*obra de René Magritte. La Memoria. (1948)
https://www.wikiart.org/en/rene-magritte/memory-1948
https://es.wikipedia.org/wiki/Ren%C3%A9_Magritte
8*
Una niebla cada vez más densa
se tiende sobre el plano arrugado de los
años.
A veces atenúa su espesor un relámpago
o aparece, repentino, entre sus velos
el fantasma de lo que no pudimos olvidar.
Pero ese lienzo no se desintegra.
Hay entre nosotros y aquella infancia
borroneada,
una legión de leyendas que oscurecen.
En ellas somos héroes mitológicos
solos, abrazados a un miedo alimentado de
palabras
dichas por los mayores,
que oscilan sobre nosotros en mesas
infinitas.
No hay códigos que nos permitan desentrañar
aquello
que intentamos descifrar con la imaginación
y un maltrecho recuerdo. Pero aún creemos
que esas sombras apenas comprensibles
nos dicen la verdad.
*De Alejandro
Mendez Casariego
-de "La
mala sangre"-
Una glosa para
"La mala sangre"
Hemos perdido el lugar
de dónde somos
no la casa natal, el
terruño o el pago
sino ese lugar que
fuimos
y creímos eterno
esa encarnadura
adherida
a cualquier idea de
futuro
ese lugar sin el cual
no podríamos
nunca más volver a
ser.
**
Son retazos*
Son retazos que quedaron. Simples pedazos
desgajados por el viento del tiempo, por el transcurso de situaciones que
parecen verse a través de un túnel, lejanas en el espacio, borrosas en el
recuerdo, diluidas en el ayer.
Vestidos blancos, almidonados, con
cinturillas de color rosa-salmón. Amplias cintas anudadas en la espalda con un
lazo doble para que no caigan al jugar, al saltar o correr. Pecheras de smock
con las tablillas regulares, simétricas, exactas, donde se intuye el golpe de
plancha de la abuela y el abundante almidón de la muñequilla.
Si miro hacia atrás, yéndome de vacaciones
al pasado, aún puedo ver al grupo jugando entre las vides. Los largos
tirabuzones de Laura, rubios de camomila, a los que se han dedicado tantas
horas y tantos gemidos.
Los calcetines blancos de Jaime, de hilo,
eternamente derrotados y caídos, que no se sostienen por más inventos para
retorcerlos o remeterlos, y los zapatos de charol de Lucía, donde puedes
peinarte aprovechando el reflejo, y que, indefectiblemente, se pelarán por las
puntas con el regaño y castigo inexcusables.
Tres niñas y dos niños con la obligación de
divertirse y la merienda de rigor. La que acompaña a la visita veraniega a casa
de la tía, del abuelo, del amigo íntimo, del ilustre...
No importa el familiar, la excusa, el quién.
Siempre hay vides en el patio, o una morera que "en poco tendrá gusanos de
seda" o una fuente a la que "la próxima semana pondremos agua y peces
de colores", y siempre hay algún niño con ceño receloso, vestido blanco,
un juguete deseado o una animadversión innata a los visitantes.
Tres niñas y dos niños... Corriendo y
jugando.
Estacionado el tiempo en las vides y en el
tronco del olivo que escalábamos, una voz interior de recuerdos me dice que los
niños se quedaron por el camino. Una de ellas nos dejó aún antes. De la otra
nadie sabe nada... Y la tierra, inhóspita y reseca me dice que se va a beber
toda el agua que caiga para seguir igualmente reseca después de hacerlo. Me
dice que hay otros niños jugando ahora, que son distintos pero se aburren
igual, compiten igual y desaparecerán igual. Hoy, sentado en el recuerdo,
camino entre las viñas del patio abandonado, de la fuente que nunca vio el agua
y de la casona maltrecha y medio derruida. La que fue, en los albores de mi
vida, refugio de aburridas tardes de verano, de juegos con amigos
circunstanciales y respetuosas meriendas con mayores. Hoy lo recuerdo y me
gusta ese sabor dulce amargo de la añoranza melancólica de los momentos
entrañables del pasado
*de Joan
Mateu I Martí. joan@zarca.es
*
Partir
tiene menos letras
que quedarse.
Pronunciadas,
dejan
la misma herida.
Entre partir
y quedarse,
una compleja
red de abismos
y de puentes
que unen
y separan
barrancas
de un mismo río.
*De Mariana
Finochietto. mares.finochietto@gmail.com
-Mariana
nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente
vive en City Bell.
Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)
Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)
La hija del pescador (La Magdalena, 2016)
Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)
El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)
Madura (Sudestada, 2021)
Quiero sacar la cabeza
por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)
Patio (elandamio ediciones, 2024)
Poesía reunida (Medusa editores, 2024)
Trinchera (Sudestada, 2025)
Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)
REGRESO*
El hombre de los ojos insomnes, duerme.
Duerme mecido, en rituales de viejas
caracolas.
También duerme el deseo.
Lo despierta la noche y el penetrante olor
a vida.
Los espejos. Los retratos vivientes. La
estremecida piel.
Ha perdido sus pasos, su insolencia.
Ah, si pudiera volver, recordar, regresar.
Pero es de noche y teme. Noche de
terciopelo.
Acechan los pájaros del miedo.
Teme. Teme abrir los cerrojos.
Las ventanas pircadas. Las clausuradas
puertas.
Teme y desea. El escozor se arrastra como
felino en celo.
Es agosto y los almendros brotan.
También germina el fuego.
Se encienden las cenizas.
Las azules grutas tantas veces besadas.
El ritual del puñal que cincela y canta.
Y teme, y desea y excomulga las antiguas
muertes.
Y regresa.
Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso:
un regreso.
*De Amelia
Arellano.
San Luis
Jimmy*
Historias mínimas.
Jimmy tiene 77 años. Actuó en muchas
películas de Sandro.
Jimmy, ya no se levanta; ya no tiene
fuerzas en las piernas.
Tres mujeres se turnan para cuidarlo.
Los hijos lo visitan. A veces él contesta.
A veces él se duerme. A veces él recuerda
Después de almorzar puchero, Julio
sintoniza a Sandro.
Julio canta canta;
Toma a la rubia lánguida y le roba mil
sonrisas.
Julio lo imita de manera increíble a
Sandro.
La hace girar a ella.
ella gira gira en la cocina gira entre sus
brazos.
Luego aparecen las voces de "Memphis
la Blusera”
Y ellos cantan
"Ella es la flor
más bella
bajando por las
estrellas
brilla más que el sol.
Ella es de la tierra
de mujeres divinas
ella es argentina
como ella no hay.
Si llegara a besarte
con su boca de fuego..."
Y ellos cantan bailan y se besan.
Yo retiro los restos de choclos
lavo los platos y escucho al muchachito
"Vamos a visitar a papá a la tarde, a
mi papá".
Jimmy.
Las mujeres enloquecían por él.
Se parecía tanto a Jean Dean.
Yo seco los platos y les digo
que esta tarde cuando vayan a ver a Jimmy
le manden
un abrazo enorme de mi parte.
Desde el ventanal caen
los rayos de sol tibios
casi otoñales
y siento en el pecho cómo lo quiero
cómo lo quiero
a su novio. (Al noviecito de mi hija).
Cómo no lo voy a querer si hace girar
girar
y reír a Flor
mientras recuerda de aquella manera en una
canción
a Sandro de América
y a Jimmy, su padre,
cuando podía
pararse
mover sus piernas
como el fuego.
"Tus labios de
rubí
de rojo carmesí
parecen murmurar
mil cosas sin
hablar"
Dicen que le decían en el pueblo
"Cómo te vas para arriba Jean
Dean"
y él
se daba vuelta y miraba y contestaba
desde sus ojos azules
que volvían locas a todas en el pueblo.
"Muchos abrazos para Jimmy”,
les recuerdo a los bailarines y
karaokistas.
Mientras yo
repaso en espiral los platos con un paño
y me doy cuenta de que
en una semana
casi sin darme cuenta el sol
ha girado de otra manera:
se ha vuelto, casi casi, otoñal.
*De Adriana
Saliche. salichead@gmail.com
Chivilcoy.
CARTA PERSONAL
N° 3
Nada nos mantendrá
jóvenes tú sabes
no hombres o mujeres
jóvenes que giran
su juventud en
claros sonidos de juego.
Somos lo que somos
lo que nunca
pensamos que somos.
No más salvajes geografías
de la carne ecos que
movemos al unísono
a más lentos aromas.
Es algo duro
de admitir que
algunas veces después
de medianoche
esté cansada
de todo.
*Sonia
Sánchez
-Sonia Sánchez (Wilsonia Driver). Poeta, docente, militante social. Nació en Birmingham, Alabama, en 1934, y a los 9 años fue a vivir junto a su padre al Harlem, donde después participaría del intenso Black Arts Movement. Es autora del poemario "Homecoming", con varias ediciones. En 1999 se publicó su antología poética.
*FUENTE: "Harlem: los blues de la historia", antología; edición
del Ministerio de Educación, Buenos Aires, 2014.
-antología y trabajo de investigación
compilado por el poeta Eduardo Dalter.
LABERINTO*
El viento me llevó
a tus jardines
de naufragio…
Melancólicos jazmines.
Laberinto es tu
Presagio…
*de Mónica
Basano.
San Cristóbal. Santa Fe.
-De bitácora por el mar de la poesía
Inventren
https://inventren.blogspot.com.ar/
https://cuentosinventren.blogspot.com/
Pasajera*
*Por Sergio
Borao Llop.
—No me gustan las despedidas —había dicho
mi amigo Luis. Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la
calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los
reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con
prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le
resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse.
Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos
prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa
que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que
comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el
descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la
épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar
un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros,
empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma
de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que alguno de nuestros
jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía
nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya
hacia la costa.
Consulté el reloj. Aún faltaban quince
minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren —pensé— lo
mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré
el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos
diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.
Había terminado mi semana. L’Estartit
quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban
pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando
cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: los paseos en
barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al
mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la
playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban
a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el
inequívoco olor del mar, las islas...
Pero en este lado, los minutos pasaban
implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.
Un andén no difiere en exceso de cualquier
otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles
(porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes
acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina,
al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la
inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a
tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir).
Mi tren estaba llegando. Puntual como una
calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la
estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros,
cerró impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara,
igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso
el anonimato de los raíles.
Desde mi asiento pude contemplar cómo la
ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en
bosque y las calles dejaban paso a los senderos. “Esta es”, pensé, “una ciudad
de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita
para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser
desdichado”.
Tratando de huir de la tristeza que
imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de
mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención.
Me resigné a los diarios.
Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental,
hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de
difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no
menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o
garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la
fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy,
pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras
día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que
podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza.
Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de
la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna.
Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el
tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente
inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.
Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo
los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros
tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la
presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del
verano. Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre
vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando
los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con
sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al
inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese
incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.
Lo que siguió fue un barullo de gentes
bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con
prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para
sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que
los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de
ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas
fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de
cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los
pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en
mi alma en los últimos minutos.
Entre el gentío, me llamaron la atención
dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de
ojos inexpresivos. No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin
mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas
poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla
con detenimiento. En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba
libre. Me apresuré a ofrecérselo.
Cuando el tren se puso en movimiento, noté
con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una
diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella
transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón.
Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios
carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una
extraña ternura.
Alentado por ese gesto de confianza, me
atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la
voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza
negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente
occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y
abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por
sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que
regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre
viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su
novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché
oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes
rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de
conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto
suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía y que
nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor,
separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte
de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de
su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades.
Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.
El tren se deslizaba veloz sobre los raíles
acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada
estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo
inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga,
todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más
aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme
llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión
de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces fue ella
quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones
pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad y desazón
porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión.
Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me
miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas
despertaban mis viejos instintos primordiales.
Un silencio de campos vertiginosos corría
paralelo allende las ventanillas. El sol bañaba los rastrojos y los montes
lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban
los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo
verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no
encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi
absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de
la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones
sinceras de las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo
ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi
juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era
como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro
iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia
crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que
marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a
sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto
de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a
mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.
En cambio, sólo atiné a decir: “Estamos
llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa”. El
tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad;
fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales,
aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces
falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: no me apearía,
seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en
la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en
movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una
pregunta de imposible respuesta.
Después, recomenzó el decurso de los días
de absoluta normalidad. Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una
vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.
Sé que nada es perdurable. Que todo es un
tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose
efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando
miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de
recuerdos, un asombrado catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero
ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a
mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome
incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo
con atención el tránsito engañoso de los trenes.
*Fuente: https://letralia.com/150/letras07.htm?
-Próxima
estación:
LOMA VERDE.
-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.
GOBERNADOR OBLIGADO.
APEADERO DOYHENARD.
ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.
APEADERO LISANDRO OLMOS.
PARADA GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
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