*Dibujo de Erika Kuhn.
Esto ocurrió una tarde en un tren*
junto a la amable señora italiana
que viajaba en compañía
de un canario con flequillo
suavemente descorrió la manta
que abrigaba la jaula
y sonrió
como suele hacerlo mi madre
ante el brote nuevo
mientras
una nube
con forma de cuchillo
hendió el cielo azul
superponiéndose al sol
en ese preciso instante
en que la nube
se esfumó
por completo
la luz cambió
dejó una estela
sangrante de rojos
y el canario comenzó a cantar.
Preguntada por mis dedos
que señalaron el flequillo
ella rió
con una mano sobre la boca
dijo es Gloster
il canarino con la frangetta.
En ese preciso instante un señor
hidalgo en sus movimientos
guiando a un perro ciego
llegó
"no sabe cómo dejar de ir
hacia donde se golpea
pedirle que engañe a la memoria
lo que recuerda
es tan diferente
acá afuera
se trata de recuperar
los gestos habituales
alimentarse y defenderse
de sus monstruos".
Así pasamos
de la risa a la pena
siempre unidas
por esos hilos de luz
que en la memoria
se desvían
el cielo cambió
el canario cantó.
-De Así es el fuego, Club Hem
Editores, 2018.
*De Mercedes Araujo.
-Nació en Mendoza y vive en Buenos Aires. Publicó Así es el fuego (Club Hem Editores, 2018); La hija de la Cabra (Bajo la luna, 2012 –Primer Premio del
Fondo Nacional de las Artes); La isla (Bajo
la luna, 2010 -Tercer Premio de Poesía del FNA); Viajar sola
(Abeja reina, 2009); Duelo
(Ediciones en danza) y Ásperos Esmeros
(Ediciones Del Copista, 2003). Algunos de los poemas se tradujeron y forman
parte de antologías.
LA RESPIRACIÓN DEL TIEMPO…
Atemporal*
Es ese momento del día
en que parece suspenderse
la respiración del tiempo.
Habla la luz mutando tonos
en el horizonte
en el alto cielo
en mi rostro sucesivo
Habla la luz y comulgamos.
Momento mágico y ritual
sentir la grandeza
y por contraste, mi pequeñez.
Es un paso sutil y necesario.
Transición del atardecer
que deviene en noche
y trae emoción y desazones
requiebra lo que resta
de mis amores...
se lleva las palabras
ya no importan
todo es sentimiento sin mensura
y quedo, atemporal
y muda en la selva de voces.
Junto a mí
la respiración del tiempo
se detiene.
EMULANDO A DON FRUTO
GÓMEZ*
En aquellos tiempos lejanos, la carrera policial no era una profesión
sino un cargo que decidía el jefe político de la región.
De aquellos lejanos tiempos quiero contar algunas anécdotas. El
primer comisario que recuerdo se llamaba, creo, Justino Callejas, años duros
donde había declarado de facto la infidelidad de todas las mujeres. Tal consta
en la memoria oral cuando un domador fue a quejarse por esta defección de su
consorte: “Dígame”, le espetó, “¿usted no sabe que en este pueblo la
infidelidad queda abolida y es ley?” (Dijo otra palabra más dura que no repito porque
todos la conocen y no quiero herir susceptibilidades). Yo fui compañero de uno
de sus hijos en la escuela primaria. Al año siguiente o al otro, no lo vi más
porque tal vez le habían dado otro destino a su padre.
Eran pegadores en ese tiempo, como uno que tuvo una obsesión por
los ladrones. Primero, empezó con los abigeos y terminó con los que asaltaban
gallineros, y hasta uno al que le robaban la leche de su única vaca, y un
vecino, que era autor del hurto, lo convenció de que una víbora le succionaba
las ubres. Cuando el atribulado vecino fue a ver al comisario, esté le dijo:
“Dejáme que yo te lo arreglo”. Hizo traer al pícaro vecino y de sopetón le
preguntó: “¿Adónde escondes la víbora?” El otro comprendió en el acto que lo
habían descubierto, pero se excusó porque debía mantener a una familia
numerosa.
—Nueve hijos tengo, señor comisario —, le dijo, y esperó la
cachetada.
Ese día el comisario estaba de buen humor.
—Bueno, sacá para tus viboritas, pero vos arregláte nomás con la
ginebra. Y decíle a tu vecino, el Gringo, que venga.
Cuando el otro amoscado fue a la cita, lo convenció de que había
hablado con la víbora y que ella estaba de acuerdo en que solo la ordeñara para
sus pequeñas viboritas. El hombre entendió la mentira y la cosa no pasó a mayores.
Hubo otro de cuyo nombre no me acuerdo que les había prohibido a
sus agentes golpear a un detenido. Y un día que encontraron a uno que se había
apropiado de un lechón que llevaba por el campo cargado sobre la espalda, ya en
la comisaria, el agente que lo traía le pegó una cachetada. Entonces, cuando
apareció el comisario, se quejó.
—Este agente me pegó, ¿no es cierto que no puede, que usted no lo
deja?
—Sí — le dice el comisario —pero yo sí —, y le pegó una cachetada a
mano abierta que lo durmió en el acto.
Recuerdo a otro comisario de mi pueblo en épocas del primer
peronismo que los domingos se vestía de gala e iba a caballo a ver los partidos
de fútbol. Era tan imponente su aspecto que yo creía que era general. Era muy simpático
y saludaba a todo el mundo, creo recordar que se apellidaba Rodríguez.
El accionar policial pudo ser comprobado in situ por mí en una
noche de carnaval en que llevaban dos agentes a un borracho. Al otro día,
visité en su trabajo a mi hermano, que es juez de paz y su oficina está al lado
de la comisaría. El joven comisario era oriundo de mi pueblo y yo era amigo de
su padre. Su destino era nuevo así que lo fui a saludar, y tuvimos que hablar
del acontecimiento de la noche anterior en que el borracho era llevado por los
agentes y el público que había ido a divertirse se puso del lado del preso y
casi hacen una pueblada. A duras penas lo llevaron a los empujones y cruzaron
la pequeña placita que estaba a oscuras, y es probable que se hayan aprovechado
y le hayan dado un coscorrón. Entonces el joven comisario me explica:
—El hombre estaba tomando y sintió su orgullo herido. Nada peor que
llevarse a un borracho cuando tiene público. Inevitablemente, se envalentona y
se rebela. Entonces hoy me fui hasta su casa en mi auto particular e hicimos un
pacto. “Esta noche”, le dije, “voy a ir yo al baile, desarmado, pero vos me
tenés que prometer que no vas a tomar. Primera cerveza que veo que tomás, te
llevo”. “Yo solo quiero ir a bailar con mi novia porque a ella le encanta el
baile”, casi me rogaba, entonces hicimos ese pacto y me cumplió. Yo le recordé:
“nosotros tenemos la misma edad y nuestros destinos fueron diferentes,
entonces, respetémonos”.
Y comenzó a relatar cómo por las noches se iba a espiar con un auto
particular para ver si encontraba a algún ladrón y lo pescaba in fraganti
cometiendo un delito.
—Tengo estudiadas todas las especialidades: gallinas, ovejas,
cerdos, en los campo aledaños y me jacto de conocer qué sistema o estilo tiene
cada uno. Por la manera de robar, sé quién es. Lo empezamos a seguir y cae.
—¿Y tenés algún sistema? —le pregunto. Y me lo contó pidiéndome
reserva.
—Claro que muchas veces le erré el vizcachazo porque detuve a un
hombre que no estaba robando animales sino el corazón de alguna mujer casada y
tuve que soltarlo.
Le pregunte si los ladrones eran selectivos.
—Ah, sí —me dijo —el que roba amor, no se ensucia con un par de
gallinas. Es, digamos, un ladrón más fino.
Y cerró la explicación con una gran carcajada.
ACTUAR Y EXPLICAR-SE*
Trato de arreglar las cosas, pero nunca se arreglan, cambian,
empeoran o se diluyen.
Encuentro que las acciones no tienen justificación. No una
justificación válida al menos. Hacemos las cosas siempre por el motivo incorrecto.
Porque el verdadero motivo de nuestras acciones está más allá de donde podemos
ver en el momento, o sea ahora, que es cuando la cosa sucede. La acción sucede
ahora, que es pasado. Cuando escribo “ahora” el momento ya pasó. No podemos
luchar contra eso, y comprender el entramado de causas es algo inconducente,
pues ya fue y nada tiene arreglo. Emparches. Que se notan.
Vivimos zurciendo roturas. Cinta aisladora en el cable. Actuamos
sobre lo que sucedió, tratamos de que no vuelva a pasar o de que se repita,
luchando contra la forma de ser del universo.
Las cartas en los buzones son irrecuperables. Y entonces escribimos
otra carta, también imposible de borrar, y redactamos otra y otra. Al final nos
damos por vencidos pero por cansancio. Sigue la sensación de que algo faltó por
decir, que una palabra no fue dicha. Lo cual es la peor de las ilusiones. Nada
puede decirse para suprimir lo que se entendió o no se entendió en el primer
momento.
Como si hubiese un primer momento. No lo hay. Cada vez es posible
retroceder más atrás.
El nacimiento es ya una sucesión de acciones de otras gentes. Nada
comienza en ningún punto primordial. Nuestra historia es la de nuestros padres,
la de ellos la de los suyos, y una nación un territorio, el universo en
definitiva. Atrás y atrás, y esos espejos que se reflejan en espejos. Y uno
allí desnudo y desvalido, intentando creer que hacer algo es de veras hacer
algo y no simplemente girar en una difusa realidad que se engulle a si misma.
Encima, con culpas. Y a quién le importa, y qué importa si a alguien le
importa.
Lo más saludable es creer, tener fe. Es decir no pensar mucho.
Considerarse importante, solvente. Creer que si uno dice algo erróneo se
pararán las rotativas de los periódicos. Sacarse muchas fotos para poder recordarse
ahora, o sea ayer, o sea el año pasado. Es decir, para tener una imagen del que
ya no somos.
Y nada ni nadie tiene peso y sombra. Somos fantasmas que deambulan
un rato y usurpan un apellido y desaparecen. Qué otra cosa. Pero no sirve. Hay
que creer y actuar y dar y darse explicaciones. De otra forma esto no marcha.
Socializar. Sentirse parte.
Entonces uno vuelve a decir que dijo por esto y por lo otro, pero
que en realidad… En realidad qué carajo es la realidad ¿no? Cuál realidad.
Armar un relato como si las palabras fueran productos naturales, como si mi
palabra correspondiese a la tuya, qué lindo sueño.
Y actuar. Moverse. Agitarse un poco para tener la ilusión de que
uno se mueve. Ah si, y refugiarse en la protección de la palabra “uno” “uno
siente” “uno hace” ¿quién es ese uno que involucra a los demás, que los hace
cómplices o partícipes? Uno es uno, o sea “yo”. Pero es más cómodo poner “uno”
en el relato para satisfacer la necesidad de ser parte de algo. Y dar consejos,
y fingir que la vejez es experiencia, y que uno, o sea yo, sabemos algo fuera
de sabernos frágiles y contingentes.
Habrá que peinarse, comer, contestar el teléfono, proferir sonidos
para responder a los sonidos que profieran otros. Con cara de estar en eso,
cara de atentos. Y seguir con el corcho tapando la botella empezada. Capaz
hasta me convenzo de que la realidad es esto, no sería difícil, después de todo
tenemos entrenamiento.
Rehén*
Salgo al encuentro de las palabras no dichas.
Exigen su libertad.
El miedo es un animal furioso.
Es media tarde. No llueve, no hay sol, no hay ánimos ni ánimas...
simplemente no hay.
Sólo grises bien determinados a quedarse. Es la realidad.
Cuando reuní valor ellas –las palabras- me mostraron
el rostro
(desconocido ya para mí)
el idioma
(negado, desgastado en el tiempo)
¡Pero yo estoy aquí!
Y sé que en algún lugar del mundo
hay una ciudad que me habita y desconozco. Soy su rehén.
¿La palabra negada?
DECIR*
Las excusas son el puente para encontrarse. Premisa número 143536.
Siguiéndola, quizás, nos encontramos. Es un jueves de sol en Buenos Aires, voy
caminando por la calle escuchando una playlist de Spotify que hice pensando en algún recuerdo con vos.
Bien, decía, voy caminando. Allí estoy por cruzar el semáforo de Av. Rivadavia
y, digamos que, de pronto, te encuentro. Nos encontramos. Es de noche aunque
hablé del sol, y lo sé porque la luna se refleja en tus ojos y ese resplandor
es una de las cosas más lindas que se pueden ver en la vida. Sigo, me tocás el
hombro y me decís ¿Sos vos? ¿Ann? Y allí empieza todo. Que sí, que soy yo, que
como estás, que tanto tiempo, que qué es de tu vida.
Y allí sé que estás casado, que tenés un hijo, y veo fotos de un
niño enrulado idéntico a vos pero con la nariz de ella. Entonces que vení, que
vamos a tomar algo, que no importa si es medianoche ¿arrancás temprano mañana?
entonces me olvido del juzgado, de la conciliación que tengo que hacer y le
digo que no, que no importa. Mentir siempre me quedó tan cómodo.
Entonces es de madrugada y nos sentamos en un bar y la luz de la
luna sigue titilando en tus ojos y yo titilo un poco también, por el reflejo,
ese reflejo inevitable e ineludible de encontrarnos y mirarnos. Sentir que esto
es cierto, de algún modo, cierto pese a los años, al tiempo, a la ausencia, al
silencio. Sentir que todo esto es verdad, pese a tu vida actual tan alejada de
lo que éramos, de cuando nos reíamos de tener hijos, de la vez que tuvimos
miedo por si estaba embarazada, de que dijeras que si era un hijo mío sí
querías tenerlo, no importaba tener 18 años. Y miro mi vaso de cerveza y vos
hablás de viajes a México y yo alucino con México, te digo, me gustaría mucho
ir. Y allí la tonta promesa de un viaje juntos y lo más lejos que fuimos fue a
La Plata, a pocos kilómetros de donde vivimos. ¿Cómo que estamos en el mismo
barrio? Y nos reímos de las coincidencias y salimos del bar a caminar por no sé
dónde ya, y ahí, sin decir nada, me arrinconás contra la pared y me besás como
nunca antes me habías besado, con la dosis perfecta de amor y de nostalgia, con
sabor a menta, con gusto a para siempre, así, diciéndolo todo, me besás.
-ANGIE PAGNOTTA es escritora y
periodista. En 2012 fundó Revista Kundra –literatura aleatoria– y el portal de
arte y cultura Baires Digital. Tiene una columna literaria en el programa de
radio Cuentos Criollos donde recomienda autores y libros. Trabaja como
periodista en medios de Argentina y Europa, escribiendo crónicas de viajes,
entrevistas, perfiles y notas del ámbito cultural y artístico. Sus libros
publicados son «Memoria de lo posible» (2017, Peces de Ciudad) y «Los desiertos
efímeros» (2018, Peces de Ciudad). Escribió el libro de cuentos «Un segundo
antes» y la novela «Nada que no quieras», ambos materiales inéditos. Conduce
Nunca se sabe junto a Tommy Tow, programa de radio emitido por La Desterrada.
Es Co-Fundadora de ENGRAMM, una plataforma cultural y artística que une Buenos
Aires y Berlín. Su blog literario es http://matesliterarios.blogspot.com/
Crisis*
Empezó como suelen empezar las cosas, con signos mínimos,
insignificantes, casi invisibles.
Una empresa automotriz anunció que dejaba de fabricar su auto más
vendido. Le siguieron otras.
Esto pasó muchas veces en la historia cercana del capitalismo, es
como una rutina naturalizada. Ese producto deja de generar dinero y no se
produce más.
El mundo, la inmensa fábrica y arsenal de mercancías tenía una
industria clave: producir ese artefacto de cuatro ruedas que pudiera ser
símbolo de status y quizás tener un valor de uso importante.
La nueva crisis, cuyo contagio no pudo ser aislado comenzó en un
remoto país sudamericano.
Un periodista que iba hacia una nota policial se detuvo al ver a una
mujer grande de unos 70 años que golpeaba furiosa con un palo a un auto que le
dejaron estacionado en la calle obturando la salida de su garaje. La mujer
había hecho la lógica: llamar a la policía para denunciar que el auto estaba
allí. La policía le contesto que esa patente no tenía denuncias de robo. Era un
auto sin pedido de captura, sin denuncias, un abandono sin explicación.
Luego de varias llamadas un gentil agente de policía le explicó a
la señora que "de la nada" los abandonos de autos se habían
multiplicado.
Eran autos impulsados a combustible fósil. Aunque los vehículos con
motores eléctricos tampoco podían ser utilizados por la cíclica falta de
energía en extensas zonas.
La crisis económica de ese país había empezado con aumentos
descontrolados de precios.
Las personas abandonaban sus autos al terminarse el combustible. No
les importaba ninguna consecuencia como la pérdida de un valor. Algunos más
conservadores dejaban sus autos en sus jardines. Allí con el paso del tiempo
eran cubiertos por plantas. Las flores cubrían en primavera las manchas de
óxido. Los cementerios de autos crecían. La crisis fue contagiando al modo de
producción de un modo ilógico e inexplicable.
Un profeta había anunciado el retroceso a una época de carretas
tiradas por bueyes.
*De Eduardo Francisco Coiro.
*
La cultura popular contemporánea en su desvarío por
los objetos ha cosificado incluso la misma muerte convirtiéndola en otra cosa
más despojada de su símbolo, en contraste a como fue percibida por las culturas
originarias.
Inventren
El fantástico mundo de
Jerome Ricardo Klepka*
Antes de partir a Corbett, su gran obra, había recibido de su primo
Kalman una caja con planos, dibujos de esculturas y cuadernos donde Jerome
anotaba frases o explicaba el significado de sus obras.
Mientras viajaba en el tren me daba cuenta que el arquitecto Klepka
tenia una lúdica creatividad: se permitió colocar sus esculturas "Como los
109 trofeos que debía cazar un Maharajá". En su cuaderno explicaba: “Es una cacería de recuerdos propios a los que debo darles una
materialidad”.
El hotel se llama "Edward James Corbett Resort" y queda a
metros de la estación de tren. Es un hotel de tres estrellas con baño privado.
Pedí una habitación sin saber cuanto tiempo necesitaría para recorrer el parque
natural con las obras de arte que Jerome había dejado allí plantadas para que
sean vistas e interpretadas por los visitantes.
Ni bien entré pude escuchar del conserje una historia que habla de
la personalidad del arquitecto. Durante la obra del reciclado del hotel, el
hombre había tenido una fuerte discusión con el contratista que colocaba el
parquet. La discusión había llegado al punto de la furia y los hombres iban a
arreglar sus diferencias a trompadas. Hasta que el parquetista lo insultó en
ruso y Klepka le contesto con otra ofensa similar también en ruso. -Kalman me
había contado que Jerome había aprendido ruso porque su padre lo hablaba como
segundo idioma. En su adolescencia había decidido estudiarlo bien para leer a
Gorki en su idioma madre.-
La cosa es que el conocimiento común de un idioma –y quizá de la
cultura eslava- los amigó. El contratista y el arquitecto comenzaron a cantar
juntos canciones tradicionales. Para festejar el descubrimiento, Jerome fue
hasta su auto, trajo una botella de Grappa Chizzotti y brindaron con los
obreros presentes en la obra.
-Como Ud. mismo podrá observar, el parquet de pinotea ha quedado
impecable. -Remató el conserje.
**
Me di cuenta durante un buen rato antes de lograr dormir en una
cama desconocida que la idea de escribir sobre un hombre y su obra no es tarea
sencilla -al menos con Klepka- . Una segunda idea que había tenido durante el
viaje en tren estaba en cuestión, ¿Podría escribir algo más que una crónica
sobre lo visto en Corbett? No quería -como muchas otras veces- plantearme
objetivos demasiados alejados, tenía certeza sobre las limitaciones de mi
escritura. Sin respuesta, lo mejor fue dormirme y esperar que el día siguiente
aclarara con su luz las cosas.
Desayune mirando al verde del parque un cielo amplio y celeste
hasta el horizonte. El día se mostraba como una promesa esplendida. Como muchas
otras veces sentía incomodidad con la soledad. Casi siempre mi trabajo me
llevaba a llegar y permanecer solo en diferentes hoteles, la soledad me
convertía en un observador o en un cazador de imágenes más precisamente. Me
llamó la atención la leyenda impresa en la remera que del hombre de la cabeza
afeitada. Tenía menos de cuarenta años, un cuerpo trabajado en horas de
gimnasio. Parecía estar en gira de negocios desayunando con socios o clientes.
La remera decía en letra enorme: "Y si la mujer del prójimo me desea a
mí".
**
No quise distraerme más. Llevaba en mi bolso un par de cuadernos
donde Jerome Klepka describía el origen de las obras que iba a ver ni bien me
animara a salir al afuera del hotel.
En el pequeño parque lindero al que miran los ventanales del
comedor esta el monumento a Edward J. Corbett. Es una escultura de hierro
negro. Teriántropos en lucha: Cuerpo humano con cabeza de Tigre. Arriba de la
cabeza lleva el sombrero clásico que hemos visto en las películas llevar a los
cazadores. Esa figura lucha con una enorme víbora que se enrosca por su cuerpo
desde su pie izquierdo. La serpiente termina en una cabeza humana que mantenía
colmillos y lengua de serpiente.
La estatua tiene el subtítulo de "Metamorfosis".
Se lee en su enorme base de cemento la inscripción de autoría: JEROME RICARDO
KLEPKA. ESTATUARIO. ARQUITECTO. CLONADOR PAISAJISTA.
En el cuaderno dice -textual- : "Metamorfosis". Fue con
la infección del colmillo izquierdo. Tenía la mitad del rostro con aspecto
felino. Sentía que la fiebre era una enorme serpiente que se enroscaba.
Deliraba. Lo más lógico es que la serpiente tuviera en su rostro el aspecto de
la serpiente a la que llamamos, afiebrados de autoengaño, "ser humano".
Alejándose de la estación y el hotel hacia el norte esta la entrada
al Parque Natural, situado en las tierras de la antigua estancia de los
Corbett. Allí quedaron al aire libre las obras de arte de Klepka. La primera
obra que pude observar se titula: "El rollo del tiempo".
Escribe: "Después de la salud,
el tiempo es lo más valioso que posee una persona. (...) Pensé en las manos de
mi padre, en los objetos que había dejado abandonados en el galpón de la casa.
Había dos lavarropas oxidados, una heladera Siam. Los alambres que sostenían la
antigua parra habían quedado formando un rollo, una nebulosa galaxia que ya no
podría volver a extenderse. Fue mi hijo quien lo bautizó como rollo del
tiempo"
Me gusto mucho la obra dedicada a Kurt Vonnegut. "Insectos atrapados en ámbar" Son piedras
traslucidas apiladas como un muro adentro hay cuerpos de insectos con cabeza
humana. Arriba del muro desfila un soldado con un uniforme alemán de la segunda
guerra.
Jerome anotó: “Están mi padre y mi tío
en la guerra. Van en el batallón polaco, nunca saldrán del todo. En el oído les
quedara el zumbido de los proyectiles que reventaban el tímpano. Por instantes
puedo volver a ver los ojos vivaces de mi padre cuando recordaba la noche
iluminada por los proyectiles en la batalla de Montecassino”.
**
Cuando retorné del parque estaba bastante cansado, era de noche,
había comido algo en un pequeño restaurante ubicado en la antigua residencia
del comisionado inglés. Volví a la habitación, me bañe con una ducha que no
logre regular bien, con el agua casi fría afloje el cansancio y me dispuse a
dormir. La cercanía al campo convertía al hotel en un espacio de resonancia de
lo lejano y lo inmediato a la vez. En la habitación contigua –que daba a la
cabecera de mi cama- una pareja había comenzado a hacer el amor. Se escuchaba
como la mujer jadeaba. Mi primera idea no fue nada romántica: este Jerome, ha
sido un gran artista, pero como puede ser que haya construido estas paredes con
paneles de yeso que no aíslan nada.
Desde el campo empezó a ganar espacio un tren acercándose con el
inconfundible sonido de las vaporeras. Abrí la ventana pero no logré distinguir
si era una North British ó una Vulcan Iron Works. La furia del vapor de la locomotora se
mezclaba con los jadeos de la pareja.
En cualquier lugar una locomotora atraviesa la noche. Otra mujer se
enciende, hecha vapor, jadea. Hay viajes que crean la vida y otros que la
llevan desde un sitio a otro. Antes de conciliar con el sueño se imponía una y
otra vez una frase que había leído en mi recorrida. Pensé en lo apropiado que
era el título de aquella obra de Klepka: "Lo erótico es la
vida".
*De Eduardo Francisco Coiro.
-Próximas estaciones de escritura:
JUAN ATUCHA.
–Por Ferrocarril Provincial-
JUAN TRONCONI. CARLOS BEGUERIE. FUNKE.
LOS EUCALIPTOS. FRANCISCO A.
BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE. GOBERNADOR UDAONDO. LOMA VERDE.
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN
RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.
ESTACIÓN DOYHENARD. ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. D.
SÁEZ. J. R. MORENO. EMPALME ETCHEVERRY.
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY. LISANDRO OLMOS. INGENIERO VILLANUEVA. ARANA.
GOBERNADOR GARCIA.
LA PLATA.
***
-Por Ferrocarril Midland-
Km 55
ELÍAS ROMERO. KM. 38.
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.
MERLO GÓMEZ.
RAFAEL CASTILLO. ISIDRO
CASANOVA. JUSTO VILLEGAS.
JOSÉ INGENIEROS. MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE. ALDO BONZI.
KM 12. LA SALADA.
INGENIERO BUDGE. VILLA FIORITO. VILLA CARAZA. VILLA DIAMANTE.
PUENTE ALSINA. INTERCAMBIO MIDLAND.
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-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco
Coiro.
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