Inferno*
¡Oh vosotros los que entráis, abandonad toda esperanza!
Divina Comedia. Dante Alighieri.
Hay voces que aseveran que el infierno
es la repetición infinita de determinados gestos,
como despertar cada mañana sin nadie entre las sábanas,
certificar tu ausencia en todos los rincones de la casa,
desayunar sin tu sonrisa frente a mí, ir al trabajo
con la oscura convicción del inútil regreso
porque al regreso tampoco vas a estar, ni tus canciones
van a poner la nota de alegría necesaria
que me permita escapar un día más a la locura.
Cualquier mesa es demasiado grande si uno come solo.
No se puede conversar con los recuerdos.
Y la noche, la noche que alguna vez fue cómplice,
la noche que acogió nuestras quimeras,
la noche que nos condujo por calles nunca vistas
y veló nuestro sueño entre vastas carreteras
que siempre conducían, que nunca extraviaban;
la noche que amparó los momentos más dulces
hoy es tan sólo el testimonio de un vacío.
Y una vez más, como en una secuencia interminablemente repetida,
dejarse arrastrar a la inconsciencia de los fármacos
sin poder evadirse a la certeza
de los días vencidos, de las tardes calladas,
el incoloro deambular entre plazas olvidadas,
los restos calcinados de los parques de otoño.
*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es
http://al-andar.blogspot.com / http://sbllop.blogia.com
http://www.aragonesasi.com/sergio
Testimonios de un vacío...
Nunca soñé*
Nunca soñé con tres ojos que me escrutaran desde un pescuezo de jirafa. Que me escrutaran no sin dejar de entornarse alguno, alternativamente. Tres ojos y no tres pares de ojos de diferentes tonalidades. Tres ojos oscuros idénticos. Y que se posaran sobre mí sin benevolencia ni animosidad. Desde un pescuezo inconfundible, irreprochable. Desde una jirafa de la que pudieran pender arañas plateadas, moribundas, o exhaustas. Pendiendo como sólo penden lo esencial y lo sutil. Lo sutil exhausto, lo esencial moribundo. No estaríamos ellas y yo en un zoológico o en un ambiente no trastornado por el hombre. Pero yo no distinguiría el sitio, y hasta ese momento sería únicamente mis cuatro pintorescas narices, olfateando en vano, desasidas de cabeza reconocible. Yo consistiría, hasta entonces, en una pura memoria guiñolesca, afanándose por recuperarme. Sería, claro, una sustancia en su propia procura.
Nunca soñé con algo rubio gelatinoso aposentado sobre un punto cardinal. Ni me soñé punto cardinal sobre el que se aposentara determinada o indeterminada gelatinosa rubiedad.
Nunca soñé con escaleras derritiéndose sobre un valle de incienso. Dos mil ochocientos peldaños, sumando las sesenta y seis escaleras de fibra. Incienso que cubre todo el valle al que pertenezco desde mi primer sueño anotado en un cuaderno infantil. No estaría allí como ninguna de mis presencias mensurables. Y sin embargo, me brindaría a derretirme.
Nunca soñé con hexágonos de piel humana impidiéndome apoderarme de la gracia. Es poco no haber soñado nunca con la gracia apoderada impidiéndome la humana piel de los hexágonos.
Nunca soñé con el antojadizo poder de cristalizar, seccionar y envasar un crepúsculo. Y darlo a consumir sin reparos. Antojo de consumición.
Nunca soñé con un espejismo, ni cóncavo ni convexo. Espejismo con el que hubiera podido restituírseme la gobernabilidad de mis sueños.
*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar
LA MANO EN LA ESPALDA*
Algunos ex alumnos, antiguos alumnos que se quejan del completo sistema de enseñanza en sus épocas; rescatan sin embargo el inolvidable gesto del profesor que les dijo que ellos eran buenos en alguna cosa, y dicen con emoción y orgullo que ese mentor signó su vida y los alentó a adentrarse en algún campo que les brindó después una felicidad.
Es más cosa del género masculino esa necesidad de tutor, de ídolo o de gurú. Las mujeres quizás somos más anárquicas, o será algo que no tiene nada que ver con la condición femenina sino con mi personalidad crítica el que los padrinos me causen una enorme desconfianza.
No lo viví como alumna, momento en el que mi tremenda timidez me impidió demostrar gran cosa. Nadie me dijo que yo tuviese cierto don para las palabras o se me dijo tibiamente. Ahora, como profesora, me niego a la alabanza de unos determinados estudiantes estrella por sobre los mediocres extras de la clase.
Y es que entre esos chicos callados se esconden posiblemente quienes aún no desarrollaron enormes posibilidades de expresión y superación.
Esa mano en la espalda que otorga la bendición del maestro es una señal y una carga. Abre puertas al afortunado, las cierra para quien ve que es el otro el que es reconocido como triunfador.
Viví, entonces, lo opuesto. Escuchar que otra chica era la que tenía posibilidades de ser escritora algún día. No recuerdo el nombre. Y no me causó envidia esa olvidada otra, sino que me causó desaliento la escasa valoración que hacía la profesora de mis aptitudes. Tenía razón, en realidad, porque no hacía gran cosa por esas épocas. Afortunadamente no me arredró la situación, pero no es imposible que tal hecho hubiese frustrado mis pobres intentos.
No me gusta la mano en la espalda. Considero que debe alentarse a todos y a todos se les debe dar la posibilidad. Que la tome quien tiene la aptitud necesaria, o la actitud de sacrificarse y trabajar para superar los escasos dones recibidos.
Sí me gusta sentir la mano de mis amigos en mi espalda cuando me agobia la tristeza. La necesito, la agradezco, y trato de devolver la calidez recibida. Pero me niego a remedar el rey que arma a su caballero. Cuántas veces no es el egoísmo de querer perpetuarse en un ahijado lo que guía esa pesada mano que obliga y encadena. Y cuántas veces no será que el profesor considera que es el mejor el que más se le parece o mejor lo imita.
Consuelo, si. Pero nada de sospechosas bendiciones ni el consiguiente beso de anillos.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Final de juego*
*De Julio Cortázar
Con Leticia y Holanda íbamos a jugar a las vías del Central Argentino los días de calor, esperando que mamá y tía Ruth empezaran su siesta para escaparnos por la puerta blanca. Mamá y tía Ruth estaban siempre cansadas después de lavar la loza, sobre todo cuando Holanda y yo secábamos los platos porque entonces había discusiones, cucharitas por el suelo, frases que sólo nosotras entendíamos, y en general un ambiente en donde el olor a grasa, los maullidos de José y la oscuridad de la cocina acababan en una
violentísima pelea y el consiguiente desparramo. Holanda se especializaba en armar esta clase de líos, por ejemplo dejando caer un vaso ya lavado en el tacho del agua sucia, o recordando como al pasar que en la casa de las de Loza había dos sirvientas para todo servicio. Yo usaba otros sistemas,
prefería insinuarle a tía Ruth que se le iban a paspar las manos si seguía fregando cacerolas en vez de dedicarse a las copas o los platos, que era precisamente lo que le gustaba lavar a mamá, con lo cual las enfrentaba sordamente en una lucha de ventajeo por la cosa fácil. El recurso heroico, si los consejos y las largas recordaciones familiares empezaban a saturarnos, era volcar agua hirviendo en el lomo del gato. Es una gran mentira eso del gato escaldado, salvo que haya que tomar al pie de la letra la referencia al agua fría; porque de la caliente José no se alejaba nunca, y hasta parecía ofrecerse, pobre animalito, a que le volcáramos media taza de agua a cien grados o poco menos, bastante menos probablemente porque nunca se le caía el pelo. La cosa es que ardía Troya, y en la confusión coronada por el espléndido si bemol de tía Ruth y la carrera de mamá en busca del bastón de los castigos, Holanda y yo nos perdíamos en la galería cubierta, hacia las piezas vacías del fondo donde Leticia nos esperaba
leyendo a Ponson du Terrail, lectura inexplicable.
Por lo regular mamá nos perseguía un buen trecho, pero las ganas de rompernos la cabeza se le pasaban con gran rapidez y al final (habíamos trancado la puerta y le pedíamos perdón con emocionantes partes teatrales) se cansaba y se iba, repitiendo la misma frase:
-Acabarán en la calle, estas mal nacidas.
Donde acabábamos era en las vías del Central Argentino, cuando la casa quedaba en silencio y veíamos al gato tenderse bajo el limonero para hacer él también su siesta perfumada y zumbante de avispas. Abríamos despacio la puerta blanca, y al cerrarla otra vez era como un viento, una libertad que nos tomaba de las manos, de todo el cuerpo y nos lanzaba hacia adelante.
Entonces corríamos buscando impulso para trepar de un envión al breve talud del ferrocarril, encaramadas sobre el mundo contemplábamos silenciosas nuestro reino.
Nuestro reino era así: una gran curva de las vías acababa su comba justo frente a los fondos de nuestra casa. No había más que el balasto, los durmientes y la doble vía; pasto ralo y estúpido entre los pedazos de adoquín donde la mica, el cuarzo y el feldespato -que son los componentes del granito- brillaban como diamantes legítimos contra el sol de las dos de la tarde. Cuando nos agachábamos a tocar las vías (sin perder tiempo porque hubiera sido peligroso quedarse mucho ahí, no tanto por los trenes como por
los de casa si nos llegaban a ver) nos subía a la cara el fuego de las piedras, y al pararnos contra el viento del río era un calor mojado pegándose a las mejillas y las orejas. Nos gustaba flexionar las piernas y bajar, subir, bajar otra vez, entrando en una y otra zona de calor, estudiándonos las caras para apreciar la transpiración, con lo cual al rato éramos una sopa. Y siempre calladas, mirando al fondo de las vías, o el río al otro lado, el pedacito de río color café con leche.
Después de esta primera inspección del reino bajábamos el talud y nos metíamos en la mala sombra de los sauces pegados a la tapia de nuestra casa, donde se abría la puerta blanca. Ahí estaba la capital del reino, la ciudad silvestre y la central de nuestro juego. La primera en iniciar el juego era Leticia, la más feliz de las tres y la más privilegiada. Leticia no tenía que secar los platos ni hacer las camas, podía pasarse el día leyendo o pegando figuritas, y de noche la dejaban quedarse hasta más tarde si lo
pedía, aparte de la pieza solamente para ella, el caldo de hueso y toda clase de ventajas. Poco a poco se había ido aprovechando de los privilegios, y desde el verano anterior dirigía el juego, yo creo que en realidad dirigía el reino; por lo menos se adelantaba a decir las cosas y Holanda y yo aceptábamos sin protestar, casi contentas. Es probable que las largas conferencias de mamá sobre cómo debíamos portarnos con Leticia hubieran hecho su efecto, o simplemente que la queríamos bastante y no nos molestaba que fuese la jefa. Lástima que no tenía aspecto para jefa, era la más baja de las tres, y tan flaca. Holanda era flaca, y yo nunca pesé más de cincuenta kilos, pero Leticia era la más flaca de las tres, y para peor una de esas flacuras que se ven de fuera, en el pescuezo y las orejas. Tal vez
el endurecimiento de la espalda la hacía parecer más flaca, como casi no podía mover la cabeza a los lados daba la impresión de una tabla de planchar parada, de esas forradas de género blanco como había en la casa de las de Loza. Una tabla de planchar con la parte más ancha para arriba, parada contra la pared. Y nos dirigía.
La satisfacción más profunda era imaginarme que mamá o tía Ruth se enteraran un día del juego. Si llegaban a enterarse del juego se iba a armar una meresunda increíble. El si bemol y los desmayos, las inmensas protestas de devoción y sacrificio malamente recompensados, el amontonamiento de
invocaciones a los castigos más célebres, para rematar con el anuncio de nuestros destinos, que consistían en que las tres terminaríamos en la calle.
Esto último siempre nos había dejado perplejas, porque terminar en la calle nos parecía bastante normal.
Primero Leticia nos sorteaba. Usábamos piedritas escondidas en la mano, contar hasta veintiuno, cualquier sistema. Si usábamos el de contar hasta veintiuno, imaginábamos dos o tres chicas más y las incluíamos en la cuenta para evitar trampas. Si una de ellas salía veintiuna, la sacábamos del grupo
y sorteábamos de nuevo, hasta que nos tocaba a una de nosotras. Entonces Holanda y yo levantábamos la piedra y abríamos la caja de los ornamentos.
Suponiendo que Holanda hubiese ganado, Leticia y yo escogíamos los ornamentos. El juego marcaba dos formas: estatuas y actitudes. Las actitudes no requerían ornamentos pero sí mucha expresividad, para la envidia mostrar los dientes, crispar las manos y arreglárselas de modo de tener un aire amarillo. Para la caridad el ideal era un rostro angélico, con los ojos vueltos al cielo, mientras las manos ofrecían algo -un trapo, una pelota, una rama de sauce- a un pobre huerfanito invisible. La vergüenza y el miedo eran fáciles de hacer; el rencor y los celos exigían estudios más detenidos.
Los ornamentos se destinaban casi todos a las estatuas, donde reinaba una libertad absoluta. Para que una estatua resultara, había que pensar bien cada detalle de la indumentaria. El juego marcaba que la elegida no podía tomar parte en la selección; las dos restantes debatían el asunto y aplicaban luego los ornamentos. La elegida debía inventar su estatua aprovechando lo que le habían puesto, y el juego era así mucho más complicado y excitante porque a veces había alianzas contra, y la víctima se veía ataviada con ornamentos que no le iban para nada; de su viveza dependía entonces que inventara una buena estatua. Por lo general cuando el juego marcaba actitudes la elegida salía bien parada pero hubo veces en que las estatuas fueron fracasos horribles.
Lo que cuento empezó vaya a saber cuándo, pero las cosas cambiaron el día en que el primer papelito cayó del tren. Por supuesto que las actitudes y las estatuas no eran para nosotras mismas, porque nos hubiéramos cansado en seguida. El juego marcaba que la elegida debía colocarse al pie del talud,
saliendo de la sombra de los sauces, y esperar el tren de las dos y ocho que venía del Tigre. A esa altura de Palermo los trenes pasan bastante rápido, y no nos daba vergüenza hacer la estatua o la actitud. Casi no veíamos a la gente de las ventanillas, pero con el tiempo llegamos a tener práctica y sabíamos que algunos pasajeros esperaban vernos. Un señor de pelo blanco y anteojos de carey sacaba la cabeza por la ventanilla y saludaba a la estatua o la actitud con el pañuelo. Los chicos que volvían del colegio sentados en los estribos gritaban cosas al pasar, pero algunos se quedaban serios mirándonos. En realidad la estatua o la actitud no veía nada, por el esfuerzo de mantenerse inmóvil, pero las otras dos bajo los sauces analizaban con gran detalle el buen éxito o la indiferencia producidos. Fue un martes cuando cayó el papelito, al pasar el segundo coche. Cayó muy cerca de Holanda, que ese día era la maledicencia, y rebotó hasta mí. Era un papelito muy doblado y sujeto a una tuerca. Con letra de varón y bastante mala, decía: "Muy lindas las estatuas. Viajo en la tercera ventanilla del segundo coche. Ariel B." Nos pareció un poco seco, con todo ese trabajo de atarle la tuerca y tirarlo, pero nos encantó. Sorteamos para saber quién se lo quedaría, y me lo gané. Al otro día ninguna quería jugar para poder ver cómo era Ariel B., pero temimos que interpretara mal nuestra interrupción, de manera que sorteamos y ganó Leticia. Nos alegramos mucho con Holanda porque Leticia era muy buena como estatua, pobre criatura. La parálisis no se notaba estando quieta, y ella era capaz de gestos de una enorme nobleza.
Como actitudes elegía siempre la generosidad, la piedad, el sacrificio y el renunciamiento. Como estatuas buscaba el estilo de Venus de la sala que tía Ruth llamaba la Venus del Nilo. Por eso le elegimos ornamentos especiales para que Ariel se llevara una buena impresión. Le pusimos un pedazo de
terciopelo verde a manera de túnica, y una corona de sauce en el pelo. Como andábamos de manga corta, el efecto griego era grande. Leticia se ensayó un rato a la sombra, y decidimos que nosotras nos asomaríamos también y saludaríamos a Ariel con discreción pero muy amables.
Leticia estuvo magnífica, no se le movía ni un dedo cuando llegó el tren. Como no podía girar la cabeza la echaba para atrás, juntado los brazos al cuerpo casi como si le faltaran; aparte el verde de la túnica, era como mirar la Venus del Nilo. En la tercera ventanilla vimos a un muchacho de rulos rubios y ojos claros que nos hizo una gran sonrisa al descubrir que Holanda y yo lo saludábamos. El tren se lo llevó en un segundo, pero eran las cuatro y media y todavía discutíamos si vestía de oscuro, si llevaba corbata roja y si era odioso o simpático. El jueves yo hice la actitud del desaliento, y recibimos otro papelito que decía: "Las tres me gustan mucho.
Ariel." Ahora él sacaba la cabeza y un brazo por la ventanilla y nos saludaba riendo. Le calculamos dieciocho años (seguras que no tenía más de dieciséis) y convinimos en que volvía diariamente de algún colegio inglés.
Lo más seguro de todo era el colegio inglés, no aceptábamos un incorporado cualquiera. Se vería que Ariel era muy bien.
Pasó que Holanda tuvo la suerte increíble de ganar tres días seguidos.
Superándose, hizo las actitudes del desengaño y el latrocinio, y una estatua dificilísima de bailarina, sosteniéndose en un pie desde que el tren entró en la curva. Al otro día gané yo, y después de nuevo; cuando estaba haciendo la actitud del horror, recibí casi en la nariz un papelito de Ariel que al
principio no entendimos: "La más linda es la más haragana." Leticia fue la última en darse cuenta, la vimos que se ponía colorada y se iba a un lado, y Holanda y yo nos miramos con un poco de rabia. Lo primero que se nos ocurrió sentenciar fue que Ariel era un idiota, pero no podíamos decirle eso a
Leticia, pobre ángel, con su sensibilidad y la cruz que llevaba encima. Ella no dijo nada, pero pareció entender que el papelito era suyo y se lo guardó.
Ese día volvimos bastante calladas a casa, y por la noche no jugamos juntas.
En la mesa Leticia estuvo muy alegre, le brillaban los ojos, y mamá miró una o dos veces a tía Ruth como poniéndola de testigo de su propia alegría. En aquellos días estaban ensayando un nuevo tratamiento fortificante para Leticia, y por lo visto era una maravilla lo bien que le sentaba.
Antes de dormirnos, Holanda y yo hablamos del asunto. No nos molestaba el papelito de Ariel, desde un tren andando las cosas se ven como se ven, pero nos parecía que Leticia se estaba aprovechando demasiado de su ventaja sobre nosotras. Sabía que no le íbamos a decir nada, y que en una casa donde hay alguien con algún defecto físico y mucho orgullo, todos juegan a ignorarlo empezando por el enfermo, o más bien se hacen los que no saben que el otro sabe. Pero tampoco había que exagerar y la forma en que Leticia se había portado en la mesa, o su manera de guardarse el papelito, era demasiado. Esa noche yo volví a soñar mis pesadillas con trenes, anduve de madrugada por enormes playas ferroviarias cubiertas de vías llenas de empalmes, viendo a distancia las luces rojas de locomotoras que venían, calculando con angustia si el tren pasaría a mi izquierda, y a la vez amenazada por la posible
llegada de un rápido a mi espalda o -lo que era peor- que a último momento uno de los trenes tomara uno de los desvíos y se me viniera encima. Pero de mañana me olvidé porque Leticia amaneció muy dolorida y tuvimos que ayudarla a vestirse. Nos pareció que estaba un poco arrepentida de lo de ayer y
fuimos muy buenas con ella, diciéndole que esto le pasaba por andar demasiado, y que tal vez lo mejor sería que se quedara leyendo en su cuarto.
Ella no dijo nada pero vino a almorzar a la mesa, y a las preguntas de mamá contestó que ya estaba muy bien y que casi no le dolía la espalda. Se lo decía y nos miraba.
Esa tarde gané yo, pero en ese momento me vino un no sé qué y le dije a Leticia que le dejaba mi lugar, claro que sin darle a entender por qué. Ya que el otro la prefería, que la mirara hasta cansarse. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas sencillas para no complicarle la vida, y ella inventó una especie de princesa china, con aire vergonzoso, mirando al suelo y juntando las manos como hacen las princesas chinas. Cuando pasó el tren, Holanda se puso de espaldas bajo los sauces pero yo miré y vi que Ariel no
tenía ojos más que para Leticia. La siguió mirando hasta que el tren se perdió en la curva, y Leticia estaba inmóvil y no sabía que él acababa de mirarla así. Pero cuando vino a descansar bajo los sauces vimos que sí sabía, y que le hubiera gustado seguir con los ornamentos toda la tarde, toda la noche.
El miércoles sorteamos entre Holanda y yo porque Leticia nos dijo que era justo que ella se saliera. Ganó Holanda con su suerte maldita, pero la carta de Ariel cayó de mi lado. Cuando la levanté tuve el impulso de dársela a Leticia que no decía nada, pero pensé que tampoco era cosa de complacerle todos los gustos, y la abrí despacio. Ariel anunciaba que al otro día iba a bajarse en la estación vecina y que vendría por el terraplén para charlar un rato. Todo estaba terriblemente escrito, pero la frase final era hermosa:
"Saludo a las tres estatuas muy atentamente." La firma parecía un garabato aunque se notaba la personalidad.
Mientras le quitábamos los ornamentos a Holanda, Leticia me miró una o dos veces. Yo les había leído el mensaje y nadie hizo comentarios, lo que resultaba molesto porque al fin y al cabo Ariel iba a venir y había que pensar en esa novedad y decidir algo. Si en casa se enteraban, o por desgracia a alguna de las de Loza le daba por espiarnos, con lo envidiosas que eran esas enanas, seguro que se iba a armar la meresunda. Además que era muy raro quedarnos calladas con una cosa así, sin mirarnos casi mientras
guardábamos los ornamentos y volvíamos por la puerta blanca.
Tía Ruth nos pidió a Holanda y a mí que bañáramos a José, se llevó a Leticia para hacerle el tratamiento, y por fin pudimos desahogarnos tranquilas. Nos parecía maravilloso que viniera Ariel, nunca habíamos tenido un amigo así, a nuestro primo Tito no lo contábamos, un tilingo que juntaba figuritas y creía en la primera comunión. Estábamos nerviosísimas con la expectativa y José pagó el pato, pobre ángel. Holanda fue más valiente y sacó el tema de Leticia. Yo no sabía que pensar, de un lado me parecía
horrible que Ariel se enterara, pero también era justo que las cosas se aclararan porque nadie tiene por qué perjudicarse a causa de otro. Lo que yo hubiera querido es que Leticia no sufriera, bastante cruz tenía encima y ahora con el nuevo tratamiento y tantas cosas.
A la noche mamá se extrañó de vernos tan calladas y dijo qué milagro, si nos habían comido la lengua los ratones, después miró a tía Ruth y las dos pensaron seguro que habíamos hecho alguna gorda y que nos remordía la conciencia. Leticia comió muy poco y dijo que estaba dolorida, que la dejaran ir a su cuarto a leer Rocambole. Holanda le dio el brazo aunque ella no quería mucho, y yo me puse a tejer, que es una cosa que me viene cuando estoy nerviosa. Dos veces pensé ir al cuarto de Leticia, no me explicaba qué
hacían esas dos ahí solas, pero Holanda volvió con aire de gran importancia y se quedó a mi lado sin hablar hasta que mamá y tía Ruth levantaron la mesa. "Ella no va a ir mañana. Escribió una carta y dijo que si él pregunta mucho, se la demos." Entornando el bolsillo de la blusa me hizo ver un sobre
violeta. Después nos llamaron para secar los platos, y esa noche nos dormimos casi en seguida por todas las emociones y el cansancio de bañar a José.
Al otro día me tocó a mi salir de compras al mercado y en toda la mañana no vi a Leticia que seguía en su cuarto. Antes que llamaran a la mesa entré un momento y la encontré al lado de la ventana, con muchas almohadas y el tomo noveno de Rocambole. Se veía que estaba mal, pero se puso a reír y me contó de una abeja que no encontraba la salida y de un sueño cómico que había tenido. Yo le dije que era una lástima que no fuera a venir a los sauces, pero me parecía tan difícil decírselo bien. "Si querés podemos
explicarle a Ariel que estabas descompuesta", le propuse, pero ella decía que no y se quedaba callada. Yo insistí un poco en que viniera, y al final me animé y le dije que no tuviese miedo, poniéndole como ejemplo que el verdadero cariño no conoce barreras y otras ideas preciosas que habíamos aprendido en El Tesoro de la Juventud, pero era cada vez más difícil decirle nada porque ella miraba la ventana y parecía como si fuera a ponerse a llorar. Al final me fui diciendo que mamá me precisaba. El almuerzo duró días, y Holanda se ganó un sopapo de tía Ruth por salpicar el mantel con tuco. Ni me acuerdo de cómo secamos los platos, de repente estábamos en los sauces y las dos nos abrazábamos llenas de felicidad y nada celosas una de otra. Holanda me explicó todo lo que teníamos que decir sobre nuestros
estudios para que Ariel se llevara una buena impresión, porque los del secundario desprecian a las chicas que no han hecho más que la primaria y solamente estudian corte y repujado al aceite. Cuando pasó el tren de las dos y ocho Ariel sacó los brazos con entusiasmo, y con nuestros pañuelos estampados le hicimos señas de bienvenida. Unos veinte minutos después lo vimos llegar por el terraplén, y era más alto de lo que pensábamos y todo de gris.
Bien no me acuerdo de lo que hablamos al principio, él era bastante tímido a pesar de haber venido y los papelitos, y decía cosas muy pensadas.
Casi en seguida nos elogió mucho las estatuas y las actitudes y preguntó cómo nos llamábamos y por qué faltaba la tercera. Holanda explicó que Leticia no había podido venir, y él dijo que era una lástima y que Leticia le parecía un nombre precioso. Después nos contó cosas del Industrial, que por desgracia no era un colegio inglés, y quiso saber si le mostraríamos los ornamentos. Holanda levantó la piedra y le hicimos ver las cosas. A él parecía interesarle mucho, y varias veces tomó alguno de los ornamentos y dijo: "Este lo llevaba Leticia un día", o: "Este fue para la estatua oriental", con lo que quería decir la princesa china. Nos sentamos a la sombra de un sauce y él estaba contento pero distraído, se veía que sólo se
quedaba de bien educado. Holanda me miró dos o tres veces cuando la conversación decaía, y eso nos hizo mucho mal a las dos, nos dio deseos de irnos o que Ariel no hubiese venido nunca. Él preguntó otra vez si Leticia estaba enferma, y Holanda me miró y yo creí que iba a decirle, pero en cambio contestó que Leticia no había podido venir. Con una ramita Ariel dibujaba cuerpos geométricos en la tierra, y de cuando en cuando miraba la puerta blanca y nosotras sabíamos lo que estaba pasando, por eso Holanda
hizo bien en sacar el sobre violeta y alcanzárselo, y él se quedó sorprendido con el sobre en la mano, después se puso muy colorado mientras le explicábamos que eso se lo mandaba Leticia, y se guardó la carta en el bolsillo de adentro del saco sin querer leerla delante de nosotras. Casi en seguida dijo que había tenido un gran placer y que estaba encantado de haber venido, pero su mano era blanda y antipática de modo que fue mejor que la visita se acabara, aunque más tarde no hicimos más que pensar en sus ojos grises y en esa manera triste que tenía de sonreír. También nos acordamos de cómo se había despedido diciendo: "Hasta siempre", una forma que nunca habíamos oído en casa y que nos pareció tan divina y poética. Todo se lo contamos a Leticia que nos estaba esperando debajo del limonero del patio, y yo hubiese querido preguntarle qué decía su carta pero me dio no sé qué porque ella había cerrado el sobre antes de confiárselo a Holanda, así que no le dije nada y solamente le contamos cómo era Ariel y cuantas veces había preguntado por ella. Esto no era nada fácil de decírselo porque era una cosa
linda y mala a la vez, nos dábamos cuenta que Leticia se sentía muy feliz y al mismo tiempo estaba casi llorando, hasta que nos fuimos diciendo que tía Ruth nos precisaba y la dejamos mirando las avispas del limonero.
Cuando íbamos a dormirnos esa noche, Holanda me dijo: "Vas a ver que desde mañana se acaba el juego." Pero se equivocaba aunque no por mucho, y al otro día Leticia nos hizo la seña convenida en el momento del postre. Nos fuimos a lavar la loza bastante asombradas y con un poco de rabia, porque eso era una desvergüenza de Leticia y no estaba bien. Ella nos esperaba en la puerta y casi nos morimos de miedo cuando al llegar a los sauces vimos que sacaba del bolsillo el collar de perlas de mamá y todos los anillos,
hasta el grande con rubí de tía Ruth. Si las de Loza espiaban y nos veían con las alhajas, seguro que mamá iba a saberlo en seguida y que nos mataría, enanas asquerosas. Pero Leticia no estaba asustada y dijo que si algo sucedía ella era la única responsable. "Quisiera que me dejaran hoy a mí", agregó sin mirarnos. Nosotras sacamos en seguida los ornamentos, de golpe queríamos ser tan buenas con Leticia, darle todos los gustos y eso que en el fondo nos quedaba un poco de encono. Como el juego marcaba estatua, le elegimos cosas preciosas que iban bien con las alhajas, muchas plumas de pavorreal para sujetar el pelo, una piel que de lejos parecía un zorro plateado, y un velo rosa que ella se puso como un turbante. La vimos que pensaba, ensayando la estatua pero sin moverse, y cuando el tren apareció en
la curva fue a ponerse al pie del talud con todas las alhajas que brillaban al sol. Levantó los brazos como si en vez de una estatua fuera a hacer una actitud, y con las manos señaló el cielo mientras echaba la cabeza hacia atrás (que era lo único que podía hacer, pobre) y doblaba el cuerpo hasta darnos miedo. Nos pareció maravillosa, la estatua más regia que había hecho nunca, y entonces vimos a Ariel que la miraba, salido de la ventanilla la miraba solamente a ella, girando la cabeza y mirándola sin vernos a nosotras hasta que el tren se lo llevó de golpe. No sé por qué las dos corrimos al mismo tiempo a sostener a Leticia que estaba con lo ojos cerrados y grandes lagrimones por toda la cara. Nos rechazó sin enojo, pero la ayudamos a esconder las alhajas en el bolsillo, y se fue sola a casa mientras
guardábamos por última vez los ornamentos en su caja. Casi sabíamos lo que iba a suceder, pero lo mismo al otro día fuimos las dos a los sauces, después que tía Ruth nos exigió silencio absoluto para no molestar a Leticia que estaba dolorida y quería dormir. Cuando llegó el tren vimos sin ninguna sorpresa la tercera ventanilla vacía, y mientras nos sonreíamos entre aliviadas y furiosas, imaginamos a Ariel viajando del otro lado del coche, quieto en su asiento, mirando hacia el río con sus ojos grises.
*De Final del juego. Julio Cortázar;
Ceremonias, Barcelona, Seix Barral, 1994
Concordia*
14/06/07
*Por Carlos del Frade
(APE).- Concordia era una ciudad con casi pleno empleo en los años setenta.
En la provincia de Entre Ríos, su nombre era sinónimo de familias cosecheras de naranjas y limones, y una especie de imán para todos aquellos que buscaban forjarse algún futuro.
Una tierra con historia de rebeldías federales y sueños de igualdad en tiempos que Buenos Aires todavía no gozaba de su prepotencia en la nación.
Poetas y educadores, trabajadores e inmigrantes de distintos parajes del planeta hicieron de Concordia una geografía vital y cargada de esperanzas.
Hasta que los años noventa trajeron la impunidad de los saqueadores y la desocupación barrió con la memoria del orgullo.
Concordia comenzó a ser mencionada en las tablas de la indignidad, en los números que la señalaban como una de las ciudades en donde los pibes eran cada vez más pobres y más necesitados.
Los que no pudieron emigrar, engrosaron las listas de planes sociales que no alcanzan casi para nada.
Ahora son tiempos de frío intenso en aquellas tierras de rebeldes luchadores de federalismos que todavía no fueron.
Los descendientes en novena generación de los viejos habitantes originales de Concordia ni siquiera pueden tener una estufa digna para calentarse.
La pobreza desfigura las cosas y aunque el ingenio invente artefactos que simulan lo que no son, los hechos suelen terminar mal.
Es que la miseria no tiene paciencia y resulta implacable.
La noticia dice que Miguel Ángel Sosa, un pibe de dieciocho años, murió en la ciudad de Concordia como consecuencia del incendio que provocó una salamandra que no lo era: se trataba, en definitiva, de un lavarropas devenido en estufa desesperada.
El mecanismo falló y no por culpa de la fatalidad y las maderas ardieron junto a los cartones y papeles que había en el depósito que estaba pegado a la casilla.
No vivía solo, Miguel Ángel, junto a él había otras nueve personas, entre ellas, varios niños.
De milagro las llamas no se devoraron a los más chiquitos, pero la pobreza no tiene sentido del humor. No permite que haya aparatos como un lavarropas viejo que oficie de estufa y por eso, más temprano que tarde, castiga la osadía de querer vivir más de lo que permite la ausencia de bienes materiales.
Miguel Ángel había crecido en una ciudad que tiene quebrada su estructura productiva desde hace años y que, por lo tanto, multiplica excluidos de manera permanente.
Formaba parte de los ya condenados pero faltaba saber el modo y la fecha de la efectivización de la sentencia.
No lo mata a Miguel Ángel el lavarropas viejo disfrazado de salamandra, sino la historia política de aquellos que convirtieron a Concordia en un páramo después de haber sido un vergel pletórico de esperanzas.
Una historia de impunidad e indiferencia que fue apareciendo en los números de las pibas y pibes desesperados y que hacen de Concordia una ciudad en donde será necesario que se prendan los fuegos de la conciencia para evitar nuevos casos como el de Miguel Ángel.
Fuente de datos: Periódico Análisis de la Actualidad - Entre Ríos 08-06-07. Edición Nº 1040
*Fuente: AGENCIA PELOTA DE TRAPO. agenciapelota@pelotadetrapo.org.ar
http://www.pelotadetrapo.org.ar/
*
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jueves, junio 14, 2007
lunes, junio 11, 2007
LA DESNUDEZ DE LA EXISTENCIA HUMANA...
*
Se que hoy existo y
Que también soy un personaje de historietas
Las manos que bosquejan mi camino
Hoy como el día
Están llenas de niebla, humedad
Y frío pero quizás mañana
Cuando salga el sol y
Renueve el viento la mirada
Sea un arco iris que ilumine
El episodio que sigue…
*de Azul. azulaki@hotmail.com
La desnudez de la existencia humana...
SIN LÍNEAS
Ser un sentimental o un sentimentaloide. No se, lo de sentimentaloide me hace acordar a los tabloides, a esos periódicos que colocan enormes titulares sobre pequeñas noticias, que fingen y se aprovechan de su aptitud histriónica.
Pero adónde y cómo ponemos la línea, y cómo hacemos para no corrernos a la insensibilidad, si el sentimentalismo necio nos aterra.
Hoy estuve en el programa de radio que los hijos y la mujer de Don Caba realizaron para él, como homenaje, como modo de continuar un legado y como afirmación de la vida que se sucede aún después de los decesos.
Myriam tenía miedo de estallar en llanto, de que la madre se partiese por donde se afinan los hilos del espíritu, tenía miedo, Myriam, de dejar brotar la angustia en el micrófono. Y por superposición de muros, tenía miedo Myriam de que los oyentes tuvieran la impresión de que el tono era demasiado alegre.
El programa salió. Logramos sortear el congelamiento de una palabra, la punzada de la canción favorita, esa sensación de que faltaba la persona más importante y más presente pese a la ausencia.
Pero a quién le importa cómo se escuchó si el amor estaba presente.
Myriam y Roque pueden lanzar la carcajada porque el amor por su padre es indudable. Hermelinda puede dar la receta del budín de pan porque hasta el último día estuvo y acompañó y soportó lo que tocó de malo, y disfrutó lo bueno.
Algún necio puede horrorizarse de que hiciéramos chistes, así como puede sentirse satisfecho cuando una llorona adorna el velatorio con sus lágrimas de cebolla.
El amor permite que los que aman de veras puedan parecer sensibles, insensibles o sensibleros, como mejor les parezca o mejor les salga. Ellos sufrirán a su manera y con todo derecho lo expresarán o se lo callarán para si, o le darán un puñetazo al marco de la puerta. Sin necesidad de contar con una línea escrita de antemano, sin necesidad de un público que los apruebe, sin tener que andar dando explicaciones.
El dolor lo sufrirán en privado o en público, pero sin el apuntador que señale la postura correcta.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
Lunes, 11 de Junio de 2007
"EL OTRO", FILM PROTAGONIZADO POR EL TALENTOSO JULIO CHAVEZ
La desnudez de la existencia humana*
Un cuidadoso relato sobre tránsitos y pasajes, cruces de territorios y de identidades. Los visto y lo oído.
Julio Chávez interpreta magistralmente a un abogado que acaba de enterarse que será padre. Su identidad comenzará a borronearse ante la presencia de una persona en el colectivo.
*Por Emilio A. Bellon
EL OTRO
Argentina - Alemania - Francia, 2007.
Guión y dirección: Ariel Rotter
Fotografía: Marcelo Lavintman
Montaje: Eliane Katz
Intérpretes: Julio Chavez, Inés Molina, María Ucedo, Arturo Goetz, Osvaldo Bonet.
Duración: 84 minutos
Salas de estreno: Monumental, Showcase y Village.
Puntaje: ocho (8)
Tal vez una de las claves para intentar aproximarnos a "El Otro" sea la que nos lleva a poner a prueba nuestra visión, frente al típico panel de letras que caracteriza y define el consultorio de un oftalmólogo. Bien puede ser éste ese indicador inicial que su director y guionista Ariel Rotter elige
para que comencemos a transitar un camino no habitual, solicitándonos que no perdamos de vista lo que inmediatamente está por acontecer. Y simultáneamente, afinar nuestro oído para que los tantos nombres y apellidos que elige el personaje para sí no se deslicen por una equívoca fonética.
Es "El otro" un relato sobre tránsitos y pasajes, cruces de territorios y de identidades, que descansan, inicialmente, en situaciones que nos remiten a los tramos iniciales del film de Michelangelo Antonioni, "El pasajero" de principio de los 70. El modo en que narra esta historia sobre ocultamientos y huidas nos lleva a aquel realizador, por el modo en que el tiempo va penetrando la atención, llevándonos a agudizar nuestra mirada.
El personaje que interpreta magistralmente Julio Chávez es el de un abogado que ya ha cumplido sus 46 años, y que repite diariamente su profesión de manera silenciosa y que luego de conocer que va a ser padre se dispone a viajar por trámites profesionales. En el inicio y el final lo vemos junto a su padre, un veterano que espera sus cuidados y atenciones.
En el momento en que se inicia el film, sabemos que se llama Juan De Souza, que responde a determinadas características que se comenzarán a borronear a partir del momento en que otro nombre y apellido -como acontecía en el film de Antonioni- se instala frente a sus ojos, cercano, a su asiento, en el ómnibus que lo traslada a Victoria (Entre Ríos).
De cierto rigor geométrico, la composición del film pone el acento en el mismo encuadre y en el transcurrir de un tiempo que despierta a otros nombres, según el periplo del personaje que lo lleva a recorrer su propio ser. Es como si por momentos el tiempo quedara suspendido, volviéndose único
personaje en un escenario desolado, que ve cruzar por momentos, no ya un hombre, sino una silueta.
Podemos llegar a pensar que con "El otro", Chávez completa una trilogía, en la que el silencio y la ausencia son sus compañeros de reparto. Por momentos fantasmal, el personaje que compone se manifiesta desde los posibles nombres que va adoptando en un transcurrir de horas, siguiendo los pasos de los personajes que componía en "Extraño" de Santiago Loza y en "El custodio" de Rodrigo Moreno.
Entre "El otro" de Rotter y "El pasajero" de Antonioni sobrevuela el nombre de Luigi Pirandello, desde su novela publicada en 1904, "El difunto Matías Pascal", una de las obras que inaugura la literatura de nuestros tiempo. Y ese puente que trazan estas obras abre interrogantes sobre la crisis personal de un individuo que se traduce en numerosas ramificaciones, que nos llevan en ciertos instantes, a reflexionar sobre nuestra propia identidad.
Rotter ha elegido narrar su historia desde un trabajo de exploración del sonido como pocas veces ha experimentado el cine argentino. Los diferentes planos en los que nuestra mirada se detiene se vuelven pura sonoridad, por la carga subjetiva con que se manifiestan, por la fuerza de los silencios.
Hay una cámara que explora el espacio geográfico, que actúa sobre la presencia de los cuerpos, que se interna en la mirada de los otros. Hay un espacio que se transita con esa duración que ejerce el tiempo sobre los acontecimientos que aún no se han dado y que se avecinan, insinuándose. Una secuencia particularmente define todo un modo de narrar que asume la fuerza del temor y de la distancia, respecto de lo que aún se desconoce. Me refiero a la que nos lleva a recorrer junto al personaje esa carretera poblada de sombras, de espacios vacíos, de repetidos vehículos que atraviesan la noche, de lejanos resplandores del cartel de un bar.
En su segundo film, Rotter ensaya su poética desde un trazo ascético, despojado, que deja en evidencia la desnudez de ciertos aspectos de la existencia humana. Hay un grado de ocultamiento en todo el relato que lleva manejar la intriga por periplos sinuosos y que pueden manifestarse, azarosamente; pero al mismo tiempo calculado, a la vuelta de la esquina.
El film genera por igual adhesiones y rechazos. Esto también ocurrió en un sector del público y de la crítica en su presentación. Algunos han terminado por condenar esa morosidad que, necesariamente, exigen ciertas historias y otros no pueden soportar que allí, donde anidan el silencio y la espera se
fija la herida profunda del conflicto.
Hay algo en "El otro" que nos remite al cine argentino de los años 60, al cine de David José Kohon y de Manuel Antín; directores que nunca fueron saludados por la taquilla. Pero, ajenos a fórmulas demagógicas nos ofrecieron relatos en los que la existencia del hombre se manifiesta como acto de reflexión, como puro acto de mirada. El plano final nos acerca nuevamente a "El pasajero" desde la presencia implacable del tiempo.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-8915-2007-06-11.html
Lo que sentimos por Hobsbawm*
El gran historiador británico cumplió el sábado noventa años. En nuestro país -donde es tan popular como admirado- su producción ha dejado marcas definitivas para entender períodos clave del desarrollo del capitalismo.
Luis Alberto Romero*
Para muchas generaciones de historiadores argentinos el nombre de Eric Hobsbawm es emblemático de una manera de concebir la historia, de practicar el oficio y de opinar y comprometerse.
Muchos supimos de él en 1964, cuando se tradujo al español Las revoluciones burguesas. Ese año lo leí en la Universidad, y desde entonces lo releí muchas veces, entero o por partes.
Todo Hobsbawm está allí. Su capacidad para articular, a veces de manera sorprendente, muchos y variados aspectos del pasado: de la economía al arte, de la política a la sociedad, de la ciencia al urbanismo. Su escritura, que es atractiva y amigable en la primera lectura, pero densa y compleja cuando se trabaja el párrafo o la línea. Sus esquemas explicativos, que integran cada aspecto, cuestión o dimensión en un gran relato, con sentido definido, al final del cual aparece el propio Hobsbawm, actor de la historia, pues fue un laborioso y convencido militante comunista.
Desde entonces muchos historiadores esperamos con ansiedad los tomos siguientes de su anunciada saga: La era del capitalismo, La era del Imperio y finalmente la Historia del siglo XX (pobre traducción de "la era de los extremos").
Para los docentes, Hobsbawm venía a poner orden en un proceso histórico tan difícil de entender como de enseñar. Durante los últimos veintitrés años estos libros fueron un pilar de nuestro curso de Historia Social en la Universidad de Buenos Aires.
A lo largo de esos años, algunas decenas de docentes y varios miles de estudiantes desmenuzamos sus explicaciones sobre la revolución industrial y el capitalismo, la sociedad burguesa y el mundo obrero, las revoluciones y la política democrática. Sus textos nos ofrecían comprensión del pasado y compromiso con el presente, dos necesidades básicas del universitario.
Otros muchos colegas hicieron lo mismo en universidades y hasta en colegios, y lo convirtieron en un clásico. La muchedumbre que se reunió para escucharlo hace unos años en Buenos Aires da testimonio de una popularidad que casi no tiene parangón en nuestro oficio.
Otros textos de Hobsbawm tuvieron una repercusión más específicamente ligada con la investigación. Bandidos sedujo a historiadores sociales y antropólogos, que buscaron ejemplos locales de sus Robin Hoods. El mismo Hobsbawm, en una visita en 1969, agregó a su multinacional lista de bandidos
el nombre de Mate Cosido. Otros fuimos muy influidos por sus trabajos sobre el movimiento obrero y los trabajadores. Junto con E.P. Thompson, Christopher Hill y otros nucleados en la revista Past and Present, Hobsbawm propuso una visión renovada del marxismo, eludió el determinismo más grueso
y planteó los conflictos sociales desde una perspectiva política y cultural.
Leí esos trabajos hace tres décadas, con la guía de Leandro Gutiérrez, y a ambos nos ayudó a pensar nuestro trabajo sobre las sectores populares porteños en la entreguerra, aunque para ello debimos entender -no fue nada fácil- que nuestras sociedades urbanas, móviles e integrativas, eran
radicalmente distintas de las inglesas estudiadas por él.
En fin, somos muchos los que en alguna medida nos sentimos hijos de Hobsbawm. Ya entrando en la edad madura, empezamos a mirarlo de una manera algo más distanciada y crítica. Advertimos, por ejemplo, que sus transparentes esquemas están demasiado subordinados al gran relato marxista.
Más aún, sus Memorias revelan la impronta fuerte del Partido Comunista en su perspectiva de historiador (por ejemplo, en su escaso aprecio por el campesinado y sus posibilidades de transformar la historia). Quizá notemos que no le entusiasman muchas de las novedades que el oficio de historiador
ha incorporado en las últimas décadas, demasiado blandas para su concepción más estructurada.
Hoy nos es difícil seguirlo en todo, como cuando éramos jóvenes. Pero esta toma de distancia con respecto al historiador se combina con la profunda admiración por la persona. Por quien es capaz de seguir fiel a sus convicciones y, a la vez, estar atento a todas las novedades del presente.
Por quien, luego de renunciar al Partido Comunista británico, decidió pertenecer, en espíritu, al Partido Comunista italiano, el de Gramsci.
Sus escritos recientes nos muestran a un historiador nonagenario que conserva intactos su curiosidad y su espíritu crítico. También, a un ciudadano capaz de mantener las convicciones políticas que estructuraron su vida, y enriquecerlas con un sabio escepticismo.
En tiempos de descreimiento, de profesionalismo pragmático y de flexibilidad, sigue siendo un ejemplo admirable.
*HISTORIADOR. DOCENTE (UBA), DIRECTOR CENTRO DE HISTORIA POLITICA (UNSAM)
-Fuente: Clarín.
http://www.clarin.com/diario/2007/06/11/opinion/o-01701.htm
La muerte del perrito*
*Santiago Dabove
Distraídos conversábamos cuando nuestra hermana puso sobre la mesa de té, la cabeza de nuestro perrito. Creyendo soñar, vi esa cabeza raída y cercenada en el comienzo del cuello, rota, sin sangre, secos por completo los bordes de la separación.
Me pareció que me miraba con ojos tristes.
Preguntamos a mi hermanita qué había pasado. Ella dijo que encontró el cuerpo junto a la verja de hierro de filosas aristas y la cabeza a alguna distancia en la acera... El pobre perrito, sin duda, había sacado la cabeza para mirar el codiciado mundo externo y alguien subió con su vehículo y lo decapitó.
Corrí hasta la verja, levanté el cuerpo, lo llevé hasta la mesa de té y para evitar a mi alma la visión sangrienta de las cavidades donde están los hilos que movían un ser tan afectuoso, junté la cabeza con el cuerpo, dando a ésta varias vueltas, como si la tornillase.
Luego le puse tafetán engomado, unos cartones como sostén y até un pañuelo encima.
En mi anhelo de ver su vida, lo empujé. Dio con todo el costado en el suelo. Después inició un movimiento renqueando y dando tumbos y en cierto momento en que cayó en uno de los pequeños estanques del jardín se dejó estar con riesgo de ahogarse.
Lo saqué y continuó su vida confusa, andando en círculo, sin sacudirse el agua. Al fin caminó arrastrándose y, antes de detenerse para siempre, me lamió la mano.
Mi hermano y algunos chicos lloraban.
*La muerte y su traje - Calicanto - Buenos Aires - 1976
La obra de Santiago Dabove (Morón, Buenos Aires, 1889-1952) permaneció, hasta 1961, dispersa y casi inédita. Ese año, como homenaje póstumo, apareció La muerte y su traje, una selección de sus más significativos relatos y poemas.
En casi todos ellos predomina una concepción nihilista y desesperanzada de la vida que se advierte en su preferencia por motivos macabros y sobrenaturales.
Ya en 1940 Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo lo habían incluido en su Antología de la literatura fantástica con su notable cuento "Ser polvo" que ahora reproducimos.
"Alguna vez —ha dicho Jorge Calvetti— debió de haberse asomado a ese bisel azul e inteligente del mundo donde la realidad es doble y la materia entrega su ola última, restallando, como los látigos. Seguramente por eso pudo percibir lo que no todos hemos visto; por eso denotaba la inquietud, el inconformismo y la tristeza que sólo puede mostrar un hombre que ha perdido la esencia de sus días."
Metamorfosis, viajes por el tiempo, increíbles experimentaciones científicas donde lo imaginario se ajusta al razonamiento lógico, se suceden en su libro hasta crear una atmósfera a un mismo tiempo alucinante y poética
*Fuente: http://www.abanico.edu.ar/2004/07/perrito.htm
LA BARCA MILAGROSA*
Preparadme una barca como un gran pensamiento...
La llamarán "La Sombra" unos, otros "La Estrella".
No ha de estar al capricho de una mano ó de un viento:
Yo la quiero consciente, indominable y bella!
La moverá el gran ritmo de un corazón sangriento
De vida sobrehumana; he de sentirme en ella
Fuerte como en los brazos de Dios! En todo viento,
En todo mar templadme su prora de centella!
La cargaré de toda mi tristeza, y, sin rumbo,
Iré como la rota corola de un nelumbo
Por sobre el horizonte líquido de la mar...
Barca, alma hermana; hacia qué tierras nunca vistas,
De hondas revelaciones, de cosas imprevistas
Iremos?... Yo ya muero de vivir y soñar...
De "Elegías dulces"
*De Delmira Agustini.
-Fuente: http://amediavoz.com/agustini.htm
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La desnudez de la existencia humana...
SIN LÍNEAS
Ser un sentimental o un sentimentaloide. No se, lo de sentimentaloide me hace acordar a los tabloides, a esos periódicos que colocan enormes titulares sobre pequeñas noticias, que fingen y se aprovechan de su aptitud histriónica.
Pero adónde y cómo ponemos la línea, y cómo hacemos para no corrernos a la insensibilidad, si el sentimentalismo necio nos aterra.
Hoy estuve en el programa de radio que los hijos y la mujer de Don Caba realizaron para él, como homenaje, como modo de continuar un legado y como afirmación de la vida que se sucede aún después de los decesos.
Myriam tenía miedo de estallar en llanto, de que la madre se partiese por donde se afinan los hilos del espíritu, tenía miedo, Myriam, de dejar brotar la angustia en el micrófono. Y por superposición de muros, tenía miedo Myriam de que los oyentes tuvieran la impresión de que el tono era demasiado alegre.
El programa salió. Logramos sortear el congelamiento de una palabra, la punzada de la canción favorita, esa sensación de que faltaba la persona más importante y más presente pese a la ausencia.
Pero a quién le importa cómo se escuchó si el amor estaba presente.
Myriam y Roque pueden lanzar la carcajada porque el amor por su padre es indudable. Hermelinda puede dar la receta del budín de pan porque hasta el último día estuvo y acompañó y soportó lo que tocó de malo, y disfrutó lo bueno.
Algún necio puede horrorizarse de que hiciéramos chistes, así como puede sentirse satisfecho cuando una llorona adorna el velatorio con sus lágrimas de cebolla.
El amor permite que los que aman de veras puedan parecer sensibles, insensibles o sensibleros, como mejor les parezca o mejor les salga. Ellos sufrirán a su manera y con todo derecho lo expresarán o se lo callarán para si, o le darán un puñetazo al marco de la puerta. Sin necesidad de contar con una línea escrita de antemano, sin necesidad de un público que los apruebe, sin tener que andar dando explicaciones.
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Lunes, 11 de Junio de 2007
"EL OTRO", FILM PROTAGONIZADO POR EL TALENTOSO JULIO CHAVEZ
La desnudez de la existencia humana*
Un cuidadoso relato sobre tránsitos y pasajes, cruces de territorios y de identidades. Los visto y lo oído.
Julio Chávez interpreta magistralmente a un abogado que acaba de enterarse que será padre. Su identidad comenzará a borronearse ante la presencia de una persona en el colectivo.
*Por Emilio A. Bellon
EL OTRO
Argentina - Alemania - Francia, 2007.
Guión y dirección: Ariel Rotter
Fotografía: Marcelo Lavintman
Montaje: Eliane Katz
Intérpretes: Julio Chavez, Inés Molina, María Ucedo, Arturo Goetz, Osvaldo Bonet.
Duración: 84 minutos
Salas de estreno: Monumental, Showcase y Village.
Puntaje: ocho (8)
Tal vez una de las claves para intentar aproximarnos a "El Otro" sea la que nos lleva a poner a prueba nuestra visión, frente al típico panel de letras que caracteriza y define el consultorio de un oftalmólogo. Bien puede ser éste ese indicador inicial que su director y guionista Ariel Rotter elige
para que comencemos a transitar un camino no habitual, solicitándonos que no perdamos de vista lo que inmediatamente está por acontecer. Y simultáneamente, afinar nuestro oído para que los tantos nombres y apellidos que elige el personaje para sí no se deslicen por una equívoca fonética.
Es "El otro" un relato sobre tránsitos y pasajes, cruces de territorios y de identidades, que descansan, inicialmente, en situaciones que nos remiten a los tramos iniciales del film de Michelangelo Antonioni, "El pasajero" de principio de los 70. El modo en que narra esta historia sobre ocultamientos y huidas nos lleva a aquel realizador, por el modo en que el tiempo va penetrando la atención, llevándonos a agudizar nuestra mirada.
El personaje que interpreta magistralmente Julio Chávez es el de un abogado que ya ha cumplido sus 46 años, y que repite diariamente su profesión de manera silenciosa y que luego de conocer que va a ser padre se dispone a viajar por trámites profesionales. En el inicio y el final lo vemos junto a su padre, un veterano que espera sus cuidados y atenciones.
En el momento en que se inicia el film, sabemos que se llama Juan De Souza, que responde a determinadas características que se comenzarán a borronear a partir del momento en que otro nombre y apellido -como acontecía en el film de Antonioni- se instala frente a sus ojos, cercano, a su asiento, en el ómnibus que lo traslada a Victoria (Entre Ríos).
De cierto rigor geométrico, la composición del film pone el acento en el mismo encuadre y en el transcurrir de un tiempo que despierta a otros nombres, según el periplo del personaje que lo lleva a recorrer su propio ser. Es como si por momentos el tiempo quedara suspendido, volviéndose único
personaje en un escenario desolado, que ve cruzar por momentos, no ya un hombre, sino una silueta.
Podemos llegar a pensar que con "El otro", Chávez completa una trilogía, en la que el silencio y la ausencia son sus compañeros de reparto. Por momentos fantasmal, el personaje que compone se manifiesta desde los posibles nombres que va adoptando en un transcurrir de horas, siguiendo los pasos de los personajes que componía en "Extraño" de Santiago Loza y en "El custodio" de Rodrigo Moreno.
Entre "El otro" de Rotter y "El pasajero" de Antonioni sobrevuela el nombre de Luigi Pirandello, desde su novela publicada en 1904, "El difunto Matías Pascal", una de las obras que inaugura la literatura de nuestros tiempo. Y ese puente que trazan estas obras abre interrogantes sobre la crisis personal de un individuo que se traduce en numerosas ramificaciones, que nos llevan en ciertos instantes, a reflexionar sobre nuestra propia identidad.
Rotter ha elegido narrar su historia desde un trabajo de exploración del sonido como pocas veces ha experimentado el cine argentino. Los diferentes planos en los que nuestra mirada se detiene se vuelven pura sonoridad, por la carga subjetiva con que se manifiestan, por la fuerza de los silencios.
Hay una cámara que explora el espacio geográfico, que actúa sobre la presencia de los cuerpos, que se interna en la mirada de los otros. Hay un espacio que se transita con esa duración que ejerce el tiempo sobre los acontecimientos que aún no se han dado y que se avecinan, insinuándose. Una secuencia particularmente define todo un modo de narrar que asume la fuerza del temor y de la distancia, respecto de lo que aún se desconoce. Me refiero a la que nos lleva a recorrer junto al personaje esa carretera poblada de sombras, de espacios vacíos, de repetidos vehículos que atraviesan la noche, de lejanos resplandores del cartel de un bar.
En su segundo film, Rotter ensaya su poética desde un trazo ascético, despojado, que deja en evidencia la desnudez de ciertos aspectos de la existencia humana. Hay un grado de ocultamiento en todo el relato que lleva manejar la intriga por periplos sinuosos y que pueden manifestarse, azarosamente; pero al mismo tiempo calculado, a la vuelta de la esquina.
El film genera por igual adhesiones y rechazos. Esto también ocurrió en un sector del público y de la crítica en su presentación. Algunos han terminado por condenar esa morosidad que, necesariamente, exigen ciertas historias y otros no pueden soportar que allí, donde anidan el silencio y la espera se
fija la herida profunda del conflicto.
Hay algo en "El otro" que nos remite al cine argentino de los años 60, al cine de David José Kohon y de Manuel Antín; directores que nunca fueron saludados por la taquilla. Pero, ajenos a fórmulas demagógicas nos ofrecieron relatos en los que la existencia del hombre se manifiesta como acto de reflexión, como puro acto de mirada. El plano final nos acerca nuevamente a "El pasajero" desde la presencia implacable del tiempo.
*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/12-8915-2007-06-11.html
Lo que sentimos por Hobsbawm*
El gran historiador británico cumplió el sábado noventa años. En nuestro país -donde es tan popular como admirado- su producción ha dejado marcas definitivas para entender períodos clave del desarrollo del capitalismo.
Luis Alberto Romero*
Para muchas generaciones de historiadores argentinos el nombre de Eric Hobsbawm es emblemático de una manera de concebir la historia, de practicar el oficio y de opinar y comprometerse.
Muchos supimos de él en 1964, cuando se tradujo al español Las revoluciones burguesas. Ese año lo leí en la Universidad, y desde entonces lo releí muchas veces, entero o por partes.
Todo Hobsbawm está allí. Su capacidad para articular, a veces de manera sorprendente, muchos y variados aspectos del pasado: de la economía al arte, de la política a la sociedad, de la ciencia al urbanismo. Su escritura, que es atractiva y amigable en la primera lectura, pero densa y compleja cuando se trabaja el párrafo o la línea. Sus esquemas explicativos, que integran cada aspecto, cuestión o dimensión en un gran relato, con sentido definido, al final del cual aparece el propio Hobsbawm, actor de la historia, pues fue un laborioso y convencido militante comunista.
Desde entonces muchos historiadores esperamos con ansiedad los tomos siguientes de su anunciada saga: La era del capitalismo, La era del Imperio y finalmente la Historia del siglo XX (pobre traducción de "la era de los extremos").
Para los docentes, Hobsbawm venía a poner orden en un proceso histórico tan difícil de entender como de enseñar. Durante los últimos veintitrés años estos libros fueron un pilar de nuestro curso de Historia Social en la Universidad de Buenos Aires.
A lo largo de esos años, algunas decenas de docentes y varios miles de estudiantes desmenuzamos sus explicaciones sobre la revolución industrial y el capitalismo, la sociedad burguesa y el mundo obrero, las revoluciones y la política democrática. Sus textos nos ofrecían comprensión del pasado y compromiso con el presente, dos necesidades básicas del universitario.
Otros muchos colegas hicieron lo mismo en universidades y hasta en colegios, y lo convirtieron en un clásico. La muchedumbre que se reunió para escucharlo hace unos años en Buenos Aires da testimonio de una popularidad que casi no tiene parangón en nuestro oficio.
Otros textos de Hobsbawm tuvieron una repercusión más específicamente ligada con la investigación. Bandidos sedujo a historiadores sociales y antropólogos, que buscaron ejemplos locales de sus Robin Hoods. El mismo Hobsbawm, en una visita en 1969, agregó a su multinacional lista de bandidos
el nombre de Mate Cosido. Otros fuimos muy influidos por sus trabajos sobre el movimiento obrero y los trabajadores. Junto con E.P. Thompson, Christopher Hill y otros nucleados en la revista Past and Present, Hobsbawm propuso una visión renovada del marxismo, eludió el determinismo más grueso
y planteó los conflictos sociales desde una perspectiva política y cultural.
Leí esos trabajos hace tres décadas, con la guía de Leandro Gutiérrez, y a ambos nos ayudó a pensar nuestro trabajo sobre las sectores populares porteños en la entreguerra, aunque para ello debimos entender -no fue nada fácil- que nuestras sociedades urbanas, móviles e integrativas, eran
radicalmente distintas de las inglesas estudiadas por él.
En fin, somos muchos los que en alguna medida nos sentimos hijos de Hobsbawm. Ya entrando en la edad madura, empezamos a mirarlo de una manera algo más distanciada y crítica. Advertimos, por ejemplo, que sus transparentes esquemas están demasiado subordinados al gran relato marxista.
Más aún, sus Memorias revelan la impronta fuerte del Partido Comunista en su perspectiva de historiador (por ejemplo, en su escaso aprecio por el campesinado y sus posibilidades de transformar la historia). Quizá notemos que no le entusiasman muchas de las novedades que el oficio de historiador
ha incorporado en las últimas décadas, demasiado blandas para su concepción más estructurada.
Hoy nos es difícil seguirlo en todo, como cuando éramos jóvenes. Pero esta toma de distancia con respecto al historiador se combina con la profunda admiración por la persona. Por quien es capaz de seguir fiel a sus convicciones y, a la vez, estar atento a todas las novedades del presente.
Por quien, luego de renunciar al Partido Comunista británico, decidió pertenecer, en espíritu, al Partido Comunista italiano, el de Gramsci.
Sus escritos recientes nos muestran a un historiador nonagenario que conserva intactos su curiosidad y su espíritu crítico. También, a un ciudadano capaz de mantener las convicciones políticas que estructuraron su vida, y enriquecerlas con un sabio escepticismo.
En tiempos de descreimiento, de profesionalismo pragmático y de flexibilidad, sigue siendo un ejemplo admirable.
*HISTORIADOR. DOCENTE (UBA), DIRECTOR CENTRO DE HISTORIA POLITICA (UNSAM)
-Fuente: Clarín.
http://www.clarin.com/diario/2007/06/11/opinion/o-01701.htm
La muerte del perrito*
*Santiago Dabove
Distraídos conversábamos cuando nuestra hermana puso sobre la mesa de té, la cabeza de nuestro perrito. Creyendo soñar, vi esa cabeza raída y cercenada en el comienzo del cuello, rota, sin sangre, secos por completo los bordes de la separación.
Me pareció que me miraba con ojos tristes.
Preguntamos a mi hermanita qué había pasado. Ella dijo que encontró el cuerpo junto a la verja de hierro de filosas aristas y la cabeza a alguna distancia en la acera... El pobre perrito, sin duda, había sacado la cabeza para mirar el codiciado mundo externo y alguien subió con su vehículo y lo decapitó.
Corrí hasta la verja, levanté el cuerpo, lo llevé hasta la mesa de té y para evitar a mi alma la visión sangrienta de las cavidades donde están los hilos que movían un ser tan afectuoso, junté la cabeza con el cuerpo, dando a ésta varias vueltas, como si la tornillase.
Luego le puse tafetán engomado, unos cartones como sostén y até un pañuelo encima.
En mi anhelo de ver su vida, lo empujé. Dio con todo el costado en el suelo. Después inició un movimiento renqueando y dando tumbos y en cierto momento en que cayó en uno de los pequeños estanques del jardín se dejó estar con riesgo de ahogarse.
Lo saqué y continuó su vida confusa, andando en círculo, sin sacudirse el agua. Al fin caminó arrastrándose y, antes de detenerse para siempre, me lamió la mano.
Mi hermano y algunos chicos lloraban.
*La muerte y su traje - Calicanto - Buenos Aires - 1976
La obra de Santiago Dabove (Morón, Buenos Aires, 1889-1952) permaneció, hasta 1961, dispersa y casi inédita. Ese año, como homenaje póstumo, apareció La muerte y su traje, una selección de sus más significativos relatos y poemas.
En casi todos ellos predomina una concepción nihilista y desesperanzada de la vida que se advierte en su preferencia por motivos macabros y sobrenaturales.
Ya en 1940 Jorge Luis Borges, Adolfo Bioy Casares y Silvina Ocampo lo habían incluido en su Antología de la literatura fantástica con su notable cuento "Ser polvo" que ahora reproducimos.
"Alguna vez —ha dicho Jorge Calvetti— debió de haberse asomado a ese bisel azul e inteligente del mundo donde la realidad es doble y la materia entrega su ola última, restallando, como los látigos. Seguramente por eso pudo percibir lo que no todos hemos visto; por eso denotaba la inquietud, el inconformismo y la tristeza que sólo puede mostrar un hombre que ha perdido la esencia de sus días."
Metamorfosis, viajes por el tiempo, increíbles experimentaciones científicas donde lo imaginario se ajusta al razonamiento lógico, se suceden en su libro hasta crear una atmósfera a un mismo tiempo alucinante y poética
*Fuente: http://www.abanico.edu.ar/2004/07/perrito.htm
LA BARCA MILAGROSA*
Preparadme una barca como un gran pensamiento...
La llamarán "La Sombra" unos, otros "La Estrella".
No ha de estar al capricho de una mano ó de un viento:
Yo la quiero consciente, indominable y bella!
La moverá el gran ritmo de un corazón sangriento
De vida sobrehumana; he de sentirme en ella
Fuerte como en los brazos de Dios! En todo viento,
En todo mar templadme su prora de centella!
La cargaré de toda mi tristeza, y, sin rumbo,
Iré como la rota corola de un nelumbo
Por sobre el horizonte líquido de la mar...
Barca, alma hermana; hacia qué tierras nunca vistas,
De hondas revelaciones, de cosas imprevistas
Iremos?... Yo ya muero de vivir y soñar...
De "Elegías dulces"
*De Delmira Agustini.
-Fuente: http://amediavoz.com/agustini.htm
*
Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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miércoles, junio 06, 2007
EXTINCIONES
EXTINCIONES...
LA VEDA*
La veda, esa suspensión temporaria para la caza rige para ciertas especies en un cierto tiempo. Cuando la especie se ha extinguido, la veda es definitiva.
Cuando se acabó un amor, cuando se pasó la posibilidad del retorno y expiró el último plazo, cuando no sonó ni el timbre de la puerta ni el teléfono, entonces, amigo mío, comienza la zona de exclusión.
Alguien pasa de ser "bichito" o "gordi" a llamarse Federico, por ejemplo. Y sucede así de golpe. De golpe, realmente.
¿Cómo se puede hablar, en qué lenguaje desconocido, a quien ya es otro así de golpe, así por súbita transposición de actitud, cambio de nombre, cierre de puerta?
Un beso que conoce el camino de los labios tiene que recomponer el rumbo a la mejilla, o quedar en gesto inconcluso. Y en vez de la sonrisa al evocar la imagen del otro, esa imagen se resuelve en nudo en la garganta, en un brillo en los ojos justo a punto de brotar como catarata, en una necesidad de cruzarse de piernas o cerrar las manos. Hacer algo.
Es tan reciente el dolor que una se olvida de que hay que sofrenar la ternura, que está prohibido desde ayer acampar en esa playa.
Es tan reciente el dolor que parece que no duele. Hay que darle tiempo para que aparezca el desamparo, para que el pájaro negro de Poe nos diga mil veces "nunca más, nunca más, nunca más". Para comprender que la veda es definitiva y cierto olor, cierto modo de mirar, cierta caricia se han ido
con su dueño en ese "para siempre" que estruja y que hace daño.
La especie se ha extinguido, y, entonces, es en vano tomar arco y flecha. No la hallaremos.
Habrá que prender el calefactor, encender la televisión, pasar el invierno.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
La privatización del planeta*
Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Vandana Shiva, ganadora
del Premio Nobel Alternativo en 1993.
Vandana Shiva, conocida activista india, sostiene que los países del G8 proporcionan a corporaciones multinacionales acceso al mercado de monopolio y llevan a miles de agricultores indios al suicidio a base de proteger las leyes sobre semillas y de propiedad intelectual.
La doctora Vandana Shiva es física, ecologista, activista y escritora.
Además, ha fundado Navdanya, un movimiento a favor de la conservación de la biodiversidad y de los derechos de los agricultores, en la India. También es directora de "Research Foundation for Science, Technology and Natural Resource Policy" (Fundación de Investigación de Políticas Científicas,
Tecnológicas y Ecológicas).
Las mayores amenazas que presenta la globalización son la "cosificación" y la privatización del planeta.
Los Acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), firmados en la Ronda de Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio de 1996, se convirtieron en un punto de
inflexión en el proceso de propiedad intelectual a través de la privatización de formas de vida y biodiversidad.
Los acuerdos ADPIC no sólo globalizaron geográficamente las leyes de derechos de propiedad intelectual, sino que también eliminaron las fronteras éticas, patentando formas de vida y biodiversidad. Organismos vivientes y formas de vida que se generan por sí mismas, incluyendo semillas, fueron
redefinidas como máquinas y artefactos inventados y fabricados por los que las patentan.
A los titulares de las patentes se les otorgó el derecho monopolístico para evitar que otros produjeran, utilizaran o vendieran semillas. El ahorro de semillas por parte de los agricultores ha pasado de ser una "tarea sagrada" a un acto criminal de robo de "propiedad". El artículo 27.3 (b) de los acuerdos ADPIC, que hace referencia a las patentes sobre recursos vivos, fue introducido prácticamente a la fuerza por las empresas de ciencias biológicas para poder coronarse como las reinas de la vida.
Patentando la vida
La firma de los acuerdos ADPIC ha traído como consecuencia el hecho de que compañías del sector químico de todo el mundo hayan comprado empresas bioquímicas y semilleros, reivindicando patentes sobre genes, semillas, plantas y animales.
El 80% de las semillas modificadas genéticamente que se plantan son propiedad intelectual de Monsanto. La empresa agrícola también posee patentes sobre una amplia gama de algodones, mostazas y soja, es decir, de semillas que Monsanto no ha "inventado" ni "creado", sino que han ido evolucionando a lo largo de siglos de innovación gracias a que los agricultores confiaron en la biodiversidad natural.
Una de las consecuencias de la globalización es que corporaciones como Monsanto se hayan hecho con el monopolio de las semillas. Estas empresas entraron por primera vez en la India a través de semillas de algodón híbridas y después con semillas de algodón Bt transgénicas, resistentes a los insectos. Las semillas de alto coste, que no son ni renovables ni fiables, hacen pasar difíciles apuros a los agricultores indios, llevando a miles a suicidarse. Las cifras oficiales del Gobierno, que se hicieron públicas en un debate parlamentario en 2006, ascienden a 150.000 suicidios la pasada década. El "cinturón del suicidio" coincide con las regiones en las que empresas como Monsanto han asentado sus monopolios.
El G8 promueve los mercados monopolistas
Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: "Cuartel
general" de Monsanto en San Louis, Missouri, Estados Unidos.
Y, sin embargo, en lugar de promover el acceso a semillas para todos los agricultores y el acceso a medicinas para todas las personas, el G8 está fomentando que las grandes corporaciones, que también son los gigantes de la biotecnología de las semillas, monopolicen el mercado.
Las prioridades para el G8, tal y como ha anunciado el asesor personal de la Canciller, hacen repetida mención a la promoción de derechos de propiedad intelectual reforzados para las empresas, haciendo caso omiso de las consecuencias que las patentes sobre semillas tienen para los agricultores.
El comunicado sobre las prioridades reza como sigue:
"La innovación es el fundamento del bienestar en las sociedades del conocimiento. La protección de la innovación, sobre todo en las relaciones comerciales y de inversiones a nivel internacional, desempeña un papel decisivo para la voluntad de invertir en investigación y desarrollo. Vemos la necesidad de actuar, especialmente en el marco de la mejora de las cooperaciones internacionales, para implementar derechos de propiedad intelectual en la lucha contra la piratería de marcas y productos."
No se hace mención alguna a la biopiratería como parte de los derechos de propiedad intelectual. Se asume que las patentes de productos son un derecho, mientras que las patentes de procesos son consideradas "piratería de productos". Esto constituye un apoyo directo a los monopolios corporativos de semillas.
El G8, en lugar de comprometerse a llevar a cabo la pendiente revisión de los acuerdos ADPIC, ha establecido como prioridad la firma de nuevos acuerdos para imponer monopolios y patentes que favorecen a las corporaciones.
Si los acuerdos ADPIC han matado a cientos de miles de agricultores en la India a base de negarles las semillas, ¿cuánta más violencia desatará una versión extendida de los mismos, dirigida por el G8, en el Tercer Mundo? Los derechos de propiedad intelectual corporativos se han convertido en una
amenaza para la supervivencia de los más pobres.
*Vandana Shiva (I.G.U.)
-Fuente:
http://www.dw-world.de/dw/article/0,,2569602,00.html?maca=spa-Titulares-640-html
UNA MIRADA*
He observado los bosques para ver únicamente los árboles de corteza caduca y hojas desnaturalizadas por las babosas. He visto los hongos comiéndose la oscuridad de la tierra, pájaros parasitados y animales moribundos en la maleza. He visto tormentas destructivas en la espesura, y
no me es ajena la cicatriz del rayo en los troncos torturados. No me es ajeno el dolor de los bosques, no comprendo cuando dices "mira" y sonríes a tal espectáculo de muerte y sufrimiento. No me es ajeno el espanto de la espesura.
Me muestras los mares, y las olas de sucia espuma rompen en playas formadas por millones de cadáveres calcáreos. Cómo mirar el mar, me pregunto, cómo admirarlo. Cómo evitar en él el naufragio, el llanto de las viudas, la extinción de los roncos mugidos de los cetáceos. No me son ajenos, te digo, los espantos oceánicos.
Diriges mi vista hacia las humanas multitudes. Señalas un niño, veo en él presentes y futuras crueldades, veo la lenta degradación de los órganos, el velo enquistado de los saberes falsos, de la dureza que hará de él soldado de inquisiciones, verdugo y juez de sus semejantes.
Alumbras para mí a un par de enamorados. Se devorarán, te digo, no hay forma alguna de que no acaben tironeando de sus propios despojos. Acabará la caricia en garra, el beso en colmillo, la ternura en cuchilla afilada. No me es ajeno, tampoco, el amor. Que ya lo he visto. No me es ajeno el amor, y no
conozco donativo más oneroso.
Meneas la cabeza tristemente. Me dices que tu paisaje es bello, que hay ternura en tu universo, que las sombras están, pero debajo de los claros objetos.
Dichosa de ti, dichosos los dichosos. Cíclope soy. Esto veo.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
RUTKA LASKIER ERA UNA POLACA JUDIA QUE MURIO EN AUSCHWITZ
Después de 64 años, salió a la luz el diario de otra chica que sufrió el Holocausto*
Lo dio a conocer una amiga. Como el de Ana Frank, cuenta la vida bajo el terror nazi.
"Si Dios existiera, no permitiría que los seres humanos fueran arrojados vivos a hornos y que las cabezas de pequeñas criaturas fueran aplastadas con las culatas de armas o que asesinaran gente con gas. (...) La soga alrededor nuestro se está volviendo cada vez más apretada. Me estoy convirtiendo en un animal que aguarda su muerte". Rutka Laskier (1929 - 1943)
THE NEW YORK TIMES. ESPECIAL
El Museo del Holocausto de Israel dio a conocer este lunes el diario de una joven judía de 14 años considerada "la Ana Frank polaca". Pasados más de 60 años desde que esta adolescente lo escribió, el diario describe de manera muy vívida la forma cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor mientras
ella alcanzaba la mayoría de edad en el interior de un ghetto judío.
"La soga alrededor nuestro se está volviendo cada vez más apretada", escribió en 1943 Rutka Laskier, poco antes de ser enviada a Auschwitz. "Me estoy convirtiendo en un animal que aguarda su muerte".
Pocos meses después, Rutka moría. El año pasado, una amiga polaca que había guardado su cuaderno hizo saber de su existencia. El museo aclaró que la veracidad de este diario fue convalidada por especialistas y sobrevivientes del Holocausto.
"El cuaderno de Rutka" es tanto un relato en forma de diario de 60 páginas sobre los horrores del Holocausto en Bedzin, Polonia, como una suerte de álbum con el detalle de vida de una adolescente típica obligada a vivir bajo circunstancias extraordinarias.
Seis millones de judíos fueron asesinados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, después que los europeos de esta religión fueron agrupados en ghettos, expulsados de la mayoría de los trabajos y obligados a usar estrellas amarillas sobre su ropa.
"Simplemente no me hago a la idea, todavía, de que un día podré salir de esta casa sin una estrella amarilla sobre mi ropa", escribió Rutka Laskier el 8 de febrero de 1943. "O que esta guerra va a terminar un día. Si esto llega a ocurrir, seguramente me volveré loca de alegría".
"Si Dios existiera, no permitiría que los seres humanos fueran arrojados vivos a hornos y que las cabezas de pequeñas criaturas fueran aplastadas con las culatas de armas o que asesinaran gente con gas".
Al día siguiente, inició su cita diaria con una encendida descripción de su odio hacia sus martirizadores nazis pero luego, a modo de digresión, relató el gran amor que sentía por un chico de nombre Janek.
"Creo que se ha despertado la mujer en mí", admitió en las intensas páginas en su diario.
Cuando Rutka sintió temor por no llegar a sobrevivir, le contó a su amiga Stanislawa Sapinska sobre la existencia de este cuaderno, y ésta lo escondió.
"Ella quería que yo salvara este diario", admite Sapinska hoy, con 80 y pico de años.
Fue sólo por pedido de su sobrino más joven que Sapinska aceptó difundirlo el año pasado. Ahora está en manos del Museo del Holocausto en Israel.
"Tengo la impresión de que ésta es la última vez que escribo. ¡Ojalá todo esto terminara ya de una vez! Esto es un tormento. Es el infierno", dejó asentado en su diario el 20 de febrero de 1943.
TRADUCCION: Silvia S. Simonetti
-Fuente: Clarín. http://www.clarin.com/diario/2007/06/06/sociedad/s-03401.htm
INOCENCIA*
El siempre ha habitado el bosque. Este bosque. Este bosque que es, precisamente, lo que la palabra bosque nombra. Le mot juste, la palabra precisa.
Ha deambulado largamente por la foresta frondosa de gacelas de patas temblorosas y de almendrados ojos titilantes; ha transitado los senderos de pájaros de plumaje fantástico. Ha visto virar las hojas desde el espléndido verde al rojo ígneo, en atardeceres que fueron ocasos y también otoños de
ardiente puesta del día.
Solo es. La dulzura del aire se ofrece a sus pulmones limpios, la soledad no es una jaula estrecha. La soledad es este bosque interminable que se ofrece en sonidos y en imágenes de sólida belleza, intacta belleza. Cada día es el primer día. La lluvia limpia el universo cada vez.
No conoce la pérdida del acostumbramiento. Cada erguido árbol, cada arbusto retorcido le brinda nuevos deleites en insectos que danzan el aire, en frutos de esférica alegría, en tiernas raicillas que dibujan evanescentes formas fundidas a la perfecta simetría de las telas de araña.
Ah la alegría de las gotas de rocío capturando la primera luz, la última luz.
Solo es. La soledad no le aferra el pecho, no estrecha sus costillas.
La soledad no lo abraza con su estrangulamiento de enredadera. No sabe que está solo, y ello lo mantiene salvo de su oscuro veneno.
Siente el gozo de la tierra debajo y del firmamento curvo que dibujan su mundo de capullo cóncavo.
Solo es. Nada lo requiere con premura. Puede demorarse y fluir, puede transcurrir mansamente. Nada lo inquieta.
El ojo de agua en la espesura espeja el mundo. Mira la superficie y se ve a sí mismo como si no se viera. La presencia del otro no lo inquieta. Ve su imagen y es su imagen. No existe la obligación de hallar compañía en el espejo, no lo aferra la bíblica promesa, la bíblica maldición del apareamiento. Solo es.
Único y completo, solo es.
En su universo habita hasta ahora. Este ahora que le ofrece una muchacha casi niña entredormida, entrevista, entresoñada en su lecho de trébol húmedo.
Súbitamente una muchacha casi niña, ingenuidad de melodía sin semitonos en la súbita muchacha entrevista, entredormida, entresoñada.
Súbita muchacha en el lecho de trébol húmedo.
Jóvenes brazos de luna nueva, blancas curvas, tierna postura sedente.
El bosque expone el secreto de la niña clara, aliento de helecho matutino, escultura blanda. De pronto el bosque expone su secreto.
Es la doncella florida, la arcilla dócil, la forma exacta. De pronto el bosque halla su expresión en una criatura que lo resume.
Se acerca con pasos breves.
La recorre tocándola con la mirada, y allí están los anocheceres oscuros, las promesas de la fronda susurrante, la convergencia de los caminos y las aves aleteantes. Todo en ella está. Cada gesto suave de los largos tallos ondulados, cada aroma de fruta madura. Todo en ella se manifiesta.
El bosque es esta figura extendida, y lo contiene como un minúsculo camafeo.
Se acerca con pasos breves. Descansa la cabeza en el regazo de miel y nido. Siente por primera vez que ha estado solo, siente que esta niña le falta, que la añora desde ahora, cuando su cabeza reposa en un estrecho contacto que ya es separación y lejanía.
Ha recibido la amarga revelación de que él es un ser entre los seres, la demorada maldición de saber su individualidad. La condenación lo alcanza en este instante en que ya no es el bosque sino que increíble, atrozmente está en el bosque.
Decir que los hombres mataron al unicornio es acaso un agregado innecesario.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
TIEMPO CERO*
*de Italo Calvino
Tengo la impresión de que no es la primera vez que me encuentro en esta situación: con el arco apenas flojo en la mano izquierda tendida hacia adelante, la mano derecha contraída atrás, la flecha F suspendida en el aire a casi un tercio de su trayectoria y, un poco más allá, suspendido también en el aire y también a casi un tercio de su trayectoria, el león L en el acto de saltar sobre mí con las fauces abiertas y las garras extendidas.
Dentro de un segundo sabré si la trayectoria de la flecha y la del león vendrán o no a coincidir en un punto X atravesado tanto por L como por F en el mismo segundo tx, es decir, si el león se desplomará en el aire con un rugido sofocado por el borbotón de sangre que le inundará la negra garganta atravesada por la flecha, o si caerá incólume sobre mí derribándome con un doble zarpazo que me desgarrará el tejido muscular de los hombros y del tórax, mientras su boca, cerrándose con un simple golpe de mandíbulas, me separará la cabeza del cuello a la altura de la primera vértebra.
Tan numerosos y complejos son los factores que condicionan el movimiento parabólico tanto de las flechas como de los felinos, que no me permiten por el momento juzgar cuál de sus eventualidades es más probable. Me encuentro pues en una de esas situaciones de incertidumbre y espera en las que no se
sabe realmente qué pensar. Y el pensamiento que se me presenta es éste: me parece que no es la primera vez.
No quiero referirme aquí a otras experiencias mías de caza: el arquero, apenas cree que ha adquirido experiencia, está perdido; cada león que encontramos en nuestra breve vida es diferente de cualquier otro león; guay si nos detenemos a hacer confrontaciones, a deducir nuestros movimientos de normas y presuposiciones. Hablo de este león L y de esta flecha F que han llegado ahora a casi un tercio de sus respectivas trayectorias.
Y tampoco puedo ser incluido entre los que creen en la existencia de un león primero y absoluto, del cual todos los diversos leones particulares y aproximativos que nos saltan encima son sólo sombras o apariencias. En nuestra dura vida no hay lugar para nada que no sea concreto y captable por
los sentidos.
Igualmente extraña me es la opinión del que dice que cada uno lleva en sí desde su nacimiento un recuerdo de león que amenaza en sus sueños, heredado de padre a hijo, y así cuando ve un león se dice en seguida: ¡vaya, el león!
Podría explicar por qué y cómo he llegado a excluirlo, pero no me parece que sea éste el momento oportuno.
Básteme decir que por «león» entiendo sólo esta mancha amarilla que emerge de un matorral de la sabana, este bufido ronco que exhala olor de carne sanguinolento, y el pelo blanco del vientre y el rosa bajo las zarpas, y el ángulo agudo de las uñas retráctiles como las veo ahora cerniéndose sobre mí
en una mezcla de sensaciones que llamo «león» por darle un nombre, aunque está claro que no tiene nada que ver con la palabra león ni tampoco con la idea de león que uno podría hacerse en otras circunstancias.
Si digo que este instante que estoy viviendo no es la primera vez que lo vivo, es porque la sensación que tengo es como de un ligero desdoblarse de imágenes, como si al mismo tiempo viera no un león o una flecha sino dos o más leones y dos o más flechas superpuestos con un corrimiento apenas perceptible, de modo que los contornos sinuosos de la figura del león y el segmento de la flecha resultan subrayados o mejor aureolados por líneas más sutiles y de color más esfumado. El desdoblamiento sin embargo podría ser solamente una ilusión con la cual me represento una sensación de espesor de otro modo indefinible, por la cual león flecha matorral son algo más que este león esta flecha este matorral, es decir, la repetición interminable de león flecha matorral dispuestos en esa precisa relación con una interminable
repetición de mí mismo en el momento en que apenas he aflojado la cuerda de mi arco.
No quisiera sin embargo que esta sensación como la he descrito se asemejase demasiado al reconocimiento de algo ya visto, flecha en esa posición y león en aquella otra y recíproca relación entre las posiciones de la flecha y del león y de mí plantado aquí con el arco en la mano; preferiría decir que lo que he reconocido es solamente el espacio, el punto del espacio en que se encuentra la flecha y que estaría vacío si la flecha no estuviera, el espacio vacío que ahora contiene al león y el que me contiene ahora a mí, como si en el vacío del espacio que ocupamos, o mejor atravesamos - es decir, que el mundo ocupa o, mejor, atraviesa -, algunos puntos me hubieran resultado reconocibles en medio de todos los otros puntos igualmente vacíos e igualmente atravesados del mundo. Y que quede bien claro: no es que este reconocimiento suceda en relación, por ejemplo, con la configuración del terreno, con la distancia del río o de la selva; el espacio que nos circunda es un espacio siempre diverso, lo sé, sé que la Tierra es un cuerpo celeste que se mueve en medio de otros cuerpos celestes que se mueven, sé que ninguna señal, ni en la Tierra ni en el cielo, puede servirme de punto de referencia absoluto, tengo siempre presente que las estrellas giran en la rueda de la galaxia y las galaxias se alejan una de la otra con velocidad
proporcional a la distancia. Pero la sospecha que me ha asaltado es justamente ésta: haber llegado a encontrarme en un espacio que no me es nuevo, haber vuelto a un punto por el cual ya habíamos pasado. Y como no se trata sólo de mí sino también de una flecha y de un león, no es el caso de pensar que sea un azar: aquí se trata del tiempo, que continúa recorriendo una huella que ya ha recorrido. Podría pues definir como tiempo y no como espacio ese vacío que me ha parecido reconocer al atravesarlo.
La pregunta que ahora me hago es si un punto del recorrido del tiempo puede superponerse a puntos de recorridos precedentes. En este caso, la impresión de espesor de las imágenes se explicaría como la palpitación repetida del tiempo en un instante idéntico. Podría también darse, en ciertos puntos, un
pequeño corrimiento entre un recorrido y el otro: imágenes ligeramente desdobladas o desenfocadas serían el indicio de que el trazado del tiempo está un poco desgastado por el uso y deja un sutil margen de juego en torno a sus pasajes obligados. Pero aunque no se tratase de un momentáneo efecto óptico, queda el acento como de una cadencia que me parece oír palpitar en el instante que estoy viviendo. No quisiera sin embargo que lo que he dicho hiciese pensar que este instante está como dotado de una especial consistencia temporal en la serie de instantes que lo preceden y lo siguen: desde el punto de vista del tiempo es exactamente un instante que dura como los otros, indiferente a su contenido, suspendido en su carrera entre el pasado y el futuro; lo que me parece haber descubierto es su recorrer puntual en una serie que se repite cada vez idéntica a sí misma.
En una palabra, todo el problema, ahora que la flecha traspasa el aire con un silbido y el león se arquea en su salto y no se puede prever todavía si la punta embebida en el veneno de serpiente traspasará el pelo leonado entre los ojos desorbitados o si errará el blanco abandonando mis vísceras inermes
al desgarrón que las separará de la urdimbre de huesos donde están ahora ancladas y las arrastrará dispersas por el suelo ensangrentado y polvoriento hasta que antes de la noche los cuervos y los chacales hayan borrado la última huella; todo el problema para mí es saber si la serie de que forma parte este segundo está abierta o cerrada. Porque si, como me parece haber oído sostener alguna vez, es una serie finita, si el tiempo del universo ha comenzado en cierto momento y continúa en una explosión de estrellas y nebulosas cada vez más enrarecidas hasta el momento en que la dispersión alcance el límite extremo y estrellas y nebulosas vuelvan a concentrarse, la consecuencia que debo sacar es que el tiempo volverá sobre sus pasos, que la cadena de los minutos se desenrollará en sentido inverso, hasta que se
llegue de nuevo al principio, para recomenzar después, todo esto infinitas veces - y no está dicho, entonces, que haya tenido un comienzo: el universo no hace sino pulsar entre dos momentos extremos, obligado a repetirse desde siempre -, así como infinitas veces se ha repetido y se repite este segundo
en que ahora me encuentro.
Tratemos pues de ver claro: yo me encuentro en un punto espaciotemporal intermedio cualquiera de una fase del universo; al cabo de centenares de millares de billones de segundos he aquí que la flecha y el león y yo y el matorral nos hemos encontrado como nos encontramos ahora, y este segundo será de inmediato tragado y sepultado en la serie de los centenares de millares de billones de segundos que continúa, independientemente del resultado que tenga de aquí a un segundo el vuelo convergente o corrido del león y de la flecha; después en cierto momento la carrera invertirá su sentido, el universo repetirá su curso a la inversa, de los efectos resurgirán puntuales las causas, e incluso de estos efectos que me esperan y que no conozco, de una flecha que se clava en el suelo levantando una nube amarilla de polvo y menudas astillas de sílex o que traspasa el paladar de la fiera como un nuevo diente monstruoso, se regresará al momento que ahora estoy viviendo, la flecha volviendo a empulgarse como chupada en el arco tenso, el león cayendo detrás del matorral sobre las zarpas posteriores contraídas a resorte, y todo el después será poco a poco borrado segundo por segundo por el retorno del antes, será olvidado en el descomponerse de los miles de millones de combinaciones de neuronas dentro de los lóbulos de los
cerebros, de modo que nadie sabrá que vive en el reverso del tiempo como ni siquiera yo ahora estoy seguro de cuál es el sentido en que se mueve el tiempo en que me muevo, y si el después que espero no ha sucedido ya en realidad hace un segundo, llevando consigo mi salvación o mi muerte.
Lo que me pregunto es si, considerando que a este punto de todos modos se ha de volver, no es cosa de que yo me detenga, que me detenga en el espacio y en el tiempo, mientras la cuerda del arco apenas aflojada se curva en la dirección opuesta a aquella hacia la cual había estado anteriormente tendida, y mientras el pie derecho apenas aliviado del peso del cuerpo se levanta en una torsión de noventa grados, y de que esté así inmóvil esperando que de la oscuridad del espaciotiempo vuelva a salir el león y a
disponerse contra mí con las cuatro zarpas altas en el aire, y la flecha vuelva a insertarse en su trayectoria en el punto exacto en que está ahora.
¿Para qué sirve en realidad seguir si antes o después tendremos que encontrarnos en esta situación? Da lo mismo que yo me conceda un descanso de unas decenas de miles de millones de años, y deje que el resto del universo continúe su carrera espacial y temporal hasta el fin, y espere el viaje de retorno para saltar de nuevo dentro, y después volver atrás en la historia mía y del universo hasta los orígenes, y después recomenzar otra vez para encontrarme aquí de nuevo - o que deje que el tiempo vuelva atrás por su cuenta y después vuelva a acercárseme mientras yo estoy siempre quieto esperando -, y ver entonces si la vez es buena para decidirme a dar el otro paso, para ir a dar una ojeada a lo que me sucederá dentro de un segundo, o si no me conviene detenerme definitivamente aquí. Para eso no es necesario que mis partículas materiales sean sustraídas a su curso espaciotemporal, a la sanguinaria efímera victoria del cazador o del león: estoy seguro de que una parte de nosotros queda de todos modos enviscada en cada intersección del tiempo y, del espacio, y por lo tanto bastaría no separarse de esa
parte, identificarse con ella, dejando que el resto gire como debe girar hasta el final.
Se me presenta, en suma, esta posibilidad: constituir un punto fijo en las fases oscilantes del universo. ¿Debo aprovechar la ocasión o mejor dejarla pasar? Detenerme, quizá me detendría no yo solo, cosa que, me doy cuenta, tendría poco sentido, sino yo junto con lo que sirve para definir este instante para mí, flecha león arquero suspendidos así como estamos para siempre. Me parece en realidad que si el león supiera claramente cómo están las cosas, de seguro también él estaría de acuerdo en permanecer como se
encuentra ahora, a casi un tercio de la trayectoria de su salto furioso, y en separarse de aquella proyección de sí mismo que dentro de un segundo irá al encuentro de los rígidos espasmos de la agonía o de la masticación rabiosa de un cráneo humano todavía caliente. Puedo hablar, pues, no sólo por mí, sino también en nombre del león. Y en nombre de la flecha, porque una flecha no puede querer sino ser flecha como lo es en este rápido momento, y aplazar el destino de desperdicio romo que le espera, cualquiera
que sea el blanco en que dé.
Establecido, pues, que la situación en que nos encontramos ahora yo y león y flecha en este instante t0 se verificará dos veces para cada vaivén del tiempo, idéntica las tres veces, y así ya se había repetido tantas veces cuantas el universo ha repetido su diástole y su sístole en el pasado - si es que tiene sentido hablar de pasado y de futuro para la sucesión de estas fases, cuando sabemos que no tiene ninguno en el interior de las fases -, queda siempre la incertidumbre sobre las situaciones en los sucesivos segundos t1, t2, t3, etcétera, así como parecía incierta en los precedentes t-1, t-2, t-3, etcétera.
Las alternativas, mirándolo bien, son éstas: o las líneas espaciotemporales que el universo sigue en las fases de su pulsación coinciden en todos sus puntos; o bien coinciden sólo en algunos puntos excepcionales, como el segundo que estoy viviendo, para diverger después en los otros.
Si esta última alternativa es la justa, desde el punto espaciotemporal en que me encuentro parte un haz de posibilidades que cuanto más avanzan en el tiempo más divergen en cono hacia futuros completamente diferentes entre sí, y a cada vez que me encuentre aquí con la flecha y el león en el aire corresponderá un diferente punto X de intersección de sus trayectorias, cada vez el león será herido de manera diferente, tendrá una agonía diferente o encontrará en medida diferente nuevas fuerzas para reaccionar, o no será herido y se arrojará sobre mí cada vez de una manera diferente dejándome o
no dejándome posibilidad de defensa, y mis victorias y mis derrotas en la lucha con el león se revelan potencialmente infinitas, y cuantas más veces sea yo despedazado tantas más probabilidades tendré de dar en el blanco la próxima vez que me encuentre aquí de nuevo dentro de miles de millones de años, y sobre esta situación mía de ahora no puedo emitir ningún juicio porque en caso de que yo esté viviendo la fracción de tiempo inmediatamente anterior a la garra de la fiera, éste sería el último momento de una época feliz, mientras que si lo que me espera es el triunfo con que la tribu acoge al cazador de leones victorioso, esto que estoy viviendo es el colmo de la angustia, el punto más negro del descenso a los infiernos que debo cumplir para merecer la apoteosis. De esta situación, pues, me conviene huir sea
como fuere lo que me aguarda, porque si hay un intervalo de tiempo que no cuenta nada es justamente éste, definible sólo en relación con el que le sigue, es decir, en sí mismo este segundo no existe, y no hay ninguna posibilidad no sólo de detenerse en él sino de atravesarlo lo que dura un segundo, en suma, es un salto del tiempo entre el momento en que el león y la flecha han emprendido su vuelo y el momento en que un chorro de sangre irrumpirá de las venas del león o de las mías.
Añádase que si de este segundo parten en cono infinitas líneas de posibles futuros, las mismas líneas provienen oblicuas de un pasado que es también un cono de posibilidades infinitas, por lo tanto el yo mismo que se encuentra ahora aquí con el león que se le desploma desde lo alto y con la flecha que
abre su camino en el aire, y un yo mismo cada vez diferente porque el pasado la edad la madre el padre la tribu la lengua la experiencia son diferentes cada vez, el león es siempre otro león aunque sea exactamente así como lo veo cada vez, con la cola que en el salto se ha replegado acercando el
mechón al flanco derecho en un movimiento que podría ser tanto un latigazo como una caricia, con las crines tan abiertas que tapan a mi vista gran parte del pecho y del torso y sólo dejan surgir lateralmente las zarpas anteriores levantadas como preparándose para un abrazo jubiloso pero en
realidad prontas a hundirme las uñas en los hombros con todas sus fuerzas, y la flecha está hecha de una materia siempre diferente, aguzada con diferentes instrumentos, envenenada con disímiles serpientes, pero siempre atravesando el aire con la misma parábola y el mismo silbido. Lo que no cambia es la relación entre yo flecha león en ese instante de incertidumbre que se repite igual, incertidumbre cuya apuesta es la muerte, pero es preciso reconocer que si esta muerte inminente es la muerte de un yo con
diferente pasado, de un yo que ayer por la mañana no ha estado recogiendo raíces con mi prima, es decir, mirándolo bien, otro yo, de un extraño, quizá de un extraño que ayer por la mañana estuvo recogiendo raíces con mi prima, por lo tanto de un enemigo, aunque aquí en mi lugar las otras veces en cambio de estar yo había otro, no es que me importe ya mucho saber si la vez antes o la vez después la flecha dio o no en el león.
En este caso entonces queda excluido que el detenerme en t0 por todo el curso del espacio y del tiempo tenga para mí interés. Se mantiene siempre sin embargo la otra hipótesis: así como en la vieja geometría bastaba que las líneas coincidieran en dos puntos para que coincidieran en todos, así puede darse que las líneas espaciotemporales trazadas por el universo en sus fases alternas coincidan en todos sus puntos y entonces no sólo t0 sino también t1 y t2 y todo lo que vendrá después coincidirán con los respectivos
t1, t2, t3 de las otras fases, y así todos los segundos precedentes y siguientes, y yo estaré reducido a tener un solo pasado y un solo futuro repetidos infinitas veces antes y después de este momento. Cabe sin embargo preguntarse si tiene sentido hablar de repetición cuando el tiempo consiste en una serie única de puntos tales que no permiten variaciones ni en su naturaleza ni en su sucesión: bastaría entonces decir que el tiempo es finito y siempre igual a sí mismo, y por lo tanto puede considerarse como
dado contemporáneamente en toda su extensión formando una pila de estratos de presente; es decir, se trata de un tiempo absolutamente lleno, en cuanto cada uno de los átomos en que es descomponible constituye como un estrato que está continuamente presente, inserto entre otros estratos también
continuamente presentes. En resumen, el segundo t0 en el que están la flecha F0 y un poco más allá el león L0 y aquí el yo mismo Q0 es un estrato espaciotemporal que permanece detenido e idéntico para siempre, y junto a ese se dispone t, con la flecha F, y el león L, y el yo mismo Q, que han cambiado ligeramente sus posiciones, y, allí al lado está t2 que contiene F2, L2 y Q2 y así sucesivamente. En uno de esos segundos puestos en fila resulta claro quién vive y quién muere entre el león Ln y el yo mismo Qn, y en los segundos siguientes seguramente se están desenvolviendo: o los festejos de la tribu al cazador que vuelve con los despojos del león, o los funerales del cazador mientras a través de la sabana se difunde el terror al paso del león asesino. Cada segundo es definitivo, cerrado, sin interferencias con los otros, y yo Q0. aquí en mi territorio t0, puedo estar absolutamente tranquilo y desinteresarme de lo que contemporáneamente está sucediendo a Q1, Q2, Q3, Qn. en los respectivos segundos vecinos míos,
porque en realidad los leones L1, L2, L3, Ln no podrán jamás ocupar el lugar del notorio y todavía inofensivo aunque amenazante L0, mantenido a raya por una flecha en vuelo F0 portadora aún en sí de esa potencia mortífera que podría revelarse desperdiciada por F1, F2, F3, Fn, en su disponerse en
segmentos de trayectoria cada vez más distantes del blanco, ridiculizándome como el arquero más chambón de la tribu, o mejor ridiculizando como chambón a aquel Q0, que en t-1 apunta con su arco.
Sé que la comparación con los fotogramas de una película, se impone espontáneamente, pero si he evitado hasta ahora hacerla he tenido mis razones. Es cierto que cada segundo está encerrado en sí mismo y es
incomunicable con los otros exactamente corno un fotograma, pero para definir su contenido no bastan los puntos Q0 L0, F0, con los cuales lo limitaremos a una escenita de caza del león, todo lo dramática que se quiera pero desde luego no muy vasta de horizontes; lo que ha de tenerse en cuenta contemporáneamente es la totalidad de los puntos contenidos en el universo en ese segundo t0, no uno exclusivamente, y entonces el fotograma es mejor quitárselo de la cabeza porque no hace más que confundir las ideas.
De modo que yo ahora que he decidido habitar para siempre este segundo t0 - y si no lo hubiera decidido sería lo mismo porque en cuanto Q0 no puedo habitar ningún otro - tengo toda la comodidad para mirar a mi alrededor y contemplar segundo en toda su extensión. Aquel abarca a mi derecha un río
negreante de hipopótamos, a mi izquierda la sabana blanconegreante de cebras y esparcidos en varios puntos del horizonte algunos baobabs amarillonegreantes de tucanes, cada uno de estos elementos contramarcado por las posiciones que ocupan respectivamente los hipopótamos H(a)0, H(b)0,
H(c)0, etcétera, las cebras C(a)0, C(b)0, C(c)0, etcétera, los tucanes T(a)0, T(b)0, T(c)0, etcétera. Aquel comprende además aldeas de caballas y almacenes de importaciones y exportaciones, plantaciones que ocultan bajo tierra millares de semillas en momentos diversos de su proceso de germinación, desiertos interminables con la posición de cada granito de arena G(a)0, G(b)0... G(n)0 transportado por el viento, ciudades de noche con ventanas iluminadas y ventanas apagadas, ciudades de día con semáforos
rojos y amarillos y verdes, curvas de la productividad, índices de precios, cotizaciones de bolsa, propagaciones de enfermedades infecciosas con la posición de cada uno de los virus, guerras locales con ráfagas de balas B(a)0, B(b,)0, B(n)0, suspendidas en su trayectoria que quién sabe si herirán a los enemigos E(a)0, E(b)0, E(n)0 escondidos entre las hojas, aeroplanos con racimos de bombas que han de, ser soltadas, guerra total implícita en la situación internacional IS0 que no se sabe en qué momento se
convertirá en guerra total explícita, explosiones de estrellas supernovas que podrían cambiar radicalmente la configuración de nuestra galaxia...
Cada segundo es un universo, el segundo que vivo es el segundo en que habito, the second I live is the second I live in, tengo que habituarme a pensar mi razonamiento contemporáneamente en todas las lenguas posibles si quiero vivir extensivamente mi instante-universo. A través de las combinaciones de todos los datos contemporáneos podré alcanzar un conocimiento objetivo del instante-universo t0 en toda su extensión espacial yo incluido, dado que en el interior de t0 yo Q0 no estoy determinado por mi
pasado Q-1 Q-2 Q-3 etcétera sino por el sistema constituido por todos los tucanes T0, balas B0, virus V0, sin los cuales no podría establecerse que yo soy Q0. Más aún, dado que ya no me preocupa qué le ocurrirá a Q1, Q2 Q3 etcétera, no es cosa de que siga adoptando el punto de vista subjetivo que
me ha guiado hasta aquí, puedo identificarme tanto conmigo como con el león o con el granito de arena o con el índice del costo de la vida o con el enemigo o con el enemigo del enemigo.
Para hacer esto basta establecer con exactitud las coordenadas de todos esos puntos y calcular algunas constantes. Podría por ejemplo poner de relieve todas las componentes de suspensión e incertidumbre que valen tanto para mí como para el león la flecha las bombas el enemigo y el enemigo del enemigo,
y definir t0 como un momento de suspensión e incertidumbre universal. Pero esto no me dice todavía nada de sustancial sobre t0 porque admitiendo que se trata de un momento de todos modos terrible como me parece ya probado, podría ser tanto un momento terrible en una serie de momentos de
terribilidad creciente como un momento terrible en una serie de terribilidad decreciente y por lo tanto ilusoria. En otras palabras, esta firme pero relativa terribilidad de t0 puede asumir valores completamente diferentes, por cuanto t1, t2, t3 pueden transformar la sustancia de t. de manera
radical, o mejor dicho son los varios t, de Q1, L1, E(a), N(a) los que tienen el poder de determinar las cualidades fundamentales de t0.
Aquí me parece que las cosas comienzan a complicarse: mi línea de conducta es encerrarme en t0, y no saber nada de lo que sucede fuera de este segundo, renunciando a un punto de vista limitadamente personal para vivir t0 en su global configuración objetiva, pero esta configuración objetiva se puede
captar no desde el interior de t0 sino sólo observándola desde otro instante-universo, por ejemplo desde t0, o desde t2, y no desde toda su extensión contemporáneamente sino adoptando decididamente un punto de vista, el del enemigo o el del enemigo del enemigo, el del león o el de mí mismo.
Recapitulando: para detenerme en t0 debo establecer una configuración objetiva de t0; para establecer una configuración objetiva de t0 debo desplazarme a t1; para desplazarme a t1, debo adoptar una perspectiva subjetiva cualquiera, por lo tanto da lo mismo que tenga la mía.
Recapitulando una vez más: para detenerme en el tiempo debo moverme con el tiempo, para llegar a ser objetivo debo mantenerme subjetivo.
Veamos ahora cómo comportarme en la práctica: quedando establecido que yo como Q0 conservo mi residencia fija en t0, podré entre tanto hacer una escapada lo más rápida posible a t1, y si no basta, continuar hasta t2 y t3 identificándome provisionalmente con Q1, Q2 y Q3, todo esto naturalmente en
la esperanza de que la serie Q continúe y no sea prematuramente truncada por las uñas combadas de L1, L2, L3, porque sólo así podré darme cuenta de cómo se configura mi posición de Q0 en t0, que es la única cosa que debe importarme.
Pero el peligro que corro es que el contenido de t1, del instante-universo t1, sea tanto más interesante, tanto más rico que t0 en emociones y sorpresas no sé si triunfales o ruinosas, que yo esté tentado de dedicarme todo a t1, dando la espalda a t0, olvidándome de que he pasado a t1, sólo para informarme mejor sobre t0. Y en esta curiosidad por t1, en este ilegítimo deseo de conocimiento por un instante-universo que no es el mío, al querer darme cuenta de si hago realmente un buen negocio permutando mi
estable y segura ciudadanía en t0 por esa porción de novedad que es t1, puede ofrecerme, podré dar un paso hasta t2, cosa de tener una idea más objetiva de t1; y ese paso a t2, a su vez...
Si las cosas son así, ahora me doy cuenta de que mi situación no cambiaría en nada ni siquiera abandonando las hipótesis de las cuales he partido, esto es, suponiendo que el tiempo no conozca repeticiones y consista en una serie irreversible de segundos uno diferente del otro, y cada segundo suceda de una vez para siempre, y que habitarlo en su duración exacta de un segundo quiera decir habitarlo para siempre, y que t0 me interesa solamente en función de los t1, t2, t3 que le siguen, con su contenido de vida o de muerte como consecuencia del movimiento que ha cumplido disparando la
flecha, y del movimiento que ha cumplido el león dando su salto, e incluso de los otros movimientos que el león y yo haremos en los próximos segundos, y del miedo que por toda la duración de un interminable segundo me tiene petrificado, tiene petrificado en vuelo al león y a la flecha a mi vista, y el segundo, t0 fulmíneo como ha llegado fulmíneamente ahora se dispare en el segundo sucesivo, y trace sin más dudas la trayectoria del león y de la flecha.
-FUENTE: www.munisurquillo.gob.pe/website/libros/Calvino/Tiempo.pdf
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 10 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor peruano César Peredo. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Meditación (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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LA VEDA*
La veda, esa suspensión temporaria para la caza rige para ciertas especies en un cierto tiempo. Cuando la especie se ha extinguido, la veda es definitiva.
Cuando se acabó un amor, cuando se pasó la posibilidad del retorno y expiró el último plazo, cuando no sonó ni el timbre de la puerta ni el teléfono, entonces, amigo mío, comienza la zona de exclusión.
Alguien pasa de ser "bichito" o "gordi" a llamarse Federico, por ejemplo. Y sucede así de golpe. De golpe, realmente.
¿Cómo se puede hablar, en qué lenguaje desconocido, a quien ya es otro así de golpe, así por súbita transposición de actitud, cambio de nombre, cierre de puerta?
Un beso que conoce el camino de los labios tiene que recomponer el rumbo a la mejilla, o quedar en gesto inconcluso. Y en vez de la sonrisa al evocar la imagen del otro, esa imagen se resuelve en nudo en la garganta, en un brillo en los ojos justo a punto de brotar como catarata, en una necesidad de cruzarse de piernas o cerrar las manos. Hacer algo.
Es tan reciente el dolor que una se olvida de que hay que sofrenar la ternura, que está prohibido desde ayer acampar en esa playa.
Es tan reciente el dolor que parece que no duele. Hay que darle tiempo para que aparezca el desamparo, para que el pájaro negro de Poe nos diga mil veces "nunca más, nunca más, nunca más". Para comprender que la veda es definitiva y cierto olor, cierto modo de mirar, cierta caricia se han ido
con su dueño en ese "para siempre" que estruja y que hace daño.
La especie se ha extinguido, y, entonces, es en vano tomar arco y flecha. No la hallaremos.
Habrá que prender el calefactor, encender la televisión, pasar el invierno.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
La privatización del planeta*
Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: Vandana Shiva, ganadora
del Premio Nobel Alternativo en 1993.
Vandana Shiva, conocida activista india, sostiene que los países del G8 proporcionan a corporaciones multinacionales acceso al mercado de monopolio y llevan a miles de agricultores indios al suicidio a base de proteger las leyes sobre semillas y de propiedad intelectual.
La doctora Vandana Shiva es física, ecologista, activista y escritora.
Además, ha fundado Navdanya, un movimiento a favor de la conservación de la biodiversidad y de los derechos de los agricultores, en la India. También es directora de "Research Foundation for Science, Technology and Natural Resource Policy" (Fundación de Investigación de Políticas Científicas,
Tecnológicas y Ecológicas).
Las mayores amenazas que presenta la globalización son la "cosificación" y la privatización del planeta.
Los Acuerdos de la Organización Mundial del Comercio (OMC) sobre los Aspectos de los Derechos de Propiedad Intelectual relacionados con el Comercio (ADPIC), firmados en la Ronda de Uruguay del Acuerdo General sobre Aranceles Aduaneros y Comercio de 1996, se convirtieron en un punto de
inflexión en el proceso de propiedad intelectual a través de la privatización de formas de vida y biodiversidad.
Los acuerdos ADPIC no sólo globalizaron geográficamente las leyes de derechos de propiedad intelectual, sino que también eliminaron las fronteras éticas, patentando formas de vida y biodiversidad. Organismos vivientes y formas de vida que se generan por sí mismas, incluyendo semillas, fueron
redefinidas como máquinas y artefactos inventados y fabricados por los que las patentan.
A los titulares de las patentes se les otorgó el derecho monopolístico para evitar que otros produjeran, utilizaran o vendieran semillas. El ahorro de semillas por parte de los agricultores ha pasado de ser una "tarea sagrada" a un acto criminal de robo de "propiedad". El artículo 27.3 (b) de los acuerdos ADPIC, que hace referencia a las patentes sobre recursos vivos, fue introducido prácticamente a la fuerza por las empresas de ciencias biológicas para poder coronarse como las reinas de la vida.
Patentando la vida
La firma de los acuerdos ADPIC ha traído como consecuencia el hecho de que compañías del sector químico de todo el mundo hayan comprado empresas bioquímicas y semilleros, reivindicando patentes sobre genes, semillas, plantas y animales.
El 80% de las semillas modificadas genéticamente que se plantan son propiedad intelectual de Monsanto. La empresa agrícola también posee patentes sobre una amplia gama de algodones, mostazas y soja, es decir, de semillas que Monsanto no ha "inventado" ni "creado", sino que han ido evolucionando a lo largo de siglos de innovación gracias a que los agricultores confiaron en la biodiversidad natural.
Una de las consecuencias de la globalización es que corporaciones como Monsanto se hayan hecho con el monopolio de las semillas. Estas empresas entraron por primera vez en la India a través de semillas de algodón híbridas y después con semillas de algodón Bt transgénicas, resistentes a los insectos. Las semillas de alto coste, que no son ni renovables ni fiables, hacen pasar difíciles apuros a los agricultores indios, llevando a miles a suicidarse. Las cifras oficiales del Gobierno, que se hicieron públicas en un debate parlamentario en 2006, ascienden a 150.000 suicidios la pasada década. El "cinturón del suicidio" coincide con las regiones en las que empresas como Monsanto han asentado sus monopolios.
El G8 promueve los mercados monopolistas
Bildunterschrift: Großansicht des Bildes mit der Bildunterschrift: "Cuartel
general" de Monsanto en San Louis, Missouri, Estados Unidos.
Y, sin embargo, en lugar de promover el acceso a semillas para todos los agricultores y el acceso a medicinas para todas las personas, el G8 está fomentando que las grandes corporaciones, que también son los gigantes de la biotecnología de las semillas, monopolicen el mercado.
Las prioridades para el G8, tal y como ha anunciado el asesor personal de la Canciller, hacen repetida mención a la promoción de derechos de propiedad intelectual reforzados para las empresas, haciendo caso omiso de las consecuencias que las patentes sobre semillas tienen para los agricultores.
El comunicado sobre las prioridades reza como sigue:
"La innovación es el fundamento del bienestar en las sociedades del conocimiento. La protección de la innovación, sobre todo en las relaciones comerciales y de inversiones a nivel internacional, desempeña un papel decisivo para la voluntad de invertir en investigación y desarrollo. Vemos la necesidad de actuar, especialmente en el marco de la mejora de las cooperaciones internacionales, para implementar derechos de propiedad intelectual en la lucha contra la piratería de marcas y productos."
No se hace mención alguna a la biopiratería como parte de los derechos de propiedad intelectual. Se asume que las patentes de productos son un derecho, mientras que las patentes de procesos son consideradas "piratería de productos". Esto constituye un apoyo directo a los monopolios corporativos de semillas.
El G8, en lugar de comprometerse a llevar a cabo la pendiente revisión de los acuerdos ADPIC, ha establecido como prioridad la firma de nuevos acuerdos para imponer monopolios y patentes que favorecen a las corporaciones.
Si los acuerdos ADPIC han matado a cientos de miles de agricultores en la India a base de negarles las semillas, ¿cuánta más violencia desatará una versión extendida de los mismos, dirigida por el G8, en el Tercer Mundo? Los derechos de propiedad intelectual corporativos se han convertido en una
amenaza para la supervivencia de los más pobres.
*Vandana Shiva (I.G.U.)
-Fuente:
http://www.dw-world.de/dw/article/0,,2569602,00.html?maca=spa-Titulares-640-html
UNA MIRADA*
He observado los bosques para ver únicamente los árboles de corteza caduca y hojas desnaturalizadas por las babosas. He visto los hongos comiéndose la oscuridad de la tierra, pájaros parasitados y animales moribundos en la maleza. He visto tormentas destructivas en la espesura, y
no me es ajena la cicatriz del rayo en los troncos torturados. No me es ajeno el dolor de los bosques, no comprendo cuando dices "mira" y sonríes a tal espectáculo de muerte y sufrimiento. No me es ajeno el espanto de la espesura.
Me muestras los mares, y las olas de sucia espuma rompen en playas formadas por millones de cadáveres calcáreos. Cómo mirar el mar, me pregunto, cómo admirarlo. Cómo evitar en él el naufragio, el llanto de las viudas, la extinción de los roncos mugidos de los cetáceos. No me son ajenos, te digo, los espantos oceánicos.
Diriges mi vista hacia las humanas multitudes. Señalas un niño, veo en él presentes y futuras crueldades, veo la lenta degradación de los órganos, el velo enquistado de los saberes falsos, de la dureza que hará de él soldado de inquisiciones, verdugo y juez de sus semejantes.
Alumbras para mí a un par de enamorados. Se devorarán, te digo, no hay forma alguna de que no acaben tironeando de sus propios despojos. Acabará la caricia en garra, el beso en colmillo, la ternura en cuchilla afilada. No me es ajeno, tampoco, el amor. Que ya lo he visto. No me es ajeno el amor, y no
conozco donativo más oneroso.
Meneas la cabeza tristemente. Me dices que tu paisaje es bello, que hay ternura en tu universo, que las sombras están, pero debajo de los claros objetos.
Dichosa de ti, dichosos los dichosos. Cíclope soy. Esto veo.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
RUTKA LASKIER ERA UNA POLACA JUDIA QUE MURIO EN AUSCHWITZ
Después de 64 años, salió a la luz el diario de otra chica que sufrió el Holocausto*
Lo dio a conocer una amiga. Como el de Ana Frank, cuenta la vida bajo el terror nazi.
"Si Dios existiera, no permitiría que los seres humanos fueran arrojados vivos a hornos y que las cabezas de pequeñas criaturas fueran aplastadas con las culatas de armas o que asesinaran gente con gas. (...) La soga alrededor nuestro se está volviendo cada vez más apretada. Me estoy convirtiendo en un animal que aguarda su muerte". Rutka Laskier (1929 - 1943)
THE NEW YORK TIMES. ESPECIAL
El Museo del Holocausto de Israel dio a conocer este lunes el diario de una joven judía de 14 años considerada "la Ana Frank polaca". Pasados más de 60 años desde que esta adolescente lo escribió, el diario describe de manera muy vívida la forma cómo el mundo se desmoronaba a su alrededor mientras
ella alcanzaba la mayoría de edad en el interior de un ghetto judío.
"La soga alrededor nuestro se está volviendo cada vez más apretada", escribió en 1943 Rutka Laskier, poco antes de ser enviada a Auschwitz. "Me estoy convirtiendo en un animal que aguarda su muerte".
Pocos meses después, Rutka moría. El año pasado, una amiga polaca que había guardado su cuaderno hizo saber de su existencia. El museo aclaró que la veracidad de este diario fue convalidada por especialistas y sobrevivientes del Holocausto.
"El cuaderno de Rutka" es tanto un relato en forma de diario de 60 páginas sobre los horrores del Holocausto en Bedzin, Polonia, como una suerte de álbum con el detalle de vida de una adolescente típica obligada a vivir bajo circunstancias extraordinarias.
Seis millones de judíos fueron asesinados por los nazis durante la Segunda Guerra Mundial, después que los europeos de esta religión fueron agrupados en ghettos, expulsados de la mayoría de los trabajos y obligados a usar estrellas amarillas sobre su ropa.
"Simplemente no me hago a la idea, todavía, de que un día podré salir de esta casa sin una estrella amarilla sobre mi ropa", escribió Rutka Laskier el 8 de febrero de 1943. "O que esta guerra va a terminar un día. Si esto llega a ocurrir, seguramente me volveré loca de alegría".
"Si Dios existiera, no permitiría que los seres humanos fueran arrojados vivos a hornos y que las cabezas de pequeñas criaturas fueran aplastadas con las culatas de armas o que asesinaran gente con gas".
Al día siguiente, inició su cita diaria con una encendida descripción de su odio hacia sus martirizadores nazis pero luego, a modo de digresión, relató el gran amor que sentía por un chico de nombre Janek.
"Creo que se ha despertado la mujer en mí", admitió en las intensas páginas en su diario.
Cuando Rutka sintió temor por no llegar a sobrevivir, le contó a su amiga Stanislawa Sapinska sobre la existencia de este cuaderno, y ésta lo escondió.
"Ella quería que yo salvara este diario", admite Sapinska hoy, con 80 y pico de años.
Fue sólo por pedido de su sobrino más joven que Sapinska aceptó difundirlo el año pasado. Ahora está en manos del Museo del Holocausto en Israel.
"Tengo la impresión de que ésta es la última vez que escribo. ¡Ojalá todo esto terminara ya de una vez! Esto es un tormento. Es el infierno", dejó asentado en su diario el 20 de febrero de 1943.
TRADUCCION: Silvia S. Simonetti
-Fuente: Clarín. http://www.clarin.com/diario/2007/06/06/sociedad/s-03401.htm
INOCENCIA*
El siempre ha habitado el bosque. Este bosque. Este bosque que es, precisamente, lo que la palabra bosque nombra. Le mot juste, la palabra precisa.
Ha deambulado largamente por la foresta frondosa de gacelas de patas temblorosas y de almendrados ojos titilantes; ha transitado los senderos de pájaros de plumaje fantástico. Ha visto virar las hojas desde el espléndido verde al rojo ígneo, en atardeceres que fueron ocasos y también otoños de
ardiente puesta del día.
Solo es. La dulzura del aire se ofrece a sus pulmones limpios, la soledad no es una jaula estrecha. La soledad es este bosque interminable que se ofrece en sonidos y en imágenes de sólida belleza, intacta belleza. Cada día es el primer día. La lluvia limpia el universo cada vez.
No conoce la pérdida del acostumbramiento. Cada erguido árbol, cada arbusto retorcido le brinda nuevos deleites en insectos que danzan el aire, en frutos de esférica alegría, en tiernas raicillas que dibujan evanescentes formas fundidas a la perfecta simetría de las telas de araña.
Ah la alegría de las gotas de rocío capturando la primera luz, la última luz.
Solo es. La soledad no le aferra el pecho, no estrecha sus costillas.
La soledad no lo abraza con su estrangulamiento de enredadera. No sabe que está solo, y ello lo mantiene salvo de su oscuro veneno.
Siente el gozo de la tierra debajo y del firmamento curvo que dibujan su mundo de capullo cóncavo.
Solo es. Nada lo requiere con premura. Puede demorarse y fluir, puede transcurrir mansamente. Nada lo inquieta.
El ojo de agua en la espesura espeja el mundo. Mira la superficie y se ve a sí mismo como si no se viera. La presencia del otro no lo inquieta. Ve su imagen y es su imagen. No existe la obligación de hallar compañía en el espejo, no lo aferra la bíblica promesa, la bíblica maldición del apareamiento. Solo es.
Único y completo, solo es.
En su universo habita hasta ahora. Este ahora que le ofrece una muchacha casi niña entredormida, entrevista, entresoñada en su lecho de trébol húmedo.
Súbitamente una muchacha casi niña, ingenuidad de melodía sin semitonos en la súbita muchacha entrevista, entredormida, entresoñada.
Súbita muchacha en el lecho de trébol húmedo.
Jóvenes brazos de luna nueva, blancas curvas, tierna postura sedente.
El bosque expone el secreto de la niña clara, aliento de helecho matutino, escultura blanda. De pronto el bosque expone su secreto.
Es la doncella florida, la arcilla dócil, la forma exacta. De pronto el bosque halla su expresión en una criatura que lo resume.
Se acerca con pasos breves.
La recorre tocándola con la mirada, y allí están los anocheceres oscuros, las promesas de la fronda susurrante, la convergencia de los caminos y las aves aleteantes. Todo en ella está. Cada gesto suave de los largos tallos ondulados, cada aroma de fruta madura. Todo en ella se manifiesta.
El bosque es esta figura extendida, y lo contiene como un minúsculo camafeo.
Se acerca con pasos breves. Descansa la cabeza en el regazo de miel y nido. Siente por primera vez que ha estado solo, siente que esta niña le falta, que la añora desde ahora, cuando su cabeza reposa en un estrecho contacto que ya es separación y lejanía.
Ha recibido la amarga revelación de que él es un ser entre los seres, la demorada maldición de saber su individualidad. La condenación lo alcanza en este instante en que ya no es el bosque sino que increíble, atrozmente está en el bosque.
Decir que los hombres mataron al unicornio es acaso un agregado innecesario.
*de Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com
TIEMPO CERO*
*de Italo Calvino
Tengo la impresión de que no es la primera vez que me encuentro en esta situación: con el arco apenas flojo en la mano izquierda tendida hacia adelante, la mano derecha contraída atrás, la flecha F suspendida en el aire a casi un tercio de su trayectoria y, un poco más allá, suspendido también en el aire y también a casi un tercio de su trayectoria, el león L en el acto de saltar sobre mí con las fauces abiertas y las garras extendidas.
Dentro de un segundo sabré si la trayectoria de la flecha y la del león vendrán o no a coincidir en un punto X atravesado tanto por L como por F en el mismo segundo tx, es decir, si el león se desplomará en el aire con un rugido sofocado por el borbotón de sangre que le inundará la negra garganta atravesada por la flecha, o si caerá incólume sobre mí derribándome con un doble zarpazo que me desgarrará el tejido muscular de los hombros y del tórax, mientras su boca, cerrándose con un simple golpe de mandíbulas, me separará la cabeza del cuello a la altura de la primera vértebra.
Tan numerosos y complejos son los factores que condicionan el movimiento parabólico tanto de las flechas como de los felinos, que no me permiten por el momento juzgar cuál de sus eventualidades es más probable. Me encuentro pues en una de esas situaciones de incertidumbre y espera en las que no se
sabe realmente qué pensar. Y el pensamiento que se me presenta es éste: me parece que no es la primera vez.
No quiero referirme aquí a otras experiencias mías de caza: el arquero, apenas cree que ha adquirido experiencia, está perdido; cada león que encontramos en nuestra breve vida es diferente de cualquier otro león; guay si nos detenemos a hacer confrontaciones, a deducir nuestros movimientos de normas y presuposiciones. Hablo de este león L y de esta flecha F que han llegado ahora a casi un tercio de sus respectivas trayectorias.
Y tampoco puedo ser incluido entre los que creen en la existencia de un león primero y absoluto, del cual todos los diversos leones particulares y aproximativos que nos saltan encima son sólo sombras o apariencias. En nuestra dura vida no hay lugar para nada que no sea concreto y captable por
los sentidos.
Igualmente extraña me es la opinión del que dice que cada uno lleva en sí desde su nacimiento un recuerdo de león que amenaza en sus sueños, heredado de padre a hijo, y así cuando ve un león se dice en seguida: ¡vaya, el león!
Podría explicar por qué y cómo he llegado a excluirlo, pero no me parece que sea éste el momento oportuno.
Básteme decir que por «león» entiendo sólo esta mancha amarilla que emerge de un matorral de la sabana, este bufido ronco que exhala olor de carne sanguinolento, y el pelo blanco del vientre y el rosa bajo las zarpas, y el ángulo agudo de las uñas retráctiles como las veo ahora cerniéndose sobre mí
en una mezcla de sensaciones que llamo «león» por darle un nombre, aunque está claro que no tiene nada que ver con la palabra león ni tampoco con la idea de león que uno podría hacerse en otras circunstancias.
Si digo que este instante que estoy viviendo no es la primera vez que lo vivo, es porque la sensación que tengo es como de un ligero desdoblarse de imágenes, como si al mismo tiempo viera no un león o una flecha sino dos o más leones y dos o más flechas superpuestos con un corrimiento apenas perceptible, de modo que los contornos sinuosos de la figura del león y el segmento de la flecha resultan subrayados o mejor aureolados por líneas más sutiles y de color más esfumado. El desdoblamiento sin embargo podría ser solamente una ilusión con la cual me represento una sensación de espesor de otro modo indefinible, por la cual león flecha matorral son algo más que este león esta flecha este matorral, es decir, la repetición interminable de león flecha matorral dispuestos en esa precisa relación con una interminable
repetición de mí mismo en el momento en que apenas he aflojado la cuerda de mi arco.
No quisiera sin embargo que esta sensación como la he descrito se asemejase demasiado al reconocimiento de algo ya visto, flecha en esa posición y león en aquella otra y recíproca relación entre las posiciones de la flecha y del león y de mí plantado aquí con el arco en la mano; preferiría decir que lo que he reconocido es solamente el espacio, el punto del espacio en que se encuentra la flecha y que estaría vacío si la flecha no estuviera, el espacio vacío que ahora contiene al león y el que me contiene ahora a mí, como si en el vacío del espacio que ocupamos, o mejor atravesamos - es decir, que el mundo ocupa o, mejor, atraviesa -, algunos puntos me hubieran resultado reconocibles en medio de todos los otros puntos igualmente vacíos e igualmente atravesados del mundo. Y que quede bien claro: no es que este reconocimiento suceda en relación, por ejemplo, con la configuración del terreno, con la distancia del río o de la selva; el espacio que nos circunda es un espacio siempre diverso, lo sé, sé que la Tierra es un cuerpo celeste que se mueve en medio de otros cuerpos celestes que se mueven, sé que ninguna señal, ni en la Tierra ni en el cielo, puede servirme de punto de referencia absoluto, tengo siempre presente que las estrellas giran en la rueda de la galaxia y las galaxias se alejan una de la otra con velocidad
proporcional a la distancia. Pero la sospecha que me ha asaltado es justamente ésta: haber llegado a encontrarme en un espacio que no me es nuevo, haber vuelto a un punto por el cual ya habíamos pasado. Y como no se trata sólo de mí sino también de una flecha y de un león, no es el caso de pensar que sea un azar: aquí se trata del tiempo, que continúa recorriendo una huella que ya ha recorrido. Podría pues definir como tiempo y no como espacio ese vacío que me ha parecido reconocer al atravesarlo.
La pregunta que ahora me hago es si un punto del recorrido del tiempo puede superponerse a puntos de recorridos precedentes. En este caso, la impresión de espesor de las imágenes se explicaría como la palpitación repetida del tiempo en un instante idéntico. Podría también darse, en ciertos puntos, un
pequeño corrimiento entre un recorrido y el otro: imágenes ligeramente desdobladas o desenfocadas serían el indicio de que el trazado del tiempo está un poco desgastado por el uso y deja un sutil margen de juego en torno a sus pasajes obligados. Pero aunque no se tratase de un momentáneo efecto óptico, queda el acento como de una cadencia que me parece oír palpitar en el instante que estoy viviendo. No quisiera sin embargo que lo que he dicho hiciese pensar que este instante está como dotado de una especial consistencia temporal en la serie de instantes que lo preceden y lo siguen: desde el punto de vista del tiempo es exactamente un instante que dura como los otros, indiferente a su contenido, suspendido en su carrera entre el pasado y el futuro; lo que me parece haber descubierto es su recorrer puntual en una serie que se repite cada vez idéntica a sí misma.
En una palabra, todo el problema, ahora que la flecha traspasa el aire con un silbido y el león se arquea en su salto y no se puede prever todavía si la punta embebida en el veneno de serpiente traspasará el pelo leonado entre los ojos desorbitados o si errará el blanco abandonando mis vísceras inermes
al desgarrón que las separará de la urdimbre de huesos donde están ahora ancladas y las arrastrará dispersas por el suelo ensangrentado y polvoriento hasta que antes de la noche los cuervos y los chacales hayan borrado la última huella; todo el problema para mí es saber si la serie de que forma parte este segundo está abierta o cerrada. Porque si, como me parece haber oído sostener alguna vez, es una serie finita, si el tiempo del universo ha comenzado en cierto momento y continúa en una explosión de estrellas y nebulosas cada vez más enrarecidas hasta el momento en que la dispersión alcance el límite extremo y estrellas y nebulosas vuelvan a concentrarse, la consecuencia que debo sacar es que el tiempo volverá sobre sus pasos, que la cadena de los minutos se desenrollará en sentido inverso, hasta que se
llegue de nuevo al principio, para recomenzar después, todo esto infinitas veces - y no está dicho, entonces, que haya tenido un comienzo: el universo no hace sino pulsar entre dos momentos extremos, obligado a repetirse desde siempre -, así como infinitas veces se ha repetido y se repite este segundo
en que ahora me encuentro.
Tratemos pues de ver claro: yo me encuentro en un punto espaciotemporal intermedio cualquiera de una fase del universo; al cabo de centenares de millares de billones de segundos he aquí que la flecha y el león y yo y el matorral nos hemos encontrado como nos encontramos ahora, y este segundo será de inmediato tragado y sepultado en la serie de los centenares de millares de billones de segundos que continúa, independientemente del resultado que tenga de aquí a un segundo el vuelo convergente o corrido del león y de la flecha; después en cierto momento la carrera invertirá su sentido, el universo repetirá su curso a la inversa, de los efectos resurgirán puntuales las causas, e incluso de estos efectos que me esperan y que no conozco, de una flecha que se clava en el suelo levantando una nube amarilla de polvo y menudas astillas de sílex o que traspasa el paladar de la fiera como un nuevo diente monstruoso, se regresará al momento que ahora estoy viviendo, la flecha volviendo a empulgarse como chupada en el arco tenso, el león cayendo detrás del matorral sobre las zarpas posteriores contraídas a resorte, y todo el después será poco a poco borrado segundo por segundo por el retorno del antes, será olvidado en el descomponerse de los miles de millones de combinaciones de neuronas dentro de los lóbulos de los
cerebros, de modo que nadie sabrá que vive en el reverso del tiempo como ni siquiera yo ahora estoy seguro de cuál es el sentido en que se mueve el tiempo en que me muevo, y si el después que espero no ha sucedido ya en realidad hace un segundo, llevando consigo mi salvación o mi muerte.
Lo que me pregunto es si, considerando que a este punto de todos modos se ha de volver, no es cosa de que yo me detenga, que me detenga en el espacio y en el tiempo, mientras la cuerda del arco apenas aflojada se curva en la dirección opuesta a aquella hacia la cual había estado anteriormente tendida, y mientras el pie derecho apenas aliviado del peso del cuerpo se levanta en una torsión de noventa grados, y de que esté así inmóvil esperando que de la oscuridad del espaciotiempo vuelva a salir el león y a
disponerse contra mí con las cuatro zarpas altas en el aire, y la flecha vuelva a insertarse en su trayectoria en el punto exacto en que está ahora.
¿Para qué sirve en realidad seguir si antes o después tendremos que encontrarnos en esta situación? Da lo mismo que yo me conceda un descanso de unas decenas de miles de millones de años, y deje que el resto del universo continúe su carrera espacial y temporal hasta el fin, y espere el viaje de retorno para saltar de nuevo dentro, y después volver atrás en la historia mía y del universo hasta los orígenes, y después recomenzar otra vez para encontrarme aquí de nuevo - o que deje que el tiempo vuelva atrás por su cuenta y después vuelva a acercárseme mientras yo estoy siempre quieto esperando -, y ver entonces si la vez es buena para decidirme a dar el otro paso, para ir a dar una ojeada a lo que me sucederá dentro de un segundo, o si no me conviene detenerme definitivamente aquí. Para eso no es necesario que mis partículas materiales sean sustraídas a su curso espaciotemporal, a la sanguinaria efímera victoria del cazador o del león: estoy seguro de que una parte de nosotros queda de todos modos enviscada en cada intersección del tiempo y, del espacio, y por lo tanto bastaría no separarse de esa
parte, identificarse con ella, dejando que el resto gire como debe girar hasta el final.
Se me presenta, en suma, esta posibilidad: constituir un punto fijo en las fases oscilantes del universo. ¿Debo aprovechar la ocasión o mejor dejarla pasar? Detenerme, quizá me detendría no yo solo, cosa que, me doy cuenta, tendría poco sentido, sino yo junto con lo que sirve para definir este instante para mí, flecha león arquero suspendidos así como estamos para siempre. Me parece en realidad que si el león supiera claramente cómo están las cosas, de seguro también él estaría de acuerdo en permanecer como se
encuentra ahora, a casi un tercio de la trayectoria de su salto furioso, y en separarse de aquella proyección de sí mismo que dentro de un segundo irá al encuentro de los rígidos espasmos de la agonía o de la masticación rabiosa de un cráneo humano todavía caliente. Puedo hablar, pues, no sólo por mí, sino también en nombre del león. Y en nombre de la flecha, porque una flecha no puede querer sino ser flecha como lo es en este rápido momento, y aplazar el destino de desperdicio romo que le espera, cualquiera
que sea el blanco en que dé.
Establecido, pues, que la situación en que nos encontramos ahora yo y león y flecha en este instante t0 se verificará dos veces para cada vaivén del tiempo, idéntica las tres veces, y así ya se había repetido tantas veces cuantas el universo ha repetido su diástole y su sístole en el pasado - si es que tiene sentido hablar de pasado y de futuro para la sucesión de estas fases, cuando sabemos que no tiene ninguno en el interior de las fases -, queda siempre la incertidumbre sobre las situaciones en los sucesivos segundos t1, t2, t3, etcétera, así como parecía incierta en los precedentes t-1, t-2, t-3, etcétera.
Las alternativas, mirándolo bien, son éstas: o las líneas espaciotemporales que el universo sigue en las fases de su pulsación coinciden en todos sus puntos; o bien coinciden sólo en algunos puntos excepcionales, como el segundo que estoy viviendo, para diverger después en los otros.
Si esta última alternativa es la justa, desde el punto espaciotemporal en que me encuentro parte un haz de posibilidades que cuanto más avanzan en el tiempo más divergen en cono hacia futuros completamente diferentes entre sí, y a cada vez que me encuentre aquí con la flecha y el león en el aire corresponderá un diferente punto X de intersección de sus trayectorias, cada vez el león será herido de manera diferente, tendrá una agonía diferente o encontrará en medida diferente nuevas fuerzas para reaccionar, o no será herido y se arrojará sobre mí cada vez de una manera diferente dejándome o
no dejándome posibilidad de defensa, y mis victorias y mis derrotas en la lucha con el león se revelan potencialmente infinitas, y cuantas más veces sea yo despedazado tantas más probabilidades tendré de dar en el blanco la próxima vez que me encuentre aquí de nuevo dentro de miles de millones de años, y sobre esta situación mía de ahora no puedo emitir ningún juicio porque en caso de que yo esté viviendo la fracción de tiempo inmediatamente anterior a la garra de la fiera, éste sería el último momento de una época feliz, mientras que si lo que me espera es el triunfo con que la tribu acoge al cazador de leones victorioso, esto que estoy viviendo es el colmo de la angustia, el punto más negro del descenso a los infiernos que debo cumplir para merecer la apoteosis. De esta situación, pues, me conviene huir sea
como fuere lo que me aguarda, porque si hay un intervalo de tiempo que no cuenta nada es justamente éste, definible sólo en relación con el que le sigue, es decir, en sí mismo este segundo no existe, y no hay ninguna posibilidad no sólo de detenerse en él sino de atravesarlo lo que dura un segundo, en suma, es un salto del tiempo entre el momento en que el león y la flecha han emprendido su vuelo y el momento en que un chorro de sangre irrumpirá de las venas del león o de las mías.
Añádase que si de este segundo parten en cono infinitas líneas de posibles futuros, las mismas líneas provienen oblicuas de un pasado que es también un cono de posibilidades infinitas, por lo tanto el yo mismo que se encuentra ahora aquí con el león que se le desploma desde lo alto y con la flecha que
abre su camino en el aire, y un yo mismo cada vez diferente porque el pasado la edad la madre el padre la tribu la lengua la experiencia son diferentes cada vez, el león es siempre otro león aunque sea exactamente así como lo veo cada vez, con la cola que en el salto se ha replegado acercando el
mechón al flanco derecho en un movimiento que podría ser tanto un latigazo como una caricia, con las crines tan abiertas que tapan a mi vista gran parte del pecho y del torso y sólo dejan surgir lateralmente las zarpas anteriores levantadas como preparándose para un abrazo jubiloso pero en
realidad prontas a hundirme las uñas en los hombros con todas sus fuerzas, y la flecha está hecha de una materia siempre diferente, aguzada con diferentes instrumentos, envenenada con disímiles serpientes, pero siempre atravesando el aire con la misma parábola y el mismo silbido. Lo que no cambia es la relación entre yo flecha león en ese instante de incertidumbre que se repite igual, incertidumbre cuya apuesta es la muerte, pero es preciso reconocer que si esta muerte inminente es la muerte de un yo con
diferente pasado, de un yo que ayer por la mañana no ha estado recogiendo raíces con mi prima, es decir, mirándolo bien, otro yo, de un extraño, quizá de un extraño que ayer por la mañana estuvo recogiendo raíces con mi prima, por lo tanto de un enemigo, aunque aquí en mi lugar las otras veces en cambio de estar yo había otro, no es que me importe ya mucho saber si la vez antes o la vez después la flecha dio o no en el león.
En este caso entonces queda excluido que el detenerme en t0 por todo el curso del espacio y del tiempo tenga para mí interés. Se mantiene siempre sin embargo la otra hipótesis: así como en la vieja geometría bastaba que las líneas coincidieran en dos puntos para que coincidieran en todos, así puede darse que las líneas espaciotemporales trazadas por el universo en sus fases alternas coincidan en todos sus puntos y entonces no sólo t0 sino también t1 y t2 y todo lo que vendrá después coincidirán con los respectivos
t1, t2, t3 de las otras fases, y así todos los segundos precedentes y siguientes, y yo estaré reducido a tener un solo pasado y un solo futuro repetidos infinitas veces antes y después de este momento. Cabe sin embargo preguntarse si tiene sentido hablar de repetición cuando el tiempo consiste en una serie única de puntos tales que no permiten variaciones ni en su naturaleza ni en su sucesión: bastaría entonces decir que el tiempo es finito y siempre igual a sí mismo, y por lo tanto puede considerarse como
dado contemporáneamente en toda su extensión formando una pila de estratos de presente; es decir, se trata de un tiempo absolutamente lleno, en cuanto cada uno de los átomos en que es descomponible constituye como un estrato que está continuamente presente, inserto entre otros estratos también
continuamente presentes. En resumen, el segundo t0 en el que están la flecha F0 y un poco más allá el león L0 y aquí el yo mismo Q0 es un estrato espaciotemporal que permanece detenido e idéntico para siempre, y junto a ese se dispone t, con la flecha F, y el león L, y el yo mismo Q, que han cambiado ligeramente sus posiciones, y, allí al lado está t2 que contiene F2, L2 y Q2 y así sucesivamente. En uno de esos segundos puestos en fila resulta claro quién vive y quién muere entre el león Ln y el yo mismo Qn, y en los segundos siguientes seguramente se están desenvolviendo: o los festejos de la tribu al cazador que vuelve con los despojos del león, o los funerales del cazador mientras a través de la sabana se difunde el terror al paso del león asesino. Cada segundo es definitivo, cerrado, sin interferencias con los otros, y yo Q0. aquí en mi territorio t0, puedo estar absolutamente tranquilo y desinteresarme de lo que contemporáneamente está sucediendo a Q1, Q2, Q3, Qn. en los respectivos segundos vecinos míos,
porque en realidad los leones L1, L2, L3, Ln no podrán jamás ocupar el lugar del notorio y todavía inofensivo aunque amenazante L0, mantenido a raya por una flecha en vuelo F0 portadora aún en sí de esa potencia mortífera que podría revelarse desperdiciada por F1, F2, F3, Fn, en su disponerse en
segmentos de trayectoria cada vez más distantes del blanco, ridiculizándome como el arquero más chambón de la tribu, o mejor ridiculizando como chambón a aquel Q0, que en t-1 apunta con su arco.
Sé que la comparación con los fotogramas de una película, se impone espontáneamente, pero si he evitado hasta ahora hacerla he tenido mis razones. Es cierto que cada segundo está encerrado en sí mismo y es
incomunicable con los otros exactamente corno un fotograma, pero para definir su contenido no bastan los puntos Q0 L0, F0, con los cuales lo limitaremos a una escenita de caza del león, todo lo dramática que se quiera pero desde luego no muy vasta de horizontes; lo que ha de tenerse en cuenta contemporáneamente es la totalidad de los puntos contenidos en el universo en ese segundo t0, no uno exclusivamente, y entonces el fotograma es mejor quitárselo de la cabeza porque no hace más que confundir las ideas.
De modo que yo ahora que he decidido habitar para siempre este segundo t0 - y si no lo hubiera decidido sería lo mismo porque en cuanto Q0 no puedo habitar ningún otro - tengo toda la comodidad para mirar a mi alrededor y contemplar segundo en toda su extensión. Aquel abarca a mi derecha un río
negreante de hipopótamos, a mi izquierda la sabana blanconegreante de cebras y esparcidos en varios puntos del horizonte algunos baobabs amarillonegreantes de tucanes, cada uno de estos elementos contramarcado por las posiciones que ocupan respectivamente los hipopótamos H(a)0, H(b)0,
H(c)0, etcétera, las cebras C(a)0, C(b)0, C(c)0, etcétera, los tucanes T(a)0, T(b)0, T(c)0, etcétera. Aquel comprende además aldeas de caballas y almacenes de importaciones y exportaciones, plantaciones que ocultan bajo tierra millares de semillas en momentos diversos de su proceso de germinación, desiertos interminables con la posición de cada granito de arena G(a)0, G(b)0... G(n)0 transportado por el viento, ciudades de noche con ventanas iluminadas y ventanas apagadas, ciudades de día con semáforos
rojos y amarillos y verdes, curvas de la productividad, índices de precios, cotizaciones de bolsa, propagaciones de enfermedades infecciosas con la posición de cada uno de los virus, guerras locales con ráfagas de balas B(a)0, B(b,)0, B(n)0, suspendidas en su trayectoria que quién sabe si herirán a los enemigos E(a)0, E(b)0, E(n)0 escondidos entre las hojas, aeroplanos con racimos de bombas que han de, ser soltadas, guerra total implícita en la situación internacional IS0 que no se sabe en qué momento se
convertirá en guerra total explícita, explosiones de estrellas supernovas que podrían cambiar radicalmente la configuración de nuestra galaxia...
Cada segundo es un universo, el segundo que vivo es el segundo en que habito, the second I live is the second I live in, tengo que habituarme a pensar mi razonamiento contemporáneamente en todas las lenguas posibles si quiero vivir extensivamente mi instante-universo. A través de las combinaciones de todos los datos contemporáneos podré alcanzar un conocimiento objetivo del instante-universo t0 en toda su extensión espacial yo incluido, dado que en el interior de t0 yo Q0 no estoy determinado por mi
pasado Q-1 Q-2 Q-3 etcétera sino por el sistema constituido por todos los tucanes T0, balas B0, virus V0, sin los cuales no podría establecerse que yo soy Q0. Más aún, dado que ya no me preocupa qué le ocurrirá a Q1, Q2 Q3 etcétera, no es cosa de que siga adoptando el punto de vista subjetivo que
me ha guiado hasta aquí, puedo identificarme tanto conmigo como con el león o con el granito de arena o con el índice del costo de la vida o con el enemigo o con el enemigo del enemigo.
Para hacer esto basta establecer con exactitud las coordenadas de todos esos puntos y calcular algunas constantes. Podría por ejemplo poner de relieve todas las componentes de suspensión e incertidumbre que valen tanto para mí como para el león la flecha las bombas el enemigo y el enemigo del enemigo,
y definir t0 como un momento de suspensión e incertidumbre universal. Pero esto no me dice todavía nada de sustancial sobre t0 porque admitiendo que se trata de un momento de todos modos terrible como me parece ya probado, podría ser tanto un momento terrible en una serie de momentos de
terribilidad creciente como un momento terrible en una serie de terribilidad decreciente y por lo tanto ilusoria. En otras palabras, esta firme pero relativa terribilidad de t0 puede asumir valores completamente diferentes, por cuanto t1, t2, t3 pueden transformar la sustancia de t. de manera
radical, o mejor dicho son los varios t, de Q1, L1, E(a), N(a) los que tienen el poder de determinar las cualidades fundamentales de t0.
Aquí me parece que las cosas comienzan a complicarse: mi línea de conducta es encerrarme en t0, y no saber nada de lo que sucede fuera de este segundo, renunciando a un punto de vista limitadamente personal para vivir t0 en su global configuración objetiva, pero esta configuración objetiva se puede
captar no desde el interior de t0 sino sólo observándola desde otro instante-universo, por ejemplo desde t0, o desde t2, y no desde toda su extensión contemporáneamente sino adoptando decididamente un punto de vista, el del enemigo o el del enemigo del enemigo, el del león o el de mí mismo.
Recapitulando: para detenerme en t0 debo establecer una configuración objetiva de t0; para establecer una configuración objetiva de t0 debo desplazarme a t1; para desplazarme a t1, debo adoptar una perspectiva subjetiva cualquiera, por lo tanto da lo mismo que tenga la mía.
Recapitulando una vez más: para detenerme en el tiempo debo moverme con el tiempo, para llegar a ser objetivo debo mantenerme subjetivo.
Veamos ahora cómo comportarme en la práctica: quedando establecido que yo como Q0 conservo mi residencia fija en t0, podré entre tanto hacer una escapada lo más rápida posible a t1, y si no basta, continuar hasta t2 y t3 identificándome provisionalmente con Q1, Q2 y Q3, todo esto naturalmente en
la esperanza de que la serie Q continúe y no sea prematuramente truncada por las uñas combadas de L1, L2, L3, porque sólo así podré darme cuenta de cómo se configura mi posición de Q0 en t0, que es la única cosa que debe importarme.
Pero el peligro que corro es que el contenido de t1, del instante-universo t1, sea tanto más interesante, tanto más rico que t0 en emociones y sorpresas no sé si triunfales o ruinosas, que yo esté tentado de dedicarme todo a t1, dando la espalda a t0, olvidándome de que he pasado a t1, sólo para informarme mejor sobre t0. Y en esta curiosidad por t1, en este ilegítimo deseo de conocimiento por un instante-universo que no es el mío, al querer darme cuenta de si hago realmente un buen negocio permutando mi
estable y segura ciudadanía en t0 por esa porción de novedad que es t1, puede ofrecerme, podré dar un paso hasta t2, cosa de tener una idea más objetiva de t1; y ese paso a t2, a su vez...
Si las cosas son así, ahora me doy cuenta de que mi situación no cambiaría en nada ni siquiera abandonando las hipótesis de las cuales he partido, esto es, suponiendo que el tiempo no conozca repeticiones y consista en una serie irreversible de segundos uno diferente del otro, y cada segundo suceda de una vez para siempre, y que habitarlo en su duración exacta de un segundo quiera decir habitarlo para siempre, y que t0 me interesa solamente en función de los t1, t2, t3 que le siguen, con su contenido de vida o de muerte como consecuencia del movimiento que ha cumplido disparando la
flecha, y del movimiento que ha cumplido el león dando su salto, e incluso de los otros movimientos que el león y yo haremos en los próximos segundos, y del miedo que por toda la duración de un interminable segundo me tiene petrificado, tiene petrificado en vuelo al león y a la flecha a mi vista, y el segundo, t0 fulmíneo como ha llegado fulmíneamente ahora se dispare en el segundo sucesivo, y trace sin más dudas la trayectoria del león y de la flecha.
-FUENTE: www.munisurquillo.gob.pe/website/libros/Calvino/Tiempo.pdf
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Queridas amigas, queridos amigos:
El domingo 10 de junio del 2007 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor peruano César Peredo. Las poesías que leeremos pertenecen a Jaime Saenz (Bolivia) y la música de fondo será de Meditación (Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!
ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at
(Link MP3 Live-Stream. Se requiere el programa Winamp, el cual se puede bajar gratis de internet)
!!!! Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
REPETICIÓN: ¡La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!
Cordial saludo!
YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com
Schießstattstr. 44 A-5020 Salzburg
AUSTRIA
Tel. + Fax: 0043 662 825067
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Reescribiendo noticias. Una invitación permanente y abierta a rastrear noticias y reescribirlas en clave poética y literaria. Cuando menciono noticias, me refiero a aquellas que nos estrujan el corazón. Que nos parten el alma en pedacitos. A las que expresan mejor y más claramente la injusticia social. El mecanismo de participación es relativamente simple. Primero seleccionar la noticia con texto completo y fuente. (indispensable) y luego reescribirla literariamente en un texto -en lo posible- ultra breve (alrededor de 2000 caracteres).
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