sábado, noviembre 07, 2026

LABERINTO ES TU PRESAGIO

 


*obra de René Magritte. La Memoria. (1948)

https://www.wikiart.org/en/rene-magritte/memory-1948

https://es.wikipedia.org/wiki/Ren%C3%A9_Magritte

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

8*

 

 

Una niebla cada vez más densa

se tiende sobre el plano arrugado de los años.

A veces atenúa su espesor un relámpago

o aparece, repentino, entre sus velos

el fantasma de lo que no pudimos olvidar.

Pero ese lienzo no se desintegra.

Hay entre nosotros y aquella infancia borroneada,

una legión de leyendas que oscurecen.

En ellas somos héroes mitológicos

solos, abrazados a un miedo alimentado de palabras

dichas por los mayores,

que oscilan sobre nosotros en mesas infinitas.

No hay códigos que nos permitan desentrañar aquello

que intentamos descifrar con la imaginación

y un maltrecho recuerdo. Pero aún creemos

que esas sombras apenas comprensibles

nos dicen la verdad.

 

 

*De Alejandro Mendez Casariego

-de "La mala sangre"-

 

Una glosa para "La mala sangre"

Hemos perdido el lugar de dónde somos

no la casa natal, el terruño o el pago

sino ese lugar que fuimos

y creímos eterno

esa encarnadura adherida

a cualquier idea de futuro

ese lugar sin el cual no podríamos

nunca más volver a ser.

 

**

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

Son retazos*

 

Son retazos que quedaron. Simples pedazos desgajados por el viento del tiempo, por el transcurso de situaciones que parecen verse a través de un túnel, lejanas en el espacio, borrosas en el recuerdo, diluidas en el ayer.

Vestidos blancos, almidonados, con cinturillas de color rosa-salmón. Amplias cintas anudadas en la espalda con un lazo doble para que no caigan al jugar, al saltar o correr. Pecheras de smock con las tablillas regulares, simétricas, exactas, donde se intuye el golpe de plancha de la abuela y el abundante almidón de la muñequilla.

Si miro hacia atrás, yéndome de vacaciones al pasado, aún puedo ver al grupo jugando entre las vides. Los largos tirabuzones de Laura, rubios de camomila, a los que se han dedicado tantas horas y tantos gemidos.

Los calcetines blancos de Jaime, de hilo, eternamente derrotados y caídos, que no se sostienen por más inventos para retorcerlos o remeterlos, y los zapatos de charol de Lucía, donde puedes peinarte aprovechando el reflejo, y que, indefectiblemente, se pelarán por las puntas con el regaño y castigo inexcusables.

Tres niñas y dos niños con la obligación de divertirse y la merienda de rigor. La que acompaña a la visita veraniega a casa de la tía, del abuelo, del amigo íntimo, del ilustre...

No importa el familiar, la excusa, el quién. Siempre hay vides en el patio, o una morera que "en poco tendrá gusanos de seda" o una fuente a la que "la próxima semana pondremos agua y peces de colores", y siempre hay algún niño con ceño receloso, vestido blanco, un juguete deseado o una animadversión innata a los visitantes.

Tres niñas y dos niños... Corriendo y jugando.

Estacionado el tiempo en las vides y en el tronco del olivo que escalábamos, una voz interior de recuerdos me dice que los niños se quedaron por el camino. Una de ellas nos dejó aún antes. De la otra nadie sabe nada... Y la tierra, inhóspita y reseca me dice que se va a beber toda el agua que caiga para seguir igualmente reseca después de hacerlo. Me dice que hay otros niños jugando ahora, que son distintos pero se aburren igual, compiten igual y desaparecerán igual. Hoy, sentado en el recuerdo, camino entre las viñas del patio abandonado, de la fuente que nunca vio el agua y de la casona maltrecha y medio derruida. La que fue, en los albores de mi vida, refugio de aburridas tardes de verano, de juegos con amigos circunstanciales y respetuosas meriendas con mayores. Hoy lo recuerdo y me gusta ese sabor dulce amargo de la añoranza melancólica de los momentos entrañables del pasado

 

*de Joan Mateu I Martí. joan@zarca.es

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

Partir

tiene menos letras

que quedarse.

Pronunciadas,

dejan

la misma herida.

Entre partir

y quedarse,

una compleja

red de abismos

y de puentes

que unen

y separan

barrancas

de un mismo río.

 

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

-Mariana nació en General Belgrano, provincia de Buenos Aires, en 1971. Actualmente vive en City Bell.

Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena, 2014)

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016)

Piedras de colores (Proyecto Hybris, 2018)

El orden del agua (GPU Ediciones ,2019)

Madura (Sudestada, 2021)

Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche (Halley Ediciones, 2023)

Patio (elandamio ediciones, 2024)

Poesía reunida (Medusa editores, 2024)

Trinchera (Sudestada, 2025)

Desviadero, (Editorial Mascarón de proa, 2025)

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

REGRESO*

 

 

El hombre de los ojos insomnes, duerme.

Duerme mecido, en rituales de viejas caracolas.

También duerme el deseo.

Lo despierta la noche y el penetrante olor a vida.

Los espejos. Los retratos vivientes. La estremecida piel.

Ha perdido sus pasos, su insolencia.

Ah, si pudiera volver, recordar, regresar.

Pero es de noche y teme. Noche de terciopelo.

Acechan los pájaros del miedo.

Teme. Teme abrir los cerrojos.

Las ventanas pircadas. Las clausuradas puertas.

Teme y desea. El escozor se arrastra como felino en celo.

Es agosto y los almendros brotan.

También germina el fuego.

Se encienden las cenizas.

Las azules grutas tantas veces besadas.

El ritual del puñal que cincela y canta.

Y teme, y desea y excomulga las antiguas muertes.

Y regresa.

Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso: un regreso.

 

*De Amelia Arellano.

San Luis

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Jimmy*

Historias mínimas.

 

 

Jimmy tiene 77 años. Actuó en muchas películas de Sandro.

Jimmy, ya no se levanta; ya no tiene fuerzas en las piernas.

Tres mujeres se turnan para cuidarlo.

Los hijos lo visitan. A veces él contesta.

A veces él se duerme. A veces él recuerda

Después de almorzar puchero, Julio sintoniza a Sandro.

Julio canta canta;

Toma a la rubia lánguida y le roba mil sonrisas.

Julio lo imita de manera increíble a Sandro.

La hace girar a ella.

ella gira gira en la cocina gira entre sus brazos.

Luego aparecen las voces de "Memphis la Blusera”

Y ellos cantan

"Ella es la flor más bella

bajando por las estrellas

brilla más que el sol.

Ella es de la tierra de mujeres divinas

ella es argentina

como ella no hay.

Si llegara a besarte con su boca de fuego..."

Y ellos cantan bailan y se besan.

Yo retiro los restos de choclos

lavo los platos y escucho al muchachito

"Vamos a visitar a papá a la tarde, a mi papá".

Jimmy.

Las mujeres enloquecían por él.

Se parecía tanto a Jean Dean.

Yo seco los platos y les digo

que esta tarde cuando vayan a ver a Jimmy le manden

un abrazo enorme de mi parte.

Desde el ventanal caen

los rayos de sol tibios

casi otoñales

y siento en el pecho cómo lo quiero

cómo lo quiero

a su novio. (Al noviecito de mi hija).

Cómo no lo voy a querer si hace girar

girar

y reír a Flor

mientras recuerda de aquella manera en una canción

a Sandro de América

y a Jimmy, su padre,

cuando podía

pararse

mover sus piernas

como el fuego.

"Tus labios de rubí

de rojo carmesí parecen murmurar

mil cosas sin hablar"

Dicen que le decían en el pueblo

"Cómo te vas para arriba Jean Dean"

y él

se daba vuelta y miraba y contestaba

desde sus ojos azules

que volvían locas a todas en el pueblo.

"Muchos abrazos para Jimmy”,

les recuerdo a los bailarines y karaokistas.

Mientras yo

repaso en espiral los platos con un paño

y me doy cuenta de que

en una semana

casi sin darme cuenta el sol

ha girado de otra manera:

se ha vuelto, casi casi, otoñal.

 

*De Adriana Saliche. salichead@gmail.com

Chivilcoy.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CARTA PERSONAL N° 3

 

 

Nada nos mantendrá

jóvenes tú sabes

no hombres o mujeres

jóvenes que giran

su juventud en

claros sonidos de juego.

Somos lo que somos

lo que nunca

pensamos que somos.

No más salvajes geografías

de la carne ecos que

movemos al unísono

a más lentos aromas.

Es algo duro

de admitir que

algunas veces después

       de medianoche

esté cansada

de todo.

 

*Sonia Sánchez

 

-Sonia Sánchez (Wilsonia Driver). Poeta, docente, militante social. Nació en Birmingham, Alabama, en 1934, y a los 9 años fue a vivir junto a su padre al Harlem, donde después participaría del intenso Black Arts Movement. Es autora del poemario "Homecoming", con varias ediciones. En 1999 se publicó su antología poética.

*FUENTE: "Harlem: los blues de la historia", antología; edición del Ministerio de Educación, Buenos Aires, 2014.

-antología y trabajo de investigación compilado por el poeta Eduardo Dalter.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

LABERINTO*

 

El viento me llevó

a tus jardines

de naufragio…

Melancólicos jazmines.

Laberinto es tu

Presagio…

 

*de Mónica Basano.

San Cristóbal.  Santa Fe.

-De bitácora por el mar de la poesía

 

 

 

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

https://cuentosinventren.blogspot.com/

 

 

 

 

 

Pasajera*

 

*Por Sergio Borao Llop.

 

 

—No me gustan las despedidas —había dicho mi amigo Luis. Después me abrazó con impaciente levedad y se alejó hacia la calle, sin volver el rostro, sin mostrar la menor emoción. Dejando atrás los reflejos de los innumerables cristales, salió de la estación y se dirigió con prisa hacia el aparcamiento. Sonreí. Le conocía bien. Las separaciones le resultaban tan dolorosas como a cualquier otro, pero le molestaba emocionarse. Por ese motivo, siempre que era capaz de prever algún conato de abrazos prolongados y frases empalagosas, escapaba a la situación alegando una prisa que no siempre era fingida. Por otra parte, apenas faltaba un mes para que comenzase la nueva temporada: la rutina de los entrenamientos, el descubrimiento de las virtudes y de los defectos en los jugadores nuevos, la épica de los partidos, los problemas con la directiva... Y ahí íbamos a estar un año más, codo con codo, lidiando con jugadores, directivos y árbitros, empeñándonos en sacar adelante al equipo, sufriendo acaso alguna decepción en forma de final perdida, llenándonos de orgullo cada vez que alguno de nuestros jugadores llegaba a las ligas superiores. De ahí, del esfuerzo común, provenía nuestra amistad. A través de la enorme cristalera, vi pasar su auto, lanzado ya hacia la costa.

Consulté el reloj. Aún faltaban quince minutos para la salida del tren que debía tomar. (Tomar un tren —pensé— lo mismo que quien toma café o un aperitivo) Volví a comprobar mi billete; apuré el cortado que se enfriaba sobre la barra de la cafetería; compré algunos diarios; me dejé mecer por una apacible nostalgia.

Había terminado mi semana. L’Estartit quedaba ahora allá atrás, arrinconado en los estantes de la memoria. Quedaban pequeños detalles, instantáneas fugaces que fui atrapando y colocando cuidadosa, ordenadamente, en el archivador de recuerdos gratos: los paseos en barca, la inefable calma de las mañanas de pesca, los atardeceres frente al mar, en la terraza del club náutico o al otro lado del puerto, junto a la playa... Ahora todo era una bonita película en colores cuyas escenas desfilaban a cámara lenta, fotograma a fotograma, ante mis ojos agradecidos. La arena, el inequívoco olor del mar, las islas...

Pero en este lado, los minutos pasaban implacables. Aferré la bolsa de viaje y bajé las escaleras, al asalto del tren.

Un andén no difiere en exceso de cualquier otro. Los de esta estación, sin embargo, me resultaron particularmente hostiles (porque me alejaban del mar, de las tranquilas calas, de los inquietantes acantilados, del oleaje y las Medas. Porque me arrojaban de vuelta a la rutina, al trabajo agotador, al rostro siempre huraño y desconfiado del patrón, a la inacabable monotonía sonora de la máquina, a la nave oscura, a los hierros y a tantas cosas que aborrezco y de las que aún no he aprendido a prescindir).

Mi tren estaba llegando. Puntual como una calamidad. Silencioso como el sueño. Lento y poderoso, hizo su entrada en la estación, se detuvo, escupió algunos viajeros, permitió el abordaje de otros, cerró impasiblemente sus puertas y partió con el mismo sigilo con que llegara, igual que si estuviese huyendo del bullicio de las estaciones, buscando acaso el anonimato de los raíles.

Desde mi asiento pude contemplar cómo la ciudad se iba diluyendo entre árboles, cómo los edificios se transformaban en bosque y las calles dejaban paso a los senderos. “Esta es”, pensé, “una ciudad de hermosos contrastes. Hay agua, hay vegetación, aire. Es cuanto se necesita para vivir. Hay asfalto, hay civilización. Es cuanto se precisa para ser desdichado”.

Tratando de huir de la tristeza que imperceptiblemente comenzaba a embargarme, indagué con disimulo los rostros de mis escasos compañeros de viaje. Ninguno de ellos consiguió llamar mi atención. Me resigné a los diarios.

Bombardeos en Mostar, corrupción gubernamental, hambre en alguna parte (o en muchas partes) de África y en otros lugares de difícil pronunciación, violaciones sistemáticas de los derechos humanos, no menos atroces violaciones de muchachas solitarias en parques nocturnos o garajes o zaguanes oscuros, nuevos atentados... Compruebo sin entusiasmo la fecha, sabiendo de antemano que es inútil. Que la fecha puede ser la de hoy, pero el horror no es nuevo, es el mismo que se repite sin descanso, día tras día, sin que nadie mueva un dedo por cambiar el signo de las cosas, sin que podamos aferrarnos ni siquiera al mínimo consuelo de una remota esperanza. Agobiado, guardé el diario y busqué una revista de humor, tratando de huir de la espantosa realidad. Con disgusto, con desaliento, comprobé que no tenía ninguna. Se habían quedado atrás, en el hotel o en casa de mis amigos, encerradas en el tiempo de las vacaciones, ajenas al devenir del ajetreo, aparentemente inocentes de las malas noticias que me traían de vuelta a lo cotidiano.

Estábamos llegando a Barcelona. De nuevo los enormes bloques de viviendas levantándose a izquierda y derecha, como otros tantos nichos alineados frente al pálpito cansado de mis ojos, delatando la presencia de la concentración humana, certificando de alguna manera el fin del verano. Luego, los túneles sumiendo al tren en las entrañas de la ciudad, entre vistosas pintadas distribuidas por los muros. Alegría o decepción coloreando los rostros de los viajeros que llegaban al final de su viaje y se apiñaban con sus maletas en los pasillos, prestos al abandono de los vagones, resignados al inaplazable retorno a la rutina, de algún modo impacientes por terminar con ese incómodo interludio que separa el verano del resto de los días.

Lo que siguió fue un barullo de gentes bajando a los andenes, abrazándose, despidiéndose, estorbándose, subiendo con prisa, casi con precipitación, a los vagones detenidos, buscando acomodo para sus maletas y para sí mismos, todo como una película antigua, de ésas en que los personajes se movían a una velocidad insólita y casi ridícula, pero nada de ello me pareció gracioso. Por el contrario, las prisas, el cruce de miradas fugaces, la disimulada lucha por un determinado asiento, los movimientos de cabeza en busca de una ubicación idónea, los gritos, las carreras por los pasillos, no hicieron sino contribuir al desánimo que había ido asentándose en mi alma en los últimos minutos.

Entre el gentío, me llamaron la atención dos mujeres. Ambas viajaban sin compañía. Una de ellas era rubia, bonita, de ojos inexpresivos. No supe si lamentar o celebrar que pasase a mi lado sin mirarme. La otra no era hermosa, pero su larga melena negra, sus formas poderosas y un algo exótico en su rostro, en su atuendo, obligaban a mirarla con detenimiento. En mal español, preguntó si el asiento contiguo al mío estaba libre. Me apresuré a ofrecérselo.

Cuando el tren se puso en movimiento, noté con asombro que el bolso de mano que descansaba en su regazo se movía. Una diminuta cabeza canina asomó por la abertura. Sonreí con disimulo ante aquella transgresión de las normas. En ese momento, entró el revisor en nuestro vagón. Ella me miró con sus enormes ojos negros. Puso su dedo índice sobre los labios carnosos, pidiéndome silencio, convirtiéndome en su cómplice, llenándome de una extraña ternura.

Alentado por ese gesto de confianza, me atreví a contemplarla casi con descaro. Su pelo basto, muy oscuro, la voluptuosidad de las nalgas, los labios llenos, gruesos, delataban la raza negra en algún recodo de su árbol genealógico. Todo lo demás parecía claramente occidental. Cuando por fin el revisor hubo contrastado los billetes y abandonado el vagón, le ofrecí un cigarrillo, que ella rehusó, y charlamos. Por sus palabras, supe que venía de Lisboa, que su nombre era Andrea, que regresaba, como todos, de unas cortas vacaciones junto al mar, que siempre viajaba con su perrito y que vivía en una pensión desde que se separó de su novio. Su voz destilaba bondad. Nada dijo acerca de su profesión. Sospeché oscuramente que era prostituta. Tuve ganas de abrazarla. Yo le conté a grandes rasgos las trivialidades que se suelen confiar a alguien que acabamos de conocer. (Pero ya intuía que no se trataba de una extraña, que ese gesto suplicante había tendido un puente entre nosotros, un puente que nos unía y que nos elevaba sobre el murmullo de las conversaciones a nuestro alrededor, separándonos de esas otras voces, de esos otros rostros que no formaban parte de nuestra pequeña isla en medio de las vías) Ella me hablaba de su Lisboa, de su pasado. Después, la conversación derivó hacia las tópicas generalidades. Hubo momentos de cálido silencio, de miradas.

El tren se deslizaba veloz sobre los raíles acercándonos a la inevitable separación. En cada pueblecito atravesado, en cada estación, yo le contaba cosas de aquellos lugares, historias que a menudo inventaba para ver el gesto de maravillada sorpresa en el rostro de mi amiga, todo en pos de unos minutos más de conversación, de escuchar una vez más aquella voz con acento portugués que tanto me relajaba, que conseguía arrullarme llevándome a esa dimensión en la que todo es aún posible, donde cabe la ilusión de un mañana, de una flor renaciendo entre los escombros. Otras veces fue ella quien hizo preguntas, tal vez por idénticas razones. En un par de ocasiones pronunció mi nombre, atándome a su voz, llenándome de felicidad y desazón porque ya Lérida había quedado atrás y mi ciudad iba acercándose sin compasión. Yo deseaba prolongar aquel viaje, permanecer allí sentado junto a Andrea que me miraba lánguidamente y cuyas manos oscuras de larguísimas uñas rojas despertaban mis viejos instintos primordiales.

Un silencio de campos vertiginosos corría paralelo allende las ventanillas. El sol bañaba los rastrojos y los montes lejanos, pero en el interior del vagón no había más luz que la que irradiaban los ojos de Andrea, que a ratos parecían estar buscando algo en el fondo verdoso de los míos. El tren lanzado era una sádica resta de minutos y yo no encontraba las palabras precisas. Me iba perdiendo entre explicaciones casi absurdas sobre los cultivos y el clima, disertaciones inexplicables acerca de la vida en las aldeas de mi tierra y en sus asfixiantes ciudades y exposiciones sinceras de las maravillas existentes en los tan amados Pirineos, pero todo ello como un alejamiento a pesar de los cuerpos tan cerca, de los rostros casi juntos y las manos rozándose en la división de los asientos. Cada estación era como una siniestra zarpa cayendo sobre mi rostro y desgarrándome. Uno tras otro iban pasando los kilómetros, el paisaje se iba transformando, la angustia crecía hasta límites intolerables. Ya se divisaban, al fondo, los edificios que marcaban el final de mi viaje, los pétreos sepulcros verticales que iban a sumirme, de nuevo, en la más insoportable tristeza. Pensé, deseé, estuve a punto de pedirle que se bajase conmigo, que renunciase a su Lisboa, que se quedase a mi lado en esta ciudad, que compartiese mi vida.

En cambio, sólo atiné a decir: “Estamos llegando a Zaragoza. En medio de aquellos edificios altos está mi casa”. El tren se hundió en las profundidades de la tierra, bajo el ajetreo de la ciudad; fue reduciendo la velocidad, prolongando cruelmente los minutos finales, aquellos en los que ya nada es posible. Por fin, quedó parado entre las luces falsas de la estación. Aun fui capaz de una última inspiración: no me apearía, seguiría con ella hasta Madrid, o hasta Lisboa o al fin del mundo. Un beso en la mejilla me separó de Andrea para siempre. Cuando el tren se puso de nuevo en movimiento, aún pude ver sus ojos clavados en mi rostro, como formulando una pregunta de imposible respuesta.

Después, recomenzó el decurso de los días de absoluta normalidad. Regresé a mis obligaciones, a la inmovilidad de una vida sedentaria, enmarcada entre las crudas aristas del trabajo y la soledad.

Sé que nada es perdurable. Que todo es un tren que viaja incansable entre las innumerables estaciones, deteniéndose efímeramente en alguna de ellas, atravesando otras sin ruido y arrebatando miradas de nostalgia, suspiros. Sé que la vida no es sino un compendio de recuerdos, un asombrado catálogo de estaciones que fuimos dejando atrás. Pero ahora que el tiempo ha pasado, el recuerdo de aquel viaje, de Andrea, vuelve a mí con insistencia, tiñendo de melancolía los atardeceres, y llevándome incomprensiblemente a ese banco del andén, desde el que, cada tarde, contemplo con atención el tránsito engañoso de los trenes.

 

 

*Fuente: https://letralia.com/150/letras07.htm?

 

 

 

 

-Próxima estación:

 

LOMA VERDE. 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

APEADERO DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

APEADERO LISANDRO OLMOS.

 

PARADA GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

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-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/

 

 

 


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