Thursday, March 30, 2017

LA PERMANENCIA DE LOS DÍAS…


*Foto de Karina Giglio.









Te acordás?



*Por Romina Dziovenas rdziovenas@hotmail.com



te acordás, papá
de la bici
llena de corazones
y figuritas
plateadas
que era grande
grande como la plaza
donde una tarde
le sacaste las rueditas
apoyaste tus manos
en el asiento
y me empujaste, papá
me empujaste
gritando
desde atrás
estás andando
estás andando
estoy andando
repetí
mientras apretaba fuerte
las manos
sobre el manubrio

estás andando
me digo a veces
y me doy vuelta
para buscarte.




-Romina Dziovenas nació en San Fernando, Buenos Aires. Es licenciada en psicología. Participó de las antologías El Rayo Verde 2015 y El Rayo Verde 2016, La tenue respuesta de las hojas. Asiste al taller del poeta Osvaldo Bossi. Co-coordina el ciclo de poesía Las Raras Circunstancias en el Centro Cultural de la Cooperación.
“Zonas de derrumbe” de próxima aparición es su primer libro de poemas.











LA PERMANENCIA DE LOS DÍAS…








Inmersa*



No puedo entender las horas vueltas agua
cómo  las horas de la tarde se vuelven agua
y yo junto a la abertura del ventanal
viva
inmersa en mi tensión
porque las horas de la tarde se volvieron agua
aunque no sea más que el reflejo detrás del cristal
y mi vestido azul no se destiña
y vea a la última vez
ahí
al lado
parada al lado mío
la última vez
con luz tenue y en silencio
mientras me hundo en mi lago
con el vestido azul dibujando líneas
en el eco de la profundidad de mi casa marina
y la tarde se hace noche
y me muevo
quiero cambiar de postura que se suelten mis dedos
quiero dejarme ir al fondo para salir
darme un baño caliente
quiero volver a respirar aire tibio
todo se hace frío
el reflejo sobre el cristal no dura
la distancia entre tus dedos y mi frente
entre ese movimiento táctil sobre el nacimiento de mi pelo y mi realidad
pronto se acrecienta
el tiempo del derrumbe de mi piel
escombros mi cara
todo se hace frío
sé que podría y puedo,
anular mis visiones
mentirme a mí misma
olvidar que nos tenemos tanto
que nos tenemos tanto
olvidarnos a los dos
juntos de una vez y salvarme de mí
meter mi cuerpo en otra piel en otro cuerpo
leer revistas ver películas hacer compras muchas compras salir con hombres muchos hombres bailar manejar comer comer enloquecer de actividad enloquecer
desnuda y junto al ventanal
en la tarde que se hace noche.


*De Lorena Suez. lorenarsuez@gmail.com



 -Lorena Suez es Lic. en Ciencias de la Comunicación y Psicóloga Social. Participa en los talleres de Siempre de Viaje y en los eventos de Viajera Editorial desde el año 2012. Forma parte de la Antología compilada por Virginia Janza, Tetas. Historias de Pecho,  con su relato “Desde el Mandarino” (Textos Intrusos 2015).

-Publicó recientemente  Intemperie.  Por Viajera Editorial. -2016-














CORTAR POR LO SANO*



*Por Flavia Pantanelli.


¿Me permite, señora? Y, sí. En una sola de estas sillas no entramos. Perdonemé, estoy todo traspirado. Sí. Necesitamos dos lugares. A veces, tres. No. No se incomode. Con este lugar alcanza. Así estamos bien. No se asuste, por favor, no se asuste. Ella no habla, hace solamente ese ruido. No, antes sí que hablaba. No sabe cómo hablaba. Pero desde que quedamos así que no habla. No habla, no se mueve, no nada. Come y duerme, come y duerme. Y mira todo, siempre con esa sonrisa que le ve. Ni le cuento lo que pesa. Moverme así no sabe cómo me cuesta. No. Qué siameses ni siameses: es mi mujer. Si se lo cuento no me lo va a poder creer: una brujería. ¿Vio? Le dije que no me iba a creer. ¿Usted hace mucho que espera? Se ve que el doctor es bueno, porque mire cómo está la sala. ¿Lo conoce al doctor Mensogna? A mí me lo recomendó el doctor Paso. Me dijo que es un fenómeno este doctor y que él sí me va a solucionar el problema.
Le decía que él sí me va a resolver este problema. Disculpemé que le hable tan bajo, es que me falta el aire así como estoy y la voz no me sale muy clara que digamos. Ojalá sea como usted dice, mire, porque hace tiempo que ando de acá para allá arrastrando esto. Cada médico me dice algo distinto pero la cosa no se arregla. Siempre igual, al principio todos le prometen el oro y el moro, pero después, cuando el tratamiento no resulta, lo dejan a uno clavado horas en la sala de espera, o la secretaria le dice que el doctor no lo va a poder atender, que está en un congreso. No sabe la cantidad de congresos a los que van los doctores estos, hágame el favor. O si no, lo tienen ahí, como un otario, parado en el consultorio, con semejante problema a cuestas y el médico que lo mira como si lo culpara a uno por lo que le pasa, para mí que lo hacen para que uno se vaya de una vez por todas y no aparezca más. La verdad, yo entiendo. Entiendo. Algo así no se ve todos los días, ¿no? pero aunque sea por el esfuerzo que es moverme, salir a la calle. Hay que estar en mis zapatos para saber lo que es bañarse, vestirse, subir al colectivo, así. ¿Me sigue?
Once meses que empecé con esto. Probé de todo, no le miento, de todo. Y no sabe la plata que tengo gastada en remedios, tratamientos. Porque la obra social no me quiere cubrir. No sabe las vueltas que tienen. Más vueltas que la oreja. Sí. Lo van pasando de ventanilla en ventanilla, y siempre igual, que sacar número, que mostrar el carnet, que firme acá, que traiga otro papel. Para qué le voy a contar. Má qué papel ni papel, una biblia les llevé y me siguen mandando de un lado a otro.
Y, un poco, ya me acostumbré. Pero imagínese lo que es salir a la calle así. Cómo lo mira la gente a uno. Después están los que hacen como que no lo ven. Eso es lo más fulero. Uno pasa y nadie lo mira, parece que se volvió invisible. O si no, como hace un rato, que me subí al colectivo, la gente me miraba con asco, no vaya a ser que me siente al lado. Y gracias que el colectivo me paró, porque, encima, muchas veces ni me para. Diga que la ferretería la tengo al lado de mi casa, no tengo que viajar para ir al trabajo pero para ir a los hospitales no me queda otra que el colectivo, porque el tren es peor, a ver si no termino de subir y me la enganchan a mi mujer con la puerta que el vagón empieza a avanzar y uno y va viendo el final del andén. Los chicos se me burlan, mocosos de porquería. Pero peor cuando se ponen a llorar. No sabe las madres como me miran, como a un degenerado, me miran. Digamé usted ¿es culpa mía que los chicos me miren y se asusten? Digamé ¿culpa mía tener este problema?
De Soldati. Una hora cuarenta y cinco, dos horas, depende el tráfico. Ya hace media hora que pasó mi turno y todavía está el señor de ahí enfrente, la señora con el chico y usted, antes que yo. Pero bueno, si dicen que es tan buen doctor, espero un poco más, ¿qué se le va a hacer? Además, así como estoy a dónde quiere que vaya, ¿no?
Hasta los muchachos de la barra me están esquivando el bulto, últimamente. Una vez pasó  que estábamos parados en la esquina, venía caminando una mujer, me vio  y se cruzó de vereda. Una mujer linda, que atiende la mercería; El gordo le arrastra el ala hace rato. Cada vez que lo ve conmigo, se cruza de vereda. Y claro, a mí se me ve de lejos. De ahí que El gordo me pone frío cada vez que lo llamo. Y los clientes también están dejando de venir. Están yendo a la ferretería del otro lado de la avenida. Y eso que no tiene ni la cuarta parte del surtido que tengo yo.
El problema empezó cuando a Estela se le dio por dejarme. Ella, mi mujer. Estela. Un día, sé que era lunes porque había tortilla de papas, me dijo que se iba. Yo le pregunté que cuándo y ella ni me contestó, me dijo que se llevaba el auto y empezó a cargar las valijas que ya las tenía listas. Yo me quedé, imagínese, de una pieza. Casi que no podía terminar la tortilla de papas, y el budín de pan ni lo probé. Le pregunté si pensaba volver y me dijo que ni loca. Le pregunté que a dónde se iba y me contestó que qué me importaba si nunca me había importado nada de ella. La verdad no sé de dónde sacó una idea así, no le digo que no pude ni probar el budín de pan. Y se fue nomás. Dio un portazo que temblaron los vidrios. Y no sabe como salió con el auto, como un tiro, salió, que yo siempre le digo que no lo arranque frío. Por diez días, como si se la hubiese tragado la tierra. No se le ocurrió llamarme ni una vez para decirme dónde estaba ni cómo.
Faltaba más, llamarla yo. Además, ¿a dónde la iba a llamar? Ah, fíjese que no se me ocurrió empezar por ahí.
Un amigo en común. Que estaba viviendo en una pensión por la zona de Constitución, sobre la calle Brasil.
No. ¿Para qué? Seguro no me hubiera atendido. Si ella hubiera querido hablarme me hubiera llamado. Hubiera venido a casa, bien que sabe dónde es. Conoce mis horarios perfectamente: sabe que todos los mediodías vuelvo a comer y duermo media horita de siesta antes de abrir de nuevo la ferretería.
Al principio me dije, ya va a volver con el caballo cansado, pero cuando pasaron dos semanas y ni noticias, ahí me bajoneé, la verdad. Nunca me había pasado, de estar así, bajoneado. Abría tarde el negocio, se me mezclaban los bulones, las arandelas. Un día vendí un flotante a un hombre que quería una sopapa y dos por tres me equivocaba con el cambio. Suyo señora. Haga, haga. Así aprovecha un poco el tiempo. ¿Me haría, de paso, el favor de traerme un poquito de agua de la máquina?
Gracias, tenía una sed terrible. Sí. Toda la mañana perdida. Pero vio que médicos estos se atrasan siempre, yo no sé si dan más turnos de lo que pueden atender o qué, pero la verdad que es una amansadora. Dos horas de atraso, fácil, lleva. Pero dicen que es un bocho.
La cosa es que como a los dos meses, leyendo la revista del cable, veo el anuncio de una mentalista:

MADAME NADINE.
Hago lo que las demás solo prometen.
AMARRES.

Ahí sale el paciente. A ver si le toca a usted. Es joven el doctor, mire. Pensé que tendría más o menos mi edad. Esa misma tarde me dio turno la tal Nadine. Era en Pompeya. No abrí el negocio y me fui directo a verla, después de la siesta. Me tomé el 6, que me dejaba justo en la puerta. Estaba nervioso, como que no me sostenían las piernas. O también, tantos días seguidos a sánguche, paté. Y la verdad es que extrañaba la comida casera. ¿Qué se le va a hacer? Uno es un animal de costumbres. Ahí entra la señora con el nene, se ve que falta menos. Se la hago corta porque me parece que la próxima es usted. Disculpemé si me rasco, es que cada tanto se me duerme la pierna. Por el peso. ¿vio?  Sí, tanto peso, se corta la circulación. La casa de la Nadine era una tapera. Chifletes por todas partes. El estudio era pegado a la cocina. Venía un olor bárbaro de pollo al horno con papas. Figúrese, pollo al horno con papas y yo tanto tiempo a sánguche. Se sentó en una mesita baja y se puso a barajar unas cartas así de grandes, que parece que se llaman tarot y me empezó a decir que una cosa y que la otra y la verdad que le pegaba a todo, sobre todo cuando dijo que a mí me gustaba la comida casera. Me preguntó para qué venía y que si le quería hacer una pregunta al tarot. En eso sonó el teléfono y se fue a atender.
Ah, ahí parece que se me está pasando el calambre en la pierna. Hay que hacer así, golpecitos contra el piso, para que se despierte. Eso no falla.
Cuando volvió Nadine de hablar por teléfono estaba como apurada, medio nerviosa. Me preguntó directamente a qué había ido. Le dije que mi mujer me había abandonado y que yo quería que volviera. Pero así como así, no. De cualquier manera, no. Quería que volviera como tiene que ser, que estuviera contenta. No que viviera rezongando o con cara de perro. Que estuviera contenta, calladita. Como antes, como al principio, porque al principio ella y yo éramos un solo corazón.
Una vela, dos sobres, una moneda, dos cintas rojas, y una cáscara de naranja seca, de esas que son toda la vuelta completa, que se pelan de pe a pa sin romperse, vi que tenía algo escrito. Me dijo lo que tenía que hacer medio a las apuradas, en la puerta. No sé por qué, desde lo del teléfono estaba como nerviosa.
Seiscientos pesos. Me pareció que estaba en precio.
No, al señor de bigotes. Y bueno, esperamos tanto, un poco mas qué hace, ¿no? Lo único, que estas sillas son duras. Con tal que aguanten. Mire, con la yeta que tengo, capaz que se abren las patas y me voy al suelo. Llegué pasada la medianoche porque el 6 no pasaba nunca y al final me tuve que tomar el 115, que no quería porque hay que hacer combinación, la cosa es que entre pitos y flautas tardé una barbaridad. Cuando llegué, estaba tan apurado que ni cené, qué importaba, total al día siguiente, si todo salía bien, ya iba a estar la patrona y capaz hasta tocaba comer pollo al horno. La cosa es que agarré y puse todo sobre la mesa: las cintas en cruz, la moneda, la pasta, la vela. La prendí. Cuando busco la cáscara de naranja donde estaba escrita la frase que tenía que repetir, me doy cuenta que los anteojos me los había dejado en la ferretería. Si los iba a buscar se me acababa la vela. Madame Nadine me había dicho que recitara todo el tiempo que durara prendida. Nada de apagar y seguir después. Empecé a repetir más o menos lo que llegaba a entender. Terminé de madrugada, reventado. Dejé todo como estaba y me fui a dormir dos horitas antes de abrir, que iba a ir temprano el corredor de vástagos. Me tiré en la cama vestido y me dormí como un tronco. Y me desperté así. Me faltaba el aire. Pensé que me fallaba el corazón. No me podía mover ni para agarrar el teléfono, me llevé las manos al pecho y toqué esto, la espalda de la patrona.
No, no dice ni una palabra. Ni siquiera cuando, sin querer, la golpeo contra el marco de la puerta, o la canilla de la bañadera. O cuando le tiro un poco del pelo, para peinarla, o si el puré está caliente o le falta sal. Ni siquiera un quejido cuando la apoyo sobre el mostrador de la ferretería, para descansar un poco la espalda, que la tengo a la miseria, y eso que el mostrador está siempre lleno de bulones, de tornillos. No sabe lo que es vivir con esto pegado. No sabe. No sabe. Y ella, mírela. Con esos ojos que me siguen día y noche, día y noche con esa sonrisa embobada que tiene todo el tiempo.
Once meses. Once meses que no vivo, que tengo este cuerpo amarrado al mío.
Gracias.
Yo nunca llevo pañuelo.
Al día siguiente no pude ni salir a la calle, pero al otro me animé, tomé un taxi hasta la casa de la Nadine ésta. Ni me hizo pasar, por la ventana, directo, me preguntó qué quería. Yo le dije que cómo qué quería, cómo qué quería. ¿No veía me cómo había dejado? Ella dijo que yo le había pedido exactamente eso, que Estela y yo volviéramos a ser un solo corazón. “Madame Nadine hace lo que los demás solo prometen” me repetía la muy hija de puta. La hubiera matado, le juro, si le llegaba a poner las manos encima, la mataba. Pero así como estoy ¿Qué quiere que haga? ¡Un solo corazón, le había dicho a la Madame! ¿Me sigue? ¡Un solo corazón! ¡Qué pelotudo! ¡Ella y yo un solo corazón! ¡Mire como quedé! apenas si me puedo mover.
Fui a todos lados. Ya le dije, todos le prometen el oro y el moro y pasado un tiempo.
Médicos, chamanes. Un rabino. ¡Hasta me hicieron un exorcismo en una iglesia de Isidro Casanova! Eso sí que no se lo deseo a nadie, se lo juro. A nadie. Hasta que un día, el bueno del doctor Paso me dijo que este doctor, Mensogna, es el mejor.
Ah, ahí la llama el doctor. Vaya, señora, vaya. No pierda tiempo. Sí, gracias, gracias. Sí. ¡Ojalá!



-“CORTAR POR LO SANO”  de Flavia Pantanelli esta incluido en el libro CARNE ROTA (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015)




-FLAVIA PANTANELLI es fonoaudióloga y cuentista. Vive en Buenos Aires, Argentina. Empezó a escribir en los talleres de la municipalidad de San Isidro en 2011. Se formó con los escritores Bea Lunazzi, Ariel Bermani, Silvia Plager, José María Brindisi, Pedro Mairal, Osvaldo Bossi, Félix Bruzzone, Elsa Drucaroff,  Jorge Consiglio y Christian Kupchik. Realizó la Formación Intensiva en Escritura Narrativa de Casa de Letras.
Sus trabajos fueron distinguidos en concursos municipales, provinciales, nacionales  y europeos, como Manuel Mujica Láinez, Lomas de Zamora, Fundación Victoria Ocampo, Colegio de Escribanos de Provincia de Buenos Aires, Consejo Federal de Inversiones, Concurso Federal de Relatos, Cuentos para el andén y otros.
Publica desde 2013 en revistas literarias y en antologías de nuestro país,  Brasil,  España y Estados Unidos.  Participa de los proyectos solidarios PH15 (Argentina) y 30 SONRISAS CON HISTORIA (España).
Traduce del italiano y realiza trabajos de edición para editoriales independientes.
En 2015 publicó los siguientes libros: HACEME LO QUE QUIERAS (Ed. Outsider, Buenos Aires, 2015) y CARNE ROTA (Modesto Rimba, Buenos Aires, 2015, Segundo premio del Concurso de la  Fundación Victoria Ocampo).  Su libro  EL EXTRAÑO LENGUAJE DE LAS CASAS es finalista de la convocatoria de la editorial Pelos de Punta 2016. Su libro FARALLÓN  se encuentra concursando en nuestro país y en España. En este momento trabaja en su novela MANUAL PARA NO MORIR.





*

Ella, la princesa azul, lo besó para despertarlo. Cuando él se levantó de su largo letargo, se fueron juntos soñando. Otro mundo es posible se decían, amándose las diferencias tan encantadoras. Un mundo en el que no sea necesario adormecer a otros. Un mundo en el que la violencia no imponga sometimientos aletargados.
Un mundo en el que se prendan las luces de lo múltiple para iluminar el placer de los descubrimientos.



*De Cristina Villanueva. libera@arnet.com.ar







ECLIPSE OCULTO*



El eclipse sucedió allá lejos, muy lejos, tan arriba en esa luna familiar y extraña, la luna siempre la misma, presente en las noches que no vemos y en las que vimos.
Se ha obscurecido la luna, se ha puesto roja, ha revelado su superficie convexa de esfera celeste. Allá detrás de las nubes, para otros ojos, para quien no se halle debajo de las nubes nocturnas que se empeñan en ser garúa para regalar un entramado sutil en los faroles.
Desde aquí y tras las ventanas hemos visto oscuridad y agua, hemos visto la textura móvil de las gotas minúsculas, y hemos apenas presentido que la tierra negó la luz del sol a nuestra siempre luna. Eclipse sin ojos, eclipse ciego.
Sabemos con las yemas de los dedos, con los vellos sensibles del borde del espíritu, con un leve temblor de la piel sabemos que esta noche y para nadie la luna se vistió de largo, se puso pendientes, se engalanó y bailó con gasa transparente. Hoy la luna puso fanal a la bombilla, se soltó la cabellera, se recostó en los cielos y extendió rubor en las mejillas.
Impúdica luna la luna a media luz. Luna de otoño, luna desvelada.
Horadan mis ansias esta lluvia y estas nubes. Detrás ha ocurrido el eclipse, y ya ha acabado. No lo vimos. Pienso que no veré muchos más.
Recuerdo otros.
Inclina a la meditación un hecho único y precioso. Nos deja a solas con los pasados en sepia y los mañanas de incertidumbre.
Siento la precariedad de mi silueta contra el negro de la noche. Ruego que me vea el hombre cuando ponga fanal a mi bombilla, cuando baile a media luz, cuando deje caer los velos.
Que no ciegue la lluvia a mi amor. Que no me oculten de él ni estas nubes ni otras aguas.



*De Mónica Russomannorussomannomonica@hotmail.com







*
Si aún pudiera desear,
yo desearía
con los ojos cerrados muy muy fuertes
un corazón nuevito,
reluciente,
para sembrarlo en tierra
y que dé frutos
dulces y feroces como las higueras.
Y también,
no se me olvide, yo quisiera,
aprender
la mirada
de crueldad y pureza
con la que miran los locos y los niños.

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com













GERMINAL*




Palabra, penetra en mí tus universos múltiples.

Oculta en los ángulos filosos del papel

observo.

Desde este exilio espero

tu verbo germinal.

Conspiran la noche y la fría luz

de estrellas que arden ¡tan lejanas!

Conspiran la realidad y las lenguas del infierno

haciéndome creer que puedo –a pesar de todo-

nacer un poema en mi destierro.


Me precipito en madrugadas

y compruebo

que nada es absoluto

que todo es un ensueño.

Mientras la luna respira en gris

sobre la piel de mis temblores

otra raza deberá concebirte,

palabra.

Yo apenas intento

y balbuceo partos

que no llegan a ser

alumbramientos.



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar










*

Un poema viene a decir que la permanencia de los días es, por momentos, dorada. Buscamos ese resplandor que es lo mismo que decir cada día con su peso y su liviandad. Con las palabras que son necesarias para mirar de frente. Con lo que tenemos más allá de las palabras. Esta dimensión real y cercana. Movemos las manos en el aire para ver las partículas de luz entre los dedos como una confirmación de lo que elegimos.


*De Cecilia Figueredo. ceciliafigueredo@gmail.com






InvenTREN
http://inventren.blogspot.com/





LO QUE HACEMOS EN LA OBSCURIDAD*



Cuánto Tiempo me digo, mientras espero en el andén. Es la primera vez que subo al tren desde aquello, y todavía es todo inseguridad y temor a no poder, a encontrar obstáculos infranqueables, a caerme.
Cuando se acerca el tren me afirmo en las muletas y no miro a mi alrededor, porque se que todas las disimuladas miradas están en el tutor de metal y plástico negro que llevo atornillado a los huesos de la pierna izquierda. Me dejan pasar primero, un muchacho me ofrece ayuda pero le digo que puedo sola con una sonrisa forzada, con esa terquedad de los débiles.
Me siento primero al lado del pasillo y me arrastro para quedar junto a la ventanilla, golpeándome la cara con una de las muletas. Hago como si no lo hubiese notado, y la gente se acomoda en el vagón. Nadie se sienta a mi lado, hay cierto horror por desfiguraciones, cegueras o muletas.
Espero que estemos en movimiento, me levanto y con extremo cuidado avanzo por los vagones buscando la seguridad del coche cine club, la cálida obscuridad que me permita sustraerme a la curiosidad de las personas que simulan no verme.
Me voy apoyando en los asientos con los codos, camino afirmando la pierna sana, llego por fortuna al vagón cine club. Al ingresar recibo la primera felicidad con el olor conocido a humedad, a polvo y al whisky de Oliver Reed que está fumando aunque supongo que está prohibido. Me siento como antes, ya en mi butaca y en penumbras es como si todo estuviese bien y en su sitio, como si hubiese llegado a algún lado en donde me estuviesen esperando.
En la pantalla hay un documental sobre la vida de cuatro vampiros. Veo cómo se despiertan en la última brizna de la tarde, cómo se reúnen a discutir la asignación de las tareas hogareñas, las salidas nocturnas, cómo los hombres lobo son un grupo opuesto con cual intercambian burlas y amenazas.
Los vampiros son perfectamente reales y posibles mientras la luz del proyector los hace aparecer en la pantalla. Les creo, me encariño con uno, me río de los gestos con los cuales me familiarizo de inmediato y me introducen en una complicidad gozosa. Sonrío todo el tiempo. Qué bueno estar aquí y qué ganas de que vieses la película para después reírnos de nuevo recordando una frase, una situación feliz, esas escenas que son graciosas por ser tan comunes y cotidianas transformadas en mágicas porque los protagonistas son vampiros.
La ilusión de ser un documental real es perfecta. Ya quisiera volver a verlo antes de que termine. No quiero que termine. No quiero despedirme de ellos. Viago, Deacon, Vladislav y Peter ya son personas en mi imaginación y mi memoria. Vivimos juntos en la obscuridad, donde todo puede ocurrir y todo es confuso. Donde no tenemos edad, el cuerpo se disuelve a negro y las voces ocupan los espacios.

Me quedo sentada, por qué si es un film cómico tengo esta extendida tristeza. Por qué.



*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com






***
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Friday, March 24, 2017

HILOS A TRAVÉS DE LA NADA…


*Obra de Cecilia Aguado.

-Muestra de la artista plástica Cecilia Aguado.
-Del 25 de marzo a las 16:30 al 1 de abril a las 18:00.
El tinglado. Predio del Pinar del Norte: Alameda 202 al 150. -Informes: 02255 45 07 99
Villa Gesell.






*


A mis viejos se los llevaron una tarde, pero el azar o no sé qué hizo que pudiesen volver, parece que hablo de cosas, que se roban y se devuelven o desaparecen, pero no, son personas que tuvieron la suerte, suerte? de volver a su casa, aunque nunca volvieron ellos, mi papá fue sometido a una picana durante toda una noche, y en esa noche quedo parte de él o todo él. Ellos volvieron y se reinventaron, muchos otros no tuvieron esa oportunidad, ni siquiera de transformarse.
No hay posibilidad de olvido, ni chance para el perdón.
La memoria nunca podrá ser arrebatada.


*De Vanesa Álvarez. vanesui@hotmail.com











HILOS A TRAVÉS DE LA NADA…








*
Mirá-

le dije-

detrás de tanto fuego,

dispersa la ceniza

nos rozan

otra vez los dedos de la luz.

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com












El hada del humo*



Antes aún de la conversación con Kalman me preguntaba si existen hadas del humo. Que aparecen o apenas se dejan ver mientras el humo forma dibujos, formas breves antes de hacerse plenamente invisible en el aire. Antes de ser barrido por vientos de otoño.

Kalman tenía padres y abuelos polacos. Ha escuchado de ellos las leyendas populares que se transmiten en forma oral. Sus abuelos vivieron en Sniatyn un pueblo que antes de la segunda gran guerra pertenecía a Polonia. Al finalizar la guerra -cuando su familia ya había migrado a la Argentina- quedó anexado al territorio de la URSS y ahora es parte de Ucrania.
En aquel pueblo se mezclaban en un extraordinario sincretismo creencias, leyendas, idiomas. Sus abuelos hablaban Idish pero las hadas que los mayores relataban a los niños para encantarlos o asustarlos eran polacas.

-Si no recuerdo mal - dice Kalman pensativo- había un Hada que podía transformarse en lo que quisiera, ¡incluso ser humo!
Lo más desconcertante era que la Czarodziejka podía estar en cualquier parte y no ser reconocida, incluso ser un repollo o vivir en el tronco de un árbol.

Alguna vez su abuelo Wojciech les dijo que si se juntaban dos hombres a fumar con sus pipas en un claro del bosque ella tomaba la forma de una seductora mujer y les dejaba ver su sonrisa. Los hombres de la pipa sabían desde niños que era un maravilloso acontecimiento. Quizás una única vez en la vida. Pero la leyenda les advertía que si la buscaban por el bosque se extraviarían sin remedio a un mundo o un tiempo desconocido.

Así que se quedaban allí mismo sin moverse fumando sus pipas, dejaban que la Czarodziejka siguiera su paso de encantamientos bajo una noche estrellada por aquel bosque que ahora queda en Ucrania.


*De Eduardo Francisco Coiro.










Caminamos*


Por las obtusas calles de lo cotidiano
caminamos.
Sin nadie a los costados,
con una incomprensible guía en el bolsillo
y una no menos incomprensible fe en nuestro itinerario.
Alrededor hay rostros que nos miran con desconfianza,
acaso horrorizados
o interrogantes,
o indignados,
o con fingido espanto santiguándose,
y en todo caso, ajenos, del otro lado de la vía.
Pero en cualquier esquina nos asalta
el rostro cómplice que nos contempla con cierta admiración
y cuya sonrisa nos empuja a seguir dibujando senderos
para los pies descalzos del mañana.
Y entonces la nieve en los zapatos ya no resulta tan pesada
ni vacilamos ante los inclementes empujones
o las mezquinas zancadillas que se van alzando a nuestro paso.
Aun así, las calles son las mismas que nos vieron
echar a andar en una madrugada yacente en el olvido.
Tal vez no hagamos más que dar vueltas en círculo,
erráticos vaivenes en la oscuridad.
Y sin embargo, caminamos,
sin nadie a los costados caminamos,
con una obstinación quizá heredada
de aquellos otros que algún lejano día caminaron
forjando sin saberlo caminos útiles,
ciudades habitables y espíritus.



*De Sergio Borao Llop. sbllop@gmail.com
- Publicó “El alba sin espejos”












Basura espacial*



Artemio Poblete, viajero incansable del espacio aunque, por lo que se sabía, nunca había salido del perímetro del Cottolengo, se preciaba de conocer de punta a punta el Universo.
Cada mañana pasaba la enfermera, para quitar los amasijos de caca que se le pegaban en las nalgas durante la noche y limpiarlo de babas y de olores. Mientras la mujer le ayudaba para que el té con leche no se derramara sobre la colcha de la cama, Artemio le contaba de sus viajes, por fuera de la atmósfera terrestre.
La enfermera había aprendido a escucharlo como quien oye llover y de vez en cuando, para conformarlo, le respondía, como al pasar, con un escaso monosílabo. Atenta a sus tareas le tomaba el pulso, la presión, le acomodaba la almohada y se dirigía al próximo paciente y, Artemio, volvía a quedar solo hasta el horario en que regresaban a cambiar sus pañales, a tomarle el pulso y a darle de comer. Mientras tanto, sus pensamientos navegaban por los cuatro rincones de las galaxias, feliz, despreocupado y divertido, como solo los niños pueden hacerlo.
"El loco del espacio" le habían dado en llamar en el hospital.
Cuando murió, encontraron envuelta en una vieja y mugrienta hoja de diario, restos de lo que parecía basura espacial. Después de todo, nadie se enteraba de sus actividades fuera del horario, en que el turno del personal del loquero, pasaba a visitarlo.


*De Ana María Broglio. anamariabroglio@gmail.com
Villa Gesell











*


Hacia el fondo de lo vivido, nieva. Y un segundo

–no más- basta para extraviar la cordura.

(en el pasto húmedo titila el canto de los grillos

taladran esta noche llena de huecos)

La almohada recoge lágrimas, el tiempo queda tan lejos!

Ha cruzado innumerables diagonales, confundido

avanza y retrocede. Desanda... Avanza y retrocede.


Nada cambia. Pobre padre mi padre que justicia quería.


La almohada recoge lágrimas, el tiempo se me abalanza.

El reloj, con su pequeño latido sin sangre

siempre acompaña

siempre sentencia

siempre llega

siempre parte... El tiempo queda tan lejos!



*De Miryam Colombotto Seia. miryamseia@cablenet.com.ar













CEREZOS Y RODODENDROS*



Me han enviado unas fotografías. Yo estuve allí, pero no figuro en ellas.
Así como yo pasé; fui un personaje dentro de ese paisaje y me desvanecí por distancia y cambio de continente. El prado sigue allí, la vegetación no se ha dado a la fuga, y hasta las nubes son casi las mismas pues con evaporaciones y lluvias continúan perteneciendo al mismo campo verde, húmedo y gozoso.
Puedo escribir “ciruelo” y “rododendro”. Con las mágicas palabras evoco flores blancas de elegancia oriental, minucia japonesa, arte efímero y magia de delicadeza graciosa. Esas flores se brindan para el cielo cóncavo y el viento que pasa como los buitres, los “putres”, suspendidos ellos por el aire perfumado de bosque lánguido.
Yo no figuro en el paisaje, hoy. El prado verde salpicado de florecillas no será hollado por mis pies, las hortensias no inundarán mis ojos de violetas y rosados de puesta de sol. Apenas el eco me llega por unas fotografías de deslumbrantes colores.
Y los niños sostienen una cesta mostrándome a mí, que estoy tan lejos, un huevo blanco y uno moreno. La abuela sonríe por detrás. Yo les sonrío, desde aquí, a ellos.
Escribir “ciruelo” y “rododendro” me trae reminiscencias literarias. Recuerdo los rododendros de la mansión donde amó y sufrió la heroína de “Rebeca”, esa mujer inolvidable. Los ciruelos de Chejov. Mientras se convierten en imagen y palabra, en sombra de sombras, el ciruelo y los rododendros verdaderos exudan y respiran, crecen y tienen gusanillos, dan sombra y, sin dudas, florecen.
Están vivos del otro lado del mundo, vuelven desde mi recuerdo a recordarme que no son memoria más que en la mía. Los recupero y me sorprende, como siempre, que lo que fue siga siendo cuando no estoy yo, hoy no, en la fotografía.
Detrás de las puertas, dentro de los cajones de la mesita de luz, en sus propias moradas, en otros barrios. En todos aquellos lugares que son recónditos y hemos dejado de frecuentar, en los recodos del adiós los que fueron siguen siendo, quizás nos aguardan. Quién sabe. Quizás hayan, no lo puedo asegurar, pero quizás hasta hayan florecido.



*De Mónica Russomannorussomannomonica@hotmail.com













El ciruelo del mundial*



Cada mundial vuelvo a recordar la historia del árbol en el fondo de la casa de los padres de Kalman.
Porque el secuestro ocurrió al principio del mundial de la dictadura.
Quizá será por la tapa del libro, que conservo desde aquella época.
La hoja suelta y maltrecha de papel era la tapa de "EL ESTADO Y LA REVOLUCION " de  V.I. LENIN.  PEQUEÑA BIBLIOTECA MARXISTA LENINISTA.
Editorial Anteo, 1972
En la desesperación el padre polaco de Kalman había enterrado todo lo que encontró en la pieza de sus hijos.
Solo se había salvado la colección de mecánica popular y el diccionario.

La imagen de su rostro recién retornado del chupadero. Su cara, nunca voy a olvidar su cara aunque la imagen este desgastada por las décadas transcurridas.
A los 20 años Kalman había envejecido de golpe: era un muchacho ojeroso con una tristeza madre instalada en la mirada. Me recibió sentado en una habitación deliberadamente sombría, como si sus ojos acostumbrados a semanas en la mazmorra no toleraran la luz.

Me dio la hoja suelta y dijo: -Llévalo de recuerdo, es lo único que quedo de la biblioteca.
De su biblioteca enterrada yo sólo había leído "Para leer al Pato Donald"
Después se largo con el relato del secuestro y lo que soportó en ese campo clandestino.
A menudo pienso en él, más aun cuando se acerca un mundial.
Cuando volvió a su casa, fueron con los viejos a un vivero y compraron un ciruelo bastante crecido.
Fue una ceremonia familiar plantar el ciruelo sobre el bulto de los libros enterrados en la quinta.
La dictadura pasó, años después volvieron a discutir si tenían que desenterrar los libros, el árbol había crecido y ya daba sombra.

Fue Kalman el que decidió: -dejémoslo tal cual, parece que las raíces están bien alimentadas.



*De Eduardo Francisco Coiro.












*


Hilos a través de la nada. El desalojo de lo propio también se imprime en otros cuerpos. Algo que nos continúa donde no estamos. Partimos para poder decir.


*De Valeria Cervero. valecervero@hotmail.com







InvenTREN





Estación Altamira*



Hacía apenas tres días que Laurita se había mudado al campito del abuelo para transcurrir sus vacaciones estivales; y, la verdad sea dicha, ya se encontraba bastante aburrida. Pensar siquiera en las semanas que le quedaban por delante para que regresara a su casa, sólo acrecentaba su melancólico mal humor. ¿Por qué la habían castigado de esa manera sus padres, yéndose de viaje a conocer la Isla de Pascua en una segunda –y acaso vana- luna de miel, mientras ella debía padecer aquel solitario tormento? Por más que le daba vueltas y vueltas en su cabeza, a pesar de la notable inteligencia que había desarrollado para sus escasos diez años de edad, le era imposible darse una respuesta válida.

Deambulaba por los alrededores sin entusiasmarse demasiado con nada. El paisaje la fastidiaba. Extrañaba ver televisión, jugar ocasionalmente con la computadora de su hermano, encontrarse con sus amigas para escuchar música, como haría cualquier chica de su edad; o simplemente permanecer en su casa, escribiendo en su diario. Aquí, en cambio, todo obtenía un carácter soporífero. Por más que le fascinara la lectura, placer que heredara con orgullo de su padre, por el que llevase consigo de vacaciones varios libros de cuentos, y alguna que otra novela, no conseguía concentrarse para sentarse a leer -como su papá Augusto le había prometido que disfrutaría, en un último intento para convencerla de ir a pasar aquella temporada con los abuelos- trepada en las ramas del coposo árbol de la estancia, o sin concretar acrobacias, al menos entre sus mullidas raíces, cubiertas de vegetación. No había caso: el campo la deprimía.

El abuelo había comprado aquel terreno cuando su papá era muy joven, ni bien clausuraran el ramal ferroviario de trocha angosta que solía atravesar aquellos campos. Por entonces, desbordantes vagones de carga desfilaban delante de la otrora Estación Altamira, edificio que actualmente constituía parte de las edificaciones de la estancia familiar. En ese sentido, su abuelo era un purista; había mantenido intacto el carácter tradicional del inmueble, conservando ciertos detalles propios como las campanas, las inscripciones en determinados carteles, las ventanillas… ¡Con decir que la antigua boletería se había transformado en su estudio particular, y la oficina del Jefe de Estación en su propio dormitorio!

Aquellos detalles resultaban por completo superfluos para Laurita. Ella era curiosa por naturaleza, aunque su atención no pudiese mantenerse en pie durante mucho tiempo. Se cansaba fácilmente de las cosas, por lo que solía aburrirse bastante seguido. Y en el campo era peor. Por eso, a los tres días de estar allí, ya había recorrido todo lo que le resultara de interés. Tendría que hallar algo que la sorprendiese de verdad, a fin de no llegar a pensar seriamente en colarse en el primer vehículo a motor que apareciese por allí, ocultarse debajo de alguna manta o cajón, y fugarse con enorme prisa hacia Buenos Aires, a la casa de alguna amiguita o pariente que la cobijara con excesiva discreción; ya vería dónde.

El hecho sorprendente llegó de la mano de Teresa, la cocinera de la estancia, mujer enorme tanto de cuerpo como de corazón. La mañana del cuarto día, al comprobar el rostro compungido y de mirada triste que Laurita presentaba por encima de la humeante taza del desayuno, Teresa se acercó hasta ella por detrás y le susurró:

-Una niña tan seria y bonita no podría andar por ahí con esa cara si supiera el secreto que yo sé…

Laurita la miró, apenas motivada frente al imaginable tedio que la aguardaba durante el resto del día. Teresa continuó:

-Y los secretos, al ser compartidos con ciertas personas especiales, se vuelven mágicos…

Aquello venció cualquier barrera de sospecha que la niña pudiese esgrimir frente a las diversas motivaciones que la entrañable mujer pudiese formularle. Y la hostigó a preguntas, sintiendo cómo se desperezaba su inquieto sentido por la curiosidad. Teresa finalmente, luego de hacerse desear durante unos minutos, le narró la antigua historia que circulaba por aquellos pagos desde hacía varias décadas.

A escasos doscientos metros de la casa, donde las densas ramas de los árboles crecieran formando una protector túnel vegetal, se extendían en el pasado los rieles de la trocha angosta del antiguo ferrocarril. Y allí mismo, un tiempo después de haberse cerrado aquel ramal, comenzaron a ocurrir cosas muy extrañas. Misteriosas luces que se veían en las noches de luna llena, distantes silbatos de tren, locomotoras que aceleraban en medio de la noche… La peonada siempre se asustaba hasta los huesos cuando despertaba del sueño a causa de semejante presencia, y todos afirmaban que un tren fantasma surgía del olvido, negándose a detener su marcha, a pesar de las decisiones humanas. Sólo algunos valientes podían acercarse y jactarse de haberlo visto. Pero para ello, había que llegar hasta el lugar de la mano de alguien que supiera las palabras mágicas para convocar a los espectros…

-¿Y cuáles son? -, exclamó Laurita, olvidada del desayuno, con la mirada fascinada por completo al escuchar atentamente a Teresa.

-Hay que pararse debajo de la Cruz de San Andrés y repetir las palabras mágicas que rezan en ella, haciendo caso de cada una de sus advertencias. Pero una niñita de ciudad como vos no tendría que ir sola. Podría acompañarte yo, en una de estas noches. Claro que, mientras esperamos el momento de ir, vos a cambio podrías ayudarme con algunas cosas que tengo que hacer en la estancia. Juntar los huevos en el corral, por ejemplo…

Con ello, Teresa consideró que la mantendría ocupada durante unos días, a fin de que fueran pasando las vacaciones, retrasando la fecha del futuro encuentro espectral. A Laurita, en cambio, el arreglo no la convenció para nada. Sin embargo, ya conocía el hecho fundamental: el corazón del secreto, y la clave para acceder a él. Y había diseñado su propio plan. Sólo hacía falta que se hiciese de noche, y pudiera escabullirse sin ser vista.

La emoción la carcomió durante toda esa tarde. Las horas se demoraban pegajosas sobre la esfera de los relojes, y a diferencia de lo que Teresa se esperase, la niña no volvió a abrir la boca respecto de aquel tema. La mujer creyó al caer el sol que su estrategia de entretenimiento no había dado resultado, y no volvió a mencionar el tema.

Laurita, en cambio, aguardó hasta que todos se hubieran acostado, y ni bien dejó de escuchar los habituales ruidos que realizaban sus abuelos por las noches, se escabulló fuera de la habitación en puntas de pie, abrigándose con un saco abierto por encima de su camisón, calzada con sus resistentes ojotas todo terreno, y salió de la casa por la puerta de la cocina. Una vez que se hubo alejado unos metros de la casa, encendió la pequeña linterna que se había traído de Buenos Aires, y caminó sin prisa hacia la enramada, bajo la tenue mirada de las estrellas.

Soplaba una fresca brisa que agitaba levemente las ramas de los árboles. Aquel rumor la inquietaba, aumentando la sensación de soledad que experimentaba de golpe, aunque al mismo tiempo la impulsara hacia la aventura; como si lo desconocido muy pronto le deparase una sorpresa inimaginable. Avanzó entre los pajonales y los ruinosos restos de la vía, carcomida por el óxido y casi sepultada por el polvo acumulado por los años, hasta detenerse delante de la antigua señal, cuyo poste –milagrosamente- aún se conservaba de pie.

Aquello debía haber sido un paso a nivel, el cruce entre la vía férrea y acaso algún camino municipal. Allí permanecía, incólume, la cruz acostada, con sus letras aún legibles, inscriptas en cada uno de sus brazos. Laurita respiró hondo, fascinada ante la perspectiva de lo siniestro; señaló con firmeza el haz de la linterna sobre la señal, confiando en realizar los pasos necesarios para convocar la presencia de los espíritus viales, y recitó en voz alta:

-“Cuidado con los trenes”……Claro que tengo cuidado, aunque ya no pasen por acá… “Pare”, estoy parada, “mire”, miro para un lado y para el otro, “y escuche”, a ver, qué se escucha……

La brisa susurró entre los árboles nuevamente, quizá remedando alguna misteriosa conversación, incomprensible para quien no supiera entender el idioma; y por un instante, más allá de los quejidos de algún cerdo trasnochado en los corrales, nada se escuchó. Laurita sintió que comenzaba a hacer frío, y se estremeció. Entonces, proveniente de territorios en extremo lejanos, creyó escuchar el agudo silbato de un tren.

Contuvo la respiración, temerosa de moverse, aunque un impulso la llevó a mirar en ambas direcciones otra vez. Sólo al reparar varias veces sobre uno de los extremos consiguió divisar, en los confines del horizonte, la débil luz amarillenta de un faro de locomotora.

Se le aceleró el corazón, y comenzó a reírse entre dientes, sin motivo, víctima de su propia travesura. El faro se acercaba muy velozmente, demasiado como para que aquella luz perteneciese a una locomotora real… Y de pronto, la brisa se transformó en un considerable ventarrón, que agitó las ramas con violencia, asustándola aún más. El viento le golpeó en la cara, despeinándola hacia atrás, obligándola a entrecerrar los ojos. Entonces, una negra e imponente locomotora, con el número 0410 inscripto en enormes caracteres blancos debajo de la ventanilla de la cabina, se le apareció delante suyo en todo su esplendor, con el ardiente vaho de su motor diesel quemándole la cara.

Laurita gritó, pero nada se oyó por encima del tronar del silbato y el chirriar de los frenos sobre unos rieles misteriosamente relucientes, extraídos de quién sabe qué otro ramal en servicio actual e ininterrumpido. El motor regulaba constante mientras la formación recorría los últimos metros hasta detenerse por completo. Y en ese último tramo de recorrido, Laurita contempló azorada el interior de los vagones.

Dentro, hombres y bestias se debatían en caótico desenfreno. Una luz espectral se derramaba sobre ellos, emergiendo sin piedad hacia aquella virgen enramada pampeana. Los caballos coceaban los asientos de madera que aún quedaban en pie, haciéndose lugar, girando sobre sí mismos, mientras los hombres, semidesnudos, con los brazos extendidos hacia delante y las caras aterradas, intentaban eludir esos briosos cuerpos, queriendo escapar de un destino prefijado de antemano. Relinchos y alaridos ensordecieron la noche, mientras una voz, amplificada por ominosos parlantes, ordenaba:

“¿Quiénes son tus compañeros, hijo de puta? ¡Hablá de una vez! ¿O querés que te hagamos un poco más de `submarino seco´? ¡Hablá!”

Un destello eléctrico. Olor a carne quemada. Y esos gritos…

La cabeza de un caballo, con los ojos desorbitados y mostrando los dientes, asomó por el hueco de la ventana faltante de la puerta más cercana a Laurita, quien temblaba como una hoja, a punto de orinarse encima, y sin dejar de iluminar con su linterna. El animal se debatía furioso, sin conseguir escapar del vagón, empujado por detrás por otro caballo, tan encabritado como él, y por algunos hombres, pálidos y barbados, algunos “tabicados” con sucios trapos, surgidos casi como de las imágenes en sepia de un sórdido campo de concentración. Entonces, aún sin comprender la totalidad de lo que ocurría delante de sus ojos, Laurita observó que el caballo se retiraba, y que los bordes de aquel hueco del ventanal comenzaban a derramar un líquido oscuro pero brillante: sangre.

Y antes de que ella respirase lo suficiente como para lanzar el alarido, la siguiente aparición la dejó sin aliento.

Forcejeaba con uno de aquellos hombres, intentando que volviera a meterse dentro del vagón. Pero su silueta era inconfundible. Y al reparar en su presencia, luego de dominar al pobre infeliz, la miró de frente, con expresión de reproche, y absoluta firmeza en la voz al exclamarle:

-“¿Qué estás haciendo acá vos???”

Y Laurita, antes de huir aterrada hacia la casa, estremecida por la inexplicable presencia de Augusto, su papá, a bordo de aquel funesto tren fantasma, chilló…

Cuarenta años después, un alarido similar brota de sus labios -dando comienzo a un cíclico insomnio que se prolongará durante semanas- al sentarse de golpe sobre su cama, respirando agitada, rodeada de silencio y de penumbras, mientras los fantasmas que acudieron aquella noche bajo la enramada, como mudos testigos de…
¿Un país que ya no existe?…, aún desfilan erráticos delante de sus ojos, inmensamente abiertos, aunque cargados de pesadilla…


*De Alberto Di Matteo. licaldima@yahoo.com.ar





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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Midland:

ENRIQUE FYNN.

PLOMER.   KM. 55.   ELÍAS ROMERO.  KM. 38.  MARINOS DEL CRUCERO GENERAL BELGRANO.
LIBERTAD.  MERLO GÓMEZ.   RAFAEL CASTILLO. ISIDRO CASANOVA.  JUSTO VILLEGAS.  JOSÉ INGENIEROS.
MARÍA SÁNCHEZ DE MENDEVILLE.  ALDO BONZI.   KM 12.  LA SALADA.  INGENIERO BUDGE.
 VILLA FIORITO. VILLA CARAZA.  VILLA DIAMANTE.
 PUENTE ALSINA.  INTERCAMBIO MIDLAND.


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Próxima estación para escribir por Ferrocarril Provincial:

POLVAREDAS. 

JUAN ATUCHA.   JUAN TRONCONI.    CARLOS BEGUERIE.  FUNKE.   LOS EUCALIPTOS.     FRANCISCO A. BERRA.
ESTACIÓN GOYENECHE.    GOBERNADOR UDAONDO.   LOMA VERDE.  ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.  
GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY. GOBERNADOR OBLIGADO.   ESTACIÓN DOYHENARD.   ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA.
 D. SÁEZ.    J. R. MORENO.     EMPALME ETCHEVERRY. ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  LISANDRO OLMOS.  INGENIERO VILLANUEVA.
ARANA. GOBERNADOR GARCIA.  LA PLATA.



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