Monday, October 14, 2019

DONDE LA VIDA ES UN TROMPO QUE GIRA AL REVÉS...


*Obra de Walkala. -Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010)-.

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam










SUAVE PALADAR*



Devoré completamente el dulce de mis alacenas
suave paladar
para lo que no ofrece resistencia.
Del otro lado,
la guerra y el mundo
aquí
la tersura de lo que se deja devorar
sin la menor resistencia
alimentos
blancos
sagrados
me resguardan de entrar en el gran salón
de los miedos. Mientras tanto
hay un afuera y un aquí
dos inmensos escenarios
volcados como pliegues de una misma tela
hacia lados opuestos
y  además hay otro sitio
otro
siempre otro
donde la vida es un trompo
que gira al revés.



*De Irma Verolín  irmaverolin@hotmail.com


-Irma Verolín ha publicado los libros de cuentos: "Hay una nena que gira", "La escalera del patio gris", “Una luz que encandila” y “Una foto de Einstein tocando el violín”. Novelas: "El puño del tiempo", "El camino de los viajeros" y “La mujer invisible”. Y también una serie de títulos en literatura infantil en distintas editoriales. Obtuvo diversas distinciones entre las que se destacan Premio Emecé 1993-94, Primer Premio Municipal de la Ciudad de Buenos Aires Eduardo Mallea, Primer Premio Internacional “Horacio Silvestre Quiroga”, Primer Premio Nacional Macedonio Fernández, Primer Premio Internacional de Puerto Rico, Primer Premio Internacional de Novela Mercosur. Tres de sus novelas fueron finalistas en los premios Fortabat, La Nación de Novela, Planeta de Argentina y Clarín. Algunos de sus relatos fueron traducidos al idioma inglés y alemán. En poesía publicó “De madrugada” en Ediciones del Dock y “Los días”, editorial de la Fundación Victoria Ocampo, Primer Premio Horacio Armani 2014 otorgado por la misma fundación y  “Árbol de mis ancestros”, Editorial Palabrava 2018. Algunos de sus poemas fueron traducidos al ruso, portugués e italiano. Fue becaria del Fondo Nacional de las Artes en 1999.










DONDE LA VIDA ES UN TROMPO QUE GIRA AL REVÉS...










*


El día que Leonard
Cohen murió sentí
una violencia cabalgar
la garganta seca
lloré en el baño de
Julia, nunca lo
conocí en persona
parecía un viejo gris
apático y malhumorado
la clase de viejo que
quisiera ser: solitario
escribiendo en la
imaginación: la sombra de
la hormiga, el eco del sexo
la falla del hombre en
destruir a dios, la nostalgia
ermitaña. Salimos a dar
vueltas por los bares
hasta que llegamos
a una mesa, ebrios
reímos y hablamos
al otro día no fui a
trabajar, no era
feriado, la resaca
y la angustia no
me dejaban salir
de la cama
lloré más que
cuando perdí a
mi abuelo, Leonard
me dijo algo
que no puedo olvidar:
Todo el mundo sabe
que la pelea fue arreglada
que el pobre se hace más
pobre y el rico más rico
Aleluya!


*De Emilio Basso.
 (San Salvador de Jujuy, 1984)













Los felices días del bombardeo*



*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com




Al principio había sido una sensación azul en los ojos, un pellizco en los nervios seguido de un estremecimiento en las paredes del túnel.  Las náuseas volvían con la necesidad de escuchar alguna sirena y él trataba de reconstruir una voz suelta que recorriera el túnel como un perro meticuloso, testarudo, entrenado para seguir durante años el rastro de un cadáver.  Al cerrar los ojos imaginó su soledad como un viejo de uñas afiladas, como fragmentos de sombra tan volátiles que parecían jirones de ceniza  flotando en el techo, buscando ganar consistencia para llenar la forma de un fantasma que perduraba minutos, horas, en la silla y que fumaba (en las horas que suponía era de noche) hasta toser, expulsar un poco de neblina y recitar que bajo tierra el mundo era más preciso, el letargo que lo invadía por el aire enrarecido permitía pensar mejor las cosas. “Pensar” repitió mientras volvía a escuchar el bombardeo y sentía necesidad de frío, de calor, alguna señal de vida que estableciera un punto de referencia para seguir investigando, para no rendirse.  Una vez, al regreso de una excursión en busca de comida, creyó oír un carcajada seguida de un reproche: “No intentes subir, allá arriba no hay nada que ver, siempre es invierno” y justo al terminar la palabra se concentraba en la nariz un olor a cerrado, el tiempo que se detenía a escasos centímetros de su boca y que después ascendía para estrellarse en la mente, en las órbitas de los ojos.  Se pasaba la mano por la quijada, trataba de sorprender figuras humanas en las paredes.  Pensó en el año: ¿2030? ¿2035? En realidad no importaba porque con la cifra sólo tenía vislumbres de un vago exterminio, quizá de una guerra que lo había olvidado y que con los años se había ignorado a sí misma, sus planes, mapas, objetivos, hasta reducirse a un golpeteo monótono, el toque marcial de un tambor que semejaba el latido de un hombre, los pasos de un gigante recorriendo un campo infinito que contribuía a mantenerlo vivo, sosegar su respiración hasta sincronizarla con la caída de las bombas.





II



Cuando cerraba los ojos también estaba dentro del túnel, un túnel un poco distinto, más húmedo, con esporádicas franjas de luz que lo recorrían como la frontera de un vientre materno; un espacio que lo mantenía cautivo, rodeado de oscuridad, que le jugaba bromas, le tendía señuelos como algún destello, la torpe imagen de una cara que lo dejaba embobado aunque la ilusión no perduraba y de pronto se sorprendía hablando, contándose su historia para recordarla, fabricar un instrumento mental que le permitiera revisar un instante, mirarlo en cámara lenta, bajo distintas perspectivas, como si examinara una joya en busca de algún defecto, un error cuya ausencia le obligara a examinar otro momento, hilarlo en silencio al anterior para poder comenzar de nuevo, esta vez con todos los detalles: “Vísperas del año nuevo.  Estamos varados en un vagón atestado del metro.  Hace calor, una mujer se abanica el rostro y me mira.  Es mediodía y la luz en el andén se interrumpe, los tubos luminosos parpadean, hacen intermitentes nuestros cuerpos.  Alguien supone un suicida en las vías.  Una voz hace notar el creciente bamboleo, el temblor en el piso.  A mi derecha un niño mira a su madre: sus ojos se encuentran, se dicen que será cuestión de segundos.  El murmullo en el andén parece el aleteo asustado de un pájaro.  Ocurre la primera explosión.  Algunos corren, otros se limitan a observar los pedazos de cemento, piedras que caen en avalancha sobre las vías.  Me mantengo en el vagón, decidido a morirme ahí, en espera del golpe definitivo en mi cráneo.  Algunos mueren al instante, otros –cercanos al punto de impacto- se arrastran entre los escombros.  Nadie mira a su alrededor con un gesto de tranquilidad.  Nadie tiene lucidez en los momentos finales y por eso huyen, gritan, se pisotean, como si la propiedad de la muerte estribara no en el vacío sino en la locura; no en la parálisis, ni en el adormecimiento, sino en la rabiosa contemplación de un espejo. Trato de ir a la trinchera principal, ser blanco de los fragmentos que caen, quemarme con la brecha humeante que divide las vías, pero el ataque sufre una interrupción y en el desconcierto apenas logro percatarme de que ya no hay gritos, sólo el persistente olor a carne quemada que dificulta la respiración.  Hago un inventario de mi cuerpo.  Toco mis piernas, palpo mi estómago, recorro con los dedos mis costillas.  Mientras me examino el aire antes pegajoso se vuelve más ligero, tal vez el preludio de una reconciliación, la tregua con un dolor que no siento, con la caída libre que se detiene a escasos centímetros del suelo y que me inmoviliza, me obliga a girar el cuello para que observe al otro lado de la ventana a la bomba en estado puro, no un cohete en forma puntiaguda, sino una esfera blanca que detiene el tiempo, lo convierte en un estanque en calma que reorganiza el mundo, le otorga alguna cualidad que no logro descubrir antes de la destrucción final.  La esfera se estremece antes de perder su forma circular y extiende sus límites hasta volverse un manto espeso que colapsa metal, huesos, entrañas.  El vagón es un barco hundiéndose lentamente, haciendo agua por la popa.  Un destello perdura hasta que el vagón se transforma en una pecera luminosa.  Resplandezco a medida que recorro el pasillo.  Puedo ver como la luz ejerce su peso en la ventana.  Un cuerpo inmenso y blando fractura el vidrio, lo trabaja con la obsesión de un orfebre hasta convertirlo en polvo brillante.  Sobrantes de luz trepan por mi cuerpo: insectos blancos buscan las yemas de mis dedos no para incendiarlos sino para volverlos blancos, contaminarme para condenar mi vida y al mismo tiempo separarme de los muertos que yacen a mi pies, reconstruirme en el espacio que me ofrece la luz antes de hundirme para siempre en el túnel, antes de que mi mano se levante no con un gesto de amenaza, sino con la intención de dibujar en el aire la forma primordial de la bomba, su voz; la entonación que le da cuando dice que para mi no habrá muerte.

Al llegar a la última palabra suspiró con tranquilidad.  Se pasó la lengua por los labios en un intento por decir más, añadir un epílogo afortunado a la historia.  Intentó abrir los ojos de una forma distinta, despegó los párpados poco a poco, como si se preparara para dar la bienvenida a una realidad diferente, quizás observar el inventario de un mundo nuevo, el vestigio de una ciudad enterrada que hasta entonces le había negado sus favores.  Abiertos los ojos comprobó la banalidad de su esperanza  Ante él seguía el túnel, la grieta en el piso, muy parecida al cadáver de un gato.  Pensó en anuncios neón, un color en el que pudiera concentrarse para dar un nuevo impulso a la soledad.  La silla estaba vacía aunque el viejo imaginario -la línea chueca de su espalda- parecía perdurar en la penumbra como un objeto olvidado, carente de autor y de memoria.  Alzó la vista al techo.  Las sirenas no llegaban.  Sólo pudo extender las manos en el piso, sentir el corazón pulsante, atropellado, buscando la sincronía con las bombas que regresaban puntuales para darle una absurda seguridad, una íntima medición del tiempo





III


“Sueño de nuevo con las bombas, bombas como copos de nieve, bombas que caen como lluvia lenta, más ocupada en perturbar con el sonido que con la intensidad del daño. ¿Qué pueden romper, volar en pedazos, si con los años, con la mera persistencia han demolido cualquier vestigio de construcción? ¿Qué pueden hacer en la superficie sino volver más fina la arena rojiza, el recuerdo volátil de tantos cuerpos?” Terminó de escribir.  Sonrió.  La idea de la arena rojiza le pareció ridícula y tachó el renglón completo.  Apoyó la pluma en la hoja maltrecha y trató de escribir un nuevo diagnóstico, pero se dio cuenta que pensar era internarse irremediablemente en una cámara oscura, entrar al terreno de las palabras sueltas cuyos significados se resistían, cambiaban para inventar un lenguaje al cual no tenía acceso.  Aventó la pluma.  La mente la sentía retorcida, a ratos hormigueante por el escaso alimento que encontraba a medida que recorría el túnel.  Su experiencia reciente era la de un nómada que recolectaba latas de refresco, fragmentos de galletas, bolsas de papas fritas.  Comenzó a olvidar algunos datos de su vida pasada: su número telefónico, la dirección de su casa.  Temeroso de olvidar la fecha en que abordó el metro la grababa en las paredes del túnel.  El olvido lo llevaba al desamparo, sin embargo, pronto comenzó a asumir cierta noción de orgullo, el natural prodigio de sentirse el único hombre, porque habían caído durante tanto tiempo las bombas que arriba no había vida, sólo un páramo consumido por el fuego, cubierto por una espesa ceniza.  Sin testigos, sin una memoria que ordenara el mundo, el pasado se detenía de forma indefinida en la superficie, como una mancha que mantenía inmóvil el tiempo.  Alzaba las manos como si quisiera tocar el pantano en que se había convertido el mundo.  Alzaba las manos como si ayudara a intensificar el bombardeo, a volverlo un mar vasto, pródigo en aceite, radioactividad acumulada.  Entonces disminuyó sus avances en el túnel, dándose tiempo para reconocer sus propiedades, las maravillas que dejaba la muerte.  Protegido, asimilado a la tierra, sentía por fin su propiedad del futuro real, el destino de la vida y de la memoria reciente que oscilaba entre la lucidez y un intenso desvarío que le hacía avanzar a tientas en el túnel, como un animal ciego, dando tumbos, confundiéndose repetidas veces de camino.  Una noche, después de una jornada especialmente fatigosa, soñó el sueño del único hombre y cuando despertó tuvo miedo porque su originalidad lo volvía frágil, demasiado humano.  Prevenido, comenzó a grabar su nombre, quizá para asegurarse su posteridad, para morir con la dignidad de un dios novato que nunca entendió su papel ni su herencia y cuya potestad apenas servía para retener algunos visos de locura, los laureles de la fiebre que lo coronaban por horas llevándolo a descubrimientos imaginarios en el túnel, a nombrar continentes entre la podredumbre, escalar pilas de cadáveres para otear con desdén el horizonte.  Terminada la grandeza, con el hambre royéndole el estómago, disminuyó de forma sensible su metabolismo; el pensamiento se alentó hasta sólo registrar el tañido del corazón o el pulsar de las bombas relacionado con el progreso de la luz en las paredes.  Utilizó su letargo para fabricar una especie de arrullo, una melodía desconocida que fijaba la voz a su existencia y que le permitía alcanzar una inesperada sabiduría que le motivaba a hablar de nuevo, a entregarse a su historia, repetirla una vez más con una entonación que le permitiera sentirse ajeno.  Habló entonces con la voz de otro hombre, un alquimista que sugería una forma distinta de articular la memoria, echar en reversa el transcurrir de ese día como si cambiara de improviso la ruta del agua: retuvo el boleto, empujó con la espalda el pasamanos y caminó hacia atrás en el andén.  En el camino a casa borró el pensamiento inútil que le provocó un insecto, deshizo algún gesto en medio de la multitud que esperaba cruzar la calle.  Pronto estuvo en su casa, sintiendo una somnolencia anticipada, buscando con el cuerpo el contacto con las sábanas para dormir y despertar nuevo, dispuesto a abordar el mismo vagón repleto, rodeado por las mismas personas que lo miraban en silencio, expectantes, dándole la oportunidad para que esta vez pudiera encontrar la variación, el detalle que hiciera la diferencia.






IV


Un día el bombardeo perdió fuerza hasta cesar por completo.  La monotonía fue sustituida por el vacío y el silencio que ocupaba el túnel le pareció el de una calle blanqueada por el polvo.  Al principio, incapaz de conformarse con la ausencia de un sonido al que estaba habituado, intentó remedar los golpes lanzando rocas, pateando escombros, poniendo la mano cerca del corazón para recobrar la antigua sincronía.  ¿Qué había pasado? ¿Por qué la luz filtrada por los resquicios del techo no recorría las paredes sino permanecía intacta, como un insecto aturdido en medio de las vías?  Juntó sus provisiones, un poco de agua y fue al encuentro de la luz.  Había hecho algunos preparativos en su último refugio y, mientras seguía la ruta obcecado, tentados los labios por alguna canción de fuga, quiso creer que iba a ser sustituido por otro, alguien que repetía por inercia su itinerario y que en poco tiempo estaría husmeando en el mismo trecho del túnel.  Pensó con amor, casi con desesperación, en un rostro indefinido, en un hombre o mujer más aptos para gobernar aquella oscuridad; alguien destinado a la tarea ruinosa, tal vez infinita, de nombrar sombras, dar orden a aquella revuelta de islas y continentes.  La luz dejó su inmovilidad y comenzó a ascender por una de las paredes, al principio segura, después un poco indecisa, como si tuviera que ajustar algún trazo a su recorrido.  Caminó un día entero hasta notar que el haz de luz ascendía.  Cerró los ojos, como si recibiera en pleno rostro una lluvia de hojas: las venas en sus brazos era como ríos.  En su último refugio había dejado una carta, el testamento de un dios arrepentido, derrotado:
“Después de numerosas reflexiones, he llegado a concluir que salir del túnel es posible, en realidad es tan fácil que eso mismo impide su salida.  Piensa en una frontera invisible, una cerca hecha de un olor que a pesar de ser imperceptible te obliga a detenerte.  No olvides el bombardeo, la cuenta atrás con los dedos hasta que, sin darte cuenta, comiences a contar latidos, espirales de pasos.  Mueves un pie, luego otro, cada vez más arriba y así formas escalones en el aire que te elevan hasta mirar el cielo manchado de rojo y te sientes con la consistencia de un demiurgo, de un Adán liberado de la servidumbre, que pasa sus días haciendo malabares con las bombas.  Es tan sencillo como si estuvieras en una historia de ciencia ficción, en una película donde combates con diablos caídos del cielo, acertijos que se desgranan y que parecen una insólita reunión de insectos.  Después de la batalla siempre podrás apartar nubes y a pesar de no destruir por completo al enemigo tendrás ánimo para bajar a tu refugio y preparar una próxima escaramuza.   Sólo ocúpate de pensar, dibujar parábolas perfectas, líneas punteadas que parecen inofensivas pero que en realidad reproducen la trayectoria probable de las bombas.  Imagina las explosiones, piensa en ellas como espectáculos de luz, murmura palabras como ¡pum! y ¡pas! y el sonido en tu boca las obliga a obedecer, explotar donde les indiques.  No duermas, dedica tu insomnio como si ofrecieras una oración a la humanidad y así el exterminio será menos vulgar, más preciso: cae una bomba, 100 personas; cae otra, 150.  Piensa en esa constelación de muertos, en sus brazos blancos, tal vez azules.  Fueron afortunados porque antes de morir hubo un gesto de maravilla en sus ojos, porque un ángel de luz desbarató sus cuerpos y, antes de salir de casa, colocó los retratos en su lugar y apagó la última vela.  Vuelve a dibujar la bomba, no como un proyectil, sino como una esfera perfecta, que regresa el tiempo, lo cambia de lugar, le pone flores”
Llegó a un pasaje que conectaba a un canal de desagüe.  La señal luminosa seguía firme en la penumbra, forzándolo a seguir.  Se arrastró entre desperdicios y un fango oloroso a muerte.  Tuvo la sensación de insectos en la cara.  El canal se abría y al final dejaba ver el inicio de una escalera.  Se aferró a los escalones y comenzó a subir.  Antes de llegar al último peldaño tuvo un presentimiento y preparó su último discurso, el que dejaba a la soledad, al nuevo ser que lo sustituiría: “Te preguntarás por qué me voy, porque en mi convergen el pasado y el futuro, porque el presente no basta y los hombres que alguna vez existieron necesitan que salga”.





V



Al principio es la misma sensación azul en los ojos.  Después comprende que es un estremecimiento distinto, tal vez los nervios de ver cómo la luz se abate entre el polvo, cómo lo aparta hasta deslumbrarlo, volverlo –por instantes- ciego.  Siguen sin llegar las sirenas, sin embargo, puede oír el sonido compacto de los autos, pisadas sobre asfalto caliente.  Se apoya sobre los codos; apenas encuentra apoyo para impulsarse, rodar fuera del vértigo y descansar un momento.  Cubierto de polvo, parece una criatura recién nacida, expulsada de la tierra para ir al encuentro de un sol desconocido.  Se pone en pie.  Tiempo después, mientras grabe su nombre en las ruinas de una casa, se preguntará si hay un mundo subterráneo, si existió el tiempo en que habitó el túnel o si todo es un simulacro, una historia condenada a repetirse.  Por ahora sólo puede alzar la cabeza, caminar entre gente que lo ignora, en un flujo continuo cuyo motor es la indiferencia, la prisa.  Agotado, apenas con fuerzas para sentirse satisfecho, se detiene en una esquina para contemplar los anuncios luminosos, los autos sincronizados y brillantes.  Reconoce el mundo que abandonó y que creía perdido. Siente áspera la lengua.  Se apoya en una pared porque vuelve a sentir el azul en los ojos, pero esta vez parece más real, ya no es un preámbulo, una necesidad, sino la certeza de ver las miradas apuntando hacia el cielo, el azul contaminando otros ojos.  Las manos dejan caer portafolios y bolsas.  Las bombas comienzan a caer.




*Del libro “El caso Max Power y otros cuentos”.


-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977) Es autor de los libros de cuento Ella sigue dormida (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles (BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo). Ha participado en publicaciones como Luvina, GQ, Letras Libres y el suplemento “Confabulario” de El Universal. Colaborador de la revista Crítica y exbecario del Fonca. Ha sido antologado en diversas compilaciones de minificción.













LA PUERTA INFINITA*



La mujer tras la puerta se desespera. El toque insiste, suave, separado por un lapso fijo, como el acompañamiento de una melodía cuyas notas desconoce… toc, toc, toc… suficiente para enloquecer. No quiere abrir, a la vez no puede ignorar el reclamo. Las horas pasan lentas y el golpeteo de un puño del otro lado no cesa. Sabe que en algún momento debe descorrer el pestillo, girar el pomo. La curiosidad es más fuerte que la intuición. Alza los ojos, se ve a sí misma, no como fantasma o desvarío, sino presente y material.
La mujer muere de la impresión. Su doble cruza el umbral y comienza a olvidar qué motivos la llevaron a ese sitio, cómo ha llegado. Arrastra el cadáver a la cochera, sin percatarse de que hay otros cuerpos, de que la puerta trasera está entreabierta. Entra y piensa en prepararse un té para espantar la modorra, pero el golpeteo incesante del lado de la calle la atormenta. Intenta olvidarlo, permanece horas tras la puerta, presiente que no debe abrirla…
En la abandonada cochera, uno de los cadáveres abre los ojos. Su incorporación al mundo puede tomar horas. Solo sabe que debe volver a casa.



*De Marié Rojas Tamayo.
La Habana.












DESATAR LAS HOGUERAS*



He aquí que es necesario
desceñir el temblor de las hogueras
antes que llegue,
al fin,
el holocausto,
el infierno que acecha
y me inventes de nuevo la esperanza
y yo,
ya no me atreva.
He aquí que es necesario,
aunque nos duela,
deslunar de rocío las heridas,
absolver de jazmines los recuerdos,
exiliar en los cauces de la sangre
- donde el dolor es una niebla espesa –
los gastados latidos de esta exhausta ternura,
andrajosa
y maltrecha.
Ya van muchos silencios que lo digo
y muchas rebeldías
que lo piensas:
es verdaderamente necesario
desatar las hogueras.
Aunque el viento se abstenga de su furia
cuando anda deshilando,
en espirales,
los antiguos racimos de otras treguas.
Aunque el tiempo se obstine en esbozarnos
los insultos de cada convivencia
como lluvias de lenguas sediciosas
en vez
de una maraña de contiendas.
Sabemos que la magia se ha perdido.
Y que no hay talismanes ni linternas
capaces ya de desandar las sombras
cuando “amor” es tan sólo una palabra
ahogada en las arenas.
Entonces,
por respeto a los crepúsculos,
matemos el fantasma,
para siempre;
ejecutemos tanta hipocresía,
desembrujemos todas las almenas
y salgamos,
soledad en mano,
a desatar el fuego en las hogueras.



*De Norma Segades-Manias.
-De su libro El amor sin mordazas.
-Premio Edición Villa de Martorell (Barcelona-España-1992)






















UTOPÍA*



Una haciéndose mujer, no naciendo. Cabeza erizada de preguntas, polleras indómitas, los pechos siguiendo las lecturas como dedos, para después
volcarse, volcarse, volcarse en esa isla. Una, como isla a la deriva de lo no dicho. Una siempre buscando su propia lengua en la ajena. Internándose en el
amor a primera lectura, en esa isla de utopía, donde íbamos a encontrarnos en una fiesta y fue no.
¿En algún lugar del cuerpo, del tiempo, del espacio ha sido si?
Un sí que todo lo que siguió no puedo destruir. Aunque nadie lo sepa, aunque una tampoco lo sepa.
Aquí se quedan la entrañable trascendencia de tantas queridas presencias, reales y de cuento. Prendidas hacia adentro, cuerpo adentro, bien adentro, fuerza.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar













Un rayo de luz*



Debajo de la sombra verde
de esta mañana puedo pensar
en tu voz cuando me dice
que el amor se diversifica
como nunca habías imaginado.
Se refracta innumerables veces
como la luz que atraviesa estas ramas
y se disemina a nuestro alrededor.
Ahora sólo se me ocurre pensar
que una mano sobre una mejilla
son suficientes para tanta profundidad.
Y frente a eso cualquier argumento
se desvanece. Saber que el amor es sólo
un rayo de luz capaz de atravesar
la copa de un árbol frondoso.



*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com













CONFESIÓN DE UN CÍNICO*


Yo/ creo en un mundo sostenible./ Es por eso/ que reciclo muestras de amor que no uso/ para compartirlas con otros./



*De Daniel Montoly.









Inventren







De paso*




Lo pensó así en el momento exacto en que se apeaba del tren: "nadie hablará de nosotros cuando hayamos muerto". Intuía o recordaba que era el título de una canción, una película, un libro... Algo que le venía de remotas regiones de su mente, palabras difuminadas por la resaca del tiempo que ahora, sin motivo aparente, habían salido a la superficie para volver a sumergirse en el olvido minutos u horas más tarde. El hombre ya no era joven. Tenía esa edad indefinida de quienes han vivido en muchos sitios o -pensémoslo despacio- en ninguno. Por eso una frase aparecida de repente en su cabeza podría venir de cualquier parte: La edad mezcla palabras y recuerdos, invenciones y vivencias. Todo es una misma argamasa que se amontona, informe, en los anaqueles de la memoria.

Pero ¿a qué venía esa frase justamente ahora? El traje raído, las arrugas delatoras, el exiguo maletín ¿pueden ser, acaso, la respuesta? El hombre miró al frente. Un cartelito despintado anunciaba el nombre de la estación: "Ingeniero de Madrid". Le resultó chocante, porque él había nacido allí, muy cerca de Madrid; en España, esa España ahora tan lejana como las brumas de un entresueño, que se van desvaneciendo poco a poco cuando despertamos y de las que, al final, apenas queda un vago rescoldo, una cicatriz inexistente.

Tal vez fue ese detalle -pero esto lo pensó ahora, mientras contemplaba el letrero-, el nombre de la estación, lo que le trajo a la mente la frase lapidaria. Porque ¿algún ser vivo recordaba todavía quién fue exactamente ese ingeniero? Cierto que en algún libro, en alguna enciclopedia cubierta de polvo, quizá se reflejase no sólo el nombre, sino incluso también el hecho por el cual este lugar que ahora pisaba había adoptado ese nombre, que -a pesar de todo- no dejó de resultarle sumamente curioso. Pero ¿puede una enciclopedia, por exacta y completa que sea, imitar o suplantar eso que llamamos recuerdo? ¿Son esos artículos, esas anotaciones, una forma de seguir existiendo en la memoria de las gentes futuras? Tal vez, pero, en cualquier caso, una forma distorsionada, infinitesimal. Las biografías las escribe gente viva sobre gente muerta (o gente muerta sobre gente muerta, que viene a ser lo mismo) y quienes las escriben no saben nada, absolutamente nada. A lo sumo, una mínima colección de hechos aparentemente importantes, pero que en realidad son irrelevantes o anodinos, puesto que no arrojan ninguna luz sobre la persona biografiada... La única biografía posible la va escribiendo uno mismo, con sus propios actos, y no queda registro en parte alguna...

Vio las vías perdiéndose en el horizonte. Las vías del tren sugieren la infinitud y el desencuentro (Acaso también la infinitud del desencuentro) pero en este caso concreto, además, ese desencuentro resultaba aún más dramático porque dos pares de vías se cruzaban en este punto para ir alejándose después hacia sus respectivos destinos, líneas infinitas que jamás volverían a encontrarse. Y este punto, el único lugar en que esas líneas se encuentran, es una estación erigida en medio de la nada, un punto perdido entre otros puntos igualmente perdidos o inimaginables.

Así sucede -pensó- tantas veces. Tal vez sólo exista un punto, un único punto en todo el inimaginable cosmos, donde sea posible el encuentro. ¡Qué dicha, el encuentro! Y qué tristeza ver alejarse de nuevo los trenes del destino, intuyendo.

Desencuentros... Si lo pensaba con frialdad y atención, fueron precisamente ellos quienes le habían traído hasta este lugar, quienes habían de llevarle adónde iba. Pero ¿dónde iba exactamente? No podía recordar el nombre (si es que tal cosa puede tener importancia en realidad), y no tenía el menor deseo de sacar del bolsillo el papel donde figuraba. Ya habría tiempo para eso cuando el nuevo tren se pusiera en marcha hacia el siguiente destino. La vida es una sucesión de trenes que, en apariencia, nos llevan de un lugar a otro. Sabía que una vez allí tenía que hablar con un tal Pereira o Pereyra, un portugués o brasileño que también -por circunstancias desconocidas y que, en el fondo, no importaban- había venido a dar con sus huesos en ese lugar alejado del mundo y de la historia. (Pero -atinó a pensar más o menos confusamente- ¿hay algún lugar que no esté alejado del mundo y de la historia? De ser así, el tiempo, juez definitivo, ya vendrá a corregir esa desigualdad momentánea, ese error inocuo). Tampoco recordaba, hecho anecdótico si lo miramos bien, cómo se llamaba el lugar del cual venía. De ese triángulo escaleno, sólo el curioso nombre de esta estación solitaria había echado raíces en su memoria. En la estación no había nadie más. De nuevo, estaba solo.

Los desencuentros, sí... Llegan a ser tantos que es imposible recordarlos todos. Y ¿para qué habríamos de recordarlos si sólo pueden producir dolor, desolación? Amigos que se fueron diluyendo en un pasado cada vez más difuso, amantes cuyos rostros apenas son una neblina inconsistente, familiares a quienes no había visto en dos décadas... Y le vino de nuevo esa frase:

"Hablar de nosotros después de muertos- musitó con una sonrisa amarga-. Si al menos alguien lo hiciese cuando aún estamos vivos, si es que en verdad lo estamos". Si alguien. Porque: ¿Quién le brindó una mano cuando su mundo se desmoronaba? ¿Quién le habló cuando precisaba una palabra? ¿Quién estuvo ahí en esas horas de amarga e interminable soledad, o en esas otras de inasumible derrota? ¿Quién, finalmente, vino a despedirle a la estación -esa otra, ahora disuelta entre las telarañas de un olvido consciente- veinte años atrás, cuando tuvo que partir para no regresar? Para no regresar.

¿Amistad? Palabra casi siempre exagerada para definir relaciones superficiales entre seres humanos. ¿Amor? Ya lo dijo Bécquer: es un rayo de luna. ¿Fidelidad? Palabra horrible y abstracta. Encierra una falacia.

Un día, no muy lejano, de esta estación sólo quedarán ruinas, algunas fotos viejas, tal vez uno que otro recuerdo impreciso como la sombra tenue de un sueño abandonado en las hondonadas del tiempo. De quienes en ella esperaron alguna vez, de quienes tomaron un tren o se apearon de otro, de quienes en ese mismo andén conversaron durante unos minutos, desconocidos atrapados durante un instante en un lugar que ninguno de ellos eligió, ¿Qué será exactamente lo que quede?

Un vacío tan grande como el que ahora veían sus ojos, allí en esa estación inconcebible, era la única respuesta a todas esas preguntas. El hombre suspiró, miró hacia el cielo gris. El cansancio ya conocido vino a posarse sobre sus hombros. Tuvo que sentarse. Tal vez se adormeció. Por eso, no podría decir si vio, o sólo los soñó, a los jinetes que venían cabalgando desde el Sur, lentos, callados, cabizbajos.

De los dos jinetes, el más joven se quedó un buen rato mirando al hombre que dormitaba, sentado en el destartalado banco de madera de la vieja estación.

Hizo un gesto vago de saludo, sin obtener respuesta. Luego miró a su acompañante y preguntó:

- ¿Qué estará haciendo ahí?

Después de un rato, el otro jinete, un viejo de pelo blanco y rostro endurecido por lluvias y sequías y noches durmiendo al raso, contestó sin apartar sus ojos del camino:

- Está esperando.

El joven le mira, incrédulo.

- ¿El tren? Pero entonces tal vez deberíamos decirle...

- Probablemente él sabe.

- Pero si supiera, entonces...

El viejo calla. Deja que la verdad se vaya abriendo paso en la mente del otro. Sólo cuando ya casi le han perdido de vista, cuando el hombre desconocido y la estación abandonada apenas son un recuerdo que se va desdibujando, vuelve a oírse su voz grave, sentenciosa.

- Hay gente que va en busca de su destino; y hay gente que espera. Y también hay gente que hace las dos cosas. Dónde, cuándo, por qué... sólo son detalles circunstanciales, insignificantes. Y ni siquiera podemos hablar de elección. Caminas durante años y un día, sin que se sepa el motivo, los pies se niegan y ya no hay alternativa. Ese hombre -su rostro lo gritaba- se cansó de caminar. Y ahora espera. Nada más.

Y sin mirar atrás, los dos jinetes siguen cabalgando, sin apuro, como si en realidad no fuesen a ningún lugar, como si la única realidad posible fuese el camino que se extiende bajo los cascos de sus caballos. El silencio se ha instaurado de nuevo entre ellos, y sobre la escena, ahora, apenas se oye el rumor de la brisa que recorre, casi con timidez, el inabarcable páramo, rozando al pasar, de forma leve, todo aquello que aun tiene consistencia y que algún día, pronto, sólo será una sombra, un apunte inconcreto en los ajados libros de los hombres.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com






-Próximas estaciones de escritura:

KM. 55.  

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Midland:

  ELÍAS ROMERO.    KM. 38.   MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.   LIBERTAD.  
MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO.    ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS. 
JOSÉ INGENIEROS.   MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.   LA SALADA.   
INGENIERO BUDGE.  VILLA FIORITO.  VILLA CARAZA.   VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.



JUAN TRONCONI.

En el recorrido del tren literario por Ferrocarril Provincial:

CARLOS BEGUERIE.   FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  
ESTACIÓN SAMBOROMBÓN. GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.  
ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.    D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY.   
ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.   LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.  ARANA.  GOBERNADOR GARCIA. 
LA PLATA.

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