miércoles, abril 07, 2010

ALLÍ DONDE LAS PALABRAS CARECEN DE TODA SIGNIFICACIÓN...



*Ilustración de Ray Respall Rojas (Cuba)



EL LIBRO QUE NUNCA ESCRIBÍ*



Siempre quise escribir un libro,
no uno cualquiera,
¡un libro apto para todos!
Los materialistas,
los científicos,
los beatos,
los chiflados,
los cuerdos,
los ortodoxos,
los buenos
y los impíos,
los niños que se ríen de las hadas,
los que han olvidado su propia infancia,
los cazadores de brujas trasnochados,
los que nos tildan de locos
por salir a pescar sirenas, o unicornios,
los que se burlan cuando les decimos
que hemos visto un fantasma,
o sencillamente, que escribimos...
los solitarios,
los melancólicos,
los importantes,
los descreídos…
Pero sobre todo,
a pesar de todo,
y más que todo,
para los que al ver caer una estrella
se olvidan de los meteoros,
de las clases, del planetario,
de los materialistas,
los científicos,
los beatos,
los chiflados,
los cuerdos,
los ortodoxos,
los buenos
y los impíos,
los solitarios,
los melancólicos,
los importantes,
los descreídos…
Cierran los ojos y
dan rienda suelta a sus caprichos.



*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Borrado y sin botones*


Se parte de un misterio, de algo no dicho a lo que uno se acerca, se aproxima pero no llega.


Un día Uma de 4 años apenas estrenados, me pregunta porqué estamos borrados.Trato de entender y le hago mas preguntas.Se señala los brazos o mis manos, mostrando la piel clara, sin ropas y dice, así como estamos, pasando su mano sobre su piel.Como dice Calvino cuando se piensa el sentido de una cultura desde otra o de un tiempo desde otro, se hace una traducción.Por un lado la pregunta es si desde nuestra subjetividad se puede conocer la de un maya, o mucho más cercano, tan cerca para algunos de nosotros, si un chico de 15 puede comprender hechos de los 70 donde la valoración de la vida , la muerte , la solidaridad, eran tan diferentes a las actuales.La respuesta de Calvino es que no se puede , que siempre hay algo que no se puede saber y que al mismo tiempo es imposible no intentar darle un sentido a las cosas.Lo que entendí de las palabras enigmáticas de Uma fue algo así ¿cúando perdimos los colores ? o lo que pienso ahora¿cúando perdimos lo escrito sobre nuestro cuerpo? hasta quedar como un cuaderno borrado.

En un taller de periodismo Uma se pregunta qué sería del mundo sin botones, no pude llegar más lejos que a saber que a ella no le gustaría un mundo sin botones. Ese algo no sabido, es lo que impulsa pienso. Es lo que me hace escribir, la diferencia entre mostrar todo, o ver algo a través de una puerta, una ventana, o un agujerito de espiar.

¿Borrados y sin botones no nos quedamos desnudos?


¿El botón, el color, la escritura, no son adornos? ¿Los adornos dan sentido? ¿son más que orrnamentales? ¿La ropa, los botones, un cuerpo escrito, los tatuajes, no son maneras de firmar?
Lo que se dice y la forma en que se lo dice no se pueden desabotonar.

¿No hacemos tantas cosas para no quedar borrados? entre otras escribir. ¿escribir no complejiza todo?.


Antes de hacer este texto, sólo creía que borrados para Uma era haber perdido un mundo en tecnicolor, ahora veo que todo puede ser otra cosa, el secreto de lo poético, está en lo que falta...



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







ALLÍ DONDE LAS PALABRAS CARECEN DE TODA SIGNIFICACIÓN...





"El miedo"*

-Canción-


*de Victor Turquet. victurquet@yahoo.com.ar



El miedo ronda entre las sombras y amenaza nuestros sueños,
como un guardián que fiel custodia esa vereda tan estrecha
que lleva a la felicidad.... ... Ver más
Y se disfraza de promesa y se maquilla de alegría,
cubre las noches de pasiones, y las mañanas de utopías
todo para que demoremos lo que igual nos llegará.


El miedo es parte de un viejo dolor
nos acobarda gritando que nó
que no se debe volver a creer
que no se vuelve a amar...


El miedo es parte de la soledad
de las heridas que la memoria
no dejá cerrar, no quiere curar...


El miedo sabe que el amor viene por más
buscando lo que sobrevive al temporal,
es la caricia demorada que esperó por esa piel,
a quien jurara eternidad.


...y nos sorprende el sentimiento a contramano de la vida
y la canción de un buen amigo le puso marco a esta postal,
y el miedo queda convertido en un buen punto de partida,
y la vereda se hace ancha, y ser feliz vale la vida!
cuando el amor pega la vuelta y nos regala un ciclo más.


El miedo sabe que hasta el grito del horror
es silenciado en un susurro del amor
y sabe bien que esta batalla la perdió cuando tu piel
me recordó la eternidad!






El hombre blanco y negro*



*Por Andrea Ferrari


Clarence King (1842-1901) tuvo una extraña doble vida. Para sus amigos y familiares era soltero, pero en verdad tenía mujer y cinco hijos. Más curioso aún es que este prestigioso geólogo, que se movía cómodamente en medio de la elite política y cultural de Estados Unidos, era, para quienes lo trataron en su existencia paralela, un guarda de tren. Pero lo que resulta ya difícil de creer es que en una de sus vidas Clarence King fue blanco y en la otra, negro.
La historia, minuciosamente investigada por la historiadora Martha Sandweiss para su libro Passing Strange, revela hasta qué punto la raza ha sido en Estados Unidos una frontera que va mucho más allá del color de la piel.
"Pasarse" hacia el otro lado (un término usado para definir generalmente a afroamericanos de piel clara que podían "pasar" por blancos) significaba entrar en otro mundo y a menudo negar toda relación con el de origen. King "pasó" en la dirección menos usual, pero también necesitó construir en torno
de ese hecho un muro de silencio.
Nacido en el seno de una familia aristocrática, brilló como geólogo desde muy joven. Formó parte de la expedición que durante seis años estudió las tierras del oeste norteamericano, escribió libros clave de su especialidad y, cuando en 1867 el Congreso creó el Instituto Geológico de Estados Unidos, lo nombró su primer director.
Sus amigos sabían que no le gustaban las damas de alta sociedad, sino las mujeres más "naturales", y que en sus múltiples viajes solía explorar ambientes populares en busca de emociones. Defensor de los derechos de los afroamericanos, muchas veces expresó la idea de que la mezcla racial "mejoraría la vitalidad de la raza humana". Pero una cosa es la teoría y otra la práctica. King seguramente sospechaba que su privilegiado entorno frunciría la nariz ante la mera idea de una esposa negra.
En esta historia en que todo es asombroso resulta particularmente extraño imaginar el momento en que King, rubio y de ojos azules, conoció a Ada Copeland, una mujer 19 años menor que él nacida en Georgia de madre esclava, y le dijo que se llamaba James Todd y era negro. Pero hay que ubicarse en la época: según había dictaminado la Corte Suprema en 1896, en el caso "Plessy vs. Ferguson", con sólo tener un abuelo negro una persona debía considerarse negra, cualquiera fuera su aspecto. Seguramente a Ada le resultaba más fácil aceptar como pareja a un afroamericano de piel clara que a un blanco y creyó en su versión, más aún cuando le dijo que trabajaba como guarda en Pullman, una empresa ferroviaria de reciente creación que sólo contrataba guardas negros. Poco después se casaron sólo con una ceremonia religiosa ante un pastor metodista, práctica común en ese entonces en la comunidad negra- y ella se convirtió en Ada Todd.
La elección de su trabajo le sirvió perfectamente a King para justificar sus largas ausencias, producto de viajes profesionales y compromisos familiares.
Cuando volvía a Nueva York fijaba domicilio oficial en el elegante hotel Albert de Manhattan, frecuentaba amigos como el secretario de Estado John Hay, y contaba con un valet negro para su asistencia personal. Luego cruzaba a Brooklyn para quedarse con Ada y sus hijos (tuvieron dos mujeres y tres varones, uno de los cuales murió en la infancia). En el camino se pondría una chaqueta de Pullman y se iría sumergiendo poco a poco en ese otro mundo, en otra forma de hablar, en su vida como negro.
Cuando la familia creció, King los instaló en una casa más grande en Queens, donde Ada contaba con personal de servicio doméstico. A esa altura, ella creía que su marido era un viajante de la industria siderúrgica. Los gastos de manutención del hogar, sumados a los de su madre viuda y hermanos menores
y a negocios no muy exitosos, fueron agotando sus irregulares ingresos y tuvo que pedir préstamos en varias oportunidades a sus amigos.
¿Cuánto sospechaba Ada? Si intuía algo, no lo dijo. A lo largo de trece años y pese a las prolongadas ausencias de Clarence, la pareja mantuvo el romance intacto, al menos a juzgar por las encendidas cartas de amor que él le enviaba en sus viajes y que más tarde Ada se vería obligada a desempolvar.
En el año 1900 King contrajo tuberculosis y por consejo médico se instaló en Arizona. Antes de viajar le dijo a Ada que no debía preocuparse por el futuro, ya que iba a dejar ochenta mil dólares (una fortuna en ese tiempo) en manos de su amigo de infancia, James Gardiner, para que instituyera un fideicomiso en su beneficio. Pero recién cuando sintió a la muerte tocándole el hombro le envió una carta desde Arizona confesando que no se llamaba James Todd sino Clarence King.
A Ada Copeland-Todd-King, primero esclava, luego empleada doméstica, más tarde esposa de clase media, le tocaba ahora luchar por su reconocimiento y la herencia de su marido. Fue una batalla larga, varias veces abandonada y retomada. Si bien Gardiner le facilitó, a través de diversos intermediarios,
un estipendio mensual y una casa donde vivir, Ada consideró que le estaban escamoteando su derecho al dinero que le había querido dejar King. No logró llegar a juicio hasta 1933, ya con setenta años. Para ese momento Gardiner había muerto. Obligado a comparecer, su secretario e intermediario William Winne dijo que en verdad nunca había existido un fideicomiso, ya que King estaba quebrado: un benefactor anónimo había aportado durante más de treinta años el dinero para Ada y sus hijos. Fueron meses de tironeos legales hasta que finalmente reveló su nombre: John Hay. Según Winne, al saber de la
familia negra de su amigo, el ex secretario de Estado decidió aportar los recursos para evitar el escándalo. A su muerte, lo siguió haciendo su familia.
De ese juicio Ada sólo consiguió que el título de la casa donde vivía pasara a su nombre, aunque se le acabó el estipendio. Desde entonces, y hasta que murió a los 103 años, usó el nombre de Ada King.
Las dos hijas mujeres que tuvo con Clarence, Grace y Ada -ambas de complexión clara-, al igual que sus hermanos se casaron con hombres blancos.
También lo hizo Thelma, hija de Ada. Cuando quiso tener hijos, esta nieta del hombre que con tan espectacular mezcla de amor, cobardía e ingenio cruzó la frontera racial a fines del siglo XIX, decidió que no quería correr el riesgo de que sus genes le dieran una sorpresa y prefirió adoptar. Dos niñas
blancas.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-143323-2010-04-06.html








La particular mirada del clero a la realidad.*




*Opinión de Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar



En las apariciones del papa en la última Semana Santa hubo alguna contradicción, en cuanto quienes interpretan cada palabra del máximo exponente de la Iglesia Católica no hallaron ni un renglón de arrepentimiento por los asuntos de pedofilia y violación de menores . La corporación católica tan influyente en la política y economía mundial, igual que otras sectas místicas o confesionales de menor peso, demuestran su propio sustento postergando a voluntad o elección, (ad libitum), aquello que contradiga su designio, y así las cosas, el domingo 4 de abril del 2010 de nuevo cardenales, obispos y adherentes católicos siguieron embrollando el inevitable blanqueo de tantos varones con sotana, tan entusiasmados con eso de practicar sexo con lo que venga. Una afición poco apreciable si se considera que toda agresión a otra persona en cualquier país jurídicamente organizado, es pasible de un castigo penal; hecho también punible si lo comete un fraile de cualquier jerarquía. Esa perversión por siempre delictual fue metódicamente negado por los católicos en todas las instancias, hasta cuando la ‘indisciplina’ se conociera con fecha, hora y lugar del hecho en un informe policial. Ante el cúmulo de encartados en las ‘naturales aberraciones’, - alguien pontificó así y nos sonreímos- el cardenal Sodano luego de dialogar con el papa Ratzinger desenfundó una sentencia que quizá le festejarán los hermeneutas vaticanos por un largo tiempo: ‘nuestros fieles no se dejan impresionar por las murmuraciones’. ¿Murmuraciones, qué tal? El cardenal Sodano pronunció lo mismo que cualquier futbolero argentino al perder su equipo: ‘andá a quejarte a la iglesia, gil’, sacudiendo una didáctica broma a esos ‘fieles que no se dejan impresionar por calumnias y chimentos’. Y bueno.
Dejando ciertas irreverencias con la verdad, histórica y cotidiana, al unir las religiones su destino al oro, la sociedad con los reinados se hizo manual de texto cuando los Reyes Católicos de España emprendieron la conquista de América. Entonces ahí, a puro atropello, matanzas y cruces ensangrentadas en esos territorios, los europeos empujados por el hambre, - causa definitiva en las migraciones del hombre- acometieron contra sus habitantes nativos ante la mirada católica y piadosa de los curas que por allí anduvieron. No pocos naturales murieron en los brutales trabajos forzados impuestos tantos por españoles como portugueses, y no existe ninguna malversación libresca que cambie semejante realidad. El negocio era cargarse la mayor cantidad de oro hacia Europa, y no jodamos, al desaparecer la economía agrícola en las Antillas la extinción de su población resultó casi absoluta. Pero sin embargo no hubo ni una acción significante de los religiosos contra tanta crueldad, en cuanto aquellos europeos consideraban inferior a todo lo diferente. Y por aquí alguien hoy diría, como ahora.
Esta persistencia en disfrazar quienes son y qué pretenden las corporaciones religiosas no es circunstancial ni de coyuntura; es estructural. El privilegio y la impunidad inherentes al Poder están en su naturaleza, y bien ancladas en los cimientos de la superstición y de la fé. Para fundamentar eso basta con ver las actitudes contra los gobiernos constitucionales que acontecieran y suceden en la Argentina, donde la jerarquía católica se consolidó como un partido político más de la derecha económica y política. Eso sí, bien trenzada a las corporaciones mediáticas ‘tan inocentes’ del Proceso Militar que desapareció a miles, y vendiera chicos en complicidad con jueces aún vigentes y de arrodillarse en el confesionario. Pero los religiosos, tan diestros en su tarea, piadosamente ya hablan de la inequidad que soporta un tercio de la especie humana y hasta se largan a discursear sobre la pobreza, algo políticamente tentador. Entonces y dejando de ahondar en la falencia ética de tantos místicos irrecuperables, sepamos a cambio qué pretenden en verdad: cuál es su proyecto contra la creciente hambruna de la especie humana; qué plan, pensamiento o como lo bauticen pergeñan sin invocaciones al Supremo o contra los herejes del cataclismo final. Pensamos que ese libreto se agotó y es hora de abrumar al mundo con cifras o enunciados novedosos; por favor, la humanidad aguarda al menos una opinión o gesto de las multimillonarias corporaciones religiosas que resulte factible de concretarse. En principio, que comamos todos es la única verdad y no es negociable, entonces con algún proyecto de los aspirantes al cielo eterno evitemos que cada cinco segundos se muera un pibe de hambre en el mundo, como hoy. Y si ciertamente los católicos le propusieran a la especie humana algo serio y posible, no pocos recuperarían la creencia; digamos, es un decir… Pero de proseguir parlando banalidades sin riesgo económico, intelectual ni conceptual y seguir sermoneando cómo ganar el reino divino, en el planeta seguirán perdiendo clientela y la propiedad espiritual del hombre. Eso que viene aconteciendo aunque nadie repita ‘la religión es el opio de los pueblos’. (Y calma que no transcribiré la docena de nombres alemanes impronunciables, esos que sentenciaran lo mismo antes que Carlos Marx lo escribiera por 1844).


*Eduardo Pérsico nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.







Allí donde las palabras carecen de toda significación*



-La mejor carne del país, amigazo: eso se lo aseguro.
Al escuchar la frase, acompañada por un guiño cómplice, Sergio Cejas pensó que aquel barman del vagón comedor le estaba gastando una broma. ¿Turismo sexual en Rosario? ¿Promovido por el Nuevo Ferrocarril Santafesino-Bonaerense? Era de no creer. Y sin embargo, la otrora “Chicago argentina” gozaba de una fama indiscutida en esos temas. La primera imagen que se le cruzó en aquel momento a Sergio Cejas fue la del gran Alberto Olmedo, improvisando como siempre delante de una cámara de TV, quizá sentado junto al inolvidable Javier Portales, o tal vez con uno de los tantos figurines que inevitablemente se lucían a su lado.
La referencia “olmédica” no era casual. En los últimos meses, todo lo que lo rodeaba le parecía una farsa, algo artificial y paródico. Sus ritmos cotidianos, sus escasos placeres, las monótonas tareas que realizaba en esa oficina bancaria que parecía tragárselo día a día bajo toneladas de trámites acaso banales –simulando ser un personaje kafkiano casi contra su voluntad-, hasta su propia vida, parecían haber perdido todo sentido. En caso de haberlo tenido alguna vez…
¿Desde cuándo había notado que su existencia comenzaba a desbarrancar? La respuesta parecía ser la única certeza con la que contase por el momento: desde aquella traumática separación con Evelina, denuncias policiales mediante, durante el invierno pasado. Una época negra de su vida, que aún le dolía en el recuerdo, y cuyos detalles se desdibujaban en el ayer.
¿Por qué se había decidido a viajar en tren? Ni él lo sabía. Los acontecimientos de las últimas horas se le tornaban borrosos. Sólo podía precisar que su propia desilusión lo había conducido desde un departamento desordenado y con sobras de comida por todos lados, hasta las vías. Y que en vez de acostarse sobre ellas en espera de filosos rieles que acabasen con el motivo de su dolor, se había trepado con un violento impulso al primer tren de larga distancia que partiera desde la piojosa estación en la que se encontraba. Trayecto salvavidas hacia Rosario –pasaje de ida solamente- durante el cual había conocido a Ernesto, un simpático barman que le relatara sus desventuras a bordo, apuntando con especial detalle a la increíble historia del camarote embrujado, ocurrida el año anterior, entre las estaciones de Navarro y de Patricios, durante una noche de tormenta.
Aunque no fuera compañía lo que buscaba, Sergio Cejas agradeció la consoladora presencia de Ernesto –además de la secreta botella de whisky, fuera de inventario, que ocultaba debajo de la barra-. Y sin embargo, la espontánea oferta de sexo lo sorprendió generosamente. Aunque, ¿para qué trasladarse a Rosario para conseguirlo? Conocía algunas esquinas de Buenos Aires donde podía encontrar decenas de ofertas como ésa; nada de travestis, eso sí, no era su estilo. Además del inexplicable traslado en busca de una triste porción de sexo alquilado, también había hallado una inesperada compañía amistosa junto a varias medidas de whisky, al menos para despejar sus ocasionales pensamientos suicidas… Eso estaba muy bien, aunque sólo fuera por unas horas. Ahora: ¿acaso Sergio Cejas ansiaba encontrar en Rosario algo más que aquello, imposible de precisar?
-Hágame caso, amigo -insistió Ernesto, el barman. –Aproveche. No se va a arrepentir.
Ni bien bajó del tren al llegar a destino -seguido de Ernesto, quien comenzó a hacer señas trepado al estribo en dirección a un borde alejado del andén-, se le acercó presuroso un gordo que lucía una larga y lacia cabellera, junto a una barba candado bastante espesa, que no dejaba de fumar cigarrillos negros.
-González Raúl, para servirle –saludó, parco y en un susurro, mientras le daba un breve estrechón de manos. Y agregó: -“Canalla” de alma, para más datos.
Sergio Cejas consideró que no era momento de esbozar siquiera su leve simpatía por la “lepra” de Newell´s. Su interlocutor no parecía muy afable a las diferencias. Y él no tenía ganas de malgastar la poca energía que sentía bullir en su interior, a pesar de la bruma existencial que lo rodeaba.
-El señor busca servicio especial -le informó Ernesto, aún trepado al estribo, como si la oferta de sexo -ajena en absoluto al contexto ferroviario- fuese un extraño rebusque del barman para hacerse unos pesos extras. –No me hagas quedar mal…
-¿Alguna vez lo hice? –retrucó el gordo, y sin aguardar respuesta alguna le masculló a Cejas cerca del oído: -Sígame.
Sergio Cejas, carente de todo equipaje, llevándose a duras penas a sí mismo, lo siguió sin saber muy bien lo que hacía. Todo le daba lo mismo. O tal vez no…
-¿Tiene plata? –lo interrogó el gordo, ni bien subieron a la vetusta camioneta Ika que los aguardaba en una calle lateral. Sergio Cejas asintió, un tanto trémulo, aunque no estaba muy seguro de la cantidad que llevara encima. El gordo no pareció muy convencido de la respuesta, por lo que disparó: -Revise bien los bolsillos, ¿eh? No lo llevo a ningún lado si no hay efectivo.
Sergio Cejas indagó dentro de su ropa. De manera incierta encontró un total de cuarenta y dos pesos con treinta centavos. ¿Cómo había hecho para salir con tanto dinero a la calle, sabiendo que su idea inicial era tirarse debajo de un tren? ¿Y el dinero para el pasaje? Misterio…
-Por mí está bien –aclaró González Raúl, y puso la Ika en marcha. –Siempre que no se ponga exigente…
Tardaron unos quince minutos en llegar hasta un barrio semi marginal, estacionando junto a una casona bastante antigua, cuya elegancia había conocido épocas mejores. Un par de hombres de proporciones considerables conversaban entre sí junto al portón de entrada. Sergio Cejas se atemorizó, y no supo cómo hacer para declinar la oferta. Pero González Raúl ya había bajado y le indicaba junto a la puerta abierta de la Ika, sosteniendo el cigarrillo negro entre sus labios:
-Vamos; las chicas esperan.
Más que a una tarde de placer, Sergio Cejas parecía encaminarse a paso cansino hacia una ejecución. De pronto, el fugaz ratoneo con la fantasía de un encuentro sexual fuera de Buenos Aires se había disipado, dejando en su lugar una cruel sensación de estar siéndole infiel a Evelina. La imagen se avecinó sobre su alma con el peso mortal de un ataúd.
Sin embargo, siguió adelante, detrás de la espalda de González Raúl.
Los fornidos patovicas se hicieron a un costado al ver llegar al gordo. Ambos cruzaron el umbral para encontrarse con una habitación en penumbras, apenas iluminada por un par de trémulos veladores en los rincones, y con el rumor de fondo de una cumbia proveniente de un cuarto del fondo. Sergio Cejas apenas vislumbró un par de siluetas femeninas caminando entre los sillones del cuarto, ajenas a todo lo que las rodeaba. Casi tanto como se sentía él.
-Venga –masculló el gordo por sobre su hombro, sin despegarse el cigarrillo de entre los labios.
Atravesaron el cuarto, impregnado de perfumes baratos, hasta llegar a una de las mesitas iluminada por el velador. Recién al acercarse descubrió a la obesa mujer sentada a un costado que se limaba las uñas con una indiferencia pasmosa.
-Edith: el señor requiere de los servicios de las chicas –informó el gordo, y mientras se volvía le dijo a Cejas al pasar: -Lo espero afuera. Si no estoy, me espera Ud.
González Raúl salió de la casa, y la masculina voz de la tal Edith retumbó cerca suyo: -¿Qué le gustaría? ¿Bucal… vaginal… anal… completo…?
Sergio Cejas volvió la cabeza hacia la mujer obesa y no supo qué contestar. Una sola idea le cruzó la mente.
-¿Qué puedo hacer con cuarenta pesos? –preguntó.
-No mucho -dijo ella, sin levantar la vista de la indiferente labor de la lima. –A menos que no le importe tratar con Isabel…
Él permaneció en silencio, sin entender a qué venía el comentario.
-Las blanquitas y jóvenes son las más caras –comenzó Edith, casi resignada. -Cuanto más entradas en años, más baratas cotizan. Menores de edad no tenemos; vaya a buscarlas a los bulos de los políticos, si las quiere. –Otro silencio contemplativo hacia la tarea manicura, hasta que por fin, recordando de qué estaba hablando, agregó: -Isabel es la tullida.
-¿P…perdón…? –balbuceó Cejas, incrédulo.
Edith ya parecía molesta por tener que hablar tanto.
-Se cayó del tren hace unos años -informó, siempre sin mirarlo. -Ya se dedicaba al oficio, así que después de la tragedia seguía en lo suyo o pedía limosna en el cordón de la vereda. ¿La quiere o la deja? -terminó por impacientarse la mujer obesa.
Sergio Cejas sintió el impulso de escapar, dueño de un siniestro aire de ajenidad, aunque irse de aquel lugar sin haber cumplido el esperado alquiler de cuerpos era similar a cavar su propia fosa hacia el abismo de la desesperación. Afuera lo aguardaba un tren, impiadoso y veloz, al que ningún ruego podría detener, cuyo objetivo fuera el de lanzarse pujante sobre él……y no precisamente para llevarlo como pasajero…
Le parecía estar escuchando la lúgubre sirena acercándose hasta él, estremecido por el escalofrío, cuando se escuchó decir:
-E-está… bien. Me quedo con la …t-tullida…
-¡Greeeeeetaaa!!! –aulló Edith, sobresaltándolo, siempre sin levantar la vista de sus uñas, más que perfectas. -¡Decile a Isabel que tiene visitas!!!
Sergio Cejas estaba a punto de acercarse a la cortina de cuentas de vidrio que separaba la sala en penumbras del pasillo hacia donde imaginaba que estaban las habitaciones, cuando oyó un chistido que lo detuvo en seco.
-Se paga por adelantado –anunció Edith, terminante. –Son treinta pesos. –Cejas dejó el dinero sobre la mesa, con mano trémula. La mujer obesa aclaró: -Si es de los que se impresionan, lo lamento; no hay devolución.
Manoteó los billetes, mirándolos apenas, se los guardó en el escote, y ya no habló más.
La cortina de cuentas de vidrio cantó al abrirse. Una chica delgada y morochita, vestida con una solera de sarga, luciendo una amplia sonrisa rematada en dos enormes paletas de conejo, le hizo una seña para que pasara. Sergio Cejas la siguió, con paso vacilante. El sonido de la cumbia sonaba cercano. Por debajo del perfume barato había un intenso olor a humedad. Caminaron hasta el fondo de un largo pasillo, donde sobre una ajada puerta de madera la morochita golpeó dos veces.
-Pase. Está abierto -respondió una voz de mujer.
La chica abrió, empujó la puerta, y sin borrarse la estúpida sonrisa de conejo se hizo a un lado para que Sergio Cejas pudiera entrar. Una vez que traspuso el umbral, ella cerró la puerta a sus espaldas.
La imagen de la cama en el centro del cuarto con la mujer recostada sobre ella acaparó toda su atención, salvo por la silla de ruedas, antigua y maltratada, que yacía cerca del colchón, con una bata sobre ella. La bombita desnuda alumbraba desde el techo, develando a una chica de unos treinta y tantos años, de tez trigueña, bonitas facciones, cabello enrulado, hombros sólidos, pechos firmes, vientre un tanto abultado y caderas amplias. Algunas cicatrices le cruzaban el abdomen, producto de varias operaciones. Se la veía bien alimentada, el tronco apoyado sobre varias almohadas, y aunque estuviese desnuda por completo, las sábanas le cubrían las piernas desde el borde superior del muslo hacia abajo. O mejor dicho: donde deberían haber estado sus piernas.
-Hola –lo saludó ella. –Bueno… ¡Qué suerte la mía! Dale, vení… Acercate. No siempre me tocan clientes tan finos como vos.
Sergio Cejas pensó la chica se burlaba de él, considerando la desarrapada imagen que presentaba desde hacía tiempo. Se detuvo a pensar en la clase de hombres que visitarían a esta chica a diario, y contuvo sus ofensas. ¿A diario? Algo le hizo pensar que, dadas sus condiciones, Isabel no debía ser muy requerida por los clientes del lugar. Y sin embargo, alguien con sus características hubiera sido muy solicitada por quienes gozaran de perversiones como éstas. Si hasta parecía bonita…
-Vamos, che. No seas tímido –lo incitó ella, tendiéndole un brazo para que se acercara.
Él avanzó tembloroso, sobrecogido por la imagen que contemplaba, sintiendo una honda vergüenza, como si quien estuviese desnudo fuera él. ¿Llegaría a tener una erección sabiendo lo que había –o no había- debajo de aquella sábana?
De pronto, deslumbrado ante lo inesperado de la sensación, avasalladora como locomotora desbocada, advirtió que lo único que quería obtener de ella era un fuerte y cálido abrazo que lo contuviera. La cruel inermidad que contemplaba sobre aquella mujer le parecía insignificante frente a su propio desvalimiento.
Caminó hasta el brazo extendido, se sentó sobre el colchón, y antes de que Isabel comenzara a quitarle la campera Sergio Cejas se derrumbó sobre ella, sin mirarla, abrazado a esos hombros sólidos y musculosos como un borracho aferrado a un poste de luz, y comenzó a llorar.
Un llanto agónico, profundo, de esos sollozos que emergen desde los abismos del alma y pronto se convierten en una caudalosa catarata, devastando cualquier falsa apariencia de normalidad.
Sorprendida, Isabel le devolvió el abrazo, con una calidez inusual, desconocida para sus cada vez más ocasionales clientes, y comenzó a acariciarle el cabello de la nuca, mientras murmuraba, casi a su pesar:
-Bueno… bueno… ya va a pasar… No te pongas así… Ssshhhhh…
Sergio Cejas se aferró aún más a ella, a su piel, a su calor. Ya no le importó saber dónde se encontraba, ni ante quién estaba, ni cuál era su condición. Sólo le importaba saber que existía ese abrazo, ese afecto momentáneo que desconocía la manera de calmarlo, pero que al menos intentaba hacerlo sentir un poco menos solo. Un oasis en medio del desierto, en el que sólo quería refrescarse y beber, de la manera que fuera…
Sin siquiera secarse las lágrimas, con la mirada enturbiada, comenzó a besarle el cuello, a incorporar a la chica hasta sentarla en la cama, a desplazar lentamente sus manos a lo largo de aquella espalda, descendiendo hacia una cintura donde comenzaba una zona cruzada de marcas, y ascendiendo luego hacia sus pechos, experimentando una ternura insólita, como hacía mucho tiempo no sentía al lado de nadie, olvidando por completo el contrato pactado con la mujer obesa.
Isabel recuperó parte de su integridad profesional, relegando aquel momento de tierna debilidad, cuidando de no caer en el peor de los errores que podía cometer: enamorarse ante los sentimientos de los clientes. Al tipo éste se lo notaba destrozado, aunque su cuerpo estuviese entero. Ella, ignorando cómo, parecía sentirle el alma partida en pedazos dentro del pecho, y sólo atinaba a abrazarlo y acariciarlo, como si con aquel contacto pudiese combatir sus propios temores. Hasta que volvió a intentar quitarle la campera, y esta vez él le ayudó, reaccionando como un autómata, desvistiéndose en busca de una mayor cuota de calor.
Una vez con el torso desnudo, y aún sin verla a través de sus lágrimas, que le bañaban las mejillas, volvió a abrazarla. La suavidad de su piel, junto al vibrante roce de sus pezones, lo estremeció, causándole una erección casi dolorosa que lo obligó a desprenderse violentamente del pantalón.
Tenderse sobre ella y penetrarla fue mucho más que un acto de placer; se convirtió en una desconocida necesidad vital. La prostituta tullida, acaso deforme, se convirtió en la mujer ansiada y amorosa, nutricia de ternura y contención. Y el orgasmo, inexplicable para ambos, los transportó muy, muy lejos, allí donde las palabras carecen de toda significación.
Las lágrimas se secaron sobre la piel y las almohadas. Los jadeos se extinguieron en una serie de acompasados suspiros. Y ninguno de los dos, sostenido de ese abrazo, atinó a quebrar aquel momento con palabras vacías.
Sólo después de un buen rato, ambos se irguieron muy lentamente, consiguieron mirarse a los ojos, y sin premeditarlo, preguntaron a la vez:
-¿Cómo te llamás?


*De Aldima. licaldima@yahoo.com.ar








A la salud de las arañas*



*Por Candela Sialle. candelasialle@hotmail.com



Piensa. Calcula la noche en que volverá a ver telas de araña similares a las que acaba de quitar del último estante de su biblioteca modesta. Y sí, las mujeres solas suelen tener bibliotecas prudentes, no sin genuinas perlas, que deben poder ser trasladables de departamento a departamento en diez o doce cajones de manzana. Es que el concepto de practicidad se impone al de abundancia. Estas señoras han entendido que el exceso obstaculiza, encorseta y por fin, te obliga tarde o temprano a hociquear. Lo comprenden aunque es seguro que de tanto en tanto ansían el sobrante y a escondidas quizás, hasta
lo sueñen.
¡Puta! ¿Y cómo es que este verano concentró tantos insectos? ¿Cómo es posible que las arañas se hayan vuelto bestias voraces? ¿No se dan por vencidas? Uno destruye sus artefactos, anula sus intenciones con plumas de ganso, en milésimas de segundos les vomita su insignificancia. Dignas de envidia, sin embargo, se sobreponen en sorprendentes lapsos de entre 48 y 72 horas; su umbral de resistencia a la frustración alguna vez será estudiado por la biología.
Es un dato cronometrado; dos a tres días. Ella lo observó durante semanas, a estas alturas, creo que meses. En los últimos tiempos el aplax no funciona, una suerte de acostumbramiento inhibe la acción terapéutica y entonces las redes de los depredadores, las disonancias de Rita Lee a la postre del Rock
and roll, y la correspondencia apolillada son sus principales disecaciones científicas. Las mujeres solas se pegan a la ciencia para no llorar a chorros "como canillas abiertas y olvidadas" Girondo . ¡Ay! ¡Siempre le ha tentado escribirlo de un tirón, en alguna parte donde pudiera prescindir de la cita, donde el lector pudiera atribuírselo a su persona sin más!. No pudo, no podrá. Supongo que la habita una buena porción de ley paterna y la insoslayable matriz Nac. & Pop que jamás le perdonaría la subestimación del
lector, real y/o imaginario.
Doy fe que intentó ser amigable. Antes, preparó dulces caseros durante tardes enteras. Antes, se perdió en el amor o en aquello que lo antecede, e hilvanó con esmero las imágenes por las cuales la vida vale la pena ser vivida. Doy fe porque oí el crujido de sus vísceras abandonadas mascullando ganas y sólo ganas, sin paz, ni pan, ni agua. Doy fe porque presencié cómo cada noche permitió que su cintura retozara en un mismo cuadrante; aun fastidiada, aun aburrida, aun desorientada lo permitió y se comprometió mientras pudo con la decisión de alojarse en ese recorte. ¿Zigzagueó? ¿Por supuesto! Una cama de dos plazas es una fina tanza en donde la contención / opresión -la transferencia con uno u otro término del binomio, se deja al libre albedrío del lector son extremos que se respiran cerquita.
Pero con todo, resistió el embate por temporadas cuantitativamente respetables.
Culpa de esta recidiva cíclica que cada tres o cuatro años suele provocarle oleadas de insomnio, con ese mismo cuerpo agotado por la falta de descanso un amanecer templado se marchó de allí también. En el cuadrante izquierdo de un sommier confortable clavado sobre el 10º B de una ciudad chata y pretenciosa sintió quebrársele la voluntad, reincidir. Hubiese preferido que la ataran, que una ampolla de alopidol inyectada por los hombres que la quieren bien, le abortara la compulsión. Pero estos recursos jamás serán dignos de su persona, lo sabe: a la locura hay que merecerla.
"Linda y buena" aunque" "Ya no sos mi margarita". Lo escucha de las arañas, de su padre y de ese mulato fibroso que, en este verano aciago imbuido en el conjuro de maldiciones populares a la Empresa Provincial de la Energía, le enseñó a bailar la salsa de La Habana.
¿Viste? Ahora empezás a comprender que hay otros a los que la vaga idea de permanencia sobre el mobiliario cama, les descascara la dermis. Y no portan culpas ni contemplaciones.
Al cabo de cumplir 31, el Hada protectora, que repartía sus buenos oficios entre las amigas del grupete, fue ganada por el sector reaccionario del sindicato, por la burocracia. Cuando el dos de febrero las agujas llegaron a las 00 hs, nuestra madrina tomó la palabra y nos explicitó su opción por "la plancha". Instó a que de ahora en más, cada una se la rebusque como pueda.
Y esto, se ha puesto heavy.




*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23056-2010-04-07.html







*


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lunes, abril 05, 2010

EL SECRETO SILENCIO DE MIS PASOS...




*Ilustración de Ray Respall Rojas (Cuba)




POEMA DES-UNIVERSAL*


Todas las noches, todas,
la higuera sombría de mi huerto
se ilumina en mansedumbre
de palomas
y florece, callada, florece alegremente.
No es cualquiera. Es esta, la de aquí,
la que escucha,
el secreto silencio de mis pasos.

Amanecido y loco, el viejo nogal
se despereza
en cruz extiende sus leñosos brazos.
Tres niños
-cuánto los amo, cuánto-
Viajan en su ramaje, en sepia retornando.
No es cualquiera. Es este mi nogal-aguaribay
y mis dos universos hecho uno.

Plena de amaneceres.
Sonámbula caricia me despierta
y la mano es su voz,
y la voz es su mano
No es cualquiera, es mi hombre, el de aquí,
al que digo y proclamo
alumbrando los ojos del poeta sin luz
“No solo amor me une,
sino también espanto
será por eso que lo quiero tanto”
Es esta mi comarca.
Única. No repetida.
La del abrazo de árbol donde renazco y muero.
En donde, sobre todas las flores del universo entero,
la bella,
mas bella entre las bellas, es la flor de mi higuera.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





EL SECRETO SILENCIO DE MIS PASOS...






LA TEMIDA HORA DE LAS CUENTAS PENDIENTES*

Crónicas del Hombre Alto (n° 60)


Lamentablemente, no soy de esas personas que gozan del inmenso privilegio de desmayarse en la cama apenas apoyan la cabeza sobre la almohada y siguen roncando aunque les monten un show de fuegos artificiales en pleno dormitorio. Salvo felices excepciones, disfrutar de un buen sueño nocturno constituye para mí un objetivo no muy fácil de alcanzar
Rara vez puedo dormir toda la noche de un tirón. Si tengo suerte, reacomodo mi cuerpo casi sin abrir los ojos y vuelvo a hundirme en el sueño de inmediato. Otras veces,en cambio, tengo previamente que levantarme y hacer escala en el baño o tomar un trago de jugo para recobrar el descanso perdido. Pero en ocasiones -con mayor asiduidad de la que desearía- el intervalo que separa ambas etapas del sueño se prolonga demasiado. Me remuevo entre las sábanas, ensayo diversas posiciones corporales, y cada intento infructuoso me conduce a una creciente frustración. Mi cabeza empieza a disociarse de mi voluntad, cobra vida propia con suma rapidez y entro en zona de riesgo: el desvelo amenaza con durar horas.
Para que pueda comprenderse la real dimensión del problema, debo aclarar algunas cuestiones básicas. Primero: por temor a generarme una posible dependencia psicológica, soy reacio a solucionar mis insomnios con pastillas. Segundo: mis insomnios son un drama solitario. Razones de índole ética me impiden incurrir en la despreciable conducta de despertar a mi compañera para involucrarla en él. Tercero: cuando tengo insomnio carezco por completo de predisposición anímica para el disfrute estético o las tareas creativas, de modo que ni enciendo la radio, ni escucho música, ni miro televisión; tampoco leo y, mucho menos, intento ponerme a escribir. Mi único anhelo en esos momentos es dormirme de nuevo.
El gran dilema a resolver, entonces, es cómo desactivar mi cabeza. Existen procedimientos que, al parecer, son muy eficaces en otras personas, pero que a mí no me sirven de nada. Contar ovejas, por ejemplo, me resulta exasperante y sólo espolea mi impaciencia. Efectuar un conteo regresivo tal como enseñan en los cursos de control mental tampoco es solución. Sucede que, lejos de relajarme, cada número me arrastra hacia infinidad de asociaciones (fechas, direcciones, teléfonos) que, en tales circunstancias, se vuelven contraproducentes.
A veces echo mano al dudoso recurso de enredarme en memorizaciones engorrosas: enumerar las sedes de los Juegos Olímpicos por orden cronológico. recitar el inventario de vicepresidentes argentinos, recordar la lista de compañeros de la primaria. Sin embargo, al cabo de unos minutos, cuando -según el caso- llego a Beijing 2008, a Cobos o a Sergio Vila, advierto que el ejercicio ha sido inútil: mi cabeza no sólo no se ha disciplinado, sino que se ha puesto más activa que antes. No he hecho más que alimentar al enemigo. Estoy en el umbral del desastre, a merced de un cerebro alborotado que, con una dispersión propia de la vigilia, me conduce vertiginosamente hacia un territorio caótico en el que bien puedo revivir en detalle una reunión reciente con amigos, visualizar el desarrollo de mi próxima clase, calcular cuántos puntos necesita Colón para clasificar a la Copa Libertadores, evocar con exacerbada nitidez las curvas de la promotora que el día anterior me dio un catálogo de Garbarino en la peatonal, o explayarme con gran soltura acerca de la realidad nacional en una hipotética entrevista televisiva. Mi cuerpo permanece inmóvil; mi pensamiento vaga en irrefrenable desorden.
Las campanadas de la iglesia del Carmen o una ojeada involuntaria a la radio-reloj me revelan brutalmente que ya son las 5. Mi contrariedad se desdobla y duplica; ya no sólo me lamento por el aquí y ahora impregnados de insomnio, sino que lamento por anticipado el cansancio supremo que habré de padecer a la mañana siguiente, el sol asesino que habrá de lastimar mis ojos irritados, el malhumor que potenciará cada mínimo contratiempo que deba afrontar. La sola idea de las largas colas que tendré que soportar en el Banco dentro de unas horas me agobia de antemano. Ya no logro contener la inquietud.
Me levanto. Voy al baño sin necesidad, bebo algo sin tener real sed. Camino en lo oscuro. Camino alrededor de la mesa, absurdamente, sólo por hacer algo, tratando de cansarme más de lo que ya estoy. Y me canso, sí, pero no puedo dejar de pensar. Bostezo. La pesadez de los párpados es abrumadora. Vuelvo a la cama. Lo hago sabiendo que si no consigo dormirme de inmediato me espera la fase más terrible del insomnio. Me acuesto, parece que voy a lograrlo. Pero pasa un auto con el escape roto, o algunos trasnochados que charlan y ríen con imprudencia. Los sonidos propios de la madrugada se amplifican hasta volverse intolerables. Ese grillo remoto parece el primer violín de la Sinfónica, y el taconeo de esa mujer es casi un desfile militar con tanques incluidos.
Es en ese momento cuando ocurre. Algo en mi interior cede, un último bastión se derrumba silenciosamente y me deja sin defensas. De un momento para otro, me descubro pensando en la amplísima lista de cosas que vengo postergando indefinidamente. El universo se erige frente a mí como un fiscal implacable que me apabulla enumerando cada una de mis deudas históricas (las peores, porque no tienen fecha de vencimiento y entonces quedan siempre para un "después" que nunca llega). Y su alegato es tan eficaz, o yo estoy tan débil por el cansancio, que sólo atino a darle la razón en todo, sin presentar excusas que a esa hora suenan huecas. He traspasado el umbral. Como ráfagas huracanadas, por mi cabeza surcan trámites que no he cumplido, amigos a los que no he visitado ni llamado en muchos meses, mails que no he contestado y se van acumulando en mi bandeja de entrada con destino de olvido, cuentos y poemas que alguna gente me ha pasado con expresa o tácita solicitud de evaluación y que ni siquiera he leído por falta de tiempo. Empiezo a sentirme atrapado, asfixiado, como en esos relatos de Patricia Highsmith en que el protagonista se ve involucrado casualmente en una cadena de hechos que lo va envolviendo como una telaraña de la que ya nunca logrará desenbarazarse, o como en el cuento de Cortázar en que el tipo no termina nunca de ponerse el pulóver, Pero esto es distinto, porque al final de la telaraña de la Highsmith está la muerte, y al final del laberinto de lana de Cortázar hay un precipicio. Aquí, en cambio, no hay salida, es como retorcerse en arenas movedizas que nunca terminan de tragar, un pozo sin fin en el que uno cae cae cae.
Pero no, no cabe aquí la sutileza intelectual de referencias literarias. Esto es mucho más visceral y directo. Lo que hay son matones. Matones que me apalean mientraa estoy indefenso sobre la cama. Nunca te decidiste a empezar natación. Cross a la mandíbula. Y todavía no cambiaste el vidrio roto de la puerta del lavadero. Patada en las costillas, Y cuándo pensás acomodar la biblioteca. Codazo en la nuca. Y cuándo pensás pedir turno con el dentista para arreglarte esas muelas. Puño en la boca del estómago. Y cómo se puede esperar algo grandioso de vos si ni siquiera sos capaz de terminar esa miserable crónica. Y yo siento que soy culpable de todos los cargos. No soy buen hijo, ni buen padre, ni buen marido. Soy mediocre en mi trabajo. Mi vida entera es un fraude, una farsa triste que hace agua por todas partes, una tela deshilachada que jamás terminaré de remendar. No puedo, nunca podré saldar mis cuentas pendientes. Y caigo caigo caigo...

Como un sonido proveniente de otro mundo, las voces que salen de la radio-reloj disuelven bruscamente el improbable paisaje serrano por el que andaba transitando. Al hacerlo, me conceden la reconfortante evidencia de que finalmente vencí al insomnio. Quizás sólo haya dormido una hora, pero saberlo me obsequia un modesto consuelo. Me levanto a desgano, muerto de sueño. Lamento por anticipado el cansancio supremo que habré de padecer durante toda la mañana, el sol asesino que habrá de lastimar mis ojos irritados, el malhumor que potenciará cada mínimo contratiempo que deba afrontar. La sola idea de las largas colas que tendré que soportar en el Banco dentro de unas horas me agobia de antemano.
Afortunadamente -al menos hasta el próximo insomnio- sólo eso me agobia.



*de Alfredo Di Bernardo. alfdibernardo@fibertel.com.ar







REMEMBRANZAS*


El alga rota que trae la marea,
Moteada de extraños caracteres.
La nube, dibujando tu rostro en la penumbra,
El olor que empuja el viento, cuando parte...


El roce de las alas de mi cuervo.
El canto de los peces, tus sabores,
Tus ojos cerrados, tus manos ingenuas,
El cristal transformado en esmeralda,
El calor de tu cuerpo contra el mío...


El árbol que crece en el camino
Cuando se inclina a mi paso y me susurra:
“¿Lo has visto hoy… hoy te ha besado?”


El dolor de tu ausencia se deshace, hiriendo más adentro,
La respuesta se oculta tras las sombras.
Sobrevuela sus ramas la oscura mensajera de los dioses.
“¿Quieres saber si te amó, si aún te ama?”
Vuelvo la espalda al triste espectro.


*De Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Lengua, país y memoria*


"La lengua es un oficio distinto al de la vida", dice la escritora rumana Herta Müller, Premio Nobel 2009, que vive en Berlín y escribe en alemán. En este reportaje exclusivo, respondió por teléfono acerca de su literatura, la economía verbal, el recuerdo de la dictadura y la diferencia entre los
campos de exterminio nazis y los del estalinismo. Hija de un hombre que fue de las SS y de una prisionera de los soviéticos, tiene motivos para pensar que nació en un mundo difícil.


*Por Mariana Dimopulos


HERTA MULLER: "Todo cuanto poseo lo llevo conmigo".


Hija de Alemania y de Rumania hasta que consiguió el exilio, Herta Müller empezó a escribir sentada sobre un pañuelo en el descanso de una escalera.
Por entonces trabajaba en una fábrica como traductora de manuales técnicos.
El servicio secreto quería obligarla a convertirse en informante, y ella se negaba, a riesgo de muerte. Hija de un hombre que durante la Segunda Guerra se había enrolado en las SS nazis, y de una mujer que había pasado cinco años en un campo de trabajos forzados soviético, Herta Müller pronto supo
que había nacido del lado equivocado.

En tierras bajas, su primer libro, es una vivisección descarnada y fascinante de su pueblo natal, que le valió el repudio de unos y la aclamación de otros: "Cuando aparecieron el primero y el segundo libro, aquí en Alemania, yo todavía vivía en Rumania. Y por el primer libro recibí dos o tres premios. Eso me protegió de las represalias del servicio secreto. Se dieron cuenta de que yo ya no era anónima y que no podían hacer conmigo muchas cosas que antes sí se hubiesen permitido."

Para la ganadora del Premio Nobel de Literatura, no hay separación posible entre la política y la literatura. En la larga era de Ceausescu, que gobernó Rumania durante veinticuatro años alejado de la línea soviética y con apoyo de Occidente, las mujeres debían tener cinco hijos a pesar del racionamiento
de la comida, y los ajustes se volvieron tantos que, a mediados de los años ochenta, Ceausescu empezó a fomentar la cría de caballos para ahorrar nafta y evitar el uso de los coches. La minoría a la que pertenecía Herta Müller, impregnada del pasado nazi y arrinconada por el nacionalismo rumano, fue
vendida (literal) de a poco a la República Federal Alemana. Por cada uno que lograba salir, se pagaban entre 4 mil y 10 mil marcos. Pero no era fácil conseguir el pasaporte al exilio, y los disidentes como ella sufrieron amenazas y persecuciones.

En esta vida doble, intrincada y solitaria, la escritora fue inventando un lenguaje mordaz y minucioso por el que obtuvo un reconocimiento inmediato.
Como en los casos de Franz Kafka y Paul Celan, el alemán fue la lengua de su casa y no del país donde había nacido. Así, su obra viene a confirmar que muchas veces la literatura se escribe en una lengua extranjera, aunque esa lengua sea también la propia.

-A los 15 años, cuando se fue a vivir a la ciudad, aprendió el rumano. Desde entonces usted vive en dos idiomas. ¿Sus libros son un intento de acercarlos?

-Esas dos lenguas ya están cerca, porque están dentro de mi cabeza. Y sólo tengo una cabeza. El rumano es una lengua romance con partes eslavas y el alemán es una lengua germánica. Muchas cosas son distintas. Cuando en rumano se dice "la mesa" en alemán es un sustantivo masculino. Y eso ya se vuelve
otro objeto. O las flores. En alemán los lirios son femeninos y en rumano lo contrario, el lirio es un señor. Y yo siempre me hice estas preguntas, tuve que hacérmelas, porque las dos lenguas chocaban entre sí, y cuando pienso en la palabra rumana para lirio la planta se ve distinta. Como escritor, eso uno lo recibe como un regalo. Tenemos dos miradas sobre todas las cosas, y no es porque lo queramos, es simplemente así. Y eso se refleja en todo lo que hacemos, también en la escritura.

-Jorge Semprún dice en un libro que antes de la guerra tenía muy poco para contar, y después de la guerra y del campo de concentración, demasiado.
¿Usted conoce esta sensación?

-Claro, también tengo mucho para contar, pero yo estuve en una dictadura.
Gracias a Dios, una dictadura no es un campo de concentración.
Probablemente, el campo de concentración sea lo más extremo en métodos de vigilancia y represalias que uno puede experimentar. Supongo que cuanto más uno haya estado en un país donde existen situaciones represivas, tanto más uno tiene que vivir, ¿cómo decirlo?, con precisión. Hay que vivir con precisión para protegerse. Cada día uno ve tantas desgracias. Y las desgracias no les son indiferentes a las personas. En este sentido es que la percepción es distinta en las dictaduras, está como forzada, todo se vuelve intensivo. Y uno tiene daños. Creo que al escribir, los daños juegan un papel importante; quizá sea así para todos los autores. La gente que viene de una dictadura está dañada, y son daños que no se ha buscado. Yo hubiera preferido vivir en un país donde no hubiese tenido esas experiencias y quizás nunca escribir un libro. ¿Por qué escribir? Podría haber hecho cualquier otra cosa.

-Esa precisión en el lenguaje y en la mirada aparece una y otra vez en su obra. ¿Se origina en este tipo de experiencias?

-Creo que cuando era niña también miraba todo con mucha atención, y también estaba forzada a hacerlo. Era hija única, pasaba mucho tiempo sola, en un pueblo pequeño y en una familia de campesinos. Tenía que trabajar en la casa, en el establo con las vacas, eran todas responsabilidades que yo no podía asumir, y las hacía con el miedo de "no puedo, no puedo cumplir con mis tareas".

-¿Es esa la mirada infantil de sus primeras historias?

-Siempre pensé que la soledad aumenta la mirada. Y como uno está todo el tiempo vuelto sobre sí mismo, para vivir, uno tiene que hacer algo con todo eso, lo quiera o no. Además, no es fácil ser niño. Creo que ser niño es difícil porque uno está siempre dependiendo de los otros, y porque uno no puede decidir por sí mismo lo que quiere hacer. Ser niño no es lindo, es un lindo cuento de hadas. Y tampoco la situación material es lo determinante.
Claro que el niño pobre la tiene peor, pero pienso que de niños somos demasiado vulnerables.

-Por un lado, para usted la literatura es inseparable de la política. Por el otro, alguna vez dijo que no cree tener ninguna misión. ¿Qué piensa de la "literatura testimonial"?

-Creo que nadie la elige. Una gran parte de la literatura en general, en el mundo, es literatura de testimonio, porque uno ha vivido algo y cuando uno escribe, escribe sobre eso. ¿Qué debería hacer si no? En las dictaduras el tema es la dictadura, y cuando al fin pasaron, en las personas que han sobrevivido dejan muchos traumas. En cada familia hay alguna catástrofe. Y eso es resultado de la realidad. Para hablar sobre algo así no necesitamos ninguna misión. Desconfío de la misión o del encargo. En las dictaduras hubo arte encargado por el Estado, y por supuesto, también una larga serie de escritores que sirvieron a esa ideología. Yo no quiero tener nada que ver con eso; en todo caso lo que tengo es un encargo interior, es más bien una necesidad, tampoco es una misión. Lo misional es peligroso. Los misioneros se salen de tono muy rápido, y eso no aporta nada a la literatura.

-En su última novela, "Atemschaukel" (Vaivén de la respiración), el protagonista dice: "para mí mismo soy un mal testigo".

-Eso es porque la memoria es un terreno muy complicado. ¿Qué significa el recuerdo? ¿Quién se acuerda de qué? Cuando la gente recuerda lo mismo, muchas veces los recuerdos son muy distintos, porque los recuerdos son individuales, son propiedad privada, los construimos en la propia cabeza.
Mientras uno experimenta las cosas no tiene tiempo, además, de reflexionar sobre lo que pasa. Y el recuerdo viene de la memoria, pero también de las heridas, los daños que uno arrastra consigo. Y también nos pueden obligar a recordar; es como un estado en el que uno se encuentra. Por eso el recuerdo no es un relato que uno va buscando libremente, el recuerdo también es algo torturante. El protagonista de Atemschaukel está escribiendo con una distancia de sesenta años, se ha convertido en un hombre viejo.

-Pero lo dice antes, como si tuviera esa sensación de ser un mal testigo ya en el campo.

-Sí, ya tenía la sensación de ser un testigo falso en aquel momento porque a veces las cosas estaban tan mal que ni siquiera podía contarlas. No importa cómo uno lo diga, nunca será lo mismo que lo que ha ocurrido. La lengua es un oficio distinto al de la vida. Aun cuando uno no escribe, cuando la gente cuenta algo simplemente, también está dentro de la lengua.

-En "El hombre es un gran faisán en el mundo" y en otros de sus libros posteriores, aparecen canciones tradicionales, supersticiones, elementos mágicos. Esto ha sido comparado con el realismo mágico latinoamericano. ¿Cuál es su relación con esta tradición literaria?

-Estuve muy cerca de esa literatura, y desde muy temprano. Cien años de soledad de García Márquez fue para mí un libro muy importante, o El otoño del patriarca. En Rumania, esta cercanía viene como de un natural parecido, la literatura latinoamericana se ha leído mucho, fue muy traducida. No era capciosa. Allá también había dictadores.

-¿Será la cercanía de las lenguas?

-Sí, en esos idiomas románicos, las imágenes utilizadas por la lengua están muy cerca. Creo que en Rumania hay un muy buen olfato para la literatura latinoamericana. Quizá es una forma de mirar el mundo. Lo mágico, lo surreal juegan un papel mucho más importante en la vida cotidiana rumana de que lo
que podría ser, por ejemplo, aquí en Alemania.

-Su último libro está basado en notas que usted tomó de conversaciones con el escritor rumano-alemán Oskar Pastior, que pasó cinco años en un campo de trabajos forzados. ¿Fue un desafío especial utilizar esa otra voz?

-Trabajé mucho tiempo con él, tres años, y después fuimos juntos hasta donde habían estado esos campos de trabajos forzados, en la actual Ucrania. Nos conocíamos muy bien, yo tenía cuatro grandes cuadernos con apuntes de esas conversaciones. Traté de mantener todo lo que pude de nuestro trabajo en conjunto. Por supuesto los hechos, pero también su lenguaje. El fue uno de los grandes autores alemanes, y su lengua es muy precisa y plástica. Eso lo dejé en el libro, era lo que el libro necesitaba. Pero el protagonista, Leopold, no es Oskar Pastior, yo también hablé con otras personas y he puesto varias biografías ahí dentro. Sin embargo, la mayor parte proviene de él. En ese sentido, justamente en la musicalidad de la lengua y al inventar situaciones, fui escribiendo a su par. Y me lo representaba al imaginarme y construir las escenas, acaso porque hicimos ese viaje juntos. Pero no fue más difícil que en otros libros. Trabajar con la lengua es siempre difícil.

-¿Y también trató la propia historia familiar?

-Sí, puse cosas que mi madre vivió allá. Y leí muchos libros sobre deportaciones. En cada campo las cosas eran distintas, quiénes lo dirigían, el personal de vigilancia, si eran sádicos o buenos, si eran correctos y se limitaban a aplicar las penas o si tenían un disfrute sádico al hacerlo. Y la casualidad de con quién le tocaba a uno estar en la barraca. La personas son siempre distintas, también en el campo son distintas. En todas las realidades horribles que se iban acumulando en esos campos participaba especialmente la casualidad. Cuando uno está así, tan a la merced de las circunstancias, algo pequeño puede significar la mayor de las tragedias o la mayor de las fortunas, tan fundamentales se vuelven los detalles.

-Apelando a la idea de la culpa colectiva, en 1944 la ocupación rusa en Rumania envía a aquellos alemanes que no estaban participando de la guerra a los campos de trabajo. ¿Las circunstancias se asemejan un poco al Lager de los nazis?

-Diría que las condiciones no son similares. En el campo de concentración son muy distintas que en el campo de trabajos forzados, ya desde la intención. En el campo de concentración había judíos, pero también homosexuales, enemigos del Estado -lo que los nazis entendían por enemigos del Estado-, o discapacitados. Todos estaban ahí para que los asesinaran.
Esa era la meta: la extinción. El objetivo de los otros campos era la reconstrucción de Rusia -así lo llamaban. Por supuesto, eso era el estalinismo más puro, era implacable, horrible, y podía acabar en la muerte, pero esa no era la intención. Que dejaran que la gente se muriese de hambre, que la hayan atormentado así, todo eso venía por añadidura, pero la intención no era el exterminio, mientras que en el campo de concentración sí lo fue.

-¿Cree que podría haber tocado este tema antes en Alemania?

-No lo sé. Recién ahora aparecen en Rumania libros al respecto, esas memorias de la gente sencilla que estuvo ahí. Hasta hace poco, allá en Rumania el tema también era tabú, y los archivos se abrieron con la muerte de Ceaucescu para los historiadores. Antes no hubiéramos podido acceder a esa información. Y la gente tenía miedo porque estaba prohibido hablar del tema. Alguien que ha estado por 5 años en uno de esos campos, y vuelve, va a respetar la prohibición. Porque una persona así está domesticada y queda
temerosa para toda la vida. Y no sé qué hubiera pasado si hubiese intentado escribir sobre esto hace 15 años. Quizás el público no hubiera tenido la distancia suficiente, o lo hubieran tomado como si lo estuviera poniendo al mismo nivel que un campo de concentración y entonces hubiera habido problemas, pero no es lo mismo.

-Hace poco publicó un artículo sobre las actividades del servicio secreto rumano, la Securitate, que la persiguió y que motivó su exilio de Rumania. Y según ha experimentado en Bucarest, sigue activo. ¿Qué cree del futuro de Rumania?

-Me gustaría que se convirtiera en un Estado democrático. Pero creo que Rumania ya ha profundizado demasiado la marcha en un rumbo equivocado. Todas las viejas redes y la gente de la Securitate, por ejemplo, los antiguos caciques del partido, han asumido las posiciones decisivas del país. Lo mismo ocurrió con la privatización, son dueños de casi todas las empresas. A ellos les pertenecen las cosas, se sirven los unos a los otros, se conocen de antes y se sirven mutuamente. Por ejemplo, se había abierto una oficina que se ocupaba de los crímenes del comunismo, y ahora la unieron a otra. El jefe de la primera había trabajado muy bien, en el correr de los años fue encontrando muchas tumbas colectivas y anónimas, en los bosques, en los campos adonde llevaban a la gente en ese tiempo. El hizo que sacaran a esa gente de ahí y la enterraran. Entretanto, la política oficial de Rumania empezó a considerarlo como algo molesto. Y todo va ocurriendo de esta forma, ésta es la tendencia. Además, la corrupción es tan grande, y todo eso tiene que ver con los viejos tiempos.

-¿Qué desearía que pasara?

-¿Deseos? Uno siempre puede desear ... que la Unión Europea mire con atención lo que está ocurriendo y que los obligue a cosas que corresponden a un país democrático. Hay mucha gente que vuelve a ser amenazada. Esto ya no es ideológico, no es el socialismo, lo que hay en marcha es una criminalidad
de gánsteres. Cuando estos dirigentes sienten que los molestan, reaccionan muy claro y brutalmente. Todo es alarmante. Y no mejora, sino que en los últimos años es cada vez peor.

-¿Está descartado que regrese algún día?

-Sí, nunca pensé en volver. No hay por qué vivir en el lugar donde uno ha nacido. En ese país hay muchos que en su tiempo hicieron conmigo lo que quisieron. Están todos en las escuelas, son profesores en las universidades.
De mucha gente sé tantas cosas. Y no quisiera volver a vivirlo. Con una vez basta.



Así escribe
La sopa de hierbas*


La mujer de Windisch estuvo cinco años en Rusia. Dormía en una barraca con camas de hierro en cuyos bordes chasqueaban los piojos. La habían pelado al rape. Tenía la cara gris. Y el cuero cabelludo rojo y carcomido.
Sobre las montañas se alzaba otra cadena montañosa de nubes y nieve a la deriva. Sobre el camión ardía el hielo. [...]. Cada mañana había hombres y mujeres que se quedaban sentados en los bancos. Con los ojos abiertos.
Dejaban pasar a todos los demás. Se habían congelado. Estaban sentados en el más allá.

La mina era negra. La pala, fría. El carbón, pesado.

Cuando la nieve se fundió por primera vez, una hierba fina y puntiaguda empezó a brotar entre la rocalla de las hondonadas. Katharina había vendido su abrigo de invierno por diez rebanadas de pan. Su estómago era un erizo.
Katharina recogía un manojo de hierbas cada día. La sopa de hierbas calentaba y era buena. El erizo ocultaba sus púas durante algunas horas.

Luego llegó la segunda nevada. Katharina tenía una manta de lana. Era su abrigo durante el día. El erizo pinchaba.

Cuando oscurecía, Katharina seguía la luminosidad de la nieve. Agachada, se deslizaba junto a la sombra del guardián. Iba hasta la cama de hierro de un hombre. Un cocinero. Que la llamaba Käthe, la abrigaba y le regalaba patatas calientes y dulces. El erizo ocultaba sus púas durante unas horas.

Cuando la nieve se fundió por segunda vez, la sopa de hierbas empezó a brotar bajo los zapatos. Katharina vendió su manta de lana por diez rodajas de pan. El erizo volvió a ocultar sus púas durante unas horas.

[...] Cuando murió el cocinero, la luz de la nieve pasó a brillar en otra barraca. Katharina se deslizaba a la sombra de otro guardián. Hacia la cama de hierro de un hombre. Un médico. Que la llamaba Katyusha, la abrigaba y un día le dio una hojita de papel blanco. Debido a una enfermedad. Durante tres días, Katharina no tuvo necesidad de ir a la mina.

Cuando la nieve se fundió por tercera vez, Katharina vendió su zamarra de piel de oveja por un bol de azúcar. Katharina comió pan húmedo y espolvoreado con un poco de azúcar. El erizo volvió a ocultar sus púas durante unos días.

*El hombre es un gran faisán en el mundo
Traducción J. J. Solar
(paginas 114-115)



Müller Básico
Nitzkydorf, Rumania, 1953.
Escritora

Estudió filología germánica y rumana en la Universidad de Timisoara, época de la que data su posición disidente frente al régimen de Ceaucescu. Se exilió en 1987, en Berlín, junto con su marido, el novelista Richard Wagner.
Habla y escribe en alemán y rumano, pero optó por el alemán en sus libros.
La crítica ha señalado la capacidad de su prosa para reflejar con economía de recursos situaciones sórdidas. Recibió numerosos premios y, el año pasado, el Nobel de Literatura. En castellano, se publicaron sus novelas En tierras bajas, El hombre es un gran faisán en el mundo, La piel del zorro y
La bestia del corazón.


Herta Müller en español
Hasta ahora se han traducido al castellano cuatro libros de Herta Müller. En tierras bajas (Punto de lectura), el primero y el único que publicó en Rumania durante el régimen de Ceanescu, es una colección de relatos narrados por una niña. Ambientados en un pueblo rural, cuentan desde una perspectiva
aparentemente ingenua sucesos que van del pasaje escatológico a escenas donde se revela la ruina económica y moral de la familia de la narradora. En El hombre es un gran faisán en el mundo (Punto de lectura), publicado en Alemania en 1986, Müller vuelve nuevamente a un paisaje rural para contar la
agonía de un molinero y su familia, mientras esperan la llegada de permisos que les permitan salir del país. La piel del zorro (Siruela), de 1992, es uno de los libros estilísticamente más complejos de la autora. Ambientada en una ciudad rumana durante la última etapa del régimen comunista, la novela
alterna escenarios y personajes para trazar un cuadro donde el engaño y la astucia han pasado a ser los únicos valores que garantizan la supervivencia.
En La bestia del corazón (Siruela, 1994), una joven estudiante a la que el gobierno echa de su empleo comienza una fuga en una ciudad herida por la delación y la desconfianza en el otro.


*Fuente: http://www.revistaenie.clarin.com/notas/2010/04/03/_-02171969.htm








MI VOZ*



He nacido una noche de verano
entre dos pausas. Háblame: te escucho.
He nacido. Si vieras qué agonía
representa la luna sin esfuerzo.
He nacido. Tu nombre era la dicha.
Bajo un fulgor una esperanza, un ave.
Llegar, llegar. El mar era un latido,
el hueco de una mano, una medalla tibia.
Entonces son posibles ya las luces, las caricias, la piel, el horizonte,
ese decir palabras sin sentido
que ruedan como oídos, caracoles,
como un lóbulo abierto que amanece
(escucha, escucha) entre la luz pisada.





DESIERTO*



Lumen, lumen. Me llega cuando nacen
luces o sombra, revelación. Viva.
Ese camino, esa ilusión es neta.
Presión que sueña que la muerte miente.
Muerte, oh vida, te adoro por espanto,
porque existes en forma de culata.
Donde no se respira. El frío sueña
con estampido-eternidad. La vida
es un instante
justo para decir María. Silencio;
una blancura, un rojo que no nace,
ese roce de besos bajo el agua.
Una orilla impasible donde rompen
cuerpos u ondas, mares, o la frente.




PLAYA IGNORANTE*



Entrar sin música en el mar; vengo del mundo,
del mundo o del agotamiento.
No pido espinas ni firmeza: arenas, ignoradme.
Vengo soltando música por los talones verdes;
algas del mar, no agitéis vuestros odios,
no adormezcáis la onda hecha un lecho de luna
donde yo me distienda olvidando mi peso


Combatido por la más pura batalla de las uñas,
entre un remolino de pelos que me quiere alzar hasta un ojo divino,
no busco cielos ni turquesas, ni esa rotundidad inviolable
contra la que nada puede el alto grito.


Estoy sentado y humedecido mecido por mis calores
y las aguas traspasan mis oídos traslúcidos.
No aprenderé las palabras que me están rozando,
ni desliaré mi lengua de debajo de mis pisadas.
Pienso seguir así hasta que el agua se alce,
hasta que mi piel desprendida deje sueltos los ríos.


Oh mares que se suceden contra mi cuerpo inmovible,
peces espadas y ojos que queman bajo las aguas,
si canto pareceré la marea esperada
y asomaré a la playa con la timidez de la espuma.



*Poemas de Vicente Aleixandre.

-Del libro Espadas como labios (1930-31)

Vicente Aleixandre (1898-1984)
http://es.wikipedia.org/wiki/Vicente_Aleixandre

-Enviado para compartir por Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es



*



Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 4 de abril del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Edgar Rivera Laverde y Manuel Mejía Serrano. Las poesías que leeremos pertenecen a Norman Salazar Leiter (Colombia) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067




*


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sábado, abril 03, 2010

CADA HUELLA SABE A DESTINO...





*Ilustración de Ray Respall Rojas (Cuba)




PERMANENCIA*



Si puedo estar a tu lado en un día gris
Sin que preguntes el motivo,
Mas, tomando mi mano,
Regalándome un poema, una flor,
Una sonrisa,
Me haces sentir la necesidad de tu presencia.


Si logras entender este ponerme taciturna,
Incomunicablemente sola,
Arisca, blue,
Y solo aguardas,
Con la paciente espera de un amigo,
El regreso de la alegría.



Si logras secar mis lágrimas
Sin mencionar jamás
Que me has visto derrotada.


Sé que te quedarás,
Sabrás que te has quedado,
Sabremos los dos,
Que los ángeles existen.




*de Marié Rojas Tamayo
La Habana - Cuba





CADA HUELLA SABE A DESTINO...





SOLEDADES*



I


Años fluyen de mis manos
cuando acuno caricias
sin destino.
Las eché a volar de madrugada
y esperé su regreso
en mi alcoba.
Al partir el sol se diluyeron,
aterida y sin nada
dejé de esperar.



II


No pesa la soledad,
es como una amiga
que cubre mis pisadas
con certeza mágica.
Es manto, almohada,
canción de cuna
en noches de invierno,
estufa con leños ardientes,
café compartido al alba,
charla amena en las noches
sobre la vida y nuestros sueños.




III


Cada huella sabe a destino,
deja su marca testimonio
impregnada de rocío.
Es secuencia de momentos
inscriptos en calendarios,
con sabores indecisos
de imágenes en espejo.
Nos miramos, no nos vemos,
partimos cada minuto
hasta traspasar el tiempo.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







La noche que empezó la Guerra Fría*



*Por Juan Forn



Anna Ajmátova creyó hasta el día de su muerte que la Guerra Fría había empezado por su culpa, la noche del 25 de noviembre de 1945. Para Stalin, Ajmátova era una excrecencia del pasado prerrevolucionario, mitad monja, mitad puta en celo, y desde 1921 le tenían prohibido publicar sus poemas.
Pero los soldados rusos se los sabían igual de memoria. Por esa razón, en los momentos más difíciles de la guerra, bajó desde el Soviet Supremo la orden de que Ajmátova recitara sus poemas por radio para levantar la moral de la nación. La guerra se ganó, los intelectuales evacuados de Leningrado volvieron a la ciudad en ruinas y, en noviembre de 1945, llegó a la URSS una comisión cultural británica cuyo velado propósito era sondear la actitud soviética respecto de sus aliados, con la guerra terminada. Entre los miembros de esa comisión había un joven profesor de Oxford, hijo de judíos rusos expatriados, que ya había cumplido funciones de inteligencia durante la guerra en la embajada británica en Washington. Su nombre era Isaiah Berlin y el propio Churchill lo había elegido por su conocimiento de la lengua y la mentalidad rusas, así como de los intereses geopolíticos ingleses.
Berlin pisaba por primera vez las calles de Petersburgo desde que había huido con sus padres de los bolcheviques, cuando tenía once años. Sus ojos y su corazón no daban abasto. No le importaban las ruinas; caminaba por las calles oyendo a la gente hablar en ruso a su alrededor y estaba en éxtasis.
En el primer momento libre que tuvo se sumergió en una librería de la Perspectiva Nevski donde supo, para su asombro, que la mítica Anna Ajmátova no sólo seguía con vida y residía en la ciudad sino que además estaría dispuesta a recibir su visita. Acompañado por el crítico Orlov, Berlin llegó esa tarde a la habitación oscura, sin agua y sin calefacción donde vivía Ajmátova, en el tercer piso del Palacio de la Fontannka que había pertenecido a la poderosa familia Sheremetiev. No había alfombras ni cortinas; sólo una mesa con dos sillas que no hacían juego, un baúl y un diván donde lo esperaba sentada la poeta, cubierta con un chal negro, como una reina trágica. Un único cuadro colgaba de las paredes desnudas: un retrato a lápiz que le había hecho Modigliani cuando ambos fueron amantes, en París, en 1911.
Berlin era el primer occidental que Ajmátova veía en veinticinco años.
Además podía hablar con él en ruso, y además pudo por fin enterarse a través de él del destino de todos aquellos amigos exiliados en Londres y París a partir de 1917. En esos veinticinco años, Ajmátova había aprendido a soportarlo todo: la tuberculosis, la indigencia, el fusilamiento de su primer marido, el tifus, la deportación de su segundo marido y de su único hijo, la deshonra pública, el hambre, la sucesiva inmolación de casi todos sus amigos poetas (desde Blok y Maiacovski hasta Mandelstam y Tsvetáieva),
que la había llevado a escribir los famosos versos "fue la época en que sólo los muertos podían sonreír, felices de descansar al fin". A esa altura de su vida, después de haber sido el amor prohibido de todos los rusos, se había convertido en la esposa y madre sufriente de todos ellos. El casto Berlin (que más tarde confesaría que seguía siendo virgen por entonces) le dio la oportunidad de volver a ser, por una noche al menos, simplemente una mujer, y ella le abrió su corazón. Le contó cada detalle de su vida, le habló de sus amores y sus muertos, le recitó los poemas de Réquiem y le confesó que, luego de hacerlos memorizar a siete personas de su máxima confianza, procedía a quemar los papeles donde los había escrito. Ningún ruso cree hasta el día de hoy que se pasaran toda la noche sentados en sillas
enfrentadas, como relató Berlin más tarde. Sí le creen, en cambio, que cuando se levantó para irse ya era de día y que volvió caminando hasta el hotel en trance, sin reparar en la llovizna que le calaba los huesos, sin reparar en que acababa de iniciarse la Guerra Fría en el mundo.
Porque he aquí que, la tarde anterior, Randolph Churchill, el hijo de Winston, que formaba parte de la comitiva británica y había sido compañero de Berlin en Oxford, necesitó alguien confiable que lo ayudara a comprar caviar en Leningrado, y no tuvo mejor idea que hacerse llevar hasta el deteriorado Palacio de la Fontannka, donde se puso a llamar a gritos a Berlin desde la calle. Este bajó a toda velocidad, se lo llevó consigo, volvió cautelosamente a lo de Ajmátova con la caída de la noche y permaneció allí hasta la mañana siguiente. Pero para entonces ya se había puesto en movimiento la omnímoda maquinaria de delación soviética que haría llegar a oídos de Stalin que Winston Churchill había enviado a su propio hijo en una operación de espionaje para llevarse a Ajmátova a Occidente. Para entonces Berlin y Churchill ya habían partido de la URSS, de manera que no fueron ni arrestados ni expulsados. Las consecuencias las sufrieron los demás: Berlin había logrado ver en Leningrado a su tío Leo, un hermano de su padre que no había querido irse de la URSS y era titular de cátedra en la Facultad de Medicina. En los días siguientes a la partida de su sobrino, fue acusado de entregar a extranjeros información sobre la salud de Stalin, obligado bajo tortura a reconocer su culpabilidad y enviado a prisión (con la muerte de Stalin sería liberado, pero a los pocos días de volver a Leningrado, aún débil y sin trabajo, se cruzó con uno de sus torturadores y murió de un síncope en plena calle).
Para Ajmátova, las cosas no fueron mejores. Su hijo Lev, que después de pasar diez años en los gulag y otros tres combatiendo a los nazis gozaba de sus primeros meses de libertad, fue otra vez deportado a Siberia, y la propia Ajmátova fue públicamente crucificada por el comisario cultural Zdhanov, cosa que le hizo perder la magra pensión que cobraba y la habitación en el Fontannka. Hasta la muerte de Stalin en 1953, Ajmátova pidió en vano por su hijo y vivió de la caridad de los pocos amigos que se atrevían a cuidarla. El deshielo de Kruschev traería la tardía liberación de Lev y un igualmente tardío reconocimiento para ella: se la autorizó a publicar, se le concedió una pequeña dacha en Komanovo, se le permitió viajar a Oxford y a Roma a recibir premios. En Roma recitó famosamente su Poema sin Héroe, donde dice de Berlin: "No será mi esposo ni mi amante / pero juntos haremos algo / que trastrocará el siglo veinte". En Oxford, aceptó que él la agasajara con un banquete en la mansión de su esposa
millonaria, sin dirigirle la palabra a la anfitriona en toda la velada. Y al día siguiente, en la universidad, cuando llegó al momento culminante de su extraordinario Réquiem, alzó los ojos hacia Berlin y pronunció en ruso aquellas palabras ("No lo sabes, pero has sido perdonado") que, según aseguran todos los que la conocieron, resume a la perfección lo que se sentía al estar en su presencia.


*Fuente: http://www.pagina12.com.ar/diario/contratapa/13-143094-2010-04-02.html






MAGNOLIAS DE SANGRE*

(Junio 1982-Argentina)



Arde el frío.
El hambre en las tripas, arde.
Arde en las nieves y en el costado izquierdo la herida del engaño.
Arde junio y las fogatas de San Juan:
Viva San Juan y San Pablo y las pelotas de diablo
Una maqueta humana sigue, hipnotizada, el juego macabro.
Pasará, pasará y el último quedará.
El arquero es el pato, margarita, fortunato.
El arbitro, castrilli o el papa.
Las piernas de kempes, la mano de dios. Ganar, no importa como.


Crueldad de juegos infantiles. Matar hormigas.
Romper el nido y quebrar los huevos.
Ensartar el color y el alma de una mariposa.
Pisotear el jardín y desgajar el huerto.
Tirar la cola al gato. Hacer la zancadilla. Ganar no importa como.


Temeridad montada en un palo de escoba...
Jugar al gato y al ratón. Pelear con los piratas con espadas de palo.
Derribar uno a uno soldaditos de plomo.
Matar al enemigo armado con las manos.
Ganar el partido con pelota de trapo.


El lobo feroz se disfraza de abuela. Chasman y Chirolita.
El niño dios, los REYES magos, los niños de París.
Cenicienta se transforma en PRINCESA.
Un mar, un cielo, carabelas, un marino, una bandera.
Las joyas de una REINA generosa.
Civilización o barbarie. Ganar, no importa como.
Fagocitar Consumir o no consumir. That is the question.
Todos iguales. En fila. Arriba abajo. Arribar arriba.
Pasará, pasará y el último quedará.
El juego de comprar. y vender. y vencer.
Mambrú se fue a la guerra no se cuando vendrá.
Yo soy la viudita del conde Laurel.
Supermarket. Entrenamiento para futuros clientes. Wiscola.
Ganar, tener la pelota dominada.

Mientras tanto palidecen las magnolias de sangre del sur.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar








MINOTAUROS*





*Por Miriam Cairo. cairo367@hotmail.com


I.

Uno de nosotros es la pata de la silla que se escapa para vivir su vida. El resto del mobiliario lo condena: dice que destruyó el asiento tan necesario para que el mundo descanse de su propia nulidad. Pero la silla no ha dejado de ser silla, sino que es silla de tres patas. La pata que quiere vivir su vida, ha decidido no sostener más el pesado trasero del mundo. Todo aquel que se siente sobre la butaca de tres patas caerá, se fracturará el tronco y las monedas se le caerán de los bolsillos. Uno de nosotros sentirá el alivio de no formar parte ya de ese living tapizado de gris oscuro.



II.

Este cielo me desmiente, me obliga a recordar al inocente amado fugitivo que se recostó más allá de cualquier zona prohibida en la arena roja de mi alma.



III.

Una de nosotras raramente ve alguna cosa sin experimentar ese sentimiento tan especial de haber sido alguna vez lo mirado. Pero las experiencias no le sirven para nada, esa es la razón por la cual a una de nosotras le gustan tanto las pinturas de Matisse.



IV.

Hay un espejo donde sabios animales nostálgicos visitan nuestra flamante transparencia de cuerpos calientes, doblados en una hoja nervada, donde los amantes comen lentamente su corazón de medianoche hasta pulverizarse el sexo.



V.

Uno de nosotros ha de volver con sus huesos a la memoria del cuerpo y dejará que su crepúsculo esté lleno de sudores. La noche temblará llena de contentos. Nada de fotos íntimas en la portada del diario. Uno de nosotros cree que debieran estar prohibidas las noticias y entrega a la señora de al lado sus ahorros y su sangre. El alma humana es una bomba de tiempo. Pero en tanto haya carne viva de uno de nosotros para que la señora de al lado camine sobre el sangrado parquet y pague los impuestos, habrá paz en el living de su casa aunque no haya amor en el mundo.



VI.

Doblemente iluminado ciega sus miembros con ensalmos de luz. Dice que abolirá la mañana ostentosa. Dice que las colosales intimidades lo abrigan de las hogueras frías de sus noches. Dice que se ahogó, como Sansón, en un rodete de su propio pelo. Dice que como una reina loca aulló desnudo y solo. Dice que su fornicación de misántropo esposo no le trae ninguna gestación humana. Dice que ya no es un espejo incendiado. Dice que sobre sus hilos rígidos se duerme y se llora en sus propios funerales.



VII.

Una de nosotras podría morirse de una vez, pero como siempre pasa, una de nosotras juzga que merece una vida nueva y no obstante, una de nosotras no hace más que meter la pata y conducir la nueva vida hacia la más deslumbrada perdición.



VIII.


En sus horas profanas de bestia eternamente anónima, ejerce el oficio de sonámbulo y de transparente. Desacostumbrado ya del aleteo que para su orgullo lo llevaba a sucumbir como un hombre, apenas si logra rememorar aquellos momentos en que gozó a la luna tanto como quiso.




IX.

Uno de nosotros dijo vos y yo pero se refería a un silencio perfecto. Qué broma cuando uno de nosotros dice vos y yo, pero nunca se decide a hacerse hombre. Uno de nosotros tiene que ser sutil, tiene que reservarse los calificativos porque de lo contrario uno de nosotros sería tan ínfimo que ni siquiera podría emparentarse con el último aullido del último lobo.



X.

Alguien lo come y lo bebe. Alguien es fiel a un lecho malo en la noche buena. Alguien es el oceánico amante solitario. Alguien tiene miedo de ser el animal liberado del laberinto. Alguien trata de despertar sus atontados sentidos. Alguien no quiere ver que la estrella lo aguarda solitaria y móvil. Alguien es un barco que parte de sí llevándolo dormido. Alguien está a punto de entrar por el umbral de la noche que cae sin nombres.



XI.

Una de nosotras acepta trocarse siempre en animal que duerme en el país del viento, y no habla. No es abortadora de silencios, ni de niños, ni de esperanzas. Una de nosotras desapareció con entusiasmo. Y cuando todo ya andaba dorándose al sol, se le ocurrió pensar que la otra era una oveja encapuchada que da órdenes al carnero del rebaño. Aún antes de pensar esto, una de nosotras, como quien no quiere la cosa, desapareció con entusiasmo.




XII.

No entres dócilmente en mi memoria. Estos recuerdos como piedras preciosas, como huesos que brillan en la oscuridad, tienen que dejar de ensartarme relámpagos, tienen que dejarme dormir dentro del cerebro de las flores pequeñas.



XIII.

Uno de nosotros está parado sobre un mundo paralelo. Que el otro, pues, lance un suspiro de alivio. También hubiera podido ser que uno de nosotros fuera un sonámbulo en pleno día. Eso explicaría por qué uno de nosotros no ve que la jornada es un campo de maniobras donde los hombres aprenden a estar muertos. Uno de nosotros está parado sobre su propia amargura. ¿Qué puede hacer el otro? ¿Pompones de urutaú? Uno de nosotros es blando, más blando que el agua blanda y tiene un corazón de oro, una libación de oro, un galope de oro, un chorreo de oro. Uno de nosotros no leyó a Krishnamurti o bien lo leyó pero lo ha olvidado, o bien lo ejercita con matices raros. Para uno de nosotros no hay espíritu más bello que un cuerpo desnudo.



XIV.

Por un minuto caerá la lluvia y borrará los pesares conyugales. Ya que la luz relampagueó primero en la tormenta, estás a tiempo de cuidarte de la sed y del silencio. A tiempo de ver la tristeza de lo que no nace. Por un minuto tu hebra de agua, tu estrella polar, te traerá la memoria de la puntual amazona iluminada por un sol de tu propio mundo. Por un minuto tirarás de los rayos y distinguirás un enemigo entre muchos.



*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23004-2010-04-03.html








El beso*


Uno
Algo se abre antes que la boca. Como si dijera "quiero ser tu bocado". No lo dice ella ni él, una tercera persona imprecisa. Pintura que finge sangre, un algo como el alma en colores, rubor. Nadar, se empuja contra la nada, se crea.


Dos
Ella se pinta, aviva la mucosa. Saca del lápiz casi acabado, con la uña, ese resto suave, ese brillo, ese pasto rosa fuerte. Lo mira en el dedo, lo desliza, imagina su boca sin espejo. Ella es el lienzo y su propio pintor.


Tres

El busca, desarma la trama, saborea, se mete en el señuelo del color, la desnuda del artificio, la boca sin palabras, ofrecida, indefensa.
Infinito
Había una vez la vida.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar









POESIA de sobrevivientes, relatada por Marta Zabaleta y Emilio De Ipola.





El cafetín de Devoto*


A las víctimas de la Operación Cóndor en Argentina, a nuestros hijos, a mi amiga Dolly Grunman de Alvarez


“Traful, recuerdo con una quizás indebida alegría el año entero que pasamos enjaulados en un coqueto ambiente de 1, 5 x 1,80, con todos los adelantes (inodoro, piletita, lampazo). Leíamos desde las 6 a.m. hasta las 9am, hora de ir al recreo. En la tarde, después del recreo vespertino cantábamos a dos voces y los otros "internos" creían -promoviendo nuestra más sincera vanidad- que había una radio en el pabellón. Los dos 1 de septiembre en que convivimos canté para vos "Le temps des cérises". Un primero de febrero vos me cantaste un estilo de Gardel. A la noche, inventamos una ceremonia muy graciosa (para nosotros) con el objeto de preparar los catres. Podíamos a veces pasarla muy mal, pero éramos
-¿lo diré?- felices. Nos fortalecían la esperanza, los ideales, las canciones, las lecturas y el sentido del humor. Y tu inmensa bondad solidaria”.


Emilio de Ípola (* )
9/5/2009




Devoto tenía ese que sé yo, ¿viste?
detrás de ningún árbol se me aparecía él.
Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte a la luna
no se me aparecía en la larga calle de la cárcel. Sin árboles.
Los piantados estaban bien adentro. Presos. Presos. Todos.
El Cafetín abierto, con coraje y bronca.


Mañanitas de Devoto
con madres de socialistas
Presos. Chilenos. De antes del golpe.
Acampadas en la noche
un número me guardaban
pues yo tenia una hijita. Por eso llegaba tarde,
a eso de las siete esperas, yo llegaba.
Al lugar de las chilenas, bien adelante en la cola.

Llegaba siempre nerviosa y ya agotada:
nos acostábamos las dos
a las tres de la mañana
siempre vestidas, mi nena y yo,
por si nos secuestraban de madrugada
ella pensaba defenderse
con el palo del rastrillo de la playa
que todavía guarda bajo su cama.
La dejaba durmiendo, con su nanita Silvia Ibalde
recién llegada, salía a escondidas
sin saludar al portero, si podía, y caminaba
y caminaba ycaminaba
a riesgo de extenuarme, para que nadie supiera
de donde había partido.


Siempre encontré complicado eso de pedirle al tachero que me llevara.
Por más que caminara, cuadras y cuadras, pasar anónima en Buenos Aires no era sencillo: decir Cárcel de Villa Devoto y azorocharme. Vendrían luego los cuentos, consejos, retos con amenazas, y hasta alguno que otro requiebro, quejas del alma, mi marido chileno,
el preso Alberto, hubiera dicho
que todo era más simple, los encontrabas
porque les hablas y te seguirían todo el tiempo
desde antes de caer en cana…



Desde Belgrano R hasta la cárcel, de un de repente, yo descansaba, revisando en la mente
si llevaba el dinero que debía depositarle en la cuenta
Banco Nación sucursal de la cárcel, para que le dieran
pan y mate cocido. Palos. El resto, hambre.
Por meses, no le entraron ropa. Después los utensilios de tocador, entregados desde la cola, sin poder verlo. Y las requisas.
Y dejarlo sin visitas. Estaban suspendidas ¿habría traslados?
Sangre y terror, sin lágrimas. ¿Quién moriría?...

Aserrín aserrán
los maderos de San Juan
piden pan, no les dan,
piden queso, les dan hueso
y les cortan el pescuezo

Esas mañanitas de Buenos Aires
donde en la cola estaba
una de las hermanas del Che Guevara.
Parada por horas, reclamando
el derecho de los presos de querer ser mirados.
Y una media atontada, agonizaba primero
en el barcito ubicado justo enfrente de la puerta de la cárcel.
No tenían medialunas, ni milanesas:
compañeras nerviosas, madres llorando, hermanas tristes, alguna que otra esposa, y hasta un hermano, dos padres, harto humo, café y miedo
mucho miedo; pero nunca un tango.
Y muy importante, había un baño.


Después, pasar adentro, humillación y espanto.
La cola: hijas, hijos, de pocos años
llevándole un clavel
el día del cumpleaños a su madre.
Sería la hora en que los esbirros
comenzaban a tomar el mate amargo, que escupían a tu paso.
También la del primer güisqui mío del día, en ayunas, sin hielo ni soda
para darme coraje, desasustarme.
Paren las bembas.
Tómense un trago, que ya lo’vamos.
Vos no tenías wisky y bombones, cafetín de Devoto,
como aquel bar bienudo
adonde para a pocos selectos
tocaba el sexteto del gran Piazzola.
Un dia charlando le pedí que tocara en el Luna Park
para mandarle fondos a los presos en Chile,
En el Luna Park? Se sonrió con tristeza, y comentó:
...Pero son tantos…
Y claro, hay que hacer algo, por eso…
…¿Quién va a pagar por escucharme, Marta?
Miraba con ironía, tal vez tristeza,
aquella tardecita loca de Buenos Aires.
Esas que tienen ese algo, un no sé qué, que te hace sentir tan sola
cuando hacés cola. Por un númerito, para irte al exilio,
por una sopa o volando a la muerte.
Aunque no quede pan, les sobran balas.


Como olvidarte en esta queja
cafetín de Buenos Aires
si sos lo único en la vida
que se pareció a mi vieja.




-Horacio Traful Baldomero Alvarez Grunnman, chileno-argentino, fue secuestrado en Buenos Aires el 7 de abril de 1976. Apareció mas tarde en al cárcel de Devoto y luego de la inspección de Amnisty Internacional, fue trasladado a la Unidad 9, La Plata, a cuya celda hace referencia su colega y amigo

(*) Emilio de Ipola, autor de este epitafio que escribió en la webpage de Traful (http://www.trafulalvarez.com.ar/ppal.htm) dos años después de la inesperada muerte de la muerte de de Traful en el exilio en Francia, 2007.


*de Marta Zabaleta. mzabaletagood@gmail.com




*



Queridas amigas, apreciados amigos:

Este domingo 4 de abril del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música de los compositores colombianos Edgar Rivera Laverde y Manuel Mejía Serrano. Las poesías que leeremos pertenecen a Norman Salazar Leiter (Colombia) y la música de fondo será de Machu Picchu (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!! (Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).

REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!



YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
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Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067




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jueves, abril 01, 2010

DÉJAME CON MIS SUEÑOS...



*Ilustración de Ray Respall Rojas (Cuba)





DÉJAME CON MIS SUEÑOS*



Déjame con mis sueños
y mis cosas ocultas,
mis misterios.
Tómate la libertad
de forjarte otros recuerdos.
¿Por qué no acabas de entender
que después de ti y de mí
la vida sigue?
y si se acaba
siempre habrá alguien para contarla.



*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
-Poema tomados de “En la redondez del tiempo” (2009)







DÉJAME CON MIS SUEÑOS...





Era el tiempo*


Era el tiempo
en que la luna caía
degollada en los brocales
cuando guardé mi llanto
en aquel cuarto
que olía a azahares, a naftalina
y a cáscaras de naranjas secas.
Era el tiempo
en que los niños
existían como ángeles
o fantasmas quietos
o dormidos
y los grandes se secaban el vino
de los labios con la manga del saco
y cantaban esas canciones
donde siempre una novia italiana esperaba
y sin embargo sonreían sin llanto
aunque la voz se les quebrara
como una rama seca


*de Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar
Invierno, 2004.







LA LOCURA Y EL MURO DE LA RAZÓN*


“La locura es una defensa contra la angustia.” Beatriz Medina



Un loco se arranca las orejas con las uñas y las pega contra el muro del silencio
Del otro lado del muro están todas las notas del himno a la alegría
pero ninguna viene a sonar del lado del loco desorejado.
Del otro lado estaban todos los suspiros de amor pero ninguno vino
El loco se arranca los ojos y los estampa contra el muro de la oscuridad total
Del otro lado arden todos los colores y lucen al sol todas las formas pero ningún color ni forma vienen al loco.
El loco se arranca la locura y la pega contra el muro de la Razón
y salta desesperado queriendo huir al otro lado del muro, pero muere rebotando, desangrándose
y sabiendo que para él ya no habrá otro lado.





IDÉNTICOS*


En un cruce de calles peatonales se encuentran cien hombres tan parecidos entre sí en tamaño, en rostro y en vestir, que al verse a la cara cada uno olvida su nombre y apellido y su propia historia y comienza a preguntarle a otro y a otro ¿Quién soy? ¿Quién es quién?
Pero nadie logra responder y todos huyen hacia los cuatro rumbos de la ciudad buscando a alguien diferente Y no encuentran a nadie y desesperan hasta que a uno se le ocurre preguntarle a otro:
- ¿Si no fueras quien eres, quién te gustaría ser?
Y todos piensan en otra persona hasta que se transforman en esa ora persona, pero esa otra persona es la misma en todos.




EL ARREGLADOR*


Un muñeco se gana la vida arreglando hombres rotos. Le llevan un soldado roto por la guerra y lo recompone, una mujer rota por amor y la arregla, un borracho roto de pesadillas, una loca rota de pájaros celestes, un sillón de ruedas roto de niño triste y lo repara.
Un mal día le trajeron un buen Dios roto en mil pedazos por la ingratitud eterna de sus hijos. Pero a ese todavía no lo pudo arreglar.




NÚMERO HUMANO*


En el futuro cada número llevará un hombre a sus espaldas
Y ese hombre dirá quién es el número
y la aritmética se volverá humanística.



*Textos de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar








ADVERTENCIA*



Cuando ves la luna
en noche de estrellas
con el mar de tina
y los brazos de él sobre tu cintura
muchacha
no es lo que crees.
Cuando un rostro hermoso
una sonrisa blanca
unos labios bravos
arden en tu nuca
levantan tu falda
incitan tu pubis
no es lo que crees.
Es lo que es.


*De Miguel Crispín Sotomayor. arcomar@cubarte.cult.cu
-Poema tomados de “En la redondez del tiempo” (2009)






LIBROS*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Para los lectores de libros, para los felices amantes de una biblioteca, para los felices poseedores de una, mis conmilitones, van estas palabras.
Empecé a leer en la escuela primaria, la desaparecida Nº 156 “Provincia de Salta”, de tantos gratos recuerdos.
Allí en una pequeña habitación rectangular funcionaba una biblioteca mínima, y en mi pasaje por los últimos grados me hice habitué. Mi condición de alumno me habilitaba para usar de sus acotados volúmenes. En mi casa no había libros ni había como ni con qué comprarlos.
Al terminar mi cursado de primaria ya había dado cuenta de todos los libros existentes. Intenté tomar prestados algunos en la magra biblioteca del “Sindicato de Obreros Rurales” donde mi padre estaba afiliado, pero los libros eran de un excesivo anarquismo imposible de entender en esos años o eran de economía o de política o de filosofía. Don Ramón Fernández habitante ocasional y esporádico de la vieja casona donde funcionaba dicho Sindicato me alcanzó algunos libros de Emilio Zola que me perturbaron hondamente. Opté entonces por acudir a la biblioteca Belgrano, que funcionaba (y funciona) en las instalaciones de mi Club, el Huracán.
Recuerdo todavía el ligero temblor que me acompañó cuando traspasé esa puerta y no lo sabía, pero ese día me estaba jugando una vocación y un destino.
Allí estaba la bibliotecaria de entonces, doña Julia García de Baud Naly. Impecable, atildada, sobre todo solícita y sensible. ¡Cuántas cosas enseñó a ese adolescente, ingenuo de entonces, esta mujer tan buena y atenta!
Durante un par de años todos los atardeceres, luego de mis ocasionales y alimentarios trabajos me apersonaba y conversaba sobre libros, compartía (es un decir) comentarios de mis últimas lecturas que me eran sugeridas entusiastamente por ella.
A doña Julia mostré con no poco pudor mis primeros pecados literarios, fruto de un dictado misterioso que se me producía en la cabeza y que hoy atribuyo a mis entusiastas lecturas de entonces.
Nunca terminaré de agradecer a esa señora que –según mi amigo Omar Spizzo- era de una familia de músicos, porteña, y que el inefable Enrique Baud Naly, o simplemente “el Flaco Naly” se la trajo como esposa flamante de sus andanzas por Buenos Aires.
A la época de mi relato el ya la había abandonado por una de sus alumnas de teatro, adolescente y bella muchacha. Al parecer, según comentarios circulantes la romántica fuga había sido realizada por medio de una moto. Noticias posteriores hicieron a la pareja residir en la lejana provincia de Catamarca donde el “Flaco Naly” luego de muchos años, falleció. Curiosamente doña Julia no me hablaba de él sino con admiración y con evidente amor que a mis escasos años inexpertos no escapaba. También me contó que una hija de ambos había muerto a los tres años. ¿Qué hizo que esta mujer viviera en ese pueblo donde salvo algunos pocos amigos, no tenía a nadie? Todos la querían porque era muy servicial y colaboradora en los preparativos para adornar el salón del Club en los días de bailes, ayudada por las niñas y jóvenes que eran sus alumnas de dibujo a quien daba clases gratis en las tardes en que iba a la biblioteca. Ella se quedó a cuidar a los viejecitos que habían criado al “Flaco” ya que lo habían adoptado huérfano. Eran éstos una pareja de itálicos, don Juan Luchini y su esposa. Don Juan fue el más eximio matricero y tornero de toda la comarca y trabajó hasta pasar largamente los ochenta años en la “Casa Sáenz de Arregui Hermanos y Cíaa.” Lo recuerdo como un viejito muy chinchudo pero era un lujo verlo trabajar con paciente y prolija pasión sobre sus fierros.
Cuando comencé a ganar mis pesitos fui transformando en libros algunas monedas. Aún recuerdo mis dos primeras adquisiciones en el “Bazar y Librería La Primitiva”, de don José Bessone: una edición juvenil del “Quijote” y una bella edición de Eudeba “Diez cuentistas y diez pintores”. Allí estaban por primera vez ante mis ojos los textos de Arlt, Borges, Mateo Booz, Barleta, Cancela y los dibujos de Berni, Castagnino, Basaldúa, etc. en una inmensa y colorida edición que conservo descalabrada en el fondo de algún cajón.
Luego compré por cincuenta pesos a mi amigo Valentín Prámparo una edición de Claridad, la octava, de 1950 del libro “Por quien doblan las Campanas”, del gran Ernest Hemingway. Como estaba en malas condiciones, estando aquí, años después lo hice encuadernar a instancias de mi amigo el poeta Rubén Sevlever que me presentó a un encuadernador.
Poco antes de venirme a Rosario, por mediación del director de escuela y amigo querido, Alfredo Ghiselli, compré en cuotas la segunda edición de las obras completas de Neruda segunda edición, papel biblia, de Losada, más de mil páginas, 1962.
Cada viaje que hacía lo llevaba conmigo en mi primer tiempo aquí. Uno de los hermanos Novillo, quién solía estar en esos sábados melancólicos en la estación de trenes, ya pasados unos meses, tal vez, me preguntó extrañado:
-¿Isaías, todavía no terminaste de leer ese libro tan gordo?







REDUCTIO*



MIENTRAS DORMÍA
albañiles profundos
levantaron el muro


ahora estoy buscando una ventana
una escalera para ir a otro lado,
un agujero en la espesa pared


soy un ave
soy un ave de fuego en su música
soy un ave de luz
soy el hijo de un huevo de estrellas escribo
y grito para que el muro se abra


pero caigo en el sueño
y el muro sigue creciendo sobre mi
y todo sigue cubriendo a mi alrededor
o mi cuerpo desciende
y sigue reduciéndose


soy un ave
soy un ave de fuego en su música
soy un ave de luz
soy el hijo de un huevo de estrellas escribo
y trino
y grito para que el muro se abra
ya no hay suelo ni cielo
sino muro ya no hay hombre ni sombra
sino muro y murmurio mortuorio
soy un ave soy un ave
de fuego en su música
soy un ave de luz soy
el hijo de un huevo de estrellas escribo
y trino y grito para
que el muro se abra.



*de Rubén Vedovaldi. RubenVedovaldi@netcoop.com.ar






Los muros*


Caerán los muros.
Será por la nieve
por el viento
por un mordisco
del tiempo
o por la ira de los dioses,
(lo sabe Babel,
lo sospecha, quizá,
la piedra de las lágrimas.)
Caerán.
Pero el otro,
el que se levanta entre mi oreja
y tu oreja
no sé.
No sé ese muro
no sé, no sé, no sé.
Como no sé tampoco
qué les pasa
a nuestras pieles
sin pelo
sin pelusa,
a nuestras tristes pieles
de cemento.
Cándidas réplicas,
inocentes símbolos,
caerán aquéllos,
a su turno,
y compraremos la ilusión
de echar al muro
al muro
al otro muro,
definitivamente
abajo
piedra
a
piedra.


*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com
-En: "Cinco Brujas y un ángel" -Antología Poética- Edit. Lux, Santa. Fe, 1993









Bicentenario*




Soy incitado
incluso desafiado
a estructurar unos versos

y no me impongo un soneto gongorino
o un romance
o una oda patriótica

o un epigrama
o un aforismo

Se me impone recordar

e incrustar los nombres acá
del general Manuel Belgrano
del abogado Juan José Castelli
del profesor Juan José Paso

y de un periodista:
Mariano Moreno.


*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar









Kelo volviendo*




Te imaginé
sobre el refugio
del invierno
con una nieve fina
cayendo
o de pie
en los acantilados
torrentosos
mirando el mar
con el rostro
quemado
por el yodo marino
no pensando en nada
o apoyado
en una embarcación
por un río secreto
que te lleva a Manaos.
Te imaginé
en la lujuria
de las noches
portuarias
cuando ya el cabo
de Manila había sido
recogido
y un registro de hotel
te esperaba
para que estamparas
tu nombre.
Pregunté a las ávidas tías
cuando se apiadaban
de tus duros trabajos
sobre la era dorada.
Entonces yo
abría mi imaginación
de chico
que no había salido nunca
del pueblo
y te creía
luchando a cuchillo
con un tiburón
temerario
o cazando una ballena
blanca
como ese empecinado capitán
de Melville
aunque yo no sabía en ese tiempo
quién era Melville
y tampoco importaba
que habrá sido de vos
en esos años
que hoy son el olvido
y vos marinero
te has ido
tal vez con mi imagen
diluida
porque a los catorce años
dejé de verte para siempre.
Solo ansié
en el resto de los años
que me separaron de vos
y ahora entre vos y tu muerte
armar un tejido fantasioso
con las hilachas
que recogía
a regañadientes
en la familia
que no te olvidó nunca.



*De Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar







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