jueves, abril 15, 2010

BUSCA LA SOMBRA QUE TE SIGUE...


*ILUSTRACIÓN DE RAY RESPALL ROJAS (CUBA)

LA PELAMBRE DEL OSO*



Si te dicen Amor, espera corazón mío, espera.
Busca.
El odio merodea en tu propio pelambre.
Busca la sombra que te sigue.
En la vertiente clara de luna apuñalada.
En las sienes del gigante de barro.
En la piedra que esconde tu garganta azul.
Busca en el perfume en las rosas de cera.


Si te dicen Odio, espera corazón mío, espera.
Busca.
Escucha la voz de las guedejas.


Allí estará la marca del amor
Las manos levantadas en el templo del mar.
Los ojos acerados de las lunas de Urano.
Avanza un paso. Retrocede dos.



Si te dicen no te amo, espera corazón.
Quizás lo encuentres cuando no lo busques



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






BUSCA LA SOMBRA QUE TE SIGUE...






Tarde de lluvia*



Repiquetea la lluvia sobre el paraguas.
Lejos, el tren se anuncia y corre
desbocado en su fiel metalurgia.
La calle está desierta
son apenas las dos.
Un coro de niños cuaja el silencio
las voces se pierden en el club.
La brisa vuela por la vereda,
giran las hojas ebrias de agua.
Cuadras, y más cuadras,
la bajada, el andén.
Hablan los pasos el idioma de los pies.
Parda la tierra, plomizo el río
crestas de espuma lo van llevando.
Viento en la costanera,
en el alma frío.
No se porqué,
a veces el otoño
me hace tiritar.




*de Ana Maria Diaz Velo. anadiazvelo@hotmail.com







LIBROS*



Para los lectores de libros, para los felices amantes de una biblioteca, para los felices poseedores de una, mis conmilitones, van estas palabras.
Empecé a leer en la escuela primaria, la desaparecida Nº 156 “Provincia de Salta”, de tantos gratos recuerdos.
Allí en una pequeña habitación rectangular funcionaba una biblioteca mínima, y en mi pasaje por los últimos grados me hice habitué. Mi condición de alumno me habilitaba para usar de sus acotados volúmenes. En mi casa no había libros ni había como ni con qué comprarlos.
Al terminar mi cursado de primaria ya había dado cuenta de todos los libros existentes. Intenté tomar prestados algunos en la magra biblioteca del “Sindicato de Obreros Rurales” donde mi padre estaba afiliado, pero los libros eran de un excesivo anarquismo imposible de entender en esos años o eran de economía o de política o de filosofía. Don Ramón Fernández habitante ocasional y esporádico de la vieja casona donde funcionaba dicho Sindicato me alcanzó algunos libros de Emilio Zola que me perturbaron hondamente. Opté entonces por acudir a la biblioteca Belgrano, que funcionaba (y funciona) en las instalaciones de mi Club, el Huracán.
Recuerdo todavía el ligero temblor que me acompañó cuando traspasé esa puerta y no lo sabía, pero ese día me estaba jugando una vocación y un destino.
Allí estaba la bibliotecaria de entonces, doña Julia García de Baud Naly. Impecable, atildada, sobre todo solícita y sensible. ¡Cuántas cosas enseñó a ese adolescente, ingenuo de entonces, esta mujer tan buena y atenta!
Durante un par de años todos los atardeceres, luego de mis ocasionales y alimentarios trabajos me apersonaba y conversaba sobre libros, compartía (es un decir) comentarios de mis últimas lecturas que me eran sugeridas entusiastamente por ella.
A doña Julia mostré con no poco pudor mis primeros pecados literarios, fruto de un dictado misterioso que se me producía en la cabeza y que hoy atribuyo a mis entusiastas lecturas de entonces.
Nunca terminaré de agradecer a esa señora que –según mi amigo Omar Spizzo- era de una familia de músicos, porteña, y que el inefable Enrique Baud Naly, o simplemente “el Flaco Naly” se la trajo como esposa flamante de sus andanzas por Buenos Aires.
A la época de mi relato el ya la había abandonado por una de sus alumnas de teatro, adolescente y bella muchacha. Al parecer, según comentarios circulantes la romántica fuga había sido realizada por medio de una moto. Noticias posteriores hicieron a la pareja residir en la lejana provincia de Catamarca donde el “Flaco Naly” luego de muchos años, falleció. Curiosamente doña Julia no me hablaba de él sino con admiración y con evidente amor que a mis escasos años inexpertos no escapaba. También me contó que una hija de ambos había muerto a los tres años. ¿Qué hizo que esta mujer viviera en ese pueblo donde salvo algunos pocos amigos, no tenía a nadie? Todos la querían porque era muy servicial y colaboradora en los preparativos para adornar el salón del Club en los días de bailes, ayudada por las niñas y jóvenes que eran sus alumnas de dibujo a quien daba clases gratis en las tardes en que iba a la biblioteca. Ella se quedó a cuidar a los viejecitos que habían criado al “Flaco” ya que lo habían adoptado huérfano. Eran éstos una pareja de itálicos, don Juan Luchini y su esposa. Don Juan fue el más eximio matricero y tornero de toda la comarca y trabajó hasta pasar largamente los ochenta años en la “Casa Sáenz de Arregui Hermanos y Cíaa.” Lo recuerdo como un viejito muy chinchudo pero era un lujo verlo trabajar con paciente y prolija pasión sobre sus fierros.
Cuando comencé a ganar mis pesitos fui transformando en libros algunas monedas. Aún recuerdo mis dos primeras adquisiciones en el “Bazar y Librería La Primitiva”, de don José Bessone: una edición juvenil del “Quijote” y una bella edición de Eudeba “Diez cuentistas y diez pintores”. Allí estaban por primera vez ante mis ojos los textos de Arlt, Borges, Mateo Booz, Barleta, Cancela y los dibujos de Berni, Castagnino, Basaldúa, etc. en una inmensa y colorida edición que conservo descalabrada en el fondo de algún cajón.
Luego compré por cincuenta pesos a mi amigo Valentín Prámparo una edición de Claridad, la octava, de 1950 del libro “Por quien doblan las Campanas”, del gran Ernest Hemingway. Como estaba en malas condiciones, estando aquí, años después lo hice encuadernar a instancias de mi amigo el poeta Rubén Sevlever que me presentó a un encuadernador.
Poco antes de venirme a Rosario, por mediación del director de escuela y amigo querido, Alfredo Ghiselli, compré en cuotas la segunda edición de las obras completas de Neruda segunda edición, papel biblia, de Losada, más de mil páginas, 1962.
Cada viaje que hacía lo llevaba conmigo en mi primer tiempo aquí. Uno de los hermanos Novillo, quién solía estar en esos sábados melancólicos en la estación de trenes, ya pasados unos meses, tal vez, me preguntó extrañado:
-¿Isaías, todavía no terminaste de leer ese libro tan gordo?


*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar






Ravioles de salmón*



Es como si el mar, una brizna de mar, algo marino, llegara envuelto en un saquito de masa suave. El envoltorio antes lo hacían las madres con ese soplo vital y luminoso de la harina.
Ahora buscamos llegar a las bocas de los queridos, desde el conocimiento, esquivar el lugar común como en la poesía. Acaso la literatura y la cocina se parezcan.
Ingredientes o palabras, el arte está en la combinación, el amoroso cuidado, el tiempo, el azar que mueve.
Los vamos a buscar, los esperamos, ese color fuerte y suave, lo masculino y lo femenino que se encuentran y se penetran. Al envoltorio lo dejamos algo duro, al dente.
Los colamos para envolverlos en su baño de espumas cremosas, blancas o rojas. Su nuevo pequeño océano puede ser una salsa suave de tomate y hierbas. Puede también ser la crema que acaricia con algo que se inventa, como una leche espesa en dónde los ravioles se revuelven, no descansan, buscan la fortaleza de las especias, buscan un algo, buscan lo indescifrable.


Pd: Y esperan, como una mujer, ser cubiertos por la lluvia de queso en hebras.


*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar








MARTIN KOHAN HABLA SOBRE CUENTAS PENDIENTES, SU NUEVA NOVELA

“La imaginación es la impotencia, no el poder”


El escritor, que en su reciente viaje a Berlín terminó su próxima novela, planteó una historia con dos personajes y un narrador para preguntarse si en verdad imaginar y escribir no son en realidad desgracias en lugar de dones.



*Por Silvina Friera


El reloj interno de Martín Kohan sonó a las cinco de la madrugada, mucho antes de lo previsto, aunque no se caracteriza por dormir profundamente, con distancia y abandono del mundo de los despiertos. Pero a esa hora ya estaba con los ojos bien abiertos, padeciendo ese extraño desequilibrio llamado jet lag, como si aún estuviera en Alemania. Acaba de regresar de Berlín, donde permaneció un mes en una casa “exclusiva” para escritores y traductores, gracias a una beca que le demandó apenas una charla y una lectura, y que le permitió terminar una nueva novela. “Me daba casi remordimiento, estaba todo el tiempo esperando que me dijeran qué más tenía que hacer”, recuerda ahora en el bar de la esquina de Paraguay y Ravignani. Ha adoptado ese lugar como uno de los espacios donde se siente “como en casa”, al punto de que allí escribió buena parte del flamante Cuentas pendientes (Anagrama). “Había un efecto de ‘familia Adams’ –sigue Kohan– porque era una especie de mansión con una torre. Me inspiraba en la casa, miraba el lago y la naturaleza, pero para escribir necesitaba el bar”. El novelista probó primero en un bolichito de tipos solos, con algunos homeless que iban a pasar la mañana, donde el vodka era una especie de desayuno para niños. “Al segundo día que intenté escribir, me dijeron que no había café, aunque el día anterior me lo habían servido. Evidentemente, alguien escribiendo arruinaba la atmósfera. Entonces fui a parar al otro bar de la estación, que terminó siendo mi bar de Berlín. Lo que uno quiere de cualquier café es llegar y que el mozo sepa lo que pedís.”
Kohan comparte con uno de los protagonistas de Cuentas pendientes, el terco y casi octogenario Lito Giménez –que adeuda cuatro meses de alquiler–, el sueño liviano, apenas algo más que un sopor. También le presta la ansiedad y ciertas obsesiones incrustadas en su pensamiento. Tal vez la desgracia “amorosa”, aunque de diferente espesor, sea otro de los puntos de conexión. Pero hasta aquí llega el paralelismo posible. El otro personaje de esta novela es el dueño del departamento, un escritor y docente que reclama la deuda. “El narrador quiere cargar al inquilino de todos los signos del mal, cargarlo de negatividad; entonces la dictadura entra solamente como material de la significación del mal. Alguien que no puede parar de pensar mal de otro y le quiere poner sobre sus espaldas todas las cosas malas que se le ocurren, se vale también de la dictadura”, subraya el escritor en la entrevista con Página/12.
La única premeditación que Kohan tiene al escribir es cambiar, hacer algo distinto, aunque las recurrencias reaparezcan solitas, como la combinación entre la negación y la obsesión, “entre dejar de pensar en algo, pensando obsesivamente en otra cosa”, mecanismo que se encuentra en Ciencias morales (ver aparte) y Dos veces junio. “El narrador se ensaña con el personaje, pero todavía no sabemos por qué; retóricamente necesitaba trabajar el ensañamiento: deber ser un poco nazi, la hija debe ser robada. Cuando uno maquina, la pura maquinación le da un plus de potencia a la conjetura, que es convertirla en realidad. Cuando uno quiere pensar mal de alguien, lo piensa como una verdad, como suposición no interesa. Te interesa la aniquilación mental de aquel a quien detestás”, plantea.
–En las primeras páginas de la novela, Giménez da la impresión de que podría ser una versión masculina, en tiempo presente, de María Teresa, la preceptora de Ciencias morales. ¿Los une cierta idiosincrasia autoritaria, conservadora?
–Sí, es el repertorio de lugares comunes donde funciona la ideología en estado bruto, de puro prejuicio. Es algo de captación de la oreja, del día a día; es esa dimensión del aparato de los prejuicios flotantes que escuchás en la circulación, lo que se suele atribuir a los tacheros. En este tipo de personajes que a veces agarro, que son figuras grises, algo que tienen en común –y se ve en las casas deprimentes donde viven–, funciona la conexión entre esa medianía y ese tipo de ideología. Estos personajes son funcionales a esos prejuicios y no hacen más que reproducirlos.
–A propósito de esa masa flotante de sentido común: últimamente impera, sobre todo en el caso de militares detenidos por los delitos de lesa humanidad cometidos durante la última dictadura, el argumento de que son muy viejitos y están “enfermos”. A contrapelo de esa “piedad”, el narrador es implacable con Giménez.
–¿Por qué habríamos de tener piedad por la edad? La edad es uno de los tantos elementos de compasión que podría tener en cuenta el narrador, pero no la tiene. Hay una diferencia de grado entre cómo le funciona la crueldad al narrador cuando está solamente conjeturando a Giménez y cuando lo ve. Traté de mostrar la diferencia entre el poder de la maquinación y qué pasa cuando esa maquinación puramente mental cobra forma real. Había algo de la imaginación que me interesaba, a contramano del prestigio que la imaginación tiene –que es liberadora, que enriquece, que alegra, que oxigena–; me interesaba pensar en el agobio, en el peso de imaginar. El narrador es particularmente implacable y rencoroso con Giménez cuando lo imagina y no cuando finalmente lo tiene enfrente. Es algo que suele pasar. Las cosas son más terribles en la imaginación que en la realidad.
El narrador de la novela revela que Giménez le debe al coronel retirado Vilanova el favor de su vida, el sueño de la hija propia, Inesita. La aparición oblicua de la apropiación de menores no estaba premeditada cuando comenzó la novela. “A medida que se iban dando situaciones convocaba formas del mal. A la hora de pensar a la hija, me parecía que tenía que ser externa al mundo matrimonial. Dentro de la maquinación del narrador, Giménez es un desgraciado con todo lo que pasó. La palabra desgraciado capta a la víctima de una desgracia, pero también de alguien que es un cretino decimos que es un desgraciado. Giménez es un desgraciado en los dos sentidos.”
–Cuando el dueño del departamento le cuenta una novela que él está escribiendo, un guiño a Segundos afuera, le plantea a Giménez volver al versus: la alta cultura versus la cultura popular y ver qué pasa. ¿Cuentas pendientes es un modo de volver sobre estas tensiones?
–Sí, totalmente. Me interesa muchísimo cómo se articula la relación entre el mundo letrado y el mundo popular, porque todas las culturas nacionales modernas han sido construidas a partir de una élite letrada; por eso me interesa tanto la Generación del ’37, que fundó estrictamente las bases de esta cuestión. Es absolutamente recurrente para mí desbaratar esa presunta disposición donde el letrado controla el lenguaje y desde el mundo popular lo único que se puede entregar es el atractivo de lo pintoresco. Quiero desbaratar esto, darlo vuelta, pero manteniendo la tensión en el “versus”. Hay un tipo de conflicto insoluble; son dos mundos deseados, eventualmente por un deseo mutuo. O, por lo menos, hay una fascinación del mundo letrado por el mundo popular, y no puede sino ser conflictiva. Una de las cuestiones que me interesaban retomar en el diálogo entre Giménez y el dueño es el lugar social de la literatura. Así como en toda la primera parte buscaba ensayar una devaluación del prestigio de la imaginación –no la imaginación como un don, sino como un castigo–, quería llevar esto también a la literatura, en el sentido de lo que alguna vez dijo Fogwill: ¡cómo va a haber un escritor fracasado, si ser escritor ya es ser un fracasado! La literatura no va a despertar sino las declaraciones más enfáticas de reconocimiento, importancia, todo lo que ya sabemos. Pero a la hora de sentarse y leer, la verdad es que no despierta demasiado interés. Ese juego entre la admiración declarativa y al mismo tiempo una carga de prejuicios que dejan a la literatura en un lugar verdaderamente menor es lo que traté de que empezara a funcionar en la conversación de Giménez y el escritor, de tal modo que el “letrado” va quedando cada vez en un lugar más incómodo, más devaluado.
–¿Por qué cree que persiste el conflicto, aunque dialogan?
–Hay conflicto porque en algún punto los dos tienen, por distintos caminos, un interés en encontrar algo en común y poder hablar. Pero, justamente, sostener el versus del conflicto es pensar que no tienen nada en común, que no hay un código. Que hablan, pero no se entienden. Si hablaran de historietas, habría una resolución. Pero no me interesaba la resolución, me interesaban el conflicto, el desencuentro; poner a dos personajes que teniendo toda la voluntad de encontrar puntos en común no los tienen.
–¿De algún modo también pone en cuestión la posmodernidad, que proclamó que ese “versus” estaba completamente superado?
–Sí, sin duda. Una de las clases de efectos de los que me escapo es de la desactivación de los conflictos. Ahí donde todo se contagia, convive, dialoga, se integra, hay demasiado pastiche y permeabilidad. Ante ese estado de permeabilidad generalizada, donde todo terminaba impregnando a todo e integrándose con su otro, el principio de conflicto me interesa sobre la base de que el orden social se basa en el conflicto. Que se pierda el conflicto es algo engañoso. Una de las paradojas básicas de este tipo de pensamiento es que enunciando permanentemente discursos de la multiplicidad y la diversidad terminan instaurando una de las homogeneidades más poderosas. De todo se termina diciendo lo mismo. No sé si será un efecto, deseado o no, de esa diversidad no conflictiva, demasiado armónica.
Kohan admite que buscó debilitar el imaginario heroico de la literatura. “En vez de pensar en ‘la imaginación al poder’, como en Mayo del ’68, pensar que no hay más impotencia que el que sólo imagina. La imaginación es la impotencia, no el poder; la literatura es el fracaso, no el poder; el escritor es que el va a la tele, lo maquillan un poco y dice lo que puede, pero no está en un lugar de conocimiento genuino. ¿Y si imaginar es una desgracia? ¿Y si ser escritor es una desgracia? ¿Y si la literatura es una desgracia?”
–¿Y cómo lo vive usted?
–No lo vivo siempre igual; son etapas, depende de cada circunstancia. Este es el libro que escribo después del Premio Herralde porque estoy tranquilo, entonces puedo lanzarme a devaluar el imaginario de literatura y éxito. Mi punto de certeza es que escribir es una práctica que me da una felicidad enorme. Lo demás viene por añadidura, lo que no quiere decir que lo desmerezca o no me importe, pero mentiría si dijese que alguna de esas otras instancias son las que sostienen mi relación con la literatura. En otros libros imprimí sobre la literatura una potencia por momentos hasta heroica. Los cautivos es una reelaboración de la mitología de civilización y barbarie; la literatura, la escritura, el letrado, tienen en ese libro toda la potencia que la Generación del ’37 les atribuían. Incluso en Museo de la revolución la literatura tiene un lugar de redención, de salvación. Siempre la literatura aparecía para salvar o para redimir, para hacer justicia. Pero en este libro el planteo es otro. Qué significa el éxito en la literatura, cuando en realidad, lo más sensato es no pensar en términos de éxito. ¿Fama, cuando se habla de un escritor? Como si la literatura ocupara socialmente un lugar que tuviese algo que ver con la fama, o como si la fama de un escritor no fuese en definitiva un problema, como le pasaba a Borges, que era mucho más famoso que leído...
–¿Por qué el dueño del departamento es un escritor que se parece bastante a usted?
–No era acertado inventar otro escritor muy distinto porque entonces habría sido una de las típicas batallitas literarias. Puse mucho cuidado en que no pareciera una parodia de esa clase de escritor que no soy. El desencuentro de base es pensar en la literatura cuantitativamente, como un éxito de ventas, desde el dinero. Para que no se crea que hay un ajuste, una venganza o una peleíta con tal o con cual, si a un tipo de escritor tenía que remitir el narrador era a alguien que no fuese distinto de mí. El propósito era otro: no pelear con éste o con aquél, que no me despierta ningún tipo de interés.
–No era el típico chiste de las “capillitas literarias”...
–No, porque además no me reconozco en las definiciones de las capillitas literarias. Hay escritores que me interesan, me gustan, los leo, los sigo. No es que son mis amigos y armamos una capilla para defendernos. Mis vínculos con Juan José Becerra o Gustavo Ferreyra se originaron en el hecho de que comenté sus libros sin conocerlos. Desde cierto tipo de prejuicio, se suman dos más dos y dicen: son los dos escritores, trabajan en la misma institución, en la calle Puán esquina Bonifacio, capilla académica. Que con Carlos Gamerro, Miguel Vitagliano o Daniel Link compartamos una formación, ¿supondría un principio de afinidad en nuestra literatura? Plantearse esto puede valer la pena porque lo que se estaría buscando es un tipo de conexión entre sistemas de lectura y escritura. Pero pensar en capillas, en bandos con sistemas de alianzas porque sos empleado de la misma institución... Me llama la atención la vitalidad que tiene ese discurso que propondría como insostenible. Sin embargo, se sostiene con una fuerza que me deja perplejo. Para mí sólo se explica por el imaginario paranoico del enemigo. Solamente la paranoia puede perpetrar esa atribución de homogeneidad, que plantea que somos todos más o menos lo mismo y nos reunimos a hacer maldades (risas). Es tan distinto de lo que realmente pasa, que es muy raro que alguien piense que puede ser así.


*Fuente: Página/12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/espectaculos/4-17582-2010-04-12.html







¿Qué no daría yo?*



*Por Víctor Zenobi


Fue hace mucho. Yo era un chico que rondaba las bibliotecas porque en mi casa había muy pocos libros. Un día, después de devolver a Salgari, me atrajo un título: El jardín de senderos que se bifurcan. Lo leí con el asombro de quien encara lo real perturbado por la ficción y sin entender las posibilidades múltiples de su trama. La historia de un espía que está destinado a revelar un secreto de otros y que, por una coincidencia del destino, se encuentra con su propio secreto, en el laberinto de un libro.
Sin poder precisarlo sentí que algo me rozaba, la convicción o la sospecha de mi propio secreto. Un tiempo más tarde, el autor del texto llegó a la ciudad para dar una charla y fui a escucharlo. Nunca más dejé de hacerlo. Se constituyó en una especie de hábito al que yo acudía cada vez que detectaba
un nuevo texto suyo o que me enteraba de alguna conferencia. Un tiempo más tarde, nuevamente en Rosario, me atreví a hablar con él y me invitó a su casa. Me colé de un tren y en unas cuantas horas estuve frente a su puerta, en pleno centro de Buenos Aires. Mi turbación hizo que me equivocase de
lugar. Creí que era una casa enorme, que tenía un mayordomo con librea y decidí ubicarlo en la famosa Biblioteca Nacional, donde era director.
Pregunté como llegar y me dijeron que caminara derecho por Maipú, donde estaba, hasta llegar a México, en San Telmo. La biblioteca me parecía enorme; al entrar, un portero me detuvo y cuando pregunté por el director, me dijo que estaba ocupado y que no me podría atender. Sin embargo, un señor
que se hallaba casualmente allí interpeló al portero, me preguntó de dónde venía y me dijo que si iba a la tarde, el director me atendería. Ese señor se llamaba José Edmundo Clemente. A las cinco de la tarde estuve nuevamente en el lugar. Entré al directorio y conocí un poco más a ese hombre bastante
tímido que me hizo sentir sumamente cómodo. Hablé con él alrededor de una hora. Hablamos acerca de un poema de Lucrecio: De rerum Natura y de los rasgos fáusticos, que yo había consultado en Spengler. A partir de esa vez, fui unas veces más, siempre a su casa y me quedaba charlando algunas horas; generalmente sobre libros. Recuerdo que en una primera oportunidad, tratando de mostrar alguna cualidad rosarina, le mencioné a Lisandro de la Torre, que había muerto con la Etica de Spinoza en sus manos. De ese modo, yo le resaltaba una afinidad con el panteísmo inherente a sus relatos. Entonces me
contó, que el día del suicidio de Lisandro, soñó que él tenía su rostro y que le gritaban "gato amarillo". Ese mismo día me pidió que lo acompañara a su habitación, donde sacó de un mobiliario una especie de rosario, que los budistas utilizaban para acceder al nirvana y me volvió a preguntar por mi
apellido: Zenobi, italiano, nada importante... le dije. ¡Nada importante para usted que tiene sangre italiana! exclamó. Lo mejor de lo mejor: Dante, Virgilio, agregó. Tiempo después sospeché que había vinculado la raíz Zen, que comienza mi apellido, al budismo Zen. Todavía hoy siento que lo inventó
en el momento, sólo para congraciarse con el chico que yo era, con un comentario algo especial, pero que no cedía de mi parte a la tentación publicitaria de hacer mis excursiones conocidas. Me daba cuenta de que ese hombre prefería la intimidad anónima y el hecho de que yo pudiese acceder a ese lugar, era para mí un acontecimiento más profundo y verdadero que cualquier otro que me había acontecido. Muchas veces, mis amigos me insistían para que lo filmara o lo grabara, pero yo no condescendía: "La amistad es la más honda de las pasiones y yo no hago el amor en público", solía decir, bajo la influencia del Quijote, del Martín Fierro, de Dante. Lo cierto es que yo amaba a ese hombre, entrañablemente. De una manera u otra, por él supe que un laberinto es una biblioteca y que, cuando uno más conoce, más extiende su ignorancia. De allí que la mayoría de sus protagonistas terminen derrotados por aquellos que viven la directa simplicidad de la vida. Por ejemplo, Lonrot, el detective filósofo es vencido por el asesino Red Scharlach. Esto permite considerar que su literatura establece una cierta distancia entre la literatura y la vida, porque la literatura acarrea una dificultad, tal vez una falsa conciencia de las cosas, una conciencia literaria. Incluso, a veces, la literatura conduce a la muerte. Por eso sus personajes intelectuales fracasan o son vencidos por los más simples, a la par que suelen extraviarse en la realidad, al ser esta simultánea y la lengua y la escritura, sucesivas. Después de un tiempo, yo solía reconocer
de memoria cualquier párrafo de su obra y decir de qué texto se trataba. Un día se lo comenté y me dijo que su abuela inglesa hacía lo mismo con la Biblia.
Mi amigo era un hombre tenue y bastante tímido. Una tarde le pregunté por una frase de su relato El inmortal pero no la recordaba y me aclaró que no podía buscarla porque no tenía ningún libro suyo en su biblioteca. Yo no tengo buenos libros, agregó, a lo que yo respondí: Me está faltando el respeto, Otras Inquisiciones es uno de mis libros de cabecera. Me concedió, con el rostro sonrojado, que era un buen libro. Yo agregué: ¡Un muy buen libro!. Un muy buen libro, repitió sonriendo tímidamente.
En una ocasión hablamos de Lugones y de la cantidad de suicidas conocidos que tenía nuestro país. Comenzamos a enumerarlos: Alem, Belisario Roldán, De La Torre, Quiroga, Alfonsina y tantos otros. Me contó que había pensado varias veces en el suicidio; increíblemente era un hombre apesadumbrado. En
otra oportunidad, ya como de costumbre y sin previo aviso, fui a su casa porque estaba de paso. Charlamos de la filosofía inglesa, de los analíticos y le hice firmar La historia de la filosofía de Bertrand Russell. ¿Sabe lo que dije de esos libros?, me replicó: Que si tuviese que ir solo a una isla,
(aunque no sé por qué yo tendría que ir solo a una isla) ese sería el libro que llevase. Recuerdo muy especialmente esa oportunidad, la recuerdo porque después de unas horas, le dije: Bueno, yo estoy abusando de su paciencia, así que me voy. No, no, me respondió, estoy casi todo el día solo. Hay
algunas personas que exaltan la soledad, pero, me quiere decir ¿que tiene de bueno estar solo?
La última vez que fui a su casa, me preguntó si había leído su libro, La cifra, de reciente aparición. Le dije que no, que una amiga me lo había regalado, pero que en realidad, hacía un tiempo que había dejado de leerlo, porque estaba explorando otras obras. Hace bien, me dijo, cuando uno deja de leer a un autor puede haberlo incorporado, pero es una lástima, me hubiera gustado que me dijese si le gustaba un poema que escribí. Le pedí que me dijese cual era, que apenas llegase a Rosario, lo leería. Me dijo: Nostalgias de un presente. Llegué y lo leí. En su momento no me pareció gran cosa, sólo me motivaba el hecho de que se trataba de una especie de confesión, una declaración de amor a una mujer: "Que no daría yo por estar a tu lado en Islandia..." Lo reitero, no me había parecido gran cosa, sólo que cuando al año siguiente volví a Buenos Aires y toque el timbre acostumbrado en el departamento del sexto piso de la calle Maipú, la voz de la doméstica, por el portero, me dijo: El señor viajó a Suiza hace dos días. No pensé en ese momento, lo que sabría unos cuantos días después. Que no lo vería nunca más.
A pesar de todo lo que sabemos, de todo lo que nos resulta esperable, los mismos acontecimientos nos resultan sorprendentes y pueden retornar distintos sentidos. Le debemos muchas cosas a la magia de nuestra imaginación. Ese poema, el primer verso de ese poema, guardó para mí la intensidad de una confesión y se transformó en un presente bellamente considerado. A veces lo he reencontrado, lo reencuentro, en un sueño y muchas veces, cuando suelo caminar por Buenos Aires, por México o Maipú, por Serrano y Soler, o sentarme en un banco de la plaza San Martín, repito "Que no daría yo por estar a su lado en Islandia..."


*Fuente: Rosario-12
http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/rosario/14-23178-2010-04-15.html







Aquel Hito*



Labios
de una adolescente
besé
en la calle Cachimayo
debutantemente


Dos, tres veces
y ya habiendo anochecido


Ahí nomás de la plazoleta Primera Junta


y de muchísimas otras plazoletas
no he dejado
en las calles arboladas
-hombre hecho y derecho-


de besar.



*De Rolando Revagliatti. revadans@yahoo.com.ar







*


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miércoles, abril 14, 2010

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SANGRE DE LLUVIA*


Amo la lluvia. Enamorada de la lluvia. Soy.
En tiempos de vendimia, sabor a rocío tempranillo.
Me viene desde lejos este amor.
La he visto crecer desde las terrenales nubes.
Desde la pasión cosecha de mis padres .Tan breve .Tan violenta.
De mis manos descalzas.
De los gastados espejos de los charcos.
Desde la lágrima a detenida en mi frente.
Desde el vaso y la siesta.
A veces asemeja un hastío, un rostro repetido.
Sangre de una culebra que la anuncia.
Relámpagos iluminando los tristes palos santos.
Estruendos parados en los postes.
Alguna vez no llega.
Se aleja en pasos furtivos con los álamos.
Otras, cae en los techos de chapa, se posa en el vidrio sin ventana,
Baja las pendientes de barro.
Besa los pies al niño que no ve la luna.
Camina hasta llegar a los villorrios fundados a la vera del río.
En los rieles .El tren se va con ella. El hambre queda.
Capa pluvial que se evapora.
Amores y risas en enero.
Crueles vestiduras del invierno.
Desborde.
Quiere parar su caminar de agua y no puede.
Roca y valle. Paraíso e infierno.
Enamorada. Enamorada de la lluvia.
Lluvia. Yo, sangre de lluvia
No encuentra, aún, el legendario grial que la contenga.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar





Mi amigo el tren*



Pasa rápido la negra y trajinada locomotora.
Detrás, en fila obediente, las ventanillas iluminadas.
Quiero mirar los rostros que, tras los vidrios ignoran mi presencia.
¿Dónde van? ¿Qué piensan? ¿Quién los espera?. ¿O qué los espera?
Unos dormitan, otros leen, otros conversan entre sí.
Otros miran sin ver el paisaje que, sabiéndose ignorado, se vuelve cada vez más sombrío, más
mezquino.
Cada día imagino una nueva forma para que el tren aminore su marcha y así regodearme en cada gesto, en cada forma de mirar. Tener tiempo para averiguar que piensa, donde van, quién los espera. Imposible. El lugar es una larga recta que el tren traga ávidamente.
Entonces elijo seguir una ventanilla al azar y crearle una vida a la que la ocupa.
Algunos quieren llegar pronto, los espera una mujer enamorada, otros fijan sus ojos sin ver el paisaje, perdidos en sus problemas. Me ilusiono porque creo ver unos ojos siguiendo mi figura.
Elijo una mujer dormida, la cabeza apoyada en el vidrio, los brazos cruzados sobre el pecho, apretando un bolso. El traqueteo de las ruedas sobre las viejas vías, acuna su sueño. Quizás viene de trabajar duro y largo, cansada, con hambre. Con hambre de comida caliente, de sonrisas o abrazos de bienvenida, de olor a hogar.
Es joven, quizás la esperan dos hijos, el compañero, la tibieza del amor. Bajará en la próxima estación y se dejará llevar por el gentío apurado y ruidoso. Caminará apurada hasta la casa, abrirá la puerta, con un largo suspiro.
No. No la espera nadie, solo el gato que cruza entre sus piernas acariciándolas con la cola.
El tren hace un buen rato que desapareció, vuelve el silencio. Camino por la vereda hasta mi casa.

Allí también solo un gato me espera.



*de Elsa Hufschmid. elsahuf@yahoo.com.ar




ESTACIÓN ANDANT...




FOTO*


La foto, en apariencia, no tiene nada de especial. Y sin embargo, la miramos. Sin saber muy bien el porqué. La ausencia de color nos hace suponer que es antigua; también el hecho de estar rasgada en algunos puntos y arrugada en otros. Los años han gastado las esquinas; en una de ellas, arriba a la izquierda, falta un trocito minúsculo, tal vez demasiado pequeño para afirmar que la imagen está incompleta. Al mirarla por primera vez, se tiene una ligera sensación de frío, tan leve que casi no la percibimos. Sólo más tarde (pero ¿cuánto más tarde?) seremos conscientes de ello.

Muestra un pequeño edificio de una sola planta, con una especie de porche o tejadillo exterior que da a un andén. Sabemos que es un andén por la presencia de las vías en la parte inferior de la imagen. La conclusión resulta obvia: El lugar es una estación. En un lateral del tejadillo hay seis letras que nos indican el nombre, seis mayúsculas irrebatibles: ANDANT. Quizá sea esa media docena de letras, que parecen un tanto anacrónicas, lo que nos perturba ligeramente. O el color apagado del cielo, en el que, sin embargo, no se aprecia nube alguna. Lo cierto es que nos asalta una sensación desagradable que, por otra parte, no nos impide seguir mirando la foto; acaso anhelamos encontrar eso que nos molesta un poco no saber definir o señalar con precisión.

La visión de líneas paralelas sugiere el infinito. Aquí, las vías quedan bruscamente cortadas en los bordes izquierdo y derecho de la foto, negando con violencia esa abstracción, segmentando una mínima parcela de realidad -o de ese conjunto de percepciones que llamamos realidad. En el andén hay seis personas. Posan (la contemplación de una foto puede llevarnos por caminos un tanto sinuosos e intrincados; hacernos pensar, por ejemplo, en la actitud del que posa, en la perpetua repetición de ese momento, en la pavorosa idea de que toda la vida es pose). Cinco de ellos miran directamente a la cámara. El otro, el primero por la izquierda, está con los brazos cruzados y parece tener la vista clavada en un punto inconcreto, hacia la derecha del fotógrafo. Nos incomoda ese detalle (¿porque insinúa una ruptura, un desorden?). Nos incita a preguntarnos qué está mirando exactamente. ¿Por qué no hace como todos los demás y simplemente fija la vista en el centro? (si es que el ojo de la cámara es el centro, si podemos atrevernos a presumir la existencia de un centro) ¿Qué es eso que está ahí, fuera del ámbito de la foto, y qué significa esa mirada y por qué los otros no ven lo que él está viendo? Podría pensarse que sólo es un gesto, una pose diferente, una obstinación lícita en no mirar directamente al ojo de la cámara, y tal vez no sea otra cosa, pero nos desasosiega un poco esa asimetría.


-Cabe preguntarse si en realidad tenemos derecho a asomarnos a una foto. No me refiero al vistazo casual o efímero, al frívolo escrutinio de un momento, que con frecuencia provoca una sonrisa o un rechazo o mera indiferencia. Hablo de mirar una foto como quien mira un cuadro, durante un tiempo que no se puede medirse con cronómetros o calendarios, el tiempo dúctil de quien pinta un atardecer a lo largo de infinitos atardeceres o el de aquellos que esperan, agazapados durante toda su vida, el instante exacto del resplandor que les justifique. Esa contemplación, que en el fondo es una búsqueda, ¿no sería una forma de intrusión en ese otro orden que nos es ajeno? ¿No serán, pues, nuestros ojos invasores -camuflados tras el objetivo y el tiempo- lo que miran esas cinco personas, preguntándose acaso el motivo de tal insistencia?


La wikipedia nos cuenta que hace más de treinta años que por ahí ya no pasa el tren y que en Andant, el pueblo, apenas quedan cuarenta habitantes. Visto desde lejos, sólo son cifras. Pero la lenta despoblación de todos estos lugares nos da qué pensar. Pensamos, por ejemplo, si eso que mira el primero de la izquierda, eso que parece estar un poco a la derecha del fotógrafo, ligeramente a la derecha y hacia arriba, no será lo que, sin ruido, sin que casi nadie lo perciba, va limando con paciencia los bordes de las fotos, oscureciendo los paisajes y los rostros, devastando, centímetro a centímetro, los campos y las calles asfaltadas, terminando poco a poco con la vida en los pueblos y devolviendo al desierto lo que, acaso, siempre fue del desierto.


-Y así, la inmovilidad de la foto desborda el ámbito del papel y se expande implacable por la realidad (por este lado de la realidad). Pienso que debería ponerme de una vez a escribir algo sobre ella. Pero no se me ocurre nada. La tengo ahí, delante de mis ojos, dejándose mirar mansamente, permitiéndome atisbar cada detalle, acaso contemplándome, o contemplándose a sí misma a través de mis ojos un poco cansados. Y yo no puedo hacer otra cosa: sólo mirar la foto y dejarme contagiar esa parálisis, esa suerte de espera; inmóviles ellos en su perpetuo instante desgajado para siempre del tiempo; inmóviles todos en nuestro diario periplo por las avenidas de la rutina; inmóvil yo en mi celda sin barrotes; tanto, que ni siquiera me molesto en girar un poco la cabeza, en mirar de reojo hacia atrás, a mi derecha, donde sé que se arremolina en silencio, expectante, eso que está mirando, desde la lejanía y el pasado, el hombre de la foto, eso que siempre ha estado ahí y que no puede verse; que nadie puede ver sino a través de un reflejo, una señal inequívoca en los ojos asombrados de otro, una sombra difusa atravesando océanos y décadas.



*de Sergio Borao Llop. sbllop@aragoneria.com

*La foto de referencia se encuentra en:
http://www.plataforma14.com.ar/images/fotos_antiguas/antiguas_postales_con_motivos_ferroviarios/EstacionAndant.jpg










Intimidad I*



Ahora que llueve sé que hay
verdades
en la lluvia
que no escucharé
de nadie-de ningún otro-ninguna otra
que no sea ella
la
lluvia.


Ahora que llueve no sé por qué pienso en
verdades que
sólo se encuentran
en un instante en algún sitio
y ya no vuelven
a repetirse.


Afino los sentidos ahora que llueve

escucho huelo


¿por dónde entrar a la lluvia? -¿cómo?


Ahora que llueve
la lluvia es una cifra-un libro


una
escalera
hacia
lo
hondo
y sus descansos


es la lluvia el libro
de la lluvia


de esta lluvia
y de las otras.




*de Verónica M. Capellino. veroaleph@hotmail.com








CUIDADO CON LOS TRENES...*




Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora estación, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…
Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.
Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.
Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.
Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Treinta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de …¿un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…



*de Aldima. licaldima@yahoo.com.ar





*


Soñaba que estaba en una estación de trenes, desnuda y ansiosa por conocer distintas estaciones: Comencé a mirar los carteles y curiosa leía: locura, destino, mujer, hombre, padres, hijos, alegrías, amor, melancolías, soledad, matrimonio, esclavos, creación, felicidad.
No sabía que dirección tomar y estaba convencida que quería viajar a todos esos lugares. Por lo cual, decidí sacar un abono y me dirigí a la boletería, allí estaba un Sr., serio, circunspecto y de pocas palabras, que vendió las series con discreción. Quise preguntarle como empezar mi aventura, pero su indiferencia me inhibió tanto, que no me animé a interrogarle.
Así, me dirigí al tren, bastante insegura y ... comenzó la travesía y sin pensar demasiado, me entregué al recorrido mirando por las ventanas del enigmático convoy. Había muchos pasajeros: hombres, mujeres y niños. También ancianos que les costaba mucho estar de pie, llevaban sus años en sus maletas, de cuero manchadas, pero con dignidad.
No sabía donde bajarme y en estación locura me quedé.. Haciéndome la valiente comencé a deambular sobre la acera, inquieta por la suerte que me podría tocar. Caminando despacio observé seres que detrás de sus espaldas tenían alas de verdad, no podía creer lo que mis pupilas veían y asombrada estaba a punto de gritar, no comprendía por qué en esa ciudad estaban los locos con su capacidad de volar. Pero no podían hacerlo, sus alas estaban atadas con una camisa de fuerza, quizás de tanto remontar. De inmediato giré asustada, horrorizada, alguien en mi espalda puso su mano y me dio tal susto que por poco me caigo. Se acercó un hombre joven, de piel blanca y de ojos grises y susurró a mi oído, hija, aquí no te quedes , es macabro este lugar. Toma el tren para otro lado no te quedes, te podés contagiar. Así , fui corriendo a la terminal y esperé a que el transporte me dejara en otro paraje. Nuevamente subí y me senté en un vagón insegura, pensando a dónde podía parar, cuando se detuvo en melancolías - como siempre- entrometida, salté y me quedé. Era un paraje de tinieblas, no tenía miedo, estaba la calle tan gris, que mis zapatos se empezaron a humedecer, aparecí. Parecían derretirse en ese humo pegajoso, no me gustó. Me fui casi sin respirar. No quería empaparme de ese vaho que paralizaba mis pulmones. Nuevamente fui a buscar el ferrocarril. Tenía boletos de sobra.
Cuando llegó, ya sabía donde me iba a quedar, cuando vi el letrero de hombres, agitada me lancé a las veredas. Me dije, esta es mi oportunidad. Que contenta estaba: había tantos para elegir: morochos, rubios, pelados, altos, con guita, deportistas, se me hacía agua la boca...de mi cartera saque un espejo y delineé mis labios con sabor rojizo, estaba sonriente y dispuesta a acercarme a un morocho de barba, muy elegante, muy atractivo, pero al descubrir mi intención me sentí presa de una inocente cobardía y me dije: aún no estás preparada, ándate no busques en él lo que no encuentras en vos. Y me fui, cabizbaja hacia otra ciudad.
En las vía férreas, encontré nuevamente al vendedor de pasajes, el mismo individuo que parecía tan tranquilo, le inquirí cual era el mejor pueblo para mí, pero no contestó mi pedido. Desanimada emprendí mi traslado, subí al coche, expectante y comprendí que debía elegir sola mi rumbo. El vehículo se puso en marcha y me quedé dormida, en ese sopor que te envuelve pero que te permite estar consciente de lo que ocurre. Estaba recorriendo mi historia en pocos segundos, pasaban los paisajes de la niñez, como si estuviese viendo una película, veía a mi abuela con sus ojos tan celestes que tanto amaba, mi perra collie que corría por el césped jugando a las escondidas, mi cara era regordeta y tenía un hoyuelo en la mejilla derecha, que la hacía re simpática. Así fui transitando mi adolescencia, repleta de amigas y de amigos y novios que bailábamos abrazados con la música de los Beatles o Gary Cooper y de Unión Caps, que linda manera de conocernos y empezar a sentir el amor. La que no tenía novio estaba fuera de onda. . Me despertó el guarda en el paraje Mujer. Bajo empujada, apresurada y cuando llego al sitio encontré un montón de maniquíes que no me gustaron. Me fui a quejar a la oficina de turismo y el mismo Sr. (El de la boletería) me indicó con una seña, que me dirigiera a un lugar cerrado . Cuando llego al lugar, me sorprendió la calidad del silencio. Pensaba que habría mucho bullicio, pero me confundí. Abro la puerta de entrada y al pasar encuentro un salón de espejos, intrigada comencé a mirar y lo único que veía era mi cuerpo, reflejado en uno, en dos en diez y en mil retratos. Estaba de frente, de costado, de atrás , alta, gorda, petisa. Que diablos hacía allí? Estaba confundida, perpleja, donde estaban las mujeres? Me habían estafado? Me quedé quieta y lentamente intente Mirar las imágenes que amanecían de a mil. Quién era esa que estaba enfrente de mí? Y las otras? Tenían mis colores de ojos, mis cejas unidas, mi pelo lacio y suave como la pluma de un cisne, estaba absorta observando mis diferentes facciones y facetas de mujer. Cómo podía hacer una sola? Miraba por sobre mis hombros y en cada pestañear encontraba una cara nueva, como las facetas de un diamante en bruto. Emocionada miraba mis ojos verdes, que se llovían celestes y grises y veteados de miel. Eran tan bellos, tan intensos resplandecía tanta luz que me hizo sentir el amor. Habrá pasado un minuto, una hora, no interesaba cuanto tiempo, había descubierto en ese espacio la delicia de ser yo. Me convencí pellizcando mi pierna. Me fui, no llevaba nada más que esa sensación de concebirme mía, no quería seguir andando. Me dirigí a la calle y estaba el Sr. de los boletos, era mi analista, que sonrió al verme vestida de mujer.



*de Azul. azulaki@hotmail.com




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sábado, abril 10, 2010

EDICIÓN ABRIL 2010.


EN BUSCA DEL ARCO IRIS*



I


Corramos en busca de un arco iris
Que nos permita derrotar al infierno.
Es posible buscarlo si de la mano
Subimos la senda prohibida
Y anulamos el límite impuesto
Por los rudos dinosaurios.
Si no te atreves te daré mi fuerza,
Mi rebeldía roja y mi paz celeste,
Construiremos tus alas igual a las mías
Y hacia allá iremos seguros, altivos.
¿Crees que es utópico soñar ese vuelo?
Aferra mi mano, verás que no miento.




II


La noche tendrá virajes
Hacia rumbos desconocidos;
Su misión predilecta
Es ocultar lo que es,
Lo que está en la mesa
De la vida.
Es un juego macabro
Que se une a estrellas faltantes
Porque sin darnos cuenta
Las estrellas se visten fugaces
Y destruyen la imagen
Que redime.
El alba aniquila el embrujo
Y nos quedamos a oscuras
Con tinieblas deslucidas
Que gotean su nada
Desde los techos
Y nos hacen creer
Que son lágrimas que restauran
Las heridas.



*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







ALQUIMIA PARA LA MEMORIA*



Para que no me olvides.
Quiero dejarte, una rosa escarlata hecha fuego y sangre.
Historias diferentes. Lugar común. Mujeres
Para que no me olvides, quiero dejarte, vida.
Vida de amaneceres,
Escarpines rosados para el recuerdo activo de la historia.


Un arpegio de luna.
Mujer de hoy, prolongación del vientre del ayer.


Quiero que recuerdes, aquellas que renuncian
Y que su pena oculta a la sombra del hombre.
Quiero que recuerdes la mujer del labriego
Preñada de malezas. Tierra. Aun florece y canta.
Quiero que recuerdes,
El guardapolvo blanco. Hijos de tiza.
Castigado delito de querer que otros piensen.
Quiero que no olvides aquellas que borronean hojas.
Porque saben que un poema,
Es algo más que eso.


Que silenciada no es igual que silenciosa,
Que una rosa apasionada, puede ser una espada
Y un grito de agonía, una paloma.


Quiero que tomes este pañuelo blanco.
Loca miseria de carmín manchó.
Quiero que denuncies, que la sangre en la nieve se borra.
En la memoria no.
Quiero que te amamantes de los pechos
De las que decidieron no ser madres
Y en vez de una canción de cuna,
Cántales una marcha guerrera.
Para que la recuerdes
Quiero dejarte un canasto de paja y dos trenzas azulinas.
Agüita fresca, en la frente y en la mano.
Graneros, casi ausentes, en su verde mirada gris nostalgia.
Quiero que compartamos un lugar en su regazo
Quiero, por fin, dejarte su vuelo y su coraje,
Para que pongas alas a tus sueños
Alas. En tu corazón. En tu esperanza. Alas.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar






FANCY QUIERE VOLAR*




En realidad se llamaba Patricia, pero hubo en el Acuario Nacional una foquita famosa, que hacía piruetas y se hizo muy popular entre los niños, a la cual llamaron Fancy. Según decían, recordaba en mucho a esa niña que una vez se llamó Patricia. Al principio le gritaban: “¡Fancy, foca!” “¡Fancy, gorda!” “¡Fancy, pelota!”... Poco a poco se fue quedando nada más en Fancy.

Cuando la llamaban así, no se molestaba. Ni siquiera le preocupaba su parecido con la foca – color de la piel, peso corporal y hasta algo en la nariz… -, porque en la clase de inglés se enteró de que Fancy quería decir muchas cosas lindas: preciosa, primorosa, fantástica, fina, ¡fantasía!… ¡Mira lo que le estaban diciendo sin saberlo los que le gritaban! Estaba tan orgullosa de su nuevo nombre, que hasta firmó una vez un examen de ese modo, por suerte la maestra se dio cuenta y se lo devolvió para que hiciera la corrección. Hasta la abuelita le decía: “Estás preciosa, Fancy”, y ella se sentía feliz.

Pero Fancy también significa “imaginar”. Llevaba la razón al adoptar gustosa el apodo, porque ella tenía un sueño, de esos que se sueñan despiertos, en medio de las clases, de los que se colocan entre los ojos y las pantallas de televisión o los libros abiertos, entre ella y la maestra, la mamá, y hasta de los niños que no querían jugar con ella porque era lenta, lenta, lenta en sus movimientos y siempre la pelota se le iba.

Fancy quería volar.

Un día, mientras volaba en su imaginación, escuchó al narrador de un documental decir algo que llamó su atención: Aquel señor decía que no hay sueño imposible, solo hay que trabajar mucho para lograrlo, imaginarlo una y otra vez. De este modo se le va dibujando en un mundo paralelo, definiendo sus contornos como el pintor que va llenando el lienzo y, al final, como el pescador que tiende las redes y tira de ellas, se le iba acercando a este plano, llamado “realidad”, donde vivimos y nos movemos cada día.

Ella no era tonta, sabía que no le iban a crecer alas así porque sí. No era un ángel, ni un hada, ni un elfo – ¡con aquella figura! -, y sabía que aunque se envolviera en seda durante muchos días, no iba a salir convertida en mariposa. Entonces tuvo una genial idea: Primero a escondidas, luego a ojos vistas, comenzó a construir diferentes artilugios que la ayudaran a volar. Con ellos subía al tejado de su casa, que por suerte no era muy alto, y se lanzaba.

Las primeras veces que la recogió entre los maltrechos canteros de flores, la mamá pensó que se quería suicidar: “No le hagas caso a los niños que te dicen cosas, mi niñita, tú eres linda así”. Ella tuvo que aclararle que se encontraba muy bonita, con su cara y su cuerpo redondos, su piel oscura, lisa y brillante y su naricita respingada. ¡Solo estaba intentando volar!

La llevaron a un psicólogo que le hizo dibujar un aeroplano y reconocer que la ley de gravedad existía, y que se las devolvió diciendo con aire muy doctoral: “Despreocúpense. La niña solo tiene una desbordante imaginación”.

Y Fancy siguió construyéndose aparatos para intentar volar, alas de varios tamaños, tipos y colores, viejas bicicletas con alas, capas con alas, carriolas con alas, cazuelas con paracaídas, y más alas… La mamá terminó renunciando a sus marpacíficos y colocando un colchón viejo debajo de la parte por donde ella se lanzaba, siempre mirando al mar – a saber por qué -.

Eso hizo que casi le cambiaran el nombre por “Fancyquierevolar”, pero como ella no pareció molestarse, se olvidaron pronto.

El día que cumplía 15 años, con el fotógrafo cargando el rollo en la cámara, la mesa puesta en el patio con un cake y varias bandejas con delicias para picar, el enorme vestido de vuelos (parecía la carpa de un circo) esperándola en un perchero, la peluquera con la pamela y la plancha para estirarle el pelo en las manos, se descubrió que Fancy no estaba en casa.

Iban a comenzar a buscarla cuando alguien gritó “¡Tornado!” Y se vio venir por el mar un remolino en forma de embudo. Todos corrieron a esconderse y a guardar la mesa, los bocaditos, la ensalada, las croquetas y el cake – Fancy no era la única que pensaba primero en la comida -, pero cuando cerraron la casa y recordaron que Fancy no estaba con ellos, volvieron a abrir una ventana, la que daba al lugar desde donde se lanzaba (no pensaron que fuera a saltar justo el día de su cumpleaños, ¡pero tratándose de ella!). La mamá, aterrorizada por lo que se veía acercase a la línea de la costa, gritó: “¡Muchacha, baja y déjate de fantasías, madura así sea por una vez en tu vida!” Pero la abuela alzó el brazo y, con los ojos y la boca como platos, señaló un punto pegado a la línea en que el mar se une con la arena:

Allá iba Fancy, con su nuevo modelo de alas pegado a la espalda y los brazos, corriendo al encuentro de la tromba marina.

Por más que gritaron todo género de disparates, no les dio tiempo a hacer nada, ni siquiera a inmortalizar el momento porque el carrete se trabó en la cámara: Fancy fue atrapada por el tornado, abrió las alas y alzó el vuelo.

Y el viento se la llevó. Nunca más se supo de ella. Solo recuerdan su manita regordeta diciéndoles adiós y su rostro, feliz, tal como lo vieron cuando la tromba se acercó un poco más, como para permitirle despedirse de los que no la creyeron capaz de hacer su sueño realidad. Ahora Fancy vuela por el mundo, girando, girando como una bailarina y, como siempre, no cree mucho en la ley de gravedad, ni en los que dicen que las gorditas no pueden ser felices así como son, mucho menos en los que aseguran que no pueden volar.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Viaje a las Estrellas*



*Por Eduardo Pérsico. epersic@ciudad.com.ar


A fines de marzo se cumplió otro aniversario del histórico anuncio que hiciera el entonces presidente de Argentina, Carlos Saúl Menem, a los alumnos primarios de la puna jujeña; tal vez entonces la más desamparada del país; prometiéndoles futuros viajes interestelares con naves que despegarían
"de Córdoba, cruzarían la atmósfera y una vez en la estratósfera llegarían a Japón o China en una hora, antes de ir a otros planetas".


Me permito molestarlo mi buen amigo José,
pues quiero invitarlo a usté a compartir la emoción
de ir a conocer Plutón en una nave de aquellas,
que atraviesa las estrellas, la atmósfera y el Japón.


Yo ya elegí ventanilla en sector de no fumar,
total, ¿qué puede pasar si en una horita llegamos?
Desde Córdoba zarpamos y ahí nomás, a disfrutar.


Por un asunto de anillos a Saturno hay que ir casados;
a Mercurio los pesados; a Venus van sólo minas.
¿Quiere bajarse en la esquina? Toca un timbre y lo dejamos.


A la Luna es sin escalas, en Marte amartizan todos.
no olvide su sobretodo porque puede refrescar,
y si piensa caminar lleve zancos para el lodo.


En Neptuno hay buen rebusque para bañarse barato;
si quiere pasar buen rato, Júpiter nos queda al toque:
¡ no sabe qué despelote, todas las minas son 'gato'!


Si hay fin de semana largo viajaremos hasta Urano.
Es un sitio muy lejano, debemos hacernos cargo;
ya podemos visitarlo, fleta un charter "El Riojano".


Hay otra excursión más breve que pronto saldrá del Bajo,
desviando por atajos cruzará Constitución,
Vieytes, Moyano y el Borda: nos iremos al carajo...



*Eduardo Pérsico, pasajero condicional en zona de embarque, en un marzo de los años '90, nació en Banfield y vive en Lanús, Buenos Aires, Argentina.







*


Camina con animales en la cabeza, a veces cántaros. La mirada va más allá, del otro lado del mar: Lo que lleva sobre los círculos de rulos, le da al andar un orgullo ondulante. Los animales de lo íntimo, cerebro adentro, son suaves, seda de pieles que se tocan, soberbios de belleza, inocentes. Los gestos del cortejo la impregnan hacia adentro con la perfección de la selva cercana. Baile de juegos y fuegos, pájaros, gacelas, leopardos, leones, tigres, mariposas. Gritos, susurros, zumbidos.

En la otra orilla del mar a las mujeres les cortaban la selva en pedacitos dejando algún resto verde, distraido, casi gris.

Los libros en la cabeza, orgullo al caminar, ayudan a escaparse por grietas, a nadar contra la corriente.
No hay instinto en los humanos, todo es cultura, aprendió leyendo.
Leer es hacer preguntas. A los que acuestan a las mujeres en la naturaleza les diría:
Es raro que si las mujeres tienen instintos estos sean sólo maternales.

En la copa de los árboles los monos se acicalan, se buscan en la piel, se curan.
Los libros eran el largo cuello de la jirafa, para comer -leer lo que estaba lejos, hojitas francesas trastocantes Mezclum Simone que decía lo que ya pensabamos, solas, en ese hueco fuera del sentido común.
Los libros y la noche, eran los ojos abiertos del tigre,
los pechos opulentos de la sirena a la espera del marfil que la abra
los libros eran el cine, el mar para nadar desnuda, con furia, como el fogonero de los Muelles de Nueva York que escapa a grandes brazadas del barco - destino prefijado..

Eran a veces el llanto, la mariposa que no se sabe si sueña al hombre o si es soñada por él..

Ayudaron a darnos la palabra retaceada, a erguirnos, a acurrucarnos, a tirarnos a veces bajo un tren como Ana, a renacer como Lilith desde un otro lugar.

Los libros fueron nuestra selva.



*de Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar





Pinochos*


Sin previo aviso, con una estrategia de marketing perfectamente programada el lunes 28 de octubre empezaron a aparecer Pinochos en las principales tiendas de juguetes de todo el mundo. Eran una réplicas perfectas del famoso muñeco de madera y su aparición en el mercado fue impactante e inesperada.

El éxito fue demoledor y en menos de tres días se agotaron la existencias. La operación se repitió al cabo de dos semanas con idénticos resultados y fue entonces cuando el Registro de Patentes y Marcas intentó retirar del mercado los muñecos aduciendo que eran réplicas de baja calidad. Pero, una vez verificada la manufactura del juguete tuvieron que volver a ponerlo en el mercado incapaces de poder diferenciar las copias del original. ¡Todos eran originales!

Iniciaron una investigación para averiguar la procedencia, y aunque pudieron identificar la fábrica en el sur de Taiwán, fueron incapaces de descubrir la procedencia de la materia prima, parte esencial en la fabricación de Pinocho.

No fue hasta que recabaron los servicios del célebre botánico S. Plumkier que hallaron la pista. La madera procedía del Sahara. De los inmensos bosques del Sahara. Trasladados allí pudieron constatar que cada uno de los árboles del bosque había sido plantado por el padre de Pinocho, y todos tenían su Copyright grabado en la tercera rama de la izquierda con la inscripción "Gepetto"®.

No pudieron detener la producción que fue incrementándose de tal manera que acabó con los bosques convirtiendo aquella zona verde, de naturaleza exuberante, en el desierto que es en la actualidad.



*de Joan Mateu. joan@cimat.es










Al amanecer*



*Por Jorge Isaías jisaias46@yahoo.com.ar



Le costó unos segundos de su vida ubicarse en el lugar exacto del mundo en donde estaba cuando al fin despertó. Había dormido profundamente esa noche, con una mano puesta de canto entre los muslos de una mujer, pero ella ahora se había ido. El no la oyó cuando sin hacer ruido había arrimado la puerta,
luego de vestirse a oscuras, para no despertarlo.
El gusto que le había quedado en la boca no se aproximaba siquiera a la resaca, pero recordó que con ella había tomado un par de botellas de vino mientras cenaban, luego de fumar y charlar hicieron el amor despaciosa, larga y dulcemente, no como en la época en que se conocieron donde la furia
imperaba por sobre el deseo como un tigre endemoniado. Miró hacia la ventana con poca luz aún, porque era esa hora en que la noche destiñe su sombra que no quiere desprenderse del mundo, pero cede ante la claridad que pronto la habrá derrotado.
Es aquello que por comodidad llamamos "el alba" porque nunca sabemos con exactitud cuando deja de ser noche y empieza la mañana, pero una convención más bien oportunista o lábil al menos, nos permite ubicar en las conversaciones esa palabra que se pronuncia con los labios un poco cerrados, pero no tanto, como si estuviéramos por dar un beso.
El hombre, como decía, estaba en el momento exacto del alba, se reincorporó sobre los codos y volviendo el cuerpo un poco hacia su costado derecho tanteó la mesa de luz y con una mano tomó el paquete de cigarrillos y un encendedor que estaba encima y se acostó de nuevo, prendió uno y el primer contacto con el tabaco y el humo en su boca le trajo un sabor pastoso que disimuló porque el deseo de fumar era mayor.
Sin pretenderlo deliberadamente se encontró recordando el momento exacto en que conoció a esa mujer y no pudo precisarlo, aunque convino con él mismo y con sus propios recuerdos que esto había pasado muchos años atrás, cuando ambos eran muy jóvenes, tal vez desde sus años universitarios, donde ambos
se habían atrevido a soñar -con muchos otros- un mundo mejor que , era evidente, fue sólo un sueño irrealizable de una generación que terminó parcialmente asesinada . Sí pudo recordar -sabemos que la memoria es arbitraria- una noche en que pasearon por el puerto y ella tenía un vestido rojo que la brisa de la noche apretaba suavemente entre sus muslos que temblaban ateridos tal vez por el frío, pero él se inclina hoy al recordarlo que era por el deseo.
Esa noche hicieron el amor por primera vez, en un cuartucho con los techos altísimos, y, recuerda que no se durmieron contándose de a ratos sus respectivas infancias que no estaban muy lejanas por cierto, mientras fumaban del mismo cigarrillo hasta que la luz del alba -como la de este momento, como la de ahora- los encontró desayunando en un bar donde trasegaban los canillitas, frente al edificio de un Diario de esa ciudad donde ambos vivían, ya que el reparto de los periódicos se iniciaba muy
temprano. Allí los noctámbulos, los bohemios y los insomnes sabían que podían ir a cualquier hora porque al fondo del largo salón había mesas de billar, y mesas donde se jugaba al ajedrez, a las damas o simplemente a los naipes. También recordó que era un lugar con un quiosco al costado donde cualquier fumador empedernido podía llegarse hasta allí de cualquier punto de la ciudad y no sentirse defraudado.
Lamentó que bares de ese tipo ya no existieran, si bien estaban los "minimarquet" en las estaciones de servicio, pero consideró que antes de entrar a tomar un café allí se haría degollar. En fin, se resignó, la ciudad le resultaba cada día más ajena.
Recordó, mientras aplastaba el resto del cigarrillo contra el cenicero de vidrio barato otros rostros queridos que la muerte se había llevado en aquellos años violentos y la angustia de las noches de insomnio, en donde puso su empeño por no ser una más de esas víctimas. Asombrado y culposo se
reconoció un sobreviviente de aquellos días aciagos y celebró de algún modo la felicidad de volver a reencontrarla, luego de mucho tiempo sin verla, cuando la casualidad (¿ o debería decir el destino?) los puso en el mismo bar a la misma hora. Ella hacía poco que había vuelto a la ciudad y él siempre frecuentaba ese lugar donde servían el mejor café del casco céntrico al menos y como se había vuelto fiel a sus costumbres se convirtió en infaltable cliente, tanto que si no encontraba mesa disponible no se sentaba a la barra sino que prefería dar una vuelta y postergar ese café luego de una dura jornada, aunque hubiera podido ir a otro bar de todos los que pululaban por la zona.
Ya en la cocina, puso agua en una pava, encendió el mechero al mínimo y se dispuso a ducharse.
Cuando sintió en la garganta el agua caliente al primer sorbo del mate sintió que eso lo ponía en paz con el mundo y recordó cómo su padre empezaba ese mismo ritual pero con unas gotas de ginebra volcándose sobre la bombilla caliente, en su infancia y cómo una vez ante su insistencia había probado ese mate tan extraño y se había quemado hasta la garganta.
Recordó que nada dijo a su padre, ya que presintió que esa complicidad entre ellos no sería aprobada por su madre, y él, siempre había querido tenerlo más cerca pero el carácter de ambos no lo permitió nunca demasiado.
Ahora su padre había muerto y él daría lo que el mundo pidiera para volver a sentir ese gusto de la ginebra en la garganta y mirarle la cara de felicidad protectora con que lo miraba.
Cuando se hubo vestido, acicalado como hacía mucho no lo hacía, evitó mirarse al espejo porque no quiso descubrirse la última arruga y romper esa sensación de estar contento consigo mismo, con su autoestima muy alta -como dicen ahora- y uno puede aventurar -por qué no- de extrema felicidad que seguramente le trajo la noche pasada, porque uno lo percibe en ese ademán decidido con que toma el picaporte y abre la puerta antes de salir a la calle.





SURCOS*


“Los cabellos del agua aun no tienen memoria.”
SOFIA ARZARELLO



Ha colapsado el universo.
El labriego ha dejado el refugio silencio.
Una mujer de nieve lo acompaña.
El frío muerde.
La sangre es un río congelado.
La muerte vuela en escoba de cobre.
El sol apagado y los cirios arden.


La mujer de cabellos anegados.
Destrenza
El tiempo con sus manos.
Tan quieto, tan antiguo, como castillo en ruinas.
Tiene doce dedos en su mano.
Mil dolores en sus pies.
Doblada en pesadumbres.
Tallado laberinto.


La zanja se hizo cauce y el cauce se hizo surco.


En cada línea de su cara, un surco.
En cada surco, una llaga.
En cada llaga, un parto.
En cada parto, una simiente.


El caballo relincha en verde y malva,
El trigo ha de brotar, turgente, ese verano.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar







Sonido del mar azul‏*



De niña, cuando era inocente y vivaz, azul escuchaba los secretos de las olas...algunas estaban furiosas y arrogantes, como si quisieran ser las únicas que pertenecían al océano...Otras frías y tímidas, que las sentía suavemente cuando las palpaba con los pies desnudos hundiéndose en la arena de miel. Aparecían, también, las que con un color marrón y espuma en su coronilla, escondían los movimientos de algún ser marino sospechoso y malintencionado.
Ella esperaba con el caracol en su oído, llegar a encontrar un sonido que le indicara todos los misterios de la inmensidad de ese vaivén que iba y volvía, con un sonido de vientos y brumas. Intentaba descifrar su idioma, sus susurros, su música y su infinitud....
Esa niña de gran curiosidad, creía en los cuentos de los héroes y las sirenas, en la maldición de los barcos fantasmas y los piratas con parches en los ojos y su pata de palo. Pretendía que -algún día - iba a encontrar un mensaje en una botella de vidrio flotando por la marea...
Era otra época, cuando también esa pequeña ansiaba enseñarle a hablar a su perra, no podía soportar que no le contestara, porque estaba convencida que le entendía.



*de Azul. azulaki@hotmail.com





AMANECER*




No sé qué de increíble tiene esta mañana
Que los pájaros abandonan de golpe el nido
Transformados en claves, anagramas circunscritos…


¿Será porque no aguardo tu regreso?
Porque no espero que el mundo cambie el ritmo.
Quizás he descubierto, al fin, que soy efímera.
Ya no miro el horizonte en vano acecho:
Bajo mis pasos trasluzco el rocío,
Aprendo a disfrutar las gotas-gemas
Suspendidas en el manto de las hojas,
Reflejando mi rostro cada una,
Reconociéndome en ellas infinita...


¿Cómo hacerte entender que el dolor muere?
Que las heridas sanan
Cuando dejamos de pensar en ellas,
Cuando desdibujamos la impaciencia
Por admirar la magia de un amanecer
En que le brotan alas al olvido.



*de Marié Rojas.
La Habana. Cuba.






Estación Casey*



Me dijiste que un tren es cosa hecha para llegar, me dijiste que los arribos y las bienvenidas y los festones tricolores y las bandas de música siempre desafinadas. Me dijiste hace mucho que los niños correteando en los andenes, que las señoras repintadas que las muchachas anhelantes. Me hablaste de soldados regresando a casa, de trabajadores golondrina (golondrinas, trabajadores con alitas oscuras tal vez, muchachos de cuerpos enjutos), de trabajadores golondrina que retornan y los abrazan los brazos de sus mujeres de mucho niño y olla de hierro.
Que los trenes unen acortan distancias, que los trenes corren de una ternura a un beso, de un suspiro de pañuelo bordado a un caserío perdidito en el campo vasto. De los trenes me hablabas te acordás, de esas máquinas de vapores y truenos, de nostalgias y pasados, de durmientes quietos y las vías relucientes a fuerza de rueda abrasadora.
Entonces llegamos a esa estación, y la estación estaba dormida, y el campo estaba dormido, y el cielo ardiente del verano no reaccionaba. En la estación entonces de pronto. Entonces de pronto tu cara, esa mirada que detenía las ruedas y los pistones, De pronto tu cara y la mirada y el silencio. Y entonces en la estación Casey se nos detuvieron los trenes y se congelaron las gotas en las canillas, las arañas en las telas, se fundieron los pájaros en el azul del cielo, las vacas en el verde, los humos en las nubes inalcanzables.
Mal decorado, pintura descascarada, estaciones donde no hay ni arribos ni risas ni lágrimas de las que lloran alegrías.
De pronto en la estación Casey se detuvo el tren y se detuvo para siempre.



*De Mónica Russomanno russomannomonica@hotmail.com




SOBREVIVIR*


Cierro los ojos,
Quiero hurgar en mis abismos.
El antes libera monstruos
Que vienen detrás de mí
Con intenciones ciegas.
El después es montaña
Que crece cuando la miro
Y oculta su cumbre
Tras vapores bronceados.
El ahora es daga
Clavada en las entrañas
Sin concesiones ni credos,
Que juega a cara o cruz
La vida y la muerte
En la magia de sobrevivir.


*de Emilse Zorzut. zurmy@yahoo.com.ar







CON LA PIEL ESCRITA EN GOLONDRINAS (*)



“Nadie estuvo en su ropa, en su patria, en sus raíces.
Un silencio de lobo avanzó y corcoveó por estas calles.
El terror derribó puertas y espió por las mirillas...”
EDUARDO DALTER




He escrito cada una de las puertas de la que fue mi casa.
Me he escrito la piel en golondrinas.
En ojos de carbón. En turmalina negra.
Teñí la patria de trigo desgranado.



Ahora me encuentro en un país con fauces.
Atlas de desamores.
Doblo la esquina del deseo y encuentro casas, puertas.
De todas esas casas, una me ha de habitar.
De esas puertas, alguna, ha de ser la mía.
¿Se han borrado las huellas?
¿Acaso somos Hansel o Gretel?
¿Me han escondido los caminos?
¿Han huido los niños y los nidos?


¿Qué hacer con este temblor de rosedales?
¿Con estas vísceras de toro, en amarillo?
¿Con esta puerta ojival que no me nombra?



Una larga avenida y un grito, me responden.
En bermellón, en azul lirio, en jade.
En sepia. No entiendo lo que dicen.
Pero sé, con la piel escrita en golondrinas.
Que solo soy, una mas, inquilina de amores.
Y un reflejo, una foto, un espejo, de la inmortal palabra.




*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
(*) Poema basado en fotografías de Pedro Martínez Exposición 2010. ESPAÑA






Teoría de la llegada cósmica de las moléculas orgánicas*


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Dedicado a V: por ser una letra más,
por estar después de la U
y por estar antes de la W:
Gracias.
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Aquella mañana
Me fui a matar hormigas
Debajo de un árbol,
En esa fecha en que la gente
Celebra el día de
“San Nadie”
(un gran santo, se dice)


Llegaste
En momentos en que quizá
No debías de haber llegado.
Tu sonrisa y el juego de tus manos
Desataron una mezcla extraña
Entre el viento y el agua.


De todos esos días
Consagrados a algún santo,
Escogiste ése para aparecer...
Mientras que en todos lados
La gente leía
Lo que uno está obligado a decir
En aquel día importante:
“Lo cierto es que
A nadie debiera irle mal en esta vida.
Y más cierto es
Que ésto a veces no es verdad”


Esa noche miré contigo
Por un instante las estrellas.
Luego dijimos algo,
Y nos olvidarnos de ellas.


Pero sigo insistiendo:
¿Por qué has llegado en aquel día?
¿Por qué en el día
En el que la gente celebra a San Nadie,
Un gran santo, según se dice?


Los grandes santos
Duermen en la basura,
Se tiran en los vidrios
Que han perdido hasta su brillo
Pero sobre todo:
Se llevan tu risa escondida
Entre su cabello sucio,
Logrando tener con qué entretenerse en las noches
Mientras yo repito mis oraciones,
E intento volver a soñar contigo.



*Nota importante del autor: El árbol que aquí se menciona, nunca existió. Tampoco las hormigas (ni las vivas ni las muertas), y mucho menos el día de San Nadie. Del mismo modo que no existe el viento ni el agua, ni sus mezclas extrañas; tampoco han existido las estrellas, ni los ojos de alguien que juega con sus manos... Ni las manos que escribieron ésto, ni el autor, y estas líneas jamás han sido en verdad leídas. Todo es producto de un suceso extraño, que se lo debemos a San Nadie; quien desde hace tiempo perdió todo el cabello.



*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com





DON ÁNGEL EN EL CIELO*




Escribo sobre el recuerdo, o, de aquellos que creo debe ser el recuerdo, pero también del recuerdo de los otros.
Y de los amaneceres, altos, inalcanzables pero increíblemente hermosos, con el sol que aparecía infiltrando de rosa aquellas nubes que semejaban peñones.
Cuando nombro al recuerdo quiero decir algo huidizo y confuso, casi unas hilachas que apenas son deflagraciones mínimas en un remoto e incontrolable rincón del cerebro. Y también están los sueños, que se reiteran a través de los años o se modifican, pero, y sobre todo está el sueño que nos visita puntual en las madrugadas. Y eso sí, allí se nos aparece íntegro el pueblo, pero no éste con su avenida orgullosa, su parque y sus calles asfaltadas que escoltan los arbolitos raquíticos. No, el pueblo que se me aparece en este sueño –diría en estos sueños porque son reiterativos- es aquel de los grandes zanjones poblados de sapos y ranas, las anchas calles de tierra –huellones en invierno y polvo sobre polvo en los veranos- esas calles que muestran piernas recorrieron, esas piernas infantiles arrasadas por los costrones que nos dejaban las heridas producidas por las espinas de acacia, allí en esa copa alta donde a veces se incrustaba nuestra humilde pelota de trapo, esas heridas que también nos ganábamos con las alambradas de púas cuando robamos aquella sandía preciada y rojísima en el desierto sol de la siesta.
En aquellos tiempos de un pasado realmente remoto, en aquellos tiempos donde nuestra breve vida se reducía a dos o tres cuadras de nuestra casa, incluida la escuela y la cancha del Club, amén de la “cortada de don Pichi” como llamábamos a ese lugar que apenas transitaba algún sulky, un caballo extraviado y un ejército de perros vagabundos. Don “Pichi” no era otro que don Ángel Pichichello ese pacífico viejecito italiano que entre el humo solitario de su pipa nos contaba historias fantásticas. Como ya la sabíamos todas y las teníamos clasificadas, le pedíamos; “la del tren, don Pichi”, o, “la del lobo que mató en Italia con una sola mano”. El viejecito sonreía con sus ojos que tenían el color del Adriático y comenzaba con su chapucero español y su cuasi dialecto. Ante tan numerosa expectativa infantil ponía en juego sus dotes de narrador oral.
Nos mostraba la rota uña de un pulgar, como prueba de su pelea con el lobo a quien venció poniéndole el puño en la garganta y asfixiándolo.
Pero la que más nos gustaba eran las historias de sus andanzas por el Chaco, como empleado del Ferrocarril piloteando una locomotora a vapor y de cómo los indios lo habían enlazado y a él y al fogonista tomados prisioneros… y usados como auténticos reproductores entre un harén de bellas y desnudas aborígenes. Nosotros simulábamos creerle y le preguntábamos:
-Cómo hacia el pito del tren, don “Pichi”, y él, feliz, nos remedaba el sonido ronco, incluía el ruido del viento en la fronda y el atronador grito aborigen sobre los empleados italianos del Ferrocarril que era todavía de la compañías inglesas.
Los más chicos se tiraban al suelo y se revolcaban entre alaridos y risas.
Yo creo que era un hombre feliz, sobre todo cuando le pedíamos que sacara su pequeña “verdulera” y nos tocara unas canciones de su tierra natal. Montaña y mar y cielos que no volvió a ver.
Entonces se sentaba sobre una inmensa piedra cuadrada que había puesto apoyada a un añoso plátano y entrecerrando los ojitos, casi escondido su rostro entre ese gran sombrero aludo que nunca se quitaba y esos grandes bigotes amarillos de tabaco que él llamaba humildemente: “mis mostachos”, se dormía.
Pudimos haberlo llamado –tal vez- don Ángel, nombre al que su bonachona humildad no defraudaba, pero no, tal vez por esa herencia que recibimos de los grandes, seguimos la insobornable tradición del “Barrio El Jazmín” y lo llamábamos como todos: don “Pichi”
En mi tiempo tuvo un carro tirado por caballos, un auténtico carro volcador, el único que vi en mi vida. Con él, un moro uncido a las varas, un alazán de tiro y munido de una pala, todas las mañanas emprendía al paso cansino de sus matungos el repaso de los caminos vecinales, todos de tierra, como es obvio. La Comuna lo había contratado o era empleado fijo, no me acuerdo, para “remendar” esos caminos baqueteados por las lluvias y los carros cerealeros o los numerosos tamberos que en ese tiempo llevaban la leche a la Cremería. Don”Pichi” levantaba a pala tierra de los costados y la iba tirando en esos pozos que la molicie multiplicaba.
El otro trabajo, el que hacía por las tardes era mucho más placentero. En un terreno vecino a su casa –que había levantado con la ayuda de su hijo José, albañil -cultivaba una huerta primorosa, que era su orgullo y el del barrio, por añadidura.
Cuando se jubiló se pasaba desde el alba, muchas horas escondido entre los altos tomatales, los pocos surcos de maíz, las plantas de poleo, agachado arrancando los yuyitos, de a uno, con la mano.
Yo le había regalado una pipa y se lo pasaba fumando. Sobre el hornillo le había incrustado una caja de fósforos “Ranchera” a guisa de sombrero protector.
Me cuenta Roberto Vega, su nieto y de hecho mi primer amigo, que al final de sus días mientras él lo cuidaba en el hospital, pidió su pipa y su tabaco. Se enojó cuando Roberto con toda razón se lo negó. Pero insistió tanto que al final lo encerró en el baño y le dio lo que le pedía. Cuando pasó la enfermera enseguida se percató del olor a tabaco, pese a que mi amigo había abierto el ventanuco del baño. Lo retó la chica vestida de celeste, pensando que quien había fumado era el nieto y no el abuelo.
Mi amigo pidió perdón, asumió toda la responsabilidad y cuando me lo contó con una sonrisa pícara afirmó:
-Yo sabía que era su último deseo-. Fue muy bueno conmigo: ¿Cómo se lo iba a negar?
Y así fue, en esa noche murió, dicen, con una paz en su rostro de gringo bueno, y tal vez soñó con su aldea natal en el último instante de su vida, y ya no lo perseguirían los hombres desnudos de una piel cobriza cuando él era un ferroviario que cruzaba los montes del Chaco.



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar






LOS BUSCADORES*



“…Me gustan las nubes… las nubes que pasan…
allá abajo… Las maravillosas nubes!”
CHARLES BAUDELAIRE



Ellos, los eternos buscadores.
No se conocen. Se presagian.
Acaso nunca el espejo de uno se refleje en el otro.
Comparten, día a día.
Una canción en una lengua extraña y conocida.
No saben las formas de cada calendario.
Banales. Sustanciales.
Como respira. Como gime.
De que color son sus jadeos
El sabor de sus manos.
El color de sus albas.
El olor de sus furias.
Como camina.
Adonde va cuando viene.


Llegan al límite que les permite el otro.
Son los buscadores.


El no lo sabe.
La casa que la habita, tiene grandes ventanales.
Enrejados de miedo.
Puertos. Secretos puertos.
Un cuadro de Dalí, almendros. Durazneros.
No sabe.
Que sorbe brumas y colecciona cajas.
Que tiene la manía –peligrosa- de ser niña.


Ella no lo sabe. Lo presiente.
Que por su casa han pasado golondrinas.
Cartas no leídas.
Qué colecciona vientos. Colibríes.
Que tiraría murallas y cercados.
Que toma té color amargo.
Que su mirada ríe o brama, antes que sus ojos.


Son los buscadores.
De la caricia nueva. De la unidad y el caos.
Comparten saudades, tormentas.
Retozos animales.
Rituales…ansias, golondrinas .Vuelo de golondrinas… lejanías
Juegos.
Peligrosos juegos.
Tiernos.
Salvajes, feroces, brutales, insensatos. Vitales.
Pasión encerrada en una almendra.
Navegan desnudos en la costa.
Empeñados en el temblor y el goce.
Nacen .Enfrentan juntos las tristísimas muertes.
Se buscan… se encuentran…se extrañan…se nostalgian.
¿Qué buscan estos locos, preguntan los membrillos de cielo?

Nubes. Solo queremos nubes.



*de Amelia Arellano. arellano.amelia@yahoo.com.ar
-San Luis- Argentina.





POEMA PARA NO
OLVIDAR*


Hay treinta mil
razones, que no son pocas,
ahumando el
tiempo y el fin de siglo.
¡¿qué digo?!
Treinta mil. Sólo son las más cercanas.
Las más
nombradas por las flores
confirmadas cada
mañana en el barbijo del sol
y navegando,
siempre navegando, en las voces del viento.
Nombres que
siembran despertando historias
donde el dolor
es simiente y la ausencia
una brasa
ardiendo corazón adentro.



*de Oscar Cacho Agú. cachoagu@yahoo.com.ar






Vivir en el silencio*


Quien vive en el silencio
conoce su propia tormenta.

Hay un cúmulo de gritos reprimidos,
expresión desatada de sorda rebeldía,
siempre envuelta en harapos,
siempre ahogada en susurros.

El corazón ansía vendavales,
huracanes de luz, sombras mortales.
Busca infiernos el alma donde arder,
mares donde nadar y naufragar, espacios
para batir sus alas impotentes.

Sólo existe quietud, todo es un vaso
de plomo derretido.

¿Quién desnudará tu grito?
¿Quién se amarrará a tu labio?
¿Quién, en las noches insomnes,
se acercará a tu voz y a tu delirio?



*de Sergio Borao Llop. sergiobllop@yahoo.es





Declaración de intenciones*



Amigo mío: No sé bien si imaginabas que preveo en nuestras próximas vidas, seducirte. Es con la esperanza de lograrlo que en nuestras próximas vidas estaré atenta a volver a conocerte y tratarte, tempranamente, acaso en nuestras respectivas adolescencias. Ansío que en nuestras próximas vidas
sostengamos nuestros buenos humores. Habré de preferirte más crítico que en ésta, menos voluntarista y bien pensado. Opino que mi influencia será rotunda, por no decir arrasadora. Y el así inferirlo, me hace feliz.
Amigo mío que habrás de quedar en nuestras actuales vidas, ya en curso y muy avanzadas, en amigo mío, te acaricio el alma con mi confeso platonismo, en este larguísimo mensaje de texto, que dentro de unos minutos te alcanzará en tu celular, y deseo, te sorprenderá. Es entonces, mientras me despido, cuando juguetona y anónimamente te saludo con afecto.



*De Rolando Revagliatti revadans@yahoo.com.ar




*


Queridas amigas, apreciados amigos:


Este domingo 11 de abril del 2010 presentaremos en la Radiofabrik Salzburg (107.5 FM), entre las 19:06 y las 20:00 horas (hora de Austria!), en nuestro programa bilingüe Poesía y Música Latinoamericana, música del compositor mexicano Ignacio Moreno Nava (Ainur). . Las poesías que leeremos pertenecen a Cristina Villanueva (Argentina) y la música de fondo será de Wayanay
(Andes). ¡Les deseamos una feliz audición!


ATENCIÓN: El programa Poesía y Música Latinoamericana se puede escuchar online en el sitio www.radiofabrik.at (Link: MP3 Live-Stream).
Tengan por favor en cuenta la diferencia horaria con Austria!!!!
(Recomendamos usar http://24timezones.com/ para conocer las diferencias horarias).


REPETICIÓN: La audición del programa Poesía y Música Latinoamericana se repite todos los jueves entre las 10:06 y las 11:00 horas (de Austria!), en la Radiofabrik de Salzburgo!

Freundliche Grüße / Cordial saludo!


YAGE, Verein für lat. Kunst, Wissenschaft und Kultur.
www.euroyage.com

Schießstattstr. 37 A-5020 Salzburg AUSTRIA
Tel.: 0043 662 825067



*


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