Monday, May 29, 2017

Y TODO LO DEMÁS ES CIELO...


*Dibujo de Erika Kuhn.











Uno de ellos*




Al abrir los ojos estaba helada. Tenía la ropa húmeda por partes, y mojada la tela que tocaba el suelo.
Aún no había salido el sol. Oí perros ladrando. Apenas amanecía y los pájaros volvían a sus nidos. La tormenta había terminado.
El viento de la noche había derribado algunas ramas. Algún pichón no habría logrado sobrevivir, eso pensé y me impresioné tanto que alcé el cuerpo sin esfuerzo, decidida a ir por comida. Apoyé las manos sobre el asfalto, a un costado y me incorporé con fuerza.
Empecé a caminar por el borde del cordón, mirando de costado las líneas amarillas a la izquierda, el cordón a la derecha. Alternaba mis ojos de lado a lado.
De lejos vi acercarse al corredor con su ropa de colores y materiales inalterables. Sentí algo de envidia por su persistencia. Pese a todo lo que estábamos viviendo, él repetía una y otra vez su rutina deportiva.
Una rama me hizo tropezar. La sensación de frío y extrañeza que me había provocado la imagen de los nidos y los pichones me impulsaba a andar.
Me sentía mareada. El incipiente dolor de cabeza que volvía a aparecer se atenuaba con los ojos cerrados. Entonces no miré más, decidida a avanzar hacia el árbol de mandarinas para comer alguna. Aún estaba a tres cuadras y se llenaría de gente que, como yo, necesitaba alimento.
La tormenta del día y la noche anterior habían aplazado la comida: restos mojados, incomibles, ríos de agua en las calles. Y el miedo a la inundación que nos paralizaba cuando mirábamos caer el agua, impetuosa y extrema.
Escuchaba los sonidos del amanecer. Zumbidos eléctricos, voces aisladas, pasos. Avanzaba con la confianza que da la costumbre aunque mis pies se movían torpemente. Mis brazos no seguían el ritmo natural de la caminata. Era consciente de mi cuerpo, y el resto de mis sentidos compensaban la falta de visión. Necesitaba alimento.
El corredor pasó cerca de mí. Yo lo reconocí por el olor que exudaba, mezcla de transpiración y desodorante impregnados en la piel. Muy distinto al olor rancio de mi cuerpo.
Seguí caminando tan segura como cuando había cruzado el túnel ferroviario con los ojos cerrados, repitiéndome palabras hipnóticas para convencerme de que era la mejor manera de llegar al árbol de paltas, ahora extinto.
La presencia casi constante del corredor me perseguía, muy de cerca. Al llegar a la esquina volvió a alcanzarme después de dar vuelta a la manzana. No le tenía miedo.
No temí tampoco cuando alguien me gritó una advertencia. Solo entorné los ojos, espié en derredor y continué, custodiada por esa respiración, esa niebla de perfumes que me acechaba. Custodiada también por todas las miradas que me vigilaban desde las casas más altas, infranqueables para nosotros, los inundados sin techo, los olvidados por todos. Éramos invisibles en el sentido humanitario, pero nos espiaban como a monos peleando por bananas.
Me espiaban para presenciar con desdén y entretenimiento mi osadía casi diaria en busca de alimento. En remera y bombacha andando por la calle, trastabillando.
El hambre dolía y el mareo avanzaba. Terminaría desmayada si no me apuraba a comer algo. Tenía que llegar al árbol de mandarinas y trepar hacia las ramas más altas antes de que el sol despertara al resto de la tribu de gente necesitada de alimento, de casa, de todo. Casi no tenía fuerzas y si no me apuraba pasaría otro día difícil.
Algo se rompió. Con uno de mis pies quebré algo. Abrí definitivamente los ojos. Miré las líneas amarillas a mi izquierda, el cordón a mi derecha y me dejé caer. El huevo habría caído de su nido durante la tormenta.
Desde el piso pude ver el fosforescente amarillo de las zapatillas del corredor cada vez más cerca. ¿Cómo es que seguía corriendo? El mundo estaba sumido en el abandono después de la catástrofe. Pero él no se percataba y seguía corriendo, esbelto y perfumado. Seguía mirándome y corriendo.
Desde el piso, y sin pensar, sorbí la yema de huevo esparcida sobre el asfalto. Recuperé fuerzas.
El corredor cruzaba la esquina mirándome incrédulo sin ver el auto eléctrico que doblaba silencioso por detrás del árbol de mandarinas que me esperaba. Alcancé a gritar muy fuerte mientras me miraba. Enseguida pude ver las líneas fotovoltaicas que dibujaban sus zapatillas. Antes de caer sobre el asfalto, la delantera del auto arrasó las baterías que tenía conectadas a su indumentaria.
Entonces, los vecinos comenzaron a cerrar las compuertas y aberturas por las que nos miraban a diario. Sabían que nosotros, los desahuciados, llenaríamos las calles de un alboroto triste, agresivo, impotente.
El corredor estaba muerto.
Antes de que llegara el resto le quité la ropa y me la puse. Sus zapatillas me quedaban grandes, pero eran algo mucho mejor que andar descalza. Me sentí poderosa. A cambio le puse mi remera harapienta.
Salté sobre el árbol de mandarinas con una fuerza animal, recargada. Me atraganté del dulce y el amargo de la cáscara, sorbiendo, tragando el motivo de mi peregrinación inaplazable.
Después corrí con la mirada hacia adelante, con las piernas enérgicas pisoteando las líneas amarillas que hasta hace un rato eran mi guía.
Ahora debería encontrar la casa del corredor antes de que los otros me vieran y se tiraran sobre mí para quitarme lo que había conseguido. Después, huiría hacia lo más alto de la ciudad y me convertiría en uno de ellos.


*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com
-Publicó  Intemperie.  Por Viajera Editorial. -2016-










Y TODO LO DEMÁS ES CIELO...









A la orilla del cielo*



*De Angie Pagnotta. revistakundra@gmail.com



Amar lo que no es, lo que no pertenece, lo que nunca más volverá a ser ni existir más allá de una profunda soledad. Amar con los brazos vivos y cansados, con el peso del pasado atormentando, con la siempre extraña forma de doler, de no poder sin dolor.
¿Y cuántas veces te busqué a la orilla del cielo? ¿Y cuántas veces corrí para encontrarte? Y en cada búsqueda fue inútil. En cada maldita búsqueda fue todo inútil. Nunca pude acercarme a vos, a cualquier parte de esos vos que se bifurcan en miles de túneles, en miles de caminos y crecen aplastados, en todas direcciones, como la yerba mala de cualquier campo, como la sombra de las nubes, como el reflejo que da la luna sobre el agua.
A veces quisiera no preguntarme cómo estarás, pero es en vano no preguntarse. Preguntarle al viento o al silencio, si tus ojos seguirán ardiendo con la luz amarilla del patio, preguntar si tu cabello tiene más canas, consultarle al Dios de la tierra si tus ojos se convirtieron en astros de cosmogonía fértil o si —tal vez— tus labios mordieron la última bocanada de la luna llena que cubre el cielo, ahora.
El cuerpo no olvida. El cuerpo quiere no tener memoria pero no se puede sabotear el alma. No puede evadir aquello que está incompleto, ni lo profundo del deseo ni lo exultante de aquel sentimiento de amor no correspondido.
A veces quisiera no preguntarme, pero el perfume del otoño trae sus recuerdos con gusto a muerte y es entonces cuando cierro los ojos, pausadamente, y allí te veo bajo el sol, con los ojos también cerrados y el mar de fondo rompiendo al borde de las rocas, con el mar rompiendo sus breves olas en una orilla efímera, en la misma costa donde alguna vez nos abrazamos tan fuerte que todos los fragmentos de tu cuerpo quedaron unidos al mío.





**
-ANGIE PAGNOTTA Nació en Godoy Cruz, Mendoza, pero a los pocos meses llegó a Buenos Aires, por lo cual es 99% porteña. Es Escritora y Periodista. En 2012 fundó Revista Kundra: literatura aleatoria y el portal de Arte y Cultura, Baires Digital. Trabajó en contenidos de Redes Sociales y publicidad para Duro de Domar, TVR, Fútbol para todos, 678 y Diario Registrado, entre otros. Colaboró y colabora en distintos medios digitales de Argentina como Cultura Registrada, Diario Femenino, Solo Tempestad, Revista Kunst y trenINSOMNE. También es redactora en medios gráficos como Revista El Gran Otro y Revista Qu. En 2013 obtuvo una mención en Narrativa por su cuento “Alejandra”, otorgado por Guka, revista de la Biblioteca Nacional. Desde 2009 lleva adelante su blog Motivar el relato, un espacio de libertad donde sube y comparte sus textos que, muchas veces, son escritos especialmente para ese espacio. Escribió Nada que no quieras, su primera novela que se encuentra en proceso de corrección y Memoria de lo posible (2017, Peces de Ciudad) es su primer libro de cuentos. En febrero de 2017 su cuento “Versiones sobre el río”  fue traducido al portugués por Felipe Buenaventura para FRONTERA, un proyecto que une escritores latinoamericanos alrededor del mundo. En Julio de 2017 participará de la Antología IV de Peces de Ciudad.














Como lágrimas en la lluvia*



Vine a gritar y me pobló el silencio.
Del son, sólo fantasmas nuestras voces.

Pues todas las palabras:
las que un día cantamos,
aquellas que callamos,
las que nunca debimos haber dicho,
también las que escuchamos,
pensamos inventamos escribimos,
las que en algún otoño nos dañaron
y las que despertaron un lánguido suspiro,
las que pintaron una sonrisa en nuestros labios
y las que no dejaron ningún poso en nuestro espíritu;
y aun éstas que ahora escribo,
éstas que acaso estás leyendo,
también se perderán en los pliegues del tiempo.

Sólo seremos ecos,
provisionales ecos rebotando
hacia un sol extinguido.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
-Publicó “El alba sin espejos”














MEDITACIÓN SOBRE EL OTOÑO*




1

Las hojas parecen balas
que van dejando un largo rastro anaranjado
en la superficie rugosa.
Una “Tatarian honeysuckle” florece tardía
entre las rendijas de dos rocas
y más abajo, el arroyuelo
ensimismado por el flujo de la corriente
juega a ser destino, y dios
de cuanto le rodea.



2

El viento se abate en la alborada
con sigilo contra la corteza del árbol de papel;
las ardillas
se disputan las copas de los pinos japoneses
con una manada de cuervos,
estos, inmigrantes de otras tierras
parecen lágrimas nocturnas
cuando tocan el suelo. Inquilinos
bulliciosos del otoño.



3

La brisa misma
no se amilana ante el recorrido
que la espera del otro lado
del atardecer, sombrío
como son las expresiones en los rostros
que, acorralados,
jamás sobreviven al holocausto vertical
que los prolonga
hechos cenizas de tiempo, cenizas
después de la humareda
en estampida.



*De Daniel Montoly. danielmontoly@yahoo.es















Groppa*



*Por Jorge Isaías. jisaias46@yahoo.com.ar



Camarada, quien toca este libro, toca un hombre.
Walt Whitman



Podríamos decir algunas (muchas) cosas de un hombre que en plena juventud toma como elección de vida poner distancia de Buenos Aires y dedicarse a escribir minuciosamente el paisaje de su Jujuy adoptivo y su gente primero, pero luego la recuperación del paisaje urbano provinciano con sus personajes y su cultura personal, tarea que acometió con la minuciosidad y la pasión de un cartógrafo o un entomólogo. ¿Cómo pudo Néstor Groppa producir con lirismo una obra a la que dio estatura poética? Participó con extrema generosidad y bonhomía en los últimos sesenta años de la cultural del país. Tuvo premios y halagos y amigos entrañables.
Fue su propio editor y el editor de otros. Pero sobre todo fue un perseguidor tenaz y obsesivo del paso del tiempo, ese tiempo que desgasta la vida y los objetos y no hay nada peor que ver dormida una casa donde uno vivió en la infancia. Groppa tuvo  a no dudarlo  un privilegio, que en verdad es mérito de los elegidos: una innata capacidad para captar lo popular y transmitirlo líricamente a través de sus crónicas que publicó durante cuarenta años en el diario Pregón, de San Salvador de Jujuy, donde pasó casi toda su vida adulta, pero también en poemas o anotaciones al margen que iba escribiendo en cuadernos y luego con cada entrega en sus Anuarios del Tiempo, editados por su sello Buenamontaña, en diez volúmenes, entre 1998 y 2009.
El paisaje norteño lo atrapó cuando llegó a vivir a Tilcara por sus tareas como maestro rural, pero nunca olvidó  aunque sus recuerdos fueron casi fantasmagóricos ya que se radicó de muy joven en Buenos Aires  a su pueblo natal, Laborde, que primero se llamó "Las liebres", según confiesa y que está perdido como un abrojo: "Repito varias veces Laborde, y termino por no saber si Laborde es en mi vida una planta, un cafetín, un hotel o un pueblo" (Este otoño, Jujuy, 2006). Uno recorre su vasta obra y entiende por qué ese empecinamiento autobiográfico cuando lee en este libro su epígrafe del Vasco Pratolini: "Esta no es una historia sin importancia, porque es la historia de mi vida".
La primera noticia que tuve de este poeta sensible y necesario, porque se describe su grandeza recorriendo sus libros, como se supone que debe hacerse, digo que la primer noticia que tuve de él fue en la revista Crisis, año 1973, cuando salió una reseña de un libro flamante, de sentido tan lírico y tan insólito: "Carta terrestre y catálogo de estrellas fugaces (válido solamente para los años 1966 1970), confeccionado por Néstor Groppa  contienen la tierra y el cielo de San Salvador de Jujuy y se imprimen en el otoño de MCMLXXIII ".
Todo esto aparece en la tapa, en letras negras sobre un fondo rosado que exhibe un óleo del pintor Luis Pellegrini, llamado "Con fritanga". Obvio es decir que no se conseguía en librerías de Rosario, pese a que yo trabajaba en una. Obtuve  no recuerdo cómo  su dirección y me envió el ejemplar dedicado. Allí se inició mi relación con él y con su generosidad, ya que comenzó a publicarme en el suplemento del diario Pregón de Jujuy, que dirigió por cuarenta años.
Conversé entonces con don Alberto Bunichón, distribuidor de los poetas de provincia, un verdadero puente entre nosotros. Groppa le editó en ese tiempo un libro a Manuel Castilla y entonces empecé a vender, donde trabajaba, los libros de su sello. A don Alberto Bunichón, a quien apodaban "El Chivo" por su barba candado, lo mató la Triple A en Córdoba, donde vivía, el 24 de marzo de 1976.
Con Groppa nos escribimos y nos enviamos "señales de vida"  Raúl G. Aguirre, dixit  durante muchos años hasta que nos conocimos recién en el 2004 cuando lo invitamos al Festival de Poesía de Rosario.
De uno de sus envíos rescato como un hallazgo, porque no lo conocía, un bello libro del 2006 que se llama Este otoño, con una bellísima foto de un gran árbol que puede ser un lapacho, obra de su ingenio porque no dice quién la tomó. Con su original presentación, reproduciendo la declaración de los derechos del hombre que precede a todos sus libros, donde reproduce el artículo 27 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, que dice que "toda persona tiene derecho a tomar parte libremente en la vida cultural de la comunidad, a gozar de las artes y participar en el progreso científico y en los beneficios que de él resulten", Asamblea General de las Naciones Unidas, París, 10 de diciembre de 1948.
Luego prosigue con una particular presentación de sí mismo y con una carta del gran poeta Joaquín Giannuzzi. El trabajo, cuenta Giannuzzi, estaba destinado a la antigua colección de Ediciones Culturales Argentinas (E.C.A.) de la Secretaría de Cultura de la Nación que nunca salió. Groppa lo reproduce en su mecanografiado original, con las tachaduras y enmiendas de un trabajo en camino.
Es un libro autobiográfico, separado por las ciudades o lugares en que vivió, a guisa de capítulos: Laborde / Buenos Aires / América (Bs. As.) / Bariloche / Tilcara / San Salvador de Jujuy. Cada capítulo narra su biografía con mucha sutileza y lirismo. Intercala también poemas que "ilustran", por decirlo así, su sentir. Agrega algunas fotos: con su madre que perdió a los nueve años, con sus padres en la costanera de Buenos Aires, su abuelo, las casas de su familia, incluyendo la de su natalicio en Laborde. De ese lugar hay una foto de un grupo de vecinos junto al cartel de hierro de lo que sería la estación de ferrocarril, donde se reproduce el nombre. También hay un grupo de escolares sentados en las vías con sus delantales blancos. Abajo una inscripción: Laborde 1919. Es como un fleco de la pampa cerealera y bravía, ocho años antes de que el propio Groppa naciera en eso que entonces sería un caserío. Otra foto del poeta cuando era maestro rural en Tilcara con sus alumnos "del 3º B, turno tarde".
¿Qué pasaba con este poeta que escribió: "Siempre he amado la lluvia: la lluvia propensa a la ensoñación. Ese desfile del cielo hacia las tierras, ese deshojarse gris e incesante, nos invita a remotos pasillos del tiempo"? Con él pasó lo que solo con los grandes pasa, que su sensibilidad estaba atada a la justicia en la tierra y todo lo humano le interesaba, y cuanto más humilde, mejor.
La profunda obra de Néstor Groppa forma parte hace tiempo de lo más entrañable y hondo de la cultura argentina y es la suya una voz única. Cumple el requerimiento de esa solitaria presencia que a la postre se presenta humildemente como imprescindible. Tuvo ese olfato insustituible que solo los grandes tienen para recuperar las historias de los humildes, de los olvidados, del tiempo que pasa irremediable pero nos deja un halo de misterio, de melancolía y ternura de las cosas que se pierden para siempre.
Todo esto tuvo en sus manos y tuvo también la valentía de defender a los humildes, porque no consintió que su talento estuviese al servicio de los pocos que deciden.


"Todo hemos amado y conocido
la humildad la tristeza
el acordeón en los patios oscuros y pobres
la Dama de Noche cerrada de día
la mariposa en la tulipa
los postres de una tía soltera
la familia sentada en la vereda
la criatura que lloraba por el grillo"  escribió .


El poeta Néstor Groppa, el amigo, ya no está. Pero nos queda el recuerdo de su sonrisa, su solidaridad y su generosa entrega, nos quedan sus poemas.
"Y todo lo demás es cielo", concluiré citándolo.
















CANTO FATIGADO*




Revivo en cada instante

con la piel puesta en soles de verano

por el simple motivo de saberme

enhebrada a tu nombre en hilos claros.

La nostalgia se repite como un canon,

trae diariamente

una porción de ausencia entre las manos

y me deja entre los brazos el canto, fatigado.



La sonrisa pierde el labio, se ubica

al hombro, hecha un atado;

y este mundo increíble, aquí, bajo la frente

pierde el rumbo y frío

se detiene.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar
















NUESTRA INFELICIDAD*




Nuestra felicidad no nos pertenece. La creamos no con las herramientas que nos son propias, sino con las que nos prestan. Y no depende como el siglo quiere hacernos creer de lo que poseemos, sino de lo que damos.
Puede ser una ingenuidad, pero ciertos antiguos saberes son tan ingenuos como el que un abrazo es más necesario que el pan, y que la sonrisa del amado calienta el alma en el invierno.
La felicidad no es una carcajada necesariamente. Sucede en una capa más profunda y es capaz de serenar los océanos del infortunio.
Para ser feliz es necesario ser generoso. Saber dar y saber recibir.
Una mujer que cocina para su hombre, el padre cansado que se fuerza a estar un ratito más a pesar del dolor de cintura, el muchacho que resigna unas tardes a acompañar la tragedia de su amigo. Hallan todos ellos una felicidad de melodía a media voz, la tranquilidad de estar donde hacen falta.
Pero necesitan, para poder ejercer su cometido de acompañantes, la retribución del reconocimiento.
Trabajar por la felicidad de alguien que nos ignora es un sendero que desemboca en la angustia. Y aquí acostumbramos considerar tonto a quien no requiere alguna clase de paga, y acostumbramos denigrar los trabajos desinteresados. Si no se pide nada a cambio, pensamos que debe de ser algo que no tiene valor.
Es cierto, no tiene precio. Es inapreciable lo que unos hacen por otros cuando se atreven a dar desde las entrañas, cosa nada fácil.
Una mujer que acaricia a su hombre dormido es feliz. Una señora que pone la mesa con las mejores tazas para recibir a sus amigas. Un hombre que enseña a su vecino cómo cambiarle el líquido de freno al automóvil es feliz.
La felicidad florece bajo los techos de chapa, estalla en el patio de una escuela, se enciende en una oficina. No tiene edad ni condición social. La llevan los privilegiados que son capaces de convidar con lo que tienen.
Quien es feliz porque lo envidian, retrasa unos momentos el salto hacia el abismo. Quien se alegra por el llanto de alguien, detiene un minuto solamente el roer de las orugas. Mentirá ser feliz el malvado, se mentirá a si mismo, hará la pantomima, montará su obra teatral. No hemos de darle fe. No le creeremos.
Pero mientras tanto todo nos lleva a la desdicha. La veneración del cinismo, la confusión de maldad con inteligencia, el mandato de arrebatar lo que no está fijado al suelo. Todo nos lleva al blindaje y la desconfianza. O somos ladrones, o tememos ser despojados.
Creemos que poseemos lo que guardamos, y somos esclavos de lo que nos negamos a dar.
La mujer no quiere ser usada, y se niega el privilegio de atender a su hombre. El hombre no quiere que la mujer lo domine, y se niega el privilegio de atenderla. Aferrados a nuestras mezquinas posiciones, amurallados todos, profunda, dolorosamente infelices. Pero eso si, indiscutiblemente dueños, patrones y propietarios de nuestra infelicidad.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com












A este mundo*



Hemos aprendido
a comprender
ciertos absurdos,
a desandar
veredas
que irradian
desconsuelos.
Aprendimos,
casi sin darnos cuenta,
a poblar
la existencia
desolada,
a celebrar pequeñeces
que forjamos
a diario.
Aprendimos
a ser más generosos
y menos
atrevidos,
a no ser tan sinceros
y a no necesitar
mentir
para entendernos.
Hemos aprendido
de la vida
y los años
que para eso
vinimos
a este mundo.


*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell













10 *



Cuando los duelos

cuando las lágrimas

cuando la inercia

cuando el vacío

cuando las sombras

cuando ya no.


Así.



*De Paula Novoa.
-De  El año que fui homeless, Cave Librum Editorial (2014)



-Paula Novoa nació un 08 de marzo de 1976 en San Antonio de Padua. Es profesora en Lengua, Literatura y Latín (I.S.F.D. N°45, Haedo) y Licenciada en Lengua y Literatura con orientación en análisis del discurso (UNLaM). Escritora de poesía.
Publicó: El año que fui homeless, Cave Librum Editorial (2014) e Hija de mala madre, Cave Librum Editorial (2016).
Actualmente trabaja como profesora de Lengua y Literatura en escuelas secundarias del municipio de Moreno.










InvenTren









Con vos al espacio*



Para Tommy, por todo.



Después, nos fuimos. Subimos al tren y recién a la media hora de iniciado el viaje, nos abrazamos y nos dimos cuenta de algo: todo había quedado atrás: los terceros, los planteos, el trabajo, los apuros por dejar todo prolijo y los conflictos que de rebote nos salpicaron: todo; todo, detrás. Nos mantuvimos abrazados un instante y nos tomamos de la mano y ese acto — prácticamente involuntario—, se estableció como símbolo de no soltarnos más, de no volver a retroceder. Observamos el paisaje. Respiramos aquel aire de salvación y de vida, pusimos música en nuestros oídos y nos dejamos abrazar por el tiempo y el movimiento del vagón que iba a una velocidad indescifrable. Al mirar por la ventana, vimos témpanos de verde, pradera, montañas, desniveles de texturas y un cielo inmenso, precioso, que rompía con sus rayos cada centímetro de tierra roja, dejándola molida. Algunas horas más tarde nos pusimos a conversar sobre lo ocurrido; sobre ese fantasma que se había vestido de negro y que, finalmente, había quedado a kilómetros luz en el pasado. ¿Te das cuenta de todo?, pregunté.  La paz había llegado. Ya no nos opacaría más aquel loop de ausencia que tenía que ver más con la muerte que con la vida o el amor.  También hablamos sobre el presente —el único tiempo que verdaderamente importa— en cómo nuestro ahora se había construido de esta forma y en cómo se había dado nuestro universo, pero —sobre todo—, en cuan vital había sido confiar en nosotros mismos y en lo que sentimos, porque ese “pequeño” paso había sido el motor de encuentro con la verdad. Lo que estábamos viviendo era un reflejo de lo que habíamos deseado y de aquello que necesitábamos para afianzar aún más nuestros pies ¿Y qué otra cosa se necesita para volar, más que el amor? Ante el arrebato de felicidad nos besamos y nuestros labios, como galaxias, estallaron. Nubes de colores se desprendieron por nuestras bocas y mil planetas desprendieron sus volcanes sobre nosotros; todo se tiñó de mil texturas y los destellos de cielo quedaron flotando en el aire. Próxima estación, anunciaron por el altavoz, y nosotros estábamos más allá de las estrellas. Con vos hasta lo más lejos que exista en el camino, le dije a Tommy en el oído, y de la mano caminamos más fuertes que nunca, más enteros, más unidos.



*De Angie Pagnotta. revistakundra@gmail.com
-Cuento escrito originalmente para el blog “No será mucho”



-ANGIE PAGNOTTA Nació en Godoy Cruz, Mendoza, pero a los pocos meses llegó a Buenos Aires, por lo cual es 99% porteña. Es Escritora y Periodista. En 2012 fundó Revista Kundra: literatura aleatoria y el portal de Arte y Cultura, Baires Digital. Trabajó en contenidos de Redes Sociales y publicidad para Duro de Domar, TVR, Fútbol para todos, 678 y Diario Registrado, entre otros. Colaboró y colabora en distintos medios digitales de Argentina como Cultura Registrada, Diario Femenino, Solo Tempestad, Revista Kunst y trenINSOMNE. También es redactora en medios gráficos como Revista El Gran Otro y Revista Qu. En 2013 obtuvo una mención en Narrativa por su cuento “Alejandra”, otorgado por Guka, revista de la Biblioteca Nacional. Desde 2009 lleva adelante su blog Motivar el relato, un espacio de libertad donde sube y comparte sus textos que, muchas veces, son escritos especialmente para ese espacio. Escribió Nada que no quieras, su primera novela que se encuentra en proceso de corrección y Memoria de lo posible (2017, Peces de Ciudad) es su primer libro de cuentos. En febrero de 2017 su cuento “Versiones sobre el río”  fue traducido al portugués por Felipe Buenaventura para FRONTERA, un proyecto que une escritores latinoamericanos alrededor del mundo. En Julio de 2017 participará de la Antología IV de Peces de Ciudad.







-Próximas estaciones para escribir:

POLVAREDAS 
–Por Ferrocarril Provincial-

PLOMER    
-Por Ferrocarril Midland-


***
El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Provincial:

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE. 
FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    
J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.    ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  
LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

***

El recorrido por venir del tren literario en el Ferrocarril Midland:

KM. 55.    ELÍAS ROMERO.    KM. 38. 
MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.  
RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.  
KM 12.   LA SALADA.   INGENIERO BUDGE.
VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



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