nuevo peso mis días. Era como tener a la mano, a cada momento, una fotografía. Como dormir a la orilla de un río o saber que, en algún momento, podría conocer, al fin, el motivo de todas las cosas. Era una nueva manera de huir. Huir cuando parto un limón o cada vez que miro un anuncio. Huir cuando me pongo los zapatos o cuando ordeno revistas en una caja. Huir cuando le pongo al café dos sobres de azúcar y recuerdo que ella, mi madre, decía que tenía inicios de diabetes. Sí, siempre dijo que tenía diabetes a pesar de que su glucosa estaba en el límite de lo aceptable. Huir cuando pienso que sufriré un accidente o cuando tengo pesadillas en la que un enorme avión se estrella contra el edificio. Pero es un escape tranquilo, natural, que no me afecta demasiado.





(Continuará)



*Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.























*



En mi pueblo no había mariposas.
Había libélulas,
locas como estrellitas,
y salíamos de noche
a perseguirlas
con la alegría salvaje de los chicos.
¿De dónde viene la urgencia de atrapar a la luz?
Andábamos por los patios
con la infancia apretada entre las manos:
un frasquito centelleante
de breve felicidad.
Luego aprendí,
que no se debe matar lo que fulgura
y me senté
a esperar las mariposas.



*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

















Quimeras en la niebla*



Vos lo sabés…
La tierra ya no huele igual
que hace un millón de años
y el mar ha cambiado de color.

¿No te ha pasado?
¿Eso de sentirte extranjero sobre la hierba,
eso de soñar despierto bajo los árboles
a pesar de abrazar la textura del tiempo?

Vos lo sabés…
Las sombras que anidaban
ya han abandonado las cuevas
y buscan un tacto de sol inalcanzable.

¿No te ha pasado?
¿Eso de comerte de a poco los silencios,
eso de perseguir quimeras en la niebla
a pesar de surcar las horas del presente?

Vos lo sabés…
Los mapas no dicen la verdad,
los ríos han socavado la historia,
y los ojos persiguieron falsas estrellas.

¿No te ha pasado?
¿Eso de extender los brazos sin un grito,
quizás tratando de alcanzar los verbos
a pesar de los desvelos y las distancias?

¿No te ha pasado?



*De © Jorge Lacuadra.  jorgelacuadra@hotmail.com
- 2018 -
















ENSEÑANZAS DE TOLKIEN*



—Puedo ordenarle al espejo que revele muchas cosas —respondió ella— y a algunos puedo mostrarles lo que desean ver. Pero el espejo muestra también cosas que no se le piden y éstas son a menudo más extrañas y más provechosas que aquellas que deseamos ver. Lo que verás, si dejas en libertad al espejo, no puedo decirlo. Pues muestra cosas que fueron y cosas que son y cosas que quizá serán. Pero lo que ve, ni siquiera el más sabio puede decirlo. ¿Deseas mirar?


*Galadriel a Frodo









Inventren







ESTACIÓN MELANCOLÍA*




El tren del amor

pasó a las seis de la mañana/

Heme ahora aquí

con un boleto de abordaje

sin saber adónde ir/



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es





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