sábado, diciembre 30, 2023

La 2023.

 


*Obra de Walkala. Luis Alfredo Duarte Herrera (1958-2010).

-En Aurora Boreal. Walkala: un homenaje in memoriam

http://www.auroraboreal.net/index.php?option=com_content&view=article&id=1367%3Awalkala&catid=94%3Apintura&Itemid=160

 

 

 

 

 





 

 

 

 

*

 

Quién olvidó decir

cuidado

con la resurrección de las palabras.

Quién olvidó decir

estamos en alerta

por el fuego que hicimos

en ese bosquecito

donde una o dos palabras

se incendian

todavía.

 

*De Valeria Pariso. valeriapariso@outlook.com

 

-Publicó los libros de poesía: "Cero sobre el nivel del mar" Ediciones AqL (2012), "Paula levanta la persiana", Ediciones AqL (2013); "Donde termina esta casa", Ediciones de la Eterna (2015), "Del otro lado de la noche" (2015) Editorial El Mono Armado, "Triza" (2017) Editorial Detodoslosmares, "La trilogía: Uva negra/ Mascarón de proa/ El castillo de Rouen", Vela al viento Ediciones patagónicas (2018), Segunda edición AqL (2020), Zarmina, Primer Premio del Concurso de Letras, categoría poesía, del Fondo Nacional de las Artes, año 2019, Ed. Mascarón de proa (2020); "Flores para no regar", Editorial AqL (2021).

- “Final francés”, AqL ediciones, 2023

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El blues de los pájaros*

  

Sobre el río flotaba el piano

y sobre el piano, sin rostros,

dos personas cruzadas de piernas

hablaban en voz baja

la charla giraba en torno a un poeta chino

que leía sus textos a los pájaros

si no volaban el poema era posible

atrás, el piano ardía sin extenderse al resto

últimamente recuerdo este sueño, esos detalles

y a ese extraño poeta chino

ahora sé quiénes son

los rostros aparecen sobre el piano

sin los cuerpos, los pájaros tocan blues

y yo estoy quieto, extasiado

sin poder volar

 

*De Andrés Bohoslavsky.

-Del libro Una noche en bosque-poesía y otros poemas.

 (Leviatán, 2014).

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

 

CABEZA Y TIEMPO*

 

 

El busto estuvo siempre sobre la mesita del living, una de esas cosas invisibles por exceso de permanencia, por desaparición de los sentidos a fuerza de repetición. Como el olor de la propia casa, única confluencia de rastros olfativos que nos está negada porque se halla ya incorporada de tal modo que desaparece, así el pequeño busto de mármol era un objeto transparente.

Años de pasar por la habitación sin reparar en la esculturita, blanquecina presencia cotidiana dentro del paisaje visual.

Justo ahora se le ocurre mirarla. Extiende la mano y la sensación del peso, la frescura de la piedra calza guante y zapato, dedo por dedo talón arco justo en las palmas. Hecho para ser observado de cerca, se revela a su mirada como una foto polaroid que corporiza una presencia de espíritu y mediúmnicamente invoca un fantasma.

Es una cabeza masculina y esa es la primera sorpresa, porque los bustos suelen ser retratos de mujeres más o menos lánguidas, con esa belleza anodina de las muchachas que parecen abstraídas en sus pensamientos, pero en las que se adivina un definitivo no pensar, se adivina la pose tentadora de la reflexión imitada rasgo por rasgo frente silenciosa ojos perdidos en una lejanía romántica labios quietos casi serios casi a punto de sonreír, una más bien nada, como conviene a una jovencita.

Pero es una cabeza masculina. Un hombre que la mira a los ojos con atención, minuciosamente cincelado cada pequeño detalle, con los rasgos firmes de quien no condesciende al engaño y se atreve a sostener con solvencia el puente sólido y perturbador de los ojos en los ojos.

Por un rato no puede hacer otra cosa que mirar los ojos que la miran.

Siente que hay en dejar vagar la atención por el resto del rostro como una claudicación, un apartarse perturbado. Siente que cortar el puente es un reconocimiento de vergüenza, una especie de demostración de debilidad. El hombre la mira a los ojos, ella no puede apartar la mirada. Se dice que es gracioso, pero no tiene ganas de sonreír.

Con aceptación de derrota aparta entonces la vista y descubre las finas líneas de arrugas en la frente, las cejas de arco perfecto recorriendo con firmeza el contorno de las órbitas, los labios cerrados. Hay en la expresión del hombre callado y quieto una seguridad sin fisuras. Atento y cerrado en sí mismo, bloque de material pero de conciencia, único e indiviso apariencia peso color rasgos unívocos. Exceso de yo en ese hombre que confortablemente es él y no aparenta ni finge, que es él y no otro, tal como debe ser tal como fue creado desde siempre desde toda la eternidad, que si un vago escultor no lo hubiese tallado cincelado extraído de la piedra, otro lo hubiese hecho, pues se demuestra en la forma el grado de necesariedad. Y en la palma de su mano, en la palma de su mano.

¿Quién eres tú?, pregunta sin mover los labios ella que lo sostiene en la palma de la mano, ella que es sostenida desde la palma por esa pieza monolítica de maravilla. ¿Quién eres tú?, sabiendo que es solamente una escultura en su mano, una cabeza de mármol negada al habla negada a la palabra negada a la vida, esta vida que transcurre y modifica y hace crecer pero las más de las veces descompone, derrota, finalmente destruye y acaba y despedaza y desperdiga y finaliza.

Esos ojos esa boca que no puede responder la contemplan desde la eternidad. Desde la inmovilidad del tiempo quieto fija el hombre la mirada en sus ojos. Desde siempre, pero en este instante la mira. Y ella sabe ahora, siempre lo supo pero ahora sabe que va a morir, que habrá mañanas y tardes y noches acumuladas pero que va a morir, que su rostro y su cuerpo se derretirán en torno a los huesos, que su carne está construida con la fragilidad de lo perecedero y no de piedra inmutable. Este hombre que la observa se lo dice con tranquilidad, sin dramatismo sin exceso de desesperación. Con tranquilidad se lo comunica silenciosamente. Y la mira.

Deposita suavemente el busto en la mesita.

Se sienta en una silla.

Volverá a tomarlo en sus manos una que otra vez, cada tanto. Rehuirá los ojos cincelados y olvidará la cabeza tiempo y quietud y espacio estanco durante largas temporadas. Pero estará ahí, segura como segura es la propia muerte, algunas veces como amenaza, otras como promesa, las más como simple clausura si es que existe alguna clausura que pueda relacionarse de alguna forma con la simplicidad.

¿Quién eres tú?, dirá silenciosamente. ¿Quién eres tú?

 

*De Mónica Russomanno. russomannomonica@hotmail.com

 

 

 

 

 


 

 

 

 

 

Familia*

 

Cada uno de mis padres a su turno de morir

se llevaron un hermano mío ideal y nonato,

cada cual a mi edad de ese momento fatal;

entonces, hay dos versiones mías viajando

con ellos en cada instante por donde anden.

Y cada una con lo que yo no tengo, sumado,

y lo que me sobra ya quitado, porque sé que,

nunca he sido del gusto completo de nadie

y tampoco de mis padres. A veces en sueños

asumo ese cada cual de mí mismo para ellos

y me comporto como el hijo que esperaron.

Ellos también admiten los errores y las fallas

y lloran y se abrazan y se perdonan conmigo

o con ese otro que yo no he sido y desearon,

y esos otros que necesité y esperé en vano.

Recién ahora nos aceptamos imperfectos,

ahora nos parecemos tanto a nosotros

que si nos sueltan en la nada muda

y oscura nos hallamos sin esfuerzo.

 

*De Horacio Rodio. horaciorodio@hotmail.com

 

-Horacio Rodio es autor de los libros “Palabras de piedra” Ediciones Baobab. Argentina. 1999 / “Media baja” Ediciones Dunken. Argentina. 2012 / “La insistencia de la desdicha” Editorial Ruinas Circulares 2018 / “El cinturón de Orión” Poesía.  Ediciones Las Flores Argentina 2022 / “Ausencia y Error” Novela (Aparece en octubre 2023) Avant Editorial. Madrid. España. 2023

- Autor del libro de poesía “El libro de Hopper” Pierre Turcotte Editor. Quebec. Canadá. 2023 / Autor de la novela “Una sed extraña” La voltereta Almería España 2023

 

 

 

 

 



 

 

 

 

REGRESO*

 

El hombre de los ojos insomnes, duerme.

Duerme mecido, en rituales de viejas caracolas.

También duerme el deseo.

Lo despierta la noche y el penetrante olor a vida.

Los espejos. Los retratos vivientes. La estremecida piel.

Ha perdido sus pasos, su insolencia.

Ah, si pudiera volver, recordar, regresar.

Pero es de noche y teme. Noche de terciopelo.

Acechan los pájaros del miedo.

Teme. Teme abrir los cerrojos.

Las ventanas pircadas. Las clausuradas puertas.

Teme y desea. El escozor se arrastra como felino en celo.

Es agosto y los almendros brotan.

También germina el fuego.

Se encienden las cenizas.

Las azules grutas tantas veces besadas.

El ritual del puñal que cincela y canta.

Y teme, y desea y excomulga las antiguas muertes.

Y regresa.

Regresa, sabiendo que un viaje es solo eso: un regreso.

 

 *De Amelia Arellano.

San Luis.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Historia de Epidemiópolis, la ciudad del contagio perenne*

 

 

*Por Alejandro Badillo. badillo.alejandro@gmail.com

 

 Me hallaba errando como un extranjero en la Tierra, abrumada mi paciencia por la tiranía, la sofística y la hipocresía, cuando llegué a las costas de un país desconocido. Descendí de la nave que había sido mi hogar durante innumerables jornadas. Un ave miró mis pasos vacilantes en la playa. El calor inundaba con su fiebre las cosas: mi alforja, un catalejo medio oxidado y un montón de hojas amarillas, olorosas a humedad, pero que aún servían para anotar las incidencias de mi viaje. Caminé guiándome mientras el clima cambiaba, se hacía más frío, se enturbiaba. Estaba atento a cualquier estímulo: el lento fantasma de una nube o el primer bosquejo de una ciudad. Atrás quedaba la voz del mar, su vida blanca que me había llevado hasta esa zona.

Después de dos jornadas de viaje, a punto de agotar mis provisiones, llegué a una casa solitaria. Llamé a la puerta de madera. Escuché una voz de mujer murmurando algo ininteligible. Después hubo pasos que se acercaron a la puerta. Le dije que era un viajero fatigado, harto de los espejismos del mundo, y que necesitaba un poco de comida y descanso. Entonces, desde el otro lado, la voz de mujer se aclaró y, liberada de su peso, me dijo que había llegado a Epidemiópolis, la ciudad del contagio perenne. Añadió que, a partir de su hogar, había otros más, separados convenientemente para evitar contagios entre sus habitantes. No podía dejarme entrar, pero me ofrecería un poco de comida y agua para que pudiera seguir mi camino. Le agradecí extrañado y con vivos deseos por saber más de su historia.

Se abrió la puerta y una mano temblorosa empujó un par de frascos con conservas y una botella de vidrio con agua. Esperé a que la figura, embozada por la penumbra que proyectaba la casa, desapareciera. Imaginé que la mujer pasaba largas jornadas en soledad y que mi compañía, aunque lejana, la aliviaba. Al acabar un par de tragos que calmaron mi sed, la voz volvió: me dijo que en una edad antigua una feroz epidemia asoló todos los rincones de ese mundo. Los sobrevivientes de esa región, ancestros lejanos de ella, después de enterrar a sus muertos, trataron de seguir adelante con sus vidas. La enfermedad que había originado todo, siguió la voz, se había salido de control, como una bestia que embosca después de haber estado presa por muchos años. Quizás fue la soberbia de los hombres que subestimaron los contagios. Quizás fue que la humanidad de ese tiempo había llegado a un límite. Los que quedaron tuvieron periodos breves de prosperidad. Sin embargo, cuando creían que la maldición había terminado, la enfermedad regresaba para diezmarlos. No había medicinas ni estrategias para derrotarla. Cada vez que los últimos náufragos de la fiebre –unos puñados de dolientes– pensaban que había llegado su fin, el contagio se interrumpía y recobraban la salud. Varias generaciones vivieron para sufrir un exterminio que solamente se detenía cuando ya no había esperanzas.

La voz pareció menguar. Imaginé a la mujer recolectando, en silencio, los restos dolorosos de su pasado. Continuó su historia desde el otro lado de la puerta: sin más conocimientos que las leyendas orales dejadas por sus ancestros, confiaron en el destino y, acaso, en la frugal interpretación del clima y de los fenómenos celestes. Sin necesidad de acumular bienes pues la muerte podía llegar en cualquier momento, los avariciosos comenzaron a repartir los excedentes de su comercio. La única constante, para toda la población, fue la terrible certeza de que la pesadilla los seguiría. A pesar de eso, habitaron la ciudad sin interrupciones y reconstruyeron algunos edificios esperando que la labor les hiciera olvidar, aunque fuera por un momento, la amenaza que pendía sobre sus cabezas. Para entonces ya habían olvidado el primer nombre de la urbe y comenzaron a referirse a ella como Epidemiópolis, la ciudad del contagio perenne. Algún habitante escrupuloso grabó, en una de las calles centrales, que la enfermedad repetida una y mil veces era, en realidad, un mecanismo regulador, una cosecha de muerte necesaria para evitar que los habitantes de Epidemiópolis se fortalecieran, pensaran que Dios estaba con ellos, y salieran a conquistar el mundo. Era un equilibrio autoritario, es cierto, pero aceptado paulatinamente por todos.

La voz de la mujer se desvanecía e imaginé a una viajera luchando contra violentas rachas de viento. Antes de extinguirse, contaminada por una tranquila locura, alcanzó a decirme que la epidemia era la vuelta matemática de los astros, el eco monstruoso de una gota, la línea del mar que siempre vuelve, que erosiona la memoria y que desbasta las piedras hasta darles formas prodigiosas y continuas. La gloria sea con Aquél que no se nombra.

 


-Alejandro Badillo. (Ciudad de México, 1977)

-Es autor de los libros de cuento: Ella sigue dormida

 (Tierra Adentro), La herrumbre y las huellas (Eeyc), Vidas volátiles

(BUAP), Tolvaneras (SC Puebla), El clan de los estetas (Universidad

Veracruzana. Premio Nacional de Narrativa Mariano Azuela) y las

novelas La mujer de los macacos (Libros Magenta) y Por una cabeza

 (Premio Nacional de Novela Breve Amado Nervo).

Recientemente ha publicado:

“La Habitación Amarilla” (cuentos) por Editorial BUAP. -2021-

“Reconstrucción” (novela) Ediciones EyC. -2021-

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Uno de ellos*

 

Al abrir los ojos estaba helada. Tenía la ropa húmeda por partes, y mojada la tela que tocaba el suelo.

Aún no había salido el sol. Oí perros ladrando. Apenas amanecía y los pájaros volvían a sus nidos. La tormenta había terminado.

El viento de la noche había derribado algunas ramas. Algún pichón no habría logrado sobrevivir, eso pensé y me impresioné tanto que alcé el cuerpo sin esfuerzo, decidida a ir por comida. Apoyé las manos sobre el asfalto, a un costado y me incorporé con fuerza.

Empecé a caminar por el borde del cordón, mirando de costado las líneas amarillas a la izquierda, el cordón a la derecha. Alternaba mis ojos de lado a lado.

De lejos vi acercarse al corredor con su ropa de colores y materiales inalterables. Sentí algo de envidia por su persistencia. Pese a todo lo que estábamos viviendo, él repetía una y otra vez su rutina deportiva.

Una rama me hizo tropezar. La sensación de frío y extrañeza que me había provocado la imagen de los nidos y los pichones me impulsaba a andar.

Me sentía mareada. El incipiente dolor de cabeza que volvía a aparecer se atenuaba con los ojos cerrados. Entonces no miré más, decidida a avanzar hacia el árbol de mandarinas para comer alguna. Aún estaba a tres cuadras y se llenaría de gente que, como yo, necesitaba alimento.

La tormenta del día y la noche anterior habían aplazado la comida: restos mojados, incomibles, ríos de agua en las calles. Y el miedo a la inundación que nos paralizaba cuando mirábamos caer el agua, impetuosa y extrema.

Escuchaba los sonidos del amanecer. Zumbidos eléctricos, voces aisladas, pasos. Avanzaba con la confianza que da la costumbre, aunque mis pies se movían torpemente. Mis brazos no seguían el ritmo natural de la caminata. Era consciente de mi cuerpo, y el resto de mis sentidos compensaban la falta de visión. Necesitaba alimento. 

El corredor pasó cerca de mí. Yo lo reconocí por el olor que exudaba, mezcla de transpiración y desodorante impregnados en la piel. Muy distinto al olor rancio de mi cuerpo.

Seguí caminando tan segura como cuando había cruzado el túnel ferroviario con los ojos cerrados, repitiéndome palabras hipnóticas para convencerme de que era la mejor manera de llegar al árbol de paltas, ahora extinto.

La presencia casi constante del corredor me perseguía, muy de cerca. Al llegar a la esquina volvió a alcanzarme después de dar vuelta a la manzana. No le tenía miedo.

No temí tampoco cuando alguien me gritó una advertencia. Solo entorné los ojos, espié en derredor y continué, custodiada por esa respiración, esa niebla de perfumes que me acechaba. Custodiada también por todas las miradas que me vigilaban desde las casas más altas, infranqueables para nosotros, los inundados sin techo, los olvidados por todos. Éramos invisibles en el sentido humanitario, pero nos espiaban como a monos peleando por bananas.

Me espiaban para presenciar con desdén y entretenimiento mi osadía casi diaria en busca de alimento. En remera y bombacha andando por la calle, trastabillando.

El hambre dolía y el mareo avanzaba. Terminaría desmayada si no me apuraba a comer algo. Tenía que llegar al árbol de mandarinas y trepar hacia las ramas más altas antes de que el sol despertara al resto de la tribu de gente necesitada de alimento, de casa, de todo. Casi no tenía fuerzas y si no me apuraba pasaría otro día difícil.

Algo se rompió. Con uno de mis pies quebré algo. Abrí definitivamente los ojos. Miré las líneas amarillas a mi izquierda, el cordón a mi derecha y me dejé caer. El huevo habría caído de su nido durante la tormenta.

Desde el piso pude ver el fosforescente amarillo de las zapatillas del corredor cada vez más cerca. ¿Cómo es que seguía corriendo? El mundo estaba sumido en el abandono después de la catástrofe. Pero él no se percataba y seguía corriendo, esbelto y perfumado. Seguía mirándome y corriendo.

Desde el piso, y sin pensar, sorbí la yema de huevo esparcida sobre el asfalto. Recuperé fuerzas.

El corredor cruzaba la esquina mirándome incrédulo sin ver el auto eléctrico que doblaba silencioso por detrás del árbol de mandarinas que me esperaba. Alcancé a gritar muy fuerte mientras me miraba. Enseguida pude ver las líneas fotovoltaicas que dibujaban sus zapatillas. Antes de caer sobre el asfalto, la delantera del auto arrasó las baterías que tenía conectadas a su indumentaria.

Entonces, los vecinos comenzaron a cerrar las compuertas y aberturas por las que nos miraban a diario. Sabían que nosotros, los desahuciados, llenaríamos las calles de un alboroto triste, agresivo, impotente.

El corredor estaba muerto.

Antes de que llegara el resto le quité la ropa y me la puse. Sus zapatillas me quedaban grandes, pero eran algo mucho mejor que andar descalza. Me sentí poderosa. A cambio le puse mi remera harapienta.

Salté sobre el árbol de mandarinas con una fuerza animal, recargada. Me atraganté del dulce y el amargo de la cáscara, sorbiendo, tragando el motivo de mi peregrinación inaplazable.

Después corrí con la mirada hacia adelante, con las piernas enérgicas pisoteando las líneas amarillas que hasta hace un rato eran mi guía.

Ahora debería encontrar la casa del corredor antes de que los otros me vieran y se tiraran sobre mí para quitarme lo que había conseguido. Después, huiría hacia lo más alto de la ciudad y me convertiría en uno de ellos.

 

*De Lorena Suez. suezlorena@gmail.com

-Mentoría de procesos creativos

-Taller de escritura y emociones

-Lic. en Ciencias de la Comunicación / Psicóloga Social

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

El Mago del Tiempo*

 

El hombre que vivía en la alcantarilla, demoledoramente viejo y desprotegido, revolvía la basura. Algo lo sorprendió entre los deshechos. Con el mugriento puño de su abrigo frotó el cuadrante.

Emocionado recordó sus años de piloto. Todavía no existían los relojes de pulsera y los aviones no contaban con el instrumental adecuado. Mediante una correa se ataba el reloj de bolsillo a la pierna o al brazo y gracias a su ayuda podían efectuar los cálculos de rumbo, distancia y horas de combustible que restaban.

Lágrimas de nostalgia le brotaron. Amorosamente siguió el trabajo. La esfera de cristal recuperaba su brillo. De pronto se encontró en un ascensor. Subió hasta la azotea de un enorme edificio. Lo esperaba el Mago del Tiempo, fue un encuentro inaudito.

El Mago hizo que le brotaron alas y voló, voló a través de los años. Volvió a ser aquel muchacho deslumbrado atravesando nubes.

 

*De Ana María Broglio.

-A su memoria-

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

 

¿Por qué no dejás todo

y escribís

sobre un papel en blanco

las deudas de tu vida?

A quien te faltó amar,

a quien fallaste,

que amigo dejaste en la estacada,

que quisiste tener

y no pudiste.

Puede ser una lista prodigiosa:

hojas y hojas de reclamos y tachones.

Podés llorar sobre la tinta derramada,

o reírte de vos

por ser ingrato.

Después, con precisión de entomólogo

fijala

a la pared.

Pasá una vez, dos veces,

cien veces por enfrente,

cansate de ver las fallas de tu vida,

aburrite

de leer tan poca cosa

una vez y otra vez.

Cuando te hartes lo suficiente

hacé un bollito

y tirá a la basura el error,

la cobardía,

el barco que no llegó,

esa promesa

que no cumpliste,

los despojos de ese alguien

que quiso ser mejor

que vos

y ya no existe.

 

*De Mariana Finochietto. mares.finochietto@gmail.com

 

- Mariana nació en General Belgrano, Provincia de Buenos Aires. Actualmente vive en City Bell.

-Publicó: Cuadernos de la breve ceguera (La Magdalena 2014).

Jardines, en coautoría con Raúl Feroglio (El Mensú, 2015)

La hija del pescador (La Magdalena, 2016).

Piedras de colores (Proyecto Hybris 2018).

El orden del agua, (GPU Ediciones 2019).

MADURA, (Editorial Sudestada 2021)

-Quiero sacar la cabeza por la ventanilla de tu coche.

Halley ediciones (2022)

-Coordina Microversos, talleres de exploración literaria

 

 

 

 

 

 

 

 

Manzanas*

  

Canté mi mejor canción esta noche:

a la luz de la Luna,

silenciando a los grillos,

en la banqueta,

tirado,

sucio

y convirtiendo en monedas

las miradas de algunos.

Mi mejor canción

se ha escuchado esta noche,

 y algo se ha conseguido para comer.

Se cantó esta noche

la mejor canción que alguien pudo entonar:

y no hubo aplausos,

ni anuncios publicitarios,

ni firma de autógrafos;

pero algunas monedas se lograron reunir.

Canté mi mejor canción esta noche:

los pasos tronaban con el cemento 

y las horas pasaban

como si fuesen algún animal.

La mejor canción de esta noche,

Apenas nos ha dado para soñar.

 

*de hugo ivan cruz-rosas. quetzal.hi@gmail.com

Coyoacán. México.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

CEBOLLAS*

 

Somos como la cebolla. Apenas se abren, comienza el llanto. Superfluo, cierto, porque basta un chorro de agua fría para que todo se supere. Y después, sólo después, es posible separar hoja por hoja, sin presiones ni sugestiones, hasta llegar al fondo mismo del misterio, sin perder la visibilidad entre la niebla de las lágrimas. Pero siempre se necesita un buen chorro de agua fría antes de comenzar. Es bueno no olvidarlo.

 

 *De Esther Andradi. esther@andradi.de

-De: Come, éste es mi cuerpo. Último Reino, Buenos Aires 1991, 1997

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Cristalización*

 

Sierpień significa agosto en polaco.

Repito

sierpień

sierpień

sierpień

como quien desea regresar

al comienzo de un amor.

Ahora sierpień

es la palabra para decir:

Éste

es el comienzo.

Decir sierpień

y que no continúe.

Que se detenga ahí

en agosto

para siempre.

 

*De Paula Novoa. novoapaula8@gmail.com

 

 

 

 

 

 

 

 

 

*

 

Pienso en esos momentos del amor donde empiezan a haber silencios en los diálogos. Llegan un día y uno ya sabe que la pasión ha terminado. Son silencios especiales: no silencios de bienestar. Uno capta que cada uno se ha encerrado en su mundo y no hay retorno. Después vuelven las palabras, pero ya no es lo mismo. Un bosque se ha instalado entre dos personas y la mata empieza a crecer desmedidamente, hasta que las caras se dejan de ver: es entonces, el abandono.

 

*De Liliana Díaz Mindurry. lidimienator@gmail.com

 

 

 

 

Inventren

https://inventren.blogspot.com.ar/

 

 

 

 

Ensueño en estación Libertad*

 

Vine a Libertad porque el nombre me pareció sugerente. Y tal vez también porque algún amigo me había hablado del sitio, de la estación, aunque esto está algo confuso en mi cabeza.

Tomé el tren en alguna parte (después de semanas viajando sin destino, me costaba ubicarme) y confié en no pasarme de mi parada, cosa que me sucedía con demasiada frecuencia.

Esta vez, por fortuna, estuve lo bastante atento y bajé donde había previsto. Miré alrededor. Elegí un rumbo y caminé durante un buen rato. Vi algunos edificios, un centro comercial, una iglesia… nada que no hubiera en otros mil lugares. Me desanimó comprobar que no había allí nada de lo que yo buscaba (pero ¿qué era exactamente lo que buscaba?) y regresé a la estación, dispuesto a tomar el primer tren de vuelta (de vuelta ¿a dónde?).

Como aún faltaban varias horas hasta la próxima salida, me senté en un banco del andén y, presumiblemente, me quedé dormido.

En el sueño, yo dormitaba en un banco del andén de la estación de Libertad. Un desconocido me zarandeó sin brusquedad y al verme ya despierto, me ofreció un teléfono móvil. Yo no supe qué hacer y me lo quedé mirando a los ojos. Él insistió: “Quiere hablar contigo”. Yo tomé maquinalmente el artefacto y pregunté con la mirada: “¿Quién?”. Pero el tipo pareció no entender y dio media vuelta, alejándose a continuación en dirección al norte. Puesto que tenía el teléfono en la mano, hice lo más natural, saludar. Del otro lado me llegó la voz de una mujer.

Creo que se identificó, pero no entendí su nombre y no me atreví a preguntar por no parecer grosero. Debía de ser una amiga o pariente porque me habló de personas próximas a mí y de hechos que tuvieron lugar en mí ya lejana niñez. Después se puso a contarme cómo le había ido la vida, describió lugares que había visitado, viajes que había hecho, aventuras. Llegado mi turno, yo le hablé de mis dificultades como estudiante de secundaria, del tedioso trabajo en el taller del que no pude escapar en muchos años, de mi experiencia como jugador y entrenador de baloncesto (las victorias y derrotas, la risa y las lágrimas, el esfuerzo y la decepción). Poco a poco, fui soltándome. Intercambiamos anécdotas. Me felicitó por mi libro (que dijo haber leído con avidez) y yo me interesé por sus logros. Pasaron varios trenes, pero ninguno se detuvo.

Después seguimos charlando, no me pregunten de qué. No lo recuerdo. Ya saben que los sueños son volátiles. Lo que sí puedo afirmar es que una extraña sensación agradable se fue extendiendo por mi espíritu. Debieron de pasar horas, o minutos, nada es lo que parece en el reino de los sueños. En algún momento, el tipo volvió y reclamó su teléfono. Yo me despedí de mi interlocutora no sin antes fijar una cita en un lugar y un tiempo que no pude recordar una vez despierto. Tampoco sabía, me dije, el nombre de la mujer.

Llegó un tren. Me subí a él, ya no importaba el destino. De algún modo, comprendí que mi búsqueda había llegado a su fin, que ya tenía lo que necesitaba. El tren arrancó, y aunque la escena soñada ya empezaba a difuminarse en mi memoria, el poso que había dejado, lo supe, permanecería en mí para siempre.

 

*De Sergio Borao LLop. sbllop@gmail.com

http://sergioborao2011.blogspot.com.ar/

 

 

 

-Continuidad literaria por el Ferrocarril Provincial:

 

LOS EUCALIPTOS.    

 

 

FRANCISCO A. BERRA.

 

ESTACIÓN GOYENECHE.   

 

GOBERNADOR UDAONDO. 

 

LOMA VERDE.  

 

ESTACIÓN SAMBOROMBÓN.

 

GOBERNADOR DE SAN JUAN RUPERTO GODOY.

 

GOBERNADOR OBLIGADO.

 

ESTACIÓN DOYHENARD.  

 

ESTACIÓN GÓMEZ DE LA VEGA. 

 

D. SÁEZ.   

 

J. R. MORENO.   

 

 EMPALME ETCHEVERRY.

 

ESTACIÓN ÁNGEL ETCHEVERRY.  

 

LISANDRO OLMOS.

 

 INGENIERO VILLANUEVA.

 

 ARANA.

 

GOBERNADOR GARCIA.

 

 

LA PLATA.

 

 

 

InventivaSocial

Plaza virtual de escritura

 

-Editor responsable: Lic. Eduardo Francisco Coiro.

Blog histórico & archivo: https://inventivasocial.blogspot.com/